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Diez cláusulas sobre la poesía en el vallenato

Por ALBERTO SALCEDO RAMOS

I) La meca de la parranda:

Miguel López, uno de los más notables intérpretes del acordeón,


lo explica con una metáfora sencilla: el vallenato y la parranda son
inseparables como la uña y la carne.
Luis Mizar, poeta de Valledupar, considera que, posiblemente,
lo primero que se nos viene a la memoria cuando se menciona la
palabra “vallenato”, es la parranda.
“Yo parrandeo, tú parrandeas, él parrandea, todos
parrandeamos”, bromea, con una sonrisa maliciosa.
Y, ciertamente, en los departamentos del Cesar y La Guajira,
cunas de este folclor, todos parrandean. O casi todos. En este extenso
territorio del Caribe colombiano, los hombres parecen convencidos,
como Lord Byron, de que la vida es demasiado corta para gastársela
jugando ajedrez. Por eso la viven como si se fuera a acabar la próxima
semana, pues saben que, al fin y al cabo, lo que no se va en lágrimas,
se va en suspiros.
Julio Oñate Martínez, compositor y folclorista, señala que la
parranda va mucho más allá de la juerga. No se trata, según él, de una
francachela con propósitos escapistas, sino de una celebración de la
vida. “Lo que se busca”, explica, “no es divertirse por simple placer,
sino hacerlo cuando hay una razón que lo justifique”.
¿Y cuáles son esas razones que justifican parrandear? Según el
poeta Luis Mizar, son sólo tres: la salud de la familia, la felicidad de
los amigos y ¡cualquier otro motivo! Mizar adopta después un tono
serio y dice que el primer mandamiento del decálogo parrandero es
ganarse a pulso el derecho a celebrar. Por ejemplo, laborando a sol y
sombra cuando toca, o cumpliendo sagradamente todos los deberes.
En muchas canciones clásicas del folclor vallenato – recuerda el
investigador Tomás Darío Gutiérrez – figura esa correspondencia
entre el trabajo y la parranda.
Ay, por eso, no me importa que diga la gente

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Que yo soy un borracho perdido
Sólo quiero que tengan presente
Que trabajo y que a nadie le pido. (Soy parrandero y qué, de
Lenín Bueno Suárez).

Yo soy el campesino parrandero


Que voy el domingo al pueblo
A buscar una diversión
Para sacarme un poco este sudor
Que nos atormenta a los montañeros. (Campesino
parrandero, de Hernando Marín).

Gutiérrez observa que la parranda cumple, además, una función


terapéutica que permite valorar la vida aun en las circunstancias más
difíciles. Eso, advierte, también consta en los cantos.

Este es el amor amor


El amor que me divierte
Cuando estoy en la parranda
No me acuerdo de la muerte (El amor amor. Canción del
folclor)

La parranda, declara el compositor Pedro García, es un asunto


más serio de lo que muchos suponen. Para empezar – dice – genera
empleo. Cita, por ejemplo, el caso de Elvira Sierra, quien durante
cincuenta años se ha ganado la vida cocinándoles sancochos a los
bebedores de la región. Menciona también a los vendedores de licor y
a los músicos, gente que le debe sus ingresos a la fiesta.
En esencia, se considera que la parranda es una exaltación de la
amistad. Lo que se busca es interactuar con los amigos, compartir con
ellos las buenas y las malas noticias: la suerte de las cosechas, el
crecimiento de los hijos, la salud del compadre, el advenimiento del
amor o el nacimiento de una nueva canción. Los asistentes se ubican
en forma circular, preferiblemente en el patio, alrededor de un
conjunto musical. Entre canción y canción, hay espacio para las
anécdotas y para los chimes más recientes: la fuga de la vecina rica
con el camionero pobretón, el desamor de algún fulano. A pocos
metros de la rueda festiva, hierve la olla de sancocho. Sin estos

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elementos, dice Julio Oñate en forma tajante, no se puede hablar de
parranda. “No todos los que beben en grupo están parrandeando”,
afirma. “Se necesita que haya un sentido participativo del gozo”.
En la vida común y corriente – señala Tomás Darío Gutiérrez –
hay diferencias sociales, exclusión. En la parranda, en cambio, cabe
todo el que quiere cantar. En el amplio patio donde se lleva a cabo la
jarana, bajo la copa frondosa de un palo de mango, es posible que dos
compadres distanciados desde hace años, se den, por fin, un abrazo.
La cotidianidad los separa, el festejo los aglutina.

