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LA LLAMA

ARDIENTE

Por Edward
Miller

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LA LLAMA ARDIENTE

INTRODUCCION

¿Qué ha sucedido en Argentina desde el tiempo del avivamiento de Tommy Hicks en Buenos Aires? Ésta es la
pregunta formulada por muchos que han leído la historia del avivamiento narrada en «Tu Dios Reina». El escrito La
Llama Ardiente, es mi respuesta a esa pregunta; por medio de él busco compartir las continuas y gloriosas
operaciones de su gracia y misericordia derramadas copiosamente sobre esta tierra tan austral, desde 1954 a 1968.

¿Es por accidente o por designio divino que la zona más austral de Argentina se denomina Tierra del Fuego?

Las llamas del fuego divino arden; no pueden ser apagadas ni lo serán jamás. A veces altas, ardiendo vorazmente;
otras, como si estuvieran limitadas y confinadas, ardiendo aisladamente. No obstante, dónde y cuándo quiera que
este fuego arda, sea entre bordes restrictivos o en ilimitada libertad, el fuego que Dios enciende nunca será
apagado.

Es nuestro deseo mostrar en este escrito el diseño y los propósitos de Dios con el fuego de su presencia en la tierra
de Argentina -fuego que debería ser una experiencia diaria en cada vida y en cada iglesia. Desde que Dios comenzó a
derramar su fuego sobre esta nación, no ha pasado un día sin que no se haya manifestado en preciosas operaciones
de su gracia. En esta tierra, Dios ha estado construyendo o estableciendo una iglesia surgida del avivamiento -una
iglesia en la que los mismos principios, establecidos por el Espíritu Santo para la primera iglesia, se mantienen.

Lo sucedido en Argentina no es presentado como un plan para ser seguido por otros en otros lugares, es,
simplemente, la narración del camino trazado por Dios para nosotros aquí. Este modelo o plan que fue revelado por
Dios mientras esperaba delante de su presencia en el monte, fue su designio para este país y para ese tiempo. Y
aunque La Llama Ardiente no se presente como un libro de texto para ser seguido en otro lugar, los principios de
Dios nunca cambian. Éstos son siempre los mismos, aunque su obrar o manifestación revistan formas distintas.

En la Iglesia, Dios desea funcionar como cabeza de una manera muy práctica y, así también, asumir la guía y el
liderazgo mediante la Palabra y los dones.

En la Iglesia, Dios desea que el arrepentimiento sea un estado antes que un suceso o una experiencia aislada, y que
haya libre expresión del mismo, ya sea en forma de contrición o de confesión pública, si el Espíritu así lo desea.

En la Iglesia, Dios ordena que el desarrollo de los frutos del Espíritu vayan parejos con la manifestación de los dones
del Espíritu -que haya transformaciones plenas en las vidas.

En la Iglesia, Dios desea proveer financieramente a través de la fe y la oración antes que por operación de métodos
humanos, programas y pedidos.

En la Iglesia, Dios desea la libre y plena expresión de la alabanza y la adoración en sus diversas fases. Desea que el
Espíritu de profecía descanse sobre el pueblo (pues el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía), y que el
ministerio se mueva en un plano profético. Él demanda tiempo para trabajar, y no ser apremiado para efectuar su
obra en una hora. Desea que su Iglesia espere en Él -que pase mucho tiempo en su presencia.

En la Iglesia, Dios enseña a los suyos a moverse en su presencia mediante la adoración y la alabanza, con continua
limpieza de corazones, a fin de que, tanto una como la otra no se conviertan en vacía religiosidad. Esta frescura de la
manifestación de su presencia, sólo puede mantenerse mediante un operar del Espíritu Santo en intercesión.

Ahora, mientras compartimos la historia del mover de Dios en Argentina, lo hacemos orando para que su fe sea
inspirada y su confianza renovada en Aquel que es Fuego Consumidor -Aquel que anhela que el fuego de su
presencia arda en los corazones de cada uno de aquellos que forman su Iglesia en la tierra. La historia se comparte
con la oración de que Dios vuelva a encender la llama ardiente en intensidades aún mayores.
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Dios desea que sus ministros sean llamas de fuego, pues sólo aquellos que han sido inflamados por el poder de su
fuego, pueden ser de positiva influencia en su Reino. Sólo cuando el amor, la unción, la compasión y la vida entera
son encendidas por Dios, puede haber un verdadero fruto espiritual.

El Espíritu Santo es la llama que enciende el amor, convirtiéndolo en pasión que consume la carne y lo carnal. Así
como el sol es la llama que trae vida, luz, fuego y poder a nuestro mundo, así el Santo Espíritu es la llama divina que
aviva y enciende el fuego en los corazones de sus ministros, trayendo a los mismos vida, luz, fuego y poder.

A los bosques del Sur dijo el Señor a través del profeta Ezequiel: «He aquí Yo enciendo en ti fuego, el cual consumirá
en ti todo árbol verde y todo árbol seco, y no se apagará la llama de fuego; serán quemados en ella todos los rostros,
desde el Sur hasta el Norte. Y toda carne verá que Yo, el Señor, lo he encendido y no será apagada».

Hay una luz gloriosa en las antorchas que la luz y gloria de la llama divina ha encendido, y que, ahora, arde como una
llama eterna. En Argentina, hemos visto antorchas, plantío viviente del Señor, en llamas. Hemos visto vidas
inflamadas por el Espíritu Santo y el fuego devorador consumir la escoria. Queremos contar la historia de algunas de
estas antorchas ardientes, antorchas humanas encendidas por Dios.

«La Llama Ardiente» añade algunos capítulos a los incontables y aún inconclusas páginas que constituyen el libro de
los hechos del Espíritu Santo a través de sus siervos y de su Iglesia en todos los tiempos. Nos habla de los hechos
gloriosos que tuvieron lugar en Argentina, pero no son los capítulos finales en el libro de los avivamientos de Dios,
pues el Espíritu Santo ha continuado moviendo y operando en esta tierra desde 1968 hasta ahora.

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LA LLAMA ARDIENTE

CAPITULO 1

FUEGO EN LOS BOSQUES DEL SUR

Cuando el ángel del Señor se apareció a Alejandro, el joven polaco, en el Instituto Bíblico de City Bell, dijo:
«Argentina...envío hacia ti una poderosa ola; pero, ¡ay de ti si la rechazas y ésta vuelve a mí!» En 1949, en la ciudad
andina de Mendoza, esa poderosa ola comenzó a fluir por primera vez en un pequeño grupo de seis feligreses fríos,
apáticos y desinteresados.

De un día para otro, fueron transformados en creyentes encendidos con la gloria del fuego del Señor, ya que salieron
a las calles de la ciudad, trayendo consigo a otros a la casa de Dios. En seis meses la iglesia estuvo llena de nuevos
conversos, salvados, sanados y llenos del Espíritu Santo, que también salían para traer a otros. Una iglesia muerta
volvió vibrantemente a la vida cuando el fuego del Señor la llenó.

En 1954, la misma ola poderosa de vida espiritual fluyó hacia los moradores de la capital Argentina, Buenos Aires,
llevando en su fluir cientos de miles de inconversos y trayéndolos a grandes estadios deportivos donde el Señor los
salvaba y los sanaba, bajo el ministerio de Tommy Hicks. Pero ahora, algunos meses después, el ímpetu de este
despertar había menguado. De la ola de fuego que había barrido la capital, sólo quedaban brasas y carbones.

Argentina, ¿había, de verdad, aceptado esa ola poderosa o la había rechazado? ¿Era este despuntar de avivamiento
en Buenos Aires el final de la ola poderosa prometida por el ángel? ¿Había retraido Dios su ola tal como había
advertido que lo haría si Argentina la rechazaba? ¿Podíamos esperar que Dios se moviera en otras ciudades tal como
lo había hecho en Mendoza, City Bell y Buenos Aires?

Nuestro pequeño grupo evangelístico de cinco personas meditaba profundamente sobre estos interrogantes, con los
pies puestos sobre la gran plataforma vacía, del aún mas vacío estadio que habíamos alquilado en la ciudad de
Necochea para dar una campaña de sanidad durante once días. Desafortunadamente, ninguno de nuestro grupo -
incluía a tres obreros del país, a mi señora y a mí- éramos evangelistas de renombre, sino miembros de la «guardia
anónima» de Dios. ¿Vendría alguien a las reuniones? ¿Obraría Dios en Necochea como lo había hecho en Buenos
Aires? ¿Sanaría? ¿Haría milagros? ¿Recibiría alguien al Señor como su Salvador o seríamos objeto de risa y
saldríamos de la ciudad en vergonzosa derrota? Un interrogante sin respuesta nos asaltaba: ¿continuarían los fuegos
del avivamiento ardiendo en las ciudades argentinas? ¿Continuaría esta ola poderosa de vida divina fluyendo, tal
como Dios había prometido?

LA RESPUESTA DE DIOS

No contendió, ni gritó, ni hombre oyó su voz en las calles de Necochea, no obstante, el humilde Nazareno sanó
enfermos y perdonó a los pecadores. Sin ninguna espectacular fanfarria de trompetas, o sonar de campanillas
sacerdotales, el Maestro de los hombres se movió silenciosamente entre la gente, sanando a los enfermos, trayendo
palabras de paz a los atribulados y vendando los corazones heridos. La noticia corrió de boca en boca.

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Cuando las reuniones comenzaron, sólo unos pocos curiosos entraron rezagadamente; después de unas cuantas
noches, el estadio estaba repleto. Tras haberse ocupado las quinientas sillas que había, muchas personas se vieron
obligadas a permanecer de pie.

Toda clase de personas se hallaban representadas allí: de alta y baja esfera, así como de todas las clases intermedias.
Todos se codeaban en el lugar común de la enfermedad y el sufrimiento, el tormento y la tragedia: doctores,
abogados, comerciantes, ladrones, ateos, católicos, devotos de la brujería y charlatanes, idólatras y espiritistas, los
sinceros y los burlones, los necesitados y los provocadores, los curiosos y los quejosos, los desesperados y los
irritantes; un grupo heterogéneo sobre los cuales el Espíritu de Dios había comenzado a soplar.

Cada noche sucedía lo mismo. Cuando hacíamos la invitación a aquellos que querían ser salvos, todas las manos se
levantaban. Con sumo cuidado, les aclarábamos el llamado, suponiendo que la gente no había comprendido.
Nuevamente, todas las manos se levantaron. La invitación y la respuesta se repitieron varias veces. Finalmente,
pedimos que sólo aquellos que verdadera y sinceramente estuvieran deseosos de entregar sus corazones al Señor se
adelantaran. Casi toda la congregación lo hizo. (Si el «darse a Jesús» era parte del proceso de recibir sanidad, todos
estaban más que dispuestos). Mientras la gente se congregaba alrededor de la plataforma, expliqué cómo aceptar a
Cristo como su Salvador. Asintiendo con sus cabezas, repitieron cuidadosamente cada línea de la oración del
pecador.

Debido a que las noches siguientes, las mismas personas respondían a la invitación para salvación, les pregunté
cómo podían entregarse al Señor tantas veces. La ingenuidad de sus respuestas nos sorprendió: «Sabemos que ya
nos hemos entregado al Señor, pero continuamos viniendo porque cada vez que lo hacemos recibimos más».

Nuestro bastión de teología, aprendizaje de tantos años, comenzó a desmoronarse al darnos cuenta de que esta
gente se estaba allegando a Dios desde las profundidades de una tremenda obscuridad y era una larga cuesta arriba.

Nuestras oraciones eran el puente que Dios estaba usando para atraerlos a sí mismo. Al responder cada noche a la
invitación, su fe y su entendimiento crecían.

OREN POR MÍ

Mientras los necochenses se alineaban frente a mí por oración, era perfectamente consciente de la gran maldad en
sus vidas: adulterio, mentira, rebelión, vicios e inmundicia de todo tipo. Pero aún mayor era mi conciencia del
tremendo amor y misericordia de Jesús, que da a todos los hombres liberalmente...y no reprende. Jesús no vino a
condenar, sino a mostrar misericordia. No a encontrar faltas sino a justificar. No vino a culpar o reprobar sino a
perdonar. Aunque ello significara quedarme con la gente hasta tempranas horas de la mañana oré por cada uno
individualmente. Una multitud de inconversos e impíos se juntaban a mi alrededor, algunos fumando, otros
semiborrachos; todos pecadores paganos. Al imponer mis manos sobre cada uno para orar por sanidad, pedía a Dios
por perdón y no por justicia o juicio. Los pecadores se allegaban tal como eran, con un punzante anhelo en sus
corazones que no podían poner en palabras, un clamor inefable que encuentra su mejor expresión en las palabras de
la vieja canción: «Tal como soy, sin más decir», sin una sola excusa o defensa. Simplemente conscientes de una
profunda necesidad que no podían expresar, se volvían con desesperación a alguien que pudiera ayudarlos. En
misericordia, Dios hablaba palabras de consuelo y liberación.

Conocedor de que un poder fluía hacia ellos, sabía que no era a causa mía ni de ellos, sino por el tremendo fluir de la
bondad misericordiosa del Señor. Mi inclinación natural era pedirles que, primero, limpiaran sus vidas y que, luego,
vinieran a la fuente del Calvario a buscar beneficios. Pero la voluntad del Todopoderoso había sido mostrar, primero:
su misericordia, y luego: limpiarlos o hacer ambas cosas simultáneamente. Tremendamente consciente de estar
ministrando en su Espíritu de misericordia, yo deseaba tan sólo cubrirlos.

Como aquella Ruth de antaño, clamaban: «Extiende el borde de tu manto sobre mí», y el Misericordioso extendió su
manto y cubrió la desnudez de ellos. Los lavó completamente y los ungió con aceite. Los vistió con obra de artífice,
los ciñó de lino fino y los cubrió de seda. Entró en pacto con ellos y ellos se convirtieron en «suyos».
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La gran necesidad de los necochenses apelaba a mi corazón. Los profundos gemidos y compasiones del Espíritu
Santo me inundaban, y anhelaba traerles unas pocas gotas de agua de aquel gran Río de Vida -unas pocas gotas de la
Fuente de su Sangre que fluía.

Imponiéndoles las manos uno por uno, tan sólo podía orar: «Señor, perdona». Esta era la hora de misericordia para
los culpables pecadores que, desde tiempo atrás, tan sólo habían conocido vagamente un Dios de juicio y venganza -
el gran Dios con un gran garrote. Era la hora de la misericordia para los ignorantes que nunca habían tenido una
Biblia en sus manos, ni al Dios de la Biblia en sus corazones. Era la hora de misericordia para los paganos que
adoraban amuletos, fetiches e ídolos y que jamás habían conocido a Jesucristo como Salvador del pecado y de la
enfermedad.

Otros, ya sanados, volvían a la fila de oración y esperaban pacientemente durante horas, tan sólo para expresar su
gratitud por lo que Dios había hecho o para dar un glorioso testimonio de liberación. Una mujer, profundamente
conmovida, se arrojó en los brazos de un misionero evangélico sollozando: «Usted me trajo al Señor. Fui salva de mis
pecados; jamás dejaré de agradecerselo».

Sara, una chica católica, se abrió camino hasta la fila de oración para reírse y burlarse. Pidió oración por desórdenes
intestinales cuando, en realidad, su verdadera necesidad era mucho mayor. Impulsada por un espíritu de temor que
la había conducido a un desequilibrio mental, se había apartado completamente de la sociedad y estaba a punto de
ser internada en un asilo. Al revelar la palabra de ciencia su verdadera necesidad, comenzó a llorar, admitiendo que
era verdad.

«¿Cómo lo supo?», me preguntó. Era Dios quien lo sabía, y quien había traído la verdadera sanidad que ella
necesitaba, restaurándola.

Muchas veces, el Señor trae luz con respecto a las vidas de diferentes personas. Para la gente, esto era
perfectamente lógico: si el Señor Jesús podía sanarlos, con toda seguridad podía de igual manera hablar y revelar sus
necesidades más profundas al pastor. Algunas veces, una persona comentaba con otra: «Oh, no tienes que contarle
al pastor lo que anda mal contigo, él lo sabrá». Había una aceptación infantil de lo sobrenatural.

HOY, SALVACIÓN PARA TU CASA

Junto con su esposo y su hijo, Ester era una «camarada de armas» perteneciente a una familia de camorristas y
cuchilleros, que a menudo aterrorizaban al vecindario, persiguiéndose por las calles a gritos, maldiciendo y
blandiendo cuchillos. Aun la policía les temía. Cada uno en la familia era igualmente malo, y la combinación de todos
producía una atmósfera familiar de disputas y revuelos constantes. Una noche, la madre, que bebía, vino al estadio
buscando sanidad. El Señor no sólo la sanó, sino que también la salvó. Tan grande fue la transformación en su vida,
que su marido inconverso insistió para que siguiera asistiendo a los cultos evangélicos que tanto la habían
beneficiado. La antigua incitadora se había convertido en una intercesora, y ella esperaba en el Señor el
cumplimiento de su promesa: «Seréis salvos tú y tu casa».

Hasta que llegó al estadio, doña Valeria era una viuda con su salud completamente quebrantada, sola y desanimada.
De un día para otro, Dios la sanó de sus muchas aflicciones y la transformó en una «madre en Israel» para los nuevos
conversos. Mientras estaba arrodillada, orando al borde de su cama, se sorprendió al verse a si misma llorando.

«Pastor», dijo, «no se lo que me pasa. Nunca he estado así antes. Ni puedo orar. Todo lo que hago es llorar».
Sonriendo, le expliqué que Dios le estaba concediendo gracia para arrepentirse, y que esto era una operación del
Espíritu Santo en su corazón. Doña Valeria había venido al estadio buscando sanidad y la había encontrado. El
Espíritu del Dios vivo había venido a ella con salvación, y ella la había recibido.

Un profundo hambre espiritual atrajo a Edna a los cultos del estadio. Mientras oraba, tuvo una notable experiencia
del Espíritu del Señor. Al recibir el Espíritu Santo, una luz se le apareció. Al continuar buscando al Señor en los meses
siguientes, la luz continuó aumentando hasta que un día un ángel se le apareció y le enseñó verdades bíblicas que

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jamás había aprendido y le predijo cosas que luego sucedieron. Su impío marido la había golpeado (en el pasado)
muchas veces, pero ahora, al sentir la presencia del Señor rodeándola, se atemorizó y jamás volvió a hacerlo.
Aunque una operación quirúrgica grave la había imposibilitado para tener hijos, el ángel le dijo que ella daría a luz un
hijo varón. A su debido tiempo, el niño nació tal como el ángel lo había predicho. Luego, las visitas angelicales
disminuyeron hasta cesar por completo.

Una viuda entrada en años, Josefina, era conocida por todos sus vecinos y la policía como una buscapleitos. Siempre
en altercados, disputas y dificultades con sus vecinos y la policía, se había ganado desde hacia tiempo un apodo. En
el estadio, Josefina fue salvada y sanada; su carácter comenzó a cambiar completamente. Cuando al cierre de la
campaña la iglesia recién nacida comenzó a establecerse, la antigua «mujer de armas» se rindió y mansamente
ofreció su casa para tener reuniones.

UN FRANCÉS ENCUENTRA LA FE

A causa de profesores ateos y estudios científicos, Don Godofredo (que cuando niño había sido católico) se volvió
sumamente indiferente e incrédulo en lo concerniente a cualquier tipo de religión. En el vacío que siguió a la pérdida
de su fe, comenzó a buscar diligentemente la verdad a través de la filosofía, la ciencia, el materialismo y las
religiones orientales. Pero la verdad huía de el. Hubiera terminado por negar completamente la idea misma de Dios
de no haber sido por tres preguntas que lo atormentaban grandemente: ¿Es el bien recompensado y el mal
castigado después de la muerte?... ¿Volvería Cristo a la tierra tal como había prometido?... ¿Sería el mundo
destruido como lo predecían las Escrituras?

El francés continuó su búsqueda. Pensando que la Biblia le podría facilitar algunas respuestas, comenzó un estudio
intensivo, consultando diligentemente cuanto comentario pudiera encontrar. Pero tras doce años de búsqueda, no
se hallaba más cerca de las respuestas -ni más cerca de Dios que cuando comenzó.

Mediante un disciplinado estudio de la Biblia, buscó a Dios con su mente, como un crítico y no con el corazón -como
un creyente. Para su mente natural, la Biblia era contradictoria, absurda y confusa, llena de increíbles leyendas. La
había denominado «La Divina Comedia».

Insatisfecho por su infructuosa búsqueda de Dios y con una grave afección del corazón -producida por los
medicamentos que tomaba para aliviar los agudos dolores de reumatismo articular que sufría- vió que la muerte
estaba cerca.

Cuando se enteró de que Dios estaba sanando y obrando milagros a través de pastores evangélicos en Necochea,
concluyó que la venida de Jesús y el fin del mundo debían estar muy próximos. Envió a su mujer a los cultos del
estadio, diciéndole sarcásticamente: «Ve y hazte evangélica. Entonces dejarás el licor exclusivamente por mí». La
noche siguiente, lo convenció para acompañarla diciéndole: «Este es el Dios Verdadero, el que has estado buscando
por tantos años».

Don Godofredo encontró a Dios en el estadio, y este es su testimonio: «Nunca antes se me había presentado a Cristo
así. Antes había tratado de creer, pero mi corazón estaba frío y desprovisto de todo sentimiento. Pero mientras el
pastor Miller oraba por mí, algo se agitó dentro de mi. Algo despertó. Cristo mismo me estaba hablando y, por
primera vez en mi vida, creí realmente. ¿Por qué seguir buscando a mi hermoso Cristo en las religiones de la India?
Estaba tan cerca que me encontré diciendo: ‘Oh, Dios, dame un corazón nuevo -un corazón lleno de amor y libre de
toda maldad. Un corazón dedicado a tu servicio. Un corazón que tan sólo desee hacer tu voluntad’. Un ardor
indescriptible surgió dentro de mí, como el calor de una llama. Supe que Dios me había escuchado. Ahora, cuando
abro la Santa Biblia, nada parece increíble o imposible, ridículo, ya no es contradictorio o legendario. No es más un
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libro de fábulas. Es su Palabra -la Verdad- escrita por los santos profetas inspirados. Ya no buscaré comprender a
Dios mediante la razón y el análisis. Él es el camino. ¡Lo sé! ¡Lo creo! Ya no quiero escuchar al diablo susurrar
mentiras en mis oídos. Él huye cuando me levanto en fe contra las mentiras que me arroja en su intento por
apartarme de Dios. No me gobernará más, pues Cristo es mi Rey. Él está siempre conmigo y vive en mí corazón. Me
ha aceptado como hijo, perdonó mis pecados y me sanó. Ya no lo buscaré más en la ciencia o en la filosofía, pues lo
he encontrado y mi vida ha sido cambiada. Entré como curioso al estadio y salí transformado».

