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Con razón o sin ella

Henry Atlan

Introducción, 8. Confusiones de niveles de saber:

Una de las cuestiones fundamentales dentro de la epistemología de línea anglosajona

es la de la "demarcación" de la ciencia. Se trata para ellos de establecer los criterios

que permitan establecer límites, fijos, impermeables, definidos y definitivos a la

ciencia y que impidan toda confusión entre esta y culaquier otro tipo de saber (que

para estos mismo pensadores, ya no merecerá el galardón de saber sino de mito,

opinión, creencia o suposición).

" (...)Pero, por otra parte, la epistemología moderna, en su critica


devastadora de las reglas que pretendían garantizar el acceso a la verdad y
la eliminación del error, no puede justificar el tipo de confusión del que
hemos citado algunos ejemplos; incluso cuando un Feyerabend deseaba
contrarrestar los nuevos dogmatismos cientificistas recomendando que en
las escuelas se enseñase paralelamente la teoría darwiniana de la evolución
y el relato bíblico de la creación en seis días. Incluso si la vacuidad de la
búsqueda de algún criterio de demarcación entre lo que estaría
científicamente permitido y lo que no, aparece claramente en esta
crítica, de ello no resulta que todo sea igual y lo mismo. Que lo
irracional se halle en la ciencia real; que forme parte, en contra de la
voluntad de los hombres de ciencia, de su comportamiento intelectual - a
pesar de que ellos desearían que su intelecto estuviese completamente
dirigido hacia la realización de un programa de entendimiento racional del
mundo, en el que la razón triunfa ante los embates de la obscuridad y el
error-; y que en esto se equivocan los manuales que rehacen la historia de
una ciencia donde la razón triunfa a brazo partido sobre la oscuridad y el
error, todo esto no implica en absoluto que nada distinga lo racional de lo
irracional, la luz de la oscuridad (aun cuando tales distinciones no se
opongan totalmente). Todo ello no implica, por fin, que lo distinto no
sea ya distinto y, por ende, diferente de lo confuso.
No se tratará pues de enviar al limbo del oscurantismo cualquier tentativa
de diálogo entre los conocimientos tradicionales y el conocimiento científico
(que, por otra parte, también posee un carácter tradicional); y menos aún
de prohibir a prior¡ cualquier intento de trasposición analógica de una
disciplina científica a otra. Pero tampoco es posible aceptarlo todo ni
confundirlo todo. Si hemos comprendido que la pureza cristalina de la
racionalidad es una apariencia engañosa que se halla inmersa por
todas partes en lo irracional y en el error, que le sirve incluso de
condición de emergencia, el postulado recíproco es falso: el error o
el delirio no es portador de un germen de mayor racionalidad. Por
tanto, es importante procurar saber cuándo nos encontramos aún en estas
aguas a la vez fecundas y peligrosas en las que se pueden conjugar delirio y
racionalidad, y, fuera de ellas, cuándo uno es arrastrado por una corriente
que todo lo confunde. Por otro lado, el diálogo entre conocimiento científico
y conocimiento tradicional puede adquirir -y de hecho ha adquirido
efectivamente- formas muy distintas según los objetos que se persigan, y el
contexto social e ideológico en los que se instituya. Aquí también es
importante distinguir entre encuentro curioso y sugerente, y confusión de
dogmas que se refuerzan entre sí sobre la «realidad última».
No intentaremos buscar nuevas reglas de demarcación, sino procurar
comprender lo que ocurre - tanto en el público no especializado como en los
hombres de ciencia- cuando tales diferencias son abolidas. Más
concretamente, trataremos de analizar el malestar provocado por el
género de confusiones de las que hemos visto algunos ejemplos, no
para dictar una vez más de forma autoritaria nuevas reglas
destinadas a eliminar esta molestia, sino para poner señales en un
camino que lo necesita tanto más cuanto más naturalmente tortuoso
y enlodado es. Camino estrecho, pues, entre el rechazo puro y simple de
todo lo que no es luz de la razón tal como Occidente se la ha representado
durante siglos, y la aceptación por principio de todas las confusiones bajo el
pretexto de que «todo es bueno». Camino estrecho, además, entre el cristal
de un conocimiento universitario bien elaborado, ya establecido y petrificado
en «luz-alfin- triunfante-sobre- las- tinieblas-del- pasado», y el humo de las
asociaciones desenfrenadas en las que las ausencias de estas petrificaciones
sirven de justificación para regresiones oscurantistas. (...)"

