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CAPITULO 1

Introducción: la cuestión del sexo

Desde que el cristianismo aumentó la apuesta y se concetró


en la conducta sexual como raíz de la virtud, todo lo
relativo al sexo ha sido un "caso especial" en nuestra cultu-
ra, y ha evocado actitudes curiosamente incongruentes.

Susan Sontag, Styles of Radical Will

...hemos reiterado que el órgano más importante,


en los seres humanos, está localizado entre los oídos.

Carol S. Vance, Diary of a Conference on


Sexuality, 1982.

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La sexualidad como "caso especial" sencilla entre "sexo" y "sociedad" (tampoco existe un "se-
xo" o una "sociedad" sencillos), y no existen adecuaciones
La sexualidad tiene tanto que ver con las palabras, las fáciles entre los atributos biológicos, las fantasías incons-
imágenes, los rituales y las fantasías como con el cuerpo. cientes y el deseo, por un lado, y las apariencias sociales y
Nuestra manera de pensar en el sexo modela nuestra manera la identidad, por otro. Los elementos mediadores son las pa-
de vivirlo. Le otorgamos una importancia primordial en labras y las actitudes, las ideas y las relaciones sociales. Las
nuestra vida individual y social debido a una historia que ha posibilidades eróticas del animal humano, su capacidad de
asignado un significado central a lo sexual. No siempre ha ternura, intimidad y placer nunca pueden ser expresadas "es-
sido así. Y no será necesariamente siempre así. pontáneamente", sin transformaciones muy complejas: se
Vivimos actualmente, como señaló en una ocasión la fe- organizan en una intrincada red de creencias, conceptos y
minista británica Sue Cartledge, entre dos mundos, entre un actividades sociales, en una historia compleja y cambiante.
mundo de hábitos, de expectativas y creencias que ya no son No podemos esperar entender la sexualidad observando sim-
viables, y un futuro que está aún por construir'. Esto le otor- plemente sus componentes "naturales". Estos sólo pueden
ga a la sexualidad una condición confusa y no del todo defi- ser entendidos y adquirir significado merced a procesos in-
nida: fuente de dolor y placer, ansiedad y afirmación, crisis conscientes y formas culturales. La "sexualidad" es una ex-
de identidad y estabilidad de sí mismo. Hoy en día, el sexo periencia histórica y personal, a la vez.
existe en un vacío moral. En medio de esta confusión e in- Por esta razón, este libro trata de los modos de pensar
certidumbre, surge la tentación de volver a las viejas verda- acerca del sexo, acerca de las ideas, los significados y los
des de la "Naturaleza", o de buscar nuevas verdades y certe- mitos que dibujan los contornos de nuestras vidas sexuales.
zas, de buscar un nuevo absolutismo. En este libro intento Tiene que ver con las categorías del pensamiento, con las
rechazar ambas opciones, con el fm de ofrecer un panorama invenciones de la mente, que han organizado la manera en la
más claro de los problemas reales a los que nos enfrenta- que pensamos y vivimos nuestra sexualidad. También se
mos, problemas complejos, pero no carentes de solución. No ocupa de las formas en las que hemos pensado acerca del
tenemos necesidad de una nueva moral. Deberíamos más sexo con el fin de percibir modos alternativos de pensar en
bien buscar estilos de vida que reconozcan distintas opinio- nuestras necesidades y deseos eróticos.
nes, deseos y moralidades. La sexualidad es hoy, tal vez en una medida sin prece-
Tendemos a ver la sexualidad como una fuerza proteica, dentes, una zona conflictiva. Es algo más que una fuente de
que nace de los recursos del cuerpo y provee energía a las placer intenso o de profunda ansiedad. Se ha convertido en
múltiples manifestaciones del deseo, y que tiene efectos úni- un campo de batalla moral y político. Detrás de las fuerzas
cos. Pero, cuando más analizamos este "caso especial" del en liza —liberales y radicales, libertarios y fuerzas integristas
sexo, más abigarrado, ambiguo y preñado de contradiccio- que pregonan un saneamiento de lo social, activistas y apáti-
nes nos parece. No existe, en mi opinión, ninguna relación cos— existen creencias y lenguajes opuestos acerca de la na-
turaleza del sexo. El sexo como placer, el sexo como sacra-
mento, el sexo como fuente de realización, el sexo como te-
1 Sue Cartledge,"Bringing it AB Back Home: Lesbian Feminist Morality", en Gay Left Col- mor y rechazo. Estos temas son abordados en un terreno que
lective, Homosexuality: Power and Politics, Londres, 1980, p. 102. está en constante expansión, a través de la mercantilización

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de los placeres sexuales, de la expansión en espiral de los completamente independiente, pero al mismo tiempo recoge,
deseos potenciales, incluso a través de la proliferación de te- desarrolla y revisa los temas avanzados en los libros prece-
mores y enfermedades relacionadas con el sexo; y se carac- dentes. Ha sido el resultado del surgimiento, hacia fines de la
teriza simultáneamente por el surgimiento de nuevos movi- década de los sesenta y comienzos de los setenta, en Estados
mientos sociales y de subjetividades sexuadas. El tema del Unidos, Europa y otros lugares, de los movimientos feminis-
sexo se ha desplazado para ocupar el centro de la atención tas, de lesbianas y de gays. Adoptó su forma siguiendo las vi-
en el discurso contemporáneo de la política y la moral. Se sicitudes de la política sexual, cuando a las aspiraciones utó-
espera que, a través de él, expresemos nuestra subjetividad, picas de fines de los sesenta siguió el desencanto de (males
nuestro sentido íntimo del yo y de nuestra "identidad". A de los setenta y comienzos de los ochenta. Sin embargo, a lo
través de su red de definiciones, estamos sujetos a las opera- largo de este período ha habido tres preocupaciones priorita-
ciones del poder, atrapados en un mundo que intenta formar- rias: la cuestión de la identidad sexual, las relaciones entre lo
nos, pero que podríamos reformar. sexual y lo social, y los efectos limitantes y definidores del
Se está llevando a cabo una lucha por el futuro de la se- actual discurso científico, moral y político sobre la sexuali-
xualidad. Pero el modo con el que respondemos a ella ha dad. El primer volumen, Coming Out, nació de mi propio
quedado matizado por la fuerza de la herencia acumulada a compromiso con el movimiento gay.
lo largo de la historia y por las tradiciones sexuales de las Trataba del surgimiento y de las consecuencias de las cam-
cuales provenimos: el sistema del cristianismo y su creencia pañas en favor de los derechos y libertades de los homosexua-
en el sexo como sacramento y amenaza, la creencia liberta- les. Su compromiso implícito, y rector, abordaba el tema glo-
ria del sexo como subversión, la creencia liberal del sexo bal de la identidad sexuada —y la mutabilidad y variabilidad
como fuente de identidad y de recursos personales, todas de la identidad sexual en general, y de la identidad gay en par-
ellas enraizadas en una mezcla de argumentos religiosos, ticular—. Mi punto de partida era el rechazo de cualquier enfo-
científicos y sexológicos acerca de lo que el sexo es, de lo que que partiera del supuesto de la existencia, a través de las
que puede hacer, y de lo que nosotros debemos y no debe- culturas y del tiempo, de una persona homosexual de rasgos
mos hacer. Se nos abruma con un conjunto de expectativas. fijos. Al contrario, como argumenté entonces, al igual que
La sexualidad podría ser una fuerza potencial de elección, ahora, la idea de que existe una persona llamada "homose-
de cambio y de diversidad. En cambio, la asumimos como xual" (o, de hecho, "heterosexual") es un fenómeno de apari-
un destino; y todos, mujeres y hombres, homosexuales y he- ción relativamente reciente, un producto de una historia de
terosexuales, viejos y jóvenes, negros y blancos, están suje- "definición y autodefinición", que debe ser descrita y com-
tos a él y deben pagar sus onerosas contribuciones. prendida antes de que sus efectos puedan ser revelados'. No

La sexualidad como historia y política 2 Coming Out: Homosexual Polidcs in Britain from the Nineteenth Century to the Present,
Londres, 1977.
3 He tratado acerca de todo esto detalladamente en "Discourse, desire and sexual deviance:
Éste libro es el último de los que conforman una trilogía Some problems in the history of homosexuality", en Kenneth Plummer (ed.), The Making of
no planificada e informal de trabajos, relacionada con la or- the Modern Homosexual, Londres, 1981. Para un enfoque alternativo, ver John Boswell,
"Revolutions, Universals and Sexual Categories", Salmagundi, 58-59, otoño 1982-invierno
ganización social de la sexualidad. En sí mismo, es una obra 1983.

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sociales, así como las intrincadas formas de resistencia— de-
existe una esencia de la homosexualidad cuyo despliegue his- be ser entendida a través de investigaciones históricas con-
tórico pueda ser iluminado. Sólo hay patrones cambiantes en cretas. No puede ser aceptada sin más sólo porque se la ads-
la organización del deseo cuya configuración específica puede criba a un lugar rigurosamente predeterminado en un plan
ser decodificada. Esto, desde luego, nos lanza a un vendaval
macrohistórico maestro.
de deconstrucción, porque, si la identidad gay tiene un origen Entre las formas más importantes de mediación se en-
reciente, ¿qué sucede con la identidad heterosexual? ¿Y qué cuentran las categorías, conceptos y lenguajes que organizan
sucede con el carácter fijo que atribuimos a nuestra manera de la vida sexual, que nos dicen qué es "bueno" o "malo", "da-
usar los géneros, a nuestra masculinidad y feminidad? Pienso ñino" o "saludable", "normal" o "anormal", "apropiado" o
que la "naturaleza" tiene muy poco que decir acerca de estas
"inapropiado" como conducta. Éstas tienen también una his-
cosas. toria compleja, pero los principales guardianes de estas defi-
Esta opinión condujo, con cierta naturalidad, a un segun- niciones a lo largo del presente siglo han sido los "sexólo-
do conjunto de inquietudes: el ordenamiento y la regulación gos", los científicos del sexo, los árbitros del deseo. Entre
social de la sexualidad, el aspecto histórico del proceso que mis primeros escritos sobre temas del sexo se encuentra un
he calificado como de definición y de autodefinición. Éste
artículo sobre el gran sexólogo inglés Havelock Ellis 5. El li-
era el tema de mi segundo libro, Sex, Politics and Society 4. bro examina en detalle, como uno de sus principales temas,
El período que abarcaba el libro —que correspondía, en tér-
el rol social y las repercusiones de la actividad de estos sexó-
minos generales, al período del capitalismo industrial— seña- logos. Mi objetivo no es culparles como si fueran los únicos
laba el objetivo inicial del estudio: demostrar el triunfo de
responsables de los actuales modos de pensar acerca del-
las relaciones sociales capitalistas y el control social de la sexo. Tomaría mis distancias respecto de cualquier enfoque
sexualidad. Su forma defmitiva, sin embargo, fue algo dife-
que concibiera a los sexólogos sólo como agentes de ocultos
rente, dado que las ideas que lo conformaban se han modifi-
imperativos sociales, ya sean de "control social" o de "mo-
cado. La historia de la sexualidad es un fenómeno complejo.
dernización", como apologistas del status quo sexual o, in-
Su fuerza impulsora no puede ser reducida a los efectos de
cluso, como codificadores de valores sexuales opresivos.
un solo conjunto de relaciones. La sexualidad como fenóme-
La sexología jamás ha constituido una disciplina unifica-
no contemporáneo es el producto de la interacción de una
da. Sus estudiosos jamás han expresado una perspectiva in-
multitud de tradiciones y de prácticas sociales, religiosas,
telectual única y sus efectos jamás han sido unívocos o han
morales, económicas, familiares, médicas y jurídicas. Es
estado exentos de refutaciones. Las ideas sobre el sexo, por
evidente que las relaciones sociales capitalistas establecen
límites y ejercen presiones sobre las relaciones sexuales co- sí solas, no crean el mundo sexual. Sin embargo, los sumos
sacerdotes de la teoría sexual han contribuido a crear el
mo sobre todo lo demás. Pero la historia del capitalismo no
mundo en el que habitamos. Han ofrecido ideas y, a menu-
es la historia de la sexualidad. La naturaleza exacta de la re-
lación —las complejas mediaciones, las articulaciones parcia- do, ayuda práctica para actividades de reforma y, a veces, no
les y siempre cambiantes, la proliferación de intervenciones
5 "Havelock Ellis and the Politica of Sex Refomi", en Sheila Rowbotham y Jeffrey Weeks,
Socialism and Me New Life. The Personal and Sexual Politics of Edward Carpenter and
4 Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, Londres, Longman, Havelock Ellis, Londres, Pluto Press, 1977.
1981.

