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Actividades y Comunicados de Prensa

OFICIO DEL MINISTRO DE JUSTICIA AL PRESIDENTE DEL CONSEJO DE


MINISTROS

Miraflores, 24 de junio del 2004

OFICIO N° -2004-JUS/DM

Señor Doctor
CARLOS FERRERO COSTA
Presidente del Consejo de Ministros
Presente.-

De mi consideración:

Por la presente, tengo a bien dirigirme a Usted para manifestarle mi opinión sobre la
necesidad que el Poder Ejecutivo observe la Autógrafa de Ley de Radio y Televisión que
ha sido aprobada recientemente por el Congreso de la República. Mi interés por el tema
viene de antiguo, el mismo que se potenció cuando se hizo pública la interferencia por parte
del Gobierno de Fujimori en algunos medios de comunicación, en especial en la televisión
de señal abierta, para alterar la formación de una opinión pública libre y el funcionamiento
del sistema democrático.

A. La necesidad de una Ley conforme a los intereses de la población

El sector audiovisual tiene una singularidad que hace necesario imponer restricciones
aceptables y necesarias a la aplicación incondicionada de las reglas de mercado, tal como
ocurre en los países democráticos más avanzados. No es solamente un servicio a los
ciudadanos para mejorar su bienestar o sus condiciones de vida; es también el instrumento
por el que se canalizan libertades constitucionales como la de comunicación y se hace
posible la preservación de valores constitucionales como la formación de la opinión pública
libre. Al mismo tiempo que es el lugar que permite el ejercicio y consagración de dichas
libertades, es también una herramienta imprescindible para que puedan desarrollarse otros
valores, como la cultura común o la protección de la infancia. Las reglas del mercado no
pueden imponerse sobre esos valores constitucionales. Todas las regulaciones
proporcionadas y razonables que tratan de preservarlos son, por tanto, admisibles.

1. Los temas específicos de una Ley en el Perú


Hay en el caso del Perú, algunos motivos adicionales para justificar una regulación. De un
lado, y en compañía de la radio, la televisión es para las grandes mayorías la única fuente
de información, por lo que se ha convertido -quiérase o no- en una actividad esencial para
el desenvolvimiento de la vida colectiva. De otro lado, una parte ya inmensamente
mayoritaria de la población tiene acceso a la televisión de señal abierta, lo que la obliga a
conducirse de forma tal que, mas allá del entretenimiento legítimo y plural que debe
proveer, y con respeto a ciertas normas de universal apreciación sobre violencia, menores,
sexo explícito, etc., contribuye en su programación a un significativo avance civilizatorio y
a la reafirmación de una identidad nacional y latinoamericana, sin caer en chauvinismos.
Nuestra población tiene carencias no solo materiales sino psicológicas y cívicas que hay
que tratar de superar con respeto absoluto a la dignidad de la persona.

El respeto al otro, la igualdad plena y no solo legislativa de la mujer, la aceptación de lazos


afectivos que nos diferencian de otras culturas, la generación de confianza en la práctica
social, son algunas de las muchísimas tareas que en forma consciente y no intuitiva, esto es,
de forma general debe establecer la televisión y la radio en su programación. Tarea gigante,
frente al triste espectáculo actual que hoy brindan. Por tal razón, para el correcto
funcionamiento de un control democrático de los medios, debe existir un conjunto
normativo que señale límites claros a la actividad de órganos imparciales, dotados de
conocimiento técnico y obligados a verificar lo acontecido, a lo que se suma el tradicional
control de tipo social que es el que efectúa la opinión pública.

A diferencia de lo que ocurre en la prensa escrita, en donde los ilícitos que puedan ocurrir
están tipificados en la Ley Penal, teniendo por todo límite el derecho a la rectificación por
aquellos que se sienten agraviados, en el ámbito de la radio y la televisión existe, en
muchos países democráticos, una regulación especial que tiene que ver con la naturaleza y
el poder de estos medios, regulación que persigue la formación de una opinión pública
libre, impedir la excesiva concentración en la propiedad y brindar una diversión y
entretenimiento que se enmarque y no perjudique los derechos fundamentales de la persona
consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en nuestra
Constitución Política.

2. Necesidad de un mayor estudio de los aspectos técnicos de la Ley


Lo anterior sirve de marco para decir que la discusión de una Ley de Radio y Televisión en
el Perú debiera realizarse en un ambiente de seriedad y conocimiento del tema y no en uno
especialmente exacerbado, en donde proliferan los programas escandalosos y contrarios a
los derechos anteriormente señalados, así como conductas inapropiadas de sus propietarios
que no se caracterizan por su transparencia. A ellos se suma la sensibilidad frente a
cualquier posible intromisión estatal, que tiene varios antecedentes entre nosotros y que
llegara a su clímax cuando en la década del setenta se buscó estatizar, prácticamente, todos
los medios de comunicación social en el Perú.