SUS OPERACIONES

Incapaz de incorporar en su razonamiento finito lo infinito, incapaz de percibir en sus limitaciones a un Dios
ilimitado, la Asociación Médica de Necochea rechazó las sanidades y publicó artículos en los diarios que declaraban
que las sanidades duraban «tanto como duraba el estado emocional». Al menos admitían que las sanidades habían
tenido lugar, aunque sólo fueran «temporales». Más tarde, la gente nos contó confidencialmente que varios
doctores habían asistido a las reuniones y que algunos de sus parientes cercanos habían sido sanados.

Si fuéramos capaces de contar todos los testimonios de sanidad, la lista sería demasiado larga. Obviamente, las
sanidades eran de suma importancia sólo para las personas sanadas y su familia inmediata. Pero registraremos
algunos de entre cientos de casos.

Cierto hombre tenía un pulmón inutilizado por la tuberculosis. Los médicos habían introducido en el mismo ocho
pelotas plásticas. Después que Dios lo sanó en respuesta a una oración por sanidad, el hombre volvió al hospital para
que se las extrajeran. El examen demostró que estaba bien y que las ocho pelotas habían desaparecido.

Una señora que padecía asma estaba planeando venir a los cultos en busca de sanidad, cuando un vecino la
disuadió, diciéndole que todo eso era obra del diablo. Poco después, otra persona vino a su casa a hablarle. «Fui
sanada», le dijo. «¿Por qué no pruebas? Después de todo no tienes nada qué perder y no te harán ningún daño». La
asmática mujer obedeció su consejo y vino a los cultos, y Dios la sanó.

Todos los miembros de otra familia habían muerto de tuberculosis, salvo una joven. Al asistir a los cultos, Dios, en su
misericordia, la sanó.

Una señora mayor sufría tanto del corazón que se le hacía difícil ir hasta la panadería de la esquina, a la cual siempre
llegaba fatigada y cansada. En el estadio, Dios la sanó. A pesar de su avanzada edad, a la mañana siguiente se dirigió
apresuradamente a la panadería sin la menor dificultad, diciendo muy sonriente: «Digan lo que quieran de los cultos
del estadio, ¡yo sé que Dios me sanó! ¡ Mírenme ahora! me siento como si bailara ... e inmediatamente se puso a
danzar.

Una mujer de mediana edad vestida enteramente de negro (señal de luto), vino a pedir oración. Al orar por ella,
comenzó a temblar y a sacudirse y, luego de caminar vacilantemente hacia el fondo del estadio, comenzó, de
repente, a gritar: «¡Puedo ver! ¡Puedo ver!» Más tarde nos enteramos que era totalmente ciega.

A pesar de varias intervenciones de cirugía mayor, doña Lucía no se sentía aún bien. El reumatismo, asma, serios
ataques de vómito e hinchazones habían convertido sus días y noches en un «continuo calvario». Cuando le
contaron acerca de la «Misión Santa» del estadio de Necochea, ella replicó: «Si los médicos no pueden hacer nada,
cuánto menos los pastores evangélicos». No obstante, una amiga la persuadió a que, de todas maneras, fuera. Fue
entonces cuando Dios sanó y salvó a Lucía y descubrió que, verdaderamente, Cristo puede hacer más que cualquier
hombre. Después que los cultos en el estadio cesaron, continuó como fiel creyente en la iglesia recientemente
formada.

Una madre trajo a su pequeña envuelta tan sólo con una gran sábana, su cuerpo entero cubierto por una eczema
que picaba, supuraba y sangraba. Los doctores habían sido incapaces de sanarla. Luego de la oración, la eczema
comenzó a secarse y la comezón cesó. La niña estaba completamente sana.
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Viajando desde una ciudad cercana, una madre trajo a su hija endemoniada. La niña, que no podía dormir de noche
a causa de repetidos ataques, estaba tan nerviosa que hacía escenas dondequiera que fuera, destrozando cosas y
peleándose con los otros niños. Los ataques no volvieron durante la campaña. Noche tras noche, permanecía
sentada atentamente durante los prolongados cultos y jugaba tranquilamente con los otros chicos mientras
orábamos por los enfermos durante largas horas. Se ordenó que los demonios saliesen y éstos obedecieron.

Otra niña, poseída por dos demonios, resistió la liberación por largo tiempo. Los demonios rehusaban salir. De
repente, me di cuenta que estaba haciendo preguntas en inglés a la niña y que el demonio a través de la pequeña
me estaba contestando en perfecto español, habiendo comprendido cada una de las palabras que dije. Aun cuando
la niña no conocía una sola palabra de inglés, los demonios le habían dado comprensión. Después de una larga
batalla, éstos también salieron.

LA BIBLIA, UN LIBRO NUEVO

La gente mostraba una inusitada hambre por la Palabra de Dios, así que compramos todas las Biblias que pudímos.
La Biblia era otra vez «el libro más vendido». Antes de venir al estadio, había sido un libro desconocido para ellos.
Eran absolutamente ignorantes en cuanto a su existencia o contenido.

«Venga a mi casa a explicarme esta biblioteca de libros (la Biblia) que acabo de comprar», dijo el anciano al
invitarnos a su casa. Sumamente ignorante en cuanto a los pensamientos bíblicos y del orden de los libros de la
Biblia, este hombre era tan sólo uno más de los tantos indoctos en cuanto a ella. De Necochea podría haberse dicho
que «la Palabra del Señor era rara y escaseaba en aquellos días».

ABANDONO DE LA IDOLATRÍA

Sin ninguna advertencia de nuestra parte, la gente abandonó automáticamente su idolatría. De alguna manera,
sintieron que estaba mal y espontáneamente destruyeron sus imágenes, rosarios, ídolos, estampas y fetiches.

«Voy a quemar mis imágenes», dijo una esposa, apareciendo un día con los brazos llenos de ídolos. Su impactado
esposo, que también había sido criado en el catolicismo, le preguntó: «¿Por qué no los entierras?»

Ella replicó rápidamente: «No puedo; si los entierro el terreno estaría contaminado también». Así que salió a
quemarlos tal como enseñaba la Biblia, aunque desconocía sus enseñanzas en cuanto al tema.

La hermana inconversa de un predicador evangélico, se arrodillaba fielmente todos los viernes en su casa ante un
pequeño ídolo, ofreciéndole velas y flores. Unos pocos días antes de asistir a los cultos del estadio por primera vez,
se paró frente a su ídolo preparando el ritual. De alguna manera, sintió que no debía encender las velas y ofrecer las
flores, aunque no comprendía el por qué. Se levantó con determinación, abandonando su ídolo sin adorarlo. Poco
después, entregó su corazón al Señor en el estadio. «Ahora comprendo», dijo, «por qué abandoné el ídolo; Dios ya
estaba trabajando en mi corazón».

La Virgen de Fátima había sido traída por sus sacerdotes a Necochea para bendecir el estadio y obrar milagros. «La
misión de santa Fátima» había culminado, sin ningún milagro, poco antes de que nuestra campaña comenzara. El
párroco, deseoso de detener los cultos y excitado por las versiones de sanidad entre sus feligreses, se quejó
vigorosamente al dueño del estadio, un prosaico hombre de negocios.

«¿Por qué permite que estos evangélicos tengan cultos aquí, cuando la virgen acaba de bendecir el estadio?»,
preguntó el cura.

«Ud. está equivocado, Padre», replicó el dueño, quien estaba ahora convencido de que Dios, verdaderamente, hacía
milagros entre la gente. «La Virgen no bendijo el estadio, de ninguna manera, fue usted quien lo bendijo. Más aún, el
estadio es un lugar de negocios que se alquila a todos los que puedan pagarlo».

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La campaña prosiguió. Más tarde, llegó hasta nuestros oídos que el avión que transportaba al ídolo se había
estrellado, estallando en llamas, destruyéndolo junto con los sacerdotes que lo acompañaban. Obviamente, la
imagen carecía de poder para salvarse, a sí misma y a otros.

NACIDA EN UN DÍA

¿Cuáles fueron los resultados concretos de la campaña de once días en Necochea? Una congregación «nació en un
día», una iglesia que más tarde construyó su edificio propio y su casa pastoral, mantuvo a su pastor con su familia y
ayudó a evangelizar nuevos pueblos.

¿OTRO EVANGELIO? ¡NO!

Un grupo religioso que no creía en el poder de Dios para sanar, intentó comenzar una nueva iglesia mediante una
campaña, a poco de terminar nuestras reuniones. Yendo de puerta en puerta, dieron con un nuevo creyente y lo
invitaron a sus reuniones. Gozoso, el último replicó: «¡Me encantan esos cultos de sanidad!» «Pero, Ud. no
entiende», le contradijo el visitante. «Dios no sana en estos días, Él tan sólo operaba milagros cuando estaba en
persona, aquí en la tierra». Invitando a entrar al visitante, el recién convertido replicó: «Está usted equivocado,
señor. ¿Ve Ud. esta pequeña habitación? Mi esposa estaba aquí virtualmente presa de un asma crónico. Aunque
tuvo la mejor atención médica, de nada le sirvió. Entonces, gracias a los cultos del estadio, Dios la sanó. Antes yo
tenía várices, desaparecieron totalmente. Mi hija sufría de hernia, también ella, ahora, se encuentra completamente
bien. Me temo que ha venido demasiado tarde a decirme que Dios no puede sanar hoy día, pues Él ya lo ha hecho».
Con todo esto, el visitante se excusó rápidamente y se fue. Los necochenses que, tan recientemente habían
aprendido del Cristo que vino a librar del poder del enemigo, no querían otro evangelio; un evangelio ineficaz para
ayudarlos, no les parecía en absoluto atractivo.

TODAS LAS PREGUNTAS RESPONDIDAS

Al término de la campaña de once días, teníamos las respuestas a todas nuestras preguntas:

La ola de sanidad de 1954 era tan sólo el comienzo...no el fin. Dios no había retirado su ola de sanidad a causa de
haber sido rechazada. Podíamos esperar que Dios se moviera en otras ciudades como lo había hecho en Buenos
Aires. Y nuestra mayor pregunta, sin respuesta, había sido también contestada: los fuegos de avivamiento y
liberación continuarían ardiendo en esta nación.

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CAPITULO 2

LA MURALLA DE IMPOSIBILIDAD

«¡Nunca tendrán en Lobería una campaña evangelística exitosa. Después de muchos años de lucha y sacrificio
tenemos menos de una docena de miembros en nuestra capilla! Y más aún...es sencillamente imposible que la gente
se convierta aquí», exclamaron las misioneras, entradas en años. «La ciudad de Lobería -centro espiritista de toda
esta área- es dura, impenetrable y no receptiva al evangelio. Ningún evangélico ha prosperado jamás aquí, y ¡Uds.
tampoco lo harán!» Años de sacrificio para establecer una incipiente iglesia evangélica, habían convencido a las dos
misioneras que la ciudad de Lobería era difícil aun para Dios. Descorazonadas y derrotadas, estaban tan sólo
aguardando hasta que el Padre Celestial las llevara a su hogar.

En obediencia a la guía divina, un misionero evangélico y yo habíamos ido a Lobería a mediados de febrero de 1955,
esperando tener reuniones de evangelización en el pequeño patio descubierto de la casa de un creyente. Con esto
en mente, nos habíamos dirigido a visitar a las misioneras buscando su cooperación.

Mientras continuaban hablando, una palabra comenzó a resonar en mi interior: «¿Imposible? ¿Imposible en
Lobería? ¿Imposible para Dios? ¿Había algo demasiado difícil para Él?» Sus incrédulas palabras de desánimo, derrota
y negativismo, encendieron un fuego santo dentro de mí. Me parecía que podía escuchar a un antagonista desafiar
vocinglera y descaradamente al Dios vivo, tal como Goliat había desafiado a las huestes de Israel. ¿Había algo
imposible para Dios?

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Repentinamente, el plan de Dios se hizo claro. El lúgubre derrotismo de las misioneras había cristalizado una
resolución en mi mente: «Alquilaremos el edificio más espacioso de la ciudad para tener una campaña exitosa en
Lobería».

Al expresar la decisión en voz alta, se desató otro torrente de incredulidad. «¿Está pensando alquilar un local grande
para una campaña de evangelización? ¿Imposible? El teatro Español es el único edificio grande de la ciudad y su
costo es excesivo. De todas maneras, no podrían alquilarlo porque está siempre ocupado». Pero cuanto más
hablaban, más fuerte se tornaba mi determinación. «Necesitarán permiso policial que nunca les darán, y aun cuando
anuncien las reuniones de evangelización, nadie asistirá. Así que es inútil siquiera intentarlo». Y con esa conclusión,
cesó el pesimismo.

Con la ardiente determinación de echar por tierra la «Muralla de Imposibilidad» y con la certeza de que Dios nos
había enviado a Lobería, mi compañero y yo dejamos la misión para ir directamente hacia el gran teatro «imposible
de alquilar».

LA PRIMERA PIEDRA

Cuando le dijimos al administrador del teatro que deseábamos alquilarlo, nos respondió cortantemente: «No. No lo
alquilamos». Escudriñándonos cuidadosamente mientras fumaba un gran cigarro, añadió: «¿Cuándo lo quieren?» Le
dijimos las fechas que Dios nos había dado y él comentó: «Oh, para entonces estará libre, porque vamos a estar
reparando nuestras máquinas».

Tal como nos lo habían dicho las misioneras, el alquiler era una cantidad exorbitante, lejos del alcance de nuestras
posibilidades.

Finalmente, el administrador se avino a hacernos la pregunta más crucial: «¿Y para qué lo quieren alquilar?»

Llegó el turno de ponernos ansiosos. Seguramente, cuando supiera para qué lo queríamos, estaría aún menos
dispuesto a alquilárnoslo. Con todo, le explicamos lo más cuidadosa y detalladamente que pudimos, lo que era una
campaña de sanidad y su propósito. «¿Una campaña de sanidad?», respondió seriamente: «Yo tenía una afección
respiratoria incurable. Los médicos no me dieron esperanzas de recuperación. Una tarde, mientras volvía de
comprar medicamentos de la farmacia, me apoyé contra una pared en la vereda, porque el dolor era tan grande que
no podía proseguir. Un artículo que había leído unos meses atrás en Selecciones me cruzó por la mente como un
rayo -la historia de cómo Dios había hecho algo sobrenatural por alguien. Me vino el pensamiento: si Dios hizo algo
por él, ¿por qué no puede hacerlo por mí también? Clamé a Él por ayuda y Él me oyó. Me erguí sintiéndome
completamente bien y desde entonces el problema nunca más volvió. Por supuesto que pueden tener el teatro para
una campaña de sanidad», concluyó de manera casual. «Pueden tenerlo toda la semana por el precio de una
noche».

Nos retiramos del teatro jubilosamente, meditando sobre el misterio de un Dios que muchos meses antes había
removido ya la primer piedra de obstáculo en el camino para una campaña evangelística de sanidad, curando a un
profano e impío hombre del mundo.

LA FORTALEZA INFRANQUEABLE

La imponente y pétrea fortaleza que circundaba a la invulnerable Lobería, era demasiado alta para ser escalada,
demasiado profunda para ser socavada e imposible de rodear. ¡Tendría que desmoronarse! Legiones de fuerzas
demoníacas guardaban la muralla, ayudadas por sus iglesias espiritistas. La fortaleza de Lobería nos recordaba los
milenarios muros de piedra incas que habíamos visto en Cuzco, antigua capital del Perú. Las macizas piedras,
pacientemente cinceladas y diseñadas ingeniosamente para encajar entre sí en lugares específicos del muro sin
necesidad de adhesivos o mezcla, formaban una muralla tan sólida, que aun los más violentos terremotos no
pudieron destruirla. Con tenaz invencibilidad, la fortaleza granítica de Lobería ofrecía resistencia.
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Parecía imposible encontrar alojamiento. Un carnaval pagano con sus bailes nocturnos, grotescos desfiles y espíritu
de jocosa algarabía, se programaba para la misma semana de nuestra campaña. Los misioneros locales que habían
prometido ministrar con nosotros, se excusaron en el último momento, dejándonos solos. El enemigo, «como león
rugiente», muy sutilmente, atacó a uno de nuestros niños. Los loberenses tampoco demostraban ningún tipo de
interés. Los dardos encendidos de la duda nos asaltaban. ¿Habíamos sido tontos al aceptar solos semejante desafío?
¿Nos había guiado Dios a Lobería en ese tiempo? ¿Había sido sabio de nuestra parte alquilar semejante edificio sin
tener la promesa de que tendríamos asistencia?

PERMISO POLICIAL NEGADO

Finalmente, cuando me di cuenta que la policía había rehusado rotundamente concedernos el permiso necesario
para tener los cultos, dije: «¿Qué haría Ud. si yo sigo adelante y comienzo las reuniones sin su permiso?» El policía
replicó: «Iré con mi arma y lo arrestaré». Mi respuesta a esto fue: «Bueno, venga y arrésteme, puesto que daré
comienzo, esta noche a las 20hs, la reunión en el teatro».

LA PRIMERA NOCHE

Sobre la enorme plataforma del teatro, tan grande como para dar cabida a un coro de doscientas voces, nos
encontrábamos tan solo mi esposa Eleanor y yo. Parecía como si todas las legiones del infierno se estuvieran
burlando y riendo de nosotros, con sus roncas voces resonando por el auditorio casi vacío.

La primera noche acudieron sólo tres de las veinte mil personas que conformaban la población de Lobería. Eran los
únicos con suficiente curiosidad como para aventurarse al interior del teatro y ver lo que estaba pasando. Casi se
veían ridículos dentro del enorme auditorio. La segunda noche no fue mucho mejor, sólo vinieron ocho. La tercera
noche mostró sólo un ligero aumento de asistencia. Era demasiado obvio que nada había sucedido.

Para el cuarto día, nos hallábamos desesperados, así que corriendo a Él, en el lugar secreto, dijimos: «Señor, Tú
prometiste y Tú nos enviaste aquí. Aún nos señalaste cuándo venir». Rogando por su intervención y recordándole su
fidelidad en el cumplimiento de sus promesas, nos pusimos de pie sintiendo que, de alguna manera, Él nos había
escuchado. Con renovada fe retornamos al culto la cuarta noche. Esa noche vinieron sesenta y cuatro personas.

PIEDRAS REMOVIDAS

Las piedras de la Muralla de Imposibilidad, resistiendo porfiadamente, comenzaron a ceder ante nuestro empuje con
la oración «inoportuna» de fe.

Habíamos logrado encontrar el alojamiento tan difícil de hallar; el Espíritu del Señor había levantado bandera y había
librado a nuestro indefenso niño de la «boca del león», y el policía que había amenazado arrestarme, jamás
apareció. Pero un gigantesco peñasco aún permanecía: ¿sería posible hacer conversos para Jesús en la fortaleza
espiritista durante la diabólica fiesta de carnaval?

LA RESPUESTA DE DIOS

Sin nuestro conocimiento, el Señor ya había comenzado a obrar la primera noche, cuando uno de los tres que había
asistido al culto llevó un pañuelo ungido al hospital. Se trataba de una enfermera de guardia que estaba atendiendo
a un moribundo. Como no había podido comer nada durante dos meses, lo mantenían vivo con suero intravenoso.
Se había visto incapacitado para tragar agua durante ocho días. La enfermera puso el pañuelo ungido sobre su
pecho. Algunas horas más tarde, el hombre pidió un vaso de agua y lo bebió todo. La mañana siguiente, al toser,
echó dos grandes quistes que habían estado obstruyendo su garganta y pudo comer nuevamente. El Señor también
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estuvo obrando sin que nosotros lo supiésemos, durante la segunda noche, cuando un trozo de tela por el cual había
orado, fue llevado por uno de los presentes a un paralítico que se hallaba confinado en una silla de ruedas. La noticia
de su sanidad comenzó a difundirse por la ciudad.

Un joven musulmán pasó una noche al frente del auditorio y dijo: «No creo en Jesucristo. Creo en Mahoma».
Después de hablar con él durante unos minutos, lo desafié: «¿Dices que crees en el poder de Mahoma? Bien,
entonces pasa y ora por los enfermos en el nombre de Mahoma, y yo oraré por ellos en el nombre de Jesucristo,
entonces veremos quién de los profetas puede sanar».

El joven volvió la noche siguiente -no para orar por los enfermos en el nombre de su profeta- sino para pedir oración
para sí mismo y para su familia en el nombre del Señor Jesucristo.

SU VENIDA

El Sol de Justicia había prometido levantarse, haciendo retroceder la muerte y las densas tinieblas de aquel pueblo;
nada pudo detenerlo. Ninguna fortaleza espiritista -por sólida que fuere- es lo suficientemente fuerte como para
impedir su venida. Triunfalmente, entró Él en la ciudad impenetrable e inconmovible, y a medida que su Santo
Espíritu soplaba sobre ella, ésta se derrumbaba sin mayor resistencia.

De un loberense a otro fueron contándose como Dios estaba sanando en el teatro, y casi de un día para otro, el
edificio se llenó. Con mucha gracia, Dios vendó a los de corazón quebrantado, proclamó libertad a los cautivos, abrió
las prisiones de los encarcelados, liberó a los endemoniados y sanó a los enfermos.

El joven musulmán y su familia dieron testimonio de su sanidad. Una viuda fue sanada de un tumor. Una parienta del
administrador del teatro vino a pedir oración porque no podía tener hijos. Dios la sanó y, a su debido tiempo, tuvo
dos encantadores hijos. Otra persona que era tenida por demente por cuantos la conocían, fue curada. Otros fueron
librados de profundas manías, temores y depresiones.

