La piel dorada y otros animalitos

Erika Mergruen

La piel dorada y otros animalitos
Erika Mergruen

La piel dorada y otros animalitos 2a edición, 2010 © Erika Mergruen © Raíz del agua © Juan Carlos H. Vera editor ISBN: 978-970-95402-9-1 Impreso y hecho en México

Niños

Aún irradia una luz azul indescriptible, aunque lenta se desvanece. Nada comparado con el brillo enceguecedor que llamó la atención de los transeúntes cuando aterrizó. En el omóplato izquierdo tiene una herida supurante, la carne desgarrada y la sangre le escurre hasta la nalga. El ala sobreviviente está semiextendida, rota y sucia. Los niños de la calle Madero se sorprendieron al verlo: “mira, mira, un monstruo con alas”. La jauría se reunió. Los niños juntaron palos de escoba, piedras, latas de aluminio y cualquier proyectil disponible en la basura. Él hubiera podido volar, huir; mas el primer niño que arrojó un objeto le dio en plena frente. Él cayó, y todos vomitaron su odio sobre aquellas alas: “Monstruo, monstruo, maten al monstruo”. Entra en el vagón del metro. Se hace ovillo sobre el asiento. Se refugia en llanto silencioso. Sobre la calle Madero una jauría de niños blande un ala; las plumas blancas se desprenden y caen sobre la acera húmeda. Ahí viaja la inocencia, quieta, aterida.

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El hada

Si la temporada de lluvias no se hubiese prolongado, ella no habría partido aquel jueves. Comenzó a llover dos meses antes de lo usual. Todos predijeron que las lluvias se irían de forma abrupta y sería un año de sequía. Ocurrió lo contrario. Llovía día tras día. El ambiente estaba impregnado con ese olor de piedras viejas y liquen. A Carmina la humedad la motivaba. Abandonaba su aislamiento habitual en aquella casa diminuta de paredes blancas. En la colonia casi todos la conocían, más por las pinturas que regalaba que por el hecho de ser casi muda salvo cuando platicaba con los arbustos. Ella jamás abría las ventanas, ni siquiera descorría las cortinas; sería por ello que cuando salía hacía visera con su mano para protegerse de la luz solar. Con un balde de plástico anaranjado en su mano, Carmina andaba bajo la lluvia e iniciaba su curiosa búsqueda. No caminaba, flotaba. Nada que ver con lo sobrenatural, y sí con un dejo dramático de su persona. Espulgaba cada rama de los arbustos como esos monos que despiojan amorosamente a sus compañeros. Tenía instinto para encontrar caracoles, o más bien, de tanto observarlos conocía sus hábitos y sus rutas secretas. Los tomaba con cuidado, los analizaba y sopesaba; platicaba con ellos, nunca nadie pudo escuchar aquellos diálogos: cuando ella sentía la presencia de alguien callaba repentinamente y guardaba al animalito en la cubeta. Carmina los había visto por primera vez en un libro, cuando niña. Era un libro viejísimo de rimas, ilustrado con
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grabados. El grabado en cuestión mostraba un conjunto de setas pintas, grandes hojas de helecho y guijarros donde pacían las espirales de tres caracoles. Dos de ellos, los más pequeños, trepaban por las cabezas de los hongos. El más grande pendía de la punta de una brizna. A partir de ahí dedicó sus días a dibujar espirales por todos lados, hasta se ganó un castigo —ella, que era una niña “calladita como un fantasma” en el que nadie cree— por dibujar una espiral marrón junto al apagador de la cocina. Dibujaba espirales en la superficie del agua o en el puré de patatas. Con el tiempo descubrió nuevas técnicas. Si no hubiese regalado parte de sus dibujos, sería la poseedora de la colección de espirales más grande del mundo. Cada temporada de lluvias sucedía lo mismo: Carmina recolectaba caracoles en su balde anaranjado. Abundaban y cruzaban inconscientes sobre las aceras; y es que su población crecía, como si el golpeteo de las gotas fuera en realidad un sortilegio para invocarlos. Los vecinos ya estaban acostumbrados a la actitud locuaz de Carmina, o tal vez a nadie incomodaba aquella recolección, por el contrario. Para algunos resultaba un alivio no descubrir plantas carcomidas por aquellos animales viscosos, ni tener que comprar insecticidas o contratar un jardinero que realizara el exterminio. Carmina eliminaba la plaga de forma gratuita, y todavía más: con suerte recibían una acuarela o un dibujo a lápiz que, hasta para el más insensible, resultaba un goce para la retina. Nunca le preguntaron qué hacía con ellos, para qué los quería. Se limitaban a lanzar teorías al respecto. Unos decían que con sus conchas Carmina construía pequeños móviles, como el que colgaba en la puerta de su casa —una telaraña de conchitas marrones que tintineaban con sonido
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sordo de barro cocido—; otros murmuraban que dentro de su casa tenía un criadero y que a unos los usaba como modelos para sus pinturas y a los otros los vendía en el Mercado de San Juan. Los más perversos imaginaban disecciones o caracoles cubiertos con acrílico a modo de pisapapeles; los menos paladeaban las supuestas recetas de escargots que Camelia inventaba cada temporada. La realidad era otra dentro de la casa de paredes blancas. Una realidad que se desbordaría con la prolongada estación de lluvias. Carmina regresaba con la cubeta llena —en otros años apenas lograba llenar un cuarto del recipiente—, se quitaba el impermeable y lo colgaba en la argolla de la lámpara del vestíbulo, sobre el suelo una jerga tenía asignado su lugar de receptáculo. Se dirigía al baño siempre con sigilo, con la mirada hacia el piso; lo que más temía era la posibilidad de que algún caracol se hubiese escapado y perdido en aquel pasillo de duela oscura donde podría pasar inadvertido para encontrarlo en el crujido inevitable que anunciaba la muerte segura de aquella espiral. Por azar, o porque ése era su destino, desde siempre el baño —los azulejos y sus muebles— era blanco. Los muebles eran de porcelana antigua, propios de las casas de los abuelos: la tina grande, profunda, estaba siempre cubierta con una lámina de plástico. Dentro se retorcían y chasqueaban cientos de conchas. Algunos caracoles eran viejos residentes, otros habían nacido en cautiverio. La cubeta diaria elevaba el nivel de aquella masa en movimiento. Cada tercer día, Carmina los limpiaba con agua, los removía con la mano para buscar algún caracol muerto pues suponía que aquello de “la manzana podrida en el cesto” aplicaba en su tina de caracoles. Limpios y húmedos bri8

llaban y chasqueaban con entusiasmo. Cientos de antenitas observaban atentas la mano que provocaba oleajes. Entonces ella colocaba cinco lechugas enteras, las enterraba, como si sembrara en surcos fantásticos. A la mañana siguiente no encontraba ningún rastro de verdor.

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Con la última cubeta se percató que pronto necesitaría otro recipiente, la tina estaba casi llena. Ya no le bastaba con introducir las manos para buscar conchas vacías, ahora tenía que hundir los brazos completos para que emergieran los caracoles del fondo a la superficie. Necesitaba horas, y amanecía con los brazos doloridos. La noche anterior al jueves realizó una última limpieza. Exhausta sacó los brazos, ni siquiera pensó en lavarse. Se dirigió al restirador, prendió la lámpara. Entonces observó sus brazos bajo la luz. Mientras regresaba al baño, se despojó de cada prenda de ropa. Desnuda, retiró la tapa de plástico de la gran tina. Introdujo una pierna, lentamente, con movimientos laterales, hasta sentir el fondo frío de la porcelana en la planta del pie. La otra pierna siguió el descenso. Carmina se inclinó abriéndose paso con los brazos, con movimientos de bailarina, suspendida. Se sentó. Se deslizó, paulatinamente, hasta quedar recostada. Su peso elevaba el nivel de los caracoles hasta rebasar el borde de la tina: un estruendo similar al de la caída de las nueces provocó ecos en el baño. Carmina yacía bajo aquella marejada de conchas. Aquellos cuerpos fríos reptaban y tocaban cada rincón de su cuerpo, humedeciéndolo. En comunión, el olor a humedad penetró
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por su nariz. Algunos caracoles se cobijaron con su cabello suelto. Se dejó estar, cerró los ojos. Durmió. Al amanecer, algunos caracoles dormitaban pegados en sus mejillas, uno le impidió abrir su párpado izquierdo. Los despegó uno a uno. Salió tan lentamente como había entrado. El sol estaba afuera, aguardando culminar la transformación. Carmina extendió los brazos e inició su danza sobre la acera. Los primeros vecinos tardaron unos segundos, deslumbrados, en notar su desnudez. Algunos salieron a las puertas, otros la espiaban a través de las ventanas. Carmina bailaba. Ellos llegaron. Los vecinos se escondieron, temerosos de la reacción de Carmina. —Señorita, tiene que taparse, señorita —ella no contestó. Los ojos de ellos estaban asombrados, no tanto por la desnudez, sino por el peculiar tornasol en su piel. —Venga, acompáñenos; tápese, señorita, que se va a enfermar —ella los miró con desenfado: el hada de los caracoles no conoce el frío. A Carmina se la llevaron ese jueves. La temporada de lluvias duró un mes más.

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Simbiontes

Es sólo una teoría. Cree que el aparato digestivo de los hombres y las cucarachas tienen algo en común: ambos se ven afectados por la temperatura del subsuelo. Todo los choferes que viajan en la cabina B del metro devoran golosinas y frituras diversas; ¿será la ociosidad del viaje sin función? No, ella está segura que el aparato digestivo de hombres y cucarachas tienen algo en común. Compartir, el secreto radica en el com-par-tir. Su ataque es impredecible. Unos días aguarda a que el chofer descienda para entonces buscar en el suelo, en el asiento y en la consola las migas del festín. Mas otros días la posee la osadía: entonces ataca esquivando los pies y la mirada del humano. Hasta ha logrado, a veces, subir al pantalón de uno de ellos. Es sólo una teoría, pero en el arte del atiborramiento y la glotonería el hombre y ella, cucaracha, son uno.

