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A. AFI.ALo, A. ARENAS, M.-H.

BROUSSE,
G. CLASTRES, A. A. FRYD,
DI CIACCIA,
F. LEGUIL, H. MENARD, A. MERLET, D. MII.LER,
J.-A. MIU.ER, J. RAvARD, A. SlEVENS,
M. STRAUSS, R. WARIBL

LA ENVOLTURA
FORMAL DEL SINTOMA

MANANTIAL

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EDICIONES MJ\NJ\Nl'IJ\I.
I
SINTOMA Y ENVOLTURA
FORMAL
FUENTES Y 1RADUCTORES

Los textos de J.·A. Miller y M.·H. Brousse fueron publicados en las Ac·tcs de
l"Ecole de la Cause freudie~ne, N 9 IX. Lesfonnes du simp!ürne, y trnduc:ldos por
Irene Agoff y Adrlana Torres respectivamente.
REFLEXIONES SOBRE IA ENVOLTURA
FORMAL DEL SINTOMA

Jacques-Alain Miller

¿Existe algún psicoanalista que prescinda del concepto de síntoma o


al menos no tenga la noción práctica de este concepto? No lo creo. Aun-
que podamos pensar que se prescinde fácilmente del de estructura,
aunque hasta podamos dudar de que las estructuras clínicas sean
es true turas estancas -y de hecho en toda un área de la práctica del psi-
coanálisis se cree en una suerte de continuo clínico. se multiplican los
casos borderline, se habla de estados y no de estructura-, la noción de
síntoma, por el cont::-ario, aparece como básica, como verdaderamente
elemental. En cierto modo responde a la conciencia natural, a la filo-
sofia espontánea del terapeuta o del médico, puesto que es constitu-
tivo de Ja posición médica el referirse a la noción de armonía, de lo que
funciona perfectamente en conjunto, de lo que anda en consonancia.
y aquí el síntoma aparece como lo que perturba esa armonía, la alte-
ra. la destruye. Así pues, no hay síntoma sin la referencia a cierta sin-
fonía que se vería perturbada por una disonancia, por la aparición de
un accidente. Este es el valor griego de sumptóma -que curiosamen-
te conserva el sun de la síntesis, de la reunión, del conjunto-, o sea de
Jo que se produce junto y coincide. El síntoma lleva consigo esa con-
notación médica, esa conexión con la armonía, e inevitablemente
cambia de valor cuando ya no se lo aborda desde la posición médica
sino en el discurso analítico.
Admitimos que en este discurso ya no está articulado con una ar-
monía supuesta sino con una referencia de otro orden que sin embar-
go podemos considerar completamente contraria: el síntoma cambia
radicalmente de sentido cuando se lo vincula no ya con una armonía
sino con una disarmonía, es decir, lo que abreviamos llamándolo
castración. Podríamos decir que el síntoma, en el psicoanálisis, es ar-
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mónico con la castración. Y esto es lo que crea problemas para aislar


el ser del síntoma en el psicoanálisis_ Para decirlo rápidamente y con-
cluir esta introducción: no podemos aislarlo más que como un ser
hablante, el ser hablante del síntoma. Abreviemos diciendo: el hablan-
teser del síntoma.
Hace poco tuve ocasión ele decir ele qué modo podíamos atrapar en
la práctica al hablanteser del síntoma, y ello partiendo de Lacan. Lla-
mé a esta intervención "Síntoma y fantasma", y no hubiera pasado ele
ahí si Jacques Adam no me hubiese pedido que hablara en estas Jor-
nadas, cosa que hago gustoso porque me dije que iba a aclararme una
expresión de La.can que ejerció sobre mí una seducción particular. una
suerte de armonía especial, la de "envoltura fom1al del síntoma"_
Aunque haya indicado en el programa la referencia exacta ele esta
expresión en la compilación de los Escritos, es sin duela conveniente
que la sitúe en su contexto_ Aparece en la recordación que hace Lacan
de sus antecedentes, especialmente psiquiátricos, y de aquello que lo
condujo, para decirlo en pocas palabras, de Clérambault y Kraepelin
a Freud y de la necesidad -término que él emplea- que lo llevó al psi-
coanálisis. La razón que da Lacan es precisamente esa "fidelidad a la
envoltura formal del síntoma". Hace de ella, pues, su acceso particu-
lar, prtmero, en cierto modo ortginario al discurso analítico, y esto por
la razón de que esa "fidelidad a la envoltura fonnal del síntoma, que
es la verdadera huella clínica[ ... ], [lo condujo) a ese límite en que ella
se invierte en efectos de creación". Sigue una referencia a los escritos
literarios del caso Aimée, que fue el de la tesis ele Lacan.
Hay empero algo muy sorprendente en esta articulación, postula-
da casi sin mediación entre el síntoma y la creación y mucho antes de
"Joyce le symptóme". Pues parecería que nada dista más ele! síntoma
que la creacióP parecería que el sujeto padece el síntoma, que en él
es pasivo y no creador. En el síntoma es patológico, mientras que en
la creación es demiurgo, si puedo expresarme así. Un punto de vuelta
al inicio -ya que esto es lo que Lacan evoca en la frase mcnclonada-
es un puntodesdeelcual uno da media vuelta, en sentido opuesto, por
el mismo camino.
¿De qué modo articular el síntoma y los electos de creación, como
vuelta al inicio, el síntoma, que parece ser un estado degradado del
sujeto, y la creación, que parece en cambio un estado sublime'? Digo
sublime pensando en la categoria ele sublimarlón. Pues bien, ésta es
precisamente la cuestión que se plantea, la ele la articulación como
contramarcha del síntoma en sublimación.
lA ENVOLlURA FORMAL DEL SINTOMA 11

Hoy no voy a responder a esta cuestión pues es preciso que esta-


blezca previamente algunos jalones. es preciso que trace las coorde·
nadas cartesianas del síntoma. sus dos ejes, de los que se puede decir
que Lacan desplazó el acento del uno al otro a lo largo de su enseñanza:
el eje del mensaje y el eje del goce.
El síntoma analítico, ¿es un mensaje o un goce, una manera de
gozar? Creo haber demostrado ampliamente en mi curso que el abor-
daje de Lacan se desplaza de una definición a la otra, que en "Función
y campo de la palabra y del lenguaje", el síntoma es abordado como un
mensaje, y que en su seminario "RSI", por ejemplo, lo sitúa como una
manera de gozar. Curiosamente, éste es un trayecto que repite el de
Freud, quien partió de 1síntoma histérico como interpretable y llegó a
la reacción terapéutica negativa, al masoquismo primordial y a la pul-
sión de muerte, es decir a la cuestión de aquello que se satisface, de
una manera cerrada, en el síntoma. No voy a reiterar esta demostra-
ción, hoy ampliamente conocida, pero puedo intentar ilustrarles con
una anécdota -elevada, si puedo, al apólogo- cómo puede ser posible
gozar de un mensaje.
El ejemplo que voy a dar es muy reciente, data de ayer por la tarde
y no sucedió aquí, puesto que falté a las charlas de la tarde ya que tuve
que visitar a mi abogado y por motivos sumamente ligados a la
enseñanza de Lacan: incluso podña decir: a su envoltura formal. Y co-
mo durante nuestra conversación pensaba constantemente en lo que
iba a decir aquí respondiendo a la invitación de Jacques Adam, paso
a exponerles lo que se me ocurrió.
¿Por qué fui a ver al abogado en vez de estar aquí? Lo hice porque
voy a presentar una querella. ¿Qué me pasa que quiero presentar una
querella? Cabe señalar que presentar una querella es ya un grado más
del quejarse.• Me pasa que hay gente que hace cosas que me disgus-
tan, cosas que me producen, diré, un displacer. Mi queja está regida,
pues, por el principio del placer. ¿Qué es lo que hago entonces? Como
soy civilizado, recurro a un abogado, es decir a alguien que va a ha-
blar por mí, que va a hacer pasar esa queja. debida al displacer que
experimento, al grado de presentar una querella. ¿Y en qué consiste
presentar una querella? Precisamente en que este abogado va a for-
malizar mi queja.
* La relación entre "querella" y "queja" es más manifiesta en francés. En
efecto, porter plainte es "presentar querella", plainte es "queja" y se plaindre,
"quejarse". Obsérvese que en castellano, una acepcon de "querella" caída en
desuso es Igualmente "queja". [N. de T.J
12 JACQUES-1\L/\IN MILLER

Las formas de la queja son formas prescrlptas, previstas por el de-


recho. El formulará entonces mi queja en términos que puedan ser en-
tendidos por Jueces. El es el operador que hará hablar a mi queja en
el campo del lenguaje del Otro. El convierte esta queja que emerge des-
de el fondo ele mi displacer, en un mensaje, del que podemos decir sim-
plemente -y tocio el mundo lo comprende- que será emitido desde el
lugar del Otro y en su lenguaje. A partir ele mi queja, a la que se le han
puesto las formas convenientes, he aquí que yo voy a existir de una
nueva manera en el campo del Otro, y en una forma constituida, lo que
además en ese campo se llama "constituirse en parte civil". Y obser-
ven bien que esa forma constituida en el campo del Otro del derecho
es una forma completada, ya que en él no puedo existir sino represen-
tado por un abogado, por alguien que habla por mí en las formas del
Otro. En este orden, no me hago sujeto sino acoplado con un abogado.
Además esto permite distinguir entre sujeto e individuo: si varios incll-
viduos se constituyen en parte civil, forman un único sujeto Jurídico.
Esto en cuanto a la forma del mensaje, en cuanto a la transforma-
ción de la queja en forma constituida en el campo del Otro. Al mismo
tiempo, por supuesto, esta formalización desnaturaliza mi queja, por-
que está Jo que se puede decir y lo que no se puede decir, hay una lógica
propia del Otro que se impone ante ustedes y que coagula, fija vues-
tra queja. Y entonces ella sigue su curso.
Pero hay algo más en esta formalización de la queja. Es que mien-
tras vuestro abogado filtra, formula, formaliza vuestra queja, ustedes
se percatan de que en alguna parte esto los satisface. En el proceso
mismo de formalización, y mientras que nada de vuestro displacer ha
sido reparado, mientras que vuestro displacer sigue ahí, motivando
todo el asunto, en alguna parte ustedes ya están contentos, contentos
de que se ponga en forma vuestro displacer. Ustedes están contentos,
por decirlo así, en infracción al principio del placer. Quizá de este modo
puedan comprender cómo es que la fonnallzación del mensaje, e in-
cluso su cifrado juñdico, produce un goce o, para ser más exactos, un
plus-de-gozar arrancado, sonsacado al displacer mismo a través de
esta formalización. Lo que acabo de exponer es tan sólo una anécdota,
destinada a ilustrar la conversión del mensaje y de su formalización
en goce. Diré más: la verdad de la queja moviliza el saber del derecho,
y este saber trabaja para un goce.
Veamos otro ejemplo que sigue la misma dirección, lo que hace
unos años vi practicar en Senegal en un villorrio de curanderos. ¿Có-
mo curan éstos, tradicionalmente? Inscriben ciertas fórmulas en unas
LA ENVOJ:IUHA FORMAL DEI. SINTOMA 13

pequeñas cintas -fórmulas que pueden ser coránicas, por ejemplo-,


después las disuelven en un vaso ele agua, y ustedes toman este bre-
ba.Je, que los cura. Esto es del mismo orden que el presentar querella,
aun si la operatividad es más Inmediata y quizás hasta de un orden
más elevado.
También pueden encontrar esta conversión en el libro del Apocalip-
sis, que fue soberbiamente ilustrado por Durero. cuya obra se repro-
duce en la tapa del NQ 16 ele Ornicar?: "Luego la voz del cielo que había
oído me habló de nuevo: 'Ve a tomar el librito abierto en la mano del
ángel de pie sobre el mar y sobre la tierra'. Entonces ful a rogarle al án-
gel que me entregara el librito y él me dijo: "Toma, cómelo, te llenará
la entrañas de amargor, pero en tu boca tendrá la dulzura de la miel'.
Tomé el librito de la mano del ángel y lo engullí. En mi boca tenía la
dulzura de la miel, pero cuando lo tragué llenó mis entrañas de amar-
gor". Esta es también una referencia de Lacan, de la que tal vez diré
unas palabras al final de mi intervención.

De estos apólogos. que tienen el fin de establecer los jalones de la


cuestión, voy a nuestra experiencia del síntoma y la tomo por lo más
simple, a ras del fenómeno cotidiano. ¿En qué lugar ponen ustedes la
observación que, como analistas, hacen de su paciente? Cierto día
pueden observar su palidez. sus facciones tensas o incluso su febri-
lidad, y decirse: "Hay algo que no marcha". Pueden tener buenas ra-
zones para pensarlo, pero saben que aquí no hay síntoma para uste-
des como analistas, pues todavía es preciso que él lo diga. Y cuando
reciben a alguien por primera vez, eso es lo que esperan: el relato de
lo que no marcha. Si cuenta sólo todo lo que anda de maravillas, us-
tedes se dicen que algo realmente no marcha. Hay que observar el re-
lieve del relato de lo que no marcha, ya que ése es el hablanteser mis-
mo del síntoma. El problema es que en un sentido hay una armonía
psicoanalítica, el problema es que ustedes no pueden dejar de pensar
que en el propio relato del Infortunio hay en realidad un arreglo, y que
el síntoma satisface ahí mismo donde se lo presenta como doloroso.
Esta es la paradoja que Lacan sitúa al definir la demanda como la "de
uno que sufre", en Televisión, y que él descrtbe también en Televisión,
así: "El sujeto es feliz. Esta es incluso su definición, puesto que no pue-
de deber nada sino a la suerte, a la fortuna, dicho de otra manera, y
que toda suerte le es buena para aquetlo que lo mantiene, o sea para
que él se repita". Esto implica que en el nivel al que se refiere Lacan,
donde el sujeto es feliz, el síntoma no es una discordancia sino que se
14 J/\CQUES-/\1.i\lN Mll,LER

disuelve, puesto que satisface, y satisface especialmente a la


repetición. ¿Y qué es lo que caracteriza a este nivel, a esa cierta par-
te donde el síntoma satisface? Lo caracteriza, por lo menos, el tratar-
se ele un nivel distinto del que corresponde al hablanteser del sínto-
ma, distinto de aquel donde el síntoma es hablado.
En este sentido, el síntoma, tal como se articula y vehiculiza en la
palabra que se dirige al analista. formalizado en el campo del Otro, es
una mentira. Es, si puedo expresarme así, una alegoría de síntoma;
el término "alegoría" me resulta irresistible desde que hace mucho, en
la Sección Clínica, lo oí utilizar de la manera más inoportuna del mun-
do a propósito de la angustia. El síntoma es una mentira, pero ¿qué
quiere decir esto? No que tan pronto como uno entra en análisis se
convierte en un enfermo imaginarlo, aunque el analizante se incline
a creerlo, puesto que puede creer ele buena gana que mientras esté en
análisis no le puede ocurrir nada. Decir que el síntoma es una men-
tira no es un insulto al dolor, al contrarto, es decir que el hablanteser
del síntoma pertenece a la dimensión de la verclacl, puesto que sólo ahí
se plantean lo verdadero y lo falso. Y por eso Lacan formula que el sín-
toma es verdad, "hecho de la misma madera de la que está hecha ella,
si planteamos en sentido materialista que la verdad es lo que se ins-
taura por la cadena significante". Hay que entender lo que implica es-
ta afirmación sobre el fondo de que "la verdad tiene estructura de
ficción"; basta con superponer estos dos asertos de Lacan para que
uno infiera, para su gobierno, que el síntoma tiene estructura de
ficción.
No nos precipitemos. No hay ahí tampoco insulto al dolor, y ni si-
quiera a la queja: equivale sólo a plantear que no el dolor, no la queja,
sino cabalmente el síntoma como analítico, en cuanto formalizado en
el campo del Otro, constituido como lo que se instaura por la cadena
significante. tiene estructura de ficción. Esto es lo que hace de la hls-
terta la condición propia del síntoma como analítico, hasta el punto de
que se habla usualmente, después de Lacan, de la hlstertzaclón del
sujeto como condición previa para su instalación en el discurso ana-
lítico. Pero también es lo que hace de la histeria el síntoma incurable
como tal, ya que ella es la llcción misma como sin toma -la enferme-
dad del semblante, podríamos decir-, que uno degrada abusivamente
en mitomanía, o que uno descalitlca erróneamente con el argumento
de que sus síntomas serían ficciones. Por el contrario, sólo por la hls-
terta el síntoma revela su estructura profunda de ficción, debido a que
ésta se instaura por la cadena significante ¿respecto de qui!? De ese
l.i\ ENVOLTURA FORMAi. DEI, SINTOM,\ 15

nivel donde el sttjeto es feliz, de ese nivel que podemos llamar de la pul-
sión, del nivel. digamos, del objeto a La histeria desaloja al síntoma
como ser de verdad del sujeto. ella lo desaloja de las profundidades y
lo pone en evidencia, mientras que al objeto a corno real lo trae al lugar
de la verdad, cosa que no sucede sin un vaciamiento y además obli-
ga especialmente a sumar la nada a la nomenclatura ele los objetos a
Y aquí se abre el problema de saber si el sujeto como tal no seria una
ficción. Así, al plantearlo como respuesta de lo real cobra toda su con-
tundencia.
Observen que si el síntoma tiene estructura de ficción, la posición
inicial de Lacan de que hay Mun límite donde la envollura formal del
síntoma se invierte en efectos ele creación" ya nos. resulta meno:,_¡
opaca. Pero se trata de saber cómo se articulan y distinguen ficción y
creación, que después de todo son dos modos de fabricación. Diré
brevemente que no es lo mismo ser poeta que ser poema. En el nivel
del síntoma el sujeto es poema, aun si se persuade gustoso, si es his-
térico, ele que es poeta. Pero ser poeta es otra cosa; es. diría don Pero-
grullo, producir poemas. Ser creador es producir formas, y formas que
no están ya en el Otro.

Hay en nuestra lengua una ambigüedad fecunda ele la palabra Mfor-


ma", esa palabra que La can acopla de buena gana a la de síntoma. lo
que sólo puede sorprender si confundimos la forma y la figura, ya que
eJ síntoma alteraría la buena forma que la lengua alemana distingue
como Gestalt. Ahora bien, aquí hay que entender forma como esta otré\
traducción que nos ofrece la lengua alemana, Form, que encontramos
en lógica formal. Porque si el síntoma tiene formas, son formas que es-
tán plegadas a la lógica de su vaciamiento. Y aquí el ténnino de envol-
tura formal plantea la cuestión de lo envuelto: el síntoma no es tocio
significante, y lo negativo evocado por esa envoltura formal del sínto-
ma es que él envuelve goce, materia gozan te. Lo que en consecuencia
se efectúa en el análisis, en cierto modo naturalmente, es decir
lógicamente, es un trabajo sobre la envoltura formal. trabajo que
consiste en llevar el síntoma al límite donde se vuelve agudeza. que es
cálculo.
Aquí sólo puedo ser alusivo, pero ese punto en el que se vuelve al
Inicio no es otro que el punto clave de la lógica del fantasma, aquel
donde la operación transferencia retorna al punto inicial como subli-
mación por la eliminación del sujeto supuesto al saber. Es decir que
sólo hay creación, retorno del síntoma a su punto inicial donde devie-
10 Jt.CQUES-J\l.i\lN MILl,ER

ne sublimación, en la medida en que hay atravesamlento del fantas-


ma o de lo que hace sus veces, así fuera sólo un pasaje al aclo, en la
medida en que abre la vía para que lo formal se disocie del material ele
goce que él envuelve para que este formal juegue su parlicla por su la-
do y se apreste a gozar. Esto supone que el sujeto se desprenda de la
creencia de que el Otro goza ya de su síntoma.
¿Basta decir que el sujeto es vector de lo nuevo, de lo inédito, de lo
que en el Otro no está, que el sujeto se enfrenta con la falta en el Otro?
La castración entonces sería la condición de la creación, pero enfren-
tarse con la falta en el Otro no seria menos válido en cuanto al síntoma.
I& condición de la creación es que el sujeto sepa en alguna parte gue
el Otro no existe;. ¿Pero por qué no admitir que el síntoma también es
un hecho de creación, ele creación de sentido? Y esto es lo que supo-
ne homologarlo con la metáfora. El síntoma opera en la creación: ele
ahí que siempre tiente a los analistas hacer el psicoanálisis de los crea-
dores. Pero debe advertirse que, en la creación, lo que opera es el sin-
Joma en cuanto separado del goce que él envolvía formalmente. La
obra de arte ¿es un síntoma? ¿Por qué no? A menudo se la llama pre-
sagio, signo precursor. Pero si ella es síntoma, es un síntoma pronto
a transportar, pronto a captar nuestro goce a través de los siglos. El
síntoma es goce como sentido gozado del sujeto, mientras que la obra
ofrece sentido a gozar a quien quiera hacerlo, según el encuentro.
Por eso el vaciamiento de la envoltura formal del síntoma es la
condición de la creación, en cuanto ella procede ex nthilo, como se e)f-
presaba Lacan. de la nada.
Lo que quiere decir: ¡para escribir tu libro, sabe comerte tu Dasein!
EL SINTOMA Y LA PULSION

Marie-Hélene Brousse

El síntoma es un concepto que remite a la clínica. La clínica analítica,


la que se elabora en el dispositivo freudiano, dispositivo de palabra, ha
hecho sin embargo necesaria su redefinición. No como signo de una
realidad a la que remitiría, en relación con la cual permitiría elaborar
un diagnóstico, sino corno formación de ese inconsciente freudiano del
que el psicoanálisis forma parte por constituir el destinatario. El sín to-
ma es entonces, en el discurso analítico, complementado por el ana-
lista. Es una de las vías de acceso al inconsciente del st~jelo, en tanto
manifiesta en la materialidad de la cadena significante una verdad que
se repite e insiste, de la que el sujeto está separado, pero en la que en-
cuentra, sin embargo, alguna consistencia. "Represión y síntomas son
homogéneos y reductibles a funciones de significante". 1
El los sitúa en un extremo de la experiencia analítica. En el otro ex-
tremo ubica la interpretación, señalando "el deseo al que --dice- en
cierto sentido, es idéntica". Si, como lo pensaron algunos posfreudia-
nos, las pulsiones estuvieran organizadas en estadios del desarrollo
del individuo, según una génesis instintiva orientada por una madu-
ración que no excluye eventuales fijaciones, el psicoanálisis seria una
hermenéutica.
Ahora bien, en el intervalo entre el síntoma y el deseo, están las pul-
siones en tanto son parciales, planteando la sexualidad como abe-
rrante. Esta situación de intervalo caracteriza la pulsión. De esta
situación deriva una paradoja: contrariamente al síntoma, desplega-
do fenomenalmente en los relatos de cura, así como analizado en
cuanto a su estructura metafórica, la pulsión, mucho menos presente
en la experiencia analítica, constituye sin embargo para Freud prime-
18 MARIE-IIELENE BROUSSE

ro. y luego para Lacan, uno de los conceptos fundamentales: ¿por qué,
en ese caso, fundamental?
Fundamental, dice Lacan, a título ele Jicción. Comparable en su
función con el mito (Lacan se refiere a éste en su articulo "Del Trieb de
Freud y del deseo del psicoanalista "2 como "mitos de Freucl"), el con-
cepto de pulsión es introducido para responder a una contradicción
fundamental en el psicoanálisis, contradicción que señala la ocurren-
cia de lo real. Pone por lo tanto orden en la aparición de una falta en
la estructura, verdad horrible, que él señala y cubre al mismo tiempo.
Esta contradicción central se le manifestó primero a Freud en cierto
número de fenómenos que representaron, después ele 1920, puntos de
referencia de la historia del psicoanálisis: reacción terapéutica negati-
va, problema del masoquismo originario, cuestión del final o intenni-
nabilidad del análisis. La pulsión es entonces la ficción que trata. en
el núcleo de la experiencia analítica, sobre la paradoja ele la satisfac-
ción en el sujeto: estar satisfecho no es tener aquello que su corazón
o su cuerpo necesita, pide y hasta desea. Todas las tentativas que
I..a.can estigmatiza ya en "Función y campo de la palabra y del lenguaje
en psicoanálisis"3 ele entremezclar el desciframiento del inconsciente
y la teoría de los instintos sólo son formas de enmascarar la división
entre el ser hablante y su goce. La pulsión manifiesta las consecuen-
cias, sobre el goce, de la inscripción en el orden simbólico. Es la res-
puesta freudiana a esta subversión de la satisfacción en el Bien,
respuesta cuyo origen La.can ubica en Kant. Cuando la satisfacción de
la necesidad implica el retomo de un objeto, su consumo y la repeti-
ción del mismo, la satisfacción pulsional exige la ausencia del objeto,
como causa de una Spaltung en el sujeto, y la repetición de lo diferente:
es por lo tanto despliegue ele un trayecto circular. De éste, Lacan mos-
trará que se efectúa por montaje. ya que la sexualidad no está de
acuerdo con el inconsciente. Ese montaje trata de enunciar la disyun-
ción entre la sexualidad fálica y el goce del otro lado: si bien la pulsión
sexualiza una parte de ese real haciéndolo pasar por los desfiladeros
significantes de la demanda del Otro, deja un resto: en eso, es parcial:
lo fundamental del sexo es integrable, no por la pulsión genital, es de-
cir por una libido bisexual, sino por la pars. La pulsión es entonces,
en la articulación del sujeto con la demanda del Otro, la condición del
surgimiento de la falta del Otro: S {q( ).
Aquello que justifica en consecuencia articular el síntoma con la
pulsión, sin pasar por el fantasma, es en realidad la relación privile-
giada que el neurótico mantiene con esta demanda, por la que se con-
EL SINTOM/\ Y 1..1\ PlJLSION 19

sagra a rellenar la falta en el Otro, preservando así la posibilidad de


un dominio del deseo. De esta manera hace homogéneos fantasma y
pulsión.

En un caso que los posfreudianos no hubieran tenido dilkuHad en


inlerpretar a partir de la fijación en un estadio instintivo, me gusta-
rla sacar las consecuencias de esta indicación de Lacan, y delimitar las
relaciones entre el síntoma y la demanda del Otro.
El analizante al que voy a referirme es músico. Su actiVidad profe-
sional y sentimental se ve acosada por las dudas, por una parte. y las
obligaciones, por la otra. Sea que se trate de su esposa o de su carrera.
mezcla una indeterminación que hace alternar las proposiciones con-
tradictorias ("me quedo con ella, la dejo"; "ser concertista, no, ser pro-
fesor") con una programación muy estricta de todas sus actividades,
que lo agola: programa de trabajo previsto hora por hora, programa ele
distracción, programa de comidas. Duda de tener vocación de músico,
duda de su pareja, duda ele haber elegido los fragmentos musicales
convenientes, etcétera. Estos pensamientos devoran su tiempo y las
alternativas que suscitan le impiden toda elección. Si bien al princi-
pio de su análisis se quejaba de su impotencia, se reveló bastante
pronto que se trataba en realidad de la instalación de una estrategia
del rechazo, cuya consecuencia era rechazar de su propio lado el de-
seo y transformarlo en demanda, dirigida a él. Puede, por lo tanto, ju-
gar con ese rechazo como con un simulacro de deseo que, sin embar-
go, no llega nunca totalmente a terminar en un desagrado profundo,
arraigándose, no en un fantasma, en el sentido ele una construcción,
sino más bien enjlashes que provocan en él un horror ante un goce
por él mismo ignorado; para repetir las célebres palabras: carne viva
de mujer bajo el escalpelo. boca y sexo "como imagen de una rata di-
secada en el liceo".
Pero su actividad de pensamiento compulsivo va a recaer cada vez
más sobre su carrera musical, y su vocación musical, en la medida en
que en ésta encuentra más fracasos. la duda sobre esto va a tomar la
siguiente forma: ¿estuvo acertado al elegir la música y. por otra parte,
realmente la eligió? Elección que remite a otras elecciones, ele frag-
mentos, por ejemplo. la música, efectivamente, mantiene para él su
misterio, no en la técnica, sino en cuanto al destinatario: ¿para quién
tocar? la reorientación a la que se entregaba lo volvió a llevar al
comienzo de su actividad como instrumentista, luego al momento cru-
cial de la elección de la música como profesión. Allí encontró el mismo
:w MJ\RIE-IIE:I.ENE BROUSSE

tipo de síntoma por el que está dominado hoy. Su vocación pareció


surgir de la nada durante la adolescencia y no ser más que docilidad
ante una proposición materna. Cuando algunos años más tarde, en el
momento de una elección de carrera, se impuso el olkio ele músico, Jo
hizo a partir de una confrontación agitada entre su madre y su profe-
sor. De ese conflicto, que recordaba haber organizado él mismc. sur-
gió una demanda de su profesor, que provocó la decisión. También
entonces el rechazo a satisfacer la exigencia paterna ele estudios uni-
versitarios pudo jugar como representante del deseo de hacer música.
Después siguió una identificación yoica con ese profesor, después con
el profesor de ese profesor, refor.1.ándose en el transcurrir de los estu-
dios, sin aportar nuuca sin embargo, la certeza que faltaba: el antiguo
contlicto se repite en el presente.
Se produjo un giro en el análisis, en el momento en que esa unidad
imaginaria del yo, fisurándose luego del trabajo sobre esas identifica-
ciones, le permitió hacer surgir un nuevo material significante.
Súbitamente, apareció que su interés por la música no se remon-
taba a la adolescencia. La música estaba ahi, en desorden, desde hacia
mucho tiempo. Recordó que, cuando tenía alrededor ele diez años. su
abuela le había regalado su primer instrumento ele música. El no Jo ha-
bía pedido, pero después de que se lo prometieran, lo obtuvo, a pesar
de las objeciones económicas de su madre. Recordaba haber tocado
durante horas en ese instrumento improvisaciones técnicas (especies
de escalas) monótonas, encerrado en el baño, sentado sobre el inodo-
ro, después de haber defecado, esperando con angustia, en vano, que
su madre lo obligara a salir. Lo que nunca ocurrió. Esto recuerda el
lado sin cola ni cabeza, surrealista, de la pulsión, evocado por Lacan,
en la página 154 de Los cuatro conceptos ... Sólo el cambio de instru-
mento lo hizo renunciar a esa actividad.
Allí se revela la estructura de la satisfacción pulsional que, repri-
mida, organiza el síntoma, y que puede también volver a encontrarse
en otras pulsiones: la constancia se manifiesta en una repetición sig-
nificante mínima -escalas repetidas incansablemente-que llama a la
prohibición. La demanda del Otro es central: demanda de la madre y
la abuela, ambas maniáticas del estreñimiento, demanda del otro que,
proponiendo ese instrumento, anuncia un "toca" como imperntlvo de
goce. "Lo que lleva a distinguir esa satisfacción del puro y simple auto-
erotismo de la zona erógena es ese objeto que confundimos con dema-
siada frecuencia con aquello sobre lo cual la pulsión se vuelve a cerrar
-ese objet?, que en realidad no es más que la presencia de un hueco,
EL SINTOMJ\ Y LA PULSION 21

ocupable por cualquier objeto y del que sólo conocemos la instancia


bajo la forma de objeto perdido", escribió La can en Los cuatro concep-
tos ... 4
No se trata entonces de una actividad autoerótica, y algo fracasa en
esa operación, sin tomar, sin embargo, el lugar en su fantasma de la
demanda del Otro: si, musicalmente, tiene hoy una única certeza, es
la de la belleza del sonido, belleza inmaterial, de ausencia, que él pro-
duce. Pero ese sonido permanece inmerso en una búsqueda dolorosa
de la perfección técnica, que le impide la invención de una interpre-
tación. En ese punto, el superyó gozador, en acción en la repetición
significante de esas escalas, es el artífice que continúa organizando
actualmente su síntoma, haciendo que se eternicen preparaciones sin
fin y programas nunca logrados. El deseo queda allí detenido, domina-
do por el atractivo de una fórmula de la pulsión que manifiesta su rela-
ción reversiva con la fuente y con el objeto: "hacerse jorobar", fórmula
que es su imperativo de goce.