Un policía que había hecho el curso de enfermería de la Cruz Roja, vino al teatro con un absceso en sus pulmones
que estaba carcomiéndole la carne y formando una cavidad visible desde el exterior. Al venir al teatro, ocupó la
última fila por considerar que era un gran pecador, inmerecedor de pasar al frente por oración. Una noche, durante
el culto, todos sus pecados desfilaron como un torrente delante de él, y allí mismo donde estaba, comenzó a clamar
a Dios. Inmediatamente el absceso detuvo su avance. Posteriormente, fue a un médico para que le cerrara la herida
mediante una operación y éste le dijo: «No es necesario, porque el absceso dejó de avanzar y no le dará más
problemas. Vuelva a su casa y viva en paz todos los días que el Señor le conceda. Ya no necesita que hagamos algo
por Ud». Con esto, el doctor envió al gozoso hombre por su camino.

Desconcertados, los emisarios del espiritismo que por tantos años habían ejercido dominio sobre Lobería,
emprendieron fuga desordenadamente. Encontrando difícil invocar a sus espíritus, eventualmente se desbandaron y
se retiraron. ¡Quedó sólo un pequeño grupo como muestra!

El último peñasco gigantesco había sido quitado de su lugar. La exitosa campaña probó que era posible hacer
conversos para Jesús en la espiritista Lobería durante la infernal semana de carnaval. «Para los hombres es
imposible; mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Él».

¿DIOS DERROTADO?

Una derrota decepcionante -tanto como triunfal había sido la victoria- vino pisándole los talones a la milagrosa toma
de la fortaleza de Lobería. El joven misionero local que había prometido pastorear los nuevos convertidos después
de la campaña, se desligó de la responsabilidad tan pronto como la había aceptado. No había nadie que lo
reemplazara. Con la responsabilidad de atender la iglesia naciente de Necochea y ya empeñados en la construcción
de un Instituto Bíblico en Mar del Plata, no nos fue posible continuar.
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Forzados a abandonar Lobería, ágonicas preguntas comenzaron a atormentarnos: ¿Habíamos sido sabios en dar a luz
corderos para luego dejarlos languidecer solos en las montañas? ¿Había sido, después de todo un triunfo tan titánico
la campaña de Lobería? ¿Qué les sucedería a los nuevos corderitos en nuestra ausencia?

Los encomendamos a Él, de quien eran, y nos retiramos de allí con corazones cargados y muchas preguntas sin
respuesta.

EL PASTOR ESCUCHA EL LLAMADO

Casi dos años más tarde, un joven polaco, Leo, pastor de la congregación de Necochea, comenzó a sentir una pesada
carga por los dispersos corderos de Lobería. Ocupado ya, todo el día, con las pesadas responsabilidades de pastorear
y construir el gran edificio de la iglesia de Necochea, sintió la urgencia de parte del Señor de viajar a Lobería, distante
50 kms de allí.

Al tomar contacto con aquellos que dos años atrás habían escuchado el evangelio en el teatro Español, encontró
indiferencia, irritación y hasta pesimismo. Muchos testificaron que habían sido sanados, pero no parecía que
estuviesen dispuestos a asistir más a los cultos evangélicos. ¿No habían sido sanados? ¿No era eso suficiente? Ya no
sufrían más. ¿Qué otra cosa necesitaban? Ninguno parecía saber dónde el pastor Leo podía encontrar un salón para
los cultos de evangelización y ninguno demostraba interés especial en ayudarlo. Durante tres meses, recorrió las
calles de Lobería cada lunes y cada sábado, orando y visitando, pero no obtenía ninguna respuesta. Aparentemente,
nada había logrado, ya que ninguna puerta se abría. ¿Había sido totalmente en vano la victoria ganada hacía dos
años? ¿Se habían recuperado las fuerzas espiritistas, habían vuelto a ocupar la tierra? ¿La batalla de fe y oración
tendría que volver a librarse enteramente otra vez? A veces, el desánimo casi lo persuadió a abandonar Lobería,
pero sabía que la carga que sentía por la ciudad le había sido dada por el Señor y que no debía precipitarse a
abandonarla. No obstante, ¿podía darse el lujo de perder tanto tiempo en un esfuerzo aparentemente improductivo,
cuando había tanto para hacer en Necochea? La inexpugnable fortaleza de Lobería se erguía otras vez inconmovible.
Un lunes por la mañana, caminando por las calles de arriba hacia abajo, mientras oraba y buscaba al Señor, vino fe a
su corazón -una fe viva de que Dios iba a hacer algo. Comenzó a saltar y a alabar al Señor en voz alta en medio de la
calle, sin importarle quién pudiera escuchar o lo que pudieran pensar. Ahora sabía, sin lugar a dudas, que Dios había
escuchado sus oraciones y que las cadenas del diablo habían sido rotas. La victoria volvería a aquel lugar.

TAMANGUEYU

Al poco tiempo, un cierto día, una pareja que vivía en Tamangueyú -un pueblecito distante unos pocos kms. de la
ciudad- le ofreció su modesta y pequeña casa para tener cultos los sábados. La esposa había sido sanada en la
campaña de Necochea algunos años antes y, en gratitud por lo que Dios había hecho, ella y su esposo ofrecieron su
casa. Una vez más se abría un resquicio en la impenetrable puerta de Lobería. Por distar de la ciudad, el pastor Leo
no anticipaba mucho éxito en aquel lugar. El transporte era un problema, pues poca gente poseía vehículos y los
taxis eran caros. Sin embargo, el pastor, no deseando ofender a la pareja, aceptó su oferta, planeando tener cultos
nada más que durante dos o tres sábados, en tanto que buscaba un salón más grande y céntrico en la ciudad. Pero
Dios tenía otros planes.

Un sábado del mes de enero de 1957, por la tarde, se celebró el primer culto evangelístico de sanidad en las afueras
de Lobería. La congregación estaba compuesta por el granjero y su esposa, sus chicos y unos pocos vecinos entre los
cuales se contaba una señora española que había padecido de sordera a causa de una eczema durante cuarenta
años. Después de orar por la vecina española, el culto llegó a su fin.

El próximo sábado por la tarde, la congregación era un poco más grande -quince en total. Fue con gran dificultad que
el pastor se ingenió para tener a la española quieta. Dios la había sanado por completo y, llena de júbilo y
locuacidad, insistía en llevarse una gran parte del culto con su testimonio.

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Un influyente hombre de negocios vino al culto para pedir oración por su incurable eczema. Tan grandes eran los
dolores y la incomodidad que hasta había contemplado el suicidio como única vía de alivio para su mal. La eczema
había llagado su piel reseca, y el líquido que las llagas supuraban le corría por los brazos y las piernas. Los médicos
parecían incapaces de descubrir la causa. Después que Dios, en su gracia, lo sanara en respuesta a la oración de fe,
fue por toda la ciudad gritando: «¡Cómo los engañé a esos evangélicos! Pensaron que iría detrás de su Dios una vez
que me sanara; pero no tengo la menor intención de hacerlo. Quería ser sano nada más».

«¿Te sanaste?» le preguntaban. «¿Dónde?» A la gente, poco le importaba si el negociante volvía o no a la iglesia. Su
único interés era descubrir, tan pronto como fuera posible, dónde habían tenido lugar las sanidades para poder ir y
conseguir la suya propia.

El negativo testimonio del hombre de negocios llegó a ser una propaganda excelente. Muchos que vinieron como
resultado de este testimonio, recibieron sanidad y se mantuvieron como fieles creyentes. Me inclino a pensar que
Aquel que se sienta sobre los cielos se estaba riendo en su interior. Cada sábado por la tarde, la asistencia seguía
aumentando hasta que el saloncito se llenó. Leo no tenía tiempo de buscar un lugar más grande, porque estaba
demasiado ocupado en ministrar la Palabra y orar por los enfermos.

Bien pronto, eran casi unos cincuenta los que concurrían a los cultos y ya no cabían en la pequeña sala, por lo que se
agolpaban en un patio exterior que tuvo que ser cubierto con un toldo de arpillera que proveía sombra y abrigo. Es
interesante mencionar que, a pesar de que los cultos se hacían en una zona agrícola donde abundaban las lluvias,
nunca llovió sobre aquellos que se reunían para escuchar la Palabra de Dios. Las lluvias caían antes o después, pero
jamás llovió durante las horas de culto.

En breve tiempo, unas quinientas personas se agolpaban en las calles y en el campo, alrededor de la casita. La gente
llegaba caminando, a caballo, en taxi, autos, sulkies, carrindangas, carretones y carros. Hasta llegó una familia en un
aeroplano que aterrizó en los maizales cercanos.

Tandas de gente en ómnibus comenzaron a venir de otras ciudades por causa de las notables sanidades y milagros.
Pronto, la multitud sumó mil quinientas personas, como lo atestiguaba el número de tarjetas por pedidos de
oración. Aunque casi todos venían buscando sanidad, Dios deseaba traerlos a una salvación plena. El hombre
hubiera escogido el limitado espacio de un salón cerrado en la ciudad, pero Dios eligió los ilimitados espacios al aire
libre y a campo abierto.

EL MUCHACHO SANADO

El tercer sábado, después de la reunión, pidieron al pastor que fuera al hospital para orar por un muchacho que
había sufrido una grave caída de un caballo y se hallaba inconsciente. Todos los esfuerzos médicos para reanimarlo
habían resultado vanos, de modo que, después de un tratamiento de veintiún días, los doctores sugirieron
trasladarlo urgentemente a Buenos Aires para ser sometido a una delicada intervención quirúrgica cerebral. Cuando
los padres se enteraron que Dios estaba sanando en Tamangueyú, pidieron al pastor que viniera al hospital para
orar.

«¿Cree realmente que Dios sanará a nuestro hijo?», preguntaron ansiosamente los padres. El pastor Leo respondió:
«Seguro que lo creo». Entonces oro, y cuando retornó al sábado siguiente, encontró que el muchacho estaba
consciente, pero continuaba aún paralizado y ciego. De modo que oró nuevamente. Hacia el fin de la semana
siguiente comenzó a recobrar la visión y a percibir movimientos de gente en la habitación. Nuevamente se elevaron
las oraciones a Dios, pidiendo su completa liberación. El próximo sábado, ya evidenciaba disgusto y desagrado por
no poder hablar todavía. El doctor le dijo que la expresión de las emociones era una señal de que su mente estaba
siendo restaurada. Aunque con el cuerpo todavía inmóvil, se autorizó al muchacho a volver a su casa. Al orar por él,
el siguiente sábado, recobró el movimiento de sus manos para poder alimentarse solo. Más tarde se puso de pie y
comenzó a dar unos pocos pasos, aprendiendo otra vez a caminar. Cada vez que el muchacho mostraba una mejoría,
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el doctor decía: «Sí, hasta aquí va bien, pero no continuará progresando». A pesar de sus conclusiones, Dios
proseguía restaurando al joven.

«Lo único que le queda a Dios por hacer es devolverle el habla», comentaba su familia. Al volver a Lobería, la
próxima semana, el pastor encontró que una hermana del joven, con una cara sonriente, lo estaba esperando en la
estación de buses. Jubilosamente exclamó: «¡Mi hermano puede hablar!» Era cierto. En un período de seis semanas,
Dios había sanado al muchacho completamente de coma, parálisis, sordera, conmoción cerebral y ceguera; fue una
restauración perfecta. Su último logro fue la habilidad de volver a silbar.

Mucha gente que diariamente venía a visitarlo, preguntaba al padre acerca de la sanidad del hijo, y éste respondía:
«No lo entiendo. Todo lo que sé es que mi hijo estaba enfermo y sin esperanzas y que los doctores no podían hacer
nada para ayudarlo. Cada semana que el pastor venía y oraba, mi muchacho mejoraba. Ahora está completamente
sano». Fue a causa del testimonio de este joven que muchos comenzaron a venir a la reunión semanal de
Tamangueyú.

Un ganadero que tenía el brazo derecho seco y atrofiado desde hacía ocho años, pidió oración. A la semana
siguiente, volvió completamente sano y testificó que con su brazo recien sanado, había estado cavando hoyos para
la cerca, manejando su auto y enlazando ganado.

OPOSICIÓN

Durante uno de los cultos, un ardiente opositor efectuó una denuncia policial. La ley hizo su aparición
interrumpiendo en el culto, con orden de arrestar al ministro y conducirlo al cuartel de policía para ser interrogado.
Implacablemente, los oficiales echaron mano a los textos y enseñanzas bíblicas que pendían de la pared, tirándolos
al suelo. A la pregunta del oficial: «¿Qué es lo que Ud. estaba haciendo?», el ministro declaró simplemente que
predicaba el evangelio y oraba por lo enfermos, «tal como un sacerdote católico administraba escapularios a los
enfermos y moribundos para que pudieran recuperarse».

Al preguntársele si alguno en la ciudad había resultado beneficiado con sus oraciones, respondió cortésmente:
«Pregúnteles Ud». Con esto, fue dejado prontamente en libertad, pues toda la ciudad era consciente de los
portentos que habían sido hechos como resultado de las reuniones. Para poner fin al asunto, la policía prometió no
interrumpir nuevamente las reuniones de la iglesia, y se disculpó por haber destrozado los textos.

MÁS SANIDADES

Un sábado por la tarde, una mujer tullida que sólo podía caminar con la ayuda de muletas, fue sanada
instantáneamente. Después del culto, orgullosamente, volvió caminando los kilómetros que la separaban de la
ciudad con sus muletas al hombro, seguida por una multitud jubilosa que desfilaba en torno a ella.

Los ingenuos preguntaban: «¿Puedo venir a los cultos para escuchar la Palabra de Dios, aunque no necesite
sanidad?» Ese era, justamente, el deseo del pastor y la intención del Señor.

Algunos que habían asistido a la primera campaña años atrás en el teatro, comentaban: «¡Qué lástima no haber
continuado entonces! De haber sido así, ahora estaríamos más avanzados». Un gran número de espiritistas hizo
abandono de sus iglesias, y a los católicos les resultó difícil juntar gente para tener misa los domingos. Hasta el cura
párroco hizo discretos avances para visitar al pastor protestante y ver que era lo que le «daba tanto poder».

La campaña evangelística semanal de los sábados continuó en Tamangueyú por varios sábados. En mayo de 1958, la
congregación compró un terreno cerca de la vía de acceso principal a Lobería y comenzó a construir su propia iglesia.
Esta estuvo terminada en cinco meses y todo el edificio fue íntegramente financiado por los loberenses sin ayuda

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externa. Los fondos para construir la casa pastoral, la iglesia, el sostén del pastor y su familia, así como el pago de los
gastos de los evangelistas principiantes, fueron proporcionados en su totalidad por los nuevos creyentes del lugar.
Hasta llegaron a enviar, de tiempo en tiempo, provisiones para el incipiente Instituto Bíblico de Mar del Plata.

Un resultado directo de estas reuniones fueron las congregaciones que se formaron en San Manuel y ciudades
aledañas. Más tarde, estas nuevas congregaciones también construyeron sus propias iglesias y casas pastorales.

Dios había desmantelado el poderoso baluarte espiritista de Lobería, piedra por piedra. A pesar de nuestros temores
anteriores, descubrimos, con alivio, que la obra que el Señor había hecho en el teatro Español no había sido en vano.
Dios había demostrado que era por demás capaz de guardar a aquéllos que habían sido encomendados a su cuidado.
Ninguno había podido arrebatarlos de su mano. El Eterno Dios, que está construyendo su santuario de piedras vivas,
escogidas de entre todas las naciones, tribus y pueblos, deseaba extraer algunas de la cantera de Lobería.
Derrotando a los demonios, el Triunfante había echado por tierra su sólida fortaleza para construir con sus piedras
otros muros: los de la Iglesia Viviente, aquella contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán.

LA LLAMA ARDIENTE

CAPITULO 3

EL DÍA QUE DIOS VISITÓ CHACO

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Enfrente del rústico e improvisado púlpito, un joven consumido por la tuberculosis y que ya no podía levantarse,
yacía sobre un mugriento colchón. Era un horrible espectáculo de piel y huesos, incapáz de sentarse, darse vuelta o
siquiera expectorar después de cada acceso de tos, debido a la extrema debilidad. Una anciana india -su madre-
permanecía a su lado limpiando las secreciones que se desprendían de sus pulmones al toser. Se tambaleaba al
borde del Valle de la Muerte, y era la imagen misma de la desolación.

Formando un semicírculo a su alrededor se habían apiñado muchos indios más: tobas, mocovíes, matacos, que
habían viajado largas distancias atravesando el solitario, seco y tórrido desierto chaqueño hacia Pampa del Indio,
para asistir a las conferencias de las vacaciones de mayo de l956.

Cuando el misionero, Clifford Long, abrió su Biblia para leer el pasaje de Isaías 53, encontró escasa reacción en los
indios. De modo que volvió a leer otra vez el mismo pasaje: «Ciertamente llevó Él nuestros dolores, y por sus heridas
fuimos nosotros sanados». Esta vez, el amén resonó un poco más fuerte. La repetición de las mismas Escrituras
parecía desatar una respuesta cada vez más animosa: «Amen. Aleluya. Gloria a Dios».

«¡Qué extraño!», pensó el misionero, «esta reacción en indios que siempre han sido tan callados, estoicos y parcos».
Así que decidió continuar con la lectura. «Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores...»
La respuesta de los indios era cada vez más clamorosa. Al leer la Escritura por séptima vez, fue interrumpido por los
nativos, que al unísono, comenzaron a gritar y exclamar: «¡Dios sanó mi hernia! ¡Mi reumatismo se ha ido! ¡Mi gota
desapareció! ¡Ay Dios, puedo ver!» Un joven exclamaba: «¡Ya no estoy sordo!» Una mujer, contemplándose azorada
los brazos y las manos, prorrumpió en gritos diciendo: «¡Mi eczema se fue!»

Con la fuerza de un cohete que al llegar a su punto de ignición sale despedido de la plataforma, el joven tuberculoso
que yacía indefenso en el mugriento colchón, se puso súbitamente de pie y, dando vueltas, gritaba a voz en cuello:
«¡Estoy sano! ¡Estoy sano!» Dios había soplado su hálito de vida sobre el cuerpo del joven moribundo. El joven que
había estado tambaleándose sin esperanzas al borde mismo del Valle de la Muerte, había revivido por el poder de
resurrección de Jesucristo.

Como un viento recio, el Espíritu del Señor había soplado sobre los ignorantes, supersticiosos y analfabetos indios
del desierto chaqueño, durante la simple lectura de las Escrituras. El Señor había enviado palabra de sanidad a esa
gente.

¡Qué regocijo el de los indios cuando al examinarse descubrían la perfección de las sanidades! Ninguno parecía
haber sido olvidado. De los sesenta y cuatro que habían llegado a la reunión en un destartalado camión, todos
habían recibido sanidad sin excepción. El Sol de Justicia se había levantado trayendo en sus alas sanidad. La brillante
luz de la gloria del Señor había descendido sobre aquellos morenos hijos de la tierra, habitantes de los lejanos y
desolados parajes del vasto desierto chaqueño.

En ocasiones anteriores, el misionero Long y su esposa Lois, habían ministrado la Palabra de Dios a los indios con una
escasa e irregular respuesta. Era una tarea ingrata, solitaria, de la que no cabía esperar ningún tipo de
compensación. Entonces, de repente y sin advertencia previa, Dios visitó a los indios durante la conferencia de las
vacaciones de mayo.

Lo que los Long desconocían, era que esta extraña y soberana visitación del Espíritu de Dios al Chaco, no era sino
otro capítulo del gran avivamiento de Dios en Argentina, la respuesta a incontables meses de intercesión, y el
cumplimiento de aquella promesa suya: «Yo visitaré a Chaco», que había sido hecha a los estudiantes intercesores
de City Bell.

AÑOS DE SEQUÍA

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No siempre había sido así. Los primeros siete años de servicio misionero en Chaco habían sido, para los Long, años
de sequía, dificultades, frustraciones y necesidades. Habían encontrado que la gente en Argentina era sumamente
hostil al Evangelio, que el idioma era difícil de dominar, que las finanzas eran insuficientes, y a dondequiera que se
volvían, habían hallado imposibilidades. Lo peor de todo era que su meta misionera -ganar almas para Cristo y ser
pioneros de la iglesia evangélica- parecía imposible de lograr. A pesar de la exhaustiva distribución de folletos
evangelísticos, testimonio personal, oraciones y cultos de adoración, pocos habían escuchado el mensaje que
anhelaban compartir, y muchos menos aún habían prestado atención y se habían vuelto al Señor, buscando
salvación.

En medio de la desesperanza, continuaron orando y, en obediencia a una palabra de Dios, compraron un terreno
baldío sobre la calle French, en la escasamente poblada Villa San Martín -barrio conocido por su mala fama. Después
de seis meses de desbrozar laboriosamente el terreno de numerosos cactus con afiladas púas ponzoñosas y tenaces
raíces, los Long construyeron una capilla con paredes de adobe, techo de paja y piso de ladrillo. Las puertas y
ventanas fueron hechas con la madera de viejas cajas de máquinas de coser «Singer». Los vecinos, echando miradas
de curiosidad al nuevo edificio, no demostraban mayor interés en asistir a la iglesia. Los miembros de la familia Long
eran, por lo general, la única asistencia con que contaban los cultos. Muy de vez en cuando, algunos argentinos -en
su mayoría mujeres- entraban al azar para no volver nunca más, dándole al populacho la oportunidad de mofarse y
decir risueñamente: «El evangelio es una religión de mujeres. Tan sólo de mujeres».

Encontrando que el trabajo entre los moradores del Chaco era completamente improductivo, se volvieron a las
tribus indígenas de las reservas, donde la respuesta era algo mejor. Aunque aquí y allá algunos pocos eran salvados,
sanados y llenados con el Espíritu Santo, la iglesia indígena avanzaba dificultosamente a paso de tortuga.

Cuando los indios comenzaron a responder al mensaje del evangelio, los chaqueños inventaron otra expresión para
ridiculizar: «El evangelio es la religión de los indios y de las mujeres».

