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© Pablo Riaño San Marful, 2002

© Sobre la presente edición:


Fundación Fernando Ortiz, 2002

ISBN: 959-7091-48-8

Edición: DANIA PÉREZ RUBIO


Diseño: YAMILET MOYA SILVA
Composición: BEATRIZ PÉREZ RODRÍGUEZ

Fundación Fernando Ortiz


Calle 27 no. 160 esq. a L, El Vedado,
Ciudad de La Habana, Cuba
A la memoria de mi abuelo
Vicente San Marful García
(1929-1985)

A mi madre

A mi hermana,
María Antonia,
siempre
Agradecimientos

En el curso de esta investigación recibí el apoyo y la


cooperación de las siguientes personas e institucio-
nes, con las cuales tengo una deuda eterna.
En primer lugar, quisiera agradecer a la Dra. María
del Carmen Barcia su estímulo, confianza y buenas
gestiones en torno a esta investigación de la cual
fue tutora. Su amor por la Historia de Cuba, conta-
gioso, impregna las páginas de este libro.
También mi gratitud a la Dra. María del Pilar Díaz
Castañón, oponente reflexiva y amiga leal, por sus
sabias observaciones y ayuda en todos los sentidos.
A la Dra. Marial Iglesias Utset, colega y amiga, en-
frascada como yo en el estudio del 98 cubano, por
su apoyo y bonda en todo momento.
A la Dra. Francisca López Civeira, quien en 1993,
aceptó dirigir a un desconocido estudiante de His-
toria en un tema difícil y olvidado, y se mantuvo
junto a él hasta 1995, cuando se graduó de Licen-
ciado. A ella debo mis primeros acercamientos a los
contemporáneos a esta época.

7
A la Biblioteca Central «Rubén Martínez Villena» de
La Habana, muy especialmente a
Bárbara S. Sánchez, Iraidys Sosa, Beatriz Cruz,
Olga Lidia Rodríguez, Amelia Ferrás, Irenia
Villaverde, Elizabeth Ruiz, Cassandra Morlotte,
Mayra Cárdenas, Esther Díaz Llanillo, Leyda
Rodríguez, Lourdes Morales, Lourdes Ramos,
América Soto, Moisés Alonso, José A. Ranero,
Elena Rodríguez, Gilda Pozo, Obdulia Sevilla-
no, Naybel Socarrás, Juana R. Milanés, Bárbara
Hernández Pérez y Lídice Jiménez.
Al Dr. Carlos Forment, de la Universidad de
Princeton, por el impulso inicial en el estudio de
los espacios públicos en Cuba y el seguimiento a
mis investigaciones sobre este tema.
Me gustaría reconocer el gran beneficio que signifi-
có para este libro las atenciones de los equipos de
trabajo del Archivo Nacional de Cuba, la Biblioteca
del Instituto de Literatura y Lingüística de la Acade-
mia de Ciencias de Cuba, la Biblioteca del Instituto
de Historia de Cuba, el Archivo Provincial de
Cienfuegos y, en particular, por el entusiasmo e in-
finita cortesía, al personal del Archivo provincial de
Santiago de Cuba y la Biblioteca Provincial «Elvira
Cape» de esa misma ciudad.
A mis amigos:
Rubén Lahuiller, Tania Cañet, Yamile Castro,
Mireya Suárez, Ricardo Quiza, Blancamar León,
Oilda Hevia, Carmen Quintero, Adrián López,

8
Miriam Herrera, Mario Castillo, Ernesto Calvo,
Tamara Díaz, Eugenio Alonso, Beatriz Calvo Pena
y José Amador, entrañables.
A la Fundación Fernando Ortiz, en especial a su
Presidente el Dr. Miguel Barnet y a su Vicepresidenta
Lic. Trinidad Pérez Valdés, por las exquisitas aten-
ciones que me dispensaron y el calor con que aco-
gieron estas páginas. A la Lic. Dania Pérez Rubio,
porque su experiencia como editora dotó a este libro
de esclarecedoras y sabias orientaciones, las cuales
iluminaron frases y mejoraron detalles.
He dejado para el final a quienes tengo más cerca:
mi familia, que siempre ha estado a mi lado. Quisie-
ra agradecer a mis padres, mis abuelos, mi hermano
y mi tío Eduardo, por todo.

9
Presentación

La historia de Cuba está signada por determinadas


fechas que constituyen hitos en su devenir. 1898 es
una de ellas por los significados intrínsecos que tie-
ne para los proyectos independentistas y, también,
para los disímiles proyectos nacionalistas que ya hacia
finales del siglo XIX se manifiestan en la sociedad
insular. Sin embargo, es 1899 el momento a partir
del cual, la ocupación norteamericana se hace efec-
tiva legal y oficialmente en suelo cubano.
Pensar la ocupación como un período singular
es un ejercicio difícil y sin dudas complejo dadas las
condiciones sociales en las que se desenvuelve.
Mucho más si se toma en cuenta que hasta el adve-
nimiento de la República en 1902, se desarrollan
numerosos conflictos culturales entre ocupantes y
ocupados los que, sin caer en dicotomías exclu-
yentes, diseminan y rediseñan los contenidos del
sueño de la Nación. En este sentido, las narrativas
que atañen a la formación de la cubanidad han sido
enlazadas entre sí, por factores económicos y políti-
cos pero pocas veces acudimos a discursos donde
las propias expresiones culturales sean las protago-
nistas de dicha formación.

11
Así como Fernando Ortiz tejió un contrapunteo
—casi del todo real— entre el tabaco y el azúcar para
caracterizar la evolución económica y social de la
realidad cubana, también puede entenderse la his-
toria como un contrapunteo entre peleas de gallos y
corridas de toros, toda vez que los habitantes de la
Isla otorgaron a estas diversiones, su preferencia
privilegiada en la vida cotidiana. Este libro propone
el abordaje de la realidad cubana, vista a través del
prisma de la cotidianidad lúdica y espectacular que
supusieron estos eventos. A lo largo de toda la his-
toria colonial de Cuba, gallos y toros se mantienen
como prácticas culturales de alta popularidad, y lle-
gan hasta 1899 con una salud que cualquiera, a es-
tas alturas, creería imposible.
Gallos y toros en Cuba propone el acercamiento a
la complejidad sociocultural de la Antilla Mayor, con
el objetivo de demostrar que las peleas de gallos y
las corridas de toros constituyeron importantes es-
pacios de sociabilidad entre los que vivieron en este
país. Espacios donde se construyeron, imaginaron y
socializaron las identidades particulares, y desde los
cuales se contribuyó a la entronización de una o
varias culturas nacionales. Es un trabajo ecléctico
en sus métodos porque la sociedad cubana lo fue y
lo es.
Si para estudiar la historia decimonónica y la
primera ocupación norteamericana de 1899-1902, la
bibliografía cubana puede antojársenos rica y cuan-
tiosa, para el tema que ocupará las páginas de este
volumen es escasa y fragmentaria. Las visiones, en

12
general, son parcas y prejuiciadas. Sólo a veces reco-
gen el testimonio de la gran popularidad que gallos
y toros tuvieron hasta inicios del siglo XX , y aún
después. Que determinados modelos ideológico-nor-
mativos de la modernidad fueran asumidos en esta
época, y confinara a las peleas de gallos y las corri-
das de toros a la contradictoria región de lo prohibi-
do o ilegal, es cosa que no altera la leyenda que en
torno a estas prácticas culturales se construye. Al
contrario, muchas veces la hace más inextricable,
sólida, con visos de texto cultural que explica y des-
envuelve la madeja de las utopías nacionalistas.
El texto que sigue a continuación es fruto de
una investigación mediante la cual obtuve el diplo-
ma de Maestro en Estudios Interdisciplinarios sobre His-
toria de América Latina, el Caribe y Cuba, en 1999. Su
estructura capitular posibilita la integración y sis-
tematización del conocimiento adquirido, en torno
a temáticas de vital importancia para la compren-
sión, no sólo de los eventos tratados sino también
de las contradicciones culturales presentes en la so-
ciedad cubana durante el cambio social de entre si-
glos. El capítulo 1 aborda, a manera de antecedentes,
los significados que para el habitante de la Isla tie-
nen vallas de gallos y plazas de toros en el siglo XIX.
El capítulo 2 presenta el enfrentamiento entre lo
civilizado y lo bárbaro, como discusión fundamental
y fundacional en lo que a estas prácticas culturales
se refiere. Y, por último, el tercer capítulo analiza
las posiciones asumidas por la opinión pública, y
sus relaciones con la cultura política.

13
Gallos y toros en Cuba trata, en definitiva, de apos-
tar por la historia sociocultural como vía para en-
tender de otra manera el imaginario de la cubanidad.
Y lo hace con el convencimiento de que su reflexión
aclarará algunas dudas, pero lo más importante: pon-
drá sobre el tapete otras interrogantes, a las cuales
deja al lector para que les dé respuesta.

14
Capítulo I
La tradición reconstruida:
gallos y toros en Cuba en el siglo XIX

«Con una lidia de gallos, una gruesa de barajas


y doce manolas con sus guitarras, son llevados
los cubanos a donde se quiera».
DON JOSÉ GUTIÉRREZ DE LA CONCHA
Capitán General de la Isla de Cuba.1

La construcción de una identidad cultural, sin ex-


clusiones debidas a coyunturas o pasiones
irrefrenables, es una de las tareas más urgentes de
las ciencias sociales cubanas. No obstante, los es-
tudios históricos pudieran verse un poco limitados
ante un objetivo de tal naturaleza, si no son capaces
de aplicar en sus análisis un marco interpretativo lo
suficientemente amplio y contentivo de las raíces
culturales del pueblo de la Isla, basado en fuentes
de diversa procedencia e índole.
Habermas apuntó, en una ocasión, que «para
poder formar y portar una identidad colectiva ha de
tenerse significativamente en cuenta el contexto lin-
güístico cultural de la vida». 2 Y parte de ello es lo
1
Cisneros Betancourt, Salvador: De las vallas de gallos. Impren-
ta Rambla & Bouza, Habana, 1910, p. 12.
2
Habermas, Jürgen: «Conciencia histórica e identidad
postradicional». En: Letra Internacional. Barcelona, n. 9, pri-
mavera de 1988, p. 7.