¿Cómo separar la música de esa demanda del Otro que separa al su-
jeto de su deseo, que él mismo desconoce? Es tambié!l plantearse la
siguiente pregunta: ¿porqué un síntoma y no la sublimación? Para él,
se trata de que el objeto sea reabsorbido en la repetición significante
y así, satisfacer, por sustitución, lo más ce:rca posible del autoerotls-
mo, aquello que está reprimido, o sea la pulsión. En consecuencia, no
hay sublimación por la música, si sublimación es elevar un objeto a
la dignidad de la cosa, más allá de la gravitación significante, como
Jacques-Alain Millerlo señaló en su curso de 1983. Para que este sur-
gimiento resultara posible, tal vez haria falta que el objeto perdido se
convirtiera en esa ausencia que lo hace objeto de deseo del Otro. 5 La
reducción del fantasma a la pulsión se repile en otros lugares de las
disposiciones pulsionales: por eso, cuenta que cuando empezó a mas-
turbarse lo hizo de la siguiente manera: habiendo recibido de regalo
un equipo de "pequeño químico", metía su espenna en tubos y retortas
y los dejaba ahí, día tras día, a la vez escondidos y ofrecidos a la inves-
tigación materna. Pero en el momento de elegir estudios de química,
renunció a hacerlo.
La actividad sexual está sometida, hoy todavía, al Igual que la acti-
vidad musical, al imperativo del deber, pero no articulable con un obje-
to causa del deseo: hacer el amor, como hacer música, es un trabajo,
un trabajo a la fuerza, un trabajo de esclavo. En otras palabras, un
trabajo del que el yo fuerte puede mantenerse amo, sostenido como lo
22 MJ\RIE·HE!.ENE UHOUSSE

está por esa castración imaginaria de la que Lacan habla en "Subver-


sión del sujeto ... ". 6 A veces, sin embargo, la música deviene terrorífica:
"sobrenatural", dice: "entonces, cuando toco. es como un disco".
¿Cómo aceptar ya no mantenerse como amo ele ella. ser hecho por ella,
cómo apelar al Yo (Je) en el lugar del yo (moí)? Su relación con lacas-
tración se sil úa en ese punto: trabajar como un esclavo del significante
para seguir siendo amo del mismo, y no ofrecer al Otro la castración
que podría resultar de esto. Que el Otro podría demanclársela, indu-
dablemente tiene algunas razones particulares para estar convencido
de ello, que se despliegan en su relación con su padre. Especialmen-
te, tiene con él una deuda imaginaria: le robó en su infancia un disco,
disco que nunca pudo escuchar, hoy inescuchable, rayado; queda li-
mitado a la espera laboriosa de una certeza. Pero el Hnal ele esa espera
exige necesariamente la pérdida del objeto. por la cual la castración es
ese único medio que da acceso al deseo. No hay más salida que la cons-
trucción del fantasma en el análisis. Es el punto hacia el cual se enca-
mina, ya que está aferrado en el discurso del análisis.

REFERENCIAS lllI3LIOGRAFICAS -- ..... _____ _


l. J. Lacan, EL seminario, Libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, Scuil, París, 1972, págs. 160-16 l. Traducción española: Paidós,
Buenos Aires, 1986.
2. J. Lacan, Escritos, Scuil, París, 1966, pág. 853. Traducción cspafiola: Es-
critos, Siglo XXI, Buenos Aires, 1985.
3. J. L.,can, ob. cit., pág. 261.
4. J. Lacan, ob. cit., pág. 164.
5. J. Lacan, ob. cit., pág. 825.
6. J. Lacan, ob. cit., pág. 826.
11
EL SINTOMA, DEL SIGNO
AL SIGNIFICANTE
FUENTES Y TRADUCTORES

Los textos de A. Di Ciaccia, M. Strauss y G. Clastres fueron publicados en las


Actes de l'Ecolc de la Cause freudienne, Nº IX, Les Formes du simptóme, y
traducidos por Irene Agoff.
EL SINTOMA, DEL SIGNO AL SIGNIFICANTE
Antonio Di Ciaccia

La tesis de Lacan: el inconsciente estructurado como un lenguaje,


viene a aclarar, en relación con el síntoma, varios puntos.
Primero. que el síntoma no es un signo ele una afección sino una
expresión para ser leída, que sólo se interpreta en el orden del signi-
ficante, el cual no tiene sentido más que por su relación con otro sig-
nificante y sólo en esta articulación reside la verdad del síntoma. 1 En
segundo lugar, que la oposición de los dos sistemas psíquicos que son
origen de la formación del síntoma no es la oposición entre lo conscien-
te y lo inconsciente ni la oposición entre el yo y el ello, sino la oposi-
ción entre la cadena que representa al sujeto y el objeto que presenta
al goce. Por último, la tesis de I..acan implica además que en la cura
el propio analista es primeramente un elemento significante y un trozo
de real después, en cuyo derredor se juega el destino de un análisis.
Y por lo tanto que el síntoma y el analista están constituidos ambos
por el mismo paño significante y por la misma capacidad de lo real.
Por todo esto, aunque la metamorfosis del síntoma de signo a sig-
nificante se anuncie mucho antes del encuentro con un analista, sólo
por el significante de la transferencia se constituye el síntoma como
analítico y se hace demanda dirigida al Otro. Pero aún será preciso que
intervenga la función del deseo del analista para que el síntoma se pre-
cipite en una escansión que pueda mostrarse operativa.
Por otra parte, esta operación no tiene el mismo alcance según que
se trate de una neurosis o de una psicosis. En el caso de la neurosis,
el síntoma es el síntoma del sujeto, y por la demanda dirigida al Otro
el síntoma se encuentra capturado en el engranaje significante bajo el
báculo del Nombre del Padre. Esta operación tendrá como consecuen-
cia la construcción del fantasma, que ofrecerá al sujeto el marco don-
ANTONIO DI Cll\CCIJ\

de alojar al goce que el análisis ha desalojado del síntoma. goce que


figura, en este estadio, corno exponente de la función del deseo del
Otro. Por el contrario, en el caso ele la psicosis, el síntoma es el sínto-
ma del Otro, como lo recuerda Jacques-Alain Miller. 2 Por eso Lacan
pudo decir que el psicótico es normal. Porque el Otro es quien n {o es.
Entonces el destino de este síntoma dependerá íntimamente o sólo
del logro, siempre problemático, de poner en movimiento el ngrana-
je significante sin descarrilar, sino que depende también de hecho de
que, no estando cubierto el deseo del Otro por el Nombre del Padre, el
analista deberá inventar una cobertura ele suplencia.
Al revés de la neurosis, donde el síntoma sella la división del sujeto
respecto del Otro, en la psicosis el síntoma sella que el sujeto y su Otro
están completados, en el senllclo propio y en el figurado. En la neuro-
sis, el Otro es el agujero por donde escapa el goce del síntoma y tam-
bién del fantasma; en la psicosis, el Otro cierra para el sujeto tocio es-
cape de goce. Llegado el caso, está a cargo del analista encontrar ahí
la fisura.

Procuraré ilustrar esto con el fragmento ele ese momento de un aná-


lisis que llamamos sesiones preliminares.
Se trata de una señora de cierta edad que, la primera vez que nos
vernos, me agradecerá el haberle ofrecido la oportunidad de ser oída
y -me dice- el haberla llamado. Su respuesta a mi pregunta sobre las
razones ele su visita no recaerá -como es usual en el neurótico- sobre
los problema del amor o del trabajo, sino que será de entrada un des-
pliegue de historias ele una locura corriente. Pero a continuación. con
el correr ele las sesiones, el volumen de su voz disminuirá hasta redu-
cirse al simple movimiento de los labios. Comprobé entonces que
nunca había oído el timbre de su voz. Si en alguna ocasión elevaba el
volumen. su voz seguía siendo absolutamente áfona. Por el contrario,
sus allegados se turnaban en el teléfono para prevenirme. para pre-
guntarme, para informanne a fin de que mi saber fuese completo. Oe
este modo, de esta historia yo sólo conocia lo que se me comunicaba
sin haberlo clemanclaclo ni deseado, y que en realidad se reclucia a una
triste cronología de hechos caprichosos que habían for..mdo a la se-
ñora. desde hacía muchísimo tiempo, a frecuentar de tanto en tanto
clínicas especializadas.
En lo que respecta a la demanda que me había dirigido. yo podía tan
sólo intentar poner en música, por decirlo así, su voz áfona. A mis pre-
guntas deliberadamente ingenuas, su voz respondía perdiendo el es-
EL SINTOMA, DEL SIGNO AL SIGNIFICAN'n,; 27

caso volumen que le quedaba. Por lo demás, en los raros momentos


en que el volumen era suficientemente más consistente que los ruidos
que pueblan habitualmente el silencio de una habitación, su voz me
atribuía interpretaciones de las que mi memoria no conservaba nin-
guna huella. Sin embargo el analista, desde Freucl, trabaja con una es-
pecie ele memoria que podríamos llamar fuera de la represión, hasta
tal punto no conoce el desgaste del tiempo. Mucho después comprendí
que un analista, en todo como yo. le soltaba interpretaciones en sesio-
nes que -<lecía ella- tenían lugar en los sueños. Puedo asegurarles
que, cuando las escuché, esas interpretaciones revelaban a un ana-
lista ele profundo conocimiento y excepcional saber, lo que no era mi
caso. Esto no impedía que la clama confundiera al analista de los
sueños y al de carne y hueso. Era como si hubiera engranado con un
analista automático.
Decididamente, la perplejidad y el asombro estaban de mi lado. Me
permito hacer algunas observaciones que ilustrarán, así lo espero, mi
proceder ulterior.
Primo, en lo tocante a la voz, por lo común la vertiente significante
esconde su vertiente objeto. Hay, por ejemplo en el neurótico, una
suerte de recubrimiento del valor de objeto de la voz efectuado por su
valor significante, que, por el relevo de otro significante, sumerge al
analizan te en la alienación de la cadena y en la dependencia del Otro.
Por el contrario, en el psicótico, la vertiente objeto de la voz cobra re-
lieve allí donde, en apariencia, la voz se ausenta. El sujeto está redu-
cido al silencio y la cosa habla. Sin embargo, la voz áfona aunque
áfona. es ya una voz que se dirige al Otro y, aunque inaudible, es la fun-
ción de la voz indica que haycadenasignit1canle articulada. De ahí que
fuera preciso tratar de tomar la voz en el orden del signil1cante más que
ele dejarla caer sobre la vertiente del objeto, aunque en lugar ele un
recubrimiento apareciera una proximidad entre la voz como signifi-
cante y la voz como objeto. Por lo demás, otros fenómenos. como el
hecho de que todo le daba señales de una significación que la concer-
nía, ciaban Je de esa peligrosa proximidad.
Secundo, en estas sesiones preliminares yo estaba reducido a la im-
potencia de poder introducir a la persona en una primera localización
de su posición en lo real. 3 Esta localización es siempre necesaria para
evitar interpretar la causa del deseo antes ele que éste sea localizado
con respecto al falo. Ahora bien, a esta localización ella me oponía o
bien la vertiente objeto ele la voz, o bien un analista no encarnado, co-
mo si intentara tomar la senda de la libre asociación sin que el falo y
28 ANTONIO DI CIACCIA

el cuerpo del analista formaran parte del lote, siendo que, ele todas ma-
neras, no hay análisis posible sin falo ele un lacio y analista ele carne
y hueso del otro.
Tertio, por lo común, en el neurótico, paralelamente al recubrimien-
to del objeto por el significante, hay del lado del analista recubrimien-
to de la falta del Otro por el Otro del significante. Del Otro total al Otro
ban-ado, es el Nombre del Padre el que funciona como hilo conductor
y. en sentido propio y figurado, como parapeto, y el que permite el pa-
so del Otro del significante al significante faltan te del Otro. Por eso el
Nombre del Padre pertenece al mismo orden que el síntoma, como re-
cuerclaJ.-A. Milleren su curso ele 1982. 4 Por eso el Nombre del Padre
es el garante, para el sujeto, de que la falta del Otro sea soportable.
Paralelamente, el sujeto supuesto al saber, completando en el neuró-
tico al síntoma, haciéndolo apto para ser descifrado. haciéndolo signo
para alguien o para un saber. oculta, al mismo tiempo que revela, el
enigma del deseo del Otro. Este enigma es el que provocará la meto-
nimia desean te del analizante, pero también el que la detendrá sobre
la metáfora que equivale a la causa ele ese deseo. Ahora bien, en esta
cura los dos aspectos del Otro, que por lo común se recubren y que el
análisis separa, estaban de entrada disociados. Con la consecuencia
ele que por un lacio la certeza delirante habría podido ocupar el lugar
ele la suposición del saber, y que por el otro lado el deseo del Otro, en
vez ele mantener su enigma, habría podido ciar consistencia al Otro
perseguidor.
Quarto, por lo común, a la demanda que se dirige al analista éste
responde, para poner al síntoma a trabajar, con otra demanda que no
esen absoluto simétrica a la primera. En efecto, el analizan te. median-
te su demanda, se dirige a un saber para ser librado de su síntoma,
mientras que la demanda del analista, que se presenta en general en
forma de un imperativo, concerniente por ejemplo a la regla analillca,
oculta y disimula el deseo del Otro e impide así el surgimlen to de la an-
gustia que vendría a responder a ella. De esta manera la demanda del
analista preserva y mediatiza el advenimiento del enigma del deseo del
Olro. Por supuesto, esla demanda del analista. para que medial Ice esa
relación con el deseo del Otro sin obstmirla, no debe en ningún caso
transfonnarse en enunciado del deseo de un analista, pero es preci-
so que, al enunciarse, ella derogue al cleseante abriéndolo a la función
del deseo del Otro.
En el psicótico, por el contrario, la demanda del analista no llega a
mediatizar el enigma del deseo del Otro. En efecto, o bien esta ciernan-
EJ. SINTOM/\, DEL SIGNO /\L SIGNIFIC/\N·m 29

da no se reenlaza con el Otro del psicótico. y en este caso el analista


está excluido de la relación delirante entre el psicótico y su Otro, o bien
esta demanda pasa a ser el enunciado mismo del deseo del Otro con
el riesgo de que el analista resulte idéntico al Otro perseguidor.
Si en psicoanálisis la estrategia es siempre coactiva, en el análisis
con psicóticos también y en cuanto a la táctica la capacidad de
maniobra es escasa. Se hace menester entonces que esa pmclencia
que menciona Lacan y que permite, desde Aristóteles.5 calcular el
impacto en la realización de lo contingente en lo particular, indique la
política a seguir, no para una técnica del hacer sino para una ética del
acto.
De este modo al final de una sesión, en la puerta. le pedí que me
fuera a buscar leche y cigarrillos. Fue preciso que al final de varias se-
siones le repitiera es ta extraña demanda y que las cajas se apilaran sin
ser abiertas ni utilizadas para que finalmente ella me dijera, sin tim-
bre en la voz: "Usted no necesita leche ni cigarrillos. Usted quiere decir-
me algo". "Eso no impide que vaya a buscármelos", le repliqué.
El enigma estaba por fin de su lado. Esta extraña intervención ello
lugar a vanos efectos. Primero, el de restituir la voz al sujeto, aunque
la señora siguiera emitiendo una voz Mona. Después, que a partir de
ahí la señora comenzó a hacenne oír lo que le sucedía desde hacía mu-
cho tiempo. De este modo el engranaje significante pudo ponerse en
movimiento para un analista de carne y hueso, y en el a posterior! pude
constatar que el desfile significante había tenido el poder de domes-
ticar un cierto goce con la C'Onsiguiente separación del objeto respecto
de la cadena. No comentaré ahora ni el trabajo de la libre asociación
ni la separación del objeto.
Me limitaré a dos observaciones. La primera será el estatuto ele sin-
toma concerniente a la voz. En el caso de la neurosis, la falta de voz
habría podido ser movilizada sólo a través del trabajo de la asociación
libre, que habría hecho aparecer el nexo con otro material y. en última
instancia, con el material reprimido. En este ejemplo, por el contrario,
la falta de voz era el resultado ele la relación del sujeto con su Otro, que
por su parte hablaba y la reducía al silencio.
Segunda observación. Esa palabra es restituida pues al sujeto por
la intervención del analista, porque éste viene a descompletar a lapa-
reja delirante. En ese espacio entreabierto, será la presencia del ana-
lista lo que funcionará desde entonces como tercero entre el sujeto y
su Otro. Era como si de un lado, se hubiese abierto una fisura en el
Otro delirante y. de rebote. del otro lado, al sujeto psicótico le llegara
30 ANTONIO DI CIACCIA

una pregunta. Así pues, la inteivención le había fabricado una pre-


gunta al st~jeto. una pregunta que recaía, sin dejar de disociarlos, so-
bre la relación entre el Otro y el goce.
Por supuesto, si bien esta inteivención volvía a poner en carrera al
analista evitándole al mismo tiempo prestar su piel al Otro persegui-
dor, ella facilitaba no obstante a la señora establecer con su analista
una relación ele erotomanía, que es -si puedo e..'Cpresarme así- una es-
pecie de concreción del fantasma. Esta relación erotomaníaca es lo
que permite al psicótico -como decía Michel Silvestre-6 tener una c:er-
ta gestión ele su goce.

REFERENCIAS BII3LIOGRAFICAS

l. J. Lacan, Escritos, Scuil, Pmís, 1966, págs. 234-235.


2. J.·A. Millcr, curso del 20 de abril de 1983.
3. J. Lacan, Escritos, ob. cit., pág. 596.
4. J.-A. Millcr, clase del 13 de enero de 1982.
5. Aristóteles, Etica a Nicómaco, cap.VI.
6. M. Silvestre, Actes de I' ECF, IV, pág. 57.
EL SINTOMA EN lA CURA

Marc Strauss

Partiré de la cuestión siguiente: ¿de qué modo podemos diferenciar los


síntomas neuróticos del síntoma del neurótico en análisis? ¿Qué
caracteriza a esta operación de singularización donde pasarnos del
plural de los síntomas a su singular? Apuntemos de paso que a me-
dida que avanza la teoría éste no es el único concepto que sufre esa
transformación: Freud pasó de las transferencias a la transferencia,
los fantasmas se convirtieron en el fantasma, fundamental, llegado el
caso.
En cuanto a los síntomas de los neuróticos, sabemos que resaltan
a partir del enfoque de las formaciones del inconsciente, Jo cual los
hace tan interpretables como los sueños, lapsus y chistes. Correspon-
den a esa lógica del significante que Lacan formalizó basándose en tres
trabajos freudianos que le sirvieron de referencia: La interpretación de
los sueños, El chlstey Psicopatologiade la vidacotidianaen los que, es-
pecialmente en los síntomas, los ejemplos pululan. A un síntoma le co-
rresponde la interpretación que desprende sus sobredeterminacio-
nes, los nudos significantes que los constituyen. Se trata del síntoma
en cuanto se complementa con el Otro, el Otro pleno del significante,
por mediación del sujeto supuesto al saber, saber la significación. Es-
te tipo de interpretación puede practicarse en beneficio o a expensas
de quien quiere prestarse a ella, un Joven latinista llegado el caso, y
puede practicarse asimismo en la clínica.
Lo que aquí quisiera desarrollar es que estos síntomas, estas for-
maciones del inconsciente, levantados por una interpretación en la
transferencia puesto que el sujeto supuesto al saber es moviliw.do, se
distinguen en un punto esencial de lo que podemos llamar el síntoma
32 M/\HC STRAUSS

en la cura. Mi insistencia en la interpretación que levanta el síntoma


anuncia suficientemente que situaré mi exposición del lado del sínlo-
ma como incurable.
Pero antes de abordar con un ejemplo este punto, me gustaría evo-
car, como contrapunto, uno de esos casos de curación maravillosa dig-
na de los primerísimos tiempos del análisis, esos primeros tiempos
cuya desaparición ciertos analistas lamentan.

Se trata de un joven de unos veinte años que había pasado tres se-
manas en un servicio de neurología por una hemiplejía presentada
cuando iba a salir de la prisión donde lo habían encarcelado por una
malversación menor. Era una hemiplejía muy seria. que durante esas
tres semanas fue minuciosamente explorada: cuatro arteriografias,
scanner, tomografias, EEG, etc. Como los resultados fueron negati-
vos, los neurólogos decidieron derivarlo a los psiquiatras planteando
por descarte la hipótesis de una hemiplejía histérica. Y, en efecto, bas-
tó con preguntar a este muchacho cómo estaba para que él mismo
ofreciera la clave, la armadura en la que se hallaba paralizado. Se apre-
suró a decir que las cosas no podian ir meJor para él, iba a salir de la
cárcel, iba a casarse con la mujer que amaba y que lo amaba, cuan-
do esa hemiplejía ... Claro está que el hecho de que esta pasión "más
fuerte que la muerteM se volcara en una persona algo mayor que suma-
dre no tenía en su opinión ninguna importancia, a lo sumo podía irri-
tar a algunos espíritus amargados y divertir a los otros, sobre todo a
sus amigos. En síntesis, bastó con dejarlo hablar, insistiendo un po-
co, para que al fin de cuentas se revelara a sí mismo que sólo estaba
decidido a medias a unirse para siempre con esa futura tierna mitad.
Salió del despacho caminando con las dos piernas. La historia se
interrumpe aquí pues aquél fue nuestro único y último encuentro, ya
que su futura esposa se apresuró a sacarlo de las garras del hospital
haciéndole firmar el alta esa misma tarde.
Pero aunque la historia se interrumpa aquí no está desprovista de
enseñanzas, sólo que por la negativa. Es dificil discutirle a esta
hemiplejía el estatuto de síntoma. Y qué mejor ejemplo de su función
metafórica, de su inscripción en el lugar del Otro, del Otro significan-
te, que su levantamiento mediante la interpretación significante, tan-
to más irrefutable cuanto que fue el propio sujeto el que la profirió al
hilo de su discurso y que bastó señalarlo para que, sorprendido, se
oyera decir algo distinto de lo que creía y el síntoma cayera. Todo es-
te montaje se apoya desde luego en el sujeto supuesto al saber al que
EL SINTOMA EN LA CURA 33

apelaba en su demanda de curación, demanda redoblada por el fra-


caso de los neurólogos.
Precisamente, el haber interpretado a partir del sujeto supuesto al
saber permitió tal vez que el paciente dejara de sufrir su hemiplejia,
pero no modificó en nada su posición subjetiva. Podemos tener la se-
guridad de que el síntoma fue a alojarse a otra parte.

¿En qué se distingue esta entrevista de una cura? Primeramente,


en el plano de la transferencia. podemos decir que si había cabalmente
una llamada al sujeto supuesto al saber. no había en ningún caso par-
ticularidad de este lazo con aquel que lo interrogaba. En segundo
lugar, y correlativamente, no fue que el sujeto hubiese iniciado un tra-
bajo, trabajo de un pregunta que supone ya una pérdida de goce; en
su exigencia, en su reivindicación de curación, seguía sumido en él.
Por lo tanto sólo fue a medias "una clínica bajo transferencia", y en
absoluto un clínica con ética.
Si presenté esta observación, que no se presta particularmente a
dejarnos satisfechos. fue para mostrar cómo es posible que una prác-
tica se apoye en una cierta referencia a Freud y al psicoanálisis, y hasta
se prolongue, girando indefinidamente la rueda de síntoma interpre-
tado en síntoma interpretado, sin que lo que está en juego, lo que cons-
tituye la apuesta del sujeto, sea rozado de manera alguna.
Pero finalmente, en la curafreudiana según el narcisismo, no inter-
pretamos más sistemáticamente los síntomas de lo que develamos los
fantasmas o las transferencias. Un analizan te habla de sus síntomas
y de otras cosas. Todo esto es tomado en la ola de la asociación libre
y, llegado el caso, nos enteramos de que cierto síntoma del que se que-
jaba ha desaparecido, a veces meses atrás. Se da inclusive el caso de
que en un primer momento no lo haya notado, de todas maneras no
sabe cómo fue y el analista tampoco. Qué queda entonces del síntoma
para delimitar en la cura, siendo que. como decia Jacques-Alain Mi-
ller en su curso "Del síntoma al fantasma y retorno": "No hay síntoma
fundamental en el sujeto".
Sabemos que desde el momento en que Jacques Lacan toma en
cuenta el goce y lo real del objeto en la causación del sujeto, pone Igual-
mente el acento en lo que el síntoma tiene de real, con una restricción
para los síntomas de Dios, para el cual, como contrapartida, el cono-
cimiento es paranoico. Dice esto, entre otras cosas, en la Universidad
de Columbia en 1975. Recuerda que si el síntoma es curable, eso resis-
te igualmente: el síntoma es lo que muchas personas tienen de más
34 MAHC STIV\lJSS

real. Propone así la triada: simbólico, imaginario, síntoma. En efecto,


lo f;imbólico es por definición el Jugar del Otro, lo imaginario no es pro-
piedad de nadie, por el contrario el síntoma caracteriza a alguien con
mucha precisión. Por él se manifiesta aquello por Jo cual el sujeto está
determinado, aquello que lo toma desprevenido, el fantasma que
cierra la identidad del sujeto de manera muchísimo más fija que el sig-
nificante. Si por lo tanto la cura tiene, desde su instauración, un efecto
de precipitación de los síntomas por el establecimiento de la llamada
al Otro, tiene también el efecto de dirigir al sujeto hacia un síntoma ca-
da vez más puro, un callejón sin salida del cual sólo su cercamiento
permite el atravesamiento del fantasma y el desprendimiento del
objeto, o sea una mutación del síntoma que no sea mero despla-
zamiento.

Me gustaría ilustrar esto con un caso para examinar después su


valor de ejemplo. Se trata de una mujer joven, de la que ya hablé en
Estrasburgo con otro enfoque, puesto que se trataba de poner el acen-
to en un momento crucial de su análisis que se había jugado en tor-
no de una deuda que había contraído conmigo. En esa época no me
pregunté por el estatuto de esa deuda, cosa que quisiera hacer hoy.
Esta mujer vino al análisis para tratar una bulimia y acabar con un
sentimiento de mentira que minaba su vida, prohibiéndole reconocer-
se en el menor compromiso y menos aún en uno cualquiera de los
éxitos que sin embargo, para su desesperación, acumulaba en la Uni-
versidad. En síntesis, ella conocía mejor que nadie la Inconsistencia
del significante y la vanidad del saber, impotente para retener una ver-
dad. Buscaba en la fisura, en la quiebra del saber, una verdad, defi-
nición del síntoma dada por Lacan en la página 234 de los Escritos
(edición francesa): en el fondo, por qué no decir que ella buscaba un
síntoma, un síntoma que aguantara y no la dejase abandonada como
el desecho del mundo. El análisis permitió rápidamente un aplaca-
miento de su extravío mientras que la cuestión de la mentira persistía
en su insistencia. Ella podía -y esto la agobiaba-mentir, incluso men-
tirle a su analista, ~camelearlo" sin consecuencia inmediatamente
perceptible. En cambio, como además de estudiar trabajaba, se en-
contró con que tenia que pagar impuestos. Así contrajo esa deuda,
falta de dinero para pagar lo que ella llamaba las sesiones excepcio-
nales, que sin embargo decía necesitar. Las sesiones excepcionales
eran las que tenían lugar en la semana además de las tres habituales.
Su análisis dio un vuelco cuando esta deuda comenzó a inquietarla.
EL SINTOMA EN LA CURA 35

Para ser más precisos, lo que la inquietaba era que yo pudiese no sa-
ber el importe de su deuda, de la que por su parte ella se jactaba de
llevar una contabilidad exacta. Una frase, en su angustia, expresaba
su turbación ante la ausencia de reaseguro por mi parte en cuanto al
conocimiento de la cifra de la deuda: -rengo miedo de que usted no
sepa lo que le debo".
Esta frase la detuvo, la soprendió en su equívoco y le mostró
brutalmente hasta qué punto consagraba su vida a pagar. Fren-
te al otro, cualquiera que fuese, ella tenía la sensación ele tener
que saldar algo, y comprobaba no saber ni qué ni por qué. ¿El otro lo
sabía?
Es decir, que una gran parte de sus conductas en la existencia, de
su manera de ser, por prtmera vez se le apareció como sintomática.
Aquí se trata de un rasgo de carácter, de una manera de ser conver-
tida en síntoma construido en el análisis; no es que no existiera antes,
pero para el sujeto pasaba inadvertido. Este fue un momento crucial
en la cura, por su causa se vio enfrentada con su montaje consisten-
te en operar una escisión que la dejaba fuera de juego: ella expulsaba
sobre el Otro un saber cuya impostura le era fácil denunciar si se hacía
pretexto para el ejercicio de un dominio, mientras que tomaba a su
cargo una verdad ciertamente indecible, pero cuán deliciosa, que lega-
rantizaba el goce de estar siempre en otra parte.
En cuanto a esa parte de goce en el síntoma, Lacan la formula en
el texto de 1967: WDe la psychanalyse dans ses rapports á la realité".
En la página 58 de Scilicet Ng 1. en una frase que responde, agregán-
dole los conceptos de goce y resistencia, a la de los Escritos que hace
un momento recordé, dice: "Así, la verdad halla en el goce cómo resistir
al saber. Esto es lo que el psicoanalisis descubre en lo que llama sín-
toma, verdad que se hace valer en el descrédito de la razón".
Las consecuencias de este momento de vuelco en el análisis fueron
harto considerables sobre su modo de considerar la existencia, pero
la deuda subsistió, siempre imposible de saldar. Esta deuda cuyo
importe no varia es lo que tomó un estatuto particular en la cura. un
estatuto de síntoma. En efecto, la analizante se queja ele ella, se sien-
te molesta por ella, quiere librarse de ella, pero indefectiblemente, y
pese a su buena voluntad, acaba utilizando para otra cosa el dinero
reservado a esa deuda. Finalmente, y sobre todo, habla de ella pero no
puede decir nada. Esta deuda está en función, en su lugar de impo-
sibilidad. Lo interesante es que no habla de ella en cualquier momen-
to; esa deuda es, para retomar la imagen de Lacan en wlntervención
36 MAHC STRAUSS

sobre la transferencia", el límite en el cual el carro debe girar para re-


vertir una última vez su carrera.
En este análisis, el sujeto trabaja con el significante alrededor de
ese límite al que se acerca cada vez más, con un movimiento en espi-
ral. La médula de este mojón, del que el síntoma es vestimenta, tiene
un nombre que conocemos, el objeto a La deuda viene a significar su
puesta en función. En efecto, el dinero no es solamente el equivalente
general de tocias las significaciones, dominio en el que la analizan te es
experta, sino también el que hace las veces, el representante de su ser
de objeto, esa identidad que se le escapa, que la presiona. Además, el
conocimiento de este objeto escapa también al analista, él puede
verificar simplemente que está en función, sin que nada permita de-
signarlo, ni en términos de analidad con el pretexto de que se tra-
ta de dinero. ni en términos de oralidad con el pretexto de que se trata
de bulimia.
Dije que la paciente no habla de ello en cualquier momento, y es-
to es por supuesto cada vez más preciso. Aislaré pues la secuencia que
me parece esencial y que anuncia explícitamente la liquidación de11-
nitiva de esa deuda. Comienza con una reactivación de la angustia
cuando su compañero amoroso parece distanciarse. Inmediatamen-
te la embarga su temor de siempre: el otro no tiene nada que hacer con
ella, ella no vale nada. La vergüenza frente a su deseo, que sigue in-
tacto, la invade. Aquí es cuando vuelve a hablar de su deuda y del he-
cho de que su padre la deseó demasiado cuando ella era adolescente
y de que, sobre tocio, no se lo disimuló. Vuelve a pedir entonces una
sesion excepcional, la primera desde que había contraído la deuda. En
esta sesión comunica dos recuerdos ele su primera infancia que tienen
en común el que trató de alterar a sus padres enloqueciéndolos, la pri-
mera vez chillando y la segunda contando una mentira, pero en los dos
casos el padre no se dejó embaucar y puso firmemente las cosas en su
lugar.
Esta era la secuencia clínica. Vemos que ante un avatar de la
ausencia de relación se.xual. el sujeto, en un estado de angustia,
convoca en el análisis lo que hice la hipótesis de llamar su síntoma
analítico, la deuda. Una vez más se verifica la frasctde Lacan, siempre
en la Columbia: "Las relaciones hombres-mujeres cumplen un papel
detenninante en los síntomas ele los seres humanos". Ella quiere en-
contrar en el Otro su ser, su temor ele ser indiferente para este otro lo
dice suficientemente. El fantasma, en su vertiente de sostén del deseo,
que constituye el placer propio del deseo, como dice Lacan en "Kant
EL SINTOM/\ EN LI\ CURA 37

con Sade", la impulsa a sexualizar ese ser significante, a intentar rea-


lizarlo en su malogramiento, en la inconsistencia de su ser significante
en el Otro y en el objeto al que ella está ligada.
La deuda es asimismo la imposibilidad de colmar la falta en el Otro,
imposibilidad que se presenta en forma de impotencia y como una de-
fensa del sujeto, quien no renuncia a cubrir su división en el Otro. Más
allá de su buena voluntad y ele su celo, eso resiste a la defensa, a su
pesar no puede salir del paso, mientras que su fijeza sella la presen-
cia, ahí, del objeto y del goce que él le asegura. En este punto, enton-
ces, esta deuda es una fonnación de compromiso entre su aspiración
a la realización de su falso ser significante y su sujeción a un goce
imposible de decir. Esta deuda no es lo incurable del sexo, lo repre-
senta velándolo. Y esto pem1ite plantear que el levantamiento ele esta
deuda sólo puede obtenerse mediante un atravesamiento del fan-
tasma, afectando al goce en él encubierto.
¿Cuál es ese goce? Quizá sus dos recuerdos de infancia nos permi-
tan comenzar a deducirlo: ella intenta inscribirse como falo mediante
el grito y lo que llama camelo, o sea dando voz. A menudo también ma-
nifiesta su sufrimiento de sentirse obligada a hablar, aunque sea para
no decir nada. Verdad o mentira, confesión o camelo, qué importa la
vestimenta con tal de que haya una voz. En algún momento dice cuán
cruelmente le falta la mía a veces, hasta el punto de haberme llamado
ya por teléfono sólo para oírme.
Producir lo incurable de la falta en el Otro, advertir lo incurable del
se.xo, hacer pasar el goce al decir para aprender a obrar con él es la ta-
rea del análisis, que equivale a separar al sujeto de ese goce sin que-
dar en paz por ello con lo real. Espero haber demostrado alrededor de
qué lugar determinado, que en si no tiene más importancia que la
capilla de las metáforas militares de Freud, se jugaba el proceso de la
cura. Este lugar del síntoma que no vale sino por lo que representa de-
termina no obstante, como la topografía de un lugar las opciones es-
tratégicas de los combatientes, lo que yo llamaré el carácter de la cura,
aquello que le da su estilo propio.

