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EL TIEMPO ORDINARIO,

UN TIEMPO NUEVO

Este tiempo litúrgico se denomina Tempus per annum en las ediciones


latinas de la liturgia romana renovada. En las ediciones oficiales en castellano,
el término per annum se ha traducido por ordinario. Esta equivalencia práctica
no se corresponde con lo que, de hecho, sería una perfecta equivalencia de
significado entre ambos términos.

Los hechos
1. El Tiempo Ordinario (= desde ahora, TO) es, sin duda, una de las
mayores novedades que podemos encontrar dentro de la revisada estructura
del año litúrgico. Y esto, no porque no existieran antes las semanas que hoy
abarca dicho tiempo, sino porque han sufrido una profunda transformación
en cuanto nomenclatura y estructura interna. Con mucho, ha sido la parte
del año litúrgico que ha sufrido reformas más profundas. Por una parte, se
ha hecho desaparecer la serie de domingos llamados de después de Epifanía
y los del tiempo precuaresmal, es decir. Septuagésima, Sexagésima y
Quincuagésima. También la serie de domingos llamados de después de
Pentecostés, que iban desde la celebración de dicha fiesta hasta el final del año
litúrgico: es decir, desde mayo-jimio hasta finales de noviembre.
A todos estos domingos se les ha procurado dar una unidad,
continuidad y cohesión interna, creando el así llamado TO. Y, cuando hablo
de domingos, hablo también de las semanas entre los mismos. Las Normas
Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el Calendario (=NU), promulgadas en
el año 1969, nos explican así este tiempo:
12 Un tiempo nuevo y antiguo

"Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 ó 34


semanas en el curso del año, en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar
del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el misterio de Cristo en su
plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el
nombre de Tiempo Ordinario" (NU 43).

En esta descripción se supone implícitamente una división del año


litúrgico en tiempos fuertes (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua) y
Tiempo Ordinario; es decir, tiempos en que se subrayan de modo especial
aspectos particulares del misterio de Cristo y tiempos en los que se recuerda,
sin más, el misterio de Cristo en su globalidad y plenitud. También se
recuerda que la estructura básica de este tiempo litúrgico, el TO, es, lo
mismo que en los otros, la dominical (NU 17-44).
Treinta y tres o treinta y cuatro semanas son muchas semanas. Más de
la mitad del año. Se ha hecho una tarea inmensa para dar irnos contenidos
propios a todo este tiempo, siguiendo diversos ritmos y rotaciones. Material
que en nada desmerece respecto del de otros tiempos llamados "fuertes".

2. En la creación del TO se ha procedido poco a poco en los años


inmediatamente posteriores al Concilio. En cierta medida, siempre se le ha
prestado menor atención que a otros tiempos litúrgicos.
El Vaticano II nada dijo de él expresamente (cf. SC102). Lo primero que
aparece de este nuevo tiempo litúrgico en los libros oficiales es el nombre.
Lo podemos ver en el Misal latino-castellano, edición oficial, 1967. Allí se
habla de Tiempo "per annum" antes de Septuagésima (p. 39). Se refiere a los
domingos segundo al sexto de Epifanía. Posteriormente, los domingos de
después de Pentecostés también van precedidos de un epígrafe que dice
Tiempo "per annum" (p. 222). El leccionario ferial y santoral (vol; II),
publicado también ese mismo año por la Comisión Episcopal Española de
Liturgia y CELAM, habla igualmente de Tiempo “per annum", pero, bajo ese
epígrafe, se incluyen sólo las llamadas "Témporas de Septiembre".1
El TO, tal como es hoy día en el conjunto del año litúrgico, aparece
descrito, por primera vez, en el citado documento Normas universales, que va
precedido de la Carta Apostólica "Motu Proprio" de Pablo VI, Mysterii
Paschalis, de 1969. Ese mismo año se publica el nuevo Ordo Missae (Ordinario