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sólo de reforma. Han promovido la creencia de que el sexo sobre el sexo. Dentro de una perspectiva tan maniquea, ha
tenía una importancia crucial para la salud, la identidad y la sido imposible enfrentarse, y mucho menos responder, a
felicidad de los individuos. Han comercializado numerosos preguntas claves acerca de la identidad, el placer, el poder y
manuales y, a menudo, una que otra técnica para gozar de la elección, preguntas que acosan el ámbito del sexo. Algu-
los placeres del sexo. Han dado crédito a posiciones políti- nas preguntas aún no han sido planteadas porque no podían
cas dudosas y han establecido un programa para el cambio ser formuladas dentro del antiguo marco de referencia.
sexual que ha sido respetado en un grado notable. Sus obras Es relativamente fácil y ciertamente necesario atacar an-
han sido pirateadas, utilizadas y ocasionalmente distorsiona- tiguas estructuras significantes. Es menos fácil construir una
das en diversos foros sociales y de diferentes formas socia- estructura nueva. Es esto lo que hace que los desarrollos ra-
les. No se les puede culpar individualmente, —o incluso tal dicales teóricos y políticos sean tan importantes. La crítica
vez ni siquiera colectivamente— del mundo en el que vivi- de los sociólogos contemporáneos del "modelo hidráulico"
mos. Después de todo, no somos más que actores en ese de sexualidad, es decir, de la idea de que el sexo es como un
mundo. Pero su herencia habrá de ser exhumada, reexami- río caudaloso a cuya fuerza se le puede dar pleno cauce, o
nada y probablemente rechazada antes de que podamos ela- que puede ser encerrado en presas, que puede ser dejado a
borar un nuevo programa. su libre albedrío o canalizado en formas sucedáneas inocuas,
Su herencia más importante es posiblemente lo que en la nos ha obligado a repensar las categorías de las actuales de-
actualidad se conoce como "esencialismo sexual". A lo lar- finiciones sociales de sexualidad. Los estudios inspirados
go de este libro, pondré en cuestión ciertos modos de pensar por la nueva historia social, por el contrario, han destacado
que reducen un fenómeno a una esencia presupuesta —el "ser la naturaleza histórica de la importancia que asignamos a lo
específico", "qué es una cosa", "naturaleza, carácter... subs- sexual'. Una parte importante del estímulo para este nuevo
tancia... ser absoluto" (Oxford English Dictionnary)— que in- enfoque histórico proviene del trabajo de los movimientos
tenta explicar formas complejas mediante una fuerza o ver- contemporáneos de mujeres. El feminismo ha puesto al des-
dad interna identificadora. Los sexólogos han dedicado una cubierto los supuestos masculinos ocultos tras el modelo hi-
gran parte de sus energías a buscar "la verdad del sexo", ha- dráulico en sí mismo. Muchas feministas contemporáneas
bitualmente en el campo de la biología, en el instinto, en los han notado la ausencia de un lenguaje para la sexualidad fe-
cromosomas y las hormonas, en el ADN y los genes o, con menina, excepto en términos de modelo masculino. La rup-
menor frecuencia, pero con mucha convicción, en la energía tura que el feminismo propone, tanto con los modos tradi-
psíquica o en los impulsos inconscientes. La idea de que el cionales de pensamiento como con las prácticas políticas ya
sexo es una fuerza todopoderosa que lo social/moral/médico establecidas —la afirmación del poder del deseo femenino en
tiene que controlar es una creencia antigua y profundamente todas sus formas contra los supuestos y las prácticas mascu-
enraizada, y central en la tradición cristiana occidental (aun- linizantes— ha tenido un impacto profundamente perturbador
que también en otras). Los sexólogos han trabajado para do- en las políticas del sexo, al igual que en otros ámbitos.
tar a todo esto de una base científica y de un quehacer cien-
tífico. El resultado ha sido, en mi opinión, desastroso, por-
6 Ver especialmente Michel Foucault, Historia de la sexualidad, Vol. 1, An introduction; vol.
que siempre se ha planteado la batalla a favor o en contra de 2, L'usase de plaisirs; Vol. 3, Le Souci de Soi, París, Gallimard, 1984, para uno de los más
esta fuerza sexual como el objetivo principal de los escritos recientes acicates para repensar la historia social del sexo.

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Esto, a su vez, ha contribuido a una redefinición de la largo de una sola vía. Su estructura se encuentra siempre
naturaleza del poder y de la política en el mundo moderno. fracturada, y sus continuidades son tan evidentes como sus
El "poder" ya no aparece como una fuerza homogénea que discontinuidades. Formulado en términos más críticos, ¿có-
pueda ser claramente expresada o conquistada. Al igual que mo podemos saber que conocemos el pasado? El pasado,
la política que lo rodea, el poder puede ser un fenómeno como lo ha definido un novelista, es un país ajeno. Sus len-
móvil, heterogéneo, insistente y maleable que permita el guajes pueden desconcertar incluso al más ágil de los tra-
surgimiento de diversas formas de dominación, de las cua- ductores.
les la dominación sexual es una, y que produce constantes El segundo enfoque nos plantea la "historia como exhor-
formas de desafío y resistencia a través de una historia tación". La nota más característica aquí es el deber de la cla-
compleja. se o de la nación, del género o de la minoría oprimida, de
Al igual que éste, mis libros anteriores han sido concebi- escuchar su pasado, de reencontrar en sus glorias perdidas
dos en forma de investigaciones históricas. Esto es en parte, un ejemplo moral; y en las historias de la resistencia, la
sin duda, el producto de una enseñanza académica específi- fuerza para enfrentarse a las dificultades presentes, para res-
3
ca y de una predilección intelectual. Pero, más significativa- catar, como lo expresaba poderosamente E. P. Thompson,
mente, pienso que un enfoque histórico puede ser visto co- los lugares comunes de la "enorme condescendencia" de la
mo el depositario de un objetivo político relevante. Debe se- posteridad y de los historiadores'. En el mejor de los casos,
ñalarse que muchas de las contribuciones más importantes á esta estrategia puede evocar mundos de lucha perdidos, o in-
los análisis políticos radicales de los años recientes se han vestigar sobre alternativas ocultas, reevaluar la manera en la
dado en forma de investigaciones históricas, ya se trate de que concebimos el desarrollo hasta el momento presente.
cuestiones acerca de la clase trabajadora, o de la opresión o Recupera de los vencedores el dolor; y el trabajo y las aspi-
sometimiento de los negros o de las mujeres. raciones de los vencidos. Nos desafía a cuestionar su derrota
Pero no existen métodos fáciles para reconciliar "histo- y a buscar su triunfo. Pero en el peor de los casos, sólo ofre-
ria" y "política". Ha habido tres enfoques característicos que ce un mito consolador, una falsa esperanza, una lectura no
han intentado maridarlos, cada uno de los cuales tiene reper- realista del presente basada en una imagen falsa del pasado
cusiones políticas concretas'. El primero de ellos es la "his- y en una esperanza irrealizable en el futuro.
toria como lección". En él se enfatiza el proceso de aprender El tercer método consiste en ver la "historia como políti-
del pasado con el fin de entender el presente y de proporcio- ca". Esto implica entender las relaciones fundamentales de
nar pautas de cara al futuro. Como estrategia, tiene un as- la historia y la política, y comprender las modalidades a tra-
pecto muy tentador, pero el problema es que a veces parte vés de las cuales el pasado conserva sus raíces en la memo-
de la hipótesis de un pasado transparante y homogéneo cu- ria contemporánea, la organiza y la define . El objetivo con-
yas advertencias podrían supuestamente ser leídas con clari- siste, en este caso, en entender el "presente" como una com-
dad. Lamentablemente, la "historia" nunca se mueve a lo binación particular de fuerzas históricas, en descubrir cómo

7 Sigo aquí los argumentos de Bill Schwarz, en " -Me People' in history: the Communist Party
Historians's Group, 1946-56", en Centre for Contemporary Cultural Studies, Making Histo- 8 E. P. Thompson, The Making of the English Working Class, Harmondswonh, Pelican Books,
ries, Studies in History, Writing and Politics, London, Hutchinson, 1983. 1968, p. 13