Al observar los católicos que la iglesia evangélica indígena crecía lentamente, publicaron un decreto por el cual se
prohibía a cualquier grupo, salvo al suyo, ministrar entre los indios. Todo hacía pensar que la única puerta abierta al
ministerio, se cerraría muy pronto.

OTRO INTENTO

Llegando a la conclusión de que una capilla más elegante atraería a los chaqueños, los Long construyeron otra de
ladrillo, piedra y cemento. Las facturas impagadas no se hicieron esperar, en tanto que los argentinos se mantenían
distantes. Descorazonados con los constantes reveses, imposibilidades y obligaciones financieras crecientes, los Long
comenzaron a preguntarse apenados si sus ayunos, oraciones y esfuerzos delante del Señor no habían sido en vano
después de todo. Aunque habían tenido cierta entrada entre los indios, les había sido imposible ganar un centímetro
de terreno entre los argentinos. Con gusto, muchas veces, se hubieran alejado de su Chaco-Sahara, de no ser porque
el Señor los tenía fuertemente asidos en ese deambular de un desierto espiritual a otro.

Un día, mientras esperaba en la presencia del Señor, Clifford Long se acordó de una visión que había tenido algunos
años antes, al ser llenado por el Espíritu Santo. Mientras adoraba y alababa al Señor en lenguas desconocidas, había
visto un hermoso valle alfombrado de exuberante césped verde y miles de manos blancas que se levantaban hacia el
cielo. En otra escena, vio un grupo de nativos de piel oscura en taparrabos que lo rodeaban y escuchaban sus
enseñanzas. El renovado recuerdo de la visión de manos blancas extendidas y de los nativos de piel oscura, lo animó
a seguir en oración.

A su debido tiempo, se había encontrado rodeado de oscuros nativos que escuchaban con atención sus enseñanzas.
Pero, ¿dónde estaban las manos blancas extendidas del valle fértil? Y...¿dónde estaba ese valle?

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PIELES OSCURAS

Después de la gloriosa victoria en Pampa del Indio, el misionero viajó a otras villas de la reserva indígena para
ministrar nuevamente Isaías 53. Al escuchar la lectura y explicación de la Palabra, cuarenta y dos indios fueron
sanados tal como en Pampa del Indio. Otros cultos siguieron en diferentes congregaciones indias. Al difundirse la
noticia de las sanidades, muchos indios inconversos comenzaron a venir hasta llegar a ser una congregación de
quinientos a seiscientos. Señales y sanidades seguían a la simple lectura de la Palabra.

En Campo Winters, mientras el misionero se apresuraba para retirarse después de la reunión, llegó un hombre
corriendo. «Pastor Long», le dijo, «mis chicos están en casa muriéndose; creo que si Ud. viene y ora por ellos,
vivirán».

Obedeciendo la Palabra de Dios que llegó a su corazón, el misionero le replicó: «Ve, tus hijos viven». Y cuando el
padre arribó a su hogar, después de varios días de viaje, encontró a sus dos niños jugando alegremente en el patio,
completamente sanos por el poder de Dios.

En otro momento, apareció un indio grande y rudo diciéndole que no podía permanecer en ningún empleo, porque
cada vez que trataba de trabajar comenzaba a temblar violentamente. Como en una escena de televisión, el
misionero pudo ver -en un instante- dos bueyes uncidos al mismo yugo que movían sus cabezas con fiereza, y
escuchó las palabras «tirado por bueyes indómitos». Entonces, le preguntó al hombre si había tenido algún
accidente con esos animales unos quince años atrás. El hombre se quedó mirándolo fijamente sin comprender. De
repente, su rostro se iluminó al recordar el incidente. Cuando el misionero le impuso las manos en la espalda para
orar por él, el Señor lo sanó instantáneamente, permitiéndole volver a trabajar sin ninguna dificultad.

Desde mayo hasta agosto, los Long estuvieron atendiendo a los indios casi exclusivamente. Cuando el populacho se
enteró de que el Señor estaba salvando y sanando a los indios, vociferaron aún más: «¡El evangelio es la religión de
los indios! ¡El evangelio es la religión de los indios!» Los chaqueños blancos no demostraban el menor interés en el
glorioso mensaje de Vida.

LAS MANOS BLANCAS DEL VALLE FÉRTIL

Concluyendo que todos sus esfuerzos por ganar almas, testificar y distribuir folletos evangélicos habían sido en vano,
el misionero se dedicó a buscar al Señor con más diligencia. Un día, mientras se hallaba orando, el Espíritu Santo le
señaló la palabra dada a Noé, en Génesis 6: «Dos de cada especie vendrán a ti para permanecer vivos». Noé no había
salido a buscar animales por toda la tierra para llenar el arca. Dios mismo los había obligado a entrar. El Señor le
prometió que así sucedería en su ministerio. «No tendrás que salir a traerlos; Yo los traeré a ti». Por su parte, el
continuó buscando al Señor en oración y ayuno.

Un buen día, sucedió que, tan rápidamente como las aguas de la inundación habían venido en los días de Noé, el
inundar de la divina visitación llegó espontáneamente a los moradores blancos del verde valle.

«¿Viven aquí los evangélicos que oran por los enfermos?», preguntaron dos mujeres en la puerta de la casa pastoral
en una fría y lluviosa noche invernal de agosto. Después de presentarse, la más joven de las dos, dijo al pastor
misionero: «Los huesos de mi pierna se desacomodaron después de un accidente de bicicleta hace ya unos meses y
desde entonces he tenido dolores. ¿Podría orar para que el Señor me quite el dolor?»

Después de leerle cuidadosamente la Escritura: «Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros
dolores...», y de explicarle la doctrina bíblica de la sanidad, el pastor oró por ella. Esa noche, al retirarse, el dolor
había desaparecido completamente. Dios había sanado al primer argentino no-indio en el Chaco.

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Una semana más tarde, la misma joven regresó, diciendo: «Pastor, el dolor se ha ido, pero desde el accidente mi
pierna es más corta que la otra. Cojeo tanto que no puedo usar tacones altos por temor a caerme de cabeza en la
calle. ¿Podría orar otra vez por mí?»

El misionero lo hizo, prometiéndole: «Al calzarse los tacones altos, su pierna se alargará y caminará sin cojear». La
joven se retiró creyendo que sería como el pastor había dicho.

Pocos días después, apareció nuevamente caminando calle abajo con el rostro radiante, haciendo resonar sus
tacones contra el pavimento. «¡Dios me sanó!», gritaba con jubilo. Su copa estaba rebosando de gozo y compartía su
testimonio con cuantos quisieran escucharla, prometiéndoles: «Si llegan a la iglesia de Villa San Martín, el pastor
orará por Uds. y se sanarán».

Al principio vinieron de uno en uno y en pequeños grupos. «¿Me puede sanar?», preguntaban al pastor. La gente
acostumbrada por años a la práctica de curanderos, brujos y «manosantas» espiritistas de todo tipo, terminó por
pensar que el Sanador de Villa San Martín era uno de ellos. Para todos, la respuesta del misionero era la misma: «Yo
no soy un sanador; no puedo sanar a nadie. La sanidad viene solamente de Dios. Yo sólo puedo orar por los
enfermos y enseñarles las promesas bíblicas referentes a la sanidad. Es Dios quien sana».

Cuidadosamente Long les explicaba las Escrituras, enseñándoles que la provisión de Dios para ellos era la salvación
para el alma y la sanidad para el cuerpo. Al escuchar la Palabra de Dios, la gente la aceptaba con sencilla fe.
Reconociéndose pecadores y creyentes en Cristo como su Salvador, recibían con fe sencilla su sanidad. Después de
recibirla, salían a compartir la maravillosa nueva con otros. «En Villa San Martín, hay Uno que puede sanarte. Ve y
pide que oren por ti».

Y creyendo en el testimonio de la gente, los de la ciudad comenzaron a venir. Más y más seguían viniendo, hasta que
pronto cada habitación de la casa pastoral y de la iglesia que estaba al lado, se llenó de personas que aguardaban su
turno para escuchar la Palabra de Dios y que se orase por ellos. Como venían a todas horas del día y de la noche, se
hizo casi imposible encontrar tiempo para comer y dormir. Los misioneros ya no sabían cómo atender a todos los
que venían. En poco tiempo se hizo imposible atenderlos uno por uno; eran demasiados. Los misioneros
solucionaron el problema, anunciando que habría dos sesiones de enseñanza: una por la mañana a las 10hs., otra
por la tarde a las 16hs. y un culto general a la noche todos los días, con excepción del lunes -día de descanso para el
pastor. El nuevo programa de tres reuniones al día fue un alivio para los misioneros, que ahora acostumbraban a
atender gente durante todo el día hasta bien entrada la noche.

Con todo, la gente seguía viniendo como una marea incesante. Villa San Martín era para ellos una puerta de
esperanza. El Padre Celestial los estaba atrayendo a su casa, y venían de a cientos. Su gran necesidad y la esperanza
de recibir ayuda, franqueaban toda barrera de prejuicio religioso e ignorancia.

El último tren nocturno traía gente que descendía y se dirigía directamente a la casa pastoral. Cada mañana aparecía
gente antes del alba. Al despertarse una mañana con un ruido de forcejeo en la calle, los Long fueron a ver qué
ocurría, encontraron que trescientas personas estaban esperando por oración antes del desayuno. No era necesario
recorrer las calles principales para obligarlos a entrar, porque una fuerza invisible los atraía y venían por voluntad
propia a inquirir por el camino de salvación y sanidad. Dios los estaba atrayendo tal como había prometido. No había
necesidad de campaña evangelística, pues venía tanta gente para asistir a las reuniones que ya no cabían en la antes
desierta capilla de ladrillo. Se hizo necesario traer bancos, sillas, plataforma y parlantes. No era extraño que cinco o
seis mil personas asistieran a las largas reuniones que duraban desde la tarde hasta bien pasada la medianoche.
Algunos venían temprano y se traían el almuerzo, esperando pacientemente el comienzo de los cultos. Llegaron a ser
diez los autobuses que esperaban para llevar gente de vuelta a sus hogares. Los fines de semana, no era raro ver
llegar a éstos procedentes de ciudades distantes. Los testimonios duraban una o dos horas, y cada persona daba su
nombre y dirección para que otros pudieran ir y verificar su sanidad.

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Muchos eran sanados mientras estaban en la congregación sentados, escuchando la Palabra. Otros, eran sanados al
venir camino a la iglesia y otros, estando afuera como observadores, se sanaban. Cuando eran tantos que se hacía
imposible la oración individual, el pastor pedía que los que sufrían de una determinada afección se pusieran de pie, y
así oraba por el grupo de los ciegos, los sordos, los cancerosos, etc. Comenzaron a darles números para las filas de
oración, y hubo quienes tuvieron que esperar tres meses para que se orase por ellos. Mientras tanto, continuaban
viniendo a todos los cultos para aprender más y más de la Palabra de Dios, de sus caminos y mandamientos.

Para llegar, usaban todos los medios disponibles: autos, camiones, autobuses, carros y bicicletas; algunos hasta se
acercaban en carretillas. A veces, para asistir a los cultos, caminaban docenas de cuadras por caminos polvorientos y
lodosos, bajo el clima tropical caluroso y húmedo de Resistencia. Una mujer tuvo que viajar a caballo, luego en carro
tirado por bueyes, pasar a un autobús destartalado y, finalmente, terminar el recorrido en tren, antes de poder
llegar a Resistencia para pedir oración. En el termino de ocho meses, mas de cuatro mil personas habían recibido al
Señor como su Salvador. Sus nombres y direcciones llenaban varios libros.

Muchas veces, cuando alguno venía a pedir al misionero que lo acompañara a algún pueblo distante para orar por un
ser querido, él, por la Palabra del Señor, le decía: «Vuelve por tu camino, tu hijo...tu hija...tu madre...tu padre vive».
Fueron muchos los que se sanaron de esta manera. Los que creían, volvían a sus hogares encontrando que sus seres
queridos ya se habían recuperado. Cuando alguno de los que vivía en un pueblo recibía sanidad, la noticia viajaba
rápidamente y pronto otros del mismo lugar iban a Resistencia por oración. Por el testimonio de la joven de la pierna
quebrada, una familia entera que sumaba alrededor de noventa personas, se entregó al Señor. Uno de ellos, más
tarde, llegó a ser pastor.

Los cultos se celebraban en catorce pueblos y puntos de predicación diferentes. A menudo, la asistencia que
concurría a los cultos era más grande que la población del lugar. Más iglesias se abrieron y el número de nuevos
convertidos superaba al número de miembros de las iglesias ya existentes.

Periódicamente, las publicaciones católicas imprimían advertencias que decían: «¿Las sanidades son verdaderas o
son obra de brujería?» Las advertencias, en vez de amedrentar y alejar a la gente, servían como buena propaganda;
después de las denuncias, más gente nueva venía a San Martín.

Al comienzo, los médicos se opusieron fuertemente, pero más tarde comenzaron a recomendar a todos los
pacientes incurables que se llegaran a Villa San Martín. Uno de ellos, dijo riéndose: «Esa es la sucursal que tengo
allí».

La oposición tuvo éxito en hacer encarcelar al pastor Long, bajo los cargos de «práctica ilegal de la medicina, práctica
de la brujería y pedido de remuneraciones por las sanidades». Las autoridades citaron a muchos testigos para
interrogarlos, pero encontrando que las acusaciones no eran ciertas, dejaron al pastor en libertad después de varios
días de encarcelamiento. Al salir de la cárcel, un grupo de trescientas personas estaban planeando emprender una
marcha hasta la casa de gobierno para demandar su libertad.

OÍR Y ENTENDER

Sintiendo que era de vital importancia que la gente no sólo oyera sino que entendiera la Palabra de Dios, el pastor
insistía en que escucharan ciudadosamente las instrucciones de la Escritura, sabiendo que «la fe viene por el oír, y el
oír por la Palabra de Dios».

Cuando la luz de Dios penetraba en sus almas entenebrecidas, comprendían y recibían la ayuda que viene de la fe
puesta en el Dios Viviente y su Palabra eterna.

En una clase de enseñanza, el pastor notó que la atención de cierta mujer siempre se desviaba. Tres veces la
amonestó para que pusiera atención en lo que oía. Finalmente, cuando oró y todos recibieron sanidad, salvo ella, la
desatenta mujer se quejó: «Pastor, ¿por qué no fui sanada yo también?» Él le recordó que no había prestado
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ninguna atención a las instrucciones de la Biblia. ¿Cómo podía ella sanarse si no había oído ni entendido la Palabra
de Dios? A cualquiera que llegaba apurado, le decía que volviera más tarde, cuando tuviera el tiempo suficiente para
escuchar.

En otro culto, una mujer que hablaba guaraní, que venía de otra provincia, no había podido entender las
instrucciones que se le dieron en castellano para recibir sanidad. Cuando más tarde expresó su pesar por no haber
recibido sanidad, alguien le repitió las instrucciones en lengua guaraní e inmediatamente entendió. Cuando el pastor
le pidió que señalara dónde estaba ubicada la hernia que le molestaba, ella dijo: «¡No puedo; ya no está!»

Un día, apenas había alcanzado a sonar el timbre de la casa pastoral, cuando una mujer, presa del más intenso dolor,
entró gritando: «Oh, pastor, ore por mí por favor; ya no aguanto más este dolor». Al ponerle las manos en la cabeza
para orar, Dios sanó inmediatamente la hernia y el dolor ceso.

La noche que el Señor sanó los pies: juanetes, callosidades y otras deformidades, la gente dejó un variado surtido de
zapatos viejos, descartados porque ya no calzaban bien. Otros a quienes Dios sanó, dejaron en la iglesia bastones,
muletas, anteojos y aparatos de ortopedia, en señal de testimonio.

Una mujer que adoraba imágenes e ídolos, después de venir a Cristo los arrojó a todos en un profundo pozo. Cuando
alguien la reprendió, repuso: «Si yo estuviera en el pozo, podría salir por mis propios medios. Pero estos ídolos,
cómo van a poder ayudarme a contestar mis oraciones si no pueden salir del pozo donde los arroje».

Una atractiva madre -esposa de un opulento hombre de negocios- había sufrido por más de veintiún años con
dolores de cabeza extremadamente fuertes. Con la esperanza de encontrar ayuda en algún lado, había hecho un
recorrido completo a todos los lugares donde hubiera alguien que pudiera socorrerla. Cada curandero le había
prescripto su propio tratamiento -hierbas y objetos- y había requerido de ella las consabidas obediencias y siempre,
por supuesto, con una paga que variaba según los medios del cliente.

Después de años de infructuosa búsqueda y de haber agotado todos los medios, no se encontraba más cerca de la
solución para su problema que antes.

Por invitación de una amiga, se dirigió un día a Villa San Martín, mientras suspiraba para sus adentros: «Oh, otro
curandero; yo pensaba que los había visitado a todos». Al entrar a la capilla, se sorprendió ante la ausencia de
complicados altares y adornos que había visto en las capillas de otros curanderos. Cuando el pastor oró por ella, fue
tocada por Dios instantáneamente, y sanada por Aquel que había venido para que los hombres tuvieran vida en
abundancia; comenzando a transitar así el camino de la salud. Los dolores de cabeza y los vómitos jamás volvieron.

Cuando los argentinos descubrieron que Jesús podía sanar sus cuerpos enfermos, su fe creció para creer que del
mismo modo podía remediar otras situaciones. «¿Piensa que Dios me puede ayudar en este problema o en esta
situación?», preguntaban, para luego presentar su variada gama de necesidades.

Pilas de crónicas podrían escribirse con los cientos de testimonios individuales de moribundos que volvieron a la
vida; desahuciados que fueron sanados; desesperanzados que encontraron en Jesús una nueva esperanza;
desesperados que hallaron consuelo; suicidas en potencia que volvieron a tener fe en la vida; hogares destruidos
que recuperaron la unidad; y de maldiciones y brujerías que fueron quebradas. El tiempo resultaría corto para
hacerlo.

Lo que Clifford y Lois Long llegaron a ver de la torturada y enmarañada humanidad sin esperanzas, vivirá en sus
memorias hasta que llegue el día en que «las lágrimas sean enjugadas de todos los rostros». Con todo, las escenas
más vívidamente grabadas en sus corazones son aquellas en que les fue dado presenciar la tierna y omnipotente
intervención de Dios en vidas y situaciones que los hombres daban como absolutamente perdidos.

El rostro iluminado del ciego que, acercándose para tocar la cara del misionero, decía casi con adoración: «¡Puedo
ver!»

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El asombro total de la joven que hacía ocho años se había sometido a una histerotomía y ahora comprobaba que el
Todopoderoso había creado órganos nuevos en su cuerpo y que otra vez era normal.

La gloria triunfal de esa noche en que el padre, recién convertido, saca el aparato ortopédico de la pierna de su hijo,
antes inutilizada por la poliomielitis, ahora lo hacía caminar por el pasillo de la iglesia delante de toda la
congregación.

El rostro impactado de la madre al contemplar a su pequeña de tres años -que nunca antes había caminado- dar los
primeros pasos sobre la plataforma, tomada de la mano del pastor.

La enorme satisfacción de ver a la misma niña -ahora un testimonio viviente del poder de Dios para sanar-
caminando jubilosamente por las calles de esa ciudad que por meses había prohibido inflexiblemente la entrada a
cualquier obrero evangélico.

El gozo radiante de aquel hombre de edad, ciego, contrahecho por el reumatismo, que había recibido sanidad tan
sólo por estar sentado en los cultos, aunque ninguna vez había pedido oración individual.

Aquel hombre persistente que continuaba reclamando sanidad para su ceguera, aunque aparentemente no hubiera
cambios. Y el día en que, desde su total oscuridad, comenzó a percibir el color azul, luego el amarillo, después el rojo
-hasta que algunos días más tarde recuperó totalmente la visión.

El caso de la joven hija con hemorragias mortales, que sólo se mantenía viva con constantes transfusiones de sangre,
y el día en que el color volvió a sus mejillas y a sus uñas al detenerse el flujo de sangre. También, cómo toda su
familia se entregó al Señor.

La atormentada drogadicta que ni siquiera soportaba la luz del día y, que, llena de temor, clamó al pastor: «¡Ni
siquiera puedo estar de pie ante la luz que Ud.irradia! Luego el resistir, la agonía y los serios dolores que habían
sobrevenido al abandonar la droga hasta la completa victoria.

O aquel borracho, padre de once hijos, que no sabía lo que era estar sobrio, trayendo dinero, comida o ropas a su
casa. Y el gozoso testimonio que siguió a la intervención divina: «Ahora soy un padre en verdad; mi familia tiene que
comer y mis hijos están vestidos decentemente».

En el caso del esposo celoso que había golpeado repetidamente a su mujer, arrojándola en las sucias zanjas a la orilla
del camino cada vez que salía sola. La gloria de la mutua salvación, de la reconciliación y el nuevo comienzo.

El niño de once años que era un absoluto desastre y vivía gimoteando desde su nacimiento. Su pequeño cuerpo, la
cabeza desproporcionada que se le caía hacia la espalda, las piernas contraídas hacia atrás y las manos siempre
cruzadas sobre el pecho. Y el triunfo cuando Dios hizo cesar su gimoteo y volvió su cuerpo y cabeza a la normalidad.

La mujer cancerosa a la que ningún sedante podía calmar, y que entre alaridos repetía junto con el pastor:
«Ciertamente Él llevó...mis dolores. Ciertamente...Él llevó mis...enfermedades. Y por sus llagas...soy curada». Y el
alivio cuando en menos de tres minutos los gemidos cesaron y la mujer cayó dormida».

FUE EL SEÑOR

¡Fue el Señor! Fue Aquel que miró desde las alturas de su santuario. «Miró desde los cielos a la tierra, para oír el
gemido de los presos, para soltar a los sentenciados a muerte» (Salmo 102:19-20). Fue Él: el Señor.

La cruz triunfal de Jesucristo levantada sobre Chaco, había sido como un tremendo vértice que había absorbido en sí
todo lamento y miseria humana.

