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POSMODERNIDAD

Clase:
En 1979, Jean Francois Lyotard publicó “La condición posmoderna”. Fue la primera vez
que se la uso en filosofía. Antes tenía un uso económico. Tambíen en la arquitectura:
(fusión de estilos) síntesis de la capacidad humana de informar los estilos.
Hay un texto posterior: “ La posmodernidad: explicación a los niños”. Son cartas a
hijos de intelectuales amigos. Ahi se propone que la posmodernidad se da cuando
fracasan, caducan 4 metarrelatos de la justificación de la enmancipación moderna.
Características de la modernidad:
• El saber permite prever y eso da poder.
• El discurso del método de Descartes (1639)
• La noción de la razón como fuente de certeza
• Ciencia experimental: el científico interroga a la naturaleza
Los 4 metarrelatos:
1. Tecnociencia: prometía el progreso a través de la enmancimación del hombre de
la fatiga, la enfermdad, la muerte. El mito del progreso que se hizo muy fuerte a
fines del S XIX y principios del XX. No existiría nada difícil para el hombre. Las
máquinas iban a solucionar sus problemas. Triunfo del hombre sobre la materia
a través de la razón (Belle epoque). Con la 1GM y 2GM se afirma y multiplica la
capacidad humana de destruir, En vez de eliminar los males del hombre, los
aumenta.
2. Revolución: prometía la liberación del proletariado (1917-1922). A partir de
1922, Stalin lo transforma en una dictadura, dominada por la nomenclatura del
partido y no por el proletariado. Forma opresiva y no liberadora.
3. Liberalismo: prometía abundancia para todos, igualdad económica. Pero para el
liberalismo es necesario la pobreza. Resultados: descolarización (agita, no
ordena) e imperialismo (ricos y pobres)
4. Cristianismo: Cristo como el Mesias que libera a la humanidad queda
desmentido por Hiroshima, Nagasaki y Auschwitz. No hay liberación posible.
Sigue habiendo la misma cantidad de mal que antes

Gianni Vattimo (1936), autor posmoderno. Habla del fin de la modernidad, del período
de esperanza sobre las capacidades humanas. Vuelve a repetir características:
• Centralidad y universalidad de la razón humana
• Historia, entendida como lineal y fuente de progreso
• Verdad. La razón es capaz de captar la verdad de las cosas. Se traduce en
CIENCIA (ej. hay una medicina oficial y otras que son alternativas)
Pero, estas certezas desaparecen porque ya no hay ua razón, sino muchas. Hay ua
fragmentación, se parcializan. No hay una historia sino vairas historias. Si hay
verdades, hay un ser débil con pensamiento débil. Antes, los modernos pensaban que
con la verdad los hombres eran fuertes y con rasgos definidos.
De la posmodernidad, se desprende el nihilismo y la hermenéutica. Esta última postula
que el hombre es un ser débil, junta datos de manera suave pero sin pretensión de
verdad. Entonces, como no hay verdad, no hay sentido de una ciencia única.
Va más alla del humanismo. No hay hombre universal. Entonces, Vattimo propone que
la última chance para que el hombre sea libre es no estar más sujetado a lo humano,
no ser más sujeto humano. (creo q es así).
No hay un punto unificador. La verdad se ramifica. Todo es fluido, multiforme,
fragmentado. Suergen así los conceptos de individualismo, autonomía y
regionalización.
La metafísica posmoderna postula: no se puede hablar de ser en cuanto tal de forma
universal. No hay orden, no hay esencia, no hay hombre (nihilismo).
Vattimo dice que ser hombre es una eventualidad (no tengo que ser hombre). Dice
que la única ética la unica etica que se puede pedir es la de pietas, que es mirar hacia
el pasado y reconocerlo. mirar los momentos, admirarlos y poder reconocer su belleza.
La mirada de reconocimiento sagrado hacia las concreciones humanas. Lo bueno sería
todo lo que el hombre logró. Se centra en su historia. El hombre no puede desconocer
lo que hizo.
• No violencia: Vattimo vuelve a la idea de cristianismo. Al desaparecer la
metafísica, dice que ya no hay razones fuertes para asegurar q Dios no
existe.Cristianismo secularizado. No hay un orden natural porque para él esto es
violento (p. ej. esto es mujer, esto es perro, muy arbitrario). Esa violencia se va
cuando no hay una respuesta drastica y se puede seguir preguntando e
indagando.

En el 2006, Vattimo recupero la idea de un Dios que lo salva, pero NO cree en el


pecado. Asimismo no creia en el futuro, no proyectaba (el más allá, el purgatorio y
demás). Cristianismo como hospitalidad a cabio de nada, porque estamos en la era del
espíritu: era del ser debil que es espíritu. De esta manera, el cristianismo se
seculariza, se hace cultura, no hay más religión, dogmas ni obligaciones.
Otro punto fuerte en el postmodernismo (no lo dice Vatimmo) es que la etica se ha
disuelto en estética. Las preocupaciones no pasan tanto por los valores, sino pasa a
ser algo más superficial.

Lipovetsky: “El crepúsculo del deber”


Postura inicial de Lipovetsky
El autor dice que el tema de la “reactivación moral” está en el debate actual. Él, ya
desde un principio, dice que es falasa la idea de “retorno”. No es necesaria la invencón
de nuevos valores morales. Son los mismos desde hace siglos. La diferencia recide en
la inscripción social de esos valores. Hay una nueva manera de remitirse a ellos, que
instituye una nueva fase en la historia de la ética moderna. Somos testigos de un
momento cultural en donde la ética ya no encuentra sus modelos en las morales
religiosas ni en el deber laico.

Racconto del devenir de la vida moral: de la moral religiosa al deber laico.


Secularización de la ética, “religión del deber laico”: A partir de la Ilustración, los
modernos tuvieron la ambición de sentar las bases de una moral independiente de los
dogmas religiosos, liberada de las recompensas y castigos del mas allá. Ofensiva
antirreligiosa que estableció la primera ola de ética moderna laica (1700 a 1950). Al
liberarse del espíritu de la religión, su principal caracteristica y figura clave pasa a ser:
el deber absoluto. Las obligaciones superiores hacia Dios son transferidas a la esfera
humana profana, transformándose en deberes hacia uno mismo, hacia los otros y
hacia la colectividad.

