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Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad

fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían
El monte de las ánimas acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus
Gustavo Adolfo Bécquer necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una
gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con
La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; espuelas, como llamaban a sus enemigos.
su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de
en Soria. cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres
un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una
me decidí a escribirla, como en efecto lo hice. batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad
veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y
estremecidos por el aire frío de la noche. la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas. juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola
I la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan
Santos y estamos en el Monte de las Ánimas. horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de
-¡Tan pronto! los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de
-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al
poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto
a tañer su campana en la capilla del monte. de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme? entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace
un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré II
la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia. Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando
de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban
hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia. familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso:
historia: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la
-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de
convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos Beatriz.
a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en
nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas
conquistaron. de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se -¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y
encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales -No sé…. en el monte acaso.
sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu -¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el
lejano señorío. sitial-; en el Monte de las Ánimas!
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios. -Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla,
-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en
apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la
perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La
cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo
viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de
atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del
prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso
lo llevó al altar… ¿Lo quieres? como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?,
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del
compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos
de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías. de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle
al joven, que después de serenarse dijo con tristeza: en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy que se sepa adónde.
es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras
sin añadir una palabra. atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada colores:
voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que -¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante
hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas. friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no
modo: pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que
se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a
-dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el
iluminada por un pensamiento diabólico. fuego:
-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para -Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de -¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o
oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió: aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La
emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus
-Sí. mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se
-Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo. desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo
zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos. sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más
aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
III rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se
Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió
una hora pudiera haberlo hecho. el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con
algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas
existen. del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se tristemente por las ánimas de los difuntos.
durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos
vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores,
haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho,
voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana. y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul
alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
prolongado y estridente. Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos
a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida
aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos,
rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de
agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; horror!
ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se
ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos IV
involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó
se nota no obstante en la oscuridad. la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día,
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras,
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria
tornaba a escuchar: nada, silencio. enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a
que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y
nada, oscuridad, las sombras impenetrables. sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de
-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de Alonso.
raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón
palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?