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América globalizada.

Reinterpretaciones de las relaciones


de género, desafíos y alternativas
América globalizada.
Reinterpretaciones
de las relaciones de género,
desafíos y alternativas

Virginia Ávila García


Paola Suárez Ávila
(Editoras)

Universidad Nacional Autónoma de México


Facultad de Filosofía y Letras
Dirección General de Asuntos del Personal Académico
Ediciones Eón
2017
Primera edición: enero 2017

Diseño de portada: Lizeth Pliego Delgado

Proyecto PAPIIT IG 300 713 “Género y globalización en los debates


de la Historia y la Teoría Social Contemporánea”

ISBN UNAM: 978-607-02-8767-1

ISBN EÓN: 978-607-9426-73-6

© Universidad Nacional Autónoma de México


Ciudad Universitaria, Deleg. Coyoacán,
México, Ciudad de México, C.P. 04510

© Ediciones y Gráficos Eón, S.A. de C.V.


Av. México-Coyoacán, núm. 421
Colonia Xoco, Delegación Benito Juárez
México, D.F., C.P. 03330
Tels.: 56 04 12 04 y 56 88 91 12
administracion@edicioneseon.com.mx
www.edicioneseon.com.mx

Obra evaluada por pares académicos

Impreso y hecho en México


Printed and made in Mexico
Índice

Las transformaciones en las relaciones de género en las sociedades


latinoamericanas. Estudio introductorio 7

Saberes sobre subjetividad y violencia de género

La universidad masculina: La Real Universidad de México


en la época colonial 17
Armando Pavón Romero

El muro de los recuerdos: el artivismo en contra de los feminicidios 45


Paola Suárez Ávila

El correlato en la narración: mujeres y luchas sociales 57


Silvia Soriano Hernández

Cuando la frontera se encarna: mujeres migrantes en la frontera


sur de México 75
Rodrigo Alonso Barraza García

Antrapología del abandono. Globalización, desechos y mercancías 91


Rodrigo Parrini Roses

Vidas políticas y cotidianas de las mujeres latinoamericanas

Mujeres rurales e indígenas en México frente a la globalización económica 115


María del Rosario Ayala Carrillo
Emma Zapata Martelo

En busca del buen vivir entre mujeres y hombres bolivianos 147


Virginia Ávila García

Luchas y resistencias en clave femenina: las mujeres en los cortes


de ruta en Jujuy, Argentina (1997) 185
Andrea Andújar
Las preferencias de la mujer mexicana: de lo nacional a lo extranjero 211
Felicity Amaya Schaeffer

Estudios de género sobre salud y trabajo de cuidados

El derecho a la salud en una población que ejerce violencia contra sí misma:


el caso de la población masculina 247
Juan Guillermo Figueroa Perea

La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos para la visibilización


de los trabajos domésticos y de cuidados 267
Sandra Milena Franco Patiño

Síntesis curriculares 287


Las transformaciones en las relaciones...  •  7

LAS TRANSFORMACIONES EN LAS RELACIONES


DE GÉNERO EN LAS SOCIEDADES LATINOAMERICANAS.
ESTUDIO INTRODUCTORIO*

El presente libro, América globalizada. Reinterpretaciones de las relaciones de gé-


nero, desafíos y alternativas, es un esfuerzo colectivo de los y las investigadoras que
conformamos el proyecto de investigación papiit ig 300 713 “Género y globaliza-
ción en los debates de la Historia y la Teoría Social Contemporánea”, desarrollado
bajo los auspicios de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la
Universidad Nacional Autónoma de México, instancia a la que hacemos nuestro re-
conocimiento y agradecemos el financiamiento para su publicación bajo las normas
editoriales de la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad. Los capítulos
que lo conforman tienen el propósito de analizar, desde la Teoría Social Contemporá-
nea y la Historia, la vinculación entre la globalización y los estudios de género para
explicar los fenómenos, permanencias y transformaciones en las relaciones de género
en las sociedades contemporáneas de América Latina.
Las reflexiones vertidas en este libro han sido fruto de un trabajo colectivo de
más de tres años, en donde hemos expuesto problemas teóricos y metodológicos en
tres Seminarios-Talleres Internacionales titulados “Los debates sobre la globalización
desde una perspectiva de género. I, II y II”, realizados durante los años 2013, 2014 y
2015 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de

* Las editoras y las y los autores de este libro, América globalizada. Reinterpretaciones de las rela-
ciones de género, desafíos y alternativas, hacen el reconocimiento a la Dirección General de Asuntos del
Personal Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713
“Género y globalización en los debates de la Historia y la Teoría Social Contemporánea” por el financia-
miento otorgado a esta publicación.
8  •  América globalizada

México, además de colaborar en grupos de trabajo, en reuniones presenciales y en


línea efectuados entre 2013 y 2015, donde los y las participantes transitaron por los
sinuosos caminos de la multidisciplina y la transdisciplinariedad en torno a los ejes
de la globalización en su vinculación inherente a las vidas cotidianas de los hombres
y mujeres en la infinitud de sus relaciones de género en el continente americano.
Los capítulos que incluye cada una de las secciones dan muestra de la riqueza en
el campo de los estudios de la globalización desde una perspectiva de género. Cabe
destacar que los enfoques son variados y expresan la oportunidad de abrir nuevas
líneas de investigación en la Historia y la Teoría Social Contemporánea sobre el tema
de los estudios de género.
El libro provoca una nueva revisión del concepto de globalización con base en las
nuevas relaciones de género, en temáticas como la violencia de género, las luchas
sociales de mujeres, las nuevas geografías del cuerpo femenino, la expresión del
feminicidio en el artivismo, la vida de mujeres indígenas en México, la lucha des-
colonizadora de mujeres y hombres bolivianos, la medición del tiempo y el trabajo
doméstico de las mujeres, la protesta social de colectivos de mujeres en Argentina, el
fenómeno del matrimonio internacional por medio del internet, y el derecho a la salud
de la población masculina.
Tal abanico de temáticas tiene dos ejes transversales que han sido fundamentales
para organizar el presente libro: la violencia de género y el condicionamiento
de los capitales multinacionales, mismos que van prefigurando modelos construi-
dos desde los centros de poder. Los artículos presentados por los investigadores e
investigadoras centran estos dos ejes para reinterpretarlos desde la vida cotidiana
de hombres y mujeres de acuerdo con sus procesos históricos, tradiciones y formas
culturales en los ámbitos jurídico, político, social, laboral, de la salud y religioso de
algunos países en América Latina.
América Latina es una región en vías de desarrollo a la que le ha correspondido
adecuar sus marcos legales a nivel local, nacional e internacional, a fin de proporcio-
nar el entramado social de la nueva división del trabajo sustentada en el desarrollo
de las altas tecnologías, en la reducción de los tiempos de la producción de bienes y
servicios embonados en la lógica del capital financiero multinacional. Las formas de
trabajar se han transformado, y las mujeres y los hombres deben adecuarse a limita-
ciones del derecho a la salud y a las pensiones, a la capacitación de nuevas actividades
laborales donde campean la desterritorialización, la movilidad y la flexibilidad y la
insuficiencia de derechos sociales y laborales.
Los capítulos que conforman este libro analizan el contexto de nuevas formas de
trabajo y de organización antes masculinas, que ahora se observan feminizadas; en
tanto que también la informalidad, el subempleo y las actividades subterráneas captan
cada vez a más hombres y mujeres trabajadores y los alejan de las economías formales
de nuestros países, en condiciones de violencia y de ilegalidad que afectan también
las relaciones de género. La proletarización de amplias capas sociales ha traído como
Las transformaciones en las relaciones...  •  9

consecuencia la emigración dentro o fuera de la región a zonas con mejor desarrollo


para cubrir las demandas crecientes del consumo, ya sea para la subsistencia o para
adquirir productos tecnológicos que dan identidad de consumidores.
En lo relativo a las mujeres, las condiciones de la economía globalizada las ha em-
pobrecido y limitado de nuevas oportunidades, mientras que en sus hogares la men-
gua de los recursos familiares ha contribuido a aumentar sus tribulaciones y tareas.
La pérdida de empleos de los hombres de sus casas incrementaron las dificultades, la
violencia, la frustración; en torno a estas situaciones, su fortaleza espiritual ha debido
redundar en mayor apoyo. En el campo, estas condiciones deplorables recrudecen aun
más la pobreza femenina y ha obligado a las mujeres a incorporarse a más actividades
productivas, además de las agropecuarias, en su caso, han debido emplearse como tra-
bajadoras que maquilan productos en sus casas cuidan a sus hijos, o bien abandonan
sus hogares para buscar alternativas de sobrevivencia y progreso en otros lugares del
país y las más atrevidas, al extranjero.
En América Latina, esto ha implicado que emigren a otros países a negociar sus
fuerzas de trabajo e incluso sus cuerpos, ya sea para los trabajos de cuidados, para la
prostitución o bien, como una mercancía más, se convierten en los instrumentos de
las tecnologías de la reproducción, para procrear en sus vientres los hijos de otras.
Cuestión de progreso, se diría con cinismo al recordar a las mujeres de siglos pa-
sados utilizadas para amamantar a los hijos de las clases ricas. En este sentido,
analizamos cómo los avances de la biotecnología permiten que los vientres fértiles
latinoamericanos puedan emplearse para concebir nuevas vidas.
Las reformas laborales en los distintos países de América Latina han ocasionado
que el desempleo mayor se ubique en los cuadros altamente calificados, porque la
región tiene encomendada la venta de infinidad de productos y la proporción de ser-
vicios, para lo cual no se requiere de una capacitación universitaria. La proveeduría
de las materias primas que la región ofrece a las transnacionales conlleva también
el deterioro del medio ambiente con las consecuentes problemáticas en lo social, en
la salud de los nacionales e inclusive en la escasez de recursos no renovables y en la
contaminación ambiental.
La mayor parte de los trabajadores de la región, al asumirse como proveedores de
los servicios en los ámbitos locales e internacionales, ocupan los puestos bajos de la
escala laboral; con frecuencia, las multinacionales traen consigo sus propios cuadros
directivos y promueven un nuevo tipo de economía basado en el modelo gerencial.
Desde un entorno manchado por la violencia institucional, la degradación ambien-
tal, los recortes presupuestales a la atención de la salud, la educación y la inversión
pública, el desempleo, el distanciamiento de la sociedad civil de sus gobiernos, hablar
y explicar para comprender cómo responden las personas concretas a las demandas
de cambios integrales para hacer frente y asumir lo positivo del cambio global se
vuelve una tarea urgente. Los estudios sociales y de las humanidades con perspectiva
de género en este proceso histórico exigen reflexiones concienzudas que fluyan con la
10  •  América globalizada

rapidez que ha implicado la revolución de las comunicaciones y del conocimiento.


Consideramos que las y los investigadores debemos atrevernos a difundir nuestros
estudios y, sobre la marcha, construir teorías y métodos que nos habiliten con estra-
tegias para explicar los infinitos objetos y problemas de investigación que las tres
últimas décadas nos plantean.
La revolución del conocimiento nos urge a crear nuevos instrumentos para com-
prender las realidades de nuestro mundo. En la academia universitaria aún nos en-
contramos perplejos frente a los grandes recursos tecnológicos y la información
desmedida que ofrecen la ciencia y la tecnología. No hay suficiente velocidad para
asimilar los grandes retos que el aprendizaje-enseñanza con nuevos instrumentos de-
manda de la comunidad académica.
Este libro condensa esfuerzos por investigar, interpretar y explicar cómo las socie-
dades latinoamericanas complejas, desiguales, subordinadas con diferentes matices
acogen y reinterpretan las formas culturales de la vida cotidiana entre hombres y
mujeres que requieren de mirarse el uno a la otra y viceversa; se requiere volver a co-
nocer para construir una cultura de género donde la colaboración y el mutuo respeto
garanticen una vida armoniosa. Aquí desfilan no sólo las problemáticas relacionadas
con los desequilibrios sociales y los movimientos de resistencia, sino también nue-
vos horizontes de reaprehender lo social, lo económico y lo político desde prácticas
culturales que se construyen y deconstruyen continuamente.
Las paradojas se muestran en los avances tecnológicos, económicos, de derechos
humanos frente a la persistencia de fuertes tradiciones de resistencia ante el colonia-
lismo inherente al modelo neoliberal.
La primera parte condensa estudios sobre las subjetividades y la violencia de géne-
ro. El capítulo de Armando Pavón, “La universidad masculina: La Real Universidad
de México en la época colonial”, es un estudio sobre la forma en que la Real Univer-
sidad de México en la época colonial normativizó una visión masculina, considerada
como “natural” y fundada en un pensamiento ahistórico para que las mujeres no
pudieran asistir a la Universidad, e incluso fueran consideradas como un elemen-
to distractor para los jóvenes estudiantes que pretendían tener un casamiento en el
proceso de estudios. La relación de estas condiciones con las diferencias estatuidas
jurídicamente entre los diferentes grupos proporcionan un mapa social complejo en el
cual las mujeres mantuvieron un estatus de franca invisibilidad, pues su inferioridad
naturalizada no las hacía objeto de las leyes y, por tanto, no existía prohibición algu-
na para su ingreso a la universidad. Por ello, el análisis de las formas de exclusión
analizado en este artículo va más allá de la letra y aborda la caracterización social
basada en los elementos culturales que manifiestan la historicidad de la construcción
de dominación masculina.
El segundo capítulo, “El muro de los recuerdos: el artivismo en contra de los femi-
nicidios”, escrito por Paola Suárez, analiza las narrativas políticas y artísticas actuales
de mujeres chicanas del norte de California que pretenden comunicar el fenómeno de
Las transformaciones en las relaciones...  •  11

la violencia de género y la denuncia trasnacional contra el feminicidio en México,


Centroamérica y la frontera mexicano-estadounidense, así como la discriminación y
violencia que ellas viven en sus espacios de residencia en Estados Unidos.
En el trabajo de Silvia Soriano, “El correlato en la narración: mujeres y luchas so-
ciales”, se adentra en los recuerdos transformados en palabras, mismas que en manos
académicas serán los marcos para comprender cómo se construye el sujeto en feme-
nino. Acude, en este caso, a las entrevistas de mujeres indígenas que, identificadas en
su etnia, han hecho de esto un factor político de cohesión para interpelar a los otros
sectores sociales. Al asumir el correlato como un acto performativo podemos analizar
también al sujeto que escribe los recuerdos de ellas. Un reconocimiento al trabajo de
los académicos que traducen imágenes, palabras y mundos de mujeres.
El capítulo de Rodrigo Barraza, “Cuando la frontera se encarna. Mujeres migran-
tes en el sur de México”, analiza los cuerpos morenos de las mujeres que migran
con un destino ya determinado por su etnia y su cultura subordinada: los caminos
del trabajo doméstico o de la prostitución. Mujeres deseadas-despreciadas, sumi-
das en un imaginario social que las margina. El autor propone una dialéctica donde
estas mujeres arriesgadas superan las limitaciones etnoculturales para hacer de ellas
sus mejores instrumentos. Es un estudio cimentado en la concepción de un universo
que transita hacia una optimista globalización de valores y de retos que las mujeres
globalizadas desarrollan.
En el capítulo “Antrapología del abandono. Globalización, desechos y mercan-
cías”, Rodrigo Parrini nos asombra con la conjugación de su creatividad intelectual y
su compromiso social al guiarnos, mediante un ropero y un comedor para migrantes,
hacia una alegoría de la miseria humana y de la violencia tecnificada de “La Bestia”,
el tren de la muerte que, por ahora, desencadena los carros, los sueños y las vidas de
los intrépidos migrantes centroamericanos en su ruta hacia el sueño americano.
La segunda parte, titulada “Vidas políticas y vidas cotidianas de las mujeres lati-
noamericanas”, abre con el capítulo “Mujeres rurales indígenas en México frente a
la globalización económica”, escrito por Rosario Ayala y Emma Martelo, donde se
analizan las estrategias de resistencia femenina e indígena frente a la precarización
del campo en el contexto del neoliberalismo, el debilitamiento de las estructuras es-
tatales y la exclusión de las mujeres de los programas sociales y de desarrollo. Las
autoras analizan tanto las problemáticas que enfrentan en los mercados de trabajo
donde participan como sus implicaciones en el trabajo reproductivo, la educación y la
migración, todos aspectos que se interrelacionan y se manifiestan con nitidez en este
sector especialmente vulnerable a los efectos económicos globales.
“En busca del buen vivir entre mujeres y hombres bolivianos” es un trabajo de
Virginia Avila García conformado a partir de entrevistas, trabajo de campo y múlti-
ples fuentes audiovisuales, que aborda la historia de dos mujeres activistas: Domitila
Chungara y Casimira Rodríguez, quienes ampliaron sus espacios de acción, desafia-
ron al poder y buscaron el beneficio de sus comunidades: la de los mineros del Potosí
12  •  América globalizada

y la de las trabajadoras del hogar. Como mujeres pobres, indígenas con fuerte sentido
comunitario, rechazan los feminismos que aíslan a las mujeres de las luchas sociales
y que ven como rivales a los hombres; al contrario, ellas los consideran necesarios
en la creación de un entorno que permita una buena vida en comunión con el mundo
natural, con un alto sentido de espiritualidad.
En “Luchas y resistencias en clave femenina: las mujeres en los cortes de ruta
en Jujuy, Argentina (1997)”, Andrea Andújar describe y analiza el activismo social
y político de las mujeres que exigieron una respuesta tras la detención de personas
en la provincia de Jujuy, del noroeste de Argentina, en la jornada de agosto de 1997,
tras una serie de protestas que pusieron a esta localidad en el centro de atención del
gobierno nacional y la opinión pública. Las narrativas femeninas son el centro de un
análisis que se propone reconstruir la historia de las mujeres que participaron, orga-
nizaron y lideraron acciones beligerantes en la provincia de Jujuy, en un contexto
marcado por el proceso de globalización capitalista.
En el capítulo “Las preferencias de la mujer mexicana: de lo nacional al extranje-
ro”, Felicity Amaya Schaeffer nos ofrece un sugerente trabajo donde las relaciones
personales se abordan desde un interesante análisis de relaciones de género acerca
de un fenómeno de tintes transnacionales: la proliferación de citas a ciegas a las que
acuden, en este caso, mujeres mexicanas en busca de pareja a través de una empresa
transnacional que ofrece la posibilidad de establecer relaciones cosmopolitas. El fe-
nómeno se torna representativo de los anhelos diferenciados entre hombres y mujeres,
en razón de su condición socioeconómica, los estereotipos y los roles de género.
En la tercera parte, se han incluido dos capítulos que convergen en la larga data de
la construcción de la dominación masculina, el cuidado y el tiempo de las mujeres.
El artículo “El derecho a la salud en una población que ejerce violencia contra sí
misma: el caso de la población masculina”, de Juan Guillermo Figueroa, reflexiona
sobre la educación masculina orientada hacia la consecución de objetivos que afian-
cen los modelos de socialización de género, llenos de riesgos para la salud y vida de
los hombres. La oportunidad de este estudio localizado en la población masculina es
muy apropiada al momento crítico que se vive en México y en todo el mundo, porque
se pone el acento en la representación masculina donde “la búsqueda de riesgos, el
ejercicio de la temeridad y el ejercicio de la violencia” ofrecen un panorama suge-
rente para el análisis académico y la propuesta de políticas públicas para reorientar
prácticas culturales que dañan particularmente a los hombres jóvenes.
“La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos para la visibilización de los
trabajos domésticos y de cuidados”, de Sandra Franco, fundamenta la reflexión, hace
un análisis descriptivo de las encuestas del uso del tiempo implementadas en América
Latina como herramientas que permiten registrar diversos trabajos y tareas que pro-
ducen bienes y servicios; contabiliza los tiempos y las características de dedicación
en estos trabajos diferenciados por hombres y mujeres, para orientar y cuantificar el
aporte económico que éstos representan en el conjunto de las cuentas nacionales.
Las transformaciones en las relaciones...  •  13

La amplitud de las temáticas, enfoques y disciplinas de nuestros autores y autoras


tienen el propósito de hacer explícitas las nuevas resignificaciones de las conforma-
ciones de las identidades de género en el marco del proceso histórico denominado
globalización en Nuestra América. Estamos convencidos de que la Historia condi-
ciona el análisis de los procesos contemporáneos al añejamiento del paso del tiempo,
pero también sabemos, como antropólogos, sociólogos, psicólogos e historiadores,
que la inmediatez de la información, la saturación de la memoria nos exige reflexio-
nar, escribir y compartir nuestras investigaciones con oportunidad para dar respuestas
a nuestro presente. Agradecemos a todos los participantes en este proyecto, en espe-
cial a los estudiantes, profesores, investigadores y técnicos que han apoyado su de-
sarrollo para comprender mejor nuestras relaciones de género, así como los desafíos
que nos invitan a ser creativos para ofrecer modelos alternativos con el fin de mejorar
las vidas de las personas.

Virginia Ávila García


Paola Suárez Ávila
Ciudad Universitaria,
Ciudad de México.
Enero de 2017
Saberes sobre subjetividad
y violencia de género
La universidad masculina…  •  17

LA UNIVERSIDAD MASCULINA: LA REAL UNIVERSIDAD


DE MÉXICO EN LA ÉPOCA COLONIAL

Armando Pavón Romero*

Resumen

El artículo tiene como objetivo mostrar cómo se manifestaba en la universidad novohispana


el esfuerzo de numerosas generaciones de intelectuales por hacer pasar como algo “natural”
lo que, a decir verdad, era una construcción histórica producto de la dominación masculina: la
exclusión de las mujeres de las universidades.
El trabajo parte del testimonio de sor Juana Inés de la Cruz, donde expresa su interés por asis-
tir a la universidad y su idea de usar un traje masculino para poder acudirr a los cursos. Entonces
se hace necesario revisar los criterios de ingreso y exclusión de la universidad para descubrir
que no hay ninguna prohibición para el acceso de las mujeres. Se asume que se trata de una ex-
clusión tácita, construida durante cientos de años y que, por tanto, al ser considerada como algo
“natural”, deshistorizado, no era necesario incorporarla en ninguna reglamentación.
Se revisa, entonces, la legislación en torno al vestido, para ver cómo los autores concebían
únicamente una universidad para hombres. Esta legislación nos lleva a revisar otros autores.
Si bien el tema del vestido es ya una construcción histórica que asume como algo “natural”
el hecho de una universidad masculina, también es importante analizar una tradición antigua
acerca de la aversión de la universidad hacia el matrimonio y su impulso a favor del celibato.
Se revisa, para ello, la Historia calamitatum de Abelardo y la legislación universitaria y

* El autor agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
18  •  Armando Pavón Romero

real acerca del matrimonio de los universitarios, incluidos los estudiantes, también contraria
al matrimonio.

Palabras clave: Historia, universidad, género, masculinidades, época moderna, época colonial.

Abstract

The article has for purpose to show how the endeavour of numerous generations of male in-
tellectuals to pass off as “natural” that which was indeed a historical construct, a product
of male domination, is manifested at the New Spain university: the exclusion of women in
universities.
The work starts from the testimony of sor Juana Ines de la Cruz by which she expresses
her interest in attending university and her idea of using a male attire to be able to attend the
courses. It then becomes necessary to review the criteria for admission to and exclusion from
the university to then find out that there is no ban on the access of women. It is assumed that
this is a tacit exclusion, one built over hundreds of years, hence viewed as something ‘natural’,
dehistoricized. Being deemed so, building rules in that regard into the regulations was not
necessary therefore.
The legislation on the dress is then reviewed to see how the authors conceive solely a uni-
versity for men. This legislation brings us to review other authors. While the matter of clothing
is now a historical construct that deems natural the given fact of a male university, it is likewise
important to analyze an ancient tradition about the aversion of the university to marriage, and
also its disposition in favour of male celibacy. Historia Calamitatum of Abelardo is to such
end examined, as well as university and royal laws on marriage by university members, inclu-
ding the students, legislations both contrary to marriage.

Key words: history, university, genre, masculinities, modern era, colonial era.

El problema

En nuestro país, casi todos hemos aprendido en la escuela primaria que la más bri-
llante intelectual de la época colonial, sor Juana Inés de la Cruz, no pudo asistir a la
universidad de entonces. Sabemos que, pese a su enorme interés por el estudio, se
encontró con un muro infranqueable, pues la universidad colonial era una institución
exclusivamente masculina, donde las mujeres no tenían cabida. Se ha vuelto un tópico
la noticia autobiográfica que nos ofrece ella misma en la “Respuesta a Sor Filotea”:

Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las
otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había
Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuan-
do empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome
el traje, me enviase a México, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar
La universidad masculina…  •  19

la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en
leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones
a estorbarlo…1

En la escuela primaria no suele leerse el texto de sor Juana, sino que se cuenta la
noticia como una anécdota, aunque un poco tergiversada. Se dice que sor Juana se
vistió de hombre y así asistió a la universidad. En este sentido, los profesores tratan
de mostrar las características discriminatorias de la época colonial a la vez que
destacan el valor y coraje de una mujer para desafiar aquellos criterios discrimina-
torios. Sin dejar de considerar que sería bueno precisar la anécdota y recomendar
la lectura del texto original, puede reiterarse que ningún lector mexicano podrá sor-
prenderse de ver un texto dedicado al carácter masculino de la universidad colonial.
Más bien, de tan conocido el hecho, puede parecer innecesario dedicar unas páginas
al tema. Es posible, sin embargo, que algunos comentarios sobre el párrafo citado
nos permitan aclarar el sentido del presente capítulo.
Las palabras de sor Juana cuestionan, sin duda, la realidad universitaria colonial,
que no permite el acceso de las mujeres a sus escuelas ni a su gremio; cuestionan
también tanto a la sociedad que no ofrece instituciones educativas para las mujeres
interesadas en el estudio como a los roles de género. Todo ello en la pretensión de
mudarse el traje para asistir a las escuelas universitarias. Sin embargo, otra lectura
del mismo texto puede hablarnos de la forma en que se interioriza la dominación
masculina. Bordieu2 nos dice que esta dominación es una construcción histórica que
se expresa mediante formas pretendidamente ahistóricas e intemporales; es decir, la
dominación masculina se presenta como algo “natural”, sin historia. Los roles de gé-
nero, según el discurso de la dominación masculina, no son construcciones históricas,
sino realidades “naturales”.
Para sor Juana, la única posibilidad que tenía una mujer para asistir al Estudio
General era mediante el cambio del vestido habitual femenino por uno de hombres.3
El sólo imaginar semejante cambio, insisto, es una ruptura casi total del orden social
establecido. Se trata de una inversión de elementos de identidad de género construi-
dos durante cientos de años. No obstante, la ruptura no es total porque existen simul-
táneamente algunas concesiones al orden establecido. La primera, más inmediata y
un tanto inverosímil, sería el cumplimiento estricto de los estatutos universitarios. En
efecto, la normativa académica reglamentaba el atuendo de los escolares al extremo
que, de no cumplirse, –por ejemplo, en el uso del bonete, el alumno podía perder la

1 Sor Juana Inés de la Cruz, “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz,” en Obras completas de Sor Juana

Inés de la Cruz, 6ª reimp., ed. de Alberto G. Salceda, México, Fondo de Cultura Económica, 2012, vol.
IV, p. 445-446.
2 Pierre Bordieu, La dominación masculina, 7ª ed., trad. por Joaquín Jordá, Barcelona, 2012, 159 pp.
3 Un inteligente análisis de la “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” es el de Clara Ramírez, “Los límites

de la Real Universidad de México”, en Tan lejos, tan cerca. A 450 años de la Real Universidad de México,
Clara I. Ramírez, Armando Pavón y Mónica Hidalgo (Coords.), México, unam, 2001, pp. 117-129.
20  •  Armando Pavón Romero

inscripción. La segunda y más profunda parece ser el reconocimiento o la interiori-


zación del hecho de que la universidad era una institución para hombres. A sor Juana
le pasó por la cabeza cambiarse el traje, pero no que la universidad pudiera abrir sus
puertas a las mujeres aun si usaran sus prendas habituales. En aquella sociedad de la
Nueva España del siglo xvii parece menos imposible imaginar una mujer vestida de
hombre que una universidad abierta a hombres y mujeres. Para reforzar este punto
podríamos extendernos a otras expresiones de la aceptación de los roles de género;
por ejemplo, que las mujeres aprendan conocimientos específicos (“con todas las
otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres”), que hombres
y mujeres vistan de maneras diferenciadas, que la decisión materna de impedir el
cambio de vestido y, por tanto, la aspiración universitaria de su hija fuera correcta
(“e hizo muy bien”) y, por último, la conciencia de la rebeldía, pues de haber sido un
varón, su interés por la lectura habría sido visto con buenos ojos.
En las siguientes páginas pretendo mostrar cómo se expresaba en la universidad
ese esfuerzo continuado de múltiples generaciones de intelectuales por hacer pasar
como algo “natural”, “deshistorizado”4 lo que en realidad era uno de los resultados
históricos de la dominación masculina, a saber, la exclusión de las mujeres de las
universidades.

La Universidad de México. Criterios de ingreso y exclusión

La Real Universidad de México se fundó en atención a tres cédulas reales que en


nombre de Carlos V firmó el príncipe Felipe –el futuro Felipe II– el 21 de septiembre
de 1551 en Toro. En el texto de dichas cédulas se establecen las razones y los perso-
najes que movieron al monarca para ordenar la creación de la universidad, así como
los lineamientos básicos sobre los cuales se organizaría la nueva institución. Para
nosotros es importante saber que el nuevo Estudio General –como también se llamaba
a las universidades– se abría para los hijos de españoles y para los indígenas:

[…] a sido suplicado fuésemos servidos de tener por bien que en la dicha ciudad de
México se fundase un Estudio e universidad de todas ciencias, donde los naturales y los
hijos de españoles fuesen industriados en las cosas de nuestra sancta fee católica y en las
demás facultades, y las concediésemos los previlegios y franquezas y libertades que así
tiene el Estudio e universidad de la ciudad de Salamanca, con las limitaciones que
fuésemos servidos.5

4 Pierre Bordieu, La dominación masculina…, pp. 103-136.


5 Real cédula del 21 de septiembre de 1551 expedida en Toro. Un duplicado se encuentra en el Archivo
General de la Nación, Ramo Universidad (en adelante agn, ru), vol. 7, f. 2. La versión citada está impresa
en El gremio docto. Organización corporativa y gobierno en la Real Universidad de México en el siglo
xvi, Valencia, Universitat de València, 2010, p. 328. (Colleccio Sinc Segles, 30).
La universidad masculina…  •  21

La universidad, según el texto anterior, no parecía tener restricción alguna ni para


criollos ni para indígenas, pues ambos grupos fueron considerados súbditos libres del
rey. Por tanto, en términos jurídicos, no había diferencia entre la población de origen
español ni la de origen indígena. En los hechos, podemos decir que durante todo el
siglo xvi no hubo un solo indígena que asistiera como estudiante, y mucho menos que
aspirara a obtener algún grado académico. Es significativo que el Colegio de Santa
Cruz de Tlatelolco, abierto para los hijos de la nobleza indígena, comenzara su decli-
ve casi al mismo tiempo que abría sus puertas la universidad.6 El interés por el acceso
de los indígenas a los conocimientos universitarios se había disipado, al menos, por
dos razones. La primera, relacionada con el gobierno civil, fue la introducción del
cabildo castellano como forma de organización de las comunidades indígenas, cuyo
gobierno se haría de manera electiva. Podríamos decir que los indígenas más popu-
lares gobernarían a sus comunidades, sentenciando con ello la desaparición de la no-
bleza indígena, al menos la originaria. Entonces, parecía innecesaria la formación de
cuadros indígenas dirigentes. La segunda razón fue la exclusión de los indígenas del
clero. Sobre ello y el debate que se suscitó al respecto Margarita Menegus y Rodolfo
Aguirre han escrito unas interesantes páginas en su libro Los indios, el sacerdocio y
la universidad en Nueva España.7 Además, podríamos considerar un interés por mo-
nopolizar el mercado de trabajo eclesiástico por parte de los criollos, quienes de esta
manera no tuvieron que competir por los curatos con la población indígena.
Fue a finales del siglo xvii cuando por una cédula real se permitió el acceso de
los indígenas al clero y, casi como respuesta lógica, fue a partir de entonces que co-
menzó a advertirse la presencia indígena en las escuelas universitarias. Sin embargo,
el estudio de Margarita Menegus y Rodolfo Aguirre revela que durante el periodo
1692-1822 la presencia indígena apenas alcanzó las 144 personas, en tanto que los re-
cuentos de Mariano Peset sobre el número de estudiantes, sin contar a los venidos de
otras regiones del virreinato, alcanzaba los 40,041 individuos para el periodo 1715-
1822. Así, y aunque el periodo recontado por Peset es más corto que el de Menegus y
Aguirre, podríamos decir que la presencia indígena en la universidad a partir de 1692
no superó el 0.29% de la población universitaria, es decir, no rebasó la relación de un
estudiante indígena por cada 300 escolares españoles, criollos o peninsulares.8

6 Margarita Menegus, “Dos proyectos de educación superior en la Nueva España en el siglo xvi. La

exclusión de los indígenas en la universidad”, en Lorenzo Luna, Enrique González et al., Historia de la
universidad colonial (avances de investigación), México, cesu-unam, 1987, pp. 83-89 (La Real Univer-
sidad de México. Estudios y Textos, I).
7 Margarita Menegus y Rodolfo Aguirre, Los indios, el sacerdocio y la universidad en Nueva España.

Siglos xvi-xviii, México, cesu/Plaza y Valdés, 2006, pp. 19-53.


8 Margarita Menegus y Rodolfo Aguirre, Los indios, el sacerdocio…, pp. 234-240; Mariano Peset, “La

matrícula universitaria de México durante el siglo xviii,” en Mariano Peset, Obra Dispersa. La universidad
de México, México, iisue-unam/Ediciones de Educación y Cultura, 2012, pp. 223-250 (La Real Universi-
dad de México. Estudios y Textos, XXVIII).
22  •  Armando Pavón Romero

Además de la población española e indígena surgieron otros grupos sociales que


no contaron con el mismo estatuto jurídico de libertad. El mestizaje entre indios y
españoles no parece haber sido un problema jurídico en tanto que el mestizo adquiría
derechos si era reconocido por uno de ambos grupos. Es decir, si los padres, españo-
les o indígenas reconocían al hijo mestizo, éste era considerado español o indígena,
según fuera el caso. En cambio, los grupos sociales asociados a la esclavitud tuvieron
restringidos notablemente sus derechos.9 Por ello, no sorprende que en la universidad
de México, con el paso del tiempo, surgiera un estatuto de exclusión.
Margarita Menegus ha señalado que si bien la universidad novohispana no exigió
limpiezas de sangre, estableció en cambio un estatuto de exclusión a mediados del
siglo xvii.10 En efecto, en 1646, el obispo Palafox incluyó en las constituciones para
la academia novohispana el estatuto que restringía el acceso a la universidad:

Ordenamos, que qualquiera que hubiere sido penitenciado por el Santo Oficio, o sus Pa-
dres, o Abuelos, o tuviere alguna nota de infamia, no sea admitido a grado alguno de este
[sic] Universidad, ni tampoco los Negros, ni Mulatos, ni los que comúnmente se llaman
Chinos morenos, ni qualquiera género de esclavo, o que lo haya sido; porque no sólo no
han de ser admitidos a grado, pero ni a la matrícula; y se declara, que los Indios, como
Vasallos libres de su Magestad, pueden, y deben ser admitidos a matrícula y grados.11

Se trata de la constitución 246, la cual comienza excluyendo a aquellos afectados por


la Inquisición, tema del que me ocuparé enseguida; luego, se centra en la población
esclava o de origen esclavo y termina reiterando el derecho de los indios en tanto
que “vasallos libres”. Los estudios que han realizado diversos investigadores han
demostrado que el criterio de exclusión siempre estuvo asociado a la condición ju-
rídica de los implicados, nunca a la condición étnica o apariencia física. Ésta podría
incomodar a los condiscípulos, pero la universidad no tenía ningún inconveniente
si el sujeto implicado, a pesar de su apariencia física, demostraba jurídicamente ser
español o indio.12

9 Gibrán Bautista, “África en México: esclavitud y migraciones en los siglos xvi y xvii”, en Enciclo-

pedia de Conocimientos Fundamentales. Historia-Geografía, Clara Inés Ramírez (coord.), vol. 3, México,
unam/Siglo XXI Editores, 2010, p. 45-66.
10 Margarita Menegus, “La Real y Pontificia Universidad de México y los expedientes de limpieza de

sangre”, en Claustros y estudiantes. Congreso Internacional de Historia de las Universidades Americanas


y Españolas en la Edad Moderna, Valencia, noviembre de 1987, Mariano Peset (coord. y prólogo), Valen-
cia, Facultad de Derecho-Universidad de Valencia, 1989, vol. II, pp. 69-81. Reimpreso en La universidad
novohispana: corporación, gobierno y vida académica, Clara Inés Ramírez y Armando Pavón (comps.),
México, cesu-unam, 1996, pp. 427-439.
11 Constituciones de la Real y Pontificia Universidad de México, 2ª. ed., México, Imprenta de Felipe

de Zúñiga y Ontiveros, 1775, Título XVII. Constitución 246.


12 Rodolfo Aguirre, “Algunas problemáticas sociales del estudiantado de la Real Universidad de Méxi-

co en el siglo xviii”, en Ma. de Lourdes Alvarado y Rosalina Ríos Zúñiga (coords.), Grupos marginados
de la educación (siglos xix y xx), México, iisue/Bonilla Artigas, 2011, pp. 135-158; Leticia Pérez, “La
La universidad masculina…  •  23

Los acusados por la Inquisición o sus descendientes en segundo grado tampoco


eran recibidos en el Estudio General novohispano, según se ha visto en la citada cons-
titución 246. Se trata también de una condición jurídica, si bien en materia de ortodo-
xia religiosa, como de otra forma era la esclavitud. Los delitos cometidos en materia
religiosa podían ser diversos. Sin embargo, el estatuto universitario parece dirigirse
contra aquellos universitarios de origen judío, de los cuales parece haber habido un
número muy escaso. Uno de los pocos casos conocidos es del siglo xvi y corresponde
al doctor Hernando Ortiz, quien tras una brillante carrera universitaria y eclesiástica
se vio despojado de sus logros luego de que se descubrieran sus orígenes judíos.13
Además de la constitución 246, la Universidad de México contó con otros instru-
mentos más sutiles para excluir a otras personas o miembros de otras instituciones.
Por una parte, estaba el juramento de obediencia al rector y a las constituciones. Todo
universitario estaba obligado a realizar dicho juramento, de lo contrario no podría
acceder ni al estudio ni al gremio; y se tiene noticia de que en algunos casos se pidió
a miembros de las órdenes religiosas, los cuales entraban en conflicto porque también
realizaban juramento de obediencia a los superiores de las órdenes. El conflicto se
solucionaba con frecuencia gracias a dispensas concedidas por los virreyes, pero en
alguna situación puntual, el religioso debió abandonar la cátedra. La revalidación e
incorporación de cursos y grados académicos realizados y obtenidos en otras univer-
sidades era otro recurso para limitar el acceso a la universidad, pero sobre todo para
establecer una preferencia de la Universidad de México sobre otras.14 Semejante cri-
terio, cabe decir, no era privativo de la academia novohispana, sino un rasgo común
de las universidades del periodo moderno.

Una universidad para hombres. La legislación sobre el vestido

Con todos estos datos podemos saber quiénes podían asistir o no a la universidad y,
desde luego, no tenemos ninguna referencia a las mujeres, ni como espacio abierto ni
prohibido a su ingreso. La ausencia de alusiones parece más bien el resultado de un
conocimiento tácito de algo que se daba por hecho, por lo que ocuparse de una cierta
reglamentación hubiera resultado superfluo. Es decir, las mujeres no sólo estaban ex-

sangre afrentada y el círculo letrado. El obispo Nicolás del Puerto, 1619-1681”, en Armando Pavón Ro-
mero (Coord.), Promoción universitaria en el mundo hispánico. Siglos xvi al xx, México, iisue, 2012 (La
Real Universidad de México. Estudios y Textos, XXVII), pp. 271-293. Sugiero al lector revisar estos textos
atendiendo a la resolución final que tomó la universidad en atención a la condición jurídica de los involu-
crados, pues los autores ponen mayor atención a la incomodidad que la apariencia física del involucrado
causaba a los condiscípulos.
13 Clara Ramírez, Universidad y familia. Hernando Ortiz de Hinojosa y la construcción de un linaje,

siglos xvi... al xx, pról. de Armando Pavón, México, IISUE-Bonilla Artigas, 2013, 262 pp.
14 Farfán, XV. 22. Estoy siguiendo la edición de Julio Jiménez Rueda, Las Constituciones de la antigua

universidad, México, ffyl-unam, 1951, 116 pp. (Ediciones del IV Centenario de la Universidad VIII).
24  •  Armando Pavón Romero

cluidas de la universidad, sino que ni siquiera hacía falta mencionarlo en los estatutos
y constituciones. Se trataba de una exclusión ejercida y construida a lo largo de siglos,
de tal suerte que parecía algo “natural”. De hecho, la legislación de la Real Univer-
sidad de México sólo se refiere a sus miembros en sentido masculino y, desde luego,
no parece tener un sentido genérico que englobara a hombres y mujeres. Se trata, por
el contrario, de un sentido que sólo incluye a los hombres y, si quedara alguna duda,
podemos recurrir a la legislación universitaria que más directamente nos habla de
la universidad como una institución masculina. Me refiero a los estatutos dedicados
al vestido de los estudiantes. Éstos aparecen en los distintos cuerpos estatutarios de
la Real Universidad de México. Quizá la versión más extensa y detallada es la que
aparece en el proyecto de estatutos del marqués de Cerralvo, proyecto elaborado por
una comisión de doctores de la propia universidad.

Primer estatuto sobre los trajes de los estudiantes

El título 36 se titula “De los traxes de los estudiantes y decencia de sus estudios”. Está
compuesto por dos estatutos no numerados y la edición que publicó Enrique Gonzá-
lez15 tiene además un comentario al margen derecho del primer estatuto, probable-
mente añadido en fecha posterior. El primer estatuto comienza reconociendo el valor
humano que significa la dedicación al estudio y la necesidad de que semejante valor
se exprese en el vestido “[…] pues los estudiantes rrespecto de su virtuosa ocupación
y exersisio en las letras y virtudes se aventajan a todas las demás personas, asimismo
es justo se diferensien en los traxes y vestidos de sus personas”.16 Entonces, escribe
la comisión legisladora, los trajes escolares deben ser

[…] con toda modestia,/ de manera que los que fueren matriculados y ganaren curso para
graduarse en esta universidad, traigan mantheo y vonete, eçepto los estudiantes que sir-
ven a otros. Y los que oyeren gramática, traigan camisas llanas y onestas, sin lechuguilla
de curiosidad demasiada. E ninguno de los estudiantes traiga calsas y guarnisiones de ter-
siopelo y rraso, y los manteos y sotanas o sayos, ni en sus cassas traigan rropas de seda,
aunque se permite que puedan traer los collares de los sayos y manteos por dentro con
alguna guarnisión de seda, y no traigan medias de color y guantes adovados ni labrados,
y todos anden con sus cuellos de clérigos.

15 Seguiré la edición crítica de Enrique González, Proyecto de estatutos ordenados por el virrey Cerral-

vo (1626, México, cesu-unam, 1991, p. 169 (La Real Universidad de México. Estudios y Textos III).
16 Esta y la siguiente cita en Cerralvo. 36. [1]. Los estatutos de Palafox son menos declarativos y más

prácticos, pero mantienen el mismo objetivo. Palafox. XVI. 236 y 237. Estoy siguiendo la edición de 1775,
Constituciones de la Real y Pontificia Universidad de México, 2ª ed., México, Imprenta de Felipe de
Zúñiga y Ontiveros, 1775, 238 pp. + 21 pp. del índice de materias.
La universidad masculina…  •  25

[Al margen derecho del texto anterior puede leerse lo siguiente:] conforme a el edicto. Y
póngase que los cursantes que trujeron manteo y sotana no entren en la universidad a cur-
sar ni a otros actos, sino con bonetes, pena de perder las matrículas. Y no puedan entrar
en la universidad con golilla y ferreruelo, si no fuere en la facultad de medicina, aunque
se permite que puedan ir vestidos de corto de negro, con cuellesillos destudiantes.

Aunque del texto en su conjunto puede decirse que se trata de vestimentas específicas
para hombres, es necesario aclarar que algunos de los conceptos que encontramos
aluden a vestimentas que podrían ser masculinas o femeninas, por ejemplo, “man-
teo”, “camisas”, “lechuguilla”, “calzas”, “sayos”, “collares”, “medias” y “guantes”.
Todas estas palabras, insisto, refieren a prendas usadas por hombres o por mujeres, lo
que cambiaba era la forma y la manera en que se combinaban con otras prendas, como
veremos a continuación. Además de estos términos también se advierten otros que de-
signan elementos específicamente masculinos, como “bonete”, “sotanas”, “cuellos
de clérigos o de estudiantes”, “ferreruelo”17 y “golilla”.18 Al combinarse, resulta del
todo evidente que la comisión legisladora estaba reglamentando únicamente el ves-
tido de universitarios hombres. Por ejemplo, sólo los hombres podían usar manteo y
bonete; lo mismo ocurre con la sotana y el manteo; y si combinamos sotana, manteo,
“cuellos de clérigos” o de estudiantes y bonete es evidente que estamos hablando
de un vestido exclusivo de hombres. De hecho, este traje era muy parecido al de los
clérigos, cosa que no debe sorprendernos porque si bien las universidades eran insti-
tuciones que estaban abiertas a los laicos, desde la Edad Media y ante la inexistencia
de los seminarios, habían sido centros de formación de clérigos, en especial seculares.
Así pues, gran parte del estudiantado universitario formaba parte o aspiraba a formar
parte del estado eclesiástico.
Como se ha señalado, al margen derecho del estatuto se encuentra un texto que
alude a otra vestimenta, también masculina, pero más propia de los laicos. En lugar
de la sotana se permite que los estudiantes vayan “vestidos de corto, con cuellesillos de
estudiantes”, en específico para los estudiantes de medicina, se les autoriza el uso

17 Rosa M. Martín Ros, “Capa masculina, del tipo herreruelo”, en Alberto Bartolomé Araiza (Ed.),

La paz y la guerra en la época del Tratado de Tordesillas, Madrid, Sociedad V Centenario del Tratado
de Tordesillas, Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, 1994, pp. 144-145. Cova-
rrubias define “Ferreruelo: género de capa, con sólo cuello sin capilla y algo largo […]”, en Sebastián de
Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 2ª ed., ed. de Felipe C. R. Maldonado, revisada
por Manuel Camarero, Madrid, Editorial Castalia, 1995, p. 542.
18 Sobre la golilla como parte del atuendo masculino véase Juan de Zabaleta, “El Galán”, en El día

de fiesta por la mañana en Madrid y sucesos que en él pasan, 7ª impresión, Madrid, Imprenta de Juan de
San Martín, 1754, p. 13, donde puede leerse: “Ponese luego la golilla, que es como meter la cabeza en un
cepo: tormento inexcusable en España. Esta es la Nación, entre quantas la razón cultiva, que menos cuida
de sus comodidades. Está la golilla aforrada en blanco, por dexar de la valona no más de algunos visos. Ya
les llega a los Galanes la enfermedad de las medias a la garganta, plegue a Dios no los ahotue”. Agradezco
a Bárbara Rosillo la ayuda para ubicar el libro de Zabaleta. También me han sido útiles los trabajos de
Victoria de Lorenzo.
26  •  Armando Pavón Romero

de “golilla y ferreruelo”. Si bien lo corto o largo del vestido masculino en este caso
parece estar relacionado con la facultad que se cursa, hay otros criterios que son pre-
existentes a los de la universidad y en los que encontraremos diferencias de género
y de las actividades laborales que realizan los individuos. Para explicar con detalle
esta diferencia vale la pena recurrir a un tratado de la época: Tratado provechoso
que demuestra cómo en el vestir, calçar comúnmente se cometen muchos pecados…,
escrito por el arzobispo de Granada, Hernando de Talavera. El autor explica que lo
largo o corto del vestido se establece, primeramente, por una diferencia de género y,
luego, de actividad laboral.

[54] Tanbien es cosa natural, y por esso vsada en toda parte, que de vna manera se vista
el varón y de otra >manera se vista< la mujer, y que generalmente >que< cada vno traya el
vestido, segund que más conuiene para la execución de su of/f/icio.

[55] Porque comúnmente las mujeres están y fueron hechas para estar ençerradas e oc/c/
upadas en sus casas y los varones para andar e procurar las cosas de fuera, por esso a don-
de quier que ay seso se vsa que ellos traya ropa corta y ellas ropa luenga. Ca para andar
acá y allá por el poluo y por el lodo es menester /ropa corta y/ hábito corto […].19

Sin duda, la aparente “naturalidad” que explica la diferenciación en el vestido a


causa del género del individuo corresponde a lo que Bordieu llama “trabajo histórico
de deshistorización”.20 Múltiples generaciones han trabajado en la diferenciación del
vestido según el género de la persona que llega un momento en que el hecho termina
pareciendo “natural”. Asimismo, la aparente racionalidad que explica la diferencia-
ción del vestido según la actividad laboral es nuevamente producto de ese proceso
de “deshistorización”, que obliga a las mujeres a permanecer encerradas en tanto que
legitima la actividad pública de los hombres. Sin embargo, el arzobispo de Granada
admite que aun entre hombres existe una diferenciación en el vestido según la activi-
dad realizada. Esto es, entre los hombres no todos deben llevar el vestido corto, pues
los hay que llevan el vestido largo:

[…] y bien por esta causa los clérigos y los letrados, e los onbres ançianos y honrrados,
en toda parte tra/h/en y siempre traxeron hábitos largos. Ca el of/f/icio de aquestos más
es de estar y >de< vacar a obras intelectuales que >de< andar mucho solícitos en procurar
cosas temporales. Claro que es que el que ha de correr o luchar, o trocar o cauar, o texer o

19 Hernando de Talavera, Tratado provechoso que demuestra cómo en el vestir, calçar comúnmente se

cometen muchos pecados…, editado por Teresa de Castro en “El tratado sobre el vestir, calzar y comer del
arzobispo Hernando de Talavera”, en Espacio, tiempo y forma, Serie III, Historia Medieval, t. 14, 2001, p.
31. Castro señala que el Tratado… se escribió en 1477 y se publicó hacia 1496.
20 Pierre Bordieu, La dominación masculina, p. 105.
La universidad masculina…  •  27

carpentear, o trepar o hazer obras semejantes otro hábito más expedido ha menester que
el que está rezando o leyendo o escruiendo, o borslando o haciendo /otra/ qualquier obra
de reposo y >de< assosiego. E avn porque la honestidad y la vergüença ha de ser mayor
en las personas ec/c/lesiásticas y en las mujeres que en los seglares >y en los< varones
>por esso los clérigos y mujeres tra>h<er ropas luengas que cubran pies e piernas y no
tanto los varones<. La graueza, seso y madureza ha de luzir en los ec/c/lesiásticos y en
los letrados y en los ancianos –como dizen los sabios- e por esso han de traer luengos y
ponposos hábitos. Y avún para refrenar la ligereza que naturalmente tienen las mujeres
fue cosa natural que trax/i/essen ropa luenga que las pudiesse enpachar.21

Es imposible no comenzar señalando el carácter misógino del arzobispo al referirse


a la “ligereza que naturalmente tienen las mujeres” y que es necesario refrenar, para lo
cual parece estar él con su libro. Si bien después volveré sobre este punto, ahora es
necesario advertir que el grupo de hombres que viste de largo mantiene una cierta
similitud con las mujeres. Visten de largo porque están encerrados, aunque su encie-
rro se debe a que están dedicados a la oración, a la lectura, a la escritura, al estudio.
En estas actividades confluyen eclesiásticos y hombres de letras, a quienes el autor
todavía llama “letrados”. Estaba próximo el momento en que los juristas se apropia-
rían del término “letrado”, pero todavía faltaban algunas décadas.22 Asimismo, los
hombres que visten de largo comparten con las mujeres la necesidad de una mayor
“honestidad y la vergüença” que el resto de los hombres. ¡Honestidad y vergüenza
que se expresan ocultando las piernas y los pies! Este ocultamiento nos lleva a consi-
derar que si bien “calzas” y “medias” son prendas tanto masculinas como femeninas,
queda claro que una preocupación por las características de estas prendas, como la
expresada en el estatuto universitario antes citado, alude, más bien, a las que usan
los hombres, sobre todo los que visten corto, pues entonces son vestimentas que se
exhiben, que se muestran. La similitud entre hombres y mujeres que visten de largo
se rompe cuando viene una valoración intelectual y moral, misógina sobre cada uno
de los géneros, masculino y femenino. En tanto que eclesiásticos, hombres de letras y
ancianos expresan en sus vestidos largos y “pomposos […] la graueza, seso y madure-
za”, las mujeres lo hacen no sólo porque están encerradas ni porque deben transmitir
una imagen de mayor “honestidad y vegüenza”, sino “para refrenar la ligereza que
naturalmente tienen”.
El texto del arzobispo Talavera nos permite entender, entonces, por qué en la Uni-
versidad de México se permite que algunos estudiantes puedan llevar vestido corto,
ferreruelo y golilla. Se trata de los estudiantes laicos o seglares, cuya mayoría se
concentraba en las facultades de leyes y medicina. La razón se debía, por una parte,

21 Hernando de Talavera, Tratado provechoso…, pp. 31-32.


22 Richard L. Kagan, Universidad y sociedad en la España Moderna, prólogo de José Antonio Mara-
vall, traducido por Luis Toharia, Madrid, Editorial Tecnos, 1981, pp. 113 y 119-147.
28  •  Armando Pavón Romero

a la prohibición que tenían los clérigos para el estudio del derecho civil23 y, por otra,
debido a las reticencias de la Iglesia hacia la medicina, que a pesar de lo teórico de la
formación universitaria, tarde o temprano era posible que un médico interviniera en
un cuerpo humano. Debemos aclarar que la golilla formaba parte del “cuello”, por lo
que su uso parece ser alternativo al cuello de clérigos o estudiantes e incluso al cuello
de “lechuguilla”. Al parecer, el uso de ferreruelo y golilla, que en el estatuto se res-
tringe a los médicos, tuvo una mayor vigencia en el siglo xvii, y su uso se extendería
entre los juristas y funcionarios del rey.

Segundo estatuto sobre los trajes de los estudiantes

El segundo estatuto que aborda si no el vestido de los escolares, sí accesorios suyos


y típicamente masculinos se refiere a la espada y similares.

Yten, que ningún estudiante traiga espada, daga ni puñal ni otras armas ofensivas, ni
con ellas por ninguna bía entren a oyr lisiones ni actos públicos, so pena que el vedel o
secretario que las pueda quitar y se les bendan, y el presio dellas se le dé la tersia parte
al que quitare las armas, e las dos tersias partes se metan en el arca de la universidad;
y para que todo lo contenido en este título se cumpla y guarde se encarga al rrector de
esta universidad que lo agan guardar. Y que el que fuere dos veces amonestado, e no
lo cumpliere, que no gane cursso aquel año.24

Como puede verse se prohíbe la portación de “espada, daga, ni puñal ni otras armas
ofensivas” dentro de las escuelas. Los estudiantes no podían llevar armas ni en las
clases regulares ni en ninguno de los distintos actos académicos. Si bien, el estatuto
se refiere a los estudiantes puede decirse que también alcanzaba al resto de los uni-
versitarios. El uso de la espada era uno de los signos distintivos del caballero. Así,
en masculino. La portación de armas era además considerada una necesidad debido
a la cotidianidad de la violencia en las sociedades europeas del periodo moderno.
Sin embargo, en las escuelas universitarias, una espada, una daga o un puñal podían
intimidar e influir en una lección, en un claustro o en un concurso de oposición. Por
tanto, desde las primeras décadas de vida de la universidad novohispana y ante el
hecho cotidiano de la presencia de estudiantes armados,25 se prohibió el ingreso de

23 En el claustro pleno del 23 de diciembre de 1569, “El dicho señor rector propuso que auía necesidad

que se enviase a su santidad y a su delegado por vna licencia general para esta vniuersidad para que los
clérigos pudiesen oyr leyes”, agn, ru, vol. 3, f. 48 v. También véase J. F. Schwaller, Church and clergy...,
p. 36.
24 Cerralvo. 36. [2]. Las negritas son de la edición que estoy citando.
25 En el claustro pleno del 10 de noviembre de 1570, “propúsose que en los generales entran, asy en las

facultades de teología, Cánones y demás ciencias, estudiantes con espadas y que no guardauan la horden
que se deue, conforme a los estatutos de la dicha vniuersidad. Por todo el ilustre claustro se dixo e
La universidad masculina…  •  29

personas armadas y, como puede leerse en el estatuto, quien lo hiciera debía ser des-
armado. Las armas así confiscadas serían luego vendidas. Podríamos decir que debido
a la construcción social e histórica de los roles de género este estatuto sólo estaba
dirigido a la población masculina, pues la espada no formaba parte del atuendo ni de
los accesorios femeninos. La comisión legisladora, de esta suerte, no incluye en su
idea del estudiante a las mujeres.

Espada y espuelas, símbolos del grado de doctor

Si bien estaba prohibido portar armas en las escuelas, la espada y las espuelas forma-
ban parte de los símbolos del doctorado. Eran también los símbolos del “caballero”.
En este sentido, la espada y las espuelas eran accesorios de las vestimentas universi-
tarias, accesorios, como antes hemos dicho, eminentemente masculinos. En efecto, en
una real cédula fechada el 17 de octubre de 1562, el monarca concedió a los doctores
del Estudio novohispano el título de “caballero”.

[…] tenemos por bien y es nuestra merced y voluntad, que agora y de aquí adelante,
todas las personas que en la dicha universidad se graduaren gozen en las nuestras indias;
islas e tierra firme del mar océano de las libertades y franquezas de que gozan en estos
reinos los que se gradúan en el Estudio e universidad de […] Salamanca, ansí en el no
pechar, como en todo lo demás.26

Con esta cédula se levantaban las restricciones que se habían establecido para la
Universidad de México en las cédulas fundacionales, que eran básicamente dos:
la exención del pago de impuestos, privilegio de los caballeros, y la concesión de
una jurisdicción especial para los universitarios. Para efectos prácticos, la cédula se
aplicó en lo tocante al primer punto, como enseguida veremos; pero la jurisdicción
todavía tardaría algunas décadas en ser concedida.27 Como resultado de la cédula, en
el claustro pleno del 9 de mayo de 1563 se presentó una petición del doctor Mateo
Arévalo Sedeño, fiscal de la audiencia:

proueyó que se guarde el estatuto de la vniuersidad de Salamanca que habla cerca de lo susodicho y que se
guarde y cumpla segund está dicho y asy se mandó asentar por auto […]”, agn, ru, vol. 3, f. 64 v.-65.
26 Cédula real de 17 de octubre de 1562, agn, ru, vol. 7, f. 6-7.
27 El tema de la jurisdicción volvió a tratarse en el claustro pleno del 24 de octubre de 1597. Entonces,

el pleno se reunió para ver un pliego de cartas y once reales cédulas que enviaba el doctor Juan de Castilla,
procurador de la universidad. La tercera cédula que se revisó contenía una petición del monarca para que
el virrey y la audiencia informasen sobre la conveniencia de otorgar al rector el privilegio de jurisdicción:
“sobre el conocimiento de las causas criminales dentro de la universidad, reservando la apelación a la real
audiencia”, como era el caso limeño, según la concesión del virrey Toledo. agn, ru, vol. 6, f. 269-270.
30  •  Armando Pavón Romero

por sí y en nombre de los señores doctores, en que pedía y suplicaua a su Señoría Ylus-
trísima del señor Visorrey, los ouiese por nueuamente incorporados de doctores desta
Vniuersidad para gozar de la nueva merced que su Magestad avía hecho a la dicha
vniversidad de hazer caualleros a los que en ella se graduasen. Y el dicho señor Visorrey
dixo que en nombre de su Magestad los hauía por nuevamente incorporados, para que
gozaesen la dicha merced y para que sean preferidos en antigüedad a todos los demás
doctores […].28

Por esta razón, en cualquier ceremonia de doctorado, además de los símbolos caracte-
rísticos del grado máximo, se entregaba a los doctores laicos una espada y unas espue-
las. Podemos citar, a manera de ejemplo, el caso del doctorado en cánones de Tomás
de la Cámara, alcalde de corte.29 En primer lugar, los bedeles, “los quales tenían
las mazas en los honbros como es uso y costumbre…”, presentaron al doctorando
ante el claustro de doctores. Luego, el aspirante, “puesto en pie, quitada la gorra con
que le mandaron cubrir, hizo una oraçión en latín y acabada propuso una questión”.
Al terminar, y como parte de la ceremonia, dos doctores argumentaron en contra de
su exposición, “a los quales no le dejaron responder, y acabado pidió licencia al ilus-
tre señor maestrescuela para pedir las insignias de doctor”. Entonces, su padrino, el
doctor Pedro Farfán, que además era su colega en el tribunal de la audiencia, le hizo
entrega de tales insignias

[…] que fueron un libro con una oración en latín ponyéndoselo en las manos le dixo
acçipe hune librum clausum y apertum ut posis legeris y luego tomó un anillo y se lo
puso en el dedo de su mano y le dixo accipe anulum in signum desposationis cun juris
canonici scientiae y luego levantó y le dio un abrazo y un ósculo en el carrillo en señal
de paz y amor.

El libro, como puede verse, simbolizaba la facultad que ahora tenía de leer, es decir,
de regir cátedra; el anillo significaba el matrimonio con la facultad de derecho canó-
nico; y el beso y el abrazo, además de una expresión de paz y amor, significaban la
bienvenida al nuevo doctor. Enseguida, el virrey y el alguacil mayor, en calidad de
padrinos no académicos, le impusieron los símbolos del caballero: “[…] entrambos,
ayudado el uno del otro, le calzaron unas espuelas doradas y le ciñeron una espada y
daga dorada y, ansí, armado cauallero pidió licencia al dicho su padrino para pedir el
grado de doctor en la facultad de cánones al ilustre señor maestrescuela”.

28 Claustro pleno del 9 de mayo de 1563, agn, ru, vol. 2, f. 15 v.


29 Acta del grado de doctor en cánones de Tomás de la Cámara, 9 de noviembre de 1580. agn, ru,
vol. 5, f. 116 v.-117 v. Es la misma referencia documental para las siguientes citas textuales alusivas a este
grado. En el acta se le llama “alcalde de corte”, pero Schäfer dice que el nombramiento era de “alcalde del
crimen”, véase Ernesto Schäfer, El consejo real y supremo de indias, Salamanca, Junta de Castilla y León-
Consejería de Educación y Cultura-Marcial Pons Historia, 2003, vol. II, p. 399.
La universidad masculina…  •  31

Faltaba la imposición de los últimos símbolos del doctorado. El acta, sin embargo,
en este punto es un poco escueta y no nos ofrece la descripción de esta parte de la
ceremonia. Podemos reconstruirla a partir de otra acta semejante, la del doctorado de
Santiago de Vera, también alcalde del crimen como Tomás de la Cámara:

después de dadas las dichas insignias pidió y suplicó al señor doctor maestrescuela le
diese y concediese el grado de doctor en la dicha facultad de cánones, y puesto de rodi-
llas sobre un cuxín, el dicho señor maestrescuela […] le dio y concedió el dicho grado
poniéndole en los honbros un capirote negro con aforro de carmesí y una gorra con una
borla de seda colorada, insignias de la dicha facultad y, demás del dicho grado, le dio
y concedió todas las graçias preheminecias, facultades anejas y pertenecientes al dicho
grado de doctor […].30

Los últimos símbolos del doctorado y que formarían parte de su vestimenta eran,
según el texto citado, el “capirote” y la “gorra con una borla.” “Capirote” no es sólo
un gorro en forma de cucurucho, sino también una “muceta”, una especie de capa
corta, que se extiende hacia abajo, desde el cuello hasta no más allá del pecho. A
esta última acepción alude el texto, y esa muceta debía ser del color de la facultad
en la que había sido concedido el grado. La “gorra con una borla” es el “bonete” o
“birrete” que coronaba la cabeza del doctor. La borla también debía ser del color de
la facultad y era justamente la que diferenciaba el bonete del doctor del que portaba
el estudiante.
La descripción anterior, como se recordará, alude a dos doctorados otorgados a
universitarios laicos. En el caso de los universitarios clérigos no se usaban los sím-
bolos del caballero, es decir, no se les ceñían ni las espuelas ni la espada. Así, para
terminar este apartado podemos concluir que no todos los símbolos del doctorado
eran exclusivamente masculinos: el libro, el anillo, el abrazo y el beso son elemen-
tos compartidos por hombres y mujeres tanto de aquella época como de la nuestra;
en cambio, las insignias restantes son exclusivamente masculinas: la espada, las es-
puelas, la muceta y el bonete con borla. Todo ello nos indica la masculinización de
la universidad, institución que, tras un largo periodo de “deshistorización”, incluso
anterior al surgimiento de la propia universidad, no necesitaba siquiera reglamentar
un espacio para las mujeres. Peor aun, era una institución que celebraba el celibato
masculino como condición necesaria para la dedicación plena al estudio.

30 Acta del grado de doctor en cánones de Santiago de Vera, a la sazón alcalde del crimen de la audiencia

de México. 5 de junio de 1579, agn, ru, vol. 5, f. 100.


32  •  Armando Pavón Romero

La Universidad a favor del celibato masculino. La construcción histórica

La Universidad de México de la época colonial, como la mayoría de sus similares,


no sólo era una institución para hombres, sino que además profesaba una evidente
aversión hacia el matrimonio de los universitarios. Aunque este rechazo se refiere al
peso que el estado matrimonial significaría para los intelectuales, debe destacarse,
como se verá enseguida, una profunda misoginia. Desde luego, no era un criterio
privativo de la institución novohispana, sino que se remonta a una tradición cristiana de
varios siglos, milenaria, podríamos decir. Nosotros, para fijar un momento próximo al
surgimiento de las universidades y para conocer las ideas acerca de los problemas que
acarreaba el matrimonio a los filósofos, tomaremos de referencia la Historia Calami-
tatum –Historia de mis calamidades–, del célebre filósofo Abelardo (c. 1079-1142).
Aunque es de sobra conocida la historia de Abelardo y Eloísa, recordaremos bre-
vemente que aquél, el gran maestro de filosofía, fue contratado por el clérigo Fulberto
para dar clases a Eloísa, su sobrina, las cuales dieron lugar a un romance, luego a un
embarazo y a una propuesta de matrimonio.

¿Qué puedo agregar? Un mismo techo nos reunió; después, un mismo corazón. Bajo
el pretexto de estudiar, nos entregamos un mismo corazón […] Esta pasión voluptuosa
me dominó por entero. Llegué a abandonar la filosofía y a descuidar mi escuela […]
¡Qué dolor, el de Fulberto, cuando lo descubrió! [...] Bien pronto Heloísa se dio cuenta
de que estaba en cinta […] Una noche, aprovechando la ausencia de su tío, yo la rapté
secretamente, como habíamos convenido. La hice llegar sin demora a Bretaña, donde
ella permaneció en casa de mi hermana hasta el día en que dio a luz un hijo, a quien
puso el nombre de Astrolabio.

Acusándome a mí mismo, como de la peor traición, del robo que le había hecho el amor,
fui a buscarlo [a Fulberto], le supliqué, le prometí toda clase de reparaciones que quisiera
exigir […] Para terminar de dulcificarlo, le ofrecí una satisfacción que sobrepasaba todas
sus esperanzas: me casaría con aquella a quien había seducido, con la única condición de
que el matrimonio permaneciera en secreto, a fin de no arruinar mi reputación.31

Hasta aquí una breve selección que nos permite conocer la historia hasta la pro-
puesta de un matrimonio secreto. El filósofo, en atención a los criterios medievales
del honor, se dispone a casarse con Eloísa. La necesidad del secreto del matrimonio
se comentará un poco más adelante. Por ahora es importante ver que mediante el
matrimonio pretendía reparar el abuso de confianza cometido contra Fulberto. Evi-

31 Abelardo, Cartas de Abelardo y Heloísa, Historia Calamitatum, 5ª ed., precedido de “En favor de

Heloísa”, de Carme Riera, pról. de Paul Zumthor, trad. de C. Peri-Rossi, Barcelona, Medievalia, José J. de
Olañeta, Editor, 2001, pp. 52-54.
La universidad masculina…  •  33

dentemente, nos encontramos ante un mundo completamente masculino. Eloísa no


aparece como agraviada, sino su tío. Estamos ante un hombre que trata de resarcir el
honor de otro: “Él aceptó, comprometió su palabra y la de los suyos. Selló con besos
la reconciliación que le pedí. Fue para traicionarme mejor”.32
Abelardo, entonces, se dispuso a celebrar el matrimonio: “Regresé pronto a Bre-
taña y junto a mi amante, con la intención de convertirla en mi esposa. Pero ella no
aprobó el proyecto. Alegaba dos razones para no ceder a tal matrimonio: el peligro
que yo corría y el deshonor que me acarrearía”.33
Nuevamente, encontramos a Eloísa como una persona que no parece agraviada;
en cambio, a partir de este momento, será ella quien se preocupe por “el deshonor”
y por las consecuencias que semejante matrimonio produciría en el filósofo, en los
discípulos de éste, en la Iglesia y, de pasada, en ella misma (pero no por otra razón,
como se verá, sino por monopolizar y privar al mundo de un hombre sabio):

¿Qué gloria podía esperar yo –me preguntaba– de un acto tan poco glorioso, tan humi-
llante para ella como para mí? ¡Qué expiación le exigiría a ella el mundo, al privarlo de
semejante luz! ¡Cuántas maldiciones le atraería este matrimonio, qué prejuicios ocasio-
naría a la Iglesia, qué llanto costaría a los filósofos! ¿Qué mayor indecencia, qué mayor
miseria que verme a mí, un hombre formado naturalmente para el bien de la creación
entera, humillado al yugo vergonzoso de una sola mujer? Ella rechazaba violentamente
la idea de una unión en la que no veía para mí más que ignominia y carga inútil.34

Sin dejar pasar la profunda misoginia expresada en la cita (“¿Qué mayor indecencia,
qué mayor miseria que verme a mí […] humillado al yugo vergonzoso de una sola
mujer?”), que se trasladará a las universidades y perdurará por siglos, es importante
decir que la argumentación todavía continúa y es larga. Abelardo nos dice: “[ella]
Me representó, paso a paso, toda la infamia y las dificultades del estado matrimonial
[…]”. Según la Historia Calamitatum, Eloísa, como buena discípula formada en la
escolástica, recordó a Abelardo múltiples citas de los apóstoles, de diversos santos
y aun de diferentes filósofos que mostraban “las limitaciones del matrimonio […]”.
Llegó, incluso, a formular razonamientos aparentemente simples y lógicos, produci-
dos por ese proceso de “deshistorización” que hace de la dominación masculina un
acto aparentemente “natural”:

[…] ¿qué relación habría entre los trabajos de la escuela y el cuidado de un hogar, entre
un pupitre y una cuna, un libro o un anaquel y una rueca, un lápiz o una pluma y un
huso? ¿Quién, mediando la Escritura o los problemas de la filosofía soportaría los va-
gidos de un recién nacido, las canciones de la nodriza que lo mece, la multitud ruidosa

32 Ibidem, p. 54.
33 Idem.
34 Ibidem, pp. 54-55.
34  •  Armando Pavón Romero

de sirvientes y de doncellas, la turbulencia habitual de la infancia? Los ricos lo pueden,


me responderás. Sin duda, pues sus palacios, sus vastas mansiones tienen habitaciones
reservadas; su opulencia los coloca al abrigo de preocupaciones económicas y de las
solicitudes cotidianas; pero la condición de los filósofos es muy diferente, y aquel que
busca la fortuna o aplica sus cuidados a las cosas de este mundo no se entrega nunca a
los estudios teológicos o a la filosofía. Esta es la razón por la cual los grandes filósofos
de la antigüedad despreciaban el mundo.35

Podemos dividir la cita anterior en dos partes. La primera nos presenta las dificultades
que el matrimonio presenta al filósofo. La vida diaria del hogar distrae al intelectual
de sus estudios, le impide concentrarse en el trabajo filosófico. La segunda, trata de la
posición económica del intelectual. En efecto, Eloísa planteaba la solución que la ri-
queza podría ofrecer al matrimonio del filósofo. Sin embargo, la dedicación plena
al propio trabajo intelectual impide que quien se dedica a semejante profesión pueda
atender al mismo tiempo los negocios que podrían hacerlo un hombre rico. Así pues,
el compromiso total con la filosofía, según el texto, conduce a una vida sin riquezas
que obligan al celibato. La mujer y los hijos representan, desde esta perspectiva,
una responsabilidad que el filósofo no puede afrontar. Esta es, en buena medida, una
idea que estaba presente en la sociedad europea en vísperas del surgimiento de las
universidades, que era resultado de una construcción histórica milenaria (si atende-
mos a las citas que ofrece el mismo texto)36 y que se preservaría, todavía, por varios
siglos más.

La Universidad de México a favor del celibato masculino.


La normativa sobre rectores

Quizá donde más claramente se expresa el interés de la Universidad de México por


el celibato de sus miembros es en la figura del rector. Una revisión de los diversos
estatutos de la Universidad de México nos permite ver que no hay alguna disposición
acerca del celibato de los rectores, ni en los estatutos de Farfán de 1580 ni en los de
Cerralvo de 1626 ni en los de Palafox de 1646. Sin embargo, ya en 1580, Farfán había
establecido en el título primero de su reglamentación “que en esta universidad [la de
México] se guarden los estatutos de Salamanca”. En este sentido la búsqueda debería
ampliarse. Sobre el rector salmantino, Mariano Peset nos informa:

35 Ibidem, p. 56.
36 En la misma Historia Calamitatum pueden verse alusiones de san Jerónimo a Cicerón y Teofrasto,
donde se presenta una verdadera opinión al matrimonio de los sabios, así como alusiones a Séneca, al An-
tiguo Testamento e inlcuso a san Agustín, donde se presenta la necesidad que tiene el sabio de llevar una
vida ejemplar que, en buena medida, impone una renuncia al mundo, pp. 55 y 57.
La universidad masculina…  •  35

El rector debía haber cursado un año, y no podía ser escolar avecindado en la ciudad,
sino foráneo, de Castilla y León, alternativamente. Debía ser laico o clérigo no casado,
mayor de 25 años, y en ningún caso catedrático, religioso o colegial, ni clérigo que tu-
viera cargos o prebendas, para asegurar su independencia.37

Si bien este criterio debió pasar a la Universidad de México, lo cierto es que no era
aplicable en el punto concreto de la geografía señalada. En los otros puntos, ni en el
siglo xvi ni en buena parte del xvii tuvo una aplicación estricta. De hecho, y debido
al juego de poderes políticos que se experimentó en la Universidad de México, encon-
tramos rectores que fueron religiosos y clérigos con cargos o prebendas. Donde sí se
cumplió fue en lo tocante a que no hubo rectores catedráticos, al menos no lo eran al
tiempo de su rectorado. El tema del celibato, según la cita de Peset, estaba referido a
los clérigos –“clérigo no casado”–, por lo que podría pensarse que los laicos podrían
estar casados y, sin duda, fue el caso de muchos rectores laicos.
En el caso de la Universidad de México podemos dividir los periodos rectorales
en cuatro etapas más o menos bien diferenciadas, desde la fundación hasta mediados
del siglo xvii. En un breve y primer momento, los rectores provinieron del cabildo
de la catedral (1553-1561); luego, se tuvo un periodo de transición durante el cual
los estudiantes intentaron hacer valer su derecho a ocupar el rectorado (1561-1574);
después sobrevino un tercer periodo de dominio de los ministros de la audiencia
en el rectorado universitario (1575-1601),38 al que siguió un cuarto periodo, que se
prolongó desde 1602 hasta 1668, en el que alternaron rectores provenientes del clero
secular, del clero regular y de la real audiencia.39
El perfil del rector de la Universidad de México, al menos en el periodo señalado
(1553-1668), no correspondió con lo normado por los estatutos de Salamanca. El
creciente poder del rey se manifestó en la universidad en diversos aspectos y uno de
ellos fue el rectorado. Desde un principio quedó claro que al virrey y la audiencia,
encargados de echar a andar el proyecto universitario, les parecía que el rectorado
debía estar en manos de personas con mayor formación y experiencia que la de los
estudiantes. El rectorado fue quedando, en buena medida, en manos de personajes
externos a la universidad. Para ocupar el rectorado parecía más importante ser de la
catedral, de la audiencia o de las órdenes religiosas. Antes de ocupar el cargo, eso sí,
los candidatos tenían el cuidado de incorporarse a la universidad, con lo cual, cuando

37 Mariano Peset, “Fundación y primeros años de la universidad de México,” en Obra Dispersa. La

universidad de México, México, iisue-unam/Ediciones de Educación y Cultura, 2012, pp. 9-35 (La Real
Universidad de México. Estudios y Textos, 28).
38 Sobre los tres primeros periodos ocurridos en el siglo XVI, véase Armando Pavón Romero, El gremio

docto…, p. 213-291.
39 Para el periodo 1602 a 1668 puede consultarse Leticia Pérez Puente, “El clero regular en la rectoría

de la Real Universidad (1648-1668),” en Historia y Universidad. Homenaje a Lorenzo Luna, Enrique


González González (coord.), México, cesu-ffyl-unam-Instituto Dr. José María Luis Mora, 1996, pp.
435-455.
36  •  Armando Pavón Romero

el nombramiento tenía lugar, dejaban de ser externos, pues ya eran miembros de la


corporación académica.
Esta confiscación del rectorado produjo distintas inconformidades entre los uni-
versitarios. La primera fue encabezada por los estudiantes, quienes al empezar la
década de 1560 trataron de elegir a candidatos estudiantiles, apegándose al estatuto de
Salamanca. Sin embargo, a partir del último tercio de la misma década, la audiencia
ofreció hacerse cargo de que el presupuesto para la universidad fluyera regularmente
y, a cambio, se quedó con el rectorado. Los universitarios aceptaron el intercambio,
pues ello garantizaba no sólo un financiamiento regular, sino la presencia de cate-
dráticos estables, aumento en el número de cátedras, mejora en las instalaciones,
entre otros. No obstante, cuando la estabilidad se hizo una realidad, la presencia de
los oidores en el rectorado pareció innecesaria, incluso una intrusión. Entonces, los
doctores gestionaron en la corte la prohibición del ejercicio rectoral a los ministros de
la audiencia.40 Así, desde 1602 sobrevino un periodo de conflictos entre los ministros
de la audiencia y los doctores universitarios por el control del rectorado. En ese con-
flicto salieron beneficiados varios miembros del clero regular que pudieron ocupar la
cabecera universitaria a pesar de estar impedidos por los estatutos del Estudio. Como
ya se ha dicho, este periodo se prolongó, por lo menos, hasta 1668.
Es posible que en medio de semejante conflicto el rey expidiera algunas cédulas
a favor de un perfil de rector célibe. En efecto, en octubre de 1597, el claustro pleno
se reunió para ver un paquete de once cédulas reales que trataban temas relativos a la
universidad. Era el resultado de la gestión del doctor Juan de Castilla, comisionado
por el claustro para fungir como procurador de la universidad en la corte. Las cédulas
eran favorables a la universidad e iban desde la exención de dinero adeudado por la
corporación académica hasta la prohibición a los ministros de la audiencia de ocupar
el rectorado.

La sexta cédula que se bio en el dicho claustro fue para que ningún oydor ni alcalde de
corte durante el tiempo que usasen sus oficios pudiesen serbir los oficios de rector de la
universidad. La qual, vista y obedecida en el dicho claustro con la reberencia y acata-
miento debido, todos los doctores, maestros y consiliarios arriba referidos por los demás
de la dicha universidad dixeron no querían ni pretendían aprobecharse de la dicha real
cédula ni se executase […].41

La prohibición, un sueño anhelado desde, por lo menos, principios de la década de


1590, como puede advertirse, fue rechazada por los doctores del claustro. La aparente
contradicción queda explicada si atendemos a que el rector que presidía la sesión te-
nía capacidad para inhibir a los doctores miembros del claustro pues era nada menos

40 Armando Pavón Romero, El gremio docto…, pp. 213-291.


41 Claustro pleno de 24 de octubre de 1597, agn, ru, vol. 6, f. 270.
La universidad masculina…  •  37

y nada más que un ministro de la real audiencia. Nos encontramos, entonces, ante las
intenciones de los doctores y la resolución del monarca que se estrellaban contra el
poder efectivo que ejercían los jueces de la audiencia en la ciudad colonial. Esta dura
realidad no impedía que los logros del procurador Juan de Castilla se expresaran en
otras cédulas más; la séptima, por ejemplo, reforzaba la prohibición a los oidores:

Leyóse, ansimesmo, la séptima cédula en el dicho claustro, donde manda su Magestad


se guarde la constitución de la Universidad de Lima en esta [universidad de México]
sobre que un año sea rector en la dicha universidad un doctor lego y, otro, un clérigo,
con que el lego no sea casado.42

Como se ha dicho, esta cédula reforzaba a la anterior al establecer que el rectorado


debía alternarse entre un clérigo y un laico no casado. Los ministros de la audiencia
solían ser laicos casados. Es decir, de entrada se les reducía el dominio pleno que
tenían sobre el rectorado mexicano, pues ahora debían compartirlo, al menos, un año
con los clérigos. Pero al ordenarse el celibato del rector laico, entonces, se reforzaba su
exclusión de la cabecera universitaria. Así, si no fuera por la sexta cédula que los oido-
res quedaran inhabilitados para ocupar el rectorado, serían excluidos por esta séptima.
Es posible, entonces, que esa cédula a favor del celibato de los rectores fuera dictada en
medio de un conflicto político, pero también es cierto que para poder formular un man-
damiento semejante se contaba con una larga tradición que condenaba el matrimonio
de los intelectuales, como ha podido verse al comienzo de este apartado.
El conflicto, como se ha indicado, se prolongó por lo menos hasta 1668. En ese
periodo se elaboraron dos propuestas de estatutos para la Universidad de México: el
del marqués de Cerralvo de 1626 y el del arzobispo-virrey Juan de Palafox de 1646.
Ambos habilitaron a los jueces de la audiencia para ocupar la cabecera universitaria,
incluso Palafox admitió expresamente a doctores casados.43 Cedían, sin duda, ante
una de las instituciones principales del gobierno colonial. Sin embargo, de manera
inmediata, el monarca volvió a prohibir el acceso de los ministros de la audiencia al
rectorado universitario.44 Casi diez años después, el virrey duque de Alburquerque
concedió una dispensa para elegir a un oidor como rector para el año de 1655. Enton-
ces, el rey expidió una nueva cédula que prohibía el ejercicio del rectorado a los de
la audiencia y al virrey hacer ese tipo de dispensas; asimismo, anulaba las constitu-
ciones de Palafox en los puntos precisos que autorizaba a los oidores y a los seglares
casados el acceso al rectorado y, por si fuera poco, el monarca se pronunciaba a favor
del celibato del rector mexicano:

42 Ibidem, 270 v.
43 Cerralvo. 1.1. y Palafox. II. VIII y X.
44 Real cédula de 8 de febrero de 1646, John Tate Lanning, Reales cédulas de la Real y Pontificia Uni-
versidad de México, de 1551 a 1816, versión paleográfica, introducción, advertencia y notas por J. Tate
Lanning, México, unam, 1946, p. 55.
38  •  Armando Pavón Romero

[…] y en lo que mira a que los doctores casados no puedan ser Rectores de esa Uni-
versidad, aunque la Constitución décima de las Nuevas lo permite, se ha considerado
por los del dicho mi Consejo que no es decente ni conveniente, que sea cabeza de una
comunidad, que tanto tiene de eclesiástico, una persona casada […].45

Con mayor claridad, ahora se suma al conflicto político el carácter moral derivado del
hecho de que un casado encabece la universidad. Desde nuestra perspectiva actual,
sería necesario profundizar en los aspectos morales de la época para comprender
cuál podría ser el problema de “decencia” que experimentaría la universidad, “una
comunidad, que tanto tiene de eclesiástico”, al ser encabezada por un seglar casado,
porque hoy en día sería difícil apreciar alguno. Por ahora, basta señalar que la cédula
normaba el celibato del rector universitario que, de otra manera, constituía una con-
dena al matrimonio, a la mujer y a los hijos.

