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Vulnerabilidad

Karlos Pérez de Armiño

Nivel de riesgo que afronta una familia o individuo a perder la vida, sus bienes y
propiedades, y su sistema de sustento (esto es, su medio de vida) ante una posible
catástrofe. Dicho nivel guarda también correspondencia con el grado de dificultad para
recuperarse después de tal catástrofe (Pérez de Armiño, 1999:11).

Añadiendo algunos elementos más a esa idea básica, Chambers (1989:1) la define como
“la exposición a contingencias y tensión, y la dificultad para afrontarlas. La
vulnerabilidad tiene por tanto dos partes: una parte externa, de los riesgos, convulsiones
y presión a la cual está sujeto un individuo o familia; y una parte interna, que es la
indefensión, esto es, una falta de medios para afrontar la situación sin pérdidas
perjudiciales.”

La vulnerabilidad contempla así tres tipos de riesgos: el riesgo de exposición a las crisis
o convulsiones; el riesgo de una falta de capacidad para afrontarlas; y el riesgo de sufrir
consecuencias graves a causa de ellas, así como de una recuperación lenta o limitada
(Bohle et al., 1994:38).

El reverso de la vulnerabilidad es la seguridad (seguridad del sistema de sustento,


seguridad alimentaria, seguridad medioambiental).

También podemos considerar como la otra cara de la vulnerabilidad a las capacidades


de las personas, esto es, los recursos y aptitudes que les permiten afrontar y mejorar su
vida diaria, así como también encarar los procesos de desastre y la posterior
rehabilitación. Un instrumento sencillo y útil para poder analizar esta realidad dual es el
análisis de capacidades y vulnerabilidades, elaborado por Anderson y Woodrow
(1989:9-25), que permite estudiar unas y otras en los planos físico-material, social y
sicológico.

La vulnerabilidad es una dimensión relativa. Es decir, todas las personas somos


vulnerables, pero cada una, en función de sus circunstancias socioeconómicas y
condicionantes personales, tiene su propio nivel de vulnerabilidad, así como también su
propio tipo de vulnerabilidad. Esto significa que uno puede ser muy vulnerable a un tipo
de catástrofe potencial, pero poco a otra, ya que cada una de ellas golpea de forma
diferente y pone a prueba aspectos diferentes.

También es importante matizar que la vulnerabilidad de una familia no es lo mismo que


sus necesidades: éstas tienen un carácter inmediato, mientras que aquélla viene marcada
también por factores de más largo plazo, muchos de ellos estructurales. En este sentido,
la ayuda de emergencia tradicional frecuentemente se limita a satisfacer las necesidades
básicas para la supervivencia, pero apenas incide en los factores que causan la
vulnerabilidad. Sin embargo, toda intervención que aspire no sólo al alivio puntual sino
a sentar bases de desarrollo futuro debe orientarse a no sólo a satisfacer necesidades
sino a reducir la vulnerabilidad.

1. Origen y evolución
El concepto de vulnerabilidad ha penetrado con fuerza desde hace unos años en las
ciencias sociales y, en particular, en el campo de los estudios sobre el desarrollo. Ha
realizado así una importante contribución a una mejor y más amplia comprensión de la
situación de los sectores sociales desfavorecidos y de los motivos de ésta. Se ha
convertido en un fértil instrumento de estudio de la realidad social, de disección de sus
causas profundas, de análisis multidimensional que atiende no sólo a lo económico,
como puede hacer la pobreza (al menos en un visión clásica), sino también a los
vínculos sociales, el peso político, el entorno físico y medioambiental o las relaciones
de género, entre otros factores. Como dice Bohle (1993:17), mientras que la pobreza se
puede cuantificar en términos económicos absolutos, “la vulnerabilidad es un concepto
relacional y social”, que depende de las contradicciones y conflictos sociales.

Por tanto, es un concepto esencial para poder diseñar y orientar adecuadamente las
políticas públicas en materia de desarrollo socioeconómico, así como las intervenciones
de acción humanitaria[Acción humanitaria:debates recientes, Acción
humanitaria:fundamentos jurídicos, Acción humanitaria: principios , Mujeres y acción
humanitaria , Acción humanitaria:concepto y evolución] o de cooperación para el
desarrollo.

La pujanza del concepto de vulnerabilidad se debe a una evolución teórica habida desde
los años 70 en la comprensión de los desastres, incluidas las hambrunas, y de los
problemas del desarrollo. Convencionalmente, los desastres se han interpretado (y
algunos siguen haciéndolo así) como eventos excepcionales, inesperados, consecuencia
directa de factores naturales (meteorológicos, medioambientales o demográficos), y sin
relación causal con los procesos sociales, con la vida diaria. Ese enfoque natural se ha
complementado además con otras explicaciones centradas en una supuesta mala gestión
de los recursos naturales por parte de las víctimas (sobrecultivo, sobrepastoreo, tala
abusiva del bosque), debido a su ignorancia o a un comportamiento irracional.

Sin embargo, desde los años 70 y, sobre todo, los 80, frente a dicho enfoque natural
comienza a desarrollarse otro de orientación social. Esta visión, aunque no niega la
importancia de las catástrofes naturales como activadores de los desastres, pone más el
acento en el estudio de las estructuras y procesos socioeconómicos de desigualdad y
pobreza como causantes de la vulnerabilidad, entendido como el caldo de cultivo que
posibilita los desastres. Los desastres son vistos así como consecuencia de las
condiciones de la vida cotidiana, no como fenómenos al margen de ésta; como resultado
de determinado modelo de desarrollo, más que como la ausencia o la interrupción de
éste.