***

El Festival Vallenato, que se celebra a finales de abril, es mucho


más que la mejor parranda del año: es la voz de la tierra, el convite de
la gracia. El encuentro se lleva a cabo en Valledupar – a novecientos
kilómetros de Bogotá --, una ciudad próxima al Mar Caribe, por donde
se supone que entraron los acordeones a Colombia. No es exagerado
afirmar que toda esta región, marginada hace algún tiempo, se hizo
sentir en el mapa a punta de melodías, valga decir, de parrandas.
Gracias a la parranda convocaron a gobernantes y turistas,
expresaron sus problemas, mejoraron la infraestructura de la ciudad y
difundieron su cultura, incluso, más allá de las fronteras colombianas.
En principio, el vallenato fue un asunto de peones descalzos y
analfabetas. Arrieros de trocha que no necesitaban fijar su voz en el
papel para protegerla del olvido. Durante mucho tiempo sus cultores
fueron discriminados. Tal y como ha ocurrido con muchas músicas
populares, se necesitó que hubiera una aprobación externa – en este
caso, del influyente político Alfonso López Michelsen y del escritor
Gabriel García Márquez, entre otros -- para que los nativos valoraran
su folclor de otra manera.
“Yo parrandeo, todos parrandeamos”, repite Luis Mizar.
“Cuando logramos que el resto del país nos entendiera y conjugara ese
verbo, otro gallo empezó a cantar”.
La parranda se extendió allende los mares. García Márquez,
quien alguna vez dijo que su novela cumbre, Cien años de soledad,
era un vallenato de trescientas páginas, recibió el Premio Nobel de
Literatura acompañado por una legión de músicos de acordeón. Carlos
Vives impuso La gota fría en el mundo. Paloma San Basilio le hizo el
coro. La Orquesta Sinfónica de Francia le sumó sus violines. Y

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entonces el vallenato, como afirma el compositor Rafael Escalona, se
fue regando como el bostezo, o sea, de boca en boca.
En la parranda nace y desemboca el vallenato. La parranda se
alimenta a sí misma. Es una amalgama de versos que da origen a otros
versos. Debajo del palo de mango, entre notas de acordeones y aroma
de chivo guisado, se renuevan los rostros y las voces. Y al final
sobreviven los cuentos y los cantos. Como quien dice, la vida.

II) Hágase el canto:

En el principio fue el canto como elemento de vida. Campesinos de


pie en el suelo entonaban coplas para ayudarse en los ásperos deberes
del monte. Cada canto era una crónica que narraba un suceso
significativo de la región: las travesías mundanas de un sacerdote al
que todos creían casto, el chismorreo que le sirve a ciertos pueblos
como ejercicio colectivo contra el tedio, o la fuga de una muchacha
rica y bonita con un muchacho pobre y feo. Esos motivos elementales,
al ser contados con gracia y precisión, adquirían una gran fuerza
expresiva. Era una música hecha para el consumo vital de sus propios
cultores: cada verso se festejaba ruidosamente en el lugar mismo en el
que nacía y en el momento mismo de su creación, y nadie esperaba
que la práctica de aquella vocación primaria le condujera a la fama o
le engordara los bolsillos. Cantaban por puro gusto. Para poner un
poco de color en la gris labranza de todos los días, y como pretexto
para departir con los amigos. Un canto emblemático es el titulado “Yo
soy vallenato”:

Yo soy vallenato de los verdaderos


De muy pura cepa y de corazón
La sangre del indio en mis venas la llevo
Con algo de negro y también de español (Yo soy vallenato. Autor:
Alonso Fernández Oñate).