15
que, a juicio del autor de estas páginas, resulta defi-
ciente en la producción de la historiografía cubana
hasta la fecha. Salvo raras excepciones, la autocon-
ciencia historiográfica ha dado prioridad a los análi-
sis estructurales de procesos, clases y grupos sociales
supuestamente importantes, intentando trazar líneas
evolutivas y formativas que pocas veces toman en
cuenta los asuntos sociales en sus diversas aristas.
Lo descrito en los catálogos de materia de las biblio-
tecas como «vida social y costumbres», «juegos», «jue-
gos de azar», etcétera, enfrenta al investigador a una
situación de carencia informativa y analítica acerca
de estas facetas del desenvolvimiento de cualquier
habitante de la Isla. Entonces, nuestro primer paso
será el de describir cómo, dónde y cuándo ocurren
las peleas de gallos y las corridas de toros en la isla
de Cuba durante el siglo XIX.
El intento de una descripción supone para todo
historiador, riesgos incalculables, porque a la hora
del necesario e impostergable distanciamiento de las
«sagradas» fuentes,3 sobrevienen varios tropiezos con
3
Sólo la tradición establece lo sagrado. En este caso los histo-
riadores cubanos, en muchas ocasiones, al hacer uso de las
fuentes para escribir su «historia», establecen un sentido ver-
tical que priva de credibilidad y validez a numerosos registros
de la memoria de una comunidad humana. De esta forma, la
escritura queda calzada con testimonios casi siempre prove-
nientes del poder o de los sectores ideológicamente dominan-
tes. Sin embargo, desde la sociología, algunos han señalado la
necesidad de aplicar multiplicidad de enfoques a la hora de
realizar un estudio de los fenómenos sociales. Este trabajo
intenta salirse del cauce de la historiografía tradicional y de

16
la subjetividad presente en el ejercicio de escribir la
historia. Si analizar supone, además, subvertir una
orientación simultánea de generalidad y particulari-
dad, ello se torna más difícil.
Este breve preámbulo sólo pretende marcar al-
gunos territorios en los cuales se moverá la narra-
ción, y señalar los móviles principales del texto que
sigue, a través del cual asumimos la re-construc-
ción de dos espacios públicos hasta diciembre
de 1898, fecha en que termina la dominación espa-
ñola sobre el archipiélago. Espacios públicos que
mantienen, para los habitantes de la Isla un sitial de
preferencia en sus festividades, celebraciones y dis-
tracciones. En el interior de la valla de gallos y la
plaza de toros se localizan acontecimientos lúdicos
que deben describirse y analizarse si se quiere lograr
una comprensión acabada de su alcance cultural. Se
establece 1898 como fecha límite porque la primera
ocupación norteamericana introducirá cambios de-
finitivos en estos espacios de la sociabilidad popu-
lar, y ante los cuales la opinión pública adoptará
posiciones de aceptación, indiferencia o rechazo.
Al bosquejar las características de las lidias de
gallos y las corridas de toros en el siglo XIX cubano,
se cuenta con las premisas necesarias para reflexio-
nar acerca de los cambios que en la distribución,
permanencia y funciones espaciales se plantearon
las autoridades interventoras, y cómo los sectores

mostrar a los incrédulos cómo, desde la ciencia histórica,


también se pueden aplicar dichos enfoques.

17
sociales reaccionaron ante tales medidas, implanta-
das por y desde el poder.
Una aclaración pertinente se impone: resulta
imprescindible una mirada nacional al asunto. 4 Al
interesarnos la historia del espacio público, del jue-
go que tiene lugar en éste, y de la cultura que am-
bos generan y de la cual se nutren, es lógico asumir
una perspectiva capaz de brindar cabida a las
especificidades regionales y locales, si es que exis-
ten. Porque de ellas surge, sin dudas, la red de sím-
bolos y transacciones culturales que se establecen
en torno a los espacios. Como ya se ha dicho, la
identidad colectiva tiene que construirse de manera
contextual, y las naciones como la nuestra no per-
miten, al menos en nuestra opinión, una reflexión
que diferencie radicalmente una ciudad o región de
otra.

1. La gran pelea de los quiquiritos

Nadie mejor para contar la historia de este juego


que el Licenciado Vidrieras quien, con fino sentido
del humor, dice que Cuba es la «isla de los galleros»,
así como Andalucía es la tierra de los toreros. Este
autor costumbrista escribe en 1881, un artículo en
esa preciosa y controvertida obra titulada Tipos y cos-
tumbres de la Isla de Cuba, en la cual se define al gallero
4
En esta investigación, lo «nacional» está concebido en un sen-
tido geográfico que incluye la diversidad de asentamientos
humanos en la Isla.

18
como uno de los típicos personajes de la Isla, y a la
pelea de gallos como una de las costumbres más
sobresalientes de la cubanidad. 5 Al reconstruir «la
gran pelea de los quiquiritos» como llamó a este juego
un viajero español que visitó las apartadas regiones
del norte de Camagüey en 1889,6 se procura estable-
cer su geografía, reglas, estrategias de inclusión y
exclusión de los participantes, y sus significados so-
ciales. Porque la valla de gallos implica, ya desde
mediados de este siglo, el reconocimiento de una de
las características de lo cubano.
En las fuentes consultadas, la valla aparece como
sitio destacado para producir y reproducir la socia-
bilidad, entendida en su faceta de proceso de rela-
ciones. En dicho espacio se destaca la mezcla,
confraternización y pérdida gradual de las diferen-
cias sociales, fenómeno íntimamente relacionado con
la funcionalidad del espacio público que va más allá
del juego de azar, de las apuestas o de la confronta-
ción física de los gallos.
Integrada o no al ambiente urbano, la valla fun-
ciona en muchos casos, como un espacio abierto a
todos los sujetos sociales, que se encuentran en él y
son portadores de imaginarios y fines diferentes. Es

5
Licenciado Vidrieras: «El Gallero». En: Tipos y costumbres de la
Isla de Cuba. Colección de artículos por los mejores autores de este
género. Habana, 1881, pp. 21-28.
6
Perpiñat y Pibernat, Antonio: El Camagüey, viajes pintorescos
por el interior de Cuba y por sus costas, con descripciones del país.
Librerías Bastinos-Niubó, Barcelona, 1889, p. 63.

19
el lugar donde se implementa un juego7 que disfru-
tan todos los asistentes. La acción grupal es lo que
caracteriza y permite describir este acontecimiento
sociable, al cual podemos definir primariamente
como un evento lúdico-espacial que forma parte de
un complejo festivo-religioso-mercantil y cuyas re-
laciones serán vistas posteriormente en este mismo
acápite.
Varias descripciones aparecen, en el siglo XIX ,
sobre la lidia de gallos. Numerosos relatos de viaje-
ros, literatura costumbrista contemporánea a los
hechos, folletos de época, decretos reales y docu-
mentos de archivo son, entre otros, registros de la
memoria que pueden utilizarse para escribir la his-
toria de este juego en Cuba. No obstante, preferi-
mos partir de la definición ofrecida por Esteban
Pichardo en su conocido Diccionario provincial casi
razonado de vozes y frases cubanas (sic) porque su óp-
tica nos permite señalar a este espacio público como
una de las expresiones simbólicas de la cubanidad.
Al ser bosquejado como poseedor de características
propias en la «provincia cubana», se define ese espa-
cio como un

edificio de madera, compuesto de una estacada


o entablado circular o polígono, con sus gradas
7
El concepto de juego utilizado en el transcurso de este texto,
proviene de la interpretación del presentado por Joham
Huizinga, en su célebre título Homo Ludens: El juego y la cultu-
ra. Ediciones del Fondo de Cultura Económica, México, 1943,
pp. 24-28.

20
y techo; en su centro queda un espacio de terre-
no de aquella figura llano y regado de aserrín,
donde se lidian los Gallos: los asientos prime-
ros inmediatos sirven de lunetas; los demás de
las gradas para los concurrentes de todas cla-
ses: mientras se casa alguna pelea, toda la plaza
se llena de gente y gallos, para ver, oír o ajustar-
la, apenas se grita «Afuera de la valla» todo el
mundo ocupa los asientos sin distinción, la plaza
se despeja, permaneciendo sólo los dos Gallos
en manos de los Galleros, hacen una ligera prue-
ba y sueltan los adversarios a un tiempo; esta
fue una señal de revolución: de todas partes la
algarabía, la grita descompensada, continua,
infernal, movimientos y gesticulaciones violen-
tas aturden a los que contemplan esa reunión...8

Se aprecia el carácter lúdico de esta diversión: el


juego se constituye en varias direcciones dependien-
tes siempre de la pelea que tiene lugar en el centro
del espacio. Una está conformada por un doble suje-
to: gallo/gallero, en ella la trama se desenvuelve entre
la ferocidad del animal y la insistencia interesada de
su dueño en el triunfo. Otra dirección se manifiesta
cuando se observa que los espectadores se muestran
en dos vertientes participativas: activa/pasiva. Los
activos cruzan apuestas, hacen ruido y algarabía. Los

8
Pichardo, Esteban: Diccionario Provincial casi razonado de vozes
y frases cubanas (sic). Editorial de Ciencias Sociales, La Haba-
na, 1985, pp. 603-604.

21
pasivos sólo miran lo que ocurre entre los dos ga-
llos. El espectáculo está montado para que puedan
existir dos tipos de espectadores, porque dentro de
la valla no sólo es importante apostar, también pue-
den comprarse otros artículos con qué mitigar el
hambre o el aburrimiento.
El hecho de que la lidia gallera sea un juego de
azar, donde los sujetos sociales intentan disponer
en apariencia de la casualidad, la convierte en un
espacio multiparticipativo hacia el cual confluyen
diversos intereses económicos y culturales. En este
camino, resulta fundamental relacionar la valla como
espacio con toda una red de símbolos y acciones/
negociaciones culturales que parten de ella; pero que,
de cierta forma, se independizan al quedar en el ha-
bla popular, en tanto constituyen expresiones de uso
cotidiano. Dentro de la valla se produce un momen-
to de sociabilidad intensa, cuando el dinero y las
apuestas funcionan como agentes igualadores y ello
estimula a que «el caballero apuesta con el mugrien-
to; el condecorado acepta la proposición del guajiro;
el negro manotea al noble».9 La exclusión no se rea-
liza fuera de las fronteras espaciales, sino dentro, y
de eso se encarga el propio juego, que aglutina y
agrupa en bandos a los asistentes. Esta división
nunca es definitiva, pues se permiten cambios hacia
el objeto de apuesta.
Sectores marginados o respetuosos y reproduc-
tores de las jerarquías sociales en otros espacios

9
Ibídem.

22
públicos como cafés, teatros, plazas públicas, pa-
seos, plazas de toros, etcétera participan con una
aparente igualdad de condiciones en la valla de ga-
llos. El carácter azaroso del espectáculo no permite
desigualdades más allá del resultado de la pelea. En
el juego, siguiendo el análisis de Huizinga, las re-
glas se establecen libremente, pero al aceptarlas se
convierten en obligatorias. Son la tradición y la ex-
periencia las que diseñan el juego, y sus presupues-
tos. De esta forma, se entiende por qué desde
mediados del siglo XVIII y durante el siglo XIX surgen
tentativas de oficializarlo mediante reglamentacio-
nes de las autoridades coloniales. Ena Mouriño con-
sidera al juego de gallos «oficial», porque desde 1739,
mediante Real Decreto, se intentan fiscalizar las
ganancias que produce.10 Sin embargo no puede es-
timarse que la valla sea considerada, sólo por esta
circunstancia, un juego oficial ya que sus caracte-
rísticas como espacio público no emanan de los in-
tereses del poder, sino de las conveniencias y
motivaciones de los sujetos sociales que participan
en ella.
Si se aplican estrechamente las concepciones de
Huizinga al evento lúdico gallero habría que
marginarlo de la caracterización que este autor pro-
10
Mouriño Hernández, Ena: El juego en Cuba. La Habana, 1947,
p. 144. En su intento generalizador, Mouriño estima como
semejantes en su carácter oficial a la valla de gallos y a la
lotería, con lo cual pierde de vista el marcado carácter «es-
pontáneo» de la primera, y el acendrado carácter «impositi-
vo» de la segunda.

23
pone. Para el erudito holandés, sólo es importante
la conexión que se origina entre juego y cultura desde
un punto de vista mágico y sagrado, sin contemplar
la posibilidad de provecho material, refiriéndose so-
lamente a los beneficios morales y de prestigio que
adquieren los ganadores. Éstos son muy importan-
tes pero, definitivamente no agotan las posibilida-
des de funcionalidad social del espacio. 11 En este
sentido, es necesario insistir en la multifuncionalidad
de éste y los resultados que de él obtiene la sociedad
que lo genera; los anuncios que la prensa de la Isla
refleja en sus páginas, apuntan muchas veces hacia
las necesidades perentorias de los sujetos integra-
dos en una comunidad. La valla como juego, pero
también como espacio, permite la celebración de de-
terminadas fechas, así como la consecución de otros
acontecimientos sociales. El anuncio de espectácu-
11
Huizinga reconoce la existencia tácita de un espacio que de-
limite las proporciones físicas de un juego-espectáculo. Se
refiere a que dentro de un juego existe un orden propio y
absoluto, creador asimismo de orden para los jugadores.
Incluso, no vitupera a los tramposos, sino que los entiende
como jugadores que tratan de aprovechar las reglas obligato-
rias en su propio beneficio. Sin embargo, sólo se refiere a
provecho moral como resultado del juego, y no a ventajas
económicas, por lo que los gallos no entrarían en su análisis
del juego sagrado. (Cf. Huizinga. Ob. cit., pp. 27-29.) Ena
Mouriño, por otra parte, no aborda más que la relación entre
el juego (no el espacio) y el poder (considerado sólo como
Estado), sin insertar esta relación en las redes relacionales
que se establecen en la sociedad cubana, además de las pro-
pias relaciones que el espacio y el poder entablan y refractan
hacia la sociedad. (Cf. Mouriño. Ob. cit., p. 146.)