1. Parece ser que la denominación Tiempo “per annum" proviene de Dom Guéranger.
Posteriormente otros liturgistas la usaron también. Oficialmente, sin embargo, se asume sólo
después del Concilio.
El tiempo ordinario, un tiempo nuevo 13

de la Misa), en el que se incluyen dos prefacios para los domingos "per


annum" y otros dos, llamados comunes, para las ferias o días entre semana
de dicho tiempo. Por otra parte, se empieza a publicar también el nuevo
"Ordo lectionum Missae", en el que se pone en marcha el nuevo leccionario
dominical para los distintos tiempos, entre ellos el "per annum".
Posteriormente se publica otro volumen (vol. IV) titulado "Tiempo Ordinario.
Lectura continuada para los días feriales".
En el nuevo Misal Romano, cuya "editio typica" en latín es de 1970, se
establece igualmente de forma clara el nuevo tiempo litúrgico llamado "per
annum": con su nueva serie de prefacios (ocho para el domingo y seis para
los días entre semana) y los formularios de antífonas y oraciones para dicho
tiempo. El título que precede a estos formularios dice así: Tiempo "per
annum". 'Misas dominicales y cotidianas. Antes de los formularios se puede
consultar una página explicativa sobre el sentido y funcionamiento de este
tiempo en lo que tiene de más propio dentro del año litúrgico.
Progresivamente, en las ediciones castellanas se ha ido supliendo el
término Tiempo "per annum" por el de Tiempo Ordinario, de tal manera que,
en este momento, sólo queda una pequeña reliquia de la denominación
latina en la edición castellana del Misal, al comienzo de los formularios de
dicho tiempo litúrgico.

Los motivos y las consecuencias

1. La creación de este nuevo tiempo litúrgico, con las características con que
hoy día se presenta, tiene sus raíces, a mi parecer, en tres peticiones del
Vaticano II: *
a) La revisión del año litúrgico, acomodándolo a las circunstancias
de nuestro tiempo y poniendo de relieve la centralidad del misterio
pascual (cf. SC 107).
b) La imperiosa necesidad de revalorizar el domingo y los ciclos
"de tempore" por encima del calendario santoral o fiestas de los santos,
de las que se manda hacer una selección para que no prevalezcan sobre
la celebración de los misterios de la salvación (cf. SC 106. 108. 111).
c) El mandato de que la Palabra de Dios se ofrezca con más
abundancia a los fieles, de modo especial en la celebración de la eucaristía,
para que, en un período de años a determinar, se lean al pueblo las partes
más significativas de la Sagrada Escritura (cf. SC 51).
14 Un tiempo nuevo y antiguo

2. La revalorización de la celebración dominical como estructura base de


todo el año litúrgico, nos trae a la memoria el hecho de que la verdadera
estructura primitiva de toda celebración litúrgica de la fe fue precisamente
la celebración dominical de la eucaristía: memorial y sacramento por exce
lencia déla resurrección del Señor y del entero misterio pascual, por encima
de toda ulterior concretización temporal de los distintos misterios de Cristo.
Es de sobras sabido que los así llamados "tiempos fuertes" nacieron poco a
poco en el tiempo sobre la base de esta celebración semanal del día del Señor.
Las Normas arriba citadas, antes de hablarnos de la división del año litúrgico
en tiempos particulares, hablan del domingo: "En el primer día de cada
semana, llamado día del Señor o domingo, la Iglesia, según una tradición
apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de
Cristo, celebra el misterio pascual. Así pues, el domingo ha de ser conside
rado como el día festivo primordial" (NU 4).
De aquí se deducen dos cosas de gran importancia por lo que se refiere
al TO:
a) El carácter pascual de toda celebración dominical; también de los
domingos del TO, que son su estructura interna más importante.
b) Que el TO no ha de verse como un mero tiempo de relleno o tiempo
sobrante de los así llamados "tiempos fuertes", sino como una expresión
más de esa estructura básica semanal de la celebración de la Pascua del
Señor, es decir el domingo, que da sentido y unidad a todo el año litúrgico.
De su seno han ido brotando, como calificaciones ulteriores, las distintas
celebraciones más específicas y particulares del Misterio de Cristo.

3. Con la nueva estructura que se ha dado a este tiempo, no sólo se ha


puesto de relieve el valor primordial de todos y cada uno de sus domingos,
sino también el valor, más secundario pero no menos real, de cada día de la
semana. Y todo ello por su referencia esencial al misterio de Cristo. En todo
esto ha jugado un papel decisivo la nueva ordenación que se ha hecho, para
la celebración diaria de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas, de los textos
y libros bíblicos, según el deseo del Concilio. Se ha podido superar así cierta
visión que existía en el pasado, según la cual, este tiempo, y sobre todo sus
días entre semana, parecían no tener otro valor que el de permitimos honrar
a los santos o interceder los difuntos. Los días del calendario que no tenían
santo, parecían nichos vacíos en espera de alguna nueva canonización.