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han surgido nuestros problemas políticos actuales, en adop- libro, que ha planteado las interrogantes que en él se formu-
tar una perspectiva histórica de las decisiones políticas, y en lan y las políticas frente a las cuales surge comó respuesta.
ver el presente como histórico. Pienso que las controversias actuales sobre la sexualidad na-
Los primeros dos enfoques han sido utilizados en la cen de una crisis del concepto de "revolución sexual" y de la
construcción de las historias de las mujeres y de las mino- propia idea de "liberación sexual". Pero, más aún, revelan
rías sexuales. Y, a menudo, estos métodos han tenido los una indefinición del propio significado de "sexualidad".
efectos deseados. Existe actualmente una abundante biblio- Intentaré demostrar aquí cómo la sexualidad se ha visto teji-
grafía sobre las luchas de las mujeres; y una similar, menos da en una intrincada red de conceptos y creencias que orga-
extensa pero en expansión, sobre la experiencia de la homo- nizan las actitudes y las respuestas políticas, y que se en-
sexualidad'. Sin embargo, el tercer enfoque parece ser el cuentran actualmente en crisis de diversas formas. Esto ha
más adecuado, intelectual y políticamente, para la investiga- allanado el camino para el surgimiento de nuevos y fervoro-
ción de la sexualidad hoy en día. sos moralismos.
Si, como he querido sugerir, lo sexual sólo existe en y a La segunda parte continúa con un análisis de la "tradi-
través de sus modos de organización y representación, si só- ción sexual" que ha dado lugar al cúmulo de ideas y legiti-
lo tiene un significado relevante a través de las formas cul- mación de actitudes de nuestros días. He dedicado esta sec-
turales, entonces ni la búsqueda de un momento fundador de ción a un estudio de la sexología y de las maneras de pensar
la opresión, ni la gloria de las luchas del pasado que la han acerca del sexo que han estado vigentes durante los últimos
acompañado pueden contribuir a formular un análisis de su cien años aproximadamente y que, aún hoy en día, estructu-
influencia actual en nuestro pensamiento, nuestra acción y ran nuestras respuestas. El capítulo 4 examina la importan-
nuestra política. Necesitamos una historia del presente histó- cia de la sexología al insistir en el rol priviliegiado del sexo
rico como un lugar de definición de normativas y resisten- para expresar "lo natural". El capítulo 5 analiza más detalla-
cias. La historia y la política, bajo esta perspectiva, no son damente las consecuencias teóricas y políticas de plantear la
compañeras que estén reñidas una con otra; son compañeras cuestión crítica de la sexualidad como un "duelo eterno" en-
imprescindibles. tre la "porfiada energía" del sexo y las limitaciones de la
"sociedad", y asume el desafío explorando la relevancia de
las recientes críticas del esencialismo sexual, así como las
La sexualidad y la política de la elección certidumbres de la "tradición sexual". No pretendo en él re-
chazar la sexología y sus estudios. Muchos sexólogos fueron
Por esta razón, los próximos dos capítulos, el 2 y el 3, partidarios convencidos de lo que consideraron como la ver-
examinarán con más detalle el presente histórico, el conjun- dad. Su trabajo contiene un punto de vista que debemos ob-
to cambiante de poder y de luchas que ha conformado este servar y ampliar. El problema reside en el nivel de confianza
con el que aceptamos sus verdades, a despecho de las verda-
des alternativas puestas de manifiesto drásticamente por la
9 Para una reseña y discusión bibliográfica sobre la historia de las mujeres, ver Elizabeth aparición en el panorama histórico de nuevas identidades y
Fox-Genovese, "Placing Women's History in History", New Left Review, nº 133, mayo-ju-
nio 1982; para referencias sobre la historia del movimiento gay, ver las notas en el capítulo
movimientos sexuales. Tenemos que aprender de estos pio-
4, más adelante. neros, pero no vernos esclavizados por ellos.

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Uno de estos pioneros fue Freud, cuya presencia insosla- de sugerir temas que podrían ser centrales en tal discusión.
yable y sólido punto de referencia se ponen de manifiesto a Estos capítulos son contribuciones al desarrollo de lo que he
lo largo de estos capítulos. La tercera sección ha sido dedi- llamado una posición "radical pluralista", cuya defensa
cada a una investigación sobre el reto planteado a la tradi- constituye el propósito último de este libro. Se trata de una
ción sexológica por el psicoanálisis y su teoría del "incons- perspectiva construida a partir de la amplia gama de posibi-
ciente". La tradición psicoanalítica, a pesar de haberse visto lidades sexuales existentes, no a partir de su negación.
distorsionada por afirmaciones moralistas, ofrece, en mi opi- Comprendo que esta organización circular del material,
nión, una visión crítica de la posibilidad de una teoría no es decir, empezar en el presente, volver al pasado, y luego
esencialista de la sexualidad y de los sexos. El capítulo 6 avanzar de vuelta a nuestros días, y tal vez al futuro, podrá
trata, por lo tanto, de la compleja relación de Freud con la parecer a primera vista un método poco convencional y des-
sexología, y de la radical teoría del deseo que surge de este concertante. Sin embargo, una de mis intenciones es preci-
encuentro crítico y creativo. El capítulo 7 analiza las conse- samente desarraigar los presupuestos establecidos. Mi inten-
cuencias políticas de esta teoría del deseo y sitúa a Freud y ción no es ofrecer una historia global de las ideas sobre el
al psicoanálisis ortodoxo frente a la llamada "izquierda freu- sexo propiamente dicho, sino demostrar cómo en este pre-
diana" y a otros desafíos más recientes que se han planteado sente contradictorio nos encontramos atrapados en una his-
a la rigidez psicoanalítica. Mi objetivo consiste en demostrar toria viva que debemos entender antes de poder escapar de
en él que la identidad no es un simple producto del deseo, ella.
que el flujo de potencialidades es más grande que lo que las Pertenezco a una generación que tenía grandes expectati-
categorías implicarían, y que el campo de la sexualidad es vas puestas en la "revolución sexual" y en lo que se dio en
más amplio que lo que han propuesto nuestras rígidas orto- llamar la "liberación sexual". Para muchos, la libertad se-
doxias. La sección final de este libro, la Cuarta parte, nos xual parecía ofrecer no sólo un terreno de expansión a la
devuelve al presente y a los dilemas que se encuentran en el elección individual sino también una (tal vez la) clave de
corazón de las polémicas contemporáneas que intentan des- una transformación social más amplia. Sin embargo, mien-
marcarse de la ortodoxia: polémicas acerca de la identidad, tras escribo esto, mis estanterías empiezan a crujir con la pa-
del placer y de la elección. El capítulo 8 aborda, con refe- labrería de aquellos que han huido de ese particular campo
rencia particular a las contribuciones feministas y gays a es- de batalla, a veces apresuradamente, a menudo en medio del
ta cuestión, el tema de la identidad y de los problemas que dolor y de la angustia, y a veces a través de suculentos con-
presenta el surgimiento de nuevas defmiciones, subjetivida- tratos editoriales. Al parecer, la libertad sexual, lejos de
des, estilos y subculturas sexuales. El capítulo 9 indaga en constituir una oportunidad, fue una falsa ilusión, un dios
los problemas morales y políticos planteados por una multi- caído
tud de elecciones a las que actualmente nos enfrentamos co- Si invertimos en exceso nuestras esperanzas en un bece-
mo seres sexuales. En particular, contiene una investigación rro de oro, estaremos condenados a sufrir sus desilusiones.
sobre determinados temas candentes, tales como la porno- Sin embargo, aquí se agita algo mucho más poderoso que el
grafía, el sexo intergeneracional, y el sexo como poder y co- simple descorrer de un velo de ilusiones. El abandono de las
mo juego. Finalmente, el libro concluye con una afirmación ideas racionales de libertad sexual y cambio sexual se ali-
política y polémica, no con el fin de acallar los debates, sino menta del conservadurismo creciente de nuestros días y, de

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hecho, ha sido esencial en su desarrollo. Y la apostasía de la cil de lograr. La "sexualidad" no genera fácilmente sus pro-
que algunos hacen gala actualmente es tan indulgente y des- pias respuestas. Sin embargo, lograrlo es una tarea crucial, y
tructiva como la glorificación de los excesos sexuales lo fue este libro es una contribución a elaborar el programa necesa-
en aquellos tiempos. No puedo dejar de pensar en tantas per- rio para llevar a cabo ese imprescindible proceso.
sonas que ni gozaron de los beneficios de la llamada "revo-
lución sexual", ni tuvieron la oportunidad de sufrir su desi-
lusión. Para ellos, nada ha ido demasiado lejos, porque en
realidad nunca comenzó. Parece como si creyéramos nece-
sario elevar lo sexual a un altar o lanzarlo a las profundida-
des del abismo. En este proceso, los problemas difíciles,
ambiguos, complejos y sutiles de la elección sexual son ig-
norados, y las verdaderas víctimas de la no libertad sexual
continúan viviendo en ansiedad y temor crecientes, lejos de
los discursos de aquellos que se retractan ahora de sus tonte-
rías juveniles.
Vivimos en un mundo de verdades que rivalizan entre sí,
muchos de cuyos partidarios están preparados para imponer
a otros su (cambiante) verdad. Años atrás, Edmund Leach
nos advirtió que "todas las reglas morales son conservado-
ras" y que "el celo que incita a actuar correctamente condu-
ce a la separación entre santos y pecadores"'°. Es evidente
que, en la medida en que nos acercamos al final del segundo
milenio de la era cristiana, podemos idear mejores maneras
de zanjar las discusiones que recurrir a la imposición de dis-
tinciones arbitrarias entre nosotros y los demás; entre aque-
llos de nosotros que nos creemos "salvados" y aquellos a los
que consideramos más allá de toda "salvación".
Pienso, en cambio, que hoy necesitamos una política acer-
ca del deseo, una política de la elección que defina claramen-
te los criterios mediante los cuales podemos elegir como su-
jetos nuestros propios compromisos sexuales y sociales.
Esto no es, como demostraré más adelante, una ambición fá-

10 Edmund Leach, A Runaway World? The Reid: Lecrures 1967, Londres, Publicaciones de la
BBC, 1968, pp. 47, 54.

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CAPITULO 2

El retorno a la "revolución sexual"

El sexo en el siglo XX es un misterio


reinterpretado conscientemente, ansiosamente...
un secreto sucio.

Ann Barr Snitow, Signs, 1980

En comparación con la política de clase, racial, étnica y


de géneros, la política del sexo se encuentra relativamente
subdesarrollada. Los liberales del sexo están a
la defensiva y los radicales del sexo casi
no existen.