24
los galleros en Guanabacoa en 1871 muestra, por
ejemplo, la importancia de estas celebraciones como
un vehículo idóneo para atraer y movilizar a las ma-
sas, en una actividad que culmina con el logro de
algún objetivo capaz de producir beneficios a la co-
lectividad. De ahí, que frecuentemente encontremos
en la prensa consultada durante todo el siglo XIX, la
asociación del juego y el espacio con el propósito de
«allegar fondos para la construcción de la cárcel de
dicha ciudad»12 u otras empresas, de las cuales no se
excluye la arenga política.
Volviendo a los sectores marginados, debe des-
tacarse que algunos autores afirman que «en Cuba
las mujeres no asistían» a dicho espectáculo. 13 Sin
embargo, descripciones diversas de las vallas de ga-
llos en el siglo XIX muestran la asistencia de las
mujeres a esta diversión. Lo que sí parece ser cierto
es que las mujeres de las clases adineradas no daban
preferencia a la actividad gallera, como ocurría en
Guatemala y México. 14 Aunque muchos estudiosos,
acostumbrados al elitismo de las asociaciones aris-
tocráticas cubanas durante el siglo XIX , consideren
que las élites resultaban excluidas de esas diversio-
nes, la lectura de los relatos de viajeros y las histo-
rias locales permite deconstruir ese prejuicio.
12
Diario de la Marina, Habana, 16 de octubre de 1871, p. 4.
13
López Cantos, Ángel: Juegos, fiestas y diversiones en la América
Española. Editorial MAPFRE, Madrid, 1992, p. 233.
14
Ver: Brantz, Mayer: México: lo que fue y lo que es. s. e., s. f., p.
112 y G. A. Thompson en su Visita a Guatemala viniendo de
México. Guatemala, 1927, p. 53.

25
Probablemente esta cuestión se relacione con los
intereses del jugador por dinero, capaces de trasmi-
tir valores de riqueza y prestigio, y de asimilar al
jugador a un conjunto aclasista. Los sujetos sociales
excluidos de otros espacios encontraban en la valla
de gallos, la posibilidad de una realización económi-
ca y prestigio social, que no se producía fuera de
ella. Tanco, por ejemplo, escribe al respecto:

El partido que gana corona a su reina, la saca en


triunfo en medio de los estrépitos más grandes
(...) Es increíble el entusiasmo que se apodera de
los jóvenes en estas funciones, todos toman la
cosa tan a pecho, desean con tal interés el triun-
fo de su bando y son tan celosos de su reina,
como si fueran partidos políticos y religiosos en
tiempos de efervescencia y de pasiones (...)15

Abundar en algunos aspectos puede ser útil para


construir el inmenso entramado de asociaciones sim-
bólicas que se produce a partir del espacio valla de
gallos. La cita anterior confirma la existencia de in-
tereses sociales que son colocados en el juego, y las
consecuencias que esto arroja pueden advertirse en
las posibilidades adaptativas que poseen la valla y su
contenido lúdico, para adecuarse a las particularida-

15
Tanco y Armero, Nicolás: «Viaje de Nueva Granada a China y
de China a Francia». (En: Pérez de la Riva, Juan: La Isla de
Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros. Editorial de Cien-
cias Sociales, La Habana, 1981, pp. 127-128.)

26
des de cada lugar. El componente teatral en la con-
ceptualización de este espacio público encuentra
cabida en estas reflexiones, si se toma en cuenta la
noción espectacular que las fuentes aplican a la pe-
lea de los animales, las reacciones del público ante
ella y la jerarquización de los sujetos en los asien-
tos o ante el espectáculo, que no está definido por el
nivel social sino por la relación, más o menos cerca-
na, con los protagonistas de la pelea.
Resulta de particular interés la inserción de las
apreciaciones de Samuel Hazard al respecto, cuando
refiere que en las grandes vallas de las ciudades se ad-
vertía una progresiva jerarquización de los asientos,
en el sentido de la reservación de determinados espa-
cios para las autoridades y los demás sujetos sociales.
Pero si bien esta diferenciación acusa gradaciones in-
soslayables para los analistas del espacio, no ocurre lo
mismo para los estudiosos de los eventos lúdicos que
tienen lugar en el espacio, porque las estrategias de
exclusión e inclusión presentes en el primero no tie-
nen una relación unívoca con el segundo. El prestigio
social no aparece únicamente determinado por la fun-
ción que realiza la autoridad dentro del espacio, sino
también por varias condicionantes de tipo estratégico,
que los asistentes a la valla necesitan para proveer de
«oficialidad» a la misma y, de esta forma, evitar su cie-
rre o prohibición.16

16
Hazard, Samuel: Cuba a pluma y lápiz. «La Siempre Fiel Isla».
Editorial Cultural S.A., La Habana, 1928, t. I, p. 227. Este
viajero recorrió la Isla en 1871, dejando numerosas impre-
siones acerca de sus contactos con la sociedad colonial.

27
El juego se traduce como la representación de
valores materiales y símbolos trascendentes para la
muchedumbre que en él participa.17 Se manifiesta una
sociedad marcadamente machista: el gallo triunfa-
dor es festejado en su condición de portavoz del sexo
dominante. Esta lectura puede extraerse de la des-
cripción de Tanco, y de las distintas acepciones que
da Pichardo en su Diccionario al definir la palabra
Gallo.18 Cuando un ave gana, los que apostaron por
ella se sienten superiores a los otros, porque en las
proezas combativas del animal están representadas,
simbólicamente, las virtudes de sus amos y la con-
fianza de los que necesitan su victoria. A ello se
suma que entrenar gallos de lidia suponía toda una
inversión de recursos humanos, de dinero y de tiem-
po que necesitaba recompensa; la circunstancia de
que esa actividad pudiera ser irrentable para los pro-
motores del negocio gallero, eliminaba el juego. Otra
de las implicaciones lingüísticas, apreciable en la
obra citada de Pichardo, es la referida a la expresión
17
Al respecto, es inapreciable el análisis realizado por Clifford
Geertz en su famoso ensayo «Juego profundo: Notas sobre la
riña de gallos en Bali». En: La interpretación de las culturas.
Barcelona, Gedisa, 1987, pp. 339-372. Las sugerencias de
Geertz, que parte de la antropología cultural, sobre los signi-
ficados inherentes a las peleas de gallos como modelo cultu-
ral que reproducía los valores y esencias de la sociedad en que
se desarrollaban. Sin embargo, las condicionantes para las
cuales describe Geertz el fenómeno, son totalmente diferen-
tes a Cuba, aunque son evidentes semejanzas en los signifi-
cados del juego.
18
Pichardo, Esteban: Ob. cit., pp. 273-274.

28
«pollo rebajado», utilizada dentro del espacio para
designar a aquel gallo al que se le recortan los espo-
lones para que pareciera un pollo y así llevar la ven-
taja de mayor edad y fuerza en comparación con los
más jóvenes lidiadores. Fuera de la valla caracteriza-
ba a las personas sagaces, astutas y simuladoras de
sus ideas o ventajas. A los que Huizinga llama «tram-
posos» son advertidos e incorporados por el espacio-
juego en una vertiente expresiva, y también como
una actitud reconocida a los que intentaban infrin-
gir las reglas.
El intercambio producido dentro de la valla en-
tre ganadores y perdedores sucede en el marco de
fiestas donde los segundos agasajan a los primeros,
y donde la mujer, convertida en reina por los gana-
dores, aparece sólo como objeto de admiración y res-
peto. Después de la pelea hay fiesta, baile, comida y
lujuria, acciones que refuerzan el atractivo social del
espacio-juego, al combinar otras formas de expre-
sión y reunión. Las acepciones mencionadas carac-
terizan tipos masculinos y sociales, y son pruebas
palpables del uso cotidiano que hacen los sujetos,
de la valla. Algunas de ellas caracterizan metafórica-
mente virtudes del hombre, e incluso se identifican
muchas de las facetas del gallo peleador con las au-
toridades, a la vez que, paradójicamente, otros as-
pectos del juego suelen utilizarse para ridiculizar e
ironizar sobre algún suceso. La riña de gallos trans-
curre así en medio de historias donde la sexualidad,
la construcción de los géneros y hasta las filiacio-
nes políticas y culturales de las más diversas índo-

29
les se encuentran asociadas al desarrollo de un jue-
go que supera las condiciones espaciales, y convier-
te a sus participantes (sobre todo a los ganadores)
en hacedores de su «prestigio».19
Se advierte que las reseñas escritas por extran-
jeros como Tanco, que visita La Habana entre 1853-
1855, coinciden en muchos puntos con las de Hazard,
que recorre toda la Isla en 187120 y con las de Perpiñat,
visitante de pueblos del norte de Camagüey en los
años 80. Este último cita textualmente a Pichardo
en su definición de la valla. Si Tanco hace énfasis en
la división en bandos (ganadores y perdedores) insi-
nuando posibles enfrentamientos entre ellos,
Perpiñat y Hazard centran más su atención en la
«organización» que reina durante las actividades:

La lucha se da por terminada entre los


estruendosos aplausos de los apostadores afor-

19
Muy relacionado con estos elementos, Geertz, en su ya cita-
do ensayo, inquiere en las posibilidades expresivas y en el
metarrelato que se inventa, construye y comunica a través
del juego de gallos. Clifford Geertz: Ob. cit., p. 352.
20
Samuel Hazard publicó a principios de 1872, en Londres, un
relato de sus impresiones a su paso por la Isla. La edición
consultada para realizar esta introspección sobre la valla de
gallos es la realizada por la Colección de Libros Cubanos
dirigida por don Fernando Ortiz y con la excelente traduc-
ción de Adrián del Valle, de estas impresiones tituladas Cuba
a pluma y lápiz. La Siempre Fiel Isla. Publicado en 1928, por la
Editorial Cultural S. A., en La Habana, en su tomo I, Hazard
describe dentro de las «Diversiones Domingueras», una pe-
lea de gallos habanera, en las páginas 229-233.

30
tunados. Perdidos y gananciosos arreglan sus
cuentas, tan calmados y serenos como si un
momento antes no hubieran enronquecido gri-
tando y procediendo cual demonios. Y es curio-
so observar los esfuerzos que hacen para recor-
dar con quienes han apostado o cual sea la
cantidad. Al fin todos se entienden y arreglan
pacíficamente. 21

Es evidente que la pelea ocurre en un espacio


delimitado físicamente por una cerca de madera u
otro material que divide al espectador de lo que ob-
serva: a la vez que encierra a las belicosas aves, y las
separa de posibles acciones coercitivas que van más
allá del grito o el entusiasmo. Alrededor de la trage-
dia acontece todo un conjunto de actividades para-
lelas y colaterales a su objetivo fundamental.
Partiendo de este presupuesto, resulta comprensi-
ble que en un pequeño pueblo de la provincia
habanera, un comerciante haya construido una es-
pecie de edificio multifuncional, lo cual hace nues-
tro análisis más difícil y rico.
Otras personas viajan a la Isla y aportan nuevas
visiones acerca de la lidia gallera. Etienne Masse,22
por ejemplo, indica que el juego puede verse tam-
bién como una forma de escapar de la realidad del
21
Ibídem., pp. 232-233.
22
Viajero francés que visita la Isla en 1819. Más datos acerca
de su vida pueden hallarse en el documentado estudio de
Otto Olivera, titulado Viajeros en Cuba (1800–1850). Edicio-
nes Universal, Colección «Cuba y sus Jueces», Miami, 1998.

