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Perdonen si ofendo a alguien, pero mi corazón está lleno de dolor, y mi voz tiembla de furia.

Perdonen por venir aquí a decir que hoy no me importa la economía, ni la corrupción, ni el
aeropuerto, ni los colores de partido político, ni las razones que este día nos tienen
aventando discursos en dos plazas distintas de esta ciudad capital.

Perdonen si no es mi interés mentarle la madre al presidente, ni a los fifís, ni a los chairos.

Perdonen por haber dejado de creer en todas las excusas que nos hacen diferentes
unos de otros.

Perdonen pero mi corazón está demasiado lleno de dolor y, extrañamente, el día de hoy
solo puedo pensar en mi deseo de vivir.

Y es que vivimos en un país en el que perdemos la vida por la más injusta de las razones:
por querer vivir.

Por decidirme a ser mujer, novia, esposa, amante, próspera, luchona, cachonda, dadora de
vida. Hija. Nieta. Por eso me matan.

Por ser estudiante, pobre, marginado, rebelde, deseoso de progreso, por levantar fuerte la
voz frente a la injusticia de la pobreza. Por eso me matan.

Por decidirme a cruzar por un camino con mis hijos, un camino peligroso porque unos
matones decidieron que es SU camino, por resistirme a ser una madre esclava del miedo.
Por eso me matan. A mí y a mis bebés.

Vivimos en un país que ha perdido EL RESPETO POR LA VIDA. Y ha perdido el respeto a la


vida porque ha perdido la capacidad de SENTIR.

Perdonen si ofendo a alguien, pero el día de hoy vengo a gritar.

Vengo a gritar con toda la fuerza de mi espíritu, porque quiero me escuche el mundo entero.

Este es un grito desesperado que busca la respuesta a una pregunta: ¿cómo podemos
unirnos antes de que nos maten a todos?

¿Alguien de ustedes tiene la respuesta? ¿Alguien en este mundo tiene la respuesta? ¿Alguien
me puede ayudar a detener mi sangre, antes de que se me salga del pecho?

Matar a mujeres y niños y bebés es un acto despiadado. Es la peor pesadilla para un padre,
para una madre, para una familia y para un país.
Pero seguir viviendo nuestras vidas como si nada sucediera, ese es un acto de cobardía
infinita. Significa ser parte de un suicidio colectivo, porque cada muerte, lo quieran o no
aceptar, es un pedazo de vida que se apaga dentro de nosotros.

Perdonen si los ofendo, pero mis lágrimas brotan y no las puedo controlar.

Mi furia es del mismo tamaño que mi deseo por vivir. Yo quiero que todos nosotros sigamos
vivos. Y voy a caminar por el mundo entero si es necesario, hasta encontrar el conocimiento,
las prácticas y los consejos, para construir desde mi municipio un ejemplo de pueblo en el
que la prioridad número uno sea el respeto a la VIDA.

Mi hija y mis nietos ahora son estrellas que viven junto a la luna. En un cielo de miles de
estrellas que han dejado de brillar entre nosotros, porque nos las han matado. Ellos me
guían. Ellos nos guían. Y nos piden, ¡nos exigen!, que no nos quedemos con los brazos
cruzados y la boca abierta.

Invito a las buenas conciencias, a las más valientes, donde quiera que estén, a sembrar vida
cada día y a plantarle cara, sin descanso, a cualquier tipo de violencia que se nos presente.

Miren a su alrededor.

Miren con cuidado.

Respiren profundo y mírense a los ojos.

Todos nosotros juntos somos un tejido hermoso hermanas y hermanos. Y cada acto de
violencia es un agujero que destruye nuestro tejido, poco a poco.

Es momento de levantar del piso todas las piezas de dolor que hemos acumulado, para
construir con ellas un nuevo sol, que derrita el miedo que nos tiene paralizados.

¡Puro pa’delante, y que viva México!

Ciudad de México, 2019

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