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La poesía gauchesca (Jorge Luis Borges)

En las literaturas de América, el género gauchesco constituye un fenómeno singular.


Quienes han intentado una explicación se han limitado a señalar al protagonista de esta
poesía; han estudiado al gaucho; han indagado su vida y sus costumbres. Todo ello, útil
y necesario sin duda, no agota el problema; la vida pastoril ha sido típica de muchas
regiones de América, desde Montana y Oregón hasta Chile; esas regiones, sin embargo,
no han producido un género análogo al género gauchesco. ¿Qué circunstancias
determinaron, en las repúblicas del Plata, el origen de esta poesía?
Es notorio que los “gauchescos” —así los denomina Ricardo Rojas— no fueron
gauchos; fueron hombres de ciudad, compenetrados, por los trabajos rurales o por el azar
de las guerras, con la vida del gaucho. Fue necesaria, pues, para el génesis de la literatura
gauchesca, la conjunción de dos estilos vitales: el urbano y el pastoril; no menos necesaria
fue la homogeneidad de la población criolla de estas provincias; los jornaleros de las
ciudades —el aguatero, el carrero, el cuarteador, el matarife— no diferían esencialmente
del gaucho. Tampoco había notables diferencias lingüísticas; la entonación y el
vocabulario del gaucho eran fácilmente accesibles al hombre urbano. Éste hallaba en el
campo un espectáculo que era lo bastante curioso para ser memorable y lo bastante afín
para ser íntimo. El campo, con sus grandes distancias, con su bárbara ganadería, con sus
elementales peligros, con su sabor homérico, sería en la memoria una experiencia de
libertad y de plenitud.
Movido por el propósito de exaltar la obra de José Hernández, Lugones ha negado a
los otros escritores gauchescos el conocimiento del gaucho. Este juicio importa un
anacronismo; a mediados del siglo XIX el gaucho no era en estas repúblicas un personaje
exótico; lo difícil, acaso lo imposible, era no conocerlo. Hernández parece más versado
que sus predecesores en las tareas de la estancia; no en la intuición del gaucho, común a
todos ellos.
Dos personajes esenciales hay en la literatura que nos ocupa: el gaucho y el indio. El
primero, según el diccionario de la Academia, es “el hombre natural de las pampas del
Río de la Plata en la Argentina, Uruguay y Río Grande do Sul”. La nota agrega que los
gauchos “son por lo común mestizos de español e indio, grandes jinetes dedicados a la
ganadería o a la vida errante”. La ganadería, en efecto, es fundamental para la
determinación del tipo gaucho; éste propende a desaparecer de aquellas regiones en que
predomina la agricultura. Cabría simplemente añadir, citando a Martínez Estrada, que el
gaucho no es un tipo étnico sino social.
Vemos al indio en la literatura gauchesca a través de los ojos del que era su natural
enemigo. La imagen es hostil, y en el Martín Fierro, atroz. El mundo de los gauchos,
según lo describe el poema, es áspero y elemental; el de los indios es diabólico. Los
escritores que han estudiado al indio de la pampa corroboran esa visión.
En su Historia de la literatura argentina, Ricardo Rojas quiere derivar el género
gauchesco de la poesía popular de los payadores; entiendo que esa genealogía es errónea:
el rústico, en trance de versificar, procura no emplear voces rústicas. Tampoco busca
temas cotidianos ni cultiva el color local. Ensaya temas nobles y abstractos; un certero
ejemplo de esta poesía nos ofrece Hernández en la payada de Martín Fierro con el
Moreno, que trata del cielo, de la tierra, del mar, de la noche, del amor, de la ley, del
tiempo, de la medida, del peso y de la cantidad. De esos abstractos y ambiciosos ejercicios
no hubiera procedido jamás el género gauchesco, tan rico en realidades.
Salvo excepciones, limitadas, por lo común a la obra de Ascasubi, la poesía gauchesca
se ha expresado en versos octosílabos, metro tan popular que he conocido algún payador
que tomaba los endecasílabos de Carriego por octosílabos mal medidos y comentaba con
resignación y piedad: “No se ha esmerado el mozo”. En el suburbio de Buenos Aires, en
el siglo XX, ese payador era idealmente contemporáneo de aquellos literatos españoles
que, al decir de Lugones, “No aceptaron el verso endecasílabo cuando fue introducido de
Italia, declarando no percibir su armonía”.