31
montero o campesino. En otras palabras, incluye
a la pelea de gallos como una de las diversiones
preferidas por los habitantes de nuestros campos,
cuya existencia califica de «no preocupada» por el
futuro. 23
En el pueblo de Caraballo,24 fundado en 1794 en
torno a la cría de ganado y comercio de caballos, se
establece en 1835, don José Tremoleda, quien:

Hizo un magnífico edificio, en el cual encerraba


multitud de negocios y diversiones: tenía bode-
ga y zapatería al frente de la Calle Real, separa-
dos por un largo zaguán, que conducía al inte-
rior donde estaba a la derecha la fonda, la
panadería y dulcería, y a la izquierda, los cuar-
tos de la posada... y a continuación un ventila-
do salón de forma ovalada en un extremo que al
cerrarse con unas vallas de madera quedaba con-
vertido en una valla de gallos...25

Al margen de la moderna premonición comer-


cial de este empresario, se deriva que el mismo fue
capaz de advertir la diversidad de funciones que po-
dían predecirse a partir de las necesidades de los

23
Masse, Etienne Michel: L'ile de Cuba et la Havane; ou histoire,
topographie, statistique, moeurs, usage, commerce et situation
politique de cette colonie d´apres un journal écrit sur les lieux.
París, Lebegue, 1825, p. 12.
24
Situado en la actual provincia de La Habana.
25
Roca Olivera, Oscar: Apuntes para la historia de Caraballo.
Editorial Alfa, La Habana, 1938, pp. 59-60.

32
sujetos sociales que asistían a la valla, y de los re-
sultados que podía obtener de tantas opciones
gastronómicas y recreativas juntas. De nuevo, se
presenta otra razón para considerar la pérdida espa-
cial de las diferencias sociales, en este tipo de espa-
cio público tendente a igualar a todos los partici-
pantes. La única diferencia posible ocurre al final
del juego, entre ganadores y perdedores, pues aun-
que un notable haya apostado el triple de lo inverti-
do por un campesino, el hecho real es que el primero
pudo haberlo perdido todo, mientras al segundo le
pudo haber sucedido lo contrario.
La narración de Roca Olivera en sus Apuntes...
brinda otro importante elemento a considerar: el fá-
cil montaje y desmontaje de la valla de gallos, lo que
sugiere apertura, cierre inmediato, traslado (carac-
terísticas muy semejantes a la de otro espacio públi-
co: el circo) o evasión de las medidas fiscales o
prohibitivas de las autoridades. El espacio público
está configurado de acuerdo a las necesidades de los
sujetos, tanto de los que participan de sus activida-
des, como de quienes las promueven y patrocinan.
En cualquier lugar puede montarse una valla, y en
cualquier momento desmontarse, si las condiciones
o las circunstancias no son las previstas.
Numerosas medidas dictadas por el Estado co-
lonialista español en el siglo XIX, nos permiten fun-
damentar esta tesis. En 1835 se dictó una circular
que prohibía las vallas construidas en puntos rura-
les donde no existieran poblaciones, lo cual indica-
ba que no obstante las medidas dispuestas desde el

33
poder 26 muchos habitantes de la Isla preferían violar
las leyes antes de renunciar a tal diversión. Asimismo
se evidencia que el sujeto social encuentra formas de
eludir la ley recurriendo a las vallas clandestinas, a
aquellas que operaban en tabernas de campo, casas
particulares y hasta en la pura manigua:

...la queja de los mismos hacendados respecto á


las vallas de gallos en las propias tabernas del
campo, en donde se reúnen muchos vecinos los
días de fiesta, y aún muchos de trabajo, sin que
concurra Juez ni autoridad, resultando desórde-
nes y escesos tan públicos como graves...27

Cincuenta años más tarde se dictaron disposi-


ciones que regularon las funciones galleras, redu-
26
Desde 1739 existía el estanco sobre el juego de gallos en
Cuba, establecido por Real Orden. El control oficial se man-
tuvo aparentemente durante todo el siglo XIX . Sin embargo,
fueron muchas las vallas montadas sin autorización y ello se
nota cuando se revisan documentos de archivo que contienen
nuevas medidas del poder político colonial para hacer más
eficaz su control sobre dicho entretenimiento y negocio.
Existen incluso quejas sobre el abandono del trabajo y el
culto divino en aras de asistir a una pelea de gallos. Prueba de
ello es la carta firmada por el Teniente Gobernador de Bejucal
y dirigida al Capitán General de la Isla en La Habana, conte-
nida en el legajo 1657, n. 827243, del Fondo Gobierno Supe-
rior Civil, en el Archivo Nacional de Cuba.
27
«Circular sobre Abusos en Tabernas de Campo» firmada por
el Capitán General de la Isla de Cuba, don Miguel Tacón, en
20 de octubre de 1835. (En: Archivo Nacional de Cuba. Fon-
do Gobierno Superior Civil. legajo 1229, n. 48557.)

34
ciéndolas a una en cada término municipal, y pro-
hibiendo la simultaneidad de las mismas. A pesar
de las reglamentaciones, la valla siguió funcionan-
do tal y como los jugadores entendieron que de-
bían hacerlo, permaneciendo como espacio de
sociabilidad popular y manifestando, de esta for-
ma, la desobediencia como forma de eludir o desa-
fiar la autoridad. 28
Otra interesante arista del juego de gallos es
cómo ocurre la presentación de los participantes en
su interior. Se ha dicho anteriormente que en el seno
del espacio no hay diferencias sociales, puesto que
la apuesta y el gallo los igualan a todos. José Anto-
nio Saco, dice acerca de las gallerías «éstas, por un
fenómeno social, forman entre nosotros una demo-
cracia perfecta, en que el hombre y la mujer, el niño
y el anciano, el grande y el pequeño, el pobre y el
rico, el blanco y el negro, todos se hallan confundi-
dos en el estrecho recinto de la valla».29
Esta mezcla de razas en tan diminuto espacio,
preocupó a las autoridades coloniales. En 1844, el
Capitán General Leopoldo O'Donell dispuso, mediante
28
Ver al respecto las consideraciones apuntadas por González
Figueroa, Niurka: Algunos aspectos culturales reflejados en el
Diario de la Marina entre 1844-1881. (Tesis de Licenciatura
inédita.) Departamento de Historia, Facultad de Filosofía e
Historia de la Universidad de La Habana. Dirigida por el
doctor Enrique Sosa. Curso 1985-1986, p. 22.
29
Saco, José Antonio: «Memoria sobre la vagancia en la Isla de
Cuba». (En: Colección de Papeles científicos, históricos, políticos
y de otros ramos sobre la Isla de Cuba. París, Editorial Gallimard,
1858, p. 178.)

35
decreto, la prohibición de entrada a las vallas a la
«gente de color» y a los «hijos de familia» que no fue-
ran acompañados de sus padres.30 Ello impuso a las
estrategias de inclusión y exclusión del espacio, una
condicionante externa que rompió su espontánea evo-
lución social; pero las consecuencias no se hacen
esperar: en 1849 disminuyeron notablemente los in-
gresos por concepto de ese ramo. Aunque, es oportu-
no aclarar, que estos reglamentos se refieren a las
vallas oficiales, es decir a las controladas por el Esta-
do. En las peleas ilegales, como refieren los numero-
sos viajeros que visitan la Isla en el siglo XIX , la
sociabilidad interracial continúa. Es por ello que al-
gunos especialistas que han estudiado los problemas
raciales en Cuba se inclinan por la vertiente
interpretativa que discrimina al negro de estos espa-
cios, 31 cuando en realidad este fenómeno de
30
Un excelente asidero teórico para entender cómo se produce
el proceso de presentación del individuo en los diferentes
espacios de la vida cotidiana, es el libro La presentación de la
persona en la vida cotidiana del importante sociólogo Erving
Goffman, publicada en 1971, en Buenos Aires, por Ediciones
Amorrortu. El autor explica la complejidad del proceso de
encuentro e interacción de unos sujetos sociales con otros, y
las vías en que ocurre la delimitación de imágenes entre ellos.
Lo público y lo privado son definidos por este autor de acuer-
do a las regiones donde se manifiesta la conducta del sujeto.
Goffman habla de «región anterior» (lo privado) y «región
posterior» (lo público), aludiendo a las representaciones que
cada individuo realiza en correspondencia con el espacio, y
con el auditorio que lo observa.
31
Recuerdo que, en un taller realizado en Cienfuegos, en 1999,
donde se abordaban las cuestiones relacionadas con la raza y

36
marginación de individuos del espacio, está sobre todo
extendido en las vallas legales y en las urbanas.
El espacio público presupone una presentación
distinta de la persona en la cotidianidad, de la que
ésta lleva en su vida privada. A la valla de gallos, no
se asiste, por lo general, en familia, porque en este
espacio se encuentran todo género de sujetos socia-
les; y porque dentro de la valla el que apuesta se vale
de toda una serie de artimañas para conseguir su co-
metido. Si a esto sumamos la condena que desde el
poder y las élites intelectuales se hace a la confrater-
nización racial y social que reina en dichos lugares,
podemos entender porqué las mujeres de las clases
altas no asistían a la valla con regularidad, ni tampo-
co acompañadas. Ambos aspectos también se relacio-
nan con el lugar físico que ocupan las vallas en las
urbes citadinas, o en los pueblos y villas de la Isla.
El espacio genera así, hacia su interior, una suer-
te de códigos de conducta, que indican la presencia
de valores machistas. Las mujeres no están exclui-
das de éste; pero su presencia está supeditada al
hombre. Es él quien decide qué tipo de mujer será
su compañera durante la ocurrencia de un juego que

la nación en Cuba, algunos colegas se mostraron en des-


acuerdo con la idea de la desmitificación racial en el espacio
gallístico, y alegaron el encuentro en documentos de archivo
de marginación racial dentro de la valla de gallos. Esta opi-
nión es ampliamente refutada por los contemporáneos a las
peleas de gallos realizadas en el siglo XIX. Viajeros e intelec-
tuales, cronistas y novelistas, brindan numerosos elementos
que prueban lo contrario.

37
desde mediados del siglo XIX se encuentra fiscaliza-
do por la moral social, y por si fuera poco, sufre de
una reglamentación moralista implantada desde el
poder.
En la mezcla de clases sociales y razas, se da
también una mezcla lingüística, que sobrepasa las
fronteras espaciales, y de la cual se guardan las fa-
milias distinguidas o aquellos sujetos que no quie-
ren ser identificados como «aficionados a una valla»
o «galleros».32 El poder político con sus medidas res-
trictivas y/o represivas hacia el espacio público pro-
voca además un repliegue de las estrategias
informales de inclusión de los sujetos sociales.
Es apreciable que la administración colonial,
salvo excepciones,33 no vio con buenos ojos la for-
mación de ambientes culturales donde las relacio-
nes interraciales e interclasistas se volvieran
informales, y convirtieran al espacio y sus asisten-
tes en transgresores o posibles transgresores de las
directivas de la autoridad. En este sentido, es opor-
tuno asumir algunos criterios —construidos fun-
32
Tal reflejo de las acepciones de las palabras relacionadas con
el juego y el espacio del cual se trata en este capítulo, fueron
definidas por Pichardo en su citado Diccionario, pero además
numerosas obras y artículos periodísticos durante el siglo XIX
se hicieron eco de esas denominaciones para caracterizar ti-
pos y costumbres cubanas.
33
Francisco Dionisio Vives, por ejemplo, amparó la celebra-
ción de las lidias galleras y todos los juegos en general. Su
período de gobierno es identificado entre los contemporá-
neos como años de vicio y perdición para la «moral» y «bue-
nas costumbres» de los habitantes de la Isla.