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White

[Lo despertó el picor del polvo en la nariz, todo era oscuridad. Cada aspiración le causaba dolor en el lado izquierdo. Había dejado de sentir sus piernas.] El salón, aquel año, nos tocó en el tercer nivel. Pero ¿en qué cabeza cabía rellenar piso tras piso de salones escolares y dejar los baños en la planta baja? Era un fastidio verse sorprendido por las ganas incontenibles de mear. No entiendo cómo ningún escuincle, en su alocada carrera cuesta abajo, se fue de bruces en las escaleras para romperse la cabeza. El regreso era otra cosa: un andar pausado, subir uno a uno los escalones, con la vejiga vacía y la certeza de perder unos minutos (pocos, pero gloriosos) de perorata del maestro. El Pingüino, así lo bautizamos desde el primer día de clases. Era uno de los últimos maestros a la antigua, uno de los que aún daba reglazos a los niños (a las niñas no, y eso que eran unas mustias de lo peor). [No intentó moverse. Los crujidos, rechinidos y voces lejanas le aconsejaron quedarse quieto. Ese sabor en la boca lo transportó. Allí, inmóvil, a oscuras, con el polvo agolpándosele en los pulmones, recordó esas noches de infancia en que sus hemorragias nasales le hacían la bromita de manchar la funda de la almohada trazando mapas imaginarios, rostros fantásticos, y a veces sólo círculos irregulares. Manchaban la pijama, el edredón, no sin antes ahogarlo momentáneamente con ese sabor ácido y salado casi imperceptible pero inolvidable para la lengua infantil.]
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Andrés se sentaba detrás mío. Era un biólogo desquiciado en potencia. Por su pupitre pasaron cuantas alimañas permitidas: culebritas de agua, camaleones, tortugas chinas, chapulines, arañas patonas, y por supuesto sus favoritas: las ratas blancas. Justamente, en uno de esos regresos victoriosos del mingitorio, me topé con Andrés. Estaba en el corredor, recargado contra el muro, cerca de la puerta de nuestro salón. Tenía los ojos rojos, las fosas nasales llenas de mocos que sólo lograba embarrar en la manga de su suéter azul. Lloraba, pero no como las escuinclas que berreaban, no, su llanto era terriblemente silencioso. Un pinche güerito (ni de su nombre me acuerdo) había traído una rata blanca. Andrés cargaba con la suya todos los días, muy bien entrenada: se llamaba White y sólo asomaba el morrito por la bolsa de su camisa (ésa, la que tenía el escudito bordado). Y el güerito, claro, no podía quedarse atrás. Juntó a las ratas para que se conocieran, supongo. Se armó la batalla ratonil. El maestro detuvo la algarabía y expulsó a Andrés del salón con todo y cargamento. [Sintió la punzada en su vientre y recordó sonriendo la absurda situación. ¿Cómo podía lanzarse en picada a sus recuerdos infantiles?: el pánico del primer día de clases en su escuela nueva, el quinto año de primaria, el maestro Ramón. Y ese güerito desabrido ¿Ralph, se llamaba? Un resplandor anaranjado asomaba por las diminutas grietas que tenía frente al rostro, un nuevo picor le sacudió la nariz, era olor a carne quemada. Acostado, oprimido, inmovilizado por las varillas y el cemento troceado, ahí, en su pequeña cueva impuesta recordó a la White.] Me acerqué a Andrés. Abrió sus manos y me mostró su cargamento. Ahí estaba la White, con el pelaje transfor13

mado, como si alguien le hubiese untado manteca, señal de que no volvería a asomar el morrito por el bolsillo de Andrés. Sus ojillos semientornados, el hocico abierto, y el espasmo de cada respiración. En el costado había una pequeña hendidura rojo por donde podía ver (con esa perversa fascinación de niño) algo diminuto que adiviné eran entrañas. Nos sentamos lado a lado, cómplices de algo parecido al consuelo. —Si se muere, la White no se va ir al cielo— me dijo Andrés. Así era, según los cánones de nuestro mentor el padre Ignacio. O por lo menos eso había respondido ante la pregunta de una niña cándida y piadosa: —Padre, ¿y los animalitos se van al cielo? —Sacrilegio, no, de ninguna forma, los animales no tienen alma. [El tremor se detuvo, pero el polvo entraba por cada ranura de aquella prisión. El dolor se había ido. Sólo quedaba el hormigueo y el presentimiento de que algo dentro de él había terminado por reventar. Aquella certeza regresaba, aquella del pelaje. Pero la fatiga y el terror lo habían invadido, no quedaba conciencia para lamentar su final. Entrecerró los ojos aferrado al recuerdo de sus ratas blancas.] De los ojos de Andrés escurrían grandes goterones, apretaba los labios, por supuesto los hombrecitos no lloran, no señor, y menos porque el sacrosanto padre Ignacio afirmó que los animales muertos se iban a ningún lado. La White murió. [La White, tan perfectamente blanca que sólo podía nombrársele White. De su pequeña jauría de ratas blancas, sin duda esa había sido su mejor logro. Era como un perro miniatura, respondía a su nombre, se levantaba en
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dos patas para pedir golosinas y doblaba las orejas en señal de sumisión ante la caricia del dedo índice. Su mejilla, apelmazada contra algo que había sido el piso de su cuarto, sintió un tremor sutil de la tierra. A lo lejos las voces se tornaron aullidos.] El salón, aquel año, nos tocó en el tercer nivel. El recuerdo asomó al encontrarme con esos ex compañeros: —Qué sorpresa, estás igual, a quién has visto, yo soy arquitecto, ¿abogado?, pues la vida da vueltas, y te acuerdas del chavo de las ratas, cómo, no supiste, se murió en el terremoto, se le vino el edificio encima, ¿qué cosas, no? Nos despedimos, algo incómodos. Y qué, ¿les tenía que contar la historia?, ¿para qué? Bastaba con sacar la lista de honorables respuestas: cuánto lo siento, qué terrible, qué infortunio. [Y ahí asomó, entre los escombros, blanca, luminosa y nuevamente tersa como copo de nieve. Había regresado. Andrés sonrió cansado. Sintió su naricilla húmeda en sus párpados. La rata dobló sus orejas en señal de sumisión y se le acurrucó en la barbilla. Ahora podría cerrar los ojos y dormir arrullado por el cosquilleo de los bigotes. Dormir, y no regresar.]

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Nathaniel

Las puertas automáticas del vagón se cierran. Sobre el andén, una estela de agua y crustáceos muertos se pierde hasta las escaleras eléctricas. Recorre el pasillo, sus pasos son el breve recuerdo de aquel chasquido de niñez saltando charcos. Él es el verde, el húmedo, el portador del silencio custodiado por la lengua henchida que asoma la punta entre sus labios carcomidos. Se sienta, impregnando la ventanilla con un vaho de salitre, erizos y sargazos. Verde azulado, su cabello escurre ocultando los ojos que se han ido para mecerse en el vientre de los peces. (Nathaniel, el olvido habita en el coral). Observa, sí, observa con las cuencas el vientre abultado de una embarazada, la réplica casi exacta del suyo, enorme y adormecido. La gestación de un niño ilumina el rostro de ella. La gestación del mar todo es privilegio del ahogado. (Nathaniel, el olvido habita en la espuma del mar).

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La panadería

A las cinco en punto Mathiana llega al local, levanta la cortina metálica y prende las luces cuyos transformadores zumban como un panal repleto de abejas afónicas. Enciende la veladora que, sobre la repisa, custodia la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. También enciende el horno inmenso que ella imagina como la boca de aquel dragón de los cuentos. En la calle, sólo pululan los perros callejeros con sus últimos cantos nocturnos y las volutas de humo, cada vez más densas, provenientes de la chimenea de la panadería. Dentro de la nave, frente al horno, están las dos mesas de trabajo y una más pequeña para espolvorear las donas. Mathiana abre un costal de harina y forma una fuente en cada mesa. Arroja el costal vacío sobre la pila que ya alcanza treinta centímetros de alto y que yace en el suelo a los pies del santito. En un recipiente aparte pone la levadura a flotar en agua tibia. El ambiente ahuyenta al frío de la madrugada y se comienza a percibir cierta tibieza. Mathiana primero termina la masa del pan de sal. Luego se dirige a elaborar la del pan dulce. Ella adora hacer el batido para sentir la viscosidad del huevo en los dedos y la untuosidad que toma la preparación al agregar los trocitos de mantequilla. Al iniciar el amasado, la tibieza da paso al calor. Y es sólo cuando las mejillas de Mathiana se encienden que, por la hendidura de la pared iluminada por la veladora, asoma la cabeza del reptil. Todos dicen que las lagartijas sólo salen con la luz del sol porque tienen la sangre fría. Pero ¿qué frío podía sobre17

vivir en la panadería si el horno vocifera como aquel monstruo del cuento que devoraba marineros? La condenada lagartija se le queda viendo a Mathiana sin ningún respeto. Ella le devuelve la mirada con el rabillo del ojo mientras amasa y amasa sin detenerse. Hasta las manos le arden. Entonces, simulando, entre los dedos pulgar e índice hace una bolita de masa. Espera. Y ¡fium!, lanza la bolita directo al animal con ganas de darle entre los ojos. El reptil la esquiva y se esconde veloz en la hendidura. Tarda unos minutos en asomar de nueva cuenta. Mathiana sigue amasando, una y otra vez. Sólo se detiene para regresar a la mesa del pan de sal y dar un puñetazo a la masa levada. Piensa que la masa hinchada es como esas embarazadas que más tarde curiosearán por los estantes de la panadería: tan hambrientas de pan inflado, de dulzor esponjoso, de panes repletos de crema pastelera. E imagina que el horno no es una boca sino un gran vientre que gesta las figuras creadas por los magos de la levadura. Poncha, amasa y golpea la preparación contra la mesa de trabajo: diez, veinte, treinta veces. Dirige su mirada a la hendidura de la pared donde la veladora juega a formar sombras con la lagartija espía. Otra vez hace una bolita de masa, simulando, sigilosa y trabajadora para ¡fium!, lanzársela, que en una de esas hasta deja tuerto al reptil (¿y qué sería, la mitad de un mirón?). Seguro el calorcito le calienta muy bien la sangre a la sabandija porque al último proyectil lo esquiva mejor. Igual le ocurre a Mathiana, se activa y suda copiosamente: le hierve la cabeza, le hierven los senos y los pliegues de su cintura se pegan los unos con los otros. Las masas levan. Entre amasada y amasada se intercalan lanzamientos poco certeros. Algunas bolitas de masa rebotan contra la veladora o se pegan en la imagen del
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santito. De las que rebotan algunas caen al suelo; otras van directo a la llama para crepitar: Mathiana supone que aquellas bolitas se convierten en bollos diminutos con los que se alimenta el santo. La lagartija aprovecha los devaneos de Mathiana para escabullirse y atrapar con su boca una masita que yace sobre la repisa. El calor ya puede nombrarse infernal. Las masas levan sin recato alguno. Mathiana revisa el horno, checa el termostato y abre la puerta: las flamas amarillas y azules bailan. Todo está en orden. Regresa a la mesa de trabajo, ya no a dar puñetazos sino a moldear la masa de sal como, piensa, sólo los magos de la levadura pueden hacerlo. Mathiana llena charola tras charola con las figuras e inicia la misma secuencia de otros días: llenar, meter, sacar. Observa el reloj para no perder al segundero de vista, aunque es el aroma a pan recién horneado lo que sirve de indicador. Cree que comparar un olor con el espasmo epiléptico de un segundero es ocioso. La lagartija se aventura más allá de la repisa: llega hasta el techo para luego bajar a los sacos de harina vacíos. Mathiana la sigue con la mirada y donde pone el ojo casi pone la bolita de masa. Ya saca charolas repletas de pan dorado, ya las acomoda en las repisas, ya regresa a la mesa de trabajo para llenar más charolas y preñar el vientre del horno. Por fin se exaspera ante su falta de puntería. De una bolita pasa a un puñado de masa que arroja con tal vehemencia —mas con el mismo mal tino— que no sólo derriba la imagen del santito, sino la veladora que va a dar sobre los costales de harina vacíos. Se enciende una llamarada, pero sus manos que amasan día tras día también son tenaces al arrojar una cubetada de agua para apagar el conato de incendio.
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La maldita lagartija huye hacia el horno. A Mathiana, con el susto, la temperatura le sube dos grados centígrados. Alza la imagen del santo que ahora tiene el vidrio roto. La veladora se va con los costales mojados al bote de basura. El corazón le brinca dentro de las costillas, trata de modelar la masa pero los bollos crudos le quedan dispares. Y arriba en el techo, sobre el horno, la lagartija la observa burlona. El aroma no le avisa pero sí el segundero, tiene que sacar una charola del horno. Abre, saca, no cierra. Mira de reojo, toma un bollo recién hecho que le quema la palma, lanza sin pensarlo y ¡paf!, le da. El reptil cae y asustado, o atontado, se mete en el horno. Las llamas se avivan. Mathiana deja caer la charola y los panes recién hechos ruedan por doquier. Observa a la lagartija contorsionándose entre las llamas. Cree que se está quemando pero enseguida descubre que el reptil danza mientras la mira con sus ojos de canica. Hilillos de fuego escurren del horno y trazan caminitos por el suelo de cemento como si de hormigas iridiscentes se tratara. Mathiana palpa, introduce la mano poco a poco: sólo se siente un calorcito. El fuego tampoco la quema a ella y cree que al fin tiene a la lagartija acorralada. Entra con precaución, camina a gatas. Las llamas también danzan alrededor de ella. El horno, desde adentro, es más grande que una boca o que un vientre. Tiene el tamaño de una bóveda. Sigue al animalejo que huye hacia la profundidad. El humo y el calor producen un torbellino que se eleva como un tirabuzón candente. Mathiana se levanta y corre tras el animal. El aroma a pan recién horneado impregna todo. Las llamas entreveran las siluetas que se alejan hasta perderse en un punto que resulta inalcanzable para la vista común.
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Moscas