Ya que, por una convención del género, la poesía gauchesca se presenta como pensada
y dicha por gauchos, omítese en ella determinadas explicaciones y descripciones, que
serían inverosímiles, por demasiado artificiosas y literarias, o superfluas, porque se dan
por sabidas. Cabe afirmar que, en general, la poesía gauchesca no describe la vida de la
llanura, sino que la presupone. Habla de pampa, de baguales, de estancias, para personas
que tienen imágenes claras de esas palabras. Ni Facundo de Sarmiento ni Don Segundo
Sombra de Güiraldes postulan tal conocimiento de parte del lector; por eso, y no sólo por
razones de vocabulario, son acaso, más accesibles a un extranjero.
Los cielitos de Bartolomé Hidalgo inauguran hacia 1811 la poesía gauchesca. Roxlo,
declara que Hidalgo no ha sido superado aún “por ninguno de los que han descollado
imitándolo”. Es lícito disentir; Hidalgo ha sido superado y en ello estriba su paradójica
fortuna. En él se cumple el doble destino de los precursores; prefigura a quienes lo siguen
y es creado por los hombres ulteriores a quienes prefigura. Ascasubi, Del Campo, Lussich
y Hernández son inconcebibles sin él, pero, también, lo definen y lo mejoran. Sin esa
ilustre descendencia, la obra de Hidalgo sería una mera curiosidad y acaso no podríamos
percibir sus rasgos diferenciales.
La entonación de la poesía gauchesca se da, íntegramente, en Hidalgo. Tiene este poeta
una voz mesurada y viril, una voz honesta y antigua, que no volveremos a oír hasta
el Martín Fierro. Asimismo, le corresponde a Hidalgo el hallazgo de algunos motivos
esenciales: el diálogo entre paisanos, el ambiente sugerido por alusiones, las perplejidades
del gaucho en la ciudad.
El segundo poeta gauchesco, Hilario Ascasubi, fácil y a veces afortunado
improvisador, está como perdido en la magnitud de su obra populosa y ocasional.
Los Trovos de Paulino Lucero, que luego subtituló hermosamente O los gauchos del Río
de la Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de las Repúblicas Argentina y
Oriental del Uruguay, fueron escritos a lo largo de las vicisitudes de la historia, entre el
grito de los capitanes y la algazara; las muchas referencias contemporáneas, en su hora
comprensibles e inevitables, hoy los oscurecen y abruman. Determinados pasajes, sin
embargo, nos revelan a un poeta no inferior a ninguno de los “gauchescos” y, por cierto,
singularísimo. Lo épico y un vívido sentido de lo visual distinguen a Ascasubi.
Estanislao del Campo, el tercer poeta gauchesco, se considera continuador de Ascasubi
(Aniceto el Gallo) y firma, filialmente, Anastasio el Pollo. Hereda, de Ascasubi, la
tradición que éste heredó de Bartolomé Hidalgo: el diálogo gauchesco en que uno de los
interlocutores refiere a otro sus andanzas por la ciudad. Posee, como Ascasubi, notable
sensibilidad visual y una frecuente propensión al humorismo. Nunca este humorismo es
agresivo o amargo; su manantial es la felicidad.
En 1872, José Hernández publica la obra maestra del género: El Gaucho Martín Fierro.
Más que otros textos de la literatura gauchesca, el Martín Fierro ha sido imaginado, por
así decirlo, de adentro para afuera. Basta, para evidenciar este aserto, comparar la primera
estrofa del poema de Hernández con la primera estrofa del Fausto. En ésta, el gaucho es
un espectáculo que el autor nos presenta; el lenguaje, deliberadamente recargado de voces
y de giros vernáculos, tiene un cariz casi paródico. En aquélla, el hombre está dado,
inmediatamente, en la voz. Martín Fierro nos relata su vida, y aún más importante que los
hechos es la manera de relatarlos. Así, en el canto VII de la primera parte, cuenta que en
un baile campestre ha provocado y matado a un negro y después nos dice:
Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio y salí
al tranco pa el cañadón.
La indiferencia, la amargura, la resignación del matador, y hasta una suerte de
insolencia tranquila, están en esas pocas palabras.
Martín Fierro fue quizá concebido por Hernández como personaje genérico, pero
afortunadamente, priman en él los rasgos individuales. Su historia no es acaso la historia
de todos los gauchos; sin embargo, cuando la leemos, nos parece verosímil, necesaria y,
aun, inevitable. Aceptamos los hechos que la integran como aceptamos los hechos que
integran la realidad y, como ante éstos, no nos preguntamos si son ingeniosos o extraños;
nos persuaden con su mero ocurrir. Somos, al leerlo, Martín Fierro; en esta identificación
hay como una secreta maestría, ya que el autor la logra sin recurrir a lentos análisis de
estados de conciencia.
Pese a la estructura métrica y a algunos toques épicos o elegíacos —la valerosa muerte
de Cruz, el combate de Fierro con el indio, la nostálgica descripción de los tiempos que
fueron—, la obra de Hernández deja un sabor final de novela.