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Bachelard, Gastón. (2000) “La casa. Del sótano a la guardilla. El sentido de la choza”.

En La Poética del espacio, pp. 33-69. Trad. Ernestina de Champourcin. Buenos Aires:
Fondo de cultura económica de Argentina S.A.

Por Hernán Rojas.

“A través de todos los recuerdos de todas las casas que nos han albergado, y allende todas
las casas que soñamos habitar, ¿puede desprenderse una esencia íntima y concreta que sea
una justificación del valor singular de todas nuestras imágenes de intimidad protegida?”
(Bachelard, pág. 33) Demostrar que la anterior cita es cierta, describir esa imagen esencial
de la casa y establecer su relación con la palabra poética es el objetivo de Bachelard en este
ensayo. “La casa. Del sótano a la guardilla. El sentido de la choza” es el primero de los diez
textos que componen el libro La poética del espacio de Gastón Bachelard. Aparecido en el
año 1957, este texto explora, desde un enfoque fenomenológico, las imágenes de los espacios
íntimos y su relación con el hombre/habitante. En el caso de este ensayo, el espacio
seleccionado es la casa. ¿De qué manera? Intentaré mostrarlo partiendo de la división en seis
secciones que el mismo Bachelard ha planteado.

El primer apartado está dedicado a establecer los términos del análisis propuesto por
Bachelard. Así, nos plantea su búsqueda, ya citada al comienzo de este texto, y el enfoque
que habrá de tomar: un acercamiento fenomenológico a la imagen de casa. ¿Qué implica este
acercamiento? En primer lugar, un distanciamiento de la descripción. El enfoque
fenomenológico, tal como lo plantea Bachelard, es más cercano al trabajo de un psicoanalista
o al de un psicólogo que al de un geógrafo o al de un etnógrafo. Su búsqueda es la de la
imagen esencial1 de una casa, desprovista de la sobrecarga ornamental y de la cual se
desprende una idea de protección e intimidad. Es, tal como él lo plantea, la razón por la cual
“nos enraizamos, de día en día, en un ‘rincón del mundo’” (pág. 34). Esta imagen, más que
ser un recorrido por un espacio geográfico, es, pues, una figura compartida por recuerdos,
pensamientos y sueños. Sin embargo, el proceder del psicoanalista, aunque cercano al método
fenomenológico, tampoco es el enfoque que busca Bachelard. Aunque la imagen esencial

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Tal vez hablar de imagen esencial no resulte tan preciso, pues, como se verá, esa imagen es más cercana a una
evocación que a una definición estable y permanente de todas las casas. Sin embargo, a lo largo del ensayo, el
lector podrá observar que Bachelard asocia este término, establecido como esencial al plantear su objetivo, con
la idea de imagen primitiva, de prínceps, o de imagen cósmica. Así, a lo largo de este texto optaré por llamarla
imagen esencial.
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está vinculada al inconsciente, su búsqueda no establece una relación causal como la que
establece el psicoanálisis. Imaginación, memoria y sueños se funden, y a través de ese nuevo
elemento podemos observar la imagen esencial. Pero, tal como podría anotarse, y como lo
reconoce Bachelard, desde esta perspectiva la casa no es una sola imagen. En su relación con
el hombre la casa se vuelve un conjunto de imágenes que se presentan de manera dinámica:
la casa se convierte en un espacio múltiple. ¿Qué unifica éstas imágenes? Para él se trata del
ensueño. “En esa integración –dice Bachelard–, el principio unificador es el ensueño. El
pasado, el presente y el porvenir dan a la casa dinamismos diferentes, dinamismos que
interfieren con frecuencia, a veces oponiéndose, a veces excitándose mutuamente” (pág. 36).
El ensueño es pues, el vínculo que unifica la casa y la convierte a su vez en el centro de
unidad del hombre. Y es a través de él que Bachelard se propone acceder a la imagen esencial.

Este enfoque implica también un alejarse de la abstracción. Aunque la casa es un espacio


múltiple y dinámico, muy similar a un universo, el enfoque que propone Bachelard no busca,
en ningún momento, separarla de sus valores de especificidad.

