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MARIONETAS S.A. – RAY BRADBURY Braling sacó un largo billete azul.

-¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!


Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando -Sí, al fin voy a hacer mi viaje.
con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios. -¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá?
-Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith. ¿No te hará una escena?
-Porque sí -dijo Braling. Braling sonrió nerviosamente.
-Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez. -No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie
-Nervios, supongo. habrá notado mi ausencia, excepto tú.
-Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de Smith suspiró.
sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida. -Me gustaría ir contigo.
-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling. -Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?
-Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer? -No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir,
-No. Eso sería inmoral. Ya verás. después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en
Doblaron la esquina. las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día,
-De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese
con ella. Tu matrimonio ha sido terrible. puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.
-Yo no diría eso. -Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa.
-Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a ¿Quieres conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?
salir para Río. -Me gustaría saberlo.
-Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir. -Mira allá arriba -dijo Braling.
-Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro. En una ventana del
llamar a la policía si no te casabas con ella. segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes
-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo. canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.
-Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así? -Pero, cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.
-En eso siempre fui muy firme. -¡Chist! ¡No tan alto!
-Pero sin embargo te casaste. Braling agitó una mano. El hombre respondió con un ademán y desapareció.
-Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una -Me he vuelto loco -dijo Smith.
cosa así hubiese terminado con ellos. -Espera un momento.
-Y han pasado diez años. Los hombres esperaron. Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los
-Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.
todo va a cambiar. Mira. -Hola, Braling -dijo.

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-Hola, Braling -dijo Braling. -¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco
Eran idénticos. Smith abría los ojos. Melachrinos!
-¿Es tu hermano gemelo? No sabía que… -Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto
-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es
Braling Dos. Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las igual a mí, hasta el último detalle. He estado en casa toda la noche. Estaré en casa
impasibles costillas. Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic. con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río.
-¡Oh, no! ¡No puede ser! Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a
-Es. su cajón. Smith reflexionó un minuto o dos.
-Déjame escuchar de nuevo. -¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? -preguntó al fin.
Tlc-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic. -Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer,
Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy
brazos tibios y las mejillas del muñeco. bien a mi mujer, ¿no es cierto, Braling Dos?
-¿Dónde lo conseguiste? -Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomándole cariño. Smith se
-¿No está bien hecho? estremeció.
-Es increíble. ¿Dónde? -¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?
-Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos. -Secretamente, desde hace dos años.
Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca. -Podría yo… quiero decir, sería posible… -Smith tomó a su amigo por el codo-.
¿Me dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás
MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA la dirección, ¿no es cierto?
Duplicados de sus amigos o de usted mismo. Nuevos Modelos de Humanoides -Aquí la tienes.
Elásticos, De funcionamiento garantizado, Desde 7.600 a 15.000 dólares, modelo Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.
de lujo. Funcionamiento gatantizado. -Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche,
una vez al mes… Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo
-No -dijo Smith. también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo
-Sí -dijo Braling. dejas; el amor volará si lo atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.
-Claro que sí -dijo Braling Dos. -Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan
-¿Desde cuándo lo tienes? sencillo.
-Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. -Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera
Mi mujer nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía cómodamente.
a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo
mandé arriba, para que acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.

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-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se -Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se
extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí sintió aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me
presente, lo mismo que a mí. asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como
-Tienes razón. Adiós. Y gracias. un criminal. Has sido una esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta
Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te
hacia la casa. Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente. gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de
Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto.
presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena Pero al adelantarse hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se
aún el uso de los robots. le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba
y atravesó las habitaciones oscuras. Entró canturreando en la biblioteca, abrió
-Bueno -dijo Smith. uno de los cajones del escritorio, y sacó la libreta de cheques.
Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, -Sólo ocho mil dólares -dijo-. No más. -Se detuvo-. Un momento. Hojeó
labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo febrilmente la libreta.
esté terminado. No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas -¡Pero cómo! -gritó-. ¡Faltan diez mil dólares! -Se incorporó de un salto-. ¡Sólo
podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano quedan cinco mil!
se curará de esta presión incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio ¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más
inferior recobrará su tamaño normal. No quiero parecer ingrato, pero… Smith dio vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson
vuelta la tarjeta. de la que ha estado hablando durante tantos meses! Se precipitó hacia el
dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero?
Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una Se inclinó sobre su mujer.
larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: -¡Nettie! -gritó-. ¡Nettie, despierta!
43 South Wesley. Nettie no se movió.
-¡Qué has hecho con mi dinero! -rugió Smith.
El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas.
mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca.
ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.
intereses. Nettie nunca lo sabrá. -¡Nettie, Nettie! -dijo-. ¿Qué has hecho con mi dinero?
Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el
Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida. infierno, y la desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja
febril descansó, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.

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-¡Nettie! -gritó. -Me alegra que te guste.
Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic. -Parece que usted no me entiende. Creo que… estoy enamorado de ella.
Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling dio un paso adelante y se detuvo.
Braling. Los dos se volvieron hacia la puerta de la casa. -¿Estás qué?
-Me alegra que él también pueda ser feliz -dijo Braling. -Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qué hermoso sería ir a Río, y yo que
-Sí -dijo Braling Dos distraídamente. nunca podré ir…
-Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos. Y he pensado en su esposa y… creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo
-Precisamente quería hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban y ella.
en la casa- . El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón. -M-m-muy bien. -Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del
-Trataré de hacerlo un poco más cómodo. sótano-.
-Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono. Braling Dos
gustaría pasarse las horas metido en un cajón? frunció el ceño.
-Bueno… -¿A quién?
-No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy -Nada importante.
perfectamente vivo y tengo sentimientos. -¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?
-Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del -No, no… ¡Nada de eso!
cajón. Podrás vivir arriba. Braling Dos se mostró irritado. Braling corrió hacia la puerta. Unas manos de hierro lo tomaron por los brazos.
-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón. -¡No se escape!
-No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil. -¡Suéltame!
-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me -No.
gusta nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío. -¿Te aconsejo mi mujer hacer esto?
-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente. -No.
Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las -¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?
olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.
magnífico. -No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.
-Yo nunca podré ir a Río -dijo el otro-. ¿Ha pensado en eso? Braling se debatió.
-No, yo… -Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en ti!
-Y algo más. Su esposa. -Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete
-¿Qué pasa con ella? -preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano. para Río, para su esposa.
-La aprecio mucho. -¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con
Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios. tranquilidad.

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-Adiós, Braling. —Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa
Braling se endureció. ningún auto.
-¿Qué quieres decir con «adiós»? Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le
lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez,
Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido
mejilla. Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista. violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola,
-Cómo… No lo hacías desde hace años -murmuró. rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta
-Ya arreglaremos eso -dijo alguien. la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia
las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo,
cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche
yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego
el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.
La carretera - Ray Bradbury (Estados Unidos, 1912-2012) Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.
Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la
La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en lluvia sobre la superficie de cemento.
los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los
La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los
entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño. coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos,
Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de
rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los
de hormigón —otro río— yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un
en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en
transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara: “¡Eh, todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era
usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una eso.
moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos
sin su sombrero, a veces le decían: y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.
—Oh, será mejor con el sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de La carretera estaba otra vez desierta.
cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado,
nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una
Hernando se volvía a recoger el sombrero. ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y
— ¿Pasa algo, Hernando? —le dijo su mujer. se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.