Fuera de casa, son insignificantes y pueden pasar inadvertidas entre sus demás congéneres. Revolotean por las calles, en el túnel del metro y por los centros comerciales. Como cualquier ser vivo tienen necesidades orgánicas. Son especialmente aficionadas a los confites y/o a la pastelería. Son las asistentes perpetuas de reuniones familiares multitudinarias. Su especie es tan antigua como los primeros vocablos arrojados por el Homo Sapiens. Han planeado entre las fogatas de los hogares, han reinado, traicionado y, eventualmente, diezmado poblaciones con sus gérmenes. Más aun, alguna ha sido musa de poetas y juglares. Contrario a la creencia popular no nacen, se hacen. Los años les permiten lograr su metamorfosis convirtiéndolas en el insecto familiar por excelencia. No hay vacuna, ni cura posible para evitar que cualquiera, como ellas, termine fastidiando las vidas ajenas. La única técnica preventiva es mantener las puertas y ventanas de casa bien cerradas. Pero, ¡ay, de aquel que ose permitirle el paso a su casa! Entonces vuelan por las habitaciones, hurgan nuestros secretos, acarician la cabecita sin pelo de nuestros niños y besan los rostros sumisos de los hombres. Con sus ojos multifacéticos abarcan y observan todo, y su tendencia negativa las lleva a reprobar todo lo que se desenvuelve a su rededor. Aquellas víctimas de la plaga sólo tienen dos salidas: hacer su maleta y huir de la casa o comprar un insecticida en aerosol.
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Todo aquel que haya escuchado el perturbador zumbido cerca de su oreja podrá entender la temible grandiosidad de estas moscas que amorosamente llamamos suegras.

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Gag

Algunos, desde niños, eligen permanecer en un territorio invisible para quienes nos hacemos llamar cuerdos. Si uno los observa puede tener la casi certeza de que existe un mundo paralelo donde ellos hablan, sonríen, se entristecen o son presas de la ira. Gabriel es uno de los habitantes de ningún-lugar. Desde los tres años, paulatinamente, se alejó de este universo. Tradujo su lenguaje oral en un complejo conjunto de monosílabos. Podía dedicar horas a hacer girar una canica en un mismo punto o estallar presa del espanto escalando sillones, camas y armarios para luego, de pronto, quedarse quieto en alguna esquina del cuarto observando atentamente el vórtice. Lo más desconcertante era buscar su mirada, fijar la vista en esas pupilas y preguntarse cómo habían logrado construir esa muralla acuosa. Él no estaba ahí, estaba de viaje en ningún-lugar. Y con los años logró mudarse definitivamente. Salir al exterior le provocaba ansiedad, a tal grado que un domingo por la mañana se negó de manera rotunda a ir más allá del vestíbulo del edificio. Lo más que logré fue que se sentara tras la gran puerta de cristal, con las piernas cruzadas en flor de loto y balanceándose cadenciosamente. Desde entonces podía pasar horas observando atento al exterior mientras tarareaba una canción en el idioma del territorio inasible. Yo me resigné a pasar las tardes, que antes eran de recreo, sentada en el sillón del conserje con algún libro o el tejido.
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Observaba a Gabriel y me parecía que su actitud no era del todo extraña, sino sólo una réplica de las nuestras; como cuando nos topamos con un gran aparador y observamos la mercancía: un vestido rojo en un maniquí esquelético, una muñeca de porcelana antigua o las ambientaciones navideñas repletas de pinos de plástico y esferas de unicel. Observamos y seguimos de largo, sin entrar a la tienda. Lo mismo hacía Gabriel: observaba el aparador del mundo para luego seguir de largo al departamento. Simplemente decidía no entrar a las calles. Aquel día, después de correr como desaforado, aceptó salir a la recepción. Parece un niño en una pecera, decía el conserje. Como todos los días se sentó frente al ventanal y comenzó su balanceo. Ya había yo leído diez páginas del libro en turno cuando, de reojo, vi a Gabriel detenerse. Tras el ventanal, un perro ordinario, café oscuro, lo miraba. El niño colocó la palma sobre el vidrio, a la altura del hocico del animal; el perro embarró la nariz húmeda del otro lado. Gabriel movió su mano de un lado a otro, imitando un oleaje en cámara lenta; el perro seguía esa marea imaginaria. Tal vez en el territorio del niño existían mares adormecidos y los vidrios no eran fronteras. Gabriel reía, se carcajeaba. Entonces el perro comenzó a ladear la cabeza de un lado a otro, lo que para algunos es señal canina de que tratan de entendernos. Gabriel comenzó a imitarlo como si uno y otro, por turnos, fueran el espejo del otro. Ante mis ojos, por primera vez, asomaba la posibilidad de un puente que uniera ambos lugares: la posibilidad de traer a Gabriel de vuelta. El perro decidió irse, y Gabriel gimoteó. Calló y reanudó su acostumbrado balanceo. En la mañana de su séptimo cumpleaños fui directo a la tienda de animales que me resultó odiosa a causa de
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la pestilencia de los pájaros que gorgoriteaban encerrados en sus jaulas; ignoré las peceras, las ridículas ratas sin cola —hámsters les llaman— y busqué a un empleado: quiero un perro café, ¿de qué raza?, de raza café oscuro. Ignoré las risillas maliciosas de los encargados, pagué con la tarjeta y salí con el cachorro bajo el brazo. Me dirigí a la papelería de la esquina: quiero un moño rojo, ¿de qué tamaño?, del tamaño del cuello de un perro café oscuro. Gabriel ignoró mi abrazo y mi voz desafinada que cantaba Las Mañanitas, pero dirigió la mirada y las manos al cachorro. Le puso nombre, más bien yo quise creer en un bautizo: Gag. Cuando él jugaba con el perro exclamaba Gag. Los días pasaron dentro del departamento al igual que pasaban tras el ventanal de la recepción. Gabriel llamaba a Gag, yo lo secundaba con “se dice perro”, gag-perro, gagperro mientras imaginaba a Gabriel construyendo los cimientos de un gran puente. Comenzaba a acostumbrarme a aquella bola de pelo que meneaba la cola, no así a sus excrementos pastosos que Gabriel confundía con cucarachas de ningún-lugar y a las que aplastaba mientras recogía al perrito con actitud protectora. Yo limpiaba pisos y suelas, a la vez que intentaba anticiparme a las gracias del perrito antes que Gabriel diera el zapatazo. Una, dos, tres semanas. El cachorro emitió sus primeros ladridos. A Gabriel pareció inquietarle: se quedaba quieto, con la mirada perdida en cualquier muro. Tardó unos días en descubrir que aquel sonido seco provenía del morro de Gag. Si sonaba el teléfono, tocaban el timbre o se oía una ambulancia a lo lejos, Gag ladraba. Gabriel se apresuraba a cerrarle el morro con los dedos, suavemente. Lo cargaba y se balanceaba. Al contemplar esa reacción me parecía ver25

lo caminar por el puente, indeciso ante abandonar aquella orilla, la de su mundo. Cuatro, cinco semanas. El perrillo no paraba de retozar, corría por doquier y ladraba con desenfreno. Gabriel lo perseguía con un gesto de aflicción y con la necesidad vehemente de proteger, o callar, al animal. En medio de tal algarabía yo intentaba mantener nuestro precario equilibro cotidiano. En ello estaba esa mañana, con las narices sumergidas en el refri: algo se había descompuesto y debía abrir cada bote para encontrar de dónde provenían esas emanaciones. Y tal vez por ello no me preocupó la calma repentina; al contrario, algo de sosiego siempre era bienvenido. Gabriel se había sentado y se balanceaba en silencio. Descubrí la col rancia. La tiré y puse a remojar el traste. Gabriel mecía a Gag. El perro parecía un bebé dormido. Me acerqué, restregándome la nariz impregnada del tufillo. El cachorro tenía la cabeza extrañamente caída sobre el antebrazo de Gabriel. ¿Qué hiciste? Gabriel cruzó el puente corriendo, se paró frente a mí y sin aquella muralla acuosa en los ojos me sonrió. Traté de arrebatarle al Gag muerto. Él lo abrazó, protegiéndolo y huyó a su habitación. En verdad lo intenté. Intenté quitarle el cadáver del perro, pero cuando lograba sujetarlo Gabriel comenzaba a gritar aterrorizado, se sacudía violentamente y me arrojaba cualquier cosa que tuviera a la mano. Terminó atrincherándose en su cuarto. Ni siquiera pude sorprenderlo en la noche, él ya no dormía y sus sentidos percibían la más mínima vibración. Decidí usar calmantes, suficientes pastillas para que durmiera. Las diluí en el vaso de agua de limón que siem26

pre incluía en su cena, todo puesto sobre una charolita que yo dejaba en la entrada del cuarto. La gente también come en ningún-lugar. Aguardé un par de horas. —Gabriel. ¡Gabriel! Él estaba profundamente dormido. Entré al cuarto y le arranqué aquel cuerpecillo fláccido; mis manos adivinaron la consistencia de la carne licuada. El hedor fue lo de menos, toda la casa hedía a perro y a col rancia. Mi nariz ya estaba acostumbrada. Bajé a la recepción y arrojé el cadáver al basurero general. Gabriel sigue dormido. Han pasado varios días y no logro erradicar la hediondez del departamento; creo que ningún-lugar nos ha invadido. Temo abrir la puerta de salida y que entre a las calles. Aunque sé que va y viene por las ventanas. Los vidrios no son fronteras.