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Y el Espíritu del Señor se movía sobre los argentinos; miles de manos se elevaban rogando y adorando desde el
lujuriante y verde valle. Indios de oscura piel -no un puñado sino cientos- creían y eran sanados al escuchar la
enseñanza de las Escrituras.

LA LLAMA ARDIENTE

CAPITULO 4

EL LUGAR DE SU PRESENCIA

«Ud. tiene que ayudarme; estoy al final de mi camino y ya no puedo seguir más», exclamaba con vehemencia el
joven desesperado desde el momento que traspasaba el umbral de nuestra casa de Mar del Plata. Su hogar y su
matrimonio tambaleaban hacia el abismo de la desintegración; dominado por la bebida, hundido en las deudas, sin
poder conservar un trabajo; lleno de frustración, amargura, rebelión y odio; el hijo apóstata de un pastor había
llegado al final de sí mismo.

De chico, Wence había sido criado por su madre en terrible pobreza en una pequeña choza en la tierra primitiva del
Paraguay. Descalzo y vestido con harapos, sobreviviendo a base de una magra dieta de pan, raíz de mandioca y
frutos salvajes, compartió la modesta choza con su madre, hermanos y hermanas.

La vida lo había llevado a esta lucha por la existencia desde el día que el pecado había apartado a la familia de la
presencia protectora y el sostén económico del padre. Culpando a Dios por este injusto trato, (o por lo menos así lo
consideraba Wence), el joven se alejó de Él. Ardientes llamas de resentimiento y auto-lastima comenzaron a arder
en su corazón. Amargamente, determinó superar las circunstancias que lo condujeron a esta existencia miserable.
Había pocas oportunidades para progresar en Paraguay, por lo tanto, después de su matrimonio con una
encantadora joven cristiana, se trasladó a Argentina para seguir estudiando y, además, trabajar para mantener a su
familia. Muchos meses de aplicación y estudio sacrificado, se preparó para lograr una mejor posición. Pero debido al
orgullo, amargura, alto desprecio por el humilde lugar y odio por sus hermanos, aún su trabajo diligente y aplicación
en el estudio cesaron de ser aportes positivos. Amargado contra el mundo y contra Dios, altivo y despreciativo,
víctima de frecuentes ataques demoníacos y frustraciones, trató de volcar todo en la bebida, dado que las presiones
internas y externas aumentaban. Durante estos años turbulentos, cuando la vida para el era imposible de
sobrellevar, su esposa llena de fe, se mantuvo tolerante y esperanzada a su lado, cuidando de su hogar y de dos
hermosos niños. Después de perder un trabajo tras otro, sufriendo continuos reveses financieros, se mudó de ciudad
en ciudad con su familia, finalizando cada vez en deudas y bebiendo en exceso.

Siendo un cristiano profesante, una vez había intentado pastorear una iglesia, pero cuando los feligreses
descubrieron su temperamento áspero y su adición a la bebida, perdió el respeto de ellos y también el pastorado.

Habiendo perdido trabajos, amigos, dinero y aun el respeto hacia su persona, se encontró al borde de perder
también a sus seres más queridos: esposa e hijos. Luego de esperanzas frustradas, oraciones y esperas prolongadas,
su esposa había llegado al final de sus fuerzas.

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A pesar de que Wence había probado de todo, nada había acontecido. Oración, religión, servicio religioso, promesas
y resoluciones de cambiar, todo había sido en vano. Se sentía condenado. ¿No había respuesta? ¿No había solución?

Desesperanzado y contemplando el suicidio como única vía de escape, de pronto se acordó de Peniel. Quizás allí él
podría encontrar la respuesta. La noche que decidió ir a Peniel, Mar del Plata, comenzaba una conferencia. Llegó
justo al principio. A medida que Wence me hablaba y contaba sus innumerables problemas, Dios abrió sus ojos por
primera vez, la única solución verdadera: el derecho y estrecho camino de humillarse a sí mismo y orar la simple
oración del publicano: «Dios ten misericordia de mí, un pecador».

Como resultado de esta conversación, presenció una de las reuniones en la capilla, y humillado delante de los
creyentes que se congregaban allí, entre sollozos explicó cómo por años, si bien había sido un cristiano profesante,
se había alejado de Dios; guiado por un espíritu de mártir y auto-lastima, se había amargado contra Dios, haciéndolo
responsable por la tragedia de su juventud. «Acusando a Dios, comencé a beber para olvidar mis problemas, pero
ello sólo los aumentó. No encontré ni paz ni alegría, sólo desesperación. Y ahora ya no puedo seguir, necesito
encontrar a Dios».

Mientras el caía arrodillado sobre el piso llorando, los ministros lo rodearon y oraron. La congregación, movida por
su desesperación, también comenzó a orar, uniendo sus oraciones y elevándolas a Aquel que por años había
intercedido a la diestra del Padre por éste.

Al encontrar arrepentimiento, el pródigo encontró a Dios. Un encuentro que resultó en un total cambio de dirección.
Contristado y quebrantado por la locura de sus caminos pasados, el pródigo, quien por años había escapado de
Aquel que lo amaba, regresó a Dios y, en este regreso, encontró descanso su alma. Inmediatamente después,
considerando que el trabajo de Dios había sido completado, se fue a otra ciudad para seguir por sus propios medios.
Pero muy pronto, descubrió que necesitaba muchos meses más bajo la cobertura y la protección de un ambiente de
fe, para que el trabajo de transformación en él fuera acabado.

Su arrepentimiento de corazón fue inmediato, pero la restauración de su vida, el cambio de viejos hábitos, el
establecer sus pies firmemente en el sendero de Dios -el Camino Alto de su santidad- llevó muchos meses. Mientras
Dios trabajaba pacientemente para reformar su vida, el encontró refugio en Peniel. Algunos años más tarde, Wence
con su adorable esposa e hijos, trabajó como pastor y evangelista en una provincia distante, siendo su vida un
testimonio del poder del Señor Jesucristo para restaurar y revivir a alguien que, por años, había vivido esclavizado en
la vergüenza del pecado y vil servidumbre. A través de su ministerio, muchos encontraron descanso y liberación.
Desde el corazón que una vez estuviera lleno de autolástima, desprecio, durezas y orgullo, comenzó a emanar la
fragancia del único, amado y amante Nazareno.

En Peniel, él se encontró cara a cara con Dios y su alma fue librada. ¿Pero, por qué había ido a Peniel en Mar del
Plata? ¿Qué era Peniel?

UN MONUMENTO A SU FIDELIDAD

Concebido en el corazón de Dios; construido de acuerdo a instrucciones dadas por Él; establecido sobre los
principios y preceptos ordenados por Él; construido con el material provisto por Él; en respuesta a oraciones
inoportunas, el Instituto Bíblico Peniel es la realización de las promesas dadas por Dios y un monumento a su
fidelidad.

Peniel -un lugar elegido por Dios para ser la morada de su Presencia (significa en la traducción hebrea «cara del
Todopoderoso»)- se ha convertido para muchos en un santuario, un escondedero, una cobertura de la tormenta y la
lluvia, una roca, una fortaleza para el pobre y necesitado en su angustia.

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Peniel - «donde me encontré con el Todopoderoso cara a cara y mi alma fue librada» (versión española de Génesis
32:30)- es un testimonio viviente de la verdad de que «lo que Dios ha prometido, Él es capaz, también, de
realizarlo».

UN PUEBLO SIN PASTOR

La necesidad imperiosa de pastores del país, calificados para pastorear las manadas sin pastor -de ovejas recién
nacidas durante el avivamiento en Argentina- me trajo una urgencia en la oración, para encontrar la respuesta en
Dios.

En todos lados había sido igual: en los avivamientos en Buenos Aires, Necochea, Lobería y en Chaco. La facilidad de
ganar nuevas almas contrastaba con la escasez de pastores preparados para conducir a estos pequeños en Dios. Una
campaña evangelística produciría en cada noche y en cada ciudad, una nueva congregación. Pero, ¿dónde estaban
los pastores preparados para pastorearlos?

El esfuerzo evangelístico en la ciudad de Lobería nos dio una triste lección. Después de batallar contra la fortaleza de
Satanás para hacer una hendidura en su amurallado bastión, después de formar una congregación de gente que
nunca había escuchado el evangelio, nos enfrentamos con la derrota, dado que no había nadie que pastoreara a los
nuevos creyentes...y nosotros tuvimos que abandonarlos. Evangelizar y despertar a los inconversos a la luz de la vida
de Jesucristo, para luego abandonarlos y que languidezcan solos en el desierto, para enfrentar las tentaciones de
Satanás y las tormentas de la vida, no era la respuesta. Dios debía tener una solución, un camino mejor.

MODELO Y PRECEPTOS

A fines de 1955, mientras buscaba seriamente a Dios para conocer sus planes, me dejó saber claramente que
deberíamos construir «Peniel» y «Los Pinares» con su provisión y habilidad. Peniel: un Instituto Bíblico para la
preparación de gente joven para el ministerio, y Los Pinares: una casa para cobijar niños despreciados y
abandonados. El objetivo final de su orden nos asustó. ¿Cómo podríamos cumplirlo? ¿Dónde estaba el dinero para
tan vasto proyecto? Nosotros habíamos ministrado fuera de los Estados Unidos en trabajos misioneros por años.
Nuestra licencia había sido ocupada enseñando en un Instituto Bíblico de Nueva York, por lo tanto, no habíamos
hecho un itinerario entre las iglesias para reunir fondos antes de regresar al campo misionero. Los contactos habían
sido pocos. Desorganizados y sin mucha ayuda mensual, nos preguntamos como María: «Señor, ¿cómo será esto?»
Dudas, preguntas y temores nos llevaron aún más diligentemente a buscar su rostro.

Concerniente a todas las provisiones, materiales y elementos para la construcción del instituto y orfanato, Él acalló
las lágrimas de nuestro corazón al darnos el mandato de Hageo 1:8: «Ve al monte y trae madera y construye la
casa». Por ese versículo, entendimos que todo -incluyendo los materiales de construcción necesarios, dinero,
estudiantes, profesores, equipos, obreros y constructores- vendrían, no como respuesta a fervientes pedidos o
apelaciones, sino de Dios mismo, sólo en contestación a nuestras oraciones.

Tan seguro como Elías había subido a la cima del monte Carmelo y allí esperó en ferviente oración hasta que vino la
respuesta de Dios, también nosotros deberíamos ir al Monte de Oración y esperar allí hasta obtener la respuesta -así
fuera siete veces o setenta veces. Peniel debía ser construido, no por presiones hacia la gente, sino por insistente
oración a Dios.

En cuanto a la estructura de la construcción, el Maestro Dibujante habló a través de las Escrituras. Como Dios había
dado a David el modelo para construir el Tabernáculo por su mismo Espíritu, así Él nos daría el entendimiento de la
estructura y diseño que Él deseaba para Peniel y Los Pinares.

PROMESAS Y PRINCIPIOS

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Dios nos prometió que construiría una casa, que se gozaría en ello, que Él sería glorificado y pondría su Nombre -su
presencia- allí. Para la realización de tal magnitud de mandamientos y promesas, no podíamos más que unir nuestras
voces a la de David, cuando decía: «Oh, Señor Dios, Tú eres Dios y tus palabras son verdad y Tú lo has prometido».

Junto con el modelo, los preceptos y las promesas, Él también indicó cuidadosamente los principios básicos sobre los
cuales operaría Peniel.

ORACIÓN

La dirección del Maestro Proyectista y las condiciones habían sido clarísimas: Él nos daría la posibilidad de construir,
si orábamos. Por lo tanto, con profundo agradecimiento a Él, no pudimos más que constestar como David: «Tú has
dicho a tu siervo que construirás una casa. Por lo tanto, tu siervo ha hallado en su corazón orar». Y fueron muchas
las veces en que «como el siervo mira la mano de su maestro», también nuestros ojos se elevaron hacia el Señor,
nuestro Dios; y Él oyó nuestras súplicas.

PROVISIONES

Uno de los principios que Él había establecido para la construcción de Peniel fue que no hubiera pedido de fondos a
hombre alguno, ya sea directa o indirectamente. El maestro había señalado otro camino para nosotros: La búsqueda
de Él «mediante la oración y agradecimiento, siendo nuestros requerimientos sólo conocidos por Él».

La suma que el Señor proveyó para comenzar la construcción del instituto era sólo suficiente para obtener todo
permiso gubernamental y papeles necesarios, para dibujar los planos y poner los cimientos para una construcción
con capacidad para cincuenta estudiantes.

Por más de ocho meses, no entró más dinero que el necesario para los gastos mensuales, para poder comprar algún
material de construcción necesario posteriormente. Los incrédulos -observando los cimientos abandonados y el
trabajo de construcción paralizado, y recordando nuestro testimonio de que Dios había prometido construir un
instituto, comenzaron a burlarse. «¿Así que han empezado algo que no pueden terminar? Realmente creen que Dios
les dijo que construyeran? ¿Dónde está ese Dios que Uds. dicen que contesta sus oraciones?» Sus palabras,
cortantes como lanzas afiladas, nos llevaron a mayor oración. Dios es nuestro único recurso, y a Él nos volvimos.
Sabíamos, desde entonces, que Peniel sería, también, un monumento a la fidelidad de Dios o un clamoroso
testimonio de la locura de Miller. Por lo tanto «nos animamos en el Señor» y esperamos en su presencia. Otro de los
principios era no apelar a personal, obreros, equipos o constructores. Prometiendo al Señor devolver la leña
necesaria desde la Montaña de Oración, al mismo tiempo, no levantar una mano para colocar material alguno en la
pared. Dios nos tendría que proveer alguien para realizar la labor manual. Si Él no podía enviar a alguien, luego yo no
trataría de salvar su reputación -o la mía- haciendo yo mismo el trabajo de enladrillado. En consecuencia, la
construcción no pudo continuar hasta que el Señor envió un constructor.

EL CONSTRUCTOR

La oración que Él me dio durante esos días fue la de Salomón: «Mándame, por lo tanto, un hombre diestro para el
trabajo». En la forma más inusual, Dios contestó esa oración.

Unos meses más tarde, un hombre golpeó a mi puerta -el señor Simonetti, un simpático albañil, arquitecto y
contratista. «¿Tiene Ud. algún trabajo para mí?», preguntó. Necesitaba trabajo, ya que había sufrido serios reveses
financieros, habiendo perdido su casa y contratos de trabajo. Estaba deseoso de realizar cualquier tipo de trabajo de
construcción al precio de un salario de peón, y nos preguntó si podríamos usar sus servicios de cualquier forma. El
señor Simonetti era la respuesta de Dios a nuestras oraciones por un obrero. Educado, capaz, hábil en todas las fases

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del proyecto y construcción, él era la respuesta perfecta del Maestro Arquitecto -el hombre «diestro para el trabajo»
enviado en contestación a meses de oración. Por años él dirigió, asistió y trabajó con sus propias manos en Peniel.

También supimos que no habría exhortaciones o anuncios para inducir a estudiantes a ir a la Escuela Bíblica. En
contestación a oraciones, Él los enviaría; dirigiría sus pasos hasta este lugar.

Cuando comenzamos el primer año de enseñanza, todavía no había estudiantes y el edificio recién había comenzado
a construirse. En respuesta a las oraciones, el Señor envió tres jóvenes -fruto de la campaña evangelística en
Necochea. Con el fin de proveer lugar dónde dormir, nuestra familia de cinco personas se apretó un poco más para
ceder un dormitorio a las jóvenes. El living se convirtió en nuestro salón de clases, y todos almorzábamos juntos en
la cocina.

Siendo recién convertidas, las chicas no tenían preparación religiosa previa. Las referencias bíblicas debían ser
localizadas por ellas en sus Biblias, antes que pudiéramos comenzar la lección del día.

Con estas tres jóvenes como estudiantes y nuestro hogar como salón de clases y dormitorio, comenzó a funcionar el
Instituto Bíblico Peniel.

Los primeros estudiantes penielistas -y muchos otros que los siguieron- eran la elección de Dios: ignorantes, sin
educación, sin cultura, sin preparación religiosa; ellos eran de la compañía de «los necios, débiles, bajos,
despreciados y de las cosas que no son». Tiempo atrás, cuando el Maestro eligió sus discípulos de entre humildes
pescadores, también eligió «lo que no es, para deshacer lo que es».

Dado que una de las leyes del Reino de Dios es el crecimiento, convenimos con Él que por este año dedicaríamos
nuestro tiempo a estas niñas poco prometedoras, pero si no habían cuatro o más estudiantes para el próximo año
escolar, cerraríamos «el lugar» como consecuencia de no haber entendido sus instrucciones claramente.

Al año siguiente, Él nos envió siete estudiantes; al próximo, doce. Sin ningún tipo de solicitud por nuestra parte, el
número de estudiantes continuó aumentando. Tan pronto como las aulas estuvieron listas ya hubo estudiantes para
ocuparlas. Cuando el edificio del instituto de tres pisos estuvo terminado, todos los lugares disponibles para
dormitorios fueron ocupados. Finalizada la construcción de Peniel, se construyó otro edificio: Penielito. A fin de
satisfacer la continua necesidad de dormitorios, se construyeron departamentos para matrimonios, como también
para estudiantes solteros, y más tarde se edificó una unidad para dormitorio de varones.

Los estudiantes de Peniel llegaban sin ninguna invitación o anuncio; venían porque Dios había hablado a sus
corazones -algunos de ellos superando grandes oposiciones de familiares y pastores. Para enfrentar la creciente
demanda y necesidades de esos jóvenes, fue necesario tener clases durante el verano así como en los meses de
invierno. Dios no permitió entrar a ningún joven que se viera tentado de tomar ventajosamente una habitación y
pensión gratis.

Otro principio fundacional sobre el cual habíamos construido era el de no aplicar carga alguna a los estudiantes, tales
como: alquiler de habitación, comida o enseñanza. Dado que la familia de Peniel continuaba creciendo, el problema
de obtener y comprar suficientes provisiones se agudizó mes a mes. Continuamente era necesario ascender a la
Montaña de Oración para, desde allí, traer las provisiones. A veces Dios enviaría comestibles como ofrenda de
algunas iglesias pioneras fundadas por el evangelismo, o a través de alguna encomienda por vía aérea.

Otras veces, creyentes argentinos eran movidos en su corazón y traían ofrendas para el instituto. A menudo antes de
que pidiéramos, ya Dios había contestado fielmente, proveyendo mientras orábamos: «Danos hoy el pan nuestro de
cada día». Sus frecuentes respuestas a la oración en cuanto a la provisión de necesidades, son demasiadas para
contar.

A menudo, cuando sus respuestas a nuestras necesidades parecían demoradas, encontramos refugio en el Salmo
119:29: «Recuerda la palabra dada a tu siervo, sobre la cual me has dado esperar». Frecuentemente, nos volvíamos
a su promesa escritural: «Señor, Tú lo dijiste», era la base de nuestro clamor. A su debido tiempo la respuesta
siempre llegó.

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Llegó el momento en que era necesario algún medio de transporte. Por largo tiempo, habíamos usado bicicletas,
pero como el instituto había crecido era indispensable tener auto. Como nos dirigimos a Él en oración, su promesa
llegó y supimos que Él nos supliría. Pero los meses pasaban y aún no teníamos el auto. Dos años más tarde, cuando
un pastor que nos visitaba nos preguntó por qué no teníamos un auto, dado que lo necesitábamos
desesperadamente, nuestra respuesta fue que habíamos estado orando por uno, y creíamos que Dios supliría esa
necesidad (aun cuando en Argentina éstos cuestan el doble del valor de uno similar en los Estados Unidos).

«¿Y de qué manera lo suplirá?», preguntó el ministro de modo irónico. «Lo bajará de las nubes, supongo. ¿Por qué
no piden fondos? Envíen cartas. Den a conocer vuestra necesidad a los hombres». A pesar de que se burlaba de
nuestra cándida fe, sabíamos que no podíamos apelar a ningún pedido; era en contra de los principios
fundamentales que Dios nos había mandado.

Las palabras del ministro quemaban como un azote y yo las llevé al Señor, diciendo: «Padre, si Tú no satisfaces
ciertas condiciones para tal tiempo, indicando que vas a cumplir tu promesa de proveernos un coche, te devolveré tu
promesa y no te lo pediré más». Una de las condiciones para la compra del mismo era que no hubiera deudas. Si
éste no pudiera comprarse al contado, entonces tendríamos que privarnos de él.

Para la fecha establecida Dios había satisfecho cada una de mis condiciones. Poco tiempo después llegó una carta
diciéndonos que el Señor había puesto en el corazón de un matrimonio de jubilados el proveer para la compra de un
auto para Peniel en Mar del Plata. Su cheque fue enviado por correo aéreo. Casi literalmente el Señor nos había
«bajado un auto de las nubes».

CUMPLIMIENTO

En el año 1955 Dios dio la promesa. Hasta el día de hoy, Él ha dado cumplimiento de todo lo prometido. Donde antes
había un solitario edificio misionero, ahora se elevan otros edificios: un Instituto Bíblico de tres pisos, una unidad
para dormitorios de dos pisos y departamentos para matrimonios llamado Penielito, una unidad de dormitorios para
niños, un taller y un lavadero. Todo se construyó en base a la fiel provisión de nuestro Padre Celestial quien nos
había prometido que construiría una casa.

Sin solicitud alguna de fondos, fue provisto dinero suficiente para pagar íntegramente cada edificio. No hubo deudas
ni fue necesario pedir dinero prestado.

Construido de acuerdo a las indicaciones dadas por Él, establecido sobre preceptos y principios que Él deseó, Peniel
es un monumento a la Fidelidad de Dios quien puede realizar todo lo que promete.

Dios había prometido que Él edificaría. En respuesta a las oraciones y en cumplimiento a sus promesas, construyó un
Peniel material -un Instituto Bíblico de ladrillo y piedra, y edificó su carácter en vidas desprovistas de toda gracia.

Y, sobre todo, se ha convertido en un testimonio vivo de la fidelidad de Dios y de lo que Él forja. Dios Es fiel. Fiel para
realizar todo lo que promete. Fiel para guardar su modelo. Fiel para suministrar en su divina providencia. Fiel para
contestar oraciones.