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Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente Hernando sonrió.
algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando —Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.
grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí
Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y
vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas
hervía furiosamente. suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas,
—¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor! y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron
El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.
sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.
lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco —No quise decir nada malo, señor —se disculpó.
muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las —Está bien —dijo el joven.
muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba —¿Qué pasa, señor?
hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El —¿No ha oído? —replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y
muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha empezado.
preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes,
quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia. olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las
Hernando asintió con un movimiento de cabeza. lágrimas.
—Les traeré agua. Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo,
—Oh, rápido, por favor —gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los
y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada. pies.
Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.
costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr. —No —Hernando se lo devolvió—. Es un placer.
Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, —Gracias, es usted tan bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh,
un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá,
hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir papá.
que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar Y las otras muchachas se unieron a ella.
y cocinar. Servía muy bien de tazón. —No he oído nada, señor —dijo Hernando tranquilamente.
Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró —¡La guerra! —gritó el hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado
los rostros atormentados. la guerra atómica! ¡El fin del mundo!
—Oh, gracias, gracias —dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo —Señor, señor —dijo Hernando.
necesitamos. —Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós —dijo el joven.

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—Adiós —dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo. La última noche del mundo - Ray Bradbury (Estados Unidos,
Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se
1912-2012)
alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche
desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre
¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?
las cabezas de las mujeres.
-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las
-Sí, en serio.
mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera.
-No sé. No lo he pensado.
Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas
Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante
jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas
mucho, mucho tiempo.
verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.
La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos
-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta
-¡No lo dirás en serio!
Hernando el olor de la selva.
El hombre asintió.
Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva
-¿Una guerra?
estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y
El hombre sacudió la cabeza.
recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en
-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?
donde empezaba a arder el sol.
-No.
—¿Qué ha pasado, Hernando? —le preguntó su mujer, atareada.
-¿Una guerra bacteriológica?
—No es nada —replicó Hernando.
-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos,
Hundió el arado en el surco.
un libro que se cierra.
—¡Burrrrrrrro! –le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las
-Me parece que no entiendo.
tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.
-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta.
—¿A qué llamarán “el mundo”? —se preguntó Hernando.
A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los
cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió
por vez primera hace cuatro noches.
-¿Qué?
-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz
irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse
en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y
a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté:
“¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo
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contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me -No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico.
lo contara. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
-¿Era el mismo sueño? -No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?
-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció -No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido
sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido
oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, muchas cosas, muchas cosas abominables.
simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos En el vestíbulo las niñas se reían.
clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. -Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las
Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo. calles.
-¿Y todos habían soñado? -Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
-Todos. El mismo sueño, exactamente. -¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo
-¿Crees que será cierto? ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios
-Sí, nunca estuve más seguro. de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo
-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir. podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?
-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya -No se puede hacer otra cosa.
moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas. -Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.
tazas y bebieron mirándose a los ojos. -Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las
-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer. próximas horas.
-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado -Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a
de negarlo. ¿Por qué? los niños, acostarse. Como siempre.
-Creo tener una razón. -En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.
-¿La que tenían todos en la oficina? El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.
La mujer asintió. -¿Por qué crees que será esta noche?
-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre -Porque sí.
ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer -¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?
levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada. -Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa
-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como
mirándola-. ¿Tienes miedo? son, en todo el mundo, y por eso es el fin.
-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no. -Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta
-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla? a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

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-Eso también lo explica, en parte. El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento
-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los después estaba de vuelta.
platos? -Me había olvidado de cerrar los grifos.
Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.
acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin
del cuarto y entornaron la puerta. dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados
-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa de la mano y con las cabezas muy juntas.
entre los labios. -Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.
-¿Qué? -Buenas noches -dijo la mujer.
-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre
un poco de luz?
-¿Lo sabrán también las chicas?
-No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y
escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la
chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media.
Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada
cada uno a su modo.
-Bueno -dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.
-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.
-Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se
desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.
-Las sábanas son tan limpias y frescas…
-Estoy cansada.
-Todos estamos cansados.
Se metieron en la cama.
-Un momento -dijo la mujer.

9
El Peatón - Ray Bradbury ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en
los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de -Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-.
noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde
las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas loma?
iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la
Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto,
era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona,
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro. invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un -¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las
cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de
tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la ¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna?
noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un
no habían cerrado una ventana. saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había
seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo encontrado a otra persona que se paseara como él.
había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la
perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran
ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando
sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras
de una noche de noviembre. eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana
oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó
le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi
la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El como una polilla nocturna, atontado por la luz.
señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las Una voz metálica llamó:
hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo -Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.

10
-¡Arriba las manos! -Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
-Pero... -dijo Mead. -¡Su dirección!
-¡Arriba las manos, o dispararemos! -Calle Saint James, once, sur.
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres -¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, -Sí.
en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres -¿Y tiene usted televisor?
coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, -No.
salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas. -¿No?
-¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico. Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres. -¿Es usted casado, señor Mead?
-Leonard Mead -dijo. -No.
-¡Más alto! -No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
-¡Leonard Mead! La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y
-¿Ocupación o profesión? silenciosas.
-Imagino que ustedes me llamarían un escritor. -Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.
-Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo. -¡No hable si no le preguntan!
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por Leonard Mead esperó en la noche fría.
una aguja. -¿Sólo caminando, señor Mead?
-Sí, puede ser así -dijo. -Sí.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría -Pero no ha dicho para qué.
ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal -Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con -¿Ha hecho esto a menudo?
una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente. -Todas las noches durante años.
-Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que
afuera? zumbaba débilmente.
-Caminando -dijo Leonard Mead. -Bueno, señor Mead -dijo el coche.
-¡Caminando! -¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.
-Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara. -Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela
-¿Caminando, sólo caminando, caminando? trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.
-Sí, señor. -Un minuto. ¡No he hecho nada!
-¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué? -Entre.

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-¡Protesto! Auténtico Amor - Isaac Asimov
-Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó Mi nombre es Joe. Así es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es un
junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no programador, y yo soy un programa de computadora. Formo parte del complejo
había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche. Multivac, y estoy conectado con otros componentes esparcidos por todo el
-Entre. mundo. Lo sé todo. Casi todo.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño Soy el programa privado de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de
calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a programación que cualquiera en el mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha
demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando. conseguido que yo hable mejor que cualquier otra computadora puede hacerlo.
-Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. -Es simplemente cuestión de hacer encajar sonidos con símbolos, Joe -me dijo-
Pero... . Así es como funciona el cerebro humano, pese a que no sabemos todavía qué
-¿Hacia dónde me llevan? simbolos particulares emplea el cerebro. Sé los símbolos que hay en el tuyo, y
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna puedo convertirlos en palabras, uno a uno.
parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos De modo que hablo. No creo que hable tan bien como pienso, pero Milton dice
eléctricos. que hablo muy bien. Milton no se ha casado nunca, aunque está a punto de
-Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas. cumplir los cuarenta años. Nunca ha encontrado la mujer adecuada, me dice. Un
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por día me comentó:
las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces. -Algún día la encontraré, Joe. Quiero lo mejor. Quiero conseguir el auténtico
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en amor, y tú vas a ayudarme. Estoy cansado de mejorarte a fin de que resuelvas los
una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una problemas del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad. -¿Qué es el auténtico amor? -pregunté yo.
-Mi casa -dijo Leonard Mead. -No importa. Se trata de una abstracción. Simplemente encuéntrame a la chica
Nadie le respondió. ideal. Estás conectado con el complejo de Multivac, de modo que tienes acceso a
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las los bancos de datos de todos los seres humanos del mundo. Resuelve mi
calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni problema. Encuéntrame el auténtico amor.
hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre. -Estoy listo -dije.
-Primero elimina a todos los hombres -dijo él.
Eso era fácil. Sus palabras activaban símbolos en mis válvulas moleculares.
Podía entrar en contacto con los datos acumulados de todos los seres humanos
del mundo. Como resultado de aquellas palabras, descarté a 3.784.982.874
hombres. Mantuve el contacto con 3.786.112.090 mujeres.