Gayle Rubin, Coming to Power

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La crisis actual
pugnados y, a menudo, socavados, y la sexualidad se ha acer-
A pesar de los esfuerzos sostenidos de generaciones en- cado más que nunca al centro del debate público. Esto ha
teras de moralistas, ha habido escaso consenso en Occidente producido una crisis de la sexualidad: una crisis en las rela-
a propósito de las normas morales y sexuales. Incluso du- ciones sexuales, especialmente en las relaciones entre hom-
rante los períodos de mayor control eclesiástico, las normas bres y mujeres; pero también, quizá más fundamentalmente,
formales e informales divergieron notablemente. Por otro la- una crisis en torno al significado de la sexualidad en nuestra
do, aquel famoso período de dictados morales y rígidas nor- sociedad. En la confusión resultante, se ha propiciado una
mas que fue la "era victoriana" se caracterizó menos por una movilización sin precedentes de las fuerzas políticas en torno
dócil aceptación de los "valores tradicionales" que por una a los temas del sexo. Hace cien arios era prácticamente im-
lucha en torno a creencias y conductas en liza. Las normas pensable la posibilidad de una política sobre el sexo. Hoy en
sexuales variaban en aquel entonces, como varían hoy, entre día, es un lugar común tanto de la derecha como de la izquier-
clases, regiones y religiones, entre grupos raciales y étnicos. da, y en el cual la derecha toma la iniciativa más fácilmente
Los valores morales dominantes que los radicales del siglo que la izquierda. El sexo se ha situado en el centro de una
XX han denostado, y cuya pérdida ha llorado el puritanismo poderosa polémica política, debido a un conflicto de creen-
social —la ética del matrimonio, los tabús sobre la sexualidad cias, bastante confuso y aparentemente interminable, en tor-
no genital, los estigmas contra las relaciones no matrimonia- no a las maneras apropiadas de vivir nuestra sexualidad. En
les y la ilegitimidad, el privilegio de la heterosexualidad y el arios recientes, hemos sido testigos de titubeos y retrocesos
ostracismo de la homosexualidad— sólo mantuvieron única- en la "liberación sexual", y de un renacimiento de los movi-
mente una hegemonía precaria (a pesar de que sus víctimas mientos políticos en defensa de las normas tradicionales, de
habrían deseado que hubiera sido aún más precaria) sosteni- una ola de pánico moral en torno al sexo, de los cuales la re-
da por diversas fuerzas sociales, médicas y legales, se vieron ciente crisis del SIDA es un ejemplo; y, finalmente, hemos
constantemente acosados y frecuentemente ignorados. Ja- visto cómo se ha llegado a un punto muerto a propósito de
más existió una Edad Dorada de la propiedad sexual y la las formas de regulación del sexo. La combinación de todo
búsqueda que de ella se ha emprendido en un pasado mitifi- esto ha dado como resultado una auténtica jaula de grillos.
cado nos dice más acerca de las confusiones presentes que El sexo ha sido visto convencionalmente como la más
de las glorias pasadas'. irreductible de las energías naturales, rebelde frente a los es-
La creencia en una Edad Dorada puede, no obstante, tener fuerzos de la represión, resistente a las modificaciones del
efectos reales, sobre todo cuando intentamos entendernos clima y la cultura. Los niveles de proteína (según nos dicen
con los importantes cambios habidos en las actitudes y con- algunos expertos) pueden regular su potencia, establecer pa-
ductas sexuales. A lo largo de la última generación, muchos trones y modificar la voluntad o el deseo. Pero el sexo como
de los antiguos patrones y formas de control se han visto im- poder y potencialidad parecía algo natural e inevitable. Con-
tra los dogmatismos de esta tradición, quiero señalar que el
sexo —que está lejos de ser la más recalcitrante de las fuer-
1 Para una discusión general sobre este tema, ver capítulos 1-4 de mi Sex, Misia and Society. Para zas— ha sido, desde hace mucho tiempo, una correa de trans-
una defensa del mito de la "Edad Dorada", ver Cristopher Lasch, The Culture of Narcissism,
American Lije in an Ase of Diminishing Expectations, Lonches, Abacus, 1980, p. XVII.
misión para ansiedades sociales más amplias, así como un fo-
co de luchas en torno al poder, uno de los principales lugares

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de la verdad, donde se define y se expresa la dominación y la unirse contra ellos. El auge de la "permisividad" ha sido muy
subordinación. En su terreno, se han desatado batallas cuyo anunciado y también muy denostado. Su caída parece hoy in-
simbolismo no tiene nada de sorprendente —e innumerables minente.
"desviados" han sufrido sus consecuencias— debido a la im-
portancia atribuida a tal o cual posición moral particular. Los
verdaderos cambios en la conducta de los años recientes se El mito de la "permisividad"
han convertido en un casus belli particularmente intenso.
Según los criterios de los radicales del sexo, los cambios han La política opera a través de metáforas. Condensa ansie-
sido más bien modestos. De acuerdo con el enfoque de los dades y aspiraciones, y moviliza energías y voluntades. Hay
conservadores (de todos los colores políticos), los cambios pocas metáforas políticas en los últimos tiempos tan podero-
han sido perturbadores y destructivos. Y han llegado a ser re- sas como la de la "permisividad". Desechado como término
presentativos de todas las demás cosas que han cambiado. útil por aquellos a quienes se señala como sus principales
Durante el siglo XIX, crisis tan diversas como la Revolu- mentores, se ha convertido en manos del enemigo en una
ción Francesa, la Revolución Industrial, el desarrollo urbano y poderosa arma arrojadiza 2. Y si "permisividad" evoca una
las polémicas políticas locales encontraron soluciones sólidas serie de expectativas y esperanzas, de temores y ansiedades,
—aunque rara vez materiales— en las luchas libradas en torno a la década de los sesenta encarna su momento singular de
las costumbres sexuales. La sensiblidad sísmica de la sexuali- promesas y éxitos. La primera ministro conservadora de
dad en relación con las corrientes sociales más amplias ha sig- Inglaterra, Margaret Thatcher, lanzó en su día una caracte-
nificado, más recientemente, que una serie de ansiedades so- rística diatriba de los años ochenta:
ciales complejas, en parte consecuencia de la aparición de una
mentalidad de sitiados, en algunos sectores significativos de la Estamos cosechando lo que fue sembrado en los sesenta. Las atrac-
población de Estados Unidos y de Europa, se ha desplazado tivas teorías y patrañas de la permisividad han allanado el camino
de forma similar hacia el tema del sexo. Ha llegado a consti- para una sociedad en la que las antiguas virtudes de disciplina y au-
tuir incluso un frente en la batalla por el futuro de la sociedad tocontrol se ven denigradas. 3
occidental. Se encuentra en juego la herencia de la llamada
"liberación sexual" de la generación anterior. Para muchos Entre lo viejo y lo nuevo, la tradición y lo moderno, la
—aunque no para todos— progresistas de los dos primeros ter- virtud y el vicio, los años sesenta aparecen como el momen-
cios de este siglo, el llamamiento a la "libertad sexual" ha sido to clave de la transición, el decisivo lugar de encuentro de
una de las piedras angulares del proyecto radical. No obstante, los valores en liza. En los escritos de los neoconservadores,
fue siempre una ambición ambigua —¿libertad de quién, con de la nueva derecha y de los puritanos de la moralidad, "los
qué medios y a expensas de quién?— y su logro parece hoy en sesenta" representan todo lo que ha fracasado. Fue el mo-
día aún más ambiguo. Términos como "revolución sexual" y
"permisividad" han sido mezclados como definiciones muy
incompletas de los cambios que han ocurrido, pero su signifi-
cado no es claro. Esto no ha detenido a los escépticos, a los 2 En Inglaterra, por ejemplo, Roy Jenkins, el Ministro del Interior reformista de los años se-
senta, y principal partidario de las reformas liberales, rechazó el término.
dubitativos y a los oportunistas de toda la vida a la hora de 3 27 de marzo de 1982, según lo informado por New Socialist, nº 13, p. 22.

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mento clave de "colapso moral" para los partidarios de la del éxito y de la realización sexual descubrieron una nueva
nueva moralidad y la fuente de la descomposición que mar- penitencia. Actualmente viven, con angustias y culpas bien
ca y que desfigura nuestro mundo contemporáneo'. publicitadas, la venganza de los felices arios sesenta'.
Si sólo fueran las fuerzas explícitamente conservadoras Curiosamente, aquí encontramos cierto paralelismo con
las que se cebaran contra los supuestos "excesos" de los arios una segunda crítica, cuyos orígenes se encuentran en otro
sesenta, podríamos reconocer su fuerza organizadora, aunque lugar, a saber, en los ataques de las feministas "radicales"
tal vez rechazaríamos su carácter representativo. Lo curioso (por oposición a "liberal" o "socialista" ) contra la domina-
es que la reacción contra aquella década dramática, pero his- ción masculina. Ahí donde los antiguos liberales buscaban
tóricamente heterogénea, tiene una resonancia más amplia en la realización individual en el sexo y encontraron la desilu-
al menos otros dos ámbitos. En las filas de quienes podría- sión (y la enfermedad), el feminismo radical intenta escapar,
mos llamar "liberales desilusionados" (muchos de los cuales, a través de una realización colectiva, de las trabas del poder
por cierto, se desplazan con relativa facilidad hacia las filas, masculino. Pero sólo para descubrir que éste actúa insidiosa-
cada vez más sólidas, de los conservadores) también se desa- mente a través de las definiciones dominantes del sexo y, es-
rrolla un argumento según el cual en los arios sesenta "las co- pecialmente, en la retórica de la liberación sexual. La "revo-
sas se desordenaron radicalmente". Para ellos, la herencia se- lución sexual" que supuestamente tuvo lugar en los sesenta
xual de los sesenta representa tanto una epidemia de enferme- estaba, por lo tanto, y por definición, orientada hacia lo mas-
dades venéreas como una mayor elección sexual; el auge de culino, y sometía a las mujeres aún más estrictamente a la
un lenguaje agresivo de abuso sexual como una mayor liber- norma heterosexista. De esta crítica nace un sólido rechazo
tad verbal; la adoración del sexo cuantitativo como un cam- de esta década, y de todas sus manifestaciones, rechazo que
bio cualitativo en las relaciones humanas. En un libro signifi- a menudo es verbalizado violentamente. En esta perspectiva,
cativamente titulado The Limits of Sex (los límites del sexo'), los enemigos reales de las mujeres vienen a ser los antiguos
la periodista británica Celia Haddon confiesa que: radicales del sexo'.
Debido a un curioso giro, el feminismo radical comparte
En cierto sentido, la revolución sexual me ha liberado de la
una tarea con sus pretendidos enemigos ideológicos: la tarea
culpa y de la ansiedad. En otro, me ha vuelto a atar con otras ca-
de alimentar el nuevo puritanismo de nuestro tiempo'.
denas.'
El hecho de que corrientes tan dispares de pensamiento y
acción política concuerden a propósito de un período simbóli-
Los verdaderos "prisioneros del sexo" en este argumento co aislado debería suscitar nuestra reflexión. Hay dos posibili-
son las personas que creían demasiado fervorosamente en las
reivindicaciones de los pioneros de la permisividad —entre
los cuales destacan los "sexólogos"— y que en su búsqueda
6 Ver Oliver Gillie, "Revenge of the Swinging Sixties", The Sunday Times, Londres, 5 de di-
ciembre, 1982, p. 13.
7 La defensora más representativa de esta posición es Andrea Dworkin: ver su Right-Wing
Women. The Politics of domesticated Females, The Women's Press, 1983, pp. 88 y ss.
4 Para un enfoque representativo, ver Mary Whitehouse, Whatever happened ro sex?, Lon- 8 Aunque no la cito por primera vez, ver la discusión de Judith R. Walkopwitz de los paralelis-
dres, Hodder & Stoughton, 1978, capítulo 1. mos, entre finales del siglo XIX y la actualidad, en la unión entre la pureza social y las ideas
5 Celia Haddon, The Limits of Sex, Londres, Corgi Books, 1983, p. 12. Ver también Germaine
feministas. "Male Vice 811 feminist Virtue: Feminism and the Politics of Prostitution in
Greer, Sex and Destiny, Londres, Secker & Warburg, 1983
Nineteenth Century Britain", History Workshop Journal, nº 13, primavera, 1982, pp. 77 y ss.