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LA LLAMA ARDIENTE

CAPITULO 5

TUS PEQUEÑOS

«Doctora, ¿por qué no se lleva al niño a su casa?» Las palabras penetraron como agudas saetas en el corazón de
Nelly.

«¿Por qué debería llevarlo a mi casa?», pensó. «¿Qué responsabilidad tengo sobre él? ¿Por qué debería estar
preocupada por llevarme un niño que otros desechan?» Su mente volvió a la sala del hospital en donde yacía el niño,
un rubio de ojos azules y piel blanca, de ocho meses de edad. «¿Por qué su madre no lo deseaba? ¿Cómo pudo
abandonarlo en el hospital? «Se necesita alguien que provea un hogar para él», pensó, «pero ¿Por qué lo tengo que
llevar yo? ¿Por qué debería cercenar mi libertad, mis propios derechos personales y planes futuros?» Pero las
palabras proferidas por su asistente continuaban cortando como puntas de lanzas y golpeando como un martillo una
y otra vez en su mente: «Doctora, ¿Por qué no se lleva el niño a su casa?»

A pesar de que Nélida Raheb, una dentista cristiana, había estado trabajando en el Hospital de Mar del Plata durante
varios meses y conocía el problema de los niños sin hogar, nunca se le había ocurrido seriamente que ella podría ser
la solución a ese problema hasta que su asistente se lo sugirió.

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Por muchos días la joven odontóloga luchó con muchas preguntas punzantes: «¿Deseo llevarme el huerfanito a mi
casa? ¿Deseo suprimir mis derechos a fin de cuidar de él? ¿Qué pasa con mi llamado al ministerio? ¿No sería mi
lugar el evangelizar? ¿Cómo puedo criar un niño abandonado? Cada pequeño tiene derecho a un hogar y familia que
lo ame, pero ¿no es mi primer responsabilidad predicar el evangelio de Jesucristo, salvar almas? Incapaz de
desenredar la confusión de enmarañadas hebras elaboradas por sus propios razonamientos, finalmente acudió a
Dios como consejero, ascendiendo a la Montaña de Oración sola, dejando todas sus preguntas a Él. Aún allí, trató de
argüir y razonar, y finalmente, llorando con desesperación, exclamó: «De acuerdo, Señor, tú me has hablado. Dime
lo que debo hacer». Mientras esperaba en su presencia, Dios comenzó a abrir Escrituras que antes nunca había visto.
Ellas hablaban de «tus pequeños que no pueden discernir entre su derecha y su izquierda» y «aquellos que no tienen
noción del bien y del mal». Poco a poco comenzó a entender que Dios quería que aceptara al niño. Pero como Jacob,
ella luchaba en su corazón. Sólo después de horas de contienda, finalmente cedió y aceptó la responsabilidad.

Anunciando su decisión al equipo del hospital, se sintió desilusionada cuando descubrió que el niño ya había sido
adoptado por otro doctor justo unas pocas horas antes.

Con gran desconsuelo, todavía sorprendida, desechó la experiencia de su corazón, pensando en lo que Dios deseaba
decirle a través de todo esto. Finalmente, concluyó: «Bueno, él es nada más que uno de los muchos abandonados en
los hospitales. ¿Por qué debería estar preocupada? ¿Qué puede hacer una sola persona para ayudar ante esta
tremenda necesidad?» Con esta auto-defensa, suavemente eliminó el problema de su corazón, de alguna manera
consolada por el pensamiento de que el niño no sería suyo.

LOS NIÑOS

El trabajo pastoral pionero de la pequeña localidad de La Dulce era muy difícil para Nélida -a quien afectivamente
llamamos «Nelly»-, y para mantenerse espiritualmente a flote, le fue necesario buscar al Señor diligentemente en
ayuno y oración. Una mañana temprano mientras esperaba en su presencia, como era su costumbre, el Espíritu
Santo trajo a su corazón el versículo 19 del segundo capítulo de Lamentaciones: «Levántate, da voces en la noche, al
comenzar las vigilias; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor, alza tus manos a Él, implorando
por la vida de tus pequeñitos, que desfallecen de hambre en las entradas de todas las calles».

¿Qué podía significar esta Escritura? Debería ella interceder por los niños de La Dulce? ¿Consideraba Dios que ella
era una feligresa adulta mientras los pequeños morían de hambre? Sin comprender, pero en obediencia al mandato
de la Escritura, elevó sus manos en oración y vertió su corazón en intercesión, diciendo a Él: «Señor, dame mis
pequeños que están pereciendo». A pesar de llevar la carga de oración por muchos días hasta que sintió que Dios
había escuchado, aún siguió inquiriendo: ¿Quiénes son estos niños a los cuales Dios considera míos? ¿Significa esto
que los niños en Argentina actualmente se están muriendo de hambre en las calles? ¿Dónde están esos niños?

Después de muchas semanas, Nelly comprendió dónde vivían algunos de ellos: en chozas de barro con techo de paja;
en chozas hechas con cualquier resto de material disponible; en plazas públicas; en hospitales. Un grupo de tres
pequeños estaban abandonados en una casa vacía por familiares que, en estado de ebriedad, los habían dejado sin
comida. Otros habían sido tirados en cualquier lugar. Algunos vivían de una magra dieta de pan y vino y eran
golpeados cruelmente por sus padres. Muchos eran huérfanos debido a enfermedad, muerte y pecado. Un niño
encontró hogar en un asilo mental en donde había sido internada su madre. Siendo normal al entrar, luego comenzó
a imitar a los dementes que lo rodeaban. Los llantos de estos pequeños, despreciados y abandonados ascendió al
trono de Dios y su corazón fue movido con compasión al ver las necesidades de los pequeños rechazados, sin amor y
sin familia. Mientras Nelly continuaba buscando su rostro en oración, el Señor cargó su corazón con las necesidades
de éstos. Cerca de Él, ella oyó una voz diciendo: «¿Quién irá por nosotros a rescatarlos?» Ahora, ella entendía
claramente lo que Dios deseaba decirle.

CONFIRMACIÓN

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Sin saberlo Nelly, dos años atrás, cuando Dios nos dio los planos para el trabajo que debía llevarse acabo en Peniel,
también nos habló de un Hogar de Niños. Aún cuando estábamos orando e intercediendo por el cumplimiento de su
palabra, Él ya estaba poniendo una carga en el corazón de Nelly para llegar a compartir con nosotros ese trabajo.

Un día, cuando ésta estaba en Mar del Plata de visita, yo compartía con varios obreros la carga en cuanto al Hogar,
pues estaba convencido que el tiempo de Dios para construirlo ya había llegado.

Mientras hablábamos, Nelly comenzó a sonreír, más tarde, al pasar, remarcó: «Creo que el Señor me permitirá
compartir con Uds. esta nueva tarea». Luego, casi reticentemente, contó lo pactado con Dios en el hospital de Mar
del Plata y en La Dulce. Meses después, Nelly descubrió que el trabajo a favor de los niños abandonados y huérfanos
estaba dentro del plan de Dios para nosotros en Peniel y ella estaba llamada a tener parte en el mismo.

La idea de comenzar tal trabajo, presentó muchos problemas. ¿De dónde vendrían los medios para provisiones
adicionales y edificios? ¿Cómo haríamos los contactos con los pequeños necesitados? ¿Dónde estaba el personal
encargado de cuidarlos? ¿Sería Nelly capaz de administrar semejante Hogar? Ella mostró poca inclinación para tal
trabajo y poca comprensión o tolerancia hacia los niños. ¿Sería suficiente? Y, por otro lado, nosotros nunca antes
habíamos tenido una experiencia de este tipo. Pero como Nelly sintió que Dios requería de ella que aceptara esta
nueva responsabilidad como directora del Hogar, y como supimos que Dios nos había hablado, nos unimos en
oración.

Los Pinares, un hogar para niños indeseados y abandonados, fue edificado en obediencia a las demandas del
Maestro.

Preguntando al Maestro como sería sostenido este orfanato, Nelly presentó un vellón al Señor en oración: si dentro
de un mes ella recibía una donación de mil pesos, destinados exclusivamente al trabajo con los niños, lo aceptaría
como señal de que el mismo sería sostenido por fe. El día 28 de ese mes, ahora, convencida, de que el Señor no
cumpliría con esa condición, Nelly nos confesó su pacto, alegremente confiada de que ya era demasiado tarde para
que el Señor hiciera algo.

Al día siguiente vino una amiga a visitarnos. Habiendo oído de nuestro deseo de comenzar a trabajar con los niños,
ésta dio a Nelly un sobre conteniendo exactamente mil pesos. De esta manera Dios confirmó que el orfanato debería
operar sobre los mismos principios de fe en la fidelidad de Dios, igual que el Instituto. Provisiones y edificación
vendrían del mismo modo que para Peniel, en contestación a insistentes plegarias.

DÉJALOS VENIR

Abandonado en una triste sala de guardia del hospital, yacía otro pequeño. A diferencia del primero que Nelly había
visto allí, Carlos era un contraste: de piel trigeña, rasgos no muy agradables, cabello oscuro y ojos negros llenos de
miedo. Casi muriendo de hambre y resentido, cruelmente flagelado y odiado por sus padres, había sido llevado al
hospital y allí abandonado. Los doctores y enfermeras sintiendo lástima por él, le habían devuelto la vida a través de
meses de tratamientos cuidadosos. Las marcas del cinto lacerando su cuerpo fueron desapareciendo. Cuando los
médicos pensaron que era tiempo de dejar el hospital, nadie parecía deseoso de llevárselo. Habiendo oído sobre
nuestro deseo de trabajar entre niños abandonados, una enfermera preguntó a Nelly si lo quería llevar. El pequeño
Carlos fue el primero que encontró refugio en Los Pinares.

Durante los años siguientes, llegaron otros pequeños a los hogares ubicados en el bosque de pinos: la pequeña Ana
María y Nilda, hermanas cuya madre había muerto de tuberculosis. Rodolfo, cuyo padre nadie conocía. Jorge, quien
pasó sus tempranos años en un asilo para niños retardados, imitando enfermos. Cristina, huérfana desde pequeñita
y dejada de asilo en asilo. Emilio y Alfredo, tan salvajes cuando recién llegaron que nadie los podía soportar. Estos y

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muchos otros hallaron refugio en Los Pinares e hicieron de él su hogar, llamando «mami» a Nelly. Pero nuestra
historia va aún más allá.

TIEMPO DE CONSTRUIR

«Es tiempo de levantar el edificio y construir el orfanato», dijo el Señor un día mientras lo buscaba en oración. Muy
sorprendido, me incliné sobre mis rodillas y comencé a reír. ¿Era ya el tiempo de iniciar una nueva construcción
cuando todavía estábamos varios meses atrasados en el pago del trabajo recientemente terminado en el Instituto?
Esta era la primera vez que nos ocurría esto; nuestras cuentas habían sido siempre pagadas de inmediato.

Afortunadamente, los obreros no habían venido a pedir su salario, pero de haber venido, nuestros bolsillos hubieran
estado vacíos. Y ahora, al buscar al Señor para que nos proveyera para las necesidades que sumaban varios miles de
pesos, aparentemente, Él ignoraba las cuentas sin pagar y daba la orden de comenzar la inmediata construcción de
nuestra primera unidad para niños. Como me pareció totalmente absurdo, me reí. Ignorando mi risa, el Señor,
simplemente, me habló de nuevo dándome una condición y una promesa: «Si puedes creerlo, te lo daré». Mi
respuesta fue espontánea: «De acuerdo, Señor; yo creeré». A pesar de que las cuentas del todavía inconcluso
Instituto estaban sin pagar, comenzamos de inmediato a trabajar sobre los proyectos para el nuevo Hogar, el cual
sería construido en el terreno contiguo al Instituto. Necesitábamos, con urgencia, cuarenta mil pesos para pagar
cuentas y comenzar la construcción de la nueva unidad. No mucho después llegó una carta de un querido amigo con
un «aleluya» estampado en la parte superior del sobre, contándonos acerca de la provisión de Dios: exactamente la
cantidad que necesitábamos para pagar las cuentas y comenzar la construcción. La provisión de Dios para la
construcción es una cálida y tierna historia, un recordatorio de un jovencito y sus tiernos padres. Es una historia de
tragedia y triunfo. Sentimos que debería ser narrada.

EL NUEVO HOGAR

«Mami, ¿qué te parece que estarán haciendo los niños en África esta mañana? ¿Te parece que los coreanos tendrán
lo suficiente para comer?», inquirió Ronnie mientras gustaba la nutritiva comida preparada por su devota madre. Su
interés en tierras misioneras empezó a fluir naturalmente, dado que, tanto él como sus padres, raramente faltaban a
un servicio misionero en su iglesia local. Cuando el chico comenzó a hacer tales preguntas su madre, en ningún caso,
supo que contestar. A menudo se maravillaba del interés que su único hijo tenía en la obra misionera. Ronnie era un
especial regalo del buen Padre Celestial para estos padres canadienses, quienes habían estado solos varios años. Su
padre amaba profundamente al niño, pero también amaba a los chicos del vecindario quienes a menudo se reunían
en la vereda a charlar y hacer preguntas. Sí, había un lugar especial en el corazón de su papi para todos.

Rodeado de amor, Ronnie aprendió a temprana edad a amar al mismo Dios que amaban sus padres. Un hijo dócil,
con un espíritu dulce, no era difícil de disciplinar ya que su deseo era agradar a Dios. Parecía haber algo especial en
él, aun sus vecinos inconversos lo reconocían: la solitaria anciana a quien el siempre saludaba al pasar por su puerta,
y el vendedor a quien le había devuelto el cambio entregado por error.

Un día, mientras su madre estaba sentada meditando en el parque cercano a su casa, la gloria de la presencia del
Señor se acercó llenando su corazón de su belleza y amor. Sintió una nueva vida y fuerza crecer dentro suyo. Su
corazón se llenó de gozo y la vida parecía tener valor.

Tres días después, el Señor, inesperada y tiernamente, se llevó a Ronnie, de doce años de edad, para estar con Él. El
hermoso regalo, tan soberanamente dado fue reclamado por Dios. El pequeño Ronnie se había ahogado en una
playa privada en donde tomaba lecciones de natación.

Sus padres, sorprendidos por la súbita desaparición de su hijo, llenos de pesar, perplejos y desesperados, oyeron la
voz del Espíritu Santo hablándoles suavemente acerca de Juan 12:24: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y
muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». Todavía sin entender por qué había sucedido eso, sin

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embargo, se sentían consolados. Dios ha dado y Dios ha quitado, así que ellos bendijeron y alabaron el nombre de su
Señor en medio de su profunda tristeza. Con abundantes lágrimas y corazones quebrantados, meditaban sobre el
«mucho fruto» que Dios había prometido, preguntándose cómo podrían cooperar con Él para traer ese fruto. Este
corto poema se convirtió en su testimonio:

«Aunque nuestros planes y esperanzas se vieran frustrados, igualmente lo amaremos y confiaremos en Él.

Porque sabemos que todo lo que Él hace esta bien. Y nuestros corazones a su voluntad dicen amén».

Durante los días siguientes, mientras buscaban al Señor en oración, Él les mostró como invertir la vida de su
pequeño y su muerte en el Reino Eterno. Con el dinero ahorrado para la educación de Ronnie, entendieron que
deberían construir un hogar para niños abandonados e indeseados en el extranjero. Así que tomando el dinero que
era sagrado para ellos, construyeron nuestro segundo hogar infantil.

La vida de Ronnie es un testimonio diario para todos aquellos que van a visitar los hogares (de los cuales ya hay cinco
sectores). La historia de su muerte y su vida, ha sido publicada a través de la televisión, radio, diarios, y se ha
contado en grandes reuniones públicas de inconversos. La gente fue extrañamente movida al escuchar la historia,
por ser éste un amor que nunca habían conocido antes. La historia de Ronnie los acercó a Dios. El amaba a los
pequeños de otros continentes y sus padres, quienes en su dolor alababan y amaban a Aquel quien les había
arrancado su único hijo, dirigían los corazones de la gente hacia el cielo. En lugar de encerrarse en amarguras,
autolástima y rebelión, los padres de Ronnie dejaron fluir el amor de Dios a través de ellos hacia otros.

Nuestro segundo hogar es una memoria de un pequeño niño que murió, y de su madre y padre quienes amaban a
Dios y daban a otros. La vida de Ronnie es un grano de trigo que cae y que luego trae una abundante cosecha. Aún
muerto, habla y cuenta la historia que permite acercar a los inconversos al amor de Dios. La historia de Ronnie es
una tragedia, pero convertida en triunfo en las manos de Dios.

DIOS ENVÍA LOS CUERVOS

Un día, Dios envió cuervos para que trajesen comida para los pequeños en Los Pinares. El tío Pancho, un hombre de
mediana edad, quien era jefe inspector de los hombres que supervisan las mesas de juego en los casinos, fue un día
para ayudar a colocar azulejos en la cocina de la casa de Ronnie. Mientras trabajaba, comenzó a hacer observaciones
y a interesarse en el Hogar. Su corazón fue tocado mientras realizaba dicho trabajo. Sin hijos, después de muchos
años de matrimonio, su corazón fue movido hacia esos pequeños que tenían tan poco.

Volviendo al casino, contó con entusiasmo a sus compañeros de trabajo acerca del hogar de niños que había
visitado. Al día siguiente, algunos de ellos se acercaron junto con él a Los Pinares, al mismo tiempo que llegaba el
lechero. «¿Esa es toda la leche que van a comprar para tantos niños?», inquirieron. Saliendo, dieron instrucciones al
lechero para que incrementara la cantidad diaria de leche y que les enviara la cuenta a ellos. Posteriormente, otros
compañeros del casino se unieron a ellos para ayudar. En poco tiempo habían agregado comestibles, frutas, carne,
pescado, muebles, juguetes y ropa.

Un día descubrimos que a estos hombres se les denominaba «cuervos», por la indumentaria negra que usaban en su
trabajo. En nuestros días, Dios ha elegido a estos cuervos y les ha mandado que traigan pan y carne a sus niños en
tiempo de necesidad.

PREGUNTAS CONTESTADAS

Toda duda que teníamos con respecto a las habilidades de Nelly como madre y administradora, fueron disipadas con
el paso de los meses. Comprendiendo la eficacia del versículo «todo lo puedo en Cristo que me fortalece», y la

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verdad de la palabra «mirando a Él transformado soy», Nelly demostró ser eficaz para el trabajo que el Señor
requería de ella.

Hoy, ella es un enigma para muchos inconversos que se llegan a Los Pinares y le preguntan «¿por qué Ud., una
dentista con posición social, seguridad financiera y reputación profesional, ha dejado todo para dedicar su vida a
criar niños sin hogar?» Y miran asombrados, mientras los niños juegan felices y corren hacia «mami» Nelly,
colgándose de ella.

«¿Cuál es su secreto?», le preguntan. Y Nelly les cuenta de Jesús - el único, quien a pesar de ser igual a Dios, dejó
toda su gloria, como nada, porque nos amó». Ateos, infieles, inconversos, indagadores, judíos y gentiles, al mismo
tiempo, todos observaban y preguntaban, sin entender, admirando la profunda motivación que hizo a Nelly
abandonar todo beneficio en esta tierra para dedicar su vida a otros.

Un periodista de revistas tituló un artículo relativo a Nelly y su gran familia: «Ella buscó a Dios y encontró niños».

En cierta oportunidad, los precios de los comestibles habían subido, aumentando casi diariamente. Las familias
pequeñas comenzaban a preguntarse cómo harían con sus hijos. «Ellos se preguntan cómo harán con dos o tres
niños. Entonces ¿que haré yo con mi tribu?», pensó Nelly. El Señor reprobó sus dudas y fortaleció su fe con el
versículo: «Dios puede proveer una mesa en el desierto»; y Nelly supo que Él podía.

Un día, el Señor le recordó que la plata y el oro son Suyos. «Eso es maravilloso», pensó, «pero ¿cómo me lo vas a
dar?» En los días subsiguientes ella comprendió que sus medios para proveerlo eran muchos y variados.

En una oportunidad, necesitaba cinco mil pesos para una necesidad particular. Una señora de un pueblo cercano
trajo una ofrenda para el hogar en memoria de su hermano que había muerto; la ofrenda era exactamente de esa
cantidad. Otros hubieran dado esa suma de dinero a un cura para ofrecer una misa para el muerto, pero esta mujer
trajo el dinero a los vivos.

Cargada con la responsabilidad de cuidar su creciente familia, Nelly clamó al Señor por ayuda. Poco tiempo después
apareció un visitante - el propietario de un gran servicio de lavadero - ofreciendo el servicio de lavado de sábanas
semanal y gratuitamente. Dios había escuchado su clamor y había provisto. En respuesta a sus oraciones, otros
ayudantes fueron a cocinar, a hacer las camas, coser y limpiar. Tan pronto como los niños crecieron, Nelly les enseñó
a hacer sus propias camas, barrer los pisos, ayudar con los pequeños, lavar, secar y servir las mesas.

Un profesor visitante de una escuela industrial, notó que los niños tenían escaso equipo deportivo, así que asignó un
proyecto a sus estudiantes para hacer algunos de ellos. Como resultado de esto, la escuela y sus estudiantes
donaron un equipo completo para campo de deportes.

Dios estaba mostrando a la madre de Los Pinares, que Él podía obtener la plata y el oro para ella y sus pequeños de
distintas maneras. Los recursos de la tierra eran Suyos y Él se los daría a medida que los necesitara.

EL HOMBRE DE LOS PATOS

Cuando era tiempo de entregar los patos, su amigo comenzó a discutir acerca del precio. Su actitud hizo que el
dueño se enojara de tal manera que rehusó vender sus patos a ningún precio. Luego, mientras el hombre se
preguntaba que haría con tantos patos, otro amigo le sugirió que los donara a Los Pinares. Fue así que visitó el hogar
por primera vez, comprendiendo súbitamente por qué había acontecido todo eso: los patos deberían ser donados al
Hogar.

Así que, mientras él hacía repetidos viajes, llevando bolsas llenas de patos, acompañado por Nelly, ella aprovechó
para decirle el verdadero propósito del trabajo entre los niños. «Ud. sabe», explicó, «nosotros consideramos su
ayuda como una asistencia de Dios y no sólo un impulso de su parte».