4. Las treinta y tres o treinta y cuatro semanas, según los años, que
constituyen el TO se comienzan a contar a partir del lunes siguiente a la
El tiempo ordinario, un tiempo nuevo 15

fiesta del Bautismo del Señor (primer domingo posterior al 6 de enero)


y se terminan antes de las primeras vísperas del prim er domingo de
Adviento. No se trata, sin embargo, en la práctica, de un tiempo continuo,
ya que hay el largo paréntesis de la Cuaresma y la Pascua: desde el
Miércoles de Ceniza hasta la fiesta de Pentecostés inclusive (NU 44).

5. Para todo este tiempo se ha creado una estructura propia, rica en


contenidos litúrgicos y de vida cristiana. Comparado con lo actual, el
material anterior era muy exiguo y pobre. Este enriquecimiento actual
ha convertido al TO en un tiempo verdaderamente a tener en cuenta a
la hora de plantear la mistagogía litúrgica anual de la fe del creyente.
Un tiempo no menos fuerte e importante que los demás, por su larga
duración, por su gran variedad y riqueza de contenidos y por la
programación que de los mismos se ha hecho.
En la práctica, sin embargo, este tiempo aún no ha alcanzado la
mayoría de edad deseada por la reforma litúrgica. Por diversos motivos
sigue siendo un poco ignorado, no sólo por los fieles y los sacerdotes, sino
incluso también por los mismos liturgistas. En contra de lo que sucede
con otros tiempos litúrgicos, la bibliografía sobre el TO es más bien
escasa. Es curioso constatar cómo obras o trabajos recientes que presentan
el entero año litúrgico, dedican muy poco espacio, a veces ninguno o casi
ninguno, a hablar de este tiempo.

6. La reforma litúrgica posterior al Vaticano II ha previsto ritmos propios


para la celebración diaria de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas. En
cuanto a la primera, en el TO se ha querido distinguir, por razones teológicas
y pastorales, un ritmo dominical y otro ferial. De todo ello hablaremos a su
debido tiempo; dando preferencia a todo lo que se refiere a la Eucaristía y
dejando para un segundo momento lo referente a la Liturgia de las Horas.
Las razones de esta opción son claras:
a) por ser la celebración de la Eucaristía el culmen de toda celebración
litúrgica. No en vano a ella se reserva prácticamente la lectura del evangelio;
b) por ser, al menos en la práctica actual, la celebración que afecta más
umversalmente al entero pueblo de Dios;
c) por ser, al menos de hecho, la celebración que da un tono más
específico y caracterizado al entero TO.
HISTORIA DE UN TIEMPO ANTIGUO

Una mirada a la historia nos permitirá comprender mejor la novedad


de la aportación de la reforma litúrgica postconciliar respecto al TO. Sólo
conociendo el pasado se puede valorar mejor el presente.

Celebración dominical de la eucaristía

1. Como ya hemos dicho antes, la estructura fundamental originaria


del año litúrgico es dominical. Desde los primeros siglos los cristianos se
reunían los domingos para celebrar la eucaristía y hacer así memoria del
Señor Resucitado. Con el tiempo fueron naciendo, poco a poco, las grandes
solemnidades anuales. Pascua y Navidad, y una serie de tiempos litúrgicos
en tomo a dichas festividades: Adviento, Tiempo de Navidad, Epifanía,
Cuaresma y Tiempo Pascual. Son los que hoy llamados "tiempos fuertes".
Junto a estos, hacia el siglo V-VI, se fueron creando en la liturgia occidental
otros tiempos más secundarios, como el de Epifanía y el tiempo precuaresmal:
Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima.
Para celebrar la eucaristía en los domingos del año que no caían dentro
de estos tiempos especiales, se empezó primero a preparar una serie de
formularios libres. Así, en el Sacramentario Leoniano (s. V-VI) encontramos
sólo una serie de formularios de la Misa para usar según conveniencia.
Posteriormente, en el Sacramentario Gelasiano (s. VII) encontramos ya
concretamente una serie de dieciséis misas dominicales, que corresponden
a las que se han venido usando en los domingos de después de Pentecostés:
del quinto al vigésimo. En el evangeliario de Murbach (siglo VIII) se nos habla
18 Un tiempo nuevo y antiguo

ya de misas dominicales para después de Pentecostés, pero organizadas


según un ritmo de festividades de santos: cinco domingos antes del
nacimiento de san Juan Bautista o de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo;
seis semanas después de la fiesta de los Apóstoles; siete semanas después de
san Lorenzo; ocho semanas después de la fiesta de san Cipriano o también
de los santos Angeles (san Miguel).
A partir de los sacraméntanos gelasianos del siglo VIII y otros documentos
de ese siglo (cf. el Gregoriano), ya no existe esa división de los domingos
según referencias del calendario santoral y se habla sencillamente de
domingos después de Pentecostés. Lo que se elaboró en aquellos siglos es lo
que fundamentalmente ha llegado hasta nuestros días, aunque no han
faltado retoques y cambios a lo largo de los siglos, tanto en cuanto a los
formularios oracionales como al orden de las lecturas.