Sobre este punto quisiera hacer algunas observaciones, en forma


de preguntas y a modo de conclusión. ¿Por qué este caso nos sirve de
ejemplo?
Entre nosotros no hablamos de análisis del carácter porque Freud,
en la segunda parte de su texto Análisis terminable e iP.tenninable, a
partir del momento en que insiste sobre la fase creacionista del psico-
38 MI\RC STHAUSS

análisis, y Lacan, hacen del yo una formación del inconsciente; para


ellos no es una instancia autónoma. No hay, y Freud es en este pun-
to tajante, yo nom1al, no hay más que un ideal de normalidad. Por el
contrario el sujeto hace opciones, opta por mecanismos de defensa, al-
gunos y no otros, conservando la represión originaria su lugar apar-
te. Si para nosotros el psicoanálisis debe más bien debilitar al yo y no
reforzarlo, es porque lo real del análisis no yace en las identitkaclones
simbólicas y en sus efectos imaginarios. El análisis, más allá del Yo,
apunta al punto real del imposible encuentro y produce este punto a
través del síntoma en la cura. en cuanto manifestación concreta, efec-
tiva, de la puesta en función del objeto a como causa. El síntoma, para
decirlo con otras palabras, es el lugar, el campo circunscripto del com-
bate entre la defensa del SL~jeto y la resistencia del objeto.
Cabe preguntarse si este síntoma en su particularidad no es lo que
da su estilo propio a cada análisis, prefigurando lo que puede advenir
como el estilo del sujeto. o sea la marca de lo real en su discurso, por
la transformación de la contingencia en necesidad. "Estilo" es, eviden-
temente, un término un tantovagoqueexigiria un mejor acotamiento.
En cualquier caso, no deja de evocar el Impacto de un discurso y su
valor de transmisión. Me parece que podria ser uno de los medios para
calificar de una manera más particular a un sujeto. como detemlinan-
do los subconjuntos de los grandes conjuntos-ahí donde mucha gente
se aloja- de las estrategias del sujeto frente a la falta en el Otro. en el
origen de nuestras grandes tipologías. En el fondo, esto debe ser lo que
hacemos, después de Freud, cuando observamos el celo, la buena vo-
luntad de Dora y el esfuerzo, la coacción, Zwang, del obsesivo.
Partir ele un rasgo de carácter contingente, pasando por el carác-
ter de una cura hasta el "obrar con", ¿no nos permile hablar de "en-
contrar su estilo" como una de las realizaciones de lo imposible, uno
de los nombres de lo incurable producido por un análisis? Terminaré
gustoso reiterando la frase de Jacques-Alain Miller que ya he citado:
"No hay síntoma fundamental", para proponer añadirle: puede haber
un estilo.
EL SINTOMA Y EL ANALISTA

Guy Clastres

En 191 O, hallándose Freud en plena madurez, en la cúspide ele su pro-


ducción, y mientras se preparaban, sin que él lo valorara exactamente,
las tormentas que iban a sacuclir al movimiento analítico, se dirigía a
Ferenczi en estos términos: "A pesar ele todo el atractivo de sus traba-
jos (se trata ele los trabajos de Jung sobre mitología), lo intimé sin em-
bargo a que volviera a tiempo a las neurosis: tenemos aquí a nuestra
madre patria, y en ella debemos fortificar nuestro imperio contra todo
y contra todos". Pues bien, el tema de estas Jornadas nos retrotrae
cabalmente a la inquietud de Freucl, y así es precisamente porque en
lo que se da en llamar el mundo de los psicoanalistas, debemos con-
tamos entre los últimos que se preocupan todavía por la senda
freudiana.
El síntoma nos Interesa aquí por varías razones: porque preten-
demos responder a él como médicos, psiquiatras, psicólogos o psicoa-
nalistas. pero Igualmente porque podemos padecer ele él. Basta con
decir esto para convenir fácilmente en que hay una variedad ele senti-
dos acordada a este término, síntoma. variedad que supone una varia-
ción, fuente de cambio, de modificación y hasta de desviaciones en el
valor que se da al síntoma en nuestro campo. Esta inestabilidad de la
definición resulla de la relación fundamentalmente inestable del sig-
nificante al significado, inestabilidad complicada por el desplaza-
miento que implica el nuevo valor conferido al síntoma en el campo
freudiano.
Ala entrada del psicoanálisis. en el campo del saber, está el síntoma
-con el nuevo valor que Freud le da-y además está para cada cual su
propia entrada en el análisis: ésta puede tener lugar a causa del sín-
40 GlN CI.I\STRES

toma, que cada cual somete a ese nuevo valor; cada demanda de aná-
lisis, que se hace en nombre del síntoma, viene a verificar la verdad
freudiana, pero también la relación del analista, al que ella se dirige,
con esa verdad. El campo freudiano se estableció, como sabemos, en
el a posteriori del acto de Freud, que consistió en anudar el síntoma,
como realizado, con la verdad como reprimida.
En medicina el síntoma hace de signo: hace de signo para el médico
de una causa supuestamente situable en el cuerpo, cuerpo que
establece la medida del campo de exploración del médico, por la
mirada. En psiquiatría. el síntoma hace de signo ele una norma alte-
rada: la comparación de los diversos signos permitió establecer una
clínica que comprobamos sirve cada vez menos como punto de
referencia, para dejar lugar a su enganche al efecto producido por los
principios activos de las substancias ingeridas, revelando la sensibili-
dad del cuerpo a sus principios. La psiquiatría moderna. que se califi-
ca a sí misma ele médica, sustituye la Jaita persistente de la causali-
dad en el campo de lo visible porla realización de una química que hace
sus veces: inversión en laque puede leerse, asimismo, el fin ele una clí-
nica. En estos dos casos (psiquiatría y medicina), el síntoma represen-
ta algo para alguien que está ahí y que res pon de con una demanda de
saber.
Cuando la histeria cesó de poblar los conventos y de provocar a los
exorcistas, cuando los médicos la instalaron en la escena hospitala-
ria. produjo una demanda que. como sabemos, pudo tomar fonnas di-
versas: sumisión necesaria a la voluntad médica por la intervención
ele métodos educativos, coacciones diversas, sugestiones. otras tan-
tas manifestnclones en las que puede leerse la relación ele la histeria
con el amo (cf. tesis de Gérard Wajeman, Le Mailre et l'Hystérique). Lo
que me parece importante subrayar aquí es que en este encuentro en-
tre la histeria y el médico la demanda aparece desplazada del lado del
médico.
Con Freud se produce el vuelco del que hoy somos testigos. Pues no
es tanto de su demanda de lo que va a tratarse en su encuentro con
la histeria, ya que renunciando a ella dejará desplegarse la talking cu-
re a parlir ele su deseo de saber más de ella; la demanda queda resit ua-
da entonces ahí donde debe estar. y el síntoma sufrirá el desplaza-
miento en el que se revela su estmctura significante. Si bien continúa
haciendo de signo, ya no representa ese algo para un alguien con el
cual este alguien puede cegarse. Hace de signo del Otro, como lugar,
donde ese alguien se borra para dejar su lugar a otra cosa muy dife-
EL SINTOMA Y El. ANALISTA 41

rente que es.justamente, aquello en lo que consiste el campo freudia-


no. campo que hay que encontrar y reenconlrar.
Entre el psicoanalizante y el psicoanalista el síntoma plantea al
Otro como cuarto, como ese lugar donde cada uno de ellos tiene que
ubicarse a partir de lo particular de su relación con la verdad. Pues el
acto de Freud hace entrar la verdad en el síntoma como la causa que
sólo se alcanza por el rodeo de la palabra por el Otro: en este pasaje
que va del signo al significante, donde cambia el valor del síntoma,
Freud hace surgir al padre como garante de la verdad. El paso de
Freud, en su encuentro con la histeria, establece, por el discurso que
él produce, la relación significante entre el padre y el síntoma, en nom-
bre de la verdad. Lo que Freud inaugura es un nuevo discurso que va
acompañado de un signo: el nuevo amor. aquel que surge en este des-
plazamiento en el orden del discurso. Este nuevo amor es lo que no-
sotros llamamos transferencia.
Hay desde ese momento dos vertientes para el síntoma. Del lado del
analizante, la demanda, con el engaño inevitable que implica: del la-
do del analista, el deseo que se manifiesta por esa demanda en lo que
la separa del goce. Para el analista, el síntoma pasará a ser ese cuarto
que anuda, para separarlos, los campos donde vienen a jugar la de-
manda, el deseo y el goce; los anuda porque marchan juntos, pero los
separa porque traza el límite de cada uno de los campos en el que par-
ticipa. El analista es aquel a quien se invita -<ligamos más bien a quien
se ordena- a orientarse en estos campos a partir del hilo que consti-
tuye el encadenamiento significante del síntoma: esto es lo que limita
su libertad, tanto en la dirección de la cura como en el uso de la inter-
pretación. Intentaré evocar ele qué modo él se aplica a reencontrar una
libertad donde no puede sino extraviarse. como lo demostró Lacan. La
libertad que el analista puede aplicarse a obtener, a pesar de lo que
puede tener el síntoma de estructurado, reside en que, en el campo
freudiano, él hace de signo del Otro: tocio depende. en lo sucesivo, de
la concepción que el analista va a hacerse del Otro y, con eHa, del
inconsciente.
A esta altura de mi e..xpPsición es conveniente tomar apoyo en el
grafo, justamente elaborado por Lacan para precaverse del riesgo de
extravío que implica ese lugar del Otro; grafo que sigue siendo para no-
sotros el referente esencial donde se demuestra la estructuración de
la experiencia analítica. Ese lugar de cuarto, que ya mencioné a pro-
pósito del síntoma, está inscripto en el grafo en el lugar del s (AJ. oca-
sión que tengo de recordar. de acuerdo con Jacques-Alain Miller, la
42 GUY CI.ASTRES

constancia mantenida por Lacan hasta el final de su enseñanza, del


4 de la estructura. Estos cuatro, evidentemente, marchan juntos. no
hay manera de aislar uno para darle primacía; por esto mismo ellos
instituyen para el analista el imperativo de un orden donde la nece-
sidad manda a partir de lo imposible. La libertad del analista pasa en-
tre lo necesario y lo imposible, lo que no le procura comodidad. Para
nosotros la cuestión es saber de qué modo puede imaginar que la con-
seguirá.
Volvamos pues, al grafo. Este nos muestra el lugar que figura
como el cruce donde el síntoma se manifiestas (A), lugar donde con-
vergen las relaciones vectoriales orientadas. con el yo (m), el fantas-
ma$ Oa y el Otro. Estas tres conexiones nos permitirán captar la va-
riedad del abordaje del síntoma por los psicoanalistas, quiero decir los
que nos precedieron y nosotros mismos.
Quisiera comenzar por el lazo del fantasma al síntoma. Jacques-
Alain Miller le consagró un año de curso, que para buen número de
nosotros resultó muy esclarecedor; voy a aportarle mi pequeña con-
tribución. Entrar en análisis por un síntoma o entrar en análisis por
un fantasma no es en absoluto lo mismo. Para retomar una de las afor-
tunadas formulaciones de Jacques-Alain Miller: MDel síntoma uno se
queja. en el fantasma uno se complace". El síntoma. en cuanto sostie-
ne la queja. abre la puerta a la transferencia a partir de la instalación
del sujeto supuesto al saber.
¿Cómo se podría demandar un análisis a partir del fantasma, que
está colocado como la pantalla de la respuesta que da su marco al pla-
cer? Y sin embargo: MQulero ser analista", Mquiero ser... ", Mquiero com-
prender, dominar", Mquiero comprender a los demás", y otras formas
de la demanda que suele oírse en quienes se encuentran justamente
en posición de tener que responder a la demanda del Otro: médico, psi-
cólogo, educador.
MQuiero ser el que .... la que ... \ es una demanda, un Wunsch, como
diria Freud. que no se apoya más que en un fantasma, al menos en su
vertiente imaginaria: la del ser que se presta a ese personaje (el ana-
lista), del que el sujeto no sabe nada en su particularidad, y del que
no se puede decir que sea el ser lo que constituye su marca, ni al co-
mienzo ni especialmente al final. Qué se puede esperar de una cura
iniciada a partir de una demanda semejante -a la que el analista
habría dado su consentimiento-o de cualquier otra de la misma vena,
sino la realización de esa finta que culmina en volver consistente al
sujeto supuesto al saber en el momento mismo en que deberla caer:
EL SJNTOMA Y EL ANALISTA 43

acabamos pues nuevamente en la cuestión, ya ampliamente debatida,


del atravesamiento del fantasma.
El síntoma, tal como está colocado en s (A), es el indicio de un atra-
vesamiento del fantasma ya efectuado. En cuanto se define como el
significado del Otro, el síntoma es el resultado producto de un atra-
vesamiento del fantasma, del que el sujeto nada puede decir porque
nada sabe de él. Aquí está inclu:oo su dificultad, pero también su re-
sistencia en la cura, pues el fantasma así sacudido se ve restablecido
en lo imaginario para sostener al neurótico en el valor que va a dar a
su síntoma, como soporte de su ser.
Si ahora me sitúo del lado del analista el problema se complica,
pues por un lado tenemos la posición del analista con respecto alfan-
tasma del neurótico, y por el otro su posición con respecto a su pro-
pio fantasma, que él puede desconocer (donde lo uno, además, no está
desvinculado de lo otro). Por un lado está el lugar que da al fantasma
en la cura, y por otro su concepción acerca del lazo del síntoma alfan-
tasma; llegado el caso, el fantasma es lo que le va a servir para
interpretar el síntoma: es decir que el analista puede interpretar se-
gún su fantasma, contra la verdad del síntoma, como lo atestigua en
abundancia la literatura analítica y la necesidad en que se encontró
Lacan de estructurar la experiencia respectiva.
Precisamente es la estructura la que da la razón de la posición to-
mada por el analista en relación con el fantasma. En resumidas cuen-
tas diré esto: según el grafo, el analista, frente al síntoma, tendría la
alternativa de, o bien el fantasma, o bien el yo; posiciones que ilustra
el movimiento analítico, desde las teorías de Melanie Klein hasta las
de la ego psychology.
Lo que aquí debemos subrayar es que Lacan, como el síntoma, no
nos deja esa alternativa: Lacan la fuerza partiendo del valor de verdad
que otorga al síntoma como formación del inconsciente, es decir como
realización de un sujeto puesto en cuestión como ~. ¿Cómo conjugar,
en efecto, la parte que ocupa el síntoma en la demanda y esa función
sujeto? ¿De dónde saca el analista la certeza en la que basa su acto,
si el Otro no puede responder de ella: - S ('()?
Esto me conduce, justamente, a la pulsión. También la pulsión es
uno de los cuatro de la estructura y ella misma, en el pensamiento de
Freud, no marcha sin el cuatro; en suma, la pulsión reconsiderada por
Lacan implica el cuaternario de la estructura, pero de la estructura en
cuanto incorporada: la pulslón no marcha sin el cuerpo, cosa que
Freud dijo siempre y Lacan tras él.
44 GUY CJ..I\STRES

Recordaré algunas definiciones de la pulsión en la enseñanza de La-


can: "Es incorporada como la estructura hace el afecto", o asimismo:
"La pulsión es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir, pero
para que este decir resuene, para que consuene, hace falta que el cuer-
po sea sensible a él, y es un hecho que lo es" (Seminario "Le sinthome",
Omicar?).
Esto es lo que demuestra la histeria: su ataque -que es una acción-
instituye un Otro, cuyo futuro podrá dar cuenta del hecho de que su
cuerpo se fragmenta en lo imaginario: imaginarlo que no depende de
su imaginación sino que participa de un real.
En la neurosis obsesiva el síntoma se plantea, en cambio, como se-
paración del cuerpo y del Otro, y ello por el artiflcio de la función de
lo imaginario, interpuesta como pantalla entre la demanda, que
sostiene al síntoma, y el Otro, como lugar donde el sujeto debe reen-
contrar su causa significante.
Esta relación marcada por lo imposible entre $ y D no puede es-
tablecerse sino por la Intervención de un elemento tercero, factor
determinante para Instalar ahí el rombo: el deseo del analista, en
cuanto él mismo está enganchado a la pulsión. Por lo tanto, sólo a par-
tir del síntoma podrá el analista, si se deja orientar por él. establecer
el nudo entre$ y D donde la pulsión se reconoce. Les recuerdo esta
frase de Lacan que figura en el Seminario XI: "El reconocimiento de la
pulslón es lo que permite construir con la mayor certeza el funciona-
miento denominado por mí de división del sujeto o de alienación".
Saben ustedes cuán problemática es para el obsesivo esta división
del sujeto. Lo cual me induce a Interrogar este término actualmente
de moda en nuestro grupo: la hlstertzación del sujeto en la cura. Pro-
pondré ilustrarlo a partir del sujeto obsesivo como el efecto producido
a partir del montaje pulslonal, tal como puede resultar del encuentro
con el analista cuando éste consiente verdaderamente en ocupar ese
lugar del a.
Apartemos primero ese sueño que consistiría en imaginamos que
volvemos histérico al sujeto. Se trata de obtener el desplazamiento del
goce del síntoma, tal como refuerza, por lo imaginario del fantasma,
al ser, ese falso ser que el neurótico se da. La histerización del obse-
sivo sería conducirlo a reencontrar lo que él se empeña en borrar, o sea
el eco donde su cuerpo ha resonado al decir del Otro. es decir a la
demanda del Otro, donde le será preciso reencontrar los significantes
de la suya, de aquella que él plantea precisamente en nombre de su
síntoma. El objeto a encuentra su lugar en ese eco que, en el obsesl-
EL SINTOMA Y EL ANALISTA 45

vo, retorna en la angustia; en él, la histerización comienza por la


angustia, en cuanto ella da señal del Otro en el cuerpo mismo. La his-
terización seria producir el nudo del síntoma y del cuerpo.
Este desplazamiento del goce está subordinado al desplazamiento
del analista en su relación con el saber, lo que Lacan llamó su deseo
de saber. Este deseo de saber le es propio, pues él sería el único que
responde en este mundo, en nombre de una pulsión descarnada, a la
demanda, tal como ella surge del Otro; seria el único en responder a
ella por el efecto de su división, lo que más arriba llamé su sumisión
al par: necesario/imposible.
Parecería que esta sumisión condujo a Lacan a insistir cada vez
más en la función del síntoma, lo cual me mueve a concluir con una
pregunta. ¿No hay que comprender entonces esa insistencia como lo
que da testimonio de una consistencia nueva otorgada al síntoma,
consistencia que éste tomarta en la propia cura en el revés del fantas-
ma, de su borradura, pero mucho más aún en el sentido del trazado
de un límite donde el sujeto neurótico podrta calibrar por fin su saber
hacer, es decir sin imaginarse sometido a la voluntad oscura del Otro
o sin creerse él mismo el Otro?
111
SINTOMAS
FUENTES Y TRADUCTORES

Los textos de D. Miller, A. Stevens y H. Menard fueron publicados en las Actes


de l'Ecole de la Cause freudienne, Nº IX, y traducidos por Irene AgolT. El de A.
Fryd fue presentado en el V Encuentro Internacional del Campo Freudiano y
los de A. Arenas y J. Ravard en el IV Encuentro Internacional del Campo
Freudiano. El texto de R. Wartel y F. Leguil fue publicado en las Actes de l'Ecole
de la Cause Freudienne, Nº VII, De l'inconscient au ~a: incidences clíniques, y
traducido por Adriana Torres. El texto de A. Aflalo fue traducido por la autora
con la colaboración de Gabriela Roth. El texto de A. Merlet fue publicado en las
Actes de l'Ecole Freudíenne, Nº VIII, Clinique des Névroses et Histérfe y tradu-
cido por Adriana Torres.
LA OBSESION, UN NOMBRE DEL SUPERYO

Dominique Miller

Una de las cuestiones clínicas que me parece fundamental profundi-


zar en el campo freudiano es la de las mujeres obsesivas. ¿Me con-
tradirán ustedes si digo que toda mujer que se presenta al analista es
fácilmente considerada, apenas se ha descartado el diagnóstico de
psicosis, como una histérica en potencia? Los Estudios sobre la his-
teria, Dora y el hombre de las ratas nos convencieron de ello, y lo
mismo vienen haciendo nuestros propios relatos clínicos a lo largo de
estos últimos años. El estilo obsesivo en una mujer nos inspira máxi-
ma desconfianza, y muy pronto esperamos que se despierte la histe-
ria. Señalemos que los ocho ejemplos tomados por Freud en Névrose,
Psychose et Perversion para ilustrar casos de obsesiones y rituales,
son todos femeninos. ¡Sin embargo, hecho tanto más sorprendente,
Freud no los comenta!
Lacan por su parte, en cualquier caso, afirma en "El psicoanálisis
y su enseñanza" una concordancia entre el sexo y la estmctura: "De-
jando por ahora ahí a la dama", dice "regresaremos a lo masculino pa-
ra el sujeto de la estrategia obsesiva" (Escritos, T .1, pág. 434). * Y aquí
es fiel a su idea según la cual el psicoanalista no debe guiarse por el
síntoma para definir la estructura del sujeto. "El sujeto de la estrate-
gia obsesiva" es el sujeto inconsciente, el del juego, la astucia con la
muerte, con el Otro. La referencia al síntoma está aquí ausente para
definir la neurosis obsesiva. Por consiguiente. no basta hallarse en
presencia ele síntomas obsesivos para sacar conclusiones. De ahi
nuestra desconfianza ... Mucho más adelante en los Escritos, en "Sub-

* La paginación citada, al igual que las subsiguientes, corresponden a la


edición francesa: Ecrits, Seuil, París, 1966. IN. de T.)
50 DOMINlQUE MILLER

versión del sujeto y dialéctica del deseo", Lacan propone justamente


criterios diferentes ele los síntomas. A partir del fantasma. es decir ele
la relación del sujeto con el deseo del Otro, se pueden discernir dos
estmcturas: el obsesivo "niega el deseo del Otro al formar su fantasma
acentuando lo imposible del desvanecimiento del sujeto", mientras
que en el histérico su deseo no "se mantiene en el fantasma sino por
la insatisfacción que se aporta a él al sustraerse en él corno objeto".
Sin embargo, esta concepción, que deja al síntoma apartado del
diagnóstico, merece ser modificada después de las últimas conclusio-
nes de Lacan sobre el síntoma. Plantear el síntoma ya no sólo en el re-
gistro de lo imaginario y de lo simbólico sino también de lo real. acerca
el síntoma al fantasma. Con la categoría ele lo real. la idea freudlana
del fantasma como causa del síntoma cobra un aspecto nuevo. Lo real
en Juego en el síntoma demuestra pertenecer al mismo registro que el
que está en juego en el fantasma: la falta que afecta al sujeto del sín-
toma recubre la falta en el Otro, activa en el fantasma.
De este modo, una mujer que presenta síntomas obsesivos puede
tener perfectamente una estructura del mismo nombre. Como esta
afirmación no posee el valor de evidencia que después de todo se le
podría reconocer a primera vista, hay que verificarla mediante la cura
misma. Verificación que recae sobre el fantasma. Contínuando con
esta cuestión de la mujer obsesiva tomaré un ejemplo clínico. Un ejem-
plo sobre el cual no he sacado conclusiones definitivas. Pues Florence,
¿es cabalmente obsesiva? Hablé de esto con Michel Silvestre yél lo at1r-
mó sin vacilar. Incluso añadió: "Un caso muy clásico".
Las obsesiones de Florence son patentes, pero su contenido im-
porta menos para ella que el hecho mismo de pensar a la manera
obsesiva. Como no las soporta más, se dirige a mí. Ya ha hecho una
Importante experiencia de análisis, pero esa experiencia no bastó para
suprimir sus obsesiones. Yquizás hasta fueron alimentadas por cierta
orientación de su analisis precedente. Así pues, esta demanda conser-
va, a pesar de los años, un carácter estrictamente terapéutico.
La obsesión la asalta en cualquier momento. Si abre el Bottin •yen-
cuentra la palabra "Vecino", pensará en "asesino". Si entra en la can-
tina donde trabaja y ve un cuchillo, se dirá "acuchillar". Si su mirada
se detiene sobre un cartel donde un perro devora su comida, surgirá
la idea "despedazar". Si firma una factura cualquiera de la adminis-
tración, se impondrá el pensamiento "criminal". Su pensamiento está

* Guia telefónica francesn. IN. de T.)


!..!\ 013SESION. UN NOMBRE DEI. SUPERYO 51

constantemente invadido por estas jaculatorias que le hacen temer


que un dia pasará al acto tan súbitamente como se le aparecen.
La coyuntura etiológica de este síntoma es fiel a la concepción freu-
diana: una escena de masturbación con un joven compañero mascu-
lino representa para Florence su primer encuentro con la sexualidad.
En este cara a cara, la angustia hace presa ele ella. Entonces recurre
a una tía. Le cuenta la escena. La anciana no encuentra nada mejor
que gritarle: "¡Maldita seas!" Y encierra en un cuarto al muchacho se-
ductor sin castigar en cambio a mi paciente. Duran le la sesión en que
comunica esta escena. se plantea la cuestión de la coincidencia entre
el recuerdo traumático y la aparición de sus primeras obsesiones. De
pronto se acuerda de una ele ellas. Su padre, que era carnicero, está
abajo en su negocio. Ella, en el piso superior, hace los deberes en su
habitación en compañía de su hermana mayor. Está afilando un lápiz
cuando oye el ruido de la picadora de carne en la carnicería. Enton-
ces la asalta un pensamiento: "Acuchillar un sexo".
La articulación freudiana según la cual un recuerdo traumático de
masturbación viene a asociarse a la formación de una obsesión, se for-
mula en Lacan en términos estructurales. Efectivamente, el recuerdo
ilustra la intrincación de dos momentos determinantes en la estruc-
tura del sujeto: el estadio del espejo y la metáfora paterna. En el cara
a cara especular de los dos niños, hace irrupción en lo real una slg-
niJkación desconocida: la significación fálica bajo la figura del órgano
en erección. La chiquilla no tiene otros recursos que el de apelar al sa-
ber del Otro. quien responde. pero le suministra. con la signiJlcación
fálica, con la significación de la falta, la del horror, la culpa, el crimen,
la maldición. Eros con Tánatos. Esta última significación que debe
pennanecer cerrada para el sujeto, Inconsciente, hace irrupción a tra-
vés de un Otro real, porque no se contenta con ser el soporte de la ley
que Lacan conceptualizó a partir del padre muerto freudiano. La tía da
una respuesta que no impide la simbolización de la slgnU1cación fáli-
ca, pero pone al desnudo la moral de goce que ésta recubre.
La obsesión se instala, aquí, como síntoma. Es el recurso del sujeto
frente a lo que Implica esa revelación de la falta, la emergencia de un
goce Insoportable. La obsesión es su represión. Sin embargo, también
es su modo ele satisfacción sustitutiva, y reasume sus tendencias en
una forma significante. Estas tendencias siguen cargadas con la signi-
ficación criminal u obscena. En lo sucesivo, el Otro es aquel que puede
presentarse en todo momento como portador de la muerte, del crimen.
El Bottin, el cartel publicitario, la factura de la administración repre-
52 DOMINIQUE Mll.LER

sen tan otras tantas ocasiones donde el saber del Otro es pillado en fal-
ta y donde puede hacer irrupción un imperativo de goce mortífero.
Ese mandamiento del Otro puede actuar también a partir de la
identificación. Así, Florence reviste los rasgos mórbidos del padre.
Carnicero, ex pupilo del Estado, ex delincuente. su historia masiva
brinda los elementos de esa identificación. "Era un muerto en vida".
dirá varias veces. Por un efecto de espejo, tocias las tentativas profe-
sionales o amorosas que emprende para llevar una vida normal y no
ya marginal. fracasan. corno si estuviera atrapada por el aliento des-
tructor del Otro.
Llama la atención comprobar hasta qué punto la Identificación y la
obsesión se dan la mano para, a la vez. satisfacer los apetitos de des-
trucción del Otro y neutralizarlos. Cuando la identificación fracasa en
ese cara a cara con el muchacho seductor, la obsesión surge para ase-
gurar la represión de esta satisfacción mórbida. El obsesivo se exte-
núa en este juego. Y comprendemos por qué el inmovllisrno representa
para él el único modo de respuesta: no salir más, no atender más el
teléfono. no leer más el diario. El Otro puede descubrirse a cada mo-
mento.
La obsesión nos interesa porque revela quizás más que cualquier
otro síntoma el vinculo entre el síntoma y esa incompletud del Otro.
Lo que el obsesivo no soporta es la estructura misma del slgnitican-
te, el corte Inherente a la cadena significante. Cualquier interrupción
de la cantinela del analizan te en el diván, la interrupción de la sesión
pero también la Irrupción de una palabra inesperada. de un lapsus,
el enunciado incongruente de un adverbio, provocan angustia. La ob-
sesión es la realización de ese corte. Ella viene a quebrar el pensa-
miento, toma entonces un carácter absurdo y sorprendente. Pero lo
quiebra con significante. con otro pensamiento. y recose la desgarra-
dura del pensamiento. La obsesión de la máquina de picar carne ilus-
tra la relación que Freud construyó entre el síntoma y la angustia de
castración. Ella enmascara y al mismo tiempo realiza la castración. La
chiquilla corta el sexo pero con el pensamiento, no en acto, y esto en
respuesta al ruido de la picadura efectuada por el padre. La obsesión
es un pensamiento por un acto. Aparece por ejemplo como una alter-
nativa a la masturbación: ·o me masturbo, o me obsesiono". La for-
ma significante que adopta, y esto es ejemplar en Floren ce, merece que
nos detengamos en ella.
El infinitivo es su modo de expresión. "acuchillar". "despedazar". El
infinitivo cumple aquí el papel del imperativo de la pulsión en juego.
IA OBSESION. UN NOMBRE DEL SUPERYO 53

Como si la pulsión se expresara en una fonna bruta e instantánea.