38
damentalmente por la tradición oral— que indican
la posibilidad de confrontación política en el espa-
cio. 34
La presencia de un lugar que propende a la
desmitificación espacial de las jerarquías sociales,
indica otra arista del proceso de desacralización de
la autoridad, porque no son considerados a la hora
de ganar o perder las apuestas, los títulos de noble-
za o los cargos gubernamentales. Las reglas estable-
cidas por la tradición y la experiencia del juego no
lo permiten. El seguimiento dado por el poder polí-
tico colonial a los expedientes sobre las vallas de
gallos, su funcionamiento y estructura, evidencia la
complejidad de las reglas espaciales, su adaptabili-
dad a la desobediencia, «porque las peleas de gallos,
estuvieran o no prohibidas, se celebraban siempre y
en todas partes». 35
Uno de los espacios más atacados por la legisla-
ción colonialista es la taberna de campo, en la cual
como ya se ha visto, ocurren peleas de gallos no
34
Existen indicios de que la Guerra de 1895, se inició de la
siguiente manera: «En el poblado de Baire,... el 24 de febrero
de 1895... un criollo tuvo la ingeniosa iniciativa de aprove-
char que en ese día había peleas de gallos en la valla de San
Bartolo... y ante la mirada de todos arrancó la cabeza de su
gallo justo antes de que comenzara la pelea. El público...
asombrado escuchó su apelación: ¡Basta de que peleen los
gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos
todos a respaldar el grito de independencia!» ( Pérez Laguna,
Silvestre. El arte de la pelea. En: Excelencias del Caribe, Méxi-
co, n. 6, 1998, p. 21.)
35
Mouriño, Ena: Ob. cit., p. 149.

39
autorizadas o clandestinas. Pero ésta no es la única
razón, sino también por el proceso de sociabilidad,
mediante el cual se transgreden las fronteras clasis-
tas y raciales, producido en un medio lo suficiente-
mente informal como para amparar dichas conductas.
Por otra parte, la taberna funciona como refugio del
trabajador que abandona sus labores, del esclavo y
del creyente que huye de la obligatoria tutela reli-
giosa dominical para asistir a una diversión consi-
derada «pecaminosa». Una vez más el espacio actúa
en su función de eludir el control de las autoridades
civiles y religiosas. El análisis comparativo de esta
realidad cubana con otras del continente america-
no, demuestra que el proceso de sociabilidad infor-
mal se produce en las tabernas de otros países del
área.36 El peligro no es la multisociabilidad, sino la
posibilidad de escapar del control de la autoridad
que intenta fiscalizar la actividad, en su propio be-
neficio.
Esta reflexión nos conduce a las adaptaciones y
relaciones del espacio con su entorno cultural: la va-
lla de gallos se genera como espacio público dentro
de un conjunto de celebraciones, festividades y jue-
gos. A menudo, la pelea de los quiquiritos aparece

36
Brasil, por ejemplo. Más información puede encontrarse en
el estudio titulado Imaginario popular y ambientes culturales de
relaciones humanas informales. Brasil (1820-1880) del investi-
gador de la Universidad Estadual Paulista, José Carlos
Barreiro, publicado en el Diccionario Analítico: El espacio en la
cultura latinoamericana. São Paulo, Ediciones Limar, 1994,
pp. 105-113.

40
asociada a otros espacios públicos populares u oficia-
les. En la Historia Local de Pinar del Río se plantea cómo
el juego de gallos forma parte de los festejos en ho-
nor del patrón de la ciudad, San Rosendo, el 1 de
marzo, antes y después de las órdenes de los capita-
nes generales para constreñir la lidia a esos días. «Se
construía un edificio de madera sencillo y techado de
guano en forma de glorieta, donde se peleaban ga-
llos».37 Ello indica la necesidad espacial de inclusión
de individuos dispuestos a interactuar entre ellos, en
un local que por su configuración circular u ovalada
permite dicha interacción. Si Pichardo, en su obra
citada, da algunos elementos que hacen pensar en la
jerarquización de sus asientos, al estilo de lo que
ocurre en Puerto Rico, o en La Habana, donde el jue-
go está arbitrado por una autoridad, las propias leyes
emitidas desde el poder demuestran que en el espacio
se borran las líneas diferenciadoras, y que el acceso al
mismo no está condicionado por clasificaciones cla-
sistas, raciales o sexuales.38
Si destacable es el hecho de que las peleas de
gallos aparecen asociadas a otros espacios de entre-

37
Pérez Rivero, Manuel: Historia Local de Pinar del Río. Pinar del
Río, S.E., 1936, p. 43.
38
Un viajero español, Francisco Peris Mencheta, en su libro De
Madrid a Panamá, habla de función de presidentes de vallas
galleras que cumplían las autoridades coloniales en San Juan,
Puerto Rico. (Peris Mencheta. Ob. cit, Editorial Artes Gráfi-
cas Soler, S. A., Valencia, 1993, p. 88.) Ena Mouriño refiere
en su obra ya mencionada la escasa presencia de esta particu-
laridad en Cuba. (Mouriño, Ena: ob. cit., pp. 164-165.)

41
tenimiento, recreo y disfrute de una comunidad, y a
menudo se vinculan espontáneamente a la celebra-
ción de fiestas de distintos tipos y propósitos, tam-
bién es importante pensar la pelea de gallos como
fiesta en sí. Una cosa es que la incluyamos en el
complejo festivo-lúdico-mercantil de los habitantes
de la isla de Cuba en el siglo XIX, y otra bien diferen-
te es que se piense su personalidad como juego y
espacio sólo en ocasión de otras festividades. La pe-
lea de los quiquiritos no tiene que estar necesaria-
mente asociada a otras prácticas culturales, puesto
que ella misma lo es en sí. Es por ello que me parece
erróneo no incluirla dentro de lo que se llama «cul-
tura tradicional cubana», porque ella es una tenden-
cia lúdica, asociativa y de movilidad social importante
en el entramado social de la colonia cubana.39

39
Me refiero al libro Fiestas populares tradicionales cubanas, pu-
blicado por el Centro de Investigación y Desarrollo de la
Cultura Cubana Juan Marinello y la Editorial de Ciencias
Sociales, en La Habana, 1998. Las peleas de gallos aparecen
en los estudios compilados en este volumen, como juego
asociado a otros espacios, pero no como espacio en sí. La
pelea de gallos puede generar por sí misma otros juegos,
otros espacios, y convertirse en una verdadera fiesta. Y prue-
ba de ello lo tenemos en las referencias que al respecto hacen
los numerosos viajeros que visitan la Isla durante la
decimonovena centuria, y las informaciones suministradas
por los contemporáneos a la misma, en libros, folletos y
artículos. En el libro citado se maneja esa apreciación y se
incurre en el error, al menos por omisión, de no situarla
como un espacio generador de diversión en sí, y muy tradi-
cional por cierto.

42
La localización de las vallas durante el siglo XIX
es un fenómeno nacional. El hecho de que estos
espacios produjeran dividendos supuestamente uti-
lizados con fines benéficos y sociales o privados,
además de la espontánea predilección de los sujetos
sociales hacia dicha diversión, provoca que en todas
las historias locales consultadas aparezcan referen-
cias sobre estos lugares. Así, encontramos vallas en
La Habana, Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, San-
ta Clara, Cárdenas, Matanzas, Cienfuegos, Baracoa,
Bayamo, y en los pueblos o villas rurales menos po-
bladas.40 Incluso en descampados clandestinos, como
ya se ha visto, se montan vallas. Las proporciones
físicas no están determinadas por la urbanización o
las relaciones espacio-poder, sino por la cantidad de
dinero apostado, las circunstancias de realización y
los asistentes. De todas formas existen pueblos donde
los visitantes extranjeros como Tanco, sitúan los
centros de estas diversiones (Guanabacoa, por ejem-
plo). Reforzándolo, Abiel Abbot plantea en 1828, al
visitar la zona occidental cubana, que «en cada po-
blación hay un espacioso edificio destinado a este
deporte de riña de gallos». 41 Resulta curioso como,
ante las reglamentaciones del poder, mucho más efec-
tivas en las ciudades importantes, la valla se trasla-
da hacia los cinturones poblacionales que rodean a
las ciudades, pero ello no significa que desaparez-
40
Para obtener más datos acerca de las historias locales, ver la
Bibliografía de esta investigación.
41
Abbot, Abiel: Cartas. Editorial del Consejo Nacional de Cul-
tura, La Habana, 1965, p. 193.

43
can, ni mucho menos, de los núcleos urbanos. En
La Habana, existe en 1897, en plena simultaneidad
con la guerra de independencia contra España, un
Circo de Gallos que funciona para el público y adap-
ta sus actividades a la situación bélica.42
Sobre la permanencia del espacio durante los
distintos momentos por los que atraviesa la Isla, es
observable su perdurabilidad. Al respecto, podemos
decir que, a pesar de no contar con un estudio siste-
matizado de las diversiones mambisas en los terri-
torios de la República de Cuba en armas, algunos
títulos advierten sobre la presencia del juego y el
espacio gallero entre los insurrectos. En La Voz del
Mambí: imagen y mito, su autora Blancamar León
Rosabal afirma, basándose en la lectura de los dia-
rios de campaña, que los mambises «jugaban mucho
a los gallos», 43 aporta datos fundamentales para re-
forzar la tesis de la continuidad del juego aún en las
difíciles condiciones de subsistencia de la manigua,
y también, para reafirmar la identificación existente
en la mentalidad cubana entre espacio y juego, al
margen de la apropiación que los sujetos sociales
hagan de éstos como parte de la construcción indi-
vidual de su identidad cultural. Ello también se debe
a la presencia de condicionantes típicas de los suje-
tos en una situación bélica: necesidad de evasión y
necesidad de entretenimiento.
42
Barcia Zequeira, María del Carmen: Una sociedad en crisis: La
Habana a finales del siglo XIX. Editorial de Ciencias Sociales,
Colección Historia, La Habana, 2000, p. 134.
43
León Rosabal, Blancamar: La voz del Mambí: imagen y mito.
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997, pp. 40-41.