2. El número de domingos indicados para después de Pentecostés


varía a lo largo de los siglos según él cómputo que se haga. Así, para
algunos serán veintisiete. Para otros, veintiséis. El misal romano que ha
llegado hasta la reforma del Vaticano II cuenta sólo veinticuatro domingos
después de Pentecostés, pero con posibilidad de alargar este número
ulteriormente. Esto dependía de la fecha en que se celebraba la Pascua
cada año. Si caía temprano, el tiempo precuaresmal empezaba también
pronto. Los: domingos de Epifanía quedaban reducidos a la mitad.
Entonces, para completar el número de domingos después de Pentecostés,
dado que la Pascua había caído en fecha temprana, se tomaban los
formularios de los domingos de después de Epifanía, que pasaban así
fácilmente de un tiempo a otro. Estos domingos móviles eran cuatro (del
tercero al sexto de Epifanía). Así, el tiempo de después de Pentecostés
podía llegar a tener incluso hasta veintiocho domingos. Se colocaban, en
todo caso, entre los domingos veintitrés y veinticuatro de después de
Pentecostés. Por su referencia explícita al final de los tiempos, el domingo
veinticuatro -el formulario de este domingo- debía reservarse siempre
para el último domingo del año litúrgico.
Este último domingo, sin duda, era el que tenía una función e
identidad más definida dentro del tiempo litúrgico de después de
Pentecostés. De hecho, los demás formularios dominicales del mismo no
es que tuvieran una gran relación lógico-temática, ni en cuanto a las
oraciones ni en cuanto a las lecturas. Y los cambios hechos a lo largo de los
siglos más sirvieron para desordenar que para ordenar lo que ya existía.
Sin embargo, los liturgistas del preconcilio se esforzaron en encontrar
una cierta unidad de significado a los domingos de después de Pentecostés.
Historia de un tiempo antiguo 19

Algunos liturgistas pusieron de relieve el tono escatológico de los


últimos domingos de ese tiempo litúrgico. Al filo del inicio del Concilio, así
veía el panorama de esas últimas semanas de después de Pentecostés
Casiano Floristán:
"A consecuencia quizá de las Cuatro Témporas de otoño, insertas entre
los domingos 17 y 18 después de Pentecostés, los ocho últimos domingos de
este "tempus per annum" tiene una fisonomía especial. Incluso el santoral
incluye, desde mitad de septiembre, fiestas importantes. Estamos en los
domingos de otoño. La liturgia de estos domingos tiene un tinte de culto
vespertino, de terminación. Se recurre con frecuencia al De profundis y
aparece claramente el tema del exilio. Recordemos que la liturgia judía
evocaba en otoño la deportación a Babilonia. En las lecturas del breviario
desfilan durante los meses de octubre y noviembre todos los profetas, a
excepción de Isaías (Adviento) y Jeremías (Pasión). También se leen en este
tiempo los libros de los Macabeos, que narran los últimos tiempos de la
historia de Israel. Los profetas florecieron precisamente en la época del exilio.
Un segundo aspecto de estos últimos domingos es el de la espera del Señor.
El exilio, los padecimientos y la muerte se acabarán con la vuelta de Cristo Rey
(...) Comienza a entreverse el misterio de Todos los San-tos en virtud de la
resurrección de los muertos con la Parusía de Cristo".2
La reforma litúrgica ha conservado este tono escatológico de las
últimas semanas del TO, aunque no por un espacio tan largo como se sugiere
en el texto apenas citado, desde finales de septiembre, sino más bien
limitado a noviembre. Ya el Concilio, al hablar del año litúrgico, sugería la
importancia y el tono especial de las últimas semanas del mismo: "(La
Iglesia) en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la
Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de
la dichosa esperanza y venida del Señor" (SC 102).