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Conversemos

—Es que usted nunca ha visto a un cerillo caminar, por eso le cuesta trabajo seguir esta conversación. Y no me salga con que eso sólo es producto de una imaginación ociosa. La conversación con el vago aquél se torno algo ríspida. Me pareció inútil, sobre todo porque yo no había tomado la iniciativa de acercarme, en plena calle, a contar mis desventuras. Aunque admito que algo tuve que ver en el encuentro: era imposible quitarle la vista de encima. Además del desaliño, y la paranoia que provoca la cercanía de cualquier vago, resultaba espeluznante ver que le faltaba un ojo y que su párpado entrecerrado dejaba ver una cuenca vacía y supurante. ¿Podía ponerse un parche, no? Hasta simpático se hubiera visto: un vagabundo corsario, con un perico de felpa al hombro y una jollyroger estampada en su camiseta. —Medítelo, sólo ponemos atención a los grandes sucesos, como cuando usted recorre veloz las avenidas ¿qué es lo primero que llama su atención? Exacto, los anuncios espectaculares donde asoman pajarracos inmensos, senos de Moby Dick atrapados en encajes colosales o licuados de chocolate que ahogarían a una familia completa. Y usted, conductor ávido de explosiones, nunca se percata de que al mismo tiempo ha pulverizado una piedrita con su neumático, que ha aplastado el diente de un perro atropellado hace dos años o que ha reventado una semilla impidiendo para siempre el nacimiento de un abedul. Y algo de razón tenía el desparpajado que poseía muy buen verbo. No era ningún borrachín. Por un instante su28

puse que era algún intelectual fugitivo del psiquiátrico, o un hombre de bien caído en desgracia, víctima de alguna telenovela o de un pasón. Además, ya bien visto, la cuenca no supuraba. Era un espejismo provocado por la piel abrillantada que la cubría. Piel cicatrizada. Alguna explosión había quemado la zona y supongo que también el ojo de mi interlocutor. —Lo nimio nos avisa. Pero, dígame, ¿quién pierde su tiempo en insignificancias? Sólo las personas como yo, las que tienen ¡gran imaginación! Ya usted está pensando “querrá decir orates”, y no. No. No necesito imaginar cosas por ahí, que el tiempo no me sobra. Todo está a la vista. Bueno, a la vista del que se fija, del que sabe cuándo detenerse a observar un papelillo metálico, o la rondana abandonada en el filo de un escalón, o el alfiler sin cabeza que se quedó clavado —Dios sabrá desentrañar el misterio— en la corteza de un árbol. —Y sí, he visto cómo los cerillos caminan y cómo las colillas abren pequeñas bocas para emitir largos aullidos de dolor. No ponga esa cara de incrédulo. Si se burla allá usted: ¡el que ignorante vague, el abismo se lo trague! Un día muy caluroso hoy, y del calor hay que huir y al calor hay que respetar. Le digo, es una pequeña rebelión, ¿qué otra cosa puede ser si actúan con tanto sigilo y discreción? Y no sólo eso, ellos se defienden feroces, mi cuenca chamuscada no me dejará mentir. Estoy seguro de que se agrupan en algún sitio, un lugar oculto pero, eso sí, muy seco. Ni hablar, el morbo es como un caramelo. Cualquiera lo disfruta. Y ya que había tenido la paciencia de oír esa sarta de sandeces, lo menos que esperaba era conocer la supuesta batalla donde el vagabundo-barba-azul había perdido el ojo. Escuché la perorata sobre la cantidad de objetos que fa29

bricamos y de cuántas partes puede constar cada uno, como si el mundo se tratara de una cajita china. El vago al fin sacó de una de sus bolsas un par de cerillos. Uno con la cabeza verde y el otro con la cabeza morada como obispo. —Si se lo permite notará gran belleza en los colores. Apreciará que sus formas no son idénticas. Es sólo un par de cerillos ordinarios, pero trate de enumerar las variaciones existentes entre uno y otro. Claro que tienen su encanto pero los coleccionistas que mienta usted no se interesan en el cerillo en sí, sino en el conjunto, en la envoltura: las cajitas, las carteritas de cartón impresas con logos de restaurantes, hoteles, países o ciudades; hasta de cartelera de anuncios los han utilizado. Nadie presta atención a esta pequeña parte del conjunto. Obsérvelo: un cerillo solitario. —Uno a uno, siempre juntos, apretados y ordenados en filas como un buen regimiento. Si son de madera contabilice cuántas micro astillas saldrían de uno solo; y si pulverizara el fósforo obtendría miles de partículas. No se detenga ¿qué hay de los fabricados con papel encerado? Desenróllelos y únalos uno tras otro, y otro, y uno más, y así hasta que pasen soles y lunas, ¿podría usted darle la vuelta al mundo? Sí, son pequeños y ya lo dijo usted: cotidianos. Pero nunca insignificantes. Dese cuenta: en ese supuesto está el cultivo ideal para reproducir a los gérmenes más voraces, esos que hacen añicos la historia. Todo está ahí, en los pequeños detalles que invaden la superficie por donde usted y yo caminamos, sin que nadie, o casi nadie, lo note. Por supuesto que me describió su colección de cerillos, que sólo guardaba uno de cada ejemplar y que aun así los consideraba peligrosos. Me contó que los guardaba en cajas con cerradura, pero de cristal para que lucieran. Las cajas eran oblongas, de tres centímetros de altura por medio me30

tro de largo, con el fondo cubierto por una capa de arena de un centímetro de espesor donde encajaba cada cerillo para exhibirlo bien parado. El vago tenía razón. En definitiva hay que tener suma precaución al espiar a través de cualquier ranura, por muy pequeña e insignificante que parezca. Parece mentira que explosiones tan dañinas aguarden en los lugares más insospechados. Cuestión de prestar atención a lo más nimio. Y no creo necesario entrar en detalles, es que usted nunca ha visto a un cerillo caminar, por lo que le costaría trabajo seguir esta conversación.

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La plaga

Desde que tengo uso de razón, siempre he vivido en la zona sur. Éramos apenas unos mocosillos cuando se decretaron las fronteras: “Letras A a la L, plazo vencido; Letras M a la P, restan tres días para validar su pasaporte; Letras O a la Z, tres meses para su registro”. Y todo bajo el auspicio unánime —también noticia novedosa— de diputados y legisladores. La urbe era incontrolable, nuestra gran ciudad se desparramaba más allá del valle. En lugares estratégicos se establecieron pasos fronterizos con aduanas y garitas custodiadas por barricadas infranqueables. Cualquiera podía salir de la ciudad pero ningún ser humano estaba autorizado a ingresar en ella para convertirse en residente. Ni matrimonio, ni enfermedad, ni muerte (los cementerios también entraron en el ámbito de control, artículo 8845) serían factor suficiente para cambiar el estatus de externo a citadino. Se establecieron diversas clases de visas: turista, visitante, empresarial, atención médica y otras diversas, cada una con un holograma diferente de un color específico. Ahora puedo reconocerlas sin revisar el manual, gracias a mis años de trabajo como agente del paso fronterizo sur. Y no sólo reconocer los tipos sino descubrir las falsificaciones que pulularon en el sexenio anterior, obras de geniales artistas miembros del Movimiento Libertinum —casi erradicado—, muchos de los cuales ya han cumplido su periodo de reformación en nuestros Centros Cívicos Senda Nueva.
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Durante más de veinte años se logró estabilizar la tasa de crecimiento, que no la de natalidad, pero esta última no es una agravante. Urbanistas, sociólogos y planificadores expertos han logrado un exquisito equilibrio en el ecosistema urbano: ¿no encuentras empleo?: te vas al exterior; ¿quieres una casa más amplia?: te vas al exterior; ¿Te han multado más de cinco veces?: te vas al exterior; ¿Te enamoraste de un externo?: te casas y te vas al exterior. En definitiva, el trabajo más arduo compete a mi sector laboral cuya función es detectar a los ilegales fuera, dentro y justo en el paso de la frontera. Es sabido que los transgresores son inextinguibles, al igual que su imaginación. Por ejemplo, aunque en nuestras lindes no tenemos ningún río, sí tenemos mojados que se aventuran a acceder a la ciudad por el sistema de drenaje. Sin duda este fue un duro golpe para la seguridad de la ciudad ya que resultaba imposible apostar un vigilante en cada alcantarilla; las redadas aumentaron un 53 por ciento lo cual no bastó para evitar la deshonrosa destitución del Secretario en funciones. La ampliación de las actividades de patrullaje a todos los subterráneos de la ciudad dio lugar a aquel caso sonadísimo (tendrá cinco años) de un grupo de ilegales que descubrió túneles prehispánicos que comunicaban distintos puntos. Fue un gran hallazgo, y en su momento se construyó una sala especial en el Museo de Antropología e Historia para la variedad de piezas encontradas durante nuestras rondas. El problema parecía no tener solución hasta la entrada en escena del externo Arizmendi (único externo en la historia en lograr su residencia otorgada por el presidente de nuestra república en acto oficial) que se logró controlar la plaga de ilegales. Químico amateur, Arizmendi inventó una sustancia inodora y no tóxica que resplandece en la oscuridad.
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Cada día se vierten casi dos mil galones de Brillex en la red de drenaje de la ciudad y cualquier cosa o persona impregnada con la sustancia resplandece durante un periodo de 8 a diez días. Al principio la fosfórica luminosidad provocó algún revuelo, en dos días los reportes sobre criaturas sobrenaturales se duplicaron, mas con la pertinente información a nuestros ciudadanos el pánico fue controlado. El estricto monitoreo del proyecto Brillex determinó que éste no sólo apoyaba en la detección de ilegales, sino que su repercusión social era inaudita. Por un lado alimentaba la fantasía infantil y la tradición oral, y por otro aligeraba la tarea del control de plagas, ya que insectos y roedores eran localizados de inmediato para su exterminio eficaz. Pero no seguiremos con estas anécdotas, historias y divertimentos que a final de cuentas no lograron alterar el orden de manera trascendente. Lo que nos compete es la serie de sucesos que se ha desarrollado en los últimos meses y cuyas repercusiones alterarán los más sólidos reglamentos. El primer reporte provino de mi sector. Se detectó una zona deforestada y en los dos días subsecuentes aparecía en ella un trazado perfecto. El aviso fue remitido a las autoridades para su cotejo con las órdenes correspondientes. El resultado fue que ningún urbanista había autorizado tales acciones. El suceso parecía un caso aislado hasta que aparecieron otras zonas ya con calles asfaltadas y lotes cimentados. Nuestra experiencia supuso la aparición de algún grupo subversivo que intentaba urbanizar el perímetro de la frontera. Se ordenó dinamitar las incipientes construcciones, pero el proceso de demolición sólo conseguía acelerar el proceso de urbanización. Diversas patrullas reportaban
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edificaciones completadas, calles, banquetas, semáforos y hasta nombres en las calles. Se organizaron grupos especiales, pero no bien pasaban por un área sin novedad, al regreso encontraban locales, casas de interés social y hasta una iglesia que el equipo de limpieza se negó a demoler. Emergieron colonia tras colonia, con sistema de aguas, luz y todos los servicios necesarios, esperando nuevos moradores. Los primeros en llegar fueron los perros callejeros y algunos gorriones que tomaban el sol posados en las líneas de conducción eléctrica —y supongo que los nuevos drenajes empezaban a ser poblados por roedores y crujientes cucarachas todavía fosforescentes. La Secretaría de Fronteras pidió ayuda a la de Defensa y a la Agencia de Inteligencia, el objetivo común era descubrir y desmembrar al nuevo grupo subversivo. Y asistiendo la labor estaba yo, uno más de los agentes que se sumaban al esfuerzo conjunto para erradicar este novedoso malestar. Nuestro equipo diseñó una nueva estrategia, localizamos una zona con trazado y nos quedamos en vigilancia de 24 horas, organizamos turnos, posicionamos cámaras de día y de infrarrojos, todo camuflajeado; tarde que temprano los localizaríamos, a ellos, construyendo, erigiendo castillos, paredes, colocando ventanales, bautizando calles. Ellos caerían. Fue, quizá, en la tercera noche, mientras fumábamos un cigarrillo e intercambiábamos anécdotas fronterizas, cuando aquello comenzó: al principio era un suave murmullo, ruidos inexactos que parecían provenir de la ciudad. Luego el murmullo aumentó hasta convertirse en un enjambre de sonidos estruendosos que nos rodeaban para luego ubicarse sobre las zonas todavía desiertas, más allá de la frontera. Rugidos de motores, cláxones de distintos tonos, voces humanas en35

tremezcladas, risas y quejidos, campanas de torres, timbres y teléfonos, aviones invisibles que surcaban el cielo al tiempo que el terreno se convertía en trazado y este en asfalto, y las casas se levantaban de la nada ante nuestros ojos desorbitados. Las cámaras grababan, todo quedó registrado. En segundos todo fue silencio nuevamente y sólo un resplandor anaranjado iluminó la noche. A lo lejos, resplandores similares asomaban desde otros pasos fronterizos. Los altos mandos quedaron atónitos ante nuestra grabación. El supuesto grupo subversivo era inexistente. Bajo juramento, todos hemos guardado silencio; los videos fueron clasificados con Alta Seguridad. Hasta ese momento corrieron rumores de que nuestras cintas no eran las primeras, parecía que a lapsos intermitentes dicho fenómeno se manifestaba en distintos puntos de la frontera. Unos hablaban de periodos de cinco años, otros de diez. Y aun se murmuraba sobre un centro de investigación donde la élite de los académicos trataban de resolver el misterio. Pero todo esto son sólo rumores prescindibles en nuestras labores cotidianas. Son los problemas inmediatos los que deben recibir la atención mediante el esfuerzo de los mecanismos estatales siempre comprometidos. Se decidió seguir, ante los medios y la opinión pública, con la historia de un supuesto grupo terrorista de ilegales, los últimos integrantes del Movimiento Libertinum. Algunos ex integrantes regresaron, por recomendación, al programa de reformación.

