Está en la página 1de 3

Naturalmente, Colombia se ha caracterizado por ser una tierra de colonizadores, una

tierra en la que retóricamente la presencia del Estado y sus gobernantes debilitan y repulsan
la idoneidad, la inopia generalizada de sus ciudadanos y el asentamiento de los diferentes
escenarios que apuntan a la violencia; de tal manera, subyace los inicios de la guerrilla,
producto de los ciscos sociales en los años 30. En un primer enfoque, el comienzo de la era
bipartidista, el inicio de una guerrilla persistente y discontinua, que reúne sus arcaicos
métodos de manifestación y sus procedimientos belicosos y de atadura social. En los años 40
frente a una derrota electoral inminente después de 50 años de hegemonía absoluta, el partido
conservador lanza una abrumadora campaña; el método es bastante simple, calumniar la
posición del partido liberal acusándolo de fraude electoral masivo, amedrentándolo,
expropiándolo y amenazándolo de muerte, desencadenando una ola de violencia que llega a
su paroxismo. Jorge Eliecer Gaitán, en ese entonces candidato liberal a la presidencia cae
asesinado en Bogotá, lo que despoja y arremete la gota que rebosa la copa; la ira popular y
la incontrolable multitud lincha al asesino, saquea y enciende la capital conocido bajo el
nombre genérico de la violencia la “Guerra Civil”. Centenares de miles de campesinos deben
abandonar sus tierras de la noche a la mañana para no ser masacrados.

Asi pues, el campo colombiano se convierte en el teatro de las peores atrocidades en


10 años de guerra sin cuartel y de masacres sin nombre, el país queda desangrado, arruinado
y exhausto temiendo que el conflicto acabe por alcanzarlos en la capital por lo que los
dirigentes liberales y conservadores fomentan un golpe de Estado encabezado por el general
Rojas Pinilla. En su tratado llamado Frente Nacional liberales y conservadores, se reparten
el estado en partes iguales prohibiendo el acceso al poder a cualquier otro partido, creando
así una forma original de partido único discretamente totalitario. A raíz de ello y atendiendo
a las atrocidades generadas por Pinilla, y en el que no inspira ninguna confianza a tiro fijo,
seguido por una cincuentena de hombres rehúso a entregar las armas y se interna en la jungla,
colonizan la selva virgen, cultivan la tierra y establecen una comunidad autónoma. Y cuando
tratamos de recuperar nuestra memoria histórica, nos encontramos con una guerrilla sin
ideales, con unos paramilitares que se tomaron el poder del Estado para atacar a la población
civil, que lograron penetrar los profundos poderes de la Nación y que ahora gozan de pocos
años de cárcel a pesar de todos los delitos que cometieron, de todas las personas que botaron
a los ríos, que enterraron en fosas comunes, que despedazaron y picaron para no dejar rastro
alguno. Así pues, la guerrilla es reconocida a nivel nacional y dentro del territorio colombiano
como un grupo, un montón, una fuerza conservadora en lucha de los intereses propios del
aquel y actual gobierno colombiano, en el cual de manera enfática despunta los conflictos
socio-políticos del país. Un segundo rumbo corresponde al gran auge que contenía el proceso
del narcotráfico, las crisis sociales e indignas de la insurgencia y el paramilitarismo, en los
años 70,80 y 90; cabe aclarar que en el proceso de reformulación ante una nueva Constitución
Política, los grupos armados encierran el abundante apoyo de las zonas rurales y su firme
posición para llegar al poder absoluto y dejar de un lado el canal de negociaciones. La
complejidad de esta situación no es de días, ni de meses, ni de años, es de historia, historia
en la que su prolongación en el tiempo atañe a organizaciones del Estado, y al propio Estado.

En medio de las anteriores circunstancias y ajenos a la construcción de una calidad


de vida integra, no siendo el fin del entrometimiento de la guerrilla en la población civil,
equidistante de las debilidades del gobierno por asegurar su vida, sus patrimonios y su virtud,
estos grupos han venido encendiendo las luces de la desigualdad y el conflicto en cualquier
rincón del país, en especial, zonas rurales y selváticas; y es que pareciese que fuera una
problemática cada vez aun peor, hechos vehementes, muertes, matanzas, corrupción,
narcotráfico, inmoralidad, entre otros, hacen parte del fuerte dilema entre la fuerza pública,
militares y demás, ante la incansable y enemiga milicia. No debe ser ajeno para nosotros, en
efecto, que la historia del tan codiciado e indiscreto proceso de paz corra paralela con la
historia de la reforma política. Desde los años 1982 hasta los años 1991 la política de paz
estuvo ineludiblemente atada a la necesidad de perpetrar una insondable reforma ante el
ineficiente régimen colombiano. Durante los años mencionados, despojos a nombre de las
garras de la violencia, desequilibrios sociales y desembocaduras aparatosas, han sido
tornadizos obstáculos para el desarrollo económico, social y supremo de la Colombia
esperada. En la construcción de Estado, democracia y soberanía, la violencia ha jugado un
papel primario y devastador y quizás es una de las posturas más polémicas e improcedentes
antes las realidades mediáticas del orden público en general.

Una tercera fase y en la que actualmente convivimos comprometida con atribuir y


contribuir con la guerra y el conflicto armado, las tan mancomunadas y estable guerrilla,
incluyeron dentro de su planeación estratégica, la acentuación de acciones militares en contra
de la estabilidad e integridad de la retaguardia nacional; inicia una lucha entre militares y
paramilitares desafiando el accionar injusto e intolerable de la guerrilla, en el que, su control,
su poderío, dilapidaba controles territoriales; esta fase de reinserción resulta más difícil por
varias razones: El estado no solamente requiere la eliminación de los elementos perversos
heredados del pasado, que lograron sobrevivir a la transición; también requiere de la
construcción/reconstrucción de instituciones aptas para respaldar el proceso democrático: un
ejército subordinado al poder civil, una policía civil, una justicia eficaz, un régimen carcelario
que respete los derechos humanos, una burocracia despolitizada y eficaz, etc. Por eso esta
guerra ha asumido en la actualidad un genuino carácter nacional, que necesariamente
incorpora a la lucha armada revolucionaria a las más amplias masas de nuestro pueblo contra
los soportes militares del régimen. Y aunque los llamados grupos de la guerrilla ya no tienen
la fortaleza de otras épocas y no cuentan con las expectativas de triunfo que ostentaban en
otras negociaciones, no están derrotadas ni divididas. Una nueva fase precaria que abre las
puertas para una guerra sin fin.

Caicedo, J. B. (2015). LA ACADEMIA Y EL ORIGEN Y PERMANENCIA DE LAS


FARC. [fecha de Consulta 26 de Noviembre de 2019]. Recuperado de
https://www.usergioarboleda.edu.co/wp-content/uploads/2015/04/CP-13-Academia-
origen-permanencia.pdf

Pataquiva García, G. N. (2009). LAS FARC, SU ORIGEN Y EVOLUCIÓN. Revista


UNISCI, (19), undefined-undefined. [fecha de Consulta 26 de Noviembre de 2019].
ISSN: 2386-9453. Disponible en:
https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=767/76711407010

Pérez, A. L. (2010). Tradiciones De Resistencia Y Lucha: Un análisis sobre el surgimiento y


la permanencia de las guerrillas en Colombia. Análisis Político, 23(70), 63-80.
Retrieved November 26, 2019, from
http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-
47052010000300004&lng=en&tlng=es.