Lo que se esta dando ahora: Las sociedades posmoralistas. La epoca del


posdeber, “segundo umbral de secularización”. Crisis “estructural del
individualismo”
Se ha iniciado un nuevo período. Una nueva lógia del proceso de secularización de la
moral, en que no sólo se afirma a la ética como algo independiente de la religión, sino
también en disolver, negar su nueva forma: el deber.
J. Baubérot dice que desde hace ya medio siglo las sociedades democráticas se han
precipirado en el “segundo umbral” de la secularización de la ética: LA EPOCA DEL
POSDEBER. Una cultura en donde, lejos de exaltar los órdenes superiores, los eufemiza
y los descredibiliza, estimulando los deseos inmediatos, la pasión del ego y la felicidad
intimista y materialista. Ya no existe el imperativo del deber, sino el del bienestar y los
derechos subjetivos. Dejamos de reconocer la obligación de unirnos a algo que no sea
nostros mismos.
Sociedad posmoralista: una sociedad que repudia la retórica del deber integral y
corona los derechos individuales de la autonomia, el deseo y el placer.
Sin embargo, esto no se traduce en una tolerancia permisiva y una ampliación de
derechos individualistas. Por ejemplo, no se abole el tema del aborto, las cruzadas
fundamentalistas, la legitimidad de regímenes represivos. La nueva cultura, la cultura
fuera-del-deber está lejos de pacificar el debate ético. Lo profundiza, llevándolo al
nivel de las masas.
De esta manera, se desarrollan paralelamente dos maneras antagónicas de remitirse a
los valores.
• Por un lado, la lógica liegera, dialogada, liberal, pragmática que refiere a la
construcción gradual de límites y la integración de criterios múltiples. Se aleja
de los extremismos y toma en cuenta la complejidad de lo social y las
situaciones individuales.
• Por otro lado, argumentaciones más doctrinales que realistas, más preocupadas
por la represión que por la prevención. Se aparta de las realidades sociales e
individuales en nombre de un nuevo dogmatismo ético y jurídico.
Hay además otros fenómenos que ilustran la división que se da en esta nueva cultura.
Por un lado tenemos robos, crímenes y corrupción. Por el otro, donaciones
filantrópicas, futuro planetario, valores profesionales. En todos los casos se hace
presente el individualismo, sólo que con dos caras antagónicas. Seria el
individualismo irresponsable contra el responsable. El individualismo de cada
uno para él mismo vs. El individualismo unido a las reglas morales, equidad y al
futuro.
Lo que Lipovetsky propone: No eticismo. No “ética de la convicción”, sino ética
“prudente”, inteligente. Algo más realista.
Ante este conflicto estructural del individualismo, él dice que se juega el porvenir de
las democracias. Entonces, hay que hacer retroceder el individualismo irresponsable y
redefinir las condiciones políticas, sociales, empresariales y escolares capaces de
hacer progresar el individualismo responsable. El cómo hacer esto es el problema.
Así aparece el eticismo (lo bardea y mucho): una nueva figura de la “falsa conciencia”.
El autor dice que es “miseria de la ética, que parece ser más una operación cosmética
que un instrumento capaz de corregir los excesos de nuestro universo individualista”.
Esto quiere decir que no hay que quedarse con los manifiestos éticos, con la ayuda
humanitaria. Porque si bien es loable, no alcanza para solucionar los problemas de
nuestros dias: la marginación, el subdesarrollo, las dictaduras, etc. Mas que eso, que
él llama “suplementos del alma”, necesitamos la aplicación de nuevas políticas
voluntaristas, oraganizaciones inteligentes y sistemas de formación para todos
adaptados a la aceleración de los cambios. Una ética inteligente y aplicable,
menos preocupada por las intenciones puras que por los resultados beneficiosos para
el hombre, menos idealista que reformadora, menos adaptada a lo absoluto que a los
cambios realistas. Es mejor acciones “interesadas”, destinadas a mejorar la suerte del
hombre que buenas voluntades, pero incompetentes.
Es la ética de las “justas medidas” adaptadas a las circunstancias y a los hombres tal
como son. Esto implica, no erradicar los intereses personales, sino moderarlos. Hay
que rechazar la “ética de la convicción” en favor de una ética dialogada que busca los
justos equilibrios entre eficacia y equidad, respeto del individuo y bien colectivo,
presente y futuro. Alentar la formación de los hombres, el desarrollo y la difusión del
saber, la ampliación de las responsabilidades individuales, el partido de la inteligencia
científica y técnica, política y empresarial. Más que imperativo del corazón, el de la
movolización de las inteligencias. Las injusticias y las torpezas siempre van a estar, lo
máximo que podemos hacer es limitarlas.

En definitiva, no ser tan idealista porque termina siendo algo inaplicable y por ende,
no sirve. El muchacho propone algo más concreto y realista.

GILLES LIPOVETSKY.- El crepúsculo del deber

(la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos).

ÍNDICE.

La consagración del deber ........................... 1

Edén, Edén .......................................... 3

Buscando la moral individual desesperadamente ........5

La metamorfosis de la virtud ........................ 9

El orden moral o ¿cómo desembarazarse de él? ........ 11

La renovación ética ................................. 13

Las bodas de la ética y del business ................ 15

LA CONSAGRACIÓN DEL DEBER

En el principio, y hasta la Ilustración, la moral se identificaba plenamente con Dios y la religión, hasta el punto en que se
llegaba a pensar que sin fe no había virtud y que dicha virtud se debía practicar no tanto en torno a los valores
humanos, sino en torno a la supuesta voluntad de Dios.

El principio de modernidad y, con ello, la formación de las democracias, se basa en el rechazo total hacia esta idea y en
la primacía de los valores humanos y racionales, intentando emanciparse de todas las tradiciones y creencias religiosas
anteriores. El hecho que hace posible esto es el proceso de secularización y con ello las primeras declaraciones de
derechos de los individuos a partir del siglo XVII.

Anteriormente, los filósofos griegos habían establecido sistemas morales basados en criterios racionales, si bien es en
el XVII cuando se adquiere una posición estrictamente laica y universal, basada en unos mínimos principios simples e
incuestionables, que giran en torno al individuo y sus derechos, en este sentido, la moral únicamente defiende los
derechos subjetivos y los deberes que de éstos se desprenden en sociedad. Entre los principales derechos que se
consagran en este orden, se encuentra el de la felicidad epicúrea, que ha evolucionado hacia una inevitable búsqueda
del bienestar material, con la puesta en práctica de los principios de una economía de libre mercado, rebajándose así
las exigencias y obligaciones y convirtiendo el deber en derecho. Sin embargo, no es antes de nuestro siglo cuando
estos derechos individuales empiezan a mostrarse en su verdadera calidad como tales, ya que anteriormente (siglos
XIX y XX) se seguían exaltando valores incondicionales que, de un modo más o menos positivo, intentaban profundizar
sobre la idea de individualidad en sociedad (relaciones del individuo en sociedad, consigo mismo,...) intentando buscar
lo que de universal tuviera todo ello. Desde la pretensión de imponer nuevos imperativos categóricos hasta la idea de
exaltar las conductas egoístas y los vicios hacia una prosperidad colectiva, nos muestran un caos generalizado que se
desarrolla en torno a la afirmación de la individualidad. Por otro lado, son tiempos éstos también en que se descubre
que la virtud no existe sólo en Dios, ya que aunque se necesita al elemento divino en la conciencia de las personas
como sólido edificio de creencias, los elementos dogmáticos y sobrenaturales de castigo o premio colectivos quedan
totalmente deslegitimados. Esto da como resultado la victoria de la moral independiente, basada en la igualdad de
principio, que ya no es una ni entera, sino que depende de nuestro entorno y de nuestra trayectoria vital. Pero el
proceso de secularización de la moral no sólo supone independencia, sino privilegiar las obligaciones éticas a las
religiosas, es decir, las humanas y racionales, a las místicas o sobrenaturales, pero no sólo eso, sino que el verdadero
valor, aun religioso, racionalmente relaciona a Dios con el hombre, esto ha hecho que el imperativo moral se haya

erigido en tribunal supremo de nuestras acciones, encaminadas a unos mismos fines a través de una obligación pura y
sacrificada para conseguir llegar al bien colectivo, a la virtud, a algo que no se encuentra en sí mismo, sino que tiene la
razón de ser en su búsqueda; esto hace que se magnifique el culto al héroe y que la posición adoptada a partir de la
modernidad no abandona lo sobrenatural, sino que lo transforma en mitos que debemos seguir no ya desde
posicionamientos ideales o idílicos, sino desde un constructivismo que pretende, desde el positivismo más riguroso, el
perfeccionamiento ilimitado de la naturaleza humana. Este culto al deber se asimila como la forma cultural más
poderosa de la época, hasta el punto que determina todas las demás (sexualidad, vida familiar, posicionamiento ante las
clases pobres,...) y se extiende gracias a la filosofía y a la política.