El enfoque de la vulnerabilidad se gestó al calor de varias contribuciones, entre ellas las


siguientes:

a) En primer lugar, la interpretación que los autores de la teoría de la dependencia,


durante los años 60 y 70, hicieron de los problemas del subdesarrollo en el tercer
mundo, como fruto de las estructuras socioeconómicas fuertemente desiguales que se
derivan de sus relaciones de dependencia y explotación respecto al Norte (ver centro-
periferia).

b) En segundo lugar, la reflexión teórica respecto a varios desastres habidos en los años
70, como las hambrunas del Sahel o el terremoto de Guatemala en 1976.
c) En tercer lugar, la teoría de las titularidades al alimento de Amartya Sen, publicada en
1981, que explica las hambrunas como consecuencia no de una falta de alimentos
provocada por una catástrofe o por el exceso de población, sino como una pérdida del
acceso a los mismos por parte de las familias con menos recursos económicos. De esta
forma, el trabajo de Sen realizó una aportación decisiva a la conformación del concepto
de vulnerabilidad, al articular un análisis basado en las desigualdades sociales y la
pobreza, y en las dificultades específicas que en función de ellas tiene cada familia y
persona en su acceso a los recursos. En cualquier caso, el enfoque de Sen se centró en el
poder adquisitivo de las familias, soslayando otros aspectos no económicos hoy
considerados indisolublemente vinculados a la vulnerabilidad (poder político, relaciones
intrafamiliares, estrategias de afrontamiento de la crisis, redes sociales de ayuda mutua,
economía de la guerra, etc.).

Así, el concepto de vulnerabilidad surge de una doble evolución teórica, ampliamente


asumida. Primera, la que ha llevado de las explicaciones fisico-naturales de los desastres
a las socioeconómicas, centradas en el desigual acceso a los recursos debido a las
estructuras y procesos exitentes, y que por tanto exige un análisis diferenciado de cada
sector social, familia y persona. Y, segunda, como consecuencia de lo anterior, y al igual
que ha ocurrido en otras parcelas de las ciencias sociales, el paso de un enfoque
“macro” a otro “micro”; es decir, para estudiar la vulnerabilidad se toma como objeto de
análisis a cada individuo (y por extensión a sus familias y comunidades), valorando sus
circunstancias específicas, percepciones subjetivas, bagaje cultural, control de las redes
sociales y capacidad de decisión y actuación. Algunas contribuciones decisivas en esta
dirección han provenido de la antropología y de los estudios feministas sobre el género.

2) Vulnerabilidad y desastres

Una contribución esencial del concepto de vulnerabilidad consiste en que nos ayuda a
comprender las crisis humanitarias no como fenómenos puntuales, espontáneos e
inevitables, sino como el resultado de causas estructurales y procesos de largo y medio
plazo, muchos de ellos modificables por la acción humana.

En efecto, el grado de vulnerabilidad de un grupo humano es el principal determinante


de que una catástrofe natural (sequía, inundación, huracán) o humana (guerra) pueda
activar un desastre, esto es, un proceso de desestructuración y convulsión
socioeconómica, con graves secuelas humanas y materiales (hambruna, miseria,
epidemias, éxodo, etc.).

En otras palabras, la vulnerabilidad es el contexto propiciatorio, el caldo de cultivo en el


que el “virus” de la catástrofe puede desencadenar la “enfermedad” del desastre en
aquel cuerpo que carezca de capacidades de resistencia suficientes, capacidades que
permiten la implementación de diferentes estrategias de afrontamiento familiares de la crisis. De esta
forma, la vulnerabilidad constituye el punto del partida sobre el que se puede desencadenar un proceso de desastre, que se podría representar con la
siguiente ecuación:
Los desastres son fruto de la combinación de los tres factores. La profundidad y
amplitud del desastre depende, por supuesto, de la intensidad y la duración de la
catástrofe; pero más determinante aún es el nivel de la vulnerabilidad preexistente. De
hecho, un grupo muy vulnerable puede verse muy afectado por una catástrofe de escaso
relieve, mientras que otro grupo poco vulnerable puede salir indemne de una catástrofe
más seria. De este modo, las catástrofes rara vez se traducen en un desastre allí donde la
población es poco vulnerable (caso de los países ricos). Sobreviene el desastre allí
donde existe un número significativo de familias vulnerables que se ven severamente
golpeadas por la catástrofe.

3) Dimensión dinámica en el tiempo

Otro aspecto esencial consiste en que la vulnerabilidad no es estática, sino dinámica en


el tiempo, esto es, puede aumentar o disminuir. Resulta por tanto imprescindible que su
análisis contemple la dimensión temporal. En primer lugar, aunque la catástrofe sea
repentina, la gestación de la vulnerabilidad ha podido ser fruto de un largo proceso
histórico (como algunas secuelas del colonialismo), si bien otras causas pueden
encontrarse en procesos y circunstancias más inmediatas (como una crisis económica).
Por tanto, la vulnerabilidad integra elementos del pasado y del presente.

Además, hay que tener en cuenta que cada uno de los aspectos que configuran la
vulnerabilidad puede tener un ritmo de tiempo diferente para acrecentarse o modificarse
ante una catástrofe, o para reducirse después de ella. Por ejemplo, las relaciones de clase
o de género son bastante estables y se verán trastocadas sólo lentamente, mientras que el
nivel de ingresos o el estado sanitario puede variar rápidamente.

La vulnerabilidad puede incrementarse bien de forma prolongada o bien con rapidez en


función de que haya sobrevenido un tipo u otro de catástrofe. Hay catástrofes de
gestación lenta (las sequías frecuentemente duran dos o tres años), y otras de aparición
repentina (terremotos, huracanes).