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dades: o los arios sesenta fueron efectivamente una década de- que antaño no se atrevía a pronunciar su nombre se ha vuelto
sastrosa, fuente y origen de nuestros malestares presentes; o extremadamente locuaz". Esto fue importante en sí mismo,
los diversos exponentes de dichas corrientes encuentran en es- pero representó además un cambio más profundo. Si la histo-
te período un conveniente chivo expiatorio para explicar cam- ria reciente de la sexualidad puede ser vista como una explo-
bios cuyos orígenes son, en realidad, diversos, y se encuentran sión de la palabra en tomo al sexo, entonces se puede decir
a menudo en otra parte. Yo prefiero la segunda explicación. que durante los sesenta el tono subió cualitativamente y de
Todos parecen estar de acuerdo en que la anterior genera- manera decisiva. Hoy se habla sobre el sexo, se escribe sobre
ción fue testigo de cambios radicales en las actitudes hacia el el sexo y se le representa visualmente más que en ninguna
sexo y en las conductas sexuales. Una perspectiva más me- otra época. A partir de esta situación, muchas personas, espe-
surada pondría esto incluso en duda 9. Es evidente que hubo cialmente los sexualmente oprimidos y explotados, han ga-
erupciones muy vívidas de la sexualidad en los años sesenta, nado un espacio para respirar, que les es muy caro. Otros han
—desde los bailes eróticos de las estrellas de rock, hasta el terminado agotados por su reiterativo discurso.
crecimiento de áreas abyectas de comercialización del sexo Frente a esto debemos situar la intensa persistencia de lo
en numerosas ciudades importantes del oeste metropolitano. que aún llamamos las "actitudes tradicionales" (a pesar de
Existen pruebas de que las actitudes se volvieron más o me- que su historia es, de hecho, relativamente reciente) que pro-
nos progresivamente tolerantes en relación con el control de porcionaron una reserva de apoyo para el surgimiento de una
la natalidad, el aborto, el divorcio, el sexo premarital y extra- nueva derecha moral. Los resultados han redundado en lige-
marital, la cohabitación y la homosexualidad; y este lento ras modificaciones legales que han asegurado la continuidad
cambio de las actitudes ha llegado hasta los arios ochenta, a del control sobre la libertad de expresión sexual, la persisten-
pesar de la existencia de un clima político cada vez más con- cia del acoso de la policía y de la gente en general hacia los
servador en Estados Unidos y Europa'°. Europa occidental "desviados" sexuales; y la permanencia —y, de hecho, el au-
vivió una ola de reformas legales relacionadas con la sexua- mento— de la popularidad del matrimonio. De las generacio-
lidad y Estados Unidos experimentó un crecimiento especta- nes de mujeres nacidas en Estados Unidos desde 1930, hay
cular de nuevas subculturas del sexo, y especialmente de la actualmente más casadas que nunca, y lo mismo puede decir-
homosexualidad. Como apuntaba Dennis Altman, ese amor se, en términos generales, de Inglaterra. Sólo durante la déca-
da de los setenta y comienzos de los ochenta las tasas de ma-
trimonio descendieron levemente 12. Muchos de los cambios
9 John P. Alston y Francis Ucker, "The Myth of Sexual Permissiveness", Journal of Sex Re- que han ocurrido se originaron en los primeros arios de este
search, vol. 9, n° 1, febrero 1973, pp. 34-40, demuestra la persistencia de actitudes relativa-
mente conservadoras en los años setenta en Estados Unidos. Ver también James Moneyma-
siglo. Algunos de los cambios atribuidos simbólicamente a
ker y Fred Montanino, "The New Sexual Morality: A Society comes of Age", en James M. los sesenta se produjeron de hecho más tarde. Además, el es-
Henslin y Edward Sagarin (ed.), The Sociology of Sex: An lntroductory Reader, Nueva píritu de aquel período nunca fue homogéneo y sus transfor-
York., Schocken Books, 1978, pp. 27 y ss. Para una discusión similar sobre la situación en
Inglaterra, con una perspectiva algo más liberal, ver Geoffrey Gorer, Sex and Marriage in
England Today, Londres, Nelson, 1971; ver también la discusión en Sex, Politics and So-
ciety, capítulo 13. Para una revisión de los cambios de actitud desde Kinsey hasta los años 11 Dennis Altman, Homosexual: Opression and Liberation, Nueva York, Outerbridge &
ochenta, ver Paul H. Gebhard, "The Galton Lecture, 1978: Sexuality in the Post-Kinsey Dienstfrey, 1971.
Era", en W. H. G. Armytage, R. Chester y John Peel (eds.), Changing Patterns of Sexual 12 Ver esta discusión en Ellen Ross, "The Love Crisis": Couples Advice Book of the Late
Behaviour, Londres, Nueva York, Academie Press, 1980, pp. 45 y ss. 1970's, Signs, vol. 6, nº 1, 1980, p. 110; para una discusión sobre las tendencias en Inglaterra,
10 Ver referencias en nota 2, capítulo 3. ver Leslie Rimmer, Families in Focas, Londres, Study Commission on the Family, 1981.

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maciones fueron vividas de muy diversas maneras. Sin em- Si observamos este período de manera relativamente es-
bargo, estos cambios no dejaron de ser problemáticos. Lo que quemática, cuatro conjuntos de cambios parecen particular-
para la derecha radical aparece ahora como el peor ejemplo mente importantes en la estructuración de la situación: la
de los excesos de los sesenta —los movimientos militantes fe- continuidad, incluso acentuada, de la comercialización y
ministas y de gays— creció explícitamente en oposición a las mercantilización del sexo; el cambio en las relaciones entre
tendencias dominantes en la década. Sin embargo, la década hombres y mujeres; los cambios en el modo de normativizar
la sexualidad, y el surgimiento de nuevos o el reordenamien-
de los sesenta conserva esa resonancia simbólica, definida co-
mo un período de cambios decisivos. to de antiguos antagonismos sociales, junto con la aparición
Entonces, ¿qué sucedió realmente con aquella "revolu- de nuevos movimientos políticos. Estos cuatro conjuntos ,
ción sexual" tan cacareada? Para responder a esta pregunta, configuran eLmarco de la crisis sexual contemporánea.
primero debemos huir de las categorizaciones rígidas relati-
vas a una década "de calendario" y redefinir nuestro objeto.
Nuestro verdadero objeto de interés es una coyuntura parti- La comercialización y mercantilización del sexo
cular e inestable de elementos sociales y políticos que pode-
mos caracterizar como el "momento permisivo". Abarca Dada su naturaleza anárquica, el capitalismo no tiene una
un período que va desde aproximadamente mediados de los voluntad de control. Sus imperativos centrales —expansión,
años cincuenta hasta mediados de los setenta, si bien sus pa- plusvalía, beneficio— aseguran una cierta indiferencia frente
rámetros varían de país en país, y su carácter está definido al terreno en el cual se desenvuelve. Es evidente que la ener-
tanto por peculiaridades locales como por tendencias inter- gía expansiva del capitalismo ha cambiado el mundo, pero
nacionales. Dentro del capitalismo, no existía ningún impe- no lo ha cambiado de acuerdo con ningún plan maestro. Ha
rativo social aislado ni ninguna tendencia intrínseca que au- modificado una inmensa variedad de relaciones sociales, pe-
gurara el surgimiento de lo que Herbert Marcuse denominó ro no lo ha hecho de manera unívoca. Si tomamos en consi-
"desublimación represiva", a saber, la manipulación del deración un momento clave en el establecimiento de la hege-
consentimiento concedido a un orden social ilegítimo por la monía moral burguesa —la Inglaterra de las primeras décadas
vía de una mal reconocida "libertad sexual""; tampoco exis- del siglo XIX—, buscaremos en vano si queremos descubrir
tía ninguna estrategia política que diseñara o apoyara ajustes en él una articulación visible entre los intereses de los pro-
políticos y legales relevantes. Sin embargo, hay ciertos ras- pietarios de las factorías y los principales partidarios de una
gos comunes, ciertos elementos estructurales, que hacen de nueva moral. Los empresarios eran indiferentes al impacto
la "permisividad" un fenómeno reconocible en muchas, si moral de hacer trabajar a mujeres y niños junto a los hom-
no en todas, las sociedades capitalistas avanzadas. bres en las fábricas textiles y en las minas de carbón. Los
ideólogos burgueses, cuya situación social se encontraba li-
gada al capital financiero, a los terratenientes o a las profe-
siones liberales, no eran indiferentes. Por eso orquestaron
13 He abordado este tema más en detalle en el capítulo 13 de Sex, Politics and Society. Para un campañas evangelizadoras en la clase trabajadora para impe-
análisis teóricamente convincente sobre la permisividad, ver Stuart Hall, "Reformism and
the Legislation of Consent", en la National Deviancy Conference (comp.) Permissiveness dir el apareamiento promiscuo en lugares de trabajo hacina-
and Control: The Fase of Sixties Legislation, Londres, McMillan, 1980. dos, sobrecalentados y pestilentes. Los objetivos de los "ne-
14 Ver el capítulo 7, más adelante para una discusión sobre Marcuse.

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gocios" se enfrentaron a menudo con los de la "moral", y es- entre los cambios en la estructura del capitalismo y los cam-
ta última perdió a menudo. Hacia fines del siglo XIX, algu- bios en la vida sexual que son consecuencias no intenciona-
nos sectores de la clase trabajadora inglesa crearon una in- das del crecimiento capitalista.
trincada modalidad de tipo evangélico de cuño propio. Pero El cambio más relevante de este siglo ha consistido en el
la crearon a partir de su propia experiencia, en lugar de adop- desplazamiento de la acumulación capitalista a la distribución
tarla como simple aprobación de una "respetabilidad". Si ob- capitalista, desde la producción hacia el consumo. Las últimas
servamos las actitudes con respecto a la prostitución, el•con- décadas del siglo XIX vieron el comienzo de esta tendencia
trol de la natalidad, el aborto, el matrimonio y el divorcio, en América del Norte y Europa. Su triunfo habría de llegar, no
incluso en relación con la homosexualidad, encontremos di- obstante, con la gran prosperidad de la posguerra, con el pe-
ferentes normas de clase, y también una coexistencia de dife- ríodo de expansión más sostenido en la historia del capitalis-
rentes normas en el interior de una misma clase; y, por su- mo, es decir, desde fines de la década de los cuarenta hasta
puesto, una laguna permanente entre credo y conducta. El comienzos de la década de los setenta. Gran parte de este auge
capitalismo no creó un tipo de personalidad que satisficiera partió de la enorme expansión del mercado interno, especial-
sus necesidades, ni mucho menos una moralidad sexual que mente en Estados Unidos. En un país como Inglaterra, donde
fuera esencial para el éxito de la acumulación de capita1 15. el crecimiento hacia la opulencia fue menos rápido y más titu-
Es importante señalar esto. Sin embargo, aún nos queda la beante que otros lugares, y la competitividad internacional
pregunta acerca de cuál es la relación entre capitalismo y se- disminuyó, el crecimiento de su propio mercado interno se
xualidad. Los intentos teóricos que se han aproximado a ella convirtió en el sine qua non del crecimiento económico. Pese
han demostrado una notable miopía; y, si bien las relaciones a no eliminar la pobreza de una parte no desdeñable de la po-
descriptivas han ofrecido abundancia de detalles escabrosos, blación, esta nueva era de prosperidad, con sus mejores nive-
hay pocas explicaciones. Lo mejor que podemos hacer a es- les de vida para la mayoría, repercutió en los cambios de las
tas alturas es señalar que la articulación entre costumbres se- costumbres sexuales. El sexo había sido durante mucho tiem-
xuales y capitalismo se da a través de complejas mediaciones po una condición de los ciudadanos. Hacia 1950, se convirtió
—instituciones morales, intervenciones políticas, prácticas so- también en algo que se podía comprar, no sólo en la forma
ciales diversas— cuyas historias aún estan por revelar 16. tradicional (para los hombres) de la prostitución, sino bajo la
Sin embargo, si observamos un aspecto central del ex- forma de una fantasía atractivamemnte comercializada. Como
pansionismo capitalista, a saber, su tendencia a penetrar y Cohen y Taylor señalaron en su libro Escape Attempts (y el
colonizar territorios cada vez más extensos a través de la sexo se estaba convirtiendo en uno de los grandes escapes),
mercantilización y comercialización de la vida social, enton- hasta el quiosco más ordinario proclamaba la popularidad de
ces podremos percibir algunos puntos claves de articulación una de las formas culturales más importantes en occidente, la
masturbación''. La transformación pública del status de lo que
solía llamarse "acto solitario", o autoabuso, es seguramente
15 Sex, Politics and Sociery, capítulos 2-4.
16 El tema general de esta sección se encuentra en Herbert Marcuse, Eros y civilización, y ha sido uno de los grandes logros del mundo de la posguerra. De ser
desarrollado en Reimut Reiche, Sexualiy and the Class Struggle, Londres, New Left Books,
1970. Ver, para una referencia especial a los efectos del consumismo en la homosexualidad, De-
nis Altman, The Homosexualization of America, the Americanization of the Homosexual, Nue- 17 Stan Cohen y Laurie Taylor, Escape Attempts. The Theory and Practice of Resistance to
va York, St. Martin's Press, 1982, capítulo 3, "Sex and the Triumph of Consuma . Capitalism." Everyday Life, Harmondsworth, Pelican Books, 1978, p. 106.