Mística y Racionalidad (Cap 3.)

Refiriéndose a las tradiciones místicas Atlan nos dice:

"Ello no impide que estas tradiciones se den al estudio. No se detienen en la


experiencia extática de lo indecible y recurren al intelecto y a la razón
discursiva, probablemente desde sus orígenes. No han esperado al
desarrollo de las ciencias y de la filosofía en Occidente para hacer uso de las
capacidades racionales de los hombres que se han nutrido de ellas y las han
transmitido, renovándolas además a lo largo de los siglos. Por esta razón el
diálogo es posible, entre ellas y con la tradición filosófica y científica, a
condición de que se conduzca a partir de las diferencias más que de las
semejanzas, de la claridad de las luces más que del deslumbramiento
provocado por la iluminación.
Por ello es importante situar, aun cuando sea de forma aproximada, el tipo
de coherencia que comportan las tradiciones místicas y las razones por las
que su racionalidad, cuando se expresa, es distinta de la racionalidad
científica."
Ahora bien, es fundamental dar cuenta de ciertos aspectos del lenguaje y de la

producción de significados, que son centrales para comprender las diferencias entre

distintas formas de entendimiento y razón. Al respecto Atlan es un claro discípulo de

Wittgenstein, y enfatiza la diferencia entre decir y mostrar y nos permite ponernos en

contacto con distintas formas de lenguaje, que nos pueden llevar distintas

concepciones epistemológicas.

"En otras palabras, se trata entonces esencialmente de un fenómeno del


que no es posible hablar, como atestiguan, por lo general, las personas que
han tenido experiencias místicas en todas las tradiciones; al igual que no es
posible hablar de música a quien no la puede escuchar, ni de pintura a quien
no la contempla. Evidentemente, se pueden describir manifestaciones
externas de esta pasión religiosa, emitir incluso hipótesis acerca de los
procesos de su desencadenamiento, interpretarla en términos psicoanalí-
ticos, fisiológicos o sociológicos, pero todos los que están poseídos hablan
entonces de una desnaturalización por el lenguaje; lo que se dice no
expresa la realidad porque la realidad de que se trata es inefable."
"Y es que la experiencia mística, lo mismo que la experiencia del Eros,(...),
a las que el lenguaje discursivo se aplica mal. Este puede ciertamente
separar para reunir mejor, o reunir para separar mejor en sabias
dialécticas, pero en forma alguna puede separar y reunir a la vez; y ello
tanto menos cuanto más riguroso quiera ser y cuanto más desee
aproximarse a un ideal de la lógica fundamentada en los principios de
identidad y de no contradicción. En ello, este lenguaje es diferente, claro
está, de los lenguajes poéticos y sagrados que llegan a esta situación ju-
gando sin cesar consigo mismos de un nivel a otro y planteándose de golpe
como antinómicos y contradictorios. Como veremos, queda entendido de
una vez por todas que lo que quieren decir es lo que no dicen, y
viceversa."
(...)"¿Qué importan entonces las palabras que usa el guru? Toda su potencia
se halla en su resonancia interior.
"Pero probablemente es en Oriente donde se halla un tipo de respuestas de
las más radicales a esta imposibilidad de callarse y hablar a la vez con la
que se enfrentan los místicos. Las palabras no pueden contener lo absoluto,
pero son indispensables para expresar ese absoluto, ya que los otros modos
de expresión (gestos, imágenes..., el propio silencio) también presentan sus
limitaciones. Un maestro cabalista de principios de siglo; explicaba esta
obligación de ocultar la sabiduría «secreta» (que, no obstante, llena tantas
bibliotecas) refiriéndose al principio talmúdico de «descubrir un codo,
ocultar dos», o también: «Si una palabra vale algo, el silencio vale el
doble». Daba tres razones, de importancia creciente, para esta
preocupación por no descubrir sino ocultando, y de no decir sino callando.
La primera es del orden de la oportunidad: no hablar para no decir nada y
decir únicamente lo que es necesario en un contexto dado y con un fin
determinado. La segunda concierne precisamente al carácter indecible de lo
que se trata de decir, pues «el lenguaje no puede dominar ninguna de las
propiedades de esas cosas por su extremada finura y espiritualidad». Sólo
ciertos individuos reciben del cielo el don (y, a su vez, el permiso) de
«envolver» estas cosas en palabras y explicarlas de tal forma que «sólo las
comprenderán aquellos a los que conviene que las comprendan».