Por otro lado, el factor estacional es determinante para la vulnerabilidad de las personas
en las sociedades rurales tradicionales. Las estaciones del ciclo agrícola tienen una gran
incidencia en el nivel del consumo alimentario, del ahorro familiar y del estado
nutricional y sanitario. La vulnerabilidad es más acusada en los meses anteriores a la
cosecha, por cuanto las reservas que quedan en los graneros son ya escasas o
inexistentes, la consiguiente menor oferta en el mercado eleva los precios de los
alimentos (dificultando que los pobres puedan adquirirlos), las familias tienen que
reducir su consumo de comida, y los cuerpos peor alimentados son más susceptibles de
sucumbir a las epidemias (ver seguridad alimentaria). Por tanto, una posible catástrofe
tendría secuelas mucho más funestas si se produjera en esos meses previos a la cosecha,
escasos en recursos y resistencia, que en los posteriores a ella, de relativa abundancia.
Toda intervención de ayuda debería tener muy en cuenta estas circunstancias.

El carácter temporal, progresivo y acumulativo de la vulnerabilidad puede apreciarse,


por ejemplo, en la Figura 1, referida al desarrollo de las hambrunas.

Figura 1: Evolución de la vulnerabilidad durante una crisis alimentaria

Fuente: Bohle et al. (1993:23)

En la gráfica se aprecia la existencia inicial de un determinado nivel de vulnerabilidad


de base, esto es, la situación habitual que, con oscilaciones estacionales, para algunos
sectores se traduce en pobreza y malnutrición endémicas. Cuando irrumpen
determinados acontecimientos críticos (catástrofes naturales, crisis económica,
conflictos, etc.), se registra un incremento de la vulnerabilidad de los sectores afectados,
que desestabiliza el sistema alimentario (esto es, la producción, comercialización y
reservas de alimentos). Es decir, actúan como detonantes del proceso de gestación de la
hambruna (crisis alimentaria coyuntural y aguda, a diferencia del hambre endémica
anterior), cuya gravedad aumenta conforme crece la vulnerabilidad con el tiempo. Sin
embargo, simultáneamente pueden existir también determinadas tendencias
contrarrestantes de la vulnerabilidad, como son las estrategias de afrontamiento, la
ayuda de mitigación o la acción humanitaria[Acción humanitaria:debates recientes,
Acción humanitaria:fundamentos jurídicos, Acción humanitaria: principios , Mujeres y
acción humanitaria , Acción humanitaria:concepto y evolución]. Estos mecanismos
pueden mitigar e incluso frenar el proceso de crisis, sobre todo si actúan en las fases
iniciales; pero si fracasan o se agotan, es probable que se acabe por producir el desastre
(en este caso la hambruna). Tal desenlace llega con frecuencia bastante tiempo después
(a veces dos o tres años más tarde) de haberse producido la catástrofe natural que activó
la crisis, como resultado de dicho proceso de acumulación de vulnerabilidad.

Una vez pasado el punto álgido de la crisis se inicia un período de recuperación __(o
rehabilitación), que representa la superación de las manifestaciones más graves del
desastre pero que, sin embargo, no supone una vuelta a la situación anterior. La
__nueva vulnerabilidad de base después de un desastre es mayor que la inicial debido a
las secuelas dejadas por el proceso: empobrecimiento, desposesión de los bienes
productivos, deterioro nutricional, debilitamiento físico, fragmentación comunitaria, etc.
De este modo, la sucesión de crisis consecutivas supone una acumulación progresiva de
vulnerabilidad y una menor capacidad de resistencia a otras que puedan acontecer en el
futuro. Algunos grupos humanos, por ejemplo en zonas áridas del Sahel, se encuentran
encerrados en ese círculo vicioso que les lleva de crisis en crisis.

Como hemos dicho, la vulnerabilidad puede aumentar, pero también puede disminuir.
Según señala Swift (1989:9 y ss.), cuando en las épocas de bonanza las familias
obtienen unos ingresos superiores a los que necesitan para satisfacer sus necesidades
básicas, los excedentes se convierten en una serie de bienes o activos a los que se puede
recurrir en los períodos de vacas flacas. Estos bienes, tanto tangibles como intangibles,
los clasifica en tres grupos: a) Reservas en especie (cereales, ganado, joyas, tierra) o en
metálico. c) Inversiones materiales para incrementar la capacidad productiva (labores de
irrigación o conservación del suelo, adquisición de herramientas o tecnología), o
inversiones no materiales (mejora del nivel educativo, sanitario o nutricional de la
familia). c) Derechos demandables (lo que él denomina claims), que consisten en
derechos que pueden invocarse ante la comunidad, las elites o el Estado, para obtener
ayuda en caso de necesidad, y que son consecuencia de la existencia de unos vínculos
sociales recíprocos de solidaridad, o de un cierto pacto social.

Esta acumulación de reservas, de las que luego se podrá echar mano para afrontar las
épocas difíciles, representa una reducción de la vulnerabilidad. Por el contrario, las
crisis socioeconómicas (como la hambruna) dan lugar a un incremento de la
vulnerabilidad, como consecuencia de la reducción del poder adquisitivo (disminución
de los ingresos al caer la producción agrícola o aumentar el desempleo; incremento de
los precios de los alimentos), del agotamiento de las reservas acumuladas (venta de
bienes personales e incluso productivos, como el ganado o incluso las tierras), de la
sobreexplotación del medio ambiente, del debilitamiento corporal, etc.

A la hora de llevar a cabo intervenciones de ayuda a una comunidad, es necesario tener


en cuenta si se encuentra en un proceso de incremento o de disminución de la
vulnerabilidad, así como estimar cuál es el nivel de su vulnerabilidad, esto es, la
gravedad de la situación. Según cuál sea el nivel de vulnerabilidad, será preciso
priorizar un tipo u otro de intervención: en contextos de vulnerabilidad moderada, sin
peligro de desestructuración, será necesario priorizar las intervenciones de desarrollo a
largo plazo, sin perjuicio de que algunos colectivos requieran también ayuda para la
supervivencia inmediata; por el contrario, en situaciones de vulnerabilidad extrema, hay
que centrar más esfuerzos en la ayuda de emergencia a corto plazo, sin perjuicio de
complementarla con actividades de desarrollo (ver figura nº 1 y 2 en la entrada
estrategias de afrontamiento).

