Está en la página 1de 3

OPINIÓN

LA CUARTA PÁGINA

La sabiduría de los maestros antiguos


Cuando se habla de los traductores, se suele pasar por alto a los imprescindibles intérpretes de los
textos clásicos. Pero en los últimos decenios se han multiplicado en España las traducciones de
autores griegos y latinos
CARLOS GARCÍA GUAL 24 MAR 2012 - 00:00 CET

Archivado en: Opinión Literatura clásica Lenguas clásicas Traducciones Traductores Literatura Lengua Cultura

Con los traductores tenemos todos, y en especial los amantes de la


literatura, una deuda de gratitud, evidente y frecuentemente olvidada.
Gracias a su mediación existe la literatura universal, tal como resaltó
George Steiner en Después de Babel. Sin embargo, cuando se resalta
la importancia de tan imprescindibles intérpretes, se suele pasar por
alto a los de textos antiguos, e incluso cuando se habla de “los
clásicos” —como en unas páginas recientes de Babelia— no
encontramos ni mención de los griegos y latinos, los clásicos más
universales, que leemos gracias a sus traductores modernos.
Supongo que no se trata de un rechazo tácito, ni helenofobia o
latinofobia premeditada. Es lo usual en enfoques periodísticos,
atentos a lo actual y despectivos de lo que suena a vetusto, pátina
inevitable de lo clásico y de textos escritos en las lenguas arcaicas y
supuestamente difuntas. En todo caso, un síntoma del desdén
habitual en medios de amplia difusión, incluso en los relacionados
con la educación, muestra significativa del menosprecio
postmoderno del pasado y la cultura antes prestigiosa (pero ya no de
moda) y hacia lecturas que suponen un cierto esfuerzo intelectual
EVA VÁZQUEZ
por su contexto y referencias históricas. En definitiva, hacia “la vieja
literatura libresca”.

No es mera anécdota que un libro como El canon occidental de Harold Bloom dejara al margen,
silenciados, todos los textos antiguos, los que eran en las Poéticas más antiguas los “clásicos
por antonomasia”, al redactar su listado canónico (del griego kanon, un invento alejandrino).
Los griegos y latinos (que inventaron las listas de los clásicos) no figuran en ese aclamado
prontuario (que empieza con Dante). El profesor Bloom escribe autoritariamente de los
grandes autores y obras que conoce bien, y esa es su mejor razón para no decir nada de los
antiguos (aunque los cite de cuando en cuando). Hay muchos críticos actuales que lo imitan;
les resulta cómodo excluir todo aquello que conocen mal, y suele pasarles con toda la
literatura grecolatina. No me parece raro que Bloom hiciera ese recorte, pero sí sorprendente
que pocos lo notaran. Tampoco serán muchos los lectores de las páginas aludidas sobre
“clásicos y traductores modernos” que hayan echado de menos alguna referencia a los
clásicos más clásicos.

Harold Bloom deja al Pero ese desdén —que va de los antiguos clásicos a sus modernos
margen todos los textos traductores— no parece justificado, por más que, por otra parte,
resulte entre nosotros bastante habitual. España, como es sabido,
antiguos al redactar su tuvo una tradición humanista truncada y discontinua, y aquí durante
listado canónico siglos apenas se han leído los textos resonantes de los autores
griegos y latinos. Si no tuvimos nunca ninguna “querella entre
antiguos y modernos” —como en Francia e Inglaterra—, fue porque la
rivalidad entre los autores “modernos”, más bien mediocres, y los antiguos, casi desconocidos,
no existió. Y no hubo tampoco una filología clásica como la que desarrolló la Europa moderna
más ilustrada. En el prólogo a su traducción de Dafnis y Cloe, en 1880, Don Juan Valera cuenta
cómo sus amigos no le creían cuando decía que leía a Homero por placer. (La Ilíada se tradujo
al castellano por primera vez a fines del XVIII, y que alguien, fuera de las aulas, leyera a
Homero por gusto parecía en la buena sociedad una extravagancia. ¡A finales del XIX!).