“No faltan filósofos –dice Bachelard– que ‘munifican’ abstractamente, que encuentran un
universo por el juego dialéctico del yo y del no-yo. Precisamente, conocen el universo antes
que la casa, el horizonte antes que el albergue. Al contrario, las verdaderas salidas de imágenes,
si las estudiamos fenomenológicamente, nos dirán de un modo concreto los valores del espacio
habitado, el no-yo que protege al yo” (pág. 34).

Una última aclaración se une a este primer apartado. La casa, como lugar habitado, tiene una
relación íntima e inmemorial con el hombre. La búsqueda de la esencia de la casa implica
establecer una relación de intimidad entre el hombre y la casa y, para Bachelard, esa relación
siempre ha estado presente. La casa es el símbolo de intimidad y protección para el hombre
porque, al nacer, lejos de la doctrina que piensa al hombre como un ser arrojado al mundo,
éste es llevado a habitar la casa. La relación de intimidad y refugio que el niño crea con este
primer espacio que habita marcará, en gran medida, las imágenes y las relaciones asociadas
a la casa en su vida adulta. Es por esto que el enfoque propuesto por Bachelard otorgará a la
casa natal un papel central en la búsqueda de esa imagen esencial.

En el segundo apartado, Bachelard nos acerca a una justificación del examen fenomenológico
de la casa en su dimensión espacial y no temporal. Se trata de una dimensión espacial no por
su descripción, como ya dijo, sino por la construcción del espacio que se da en nuestros
recuerdos. La casa es un espacio asociado a la imagen de albergue y, según Bachelard,
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nuestros recuerdos también encuentran albergue en ella. Pero este albergue no admite una
temporalidad. El proyecto de Bachelard, que busca la relación de intimidad entre el ser y la
casa, toma la casa como un conjunto de espacios habitados en diferentes momentos
temporales. Los recuerdos, parte del material en el que buscará esa imagen primitiva de la
casa, albergan fragmentos de la relación de intimidad entre el hombre y su espacio, y en ellos
el tiempo se ha condensado. Así, un análisis apropiado, cercano al psicoanálisis, partiría de
buscar en la manera que el ser se relaciona, en la intimidad, con el espacio en sus recuerdos.
A este análisis, Bachelard lo denomina topoanálisis. En sus palabras: “El topoanálisis sería,
pues, el estudio psicológico sistemático de los parajes de nuestra vida íntima” (pág. 38) Pero
ya ha sido establecido que, aunque cercano, el proceder psicológico tampoco es lo que busca
Bachelard. ¿En dónde se encuentra entonces la diferencia? Para él, la diferencia principal
radica en que, mientras el psicoanálisis busca asociar las imágenes de nuestro habitar, fijadas
en el inconsciente, a un encadenamiento histórico, el fenomenólogo debe “desocializar” las
imágenes, la esencia se encuentra en la imagen sola, aislada.

El tercer apartado, podría decir, es tal vez una nueva aclaración acerca del proceder
fenomenológico. La relación planteada entre la imagen esencial de la casa y el inconsciente
puede llevar a un equívoco en el proceder. Mientras el psicoanálisis, que también trabaja
sobre el inconsciente, llama a estas imágenes al movimiento y al exterior, el camino del
fenomenólogo, en estos ensayos, es un llamado de estas imágenes al reposo y a lo íntimo.
Bachelard reconoce que hay ensueños que llaman a la acción y a lo exterior, es el caso de las
imágenes de los caminos, pero el estudio de los ensueños y las imágenes que llaman al ser
hacia el exterior no es su interés. Aquí pretende estudiar los albergues y las habitaciones,
regiones de la intimidad, no solo porque poseen un peso psicológico mayor, sino porque su
relación con el ser marca también la manera de relacionarse con los espacios exteriores. En
sus palabras: “Cubrimos el universo con diseños vívidos. No hace falta que sean exactos.
Solo que estén tonalizados sobre el modo de nuestro espacio interior” (pág. 42).