44
Las reflexiones de la colega León Rosabal son
decisivas para introducir la relación que la valla guar-
da con la paulatina formación de la identidad nacio-
nal, y la inclusión de las peleas de gallos como juego
distintivo de la cubanidad. Al respecto, son varias
las alusiones que los relatos de viajeros consultados
hacen en sus apuntes e impresiones acerca de la afi-
ción extraordinaria que tienen los habitantes de la
Isla hacia este juego, el cual es definido muchas ve-
ces como «popular», «nacional» o «criollo». Ello nos
lleva a afirmar la diferencia con la plaza de toros en
el sentido que algunos autores han establecido al
referir la preferencia de los cubanos respecto a los
gallos, en detrimento de los toros, no tanto por la
segunda identificación —que consideramos correc-
ta— sino por la primera que contradice nuestras
apreciaciones sobre el carácter inclusivo del espacio
gallero.
La literatura insular procrea a lo largo de la
decimonovena centuria, una caracterización que asu-
me el juego de gallos como característica del cuba-
no, al usarlo como legitimación por oposición. Cirilo
Villaverde, por ejemplo, al hablar del guajiro en 1890,
cuenta que para el habitante de los campos cubanos
«no hay más amigo que un peso, ni más diversión
que un gallo, ni mejor compañero que un perro, ni
mejor defensa que un machete, ni mayor comodidad
que la de un caballo»,44 y, en este sentido, está inte-

44
Villaverde, Cirilo: El Guajiro. Imprenta La Lucha, Habana,
1890, p. 83.

45
grando diferentes elementos comunes a la población
rural de la Isla, mayoría aplastante en el siglo que
estudiamos. En las ciudades y puntos de incipiente
urbanización, los anuncios de publicidad en perió-
dicos indican la pompa del espacio como sitio prefe-
rido por diversos individuos, toda vez que los mismos
resaltan las características de complejo festivo-reli-
gioso-mercantil en el cual se ubica esta distracción
convertida con el tiempo en pasatiempo de muchos.
El contrapunteo se establece casi siempre respecto a
la plaza de toros, como espacio privativo de los indi-
viduos afiliados a las tradiciones españolas, afirma-
ción esta última que no siempre responde a la realidad
histórica.

2. ¿Tauromaquia cubana? Espacio, ritual


y jerarquías sociales.

La plaza de toros reúne, en cambio, otras caracterís-


ticas en su calidad de espacio público. Hablar de to-
ros en América Latina es una cuestión trascendente
para las tradiciones lúdicas de muchos países por-
que este juego forma parte de las fiestas nacionales
en el Caribe, México, Guatemala y Colombia, pero
en Cuba —tal vez uno de los primeros lugares del
Nuevo Mundo donde se lidiaron toros— la memoria
colectiva respecto a esta diversión dista mucho de
ser tan arraigada como la de los gallos.
¿Por qué? Se tratará de dar respuesta a esta in-
terrogante en los capítulos de este libro. Pero, desde

46
ahora, debe aclararse que ha sido harto difícil re-
construir la evolución, características y presencia de
este espacio público en el contexto insular, porque
lo disperso y fragmentado de la información sobre el
mismo dificultó estas intenciones.
Fuese en Aragón, Navarra o Andalucía el lugar
donde haya surgido el arte del toreo, lo cierto es que
su antigüedad nadie la discute. Eso dicen los histo-
riadores españoles de esta su fiesta nacional, aun-
que se sabe que los cretenses en su adoración de la
Triple Diosa Pasifae, involucraban a ninfas que ha-
cían evoluciones acrobáticas sobre el tristemente
célebre Minotauro, causando la admiración y el des-
concierto de los extranjeros. Sin introducirnos en
una historia demasiado larga del ritual taurino, y su
importancia para la historia de la cultura occiden-
tal,45 podemos decir no obstante, que la lidia de to-
ros llegó a tierras americanas de la mano de los
conquistadores hispanos.
En su interesante libro Sevilla en la Historia del
Toreo, Luis Toro Buiza, nos acerca a las raíces de este
controvertido espectáculo, cuando expresa:

El toreo como reacción instintiva de defensa ante


la acometida de la fiera, nace en el mismo mo-
mento del encuentro del hombre y el toro en un
mismo espacio vital. El hombre por instinto de
45
Al respecto, puede encontrarse información más detallada,
desde el surgimiento de las corridas hasta el siglo actual en:
«Torear, Historia del arte de» Enciclopedia Microsoft ®Encarta
98. ©1993-1997. Microsoft Corporation.

47
conservación pone en juego su inteligencia y
agilidad para burlar a la fiera en su intento de
dominarla. 46

Esta valoración es sumamente provechosa para


comprender el título de este acápite, en tanto el mis-
mo pretende demostrar que la plaza de toros españo-
la se traslada a Cuba sin cambios en su composición
y estructuras lúdicas, incidiendo en ello su identifi-
cación creciente con el legado hispano a la Isla. Tam-
bién podemos deducir que el espacio público taurino
posee elementos espectaculares que condicionan la
existencia de un ritual escénico, muy cercano a lo
teatral, en el sentido escenográfico y en la reproduc-
ción, en su interior, de las jerarquías sociales.
La plaza de toros se diferencia de la valla de ga-
llos en varios aspectos, entre ellos se destacan: la
circunstancia de que la lucha entre los protagonis-
tas del espectáculo no es paritaria. En la valla, los
gallos aparentemente tienen iguales posibilidades en
tanto todo es dejado al «azar». En la corrida de to-
ros, el torero está muy entrenado en sus funciones
y el toro es criado y escogido especialmente para las
mismas, como puede apreciarse a continuación:

En la manzana limitada por F, G, 7 y Línea exis-


tió una fundición de metales de un asiático co-
nocido por José y el Club Habana. (...) El resto

46
Toro Buiza, Luis: Sevilla en la Historia del Toreo. Publicaciones
de la Diputación de Sevilla, 1946, p. 12.

48
de la manzana fue cercado y allí se llevaban los
toros Miura, traídos de España para ser lidiados
en la Plaza de Toros situada en la Calzada de
Infanta que fue destruída totalmente por un in-
cendio. Los toros venían en el barco en una es-
pecie de jaula, eran llevados al terreno citado y
se les soltaba. En los días que estaban allí los
curiosos iban para verlos y comentar las belle-
zas o defectos de cada animal.47

Este último aspecto señala una semejanza entre


ambos juegos —vallas y plazas—, si recordamos que
los gallos necesitan de entrenamiento y adaptacio-
nes para las peleas. Por otra parte, la lucha es des-
igual si tomamos en cuenta que es una cuadrilla de
hombres enfrentados a un animal que tiene pocas
posibilidades de supervivencia y el final del juego no
está determinado por las hazañas compartidas de los
luchadores. Toda la atención del público está en fun-
ción de las habilidades del torero y sus ayudantes,
alrededor de los cuales se monta todo un andamiaje
compuesto por vestuario, armas, pantomimas, de-
mostraciones de coraje, valor y fuerza. Al igual que
los gallos, el toro constituye centro de la atención
de los espectadores, inclusive su muerte, que con-
diciona todo un ritual con la «carne de lidia»,48 tal
47
«Viejas costumbres cubanas». En: Arquitectura. n. 120, Ha-
bana, 1943, p. 288.
48
La carne de lidia se vende y consume en la actualidad en
España y otros países latinoamericanos, pero en el siglo XIX
cubano no se encontró ninguna referencia al respecto. (Agra-

49
vez por reminiscencias del ritual sagrado de los grie-
gos antiguos que sacrificaban al Minotauro cuando
éste no cumplía sus funciones divinas.
En el juego taurino, el animal casi siempre pier-
de la partida, y el torero, si quiere ser reconocido y
aplaudido, debe comportarse a la altura de lo que el
público espera, porque éste, además, pagó sus en-
tradas para ver una lucha desigual, aunque el espec-
táculo esté preparado para hacer creer lo contrario.
Otra diferencia con la valla de gallos puede
advertirse aquí: la plaza de toros es un espacio don-
de la estrategia de exclusión funciona a partir de las
posibilidades monetarias de los asistentes. En la
mayoría de las vallas, la exclusión desde afuera vie-
ne desde el poder político.
Todo el ritual está en correspondencia con la
acción humana de vencer al animal, mientras en los
gallos el componente humano se reduce al papel de
espectador en el mejor de los casos activo. Desde el
mismo momento en que se suelta el toro y comien-
za la lucha entre ambos contendientes, el espacio
público cede sus posibilidades de atracción al ritual
que acontece en él, y las consecuencias —al igual
que en la lidia de gallos— comportan un conjunto
de valores culturales para los sujetos sociales asis-
tentes al mismo.
Una de las particularidades de la plaza de toros,
como espacio público, es su dimensión. Sin embar-

dezco a la colega Dra. María del Carmen Barcia, esta infor-


mación.)

50
go, como en la valla, la corrida de toros puede ocu-
rrir en espacios delimitados previamente al hecho
taurino. Pero se impone casi siempre un sentido de
grandilocuencia en torno a sus actividades, lo que
supone además toda una inversión monetaria que
garantiza la seguridad de los asistentes, y el disfru-
te colectivo del espectáculo. Igualmente, pueden en-
contrarse en las descripciones sobre plazas de toros
que aparecen en las fuentes históricas decimo-
nónicas, algunos elementos que permiten conside-
raciones más amplias acerca de las características
del espacio público. Pezuela, por ejemplo, en su cé-
lebre Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la
Isla de Cuba, refiere lo siguiente, respecto a la Plaza
de Belascoaín, en la capital:

Edificio circular... Tiene capacidad para unos


6,000 espectadores, y está situado al S. de la
Casa de Beneficencia, dando vista su entrada á
la calzada de Belascoaín. Su circunferencia ocu-
pa 200 varas esteriores y como una tercera parte
su reducidísimo circo interior. No comprende-
mos en esta medida ni el modesto vestíbulo de
entrada... ni un ángulo accesorio á la circunfe-
rencia de la plaza, donde se hallan las depen-
dencias necesarias para su servicio.49

49
Pezuela, Jacobo de la: Diccionario geográfico, estadístico, histó-
rico de la Isla de Cuba. Madrid, Imprenta del Establecimiento
de Mellado, 1863, t. 3, p. 176.

51
Estas apreciaciones imponen un primer marco
de interpretación acerca de la importancia del juego,
y su eficacia social. La Plaza de Toros de Belascoaín,
en la capital de la colonia, es evidentemente una
rareza dentro de los locales construidos en la Isla
para las lides taurinas. 50 Como será visto más ade-
lante, las plazas de toros tienen como misión atraer
a la mayor cantidad posible de espectadores, y en
otro sentido llama la atención que ambos espacios
posean iguales características dimensionales: ambos
son espacios circulares, donde se da prioridad al es-
pectáculo que tiene lugar en el centro. Este centro
está rodeado de público por todas partes, y ello con-
tribuye sustancialmente al éxito de la corrida. Des-
de el punto de vista arquitectónico, sin embargo,
Pezuela resalta las diferencias entre la plaza torera y
la valla de gallos en la ciudad, al comentar que la
segunda era «un sencillo edificio»,51 que contrastaba
por su poca atracción formal, valorada como cons-
trucción civil.
Un famoso pintor español de fines del siglo XVIII
y principios del siglo XIX dejó constancia en sus obras
de la magnitud de las lidias taurinas, en la serie de
grabados titulada Tauromaquia.52 Francisco de Goya

50
En Santiago de Cuba, por ejemplo, la Plaza de Toros de esa
ciudad era incomparablemente menor. Véase: Pezuela, Jacobo
de la: Ob. cit., t. 2, pp. 189-190.
51
Ibídem, t. 3, p. 178.
52
Hace unos años, los cubanos tuvimos la posibilidad de admi-
rar las series de grabados de Francisco de Goya, en una expo-
sición patrocinada por la Oficina del Historiador de la Ciudad

52
legó a la posteridad, un conjunto de acciones, acti-
tudes y posturas toreras, que permiten, al no inicia-
do, deslumbrarse ante las acrobacias y riesgos de
este peligroso arte. También posibilitan profundizar
en la participación de los sujetos sociales en el es-
pacio, la que se limita muchas veces a la observa-
ción pasiva, y donde la intervención en la lucha se
reduce al entusiasmo, al grito o las lágrimas.
Es probable que la primera corrida de toros haya
ocurrido en Cuba por primera vez en 1569.53 Según
datos encontrados en las Actas Capitulares del Cabildo
de La Habana desde esta fecha se lidian toros en esa
villa cuando, con motivo de una celebración religio-
sa, se dispuso por los ediles que se lidiaran dos to-
ros, en medio de «vísperas, misa y procesión».54 Son
pocas, en comparación con las encontradas acerca
de las peleas de gallos, las descripciones encontra-
das que versan sobre las actividades que acontecen
en una plaza de toros, en lo que se refiere a las es-

de La Habana y la Fundación Juan March de España. Abierta


al público en los meses de octubre y noviembre de 1998,
dicho conjunto de grabados expresan la fuerza vital de un
pintor en los finales de su carrera, y permiten al historiador
de la cultura apreciar la maravillosa estampa de una lidia de
toros en la serie particular titulada Tauromaquia.
53
Aunque Gerardo Castellanos, en su Panorama Histórico, Ha-
bana, 1936, t. IV, p. 1258, afirma que en Santiago de Cuba
ocurrió una corrida en 1515.
54
«Acta de 24 de marzo de 1569». (En: Actas Capitulares del
Cabildo de La Habana. t. 2, Colección del Archivo del Museo
de la Ciudad de La Habana, Oficina del Historiador de la
Ciudad de La Habana.)