Si, en su ensayo Las versiones homéricas, Borges declaraba: “La Odisea, gracias a mi
desconocimiento del griego, es para mí una librería internacional de obras en verso y prosa”,
aludiendo a las diversas traducciones inglesas que él leía, ahora se podría hacer un cotejo
parecido con versiones españolas. Difiere mucho el leer la Ilíada en los versos neoclásicos de
Hermosilla (1830) a hacerlo en la prosa modernista de L. Segalá (de 1908) o en la ágil y actual
de Óscar Martínez (2010). La Ilíada ya se ha traducido al castellano casi 50 veces, y la Odisea
veintitantas. (Son muchas menos que las versiones al inglés, pero la lista es notable). Nuestra
lectura, en todo caso, está siempre marcada por la lengua y el estilo del traductor.

Y en los últimos decenios las traducciones de autores griegos y latinos se han multiplicado en
España, en consonancia con un notable éxito de los estudios sobre el mundo antiguo y las
lenguas clásicas. El secular atraso en la versión de los antiguos frente a otras lenguas
europeas se ha remediado. Hoy día todos los textos del legado helénico y latino, textos
literarios y científicos, están asequibles en español y tan bien editados como en cualquier país
moderno. Y eso que los tiempos son muy adversos a las empresas humanísticas, y cuando los
planes de estudio han minimizado o arruinado la presencia de las lenguas clásicas en la
enseñanza. Paradójicamente, pues, a contrapelo de la consigna oficial de “eliminar lo antiguo”,
nunca ha sido tan extensa la lectura de los clásicos. Nunca se ha podido leer tan fácilmente,
en claras versiones, por placer y al margen de las tareas escolares, a Homero, Platón, Virgilio,
Hipócrates, Plutarco, Plotino, Euclides y tantos otros. La amplia difusión de muchísimos textos
antiguos en ediciones de bolsillo, en versiones actuales, es un hecho evidente. Lo demuestran
las series de clásicos griegos y latinos en Alianza, Cátedra, Akal. Y, sobre todo, la extensa
“Biblioteca Clásica Gredos” que, con sus 400 tomos, ha realizado el anhelo de Ortega que,
hablando de la traducción, noble y utópica tarea, expresaba la necesidad de ver algún día en
nuestra lengua todo el legado clásico en versiones fiables y modernas. Ya las tenemos,
aunque tal vez a muchos ni les importe ni se hayan enterado.

Juan Valera cuenta cómo Insisto, pues, es injusto el usual olvido de tantos traductores, más
sus amigos no le creían marginados que los que trabajan sobre lenguas modernas, a pesar
de que sin ellos nadie podría acercarse a los “clásicos” inmortales.
cuando decía que leía a No pasemos por alto que cada traductor, por fiel y austero que sea,
Homero por placer matiza y recrea el texto y deja su huella en el clásico que rescribe en
lengua moderna. Y que da luego al lector, romanceado con sus
palabras, al trasladar la poesía homérica, o la prosa o verso de
cualquier clásico, dejando su impronta latente en una lectura que puede ser decisiva para el
amor o el rechazo del viejo autor. (Anoto otra muestra absurda del menosprecio en las citas de
textos clásicos. Es frecuente que quienes citan un fragmento de un clásico, desdeñan nombrar
al traductor, es decir, el que hizo la traducción utilizada. No es raro ver que en la cita se
nombre a la editorial, como la responsable del fragmento).

Con razón los articulistas de Babelia insisten en los méritos del arduo oficio de traducir y la
esforzada tarea del traductor como intérprete e intermediario. Sí, una buena versión actual
renueva la claridad y eficacia poética del texto; así como un mal traductor lo oscurece. De ahí
la responsabilidad aún mayor en los que vierten a los clásicos, pues deben justificar el
renovado fervor, al verter en nuevos moldes las claras voces antiguas, y para ello necesitan
una arriesgada interpretación previa. De ahí su gran mérito, si la versión refleja la belleza
memorable original, o su fracaso, si no.

Más de una vez he opinado que las historias de la literatura deberían recordar a los
traductores, que tanto han influido en la difusión de las grandes obras al traerlas de otras
lenguas y tiempos. La literatura universal, como apuntaba Steiner, existe gracias a la
inmemorial labor de los traductores. En una historia literaria de horizontes abiertos deberían
figurar, calibrando sus méritos, sus ecos e influencias, los discretos, callados y tan olvidados
traductores de los clásicos antiguos. Como se merecen, desde luego.
Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.