Fuimos sólo algunos los que pedimos al iniciarse el gobierno del Presidente Alejandro
Toledo que se revocaran las licencias a los canales de televisión antes citados, iniciativa
que sólo lograría traspasar los medios académicos y los especialmente interesados, cuando
nuestro famoso escritor Mario Vargas Llosa coincidió con tal medida. Debe quedar
aclarado que dicho pedido de revocatoria no perseguía que esos canales pasaran a formar
parte del Estado, sino más bien para que después de un concurso público, accedieran a los
mismos quienes tenían una intachable conducta democrática, conocimientos en la materia y
solvencia económica. Por cierto, ello perseguía que se instaure en dichos medios de
comunicación una auténtica libertad de información y de expresión, sin las cuales resulta
imposible e inexplicable el funcionamiento de cualquier sistema democrático.

3. Un control al poder mediático


El poder que ostentan los medios de comunicación de masas en las sociedades modernas es
enorme y se presenta en todas las áreas de la actividad humana. Ese poder es ejercido en
gran medida por grandes conglomerados empresariales, y se manifiesta tanto en la
selección y distribución de información, como también en la creación de ficciones y
programas de entretenimiento de divulgación globalizada. Es de pacífica aceptación que
todo ello tiene un significativo impacto en la formación de la opinión pública así como en
la elección de los temas que son sometidos a debate.

Los medios, que están constituidos básicamente por diarios, revistas, radio, televisión de
señal abierta y de cable e internet, han tenido un desarrollo técnico extraordinario durante
las últimas décadas. En las sociedades modernas prácticamente todas las personas tienen
acceso o están expuestas diariamente a la mass media. Para muchos resulta obvio que si la
propiedad de esos medios se encuentra dispersa, esto es, en muchas manos, será mas
factible que el número y la calidad de los temas que sean motivo de información o de
expresión sea mayor que si está concentrada. Si bien el debate sobre la importancia,
influencia y regulación estatal de los medios audiovisuales se ha convertido en un tema
universal, lo cierto es que en algunos países, como es el caso de los Estados Unidos, sea por
razones culturales, económicas o históricas, ha tenido especial intensidad. Los conflictos
que allí han surgido a este respecto han dado lugar a frecuentes intervenciones por parte de
la administración pública, así como del mundo académico y de los tribunales de justicia,
existiendo una amplia y accesible documentación a este respecto.

En el Perú la legislación específica sobre los medios audiovisuales deja mucho que desear,
y el Estado aparece inválido cuando surgen en ellos problemas de envergadura conectados
con el interés público. No es que nuestros gobernantes desconozcan el poder de esos
medios, pues en múltiples ocasiones han tratado además de manipularlos. Todos nuestros
gobiernos, democráticos o no, realizan ininterrumpidamente muy importantes inversiones
en publicidad y el Estado mismo cuenta con diarios, radios y estaciones de televisión.

4. La búsqueda de superación de la crisis audiovisual


De otro lado, la libertad de expresión, insustituible para el funcionamiento de los sistemas
democráticos, los partidos políticos y los medios de comunicación, y que históricamente
fuera conquistada en el ámbito de la prensa escrita con mucho esfuerzo para limitar el
poder y contribuir a su racionalización, se ha convertido ella misma en un poder de gran
fuerza e influencia, sujeta ahora a una crisis, la que se manifiesta en la frecuencia con que
los periodistas y medios se niegan a someterse a la ley en condiciones de igualdad, lo que
es contrario al paradigma de la modernidad. Ello afecta tanto el funcionamiento del sistema
democrático como la apreciación que los ciudadanos tienen del respeto a la ley y a las
reglas del juego limpio. En reiteradas ocasiones las tácticas manipuladoras utilizadas por
los medios y sus técnicas de envilecimiento dificultan el establecimiento de una moral
pública, y conducen a la arrogancia y a ideales egoístas.
Esa crisis que apreciamos día a día, específicamente en lo que se refiere al sector
audiovisual, puede verse en la extraordinaria relevancia que han adquirido tanto los
propietarios como los profesionales de la información. Y los ‘propietarios’ no son
únicamente los accionistas de la empresa audiovisual sino un complejo entramado de
banqueros y comerciantes que concurren con el poder político en la orientación de los
medios, sirviendo estos a los intereses de quienes ‘pagan’, no permitiendo el acceso de
voces discrepantes y mas bien promocionando determinadas presencias. Y esta conducta la
protegen bajo el escudo del principio de la autonomía de la voluntad y manteniendo el
discurso clásico que el peligro para la libertad viene de los poderes públicos. No cabe duda
que fortalecen su posición mostrando el ejemplo de medios de propiedad estatal que tienen
conductas manipuladoras similares.