3. Por todo lo que hemos venido diciendo, creo que había motivos más
que suficientes para intentar una reestructuración del año litúrgico en lo que
se refería a los domingos de Epifanía, tiempo precuaresmal y domingos de
después de Pentecostés. Se ha creado así el TO. Con ello no sólo se ha logrado
un tiempo litúrgico más ordenado y armónico, sino que además esto ha
servido para poner de relieve esos otros tiempos centrales del año litúrgico:
Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua.

2. C. FLORISTAN, El año litúrgico, Barcelona, Flors 1962, págs. 222-226. En la misma línea
está la obra de C. JEAN-NESMY, Espiritualidad del año litúrgico, Barcelona, Herder 1965, págs.
■445-483..
20 Un tiempo nuevo y antiguo

La celebración diaria de la eucaristía

Hasta aquí nos hemos referido fundamentalmente a la celebración


dominical de la eucaristía. Otra realidad un tanto distinta es la celebración
de la eucaristía entre semana en ese mismo tiempo. Esto ha sido algo que ha
ido evolucionando muy lentamente.
1. Para comprender la situación del sistema de celebración de la
eucaristía entre semana antes de la última reforma litúrgica y los cambios
que esta ha introducido al respecto, es importante recordar algunos hechos
del pasado.
Como veremos inmediatamente, lo primero que hay que señalar es
que, raerá del domingo, la semana cristiana se fue llenando de días con
significación especial: miércoles, viernes, sábado. Esto supuso, en un segundo
momento, la celebración de la eucaristía también esos mismos días. Así lo
explica P. Jounel:

"La organización litúrgica de la semana privilegió muy pronto tres días,


el miércoles, el viernes y el sábado.
Desde fines del siglo I, la Didakhé indica el miércoles y el viernes como
días de ayuno. En el siglo siguiente, el Pastor de Hermas, Clemente de
Alejandría y Tertuliano los designan como días de "estación", es decir, de
ayuno y oración de carácter penitencial.
El ayuno del miércoles y del viernes fue observado unánimemente por
toda la antigüedad cristiana. Roma añadió el sábado. En Occidente, vemos
que la disciplina cambia entre los siglos VI y X: primero, la observancia del
miércoles se reduce a la abstinencia; luego la abstinencia del miércoles
desaparece, así como el ayuno del viernes. Unicamente los miércoles, viernes
y sábados de las cuatro témporas permanecieron hasta la segunda guerra
mundial como testimonio de la antigua disciplina.
En cuanto a la oración, se convierte progresivamente de privada en
común, pero la asamblea de esos días conoció, según lugares y tiempos,
formas diversas. En Alejandría, a mediados del siglo V, se trataba todavía de
una asamblea alitúrgica, es decir, sin eucaristía. "Se leen las Escrituras y unos
doctores las interpretan: se cumple todo, excepto la oblación". El historiador
Sócrates, testigo de dicho uso, precisa que en el siglo anterior Orígenes había
redactado numerosos comentarios para las reuniones del miércoles y del
viernes. Parece que en tiempos de san León Magno, Roma conoció también
la práctica de las estaciones alitúrgicas de laferia IV y de laferia VI. En cambio,
Historia de un tiempo antiguo 21

el uso de celebrar la misa los miércoles y viernes, vemos que los leccionarios
dan epístolas y evangelios especiales para las dos misas feriales y este uso se
mantuvo en Francia hasta el siglo XII.
Es fácil hallar la razón que destacó el valor del viernes, pero podemos
preguntarnos por qué la Iglesia honró de un modo especial el miércoles. San
Epifanio (+ 413), siguiendo la Didascalia de los apóstoles del siglo III, declara:
"El miércoles y el viernes transcurren en el ayuno hasta la hora nona
porque, cuando empezaba el miércoles, el Señor fue detenido y, el viernes, fue
crucificado".
El sábado cristiano sustituyó al sábado judío conservando su nombre.
Esta relación explica las actitudes muy divergentes que adoptaron las Iglesias
ante el mismo: unas, deseosas de no judaizar, no quisieron señalarlo con
ninguna práctica religiosa especial; otras, como la Iglesia romana y la de
Alejandría, lo convirtieron desde el siglo III en un día de ayuno, que era un
recuerdo semanal del gran ayuno pascual. En cambio, en Oriente el sábado
experimentó la atracción del domingo y se convirtió en un día de fiesta; los
sábados de cuaresma son asimilados a los domingos: no se ayuna, se celebra
la eucaristía (mientras que los demás días son alitúrgicos) y se conmemoran
los natalitia de los santos.
A partir del siglo X se extiende en Occidente el uso de honrar
especialmente a la Virgen María en sábado. La misa de SanctaMaria in Sábbato,
insertada por Alcuino en su Sacramentario votivo, se había introducido ya en
el siglo XII en el Misal de Letrán. El Misal romano de san Pío V consagró dicha
devoción".3