Esto da tocia su amplitud al goce que contiene (en los dos sentidos del
lém1ino) la obsesión. Pero, además, funciona de manera metonímica.
Se desplaza al inilnito y se aferra a cualquier objeto ele percepción. Si
ve escrita la palabra "Vecino", si su mirada pasa por un cuchillo o por
la imagen de un perro comiendo, si oye el ruido de la picadora, la ob-
sesión se impone. O inclusive: ve una escalera, piensa "bajar". y surge
"hacerse bajar". El contenido es manillestamente secundario en rela-
ción con el hecho de pensar.
Por último, y sobre tocio, la obsesión es una palabra donde domina
la materialidad del significante más que el significado. Hay una pro-
ximidad de la obsesión con la voz, con el soporte del significante. El ob-
sesivo no oye voces como el psicótico, oye una palabra. y aquí está toda
la diferencia con el automatismo mental. Pero conoce a pesar de to-
do un automatismo del pensamiento, un diálogo interior que reviste
diferentes formas: del raciocinio a la obsesión. Esta aparece como un
automatismo en el seno de esa máquina de pensar que el obsesivo es
a veces.
Pero la obsesión no tiene solamente una vertiente significante. La
obsesión tiene afinidades con el objeto: en esto habremos de poner el
acento. Y además esto es lo que nos permite establecer ya una diferen-
cia con el ceremonial obsesivo. Lo que el ceremonial pone en primer
plano es la significación, en cambio la obsesión pone en primer plano
el acto mismo de pensar. Podríamos contraponer el ceremonial como
síntoma metafórico a la obsesión, adecuada para manifestar a nues-
tros ojos la insistencia de la pulsión, que Freud entendió muy pronto
como misión del síntoma. Esta insistencia se debe a un hecho. irre-
ductible: la impotencia inherente a la pulsión para hallar el objeto ade-
cuado para satisfacerla. Ella se debe a ese defecto estructural en el
saber del Otro que Lacan despejó partiendo ele estas conclusiones
freudianas. Por lo tanto. la pulsión no está regida únicamente por el
principio del placer. Hay en ella una parte arcaica que impulsa a bus-
car sin tregua la satisfacción.
Freud barruntó esto incluso antes de elaborar su Mas alió del prin-
cipio del placer. En un principio identificó este más allá en la neuro-
sis obsesiva a partir de un mecanismo por lo menos sorprendente. Por
haber provocado una excesiva plenitud de placer en el sujeto al pro-
ducirse su primer encuentro con la sexualidad. la pulsión se vio repri-
mida. Así pues, el trauma es ya interpretado por ese más allá. La
pulsión, escribe Freud en 1897 y aún en 1907, busca desde entonces
54 DOMINIQUE MILJ.ER

hacerse representar. cueste lo que cueste. Así utiliza las conexiones


simbólicas, "cargadas de sentido", como él mismo dice. para engan-
charse a una "falsa" representación. Saben ustedes que éstas son sus
propias palabras. Pero el afecto, aunque reprimido, acompaña a la
pulsión en sus desplazamientos y no se deja contar en ellos. Perma-
nece siempre igualmente vivaz y carga oscuramente a la nueva repre-
sentación, por ejemplo en forma de reproche. "Presiona• al sujeto. La
presión es una de las traducciones posibles del término freudiano de
Zwangsneurose, la neurosis obsesiva. Siendo esto, el compromiso
formado por el síntoma de la obsesión "amenaza sin cesar con fraca-
sar". En este momento de la teoría freudiana el afecto es ya un indi-
cio de real. de un irreductible. Introduce un desequilibrio en los arre-
glos simbólicos entre las representaciones.
Después de su formulación de Mas allá del principio del placer,
Freud identifica una instancia capaz de retomar por su cuenta esa
parte de la pulsión imposible de satisfacer. El superyó. como relevo del
ello, forma de esta manera un imán para el sujeto, donde se concentra
un imperativo a satisfacer. Así pues, el superyó permite a Freud expli-
car la presencia de un mecanismo inconsciente distinto de la repre-
sión, donde el afecto puede desplazarse sin por ello estar en deflación.
La obsesión establece un anudamiento entre lo simbólico cuando ella
asume el defecto de la representación, cuando suelda la brecha que
surge en el saber del Otro y lo real, cuando se carga con la insistencia
de la pulsión. ¿No es así como debemos entenderla en Freud cuando
la califica de "actividad de pensamiento erotizado"?
La obsesión tiene doble cara. Esto es lo que nos impulsa a conside-
rarla como un nombre del superyó. La investidura de goce que tiene
que asumir da a lo real su preeminencia en la obsesión. Esta preemi-
nencia se juega a través de la acción subterránea del objeto, que aquí
hay que entender en la vertiente plus-de-gozar. Contraponiéndose a
esta carga pulsional. lo simbólico enmarca a la obsesión y precipita en
pensamiento el encuentro intolerable. Esto da al analista una indica-
ción valiosísima para la dirección de la cura. No hay que interpretar
la obsesión, darle una significación. La confrontación con el saber del
analista no haría más que propulsar al sujeto una vez más a su stnto-
rnay a su compulsión a pensar. Pues sabernos hasta qué punto la con-
frontación con el saber del Otro incita al sujeto a denegar su fisura.
La apuesta tiene que recaer en el amor de transferencia. Apostar a
que es por éste como lo real del síntoma, aquí desplegado en las obse-
siones de Florence, llegará a conectarse con el que cubre su fantasma.
HACER EL PERSONAJE - SER EL PERSONAJE

Adela Aícla Fn.Jd

Un niño que retoma

Gastón tenía cuatro años cuando comenzó su tratamiento. Vivía en-


tonces en la casa de sus abuelos. Su madre. divorciada. describía a su
ex marido como "alguien al que se puede meter en un ropero y darle
de comer a través de un agujerito".
Quisiera articular los dos momentos que tuvo esta cura: la etapa in-
fantil y la del reanálisls que comienza en su adolescencia.
Los motivos iniciales del trabajo se centraron sobre los miedos del
niño: miedo a dos hermanos, compañeros de la escuela. miedo a la tea-
tralización de cuentos narrados por la madre, miedo a mi propia voz
en la primeras entrevistas. Asisto a un despliegue de diferentes inves-
tiduras, teatralizaciones de personajes salidos en su mayoría de la te-
levisión, siendo Meteoro y el Llanero Solitario sus prefe1idos. Jugar a
hacer el personaje es común en los niños; pero ya en ese momento me
sorprendía la envergadura de la teatralizaclón.
En el transcurso del análisis Irrumpe el miedo hacia las figuras de
autoridad. Gastón se posiciona en el lugar del niño que puede ser cas-
tigado: vuelve indefectiblemente a representar el personaje. En el con-
sultorio (algo que ocurre aún hoy). la angustia lo atormenta. Relata
que tiene un inquilino que vive en el piso de arriba. Hace un dibujo y
una señalización en forma de historieta; escribe lo que el inquilino di-
ce: "quedate tranquilo", "ojo con lo que hacés". Juega con que lo es-
cucha. ¿Quién le habla? ¿Qué son estas voces? ¿Posibilita el análisis
el despliegue de la neurosis Infantil?
Se Interrumpe el tratamiento y queda en suspenso este enigma.
56 ADELA AIDA FRYD

Espectador-Espectado: Un juego de ojos

Gastón retoma el análisis a los 15 años. Está viviendo, desde ha-


ce una década, con la madre y su nueva pareja, ambos pertenecien-
tes al medio artístico.
Los miedos que ahora lo acosan se sintetizan en el temor a las
chicas, en el pavor que le produce no poder dejar de pensar y volver
a pensar, como el personaje "Rogelio" de Tia Vicenta.
Los adolescentes tienen que asumir su identidad, así dicen ...
Me encuentro en el mismo punto donde se interrumpió el análisis
infantil. Hacer el personaje es típico en los adolescentes, pero a Gas-
tón los personajes no lo han abandonado, convive con ellos y los re-
presentará para mí en la transferencia. Dice: "Soy el Chirollta de
mamá; de niño y de grande me formé a Imagen y semejanza de los hé-
roes de la televisión". Imagina permanentemente escenas en las que
despliega un papel parecido a ... (para Gastón todos los galanes rudos
se convierten en una imagen deseable).
Suele enclaustrarse en su habitación, en pijamas y con la radio
prendida. Es un espectador atento de actitudes que en la madre y su
pareja ironiza, desprecia y sostiene como especiales. "No los soporto ...
Quisiera volver con mis abuelos porque ése es mi verdadero hogar".
La insistencia provocativa en volver con sus abuelos, lugar en que
vivia cuando comenzó su tratamiento, produce una respuesta por par-
te del marido de la madre que lo acusa de refugiarse, veranos y fines
de semanas, en la casa de los padres de su esposa. Le dice: "tu abuela
no es tu madre: tu abuelo no es tu padre: tu tío no es tu hermano. Yo
soy lo más parecido a un padre que tenés".
Gastón se enfurece. Intervengo haciéndole escuchar que, por pri-
mera vez, alguien le dijo que "quiere ser su padre". Esto produce un
vuelco forzoso hacia el exterior; se impone salir con amigos, y la forma
en que lo hace es siendo parecido a ... disfrazado de ... mirando como ...
Siempre culmina con alguna actuación.
El paciente cuenta que una vez, al llegar a su casa, oculta unas ca-
lUlcaciones y se para delante de la madre. La mira fijo y piensa "quiero
que no sepa"; trata de ocultar cualquier traslucimiento que pueda ha-
ber en sus gestos. Le señalo que "quiere ocultar nada". Gastón asocia
con el juego de magia que de pequeño solía jugar en mi consultorio.
Gesticula mecánicamente, recordando aquellos pases con "Shh, mi
pasión por la magia. ¿Te acordás?"
Con el hechizo buscaba apartar la mirada aplastante y lograr que
Hl\CER EL PERSONII.JE - SER EL PERSON/\JE 57

lo miren. Muestra la dimensión de esa mirada infinita, tan presente en


su estatuto imaginario, en el ofrecerse a la demanda de la madre, ve-
lando fallas y atrapado en la actuación de un personaje. Se coloca en
una posición de objeto: objeto metonímico que, como lo indica Lacan,
es una posición del niño: ofrendar su ser como obJeto para colmar la
falta de ser del Otro.
La pregunta sobre el deseo de una mujer no se hace esperar pero
no surge de la imaginarización, ya que se delimita dentro de lo quepo-
dría llamarse una patología de lo imaginarto, con una falla en la me-
diatización.
Gira Gastón, pertrechado en su fantasmagoría relativamente có-
moda. que pretende apaciguar la demanda de la madre.
¿Qué es lo que quiere esta madre creyente del arte? Lo que ella quie-
re. quisiera ser su "yo" (el de Gastón), ofrecido en un emplazamiento
agalmático, como un objeto cubierto por un brillo fálico que le otorga
una particular pureza.
La intervención del marido de la madre fue, por lo tanto, un mo-
mento decisivo en el análisis; el hecho de que tuviera efecto, de que lo
conmoviese, muestra retroactivamente que el Nombre del Padre había
operado en la estructura. Por otro lado, opera metafóricamente, ha-
ciéndolo salir de la trampa, produciendo una asociación que resigni-
fica su lugar en la infancia. Esta secuencia refleja también que está
presente la estructura de ficción: se necesita que algo no esté para se-
guir jugando.
Por esta época se Introducen dos elementos importantes: Gastón
repite con insistencia "Yo tengo que ser un superguacho"; y escribe en
la pared del colegio un graffiti ("vicedecana puta") que Je vale la expul-
sión.
La versión de Gastón: "Estaba muy angustiado. No pude parar. Ha-
bía ido a ver una película de terror que comenzaba diciendo que lo que
allí sucedía podía ocurrtr al volver a casa. Y al terminar el film, repe-
tían: no se olvide que usted vuelve a su casa. Estuve mal todo el día.
En la clase los pibes empezaron a hacer lío. Entonces escribí 'vicede-
cana puta' en la pared. Sentí miedo, pero no quise borrarlo por temor
a que mis compañeros me gritaran martcón".
¿Qué es esta voz que retorna en relación con esa voz ausente, siem-
pre dentro del discurso?
¿Qué es esa denuncia vicedecana/superguacho?
¿Esta escritura podría ser una forma de hacerse representar, an-
te el riesgo de aparecer como maricón o superguacho?
58 ADlslA AIDA FRYD

Las palabras dan cuenta de aquellas máscaras imaginarias que ar-


ticulan lo inadecuado del deseo del otro, de la angustia de castración
mal sostenida desde el otro.

Disfraces

Gastón vino un día muy contento con su nuevo profesor de psico-


logía: "Un tipo bárbaro que me contó algo sorprendente: un chico vi-
vió encerrado en un ropero; lo alimentaban a través de un agujerito."
Le digo que aquella frase se la había escuchado a su madre, muchos
años antes, cuando él era un nene. A lo que el paciente contesta: "yo
trabajo y mi mamá escribe el guión". Luego habla del placer que sen-
tía por Jugar en el ropero de su abuelo y de un sueño repetitivo, angus-
tian te: alguien con barba, viejo-vieja, lo aplasta en un cajón.
Al poco tiempo cuenta que se ha puesto talco en la cara, una toalla
y ante el espejo ensaya cómo seria ser una mujer. Agrega: "siempre lo
mismo (¿Qué es lo mismo?). Yo no voy a gustar, soy medio negro". Se
trabajó con el significante "negro" y recuerda que ése era el apodo con
que solían llamar a su padre.
Gastón se mete en el ropero para salir vestido de los personajes que
gustan a su madre. Retorna en su discurso el eco de las palabras ma-
ternas. La insistencia de lo real, lo visto-lo oído reaparece y retoma en
lo simbólico.
Entre fantasma y yo hay una relación de homologia visible. El cir-
cuito le permite decir a Lacan que el yo es metonimico: no está incluido
de entrada en el lugar del Otro; exige una escansión para estabilizarse,
si no sigue girando.
En este caso, si bien hay un deslizamiento continuo, siempre está
a la pesca de determinados modelos de personajes. SI hay identifica-
ción, hay incidencia del significante sobre esta identificación. Esto es
lo que otras escuelas denominan patología "como si". ¿Por qué no
nombrarla de esta manera? Porque esta determinación soslaya el
punto esencial de la significación fálica regulada por la articulación
significan te.
La no sintomatl7..ación, el rondar sin estabilizarse, ese apresa-
miento en el discurso de la madre. los diálogos que mantiene con sus
personajes, cuya imaglnartzaclón es a veces dudosa. el personificarse
como una mujer, la metonimia Imparable de su discurso, nos Interro-
ga acerca de la psicosis.
Sin embargo, de "yo soy lo más parecido que tenés a un padre", aso-
HACER EL PERSONAJE - SER EL PERSONAJE 59

ciado a "tenés un padre encerrado en el ropero" y que "puede comer


a través de un agujeríto" (palabras de la madre), podemos aJirmarque,
aunque clejicientemente alimentado, enJlaquecido, el padre siempre
ha tenido su lugar.
Como analista me enfrenté desde su infancia con la resistencia per-
manente para salir de la posición de objeto. Este hecho llegó a hacenne
dudar de la neurosis infantil que sostiene la primera parte del análi-
sis, y que sólo puedo calificar apres-coup.
Podria pensarse en casi la pureza de una patología del yo. Sin em-
bargo. hay un sujeto que sufre siendo su posición la del objeto por lar-
go tiempo. Objeto que se ofrece a la demanda yno al goce del Otro, Gas-
tón cree que la madre quiere que salga del ropero siendo un artista,
un personaje. En esas máscaras confluyen sus Insignias rudo, super-
guacho, y las diferentes manifestaciones del Ideal.
Dejar de ser el villano, dejar de atemorizar a las chicas (posición
invertida de la fobia), puede motivar el acercamiento a la causa de su
deseo.
El es un poeta que protagoniza sus personajes con su yo, conquista
nuestra simpatía como Freud dice, "revelándose sin esfuerzo Su Ma-
jestad el Yo". Pero el poeta contempla desde afuera sus personajes, él
en cambio los ha encarnado.
En la medida que cae el personaje, cae el artista y empieza a hacer
arte. Gastón está pintando, está escribiendo, está empezando a hacer.
El destino de esos personajes se ha ido convirtiendo poco a poco
en discurso, lo que da cuenta del inicio de un análisis.
ANOREXIA MENTAL Y ESTRUCTURA SUBJETNA

Alexandre Stevens

En L' enchanteur pourrissant, Apollinaire pone en boca del monstruo


maullante Chapalu esta frase: "El que come ya no está solo". Expre-
sión risible, "jocosa", dirá más adelante el encantador, y que deja sin
respuesta el enigma que le formulan las esfinges.
Me parece que el anoréxico parte de esta misma idea, sólo que
invirtiéndola: dejo de comer para estar solo, para que el Otro cese de
atracarme con su papilla asfixiante. Para instalar así, Jugando,
como dice Lacan "con una repulsa como con un deseo", un agu_je-
ro en el Otro y hacer aparecer un deseo, un enigma, que sea interro-
gable.
El analizante del que voy a hablarles es un joven de 17-18 años. Ya
es interesante subrayar de paso que se trata de un hombre. Ustedes
saben que el doctor Lacan. en una notita de 1935 -que apareció en Or-
nicar?, N2 31- señala que ha visto unos treinta casos de anorexia men-
tal y. dice, "todos esos casos se referían a muchachos". Es inhabitual
oír esto, y hasta en la literatura psicoanalítica, incluso reciente, casi
siempre sólo se mencionan casos de Jovencitas. Aquí no me extenderé
más sobre el punto; Eric Laurent lo comentó en forma más minucio-
sa en una conferencia que dictó en Bélgica, y cuyo texto aparecerá muy
pronto.
Michel entonces -llamémoslo así- se puso a "jugar con un recha-
zo como si fuera un deseo". Yo decía: para hacer aparecer un deseo que
sea interrogable. ¿Qué quiere decir esto? En su historia hallamos co-
sas muy "clásicas" que vemos en sujetos enrolados bajo el significante
"anorexia mental". Su madre lo atracaba, lo asfixiaba; su padre no in-
tervino nunca para poner alguna distancia en esta pareja. Además, si
comencé evocando la figura del monstruo Chapalu fue porque me hi-
62 ALEXI\NDm: STEVENS

zo pensar en él el día que me dijo, refiriéndose a su madre: "La veo co-


mo un viejo monstruo alado, sediento de sangre".
Seria tentador vincular este tipo de cosas con lo que se observa en
madres de niños psicóticos e intentar tomar esta dificultad con el de-
seo del lado de la psicosis. ¡De ninguna manera! No es que el deseo del
Otro resulte para él ininscribible. Se trata más bien de un rebajamien-
to, de una insistencia del Otro en rebajar el deseo a la necesidad.
Quizá conozcan ustedes esta pequeña historia en fonna de chiste:
se trata de un niño que nunca habló, que nunca profirió una palabra;
sus padres consultaron a un montón de gente y todo el mundo lo
encuentra normal excepto que no habla. Y un día, en la mesa, pronun-
cia su primera frase y dice: "Madre, quisiera la sal". Entonces sus pa-
dres se sorprenden:·¿Por qué nunca dijiste nada antes?" "Bueno" res-
ponde el niño. "hoy es la primera vez que no está la sal en la mesa".
Pues bien, algo de esta clase está en juego en la anorexia. Michel
tuvo, en efecto, no todo lo que le podía apetecer sino todo lo que ha-
bría podido necesitar.
Y cuando pocos meses atrás -en realidad algo más de un año- en-
cuentra al Otro bajo su forma enigmática, al Otro sexo bajo la forma
de una muchacha de la que se prenda con un amor platónico, es de-
cir sencillamente que nunca se atreverá a dirigirle la palabra y que
todo se limitará al Intercambio de miradas, entonces lo golpea el enig-
ma de la mirada de ese Otro con el deseo que podría suponerse en ella.
Ycuando vuelve a casa (esto sucedió en época de vacaciones), la mi-
rada de su madre sobre sus necesidades, tanto más celosa cuanto que
Justamente entonces padece de una mononucleosis y pasará un largo
tiempo encerrado solo con ella. esa mirada des u madre le hará comen-
zar lo que él llama su "revolución" y que es simplemente una huelga
de hambre, de la que dice: "Podían imponérmelo todo y decidir por mí,
pero me di cuenta de que había al menos una cosa que no me podían
prohibir. que me negara a vivir". Sería tentador leer esta frase como
una versión de la alienación: la libertad o la muerte. En cualquier caso
digamos que lo que el sujeto dice aquí ilustra claramente la tentativa
por la cual estos anoréxicos agujerean el deseo del Otro con su pro-
testa.
Observen que, siendo niño, Michel había hecho lo que sin duda era
una primera tentativa de "regular" la mirada de su madre sobre sus
necesidades. En efecto, elaboró una fobia a los búhos. Pero muy pron-
to la conjuró mediante una reacción inversa: se puso a coleccionar pe-
queños búhos de porcelana.
ANOREXIA MENTAL y EsnmcruM SUI3..JE11VA 63

A la "mirada" de su madre sobre sus necesidades cabe agregar que


su padre tomaba la misma posición. Hombre sumamente obsesivo,
había instalado un micrófono en la habitación de su hijo para el ca-
so de que hubiese un incendio. Temía sin duda que un deseo lo infla-
mara. Imponía toda una serie de otras precauciones, en especial ritos
alimentarios y preceptos dietéticos a veces aberrantes: por ejemplo,
durante su infancia Michel nunca pudo comer pan fresco. porque su
padre esparcía los pedazos de pan sobre el radiador durante unas ho-
ras para que no resultara demasiado indigesto.
Así pues, lo que pasó con él fue que el otro "confunde sus cuidados
con el don de su amor" (Lacan, "La dirección de la cura y los principios
de su poder". Escritos, pág. 608). "Amar es dar lo que no se tiene" (ibíd .•
pág. 598).
Cito a Lacan en "La dirección de la cura ... ": "El deseo es lo que se
manifiesta en el intervalo que cava la demanda más acá de ella mis-
ma, en la medida en que el sujeto al articular la cadena significante,
trae a la luz la falta de ser con el llamado a recibir el complemento del
Otro, si el Otro, lugar de la palabra, es también el lugar de estacaren-
cia" (pág. 607). Lo que así es solicitado en el Otro. es lo que éste no
tiene. Ahora bien, en la anorexia mental el lugar de esta falta en el Otro
está taponado por una respuesta que insiste sobre la satisfacción de
la necesidad. Como bien dice Agustín Menard en un artículo publica-
do en Omícar?, N\! 32, lo que funda al don es la repulsa: "El don surge
si primero es anulado, si puede darse o no a la llamada". Es decir, si
el objeto del don puede ser asimismo "nada".
Hay en la historia de Michel, la que él escribe sobre el diván, una
pequeña historia de don un tanto singular. Sucede al nacer su herma-
no. Recuerda muy bien que cuando le anunciaron el nacimiento una
frase pasó por su mente: "Ella me ha traicionado", frase que él admite
se refiere a su madre. Y cuando su abuela le propone que en la prime-
ra visita a su hermanito le lleve un regalo, él quiere ofrecerle un hue-
vo; y para que yo lo entienda bien. añade: "No un huevo de chocolate,
un huevo de huevo". Un huevo que representa cabalmente, por tanto,
la susodicha traición.
"El deseo del Otro" no significa por supuesto que su madre debió ha-
ber tenido un deseo más para él, sino más bien que habría tenido que
desear en otra parte. Y cuando esto sucede, como al nacer el herma-
no, le parece increíble. Además, no imagina que pueda haber deseo se-
xual entre sus padres. No le habría sorprendido, dice, que su padre
fuese homosexual, desde que un día encontró en su biblioteca un U-
64 AI.EXANDRE STl~VENS

bro sobre la homosexualidad. Y asocia esto con el hecho de que hu-


bo una época en que pensó que todas las mujeres eran lesbianas.
Así pues, por ese lado no hay ningún peligro. No hay peligro, en efec-
to, ya que recientemente me cuenta que en la institución psiquiátrt-
ca en que está in temado y de la que vino a verme no hace mucho tiem-
po para iniciar una cura, otros enfermos le hicieron observar que una
muchacha, también internada, está prendada de él. Es algo que ni se
le había ocurrido, pero ahora que se lo dijeron lo admite con toda na-
turalidad. Me dice inclusive que, en el fondo, deberla levantársela,*
"pero". añade. "es fastidioso porque no me despierta el apetito".
Si ustedes me lo permiten, yo diría que la inapetencia que experi-
menta frente a esta mujer es anorexia mental. En todo caso en el sen-
tido en que el doctor Lacan habla de ella respecto del caso de Kris, bien
conocido ahora gracias a Lacan bajo el nombre de "el hombre de los
sesos frescos". "Anorexia en cuanto a lo mental", precisa.
En este ejemplo, así como en el caso de Kris, se advierte claramente
que la anorexia mental depende de la función del significante. No hay
signo alguno allí de enfermedad dirigido al médico. sino más bien un
significante bajo el cual se aloja el sujeto. Y este significante condensa
cierto número de rasgos de su historia: tanto la papilla obsesionante
de su madre como las obsesiones dietéticas de su padre, tanto el huevo
ofrecido a su hermano como la respuesta de su madre después de es-
te nacimiento. que fue volver a darle el biberón. O sea una forma ele
compromiso que hace pensar en la histeria, "un modo ele expresión del
dos en uno", como lo situaba Jacques-Alain Miller partiendo del texto
de Freud, en las jornadas de Bordeaux.
De paso quisiera hacerles notar que esta dimensión de condensa-
ción, de compromiso. opone de manera tajante la anorexia mental a
lo que pueden ser fenómenos psicosomáticos. Lo aclaro porque a ve-
ces (sobre todo en psiquiatría), se asocia la anorexia mental con la psi-
cosomátlca. No hay ninguna comparación posible entre la condensa-
ción y lo que dice Lacan respecto de los fenómenos psicosomáticos.
Cito: "Cuando el primer par de significantes se solidifica, se hace ho-
lofrasis". lo que significa precisamente que el fenómeno en cuestión no
se eleva a la dignidad de significante.
Vuelvo a Michel para recordarles lo que dije al principio, o sea que