4) Componentes de la vulnerabilidad

La vulnerabilidad es un concepto complejo que abarca diferentes componentes, los


cuales se manifiestan de forma diferente en cada persona. Siguiendo a autores como
Chambers (1989), Cannon (1994), y Blaikie et al. (1994), vamos a ver que tales
componentes integran las dos dimensiones con que cuenta la vulnerabilidad: el riesgo y
la falta de capacidades. El primero de los factores que explicaremos, la exposición
física a las catástrofes, lo que hace es generar riesgo a verse afectado por éstas, es decir,
inseguridad. Todos los demás factores implican una falta de capacidades que dificulta el
acceso a los recursos, los servicios públicos o la ayuda.

A) Exposición física al riesgo de catástrofe

El riesgo a verse atrapado como víctima de una catástrofe depende, por ejemplo, de cuál
sea la zona de residencia (zonas propensas a la sequía, laderas de montañas con riesgo
de avenidas de agua o corrimientos de tierras, etc.), las condiciones medioambientales
del lugar (la degradación del suelo o la deforestación pueden reducir los ingresos
rurales), sus características climáticas, la calidad de construcción de las casas, etc.

Normalmente, los sectores más desfavorecidos son los que se ven abocados a una mayor
exposición al riesgo. Así, por ejemplo, en la llanura del Ganges, al norte de la India, las
castas pobres y los intocables viven sobre todo en los suburbios, situados en zonas bajas
propensas a las inundaciones. En muchos países, algunos de los grupos más expuestos
lo son tras haber sido desplazados a tierras marginales por la presión política y
económica, la colonización o la implementación de proyectos de desarrollo (agricultura
comercial, grandes presas, etc.).

B) Falta de capacidades y de acceso a los recursos

B.1) Pobreza

La pobreza es un componente muy importante de la vulnerabilidad, pero no el único,


por lo que es errónea la identificación directa que con frecuencia se hace entre ambas.
Se trata de dimensiones diferentes, aunque la pobreza venga frecuentemente
acompañada del resto de componentes de la vulnerabilidad. La vulnerabilidad no
significa falta o carencia, a diferencia de la pobreza, que es una medida descriptiva, y
mucho menos compleja, de las necesidades o carencias de las personas. La
vulnerabilidad se refiere más bien a la inseguridad y riesgo que se corre ante una posible
catástrofe en particular. De este modo, no tiene que ver sólo con las condiciones de la
gente, sino con las características de las posibles catástrofes. En otras palabras, una
persona puede tener niveles diferentes de vulnerabilidad según ante qué catástrofe, pero
no puede tener niveles diferentes de pobreza (Blaikie et al., 1994:61).

Al hablar de pobreza nos referimos a la insuficiencia de recursos materiales para


satisfacer las necesidades básicas de la persona o de la familia, que pueden constar tanto
de los ingresos presentes como de las reservas acumuladas en el pasado (en forma de
dinero, alimentos, ganado, tierras, etc.). De este modo, las personas con dinero u otros
bienes materiales suficientes disponen de la capacidad para satisfacer sus necesidades
durante las crisis y de recuperarse tras ellas. En el lado opuesto, las personas más
vulnerables viven al borde de la subsistencia y apenas producen excedentes, por lo que
frecuentemente carecen de ingresos y reservas suficientes con las que afrontar las crisis
o el período de reconstrucción posterior.

B.2) Inseguridad del sistema de sustento familiar

El grado de inseguridad ante una posible crisis del sistema de sustento, o medio de vida,
de una familia es otro determinante clave de su vulnerabilidad, independientemente de
que proporcione habitualmente más o menos ingresos. Los sistemas más inseguros son:
a) los más sensibles __al impacto perturbador de una catástrofe, y por tanto menos
resistentes a las mismas; (b) los menos __flexibles, esto es, con menos capacidad para
recuperarse tras una catástrofe; y c) los menos sostenibles o perdurables en el tiempo.
De esta forma, determinados grupos ocupacionales (caso de los pequeños pastores y los
jornaleros agrícolas), como consecuencia de los riesgos inherentes a su actividad
económica, suelen ser más vulnerables a las crisis que otros, aunque habitualmente sean
tan modestos o incluso más. Otra constatación importante es que un sistema de sustento
es más vulnerable en la medida en que dependa de una o pocas fuentes de ingreso, por
lo que un objetivo clave en los proyectos para recuducir la vulnerabilidad consiste en
diversificar tales fuentes, de modo que la posible pérdida de una pueda compensarse con
las otras.