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«El hombre de los patos» continuó visitando Los Pinares en los meses siguientes, convirtiéndose en amigo y
ayudador. Él es uno de los muchos visitantes que llegaron para observar y ayudar y, luego, permanecer muchos años
como amigos consagrados. Tiempo después, él se encontró con Dios.

TODAS TUS NECESIDADES

Los Pinares necesitaba un teléfono, pero era difícil de obtener. Habían sido colocados pocos teléfonos por falta de
equipos, y nosotros, después de varios años, todavía estábamos en la lista de espera.

Un día Nelly estaba llamando desde un negocio vecino y el propietario comentó: «¿Así que Uds., en Los Pinares, no
tienen teléfono? Bueno, el gobernador de la provincia es muy amigo mío, creo que lo puedo convencer para que les
instalen uno». Casi sin poder creerlo, Nelly - y todos nosotros - quitamos la idea de nuestras cabezas. ¿No hacía
tiempo ya que esperábamos esto?

Algunos meses después, la compañía de teléfonos vino a hacer un presupuesto de los costos de instalación. Fiel a la
promesa de nuestro vecino, el gobernador provincial nos había garantizado el permiso para instalar un teléfono.
Pero cuando supimos que el costo de instalación serían varios miles de dólares, de nuevo la idea de un teléfono fue
considerada como un imposible. ¿De dónde sacaríamos tal cantidad para instalarlo? De una forma muy singular Dios
nos proveyó para la instalación del mismo. Ingenieros se ofrecieron para dibujar los planos, sin cargo alguno.
Comerciantes donaron los materiales. Los trabajadores de la empresa telefónica ofrecieron trabajar sin cargo, los
fines de semana y vacaciones. Inclusive, empleados de la compañía telefónica cubrieron el costo total de la
instalación. Comentando sobre el milagro de la instalación telefónica en Los Pinares, un diario dijo: «Unidad y amor
pueden hacer todo».

OTRAS NECESIDADES

A medida que aparecían distintas necesidades en los hogares, Dios proveía, tanto para los pequeños como para las
ayudas. Él demostró ser suficiente para «proveer una mesa aún en el desierto».

Un día, el Señor llevó a Nelly a la Escritura: «Tú comerás de las riquezas de los gentiles». Revisando sus cuentas,
cierto día, se sorprendió al ver que gran parte de las necesidades del Hogar eran suplidas por los inconversos. Dios
estaba «saqueando a los gentiles» para cuidar de los suyos. Y recordó a Cornelio «cuyas oraciones y limosnas
ascendían al Señor como una petición», aun antes que él conociera el camino verdadero.

Y el Dios de los niños también ministró a muchos hogares. Un arquitecto americano jubilado y su esposa,
consagrados trabajadores entre los pequeños, visitaron Los Pinares. Como Dios no les había dado ningún hijo,
amaban a los niños ajenos de manera especial. Observando el apiñamiento en que vivían los pequeños, sugirieron
edificar unidades más adecuadas. Regresando a su tierra, más tarde enviaron una donación cuantiosa como para
construir un edificio más grande para los niños.

EVANGELISMO

Al tener referencias acerca del Hogar por alguna revista, diario o a través de la palabra de algún amigo, muchos
argentinos han visitado y observado ese refugio para pequeños abandonados y huérfanos. Muchos de ellos han
ayudando en forma material. Algunos han ido como simples observadores y otros a hablar con Nelly.

Debido al espíritu amable de los niños, tan felices, afectuosos y disciplinados, muchos se han preguntado cómo
puede ser esto. Muchos -entre ellos doctores y abogados y comerciantes adinerados- han ido a platicar con Nelly y a
tan sólo observar a los niños. Su campo de evangelismo incluye toda clase de gente.

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Si alguna vez hubo duda alguna en la mente de ésta en cuanto a la efectividad de un hogar de niños - establecido y
mantenido en los principios de Dios - como una herramienta de evangelismo, hace tiempo que fue descartada. Su
llamado al ministerio, a evangelizar, a propagar el evangelio de Jesucristo, está siendo exitosamente realizado en
una forma tan hermosa que nunca se lo hubiera imaginado. Sólo el Señor pudo haberlo originado.

Los marplatenses vuelven vez tras vez a Los Pinares para charlar y observar a los niños, admirando la obra hecha en
los pequeños cuyas vidas y caracteres están siendo completamente transformados. Rodeados por el Espíritu de Jesús
y un tierno y solícito cuidado, muchos que llegaron con serios problemas de personalidad y carácter se han
normalizado, son felices y bien educados. Jovencitos considerados por otros como «sin esperanza», han respondido
al trabajo del Señor en sus corazones, hallando salvación de sus pecados.

Mientras los observadores ven a los pequeños jugando y los escuchan cantar tan felizmente, sus almas son abiertas
como flores al sol. Pueden ver a Dios siendo manifestado a través de éstos. Y se preguntan: «¿Dios que ha hecho
esto por Nelly y los niños, podrá hacer algo por mí también? Después de todo, ¿no es ésta la verdadera religión?»

Muchos, abriendo sus corazones, le cuentan a Nelly sus problemas hogareños, su vida de casados y sus profundos
temores. A pesar de que probablemente nunca han pisado una iglesia evangélica o escuchado un mensaje, ellos van
a los suburbios de Mar del Plata a mirar a estos niños como juegan y trabajan.

Cuando Nelly obedeció el mandato de Dios para dejar todo y seguirlo para cuidar a estos pequeños, aparentemente
perdió todo. En la actualidad, ha ganado las cosas que son duraderas. Su éxito con los pequeños ha abierto para ella
la puerta del ministerio para centenares en Mar del Plata. Los habitantes inconversos de esa ciudad comentan: «¡Oh,
nosotros podemos entender su religión y el Dios del que nos habla! ¡Qué diferentes son Uds. de aquellos que se
paran en las esquinas y hablan acerca de Dios! Podemos ver lo que es Él a través del trabajo que están haciendo.
Ésta es la clase de religión en la que podemos creer».

«Porque la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus
tribulaciones...» (Santiago 1:27).

LA LLAMA ARDIENTE
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CAPITULO 6

LA LLAMA QUE ARDE

Qué gloriosos habían sido los días de reunión cuando el Señor curó decenas de miles de argentinos paganos, los
cuales nunca habían oído nada acerca del viviente y poderoso Cristo resucitado. Qué hermoso era ver resurgir
nuevas iglesias en Necochea, Lobería, Chaco y otros lugares, como resultado de las campañas de sanidad y
liberación. Qué positivo había sido nuestro trabajo en Mar del Plata al fundar el Instituto y el Hogar de Niños.

Sin embargo, el Maestro y nosotros sus siervos, no nos sentíamos satisfechos, porque a pesar del gran fruto
obtenido como resultado de una activa evangelización, de crearse iglesias pioneras, de tener un Instituto Bíblico y un
Hogar para Niños huérfanos, no era éste el propósito final que Dios tenía en mente.

Entendimos que Él deseaba construir su Iglesia en Argentina, una Iglesia a su imagen y semejanza. Nuestro trabajo
recién había comenzado, puesto que sentíamos la necesidad de preparar discípulos, tal como nos había pedido que
hiciéramos. Necesitaba ministros que construyeran su Iglesia, formada por individuos que serían piedras vivas. Cada
nuevo creyente debería ser llevado, individualmente, desde la experiencia de la conversión, a la intimidad de un
caminar cercano, personal y diario con el Señor.

A medida que mirábamos con gozo sobre el gran número de gente nueva que había recibido los favores de Dios,
tanto en sanidad como en la salvación, nuestros corazones eran desafiados, pero al mismo tiempo cargados, dado
que nos dábamos cuenta que la gran misión aún permanecía; debíamos llevar a los nuevos a una íntima y personal
relación con Dios. Nuestras nuevas iglesias estaban llenas de miembros que habían recibido un tremendo fluir del
poder sanador del Señor y una experiencia inicial de conversión. Sin embargo, el fluir de la gracia del Señor que lleva
al alma contrita a los pies de su Maestro, no estaba. ¿Dónde estaba el fluir de su presencia que lleva al hombre a la
convicción de pecado y le muestra su necesidad de un Salvador para remitirlos? Dios se había manifestado a sí
mismo como el Sanador, pero el «Jesús que vino a salvar a su pueblo de sus pecados», todavía no era conocido.

EL BOSQUE DEL SUR

A través del profeta Ezequiel Dios había dicho al Bosque del Sur: «He aquí que yo enciendo en ti un fuego, el cual
consumirá en ti todo árbol seco; no se apagará la llama de fuego; y serán quemados en ella todos los rostros, desde
el sur hasta el norte. Y verá toda carne que yo Jehová lo encendí; no se apagará».

El Dios que prometió encender una llama de fuego en sus ministros, también prometió encender un fuego en el
Bosque del Sur, cuya ardiente llama ardería en los corazones de cada árbol viviente, encendiendo en ellos
fulgurantes intensidades de amor, adoración y devoción, deseo de servirle y amar al prójimo. Él también prometió
encender una llama cuyo fuego devorador quemaría y consumiría la carnalidad, la fortaleza humana, el diablo y todo
lo escondido en los árboles hasta transformarlos a la imagen de Uno que es Fuego Consumidor.

Había muchos árboles vivientes en el gran Bosque del Sur, y Dios anhelaba profundamente encenderlos con su
presencia, de manera que pudieran brillar con la gloria de ese fuego viviente que no se consume. Sí, el corazón de
Dios anhelaba que la llama ardiera y quemara sus árboles.

Como ministros de su Iglesia en Argentina, comenzamos a orar para que Él encendiera este fuego. Por muchos años
subieron hacia el trono de gracia, en el Lugar Santo, oraciones por una purificación de su pueblo. Aproximadamente
durante diez años nuestro clamor fue: «Señor, tú has prometido enviar tu Fuego. Tu dijiste en City Bell que vendrías
con fuegos purificadores en tus manos para quemar las impurezas, y tu Palabra dice que encenderás un fuego en la
tierra del sur el cual no será apagado. Señor...envíalo».

En su gran fidelidad, durante esos diez años de oración, Él siempre envió su fuego en llamas aisladas, como una
confirmación o promesa para nosotros. Nuestro corazones fueron animados y el ardor de nuestros clamores ante Él
se fueron haciendo cada vez más fervientes.

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HAZME TU SIERVO

Las llamas de Dios comenzaron a quemar en el corazón de Alejandro, el rebelde cabecilla de jóvenes borrachos y
mundanos de Clotilde, Chaco. Esto ocurrió la noche cuando llegó a la iglesia para burlarse y reírse durante el culto.
Mientras estaba de pie en la parte de atrás de la iglesia, el Espíritu del Señor, como fuego ardiente comenzó a llenar
su corazón. Corriendo hacia afuera se tiró a los pies del Señor, en profundo arrepentimiento. Confesando sus
pecados y pidiendo perdón, encontró salvación y se convirtió en un hijo del Altísimo.

Inmediatamente después, comenzó a buscar al Señor noche tras noche, en la solitaria oscuridad de los bosques que
rodeaban su casa en el Chaco. Algunos meses después, mientras buscaba al Señor en las praderas que rodeaban el
Instituto Bíblico de City Bell, se le apareció un ángel. Como resultado de esta experiencia, recibió los dones del
Espíritu Santo: profecías, interpretación de lenguas y sabiduría espiritual. Dios lo había marcado como uno de sus
vasos elegidos.

Sin embargo, los dones del Espíritu Santo -por más espectaculares que sean- no pueden sustituir la santificación del
espíritu, alma y cuerpo, es decir, de todo el ser, la cual Dios requiere. Los dones del Espíritu Santo son temporarios;
ellos pasarán. Pero los frutos del Espíritu son eternos; permanecerán para siempre.

Desafortunadamente, habiendo recibido abundantes dones y operaciones de Dios en su vida, Alejandro, sin
embargo, descuido lo más importante, que es de valor eterno. Consideró a los dones como suficientes y no vio su
propia necesidad personal de aprender la práctica lección de profundidad, quebrantamiento interior, sujeción,
obediencia, y sumisión a Su voluntad y deseos.

Por esta causa, se produjo un gran debilitamiento, una puerta abierta a través de la cual el enemigo y el mundo
pudieron entrar y tomar posesión del siervo de Dios. Como resultado de esto, aproximadamente seis años, él caminó
a través de la vida probando ministerios, caídas en desesperación, oscuros desánimos y fracasos. Incluso trató de
dejar el camino del Señor, tratando de escapar de Él, pero descubrió que no podía alejarse del Omnipresente. Se
arrepintió; luego cayó y su vida espiritual experimentó fluctuaciones extremas. A pesar de que trató de volver a la
presencia del Señor, e intentó servirlo en niveles más bajos, era todavía un tiempo de derrota espiritual, pesar,
oscuridad, desesperación, temores y separación de la presencia real del Señor. Alejandro continuaba hundiéndose,
aparentemente incapaz de encontrar el camino de regreso a Dios.

Finalmente, abandonando todo, regresó a su hogar en Chaco y se empleó como vendedor de implementos agrícolas,
profundamente desanimado y convencido de que había perdido para siempre el llamado de Dios.

Pero un día, un misionero visitó su iglesia en el Chaco. Alejandro se encontraba allí, puesto que su padre era pastor.
El Espíritu de profecía vino sobre el misionero (quien no conocía a Alejandro), y sus palabras proféticas se
convirtieron en palabras restauradoras, de fe y poder. Su corazón comenzó a ser lleno con nuevas esperanzas, visión
y propósitos y también el dominio del enemigo en su vida fue roto. Alejandro volvió a la presencia del Señor. Tiempo
después, en Peniel, en profunda y abierta confesión se arrepintió de las cosas que lo habían limitado. Habló del
orgullo que lo había inundado debido a los dones que el Espíritu Santo le había dado, haciéndolo sentir que estaba
en un lugar superior a los otros. Habló de sus rebeliones y sus temores. Y a medida que el lo hacía, en profundo
quebrantamiento, las fortalezas aún restantes, fueron derribadas. La puerta de entrada a través de la cual había
penetrado el enemigo, fue cerrada, no hallando más cabida en él. El fuego devorador ardía en su vida.

Hoy, el nombre de Alejandro está inscripto en la lista de los «hombres de Dios» en esta tierra. Caminando en la
victoria de la continua presencia del Señor, junto a su esposa y tres niños en edad escolar, está ejerciendo un
liderazgo espiritual. Está pastoreando una gran iglesia que nació bajo el ministerio de Clifford Long.

LA HIJA DE DAVID

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Las llamas del fuego del Señor comenzaron a arder en el corazón de Nadia, una joven de 16 años, cuando sintió el
llamado para ir como estudiante a Peniel. Debido a que su iglesia, sus padres y parientes se oponían en gran manera,
tuvo que salir de su casa.

En Peniel, Nadia (cuyo nombre significa esperanza), mostró un espíritu quebrantado y unción sobre su vida, aunque
siempre entraba en uno u otro problema debido a su obstinación y carácter fuerte. Afortunadamente, como David,
ella era «una buena penitente». Después de tres años de preparación, llegó a ser cocinera del Instituto y demostró
ser excelente en esa tarea. Pero debido a ese carácter difícil y sus habilidades para dirigir, resulto ser más un
sargento, que una obrera efectiva. No sólo demostró gran eficiencia en la cocina, sino también en hacerse de
enemigos, y su relación con los estudiantes empeoraron hasta que, un día, fue necesario llamar a todos a fin de
conversar sobre el asunto.

Cada uno dio su opinión acerca de lo que estaba mal. El resultado fue un cien por ciento de votos en contra de
Nadia, quien sentada en silencio, escuchaba a medida que uno y otro de sus amigos, estudiantes y compañeros de
tareas, emitían sus críticas y rechazos. Cuando llegó el momento de defenderse, se puso de pie y llorando como
buena hija de David, dijo: «Todo es verdad. Por favor oren por mí para que el Señor me cambie». Todos se sintieron
desarmados y no pudieron decir nada más. Entre sollozos y orando con más intensidad, Nadia continuó trabajando
como cocinera. El Maestro Alfarero estaba tomando tiempo para formar este pequeño vaso en la rueda de su
proceso.

Nuevamente, sobrevino otra crisis cuando nosotros viajamos a la Patagonia para ministrar en el sur de Argentina.
Cuando regresamos, encontramos a Nadia otra vez en un gran problema. La misma vena de tozudez se había
manifestado otra vez revelándose en contra de los reglamentos del Instituto. Imperaba un pedido unánime:
«Manden a Nadia a su casa». A pesar del hecho de que todos los obreros y los estudiantes estaban indignados por su
comportamiento, cuando consulte a Dios acerca de que hacer con ella, Él me dijo: «No hagas nada». Por lo tanto, no
hice nada.

Posteriormente, en lugar de despedirla, le di mayores responsabilidades. Después de algunos días, la Hija de David
se rindió a la dulce influencia del Espíritu y volvió a la comunión con Él, en profundo quebrantamiento y
arrepentimiento como lo había hecho antes. Unos seis meses más tarde, traje a la memoria el motivo de esta
rebelión y le pregunté qué era lo que esperaba que yo hiciese. Me respondió:

- Esperaba que Ud. me enviara a casa.

- Y ¿qué pensaste cuando no te mande a tu casa, pero te agregué responsabilidades? - inquirí.

- Pensé que Ud. no estaba bien de la cabeza - contestó -. Yo ya tenía mis maletas preparadas, lista para irme.

El Maestro Alfarero siguió trabajando con Nadia dentro de los designios de su elección. Mientras continuaba el
proceso en su vida, el Señor estaba también obrando en su familia, la cual, tan activamente, se había opuesto a su
venida a Peniel. Nadia como pionera, encendió una nueva brecha de victoria y crecimiento; su familia siguió la
misma senda. Un hermano y una hermana llegaron a ser pastores y están trabajando para el Señor.

Junto a su esposo Pablo e hijos, Nadia pastorea una iglesia de Tucumán, rodeada de gente nueva en el Señor, a los
cuales les está enseñando a ser verdaderos hijos e hijas de David.

LA TORMENTOSA SIMONA

Una semana o dos antes de mi viaje previsto para un descanso en los E.E.U.U., el director interino de Peniel,
Alejandro, ahora caminando en la victoria del Señor, vino a hablarme de Elvira, quien, pasando por un tiempo de
gran rebelión y desánimo, planeaba abandonar el Instituto al día siguiente.

- Ud. me tiene que ayudar» - dijo -. No sé que hacer con ella. Discutimos el problema por un rato, y luego le pregunté
enfáticamente:
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- ¿Qué te parece que deberíamos hacer?

- Disciplinarla.

- ¿Te parece que responderá a la disciplina? ¿Has visto alguna vez que la disciplina saque a alguien de esa condición?

- He hecho todo lo que he podido para ayudarla y no ha pasado nada. ¡No sé qué más hacer! - contestó Alejandro.

- ¿Has hecho todo? - pregunté -. ¿Has orado y obtenido el sostén de Dios para ella?

En forma pensativa me contesto:

- Sí, he orado por ella, pero no ha sucedido nada.

- Alex, ¿tú piensas que Dios nos envió a Elvira y que la unción del Espíritu Santo está sobre su vida? ¿Estás
convencido de que el Señor la ha llamado para servirlo?, pregunté.

- Sí - fue su respuesta.

- Bueno - concluí-, sí todo esto es verdad, entonces es mejor que no la perdamos.

El meneó la cabeza, recordando la tormentosa Elvira - una hermana de Simón - con sus maletas empacadas,
esperando por el dinero de su pasaje para regresar a su hogar.

- Escucha - le dije -, Dios desea enseñarte una lección valiosa a través de lo que está sucediendo con ella. Esta noche,
sin duda, la verás recorriendo el camino hacia el Calvario.

Y con esas palabras lo dejé para encerrarme con Dios a pelear la batalla a través de la oración.

Cuando termine de orar, fui a Elvira para insistirle que fuera a la reunión de esa noche en la Capilla. Ella aceptó de
muy mala gana.

Tomando mi acordeón y empezando a tocar, me pregunté cómo comenzar la reunión. «¿Crees?», vino aquella
quieta voz interior, «entonces comienza una marcha de victoria». ¿Una marcha en victoria? No viendo victoria
alguna en esa atmósfera fría y muerta, volví mis ojos a Elvira quien estaba sentada allí, depresiva, llena de rabia y
resistente como las paredes de Jericó. Con poco entusiasmo, los estudiantes comenzaron a marchar y cantar en
obediencia. Cuando pregunté qué hacer luego, la misma voz, suavemente dijo: «Alaben al Señor durante la danza».
«Pero Señor, ¿cómo puedo yo alabarte en la danza si estoy sentado con mi acordeón?»

En ese momento, Cathy, la hija de una misionera conservadora, quien todavía no había recibido la plenitud del
Espíritu Santo, comenzó a danzar. Al poco tiempo, la unción del espíritu de la danza descendió sobre ella, y de
pronto, ante los ojos atónitos de su madre, la cual nunca antes había visto a su hija bailando, dio un grito y pegó un
salto y se fue al medio del salón danzando y alabando al Señor con todas sus fuerzas, como una verdadera hija de
Miriam. De esta manera, también el espíritu de alabanza cayó sobre todo el grupo y comenzaron a alabar al Señor de
todo corazón.

Después de alabar al Señor por un tiempo en la danza, la joven, con sus ojos cerrados y lágrimas fluyendo por sus
mejillas, se acercó a Elvira y deslizando un brazo alrededor de su cuello, la levantó con el otro brazo como si fuera
una muñeca de trapo. No muy consciente de lo que estaba haciendo, comenzó a bailar con ella. La joven enojada,
ahora mortificada y mostrando en su cara la rabia y el desafío, trato de liberarse, pero la mano de hierro del amor de
Dios estaba alrededor de su cuello a través de la pequeña Cathy. Elvira no pudo aguantar más. Con profundos gritos
de arrepentimiento y lágrimas fluyendo libremente por su rostro, se unió a Cathy en el mismo espíritu de adoración.
Antes de concluida la reunión, ambas jóvenes estaban saltando y alabando y declarando acerca de la misericordia
del Señor.