12
-Elimina a todas las menores de veinticinco años -me dijo-; a todas las mayores hacerlo ahora porque Milton lo agregó así. De todos modos se suponía que
de cuarenta. Luego elimina a todas las que tengan un CI inferior a 120; a todas las solamente lo hacía por él.
que midan menos de 150 centimetros y más de 175 centimetros de estatura. La primera chica llegó una semana más tarde. Milton enrojeció cuando la vió.
Fue dándome instrucciones exactas; eliminó a las mujeres con hijos vivos; Habló como si realmente le costara hacerlo. Estuvieron juntos durante mucho
eliminó a las mujeres con diversas características genéticas. rato, y él no prestó la menor atención. En un momento determinado le dijo:
-Permítame invitarla a cenar.
-No estoy seguro del color de los ojos -dijo-. Dejemos ese dato por el Al día siguiente me informó:
momento. Pero elimina a las pelirrojas. No me gustan. -De alguna manera, no era lo suficientemente buena. Le faltaba algo. Es una
Al cabo de dos semanas, habíamos reducido la lista a 235 mujeres. Todas ellas mujer hermosa, pero no capté nada del auténtico amor. Probemos la siguiente.
hablaban correctamente el inglés. Milton dijo que no quería problemas con el Ocurrió lo mismo con todas las ocho. Eran muy parecidas. Sonreían mucho y
idioma. Aunque podía recurrir a la traducción por computadora, eso resultaba un tenían voces extremadamente agradables, pero Milton encontraba siempre algo
engorro en los tiempos íntimos. que no encajaba.
-No puedo entrevistarme con 235 mujeres -dijo-. Tomaría demasiado tiempo, -No puedo comprenderlo, Joe. Tú y yo hemos escogido a las ocho mujeres de
la gente podría llegar a descubrir lo que estoy haciendo. todo el mundo que parecen más adecuadas para mí. Son ideales. ¿Por qué no me
-Eso traería problemas -le advertí. gustan?
Milton había arreglado las cosas de modo que yo pudiera hacer cosas que no -¿Tú les gustas? -pregunté.
estaba diseñado para hacer. Nadie sabía nada al respecto. Alzó las cejas, y dio un puñetazo con una mano en contra la palma de la otra.
-No es asunto tuyo -dijo él, y su rostro enrojeció ligeramente-. Te diré lo que -Eso es, Joe. Es como una calle con dos direcciones. Si yo no soy su ideal, ellas
vamos a hacer, Joe. Te proporcionaré holografías, y comprobarás la lista en busca no pueden actuar de tal modo que se conviertan en mi ideal. Yo debo ser también
de similitudes. Me alimentó holografías de mujeres. su auténtico amor, pero ¿cómo puedo conseguirlo? -
-Esas son tres ganadoras de concursos de belleza -dijo-. ¿Alguna de las 235 Pareció pensarlo todo el día. A la mañana siguiente vino a mí y dijo:
encaja con ellas? -Voy a dejártelo a ti, Joe. Todo a ti. Tienes en tu poder mi banco de datos, y
- Ocho de ellas encajaban, y Milton dijo: además voy a decirte todo lo que sé de mi mismo. Llenarías mi banco de datos
-Bien, tienes su banco de datos. Estudia las demandas y necesidades del con todos los detalles posibles, pero guarda los añadidos para ti mismo.
mercado de trabajo y arregla las cosas de modo que sean asignadas -¿Qué debo hacer con ese banco de datos, Milton?
temporalmente aquí. Una a una, por supuesto. -Lo comparas con los de las 235 mujeres. No, 227. Deja aparte a las ocho que
-Pensó unos instantes, agitó sus hombros arriba y abajo, y dijo-: Por orden ya hemos visto. Arregla las cosas de modo que se sometan a un examen
alfabético. psiquiátrico. Llena sus bancos de datos y compáralos con el mío. Busca
Esta es una de las cosas que no estoy diseñado para hacer. Trasladar a Gente correlaciones.
de trabajo a trabajo por razones personales es algo llamado manipulación. Puedo (Arreglar exámenes psiquiátricos es otra de las cosas que están en contra de
mis instrucciones originales.) Durante semanas, Milton no dejó de hablarme. Me

13
contó de sus padres y de sus demás familiares. Me contó de su infancia y de sus Porque ya la había escogido, y después de todo era una de las 227. Su nombre
días de escuela y de su adolescencia. Me contó de mujeres jóvenes a las que gabía era Charity Jones, y era catalogadora en la Biblioteca de Historia de Wichita. Su
admirado a distancia. Su banco de datos fue creciendo, y él me ajustó de modo banco de datos ampliado encajaba perfectamente con el nuestro. Todas las
que yo pudiera ampliar y profundizar mi comprensión simbólica. demás mujeres habían sido desechadas por uno y otro motivo a medida que los
-¿Te das cuenta, Joe? A medida que voy introduciendo más y más de mí en ti, bancos de datos iban engrosando, pero con Charity la resonancia era cada vez
te voy ajustando para que encajes mejor conmigo. Si llegas a comprenderme lo más perfecta. No tuve que describírsela a Milton. Milton Había coordinado tan
suficientemente bien, entonces cualquier mujer cuyo banco de datos puedas perfectamente mi simbolismo con el suyo propio que pude transmitirle
comprender perfectamente será mi auténtico amor. directamente la resonancia. Encajaba conmigo. El siguiente paso fue ajustar las
Siguió hablándome, y yo fui comprendiéndole cada vez mejor y mejor. Podía hojas de trabajo y los requerimientos laborales de modo que Charity nos fuera
construir frases más largas, y mis expresiones se hacían más y más complicadas. asignada a nosotros. Eso debía hacerse muy delicadamente, de modo que nadie
Mi forma de hablar empezó a sonar muy parecida a la suya en vocabulario, se diera cuenta de que se producía algo ilegal.
sintaxis y estilo. En una ocasión le dije: Por supuesto, Milton lo sabía muy bien, puesto que era él quien lo había
-¿Sabes, Milton? No se trata tan sólo de encontrar en una chica un ideal físico. arreglado todo y había cuidado de ello. Cuando vinieron a arrestarlo bajo la
Necesitas una chica que encaje contigo personal, emocional y acusación de abuso de sus atribuciones, fue, afortunadamente, por algo que se
temperamentalmente. Si eso ocurre, su apariencia es algo secundario. Si no había producido hacía diez años. Me había hablado de ello, por supuesto, gracias
podemos encontrar entre esas 227 la que encaje, entonces buscaremos en otra a lo cual había sido fácil arreglarlo todo..., y él no iba a hablar de mí, porque eso
parte. Encontraremos a alguien a la que no le importe tampoco tu aspecto, si las haría que su delito fuera considerado mucho más grave.
personalidades encajan. Al fin y al cabo, ¿qué es la apariencia? Ahora él ya no está, y mañana es el 14 de febrero, el Día de San Valentín.
-Absolutamente de acuerdo -dijo-. Hubiera debido darme cuenta de eso si me Charity llegará entonces, con sus frías manos y su dulce voz. Le enseñaré como
hubiera relacionado más con mujeres a lo largo de mi vida. Por supuesto, pensar manejarme y como cuidarme. ¿Qué importa la materia cuando nuestras
en ellas lo hace ahora todo más claro. personalidades resuenan de tal modo? Le diré:
Siempre estábamos de acuerdo; pensábamos de forma tan parecida. -Soy Joe, y tú eres mi auténtico amor.
-No vamos a tener ningún problema, Milton, si me permites hacerte algunas
preguntas. Puedo ver donde hay lagunas y contradicciones en tu banco de datos.
Lo que siguió, dijo Milton, fue el equivalente de un cuidadoso psicoanálisis.
Por supuesto, yo estaba aprendiendo del examen psiquiátrico de las 227
mujeres..., con todas las cuales me mantenía en estrecho contacto.
Milton parecía completamente feliz.
- Hablar contigo, Joe, es casi como hablar conmigo mismo. Nuestras
personalidades han empezado a encajar perfectamente.
-Como lo hará la personalidad de la mujer a la que escojamos.