El celibato se extiende a los estudiantes

Ciento treinta y seis años después, el problema del matrimonio entre los universitarios
novohispanos volvió a ser objeto de la atención real. Aunque, como acaba de citarse,
la universidad era una institución con una gran presencia eclesiástica, los escolares y
graduados laicos podían perfectamente contraer matrimonio. Sin embargo, en España
se había legislado que los escolares que estuvieran en instituciones bajo patronato real
requerían, para casarse, una licencia real.46 En 1792, el rey expidió una cédula pare-
cida a raíz del intento matrimonial del bachiller Manuel Esteban Sánchez de Tagle,
colegial real de San Ildefonso y descendiente de una de las familias aristocráticas del
virreinato, con María Josefa Barrera y Andonaegui. Al respecto, Ángela Carballeda
ha dedicado unas páginas en “Género y matrimonio en Nueva España”.47 La auto-
ra nos dice que el padre del bachiller era contrario al matrimonio; el diferendo había
terminado ante el alcalde ordinario Pedro Ramón Romero de Terreros y Trebuesto,
segundo conde de Regla, quien falló a favor del joven. Entonces, el padre recurrió
directamente al rey para resolver el asunto. El fallo del alcalde ordinario fue revocado
y el bachiller Sánchez de Tagle no pudo contraer el matrimonio anhelado. En la corte,
el fiscal esgrimió el siguiente argumento para solicitar al rey la aplicación, en los te-
rritorios americanos, de la norma arriba citada:48

45 Real cédula de 31 de julio de 1656 en Lanning, Reales cédulas…, pp. 59-60.


46 Ángela Carballeda, “Género y matrimonio en Nueva España,” en Las mujeres en la construcción de
las sociedades iberoamericanas, Pilar Gonzalbo Aispuru y Berta Ares Queija (Coords.), México, csic-El
Colegio de México, 2004, pp. 231-233, apud agi, México, 1135, no. 34, 1790.
47 Véase nota anterior
48 Ibidem, p. 233.
La universidad masculina…  •  39

[…] evitar de esta suerte los matrimonios poco decorosos, que se suelen contraer por los
colegiales, educandas y estudiantes a impulso de su sensualidad y pocos años, y de
los arbitrios y sugestiones de que se valen los que se interesan en ello, sin que sus padres
tutores y curadores, ni los demás sujetos a quienes incumbe impedirlos, puedan remediar
oportunamente por lo mucho que distan regularmente sus domicilios de los parajes en
que los indecentes matrimonios se celebran.49

Los argumentos contrarios al matrimonio de los estudiantes –incluye a hombres y


mujeres– son varios y casi no haría falta repetirlos si no fuera porque el foco de
atención ha variado respecto a los expresados por Heloísa y por la cédula real de 1656.
En efecto, ahora no se condena el matrimonio por reportar deshonor al filósofo ni
por la condición predominantemente eclesiástica de los universitarios, sino por la
inmadurez de los estudiantes y por ser resultado “de su sensualidad”, aluda ésta a
los sentimientos involucrados o a la atracción física. También se considera que en
un matrimonio semejante pueden intervenir los intereses de terceras personas –“y de
los arbitrios y sugestiones de que se valen los que se interesan en ello”–, si bien la
oración también puede englobar a los propios novios. En todo caso, vale la pena notar
que los estudiantes no eran considerados mayores de edad con capacidad para decidir
sobre sus destinos, a pesar de que en el caso que nos ocupa Sánchez de Tagle tuviera
al menos 22 años cuando pretendió casarse.50 Del texto del fiscal destaca también el
argumento de la distancia geográfica que, con cierta frecuencia, existía entre padres e
hijos, pues era común que a la universidad asistieran estudiantes de diferentes partes
del virreinato. Ante ese hecho, los padres poco podían hacer para enterarse a tiempo
y evitar que sus hijos se desposaran. Por tanto, parecía conveniente imponer una li-
cencia real para autorizar semejantes matrimonios. Así pues, el 11 de junio de 1792,
el monarca expidió una cédula real en tales términos:

[…] me hizo presente mi Real Audiencia de esta ciudad de México […] Sería conve-
niente me dignase extender a aquellos dominios lo resuelto para estos, en punto a que los
colegiales que se hallan siguiendo sus estudios, no puedan casarse sin mi Real Licencia
por considerarse su extravío perjudicial al Estado […]
Estando baxo nuestro Real Patronato y protección Real, las vniversidades, seminarios
conciliares y demás colegios de enseñanza eregidos con autoridad pública en nuestras
Yndias y, mereciéndonos sus Escolares y Alumnos la más particular atención, para que
no desgracien en sus carreras y estudios, con perjuicio del Estado y sus propias fami-
lias: Ordenamos y Mandamos que los tales alumnos, Escolares e Yndividuos de Dichas

49Idem.
50La fecha de bautizo, así como la de matrimonio y nombre de su cónyuge están publicadas por Javier
Sanchiz en la página electrónica <http://gw.geneanet.org/sanchiz?lang=es&p=manuel+esteban&n=sanch
ez+de+tagle+herrera>.
40  •  Armando Pavón Romero

Vniversidades, Seminarios Conciliares, y demás Colegios, y casas, no puedan pasar a


contraher esponsales, sin que además del asenso paterno o de quien deba darle según la
ley primera de este título, tengan las licencias: los de los Seminarios Conciliares, de los
Arzobispos y Obispos y Vicepatronos; y, los de las Vniversidades y demás Colegios, a
nuestros Virreyes o Presidentes de las respectivas Audiencias, a quienes remitirán las
suplicas, o pretensiones por mano de los rectores, con informes de éstos, pues para este
caso delegamos en los referidos nuestra Real Autoridad; todo lo qual se entiende igual-
mente en las casas y colegios de mugeres que se hallaren baxo de nuestra protección y
Patronato Real, y declaramos nulos y de ningún valor ni efecto, los esponsales que sin
este requisito se contraxesen y que no puedan admitirse juicios ni demandas sobre no
cumplimiento, en el modo y forma que prescribe la ley antecedente.51

A diferencia del fiscal, que pone el acento en el aspecto moral al considerar que los
matrimonios de los estudiantes eran “poco decorosos”, la cédula del rey se centra en
dos puntos bien diferentes, contenidos en la siguiente oración: “para que no desgra-
cien en sus carreras y estudios, con perjuicio del Estado”. El primero se refiere a lo
que hoy llamaríamos “fracaso escolar”; es decir, el rey considera que el matrimonio
podría ser un factor de interrupción de los estudios; y el segundo, al costo social, aca-
démico y profesional que una carrera inconclusa representaba para el Estado. Sin em-
bargo, como hemos venido exponiendo, podríamos concluir que por diversas razones
numerosos intelectuales y autoridades consideraron durante siglos –podrían sumarse
más de dos milenios– que no era conveniente que un hombre dedicado al estudio,
fuera un filósofo, un sabio o un universitario, uniese su vida a una mujer.
Para finalizar la historia del bachiller Manuel Esteban Sánchez de Tagle baste decir
que terminó casándose varios años después, en noviembre de 1800, con otra mujer,

51 Real cédula del 11 de junio de 1792. Copia manuscrita del duplicado para el “Juzgado de Provisorato”

de la catedral de Valladolid (Morelia, México). Archivo privado de Marco Fabrizio Ramírez Padilla, quien
es el autor de la transcripción paleográfica (la puntuación es mía). Agradezco a Marco Fabrizio la gentileza
de facilitarme las fotografías del documento. Él ha publicado un comentario sobre la cédula en su blog,
“Bibliofilia novohispana. Espacio dedicado al mundo del l ibro novohispano” (<http://marcofabr.blogspot.
mx/2009/10/real-cedula-para-que-los-individuos-de.html>). La cédula también aparece registrada en otros
repositorios, como la Colección Mata Linares, véase Remedios Contreras y Carmen Cortés, Catálogo de
la Colección Mata Linares. Vol IV. Archivo Documental Español, publicado por la Real Academia de la
Historia, Tomo XIX, Madrid, 1972, p. 292. Una versión impresa se encuentra en la colección digital de la
Universidad de Texas de San Antonio (<http://digital.utsa.edu/cdm/ref/collection/p15125coll6/id/1087>,
consultada el 9 de agosto de 2014). Es posible que el antecedente de la cédula destinada a México fuera la
“Circular de 31 de octubre de 1783” referida a un escolar del Colegio Militar de Ocaña que ofreció casarse
con una vecina de Ocaña sin permiso de su padre. Entonces, el rey, “por su Real orden dirigida al Consejo
en 23 del mismo mes fue servido de resolver que en el Colegio de Ocaña, y demás que estén baxo su Real
inmediata protección, ningún alumno pueda contraer matrimonio, ni ligarse para contraerle sin licencia
de su Magestad, como se practica con los Militares […]”, en Santos Sánchez, Extracto puntual de todas
las pragmáticas, cédulas, provisiones, circulares, y autos acordados, publicados y expedidos por regla
general en el reynado del Señor D. Carlos III, cuya observancia corresponde a los tribunales y justicias
ordinarias del reyno: Obra útil para todos los que se dedican á la judicatura y abogacía, Tomo II, Madrid,
Imprenta de la viuda e hijo de Marín, 1792, pp. 185-186.
La universidad masculina…  •  41

María Luisa Omañana Marín. Entonces Sánchez de Tagle tenía casi 35 años de edad.
Su padre y la monarquía cambiaron totalmente el destino de su vida matrimonial.
Para finalizar este trabajo basta una breve recapitulación, pues en las páginas ante-
riores hemos visto cómo la universidad novohispana fue una institución masculina,
sin que para ello fuera necesario establecer una prohibición expresa a las mujeres.
Esta situación era el resultado de una construcción histórica que hacía pasar como algo
“natural”, deshistorizado, lo que en realidad era un acto de la dominación masculina.

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El muro de los recuerdos…  •  45

EL MURO DE LOS RECUERDOS: EL ARTIVISMO


EN CONTRA DE LOS FEMINICIDIOS

Paola Suárez Ávila*

Resumen

Desde la Antropología Cultural, el capítulo tiene el objetivo de analizar las narrativas políti-
cas y artísticas actuales de mujeres chicanas del norte de California sobre el fenómeno de la
violencia de género e incluso sobre su denuncia trasnacional contra el feminicidio en México,
Centroamérica y la frontera mexicano-estadounidense, así como la discriminación y violencia
que ellas viven en sus espacios de residencia en Estados Unidos.
La violencia ejercida contra las mujeres es uno de los principales obstáculos para el desarro-
llo de las sociedades y representa una violación fragante contra los derechos humanos. Desde el
artivismo, son muchas las acciones que han realizado distintos colectivos y organizaciones de
mujeres en la frontera norte de México y en el estado de California para detener la desaparición
y asesinato de mujeres en Ciudad Juárez, refiriendo a que es un fenómeno que centra el debate
de las mujeres mexicanas, estadounidenses y mexicano-americanas para conocer y debatir
sobre la violencia contra mujeres en condición de migración y de vulnerabilidad en ciudades
fronterizas de México y Estados Unidos.

Palabras clave: violencia, capitalismo, frontera, mujeres chicanas, artivismo, feminicidios.

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
46  •  Paola Suárez Ávila

Abstract

From the Cultural Anthropology, the article analyses narratives and current art of Chicana
women in northern California that express the phenomenon of gender violence and their trans-
national complaint against femicide in Mexico, Central America and the Mexican-American
Border; also, the discrimination and violence which they themselves live in their new areas of
residence in the United States.
Violence against women is one of the main obstacles to the development of societies and
represent a fragrant violation against Human Rights. From the artivism many actions they
have taken different groups and women’s organizations in the northern border of Mexico and
in the State of California to Stop Disappearance of Women and female murders in the border
city of Juarez.

Key words: violence, capitalism, border, Chicana women, artivism, femicide.

Introducción

Las chicanas y mexicano-americanas en el norte de California han abierto espacios


artísticos y de denuncia como lugares de reflexión sobre el fenómeno de la violencia
y la discriminación ejercida contra mujeres en Estados Unidos y la gravedad del
feminicidio en las fronteras norte y sur de México y en Centroamérica. Los espacios
de expresión artística y de denuncia generan nuevas narrativas de las mujeres chica-
nas o de color que son solidarias a las problemáticas y la violencia de género que se
produce en sus lugares de origen y que viven una violencia específica derivada de la
experiencia migratoria en sus lugares de residencia.
En este trabajo analizo particularmente la exhibición “Wall of Memories: Las des-
aparecidas”, de Diane Kahlo, con la colaboración del video “Señorita Extraviada”, de
Lourdes Portillo, reconocida videoasta feminista a nivel internacional y expuesta en
la Muestra de Altares del Día de Muertos del Mission Cultural Center for Latino Arts
de San Francisco en noviembre de 2013, bajo la curaduría de Martina Ayala.
Por último, analizo entrevistas y testimonios de la curadora y las artistas con refe-
rencia al tema de la memoria de las mujeres víctimas de violencia y la necesidad de
defenderlas como un proyecto de solidaridad transnacional contra la negligencia
de estructuras políticas, patriarcales y capitalistas en México y Estados Unidos que
generan violencia y discriminación contra las mujeres.

“El muro de los recuerdos: las mujeres desaparecidas de Juárez”

En años recientes, dentro de la Antropología, el arte se ha convertido en una fuente


fundamental para recuperar el discurso, la ideología y el ideario político de los y las
artistas en relación con eventos y fenómenos políticos específicos que expliquen y
El muro de los recuerdos…  •  47

otorguen una nueva óptica a los estudios sociales y antropológicos. Asimismo, el


arte destaca su importancia no sólo desde una posición histórica y estética dentro de
la configuración como bien patrimonial, sino también en la emoción que produce en
los individuos y colectivos como parte del patrimonio cultural intangible (González
Cáceres, 2001: 40).
El arte feminista ha sido una expresión auténtica y un espacio de discusión de mu-
jeres y hombres en donde cuestionan nuevas realidades, espacios reales e imaginados
y cuestiones que transitan del espacio de lo privado hacia lo político. Para enfatizar
lo anterior, la violencia ha sido un tema central en los debates del arte feminista en
el que expresan las violencias sobre los cuerpos y las identidades de género en los
grupos excluidos.
La migración ha generado factores diversos de violencia y desintegración de las
mujeres migrantes procedentes de México y Centroamérica en los espacios fronte-
rizos entre México y Estados Unidos, en el cual es posible denotar que el sistema
económico global ha transformado las dinámicas sociales en las que las mujeres es-
tán insertas en el trabajo, promoviendo su movilidad social y laboral a espacios de
producción de las industrias trasnacionales que aprovechan la mano de obra barata
de las mujeres ubicadas en la frontera entre México y Estados Unidos, sin que los
Estados-nación se preocupen por las condiciones y los niveles de violencia tan
altos que se ejercen contra ellas.
En el Mission District de San Francisco, el barrio latino de la ciudad estadouni-
dense ubicada al norte de California, que ha sido el centro político y cultural de la
comunidad mexicano-americana, chicana y mexicana en el Norte de California, han
existido movimientos importantes de solidaridad con las mujeres migrantes proce-
dentes de América Latina que día con día han sufrido la violencia en los espacios
laborales y de residencia; incluso en varios colectivos de artistas y activistas se ha
hecho un llamado a la opinión pública para dar a conocer la situación de los femini-
cidios en algunas regiones del sur de la frontera entre Estados Unidos y México, más
específicamente en Ciudad Juárez.
Las mujeres que han arribado a la Bahía de San Francisco procedentes de México
y Centro América han encontrado espacios de discusión y de expresión para reflejar la
discusión sobre la violencia ejercida contra ellas en espacios de llegada y de tránsito
de las mujeres migrantes. Los retratos y las historias de vida de las mujeres desapa-
recidas en Ciudad Juárez han generado desde hace ya más de tres décadas distintas
reacciones entre la sociedad del norte de California, la mayoría de las cuales converge
en la solidaridad con las mujeres que migran y están en una condición vulnerable en
nuevas regiones fronterizas.
La presente investigación tiene como fuente de información el trabajo de campo
realizado en noviembre de 2013 en las galerías del Mission District, el Mission Cul-
tural Center for Latino Arts y Galería de Arte La Raza con base en la investigación
posdoctoral que da cuenta de los usos sociales de la celebración del Día de Muertos
48  •  Paola Suárez Ávila

en el Mission District de San Francisco y realizada en el Centro de Investigaciones


sobre América del Norte, unam.
Entre los usos sociales que las migrantes mexicano-americanas dan al Día de
Muertos han sobresalido las expresiones acerca del fenómeno del feminicidio en re-
giones fronterizas. Las muertes violentas de las mujeres son convertidas por las artis-
tas en experiencias vivenciales de todas las migrantes que, al haber abandonado los
espacios familiares y de vivienda, se enfrentan día a día a situaciones de violencia que
repercuten en las relaciones de género en espacios de alta migración femenina.
En el proceso de trabajo de campo se efectuaron entrevistas a la maestra Martina
Ayala, curadora de la exhibición de Día de Muertos en el Mission Cultural Center for
Latino Arts, y a René Yáñez, ex director de la Galería de Arte La Raza y curador del
SOMarts de San Francisco, los días 2 y 5 de noviembre de 2013, respectivamente.
Además, se hizo una revisión documental de la obra de Lourdes Portillo, que conclu-
yó con una entrevista llevada a cabo en la Ciudad de México el 7 de mayo de 2014.
Las visitas a dichas galerías fueron realizadas en el periodo de trabajo de campo en
el Mission District, entre el 2 y el 10 de noviembre de 2013, con visitas consecutivas
para proceder al análisis de la exposición de las mismas. El propósito fue comprender
la lógica de la curaduría y atender los aspectos centrales que fueron discutidos en las
exhibiciones dedicadas al Día de Muertos para vincularlos con los usos sociales que
dan los y las inmigrantes a las prácticas culturales y artísticas desde una perspectiva
político-feminista.
La exhibición presentada en el Mission Cultural Center for Latino Arts (mccla)
tuvo una curaduría interesante en relación con el Día de Muertos. Martina Ayala in-
tegró la visión de las costumbres mesoamericanas, coloniales y contemporáneas del
Día de Muertos en México y Estados Unidos desde distintas propuestas artísticas
que crítican, observan, construyen y reflexionan sobre la importancia de conservar el
ritual a los muertos con una perspectiva mexicano-americana al aunar los valores de
las comunidades migrante y chicana que habitan en este espacio del Mission District
de San Francisco.
En la última sección de la exhibición, correspondiente a los altares a los muertos
desde una visión contemporánea, se mostraba la obra “Muro de los recuerdos: las mu-
jeres desaparecidas de Juárez”, de Dianne Kahlo, con material gráfico integrado del
documental “Señorita extraviada”, de Lourdes Portillo. Ambos talentos femeninos se
conjuntaron en el altar a las mujeres desaparecidas y asesinadas en Ciudad Juárez.
Este muro apareció tenue pero con mucha fuerza, nos transportó a Ciudad Juárez
con la tragedia y una nueva narrativa de los múltiples feminicidios. Nos dejaba el
sabor amargo del dolor ante la denuncia e impunidad de las muertes violentas de
cientos de jóvenes mujeres que han sido reportadas desde 1993,1 sin tener hasta el

1 En 1993, durante el gobierno municipal de Francisco Barrio, comenzó la evidencia de los crímenes

contra mujeres, casi todas pobres, morenas y jóvenes.


El muro de los recuerdos…  •  49

momento una respuesta confiable de las autoridades. De allí el impacto que ejercían
las imágenes.
La artista Dianne Kahlo, residente en Kentucky, mencionó que la instalación del
muro exhibido en el mccla surge de su sentimiento para contribuir en la exigencia
de aclarar estas desapariciones y asesinatos en la frontera. Al sentimiento y firmeza de
documentar, actuar y levantar la voz en contra de los asesinatos de mujeres de Dianne
Kahlo se unía la indignación y solidaridad de la documentalista mexicano-americana,
Lourdes Portillo, junto con otras activistas y feministas de México y España como
Esther Chávez Cano y Judith Torrea.
El centro focal de la instalación “Muro de los Recuerdos” fue la imagen de la
Virgen de Guadalupe. Esta imagen virginal, según la propia artista, es la síntesis de
una serie de trasposiciones de imágenes de mujeres jóvenes desaparecidas en Ciudad
Juárez, en donde se reconfigura la Virgen de Guadalupe, dando rostro a la Virgen
de Juárez, con la representación de 110 chicas que son apenas un porcentaje del total de
las mujeres asesinadas. La Virgen de Diana Kahlo tiene una altura de 1.52 m, la esta-
tura promedio de las mujeres que han sido asesinadas2 (Imagen 1).

Imagen 1
Virgen de Guadalupe compuesta con las facciones de mujeres
desaparecidas en Ciudad Juárez, México3

2 La Opinión (2013, octubre 23). “Reaparecen a las de Ciudad de Juárez. Dianne Kahlo revive a mujeres

desaparecidas o asesinadas en la fronteriza Ciudad Juárez, dentro de una instalación en Mission Cultural
Center”. La Opinión, <http://www.laopinion.com/desaparecidas-ciudad-juarez-mission-yosoy132-diane-
kahlo>, consultada el 5 de mayo de 2014.
3 Instalación “Muro de los recuerdos de las mujeres desaparecidas en Juárez”. Dianne Kahlo y Lourdes

Portillo, 2013. Exhibida en el Mission Cultural Center for Latino Arts. San Francisco, California.
50  •  Paola Suárez Ávila

La investigación de imágenes, documentos, archivos y otro tipo de información


para comunicar la situación de las mujeres en Ciudad Juárez que conjuntaba la insta-
lación promovida por Dianne Kahlo, le permitió llegar a la documentación de Lourdes
Portillo. En cuanto a una percepción performática, el muro confrontaba al espectador
para generar en él o ella una conciencia que promoviera, tal vez, un activismo contra
la violencia feminicida.
El documental “Señorita Extraviada” (2001), de Lourdes Portillo, exhibido en la
instalación del muro, contiene imágenes crudas, muy violentas. Lourdes Portillo, en
entrevista,4 explicó la historia del documental:

¿Cómo llegué a Señorita Extraviada? Yo soy de Chihuahua, yo soy del norte de México
y solía leer los periódicos de Juárez y Chihuahua, donde tengo parientes, y leí un artículo
muy pequeño, que yo creo que era muy pequeño, en el periódico El Diario y decía: “Han
desaparecido 35 mujeres”; y, entonces, un misterio, como que no sabían nada y yo dije:
“¡Dios mío, no puedo ni creerlo! ¡Aquí, si se muere una mueven mar y cielo y la tierra
y todo para encontrarla!, ¡35 son un chorro!” Entonces yo pensé que quizá, como yo ya
había hecho otras películas sobre Derechos Humanos, podía volver a México y entender
un poquito, porque soy del norte y hacer algo, porque me parecía muy misterioso. Tenía
ganas de documentar, de hacer un documental. No era una investigación muy periodís-
tica, era artística. Yo, para empezar, nunca fui a la escuela de periodismo. Entonces, a
mí… hay muchas reglas que yo no las hago. Lo hago así, a mi modo.

La importancia de documentar los eventos ocurridos en Ciudad Juárez, llevaron a


Lourdes Portillo a investigar y proponer una mirada única sobre el caso de las mu-
jeres extraviadas de Juárez. En el documental, ella hace énfasis en la indolencia e
impunidad en los juicios contra los responsables de los asesinatos, impugna la falta de
coordinación del gobierno local con el federal para encontrar a los responsables,
denuncia la miseria de los barrios de las jóvenes asesinadas y la condición vulnerable de
las mujeres migrantes que laboran en las maquiladoras ubicadas en la frontera norte.
Ella remarca que “nada se dice, nada se ha resuelto”.
El mensaje del documental poco alentador porque se entiende que, aun con la
organización de las madres y activistas que protestan contra los feminicidios, no
hay apoyo para la organización civil ni ciudadana dentro de un sistema político tan
corrupto que permite que sus mujeres sean asesinadas.
Sobre su activismo en relación con las mujeres, Lourdes Portillo nos comenta
que su trabajo inició con las Madres de Mayo, de Argentina, con quienes aprendió y
maduró su visión política y activista frente a crímenes de lesa humanidad cometidos
en Latinoamérica. Ella menciona:

4 Entrevista realizada a la documentalista Lourdes Portillo el día 7 de mayo de 2014 en la Ciudad de

México.
El muro de los recuerdos…  •  51

Mi relación con el activismo más bien tuvo que ver mucho con las Madres de Mayo; con
ellas, que me relacioné con ellas muy profundamente, y seguí los pasos y seguí viendo
lo que estaban haciendo. Después fui a Juárez y ahí empezó todo. En Juárez no había ese
tipo de organización; aparte, las mujeres que estaban desapareciendo en Juárez eran de la
clase obrera, de la clase muy pobre y la gente [los familiares] no tenía esa educación que
las mujeres de la Plaza de Mayo tenían, porque éstas eran de la clase media. Entonces,
era muy difícil verdaderamente incorporarse a cualquier grupo, porque los grupos se des-
moronaban, se peleaban. Es normal; también la gente está sufriendo tanta pobreza, tanta
carencia que no había mucho de donde agarrarse, y estuve muy apegada a Esther Chávez
Cano, y Esther era una activista par excellance y nada más con ella. Después traté de
ayudar a las madres en un grupo, Voces sin Eco, que se desmoronó, y había un chorro
de cosas que estaban ocurriendo alrededor del activismo en contra del feminicidio. Pero
yo también [… ] te acaba, te acaba todo eso; te acaba el horror, te acaba el terror de ver
todo eso, de ver todo lo que pasa en Ciudad Juárez, te enferma. Esa es la verdad y muchas
personas te pueden decir eso. Humm, y me retiré.5

La situación que vivió Lourdes en Ciudad Juárez refleja el sentir de muchas activis-
tas que han tomado la iniciativa de promover y luchar por la justicia de las mujeres
en Juárez. La decepción es desgastante ante la falta de salidas al problema donde la
inseguridad y la impunidad permean en un campo de batalla, donde las mujeres que
pretenden organizarse están arriesgando su vida ante la falta de garantías.

La muerte pensada: narrativas artísticas sobre el feminicidio

El feminicidio es un concepto recientemente utilizado en la legislación mexicana6


para abordar y tipificar el delito del “homicidio de mujeres por el simple hecho de ser
mujeres”, evaluando también una serie de fenómenos como la violencia sistémica y
la impunidad en contra de ellas.7
Las miradas artísticas sobre el feminicidio han sido múltiples en México y en
Estados Unidos, llegando a una conjugación de arte con activismo (artivismo) que
permita hacer visible la violencia sistémica ejercida contra las mujeres en condiciones
de vulnerabilidad y de migración en la frontera.

5 Entrevista realizada a la documentalista Lourdes Portillo el día 7 de mayo de 2014 en la Ciudad de

México.
6 La académica feminista y diputada por el partido de la Revolución Democrática, Marcela Lagarde,

encabezó a muchas militantes que consiguieron que se aprobara la “Ley general de acceso de las mujeres
a una vida libre de violencia contra la violencia hacia las mujeres”. Es de suma importancia el Capítulo V:
De la violencia feminicida y de la alerta de violencia de género contra las mujeres. Véanse sus artículos
21-26.
7 Brunori, Alberto (2009). “Presentación”, en Toledo Vázquez, Patsilí, Feminicidio, México: Oficina

de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.


52  •  Paola Suárez Ávila

Lourdes Portillo y Dianne Kahlo representan a una generación de mujeres mexica-


no-americanas que han luchado y pugnado en contra de la injusticia y la impunidad
cuando existe una violencia sistémica contra las mujeres en territorios fronterizos, ya
sean de México o de Estados Unidos. Las narrativas vertidas en sus obras refieren a
un encuentro entre el arte y la política que vuelve representativo el quehacer artísti-
co de mujeres concentradas en defender los derechos de sus congéneres en toda su
extensión.
En relación con el actuar de las mujeres artistas chicanas en una esfera política
y artística, vale la pena destacar las consideraciones de Joan Wallach Scott sobre la
importancia que tienen las mujeres como sujetos históricos y agentes políticos en
la construcción de derechos en la democracia moderna, constituida bajo el ideario de
los principios de libertad, justicia e igualdad.8
La complejidad con la que actúan las feministas chicanas y mexicano-americanas
contemporáneas en la búsqueda por definir los derechos de las mujeres en la retórica
de las democracias contemporáneas liberales de México y Estados Unidos hace críti-
ca su visión en cuanto a la paradoja de los espacios de poder a los que no han accedido
las mujeres, por lo que no han podido ser reconocidas en espacios fronterizos, por
una cuestión racial, de género y/o de condición económica, como ciudadanas con el
derecho pleno a una vida libre de violencia.
Joan W. Scott reflexiona al respecto con el concepto de paradoja que responde a
una crítica de la ortodoxia, desde una perspectiva política, donde las mujeres femi-
nistas han depositado nuevas formulaciones y construcciones epistemológicas para
discutir sobre el individuo dentro de la retórica de los Derechos Humanos en las
democracias modernas.
Scott afirma que en la narrativa del pensamiento feminista es imposible llegar a
una sola forma de aprehensión y formas de observar el mundo y que se proponga una
sola solución a los retos de las sociedad modernas democráticas para conseguir los
derechos de las mujeres como los hicieron los hombres bajo la retórica de la Revo-
lución Francesa, ya que las condiciones son diversas desde una perspectiva histórica
y social, lo que hace que cada grupo enfrente retos particulares en su época, difíciles
de resolver por una sola vía.9
Asimismo, ella acuña que quienes han ideado el sistema político son los que han
vaciado el contenido de las múltiples epistemologías del feminismo para concentrarlo
en un espacio “masculinizado” y/o carente de objetividad frente a una realidad po-
lítica ya impuesta donde las mujeres aún discuten o, mejor dicho, discutimos sobre
nuestro derecho a la ciudadanía.10

8 Scott, Joan W. (2012). Las mujeres y los derechos del hombre. Feminismo y sufragio en Francia,

1789-1944. México: Siglo Veintiuno Editores, p. 12


9 Ibidem, pp. 32-35.
10 Idem.
El muro de los recuerdos…  •  53

Desde esta perspectiva teórica que nos ofrece Joan W. Scott, podemos reflexionar
que el pensamiento feminista chicano contemporáneo tiene una expresión única en
el mundo definido por la identidad de mujeres mexicano-americanas que apelan por
la libertad de derechos y de una vida plena de las mujeres más allá de las fronteras
mexicanas y/o estadounidenses. Considerando la importancia que tiene la experiencia
de la migración y de la asimilación de las mexicano-americanas en una nueva cultu-
ra, de la mexicana a la estadounidense, donde está presente la triple exclusión como
ciudadanas: por cuestión de género, etnicidad y clase.
Las narrativas en contra de la violencia en las propuestas artísticas de las mexica-
no-americanas envuelven nuevos espacios de conocimientos y de experiencias vivi-
das de mujeres que han transformado su vida privada y política durante el proceso
del movimiento migratorio que aún continúa, debido a que las reflexiones en torno
a esta situación las hacen seres políticos que promueven una agencia para transfor-
mar su realidad y la de otras mujeres que han tenido la necesidad de migrar a otros
espacios.
La ciudadanía es un concepto universal que nos plantea retos a la cuestión de los
feminismos surgidos en Estados Unidos bajo la inspiración de pensamiento episte-
mológico de mujeres de origen mexicano o latinoamericano. Las chicanas hacen pre-
sente la discusión sobre por qué algunos individuos han alcanzado plenos derechos de
ciudadanía y otros y otras apenas están pugnando por ellos, reflexionando en puntos
y fenómenos críticos como la violencia sistémica que encubre a los feminicidios de
Ciudad Juárez.
Las narrativas artísticas de las chicanas apelan a los espacios autonómos de cultura
política en donde es posible establecer una relación entre arte y activismo político.
El “artivismo” desnuda nuevas formas de hacer arte impulsadas desde una visión fe-
minista, a partir de las cuales cuestionan las múltiples maneras de ser de las mujeres
y de estar en el mundo con base en las relaciones de género asimétricas del mundo
contemporáneo, así como en la discriminación etno-racial y de clase.
Sobre el acrónimo de artivismo, lo han acuñado artistas como la fotógrafa y dise-
ñadora gráfica Ina Riaskov, de Producciones y Milagros Agrupación Feminista, “el
arte permite tener, sobre todo, un contacto más lúdico y directo con otras personas.
Vemos que por medio del arte muchas veces se pueden comunicar causas y luchas de
una manera más lúdica que un puro activismo de la palabra dura”.11
El artivismo feminista aborda distintos problemas de la colectividad humana y de
las relaciones de género; en este sentido son las artistas chicanas quienes develan la
violencia sistemática ejercida en contra de las mujeres, con el fin de generar nuevos
espacios de discusión y análisis donde las mujeres construyan una vez más sus
identidades, sus problemáticas y sus demandas en una plataforma de acción femi-
nista.

11 Citada por McMasters, 2014.


54  •  Paola Suárez Ávila

Conclusiones

La violencia contra las mujeres es una problemática a nivel mundial, que ha busca-
do distintas resoluciones en retóricas y epistemologías feministas donde las mujeres
activistas, artistas y académicas han depositado distintas reflexiones por medio de la
política, el arte visual y las letras para diseñar, construir y definir nuevos tipos de ciu-
dadanía donde las mujeres puedan combatir la indefensión que tienen ante al Estado
al enfrentarse a mecanismos de violencia sistémica.
En un contexto de migración internacional, las mujeres de la frontera mexicano-
estadunidense, chicanas y mexicanas han lanzado sus demandas y la exigencia para
que sea resuelto el problema del feminicidio y la violencia sistémica en contra de
ellas ejercida desde el Estado y las organizaciones criminales que viven en el espacio
fronterizo entre México y Estados Unidos.
La necesidad de crear nuevos espacios de acción política ha logrado que las muje-
res activistas encuentren un espacio en el arte, para hacer visibles las problemáticas
de las mujeres en condición de marginación, de violencia y de extrema pobreza de
la frontera méxicano-estadunidense. El artivismo es un movimiento mundial que ha
impactado al feminismo desde la década de los setenta del siglo xx para generar
discusiones en torno a la identidad femenina y feminista, enfrentando las retóricas
del sistema patriarcal que las niega en todos los ámbitos de la existencia y la cultura
humana, incluido el arte.
Desde mi perspectiva, el artivismo es un fenómeno importante para el análisis antropo-
lógico ya que es posible estudiar las posibilidades que contiene el perfomance como una
acción cambiante en donde los espectadores y actores promueven reflexiones centradas
en las condiciones contemporáneas de la mujer y su relación con la violencia de género.
La representación de la violencia en el artivismo feminista de Dianne Kahlo y
Lourdes Portillo devela apenas una parte de los sentimientos y las perspectivas políti-
cas de las mujeres chicanas, en donde es posible encontrar nuevos rasgos de liderazgo
femenino y feminista en la búsqueda por la resolución de los crímenes perpetrados
contra mujeres en Ciudad Juárez.
Finalmente, considero que las condiciones de exclusión en diversos ámbitos de la
vida humana de las mujeres migrantes hacen que ellas tengan una visión propia del
mundo, donde el capitalismo y el sistema patriarcal de las democracias modernas en
México y Estados Unidos no han asentado las bases para reconocer el derecho pleno
de la ciudadanía de las mujeres, sobre todo las migrantes, y el respeto a una vida libre
de violencia.

Bibliografía

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nacional “Los debates de la globalización desde una perspectiva de género”.
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Adriana Saénz, Bernardo Pérez y Elizabeth Vivero (coords.). Prototipos, cuerpo,
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Villalpando, Rubén y Gustavo Castillo (2011, enero 2). “Registra Juárez en 2010
la cifra más alta de feminicidios en 18 años”. La Jornada. <http://www.
jornada.unam.mx/2011/01/02/politica/006n1pol> consultada el 5 de mayo
de 2014.

Entrevistas

Ayala, Martina (2013, noviembre 2). Curadora de la exhibición y altar de Muertos


del Mission Cultural Center for Latino Arts. Entrevista personal. San Francisco,
California.
Yañéz, René (2013, noviembre 5). Curador de la exhibición y altar de Día de Muertos
del SOMarts. Entrevista personal. San Francisco, California.
56  •  Paola Suárez Ávila

Portillo, Lourdes (2014, mayo 7). Documentalista y defensora de Derechos Huma-


nos, mexicana radicada en San Francisco, California. Entrevista Personal. Méxi-
co, DF, México.

Material audiovisual

Portillo, Lourdes (Directora) (2001). “Señorita extraviada, missing young woman”


[Documental] México.

Páginas electrónicas

Mission Cultural Center for Latino Arts, <http://www.missionsculturalcenter.org>.


El correlato en la narración…  •  57

EL CORRELATO EN LA NARRACIÓN:
MUJERES Y LUCHAS SOCIALES

Silvia Soriano Hernández*

Ese yo que son ustedes porque


no aguanto ser nada más que yo,
necesito de los otros para mantenerme en pie.

Clarice Lispector

Resumen

Identidad, memoria y narración son los ejes de este artículo que tiene como fin considerar la
pertinencia de un género literario que nació en el contexto de una América Latina colmada de
luchas sociales y proyectos nacionales revolucionarios. La identidad femenina militante y la
memoria que invoca a un recuerdo inmediato de acontecimientos en los que influye y que a su
vez intervienen en la construcción de identidades combinadas son algunas de las reflexiones.
Nos adentramos en recuerdos transformados en palabras orales que a su vez se trasladarán a la
escritura como marco para comprender la construcción del sujeto en femenino, que manifiesta
formas de resistencia, arribando a propuestas que inciden en la creación de un mundo diferente
y por tanto mejor.

Palabras clave: relatos, género, memoria.

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
58  •  Silvia Soriano Hernández

Abstract

Identity, memory and narration are the axis of this article with the goal to consider the relevance
of a literary genre that was born in the context of a Latin America plenty of social revolutionary
struggles and national projects. The militant feminine identity and the memory that invokes an
immediate recollection of events are some of the reflections. We take memories transformed
into spoken words which in turn will move to writing and are framework for understanding the
construction of the female subject, expressing forms of resistance that lead to proposals that
affect the creation of a different and so, better world.

Key words: stories, gender, memory.

Introducción

Considerar la estrecha relación que existe entre la experiencia y el discurso es el obje-


tivo de las siguientes líneas. Acciones que son vivencias, y representaciones que son
las voces de mujeres que se involucran en luchas sociales en diversos espacios. Pero
no cualquier tipo de mujeres, sino aquellas que por distintas razones forman parte de
los grupos marginales. Aquellas que además de ser mujeres son obreras, campesinas
y/o indígenas y que cuentan con identidades múltiples sobre las que tienen mucho
que relatar. Partimos de considerar a las mujeres militantes como sujetos que narran
su propia práctica política con la que expresan opiniones y creencias desde una forma
cotidiana y particular de organizar el lenguaje. El contexto de movilización social
abre escenarios insospechados a muchas de ellas, espacios que se consideraban tra-
dicionalmente vetados, entre otras razones, por ser masculinos, y donde ellas han
descubierto lugares de representación atribuyendo sentido a sus vivencias, con las
que buscan transformar una cotidianidad excluyente. Son mujeres que descubren en
las palabras a una herramienta más de combatividad. Vista como huella profunda
de la militancia, la narración oral es un recurso que refleja el complejo sistema de
símbolos que se construye a partir de la expresión que los sujetos sociales realizan
desde su realidad concreta. Con esta oralidad buscan, a través de su testimonio, sacar
su lucha de lo local para transformarla en la expresión de un nosotros que alcance a
otros más allá de su grupo. Es asimismo un ejercicio que nace desde lo pequeño, lo
particular, pero que rompe ese marco para irrumpir en un ambiente diferente y amplio
que globalice la narración.
Estas mujeres que platican también, por razones diversas, aunque no escriben,
hablan con un tono que refleja el camino trazado a través de la lucha política, que es,
además, personal y colectiva. Si bien sus ideas son presentadas por la palabra hablada,
algún intermediario las trasladará a la escritura y gracias a ese tránsito es que otros
muchos podremos conocerlas. Es, entonces, cierta forma de escritura que surge de lo
oral, pero que no planea quedarse allí dado el mutuo acuerdo de quien narra y de
El correlato en la narración…  •  59

quien escucha. Así, miramos este género como representación de formas de creativi-
dad que combinan la militancia con la denuncia oral para reubicar la lucha fuera de
las fronteras del espacio donde se vive y combate, donde se muere y se persiste.
Asimismo, estamos pensando en las mujeres que juegan cierto papel de liderazgo
y que, al hablar primero para los suyos, fueron hablando más y más para llegar a
otros, y con palabras propias narraban los motivos de su actividad intercalando sen-
timientos personales con añoranzas sobre un futuro que podía, gracias a su accionar,
ser mejor que el presente en que se lucha. No padecen anomia puesto que le ponen
nombre a su experiencia y se atreven a confrontar otras versiones que difieran de sus
narraciones. Su palabra tiene valor porque es verdadera y porque brota de vivencias
de combatividad.

Precisiones metodológicas

Tomar como punto de partida la memoria de mujeres luchadoras sociales que perte-
necen a grupos y/o etnias consideradas como subalternas1 confiere cierta peculiaridad
metodológica que debemos precisar. Por una parte, la cuestión de la identidad es
central. En una investigación sobre el movimiento indígena en el Ecuador, Guerrero y
Ospina2 señalan que los marcadores identitarios son aquellos elementos socialmente
reconocidos como identificaciones públicas de la pertenencia de una persona, en este
caso, al mundo indígena, en el contexto particular del espacio andino, pero que sin
duda se extiende a otras regiones de América Latina; esto significa que, producto de
diversos procesos y momentos, ciertos sectores de la población indígena fueron afir-
mando “su identidad india por encima de sus circunstancias profesionales o de clase,
[considerándola] una opción de vida”, aspecto atractivo en la medida en que es su
propia sociedad la que los excluye y discrimina precisamente por su condición étnica.
El recurso de la identidad étnica se vuelve factor de cohesión política con el objetivo

1 Es inevitable hacer referencia a Chakravorty Spivak y su muy citado texto sobre la posibilidad del

subalterno de hablar, véase la traducción al español en “¿Puede hablar el subalterno?” Revista colombiana
de Antropología, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, vol. 39, enero-diciembre, 2003, Bo-
gotá, Colombia, pp. 297-364, donde adelanta lo siguiente: “Este texto se moverá, a lo largo de una ruta
necesariamente dilatada, de una crítica a los actuales esfuerzos en Occidente de problematizar al sujeto
hacia la pregunta de cómo es representado en el discurso occidental el sujeto del tercer mundo. A lo largo
del camino tendré la oportunidad de sugerir que un descentramiento aún más radical del sujeto está, de
hecho, implícito en Marx y Derrida. Y recurriré, quizá de manera sorprendente, al argumento que la pro-
ducción intelectual occidental es, de muchas formas, cómplice de los intereses económicos internacionales
occidentales. Al final, ofreceré un análisis alternativo de las relaciones entre los discursos de Occidente
y la posibilidad de hablar de (o por) la mujer subalterna. Usaré ejemplos específicos del caso de la India,
discutiendo detalladamente el estatus extraordinariamente paradójico de la abolición británica del sacrifi-
cio de la viuda”, p. 301.
2 Fernando Guerrero y Pablo Ospina, El poder de la comunidad. Ajuste estructural y movimiento indí-

gena en los Andes ecuatorianos, Clacso, Buenos Aires, 2003.


60  •  Silvia Soriano Hernández

de interpelar a otros sectores de la sociedad. Esta táctica lleva implícita una toma de
conciencia de sí mismo, del ser que se diferencia para reconocerse. Reflexión que
nos conduce a una realidad social que tiene representaciones subjetivas dando sentido
a las acciones, así como acciones que estructuran una realidad.

De ahí la necesidad e importancia de combinar diferentes formas de acercamiento, o


bien de privilegiar los enfoques correspondientes a la investigación cualitativa. Estos
últimos, cuya preocupación central es conocer e interpretar “la subjetividad de los su-
jetos”, buscan comprender el punto de vista de los actores de acuerdo con el sistema
de representaciones simbólicas y significados en su contexto particular. Por ello, estos
acercamientos privilegian el conocimiento y comprensión del sentido que los individuos
atribuyen a sus propias vivencias, prácticas y acciones. El supuesto fundamental consiste
en considerar que los comportamientos humanos son resultado de una estructura de re-
laciones y significaciones que operan en la realidad, en un determinado contexto social,
cultural e ideológico, realidad que es estructurada o constituida por los individuos, pero
que a su vez actúa estructurando su conducta.3

Es con estas narraciones que comprendemos el punto de vista de actores vinculado


a ciertas representaciones que emanan de un contexto particular en el que se desen-
vuelven estas protagonistas. Sus palabras hiladas como narración reflejan un conoci-
miento de su realidad circundante en la que buscan influir a la par de que son influidas
por ésta. Las emociones también son parte del conocimiento y se transmiten al mismo
tiempo que se habla de una huelga, de una marcha o de la organización sindical, de la
violencia y la resistencia, del miedo y la esperanza. Como es su experiencia vivida,
sólo pueden retratar situaciones que les pertenecen en la memoria y en la palabra: la
narradora habla de sí misma al tiempo que lo hace de sus compañeros y compañeras,
de la represión y la persistencia. Al leer los enunciados, arribamos a un proceso de
análisis que nos conduce a conocer para asir, a profundizar una realidad que no es
extraño que nos sea ajena pero a la que logramos desentrañar para penetrar en una
interpretación dialógica y permanente.
La identidad forma parte de una valoración intersubjetiva y relacional. La memo-
ria también tiene sus vericuetos. Aquí tomamos como base las propuestas de Paul
Ricoeur a propósito de la memoria y el testimonio.4 En su nota de orientación sobre
la fase documental vista como la memoria archivada, hace la siguiente precisión:
cuando pasa del espacio-tiempo histórico a las cosas dichas del pasado, va a avanzar
de la memoria declarada sobre el pasado, esto es, el testimonio que implica un com-
promiso del testigo que da su palabra a quien la recibe y “ese momento es aquel en

3 Ivonne Szasz y Susana Lerner (compiladoras), Para comprender la subjetividad. Investigación cuali-

tativa en salud reproductiva y sexualidad, El Colegio de México, 1999, México, p. 13.


4 La memoria, la historia, el olvido, fce, segunda edición, Argentina, 2010, pp. 189 y ss.
El correlato en la narración…  •  61

que las cosas dichas pasan del campo de la oralidad a la escritura, que la historia no
abandonará ya nunca”. Lo profundizaremos más adelante.
Después de comprender lo que significa la identidad étnica, la subjetividad de estas
mujeres y la fuerza de sus palabras recreadas por sus recuerdos de militancia, preci-
samos que retomaremos algunas de las ideas que expresaron en diferentes momentos
y escenarios ciertas mujeres indígenas. Algunas de las frases me fueron dichas en
alguna estancia de investigación en Guatemala y en Chiapas, pero el resto, como se
verá en la fuente, fueron resultado de otras entrevistas que he recuperado de varias
lecturas.
Las frases de las mujeres son el punto de partida (y de llegada) para incorporar
una reflexión sobre esta memoria de lucha que es narrada por militantes que saben
que recordar y contar son un binomio. Sus voces son públicas no sólo porque suelen
tener un papel de dirección al interior de su propio movimiento social, sino porque al
hablar frente a un mediador sabían que serían escritas y difundidas más ampliamente.
A pesar de que su experiencia es personal, en la medida que se deben a un colectivo,
sus reflexiones son propias y fusionadas entre lo individual y lo grupal.

La memoria vuelta narración

¿Quién puede recordar y para qué hacerlo? ¿Cómo recuperar esos recuerdos que
pertenecen a un presente de organización social de mujeres que no escribirán su ex-
periencia? ¿Quién sería el intermediario que ayudaría en esa recuperación y posterior
difusión? Cuando Carlo Ginzburg se propuso investigar sobre las clases subalternas
afirmó que:

Aun hoy día la cultura de las clases subalternas es una cultura oral en su mayor parte.
Pero está claro: los historiadores no pueden entablar diálogo con los campesinos del
siglo xvi (además, no sé si les entenderían). Por lo tanto, tienen que echar mano de fuen-
tes escritas (y, eventualmente, de hallazgos arqueológicos) doblemente indirectas: en
tanto que escritas y en tanto que escritas por individuos vinculados más o menos abier-
tamente a la cultura dominante. Esto significa que las ideas, creencias y esperanzas de
los campesinos y artesanos del pasado nos llegan (cuando nos llegan) a través de filtros
intermedios y deformantes. Sería suficiente para disuadir de entrada cualquier intento de
investigación en esta vertiente.5

Tener esa claridad no lo disuadió de claudicar y logró su importante libro El queso y


los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo xvi. Con ese telón de fondo, re-

5 Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un minero del siglo xvi, Océano, México,

1997, p. 4.
62  •  Silvia Soriano Hernández

flexionemos en la importancia de quienes expresan sus ideas, creencias y esperanzas a


través de una fuente intermediaria que podría ser deformante. Estas clases subalternas
que han hecho suya la importancia del colectivo suelen ser aquellas que hablan por
sí mismas; por lo regular y durante largas centurias, otros hablaron por ellas, otros
decían ser sus portavoces,6 y aunque pudiesen tener el atributo de la palabra, trasla-
darla a un papel es otro obstáculo que sortear. Veamos entonces el vínculo que puede
establecerse entre quien habla y escucha para después escribir. Como una relación
entre diferentes conduce a entablar un canal de comunicación en el que, a pesar de
que no contenga los mismos códigos, se puede emprender un diálogo donde una
de las premisas sea el valor de la palabra oral que se trasladará a la escritura.
Otra precisión importante: en América Latina se ha dado un estallido en lo referen-
te al tema de la memoria. Este boom se vincula fundamentalmente con la creación de
las diferentes comisiones de la verdad que se instituyeron en un escenario conside-
rado postconflicto. La representación del pasado suele estar matizada por la sangre,
el dolor, las ausencias, la falta de justicia y muchas preguntas sobre la justeza de una
lucha, emprendida mayoritariamente por jóvenes de ambos sexos, y por la respuesta
desmesurada del régimen, prevaleciendo el militar, aunque no exclusivamente. Vol-
vemos a Ricoeur cuando señala que uno de sus temas cívicos más reconocidos es la
“idea de una política de la justa memoria” dado el “inquietante espectáculo que dan
el exceso de la memoria aquí, el exceso de olvido allá”.7 Los años de represión, de
violencia, de sistemática violación a los derechos humanos de cientos de miles de per-
sonas, militantes o no de organizaciones consideradas de izquierda, tanto por la vía
armada como por los pocos resquicios que dejaban las fuertes dictaduras militares,
conducen por una senda de la memoria que carga grandes resentimientos y pocos
caminos de resarcimiento.
Este texto apunta en otro sentido. La memoria no será vista como el reflejo de atro-
cidades, que si bien están presentes, no inclinan la balanza hacia allá. En este tenor, no

6 Un interesante estudio acerca de los indígenas organizados en Ecuador sobre la ventriloquía es el de

Andrés Guerrero. En ese complejo proceso de ciudadanía y de representación nos dice: “En un sistema
ciudadano de exclusión, en el cual los dominados quedan relegados a un ámbito contingente, ni público ni
privado, se presenta una pregunta. ¿Cuáles son los canales por los que se establece la comunicación entre
el Estado y las poblaciones? Es decir, ¿de qué manera son representadas en lo público-estatal? ¿Cómo
intervienen los ciudadanos en este proceso de representación de los ‘sujetos’?” (Etnicidades, Flacso sede
Ecuador, Quito, 2000, p. 47). Asimismo, el autor afirma que durante décadas, las aspiraciones y propuestas
de los indios de la sierra eran trasmitidas por otros: la Iglesia católica, los militantes comunistas y quienes
se sintieran con el deseo de expresar lo que creían que pensaban esos otros. Este proceso de ventriloquía
llegó a su fin en el momento en que los indígenas de Ecuador se posicionan como sujetos políticos, cuando,
tras una impresionante manifestación nacional en 1990, obligaron a los poderes a negociar con ellos. Así,
añade: “Este hecho, la difusión masiva de la negociación y las intervenciones de los dirigentes indígenas,
trastocó el imaginario nacional. Por primera vez en la historia de la República, los ecuatorianos miraban
(presencia física y discursos) a indígenas afirmar sus propios planteos y negociar mano a mano y en público
con los grandes poderes reales: los representantes del gobierno, de los terratenientes y de los industriales;
de la iglesia y los militares” (p. 50).
7 Op. cit., p. 13.
El correlato en la narración…  •  63

es un recuento de daños sino una narración de combatividades varias que no reflejan


la individualidad y que, al cuestionar el orden imperante, apuestan por el cambio
social y económico del entorno donde se milita. Son entonces voces colectivas que
se expresan por un sujeto particular, como dijera Miguel Barnet: el narrador idóneo.8
Por esto combinamos la posibilidad de darle más peso a la reflexión que guarda la
memoria, como menciona Susan Sontang a propósito de estos tópicos que sugirieron
después de mirar fotografías que retratan la guerra:

Las imágenes dicen: esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizá se ofrez-
can a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo. No lo olvides.
   Esto no es exactamente lo mismo que pedirle a la gente que recuerde un ataque de
maldad singularmente monstruoso. (“Nunca olvides”.) Quizá se le atribuye demasiado
valor a la memoria y no el suficiente a la reflexión. Recordar es una acción ética, tiene
un valor ético en y por sí mismo. La memoria es, dolorosamente, la única relación que
podemos sostener con los muertos. Así, la creencia de que la memoria es una acción
ética yace en lo más profundo de nuestra naturaleza humana: sabemos que moriremos y
nos afligimos por quienes en el curso natural de los acontecimientos mueren antes que
nosotros: abuelos, padres, maestros y amigos mayores. La insensibilidad y la amnesia
parecen ir juntas. Pero la historia ofrece señales contradictorias acerca del valor de la
memoria en el curso mucho más largo de la historia colectiva. Y es que simplemente hay
demasiada injusticia en el mundo. Y recordar demasiado... nos amarga. Hacer la paz es
olvidar. Para la reconciliación es necesario que la memoria sea defectuosa y limitada.9

Es en este sentido que el pasado que se narra por estas mujeres militantes forma parte
del presente; no es una memoria que atrapa la injusticia, sino que la deja correr
sin detenerse; es un recuerdo que continúa vigente cuando se testimonia. Lo que Ri-
coeur distingue sobre las experiencias relativas a la profundidad temporal: cuando el
pasado se adhiere de alguna forma al presente y cuando el pasado se reconoce como
tal en su dimensión de pasado.
A propósito de la verdad y la mentira, dice Sissela Bok que la tradición griega pre-
socrática asemejaba lo que se recordaba con la verdad, de allí que la oralidad fuese el
mecanismo de triunfar contra el olvido: “La tradición oral exigía que la información
fuese memorizada y repetida, a menudo en canciones, para que no se olvidara”.10 De
esta forma se podían corear desde las genealogías de los dioses hasta consejos acerca
de la salud; la repetición de boca en boca garantizaba el recuerdo y, por tanto, lo que
se decía constantemente era considerado como verdadero.

8 Véase La fuente viva, Editorial Letras Cubanas, Cuba, 1983.


9 Susan Sontang, Ante el dolor de los demás, Punto de Lectura, segunda edición, España, 2005, p. 132.
10 Sissela Bok, Mentir. La elección moral en la vida pública y privada, unam/fce, México, 2010,

p. 35.
64  •  Silvia Soriano Hernández

Abrevar de lo oral para conseguir una publicación ha existido desde tiempos le-
janos y no es nuestro objetivo detenernos en el tema. Lo que sí pretendemos es con-
siderar la peculiaridad que en América Latina ha enriquecido este género. Diversas
manifestaciones nacidas de lo oral se han transformado en libros. Aquella a la que
Miguel Barnet llamó la novela testimonio dada su singularidad de surgir de un bi-
nomio: un hombre y/o una mujer que le narraba al gestor (en este caso Barnet) su
historia personal englobando tanto a otras personas como hechos históricos que retra-
taban una época. La Biografía de un cimarrón, primero, y Canción de Rachel,11 poco
después, fueron analizadas por su propio creador como una fuente viva. La memoria
privilegiada de Esteban Montejo (esclavo y después cimarrón) y de Rachel (vedette
de los años veinte) que unían a sus vivencias episodios concretos de la realidad cuba-
na, a los que el editor añadió cierta dosis de ficción. Fue así como, con su escritura,
rompía la tenue frontera que separaba lo verídico de lo imaginario señalando que
surgía una literatura de fundación cuyo escenario se recreaba de un mundo tan real
como irreal. “La novela-testimonio debía ser un documento, a la manera de un fresco,
reproduciendo o recreando […] aquellos hechos sociales que marcaran verdaderos
hitos en la cultura de un país”.12
La militancia política haría brotar, años después, otras manifestaciones con un
origen similar pero con una intencionalidad totalmente divergente. A decir de Renato
Prada, sería el testimonio caracterizado por un discurso con un fuerte enunciado el
que daría pie a lo que él llamó discurso testimonio,13 considerado como un relato
con una enunciación enunciada puesto que el sujeto del enunciado es el sujeto de la
enunciación. Seguimos con Prada cuando afirma que es un discurso verbal en primera
persona “cuya intención explícita es la de brindar una prueba, justificación o compro-
bación de la certeza o verdad de un hecho social”. Los hechos narrados brotan de una
causalidad política, cuentan con una manipulación de mecanismos literarios propios
de otros discursos, por lo que no tienen una intencionalidad estética (entre la verdad
y la belleza, escogen la primera) y tienen un valor de praxis inmediata ya que narran
movimientos libertarios en curso; así, la actualidad conlleva compromiso.14

11 Véase Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón, Siglo XXI Editores, México, 1968; y Canción de

Rachel, Ediciones Unión, La Habana, 1969.


12 Miguel Barnet, La fuente viva, Editorial Letras Cubanas, Cuba, 1983.
13 “Ahora bien, la evolución literaria latinoamericana, al menos en lo que a la narrativa se refiere,

presenta en nuestros días, al lado de una literatura testimonial (novelas, cuentos, crónicas) y documental,
una manifestación discursiva cada vez más tenaz y significativa: el testimonio o, como preferimos llamarlo
nosotros, el discurso-testimonio” (Renato Prada, El discurso testimonio y otros ensayos, Coordinación de
Difusión Cultural-unam, México, 2001, p. 13).
14 Citaremos sólo dos ejemplos de libros que recogen el testimonio de mujeres que comparten varios

rasgos en común: ser pobres y ser militantes. Domitila Barrios de Chungara, mujer boliviana casada con
un minero y que organizó a las esposas de los mineros en torno a una de las estructuras sindicales obreras
más poderosas del continente durante los años ochenta, la Central Obrera Boliviana. El Comité de Amas
de Casa se convirtió en el brazo femenino de los obreros mineros que tras un arduo proceso de politización
ensayaron estrategias comunes, donde la represión aparecía de diferentes formas: cárcel, asesinato, destie-
El correlato en la narración…  •  65

Por su parte, John Beverley planteó que el testimonio como género latinoameri-
cano tendió a desestabilizar las fronteras disciplinares: “yo veo el testimonio como
modelo de una nueva forma de política, que también significa una nueva forma de
imaginar la identidad de la nación”.15 Abunda en que las voces de estos testimonios
son aquellas que han sido excluidas de las representaciones oficiales y son repre-
sentativas de un grupo o clase social; por ello, es una afirmación de lo individual
en lo colectivo. Regresamos a Ricoeur cuando afirma que el testimonio constituye
la estructura fundamental de transición entre la memoria y la historia, y la memoria
considerada asimismo en su estadio declarativo.
El primer cuestionamiento que se le puede hacer es su fiabilidad; por ello, el filóso-
fo francés señala que “la sospecha aparecerá a lo largo de una cadena de operaciones
que comienzan en el plano de la percepción de una escena vivida, continúa en el de
la retención del recuerdo, para concentrarse en la fase declarativa y narrativa de la
restitución de los rasgos del acontecimiento”.16 Es entonces la unión entre la escena
vivida y el narrador que se vale de sus recuerdos para declarar cómo sucedieron los
hechos. La frontera entre la ficción y la realidad debe estar perfectamente delimitada.
El testigo, al narrar, pide que se le crea, pero al aceptar su verdad existe la posibilidad
de que sea confrontado con otras versiones sobre el mismo hecho y él pueda mantener
su historia. Nos enfrentamos al valor de la palabra. Cuando el testimonio es narrado

rro, exilio, tortura, golpeando por igual a hombres y a esposas de mineros. Domitila narró sus propuestas
políticas en diversos foros enfatizando que su experiencia no era individual sino que pertenecía al colectivo
del cual ella formaba parte; un yo social, le llama Prada. Su expresión oral llegó a la escritura gracias a la
intermediación de la brasileña Moema Viezer. Como prueba de su amplia difusión podemos mencionar
las muchas traducciones que se realizaron de ella así como las diversas ediciones, gracias a lo cual la
lucha minera salió de las fronteras bolivianas. La otra es Rigoberta Menchú Tum, indígena guatemalteca
militante, junto con su padre, del Comité de Unidad Campesina, organización, como su nombre lo indica,
de campesinos, pobres, ladinos e indígenas. Menchú, forma parte de ese sector social que además de ser
pobre, indígena y mujer, encuentra una razón de su ser en la militancia campesina en un contexto de guerra
con los ya conocidos efectos de la represión: cárcel, asesinato, masacres, exilio. En esta experiencia quien
tomó el papel de trasladar lo oral a lo escrito fue la venezolana Elizabeth Burgos; el libro también fue
traducido a varios idiomas y se sigue editando. Para este libro en particular es necesario mencionar que su
testimonio fue cuestionado por David Stoll, el antropólogo estadounidense que acusó a Menchú de falsear
parte de su historia. Mencionamos que estamos al tanto del debate aunque este no es el espacio para con-
templarlo. Ambos trabajos dieron forma a importantes obras que podemos considerar como una irrupción
en un escenario de lucha con un predominio masculino de voces.
15 También aporta una definición del testimonio en el contexto latinoamericano de luchas sociales: “Por

testimonio me refiero a una narración con la extensión de una novela o una novela corta, en forma de libro
o panfleto (esto es, impresa y no acústica), contada en primera persona por un narrador que es también el
verdadero protagonista o testigo de los sucesos relatados, y cuya unidad narrativa es por lo general una
‘vida’ o una experiencia significativa de vida [...] dado que el testimonio es, por naturaleza, una forma
proteica y demótica que aún no está sujeta a las leyes de un sistema literario normativo, cualquier intento
–como el mío en este ensayo– por adscribirle una definición genérica resulta, en el mejor de los casos,
provisional y, en el peor de ellos, represivo” (John Beverley, Testimonio: sobre la política de la verdad,
Bonilla/Artigas Editores, México, 2004, pp. 22-23). Cabe aclarar que la definición de Prada se publica en
2001, mientras que la de Beverley apareció en 1989.
16 Op. cit., p. 209.
66  •  Silvia Soriano Hernández

(todavía siguiendo a Ricoeur), sólo puede ser conocido por quien(es) escucha(n), de
allí que sea limitado a pocos pero, cuando pasa a ser escrito, su difusión es mucho
mayor: “El testimonio es originalmente oral; es escuchado, oído. El archivo es escri-
tura; es leído, consultado”.

Cuando el lenguaje es simbolismo

Mientras sigamos en el sistema actual, siempre las cosas van a ser así. Por eso me parece
tan importante que todos los revolucionarios ganemos la primera batalla en nuestro ho-
gar. Y la primera batalla a ganar es la de dejar participar a la compañera, al compañero,
a los hijos, en la lucha de la clase trabajadora, para que este hogar se convierta en una
trinchera infranqueable para el enemigo. Porque si uno tiene el enemigo dentro de su
propia casa, entonces es un arma más que puede utilizar nuestro enemigo común con
un fin peligroso. Por esto es bien necesario que tengamos ideas claras de cómo es toda
la situación y desechar para siempre esta idea burguesa de que la mujer debe quedarse
en el hogar y no meterse en otras cosas, en asuntos sindicales y políticos, por ejemplo.
Porque, aunque esté solamente en la casa, de todos modos está metida en todo el sistema
de explotación en que vive su compañero que trabaja en la mina o en la fábrica o en lo
que sea, ¿no es cierto?

Domitila Barrios de Chungara

El párrafo introductorio de este apartado es una muestra de cómo las palabras de esta
luchadora social se vuelven simbolismo de un mundo posible. Dichas en la década de
los ochenta del siglo pasado, cobran particular relevancia en la mayoría de los países
latinoamericanos, en un contexto donde, si bien ha habido grandes cambios, la participa-
ción política de las mujeres de clases subalternas sigue siendo asignatura pendiente, pero
siempre hay aquellas que saltan las trancas y son a las que nos referiremos en adelante.
Una vez que hemos clarificado el escenario en el que nos movemos, vamos a re-
forzar lo dicho hasta ahora ejemplificando nuestra propuesta con algunos testimonios
de mujeres. Antes de ello, volvamos al rol de mediador.
Es importante subrayar de quién es la voz narrativa. No es la intelectual quien ha-
bla por la subalterna, es esta misma hablando a través de la pluma de una intermedia-
ria que escribe; es el diálogo entre la escritura y la oralidad lo que queremos retomar.
Ante las críticas que se hicieron al testimonio por poner el peso preponderante en
el interlocutor, considerándolo como una “narración mediada”, Beverley señala que
“ninguno de los participantes tiene que cancelar su identidad como tal”. Entonces, la
unidad y la diferencia se establecen por el canal de solidaridad y/o simpatía que pue-
de existir entre ambas; ninguna de ellas se cancela porque su relación es simbiótica.
Los recuerdos de la narradora seguramente están presentes, pero también suele ser
necesario buscarlos.
El correlato en la narración…  •  67

Regresamos a Ricoeur cuando precisa una diferencia en torno al recuerdo. Lo con-


sidera desde dos perspectivas: por un lado, como aquel que aparece y que por tanto es
visto en forma pasiva; por otro, como aquel que se busca y al que llama rememora-
ción, recolección. En este trabajo nos referiremos fundamentalmente al segundo que
no está alejado del primero. La narradora como luchadora social será apoyada por
la intermediaria para buscar aquellos pasajes que nutren su militancia política, va a
encontrarlos en forma activa, pero a la par aparecerán aquellos pasivos que redondean
el recuerdo. Esto significa que al tratar de encaminar a la memoria por un sendero,
otras veredas se irán cruzando y se incorporarán o se desecharán de acuerdo con la
manera en que se va tejiendo la narración. No existe una frontera intransitable entre
lo nuestro, lo propio y/o lo de ellos.

La amplia designación cultural-nacional de la cultura europea como la norma privilegia-


da conlleva una formidable serie de otras distinciones entre lo nuestro y lo de ellos, entre
lo propio y lo impropio, entre lo europeo y lo no europeo, entre lo más alto y lo más bajo:
pueden ser encontradas por todas partes, en materias y cuasimaterias como la lingüística,
la historia, la teoría racial, la filosofía, la antropología y hasta la biología. Pero la razón
principal para mencionarlas aquí es la de sugerir cómo en la transmisión y permanencia
de una cultura existe un continuo proceso de refuerzo, por medio del cual la cultura
hegemónica se arrogará a sí misma las prerrogativas dadas por su sentido de la identidad
nacional, por su poder como instrumento, aliado o rama del Estado, por su corrección,
por sus formas exteriores y por las afirmaciones de sí misma. Y, lo más importante, por
su poder vindicado como una victoria sobre todos menos sobre sí mismo.17

La importancia de la cita de Said es múltiple: las humanidades pueden estar permea-


das de intencionalidades subjetivas que a menudo no se consideran contaminantes de
las ciencias sociales e incluso a la biología, que el mismo autor cita; por otro lado,
ese continuo proceso de refuerzo entre la cultura hegemónica que se imagina como
la vencedora en todas las lides.
La distinción entre lo nuestro y lo de ellos es probablemente lo más significativo de
las ideas de quien escribe. La cultura europea vista como la alta, como lo propio y de-
más distinciones que la colocan por encima de cualquier cultura popular. Esa identidad
nacional tan abstracta y difusa que se pretende ubicar por sobre cualquier otra manifes-
tación simbólica del deber ser y lo prohibido, lo que se permite y lo que se castiga.
Estas culturas no hegemónicas de las que hemos venido hablando sobrevivieron
gracias a un contexto de lucha social que impregnaba la música, la poesía, las cien-
cias sociales y diversas disciplinas que estaban marcadas por la esperanza de que un
cambio político era no sólo deseable, sino posible. Penetramos en esas narrativas más

17 Edward Said, El mundo, el texto y el crítico, Cuadernos de los Seminarios Permanentes, ccydel-
unam, México, 2004, p. 28.
68  •  Silvia Soriano Hernández

pequeñas que nacen desde un horizonte que está matizado por la lucha social y que
emergen desde lo local para convertirse en expresiones amplias de la problemática
por la que atraviesan múltiples personajes que suelen ser poco visibles, ahora acom-
pañados de un otro que, de cierta forma, se introduce en un espacio que le es ajeno
pero con el que teje un lazo de solidaridad y al hacerlo vuelca lo local hacia lo global.
No perdamos de vista que quien habla narra lo que ha vivido, lo que ha visto, lo que
conoce. Por ello, su relato es una apuesta por el cambio, porque en su vida prevalece
la injusticia, y eso puede y debe terminar. Lo anterior sólo es posible si existe una
organización desde la cual se alcance a transformar la sociedad. Son mujeres que se
construyen como sujetos sociales en la toma de conciencia, de la resistencia frente
a diversos poderes que se muestran como intocables, inalcanzables, inmutables y
eternos. Pero ellas los cuestionan y sus palabras se convierten en herramientas que al
interpelar buscan romper para edificar. Son creadoras de sentidos.

La organización y el racismo

Candelaria es una mujer indígena quiché de Guatemala que narra la importancia de


estar organizada en un contexto de fuerte represión. Los largos años de guerra e
intimidación dieron pie a formas creativas de unidad para hacer frente al terrorismo
de Estado. Entre otras ideas, nos relata cómo las mujeres van abriendo su horizonte
al mirar que también las mujeres pueden hacer muchas de las actividades realizadas
tradicionalmente por hombres. Aunada a la violencia estaba la preocupación de que
no sólo los hombres pueden organizarse. Del miedo a la inseguridad y la falta de
comprensión ante la violencia sexual, transitó a integrarse a un grupo que le diera la
fortaleza necesaria para sobrellevar lo que, como ella, muchas otras mujeres vivían.

Yo comencé a trabajar en una organización de la iglesia, que hay de muchas. Nosotras


formamos grupos de mujeres más amplios que los hombres. Ellos eran de comités de
una iglesia y las mujeres casi no, las mujeres siempre decían que no podemos, que no
sabemos nada. Pero entonces, cuando yo crecí pues me gustaba participar. Aunque mi
papá es pobre, apenas pudieron regalarme dos años en la escuela, entonces con esos
dos años de escuela, ya entendía algunas palabras, caligrafía y a escribir algunas letras.
Entonces ya con eso pues me gustaba participar. Estaba la iglesia y nos animamos con
las mujeres, nosotras también podemos participar dentro de un servicio religioso que
lo celebran los hombres sábado o domingo, cantan, rezan y entonces, nosotras también
podemos rezar y podemos cantar y así nos fuimos animando las mujeres... Primero me
integré a organizarme por la Iglesia y luego me integré a conavigua,18 pues ya es más
grave nuestro problema, porque el problema, ahí ya cuando llegamos, es bien fuerte de

18 Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala.


El correlato en la narración…  •  69

las violaciones en contra de las mujeres por medio de los expatriados que eran patrullas
en ese momento, comisionados militares. Y las mujeres, ¿a quién vas? ¿Cómo vas a
quejarte? ¿Cómo que dejarte hacer lo que quisieron hacer contigo? Entonces era muy
fuerte esa violencia por parte del ejército contra las mujeres. Teníamos miedo de por sí,
de esta gente del ejército y de las patrullas que son unas gentes que se formaron con una
mentalidad de los mismos del ejército. La guerrilla molestaba en algunas ciudades, sí,
pero digamos que el que más fue fuerte fue el ejército, mucho más fuerte el ejército. Es
lo que más miedo dio y eso fue terror para toda la población.19

Blanca Chancoso es una mujer quichua de Ecuador, país donde surgió una de las
más importantes organizaciones indígenas en el continente latinoamericano, la Con-
federación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (conaie). Ella introduce en sus
reflexiones la realidad de muchas mujeres indígenas que se encuentran limitadas por
condiciones objetivas y particulares que forman parte de un entramado social que es
difícil de cuestionar. Su narración nos conduce al interior de vidas que desafían el
espacio asignado y que buscan por diferentes medios introducirse en la militancia
pero sin pretender dejar de ser madres, esposas, mujeres. Sus palabras también nos
ayudan a repensar la perspectiva de género que debe enmarcarse en un contexto par-
ticular, en este caso rural, indígena, y cómo sus reivindicaciones nacen desde allí para
abarcar otros horizontes. Pueden experimentar formas novedosas de organización
producto de nuevas relaciones que se tejen en un contexto de miedo (a la aceptación
masculina, por ejemplo) y esperanza (de que la militancia y el cuidado de los hijos
sean actividades compartidas).

[…] nosotras las mujeres de que tenemos el hijo, el esposo, o sea, ser esposa, ser mujer,
ser todas esas cosas [que] no se facilitan los otros espacios, entonces qué tipo de reivin-
dicación vamos dar para yo poder estar en todos los espacios sin dejar de ser lo otro,
sin negar el derecho a la integridad familiar. Por ejemplo, porque puede ser, es cierto, que
también una pareja en este mundo, por cualquier razón no van juntos a la eternidad, en
cualquier momento se corta, pero eso es otra cosa, el problema es que también fraca-
san cuando se están en estos otros niveles, los fracasos se dan por estar participando,
entonces cómo hacer eso. Es como que uno se niega el derecho incluso a ser feliz, a ser
pareja, esto sí es preocupante. Yo por eso digo: si la violencia esta generada por no
entender esta cosa, y para evitar que mi marido me pegue, para evitar que mi marido
me eche de la casa, mejor entonces me quedo aquí nomás; no es cierto, y sigan nomás
o les acompaño pero ahí nomás, porque si no mi marido no me va a dejar. Nunca dicen
“mi mujer no me va a dejar”, dicen “mi marido”. Ese es el problema, porque si fuera

19 Entrevista a Candelaria, militante de conavigua, realizada en la ciudad de Guatemala el 22 de julio

de 2002
70  •  Silvia Soriano Hernández

por la mujer no estuvieran los hombres donde están, entonces es en eso donde yo me
pongo a pensar y digo “es un reto”, porque tenemos que tratar de ver que no sea espa-
cio sólo para mujeres de esa naturaleza, sino que sea para todas, en esos términos que
tengamos que conocer la situación, pero ¿cómo?, tenemos que inventar la forma y de
ahí, ahí deberían de ser las reivindicaciones de las mujeres más que las reivindicaciones
del derecho a ser presidenta, yo creo que más bien tiene que ser en la búsqueda de esta
situación, la que nos permite, nos facilite para los otros espacios.20

Rosa Dueñas llegó a Lima a los 11 años con su familia, procedente del campo, huyen-
do de la violencia, sin trabajo, sin un lugar donde vivir y sin hablar castellano. Cuando
alcanzó una edad adulta, Dueñas se incorporó como secretaria de Asuntos Femeninos
de la Confederación General de Pobladores del Perú (cgpp), pero conocedora de las
limitaciones que se tejen sobre las mujeres en una organización mixta. Estas mujeres
pobres e inmigrantes a Lima suelen estar solas ya sea porque son madres solteras,
viudas o abandonadas, con lo que la responsabilidad sobre sus hijos recae sólo en
ellas. Por lo demás no es extraño que tengan enfermedades crónicas y que, como ella
señala, los niños vayan llegando a sus vidas sin ninguna planeación. Habla del racis-
mo, de la religión y de la incomprensión a los que hizo frente con muchas dificultades
y grandes dosis de soledad.

[...] yo no hablaba castellano y viviendo acá rápidamente aprendí a avergonzarme de


ser indígena. La discriminación contra la “serrana” en Lima, nos agreden contra todos
los aspectos de nuestra vida: cómo nos vestimos, nuestro lenguaje, nuestra comida,
nuestra música y nuestro baile.

¡Y los niños! Nuestras vidas están siempre llenas de niños.

Hasta donde puedo hacer memoria, yo rezaba el Rosario todos los días. Pero cuando vine
a Lima y me hice activista política, pensé que no necesitaría del cristianismo más, que
la práctica religiosa simplemente nos alejaría de la cruda realidad que estamos luchando
por cambiar. Llegué a ser una dirigente política, pero encontré tantas contradicciones,
tanta lucha interna, tanto rechazo ¡porque yo era una mujer que decía las cosas! Encuen-
tras que no tienes a dónde ir, nadie quien te entienda, ni un lugar donde refugiarte.21

20 Entrevista a Blanca Chancoso realizada por Fernando García. Proyecto comparativo entre el mo-

vimiento indígena y el movimiento de mujeres en el Ecuador, Quito, Flacso, 25 de julio de 2003, no


publicado. Fondo Documental/Narrativas de Mujeres Indígenas/Flacso/Ecuador. Puede verse la versión
electrónica en <http://www.flacso.org.ec/html/fondo_muj_ind.html>.
21 Juan José Mosca y Luis Pérez Aguirre, Derechos humanos, pauta para una educación liberadora,

Ediciones Trilce, segunda edición abreviada, Montevideo, 1985, p. 230.


El correlato en la narración…  •  71

Micaela es una mujer indígena tzetzal de Chiapas quien tomó nuevas ideas de los
zapatistas. Por un lado, comenzó a buscar otra vida lejos de su comunidad. Muchas
veces suele idealizarse ese espacio que para la gran mayoría de las mujeres es bas-
tante opresivo y si bien a nivel individual algunas lo cuestionan y se van fuera, llegar
a un planteamiento más global sólo es posible con el apoyo de una organización que
las contemple como sujetos sociales que son más que bases de apoyo. Ellas también
tienen algo que decir y, por tanto, que aportar. En particular debemos resaltar esa
división genérica que a ellas les asigna el silencio.

[...] yo creo que algo bueno de haber salido del pueblo es que aprendemos a vernos
como mujeres, de otra manera, diferente a como estamos en la comunidad, es mejor
para ellas, para las mujeres. Las cosas que aprendemos fuera de la comunidad, no sólo
el español que lo podemos hablar, sino que hablamos, podemos hablar lo que sentimos,
lo que queremos, lo que pensamos.

[...] estuve participando porque vi que sí se puede participar y también podemos defen-
dernos y tenemos el derecho de protestar, porque es lo que aprendí, que sí se puede. Pero
antes no, porque estaba yo como una mujer tonta que no podía contestar, no podemos
contradecir al hombre, no podemos contestar a ninguna autoridad, entonces la mujer
somos bajo demanda, bajo amenaza, somos… no podemos levantar la voz.22

De nuevo, Blanca Chancoso y su interesante reflexión sobre el racismo, sobre noso-


tros y los otros.

[...] los niños estaban acostumbrados a una profesora mestiza, a quien le decían “seño-
rita”. Era una comunidad muy cerrada. De pronto aparezco yo, indígena, para enseñar-
les. No sabían si realmente debían decirme señorita o no. Un día, al final de clases, se
encuentran con sus padres y les hablan de la señorita. Ellos preguntan ¿cuál señorita?,
¿en dónde está? Yo los saludé y decían, ¿esa es nuestra señorita? Pero, si está vestida
como nosotros, no puede ser la señorita profesora. Una persona que estaba vestida
como ellos no podía ser la profesora; imposible... Se creía que sólo un mestizo puede
ser maestro y puede saber, y no un indígena... Cuando yo me presenté fue un choque
para los padres.23

22 Entrevista a Micaela, militante de Kinal, realizada en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chia-

pas, 11 de febrero de 2003.


23 “Entrevista con Blanca Chancoso”, citada en Dieterich, Heinz (editor), La cuarta vía al poder.

Venezuela, Colombia, Ecuador, Foro por la Emancipación e Identidad de América Latina, México, 2001,
p. 110.
72  •  Silvia Soriano Hernández

Para cerrar

Con las breves narrativas citadas podemos reflexionar acerca de la paradoja en la que
se encuentran al hablar estas mujeres pobres, discriminadas, explotadas y organiza-
das; ellas transmiten pensamientos que han ido acuñando durante años, elaborados
con sus acciones diarias, las cuales se acompañan de una militancia. Son mujeres que
cuestionan su lugar en el mundo, en un mundo pobre y, de cierta forma, prescindible,
al que desean cambiar posicionándose de otra forma. Además, no hablan en singular,
sus palabras engloban cierta realidad colectiva con elementos positivos y negativos.
Parafraseando a Paul Ricoeur cuando habla de la narración y la ficción a propósito de
Marcel Proust: “el poder que tiene la ficción literaria de crear un héroe-narrador que
persigue cierta búsqueda de sí mismo cuyo objetivo es precisamente la dimensión del
tiempo”,24 me parece que puedo traer estas reflexiones al escuchar a aquellas muje-
res que a veces, sin saberlo y sin proponérselo, son narradoras y heroínas que en un
tiempo y espacio concretos persiguen la búsqueda de sí mismas y que, al encontrarse
en un colectivo, se topan con el sentido de su existencia par ir más allá que Proust,
porque sus palabras no reflejan la ficción, sino que retratan una realidad.
Para ejemplificar lo argumentado, nada como escuchar esas voces de mujeres indí-
genas que se expresan a partir de diferentes medios y que nos ayudan a profundizar,
por un lado, sobre la idea que tienen de sí mismas y, por el otro, lo que significa el
simbolismo de la palabra en un ambiente donde las mujeres suelen hablar sólo entre
ellas y en voz baja, adquiriendo un valor no sólo nuevo, sino rebelde. Las voces no
son únicamente palabras, sino que forman parte de acciones. Es importante señalar
que en las líneas citadas se evidencia de quién es la voz narrativa, esto significa que
en el traslado de la oralidad a la escritura la narradora mantiene su identidad y sus
ideas a pesar de los filtros intermediarios a los que alude Ginzburg; conocemos a estas
mujeres que conservan al menos una dualidad, la de pertenecer a grupos subalternos
y la de ser militantes de una organización que no necesariamente es de mujeres. Asi-
mismo, confirmamos que podemos construir teorías y análisis de la realidad social
gracias a ellas o, mejor aún, con ellas.
Nos enfrentamos entonces a múltiples retos, entre otros, a contemplar viejas y nue-
vas formas literarias que rompen el canon de la belleza pero que transitan por la senda
de una verdad que se antoja ficción en la medida en que las historias narradas involu-
cran seres vivos que intercalan recuerdos desgarradores con la esperanza; narraciones
que no nacen para ser escritas pero que, aun así y gracias a un mediador, podemos
conocerlas para entender lo que significa la palabra por tanto tiempo negada y que, al
ser narrada como parte de la lucha social, rompe con su marco de enunciación.

24 Ricoeur, Paul, 2011: 583.


El correlato en la narración…  •  73

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Cuando la frontera se encarna…  •  75

CUANDO LA FRONTERA SE ENCARNA: MUJERES


MIGRANTES EN LA FRONTERA SUR DE MÉXICO

Rodrigo Alonso Barraza García*

Resumen

El presente capítulo busca acercarse al estudio de la migración femenina en la Frontera Sur


de México partiendo de un enfoque antropológico y corporizado. Desde esta perspectiva, los
cuerpos de las mujeres migrantes adquieren una composición dual: se nos presentan como
“signos-espacios” constituidos por el escenario transfronterizo y, a la par, como “prácticas-
lugares” capaces de transformar y reconstituir su subjetividad más profunda. El objetivo princi-
pal del estudio consiste, por tanto, en analizar de qué manera estos cuerpos han sido construidos
hegemónicamente, dando lugar a narrativas fronterizas que perpetúan y legitiman su estatus
marginal. Finalmente, se avanza en la detección de propuestas teóricas y metodológicas que
recuperan al cuerpo como lugar de enunciación política, observando cómo, desde el mismo
cuerpo, las mujeres migrantes resisten, confrontan y (re)significan el “ser-mujer-de-frontera”.

Palabras clave: migración, mujeres, Frontera Sur, embodiment.

Abstract

This chapter approaches the study of the female migration in the South Border of México
from an anthropological and embodied perspective. From this outlook, the bodies of migrant

* El autor agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad


Nacional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates
de la Historia y la Teoría Social Contemporánea”, la publicación de este capítulo en el libro América glo-
balizada. Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
76  •  Rodrigo Alonso Barraza García

women acquire a dual composition: they are seen as “signs-spaces” constituted by the trans-
boundary scene and also as “practices-places” with potential to transform and rebuild their
subjectivity. The main objective of this article, consist therefore in the analysis of the hegemo-
nic constructions taking place in these bodies, leading to border narratives that perpetuate and
legitimize their marginal status. Finally, this study advances in the detection of theoretical and
methodological approaches that retrieve the female migrant body as a political place, allowing
these women to resist, confront and (re)signify the meanings associated with being a “woman
of the border”.

Key words: migration, women, South-Border, embodiment.

Introducción

El análisis feminista de los fenómenos migratorios avanza en el entendimiento de


los desplazamientos humanos como procesos que materializan y, al mismo tiempo,
(re)orientan / (re)significan relaciones asimétricas de poder estructuradas a partir del
género. Así, el accionar de diversos actores –locales y transnacionales– se traduce en
la constitución de espacialidades hegemónicas que determinan la experiencia migra-
toria de los sujetos femeninos.
En dicho escenario, la vivencia migratoria genéricamente diferenciada a menudo
se diluye en el intento de los investigadores por identificar aquellos procesos super-
estructurantes que normalizan la diferencia sexual.
Una estrategia para recuperar tal borramiento de la subjetividad femenina en el es-
tudio de las dinámicas migratorias transnacionales consiste en el (re)posicionamiento
del cuerpo como categoría social de análisis, a partir de lo que Csordas denomina
embodiment.1 De acuerdo con este autor,

El embodiment como paradigma u orientación metodológica requiere que el cuerpo sea


entendido como un sustrato existencial de la cultura; no como un objeto que es “bueno
para pensar”, sino como un sujeto que “es bueno para ser” […] el paradigma del embodi-
ment no significa que las culturas tienen la misma estructura que la experiencia corporal,
sino que la experiencia corporizada es el punto de partida para la participación humana
en el mundo cultural.2

1 Csordas, Thomas, “Embodiment and Cultural Phenomenology”, en Weiss, G. y Haber, F. (eds.),

Perspectives on Embodiment, Nueva York, Routledge, 1999, pp. 143-162.


2 Citado en Citro, Silvia (coord.), Cuerpos plurales: Antropología de y desde los cuerpos, Buenos

Aires, Biblos, 2010, p. 347.


Cuando la frontera se encarna…  •  77

Desde esta perspectiva, los cuerpos femeninos migrantes son entendidos como su-
jetos socioculturales atados a un habitus3 fronterizo que condiciona y desplaza las
identidades de género.
El concepto de habitus, como perspectiva teórica y metodológica, es útil para
analizar a los fenómenos sociales como resultado de prácticas corporales contextua-
lizadas, ya que permite articular dialécticamente el estudio de las estructuras sociales
con el reconocimiento de la agencia individual de los sujetos.
Así, es posible aseverar que los cuerpos migrantes reflejan una materialidad expe-
riencial y discursiva profunda, por lo que pueden caracterizarse como “formaciones
contingentes de espacio, tiempo y materialidad […] ensamblajes de prácticas, discur-
sos, imágenes, acuerdos institucionales, planes y proyectos específicos”.4
Para el caso específico de la Frontera Sur, lo anterior se traduce en una consi-
deración dual de los cuerpos migrantes: en primer lugar, como “signos-espacios”
marcados por la experiencia socializante, atados a estructuras normalizadoras que
condicionan el quehacer corporal5 y, a la par, como “prácticas-lugares”6 que recupe-
ran la subjetividad agente de los individuos, capaces –a partir del cuerpo– de modelar
los andamiajes verticalistas del poder.7
Partir de un análisis corporizado de la migración femenina permite, por un lado,
observar que las relaciones de género son constitutivas –y no sólo el producto o re-
sultado– de los límites sociales y espaciales formalmente reconocidos.8
De esta forma, los patrones de movilidad demográfica y los discursos estructu-
rantes de la territorialidad conocida como “Frontera Sur de México” dan lugar a
la constitución de “geografías del cuerpo” sexualmente diferenciadas que, desde el
mismo cuerpo, son resistidas por las migrantes, generando desplazamientos y (re)
posicionamientos en sus identidades de género.
En segundo lugar, recuperar la experiencia corpórea de las mujeres migrantes posi-
bilita una (re)localización de los procesos migratorios transnacionales, que a partir de

3 Bourdieu, Pierre, El sentido práctico, Madrid, Ediciones Taurus, 1991, p. 92. El concepto de habitus

desarrollado por Bourdieu hace referencia a “una serie de disposiciones duraderas y transferibles, estruc-
turas estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios
generadores y organizadores de prácticas y representaciones”.
4 Farquhar, Judith y Lock, Margaret, Beyond the Body Proper: Reading the Anthropology of Material

Life, Durham, Duke University Press, 2007, p. 704.


5 Foucault, Michel, El nacimiento de la biopolítica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007,

p. 401.
6 Desde esta perspectiva, cuerpos y lugares son considerados elementos culturales activos, caracte-

rizados por “la ubicación de una multiplicidad de formas de política cultural, es decir, lo cultural convir-
tiéndose en política”.
7 Harcourt, Wendt y Escobar, Arturo (eds.), Las Mujeres y las Políticas del Lugar, México, Universidad

Nacional Autónoma de México, 2007, p. 290.