B.3) Indefensión personal o falta de capacidades personales

Denominamos indefensión, o desprotección, a la carencia de capacidades con las que


poder afrontar una crisis sin sufrir daños (Pérez de Armiño, 1999:27). Si en el siguiente
punto veremos las sociales, en este caso se trata de la falta de capacidades propias,
individuales, aunque por extensión también familiares, pues muchos de ellos son
compartidos por la familia. Al margen de la pobreza o falta de recursos económicos, ya
vista, podríamos señalar tres carencias principales:

a) Falta de capacidades físicas y sicológicas:

En el plano físico, las enfermedades y las incapacidades corporales son una fuente
importante de vulnerabilidad tanto para las personas que las padecen como para aquellas
familias en las que éstas representan una alta proporción respecto a los miembros sanos
con capacidad de generar ingresos. La enfermedad reduce la capacidad de trabajo y la
obtención de ingresos (ver salud y desarrollo). En el plano sicológico, lo mismo
podemos decir de las deficiencias y enfermedades mentales. Además, también generan
vulnerabilidad determinadas actitudes sicológicas negativas (el victimismo, el fatalismo,
la dependencia de la ayuda), que debilitan la confianza en uno mismo, la determinación
y, en definitiva, la capacidad de los afectados para hacer frente a la crisis (Anderson y
Woodrow, 1989:14).

b) Falta de conocimientos y de cualificaciones técnicas:


A mayor nivel cultural y técnico, menor vulnerabilidad. Los analfabetos, por ejemplo,
tienen menos posibilidades de encontrar empleos alternativos o de conocer e
implementar técnicas más productivas, así como de relacionarse con la administración y
beneficiarse todo lo posible de los servicios públicos y la ayuda exterior.

c) Falta de capital social:

El capital social consiste en determinados recursos del individuo, derivados de sus


relaciones sociales, y que tienen cierta persistencia en el tiempo, como las redes
sociales, las normas sociales y los vínculos de confianza y obligaciones recíprocas.
Estos recursos son utilizados por las personas como instrumentos con los que
incrementar su capacidad de acción y satisfacer sus objetivos o necesidades (obtener un
empleo, recibir ayuda, etc.) al tiempo que facilitan la cooperación entre aquéllas en
beneficio mutuo. En consecuencia, resulta un factor decisivo para la capacidad de
familias e individuos de afrontar los desastres y también de recuperarse tras ellos.
Diversos factores pueden provocar un bajo capital social, como la falta de una familia
que dé protección, la marginación respecto a la comunidad, la erosión de los
mecanismos tradicionales de solidaridad de la economía moral, o la falta de tejido
asociativo.

d) Dificultad para ejecutar estrategias de afrontamiento:

Ciertas estrategias familiares ayudan a resistir ante una catástrofe y a recuperarse tras
ella, garantizando la supervivencia y, en la medida de lo posible, preservando los
medios productivos. Sin embargo, su implementación puede verse dificultada por
factores ya mencionados (debilidad física, carencia de medios materiales, falta de
contactos y apoyo social), así como también a otros como las dificultades de movilidad
física (habituales en las guerras) o de acceso al transporte, la escasez de tiempo (por
ejemplo en el caso de madres cabeza de familia), o a la falta de derechos de acceso a los
bienes comunitarios (bosque, zonas de caza y pesca, pastos), etc.

B.4) Indefensión o desprotección social

Se referiere a la falta de mecanismos de protección del individuo o de la familia por


parte bien de la comunidad o bien del Estado. Es decir:

a) Falta de protección por parte de la comunidad:

La protección comunitaria hacia los desfavorecidos ha sido y es de gran importancia en


los países pobres, en los que por el contrario es muy débil la protección pública estatal.
Tal protección por la comunidad depende de su grado de vertebración social, esto es, de
la existencia de organización social (formal e informal), de normas (que regulen los
vínculos, derechos y obligaciones recíprocos) y de liderazgos (con líderes respetados y
capaces de movilizar a la comunidad). Pero esta protección se ha visto debilitado en
muchos contextos, debido a procesos como la erosión de la denominada economía
moral (un sistema precapitalista de solidaridad orientado al bienestar colectivo más que
al lucro individual), la alteración de la estructura familiar (debilitamiento de la parentela
o familia extendida a favor de una familia nuclear), o la desvertebración social que
provocan los conflictos civiles.
b) Falta de protección por parte del Estado:

Para la reducción de la vulnerabilidad es esencial la acción pública, es decir, políticas


estatales en campos como la lucha contra la pobreza, la provisión de servicios básicos,
el reparto de ayuda, así como la preparación, prevención[Prevención de conflictos,
Prevención de desastres] y mitigación de desastres.

Sin embargo, la mayoría de los gobiernos de países pobres prestan una insuficiente
atención a la protección de los más vulnerables. Esto se debe en parte a su escasez de
recursos materiales y técnicos. Pero también responde al hecho de que, dado que las
políticas gubernamentales son el resultado de una lucha de intereses en competencia,
tienden a favorecer a los sectores con mayor capacidad de influencia y a olvidar a los
que tienen poca y no representan una clientela política relevante (De Janvry y
Subramanian, 1993:16), como los indígenas, los inmigrantes o, de forma más genérica,
los campesinos pobres (ver sesgo urbano). En otras palabras, la vulnerabilidad tiene
también una dimensión política: a los vulnerables les falta el acceso a los recursos
económicos, pero también el poder político necesario para obtener el mismo (Walker,
1989:30-31).

Por otro lado, en muchas ocasiones más que de falta de protección hay que hablar de
políticas directamente causantes de vulnerabilidad, como las que dan lugar a la
exclusión social, la persecución de minorías, las violaciones masivas de los derechos
humanos y las migraciones forzosas.

Componentes de la vulnerabilidad

Fuente: Pérez de Armiño (1999:32).

5) Causas generadoras de la vulnerabilidad

En el punto anterior hemos enumerado los componentes en que se puede desglosar el


concepto de vulnerabilidad. Por su parte, las causas de la vulnerabilidad y de sus
componentes responden a una combinación de múltiples factores geográficos,
económicos, sociales, políticos y personales, que condicionan tanto la exposición al
riesgo como la disponibilidad de capacidades de cada familia e individuo en un contexto
dado.