B. Aspectos de la Ley totalmente inaceptables

Al ser un servicio privado de interés público que actúa en “un marco de respeto de los
deberes y derechos fundamentales, así como de promoción de los valores humanos y la
identidad nacional” [artículo 4 de la Ley], la radiodifusión no debe restringirse a
simplemente a hacer una programación según las particulares preferencias de los
propietarios de los medios de comunicación, sino que debe servir para el respeto amplio de
la persona humana, y además consolidar el Estado de Derecho, más aún si al Estado se le
asigna una función promotora y no sólo espectadora [artículo III de la Ley]. Por tal razón,
las funciones de la radio y la televisión también deben presentarse como limitadas; no
pueden estar aisladas de la estructura constitucional. El legislador debe, entonces, reconocer
las limitaciones y restricciones a las cuales está sujeta la radio y la televisión, más aún si
toda persona está obligada realizar el ejercicio de una democracia interviniendo inmediata y
correctamente en la acción estatal.

1. Es sumamente permisiva con la corrupción en los medios


Uno de los principales signos políticos que debe brindar el Gobierno está en una clara y
frontal lucha contra la corrupción. En este sentido, resulta evidente que la Ley carece de
este carácter, es más, no recoge esta necesidad según un mínimo criterio de oportunidad
política. El Poder Ejecutivo -y el Estado en general- debe promover y mostrarse ante la
población como un verdadero adalid de esa lucha y ello debe verse reflejado con mucha
claridad en los medios de comunicación social, en tanto elementos trascendentales en la
época fujimorista para el control de la opinión pública. En tal sentido, la Ley es inadecuada
para esa política de Estado. Además, éste fue el motivo real que dio origen a la discusión
por esta Ley. No cabe duda que la radio y la televisión deben buscar consolidar la ética
pública, a través de un modelo de programación que ponga énfasis en la superación de las
desigualdades y la inexistencia de dependencia técnica, económica y política.

No obstante, en la Ley se hace referencia que “en el otorgamiento de autorizaciones para el


servicio de radiodifusión se tendrán en consideración criterios conocidos y el principio de
predictibilidad. Las decisiones deberán estar debidamente motivadas y sustentarse en la
normatividad vigente”, presentado como el principio de transparencia [artículo II de la
Ley]. Esto es una de las pocas cosas que se dice sobre la materia. Lo que se observa a lo
largo de la Ley es una falta de compromiso de los medios audiovisuales frente a los actos
de corrupción. Pese a que existen autorizaciones y cancelaciones (que, según explicaré más
adelante, son muy criticables), debió haberse previsto, por lo menos, alguna fórmula de
suspensión de licencias en casos de corrupción comprobada.

Sólo se consigna como una causal de denegatoria para la autorización “haber sido
condenado con pena privativa de la libertad de (4) cuatro o más años, por la comisión de un
delito doloso” [artículo 23.c de la Ley]), claramente insuficiente pues no contempla los
actos de corrupción de los medios en su actuación diaria posterior, sean cometidos por sus
más altos funcionarios o por sus propietarios.

2. Se ha creado un Consejo con funciones limitadísimas


Desde los años ochenta, el mundo ha asistido a un proceso de transferencia de la
responsabilidad de la gestión pública a lo que se ha denominado autoridades
administrativas independientes o instancias reguladoras. Sin embargo, la Ley en contra de
esta tendencia vuelve a dar demasiado atribuciones al Ministerio de Transportes y
Comunicaciones [artículo 14 de la Ley], en detrimento de un Consejo independiente.
Solamente se le da la calidad de Consultivo, con unas funciones reducidas [artículo 58 de la
Ley].

La creación de organismos independientes ad hoc se sustenta en la creencia que la


regulación sobre autorizaciones y sanciones no debe estar supervisada por los poderes
públicos, sino por la sociedad en su conjunto, pues se trata de un derecho de todos, y que no
basta con la declaración de servicio público. En efecto, la fórmula de la licencia, propia del
servicio público, suele establecer una relación entre la administración y el concesionario
demasiada estrecha, en la que pueden entrar a tallar consideraciones políticas que dañan la
neutralidad con que deben otorgarse las autorizaciones o imponerse las sanciones.

Lo que identifica entonces a estos organismos en el ámbito audiovisual es la forma de


aproximarse a la resolución de un problema, actitud distinta a la actuación tradicional de la
administración pública que se suele manifestar a través de actos administrativos autoritarios
y sancionadores. Sus integrantes requieren de otros conocimientos y habilidades, porque
deben tratar de encontrar un equilibrio entre derechos fundamentales que se limitan
mutuamente, y concretar principios o valores propios del sistema democrático y la cultura
moderna.