8 Silvey, Rachel, “Borders, Embodiment and Mobility: Feminist Advances in Migration Studies”, en

Nelson, Lice y Seager, Joni (eds.), Blackwell Companion to Feminist Geography, London, Blackwell,
2005, pp. 138-149.
78  •  Rodrigo Alonso Barraza García

ahora se nos presentan como fenómenos interactivos y multidimensionales, inscritos


en espacialidades fronterizas subalternizantes. Así, las dinámicas migratorias pueden
ser entendidas como procesos imbuidos en relaciones de poder que condicionan el
accionar de los sujetos. En palabras de Underhill-Sem,

Las posibilidades de un enfoque corporizado para el desarrollo transformador se centran


en las formas en que desbaratan muchos conceptos que se dan por sentados, subraya las
posiciones de sujetos cambiantes, múltiples y contradictorios, y también proporciona
claridad sobre las complejas constelaciones de relaciones de poder que constituyen los
mundos en que vivimos.9

El propósito del presente artículo consiste, por tanto, en analizar de qué manera la
construcción de los cuerpos femeninos sur-fronterizos responde en gran medida a
la constitución de un espacio transfronterizo “securitizado” y racialmente jerarquiza-
do, que corporiza a las mujeres migrantes a partir de la naturalización de una tríada
ideológica “racialización-domesticación-proletarización”.
Por otro lado, partiendo de una visión heterárquica del poder,10 dicha construcción
normativa de los cuerpos femeninos se combinará con el análisis y el reconocimiento
de su “subjetividad-agente”, (re)posicionando a la corporalidad femenina migrante
como un “rasgo performativo del significante político”.11
En ese sentido, coincidimos con los planteamientos de Judith Butler en cuanto a
la definición del género como una serie de “actos/performances” que no preceden o
expresan una subjetividad anterior sino que, por el contrario, la constituyen. Lo ante-
rior permite posicionarse ante la identidad como un “devenir” abierto y en continua
mutuación. Es a partir de la repetición, la descontextualización o el rechazo de los
diferentes actos que intentan subjetivarnos que es posible legitimar, desestabilizar o
subvertir las normas de género que condicionan la existencia corporal.
Así, es gracias a la puesta en marcha de “performatividades de resistencia” asocia-
das a las prácticas corporales cotidianas de las migrantes femeninas que dichas mujeres
confrontan, dinamizan y (re)configuran el significado de “ser mujer en la Frontera”.
Finalmente, se avanzará en la identificación de propuestas metodológicas condu-
centes a rastrear los itinerarios corporales de las mujeres en la Frontera Sur, operación

9 Underhill-Sem, Yvonne, “Cuerpos y lugares, lugares en cuerpos”, en Harcourt, Wendy y Escobar,

Arturo (eds.), Las mujeres y las políticas del lugar, México, Universidad Nacional Autónoma de México,
2007, pp. 29-41.
10 Castro-Gómez, Santiago, “Michel Foucault y la Colonialidad del Poder”, Tabula Rasa, núm. 6,

enero-junio de 2007, pp. 153-172. En una teoría heterárquica del poder “[…] la vida social es vista como
compuesta de diferentes cadenas de poder que funcionan con lógicas distintas y que se hallan tan sólo
parcialmente interconectadas. Entre los diferentes regímenes de poder existen disyunciones, inconmensu-
rabilidades y asimetrías, de modo que no es posible hablar aquí de una determinación “en última instancia”
por parte de los regímenes más globales” (ibid., pp. 166-167).
11 Butler, Judith, Gender Trouble. Feminism and the Subversion on Identity, Londres, Routledge, 1990,

p. 172.
Cuando la frontera se encarna…  •  79

necesaria para propiciar un acercamiento (re)politizado a su experiencia como sujetos


transnacionales.

Los cuerpos femeninos migrantes como signos-espacios: cuando la frontera


se encarna

El acercamiento deconstructivista a la noción de Frontera intenta superar la caracte-


rización rígida de los espacios fronterizos, abordados tradicionalmente como meras
delimitaciones geopolíticas espacialmente referenciadas.
Por el contrario, el análisis feminista de las migraciones transfronterizas se posi-
ciona ante las fronteras a partir de su entendimiento como “un elemento desterritoria-
lizado, en donde las culturas y las identidades son creativamente reinventadas como
complejas y multidimensionales formas de autorreferencia”.12 De esta manera, las
Fronteras adquieren una composición dinámica y porosa que permite (re)posicionar-
las como espacios de producción y (re)producción de alteridades jerarquizadas.
El gran mérito de este abordaje consiste entonces en la visualización de las fron-
teras como campos de acción social que expresan y (re)producen relaciones de poder
desde una posición dual: como espacios subalternizados que normalizan un estado
de “liminalidad permanente” y, a su vez, en su papel de mecanismos subalternizantes
productores de otredad. En palabras de Lisón: “la frontera es el limen diacrítico que
marca las diferencias”.13
En lo que respecta a la Frontera Sur de México –una línea quebrada de 1139 km2
que comunica a los estados de Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Campeche con las
repúblicas de Guatemala y Belice– dicho espacio ha atravesado tres procesos subal-
ternizantes,14 resultado de la evolución del discurso hegemónico-“moderno” asocia-
do a la construcción, fortalecimiento y desarrollo de la nación mexicana:15

1. Considerada el bastión de la resistencia indígena desde tiempos coloniales, la


Frontera Sur de México concentra gran parte de la diversidad étnica de la Re-

12 Garduño, Everardo, “Antropología de la Frontera, la Migración y los Procesos Transnacionales”,

Frontera Norte, México, El Colegio de la Frontera Norte, vol. 15, julio-diciembre de 2003, pp- 65-89.
13 Lisón, Carmelo, “Antropología de la Frontera”, Revista de Antropología Social, Madrid, Editorial

Complutense, núm. 3, 1994, pp. 75-103.


14 De Vos, desde una perspectiva histórica, distingue cinco episodios que marcan la conformación de

la Frontera Sur mexicana: el primer establecimiento de una “frontera-límite” entre México y Guatemala
en los años 1528-1531, la independencia y posterior anexión de Chiapas y El Soconusco a la República
Mexicana en 1824, la fijación de la frontera internacional en 1882, la oleada de refugiados políticos que se
asentaron en Chiapas debido a la violencia política desatada en Guatemala en el año 1981 y, finalmente, el
aumento de la migración hacia Estados Unidos en 1991. Es a partir del análisis discursivo de esta división
histórica que se ha logrado identificar los tres procesos subalternizantes desarrollados a continuación.
15 Hernández, Salvador (coord.), La Frontera Sur de México: cinco formas de interacción entre sociedad

y ambiente, México, el Colegio de la Frontera Sur, 2005, p. 119; Villafuerte Solís, Daniel, La Frontera Sur de
México. Del tlc México-Centroamérica al Plan Puebla Panamá, México, Plaza y Valdés, 2004, p. 289.
80  •  Rodrigo Alonso Barraza García

pública Mexicana. Así, el territorio sur-fronterizo ha sido constituido a partir del


discurso de la otredad. Es un territorio a conquistar, a normalizar, a desarrollar.
Un espacio al que se le niega la posibilidad de existir en el presente, puesto que
es caracterizado como el vestigio de un pasado prístino e irrecuperable o como la
base de un futuro proyecto nacional de modernización. Es, por tanto, un territorio
“natural/salvaje” que debe ser “culturizado”.
2. En segundo lugar, la Frontera es entendida, cada vez más, en términos de seguridad
nacional. El crecimiento de las redes de narcotráfico y el accionar de numerosas
pandillas y grupos armados sobre la Frontera Sur sitúan a la región como una zona
vulnerable que debe ser gubernamentalizada. Dicha securitización se traduce en la
proliferación de fronteras internas que dotan a la Frontera Sur de una externalidad
constitutiva en relación con el discurso del Estado.
3. Finalmente, a partir de la institucionalización de la impronta neoliberal en el es-
cenario mexicano, la Frontera Sur ha comenzado a ser vista como un enclave
regional:16 una “frontera-centro” capaz de asegurar el éxito de los procesos trans-
nacionales a nivel interno. La subordinación de la región sur-fronteriza a las lógi-
cas del capitalismo tardío se traduce, de este modo, en la institucionalización de la
precariedad laboral, la proletarización del espacio y la desregulación del capital.
Paradójicamente, la modernización del territorio fronterizo se incentiva a partir de
su desvinculación –política, social y productiva– del aparato hegemónico estatal.

La conjunción de esta tríada hegemónica sustentada en la naturalización de “ideo-


logías del espacio” intersecta y se materializa en el cuerpo de las mujeres migrantes
sur-fronterizas. Así, la espacialización subalternizada de la Frontera Sur de México se
traduce, a su vez, en una triple consideración de la corporalidad migrante femenina.17

Los cuerpos femeninos migrantes como “cuerpos salvajes”

De acuerdo con el modelo interseccional desarrollado por Creenshaw,18 el estatus su-


bordinado de las mujeres debe ser explicado a partir del análisis de “diferentes fuentes
estructurales de desigualdad que mantienen relaciones recíprocas”.19

16 Villafuerte Solís, Daniel, op. cit.


17 Dichos procesos subalternizantes, con su posterior expresión corporal, no deben ser leídos en térmi-
nos cronológicos como procesos separados entre sí. Por el contrario, se propone un abordaje “genealógico”
(Foucault, 2004) , entendido éste como un ejercicio teórico que intenta determinar qué tipo de relaciones
pueden ser establecidas entre las distintas formas de clasificación social. Lo que se busca, por tanto, es
analizar entrecruzadamente los discursos hegemónicos encargados de producir y legitimar el saber de una
época.
18 Creenshaw, Kimberly, “Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics and Violence against

Women of Color”, Stanford Law Review, núm. 43, vol. 6, 1991, pp. 1241-1299.
19 Platero, Raquel, Intersecciones. Cuerpos y sexualidades en la encrucijada, Barcelona, Bellatierra,

2012, p. 327.
Cuando la frontera se encarna…  •  81

Para el caso de las mujeres migrantes, la inclusión de las categorías “sexo” y “raza”
resulta esencial para observar de qué manera la diferenciación genérica es naturali-
zada y legitimada simbólicamente al interior del habitus sur-fronterizo mexicano. De
acuerdo con Viveros:

La propensión a naturalizar la diferencia y la desigualdad social acerca el racismo al


sexismo de tres maneras, por lo menos. Como el sexismo, el racismo acude a la natu-
raleza con el fin de justificar y reproducir las relaciones de poder fundadas sobre las
diferencias fenotípicas. Como el sexismo, el racismo asocia estrechamente la realidad
“corporal” y la realidad social, y ancla su significado en el cuerpo, lugar privilegiado
de inscripción de la simbólica y la socialidad de las culturas […]. Como el sexismo, el
racismo es una representación efectiva en la acción social, política y cultural.20

Cruz,21 por su parte, establece que la identificación de las mujeres migrantes centro-
americanas como indígenas –en particular, indígenas “de segunda categoría” versus
el componente indígena “nacional”– por parte de la sociedad de acogida se traduce
en la representación de estas mujeres como una otredad “salvaje”.
El cuerpo de las mujeres migrantes etnizadas se convierte, por tanto, en un cuerpo
“anómalo”, “peligroso”, “incivilizado”. A partir de esta construcción discusiva se
trazan nuevas fronteras simbólicas y sociales determinadas por la segregación y ex-
clusión de dichas mujeres. Del mismo modo, estas “metáforas raciales” materializan
en la constitución de nichos laborales migratorios fuertemente sexualizados/precari-
zados22 y de enorme presencia en la Frontera Sur de México, como el entretenimiento
sexual, el trabajo doméstico o la prostitución.23
La consideración del cuerpo de las mujeres migrantes como “un espacio salvaje”
y fuertemente biologizado produce, además, la visibilización de estas mujeres como
cuerpos sexualmente disponibles, víctimas legítimas de cualquier acto de violencia
sexual que se cometa contra ellas.

20 Viveros, María, “La sexualización de la raza y la racialización de la sexualidad en el contexto latino-

americano actual”, en Carceaga, Gloria, Memorias del Primer Encuentro Latinoamericano y del Caribe:
la sexualidad frente a la sociedad, México, 2008, p. 172.
21 Cruz, Tania, “Racismo cultural y representaciones de inmigrantes centroamericanas en Chiapas”,

Migraciones Internacionales, vol. 6, núm. 2, diciembre de 2011, pp. 133-157.


22 Kauffer (2005) desarrolla el concepto de “frontera indígena”, analizando los procesos de conforma-

ción de estas fronteras internas que desembocan en la conformación de otredades subalternizadas. Reto-
mando a Salázar (op. cit.) dicha sexualización/reificación, anclada en el componente étnico, se despliega
diferencialmente de acuerdo con la nacionalidad de procedencia. Así, mientras las inmigrantes guatemal-
tecas son consideradas “trabajadoras”, “confiables” y “buenas para cuidar niños”, las mujeres hondureñas
y salvadoreñas son vistas como “mujeres fáciles” o “robamaridos”.
23 Ángeles, Hugo y Rojas, Martha, “Migración femenina internacional en la Frontera Sur de México”,

Papeles de Población, Universidad Nacional del Estado de México, vol. 6, núm. 23, enero-marzo de 2000,
pp. 127-151.
82  •  Rodrigo Alonso Barraza García

Por tanto, el control de su sexualidad funciona como un mecanismo dual de discipli-


namiento24 que, por un lado, delimita fronteras precisas entre la sociedad mayoritaria
y una otredad étnica subalternizada y, a la par, establece “castigos” –implementados
casi siempre en forma de violencia sexual– ante una sexualidad exacerbada, incitante
y peligrosa.
La articulación nodal del género, la raza y el sexo funciona entonces como un
aparato potente que permite la producción –y (re)producción– de la subordinación de
las mujeres migrantes al interior de la Frontera Sur de México.

Los cuerpos femeninos migrantes como “cuerpos domesticados”

Ante el escenario anteriormente descrito, la securitización del cuerpo femenino mi-


grante, es decir, su incorporación –siempre en términos subordinados– al interior del
esquema normalizador que constituye el locus mexicano sur-fronterizo se vuelve una
tarea indispensable.
Para lograr lo anterior, los cuerpos de las mujeres migrantes deben someterse a un
doble proceso de “domesticación” que habilite su (re)posicionamiento como cuerpos
“dóciles”.25 Tal operación resulta fundamental para asegurar la posterior proletariza-
ción de su corporalidad que, de este modo, es transformada en una mercancía produc-
tiva y capitalizable al interior del esquema neoliberal actual.26
El primer componente domesticador corresponde, por tanto, a la visibilización
de las migrantes como “sujetos desnacionalizados” que materializan la experiencia
migratoria desde una corporalidad precaria, vulnerable y alegal. Desde esta pers-
pectiva, las mujeres migrantes son presentadas como “víctimas” de una experiencia
migratoria que las esclaviza.

24 “La sociedad disciplinaria es aquella en la cual el comando social se construye a través de una difusa

red de dispositivos o aparatos que producen y regulan costumbres, hábitos y prácticas productivas. La
puesta en marcha de esta sociedad, asegurando la obediencia a sus reglas y a sus mecanismos de inclusión
y/o exclusión, se logra por medio de instituciones disciplinarias (la prisión, la fábrica, el asilo, el hospital,
la universidad, la escuela, etc.) que estructuran el terreno social” (Hardt y Negri, 2000: 24-25).
25 Foucault, Michel, Vigilar y Castigar, México, Siglo XXI Editores, 1997, p. 384. El cuerpo dócil

es consecuencia de las diferentes prácticas de disciplinamiento, control y normalización que constituyen


una “anatomía política del cuerpo”. Para Foucault, un cuerpo dócil “[…] es el cuerpo natural, portador
de fuerza y sede de una duración, es el cuerpo susceptible de operaciones específicas, que tienen su or-
den, su tiempo, sus condiciones internas, sus elementos constitutivos […] cuerpo del encauzamiento útil”
(Foucault, op. cit., p. 247).
26 En palabras de Zizek (1998), “la universalidad ‘real’ de la globalización actual (a través del mercado

global) supone su propia ficción hegemónica (o incluso ideal) de tolerancia multiculturalista, respeto y pro-
tección de los derechos humanos, democracia y otros valores por el estilo”. En ese proceso, la idea de ser
una “buena mujer migrante” alude a la necesidad de renunciar a su identidad étnica –y nacional– de origen,
no para adoptar una nueva nacionalidad de acogida, sino para asumir una sola identidad proletarizada: la
de un “cuerpo trabajador”.
Cuando la frontera se encarna…  •  83

Como resultado de este discurso victimizador, las mujeres migrantes son someti-
das a un proceso de (re)presentación hegemónica que reifica su subjetividad agente,
ignorando los complejos procesos de construcción de redes comunitarias y el inten-
so activismo político desarrollado por diversas colectividades de mujeres migrantes
sur-fronterizas.27 Las migrantes son, desde esta perspectiva, “cuerpos sujetados”,
apolíticos e indefensos, por lo que el control de su corporalidad –disfrazado de asis-
tencialismo externo– remite a un imperativo moral que legitima cualquier interven-
ción biopolítica consecuente.
En segundo lugar, la securitización generizada de las mujeres migrantes en la
Frontera Sur puede explicarse a partir de la proliferación, naturalización y exter-
nalización del trabajo doméstico. Así, el espacio sur-fronterizo se ha encargado de
producir “cuerpos-máquinas (des)generizados, útiles en las relaciones de mercado
[…] que transitan entre el hogar y el mercado, útiles para el cuidado”.28
Esta consideración del cuerpo femenino migrante como un cuerpo apto para el
cuidado doméstico permite, a su vez, insertar a las mujeres migrantes bajo un dis-
curso de feminidad aceptado culturalmente, debilitando su asociación con lo sexual-
público-etnizado. De esta forma, el cuerpo de las mujeres migrantes transmuta hasta
convertirse en un espacio privado, reglamentado y gubernamentalizado. Retomando
a Gregorio Gil:

La política sobre los cuerpos, el biopoder […] actuará desde la hiper-sexualización,


hiper-etnicización y hiper-racialización en la industria del sexo y en la industria “étnica”,
a la a-sexuación y des-etnización o des-racialización en el mercado de los cuidados do-
mésticos. Si marcas sexuales y raciales son realzadas […] en el campo de la sexualidad
no reproductiva de la industria del sexo, en el ámbito del servicio doméstico los deseos
sexuales […] constituyen una amenaza y deben por tanto carecer de ellos […] en defi-
nitiva no ser demasiado “diferentes culturalmente” al imaginario de la “buena madre y
esposa”.29

Ambos discursos normalizadores –el discurso victimizador y el discurso de la do-


mesticación– avanzan, por tanto, en la construcción –y legitimación– de una estruc-
tura hegemónica de dominación que construye discursivamente a las migrantes como
“cuerpos-mercancías”, es decir, espacios desterritorializados, desetnizados y subal-

27 En ese sentido, destacan los trabajos desarrollados por la Organización “Mama Maquín”, creada en

1990 por mujeres refugiadas guatemaltecas en respuesta a la violencia política y sexual experimentada
cotidianamente al interior de sus trayectorias migratorias. A partir del activismo político y las redes de
solidaridad, se desarrollaron actividades de concientización y redes de apoyo para asegurar el retorno
exitoso de estas mujeres a la comunidad de origen.
28 Gregorio-Gil, Carmen, “Politicas de conciliación, externalización del trabajo doméstico y de cuida-

dos y migraciones transnacionales”, en Actas III Congreso de Economía Feminista, Sevilla, Universidad
Pablo de Olavide, 2009, p. 4.
29 Ibid., p. 6.
84  •  Rodrigo Alonso Barraza García

ternizados, fácilmente capitalizables desde la agenda neoliberal y sus frecuentes in-


tentos por modernizar a la región sur-fronteriza mexicana.30

Los cuerpos femeninos migrantes como “cuerpos mercantilizados”

Para Ribas, “el proceso de feminización de los flujos migratorios equivale a un proce-
so de proletarización femenina en las migraciones internacionales de trabajo”.31
Lejos de lo que pudiera pensarse, dicha proletarización no supone la exclusión de
las mujeres migrantes de los circuitos transnacionales de producción y consumo. A su
vez, la proletarización de las migrantes sur-fronterizas no puede explicarse únicamen-
te en términos de reclusión o “desvalorización” del trabajo femenino.
Por el contrario, la subalternización de los cuerpos migrantes –a partir de su cons-
trucción como espacios salvajes, domésticos y/o victimizados– supone una operación
discursiva que habilita la explotación y proletarización de estas mujeres, quienes de
esta manera son (re)posicionadas como cuerpos fácilmente capitalizables –léase ex-
plotables– dentro del esquema socioeconómico actual conocido como “capitalismo
tardío”.
Así, las mujeres migrantes son (re)presentadas como cuerpos-espacios capaces de
“encarnar” el ideal del trabajador neoliberal moderno, es decir, mano de obra barata,
flexible y sin derechos. De esta manera, se pone en marcha una “economía de la al-
teridad”32 abocada a la deshumanización y cosificación de la corporalidad femenina
migrante.
Lo anterior supone, por tanto, la despolitización de las relaciones de producción,
la instauración de falsas dicotomías –categorías de la diferencia– que fomentan la
desigualdad en las relaciones de género constituidas al interior de las dinámicas mi-
gratorias y, finalmente, una división del trabajo basada en categorías raciales que
profundizan la subordinación femenina.
De procedencia indígena, y dedicadas en gran parte a los servicios sexuales, el
trabajo doméstico y el trabajo agrícola,33 las mujeres migrantes llevan en sus cuerpos
“marcas de género” que materializan –y al mismo tiempo justifican– los procesos
subalternizadores/subalternizantes vinculados a la construcción de la nación mexi-
cana moderna.

30 La Frontera Sur de México alberga en su interior distintos proyectos de integración neoliberal entre

los que se encuentran el Plan Puebla Panamá (actual proyecto Mesoamérica) y el Tratado de Libre Comer-
cio con América del Norte.
31 Ribas, Natalia, Una invitación a la Sociología de las Migraciones, Barcelona, Ediciones Bellaterra,

2004, p. 115.
32 Calavita, Kitty, “Law, Immigration and Exclusion in Italy and Spain”, Papers, núm. 85, 2007,

pp. 95-108.
33 Rojas, op. cit.
Cuando la frontera se encarna…  •  85

La conjunción de estas tres esferas de poder pone en marcha una serie de políticas
del cuerpo en donde las mujeres migrantes aparecen como “cuerpos de alquiler” ca-
paces de generar plusvalía a partir de su hipervisibilización en términos capitalistas.
La Frontera Sur, desde esta perspectiva, funciona como un universo simbólico que
(re)produce los patrones subalternizantes propios del proceso de apertura e integra-
ción de la Frontera Sur a las lógicas actuales del capitalismo global.
A continuación se retomará el elemento corporal de las mujeres sur-fronterizas a
partir de un enfoque etnográfico y experiencial, en el que el cuerpo es entendido como
un “producto cultural vivo” que alberga en su interior el potencial de resistir, con-
frontar o subvertir las estructuras de dominación que sobre él actúan. Para Escobar
y Harcourt lo anterior posibilita “Mostrar cómo las mujeres se involucran de manera
creativa con la globalización de múltiples formas, y nos referimos principalmente a
la política del cuerpo como algo central para la experiencia del lugar y la política de
mujeres”.34
Así, el cuerpo es visto como un lugar de enunciación política, capaz de constituir-
se como un locus de resistencia, reinvención y relocalización de las identidades de
género, especialmente en un contexto de alta vulnerabilidad, como la Frontera Sur
de México.

Cuerpos-lugares: reposicionando el género en la Frontera Sur

La consideración hegemónica y normativa de los cuerpos femeninos migrantes, en-


tendidos éstos como lugares colonizados fuertemente imbricados en relaciones de
poder, no debe conducir, sin embargo, al establecimiento de posturas deterministas
que reproduzcan la reificación de la subjetividad femenina migrante. Por el contrario,
el cuerpo de las mujeres sur-fronterizas debe ser entendido como un espacio consti-
tuido a partir de la intersección, competencia y negociación de un rango significativo
de fuerzas y procesos35 en donde el elemento corporal se constituye como el punto de
partida para moldear y recuperar su capacidad de agencia al interior de tales estruc-
turas de poder.
Para el caso específico de la Frontera Sur, dicha corporalidad insurgente se expresa
a partir de una estructura social diádica.
En primer lugar, y entendiendo la migración ya no como un proceso lineal sino, por
el contrario, como la sumatoria de un conjunto de sistemas relacionales con trayecto-
rias complejas que dan lugar a vivencias migratorias diferenciadas,36 debe partirse de

34Op. cit., p. 14.


35Silvey, op. cit.
36Harzig, Christiane, “Woman migrants as global and local agents: new research strategies on gender
and migration”, en Sharpe, Pamela (ed.), Women, Gender and Labour Migration. Historical and Global
Perspectives, Londres, Routledge, 2001, pp. 15-28.
86  •  Rodrigo Alonso Barraza García

la consideración de las mujeres sur-fronterizas como entes autónomos cuya decisión


de migrar no se subordina exclusivamente a los deseos de su unidad doméstica de
referencia. Por el contrario, un número significativo de estas mujeres considera la
migración como un recurso para escapar de situaciones de violencia familiar y sub-
ordinación comunitaria.
Este aumento en los índices de “individuación corporal” de la decisión migratoria
–de acuerdo con la Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México 2011,37
42% de las entrevistadas negó ser acompañante de una pareja– ha posibilitado un ma-
yor control sobre los recursos obtenidos, destinados en gran medida a la realización
de actividades que mejoren su capital social intracomunitario –educación, puesta en
marcha de proyectos productivos, mejora de los espacios domésticos, etcétera–.
El (re)posicionamiento de las mujeres migrantes como corporalidades “dinámicas”
y “productivas”, si bien mantiene una funcionalidad intrínseca al sistema capitalista,
posibilita una (re)orientación de los sistemas de relacionamiento social generizado.
De esta manera, el acceso a recursos económicos mediante la realización de activi-
dades físicas otrora masculinizadas –como el comercio o la agroexportación– dota a
las mujeres de mayores espacios de negociación al interior de sus entornos sociocul-
turales de referencia.
En un segundo momento –asociado a la consideración transnacional del fenómeno
migratorio–38 la puesta en marcha de redes internas de solidaridad y relacionamiento
comunitario se traduce en la constitución de lo que Levitt39 define como “remesas so-
ciales”, entendidas como “el conjunto de estructuras normativas y sistemas de prácti-
cas interiorizadas por los migrantes durante su experiencia migratoria y que impactan
posteriormente en sus comunidades de origen”.40
A partir de su participación en grupos de ayuda, comunidades religiosas y organi-
zaciones políticas reivindicativas,41 las mujeres migrantes adquieren una corporalidad
híbrida que oscila entre el cumplimiento de pautas patriarcales intracomunitarias y la
construcción de corporalidades políticas “fronterizas” en donde las reivindicaciones de
género se atan indisolublemente a demandas étnicas, económicas y socioculturales.
De esta manera, la migración es considerada un proceso “activo” y emancipador
en el que la movilidad funciona como un recurso abocado al fortalecimiento genérico.

37 inm/conapo/colef/segob/stps/ser, Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México, 2011,

México. Disponible en: <http://www.colef.mx/emif/resultados/publicaciones/publicacionessur/pubsur/


EMIF%20Sur%202011.pdf>.
38 Phizacklea, Annie, “Transnationalism, Gender and Global Workers”, en Morokvasic, Mirjana et

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Opladen, 2003, pp. 79-99.
39 Levitt, Peggy, The Transnational Villagers, Berkeley, University of California Press, 2001, p. 289.
40 Sanz, Jesús, “Aproximaciones cualitativas al estudio de las remesas y a sus significados sociales y

culturales”, Working Papers, núm. 8, febrero de 2012, p. 2.


41 Destaca la organización de mujeres migrantes dedicadas al trabajo del hogar en la ciudad de Tapachu-

la, Chiapas, un espacio promovido al interior del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova.
Cuando la frontera se encarna…  •  87

Así, la puesta en marcha de técnicas corporales desterritorializadas afines a “lo mas-


culino” –exigencia física, productividad, rendimiento–, en conjunción con el estable-
cimiento de redes organizativas no-jerarquizadas, ha contribuido a la construcción
de nuevas capacidades biográficas, comunitarias y socioculturales que dislocan las
categorías tradicionales de género.
Lo anterior implica un proceso continuo de (re)adaptación de los roles tradiciona-
les de las mujeres migrantes –esposa, madre, “cuidadora”, etc.– tanto en el espacio
fronterizo como al interior de su comunidad de origen. El cuerpo, por tanto, se sitúa
como un lugar de enunciación política que, al ser resistido/renegociado desde la coti-
dianidad de la experiencia migratoria, produce desestabilizaciones, fragmentaciones
y desplazamientos en las identidades de género.

Conclusiones: rastreando los itinerarios corporales de las mujeres migrantes


en la frontera sur de México

El análisis del cuerpo culturizado de las mujeres migrantes sur-fronterizas habilita,


por tanto, el estudio de los “procesos materiales de interacción social”42 que dan
lugar a diversas y divergentes vivencias migratorias intersubjetivas, marcadas por el
relacionamiento de género.
Una estrategia para recuperar al cuerpo “como un auténtico nudo de estructura
y acción social”43 y, por ende, el conjunto de prácticas corporales que constituyen,
resisten y renegocian las identidades de género consiste en la incorporación de dos
acercamientos teórico-metodológicos que avanzan en la (re)politización del análisis
corporizado.
En primer lugar, un acercamiento a los fenómenos migratorios a partir de lo que
Esteban denomina “itinerarios corporales”, definidos “como procesos vitales indivi-
duales, pero que nos remiten siempre a un colectivo, que ocurren dentro de estructu-
ras sociales concretas y en las que damos toda la centralidad a las acciones sociales
de los sujetos, entendidas estas como prácticas corporales”.44
A partir de la reflexión corporal de los sujetos, es posible (re)situar la subjetividad
socializada de los agentes y, al mismo tiempo, dinamizar la reflexividad colectiva del
acercamiento etnográfico. Del mismo modo, pueden identificarse aquellos desplaza-
mientos de género ocasionados por la interacción constante entre estructura y agencia
observando cómo, a partir de prácticas corporales concretas, se construyen esquemas
de relacionamiento social que resisten y (re)significan la normatividad del género.

42 Csordas, op. cit., pp. 1-24.


43 Esteban, Mari Luz, Antropología del cuerpo. Género, itinerarios corporales, identidad y cambio,
Barcelona, Bellaterra, 2004, p. 140.
44 Ibid., p. 54.
88  •  Rodrigo Alonso Barraza García

Adicionalmente, el estudio de los itinerarios corporales busca ser complementado


con la técnica participativa conocida como body mapping.45 A partir de la repre-
sentación corporal del fenómeno migratorio es posible esquematizar visualmente la
interacción e influencia de diversas estructuras sociales al momento de confluir en
subjetividades en concretas. La técnica del body mapping permite entonces una
(re)localización política y social del cuerpo, que aparece renombrado y visibilizado
como un espacio vital e interconectado.
La confluencia de ambas técnicas constituye una operación analítica fundamental
para un análisis feminista de la migración alejado de los procesos cosificadores de las
identidades de género. Por el contrario, las mujeres migrantes deben ser abordadas en
todo momento como “corporalidades performativas” que, desde el género, dinamizan
estrategias –individuales, familiares, sociales– capaces de modificar, resistir y (re)signi-
ficar su vivencia subalternizada.

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Antrapología del abandono…  •  9
1

ANTRAPOLOGÍA DEL ABANDONO.


GLOBALIZACIÓN, DESECHOS Y MERCANCÍAS

Rodrigo Parrini Roses*

Resumen

Las prendas donadas al ropero de un albergue para migrantes de una localidad de la frontera
sur de México son las protagonistas de este texto. Ellas nos condujeron a proponer una antra-
pología: una mirada materialista sobre los desechos y los procesos sociales que éstos develan.
Walter Benjamin pensó a los intelectuales como traperos, que trabajan con fragmentos de
materialidades diversas e intentan reconstruir un acontecer total a través de esas singularidades.
En esos cristales, como los llama el filósofo, nosotros contemplamos dos procesos: el aban-
dono y la globalización. El abandono es un umbral que dirime la posición de los sujetos en el
orden social, si están dentro o fuera, protegidos o expuestos, si son extraños o reconocibles.
Los migrantes que transitan por esa localidad fronteriza habitan lo que denominamos zonas de
abandono móviles, es decir, una enorme extensión de espacios materiales y sociales que sirven
como infraestructura para los procesos de globalización (vías férreas, carreteras, estaciones,
puertos), pero que constituyen umbrales identificables del abandono. Los migrantes que uti-
lizan el tren de carga que pasa por Tenosique no sólo portan ropas que han sido desechadas,
sino que también se adentran en un espacio que liga vida y poder, en palabras de Giorgio
Agamben.

Palabras clave: antrapología, fronteras, globalización, La Bestia.

* El autor agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
92  •  Rodrigo Parrini Roses

Abstract

The protagonists of this text are the clothes that were donated to a shelter for migrants in a villa-
ge on the southern border of Mexico. They led us to propose an antrapología (anthropology of
rags): a materialistic perspective on the waste and the social processes revealed by them. Walter
Benjamin thought intellectuals as Lumpensammler (rag-and-bone men), who work with frag-
ments of varied materialities and try to rebuild a total becoming through these singularities. In
such crystals, as the philosopher refers to them, we consider two processes: the abandonment
and globalization. Abandonment is a threshold that settles the position of the subjects in the
social order, if they are indoors or outdoors, protected or exposed, if they are strangers or recog-
nizable. Migrants who pass through this border town live what we call zone of abandonment in
motion, that is to say, a huge expanse of material and social spaces that serve as infrastructure
for globalization processes (railways, roads, stations, ports), but are identifiable thresholds of
abandonment. The migrants who use freight train crossing through Tenosique not only carry
clothes that have been thrown away, but also they venture into a space that links nuda vita (bare
life) and power, in the words of Giorgio Agamben.

Key words: antrapología, borders, globalization, La Bestia.

Introducción

La mentira no está en las palabras, está en las cosas.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles

En este trabajo dedicado a la memoria y los desechos quisiera esbozar el proyecto de


una antrapología, disciplina de los desechos y su producción sociohistórica. El texto
tiene un carácter ensayístico, porque deseo explorar ese proyecto sin resolverlo de
manera detallada aún. La idea surgió del cruce inesperado de dos momentos reflexi-
vos: uno etnográfico y otro conceptual. El primero surge, como lo dije, de la orga-
nización de un ropero en la Casa del Migrante de Tenosique; el segundo, de algunas
lecturas de Walter Benjamin.
El momento etnográfico precedió al conceptual. Me detuve a reflexionar sobre esas
prendas, los desechos que llegaban como donaciones, las vestimentas de los migrantes
que cruzan la frontera sur de México para viajar hacia Estados Unidos, los objetos que
se podían encontrar a las orillas de las vías del tren en el que intentan viajar. Si bien en
la antropología hay una sólida tradición de investigación de las culturas materiales,1 las

1 Cfr. Tim Ingold, Bringing Things to Life: Creatives Entanglements in a World of Materials, Working

Papers 15, Manchester, University of Manchester, Economic & Social Research Council, 2010; “Towards
and Ecology of Materials”, Annual Review of Anthropology, núm. 41, 2012, pp. 427-442; David Miller
(ed.), Home Possessions. Material Culture behind Closed Doors, Oxford/Nueva York, Berg, 2001.
Antrapología del abandono…  •  9
3

formas de objetualidad,2 los modos de consumo3 y, por supuesto, de las lógicas del
don y el intercambio,4 había algo que no encajaba, a mi entender, con esos mapas,
aunque, de alguna manera, abonan a esta reflexión. Pero persistía una inquietud et-
nográfica: ¿cuál era el orden que podría explicar esta proliferación de desechos, estos
dones harapientos que habíamos inventariado, la basura a las orillas de los trenes,
en medio de estos flujos multitudinarios de migrantes?, ¿cómo se podían relacionar
esos fenómenos con la corrupción generalizada de las instituciones públicas que ex-
torsionan de maneras diversas a los migrantes, las formas brutales de violencia que
éstos experimentan, los procesos históricos de fragmentación de sus sociedades y las
estrategias de defensa y cuidado que algunos colectivos despliegan a lo largo de
sus desplazamientos? Me parecía que los desechos, los harapos y esas prendas usadas
estaban, literalmente, a la vera de cualquier reflexión política, como piezas sueltas de
un rompecabezas alucinante.
Previamente había destinado varios meses (casi un año) a reunir algunas de ellas
para comprender, en la medida de lo posible, los vínculos entre los procesos locales
y los globales en el campo de la migración. Como indiqué, La Bestia me produjo
una intensa fascinación conceptual, porque apreciaba que en ella confluían proce-
sos de mitologización con otros de tecnificación, gigantescos e incontrolados flujos
globales con otros locales apenas perceptibles. Esa tensión magnífica entre lo mítico
y lo maquínico, entre las tecnologías y los cuerpos humanos, entre unos procesos
históricos de larga data y las vidas precarias de miles de sujetos hipnotizó mi interés
intelectual. De alguna forma, el díptico sobre memoria es una continuación de esa
captura magnética.
A esto se sumó otro momento conceptual, por así llamarlo. Leyendo Ante el tiem-
po, de Georges Didi-Huberman, me encontré con la propuesta de Walter Benjamin de
imaginar al historiador como un trapero. Cuando leí la palabra la asocié de inmediato
con el trabajo en el ropero de migrantes. Sólo una rara coincidencia hizo posible
el neologismo que titula este artículo, porque sólo hay que reemplazar una ‘o’ por
una ‘a’ para que la antropología se convirtiera, o al menos su significante, en una
antrapología. Pero la operación no es sólo semántica o fonética, implica trasponer

2 Cfr. Arjun Appadurai (ed.), La vida social de las cosas. Perspectivas culturales de las mercancías,

traducción de Argelia Castillo, México, Grijalbo/Conaculta, 1991; Jane Bennett, Vibrant Matters. A Poli-
tical Ecology of Things, Durkham/Londres, Duke University Press, 2010; Sherry Turkle (ed.), Evocative
Objects: Things we Think with, Cambridge, Massachusetts Institute of Technology, 2007.
3 Mary Douglas y Baron Isherwood, El mundo de los bienes. Hacia una antropología del consumo, tra-

ducción de Enrique Mercado, México, Grijalbo/Conaculta, 1990; Nicky Gregson y Louise Crewe, Second-
Hand Cultures, Oxford/Nueva York, Berg, 2003.
4 Cfr. Ricardo Gabriel Abduca, “Reciprocidad y don no son la misma cosa”, Cuadernos de Antropología

Social, núm. 26, 2007. pp. 107-124; Philippe Descola, Más allá de la naturaleza y la cultura, traducción de
Horacio Pons, Buenos Aires, Amorrortu, 2012; Maurice Godelier, El enigma del don, traducción de Alber-
to López, Barcelona, Paidós, 1998; Marcel Mauss, Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio
en las sociedades arcaicas, traducción de Julia Bucci, Madrid, Katz, 2012 [1925]; Alain Testart, “What’s
is a gift?”, hau, Journal of Ethnographic Theory, vol. 3, núm. 1, 2013, pp. 249-61.
94  •  Rodrigo Parrini Roses

el pensamiento de Benjamin sobre un análisis histórico de los objetos, los restos, los
desechos y las ruinas a un trabajo etnográfico con esos materiales.
No me adentraré en la teoría de la historia de Benjamin. Creo que es suficiente, al
menos en este texto, propiciar un principio muy conocido de su aproximación, enun-
ciado en el Libro de los pasajes, que invita a “descubrir en el análisis del pequeño
momento singular, el cristal del acontecer total”.5 No sé si estos momentos singulares
y los objetos que nos interesan reflejan el cristal de un acontecer total. Hay demasia-
dos elementos en juego, tanto en el momento singular como en el acontecer total, para
suponer un descubrimiento inmediato de uno en el otro. Pero creo que en estos trapos
(Lumpen) hay suficiente acontecer total para que su análisis sea valioso. El antrapó-
logo debe escrutar en esos desechos aconteceres inmediatos o mediatos, cercanos o
lejanos, materiales o simbólicos, subjetivos o sociales. Sin duda, ellos corresponden
al pequeño momento singular de Benjamin, aunque no sepamos si refractan los cris-
tales que interesan al filósofo. Aunque esos trapos sean opacos, oscuros, algo dicen
y de algo hablan.
En nuestro caso, deseamos leer en ese momento singular, textil y desechable dos
aconteceres: el abandono y la globalización. Nuestra mirada es singular; es decir,
examinaremos en esos trapos los rastros de ambos procesos; en cambio, no interpre-
taremos esas prendas desde el prisma general de los aconteceres. De este modo, la
antrapología se dedica a recolectar esos desechos y, en lo que Didi-Huberman llamará
una arqueología material, interpreta sus signos, sus materialidades y sus usos.

El ajuar de los oprimidos

Si el ángel de la historia del que habla Benjamin mirara estos parajes y estas cosas
no sólo vería la tradición de los oprimidos, sino también sus herramientas, los obje-
tos, las cosas que quedaron dispersas en sus éxodos y sus huidas. La tradición de los
oprimidos también es el instrumental de su opresión, la escasez de sus posesiones y
la fragilidad de sus pertenencias. El ángel tendría que ver los basurales de la historia
como un osario de mercancías que han llegado a su final, pero que, justamente en ese
instante, se transforman en documentos de la miseria, “[…] sintiendo dentro de sí no
la muerte, sino el uso”, como ha escrito Dereck Walcott.6
El ángel ve una catástrofe, dice Benjamin, “que amontona incansablemente ruina
sobre ruina”, donde nosotros sólo vemos “una cadena de datos”.7 La antrapología
sería una disciplina de la mirada que reconocería datos donde hoy sólo vemos ruinas;

5 Walter Benjamin, El libro de los pasajes, edición de Rolf Tiedemann, traducción de Luis Fernández,

Isidro Herrera y Fernando Guerrero, cuarta reimpresión, Madrid, Akal, 2013 [1982], p. 463.
6 Dereck Walcott, Omeros, traducción de José Luis Riva, Barcelona, Anagrama, 1994.
7 Walter Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia”, en Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte

y de la historia, traducción de Jesús Aguirre, Madrid, Taurus, 1989 [1942], p. 183.


Antrapología del abandono…  •  9
5

el ángel que la anima, si tuviera alguno, atisba azorado el futuro y debe aclarar, en el
presente más inmediato y vivo, qué sucederá. No es una disciplina de la prospección,
sólo se detiene ante estos restos para entender qué los ha producido y qué surgirá de
ellos en un futuro inmediato o tardío, si es que algo naciera de los trapos que le in-
teresan. Se pregunta entonces: ¿a qué materialidades debemos asirnos para enfrentar
el destino?, ¿qué materialidades nos pueden cubrir del dolor o de la violencia, del
abandono o la tristeza?
Benjamin, de acuerdo con Didi-Huberman, solicita que el historiador adopte “la
mirada meticulosa del antropólogo atento a los detalles más pequeños”,8 para conver-
tirse, así, “en el ‘trapero’ (Lumpensammler) de la memoria de las cosas”.9 Lumpen es
harapo y trapo en alemán, y una Lumpenanthropologie sería una antrapología, inte-
resada en esa memoria de las cosas, que importa a Benjamin. En su Libro de los pa-
sajes, el filósofo alemán escribe que no desea inventariar “los harapos, los desechos
[…], sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos”.10
¿Cómo se pueden emplear esos desechos y esos harapos en disciplinas textuales como
la antropología o la historia?, ¿qué memoria de las cosas podemos reconstruir, si fuera
el caso, entre esos harapos y esos desechos? Lo que ha sido destruido, desechado,
tirado, lo que no sirve, ¿qué memoria guarda y cómo podemos emplearlo?
En este texto afronto esta paradoja, pero desde un ángulo distinto. El Hogar-Refu-
gio para Personas Migrantes La 7211 cuenta con un ropero formado por las donacio-
nes de diversas personas e instituciones. Es un lugar que, al principio, reunía prendas
dispares: zapatos, abrigos, cinturones, vestidos, bolsos, en una especie de depósito de
lo sobrante y un acomodo de la miseria. En abril de 2014, con un grupo de alumnos
de mi universidad, organizamos ese armario y seleccionamos las prendas más ade-
cuadas para las condiciones del viaje que los migrantes centroamericanos realizan
(o intentan hacer) desde la frontera sur de México hasta Estados Unidos. Cuando
clasificamos esas ropas, descartamos las que no servían, tiramos lo que estaba muy
deteriorado y rescatamos lo que considerábamos útil; hicimos el inventario del que
habla Benjamin. Luego de nuestra intervención, la sala donde se acumulaba la ropa
lucía ordenada; varias decenas de cajas con objetos que no servían fueron donadas
a otras instituciones o grupos, y las vestimentas que podrían servir a los migrantes
colgaban en un armazón de metal o estaban apiladas en unos anaqueles. Habíamos

8 Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, traducción

y nota preliminar de Carlos Oviedo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2011, p. 155.
9 Ibid., p. 156.
10 Walter Benjamin, El libro de los pasajes, op. cit., p. 462.
11 Fundada el 25 de abril de 2011, en la ciudad de Tenosique, este hogar es un proyecto de la Provincia

Franciscana San Felipe de Jesús en sureste de México. Su nombre recuerda la matanza de 72 migrantes, la
mayoría centroamericanos, en la ciudad de San Fernando, Tamaulipas, en agosto de 2010, efectuada por
células del crimen organizado en complicidad con la policía local (cndh, 2013). Este hogar es el primero
que encuentran los migrantes que entran a México por la frontera entre Tabasco y Guatemala; les ofrece
alojamiento, comida, atención jurídica, orientación y primeros auxilios.
96  •  Rodrigo Parrini Roses

inventariado para producir un orden entre los desechos y un armario de los harapos;
quienes realizamos esa tarea no utilizaríamos nada de lo seleccionado.
El empleo del que habla Benjamin no es el uso literal de las cosas; él las ocupa
para pensar la historia material de un siglo. Pero para el antrapólogo las cosas no sólo
constituyen objetos textuales, que podemos anotar en un diario de campo, sino mate-
riales que pueden ser utilizados literalmente. Por otra parte, la cita que le interesa al
practicante de esta disciplina no proviene de un texto que habla sobre cosas u objetos,
llega desde su propia materialidad. Citar es integrar a nuevas redes interpretativas o
prácticas un trozo de otro campo o uso; en este caso, citar correspondió a dos gestos:
incluir o desechar. Citas para usos futuros de objetos cuya materialidad no se ha
desgastado totalmente o para modificaciones de su régimen de pertenencia, cuando
una prenda, por ejemplo, pasa de una caja donde se depositó como donación a otra
donde se la pone como basura. Citar, en este contexto, es transformar los objetos en
desechos, las prendas en harapos, los usos en ocasos materiales quizá definitivos.
En esos deslindes se juega, a mi entender, la memoria de las cosas: tal vez en las
cosas mismas. Entre lo que Didi-Huberman llama “la pura dispersión empírica y la
pura pretensión sistemática”, el historiador-filósofo de los “trapos” (el antrapólogo,
en nuestros términos) restituiría a los desechos “su valor de uso” utilizándolos, “es
decir, restituyéndolos en un montaje único, capaz de ofrecerles una “legibilidad”.12 El
ropero se formó entre la pura dispersión empírica y la sistemática, entre los montones
de ropa mezclada y los colgadores de prendas diferenciadas. Fue, en alguna medida,
un montaje para un uso cotidiano de esas vestimentas y una operación de legibilidad,
porque distinguir lo que sirve de lo que no, lo que puede ser utilizado en el viaje de
los migrantes, lo que es don de lo que es basura es producir una legibilidad social para
esos desechos. El acto de clasificar y ordenar es en sí mismo una interpretación.
Nos detenemos ante estas prendas y sus devenires porque contienen lo que Didi-
Huberman llama una arqueología material13 y nos ayudarán a dilucidar no sólo su
destino sino el de sus portadores. Observamos los harapos como citas de relaciones
sociales que podremos comprender con mayor profundidad cuando analicemos
sus desechos. Continuamos, así, la apuesta del mismo Benjamin con respecto a la his-
toria del siglo xix europeo. Si Marx “expone el entramado causal entre la economía y
la cultura”, él desea investigar “su entramado expresivo”14 a través de su “captación
plástica”.15 El principio del montaje sería el camino, según Benjamin, para “[…]
levantar las grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños,
confeccionados con un perfil neto y cortante”,16 lo que permitiría descubrir “en el
análisis del pequeño momento singular, el cristal del acontecer total”.17

12 G. Didi-Huberman, op. cit., p. 175.


13 Ibid., p. 155.
14 W. Benjamin, op. cit., p. 462.
15 Ibid., p. 563.
16 Loc. cit.
17 Loc. cit.
Antrapología del abandono…  •  9
7

Estas prendas y sus usos representan un entramado expresivo de algunos procesos


de globalización y permiten su captación plástica. En este sentido, la antrapología es
fiel a las intuiciones de Benjamin. Pero, por otra parte, leeremos esos objetos como
rastros del abandono, siguiendo a Giorgio Agamben. Si bien no ha sido su línea de
análisis, creemos que el abandono es también una materialidad y una relación con los
objetos. João Biehl18 lo ha observado en su etnografía sobre lo que denominó zonas
de abandono, y Elizabeth Povinelli19 en sus economías del abandono. Sin embargo,
dilucidar el abandono a partir de los objetos es una tarea inédita.

Zonas y flujos del abandono

Quien es abandonado, dice Giorgio Agamben, “no queda sencillamente fuera de la


ley ni es indiferente a ésta, sino que es abandonado por ella; es decir, queda expuesto
y en peligro en el umbral en que vida y derecho, exterior e interior se confunden”.20 El
abandono es una relación ambigua que ligaría la nuda vida con el poder.21 ¿Qué ropa
viste la nuda vida en esa frontera y entre esos sujetos?, ¿qué prendas pueden cubrir
sus cuerpos y resguardar sus subjetividades ante la intemperie del poder y la vio-
lencia?, ¿cómo las mercancías globales, transformadas en desechos locales, pueden
atemperar el abandono?, ¿qué relaciones sociales contienen esas ropas, transformadas
de pronto en testigos de los cuerpos de la miseria y en prendas del abandono?
Por Tenosique pasan múltiples flujos, vinculados de maneras diversas con la glo-
balización. El tren, que a veces se detiene en la ciudad, transporta mercancías desde
el sur o el norte del país y articula flujos económicos globales, que inician en lugares
distantes y finalizan en otros igual de lejanos.22 Los trenes conectan puertos o

18 João Biehl, Vita: Life in a Zone of Abandonment, Berkeley/Los Ángeles, University of California

Press, 2007; Will to Live. Aids Therapies and the Politics of Survival, Princenton, Princeton University Press,
2007.
19 Cfr. Elizabeth Povinelli, Economies of Abandonment. Social Belonging and Endurance in Late Li-

beralism, Durham/Londres, Duke University Press, 2011.


20 Giorgio Agamben, Homo sacer I, El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-Textos, 2006, p.

144.
21 Ibid., p. 143.
22 El tren Chiapas-Mayab cubre todo el sur de México en dos rutas distintas, una en el Golfo de México

y otra en el Pacífico, que suman 1,805 km. Ambos caminos se conectan a través del Ferrocarril Istmo de Te-
huantepec (fit), que une el puerto de Salina Cruz en Oaxaca con Medias Aguas en Veracruz. Una ruta inicia
en el estado de Yucatán y llega hasta el puerto de Coatzacoalcos, en Veracruz, atravesando Campeche,
Tabasco y una parte de Chiapas. La otra empieza en Tapachula y finaliza en la ciudad de Ixtepec en Oaxaca.
Esta última tiene troncales que la conectan con Puerto Madero en Chiapas. A través de las conexiones del
fit se puede seguir una ruta hacia Coatzacoalcos u otra hacia el norte del país, cruzando Puebla, el Estado
de México e Hidalgo. Lo que en términos mediáticos es conocido como La Bestia, tristemente famoso por
los abusos que se cometen contra los migrantes montados en su ‘lomo’, es en realidad una intrincada red
ferroviaria con diversos tramos y desvíos que pertenece a empresas distintas dedicadas al transporte de
carga. El tren que pasa por Tenosique transita por una ruta distinta a la del Pacífico.
98  •  Rodrigo Parrini Roses

redes ferroviarias extensas que cruzan Norteamérica; son utilizados por los migrantes
para viajar a través de México hacia Estados Unidos, en un flujo humano constante
que involucra a miles de sujetos.
En los meandros de ambos flujos parasitan todo tipo de actores que aprovechan la
vulnerabilidad de los migrantes. A los flujos ferroviarios se suman los migratorios y, a
éstos, los criminales. La globalización, escribe Peter Sloterdijk, “lleva la exterioridad
reticulada a todas partes” y “desgarra las ciudades abiertas al comercio, incluso las
aldeas introvertidas, introduciéndolas en el espacio de tráfico”.23 En esa geografía se
reducen “todas las peculiaridades locales”24 a dos denominadores comunes: el dinero
y la geometría.
En dicha exterioridad reticulada se crean zonas de abandono, como las denomina
João Biehl.25 Si bien para el antropólogo brasileño esas zonas son espacios físicos
definidos a donde se envía a los indeseados y a grupos crecientes de pobres, nosotros
las pensamos como zonas de flujos globales que, en ese cruce entre dinero y geome-
tría, producen nuevas formas de abandono. Una novedad, tal vez, de los procesos
de globalización observados desde la perspectiva de una etnografía fronteriza, es
que generan nuevas formas de nomadismo que no pueden ser pensadas solamente
con categorías sedentarias. En este caso, los trenes en movimiento serían zonas de
abandono, fluidas y móviles, al igual que el denso y complejo mapa de líneas férreas
o carreteras.
La localización será fundamental, dirá Agamben, para pensar las formas de aban-
dono y los estados de excepción, porque no se limita a distinguir “lo que está dentro
y lo que está fuera, la situación normal y el caos”, sino que establece un umbral “a
partir del cual lo interior y exterior entran en esas complejas relaciones topológicas
que hacen posible la validez de un ordenamiento”.26
¿Dónde, entonces, se produce el abandono?, ¿cuáles serían los umbrales que
encontramos o podemos identificar en nuestra etnografía? Uno de ellos es el tren
con sus vías férreas, que materialmente constituyen un umbral biopolítico e inau-
guran una topología. No podemos buscar en los ordenamientos legales ese umbral,
pero una vez que los migrantes entran a ese espacio (aunque no solamente en él)
sus derechos pueden ser sometidos a todo tipo de violaciones.27 Están, en esa
zona de abandono móvil, dentro y fuera del ordenamiento legal. Abandonados, en
términos de Agamben.

23 Peter Sloterdijk, En el mundo interior del capital. Para una teoría filosófica de la globalización,

Madrid, Siruela, 2010, p. 49.


24 Loc. cit.
25 J. Biehl, op. cit.
26 G. Agamben, op. cit., pp. 31-32.
27 Para profundizar en este aspecto véase Amnistía Internacional, 2011; cndh, 2011; Fundar, 2011;

I(dh)eas, 2011; Meyer y Brewer, 2010.


Antrapología del abandono…  •  9
9

Las mercancías transformadas en desechos formaban una especie de ruina textil


ante la miseria y la violencia. Prendas de vestir para cubrir los cuerpos que nada puede
abrigar, para suavizar una vulnerabilidad demasiado radical: la del abandono. Ropas
que se mueven por el mundo, en el mercado global de las vestimentas y la moda,
apiladas en cajas de cartón a la espera de un cuerpo que las porte en esos otros flujos,
globales pero dramáticos, que llamaremos flujos del abandono, que transitan por esas
zonas móviles y las crean.

Prendas y mercancías

La ropa donada profundiza el abandono. Los migrantes que viajan en trenes también
viven de las sobras: parte de la comida, por ejemplo, que dan los comerciantes a La
72 está a punto de descomponerse. Los locatarios de los mercados la regalan en vez de
tirarla. Como la ropa, que muchas veces ya no sirve. En las topologías que inauguran
el dinero y la geometría estas prendas suponen el último uso de algunas mercancías
y un mapa de corporalidades disjuntas; en ese ropero, la globalización se perturba y
sus coordenadas geométricas no coinciden con los cuerpos, tampoco los bienes con
sus usos.
¿Qué es una mercancía que ya no sirve para nada y carece de cualquier valor de
cambio posible? Si restamos algo de su valor de uso, ¿en qué se transforma una pieza
de ropa tras su donación?, ¿qué distancias median entre los cuerpos que las visten
como mercancías y aquellos que las usan como desechos? Es como si presenciáramos
una retroversión de las mercancías que, ya desechadas, se transforman sólo en una
materialidad que añora algún uso potencial.
Podemos leer la donación de esas ropas como un contraflujo. Inservibles y ya no
intercambiables, regresan como dones hasta estos lugares donde el abandono crea
nuevas topologías, pero no inaugura nuevos intercambios. El don, en este lugar, es
el fin.
De pronto, estas ropas han sido desfetichizadas y ya no ocultan relaciones huma-
nas detrás de sus valores comerciales. Devueltas a una materialidad radical, disímiles
al gusto o la moda, sólo serían útiles (por última vez). Desprovistas de belleza, regre-
san a los cuerpos como recursos extremos ante la desnudez o la miseria. Umbrales
textiles del abandono, quien se las pone asume la donación de lo desechado, el fin de
las modas, las fronteras del gusto, y se aproxima a ellas como materialidades protec-
toras y cobijantes, pero también traza sobre su cuerpo las topologías que distinguen
lo exterior de lo interior, lo normal de lo excepcional, el caos del orden. ¿Un migrante
que porta las prendas donadas encarna, en parte, las relaciones que esas ropas propi-
ciaban? ¿Un migrante, al usarlas, estaría al exterior o al interior de los umbrales del
abandono?, ¿en lo normal o en lo excepcional?, ¿en el caos o en el orden?
Creo que debemos pensar por qué las zonas de abandono móviles son habitadas por
sujetos que visten despojos. Es como si los migrantes, muchos de ellos, tuvieran que
100  •  Rodrigo Parrini Roses

pasar un umbral corporal al vestirse con las ropas que otro desechó y luego entraran a
esas zonas fluidas que condensan nuevas formas globales de abandono.28 Se subirán
a trenes que transportan mercancías, vistiendo desechos en los que, potencialmente,
cualquier objeto se puede convertir. Ellos han encontrado algo para protegerse en ese
contraflujo que produce el don, en los intercambios finales de objetos que también
son fronterizos dentro de los sistemas estéticos y prácticos. El contraflujo de la abun-
dancia a la escasez, de la riqueza a la miseria, del centro a la periferia, que parasita
los flujos mercantiles, tecnológicos y energéticos que parten desde nodos comercia-
les para dirigirse a otros. Abandonados sobre trenes, despojos sobre cuerpos vivos,
umbrales maquínicos y textiles para estos nuevos arreglos de geometría y dinero de
los que somos testigos. La melancolía de las mercancías globales se delinea sobre el
horizonte metálico de las vías férreas.

Geografías de los desechos

Los trenes son ruinas del antiguo capitalismo terrestre que inundó de líneas y máqui-
nas amplios espacios del mundo, desde el sur de Asia hasta las enormes estepas de
Norteamérica. Funcionan, es cierto, pero son artefactos del pasado privatizados, res-
catados, vueltos a privatizar.29 En Tenosique, la vieja estación de trenes está en ruinas;
memorial de pasajeros y de largos viajes, hoy sólo atestigua el paso de los trenes de
carga. Son las ruinas del Estado, si leemos ese lugar con los argumentos de Navaro-

28 Ese umbral corporal está presente en los trabajos de Biehl y Povinelli. Ambos se detienen, en con-

textos diferentes, en los cuerpos deteriorados de los abandonados. Si bien ése no es el caso de muchos
migrantes, el deterioro será un resultado del viaje. En el caso de Biehl en Vita: Life in a Zone of Abandon-
ment, los internos de Vita –una especie de asilo y de hospital para pobres, ubicado en la ciudad de Porto
Alegre– viven en sus cuerpos el abandono, y la estancia en el lugar parece profundizarlo. En Economies
of Abandonment. Social Belonging and Endurance in Late Liberalism, de Povinelli, los aborígenes austra-
lianos experimentan una serie de enfermedades, crónicas y agudas, y un detrimento paulatino de su salud
y sus cuerpos. Si bien la antropóloga estadounidense no habla de ‘abandonados’, describe condiciones de
vida subjetivas que aceleran los procesos patológicos o los producen; para ella, ese horizonte de lenta des-
trucción es una manifestación del cruce entre neoliberalismo (liberalismo tardío, lo llama) y biopolítica, al
menos en el caso australiano. Quizá en el caso de los migrantes un rasgo que resalta y debe pensarse es que
son sujetos sanos, en términos médicos. El abandono, en nuestro caso, no es la enfermedad (aunque lo sea
en algunos casos) sino el desgaste corporal intenso que generan las condiciones del viaje. Pero, también, el
estatus del cuerpo con respecto a la ley y las instituciones, esté sano o enfermo, y que se inaugura, a nuestro
entender, cuando entra en determinadas zonas móviles o fluidas de abandono, con independencia del estado
de salud de los sujetos. Tampoco en Biehl o en Povinelli el abandono es una condición médica, pero sí se
manifiesta de manera patente en el cuerpo y, en muchos sentidos, produce corporalidades y estados de salud
específicos. Es necesario dilucidar por qué esa localización ambigua de los abandonados intensifica las
enfermedades, pero también que éstas profundizan la localización. Como veremos más adelante, cuando
los migrantes arriban a la frontera norte de México, su abandono se ha ahondado, pero también su deterio-
ro corporal, como si se produjeran mutuamente. He tratado de pensar el vínculo entre salud, abandono y
migración en otro texto (Parrini, 2015).
29 En México los trenes fueron privatizados en 1995, dentro de una reforma del Estado de corte neoli-

beral (Andalón y López-Calva, 2003; Sharp, 2005).


Antrapología del abandono…  •  101

Yashin (2003 y 2009). La soberanía territorial, conquistada mediante máquinas y vías


férreas durante el siglo xix, se diluye. Otra geografía del dinero se desacopla de estas
tecnologías.
Pero en esos mismos espacios técnicos y políticos miles de migrantes centroameri-
canos intentan huir de la miseria o de la violencia de sus países.30 Trenes parasitados
por la desesperación colectiva; transfigurados, nuevamente, en transportes de pasaje-
ros. Como un déjà vu histórico lleno de ironía, las cargas vuelven a rotar sobre el eje
de las transformaciones del capitalismo. Lo global, en estos parajes, son los migrantes
colgados de un tren, no las mercancías transportadas.
Pero a su lado surgen los desechos, esa inquietante presencia de lo que sirvió o
vistió un cuerpo humano, pero que de pronto encontramos tirado. Objetos absueltos
de sus usos, convertidos en testigos mudos del abandono. Especies de monolitos de
otras vidas y de otras prácticas que no logran enunciar nada, pero que lo dicen todo.
Unos zapatos tirados en las vías del tren. Ropa esparcida a sus orillas. Inquietud y
misterio.
¿Qué sucedió con sus portadores?, ¿por qué quedaron ahí?, ¿qué pasó en esos lu-
gares? A la orilla de un tren, los desechos son globales también, como el sedimento de
un río humano profundo y turbio que acumulara vestigios en su fondo cenagoso. ¿No
está en esas ropas esparcidas o en esa mochila abandonada inscrito el sueño america-
no que impulsa a los migrantes como una utopía siniestra?, ¿no son también rastros
de Estados Unidos, metonimias trágicas de su poder, esos desechos? La geometría del
abandono, sus flujos incontrolables y multitudinarios, los misterios de las vías férreas
y las preguntas acuciantes que interrogan la justicia, la dignidad y la emancipación.
La contigüidad de esos desechos y los sujetos que han sido sus portadores últimos
permite preguntar si el desecho es el destino de los objetos así como el abandono lo
es de algunos sujetos. El abandono, recordemos, es una relación ambigua, no es la
simple expulsión mediante un decreto o un acto, es la inclusión abusiva de algunos
colectivos, es su estatus precario, colocado entre la ley y su ruptura, entre los derechos
y su ausencia. Colgados de los trenes, si se me permite la imagen, como las ropas de
los percheros del ropero migrante.
Si retomamos una imagen o una figura política propuesta por Giorgio Agamben,31
podemos preguntar qué prendas usa este homo sacer fronterizo y global, férreo y car-
nal que atraviesa México, por qué viste desechos, qué mercancías son las que cubren
su cuerpo expuesto, sagrado y profano a la vez, en estos deslindes de las soberanías

30 Según datos de la Comisión Económica para América Latina (cepal), en Honduras 67.4 % de la

población vivía bajo la línea de la pobreza (2010); en El Salvador el porcentaje era de 45.3% (2012) y en
Guatemala de 54.8 % (2006) (cepal, 2014, Cuadro 4). De los migrantes que se alojaron entre enero y junio
de 2013 en albergues administrados por la Iglesia católica a lo largo del país, 30% no contaba con ningún
tipo de educación formal, 18% tenía educación básica incompleta y 23% básica completa. Sólo 1% tenía
educación superior (Servicio Jesuita a Migrantes, 2013: 62). El 85% de los alojados migraba por razones
económicas (ibid., p. 78).
31 G. Agamben, op. cit.
102  •  Rodrigo Parrini Roses

estatales, en estas geografías globales, melancólicas y violentas, crepusculares y mul-


titudinarias.

Literalización: los harapos

Un año después de haber organizado el ropero visité un comedor de migrantes ubi-


cado en la ciudad de Hermosillo, Sonora, al norte de México. La ciudad forma parte
de una ruta ferroviaria que ha adquirido creciente importancia para los migrantes; al
tren que pasa por ahí y sigue su ruta hacia la frontera con los Estados Unidos le llaman
El Diablo. Entre Tenosique y Hermosillo hay 2,853 kilómetros de distancia. Desde
Hermosillo, los migrantes pueden viajar hasta Benjamin Hill y seguir hacia Altar, una
pequeña ciudad que se ha transformado en un punto de paso de migrantes, o hacia
Nogales, ubicada a 287 kilómetros, en el límite entre los dos países.
El Diablo cruza el desierto y en verano las temperaturas pueden sobrepasar los 50
grados Celsius. El comedor es uno de los pocos lugares que atienden a los migrantes
que transitan por Hermosillo. Ubicado a unos metros de las vías férreas y cerca de
la estación de trenes, alimenta a dos colectivos abandonados: migrantes e indigentes
residentes en la ciudad. Llegan entre 80 y 300 personas diariamente a comer.
Cuando llegué al lugar, acompañado por el sacerdote que lo fundó y lo adminis-
tra, vi una larga fila de hombres apostados a las afueras del comedor y otra hilera
de mochilas y bolsas, que al parecer guardaban los puestos de individuos ausentes.
Me sorprendió que no se pudiera distinguir entre indigentes y migrantes. Fue una
impresión al pasar, pero luego la confirmé al observar a los comensales que entraban
al recinto y se sentaban en torno de las mesas del comedor. Cada uno traía un número
y, cuando los llamaban, una persona les hacía entrega una bandeja y pasaban por su
comida. Todo sucedía en un silencio apenas interrumpido por la voz que anunciaba
los números. La gente comía ensimismada, casi nadie hablaba.
Salvo dos mujeres, el resto eran hombres. Algunos jóvenes, otros mayores, aunque
la edad es una coordenada difícil de establecer en estas condiciones. Los migrantes
que he visto en La 72, en la frontera sur, tienen otro aspecto. En general son jó-
venes y, si bien puede variar su apariencia, son personas que cuidan sus ropas y su
higiene, a pesar de que han realizado, a veces, largos trayectos a pie. En Hermosillo
el aspecto era radicalmente distinto: literalmente visten harapos, tienen la piel oscura
por la falta de baño y el cabello hirsuto.
Dos de los comensales me platicaron sobre su viaje. Salieron de Honduras hace
más de un mes y llevan unos días en Hermosillo. Desde la frontera sur de México
caminaron hasta Palenque, en Chiapas, y luego hasta Coatzacoalcos, Veracruz. Tar-
daron 20 días en llegar a ese puerto del Atlántico. A veces comían lo que les daban
personas que viven a las orillas de las vías del tren; pero pasaron hasta tres días sin
comer. En Coatzacoalcos se subieron a un tren que los llevó hasta Orizaba, en el mis-
mo estado, y luego otro hasta Lechería, en el Estado de México. Vadearon los lugares
Antrapología del abandono…  •  103

peligrosos. Siguieron hacia Guadalajara y tomaron el tren que los condujo hasta So-
nora. El alimento que les ofrecían en el comedor era la única comida a la que tenían
acceso. Llamaron a unos familiares en Estados Unidos, pero nunca les enviaron el
dinero prometido. Pronto seguirían su viaje hacia la frontera. No saben si al cruzar
los detendrá la Patrulla Fronteriza del país del norte. Le pregunto a uno de ellos qué
hará si lo deportan y me dice que regresará a Honduras y se resignará a vivir en la
pobreza; sólo viaja porque desea darle un futuro distinto a su hija de cuatro años, pero
la experiencia ha sido tan dura que no lo volvería a intentar.
Lo que en el ropero eran reflexiones antropológicas en este comedor se transformó
en una evidencia indesmentible. Los migrantes que lograron llegar a este punto del
viaje visten harapos; el viaje profundiza su miseria y su vulnerabilidad. Cerca de la
frontera norte están literalmente abandonados y lo que les espera es un gigantesco
desierto inclemente. El abandono es un proceso sustentado en una trama densa de
relaciones sociales de exclusión y violencia. Los dos migrantes citados caminaron por
las vías del tren en la parte sur de México porque no pudieron subirse a los vagones.
La energía maquínica que ofrecen los trenes, como un suplemento, ha sido prohibida
o dificultada por las autoridades; el cuerpo humano debe realizar el viaje con sus
propios recursos. Las vías del tren se convierten en caminos.
Cuando preguntábamos por los despojos que quedaban en las orillas del tren, en
esas geografías de los desechos que debemos sobreponer a las de la globalización,
pensábamos que eran restos de una presencia, quizá sus huellas. Luego esas mismas
vías se convirtieron en senderos. Una nueva dimensión se añade a esas geografías de
los desechos: las zonas de abandono móviles abarcan la red ferroviaria mexicana casi
en su totalidad, desde el sur hasta la frontera norte del país.32 El abandono no corres-
ponde, en este caso, a la materialidad de los espacios, como sí sucede con las zonas
de abandono estudiadas por Biehl.33 Estas zonas móviles siguen a los migrantes, se

32 Las formas de viajar de los migrantes centroamericanos por México han sido variadas. No obstante,

luego de la masiva entrada de menores de edad no acompañados a Estados Unidos, desde fines de 2013
y hasta mediados de 2014, el gobierno mexicano adoptó una serie de medidas para contener el flujo mi-
gratorio en la frontera sur. El 7 de julio de 2014 fue presentado por el presidente de la República el Plan
Integral Frontera Sur (Grupo de Trabajo sobre Política Migratoria, 2014). Entre las primeras medidas
tomadas dentro de ese Plan se prohibió el uso de los trenes a los migrantes indocumentados; las redadas de
instituciones federales se concentraron en evitar que los migrantes los utilizaran, pero también se aumentó
la velocidad con la que transitan por ciertos lugares. El Plan, que prometió defender los derechos humanos
de los migrantes, se tradujo en un incremento sostenido de las deportaciones. El gobierno de Guatemala
informó que, durante 2014, 114,009 centroamericanos fueron “deportados de México por vía terrestre”, lo
que representó un incremento de 53%, en comparación con el año anterior (Dirección General de Migra-
ción de Guatemala, 2015). Si bien no hay datos precisos, las dificultades para tomar los trenes supondrían
una transformación en las formas de viaje y, en alguna medida, en las rutas migratorias. Notas periodísticas
hablan del uso de rutas más peligrosas (Chaca y Quadratín, 2015); en un reportaje de la bbc se lee: “en
balsas que bordean la costa del Océano Pacífico. A pie por brechas entre cerros, en caminatas que a veces
superan 100 kilómetros. Escondidos en camiones de carga, en taxis o autobuses de pasajeros. Es la forma
como desde hace varios meses se mueven miles de migrantes centroamericanos que ingresan a México sin
documentos migratorios” (Najar, 2015: 1).
33 J. Biehl, Vita, op. cit.
104  •  Rodrigo Parrini Roses

transforman en la sombra de sus viajes, los acorralan en muchos sentidos. Diremos:


ahí donde estén los migrantes, allí encontraremos el abandono. Si la policía los detie-
ne, muchas veces les roba o los extorsiona; si solicitan atención en un centro de salud,
podrían negárselas. Deben caminar, porque si toman autobuses los pueden detener en
algún puesto de revisión de Instituto Nacional de Migración y deportar; si logran su-
birse al tren, tendrán que pagar una cuota a los mafiosos locales que lo ‘administran’
y, si no lo hacen, los golpearán, los lanzarán de la máquina o los asesinarán (todo esto
ha pasado, efectivamente); pueden ser secuestrados por bandas del crimen organizado
en algunos lugares del país (los estados de Veracruz, Tamaulipas y de México son
los más peligrosos). Pasan hambre; en algunos lugares duermen a la intemperie. La
miseria que los motiva a migrar se profundiza durante el trayecto.
En este caso, la literalización es un proceso en el que se cumple lo que esperába-
mos de otra forma y en otro momento. En este trayecto, las prendas de vestir donadas
a una casa de migrantes, que servirían para protegerlos durante su viaje y cuyo estatus
interrogamos, se transforman en harapos, tal como lo temimos cuando pensamos
esos desechos. En las notas de sus Pasajes, Benjamin escribe que “la ‘comprensión’
histórica se ha de tomar como la vida póstuma de lo comprendido”.34 ¿No son los
harapos la vida póstuma de las prendas?, ¿no es ese abandono en el que se encuentran
los migrantes la verdadera comprensión histórica de su viaje y de su estatuto como
sujetos?, ¿no es lo póstumo lo que, en muchos casos, se convierte en el único registro
de estas existencias? Benjamin cita una hermosa carta de Max Horkheimer en la que
debate su noción de historia; en ella, su colega le dice que “la injusticia pasada ha su-
cedido y está conclusa”, y añade que “los golpeados han sido realmente golpeados”.
Los golpes dan fe de la injusticia acaecida, pero también de su conclusión.
No estamos ante la representación de lo que sucedió, aunque tampoco aspiremos
a una pureza de la mirada imposible de conseguir, según el mismo Benjamin.35 Los
harapos son literales, no interpretativos; son reales como los golpes, pero debemos
dilucidar qué injusticias han concluido en ellos y con ellos. En algún sentido, la in-
justicia empieza en el desecho, incluso en el don. En las ropas que antes sostuvimos
profundizaban el abandono, en vez de mitigarlo. En esa inscripción póstuma de sus
destinos como harapos.

Literalización II: pepenadores

Mientras escribía este artículo me encontré con un reportaje periodístico que descri-
be la vida de los migrantes centroamericanos que trabajan en el basurero municipal
de la ciudad de Tapachula, Chiapas, a 40 kilómetros de la frontera con Guatemala.
“Al llegar al basurero municipal –escribe la periodista– domina un penetrante olor

34 W. Benjamin, El libro de los pasajes, op. cit., p. 463.


35 Ibid., p. 472.
Antrapología del abandono…  •  105

originado por la descomposición de alimentos y animales muertos. El hedor atrae a


cientos de buitres; algunos pepenadores intentan alejarlos, pero las aves han perdido
el miedo”.36
Pepena es una palabra náhuatl que significa escoger y recoger, y es usada en el
español de México y Centroamérica para nombrar el trabajo de recolección de los
desechos; los pepenadores trabajan en los basurales recolectando aquello que se pue-
de vender. “Los pepenadores viven en las colonias que a lo largo de los años se han
ido formando en las orillas del basurero. Se trata de guatemaltecos que han comprado
pequeñas parcelas para levantar sus casas de cartón, madera y adobe”, añade la repor-
tera. Luego describe la forma de trabajar:

[…] en un solo lugar hay cuatro vehículos descargando y los conductores saludan a la
gente que corre a ver qué les puede servir de la ‘mercancía’ recién llegada. La piel que-
mada, la frente sudorosa y la mirada cansada, identifican a hombres y mujeres que –al-
gunos descalzos y otros con tenis bañados en lodo– escalan los interminables montones
de basura, se apoyan en bastones de madera fabricados por ellos mismos con un clavo en
el extremo, el cual ensartan en las latas de aluminio y las botellas de plástico.37

Benjamin reivindica una imagen de la historia asentada “en las cristalizaciones más
humildes de la existencia, en sus desechos, por así decir”.38 Cuando organizamos el
ropero en La 72 descartamos muchas prendas que nos parecieron inservibles. Las
guardamos en cajas y luego las tiramos a la basura. Creímos que lo que para nosotros
era ‘basura’ lo sería también para los otros, pero nos equivocamos. A las pocas horas
de tirar esa ropa inservible había migrantes, alojados en el Hogar-Refugio, escarban-
do entre los restos para seleccionar (pepenar) lo que podría servirles. Fue un efecto
inesperado de nuestros afanes. Habría deseado que esa búsqueda no hubiese sido
necesaria; tampoco propiciarla. Pero hubo algo muy profundo que nunca entendimos
(al menos yo no lo hice); no interrogamos el destino de esas ropas, el uso final que se
les podía dar. El ropero solidario había creado pepenadores circunstanciales.
Al leer el reportaje sobre los pepenadores guatemaltecos de Tapachula pensé en las
conexiones aún ocultas entre la migración y los desechos.
Regresemos al umbral del que ha hablado Agamben. ¿Qué líneas de sobrevivencia
ha cruzado alguien que escarba en la basura?, ¿qué tipo de sujeto se conforma en esa
sobrevivencia mediante desechos? Cité antes otras escenas: alimentos descompuestos
que sirven para cocinar, migrantes vistiendo harapos, una alimentación azarosa que
depende de la buena voluntad de las personas que se encuentran durante su viaje.
Éste es el viaje de los más pobres: ¿podría la historia fijar su imagen en estas cris-

36 Karina Palacios, “Migrantes pepenadores”, Milenio Dominical, 7 de junio de 2015, p. 1.


37 Ibid., p. 2.
38 Citado por Didi Huberman, op. cit., p. 156.
106  •  Rodrigo Parrini Roses

talizaciones, en estos desechos?; si lo hiciera, ¿qué relato produciría, qué narración


emergería de las “cristalizaciones más humildes de la existencia”? Pero también me
preguntaría si la antrapología surge en estos deslindes, en un lado de estos umbrales.
La periodista que escribió el reportaje sobre los pepenadores guatemaltecos dice que
rehúyen hablar; ella los ve y describe sus cuerpos y el lugar que habitan, pero no los
puede escuchar. El silencio profundo del comedor es también ese mutismo fronterizo
de un basural. ¿Cómo podría un antrapólogo trabajar en esos espacios y con esos
sujetos?, ¿son útiles los métodos pensados para lo que aún sirve en un trabajo con y
entre los desechos?, ¿cómo se podría elaborar una etnografía de los desperdicios que
cobijara sus singularidades?
En mi experiencia, si en alguna medida fuera la de un antrapólogo, la vida de los
otros es difícil de conocer y registrar, especialmente la de quienes están en los umbra-
les del abandono. He pensado si sería legítimo subirme al tren y realizar el viaje con
ellos o caminar comiendo lo que ellos comen o vestir lo que ellos visten. Si bien no
quisiera pensar en una identificación ingenua, también reconozco la dificultad de la
experiencia, casi su imposibilidad. El antrapólogo no puede ser un pepenador.
La periodista escribe que el trabajo en el basurero empieza a las seis de la mañana
y concluye a las seis o siete de la tarde,

[…] en general, pasan alrededor de 12 horas al día en el basurero para obtener, a veces,
sólo 30 pesos. En otras ocasiones corren con más suerte y llegan a ganar hasta 150
pesos, dinero que ocupan para alimentar a sus familias […] Una jornada de 12 horas
sin prestaciones, en donde en cualquier momento pueden contraer alguna infección o
enfermedad.39

Benjamin, en el prólogo a Los empleados de Siegfried Kracauer, ha imaginado al


intelectual como trapero/pepenador. Ahí escribe, con cierta ironía:

[…] si queremos imaginárnoslo tal como es, en la soledad de su oficio y su obra, veremos
a un trapero que, en la alborada, junta con su bastón los trapos discursivos y los jirones
lingüísticos a fin de arrojarlos en su carro quejoso y terco, un poco ebrio, no sin dejar
que de vez en cuando revoloteen de manera burlona, al viento matinal, uno u otro de esos
desteñidos calicós: ‘humanidad’, ‘interioridad’, ‘profundidad’. Un trapero al amanecer:
en la alborada del día de la revolución.40

Benjamin piensa a ese intelectual pepenador (tal vez el antrapólogo que nos interesa)
trabajando a la alborada en sus labores de recolección: trapos discursivos, jirones

39K. Palacios, op. cit., p. 3.


40W. Benjamin, “Prólogo. Sobre la politización de los intelectuales”, en Siegfried Kracauer, Los em-
pleados, Barcelona, Gedisa, 2008 [1930] pp. 100-101.
Antrapología del abandono…  •  107

lingüísticos, dice con sorna. En su carro revolotean esas telas delgadas (calicós) que
llama ‘interioridad’, ‘humanidad’ o ‘profundidad’. Pero no sabemos si ese trapero
intelectual se ha dado cuenta del día en el que salió a recolectar, “la alborada del día
de la revolución”.
Aunque el antrapólogo compartiera parte de las labores de ese pepenador, y tam-
bién sus defectos, de todos modos no sólo recolectaría jirones lingüísticos ni trapos
discursivos, aunque haya muchos que sólo se dediquen a eso. El antrapólogo junta,
literalmente, trapos y jirones, prendas y ropas. Sus calicós son otros: abandono, de-
secho, globalización. No ha visto la alborada que anuncia Benjamin, pero sí se ha
percatado de que no se pueden recoger sólo textos ni citas; también hay que pepenar
la materia, los objetos, las cosas, los desechos, la basura. El antrapólogo es un intelec-
tual materialista, que sería la otra lectura que se puede hacer de esa cita de Benjamin,
un etnopepenador del mundo y de la historia, que recoge los trozos dispersos de sus
avatares y aconteceres y camina por las vías de un tren, mirando el suelo estrellado
de basura, que ordena ropas y contempla desechos. Lo hace al amanecer o durante la
noche, porque la alborada prometida no ha llegado.

Literalización III: Lumpenperfomance

Quisiera preguntarme si al realizar esa intervención (el ropero) fuimos practicantes


inconscientes de una antrapología o si la disciplina sólo empieza cuando medita acer-
ca de lo práctico y epistémico que se realiza sobre los desechos y los harapos. Nue-
vamente, se juega el uso de los objetos en una práctica de campo, su empleo, como lo
ha llamado Benjamin. Creo que una antrapología es un pensamiento práctico sobre
los harapos, que no sólo los textualiza sino que también los manipula y, tal vez, les
encuentra nuevos usos políticos.
Luego constaté la importancia de guardar algunas de esas prendas. ¿Para qué?
Cuando expuse estas ideas en un auditorio, pensé entregar esas ropas a los asistentes
para que las tocaran, como reliquias laicas de un trabajo de campo, como huellas
textiles del cuerpo y la vida de los otros (migrantes), como testimonios y citas lite-
rales de un mundo. Había algo extraño en esa pretensión, que no quería mostrar la
pureza de la dispersión empírica ni sostener otra sistemática; más bien, deseaba darle
las prendas al público para conjurar cualquier interpretación y restituir su uso en un
montaje creado en ese momento, entre las manos que las tocaran y los ojos que las
vieran. Montajes en vivo con harapos de desconocidos. Un Lumpenperformance, si
se me permite otro neologismo (un nuevo montaje, sobra decir). ¿No se habría pro-
ducido, de este modo, una nueva legibilidad para esos objetos, al restituir su valor de
uso mediante su utilización, quizá alegórica, pero también real?
Tal vez, lejos de los contextos, esas ropas no eran más que prendas usadas, in-
capaces de transmitir la tensión histórica y material que las atravesaba. El ropero
lo habíamos organizado en medio de una movilización inédita de migrantes. Varios
108  •  Rodrigo Parrini Roses

cientos de ellos, junto con activistas y religiosos, se habían subido a algunos de los
vagones del tren que pasa por la ciudad para viajar hacia el norte, el 17 de abril de
2014. Los defensores de derechos humanos pretendían denunciar las condiciones
del viaje de los centroamericanos por México; los migrantes, utilizar esa cobertura
política para evitar las detenciones y deportaciones. Pero, durante la noche, los vago-
nes fueron desenganchados del tren y sus ocupantes quedaron varados en la ciudad.
Como respuesta, los activistas y migrantes organizaron una marcha que recorrió a pie
varios cientos de kilómetros y que arribó, finalmente, al Distrito Federal. Era un acto
inédito en la historia de la migración en esa zona del país y una de las pocas manifes-
taciones masivas de migrantes de las que se tenga registro. Algunos de los migrantes
que partieron en esa marcha llevaban prendas que habían tomado del ropero. En
alguna medida, todas esas ropas eran como fetiches llenos de la energía política de
un momento histórico, pero no sé si al tocarlas se podría captar esa ebullición social.
Harapos transformados en fetiches, prendas de vestir en objetos políticos.
La rememoración, escribe Benjamin en respuesta a la carta de Horkheimer, “puede
hacer de lo inconcluso (la dicha) algo concluso, y de lo concluso (el dolor) algo in-
concluso”.41 Si así fuera, situados ante estos paisajes y estas vidas, frente a esas ropas
y esos harapos, los trenes, los caminos y el desierto, deberíamos preguntarnos cómo
transformar el dolor concluso en una dicha inconclusa.
¿Podría esa Lumpenperfomance propiciar una dicha inconclusa a través de una
complicidad textil?, ¿se puede crear un relato político mediante el tacto del cuerpo
y las prendas de los otros? Estas ropas ofrecidas al público de un evento académico
podrían exorcizar esa búsqueda matinal de trapos discursivos y jirones lingüísticos de
la que se ríe Benjamin, y promover una labor materialista de pepenación intelectual.
Pero también creo que en esas telas desechas o en los harapos persisten vibraciones
corporales, afectivas y sociales que pueden ser captadas por sus nuevos portadores.
Tocar es conocer; sentir es adentrarse en la dimensión más dura de la experiencia: las
injusticias conclusas de las que habla Horkheimer. En esa medida, una Lumpenper-
fomance sería un acto de rememoración, según lo ha dicho Benjamin, en el que se
podría concluir el dolor y volver a abrir la dicha.

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Mujeres rurales e indígenas en México…  •  115

MUJERES RURALES E INDÍGENAS EN MÉXICO


FRENTE A LA GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA

María del Rosario Ayala Carrillo


Emma Zapata Martelo*

Resumen

Los procesos de globalización en México han transformado estructuralmente a las sociedades


rurales y se han convertido en pretexto para justificar las desigualdades. En el contexto de la
diversidad rural e indígena, las mujeres constituyen un grupo casi siempre excluido de las
políticas y programas de desarrollo. Las oportunidades y los derechos han tenido un carácter
diferenciado por género, por lo que son ellas quienes han ocupado mayores posiciones de sub-
ordinación respecto a los hombres; esta situación se ve traducida en desventajas en el trabajo y
la remuneración, la educación, la tenencia de la tierra y la migración, entre otras.

Palabras clave: mujeres rurales, género, globalización, trabajo, migración.

Abstract

The processes of globalization in Mexico have structurally transformed rural society and have
become a pretext to justify inequality. In the context of rural and indigenous diversity, women
are almost always excluded from policies and development programs. Opportunities and rights
have a distinct character regarding gender, so women have mostly held positions of subordina-
tion to men; this situation has led to disadvantages at work and payment conditions, education,
land tenure and migration, among others.

Key words: rural women, gender, globalization, labour, migration.