III) Versos y más versos:

En aquellos tiempos los hombres estaban en comunión con su


universo y, sin embargo, vivían de asombro en asombro. En una

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región aislada, sin carreteras, sin periódicos y sin radios, los hombres
eran felices porque oían canciones y no noticias. O mejor: porque
cantaban las noticias. Lo que contaban era absolutamente humano: la
muerte del caballo preferido, la suerte de una cosecha, la búsqueda de
un amor al que se le ha perdido la pista, la enfermedad de un amigo.
Todo era importante pero nada era grave, exactamente al revés de lo
que ocurre con los informes que se transmiten hoy en algunos medios,
a través de fanfarrias que pulverizan los nervios. Entonces, como el
mundo andaba sin prisa, era posible captar lo bello y convertirlo en
noticia, valga decir, en canto: el río como fuente de inspiración, por
ejemplo; la brisa, la caída del sol, el golpeteo de la lluvia contra la
tierra desnuda. En fin: el milagro del cantor consistía en magnificar lo
simple a través de sus versos y hacerlo trascender. Se le podía cantar a
todo. A las estaciones climáticas, como lo hizo Isaac Carrillo (“el 22
de marzo/ llega la primavera”); a la mujer celosa, como lo hizo Sergio
Moya Molina (“cuando salga de mi casa y de demore por la calle no te
preocupes, Juanita”); a la sequía, como lo hizo Julio Oñate Martínez
(“de la Guajira hacia Valledupar/ no volverá a nacer el algodón”) o a
la muerte de un árbol, como lo hizo Hernando Marín (“a su alrededor
me cansé de abonar la tierra/ no valió mi esfuerzo y se muere porque
se muere”). Pero volvamos al tema del asombro: aquellos cantores
eran capaces de maravillarse con lo más simple, como lo prueban los
versos emocionados que Leandro Díaz compuso cuando Telecom – la
empresa de Telecomunicaciones -- llegó a su pueblo. Y como lo
prueba, también, ese disparate sublime que Juancho Polo Valencia le
dedicó al “lucero espiritual”, que es “más alto que el hombre” y que
siempre se esconde “en este mundo historial”.

IV) Del cuento al canto:

Los poetas clásicos del vallenato son, en esencia, seres que ven la vida
con asombro, y reflexionan sobre ella con hipérboles y metáforas, no
tanto como ornamento literario sino como una herramienta de
comunicación, que los ayuda a entenderse mejor. Este juglar es, en
realidad, un recurso defensivo de nuestra cultura para preservar al
brujo de la tribu. Es una prolongación del abuelo tribal que, en su
taburete de cuero, cuenta cuentos para no quedarse solo. Es el

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guardián de la memoria de nuestros juglares, alguien que ha aprendido
a encontrar noticias grandiosas en la vida común y corriente de todos
los días.

Compadre ya era tarde y perdí caso


Estando ya a punto de enloquecer
Agarré una escopeta dieciséis
Y a una nube le di cuatro balazos
Y los sapos tenían ronquera
De tanto cantarle al señor
Que para refrescar la tierra
Ay, mandara un buen chaparrón (El chaparrón. Autor: Julio Oñate
Martínez).

V) Una respuesta de Alejo Durán:

Para Alejo Durán, como para tantos juglares de su generación, la


mujer era la principal fuente de inspiración. Eso sí: nunca la vio como
un ser abstracto, sino como una criatura concreta que, según el tiempo,
iba cambiando de nombres y de rostros. Un día se llamaba María y al
otro, Irene.
En cierta ocasión, un periodista abordó a Durán a quemarropa y le
preguntó qué pensaba él de las mujeres. La respuesta de Durán fue
más típica de un Don Juan veterano que de un poeta. Pero de todos
modos fue sublime:
-- ¿Qué qué pienso yo de las mujeres? Eso depende de cuál de ellas
me hable usted.