53
trategias de exclusión e inclusión de los espacios y
la actividad lúdica que en él se desarrolla. Sin em-
bargo, muchas fuentes la sitúan con preferencia entre
las diversiones populares de los cubanos durante el
siglo XIX , sobre todo en las ciudades. Miguel Luna
Parra ofrece, en su Toros en Cuba I, una periodización
de las plazas de toros existentes en la ciudad de La
Habana, que incluye las siguientes, y a la cual le
agregamos algunos datos encontrados en las fuen-
tes consultadas para este estudio:
1. 1796. Plaza construida por Mariano Bosques, en
la intersección de las actuales calles de Monte y Egido.
2. 1818. Plaza construida en la calle de Águila.
3. 1825-1836. Plaza de toros del Campo de Marte
(donde se encuentra actualmente el parque de la
Fraternidad).
4. 1842-1855. Primera Plaza de Toros de Regla. Con
capacidad para 6 000 espectadores.
5. 1853. Plaza de Toros de Belascoaín. Una de las
más famosas, todavía activa en los años 1890-1897,
donde ocurrieron numerosas corridas a beneficio de
importantes sociedades y gremios españoles. Ya en
este momento, no existían las dos primeras plazas,
destruidas por su mal estado (la primera) y por un
incendio (la segunda). En 1897, la plaza de
Belascoaín, conocida también como «de La Habana»,
fue destruida por un incendio.
6. 1866. Segunda Plaza de Toros de Regla. Esta pla-
za fue muy conocida en la segunda mitad del siglo
XIX y estableció una competencia fuerte con la de
Belascoaín, y la de Carlos III e Infanta. Sobrevivió

54
hasta 1899. Fue muy popular entre los españoles
porque en ella se realizaron funciones durante la
guerra de independencia cubana de 1895, en las cua-
les participaron mujeres, y también porque el famo-
so Mazzantini, ofreció muestras de su arte en fecha
tan tardía como enero de 1898.
7. 1885. Plaza de Toros de Infanta. También llegó
hasta el inicio de la ocupación norteamericana en
1899. 55

Así encontramos la descripción ofrecida por el


viajero español F. Peris Mencheta en su título De
Madrid a Panamá. Cuando visitaba La Habana en 1878,
este periodista español es invitado a una Encerrona:

Así llaman en la capital de la hermosa Isla de


Cuba a las corridas de toros que celebra la Unión
Club con algún piadoso fin o para festejar en
familia algún suceso.
Cuando... llegamos al circo taurino, ocupaban
los palcos principales encantadoras niñas y el
presidencial Artemisa García, hija de los mar-
queses de ese título... En los palcos de prefe-
rencia vimos a las autoridades superiores con
sus familias y a varias señoritas de las más be-
llas y elegantes de la capital... La concurrencia,
55
Luna Parra, Miguel: Toros en Cuba I. ¿Primera corrida de toros
celebrada en América...?. Bibliófilos Taurinos de México, Méxi-
co, D. F., 1999, pp. 6, 7, 12 y 16. El subrayado indica los
datos que ofrece este autor, y lo restante aparece contenido
en otras fuentes utilizadas para este estudio.

55
que fue escogida, salió altamente satisfecha de
la fiesta. La plaza de toros de La Habana es pare-
cida a la de San Sebastián de Guipúzcoa.56

Partiendo de esta cita pueden enunciarse otros


rasgos de la plaza de toros como espacio público.
Como ya se ha dicho con anterioridad en ella se
reproducen las jerarquías sociales, y ello está en
consonancia con las estrategias de inclusión y ex-
clusión del espacio. Evidentemente, es un lugar
cuyo acceso depende del pago de una entrada. La
estructura teatral de la plaza de toros como cons-
trucción garantiza, a la vez que una buena visibili-
dad del espectáculo, una estratificación de los
sujetos en las gradas, palcos de preferencia y presi-
denciales, que indican su procedencia clasista, al
igual que en los teatros. 57 Por otra parte, la plaza
56
Peris Mencheta, Francisco: Ob. cit., p. 221.
57
En algunas historias locales consultadas, se encuentran evi-
dencias de la reproducción de las jerarquías sociales en los
teatros. Las relaciones de poder en las ciudades cubanas se
representa en la forma de distribución de los asientos en el
espacio teatral. En Remedios, por ejemplo, sucedió que «al
establecerse el régimen de los Tenientes Gobernadores, el
palco de honor se ponía a disposición de éste, que era el
presidente del Ayuntamiento. Esta autoridad lo ocupaba como
pertenencia suya, en compañía de sus familiares y sus ami-
gos, y si algún alcalde o regidor se dirigía a él, no se conside-
raba en terreno propio sino como visita de su presidente, que
era el dueño del palco. Los orgullosos remedianos que ejer-
cían funciones municipales... en septiembre de 1841 acorda-
ron participar a don Ángel Corrales, dueño del teatro, que
preparase un palco para el Ayuntamiento, independiente del
asignado al Teniente Gobernador...». Más información al res-

56
de toros funciona como un espacio susceptible de
ser utilizado (alquilado tal vez) por una asociación
elitista para celebrar en ella sus actividades
excluyentes, las cuales además reproducen los fi-
nes de las corridas que se celebran en la Península
(beneficencia, fondos para sostenimiento del Ejér-
cito Español, homenaje a personalidades, etcéte-
ra). Es curioso como los viajeros y escritores
cubanos del siglo XIX no reparan en la masa que
asiste a los espectáculos taurinos, pero sí se detie-
ne a describir el vestuario y los hábitos que distin-
guen a la nobleza y a las autoridades.58
Otro ejemplo que confirma lo anterior es el que
aparece en el Diario de la Marina, en su edición del 6

pecto de este incidente entre autoridades, puede encontrarse


en: Martínez Escobar, Manuel: Historia de Remedios. Edicio-
nes de Jesús Montero, La Habana, 1944, p. 176. Otras ciuda-
des de la Isla presentan similares características en la manera
en que los espacios reproducen las jerarquías, y son sedes
importantes a la hora de establecerlas ante el público.
58
Además del ejemplo ofrecido por Peris Mencheta, puede men-
cionarse el hecho de que el 2 de enero de 1881, la Asociación
de Dependientes del Comercio de La Habana, se estrena en el
panorama asociativo de la Isla, con una corrida de toros en la
Plaza de Regla, con el objetivo de beneficiar sus fondos so-
ciales. (Localizado por el colega Lic. Rubén Lahullier en: Aso-
ciación de Dependientes del Comercio de La Habana. Folleto
publicado por acuerdo de la Junta Directiva para conmemorar la
fundación del Departamento de Enfermería titulado «Romagoza»
y su nueva Capilla de la Quinta de Salud «La Purísima Concep-
ción». Habana, Impr. Avisador Comercial, 1900, p. 12.)

57
de enero de 1855, referente a las actividades en la
Plaza de Toros de La Habana:59

Gran Corrida de toros que tendrá efecto el do-


mingo 7 del corriente a beneficio de los heridos,
viudas, huérfanos de los que sucumbieron en
Madrid peleando por la felicidad de la patria.
A esta corrida se nos dice asistirá el Capitán
General con su esposa y las demás señoras de
los que componen la comisión de auxilios se
han encargado de engalanar las fieras, además
esto es con el propósito de que asista lo más
escogido y delicado de nuestra sociedad.
Para aumentar el producto de la Corrida la co-
misión preparó una rifa de un hermoso broche
o alfiler de pecho con 78 brillantes de gran pre-
cio y de exquisito gusto, cuya venta de los nú-
meros a dos reales fuertes se anuncia por sepa-
rado. 60

Se observa cómo el espacio insiste en la repro-


ducción de las jerarquías sociales, característica que

59
Se refiere a la Plaza de Toros de Belascoaín, que como ya se
apuntó, fue asumida durante mucho tiempo como la «Plaza
de Toros de La Habana.» Y así aparece identificada en la
prensa de la segunda mitad del siglo XIX. La razón es obvia, la
plaza de Belascoaín era la única que en este momento se
encontraba dentro de los límites urbanos de la capital de la
colonia. No era así, en el caso de las restantes, ya ubicadas en
el ultramarino pueblo de Regla.
60
Diario de la Marina, Habana, 6 de enero de 1855.

58
se basa en una estrategia de exclusión de los asis-
tentes que toma en cuenta su prestigio social y as-
cendencia económica. En este sentido, la plaza de
toros otorga la posibilidad de exhibición de una po-
sición social ya consolidada, la aumenta, la presenta
ante la autoridad; pero no permite las relaciones entre
diferentes clases sociales, razas, etcétera. El espacio
se estructura de acuerdo a los asistentes, y los obje-
tivos que estos persigan con la actividad taurina.
No obstante, en su interior se verifica no sólo un
evento lúdico, sino también un complejo festivo-
religioso-mercantil, aunque el matiz religioso se pier-
de a medida que transcurre el tiempo porque si bien
las corridas inicialmente tenían lugar en medio de
acontecimientos vinculados a celebraciones patrió-
ticas españolas o festejos de santos patrones, a fina-
les del siglo XIX no necesitan de motivo religioso
alguno para efectuarse. El toreo continúa siendo la
actividad protagónica, pero no la única. De esta for-
ma, las Plazas de Toros se utilizan para funciones
ecuestres, exposiciones de ganado y caballos, circos
ambulantes y espectáculos de variedades. Incluso,
para que se lleve a cabo «la primera ascensión, en
esta ciudad, del Capitán Infante, en su magnífico
globo Ville de París»61 o para «beneficio de los fondos
del Círculo Militar».62
61
La Voz de Cuba, Habana, 11 de noviembre de 1886, año XVIII,
n. 264, p. 3.
62
Juvencio. «Vida Habanera». En: El Museo, Habana, 3 de junio
de 1883, vol. I, n. 27, p. 215. Esta corrida fue efectuada en la
Plaza de Toros de Regla.