La Ley debió presentar, por ende, un Consejo de lo Audiovisual con atribuciones


sumamente fuertes en el tema de la autorización, la vigilancia al respeto a los derechos
fundamentales y en el proceso sancionador. Según se propone sólo será veedor del
otorgamiento de licencias [artículo 58.a de la Ley] y dará opinión no vinculante cuando se
sancione [artículo 58.e de la Ley]. La experiencia pasada de la corrupción en el Estado y la
necesidad de organismos independientes me permiten considerar esta parte de la Ley como
una de las de más baja calidad; en verdad, una auténtica amnistía a quienes, se lo
propongan o no, consumen actos contrarios al sistema democrático.

Mientras más lejano se encuentre el control de la televisión del Estado, más libre podrá ser
su ejercicio. Esto es lo que debió buscarse con la Ley, pero como se puede ver, ello no se ve
reflejado en su letra. Habría que preguntarse por qué. Es importante que exista un Consejo
pero lejano del Estado y con capacidad decisoria. De hecho, en él el Gobierno -en especial,
Ministerio de Transportes y Comunicaciones- debe estar representado, pero significar
simplemente una minoría.

3. Existe una falta de regulación de la propiedad cruzada de medios


Tampoco se ha desarrollado el tema de la limitación de la propiedad cruzada, cuya
normativa ad-hoc ha sido últimamente muy usada, a fin de controlar cualquier tipo de
monopolio u oligopolio informativo. Esto está de la mano con la imposibilidad de
concentración de capitales que según la Ley es de 30% para la señal televisiva y 20% para
la radial [artículo 22 de la Ley], la cual la considero excesiva. De hecho, resulta
extraordinario que en el Perú no se haya presentado un debate que suele tener inusitada
fuerza en los países democráticos más avanzados, y es el referente a la concentración de
propiedad en los medios de comunicación y su efecto en la libertad de expresión. En los
Estados Unidos, la Federal Comunications Commission -en adelante FCC- adoptó en 1975
una regla relativa a la propiedad cursada entre televisión/radio y periódicos (‘cross
ownership of broadcast station and newspaper’) en virtud de la cual no se otorga licencia
para el funcionamiento de los primeros si lo solicitaba el propietario, directo o indirecto, de
un periódico, o si su otorgamiento podría resultar en un cerco informativo para la
comunidad en la cual el periódico se publicaba. Esta prohibición ha sido, recientemente,
tratada de modificar sin éxito, y existe una abundante literatura al respecto.

El tema es de gran actualidad en ese país, porque a pesar de dicha prohibición se ha


continuado concentrando la propiedad en los medios, lo que ha dado lugar a un fuerte
debate dada la menor diversidad de opiniones ofrecidas y el menor uso de las fuentes
informativas, habiéndose privilegiado la rentabilidad sobre la diversidad y haciendo cada
vez mas difícil la expresión de lo local. Las cifras de concentración en los Estados Unidos
son muy relevantes de lo señalado. El carácter oligopólico del mercado televisivo ha sido
puesto de manifiesto y agravado por los grandes conglomerados que controlan los medios y
cuyo número no supera al de veinte, dominando el mercado de la información y las
telecomunicaciones, haciendo muy difícil la aplicación de la legislación anti-trust. La
transmisión de los hechos de guerra y otros acontecimientos parecidos han sido, como es de
dominio público, manipulados por esas grandes cadenas informativas.

Sobre esta materia, la Corte Suprema de los Estados Unidos ha tenido ocasión de
pronunciarse en el caso FCC vs. National Citizens Committee for Broadcasting, señalando
que el propósito de la regulación que impide la concentración entre periódicos y estaciones
de televisión en la misma localidad, es ‘to promove free speach, not restricted’, esto es, dar
ocasión a que se presenten a los ciudadanos una mayor diversidad de puntos de vista.

Frente a este avance en el mundo, en el Perú, el debate sobre la Ley de Radio y Televisión
se ha visto influido por las opiniones de dos diarios, El Comercio y La República, que han
adquirido con una importante empresa colombiana, el Canal 4 (América Televisión) dando
lugar a una concentración de propiedad que sería inadmisible en países más desarrollados,
aunque en el Perú no existía normativa al respecto. Esa adquisición solo puede generarnos
desconfianza al estar ambas empresas nacionales constituidas por grupos familiares con
múltiples y variados intereses. Ante esta situación, la Ley no ha señalado nada.