• En el original, la sauter, forma de expresión popular que, al margen de las


acepciones estrictas del verbo, se utiliza con el sentido de "seducir"; cabe con-
signar que también significa "reventar de hambre". IN. de T.)
ANOREXIA MENTAL Y ESrRUC'JlJRA SUBJE11VA 65

su anorexia comenzó tras el encuentro de un deseo enigmático bajo los


rasgos de una muchacha. Este encuentro, por lo tanto, provoca el sur-
gimiento del discurso histérico.
Digo "discurso histérico" porque se puede decir -ignoro si se lo
puede decir de cualquier anore.'{Ía mental, pero en este caso sí- que la
formad el síntoma forma ahí un nudo de slgnilkación, y que en el lugar
del Otro es esperado el significante amo, el significante que sería el de
ese deseo que gira alrededor de "nada" (comer ·nada"), y esto de en-
trada bajo el signo de la impotencia, puesto que justamente el resorte
de este síntoma hace obrar un rechazo. También sería tentador vin-
cular esta anorexia mental. como comer "nada", con un síntoma como
la afonía de Dora, o sea decir "nada". Con la salvedad de que la afonía
de Dora presenta una escansión temporal particular marcada por la
ausencia, mientras que la anorexia se caracteriza más bien por una
presencia excesivamente plena.
Así pues, lo que intento mostrar hasta aquí es que la anorexia
mental, lejos de tener que ser considerada como un tipo clínico parti-
cular debe ser tomada como una forma singular del sin toma, desde el
momento en que en ella se localiza su captura en los efectos del signi-
ficante. Esto es lo que muestra el análisis de Michel a partir del
momento en que él evocó ese "apetito" que no tiene por una mujer, y
que yo señalé. Volveré sobre esto.
Evidentemente, este "comer nada", esta huelga de hambre de Mi-
chel tuvo todos los caracteres de gravedad que observamos a veces en
estos casos de anorexia mental. El año pasado lo obligó a interrum-
pir sus estudios. Un día. al comienzo de su análisis conmigo. poco
antes del verano, me habló de reanudar sus cursos. Y como lo repe-
lía diciéndome que le venchía muy bien, yo caí en la trampa que me
tendía y me permití decirle: "¡En efecto!" Lo que él entendió, según me
comunicó después, es que yo encontraba que él tenía necesidad de
eso; mediante Jo cual comete el acling out siguiente: una noche, poco
después, atrapa a un gato en el sótano del centro terapéutico en el que
está internado y le hace pasar un mal cuarto de hora, y algo más, gol-
peándolo brutalmente. Lo que dice después es que no puede entender
cómo pudo hacer esto, pero que por otra parte bien hecho está, por-
que después de todo el gato lo traiciona ya que se sube tanto a las ro-
dillas de los demás como a las suyas. Se trata claramente de la trai-
ción de su madre, y debo tenerlo por dicho: no es cuestión de rebajar
su deseo a una necesidad.
Lo que por el contrario me indica es que él quiere dar a entender que
66 AI.EXJ\NDRE STEVENS

su síntoma concierne a un saber. En efecto, desde el comienzo de la


cura Michel introduce un nexo entre el síntoma y el saber. Me informa
que las modalidades ele su anorexia se han puesto a variar: toma
alimentos pero siguiendo regímenes dietéticos muy estrictos: se pone
a estudiar los regímenes y a variarlos, y hace suyos cierto número ele
preceptos dietéticos de su padre (que forman en éste un tejido
de síntomas obsesivos). Pero sobre todo pretende decirme que todo es-
to le viene ele los libros, todo esto está en un libro de dietética al que
llama su Biblia. Podemos tomar esto como la indicación de que es
cuestión de un saber en el síntoma. Comer la Biblia es comer sig-
nificante.
Lacan, en el seminario "Problemas cruciales para el psicoanálisis",
dice lo siguiente: "Hay siempre en el síntoma la indicación ele que es
cuestión de saber". "En la categoría del saber es donde yace lo que nos
permite distinguir radicalmente la función del síntoma. si es verdad
que podemos ciar al síntoma su esta! uto de definidor del campo ana-
lizable, o sea diferente de un signo".
Evidentemente, el saber del síntoma no es el de los libros de die-
tética.
De lo que se trata es de un saber insabido. Encuentro únicamen-
te en esos libros, que conducen su síntoma, la indicación que él nos
da de que en el síntoma está en cuestión un saber. Este saber sobre
la dietética al que él apela está ligado a los ritos alimentarios practi-
cados por su padre. Y en cuanto a esta figura del padre, él tiene que
someterse a ella tanto como matarla. Así fue como comenzó a orga-
nizar numerosas transgresiones a esos regímenes, después de las
cuales espera con cierta angustia el momento de la indigestión. de su
"castigo", como él lo llama. Hay en esto un goce, no exento además de
sufrimiento. La forma más pura de esas transgresiones consiste en lo
siguiente: se compra unos graneles pasteles, los mete en su armarlo
y, cuando empiezan a enmohecerse. varios días después, los come,
"por deber de economía", dice. Aquí se trata de algo que ya no perte-
nece al orden del compromiso, corno sitúo yo la anorexia, sino más
bien a una elección que consiste en no perder nada. y que evoca la
fórmula de la alienación tal como la proponía, para el obsesivo, Jac-
ques-Alain Miller: "la bolsa y la muerte".
He aquí una primera etapa de este análisis en que aparece pues rá-
pidamente, más allá de esa forma de histerización que es la anorexia
mental, una estructura obsesiva. Para sostener esta afirmación po-
clria dar sin duda otros ejemplos. y en particular una forma de "charla
ANOREXIA MENTAL Y ESTRUCTURA SUB.JETIVA 67

consigo mismo"que pone bien en evidencia ese goce del pensamiento


propio del obsesivo.
Ahora quisiera volver sobre el nexo entre el síntoma y el saber. El
analista viene a tomar parte en el síntoma (como dice Lacan en su Se-
minario "El objeto del psicoanálisis") para que el síntoma se desplie-
gue como ser de verdad.
Cuando Michel me habló de aquella mujer que no le despierta el
apet.ilo, puntualicé simplemente la palabra "apetito". Esto lo soq>ren-
dió y después le hizo pensar que en efecto tenía que haber en sus
relaciones con la comida algo que se asemejara al goce sexual. Y para
refoni:ar esto. agrega que además tiene una pequeña expresión para
hablarse de sus transgresiones alimentarias. La expresión es: "me le-
vanto", como se puede decir "levantarse a una mujer". Después de lo
cual trocará sus libros de dietética por trabajos de Freud, interesado
en el sentido sexual de sus síntomas. Y esto lo va a desarrollar con
abundancia, explicándome así un día la relación entre la garganta y
el sexo femenino: relación de descripción anatómica.
Sin duda alguna, tras la sorpresa del hallazgo efectuado en el sín-
toma, su interés por los libros de Freud es más bien una tentativa de
cerrar del lado del saber la fisura entreabierta. Sin embargo. ello pro-
vocó un desplazamiento en sus preocupaciones, que hasta entonces
eran exclusivamente alimentarias; y me comunicó un último sueño:
"Yo estaba eyaculando una cantidad enorme de esperma, y una pera;
justamente el día anterior había comido peras". Lo cual es ele todas for-
mas un pequeño desplazamiento en relación con algunos de sus sue-
ños precedentes, que trataban de cantidades enonnes ele vómitos.
Aquí terminaré, concluyendo simplemente esto: la anorexia men-
tal muestra ser en este caso una forma del síntoma -en el sentido de
síntoma analizable-debido a que responde a una histerización del dis-
curso. Lo cual no impide a fin de cuentas que la estructura subjetiva
res~onda a la problemática del obsesivo. Pero la anorexia no Inicia ahí
su despliegue sino por obra de una interpretación que la situó en su
campo: el del significante.
EL SINTOMA: "LOLITA"

Huguette Menard

¿Qué lugar ocupa el compañero sexual en la experiencia analítica? La-


can afirmó que era un síntoma. La evocación de numerosas figuras fe-
meninas escande diversos hitos de su enseñanza. desde sygne de
Coúfontaine hasta el pestañeo de la Beatriz de Dante. La atracción
ejercida por las nínfulas ingresó en la lengua con la novela de Nobo-
kov bajo el nombre de Lollta. Esta obra Irónica y destemplada y cuya
aparición signU1có un auténtico escándalo, no pasó inadvertida para
el doctor Lacan, quien aludió varias veces a ella en su Seminario.
En ciertas curas de neurosis obsesiva. y particularmente en la que
da origen a este trabajo, se perfila la sombra ambigua de una Lollta.
Así pues, voy a referirles los tormentos de Laurent. De edad madura,
acudió a mí para quejarse de su existencia, de una profesión que de-
testa. de repetitivos fracasos sentimentales. Laurent arrastra el fasti-
dio de una vida incolora cuyas causas enumera: una madre abusiva.
un padre borroso tempranamente fallecido. amigas o compañeras
que, no bien comparten su vida. se transforman en arpías. a imagen
de la madre.
En los comienzos de su vida profesional se topó con Jóvenes adoles-
centes y esto desencadenó una angustia que lo obligó a dejar de tra-
bajar o a hospitalizarse y que finalmente Jo llevó a un diván. Siguiendo
los consejos del analista del momento, intenta movilizar su energía pa-
ra obtener una promoción. Gran fiasco bajo la mirada intolerable de
un examinador. Fiasco también en un nuevo amor con una mujer más
joven. Impotente, vegeta en una abulia total, en una estéril rumia so-
bre la Incomprensión de su pareja. que se escabulle. El sueño de ser
un Pigmalión se desmorona. pero él se queda frío como el mármol, li-
berado de una presencia que no supo responder a sus anhelos. Sur-
70 l!lJGUETfE MENI\HD

ge otra pasión, el psicoanálisis, e inicia una nueva etapa y nuevas


aventuras amorosas.
La trama de las palabras y del comportamiento de un obsesivo está
hecha de meras trivialidades. Relataré sumariamente, ya que mi ob-
jetivo es otro, las aventuras del héroe de Nobokov, el profesor Hum-
bert-Humbert: niño adulado, cierto verano se enamora de un chiquilla
de su edad. Sus jugueteos son prematuramente interrumpidos por un
amigo de la familia. Roto el encanto. ha de pasar un cuarto de siglo
para que aquella chiquilla se reencarne en otra. Los años de juventud
se caracterizaron por higiénicas relaciones que las mujeres venales
bastaban para colmar. Frecuentando los parques. las muchedumbres
del subterráneo, a la búsqueda de contactos furtivos o acechando la
ventana de enfrente, él espera la visión que disparará su éxtasis. Un
matrimonio sin pasión acaba rápidamente en el divorcio. Su existen-
cia de rata de biblioteca lo conduce a los Estados Unidos, donde cono-
ce a Lolita. una muchachita de trece años, "la misma niña", encama-
ción de su amor de otrora.
Ahora bien, en la "Introducción a la edición de los Escrttos en len-
gua alemana", Lacan observa que "mientras que hay una clínica que
deriva de la estructura, no hay análisis más que de lo particular, pues
lo que deriva de la misma estructura no tiene por fuer.ta el mismo sen-
tido". Laurent, corno el profesor Humbert-Humbert, vive lanzado a la
búsqueda repetitiva de la mujer ideal. A ello consagró una parte de su
existencia. Vemos perfilarse aquí el lugar del objeto metonímico que
sustenta su deseo.
Pero la sustitución de una mujer tras otra. la imposibilidad de es-
tablecer vínculos estables le parece tan sólo una trastada de la suerte.
La división del objeto, clásica desde la observación del hombre de las
ratas, entre la mujer rica y la mujer pobre, permanece velada para el
sujeto por la repelición. Sin embargo, cabe señalar que la elección va
inmediatamente acompañada de una anulación. Él vitupera entonces
contra su compañera, acumulando sobre ella reproches de incom-
prensión. Ella misma cae bajo el sello de la prohibición, prohibición
que llega a la impotencia durante los ultimas dos años de su primer
análisis. Fortuitamente, después de este incidente él reanuda una
cura, no sin antes haberse desembarazado tanto del analista como de
la amiga.
Pero la anulación no recae únicamente en el compañero sexual.
También aísla al analista. el Otro destinatario al que intenta colocar
en una posición cadaverizada donde se despliega la estrategia obse-
EL SINTOM/\: "LOLIT/\" 71

siva. Un primer camino fue llevarlo a la pregunta •¿qué me quiere el


Otro de la transferencia?" De esto se deduce una constatación, la de
que los numerosos encuentros femeninos malogrados no se debían a
la malicia de algún genio maligno sino que pertenecían al orden de la
tyché. Pero al Igual que Alcestis en su bella alma, Laurent Insiste en
no reconocer que él es a un tiempo el domador y la fiera de su circo.
En este punto, una intervención desbarata su certeza sobre el origen
de sus desgracias. Este viraje aporta nuevos elementos sobre su vida
sentimental. Algo se Je corroboró: al paso de los años su elección ha-
bía recaído en mujeres cuya edad se iba distanciando cada vez más de
la suya.
La desaparición de la abulia le permite asumir una carga que legí-
timamente le correspondía pero que él siempre había rehusado para
quedar bien a resguardo. Sobre esta mutación y sus consecuencias
habla poco y con parsimonia, hasta el día en que aparece el nombre
de Sofía. una adolescente con la que trata. Además. su extraña con-
ducta hacia esta jovencita se le revela en toda su verdad. Con ella se
conduce como un enamorado transido: verdad del síntoma, tan cierto
es, según la fórmula de Lacan, que el síntoma es verdad que resiste a
la fisura del saber.
El reconocimiento de este amor por la nínfula lo trastorna y da lu-
gar a la evocación de los acontecimientos de su vida. Al igual que para
el héroe de Nabokov, esta Lolita es la reencarnación de su primer amor
Infantil, una niñita rubia; su celosa actitud de entonces atraia las son-
risas socarronas de quienes lo rodeaban. Además, en la vivienda fami-
liar había dos retratos enmarcados, el de un chico y el de una niñita
rubia. Ante el cuadro que representaba a la niñita. un día, en su pre-
sencia, tuvo una crisis, una convulsión. "Me quedé rígido". Añade que
de pequeño una abundante cabellera mbia y rizada había precedido
a su calvicie actual. Por último, el juego de los significantes se tiende
hacia un nudo: su madre. dumnte toda su infancia y mucho después,
se dirigía a él diciéndole: "Mi hija" o "este chico es mi hija". Ella se ha-
bía opuesto a la menor autoridad del padre, afirmando: "Mientras yo
viva no tocarás un solo pelo de su cabeza".
Partiendo de este momento de una cura procuraré interrogarme so-
bre el lugar de la nínfula, punto tope a la metonimia deseante entre
síntoma y fantasma.

La Vida amorosa de este paciente puede dividirse en dos tiempos,


la vertiente metonimia y la vertiente metáfora.
72 HUGUETl'E MENARD

La primera está ritmada por la metonimia, que es la manera que tie-


ne el obsesivo de negar el deseo del Otro y el suyo propio. Para el ob-
sesivo el otro es intercambiable: realmente es una por otra, una tras
la otra, y de ahí la sucesión de elecciones caracterizada una y otra vez
por el rechazo y la desvalorización. Esta agresividad respecto del otro
es una manifestación sostenida por la castración, que mantiene la im-
posibilidad que afecta al deseo. Este tiempo puede ser ilustrado por la
escritura de La.can del fantasma obsesivo que él forjó en cierto pun-
to de su enseñanza: 1. O'P (a a' a" a"').
Colette Soler hace poco subrayó que para el obsesivo la defensa se
manillesta en forma de doble negación:
- negación respecto del compañero, que no conviene nunca y es
rebajado o rechazado a las mazmorras, en este caso totalmente ilus-
trativa;
- defensa del sujeto contra la castración que mantiene el deseo im-
posible, lo que es defensa contra el goce.
¿Se puede hablar de compulsión, de Zwang, en la reiteración de las
elecciones femeninas que tienden a borrar la cuestión del deseo del
Otro y de la angustia? La.can señaló (seminario sobre la transferencia)
la relación del obsesivo con lo múltiple: el ejemplo ilustre es el hom-
bre de las ratas, donde la "divisa rata", término utilizado por Freud en
·Apuntes originales sobre un caso de neurosis obsesiva" es el patrón,
la moneda de cambio de las diversas formas de la rata, de los diver-
sos objetos que tienden a reunirse en un condensador de goce, el obje-
to a plus-de-gozar, pues la metonimia transfiere el goce.
Pero Laurent, en este momento, cree en el encuentro de la elegida.
La ilusión cómica de este sentimiento, el amor. no se revela sino en es-
te punto crucial: ¡un vejete de su edad prendarse de una Joven Agnes!
Hasta aquí él se mantenía fuera del juego. El objeto elegido, sellado por
la prohibición para mantenerse a distancia de la angustia de castra-
ción, es reemplazado una y otra vez. La búsqueda desenfrenada de
una compañera ideal, signo de un malestar, permanece en el nivel de
una clínica descriptiva del comportamiento, signo de lo que cojea y
cuya matriz es el fantasma, una manera de responder a la pregunta
sobre el deseo del Otro. La división del objeto largo tiempo velado en
su opacidad subjetiva se revela: de un lado el infierno conyugal, del
otro el amor por la nínfula, que deja al sujeto atónito. Desconcertado,
exclama: "¿Qué me está pasando?" Aclara que hasta ahora todas sus
parejas habían sido morenas.
¿Qué representa entonces la nínfula. pequeña ninfa, ser mítico?:
EL SJNTOMA: "LOLITA" 73

una muchachita no del todo niña pero no mujer todavía. Sofia-Lolita.


la Venus de Botticelli, evocadas en las asociaciones de Laurent. estas
formas ligeras aparecen como soporte de la imagen narcisistica, ob-
jeto de exaltación donde lo que él ama es una cierta imagen de sí
mismo. La sombra ambigua evocada al comienzo de este texto indica
la captura llbidinal efectuada a partir de esa imagen. En este caso,
además, es en el nivel del rasgo unario, del S, en cuanto rublo, cabe-
llos rubios, "en la relación del sujeto con el campo del Otro, donde ope-
ra el ideal del yo, punto en que el sujeto se ve amable", para retomar
los términos del Seminario XI. punto en que él responde a la llamada
de la demanda del Otro.
El valor de esta imagen narcisística reside en su brillantez fálica. La
astucia de este paciente que con su elección intentaba borrar toda
huella del deseo del Otro, fracasa aquí ante la atracción ejercida por
su Lolita. Si sucumbe a su encanto es porque para él es ·agalmática••
es decir la presencia del objeto a incluyendo (- <p): a . La emergencia
-<p
de la significación fálica provoca una vacilación. Pigmalión quedades-
concertado, su mundo de dominio se derrumba. Aparece la división
del sujeto. El amor por su ninfula permite que se ponga a trabajar el
sujeto del inconsciente. que se ponga en evidencia lo que Lacan obser-
va al decir "que el trabajo del Inconsciente prescinde de pensar, de cal-
cular. Supone un sujeto, un trabajador, der Arbeiter". En lugar de ra-
cionalizaciones sobre su conducta surgen actos fallidos. sueños,
formaciones del inconsciente. El juego de los significantes desemboca
en el mensaje del Otro: "mi hija", metáfora que produce un efecto de
significación, saber apresado en la articulación significante.
Ser el falo de la madre bajo su mirada que lo coagula es lo que más
le importa. Como todo neurótico, él hace "pasión de la castración", o
sea _JL • no quiere saber nada de ella, ocupado como está en servir al
- <p
goce del Otro para asegurarse del Otro.

Vayamos al incidente bautizado como convulsión por los profe-


sores, ocurrido cuando tenia tres o cuatro afios. Dirige su mirada al
cuadro de la chiquilla y queda rigido: "Fue", dice, "traumatizante".
Aquí se indica una vacilación, el sujeto se eclipsa, se tacha: fading del
sujeto, y cae, para precaverse de la angustia; frente a la falta del Otro
elige un fantasma que vela el horror de la castración materna.
Lolita, encarnación del (- q,l girl-falo "en posición de objeto que lo
74 HUGUETIE MENARD

adecúa a un fantasma" frente a la demanda del Otro, es un libreto Ima-


ginario que oculta lo real del fantasma. Frente al abismo de la horren-
da verdad, el falo irnaginarto se yergue corno un fantasma perverso,
espejismo del neurótico. Este doble de sí mismo lo trastorna y lo mueve
a formular su pregunta sobre el deseo del Otro. La puesta en juego de
la cadena significante a través de las sustiluciones de la metáfora -ru-
bio, niñita, Lolita-, trae aparejado un efecto de significación: ~qué soy,
una niñita rubia", con lo que se articula su queja. ~no puedo ser un
hombre. he malogrado mi existencia".
Asi pues, esta Lolita se sitúa en un cruce de sobredelerminaciones
entre la imagen narcisística yoica, el descifrado del significado del Otro
y el episodio del cuadro que da un panorama sobre la cuestión del fan-
tasma. Este momento de cura en que surge Lolita, soporte de la fun-
ción fálica, compañera falicizada, corresponde a ese tiempo en que la
castración permite el advenimiento del síntoma, hecho de discurso, y
el comienzo del trabajo de este paciente hasta ahí coagulado, diría
incluso petrificado en un comportamiento, encerrado en la Jaula de su
narcisismo, y viene a romper la repetición.
LA DESPERSONALIZACION EN LA NEUROSIS
Y LA PSICOSIS

Agnes Ajlalo

l. Introducción

La despersonalización, tal como nos llega de la clínica psiquiátrica, se


presenta como no específica. Por eso debe ser doblemente cuestiona-
da. ¿Qué serie de fenómenos constituyen la despersonalización?
Nuestras referencias de estructuras que determinan un sujeto en tan-
to neurótico o psicótico ¿permiten o no en cada caso, diferenciar y es-
pecificar esta despersonalización?
Por razones de comodidad, en este trabajo no nos referiremos a la
perversión sino a una oposición neurosis-psicosis en singular. Tam-
poco daremos ninguna definición de la personalidad, por más que el
título la implique. Esta unidad cuestionada en la despersonalización
será pues tratada, no en el nivel de la fenomenología en que se man-
tiene para la psiquíatría, sino en el nivel de la estructura tal como el
psicoanálisis permite ubicarla en el campo freudiano. Sin embargo
conviene recordar que la tesis del doctor Lacan constituye la primera
tentativa seria de ordenamiento de la primera a partir de la segunda. 1
Por eso es que, a manera de introducción, quiero proponerles
examinar rápidamente cómo el D.S.M. III, biblia de los psiquiatras ac-
tuales. analiza este tema. 2 El D.S.M. lII considera como criterio único
el de la adaptación socio-profesional en tomo de la cual se ordena una
oposición entre la despersonalización como síntoma y como trastorno.
El sin toma: la despersonalización, puede ser sintomática en casi to-
das las categorías definidas por el D.S.M. III. incluyendo las lesiones
orgánicas. En cuanto a los trastornos de la personalidad, se los con-
sidera como accesorios, un trastorno entre otros.
El trastorno: la despersonalización se convie11e en una entidad dí-
76 AGNES AFLJ\LO

nica, o sea es una enfermedad cuyos criterios son dados en el estilo


médico más puro: comienzo brusco y final lento; evolución: crónica;
el terreno: los adolescentes y adultos jóvenes (raramente de más de 40
años): las complicaciones: de tipo hipocondriaco; los factores predis-
ponentes: cansancio, dolores, estrés y depresión ... ; los signos asocia-
dos: desrealización, vértigo, rumiación obsesiva.
En lo referente a la descripción clínica de la patología, ésta perma-
nece sin cambios desde hace un siglo. O, para ser más exactos, dire-
mos que es un poco más confusa. En efecto. si la despersonalización
excluye toda modificación de la percepción de la realidad, la desreali-
zación que la acompaña casi siempre implica una pérdida sistemática
de dicha percepción.
Podemos legítimamente preguntamos para qué nos sirve esta reco-
pilación ya que es estrictamente imposible precisar lo que recubre este
término de "despersonalizaciónff. Todas las categorías clínicas son
movilizadas y estallan al mismo tiempo. Un grado tal de confusión nos
impone una crttica rigurosa del D.S.M. Ill. 3

H. Después de Freud

Para los freudianos de los años veinte, no cabía duda de que la uni-
dad cuestionada por la despersonalización era la del yo. Tras la formu-
lación de la segunda tópica, ciertos analistas intentaron refonnular la
despersonalización a partir de la libido y del narcisismo. 4
Para estos posfreudianos de la primera generación. lo importante
es aislar una causa desencadenante. Se trata de una redistribución de
la libido. Al respecto, Numberg se opone a Federo. 5
Según Numberg, la pérdida de libido infligida al yo, herida narclsís-
tica, es una consecuencia de la investlsión narcisística libldinal de ob-
jeto. Según Federo, la pérdida de libido narcisística es directa. Por lo
tanto hay una definición distinta de la despersonalización. Numberg
considera que luego de la pérdida de libido del yo, ésta se desplaza ha-
cia un fantasma, que concierne a las zonas erógenas del cuerpo. Para
Federo esa pérdida narcisística directa de la libido narcisística se re-
fiere a la representación psíquica de las fronteras corporales del yo. O
sea, que la despersonalización surge cuando las fronteras del yo no
coinciden ya con el esquema corporal (Ko,perschema).
Retengamos aqui dos puntos, uno se refiere al cuerpo y otro al go-
ce. 1) Ya se trate de zonas erógenas o de fronteras corporales, lo que
I.A DI,SPEHSONAI.17..ACION EN LA NEUROSIS Y I..J\ PSICOSIS 77

parece común a la interrogación de Numberg y de Federo es la defini-


ción de un cuerpo, de sus límites. Es decir, de la definición ele sus re-
laciones con lo imaginario del yo: lo simbólico de la Vorslellung Re·
presdntanz y lo real del goce. 2) La redistribución de la libido y la emer-
gencia del fantasma plantea la cuestión de la relación del sujeto con
el goce ($ O a).

Jll. Con F'reu.d

1. Enunciado de un principio

El principio de descentramiento del yo del su_¡eto obedece a la con-


signa del retomo a Freud de Lacan. Sin embargo, esta distinción
nunca fue hecha por la IPA Por esta razón en los años sesenta Bou-
vet se vio llevado a producir una entidad clínica llamada neurosis ele
clespersonalización. 6 Es el mismo recorrido que volvemos a encontrar
un cuarto de siglo más tarde en el D.S.M. III.
Frente a lo que se presenta como unidad del yo, debemos oponer el
ser del sujeto.
El yo como unidad
Tanto en Freud como en La can, el yo tiene coordenadas Inconscien-
tes. Al tomar en cuenta los tres tiempos de la teoría freudiana, 7 Lacan
refonnula la cuestión del yo de un extremo al otro de su enseñanza,
desde antes del "Discurso de Roma" con "El estadio del espejo" hasta
su Seminario Le slnthome. También podemos encontraren Lacan dos
formulaciones del narcisismo, antes y después del giro de los años se-
senta. Con "La cuestión preliminar... " el narcisismo primario (eje im
del esquema R) está referido a la imagen del cuerpo que precipita la
Urbild del yo. Y el narcisismo secundario (eje IM del esquema R) está
referido al !del del yo. 8 Esta identificación simbólica surgida del com-
plejo de Edipo condiciona la formación Imaginaria del yo. Después de
los años sesenta, esta doble referencia del yo cambia de sentido. Como
lo recordaba E. Laurent en una de sus conferencias, 9 el narcisismo pii-
maiio se vuelve Imposible por causa de la primacía de la cadena signi-
ficante. A partir de ahí, el lugar de la insignia simbólica, bajo la cual
desaparece el sujeto l(A), es simbólico. Y el narcisismo secundario se
vuelve imposible por el lugar del goce: el sujeto se desvanece en el fan-
tasma.
78 AGNES AFLALO

El ser del sujeto

El ser no concierne al yo, es asunto de sujeto. Tanto para Freud co-


mo para Lacan, del lado del sujeto no hay unidad sino división. $ es
el materna lacaniano de la Ich-Spaltung freudiana. Si el modo de ser
del sujeto es ser barrado, tachado, desde el origen, es legítimo que nos
preguntemos cómo un tal sujeto puede experimentar el menor desfa-
llecimiento de su sentimiento de existir. Tenemos que distinguir acá,
no dos maneras de ser del sujeto, sino dos modos de no-ser. O más
exactamente dos posiciones subjetivas del ser. Es lo que desarrolla La-
can en el Seminario XIPº y que J.-A. Miller nos aclaró en su curso. 11
La alienación significante es un estado cero del sujeto y la separa-
ción de la cadena significante es un estado menos uno del sujeto. Dos
negatividades del sujeto son definidas de esta manera. Y la afrenta de
una existencia subjetiva problemática en sí puede aclararse si se tie-
ne en cuenta lo que J.-A. Miller llamaba la metáfora subjetiva. 12 En
efecto, la paradoja de la existencia es levantada mediante la operación
simbólica, la única que permite una afirmación de la negatividad. 13
El sujeto está bien constituido mediante una elisión significante,
pero esa falta se convierte en significante en el lugar del Otro. Y la me-
táfora subjetiva está condicionada por otra metáfora. la del Nombre
del Padre.
El ser del sujeto está vehiculizado por los significantes de la cade-
na. es el margen más allá de la vida que el lenguaje asegura al ser en
tanto él habla. 14 Pero no todo el significante representa al sujeto, hay
un resto de la operación de división y ese resto es lo más real del ser
del sujeto, es el objeto a.

Coordenadas estructurales del yo y del sujeto

Debemos ahora articular la estructura mínima en la cual Lacan si-


túa el descentramiento del yo y del sujeto.
El ideal del yo: al sujeto en su nostalgia de ser, el rasgo unarto no
le confiere una identidad, a lo sumo, le abre la posibilidad de las iden-
tificaciones.
Pero para que haya ideal del yo como identillcación simbólica es ne-
cesario que el lugar vacío del sujeto sea simbolizado. Y es esta iden-
tificación ideal la que determina la posición del sujeto; a partir de la
cual el sujeto podrá tomarse como yo.
El yo como formación imaginaria es estrictamente correlativo al ad-
LA DESPERSONALIZACION EN LI\ NEUROSIS Y LI\ PSICOSIS 79

venimiento simbólico del ideal del yo. El yo ocupa el lugar dejado va-
cío por el sujeto. Lo que nos permite entender por qué Lacan nos dice
en su escrito sobre Daniel Lagache que tras la máscara no hay nada.
En efecto, tras la máscara del yo, la nada es la del ser. Y eso es lo que
desconoce el yo.
Entonces podemos decir que el sujeto personalizado es un sujeto
con integración del yo. Y el sujeto despersonalizado. un sujeto fuera
del yo (está fuera de sí). De tal manera que lo real de su ser enmascara-
do hasta entonces aparece ahora como presencia en otro lugar. 'tene-
mos pues que concebir la despersonalización como un iiempo en que
el sujeto tendria que "reconocer" su ser en ese punto real de falta.
Debemos concluir con la afirmación de que ese principio de descen-
trarniento produce una ruptura. La despersonalización no puede ser
considerada ya como patológica. Es un estado nom1al del yo.

2. Freud y Lacan, otra serte de fenómenos

Ni en Freud ni en Lacan, la despersonalización recubre una en lidad


clínica. En ninguna parte la serie heterogénea de fenómenos que re-
cubre se agrupa en un mecanismo estructural único. En revancha. lo
que encontramos en Freud y Lacan es la misma serie de la desperso-
nalización con otros dos fenómenos no especificados: el fenómeno del
doble y el de lo siniestro.
He aquí algunas referencias que permiten fundamentar esta serie.
En Freud: 15 lo siniestro y alucinación del doble están asociados en
el artículo Das Unheimliche; lo siniestro y la despersonalización en la
carta a Romain Rolland. En Lacan: 16 despersonalización y siniestro en
el Seminario lll: siniestro e imagen narcisística en "Observación sobre
el informe de Daniel Lagache"; siniestro y alucinación del doble en el
Seminario X: despersonalización y alucinación del doble en "De nues-
tros antecedentes".
Podemos pues desmontar esta serie y ver qué conclusiones pode-
mos obtener para nuestro tema de la despersonalización. Una prime-
ra constatación: despersonalización y fenómeno del doble cuestionan
la estructura del yo. Segundo, lo siniestro es un factor común a los
otros dos fenómenos.
Fenómeno del doble y regresión tópica en el estadio del espejo
Lo específico del fenómeno del doble 17 es que no solamente el suje-
80 AGNES AFLAI.O

to se percibe allí donde no está síno que a esta imagen la reconoce a


la vez por ser la suya y al mismo tiempo radicalmente otra. Una prime-
ra ilusión del estadio del espejo se basa en que en su encuentro con
su imagen, el sujeto se ve en el espejo allí donde no está. En el fenóme-
no del doble, ese encuentro con su imagen narcisística lo hace perci-
birse como presencia en otro lugar. en condiciones que hacen que es-
ta imagen aparezca usurpando su lugar. Otra ilusión del estadio del
espejo tiene que ver con que todo lo de lo real no está imaginarizado,
pero la unidad de la imagen especular que precipita el Urbtlddel yo cu-
bre ese real no imaginarizado. O sea t (a) --+ ! (a~ --+ m [yo).
a
Conviene agregar que la captación de la imagen como una depen-
de de un uno que introduce el primer significante. el rasgo unarto. Y
que la alteridad de la imagen no se refiere solamente al elemento he-
terogéneo (a) que recubre. Esta alteridad está condicionada por la
pura diferencia que introduce el Otro simbólico.
Tenemos pues que concebir el fenómeno del doble de esta manera:
la conservación de la unidad de la imagen indica el mantenimiento de
la puesta en función del rasgo unario que la condiciona. La alteridad
de la imagen que hace captar el yo como radicalmente otro se debe a
que se mantiene el recubrimiento del elemento real a La vuelta a la
identidad del yo y de la imagen del otro (i (a)) es pues consecuencia del
borramiento del espejo simbólico (A). Este resurgimiento de la pareja
a - á. es el núcleo paranoico del yo, correlativo a la génesis del yo. Ve-
mos entonces que en el fenómeno del doble, el yo entra en el estado de
un otro yo, es decir de un tú. Ahora bien, es precisamente esta cap-
tación por el sujeto de su estado de objeto lo que provoca lo siniestro,
pues el sujeto se revela como no autónomo. Pero hay que indicar aquí
que el objeto está todavia especularizado.