En el terreno de la sexualidad nos regimos por ideas preconcebidas arrastradas en la modernidad gracias a una
tradición de los valores anteriores; existía discriminación en según qué tipo de prácticas: felación, coito anal,
masturbación conjunta,...que fomentan una lógica no igualitaria, en la que también interviene la Iglesia; sin embargo,
todo esto se confunde con la creación de una mentalidad individual generalizada, gracias a la cual se ha logrado
construir una vida colectiva en consonancia con la difusión de una expresión más libre y valorada de la sexualidad
humana (aunque en muchos casos de forma clandestina).

Con respecto a la familia, ésta se ha concebido como un núcleo emocional y disciplinario imprescindible para la
existencia de una moral, debiéndose reconducir a todo el que huya de ella, hasta el punto que las estrategias de las
primeras democracias contaban con la familia como un núcleo orgánico más importante que la propia felicidad individual
(aunque también aparecen hechos como el divorcio).

Sea como fuere, en esta primera época de la modernidad el triunfo de la cultura del deber frente a la supremacía de los
derechos individuales es evidente.

La situación era muy distinta a lo que se pretendía hacer ver y la moral se despega de la religión y se acerca cada vez
más a lo social; mediante el acercamiento efectivo de los filántropos a cada una de las situaciones concretas se
ayudaba a las gentes a que lucharan contra sus vicios sin establecer una moral pública y, a la vez, sin mostrarse
caritativos, sino con unos fines de organización social positivistas. Por ello, pronto se descubrirá que la moral no está en
la asistencia individual y que ésta es poco eficaz y por ello se abandonará, ya que lo que realmente importa es una
responsabilidad individual sobre lo que está ocurriendo a través de organismos colectivos, proyectada a un futuro que
busca progreso.

EDÉN, EDÉN

Los dos primeros siglos de modernidad han sabido dar una importancia preponderante al deber para autosuperarse y
llegar a ser héroes desde la austeridad en busca de unos valores y creencias, pero esto es agua pasada. Vivimos en
tiempos en los que el deber está descreditado, minimalizado al placer momentáneo y al propio interés del momento. Se
puede decir que el S.XX representa el período posmoralista de las democracias. En este sentido, mientras que diversas
prohibiciones continúan su marcha, tras una época de contra-moral contestataria, y se transmite a través de los medios
de comunicación la necesidad de una ética tamizada con los valores más puramente individuales, el hombre actual
huye de imperativos del deber, para construir con sus propios pensamientos y sentimientos un sistema de derechos
edulcorado y anémico, donde no sólo la idea de sacrificio no tiene ninguna legitimidad, sino cuyos valores se definen
por la inactividad, antes que por el deber (no es necesario actuar). Esta lógica posmoralista que siguen nuestras
sociedades supone una tendencia dominante que mayoritariamente arrastra a la población a la no actuación, pero no
evita la aparición de fenómenos contrarios a sí mismo que defienden la moral como modelo de responsabilidad
individual, y ya jamás como norma ideal.

La esfera en que más cambio notamos con respecto a nuestras apreciaciones del bien y el mal es la del placer, que
desbanca al deber en busca no ya de la virtud, sino de algo mucho más peligroso, la felicidad subjetiva, que, por
supuesto, no ocupa todo el terreno, sino que esta felicidad necesita estar mínimamente equilibrada y ordenada para
poderse sustentar como tal. El neoindividualismo es, por ello, un desorden organizador, que no pretende ya vencer el
deseo, sino exagerarlo y desculpabilizarlo (en esto es fundamental el psicologismo) ante las formas rigoristas y
disciplinarias de la obligación moral. El asunto llega hasta tal punto que no hay elección: o la felicidad o nada. Esta
felicidad tiene como instrumento e incluso entorno de dependencia el consumo de masas, a través del que se fomenta
la relación hombre/cosa, antes que hombre/hombre, como forma de evasión hacia los problemas del prójimo. Todos
estos elementos que nos proporcionan este bienestar se nos transmiten a través de una información imparcial y objetiva
que no es ni moralista ni amoral, sino que muestra simplemente un hecho, eso sí, en forma tremendista, o en cualquier
caso, espectacular. Por otro lado, esa ética de la felicidad que nos hacía tan libres elimina el autoritarismo tradicional,
pero crea nuevos imperativos de cuidado a uno mismo, cuyo castigo ya no es la lenta y tortuosa culpa, sino la ansiedad
en celuloide o video a 24 imágenes por segundo.

Lipovetsky habla de dos tendencias contrarias que modelan nuestras sociedades: la que excita los valores inmediatos y
la que privilegia la gestión racional del tiempo y el cuerpo, las cuales no se suelen dar por separado, sino que forman

conjuntamente una sociedad donde el placer convive con criterios racionales que lo hacen funcional y que
inevitablemente nos autodeterminan.
El terreno del sexo es uno de los más significativos para comprender el privilegio del placer en nuestras sociedades; se
ha pasado de un coto vedado por prohibiciones y falsas ideas preconcebidas a una banalización del tema, hasta el
punto en que éste se ha convertido en algo cotidiano. Se dice que el cambio es tan radical que se ha producido una
autonomía de la sexualidad con respecto a la moral y también se legítima el argumento de que hemos pasado de una
época en que los placeres nos venían jerarquizados a otra en que éstos se nos muestran en igualdad, sean cuales
sean, siempre y cuando se respete al otro. Aun así, todavía existen prácticas sexuales que siguen siendo condenables,
si bien son las mínimas. El anunciado lema del goce sin trabas se instaura en un principio como un elemento subversivo
poco duradero que da paso a un escalón intermedio entre el rigorismo puritano y la escalada del erotismo, producto del
caos organizador de las nuevas democracias; algunas prácticas sexuales consideradas reprobables, se condenan no
porque no nos lleven a la virtud moral, sino porque pueden llegar a dañar al otro e incluso causar problemas
psicológicos graves. En realidad, el neoindividualismo no asimila la expansión social de los derechos a la permisividad
de todo, sino que pretende la civilización de la vida sexual de un modo tan libre como igualitario y honesto; se recupera
el valor de la fidelidad en tanto que exista amor y no como algo incondicional, argumentándose a ello que ésta supone
una mayor estabilización ante los tumultuosos tiempos que corren a nivel emocional, suponiendo el triunfo del hombre
para huir de la soledad, la incomprensión,...Pero, a la vez, se busca la fidelidad en base a criterios funcionales de
constructivismo, es propio del neoindividualismo el utilitarismo, pero éste preside nuestra vida hasta el punto en que
intentemos que todo esté justificado, que nada sea gratuito. Lo que ha sucedido con el sexo y el amor es un ejemplo
paradigmático de exacerbado utilitarismo frente al hedonismo, hasta el punto que éste ha caído en una especie de vacío
existencial, por el cual se deshace el sueño de la creatividad individual, a la vez que, poco a poco, esta individualidad se
convierte en lo fundamental en la relación sexual, convirtiéndolo en un motivo más de indiferencia, pero que
emocionalmente es necesario para vehicular el amor. Esto nos lleva a que el tipo de individualismo que se practique se
base ya no tanto en el liberalismo individual, como en la idea social que de éste nace para lograr lo correcto; es aquí
donde la época posmoralista y su ética tan variable y asimétrica, que también tiene sus defensores y detractores, toma
una forma premeditadamente sesgada, que permite poner en tela de juicio la libertad individualista. Un caso significativo
es el de la prostitución, aceptada moral pero no socialmente, que repelemos por lo que conlleva de servidumbre íntima,
a pesar de que no sea una indignidad moral.