Hasta aquí, Bachelard nos ha hablado, en mayor medida, acerca de su proceder. A partir del
cuarto apartado, planteará, entonces, las características de esta imagen esencial de casa. En
este apartado específico, Bachelard rastrea la composición onírica de esta imagen y su
relación con la palabra poética. ¿De qué manera? Parto por afirmar la relación inicial que
establece: la imagen esencial de la casa está enraizada en el inconsciente. Por eso, para
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encontrarla, más que necesitar de una descripción vívida y detallada, requiere de una
evocación. La palabra poética al ser una palabra exacta y llevar una carga psicológica y
onírica tan fuerte, es la evocación necesaria para estimular esa imagen. La casa que Bachelard
busca es onírica no solo porque parte del ensueño, lo es también por ser parte del recuerdo.
Para Bachelard, hace falta una mera evocación de la casa natal para que el recuerdo traiga a
la memoria aquellas imágenes de la casa ya vivida. Se han desprendido de una situación
onírica y por ello están impregnadas de ese onirismo. De esta manera, cuando un lector se
enfrenta a la evocación realizada por un poeta no vive la casa onírica imaginada por el poeta,
los espacios que llegan a la mente del lector provienen de sus propios recuerdos. Así, la
palabra del poeta se convierte en un marco, en un llamado al onirismo que trae a la mente la
casa natal del lector. Y, según Bachelard, se trata de la casa natal la que llega a la mente. Para
él es claro que las diferentes casas en las que habitamos transforman nuestra manera de
relacionarnos con las casas del presente, y, sin embargo, el habitar la casa natal se mantiene
constante en la memoria. Como ya lo ha mencionado, habitar la casa natal condiciona la
relación entre el hombre y su espacio, es por ello que al evocar la casa en la palabra poética,
la imagen de la casa natal es la más cercana a los valores inconscientes que el poeta evoca.
Pero la definición de la casa como espacio onírico aún no se reduce a esto. Tal como lo
mostró en apartados anteriores, la casa natal, para Bachelard puede complejizarse, puede
distribuirse en salas y cuartos, que a su vez, complejizan la relación de intimidad entre el ser
y la casa. Sin embargo, cada uno de estos parajes de la casa conserva una función común:
albergar sueños. Es en esa medida, junto a lo ya mencionado, que la casa natal se vuelve un
espacio onírico. Su función, más allá de proporcionar un albergue, es la de guardar los
espacios para la ensoñación.

Ahora bien, ¿cómo está construida esta casa en las imágenes de la ensoñación? Los últimos
dos apartados de este texto están enfocados en ésta pregunta. En el quinto apartado,
Bachelard se encarga de mostrarnos esta casa a partir de lo que él llama la verticalidad de la
casa primitiva. La casa que busca Bachelard es vertical porque surge desde las profundidades
del sótano y asciende hacia la guardilla, el desván o la torre. Para él esta verticalidad
representa una asociación con las dos partes de la psique. En lo profundo de la tierra, en el
sótano, se halla presente la imagen de lo irracional. La imagen del castillo, cuyos túneles se
cruzan hasta llegar al bosque, se convierte en un símbolo de eso irracional que participa de

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la naturaleza. En contraste, el desván se presenta como el espacio de la razón, menos
tenebroso e inquietante que el sótano por su lejanía con estos poderes primitivos.

¿Es rastreable en algún texto literario esta asociación? Bachelard, analizando dos imágenes
de la novela El antiquario de Henri Bosco nos demuestra que sí. Pero antes de proceder,
Bachelard enfatiza en las múltiples lecturas de un texto, necesarias para reconocer el
problema planteado por el autor y, después, para apropiarse de ese problema, objetivo del
fenomenólogo. Así, en la primera imagen de Bosco, Bachelard identifica el problema como
“El de concretar en una imagen central una novela que es, en líneas generales, la novela de
las intrigas subterráneas” (pág. 52). No es de extrañar, pues, que esa imagen sea la de una
casa cuyo sótano conecta con una red subterránea y laberíntica que atraviesa las casas del
barrio, y mucho menos que esté asociada con lo tenebroso, espacio propio del inconsciente.