En definitiva, la vulnerabilidad de cada persona es el resultado de una multitud de


causas que se pueden agrupar en tres categorías o niveles superpuestos: las causas raíces
o estructurales, los procesos de crisis a medio o corto plazo, y los determinantes
pesonales. Así, cabe hablar de una cadena explicativa que va de lo “macro” y estructural
a lo “micro”, desde las relaciones sociales globales hasta las condiciones específicas de
cada individuo. Este modelo causal puede verse en la figura “Estructura causal del
desastre”, en la entrada desastre. Veamos a continuación dichos niveles:

a) Las causas raíces o subyacentes son factores consolidados y estables en el tiempo


(que deben analizarse con perspectiva histórica), enraizados en las estructuras sociales,
económicas y políticas. Entre ellos destacan: los límites y las posibilidades que impone
la base material existente (recursos naturales y condiciones medioambientales); la
estructura socioeconómica tanto local como internacional (relaciones Norte-Sur), por
cuanto deteminan las relaciones de producción y poder; y los sistemas ideológicos y
políticos que articulan la sociedad (pautas de propiedad, mecanismos de ayuda,
relaciones de género, etc.).

b) Ese conjunto de factores constituye el marco o base sobre la que se desarrolla el


segundo nivel de causas, consistente en diversos procesos y dinámicas de
vulnerabilidad, de carácter más coyuntural o próximo en el tiempo, que propician el
incremento de formas específicas de inseguridad en un momento y lugar concretos.
Entre otros se podría destacar el deterioro del medio ambiente (que reduce la
producción y los ingresos); el rápido crecimiento económico; la crisis de la deuda
externa; el impacto de la globalización económica sobre los países pobres; los
programas de ajuste estructural y la consiguiente reducción de los presupuestos para
servicios básicos; la existencia de regímenes autoritarios; o la feminización de la
pobreza.

c) Los determinantes personales: Las diferentes causas de la vulnerabilidad que hemos


visto afectan de forma diferente a cada individuo, ya que éste dispone de cierto margen
de decisión y actuación, y que cada cual tiene unos determinantes personales
específicos, que condicionan su acceso a los recursos y su nivel de exposición al riesgo.
Entre tales determinantes personales podríamos destacar los siguientes:

– La clase social y la actividad económica: que determina la posición socioeconómica


del individuo, y por tanto sus recursos y capacidad de influencia.

– El género: en casi todas las sociedades y circunstancias las mujeres se ven


discriminadas en los planos económico, político y social.

– La edad: niños y ancianos son fisiológicamente débiles (poco resistentes al frío y al


calor, propensos a las enfermedades), tienen menor capacidad mental y de movimientos,
y dependen del cuidado que se les proporcione.

– El estado sanitario y nutricional: los malnutridos, enfermos y discapacitados tienen


menos capacidad para trabajar y generar ingresos, así como para afrontar los impactos
de los desastres (epidemias, reducción del consumo alimentario, migraciones forzosas).
– El nivel educativo y de conocimientos técnicos: los individuos con un menor nivel
tienen menos capacidad de obtener ingresos, de encontrar medios alternativos de vida, o
de defender sus derechos ante el Estado.

– La etnia y la religión: elementos definitorios de la identidad de los grupos, origen


frecuente tanto de privilegio como de discriminación social, política y económica.

– El lugar de residencia: que condiciona el riesgo de verse golpeado por catástrofes


naturales y conflictos, así como el acceso posible a los recursos naturales y a los
servicios públicos.

– El estatus jurídico: la ciudadanía de un Estado o el estatuto de refugiado proporciona


unos derechos legales, del que carecen los inmigrantes en otro país, así como los
desplazados internos perseguidos en el suyo propio.

– La voluntad y capacidad de decisión del individuo: el impacto de todos los factores


citados (estructurales, procesos, condiciones personales), que le vienen dados al
individuo, pueden ser modificados en parte por la propia capacidad de éste, mayor o
menor según las circunstancias, para decidir y tomar o no determinadas actuaciones
(vender sus bienes, emigrar, asociarse, etc.).

Conclusión

Diversos rasgos de los comentados pueden confluir en una misma persona. Así, una
mujer anciana, pobre, sola, enferma y perteneciente a una minoría marginada, presenta
un perfil altamente vulnerable.

En conjunto, las personas más vulnerables son aquellas que, debido a factores
estructurales de largo plazo, a procesos de corto plazo generadores de crisis o tensiones,
y a sus propios determinantes personales, tienen: su residencia en lugares con una alta
exposición física a las catástrofes; un acceso a los bienes básicos escaso e inseguro
(bienes productivos e ingresos reducidos, sistema de sustento inseguro, derechos
limitados); unos escasos recursos personales (salud, educación), materiales (reservas,
ahorros) y sociales (capital social, redes, información) para hacer frente a la catástrofe;
y un escaso peso político, insuficiente para incentivar la necesaria protección por parte
del Estado. Todas estas condiciones les hacen menos capaces de afrontar los desastres
sin riesgo para sus sistemas de sustento o sus vidas, y de recuperarse tras ellos.

El enfoque de la vulnerabilidad se ha expandido dada su gran utilidad. Primero, permite


un análisis rico y complejo de la situación de las personas y familias, teniendo en cuenta
no sólo su pobreza, sino otras dimensiones políticas, sociales y sicológicas; y
observando no sólo las necesidades puntuales, sino los factores estructurales causantes.
De esta forma, posibilita actuaciones que se centren en los más vulnerables y que se
ajusten específicamente a las causas particulares de su vulnerabilidad, para lo cual
resulta muy útil la elaboración de mapas de vulnerabilidad donde se identifique quiénes
son, por qué y dónde están (ver preparación ante desastres). Segundo, el estudio de la
vulnerabilidad, como categoría dinámica, proporciona un análisis de la evolución
temporal de los procesos sociales, una película en vez de un solo fotograma. Esto es
esencial para poder evaluar la gravedad y perspectivas de la situación, y para poder
actuar a tiempo. Tercero, hablar de vulnerabilidades implica tener en cuenta su reverso,
esto es, que las personas cuentan también con capacidades propias, que hay que tomar
como punto de partida.