BUSCANDO LA MORAL INDIVIDUAL DESESPERADAMENTE

El posmoralismo no afecta sólo a la vida sexual, sino a todos los deberes del hombre relativos a sí mismo, consagrados
en los primeros tiempos de la modernidad democrática como fundamentales no sólo desde el punto de vista de la moral,
sino desde la supervivencia, hasta el punto que la ética tiene como fin último la naturaleza humana; pero este culto al
individualismo no es gratuito, sino que se fundamenta en el utilitarismo más racional, de tal manera que estos
comportamientos repercuten directamente en la persona a través del aburrimiento, miserias, vicios,... El posmoralismo
actual ha transgredido legítimamente todo lo anterior hacia un culto exacerbado del placer por encima de todo, de un
placer que no tiende a perfeccionarse porque ya es perfecto pero que necesita inevitablemente del individuo para
subsistir. El resultado de esto no viene dado únicamente por un nihilismo nietzscheano, sino por un descrédito de la
moral individual que ha construido una cultura cotidiana conscientemente heterónoma que conoce las responsabilidades
éticas del individuo gracias a la colectividad.

En cuanto al suicidio, se ha considerado un acto indigno tanto en las sociedades antiguas (atentado contra Dios) como
en los primeros tiempos democráticos, donde se consideraba un acto reprobable para uno mismo y, por tanto, para la
sociedad. En el posmoralismo en el que vivimos el Estado y el derecho no se responsabilizan de este tipo de
problemas, pero el pensamiento moralista sigue una línea independiente cercana a los primeros planteamientos de
Rousseau o Durkheim, pero teniendo en cuenta que el suicidio ya no suscita la desaprobación ante el incumplimiento de
un deber, sino que nos lleva a un inmenso mar de dudas que, en ocasiones, nos llevan a la compasión como derecho
subjetivo del individuo, sin que éste ni los que le rodean, que se supone que le tienen que asistir, se encuentren exentos
de culpa.

Este deslizamiento hacia el predominio de los derechos frente a los deberes individuales se da también referido a la
eutanasia; en este sentido, la ayuda a morir cuando se está sufriendo se apoya desde congresos, manifiestos y
asociaciones como algo considerado digno, llegándose a aprobar antes la eutanasia pasiva que la activa. La
contradicción está en que, por un lado, se privilegia el derecho a disponer libremente de la vida del hombre por encima
de todo y, a la vez, se prorroga la prohibición ética de administrar muerte en el caso en que se desee. Frente al suicidio,
la voluntad de morir dignamente se muestra como una protesta humanista ante la técnica para obtener una muerte
natural ante el sufrimiento que supone el prolongar la vida artificialmente.

En cuanto a la libre disposición física del cuerpo, hemos de decir que en las sociedades antiguas se consideraba algo
inadmisible, debido al privilegio por la integridad física, por razones psicológicas o comerciales. Sin embargo, poco a
poco el derecho a disponer de la propia identidad civil y sexual se ha convertido en algo tolerable desde el humanismo
para aceptar incondicional pero variablemente a todos y cada uno de los individuos tal y como son. Un ejemplo práctico
lo encontramos en las maternidades de sustitución lucrativas donde no existe para nada permisividad y la tolerancia se
resiente en nombre del respeto de las personas ante el hecho reprobable de llegar a vender el propio útero; en este
sentido, la culpable no es la mujer, sino la legislación, las circunstancias que hacen que actúe de esa manera. Así pues,
el derecho a comerciar con el propio cuerpo es algo que escapa de los límites de la tolerancia, relativizándola,
exaltándola hacia el "todo vale"; pero, por otro lado, nos mostramos disconformes ante esto. El resultado es la
necesidad de derechos subjetivos para disponer de uno mismo conjugada con una mayor legitimidad de la idea de
protección de la persona por la ley.
Por otro lado, en los primeros tiempos democráticos se exaltaron los valores de limpieza e higiene física como
imperativos éticos a favor del respeto y dignidad hacia uno mismo, siendo simultáneamente magnificados los valores de
sobriedad y templanza a través de la disciplina contra los vicios. El neoindividualismo nos ha llevado a un culto al
cuerpo que ya no cree en obligaciones incondicionales, sino que se deja llevar por la retórica de la belleza por la
belleza; descubrimos así que la higiene, conforme se va librando de ser algo obligatorio, se convierte en una
preocupación preponderante de los individuos, cuanta más belleza se tiene más se quiere generar. La dignidad cae en
picado en favor del culto al cuerpo, las pasiones narcisistas materiales ganan la batalla al idealismo de la norma
colectiva. La prohibición del tabaco es uno de los ejemplos del espíritu higienista en nuestra sociedad que pretende no
ya la radicalización de un hecho en nombre de la sociedad o colectividad, sino que es producto de campañas
publicitarias y estrategias de información que pretenden, con medidas más intervencionistas y penetrantes a largo
plazo, convencer sin obligar; este hecho nos hace pensar en un totalitarismo de la persuasión, si bien desde el
momento en que las soluciones son consensuales y funcionales, este totalitarismo se volatiliza, para dar lugar a una
gestión óptima real cuya principal finalidad gira en torno a los intereses de los individuos, resguardando la libertad de los
unos sin coartar a los otros.

Con respecto a la toxicomanía existen ambigüedades. Por un lado, se apuesta por la reinserción social y por otro se
tiende a ver la droga como un problema de manera intransigente y moralista, todo esto hace que se tenga una nueva
visión sobre el tema: ya no están legitimadas las prohibiciones por consumo, sino que éste se intenta legalizar con el
objetivo de acabar con la clandestinidad de los narcóticos y desde aquí fomentar más fácilmente la rehabilitación de
toxicómanos con dosis racionadas.

Aun así, la actitud ante el problema de la droga es hostil y da prioridad a la prohición y represión, producto del miedo,
frente a lo que en otros aspectos podríamos considerar gestión eficaz.