En la vida de Elvira, las paredes de la fortaleza de rebelión cayeron a medida que Dios continuaba su glorioso
proceso de restauración.

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Hoy, Elvira esta casada con Fred, otro ex-estudiante, y juntos están a cargo de una iglesia.

LA JOVEN DEL «O.K. PASTOR»

En enero de 1962, las llamas de su presencia, comenzaron a arder en la vida de Irene, una maestra de escuela
dominical de una iglesia metodista de Buenos Aires.

Era una hermosa tarde de verano, cuando Irene apareció sin previo anuncio en Peniel, diciendo: «El padre de uno de
mis alumnos de mis clases diurnas, que es pastor, me dijo que podría encontrar a Dios en Peniel, por eso vine. ¿Me
puede mostrar el camino?»

A pesar de que Irene había sido criada en una iglesia y en un hogar cristiano, estaba llena de dudas y preguntas
acerca del amor de Dios, de su existencia y la realidad de su presencia. Cuando se enfrentó con abundante
propaganda comunista, durante su período de aprendizaje en el magisterio, trato de rehusar esas doctrinas con
argumentos racionales. No pudiendo convencer a sus oponentes, comenzó a dudar seriamente de su posición y
cuestionó su propia fe. Confusiones, ansiedades, incertidumbres y preguntas, la preocupaban mucho. Además, sufría
de una enfermedad que los médicos no podían diagnosticar.

Un día, mientras asistía a un campamento de verano, estaba observando algunos caballos apacentando en las
laderas de unas colinas. «¡Qué hermoso sería mirar todo esto a través de los ojos de una verdadera cristiana»,
pensó. Completamente sorprendida de encontrarse con este pensamiento acerca de Dios, desde su corazón elevó
una silenciosa, pero intensa plegaria: «Si realmente existe un Dios de las colinas, del ganado, de los hombres... por
favor manifiéstate. No sé dónde te encontraré y tampoco sé si existes. Pero si es así, por favor, revélate a mí». En
respuesta a su inquietud, Dios la dirigió hacia Peniel. «¿Que buscas?», le pregunté, cuando ella me comentó que
había venido porque deseaba conocer a Dios. Posiblemente lo que realmente deseaba era conocer acerca de Dios y
sus obras, pensé; o quizás necesitaba salvación o el bautismo del Espíritu Santo. Mientras seguía hablando, insistía
en que lo que realmente deseaba era conocer si Dios existía... y, de ser así, deseaba conocerlo.

«En ese caso», le repliqué, «el único camino - el camino angosto que conduce al conocimiento de Dios - es tomar la
Biblia como la verdadera Palabra de Dios y aceptarla como la única guía en los caminos divinos, sin argüir. Debes
obedecer esa Palabra, en una forma incondicional, a medida que Dios se revela a ti. En segundo lugar, debes
reconocer a Dios como tu dueño absoluto y renunciar a todos tus derechos, a fin de ordenar y controlar las
diferentes áreas de tu vida. En otras palabras, Dios requiere una completa sumisión a Él».

Después de una cuidadosa consideración, ella dijo espontáneamente: «O.K. pastor, si este es el único camino para
conocer a Dios, no tengo otra alternativa que tomarlo. Lo tomaré».

Así que con las palabras «O.K. pastor», Irene dio los primeros pasos de sumisión a Dios en una fe simple, sin sentir
nada, dado que su deseo de encontrar y conocer a Dios era muy grande.

Unos días más tarde, ella mencionó que el viernes siguiente dejaría Peniel para regresar a su casa en Buenos Aires.
Yo sonreí y dije: «Es como te dije, tú no deseas verdaderamente conocer a Dios».

Mi aseveración la tomó por sorpresa, por lo tanto proseguí: «Tú dijiste, O.K. pastor, tomaré el camino de la
obediencia», y ahora me estás diciendo que has decidido regresar a tu casa. ¿Le has preguntado a Aquel quien ahora
es tu Señor y Maestro, si desea que regreses a Buenos Aires ahora, o si deberías quedarte?» En ese momento la
realidad de lo que significa haber aceptado a Cristo como su dueño, vino a ella. Ya no pertenecía más a sí misma, y
con cada una de sus pisadas debería rendir su voluntad y aceptar la de Él. Con cada paso, su corazón debería decir:
«sea hecha tu voluntad, no la mía». Era como que Irene había muerto y, ahora, Cristo vivía dentro de ella
controlando todo su ser. Comprendió que era un llamado a morir, a crucificar su ser junto con Cristo y luego
resucitar con Él, permitiendo a Dios vivir su vida a través de ella.

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Su respuesta fue decisiva: «O.K. pastor, creo que el Señor desea que me quede». Esa decisión derivó en la perdida de
sus vacaciones pagadas, cancelar su contrato de trabajo para el próximo año, dejar su hogar, padre y madre,
abandonando sus planes de ingresar a la universidad y comenzar a prepararse para el ministerio.

Cuando Irene asistió al primer culto en nuestra capilla, descubrió que la adoración y las oraciones en Peniel eran muy
diferentes de lo que ella conocía. Algunos jóvenes oraban con sus manos levantadas, otros alababan suavemente
mientras que otros cantaban en voz alta melodías al Señor que ella no entendía. Algunos lloraban y otros se
regocijaban. Todos estaban orando y nadie se fijaba lo que el otro hacía. «En nuestra iglesia metodista no alabamos
de esta manera», pensó. «Qué ruidosos son. En mi iglesia no se ora así».

Prestamente se dirigió a nuestro living requiriendo explicaciones escriturales de lo que cada uno estaba haciendo; no
resultó difícil dárselas. «Quiero que los hombres dondequiera que estén, oren, elevando manos santificadas...»,
«eleva tus manos al santuario y bendice al Señor». Irene buscó las Escrituras por sí misma. El siguiente culto,
observamos que ella también estaba levantando sus manos en el santuario.

«¿Por qué la gente aplaude y ora en voz alta?», preguntó. Le contesté de acuerdo a los Salmos: «Aplauda todo el
pueblo; eleva en triunfo tu voz a Dios». Esta explicación escritural pareció satisfacerla, y en el siguiente culto, se unió
al resto del pueblo en expresiones audibles de alabanza.

Después de observar a los jóvenes llorando mientras oraban, preguntó por qué lo hacían. Mi respuesta nuevamente
fue sacada de su Palabra: «Derrama tu corazón ante Él». Corroborando que el derramar lágrimas estaba incluido en
la Palabra de Dios, ella acepto, y habiendo tomado la irrevocable resolución de caminar en el sendero del
discipulado, se sentía con deseos de hacer todo lo que las Escrituras enseñan. «O.K. pastor», fue su única respuesta.

Mientras tanto, observaba cuidadosamente la conducta de los jóvenes fuera del tiempo de oración. Notaba que
había algo diferente en ellos, algo que ella aún no poseía. Cuando surgía alguna diferencia entre ellos, pronto se
arrepentían y arreglaban sus problemas. Si eran reprendidos por algo, se humillaban y buscaban corregir sus
actitudes o hechos, y comenzaban a cantar y alabar nuevamente.

Sintió que el amor de Dios debía manifestarse siempre entre su pueblo, y buscó esta manifestación entre los
jóvenes, y la encontró.

Un día, oyó a los jóvenes pidiendo más de la presencia del Señor en sus vidas, y se preguntó: «¿Por qué oran por más
de su presencia si ellos tienen más de ese amor de lo que yo tengo en mi vida...» Aún continuó buscando al Señor
más diligentemente a través de la oración y de la Palabra, esperando expectante ante Él.

EN LA OSCURIDAD DEL DORMITORIO

Unas semanas después de la llegada de Irene, cierta noche, las chicas decidieron tener un momento de oración por
su cuenta, sin encender las luces del dormitorio. En poco tiempo, todas estaban orando en un tono elevado, e Irene,
al no poder orar con tanto ruido, decidió seguir la oración de la chica de la cama próxima a la suya.

En ese momento, Elvira llegó y se arrodilló a su lado, y deslizando su brazo alrededor de sus hombros, le dijo: «Te
amo». Para Irene fue la voz de Dios hablándole - el Dios que le había parecido tan lejano e inaccesible. ¡Dios le
estaba diciendo que la amaba! Esta palabra produjo en su corazón lo que sólo la voz de Dios puede producir: se
derritió a sus pies y despertó una sed en ella aún más intensa. Ésta, que antes no tenía emociones, estaba
transformada y hasta lloraba.

Viendo sus lágrimas, las otras jóvenes decidieron ayudarla para que recibiera el bautismo del Espíritu Santo - del cual
Irene conocía muy poco. Por lo tanto, se acercaron y comenzaron a orar por ella. Asiéndola y zarandeándola, le
aconsejaban que dijera «aleluya», que elevara sus manos, que alabara al Señor. «Haz esto y haz lo otro». En el
entusiasmo de ayudarla, cada una le ofrecía diferentes sugerencias, pero esa variedad de ideas sólo sirvieron para
confundirla aún más. «¿No era el bautismo del Espíritu Santo sólo para los días de los apóstoles? Y si es para hoy,

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¿no se recibe al ser salvo?» Por lo tanto, como su mente estaba llena de doctrinas, ella no era la candidata mas
adecuada para recibirlo.

De pronto, una joven sentada a los pies de su cama grito al sentir la presencia del Señor. Seguramente nos hemos
equivocado, pensaron las jóvenes, y estamos orando por la persona que no es la indicada. Entonces se unieron para
orar por otra joven.

Cuando mi esposa subió para comprobar el motivo del bullicio en la oscuridad del dormitorio, encontró un grupo de
jóvenes orando entusiastamente y a la nueva joven metodista sentada en su cama, aterrorizada, perpleja y
preguntándose qué era lo que estaba sucediendo.

Después de otra larga sesión de consulta, y muchas horas de búsqueda a través del libro de los Hechos, Irene tuvo el
conocimiento de cual sería el siguiente escalón para que su comunión con el Señor pudiera crecer: necesitaba ser
bautizada con el Espíritu Santo. Ya ninguna doctrina formal la confundiría, porque ella encontró una nueva
experiencia, tal como enseñaba la Palabra. Una voz interior, quieta, decía: «Todavía no lo tienes, más yo deseo
dártelo».

Poco tiempo después, mientras un hermano bautista explicaba la experiencia de recibir el Espíritu Santo, Irene
descubrió que se sentía temerosa de recibirlo por pensar, erróneamente, que Dios tomaría su cuerpo y la haría
correr o saltar o hacer otras cosas igualmente escandalosas. ¿No demandaría Dios rendir a Él nuestros cuerpos?
Quién sabe lo que Él podría hacer con él, pensaba ella.

Dejando a un lado sus prejuicios, en cuanto a hacer algo escandaloso en público, esa noche trató de entender
cuidadosamente lo que el Señor deseaba que hiciera en la reunión: ya sea levantar sus brazos, arrodillarse, alabar u
orar. Realmente no le importaba lo que los demás pensaran, lo más importante era ser obediente al Señor, su
dueño. Su mente - ahora llena de las técnicas de «cómo recibir» - no le permitieron relajarse en fe, de tal manera
que Él pudiera llenarla. Cuando los ministros oraron por aquellos que deseaban recibirlo, Irene que sólo hablaba
castellano, sintió un calor tibio y se encontró pronunciando algunos sonidos semejantes al idioma inglés. Pero como
había estudiado algo de inglés en la escuela secundaria, dejó de hablar y se convenció de que su subconsciente la
estaba traicionando. Por lo tanto, prosiguió la búsqueda, pensando que no había pasado nada.

Cuando el próximo domingo se sirvió la Cena del Señor, Irene fue al culto, por primera vez sin sentir ninguna
indicación específica de parte del Señor acerca de pararse, levantar sus manos, arrodillarse o buscar el bautismo. Se
sintió más bien relajada. Este dulce descanso sobrevenía después de la batalla de las semanas anteriores, cuando
ella buscó diligentemente ser llenada. Sentada quietamente en su silla, comenzó a alabar al Señor, tan suavemente
que nadie podía escucharla.

Cuando participó de la copa, nuevamente sintió la misma tibieza. Agradeciendo al Señor por ella, comenzó a
pronunciar palabras en inglés, pero esta vez no pensó que era su propia mente, sino que las dejó fluir libremente.
Segundos más tarde, ya no hablaba palabras separadas, sino sílabas separadas y compuestas. Completamente
consciente de lo que estaba diciendo, no sentía la más mínima emoción, parecía como si estuviera observándose
desde afuera.

Cuando la reunión terminó, fue a su habitación, se tiró sobre su cama y continuó articulando sílabas, como si
estuviera contemplando lo que ocurría adentro suyo. Posteriormente ya no pronunciaba sílabas, sino palabras en
otro lenguaje que ella nunca había escuchado. Ya no tenía duda de que, realmente, había recibido el bautismo del
Espíritu Santo.

Todo sucedió en forma distinta de lo que ella pensaba y temía: sin escándalo, sin saltar, sin correr, sin emociones.
Parecía que su lengua era llevada por una extraña fuerza exterior, rindiendo sus cuerdas vocales y comenzando a
hablar ese lenguaje desconocido, pudiendo pararlo cuando ella lo quisiera. ¡Qué hermoso era... y qué diferente de lo
que había pensado!

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PROGRESO RÁPIDO

El espontáneo «O.K. pastor» de Irene, trajo como consecuencia un rápido progreso en el camino que conduce al
conocimiento de Dios. Después que le enseñe lo que el Señor demandaba de ella en su Palabra, todo su corazón
estaba dispuesto a obedecer sus mandamientos, si fuese necesario en fría obediencia. Su constancia en proseguir y
no retroceder una vez que una decisión fue tomada, fue la causante de su rápido progreso en el camino que la
guiaba al conocimiento de Dios.

Antes de tomar una decisión importante, en una oportunidad en que se desencadenó una violenta batalla dentro de
su corazón entre su voluntad y la voluntad del Señor, observó que, a medida que ordenaba cada parte de su ser para
dejar de resistir la voluntad de Dios, y al mismo tiempo confesaba su voluntad, la propia desaparecía y sólo la de Él
llenaba todo su ser. Él producía en ella tanto el querer como el hacer, de tal manera que terminaba haciendo Su
voluntad. Luego, ambas voluntades eran una.

A medida que buscaba al Señor, y en fe obedecía sus demandas como lo enseñan las Sagradas Escrituras, descubrió
que todas sus tensiones comenzaban a ceder. La serenidad y quietud interior que necesitaba, comenzaron a llenar
profundamente su corazón. Encontró la Biblia plena de significado y descubrió que, leerla, era un verdadero placer.
Por primera vez en toda su vida cristiana, escuchó los mensajes sin tener que concentrarse. Parecía que torrentes de
luz habían entrado en la oscuridad de su entendimiento y las Escrituras, ahora, eran claras para ella. Todos los
síntomas físicos de su enfermedad desaparecieron; el Señor la había sanado.

Se gozaba en la dulce comunión de la obediencia, de tal manera que la paz y el gozo del Señor llenaban su corazón.
Descubrió que Dios tenía un propósito eterno para su vida, y éste no debía ser rechazado por el hecho de buscar sus
propios deseos y propósitos. Era real, cada uno podía aprender a caminar con el Señor.

Cuando sus padres la visitaron, a fin de descubrir lo que había acontecido y la razón de su renuncia a todo,
encontraron a su hija tan llena de fe y gozo que no pudieron decir nada, porque eran metodistas temerosos de Dios
y, aunque ellos no entendían lo que estaba pasando con Irene, respetaron la palabra de Dios en su corazón y no
ofrecieron oposición alguna en cuanto al hecho de quedarse como estudiante en Peniel.

UNA NUEVA OBEDIENCIA

Durante nuestras conferencias regulares de marzo, llevadas a cabo dos meses después de la llegada de Irene, el
Señor comenzó a hacer un trabajo de limpieza en los corazones de su pueblo. Estudiantes, visitantes y pastores eran
quebrantados, a medida que descubrían la santidad de Dios. Uno tras otro confesaban sus faltas y, llorando con
convicción, pedían a otros que oraran por ellos.

Se llevaron a cabo varios encuentros y, a pesar de que Irene reconoció que ese tiempo de quebrantamiento y
confesión era de Dios, ella, sin embargo, se sentía como una observadora y no como una participante. De todos
modos el Espíritu Santo no la llevó al arrepentimiento. Parecía como si hubiera algo dormido en ella que necesitaba
ser despertado por el Señor para poder experimentar ese quebrantamiento y convicción.

Cuando sugerí que diera su testimonio en un culto, para ella significó una «fría obediencia» que el Señor le
demandaba. Dar un testimonio durante esos cultos de arrepentimiento, le pareció a su mente natural como algo
completamente fuera de lugar. Pero habiendo aprendido que, a medida que tomaba pequeños pasos de obediencia
hacia Él, el Señor daba pasos agigantados para atraer su vida a Él; ella obedeció y dio un testimonio completo acerca
de la obra de Dios en su vida.

Después de esta obediencia, Dios obró en esa área que parecía estar dormida y su Espíritu trajo convicción a su
alma, como lo hiciera con los demás. En los días siguientes, el Señor reveló a su corazón motivos indignos y le mostró
que la confesión conduce a la limpieza. Por esta razón, comenzó a asistir a las reuniones deseosa de confesar.
Experimentó paz, gozo, limpieza, perdón y comunión a medida que abría su corazón a Él y hacia otros.

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Cuando finalizó la conferencia, hablando con los estudiantes, ella dijo: «Por primera vez en mi vida soy verdadera y
completamente feliz». Deteniéndose un momento para meditar sobre lo que acababa de decir y mirando
introspectivamente su corazón, corroboró la certeza de sus palabras: no había tensiones, temores, dudas o
incertidumbres. No había remordimiento por pecados no confesados y no perdonados. Sólo había paz y un corazón
lleno del gozo de su gloria.

El camino de la simple obediencia a las palabras vivas del Señor - con emociones o sin ellas - la habían llevado a una
íntima relación con Dios; estaba comenzando a conocerlo. Cada paso que tomó en obediencia a Dios, como su
Maestro y Dueño absoluto, la habían acercado más a Él.

Hoy, Irene y su esposo, el misionero Pablo, son pastores de una iglesia en la ciudad de Asunción del Paraguay. La
primera obediencia que fue consecuentemente seguida por muchas otras, la condujo dentro de la perfecta voluntad
de Dios para su vida y ministerio.

UN ARDER CONTINUO

A medida que la llama divina quemaba en estas antorchas vivientes, iluminaron e inspiraban a otros a buscar el
fuego de Dios para sus vidas. De esta manera, Dios separó e inflamó a otros árboles vivientes en el Bosque del Sur,
quemando desde las profundas raíces, hasta las más elevadas ramas. Dios transformó hombres y mujeres jóvenes en
hijos e hijas de fuego, quienes son una positiva y poderosa influencia para su Reino, quienes ministran al Señor en
amor, adoración y devoción; lo hacen con unción y compasión, porque el fuego de su presencia inflamó sus vidas.

El fuego, es la única fuente de poder y luz conocida por el hombre; por lo tanto, el fuego de Dios puede encender el
amor en una pasión, cuyas llamas consumen la carne y traen vida, luz y poder. De esta manera, es como ellos se
convirtieron en ardorosas antorchas - árboles vivientes del Bosque del Sur - en los cuales la luz y gloria de la divina
llama continua quemando.

EL SOPLO DEL VIENTO

En 1968 el viento de Su presencia comenzó a soplar con gran vehemencia sobre el fuego que ya había encendido en
el Bosque del Sur, y otros árboles vivientes empezaron a arder; Mimí, Annie, Lilián, Ester, Horacio, María, Elizabeth y
otros, cuyas historias deseamos compartir con ustedes en otra oportunidad.

La «ola de poder» prometida por Dios, fue un fuego que comenzó a quemar en Mendoza, City Bell y Buenos Aires;
luego en Necochea, Lobería, Chaco y Mar del Plata. A medida que el viento de su presencia las aventaba, esas llamas
se expandían hacia Quilmes, Córdoba, Tucumán, llegando hasta la gran metrópolis, Buenos Aires, donde carbones y
ascuas eran encendidas en nuevas vidas.

El expander de este fuego dio origen a nuevas iglesias, la apertura de otros «Penieles» y Casas Bíblicas y el
establecimiento de congregaciones.

A medida que los creyentes comenzaron a contemplar a Jesús - cuyos ojos son como llama de fuego -, conocieron lo
que es ser contritos por sus pecados, la confesión, el arrepentimiento, la limpieza, y consecuentemente ser
transformados. Rebeliones, envidias, odios, resentimientos, egoísmos, codicias de la carne y muchas otras cosas que
no son agradables a Él, eran reveladas a medida que la luz divina penetraba en las profundidades del alma. La luz del
fuego del cielo reveló cosas escondidas, enterradas, olvidadas, que después de ser quemadas traían limpieza y
sanidad, mientras que la sangre divina limpiaba «a los pecadores de Sion».

El gozo llenó corazones que, en respuesta, elevaban cánticos. La fe acalló mentes con sus razonamientos y las llenó
con la palabra de Dios. Espíritus trabajados encontraron descanso y paz. El amor divino fluyó en corazones sin amor
y, también, a través de ellos a otros. El fuego de su presencia divina consumía la hojarasca de los árboles vivientes de
la Tierra del Sur, encendiendo una llama que, no sólo purificaba e inflamaba, sino que también quemaba barreras y
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se derramaba dentro de las paredes interiores del hombre y producía en esos árboles vivientes intenso amor y
devoción, adoración servicio, sumisión y sacrificio.

Desde las alturas del santuario, donde mora el Fuego Consumidor, el Padre oyó los clamores de sus pequeños en la
tierra. El fuego divino se acercó al vasto Bosque del Sur, y su llama ardiente y devoradora comenzó a purificar a su
pueblo... esta LLAMA ARDIENTE no será extinguida.

Pero, «¿quién entre nosotros podrá morar con el fuego consumidor? ¿Quién podrá morar con el fuego eterno?»,
clamó el profeta Isaías; luego, contestó en la certeza de la palabra del Señor... «el que camine y hable rectamente».

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