En definitiva, todo tipo de intervención, sea de desarrollo, mitigación, emergencia o


rehabilitación, debería orientarse a dos objetivos comunes: reducir la vulnerabilidad y
reforzar las capacidades de las personas, familias y comunidades. Este doble principio
es el eje que permite articular una adecuada complementariedad de todas esas formas de
trabajo, esto es, la denominada vinculación emergencia-desarrollo, de forma que la
ayuda no sea meramente paliativa y tenga un impacto también a largo plazo.

Dado que la vulnerabilidad presenta tantas dimensiones, su medición de su nivel no es


fácil. Sin embargo, un buen indicador de éste lo proporcionan las estrategias de
afrontamiento familiares frente a las crisis, dado que existe una correspondencia
temporal entre el grado de vulnerabilidad que sufre una familia o comunidad y las
estrategias que llevan a cabo en ese momento: desde las fáciles de asumir, cuando la
vulnerabilidad es ligera, hasta las más costosas, cuando la vulnerabilidad es extrema. De
este modo, el análisis de las estrategias y de su evolución cronológica nos ayuda a
determinar cuál es el grado de vulnerabilidad de quienes las llevan a cabo. Por ello, su
estudio se ha incorporado a algunos sistemas de alerta temprana, dedicados a recoger y
estimar datos con objeto de prever los incrementos de vulnerabilidad y la gestación de
desastres como, sobre todo, las hambrunas (ver figuras nº 1 y 2 en la entrada estrategias
de afrontamiento). K. P.

Bibliografía

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Geography, nº 5, Verlag breitenbach Publishers, Saarbrücken Alemania.

Ver Otros

 Acción humanitaria: concepto y evolución


 Género, intereses y necesidades de
 Pobreza humana.
El concepto de vulnerabilidad
La vulnerabilidad representa la interfaz entre la exposición a amenazas físicas para el bienestar humano y la capacidad de las personas y
comunidades para controlar tales amenazas. Las amenazas pueden surgir de una combinación de procesos físicos y sociales. Así, en la
vulnerabilidad humana se integran muchos problemas ambientales. Ya que todos somos vulnerables a las amenazas ambientales, en cierto modo,
la cuestión concierne tanto a poblaciones ricas como a pobres, tanto urbanas como rurales, tanto del Norte como del Sur, y puede llegar a socavar
el proceso completo de desarrollo sostenible de los países en desarrollo. Reducir la vulnerabilidad implica detectar los puntos en donde se puede
intervenir en la cadena de causas entre la aparición de un peligro y sus consecuencias humanas (Clark y otros 1998).

Muchos fenómenos naturales representan amenazas, que incluyen acontecimientos extremos, como inundaciones, sequías, incendios, tormentas,
tsunamis, deslaves de tierras, erupciones volcánicas, temblores y enjambres de insectos. Las actividades humanas han aumentado la lista con
amenazas de explosiones, contaminación química y radiactiva, así como otros incidentes tecnológicos. El riesgo radica en la probabilidad de
exposición a cualquiera de estos sucesos, lo que puede ocurrir con una gravedad que varía según diferentes escalas geográficas, repentina e
inesperadamente o de manera gradual y predecible, y según el grado de exposición. Sin embargo, con una población creciente cuya distribución
cada vez se extiende más en el mundo, los desastres naturales están aumentando los daños, la pérdida de vidas y el desplazamiento de las
poblaciones. Además, los cambios al medio ambiente provocados por el ser humano han reducido su capacidad para absorber los impactos de los
cambios y para ofrecer los bienes y servicios que satisfacen las necesidades humanas.

El análisis del impacto ambiental presentado en elCapítulo 2 reveló muchos ejemplos en donde los individuos, las comunidades y hasta los
países se encuentran vulnerables frente a las amenazas de su medio ambiente físico. Los cambios ambientales y la vulnerabilidad social a éstos no
son algo nuevo. Hace más de 9.000 años los sumerios de la Mesopotamia comenzaron a irrigar la tierra con el fin de satisfacer el aumento en la
demanda de alimentos derivado del crecimiento de la población, pero su civilización terminó por derrumbarse en parte debido al anegamiento y
salinización resultantes. La civilización maya se derrumbó alrededor del año 900 A.C. principalmente como consecuencia de la erosión del suelo, la
pérdida de la viabilidad de los agroecosistemas y el embanque de los ríos. El fenómeno de Dust Bowl que se dio en las praderas de Estados Unidos
en el siglo XX fue el resultado de la erosión masiva del suelo y condujo a comunidades enteras al desarraigo y la pobreza extendida. Durante los
tres días de la «Gran Niebla» de Londres, ocurrida en 1952, cerca de 4.000 personas murieron como consecuencia de una combinación letal de
aire cargado con materia particulada y SO2, originada en la extendida quema de carbón y una inversión térmica ocasionada por condiciones
anticiclónicas sobre la ciudad (Met Office 2002).

Algunas personas viven en lugares de riesgo inherente para los humanos, por ejemplo, zonas con temperaturas demasiado elevadas, demasiado
secas o muy expuestas a riesgos naturales. Otras, como Rosita Pedro, están en riesgo debido a que una amenaza existente se ha hecho más
severa o extensa con el tiempo. Los lugares o las condiciones que alguna vez fueron seguros se han alterado de tal modo que ya no salvaguardan
adecuadamente la salud y el bienestar humano. Muchos de los niños de menos de cinco años de edad que mueren cada año de enfermedades
diarreicas las contraen por beber agua contaminada (véase el Capítulo 2, «Agua dulce»).