2. Con el tiempo, se le fue asignando a cada día de la semana un sentido


litúrgico propio, hasta el punto que, en el misal romano, se recomendaba
una o más misas votivas para cada uno de los días de la semana. En el misal
de san Pío V se hacía sólo de forma indicativa: con una rúbrica colocada entre
las misas del común de santos y las misas votivas. En el misal de san Pío X,
que ha estado en vigor hasta la reciente reforma litúrgica, esto se hacía de
forma totalmente explícita, ordenando el texto de algunas misas votivas
claramente según los días de la semana. Las diferencias entre uno y otro
misal, sin embargo, no son muchas en cuanto a las misas propuestas, como
se puede ver a continuación:

3. P. JOUNEL, El domingo y la semana, en A.G. MARUMORT, La Iglesia en oración, nueva


edición actualizada, Barcelona, Herder 1987, págs. 913-914.
22 Un tiempo nuevo y antiguo

Misal de san Pío V Misal de san Pío X

Lunes: - Difuntos Lunes: Ssma. Trinidad


- Ssma. Trinidad
Martes: Stos. Angeles Martes: Stos. Angeles
Miércoles: Apóstoles Miércoles: - San José
- San Pedro y san Pablo
- Todos los apóstoles
Jueves: - Espíritu Santo Jueves: - Espíritu Santo
- Ssma. Eucaristía - Ssma. Eucaristía
Viernes: - Santa cruz Viernes: - Santa Cruz
- Pasión del Señor . - Pasión del Señor
Sábado: Santa María Sábado: Santa María

En esto la liturgia diaria oriental y occidental tenía ciertos parecidos: "En


el ciclo semanal, el oficio bizantino hace sus memorias particulares en cada
día de la semana, con esta distribución que difiere algo délas devociones occi
dentales: el lunes, memoria de los Ángeles; el martes, memoria de san Juan
Bautista, el Precursor; el miércoles, memoria de la Madre de Dios y de la Cruz;
el jueves, memoria de los santos apóstoles y de san Nicolás de Mira; el vier
nes, memoria de la Cruz; el sábado, memoria de todos los santos y de los di
funtos". 4
Cada misa votiva de las arriba indicadas incluía no sólo las oraciones,
sino también las lecturas propias, como era norma casi común en todo el
misal romano del tiempo. Estas misas eran propuestas prácticamente para
todas las semanas del año, excepto Adviento y Cuaresma, Cuatro Témporas,
Rogaciones y Vigilias, como reza la rúbrica que encontramos en el misal. De
todas estas propuestas para cada día, después de la reforma litúrgica sólo ha
quedado, en el misal romano actual, la celebración votiva de Santa María en
sábado para el TO.
Con esta sacralización especial de cada día de la semana, incluso el do
mingo llegó a considerarse, a partir del siglo IX, como el día de la Ssma. Trini
dad, y no tanto de la Resurrección de Cristo. Fruto de esto era elhecho de que,
hasta la reforma del Vaticano II, se tenía que decir el prefacio de la Ssma. Tri
nidad en la misa de los domingos de una gran parte del año: Adviento, Sep
tuagésima, Sexagésima, Quincuagésima y los de después de Pentecostés.
r
3. Por último, hay otro elemento que no se puede olvidar y que

4. J. CASTELLANO, El Año Litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Centro


de Pastoral Litúrgica, Barcelona, 2a ed., 1996, p. 263.
Historia de un tiempo antiguo 23