4. Desconoce el rol de los medios en la formación de una opinión pública libre


La política gira en torno a la relación entre gobernantes y gobernados. Para entender esta
cuestión me ayudaré del pensamiento de Sartori (Teoría de la democracia;1. Madrid, 1995).
La opinión pública es ante todo un concepto político, es decir, una opinión expuesta a la
información sobre cosas públicas que se compone de múltiples ingredientes: necesidades,
deseos, preferencias, actitudes, creencias, entre otros. En una democracia, la opinión
pública juega un rol esencial, pues un ‘pueblo gobernante’ sólo lo encontramos en las
elecciones. Éstas constatan el consenso, las decisiones de los votantes. Pero -se pregunta
Sartori- ¿cómo se llega a estas decisiones? Las elecciones computan opiniones. Pero ¿de
dónde proceden y cómo se forman? ¿Cuál es el origen de la voluntad y de la opinión que
las elecciones se limitan a registrar? Y, aunque no debemos relativizar la importancia de las
elecciones, no podemos aislar el acontecimiento electoral de todo el circuito del proceso de
formación de la opinión. El poder electoral en sí es la garantía mecánica de la democracia:
pero las condiciones bajo las cuales el ciudadano obtiene la información y está expuesto a
las presiones de los fabricantes de opinión son las que constituyen la garantía sustantiva. En
efecto, son fundamentales las condiciones en las que se desarrolla el proceso en virtud del
cual nace y se transforma una opinión pública libre; si ellas no se dan, el acto electoral
queda viciado sin remedio.

Las opiniones no surgen de la nada sino de diversas fuentes, constituidas usualmente por
élites económicas o políticas, por los creadores de opinión y también de grupos concretos
unidos por razones de familia, geografía, religión, trabajo, entre otras. Sin embargo, todo
parece indicar que en nuestros días los aportes más importantes para la formación de la
opinión pública provienen de los medios de comunicación de masas. Para decirlo en una
sola frase: el mundo es -para el público en general- el mensaje de los medios de
comunicación. Por cierto, no son éstos los únicos formadores de la opinión pública pero sí
los mas importantes, pues la cobertura que ofrecen ha crecido -en muchos países pobres
como el nuestro- a velocidad mayor que la cobertura de una educación de calidad, esto es,
una destinada a entrenar a los futuros ciudadanos en el exigente ejercicio de la razón. Así, si
bien es cierto que en algunas sociedades los sectores intelectuales y/o universitarios pueden
tener gran influencia en la formación de la opinión pública, ello no ocurre en otras, como la
nuestra, en la cual los ciudadanos están pobremente educados.

La importancia de los medios reside entonces en que se han convertido en un instrumento


esencial para entender la realidad y orientarnos en ella, al suministrarnos información sobre
lo que nos rodea de modo que la imagen que nos hacemos del mundo depende de lo que
vemos por nuestros propios ojos y a través de las imágenes, sobre todo visuales. Como
sabemos, la participación del público en asuntos públicos no suele ser significativa ni
entusiasta, mas bien, es receptor pasivo de las propuestas simples que los medios le
proponen, a los que puede oponer reparos o simplemente adherirse. Lo que debe ponerse de
manifiesto es que los medios no son transmisores inocentes de la realidad, puesto que la
información y las diversas opiniones solo son comunicables a través de un filtro, esto es,
una intervención inevitable de selección y construcción potencialmente simplificadora y
manipuladora pero en cualquier caso no meramente instrumental o de transmisión. A
superar un problema tan grave como éste, es lamentable que la Ley no haya ayudado en
nada.

C. Cuestiones de la Ley muy discutibles

Puede afirmarse que el texto aprobado de la Ley no es lo que ningún especialista o


estudioso de la materia esperaba, al representar los intereses de aquellos propietarios de
televisión y radio que no quieren ningún tipo de regulación. Por tanto, la Ley no está de
acuerdo a los lineamientos que la materia requiere según los modelos de los países
desarrollados democráticos. Hay, en consecuencia, varios puntos que merecen ser materia
de una reconsideración por parte del Congreso. En tal sentido, la Ley se presenta como
imperfecta en varios aspectos, como los que paso a exponer:

1. No se protege eficazmente la democracia


A partir de un principio constitucional de la democracia [artículo 3 de la Constitución], los
medios simbolizan la colaboración, complemento o suplencia de la representación política,
y cuya práctica pertenece a la población en general, permitiendo la verdadera formación de
la opinión pública. Por eso, se ha dicho genéricamente en la Ley que ella debe reflejar “la
defensa del orden jurídico democrático, de los derechos humanos fundamentales y de las
libertades consagradas en los tratados internacionales y en la Constitución Política”
[artículo II.d de la Ley].

Sin embargo, en ninguna parte de la Ley se observan medidas que coadyuven al


fortalecimiento del sistema, como por ejemplo, a través de la creación de franjas gratuitas
para propaganda política especialmente en épocas electorales, tal como sucede en otros
países. Tan sólo se ha previsto que “la contratación de dichos espacios debe hacerse en
igualdad de condiciones con todos los interesados” [artículo 46 de la Ley]. El tratamiento
en esta materia no corresponde con lo que la Constitución exige y requiere de la
radiodifusión.