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
116  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

Introducción

Los cambios económicos y sociales derivados de los procesos de globalización en México


han transformado estructuralmente a las sociedades rurales y se han convertido en pretex-
to para justificar las desigualdades entre las naciones, en la actual división internacional
del trabajo y al interior de cada país entre las personas ricas y pobres, entre las rurales y
urbanas, indígenas y no indígenas, hombres y mujeres. La globalización tiene impacto
en todas las personas, ha cambiado de manera desproporcionada la vida de las mujeres
debido a las nuevas esferas económicas, culturales y laborales en las que participan con
mayor frecuencia, así como por las dificultades que tienen para incorporarse a ellas.
En el contexto de la diversidad rural e indígena, las mujeres constituyen un grupo
casi siempre excluido de las políticas y programas de desarrollo. A lo largo de la
historia, las oportunidades y los derechos han tenido un carácter diferenciado por
género, siendo ellas quienes han ocupado posiciones de subordinación respecto a los
hombres. En este artículo se analizan algunas consecuencias de la globalización en
las áreas rurales, que afectan principalmente a las mujeres, y se muestran tanto las
problemáticas que éstas enfrentan en los mercados de trabajo donde participan como
sus implicaciones en el trabajo reproductivo, la educación y la migración, aspectos
que se hallan estrechamente relacionados.

Globalización y ruralidad

La globalización es un término polisémico que se refiere a la integración de las dis-


tintas actividades humanas. En él,

se generaliza la intercomunicación entre economías, sociedades y cultura, donde se desa-


rrollan y aplican tecnologías de la comunicación y la informática, junto con los acuerdos
entre los Estados para facilitar todo tipo de intercambios, especialmente de orden econó-
mico: desregulaciones, eliminación de barreras arancelarias y otros impedimentos a una
mayor interrelación económica entre los pueblos y Estados.1

La globalización también implica que las demandas a nivel nacional sean reflejo casi
exacto de las que ocurren a nivel internacional, bajo los intereses de unos cuantos
grupos de personas y corporaciones.
Hernández2 considera que la globalización es un proceso histórico, multidimensio-
nal, discontinuo y desigual. Histórico, porque se ha desarrollado durante la historia de

1 Víctor Flores Orea y Abelardo Mariña Flores, Crítica de la globalidad. Dominación y liberación en

nuestro tiempo. México, Fondo de Cultura Económica, 1999. p. 11.


2 Juan Luis Hernández, “Globalización y desarrollo rural”, en Fernando Eguren (ed.), Reforma agraria

y desarrollo rural en la región andina, Centro Peruano de Estudios Sociales (Cepes), 2006. pp. 297-310.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  117

la humanidad, acelerándose en la medida en que se intensifican las comunicaciones,


se mejoran los transportes y se multiplica el acceso a la información. Multidimensio-
nal, porque se presenta en la esfera económico-financiera, pero se extiende a diversas
manifestaciones de la cultura, los valores y la política. Discontinuo y desigual, porque
produce avances y retrocesos, y afecta de diferente manera a las naciones y sectores
sociales,3 así como a hombres y mujeres.
El mismo autor considera como principales características de la globalización la
tendencia a homogeneizar los modelos de desarrollo y patrones de consumo a partir
de la intensificación de las comunicaciones; la expansión y considerable movilidad de
los capitales y de las inversiones; la creciente presencia de empresas transnacionales
que funcionan como sistemas de producción integrados, y el incremento y liberaliza-
ción del comercio internacional.

1) Respecto a la homologación de los modelos de desarrollo y patrones de consumo


se considera que lo rural es atrasado y poco desarrollado, y si las personas que
viven en comunidades pequeñas y alejadas de las ciudades no pueden consumir y
satisfacer las necesidades impuestas por el sistema económico (necesidades crea-
das, no reales), son personas rezagadas que deben ser incorporadas a los estándares
establecidos y que, de lo contrario, son rechazadas y calificadas como poco desa-
rrolladas.4
2) La expansión y movilidad del capital ha intensificado las presiones competitivas,
y también ampliado y profundizado las relaciones capitalistas de producción en
el campo. La población rural debe responder a las políticas neoliberales con los
únicos recursos con los que cuentan: la tierra y su fuerza de trabajo. De no poder
hacerlo (como la mayoría de las y los campesinos a pequeña escala), tienen que
abandonar sus tierras o venderlas, situación que deriva en migración forzada y
privatización de las tierras y otros recursos naturales como el agua.
3) En relación con la creciente presencia de empresas transnacionales que funcionan
como sistemas de producción integrados, los pequeños productores quedan fuera
y sin poder competir, acentuando las condiciones de pobreza y migración de la
población rural.

El proceso de mundialización capitalista y la relación con la tecnología y las de-


mandas económicas de los sistemas financieros, comerciales y productivos, interna-
cionales y hegemónicos han transformado drásticamente las relaciones económicas,
comerciales, políticas y sociales entre los países y al interior de ellos, creando mayor

3 Idem.
4 Con estas ideas, se sigue viendo la influencia del pensamiento de Durkheim del siglo xix, donde, para
pasar de una sociedad tradicional (campesina) a una moderna, se propone que el sector agrario se transforme
e incluso se destruya, porque no es importante en la sociedad moderna. Este es un modelo de desarrollo
que ha sido implementado en muchos países del llamado Tercer Mundo.
118  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

polarización económica y social, sobre todo entre los sectores que acceden a los be-
neficios de la globalización y aquellos que son excluidos.
Así, la globalización ha tenido diversas consecuencias en las formas de vida, ma-
neras de pensar, producir, actuar, consumir, etcétera. Ha creado nuevos mercados,
otros medios de comunicación y transporte, distintas maneras de comercializar e
intercambiar pero, principalmente, ha incidido en la toma de decisiones, que se con-
centra en unos cuantos5 y cada vez se polarizan más, dando lugar a nuevas formas
de estratificación social y a enormes desigualdades. Al tratar de homogeneizar a los
países, se acrecientan las desigualdades en ingreso y recursos como la tierra, la pro-
piedad y el capital humano, por lo que las repercusiones dependen del estrato social
y económico al que las personas pertenecen.
El medio rural es uno de los entornos que se ha visto sometido a una importante
reestructuración, derivada de la aplicación de políticas económicas6 ligadas al nuevo
modelo impuesto por el orden global.7 En la agricultura, el proceso de globalización
ha intensificado las presiones competitivas, ha ampliado y profundizado las relacio-
nes capitalistas de producción en el campo y empeorado las condiciones del empleo
rural. Se han reducido los costos de mano de obra mediante la sustitución de traba-
jadores fijos y estables por fuerza de trabajo temporal y flexible, evitando con ello
asumir la responsabilidad de costos asociados al salario, como pagos de seguro social,
pensiones, vivienda y servicios médicos. Cada vez más, los trabajadores son remune-
rados a destajo (se les paga por el trabajo que realizan en un día), lo cual intensifica
el número de horas que deben trabajar.8
Estas transformaciones han dado lugar a la nueva ruralidad, pues actualmente las
sociedades rurales no sólo se concentran en la agricultura y la ganadería; lo agrario

5 Sukhdev Pavan, en Corporación 2020. Transformar los negocios para el mundo del mañana, 2013,

señala que las corporaciones son instituciones muy importantes en la economía política, debido a que el
sector privado genera cerca de 60% del pib mundial y emplea a 70% de los trabajadores del mundo; ade-
más, los impuestos a las corporaciones representan una opción significativa de los ingresos del gobierno.
Entonces no debería sorprender mucho que las corporaciones tengan semejante poder sobre los políticos y
los burócratas que toman las decisiones que impactan en los países.
6 Las políticas sectoriales se encuentran subordinadas a otras macroeconómicas, que tienen como prin-

cipal objetivo la producción de bienes exportables, el desarrollo de las industrias trasnacionales y no el


de las personas.
7 Estos cambios hacen que las sociedades rurales sean analizadas de distintas formas y, en esa medida,

que las definiciones y estrategias del desarrollo rural se adapten a dichas modificaciones. Se deben dejar de
lado las concepciones que ven lo rural como antagónico a lo urbano, que ubican el progreso económico
de lo urbano hacia lo rural, de lo agrícola a lo industrial y, por ende, de lo atrasado a lo moderno. Véase el
trabajo de Edelmira Pérez, “Hacia una nueva visión de lo rural”, en Giarracca, Norma (comp.), ¿Una nueva
ruralidad en américa latina?, Asdi, Clacso, 2001, pp. 17-30.
8 Véase Cristóbal Kay, “Estudios rurales en América Latina en el periodo de globalización neoliberal:

¿Una nueva ruralidad?”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 71, núm. 4, octubre-diciembre, 2009, pp.
607-645.; y Víctor Manuel, Magin Zúñiga Estrada y Cristóbal Santos Cervantes, “Tipificación de produc-
tores agropecuarios. Estudio de caso en la Región Texcoco del Estado de México”, Sociedades rurales,
producción y medio ambiente, vol. 14, núm. 28, 2014, pp. 47-69.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  119

no es lo rural, existe una multifuncionalidad del espacio rural.9 Los miembros de los
hogares rurales transitan hacia ocupaciones no agropecuarias que en un principio
complementaban su ingreso familiar, pero que, con el tiempo, han adquirido un peso
central en el ingreso del hogar. Además, cada vez existe mayor interacción de los
ámbitos rural y urbano, implicando una progresiva flexibilización y feminización
del trabajo rural, y es creciente la importancia de la migración internacional y de las
remesas10 para la subsistencia familiar.
Los procesos globales han afectado en mayor medida a los campesinos más po-
bres, quienes tienen que realizar múltiples actividades para subsistir, dando lugar
a la descampesinización, la desagrarización, la semiproletarización e inclusive a la
proletarización. Se ocupan en sectores como la agricultura, la artesanía, las industrias
pequeñas y medianas, el comercio, los servicios, la ganadería, la pesca, la minería,
la extracción de recursos naturales y el turismo, entre otros.11 De ahí también se de-
riva su creciente explotación, ya que se han convertido en proveedores principales
de mano de obra barata y flexible para el capitalismo, y han perdido su capacidad de
producir alimentos baratos12 para autoconsumo y venta de excedentes.
La globalización ha empeorado las condiciones de trabajo de la población rural y
ha provocado que un importante número de mujeres rurales se integre al mercado la-
boral precario. Así, la precarización del empleo rural, la multiocupación, la expulsión
de medianos y pequeños productores del sector, las continuas migraciones campo-
ciudad o a través de las fronteras y la creciente orientación de la producción agrope-
cuaria hacia los mercados se relacionan con procesos de globalización que inciden en
la exclusión social en el medio rural y afectan a la mayoría de los productores y tra-
bajadores rurales, sobre todo los medianos y pequeños, campesinos y/o trabajadores
sin tierra, incluyendo a las y los medianos y pequeños propietarios no agropecuarios
del medio rural,13 pero principalmente a las mujeres, quienes, a decir de Sira del Río,
están inmersas, al mismo tiempo, en cambios de mercado y de hogares.

9 Roberto Escalante Semerena y Fernando Rello Espinosa, en el artículo “El sector agropecuario mexi-

cano: los desafíos del futuro” (Comercio Exterior, vol. 50, núm. 11, 2000, p. 984), sostienen que la persis-
tencia de una heterogeneidad económica y social en las zonas rurales requiere de políticas diferenciadas,
pues sólo así se podrían resolver los variados requerimientos de los agentes y de los procesos económicos
cada vez más cambiantes y complejos, sobre todo en el marco de la mundialización de las economías y la
creciente presencia de flujos internacionales de mercancías y personas.
10 Cristóbal Kay, 2009, op. cit.
11 Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto

capital-vida, Traficantes de Sueños, Madrid, 2014, pp. 305.


12 Hubert C., De Grammont y Luciano Martínez Valle, “Introducción”, en De Grammont, Hubert C.

y Luciano Martínez Valle (coords.), La pluriactividad en el campo latinoamericano, 2009, Quito, Flacso,
pp. 9-18.
13 Miguel Teubal, “Globalización y sus efectos sobre las sociedades rurales de América Latina”, en

Globalización, crisis y desarrollo rural en América Latina: Memorias de sesiones plenaria. alasru. V
Congreso Latinoamericano de Sociología Rural, 1998, pp. 27-58.
120  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

¿Cómo ha afectado la globalización a la población rural de México?

En México, el cambio estructural promovido a finales de la década de los ochen-


ta comprendió un amplio programa de liberalización del sector agropecuario cuyos
principales ejes fueron: reducción severa de la participación del Estado en el fomento
económico del sector; puesta en marcha de un acelerado proceso de apertura comer-
cial, que concluyó con la total inclusión del sector agropecuario en el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (tlcan), en vigor desde 1994; y modificación del
marco normativo, con reformas al artículo 27 constitucional y la promulgación de una
nueva Ley Agraria con consecuencias fundamentales en materia de derechos de
propiedad, contratos y formas de asociación en el campo,14 además de la evolución
de un proceso de urbanización, en el cual los habitantes de zonas rurales tienden a
concentrarse en localidades con mayor población, en respuesta a los incentivos y
oportunidades económicas, como salarios y servicios.15 La firma del Tratado y los
cambios legislativos, junto con la política macroeconómica, impactó en la situación
agropecuaria mexicana y debilitó las condiciones económicas de las y los pequeños
productores.16
Como lo ha destacado Bonfil,17 cuando se aceptaron estos tratados y reformas a
las leyes que afectaron al agro mexicano no se explicó que participar en el mercado
exterior no consistía sólo en vender, sino que también significaba comprar, impor-
tar paquetes tecnológicos, maquinaria e implementos agrícolas, insumos y alimentos
–granos básicos, por ejemplo–, lo cual implica descartar las unidades de producción
que no estén a la altura de los estándares en productividad y competencia, como las
explotaciones de tipo campesino. Tampoco se explicitó que era necesario reducir los
salarios reales, cancelar fuentes de empleo para tecnificar y que, por tanto, habría
mayores motivos para la migración interna e internacional. Se omitió difundir que el
liberalismo requiere atraer inversiones, competir arduamente por el financiamiento
externo y tolerar, si es preciso, la explotación abusiva de recursos naturales y fuerza
de trabajo.18

14 Juan Luis Hernández, 2006, op cit.


15 Roberto Escalante, Horacio Catalán, Luis Miguel Galindo y Orlando Reyes, en el artículo “Desagra-
rización en México: tendencias actuales y retos hacia el futuro” (Cuadernos de Desarrollo Rural, núm. 59,
julio-diciembre, 2007, pp. 87-116), mencionan que en las tres últimas décadas, el proceso de “desagrari-
zación” se ha acelerado de manera importante, asociado a un periodo de estancamiento de la producción
agropecuaria y una política que ha promovido una mayor especialización de las unidades productivas.
Desde finales de los sesenta, la agricultura dejó de ser la base de la industrialización y los pequeños y
medianos productores rurales enfrentaron un proceso de exclusión del mercado interno y los ingresos
agrícolas han disminuido dramáticamente.
16 Miguel Teubal, op. cit.
17 Paloma Bonfil, Opciones de incorporación productiva para las jóvenes en el medio rural, México,

gimtrap/Cintefor/oit, 2000.
18 Irma Lorena Acosta Reveles, “De campesinos a ‘multifuncionales’. La explotación agrícola familiar

en México”, Vínculo Jurídico, núm. 61, enero-marzo, 2005.


Mujeres rurales e indígenas en México…  •  121

Derivado de los procesos de globalización, los hogares rurales mexicanos han teni-
do que recurrir a estrategias que diversifican sus quehaceres. El fida19 señala que los
hogares del medio rural se dedican a: negocios propios en la agricultura (8%), gana-
dería (6%), utilización de recursos naturales (5%), trabajo asalariado en la agricultura
(14%), trabajo asalariado fuera del campo (32%), autoempleo en actividades de venta
de bienes y servicios no agrícolas (6%), remesas recibidas de Estados Unidos o de
otros lugares de México (20%) y 10% de transferencias gubernamentales, destacando
las de Procampo (2%) y Oportunidades (3%).
En resumen, algunos de los principales efectos de la globalización en México han
sido: el incremento del trabajo asalariado, la precarización del empleo rural, la mul-
tiocupación, la exclusión de medianos y pequeños productores del sector, el aumento
de los flujos migratorios hacia las ciudades y Estados Unidos, principalmente, la re-
orientación de la producción agrícola nacional de acuerdo con los requerimientos de
los mercados20 y la articulación de los agricultores a complejos agroindustriales, en
donde predominan las decisiones de núcleos de poder vinculados a empresas trans-
nacionales.21

Características de la población rural en México

Hacia la segunda mitad del siglo xx, el proceso de urbanización en México, aunado a
factores económicos, sociales y demográficos como la disminución de la fecundidad
y la intensa migración hacia las ciudades, provocó el descenso de la población rural.22
Según el Censo de Población y Vivienda 2010, México tenía 112,336,538 habitantes,
de los cuales 26,049,769 (23.19%) vivían en áreas rurales23 (49.6% hombres y 50.4%
mujeres); sin embargo, la población rural pasó de 71.7% en 1900 a 23.2% en 2010,
lo cual significa una reducción de 48.5% en 110 años. Como se observa en la Gráfi-
ca 1, mientras la población rural disminuye de manera drástica, la urbana aumenta
considerablemente.

19 Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (fida), Rural Poverty Report 2011. New Realities, New

Challenges: New Opportunities for Tomorrow’s Generation, Informe sobre la Economía Rural de Escasos
Recursos en el Mundo, 2011.
20 Roberto I. Escalante Semerena y Horacio Catalán, en el artículo “Situación actual del sector agro-

pecuario en México: perspectivas y retos” (Economía Informa, núm. 350, enero-febrero, 2008, p. 21),
señalan que la exclusión del mercado de un gran número de productores ha generado un creciente déficit
comercial del sector agropecuario, destacando la importación de los cereales y granos básicos, como arroz,
trigo y maíz; considerando la actual apertura total de granos básicos, es de esperarse un aumento de las
importaciones, afectando negativamente la seguridad alimentaria de México.
21 Miguel Teubal, op. cit.
22 Blanca Suárez San Román, Emma Zapata Martelo, Rosario Ayala Carrillo, Naima Cárcamo Toalá,

Josefina Manjarrez Rosas, ¿… Y las mujeres rurales? Avances y desafíos en las políticas públicas, 2011,
México, Indesol-gimtrap, p. 251.
23 En México, la población rural se designa según el número de habitantes. El inegi clasifica como

poblaciones rurales aquellas que tienen menos de 2,500 habitantes.


122  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

Gráfica 1
Distribución porcentual de la población por tamaño
de localidad, 1930 a 2010

66.5 64.9 76.8


74.6
71.3
57.4
66.3
49.3
58.7
50.7 41.3

33.7
42.6
28.7
35.1 25.4
33.5 23.2

1930 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010

Menos de 2 500 habitantes 2 500 y más habitantes

Fuente: inegi, Censos de Población y Vivienda, 1930-2010, cuestionario básico. Tomado de inegi, 2013.
Perfil sociodemográfico. Censo de Población y Vivienda (2010).

Algunos estados del país registran mayor población rural que otros, entre ellos
Oaxaca (con 52.7% de población rural), Chiapas (51.3%), Hidalgo (47.8%), Tabasco
(42.6%), Guerrero (41.8%), Zacatecas (40.5%) y Veracruz (38.9%). Estas entidades
también coinciden con aquellas que, de acuerdo con el Coneval (2010), presentan ma-
yores porcentajes de pobreza: Chiapas (78.5%), Guerrero (67.6%), Oaxaca (67.0%)
y Zacatecas (60.2%).
La presencia de población rural suele estar asociada con la pobreza, y así lo mues-
tran otros indicadores como los servicios públicos: 5.76% de la población rural no
cuenta con energía eléctrica, 23.92% no tiene agua entubada y 31.38% no dispone
de drenaje. Las comunidades rurales son las que más carecen de servicios públicos,
situación que afecta principalmente a las mujeres, quienes se encargan de las labores
del hogar –como lavar, limpiar la casa, preparar alimentos y cuidar a niños, niñas,
personas mayores y enfermas–, además de atender a los animales de traspatio. La
falta de servicios básicos se traduce en más trabajo y tiempo en las actividades que
ellas realizan.
Otras características de la población rural refieren que 17.79% habla alguna lengua
indígena (8.73% hombres y 9.06% mujeres) y 17.84% no sabe leer y escribir (7.98%
hombres y 9.86% mujeres). Estos datos demuestran que son las mujeres quienes en
menor porcentaje saben leer y escribir, y quienes más hablan lengua indígena, lo cual,
aunado a la condición de género, contribuye a mantenerlas en desventaja respecto a
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  123

los hombres y a otras personas que no viven en comunidades rurales, pues éstas han
sido causas de discriminación y segregación.

Globalización y género

En los estudios de globalización y ruralidad, la perspectiva de género constituye un


importante aporte, dado que permite conocer y comprender mejor el mundo rural,
específicamente las diferencias y desigualdades existentes entre los roles, trabajo,
acceso a los recursos productivos y participación en los procesos de adopción de
decisiones de hombres y mujeres, y las implicaciones para sus vidas y las de los
hogares rurales.24
Teyssier25 menciona que los estudios de género resaltan que las mujeres tienen
necesidades específicas, distintas a las de los hombres; que constituyen grupos desfa-
vorecidos en relación con ellos, en lo que se refiere al bienestar y acceso a recursos y
medios productivos y el control sobre ellos; que la subordinación de la mujer es resul-
tado de una relación social y una representación de los roles respectivos de hombres
y mujeres, y que ésta ha cambiado en el tiempo y puede cambiar todavía.
En el caso de las mujeres rurales e indígenas, tienen necesidades diferentes, debido
a que frecuentemente son las responsables de la dinámica familiar, deben administrar
el poco dinero al que tienen acceso, son las encargadas de la alimentación y nutri-
ción de niños(as), ancianos(as) y otros familiares, sin olvidar que también son las
responsables asignadas a los quehaceres domésticos y de la producción a pequeña
escala de los solares y traspatios, como la crianza de aves de corral, además de actuar
como mano de obra de reserva cuando la producción es mayor y realizan trabajo no
remunerado.
Desde esta perspectiva se puede ver cómo la globalización ha incidido en mayor
discriminación para las mujeres, profundizando la inequidad de género y ampliando
las brechas, además de aumentar sus jornadas de trabajo para obtener un poco de
dinero –en dobles o triples jornadas–, tanto en el sector formal como informal:26 tra-
bajo de la casa, cuidado de los hijos e hijas, y el traspatio. Actualmente, las mujeres
enfrentan el doble reto de la inequidad laboral y de género, en un mercado de trabajo
mundial competitivo, flexible y polivalente que, lejos de mejorar su calidad de vida,
la ha empeorado.

24 María Nieves Rico y Martine Dirven, “Aproximaciones hacia un desarrollo rural territorial con en-

foque de género”, en Seminario Género y Enfoque Territorial del Desarrollo Rural, Natal, Río Grande do
Norte, Brasil, 14-17 de julio, 2003, pp. 1-24.
25 Sophie Teyssier, “Sistemas financieros: un enfoque de género”, Financiamiento rural, Cuadernos

Agrarios, Nueva Época, núm. 15, enero-junio, 1997, pp. 179-194.


26 Alicia Girón, “Género, globalización y desarrollo”, en Alicia Girón (coord.), Género y globalización,

Buenos Aires, Clacso, 2009, pp. 77-97.


124  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

Pese a la importancia de la sostenibilidad de la vida, los mercados capitalistas


están en el centro de los cambios globales, son sus mecanismos los que definen cómo
funciona la estructura socioeconómica, cuyo quehacer principal es la acumulación
de capital.27

¿Cómo impacta la globalización el trabajo de las mujeres rurales en México?

La globalización es el escenario en donde se integra el agro a la economía mundial, y


un creciente número de mujeres se ha incorporado al trabajo agrícola asalariado, mu-
chas de ellas como trabajadoras temporales, lo que les ha permitido tener por primera
vez ingresos propios. No obstante, la mayoría de las asalariadas agrícolas ingresa en
forma precaria a un mercado de trabajo que se caracteriza por la mala calidad de los
empleos, lo cual redunda en altos niveles de pobreza.28 La incursión de la mujer al
mercado de trabajo no es casual, es parte de la reestructuración del orden socioeconó-
mico vigente y de la pérdida del poder adquisitivo del salario,29 debido a que el ingreso
de un miembro de la familia no basta para hacer frente a la reproducción familiar.30
En México, con la reestructuración de la agricultura se ha profundizado la segmen-
tación del mercado de trabajo rural, expresado en las condiciones de contratación y
empleo, así como en el propio trabajo que desempeñan los grupos asalariados en este
sector.31 Mujeres y hombres rurales ven limitadas sus opciones de empleo porque la
estructura productiva no crea suficientes empleos de buena calidad; a esto se suman
desventajas adicionales para las mujeres, relacionadas con los roles de género asig-
nados, mucho más rígidos en el campo que en las urbes, otorgando a los hombres la
principal responsabilidad en la producción y restringiendo a las mujeres a la repro-
ducción. Se les considera trabajadoras secundarias, cuya función es complementar
los ingresos del hogar, o se les hace invisibles como trabajadoras familiares no remu-
neradas o como productoras para autoconsumo.32 Un rasgo característico del trabajo
femenino es la informalidad, en ocasiones realizado bajo esquemas de ilegalidad.33

27 Amaia Pérez Orozco, op. cit.


28 María Elena Valenzuela, Gerhard Reinecke y Giulia Scaglione, “El empleo de las mujeres rurales en
América Latina”, en Panorama Laboral, fao/oit, 2012, pp. 53-58.
29 Irma Lorena Acosta Reveles, “Reproducción precaria en los hogares mexicanos, un marco de refe-

rencia”, Observatorio de la Economía y la Sociedad Latinoamericana, núm. 86, octubre, 2007, disponible
en <www.eumed.net/cursecon/ecolat/mx/2007/ilar.htm>.
30 Paloma Bonfil, op. cit.
31 Sara María Lara Flores y Hubert C. De Grammont, “Reestructuraciones productivas y encadena-

mientos migratorios en las hortalizas sinaloenses”, en Sara María Lara Flores (coord.), Los “encadena-
mientos migratorios” en espacios de agricultura intensiva, Zinacantepec, Estado de México, Colegio
Mexiquense/Miguel Ángel Porrúa, 2011, pp. 33-78.
32 María Elena Valenzuela et al., op. cit.
33 Emma Zapata Martelo, Blanca Suárez San Román y Rocío Rosas Vargas, “Las mujeres y sus que-

haceres en el ámbito rural. Avances y retrocesos. Comparación entre México y España”, Agronuevo, año
2, núm. 15, 2006, pp. 13-31.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  125

En un entorno económico que no genera suficientes empleos en las áreas rurales,


ellas enfrentan desventajas adicionales debido a sus bajos niveles de escolaridad y
a la carga de tiempo adicional que implica el cuidado de la familia y el hogar.34 No
obstante, son las mujeres quienes dedican mayor parte de sus ingresos para satisfacer
las necesidades básicas y de educación de sus hijos e hijas.35
La incorporación de las mujeres en el mercado laboral no ha eliminado la discrimi-
nación de la que son objeto; en este sentido, se aumenta la desigualdad en el mercado
de trabajo y las brechas de género en los salarios se vuelven cada vez más grandes.36
Si bien el mercado de trabajo de las mujeres se ha diversificado, no se ha logrado un
cambio sustancial porque la mayoría sigue desempeñando actividades relacionadas
con el rol tradicional de ser mujer.37 Se han incorporado de manera precaria a un
mercado laboral que se caracteriza por el carácter estacional de los empleos que ofre-
ce.38 Autoras como Lara39 se refieren al empeoramiento de las condiciones laborales
como “flexibilización primitiva” o “flexibilización salvaje”, puesto que agudiza la
explotación laboral y multiplica la exclusión social.
El ingreso de las mujeres es parte fundamental del sustento familiar; de ellas depen-
de la seguridad alimentaria de numerosos hogares rurales.40 En México, la Población
Económicamente Activa (pea) –mujeres de 12 años y más–, tanto de zonas rura-
les como urbanas, es menor (33.32%) que la Población no Económicamente Activa
(pnea) (66.18%). Las cifras para la población rural indican que sólo 3.76% se declara
económicamente activa y 18.15% no económicamente activa. No obstante, realizan
trabajo no remunerado en el traspatio y con animales que no cuantifican ni aparecen
en las cuentas públicas, encuestas y censos, ni lo reportan las propias mujeres, por lo
que ellas mismas se ubican en la población no económicamente activa, aun cuando
realizan trabajo todo el tiempo. Cuando se pregunta a estas mujeres si trabajan, ellas
responden que no, pues no valoran las actividades reproductivas que realizan.
Cada vez intensifican y diversifican más las jornadas de trabajo en actividades que van
desde una mayor participación en la agricultura hasta el ingreso al comercio informal,
como obreras y emigrantes a las ciudades para emplearse como trabajadoras domésticas41

34 María Elena Valenzuela et al., op. cit.


35 Diana Ramírez, Productividad agrícola de la mujer rural en Centroamérica y México, cepal, 2011,
p. 53.
36 María del Carmen Hernández Sánchez, Situación actual de la mujer en el medio rural y los nuevos

espacios laborales en Tabasco, México, México, Asociación Ecológica Santo Tomás, 2004, p. 88.
37 Magdalena García Hernández, “Emprendimientos de mujeres, una propuesta con propuesta”, Mile-

nio Feminista, 2003, p. 254.


38 María Elena Valenzuela et al., op. cit.
39 Sara María Lara y Hubert De Grammont, op. cit.
40 Diana Ramírez, op. cit.
41 Pueden consultarse los trabajos de: Lourdes Arizpe, Las mujeres en el desarrollo de México y de

América Latina, México, crim/unam, 1989; Irma Arriagada, “Mujeres rurales de América Latina y el
Caribe”, en Virginia Guzmán, Patricia Portocarrero y Virginia Vargas (comps.), Una nueva lectura: Género
en el desarrollo. Entre Mujeres, Lima, 1991, pp. 243-269.
126  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

o vendedoras por catálogo. Edelman42 estima que 50% de los trabajadores emplea-
dos en actividades agrícolas no tradicionales son mujeres, y que más de dos tercios
de quienes se ocupan en las plantas de procesamiento agroindustrial son mujeres; y
también están presentes en la maquila rural. Suárez et al.43 señalan que las mujeres
rurales recurren a proyectos productivos, microempresas, grupos solidarios, coope-
rativas, empresas familiares y otros trabajos remunerados que les permiten obtener
mayores recursos económicos. La incorporación de las mujeres en el trabajo pro-
ductivo ha provocado sobreexplotación:44 más de 36% trabaja más horas que las
que acostumbran en el hogar, y la ayuda que reciben de otras personas del grupo
doméstico es mínima.
En el Cuadro 1 se observa que 60.74% de las mujeres rurales realiza trabajos en el
hogar, siendo ésta su principal actividad no remunerada; mientras que sólo lo hacen
1.05% de los hombres. Destaca que los hombres se concentran más en quienes dijeron
ser estudiantes.

Cuadro 1
Población de 12 años y más no económicamente activa,
por tipo de actividad no económica y sexo
Total Rural (%) Urbana (%)
Total 10,551,884 22.48 28.06
Jubilado(a) o pensionado(a) 1,458,184 1.19 4.55
Estudiante 6,892,068 14.11 18.52
Hombre Quehaceres del hogar 348,473 1.05 0.82
Limitación física o mental permanente para 534,801 1.89 1.16
trabajar
Otro tipo de actividad no económica 1,318,358 4.23 3.01
Total 29,105,949 77.52 71.94
Jubilado(a) o pensionado(a) 741,213 0.38 2.39
Estudiante 7,043,716 14.23 19.00
Mujer Quehaceres del hogar 20,492,783 60.74 48.50
Limitación física o mental permanente para 365,029 1.08 0.86
trabajar
Otro tipo de actividad no económica 463,208 1.09 1.20
Fuente: inegi, Censo de Población y Vivienda, 2010.

42 Marc Edelman, “Transnational Organizing in Agrarian Central America: Histories, Challenges, Pros-

pects”, Journal of Agrarian Change, núm. 8, 2008, pp. 229-257, disponible en <http://onlinelibrary.wiley.
com/doi/10.1111/j.1471-0366.2008.00169.x/abstract>.
43 Blanca Suárez et al., op. cit.
44 Pablo Ramírez Moreno, “Características regionales de los hogares y de las solicitantes a proyectos

promusag”, en Emma Zapata Martelo y Josefina López Zavala (coords.), La integración económica de las
mujeres rurales: un enfoque de género, México, Secretaría de la Reforma Agraria, 2005, pp. 65-92.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  127

De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2010, de la población rural


ocupada 76.83% son hombres y sólo 23.17% mujeres. Un porcentaje significativo se
ubica en trabajos agrícolas, ganaderos, forestales, cazadores y pescadores (39.67%),
artesanales (11.71%) y en actividades elementales y de apoyo (20.99%), y ellas se
ocupan, principalmente, en actividades elementales y de apoyo45 (26.99%), comer-
ciantes, empleadas en ventas y agentes de ventas (19.78%), en actividades agríco-
las, ganaderas, forestales, caza y pesca (11.85%) y como trabajadoras artesanales
(10.53%). Así, las actividades que tradicionalmente habían sido relacionadas con el
medio rural han pasado a segundo término, pues ya no permiten la subsistencia, y es
necesario emplearse en otros sectores.

Cuadro 2
División ocupacional de la población rural ocupada, según sexo
% en las zonas rurales
Total Hombres Mujeres
Población ocupada 8130,024 6246,215 1883,809
Funcionarios, directores y jefes 0.77 0.70 1.02
Profesionistas y técnicos 5.90 4.64 10.09
Trabajadores auxiliares en actividades administrativas 1.80 0.91 4.74
Comerciantes, empleados en ventas y agentes de ventas 7.82 4.21 19.78
División ocupacional

Trabajadores en servicios personales y vigilancia 4.91 3.44 9.78


Trabajadores en actividades agrícolas, ganaderas, fores- 39.67 48.05 11.85
tales, caza y pesca
Trabajadores artesanales 11.71 12.07 10.53
Operadores de maquinaria industrial, ensambladores, 5.69 6.07 4.40
choferes y conductores de transporte
Trabajadores en actividades elementales y de apoyo 20.99 19.18 26.99
No especificado 0.74 0.72 0.80
Fuente: inegi, Censo de Población y Vivienda, 2010. Tabulados del cuestionario ampliado.

45 Según el inegi, 2011, en esta división se clasifica a los trabajadores que auxilian en los procesos

productivos, realizando actividades sencillas y rutinarias que implican esfuerzo físico, destreza motriz y
conocimientos básicos que se aprenden en la práctica en sólo unas jornadas de trabajo; por ejemplo, las
ocupaciones que apoyan en actividades relacionadas con los procesos de explotación agrícola y ganadera,
pesquera, forestal y la caza, o las que apoyan en funciones relacionadas con los procesos de explota-
ción pesquera, forestal y la caza: como cavar hoyos para plantar árboles, amontonar troncos y rollizos o
desbrozar bosques, y en ocupaciones como ayudante de invernadero, ayudante de reforestador, peón en
actividades silvícolas o jornalero de vivero. Se trata de trabajos poco calificados.
128  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

Estos resultados corroboran lo que Teubal46 señala respecto a que una opción de
los hogares rurales para combatir las condiciones de pobreza se relaciona con el in-
cremento de las actividades no agropecuarias que generan ingresos monetarios, pero
es difícil acceder a estas actividades, ya que la mayor parte de la población no cuenta
con la capacitación necesaria, además de que no existe una oferta amplia de este tipo
de ocupaciones. Generalmente se emplean en el comercio informal y algunas cuentan
con algún establecimiento (tienda, manualidades, puestos de comida, etcétera) dentro
de la misma comunidad.
Los trabajos que ellas desempeñan con mayor frecuencia se ubican en el sector ter-
ciario, sobre todo en “trabajo por cuenta propia”. Los proyectos productivos, microem-
presas, grupos solidarios, cooperativas y empresas familiares también han representado
estrategias de sobrevivencia para las mujeres rurales.47 Según el inegi (2008, a través
del Censo Agropecuario 2007, IX Censo Ejidal), las mujeres ejidatarias que realizan
otras actividades no agropecuarias ni forestales a nivel nacional, participan en activida-
des industriales (20.12%), artesanales (56.40%), de extracción de materiales para cons-
trucción (17.27%), extracción de otros materiales (19.23%) y en la pesca (9.06%).
La incorporación de las mujeres al trabajo productivo remunerado no ha sido en las
mejores condiciones. Autoras como Lara48 y Hernández, por ejemplo, han mostrado
cómo grandes empresas de agroexportación solicitan el trabajo de mujeres jóvenes
que cobran salarios muy bajos y no gozan de ningún tipo de protección legal. Las
contratan medio tiempo y no pueden acceder a los beneficios que establece la ley,
porque al no cumplir las ocho horas reglamentarias no tienen derecho a la seguridad
laboral ni a un salario justo. Otros estudios realizados por la fao, la oit y la cepal
entre 2011 y 201249 apuntan que la mayoría de las asalariadas agrícolas se integra a
un mercado de trabajo que se caracteriza por la estacionalidad de los empleos, sala-
rios bajos y remuneraciones para las mujeres inferiores a las de los hombres.50 Al ser
un trabajo flexible, puede ser ocupado por otras personas, siendo ellas consideradas
como “trabajadoras kleenex”, es decir, trabajadoras desechables, siempre reemplaza-
bles, gracias a la existencia de una periferia que garantiza la incorporación de nuevas
trabajadoras en situaciones de extrema vulnerabilidad,51 sobre todo niños, niñas y
mujeres, quienes no logran mejorar sus condiciones de vida.

46 Miguel, Teubal, op. cit.


47 Blanca Suárez, “La jornada de trabajo de las mujeres campesinas e indígenas en los proyectos pro-
ductivos”, en Emma Zapata Martelo y Josefina López Zavala (coords.), La integración económica de las
mujeres rurales: un enfoque de género, México, Secretaría de la Reforma Agraria, 2005, pp. 189-233.
48 Sara Lara, op. cit., y María del Carmen Hernández, op. cit.
49 El estudio se realizó en siete países (Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, México y Perú),

donde se analizaron las relaciones entre la pobreza rural y las condiciones de trabajo temporal en la agri-
cultura desde una perspectiva de género.
50 María del Carmen Valenzuela et al., op. cit.
51 Véase el trabajo de Javier Lucas, “La Unión Europea ante la inmigración: balance de una esquizofre-

nia jurídica y política”, en Pablo Ceriani Cernadas y Ricardo Fava (ed.), Políticas migratorias y derechos,
Buenos Aires, Universidad Nacional de Lanús, 2009, pp. 37-62.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  129

Otra característica del trabajo de las mujeres de las zonas rurales es que desempe-
ñan diversas funciones y actividades a la vez (superposición de actividades), lo cual
dificulta la definición y medición de su trabajo. En un mismo día, una mujer puede
labrar la tierra, cuidar el ganado, pescar, recoger leña, transportar y comercializar
víveres, preparar alimentos, tejer y elaborar artesanías. Sin embargo, las estadísticas
y estudios oficiales aún tienden a contabilizar solamente el trabajo remunerado y la
principal actividad de la persona,52 generalmente la del jefe de hogar.
El trabajo de las mujeres en el medio rural puede traer beneficios y perjuicios para
ellas y sus familias. La participación productiva de las mujeres rurales es esencial
para reducir la pobreza, ya que representan parte importante de la fuerza de tra-
bajo rural; por ello, incrementar su ingreso significa elevarlo en más de 40% de los
hogares rurales pobres centroamericanos, donde la mujer es jefa del hogar.
Lo anterior se traduce en una mejor salud y nutrición para niños y niñas;53 en el
corto plazo, tiene efecto positivo en la incidencia y severidad de la pobreza, y existen
efectos intergeneracionales en la calidad del capital humano.54 Suárez et al.55 desta-
can algunos beneficios que han logrado las mujeres rurales al acceder a trabajo re-
munerado: obtener un ingreso económico, aunque sea mínimo; elevar su autoestima,
liderazgo y poder; participar en otros ámbitos locales y contribuir a la elaboración de
propuestas de desarrollo más equitativas; adquirir un aprendizaje que les permite
obtener experiencias organizativas, establecer contacto con instituciones guberna-
mentales y sociales, aprender a gestionar y a negociar; salir de su aislamiento domés-
tico; participar en la toma de decisiones al interior del grupo doméstico; crear nuevas
formas de liderazgo; ser reconocidas por su familia, su comunidad y otras localida-
des; lograr que algunos hombres colaboren con ellas y les proporcionen apoyo moral,
económico y técnicas de producción; insertarse en procesos de empoderamiento y
construir relaciones más igualitarias entre los géneros.
No obstante, las mujeres desempeñan los trabajos menos remunerados, flexibles, sin
prestaciones laborales y que han aumentado su carga de trabajo, debido a que los hom-
bres no han querido asumir mayor responsabilidad en las labores domésticas. Aun así,
muchas mujeres valoran su creciente participación en el mercado laboral, ya que les
ofrece la oportunidad de negociar una mejor relación con sus parejas o con sus padres y
reduce el dominio patriarcal en el hogar, además de procurarles mayor independencia.
Ellas prefieren ganar poco dinero, aunque sea mínimo, a no tener ni para comer.
Respecto a los obstáculos y limitaciones que enfrentan las mujeres rurales cuan-
do participan en el trabajo productivo, Suárez et al.56 identifican los siguientes: por

52 Blanca Suárez et al., op. cit.


53 Lynn Bennett, “Women, Poverty, and Productivity in India”, en Economic Development Institute of
The World Bank, Seminar Paper 43, Washington, 1992.
54 Diana Ramírez, op. cit.
55 Blanca Suárez et al., op. cit.
56 Estas dificultades y limitaciones son analizadas en trabajos como el de Rocío Cañada Melecio y

Emma Zapata Martelo, “Gestoras e innovadoras: Las productoras de nopal verdulero”, en Emma Zapata
130  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

su condición de género, se dificulta el acceso y la toma de decisiones sobre recursos


como la tierra y el agua, además de que se les considera incapaces de realizar algunas
actividades por falta de experiencia y contar con bajos niveles de escolaridad; su tra-
bajo no es cuantificado adecuadamente, por entenderse como una extensión del trabajo
doméstico: ellas mismas valoran su aporte como simple ayuda; oposición y bloqueo
de dirigentes masculinos, quienes las segregan a tareas que reproducen la división
genérica del trabajo; largas jornadas que no se reflejan en retribuciones económicas
justas; en ocasiones, los ingresos son nulos, por lo cual ellas mismas devalúan su
trabajo e ingreso; el chisme,57 el egoísmo, la envidia y el individualismo ocasionan
problemas tanto al interior del grupo como a nivel personal y familiar; se enfrentan a
jefes que las emplean porque son más explotables que los hombres; carecen de pro-
tección legal y sindical, por su posición discriminatoria en el mercado de trabajo y por
la docilidad que les imponen las normas sociales; la flexibilidad laboral toma la forma
de horarios impredecibles, jornadas atípicas, turnos en horas no habituales y horarios
anualizados; el deterioro evidente de la salud, sobre todo cuando no cuentan con ele-
mentos técnicos o asesoría; no existe una redistribución del trabajo doméstico con los
esposos, hijos e hijas, puesto que el trabajo reproductivo sigue estando sólo a cargo
de ellas; no se ha logrado equidad en la toma de decisiones.
Por otra parte, la insuficiencia de los servicios básicos en las comunidades incre-
menta el trabajo de las mujeres; y el pertenecer a un grupo étnico también es una
limitante para su participación. Los usos y costumbres condicionan el ejercicio del
poder y el acceso a la toma de decisiones; cuando participan en proyectos producti-
vos de gobierno, la obtención de recursos (subsidios o créditos) constituye un largo y
burocrático proceso, además de que el financiamiento es bajo como para representar

Martelo, Tejiendo esperanzas. Los proyectos de mujeres rurales, México, Colegio de Posgraduados/Insti-
tuto de la Mujer Guanajuatense (imug)/gimtrap, 2005, pp. 16-60; Emma Zapata Martelo, Blanca Suárez,
Laura Elena Garza Bueno, Olga Lucía Rodríguez Álvarez, María de los Ángeles Rodríguez Santiago
y Lourdes Gómez García, “Mujeres rurales e indígenas ante el reto de generar ingresos”, en Emma Zapata
Martelo, Tejiendo esperanzas. Los proyectos de mujeres rurales, Colegio de Posgraduados/Instituto de la
Mujer Guanajuatense (imug)/gimtrap, 2005, pp. 129-282; Dalia Barrera Bassols, Alejandra Massolo e
Irma Aguirre, Guía para la equidad de género en el municipio, México, gimtrap/Indesol, 2004; Laura
Elena Garza Bueno y Lourdes Gómez García, “El ingreso de las mujeres del sector agrario. El caso de las
solicitantes del apoyo del promusag”, en Emma Zapata Martelo y Josefina López Zavala (coords.), La
integración económica de las mujeres rurales: un enfoque de género, México, Secretaría de la Reforma
Agraria, 2005, pp. 139-188; Lourdes Arizpe, op. cit.; Emma Zapata, Blanca Suárez y Rocío Rosas, op.
cit.; Blanca Suárez, op. cit.; Beatriz Martínez, op. cit.; María Estela Meneses Álvarez, Beatriz Martínez
Corona, Antonio Macías López y Javier Ramírez, “Las mujeres campesinas, jefas de hogar y jornaleras en
microempresas hortícolas: trabajo e identidad, en Beatriz Martínez Corona y Rufino Díaz Cervantes
(coords.), Mujeres rurales, género, trabajo y transformaciones sociales, México, Colegio de Posgraduados
campus Puebla, 2003, entre otros.
57 Verónica Vázquez García y María Eugenia Chávez Arellano, en el artículo “Las mujeres son más

peligrosas mediante la palabra: el chisme entre estudiantes de la Universidad Autónoma Chapingo, en


México” (Agricultura, Sociedad y Desarrollo, vol. 3, núm. 2, 2006), consideran que el chisme es un arma
para desprestigiar; a través de éste se puede evidenciar tanto la confianza de la amistad como la enemistad
social de las mujeres.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  131

una oportunidad real de creación de empleo o de dar valor agregado a los productos
agrícolas; los planificadores gubernamentales rara vez toman en cuenta las necesida-
des reales de las mujeres y las responsabilidades genéricas que asumen; los técnicos
cobran por hacerles los proyectos, independientemente de su aceptación, y el periodo
de consultoría es muy corto. Los tiempos administrativos no corresponden con los
tiempos técnicos requeridos, ya que los recursos asignados llegan a destiempo; el
mercado no es seguro, es más importante quién comercializa y no qué se comerciali-
za; no se consideran las variables relacionadas con la demanda y oferta del mercado,
rentabilidad y éxito de las microempresas, así como las características de los merca-
dos regionales y locales.

Trabajo doméstico y jefatura femenina

La reestructuración en todos los ámbitos de la vida cotidiana como resultado de la


globalización afecta el trabajo de las mujeres rurales e indígenas en dos situaciones
inseparables: el trabajo doméstico y la jefatura femenina.
Son ellas quienes efectúan el trabajo doméstico, aun cuando no es reconocido
como trabajo porque no genera plusvalía y es considerado –en la cultura patriarcal, como
la mexicana– parte de su naturaleza, obligación o responsabilidad, a tal grado que
cuando no lo realizan se les acusa de no cumplir con sus deberes de mujer, esposa y
madre.58 Ellas mismas difícilmente cuestionan la sobrecarga de trabajo o el nulo acce-
so a los recursos y tecnologías,59 ya que la división sexual del trabajo, los estereotipos
y roles de género están tan marcados que se han aceptado como “naturales” para ellas,
por haberles sido asignados social y culturalmente.
El trabajo en los hogares rurales es realizado principalmente por las mujeres
(60.74%), en comparación con la participación de los hombres rurales en el mismo
trabajo (1.05%). En el estudio “Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los
hogares de México, 2003-2009”, el inegi, en 2011, destaca que las mujeres destinan
anualmente, en promedio, 80.9% de las horas de trabajo no remunerado en el hogar,
lo que equivale a 77.3% en términos de valor económico. Además, la proporción del
valor del trabajo no remunerado de los hogares (vtnrh) respecto al pib nacional,
durante el periodo 2003-2009, es de 21.5%, porcentaje mayor al generado por acti-
vidades económicas como agricultura, ganadería, aprovechamiento forestal, pesca
y caza, que generan sólo 3.4% del valor del trabajo no remunerado de los hogares,
la extracción de petróleo y gas (6.9%) y las industrias manufactureras (17.6%), un

58Lourdes Arizpe, op. cit.


59Beatriz Martínez Corona, Silvia Martínez Sánchez, Socorro Barrientos Juárez y Alberto Paredes
Sánchez, “Mujeres rurales y género. Aportes para el diseño de políticas públicas”, en Beatriz Martínez
Corona y Rufino Díaz Cervantes (coords.), Mujeres rurales, género, trabajo y transformaciones sociales,
México, Colegio de Postgraduados campus Puebla, 2003, pp. 69-98.
132  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

indicador de que el trabajo no remunerado de las mujeres es el que más aporta, pero
es el menos valorado.
Como parte de las actividades no remuneradas que realizan las mujeres están el
trabajo en la parcela, el traspatio y la casa, con actividades reproductivas y producti-
vas agrícolas, pecuarias, artesanales y la toma de decisiones respecto al autoconsumo
y manejo de excedentes,60 así como el manejo de aves y cerdos, o incluso de ganado
mayor (alimentación, limpieza y cuidados diarios),61 producción de tortillas o elabo-
ración de artesanías y trabajo en el traspatio,62 entre otras. Por ello, además de consi-
derar el aporte del trabajo reproductivo de las mujeres, se debe considerar que éste no
deja de hacerse aunque se participe en el trabajo productivo remunerado.
La jefatura es otro aspecto que se debe tener presente al hablar del trabajo de las
mujeres rurales e indígenas, pues no es lo mismo ser hija, esposa o jefa de fami-
lia. El ser jefa de hogar puede traer dificultades y beneficios. Por una parte, tienen
mayor poder de decisión, pero también deben asumir todas las responsabilidades
familiares. Chant afirma que las mujeres jefas de hogar enfrentan el estigma de ser
“mujeres solas”, cuyo significado se enmarca en el ámbito sexual: las mujeres tienen
que aprender a sortear las presiones de aquellos que las observan como una presa
sexual más.
Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2002, del total
de hogares rurales familiares encabezados por una mujer, en 97.3% el cónyuge no
se encuentra presente. En los hogares con jefatura masculina, esta situación ocurre
únicamente en 3.4% de los casos. Respecto a la jefatura femenina, ésta es asumida
en mayor medida conforme aumenta la edad; 60 y más es el grupo en el que hay más
jefas de familia. El hecho de que ellas ocupen esa posición las hace garantes únicas de
la familia, incrementa su trabajo y responsabilidades, pues tienen que hacerse cargo
tanto del trabajo productivo como del reproductivo, destacando que los hogares con
jefatura femenina son los que tienen mayor probabilidad de pobreza63 y de incorporar
a sus hijos e hijas al trabajo remunerado desde la infancia.64

60 Idem.
61 Blanca Suárez, op. cit.
62 Emma Zapata Martelo y Josefina López Zavala (coords.), La integración económica de las mujeres

rurales: un enfoque de género, México, Secretaría de la Reforma Agraria, 2005.


63 Irma Arriagada, Políticas sociales, familia y trabajo en América Latina de fin de siglo, Santiago de

Chile, Naciones Unidas/cepal, 1997, p. 52.


64 María Teresa Esquivel Hernández, en“Hogares encabezados por mujeres: un debate inconcluso”

(Sociológica, año 15, núm. 42, 2000, p. 235), apunta que la pobreza de los hogares con jefas mujeres se
explica porque la ausencia del jefe varón constituye una real disminución de recursos internos en la unidad
doméstica, y las mujeres obtienen salarios menores que los hombres. Además, afirma que las mujeres
jefas de hogar, debido a que tienen que dividir su tiempo entre el trabajo extradoméstico y el doméstico,
se encuentran en una situación de aislamiento social que les impide la construcción y el mantenimiento de
redes sociales. En estos hogares es común la incorporación temprana de los hijos al mercado de trabajo y
la consecuente repercusión en su futuro desarrollo. Este enfoque señala como único aspecto favorable de
dichos hogares la ausencia de violencia doméstica.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  133

Educación

Las exigencias educativas para una economía globalizada implican mayores desven-
tajas para las mujeres rurales, especialmente para obtener empleos de mayor calidad,
porque sus niveles de escolaridad son bajos, menores que los de las trabajadoras
urbanas y, con el patrón inverso a éstas, pues la escolaridad de los hombres es mayor
que la de las mujeres.65
Las mujeres del medio rural tienen menos oportunidades educativas y no cuentan
con las condiciones para acceder a un trabajo calificado; además, como ya se mencio-
nó, las responsabilidades que se les asignan por el hecho de ser mujeres traen como
consecuencia que los trabajos a ejecutar estén relacionados con las actividades del
hogar, por lo que con frecuencia se emplean en trabajos donde carecen de prestacio-
nes sociales, y no las ampara un contrato colectivo que se traduzca en bienestar y
seguridad de su trabajo.66
El nivel de escolaridad es un elemento que influye en la participación, gestión y
organización de las mujeres. Quienes tienen mayor formación, tienen también mayor
entendimiento de las relaciones de trabajo, y eso les permite agilizar procesos en áreas
legales, contables, administrativas, de recursos materiales y humanos, capacitación,
entre otros.67 Entre menos sea la instrucción que poseen las mujeres, menor será su
participación económica.68
De acuerdo con datos del inegi,69 destacan 10 municipios con los menores gra-
dos promedio de escolaridad (tres años de primaria): Cochoapa el Grande, Guerrero
(2.3); Coicoyán de las Flores, Oaxaca (2.5); San Martín Peras, Oaxaca (2.8); Mixtla
de Altamirano, Veracruz (2.9); San Simón Zahuatlán, Oaxaca (3.2); Tehuipango, Ve-
racruz (3.2); Santa María la Asunción, Oaxaca (3.3); Mitontic, Chiapas (3.4) y Sitalá,
Chiapas (3.4). De la población rural a nivel nacional, 5.17% de las mujeres y 4.17%
de los varones no saben leer y escribir. A pesar de que el analfabetismo ha disminuido
a lo largo de los años, el grado de escolaridad de la población rural se ubica en la
educación básica.
Como se observa en la Gráfica 2, conforme aumenta el nivel de estudios, dismi-
nuye el porcentaje de mujeres y hombres rurales que participan en ellos. El mayor
porcentaje de estudios para las mujeres rurales se concentra en la educación básica
(9.50%), siendo el más bajo en todos los estratos.

65 María del Carmen Valenzuela et al., op. cit.


66 María del Carmen Hernández, op. cit.
67 María del Socorro Barrientos Juárez y Beatriz Martínez Corona, “Mujeres rurales y microempresas

sociales textiles en Tlahuapan, Puebla”, en Beatriz Martínez Corona y Rufino Díaz Cervantes (coords.),
Mujeres rurales, género, trabajo y transformaciones sociales, México, Colegio de Posgraduados campus
Puebla, 2003, pp. 177-206.
68 Emma Zapata et al., op. cit.
69 En el Censo de Población y Vivienda 2010.
134  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

Gráfica 2
Nivel de escolaridad de la población rural y no rural, por sexo, 2010
Educación básica Educación media superior Educación superior
30.00 26.26
24.71
25.00

20.00

15.00
9.57 9.50
6.80 6.53 7.40 6.56
10.00

5.00 0.95 0.37 0.99 0.37

0.00
Hombres rurales Hombres no rurales Mujeres rurales Mujeres no rurales

Fuente: inegi, Censo de Población y Vivienda, 2010. Tabulados del cuestionario ampliado.

El nivel de estudio se refleja en la condición de ocupación, pues el mayor porcen-


taje de población ocupada tiene nivel de educación básica. De las mujeres rurales de
12 años y más, sólo 3.59% es población ocupada; y de ellas, 0.32% no tiene escola-
ridad, 2.34% cuenta con educación básica, 0.53% educación media superior y 0.40%
educación superior. La mayor parte de la población femenina se ubica dentro de la no
económicamente activa-no disponible, debido a que, al ser amas de casa, declaran no
trabajar y no estar buscando trabajo, aunque hacen el trabajo dentro del hogar.

Gráfica 3
Población rural de 12 años y más, por sexo y nivel
de instrucción, según condición de ocupación, 2010
11.27
12 Sin escolaridad Educación básica Educación mediasuperior Educación superior

10

4 2.34
1.66 1.28
2 0.55 0.59 0.07 0.32 0.53 0.4
0.07 0.02 0.05 0.02 0.01
0
Población ocupada Población desocupada Población ocupada Población desocupada

Hombre Mujer

Fuente: inegi, Censo de Población y Vivienda, 2010.


Mujeres rurales e indígenas en México…  •  135

Es necesario que las mujeres rurales e indígenas accedan a actividades de forma-


ción y capacitación que les permitan participar en el mercado laboral, que se fomenten
opciones económicas no tradicionales para ellas70 que las lleven a obtener mayores
ingresos económicos para mejorar sus condiciones de vida y la de sus familias.

Migración

La migración es otro aspecto relacionado con el trabajo de las mujeres rurales e


indígenas ya que, cuando no tienen los medios económicos y sociales para subsistir
en sus lugares de origen, recurren a la migración como una estrategia de subsistencia
familiar, acelerada con los procesos globalizadores; por tanto, se trata de una migra-
ción forzada.
El crecimiento de la migración femenina no se explica sólo por el incremento de
la mano de obra de una fuerza de trabajo capaz de insertarse subordinadamente en
empleos de bajo estatus de los países desarrollados. Archenti71 señala que la migra-
ción debe visualizarse como un sistema que asocia migración laboral y de refugiados
con la herencia poscolonial de regiones periféricas dependientes de los centros de la
economía capitalista mundial y su lugar en una jerarquía política y económica que
conforma un sistema migratorio sur-norte de países y de regiones con múltiples lazos
históricos en lo económico, militar y sociocultural.
En los países de origen de los migrantes, la feminización de la pobreza ha sido el
correlato que ha orillado a las mujeres a buscar mejores expectativas de vida en otras
naciones.72 Esta migración guarda relación con dos procesos ocurridos en el contexto
del desarrollo capitalista y de la globalización económica: la feminización tanto de la
fuerza de trabajo como de la pobreza.
La literatura feminista y varios estudios especializados reportan la intensificación
del trabajo asalariado de las mujeres pues, tanto en los países del centro como en
los de la periferia, se constata su ascendente incorporación al mercado laboral, y se
muestran las múltiples asimetrías y discriminaciones que caracterizan al agro mexi-
cano.73 En el caso de las trabajadoras agrícolas, la migración se ha convertido en
una condición para encontrar trabajo y en una situación de vida para los y las jor-

70 Beatriz Martínez Corona,“Mujeres de núcleos agrarios, liderazgo y proyectos productivos”, en

Emma Zapata Martelo y Josefina López Zavala (coords.), La integración económica de las mujeres rura-
les: Un enfoque de género, México, Secretaría de la Reforma Agraria, 2005, pp. 235-288.
71 Adriana Archenti, Mujeres y migración. Modelos y modalidades de interpretación en los estudios

sobre migración, Con X (N° 1), 2015, pp. 46-72.


72 María da Gloria Marroni, Frontera perversa, familias fracturadas. Los documentos mexicanos y

el sueño americano, México, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”/
gimtrap, 2009.
73 Gloria Camacho Z., Mujeres migrantes: trayectoria laboral y perspectiva de desarrollo humano,

Buenos Aires, Clacso, 2010, p. 272.


136  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

naleras.74 Las migraciones responden –parcialmente– a los cambios ocurridos en el


ámbito económico de una acentuada polarización en la distribución de los ingresos y
las ocupaciones, y a la mayor dependencia de mano de obra barata y poco calificada
–inmigrante– en algunos de los sectores económicos relanzados por el proceso de
reestructuración.75
En la migración hay que reconocer el papel fundamental de la globalización y la
liberación económica, el predominio de la economía del mercado que fomenta la com-
petencia y la resolución individual de la supervivencia, como también el desarrollo
tecnológico, que ha facilitado y abaratado los costes del transporte y las comunica-
ciones,76 además de permitir la circulación permanente y casi simultánea de informa-
ción.77 Un postulado de la corriente globalizadora es, precisamente, la necesidad de
abrir fronteras para permitir la circulación de dinero, información, bienes y servicios,
sin ninguna restricción. Pero estos “libres flujos” son asimétricos, están marcados por
relaciones de poder que responden a los intereses del capital trasnacional y acentúan
las desigualdades entre los países ricos y pobres. Como sostiene Castells,78 mientras
el capital se mueve libremente en los círculos electrónicos de las redes financieras,
la fuerza de trabajo aún está muy constreñida, y es previsible que continuará así
por parte de las instituciones, la cultura, la política y la xenofobia, hecho que evi-
dencia los límites de la globalización para aquellos que no controlan la tecnología y
el capital.79
La migración ha sido denominada por Marroni80 como la “nueva esclavitud”, ya
que las personas migrantes son obligadas a abandonar su casa, tierra y familia debi-
do a sus deterioradas condiciones de vida o a la falta de esperanza. Al llegar a los
países de destino encuentran discriminaciones y obstáculos que limitan severamente
su desarrollo; no obstante, en muchas ocasiones sobreviven en mejores condiciones
materiales que las que tenían en sus lugares de origen.
La migración es un fenómeno que también está regido por las relaciones de gé-
nero. Los hombres muestran mayor movilidad, aunque las mujeres presentan más
variaciones en sus patrones de desplazamientos, y su movilidad está influida por la
subordinación o dependencia del mundo privado o familiar.81

74 Se pueden consultar los trabajos de Sara Lara y De Grammont, op. cit., y Emma Zapata et al., op. cit.
75 Ariza, op. cit.
76 En las comunidades rurales se ha incrementado el uso de teléfonos celulares que, si bien facilitan la

comunicación con los familiares migrantes, permiten el control de las mujeres en sus lugares de origen y
significa un gasto económico que beneficia al capital.
77 Gloria Camacho, op. cit.
78 Manuel Castells, “La era de la información”, Economía, sociedad y cultura, vol. 2, Madrid, Alianza

Editorial, 1998.
79 Gloria Camacho, op. cit.
80 Gloria Marroni, op. cit.
81 Marina Ariza, “Migración, familia y transnacionalidad en el contexto de la globalización: Algunos

puntos de reflexión”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 64, núm. 4, octubre-diciembre, 2002, pp. 53-84.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  137

Un hecho innegable es la progresiva incorporación de las mujeres a los movi-


mientos migratorios internacionales. Hoy las mujeres constituyen casi la mitad del
total de migrantes (49.6%) y predominan en los flujos que se dirigen hacia los países
desarrollados.82 Aunque ellas siempre han formado parte de las migraciones inter-
nacionales e internas, sea para apoyar el proyecto migratorio de los hombres o por
cuestiones económicas, el desplazamiento actual se caracteriza porque la mayoría ya
no viaja para acompañar a sus pares masculinos, sino que lo hace de forma personal
y familiar. Por ello, los diversos aspectos de la feminización de la migración deben,
además, ser focalizados como extensión de las estrategias de un mercado trasnacional
de mano de obra, compuesto por redes de mujeres que desempeñan servicios de traba-
jos domésticos, de cuidados personales, de venta callejera, de personal de bares o de
restaurantes, etcétera.83 Son estos hechos los que exigen una mirada más detenida a
las causas estructurales y de carácter económico que se hallan detrás de la movilidad
de las mujeres, sin perder de vista los condicionantes de género presentes en todo el
proceso migratorio.84
Las implicaciones de la migración en las mujeres son diferentes si ellas también
migran o se quedan. Las que se quedan luchan para criar a sus hijos e hijas, hacerse
cargo de las tierras y solucionar problemas de sobrevivencia de los integrantes de su
grupo doméstico;85 tienen que responsabilizarse de la casa, la comunidad, la escuela,
la salud, etcétera. A pesar de la ausencia de los hombres, la mayoría de las mujeres
rurales no deja de sembrar sus campos.86 Las que migran lo hacen como trabajadoras,
impulsadas por una determinación laboral y no sólo como acompañantes.87 Si bien la
migración y el recibo de remesas pueden subsanar parcialmente la pobreza material,
esto no necesariamente es sinónimo de bienestar individual y familiar: los costos
sociales y emocionales tanto de quienes se alejan como de quienes permanecen en su
lugar de origen son altos.88

82 Fondo de Población de las Naciones Unidas (unfpa), Estado de la población mundial 2006. Hacia

la esperanza: Las mujeres y la migración internacional, disponible en <www.unfpa.org/swp/2006/pdf/


sp_sowp06.pdf>.
83 Adriana Archenti y Roberto Ringuelet, “Mundo de trabajo y mundo de vida: Migración, ocupación e

identidad en el ámbito rural”, en Papeles de Trabajo, núm. 6, 1997, Centro Interdisciplinario de Ciencias
Etnolingüísticas y Antropológico-Sociales, Universidad Nacional de Rosario.
84 Gloria Camacho, op. cit.
85 Blanca Suárez y Emma Zapata Martelo, “Ellos se van y ellas se quedan. Enfoques teóricos de la

migración”, en Blanca Suárez y Emma Zapata Martelo (coords.), Remesas. Milagros y mucho más realizan
las mujeres indígenas y campesinas, México, gimtrap, 2004, pp. 15-69.
86 Antonella Fagetti, “Mujeres abandonadas: Desafíos y vivencias”, en Dalia Barrera Bassols y Cristina

Oehmichen Bazán (eds.), Migración y relaciones de género en México, México, gimtrap/unam/iia, 2000,
pp. 119-134.
87 Marina Ariza, op. cit.
88 Véase María del Rosario Ayala-Carrillo y Emma Zapata Martelo, “Migración y género, enfoques

desde el Colegio de Posgraduados”, en Contribuciones de los estudios de género al desarrollo rural,


México, Colegio de Posgraduados, 2015, pp. 319-347.
138  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

En México, el mayor porcentaje de población rural femenina de 12 años y más


declaró que en 2005 era migrante estatal (0.42%) (vivían en otro estado) y 0.16% en
otro país. De la misma población, el mayor porcentaje migró sólo de un estado a otro
y hacia Estados Unidos. El inegi (comunicado del 27 de octubre de 2010) señala que,
por tamaño de localidad, el grado de urbanización es inversamente proporcional al
grado de intensidad con el que ocurren cambios de residencia de México al extranjero
y viceversa. En las localidades rurales se registran las tasas de emigración e inmigra-
ción más altas y, en contraste, en las localidades más urbanizadas (15 mil habitantes
y más) se reportan los niveles más bajos desde 2006.
El Censo de Población y Vivienda 201089 advierte que, en 2005, 0.42% de mujeres
rurales de 12 años y más residían en otra entidad, es decir, eran migrantes estatales,
mientras que 0.16% eran migrantes internacionales, de las cuales 0.15% vivían en Es-
tados Unidos y 0.01% en otro país. También señala que Michoacán (3.05%), Jalisco
(2.45%), Guanajuato (2.27%), Oaxaca (2.19%), Veracruz (2.07%) e Hidalgo (1.89%)
son los principales estados en donde la población rural femenina de 12 años y más
vivía en Estados Unidos en 2005; de quienes vivían en otra entidad, se destacan: Ve-
racruz (1.72%), Hidalgo (1.14%), Oaxaca (1.09%) y Estado de México (1.07%). Los
estados de mayor expulsión son también los que presentan mayor ruralidad y pobreza,
como el caso de Oaxaca, Michoacán y Veracruz.
El contexto en el que se produce la feminización de la migración rural mexicana da
cuenta del impacto en términos de desempleo y precarización de las condiciones
de vida de hombres y mujeres ante las reformas estructurales aplicadas a fines del
siglo xx, las cuales son parte de las estrategias de comercialización, de mercados
trasnacionales en donde la mano de obra es una mercancía, especialmente la de las
mujeres que desempeñan servicios de trabajos domésticos, cuidados personales,90
personal de bares o de restaurantes, entre otros. A pesar de que mucha de la literatura
sobre migración y desarrollo considera los beneficios que se trasladan a través de los
migrantes, especialmente las remesas que van desde los países más ricos hacia los más
pobres, una visión crítica sobre reproducción social identifica a los países más pobres
como fuentes de subsidios directos hacia los países más ricos, ya que son aquéllos los
que cubren la mayoría de los costes asociados con la reproducción social, tales como
la socialización y educación de los migrantes antes de la partida, el cuidado de hijos
e hijas que se quedan en los lugares de origen, muchas veces el cuidado de las y

89 El inegi señala que 22.02% de la población en México está constituida por mujeres rurales de 12

años y más.
90 La feminización de las migraciones hacia los países desarrollados está asociada al crecimiento de

una “cadena mundial de cuidados” (unfra, 2006) que no es otra cosa que la transferencia transnacional
del trabajo reproductivo, como respuesta a una “crisis de los cuidados” que afecta a los países centrales. Se
trata asimismo de una nueva estratificación del mercado de trabajo a nivel mundial que genera una deman-
da de mano de obra femenina que ha acelerado los movimientos. Véase Ana Inés Mallimaci, “Revisitando
la relación entre géneros y migraciones. Resultados de una investigación en Argentina”, Dossier, vol. 18,
núm. 2, 2012, pp. 151-166.
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  139

los migrantes cuando retornan al país de origen, a veces ya en edad avanzada,91 por lo
que habría que preguntarse quién se beneficia más de quién.
Para muchas mujeres rurales, la migración significa más igualdad, menos opresión
y discriminación que limite su libertad y coarte sus oportunidades. La migración
puede llevar a la construcción de relaciones de género más igualitarias;92 sin em-
bargo, la evidencia indica que este potencial emancipador es temporal, fragmentado
y limitado.93 Las mujeres migrantes figuran entre las personas más vulnerables a la
violación de sus derechos humanos, por su doble condición de migrantes y mujeres.
El arduo trabajo que realizan merece reconocimiento y es preciso proteger sus dere-
chos humanos.94

Consideraciones finales

Partiendo del concepto de interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw las mujeres ru-


rales e indígenas de México sufren de muchos tipos de discriminación en el ámbito
educativo, laboral, de salud y, en el caso de la migración, tanto en su lugar de origen
como en el de destino; todo ello se ve reflejado en sus condiciones de vida. Todos y
cada uno de esos aspectos se interseccionan con la raza, el género, la edad y la clase
social. Desde la perspectiva de Crenshaw, no se trata de una suma de desigualdades,
sino que cada una de estas intersecciones influye de forma diferente en cada situa-
ción personal y grupo social, donde las estructuras de poder también son diferentes.
Así, no sólo se puede hablar de una realidad de las mujeres rurales, sino de muchas
realidades.
En este artículo se mostraron sólo algunas de las situaciones de inequidad en las
que viven las mujeres rurales, en donde se observa que la organización global del
poder las discrimina desde las estructuras de organización social más altas hasta las
más básicas, como la familia.
En el primer ámbito estructural que plantea Crenshaw dentro de la matriz de dis-
criminación, se consideran las estructuras sociales como la ley, la política, la religión
y la economía. En estos puntos se observó que las mujeres rurales se han incorporado
al trabajo productivo remunerado obedeciendo más a condiciones macroestructurales
relacionadas con la globalización que a situaciones de equidad de género. La despro-
tección del ámbito agrario a través de las reformas estructurales aplicadas en México

91 Véase Tanja Bastia, “La reproducción de las desigualdades de género en origen y en destino: un

estudio transnacional a partir de las migraciones bolivianas”, Papeles del ceic, vol. 2, núm. 110, 2014,
disponible en: <http://www.ehu.eus/ojs/index.php/papelesCEIC/article/viewFile/12982/12437>.
92 Es importante distinguir entre los cambios en los roles de género y los cambios más estructurales en

las relaciones de género o en las ideologías de género.


93 Tanja Bastia, op. cit.
94 unfpa, op. cit.
140  •  María del Rosario Ayala C. y Emma Zapata M.

han propiciado que las personas que se dedicaban al campo a pequeña escala ya no
puedan hacerlo, pues no pueden competir con las grandes industrias agroexportado-
ras que, además de que se están apropiando de las tierras, dejan fuera a los pequeños
campesinos. Al empeorar las condiciones de vida de mujeres y hombres, ellas han
visto en el trabajo una necesidad indispensable para obtener un ingreso económico,
diversificando sus actividades, aun en las peores condiciones.
Las mujeres han tenido que enfrentarse a muchas dificultades al ingresar en el
ámbito laboral, sobre todo porque no cuentan con los niveles de educación y capa-
citación que les permitan insertarse en empleos con mejores condiciones de trabajo,
además de que no disponen de mucho tiempo para dedicarse a trabajar porque tienen
otras responsabilidades familiares. Por tanto, los empleos que obtienen son general-
mente los de menor remuneración, flexibles, fácilmente reemplazables y que no les
proporcionan ninguna prestación social, como seguro, pensión, etcétera.
Ante este panorama, muchas mujeres deciden migrar a otras entidades donde
puedan obtener empleo, aunque sea en las mismas condiciones que ya se mencio-
naron; tal es el caso de quienes se ocupan como jornaleras agrícolas, en el empleo
doméstico y de cuidados. En la migración, la mano de obra de mujeres, hombres
e incluso niños y niñas es vista como una mercancía que obedece a las normas del
mercado. Al ser una mercancía de intercambio, puede ser fácilmente reemplazable,
pues no se considera la parte humana, sobre todo cuando se trata de mujeres rurales
y/o indígenas.
Otro dominio en donde se ve la discriminación de las mujeres rurales es en el in-
terpersonal, que influye en la vida cotidiana, sobre todo cuando ellas son las jefas de
familia, pues tienen que enfrentar solas todas las dificultades. Las mujeres enfrentan
grandes problemas a la hora de buscar trabajo, algunas relacionadas con su condición
de género y otras derivadas del mercado de trabajo (las cuales ya se mencionaron).
Entre las primeras se encuentra el hecho de que siguen siendo las responsables úni-
cas del trabajo reproductivo, que implica los quehaceres en el hogar, el cuidado de
los hijos, hijas y otros familiares que necesiten asistencia especial, el trabajo con los
animales que tienen en el traspatio y el solar, así como otras actividades comunitarias
en las que también participan, lo cual significa que tienen triples jornadas de trabajo
y deben hacer varias actividades al mismo tiempo.
La condición de las mujeres que se enfrentan a la migración depende de si se que-
dan o migran, en qué condiciones lo hacen, con quién, entre otros factores. Cuando
ellas se quedan deben hacerse cargo de todas las otras actividades que dejan de hacer
quienes migraron; cuando ellas migran, reproducen los roles tradicionales de género
en los trabajos que realizan en los lugares de destino, lo que las hace más vulnerables
a la discriminación por parte de quienes las contratan, más aun cuando se trata de
mujeres indígenas que no hablan español, en la migración nacional, o inglés, en la
migración internacional.
Como se pude observar, son muchos los factores que se interrelacionan y que
pueden dar un panorama de las situaciones de inequidad y discriminación que viven
Mujeres rurales e indígenas en México…  •  141

las mujeres rurales e indígenas, aunque aquí sólo se han abordado algunos. Estos
factores se pueden interseccionar en diferentes esferas y realidades, el género, la
raza, la etnia, la edad, la educación, entre otros, son los principales que afectan a las
mujeres rurales.

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En busca del buen vivir entre mujeres…  •  147

EN BUSCA DEL BUEN VIVIR


ENTRE MUJERES Y HOMBRES BOLIVIANOS

Virginia Ávila García*

Resumen

En este trabajo hago un acercamiento al feminismo boliviano que recupera la cosmovisión de


la suma qamaña o bien vivir1 en las vidas militantes de Domitila Barrios de Chungara y Casi-
mira Rodríguez Romero, luchadoras sociales en un periodo histórico dado entre las reformas
sociales de 1952 y las reformas neoliberales a partir de los años ochenta hasta la fecha
    Domitila y Casimira son bolivianas indígenas separadas por dos generaciones y son afines
al sueño de la equidad racial, cultural, social y de género. Ambas se destacan por su militancia
personal, laboral y de participación política que han sabido negociar los espacios públicos
y personales, en su objetivo de encontrar una buena vida dentro de su comunidad. El sentido
histórico que cimienta sus actividades da cuenta de dos descubrimientos para la historiografía
de género: primero, el sentido de la vida que parte del bien vivir de las personas; segundo,
que ellas participan de un reconocimiento a sus procesos históricos donde los antepasados son
redescubiertos en su vigencia para hacer prevalecer los derechos primarios de la naturaleza.
   Este feminismo indígena boliviano2 no retoma demandas de una agenda internacional fe-
minista, porque busca que las mujeres luchen por alcanzar sus derechos junto a sus hombres

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas
1 Entiendo que vivir bien es un complejo concepto que incluye ideas como hablar y caminar como

gente, oír antes que hablar, buscar que los actos y las palabras sean compatibles, y hablar de lo que sabes.
Implica la vida en armonía con el medio ambiente y con la espiritualidad del cosmos,con tu comunidad y
contigo mismo. Debe haber respeto y cuidado a la naturaleza: se desecha el concepto de vivir mejor porque
implica el predominio de lo material.
2 Tal vez debemos buscar otro término que no sea el de feminismo, porque Domitila no se asumió como

feminista y Casimira tiene resistencias con los temas de la agenda feminista. Ambas son ejemplos de
cómo construirse como personas autónomas y abrir los espacios liberadores a otras mujeres.
148  •  Virginia Ávila García

y orienten sus fuerzas y colaboración para dar paso a una buena vida en un marco social y
ambiental armonioso.

Palabras clave: feminismo boliviano, colonialismo interno, suma qamaña, colaboración entre
géneros, vivir bien.

Abstract

In this paper I analyse the Bolivian feminism that recovers the worldview of the qamaña or
good summa live in the militant lives of Domitila Barrios de Chungara and Casimira Rodríguez
Romero, social activists in a historical period between Social Reforms in 1952 and he neolibe-
ral reforms since the eighties
   Domitila and Casimira indigenous Bolivian for different generations and are akin to the
dream of racial, cultural and social equity, gender. Both are noted for their personal militancy,
labor and political participation that have managed to negotiate public and personal spaces, in
your objectives find a good life in their community.
   The sense of history that builds its activities realizes two Historiography discoveries gen-
der: first, the sense of which part of good living of the people and second, they participate in the
historical recognition of their processes where the Ancestors to assert Rights of Nature.
   This Bolivian indigenous feminism demand for an Indigenous and Local Agenda, in dis-
cussion with International Agenda, because looking that women in defense and struggle for
their rights to his men direct their forces and collaboration to wake a Good Life in a frame and
social, environmental harmonious.

Keywords: Bolivian feminism, internal colonialism, suma qaamaña, collaboration between


genders, live well.

Introducción

Este texto trata de las vidas de dos mujeres bolivianas, Domitila Barrios de Chungara
y Casimira Rodríguez Romero, analizadas en su contexto social e histórico como
constructoras de un feminismo de vida con sentido comunitario y social. Lo he traba-
jado con las sugerencias metodológicas que propone la socióloga aymara boliviana
Silvia Rivera Cusicanqui a partir de: curiosear, averiguar y comunicar3 en un país

3 “Curiosear, averiguar, comunicar: con estos tres verbos Rivera Cusicanqui enhebró su propuesta

metodológica como una serie de gestos. Primero, la curiosidad, que proviene de ejercitar una mirada
periférica: la del vagabundeo […] La mirada periférica incorpora una percepción corporal. Metaforiza la
investigación exploratoria. Envuelve un estado de alerta. Se hace en movimiento y guarda cierta familia-
ridad con lo que se ha llamado la atención creativa. Averiguar, como segundo paso, es seguir una pista.
Es la mirada focalizada. Y para eso, como insiste Silvia: “lo primero es aclararse el porqué motivacional
entre uno mismo y aquello que se investiga”. Lo dice porque subraya una tarea irreemplazable: descubrir
“la conexión metafórica entre temas de investigación y experiencia vivida”, porque sólo escudriñando ese
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  149

llamado Bolivia, en la región de Cochabamba, en dos ciudades bolivianas: La Paz


y Cochabamba, donde estuve durante una breve estancia de investigación en 2015 y
conocí mujeres y hombres quechuas, observé a los y las aymaras en La Paz y dialo-
gué y conviví con mujeres universitarias maduras mestizas y criollas de clase media
y alta que se reunieron en Cochabamba, convocadas por Lily Encinas, la presidenta
de la ampu.4 Llegaron de Sucre, la capital boliviana, de La Paz, la capital del poder
político, del Oriente opositor mestizo y criollo representado por las colegas de Santa
Cruz de la Sierra y de otras ciudades más.
He averiguado en fuentes como son el libro biográfico de Domitila Barrios de
Chungara, “Si me permiten hablar…” Testimonio de Domitila una mujer de las mi-
nas de Bolivia, escrito por la brasileña Moema Viezzer con base en entrevistas con la
boliviana en 1975; durante mi estancia de investigación y de asistencia al II Encuen-
tro Latinoamericano de Mujeres Profesionistas Universitarias en septiembre de 2015
realicé entrevistas en Cochabamba a profesionistas bolivianas tanto de Cochabamba
como de Santa Cruz de la Sierra que la conocieron como la abogada Rosa Julieta
Montaño y la empresaria Gloria Tejada, así como otras que supieron de ella. Consulté
información histórica y de movimientos sociales difundida en libros, revistas y perió-
dicos, además de algunos sitios en páginas web.
Tuve la oportunidad de conocer y convivir con Casimira Rodríguez Romero, de
origen quechua, ex ministra de Justicia y Derechos Humanos, la de la pollera, las
largas trenzas y la sonrisa siempre presente; la trabajadora del hogar que organizó con
otras compañeras el primer sindicato de mujeres trabajadoras del hogar, quien influyó
a nivel latinoamericano en la conformación social para alcanzar el reconocimiento a
los derechos de este sector femenino como trabajadoras. Pude observar su desempeño
como funcionaria encargada de la Secretaría de Desarrollo Integral del Gobierno
de este Departamento boliviano, siempre apoyada por su directora de la Dirección de
Igualdad de Oportunidades, la maestra Primitiva Guarachi; ambas fueron responsa-
bles y representantes del Gobierno en el desarrollo del evento. Ofrecieron todas las
facilidades y hubo un despliegue operativo cultural, de difusión, nada falló; aprecié

compromiso vital con los ‘temas’ es posible aventurar verdaderas hipótesis, enraizar la teoría, al punto de
volverla guiños internos de la propia escritura y no citas rígidas de autorización. Por último, ¿cómo comu-
nicar? Hablar a otrxs, hablar con otrxs. Hay un nivel expresivo-dialógico que incluye “el pudor de meter
la voz” y, al mismo tiempo, “el reconocimiento del efecto autoral de la escucha” y, finalmente, el arte de
escribir, o de filmar, o de encontrar formatos al modo casi del collage. Hablar después de escuchar, porque
escuchar es también un modo de mirar, y un dispositivo para crear la comprensión como empatía, capaz de
volverse elemento de intersubjetividad… Las entrevistas un modo del happening. Y la clave es el manejo
sobre la energía emotiva de la memoria: su polivalencia más allá del lamento y la épica, y su capacidad
de respeto por las versiones más allá del memorialismo de museo” (en Silvia Rivera Cusicanqui, “Contra
el colonialismo interno”, por Verónica Gago en Revista Anfibia, disponible en <http://www.revistaanfibia.
com/ensayo/contra-el-colonialismo-interno/> consultada el 5 de septiembre de 2015).
4 Asociación de Mujeres Profesionistas Universitarias, sede Cochabamba; dependiente de la Federa-

ción de Mujeres Profesionistas Universitarias de Bolivia bajo la presidencia de la doctora Clouzet de Santa
Cruz de la Sierra. A su vez están afiliadas a ifuw, International Federation of University Women.
150  •  Virginia Ávila García

su buen oficio como funcionarias. La ocasión fue propicia para mirar más allá de la
superficie, porque vi el trato discriminatorio sutil de las profesionistas mestizas y
criollas de varios lugares bolivianos que dejaban traslucir, en su mayoría, su distan-
ciamiento con las dos mujeres de pollera.
Casimira, discreta, sonriente, se mostró segura y participó en todas las actividades
académicas. Escuchó con atención los trabajos presentados; el evento fue grabado en
su totalidad. Mabel García, la encargada de comunicación social, quechua también,
de manera diligente manejó la difusión del evento en todos los medios cochabam-
binos. Primitiva Guarachi tomó las notas. Ninguna de ellas se daba por enterada del
trato con sesgos discriminatorios que las mujeres universitarias de Santa Cruz de la
Sierra, Sucre, Cochabamba y la Paz les dieron, con algunas excepciones.
En Casimira predominó el trato discreto, su seguridad y su orgullo étnico por ser
quechua. Primitiva la respaldaba. Mis observaciones y sus testimonios en entrevistas
formales y pláticas informales me dieron las pautas para comprender mucho del mun-
do femenino boliviano actual. Durante estas conversaciones me comentó Casimira
acerca de la aparición de su libro testimonial, sustentado en entrevistas y testimonios
que escribió con la investigadora mexicana Concepción –Coni– López Silva, mismo
que fue presentado en Cochabamba en febrero de 2016 con el título Camila: Memo-
rias de una militancia política en el trabajo asalariado.5
Domitila y Casimira representan dos caras de la persistente movilización de las
mujeres surgidas de estratos marginados que luchan por reorientar sus vidas familia-
res y las de sus grupos sociales hacia reposicionamientos de sus etnias con base en lo
que la teórica del colonialismo y descolonialización del sur, Silvia Rivera Cusican-
qui,6 ha denominado la identidad cheje de los grupos bolivianos y la memoria larga y
la memoria corta desarrolladas por los grupos étnico-culturales frente al colonialismo
hispano construido durante siglos de dominación europea y confrontado con el colo-
nialismo interno como herencia cultural y política de los grupos criollos que, desde la
independencia boliviana en el siglo xix, han impedido el acceso de los grupos indios
a los derechos sociales.7

5 No fue posible acceder al texto recién publicado porque está ausente de las librerías académicas y

comerciales. Una vez más se comprueban los problemas de distribución que hay entre las obras escritas
por latinoamericanas.
6 “Conversación del mundo” entre Boaventura de Sousa Santos y Silvia Rivera Cusicanqui, realizada

en el Valle de las Ánimas (La Paz, Bolivia) el 16 de octubre de 2013, disponible en <https://www.youtube.
com/watch?v=xjgHfSrLnpU> consultada el 30 de septiembre de 2015.
7 “Este fenómeno de colonialismo interno tiene varias dimensiones. Desde un punto de vista institu-

cional, se refleja en el persistente acaparamiento del poder político por parte de las élites mestizo-criollas.
Desde un punto de vista de estratificación social, se traduce en procesos de exclusión económica, política,
social y cultural, según los cuales corresponden a los indios los peores lugares de la pirámide social. Así,
la estratificación social se produce a través de una superposición de procesos clasistas y racistas, con una
tendencia a que coincidan los privilegios de clase con los sectores mestizo-criollos y a que los sectores
subalternos sean indios. Por último, y no menos importante, el colonialismo interno tiene una dimensión
de opresión de las nacionalidades indígenas en su conjunto, que no son reconocidas por el sistema político”
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  151

En Domitila y Casimira encontramos ese combate recio de mujeres pobres, indí-


genas, que no ha claudicado en confrontar las formas de opresión de las clases ricas
y medias bolivianas que se han resistido a reconocer las características de Bolivia
como un país plurinacional, pluricultural y de diversidad étnica. El siglo xxi en estos
años ha visto la reivindicación social de grupos marginados que en la figura del Mo-
vimiento al Socialismo (mas) ha llevado a aymaras, quechuas y otras etnias a ejercer
el poder.
Bolivia, Ecuador y, en menor medida, Perú, en Sudámerica, y México, en el norte,
han mantenido una visibilidad de su indigenismo, desde los años noventa del siglo
pasado, en consonancia con su memoria larga que se reactivó en 1992, con la con-
memoración de los 500 años8 del choque de culturas, llamado el Descubrimiento de
América.
Este artículo sitúa la vida de Domitila en el contexto del auge y fin del capitalismo
de Estado dado entre 1952-1985 y la entrada a la globalización neoliberal de un capi-
talismo salvaje, periodo a partir del cual Casimira participa en la incipiente organiza-
ción de trabajadoras del hogar hasta la fecha, pero ahora como alta funcionaria.
La respuesta indígena a la nueva marginación que el modelo neoliberal impuso
radicalizó el estado de vulnerabilidad social y, como otros pueblos del sur, los grupos
indígenas de la tierra hicieron resonar sus voces y demandaron la integración al mun-
do dentro de sus particularidades culturales y étnicas. A estas movilizaciones se pue-
den adjudicar los derechos alcanzados, en donde por primera vez en Bolivia, como
país emblemático del rezago indígena, los grupos sociales integraron movimientos
no sólo de resistencia sino de combates por alcanzar el poder.9 El periodo 2000-2005
de este conjunto de movimientos sociales se le ha denominado “el círculo rebelde”.10
Evo Morales es el símbolo de este nuevo despertar, que tiene a su alrededor los ries-
gos del fin de la solidaridad y la colaboración con países sudamericanos afines ante
el desplome de gobiernos que, además de oponerse a las recetas neoliberales, pre-
tendieron crear modelos alternativos económicos y sociales como Brasil, Argentina,

(en Marta Cabezas Fernández, “Bolivia: tiempos rebeldes, coyuntura y causas profundas de las moviliza-
ciones indígena-populares”, aibr, Revista de Antropología Iberoamericana, núm. 41, mayo-junio de 2005,
p. 3, disponible en <http://www.aibr.org/antropologia/41may/criticos/may0501.pdf> consultada el 21 de
octubre 2015.
8 Testimonio de Casimira Rodríguez. Entrevistas personales de la autora con la ex ministra, en el Gran

Hotel de Cochabamba, Bolivia. Septiembre 19-25 de 2015.


