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Agenda

2020
semana
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Cuento breve
recomendado: “El toque
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Agenda
Semanal de

del obispo”, de Antonio 12 Meses


2020, Tapa

Pereira
Dura y
Goma
Elástica,
Color Verde
Magnético,
Tamaño
Grande 13 x
21 cm, 144
Páginas
19,62
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2020 -
A lo largo de cuarenta años, entre 1967 y 2007, Agenda de
2020,
Antonio Pereira publicó seis libros de cuentos, tamaño A5,
diseño de
cuatro antologías, que incluían también un página al
día, para
puñado de microrrelatos, y dos libros oficina,
hogar,
compuestos por textos a caballo entre el artículo, viajes,
organizació
la estampa y la remembranza, relatos n, citas,
color
turquesa
memoriosos los ha denominado, sin que faltara
en ellos alguna pieza narrativa. Y, sin embargo, él
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siempre se consideró poeta, incorporando en sus EUR

relatos la precisión lingüística y la concisión Comprar


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propias de la lírica. Amazon

Para considerar un cuento logrado, Pereira


necesitaba dar con la ficción de una voz
adecuada, poseer una buena historia y saber
relatarla con brevedad. Así, podría decirse que se
desenvuelve dentro del amplio territorio del
realismo con incursiones en lo grotesco y
esperpéntico, además de en la literatura Finocam -
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fantástica. A ello habría que añadir los rasgos 2020 1 día
página
más característicos de su escritura: el humor y Espiral Free
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una leve ironía, y ese “erotismo diocesano”, español

según él mismo lo llama, en donde sus


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protagonistas padecen a menudo los delirios EUR

propios del seductor; junto con el culturalismo y Comprar


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una cierta preocupación social, todo ello Amazon

tamizado por el arte de la sugerencia, la


ambigüedad y el deseo de romper con las
expectativas del lector. Gran parte de los cuentos
aparecen escritos en primera persona, aunque a
veces se valga del estilo indirecto libre e incluso
de la segunda persona, si bien se trata siempre de
fabulaciones reelaboradas bajo el disfraz de lo
autobiográfico. Ese narrador predominante suele
presentarse como el intermediario de una
historia singular que le han contado, a menudo
en una tertulia, y que merece conocerse.

Quizá sea su condición de francotirador, de


escritor al margen de estéticas imperantes,
grupos y generaciones, el rasgo que mejor lo
singularice. Acaso porque su obra se desarrolla
entre la generación del mediosiglo y la de esos
otros autores que arrancaron en los años de la
Transición, un territorio peor perfilado por la
historia literaria.

Fernando Valls

***

Yo siempre creí que Antonio Pereira era


inmortal, que eso de su delicada salud era una
especie de leyenda, una pose literaria, tal vez. A
veces nos reímos, él y yo, hablando de eso. Pero
hoy me llaman y me dicen que ha muerto. Que se
ha muerto Pereira: el padre y el abuelo literario
de tantos escritores. ¡Pues yo no me lo creo!
Como mucho se habrá ido de viaje a cualquier
lugar más o menos exótico. A pesar de que pocos
lugares exóticos quedan ya. «Hace tiempo que no
viajo», me dijo el otro día, por teléfono. A buen
seguro de que le han entrado ganas de visitar de
nuevo alguno de aquellos países, para escribir un
cuento. Acaso la India. O Nepal. Ya me lo
imagino con su bastón, paseando por Daksin Kali
con aquel nepalí que es el vivo retrato del señor
Adolfo, el de Ambasmestas. Tal vez haya ido a
Rusia, que ahora está muy cambiada y ya no es la
URSS. O Noruega. ¡Eso es, Noruega! Habrá ido
en busca de aquella cristalería (¿o era una
vajilla?) que compró Úrsula y que al final acabó
extraviándose. Probablemente, haya cogido un
tren. ¡Le gusta tanto viajar en tren! Y, cuando
pase por alguna ciudad que sea sede episcopal, el
maquinista hará sonar en su honor el famoso
«toque de obispo». Pero ahora lo que suena es el
teléfono. Y me cuentan no sé qué historia sobre el
repentino fallecimiento de Antonio Pereira. ¡Bah!
¡Cómo si fuera tan fácil morirse! ¡Ya sé! Antonio
andará por ahí con Borges, urdiendo tramas en el
interior de algún laberinto. ¡Vaya dos!

Pedro G. Trapiello

EL TOQUE DE OBISPO, un cuento de Antonio Pereira (España,

1923-2009)
Mi padre era económico, no digo tacaño, y si en
casa había que coger el tren se viajaba en tercera.
Por esto fue una fiesta la vez que los dos cenamos
en el vagón-restaurante, como un par de
personajes.