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La totalidad del perímetro de la ciudad, más allá de nuestras lindes, ahora está urbanizada y en las últimas cuadras
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la gente comienza a adueñarse de casas, comercios y parques industriales. En términos legales, prohibir la ocupación ha resultado improcedente: los nuevos habitantes son externos en zonas del exterior. El verdadero conflicto radica en quién o quiénes tienen los derechos sobre estas tierras, y a quién o quiénes corresponden los impuestos y las obligaciones de las nuevas zonas conurbadas. Se ha propuesto la reubicación de las fronteras. En los próximos días se presentará el proyecto para su estudio, y diputados y legisladores votarán seguramente de manera unánime a favor. Considero que este sería el único método factible para encerrar a la ciudad de nueva cuenta, por lo menos por un par de décadas más. Claro, el mudar la garitas nos exigirá un esfuerzo mayor. Pero, nosotros, los servidores públicos, siempre seremos materia dispuesta. Y cualquiera con sentido común estará de acuerdo conmigo.

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El pastor y su rebaño

Del rebaño, un volante. Leamos:
EL CONGAL DORADO presenta XXX Hierva toda-toda-toda la noche con LA SINUOSA DEYANIRA LA ARROLLADORA LIZBETH y su serpiente y NUESTRO NÚMERO PRINCIPAL: ROLANDA LA MALDITA y su bañera candente XXX 60 pesos cover XXX (BARRA LIBRE, botanas calientes) sólo mayores de edad. NRDA. Bucareli 345. pregunten por TOÑO. UNA SORPRESA al presentar este volante.

El pastor: El Toño (al que se le cayó el volante): Entiéndeme, que no es lo mismo agua de limón que agua de sandía. Le di en su madre a ese ojete porque no se vale confundir. No soy tratante de blancas, ni padrotillo; yo soy un hombre de negocios, un pilar más del espectáculo. Fíja38

te, todos mis empleados cobran a tiempo, les doy sus vacaciones y permisos, hasta médico particular. ¿O qué? ¿no te acuerdas cuando la culebra esa le mordió la teta a la Lizbeth? ¿Quién la llevo al cirujano? ¿quién le pago todo? Yo merito. Hasta flores le llevé al hospital. Entiéndeme, pues, mis números son bien limpios, puro homenaje a la buena curva femenina. Ya ves cómo le fue a esa loca que se masturbó con una tutsi-pop, ahí enfrente de mis clientes: ¡porquerías en mi negocio ni madres, te me largas con tus tanguitas y tus inmundicias a la calle! Todo limpio y de buen gusto, espectáculo fino. Total ¿quién se muere de una calentura? Y pues lo que hagan ellas por su lado no me incumbe, y si me dan comisión es por agradecidas. Yo soy pastor de mi rebaño, entiéndeme, a mí que no me vengan con chingaderas y llevamos la fiesta en paz.

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San Guijuela

Para Samuel todo comenzó con pequeñas incisiones en las yemas de los dedos; primero se las infligía como distraído, mas luego aprendió a hendir la navaja en cámara lenta. Ver. Sentir. Observar. El oficio se desarrolló, paulatinamente, al trazarse líneas rectas o curvas; siempre en los antebrazos o en los muslos, pues no era estúpido. Elegía lugares que la ropa lograra cubrir después, no estaba dispuesto a argumentar frente a los ojos morbosos o a los sermones de la gente cuando saliera a la calle. Total, qué diablos entenderían ellos, qué diablos entendían. Además, siempre quedaba la soledad de su departamento, con las ventanas custodiadas por gruesas cortinas, para exhibir sus pininos gráficos. Un día mudó las líneas burdas por algo más estético. Se aplicó en hacer bocetos sobre servilletas, notas vencidas y hasta sobre las puertas de la ducha donde descubrió la docilidad del vaho. Al fin, sobre su antebrazo izquierdo, logró plasmar un ojo —su tercer ojo, como lo nombraba con cariño— que todo contemplaba y recreaba; en la muñeca derecha grabó las iniciales de los nombres de la gente que le simpatizaba; y, por supuesto, sobre la muñeca izquierda, las iniciales de los enemigos declarados. Los trazos no eran heridas maltrechas sino pequeños dibujos de no más de 3 centímetros de largo. Lucían radiantes con la piel de los contornos enrojecida y el relieve provocado por la reacción de la epidermis. Y ocurrió que una I de Irma (inicial de la méndiga vecina que intentaba espiarlo) terminó infectándose. Entonces Samuel también
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aprendió a cumplir las mínimas reglas de higiene y asepsia: una botellita de alcohol y borlas de algodón para cada trabajo terminado. La mayor dificultad en el oficio del grabado epidérmico no radicaba en concebir el icono o en dibujar la guía con plumón, ni en cortar por primera vez; lo que resultaba arduo era mantener el dibujo siempre fresco: la fatalidad llegaba cuando alguna figura se transformaba en un montón de costras. Entonces Samuel debía buscar otros poros, otros pliegues y esperar con paciencia de santo a que cada costra cayera por sí sola. Nunca olvidaba que el cuaderno epidérmico no posee folios en blanco ilimitados; aprovechar cada espacio, dejando aires entre una y otra figura para lograr armonía, era la consigna. Sólo los ojos dotados de un artista eran capaces de ello. Y ella los tenía (tal vez ocultos entre las ventosas), ella poseía los ojos de un artista. Porque, sí, las sanguijuelas son sabias y aprenden lo que ven. Durante una tarde lluviosa, ahí, junto a la banqueta, en un charco lodoso, la encontró. Ondulaba junto a una corcholata oxidada. Samuel introdujo su mano en aquel brebaje de calle para rescatarla. Algo había leído en una revista científica; estaba seguro que era una sanguijuela medicinal (Hirudo medicinalis), de las que podían vivir en contenedores llenos de agua destilada con agujeritos para su ventilación y en temperaturas no mayores a 15 °C. Se la llevó adherida a su palma, agarrada a él con sus tres mandíbulas. Y no se soltaría hasta beberse una o dos cucharaditas de sangre caliente. No la culpaba, en esa tarde lluviosa él también deseaba algo de tibieza. Un frasco con tapa bastó. Desde entonces compartían el refri. Al principio ella sólo fue espectadora de sus trazos; con el tiempo emitió una que otra opinión, hasta que
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se convirtió en la herramienta exclusiva. Samuel abandonó su navaja. Porque, sí, las sanguijuelas poseen una gran intuición en esos cuerpecillos oscuros, fríos y gelatinosos que escurren a la vista. La primera vez, Samuel la colocó, aún goteando agua, sobre su antebrazo donde, previamente, había trazado el boceto con plumón no-tóxico. La sanguijuela siguió el camino surcando la epidermis, grabando la piel con una línea estilizada que se mantenía roja, por varios días, gracias a su anticoagulante natural. Muy pronto ella prescindió de los bocetos; recorría la piel de Samuel sin dar pista alguna sobre lo que dibujaría. Samuel cerraba los ojos durante la sesión de grabado, cuando la sentía desprenderse miraba para susurrar sorpresa —no gritaba, a nadie le incumbía su amistad con la sanguijuela. Pasados los días la ropa ya no bastaba para cubrirlo por lo que decidió no salir más de su departamento ni cubrir su desnudez a menos que el frío arreciara —que lidiar con sermones no era su oficio, él y ella eran artistas—; calculó que las latas de atún y de salchichas en salmuera bastarían para un mes de retiro espiritual. Sólo era responsable de proveerse una dieta rica en proteínas. No quería provocarle anemia a la sanguijuela —enfermedad que de seguro acarreaba graves repercusiones sobre la creatividad. Y así pasaban los días, tan sigilosos como el ir y venir de la sanguijuela. Ella y Samuel ocupaban las horas en imaginar posibles diseños y lograron implementar una técnica para materializarlos. Después de ducharse, Samuel dejaba que la sanguijuela recorriera las puertas de la regadera plasmando dibujos efímeros sobre el vaho. También estaban los momentos de recreo —que él no era un obsesivo compulsivo, el descanso también era vá42

lido— en los cuales él imitaba a su compañera resbalando sobre el piso o sobre la mesa mientras ella, suspendida dentro de su frasquito, movía sus ventosas emulando una sonrisa. Y a veces hubo momentos más íntimos cuando ella se limitaba a surcarlo sin otro apetito que el de llegar a la comisura de su boca, sin sangre sobre su piel, para hacer algo que semejaba un beso. La sanguijuela no se limitó a recorrer muslos, muñecas y antebrazos; ella se aventuró más allá. Como en aquel paisaje marítimo trazado sobre el estómago de Samuel que a ella le tomó toda la noche hacerlo. Él no recordaba cuántas horas de succión necesitó tal obra de arte, parecía que se había quedado dormido. La sanguijuela diseñaba o se limitaba a retocar sus trazos anteriores. Y ocurrió que el asombro primero de Samuel se diluía, como si el coagulante natural atacara su entusiasmo. Quedarían una o dos latas de conservas cuando Samuel decidió regresar a sus bocetos y un par de veces intentó que la sanguijuela los recorriera —sí, sobre el plumón no tóxico—. Pero ella insistía en recorrer su propio camino imaginario que resultaba en una sencilla espiral o en un ángel barroco. La dejaba hacer mientras él miraba a través de la ventana —sin correr la cortina que todos, malditos, seguro lo acosaban—. Ni siquiera el ardor constante de su carne lo sacaba de su ensimismamiento. Hasta dejó de preocuparse por aquellas primeras letras arruinadas bajo las costras. El último trazo que observó fue una S sobre su muñeca izquierda que él ayudó a retocar. La falta de práctica con la navaja permite explicar por qué sus vecinos encontraron un cuerpo decorado sobre una sustancia marrón y espesa donde relucían los fragmentos de vidrio de cierto frasco.
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Club del exterminador (en seis pasos)