9 Las movilizaciones más significativas fueron: “La ‘guerra del agua’ (2000), el levantamiento popular

de septiembre de 2000, el bloqueo de caminos de junio de 2001, la revuelta de los cocaleros en febrero de
2002, ‘febrero negro’ (2003), la ‘guerra del gas’ (septiembre-octubre 2003), la movilización alteña para
expulsar a Aguas del Illimani (enero 2005) y las movilizaciones de junio de 2005 –denominadas por
algunos ‘la segunda guerra del gas’– forman parte, pues, del mismo ciclo rebelde” (en Marta Cabezas
Fernández, op. cit., p. 5).
10 Ibid., p. 5: “entendemos por ‘ciclo rebelde’ una etapa histórica de los movimientos sociales con

momentos de mayor intensidad y momentos de latencia, que tiene objetivos comunes y que se sirve del
lenguaje de la rebelión para lograrlos”.
152  •  Virginia Ávila García

Perú, Venezuela y la caribeña Cuba. Por otro lado, se enfrenta, después de 10 años de
ejercer el poder, a fuertes críticas de activistas e intelectuales como las mencionadas
Julieta Montaño y Silvia Rivera Cusicanqui.11
Domitila Chungara, nacida en los años treinta del siglo xx, vivió el efímero triunfo
del nacionalismo revolucionario en los años cincuenta y sesenta que, trastabillando
con los gobiernos dictatoriales, se mantuvo hasta mediados de los años ochenta.
Casimira, nacida en los años sesenta, representa a la nueva mujer empoderada y
creyente de las grandes capacidades de los grupos culturales originarios que saben
vivir bien, en armonía, abriendo los espacios comunicativos entre los grupos sociales
populares urbanos y de campesinos rurales, apegados al trabajo, al respeto a la natu-
raleza y a la propia historia, pero siempre prestos al levantamiento rebelde ante los
duros golpes que ejemplifica el Decreto neoliberal 21060. Sus historias convergen en
los orígenes indígenas, humildes, viviendo en las condiciones de pobreza familiar que
a la primera la obligaron a cuidar a cuatro hermanas menores y a la segunda contra-
tarse para el trabajo doméstico a cambio de techo y comida.
Por distintos caminos ambas supieron entender sus momentos históricos. Domi-
tila vivió para buscar una buena vida para sus hijos, su esposo, pero también para la
comunidad sindical de los mineros. Casimira, dedicada al trabajo más despreciado,
supo rebasar la discriminación social y empuñó la defensa de un gremio que está, aún
ahora, en la marginalidad de los derechos laborales casi en toda América. Ha sabido
hacer alianzas muy convenientes para alcanzar los derechos siempre negados a las
etnias; ella afirma que su compromiso con el sindicato fue alargándose hasta que se
dio cuenta de:

[…] que ya estoy bien metida dentro de la organización y de esa manera también, ¿no?,
en la lucha de clases, hemos estado sumándonos a la propia lucha con los hermanos
cocaleros […] de acuerdo a nuestras posibilidades […] desde ahí nos vamos conociendo
con el propio actual presidente (Evo Morales) y nuestro propio gobernador actualmente
(Iván Canelas) […] era parte política, el tener un compañero desde nosotros, y de pronto
también el único que de alguna forma, según mi convicción, me hacía inspirar en la po-
lítica, porque hemos conocido tantos políticos que solamente para las elecciones éramos
sus amigos, digamos, y este gobierno es totalmente diferente, este proyecto político.12

11 Ambas conocen a Evo Morales y se han distanciado del autoritarismo, exceso de protagonismo, ac-

titudes machistas y desviaciones a los principios del respeto a la pachamama y a los objetivos del tiempo
del cambio o pachakutik que ha producido el movimiento indígena popular.
12 Entrevistas de la autora con Casimira Rodríguez R.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  153

Dos mujeres bolivianas, dos generaciones en lucha por el buen vivir

La vida de Domitila refleja muchas de las identidades posibles de una mujer lati-
noamericana indígena: fue la esposa de un trabajador, en su caso minero; madre de
siete hijos;13 vendedora ambulante de salteñas14 para complementar el exiguo salario
familiar; hija y hermana mayor que, huérfana de madre, asumió el cuidado de sus cua-
tro pequeñas hermanas cuando sólo tenía diez años; cercana y luego distante de toda
religión, pero creyente en Dios, supo conciliar todas estas funciones con la dirección
del Comité de las Amas de Casa de Siglo XX.15 Sus dotes de liderazgo la trajeron a
México en 1975, como voz de las luchadoras sociales de su país; con su testimonio
de vida descubrió otras formas de defender y ganar espacios sociales para las mujeres,
en la temprana edad de los feminismos de los años setenta. René Chungara fue su
esposo y padre de sus hijos, trabajador del mineral Siglo XX; retó, apoyó y negoció
espacios con Domitila, su pareja, para que ella tomara el liderazgo del Comité de
las Amas de Casa, organismo femenino que colaboró activamente en los continuos
enfrentamientos de los mineros con la empresa paraestatal denominada Corporación
Minera de Bolivia16 (Comibol) y con los gobiernos democráticos y las dictaduras.
El matrimonio Chungara representa una versión cercana a la práctica indígena del
chachawarmi;17 es decir, el poder compartido de la pareja, donde quienes ejercen el
poder lo hacen con su compañera de vida. En este caso, los Chungara invirtieron los
roles porque el poder lo tuvo ella dentro del sindicalismo minero y de las Amas de
Casa, pero él estuvo presente.
La larga trayectoria de Domitila en los movimientos sociales después de la apa-
rición de su libro “Si me permiten hablar…” Testimonio de Domitila, una mujer de
las minas de Bolivia está dispersa. Domitila lo considera “como la culminación de
mi trabajo en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer”,18 realizado en la Ciudad

13 Como mujer sufrió abortos y pérdidas de cuatro hijos pequeños.


14 Empanadas rellenas de carne, papas, etc., típicas de Bolivia.
15 Siglo XX es una mina de la región del Potosí.
16 La Corporación Minera de Bolivia ocupa uno de los espacios más importantes de la vida de las

familias mineras. Fue fundada el 2 de octubre de 1952, días antes de que fueran nacionalizadas las minas
propiedad de las familias Patiño, Hotschild y Aramayo, el 31 de ocubre de ese mismo año. La Comibol
actuaba como patrón de miles de mineros, proporcionaba los escasos derechos sociales de los mineros
y actuaba como una tienda de raya –salvando las diferencias– de las haciendas porfirianas. Con el admi-
nistrador negociaban las mujeres el cumplimiento de proveer alimentos, ropa y medicamentos. En todo
momento el Ejército boliviano reprimió a los mineros que se movilizaban (véase <www.comibol.gob.bo/
index.php/institucional.historia>, consultado 6 de junio de 2016).
17 Que entre sus significados destaca la práctica de ejercer el poder con la pareja, donde cada uno tiene

funciones específicas.
18 Moema Viezzer, “Si me permiten hablar…” Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de

Bolivia.
154  •  Virginia Ávila García

de México en 1975, misma que fue su plataforma para ser reconocida como la mujer
más cuestionadora de la postura feminista de clase media y alta, que representó al fe-
minismo oficial que se ratificaba con su modelo de pensamiento occidental y blanco,
distante ya, para entonces, de los conflictos sociales y que daba paso a las agendas
rasas que han aglutinado en unas demandas concretas la diversa, amplia y muy com-
pleja problemática de las relaciones desiguales entre los géneros. Domitila representó
en todo momento a las feministas sociales, aquellas que consideran que la liberación
de las mujeres, como la de los hombres machistas, se dará cuando socialmente se haya
conseguido la libertad y justicia sociales, pero siempre los logros femeninos deberán
ser obra de ellas mismas.
Por su parte, Casimira, empleada del hogar desde los 13 años19 de edad, representa
a millones de latinoamericanas que hacen de su empleo una extensión del trabajo do-
méstico de sus hogares. En su testimonio personal afirma que su primera experiencia
a esa temprana edad fue muy traumática por las condiciones similares a la trata de
mujeres. Ella trabajó en una casa entre 14 y 16 horas diarias, sin derecho a salario ni
descanso, sólo a cambio de techo y comida.20 En su experiencia laboral, además de
las pobres condiciones salariales, el trato recibido fue discriminador, ya que no se le
permitía hablar delante de los patrones ni dirigirse a ellos; cuando se atrevió a solicitar
un salario, la patrona la acusó de ladrona ante la policía de Cochabamba; ella contra-
demandó, no hubo respuesta.21 Regresó a su casa por un tiempo y después volvió a
trabajar con un salario muy bajo y con derecho a descansar el domingo por la tarde.
Todo este condicionamiento social, procesado por su inteligencia y sentido de
justicia con orientación socialista, la motivó a la organización de sus compañeras
de trabajo, campesinas, mal vistas en la ciudad, y comenzó la idea de agruparse. Esto
se inició en 1985, con reuniones entre amigas que descansaban, como ella, los domin-
gos por la tarde; en ese espacio escucharon a una ex religiosa, un sacerdote católico
y un pastor metodista que orientaron sus inconformidades;22 organizaron el primer
sindicato de trabajadoras del hogar en Cochabamba en 1987;23 en 199224 presenta-

19 Esto ocurría en Cochabamba en 1979.


20 Entrevistas personales con Casimira.
21 Testimonio personal de Casimira en las entrevistas con esta autora. Véase también <http://radialistas.

net/article/compañera_casimira>, publicado el 14 de junio de 2006, consultado el 14 de octubre de 2015.


22 Entrevista a Casimira Rodríguez Romero, ministra de Justicia de Bolivia, por Adolfo González en <cen-

troschilenos.blogia.com/2006/020812/entrevista_a_casimira_rodriguez_romero_ministra_de_justicia_
de bolivia>.
23 En 1987 también se funda el Movimiento al Socialismo. Es el origen del actual mas, refundado en

1995 en Cochabamba. En 1997 se alía con el movimiento campesino cocalero dirigido por Evo Morales
Ayma, que supo comprender a las comunidades para dar un cambio a la movilización social al poner en el
centro a los campesinos y a las comunidades indígenas por primera vez en la historia boliviana del siglo
xx, dominada por la fuerte presencia y movilización de los obreros y mineros. Este cambio a la historia de
los movimientos sociales indígenas dejó atrás la rebelión para construirse como fuerza política.
24 Afirma que ese año conoció a Jesucristo, también cambió de religión: se acercó a la Iglesia meto-

dista por ser abierta a la movilización social. Recibió el “Premio Mundial Metodista por la Paz” en 2003.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  155

ron su propuesta de ley laboral; en 1993 organizaron el Primer Congreso Nacional


de Trabajadoras del Hogar y se formó la Federación Nacional de Trabajadoras del
Hogar de Bolivia.25 A partir de 1996 comenzaron a cabildear la mencionada ley y se
apoyaron en dos consignas: “¡Queremos la ley, queremos la ley!” y “¡No queremos
más esclavas modernas!”
En 2003, cuando Casimira era la secretaria general del sindicato, se logró la pro-
mulgación de la Ley de Trabajadoras del Hogar.26 Entre 2001 y 2006 presidió la
Confederación Latinoamericana y del Caribe de las Trabajadoras del Hogar.
Su agudo sentido político y el de sus compañeras orientó al sindicato que dirigía a
aliarse a las luchas sociales agrupadas en el mas, dirigidas por el líder cocalero Evo
Morales. Esta alianza fue reconocida cuando fue nombrada ministra de Justicia de
Bolivia, en el primer gabinete de Evo en 2006. Un nombramiento como éste significó
que fue valorada como mujer, por sus aportaciones al movimiento social indígena y
por su liderazgo sindical entre las mujeres trabajadoras del hogar, la clase social más
maltratada y socialmente despreciada en América Latina.
Destacó por su atuendo, del que resaltó su pollera,27 que denotaba su origen, su
orgullo e identidad quechua; por la cartera que ocupó simbolizó la imagen de las rup-
turas culturales que emitió su designación como ministra de Justicia: mujer, indígena
y líder sindical de un gremio de trabajadoras del hogar muy menospreciado. Casimira
entró por la puerta grande a la Plaza Murillo,28 sitio inaccesible para las de su clase y
género; rompió costumbres y tradiciones, porque entró, caminó y, desde ese y otros
espacios exclusivos de las otrora clases poderosas, despachó.
El mensaje mediático29 del régimen fue imponente, Casimira lo sabía y aguantó
la avalancha de descalificaciones por sus identidades menospreciadas de género, de
clase, de etnia, de cultura y laboral. Cuando asumió el cargo, el Colegio de Abogados
pidió su renuncia. Dos de los cuatro viceministros, entre ellos Lidia, la encargada del
viceministerio de Movimientos Sociales, la rechazó, mientras que el viceministerio

Casimira siempre se refiere a los compañeros y compañeras como hermanos o hermanas, es una forma del
protestantismo en sus denominaciones diversas el hacer uso de estas palabras en su trato cotidiano.
25 Véase “Los grandes machos de la ley han visto arrebatado su espacio”, por Mariana Carbajal, en

<www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-81954-2007-03-19html>, consultada el 16 de octubre de


2015.
26 Idem. En la Ley se señalaban algunos derechos como la no discriminación, jornada de 8 horas de tra-

bajo o diez para las que trabajaban de planta; vacaciones de 15 días anuales, descanso los fines de semana
y días feriados e indemnización por años de trabajo, etcétera.
27 Un traje muy usual de las indígenas bolivianas se compone de la pollera o falda colorida, que se com-

plementa con una blusa, sombrero y capa. El diseño de estas prendas es variado y de diferentes calidades.
De manera un tanto peyorativa, quienes se visten usando estos atuendos son llamadas cholas.
28 Plaza ubicada en el centro histórico de La Paz, Bolivia, sede de los poderes políticos.
29 La abogada feminista Julieta Montaño considera que una de las estrategias del movimiento conduci-

do por Evo Morales es la publicidad y que los mensajes desde el poder buscan el impacto social y el apoyo
por medio de la cuidadosa estrategia de los medios (entrevista de la autora con la doctora Montaño, en su
domicilio en Cochabamba, Bolivia, el 23 de septiembre de 2015).
156  •  Virginia Ávila García

de Derechos Humanos y Justicia a cargo de una persona que “estaba tan, por una par-
te, discriminador y, por otra, tan colonizado que a su cabeza no le entraba que alguien
que no fuera abogada fuera su jefa, además mujer. Entonces tuve unas luchas muy
directas […]”.30 En otra entrevista con una periodista, Casimira señala que parte de
su equipo en el ministerio de Justicia no aceptó que ella fuera la jefa, ni la secretaria.
La boicotearon.31
Ella misma comenta la historia de su nombramiento a ese alto puesto público:

En 2006 el hermano presidente me invita a formar parte del primer gabinete […] me ha
tocado ser ministra de Justicia, donde era muy difícil, tal vez, para muchos aceptar que
una mujer indígena, una ex trabajadora del hogar, que había sido trabajadora del hogar de
muchas de las personas que estaban ahí sentadas, de pronto fuera la ministra de Justicia,
¿no? Entonces sí, como que a algunos abogados no les ha caído muy bien.32

La idea central del gobierno de Evo fue enviar el mensaje social de que habría un
fortalecimiento de la justicia social comunal a partir del consenso de la comunidad
y no sólo el método de la justicia ordinaria del Estado boliviano basado en el ámbito
punitivo. Casimira estuvo en contra de castigos como la muerte y el linchamiento.
Afirma que la justicia ordinaria exige que las personas tengan muchos recursos para
obtener justicia, mientras que “en este otro lado, que son los pueblos indígenas, las
comunidades campesinas hacían de otra manera la justicia: restaurativa, transparente,
sin costo económico, con control social”.33
Ella se rodeó de mujeres para ejercer su ministerio, así como de una subteniente
que fue su guardia personal. Trató de hacer una política de puertas abiertas y un minis-
terio móvil, pero la decisión del ministerio de puertas abiertas fue revocada a los dos
meses, al ser tomadas las oficinas por un grupo de inconformes; la del ministerio mó-
vil no se pudo implementar. Al ser ministra de Justicia y Derechos consiguió para el
Sindicato de trabajadoras del hogar, el decreto presidencial de la celebración del Día
Nacional e Internacional de las Trabajadoras del Hogar, el 30 de marzo.34 También
promovió la Ley Anticorrupción y una propuesta de la Ley General del Trabajo. Al
término de este encargo presidencial en 2007, se retiró a cuidar a su mamá, y decidió
ser madre, a su vez: a sus 43 años nacieron sus hijas gemelas llamadas Débora Camila
y Jade Jael. Su madre le ayudó dos años a cuidarlas, luego murió. En julio de 2015
fue llamada por el gobernador de Cochabamba, recién electo, a hacerse cargo de la
Secretaría de Desarrollo Integral, con varias dependencias a su cargo.

30 Entrevistas de la autora con Casimira, ya citadas.


31 Véase “Mariana Carbajal, op. cit., y página citada consultada el 16 de octubre de 2015.
32 Entrevistas de la autora con Casimira, ya citadas.
33 Idem.
34 Idem.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  157

Un camino propio hacia la descolonización: la participación de las mujeres

Bolivia es un país sudamericano enclavado en la geografía sagrada del Inti Illimani,


montaña imponente de los Andes. En el siglo xxi ha recibido la mirada de los estudio-
sos35 por haber presentado, en su historia reciente, desde los años noventa, una rein-
tegración de los grupos indígenas que han confluido en sus intereses para oponerse a
las duras recetas que el modelo neoliberal les ha tratado de imponer.
En 1985 se cerró el ciclo económico centrado en la explotación de las minas de
plata y de estaño, que databa de principios del siglo xx, con la coyuntura de la na-
cionalización de las minas en 1952. Con el cambio de orientación de la explotación
minera, para dar paso a la del gas y a las restricciones al cultivo de la coca, se dejaba
en la pobreza y el abandono a miles de mineros y sus familias, particularmente de la
región del Potosí, que es el espacio donde transcurrieron las vidas de Domitila, René
y sus hijos.
Las amplias movilizaciones sociales de los indígenas, obreros y campesinos han
sido cíclicas ante el llamado colonialismo interno que asola a la sociedad boliviana,
dividida entre las élites mestizas y criollas, que detentan poderes y privilegios desde
la independencia de España en el siglo xix, y la subordinación, marginación y falta
de derechos sociales y políticos de las etnias que siguen vivas como representan-
tes de las culturas antiguas36 de los quechua, aymara y otros grupos.
Durante la última década del siglo xx y los años que lleva el presente siglo, han
confluido inconformidades de trabajadores de las minas, del campo, de la ciudad.
Destacaron, por su fuerza, especialmente los grupos étnicos dominantes: los quechua
y los aymara.37 Esta revolución de los más vulnerables, los que resintieron la dureza
de las medidas implementadas desde 1985 con el Decreto 21060, que significó la apli-
cación de las recetas neoliberales en una reforma laboral y energética que hizo que to-
dos los movimientos sociales se unieran en torno al Movimiento al Socialismo, que se
coronó con éxito al ganar en las elecciones más copiosas de un presidente boliviano,
el aymara Juan Evo Morales Ayma, primer presidente indígena, quien aseveró, en el

35 Destaca la obra de Boaventura de Sousa Santos y los teóricos sudamericanos afines a las teorías de

la descolonización. Clacso agrupa a varios de ellos.


36 Fue un proceso turbulento, un debate muy importante que hizo una apropiación colectiva desde

abajo. En esta dialéctica fueron marginales los otrora poderosos grupos europeizantes y pro capitalistas
gobernantes. Las resistencias ahora quedaron en el bando antes dominante. El proceso sigue (véase el
artículo arriba citado de Marta Cabezas F.).
37 En la Constitución hay referencia a los idiomas que se reconocen como oficiales, el castellano y los

que estarían referidos a las etnias: aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo,
chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa,
mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, taca-
na, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco (datos del Instituto
Nacional de Estadística de Bolivia, 2015, disponibles en <http://www.ine.gob.bo/html/visualizadorHtml.
aspx?ah=Aspectos_Politicos.htm>, consultado el 18 de agosto de 2015).
158  •  Virginia Ávila García

texto que su gobierno presentó para referéndum y que contenía la nueva Constitución
del país, bajo el título de “Para que nunca más seamos excluidos”:

Para construir una Bolivia más justa necesitamos un golpe de timón de fondo y en esa ta-
rea los pueblos indígenas nos señalan la ruta que debemos seguir. La Nueva Constitución
establece que en el nuevo modelo de país los pueblos indígenas tendrán una profunda
participación civil, política y económica. Para que nunca más seamos excluidos. Antes,
las hermanas y hermanos quechuas, aymaras, guaraníes y otros hermanos de tierras bajas
no podíamos entrar al Palacio, no podíamos entrar a la Plaza Murillo, no podíamos cami-
nar en las aceras, en las ciudades importantes; ése es el pasado de los pueblos indígenas
en Bolivia y en Latinoamérica. Ahora, los pueblos indígenas somos uno de los pilares
fundamentales de un nuevo país. Estoy convencido de que la Nueva Constitución Polí-
tica del Estado tiene que pasar del papel a la realidad para que nuestros conocimientos
y nuestra participación nos ayuden a construir un nuevo futuro de esperanza para todos.
Quién sino los pueblos indígenas podemos señalar el rumbo de estos cambios para la pre-
servación de la naturaleza, para distribuir equitativamente los beneficios de los recursos
naturales y de los territorios que habitamos ancestralmente.

La Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia38 fue un triunfo demo-


crático que ofrece una síntesis del derecho internacional vigente en las sociedades
occidentales, donde conceptos como libertad, igualdad social y oportunidades y de
género se conjugan con la cosmovisión indígena, que presenta interesantes alterna-
tivas creadoras en una propuesta de democracia intercultural que usa lo mismo la
lengua culta39 que su propio lenguaje original. Por primera vez en una constitución
política contemporánea se alude a la conservación e interacción de las sociedades con
el medio ambiente acudiendo a conceptos indígenas.
La Nueva Constitución del Pueblo Plurinacional de Bolivia fue elaborada y fir-
mada en 2007 por la Asamblea Constituyente, conformada por diez fuerzas políticas,
sometida al pueblo boliviano para su referéndum el 25 de enero de 2009 y vigente
actualmente.
En los primeros artículos constitucionales se alude a los derechos prioritarios de la
pachamama,40 es decir, a los derechos de un cosmos que busca reconectar a los hom-

38 Bolivia, Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, documento avalado en 2008, para

ser presentado a referéndum nacional al pueblo boliviano en enero de 2009, disponible en <www.harmon
ywithnature.org/Contentdocuments/159Bolivia%20Consitucion.pdf>, consultada el 27 de septiembre de
2015.
39 Boaventura de Sousa Santos, en entrevista con la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, en

el programa “Conversas del mundo”, disponible en <www.youtube.com/watch?v=xigHf5vLnpU&nohtm/


5=False>, consultado el 14 de octubre de 2015.
40 Pachamama, desde mi perspectiva, no tiene una traducción a nuestro idioma. Yo lo entiendo como un

concepto complejo que lo mismo alude a la naturaleza, la madre tierra, la cosmovisión de la espiritualidad
indígena, y que incluso puede ser la deidad misma.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  159

bres con la madre tierra y la naturaleza mediante prácticas y creencias que orientan a
lo espiritual, al cuidado material y al reconocimiento de la importancia de todos los
elementos que existen y que, al integrarse armónicamente, evitarán más daños al pla-
neta. Se trata de preservar el entorno ambiental y espiritual del cual depende la vida
de la humanidad, donde las mujeres juegan un papel central por sus roles sociales.
De manera simbólica, se alude a los conceptos éticos, centrales en esta cosmovisión
indígena y que enriquecen el lenguaje jurídico occidental:

Artículo 8.I. El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad


plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón),
suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi ma-
raei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble).

El párrafo anterior precisa el sustento del nuevo Estado plurinacional en los valores
de una vida armoniosa (ñandereko), una vida buena (teko kavi), donde, al transitar
por un camino noble (ghapaj ñan), conduciéndose con responsabilidad, trabajo (ama
qhilla) y respeto, se puede alcanzar el supremo valor de vivir bien (suma qamaña).41
El siguiente inciso del mismo artículo retoma los conceptos occidentales de la len-
gua culta,42 presente en las constituciones de pueblos occidentalizados y que ofrece
un diálogo cultural que demarque aquellas coincidencias en los llamados derechos
humanos:

Artículo 8.II El Estado se sustenta en los valores de unidad, igualdad, inclusión, digni-
dad, libertad, solidaridad, reciprocidad, respeto, complementariedad, armonía, transparen-
cia, equilibrio, igualdad de oportunidades, equidad social y de género en la participación,
bienestar común, responsabilidad, justicia social, distribución y redistribución de los
productos y bienes sociales, para vivir bien.

En suma, la Constitución boliviana de 2009 es una síntesis cultural que Silvia Rivera
Cusicanqui relaciona con el abigarramiento y la identidad cheje, que43 atribuye a

41 Idem. Silvia Rivera Cusicanqui sintetiza la suma qamaña, concepto central de gran impacto en la

región andina y el que más ha traspasado las fronteras bolivianas con estas acciones humanas: hablar y
caminar como la gente, oír antes que hablar, hacer compatibles los actos con las palabras y hablar de lo
que se sabe.
42 Silvia Rivera Cusicanqui considera que, por ahora, la carencia de conceptos y teorías impide teorizar

significados que se traduzcan y puedan ser transmitidos de las lenguas indígenas a las lenguas “cultas” de
los dominadores, pero que el contenido simbólico enriquece la síntesis cultural en la búsqueda de alter-
nativas culturales frente al agotamiento cultural europeo. En la entrevista con De Sousa arriba citada, ella
propone que Europa haga las aportaciones de su tecnología y que deje a las culturas indígenas retomar el
diálogo entre los hombres y mujeres y con la madre tierra y la naturaleza para evitar el deterioro de nuestro
mundo natural.
43 Idem. Lo abigarrado es la mezcla interiorizada por las personas de un grupo social donde lo blanco

se revuelve con lo indígena y viceversa.


160  •  Virginia Ávila García

sociedades colonizadas como la boliviana. La condición de sociedad abigarrada o


manchada se da cuando la vida de los dominados transcurre entre la predominancia de
lo indígena en ciertos procesos históricos, como el actual, y los de la resistencia or-
ganizada frente a condiciones impuestas por los dominadores, como sucedió en otros
momentos, cuando prevaleció la mentalidad blanca, como fue el siglo xx.
Esta particularidad abigarrada44 de pueblos dominados como los latinoamerica-
nos explicarían las dificultades que tienen los dominadores neoliberales para someter
las culturas latinoamericanas y que en la actualidad ofrecen en Sudámerica una de las
más complejas resistencias organizadas que impiden la asimilación de la globali-
zación neoliberal.
Domitila representa a la mujer pobre del siglo xx, esposa de obrero, conocedora
de los derechos sindicales, con conciencia política y marcada por los valores de los
blancos que representaba la Comibol y los propios sindicatos obreros; no obstante,
su identidad cheje se va a expresar en ella en el enfrentamiento con los poderosos
del gobierno y la patronal Comibol. Su ideología de clase estuvo traspasada por el
sindicalismo de corte occidental que aseguraba que la revolución socialista debía ser
conducida por la clase obrera.
Domitila se refiere al movimiento campesino con cierto menosprecio y desconfian-
za por su condición subordinada, por su extrema pobreza y, en algunos sectores, por
su ambivalencia debido a que son pequeños propietarios usados como instrumentos
de intimidación contra los obreros y mineros. Para ella el obrero representaba la con-
ciencia de su clase y del poder de cambio, lo que demuestra su identidad cheje, por
otra parte dominante en los sectores trabajadores de los Estados latinoamericanos que
aspiraron a una sociedad socialista. En su obra testimonial reconoce que sabe muy
poco de otros sectores marginados y que en su libro biográfico se limitó a hablar de
los mineros porque fue el espacio donde ella nació, conoció y luchó durante muchas
décadas.
Esta síntesis internalizada de culturas surge en los grupos de personas concretas
donde la alternancia de lo blanco y lo indígena sólo es reconocible cuando en los
momentos históricos retoman los valores, usos y costumbres y fuerza, donde emerge
ya sea lo blanco, es decir los aspectos culturales de los dominadores, o bien las ex-
presiones de las resistencias de los dominados.
Las diversas movilizaciones por protestas ante las medidas neoliberales implemen-
tadas por el presidente Víctor Paz Estenssoro en 1985 tuvieron como consecuencia
central la claridad para organizarse y buscar, por primera vez de manera coordinada,
el poder político para llegar a ejercer la hegemonía política, objetivo que se consigue
con el ascenso del indígena Juan Evo Morales Ayma en 2005.

44 Concepto de René Zavaleta que Silvia Rivera C. desarrolla ampliamente para explicar la duplicidad

cultural de los bolivianos, particularmente de los grupos indígenas.


En busca del buen vivir entre mujeres…  •  161

Estos movimientos indígenas y sociales tienen sus antecedentes más claros en las
luchas de los sindicatos que hacia 1952 lograron las reformas económicas y sociales
arropadas en el gobierno de Víctor Paz Estenssoro y de su partido, el Movimiento Na-
cionalista Revolucionario (mnr). Los gobernantes pronto abandonaron los objetivos
sociales. Más tarde advinieron dictaduras, represión y más pobreza, que los sindicatos
confrontaron incrementando sus prácticas asentadas en la democracia de la asamblea
para la toma de decisiones y en acciones de movilización de las cuales Domitila fue
testigo e incluso participante. La esperada represión y dos grandes masacres, la de
Septiembre y la de San Juan, no se hicieron esperar para acallar a los rebeldes.
Ella vivió la esperanza de la “Revolución del 52”, las luchas sindicales para los
derechos de los mineros y sus familias, hasta que sufrió la llamada “relocalización de
las minas“ mediante el Decreto 21060,45 denominado también “de la Nueva Política
Económica”, del 29 de agosto de 1985, que dio un vuelco a los avances de 1952 y
redireccionó la economía boliviana que entraba así al mundo neoliberal. Fue firmado
también por el presidente Paz Estenssoro46 quien de este modo certificaba la incor-
poración de Bolivia hacia las dogmáticas políticas neoliberales que ordenaban los
nuevos organismos multinacionales. Este decreto supremo facilitó los despidos de
los trabajadores de las empresas públicas y privadas. el Capítulo III, correspondiente
al decreto del sector minero y metalúrgico, daba un beneficio a los trabajadores de
tres meses de salario en una sola exhibición o seis meses de salario en seis partes, y
dejó en el desempleo a 35 mil mineros y sus familias.47 El desamparo fue total porque
debieron desalojar las casas prestadas por la Comibol48 y dejaron de tener acceso a las
pulperías, donde se surtían de sus productos básicos.
Domitila49 sufrió en carne propia, junto a René, las consecuencias dramáticas de
las primeras reformas neoliberales. El beneficio monetario se lo adjudicó exclusiva-
mente René. Se separaron, ella se fue a vivir a Cochabamba y él se fue con otra mujer.

45 “Que es necesario aplicar una Nueva Política Económica que tenga la aptitud de ser realista y prag-

mática con el objeto de atacar las causas centrales, de la crisis en el marco de una racionalidad de medidas
fiscales, monetarias, cambiarias y de ajuste administrativo del sector estatal que, además de su contenido,
radicalmente antiinflacionario, siente los fundamentos para reiniciar, redefinir y encaminar el desarrollo
nacional liberador, dotado de profundo contenido social que rescate los valores morales del pueblo bolivia-
no” (Párrafo del Decreto 21060 de Víctor Paz Estenssoro, disponible en <www.derechoteca.com/gacetabolivia/
decreto-supremo-21260-del 29 de-agosto-de 1985>, consultado el 12 de agosto de 2015).
46 Víctor Paz Estenssoro fue cuatro veces presidente boliviano; su ciclo comenzó con las nacionaliza-

ciones y terminó decretando este giro al neoliberalismo. Este decreto abarcó toda la economía del país:
reformas monetarias, fiscales, de productividad, de salarios, de política laboral. Su plan económico tiene
diferencias de forma y no de contenido con el Plan de desarrollo que en México se implementó en los
años ochenta.
47 Marta Cabezas, en su artículo citado, habla de 27 mil obreros de las minas.
48 A lo largo de libro de Domitila es recurrente su temor a perder la casa sin servicios que compartía

con sus hijos y marido.


49 Para estos años Domitila se había visto obligada a pedir asilo político para sus hijos en Europa. Ella

se quedó en Bolivia con René.


162  •  Virginia Ávila García

Ella empezó una nueva etapa de sus luchas en el medio urbano, entre muchos de los
desplazados de la minas. Esta es la fase ya poco documentada de su vida, aunque
existen escritos desperdigados.
El ciclo minero boliviano que había explotado los recursos de la plata y del estaño
llegó a su fin; la demanda de hidrocarburos como el gas natural y el control de
la siembra de la coca caracterizaron la nueva etapa neoliberal, así como reencauzar la
explotación de otros recursos. Sin duda se abrió la brecha de la lucha de clases al car-
gar sobre los desempleados de la mina y del campo los costos de las reorientaciones
en la extracción de materias primas y de la economía en su conjunto.
Los sindicatos surgidos a principios del siglo xx tuvieron en los mineros a un
sector obrero reconocido por su capacidad de negociación sustentada en la continua
movilización para la obtención de derechos y recompensas sociales. El sindicato de
mineros representó las luchas, resistencias y negociaciones que Domitila nos narra
desde su perspectiva de militante y ama de casa, casada con un minero. Ella y sus
compañeras amas de casa compartieron la lucha de sus esposos, defendieron con
certeza el valor moral de la fuerza de trabajo (ama qhilla).
En 1986 las consecuencias del decreto mencionado dejaron fuera a los mineros de
la interlocución con el gobierno; por último, la Confederación Obrera Boliviana y la
Federación de Sindicatos de Trabajadores Mineros de Bolivia trataron de resistir y
emprendieron “La marcha por la vida”, disuelta en 1986 por la fuerza pública, que
detuvo la protesta-demanda de cinco mil mineros y sus familias. Fue el fin del prota-
gonismo obrero y minero en el cual Domitila puso su vida.
Domitila fue el centro del sindicalismo de las mujeres-esposas, porque “El Co-
mité de Amas de Casa” lo mismo emprendía marchas demandando la libertad de los
esposos detenidos que realizaba huelgas de hambre o promovía acciones directas de
enfrentamiento contra el Ejército amenazando con hacer explotar granadas50 o mante-
ner prisioneros a los ejecutivos gringos, o promovía el mejoramiento de las pulperías,
de los servicios sanitarios y de la vivienda.
Si 1985 fue el fin del ciclo de grandes movilizaciones de mineros y sus mujeres,
en ese año la jovencita Casimira Rodríguez se reunía en una parroquia las tardes li-
bres de los domingos, con sus amigas, también empleadas del hogar. Allí recibieron
educación laboral y comenzó su incipiente organización de empleadas asalariadas del
hogar que reclamaban sus derechos como los otros trabajadores. En ese año comenzó
la historia de una mujer consciente de las condiciones de sometimiento en que vivían
las empleadas domésticas. Se organizaron en Cochabamba, fueron convenciendo a
sus compañeras de afiliarse, tomaron conciencia política y pronto iniciaron moviliza-
ciones en los medios como una estrategia de lucha.51

50 Domitila narra dos episodios donde las mujeres asediadas por el Ejército amenazaron con explotar

dinamita. Esto era creíble porque los mineros tienen acceso a este material y también lo han usado en sus
enfrentamientos con el poder.
51 Entrevistas de la autora con Casimira.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  163

Domitila hizo uso constante de la radio comunitaria para difundir su organización,


para convocar reuniones con las mujeres y para divulgar los problemas y posturas de
la administración con los esposos mineros y con la proveeduría de los alimentos bá-
sicos y medicamentos de las pulperías.52 La radio jugó y juega un papel central en las
luchas bolivianas de antaño y actuales. Casimira, junto con sus compañeras, utilizó,
además de la radio comunitaria, los medios impresos; más tarde, la tecnología de la
comunicación. Ella es una luchadora que sabe utilizar la opinión pública y se manejó
en los espacios políticos para cabildear la legislación favorable a las trabajadoras del
hogar.

La memoria larga y la descolonización interna

El despido de los trabajadores entre 1985 y 1986 trajo muchas transformaciones


sociales,53 entre ellas los desplazamientos hacia las ciudades, lo cual ocasionó que
aumentara el número de los barrios marginales y el trabajo informal; el retorno de
mineros hacia el campo, especialmente al Chaparé, la región cocalera, a la cual llegó
la familia Morales Ayma54 a buscar mejores condiciones de vida; los más empren-
dedores crearon cooperativas al arrendar a la Comibol las minas cerradas; estos coo-
perativistas se reorganizaron y llegaron a tener una gran fuerza política y social que
formó un ala fuerte del avance del Movimiento al Socialismo que llevó a Evo Morales
al poder.55 Campesinos y obreros recomenzaron y volvieron a buscar en sus raíces las
bases para sobrevivir a los nuevos cambios de los criollos.
Domitila aceptaba sus raíces indígenas paternas pero desconoció los problemas
del mundo rural del campesinado.56 Casimira, por su parte, se asume quechua, viste
atuendo tradicional con su pollera, blusa y largas trenzas, y es respaldada en su trabajo
por el colectivo de mujeres activistas, llamadas “las bartolinas”, que apoyan tanto al
mas como a su líder.57

52 Las pulperías controlaban la venta y distribución de los alimentos básicos, los medicamentos, la ropa

necesaria para el abastecimiento de las familias de los mineros, etcétera.


53 Jorge Espinoza Morales, “La relocalización minera”, disponible en <www.lapatriaenlinea.

com/?nota=76115>, consultado el 25 de marzo de 2015.


54 La familia es de origen campesino pero también debió desplazarse. Una vez más, la pobreza casti-

gaba a los campesinos.


55 Según datos que ofrece Jorge Espinoza en el artículo arriba mencionado en 1985, había 28,649 coo-

perativas, y para 2010 ya existían 65,890.


56 Viezzer menciona la manipulación del presidente Paz Estenssoro que los enfrentó en el conflicto

con la detención de los gringos por las mujeres que exigían la libertad de los mineros presos a raíz de la
Masacre de Septiembre (op. cit., p. 91).
57 Bartolina Sisa fue la mujer de Tupac Katari, indio sublevado en el siglo xix; ambos asediaron a

los bolivianos criollos desde El Alto, que es el paso a La Paz (entrevista con Primitiva Guarachi, 24 de
septiembre de 2015).
164  •  Virginia Ávila García

En esta reconstrucción, el distanciamiento entre trabajadores obreros y campesinos


fue superado por la memoria larga del colonialismo a la que fueron sometidas las
etnias y a la memoria corta del colonialismo interno en que criollos y mestizos de
las élites políticas incurrieron nuevamente en contra de aquéllos. Es la conciencia
de clase subordinada por su origen étnico y el proceso de marginación y subyugación
por sus condiciones de pobreza lo que ha unificado sus agendas, para luchar juntos pero
manteniendo sus diferencias en los temas de sobrevivencia, de oficio y de culturas.
Actualmente, con el vigor alcanzado por los grupos empoderados indígenas y tra-
bajadores, se reposicionaron ya partir de 2005: se reconoce la predominancia de lo
indígena, lo que no implica que lo blanco esté sometido ni acabado, sino que se
mantiene ahora desde el lado de la resistencia al poder. Para las estudiosas bolivianas
Silvia Rivera y Marta Cabezas, ha habido un claro desarrollo de un “círculo rebelde”
entre 2000 y 2005, muy bien organizado por las resistencias y movilizaciones de los
grupos subordinados por su clase y por su etnia. Este ciclo rebelde ha conjuntado la
memoria larga, “como catalizador de la identidad india ha producido una adscripción
a las organizaciones de base étnica y comunitarias”.
En este proceso de enfrentamientos visibles, las mujeres bolivianas indígenas son
protagonistas; la cultura de las dominadoras es menos abierta, se mantiene del lado
del poder del rumor58 y del descontento. En el cambio social que se ha apreciado en
el siglo xxi, las discordancias entre las mujeres de distintas clases y etnias se han pro-
fundizado. El desplazamiento del poder de los criollos blancos por los grupos de color
café está empañado por los prejuicios raciales, sociales y culturales. Ellas, las de las
clases medias y altas, miran con enojo y con rencor a quienes ahora detentan el poder;
entre estas mujeres hay profesionistas que se miran a sí mismas como feministas, pero
la cuestión clasista y de etnias orienta con mayor fuerza su postura ante la equidad de
género. Las mujeres indígenas son toleradas por las mujeres de las clases criollas y
mestizas, quienes no dejan pasar la oportunidad de expresarles su menosprecio. En la
polarización social los feminismos son rebasados en cuanto a colaboración y solida-
ridad. La agresividad se percibe del lado de las otrora dominantes.
Domitila parece tener razón cuando afirma que machismo y feminismo son cons-
trucciones capitalistas y que sólo cuando las sociedades alcancen su liberación habrá
condiciones para que se resuelvan todos los problemas de la liberación de la mujer.59
En ello coincide el gobernador Iván Canelas, quien afirma:

he visto de cerca la lucha de las mujeres, he visto cómo las mujeres se enfrentaban no
sólo a los hombres en los temas del machismo y del patriarcado, sino a las fuerzas repre-

58 Durante mi estancia, en septiembre de 2015, en el II Encuentro de Mujeres Profesionistas Univer-

sitarias, pude apreciar la gran inconformidad, inclusive enojo, de la mayoría de las profesionistas frente a
las funcionarias indígenas.
59 Viezzer, op. cit., p. 8.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  165

sivas; eran la primera línea para lograr sus espacios, sus reivindicaciones, defensa de sus
derechos, defensa de sus hijos […] La mujer es parte activa e igualitaria del hombre. El
hombre no podría vivir sin la mujer y la mujer no podría vivir sin el hombre.60

Casimira Rodríguez vive, día con día, el proceso de descolonización interna donde,
entre mujeres de diferentes clases, se da una sorda lucha porque las otras no asumen
que las mujeres indígenas sean iguales a ellas, predominando la ideología clasista y
racista por encima de las consideraciones de equidad entre mujeres. Casimira es la
secretaria de Desarrollo Humano Integral del Gobierno de Cochabamba desde 2015.
Junto con Primitiva Guarachi, su colaboradora, es la imagen del poder femenino e
indígena en la gobernación de Cochabamba; su equipo de trabajo está conformado
por indígenas, principalmente mujeres. En este espacio de poder dirige la implemen-
tación y promoción de

[…] políticas y acciones que colaboran a la: despatriarcalización, protección, manteni-


miento y promoción del patrimonio cultural departamental. Contribuye al fortalecimien-
to de las identidades culturales de los pueblos indígenas originarios, al crecimiento del
índice de desarrollo humano integral, a la descolonización, a la gestión social, al deporte
y a la vida saludable de la población en el ejercicio de los derechos fundamentales y con
igualdad de oportunidades; además de proteger y defender los derechos de los niños
y niñas, adolescentes y jóvenes, promoviendo estrategias y acciones que prevengan y
atiendan casos de violencia intrafamiliar.61

En las entrevistas, ella me confirmó su preferencia para trabajar con mujeres porque
son más confiables para los cargos y tienen menos conflictos para asumir que ella
es la jefa. Su principal colaboradora es la directora de la Dirección de Igualdad de
Oportunidades, la maestra en Ciencias Sociales Primitiva Guarachi,62 mujer joven
que emergió como lideresa en su comunidad cuando acudía a las asambleas convoca-
das por las autoridades, donde una y otra vez fue rechazada,63 hasta que se necesitó a

60 Entrevista de la autora con el gobernador de Cochabamba, Bolivia, el periodista Iván Canelas, en el

Grand Hotel de Cochabamba, 22 de septiembre de 2015.


61 Véase <http://www.gobernaciondecochabamba.bo/article/es_BO/Secretar%C3%ADas+Departame

ntales/Secretar%C3%ADa+de+Desarrollo+Humano+Integral/Funciones/130/>, consultado el 17 de no-


viembre de 2015.
62 Entrevistas de la autora con Primitiva Guarachi, directora de Igualdad de Oportunidades, efectuadas

en la ciudad de Cochabamba, Bolivia.


63 En entrevista con el gobernador de Cochabamba, Iván Canelas, el 22 de septiembre de 2015, en el

Grand Hotel de Cochabamba: “En el trópico de Cochabamba, de donde era dirigente Evo Morales, las
mujeres no podían tener tierra, no podían tener un título de propiedad y las mujeres no podían participar
en las organizaciones sindicales, y han abierto por su lucha un espacio, creando la organización llamada
la ‘Federación de Mujeres Trabajadoras del Trópico de Cochabamba’ y han conformado la Federación o
Confederación de Mujeres Bartolina Sisa”.
166  •  Virginia Ávila García

una representante de la comunidad para un curso de salud y ella fue la representante


comunitaria; más tarde, se dedicó a ser locutora de radio comunitaria, llegó a ser
concejala y ahora directora de la Secretaría de Desarrollo Integral del Gobierno de
Cochabamba.
La maestra de la pollera, profesora de educación secundaria, es una mujer indí-
gena en los cuarenta, madre de dos hijos estudiantes de licenciatura, casada y que se
lleva bien con su pareja; se trata de una lideresa que tiene en sus manos una de las
direcciones más complejas. Ha hecho de su atuendo y lenguaje los instrumentos de
su identidad y está orgullosa de su trayectoria y del acceso al poder de hombres y
mujeres indígenas.
En los discursos de Casimira y Primitiva no hay agresividad contra las otras y
asumen con dignidad el rechazo frecuente que sufren; en ningún momento expresaron
malestar sobre esta latente discriminación en las pláticas conmigo.
La importancia de las comunidades, sus grupos sociales y étnicos están bajo la
mirada de Casimira a través de la Dirección de Culturas e Interculturalidad, la Unidad
de Descolonización, los Servicios Departamentales de Gestión Social, de Deporte
y de Salud, además de la citada Dirección de Igualdad de Oportunidades.
El ascenso al poder, en 2005, de los grupos políticos que se unieron en torno
al líder cocalero e indígena Evo Morales Ayma ha marcado un cambio de timón
–pachakutik– porque se recogieron las experiencias de un largo proceso histórico
determinado por los grupos dominantes blancos y capitalistas que denota las tres
coyunturas: a) la explotación de minerales como el estaño desde finales del siglo xix,
donde surge la figura del Barón o Rey del Estaño, Simón Iturri Patiño, quien marcó
la orientación económica de Bolivia hacia la consolidación del proyecto minero y la
inserción en el sistema capitalista mundial a partir del siglo xx; asimismo, se creó una
clase trabajadora altamente explotada y muy combativa que en 1952 tuvo un triunfo
efímero con la nacionalización de las minas y que cierra esta primera fase; b) un
periodo convulsivo de movimientos sociales, crueles represiones y masacres a los mi-
neros, estudiantes y otros trabajadores que respondieron a las consecuentes dictaduras
militares de los años sesenta y ochenta en medio de una economía mixta, una cultura
europeizada y norteamericanizada que se mezcló con la cultura propia, donde los
obreros y campesinos vivieron entre la esperanza de un régimen socialista emanado
de sus propias filas, la creciente pobreza y los duros castigos que les propinaron la
campaña anticomunista mundial y los dictadores y otros gobiernos represores. Y, por
último, c) en los años noventa, los desequilibrios y confrontaciones se expresaron en
la oposición popular a la implantación del modelo neoliberal, representado por los
capitales internacionales, particularmente estadounidenses.
En lo político, se exhibieron intentos de búsqueda de un camino hacia la democra-
cia electoral orientada a la legitimación de los pactos económicos entre los capitalis-
tas extranjeros y las élites gobernantes en su trayectoria para reorientar la economía
minera hacia la explotación de las reservas de gas y nuevos usos de la tierra. Las
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  167

medidas económicas perjudicaron a los obreros y campesinos, y las clases medias


educadas se fraccionaron entre quienes se sometieron a la nueva división del trabajo
que prometía más pobreza y pérdida de identidades culturales, sin beneficios para
las mayorías empobrecidas, y los que se aliaron a los movimientos de resistencia y
apoyaron con sus cerebros a la lucha general contra las medidas neoliberales; cito a lí-
deres como el minero Filemón Escobar, el campesino indígena radical Felipe Quispe,
David Choquehuanca64 y el intelectual de la vía armada Álvaro García Linera.65
Al emerger la conciencia indígena ante los riesgos económicos y de identidad
cultural relacionados con la planta de la coca, simultáneamente se detonó la inconfor-
midad y, desde 198666 hasta 2005, se gestó la movilización social, cultural, política y
ecológica que encontró en Evo Morales el líder confiable surgido de las comunidades
campesinas e indígenas.
Las dos mujeres bolivianas que referimos aquí representan a las dos coyunturas
históricas. Domitila ejerció su liderazgo en el Comité de las Amas de Casa, después
de 1975 divulgó por el mundo la dura realidad de la vida de los mineros y sus familias,
así como las condiciones de vida de los bolivianos. Entre 1962 y 1986, las domitilas,
sus seguidoras, marcaron la ruta femenina de las minas, el sector económico más
importante de la clase trabajadora. Entre el primero y último de los cuatro periodos
presidenciales de Víctor Paz Estenssoro, líder de la revolución nacionalista de 1952,
que tantas falsas expectativas generó entre el pueblo boliviano, y autor del Decreto
21060 en 1986, transcurrió la vida activa e intensiva de Domitila y René Chungara
en las minas. Después de esta fecha, ellos se separan y Domitila baja del alto Potosí
a Cochabamba. Por su parte, Casimira Rodríguez acompaña a la resistencia boliviana
contra el neoliberalismo y por la recuperación de los valores culturales indígenas, así
como la identidad femenina de sus orígenes a través de su indumentaria en el ejercicio
de sus actividades como funcionaria.

Domitila, la feminista social que se atrevió a hablar

Domitila Barrios nació en el campamento minero llamado Siglo XX, cercano a la co-
munidad de Llallagua, el 7 de mayo de 1937,67 descansa en el Cementerio General de
Cochabamba, en el lote de honor destinado a las autoridades y personajes de la región.
El 13 de marzo de 2012, a punto de cumplir 75 años, fue vencida por el cáncer que
padeció desde 1984. La gobernación de Cochabamba la alojó por última vez con ho-

64 Ministro de Relaciones Exteriores.


65 Vicepresidente de Bolivia.
66 En protesta se realizó la “Marcha por la Vida”, donde miles de mineros de Oruro y del Potosí mar-

charon hacia La Paz para reclamar por el cierre y desalojo de las minas en 1986.
67 Viezzer, op. cit., p. 45.
168  •  Virginia Ávila García

nores, y a su funeral acudió el presidente Evo Morales, quien le impuso, post mortem,
la medalla del Cóndor de los Andes, el más alto reconocimiento del Estado boliviano.
Sus hijos, Rina y Ricardo, provenientes de España, y Rodolfo, María, Fabiola, Alicia
y Paola, llegados de Suecia, la acompañaron solamente en sus últimos días, porque
vivieron exiliados en dichos países europeos desde 1980, por decisión de sus padres
ante el acoso de los gobiernos de los dictadores que persiguieron a Domitila.
Ezequiel Barrios, su padre, sastre de la policía minera, activo testigo de Jehová
y militante de izquierda, fue modelo de vida para Domitila, quien, a la edad de diez
años, se hizo cargo de sus cuatro pequeñas hermanas, a quienes alimentó y cuidó
después de la muerte de su madre68 a consecuencia del último parto.
Forjada en el dolor, el trabajo y las tempranas responsabilidades hogareñas, supo
hacer negociaciones con sus maestros para acudir a la escuela básica para los hijos de
los mineros. Su constancia y ganas de aprender la llevaron a conseguir la enseñanza
elemental. Al huir de la violencia familiar de su padre y madrastra, de manera fortuita
conoció a quien sería su compañero por muchos años, el policía civil y luego minero
René Chungara, de quien se separó en 1986. Domitila rompió tempranamente con la
religión al desprenderse de las amenazas de los Testigos de Jehová por participar en
política, y conservó su fe en Dios, pero no su adhesión a grupo religioso alguno.
Desde su nacimiento en 1937 y hasta 1986, cuando las minas dejaron de ser la ac-
tividad principal de Bolivia, ella vivió en el departamento del Potosí, en la provincia
de Rafael Bustillo, el corazón de la minería boliviana y de la movilización social del
sector más combativo de los trabajadores. Su vida se desarrolló en el espacio sim-
bólico de las minas: Catavi-Siglo XX, Uncía y Huanuni, riquísimas vetas del cerro
Llallagua.
Aquí, en los alrededores de Llallagua, nació, creció y comenzó su vida como di-
rigente del Comité de Amas de Casa, que surge en 196169 como consecuencia de
las urgentes necesidades de sobrevivencia que se suscitaron entre las familias de los
mineros al no recibir su salario ni contar con los víveres ni medicamentos que la
propia Comibol proporcionaba. Se inició en la lucha política cuando el sindicato de
mineros organizó a los trabajadores junto con sus familiares para hacer una marcha
hacia La Paz para demandar solución a sus necesidades, pero fueron detenidos, por lo
que sus mujeres se organizaron para exigir su libertad; luego de intentos individuales,
surgió la idea: “si en vez de ir así, cada una por su lado, nos uniéramos toditas en
conjunto y fuéramos a reclamar a La Paz, ¿qué pasaría? Quizás podríamos cuidarnos
mutuamente y conseguir algo”70 Estas mujeres del Comité acudieron a La Paz, donde
fueron rechazadas por otro grupo de mujeres llamadas “barzolas”,71 entrenadas para

68 Ibid., p. 51.
69 Viezzer, op. cit., p. 76.
70 Ibid., p. 77.
71 Las barzolas tomaron el apellido de María Barzola, una mujer valiente que murió en una represión

gubernamental. Domitila protesta por el uso del nombre de una gran mujer, pues ellas eran golpeadoras de
las mujeres que protestaran, como sucedió con las Amas de Casa de las minas.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  169

contrarrestar protestas antigubernamentales por el partido en el poder, el Movimiento


Nacionalista Revolucionario. En este enfrentamiento entre grupos opuestos de muje-
res Domitila consideró que “en vez de servir de promoción a la mujer en Bolivia, ese
movimiento sirvió de instrumento de represión”.72
Esta experiencia la ayudó a mantenerse distante de los partidos políticos,73 de los
que desconfiaba. Al retornar las mujeres a las minas y querer informar al sindicato
acerca de sus gestiones, los mismos hombres se negaron a escucharlas en la asamblea
y les gritaron: “¡Que se vayan a la casa…!, ¡A cocinar!, ¡A lavar!, ¡ A sus quehace-
res!”74
Ante esta incomprensión y agresiones masculinas, no se arredraron y buscaron
nuevos caminos para mejorar las vidas de sus hijos y maridos. Entre el grupo de
mujeres decididas75 del comité destacaron Norberta de Aguilar, Jeroma de Romero,
Alicia de Escóbar, Flora de Quiroga, María Careaga, Angélica Osorio, Cinda de San-
tiesteban y Simona de Lagrava. Usaron la tecnología disponible, como las emisoras
de radio, como instrumentos de comunicación para las comunidades. Así, al infor-
mar de sus actividades, fueron escuchadas y aceptadas por su activismo a favor del
mejoramiento de las prestaciones y de la distribución de alimentos y medicamentos
que la Comibol vendía.
La radio mantuvo su fuerza de intercambio de voces en las comunidades. Es ac-
tualmente un medio de comunicación que ha pervivido76 como el instrumento para
organizar a otras mujeres de otras comunidades y para informar de sus gestiones a
quienes las escuchan.
En el proceso de participación femenina, las mujeres del Comité de las Amas de
Casa enfrentaron burlas, agresiones, descalificaciones de parte de sus hombres. De
este modo, Domitila narra que, al hacer la convocatoria para este comité, los hombres,
los esposos y familiares de ellas se reían a carcajadas y decían: “¡Las mujeres se han
organizado en un frente! ¡Déjenlas! Ese frente no va a durar ni 48 horas. Entre ellas se
van a hacer el frente y allí mismo va a terminar todo”.77 La solidaridad de los esposos
fue limitada al principio, no les parecía algo bueno que ellas participaran activamente

72 Viezzer, op. cit., p. 78.


73 En su testimonio, cree que la liberación de un pueblo debe ser conducida por un partido que sirva a
los oprimidos. Tal vez creyó que Evo al fin representaba a su pueblo (Viezzer, op. cit., p. 7).
74 Ibid., p. 80.
75 Observé que las mujeres profesionistas bolivianas con las que conviv hacen uso del apellido de sus

esposos como un signo de identidad social importante que también se aprecia en la forma de citar a los
personajes femeninos que protagonizan algunas de las historias aquí contadas. Sólo las solteras usan sus
propios apellidos. Siempre que hablábamos de Domitila agregaban Chungara y eliminaban Barrios.
76 Según testimonio de Primitiva Guarachi, directora de la oficina de Igualdad de Oportunidades del

gobierno actual de Cochabamba, ella ingresa a la vida política por su participación en la radio comunitaria,
medio que la dio a conocer y le permitió ganar la alcaldía de su pueblo (entrevista de la autora con Primitiva
Guarachi, el 22 de septiembre de 2015, en Cochabamba, Bolivia).
77 Viezzer, op. cit., p. 79.
170  •  Virginia Ávila García

y lo consideraron fuera de lugar. Más tarde mejoró la situación; sin embargo, Domiti-
la afirma que la represión contra estas mujeres activistas repercutió entre sus esposos
e hijos cuando aquéllos eran despedidos o exiliados y les decían: “A usted, señor, lo
estamos botando no por problema sindical ni político, sino por haber permitido que
su mujer se preste a servir a intereses foráneos”.78
Cuando Domitila tenía 25 años de edad, se incorporó al Comité formalmente en
1962, y cuenta que lo hizo a instancias de su marido, porque la retó a comprometerse
más, durante los difíciles días de protesta, cuando los mineros tomaron como rehenes
a algunos gringos, socios de la empresa minera boliviana como una estrategia de los
sindicalistas para un intercambio de detenidos. El conflicto fue internacional, muy
duro en las negociaciones, y fue el mejor entrenamiento para su naciente militancia
en las movilizaciones sociales en las que participó desde ese año y hasta el fin de
sus días. Esto sucedió en 1963. En 1965 alcanzó el liderazgo del comité y, como su
dirigente supo mantener el objetivo central de establecer estrategias de movilización
social de apoyo a las demandas salariales de sus esposos y del mantenimiento de las
familias, más allá de un grupo de mujeres que gestionan el bienestar de sus familia-
res, fueron obligadas por las dictaduras y por las presiones patronales del complejo
minero a organizarse como esposas y madres que debieron buscar, recoger, cuidar
y defender a sus familiares golpeados, perseguidos, desaparecidos o muertos como
castigo a sus participaciones en las protestas sociales.
Ella narra dos masacres: la de septiembre de 1965 y la de San Juan en 1967, que
sufrieron las familias de los obreros mineros. En relación con la primera recuerda
cómo asesinaron a madres que defendían a sus wawas,79 escondidas bajo la cama, a
las criaturas, a jóvenes. También relata la solidaridad de las mujeres con los “solda-
ditos hambrientos” que los masacraban, al considerar ellas que cualquiera podría ser
alguno de sus hijos al que obligaban a estar en el frente. Domitila no compartía esta
acción de darles “un pancito” a quienes los mataban y golpeaban, pero apreciaba la
bondad de las mujeres del pueblo. La represión incluyó asaltos a las ambulancias.
Estas masacres las vivió Domitila y se radicalizó en su lucha.
Ellas acompañaron la defensa sindical y social y enfrentaron también a otras mu-
jeres movilizadas desde las fuerzas represoras como las barzolas, mujeres de institu-
ciones religiosas e inclusive de la Cruz Roja, quienes las presionaban en nombre de
sus deberes, supuestamente relegados, de esposas y madres.
En este sentido, los acontecimientos que Domitila narra demuestran su temprana
conciencia, por la que observó las diferentes formas de asumirse como mujer. La con-
ciencia desarrollada por las mujeres del comité revolucionó el papel callado y pasivo
de las mujeres comunes, inclusive las propias esposas de los mineros que se negaron a
participar. Menciona los argumentos que utilizaron contra ellas las Amas de Casa, las

78 Ibid., p. 81.
79 Niños/as (véase Viezzer, op. cit., pp. 106-110).
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  171

barzolas, las afiliadas al Movimiento Familiar Cristiano, grupo de mujeres que, a de-
cir de Domitila, “nos odiaba, nos detestaba y nos llamaba herejes y por todos modos
trataba de desacreditar el Comité”.80 Ella menciona que decidió no estar peleándose
con los otros grupos de mujeres y que hizo alianzas con las cristianas.
Domitila comprendió que el camino de las mujeres que confrontan tradiciones
machistas, que las limitan a meterse en su casa y no participar de la política son du-
ramente cuestionadas por el entorno social machista: “Porque hablan mal de nosotras
[… ] Por ejemplo, a nosotras nos decían que éramos amantes de los dirigentes, que
por hallarnos una aventura amorosa habíamos ido al Sindicato”.81 A René, marido de
Domitila, el jefe le dijo:

Mira, te estamos retirando de la empresa por culpa de tu mujer, porque tú eres un cornudo
que no sabes amarrarte los pantalones. Ahora vas a aprender a dominar a tu mujer. Pri-
mero, tu mujer ha estado presa y en vez de estar callada, ha vuelto peor: sigue agitando
y sigue metiendo cizaña entre la gente. Por eso te estamos retirando de la empresa. No
es por vos, es por culpa de esta mujer. Segundo: mira, ¿para qué vas a necesitar tú de
una mujer política? Anda, pues, bótala por ahí […] y yo te voy a devolver tu trabajo.
Una mujer así no sirve para nada […] ¿Por qué eternamente vas a estar arruinado con
esta mujer? ¡Es demasiado esta mujer! ¡Ni parece una mujer!

La fortaleza y decisión de Domitila la llevaron a ser la única mujer entre 500 delega-
dos hombres en el Congreso de Trabajadores de Huanuni, en 1973. Ella dice: “Mis
compañeros todos, sin excepción, respetaron mi condición de mujer casada y con
hijos […] Mi compañero –René– sabía que yo iba a estar en esa situación y nunca
desconfió de mí”.82
Ante las resistencias de los mineros a permitir que sus mujeres participaran en
actividades del comité, las dirigentes usaron la radio para reconvenirlos y les dijeron:
“Aquellos compañeros que pegaron a sus esposas deben ser agentes del gobierno.
Sólo así se justifica que ellos estén en contra de que sus compañeras hayan pedido lo
que en justicia nos corresponde. ¿Y cómo es posible que se hayan molestado por una
protesta que hicimos en forma general y donde todos se han beneficiado?83
En los distintos momentos de las movilizaciones en las que participó Domitila
aparecen mujeres que usan tácticas de presión para controlar las acciones de las acti-
vistas. Religión, clase social, humanitarismo y solidaridad entre ellas eran esgrimidas

80 Ibid., p. 82.
81 Es común que las mujeres militantes sean cuestionadas por supuestos intereses amorosos que las in-
citan a la participación política. En este sentido hay testimonios de ex guerrilleras mexicanas, de militantes
de la eta y de los movimientos sociales del 68.
82 Viezzer, op. cit., pp. 84-85.
83 Ibid., p. 85.
172  •  Virginia Ávila García

para contener a las mujeres del comité. El testimonio de Domitila es inédito en el


sentido de que aprecia cómo las mujeres, a lo largo de la historia, juegan del lado de
sus intereses de clase por encima del género.
La dura vida de Domitila es un testimonio de la forma en que algunas mujeres asu-
men sus diversos roles personales, familiares y comunitarios. En la vida de Domitila
no hay atisbos de cuestionamiento de sus deberes de mujer, esposa, madre, hija y her-
mana, sino claridad acerca de que todos estos roles, ya de por sí muy complicados, no
pueden ir acompañados de un enfrentamiento y resistencia contra su pareja, porque
el enemigo no puede estar en casa. Este planteamiento demarca las diferencias con
feministas radicales que, en la complejidad de los procesos, aprecian únicamente los
intereses de las mujeres, con frecuencia fuera de contexto, carentes del conocimiento
histórico de su posición y demandas, al no analizar que las relaciones de género están
inmersas en condicionamientos sociales diversos donde la posición social y la etnia
determinan los roles de género que se ejercen, tanto de hombres como de mujeres.
El feminismo que Domitila ejerció no fue teórico ni tomó modelos europeos o
estadounidenses, sino que fue el feminismo del día a día con su entorno el que abrió
camino a su comité, remontando burlas de los propios esposos, amenazas de los pa-
trones que los increpaban porque no les prohibían participar.
La otra confrontación que surgió de las propias filas de las mujeres de los mineros
también se develó en la larga trayectoria de Domitila en la lucha y activismo político.
Así, también las Amas de Casa del Comité confrontaron a las de su género que las
cuestionaban por su irrupción como mujeres en el campo masculinizado de la lucha
social.
En 1975, en la Tribuna de Mujeres, espacio adjunto de la Primera Conferencia
Internacional de la Mujer convocada por la onu y realizada en la Ciudad de México,
Domitila Barrios Cuenca de Chungara, dirigente de la Federación de Amas de Casa,
boliviana y esposa de un minero, como se autopresentó, cimbró los cimientos del
edificio del feminismo internacional que tenía en la estadounidense Betty Friedan al
ícono de las mujeres que luchaban por sus derechos. Domitila, luchadora social, se
enfrentó al ya para entonces triunfante feminismo blanco que aspiró a la unificación
femenina, y dijo a Betty Friedan y sus seguidoras: “ustedes y yo somos mujeres pero
no somos iguales”. Algo tan evidente comenzó la historia de rupturas, de diferentes
intereses que intentaron unificar en el discurso las feministas de los años setenta y
las subsecuentes frente a una realidad social, económica y cultural discordante que
muestra las dificultades de una agenda común feminista en América Latina que, en
los hechos y mediante la institucionalización de la revolución femenina, se persiste
en homogeneizar y que la necia realidad lo impide.
Durante las sesiones de la Tribuna en 1975, de pie sobre su asiento, Domitila
Chungara,84 como es conocida en Bolivia, disolvió con su testimonio la frágil alianza

84 Entrevista con Lily Encinas, presidenta de la ampu, Cochabamba, Bolivia, en el Grand Hotel Cocha-

bamba, el 24 de septiembre de 2015.


En busca del buen vivir entre mujeres…  •  173

entre el feminismo blanco del mundo desarrollado y el feminismo social latinoame-


ricano que milita activamente en busca de la justicia y la equidad entre hombres y
mujeres en un contexto de enormes diferencias sociales donde la etnia, la raza, la
clase traspasan las desigualdades sexo-genéricos.
Domitila creyó que la liberación femenina debía ser producto de la lucha orga-
nizada de ellas pero, consciente de sus necesidades inmediatas, también creyó que
el socialismo era la vía para dar el marco de esta igualdad entre hombres y mujeres,
porque creyó que tanto el feminismo como el machismo se dieron en el contexto del
imperialismo; por tanto, la lucha debía darse de manera conjunta con el varón;85 ella
visualizó una lucha en favor de las mujeres, pero como una lucha de la pareja; como
una lucha que suma, no una lucha que divide. Esta postura persiste entre las mujeres
del mas.
Su pensamiento político fue avanzado para su momento; la distanció de las igle-
sias, de los partidos políticos y de los representantes corruptos; su capacidad de ne-
gociar en su hogar con su marido e hijos se amplió al sector patronal de la Comibol
y del sector público, donde protagonizó marchas, huelgas de hambre y diseñó estra-
tegias para sobrevivir y mantenerse en la lucha diaria. El sueño que ya manifestaba
desde 1977 para que la clase trabajadora accediera al poder era congruente con su
pensamiento socialista y lo vio cumplido en 2005, con la llegada de Evo Morales a
la presidencia. Sin embargo, se mantuvo distante y crítica, al lado de organizaciones
civiles como la Oficina Jurídica de la Mujer, donde Julieta Montaño,86 su compañera
de lucha civil como abogada y militante, se mantiene, como lo hizo Domitila, en
guardia frente a los excesos y abusos del poder. Juntas, Domitila y Julieta fundaron el
Frente Revolucionario de Izquierda.

Casimira Rodríguez Romero: la ministra de justicia de la pollera

Proviene de la provincia Mizque del departamento de Cochabamba. Su etnia y lengua


son quechuas. Nacida el 21 de octubre de 1966, ha tenido, a sus 50 años de edad, una
trayectoria de vida que parte de su origen humilde que la obligó a emplearse como
trabajadora del hogar desde los 13 años, actividad que la marcó porque “ha sido una
de las primeras experiencias muy negativas, especialmente en cuestión de explota-
ción, de sobreexplotación y servidumbre, hasta, digo yo, de una forma de explotación
laboral casi en condiciones de trata”.

85Viezzer, op. cit., p. 8.


86 Entrevista con Julieta Montaño, importante activista feminista que conoció y trabajó con Domitila
Chungara, como le dicen en Cochabamba, y quien me comentó sus opiniones sobre esta luchadora y el
ascenso de mujeres indígenas funcionarias. Señala que la lucha de Domitila se vio empañada por las malas
acciones de algunas domitilas.
174  •  Virginia Ávila García

La estrategia para allegarse aliados en el Congreso fue muy creativa y no violenta,


porque “casi todos los días o todas las semanas lográbamos estar en los medios […]
acudimos a los eventos internacionales sobre el trabajo y alcanzamos alianzas con
mujeres trabajadoras del hogar y de otros sectores”.87 Las alianzas estratégicas se
hicieron particularmente con mujeres de otros países latinoamericanos. Este compro-
miso conllevó siempre otro adicional para quienes se iban en representación del sin-
dicato boliviano, ya que debían desquitar sus gastos trabajando durante dos años en
la organización gremial por cada viaje efectuado. Casimira se hizo una especialista
en esta estrategia.
Coincidentes en la lucha sindical de estas trabajadoras fueron las movilizaciones
de protesta que efectuaban obreros y campesinos afectados por las reformas neolibe-
rales que fueron implementadas a mediados de los años ochenta. El despegue de su
gremio sindicalizado se logró cuando se aliaron

[a los] hermanos cocaleros en las luchas, las marchas, las huelgas que se hacían […]
nosotras como organización de clase también igual nos sumábamos, de acuerdo a las
posibilidades, desde ahí nos vamos conociendo con el propio actual presidente, de algu-
na forma con nuestro propio gobernador88 actualmente […] y bueno, gracias a esa lucha
larga que hemos puesto tanto a nivel nacional hasta el nivel internacional, en el 2006
tenemos por primera vez un presidente indígena [con el que trabajamos] en encuentros
ampliados, según mi convicción, él me hacía inspirar.89

Destaca que ser boliviana la llena de orgullo y que, así como ella, su pueblo se recono-
ce con la autoestima alta y se saben reconocidos en el exterior gracias a la política del
presidente Evo Morales. En él reconoce a un promotor de las mujeres.90 Ella se asume
como una mujer tímida “que la necesidad misma nos ha ayudado a romper, digamos,
esos espacios de silencio”, y también nos brinda espacios de formación en tema de
mujeres “porque yo, gracias a ser rodeada por mujeres, escucho a las compañeras y
hemos logrado construir nuestro propio discurso”.91 Ella acepta que:

La política es complicada, pero no imposible –explica–, queremos hacer una construc-


ción latinoamericana de liderazgos Planteamos una red latinoamericana de trabajadoras

87 Idem.
88 El gobernador Iván Canelas la nombró parte de su gabinete al frente de una de las siete secretarías:
la de Desarrollo Humano Integral.
89 Este comentario de Casimira evidencia la simpatía que Evo Morales ejerce en los sectores femeni-

nos, lo cual, por cierto, molesta a las agrupaciones feministas bolivianas que muestran su desagrado en la
recopilación de anécdotas sobre el atractivo de Morales y algunos comentarios que él ha hecho. Casimira
está en desacuerdo con dichas críticas porque considera que en las luchas sociales se distribuyen tareas y
hay trato igual con los medios.
90 Julieta Montaño considera que las mujeres indígenas en la política no son autónomas.
91 Entrevistas citadas de la autora con Casimira Rodríguez Romero.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  175

de hogar para que ocupen espacios de poder Ya hubo 6 trabajadoras del hogar como
candidatas para puestos políticos, pero eran espacios ‘de relleno’ Nuestro problema es
que no sabemos negociar porque confiamos en los compañeros de lucha, en su hones-
tidad Yo no he negociado mi equipo, mis viceministros Pero nadie te enseña el camino
para trabajar en la política y sobrevivir adentro Por eso uno se arma de un buen equipo
Así empieza a trabajar una Yo me he replanteado como desafío una nueva alternativa de
justicia, que responda No hacerlo hubiese sido un error histórico, un pecado.92

Negociando hacia dentro: los espacios públicos en las relaciones familiares


que buscan el buen vivir

En las trayectorias de vida de estas dos mujeres, Domitila Barrios Cuenca de Chun-
gara y Casimira Rodríguez Romero, median las similitudes y muchas diferencias. En
sus historias personales se develan los procesos históricos de Bolivia, se palpan las
complejidades de un pueblo abigarrado, como lo describe Silvia Rivera Cusicanqui,
otra boliviana de origen aymara, conocedora de la historia de su país con una postu-
ra crítica y propositiva compartida por Julieta Montaño, mestiza que cuenta con la
experiencia de ser dirigente de una organización no gubernamental que, desde hace
cuatro décadas, ha acompañado las luchas de mujeres por acceder a sus derechos;
como abogada está cerca de la justicia y su actitud crítica no deja márgenes a la su-
perficialidad de los mensajes publicitarios o políticos de un régimen que ella aprecia
maquillado de indigenismo.
Domitila nació en 1937, en el Potosí boliviano, lugar paradójico que concentra la
riqueza minera y la pobreza y marginación de sus pobladores, dedicados a la activi-
dad minera del estaño, símbolo de la productividad y de la sobreexplotación de los
recursos naturales desde la Colonia.
Mujer con fuertes rasgos indígenas que ella adjudica a su padre, durante sus 74
años de vida acumuló los signos de la dramática historia de su país, de la clase tra-
bajadora obrera, de las familias bolivianas pobres, de la marginación y superación
femeninas.
En su cuerpo, quedaron las huellas de la violencia en sus expresiones más duras:
la violencia familiar, recibida de manos de su padre –a quien admiró y tomó como
ejemplo en la vida militante– y de su madrastra, durante sus años de adolescencia,
etapa signada por la muerte de su madre, que la dejó en la orfandad, con sólo diez
años, y ante la responsabilidad de cuidar a cuatro hermanas y a un padre violento y
alcohólico. Ya como mujer joven huyó de esta violencia y, a sus 20 años, se unió a

92 “Por la emancipación de la mujer en Bolivia”, entrevista a Casimira Rodríguez, Porceso, 13 de abril

de 2007, disponible en <http://www.proceso.com.mx/207092/casimira-rodriguez-por-la-emancipacion-de-


la-mujer-en-bolivia>, consultado el 12 de diciembre de 2015.
176  •  Virginia Ávila García

René Chungara, su compañero desde hasta los 64 años, cuando se separaron luego de
una vida de pareja en la que procrearon siete hijos: Rodolfo, Fabiola, María, Ricardo,
Rina, Alicia y Paola. Sus relaciones familiares transcurrieron entre la pobreza, el ex-
ceso de jornadas, el trabajo sindical, el apoyo y cierto alcoholismo de René. Su gran
compromiso familiar, que adquirió desde sus 25 años y hasta su muerte, la condicionó
a la lucha social creando conflictos con René.
La violencia institucional que supo rebasar en sus momentos más crueles la reci-
bió del Estado. Esta violencia la vivió en cautiverio, en persecuciones y moralmente
cuando perdió a sus hijos a consecuencia de los golpes recibidos y de las malas con-
diciones sanitarias de su embarazo y parto. También fue perseguida y ultrajada hasta
que llegó la ruptura de la familia en 1980, cuando la dictadura de Luis García Mesa
obligó a sus hijos a salir al exilio en Suecia y en España. Ella permaneció un breve
tiempo en Europa, mientras el golpe de Estado tomaba su cauce con otro dictador.
Retornó a Bolivia, donde vivió lejos de sus hijos hasta su muerte y separada de René
desde 1986.
Las recurrentes crisis de pareja estallaron y René buscó otra mujer. Con este acon-
tecimiento se cancelaron sus vidas en pareja y en la mina. Domitila siguió su trabajo
social pero el Comité de Amas de Casa terminó una etapa de gran empoderamiento
femenino y tradición rebelde.
Si en 1962 Domitila se lanzó a buscar alternativas fue impulsada por las necesi-
dades propias, las de René y de sus hijos. Se miró a sí misma como integrante de un
grupo compacto, su propia familia, pero ligada a la comunidad, a su grupo social, por
ello luchó y negoció demandas inmediatas para mejorar sus vidas, su magra alimen-
tación, las condiciones sanitarias de las viviendas, los medicamentos, y denunció por
doquier las duras condiciones de vida de los mineros y sus familias a quienes siempre
vio como un conjunto explotado por la Comibol.
Argumentaba sus decisiones y negociaba con René con estrategias inteligentes.
Por ejemplo, cuando René le reclamó por no haber aceptado la oferta del gobierno
que la cooptaba mediante un empleo para él en La Paz, lejos de los riesgos y mar-
ginalidad de las minas y con becas para sus hijos, ella le contestó que deseaba tanto
como él una vida mejor para ellos, pero se negaba a que sólo lo gozaran en familia,
cuando estaba atrás una larga lucha social de otras familias que no lo alcanzarían.
René aceptó y siguieron adelante y con mayores conflictos, como al regresar del
exilio en la zona tropical de Las Yungas, cuando él le exigió, le ordenó incluso, que
ya no participara en el Comité de las Amas de Casa, que renunciara a cualquier acti-
vidad política, todavía temerosa por la experiencia del exilio interno en una zona tan
calurosa para ellos que estaban habituados a las zonas altas y frías, aceptó a cambio
de que él renunciara a lo que tanto le gustaba: estar con los amigos y beber. Hicieron
el compromiso y cada uno renunció a hacer lo que más le gustaba. René fue el pri-
mero en fallar y ella sólo actuó en consecuencia; de esta manera, ambos continuaron
haciendo lo que necesitaban.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  177

En las relaciones con las mujeres, Domitila describe en sus relatos la multiplicidad
de las formas de asumirse mujeres. Con sentido perspicaz va reconociendo que a
partir de las diferencias de clases sociales, de etnias, de educación e incluso de mo-
mentos en las vidas de las mujeres hay muchas formas de actuar y que la femineidad
es múltiple y compleja.
De esta manera, en su testimonio desfilaron mujeres diferentes: las barzolas, las
nacionalistas, las rotarias y las leonas, las religiosas, las profesionistas, las intelectua-
les; todas actuaron de acuerdo con sus intereses, nada de igualdades. En cada relación
apreció la dialéctica.
En su cuerpo femenino asumido como propio, ella tomó sus decisiones; amó a sus
hijos, trabajó por ellos, los cuidó, los hizo fuertes para la vida, nunca se aprecian en sus
testimonios quejas ni reclamos por los cuidados y tareas que ellos demandaban. Siem-
pre los protegió, pero los hizo fuertes ante los riesgos de la persecución y represión que
sufrió durante muchos años. Los cuidados y trabajos para sus hijos, marido, hermanas,
padre, no los cuestionó, los dio sin más. En un simbolismo femenino, ella que fue tan
amante, tan fuerte, que acogió como las otras bolivianas a todos los hijos bolivianos,
incluyendo los soldaditos que las reprimían. Finalmente, va a padecer en su vientre, en
su cuerpo femenino maltratado, el cáncer avasallador que la llevó a morir.
Casimira, nacida en 1966, en Paredón, de la provincia Mizque del departamento
de Cochabamba,93 es una bella mujer de fácil sonrisa, de complexión fuerte, ama de
casa con pareja y un par de preciosas niñas que engendró cuando tenía 43 años y su
fe se tambaleaba ante la falta del milagro de la maternidad.
La importancia de la maternidad en su vida es innegable. Al término de su año
como ministra de Justicia, que ella califica como un periodo de prueba, acompañada
de su dios y del grupo de mujeres que la apoyaron y con las que vivió en comunidad
en La Paz cuando ocupaba dicho cargo, entre ellas la mujer militar que la protegió.
Con sencillez y firmeza, afirma que no fue fácil asumir un cargo profesionalizado por
abogados y junto a hombres poderosos, uno de los cuales había sido su patrón cuando
era trabajadora del hogar.
De su vida personal la entristece la falta de apoyo y responsabilidad de su pare-
ja. Al tener ella demasiados compromisos políticos, culturales, sindicales y sociales
lamenta no estar al pendiente de la alimentación y educación de sus hijas. Concluye
que resuelve los problemas de atención y cuidados de las niñas acudiendo a la solida-
ridad femenina de sus compañeras y continúa negociando para hacer cambios en su
relación de pareja. Confirma que sus grandes logros políticos los pudo hacer por ser
soltera y sin hijos, y que ahora que tiene pareja e hijas la situación se ha complicado
porque ama a sus niñas y siente la necesidad de educarlas y estar cerca de ellas. Sin
embargo, en 2015 tomó la decisión de reincorporarse a la política. Desde la Secretaría

93 Entrevistas de la autora con Casimira Rodríguez Romero en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, los

días 21-23 de septiembre de 2015.


178  •  Virginia Ávila García

de Desarrollo Integral despacha asuntos relevantes de la vida familiar, comunitaria, de


educación, de violencia, de atención a niños y jóvenes desvalidos. Su mano operadora
más confiable es la inteligente Primitiva Guarachi que coordina a las bartolinas, el
brazo fuerte y femenino del mas.
Al formar parte del gabinete del gobernador del departamento de Cochabamba,94
vestida con su tradicional atuendo indígena y rodeada de directoras y asistentes que
muestran sus orígenes étnicos, desarrolla sus funciones sin confrontar el ambiente
de cierto rechazo que otras mujeres de sectores medios muestran ante este cambio
en las imágenes del poder; ella lo sabe porque su experiencia como ministra crispó
uno de los sectores más tradicionales y conservadoramente masculinizados: el poder
judicial, porque Casimira no es abogada, sino trabajadora del hogar. El mensaje del
grupo en el poder habría sido enfatizar que para que haya justicia, ésta debe estar en
las manos de quienes han sufrido de la discriminación y el ultraje a sus derechos.

Conclusiones

Domitila Chungara fue una mujer extraordinaria que supo comprender su tiempo,
aunque nunca cambió su sensibilidad social; sus mayores logros se dieron en el perio-
do de 1962 a 1986, en la militancia social y la lucha por los derechos de los mineros
y sus familias y en pro de la liberación de la mujer. Coincide con el auge y declive del
nacionalismo revolucionario boliviano en el modelo capitalista de Estado, proceso
salpicado por crueles dictaduras. Su experiencia en las movilizaciones sociales de los
mineros y las Amas de Casa fue un hito en la historia del feminismo internacional al
hacerla pública en la tribuna paralela a la Primera Conferencia Internacional; allí supo
acerca de las demandas feministas y las rechazó porque no atendían a la problemática
social; a su vez, fue rechazada por las feministas tradicionales.
Domitila estuvo en desacuerdo, y con ella se expresaban millones de mujeres que
pensaron y siguen pensando como ella. “El trabajo primero y principal no consiste
en pelearnos con nuestros compañeros, sino con ellos cambiar el sistema que vivimos
por un otro, donde hombres y mujeres tengamos derecho a la vida, al trabajo, a la
organización”.95 Su feminismo era de vida y no se oficializó.
Para Domitila, el control natal en Bolivia significaba disminuir el poder de la clase
trabajadora, porque así dejaban manos libres a capitalistas y extranjeros, los ene-
migos de la liberación del pueblo. Al atreverse a denunciar los problemas reales de
su país y presentarse como “soy la esposa de un trabajador minero de Bolivia”, la

94 Me atrevo a decir que es una de las más cercanas al gobernador porque frecuentemente delega en ella

su representación, como lo acontecido en el II Encuentro Latinoamericano de Mujeres Profesionistas de


América Latina, efectuado en Cochabamba, Bolivia, en septiembre de 2015, ya citado.
95 Idem.
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  179

matrona feminista, a quien Domitila llama “la Betty Friedman, la gran líder feminista
de Estados Unidos”, la reconvino a centrarse en el plan de acción y a que dejara su
tono belicista, que demostraba que no sólo eran manejadas por los hombres, sino
que ignoraban por completo los asuntos femeninos, finalizando con la frase: “Como
hace la delegación boliviana”.96 Domitila exigió su derecho a la réplica y arrebató la
palabra a la presidenta de una delegación mexicana,97 quien le aconsejaba –en apoyo
a Friedan– que se olvidara del sufrimiento del pueblo, de masacres y que hablaran
sobre la mujer, restringiéndose a “igualdad, desarrollo y paz”, el lema del año inter-
nacional de la mujer.
La discusión subió de tono cuando Domitila aceptó el reto de hablar de ellas, las
que estaban allí, y remarcó las diferencias en el arreglo personal, en los trajes y ves-
tidos, en los autos y choferes, en las habitaciones y el cuidado de la familia que la
posición social obligaba; concluyó que eran mujeres pero no iguales, que los derechos
entre las mujeres respondían a la “ley del embudo”: ancho para algunos y angosto
para otros; que ellas, las latinoamericanas que se enfrentaban a dictaduras, no goza-
ban del derecho de organizarse para jugar canasta, sino para mostrar que “nuestros
compañeros están arrojando sus pulmones, trozo más trozo, en charcas de sangre
[...]”,98 que “nuestros hijos están desnutridos”.
Domitila cuestionó que las otras no sabían lo que era levantarse a las 4 de la ma-
ñana y acostarse a las 11 o 12 de la noche, solamente para dar cuenta del quehacer
doméstico [...]”,99 por lo que si la solución para la burguesía femenina era pelearse
con los hombres, para las trabajadoras era la plena colaboración entre hombres y mu-
jeres a fin de mejorar las duras condiciones de vida; concluye su testimonio sobre este
evento al decir: “[en] esta experiencia fue importante para mí constatar otra vez –y
en esa oportunidad en contacto con más de 5,000 mujeres de todos los países– cómo
los intereses de la burguesía no son realmente nuestros intereses”. Las reflexiones
de Domitila dejaron claro que el feminismo de las mujeres de condiciones sociales
diferentes atiende problemas sociales diferentes, y que el feminismo descontextuali-
zado de las realidades sociales de cada grupo deriva en demandas que maquillan las
luchas femeninas.
En 1980, por estar presente en la reunión de las mujeres en Copenhague, estuvo
lejos del golpe de Estado y consecuente represión del militar y nuevo dictador Luis
García Meza. Sus hijos fueron obligados a exiliarse en Suecia y España. La familia
se rompió. La permanente preocupación de Domitila de ser desalojada de su pobre
vivienda se cumplió y fue echada de su casa a los 90 días del despido de su marido.