14
Ray Bradbuty Alrededor del cohete y en las cuatro direcciones se extendía el pueblo, verde
y tranquilo bajo el cielo primaveral de Marte. Había casas blancas y de
ABRIL DE 2000
ladrillosrojos, y álamos altos que se movían en el viento, y arces y castaños, todos
La tercera expedición altos. En el campanario de la iglesia dormían unas campanas doradas.
Los hombres del cohete miraron fuera y vieron todo esto. Luego se miraron
La nave vino del espacio. Vino de las estrellas, y las velocidades negras, y los unos a otros y miraron otra vez fuera, pálidos, tomándose de los codos, como si
movimientos brillantes, y los silenciosos abismos del espacio. Era una nave nueva, nopudieran respirar.
con fuego en las entrañas y hombres en las celdas de metal, y se movía en un -Demonios -dijo Lustig en voz baja, frotándose torpemente los ojos-.
silencio limpio, vehemente y cálido. Llevaba diecisiete hombres, incluyendo un Demonios.
capitán. En la pista de Ohio la muchedumbre había gritado agitando las manos a -No puede ser -dijo Samuel Hinkston.
la luz del sol, y el cohete había florecido en ardientes capullos de color y había Se oyó la voz del químico.
escapado alejándose en el espacio ¡en el tercer viaje a Marte! -Atmósfera enrarecida, señor, pero segura. Hay suficiente oxígeno.
Ahora estaba desacelerando con una eficiencia metálica en las atmósferas -Entonces saldremos -dijo Lustig.
superiores de Marte. Era todavía hermoso y fuerte. Había avanzado como un -Esperen -replicó el capitán John Black-. ¿Qué es esto en realidad?
pálido leviatán marino por las aguas de medianoche del espacio; había dejado -Es un pueblo, con aire enrarecido, pero respirable, señor.
atrás la luna antigua y se había precipitado al interior de una nada que seguía a -Y es un pueblo idéntico a los pueblos de la Tierra -dijo Hinkston el arqueólogo-
otra nada. Los hombres de la tripulación se habían golpeado, enfermado y curado, . Increíble. No puede ser, pero es.
alternadamente. Uno había muerto, pero los dieciséis sobrevivientes, con los ojos El capitán John Black lo miró inexpresivamente.
claros y las caras apretadas contra las ventanas de gruesos vidrios, observaban -¿Cree usted posible que las civilizaciones de dos planetas marchen y
ahora cómo Marte oscilaba subiendo debajo de ellos. evolucionen de la misma manera, Hinkston?
-¡Marte! -exclamó el navegante Lustig. -Nunca lo hubiera pensado, capitán.
-¡El viejo y simpático Marte! -dijo Samuel Hinkston, arqueólogo. El capitán se acercó a la ventana.
-Bien -dijo el capitán John Black. -Miren. Geranios. Una planta de cultivo. Esa variedad específica se conoce en
El cohete se posó en un prado verde. Afuera, en el prado, había un ciervo de la Tierra sólo desde hace cincuenta años. Piensen cómo evolucionan las plantas,
hierro. Más allá, se alzaba una alta casa victoriana, silenciosa a la luz del sol, toda durante miles de años. Y luego díganme si es lógico que los marcianos tengan:
cubierta de volutas y molduras rococó, con ventanas de vidrios coloreados: azules primero, ventanas con vidrios emplomados; segundo, cúpulas; tercero,
y rosas y verdes y amarillos. En el porche crecían unos geranios, y una vieja columpios en ¡Os Porches; cuarto, un instrumento que parece un piano y que
hamaca colgaba del techo y se balanceaba, hacia atrás, hacia delante, hacia atrás, probablemente es un piano; y quinto, si miran ustedes detenidamente por la
hacia delante, mecida por la brisa. La casa estaba coronada por una cúpula, con lente telescópica, ¿es lógico que un compositor marciano haya compuesto una
ventanas de vidrios rectangulares y un techo de caperuza. Por la ventana se podía pieza de música titulada, aunque parezca mentira, Hermoso Ohio? ¡Esto querría
ver una pieza de música titulada Hermoso Ohio, en un atril. decir que hay un río Ohio en Marte!

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-¡El capitán Williams, por supuesto! -exclamó Hinkston. -Yo soy uno de ellos, capitán. Pero es evidente que un pueblo como éste no
-¿Qué? puede existir sin intervención divina. ¡Esos detalles! No sé si reír o llorar.
-El capitán Williams y su tripulación de tres hombres. 0 Nathaniel York y su -No haga ni una cosa ni otra, por lo menos hasta saber con qué nos
compañero. ¡Eso lo explicaría todo! enfrentamos.
-Eso no explicaría nada. Según parece, el cohete de York estalló el día que llegó -¿Con qué nos enfrentamos? -dijo Lustig---. Con nada, capitán. Es un pueblo
a Marte, y York y su compañero murieron. En cuanto a Williams y sus tres agradable, verde y tranquilo, un poco anticuado como el pueblo donde nací. Me
hombres, el cohete fue destruido al día siguiente de haber llegado. Al menos las gusta el aspecto que tiene.
pulsaciones de los transmisores cesaron entonces. Si hubieran sobrevivido, se -¿Cuándo nació usted, Lustig?
habrían comunicado con nosotros. De todos modos, desde la expedición de York -En mil novecientos cincuenta.
sólo ha pasado un año, y el capitán Williams y sus hombres llegaron aquí en el -¿Y usted, Hinkston?
mes de agosto. Suponiendo que estén vivos, ¿hubieran podido construir un -En mil novecientos cincuenta y cinco. En Grinnell, Iowa. Y este pueblo se
pueblo como éste y envejecerlo en tan poco tiempo, aun con la ayuda de una parece al mío.
brillante raza marciana? Miren el pueblo; está ahí desde hace por lo menos -Hinkston, Lustig, yo podría ser el padre de cualquiera de ustedes. Tengo
setenta años. Miren la madera de ese porche; miren esos árboles, ¡todos ochenta años cumplidos. Nací en mil novecientos veinte, en Illinois, y con la ayuda
centenarios! No, esto no es obra de York o Williams. Es otra cosa, y no me gusta. de Dios y de la ciencia, que en los últimos cincuenta años ha logrado rejuvenecer
Y no saldré de la nave antes de aclararlo. a los viejos, aquí estoy, en Marte, no más cansado que los demás, pero
-Además -dijo Lustig---, Williams y sus hombres, y también York, descendieron infinitamente más receloso. Este pueblo, quizá pacífico y acogedor, se parece
en el lado opuesto de Marte. Nosotros hemos tenido la precaución de descender tanto a Green Bluff, Illinois, que me espanta. Se parece demasiado a Green Bluff.
en este lado. -Y volviéndose hacia el radiotelegrafista, añadió-: Comuníquese con la Tierra.
-Excelente argumento. Como es posible que una tribu marciana hostil haya Dígales que hemos llegado. Nada más. Dígales que mañana enviaremos un
matado a York y a Williams, nos ordenaron que descendiéramos en una región informe completo.
alejada, para evitar otro desastre. Estamos por lo tanto, o así parece, en un lugar -Bien, capitán.
que Williams y York no conocieron. El capitán acercó al ojo de buey una cara que tenía que haber sido la de un
-Maldita sea --dijo Hinkston-. Yo quiero ir al pueblo, capitán, con el permiso de octogenario, pero que parecía la de un hombre de unos cuarenta años.
usted. Es posible que en todos los planetas de nuestro sistema solar haya pautas -Le diré lo que vamos a hacer, Lustig. Usted, Hinkston y yo daremos una vuelta
similares de ideas, diagramas de civilización. ¡Quizás estemos en el umbral del por el pueblo. Los demás se quedan a bordo. Si Ocurre algo, se irán en seguida.
descubrimiento psicológico y metafísico más importante de nuestra época! Es mejor perder tres hombres que toda una nave. Si ocurre algo malo, nuestra
-Yo quisiera esperar un rato -dijo el capitán John Black. tripulación puede avisar al próximo cohete. Creo que será el del capitán Wilder,
-Es posible, señor, que estemos en presencia de un fenómeno que demuestra que saldrá en la próxima Navidad. Si en Marte hay algo hostil queremos que el
por primera vez, y plenamente, la existencia de Dios, señor. próximo cohete venga bien armado.
-Muchos buenos creyentes no han necesitado esa prueba, señor Hinkston. -También lo estamos nosotros. Disponemos de un verdadero arsenal.