Advertencia: El presente instructivo sólo es eficaz en caso de al menos una cucaracha insidiosa y poseedora de una extraña mutación genética gracias a la cual ha sobrevivido a toda variedad de insecticidas adquiridos por usted en el supermercado. Paso número uno. El uniforme Calce zapatos de suela lisa, pues si se presenta la oportunidad de pisar al insecto, toda ranura en la planta de los pies será considerada por el acorazado animal como un escondite factible. No porte vestimentas con pliegues o escaleras en potencia: no vaya usted a caer en desgracia y el animal lo escale para guarecerse en su cabellera o, en el peor de los casos, en su cavidad bucal (nota: no sea incrédulo, tenemos casos bien documentados). Paso número dos. El armamento El equipo básico consistirá en una escoba resistente, un gancho de alambre para ropa (previamente desdoblado) y un libro ancho de pasta dura. a) La escoba funciona como aplanadora y, en momentos de máximo peligro, como escudo contra el bicharrajo que sin duda alguna, al verse acorralado, atacará. b) El gancho servirá para alcanzar los lugares más recónditos de
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su cocina. c) El libro —se sugiere un Diccionario de homónimos y antónimos, un tomo de la Encyclopœdia Britannica o algún rarísimo ejemplar de La guerra y la paz en edición bilingüe— es el simulador de cualquier bombardeo memorable (véase Guernica, 1936; Ciudad de Londres, 1944 o Golfo Pérsico, 1990). Paso número tres. La búsqueda En silencio, elija un punto de observación. Siga los movimientos del enemigo, aprenda el ritmo de las seis patas naranjas, husmee, busque, hurgue, transfórmese en él. Guíese instintivamente para definir el lugar de la emboscada. Con la escoba en su diestra y el gancho en la zurda (y el libro siempre accesible) mueva cada especiero, el bote de basura y hasta el refrigerador que se interponga en su camino. Manténgase alerta: las antenas emergerán en cualquier momento. Paso numero cuatro. ¡La encontré! Sin titubear lleve al enemigo a campo abierto. Una vez que lo haya logrado la decisión entre escobazo certero o bomba literaria deberá ser tomada en una fracción de segundo. ¡Buena suerte! Paso número cinco. Remátelo Si llega a este punto la victoria está casi asegurada. Escuche atentamente cómo cruje el cuerpo del animal (debe escucharse un sonido seco pero profundo). Si el crack no ha sido
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definitivo, y usted osa bajar la guardia, el blátido escapará ante sus ojos asombrados. No se engañe, estos bichos NO resucitan, simplemente usted no logró rematarlo. No olvide tomar una foto o escanear el cuerpo del delito para su envío, pues a vuelta de correo recibirá una credencial que autentificará su membresía. Paso número seis. Cómo librarse del cuerpo Para borrar el bichocidio se puede usar cualquier tipo de pañuelo desechable, periódico o servilleta. De preferencia, y sobre todo si algún miembro de su familia aún usa pañales, emplee una toalla húmeda hipoalergénica con aloe para humectar la piel (la suya, no la de la víctima). Recoja el cuerpecillo deshecho del insecto y, con honor y valentía, evite cualquier sensación de asco o escalofrío en la nuca. Diríjase al toilette más cercano. Arroje el paquete mortuorio a la taza de baño y accione la palanca de la caja del agua. Como un gesto de humana superioridad, dígale adiós con un movimiento discreto de su mano.¡Felicidades, lo logró! Bienvenido al club del exterminador. Nota 1: Asegúrese que el muerto se vaya por la cañería para evitar situaciones poco gratas a posteriori. Nota 2: todos los pasos son aplicables en el exterminio de otras entidades no deseadas (hormigas, ratones, suegras, excónyuges, ladronzuelos y dictadores, entre otras alimañas). Nota 3: El mal uso del presente instructivo en genocidios, represiones estudiantiles, actos antidemocráticos, terrorismo internacional u otros no es responsabilidad del instructor.
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Pastilla
No esperaba pasar mi vejez en la casa de infancia, pero son esos pequeños vuelcos del destino los que nos asombran y nos regresan al sitio de partida. Pocas cosas habían cambiado, más las ocultas —como el cableado y las tuberías— que el decorado exterior. Algunos relojes estaban detenidos, creo que Madre en sus últimos días ya no se interesaba por el paso del tiempo. Ahora la veo al mirarme en las lunas, con la piel ajada, y esa leve curvatura en la espalda. El olor a viejo es permanente, dueño de no sé qué extraños fijadores; tal vez sea la combinación de papeles amarillentos, maderas apolilladas, células muertas, vahos acumulados, o el sebo rancio de la piel que se impregna en la tapicería. Es imposible erradicar el olor a viejo. Elegí la misma habitación de cuando era niño, lo único que cambié fue el colchón aunque sí conservé la pequeña manta de lana. Madre no era muy hacendosa, sin embargo tenía un orden singular: dedicaba tiempo y dinero a comprar maletas para guardar todo aquello que estaba fuera de sitio. Ropa, documentos, libros y variedad de enseres eran encerrados con graves correas e iban a parar a los clósets. Formaban una multitud de cajas de Pandora que Madre no planeaba volver a abrir. Decidí aplicarme en recorrer cada cuarto, cada clóset, más por sentirme útil, ahora ya jubilado, que por un falso afán de limpieza o la necesidad de transformar aquella casa que había sido y sería mi hogar. Me tomó días enteros intentar resolver qué hacer con aquella colección de objetos provenientes sólo del cuarto de
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bordado. Al final decidí conformarme, nada más, con vaciar el clóset de mi cuarto que sería el único en funciones mientras yo estuviera en esa casa. Y así fue. Había tres maletas formadas y una estivada sobre éstas. Supuse que encontraría objetos de mi infancia y adolescencia: una resortera, un trompo o mi colección de envolturas, de esas que tenían personajes de tiras cómicas impresos. Sólo encontré un chicle masticado, duro como piedra, que tendría casi 50 años esperando que una mano amiga lo extrajera de su vetusta urna. Apilaba ciertos papeles, arrojaba otros a bolsas negras para basura, y trataba de adivinar la función de una y otra cosa: aretes sin par, una media, la tapa de una licuadora, una bolsita con pilas caducas, la cabeza de porcelana de lo que imaginé había sido una bailarina. La penúltima maleta develó un contenido aún más incoherente: sartenes sin mango, peltres desportillados, y cucharas sin tenedor ni cuchillo —solas y quedadas señoritas. Los recuerdos trotaban por la habitación haciendo ruiditos sobre la duela seca o moviendo las borlas de terciopelo de las cortinas. La sopa de tapioca humeó por ahí, oí los gritos de los vendedores en la calzada y vi la caja de lejía con la que Madre intentaba quitar las manchas amarillentas de mis orines. Vi la foto de mi padre fantasma (por supuesto que me pregunté si la encontraría en una de tantas maletas). También las mascotas volvían con sus olores de animalito húmedo, las mascotas que a veces incluyeron a las aves de corral que proveían las ollas de la nana. Todavía recordaba aquella zozobra al descubrir una pata de pollo, o un higadito, en la sopa; trozos de aquellos cuerpos emplumados que, vivos, alegraban las horas de mi niñez.
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Una curiosidad. Encontré, dentro de una lata —de aquellas que contenían galletas— un reloj de bolsillo. La pátina había respetado las iniciales L. J. Tal vez en algún álbum familiar encontraría a L. J. (¿sería mi padre fantasma?). Intenté sacar la última maleta, la cama rebozaba de objetos apilados y ya había llenado tres bolsas negras. Pesaba. Me puse en cuclillas para corroborar, entre crujidos de rodillas y cadera, que la infancia estaba cada vez más distante. Logré moverla. Miré la esquina del clóset que había quedado al descubierto. Pensé en ratones. Pero un pequeño objeto rojo me trajo el recuerdo de aquella piel moteada y de unos ojos redondos como capulines maduros. Momentáneamente la busqué, solía ser escurridiza. —¡Es una rata inmunda sin cola! —decía Madre— ¡enciérrala o la mato a escobazos! La nana me había regalado a Pastilla, un hámster, el día de mi noveno cumpleaños. El roedor giraba dentro de una rueda soldada al piso de la jaula metálica. Me engolosinaba con sus movimientos nerviosos y su parado en dos patas para pedir comida. Era divertido observar sus cachetes rellenos: metía pedazos de periódico, trocitos de pan y todo lo que se atravesara en su camino. Una vez se guardó un terrón completo de azúcar que yo había olvidado sobre el escritorio: un cachete cuadrado, se veía geométricamente gracioso. Sí, sobre el escritorio. Permitía que Pastilla saliera de paseo por mi cuarto. Yo intuía su aburrición de estar siempre en esa rueda y sus ganas incontenibles de correr y explorar. Sabía que roía los libros, mis cuadernos y aun la ropa, como aquel día que descubrí un agujero en el codo de mi
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suéter color tabaco, tejido por Madre. El mismo que desaparecí arrojándolo en un arbusto del parque. (Madre nunca supo la verdad). Supongo que el olor de Pastilla fue el que atrajo a los ratones, o eso inventó Madre. Creo que siempre hubo, y hay, ratones en esta casa. Madre se dedicó a poner trocitos de veneno por todas las esquinas de la casa, pero la nana logró convencerla para que no minara mi cuarto. Pastilla seguía explorando. Yo tuve la precaución de tapar con una camiseta la ranura de la puerta, sabía que el mundo exterior era peligroso. Madre rastreaba los cuerpos de los ratones envenenados y los blandía triunfante —¡mira cómo quedaste, asqueroso, seco como cecina!—. El veneno, después de matarlos, proseguía con su función de secado. No olían mal, sólo eran pequeños roedores momificados sin vendas ni sarcófagos, ni maldiciones como las de aquella película en blanco y negro de la matinée. Precisamente fue al regreso de una función cuando descubrí que Pastilla había desaparecido. No estaba en su jaula. La busqué días, la lloré noches. Nunca regresó. Madre juró que no sabía nada —se perdió y punto final, te lo dije, las ratas no son mascotas. Me recargué en la maleta. Aquel objeto rojo era la acuarela que, por arte de magia, había desaparecido de mi caja de colores. Ese año escolar dibujé manzanas verdes, flores amarillas y pedí prestado carmín para la banderita del 15 de septiembre. El espejismo de que Pastilla aún anduviera por ahí se desvaneció cuando vi la telaraña y a su ocupante correr despavorida por la pared. Removí el nido: una canica azul, minas de lápices, medio terrón de azúcar, hilos del suéter tabaco, y un amasijo que adiviné trozos de periódico sucios.
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Guardé la acuarela en mi bolsillo. Sólo alcancé a desatar una hebilla, un olor apenas perceptible de vejez y animalito húmedo llegó a mis narices. Jalé el pedazo de tela que asomaba por la abertura: estaba manchado de orines viejos y excrementos diminutos ya fosilizados. El verdadero nido estaba dentro. Volví a atar la hebilla y mandé la maleta cerrada al basurero. Es verdad que los salmones regresan a morir al río que los vio nacer, igual que yo he regresado a la casa de mi infancia para no darle más cuerda a los relojes. Existe la posibilidad de que los roedores hagan lo mismo, y de que Madre haya dicho la verdad: de haberla visto en la maleta, ella hubiera blandido el cuerpecillo momificado de Pastilla en señal de victoria.