Despersonalización y regresión de las identljlcactones

La despersonalización pone en Juego el narcisismo secundario. o


sea el del fantasma. pero encuadrado por las identificaciones ideales.
Estas identificaciones al objeto de amor son siempre regresivas, nos
dice Freud. 18 La regresión concerniente es pues acá la del plano de la
ideo Uficación que hace pasar del tener al ser. Es ta identificación ideal
que se forma a partir del rasgo unario sólo se produce en la retroacción
del Edipo. Es decir que la simbolización del deseo por el significante
del falo es necesaria. Podemos entonces escribir que: la relación ima-
!A DESPERSONAL17..ACION EN !..A NEUROSIS Y LA PSICOSIS 8I

ginaria del otro y del yo está condicionada por el ideal del yo, de ma-
nera que I(A) produce una imagen i(a) que localiza el objeto a: I(A) ----.
i (a)----. a.
La relación imaginaria del primer piso del grafo debe ser completa-
da por la del fantasma en el que el valor fálico se inscribe como obje-
to imaginario faltantd- q,). La falta real de la imagen incluye ahora la
falta del objeto imaginario: t (a)----. a. El yo producido por esta imagen
-<p
cubre un sujeto cuya negatividad se refiere a la incidencia negativa del
falo, o sea: m [yo) ----. _!__
- <p
La ilusión del fantasma redobla la del espejo. El sujeto no se ve allí
donde está. Y, a causa del yo, desconoce que es a partir del Otro en I
que se ve como lo que no es. Pues esta imagen del Otro que hace que
se perciba como pasible de ser amado, sólo tiene el brillo del agalma
al velar que el falo es una falta. Es por eso que sólo con el sostén de
la imagen puede el sujeto soportar el hecho de hacerse objeto del de-
seo del Otro en su fantasma. "El Otro puede desvanecerse ante el obje-
to que yo soy, pero deducción hecha de lo que yo me veo"'. 19 Cuando
el sujeto asume como propio su discurso inconsciente, el borramiento
del espejo simbólico le permite alcanzar el punto I al cual sólo accedía
virtualmente. En este punto, la ilusión de lo que se hacía ser como uni-
dad, desfallece. En efecto, la afrenta hecha a la identificación desha-
ce la imagen del Otro y el objeto a que aparece, viene a agregarse a la
imagen especular. Resulta entonces una desorganización del campo
de la percepción, ya que este objeto ha positivizado la falta haciéndo-
la aparecer en el campo de lo visible, de donde, hasta ese momento,
estaba elidida. Frente a este objeto no especularizable. el sujeto no
puede ya reconocerse como yo, y se ve reducido al punto de la falta
imaginaria del yo, es decir - cp. Y es la angustia de castración. La des-
personalización que sobreviene es la exacta contrapartida de la pér-
dida de las coordenadas simbólicas e imaginarias, puesto que el falo
al que se reduce el sujeto no tiene imagen y su significante es el sig-
nificante de la falta de significante.
En este punto, el ser de lenguaje que el sujeto se hacía en su fantas-
ma se revela como el no ser del objeto al que se redttjo. Vemos en qué
lo siniestro puede calificar tal momento. Ya que allí también el sujeto
se aprehende como objeto, pero esta vez el objeto no está más reves-
tido por la imagen especular debido a la disyunción entre a y - <p.
Podemos decir entonces que la despersonalización es una etapa su-
82 AGNES AFIALO

plementaria del fenómeno del doble que no la precede necesariamente.


La disolución del yo es completa, el sujeto se revela como presencia en
otro lugar, en un objeto que lo exilia de su subjetividad debido a la au-
sencia de coordenadas imaginarias y simbólicas; el borramiento del
espejo del Otro simbólico implica también la desaparición del rasgo
unario. Si estos momentos, que son de atravesamiento, no duran, es
en la exacta medida en que, después de la separación respecto de la
cadena significante, una alienación significante es nuevamente po-
sible. El sujeto vuelve a encontrar su lugar simbolizado en el Otro
puesto de nuevo necesariamente en función.
Acá conviene hacer dos observaciones. La despersonalización como
tal requiere la simbolización del falo, inversamente al fenómeno del do-
ble; lo siniestro no es únicamente un factor común de los dos fenóme-
nos. Debemos también oponerlo a la despersonalización. En efecto,
Freud en su carta a Romain Rolland establece una distinción: o bien,
nos dice, es una parte de la realidad la que aparece extraña, o bien es
una parte de nuestro propio yo. Y es sólo en este último caso que se
debe hablar de despersonalización.
Conviene entonces calificar esta extrañeza en relación con el cam-
po de la realidad. Es lo que vamos a tratar ahora. en el último capítulo.

N. Una distinción: frontera entre neurosis y psicosis

1. El lugar del Nombre del Padre 2º

Antes de ir más lejos conviene diferenciar dos sentidos de la pala-


bra francesa étranger que se confunden en este idioma y que se dis-
tinguen en español o en inglés: ~extraño" distinto de ·extranjeroM;
Mstrangern distinto de "foreignern. Conviene entonces oponer el caso en
el que la realidad deviene extraña pero el mundo permanece global-
mente familiar, del caso en que la realidad no es extraña sino extran-
jera. La conceptualización de la extimídad por J.-A. Mlller 21 permite
aclarar este punto. Podemos decir del extranjero que no habla el
idioma del país, que está fuera de ese universo de discurso. Pero lo
extraño, eso no está fuera, es éxtimo. Es decir, que se requiere como
condición previa el estar situado en el discurso, para que posterior-
mente algo de ese discurso se revele como estando afuera. E. A. Poe,
autor lacaniano, si lo hubiera, brinda a Dupin la ocasión de no des-
conocer esta distinción. 22
lA DESPERSONALIZACION EN LA NEUROSIS Y LA PSICOSIS 83

Esta oposición de Freud podemos pensarla con la ayuda de olra


oposición; la de la metáfora subjetiva y de la metáfora paterna. 23 En
efecto, la metáfora del sujeto permite esclarecer el hecho de que el su-
jeto se perciba como objeto en la despersonalización.
En revancha, la afrenta sobre la realidad impone una puesta en
funcionamiento de la metáfora paterna que la condiciona. Esta depen-
de enteramente del registro simbólico. El impasse que la !.P.A. volvió
estéril y que retomó el D.S.M. lll encuentra su lógica estructural en el
campo freudiano. La percepción no es un dato innato del cuerpo. Esta
primera función del yo está articulada al campo de la realidad. El yo
no condiciona la realidad, está condicionado por ella.
Acá se impone una diferenciación entre psicosis y neurosis. Y de-
bemos considerar con Freud y Lacan que lo que importa en la pérdi-
da de la realidad es el mecanismo de lo que allí se sustituye. 24 Para el
neurótico, la modificación de la libido que Interesa al fantasma. pode-
mos formularla en términos de relación del sujeto con el goce ($O a).
Para el psicótico, la retractación de la libido interesa al cuerpo.
La dialéctica del deseo escondida por las identificaciones llega a un
falocentrismo que sancionará o no la metáfora paterna. Si hay sig-
nificante del Nombre del Padre habrá puesta en función del falo simbó-
lico <l>: el sujeto se coloca bajo la significación fálica(~ ~ ~). En
s -<p
caso contrario, el falo permanece imaginario y su puesta en fun-
ción es un <I> o.
El falo será lo que del ser viviente se simboliza. a partir de lo cual
se inscribe la significancia del ser viviente. Sólo la metáfora paterna
permite la extracción del falo. Es decir que todo lo que el sujeto tiene
de existencia se lo debe a su inscripción en la función fálica.
J .-A Miller destaca cómo, en la enseñanza de Lacan. de la primera
a la segunda formulación de la metáfora paterna, el falo deviene sig-
nificante del goce imposible de ser negativizado. Lo que ha sido sim-
bolizado del ser viviente convierte al sujeto en un ser para la muerte.
Pero hay un residuo no captado por la cadena significante. Lo que
queda del ser viviente, el Otro lo ignora: una parte que ya no es negati-
vizable está simbolizada en el falo. es lo que el sujeto debe abandonar;
otra parte es el objeto a. Hay pues un trozo de cuerpo que no es un ob-
jeto parcial y al que le falta la significancia como tal. El Nombre del Pa-
dre no condiciona solamente una posición subjetiva del ser y el campo
de la realidad, condiciona también el hecho de que un sujeto tenga un
cuerpo.
84 AGNES AFLALO

El cuerpo es una realidad, como lo recordaba C. Soler en una de sus


conferencias, 25 en el sentido en que la realidad, desde Freud, es segun-
da. Es decir que no se nace con un cuerpo. Lo que tenemos de partida
es un organismo. Ya sea en "El estadio del espejo", donde hace falta
una imagen para hacer un cuerpo, ya sea en el "Discurso de Roma",
donde lo simbólico es un cuerpo sutil que debe ser incorporado para
formar una unidad; ya sea en "l'Etourdit" donde es el Otro del lengua-
je el que otorga su cuerpo al sujeto, el cuerpo aparece siempre como
segundo. Nunca está dado de entrada. Para que un sujeto tenga un
cuerpo es necesario que su goce esté simbolizado en un órgano que él
abandona, el falo. Esto tiene por efecto una atribución simbólica del
cuerpo sobre el que el juicio de existencia podrá ejercerse en un segun-
do tiempo. Pero esta simbolización tiene por efecto la mortificación del
ser viviente, negativizar su goce, que deviene fuera del cuerpo. En ese
sentido, el falo es un órgano que no conviene al cuerpo. Y para que la
máquina funcione. el goce será recuperado fuera del cuerpo en los ob-
jetos plus-de-goce de la pulsión.
La afrenta al campo de la realidad provoca una nueva repartición
del goce que, o bien quedará fuera del cuerpo amparado por el fantas-
ma (es el caso de la neurosis), o bien retornará sobre el cuerpo en la
psicosis. Sería necesario acá diferenciar el Otro del cuerpo del Otro del
lenguaje, para oponer esquizofrenia y paranoia. 26 Pero en todos los ca-
sos, en la psicosis, el daño ocasionado a la existencia sólo es conse-
cuencia de la ausencia de atribución simbólica del cuerpo. Es así que
podemos explicarnos que en la llamada despersonalización psicótica,
una parte del cuerpo deviene extranjera o que todo el cuerpo deviene
extranjero cuando el significante lo deviene. O que al cuerpo se lo de-
je plantado cuando el Otro del lenguaje se retira. Es por eso que un su-
jeto psicótico puede decir "estoy muerto", o bien "yo no tengo cuerpo".

2. Oposición entre identificación y dispersión

Conviene recordar que el Nombre del Padre como metáfora enmas-


cara la metonimia. Es decir que el padre de la Ley, castrado (Vx <1>x)
recubre el padre del goce de la horda (3x <l>x). Ahora bien, la función
del ideal es precisamente la de enmascarar la correlación entre el Nom-
bre del Padre y el goce. Esta función visible en la perversión, está
enmascarada en la neurosis. Y sólo en la psicosis su derrumbe pro-
voca un retomo del goce sobre el cuerpo.
I.A DESPERSONALl7.ACION EN LA NEUROSIS Y LA PSICOSIS 85

Ahora debemos considerar a la identificación en su relación con el


deseo del Otro. El sujeto se ha identificado como respuesta al deseo del
Otro. Y es desde el lugar del Otro que le llega lo que él es en un "tú eres
es to". Acá debemos en ton ces oponer la despersonalización a la no per-
sonalización para retomar esta expresión de Lacan en el Seminario
III. 27 Lacan se apoya en Benveniste para afirmar que no hay tercera
persona. En Problemes de linguistique générale, 28 Benveniste explica
que sólo yo LJe) y tú son personas ya que en sustancia sólo el yo LJe) y
el tú permiten una distinción de los planos del enunciado y de la enun-
ciación. Esto no se da con la tercera persona, de la cual Benveniste nos
dice que es una no-persona. Hay un caso particular que le interesa a
Lacan, es aquel en el cual el tú pierde su propiedad y deviene como el
él. Entonces, nos dice Lacan, el tú no apunta más a ninguna perso-
na, es un tú que despersonaliza. Y el ejemplo célebre que nos da es el
del imperativo.
La metáfora paterna que condiciona la metáfora subjetiva nos
pennite captar su implicación en el discurso. O bien la elisión
primordial del yo LJe) es reemplazada por un tú de metáfora, un tú
creacionista y entonces, frente al deseo simbolizado del Otro, el
sujeto podrá adornarse con un significante ideal que lo crea co-
mo otro (tu es celui qui me suivras). O bien, el yo LJe) es reemplaza-
do por un tú que funcionará como un él: y frente al enigma del deseo
del Otro no simbolizado, este tú no apuntará a ninguna persona, si-
no a una no-persona. Será un tú del comentario (tu es celui qui me
suivra).
Es la afrenta dada a la identificación, o sea al "tú eres esto", lo que
desencadena la despersonalización. Para la neurosis, en la que el de-
seo del Otro está simbolizado, sabemos que tal identificación es la del
ideal del yo. Pero en la psicosis, ¿cómo entender esta identificación y
relacionarla a un estatuto del deseo del Otro? En su escrito sobre
Schreber, Lacan nos dice que "... la identificación mediante la cual el
sujeto asumió el deseo de la madre, desencadena, al ser quebrantada,
la disolución del trípode imaginario". 29
Entonces aquí también se trata de una identificación y relacionada
al deseo de la madre, es decir, a un otro previo. 30 ¿Cómo entender es-
ta identificación? Lacan da una aproximación en su primera lección
del Seminario El deseo y su interpretación. Nos dice que por el solo he-
cho de dirigirse al Otro, el sujeto se encuentra identificado. Esta iden-
tificación no es el ideal del yo, que todavía no existe, pero, nos dice
La.can, es su núcleo. En el Seminario XI, La.can nos dice que esta
86 AGNES AFI.ALO

identificación nos viene del deseo. Podemos entonces remitir esta


identificación al rasgo unario y su quebrantamiento a la ausencia de
este último.
En el momento en que surge el enigma del deseo del Otro hay dos
posibilidades. O bien este deseo del Otro permite que el sujeto de-
tenga el golpe de su abolición proveyéndose con una identificación ide-
al. 31 Esta identificación puede o no funcionar según que mantenga o
no el recubrimiento del objeto a en el fantasma. Si no Jo mantiene, se
da ]a despersonalización. En efecto, cuando el sujeto se descubre a
partir del Otro, se percibe como amable, provisto de objetos de inter-
cambio. Pero en el momento en que debía asir esta identificación como
una. es decir aquella que por fin hubiera sido la buena, la imagen se
deshace. Se produce una anamorfosis en la que la ilusión yoica no cu-
bre ya un cuerpo transido, es decir, muerto, vaciado de su goce. 32 Pe-
ro cuando el sujeto vuelve a su lugar dentro de la cadena significante,
vuelve a formarse otra imagen ilusoria. En la segunda eventualidad.
en la que el deseo del Otro no ha sido simbolizado. el borramiento del
rasgo unario no será seguido por otras identificaciones sino por una
dispersión. En efecto, el Otro con el cual se relaciona el sujeto psicó-
tico es un Otro previo, es decir un Otro metonímico. Por lo cual, al
sujeto siempre le resulta posible volver a hacerse representar por un
significante para otro. O incluso, es representado por un significante
siempre otro 33 hasta el infinito, pues este Otro no fue marcado por nin-
guna imposibilidad de esta representación.
La.can, en 1966, añade una última nota a pie de página a su escrito
sobre Schreber. Relaciona el deseo del Otro con el acto de c ... que ca-
lifica como "el hecho de sentir agruparse los elementos de su ser cuya
dispersión en el infinito de su delirio hace el sufrimiento". Esta disper-
sión en el infinito del delirio podemos captarla ahora en dos vertien-
tes. En una, Ja del significante, )os elementos son Ja serte metoními-
ca de los significantes S 1 que representan al sujeto~- La posición cero
$
de) sujeto en el denominador de la fracción da una infinltl7.ación de los
valores de su representación. En la otra, la del objeto, Ja parte es e) ser
disperso que hay que concebir como consecuencia del efecto fragmen-
tante del goce que ha retomado sobre el cuerpo. Y el acto de c ... per-
mithia a Schreber reagrupar su ser en la medida en que el excremen-
to haria función de órgano que condensaría el goce que él abandona.
Pero, falto del cerco del falo, su ser no se reagrupará Jamás en un cuer-
po unificado.
IA DESP[;:RSONALIZ/\CION EN l./\ NEUHOSIS Y LA PSICOSIS 87

Ahora se deben precisar las modalidades de la nueva puesta en fun-


ción de los registros R.S.I. En la neurosis. gracias al significante afa-
nisíaco, la separación respecto de la cadena significanie permite el
reiorno del vel alienante. En cuanto al imaginario, éste queda subor-
dinado al significante. En la psicosis, lo imaginario ha guardado su
autonomía. Después de la disolución de este registro hay una restau-
ración tal que lo imaginarto es puesto en continuidad con lo real. 34 Es
lo que indica el punto i del esquema l. donde Schreber ve su imagen
de mujer (i (a)) en el espejo. Lo real de este goce se encuenira identi-
ficado en el lugar del 01.ro. Es lo que indica la función del ideal ocu-
pando el lugar del Nombre del Padre (el punto I del esquema 1). Signi-
ficante y goce no están ya separados, pero a esa unidad ideal que lo
haría mujer, Schreber no la alcanzaráJamás. 35

V. Conclusión

Leer Lacan con Lacan nos impone la consecuencia de que la per-


sonalidad es la paranoia. Puesto que no hay unidad del yo, no hay la
personalidad. En la paranoia, en la que no hay yo (moi} en sentido es-
tricto, lo que hay como unidad es la facticidad de la imagen.
Entonces se impone una única conclusión: no hay despersonaliza-
ción en la psicosis. Lo que hay es una disolución parcial o total de lo
imaginario. En este sentido no hay estados límites. O bien, hay po-
sibilidad de despersonalización y es un estado normal del yo en la neu-
rosis. incluso en la perversión. O bien la locura es no poder desperso-
nalizarse, y es la psicosis.
Sin duda, lo más dificil de explicar es cómo tal función de lo imagl-
nalio, puesta en continuidad con lo real. puede alcanzar para
preservar una cierta realidad. En este sentido, convendría com-
plementar Schreber con Joyce. Es decir. explorar esta función tan
particular que Lacan atlibuyó al Ego de Joyce.

NOTA: CAITTA Y SER

Del crimen sólo hay testimonios auditivos. Todos coinciden en que


el asesino hablaba una lengua extranjera. Pero todos divergen cuando
se trata de precisar cuál. Al darse cuenia que cada lengua propuesta
no es conocida por el testigo que la evoca, Dupin encuentra la solución
88 AGNES AFI.ALO

del enigma. Lo extranjero en cuestión aquí no califica los elementos


significantes del discurso. Lo fuera de discurso de lo extranjero para
cada uno, se toma en un extranjero radical a todos. La identificación
del asesino no objeta en nada la consideración del clivaje concernido
en el discurso (C '#- C). Lo extranjero sólo puede calificar al elemento sig-
nificante que pertenece al discurso. Y es lo extranjero como radical-
mente otro lo que califica la parte heterógena que ahí está incluida bajo
el modo de lo éxtimo.

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21. Oh. clt.
22. E. A. Poe, "Double assastnat dans la rue Morgue•, Les Contes les plus
célebres, E. Fasquelle éditeur, 1917. Véase nota final.
23. J.-A. Miller, "Quelques polnts d'orientation", ob. cit.
24. S. Freud, La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis (1924),
Nevrose, psychose, perversion, PUF, 1974.
25. C. Soler, "Le corps dans l'enseigm:ment de La.can" (1983), Quarto XVI.
26. Acerca de esquizofrenia y paranoia, véase J.-A. Miller, Clinique de J.
Lacan, curso 1981-1982, Inédito, lecciones del 5, 12, 19 y 26de mayo de 1982.
27. J. Lacan, ob. cit., pág. 308.
28. E. Benveniste, "Structure des relations de personne daos le vcrbe",
Problemes de Unguistique générale (1946), NRF, Gallimard, 1966.
29. Ob. cit., pág. 565.
30. "Subverslon du sujet. .. •. ob. cit., pág. 807.
31. Para todos los sentidos de séparer, de "Posición del inconsciente", véase
el curso "Extimité", ya citado, de J.-A. Miller.
32. E. Laurent, "Intervention awc cartels de la passe ii. l'ECF", 1986, inédito.
33. J. Lacan, "Préface ii. la traduction fran~aise des Mémoires d'un
névropathe, Les cahiers pour l'analyse 5, Société du graphe, pág. 74.
34. J. La.can, "Le sinthome· (1975-76), Ornicar?, VI a XI, Navarin Editeur.
35. J. La.can, "Une questlon préliminalrc .. .", ob. cit., pág. 571.
LA DUDA EN LA OBSESION

Alicia Arenas

Algo que llama la atención en la neurosis obsesiva es su característica


de componer un rostro que, aunque con el fin de desconocer la estruc-
tura, defiende la autenticidad. Autenticidad fálica con la que cree res-
ponder al Ideal.
El obsesivo aparece atom1entado por el iry venir infinito entre pre-
guntas alternativas que se hace y responde a sí mismo, en un intento
de dar consistencia a su pensamiento. Trabaja así sin descanso para
dar respuesta a estas preguntas, sostenidas por ese mecanismo que
tanto parece identificarlo: la duda. Sin embargo, no hay tales pregun-
tas, la respuesta está de antemano, se trata de pura verificación fálica.
Sólo se permite dudar alrededor ele temas que esquivan la pregunta
que no quiere hacerse, esta pasión por la "verdad" oculta del saber del
inconsciente. Exhibe así un yo-pura-conciencia que lo mantiene a dis-
tancia de su división subjetiva. Paradójicamente, sin estas dudas
fallaría su certeza, pues el significante no alcanza para nombrar lo
absoluto.
En "Función y campo de la palabra y el lenguaje" (1953). Lacan se-
ñala: "El obsesivo arrastra en la jaula de su narcisismo los objetos en
que su pregunta se repercute, y en la coartada multiplicada de figuras
mortales. domesticando su alta voltereta, dirige su homenaje ambiguo
hacia el palco donde tiene él mismo su lugar, el del Amo que no pue-
de verse".
Trabaja pues, desdoblado, para sí mismo. Rellena compulsiva-
mente todo intervalo significante sustituyendo la división por la con-
ciencia, punto de afirmación del "yo soy" obsesivo, en un circuito
cerrado donde ni piensa ni actúa. En el "no pienso" alarga el momento
de comprender para nunca llegar al momento de concluir. Este circui-
92 ALICIA NU~NAS

to le asegura su deseo como imposible. Se hace así la más viva en-


carnación de la imposibilidad, esquivando la ausencia de relación
sexual e insistiendo, alli donde lo que hay es ausencia, en la veri1lca-
ción del ser.
En el caso que quiero presentar. si bien se muestran es tos mecanis-
mos, lo llamativo es que no aparece la duda. Durante muchos años.
allí donde el significante falla para el neurótico, responde en esta
persona un hecho biográfico con el que se da una respuesta absolu-
ta. Debido a esta particularidad, podemos inferir, quizás con mayor
claridad aún. el porqué de la necesidad de la eluda en el obsesivo.
Juan Pablo demanda análisis a la edad de 50 años. Ha muerto su
padre y esto desencadena una fuerte angustia. a ésta acompaña un
síntoma: comete equivocaciones en el ejercicio de su profesión, asunto
grave pues es una profesión técnica donde es altamente valorada la
precisión.
Relata en la primera sesión un acontecimiento de su adolescencia
donde sucede un accidente fatal: por un error de Juan Pablo, alguien
muere. Es en efecto un accidente y la ley de los hombres Jo declara Ino-
cente. A pesar de la evidencia de los hechos, este suceso queda mar-
cado para él con la convicción de que su destino cambió, y ésta será
la clave de su construcción neurótica. El. con todas las posibilidades
para triunfar en la vida, justificará a partir de allí, todo fracaso.
Quedará así amaestrado el deseo. Ante la pregunta por su destino,
responderá una sentencia superyolca. Esta sanción moral se conver-
tirá en el amo que regirá su vida.
Describe, en el análisis, los años que siguen como un largo periodo
donde se suceden una serie de situaciones que lo van dejando afecti-
vamente solo, mientras se acrecienta una fuerte inhibición del lado
profesional. Se produce un alejamiento progresivo de lo que más le
interesa en su campo, y dejando de lado sus más caras aspiraciones
juveniles, se dedica a otras tareas que realiza bien y por las que es res-
petado, si bien no representan para él sus verdaderos intereses.
Su vida durante este tiempo se define por el aislamiento afectivo y
la inhibición en el campo de su deseo. Sin embargo. no puede decirse
que le va mal, no se hace muchas preguntas y no surgen dudas. Ante
las decisiones importantes, sin saber cómo, elige siempre sin dudar lo
que mantiene esta forma de estar en el mundo, para Juego sorpren-
derse de que las cosas le sucedan de este modo, ya que no es su volun-
tad que resulten así.
Al ocurrir la muerte del padre se produce una fuerte irrupción de
LJ\ DUDJ\ EN IA OBSESION 93

angustia en este equilibrio, y esto lo lleva al análisis. La muerte pa-


terna emerge como un real para el que la respuesta acostumbrada no
alcanza. Lo que era una sanción sostenida por todo el peso de lo ve-
rosímil, toma su valor significante. se produce un desplazamiento y
aparece un síntoma: la equivocación. Este síntoma hace pregunta y la
dirige al analista. Simultáneamente con la angustia surge el deseo de
reactivar su vida profesional en el campo de sus intereses. Sin em-
bargo, el síntoma lo atormenta, se presenta con ideas obsesivas que
le dicen que se va a equivocar, y en efecto, se equivoca.
El destino hasta ahorajusti11cado se ve amenazado por el deseo, y
el goce retorna en el síntoma. En la equivocación hay un llamado al
Otro, a la sanción del Otro, pero ya no coinciden saber y goce, el sa-
ber falla. La forma de amo absoluto que tenía el superyó para este suje-
to queda cuestionada con la muerte paterna. El apres-coup de su vida
plantea ahora muchas preguntas y la angustia no se hace esperar.
De esta manera se produce el desencadenamiento de la neurosis,
lo que era certeza, pasa a ser equivocación. El. como todo sujeto, se
equivoca. La profesión pasa ahora a ser el campo de sus fallas, pero
frente a estas equivocaciones no hay cómo responder.
Queda así cuestionado el sentimiento de culpa, la representación
en el Otro no encuentra asidero firme y el síntoma insiste. En el
llamado al analista busca una ley que establezca la sanción, un amo
capaz de restablecer un orden. La paradoja en la dirección de la cura
implica dos lugares a los que el analista no debe responder. No hay que
desculpabilizar al neurótico y. a la vez, cuidado con ocupar el lugar del
Dios de Adán. El lugar significante del analista en la transferencia per-
mitirá, retroactivamente, otorgar nuevas significaciones a la culpa.
La sanción moral que esta persona pudo construirse no hacía otra
cosa que mantener la cuenta exacta entre pecados y penitencia, de-
jando como saldo la comprobación de su culpa.
Tótem y Tabú nos indica cómo el neurótico construye un mito que
Intenta no inscribir al padre en la función fálica, haciéndose él culpa-
ble de desobediencia de la ley. Para este hombre existió el Dios que cas-
tiga más allá de la ley humana, porque él lo hizo existir, pero su culpa
no fue creada por la biografía.
Allí donde en el obsesivo la duda se desplaza en interminables ra-
zonamientos. en este caso, el hecho biográfico hizo que se estableciera
un sentido fijo, una interpretación definitiva, que permitió por años,
una particular homeostasis. No dudar de que su vida tenía una deter-
minación es la construcción neurótica de la que sufría este sujeto. En
94 ALICIA ARENAS GUARDIA

el curso del análisis surgieron las dudas, podria decirse que por todas
partes, incluso en relación a si debía o no analizarse.
Cuando la angustia se hace pres~nte, la duda es el mecanismo pri-
vilegiado con el que el obsesivo restablece su fe en el significante.
Con la duda instituye un orden que lo hace dueño de sus preguntas
y sus respuestas, allí donde lo simbólico se muestra desfalleciente,
donde el inconsciente pondria la verdad fuera de su control, en-
frentándolo a un Otro sin consistencia alguna. Ante ese horror, el
obsesivo se concede el artificio de la duda.
lA PROPINA, UN CASO DE NEUROSIS OBSESIVA

Julieta Ravard

Voy a referirme a un inicio de análisis en el que la pregunta por el diag-


nóstico de estructura no era clara en principio. dada la gravedad de
los síntomas persecutorios y delirantes, que en cualquier otro con-
texto clínico hubiesen justificado un diagnóstico de psicosis.
La sintomatología que trae el analizante, para la cual espera una
respuesta -no duda de que el Otro logre salvarlo-, y el tema del pago.
me permitieron orientarme y movilizar la dirección de la cura, aun ante
su constante amenaza de un pasaje al acto.
Esta búsqueda de la salvación aparece como una demanda de sig-
nificación. Hay inscripción de la metáfora paterna, del Otro de la ley.
pero de una ley que lo abandona y lo deja a merced del goce mortífero
del Otro. La ley es, precisamente, ley in abseniia.
Opté por un diagnóstico de neurosis obsesiva, aunque no sin pre-
guntarme qué lo hace un caso tan grave, en el que aparece el signi-
ficante invadido por el goce: lo real, que lo clava -que lo significa-y,
a la par, hace que se deslice hacia ideas paranoides y a unas terribles
ganas de morir.
Comienza queriendo olvidarse del dinero; intenta pagar dos meses
por adelantado, cosa que no acepto y. en consecuencia, durante un
tiempo no me paga.
Viene a análisis para que se le ayude a salvar algo, empezando por
su matrimonio; luego aparecen el trabajo, los estudios, etc .. ante los
cuales se describe corno un inválido, despojado e impotente. Es supo-
sición ante el Otro.
Su mujer quiere la separación, pero él no la acepta a pesar de no
amarla. y dice que de quien quiere divorciarse es de su suegro que, des-
pués de haber sido padre amoroso, se le presenta ahora como una fi-
96 JULIETJ\ H/\VJ\RD

gura persecutoria muy odiada y temida. Tanto, que pasa las noches
armado de un palo, esperándolo. En el análisis oscila entre el amor y
el temor a mis intenciones: constantemente se da vuelta a mirarme.
Sufre de una serle de síntomas que lo agobian: lleno de rituales y
prohibiciones, paralizado en su trabajo, padece una angustia muy
fuerte que le impide comer y dormir. Surgen en él con frecuencia con-
juras y maldiciones que luego le hacen sentirse muy culpable. Duda
de las Intenciones de todos.
En las primeras entrevistas comienza a hacer crisis el asma de la
infancia, junto a una larga lista de enfermedades que demandan mi
respuesta: una serie de trastornos fisicos de cierta gravedad que,
siendo joven, le hacen aparecer rengo y achacoso como su madre hi-
pocondríaca. Ella insiste siempre en que no oMde su asma. Nudo de
síntomas y repetición de su neurosis infantil: siempre ha estado so-
metido y lleno de odio.
Hay un llamado de au..'C.Ílio en su demanda angustiosa: pareciera no
tener salida ante acciones límite en las cuales hay que advertirle del
despojo y la invalidez a la que se somete. No vacilo en Intervenir para
Impedirle firmar un documento perjudicial. producto de una manio-
bra que le baria perder la patria potestad sobre sus hijos; y para que
recupere su sueldo, retenido desde que comenzó el análisis.
Estas intervenciones arrojan sorpresivamente un resto. Al recupe-
rar su sueldo, me paga con un cheque cuyo monto Incluye un exce-
dente enigmático. A pesar de su insistencia, no acepto el dinero de más
y esto lo desconcierta: se trataba de una propina por mis buenos ser-
vicios. De nuevo vuelve a dejar de pagarme.
Ha recobrado lo que pedía salvar, y la separación está consumada.
Su angustia y su dolor aumentan; me reclama, y se reclama, no ha-
ber podido salvar su matrimonio. No quiere a su mujer, pero debe
unirse de nuevo a ella porque supone que ése es el deseo de su padre
muerto, quien le manda un mensaje a través de un sueño de su her-
mana: que no se divorcie.
Este mensaje del padre se presenta como una clave para compren-
der lo que él llama su salvación, pues le Impide separarse de algo que
lo mantiene al capricho del goce del Otro. Quiere salvarse de la muerte,
y ello sólo lo logra manteniéndose impotente.
Con frecuencia, se aleja durante varias semanas del análisis y se va
a descansar a su pueblo y. como dice, a conseguir un modo de pagar
sus deudas. Se desplaza entre el análisis, medicamentos, brujeria y
religión.
IA PROPINA, UN CASO DE NEUROSIS OBSESIVA 97