2. No se concreta una función educativa


Sobre la base de un principio básico “el fomento de la educación, cultura y moral de la
nación” [artículo II.f de la Ley], la Ley comienza bien cuando señala que “los medios de
radiodifusión colaborarán con el Estado en la educación y la formación moral y cultural,
destinando un porcentaje mínimo dentro de su programación a estos contenidos”, pero
inmediatamente cae en una indeterminación, cuando se presta al libre albedrío televisivo,
pues dicho porcentaje “será establecido por los propios radiodifusores” [Cuarta Disposición
Complementaria y Final de la Ley], sin precisarse con claridad si existirá sanciones por su
incumplimiento. De esta manera, el cometido educativo de la radio y la televisivo de la Ley
no satisface la norma constitucional según la cual “los medios de comunicación social
deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural” [artículo
6 de la Constitución]. A ello se agrega la diaria comprobación del comportamiento de los
medios en esta materia, lo que por cierto no puede dar lugar a una visión esperanzadora.

Hubiese sido interesante la exigencia de una franja educativa de cumplimiento obligatorio,


la realización de programas dedicados a temas culturales y aleccionadores, y la
reconducción de sus actividades hacia ese fin. Existen actualmente programas que insisten
en la promiscuidad, en la miseria humana, en la chismografía, la grosería y otras tantas
carencias que deberían ser cambiadas, dicho sea todo esto, sin ningún afán de censura o de
enfermiza escrupulosidad. Tímidamente se ha tratado de superar el enfoque privatista, con
la inclusión de un horario familiar “comprendido entre las 06:00 y 22:00 horas” [artículo 40
de la Ley] con la clasificación de la programación, aún cuando se haga sin pautas claras
[artículo 41 de la Ley] y prohibiéndose la pornografía [artículo 43 de la Ley]. Esto tampoco
llega a ser suficiente por la sencilla y demostrable razón que ello hoy se incumple con
agresividad y desparpajo notorio.

3. No se protegen adecuadamente los derechos en un Estado de Excepción


Tal quehacer asignado al Estado debe tener una correlación en las normas que el Estado
desarrolle a fin de involucrar también en su labor a los propios medios. En primer lugar, el
rol que se le ha asignado a la radiodifusión durante un estado de excepción es de una
limitada asistencia pues simplemente “colaboran con las autoridades” [artículo 6 in fine de
la Ley]. Una disposición de este tipo no puede ser concebible en un país donde se requiere
de la participación de todos para superar los problemas que aquejan a la nación o parte
importante de ella, y no simplemente adoptar las medidas que consideren necesarias, según
intereses económicos concretos y coyunturales, sino tomando en cuenta las necesidades del
país a largo plazo.

Entonces, por condicionamientos históricos, la empresa de los medios de comunicación


social aparece sobreprotegida ante el Estado, adquiriendo una importancia inusitada,
inclusive frente a los periodistas. Sin embargo, ello no obsta para que no se le hayan podido
imponer diversos cometidos de estricto cumplimiento, y no valores sin exigibilidad alguna.
Los medios exigen mucho al Estado pero nada a sí mismos.

4. Colabora poco con el proceso de descentralización


Para tratar de descentralizar, la Ley va en un doble sentido. Uno respecto al Estado y la
desconcentración administrativa del Ministerio de Transportes y Comunicaciones [Sexta
Disposición Complementaria y Final de la Ley]. Otro a través de la reserva de “no menos
de un canal de televisión y una frecuencia de radio en cada banda, para su asignación a
personas naturales o jurídicas constituidas en la región” [artículo 13 in fine de la Ley].

Sin embargo, lo normado no es para nada suficiente, pues no se les reserva una parte de la
banda o canal para los propios gobiernos regionales o locales a fin de que, al igual que el
central, puedan suplir las deficiencias del sector privado en la radiodifusión, siguiendo de
esta forma una tendencia universal apoyada en desarrollos tecnológicos para dar vida a las
particularidades regionales que, en el Perú son tan singulares.

5. Permite otorgar licencias con requisitos meramente formales


Para solicitar una licencia tan sólo se requiere “información técnica, legal, económica y de
comunicación” [artículo 16 de la Ley], es decir, tan sólo se solicitan componentes de índole
administrativa. Sin embargo, la realidad que vivió el país hace que se requieran algunos
elementos más. Por lo tanto también es esencial revisar, como ya lo señalé, el
comportamiento ético de la empresa o sus directivos, su posicionamiento frente a los temas
democráticos y la capacidad financiera de los mismos. Y ello no ha sido tomado en cuenta
por la Ley.

Esta ausencia es más grave si la autorización “es de diez (10) años, computados a partir de
la fecha de notificación de la respectiva resolución y se renueva automáticamente por
períodos iguales, previo cumplimiento de los requisitos establecidos en la Ley” [artículo 35
de la Ley], es decir, prácticamente en forma indefinida, sin posibilidad de darla por
terminada. El Estado no puede arrebatarle a los ciudadanos el derecho de revocar licencias
a quienes incumplen sus deberes democráticos y buscar estar libres y pluralmente
informados.