96 Viezzer, op. cit., p. 224.


97 Presumiblemente fue Esperanza Brito de Martí la pionera del feminismo en México, fundadora de
la revista Fem.
98 Viezzer, op. cit., p. 226.
99 Ibid., p. 22.
180  •  Virginia Ávila García

René Chungara, según Domitila, se fue con otra mujer y con la escasa indemnización.
Domitila dejó la zona minera del Potosí y bajó al Valle de Cochabamba para vivir
en el barrio Huayrak’asa. Allí permaneció hasta su muerte, en 2013, al lado de sus
fieles hermanas. Sus hijos regresaron sólo para estar con ella sus últimos días. René
Chungara había muerto en 2005.
Su prolífico vientre que guardó 11 vidas, cuatro de ellas malogradas, comenzó a
darle problemas con el cáncer desde 1984. Perdió el útero y un seno; al final, el cán-
cer la invadió. Sobrevivió hasta 2013. En ese lapso perdió en la distancia a los hijos,
perdió a su marido, pero su imagen pública perduró en la memoria. Al mudarse a la
unidad habitacional de los ex mineros, abrió una escuela para estimular lideresas.
En 1987 conoció a Félix Ricaldi, quien estuvo a su lado en sus proyectos sociales
y personales hasta su muerte. En un recuento de su vida, siempre en la militancia e
inconforme con los poderes, nunca perdió la esperanza de que el pueblo trabajador
llegara al poder.
Las polleras, la espiritualidad quechua y aymara dejaron su impronta en el ima-
ginario social. Domitila no protagonizó el ascenso de algunos grupos a los que ella
pertenecía. En 2004 fundó el Movimiento Guevarista de Bolivia; así, se daba un
encuentro póstumo con el Che Guevara, muerto en la región cochabambina, a quien
nunca conoció y de cuya lucha nunca supo hasta que fue golpeada por la muerte de
su hijo, acusado de complicidad con la guerrilla.
Evo Morales selló un compromiso, la condecoró póstumamente con la medalla
el Cóndor de los Andes. Fueron tres días de duelo nacional; hubo muchos reportajes
sobre su vida y obra: un reconocimiento póstumo a una gran mujer.
Sus aportaciones personales al feminismo internacional pueden ser vistas como
otra cara de la militancia, la del día con día, donde, para organizarse, la mujer lucha-
dora enfrenta la resistencia y la violencia masculina cuando en el hogar los hombres
que la rodean dificultan sus decisiones, ya que no apoyan con el cuidado a los hijos
ni con el trabajo doméstico. Algunas mujeres, con toda su carga personal de trabajo
como madres, esposas y empleadas, suman la tarea de la búsqueda de soluciones a
la problemática social que las rodea, para alcanzar mejores condiciones de vida para
su comunidad y su familia. La gestoría social por alcanzar el mejoramiento social
va acompañada de una negociación privada con el marido, los padres, los hijos y los
hermanos para permitirse alcanzar un lugar de organización con otras mujeres.
Casimira pertenece a la generación de la tecnología, de los medios de comunica-
ción y, aunque sus condiciones de vida fueron precarias, ha sabido aprovechar los
espacios de marginalidad para procesar sus luchas. Es una mujer religiosa y no aprue-
ba la despenalización del aborto, no piensa en los espacios privados como espacios
aislados de la vida social, sino que, en tono con la naturaleza, con el cosmos, con la
pachamama, cree en la armonía y en la integración de y entre los hombres y las muje-
res; cree en la negociación, no en la confrontación con los hombres. Ha sabido romper
el techo de cristal del poder; se mantiene erguida frente a la discriminación social que
prevalece en las y los colonizadores internos, intenta trabajar con equidad por todos
En busca del buen vivir entre mujeres…  •  181

los grupos y sin discriminaciones. Muchas de estas tareas las asume oficialmente a
través del puesto que actualmente ejerce.
Como mujer ha resentido la falta de apoyos suficientes de su pareja, quien la en-
tiende como líder pero no colabora bien como padre de las hijas gemelas que nacieron
en 2008: Débora Camila y Jade Jael. Ella, como es frecuente en quienes son madres,
lamenta la falta de tiempo para los cuidados y educación de sus hijas. Asume y sufre
los costos de ser mujer funcionaria y líder.
Domitila y Casimira, con sus historias de vida y de líderes femeninas, han aportado
mucho a sus comunidades, de diferentes formas, porque vivieron distintos momen-
tos históricos. Ambas representan a mujeres de su tiempo, críticas, sensibles, firmes,
negociadoras, entregadas a los demás, sin perder la claridad de su propio camino,
llevando a la realidad el dicho de Silvia Rivera Cusicanqui: “la individualidad se
acrecienta en la vida de la comunidad; es decir, es en la convivencia con los otros que
se puede construir una misma”. Nunca cedieron sus espacios, los ampliaron.
Casimira, de modo pausado, al contrario de Domitila, más apasionada, ha ido
construyendo para ella y sus compañeras trabajadoras espacios dignos con derechos
establecidos. Salió de sus múltiples marginalidades y ha llegado a las altas esferas
del poder. Sus símbolos y fortalezas son su origen quechua, su lengua, la defensa
de su atuendo y haber acompañado al primer presidente indígena en un tramo de su
camino.
La suma qamaña o vivir bien de hombres y mujeres bolivianos pasa por la cola-
boración entre los géneros, sin perder los espacios propios de cada uno. Las mujeres
no pueden sustraerse de su entorno y actualmente las graves crisis que vivimos los
latinoamericanos en el modelo neoliberal globalizado exige un replanteamiento de
las demandas feministas. Para las bolivianas como Casimira,100 Silvia y Julieta, la
descolonización interna es el principal problema a resolver para que la sociedad de
hombres y mujeres accedan a una buena vida y a los derechos que les asegure su vida
armoniosa en el entorno de la pachamama.

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Caribe, Buenos Aires, Clacso, 2012 (Colección Grupos de Trabajo).

100 Ella define que su lucha es “Una lucha contra el sistema colonialista que conserva condiciones de

servidumbre. La ley lo cuestiona y mi llegada al Ministerio de Justicia lo consideré como un paso hacia la
descolonización, a través de mi persona” (Proceso, ya citado).
182  •  Virginia Ávila García

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tro Experimental OídoSalvaje, disponible en <https://www.youtube.com/
watch?v=7pGlCIJpcc4>.

Entrevistas de la autora con bolivianas y un boliviano

Entrevistas personales de la autora con la ex ministra de Justicia y secretaria de Desa-


rrollo Integral, en el Gran Hotel de Cochabamba, Bolivia, 19-25 de septiembre
de 2015.
Entrevista de la autora y la doctora Josefina Cuesta con la doctora Julieta Montaño, en
su domicilio en Cochabamba, Bolivia, 23 de septiembre de 2015.
Entrevista de la autora con Primitiva Guarachi, en el Grand Hotel de Cochabamba,
24 de septiembre de 2015.
Entrevista con Lily Encinas, en su domicilio en Cochabamba, Bolivia, 22 de septiem-
bre de 2015.
Entrevista de la autora con Iván Canelas, gobernador de Cochabamba, Bolivia, en el
Grand Hotel Cochabamba, 22 de septiembre de 2015.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  185

LUCHAS Y RESISTENCIAS EN CLAVE FEMENINA:


LAS MUJERES EN LOS CORTES DE RUTA
EN JUJUY, ARGENTINA (1997)

Andrea Andújar*

Resumen

Este trabajo explora las acciones colectivas de protesta realizadas en Argentina contra la pro-
fundización del modelo neoliberal durante la década de 1990. Para ello, se enfoca en un caso
específico: los cortes de ruta ocurridos en la provincia de Jujuy, en el norte del país, en mayo de
1997. Inscripto en la historia social con perspectiva de género, su propósito es reconstruir, con
base en el uso de la historia oral y la revisión de un acervo documental escrito compuesto por
periódicos de alcance local y nacional, la activa participación de las mujeres de la clase traba-
jadora en ese conflicto y en el novel sujeto político surgido en él: el movimiento piquetero.

Palabras clave: movimiento de piqueteras, cortes de ruta, Jujuy, Olga Márquez de Arédez.

Abstract

This article explores the collective actions of protest in Argentina against the deepening of the
neoliberal model during the 1990s. For this reason, it focuses in a specific case: the roadblocks
that took place in the province of Jujuy, in the north of the country, in May 1997. Combining
a social history approach with a gender perspective, its purpose is to reconstruct, based on the
use of oral history and written documents such as newspapers with local and national scope,
the active participation of the working class women in that conflict and in the novel political
subject emerged during it, the piquetero movement.

Keywords: piquetera’s movement, highway blocking, Jujuy, Olga Márquez de Arédez.

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
186  •  Andrea Andújar

Introducción

En la tarde del 7 de agosto de 1997, Olga Márquez de Arédez recorría las dependen-
cias de la policía y de la gendarmería de Libertador General San Martín, una ciudad
localizada en la provincia de Jujuy, al noroeste de Argentina. Quería averiguar el
paradero de las personas arrestadas durante esa jornada. Muchas de ellas eran mujeres
que habían salido a cortar las rutas tres días antes para reclamar al gobierno provincial
el cumplimiento de los compromisos asumidos en el mes de mayo de ese año y así
poner fin a una masiva protesta que, iniciada en esa localidad, se había extendido por
todo el territorio de Jujuy, convirtiendo la provincia en una de las principales preocu-
paciones del gobierno nacional.
No era la primera vez que esa mujer alta, de rasgos marcados y mirada profunda
exigía respuestas a las fuerzas de seguridad sobre el destino de quienes habían sido
detenidos/as. Olga tenía una vasta experiencia en eso, aprehendida hacía ya más de 30
años en el golpe de Estado que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón
el 24 de marzo de 1976. En la madrugada de ese día, un grupo de personas con unifor-
mes militares y policiales se había llevado detenido a su marido, Luis Arédez. En esa
ocasión, habían llegado en una camioneta blanca que exhibía en una de sus puertas un
logotipo de la empresa Ledesma, el ingenio azucarero más importante de la provincia.
Desde hacía décadas, la familia Blaquier, dueña del ingenio, determinaba en buena
medida los destinos de las y los pobladores de Libertador General San Martín.
Luis, médico pediatra de profesión y defensor de los derechos de las y los traba-
jadores agrupados en el sindicato azucarero del lugar, había intentado ponerle coto
a su poder. Así, cuando en el año 1973 fue electo intendente de Libertador General
San Martín, cargo ejecutivo más elevado de la conducción político-administrativa de
las ciudades en Argentina, comenzó a obligar a los propietarios de Ledesma a pagar
regularmente los impuestos correspondientes al estado municipal; incluso, llegó a ex-
propiarles algunas hectáreas de tierras para entregarlas a los pequeños agricultores de
la zona. Pero estas medidas no perdurarían por largo tiempo, pues la presión ejercida
por los Blaquier sobre el gobierno provincial lograría que este último interviniera el
municipio y forzara la dimisión de Arédez.
La evidencia de los vínculos de esa familia azucarera con el poder político estatal
era tan clara para Olga que ella no dudó, esa mañana del 24 de marzo, en ir hasta las
puertas del ingenio a preguntar si sabían dónde tenían detenido a su marido. Pero
nadie quiso decirle nada. Luis continuó desaparecido varios días más hasta que, final-
mente, Olga recibió una carta en la que se le avisaba que estaba recluido e incomuni-
cado en la cárcel de San Salvador de Jujuy, ciudad capital de la provincia y distante
de Libertador General San Martín, a 120 km.

1 Delia Maisel, Memorias del apagón. La represión en Jujuy: 1974-1976. Buenos Aires, Ediciones
medh, 2006.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  187

Luis fue liberado en marzo de 1977, pero lo detuvieron nuevamente el 13 de mayo


de ese año y ya nunca más se volvió a saber de él.1 A partir de ese momento, Olga se
puso un pañuelo blanco en la cabeza y sola, venciendo el miedo, salió a dar vueltas
por la plaza de Libertador General San Martín cada semana, reclamando por la apa-
rición con vida de Luis y de todas las personas que habían sido detenidas y desapare-
cidas en su barrio, en su ciudad, en su provincia, en mancomunada unión con las ma-
dres que en la Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires clamaban por lo mismo.2
Por ello, el 7 de agosto de 1997 ella sabía qué hacer y en qué lugar tenía que estar.
No podía dejar a esas mujeres allí, encarceladas, a su suerte, pagando las consecuen-
cias de haber desafiado el poder del gobierno y de los Blaquier.3 Pero este trabajo no
se adentra en la década de 1970 ni en el terror que los sectores dominantes implan-
taron en Argentina bajo la última dictadura militar (1976-1983). Aunque su sujeto
de análisis lo conforman las mujeres que, como Olga y tantas otras, se enfrentaron
al poder, examina particularmente las experiencias de aquellas que en mayo de 1997
pusieron su cuerpo y bloquearon con neumáticos encendidos, restos de madera y todo
material inflamable que hallaron a su paso, la ruta nacional Nº 34 que atraviesa la
ciudad de Libertador General San Martín.
Estas mujeres, en su mayoría desocupadas, trabajadoras estatales y maestras, tu-
vieron un rol protagónico en la gestación de organizaciones sociopolíticas que inten-
taron detener la embestida provocada por la profundización del modelo neoliberal en
Argentina.
Recogiendo experiencias de lucha y resistencia que poco tiempo antes habían teni-
do lugar en otras provincias y regiones del país, sentaron las bases del surgimiento de
una de tales organizaciones: el movimiento piquetero; sin embargo, su participación
ha merecido escasa atención por parte de la historiografía dedicada a comprender
este proceso.
En general, la presencia femenina es asumida sólo en términos numéricos o tes-
timoniales, concibiéndose la identidad del movimiento piquetero como masculina y
el involucramiento de las mujeres como un mero acompañamiento de las acciones
de los varones. De esta manera, muchos análisis suponen que la presencia de las

2 En julio de 2012 se inició en Jujuy el juicio por delitos de lesa humanidad ocurridos bajo el terrorismo

estatal en esa provincia. Un año más tarde, Mariano Braga y José Bulgheroni, oficiales de inteligencia
de la denominada área 323 de represión, fueron condenados a prisión perpetua, mientras que Antonio
Vargas, interventor del Servicio Penitenciario de Jujuy en barrio Gorriti, convertido en centro clandestino
de detención, fue condenado a 25 años de prisión e inhabilitación absoluta. Este último fue imputado en
causas relacionadas con las represiones contra trabajadores de la mina El Aguilar y con la Noche del Apa-
gón –como se conoce la represión llevada a cabo por fuerzas conjuntas en Libertador General San Martín
entre el 20 y el 27 de julio de 1976, donde fueron secuestrados alrededor de 400 vecinos/as y trabajadores/
as del ingenio Ledesma, de los cuales más de 30 continúan desaparecidos–. Por este caso, además, están
procesados en otra causa judicial Carlos Alberto Blaquier, dueño del ingenio Ledesma, y Alberto Lemos,
administrador de esta empresa en aquella época.
3 Olga Márquez de Arédez murió el viernes 17 de marzo de 2005 como consecuencia de un cáncer

agravado por la bagazoosis que produce la caña que quema el ingenio Ledesma. Antes de morir había
iniciado una nueva causa penal contra el ingenio, por contaminación.
188  •  Andrea Andújar

mujeres en este movimiento fue precedida por la existencia del movimiento en sí


mismo y consideran que fue allí donde ellas realizaron mayoritariamente sus primeras
experiencias de participación pública en la vida comunitaria.4 Estas interpretaciones
contrarían los relatos de las propias mujeres que intervinieron en estas acciones be-
ligerantes, quienes suelen sostener que fueron ellas las primeras en salir a cortar las
rutas. De sus explicaciones también se desprende que muchas contaban con una rica
experiencia de participación público-política previa.
Al atender a estas narrativas femeninas, el presente trabajo se aleja de aquellas
perspectivas y se propone reconstruir la historia de las mujeres que participaron,
organizaron y lideraron estas acciones beligerantes en la provincia de Jujuy en un
contexto marcado por el proceso de globalización capitalista.
Detenerse en el estudio de este específico escenario responde a la intención de
indagar los efectos de este proceso y las reacciones sociales y políticas articuladas
frente a él a partir de experiencias situadas, desarrolladas por ciertos sujetos en un
territorio y momento político particulares, lo cual no conlleva dejar a un lado el “gran
retrato” de dicha etapa, caracterizada por una extrema polarización socioeconómica
a escala planetaria provocada por la concentración de riquezas e ingresos en manos
de la fracción financiera dominante del capital mundial y por el despliegue de una
abrumadora hegemonía ideológica basada en el “irremediable” fin de todas las cosas:
la historia, las utopías, los Estados nacionales, la actividad política, la lucha de clases,
etc.,5 pero implica hurgar en las singulares dinámicas sociales, en las vivencias coti-
dianas, en las pequeñas interacciones y estructuras que, como señala Natalie Zemon
Davis, pueden volverse invisibles en los grandes relatos o en las interpretaciones que
asumen escalas más amplias.6
A su vez, la interacción entre la historia social y los estudios de género, perspectiva
en la que se inscribe este trabajo, permite examinar de qué manera los constructos
relativos al género y la pertenencia de clase atravesaron las formas de organización
colectiva y estimularon particularmente a las mujeres a salir a las rutas para intentar
revertir el destino funesto que se cernía sobre ellas, sus familias y su comunidad. En
esa dirección, este trabajo postula, por un lado, que con estas acciones colectivas de
protesta ellas habrían hostigado las leyes y normativas demarcatorias de la ocupa-
ción de los espacios públicos en Argentina,7 impugnando con su práctica tanto las

4 Un ejemplo de esta lectura puede hallarse en Maristella Svampa y Sebastián Pereyra, Entre la ruta y

el barrio. Buenos Aires, Biblos, 2003.


5 Samir Amín, “Capitalismo, imperialismo y mundialización”, en José Seoane y Emilio Tadei (comps.),

Resisitencias Mundiales. De Seattle a Porto Alegre. Buenos Aires, Clacso, 2001.


6 Natalie Zemon Davis, “Las formas de la historia social”, Historia Social, núm. 10, privamera-verano,

1991.
7 Entre ellas puede citarse el artículo 194 del Código Penal argentino, que estipula que “el que, sin crear

una situación de peligro común, impidiere, estorbare o entorpeciere el normal funcionamiento de los trans-
portes por tierra, agua o aire o los servicios públicos de comunicación, de provisión de agua, de electricidad
o de sustancias energéticas, será reprimido con prisión de tres meses a dos años”.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  189

fronteras de lo político como la circulación del poder. Por otro, entiende que con ello
también habrían desafiado su posicionamiento en la esfera de la domesticidad, cues-
tionando los roles de género instituidos socialmente.
Para llevar a cabo este análisis, se ha consultado un acervo documental confor-
mado por diarios de alcance nacional en Argentina (Clarín y Página 12) y local (El
Tribuno y El Pregón, ambos de Jujuy), y por el análisis de las memorias que, en tanto
procesos de recuerdo y reconfiguración de significados, las mujeres han construido
sobre sus propias acciones.8

El contexto de las luchas

Durante la década de 1990, Argentina, al igual que otros países de América Latina,
sufrió un proceso de intensas transformaciones socioeconómicas y políticas vincu-
ladas con la profundización del modelo neoliberal. Fue bajo las dos presidencias
consecutivas del peronista Carlos Saúl Menem, al frente del Poder Ejecutivo nacio-
nal entre 1989 y 1999, cuando los sectores dominantes asentaron definitivamente
las bases del mismo y cuyos pilares fueron la desregulación y liberalización de la
economía, acompañadas de una amplia apertura comercial y financiera, la reforma
laboral –centrada en la flexibilización de las condiciones y relaciones de trabajo–
y la restructuración del Estado a través de una reforma sustentada en la reducción
del peso del sector público en el empleo y en la producción de bienes y en los
servicios, así como en la capacidad del Estado de intervenir y regular la economía.9
De tal suerte, entonces, se privatizaron las empresas públicas a la par que el Estado
se retiraba de las funciones de protección y seguridad social, descentralizándolas
simultáneamente. Todo ello condujo, por un lado, al colapso del ya crítico aparato
productivo industrial y al desmantelamiento de los escasos resabios existentes del
estado de Bienestar; por otro, provocó que los niveles de desempleo, pauperiza-
ción y vulnerabilidad social se elevaran a dimensiones históricamente desconocidas
en Argentina. Así, para mediados de esa década, el desempleo y subempleo, por
ejemplo, ascendieron a nivel nacional hasta alcanzar casi a 30% de la población
económicamente activa.
La aplicación de este conjunto de reformas fue sustentada, asimismo, en un pro-
ceso democrático que formuló un discurso legitimador, ciñendo la actividad política

8 Las entrevistas orales que sustentan este estudio fueron realizadas por la autora en 2004.
9 Sobre este proceso pueden consultarse, entre otros, los estudios de Marcos Novaro, Piloto de tormen-
tas. Crisis de representación y personalización de la política en Argentina. Buenos Aires, Letra Buena,
1994; Julio Gambina y Daniel Campione, Los años de Menem. Cirugía mayor. Buenos Aires, Centro
Cultural de la Cooperación, 2002; Mario Rapoport, Historia económica, política y social de la Argentina
(1880-2000). Buenos Aires, Ediciones Machi, 2003.
190  •  Andrea Andújar

y la participación democrática de la sociedad a la elección regular de representantes


para el gobierno. Paralelamente, los sectores dominantes pretendieron circunscribir
la pertenencia de la acción política legítima a un sector de élite que se presentó a sí
mismo en tanto gerenciador de los recursos y asuntos públicos, y como incuestionable
delineador de un programa económico, político y social que prometía sacar a Argen-
tina del subdesarrollo.
Consecuentemente, se intentó desactivar tanto las protestas de los sectores sociales
perjudicados por la política neoliberal como las organizaciones que tradicionalmente
los habían representado (la Confederación General del Trabajo de la República Ar-
gentina –cgtra– o las asociaciones sindicales de primer grado, por ejemplo), publi-
citando a unas y otros, a su vez, como vestigios de un tipo de sociedad caducada.
Sin embargo, quienes debían cargar sobre sus espaldas con las consecuencias del
ajuste estructural fueron renuentes a aceptar pasivamente esta situación. Así, emer-
gieron singulares formas de organización y de lucha desarrolladas por noveles sujetos
políticos que expresaron una tendencia explícitamente crítica y transformadora, dis-
puesta a desarticular los pilares de la exclusión social. Entre ellos se encuentran los
movimientos piqueteros que, conformados básicamente por personas desocupadas,
hicieron del corte de rutas su herramienta preponderante de confrontación, dando
cauce a formas democráticas de participación y toma de decisiones alternativas a
aquellas diseñadas por los sectores dominantes.10
En efecto, esta metodología de lucha, consistente en ocupar los caminos y bloquear
el paso de toda persona, vehículo o mercadería, posibilitaba, por una parte, que las
y los desocupados hicieran oír sus reclamos y protestas ante las autoridades guber-
namentales y se tornaran visibles cuando éstas pretendían ser indiferentes o acallar
la gravedad de la pobreza a la que estaban condenando a buena parte de la sociedad
argentina. Pero, además, tal herramienta de confrontación permitió que quienes par-
ticipaban de los cortes de ruta pusieran en práctica formas de participación basadas
en el ejercicio de la democracia directa para tomar decisiones, sometiendo a debate
permanente a través de asambleas cuestiones tales como el rumbo de la protesta, el
contenido de las demandas a los poderes gubernamentales o la elección de quienes
actuarían como representantes de las y los manifestantes ante estos últimos. Todo
ello condujo a que en varias oportunidades los y las desocupadas llegaran a liderar

10 No existe un acuerdo generalizado sobre el origen de la palabra “piquetero”. Para algunos analistas,

remite a las “picadas”, nombre que tienen los caminos de tierra alternativos a las rutas y que también fueron
cortados para evitar el tránsito de personas, autos y mercaderías. Para otros, reenvía a las experiencias de
lucha de la clase obrera argentina durante el siglo xx, cuando, para impedir el ingreso de rompehuelgas
a las fábricas en los paros de actividades, los obreros montaban “piquetes” en las puertas de las mismas.
También se le encuentra en la prensa sindical o político-partidaria de algunas organizaciones para hacer
referencia al reparto de panfletos o periódicos a la salida de las fábricas o en lugares visibles como las
esquinas de las calles.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  191

distintos levantamientos populares en diferentes ciudades del país, que tuvieron un


profundo impacto en el devenir político, económico y social de Argentina y que gal-
vanizaron una amplia gama de reivindicaciones.11
Si bien los movimientos piqueteros comenzaron a sentar las bases de su identi-
dad a partir de los conflictos que tuvieron lugar en 1996 en la Patagonia argentina
y que continuaron también en la norteña provincia de Salta,12 la provincia de Jujuy
se convirtió, en 1997, en un espacio central en el derrotero de estas luchas. Ello se
debió fundamentalmente a que las medidas neoliberales antes descritas impactaron de
peculiar manera en esta última provincia cuya sociedad vio incrementar sus niveles
de pobreza, ya de por sí elevados respecto de otras provincias de la misma región,
afectando nodalmente a los sectores ligados a la producción azucarera, siderúrgica
y minera.13 Justamente, el escenario central de este trabajo se ubica en Libertador
General San Martín, localidad cuya vida se articuló en torno al desarrollo del ingenio
azucarero Ledesma.

Cortando las rutas del azúcar

El 31 de mayo de 1997, el periódico El Tribuno de Jujuy publicó un intercambio de


palabras producido entre una mujer desocupada de Libertador General San Martín y
Carlos Ferraro, el gobernador de la provincia en ese entonces. Cuando éste intentaba

11 Aun cuando la exigencia de creación de fuentes de trabajo y/o subsidios por desempleo fueron los

comunes denominadores de todas estas protestas, también estuvieron presentes reclamos en torno a la
gratuidad de los hospitales públicos, la creación de escuelas y jardines maternales, el otorgamiento de cré-
ditos para pequeñas y medianas industrias o la reconexión de los servicios de gas y electricidad en aquellos
hogares cuyas familias no habían podido pagarlos.
12 Entre el 20 y el 26 de junio de 1996, la población de las ciudades de Cutral Co y Plaza Huincul, en la

provincia patagónica de Neuquén, protagonizó un importante corte de rutas exigiendo que el gobernador
neuquino diera respuestas ante la situación crítica desatada con la privatización de Yacimientos Petrolíferos
Fiscales (ypf), compañía petrolera estatal privatizada entre 1991 y 1992 y que, hasta entonces, había sido
crucial para el desarrollo de ambas comunidades. En abril del siguiente año, un nuevo corte conmovió a
esta región y fue seguido por otro que se extendió entre el 8 y el 15 de mayo de 1997 en General Mosconi
y Tartagal, ciudades localizadas en la provincia de Salta –que colinda con Jujuy– y que también se habían
desarrollado al amparo de la presencia de ypf. Un análisis de estos conflictos puede verse, entre otros,
en Orietta Favaro, Mario Arias Bucciarelli y Graciela Iuorno, “La conflictividad social en Neuquén. El
movimiento cutralquense y los nuevos sujetos sociales”, Realidad Económica, núm. 148, Buenos Aires,
1997, mayo-junio; Pablo Barbetta y Pablo Lapegna, “Cuando la protesta toma forma: los cortes de ruta
en el norte salteño”, en Norma Giarraca et al., La protesta social en la Argentina. Buenos Aires, Alianza
Editorial, 2001; Maristella Svampa y Sebastián Pereyra, op. cit.; Javier Auyero, Vidas beligerantes. Dos
mujeres argentinas, dos protestas y la búsqueda de reconocimiento. Buenos Aires, Universidad Nacional
de Quilmes, 2004; Andrea Andújar, “Pariendo resistencias: las mujeres piqueteras de Cutral Co y Plaza
Huincul (1996)”, en María Celia Bravo, Fernanda Gil Lozano y Valeria Pita (compiladoras), Historia
de luchas, resistencias y representaciones. Mujeres en la Argentina, siglos xix y xx. Tucumán, Editorial
edunt, 2007.
13 Alejandro Rofman, Las economías regionales a fines del siglo xx. Los circuitos del petróleo, del

carbón y del azúcar. Buenos Aires, Editorial Ariel, 1999.


192  •  Andrea Andújar

excusarse por la ferocidad con que la gendarmería había reprimido un corte de rutas
en esa localidad, la mujer lo increpó diciendo: “a mí la gendarmería me baleó la
pierna. Tengo cinco hijos a cargo y yo estuve a punto de perder la pierna por culpa
de una bala que usted, señor gobernador, mandó a la infantería. […] Yo salí a la ruta
solamente a pedir trabajo y usted nos respondió con aquella medida en la ruta. ¿Le
parece correcto?”14 Exhibiendo la herida y poco dispuesta a callarse a pesar de que al-
gunos de sus compañeros procuraban detenerla, ella continuó hablando, poniendo en
entredicho la pretensión del gobernador de eludir su responsabilidad en lo sucedido.
Todo había comenzado el 19 de mayo en Libertador General San Martín, ciudad
cabecera del departamento de Ledesma, ubicada a 120 km de la capital provincial y
cuya población alcanzaba los 70 mil habitantes aproximadamente. Durante la noche,
una asamblea convocada por el Centro de Desempleados y Desocupados de Liberta-
dor General San Martín, organización de reciente creación, resolvió iniciar un corte
en la ruta nacional Nº 34. El detonante de tal decisión se hallaba en el reciente despi-
do de cuatro mil trabajadores de la zafra del ingenio Ledesma al finalizar la cosecha
tabacalera, lo cual provocaba que las personas despedidas no pudieran trabajar en la
zafra azucarera que se avecinaba y que constituía la única salida laboral posible, cues-
tión que contenía, además, la potencial sobreexplotación de la escasa mano de obra
que quedaba contratada por el ingenio.
Fue así como en la madrugada del 20 de mayo un grupo de personas, entre las
que se contaban desocupadas/os, integrantes de varias organizaciones sindicales, ac-
tivistas de partidos políticos y de organismos de derechos humanos, comenzaron a
encender fogatas y levantar barricadas en la ruta, exigiendo al gobernador la creación
de cinco mil puestos de trabajo, subsidios inmediatos para desocupados/as y la pos-
tergación del vencimiento de los impuestos.15
Sin embargo, y como ya había sucedido en las ciudades patagónicas y salteñas,
quienes con mayor rapidez acudieron al bloqueo de la ruta fueron las mujeres. Según
relató Pablo, uno de los jóvenes que desde el comienzo estuvo en corte, básicamente
estas mujeres eran “las esposas de los zafreros o de los ex zafreros, y sobre todo de los
obreros industriales del ingenio”.16 Según él, ellas habían sido las primeras en asistir
debido a que “los hombres, por temor a la pérdida de su trabajo o por la presión
que significaba el no volver a conseguirlo si realizaban una acción así, no querían
comenzar un conflicto”.17
Su evaluación sobre la mayoritaria presencia femenina era compartida por Alicia,
Cristina y Carolina, mujeres que participaron y sostuvieron el corte de rutas. Empero,
sus testimonios permitían entrever también un protagonismo femenino mucho más
heterogéneo socialmente que el aludido por Pablo. Ese día, no sólo se encontraban

14 Entrevista reproducida por El Tribuno, 31 de mayo de 1997.


15 Clarín, 21 de mayo de 1997.
16 Entrevista de la autora a Pablo, Jujuy, 21 de octubre de 2004.
17 Idem.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  193

en las barricadas las esposas de los obreros y trabajadores del ingenio, sino también
maestras integrantes de las agrupaciones gremiales locales y lideradas por Mary Fe-
rrín –dirigente de la Asociación de Educadores Provinciales (adep)–, trabajadoras
estatales y desocupadas.
En el caso de las docentes y las trabajadoras estatales, su estancia en la ruta se nu-
tría de un conjunto de reclamos que abarcaba desde los atrasos constantes en el pago
de sus remuneraciones hasta la petición de aumento de salarios. Para las mujeres des-
ocupadas, que en realidad constituían el porcentaje mayoritario de las que estaban en
el corte, las causas que las habían llevado a levantar los piquetes remitían a una serie
de prácticas y agencias que no eran ajenas al rol maternal. Según narró una militan-
te de un partido político y maestra:

Mirá, lo que colmó el vaso fue la indiferencia de los gobernantes, la indiferencia mene-
mista. […] La misma gente que lo votó a Menem era la que más bronca tenía. Y entre
ellos, las mujeres. Eran más aguerridas, no les importaba nada. Era salir a pelear por
la comida de sus hijos, por la salud de sus hijos, por el futuro de sus hijos en lo laboral.
Dejaban la vida por asegurar el futuro de sus hijos.18

Para la testimoniante, la defensa de la supervivencia de las y los hijos fue uno de los
resortes fundamentales que impulsaron la movilización de las mujeres desocupadas.
Este anclaje en la maternidad no fue una característica singular de quienes protagoni-
zaron este tipo de protestas. De hecho, la fuerza explicativa o justificadora que posee
el discurso armado en torno a ella para dar cuenta de los motivos que sustentan las
acciones colectivas de las mujeres es recurrente en la historia. Si hacemos una rápida
revisión del siglo xx en la Argentina, para atenernos exclusivamente a la localización
territorial que enmarca este trabajo, este discurso puede ser rastreado tanto en las
demandas de las obreras y trabajadoras urbanas de comienzos del siglo xx como en
quienes impulsaron la sanción del voto para las mujeres hacia fines de la década de
1940 o en las Madres de Plaza de Mayo y su lucha contra el terrorismo de Estado
desde la segunda mitad de la década de 1970.19 Incluso, como demuestran las his-

18 Entrevista de la autora a Carolina, Jujuy, 26 de octubre de 2004.


19 Para un examen de cómo fue cobrando densidad el discurso en torno a la maternidad durante las
últimas décadas del siglo xix y comienzos del siglo xx y cómo atravesó las demandas por derechos de
ciertos colectivos de trabajadores y trabajadoras en Argentina, véase Mirta Z. Lobato, “Lenguaje laboral y
de género en el trabajo industrial”, en Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita y M. Gabriela Ini (dirs.), Historia
de las mujeres en la Argentina. Siglo xx, Tomo 2. Buenos Aires, Taurus, 2000; Mirta Z. Lobato, Histo-
ria de las trabajadoras en la Argentina (1869-1960). Buenos Aires, edhasa, 2007; Marcela Nari, Políticas
de maternidad y maternalismo político. Buenos Aires, Biblos, 2004. Respecto de la presencia del “ideal
maternal” en los argumentos en defensa del sufragio femenino, puede verse Silvana Palermo, “El sufragio
femenino en el Congreso Nacional: ideologías de género y ciudadanía en la Argentina”, Boletín del Insti-
tuto de Historia Argentina Dr. E. Ravignani, tercera serie, núm. 16 y 17, 1998; Dora Barrancos, Inclusión/
Exclusión. Historia con mujeres. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002; Dora Barrancos, Mu-
jeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos. Buenos Aires, Sudamericana, 2007; Adriana
194  •  Andrea Andújar

toriadoras Marcela Nari y Silvana Palermo,20 las necesidades del mundo doméstico
impregnaron en ocasiones las demandas de los trabajadores hacia el Estado o las
diversas patronales empresariales. Pero tampoco es posible dejar a un lado que la re-
lación mujer-hogar o madre-hijo/a, si bien ha operado como una herramienta de pro-
moción de luchas y emancipación de las propias mujeres, ha servido como estrategia
de control y disciplinamiento ejercido sobre ellas, naturalizando la división sexual del
trabajo y dando sustento a uno de los constructos socioculturales en los que se ampara
la opresión y subordinación femenina. La conjugación de ambos usos, históricamente
cambiantes aunque se presenten como inmutables, implica una tensión en la que es
necesario detenerse a fin de comprender más acabadamente la presencia femenina en
las rutas; para ello, se vuelve nodal retomar el contexto en que se dieron estas luchas
que, tal como sostuvo Carolina, también estuvieron relacionadas con la “bronca” ante
la “indiferencia de los gobernantes”; en particular, la “indiferencia menemista”.
El desmantelamiento final de las funciones de protección social del Estado de bie-
nestar durante la década de los noventa provocó un vacío que intentó ser cubierto a
partir de la potenciación de las redes comunitarias. Bajo la forma de programas para
la reducción de la pobreza, la dirigencia política nacional y las agencias internaciona-
les entronizaron las virtudes de la autoayuda, autosuficiencia y autonomía populares
respecto del Estado. Generaron así mecanismos paliativos de las consecuencias del
ajuste estructural que consistieron en delegar la responsabilidad social estatal en la
actividad y el “voluntariado” comunitarios, orientados mediante la acción de organi-
zaciones no gubernamentales, barriales y/o grupos de profesionales.21 De este modo,
tras discursos de ciudadanía activa y “empoderamiento”, se instaló desde el poder
una nefasta retórica: los sectores sociales victimizados por el disciplinamiento del
“marco regulador del mercado” eran, a partir de ese momento, libres para convertirse
en los dueños de sus propios destinos. Se siguió, entonces, que quienes cargaron sobre

Valobra, Del hogar a las urnas. Recorridos de la ciudadanía política femenina argentina, 1946-1955.
Buenos Aires, Prohistoria Ediciones, 2010. En cuanto a la politización de la maternidad desplegada por las
Madres de Plaza de Mayo puede consultarse Débora D’Antonio, Las Madres de Plaza de Mayo y la ma-
ternidad como potencialidad para el ejercicio de la política, en María Celia Bravo, Fernanda Gil Lozano y
Valeria Pita, op. cit.; Judith Filc, Entre el parentesco y la política. Familia y dictadura, 1976-1983. Buenos
Aires, Editorial Biblos, 1997; Beatriz Schmuckler y Graciela Di Marco, Madres y democratización de la
familia argentina contemporánea, Buenos Aires, Biblos, 1997.
20 Marcela Nari, op. cit.; Silvana Palermo, “¿Trabajo masculino y protesta femenina? La participación

de las mujeres en la gran huelga ferroviaria de 1917”, en María Celia Bravo, Fernanda Gil Lozano y Valeria
Pita, op. cit.
21 Las directivas vinculadas con estos mecanismos pueden hallarse en el informe del Banco Mundial:

La lucha contra la pobreza: oportunidad, empoderamiento y seguridad. Informe sobre el Desarrollo Mun-
dial 2000-2001, Washington D.C., Estados Unidos. Por otro lado, estas estrategias se asentaron sobre prác-
ticas preexistentes de autoorganización comunitaria afines a la satisfacción de necesidades básicas (tales
como la resolución de deficiencias habitacionales mediante proyectos de autoconstrucción implementados
durante las décadas de 1960 y 1970).
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  195

sus espaldas con los efectos de la desregulación económica, la apertura para la libre
circulación de capitales, la flexibilización laboral y la pérdida de las fuentes de traba-
jo debieron también responsabilizarse de la gestión de los comedores infantiles, las
guarderías maternales, la organización de talleres de capacitación y de trabajo para la
supervivencia cotidiana, la prestación de servicios de salud o el cuidado de ancianos/
as, entre otras actividades sociales.
Sin embargo, esta carga entrañó un profundo sesgo genérico. En la medida en
que muchas de estas tareas de supervivencia fueron consideradas como una exten-
sión de las “naturales” actividades femeninas en la esfera familiar, las mujeres fue-
ron convocadas diligentemente a participar en ellas. Todo ello habría redundado en
un reforzamiento del carácter doble de la subordinación de las mujeres de los sectores
subalternos, es decir, en términos de género y de clase, aligerando además la presión
social sobre el Estado.22
A pesar de ello, y allí es donde reside justamente la tensión antes referida respecto
de los usos discursivos sobre la maternidad, ocupar el lugar de cuidadoras de la comu-
nidad vigorizó el protagonismo femenino en el entretejido de las redes de solidaridad
social, en la gestión de los recursos de la comunidad, en la experiencia organizativa
de base y en la capacidad de movilización. Fue en ese escenario, a partir de las tareas
compartidas dentro de su clase y de su comunidad, como reflexiona Temma Kaplan,23
y exigiendo los derechos emanados de la asignada responsabilidad de conservar la
vida, donde las mujeres mutaron sus acciones en actos fundacionales de confron-
tación con el poder. En ese sentido, la maternidad fue utilizada políticamente para
romper los lazos de la domesticidad y apropiarse de los espacios públicos. El espacio
de la ruta, entonces, se transformó en el escenario en que las mujeres experimentaron
nuevas prácticas colectivas y también donde volcaron, a su vez, saberes aprehendidos
con anterioridad.
En efecto, no era ésta la primera oportunidad en la que algunas de las que se ha-
llaban bloqueando la ruta en Libertador General San Martín en mayo de 1997 habían
desafiado el estado de cosas imperante. Por el contrario, ya habían protagonizado
anteriormente acciones colectivas en las que arriesgaron sus vidas en defensa de su
comunidad.

Mujeres con historia: ocupando los campos del “señor”

Alicia nació en Libertador General San Martín en el año 1961. Desocupada, vive con
sus ocho hijos en un barrio de esa localidad. Mientras conversábamos en su jardín

22 Andrea Andújar,
op. cit.
23 Temma Kaplan,“Conciencia femenina y acción colectiva: el caso de Barcelona, 1910-1918”,
en Amelong, J. y Nash, Mary (comps.), Historia y género: las mujeres en la Europa moderna y
contemporánea,Valencia, Alfonso el Magnánimo, 1990.
196  •  Andrea Andújar

durante una tarde de octubre de 2004, ella respondía al saludo de un vecino o de una
vecina que pasaba por el frente de su casa. Evidentemente, eran muchas las personas
que la conocían. Quizá fuera así porque, desde hacía años, Alicia venía enfrentando
las reglas de juego de un orden que bregaba por excluirla.
Ella relataba que, a comienzos de 1990, vivía en una precaria casa al “costado de
unas tierras del ingenio Ledesma”, junto con su hija mayor y el primero de sus hijos
varones, que “para esa época tenía un año”.24 Allí carecían prácticamente de todos
los servicios y, con otras familias, “decidimos juntarnos y armar una comisión de
vecinos. Yo fui elegida la presidenta de la Comisión del Barrio 17 de agosto, que así
se llamaba”.25
Pero, como cada vez eran más las personas que llegaban al lugar esperando en-
contrar algún trabajo en la zafra, el espacio en que podían instalarse ya no alcanzaba.
Por esta razón, decidieron tomar terrenos colindantes no cultivados, propiedad de los
Blaquier, y montar sobre ellos precarias viviendas. Fue así como Alicia lideró un gru-
po de 12 familias que ocuparon el predio. La reacción de los propietarios azucareros
fue casi instantánea. Según continuó narrando Alicia:

Al poco tiempo que nos metimos, una mañana, empezó a meter fuego. Ya habíamos
limpiado todo el terreno y habíamos armado unas casitas, toda la familia ayudaba. La
primera casita era la mía. Y de lejos venía rajando la topadora, así, con todo. Y yo me
he puesto ahí delante de la topadora […] que ha parado ahí. El tierral casi me entierra.
Y yo estaba con el machete así, me he tapado la cara con la gorra y el pañuelo. Cuando
siento que el tipo para la máquina, yo subo y lo amenazo con el machete. Si no se tiraba
lo partía en dos al viejo. Y se amontonó todo el mundo y vino la policía. Y me escondía
de la policía. Pero después me agarraron y me han llevado.26

Pese a la protesta de sus amigos y vecinos, Alicia fue detenida, esposada y conducida
a la comisaría, aunque a pie “porque yo al patrullero no me subo, le dije al policía”.
Una vez en la comisaría, apareció un juez que la insultaba permanentemente:

[…] el juez me ha tratado de todo, de puta, de prostituta, de loca, de todo me ha trata-


do. Porque se puso furioso porque yo no quería firmar. Claro, me han hecho un papel.
‘No sé leer’, le digo. ‘¿Cómo no va a saber leer?’, me dice. El juez le dice y el oficial
empieza a leer. Y entonces le pregunto: ‘¿Y qué quiere que firme eso si yo no sé leer y
no sé firmar?’27

24 Entrevista de la autora a Alicia, Jujuy, 24 de octubre de 2004.


25 Idem.
26 Idem.
27 Idem.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  197

Alicia no aceptó firmar y decidieron llevarla esposada desde la comisaría al ingenio.

Y antes de llegar al ingenio me han vendado los ojos y me han metido. Y yo pensé que
éstos me van a matar. Y me hablaban que quién va a reclamar, nadie va a reclamar por
ella, además no tiene familia, decían. […] Después me han dejado parada ahí. Me han
venido a sacar la venda y estaba Moya [un capataz del ingenio], estaba el viejo este Paz
[el conductor de la topadora], y había dos que eran Blaquier y otro jovencito que creo
que era el hijo. Entonces uno me dijo, me habló bien, me dijo que yo te puedo dar una
casa, un trabajo seguro, en la casa de gobierno vas a trabajar.28

Pero Alicia se negó. No quería nada de eso, insistiendo en que no sabía leer y mucho
menos trabajar para el gobierno. Lo único que ella pretendía era quedarse en esas
tierras. “ ‘Pero no podés porque vamos a plantar cañas’, me dijo uno de ellos. ‘Bueno,
pero ustedes tienen un montón de tierras y nosotros no tenemos dónde vivir’ […]”,29
respondió ella, obstinada en mantener su posición pese a la inferioridad de condi-
ciones en la que se hallaba. Luego de que uno de ellos le repitiera que eran tierras
del ingenio y que si querían, podían “aplastar” a quien allí se metiera, la volvieron a
llevar a la comisaría.
Este testimonio pone de manifiesto varias cuestiones. La primera es la estigmati-
zación de la que pueden ser objeto las mujeres cuando llevan adelante acciones que
supuestamente no se condicen con los atributos que se les asignan cultural y social-
mente. Para el juez, el hecho de que Alicia liderara la toma de terrenos del ingenio
azucarero y encabezara la movilización de sus vecinos y vecinas quebrantaba las
conductas esperables de “su sexo”, al abandonar la esfera de la domesticidad, ganar
la calle y poner su cuerpo en posición de pelea contra los dueños del ingenio. En la
mirada del funcionario judicial, este tipo de insubordinación la hacía merecedora
de los calificativos de loca y de prostituta, adjetivos usados recurrentemente para
deslegitimar los reclamos público-políticos de las mujeres.30 Pero esto no amedrentó
a Alicia; por el contrario, ella contaba con recursos para enfrentar estos intentos de
disciplinamiento. Al menos es lo que se puede entrever de otros pasajes de su relato
en los cuales se evidencian las diversas tácticas que puso en juego para que, a pesar
de estar en una situación desventajosa como la implicada por la detención policial,
no perdiera del todo el control de su destino. Así, la decisión de ir caminando a la
comisaría en lugar de subirse al patrullero policial, por ejemplo, le permitía intentar
preservar su integridad física, ya que todas las personas de su barrio podían no sólo
verla sino también seguirla y, con ello, asegurarse de que llegara bien.

28 Idem.
29 Idem.
30 Vale la pena señalar que de la misma manera calificaban los militares a las Madres de Plaza de Mayo

durante la vigencia del Estado terrorista.


198  •  Andrea Andújar

Ciertamente, Alicia sabía los riesgos que podía correr en un país donde las fuerzas
de seguridad son proclives al uso del maltrato, llegando incluso al ejercicio de la
tortura que, además, por tratarse de una mujer, podía contemplar la vejación sexual.
De hecho, sus temores estaban fundados, porque, cuando ya no estaba a la vista de
todos sino detenida a merced del juez y de los policías, fue llevada con los ojos venda-
dos hasta las instalaciones del ingenio con la amenaza de que la iban a matar. Esta
cuestión demostraba, además y otra vez, los estrechos vínculos existentes entre los
dueños del ingenio azucarero y el poder judicial de la localidad.
Otra medida que Alicia tomó en su propia defensa fue negarse a firmar el escrito en
que se dejaba constancia de las causas de su detención. Para ello argumentaba que no
sabía leer, lo cual era cierto. Pero, en esa ocasión, su analfabetismo, situación que ge-
neralmente es vivida con vergüenza y como padecimiento, fue esgrimido como he-
rramienta de desafío, posibilitándole evitar que el reconocimiento de las acusaciones
en su contra quedara asentado. Firme en sus convicciones, Alicia tampoco aceptó
la casa ni el trabajo que, a modo de soborno, uno de los Blaquier propuso entregarle
a cambio de su defección en el reclamo.
Nunca supo por qué no la mataron. Pero lo que jamás olvidó es que fueron sus ve-
cinas/os quienes, portando antorchas y movilizándose hacia donde la tenían detenida,
lograron su libertad. De todos modos, el juez, antes de soltarla, le aseguró: “algún día
nos vamos a volver a encontrar”. Alicia, desafiante, lo miró y le contestó: “seguro que
sí, juez, pero a esta negra hace falta mucho para que la aplasten”.31
Por tanto, cuando ese mediodía del 20 de mayo de 1997, mientras preparaba la
comida para sus hijos/as, Alicia escuchó el estruendo de las bombas de gases lacri-
mógenos y los disparos, salió corriendo hacia la ruta, pensando que tal vez era hora
de volver a encontrase con el juez. Pero, por el momento, en medio del humo y las
corridas, las primeras caras que divisó eran las de Nancy, Carolina y Olga Márquez
de Arédez, amigas que intentaban defenderse, como podían, de la represión.

Piedras contra balas: el corte de rutas de mayo de 1997

Las balas y los gases lacrimógenos comenzaron el mediodía del 20 de mayo, poco
tiempo después de que un ministro del gobernador de Jujuy se acercara al corte de
rutas iniciado durante la madrugada de ese día para escuchar los reclamos de las
y los manifestantes. El funcionario había prometido volver a reunirse con ellos/as,
pero esto nunca sucedió. En su lugar, se presentaron 300 efectivos de gendarmería
que conminaban a desalojar la ruta. Ante la negativa de las y los manifestantes, los
gendarmes, bajo el mando de Pedro Pasteris, un conocido represor durante la última

31 Entrevista de la autora a Alicia, Jujuy, 24 de octubre de 2004.


Luchas y resistencias en clave femenina…  •  199

dictadura militar,32 empezaron una feroz represión que dejó como saldo 50 personas
heridas, entre ellas la dirigente del gremio docente, Mary Ferrín.
Entre tanto, desde la provincia de La Pampa, en el centro de Argentina, el ministro
del Interior de la Nación, Carlos Corach, declaraba: “no vamos a tolerar cortes de ruta
porque es un medio violento, contra la ley”.33 Sostenía también que el número de
heridos como resultado de la represión en Libertador General San Martín no superaba
las 18 personas debido a que quienes habían cortado la ruta “eran muy pocos”. Este
intento de minimizar lo que ocurría en la ciudad jujeña contrastaba con las imágenes
mostradas por los noticieros televisivos, que daban cuenta de la magnitud de los
enfrentamientos. Pero, además, el afán gubernamental por disminuir la dimensión de
los mismos se tornaba más infructuoso aun, habida cuenta de que los funcionarios
nacionales y provinciales recibían los partes médicos directamente de un hospital
ubicado en las cercanías del corte, a los que tenía acceso la prensa local y nacional.
En realidad, el problema que este corte generaba en el elenco gubernamental nacio-
nal estaba vinculado con los reproches del presidente Menem a sus ministros por la
escasa previsión que tenían sobre estas acciones beligerantes.34
Fue así como el Poder Ejecutivo nacional se dispuso a dejar en claro públicamente
el tipo de respuestas que brindaría cada vez que esta clase de conflictos se produje-
ra. De este modo, en una solicitud aparecida el 22 de mayo en la mayor parte de la
prensa escrita, sostenía que “Sólo bajo el irrestricto cumplimiento del orden jurídico
establecido es posible defender con eficacia los derechos fundamentales de nuestra
democracia; y sólo bajo esas condiciones el Gobierno Nacional garantiza a todos su
efectiva vigencia”.35 La traducción de esas palabras en acciones concretas no se haría
esperar: la gendarmería contaría con absoluta libertad para intentar desalojar la ruta
a cualquier precio. Ello marcaba una diferencia con las actuaciones de la adminis-
tración menemista frente a los cortes que habían tenido lugar en abril de ese año en
las localidades de Cutral Co y Plaza Huincul, en Neuquén, y en General Mosconi y
Tartagal, en Salta, a comienzos de mayo de 1997.
Ciertamente, en estos casos también se acudió al uso de la fuerza represiva. De
hecho, en las ciudades neuquinas, la persecución desatada contra quienes habían ini-
ciado un corte de rutas el 9 de abril de 1997 provocó el asesinato, por parte de un
policía provincial, de Teresa Rodríguez, una joven mujer que no estaba participando
del conflicto. Pero el elemento distintivo es que en Jujuy, la represión se desató pocas

32 Pasteris fue procesado y detenido posteriormente, junto con otros cuatro represores, en el marco de

una causa en la que se investigan secuestros, torturas y desapariciones en el centro clandestino de detención
conocido como La Polaca, situado en la ciudad correntina de Paso de los Libres.
33 Clarín, 21 de mayo de 1997.
34 Según Página 12 del 21 de mayo de 1997, el gobierno enfrentó, entre abril y mayo de 1997, cuatro

cortes de ruta: Cutral Co y Plaza Huincul, en Neuquén; Tartagal y General Mosconi, en Salta; San Lorenzo,
en la provincia de Santa Fe, y el recientemente comenzado en Jujuy, a los cuales se sumaban las protestas
de camioneros en ese mismo mes, que realizaban cortes en las ciudades de Mendoza y Rosario.
35 El Tribuno, Clarín y La Nación, 22 de mayo de 1997.
200  •  Andrea Andújar

horas después de comenzado el corte, sin que se abrieran canales de diálogo y de ne-
gociación. A su vez, persistió durante varios días, pues desalojar las rutas y desactivar
el conflicto no fue nada fácil para las fuerzas de seguridad.
Durante tres días, y pese a que arribaron al lugar más de mil efectivos uniformados,
los choques entre éstos y la población se mantuvieron. Por momentos, los gendar-
mes lograban despejar los bloqueos para luego volver a ser apedreados y tener que
retroceder. Si la gendarmería contaba con las armas y la legalidad para usarlas, las y
los pobladores contaban con el número y la convicción de que la ruta era el lugar en
el que debían permanecer. Según relató Carolina, “la consigna era no abandonar la
ruta por más gendarmes que llegaran”.36
En medio de tales contiendas, los responsables de las fuerzas represivas tomaron
una decisión: extender el uso de la fuerza más allá de las rutas. Así, el 21 de mayo,
los gendarmes comenzaron a perseguir a las y los manifestantes dentro de la ciudad.
Un periódico local consignaba que “las granadas de gas comenzaron a caer en las
viviendas del barrio San Lorenzo, lo que obligó a los vecinos a salir de las mismas
alarmados y con niños en los brazos, que presentaban principios de asfixia”.37 Ante
esto, “el pueblo reaccionó con más terror porque esta gente cometió el error de inteli-
gencia de tirar con gases lacrimógenos a un barrio que estaba al costado del puente. Y
ahí salió la gente del barrio porque había chiquitos jugando y tiraron ahí también”.38
La dureza de la represión produjo, entonces, el efecto opuesto al deseado: el bloqueo
inicial se convirtió en una verdadera pueblada, despertando, por otro lado, la solida-
ridad del resto de la población jujeña. Así, en pocos días, todo el territorio provincial
se vio involucrado en el conflicto de Libertador General San Martín.
En efecto, al corte en esa localidad se sumó un paro de 24 horas con movilización
en la propia capital, convocado por el Frente de Gremios Estatales (fge) –organi-
zación conformada a comienzos de 1988 que nucleaba a varios sindicatos de em-
pleados estatales– y por la Multisectorial de Jujuy –agrupamiento constituido por
representantes de los gremios estatales, partidos políticos, centros vecinales, cámaras
empresarias y colegios profesionales–, para las 10:00 de la mañana del 22 de mayo.39
Además, en Abra Pampa, localidad ubicada al norte de la provincia, ese mismo día los
y las desocupadas cortaron la ruta; en tanto, un grupo de desempleadas/os liderados
por el ex trabajador ferroviario Eduardo Quiroz y la ex trabajadora Rosa Vacaflor, a
quienes se sumaron diferentes organizaciones gremiales, centros de desocupados de
otros ingenios y el colegio de abogados, tomó la misma medida en San Pedro, ciudad
a 70 km de la capital jujeña.

36 Entrevista de la autora a Carolina, Jujuy, 26 de octubre de 2004.


37 El Tribuno de Jujuy, 21 de mayo de 1997.
38 Entrevista de la autora a Carolina, Jujuy, 26 de octubre de 2004.
39 El Pregón y El Tribuno, 22 de mayo de 1997.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  201

El 24 de mayo, cuatro días después de iniciado el corte en Liberador General San


Martín, ex trabajadores de Altos Hornos Zapla, empresa siderúrgica estatal también
privatizada por el gobierno menemista, bloquearon la ruta provincial Nº 66 en Pal-
palá. El 26 de mayo se ampliaron los cortes a Perico, principal ciudad del área taba-
calera, y al barrio Alto Comedero, en la ciudad capital. Al día siguiente se realizaron
cortes en La Mendieta, en Tilcara y en La Quiaca –en el límite norte de la provincia–.
Para el 28 de mayo, los cortes se generalizaron abarcando prácticamente todas las
rutas de Jujuy.
Por otro lado, quienes protagonizaron estas protestas, además de expresar su so-
lidaridad con los habitantes de Libertador General San Martín, portaban sus propias
reivindicaciones. Por ejemplo, en el caso de San Pedro, entre las demandas figuraba
la creación de cuatro mil fuentes de trabajo, subsidios para cada uno de los siete mil
desocupados de la localidad, retiro de las tropas de gendarmería, implementación de
planes de obras públicas, participación activa de la Iglesia, de las personas desocu-
padas, entidades intermedias y partidos políticos en la resolución de los conflictos.
En La Quebrada de Humahuaca y La Puna, se reclamaba la creación de puestos de
trabajo para las personas desocupadas y la implementación de programas sociales
de emergencia.
Por tanto, los aproximadamente 20 bloqueos de rutas provinciales que se habían
desatado una semana después de iniciado el conflicto en Libertador General San Mar-
tín evidenciaban que éste había dado cauce a un descontento generalizado en el que,
por otro lado, no faltaron cuestionamientos al mal desempeño del Poder Ejecuti-
vo provincial frente a tal protesta por parte de legisladores provinciales integrantes
de bloques políticos no oficialistas y miembros de la Iglesia local, como el obispo de
Jujuy, Marcelo Palentini. Tal situación obligó al gobierno provincial a atemperar el
uso de la fuerza y a abrir canales de diálogo con quienes protagonizaban el corte de
Libertador General San Martín. Para ello, debió sortear una serie de dificultades,
entre las que se encontraba la manera de conducir la negociación con una novedosa
organización cuya formación y liderazgo habían recaído en Alicia, esa mujer que ya
había dado sobradas muestras de su capacidad de presentar batalla y de no dejarse
convencer con promesas de beneficios individuales, tal como había quedado patenta-
do el día en que la llevaron con los ojos vendados al ingenio Ledesma.

Mujeres que modelan con mano propia: “si no cumplen, volvemos a cortar”

Con estas palabras, Cristina, una mujer desocupada que vive en el barrio San Loren-
zo, de Libertador General San Martín, se expresaba en la asamblea del 31 de mayo en
la que se determinó el levantamiento del corte de rutas en la localidad.40 Ninguno de

40 Entrevista de la autora a Cristina, Jujuy, 25 de octubre de 2004.


202  •  Andrea Andújar

los allí presentes se extrañó de que esa mujer bajita y menuda alzara la voz y lanzara
la advertencia. Tampoco la tomaron en broma porque, a esas alturas, ya habían que-
dado en claro los alcances que tenían las acciones de las mujeres y la contundencia
de sus palabras.
Durante el tiempo que permanecieron en la ruta, ellas pusieron en práctica una
serie de actividades que coadyuvaron a sostener el conflicto y que estuvieron vincu-
ladas, por un lado, con las tareas que solían desempeñar en el espacio doméstico. Así,
fueron ellas las principales responsables de recolectar los alimentos donados por las
familias y los pequeños comercios de la zona, y de prepararlos para dar de comer a
quienes se encontraban bloqueando los caminos. También estuvieron en primera línea
durante las recurrentes contiendas con las fuerzas represivas, juntando piedras, aceite
hirviendo y agua para arrojarlos contra los gendarmes, o acudiendo a rescatar a los
niños y niñas y a los ancianos y ancianas alcanzados por los gases lacrimógenos y las
balas de goma cuando la represión sobrepasó las rutas para internarse en los barrios.
Pero, por otra parte, la propia dinámica de esta modalidad de protesta les permitió
potenciar sus posibilidades de tomar la palabra públicamente, expresar sus ideas y
proponer líneas de acción colectiva. En efecto, las constantes reuniones asamblea-
rias, las prácticas de una democracia ligada más a la intervención directa que a la
representatividad –ya que todas las decisiones se tomaban en asambleas donde par-
ticipaban todas/os las/os que estaban en el corte–, el contacto permanente entre ellas
y con los varones, nacido en la convivencia durante la estancia en la ruta, generó un
marco de confianza y una cotidianeidad en el trato y en la creación de lazos colecti-
vos que animaron a las mujeres a hablar, formular y debatir las medidas que debían
a asumir. Entre ellas, una de las más importantes fue la conformación de una nueva
organización cuyos referentes serían un joven y dos mujeres: Pablo, Nancy y Alicia,
cuya experiencia de organización y liderazgo se había evidenciado durante la toma
de terrenos del ingenio azucarero.
Según relatara esta última, en una de las múltiples asambleas que se realizaron
durante los días de la represión escuchó a un muchacho que, arriba de una de las
improvisadas gradas, hablaba por el micrófono

diciendo que nos teníamos que organizar para conseguir lo que queríamos. Y nos mira-
ba a las mujeres y preguntaba ‘¿qué piensan las mujeres del valle? ¿Qué van a hacer
para que les den subsidios, para que les den trabajo?’ Y después lo vi luchar contra la
gendarmería. Y entonces le digo a mi compañera Nancy […] que él hablaba bien, que
debe tener estudio. Entonces les empiezo a decir que hay que apoyarlo. Y así hicimos la
Comisión de Desocupados 22 de Mayo. Pablo [el joven a quien se refiere aquí Alicia]
fue nombrado presidente y detrás de él estaba la Nancy y después estaba yo.41

41 Entrevista de la autora a Alicia, Jujuy, 24 de octubre de 2004.


Luchas y resistencias en clave femenina…  •  203

La Comisión de Desocupados 22 de Mayo, cuyo nombre aludía a la fecha en la que la


represión había sido más feroz, estaba constituida por mujeres desocupadas y varones
jóvenes, entre los que se contaban desocupados y ocupados, algunos de los cuales
tenían militancia política en partidos de izquierda.
Básicamente, lo que los/as llevó a conformarla fue la desconfianza que les desper-
taba el Centro de Desempleados y Desocupados de Libertador General San Martín,
organización en cuyo seno se había tomado la decisión de iniciar el corte de rutas. En
particular, el resquemor tenía por destinatario a su dirigente, Juan, un desempleado
que era catalogado como “un tipo que siempre buscaba apoyarse en el político fulano
o en otro, el intendente, y así las cosas ya no eran lo mismo”, según relataba Alicia.42
Para ella, la adscripción a un partido político no era necesariamente un motivo de des-
unión o de exclusión de la organización. De hecho, Pablo era un militante reconocido
de un partido trotskista y Carolina, amiga y compañera de Alicia, también se identi-
ficaba con otra organización política, aunque no de izquierda. El recelo se originaba
en la presunción de que Juan, al apoyarse en “el político fulano o en otro”, hiciera
posible un tipo de negociación que dejara afuera a la mayoría de las personas partíci-
pes del conflicto y diera lugar, con ello, a una suerte de cooptación que condujera a la
traición de las demandas colectivas. Para personas como Alicia, tal aprensión no era
infundada: ella misma había sido objeto de intentos de esa naturaleza por parte de los
dueños del ingenio Ledesma durante la ocupación de tierras del año 1990.
Muy diferente era su evaluación sobre Pablo. El había asumido actitudes durante
el corte de rutas que lo hicieron acreedor del respeto y la confianza de Alicia. Como
se observa en su testimonio, el joven no sólo había hecho frente a la represión de la
gendarmería, poniendo en evidencia con ello su compromiso con la protesta, sino
también había interpelado directamente a las mujeres cuando tomó la palabra en la
asamblea del piquete. Ello implicaba el reconocimiento del protagonismo femenino
en esa acción colectiva y la consecuente intención de fortalecer los lazos con esas
mujeres y colaborar con su propia organización. Si esas acciones habían despertado
las simpatías de Alicia, el hecho de que Pablo “hablaba bien” fue otra característica
que terminó por decidirla a secundar el liderazgo del joven. Además, ella suponía que
él se expresaba con claridad porque “[debía] tener estudio”. Contar con esos saberes
podía ser de suma utilidad para convertirlo en el portavoz de las y los piqueteros en
caso de que se iniciara el diálogo con funcionarios gubernamentales; sin embargo,
ello no implicaba otorgarle carta franca pues, como dijo Alicia, “detrás de él estaba
la Nancy y después yo”.
La oportunidad para templar los lazos de confianza entre Pablo y esas mujeres se
presentaría rápidamente, en el marco de las disputas existentes entre la Comisión de
Desocupados 22 de Mayo y el Centro de Desempleados y Desocupados de Liberta-
dor General San Martín, las cuales se hicieron notorias en dos debates colectivos. El

42 Idem.
204  •  Andrea Andújar

primero tenía que ver con cuáles serían los puntos de la negociación con el gobierno
provincial y hasta dónde se cedería, a fin de llegar a un acuerdo con él. El segundo
tema era determinar en qué lugar se llevaría a cabo tal negociación. Las preferencias
del poder político jujeño se volcaban por circunscribir la convocatoria al diálogo a
los representantes del Centro de Desempleados y Desocupados de Libertador General
San Martín y a llevarlo a cabo en un terreno menos conflictivo. Fue así como estos
últimos fueron invitados a asistir a una reunión en la capital provincial, San Salvador
de Jujuy.43
La Comisión de Desocupados 22 de Mayo se opuso a la realización de ese viaje
argumentando que los “sacarían del centro del conflicto”.44 No obstante, el Centro de
Desempleados fue imponiendo su posición, conforme avanzaba el desgaste, luego
de tantos días de bloqueo de las rutas, y aumentaba, asimismo, la presión de la Iglesia
para que las partes arribaran a un acuerdo.
La mediación eclesiástica fue sumamente fructífera para concretar el encuentro
entre el gobierno y quienes estaban en los cortes de ruta. El 30 de mayo, luego de 11
días de conflicto, se produjo una reunión clave en el salón parroquial de la catedral
de San Salvador de Jujuy entre el gobernador y los representantes piqueteros de Li-
bertador General San Martín y del resto del territorio jujeño que se había sumado a la
acción colectiva de protesta. Para facilitar la instancia de negociación, estos últimos
habían constituido la Comisión Coordinadora de Desocupados y Piqueteros integra-
da por tres delegados de cada corte de ruta, que de allí en más representaría a “todo
desocupado existente [quedando facultada para] reclamar y peticionar en todas las
negociaciones que se realicen a futuro”, manejar subsidios, puestos de trabajo, etc.,
conjuntamente con la iglesia representada por “el padre Jesús Olmedo, monseñor
Palentini, el padre Germán Maccagno, la pastoral de la Prelatura de Humahuaca y la
Diócesis de Jujuy”.45
Según narraron algunas/os protagonistas del corte en Libertador General San
Martín, el cura local terció para que entre los tres representantes de esta ciudad que
partirían a San Salvador de Jujuy no hubiera ninguno perteneciente a la Comisión
de Desocupados 22 de Mayo. Sin embargo, Pablo logró integrarse en el grupo, acor-
dando con Alicia y Nancy que ellas se quedaran en la localidad al frente del corte y
a la espera de lo que sucediera durante el encuentro con los funcionarios guberna-
mentales.
En la reunión, la presencia del obispo Marcelo Palentini y otros sacerdotes fue
esencial para otorgar credibilidad a las promesas del gobierno y poner fin al conflicto,
aunque los propios miembros de la iglesia declararan que estaban allí en calidad de
testigos y no como garantía o aval de las propuestas gubernamentales.46

43 El Tribuno, 27 de mayo de 1997.


44 Entrevista de la autora a Pablo, Jujuy, 21 de octubre de 2004.
45 El Pregón, 30 de mayo de 1997.
46 El Pregón, 30 de mayo de 1997.
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  205

Así, el 31 de mayo se firmó el acta-acuerdo, estipulándose el levantamiento de los


cortes una vez que su contenido fuera refrendado en cada piquete. Entre los 19 puntos
que constituyeron dicho pacto estaban la creación de 12 mil 560 puestos de trabajo
–comenzando a efectuarse los primeros dos mil en los 15 días subsiguientes, y los
restantes en los próximos meses–; libertad inmediata de los detenidos en la represión
de Libertador General San Martín –conjuntamente con la garantía de no persecu-
ción de ninguna persona que hubiera participado en los piquetes– e indemnización
para las víctimas de la represión, así como la construcción de escuelas en las zonas
más necesitadas.47 Por su parte, la Comisión Coordinadora de Desocupados y Pique-
teros, junto con la iglesia, se encargaría del seguimiento y control de la ejecución de
los puntos acordados en el acta.
A su regreso, Pablo informó ante una asamblea las promesas realizadas por el go-
bierno provincial. Luego de intercambiar opiniones y debatir el camino a seguir, los
y las pobladoras de Libertador General San Martín, en consonancia con lo sucedido
en los cortes restantes, decidieron levantar los piquetes.
Empero, muchos/as de ellos/as no estaban dispuestos/as a conferir a la reciente-
mente formada Comisión Coordinadora de Desocupados y Piqueteros ni a la iglesia el
papel de fiscalizar el cumplimiento de lo pactado. La capacidad de autodeterminación
puesta en práctica durante el inicio y desarrollo del conflicto no cedería fácilmente
ante la emergencia de una forma de organización, la Comisión Coordinadora, cuyas
decisiones se basaban exclusivamente en mecanismos de delegación representativa
sobre el conjunto de las y los piqueteros. Tampoco se dejaría esta función en manos
de la iglesia, pese a su peso en la mesa de concertación; no al menos en Libertador
General San Martín, donde el cura local había intentado impedir que algún repre-
sentante de la Comisión de Desocupados 22 de Mayo asistiera a las reuniones con el
gobernador en la capital jujeña. Fue así como Alicia, Nancy, Pablo y varias personas
más decidieron mantenerse a la vera de la ruta en los meses subsiguientes.

Reflexiones finales

“Si no cumplen, volvemos a cortar” no fue simplemente una amenaza lanzada por
una de las desocupadas que cortó la ruta en Libertador General San Martín. En boca
de esas mujeres que desafiaron el poder de los Blaquier, que salieron a confrontar al
gobierno para resistir las consecuencias del modelo neoliberal, que se enfrentaron
con la gendarmería, la frase implicaba mucho más. Significaba la condensación de
una experiencia que las había constituido como “las piqueteras”, un nuevo sujeto
devenido de la lucha y de la resistencia.

47 El Pregón y El Tribuno, 31 de mayo de 1997.


206  •  Andrea Andújar

De hecho, algunos meses más tarde, el 4 de agosto de 1997, un elevado número


de desocupadas/os nuevamente, en los actos, daría cuenta del alcance de los dichos de
esta mujer, al cortar otra vez la ruta para exigir el cumplimiento de lo pactado en
mayo. En esa ocasión, el bloqueo también fue ferozmente reprimido y varias de las
personas que habían dinamizado la protesta fueron detenidas. Entre ellas se encontra-
ba Alicia. Y entre quienes bregaron por su liberación estaba Olga Márquez de Arédez,
la mujer que desde la desaparición de su marido rondaba la plaza cada semana con
un pañuelo blanco en su cabeza. Una y otra contaban con diferentes trayectorias
individuales y experiencias políticas previas, pero fue en estos conflictos donde esas
diversidades se conjugaron, fortaleciendo las posibilidades de lucha colectiva ante
los embates del sistema capitalista y la ferocidad que pueden ejercer los sectores
dominantes para imponer sus políticas.
Alicia, Olga, Cristina, Carolina y las restantes mujeres que cortaron las rutas juje-
ñas no llegaron hasta allí sin razón y de la nada. Algunas lo hicieron exigiendo los
derechos emanados de la obligación de reproducir y cuidar del hogar y, con él, de la
comunidad. Otras, con demandas laborales. Unas contaban con saberes originados
en otros tiempos y en otras luchas, poniéndolos en juego para organizar esa protesta,
garantizar su subsistencia y decidir de qué manera iba a terminar. Otras aprendieron
en esos bloqueos. Todas agrietaron las opresiones emanadas de las desigualdades de
clase y de género, politizando sus lazos familiares y disponiendo sus cuerpos en las
calles y en las rutas, lugares sociales políticamente reticentes a las presencias feme-
ninas.
De esa forma, ellas, con heterogéneas pertenencias sociales y disímiles participa-
ciones y adscripciones políticas, colaboraron en la gestación de nuevas identidades
que se fueron delineando en esas protestas. Tales identidades transformaron el ser
desocupado/a a estar desocupado/a y ser piquetero/a. En esa dirección, autodeno-
minarse piquetero/a comenzó a remitir a una noción de resistencia ante el orden vi-
gente, cuestionando la degradación a la que eran sometidas miles de personas. De
allí, entonces, si el concepto de desocupado/a implica estar fuera de las relaciones de
producción pero también que no se es nada fuera de ellas, el concepto de piquetero/a
reenvía al reconocimiento de que por fuera de ellas se puede tornar la resignación, la
angustia o la desesperación individual en capacidad beligerante colectiva porque se
sigue siendo. En ese marco, las mujeres pudieron ganar visibilidad propia y hacerse
oír, utilizando a su favor, en la acción pública, los resortes que las subsumían a la
esfera de la domesticidad.
Pero esa experiencia de lucha también pesó cuando el corte llegó a su fin pues ellas
ya no eran las mismas que habían franqueado las puertas del hogar en dirección a las
rutas. Distintivamente, los días que transcurrieron en los piquetes motivaron para
muchas cambios que redundaron en diversas cuestiones. Así, además de participar en
cortes de ruta que tuvieron lugar posteriormente –como el ya referido de agosto de
1997 o en solidaridad con los protagonizados por las y los trabajadores del ingenio
La Esperanza en octubre y noviembre de 1999 en San Pedro–, algunas se sumaron
Luchas y resistencias en clave femenina…  •  207

a diversas organizaciones como la Corriente Clasista y Combativa (ccc), espacio


político que hacia 1999 comenzó a tener una importante incidencia entre los y las
desocupadas de Libertador General San Martín.48 Pero también desplegaron inicia-
tivas relativas a cuestionar las subordinaciones de género y revertir las situaciones
de opresión. Así, muchas de las mujeres que se volvieron referentes importantes de
sus comunidades y de sus barrios a partir de estas confrontaciones estimularon la
organización de talleres de discusión y reflexión sobre la violencia familiar o la salud
sexual y reproductiva, o comenzaron a participar de los Encuentros Nacionales de
Mujeres, que se realizan anualmente desde 1986 en diversas ciudades de Argentina
congregando a miles de mujeres dispuestas a intercambiar sus experiencias de vida y
a debatir problemáticas tales como la legalización y despenalización del aborto, las
condiciones laborales femeninas, la trata de personas, etcétera.
En síntesis, cuando las mujeres abandonaron sus casas en dirección a las rutas,
motivadas por la defensa de su comunidad, por sus derechos laborales o sus convic-
ciones políticas, desafiaron la continuidad del modelo neoliberal creando fisuras en
las ya de por sí delgadas paredes que separan lo público de lo privado, lo político de
lo personal. Más aún, al defender los intereses de su género y de su clase, resignifica-
ron con su propia acción el espacio en el que irrumpieron transgrediendo los límites
impuestos a su participación política y poniendo en cuestión la legitimidad de una
democracia que hizo de la exclusión social su piedra angular y de la penalización de
la protesta, su soporte.
Este trabajo pretendió dar cuenta de esas historias, guiado no sólo por la aspira-
ción de recuperar las experiencias femeninas en el relato histórico, sino también por
la convicción de que sin ellas éste pierde inteligibilidad al no develar los múltiples
sujetos, agenciamientos y relaciones que se anudan en los procesos de lucha y la
resistencia.

Referencias

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lio Tadei (comps.), Resistencias mundiales. De Seattle a Porto Alegre. Buenos
Aires, Clacso, 2001.

48 La ccc es una organización vinculada al Partido Comunista Revolucionario, de tendencia maoís-

ta, cuyo origen a nivel nacional data de 1994. En su seno nucleaba originariamente a trabajadores/as y,
fundamentalmente, a personas desocupadas. Uno de sus líderes más reconocidos, impulsor cardinal de la
creación de esta organización, fue Carlos “Perro” Santillán, quien para ese entonces era secretario general
del Sindicato de Empleados Municipales de la provincia de Jujuy y uno de los referentes más destacados del
gremialismo opositor de las políticas menemistas.
208  •  Andrea Andújar

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Las preferencias de la mujer mexicana…  •  211

LAS PREFERENCIAS DE LA MUJER MEXICANA:


DE LO NACIONAL A LO EXTRANJERO

Felicity Amaya Schaeffer*

De los hombres mexicanos […]


a ellos no les gusta que la mujer se supere.

Jessica, en el documental Cowboy del Amor (2006)

Resumen

En este artículo analizo entrevistas con mujeres de Guadalajara, México, quienes han partici-
pado en las compañías que ofrecen ofertas de matrimonio internacional por medio de internet
o cybermarriage. Estas mujeres aspiran a encontrar partidos de Estados Unidos por medio de las
agencias como la “Vacation Romance Tours” y por e-mail. En contraste con los medios de
comunicación y algunos medios académicos que presentan esta industria como instrumento
para explotar a las mujeres o como parte del tráfico de mujeres, algunas latinas de clase media
utilizan recursos que facilitan los procesos globales, como el internet y el turismo para ima-
ginar y alcanzar una vida a la que no tienen acceso en México. El espacio de lo extranjero les
promete mejores prospectos para el autodesarrollo y crecimiento por medio de un matrimonio
más solidario y equitativo, porque piensan que éste implica oportunidades para viajar, una
mejor educación y, en ocasiones, conveniencias profesionales. Al mismo tiempo, estos
imaginarios virtuales de conseguir mejores relaciones y vida son contradictorios, porque están

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
212  •  Felicity Amaya Schaeffer

sometidos a las realidades complejas de las variables de condiciones de vida de los hombres
reales con quienes pueden relacionarse.

Palabras clave: amor por internet, imaginarios virtuales, malinchismo, mujeres latinas, ma-
chismo.

Abstract

In this article, I analyze interviews with women from Guadalajara, Mexico who participate in
International Internet marriage industries (Cybermarriage) to meet U.S. men at agencies, tours,
and through on-line communication. In contrast to scholars and media accounts depicting In-
ternational marriage industries as exploitative of poor women, or as part of the trafficking of
women trade, I locate a growing trend of cosmopolitan middle class women who use global
processes, such as the Internet and tourism circuits, to imagine and attain more stable and li-
berating lifestyles, equitable gender relations, and more opportunities than found in their local
environments. While flexibility and mobility may be accelerated under current global flows,
I analyze the uneven and even contradictory ways this “global imagination” plays out in the
desires of women from Mexico.

Key words: cybermarriage, global imagination, malinchismo, latinas, machismo.

Introducción

Mientras iba camino al prestigiado Hotel Presidente, en donde entrevistaría a hom-


bres y mujeres en el Encuentro Internacional de Solteros –también conocido como
Vacation Romance Tour–, el autobús dio vuelta en Plaza del Sol, una de las zonas
turísticas más adineradas y bien cuidadas de Guadalajara, México. Conforme las mu-
jeres empezaban a llegar, era bastante obvio que éstas no personificaban a la típica
“novia por correspondencia” que, por su pobreza y desesperación, busca casarse con
un hombre estadounidense. Al contrario, la mayoría eran mujeres de buena educa-
ción, profesionistas, provenientes de una pequeña y pujante clase media mexicana.
Eran seguras, entendidas y cosmopolitas en su familiaridad con la cultura norteame-
ricana adquirida a través del cine, la televisión, el internet, el contacto con turistas y
los relatos de sus familiares que viven en Estados Unidos, así como de sus viajes al
extranjero. El dueño de GlobalLatinas me permitió asistir al viaje de investigación,
pues mi identidad y diversidad cultural me colocaban lejos del tipo “feminista”, como
eran las periodistas blancas de Estados Unidos que, después de asistir al tour, hacían
un reportaje mordaz sobre su negocio “explotador”. Para empezar, yo hablaba espa-
ñol y era mitad mexicana, puesto que descendía de una unión anglo-mexicana.
Muchas de las mujeres que entrevisté optaban por hombres y estilos de vida ex-
tranjeros como una vía de escape al sistema de valores “tradicional” de sus familias,
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  213

al gobierno corrupto e inestable y a las limitantes definiciones de género, sexualidad


y femineidad. Como bien indica el epígrafe de este capítulo, muchas mexicanas y co-
lombianas, incluyendo a Jessica, describen a los hombres latinos y, más ampliamente,
a la situación económica, social y política en sus países como un impedimento para
su crecimiento económico y personal.
Al expresar su esperanza por dejar lo que algunas consideran “opresivo” de los
hombres mexicanos (y de México) en un viaje aparentemente más abierto y liberador
con hombres extranjeros (y estadounidenses), ellas demuestran cuán poderoso puede
ser en su imaginario dicho cambio: de la ciudadanía nacional a la internacional. El
espacio de lo extranjero promete mejores prospectos para el autodesarrollo y creci-
miento por medio de un matrimonio más solidario y equitativo que implica oportuni-
dades para viajar, una mejor educación y, en ocasiones, conveniencias profesionales.1
El crecimiento de esta industria y la inclinación de algunas mujeres por lo extranjero
también nos indican que la lucha por los derechos de género no se gesta a través de
los cambios sociales que demandan las académicas y activistas latinoamericanas del
feminismo, sino en el entorno inmediato.2 Sin embargo, las relaciones con extranjeros
no siempre desvinculan a las mujeres de su asociación con las “tradiciones” mexica-
nas y los roles de género.
Conscientes de las diferencias culturales y nacionales entre ellas y las estadouni-
denses, las mujeres mexicanas acentúan su naturaleza femenina y amorosa en páginas
que promueven el perfil matrimonial. Estas virtudes se traducen en una cualidad que
vende, ya que los hombres estadounidenses perciben a las mujeres de su país como
frías, materialistas y egoístas. Aunque muchas mujeres sienten que la maternidad
tradicional es una condición que limita sus opciones –algo que se da por sentado en
México–, en el contexto de Estados Unidos este papel se estima y compensa amplia-
mente. Las mujeres mexicanas aprecian el hecho de que los hombres estadounidenses
las valoren, especialmente cuando ellas enfrentan el rechazo colectivo de su valía a
los ojos de los hombres locales y de los mercados laborales, de la misma manera en
que el Estado devalúa la moneda local y los salarios para mantener una ventaja
en el mercado global. No sólo los hombres latinos y las instituciones estatales, que
respaldan el poderío masculino, evaden su responsabilidad hacia las mujeres, sino
que también muchas de ellas sufren, efectiva o potencialmente, la violencia de género
día a día.

1 Vid. Karen Kelsky, Women on the Verge: Japanese Women, Western Dreams, 2001.
2 Desde los noventa, las feministas mexicanas y latinoamericanas lograron un gran avance al conseguir
una mayor igualdad de género en los círculos legales que se basan en la desigualdad entre hombres y mu-
jeres y en códigos matrimoniales patriarcales. Para más información sobre la confluencia de ley y género,
vid. Helga Baitenmann, Victoria Chenaut y Ann Varley, Decoding Gender: Law and Practice in Contempo-
rary Mexico, 2007; Lorena Fries y Verónica Matus, El derecho: trama y conjura patriarcal, 1999; Marcela
Lagarde y de los Ríos, Para mis socias de la vida: claves feministas para el poderío y la autonomía de las
mujeres, los liderazgos entrañables y las negociaciones en el amor, 2005.
214  •  Felicity Amaya Schaeffer

A pesar de las consecuencias materiales de estas cambiantes estructuras de valores,


la elección de la mujer por lo extranjero con el fin de aumentar su valoración, también
contribuye tanto al pulimiento de su forma de hablar como de sus movimientos y
aspiraciones dentro de los parámetros del mercado neoliberal.
En concordancia con la apertura del Estado mexicano a lo extranjero para mejo-
rar la economía, también algunas mujeres ponen sus esperanzas en lo foráneo para
lograr un desarrollo económico y personal.3 No es ninguna coincidencia que quienes
buscan un romance y, potencialmente, un esposo estadounidense trabajen en el sector
profesional o en corporaciones multinacionales y en la industria turística, percibiendo
ingresos más altos de lo que ofrecen los empleos locales. Además, el alcance global
del internet, al introducir constantemente nuevas personas, ideas y fantasías en los
círculos íntimos de la vida de hombres y mujeres, lo convierte en un medio crucial
para intentar y, en ocasiones, incluso cristalizar fantasías personales.
Justo antes de emprender mi viaje a Guadalajara, compré en la página web de Glo-
balLatinas un paquete completo de correspondencia y cuentas de correo de algunas
mujeres. Usé un nombre masculino para adquirir una revista totalmente a color que
incluía fotos de las 654 mujeres suscritas, una breve descripción de sus intereses, que in-
cluía el tipo de hombre que buscaban, y sus medidas corporales. Al recibir la revista
y hojear esas páginas con imágenes femeninas, era difícil no percibir lo que los hom-
bres pudieran sentir como aquel consumidor que busca obtener la mejor adquisición.
Aparte de establecer contacto con algunas mujeres vía e-mail, entrevisté a algunas
parejas y documenté la información de los participantes en dos organizaciones nup-
ciales que ofrecen sus servicios en línea.
Mexican Wives, una pequeña agencia que pertenece a un estadounidense entrado
en los cuarenta, estaba discretamente instalada en una de las zonas más opulentas de
Guadalajara.4 Con oficinas centrales en Houston, Texas, GlobalLatinas organizaba
viajes a México dos o tres veces al año, normalmente.5 Estas compañías atraen a

3 Giddens especula sobre la transición a la vida moderna a través de lo siguiente: primero, del deslin-

damiento de la experiencia de lo tangible, especialmente porque los medios de comunicación masivos


estimulan las relaciones sociales sin contacto directo; segundo, del predominio de un sistema de expertos
(psicólogos, médicos, trabajadores sociales) y tercero, de la presencia de lo reflejo y la naturaleza (cf.
Anthony Giddens, The Consequences of Modernity, 1990).
4 El propietario americano prescindió de su socio mexicano (de quien decía que apenas si iba por ahí),

causando más preocupación sobre su legitimidad para operar el negocio en Guadalajara, por ser extranjero.
De hecho, aunque Mexican Wives era una agencia de presentaciones legítima, se clausuró recientemente
porque, al parecer, debía impuestos. Sin embargo, los medios de comunicación de Guadalajara difundieron
una versión distinta sobre la clausura de esta compañía: durante una semana, los medios de comunicación
reportaron erróneamente que la agencia estaba envuelta en la trata de blancas de México a Rusia, con la
intención de manchar su reputación y evitar que las mujeres se suscribieran a otras agencias afiliadas en
Guadalajara. Esta empresa reanudó sus labores con una razón social nueva.
5 Poco a poco, la compañía redujo sus viajes a México a uno por año, pues los viajes a Colombia eran

mucho más atractivos y lucrativos.