calendario santoral. Un calendario que, a pesar de las continuas reformas


hechas a lo largo de los siglos, siempre acababa por invadir gran parte del
año litúrgico, incluida la liturgia dominical.
De hecho, los misales estaban y están divididos en dos partes muy
claras: "Propio del Tiempo" y "Propio de los santos". Y dado que en el
pasado los grandes tiempos litúrgicos, excepto propiamente cuaresma, no
tenían una estructura y entidad litúrgica muy fuerte, el verdadero
protagonista real del año litúrgico era el calendario santoral. Esto explica
también que, en los tratados o libros de liturgia anteriores al Concilio, e
incluso en algunos de los posteriores, se venga a ignorar prácticamente el
tiempo litúrgico posterior a Pentecostés, o se dedique, en todo caso, un
amplio espacio a lo que se llama Fiestas del Señor en el tiempo "per annum" o
en el Tiempo Ordinario: Trinidad, Corpus, Sagrado Corazón, Transfiguración,
Exaltación de la Santa Cruz, Cristo Rey. En el fondo, el ciclo santoral venía
a considerarse como un tiempo más dentro del año litúrgico.
En el misal romano actual también se sigue hablando de "Propio del
tiempo" y "Propio de los santos". Pero, al menos teóricamente, el calendario
santoral ya no es considerado como eje central de una parte del año litúrgico,
como sucedía, en la práctica, antes.
Celebrar cada día a un santo o una fiesta de Cristo o de la Virgen era
algo totalmente normal en el pasado. El año caminaba a ritmo de
celebraciones de santos. Se comprende que, en un tiempo en que no
existía la actual lectura continua de la Biblia en la celebración' de la
eucaristía diaria, los creyentes sintieran la necesidad de dar un contenido
concreto a la celebración litúrgica de cada día del año. Lo que sucedía
después era que, como la mayor parte de los santos no tenían lecturas
propias para la celebración de la eucaristía, había que acudir siempre a las
del común, con lo que esto suponía de cansina repetición de un número
muy reducido de lecturas bíblicas a todo lo largo del año.

Oficio divino

1. Un tanto distinta es la historia por lo que respecta al otro ritmo


litúrgico diario que es la Liturgia de las Horas, antes Oficio Divino. Muy
pronto, desde los primeros siglos de la Iglesia, sobre todo con el
monaquismo, comenzó a organizarse un cierto ritmo diario de alabanza a
Dios, coincidiendo con algunas horas importantes del día y de la noche. El
tema de la organización de esta forma de oración eclesial ya es algo más
complejo. Quisiera recordar sólo algunos datos.
24 Un tiempo nuevo y antiguo

Algo a tener en cuenta es la lucha que ha existido en estos últimos siglos


entre el oficio propio del tiempo, que desde hacía siglos se había organizado
bastante bien, y el oficio propios de los santos. Este prevaleció sobre el
primero, hasta el punto
"de que casi diariamente debían recitarse los mismos veinte o veinticinco
salmos del común, originando una pesada monotonía, mientras los otros
salmos, ni siquiera en la dominica se recitaban jamás o a lo sumo muy
raramente; el salterio llegaba a ser prácticamente un libro cerrado a la oración
canónica, y la ley primera de su recitación semanal, una pía ilusión. También
el otro principio fundamental del breviario, la lectura periódica de los libros
santos, quedaba sacrificado, porque la recitación del oficiosantoral comprendía
las lecciones escriturísticas propias del común correspondiente, siempre
idénticas, excluyendo sistemáticamente las de la Escritura ocurrente y los
responsorios a ellas unidos".5

Es esclarecedor recordar la situación anterior a la reforma de san Pío X


y en qué medida se intentaron atajar aquellos males:
"El 1 de noviembre de 1911 san Pío Xpromulgó un nuevo Breviario, por
la Constitución Apostólica Divino afflatu, acabando así con una situación
insostenible. En efecto, el oficio dominical oferial se rezaba durante todo el año
menos de veinte veces, debido a las innumerables fiestas de santos. Según un
catálogo publicado en 1912, las fiestas que impedían la recitación del salterio,
sin contar las del Señor propias del Oficio del tiempo, eran: en 1568,130; en
1676,186; en 1738,217; en 1846,235; en 1911,266. Por si fuera poco, algunos
calendarios particulares llegaron a tener 361 y 367. La situación se agravó
cuando León XIII, por un decreto del 5 de julio de 1883, concedió la facultad
de rezar oficios votivos, según el criterio de cada cual, en todas las ferias del
año, exceptuando solamente las de Ceniza, tiempo de Pasión, y desde el 17 al
24 de diciembre.
Los fines principales perseguidos por san Pío X al reformar el Breviario
pueden reducirse a cuatro: 1) asegurar la recitación normal de todo el salterio
durante la semana. Para esto, sin suprimir las fiestas, se estableció que los
salmos de feria y las lecturas bíblicas sólo fuesen sustituidos cuando se
trataba de fiestas de primera y de segunda clase y en contadas ocasiones más;
2) procurar que la lectura continuada de la Sagrada Escritura no se
interrumpiese; 3) disponer el santoral de modo que se lograsen los dos fines
anteriores, sin que se perjudicase el culto a los santos en el Oficio; 4) abreviar
el oficio por consideración a los sacerdotes con cura de almas".6