6. Imposibilidad práctica de revocar licencias


Un tema también íntimamente ligado al anterior es el referido a la revocatoria de licencias.
Cuando se deja sin efecto la autorización [artículo 30 de la Ley] no se toma en cuenta el
respeto genérico de los valores democráticos, ni la ética pública. La Ley cae en un mero
análisis técnico, sin ir directamente al fondo del asunto. Lo mismo sucede cuando se
desarrolla el tema de las infracciones y sanciones.

Es tan claro ello que cuando se cancela la licencia es porque ha ocurrido previamente una
infracción muy grave [artículo 80 de la Ley], y ésta sólo se produce por cuestiones
sumamente técnicas [artículo 77 de la Ley] sin ir al cumplimiento de las funciones que
deben cumplir la radio y la televisión. El incumplimiento de los Códigos de Ética como una
infracción grave es una cobertura para su inobservancia. Ésta no es una materia que pueda
ser regida por tal subjetividad; por tanto, las violaciones de los deberes y las faltas deben
estar señaladas en la Ley.

7. Se desatiende de las necesidades informativas de la sociedad


Supuestamente a partir de audiencias públicas el Estado podría conocer, de boca de la
propia sociedad, los problemas en los medios. Por ende, “el Ministerio de Transportes y
Comunicaciones convoca a audiencias públicas descentralizadas cuando menos dos veces
al año, para atender consultas y recibir propuestas que contribuyan al mejoramiento de las
actividades de radiodifusión. Las audiencias públicas no se orientan a injerir en el
contenido de la programación” [artículo 7 de la Ley]. Esta opción tampoco asegura
probidad en los medios, porque al fin y al cabo no implica mejora alguna en su
administración. Se trata de una alternativa sin ninguna eficacia práctica.

8. Estudio insuficiente del monto de inversión extranjera permitida


La Economía Social de Mercado reconocida constitucionalmente se sustenta en diversos
principios, entre los cuales se encuentran la libre competencia [artículo 61 de la
Constitución], la libertad empresarial [artículo 59 de la Constitución] y la libertad de
contratación [artículo 62 de la Constitución]. Todas estas facultades poseen una
característica esencial: están limitadas. Los intereses de la nación y el respeto de la
soberanía nacional [artículo 43 de la Constitución] hacen que el tope que se ponga a los
capitales extranjeros [artículo 24 de la Ley] demande un serio estudio de factibilidad en el
caso concreto, sin perder de vista la reciprocidad.

Si hay algo que caracteriza al actual proceso de globalización económica es la abundancia


de oferta de capitales. Y si hay algo que ha caracterizado el funcionamiento de las empresas
de televisión de señal abierta y de radio en el país es el dispendio y desorden
administrativo, la dependencia de la publicidad estatal y la ausencia de reinversión.
Consentir el ingreso de capitales extranjeros en tal alta proporción sólo puede, entonces,
interpretarse como mejoría de corto plazo, en los cuales los intereses del pueblo se
encuentran ausentes. En el mejor de los casos, el ingreso de capitales extranjeros en un
mercado pobre como el nuestro, juzgado comparativamente respecto al de los países
poseedores de una auténtica industria cultural, sólo puede aceptarse en circunstancias
excepcionales que deberían ser, en cada caso, debidamente apreciadas y calificadas por un
Consejo de lo Audiovisual autónomo y atento a los intereses nacionales. De lo contrario,
nuestra radiodifusión caerá en manos de conglomerados transnacionales que por su propia
naturaleza no estarán atentos a nuestras necesidades e inquietudes sino sujetos -como ya
ocurre hoy- a sus específicos intereses mercantiles, definidos en consonancia con los
principales mercados. Sin dejar de mencionar que ya se encuentran presentes en la
televisión por cable.

9. Reconoce una mínima producción nacional y cultural


La regulación existe en el ámbito audiovisual, como en cualquier otro, en la necesidad de
imponer obligaciones para el logro de objetivos comunes o corregir anomalías.
Específicamente, las regulaciones repercuten en las operaciones cotidianas de las empresas
privadas, influyendo en asuntos tales como la entrada y salida del mercado, niveles de
competencia, permisos, autorizaciones o licencias, cuya violación puede acarrear sanciones
civiles, penales o administrativas. La actividad regulada está sujeta a vigilancia”, respecto
al objetivo perseguido por el regulador. Si son los medios, y la televisión y la radio en
especial, el lugar donde se produce el debate político, actuando como un foro de fácil
acceso, resulta del todo natural la existencia de una normativa que le sea de aplicación
específica, y que vaya más allá de la referente a la asignación de frecuencias u
homologación de equipos. Y ello porque se trata de un lugar privilegiado de transmisión de
mensajes de contenido variadísimo, no solo informativo, sino culturales, en el más amplio
sentido del término, teniendo un influjo decisivo en la educación, comportamiento, valores
y costumbres.