VI) Del Decálogo de Rafael Escalona:

“Es que ahora hay mucho compositor preocupado por rimar corazón
con cartón y por trabajar con lo peor del diccionario en la mano. Creen
que las solas palabras que parecen elegantes hacen la poesía. No se
dan cuenta de que es más efectivo decir: ‘no me descompongas con
tus ojos fregadores’ que decir “no me mates con tus ojos angelicales”.
Dos botones de muestra de la obra del maestro, para ver cómo aplica
él lo que predica:

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“Solamente me queda el recuerdo de tu voz
Como el ave que canta en la selva y no se ve
Con ese recuerdo vivo yo
Con ese recuerdo moriré”. (Honda herida. Rafael Escalona)

Está lloviendo en la nevada


En el valle va a llover
El relámpago se ve
Como vela que se apaga”. (La creciente del Cesar. Rafael
Escalona).

VII) Del Decálogo de Alejo Durán:

“Las mujeres fueron todo para mí. Con decirle que hasta negocio
fueron, pues yo tenía que estar enamorado para seguir componiendo.
O despechado, tal vez. Porque a la hora de la verdad los temas de
componer son dos: el amor o la decepción. Lo demás es invento y a
mí no me gusta inventar. Yo no le voy a decir si debe o no debe
permitirse que un compositor invente. Los de hoy lo hacen, según se
ve. ¿No es así? Allá ellos. Si un tipo es capaz de emocionarse
cantando embustes, cosas que no han sucedido, que lo haga. Nosotros,
los viejos, preferimos cantar lo que nos ocurre. Por eso tampoco
aceptamos componer en serie, por encargos, porque nuestras
canciones tienen que ser sentidas por nosotros, no impuestas. Ah, pero
volviendo a las mujeres que uno conoció en las salidas, le digo una
cosa: hay amores de amores y amores que se quieren. Eso lo aprendí
caminando.
Cuando uno se enamoraba de verdad era un tigre, oyó, un tigre que
perseguía a la dama por donde fuera. La olía a lo lejos. La llamaba con
el silbido. Y si la cosa se ponía muy difícil, entonces uno se tiraba a
fondo, a buscarla en cualquier rincón. Lo importante era dar con ella
para saber de una vez por todas si se triunfaba o se fracasaba. Si uno
salía derrotado, por lo menos quedaba eso: haberla encontrado. Hasta
en eso nosotros éramos diferentes a los músicos de ahora, que nada
más con una llamadita por teléfono solucionan el problema. Muy fácil.
Así mismo quieren hacer con las canciones”.

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VIII) Leandro Díaz explica el origen de una de sus canciones:

Pese a ser ciego de nacimiento, Leandro Díaz es un compositor al que


le gusta describir el mundo exterior, como si lo estuviera viendo.
“Yo aprendí, desde niño, a diferenciar la sombra de los rayos del sol y
a captar lo que hay entre ambas cosas. Cuando compuse El verano,
había un árbol en la casa donde yo vivía. Era el único árbol que había
allí. Y debajo de ese árbol me ponía yo todos los mediodías, porque
corría un fresco sabroso que me hacía pensar cosas bonitas. Un día
sentí algo caliente en la cara. Quise quitármelo de encima, pero esa
cosa calurosa siguió pegada a mi cara: era el sol. Entonces descubrí
que llegábamos a la estación de verano y el árbol perdía su vestido,
como dije en la canción. No necesité verlo para contarlo, pues lo que
sentí fue suficiente. Al principio, las hojas caían en forma lenta.
Después, más rápido. Unas me caían encima y las otras rodaban por el
suelo. Yo me iba a quedar sin sombra y, sin embargo, eso no fue lo
que me dio una gran tristeza. Lo que me puso triste fue pensar en el
parecido de ese pobre árbol con el destino del hombre”.

Vengo a decirles compañeros míos


Llegó el verano, llegó el verano
Ahora se ven los árboles llorando
Viendo rodar su vestido. (El verano. Leandro Díaz)

IX) El viejo Mile y las mujeres:

Fragmento de un diálogo con el compositor Emiliano Zuleta Baquero,


más conocido como el viejo Mile, legendario compositor de la
canción La gota fría.

-- Las mujeres -- suspira, relamiendo cada palabra--. Las mujeres.