5. M. RIGHETTl, Historia de la Liturgia, vol. I, Madrid, BAC 1955, pág. 1164.


6. J. ABAD IBAÑEZ - M. GARRIDO, Iniciación a la liturgia de la Iglesia, Madrid, Palabra
1988, págs. 826-827.
Historia de un tiempo antiguo 23

2. Con todo esto se logró lo que se vino a llamar oficio mixto, (Sil ffil qtl®
se intentaba conjugar lo propio de los santos con el ritmo establecido cía
recitación semanal de salmos y lectura anual de la Escritura. En mi
opinión, en este experimento se encuentran las bases de lo que después,
con el Vaticano II, ha sido la reforma de la Misa, con la inclusión de la
lectura bíblica continua en la celebración de la eucaristía entre semana,
armonizable con la celebración de los santos. Esto ha sido de vital
importancia para el tiempo del que estamos tratando.
No cabe duda de que la reforma de san Pío X puso las bases para la
reforma posterior del rezo de las horas. A partir del Concibo, primero se
reformó el calendario general (1969), después todo lo referente a la celebración
de la eucaristía (1969-1972) y, por último, lo referente al rezo de las horas
(1970-1971). Pablo VI sancionó esta reforma con la Constitución Apostólica
Laudis Canticum (1 noviembre 1970).
En 1971 se publicó el decreto Ordenación General de la Liturgia de las
Horas. Con él se hizo pública la nueva edición típica latina de lo que, a partir
de ese momento, se empezó a llamar Liturgia de las Horas, una edición en
cuatro volúmenes (1971-1972). La Conferencia Episcopal Española sólo
publicó su edición oficial castellana en el año 1979. A su debido tiempo
analizaremos los detalles que se refieren expresamente al rezo de las horas en
el TO.

TIEMPO ORDINARIO (“PER ANNUM”)

43. Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33


ó 34 semanas en el curso del año, en las cuales no se celebra algún aspecto
peculiar del misterio de Cristo; sino más bien se recuerda el mismo misterio
de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de
tiempo recibe el nombre de tiempo ordinario.
44. El tiempo ordinario comienza el lunes que sigue al domingo
posterior al 6 de enero y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma
inclusive; de nuevo comienza el lunes después del domingo de Pentecostés
y termina antes de las primeras Vísperas del domingo I de Adviento.
Por esto se emplean una serie de formularios que para los domingos
y ferias de este tiempo se encuentran tanto en el Misal como en la Liturgia de
las Horas.
Normas Universales, 43-44
26 Un tiempo nuevo y antiguo

TIEMPO ORDINARIO (“PER ANNUM”)

El tiempo ordinario comprende 34 ó 33 semanas. Comienza


con ei lunes que sigue al domingo después del 6 de enero, y llega
hasta el principio de la Cuaresma; de nuevo comienza el lunes
después del domingo de Pentecostés, y termina el sábado antes del
I domingo de Adviento.
Por tanto, en el Misal hay 34 misas para los domingos y ferias
de este tiempo, que se utilizan como sigue:
a) En los domingos se utiliza normalmente la misa que
corresponde al número del domingo del tiempo ordinario, de no
coincidir con una solemnidad o fiesta que sustituya al formulario del
domingo.
b) En las ferias puede decirse cualquiera de las 34 misas,
teniendo en cuenta la utilidad pastoral de los fieles.

Los domingos y semanas del tiempo ordinario se cuentan del


modo siguiente:
a) El domingo en que se celebra la fiesta del Bautismo del Señor
corresponde al primer domingo del tiempo ordinario; la semana que
le sigue corresponde a la primera del tiempo ordinario. Los demás
domingos y semanas se enumeran por orden sucesivo hasta el
principio de la Cuaresma.
b) Después de Pentecostés, si las semanas del tiempo ordinario
son 34, se comienza la serie por la semana que sigue inmediatamente
a la última que se haya celebrado antes de Cuaresma, teniendo en
cuenta que la misa del domingo de Pentecostés y la de la solemnidad
de la Santísima Trinidad substituyen las misas dominicales. Cuando
las semanas del tiempo ordinario son 33 se omite la primera semana
que habría de tomarse después de Pentecostés.

Misal Romano,
edición castellana renovada, 1988, p. 363.
CELEBRACION DOMINICAL
DE LA EUCARISTIA