Más incluso que las prácticas higiénicas físicas, el deporte se implantó en la primera ola democrática como algo que
perfecciona todo lo corporal, los sentimientos generosos, la independencia de carácter, el afán de libertad que hace
posible

la superación de uno mismo y, por tanto, la construcción de un mundo moralmente mejor. La llegada de las nuevas
democracias integra el deporte dentro de un exacerbado culto al cuerpo como forma principal de fruición o placer,
asociado al ocio, la salud o el desafío,... Es decir, narcisismo utilitarista que a veces se practica a través de deportes
realmente arriesgados que potencian el equilibrio íntimo individual que hace posible un constructivismo hedonista
basado en el egobuilding. Sin embargo, en la actualidad, este concepto ha dado privilegio a un deporte-moda
edulcorado por lo efímero del marketing, que se ha desmoralizado, cuyo principal objetivo es el espectáculo puro; de
aquí nace la competitividad y la necesidad de ser justo pero también y sobre todo porque se nos ofrece como algo fuera
de lo común en nuestras vidas: el logro físico de algo que sabemos que cuesta mucho esfuerzo y cuanto mayor sea
este logro, mejor. Lo que realmente cautiva de todo esto es el acto de superación de uno mismo que ello supone (la
lógica imperante es que, a más esfuerzos, más logros). Sin embargo, toda esta cultura ha traído un problema que
impide que la moral siga los pasos adecuados: la necesidad del antidoping, cuya finalidad se rige más por la
permanencia de la vida y del deporte, antes que por la moralidad, aunque para que ésta se dé necesitemos
ineludiblemente de esta moral. Así, el atleta es castigado por tomar sustancias peligrosas y no por haber competido en
superioridad de condiciones con respecto a sí mismo y a sus compañeros. Conforme se va desarrollando este sistema
de antidoping, queremos darnos cuenta de que lo realmente ilegítimo es la trampa y no las consecuencias de un acto
realizado bajo la libre elección de una persona, pero, a la vez, nos vuelve a venir a la cabeza la imagen del atleta
víctima del sistema en el que está metido. El resultado es la transgresión sin cesar de los límites establecidos que
autolimita la autonomía de los sujetos.

Dentro de los deberes hacia uno mismo, el más importante es el del trabajo; en los primeros tiempos democráticos se
impone el trabajo como un fin en sí mismo, como lo que verdaderamente da sentido a la dignidad y libertad humanas.
Hoy esto ha dejado de ser así, el trabajo ha dejado de ser considerado como un deber hacia uno mismo, si bien no han
perdido su valor social e individual. Se edulcora el papel de los perezosos, en vez de llamarles la atención por no
trabajar, se les ignora; actualmente todo se mira a nivel de producción efectiva y optimización de los recursos, el trabajo
se hace para el hombre y no el hombre para el trabajo, de tal manera que éste sirva para vehicular iniciativas, riesgo e
implicación de uno mismo, es así como se pasa del trabajador disciplinado al hombre flexible. Así, cuanto

menos se celebra la obligación interna de perfeccionarse, más se

consagra la liturgia de la excelencia. En general, el romper con toda una serie de tradicionalismos religiosos y/o morales
ha supuesto un cargo adicional para la voluntad, no sólo como movilizador de actitudes individuales concretas, sino
como lo que ha hecho que progresemos desde la Antigüedad hasta nuestros días; la voluntad ha pasado de ser algo
inmutable a ser algo cambiante que en cualquier caso moviliza todos los fines sociales e individuales, aunque no los
determina , o al menos no debe hacerlo.

LA METAMORFOSIS DE LA VIRTUD.

Las sociedades posmodernas han renunciado ampliamente a profesar los imperativos categóricos de honrar los
deberes de la moral interindividual, pero a la vez se han hecho conscientes de que la moral es algo consustancial al
hombre, pero una moral que se regula de manera nueva, que ya no se basa en la obligación y sanción, sino en la libre
voluntad individual. Sin embargo, mirémoslo como lo miremos esta nueva ética recién nacida da menos signos de vida
real de lo que parece, en favor del hundimiento de la moral, o de lo que hasta ahora entendíamos como tal. Se dice que
hasta ahora las crisis de valores se afrontaban desde un rearme moral y que éste ha tocado fondo para favorecer al
altruismo, que deslegitima fuertemente todo lo anterior, pero que se deja ver poco en acción. Así, el problema
posmoralista no está en que el individuo sea egoísta, pues en otros tiempos también lo era, sino en que tome plena
conciencia de ello desde su propio derecho a serlo; de esta forma y generalizando esta circunstancia a un modo de vida
irreversiblemente acomodado, la voluntad, al ser un principio y no un derecho, se convierte en algo difícil y si aparece
es, de nuevo, en nombre de la moral, aunque ésta se vea tamizada por la necesidad de encontrarse a sí mismo.

Los medios de comunicación utilizan el nombre de la moral creando un espectáculo grotesco de los sentimientos,
encaminado hacia una siempre potencial generosidad y caridad espiritual. La década de los 80 fue fundamental para
que triunfara la asociación caridad- espectáculo (Bob Geldof, "We are the world"), de tal modo que las causas nobles se
nos muestran conjuntamente a la necesidad de entretenimiento y fiesta; el mandar a hacer algo está totalmente
deslegitimado, somos persuadidos, engañados hacia acciones humanitarias que, en cualquier caso, no tenemos por
qué hacer. De este modo, la caridad es un sentimiento y como tal queda entregado al fin último de la industria
mediática: la productividad a través del consumo de beneficencia en masa, tan aparentemente efímera como vacía.
Todo esto ha venido a derivar en los llamados reality-shows, consecuencia de la crisis del espectáculo tradicional, con
crecientes aspiraciones consumistas

y, por consiguiente, pérdida de virtudes morales; en este sentido, hasta la moral tiene su lugar en el escenario, una
moral que sirve para que sigamos consumiendo sentimentalismos vacíos,

que cobran vida y tienen sentido en tanto que tales. Pero es claro que de la inexistencia de deberes morales no sólo
tiene la culpa el entorno informativo, ya que la función de los "media" no es la de crear una conciencia moral (aunque en
el fondo la cree desde el momento en que convierte los sentimientos humanos en espectáculo), sino que su función es
la de gestionar opinión pública. Sin embargo, tampoco podemos hablar de una moral calculadora que busque sus
únicos fines en el interés personal, sino de una moral del sentimiento, que pretende huir del autoritarismo y ser libre sea
como sea aunque no sea autónoma. Esta moral del sentimiento es producto del desarrollo del bienestar individualista,
de una sociedad que huye del deber hacia una felicidad que le es intolerable ante lo que

ve a su alrededor.