Era por los días más largos del año y a media


tarde habíamos salido de casa bajo un sol que
pegaba duro. El correo de Galicia llegó con
retraso al trasbordo de Toral, y tan lleno que nos
costó trabajo meternos. Luego, ya camino del
puerto de montaña, el tren se paraba a cada poco,
por el mal estado de la vía. Íbamos en el pasillo
de nuestra clase, pensar en un asiento aunque
fuera el borde de una maleta sería mucha
fantasía. Mi padre me miraba con preocupación,
sudoroso yo en mi trajecillo de mocete. Él era
fuerte de haber martillado el hierro en la fragua
de los abuelos y aunque fuera en traje de vestir se
le notaba la musculatura.

Un empleado de chaquetilla blanca se abría paso


avisando con una campanilla. Mi padre me miró
y esta vez era con compasión. Sin levantar mucho
la voz, como si no quisiera que los otros viajeros
se enteraran, le dijo al empleado que nos
apuntara para el primer turno de la cena.

-Si es para el primer turno, los señores pueden


pasar a sentarse -dijo el de la chaquetilla.

Anduvimos pasillos de coches alfombrados,


menos llenos que los de tercera. En el
restaurante había ventiladores. Rodábamos por
la minería tristona del carbón, pero allí dentro te
veías en un escenario de espejos y marquetería, y
a mayores el mundo fascinante de los idiomas
extranjeros, Companhia Internacional dos
Grandes Expressos Europeus.

-Aquí se cena temprano como en los barcos -dijo


mi padre cuando nos sentamos a la mesa y el sol
de poniente se resistía a dejarnos del todo.

-¿Usted ha ido alguna vez en barco? -le pregunté.

-Toda la vida es un viaje. -Con las respuestas de


mi padre no siempre sabías a qué carta quedarte.

Trajeron un caldo poco sólido, aunque sí lo era el


bol como de metal estañado. Tortilla francesa y
un pescado pequeño. Mi padre tenía la
curiosidad de mirar el culo de los platos y vasos
para verles la marca de fábrica, y a los cuchillos
de mesa les tentaba el filo con la yema del dedo.
Me habló de la fábrica de loza de San Claudio, del
cristal escogido que se requiere para los
catavinos, del corte inigualable de los fabricantes
de Solingen en Alemania…

Mi padre no tenía preparación literaria, pero sí


un gusto por las expresiones realzadas. Lo
atraían los calificativos «suntuosos». Éste,
precisamente: que en los programas de las fiestas
-él era de la comisión- se anunciara «la suntuosa
procesión del Santísimo Cristo». Los paisajes los
quería «deleitosos». Y todavía más:
«ubérrimos». Aprobaba mi inclinación hacia la
literatura. Que leyera. Le enorgullecía que su
chico pudiera escribir lo que él acaso tendría
escrito si le hubiesen dado los conocimientos.
Pero pensaba que la escritura era una afición
llevadera con el comercio y tenía el empeño de
que sus hijos estuviesen al tanto, acaso un día
nuestra tienda fuese una firma almacenista para
surtir a los ferreteros de la región. Ahora mismo,
a donde íbamos era a Castrocontrigo, allí estaba
el mejor fabricante de fuelles del país y mi padre
quería comprarle toda la producción, doce fuelles
diarios que se hacían con madera de castaño y la
piel más flexible. Aquella tarde, por el ambiente o
porque encartara así, yo sentí como si tuviera
más cerca que nunca al autor de mis días.

Qué cursilada lo del autor de mis días. Es por no


repetir tanto mi padre, mi padre. Había que dejar
sitio a los comensales del segundo turno, y
además el tren se acercaba a Astorga, donde
teníamos casa de orden.

Salimos a la plataforma del vagón, y el olor a


carbonilla no derrotaba al que venía de los
trigales. La noche estaba estrellada, con una
franja luminosa por el oeste que idealizaba las
torres de la capital de los maragatos, la catedral,
el palacio de cuento de hadas. Es verdad que era
un junio hermoso y ubérrimo. Mi padre puso su
mano en mi cabeza, pero en la familia no somos
querenciosos y me revolvió el pelo para que no
fuese a parecer una caricia.

De pronto, el silbato de la máquina sonó con


gravedad, casi solemne, un silbido largo y dos
cortos.

-¿Has oído? -dijo mi padre-. ¡Es el maquinista,


que ha hecho el toque de obispo!

-¿Y eso? -me admiré yo.

-Ellos tienen su código de señales, atención,


atención especial, máquina de cola que se separa
del tren. Y el toque de obispo, éste es de
reverencia cuando se acercan a una ciudad
episcopal, de las que tienen obispo y no tienen
gobernador civil. Astorga, Calahorra, Guadix…

La maravilla se repitió. Una señal profunda,


declinante en sus tramos finales, donde la pompa
parecía dar paso a una emoción que te apretaba
el pecho, y ya entrábamos en agujas.

-Pero el toque de obispo -a mi padre le tiraba su


origen- donde hay que oírlo es cuando el
maquinista avista la insigne sede mitrada de
Mondoñedo, a las ferias de San Lucas te he de
llevar.

Luego supe que en Mondoñedo no hay tren, pero


eso importa poco cuando la historia es bonita.

Cuentos de la Cábila, León, Edilesa, 2000, págs.


7-10.

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