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uno de los grandes tabúes sexuales desde mediados del siglo El crecimiento de la pornocracia se fundó en tendencias
XVIII hasta comienzos del XX, en el umbral de horrores ne- implícitas en el capitalismo desde al menos comienzos de
fandos, en los trabajos de Masters y Johnson hacia la década este siglo: la expansión de las necesidades sexuales percibi-
de los sesenta fue introducido como el medio más eficiente das como tales, particularmente entre los hombres. El sexo
para satisfacer la necesidad de descarga sexual". no era sólo un campo susceptible de ser colonizado por el
La ventaja de la masturbación, como lo señaló Quentin capitalismo. También podía extenderse cada vez más de ma-
Crisp de manera memorable, es que uno no está obligado a nera exótica. La separación entre erotismo y procreación, un
vestirse. También permite que un individuo pueda salvar la producto parcial de la evolución tecnológica del capitalis-
brecha, por la vía de la fantasía, entre una existencia munda- mo, y posible gracias al desarrollo de métodos de control de
na y una multiplicidad de deseos. El reconocimiento de esto, la natalidad eficaces, allanó el camino para la proliferación
a comienzos de los años cincuenta, por un hombre como de nuevos deseos, en la medida en que la búsqueda del pla-
Hugh Hefner, fundador de Playboy, hijo de una familia del cer se convirtió en un fin en sí mismo. Muchos de estos fe-
medio oeste religiosamente convencional y sexualmente in- nómenos eran potencialmente liberadores, puesto que la
hibida, el "primer hombre que se enriqueció gracias a la co- asociación sexo-procreación se rompió definitivamente. Sin
mercialización masiva y abierta del amor masturbatorio", embargo, originaron al mismo tiempo, la posibilidad de la
allanó el camino para una revolución del discurso público, si mercantilización delplacer21 . Hacia los años ochenta se ha'
no de la conducta individual. Como ha señalado Bárbara bía ampliado drásticamente la gama de lo que se podía com-
Ehrenreich, "el estandarte con el que Playboy se lanzó a la prar, desde artilugios sexuales hasta drogas, desde las agen-
batalla de los sexos tenía estampado el signo del dólar." cias de contactos hasta llamadas telefónicas eróticas, pasan-
Playboy y otras publicaciones por el estilo fueron el lado cro—por la vestimenta, el fetichilmo y el turismo del sexo,
respetable de una moneda sexual que entró en una circula- que prometía alejarnos del mundanal ruido. SSi uno quería
ción cada vez más agitada en la década de los sesenta y se- información y consejos sobre el sexo —y mucha gente los
tenta, produciendo como efecto secundario la multimillona- necesitaba, en la medida en que la miseria sexual y la opre-
ria industria de la pornografía de la posguerra 20. sión seguían siendo una plaga social—, entonces podía ser-
virse de la abundancia de manuales sexuales. Si lo que nece-
sitaba era una asesoría más persoilalada o "especializada",
18 Williarn Masters y Virginia Johnson, Human Sexual lnadequacy, Boston, Little, Brown, 1970. entonces podía recurrir a la terapia sexual, que hacia la dé-
Es un tema que ha sido puesto de relieve por Paul A. Robinson, The Modernization of Sex, cada de los setenta, gracias al éxito pionero de Masters &
Londres, Elek, 1976, p. 142.
19 Gay Talese, Thy Neighbour's Wife Sex in the World Today, Londres, Collins, 1980, p. 28. Johnson, se había convertido en una industria de beneficios
Hefner es uno de los héroes de este libro, donde se ilustra con mucho éxito, pero con mal suculentos. Si uno buscaba sexo ocasional (los hombres),
gusto, los efectos del sexo como objeto de consumo.
Barbara Ehrenreich, The Hearts of Men, American Dreams and the Flight fron Commit- entonces veía que la profesión más antigua del mundo se es-
tment, Londres, Pluto Press, 1983, p. 46. Sobre el aumento de la pornografía, ver (para el
caso de los Estados Unidos) The Repon of the Comission on Obscenity and Pornography,
Nueva York, Bantam Books, 1970 y (para el Reino Unido) Home Office, Report of Me
Comminee on Obscenity and Film Censorship, Cmnd 7772, Londres HMSO 1979. El termi-
21 Para una sugerente visión sobre este tema, ver Jonathan Ned Katz, GaylLesbian Almanac. A
no "pomocracia" es utilizado en Mathilde y Mathias Vaerting, The Dominan: Sex: A Study
New Documentary, Nueva York, Harper & Row, pp. 137-74; y John d'Emilio, Sexual Poli-
in the Sociology of Sex Differentiation, traducido del alemán por Eden y Cedar Paul, Lon-
tia, Sexual Communities: The Making of a homosexual Minority in Me United States 1940-
dres George Allen & Unwin, 1923, p. 89.
1970, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 1983, capítulo 1.

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taba modernizando para adaptarse a las necesidades indivi- les, observó, permitía manifestaciones públicas del sexo que
duales. O, si lo que se buscaba era una relación ocasional eran aceptables simplemente porque no llegaban a cumplir
más relajada entre parejas, entonces podía uno dirigirse a los con la definición formal de sexo: la relación sexual. Ya en-
palacetes del placer de comunidades sexuales como Plato's tonces, Kinsey sugería la importancia estructural de las defi-
Retreat o Sandstone, en las montañas de California22. Se de- niciones sociales a propósito de lo que se permite y no se
sarrollaron nuevas maneras de establecer contacto y de ini- permite. Hacia la década de los setenta, la sexualidad ex-
ciación sexual con la comercialización del "ligue" —en el plícita (o, al menos su vertiente heterosexual) invadió la
cine, en las discotecas y salas de baile— y se produjo una conciencia social, desde los quioscos de periódicos hasta la
mayor movilidad geográfica asociada al auge del vehículo. televisión, desde los clubes privados hasta los teatros y ci-
El sexo se convirtió en un medio para venderlo todo, desde nes, desde los carteles publicitarios hasta la vida cotidiana.
el mismo coche hasta los copos de detergente, y las imáge- Una nueva comunidad de conocimientos proyectó el sexo en
nes de la sexualidad femenina proliferaron en formas cada, todos los aspectos de la vida social. Y América llevaba la
vez más explícitas. Al mismo tiempo, se estaban descu- batuta. Tras visitar Nueva York, a comienzos de los años
briendo y creando permanentemente nuevos mercados para ochenta, una feminista británica escribió:
los productos sexuales: los adolescentes en los años cin-
cuenta, las mujeres en los sesenta y los gays en los setenta. Una sociedad en la cual el sexo, los cuerpos bellos, la homo-
El crecimiento de la comunidad gay, un triunfo en sí mismo sexualidad, todo, está comercializado en un grado aún desconoci-
de la actividad política y de la organización subcultural, por do en Europa... las calles de Manhattan, donde mujeres y hombres
encima de la opresión social, produjo su propia explosión de de vistosos trajes teatralizan su identidad sexual en códigos fabri-
nuevas posibilidades personales y de oportunidades comer- cados por la moda y buscan conscientemente un ideal individua-
ciales 23 . lista de realización de sí mismos, en un paisaje urbano de belleza
Muy rara vez en la historia ha sido el sexo realmente una futurista y de sórdida miseria, donde el éxito y la desesperanza se
preocupación eminentemente privada. Ya en 1940, Alfred dan de golpes en todas las esquinasY
Kinsey señaló el virtual derrumbamiento de la oposición
privado-público, incluso en el corazón de los respetables / Los viejos valores burgueses de frugalidad y autocontrol,
Estados Unidos. La aceptación social de las caricias sexua- de "ahorro" más que de "gasto", de ética del trabajo y de
triunfar por los propios medios, la ética de cuya ausencia se
22 Sobre los manuales sexuales, ver Michael Gordon, "From an Unfortunate Necessity to a
lamentaba la señora Thatcher tal vez nunca fue más que la
Cult of Mutual Orgasm: Sex in American Marital Education Literature, 1830-1940", en práctica de una minoría. Su validez se veía radicalmente dms- -..
Henslin y Sagarin (eds), The Sociology of Ser, Ellen Ross, "The Love Crisis", op. cit. y Ro- safiada por una nueva sexualidad convertida en objeto de
salind Brunt "An Inmense Verbosity: Permissive Sexual Advice in the 1970's, en Rosalind
Brunt y Caroline Rowan (eds), Feminism, Culture and Politics, Londres, Lawrence & Wis- consumo. /
hart, 1982. Para una discusión sobre las terapias, ver Helen Singer Kaplan, The New Sex
Therapy. Active Treatments of Sexual Dysfunctions, Nueva York, Brunner/Mazel, 1974, y P.
T. Brown, "The Development of Sexual Function Therapies after Master & Johnson', en Ar-
mytage et al. (eds), Changing Patterns of Sexual Behaviour. Para la proliferación de lugares 24 Alfred C. Kinsey, William B. Pomeroy y Clyde E. Martin, Sexual Behaviour in the !fuman
como Plato's Retreat y Sandstone, ver Talese, Thy Neighbour's Wife, y Gebbhard, op. cit. Male, Filadelfia, W. B. Saunders, 1948.
23 Ver Altman, The Homosexualizadon of America, y D'Emilio, Sexual Politics, Sexual Comuni- 25 Elizabeth Wilson, 'The Context of «Between Pleasure and Danger» The Bamard Confe-
ties; y un artículo sobre 'Tapping the Homosexual Market, New York Times, 2 de mayo, 1982. rence on Sexuality", Feminist Review, nº 13, primavera, 1983, p. 39.