Todo esto no significa ni mucho menos la negación a actos de ayuda y solidaridad que cada vez más, nuestra cultura
tiende a favorecer; en este sentido, aumentan los voluntarios alistados a asociaciones de ayuda social. Así,
anteriormente esta ayuda social era una labor concebida sólo para profesionales capacitados, pero el resurgimiento
moral individualista de actuar socialmente a través del yo ha podido con todo eso, al demostrarse la compatibilidad de
estas acciones con las aspiraciones y gustos posmoralistas contemporáneos. Pero, en realidad, es el placer de
encontrar al otro, el deseo de valorización social o la necesidad de ocupar tiempo libre lo que mueve al voluntariado a la
necesidad de ser solidarios; así, sólo a través de nuestra autorrealización personal y contradictoriamente voluntaria
podremos llegar a ser solidarios . Para lograr este primer contacto con uno mismo, proliferan grupos de ayuda mutua en
los que la ayuda a los demás revierte en ayuda a uno mismo; la solidaridad como compasión o deseo de ayudar a los
demás ha desaparecido; lo que en realidad se pretende es la búsqueda de uno mismo.

Puede existir, por otra parte, la tentación de creer que nuestra cultura ha perdido todos los valores y que nos
encontramos en el nihilismo moderno, pero esto no es lo que la realidad social muestra, ya que el desorden moral está
perfectamente limitado y es producto de la historia de los pueblos, cuya lógica no está siendo transgredida, sino en
cualquier caso cuestionada desde valores humanistas. Lo que realmente ocurre, y por eso pensamos así, es que
algunas reglas

han perdido el poder de controlar los comportamientos; así, la conciencia moral individual no desaparece, y se nos
queda como el arma de combate contra esa maraña, que tiende a verse como aparentemente decadentista.

Por otro lado, la tolerancia sustituye en nuestras sociedades al sacrificio como modo de consenso entre los individuos;
pero esta tolerancia no nace de un deseo de respeto a las diferencias, sino que descalifica el trabajo en grupo, a favor
de un individualismo feroz necesario para que se pueda dar la realización personal, libre y privada. Pero ser tolerante no
significa que todo vale, sino que huimos de la verdad inmutable e "interpretamos" desde un desorden que pretende
encontrarse algún día a sí mismo. En realidad, los valores no sufren una desnivelación, sino que es la redistribución
social que nos dice lo que está permitido y lo que no, lo que determina, en contra de los valores e ideales humanistas,
nuestra opinión o actuación

hacia la siempre legítima lucha por nuestros derechos. Por ejemplo, si el racismo y la xenofobia cobran sentido no es
porque rebrote la idea de nacionalismo, sino porque la introducción de nuevas oleadas de inmigración restringe
nuestros derechos individuales; aquí es donde acaba la tolerancia legítima y empieza la renuncia voluntaria a la libertad
de conciencia, donde la búsqueda de autonomía y prudencia se confunde con la radicalización de los extremismos.

EL ORDEN MORAL O ¿CÓMO DESEMBARAZARSE DE ÉL?.

Somos testigos de un amplio giro cultural, de una reafirmación de valores en la que vemos un peligro inminente: el
regreso al orden moral y de la adaptabilidad de los valores de trabajo, familia y patria ante la irresponsabilidad que
supone asumir la llegada de la democracia; se tiende hacia una sociedad en que sólo la disciplina y el sacrificio tengan
sentido como armas de trabajo. Pero, afortunadamente, aunque ciertos signos nos lo auguren hoy el espíritu del deber
por el deber carece de toda legitimación y el individualismo indoloro nos pone difícil una vuelta a los mismos
presupuestos.

Aun así, empecemos con la idea de familia: en este sentido, hemos de decir que frente a los primeros tiempos
democráticos, en que existía una rebelión ante esta "estructura de represión colectiva", en la actualidad es una de las
pocas cosas por las que se está dispuesto a dar la propia vida (a nivel práctico, lo vemos en jóvenes que no abandonan
sus hogares aún con edades avanzadas), pero no tanto en un sentido tradicional de deber hacia ella, sino como un
instrumento que aporta la íntima realización y hace posible el desarrollo de los derechos del individuo libre. Algunas
consecuencias son el drama del divorcio, la deshumanización de las nuevas técnicas de procreación, la desaparición
del padre y la crisis de las señas de identidad del niño. Lo difícil es lograr que el caos ordenado haga posible que
perviviendo el espíritu de autorrealización narcisista, que en muchas ocasiones está lejos del puro deseo del yo, sin
llegar a estas consecuencias tan dramáticas. Por otro lado, en cuanto a las pautas educativas que siguen los padres
hacia sus hijos, encontramos un distanciamiento entre los ideales normativos con respecto a la realidad material, que
deriva en el "cada uno a lo suyo" o bien hacia posicionamientos más violentos. Sin embargo, estos resultados, que
podrían ser efecto de la despreocupación paternal, existen en tanto un deber de los mismos padres: así éstos deben
hacer de un modo responsable que sus hijos sean lo más felices posible; la ingratitud de los hijos escandaliza menos
que la indiferencia de los padres y esto es porque tener un hijo es un derecho que sólo es legítimo cuando éste puede
ser educado en una felicidad, que se establece como algo contrario a la autoridad que pretende otorgar esa
generosidad inseparable de la

existencia sin la que sobreviene el vacío y todo ello para que los padres se sientan útiles, amen y sean amados. Pero el
moralismo de los deberes vuelve cuando se introduce el tema del aborto, donde el derecho adquiere un tono moral,
privilegiándose el derecho a la vida al derecho a elegir, aunque teniendo presente la marcha progresiva de los valores
liberales pueda ser cuestionado de una manera absoluta.

En la era industrial, lo primero era el trabajo, concebido como el mecanismo científico que era capaz de producir
progreso, eliminando en cualquier caso la idea de humanidad, exaltando todo lo material y mecánico. Todo esto ha
evolucionado hacia una actualidad en que el trabajo funciona en tanto que gestión comercial y empresarial eficaces no
desde el idealismo moralista que nos lleva a un futuro mejor, sino desde el culto individualista del presente para lograr la
propia felicidad

efectiva en el trabajo de acuerdo a los ideales de las empresas, que cada vez más, contradictoriamente, giran en torno
a valores comunes de improvisación y eficacia creativa rápida en detrimento del cientifismo racionalista burócrata
impuesto anteriormente. Trabajar se ha convertido en una competición de supervivencia individual, ha dejado de ser un
fin en sí mismo y se ha convertido en un medio desmoralizado respecto de la sociedad y la economía, para satisfacer
los fines personales de ganar dinero y ser debidamente reconocido, y así adquirir autonomía. Así, la alergia al trabajo
tampoco tiene sentido como reacción a su culto incondicional, sino que éste sigue siendo un importante motor que da
sentido a nuestras vidas y que ineludiblemente se complementa con el descanso o logro íntimo para con uno mismo. El
resultado hace que el ideal de trabajo y ocio se nos escape de las manos hacia una desmotivación, que sólo se puede
arreglar perfeccionando la máquina productiva. En este sentido, conviven el individualismo del culto al trabajo que
motiva al individuo y lo hace responsable y organizador con el del culto al presente que lo desmotiva hacia
posicionamientos autosuficientes, sin regla, irresponsables. De esta manera, emerge un individualismo responsable que
busca sus nuevas bases en la realización del yo, tendiendo a destruir la anarquía irresponsable. Pero, a la vez, toda
actividad económica dinámica se ve anquilosada por unas leyes generales de mercado que contagian al trabajo,
encaminándolo no sólo hacia una eficacia productiva, sino hacia una rentabilidad inmediata y máxima sin reglas ni
escrúpulos morales.