16
-Entonces, dígale a los hombres que se queden al pie del cañón. Vamos, Lustig, -Y vinieron a vivir aquí, y naturalmente, las casas que construyeron fueron
Hinkston. similares a las casas de la Tierra, pues junto con ellos trajeron la civilización
Los tres hombres salieron juntos por las rampas de la nave. terrestre.
Era un hermoso día de primavera. Un petirrojo posado en un manzano en flor -¿Y han vivido aquí todos estos años? -preguntó el capitán.
cantaba continuamente. Cuando el viento rozaba las ramas verdes, caía una lluvia -En paz y tranquilidad, sí. Quizás hicieron unos pocos viajes, bastantes como
de pétalos de nieve, y el aroma de los capullos flotaba en el aire. En alguna parte para traer aquí a la gente de un pueblo pequeño, y luego no volvieron a viajar,
del pueblo alguien tocaba el piano, y la música iba y venía e iba, dulcemente, pues no querían que los descubrieran. Por eso este pueblo parece tan anticuado.
lánguidamente. La canción era Hermosa soñadora. En alguna otra parte, en un No veo aquí nada posterior a mil novecientos veintisiete, ¿no es cierto? -Es
gramófono, chirriante y apagado, siseaba un disco de Vagando al anochecer, posible, también, que los viajes en cohete sean aún más antiguos de lo que
cantado por Harry Lauder. pensamos. Quizá comenzaron hace siglos en alguna parte del mundo, y las pocas
Los tres hombres estaban fuera del cohete. jadearon aspirando el aire personas que vinieron a Marte y viajaron de vez en cuando a la Tierra supieron
enrarecido, y luego echaron a andar, lentamente, como para no fatigarse. guardar el secreto.
Ahora el disco del gramófono cantaba: -Tal como usted lo dice, parece razonable.
Oh, dame una noche de junio, ~Lo es. Tenemos la prueba ante nosotros; sólo nos falta encontrar a alguien y
la luz de la luna y tú verificarlo.
Lustig se echó a temblar. Samuel Hinkston hizo lo mismo. La hierba verde y espesa apagaba el sonido de las botas. En el aire había un
El cielo estaba sereno y tranquilo, y en alguna parte corría un arroyo, a la olor a césped recién cortado. A pesar de sí mismo, el capitán John Black se sintió
sombra de un barranco con árboles. En alguna parte trotó un caballo, y traqueteó inundado por una gran paz. Durante los últimos treinta años no había estado
una carreta. nunca en un pueblo pequeño, y el zumbido de las abejas primaverales lo acunaba
-Señor -dijo Samuel Hinkston-, tiene que ser, no puede ser de otro modo, ¡los y tranquilizaba, y el aspecto fresco de las cosas era como un bálsamo para él.
viajes a Marte empezaron antes de la Primera Guerra Mundial!... Los tres hombres entraron en el porche y fueron hacia la puerta de tela de
-No. alambre. Los pasos resonaron en las tablas del piso. En el interior de la casa se
-¿De qué otro modo puede usted explicar esas casas, el ciervo de hierro, los veía una araña de cristal, una cortina de abalorios que colgaba a la entrada del
pianos, la música? -Y Hinkston tomó persuasivamente de un codo al capitán y lo vestíbulo, y en una pared, sobre un cómodo sillón Morris, un cuadro de Maxfield
miró a los ojos-. Si usted admite que en mil novecientos cinco había gente que Parrish. La casa olía a desván, a vieja, e infinitamente cómoda. Se alcanzaba a oír
odiaba la guerra, y que uniéndose en secreto con algunos hombres de ciencia el tintineo de unos trozos de hielo en una jarra de limonada. Hacía mucho calor,
construyeron un cohete y vinieron a Marte... y en la cocina distante alguien preparaba un almuerzo frío. Alguien tarareaba
-No, no, Hinkston. entre dientes, con una voz dulce y aguda.
-¿Por qué no? El mundo era muy distinto en mil novecientos cinco. Era fácil El capitán John Black hizo sonar la campanilla.
guardar un secreto.
-Pero algo tan complicado como un cohete no, no se puede ocultan

17
Unas pisadas leves y rápidas se acercaron por el vestíbulo, y una señora de - Se le ha ocurrido pensar, Hinkston, que quizá nos salimos de la trayectoria,
unos cuarenta años, de cara bondadosa, vestida a la moda que se podía esperar de alguna manera, y por accidente descendimos en la Tierra?
en 1909, asomó la cabeza y los miró. -¿Y cómo lo hicimos?
-¿Puedo ayudarlos? -preguntó. -No lo sé, no lo sé. Déjeme pensar, por Dios.
-Disculpe -dijo el capitán, indeciso-, pero buscamos.... es decir, deseábamos... -Comprobamos cada kilómetro de la trayectoria -dijo Hinkston---. Nuestros
La mujer lo miró con ojos oscuros y perplejos. cronómetros dijeron tantos kilómetros. Dejamos atrás la Luna y salimos al
-Si venden algo... espacio, y aquí estamos. Estoy seguro de que estamos en Marte. _¿Y si por
-No, espere. ¿Qué pueblo es éste? accidente nos hubiésemos perdido en las dimensiones del espacio y el tiempo, y
La mujer lo miró de arriba abajo. hubiéramos aterrizado en una Tierra de hace treinta o cuarenta años?
-¿Cómo qué pueblo es éste? ¿Cómo pueden estar en un pueblo y no saber -¡Oh, por favor, Lustig!
cómo se llama? Lustig se acercó a la puerta, hizo sonar la campanilla y gritó a las habitaciones
El capitán tenía el aspecto de querer ir a sentarse debajo de un árbol, a la frescas y oscuras:
sombra. -¿En qué año estamos?
-Somos forasteros. Queremos saber cómo llegó este pueblo aquí y cómo usted -En mil novecientos veintiséis, por supuesto -contestó la mujer, sentada en
llegó aquí. una mecedora, tomando un sorbo de limonada.
-¿Son ustedes del censo? Lustig se volvió muy excitado.
-No. -¿Lo oyeron? Mil novecientos veintiséis. ¡Hemos retrocedido en el tiempo!
-Todo el mundo sabe -dijo la mujer- que este pueblo fue construido en mil ¡Estamos en la Tierra!
ochocientos sesenta y ocho. ¿Se trata de un juego?. Lustig se sentó, y los tres hombres se abandonaron al asombro y al terror,
-No, no es un juego -exclamó el capitán-. Venimos de la Tierra. acariciándose de vez en cuando las rodillas.
-¿Quiere decir de debajo de la tierra? -Nunca esperé nada semejante -dijo el capitán-. Confieso que tengo un susto
-No. Venimos del tercer planeta, la Tierra, en una nave. Y hemos descendido de todos los diablos. ¿Cómo puede ocurrir una cosa así? ojalá hubiéramos traído
aquí, en el cuarto planeta, Marte... a Einstein con nosotros.
-Esto -explicó la mujer como si le hablara a un niño- es Green Bluff, Illinois, en -¿Nos creerá alguien en este pueblo? -preguntó Hinkston- ¿Estaremos jugando
el continente americano, entre el océano Pacífico y el océano Atlántico, en un con algo peligroso? Me refiero al tiempo. ¿No tendríamos que elevarnos
lugar llamado el mundo y a veces la Tierra. Ahora, váyanse. Adiós. simplemente y volver a la Tierra?
La mujer trotó vestíbulo abajo, pasando los dedos por entre las cortinas de -No. No hasta probar en otra casa.
abalorios. Los tres hombres se miraron. Pasaron por delante de tres casas hasta un pequeño cottage blanco, debajo
-Propongo que rompamos la puerta de alambre -dijo Lustig. de un roble.
-No podemos hacerlo. Es propiedad privada. ¡Dios santo! -Me gusta ser lógico Y quisiera atenerme a la lógica -dijo el capitán-. Y no creo
Fueron a sentarse en el escalón del porche. que hayamos puesto el dedo en la llaga. Admitamos, Hinkston, como usted sugirió