53
Cambios en las relaciones sexuales comienzos de los años cincuenta señalan que alrededor del
26% de las mujeres tenía relaciones adúlteras. En estudios
Los principales partidarios —y beneficiarios— de los cam- más recientes, estas cifras han aumentado hasta entre el 30%
bios sexuales de la posguerra fueron indudablemente los y el 36% de las mujeres, comparado con un 50% de los
hombres: como empresarios de las nuevas oportunidades se- hombres". Dado el hecho de que hay más mujeres casadas
xuales, como mimados por el estilo de vida liberado que que antes, y dado el énfasis creciente que se pone sobre la
prometían revistas del estilo de Playboy o simplemente como importancia del sexo en el matrimonio, es probable que mu-
"voyeurs". Sin embargo, el verdadero blanco de sus intereses, chas mujeres tengan relaciones sexuales regulares ahora más
y también del nuevo consumismo, eran las mujeres 26. De la que en cualquier período anterior. Ha tenido lugar, una
complejidad de los cambios acaecidos en infraestructura del transformación crucial de las compañeras sexuales o, al me-
sexo surgió una abundancia de discursos sobre la condición nos, ha habido un estímulo importante para la realización de
de la mujer, a menudo contradictorios: las mujeres eran ma- la sexualidad femenina.
dres y consumidoras, eran compañeras domésticas y de rela- Sería un error ver estos cambios como abiertamente ne-
ciones sexuales. Sin embargo, detrás de esta forma de repre- gativos. Como Deirder English ha afirmado, la revolución
sentación, se escondía otra, de más bajo perfil, de la mujer sexual de los arios sesenta no fue un rotundo desastre: "el
como trabajadora, cuyos ingresos en muchos de los países sexismo existía, pero las mujeres estaban, de hecho, tenien-
capitalistas avanzados eran el requisito indispensable para la do más experiencias sexuales de diferentes tipos y gozando
continuidad de la expansión económica doméstica. Fue la de ellas". Pero la realidad y el significado de los cambios
mujer como trabajadora y principal consumidora quien ga- se vieron mitigados por otras realidades. Alguna de ellas
rantizó la expansión de la posguerra. La sexualización del fueron la permanente dependencia familiar de la mujer, su
cuerpo de la mujer, por lo tanto, fue un fenómeno problemá- recurrente explotación como trabajadoras mal remuneradas
tico, porque no correspondía con un desarrollo autónomo. en industrias y servicios, y una nueva moda del atractivo fe-
Hay abundantes manifestaciones de dicha sexualización. menino, que sexualizaba el cuerpo de la mujer mientras se-
En numerosos países del mundo industrializado, ha habido guía sometiendo a éste al esquema masculino del deseo.
un aumento progresivo de las relaciones sexuales premarita- Para decirlo más claramente, la "liberación sexual" de las
les por parte de las mujeres, de modo que la mayoría conoce mujeres se estaba desarrollando en un doble contexto: por
el sexo antes de llegar al matrimonio. En Suecia, el 99% de un lado, según una definición masculina de la necesidad y
las mujeres, al igual que los hombres, tienen experiencias del placer sexual; y, por otro, según la organización capita-
sexuales antes de establecer vínculos permanentes. En Esta- lista del mercado de trabajo y del consumo. La unión de am-
dos Unidos esta cifra llega al 50% en el caso de las mujeres. bos se daba a través de la realidad material de la vida fami-
Hay un aumento similar de la incidencia del sexo extramari- liar. La posición económica de la mayoría de las mujeres
tal. Las cifras que arrojan las investigaciones de Kinsey a (salarios más bajos, menos oportunidades laborales) seguía

" Gebhard, op. cit., pp. 47 y as.


26 Para un interesante tratamiento de este tema, ver Rosalind Coward, "«Sexual Liberation»" 28 Deirdre English, Amber Hollibaugh y Gayle Rubin, "Talking Sex. A conversatton on
and the Family" MIF. nº 1, 1978, y Female Desire, Londres, Paladin, 1984. Sexuality and Feminism". Socialist Review, 58, julio-agosto, 1981, p. 45

54 55
asegurando que el matrimonio fuera visto como un punto de él la intimidad sexual. Los escritos de estos "especialistas",
partida hacia la seguridad y una mejor posición financiera y como Havelock Ellis, Bertrand Russell, Mary Stopes, Van de
social. Y cada vez más, a lo largo de este siglo del sexo, o al Velde, Ben Lindsay y muchos otros, divulgaron la idea de
menos de la cuestión sexual, éste ha surgido como una garan- una unión apasionada cuyo éxito sería juzgado fundamental-
tía para obtener un determinado status y seguridad. Hay que mente por el grado de armonía sexual. En los comienzos de
rendir homenaje a la ideología voluntarista sobre el matrimo- la Segunda Guerra Mundial este modelo ya era dominante en
nio: la realidad suele ser un determinismo férreo, especial- Estados Unidos, y, hacia comienzos de los arios cincuenta, la
mente para las mujeres: económico, cultural, moral y sexual. idea de la familia "democrática" estaba bastante extendida en
La importancia del énfasis puesto en el sexo como clave Inglaterra. Hoy en día, el carácter eminentemente sexual de la
para la armonía matrimonial no es, desde luego, nueva. La conyugalidad parece gozar de una aceptación universal, inde-
idea del sexo como obligación matrimonial tiene profundas pendientemente del contexto.
raíces en el occidente cristiano (y no sólo allí). Una tradición Esto no ha sido el resultado de una manipulación ideoló-
de cristianismo evangélico, a partir del siglo XVII, ha enfati- gica. Está fundado en cambios sociales más amplios. Desde
zado la cualidad sacramental y vinculante del amor matrimo- el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y
niar. Sí es relativamente nueva, en cambio, la idea de que la Europa han sido testigos del deterioro de muchas de las anti-
elección de un cónyuge (y la propia naturaleza del matrimo- guas formas de convivencia no matrimonial. La separación,
nio) debería estar dictada por una atracción y una compatibi- más acentuada, entre trabajo y ocio ha fracturado los víncu-
lidad sexual. Randolph Trumbach y otros han señalado que el los con los compañeros de trabajo. El nuevo diseño urbanís-
"auge de la familia igualitaria", que tiene lugar a partir del si- tico ha eliminado la clara demarcación de los barrios de an-
glo XVIII, depende de la libre elección del cónyuge. Sin em- taño y ha roto con ello los vínculos estables de solidaridad
bargo, y a pesar de la nueva ideología doméstica, la mayoría femenina y étnica. Los vínculos familiares también se han
de la gente no vivió, a lo largo del siglo XIX, una unión feliz visto debilitados por la estructura de la urbe y por la movili-
de domesticidad, amor e intimidad. Muchos buscaron la dad hacia arriba y hacia afuera. El matrimonio —o al menos
amistad y el calor de familiares, vecinos y compañeros de tra- las asociaciones sucedáneas del matrimonio— asumen cada
bajo del mismo sexo antes que la de sus cónyuges". Habría vez más la responsablidad de la realización personal.
que esperar hasta después de 1910 para que los "sexólogos" Los datos acerca del divorcio refuerzan esta perspectiva.
difundieran el concepto de relación de pareja e incluyeran en Para las mujeres americanas nacidas en los arios cuarenta, el
38% de los primeros matrimonos y el 44% de los segundos
matrimonios termina probablemente en divorcio. La mayo-
29 Edmund S. Morgan, The Puritan Family: Religion and Domestic Relation in Seventeenth ría se vuelve a casar, incluso en búsqueda de esa realización
Century New England, Nueva York, Harper & Row, 1966; Willian y Mallerville Halles, huidiza. El matrimonio carga con lastres ideológicos consi-
'The Puritan Art of Lova', Huntington Library Quarterly, vol. 5, (2), enero 1942. Katz,
GaylLesbian Almanac, pp. 43 y ss. impugna la validez de este enfoque. derables, de los cuales el de las habilidades sexuales no es el
" Randolph Trumbach, The Rise of the Egalitarian Family, Aristocratic Kinship and Domestic menor. La mayoría de la gente parece dispuesta a soportarlo.
Relations in Eighteenth Century England, Nueva York, San Francisco y Londres, 1978.
Ellen Ross, "The Love Crisis", op. cit., p. 113, y "Survival Networks: Woman's Neighbour- Sin embargo, las cosas han cambiado. En su investigación
hood Sharing in London before World War 1", History Workshop Journal, 15, primavera, sobre los manuales de consejos matrimoniales de fines de
1983; Carroll Smith-Rosemberg, "The Female World of Love and Ritual: Relations between
Women in Nineteenth Century America", Signs, vol. 1 (1), otoflo,1975. los arios setenta, Ellen Ross encontró que había un énfasis

56 57
notable en la importancia de la pareja heterosexualqA me- nes y tradiciones sociales muy específicas, si bien un rasgo
dida que aumentan las tasas de divorcio, disminuye la natali- común a todas ellas era la lucha en relación con las formas
dad y tiende a desdibujarse la distinción entre casados y no de control legal que, como Edwin Schur ha señalado, "pro-
casados. Y la "pareja", en lugar del matrimonio, surge como bablemente tendrán consecuencias concretas... debido a la
una de las constantes aparentes de la vida en Occidente. Sin gran carga simbólica que se adscribe a tales símbolos «auto-
embargo, el sexo se convierte en un factor aún más crucial ritarios o semiautoritarios» 33.
del éxito de dicha pareja. Cuando se le pidió a William Mas- Sin embargo, existen diferencias evidentes. Países como
ters que explicara la proliferación de clínicas de terapias se- Holanda, Alemania Federal, Suecia y Dinamarca conocieron
xuales, éste dio una razón: varios intentos exitosos de liberalizar la legislación relativa
a la homosexualidad, el aborto y la pornografía. Gran Breta-
Un hombre y una mujer se necesitan mutuamente ahora más ña (o, más concretamente, Inglaterra y Gales) experimenta-
ue nunca. De alguna forma, la gente necesita aferrarse a alguien. ron en los años sesenta un notable conjunto de modificacio-
Antes tenían el clan, pero ahora sólo se tienen el uno al ()con nes legales, las más significativas desde 1880, justificadas
por una posición política y jurídica coherente —la 'estrategia
Se produce así un desplazamiento inconsciente desde la Wolfenden'—. Los cambios en estos países representaron un
necesidad de las relaciones personales hacia el éxito del pa- evidente desplazamiento de la legislación enraizada en el
pel sexual.1E1 sexo se ha convertido en el cemento mágico moralismo religioso, o incluso derivada de precedentes ecle-
que mantiene a la gente unida/ siásticos, a nuevas formas de regulación que dependían de
El problema es que los vínculos sexuales son notoriamen- cálculos más utilitarios. La secularización de la ley fue qui-
te frágiles. La pareja heterosexual sigue siendo vista como la zá el rasgo más significativo. Ya en 1958, la Conferencia
piedra angular de nuestra sociedad, la antesala de la ambi- Lambeth de las iglesias anglicanas vio en la libertad de la
ción, la realización y la felicidad. Su arraigo ideológico en la sexualidad "una puerta abierta para una nueva profundidad
población es inmenso. Sin embarigo, las fuerzas que la man- y goce en las relaciones personales entre marido y mujer".
tienen cohesionada son incierta Aquí encontramos un terre- La modificación de la postura de las iglesias más importan-
no abonado para la ansiedad social. tes era una condición previa esencial para llevar a cabo cam-
bios más profundos en la legislación. En Gran Bretaña, un
cambio parcial en la actitud de las iglesias tradicionales ha-
La regulación de la sexualidad cia el divorcio, el aborto y la homosexualidad coincidió con
la postura de sectas más radicales, como los cuáqueros, para
Surgió un repertorio de posibles respuestas para abordar apoyar un código legal menos moralista'''.
la cuestión de la situación del sexo a medida que éste evolu-
cionaba. Las respuestas estaban configuradas por condicio- 33 Edwin Schur, The Politics of Deviance: Stigms Contest and the Uses of Power, Englewood
Cliffs, N.J.; Prentice-Hall, 1980, p. 138; ver también Joseph R. Gusfield, Symbolic Cru-sa-
de: Status Politics and the American Temperante Movement, Urbana, Chicago y Londres,
University of Illinois Press, 1972, p. 4.
34 Ver Hall, "Reformiszn and the Legislation of C,onsent"; y Christie Davies, "Moralista, Causa-
31 Ross, "The Love Crisis", p. 109.
32 New York Times, 29 de octubre, 1972
tisis, Sex, Law and Morality" ,en Arrnitage et al, Changing Patterns of Sexual Behaviour.