En este marco, el Estado debe orientar “el desarrollo del país” y actuar especialmente en la
promoción de las actividades económicas necesarias para lograrlo [artículo 58 de la
Constitución]. Por tal razón, debió incluirse un mínimo de porcentaje de producción
nacional mayor al establecido por Ley, según la cual es de “del treinta por ciento de su
programación, en el horario comprendido entre las 05:00 y 24:00 horas, en promedio
semanal” [Octava Disposición Complementaria y Final de la Ley]. Si sólo se diesen a
conocer las normas que al respecto establecen algunos importantes países democráticos,
podría apreciarse la indiferencia que la Ley expone en tan importante materia.

10. Refleja una excesiva confianza en la autorregulación


De lo que acabo de expresar, es lógico recordar que están o han estado procesados por actos
de corrupción José Francisco Crousillat Carreño y José Enrique Crousillat López Torres;
Manuel Hugo Delgado Parker y Ernesto César Schütz Landázuri; Julio César Vera Abad;
Mendel Winter Zuzunaga y Samuel Winter Zuzunaga; y, Genaro Delgado Parker. Todos
ellos propietarios de canales de televisión. Por eso, no parece tan apropiado que se dé tanta
fuerza a los Códigos de Ética, y que no se pongan parámetros mínimos para su emisión
[artículo 34 de la Ley], tanto así que una infracción grave la constituirá su incumplimiento
[artículo 76 de la Ley]. Es plausible requerir un autocompromiso de los propios medios,
pero no de la manera tan abierta y genérica como la impuesta por la Ley.

En la ley se otorga extraordinaria importancia a los Códigos de Ética como voluntaria


medida de autorregulación. A este respecto, conviene señalar algunos aspectos que hacen
ver la futura inoperancia de esta disposición. La base fundamental sobre la que funciona y
se desenvuelve la autorregulación se encuentra en la extendida y sólida convicción de que
son normas comunes de contenido moral, mas exigentes que las de nivel legal, las que
deben regir las relaciones comerciales o de otra naturaleza. Por ejemplo, en Inglaterra mas
del 90% de las denuncias en el ámbito publicitario tienen conclusión a nivel de tribunales
creados a base de códigos suscritos por las empresas vinculadas a esa actividad y a los
anunciantes. La simple observación al comportamiento de los propietarios de las estaciones
de televisión abierta y su conducta cotidiana nos hacen ver la imposibilidad de usar esta vía
a la cual se le asigna un valor extraordinario, con el propósito de evadir la aplicación de la
normativa legal y las exigencias constitucionales.

De otro lado, resulta extraordinario las campañas de presión dirigidas a consolidar la idea
de que debe ser el Ministerio de Transportes y Comunicaciones y no un Consejo de lo
Audiovisual quien otorgue los permisos y licencias, tal como ya se explicara. Ello no sólo
significa por parte de los propietarios de los medios un profundo desprecio a los ciudadanos
peruanos considerándolos incapaces de gobernar un Consejo independiente, sino al mismo
tiempo el otorgamiento de facultades a un organismo público, probablemente con la idea
que es mas fácil ‘gobernarlo’ de acuerdo a las prácticas tradicionales de presión al Estado y
de incumplimiento de las misiones fundamentales de los derechos fundamentales. Y no
puede dejarse de mencionar la incomprensible conducta de muchos parlamentarios a este
respecto.

En consecuencia, si bien era necesario legislar el tema de la radiodifusión, también lo era el


conocimiento de la verdadera realidad en la cual están imbuidos los medios, sin dejarse
apabullar por la fuerza de su poder. Pese a ello, el Congreso no pudo resistirse ante la
tentación, y ha terminado haciendo una Ley a la medida de quienes están en el negocio, con
muy poca preocupación por la salud pública del país y por el interés de la población
peruana. A través de ella, creo que se demuestra que una amplia mayoría de parlamentarios,
al parecer más preocupados de aparecer en los medios y distantes de su rol como
representantes de la población, han tenido un comportamiento francamente lejano a los
intereses del país y al funcionamiento del sistema democrático. Queda claro que la Ley de
Radio y Televisión debió ser fruto de un consenso muy acentuado, para así poder responder
a las demandas tecnológicas futuras y reafirmar la identidad nacional y poner límites claros
a los capitales extranjeros. Por las razones de observación presentadas, la Autógrafa de Ley
amerita ser devuelta al Congreso de la república para su revisión.

Aprovecho la oportunidad para expresarle los sentimientos de mi


consideración y estima personal.

Atentamente,

Baldo Kresalja R.
Ministro de Justicia