Las preferencias de la mujer mexicana…  •  215

cientos de mujeres por medio de anuncios en la radio, en la contraportada de la revista


Cosmopolitan y por recomendaciones verbales.6 A cambio de publicar sus fotos y
perfiles en la página web de GlobalLatinas, las mujeres pueden asistir gratuitamente
al Vacation Romance Tour, mientras que los hombres pagan de 500 a 1,200 dólares,
sin incluir transporte, hospedaje y otros gastos adicionales.7
Dediqué varias semanas a entrevistar parejas en Mexican Wives; con frecuencia,
llegaba temprano para así pasar unas horas extra compilando información de las pági-
nas de perfil de 307 mujeres en carpetas de la agencia, apiladas según la edad de éstas
(para facilitarles la tarea a los hombres, pues éstos eligen parejas prospecto durante
su estancia en las oficinas). Las mujeres fluctuaban entre los 18 y los 55 años de
edad, y casi la mitad contaba con estudios universitarios (49%). Eran profesionistas,
la mayoría trabajaba en empresas, pero también había médicas, contadoras, maestras,
propietarias de negocios, secretarias, banqueras, modelos y cosmetólogas. De estas 307
mujeres, 31% indicó su estatus como divorciada y sólo 4% afirmó ser ama de casa
–una cifra pequeña, ya que más de 50% tenía al menos un hijo–. En sus páginas de
perfil, la mayoría aseveró ser católica, cristiana o que creía en Dios. Sólo 5% declaró
que no tenía religión. Algunas iban a los tours por curiosidad, para practicar su inglés
o por disfrutar de una velada en la ciudad con un extranjero. La mayoría esperaba
tener suerte, encontrar el amor verdadero y, eventualmente, un esposo.
La mayoría de las mujeres que entrevisté provenía de una pequeña pero privilegia-
da clase media o media alta. En México, el estatus “clase media” denota más que sólo
el nivel económico de la persona. Otros factores que distinguen la clase son: apellido,
educación de nivel superior, competencia en el inglés, tener auto o casa propia, zona
de residencia, acceso a educación privada, ser de tez blanca y mostrar deseos de su-
peración. La adquisición de una visa de turista también habla del estatus, así como los
agentes (legítimos) de este documento viajan por la frontera entre México y Estados
Unidos. En las páginas de perfil descubrí que menos de la mitad de las mujeres sus-
critas a la agencia tenía visa; mientras que la otra quinta parte que no tenía una visa
vigente ya había contado con una anteriormente.8

6 Es difícil especificar cuántas mujeres están suscritas a este tipo de agencias, pues algunas pertenecen

a más de una y las cifras cambian constantemente. Mexican Wives tiene en todas partes de 200 a 500 parti-
cipantes, aunque el número de miembros activos es mucho menor. Asimismo, hay más de 300 compañías
en internet que promueven mujeres de Asia, Rusia, el Caribe y Latinoamérica.
7 Algunas agencias decidieron cobrarle a las mujeres para asegurarse de su seriedad respecto a los

prospectos de matrimonio.
8 En México es más probable que las personas de clase media y media alta adquieran una visa, pues

pueden probar su intención de regresar a su país mediante un empleo estable, cuentas bancarias y la pro-
piedad de autos o inmuebles. Pero las mujeres que no emigran legalmente para estudiar o trabajar deben
obtener una visa de novia. Las agencias que prestan servicios de búsqueda de parejas proveen información
detallada en sus sitios web o en la agencia misma y, en ocasiones, venden un “kit de inmigración” con toda
la información y trámites relacionados.
216  •  Felicity Amaya Schaeffer

Existen muchas razones por las que las mujeres mexicanas desean casarse con
hombres estadounidenses, aunque a veces ese deseo choca con el tipo de hombres que
las agencias atraen. Desde los veinte años en adelante, las mujeres esperan escapar del
estigma de ser “solteronas” en la sociedad mexicana, la cual generalmente asume que
sus mejores días ya pasaron. Así como el matrimonio simboliza cualidades positivas
tales como felicidad, oportunidad y avance, la soltería está estigmatizada justo por lo
opuesto: falta de desarrollo, soledad, estancamiento y fracaso.9 Las páginas web les
dicen a los hombres que pueden aspirar a salir y/o casarse con mujeres hasta veinte o
treinta años más jóvenes que ellos, acentuando así el mercado de las jóvenes. Cuando
pregunté a las participantes cuál era el tipo de hombre que les parecía atractivo del
tour, muchas coincidieron en que la edad y el físico eran menos relevantes que su
respetabilidad y las atenciones que éstos tenían hacia ellas.

Cambios sociales en los roles de género y clase:


Guadalajara en la economía global

Conforme las mujeres mexicanas de clase media ingresan al mercado laboral y ganan
su propio dinero, cada vez son más las que cuestionan la utilidad de los papeles tra-
dicionales de género en México que colocan a los hombres como cabeza de familia.
Durante el siglo xx, en Guadalajara se dieron varios cambios, incluyendo el rápido
influjo de personas de áreas rurales a urbanas, la industrialización, la expansión glo-
bal del comercio y de servicios, el incremento en las comunicaciones masivas y la
expansión del protestantismo.
A medida que esta ciudad evolucionaba de una economía rural a una urbana, las
mujeres accedían a mejores empleos, educación y servicios de salud.10 La crisis del
peso en los ochenta afectó especialmente a las mujeres solteras y de clase media,
pues esta expandida crisis económica dio origen a la pérdida de empleos y a que mu-
chos hombres emigraran a Estados Unidos, generando así tanto oportunidades como
responsabilidades para las mujeres que dejaron atrás.11 Cuando esta independencia
recién descubierta se conjuntó con niveles más altos de educación, las mujeres em-
pezaron a demandar roles de género más equitativos; esperaron más antes de casarse,
aumentaron las estadísticas de divorcio y el aumento en el uso de anticonceptivos
resultó en una disminución del número de hijos que éstas tenían.12

9 Cf. Tania Rodríguez Salazar, Las razones del matrimonio. Representaciones, relatos de vida y socie-

dad, p. 147.
10 Cf. Orlandina de Oliveira, Mujeres y crisis. Respuestas ante la recesión, 1990.
11 El trabajo femenil ya no era un estado temporal o una rareza, sino que estaba incorporado a la vida de

las mujeres como un rito de paso a través del cual las mujeres podían escapar de la soledad en el hogar (vid.
Pierrette Hondagneu-Sotelo, Gendered Transitions: Mexican Experiences of Immigration, p. 13).
12 LeVine afirma que la estadística de fertilidad nacional disminuyó durante los años setenta y ochenta.

El promedio de hijos que las mujeres mexicanas tenían disminuyó de 6.7 en 1970 a 3.46 en 1989, según
información de la unicef en 1991 (Sarah LeVine, Dolor y alegría: Women and Social Change in Mexico,
p. 197).
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  217

La crisis del peso también sacudió la fe de la nación y de la comunidad interna-


cional en un cuerpo gubernamental moral y estable en México. En 1987, el salario
mínimo en las áreas urbanas disminuyó al 58% en relación con el de 1980, mientras
que el costo de alimentos y servicios siguió aumentando.13 Hoy en día continúan
sintiéndose las repercusiones del declive económico, ya que a las profesionistas se
les hace cada vez más difícil vivir de un salario.14 Muchas de las mujeres a quienes
entrevisté abordaron la urgencia de incrementar su salario trabajando horas extra, los
fines de semana o adquiriendo un segundo empleo por las tardes. Su cansancio era
notorio mientras hablaban de tener que trabajar largas jornadas, a menudo seis días
a la semana, echando abajo la promesa de la liberación femenina del pesado trabajo
doméstico por medio de carreras profesionales.
Guadalajara es un lugar fascinante, pues al no ser una zona fronteriza de la región,
la ciudad converge entre lo moderno y lo tradicional, entre lo urbano y lo rural. Los
anuncios turísticos han mitificado la ciudad como cosmopolita, pero repleta de femi-
nidad costumbrista (donde pueden encontrarse mujeres educadas con base en la reli-
gión y la familia) y de la típica masculinidad (idealizada en las tradiciones rancheras
como los rodeos, el mariachi, la producción de tequila y las artesanías).
Ubicada en el estado de Jalisco, la ciudad conserva un arraigo particularmente
fuerte al imaginario nacional como baluarte de la tradición, con su imagen icónica de
las costumbres rurales de género aun cuando los drásticos cambios han arrasado con
estas formas de vida y pensamiento. Irónicamente, el conservadurismo que acompaña
a las clases media y alta, en particular, coexiste con la comunidad gay más grande de
México.15 Además, la ciudad se está transformando rápidamente debido a las culturas
migrantes que traen a casa nuevas ideas y remesas, mejorando la economía local, el
presupuesto familiar y el estatus, así como también se acelera su transición como una
ciudad con industrias de alta tecnología.
Una vez que se deja el aeropuerto, un enorme anuncio camino a la ciudad les
recuerda a turistas y viajeros de negocios que Guadalajara es el Silicon Valley mexi-
cano.16 La industria tecnológica en desarrollo de la ciudad atrae a estudiantes y tra-
bajadores, así como a corporaciones internacionales. Mientras hacía investigación en
Guadalajara en 2000-2001, algunos proveedores de servicios de internet como aol

13 Cf. Pierrette Hondagneu-Sotelo, Gender Displays and Men’s Power: The ‘New Man’ and the Mexi-

can Immigrant Man, pp. 200-218, citando a Rolando Cordera Campos y Enrique González Tiburcio,en
México: el reclamo democrático, p. 114.
14 Durante el tiempo que estuve haciendo mi investigación en Guadalajara, aun las mujeres con buenos

salarios, como maestras de español en centros de lenguas extranjeras de la Universidad de Guadalajara


(quienes imparten sus clases en algún idioma distinto al español), apenas ganan, en promedio, menos de
500 dólares al mes. Los profesionistas, incluyendo médicos y abogados, ganan más en prestigio que en
dignidad de salarios.
15 Vid. Héctor Carrillo, The Night is Young: Sexuality in Mexico in the Time of aids, 2002.
16 Se le llama de este modo porque se encuentra en una zona en donde se concentran los corporativos

multinacionales y las empresas que apenas inician operaciones.


218  •  Felicity Amaya Schaeffer

hicieron grandes inversiones en sendas campañas de publicidad en las que aparecían


actores latinos como Salma Hayek y Ricky Martin para proyectar la entrada potencial
de México a la modernidad y la actualidad, como un agente central en la carrera de la
información global. De hecho, con más de 23 millones de usuarios en 2008 (21.6%
de la población total), México tiene el segundo mercado de internet más grande en
América Latina, un privilegio del que gozan, en su mayoría, las clases media y alta.17
Ahora, México alberga a Google, Microsoft y otras industrias de alta tecnología.
Guadalajara representa lo que Saskia Sassen llama “una ciudad global”, conectada
a ciudades en Estados Unidos mediante una estructura de alta tecnología, empleos
profesionales y redes de emigración.18
Conforme México liberalizó su economía abriéndose a mercados y tratados co-
merciales como el tlc en 1994 para estimular sus finanzas, los mexicanos también se
abrieron al consumo de productos extranjeros para marcar su estatus como miembros
privilegiados y cosmopolitas de la sociedad. Los legados de la invasión española y
francesa se perciben prominentemente en la arquitectura colonial de Guadalajara y re-
siden en la actitud de algunos de sus residentes. En otras palabras, para la clase media
y alta de Guadalajara, lo extranjero es una presencia familiar en la vida cotidiana,
transfiriendo los aires de grandeza del pasado a las expectativas del futuro. Hoy en
día, la influencia de Estados Unidos se filtra en las estrategias económicas de las cla-
ses profesionales, reorientando, a la vez, los gustos personales.
Parecido a lo que Maureen O’Dougherty ha documentado sobre la clase media
de Brasil, las mexicanas han adoptado marcadores simbólicos del estatus tales como
productos, estilos de vida, educación y carreras, así como situaciones morales y cul-
turales para distinguirse de las clases bajas, además de reafirmar su afinidad con una
clase cosmopolita global.19 Para algunas mexicanas, no es sólo un deseo de proximi-
dad al consumo y participación en la cultura global del gusto,20 sino que sus anhelos
se traducen cada vez más en gustos modernos transnacionales.21 Para las privile-
giadas, el relacionarse con hombres estadounidenses denota el acoplamiento a un
nacionalismo cosmopolita en el que lo extranjero se entreteje constantemente con la
estructura de la nación y no representa una presencia neocolonial que amenaza con
destruir otras formas de vida.

17 Internet World Stats, “Mexico: Internet Statistics and Telecommunications Reports” [disponible en

línea].
18 Cf. Saskia Sassen, Global Cities and Survival Circuits, pp. 254-274.
19 Vid. Maureen O’Dougherty, Consumption Intensified: The Politics of Middle-Class Daily Life in

Brazil, pp. 22-23.


20 Cf. Néstor García Canclini, Consumers and Citizens: Globalization and Multicultural Conflicts,

2001.
21 Vid. Jennifer Hirsch, A Courtship after Marriage: Sexuality and Love in Mexican Transnational Fa-

milies, 2003; Jennifer Hirsch y Holly Wardlow, Modern Loves: The Anthropology of Romantic Courtship
and Companionate Marriage, 2006; Mark B. Padilla et al., Introduction: Cross-Cultural Reflections on an
Intimate Intersection, 2007.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  219

Deserciones personales

Conforme mis entrevistadas argumentaban por qué querían casarse con un estadou-
nidense, se iba haciendo más difícil, a partir de sus descripciones, distinguir entre
el hombre y la nación mexicana. Ellas buscaban a los americanos para cristalizar
relaciones y estilos de vida utópicos e igualitarios con compañeros que compartirían
las tareas domésticas, que ofrecerían una mejor forma de vida, quienes serían porta-
dores de más estabilidad económica y oportunidades –cualidades de las que, algunas
dicen, los hombres mexicanos carecen–. En las entrevistas y reportes escritos de los
libros de la agencia, las mujeres afirmaban constantemente que querían un hombre
que fuera fiel, que comprendiera y respondiera a sus necesidades, y que fuera traba-
jador. Cuando les pregunté en los tours por qué no podían encontrar un hombre así
en Guadalajara, ellas movieron la cabeza y expresaron repetidamente su desagrado
por los machos.
Anna, una madre viuda de 34 años de edad, quien trabaja medio tiempo como
contadora, respondió con entusiasmo a mi correo y acordó verme en un conocido
restaurante.22 Allí me contó que hace malabares para trabajar y cuidar a sus tres niños
quienes, con el apoyo de su familia, asisten a una escuela privada. Según Anna, en
México los hombres son más machistas que en Estados Unidos, pues se sienten ame-
nazados por el hecho de que las mujeres ganen más que ellos:

Económicamente, están más estables que los hombres […] Ya tienen su propia casa, su
carro, y lujos que muchos hombres no les pueden dar. Y lo más curioso de aquí, que es el
coraje que tiene el hombre aquí en México, es que la mujer –por eso como que pone más
el machismo–, que muchas mujeres sobresalgan más que ellos. Pero, bueno, lo bueno de
otras personas de otros países es que admiran ese tipo de mujer.23

Mientras Anna cree que el machismo de los hombres mexicanos proviene de las
amenazas a su poderío en casa y trabajo, ella percibe a los hombres extranjeros de
países primermundistas como lo opuesto, como el tipo de hombre que respeta a las
mujeres fuertes y exitosas. Ella dijo terminantemente que los hombres mexicanos
necesitan subyugar a las mujeres para sentirse hombres. Según ella, el machismo
es un estado defensivo contra las posiciones sociales y económicas elevadas de las
mujeres. Curiosamente, al tiempo de nuestros últimos comunicados, luego de haber
tenido más experiencias conociendo hombres en los Vacation Romance Tours, Anna

22 Cambié los nombres de todas las mujeres que entrevisté y, a menos de que se indique lo contrario, las

citas corresponden a entrevistas cara a cara. Todas las traducciones de español a inglés son mías.
23 “Economically, they [Mexican women] are more stable than men […] They already have their own

house, car, and luxuries that many men cannot give them. And, even more curious, what angers men here
in Mexico –and for this reason they are more macho– is that women are more successful than them. But
the good thing about people from other countries is that they admire this kind of woman”.
220  •  Felicity Amaya Schaeffer

notó que muchos hombres americanos llegaban con la creencia de que las mujeres
eran incultas y de que vivían en ranchos o pueblos pequeños. Ellos no podían creer
que ella había comprado su propio departamento en Puerto Vallarta. Anna me sonrió y
dijo: “Somos una buena opción, ¿eh?” Luego de aproximadamente cinco angustiantes
meses de no saber nada del hombre con quien había mantenido comunicación por es-
crito durante más de un año, Anna asistió al siguiente tour con cierta renuencia, pues
temía que la causa de ese silencio fuera su inesperada transferencia militar a Irak.
Cuando pregunté a mis entrevistadas por qué pensaban que los hombres de Estados
Unidos difieren de los de México, éstas lo atribuyeron al hecho de que los mexicanos
son irresponsables, “como niños”, y desatentos con las necesidades emocionales e
intelectuales de las mujeres. Argumentaron también que los hombres eran apapacha-
dos en casa por sus madres y que se mudaban sólo porque esperaban recibir el mismo
trato por parte de sus esposas. Por otra parte, Anna explicó:

Me ha tocado ver que los hombres de allá están dispuestos, o sea, a compartir quehace-
res, algo que aquí casi, casi no ocurre, o sea, allá […] pues a mí me han dicho: ‘yo cocino
para ti’. No como lo que dicen aquí: ‘¿Cómo que me vas a cocinar?’ O sea, allá […] los
hombres son más independientes desde más pequeños, yo pienso que saben valorar más
todos los aspectos, ¿no? […] Y eso es lo que en cierta manera les va a dar un poco más
de madurez y […] es libertad que ellos mismos sienten; por lo mismo a lo mejor tienen
menos prejuicios, no que los de aquí…24

Para Anna, la disposición de los hombres americanos para participar del trabajo “de
las mujeres” es liberadora, pues abre las relaciones a la negociación, a la flexibili-
dad y a la comunicación, mientras que algunos procesos como la urbanización y las
mejorías en educación y empleo para las mujeres contribuyen al cambio en los roles
de género. Parece que ellas están evolucionando con más rapidez que los hombres.25
Guadalajara es una ciudad en constante movimiento, pues muchos hombres emigran
a Estados Unidos para buscar empleo.
Josefina, una doctora divorciada de 52 años de edad, quien tiene dos hijos mayores,
expresó su frustración por la falta de prospectos en México, específicamente en el
estado de Jalisco, de quienes dice “no valieron la pena”. De los que quedan, describió

24 “I have noticed that men from over there [the United States] are willing to share in the chores […]

I’ve seen something that almost never occurs here […] Over there they have told me ‘I will cook for you,’
not like what they say here: ‘What do you mean I’m going to cook for you?’ [laughing hard]. Over there
men are more independent from a younger age. I think that they learn to value all of these aspects, you
know […] and this gives them a little more maturity. It’s liberating that they themselves feel this way and
that they have fewer prejudices than men here”.
25 Vid. Pierrette Hondagneu-Sotelo, Gendered Transitions: Mexican Experiences of Immigration, 1994.

Hochschild presenta un argumento similar en su estudio basado en los Estados Unidos. Cf. Arlie Hochs-
child, The Second Shift, 1994.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  221

tres tipos: los hombres afectados por la cultura machista (especialmente, aquellos de
clase baja con poca educación; aunque también hizo notar que incluso los hombres
de clase alta tratan de minimizar o controlar su machismo); los homosexuales (quie-
nes dijo, abundan en el estado de Jalisco) y los mojados (rancheros emigrantes, de
los cuales, muchos se han ido al estado de California). Y de aquellos que no se han
casado: “muchos quieren sexo sin compromiso o sexo a cambio de salir a comer o de
ir con ellos al cine”. A Josefina no le parece justo que el intercambio (los ingresos,
estilos de vida y actitud cosmopolita) de los hombres no se iguale con el de ellas. Nue-
vamente, ella describe el machismo como un estado juvenil o infantil en comparación
con el del padre/esposo paternal del norte. Un par de mujeres me miraban de reojo y
se quejaron entre dientes de que muchos hombres en Guadalajara eran homosexuales,
lo que limitaba el número de prospectos disponibles. Los diversos comentarios que oí
de las mujeres acerca de la proliferación en Guadalajara de machos y gays reforzó la
descripción que las mujeres hacen de ambos grupos como infantiles y egoístas en su
búsqueda de placer ya que, al parecer, éstos no tienen interés en relaciones monóga-
mas y duraderas que puedan terminar en matrimonio. Aunque es importante desafiar
la idea popular de que el abandono de las responsabilidades domésticas por parte
de la mujer ocasiona el rechazo social, las quejas de las mujeres sobre la inmadurez
sexual de los hombres, así como de su fracaso para guiar con eficacia a la familia y
la nación, hacen que éstos retomen su rol como proveedores en la familia y como
mejores líderes tanto del hogar como de la nación.
Las quejas constantes de las mujeres sobre el machismo revela que el contexto más
amplio del Vacation Romance Tour es el de un sitio ritualista para el romance y un
espacio transnacional para mediar cómo se cuentan las historias.26 En otras palabras,
en estos espacios hay guiones en operación, mediante los cuales las mujeres expresan
su deseo de buscar hombres estadounidenses. Las declaraciones de las mujeres no son
tan relevantes por el hecho de que sean “verdaderas” o “falsas”, sino por alertarnos
sobre el peso figurado que arrastran estas historias al ser fácilmente digeribles por una
audiencia occidental familiarizada con el tropo de los hombres latinos que los perfila
como machos mujeriegos.
Sin embargo, aquí encontramos críticas tan destacadas como problemáticas, arrai-
gadas en la caracterización que las mujeres hacen de los hombres. Primero, las mu-
jeres revelan preferencias de clase al asociar a los hombres mexicanos con las
características negativas del macho. Relacionarse, en particular, con hombres locales
entorpece las estructuras equitativas del intercambio capitalista (lo que Josefina llama
un intercambio injusto), pues los hombres mexicanos no pueden corresponder al afec-
to de las mujeres con matrimonio, regalos y actividades de tiempo libre.
Las quejas de las mujeres sobre el machismo están ligadas a su crítica de los hom-
bres y de la nación mexicana como una forma de sentir que se caracteriza por una

26 Agradezco a Renato Ronaldo por hacerme esta observación.


222  •  Felicity Amaya Schaeffer

impresión excesivamente sexista (homoerótica), improductiva, desigual y violenta,


que confina el amor de la mujer y el matrimonio a una posición subordinada en la
familia y la nación. Las traiciones y los traumas de género que refieren las mujeres
solteras y divorciadas están entrelazados con la relación que éstas sostienen con las
estructuras de poder de carácter patriarcal y nacional. La caracterización negativa
del hombre mexicano también es una crítica tanto al gobierno irresponsable, abusivo
y bastante patriarcal como al Estado-nación, como bien lo expresó Josefina en una
entrevista del 21 de noviembre de 2001:

La mujer mexicana del año 2001 está despertando de su cruel realidad. Se está y se le
están dando más opciones de vivir una vida con calidad, llena de realizaciones laborales
y personales, de mejorar su ingreso per capita. Se le está tomando en cuenta dentro de la
fuerza de la clase trabajadora, y no sólo como máquina de hacer niños, ni como ama de
casa, que más bien es una sirvienta sin sueldo y sin reconocimiento de su propia familia y
de las personas que le rodean. La mujer mexicana tiene varios años que está despertando
a mejores oportunidades de vida en todos los aspectos y con actitudes, desea que se le
reconozca su labor día a día con la misma destreza y capacidad intelectual como la del
varón. La mujer de nuestro país, “raza de bronce”, está despertando de su largo letargo
que duró centurias y ahora está aceptando su propio valor –aunque esto le causó malos
tratos, humillaciones, torturas y hasta la muerte–. No, no exagero, Felícitas. Es cierto, lo
más importante, pienso yo, para una mujer, es reconocer su propio valor ante sí misma
y ante los demás; que se respete como valioso ser humano.27

Josefina no sólo da voz a la insatisfacción de las mujeres por la posición subor-


dinada de su género en la familia patriarcal, en la cultura y la sociedad en general,
sino también –y más preocupante aun–, por la violencia de género. Como reconocen
muchas feministas latinas y americanas, es imposible deslindar la devaluación de
las mujeres frente a los hombres –en el círculo doméstico y el mercado laboral– del
acceso subordinado de la mujer a la esfera política, lo cual se advierte en la violencia

27 “The Mexican woman of the year 2001 is waking up from her cruel reality. She has and is being

given more options to live a rich life, full of work and personal accomplishments, to improve her per
capita income. She is being taken into account within the workforce of the working class and not only
as a baby-making machine, nor as a housewife who is more like a servant without a salary and without
any recognition from her own family or those around her. The Mexican woman has for many years been
awakening to better opportunities in her life in all aspects, and with this outlook, she wants her day-to-day
labor to be recognized as having the same skill and intellectual capacity as that of the man. Women from
our country, ‘The Bronze-Skinned Race’, are waking up from a long slumber that has lasted centuries and
are now accepting their proper value --even though this is causing her to be badly treated, humiliated,
tortured even until death. I am not exaggerating, Felicity. It is true. The most important, I think, [for a
woman] is to recognize her proper value before herself and before others, and that she be respected as a
valuable human being”.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  223

impune y los asesinatos de las mujeres tanto de Ciudad Juárez, México, como de otros
países latinoamericanos.
Como dice Marcela Lagarde y de los Ríos, el feminicidio o genocidio de mujeres
“se produce por una organización patriarcal, social y jerárquica sexista que se basa
en la supremacía y la inferioridad, que genera desigualdad de género entre hombres
y mujeres”.28 Aunque la mayoría de mis entrevistadas no sacó a colación estos he-
chos terribles de violencia de género, la preferencia de las mujeres por los hombres
extranjeros resuena en el contexto más amplio de la frágil relación que éstas tienen
con los derechos sociales y legales que las hacen vulnerables a las formas cotidianas
de la violencia contra la mujer, especialmente a aquellas que se rehúsan a regirse por
los roles tradicionales.
Quiero aclarar que México ha gozado por mucho tiempo de un avanzado sistema
legal alterado por la Revolución, la Invasión francesa (de acuerdo con el Código Na-
poleónico) y la Independencia, así como por el liberalismo y el pensamiento ilustra-
do. Más recientemente, en agosto de 2010, la Suprema Corte en México decretó que
cada estado debe reconocer los matrimonios gay celebrados en el Distrito Federal,
capital del país, en donde los derechos de adopción se han extendido a este tipo de
parejas. No es debido a la ley, sino a la cultura de ilegalidad a la que se refieren las
mujeres, que los hombres no cumplan con los acuerdos de divorcio (o que no ganen
lo suficiente para pagar la pensión alimenticia) y que todavía haya poca rectificación
legal y apoyo social para asegurarse de que los hombres lo acaten. Incluso las muje-
res de clase media reciben poco apoyo por parte de la ciudadanía al hablar de nuevas
carreras o roles equitativos en la familia.
Las feministas mexicanas han subrayado recientemente la respuesta negativa ante
el avance de la mujer, la cual se hace evidente en programas de televisión populares,
periódico, y hasta en un conocido programa de debates que se transmite por radio
en Monterrey, México. El anfitrión del programa, Óscar Muzquiz, pide a los hom-
bres que llamen para contar historias sobre esposas irresponsables, buscando a “La
Fodonga del Año”, o de esposas que estén canalizando su energía en su profesión y
no en la familia. Muzquiz atribuye este cambio a la “americanización” de los valores
familiares y se le cita diciendo en una entrevista que muchas mujeres mexicanas es-
tán confundiendo “libertad con libertinaje”, y que muchos hombres mexicanos se están
volviendo “mandilones” (palabra del argot mexicano para referirse a los hombres dé-
biles y subyugados o afeminados).29 Estos discursos populares e imágenes de mujeres
fuera de control tienen la intención de presionar moralmente o de regresar a la mujer
a la casa y a los roles de género tradicionales.

28 Vid. M. Lagarde y de los Ríos, Preface: Feminist Keys for Understanding Feminicide: Theorhetical,

Political, and Legal Construction, p. xxi.


29 Vid. Gretchen Peters, Shock Jock Rails against Mexico’s Modern Women, en The Christian Science

Monitor [en línea].


224  •  Felicity Amaya Schaeffer

Josefina y otras mujeres también señalaron a las madres que –ellas dicen– perpe-
túan el machismo con su trato preferencial hacia los hijos varones. Además, la tensión
entre clases era obvia en los tours. Algunas mujeres de clase media reprobaban el
comportamiento de las “morenas” o mujeres de color, de quienes decían que llevaban
al límite su deseo por los estadounidenses al pasar la noche con ellos en el tour. Es de-
cir, las mismas mujeres regulaban el comportamiento sexual de otras, diferenciando
entre las prácticas sexuales mexicanas y el libertinaje sexual de las estadounidenses.
Históricamente, las mujeres consiguieron un estatus social mediante su papel re-
productivo para poblar la nación y fungir como fuerza cultural al enseñar a las gene-
raciones futuras cómo ser buenos ciudadanos.30 Así, el papel de la mujer en la familia
heterosexual como esposa y madre se transmitió míticamente para salvaguardar la
ubicación de la mujer en el hogar. Las mujeres que se salían de estos roles eran seña-
ladas como fugitivas, prostitutas, mujerzuelas o malas mujeres.31 Las formas en que
los proyectos nacionales apuntan a los cuerpos de las mujeres como foco de control
disciplinario están bien documentadas,32 aunque pocos informes toman en serio la
manera en que las mujeres perturban el cuerpo moral de la nación mediante las ca-
racterizaciones negativas que hacen de los hombres.
Conociendo los guiones globales de los comportamientos y estructuras familiares,
las mujeres contaminan sus propias fronteras caracterizando a la nación como un
cuerpo masculino excesivamente machista. Las mujeres naturalizan su deserción
de la propia nación y enfatizan su preferencia por otra. Ellas invierten la jerarquía de
género al corromper el cuerpo de México como un “espectáculo de hombres fuera
de control”.33 Como señalaremos más tarde, las mujeres se ven a sí mismas teniendo

30 Hay muchos debates feministas sobre género y nacionalismo en Estados Unidos que se centran en

las formas en que las mujeres son marginadas en las agendas nacionales (cf. Nira Yuval-Davis, Gender
and Nation. 1997; Anne McClintock, Imperial Leather: Race, Gender, and Sexuality in the Colonial Con-
quest, 1995; Caren Kaplan, N. Alarcón y M. Moallem, Between Woman and Nation, 1999; y Tamar Mayer,
Gender Ironies of Nationalism: Sexing the Nation, 2000). Hay abundantes debates feministas sobre el
rol sexual de la mujer como reproductora de la familia y la nación. Algunas feministas latinoamericanas
argumentan que la diferencia sexual de la mujer, su reproducción de amor y de sangre no sólo ha reforzado
su subordinación ante las estructuras de poder patriarcales y la ley, sino también incitó la violencia entre
los hombres. Fries y Matus comentan que la subordinación de la postura sexual de la mujer y su papel
reproductivo en la familia contribuye a la minimización de sus derechos conforme a la ley (vid. L. Fries
y V. Matus, El derecho: Trama y conjura patriarcal, 1999; M. Lagarde y de los Ríos, Para mis socias de
la vida: Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, los liderazgos entrañables y las
negociaciones en el amor, 2005). Debido al desarrollo nacional de México y Estados Unidos con base en
la modernidad, las feministas anticolonialistas han criticado la forma en que se equipara a los cuerpos de
las nativas con la premodernidad y el pasado (cf. María Lugones, Toward a Decolonial Feminist, pp. 742-
759; Emma Pérez, Sexuality and Discourse: Notes from a Chicana Survivor, pp. 159-184; Arturo Aldama
y Naomi H. Quiñonez, Decolonial Voices: Chicana and Chicano Cultural Studies in the 21st Century,
2002).
31 Vid. Gloria Anzaldúa, Borderlands/La Frontera, 1987.
32 Cf. Michel Foucault, The History of Sexuality, 1978 y A. McClintock, Imperial Leather: Race, Gen-

der, and Sexuality in the Colonial Conquest, 1995.


33 Wahneema Lubiano describe la “crisis” de la modernidad como un “ ‘espectáculo de hombres fuera

de control’, argumentando que aquellos en posiciones dominantes articulan su sentido de desestabilización


Las preferencias de la mujer mexicana…  •  225

que huir de México, nación que relacionan con hombres inmaduros, egoístas, violen-
tos y retrógrados.

Las malinchistas: traicionando a la nación

Es mediante la caracterización de México como un país machista que las mujeres


responden a las reacciones negativas de la mayoría de la sociedad mexicana ante su
involucramiento con hombres extranjeros. Por esta razón, muchas mujeres ocultan a
sus familiares y amigos su relación con los tours, los intercambios de correo electró-
nico y citas. A falta de otro canal, muchas de las mujeres a quienes abordé compar-
tieron ansiosamente sus experiencias conmigo asumiendo que validaría su moderna
manera de sentir.
Alicia, una soltera de 33 años, tiene su propio estudio fotográfico y ha viajado a
Estados Unidos debido a un empleo anterior en American Airlines. Ella es blanca, de
ojos verdes, y me pidió vernos en uno de los nuevos sitios populares de Guadalajara:
el Centro Magno, un centro comercial de moda, caro y cosmopolita, con un Hard
Rock Café, un Chili’s (con precios más altos que en Estados Unidos), restaurantes
italianos y cafés, tiendas de ropa con los estilos de moda de todo el mundo y un mul-
ticinema que proyecta, en su mayoría, cine estadounidense.34 Alicia comentó que la
mayoría de sus amigos la llaman malinchista. Cuando le pregunté por qué, me dijo:
“Porque sólo salgo con hombres extranjeros: europeos, canadienses y americanos
[…] Es sólo que los hombres de aquí no me gustan […] chaparros, gordos y morenos
[…] ¡Nooo! […] A mí me gustan altos, delgados y bien vestidos”.
El término malinchista tiene profundas raíces históricas en México. La unión entre
el conquistador español Hernán Cortés y su concubina indígena Malintzin o La Ma-
linche se ha mitificado como el origen del primer mestizo o persona mitad-mexicana.
La figura de La Malinche se ha plasmado en la literatura mexicana y chicana como
alguien que literalmente fue vendida como esclava por su madre, pero también

y desequilibrio cuando ellos mismos empiezan a sufrir limitaciones raciales y de género” (cf. C. Kaplan,
N. Alarcón y M. Moallem, Between Woman and Nation, 1999, citando a Lubiano, Shuckin’ off the African-
American Native Other: What’s ‘Po- Mo’ Got to Do with It?, p. 152).
34 Mientras que el Estado mexicano controla las formas de cultura integradas en las entidades territo-

riales tales como zonas arqueológicas, museos y la promoción de las artes y artesanías, la industria está
dominada por filmes extranjeros, la mayoría, de Estados Unidos. De hecho, el Instituto Mexicano de Cine-
matografía estima que el cine estadounidense abarca 62 % de los filmes que se proyectan en México, y hay
quienes piensan que esta estadística pronto alcanzará el 80% (vid. N. García Canclini, Will There Be Latin
American Cinema in the Year 2000? Visual Culture in a Postnational Era, p. 253). En Guadalajara, 48%
de las películas provienen de Estados Unidos; 29 %, de otros países, y 13% son mexicanas. No obstante,
las películas estadounidenses se exhiben en 74% de los cines. (cf. Enrique E. Sánchez Ruiz, Los medios de
difusión masiva: la internacionalización y las identidades en el occidente de México, pp. 116-117).
226  •  Felicity Amaya Schaeffer

como quien metafóricamente vendió su pueblo al enemigo: los colonizadores.35 Hoy


en día, esta narrativa histórica de los orígenes de México y de su herencia racial mixta
sigue infiltrándose en la memoria popular mediante el lenguaje coloquial.36
Un malinchista es popularmente conocido como un traidor; cuando se dice que se
ha chingado a alguien, significa, literalmente, que alguien ha sido “jodido” –sexual-
mente o en sentido figurado– por la penetración del imperialismo y las políticas
extranjeras.37 Así, el consumo de lo extranjero está estrechamente relacionado con
género, sexualidad, raza y clase, poniendo en constante conflicto el nacionalismo y
la apertura de México a la modernidad. Entre más clara sea nuestra piel, más se nos
asocia con la clase alta, con los conquistadores, la modernidad, la riqueza y la cultura.
Mientras que las mujeres de clase media asocian las libertades y oportunidades con la
cultura extranjera, los más desfavorecidos –los pobres e indígenas– interiorizan esta
intrusión “fálica” con el capital imperialista y global como un proceso castrante y
neocolonial. Para la élite mexicana, Estados Unidos y las “cosas extranjeras” conno-
tan cultura, profesionalismo y estatus. Esta idea de estimular la economía de México a
través de la cultura extranjera se complica más debido a los populares cineastas mexi-
canos, músicos y artistas de la actualidad que hablan por la gente sin voz y condenan
la cultura elitista por vender el país a compañías extranjeras y por validar culturas de
gusto extranjero. La disputa sobre la imagen nacional varía de acuerdo con nuestro
género, raza, sexualidad, clase y visión del futuro.
Alicia describió al hombre mexicano como chaparro, calvo, moreno y gordo (por
tanto, flojo), lo cual se traduce en clase baja, falta de educación y en una mayor acen-
tuación de las raíces indígenas. A la inversa, ella asoció a los hombres extranjeros
–los altos, delgados, bien vestidos y blancos– con educación y cultura: profesionistas
que usan traje. Alicia asimila esta dicotomía entre países de primer y tercer mundo,
entre Estados Unidos y México, como una nación moderna contra una tradicional, y
ella se adapta a una clase más cosmopolita que sobrepasa las fronteras nacionales. Al

35 Las historiadoras y teóricas chicanas han reescrito la historia de la Malinche a partir de la interpreta-

ción que Octavio Paz hace de ella como traidora, para enfatizar su papel como intérprete, feminista y como
una figura predominante que usó su limitada posición para ayudar a salvar de la violencia de la Conquista
a tantos indígenas como fuera posible. Para leer más de este icónico trabajo revisionista, vid. Norma Alar-
cón, Chicana’s Feminist Literature: A Re-vision through Malintzín/or Malintzín: Putting Flesh Back on
the Object, 1983; Traddutora, Traditora: A Paradigmatic Figure of Chicana Feminism, 1989; Rita Cano
Alcalá, From Chingada to Chingona: La Malinche Redefined or a Long Line of Hermanas, pp. 33-61; G.
Anzaldúa, Borderlands/La Frontera, 1987; Cordelia Candelaria, La Malinche, Feminist Prototypes, pp.
1-6; Adelaida R. Del Castillo, Malintzin Tenepal: A Preliminary Look into a New Perspective, pp. 58-77;
E. Pérez, Sexuality and Discourse: Notes from a Chicana Survivor, pp. 159-84. En contraste, Paz la ve
severamente como una figura pasiva: “Su pasividad es despreciable: no se resiste a la violencia, en cambio,
es un montón de huesos, sangre y polvo… es la nada” (vid. Octavio Paz, The Labyrinth of Solitude: Life
and thought in Mexico, pp. 85-86).
36 La descendencia de la unión entre Malintzin y Cortés fue referida después por José Vasconcelos

como los orígenes turbulentos de “la raza cósmica” (cf. José Vasconcelos, Raza Cósmica, 1997).
37 Vid. Octavio Paz, The Labyrinth of Solitude: Life and thought in Mexico, 1961.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  227

centrarme en la descripción que Alicia me dio sobre la relación con extranjeros, lo que
yo veo como la reforma colectiva de la imagen de Estados Unidos con ese patriarcado
benevolente y muy distinto de las formas locales de patriarcado violento, me di cuenta
de que resonaba con las de muchas otras mujeres del tour.
Recuerdo cuando me senté con Blanca –una mujer de 52 años de quien hablaré
más a detalle más tarde– en su casa, ubicada en un hermoso vecindario de Guadala-
jara, mientras leíamos cuidadosamente los aproximadamente sesenta correos y cartas
que recibió, muchas acompañadas de fotos. Ella se reía al pasarme retratos de hom-
bres cubiertos de polvo atendiendo sus granjas, de hombres sorprendentemente jóvenes,
otros claramente descuidados e incluso de algunos que mandaban fotos de la flor de
su juventud, en los setenta. Ella agitó la cabeza con desaprobación debido a la pobre
calidad de los prospectos. Entonces, me pasó el retrato de un afroamericano entrado
en los treinta, con pants. “¡Oh, no!”, decía una y otra vez, y el semblante le cambiaba
mientras movía la cabeza. En ese momento no me quedó claro si fue la edad o la ca-
rrera lo que le causó tal repulsión, pero cuando señaló la foto de otro hombre de color
con la misma cara de horror, me quedó clara su actitud. Surgió el retrato de un hombre
inglés con traje, más o menos de su edad, tal vez a mitad de los cincuenta. De nuevo,
su rostro languideció al explicarme la falta de interés de éste en cuanto supo la edad
de Alicia, pues él le confesó que estaba buscando una mujer que estuviera acabando
los veinte o empezando los treinta.
El entusiasmo de las mujeres por un hombre blanco, alto y exitoso se extendía más
allá del tour y podía oírse en las ondas radiofónicas de “Radio Mujer”, en Guadala-
jara. Las mujeres llamaban alentadas por la idea de pescar un prospecto. Uno de los
programas de la estación, ¡Al fin te encuentro!, llevaba mujeres a la cabina para que
–como las fotos de chicas en sitios de boda en la red– anunciaran sus datos persona-
les a los radioescuchas en Guadalajara, diciendo: “Tengo ojos verdes, cabello largo
obscuro”, etcétera. Muchas buscaban rasgos similares en los hombres con quienes
esperaban salir: “Que tengan posibilidades económicas” y “que sea alto y delgado”.
Mientras que las mujeres que entrevisté conocen hombres personalmente en los tours
organizados por agencias nupciales o en los viajes personales, estas mujeres se re-
únen con sus pretendientes potenciales en la estación de radio, la cual arregla y paga
una cita a ciegas para quienes efectivamente encontraban un compañero. La falta de
hombres profesionistas disponibles en la localidad hacía que algunas de estas mismas
mujeres visitaran agencias extranjeras y que asistieran a Vacation Romance Tours.
Con describir a los hombres de México como machos, las mujeres evaden el ser-
món y la acusación de ser malinchistas. En cambio, degradan la imagen nacional con
la caracterización de hombres pobres, ignorantes y/o abusivos. Ellas fusionan su ex-
periencia individual –con hombres abusivos, insensibles, inmaduros y adúlteros– con
imágenes populares de la nación mexicana. Los hombres que hacen dinero en la eco-
nomía profesional representan a una economía moral y a la ciudadanía más recta. Al
verter este discurso sobre los hombres mexicanos como padres, esposos, proveedores
y ejemplos inadecuados, ellas no discuten la falta de oportunidades económicas para
228  •  Felicity Amaya Schaeffer

los hombres en México que limitan su posibilidad de ser económicamente estables,


bien viajados y experimentados como los estadounidenses.38
Históricamente, las películas populares y estudiantiles que trafican estereotipos de
machos mexicanos proliferaron durante periodos de conflicto entre México y Estados
Unidos, especialmente durante la pugna de México por declararse como una nación
independiente del llamado occidente “moderno”. Estas luchas se han materializado
ampliamente en el imaginario americano a través del romance heterosexual entre una
sexy señorita y el inglés que tiene que salvarla del macho retrógrado y violento.39
Como argumentó Héctor Rodríguez-Ruvalcaba en algunos discursos críticos del
machismo después de la Revolución Mexicana: “la imagen masculina aparece […]
como una alegoría de la dominación, la condición colonial y el obstáculo para la
modernización”.40 De forma similar, el hecho de que la mayoría de las mujeres que
entrevisté justificara su preferencia por los hombres extranjeros basándose en su des-
precio por los machos opera como otra forma de modernizar una nación que ven
degradarse a otro estado de desorden.

38 Los roles de género tradicionales siguen jugando un papel importante en la cultura mexicana, pero

varían entre las áreas urbanas y rurales, entre la clase culta y la trabajadora, y así sucesivamente. Es el
caso particular de los hombres más jóvenes, quienes tienen una mejor educación y aprenden los roles de
género a través de diversos medios como el cine, la música y las historias de vida fuera de México. El
término “machismo light” de Luis Leñero Otero, puede ser una forma más apropiada para hablar de las
formas contemporáneas de machismo (citado en Keijzer, Los derechos sexuales y reproductivos desde
la dimensión de la masculinidad, p. 313). Muchos hombres se dan cuenta de que ya no pueden poner en
práctica el patriarcado que sus padres y abuelos ejercieron. Antropólogos como Gutmann tienen cuidado
al contextualizar los cambiantes significados históricos, regionales y de clase de la hombría o machismo,
también resalta algunas cualidades positivas del machismo, tales como el sentido que éste tiene del cuidado
y la obligación hacia sus hijos y familias (vid. Matthew Gutmann, The Meanings of Macho, 1996).
39 La construcción del imperio durante la guerra de 1846-1848 entre México y Estados Unidos generó

lo que Streeby llama “patriotismo igualitario blanco”, erigido sobre los cimientos de la caracterización
negativa de los hombres mexicanos (vid. Shelley Streeby, American Sensations: Class, Empire, and the
Production of Popular Culture, p. 91). Limón también discute la erótica de la construcción del imperio
en el suroeste de Estados Unidos (cf. José E. Limón, American Encounters: Greater Mexico, the United
States, and the Erotics of Culture, 1998). No obstante, mientras se ponía a los hombres mexicanos bajo
una luz negativa, las mujeres mexicanas eran idealizadas como aquellas que esperaban que los ingleses
las salvaran de la tiranía. Para Horsman, tanto políticos como poetas buscaban extinguir y absorber la raza
mexicana mediante la unión de mujeres mexicanas y hombres americanos. A las mujeres mexicanas de san-
gre más pura, las españolas de clase alta, se les caracterizaba como compañeras románticas naturalmente
más adecuadas para la sangre más pura de la “caballería yanqui”. En contraste, a los hombres mexicanos
se les caracterizaba como sucios, flojos y pisoteados (cf. Reginald Horsman, Race and Manifest Destiny:
the Origins of American Racial Anglo-Saxonism, 1981. También, vid. Amy Kaplan, The Anarchy of Empire
in the Making of U.S. Culture, 2002).
40 Cf. Héctor Domínguez-Ruvalcaba, Modernity and the Nation in Mexican Representations of Mas-

culinity: From Sensuality to Bloodshed, p. 98. En este libro, el autor analiza los contornos homoeróticos
de la masculinidad mexicana y discursos de machismo durante el periodo posrevolucionario tanto sensual
como violento. También argumenta que la crítica del machismo es una expresión de la modernización de
la nación. Asimismo, el autor dice que en mucha de la crítica estudiantil del machismo desde 1930, “la
imagen masculina aparece, según la revolución había propuesto, como una alegoría de la dominación,
la condición colonial y el obstáculo para la modernización” (idem).
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  229

La expresión de las relaciones de las mujeres resuena no sólo con el nacionalismo,


sino también con la Conquista. Cuando les insistí acerca de sus citas o comunicados
por correo electrónico con sus prospectos, algunas, a quienes no les había convencido
la relación o el hombre en cuestión, usaron la expresión “Ya no me conquistó”. Ser
colonizada por el amor implica una conquista personal que no se libra por la fuerza,
sino mediante la habilidad del hombre para llenar de atenciones a la mujer, lo cual
puede darse sólo a partir de la destreza de uno para conocer íntimamente al otro.
Así, las expresiones coloquiales de amor e intimidad replantean la conquista: de una
violenta toma de poder a la mutua y benéfica conversión del corazón.41 De hecho,
Anna relata su búsqueda de un esposo estadounidense debido al éxito del matrimonio
de una amiga cercana con un angloamericano que conoció en el Vacation Romance
Tour. Al principio, la amiga no estaba interesada en él; éste era inconvenientemente
simple, alto, pálido y delgado, mientras que ella era bajita y más llena de vida. A pe-
sar de la preferencia personal de su amiga por un hombre más guapo y de más edad,
Anna explica cómo, durante los tres días del tour, él la conquistó con sus cuidados y
se ganó su corazón a través de su persistencia y atenciones hacia ella, a pesar de su
rechazo inicial.42 Sin importar las diferencias de su idioma, complexión y cultura, y
aun cuando ella sabía que su vida sería todo un reto, dado el racismo hacia los latinos,
como sucede en Michigan, la consideración de las necesidades y miedos de ésta por
parte de él la convenció. Incluso, él la invitó a visitarlo en Michigan para que entrara
en su vida y decidiera si quería compartirla con él.
Las historias de amor han permitido ampliamente a Estados Unidos proyectarse
no como un imperio violento basado en la usurpación de territorio, sino como una
fuerza más bondadosa con una intención mutuamente benéfica y deseable. De la
misma forma en que las mujeres han sido proyectadas como las hermosas doncellas
que esperan al caballero yanqui para salvarlas, los hombres mexicanos han emergi-
do a menudo como flojos, violentos, retrógrados e incompetentes. La redistribución
que las mujeres hacen de estos estereotipos de género –arraigados en el imaginario
cultural durante la Conquista, el imperio estadounidense, la guerra entre México y
Estados Unidos y en guiones cinematográficos durante la “política del buen vecino”
de Franklin Roosevelt–, apela a su autoridad discursiva y legibilidad dentro de un
contexto transnacional. Las mujeres también recurren a lo extranjero para recrear su
ubicación dentro de las historias nacionales de Estados Unidos y para catapultarse al
futuro moderno. Muchas se fusionan con los estadounidenses y el occidente, con la

41 En la investigación que Doris Sommer hace de la literatura mexicana, ésta indica que la construc-

ción de la nación dependía de la naturalización del amor y del romance heterosexual. Ella dice: “En mi
lectura, la pasión romántica dio una retórica para los proyectos hegemónicos en el sentido de Gramsci de
conquistar al antagonista a través del interés mutuo o el ‘amor’ y no con la coerción” (vid. Doris Sommer,
Foundational Fictions: The National Romances of Latin America, p. 6).
42 Anna señaló: “En esos tres días, él la conquistó con sus detalles. Porque no la soltaba, la perseguía

pa’ donde iba”.


230  •  Felicity Amaya Schaeffer

noción del capitalismo basado en la ideología del trabajo pesado y de grandes recom-
pensas, de un sistema democrático que responde.

Transformaciones del ser: amor, trabajo y protestantismo

Los matrimonios transnacionales ofrecen a las mujeres el prospecto de una doble


ciudadanía, la flexibilidad para combinar las tradiciones mexicanas como la impor-
tancia de la familia y la ética del trabajo pesado con una movilidad acrecentada. Al
distinguirse de las normas de la cultura y sociedad mexicana, ellas demarcan su dis-
tanciamiento simbólico de la nación o Estado mexicano y su preferencia por la idea
del ciudadano consumidor y la familia transnacional.
Néstor García Canclini argumenta que, a través del consumo, las latinoamericanas
experimentan sentimientos de pertenencia y ciudadanía, cultivando la cultura de un
gusto similar cruzando fronteras nacionales, en vez de regionales.43 Los espacios
para consumidores, centros comerciales, salas de cine y restaurantes, compiten con
los espacios públicos como parques, zócalos o plazas principales de una ciudad por
la proliferación de la intimidad de la clase media conciliando el deseo del consu-
midor con el romance.44 De hecho, las profesionistas buscan afinidades románticas
con hombres, locales o extranjeros, que compartan valores adaptados a un contexto
profesional: el trabajo pesado, las relaciones equitativas y un compañerismo basado
en la comunicación, un espíritu abierto a los retos y la honestidad.45
Laura es una mujer soltera y trabajadora entrando en los treinta, quien a menu-
do trabaja seis días a la semana en una compañía que importa y exporta productos
entre México y Estados Unidos. Ella vive con un familiar y aún batalla para cubrir
las mensualidades de un pequeño auto que compró recientemente. A lo largo de su
extenso cortejo vía correo con Cody, un texano adinerado, los e-mails de Laura se
perciben llenos de afecto, de éxito laboral, de enfermedades familiares, dificultades y
una fuerte perseverancia. Su pretendiente, quien la visita periódicamente para darse una
escapada en viajes románticos a la playa, le manda dinero cuando ella lo necesita, así
como flores y regalos en su cumpleaños y fechas importantes. Cody entró a su vida

43 Cf. N. García Canclini, Consumers and Citizens: Globalization and Multicultural Conflicts, 2001.
44 Vid. Eva Illouz, Consuming the Romantic Utopia: Love and the Cultural Contradictions of Capita-
lism, 1997.
45 Illouz declara que en Estados Unidos la práctica de salir con una mujer en contraposición al hecho

de visitarla en su casa se debe al aumento del ingreso real durante las primeras décadas del siglo xx, lo
cual convirtió rápidamente “al consumo en un elemento inherente a cualquier encuentro romántico”
(ibid., p. 54). Los libros de etiqueta reforzaron este patrón, definiendo el consumo como “simbólico del
buen trato” hacia la mujer por parte de su compañero.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  231

como un príncipe de algún país lejano de quien ella puede depender.46 En uno de sus
primeros correos, ella le da su opinión sobre las relaciones:

No busco un hombre para que me cuide. Busco a un hombre que esté listo para compartir
su vida conmigo, que sepa cómo trabajar y que quiera crecer al par de su compañera. A
mí no me gustaría vivir con un hombre que se la pase sentado, esperando tener buena
suerte para que las cosas salgan bien […] Me gusta trabajar y me gustaría trabajar junto
con mi compañero para que entre los dos podamos hacer algo para nuestro futuro.

El tipo de matrimonio que Laura describe suena más como una sociedad que como
una estructura patriarcal; en esta sociedad, la relación crece en la visión compartida
del sacrificio y trabajo duro, para que juntos aseguren su futuro. Esta visión íntima no
distingue entre amor y economía, entre público y privado, entre individual y colecti-
vo. En la cama y en el lugar de trabajo, una pareja debería contribuir equitativamente
y trabajar duro para que mejore tanto cada uno, como la relación. La síntesis de cultu-
ra laboral y sexualidad propició, en vez de enfriar, el roce de los cuerpos. Para Laura,
el sexo ya no era una obligación orientada al placer masculino. Sus románticos viajes
a la costa abrieron el camino para la experimentación sexual y el placer mutuo. Esta
comprensión del sexo y del amor, con los mutuos ideales del intercambio capitalista,
hace un eco del discurso que promueven las revistas estadounidenses y la investiga-
ción psicológica sobre el amor. El estudio que Eva Illouz hace sobre los paralelos
entre amor y capitalismo busca en la cultura popular para trazar estas interconexiones.
Las revistas femeninas sugieren que en lugar de ser “golpeada” o “afectada” por el
amor, la mujer es responsable de sus éxitos y fracasos románticos; que debe trabajar
duro para procurarse un futuro emocional cómodo y también que ella debería garan-
tizar que una relación provea un intercambio equitativo.47
Las revistas como Cosmopolitan son muy populares entre las mujeres de clase
media y alta en México. Esta revista presenta artículos que se escriben tanto en Esta-
dos Unidos como localmente. A través de esta mezcla de discursos, se pide a las lec-
toras de élite que participen “indirectamente” en la emancipación, aun cuando las
editoras saben que las mujeres esperan regirse por normas más tradicionales.48 Mis

46 Traduje la correspondencia que Cody había sostenido durante más de un año y di seguimiento a sus

incursiones amorosas en México, Perú y Guatemala. Éste se aseguraba de elegir únicamente mujeres de
“clase alta”, en su mayoría profesionistas con fuertes lazos familiares.
47 Ibid., p. 195.
48 Ibid., p. 30. Los teóricos de la cultura popular mexicana como Jean Franco abordan las formas en que

las mujeres son influenciadas por el consumo mediático. En el estudio de Franco sobre historias románticas
en los medios masivos de México y Estados Unidos, descubre que las mujeres asimilan de forma distinta
las historias románticas que perpetúan la división internacional del trabajo. Las “novelas” mexicanas de
la clase baja proyectan el valor de la mujer como el agente de esas historias que respaldan una fuerte ética
del trabajo (aunque esto implique prostituirse) como medio para que ella se libere del macho y de las situa-
ciones familiares opresivas. Por otro lado, en las novelas americanas Harlequin (leídas en su mayoría por
mujeres blancas de clase media), la mujer adquiere poder social mediante su habilidad para seducir a los
232  •  Felicity Amaya Schaeffer

entrevistadas de clase media no se sienten satisfechas con participar “indirectamente”


de las nuevas ideas del matrimonio y el feminismo; en cambio, se ven trabajando
mucho de forma activa para alcanzar sus metas personales y laborales, lo cual afecta
su relación con lo tradicional y lo moderno; con México y Estados Unidos.
En el estudio de Tania Rodríguez Salazar sobre la mujer y el matrimonio en Guada-
lajara, ésta concluye que las mujeres mayores que entrevistó basan el matrimonio en
la suerte y el destino.49 Estas son ideas que coinciden con los roles de género propios
de la mujer según el catolicismo. A la mujer se le induce a ser fuerte espiritualmente,
como la Virgen de Guadalupe, y a ser el receptor pasivo de la voluntad de Dios. Una
mujer no debe buscar un compañero, sino simplemente debe estar en el lugar correcto
en el momento correcto. Sin embargo, mis entrevistadas se autodescribieron de acuer-
do con las ideas modernas del ser: como un individuo que busca la autorrealización
y la felicidad mediante su uso del internet y de estos servicios para la búsqueda de
pareja.50 Al explicar su filosofía de la vida y el amor, Anna comenta:

Sé por experiencia propia que si necesito algo, puedo conseguirlo si voy y lo busco; si
ahorro para comprarlo o si trabajo con mucho empeño, puedo ganármelo […] pero nunca
espero que las cosas me caigan del cielo […] Lo que es más, creo que la felicidad se
encuentra en la búsqueda y no en la espera.

Anna no basa el amor y el matrimonio en el destino tanto como en las relaciones ca-
pitalistas, en donde los individuos que trabajan mucho logran el éxito. Asimismo, el
hecho de que Anna sea protestante y no católica influye en su entendimiento del rol
de la mujer en el mundo. De hecho, más de la tercera parte de las mujeres inscritas
a Mexican Wives se identificó en su página de perfil como cristiana, sin religión o
católica pero sin seguir todas las reglas que la Iglesia dicta para las mujeres. Esta tran-

poderosos; una habilidad que tiene recompensas tales como el matrimonio, la comodidad y la abundancia.
Estas historias mantienen la división de clase entre Estados Unidos y México a través de narraciones ro-
mánticas en las cuales las mujeres que desean salir adelante en México tienen que trabajar; mientras que
las mujeres blancas seducen a la suerte logrando matrimonios que mejoran su postura social. No obstante,
Franco no habla de la forma en que las historias que se transmiten por medios masivos impactan a las muje-
res de clase media y alta en México, especialmente porque los medios masivos estadounidenses circulan en
México cada vez más. En las telenovelas, romance, pasión y matrimonio permiten el acceso de las mujeres
a una movilidad y estatus ascendentes, además, desde luego, a una alta dosis de drama (cf. Jean Franco,
Plotting Women: Gender and Representation in Mexico, 1989).
49 Vid. T. Rodríguez Salazar, Las razones del matrimonio: Representaciones, relatos de vida y sociedad,

p. 185.
50 Hirsch encuentra una tendencia similar en la forma en que las mexicanas mayores describen el

matrimonio como un destino o voluntad divina; mientras que las jóvenes lo definen como la elección
individual de alguien que sea tanto buen proveedor como compañero (vid. J. Hirsch, Courtship after
Marriage, p. 87).
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  233

sición del catolicismo al protestantismo refleja una mayor tendencia a la conversión


al protestantismo en México y América Latina.51
Esta versión del cristianismo, entremezclada con los ideales puritanos del trabajo
duro y de las relaciones capitalistas, pide a sus seguidores que no sean espectadores
pasivos sino individuos trabajadores. Las mujeres basan menos el amor y el trabajo en
una interpretación católica que enseña a la gente a ser receptora pasiva de la voluntad
de Dios, que en una en la cual los individuos trabajadores alcanzan el éxito.
La conversión al protestantismo, la toma real del cuerpo por el espíritu, representa
la sustitución de 500 años de imperialismo español por una versión estadounidense
que promete a los individuos más poder, renovación espiritual, voluntarismo y la
búsqueda de nuevas alianzas económicas y modelos de sociedad.52 La religión y el
corporativismo estilo americano ofrecen valores de superación personal, la creencia
en la meritocracia y en la promesa de la democracia. Unirse a una nueva comunidad
religiosa confirma el deseo de estas mujeres por cuestionar el sentido común de los
valores tradicionales y de encontrar una afirmación moral en otras formas de perci-
birse a sí mismas y sus objetivos. Así como en América Latina se acusa a las mujeres
de malinchistas, la Iglesia protestante, en especial la evangélica, es señalada por favo-
recer los intereses extranjeros mediante la canalización de dinero e ideas de Estados
Unidos y, por tanto, por comprometer la soberanía nacional.
Guadalajara se caracteriza tradicionalmente como una de las ciudades de México
más conservadoras tanto en política como en religión, pues la mayoría de sus ciuda-
danos se identifica categóricamente como católicos.53 De acuerdo con informes más
recientes sobre el estado de Jalisco, se indica que de 1990 a 2000, cada año, poco más
de 10% de la población se convirtió al protestantismo.
El conservadurismo religioso y el estatus de las mujeres como parte de la clase pro-
pietaria moldean su visión política en contraste con la lucha feminista y con otras de
carácter político. Por ejemplo, Jessica, una dermatóloga de 33 años que vive en Chia-
pas, México, explica sus razones para buscar un esposo estadounidense en Cowboy
del Amor (2005), un documental que sigue las tácticas que un vaquero angloamerica-

51 Escobar argumenta: “En 1919 había 170,000 protestantes en Latinoamérica y se estima que hubiera

48,000,000 en 1990”. El protestantismo se ha extendido tanto a las masas latinoamericanas empobrecidas


que han perdido la fe en la liberación teológica como a la clase media que, igualmente, busca una nueva
“esperanza” para Latinoamérica, que se salga de las estructuras tradicionales del privilegio y el poder.
Además, en este contexto multicultural, las mujeres asociaron el cristianismo con los protestantes ingleses
de Estados Unidos, definiendo así la religión dentro de un contexto racial y cultural (cf. J. Samuel Escobar,
The Church in Latin America after Five Hundred Years, p. 27).
52 Citando a Kenneth Scott Latourette en The Great Century, Escobar encuentra paralelos entre el vuel-

co actual hacia el protestantismo y su historia de expansión misionaria. Los misionarios protestantes vieron
la oportunidad de expandirse por Latinoamérica durante la crisis y debilitamiento de la Iglesia católica
durante la Guerra de Independencia con España entre 1810 y 1814 (ibid., p. 31).
53 Vid. T. Rodríguez Salazar, Las razones del matrimonio: Representaciones, relatos de vida y sociedad,

p. 15.
234  •  Felicity Amaya Schaeffer

no ha empleado por más de 16 años para vincular a hombres de Estados Unidos con
mujeres mexicanas. Se hace evidente que Jessica proviene de la clase media, mientras
ella relata cómo mataron a su padre por defender su rancho de los guerrilleros zapa-
tistas durante el levantamiento de los indígenas chiapanecos en 1994. Su estrategia
pragmática para encontrar un esposo estadounidense refleja en un sentido más amplio
su filosofía de supervivencia: “En vez de soñar, establezco objetivos. Soy una persona
que trabaja por objetivos posibles, no por sueños”. Jessica describe a los hombres
latinos –así como a la situación económica, social y política en sus países– frenando
su acceso a la seguridad social y económica, así como a la movilidad.
Las mujeres como Jessica externan su preferencia por los hombres norteamerica-
nos mediante un lenguaje de profesionalismo y mercadeo mientras hacen el recuento
del proceso de encontrar un romance y/o matrimonio a través de los ideales del traba-
jo duro, del autosacrificio y de la lucha individual. Al mismo tiempo, ellas expresan
su esperanza de autosuperación, lo que algunas describen como superarse o de mejo-
rarse a sí mismas y la vida de sus familias. Su moralización del desarrollo individual
con el sacrificio del patriotismo conjunta el desarrollo capitalista con el bien colectivo
que justifica la ganancia personal frente a las luchas colectivas por los recursos y la
distribución de la tierra, como las de los zapatistas.
La ubicación de Guadalajara al occidente del país –simbólicamente marcada por
sus tradiciones sexistas de la hacienda rural tanto como por su conexión con la agri-
cultura y, por tanto, con las olas masivas de emigración hacia Estados Unidos, aunado
a su crecimiento cosmopolita como un semillero de alta tecnología– distingue a la
ciudad, al menos desde la perspectiva de muchas mujeres, por su futuro “moderno”,
como la base de una sociedad íntima e intercambio con Estados Unidos.
Las mujeres voltean a Estados Unidos para liberarse de una economía estancada
y de normas culturales, esperando convertirse en arquitectas de sus propios destinos.
Esta es una perspectiva liberadora y tiene el potencial para alterar la jerarquía de gé-
neros en México. Pero, como vimos antes, para algunas mujeres esta visión moderna
de rehacerse a sí mismas depende de la proyección de la teleología del retraso del
desarrollo y el exceso sexual en las clases más bajas, en los indígenas y en la comu-
nidad gay.
Conforme las mujeres ganan confianza e independencia a través de su trayectoria
profesional y mediante la exposición a historias de amor y matrimonios con extran-
jeros, ellas empiezan a concebir nuevas posibilidades para sí mismas. Sin embargo,
las mexicanas no aceptan todo de la cultura estadounidense o del marco capitalista.
Conscientes de que las mujeres estadounidenses son más liberales, de que las familias
son menos extensas y de que múltiples mujeres son más materialistas en aquel país,
numerosas mexicanas afirman la importancia de apegarse a las tradiciones espiritua-
les y familiares. Además, muchas de estas mujeres, en especial las que son madres,
saben que tendrán que “sacrificar” sus carreras y familias para encontrar la felicidad
con un extranjero.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  235

Encuentros por internet

El hecho de que las mujeres puedan recurrir a internet para comunicarse con hom-
bres de Estados Unidos y otros países agudiza su sentido de convertirse en alguien
nuevo al momento del contacto íntimo. Estas intimidades virtuales no dependen de
la proximidad o del contacto físico, ni del intercambio de alientos y la fricción de los
cuerpos, sino de la profundidad de nuestro compromiso, transmitido por medio de co-
rreos electrónicos traducidos. Las mujeres no esperan que se dé el momento preciso o
que aparezca el hombre adecuado. En lugar de eso, ellas se constituyen como sujetos
modernos evocando el modo de vida de otros lugares en su vida diaria. En el video
Writing Desire (2000), de Ursula Biemann, una de las participantes en la industria de
las ciberbodas dice:

Después de decidirme a buscar un compañero, observé mi entorno mexicano, al que


llamo “La cuna del machismo”. Me di cuenta de que una mujer como yo –una artista
de 52 años, feminista anti-tradicionalista, viuda y madre, profesora universitaria de
una voluntad radical propia– sólo espantaría a cualquier prospecto por temor de que
fuera una exhibicionista. Como las listas a mi alcance eran insuficientes, se me ocu-
rrió que la tecnología estaba ahí para ayudarnos a encontrar espíritus semejantes, de
dondequiera que fueran. Así que me metí a internet y de pronto emergieron sitios
famosos de citas en línea. Vencí la culpa intelectual que me apremiaba y subí mi per-
fil anónimamente; de nuevo, como Fem-Flasher. Me anuncié como una compañera
ideal para una persona muy especial.

Las fantasías, estereotipos y deseos utópicos se mezclan en la pantalla durante el acto


de la escritura de los correos electrónicos. La mexicana se describe a sí misma en un
guión en donde personifica la versión ideal de feminidad a pesar de su ética feminis-
ta, para encontrar un esposo amoroso, comprensivo y gentil en una tierra lejana. Las
crónicas e imágenes de Estados Unidos como una tierra de oportunidades –donde
los hombres respetan el feminismo y aman a las mujeres fuertes, pero orientadas a la
familia– se abren paso en esta historia.
El acto de escribirle a un hombre sin rostro desde la intimidad de nuestro hogar
o lugar de trabajo añade un toque de misterio, de encantamiento romántico y de lo
desconocido.
Lejos de las familias estrictas, del chisme con las amigas y de la enseñanza católica
de códigos respetables de comportamiento, la mujer se encuentra sola y esperanzada
en que puede explorar su nuevo papel con un auditorio que interactuará con ella sin
juzgarla. Sin embargo, aun en un espacio virtual, ella debe negociar la feminidad tra-
dicional, un estereotipo de género que no se separa de su hipotética identidad. Junto
con la expansión del internet en México, las mujeres adoptan nuevas identidades de
género no sólo como consumidoras de imágenes sino también como actrices que
forjan nuevos seres.
236  •  Felicity Amaya Schaeffer

Parte del encanto del internet es que las mujeres se pueden expresar independien-
temente de las normas o costumbres locales, pues su público se extiende más allá de
las fronteras nacionales, culturales y raciales. El internet es un trampolín para asumir
los tiempos de cambio, los deseos sexuales y nuevas identidades. Sherry Turkle des-
cribe el monitor de la computadora como el lugar donde “nos proyectamos dentro de
nuestros propios dramas, en los cuales somos productora, directora y protagonista
[…] Los monitores son la nueva locación para nuestras fantasías, tanto eróticas como
intelectuales”.54 Las mujeres recurren al internet para expresar sus esperanzas, sueños
y deseos íntimos y, en el proceso, para acceder a otros esquemas y normas.
El uso del internet y de agencias en vez de redes sociales para encontrar relaciones
también marca una nueva forma de pensar en el amor, el cortejo y el matrimonio.
De acuerdo con las tradiciones mexicanas burguesas, se tiene la expectativa de que
la mujer espere paciente y pasivamente a que el hombre tome la iniciativa. Tradi-
cionalmente, una vez que el hombre externa públicamente su deseo por una mujer,
ella queda marcada como territorio de éste y ya no puede salir con nadie más. Este
periodo de cortejo puede durar un par de años o más. Durante este tiempo, la mujer,
a quien se le llama “novia”, no puede ir a lugares donde pueda ser blanco sexual de
otro. Por su parte, el hombre o “novio” puede tener muchas aventuras sexuales con
varias mujeres.55 Aunque la práctica de este tipo de cortejo es obsoleta, aún perdura la
idea separatista de las esferas de género y de la protección del honor y reputación de
la mujer por medio de su pureza sexual, pues las mujeres expresan su frustración por
las inconsistencias entre las conquistas sexuales de los hombres casados y la continua
vigilancia de la actividad sexual de las mujeres.
Por tanto, para estas mujeres el internet es, en efecto, el espacio ideal para expe-
rimentar formas menos restrictivas de cortejo. Mientras al cuerpo de la mujer se le
cuida y vigila mediante normas sociales y códigos de respetabilidad, las conexiones
virtuales representan oportunidades para comunicarse y tener citas con múltiples per-
sonas, así como para establecer relaciones sexuales en una sociedad que amonesta
severamente la actividad sexual de la mujer fuera del matrimonio.
Algunas mujeres como Laura experimentan un gran placer en no tener a sus hom-
bres dentro de sus círculos sociales y familiares (y las correspondientes habladurías)
y al llevarlos o acompañarlos en escapadas románticas que llevan a encuentros sexua-
les. Tener sexo no sólo es difícil debido al género, la clase y las normas sociales de
respetabilidad que dictan que las mujeres deben dejar el sexo para el matrimonio.
Muchas viven con su familia y carecen de tiempo o de un espacio privado para tener
encuentros íntimos o sexuales. En contraste, como la masculinidad depende de las
expresiones de independencia y solidaridad con sus congéneres, a los hombres se les
permite mucha más libertad para frecuentar bares, clubes y otros espacios sociales.

54 Cf. Sherry Turkle, Life on the Screen: Identity in the Age of the Internet, p. 26.
55 Vid. Joseph Carrier, De Los Otros: Intimacy and Homosexuality Among Mexican Men, 1995.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  237

Blanca, la juvenil mujer de 52 años que mencioné anteriormente, describe cómo


una tarde encontró a su marido –quien, dice, tiene una panza enorme y que es un flojo
que se niega renuentemente a mover un dedo en la casa– teniendo sexo desvergon-
zadamente con su vecina en la alberca del condominio. Ella dice que abrió su vida
social por medio del internet, en especial, por su escasa movilidad: “Ahora estoy muy
encerrada. Casi nunca salgo. De vez en cuando salgo a la calle y me siguen. La gente
me habla, pero no me gusta conocer a nadie en la calle porque creo –yo creo– que
piensan que soy fácil. Y no soy fácil. No soy del tipo de mujer fácil”. Le pregunté si
para las mujeres también era difícil conocer gente en los bares y contestó:

Bueno, mira […] En otra ocasión salí con unas amigas –sólo una vez–, salimos de no-
che. No es difícil. Ellos se me acercaron, pero la verdad es que son personas que están
bebiendo, que piensan que si una mujer va a un bar […] Los hombres creen que si una
mujer va sola a un bar, es porque está buscando un encuentro sexual.

La reflexión de Blanca sobre el peligro y la naturaleza lasciva de la calle describe una


geografía de divisiones de clase en los espacios sin fronteras del internet, espacios del
consumo foráneo y de zonas públicas locales. Y, es más, las mujeres siguen temiendo
ser violentadas sexualmente cuando no las acompaña un hombre. Entrevisté a Blan-
ca en su lujosa casa en un complejo con vigilancia, resguardado de la calle por una
reja metálica y con vigilantes de seguridad. Como una mujer soltera, la demarcación
de las calles como territorio masculino la hace sentir vulnerable a que la aborden
sexualmente.
Para las mujeres, las oportunidades de conocer un compañero se limitan a presen-
taciones por medio de familiares y amigos, y, por tanto, son un reto para las mujeres
mayores, quienes no tienen una red social o familiar amplia. Por ejemplo, Anna se
encuentra aislada e incapaz de encontrar un compañero:

La verdad es que me he alejado de mis amistades y de todos los contactos sociales que
pude haber tenido. Pero ha pasado el tiempo y aparte de sentirme sola –a pesar de tener a
mis hijos y mi familia– sentí la necesidad de tener a alguien más a quien pudiera expre-
sarle mis sentimientos y pensamientos de lo que pasa en mi vida diaria. Me di cuenta de
que no puedo vivir como una ermitaña. Si he conocido a algunos hombres, ha sido a tra-
vés de compañeros de trabajo. Y la verdad es que debido a mi empleo, a mi trabajo como
mamá y cabeza de familia, no me queda mucho tiempo libre para tener vida social.

Aun cuando Anna vive con su familia y cuenta con su apoyo y cuidados, le falta el
tiempo y la energía para construir un círculo social que le permita conocer gente con
quien salir. De hecho, casi todas las mujeres que entrevisté tenían una vida social frá-
gil debido a las obligaciones con sus familias, hijos y empleos. No sólo se cuestiona
la presencia de una mujer en un espacio público, sino que, además, la fuerte demanda
de su tiempo por parte del trabajo y la familia le deja poco espacio para socializar con
238  •  Felicity Amaya Schaeffer

los amigos. De forma parecida, la apretada agenda de Blanca acentúa su aislamiento


en casa, pues ésta hospedó a dos estudiantes extranjeras por un tiempo cuando su hijo
había regresado de la universidad en Estados Unidos. Blanca cocina dos o tres veces
al día para cada estudiante (a menudo preparando platillos distintos para cada chica
debido a sus preferencias dietéticas), mantiene la casa limpia y les lava la ropa, por
lo que le queda poco tiempo para muchas otras cosas. Es claro que sin un hombre
que contribuyera al gasto familiar, la educación de su hijo y su estilo de vida de clase
media, Blanca ha tenido que saltar de empleo a empleo como niñera con extranjeros
en México y anteriormente en California.
Asimismo, las mujeres disfrutan tener más control sobre el proceso de selección
en las citas por internet. Teresa, una desenvuelta mujer soltera de 42 años, se estaba
tomando un descanso de su estresada vida como reportera para cultivar y desarrollar
tanto su persona como su vida personal. Ella dijo:

En el bar, la mayoría de la gente se escoge de acuerdo con su apariencia en vez de su


inteligencia. La atmósfera del bar no permite conversaciones más profundas con las que
realmente quieres conocer a una persona […] En cambio, en internet puedo especificar
qué hombre quiero. Les hago preguntas personales y políticas, y si no les interesa con-
testar, de esa manera sé que no quieren una mujer inteligente.

En vez de apegarse al concepto de “amor a primera vista”, las mujeres quieren llegar
a conocer la “vida interior” de un prospecto antes de profundizar en una relación emo-
cional. Teresa me dice que puede ser juguetona e ingeniosa para ver cómo responden
los hombres a su inquieto intelecto. Ella puede leer entre las líneas de una conversa-
ción por internet y juzgar rápidamente si alguien es de criterio amplio y si respeta la
confianza e inteligencia de la mujer. Curiosamente, después de varias relaciones por
internet, a Teresa le parece que los europeos son más cultos y liberales, y que tienen
un criterio más amplio que los estadounidenses. Entonces, ha optado por usar varias
agencias de citas en lugar de asistir a fiestas de los Vacation Romance Tours. Parecido
al encanto de las citas en línea en Estados Unidos, el uso de citas en línea en México
proviene de la idea moderna de intimidad e interés personal basada en el acercamiento
a través de la comunicación, en vez del “amor a primera vista” y en el deseo de supe-
ración del ser mediante el contacto con otros.56
El hecho de que las mujeres tengan un contexto cultural más extenso dentro del
cual compararse contribuye al incremento de aquellas que sienten que no tienen que
conformarse con lo que está disponible en su localidad. Mediante la conversación

56 En la discusión de Hardey sobre las relaciones por Internet, cf. Michael Hardey, Life Beyond the

Screen: Embodiment and Identity through the Internet, pp. 570-585, éste se refiere a la idea de Giddens so-
bre la intimidad moderna para entender los contextos más amplios de las citas por internet. Vid. A. Giddens,
The Consequences of Modernity, 1990.
Las preferencias de la mujer mexicana…  •  239

con hombres en los tours y a través de chats en internet y correos electrónicos, las
mujeres obtienen municiones para construir nuevas normas y roles de género. Anna
compartió sus experiencias con hombres de los tours de GlobalLatinas y por correo
electrónico:

Creo que mi país es reconocido por tener gente y costumbres muy arraigadas […] Y de
aquí, que el machismo todavía está muy enraizado en los valores de los hombres […]
Me gusta conocer otras personas que consideran esto [el machismo] como una falta de
madurez, que da la pauta para que la mujer tenga su lugar en la sociedad y en su vida
con los hombres.

Según Anna, las pláticas con hombres que no se rigen por las mismas normas cultura-
les refuerzan su convicción de que el machismo favorece a los hombres, pero no a las
mujeres. Anna también me dijo que había recibido algunos consejos muy buenos de
personas con quienes se había estado comunicando. Como las mujeres con frecuencia
justifican y perpetúan el comportamiento machista, no hay muchos confidentes con
quienes ellas pueda compartir sus pensamientos y sentimientos más profundos.
En estos intercambios cibernéticos, las mujeres deben negociar la tensión entre
el deseo de liberarse tanto de las normas locales como de los roles de género y el
manejo de las limitaciones más sagaces de estos intercambios más comercializados.
Puesto que los hombres les escriben a múltiples mujeres, éste puede ser un proceso
caro en el que ellos no sólo pagan por el acceso al correo electrónico y los servicios
de traducción, sino por mandar flores y regalos e incluso por visitar a quienes se han
filtrado mediante la comunicación escrita. Y debido a que muchos varones les man-
dan aproximadamente entre 500 y 1000 dólares para clases de inglés, las mujeres se
sienten profundamente agradecidas y obligadas a corresponderles en formas que los
complazcan.
Mónica le mandó un correo a un estadounidense con quien se estaba escribiendo
y quien le había enviado 500 dólares para clases de inglés: “Respecto a mis clases de
inglés, estoy muy orgullosa porque me nombraron la alumna de honor […] Todavía
no sé mucho, pero, como te dije antes, estoy poniendo todo mi empeño en aprender
rápido […] Y tampoco quiero decepcionarte”.
De este modo, las mujeres pueden ser oprimidas por los deseos y necesidades del
consumidor, así como por códigos de reciprocidad.

Conclusión

El futuro económico de Guadalajara depende de la promoción de sus ricas tradiciones


que tanto atraen al turismo, además de sacarle jugo a las lucrativas industrias tecnoló-
gicas que cada vez se vuelven más importantes para los circuitos transnacionales de
emigración, el comercio y el mantenimiento de la comunicación entre las naciones.
240  •  Felicity Amaya Schaeffer

La búsqueda de esposos estadounidenses por parte de las mexicanas demuestra


cómo lo extranjero circula como una fuerza íntima que refleja el deseo de la mujer por
ser más valorada y respetada. Lo extranjero y la capacidad del internet para transmitir
la comunicación escrita consolidan la esperanza de la mujer de convertirse en alguien
nuevo. El internet nos induce a ver el mundo de una forma distinta y a encontrar a
otras personas que confirmen esta noción más expansiva y flexible de uno mismo.
Junto con esto, se encuentra la esperanza de un entendimiento más matizado de la
forma en que los sectores emergentes de mujeres cultas de países en desarrollo usan
los procesos globales para rebasar los límites de lo que es posible en el hogar.
Las mujeres son perspicaces excavadoras de las oportunidades que se cruzan por
su camino, ofreciéndoles relaciones, matrimonios y futuros más estables, abiertos y
emocionantes. En algunas ocasiones, estos imaginarios producen parejas ideales y,
en otras, ellas pueden encontrarse con hombres que quieren restablecer los acuerdos
familiares y roles de género tradicionales que éstas buscan trascender. Mientras las
mujeres mexicanas pueden recurrir a los circuitos globales (tales como el turismo y
la comunicación vía internet) y a la cultura occidental para participar en una expre-
sión mutua de modernidad, ellas incorporan este sentido de sí mismas a las nociones
tradicionales de unidad familiar y códigos de feminidad. Así, estos intercambios ín-
timos demuestran las afinidades y tensiones entre las expectativas de los hombres de
relacionarse con una mujer tradicional y las de la mujer de tener una relación más
equitativa y feminista con un hombre estadounidense. De hecho, las mujeres se dan
cuenta de que son un buen partido incluso para los extranjeros, mientras que otras se
descubren demasiado cultas y modernas para los pretendientes que llegan a conocer
de Estados Unidos.
La esperanza de un futuro mejor adopta un perfil extranjero a medida que los ríos
de remesas provenientes de Estados Unidos, las nuevas oportunidades de negocios y
los imaginarios románticos propician su búsqueda. Por otra parte, la circulación de
relatos exitosos sobre mujeres felizmente casadas transmite una historia emigrante
que las impulsa a continuar su búsqueda a pesar de la experiencia de algunas mujeres
con hombres que no cubren sus expectativas. La mujer asocia lo local y nacional con
lo arcaico, el pasado y el peligro sexista; en cambio, la ética del trabajo duro, aunada
al influjo del desarrollo capitalista de Estados Unidos, promete propulsar sus vidas a
nuevos futuros.

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El derecho a la salud…  •  247

EL DERECHO A LA SALUD EN UNA POBLACIÓN


QUE EJERCE VIOLENCIA CONTRA SÍ MISMA:
EL CASO DE LA POBLACIÓN MASCULINA

Juan Guillermo Figueroa Perea*

Resumen

El texto presenta algunas reflexiones sobre las consecuencias que tienen en el ámbito de la
salud algunos modelos de socialización de género a los que están expuestos los hombres. In-
teresa problematizar dichas consecuencias al interpretar la salud como un espacio de derechos
humanos. Se comentan datos estadísticos sobre causas de muerte de hombres y, a la par, se
problematizan categorías que se han utilizado al tratar de dar cuenta de la sobremortalidad de
los varones. Se cuestiona la noción de privilegios masculinos al evidenciar las consecuencias
negativas que tiene en su salud la repetición acrítica de modelos de masculinidad, asociados
a la búsqueda de riesgos y a la falta de cultura del autocuidado. Esto dificulta el ejercicio del
derecho humano a la salud en la experiencia de los varones. Se presentan dimensiones de una
propuesta de análisis integral de la noción de derecho a la salud de los varones, para lo cual se
enfatiza la categoría del “cuidado de sí” como parte de sus modelos de identidad de género. Se
propone el ejercicio ciudadano de la propia población masculina y una intervención crítica de
profesionales de la salud.

Palabras clave: modelos de masculinidad, autocuidado, modelos socialización de género, de-


recho a la salud.

* El autor agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
248  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

Abstract

This text presents some reflections on the implications in the field of health of some models of
gender socialization to which men are exposed. We are interested in problematizing these con-
sequences, when interpreting health as an area of human ​​rights. We comment on some statistics
on causes of death for men and on the categories that have been used to try to account for the
excess mortality rates of males. The notion of male privilege is questioned by revealing the
negative consequences on their health, because of uncritical repetition of models of masculini-
ty, associated with risk-seeking and lack of culture of selfcare. This hinders the exercise of the
human right to health in the experience of men. We reflect on some dimensions of a proposed
comprehensive review of the concept of right to health for men, for which the category of
“selfcare” is emphasized as part of males’ models of gender identity. We propose a critical
exercise of citizenship among men and a critical intervention of health professionals.

Key words: models of masculinity, self-care, gender socialization patterns, the right to
health.