59
r

Estados Unidos, por otro lado, ya tenía una ideología ofi- se distanciaron del moralismo legal en favor de un régimen
cial secular inscrita en su Constitución. Aquí la lucha no con- jurídico más liberal, y ello se reflejó en un conjunto de re-
sistía en cambiar la legislación a nivel nacional (a pesar de formas especialmente relacionadas con la sexualidad. La lu-
que muchos Estados sí introdujeron modificaciones legales). cha por la liberalización, no obstante, ha tenido un significa-
Se trataba más bien de incorporarse a la campaña por la do diferente en cada país. En Estados Unidos, la retórica de
Constitución, ya sea reclamando la aplicación de la enmien- la campaña fue maquillada con la terminología de los dere-
da sobre la igualdad de derechos -que hasta 1982 fue un foco chos. En Gran Bretaña, la lucha se llevó a cabo en tomo a la
central de las campañas feministas-, o bien trabajando en los jurisdicción apropiada de la ley en relación con la conducta
tribunales contra ciertas leyes sobre la base de que éstas aten- privada y pública. Como resultado de ello, los cambios lega-
taban contra los derechos constitucionales garantizados a to- les en Inglaterra -sobre la prostitución (en 1958), la obsce-
dos los ciudadanos. Las campañas contra el aborto en los nidad, (1959 y 1964), la homosexualidad masculina y el
países occidentales constituyen un buen ejemplo de las dife- aborto (1967), la censura del teatro (1968) y el divorcio
rencias existentes. En Inglaterra, la Ley del Aborto de 1967 (1969)- abordaron sutiles distinciones, medios de control
fue aprobada por una coalición de fuerzas cuyo talante unita- más refinados, salud y bienestar, pero nunca se ocuparon del
rio consistía en anular el moralismo de los viejos dictados y derecho o la justiciv'El caso de Estados Unidos reclamaba
reemplazarlo por una ley centrada en la salud y el bienestar. dramatismo y campañas de alcance nacional. Y éstas esta-
No dejó de ejercerse un control sobre el aborto -no existía ban auténticamente preocupadas con ampliar la definición
una demanda de aborto- pero se produjo, un cambio en el de autonomía. El caso británico dependía de delicadas nego-
modo de regulación, merced al cual, la medicina remplazó a ciaciones, de presiones parlamentarias y de prudencia políti-
la legislación como medio fundamental para controlar el ca, y produjo una nimia ingeniería moral. Ninguno llegó a
aborto. Se dejaba en manos de la medicina la reponsabilidad una verdadera liberalización de los controles legales de la
de decidir si un aborto aseguraría la prevención de un daño sexualidad -o ni siquiera abordó adecuadamente los princi-
innecesario al paciente. En Estados Unidos se llevó a cabo pios en los que se basan-. En diversos estados de los
una campaña más enérgica a través de los tribunales para que EE.UU., aún existen leyes draconianas sobre la sexualidad,
el Tribunal Supremo declarara la legislación antiaborto como que se suelen aplicar de manera selectiva y arbitraria. En
inconstitucional, lo que éste hizo eventualmente en 1973 33. Gran Bretaña, las limitaciones de las reformas de los años
/ En los años sesenta y setenta, la mayoría de los países sesenta han sido muy publicitadas; y en algunos casos (co-
occidentales fueron testigos de un cambio a través del cual mo en el de la homosexualidad masculina), la persecución
policial aumentó en términos reales después de que fueran
aprobadas las nuevas leyes 36 . Sin embargo, en ambos países
los cambios legales que efectivamente fueron promulgados
35 Para Gran Bretaña, ver Victoria Greenwood y Jock Young, Abortion in Demand, Londres
Pluto Press, 1976; para Estados Unidos, Zillah R. Eisenstein, "The Sexual Politica of the llegaron a ser simbólicos de todos los demás cambios que
New Right: Understanding the «Crisis of Liberalism» for the 1980s' Signs, vol. 7 (3), 1982;
y Rosalind Pollack Petchesky, "Anti-abortion, Anti-feminism and the Rise of the «New
Right»" Ferninist Studies; y. para un ejemplo de una cultura con un proceso diferente, como
el de la Francia gaulista, ver Anne Batiot, "The Political Construction of Sexuality, the Con- 36 George F. Gilder, Sexual Suicide, Nueva York, Quadrangle, 1973; Mary Whitehouse, Wha-
traception and Abortion lssue in France, 1965-1975", en Phil. G. Cerney, Social ?Aove- rever Happened to Sex?; y ver el debate sobre el auge de la Nueva Derecha, capítulo 3, pp.
33-44.
ments and Protest in France, Londres Francis Pintor, 1982.

60 61
habían tenido lugar. Es ahí donde han tenido lugar los cam- das por estos cambios. Pero se encuentra en juego el proble-
bios más visibles. En Estados Unidos, la decisión de la ma de la complejidad social y, por ende, política. La buro-
Corte Suprema se convirtió en una "causa célebre" entre los cratización del Estado, que acompañó a su proceso de ex-
moralistas, que temían una crisis de inmoralidad; y produjo, pansión durante el período de auge, ha despertado una opo-
como contrapartida, un intento de incorporar a la Constitu- sición a los excesos del paternalismo: la seguridad social, la
ción de los Estados Unidos una enmienda antiaborto que en- vivienda, la salud y muchas otras esferas. Los cambios en la
cajara bien con la política de la Nueva Derecha en ciernes. organización de las relaciones sexuales y entre géneros han
A pesar de que las modificaciones jurídicas de los años se- producido, de forma aún más relevante, los movimientos fe-
senta en Gran Bretaña les parecieron muy modestas a aque- ministas y sexuales radicales de los últimos años. Siguiendo
llos que llevaron a cabo la campaña, y limitadas a aquellos en muchos sentidos las formas organizativas de los movi-
cuyas vidas aún están sujetas a tales leyes, para los conser- mientos de liberación de los negros de los años sesenta, es-
vadores eran profundamente representativas de la bancarrota tos nuevos movimientos sociales han construido en su inte-
moral que afectaba al país. rior nuevos sujetos colectivos que se han convertido en pro-
tagonistas de la escena política, especialmente en Estados
Unidos. En la abrumadoramente intrincada y compleja red
Antagonismo social y movimientos políticos de relaciones sociales producidas por las sociedades capita-
listas desarrolladas, la reivindicación de la prioridad de una
Ninguno de estos cambios fue uniforme o universal en su forma de lucha sobre otra parece no tener un status definiti-
impacto, ni tampoco nacieron en ausencia de toda oposi- vo. Esto tiene profundas implicaciones para la política de-
ción. Las transformaciones sociales del mundo de la posgue- mocrática, dado que hoy en día los nuevos movimientos in-
rra, y especialmente la expansión de las relaciones capitalis- cluyen en sus programas la cuestión de la ampliación de este
tas en la mayoría de las esferas de la vida social, han produ- término para incluir en él una democracia sexual.
cido nuevas formas de dominación social y nuevas formas y Una consigna como "nuestros cuerpos nos pertenecen"
políticas de resistencia. La definición cada vez más amplia tiene implicaciones fundamentales para las formas actuales
del concepto de política en los últimos años es algo más que de regulación social del sexo. En ella se propone la justicia de
la simple extensión arbitraria de un término. Refleja una la autodeterminación sexual contra el derecho y las posturas
realidad social cambiante. Han surgido nuevos "antagonis- morales vigentes (incluida la legislación "reformada" de los
mos sociales" por oposición a las nuevas configuraciones años sesenta y setenta). Pero, dada la forma muy organizati-
del poder". Estos nuevos antagonismos no han desplazado a va que adoptan sus partidarios en los movimientos de muje-
los antiguos, tales como los conflictos de clase, raciales o res y gays, reivindica el carácter colectivo del trabajo nece-
étnicos. De hecho, algunas formas tradicionales de conflic- sario para lograrlo. Su principal logro hasta el presente ha
tos, como el que existe entre los sexos, se han visto reforza- consistido en traer a la esfera de lo político temas que rara
vez habían sido considerados políticos en el pasado: las
cuestiones de identidad, placer, consentimiento y elección.
37 'Recasting Marxism: Hegemony and the New Political Movements. Interview with Ernesto Esta ampliación del proceso político empezó con los
Laclau and Chantal Mouffe', Socialist Review. 66, nov-dic. 1982, p. 109. agentes progresistas y produjo un alineamiento general sóli-

62 63
do con la izquierda radical. Sin embargo, los nuevos movi-
mientos sexuales intentaban ampliar la definición de la polí-
tica simultáneamente contra dos fuerzas: en primer lugar,
desde luego, contra los partidarios del autoritarismo sexual,
ya sea político o religioso; pero también, en segundo lugar,
contra una tradición progresista más antigua que otorgaba
prioridad a los temas económicos y de clase en términos
amplios. No era la relevancia de aquellas luchas convencio-
nales lo que estaba en juego, sino la relevancia del nuevo
programa, que era equivalente, a juicio de aquellos que esta-
ban comprometidos. La paradoja política de fines de los
años setenta y comienzos de los ochenta es que han sido los
moralistas tradicionales —o, al menos, sus descendientes de
la última generación— los que han reconocido la oportunidad
que ofrecen la nueva complejidad política y el aumento de
la importancia de la política sexual. A ellos se suma la vieja
izquierda, que ha fracasado abiertamente en su intento de
responder a las nuevas políticas. Por lo tanto, y cada vez
más, el programa político contemporáneo sobre temas rela-
cionados con el sexo está siendo elaborado no por la iz-
quierda libertaria, sino por la derecha moral. Y, al reconsti-
tuir el marco de la política sexual, esta última se ha fundado
en un conjunto de supuestos arraigados en la "tradición se-
xual": el sexo como peligro y amenaza, más que como opor-
tunidad; y ha exigido no la ampliación de la democracia, si-
no la reimposición del control.

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