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La piel dorada

Entrar en una pollería es entrar en el infierno, sólo que el letrero de advertencia se traduce en nombres curiosos: El Gallo de Oro, La Lupita, El Alerón. Por suerte, en el súper encuentras pollos amarillísimos debidamente empacados, sellados con vueltas y vueltas de plástico adherente. El Mago no soportaba el tufo del pollo. No era casualidad. Qué desparpajo de los pollos, con qué ligereza exhiben sus pieles desnudas y sus cuellos fláccidos coronados con crestas desteñidas. El Mago no entendía por qué los acostaban así, con la cabeza a modo de péndulo. Malditos pollos, tan estúpidamente quietos y sumisos; ni siquiera el manipuleo y la hábil tijera del pollero los hace reaccionar: crack, un muslito, crack, el alita, crack ¿le quitamos la cabeza? Pollos lacios encuerados y perezosos. No como él, El Mago, que busca trabajo como un desesperado. Se sube a todos los camiones, los trolebuses, los vagones del metro y hasta se ha subido sobre la fuente de un parque para realizar su número de prestidigitación. No importa si le dan 10 pesos, 50 centavos o una pastilla para el aliento, él siempre sonríe antes y después de la función. Aun ante la rechifla de algunos, sobre todo cuando saca al Fermín del sombrero. Y ¿qué querían? ¿acaso imaginan la peste de tener conejos vivos en casa de un mago? No. Puede que sea peor al tufillo de los pollos. Por eso usa su conejo de felpa, Fermín, que alguna vez fue blanco. Ningún blanqueador ni los rayos directos del sol lo devolvieron a su estado original. Desde
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aquel funesto suceso en el parque México nunca volvió a ser blanco: un gran Rottweiler se lo arrebató, el pobrecito Fermín sacudía sus orejas de aquí para allá arrojando borla por doquier. Y es que El Mago no es El Costurero que repare sus propios instrumentos de trabajo. Sí, algunos rechiflan a Fermín, pero otros ríen a carcajadas. Que del odio nace el amor, señores, y Fermín es amor. El Mago no niega que tiene algunos problemas con el truco de la guirnalda de pañuelos; es cierto que a veces se atora en su bolsillo oculto o algún nudo termina soltándose a media extracción mágica. Y sí, sus manos ya no son tan veloces para el truco de las pelotitas que se multiplican y son precisamente los niños, tan faltos de inocencia en estos días, los primeros en gritar “ya vi el truco, ya vi el truco, se vio, se vio”; mocosos mal educados, pero hasta eso son ellos los que más dan al finalizar la función. El Mago siempre decía que de todas las criaturas emplumadas las gallináceas eran las más repugnantes. Esas señitos chismosas, de fútil algarabía, con su andar de barco encallado. Y tan guadalupanas y sumisas… Gallo, gallina, pollito. Y no contentas con su apariencia guardan monstruosos secretos en su interior: higaditos y mollejas con los que ciertas cocineras osan corromper una buena sopa. Pero del odio nace el amor, señores, y el estómago lo siente al igual que el corazón. Y ahí estaba, frente a La piel dorada, que no era pollería sino rosticería, donde aquellos pollos sin oficio ni beneficio se subían a la rueda de la fortuna para girar y girar y girar acariciados por sendas lenguas de fuego. Ese día El Mago juntó más pastillas para el aliento que monedas. Con Fermín bajo el regazo miraba embelesado el girar de los pollos. Sus tripas gruñían —las de Fermín no, que las tripillas de
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borla son mudas—, y tal bullicio no lo tenía de humor para realizar su acto de magia frente a los clientes de la rosticería. Míralos Fermín, cómo giran, mugrosos pollos, si parece que están en la feria, alegres de tan jugosos. De reojo alcanzó a ver al tercer pollo de la fila 3 mover las alas a la par que decía: ahora me ves, ahora no me ves. Y zum, se esfumó. Por la impresión, o porque no supo hacer otra cosa se limitó a cantar, desentonadamente, una canción de cuna al tiempo que zarandeaba al Fermín: Rueda de fortuna Llévame a la luna Bájame a la tierra Rueda de fortuna La gente lo miró sorprendida. La chistera le pesó de más. No bien se la hubo quitado la gente comenzó aplaudir. Un pollo rostizado humeaba sobre su cabeza. Y es que del odio nace el amor, señores, y El Mago es amor.

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Piscis

Lo más tentador era perderse en la espiral de aquella caracola nacarada. Tal vez el efecto de refracción del vidrio y el agua la hacían más sorprendente a la vista. Podía uno sentarse frente a la pecera y dejar pasar los minutos sin ninguna otra preocupación que ver a los peces que la habitaban. Unos minutos para admirar la ondulación de las aletas violáceas; para ser testigo de las escaramuzas entre dos especímenes anaranjados; para espiar la seducción cadenciosa de otra especie. Y finalmente despedirme tras arrojar hojuelas a los peces, observar las diminutas y ávidas bocas, y creer haber descubierto en el reflejo de sus ojos la gratitud de una mascota que ha sido premiada por su espectáculo. En el inicio conversaba sobre mi nuevo hobbie, teorizando sobre la paz interior y el control sobre el estrés que una pequeña pecera podía ofrecer. Algunos amigos bromeaban sobre la posibilidad de adquirir una pero con sirena incluida, otros confirmaban eruditamente el cambio provocado en mi estado de ánimo felicitándome por mi reciente adquisición. Una vez que el hábitat artificial quedó bien establecido, dedicaba los ratos libres a ir de acuario en acuario para buscar nuevas especies y lograr armar en mi cubo de vidrio una amalgama de formas, colores y ojos agradecidos. No todas mis nuevas adquisiciones tuvieron éxito, algunas duraban apenas unos días o sólo un par de semanas. Todos aquellos cadáveres gelatinosos y huidizos tuvieron el más decoroso funeral que podía ofrecerles: un paseo por el corredor, exhi55

bidos sobre mi palma, una despedida mental mientras caían al WC y la orquesta del remolino que ejecutaba un requiem acuático. El pase automático al limbo de las cañerías. No era el personaje más sociable del círculo lo cual no anulaba mi cualidad de impecable anfitrión. Los amigos preferían mi casa como sede de reuniones eventuales. Mi pecera comenzó a ser el punto central de éstas, todos los conocidos preferían quedarse unos minutos contemplándola, y halagar a su creador, antes de ir a servirse los tragos obligados de una velada exitosa. Algunos amigos preguntaban sobre las especies de peces, otros deseaban conocer el origen de la enramada de coral; y los menos me advertían supersticiosos que los peces, en la casa, atraían la mala suerte. Creencia ésta un tanto absurda, pues basta imaginar los cientos, o tal vez miles de familias que viven de peces y pescados y, que yo sepa, no existe registro alguno sobre rachas aciagas en sus vidas. La adquisición de libros y de artículos novedosos para acuarios se volvió un rubro importante en mis gastos fijos: Guía de los peces tropicales, La ambientación de un acuario, una aspiradora de pilas, grava traslúcida, algas importadas de Japón. Y la que fue la más afortunada de las compras: luz natural para la noche. La luminosidad que despedía mi pecera inundaba la sala y recorría cada centímetro de mi departamento como si en cualquier momento algún pez pudiera deslizarse por el corredor rumbo a la cocina y dar un coletazo a la estatuilla del recibidor. Paulatinamente, cambie mis reuniones por más momentos solitarios frente a la pecera, y las voces y la música ambiental por el silencio perfecto de mis mascotas. Me parece que el primer indicio de rechazo hacia mis congéneres fue en el banco, en el preciso instante en que
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la cajera extendió su mano para darme un comprobante. Aquella piel me pareció desnuda, tremendamente opaca, de una resequedad repulsiva, como un trozo de esos pollos desplumados que exhiben pecaminosamente su color de muerte. Tuve que concentrarme para evitar el roce más nimio de sus dedos; aquella piel repugnante con la cual también yo estaba recubierto. La situación se hubiese vuelto intolerable de no haber reorientado mi afán observador. Cuántos detalles pasan inadvertidos ante nuestros ojos por la simple razón de no buscarlos, o no tener los parámetros necesarios para reconocerlos. He visto por las calles cardúmenes enteros, piernas dorsales, ojos abultados y bocas pequeñas que aceptarían gustosas un puñado de hojuelas. En algunos casos podría asegurar la existencia de opérculos en los cuellos que de haber abierto cuidadosamente develarían agallas húmedas y enrojecidas. Pero todavía no logro tolerar del todo el estruendo de sus voces, su parloteo que lo envuelve todo, a veces estallando en carcajadas, otras carcomiendo con cuchicheos y rumores. La culpa es del aire, elemento inconsistente donde todo viaja para estrellarse contra los muros y los vitrales. Si inundásemos nuestras ciudades tendríamos hábitats silentes, apenas perturbados por el burbujeo y las piedras que resuenan en las frezas. Entonces no habría necesidad de correr a casa. Aquel día acababa de entregar los documentos de un nuevo contrato, al salir del edificio de oficinas descubrí un pequeño acuario en la acera de enfrente. Cruce la avenida. Me detuve ante el cubo de los peces marinos para observar las anémonas adheridas a unas rocas. Se escondieron, mas pasados unos segundos aparecieron mostran57

do su interior rosado y carnoso. Pasé a los estantes, hojeé un libro, y dejé que mi curiosidad buscara alguna novedad. Encontré un sistema de burbujas de ornato. Ya había entregado el efectivo al encargado cuando los vi, nadando de un lado a otro, desacompasados, pequeños y de un plateado ordinario. Me dijo que eran los últimos del lote por lo que resultaban una ganga, le comenté sobre las otras especies que vivían en mi pecera y me aseguró que aquel par no representaban ninguna amenaza, eran de una especie muy adaptable. Los lleve a casa. En el trayecto cierta decepción me inundó. Aquellos peces tenían una simpleza absurda. Pero en mi universo creado podrían aportar un nuevo movimiento, su ir y venir era vertiginoso. Unas semanas después, el primer pez anaranjado desapareció. Me asomé por todas las paredes de la pecera, pensé que estaría muerto y se habría enterrado, moribundo, en la grava. Ciertos peces se avergüenzan de su propia muerte, en eso son tan humanos. Deje caer la taza de café. La luz del sol iluminaba la pecera como si quisiera delatar al culpable: el cuerpo mutilado de un pez ángel se negaba a descender hasta la grava e insistía en flotar y enturbiar el agua con su carne blanca. Los peces plateados nadaban veloces sin detenerse, de un lado al otro, desacompasados, como lo hacían desde el primer día. Ese hecho aislado fue sólo el preludio del genocidio. Dejé de traer nuevas especies a casa. Sólo duraban un día para enseguida desaparecer sin dejar rastro. Me resigné a que, uno a uno, los peces se extinguieran. He de aclarar que mi resignación no fue producto de la apatía, sino de un dejo de morbosidad; o de ese instante de taquicardia cuando, cada mañana, caminaba por el corredor adivinando cuál
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habría sido la víctima o si encontraría algún vestigio de lo que fuese un cuerpo escamoso y colorido, mientras ellos se deslizaban de un lado a otro, veloces y desacompasados. Probé darles mayor cantidad de hojuelas a aquellos bólidos implacables. Derrotado, me senté frente a la pecera para ver, por primera vez, cómo devoraban al último de los habitantes originales. Dos días después la zozobra se convertiría en sorpresa atroz. Entré a mi apartamento. Frente a la pecera, sobre la alfombra, uno de los peces plateados yacía muerto. Lo tomé no sin sentir cierta fascinación. Lo arrojé al limbo de las cañerías. Regresé a contemplar al sobreviviente. Por primera vez el pez estaba estático, quieto, desconcertado ante la soledad. Lo miré con detenimiento. El inmundo ictiófago me sonrió. Fue entonces cuando tomé la red y sin titubear, lo pesqué. Lo introduje rápidamente a mi boca. Lo mordí, lo mastiqué, saboreando aquella carne turgente y fría, y apenas percibí su movimiento de mariposa presa en mi paladar. El agua de mi pecera se evapora. Ningún sentimiento de culpa me atormenta. Ahora los observo desde mi ventana, cientos de cardúmenes que caminan por las calles. Cada día me alimento pero el hambre nunca se sacia. Aún somos dos, yo y el que siempre sonríe en el reflejo de la pecera que comienza a verdear.