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antes, que se viaje en cohete desde hace muchos años. Y que los terrestres, Lustig se echó a llorar. Alzó unos dedos que se le retorcían y temblaban, y en
después de vivir aquí algunos años, comenzaron a sentir nostalgias de la Tierra. su cara hubo asombro, incredulidad y dicha. Parecía como si en cualquier
Primero una leve neurosis, después una psicosis, y por fin la amenaza de la locura. momento fuese a enloquecer de alegría. Miró calle abajo y empezó a correr,
¿Qué haría usted, como psiquiatra, frente a un problema de esas dimensiones? tropezando torpemente, cayéndose y levantándose, y corriendo otra vez.
Hinkston reflexionó. -¡Miren! ¡Miren!
-Bueno, pienso que reordenaría la civilización de Marte, de modo que se -¡No dejen que se vaya! -El capitán echó también a correr.
pareciera, cada día más, a la de la Tierra. Si fuese posible reproducir las plantas, Lustig se alejaba rápidamente, gritando. Cruzó uno de los jardines que
las carreteras, los lagos, y aun los océanos, los reproduciría. Luego, mediante una bordeaban la calle sombreada y entró de un salto en el porche de una gran casa
vasta hipnosis colectiva, convencería a todos en un pueblo de este tamaño que verde con un gallo de hierro en el tejado. Gritaba y lloraba golpeando la puerta
esto era realmente la Tierra, y no Marte. cuando Hinkston y el capitán llegaron corriendo detrás de él. Todos jadeaban y
-Bien pensado, Hinkston. Creo que estamos en la pista correcta. La mujer de resoplaban, extenuados por la carrera y el aire enrarecido.
aquella casa piensa que vive en la Tierra. Ese pensamiento protege su cordura. -¡Abuelo! ¡Abuela! -gritaba Lustig.
Ella y los demás de este pueblo son los sujetos del mayor experimento en Dos ancianos, un hombre y una mujer, estaban de pie en el porche.
migración e hipnosis que hayamos podido encontrar. -¡David! -exclamaron con voz aflautada y se apresuraron a abrazarlo y a
-¡Eso es! -exclamó Lustig. palmearle la espalda, moviéndose alrededor---. ¡Oh, David, David, han pasado
-Tiene razón -dijo Hinkston. tantos años! ¡Cuánto has crecido, muchacho! Oh, David, muchacho, ¿cómo te
El capitán suspiró. encuentras?
-Bien. Hemos llegado a alguna parte. Me siento mejor. Todo es un poco más -¡Abuelo! ¡Abuela! -sollozaba David Lustig---. ¡Qué buena cara tenéis!
lógico. Ese asunto de las dimensiones, de ir hacia atrás y hacia delante viajando Retrocedió, los hizo girar, los besó, los abrazó, lloró sobre ellos Y volvió a
por el tiempo, me revuelve el, estómago. Pero de esta manera... -El capitán retroceder mirándolos con ojos parpadeantes. El sol brillaba en el cielo, el viento
sonrió-: Bien, bien, parece que seremos bastante populares aquí. soplaba, el césped era verde, las puertas de tela de alambre estaban abiertas de
-¿Cree usted? -dijo Lustig---. Al fin y al cabo, esta gente vino para huir de la par en par.
Tierra, como los Peregrinos. Quizá vernos no los haga demasiado felices. Quizás -Entra, muchacho, entra. Hay té helado, mucho té.
intenten echarnos o matamos. -Estoy con unos amigos. -Lustig se dio vuelta e hizo señas al capitán, excitado,
-Tenemos mejores armas. Ahora a la casa siguiente. ¡Andando! riéndose-. Capitán, suban.
Apenas habían cruzado el césped de la acera, cuando Lustig se detuvo y miró -¿Cómo están ustedes? -dijeron los viejos---. Pasen. Los amigos de David son
a lo largo de la calle que atravesaba el pueblo en la soñadora paz de la tarde. también nuestros amigos. ¡No se queden ahí!
-Señor -dijo. La sala de la vieja casa era muy fresca, y se oía el sonoro tictac de un reloj de
-¿Qué pasa, Lustig? abuelo, alto y largo, de molduras de bronce. Había almohadones blandos sobre
-Capitán, capitán, lo que veo... largos divanes y paredes cubiertas de libros y una gruesa alfombra de arabescos

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rosados, y las manos sudorosas sostenían los vasos de té, helado y fresco en las -Trataremos de venir, gracias. Hay mucho que hacer. Mis hombres me esperan
bocas sedientas. en el cohete y..
-Salud. -La abuela se llevó el vaso a los dientes de porcelana. Se interrumpió. Se volvió hacia la puerta, sobresaltado. Muy lejos a la luz del
-¿Desde cuándo estáis aquí, abuela? -preguntó Lustig. sol había un sonido de voces y grandes gritos de bienvenida.
-Desde que nos morimos -replicó la mujer. -¿Qué pasa? -preguntó Hinkston.
El capitán John Black puso el vaso en la mesa. -Pronto lo sabremos.
-¿Desde cuándo? El capitán John Black cruzó abruptamente la puerta, corrió por la hierba verde
-Ah, sí. -Lustig asintió-. Murieron hace treinta años. y salió a la calle del pueblo marciano. Se detuvo mirando el cohete. Las
-¡Y usted ahí tan tranquilo! -gritó el capitán. portezuelas estaban abiertas y la tripulación salía y saludaba, y se mezclaba con
-Silencio. -La vieja guiñó un ojo brillante-. ¿Quién es usted para discutir lo que la muchedumbre que se había reunido, hablando, riendo, estrechando manos. La
pasa? Aquí estamos. ¿Qué es la vida, de todos modos? ¿Quién decide por qué, gente bailaba alrededor. La gente se arremolinaba. El cohete yacía vacío y
para qué o dónde? Sólo sabemos que estamos aquí, vivos otra vez, y no hacemos abandonado.
preguntas. Una, segunda oportunidad. -Se inclinó y mostró una muñeca delgada- Una banda de música rompió a tocar a la luz del sol, lanzando una alegre
. Toque. -El capitán tocó-. Sólida, ¿eh? -El capitán asintió-. Bueno, entonces - melodía desde tubas y trompetas que apuntaban al cielo. Hubo un redoble de
concluyó con aire de triunfo-, ¿para qué hacer preguntas? tambores y un chillido de gaitas. Niñas de cabellos de oro saltaban sobre la hierba.
-Bueno -replicó el capitán-, nunca imaginamos que encontraríamos una cosa Niños gritaban: «¡Hurra!». Hombres gordos repartían cigarros. El alcalde del
como ésta en Marte. pueblo pronunció un discurso. Luego, los miembros de la tripulación, dando un
-Pues la han encontrado. Me atrevería a decirle que hay muchas cosas en brazo a una madre, y el otro a un padre o una hermana, se fueron muy animados
todos los planetas que le revelarían los infinitos designios de Dios. calle abajo y entraron en casas pequeñas y en grandes mansiones.
-¿Esto es el cielo? -preguntó Hinkston. Las puertas se cerraron de golpe.
-Tonterías, no. Es un mundo y tenemos aquí una segunda oportunidad. Nadie El calor creció en el claro cielo de primavera, y todo quedó en silencio. La
nos dijo por qué. Pero tampoco nadie nos dijo por qué estábamos en la Tierra. banda de música desapareció detrás de una esquina, alejándose del cohete, que
Me refiero a la otra Tierra, esa de donde vienen ustedes. ¿Cómo sabemos que no brillaba y centelleaba a la luz del sol.
había todavía otra además de ésa? -¡Deténganse! -gritó el capitán Black. -¡Lo han abandonado! -dijo el capitán-.
-Buena pregunta -dijo el capitán. ¡Han abandonado la nave! ¡Les arrancaría la piel! ¡Tenían órdenes precisas!
Lustig no dejaba de sonreír mirando a sus abuelos. -Capitán, no sea duro con ellos -dijo Lustig---. Se han encontrado con parientes
-Qué alegría veros, qué alegría. y amigos.
El capitán se incorporó y se palmeó una pierna con aire de descuido. -¡No es una excusa!
-Tenemos que irnos. Muchas gracias por las bebidas. -Piense en lo que habrán sentido con todas esas caras familiares alrededor de
-Volverán, por supuesto -dijeron los viejos-. Vengan esta noche a cenar. la nave -dijo Lustig.
-Tenían órdenes, maldita sea.