Cosa linda en la vida.
-- ¿Tuvo muchas?
-- Caramba, mijito, yo tuve de ochenta mujeres para arriba, porque fui
travieso. Y si hubiera sido joven en esta época, hubiera tenido muchas

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más, porque ahora la mujer es más fácil y más silvestre. La mujer de
ahora es mango bajito.
Zuleta se agarra la barbilla con los dedos índice y pulgar de la mano
derecha:
-- Las mujeres antes escaseaban -- dice.
Casi en seguida, y sin ninguna transición, el semblante reflexivo da
paso a un engreimiento de pavo real. Entonces, lleva su desvergüenza
hasta el extremo de protestar porque en una situación tan ventajosa
como la actual, “cualquiera es mujeriego”.
-- Antes – añade -- los únicos mujeriegos éramos los acordeoneros y
los choferes. Y con tanto estorbo que ponían los padres de las
muchachas, era mucho mérito que uno fuera capaz de conquistarlas y
llevárselas. En cambio ahora es más fácil. Yo veo que las mujeres se
les meten a los nietos míos en el cuarto y ellos son los que tienen que
quitárselas de encima, oyó, como si estuvieran espantando moscas.
-- Cuidado lo oyen las mujeres llamándolas “mangos bajitos” y
“moscas de espantar”. Lo van a linchar, maestro.
-- A mí me enseñaron que patada de yegua no mata a caballo. Las
mujeres tienen que hacerme es un monumento, porque bastante que
las he querido. Yo digo como los viejos de mi pueblo: desde la madre
de Jesús para acá, que vivan todas las mujeres. Si no fuera por ellas,
¿qué hombre trabajaría? Ellas son las que nos hacen a nosotros en
todo sentido. Que viva la mujer que lo parió a usted y la mujer que me
parió a mí. Que vivan las hijas del ministro, las hijas del carpintero y
las hijas mías. Todas, todas ellas. Que no se mueran nunca, que Dios
no nos haga la maldad de llevárselas.

X) Y otra vez los versos:

El vallenato ha producido compositores narradores como Rafael


Escalona, reflexivos como Leandro Díaz, líricos como Rosendo
Romero y Gustavo Gutiérrez, costumbristas como Máximo Mobil,
beligerantes como el viejo Emiliano Zuleta, contestatarios como
Hernando Marín, elementales como Juancho Polo Valencia, profundos
como Adolfo Pacheco. Antes de que surgieran las voces andróginas de
hoy; antes de la invasión de acordeoneros afectados que no parecen
tocar su instrumento con dedos recios sino con una plumita de ganso;

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antes de que las composiciones se volvieran una mezcla insufrible de
novelita rosa con balada – papel higiénico de empleadas domésticas
desarraigadas – el vallenato era una música genuina y vigorosa. Nada
de melcochas, ni de paños de lágrimas, ni de palabras escogidas de
afán en los basureros del diccionario. Se trataba de contar historias.
De cantarle a la tierra mojada, al cruce de los novillos por el playón, a
la leche espumosa que se apura al pie de la ubre, al compadre
resentido por el bautizo aplazado, al sacerdote que pontifica aunque se
haya robado los trastos de la parroquia, a la pezuña que deja una
huella en forma de corazón, al lucero que es más alto que el hombre,
al enamorado que espera hallar a la novia perdida, mediante el recurso
cándido de describir sus cejas encontradas; al sol, que es viejísimo
pero todavía alumbra; a la hembra que mueve el caderaje, para que
Dios se sienta engreído; a la víspera de Año Nuevo, estando la noche
serena; a la hamaca que es más grande que el Cerro de Maco; al
jornalero que apenas tiene una camisa, pero sabe usar la brisa como
sombrero.

Dice Zuleta Baquero


El hijo de la vieja Sara
Me dicen que ya estoy viejo
Pero no estoy viejo nada
Yo estoy como una naranja
Viviendo a sol y sereno
Recibo los aguaceros
Prendido del mismo ramo
Y aunque se estremezca el palo
Nunca arrastro por el suelo. (Con la misma fuerza. Emiliano Zuleta
Baquero)

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