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El oficio del abuelo

29-septiembre-1999 Hermanísimo: Hola, José, espero que estés bien. Aprovecha mi saludo para dárselo a nuestros padres. Como verás estoy un poco retrasado con las nuevas, pero mi vagancia en correos se debe a una buena causa: preparar el examen de admisión a la universidad. En unos quince días sabré si pertenezco a la que será la nueva generación de administradores (¡fanfarrias!). Esta ciudad es avasalladora: miles de rostros revolotean por sus calles día tras día, irrepetibles. Los sonidos son infinitos, luces de distinta intensidad, ejes y cientos de calles. Por las noches la vista se te pierde tratando de adivinar la cotidianidad que se oculta detrás de todas esas ventanas. Y la comida, ¡no hay límites! En los súpers, en los mercados o en la extensa variedad de restaurantes y cafeterías de esta gran ciudad puedes transportarte a cualquier estado del país o al rincóm más exótico del planeta: carnitas de Michoacán, birria de ¡ay Jalisco no te rajes!, especies de la India, agridulces de Indonesia y la hermosa transparencia del pescado crudo del Japón. Por cierto, el otro día fui con el abuelo a un restaurante de comida árabe en el centro Histórico. Uno de los platillos, hojas de parra, me maravilló. Con las hojas de la vid hacen paquetitos rellenos de una mezcla de carne y arroz, los ponen a cocer y los sirven con aceite de oliva. Sí, her60

mano, pequeños trozos de res amortajados, bien muertos pero deliciosos (¿insistes en ser vegetariano?). Ya te invitaré cuando vengas a visitarme. Y hablando del abuelo: él está como nunca. Aunque toda la familia no se explica por qué no abandona su oficio (has de saber que entre todos le dan lo necesario para tener una vida holgada). Lo veo siempre activo, concentrado en hacer sus gelatinas. A medio día entra en la cocina, blanca y reluciente de azulejos, prende las hornillas, llena las ollas de agua para que hierva 20 minutos (y los cuenta con reloj en mano): —Pa’que se mueran todos los demonios— así les dice a los bichos —son como los demonios, no se ven pero ahí están— cada dicho que tiene el abuelo. La grenetina la compra por kilo. Yo de repente lo acompaño a las compras para que no cargue de más. En un estante (donde la abuela guardaba los chocolates, ¿te acuerdas?) el abuelo tiene numerosos frasquitos con etiquetas en las que escribe nombres chistosísimos: mango-reconciliador, fresa-pasión, mar-limón, piña-alegría, el-jerezespantatodo… Y bueno, para que aprendas la receta: ya que hirvió el agua se vierte la grenetina y se revuelve vigorosamente. Eliges un frasco y hechas una cucharada de algo parecido al vidrio molido. Deben ser extractos fuertes y edulcorados porque nunca he visto al abuelo emplear azúcar. La mezcla la vacías en moldes desechables y al refrigerador. Todas las mañanas el abuelo se levanta a las seis y diez, en punto, para desmoldar las gelatinas. Luego se baña, se viste, desayuna y entonces saca al portal la misma mesa de madera que tú ya conoces: vestida con mantel blanco, ahí pone las pequeñas vitrinas que llena con gelatinas multico61

lores, con la misma solemnidad de quien realiza algún rito secreto… ¡Ah, qué el abuelo y sus locuras!, pero lo hacen sentir y verse bien. Bueno hermano, un abrazo y hasta el siguiente timbre postal. Fernando (El próximo Licenciado)

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18-octubre-1999 Hermano: Saludos, José, espero que todo marche bien. Me dio gusto oír tu voz el día que les anuncié por teléfono mi entrada a la universidad. Ya conocí a algunos personajes interesantes y a una “personaja” (más interesante aún). Se llama Alicia, como la Alicia en el país de las maravillas. ¿Te acuerdas de la película? Un delirium tremens infantil. Y hablando de alucinar quiero contarte algo, y creo que por eso te escribo esta vez. Vas a pensar que estoy loco, pero si no te lo cuento a ti ¿entonces a quién? Anteayer entré a la cocina mientras el abuelo preparaba sus gelatinas. Le comentaba que eran un éxito pues en menos de dos horas vendía las tres vitrinas. Mientras le decía que era el amo de la grenetina me quedé observando el interior de la olla que contenía la mezcla de jerez. Y así, sin más, dentro de mi cabeza apareció una sombra y yo corrí. No. No corrí fuera de la cocina sino con el pensamiento: corrí y corrí hasta que empecé a caer y la sensación de vértigo me paralizó hasta que el abuelo me sacudió con sus manos —¿qué viste ahí dentro m’ijo?— —nada abuelo— le con62

testé y él sonrió diciendo —vaya, al fin alguien más tiene el don. Esto no termina aquí. Regresé al día siguiente, o sea ayer, y mientras veía el líquido sabor rojo (fresa, frambuesa o lo que se te ocurra) mi pensamiento olió a una mujer, saboreó sus labios y para que lo niego, me puse cachondo y enamorado. Así me animé a hablarle a la tal Alicia, guiado por esa sensación que traje cargando todo el día. Te preguntarás qué quería decir el abuelo con eso del don y yo creo que ha de ser el de estar loco. Hace una hora fui a la cocina a conseguir una respuesta y el abuelo me pidió que eligiera un frasco. Yo tomé el mar-limón, me pidió que echara una cucharada a una olla y que le dijera qué veía: el mar, un barco lleno de corsarios bebiendo y contando el botín… y él en lugar de hablar al psiquiátrico para que vinieran por mí, abrió la puerta del clóset donde se guardan las escobas y me tendió una red de esas que se usan para cazar mariposas, y me dijo: vístete todo de negro, nos vemos a la medianoche en la azotea, y no olvides la red. Pues bien, hermano, eso voy a hacer después de llevar esta carta al buzón antes de que me arrepienta de escribirte todo esto. Ya te contaré lo que pasará en unas horas. Te quiere, Fernando (Licenciado y loco en potencia).

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11-noviembre-1999 José: Antes que nada, me disculpo por no escribirte inmediatamente, con lo cual te hubiera ahorrado la angustia con la que me acabas de hablar hace unas horas. La única justi63

ficación es la fascinación y el asombro. Pero toda historia tiene su principio: Aquél día, a la medianoche, como te dije, fui a la azotea. Ahí estaba el abuelo con su disfraz de invitado al velorio y blandiendo su red como un quijote moderno. —Bien, Fernando , ahora vamos a buscarlos —me dijo emocionado. Empezamos a saltar por las azoteas y los tejados, como si un espíritu felino nos hubiese prestado agilidad e instinto. El abuelo se detuvo, escuchó: —ahí vienen, la caza ha comenzado. Movía la red, saltaba, se agazapaba y volvía a saltar. Al principio yo no veía a la supuesta presa pero ellos comenzaron a tomar forma. Eran como trozos de vapor ligeramente coloridos. Unos sólo flotaban, otros surcaban el cielo fieros y veloces; algunos, dóciles, entraban por sí solos en la red. Después de dos horas llenamos una pequeña bolsa de lona. —Muy bien, Fernando, ahora regresemos, sólo queda esperar el amanecer. El abuelo tendió un mantel de plástico sobre la azotea de su casa y colocó encima las pequeñas “nubes”. Amaneció. Los rayos solares provocaron una inesperada reacción química en nuestras presas: se cristalizaron. —Qué son abuelo, qué es esto— le pregunté. —Lo que se caza en este oficio, el oficio del abuelo, Fernando. Soy cazador de sueños. En esto se me han ido los días: en la universidad y en aprender el oficio. Porque no basta salir con la red y cazar sueños. Ya cristalizados se muelen y se clasifican en los frascos, ¿los recuerdas? Ahora yo también los nombro. El otro día atrapé un vainilla-canción-de-cuna, bueno para los que han perdido la inocencia o padecen insomnio y con el cual,
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agregando yemas de huevo, se obtiene una jericalla deliciosa. Hay algunos que no se pueden usar, aquellos que se convierten en cristales negros (como carbones). Esos se guardan en el baúl del sótano para que no escapen: son los malos augurios, las pesadillas y los no-sueños. Pero, verás, hermano, el verdadero oficio no es la elaboración de las gelatinas, no. El verdadero oficio es saber cuál debes venderle a cada cliente. ¿Te imaginas al padre Benito comiéndose una gelatina de fresa?, ¿o a un cardíaco con la de jerez? (sí, aquélla de la que te conté). Hay sabores para todos los gustos, dolencias y necesidades. Te imagino con la boca abierta, o carcajeándote de lo lindo. En su momento me pasó lo mismo. No trataré de convencerte con estas líneas. Mejor espero tu visita el próximo mes. Podrás conocer a Alicia. Podríamos ir los tres a comer hojas de parra. Y por la noche, es una promesa, saldremos con el abuelo a cazar en las azoteas. Te saluda el lic., cazador y hermano, Fernando.

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El segundo sol

Amanecía. Toda la planicie estaba cubierta de una tenue niebla. Los habitantes se desperezaban, unos en silencio, otros entonando un cántico heredado de una generación a otra. Surgía el zumbido de los insectos, el rugido del depredador y las miradas impávidas pero atentas de las víctimas. Nosotros nos dirigíamos a mordisquear las hojas carnosas que vigilaban el estanque. Nada mejor que la sensación de hundir en ellas los dientes para dejar escurrir por las comisuras aquella savia dulce y espesa. Todo era inicio y fin del ciclo. Pacíamos ingenuos ante el suceso que se avecinaba, apenas conmovidos por el rasgo que rompía aquel paisaje familiar. Al principio, el segundo sol asomaba tímido en el cielo, apenas un punto diminuto y luminoso. Conforme los días pasaban, su volumen aumentaba como un ser hambriento que devorara algo allá arriba. El segundo sol era diferente, durante la noche no dormía como si ambicionara opacar la luz lunar. Lo logró. El último plenilunio jamás llegó, como tampoco regresaría en los próximos años. El sol rojo como espejo de cráter resultó el emisario del cataclismo. Unos días antes, una lluvia de estrellas nos obligó a velar. Las partículas aterrizaban por doquier: en tierra firme, en los manantiales y una logró incendiar el bosquecillo de cicadáceas. Un leve olor azufrado flotaba en el ambiente. Al alba las criaturas tempraneras se dirigieron a beber al estanque: peces, moluscos y pequeños reptiles flotaban en
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la superficie mostrando sus vientres hinchados. Aquellos fragmentos fueron el susurro solar de un envenenamiento mayor. La cuenta regresiva iniciaba. Las especies mayores emigraban al norte, las pequeñas al este rumbo a la cordillera; algunos anfibios se sumergían en el fondo de los últimos estanques limpios. Para muchos no habría refugio posible. El segundo sol comenzó a cruzar la curva del firmamento alejándose hacia el horizonte. En alguna costa distante se impactó. El resplandor de la explosión empalideció a nuestro antiguo sol amarillo. La temperatura comenzó a elevarse. Una lluvia de goterones oscuros e hirvientes flagelaba nuestros cuerpos. Corrimos presas del terror. En la estampida muchos cayeron por los riscos. Las crías eran pisoteadas por los especímenes enceguecidos desde el primer resplandor. En los nidos abandonados los huevos eclosionaban mostrando embriones sin vida. Ahora el cielo era una inmensa llamarada. Nosotros nos resguardamos inútilmente en el lodazal que apenas lograba aliviar nuestras pieles carbonizadas. Nos revolcamos en el residuo pegajoso de lo que días antes fuera remanso claro de trilobites. El calor comenzó a fundir nuestros pulmones. Al final el único consuelo fue no resistirse más al hundimiento en aquella humedad perecedera. Aguardaremos el paso de millones de años, la labor de las bacterias y de los minerales terrestres, hasta el día incierto en que una especie presentida abra el vientre de la tierra, y bajo el sol amarillo descubra fósiles de cráneos, mandíbulas, húmeros y cascarones de huevos vacíos que transcriban nuestra historia.

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Índice
Niños .................................................................................. 5 El hada ................................................................................ 6 Simbiontes........................................................................ 11 White ................................................................................ 12 Nathaniel .......................................................................... 16 La panadería..................................................................... 17 Moscas .............................................................................. 21 Gag.................................................................................... 23 Conversemos .................................................................... 28 La plaga ............................................................................ 32 El pastor y su rebaño ....................................................... 38 San Guijuela ..................................................................... 40 Club del exterminador (en seis pasos) ........................... 44 Pastilla ............................................................................... 47 La piel dorada .................................................................. 52 Piscis ................................................................................. 55 El oficio del abuelo .......................................................... 60 El segundo sol .................................................................. 66

La piel dorada y otros animalitos de Erika Mergruen se reeditó en la Ciudad de México en noviembre de 2010. La composición tipográfica con tipos de la familia Palatino y el diseño de cubierta fueron realizados por Raúl Berea Núñez.

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