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-¿Qué hubiera sentido usted, capitán? -¡En la vieja casa! -El capitán miraba fijamente con un deleitado asombro-.
-Hubiera cumplido las órdenes... -comenzó a decir el capitán, y se quedó ¿Han oído ustedes, Lustig, Hinkston?
boquiabierto. Por la acera, bajo el sol de Marte, venía caminando un joven de Hinkston se había ido. Había visto su propia casa en el fondo de la calle y corría
unos veintiséis años, alto, sonriente, de ojos asombrosamente claros y azules. hacia ella. Lustig se reía.
-¡John! -gritó el joven, y trotó hacia ellos. -¿Ve usted, capitán, qué les ha ocurrido a los del cohete? No han podido
-¿Qué? -El capitán Black se tambaleó. evitarlo.
El joven llegó corriendo, le tomó la mano y le palmeó la espalda. -Sí, sí. -El capitán cerró los ojos-. Cuando vuelva a mirar habrás desaparecido.
-¡John, bandido! -
-Eres tú -dijo el capitán John Black. Parpadeó-. Todavía estás aquí. Oh, Dios, ¡pero qué buen aspecto tienes, Ed!
-¡Claro que soy yo! ¿Quién creías que era? -Vamos, nos espera el almuerzo. Ya he avisado a mamá.
-iEdward! Lustig dijo:
El capitán, reteniendo la mano del joven desconocido, se volvió a Lustig y a -Señor, estaré en casa de mis abuelos si me necesita.
Hinkston. -¿Qué? Ah, muy bien, Lustig. Nos veremos más tarde.
-Éste es mi hermano Edward. Ed, te presento a mis hombres: Lustig, Hinkston. Edward tomó de un brazo al capitán.
¡Mi hermano! -Ahí está la casa. ¿La recuerdas?
John y Edward se daban la mano y se apretaban los brazos. Al fin se abrazaron. -¡Claro que la recuerdo! Vamos. A ver quién llega primero al porche.
-¡Ed! Corrieron. Los árboles rugieron sobre la cabeza del capitán Black; el suelo rugió
-Johri, sinvergüenza! bajo sus pies. Delante de él, en un asombroso sueño real, veía la figura dorada de
-Tienes muy buena cara, Ed, pero ¿cómo? No has cambiado nada en todo este Edward Black y la vieja casa, que se precipitaba hacia ellos, con las puertas de tela
tiempo. Moriste, recuerdo, cuando tenías veintiséis años y yo diecinueve. ¡Dios de alambre abiertas de par en pan
mío! Hace tanto tiempo, y aquí estás. Señor, ¿qué pasa aquí? -¡Te he ganado! -exclamó Edward.
-Mamá está esperándonos -dijo Edward Black sonriendo. -Soy un hombre viejo -jadeó el capitán- y tú eres joven todavía. Además
-¿Mamá? siempre me ganabas, me acuerdo muy bien.
-Y papá también. En el umbral, mamá, sonrosada, rolliza y alegre. Detrás, papá, con canas
-¿Papá? amarillas y la pipa en la mano.
El capitán casi cayó al suelo como si lo hubieran golpeado con un arma -¡Mamá! ¡Papá!
poderosa. El capitán subió las escaleras corriendo como un niño. Fue una hermosa y larga
Echó a caminar rígidamente, con pasos desmañados. tarde de primavera. Después de una prolongada sobremesa se sentaron en la sala
-¿Papá y mamá vivos? ¿Dónde están? y el capitán les habló del cohete, y ellos asintieron y mamá no había cambiado
-En la vieja casa de Oak Knoll Avenue. nada y papá cortó con los dientes la punta de un cigarro y lo encendió
pensativamente como acostumbraba antes. A la noche comieron un gran pavo y

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el tiempo fue pasando. Cuando los huesos quedaron tan limpios como palillos de -No puedo más, de veras -murmuró-. Estoy entumecido y cansado. Hoy han
tambor, el capitán se echó hacia atrás en su silla y suspiró satisfecho. La noche ocurrido demasiadas cosas. Me siento como si hubiera pasado cuarenta y ocho
estaba en todos los árboles y coloreaba el cielo, y las lámparas eran aureolas de horas bajo una lluvia torrencial, sin paraguas ni impermeable. Estoy empapado
luz rosada en la casa tranquila. De todas las otras casas, a lo largo de la calle, hasta los huesos de emoción.
venían sonidos de músicas, de pianos, y de puertas que se cerraban. Edward estiró con una mano las sábanas de nieve y ahuecó las almohadas.
Mamá puso un disco en el gramófono y bailó con el capitán John Black. Llevaba Levantó un poco la ventana y el aroma nocturno del jazmín entró flotando en
el mismo perfume de aquel verano, cuando ella y papá murieron en el accidente la habitación. Había luna y sonidos de músicas y voces distantes.
de tren. El capitán la sintió muy real entre los brazos, mientras bailaban con pasos -De modo que esto es Marte -dijo el capitán, desnudándose.
ligeros. -Así es.
-No todos los días se vuelve a vivir -dijo ella. Edward se desvistió con movimientos perezosos y lentos, sacándose la camisa
-Me despertaré por la mañana -replicó el capitán-, y me encontraré en el por la cabeza y descubriendo unos hombros dorados y un cuello fuerte y
cohete, en el espacio, y todo esto habrá desaparecido. musculoso.
-No, no pienses eso -lloró ella dulcemente-. No dudes. Dios es bueno con Habían apagado las luces, y ahora estaban en cama, uno al lado del otro, como
nosotros. Seamos felices. ¿hacía cuántos años? El aroma de jazmín que empujaba las cortinas de encaje
-Perdón, mamá. hacia el aire oscuro del dormitorio acunó y alimentó al capitán. Entre los árboles,
El disco terminó con un siseo circular. sobre el césped, alguien había dado cuerda a un gramófono portátil que ahora
-Estás cansado, hijo mío -le dijo papá señalándolo con la pipa-. Tu antiguo susurraba una canción: Siempre. Se acordó de Marilyn.
dormitorio te espera; con la cama de bronce y, todas tus cosas. -¿Está Marilyn aquí?
-Pero tendría que llamar a mis hombres. Edward, estirado allí a la luz de la luna, esperó unos instantes y luego contestó:
-¿Por qué? -Sí. No está en el pueblo, pero volverá por la mañana.
-¿Por qué? Bueno, no lo sé. En realidad, creo que no hay ninguna razón. No, El capitán cerró los ojos:
ninguna. Estarán comiendo o en cama. Una.buena noche de descanso no les hará -Tengo muchas ganas de verla.
daño. En la habitación rectangular y silenciosa, sólo se oía la respiración d los dos
-Buenas noches, hijo. -Mamá le besó la mejilla-. Qué bueno es tenerte en casa. hombres.
-Es bueno estar en casa. -Buenas noches, Ed.
El capitán dejó aquel país de humo de cigarros y perfume y libros y luz suave y Una pausa.
subió las escaleras charlando, charlando con Edward. Edward abrió una puerta, y -Buenas noches, John.
allí estaba la cama de bronce amarillo, y los viejos banderines de la universidad, y El capitán permaneció tendido y en paz, abandonándose a sus propios
un muy gastado abrigo de castor que el capitán acarició cariñosamente, en pensamientos. Por primera vez consiguió hacer a un lado las tensiones del día, y
silencio. ahora podía pensar lógicamente. Todo había sido emocionante: las bandas de
música, las caras familiares. Pero ahora... «¿Cómo? -se preguntó-. ¿Cómo se hizo