Esto nos lleva a la idea de nacionalismo, cuya emergencia parece ser debida más a aspectos económicos o socio-
económicos, que a la exaltación de principios raciales en nombre del yo; la mitología nacionalista está agotada en sí
misma, a pesar de que la identidad o sentimiento nacional vuelve a estar en boga, pero eliminando cualquier idea de
sacrificio por ésta, que es sustituida por la integración del individuo en la comunidad, dándose una mezcla entre las
reivindicaciones particularistas y la unificación política, que, además, se ve interferido por un escepticismo, producto de
la mezcla de distintas culturas y, sobre todo, del enfrentamiento entre el materialismo desmorali-

zado pero efectivo actual y el idealismo moralista propio de los primeros tiempos democráticos. Este escepticismo
refleja la situación de un posmoralismo diseminado culturalmente, sin más obligaciones que el "vivir mejor" y una
unificación que es producto de nuestro rechazo ante que esto sea así; de este modo, no se lucha por defender el
derecho a las diferencias nacionales, culturales o simbólicas, sino que la heterogeneidad nos da miedo y utilizamos la
comunidad no como un fin hacia el que se desarrollan unas obligaciones patrióticas sagradas, sino como un mecanismo
de compensación a través del cual sabemos si hemos obrado responsablemente, o no. Todo ello es producto de una
ciudadanía fatigada que ve en la república un mecanismo de prohibición de actos considerados reprobables, antes que
una entrega a fines superiores que unan a los individuos, que nace de la necesidad del derecho y no de la moral como
motor reorganizador de todo.

LA RENOVACIÓN ÉTICA.

La sociedad posmoralista ha renunciado a buscar la renuncia a sí misma, a inscribir los deberes supremos del hombre y
del ciudadano. A pesar de ello, la referencia a la ética no desaparece, sino que toma fuerza a través de los códigos
deontológicos profesionales que pretenden no ya establecer unos imperativos categóricos basados en la idea de
sacrificio, sino que funcionan articulados según los derechos y autonomía legítima del individuo y, a la vez, según las
presiones de la vida social, económica y científica; estos códigos hacen posible un renacimiento ético que busca un
paso suplementario en el que se integre la conciencia moral de todos y cada uno de los individuos, que vuelve a ser
idealista, diciendo todas aquellas verdades que de sobra son conocidas, pero que parecen olvidadas. La misión de la
nueva ética es ésta y no la eticidad que toma forma en actitudes diabólicas. Lo que necesitamos no es exhortación de la
virtud pura, sino inteligencia responsable y humanismo aplicado a las acciones de mercado; ya no son las actitudes
generosas y altruistas las que conducen el camino de la moral, sino la inteligencia de las acciones concretas, que es lo
único que hace progresar a las sociedades hacia una ética inteligente de la prudencia orientada hacia la búsqueda del
justo medio, de una justa medida en relación con las circunstancias históricas, técnicas y sociales.

Uno de los campos en que actualmente se ha desarrollado una mayor conciencia moral es la ecología y salvación de la
naturaleza como responsabilidad del individuo al planeta o entorno natural en que vive, tras perder la responsabilidad
sobre sí mismo, sacralizando las obligaciones hacia lo no humano. Otra característica en este sentido es que no se trata
de despertar un conciencia generalizada desde un utilitarismo, sino que se trata de mejorar la calidad de vida de los
ciudadanos a través del consumo ecológico que, a su vez, depende de la caridad mediática que desde el minimalismo
ético se infunde asociando el bienestar al ahorro energético. De un mismo modo, la autolimitación de las necesidades y
las denuncias al consumismo

desaparecen para privilegiar una cultura de ecoconsumo, producto de la trampa de la razón hacia una exaltación de los
intereses individuales y económicos, bajo la que se sigue escondiendo esa misma burocracia tecnocrática que pretende
tocarnos la fibra sensible con su lado humano. La ecología y los valores naturales concebidos por el público como fines
en sí mismos son movilizados e instrumentalizados al servicio de los intereses de eficacia individual hacia el progreso.

El ámbito de la bioética ilustra tanto o más que la ecología el posmoralismo actual, como tema de moda. Los avances
científicos han cambiado las concepciones tradicionales sobre muchos temas, desestabilizando las reglas consensuales
de la deontología médica. Pero, paralelamente, somos conscientes de que la idea de humanidad peligra ante la
avalancha técnica, recurriéndose, en algunos casos, a una cultura ética dogmática como forma de catastrofismo ante la
situación; en este sentido, el código Nuremberg pretende hacer compatible la experimentación médica humana con una
deontología en continuo desarrollo de la profesión que ha derivado desde el juramento hipocrático del médico o
investigador (que demostraba o no su integridad para realizar el trabajo) hacia un conjunto detallado de normas que
pretende hacer compatible la práctica del profesional a la ética del individuo, aunando derechos del hombre y bienestar
social. Aun así, sea cual sea el interés científico del proyecto, los riesgos a asumir no deberán superar en gravedad los
riesgos de la evolución natural de la enfermedad; de este modo, nos encontramos con una responsabilidad abierta y
aproximativa que nos marca con rigor. Por otro lado, existen comités independientes encargados de evaluar éticamente
los proyectos de investigación, formados por diferentes miembros capaces de valorar los hechos sin tener la necesidad
de ser científicos, estableciendo así un diálogo democrático transdisciplinario que haga del asunto algo más tangible, de
aquí nacen los nuevos profesionales de la ética, cuya función es la de emitir opiniones definitivas sobre temas de los
que previamente han recibido información, evitando intervenir a la opinión pública. De esta forma, la renovación ética no
es el resurgimiento del deber puro, sino fe e ilusión cientifista para lograr un equilibrio orgánico racional que al ser el
ejemplo de la imparcialidad y neutralidad deja de ser individualista.

Al igual que el progreso técnico-científico, la renovación ética es algo que pertenece a la actualidad. En el caso del
periodismo, la opinión pública denuncia más que nunca la función degradante y manipuladora de los medios de
comunicación social. Pero la novedad es que es desde estos mismos medios desde donde se denuncia la falta de una
deontología profesional, elemento que sustituye a una perspectiva revolucionaria más creativa que apueste por la
honestidad y el respeto al público que es demandada desde delante de los micrófonos y las cámaras. Pero lo que
convierte a los medios de comunicación en focalizadores del cambio ético no es su actitud con respecto a la realidad
que transmiten, sino su importancia como tales medios en una sociedad que no les impone sus límites de poder; así, lo
que ocurre es un

escepticismo que nos hace prever que cuanta más fe en la información honesta tengamos, más difícil será ésta de
conseguir. Lo más importante de esta era hipermediática es la necesidad de ver todo lo que se hace a un ritmo
tremendamente acelerado que asusta hasta a los mismos profesionales. Pero la renovación ética también en este
campo huye de imperativos categóricos, sino que pretende la afirmación de los derechos y libertades individuales y
públicas. Esto hace que el panorama quede bipolarizado en dos corrientes: aquella que apueste por una información de
calidad, o bien, aquella que exhiba sin complejos el espectáculo emocional. En este sentido, el peligro resulta más
intangible en el mundo de lo audiovisual, ya que para nada están claros los límites de la tolerancia ni la separación entre
información y propaganda, sino que todo se llega a confundir en nombre del siempre legítimo derecho a saber y del
cumplimiento del deber de informar. La preocupación deontológica influye esta vez sobre la naturaleza del deber y no
sobre el deber mismo, es decir, se cuestiona en tanto que existan o no noticias debidamente documentadas, en tanto
que exista profesionalidad inteligente o sólo espectáculo denigrante.