Introducción

Este texto busca reflexionar sobre las consecuencias que tienen en el ámbito de la
salud algunos modelos de socialización de género a los que están expuestos los hom-
bres. No se trata de generalizar lo que vive dicha población y menos estigmatizar
algunos comportamientos considerados violentos, dadas sus potenciales consecuen-
cias para diferentes personas, pero sí interesa problematizar dicho ejercicio violento
al interpretar el ámbito de la salud como un espacio de derechos, en especial de los
mismos hombres. Es decir, surge de la pregunta analítica y política, en términos de
si se puede ejercer violencia contra sí mismo, dado que se suele interpretar dicha
práctica con la intención de someter y de dominar a alguien. No obstante, me interesa
problematizarlo a partir del diálogo con diversas categorías que se usan al tratar de
interpretar los procesos de salud-enfermedad de diferentes grupos de hombres.
En la literatura aparece la categoría de “negligencia suicida” (Bonino, 1989), así
como la de “la masculinidad como factor de riesgo” (De Keijzer, 1995), al tratar de
caracterizar las causas de muerte de los varones. Se habla de que “ser hombre es malo
para la salud”, o bien de que “el machismo no combina con la salud” (Papai, 2009),
ya que se identifican trayectorias que llevan a la muerte, relacionadas con los procesos
de socialización de los sujetos del sexo masculino. Se describe la sobremortalidad
masculina aludiendo a la metáfora de que muchos sujetos del sexo masculino se
“mueren como hombres” (De Keizer, 1992), a la par que he ironizado diciendo que
se es “hombre hasta la muerte” (Figueroa, 2009a).
Gary Barker (2005) publicó Dying to be men, título que he parafraseado señalando
“¡Qué ironía, me muero por ser hombre!” Más allá de una broma, la frase combina
dos acepciones de la expresión “me muero”; antes de limitarla a un sinónimo del acto
El derecho a la salud…  •  249

de fallecer, se propone leerlo como el sentir que se vive ante una situación o compor-
tamiento que se desea experimentar. En este caso se refiere al deseo de ser hombre,
al margen de que su contenido no está tan evidentemente definido. Lo contradictorio
es que pareciera que muchos hombres se mueren en la búsqueda de algo ambivalente
y contradictorio, al grado de que las principales causas de muerte tienen que ver con
actos violentos, incluso ejercidos por quien fallece después de los mismos.
Estudios recientes (Canudas, García y Echarri, 2015) muestran un descenso en la
esperanza de vida de la población masculina en México, algo que ocurre en casos
excepcionales dentro de las historias demográficas y de salud de la población, como
ciertos eventos bélicos y de epidemias, ambos en magnitudes significativas. Ello llega
a generar muertes de proporciones importantes de la población.
En el caso actual se alude a un contexto de violencia (como señala Cárdenas,
2015), si bien habría que definir de quién y sobre quién es la violencia: ¿en términos
grupales sería entre varones, o bien de varones a mujeres? Ahora bien, si se piensa en
términos individuales, ¿podría ser de un varón sobre sí mismo? Iniciemos entonces
con una breve fotografía de las muertes de las personas del sexo masculino.

Trayectorias de las causas de muertes de los varones

En un trabajo previo (Figueroa, 2007) presentaba algunas estadísticas de la primera


década del siglo xxi para el caso de México sobre esperanza de vida al nacer y sobre
tasas de mortalidad por algunas causas, comparando el caso de los varones y el de
las mujeres. Me refiero a accidentes, suicidios y lesiones (separando aquellas autoin-
flingidas de las provocadas por otras personas), cirrosis hepática y casos de vih-sida.
Los datos del primer quinquenio del tercer milenio mostraban una mayor incidencia
de efectos negativos para el caso de los varones, de manera sistemática, independien-
temente del año o del indicador considerado. Las mujeres presentaban una esperanza
de vida cinco años mayor a la que se observa en los hombres, mientras que el nivel de
las tasas de mortalidad por los diferentes tipos de accidentes son, en promedio, entre
tres y cuatro veces más altas entre la población masculina que entre la femenina. Los
diferenciales se mantienen al analizar los suicidios y lesiones como causas de muerte
e incluso en el caso de los generados intencionalmente son mayores las diferencias,
siempre en detrimento de los varones. Entre esta población se observaban mayores
casos de mortalidad por cirrosis y otras enfermedades crónicas del hígado, así como
por vih-sida. La pregunta que valdría la pena hacerse en una discusión más amplia es
si esto se da de manera similar en otros países, por ejemplo, de América Latina.
En la misma vertiente de tratar de entender las diferencias por sexo en el ámbito de
la salud-enfermedad, Araceli Damián (2006) desarrolló una serie de comparaciones
de la esperanza de vida al nacer y diferentes tasas de mortalidad (infantil, en la niñez
y en la juventud), contrastando la experiencia de hombres y mujeres de varios países
de América Latina durante el periodo 2000-2005: la infantil se refiere a la muerte du-
250  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

rante el primer año de vida y la de la niñez alude al periodo entre el primer aniversario
y los cinco años de edad. La que convencionalmente he denominado ‘mortalidad en la
juventud’ hace referencia al periodo de los 15 a los 49 años, edad que suele tomarse
como el periodo reproductivo de las mujeres y como el inicio de la experiencia pro-
ductiva de muchos hombres.
En los cuatro casos, estos indicadores se comparan para la población de varones y
la población de mujeres, y además se contrasta entre tres grupos de países en América
Latina: en el primero de ellos se consideran aquellos de tasas de mortalidad alta en el
momento de la medición (como Colombia y Venezuela), en el segundo caso de mor-
talidad baja (como Cuba, Costa Rica, Chile y Uruguay) y en un tercer grupo aparece
México junto con Brasil. A continuación se estima cuál sería un nivel de mortalidad
viable a ser alcanzado tomando no un “ideal epidemiológico” en abstracto, sino al
menos las condiciones de países latinoamericanos con bajos niveles de mortalidad,
y se estima lo que la autora denomina “déficit de esperanza de vida y muertes evita-
bles”, en términos de la diferencia entre el ideal factible y los datos observables para
el caso mexicano durante el quinquenio que va de 2000 a 2005.
Cuando compara la tasa de mortalidad infantil, encuentra que se podrían evitar en
México 17 muertes por cada 100 mil habitantes (tanto en hombres como en mujeres)
si se llegara a los niveles más bajos de América Latina. Es decir, en el primer año de
vida no habría tanta diferencia en función del sexo de la persona. Cuando compara
los datos durante la niñez, encuentra 22.8 muertes evitables para los hombres y 20.6
muertes evitables para las mujeres (por 100 mil habitantes). Es decir, todavía las
diferencias no son tan significativas, aunque ya empieza a verse un leve incremento
para las muertes evitables: 10% más alto para el caso de los varones, lo que sugiere
analizar las respectivas causas de muerte.
Ahora bien, donde se presenta una diferencia muy notoria y estadísticamente sig-
nificativa es en el de la mortalidad entre 15 y 49 años, ya que dentro de los varones
alcanza un nivel de 35.9 muertes evitables por cada cien mil habitantes, mientras que
en el caso de las mujeres el indicador disminuye a 8.4 por cada cien mil; es decir, el
primer dato es más de cuatro veces el nivel del segundo, lo cual está más asociado a
comportamientos de los individuos que a las diferencias fisiológicas entre las perso-
nas en función de su sexo.
Al finalizar la primera década del presente siglo, el Consejo Nacional de Población
(2010) preparó un documento en el que se analizan las principales causas de morta-
lidad en México, con el propósito de ser presentado en Naciones Unidas, dentro de
una comisión sobre población y desarrollo. En este documento se analizan las cinco
principales causas de muertes a partir de diferentes grupos de edad y, en todos los
casos, considerando las diferencias entre hombres y mujeres. Además, se muestran
trayectorias de los indicadores a lo largo del tiempo y durante tres décadas, empe-
zando en 1980.
Los primeros dos grupos coinciden con los que trabajó Araceli Damián (2006).
Llama la atención que, desde el periodo de 1 a 4 años de edad, los accidentes cons-
El derecho a la salud…  •  251

tituyen una causa importante tanto en niños como en niñas: ocupa el primer lugar
en los cuatro años más recientes de los siete que se presentan en el análisis para los
niños y en los tres más recientes para las niñas. Al margen de que en este documento
no se señala el contraste de cuántos accidentes ocurren dependiendo del sexo de la
persona, se privilegia la distribución al interior de cada grupo y en eso se centran las
comparaciones.
Para el tercer grupo que analizan (de 5 a 14 años) los accidentes constituyen la
principal causa de muerte en todos los años tanto para niños como para niñas, si bien
los porcentajes son más altos en el primer grupo. Es decir, una de cada tres muertes en
niños y una de cada cuatro muertes en niñas se deben a dicha razón. Llama la atención
que en cinco de los siete años considerados en la secuencia temporal de análisis, apa-
rece como cuarta o quinta causa de muerte el concepto de “lesiones intencionales”,
pero solamente en la experiencia de los sujetos del sexo masculino. En los cinco años
referidos, esta causa representa una de cada 20 muertes en este grupo de edad, ocu-
pando el cuarto o quinto lugar entre lo que da cuenta de los fallecimientos.
Un panorama distinto se presenta al pasar al cuarto grupo de edad considerado en
este documento (de 15 a 24 años), ya que los adolescentes y adultos jóvenes presen-
tan en todos los años del análisis las “lesiones intencionales” como segunda causa de
muerte, sólo atrás de los accidentes, la cual se mantiene como la principal explicación
de la muertes de jóvenes de ambos sexos. Entre las mujeres, las lesiones intencionales
aparecen una vez como segunda causa de muerte y en tres ocasiones como tercera, si
bien las proporciones de accidentes y lesiones intencionales en los dos últimos años
analizados constituyen poco más de 60% de las muertes de hombres y alrededor de
32% en el caso de las mujeres. Casi el doble de sujetos del sexo masculino fallece por
causas de tipo violento, comparado con el caso de las mujeres.
En el quinto grupo de edad (25 a 44 años de edad) las lesiones intencionales se
mantienen como segunda causa de muerte de los hombres, atrás de los accidentes,
mientras que entre las mujeres los accidentes pasan a ser la tercera causa en impor-
tancia, desapareciendo de las cinco primeras el rubro de “lesiones intencionales” y
emergiendo los tumores malignos y las cardiovasculares como las dos más signi-
ficativas, estadísticamente hablando. Las lecturas desde el género ofrecen algunas
posibilidades de interpretación.
En los dos últimos grupos de edad (45 a 64 años de edad y de 65 años y más) el pa-
norama epidemiológico es distinto, ya que los accidentes disminuyen su peso relativo
entre los hombres, además de desaparecer entre las mujeres; también desaparecen las
lesiones intencionales entre los sujetos del sexo masculino como parte de las cinco
principales causas de muerte, para “dejarle paso” a los problemas cardiovasculares,
a los tumores malignos y a la diabetes mellitus, tanto entre hombres como entre
mujeres.
Ahora bien, en estudios demográficos realizados durante la segunda década del
siglo xxi, lo que se ha encontrado en la experiencia mexicana es que, más allá de las
transiciones epidemiológicas originadas por los diferentes problemas de salud a los
252  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

que están expuestas las personas en sus diferentes etapas de vida (acompañados con
las intervenciones de tipo médico y con los avances tecnológicos), están adquiriendo
cada vez más importancia algunas causas de muerte asociadas al comportamiento
de las personas (Conapo, 2010: 12) y a su contexto. Es decir, no parece el mismo
escenario a ser intervenido el que surge de enfermedades transmisibles infecciosas
y parasitarias, o incluso de aquellas asociadas al parto (relevantes estadísticamente a
partir del grupo de 15 a 24 años en el caso de las mujeres) que lo que puede trabajarse
para prevenir muertes derivadas de acciones violentas (como los accidentes y las
lesiones intencionales), o bien, de los suicidios y de los homicidios. En este segundo
escenario, la problemática de la población masculina se ha recrudecido tanto que ha
detonado descensos en su esperanza de vida (Canudas, García y Echarri, 2015), algo
que rompe radicalmente las tendencias demográficas de la población.

Antecedentes personales: ¿derecho a la salud y encuentro consigo mismo?

En trabajos previos (Figueroa 2007, 2009b y 2010) he constatado lo complejo del


entorno ya que las evidencias sugieren un obstáculo en el nivel de los propios apren-
dizajes de género, los cuales difícilmente se modificarán simplemente por la existen-
cia de mayores servicios de salud o la invitación a que se lleve a cabo una práctica
del autocuidado. Pareciera necesario un cuestionamiento radical a los supuestos de
dichos aprendizajes y a una cierta toma de conciencia de los costos negativos para la
población masculina, en primera instancia, y para la femenina de manera indirecta.
Esto supone de alguna manera un dislocamiento y reposicionamiento, ya que si se
aprende que en la identidad como hombres y en las certezas de representarse como
tal ocupan un papel central la búsqueda de riesgos, el ejercicio de la temeridad y de
la violencia, entre otras dimensiones, el escenario es más que complejo. Si, a la par,
no se legitima el autocuidado ni el reconocimiento de la interdependencia con otras
personas para ver por sí mismo, el contexto tiende a ser desolador. Incluso, podría
argumentar que la urgencia con la que se busca atender a poblaciones ancestralmente
marginadas de algunos derechos sociales (como las mujeres en general y algunos
subgrupos poblacionales en lo particular) y la representación de que los sujetos del
sexo masculino viven rodeados de privilegios, dado su papel central en una sociedad
patriarcal, puede dificultar el reconocimiento de algunas desventajas en sus respec-
tivos procesos de salud y enfermedad. Por ende, en esta ocasión la búsqueda es pro-
fundizar en los términos y categorías que dan cuenta de la salud de los varones, con
el fin de acercarse desde una lectura filosófica, pero en especial para explorar nuevos
horizontes en una problemática multicitada académica y programáticamente, pero
menos dialogada con los sujetos que la reproducen.
El derecho a la salud…  •  253

El derecho humano a la salud

Una característica de los arreglos sociales actuales, a partir del avance del conoci-
miento sobre enfermedades infecciosas y de otros padecimientos, es la organización
institucional de acciones para cuidar de la salud de la población. En ese tenor, se
reconoce el derecho a la salud, el cual se ha instrumentado desde una interpretación
mínima como el poder asegurar el acceso a servicios de salud, ya que resulta imposi-
ble asegurar el estado de equilibrio y de bienestar al que alude la Organización Mun-
dial de la Salud, en contraposición a la ausencia de enfermedad. Esto es así porque
hay malestares y enfermedades que no dependen de instancias externas al individuo,
sino que están asociadas a sus prácticas de autocuidado y a su etapa de vida, en parte
porque el Estado y la definición de dicho derecho asume las capacidades y la corres-
ponsabilidad de los sujetos en la construcción de su respectivo proceso de salud y
enfermedad, al margen de los “excesos neoliberales”.
Lo anterior no pretende ignorar la influencia de los modelos económicos ni tampoco
busca pasar por alto las estrategias de algunos gobiernos al delegar en los ciudadanos
la gestión de los recursos que necesitan para cuidar de sí mismos, dejando de lado las
responsabilidades mínimas que se espera de las instancias de gobierno. No obstante,
quiero subrayar y alertar sobre los resultados que ha documentado la literatura sobre
salud de los hombres, en términos de que muchas de sus muertes podrían posponerse
si los aprendizajes de género legitimaran el autocuidado en dicha población (Klein,
1995; Nesse y Kruger, 2002; De Keijzer, 2003; Figueroa, 2007, entre otros), o bien
si se evidenciaran los costos de la temeridad y de la búsqueda constante de riesgos,
valores asociados a muchos modelos de masculinidad.
Podría parafrasear la contradicción que sugieren los datos sobre las muertes mas-
culinas al contrastarlas con el derecho a la salud del que también son titulares los
hombres, en términos de que tienen el derecho a estar sanos pero no la obligación
de buscarlo. O bien, dicho en otro sentido, es necesario problematizar cómo es que
los sujetos del sexo masculino interpretan “el bienestar y el equilibrio” entre las di-
mensiones fisiológicas, las emocionales y las sociales, al que se alude en la definición
de la Organización Mundial de la Salud. La discusión sobre el sentido del derecho
humano a la salud adquiere matices diferentes dependiendo de si la salud se inter-
preta como el menor número posible de enfermedades, padecimientos o síntomas de
molestia, o bien como avances en el estado de equilibrio / bienestar biológico, psico-
lógico y social de una persona, de un grupo o de una colectividad.
Es decir, ¿podría ser que prácticas legitimadas y promovidas dentro de la identidad
de género de los varones fueran atentados a su derecho a la salud física o emocional,
desde la lectura de especialistas en dichos temas? De ser así, ¿qué significado adquie-
re entonces el derecho a la salud (que, de acuerdo con ciertas interpretaciones, supone
autocuidado físico y emocional), si potencialmente hay hombres que buscan ser re-
conocidos por sus pares, como un criterio de bienestar y de certezas en su autoestima
y que por ello dejan de cuidarse (desde otras interpretaciones) o incluso se exponen
254  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

intencionalmente a lo que algunos llamarían “factores de riesgo” para su salud (De


Keijzer 1995)? ¿Será que pueden calificarse como negligentes o violentos consigo
mismos, o bien con respecto a un personaje del colectivo social? De ser así, ¿cómo
monitoreamos su responsabilidad y cómo re-definimos su derecho a la salud?

¿Solo consigo o contra sí mismo?

En la experiencia de muchas personas del sexo masculino, se aprende que la exposi-


ción a lo que algunas teorizaciones describirían como “situaciones violentas corpo-
ralmente” son parte de los rituales a través de los cuales se construye la identidad de
género como hombres. Ello genera una lectura del cuidado diferente a lo que apren-
den muchas mujeres e incluso pareciera contribuir al desarrollo de un umbral de dolor
distinto, a partir de lo que es legítimo reconocer socialmente como incómodo, injusto
o desagradable (Herrera, 1999; Huerta, 1999 y 2002).
En conversaciones informales que he tenido con jóvenes varones les he pregun-
tado si “han vivido violencia”, y en diferentes momentos su respuesta es negativa.
Antes de festejarlo internamente, les pregunto si se han llegado a pelear a golpes con
alguien y muchas veces la respuesta es afirmativa. Cuando les pregunto quién inició
la pelea, las respuestas combinan la necesidad de defenderse o bien defender a alguien
más, ayudar a alguien a “poner en su lugar” a otra persona, o bien, hacerlo como jue-
go o deliberadamente buscando una ganancia, por iniciativa propia. A continuación
suelo indagar sobre las consecuencias físicas de dichas peleas y me han hablado de
fracturas, conmociones, pérdida de dientes y algunas “heridas más sencillas”. Cuando
retomo la indagación original en términos de que me aclaren si entonces han vivido
violencia me he encontrado con la respuesta de que “violencia como tal no fue, sim-
plemente es parte del ser hombre”.
Lo anterior podría estar relacionado con la forma en que se aprende a “curtir el
cuerpo” (Mishkind et al., 1987; López y Vélez, 2001; Connell, 2003 y Montejo,
2005, entre otros), muchas veces a través de valorar las heridas y las cicatrices que las
acompañan en tanto huellas de batallas vividas y de situaciones heroicas de las que se
puede y hasta se debe platicar y presumir. Esto permite evidenciar que se practica el
ser hombre (como performatividad) a partir, en parte, de lo que otras personas pueden
reconocer en un sujeto.
Una de las interpretaciones de este comportamiento temerario y con buenas dosis de
imprudencia alude al “mito del héroe” (Riquer, 1997), según el cual muchos varones
aprenden que para poder legitimarse como hombres deben llevar a cabo actos heroicos
ya que con ello tienen historias que contar. Una de las formas de hacerlo es exponerse
a situaciones peligrosas y luego conversar de aquellas a “las que se sobrevive”. Como
un ejemplo, lo que han mostrado algunos estudios antropológicos sobre la construcción
masculina de los cuerpos es cómo los varones presumen de sus cicatrices, pero no
de las que se hacen accidentalmente, sino de las que supuestamente se originan por
El derecho a la salud…  •  255

sobrevivir a situaciones riesgosas (Fagundes, 1995; Gastaldo, 1995; Riquer, 1997).


De alguna forma, se van legitimando a través de dichas huellas con el grupo al que se
quiere pertenecer y, en muchos casos, dicho grupo es el de los hombres.
Amparo Ochoa cantaba “eso de jugar a la vida es algo que a veces duele”, mientras
que algunas reflexiones previas las he sistematizado en un texto con el título de “Eso
de jugar a ser hombre es algo que a veces duele” (Figueroa, 2009b), enfatizando que
los aprendizajes de género de muchos hombres niegan el reconocimiento del dolor
bajo la amenaza de perder elementos de su hombría. Es decir, el juego o la represen-
tación de un script o libreto (como se le llama en teatro) puede generarle ambivalen-
cias, contradicciones (Kaufman, 1997) y dolores a muchos hombres pero, a la vez,
su procesamiento está permeado por un aprendizaje que los deslegitima y, por ende,
los lleva a no nombrarlos ni reconocerlos. Ello ha llevado a autoras (como Tena y
Jiménez, 2014) a señalar que algunos de sus sujetos entrevistados describen las ca-
racterísticas de un malestar, pero que, a pesar de ello, no lo nombran ni interiorizan
de esa manera y, por tanto, no buscan apoyo para trabajarlo.
Los malestares podrían ser detonadores de búsqueda de acompañamientos para
resolverlos, pero, a la par, su no reconocimiento pero sí su experiencia podrían gene-
rar situaciones de ira y violencia, por ser estas reacciones más legitimadas dentro de
ciertos modelos de masculinidad. El problema es que así como Kaufman (1997) alude
a contradicciones en el ejercicio del poder de los hombres, reconoce la violencia que
el sujeto acaba ejerciendo sobre sí mismo.
En una película sueca,1 un adolescente trata de cuestionar un aprendizaje que había
recibido (y reproducido) del ejercicio de la violencia, ya que de otra forma corre el
riesgo de ser expulsado de la única escuela que le dio la oportunidad de seguir estu-
diando. Se enfrenta al problema de que es agredido y tiene que controlar su “capaci-
dad de pelea”, incluso a pesar de tener “habilidades para las riñas”. Pocas personas
podrían ser identificadas como sus cómplices, por lo que parece atinado el título de la
película, además de que sugiere una reflexión analítica para profundizar en el tipo de
violencia al que están expuestos muchos varones, a veces por su propio quehacer. Es
decir, ¿será que están solos consigo mismos (al aprender a ser autorreferidos) o bien
que lo cuestionan clandestinamente y a solas… contra sí mismos?

Procesos de salud y enfermedad de los varones

En un estudio de Nesse y Kruger (2002), se llegó a la conclusión de que el principal


factor demográfico asociado a los diferentes niveles de mortalidad y sobremortalidad
entre la población femenina y la masculina es el hecho mismo de ser varón. Lo que
está detrás de esta conclusión de alguna manera es que, más que limitarse a acciones

1 La película “Sólo contra sí mismo” fue dirigida por Mikael Hafstrom, Suecia, 2003.
256  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

de salud pública para atender y curar las causas de morbilidad y mortalidad de los
varones, en términos de los efectos visibles y finales de las mismas, pareciera que
sería más eficiente un cuestionamiento sobre las causas que socialmente legitiman
como referente simbólico el ejercicio de la violencia por parte de los varones hacia
otros varones y hacia otras personas con las cuales llegan a vincularse, pero además
hacía sí mismos, a través de aniquilarse y de no cuidarse.

Suicidios y práctica del cuidado

El tema del suicidio permite e invita a profundizar sobre la soledad comentada an-
teriormente pero, a la vez, sobre el significado del derecho humano a la salud en
la experiencia de los hombres. De acuerdo con múltiples estadísticas, en diferentes
regiones del mundo las tasas de muerte por suicidios son mayores entre hombres que
entre mujeres, pero, a la par, los reportes de intentos de suicidio son más frecuentes
entre mujeres que en el caso de la población masculina.
Son diferentes las razones que se han identificado al tratar de dar cuenta de dichas
diferencias. Una de las mismas tiene que ver con que las mujeres recurren a formas
menos violentas que los hombres y, por ende, estos últimos logran “una efectividad
mayor” al tratar de matarse. Otra interpretación que se propone es que muchas mu-
jeres, en el fondo, no buscaban suicidarse sino pedir ayuda, al tiempo que hacían
evidente su hartazgo o desasosiego ante alguna situación problemática que estaban
viviendo antes del intento, mientras que para los hombres pareciera más difícil bus-
car apoyo de otras personas e incluso pueden ser cuestionados en caso de no lograr
su objetivo de matarse. Es decir, “acaban muriendo también de manera solitaria y
violenta”.
En una noticia de Notimex aparecida en el periódico Milenio en octubre de 2014,
se informa que se decidió sancionar legalmente a una mujer por haber abandonado a
su bebé en una estación del metro, y se argumenta que el motivo fue “omisión de cui-
dado”, bajo la hipótesis de abandono de una persona incapaz de valerse por sí misma
(Courtenay, 2002). Me pregunto si valdría la pena indagar sobre si muchos sujetos
del sexo masculino están expuestos a aprendizajes de género que acaban legitimando
que sean omisos respecto a su propio cuidado. De ser este el caso, ¿habría alguien a
quien responsabilizar al tratar de modificar este escenario?
Una dimensión que vale la pena incorporar en esta serie de reflexiones es el sentido
de “dejarse cuidar”; es decir, el derecho a la salud incluye el acceso a servicios de
salud pero, a la par, el uso de los mismos. En diferentes revistas dedicadas al estu-
dio de los procesos de salud y enfermedad (como la International Journal of Men’s
Health) es frecuente encontrar textos que abordan la pregunta de por qué los hombres
no van a los servicios de salud (Mansfield et al., 2003). Suele hablarse de falta de
promoción de los servicios, de incompatibilidad entre los horarios laborales y los
de servicios, e incluso de las resistencias de la población masculina a reconocerse
El derecho a la salud…  •  257

enferma o con la necesidad de revisarse de dolencias, o bien de carencia de medicina


preventiva. No obstante, me gustaría proponer una reflexión sobre el significado de
“dejarse cuidar”.2
Tronto (1993) sugiere cuatro acepciones del término de cuidado, desde el con-
seguir los recursos para que otros cuiden hasta el hecho mismo de que una persona
es cuidada y recibe atenciones por parte de otros.3 Este autor comenta que las dos
primeras modalidades “suelen masculinizarse” en los arreglos sociales, mientras que
las dos últimas (de cercanía física con el acto de cuidar) suelen recaer más en la ex-
periencia de las mujeres, incluyendo el recibir cuidado. Es decir, pareciera que en la
experiencia de algunos varones el ser cuidado implica reconocer, de alguna manera,
dependencia y vulnerabilidad, por lo que no es extraño que se molesten ante la ex-
periencia evidente de una enfermedad y, por ende, que demanden atención hasta de
forma autoritaria, quizá con el fin de justificar socialmente que están enfermos.
Apoyada en Foucault, Nora Muñoz (2006: 73-74) apunta la presencia de dos ten-
dencias opuestas en la experiencia de muchos hombres al determinar maneras par-
ticulares de cuidarse; por un lado, una tendencia de pensamiento predefinido y, por
otro, un pensamiento construido reflexivamente. El pensamiento predefinido atiende
a las influencias del mundo exterior, recepción de una manera acrítica que, para este
caso, estaría referida a la aprehensión incuestionable de las representaciones sociales
hegemónicas sobre la masculinidad. En este caso no tendría capacidad para cuidar
de sí, porque su voluntad no es libre, sino quedepende de las imposiciones del mun-
do exterior. El pensamiento construido de manera reflexiva significaría actuar de tal
forma que uno pueda tender hacia uno mismo como si fuese el único objeto que se
puede querer de forma libre y absoluta.4

Accidentes viales y mortalidad asociada a los mismos

Otra causa importante de muerte entre los hombres tiene que ver con accidentes auto-
movilísticos, en especial en grupos de edades jóvenes. En diferentes estudios se ha
observado que ello no solamente tiene que ver con el consumo de alcohol, sino inclu-
so con el hecho de que se maneja a altas velocidades (Treviño et al., 2014).
En un reportaje realizado en Argentina, se encontró que muchos hombres decla-
raban que no respetan los señalamientos de tránsito ya que “estos están pensados

2 Nora Muñoz encuentra en un grupo de varones jóvenes el enorme peso que continúan teniendo las

normas y reglas socioculturales tradicionales que han sido estipuladas para el género masculino, las cuales
incitan a estos varones a mantener códigos y maneras de hacer tendientes al “descuido” de la salud, debido
a la carga que la cultura y la sociedad han atribuido a las diferencias genéricas (2006: 154).
3 Las cuatro modalidades incluyen: 1. preocuparse por; 2. encargarse de; 3. dar cuidado; 4. recibir

cuidado.
4 Puede verse también el texto de Hausmann et al. (2008). “Women seek for help, men die! Is depres-

sion really a female disease?”


258  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

para quienes no saben manejar, es decir, las mujeres”. No obstante, las estadísticas
muestran mayores imprudencias al manejar por parte de los hombres (asociadas a
accidentes más violentos, dada una mayor velocidad al conducir) y, por ende, más acci-
dentes producidos por ellos, al margen de que en el imaginario social se hable de que
“las mujeres no saben manejar”, incluso dicho por personas del sexo femenino. Sin
embargo, las tasas de accidentes viales y las de trabajo son superiores en la población
masculina, en parte por la práctica socialmente legitimada de la temeridad, por una
noción de menor vulnerabilidad y por una representación de no necesitar cuidarse
(Gastaldo, 1995; Stillion, 1995). Al parecer, la población masculina tiene serios pro-
blemas, pero no de acceso a servicios de salud, sino de legitimar simbólicamente el
cuidado de su salud como un derecho.
Vale la pena regresar al concepto de derechos humanos como aquellas capacidades
con las que cuentan las personas para poder desarrollarse como tales y que, por lo
mismo, socialmente les son reconocidas para poder ejercer como personas (Bidart,
1989; Madrazo, 1993; García Romero, 1996 y Cervantes, 2001, entre otros). Más
allá de una prerrogativa o privilegio, los caracteriza como humanos y de ahí la necesidad
de asegurarlos, reconocerlos y de construir condiciones sociales para su ejercicio y,
paralelamente, para alertar sobre las condiciones que los inhiben, en particular las que
atentan contra los mismos.
Si se recuerda a Franca Basaglia (1984) cuando señaló, hace tiempo, que muchas
mujeres aprenden a ser “un cuerpo para los otros” derivando en un ser para los de-
más, lo que la literatura sobre masculinidad a veces pareciera reflejar es que muchos
varones aprendemos a “ser un ser para nosotros”, no para los otros, “un ser para sí”, o
bien “un ser autorreferido”. Lo que es muy extraño es que un ser para sí no cuide de
sí; ¿qué pasa con alguien que ve por él, pero no cuida de sí mismo? Es decir, ve por
él simbólicamente, ya que trata de cumplir un estereotipo de la masculinidad, porque
existe una presión de los pares, pero, a la par, fallece prematuramente por ser hombre,
tratando de alcanzar cierto estándar de la masculinidad, en particular a través de no
cuidar de sí mismo.

Algunas preguntas para dialogar

Este último apartado presenta una serie de preguntas con el fin de estimular reflexio-
nes colectivas alrededor del significado de derecho a la salud en el entorno de una
población que presenta dificultades de acceso simbólico al autocuidado, pero que a la
par experimenta lo que podría denominarse “violencia contra sí mismo”, ya sea por
omisión o por una agresión directa al cuerpo, a partir de interpretar que de esta for-
ma el sujeto se legitima en función de su identidad de género, incluso interpretando
racional o irracionalmente que a través de ello alcanza reconocimiento de sus pares y
que, por tanto, ello le genera una sensación de bienestar.
El derecho a la salud…  •  259

Reflexión sobre la “negligencia suicida” y la “posible imprudencia”

¿Qué significa que una persona sea descrita con un comportamiento que puede ser
calificado de “negligencia suicida”? La negligencia es la omisión, el descuido volun-
tario y consciente en la tarea cotidiana que se despliega a través de la realización de
un acto contrario a lo que exige y supone el deber que esa persona realiza. De acuerdo
con Goncalvez et al. (2012), “el suicidio es un acto de autoaniquilamiento, compren-
dido como un malestar multidimensional sufrido por un individuo que identifica un
problema para el cual el autoexterminio es percibido como la mejor solución”.
¿Cómo interpretar que la muerte de un sujeto pueda ser caracterizada como “morir
como hombre”, o bien que se afirme que “ser hombre es malo para la salud”? Lo que
de alguna manera se está asumiendo es que el destino de los sujetos del sexo mascu-
lino está asociado a muertes violentas, en muchos casos originadas por otros hombres
(homicidios y accidentes automovilísticos –de los que son víctimas– como ejemplos),
o bien por una falta de cuidado de sí mismos (por ejemplo, la cirrosis hepática o las
imprudencias en accidentes de trabajo o al manejar). Me pregunto qué significado
tiene académica y políticamente “la negligencia y la imprudencia con respecto a sí
mismo”.
¿Cómo se puede interpretar que en ejercicios de simulación estadística se concluye
que si se redujeran las tasas de muerte de los hombres a los niveles de las observadas
en las mujeres (incluso controlando las derivadas de diferencias biológicas), se evi-
tarían más muertes que teniendo cura para todos los tipos de cáncer (Nesse y Kruger,
2002)? ¿Es un mero juego hipotético o se les puede alertar a los sujetos masculinos
que “traen permanentemente consigo” un factor de riesgo?5

Reflexión sobre la “violencia contra sí mismo”

¿Será que resultan suficientes las definiciones que sobre violencia se usan en ciencias
sociales y en algunos ámbitos de política pública, en el proceso de monitorear con-
ductas abusivas, de control y de dominio? La violencia física y psicológica se asume
como un comportamiento que, bien sea por acto o por omisión, tiene el propósito de
lastimar, dañar o lesionar a “otra persona”. Destaco “otra persona”, ya que un “sujeto
enajenado” podría ser motivo de vigilancia o confinamiento, ante el riesgo de que se
dañe a sí mismo. De la misma manera un hijo puede ser retirado de la custodia de sus
progenitores si éstos no son considerados competentes para su cuidado.
¿Qué sucedería entonces con un sujeto que dentro de los estándares de “en pleno
uso de sus facultades mentales” se infringe daños o se deja de cuidar, pero cuando a

5 “El cuidado de sí designa un determinado modo de actuar, una forma de comportarse que se ejerce so-

bre uno mismo, a través de la cual, según Foucault, uno se hace cargo de sí mismo” (Muñoz, 2006: 90).
260  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

la par se ha documentado que los modelos de socialización de los que es consecuen-


cia y autor (como señalaría Sartre) han legitimado sus conductas autodestructivas?,
¿habría necesidad de cuidarlo externamente de sí mismo? Desde un desdoblamiento
existencial, ¿podría estar ejerciendo violencia contra sí mismo, dado que su criterio
asumido del deber ser incluye ‘dañarse y lastimarse’, ya sea que lo nombre así o que
lo interprete de otra forma, al margen de las consecuencias en su cuerpo-persona?

Reflexión sobre “el cuerpo violentado”

¿Qué posibilidades existen de resignificar las representaciones sociales sobre los


cuerpos masculinos, pero no únicamente por ser usados como herramienta de batalla
o como armaduras (a través de las corazas corporales, alimentadas por la acumulación
de cicatrices), sino como objeto de violencia hacia sus mismos usuarios? Es decir,
¿serviría aludir a violencia de género entre personas del sexo masculino, al margen de
que las definiciones hegemónicas de la categoría la centran en la que ejercen los hom-
bres sobre las mujeres con el fin de mantener un sistema de dominación masculina?
¿Será violencia de género, desde el género o por razones de género, la que viven
las personas del sexo masculino en diferentes momentos de su vida (incluso llegando
a morir por ello), al margen de que ésta la ejerzan personas del mismo sexo o incluso
el mismo sujeto?, ¿no haría falta ser más rigurosos e innovadores en la identificación
de las posibles causas que la originan?
Una de las categorías retomadas de la literatura que podrían ser utilizadas para
repensar la forma de vincularse entre los hombres con sus cuerpos y, a través de ellos,
con su salud surge del título de una novela mexicana publicada recientemente, a saber
Cuerpos náufragos (Clavel, 2005). Diferentes datos parecieran mostrar que el varón
acaba siendo un extraño para y con respecto a su propio cuerpo, en la búsqueda de
cumplir una identidad socialmente construida. De alguna manera, como si fueran
náufragos respecto a su cuerpo, se mueven extraños al mismo, en busca de una iden-
tidad fragmentada y frágil al mismo tiempo, por su carácter contradictorio, volátil y
ambivalente, como ha sido documentado en los estudios sobre masculinidad.
Pablo Herrera (1999) señala que en los procesos de aprendizaje de la forma de ser
hombre muchas personas aprenden a minimizar el ejercicio del tacto y el contacto en
sus intercambios cotidianos, disminuyendo profundamente la comunicación a nivel
de piel y, por ende, minimizando o reduciéndo el espectro a través del cual se mani-
fiestan y reconocen los sentires corporales.6

6 ¿Cómo dialogar con Merleau-Ponty (citado por Nora Muñoz, 2006: 78), en términos de que “no es

preciso decir yo tengo un cuerpo, sino yo soy cuerpo”?


El derecho a la salud…  •  261

Reflexión sobre “responsabilidades en un entorno de negligencia”

¿Será que necesitamos una categoría para caracterizar de manera asertiva la falta de
cuidados legitimada socialmente en la experiencia de muchos varones?, ¿qué pasa
con la categoría de negligencia interpretada como un descuido que puede ser objeto
de una demanda penal, cuando ésta es aplicada para un sujeto que se maltrata y se
descuida a sí mismo, generándose una “muerte prematura”?
¿Cómo se podría recuperar la distinción que se hace en el campo de los derechos
respecto al sujeto activo y al sujeto pasivo de un derecho en el tema de la salud,
cuando a la vez se combina con las responsabilidades individuales, institucionales
y colectivas de monitoreo de los procesos de salud y enfermedad?, ¿Qué sentido
tendría esto en términos de política pública y de programas en ámbitos relacionados
con la salud, sin restringirlos a los tradicionalmente identificados en asociación con la
práctica médica? Si se ha reconocido que la masculinidad hegemónica es uno de los
obstáculos principales para ejercer el derecho a la salud, ¿cómo deconstruirlo desde
la lógica de los derechos humanos?
Si bien se reconoce al Estado como un agente corresponsable en el cuidado de la
salud al participar en los procesos educativos para el cuidado individual de la salud,
¿cómo considerarse también los procesos que se desarrollan y que permiten a los in-
dividuos “pre-ocuparse” de su salud (Vieira Pinto, 1973); es decir, prever y ocuparse
previamente de la misma, con el fin de poder influir sobre su entorno?
¿Podría recuperarse la propuesta de Luis Bonino (1995) al identificar microma-
chismos como una forma de desglosar la categoría de machismo a partir de las mi-
crorrelaciones de poder que sugiere Foucault al analizar el poder, quizá desglosando
los aprendizajes de género de muchos sujetos del sexo masculino, que les dificultan
reconocerse frágiles y vulnerables y, por ende, necesitados y dignos de cuidado?,
¿cómo recuperar los recursos sociales que le permiten a los individuos irse apode-
rando del contexto e ir influyendo sobre el mismo, por ejemplo cuestionando sus
identidades de género?

Reflexión sobre “el cuidado de sí y el autocuidado”

¿Cómo se podría generar una reflexión significativa (desde la lógica del conocimiento
significativo del que se habla en la pedagogía) para interpretar, desde la experiencia
de la población masculina (con su reconocida heterogeneidad), que dicha población
parece presentar serios problemas para ejercer el derecho humano a la salud, pero no
precisamente por falta de acceso, sino por el tipo de discurso asumido al respecto y
por el significado ambivalente que tiene para muchos de ellos el cuidado de su salud
en tanto derecho? Es decir, ¿de qué manera socializar recursos para irse apoderando
del contexto e influir sobre el mismo, al cuestionar identidades de género autodestruc-
tivas y promover una preocupación por la salud como un acto reflexivo?
262  •  Juan Guillermo Figueroa Perea

¿Será una imprudencia teórica y política demandar en la experiencia de los varo-


nes el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, para lo cual podría pasarse primero
por apropiarse del mismo?, ¿y si se significara el proceso de problematización como
uno de los autocuidados colectivos?, ¿quizá como un cuerpo social que tiene islas y
células independientes, pero donde el todo subsiste por el proceso de interacción de
cada parte?, ¿es una utopía o bien un artificio demagógico?
¿Serviría intentarlo a través de evidenciar que las diferentes estrategias de cuidado
(como las que señala Tronto, 1993) se relacionan de manera complementaria como
un sistema, sin que ello legitime desigualdades ni tampoco reproduzca especializa-
ciones excluyentes y jerárquicas (como las denomina Lagarde, 1990)? De ser así,
¿hasta dónde el dejarse cuidar es un exceso en condiciones de desigualdad pero, a
la par, una posible agresión o confrontación para algunos aprendizajes de género,
principalmente entre varones?, ¿hasta dónde depende de que otras personas también
les reconozcan que su forma de ver por los demás es una forma de cuidado con la
gentileza y la fraternidad que ello implica?
¿Valdría la pena preguntarse más ampliamente qué significa para los varones cui-
darse y dejarse cuidar y no únicamente por qué no van a los servicios de salud, como
representación social de lo implica su derecho a la salud?

Epílogo

Este texto no pretende aportar respuestas a las preguntas anteriores, sino invitar a
reflexionar alrededor de las mismas, a partir de problematizar certezas en los apren-
dizajes de género y, de paso, los supuestos epistemológicos y gnoseológicos de las
categorías usadas para estudiar el significado del derecho a la salud.
Una propuesta de política pública, de debate y de discusión para cuestionar algu-
nas de las diferentes causas de muerte de los hombres consistiría en problematizar
modelos de masculinidad, de tal manera que los hombres tuviéramos la posibilidad
de resignificar relaciones con nuestro propio cuerpo, porque al hacerlo seguramente
resignificaríamos las relaciones con todos los otros cuerpos con los que regularmente
nos relacionamos.
Vale la pena reflexionar en futuros trabajos sobre la distinción que propone Nora
Muñoz (2006: 157-158), al distinguir autocuidado y cuidado de sí, ya que el primer
término es definido como “el conjunto de acciones intencionadas que realiza la perso-
na para controlar los factores, internos o externos, que pueden comprometer su vida y
desarrollo posterior. Éstas tienen como objeto mantener el funcionamiento íntegro de
la persona de forma independiente”. Esta definición deja entrever que el autocuidado
se orienta a las prácticas y a las actividades que realizan los sujetos para el cuidado de
su salud. En la contraparte, el cuidado de sí se define, en cambio, como “una actitud
en relación con uno mismo, con los otros y con el mundo”, lo que lo ubica como una
categoría global que involucra el autocuidado entre sus componentes fundamentales,
El derecho a la salud…  •  263

debido a que, para poder desarrollar el conjunto de acciones que connota el autocuida-
do, debe existir un proceso de construcción de significados que orienten dichas accio-
nes. Así, el conjunto de actitudes que asumen los sujetos (cuidado de sí) se convierte
en una razón sin la cual no sería posible adoptar y desarrollar prácticas (autocuidado)
orientadas al mantenimiento de la salud.
Resulta necesario, por ende, profundizar en las coincidencias y diferencias entre
las categorías de “ser para sí” y “ser que cuida de sí”. Al parecer, los varones son
seres entrenados para “pensar en sí mismos”, como parámetro de referencia de la co-
tidianidad, dentro de una sociedad patriarcal, pero incluso sin necesidad de conocerse
ni justificarse, pues se asumen como el sujeto social de referencia. Sin embargo, si
los varones buscaran hacer sinónimo el “ser para sí” con un “cuidado de sí”, ello los
obligaría a dejar de pensar en sí mismos como el ser de referencia en la organización
social y acabarían relativizándolo, construyendo referentes relacionales en sus inter-
cambios de género y dándole forma a su ser como un “yotro” (Fernández, 2007); es
decir, el yo como el otro, o bien “un sujeto en relación” permanente.

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La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  267

LA MEDICIÓN DEL TIEMPO. OPORTUNIDADES Y DESAFÍOS


PARA LA VISIBILIZACIÓN DE LOS TRABAJOS DOMÉSTICOS
Y DE CUIDADOS

Sandra Milena Franco Patiño*

Resumen

Este documento reflexiona sobre los alcances, las restricciones y los desafíos en el recono-
cimiento del trabajo de cuidado, realizado mayoritariamente por mujeres, en las políticas de
desarrollo social y económico de los países latinoamericanos. Con base en un análisis des-
criptivo de las encuestas del uso del tiempo implementadas en el contexto latinoamericano
en los últimos 15 años y situada desde la perspectiva de la economía feminista, destaco los
nodos centrales de discusión en torno a la necesidad de reconocer y cuantificar las tareas y
las actividades que conforman el trabajo de cuidado, como una estrategia para incidir en las
prácticas que orientan la formulación, el diseño e implementación de políticas públicas y en
la transformación, aunque lenta, de los imaginarios socioculturales respecto a las tareas y los
trabajos que se consideran productivos en una sociedad.

Palabras clave: trabajo de cuidado, género, mujer, encuestas de uso del tiempo.

Abstract

This paper reflects on the achievements, constraints and challenges in recognition of care work,
done mostly by women, in the policies for social and economic development of Latin Ameri-

* La autora agradece a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na-
cional Autónoma de México y al Proyecto papiit ig 300-713 “Género y Globalización en los Debates de la
Historia y la Teoría Social Contemporánea” la publicación de este capítulo en el libro América globalizada.
Reinterpretaciones de las relaciones de género, desafíos y alternativas.
268  •  Sandra Milena Franco Patiño

can countries. I chose the perspective of feminist economics for to analyze the use of time in
the housework and care work. Based on surveys implemented in Latin American in the last
15 years, this articles argues the importance of recognize and quantify the tasks and activities
embedded in the housework and care work and it suggest that the statistical evidence about
these works can to be a strategy to influence the practices that guide the formulation, design
and implementation of public policies.

Key words: care work, gender, women, use of time survey.

Introducción

La condición de subordinación de las mujeres en las sociedades es una constante histó-


rica. Superar esta condición requiere el compromiso y el esfuerzo sostenido de diversos
actores (Estado, gobierno, instituciones, organizaciones sociales, gremiales, políticas,
profesionales, entre otras), en diversas instancias (legislativas, académicas, de lucha
social), para hacer posible el reconocimiento de las mujeres como sujetos de derechos y
equiparar el valor material y simbólico de los trabajos que ellas realizan en las diversas
esferas de la vida social: familia, comunidad, mercado.
Las feministas, a través de su lucha política, y las intelectuales de diversas disci-
plinas de las ciencias sociales y humanas, a través de investigaciones y generación
de conocimiento, han asumido un compromiso por comprender la realidad histórica,
social, política y económica de las condiciones de desigualdad entre varones y muje-
res en las diferentes sociedades y periodos. La práctica política y la producción aca-
démica han sido factores determinantes para incidir de manera crítica y propositiva
en las estructuras de ordenamiento social, en los esquemas ideológicos y en los siste-
mas de poder que sostienen relaciones de desigualdad social. Uno de los logros más
importantes de las últimas tres décadas ha sido el introducir la discusión del trabajo
de cuidados como un componente central del bienestar, lo que ha llevado a analizar
los impactos que las políticas sociales y económicas de los países han tenido en el
sostenimiento o modificación de las condiciones de desigualdad, y a tomar algunas
medidas que permitan superarlas.
Este documento busca reflexionar sobre los alcances, las restricciones y los de-
safíos en el reconocimiento del trabajo de cuidado que realizan mayormente, pero
no exclusivamente, las mujeres en las políticas de desarrollo social y económico de
los países latinoamericanos. Para fundamentar la reflexión, se hace un análisis des-
criptivo de las encuestas del uso del tiempo implementadas en América Latina como
herramienta que permitirá registrar diversos trabajos y tareas que producen bienes y
servicios de bienestar, contabilizar los tiempos y las características de dedicación en
estos trabajos diferenciados por hombres y mujeres, y cuantificar el aporte económico
que ésto representan en el conjunto de las cuentas nacionales.
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  269

Con estos fines, el artículo se estructura en tres partes. La primera, denominada


“La división sexual del trabajo: factor estructural y estructurante de la desigualdad”,
muestra los aportes de la economía feminista respecto a la necesidad de reconocer el
trabajo de cuidado y el aporte de las mujeres en por lo menos dos planos: el econó-
mico y el sociocultural. Una estrategia de reconocimiento son las Encuestas de Uso
del Tiempo (eut), herramienta de apoyo para la formulación de políticas que desde
una perspectiva de género incluyen el trabajo de cuidados como componente central
en la provisión de bienestar, eje de reflexión de la segunda parte del documento.
Finalmente, la tercera parte dilucida algunos alcances, restricciones y desafíos en el
reconocimiento del trabajo de cuidado en las políticas de desarrollo social y econó-
mico de los países latinoamericanos.

La división sexual del trabajo: factor estructural y estructurante


de la desigualdad

Diversos estudios académicos y políticos convergen en señalar la división sexual del


trabajo como uno de los núcleos de la desigualdad entre los sexos. La división y la
especialización del trabajo por sexo y entre sexos ha sido la lógica de ordenamiento
que las sociedades han establecido para su funcionamiento. Aunque se reconoce la
importancia de la distribución de labores como estrategia que facilita la eficiencia y
la eficacia en el cumplimiento de logros y propósitos, el punto álgido de la discusión
se centra en las razones por las cuales la diferencia se acompaña de desigualdad.
La desigual valoración de la división sexual del trabajo obedece a que ésta es un
núcleo estructural y estructurante en las relaciones entre los sexos. Estructuralmente,
el orden sociomoral, político y económico de la mayoría de las sociedades occiden-
tales ha cimentado la división del trabajo en una ideología patriarcal que supone una
superioridad de los varones respecto a las mujeres. La asignación del rol como provi-
dente económico de la familia y la configuración del espacio público como ámbito de
lo productivo,1 privilegiado y exclusivo de lo masculino, fundamentan las diferencias
jerárquicas en las que los varones ostentan mayor autoridad, poder y status en el
ámbito familiar y social. El reparto de labores entre los sexos, basado en la ideología
del sistema patriarcal, estructura a su vez el sistema de creencias, valores y normas
aprehendidas e internalizadas por los sujetos, hasta el punto que la desigualdad se
“naturaliza” como condición intrínseca y propia de la condición femenina. La desi-

1 La discusión sobre el carácter productivo de los trabajos data de 1934, cuando Margaret Reid in-

trodujo el criterio de la tercera persona para considerar las actividades productivas como todas aquellas
“actividades que pueden ser hechas alternativamente por una tercera persona dentro o fuera del hogar
como una actividad de mercado o no y que producen bienes o servicios mercantilizables” (Reid [1936]
citada por Bonke, 1995: 20).
270  •  Sandra Milena Franco Patiño

gualdad no deriva directamente de la diferencia de los sexos,2 sino de los valores, las
normas y las creencias socioculturales que fundamentan las identidades masculinas y
femeninas y, con ello, la valoración jerárquica que las sociedades otorgan a los roles
y los trabajos que desempeñan unos y otras.
Desde esta perspectiva, el modelo económico capitalista expresa el carácter es-
tructural y estructurante de la división sexual del trabajo en la jerarquización de los
espacios público y privado, de las personas que de él participan –hombres y muje-
res– y de las actividades que allí se realizan productivas e improductivas. A razón
de ello, desde los años sesenta del siglo xx, las feministas cuestionaron la visión
androcéntrica de la economía neoclásica y marxista y la centralidad en las actividades
del mercado que han caracterizado el ordenamiento económico;3 el androcentrismo,
por cuanto refuerza la supremacía masculina en las actividades del mercado a costa
de invisibilizar o desconocer las actividades que también llevan a cabo las mujeres
en éste, invisibilización que se acompaña de juicios de valor que descalifican la labor
de las mujeres y la subvaloran mediante clasificaciones de las ocupaciones que se
consideran socialmente improductivas o no económicas; la preponderancia de las
actividades mercantiles, porque dicho énfasis omite y excluye un conjunto de traba-
jos (como la alimentación en el hogar, las tareas domésticas, el cuidado de personas
dentro y fuera del hogar, la gestión de recursos) que producen bienes y servicios en
diversos ámbitos de la sociedad (hogar, comunidad, mercado), actividades con o sin
remuneración económica y cultural, orientadas al cuidado de la vida humana, reali-
zadas generalmente por mujeres.
La postura crítica de la economía feminista constituyó una oportunidad para: a) dis-
cutir el carácter productivo de los trabajos intra y extra-domésticos; b) reconocer
el cuidado como un trabajo con contenido material y emocional que hace posible el
bienestar individual, familiar y social; c) destacar el aporte que las mujeres hacen al
funcionamiento del sistema económico.
La consideración de estos componentes condujo a revisar los conceptos y las ca-
tegorías analíticas, eminentemente economicistas, con las que tradicionalmente se
habían estudiado estos temas por resultar insuficientes para explicar la heterogenei-
dad y la variedad de trabajos y actividades socialmente necesarios, las racionalidades
en que se fundamentan y la multiplicidad de instituciones distintas del mercado que
participan de la provisión social del bienestar. Igualmente, condujo a diseñar otros
instrumentos que capten de mejor manera y en mayor medida las complejas formas
de trabajo que se efectúan en el marco de relaciones de mercado o por fuera de ellas,

2 Marta Lamas, “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género”, Papeles de Población, núm. 21,

julio-septiembre, Toluca, 1999, pp. 147-178; Luz Gabriela Castellanos, “Sexo, género y feminismo: Tres
categorías en pugna”, en Patricia Tovar Rojas (compiladora), Familia, género y antropología: Desafíos y
Transformaciones, Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2003, pp. 31-65.
3 Amaia Pérez O., “Estrategias feministas de deconstrucción del objeto de estudio de la economía”,

Foro Interno, núm. 4, 2004, pp. 87 -17.


La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  271

de manera remunerada y no remunerada, para que se incluyan en las estadísticas y las


mediciones de productividad económica de los países.4
Acorde con ello, desde la década de los noventa del último siglo, el estudio sobre lo
que las sociedades hacen para (des)favorecer el cuidado ha pasado del debate teórico
a la práctica concreta del desarrollo de los países, mediante dos estrategias centra-
les. La primera, la institucionalización de un sistema de medición para identificar el
alcance y la magnitud de la desigualdad social ocasionada por la división sexual del
trabajo. Se trata de registrar, desde una perspectiva de género, los múltiples trabajos
(remunerados o no) que ocurren en la sociedad con su respectiva inversión del tiem-
po y las personas que lo realizan. En estrecha relación con ello, la segunda estrate-
gia busca incidir en las decisiones políticas para superar la desigualdad, mediante la
formulación, ejecución y seguimiento de políticas públicas que incorporen medidas
que tengan en cuenta las especificidades de la realidad social, como también que los
países incorporen en los registros de cuentas nacionales los diversos trabajos como
indicadores económicos.

La institucionalización de un sistema de medición del tiempo.


Herramientas para visibilizar los trabajos de cuidados

La problematización que introdujo la economía feminista a los paradigmas y concep-


tos ortodoxos que han fundamentado el pensamiento y la práctica económica, sumada
al aumento de la participación de las mujeres en el empleo, los problemas relativos al
cuidado de las personas, los cambios en las relaciones entre géneros y generaciones,
en los modelos de familia y en las relaciones familiares, entre muchos otros cambios
profundos, abrieron el camino para posicionar, tanto en el ámbito académico como
en las instituciones encargadas de las estadísticas oficiales, la creación de sistemas
de medición de las desigualdades, en los que destacan los estudios sobre el uso del
tiempo, que en los países desarrollados ya contaba con una larga tradición.5
4 Rosario Aguirre, “Los cuidados familiares como problema público y objeto de políticas”, en Política

hacia las familias, protección e inclusión sociales, Reunión de expertos, cepal, 2005; Valeria Esquivel, La
economía del cuidado en América Latina. Poniendo los cuidados en el centro de la agenda. pnud, 2011,
pp. 41; Soledad Salvador, Comercio, género y equidad para América Latina: Generando conocimiento
para la acción política. Estudio comparativo de la “economía del cuidado” en Argentina, Brasil, Chile,
Colombia, México y Uruguay, Red Internacional de Género y Comercio, Capítulo Latinoamericano. Dis-
ponible en: <http://www.generoycomercio.org/investigacion.html>.
5 Los antecedentes de la implementación de esta herramienta indican que en Europa (Londres, 1913; la

URSS, 1924) y Estados Unidos (1920 y 1934) se hicieron los primeros desarrollos. Después de la II Gue-
rra Mundial comenzaron a proliferar este tipo de encuestas, entre las que se destacan el llamado Estudio
Szalai, auspiciado por la unesco, entre 1965 y 1966 en 13 ciudades de 11 países (Bélgica, Checoslovaquia,
ex RFA, Francia, Hungría, Bulgaria, Polonia, ex URSS, Estdos Unidos, Yugoslavia). Otros países han
sistematizado este tipo de encuestas, como Holanda, que la realiza cada cinco años, y Dinamarca, Gran
Bretaña y Francia, que la llevan a cabo cada 10 años; Canadá realiza este tipo de estudios como parte de la
General Social Survey. Con menos sistematicidad, países como Bélgica, Alemania, Italiay España cuentan
con experiencias importantes de registros de uso del tiempo.
272  •  Sandra Milena Franco Patiño

En el contexto latinoamericano, y por el fuerte impulso que ofreció la cepal en la


institucionalización de estos sistemas de medición, a partir de la última década del
siglo xx se genera un apogeo en la aplicación de Encuestas del Uso del Tiempo (en
adelante eut), que cuantifican la duración de las diversas actividades realizadas por
una determinada población en un día promedio. Éstas han sido la herramienta esta-
dística más utilizada por los países6 para captar la manera y las características de la
organización social de los trabajos: del mercado laboral o productivo, del trabajo de
los hogares o doméstico y de los trabajos de cuidados.
Si, como se mencionó anteriormente, para alcanzar la equidad es necesario trans-
formar la división sexual del trabajo como factor estructural y estructurante de la
desigualdad, entonces es necesario documentar y demostrar con datos concretos el
carácter y la forma que asume tal inequidad. Se trata de demostrar la concentración
histórica que el trabajo doméstico y de cuidados ha tenido en cabeza de las mujeres,
como resultado del entramado de relaciones económicas, sociales y políticas que
sostienen este ordenamiento social, que es lo que la economía feminista denuncia.
Dado que el uso del tiempo está relacionado con prácticas culturales y con condi-
ciones materiales y económicas concretas de los países, hay dificultades para estan-
darizar la variabilidad existente en el manejo y la distribución del tiempo, así como
en el tipo y las formas de llevar a cabo ciertas actividades. Esta situación condujo,
por una parte, a que algunos organismos internacionales propusieran una clasificación
estandarizada de actividades para establecer unos mínimos criterios de comparación.7
Por otra parte, se consideraron diversas alternativas de medición de los trabajos y su
representación en el conjunto de la economía. Las más relevantes y de mayor criterio
de comparación son: Encuestas Específicas, Cuentas Satélites8 y Módulos de Encues-
tas del Uso del Tiempo eut (Tabla 1).

6 En 2007, doce países latinoamericanos habían aplicado eut. Los pioneros fueron Cuba (1985 y

2002), República Dominicana (1995), México (1996, 2002) y Nicaragua (1998). En la década posterior,
Guatemala (2000 y 2006), Bolivia (2001), Uruguay (2003), Ecuador (2004), Costa Rica (2004), Argentina
(2005), Colombia (2006, 2007) y Panamá (2011) (cepal, 35).
7 Clasificación Internacional de Actividades para Encuestas sobre el Uso del Tiempo (icatus) y otras

relacionadas. Esta clasificación considera actividades generales de manera que puedan incorporarse como
un módulo anexo a las encuestas de hogares. La clasificación es de carácter jerárquico y suma un total de
401 actividades que cada país retoma según sus particularidades e intereses.
8 ops, La economía invisible y las desigualdades de género. La importancia de medir y valorar el

trabajo no remunerado, p. 62. Las cuentas satélites se orientan a incluir aquellas actividades que no se
registran en las cuentas nacionales o que sí se incluyen pero no en suficiente detalle. Estas cuentas saté-
lite permiten cierta redefinición de los conceptos, modificaciones del alcance o de la inclusividad y más
pormenorización, esto explica por qué algunas observaron lo relativo al trabajo no remunerado como
antecedente de las eut.
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  273

Tabla 1
Sistemas de medición de los trabajos doméstico y de cuidados utilizados
por los países latinoamericanos
Estrategias* Descripción Países Año Observaciones
Abarca la variedad y si- Cuba 2001 Encuesta de presupuesto del tiempo
multaneidad de actividades y encuesta sobre el tiempo libre
que se realizan. (cinco municipios).

El registro considera lo Chile 2003 Encuesta nacional de trabajo


efectuado por días, entre infantil en el Programa Integrado de
días, por semanas, perio- Encuesta de Hogares (pideh).
dos de vacaciones.
Encuestas Su aplicación requiere alta Encuesta piloto en región metro-
específicas inversión. politana
del uso del 2008
tiempo Ecuador La primera encuesta se hizo para
2005 tres ámbitos geográficos étnicamen-
te diferenciados. En el II semestre
de 2007 se aplicó eut nacional con
representatividad urbana, rural y
provincial con un enfoque multiét-
nico y pluricultural.
Uruguay 2003 Realizada en Montevideo y área
metropolitana.
La ops impulsó esta Colombia 2005 Cuenta satélite de hogares.
iniciativa para identificar la
Cuentas contribución no remunera- Cuenta satélite del trabajo no remu-
satélites da de las mujeres al cuida- México 2003 nerado de los hogares.
desde la do de la salud. Se sugiere
dimensión considerar esta estrategia
de género para visibilizar los trabajos
que contribuyen a la supe-
ración de la pobreza.
* Además de estas estrategias, algunos países han desarrollado investigaciones aisladas de carácter na-

cional, como en el caso de Cuba, que en el año 2000 incorporó el enfoque de género en el programa de
Desarrollo Humano con el apoyo del pnud, o Chile, que en 2003, en convenio con la oit, orientó esfuerzos
a medir el trabajo infantil y adolescente.

Fuente: cepal (2007). Informe del VIII Encuentro Internacional de Estadísticas de Género para Políticas
Públicas.

Menos comparativas, aunque también de uso ampliado, han sido:

• Las encuestas de tareas cortas o largas, caracterizadas por un registro ágil, aunque
restrictivas en el número de horas diarias que contabiliza y en que no captan activi-
274  •  Sandra Milena Franco Patiño

dades simultáneas. México (1996), Argentina (2001), Bolivia (2001), Montevideo


(2003), Ecuador (2004), Uruguay (2007) y El Salvador (2010)
• Las encuestas exhaustivas de actividades –México (2002 y 2010), Ecuador (2005),
Perú (2010)– al intentar captar todas las actividades que tienen lugar en un día o
semana resultan largas y extensas, lo que conduce, en muchos casos, a ofrecer
información “promedio”.
• Los diarios de actividades –Buenos Aires (2005), Chile (2007-2008) y Rosario
(2010)–, que si bien son los que mejor captan la simultaneidad de labores, tienen
dificultades en la codificación de las actividades pues los relatos de los respondien-
tes deben ser transformados por códigos que no siempre se corresponden.

Las Encuestas del Uso del Tiempo en América Latina. Una mirada micro

En sus inicios, las eut fueron diseñadas para servir al análisis microsocial de los de-
terminantes de distintas dimensiones del comportamiento de las familias y los hoga-
res (patrones de consumo, utilización del tiempo libre, usos de medios de transporte,
entre otros); sin embargo, desde que la Plataforma para la Acción de Beijing instara
a los países a relevar encuestas de uso del tiempo para medir “cuantitativamente el
valor del trabajo no remunerado que no se incluye en las cuentas nacionales, por
ejemplo, el cuidado de los familiares a cargo y la preparación de alimentos”,9 y con
el acompañamiento de la cepal y el pnud, éstas han sido utilizadas para medir el tra-
bajo doméstico y el trabajo de cuidados no remunerados. Además de compatibilizar
las Cuentas Satélites de producción y consumo de los servicios no remunerados de
los hogares con los aportes al cuidado de la salud y la disminución de la pobreza que
éstos realizan, se buscó incorporar los sistemas de estadísticas nacionales, sistemas
de información con perspectiva de género que hicieran posible institucionalizar y
legitimar indicadores claves, útiles y comparables entre países sobre el empleo del
tiempo; así como también permitir la sistematicidad y periodicidad en la recogida de
los datos.
Desde esta perspectiva, las eut –bien sea como encuestas específicas o como mó-
dulos conexos a las encuestas de hogares– constituyen una oportunidad para explorar
la distribución del tiempo al interior de los hogares, de manera que se pueda disponer
de información detallada del conjunto de actividades y tareas10 que despliegan los
diversos miembros de las familias (según edad, sexo, tipo de hogar, estrato social,

9 V. Esquivel, op. cit., p. 38.


10 Las encuestas de uso del tiempo distinguen las actividades como todo aquello que una persona realiza

durante el día (trabajo, ocio, descanso), mientras que las tareas remiten a una forma de trabajo que puede
ser remunerado o no.
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  275

pertenencia étnica, zona geográfica) en la realización de los diversos trabajos que se


efectúan dentro y fuera del hogar.11
El tiempo constituye un recurso fundamental para los hogares, toda vez que su dis-
ponibilidad o su carencia incide en las oportunidades concretas de acceso al empleo
y en las condiciones y calidad de vida de cuidadores y personas cuidadas, especial-
mente para las mujeres, quienes, por la “naturalización” de su rol cuidador, han expe-
rimentado en mayor grado problemas de segregación y discriminación en el mercado
laboral que derivan en una menor dedicación de horas al trabajo productivo y menor
remuneración incluso en los mismos cargos que ocupan los varones. Asimismo, el
imaginario de género respecto a la “disponibilidad” de tiempo de las amas de casa ha
servido para descargar sobre ellas gran parte de las obligaciones familiares (atención
a los otros, permanencia en el hogar, asistencia a reuniones, realización de compras,
gestiones, pagos de impuestos), lo que dificulta sus posibilidades de autonomía física
y económica por cuanto ésta queda supeditada al cumplimiento de tales demandas.
Desde otro lugar, los estudios sobre el empleo del tiempo también contribuyen a
la medición de la pobreza.12 Se ha demostrado que la población de mayores ingresos
sustituye gran parte del trabajo doméstico y de cuidados en el mercado, lo que refleja
la articulación entre ingresos/trabajos/tiempos, aspectos a considerar en un análisis
multidimensional de la pobreza. El empleo del tiempo se orienta a identificar cues-
tiones relativas a los derechos a los que la población tiene acceso y las posibilidades
concretas para hacerlos efectivos; los determinantes de calidad de vida; las tendencias
sociales en temas como la movilidad, la educación, la salud, la atención de niños y
niñas, ancianos y personas en situación de discapacidad, recreación y ocio, entre
otros.13
En este sentido, se argumenta que, pese a los diferentes grados de desarrollo de
los países, las desigualdades de género permanecen debido a que las diferencias en
el tiempo de dedicación que hombres y mujeres hacen a los diversos trabajos además
de responder a las concepciones y las valoraciones de género en una sociedad, dan
cuenta de los derechos de ciudadanía y de las obligaciones sociales y económicas que
definen los diversos regímenes políticos, lo que incide en el acceso a oportunidades y
la realización de otras actividades.

11 Vivian Milosavljevic y Odette Tacla, “Las encuestas de uso del tiempo, su diseño y aplicación”, X

Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, Quito, Unidad Mujer y Desarrollo-
cepal, 2007.
12 V. Esquivel y Elizabeth Jelin, “Hacia la conceptualización del cuidado”, Documento conceptual del

proyecto La economía política y social del cuidado. Un enfoque intersectorial para promover la igualdad
de género y los derechos humanos de mujeres, niños, niñas y adolescentes. Versión preliminar. Buenos
Aires, ides/unicef/unfpa, 2009.
13 Según datos de la onu, 2006.
276  •  Sandra Milena Franco Patiño

El trabajo doméstico y el trabajo de cuidados en las eut

Como se ha mencionado, las eut han sido una opción útil para evidenciar las dobles
y triples jornadas de trabajo que enfrentan las mujeres al verse obligadas a alternar su
participación en el mercado laboral con el trabajo doméstico y el trabajo de cuidados,
culturalmente concebidos como su principal labor y al que dedican la mayor parte de
su tiempo. Aunque estos registros han alcanzado cierto grado de institucionalidad que
ayuda a superar la ideologización de las cuestiones de subordinación y segregación
como exclusivo y propio de “las feministas” y, en ese sentido, posicionar hoy a los
cuidados como un hecho social de bienestar en el que tanto el Estado como la socie-
dad en general cumplen un papel sustancial, persisten algunas restricciones teóricas
y metodológicas para delimitar, medir y contabilizar lo concerniente al trabajosdo-
méstico y el trabajo de cuidado. Por un lado, por el contenido ideológico sociocultu-
ralmente otorgado a estos trabajos y, por otro, por la superposición y la simultaneidad
que caracterizan su desempeño en la cotidianidad.
Estas restricciones van más allá de cuestiones meramente técnicas o analíticas;
expresan cierta forma de entender la realidad y, acorde con ello, intervenirla. En esta
perspectiva, es interesante ver la heterogeneidad en la manera de nombrar y clasifi-
car las tareas y las actividades que conforman el trabajo doméstico y el trabajo de
cuidados, no sólo por las particularidades culturales y de organización social de los
países, sino también porque en ellas es posible identificar ciertos paradigmas que,
aunque situados desde la perspectiva de género o feministas, posicionan imaginarios,
representaciones y prácticas en relación con el qué y el cómo de la igualdad social.
Así como el Estado a través de las políticas sociales y económicas incide en la repro-
ducción y/o modificación de prácticas sociales de desigualdad de género, los técnicos
y los académicos hacemos lo propio cuando intervenimos en procesos sociales sobre
los que consideramos necesario actuar.
¿Cómo se entiende el trabajo doméstico y el trabajo de cuidados en las eut? ¿Cuá-
les son los ejes analíticos que se han privilegiado para la caracterización y la contabili-
zación del tiempo de los trabajos? ¿Qué potencialidades y qué desafíos plantean estos
análisis? Los anteriores son algunas de las interrogantes que orientan el examen a las
tareas y las actividades que conforman la medición del tiempo de trabajos domésticos
y de cuidados implementadas en América Latina en los últimos años (Tabla 2).
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  277

Tabla 2
Tareas y actividades que conforman el trabajo doméstico
y el trabajo de cuidados en las eut en América Latina
Trabajo doméstico
País Trabajo de cuidado
Alimentación Limpieza Gestiones
Preparación Vivienda Compras cotidianas - Apoyo a personas con
alimentos Compras mayores limitaciones
Ropa/ calzado Trámites/pago de - Apoyo y cuidado de niños
México
servicios
Reparación/construcción
de la vivienda
Cocinar Quehaceres del Compras - Cuidar enfermos
hogar (lavar platos, Reparar casa - Cuidar niños
Nicaragua
lavar ropa, planchar, Recoger leña
limpiar la casa) Recoger agua
Preparación de Arreglo de la casa Compras en mercados - Cuidar niños, ancianos y
Ecuador alimentos (limpieza) enfermos
Arreglo de ropa - Tareas escolares
Cocinar Limpieza Traer leña Cuidar niños
Lavar trastes Acarrear agua
Guatemala
Lavar ropa
Sacar basura
Cuidar y/o asear la casa Compras en ferias o Cuidar niños y ancianos
Lavar y/o planchar mercados
Arreglar y/o mantener la
vivienda
Bolivia
Acarrear leña y/o agua
Cría de animales y/o
cultivos para el consumo
del hogar
Actividades Aseo de la vivienda Construcción y repara- Cuidado de niños y ado-
culinarias Arreglo de ropa ciones lescentes
Compras Cuidados a enfermos no
Gerencia u organización crónicos y otros cuidados
de personas de toda edad
Panamá
Discapacitados con aten-
ción cotidiana
Ayudas gratuitas en los
hogares
Trabajo voluntario
Preparar comidas Limpiar Hacer compras Cuidado de niños y adultos
Cuba Alimentar niños Lavar Hacer gestiones Enseñar niños
Acompañar niños
Oficios en su Elaborar prendas de Labores del campo o en Cuidar o atender niños
hogar vestir o tejidos para la cría de animales Cuidar personas enfermas,
Oficios en otros miembros hogar Asistir a cursos o eventos ancianas o discapacitadas
hogares e institu- de capacitación Trabajos comunitarios
Colombia
ciones Autoconstrucción de o voluntarios en obras
vivienda comunitarias públicas
Participar en otras activida-
des cívicas o sociales
Fuente: Elaboración propia con base en la revisión de las eut de estos países.
278  •  Sandra Milena Franco Patiño

Los estudios sobre el trabajo doméstico están anclados a los desarrollos de las
teorías marxistas que buscaban comprender la relación entre capitalismo y la división
sexual del trabajo. Enfatizaban en los procesos de reproducción biológica, cotidiana
y social que se desplegaban por las tareas domésticas, las cuales incluyen tanto la
subsistencia de los miembros de la familia (mantenimiento de la vivienda, procesos
nutricionales, arreglo de ropa), como el cuidado de personas dependientes (niños,
niñas, adultos mayores, enfermos, personas en situación de discapacidad).
La superposición entre tareas domésticas y de cuidado como características de
la domesticidad fue tensionada por otras corrientes feministas debido a que no
toda la reproducción social tiene lugar en el ámbito del hogar, sino que otras esferas
como la comunidad, las organizaciones de ayuda y el mercado participan en la pro-
visión de éstos. Asimismo, al subsumir el trabajo de cuidados como una labor más
en el conjunto de las tareas domésticas, se perdieron de vista las particularidades
que asume el cuidado como un factor de bienestar, y se sostenía la familiarización y
feminización con la que se caracteriza esta tarea. Estas nuevas problematizaciones
–impulsadas por las feministas anglosajonas– dieron lugar a la emergencia del trabajo
de cuidados como un objeto de análisis de la economía y la sociología feminista. Este
desplazamiento conceptual subraya una dimensión microeconómica de las relaciones
entre el cuidado de dependientes y la disponibilidad y acceso de estos servicios a
cargo del Estado. “La economía del cuidado extiende las fronteras del trabajo repro-
ductivo para analizar también cómo el contenido de cuidado de ciertas ocupaciones,
usualmente feminizadas, penaliza también a los trabajadores y trabajadoras que se
desempeñan en ellas”.14 De ahí que la dimensión material de los cuidados –el traba-
jo– explore en quienes desempeñan esta labor (mujeres/hombres de diversa edad); el
ámbito en el que se efectúa (hogar, comunidad, mercado); el marco de relaciones en
que se desarrolla (familiares, contractuales, de solidaridad); el tipo de remuneración
(con o sin recepción de ingresos).
Situada en estos referentes, el examen crítico a las actividades que registran las eut
en América Latina presentadas en la Tabla 2 evidencian que las tareas domésticas se
concentran en tres aspectos básicos: alimentación, limpieza y gestiones. No obstante,
llama la atención el tratamiento generalizado que se le otorga a las tareas alimentarias,
toda vez que, del conjunto de tareas domésticas, éstas son las que más tiempo, energía
y dedicación requieren;15 son tareas delegadas y atribuidas casi exclusivamente a las
mujeres-madres en el hogar y son las que connotan mayor valor simbólico por cuanto

14 Razavi y Staab, citadas por V. Esquivel, op. cit., p. 34.


15 Ma. Ángeles Durán, El valor del tiempo, cuántas horas te faltan al día, Instituto de la Mujer/Minis-
terio de Trabajo y Asuntos Sociales, Madrid, 2000, p. 94. Con base en la encuesta de empleo del tiempo
aplicada en España en 2003 a población mayor de 18 años de la zona urbana, la autora muestra que 43%
de los hombres y 88% de las mujeres cocinan en días laborables. Los varones que cocinan dedican, como
media, 0.81 horas, y las mujeres, 2.04 horas.
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  279

la comida en el hogar tiene significaciones y sentidos que particularizan lo propio de


familia como grupo social. Investigaciones más específicas así lo documentan. En
Ecuador, las mujeres invierten, semanalmente, 12 horas a preparar alimentos y cerca
de seis horas al arreglo de la casa; en Bolivia, 91.2% del tiempo de las mujeres es
invertido en cocinar; en México –país en el que mejor se detallan las actividades–, las
mujeres dedican 14 horas de la semana a preparar alimentos.16
En esta vía, es innegable que el indicador “oficios del hogar” que utiliza Colom-
bia no permite distinguir los diversos quehaceres que los constituyen, e integra en
un solo conjunto labores claramente diferenciables en la realidad –limpieza/tareas
alimentarias–, lo que resulta restrictivo para evidenciar el carácter y la naturaleza
de la división de trabajos en el hogar. “Preparar alimentos/cocinar”, como indicador
utilizado por los demás países analizados, es un esfuerzo por al menos reconocer la
exigencia de esta labor.
Una pretensión deseable de cualificar la medición del trabajo doméstico es separar
analíticamente lo correspondiente a la manutención de la vivienda de las tareas ali-
mentarias y, en éstas, desagregar el conjunto de procesos que la constituyen: acceso,
conservación, preparación, el acto de servir los alimentos, el consumo y el desecho de
sobras. De igual forma, las tareas de limpieza y gestiones, si bien resaltan actividades
colaterales como pagar servicios públicos, hacer compras y reparar la casa, exigen
cruzar otras variables como las zonas de residencia (urbano/rural; sectores pobres,
populares, clase media, clase alta), el número y la edad de los integrantes de las
familias, por cuanto esto define sobre quiénes recae la responsabilidad y el carácter
familiar o mercantilista de la gestión.
Respecto al trabajo de cuidados, las eut, hasta ahora, captan aquel que se efectúa
a dependientes por ciclo vital o requerimientos de desarrollo –niños, niñas, adultos
mayores, personas con discapacidad o limitantes–; la dependencia cultural de cui-
dados como la que ha sido generada por el ordenamiento patriarcal, que establece
atribuciones y derechos a los hombres en la familia, sigue siendo escasamente explo-
rada. Igualmente, hay dificultades para registrar los trabajos de cuidados en la esfera
del mercado por cuanto éstos se incluyen como tareas productivas o remuneradas,
lo que en cierta medida ensombrece las diferencias en la remuneración salarial o las
condiciones laborales en las que se efectúa.
Sumado a lo anterior, el dominio de la mirada cuantitativa con la que suelen estu-
diarse los fenómenos de la sociedad, en particular los hechos económicos, conduce
a que los aspectos subjetivos y simbólicos de la realidad social se replieguen a un
segundo plano, como el tiempo subjetivo y el contexto sociocultural. El tiempo es
mucho más que horas y minutos invertidos en la realización de actividades; aunque
es importante y hasta ahora ha permitido objetivar la desigualdad, deja de lado los

16 V. Milosavljevic y O. Tacla, op. cit., pp. 35-38.


280  •  Sandra Milena Franco Patiño

aspectos emocionales y subjetivos que constituyen y definen los trabajos domésticos


y de cuidados. Estos aspectos hacen que las lógicas de realización disten de las lógi-
cas imperantes en el sistema de producción de mercado: “Se trata de un tiempo más
subjetivo, difícilmente medible, que incorpora aspectos intangibles representados por
la subjetividad de la propia persona y materializada en la experiencia vivida… más
que tiempo medido y pagado, es tiempo vivido, donado y generado”.17
Desde la mirada occidental, el tiempo se concibe abstracto, lineal, homogéneo,
progresivo, orientado y medible;18 sin embargo, los desarrollos en el campo de la
etnografía han demostrado que existe un tiempo vivido, significado, que pone en ja-
que la pretensión de universalidad y generalidad de la experiencia temporal. En esta
línea analítica, una indagación etnográfica sobre los significados que fundamentan la
asignación de tareas alimentarias en el hogar a las mujeres aducen a la disponibilidad
del recurso tiempo, caracterizado por ser “continuo, regulado y acumulado”.19
El tiempo “continuo” refiere a la disponibilidad de éste en todo momento del día,
todos los días, con el propósito exclusivo de atender lo relativo a las necesidades fa-
miliares de reproducción y de producción. Aunque el quedarse en casa hace suponer
que las mujeres tienen libertad en el uso y manejo del tiempo, en la práctica éste es
“regulado” por los tiempos de partida y llegada de los parientes. Las decisiones sobre
la distribución del tiempo para ordenar y desarrollar tareas cotidianas y la atención
a proveer a su grupo dependen de las actividades que desempeñan los miembros de
su familia. El tiempo es también “acumulado” porque las horas invertidas en la rea-
lización de tareas y actividades a lo largo de la vida permiten acumular experiencia,
saberes y habilidades que posicionan de manera distinta a los sujetos en la realización
de una labor.
Finalmente, puede decirse que si bien hay un avance en nombrar y ponderar un
conjunto de labores antes innombrables, la visibilización de la diferencia continúa
atada a la lógica de organización productivista y masculina que caracteriza la econo-
mía. La limitante que persiste es el sistema ideológico de género en el que equiparar
la especificidad de los trabajos domésticos y de cuidados sigue sujeto a la disposición
y permisividad de las estructuras de poder hegemónicas de la masculinidad.

17 Cristina Carrasco, Cristina Borderías y Teresa Torns (eds.), El trabajo de cuidados. Historia, teoría

y políticas, p. 64.
18Ana Domínguez et al., Tiempo, temporalidades y géneros en contextos, p. 7.
19 Sandra Milena Franco, “El sostén de la vida. La alimentación familiar como trabajo de cuidado. Un

estudio en Marmato (Caldas, Colombia)”, Tesis doctoral, Flacso, Buenos Aires, 2013.
La medición del tiempo. Oportunidades y desafíos…  •  281

Algunas aproximaciones a la desigualdad en la dedicación de los trabajos


domésticos y de cuidados en América Latina

Aunque persisten problemas cuando se intenta medir o valorar el trabajo doméstico y


de cuidados, los registros producidos reflejan el panorama de la desigualdad social en
cuanto al reparto de estas labores y la participación según sexo y edad en ellos.
Los resultados de las encuestas constatan que en todos los países de la región el
tiempo total de trabajo es mayor para las mujeres que para los hombres, y son ellas
quienes dedican la mayor parte de su tiempo al trabajo no remunerado. El estudio
comparativo de los módulos de uso del tiempo entre Bolivia, Guatemala, Nicaragua,
México y Ecuador20 evidencia que en Bolivia, Guatemala y Nicaragua –que utiliza-
ron como referencia de registro de actividades el día anterior– existen similitudes en
el tiempo diario promedio que ambos sexos destinan a los quehaceres del hogar: 8.5
horas por día. Desagregadas por sexo, las diferencias del tiempo invertido en algunos
países son notorias: en Guatemala, el promedio en la dedicación semanal de tiempo
es de 5 horas –hombres (1.8) y mujeres (6.4)–, mientras que en Ecuador y México la
diferencia es de 20 horas y más entre el tiempo semanal que invierten los hombres y
las mujeres al trabajo del hogar.
En cuanto a la participación de los individuos en el trabajo doméstico no remu-
nerado, en la mayoría de los casos, los hombres se vinculan mayoritariamente en las
tareas relativas a arreglar y mantener la vivienda, traer leña y comprar alimentos,
mientras que las tareas relativas a la preparación de alimentos, aseo de la casa, lavar
y/o planchar son tareas mayoritaria y casi exclusivamente de las mujeres en los cinco
países. Aunque los hombres vienen participando en el cuidado de los niños y la rea-
lización de tareas escolares, las demás tareas domésticas siguen siendo consideradas
una responsabilidad femenina.
El informe de la eut aplicada en Cuba21 en 2000, al comparar el trabajo remunera-
do entre las mujeres y los hombres en la zona urbana de cinco municipios (Pinar del
Río, San Juan Martínez, Habana Vieja, Bayamo y Guisa), encuentra que los hombres
tienen casi seis horas diarias más de trabajo en comparación con tres horas de trabajo
remunerado de las mujeres. Analizada para toda la población de más de 15 años,
esta relación disminuye a menos de la mitad en tres municipios y al 39% y 46% en
municipios como Bayamo y Guisa. Esto ocurre así porque las mujeres que trabajan
son casi la tercera parte de los ocupados, y en los municipios de la región oriental esta
participación es más desfavorable.
Respecto al trabajo doméstico no remunerado, al comparar las zonas urbanas de
los municipios, las mujeres de Pinar del Río y de La Habana Vieja dedican tiempos
similares a esta actividad (8 horas al día), mientras que las mujeres de las zonas rura-

20 V. Milosavljevic y O. Tacla, op. cit., p. 43.


21 unifem, pnud, eut.
282  •  Sandra Milena Franco Patiño

les dedican 2 horas más a esta labor (10 horas diarias). La mayor diferencia por zonas
se destaca en Pinar del Río, donde las mujeres del área urbana dedican 8 horas y 20
minutos, versus 12 horas y 24 minutos de las mujeres de la zona rural. Al compararlos
por sexo, los hombres trabajan en labores domésticas tres horas menos por día respec-
to de las mujeres; incluso en los municipios de Pinar del Río y Guisa, en el área rural
la diferencia en la participación entre hombres y mujeres alcanza las 5 y 6 horas.
El trabajo doméstico dentro del hogar (que incluye población mayor de 15 años)
se caracteriza por ser principalmente femenino. En todos los municipios, ya sea zona
urbana o rural, las mujeres tienen la mayor carga doméstica dentro del hogar, aunque
llama la atención que los hombres de las zonas rurales tienen mayor participación en
estas labores que los del área urbana (2.3 horas versus 1.2, respectivamente).
En Panamá, la primera eut22 aplicada en 2011 analiza las horas promedio de la
semana que los integrantes de las familias urbanas de 15 años y más dedican a los
trabajos. En la participación en las tareas domésticas, en promedio, las mujeres tra-
bajan el doble de horas que los hombres. Las mujeres entre los 30 y 39 años de edad
dedican 32 horas en promedio a la semana en trabajos domésticos y de cuidados,
mientras que los hombres sólo dedican 15 horas. La distribución porcentual de horas
semanales de los integrantes del área urbana expresan con claridad la diferencia en
la dedicación de tiempo a las tareas según la ideología de género. Mientras que la
distribución porcentual de las mujeres en las tareas culinarias es de 80.2%, la de los
hombres es apenas de 19.8%, mientras que en las tareas relativas a construcción y
reparaciones de la vivienda la distribución porcentual de horas para los hombres es de
78.2% respecto a 21.8% de la distribución de las mujeres. Es en las compras donde se
evidencia una distribución porcentual más igualitaria: 57.3% de las mujeres respecto
a 42.7% de los hombres.
En relación con el uso del tiempo en los trabajos remunerados y no remunerados de
hombres y mujeres en Colombia,23 los hallazgos indican que son las mujeres quienes
mayormente se dedican a trabajos no remunerados. A nivel nacional, 90.4% de las
mujeres que participaban en el mercado laboral declaró haber realizado actividades
no remuneradas, frente a 54.8% de los hombres. A nivel urbano, dicha proporción
disminuye levemente tanto para mujeres como para hombres, mientras que en el área
rural aumenta para ambos.
Respecto al tipo de actividades no remuneradas realizadas, se observan igualmente
diferencias entre hombres y mujeres. En 2008 la población femenina que reportó ha-
ber realizado oficios en su hogar fue cerca del doble que la masculina a nivel nacional
y urbano, y más del doble en el área rural. En relación con el cuidado de niños(as) a

22 Instituto Nacional de Estadística.


23 Ma. Eugenia Villamizar G., “Uso del tiempo de mujeres y hombres en Colombia. Midiendo la
inequidad”, Series Mujer y Desarrollo, núm. 107. División de Asuntos de Género, cepal, Santiago de
Chile, 2011.