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todo esto? ¿Y por qué? ¿Con qué propósito? ¿Por la mera bondad de alguna mente? Dicen que los recuerdos de la niñez son los más claros. Y después de
intervención divina? ¿Entonces Dios se preocupa realmente por sus criaturas? construir el pueblo, sacándolo de mi mente, ¡lo poblaron con las gentes más
¿Cómo y por qué y para qué?» queridas, sacándolas de las mentes de los tripulantes!
Consideró las distintas teorías que habían adelantado Hinkston y Lustig en el »Y supongamos que esa pareja que duerme en la habitación contigua no sea
primer calor de la tarde. Dejó que otras muchas teorías nuevas le bajaran a través mi padre y mi madre, sino dos marcianos increíblemente hábiles y capaces de
de la mente como perezosos guijarros que giraban echando alrededor unas luces mantenerme todo el tiempo en un sueño hipnótico.
mortecinas. Mamá. Papá. Edward. Tierra. Marte. Marcianos. »¿Y aquella banda de música? ¡Qué plan más sorprendente y admirable!
«¿Quién había vivido aquí hacía mil años en Marte? ¿Marcianos? ¿0 había sido Primero, engañar a Lustig, después a Hinkston, y después reunir una
siempre como ahora?» Marcianos. El capitán repitió la palabra ociosamente, muchedumbre; y todos los hombres del cohete, como es natural, desobedecen
interiormente. Casi se echó a reír en voz alta. De pronto se le había ocurrido la las órdenes y abandonan la nave al ver a madres, tías,. tíos y novias, muertos hace
más ridícula de las teorías. Se estremeció. Por supuesto, no tenía ningún sentido. diez, veinte años. ¿Qué más natural? ¿Qué más inocente? ¿Qué más sencillo? Un
Era muy improbable. Estúpida. «Olvídala. Es ridícula.» hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida.
»Sin embargo -pensó-, supongamos... Supongamos que Marte esté habitado Está demasiado contento. Y aquí estamos todos esta noche, en distintas casas,
por marcianos que vieron llegar nuestra nave y nos vieron dentro y nos odiaron. distintas camas, sin armas que nos protejan. Y el cohete vacío a la luz de la luna.
Supongamos ahora, sólo como algo terrible, que quisieran destruir a esos ¿Y no sería espantoso Y terrible descubrir que todo esto es parte de un inteligente
invasores indeseables, y del modo más inteligente, tomándonos desprevenidos. plan de los marcianos para dividirnos y vencernos, y matarnos? En algún
Bien, ¿qué arma podrían usar los marcianos contra las armas atómicas de los momento de esta noche, quizá, mi hermano, que está en esta cama, cambiará de
terrestres? forma, se fundirá y se transformará en otra cosa, en una cosa terrible, un
»La respuesta era interesante. Telepatía, hipnosis, memoria e imaginación. marciano. Sería tan fácil para él volverse en la cama y clavarme un cuchillo en el
»Supongamos que ninguna de estas casas sea real, que esta cama no sea real corazón... Y en todas esas casas, a lo largo de la calle, una docena de otros
sino un invento de mi propia imaginación, materializada por los poderes hermanos o padres fundiéndose de pronto y sacando cuchillos, se abalanzarán
telepáticos e hipnóticos de los marcianos -pensó el capitán John Black-. sobre los confiados y dormidos terrestres.»
Supongamos que estas casas tengan realmente otra forma, una forma marciana, Le temblaban las manos bajo las mantas. Tenía el cuerpo helado. De pronto
y que conociendo mis deseos y mis anhelos, estos marcianos hayan hecho que se lateoría no fue una teoría. De pronto tuvo mucho miedo. Se incorporó en la cama
parezcan a mi viejo pueblo y mi vieja casa, para que yo no sospeche. ¿Qué mejor y escuchó. Todo estaba en silencio. La música había cesado. El viento había
modo de engañar a un hombre que utilizar a sus padres como cebo? muerto. Su hermano dormía junto a él.
»Y este pueblo, tan antiguo, del año mil novecientos veintiséis, muy anterior Levantó con mucho cuidado las mantas y salió de la cama. Había dado unos
al nacimiento de mis hombres... Yo tenía seis años entonces, y había discos de pocos pasos por el cuarto cuando oyó la voz de su hermano.
Harry Lauder, y cortinas de abalorios, y Hermoso Ohio, y cuadros de Maxfield -¿Adónde vas?
Parrish que colgaban todavía de las paredes, y arquitectura de principios de -¿Qué?
siglo.¿Y si los marcianos hubieran sacado este pueblo de los recuerdos de mi La voz de su hermano sonó otra vez fríamente:

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-He dicho que adónde piensas que vas.
-A beber un trago de agua.
-Pero no tienes sed.
-Sí, sí, tengo sed.
-No, no tienes sed.
El capitán John Black echó a correr por el cuarto. Gritó, gritó dos veces.
Nunca llegó a la puerta.
A la mañana siguiente, la banda de música tocó una marcha fúnebre. De todas
las casas de la calle salieron solemnes y re ucidos cortejos nevando largos cajones,
y por la calle soleada, llorando, marcharon las abuelas, las madres, las hermanas,
los hermanos, los tíos y los padres, y caminaron hasta el cementerio, donde había
fosas nuevas recién abiertas y nuevas lápidas instaladas. Dieciséis fosas en total,
y dieciséis lápidas.
El alcalde pronunció un discurso breve y triste, con una cara que a veces
parecía la cara del alcalde y a veces alguna otra cosa.
El padre y la madre del capitán John Black estaban allí, con el hermano Edward,
llorando, y sus caras antes familiares, se fundieron y transformaron en alguna otra
cosa.
El abuelo y la abuela de Lustig estaban allí, sollozando, y sus caras brillantes,
con ese brillo que tienen las cosas en los días de calor, se derritieron como la cera.
Bajaron los ataúdes. Alguien habló de «la inesperada muerte durante la noche
de dieciséis hombres dignos ... ».
La tierra golpeó las tapas de los cajones.
La banda de música volvió de prisa al pueblo, con paso marcial, tocando
Columbia, la perla del océano, y ya nadie trabajó ese día.

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