LAS BODAS DE LA ÉTICA Y EL BUSINESS.

La fiebre ética parece no tener límites, hasta el punto en que el mismo mundo de los negocios sucumbe a los encantos
inesperados de los valores, en nombre de la "responsabilidad social de la empresa"; mientras que las empresas florecen
se fomenta la denuncia al dinero loco y se hace marketing contra el marketing, las ciencias sociales y económicas se
preocupan de cuestiones morales en un ámbito que sin embargo se basa en el espíritu objetivo, todo ello para que la
empresa deje de ser disciplinaria y mecanicista y tenga un sentido o valor espiritual propio, que se adjudique una
vocación digna y pretenda un objetivo noble por encima de la propia obtención de beneficios; pero esta moda ética en
los negocios no es idealista, sino que empieza a mostrarse a través de la creencia utilitarista de ser un valor
fundamental para el triunfo en los negocios, aunque formalmente el proyecto de empresa en poco se parece a un
código de buena conducta. El resultado viene marcado por dos directrices: una bonificación moral a nivel de
comportamientos individuales y un contrato social abierto, bajo el que se esconden los requisitos de supervivencia;
ambas directrices se basan en la eficacia de los valores, que hace posible la existencia de un rigor flexible, más cerca
de los primeros tiempos democráticos que de la Antigüedad, pero que a la vez pretende una mayor cohesión de los
individuos al grupo. Se fomenta la responsabilidad gracias a la adecuación de los fines individuales al grupo, dando así
armonía a los intereses individuales y competitivos en favor de la eficacia y el interés material; hasta hace poco tiempo,
la ética cuestionaba este objetivo, pero el posmoralismo supone la reconversión de la ética en un medio de gestión y
sugestión mercantilista con el exterior y no un motivo de autoreflexión sobre los fines y la moralidad de los medios
utilizados en ocasiones para generar los máximos beneficios posibles. Pero la moral de los negocios no debe su éxito a
esto, sino a que da soluciones inteligentes ante

la cultura desestabilizadora existente; en este sentido, el primer paso dado es la de superar la finalidad estrictamente
económica de la empresa con el fin de asegurar una continuidad moralmente orgánica que la distinga; esto se consigue
gracias al derecho. La necesidad, por tanto, está en trascender del derecho a la moral, convirtiendo a la ética como algo
autónomo en algo que se construye desde la propia personalidad moral de los organismos individuales y empresas.
Para rearmar el futuro es necesario huir del derecho como vía de legitimación de acciones egoístas centradas en la
eficacia económica del presente, y tener miras a un futuro a través de las que se analicen las consecuencias de nuestro
actos reprobables del presente. Pasamos a un cambio radical, una ética que funciona como finalidad de toda la
actividad profesional en el futuro. Se termina así la era del inmoralismo o amoralismo para que aparezca una moral del
compromiso, elemento que logrará el equilibrio entre los diferentes intereses contradictorios intentando imponer un
individualismo mesurado, ligero, tolerante.

La razón que encontramos a la utilización de una ética como mecanismo de venta y no ya como entrega generosa de
uno mismo se hace factible con el desarrollo del marketing y de empresas comunicantes que ya no sólo venden
productos, sino que también

transmiten relaciones humanas que ensalzan las responsabilidades sociales y morales; la ética se convierte así en una
inversión estratégica y comunicacional al servicio de la efectividad productiva. Por otro lado, conforme van
desapareciendo los monopolios estatales, aparece un nuevo concepto de economía: la empresa ciudadana,
preocupada por el interés general de la sociedad, siendo el objetivo general de carácter benéfico; sin embargo, la
puesta en práctica de este tipo de empresas está muy lejos de alcanzar sus metas; el recurso comunicacional no se
olvida y la lógica de la eficacia se trasplanta tal cual sólo que ampliando el horizonte de los objetivos; la forma de hacer
las cosas no cambia, lo hace el contenido, la comunicación como estrategia empieza a ser un valor a explotar en sí
misma en nombre de la cultura a través de los derechos subjetivos. Esto ha hecho que las empresas privadas hayan
perdido gran parte de su legitimidad, aunque en ellas la comunicación no es más que un elemento en la guerra de la
competitividad, si bien cuanto más arrasa la competencia de las marcas, más se impone la gestión ética de la imagen.

Pero esta ética no sólo se da en las empresas de puertas para fuera, sino que se da necesariamente bajo la misma
forma, en la gestión del trabajo, requiriéndose así la primacía del hombre, la eliminación de prácticas humillantes y
formas desrresponsabilizadoras de trabajo, suprimiendo la rigidez tecnocrática que mutila el potencial de los hombres,
sustituyendo la obediencia por la responsabilidad,...Se requiere, por tanto, una gestión participativa e interactiva, a la
vez que coherente y eficaz que da sentido a la realización de los planes propuestos. Esta gestión se esconde en una
ambigüedad por la cual nunca se conocen los fines últimos. Por otra parte, la preeminencia de la responsabilidad es
consecuencia directa de la

hipercompetencia materialista y no de un logro autodisciplinario que refleje autonomía individual.

Los primeros tiempos posmoralistas asociaban la verdadera vida a las vacaciones, el tiempo libre,...; poco a poco esto
se ha ido relativizando y el valor del trabajo como forma de libertad e iniciativa han subido puestos, desbancando las
tesis marxistas de la alienación, pero haciendo desear la expansión de uno mismo en los ideales reales de la empresa,
de tal manera que más diálogo significa aceleración de los ritmos de trabajo y más presión moral sobre cada trabajador.
El trabajador tendrá que adaptarse a una mentalidad abierta y creativa en favor de una autonomía individual que persiga
su entrega emocional y la contínua superación de sí mismos a través de aportaciones extras que les aportan el
equilibrio mental y emocional necesario. Las consecuencias son ansiedad y depresión, ya no hay represión, sino
incapacidad para asumir nuestra autonomía individual; esto hace

que tengamos más margen de libertad, pero que exista más exigencia de movilización. En estos derroteros el papel de
la ética de la responsabilidad tiene realmente poco valor en sí mismo; empezamos a pagar por el uso y abuso de la
moral como instrumento de comunicación persuasiva, pero nuestra realidad, lejos de ser justa, sigue siendo eficaz e
igualitaria; ante esto, surgen movilizaciones en contra del desprecio y la humillación. Sea como fuere, la moral de los
negocios se ha articulado en la actitud de los trabajadores, antes que en normas deontológicas concretas, ha preferido
el humanismo comunicacional a la respuesta inmediata de los problemas, aunque eso quizás también tenga su precio.