Me informa que, después de los trámites civiles, se ha dirigido al hi-


bunal eclesiástico para obtener la disolución del vinculo matrimonial:
como no puede mantenerlo, intenta disolverlo. Busca un Otro divino
que le disuelva el vínculo que supone transgresor. Y, sí, es culpable de
transgresión: vive inmerso en el goce.
Confiesa entonces su gran culpa: quitarle a la Iglesia una novia de
Dios. Su mujer se disponía a pronunciar los votos cuando él la cono-
ció. Y ella, a pesar de despreciarlo y ser violenta, es para él una virgen
al servicio de Dios. Las demás son ninfómanas o prostitutas. No hay
alternativa en su relación con las mujeres.
Algunos datos de su historia parecen revelar esta peculiar relación
indisoluble entre el significan te y el goce. Aparece un punto de real in-
salvable. modo de repetición aceptada por él: vivir una condena, es la
orden supe¡yoica. Es nieto e hijo de hacendados, caciques de pueblo
que imponen a sus hijos y peones una ley violenta. Ha sido marcado
-como se marca una res- con el menosprecio.
Objeto de burlas y apodos por parte del padre, todo hombre se le
transforma siempre en un perseguidor violento. Esa violencia no es,
empero, caprichosa corno la de las mujeres. Su madre es violenta tam-
bién, acostumbrada a mandar, y él se ha sometido: es su esclavo. Se
mata haciéndole favores que ella recompensa con propinas y quejas
sobre su Ineficacia. Lo tiene a su servicio como uno más de los niños
que recoge para criar y poder golpear.
Identificado con la madre, tan sólo puede manifestar su menospre-
cio, dando propinas o propinando golpes.
Hay una escena de su infancia que recuerda insistentemente en la
cual la madre lo amarra a un árbol para darle sus lecciones de aritmé-
tica. A cada error de cálculo se le propinaba un latigazo. Al cansarse
la madre, ésta hacía que el padre continuase. Tiene la idea fija: "Ojalá
se mueran estos viejos malditos". Esta idea de muerte, la del otro o la
propia, le atormenta desde su infancia.
En este recuerdo repetido surge brutalmente el goce del Otro per-
sonificado en ambos padres: acepta someterse. se deja amarrar para
ser golpeado hasta el cansancio. Amarrado a ese goce, él como resto,
es un error de cálculo.
Desde mi negativa a aceptar sus propinas había dejado de pagar-
me. Además de hacerle pagar por sesión, le recuerdo su deuda, no dejo
que la olvide. Esto lo desconcierta, pues en su cálculo errado, su ilu-
sión era mantener conmigo una relación no interesada, esto es, en su
caso. escapar de la violencia.
98 JULIETA RAVARD

Me supone un goce de espectador de su parálisis: con la propina -lo


único que puede dar- intenta esclavizar al otro a su angustia, ence-
gueciéndolo para que lo compadezca, a él, un inválido que tiraniza al
otro con sus demandas. No encuentra otra salida.
Mis intervenciones le provocan cortocircuitos, tiene que mantener
suturados S 1 y S 2 , no escucha, trastabilla, pierde el hilo. El, que habla
en un lenguaje depurado y retórico, que acude al diccionario en busca
de palabras nuevas, ante mi pregunta acerca de por qué no trabaja.
adopta un lenguaje plagado de modismos del campo para expresar su
molestia por mi incomprensión.
En su discurso, y en la relación transferencial, empiezan a anudar-
se más claramente sus identificaciones y persecuciones delirantes. Se
pregunta si existe alguien no interesado, al menos uno que funcione
como padre apaciguante y que no se transforme en una figura perse-
cutoria que le propina golpes hasta el cansancio. Ya que alguien espe-
ra su muerte con interés.
Aparece entonces, en el curso del análisis, una escena fantasmá-
tica que pareciera organizar los meses de tratamiento. Comenta que
ha empezado a frecuentar iglesias donde, extasiado, contempla al
Cristo agonizante en la cruz, mirando al cielo y diciendo: "Padre, ¿por
qué me has abandonado? En tus manos encomiendo mi espíritu ... "
Más allá del doble imaginario y de la identificación al Ideal, percibo
en ello una clave fantasmática, clave cuyo desanudamiento y descifra-
miento suponen una larga travesía.
Pareciera que este padre-Dios, S 1, falla, lo abandona, y él acepta la
condena en esta elección forzada que toma la figura del inválido en si-
lla de ruedas, o muerto.
¿De qué quiere salvarse? ¿de la condena a muerte y vivir inválido,
o de esta condena terrenal ilusoria para llegar a la verdadera vida? En
todo caso, la opción lo convierte en héroe, un héroe sin deseo que eli-
ge el del Otro materno.
UNAPASION
Roger Wartel

La paciente a la que voy a referirme se expresa a veces en versos ale-


jandrinos, sin esfuer.lo, si se quiere ... Estos que hoy coloco como
exergo, bastante bien equilibrados, eran un poco excepcionales.

"- Estar lo más cerca de Dios, anonadarme en él.. .


.. . Pero no tanto, sin embargo, porque Dios quiere demasiado."

Reducir una cura a esto es un riesgo, sería incitar a la sentencia,


a la sabiduría, fijar en algunos significantes aquello que está lejos de
estar cerrado. El hagiógrafo o el novelista podrían hacer de estos ver-
sículos la máxima de una vida.
La vida de una soltera de cuarenta años. Enseña literatura clásica.
Hace veinte años vivió con un hombre, un novio. El se fue sin que ella
hiciera nunca el menor gesto para retenerlo, ya que, según su fórmu-
la, "siempre hay que dejar la prioridad al prójimo". Imponer su propia
presencia, de alguna manera, hubiera rebajado a ese hombre. Hubiera
hecho falta "sacudirlo un poco". Entonces, el prójimo tiene la priori-
dad; en su profesión es así; con sus amistades también, esas amista-
des que comparte con un grupo de compañeros de caminata de los que
acepta a priori todas las decisiones con respecto al itinerario y el ho-
rario. Poner un pie delante de otro y recomenzar es una disciplina un
poco irrisoria, pero ella nunca se opone. La caminata es dar una vuelta
y volver al hogar. Esa docilidad constituye su libertad.
Y después está Dios. No un Dios que exige una práctica, una fe, un
proselitismo, que impone una regla. Dios es una especie de absoluto,
referencia y reverencia en la que basta la palabra, que vindica un todo
o nada. Su exigencia, su ley. sería pertenecerle. Sin embargo, Dios no
100 ROGER WARTisl.

parece poseer por sí mismo, por su propia virtud, esa firmeza. esa
fuerza a la que conviene someterse. Al contrario, ella Jo mantiene y lo
alimenta: es ella quien exige un Dios exigente, ese Otro es eJJa quien
Jo modela, mientras que nutre su propia supervivencia en el hecho de
no anonadarse en él. EJJa lleva las riendas; Dios aparecería allí como
su criatura que sólo tiene sus insignias porque ella decidió que las ten-
ga y las cargue. Dios, ese Otro suspendido en los cielos, está sostenido
por ella. "¿Qué es Dios?", sin duda a esta pregunta ella podría contes-
tar: "Dios es asunto mío".
Siendo niña, se constituía en centro de un teatro del mundo, en el
que todo era, por su capricho, ficticio. Ella detentaba el poder de de-
cidir que los objetos existieran o no. EJJajugaba, no sin una pizca de
angustia, con su poder de reducir todo a la ilusión con sólo cerrar los
ojos. Y hasta su propia existencia, su corporeidad en la que se apoya-
ba para ponerla en duda. podía evaporar y engendrar de nuevo con ese
artificio.
•Anonadarme en él" es una especie de juego en el que eJJa se anula,
pero manteniendo siempre una parte de sí en reserva; ella misma tam-
bién entierra y luego exhuma sus muñecas. La demanda de entrega
absoluta imputada al Otro surge de su propia ficción. Pero hacer la
elección definitiva y sin retorno, la elección inmediata, la obliga a un
intervalo, a un mediato, a una postergación: ése es el recorrido escan-
dido de "hubiera podido" -"hubiera debido" - pero donde el acto a rea-
lizar para escapar al condicional y a la incompletud dolorosa nunca es
decidible. Qué acto, qué palabra podrta al fin decidir sobre su vida.
¿Dar el paso? Ella sólo hace cortesías. "Yo siempre pongo la primera
piedra", dice desgarrada. "Estar lo más cerca de Dios" se establece
como una especie de observatorio ideal, punto de vista ideal sobre
aquello que ella se destinaría a alcanzar. La distancia mantenida or-
ganiza su vida sobre la que deberá, finalmente, decidir; de allí el aná-
lisis, cuyo instrumento adopta. ¿Decidir? Todavía no es posible, a falta
de un significante que hiciera alcanzar la solución. ¿Qué hacer -qué
debo hacer-? Como si fuera necesario confirmar que ella retuvo su
lugar en Dios, en el Otro, sin haberlo ocupado. Menos sé, más soy, dis-
frazando con la búsqueda de un "saber qué hacer" las ganas de con-
tinuar. de seguir el camino.
El analista hereda los atributos del Otro. Ella espera sus órdenes.
¿Hay que escribir un diario, "trabajar" los sueños? El analista
se deja hacer. se deja hacer el Otro, delegado o apoderado del poder
del Otro; pero se sabe que es ella la que delega y la que funda como un
UNAPJ\SION 101

Dios dibujado por ella como partenalre y que dura lo que ella lo hace
durar. Su docilidad a la regla se vuelve el instrumento de su dominio.
Ella dirige. dirige su pedido bajo la demostración de su labor asidua
puesta al servicio de la pasión de saber, saber finalmente. ~El
conocimiento debería ayudar", dice; pero enseguida agrega: ~¿Porqué
esto dura tanto. con todo lo que usted sabe de mi? Algún día tendrá
que terminar.·
Ella proclama que entendió bien el procedirnientoyel contrato, pero
también quiere oír que es comprendida. Se aplica a recorrer una es-
pecie de espiral, un caracol donde el punto de vista se desplaza de lo
grave a lo pueril. pero que conserva. y eso es lo importante para ella,
lo inmutable del teorema or12:anlzador, cuyo primer factor seria su su-
misión un tanto mentirosa. Ese parecido con lo mismo, eso la conforta
en la búsqueda de una ley de su destino, una receta que administre
su vida y cuya cifra está ahí, al alcance. Su tentativa de despeje debe
conducirla un día a su particularidad, hecha de anonadamiento, si eso
está escrito. La empresa le parece tan Indispensable que no falta
nunca, que se hace confirmar en cada sesión que la próxima se rea-
lizará. Trabaja en perfeccionar su inscripción en el significante y su re-
corrido, que sigue la pendiente del sentido, se apoya en la hipótesis de
que todo está escrito.
Al tropezar sin cesar con la insatisfacción, al sentirse siempre des-
graciada por no poder abandonar el iota de reserva, terminará por
hacer surgir el orden motivado que provocará la decisión, que le en-
tregará su ser, que la liberará. Tal es el análisis perpetuado, marcado
por ese embragador de sesión: ~volvemos a nuestro traba.Jo". Es un
tiempo al Igual que un modo de este análisis, ubicado por la analizan-
te bajo la égida del Otro, interpelado a producir sus atributos, su fun-
ción, sus medios, sus proyectos.
Ocurren, sin embargo, algunas novedades y revelaciones que se
descanilan del circuito. Son con toda precisión faltas. Por ejemplo.
una falta necesaria, verdaderamente vital, una falta que tiene la figura
del pecado por restricción mental. pequeño pecado, sin duda, que no
compromete la vida eterna, pero que salvaguarda la vida de hoy, pe-
cado venial que se esconde en el fondo de su corazón, como dirían los
niños.
Efectivamente. un predicador había proclamado que un día, Dios,
deslumbrado por la belleza pura de un alma de comulgante, un alma
de deshonra, Dios no hubiera podido hacerse a la idea de que esa niña
pronto se hundiría en las bajezas del mundo. Dios, entonces, en su
102 ROGER W/\RTEL

infinita bondad, había encantado, fulminado a la niña sobre el atrio


mismo del Templo, para que accediera illico a la beatitud.
A partir de entonces surge, para la niña, la obligación de tener siem-
pre un pecado venial en reseiva para que Dios no la castigue. Sin duda,
Dios aparecería en este caso excesivo, pero se trata sobre todo de un
Dios burlable, engañado por la confesión incompleta. Un Dios del que
se pueden eludir los designios y cuya fulminación se podría desviar.
Otra falta, incluso más compleja: ella tiene cinco años cuando fa-
llece su madre, después de una larga agonía de tuberculosis. Murió
como una santa. Faltan algunos días para Navidad. El padre quiere
en ton ces que se mantenga la solemnidad de la Navidad, pero "sin rega-
los". Para ella, ésta es la prueba de la injusticia, el colmo, "sin regalo
en Navidad". Por supuesto, ella esconderá su despecho, que deviene
la falta inconmensurable, casi su ignominia. ¿Ella es acaso un mons-
truo de ingratitud? Puesto que parece manifiesto que es la única de la
familia que se atrevió a pensar en un regalo en tal situación.
La falta que ella repite la sume más bien en la amargura. Es cierto
que asume la intención, pero no siente que haya allí argumento y peso
para una falta. Nadie la denuncia porque se trata de su fuero interno,
pero ella lo siente como una falta aunque discuta el fundamento. La
falta le parece más bien la desarmonía que introduce en el concierto
familiar, ya que su llanto de ese día de Navidad podía considerarse
como debido al duelo por su madre, cuando sólo se debía a una na-
ranja en el pesebre.
Y luego viene una revelación, un inconfesable, a pesar de su des-
pojamiento casi geométrico. Ella nunca hubiera imaginado que lo con-
taría a alguien, restricción en el contrato de decir todo; pero tanto la
extrañeza como la vivacidad se atenuaron curiosamente; entonces,
ella relata que desde la muerte de su madre sale antes para el colegio,
pasa delante de la "bella iglesia", entra, luego sale, verificando bien que
nadie haya descubierto el desvio.
Ella practicó este aislamiento, con esos tiempos de verificación, In-
cluso durante su análisis. ¿Qué pasa entonces en la iglesia? Pues bien.
nada, estrictamente nada, ni rezo, ni invocación, ni éxtasis. No for-
mula ninguna fórmula, ni anhelos, ni imprecación. Tampoco espera
ninguna respuesta, ningún logro. Son un tiempo y un lugar de ausen-
cia. A lo sumo recuerda un estremecimiento, una horripilación. Es un
paso obligado, hecho de silencio, zona de silencio entre el círculo de
la familia y el círculo de la escuela. Una laguna, una especie de teso-
ro hueco, cuya revelación no le parece ni siquiera justificar su esfuer-
UNAPASION 103

zo, su trabajo habitual de buscarle sentido. Si se evocaba recién el iti-


nerario y el recorrido, se trataría aquí del incidente del recorrido sin
lo fortuito que entraña la imagen: obligación, paso olvidado. Al entrar,
ella se borra, luego circula por la nave, esa especie de objeto vacío, y
la recorre. Se borra y no pide nada.
Con el análisis, esta exploración se torna un día inútil y, desde ese
momento, la confesión deviene anodina. "Retomemos nuestro traba-
jo~. Pero alli no hay trabajo en el que el analista se1ia llamado a pro-
ducir. Dado que el trabajo del análisis no es una división de tareas, el
lugar que el analista ocupa en el camino al colegio no es ese mismo
lugar vacío, hecho nulo, desde donde no viene ninguna directiva, pero
desde donde, explorándolo, ella puede interrogar su deseo. Se podría
subrayar que su vida opaca, detenida en cierta fonna ante el vacío del
pesebre ("sin regalo de Navidad"), retoma su curso bajo la forma, co-
mo ella dice, "del regalo que me hubiera hecho" en la persona de un
guía cuya serenidad, cuya gran ternura la hace, agregará, "salir del
disfraz de mi vida. No puedo, es mi estilo, no tener absolutamente
ningún placer. Su mano apretada es la manifestación más carnal que
conocí".
Si hubo un tiempo en que pensó que el Otro le diera la respuesta,
el analista, sin respuesta manifiesta. presencia desfalleciente, puede
atreverse a decir. donde Lacan lo dice: "El psicoanalista se hace con
el objeto a Se hace, entiéndase: se hace producir objeto a, con el ob-
jeto a".
A PROPOSITO DE UN CASO DE
CELOS NEUROTICOS
Fran~ois Leguil

Querría hablar de un análisis en curso, el de un probable obsesivo,


para abordar un caso de celos.
Se trata de un celoso obstinado, pero hasta ahora sin rival desig-
nado, ni siquiera sospechado. No se trata de sostener una paradoja
sino de plantear la pregunta: ¿los celos sin rival son un síntoma que
pide completarse?
En un trabajo de 1949, 1 Daniel Lagache trata de reactivar la teoría
canónica: los celos son una defensa contra el interés homosexual por
el rival. Tiene en tratamiento a un homosexual desde hace tiempo de-
clarado; la cura es contemporánea de una reorientación vital: un pro-
yecto de casamiento. Su paciente piensa en presentarle a su madre;
luego quiere que Lagache conozca a su novia. Este acepta, como para
dar su aval al casamiento. Una crisis de angustia sobreviene ense-
guida después de la entrevista, acompañada por una ensoñación de
infidelidad, luego por fantasmas precisos de una práctica homosexual
con el analista y. finalmente, por el desencadenamiento de una temá-
tica celosa: ¿acaso el analista abusó de su posición para sobornar a
la Joven, o se apresta a hacerlo?
Lagache ve una avanzada y un "viraje decisivo en la evolución, en
el que el sujeto inscribe en la realidad progresos que hasta allí habían
sido virtuales". 2 La secuencia, continúa en sustancia, dio lugar a la in-
terpretación, llevando a la conciencia la naturaleza secreta del sufri-
miento: una transferencia homosexual con el analista.
De una manera sin duda freudiana, pero, a decir verdad, trillada,
Lagache sostiene que la contradicción está superada: la homosexua-
lldad de que se trata en los celos no es la homosexualidad "común",
ya que ésta es "consciente", mientras que aquélla es latente, de otro
106 FRAN<,:OIS LEGUIL

tipo, ligada tan lo a la angustia de castración como a la actitud pasi-


va para con el padre.
De la pluma del autor, que no se da cuenta de que arruina en se-
guida su puesta a punto, surge el comentario siguiente: "Sería atrac-
tivo -escribe- considerar estos celos como una tentativa de cura". 3
¿Cómo pretender entonces que curó a su paciente después de que
éste, tranquilizado, piensa que su analista es un hombre honesto?
Sin embargo, estamos de acuerdo con Lagache: curó a su pacien-
te, pero no de los celos, lo curó de la verdad.
Por Lacan podemos evitar la trampa, el cenagal teórico de la
homosexualidad. En el libro I del Semtnario, 4 muestra que entre
Marcel y Albertine, la homosexualidad constituye la clave de los
celos del amante: inversamente, la homosexualidad llega hasta su
fondo en los celos; en los celos que son "captura inagotable del deseo
del otro".
De manera más radical todavía, quiero decir en el Seminario Aun
Lacan ridiculiza la explicación homosexual: "El año pasado me diver-
tí con un lapsus ortográfico que había cometido en una carta dirigida
a una mujer: No sabrás nunca cuánto fuiste 'amado' por mí ['amado'
en lugar de 'amada']. Después me hicieron notar que eso tal vez que-
ría decir que yo era homosexual. Pero precisamente lo que articulé el
año pasado es que cuando se ama, no es asunto de sexo". 5
En la "Cuestión Preliminar... " Lacan reclama "una reglamentación
más estrecha del uso que puede hacerse de esa referencia (a la homo-
sexualidad) en la teoría". 6 La homosex4alidad "sólo se aclara con rela-
ciones simbólicas" que la determinan y vale por la cuestión que plan-
tea: la del padre en una relación con el saber que gana por la mano,
en el nivel de los motivos, a la dimensión narcisista. Aunque sea contra
la verdad, los celosos quieren saber. La larga destilación de sus tor-
mentos no se confunde con el dolor irruptivo y perforante de los hom-
bres y las mujeres que se sienten engañados.
Diez años más tarde, en un seminario todavía no establecido. La-
can vuelve a recordarlo: "El acto sexual es la repetición del significante
del edipo". ¿Acaso lo olvidaríamos? En un primer empleo, el rival del
celoso es el padre. y no el alter ego, ya que el alter ego que reclama es
una mujer que no lo ponga celoso.
Lagache hizo de padre; como todas las demandas. la de su paciente
celoso puede ser exorbitante: demanda que haya Otro y que éste sea
fiable. Como todas las quejas, los celos se refieren a aqueUo que ya no
se soporta del goce de un síntoma que Lacan bien llama la "jalouissan-
UN CASO DE CELOS NEUROTICOS 107

ce".* Pero muchas veces, mejor que muchos síntomas, los celos
brindan la oportunidad de hacer comprender qué es engañarse si nos
ponemos en el lugar en que el celoso demanda que lo desengañemos:
el lugar del padre que cerrando "los ojos a los deseos" lograría, a pe-
sar de eso, ver con qué fuegos puede arder un hijo.
Hoy en día desconocido, un médico escribió en la época en que el
gusto por la clínica bastaba para sostener el estilo: "Se pueden descri-
bir bastante antes los celos sin hablar para nada del rival. El rival es
casi inventado, es la clave de ese enigma, ocupa el lugar preciso, casi
seria grato". Esto está formulado con elegancia, pero ¿es acaso verda-
deramente cierto?
Es exacto que, más solicitada por el fantasma del celoso que temida
en su síntoma, la competencia es artificial; la producción de los riva-
les se torna casi una delegación de poder: cada uno de ellos puede ver
enseguida su rol reducido al de una Leporello bajo la máscara que lleva
ante Elvira: comisionado para que componga una mujer como la úl-
tima afrenta que se le hace.
Sin duda, por esto, los celos se instalan como un mal tórpido, para
hacer del celoso la más mezquina de las compañías: aborda natu-
ralmente al rival como a un cómplice, porque la maniobra es torva y
pretende hacerlo cargar con la responsabilidad de la profanación. El
celoso sufre una ausencia redhibitoria grave; incluso delirante, mons-
truoso o temible, no llega a lo trágico, si no pasa al acto. Interpretando
un poco a Lacan, diríamos que en el celoso el senU ... miente, de una
manera tanto más huraña y necesaria cuan to que no es recíproca, que
es por excelencia el sentimiento de una reciprocidad contrariada.
Extenuándose en una indagación llevada a cabo sólo para la fruc-
tificación de la duda, bajo la tortura de una convicción hecha pedazos
por la indigencia de las pruebas que obtiene, que no le demuestran que
es burlado, el hombre o la mujer celosos, cansados por su sospecha,
pueden pedir socorro a alguien que no sea su compañero, de una
manera que no sea una nueva promesa de fidelidad.
Un hombre todaviajoven comienza, hace tres años, su análisis, en
un contexto agudo. Este primer paso no lo calma Inmediatamente.
Durante meses me acosa para pedirme intenrenclones. del tipo que él
desea, que responden a su espera de que se demuestre que su padecer
es obligatorio y su desgracia hereditaria. Así como otros imaginan que

• Combinación de las palabrasjouissance ("goce") yjalousie ("celos"), que


podria traducirse como "gocelos". (N. de T.I
108 FRAN<;:OIS I.EGUIL

lo propio del dolor está en los nervios que lo conducen, él espera que
la verdad de su sufrimiento esté en los genes que lo sustentan. No hay
que burlarse de su recurso a las leyes de la herencia: esta referencia
a una transmisión es una apuesta al padre.
Su demanda, tal como un hombre que patalea y rezonga, toma a ve-
ces este giro: que yo fracase en el tratamiento, que yo mismo, por ejem-
plo, asuma la Iniciativa de una ruptura.
Con la significación identificatoria de su sintoma, lo inquieta estar
condenado al mismo destino que su padre, cuya probable paranoia
arruinó su infancia y la de sus hermanos, después de haber sumido
a su madre en la catástrofe de una vida conyugal infernal, espiada en
todo momento, acusada de comprometerse intimamente con el con-
junto del vecindario. Las cosas comenzaron para él cinco años des-
pués del casamiento, cuando la decisión de no tener más hijos,
después del segundo, de no ligar ya a la procreación lo que hace con
su mujer, lo priva de un medio habitual de recubrir lo sexual con la
significación fálica.
Está con su mujer en una fiesta cuando ella nota que hay un hom-
bre sin pareja. El piensa lo mismo que ella le dice: ese hombre parece
un bobo. Su angustia estalla, intensa. cuando el hombre con aspecto
de tonto invita a bailar ante sus ojos a su compaftera, que acepta. Des-
pués de esta escena, comprueba que se precipita y hunde el sentido
que le daba a su pareja y su virtud preventiva. ~ ¿Seria posible que su
mujer aceptara las miradas que los hombres no deben dejar de diri-
girle?" Ningún procedimiento lo calma, ni una amante frecuentada
con parsimonia, pero puntualmente y sin alegría. aunque con tnventl-
va, ni las ensoñaciones homosexuales más descabelJadas a las que se
entrega sin rodeos, atrevidamente asociadas a la situación analítica.
El relato de su iniciación sexual. a los quince aftos, debe ser repro-
ducido: un hombre lo masturba cuando entra en la habitación un ter-
cero. Recuerda la sorpresa de una mirada cruzada y ahora lo alarma
casi, su oscura alegría. En la masturbación interrumpida, recuerdo de
plenitud, nada separa al a minúscula de-<¡>. A la Inversa. cuando an-
te sus ojos parecen robarle una mujer a la que reprocha suficiente-
mente pequeños pecados como haciéndola suya, ella sostenga su fal-
ta antes de bailar.
Se concibe fácilmente que la escena del baile no necesita serle in-
terpretada: nombrando el objeto mirada, lo fijaríamos, por el refuerzo
de su fantasma, a lo que lo mueve: no saber nada del deseo del Otro
encontrado en un intervalo en el que, según la famosa frase de los Es-
UN CI\SO DE CELOS NEURO'llCOS 109

crítos, "el sujeto experimenta en ese intervalo, Otra cosa para moti-
varlo, que los efectos de sentido con que lo solicita un discurso". 7 Bas-
ta ya ampliamente que sus celos, por su propio comienzo. interpreten
el desencadenamiento de su neurosis, que disimulen un instante de
separación decididamente infecundo cuando un "¿puede acaso per-
dermer se ve desviado por un· ¿podría ser que la perdierar Es cierto
que el celoso proyecta sus ideas de infidelidad; pero la explicación sólo
es admisible si se observa que resulta también del contragolpe de un
efecto supei:yoico en esa relación con un otro de la orden: ¡Goza! El
rival parece en esta situación menos subalterno, útil para volver a dar
un sentido fálico a aquello que excedió el entendimiento y reconducir
el asunto a la dimensión más tolerable de la falta.
Establecer la analogía entre esta secuencia inaugural del trastorno
y la inventada por "Lol V. Steln", sería cometer algo peor que un error:
una vulgaridad, ya que sólo se apoyaría en una simple situación. Con-
servemos solamente el comentario de Lacan y aquello que diagnostica
en su •Hommagefait aMargueríte Duras": un momento del sujeto en
el que ·10 que ocurre Uo) realiza·. 8 Esto constituye el lazo adecuado con
el tema de estas jornadas, cuando la reticencia de ese paciente a res-
petar la regla de la asociación libre revela su principio: por haberse
visto sorprendido en ese lugar, en ese baile, hoy lo vemos hostil a iden-
tificarse como deseante.
Podríamos querer ligamos al saber clínico ambiente, el de ayer y de
hoy, al punto que nos sentiríamos menos protegidos, en cuanto ale-
jados de Lacan. ¿Qué crédito dar a la suma considerable de trabajos
elaborados bajo la rubrica "celos morbosos"? ¡Qué adjetivo más ina-
decuado, morboso, cuando es eVidente para cada uno que la descon-
fianza de un sexo hacia el otro es eficaz si queremos mantener la buena
salud sin hacer esfuerzos extraordinarios! Los celos no son morbosos,
ya que sólo es morbosa la diferencia de sexos.
¿Acaso debemos, decepcionados por los clínicos oficiales, esperar
más material de los historiadores? ¿Quid de los celos a través del tiem-
po? No se los encuentra casi en una "etimología de las pasiones", ni
en eso que Lacan llama acertadamente "las consideraciones socioló-
gicas referidas a las variaciones ... del esfuerzo para vivir". 9
Notemos, a grandes rasgos, la incompatibilidad de otros tiempos
entre los celos y el amor. En la novela bretona, si los barones informan
de los celos del rey Marc, es por felonía: frente a ellos, el adulterio res-
ponde a la nobleza y el honor lo sostiene. La temática celosa chapotea
en la comedia; no la vemos sostener por su única cuenta la inspira·
110 FRAN<;:OIS LEGUIL