La mayor parte de los ambientes se encuentra en un estado de cambio constante debido a causas naturales y modificaciones humanas destinadas
a la producción de alimentos, la creación de asentamientos e infraestructura o la producción y venta de mercancías. Los cambios intencionales
tienen en su mayoría como propósito la utilización del medio ambiente en beneficio de la humanidad. La domesticación de la tierra para la
producción intensiva de alimentos es un ejemplo; otro es la utilización de los recursos fluviales para proveer agua dulce, energía y transporte.
Dichos cambios también pueden alterar involuntariamente la calidad o cantidad de recursos ambientales, situación que puede ser difícil de
controlar.

Analizando las antiguas y nuevas amenazas a la seguridad humana se puede ver que la vulnerabilidad de los
humanos a las condiciones ambientales tiene dimensiones sociales, económicas y ecológicas. La manifestación de
esta vulnerabilidad más reconocida y difundida tiene lugar cuando las personas resultan repentina y violentamente
afectadas por peligros ambientales, como la erupción del Nyiragongo, que ocasionó la devastación del pueblo de
Goma, en la República Democrática del Congo (véase el recuadro). Estos sucesos se convierten en desastres cuando
las comunidades locales carecen de la capacidad para controlar sus efectos. Sin embargo, los factores ambientales
que contribuyen a la vulnerabilidad son variados y variables y además, no se limitan a sucesos desastrosos sino que
se extienden por todo el espectro del desarrollo sostenible.

Vulnerabilidad en una zona en crisis:


El Nyiragongo
El Nyiragongo, localizado en la República Democrática del Congo, ha hecho erupción más de 50
veces en los pasados 150 años. A pesar de su peligro potencial, resulta atractivo para nuevos
pobladores debido a la fertilidad de la zona circundante, con sus ricos suelos volcánicos y su
proximidad al lago. La erupción del Nyiragongo del 17 de enero de 2002 afectó una zona ya
devastada por años de conflictos civiles, lo que disminuyó severamente los recursos del pueblo
para hacer frente a la situación. Los residentes recibieron pocas advertencias sobre la erupción
inminente. El pueblo de Goma, situado a 18 km del volcán, fue devastado por ríos de lava de
entre uno y dos metros de altura que lo sepultaron y que destruyeron otros 14 pueblos cercanos.
Por lo menos 147 personas murieron y hubo un número mayor de heridos. Aproximadamente
350.000 personas resultaron afectadas, de las cuales 30.000 personas fueron desplazadas y
12.500 hogares quedaron destruidos.

Vulnerabilidad y adaptación al cambio climático

Definición de vulnerabilidad

El concepto de vulnerabilidad, tal como lo describe la Real Academia de la


Lengua Española se refiere a la cualidad de vulnerable, es decir a la
posibilidad de ser herido o recibir alguna lesión física o moral.

Por su parte, la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres


(EIRD), indica que vulnerabilidad son las "condiciones determinadas por
factores o procesos físicos, sociales, económicos y ambientales, que
aumentan la susceptibilidad de una comunidad al impacto de amenazas".

En un contexto de cambio climático, este concepto ha evolucionado y se ha


ampliado mucho en los últimos años. Por ejemplo, el Cuarto Reporte de
Evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) describe
la vulnerabilidad como el grado al cual un sistema es susceptible e incapaz
de hacer frente a los efectos adversos del cambio climático, incluyendo la
variabilidad climática y los extremos. Además indica que la vulnerabilidad es
una función del carácter, magnitud, y el ratio del cambio climático y variación a
la cual un sistema está expuesto, su sensitividad y su capacidad adaptativa.

Autores como Turner et al. (2003) , han ahondado estos conceptos, mostrando
que los análisis de vulnerabilidad buscan entender hasta qué grado un sistema,
un subsistema o un componente del sistema, puede experimentar daño debido
a la exposición a un peligro, o a una perturbación o a un factor estresante,
buscando el mejor conocimiento del sistema acoplado humano-ambiente y
reconociendo la importancia de sus múltiples interacciones. Así, surge la
siguiente interrogante: ¿Quién o quiénes son vulnerables a los actuales y
múltiples cambios ambientales, y en qué lugar?.

Definición de adaptación

Evidentemente el concepto de vulnerabilidad está directamente ligado al de


"adaptación", el cual el IPCC define como el ajuste de los sistemas humanos
o naturales en respuesta a un estimulo climático ó a sus efectos actuales
o esperados.

Turner et al. indican que la adaptación eficaz al cambio climático se vincula


directamente con la reducción de la vulnerabilidad de las poblaciones, la misma
que se presenta no solo por la exposición a peligros generados o acrecentados
por el proceso de cambio climático, sino también por la sensitividad de los
recursos y la resiliencia de las poblaciones. Así, el capital social y biofísico
influye en los mecanismos en que las poblaciones le hace frente a los peligros,
y a su vez, estos mecanismos pueden ajustarse, o nuevos mecanismos pueden
ser creados sobre la base de la experiencia.

Caso de estudio: la cuenca del Mantaro

La cuenca del río Mantaro, es altamente vulnerable a eventos meteorológicos


extremos relacionados con la variabilidad climática, y de acuerdo con
proyecciones recientes, esta vulnerabilidad se incrementaría en los próximos
años debido al cambio climático (IGP, 2005). Los eventos meteorológicos
extremos constantemente generan desastres ?naturales? que afectan a la
población del país y a sus principales actividades económicas. A pesar de ello,
existe solamente un limitado número de investigaciones en los aspectos físicos
de estos eventos y su aplicación para la prevención de desastres.

Los Andes Peruanos, son una zona particularmente vulnerable. A esta situación
contribuyen las características de la población, tales como la falta de educación
formal, falta de acceso a la información y a recursos financieros, inequidad
social, económica, de género, etc.

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