La segunda casa analizada se alza desde las profundidades de la tierra hacia una torre, y el
protagonista transita por ella de manera ascendente. En el sótano, el protagonista observa con
escalofrío un riachuelo casi sólido que contiene algunos impulsos lumínicos en su interior,
luces que, para Bachelard, son un símbolo de la vitalidad latente del inconsciente. El sótano,
con un riachuelo casi sólido y ligeros impulsos lumínicos en su interior, se convierte en una
manifestación de las potencias oscuras en reposo y de la vida latente al interior de ellas. Esta
imagen es, pues, parte de esa casa primitiva, la parte que corresponde a la profundidad de la
casa y que la asocia con lo natural y el inconsciente. Al ser esa la imagen primitiva, no es de
extrañar, para Bachelard, que el tiempo y la acción de la narración hayan quedado suspensas
mientras el autor, Bosco, nos lleva a contemplarla. Éste es, pues, el espacio del ensueño.

Pero la imagen de la morada no se reduce a eso. Momentos más adelante, Bachelard analiza
otro pasaje de esa misma casa. Luego de que el protagonista ha salido de las profundidades
del sótano, asciende por una torre hasta llegar a un cuarto con un techo abovedado y una
pequeña ventana que permite pasar un haz de luz. La imagen de esta torre es, para Bachelard,
un reflejo completo de la intimidad. Prueba de ello es que el espacio al que asciende está
habitado por una muchacha que mantiene vivos los recuerdos de una abuela. Y en el centro
de esta torre, Bachelard reconoce una imagen que le da al espacio toda la dimensión de
intimidad, se trata de una divisa escrita en un misal: “La flor está siempre en la almendra”.
Para Bachelard, la imagen de una flor condensada en la semilla es la imagen de la intimidad

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buscada en la casa. Así, esta nueva casa se convierte en la imagen íntima de una morada
completa por su verticalidad. Con el protagonista se asciende desde la profundidad del sótano
hasta las aventuras de la altura, y en ese proceso se encuentra el espacio de intimidad y
albergue.

Por último, cabría resaltar que esta idea de verticalidad sirve también a Bachelard para
analizar la relación entre el hombre de las grandes ciudades y su espacio. Si las imágenes que
mostró a través de la literatura reflejaban una casa completa por su verticalidad, para
Bachelard, un apartamento es la imagen de una morada incompleta. No hay acceso a un
sótano o a un desván, lo que implica una relación de intimidad muy diferente entre el hombre
y su espacio. Pero esto no quiere decir que haya desaparecido esa relación entre profundidad
y altura que establece la casa. Para Bachelard, hay en los ruidos de la ciudad la posibilidad
de recrear esas manifestaciones de lo inconsciente que representaba el sótano de la casa. Es
en la ciudad exterior donde puede ser recuperada una relación con la profundidad de la casa
esencial.

Finalmente, el último apartado de este texto está dedicado a construir la imagen de esa casa
como un ser concentrado. Aquí, al igual que en el pasaje anterior, las imágenes creadas en la
poesía le sirven a Bachelard para rastrear esa unidad y concentración de la casa. La imagen
escogida es la de una choza recreada a través de la obra de Henri Bachelin. La de un espacio
en cuyo centro aparece una lámpara que alumbra. El espacio condensa todas las posibilidades
para narrar historias o recordar, es pues, un espacio para el ensueño. Pero no se trata de un
lugar demasiado cargado de decoración. Por el contrario es el espacio más sencillo posible.
La sencillez de esta casa con una lámpara en su centro trasciende, según Bachelard, el registro
histórico del recuerdo hasta establecer un vínculo con lo legendario. En ella, en la imagen de
una casa con una luz encendida en su interior, se encuentra condensada, sin ornamentación,
la vitalidad de la casa. Y, a través de esa misma imagen, reconoce Bachelard, es posible
rastrear los valores de refugio y protección con los que partió al comenzar este ensayo. De
esta manera, Bachelard describe, pues, la imagen esencial, primitiva o cósmica de una casa
que participa de los valores de intimidad y refugio, pero más allá de ellos se caracteriza por
ser el espacio del ensueño.