ción de una tragedia. Ya no recuerdo qué interlocutor de Aliocha Ka-


ramazov y-espero que no me guarde rencor por ponerlo en semejante
compañía- Serge Cottet, en una mesa redonda de L'Ane, 1° demostra-
ron que es abusivo e impropio considerar al Otelo un drama de celos.
Fedra sólo lo es ocultándose detrás de lo que se esgrime: un horror al
incesto.
En el siglo XIX todo cambia; la novela adapta sin problemas la dis-
posición naturalmente mezquina de los celos a aquello a Jo que parece
que nunca más deberá oponerse: el impulso supuesto al amor. De la
sonata de Venteuil a la sonata a Kreutzer se multiplican las ocasiones
literarias en las que se expone que en lo sucesivo es pensable explo-
tar la aventura de aquellos que aman celando. Lacan, sin duda, adi-
vina un motivo de este cambio de perspectiva en su "Reseña del Semi-
nario de la EUca": abandonado a la sospecha, el amor pierde también
su garante en la "desvalorización efectuada por Hegel de la posición del
amo, desde entonces reducida a la de 'cornudo magnífico' de la his-
toria· .11 La comicidad tierna de los celos debe socorrer al estallido per-
dido de lo trágico del amor, en cuanto que, incluso por medio del arti-
ficio de un desenlace, ya no se puede, para confundir a Tartufo. recu-
rrir a "un principe enemigo del fraude ... y al que no puede engañar todo
el arte de los impostores".
Ya desde antes de 1850, los médicos acompañan a los hombres de
letras: los celos devienen una pasión, la pasión una enfermedad, la de
un zafarrancho de emociones que provoca un exceso de sentimiento,
responsable de un desorden del juicio. ¿Qué no persiguieron sus su-
cesores inmediatos, que sabían además, a la manera de los antiguos,
poner la pasión, con la higiene, en el campo de las cosas que no caen
por su peso?
Retornemos, gracias a Starobinski, a Magendie, para confirmar, si
fuera necesario, que, a ejemplo de Lacan, más vale calentarse al fue-
go de la ciencia que al de la psicología. Cito a Magendie, el fisiólogo: "La
pasión es una progresión de deseos que, siempre aniquilados por el go-
ce, pero irritados por el recuerdo, se lanzan hasta el infinito" . 12 Eso no
suena tan mal junto a una definición lacaniana de la pasión de amor,
"cuando el goce condesciende al deseo".
Estas consideraciones no son de erudición. "El acento original de
la relación amorosa se perdió", escribe, no el edificante Denis de Rou-
gemont, sino Jacques Lacan, en su seminario sobre las psicosis. Los
celos no son la resultante de dos inclinaciones contrarias: no se limi-
tan a dar testimonio, en el amor, de la labor de zapa del odio. Al ser
UN CASO DE CELOS NEUROTICOS 111

recibido en la Sorbona a fines de la década de 1920, Emest Jones, se-


ñala casi que los celos se inscriben en un déficit de la pasión y no en
un exceso como demasiado a menudo se piensa. 13
El abordar los celos por la vía de la pasión los reduce a la mezcla de
amor y odio: eso es confundirlos finalmente con una trivial concreción
ele la ambivalencia general de los sentimientos. Los psiquiatras en-
cuentran, sobre este punto, la excusa de una concepción explícita to-
mada de Spinoza: "Aquel que se imagina que la mujer que ama se pros-
tituye con otro, no se entristece por el obstáculo que esta infidelidad
puede constituir entre su pasión y él: sino que se ve forzado a unir a
la imagen de lo que ama la imagen del sexo y las excreciones de ese
otro. A la vista de esto, toma odio a esa mujer y los celos consisten en
una perturbación del alma obligada a amar y odiar a la vez al mismo
'objeto' ". 14 Se puede apreciar, sin embargo, que más allá del odio in-
filtrando el amor, el autor de la Etica moviliza, con atrevida crudeza,
al rival y el asco que engendra para evocar un goce diferente. El tra-
tamiento del celoso tomando sólo en consideración su ambivalencia
constituye un retroceso en el orden del saber. El examen médico de la
pasión culmina con la triple distinción de las psicosis pasionales de
Clérambault, hipóstasis nosológica probable, ligada a la estructura de
un cuestionamiento de lo real de la mujer en la erotomanía, del seña-
lamiento del exceso imaginario en los celos, del presentimiento de una
"patología" de la demanda y de lo simbólico en el delirio de reivindi-
cación.
La pasión es "aquello por lo cual el hombre está abierto a esta di-
visión consigo mismo", formula La.can ya desde el primer año de su se-
minario.15 El hecho de no incluir los celos en esa categoría le permi-
te mantener una posición incomparable.
Los celos "dan forma a su objeto más de lo que éste los determina",
dice en su trabajo Los complejos Jamiliares. 16 Resumiendo el acuerdo
de los clínicos de la posguerra y la concepción de éstos acerca del des-
poseimiento y del déficit en las modalidades de la relación celosa con
el otro, Lagache sostiene en su tesis 17 que el celoso experimenta una
"fuga general del ser". -No, parece responderle La.can con Alces te:
igual que la locura, los celos son "una estasis del ser en una identifi-
cación ideal" . 18 A aquellos que preconizan la virtud terapéutica del
pacto y de la fidelidad (es la solución palinódica de L'amour et l'Occi-
dent), La.can responde que el lenguaje es en primer lugar el instru-
mento de la mentira. Al no encontrar ninguna tregua que equivalga a
un tratamiento imaginario de su súplica, en el esquema "L" el celoso
112 FRAN(-OIS LEGUIL

revela que la trayectoria de su suplicio se dirige de S hasta A. Henri Ey


define los celos como "una conciencia dolorosa de frustración", lo que
Lacan parece rectificar cuando, en su comentario del Amphitryon,
describe a Sosia "siempre un poco cercenado de su propio goce" .19

Vayamos entonces al fondo: se está celoso porque hay dos goces: el


goce fálico es "el obstáculo -leemos en Aun- por el cual el hombre no
llega a gozar del cuerpo de la mujer"; 2 º el otro es el que "hace la mu-
jer no toda"; es necesario, precisa Lacan, "que ése sea falta -entiénda-
se como culpabilidad-, falta del otro, que no es". 21 El obstáculo y la fal-
ta son el lamento del celoso y su recurso.
En razón de la dialéctica de la demanda y del deseo, el hombre y la
mujer no se celan al unísono, sino que ambos sacan sus tormentos del
hecho de que, engañadora o engañada, la mujer no existe, que hay
"siempre algo en ella que escapa del discurso". 22 ¡Que eso se escriba
entonces! Tal es el anhelo por el que el celoso recurre a la pasión en
su rabia de rastrear realmente el depósito y la huella de un goce ho-
rripilante: correspondencia interceptada fijando la falta, garra sobre
el hombro de una letra escarlata, sangre de Trístán perdida en el sue-
lo a pesar de su salto, mancha de esperma en la sábana que exhuma
el alienado.
Encontrar lo que busca no lo calmaría: entre síntoma y fantasma,
los celos, en el "simple" nivel de fenómeno, demuestran que de entrada
son una clínica de la angustia. Actuando como por un mecanismo es-
cisíparo, dividen el mal y lo diferencian sobre otros tantos competi-
dores. Así, por desplazamiento, el rival se transforma a menudo en el
lugar de la angustia del celoso, la que no engaña ni se divide. "La an-
gustia es indivisible": la oportunidad es demasiado adecuada como
para no citares te adjetivo, "indivisible", y la fórmula, que proviene pre-
cisamente de la pluma del narrador de En busca del tiempo perdido
cuando, en una célebre prosa marina, confiesa una noche haberse
"embarcado en el sueño de Albertina" prisionera.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
l. D. Lagache, "De l'Homosexualité a la Jalousie", Oeuures, T. 2, págs. 97-
112.
2. D. Lagache, ob. cit., pág. 109.
3. D. Lagache, ob. cit., pág. 10.
4. J. Lacan, El Semmarlo, Libro !, Los escritos técnlcos de Freud, Paidós,
Barcelona, 1981, pág. 323.
UN CASO DE CELOS NEUROTICOS ll3

5. J. Lacan, El Seminario, Libro XX. Aun, Paidós, Barcelona, 1981, págs.


34-35.
6. J. Lacan, "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las
psicosis", Escritos, Siglo XXI, Buenos Aires, 1985, T. 2, pág. 550.
7. J. Lacan, Escritos, ob. cit., pág. 822.
8. J. Lacan, "Homenaje a M. Duras, del rapto de Lo) V. Steln", Omicar?
Nº 34, Navarin, París, pág. 12. (lnteroenciones y textos 2. Manantial, Buenos
Aires, 19881.
9. J. La.can, ob. cit., pág. 14.
10. L'Áne Nº 12, Navarin, París, pág. 4.
11. J. Lacan, "Reseña del Seminario de la Elica". Omicar? N9 28, Navarln,
París, pág. 11. (Reseñas de enseñanza. Manantial, Buenos Aires, 1984, pág.
12.)
12. Cf. Nouvelle Reuue de Psychanalyse. N" 21. pá¡?. 61.
13. E. Jones, Revue Francaise de Psychanalyse, 1929, T. 3.
14. Citado por H. Ey en Etudes, T. 2, pág. 84.
15. J. Lacan, El Seminario, Libro l, Los Escrüos técnicos de Freud, pág. 323.
16. J. Lacan, Los complejos familiares, Navar!n, París, pág. 46.
17. D. Lagache, "De l'homoscxualité a lajalousic", Oeuvres, T. l. pág. 121.
18. J. Lacan, "Acerca de la causalidad psíquica", Escritos, T. l, oh. cit., pág.
162.
19. J. La.can, El Seminario, Libro Il, El yo en la teoria de Freud y en la téc·
nlca psicoanalítica, Paidós, Barcelona, 1983, pág. 394.
20. J. Lacan, El Seminario, Libro XX, Aun, oh. cit., pág. 15.
21. Ibídem. pág. 75.
22. Ibídem. pág. 44.
INTERES DEL CONCEPTO DE DEFENSA
EN I.A CURA DEL NEUROTICO
Alain Merlet

·uego hasta el vértigo ante algo. No sé qué defiendo. En todo caso, sl


bien no es &nálisis, es mi análisis. Yo defiendo. No hay nada que de-
fender, en fin, más bien casi nada. MTales son las expresiones de una
analizante que me condujeron a trabajar la cuestión de la defensa.

Concepto inaugural del psicoanálisis de las neurosis, relntrodu-


cldo por Freud por necesidades de estructura en Jnhtbtctón, síntoma
y angustia. la defensa es una noción desconocida, pervertida, y que sin
embargo, hoy deberla suscitar una renovación del Interés, ya que se
refiere a la articulación repulsiva del sujeto y del goce.
El contrasentido de Anna Freud, 1 que confunde la defensa con la re-
sistencia del yo, resultó fuente de los peores males entendidos. La
defensa, obstaculizando un ·más alláM siempre sospechoso de ocultar
otro, 2 se convirtió en blanco de los partidarios del análisis de las resis-
tencias. De esto resultó una práctica sin ética, basada sobre un ideal
de desenmascaramiento.
Lacan, después de haber denunciado a esos ·Purgones obsesiona-
dos por la defensaM, 3 reformó de manera decisiva ese concepto, despla-
zando su punto de aplicación, del yo al sujeto.
En cuanto a la acepción del término mismo, que en nuestra lengua
significa tanto la acción de defender como la de defenderse, Lacan nos
dio en sus Escritos una valiosa indicación, al Invitamos a tomar como
ejemplo la precisión que regla el uso de este término en dos sectores:
la Inmunología y la conducción de la guerra.
En inmunología, del latín tn munus, exento de cargo, la defensa es
una respuesta del individuo a la acción de un antígeno Interno o ex-
terno al organismo. Por otra parte, se necesitó cierto tiempo para sa-
116 ALAIN MERLET

lir al paso del horror autotoxicus, postulando que el organismo no


puede reaccionar contra sí mismo (enfermedades autoinmunes).
En cuanto a la guerra, un teórico tan rtguroso como Clausewitz
supo discernir la especificidad de la defensa y su disimetría en rela-
ción con la ofensiva. En el teatro de operaciones, la defensa tiene como
función rechazaryesperar. Su objetivo es negativo: conservar. Su ven-
taja en relación con el ataque está ligada al tiempo. ya que. inutilizado,
éste trabaja para ella: como lo indica Clausewitz, "la defensa cosecha
lo que no sembró". "beati sunt possídentes". 4
Así delimitada, la defensa recuerda bastante los polos de la neuro-
sis del sujeto: huida o conflicto. En la práctica, hay que reconocer que
se encuentran más defensas contra deseos* que deseos decididos. Fe-
nomenológicamente, se trata de una defensa por el vacío y por la nada.
¿Acaso no repite el analizan te una y otra vez: "No tengo nada que de-
cir, tengo la cabeza vacía", o comprueba que trabaja inútilmente y
habla para no decir nada?
En la frontera entre el deseo y el goce. la defensa provoca el interés
del deseo del analista. Como conjunto vacío, debe operar sobre ese
vacío y sobre esa nada para transformarlos en algo. En relación con
ese vacio, el deseo del analista constituye, como lo dice Lacan en el Se-
minario XI, ese clinamen, o sea esa distancia que permite que el aná-
lisis no vire hacia un idealismo de pura negatividad. "¿Nada tal vez?
No, tal vez nada, pero no nada. "5

Antes de ilustrar mis palabras con ejemplos clínicos, trataré de de-


finir lo fundamental de este concepto desconocido a través de la lectu-
ra de Freud y a partir de la enseñanza de Lacan.
Al principio de su elaboración teórica refertda a las neurosis~ Freud
plantea como esencial la inconciliabilidad del yo y de la sexualidad. En
el histérico, al relacionarse la representación con lo sexual es objeto
de una repulsión y de un "olvido", la representación es tratada como
"no ocurrida". De esto resulta una escisión consciente/inconsciente.
En la neurosis obsesiva, la representación sexual no es olvidada sino
desplazada y aislada, el efecto es dispersado aunque mantenido.
En ambos casos, retengamos que la defensa tiene como función ol-
vidar, separar la realidad sexual inconciliable, traumática, que hace
•agujero" (Lücke) en lo psíquico rmanuscrito K").

• En francés défendre significa defender y prohibir. (N. de T.J


EL CONCEPTO DE DEFENSA 117

En 1899, Freud planteó el recuerdo-pantalla o recuerdo encubridor


como un efecto de defensa. El recuerdo-pantalla escamotea -escribe-
más que olvidar lo sexual que vela, "lo que produce ya sea un efecto
cómico, ya sea una impresión de error de juicio, en tocio caso siempre
una impresión extrañaM {fremd). 7 La defensa se presenta aquí como
una construcción frente a lo sexual.
Hay otro aspecto de la defensa que subraya el Esquema: es aquél
que surge frente a la proximidad de la cosa (das Ding}. Esta defensa
es una respuesta primaria en la que el yo no participa. En el Esque-
ma, en el capítulo IV titulado "Rememoración y juicioM, Freud funda
aquello que él llama el Subjekt Komplex, a partir de la percepción de
lo que denomina Nebenmensch, el prójimo, primer objeto a la vez hos-
til y rescatable. Se efectúa en el dolor un clivaje (Spaltwtg) en dos com-
ponentes. uno de estructura constante del lado de la cosa, el otro por
un trabajo de rememoración hacia el cuerpo propio del sujeto.
Retengamos que esta defensa primordial, ante y por el dolor, es
inherente a la constitución del sujeto y preside la elección de la neuro-
sis. Es preferible a toda represión, de manera que se la puede empa-
rentar con la represión originaria misma.
Treinta años más tarde, un año después de haber escrito la Vemei·
nung, Freud, en su Inhibición, síntoma y angustia. se ve obligado a
reintroduclr, después de cierto desinterés, el concepto de defensa.
Para él, "el reempleo de la defensa representa algo más que una Inno-
vación de orden técnico; más bien un nuevo modo de acceso al apa-
rato psíquicoM. 8 Freud, además de la división estructural del yo, el eso
y el superyó, y el descubrimiento de la primacía del falo, reutiliza ese
concepto por dos razones más:
- en primer lugar. porque comprobó el fracaso de la represión se-
cundarta para contener la exigencia pulslonal,
-y en segundo lugar, porque modificó su concepción de la angus-
tia: ya no es la represión lo que crea la angustia, sino la anguslia lo que
crea la represión.
La angustia es la defensa más radical. En la fobia, la defensa ante
el peligro de castración y de la pérdida del objeto está representada por
la angustia, cuyo lugar es el yo. En la neurosis obsesiva, se ponen en
acción modos de defensa que no son la represión, a fin de rendir cuen-
ta de la prohibición que recae sobre la reivindicación pulsional.
En su último articulo de 1936. "La escisión del yo en el proceso de
defensa", Freud concluyó su teortzación de la defensa designando así
la manera en que el sujeto se ampara. cuando se divide ante la reve-
118 ALAIN MERU.:T

laclón de ese Mpunto de falta que es el falu", como también lo escrtbe


Lacan en MLa ciencia y la verdad".
Para Lacan, "la defensa es una piedra de toque que permite Juzgar
y distinguir a los teóricos del psicoanálisis". A remolque de su critica
a la ego psychology. Lacan denunció sobre toclo el mal uso de ese con-
cepto. Antes de que hubiera reemplazado y distinguido al sujdo en
relación con la estructura, Lacan subestimó sin embargo el alcance de
este concepto, haciéndolo equivaler a aquello que resulta de los efec-
tos de retórica del Inconsciente. Pero a partir de 1960, o sea en el mo-
mento de su seminario sobre M La ética", y en su artículo "Observación
sobre el Informe de Daniel Lagache", devuelve a la defensa toda su
fuerza, al desplazar su punto de aplicación, que ya no es el yo. sino el
sujeto. Defensa del sujeto, debe situarse entonces en la matriz de la
Vemeimmg: "el rnoclo original de elisión significante que intentamos
concebir aquí corno la matriz de la Vemeinung, afirma al sujeto bajo
el aspecto de lo negativo reservando el vacío en que se encuentra su
lugar", 9 escribe Lacan. En otras palabras, el sujeto es heterogéneo con
el Eso; mora en la ampliación del corte significante. instancia negati-
va al igual que la defensa de Clausewitz; es discontinuidad radical, es
agujero.
Entonces, al recaer estrictamente sobre el sujeto, el efecto de la de-
fensa no tiene ningún ascendiente sobre la pulslón, tal como lo afirma
Lacan en el mismo articulo: "Ninguna supresión de slgnl11cante, aun-
que operara algún efecto de desplazamiento y proclujera esa sublima-
ción que traduce en alemán el Aujhebung, podría hacer más que
liberar de la pulsión una realidad que, por más escaso que sea el al-
cance de la necesidad de la misma, sólo resultará más resistente por
ser un resto". "El efecto de la defensa procede ... modificando no la ten-
dencia sino al sujeto."
De lo contrarto, dice, frente a la resistencia del objeto pulsional, hay
siempre fracaso de la defensa que, con el significante, lucha con armas
desiguales con lo real. A causa de esta heterogeneidad radical. no hay
entonces ningún amoldamiento posible de la defensa sobre la pulsión
como lo creyó Kris en el caso llamado del hombre de los sesos frescos.
En "La lógica del fantasma", Lacan insiste con "la no coincidencia
de la resistencia y la defensa"; esta última es "propiamente lo que de-
limita y preserva exactamente el 'yo no soy'" (seminario inédito del 21 /
12/66).
En su Informe del mismo semlnario, 1° Lacan precisa aquello con-
tra lo que trata de prevenirse la defensa, la realidad sexual: "Sólo hay
l~L CONCEPTO D!s DEFENSA 119

acto sexual. con la implicación del cual tenga razón el pensamiento de


defenderse por ser allí donde se hiende el sujeto".
En definitiva, la defensa "no sinónimo de la resistencia" 11 es un con-
cepto cuya articulación repulsiva de la pulsión permite delimitar el
lugar vacío del sujeto. En su artículo de 1966 titulado "Del sujeto al
fin cuestionado", La can habla de "el espacio de defensa donde se cons-
Uluye el sujeto·.12
En lo que se refiere al plano clínico, la defensa del sujeto es un modo
de manifestación del deseo, una especie de protesta del deseo ante el
goce. "El deseo es una defensa, prohibición de rebasar un limite en el
goce", escribe Lacan en "Subversión del sujeto y dialéctica del de-
seo".13 La defensa que es fracaso tiene por función velar el punto de an-
gustia. Se trata entonces. como lo dice Lacan en su seminario inédi-
to "Problemas cruciales para el psicoanálisis", de conducir al sujeto a
su defensa más pura, confrontándolo en la transferencia con lo impo-
sible de la realidad sexual, ya que la defensa más pura es una de las
caras del fantasma.

Por oposición a la resistencia, que se inscribe progresivamente en


la trama del discurso, o que constituye del lado del objeto el obstácu-
lo obligado de ese mismo discurso, la defensa del sujeto se inscribe en
otra temporalidad. la de la espera yde la sorpresa; es entonces un con-
cepto capaz de aclarar algunos momentos cruciales de la cura. En tocio
caso, es lo que voy a tratar de ilustrar por medio de dos ejemplos clí-
nicos tomados de mi práctica. Se tratará en cada caso de comienzos
de análisis.
Céliclée, tal es el nombre barroco que le di, vino hace poco a pedir
un análisis, cansada de soportar la vacuidad de una existencia que
una vida muy activa no bastaba para llenar.
El análisis se concierta a partir de un sueño que la deja perpleja: en
la pared de su habitación hay una fisura inexplicable. Al principio,
nada parece llenar su discurso, salvo la nada misma. Nada parece al-
canzarla, tocio pasa. salvo ese significante, siempre el mismo: huye.
pasa. Por oposición, sus formulaciones son siempre muy precisas. Por
ejemplo: -rengo dificultades con las divisiones; ¿qué me queda con esa
falta de resto? Estoy al borde del vacío, entre el vacío y la nada".
A veces, el horror la acecha; por otra parte, un día estuvo a punto
de "pasar" de verdad. Ella pone remedio a esto por medio de lo que lla-
ma su "bazar" que, dice, surge en el lugar de lo que se le escapa. Se tra-
ta de objetos, la mayor parte de las veces de objetos agujereados que
120 ALAIN MERLET

aparecen en sus sueños, figuran luego en su fantasmagoría y surgen


oportunamente en el hilo del discurso.
Su última producción difiere sin embargo de las demás: se trata de
pompas de jabón. Siempre le gustaron las pompas de jabón: lo que la
fascinaba era verlas o imaginarlas en su apogeo antes de que explo-
taran. Incluso compró un equipo para poder hacerlas, "pero desde
luegoft, dice, "nunca lo uséft. La pompa encama el espacio en el que se
encuentra: "Estoy en una pompa, o más bien ni adentro ni afuera. y
sin embargo. me veo de espaldasft. En suma. está en el centro. pero
excluida.
Un día, sin embargo, una nimiedad hizo explotar la pompa y cam-
biar el curso de las sesiones. Ella tuvo la bondad ele recordármelo:
"Para mi. todo cambió desde el día en que usted corrigió lo que yo de-
cía a partir de una palabra. Le decía que yo era muy coherente. usted
repitió: 'sí. muy co-errante'. • Ahora queda la angustia, cargo con una
cosa sin fondo, y temo terminar como esa mujer cuya historia creo que
escuché en la radio, que un día se sentó a la mesa y se comlóft.
Esta es una persona que encama hasta el vértigo la defensa del su-
jeto, defensa aérea y heroica. Frente al capricho del Otro que amenaza
con pisotear su espacio, frente a la demanda devorante de su madre,
organiza el espacio vacío de su vida. En cuanto a los hombres, evita
intentar su conquista y no cesa de obsesionarlos.
La risita que la sacude a veces no es más que el efecto de vacío que
le revela por fogonazos su posición de "no soy". A su pregunta reite-
rada "¿hago en realidad un análisisr. una respuesta conforme hu-
biera carecido de interés. A veces es grande la tentación de llenar un
discurso también aéreo; pero al querer cuadricular el espacio, ¿no se
correría acaso el riesgo de redoblar la coartada del sujeto? Más vale se-
guir la defensa por las huellas, como lo Indica el efecto de nuestra in-
terpretación. Desde nuestro punto de vista, ésta parece haber produ-
cido un efecto de báscula del sujeto, oyéndose decir precisamente lo
contrario de lo que dice. Ciertamente, Célidée huye siempre, pero no
hacia cualquier lugar. a causa del objeto oral a cuya repulsión se con-
sagra en su huida. Etimológicamente, coherente proviene de cohae-
rens, de haerere, que significa atar o adherir.

Nuestro segundo analizante, Denis. ilustra otra vertiente de la de-

• Juego de palabras por homofonía entre: cohérente (coherente) y co-


errante (co-errante). (N. de T.)
EL CONCEPTO DE DEFENSA 121

fensa, ya no aérea sino subterránea, la del obsesivo. Se trata ele un se-


minarista que emprendió un análisis para saber si había o no había
conservado la fe. Se decidió a hacerlo después de un acceso de angus-
tia que le sobrevino cuando redactaba una disertación filosófica sobre
el tema ele la ironía. Repentinamente, su texto le pareció tan denso y
coherente que le resultó imposible terminarlo, y tuvo que abandonar
la sala de examen. Desde que ocurrió este incidente, Denis no se des-
plaza nunca sin el viático de un libro, "para no desviarse", nos dice.
Aprovechando un muy largo silencio, inhabitual en este hombre muy
locuaz, decido acostarlo.
Lo primero que dice es un juego de palabras: "conversación, con·
servación, trato ele organizar todo para que todo tenga un sentido". No
soporta que no haya nada, siempre tiene que haber algo. Cuando en-
tra en una pieza vacía, profiere en voz alta: "Bien, no hay nadie". Si no
cubre así el vacío y el silencio, es presa del vértigo. En el seminario, sus
talentos de organizador le valieron el sobrenombre de "ceremoniante".
Los sermones, en los que su voz de bajo producía un efecto maravi-
lloso, tienen el mayor de los éxitos.
Con un analizante de este tipo conviene evitar la ritualización de la
cura, que permitiría la utilización del análisis como coartada ideal. El
análisis sólo seria una misa más. Denis. después de haber edificado
su biografía, termina un día por comprobar: "En el fondo, mientras
hablo, gano tiempo". Luego, agrega: "Aquí, por medio de desvíos o de
reducdones que alargan, yo bloqueo, y me abstengo, para evitar ser
desviado". Clausewitz no lo hubiera dicho mejor. Otro día, pronuncia
esta espléndida perogrullada: "Mientras no me vea acorralado, man-
tendré un mínimo de reserva".
El giro del análisis. es decir su verdadero comienzo, se produce con
motivo de un sueño, que le hace esta vez manejar los hilos de un de-
corado inesperado: un obispo pomposamente adornado, del que nues-
tro analizante es eJ instigador, sube al púlpito, en oportunidad ele su
jubileo; repentinamente, el prelado se calla, luego baja bruscamente
los brazos, revelando un cuerpo que se descompone, del que se des-
prende un sexo traslúcido. Horrorizado, Denis se despierta. "Se ha
quedado atónito", le dije. Algunos días después de ese sueño, Denis
dejará los hábitos.
Esta es una persona que, al querer llenar todos sus vacíos, se de-
dicaba perinde ac cadaver a negar su deseo, verificando sin saberlo
que todo deseo es defensa. Ilustró durante un tiempo, según lo decía
otra analizan te, cómo "cierta manera de hablar de sí analizándose es
122 ALAIN MERLET

el mejor medio de cercenarse y de sustraer su cuerpo a la palabra". No


hay por lo tanto motivo para analizar tal defensa, defensa narcisista
(i (a) - m) del sujeto, que no es más que un escudo de vidrio desplazado
sin cesar.
Este ceremoniante, que hacía uso de la religión como de un cere-
monial, a pesar suyo ve de repente su defensa desbaratada por la
brusca revelación del falo negativado, al mismo tiempo que, horror del
goce ignorado por él mismo, se encuentra confrontado a la verdadera
naturaleza del amo al que sexvía. Aquí, la defensa. en el momento en
que cede. nos parece situarse en la frontera del deseo y del goce: en el
punto en que toda estrategia vacila.

A manera de conclusión, les entregaré un apólogo, resumiéndoles


un texto fragmentario de Kafka, muy conocido: "La madriguera", escri-
to seis meses antes de su muerte. Un animal cavador no identificado
cavó durante mucho tiempo su madriguera en silencio, multiplicando
las galerías, disponiendo sus provisiones, y circunscribiendo un lugar
vacío. Después de haberlo verificado todo, descansa, gozando de su
tranquilidad. Pero un día. un ruido imperceptible "salvo para un oído
ejercitado de propietario". le llama la atención y suscita en él ensegui-
da una inquietud creciente. Se trata de un ruido discontinuo, siempre
el mismo, un silbido, muy poca cosa. A partir de entonces tendrá que
contar con ese huésped, del que nada se sabe y que no sabe nada de
uno. "Aparte de eso, nada cambió", concluye Kafka.

REFERENCIAS Bll3LIOGRAFICAS

l. J. Lacan, Escritos, Seuil, París, 1966, pág. 336.


2. J. Lacan, El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Seuil, Pa·
ris, 1975, pág. 313.
3. J. Lacan, Escritos, oh. cit., pág. 377.
4. C. von Clausewltz, De la guerre, pág. 399·400.
5. J. Lacan, El Seminario, Libro XI, "Los cuatro conceptos fundamentales
del psicoanálisis", Seuil, París, 1972, págs. 61·62.
6. S. Freud, "Les psychonévroscs de défense", en Psychose, névrose et per·
version.
7. S. Freud, "Sobre los recuerdos encubridores".
8. S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia, pág. 92.
9. J. Lacan, Escritos, oh. cit., págs. 665-666.
10. J. Lacan, "Reseña del Seminario XIV", Ornfcar? Nº 29, pág. 16. Reseñas
de enseñanza, Manantial, Buenos Aires, pág. 43.
EL CONCEPTO DE DEFENSA 123

11. J. La.can, "De la psychanalyse dans ses rapports avec la réalité", &ilicet
I, pág. 53.
12. J. La.can, Escritos, ob. cit., pág. 235.
13. J. Lacan, Escritos, ob. cit., pág. 825.
INDICE

J. Síntoma y envoltura formal

Reflexiones sobre la envoltura formal del síntoma,


Jacques-A.latn Miller............. .. . . . . . . . . .. .•. . .•. .. . . . .. .. .. . .... .. .. . . .. .. . . . 9
El síntoma y la pulsión, Marie-Hélene Brousse .................... ..... 17

11. El súttoma, del signo al stgnijicante

El síntoma, del signo al significante, Antonio Di Ciacda ........... 25


El síntoma en la cura, Marc Strauss........ .•. .. . . ... . ... . ... . . . ... . . . . .. . . . 31
El síntoma y el analista. Guy Clastres .. .. . . ..... ... ... . .. . ... . .. . .. . . . ... . . 39

III. Súttomas

La obsesión, un nombre del superyó. Domintque Mtller ............ 49


Hacer el personaje - Ser el personaje, Adela A. Fryd ................. 55
Anorexia mental y estructura subjetiva, Alexandre Stevens . . .. . . 61
El síntoma: "Lollta", Huguette Menard ...................................... 69
La despersonalización en la neurosis y la psicosis,
Agnes Ajl.alo ......................................................................... 75
La duda en la obsesión, Alicia Arenas...................................... . 91
La propina. un caso de neurosis obsesiva, Julieta Ravard ......... 95
Una pasión, Roger Wartel ......................................................... 99
A propósito de un caso de celos neuróticos. Fran~ois Legutl ...... 105
Interés del concepto de defensa en la cura del neurótico,
Alain Merlet .......................................................................... 115