59
Una comparación entre la valla de gallos y la plaza
de toros arrojaría que los asistentes a estos espacios,
si pertenecen a las clases altas difieren en su presenta-
ción ante el resto de los espectadores que se dan cita
en el lugar. En la valla, el rico va con sus esclavos; en
la plaza se presenta ante los demás en compañía de su
familia. Esto se debe al modo en que se disponen las
relaciones de poder en uno y otro espacio. Si en la valla
estas relaciones pecan de horizontales, en la plaza tau-
rina su verticalidad anuncia la dominación pública de
unos sujetos sociales sobre otros. El espacio reprodu-
ce privilegios, y éstos son respetados consuetudi-
nariamente. En la valla se prioriza el juego sobre las
jerarquías sociales. En el circo taurino se presentan
normas aceptadas que indican dominación y poder ante
un espectáculo que no sólo reporta distracción, sino
la posibilidad de «mostrarse ante los demás». La valla
concede oportunidades de apuesta, y dinero a los ga-
nadores. No tenemos referencias en los relatos de via-
jeros consultados acerca de la ocurrencia de apuestas
en las plazas de toros, lo que habla en favor del «cuida-
do» que se tenía al mostrar a los mismos las peculiari-
dades de la diversión. Aunque ello también puede
relacionarse con las propias características de la lidia
torera, donde se presupone que el hombre siempre venza
a la bestia.
En este sentido, resulta esclarecedor el análisis
del único Reglamento Taurino localizado, para la ce-
lebración de las corridas de toros en Cuba, publicado
en 1868. Sus objetivos son «evitar cualesquiera cues-
tión que pudiera suscitarse y prevenir todo abuso que

60
tienda a alterar el orden público».63 En el mismo, se
hacen un conjunto de consideraciones acerca de las
características que tienen que observarse en lo relati-
vo al espectáculo, las exigencias relativas al toreo, y
los elementos auxiliares, celadores para controlar los
animales, y médicos para atender a los toreros en caso
de accidentes y heridas. Es evidente que, la regla-
mentación del espacio beneficia su objetivo más sig-
nificativo: ofrecer diversión sin subversión. Y
garantizar la espectacularidad del arte taurino, en tanto
ejemplo de la integridad nacional española.
Entre las características afines de los juegos ana-
lizados, pueden mencionarse las posibilidades de com-
binación que brindan estas distracciones en los pueblos
y ciudades de la Isla. A ello ya nos referimos en el caso
de las vallas en el anterior acápite, pero debemos decir
que las corridas de toros posibilitan su inclusión den-
tro de un conjunto de actividades festivas, que
involucran a toda la comunidad. Hazard, por ejemplo,
nos dice al visitar Santiago de Cuba en 1872:

Nos enteramos que se está efectuando la Cere-


monia de la «persecución de Judas, el que trai-
63
Reglamento para las funciones de toros en la Isla de Cuba. Haba-
na, Imprenta del Gobierno, Capitanía General y Real Hacien-
da por S. M., 1868, p. 1. Lamentablemente, el ejemplar
consultado en la Biblioteca Nacional «José Martí» estaba
mutilado, en dos de sus últimas páginas, por lo cual las
«Disposiciones Generales», aquellas que seguramente se re-
ferían a los asuntos internos del espacio, tales como distri-
bución jerárquica, comportamiento e higiene no pudieron
ser consultadas.

61
cionó a Jesús», el acto final de la Semana Santa.
(...) Tal es el postrer espectáculo de las solemni-
dades de Semana Santa, a las que siguen al día
siguiente, domingo, una pelea de gallos por la
mañana, dos corridas de toros por la tarde y una
función de ópera por la noche.64

Esta descripción de Hazard indica que algunas


corridas se celebran en medio de celebraciones en
las que participan variados sectores sociales. Es apre-
ciable como, sin embargo, la corrida de toros ocurre
en un horario intermedio entre la pelea de gallos
(mañana=afluencia de todo tipo de público) y la
ópera (noche=actividad reservada a las élites).
Hazard no menciona en esta visita a Santiago, el
acontecimiento taurino en un lugar específico des-
tinado a éste, lo cual puede señalarnos la adaptabili-
dad del juego para realizarse en un espacio cuya única
condición consiste en la garantía de la seguridad de
los espectadores. Pero, tal vez, lo más importante de
esta noticia brindada por el viajero inglés, sea la in-
clusión de la corrida de toros dentro del mismo com-
plejo religioso y festivo en el cual se ubica la valla de
gallos. El ensayista y antropólogo español Manuel
Delgado al referirse a la tauromaquia como instru-
mento pedagógico de modernización, sugiere que:

De lo que no hay duda es que las diversas fór-


mulas taurolátricas presentan en el plano for-

64
Hazard, Samuel: Ob. cit., t. 2, p. 294.

62
mal un ascendente claramente católico, en el
sentido que están definidas, además de su por
sí determinante condición piacular, indisociable
de una tradición religiosa obsesionada por el
tema central del sacrificio, por un uso abun-
dante de elementos tomados del repertorio mito-
litúrgico del cristianismo no reformado y por su
articulación en la red cultual socialmente habi-
tada que Roma —muchas veces venciendo sus
propios escrúpulos— ha homologado, o cuanto
menos, que ha tolerado contemplarla situándo-
se en la periferia de su piedad oficial.65

Es notorio, durante el siglo XIX cubano la aquies-


cencia de las autoridades eclesiásticas hacia la co-
rrida de toros como forma de adquirir fondos para
obras de caridad, u homenaje a personalidades polí-
ticas y militares coloniales.
Siguiendo el camino de la capacidad del espec-
táculo taurino para adaptarse a otros emplazamien-
tos, tenemos las noticias sobre funciones de toros
efectuadas en Cienfuegos entre el 10 y el 12 de fe-
brero de 1847 con el objetivo de festejar a los prínci-
pes españoles,

disponiendo el gobierno con acuerdo del Ayun-


tamiento mil festejos propios del caso, tales como
65
Delgado, Manuel: «La pasión administrada. Tauromaquia y
castidad en la literatura puritana inglesa del XVIII». En: Funda-
mentos de Antropología, Diputación Provincial de Granada,
España, n. 2, 1993, p. 59.

63
una solemne Te-Deum, juegos de cucaña a las
diez de la mañana en la calle de San Fernando,
corridas de toros en la calle de Santa Isabel en-
tre las de San Fernando y San Carlos, a cuyo fin
se construyeron fuertes barreras para la seguri-
dad de los concurrentes... 66

En este momento, Cienfuegos no contaba con


una plaza de toros construida con todos los requeri-
mientos necesarios, según lo cuenta el propio Edo,
cosa que se logró en 1861. Por tanto, las funciones
taurinas tenían que realizarse en espacios sustitu-
tivos o provisionales, donde la exclusión de sujetos
sociales es tarea difícil, aunque las jerarquías sigan
siendo respetadas. De esta manera, la plaza de toros,
como espacio público, difiere conceptualmente de la
valla de gallos, cuando consagra diferencias socia-
les, que la segunda borra espacialmente. Pero ello
depende del juego y el espacio donde se desarrolla el
contenido lúdico, los cuales poseen capacidades dis-
tintas para atraer a los sujetos, además de socializar
imágenes disímiles de los sujetos asistentes.
La plaza de toros está localizada sobre todo en
las ciudades importantes, o en villas que ya desde
mediados del siglo XIX engendran un crecimiento ur-
bano notable, esto no significa que las corridas no
puedan efectuarse en puntos rurales. Pero he aquí,
una diferencia con la valla de gallos: la corrida de

66
Edo, Enrique: Memoria histórica de Cienfuegos y su jurisdicción.
Úcar, García y Cía., La Habana, 1943, p. 104.

64
toros es un juego dependiente totalmente del espa-
cio, porque exige seguridad y condiciones físicas, y
además no se encuentra vigilado estrechamente por
el poder como lugar de desobediencia civil. La signi-
ficación social de las peleas de gallos afecta a diver-
sidad de individuos, mientras que las corridas de
toros muestran una localización más acendrada en
determinados estratos y grupos, los que hacen uso
del espacio de acuerdo a la traslación de tradiciones
netamente españolas. Aunque se puede hablar de
una evolución en las corridas, desde sus inicios en
la Isla hasta los finales del siglo XIX, es evidente que
las transformaciones reproducen las acaecidas en el
decursar del toreo en España, y no obedecen a una
incorporación de la actividad taurina al espectro de
actividades festivas identificadas con la cubanidad.
Contrariamente, el investigador español Ángel
López Cantos afirma al respecto que: «la fiesta de
toros consiguió una aceptación general. En ella par-
ticiparon todos las clases sociales... y con el andar
del tiempo se transformó en un espectáculo propio
del común». 67 A mi juicio, estas consideraciones
pueden ser aplicadas al caso cubano, pero con cau-
tela. Se deben tener en cuenta las particularidades
encontradas acerca de las estrategias de exclusión e
inclusión del espacio de acuerdo a la función que
realiza en el seno de alguna celebración, festividad u
homenaje organizados por autoridades de pueblos,
ciudades o clases sociales; su carácter circunstan-

67
López Cantos, Ángel: Ob. cit., p. 164.

65
cial y, sobre todo, aquellas que indican que la inclu-
sión se realiza en las corridas taurinas que no preci-
san de espacios delimitados por edificaciones para
teatralizar el contenido lúdico de los mismos. En
las grandes ciudades como La Habana o Santiago de
Cuba, la plaza tiene una entrada selectiva acorde con
la cantidad de dinero que haya que pagar o con la
velada, conmemoración o banquete que ofrezca una
asociación determinada. 68
Algunos intelectuales cubanos se refirieron a la
corrida de toros como una «afición epidémica».69 Y en
este sentido las críticas realzaban el aspecto san-
griento de las corridas y lo más preocupante a juicio
de ellos era la histeria que se apoderaba del público.

68
Más información puede encontrarse en el libro de la doctora
María del Carmen Barcia Zequeira, titulado Una sociedad en
crisis: La Habana a finales del siglo XIX(Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 2000) donde se evidencia la celebración
de corridas de toros en funciones de homenaje o beneficio, lo
que indica que las entradas costaban dinero. De esta manera,
la exclusión se logra desde fuera del espacio. Cuesta dinero
ver lidiar toros, pero ver lidiar gallos sólo cuesta dinero en
épocas difíciles, y ello dependiendo de la ciudad y el control
de las autoridades. En La Habana en 1897, se cobraban dos
pesos fuertes por entrar al Gran Circo de Gallos de esa ciu-
dad. Ver: Barcia, ob. cit., p. 134-136.
69
Enrique José Varona, en su artículo «Una afición epidémica:
los toros», publicado en la Revista Cubana por Aureliano
Sánchez Arango, en 1951, con el título Artículos periodísticos
de Enrique José Varona (selección), publicados por los Talleres
Tipográficos «Alfa», en La Habana, en 1952.

66
Sin embargo, Enrique José Varona exagera en sus
afirmaciones: las personas sí van a la plaza a ver al
torero, a ver al toro, a ver el juego de vida y muerte
entre ambos. No solamente «a ver sangre, a compla-
cerse en la carnicería y a deleitarse con la muerte».70
Con estas aseveraciones, el autor le resta posibilida-
des expresivas al espacio. Aún más: descalifica sus
características como espacio de reunión social. Es
evidente que su opinión está en concordancia con
una determinada civilidad que las élites intelectua-
les de la Isla intentaban imponer en la esfera públi-
ca. No obstante, ello no significó que las plazas de
toros detuvieran sus actividades ante esta ofensiva.
Prueba es que a pesar de la entrada selectiva de los
sujetos sociales al espacio taurino, ello no afectó la
evolución de la lidia de toros hacia otras formas en
que se manifestaba la posible participación de muje-
res en el difícil arte de torear a las bestias. Su activi-
dad en la arena tuvo reconocimiento social e incluso

70
Ibídem., p. 20. También algunos viajeros a la Isla en el siglo
XIX, califican la corrida de toros como un espectáculo «bárba-
ro». Abiel Abbot, por ejemplo, en fecha tan temprana como
1828, en sus cartas, las iguala a las peleas de gallos en lo
referido a su «salvajismo». Abbot, Abiel: Ob. cit., pp. 92-94.
Otros visitantes, como Sir Charles Murray, quien visita la
Isla en 1836, insisten en esta característica sangrienta del
espectáculo taurino. Ver: Murray, Sir Charles Augustus. Travels
in North American During the years 1834-1835 and 36, Including
a Summer Residence with the Pawnee Tribe of Indians, in the
Remote Prairies of the Missouri, and Visit to Cuba and the Azore
Islands. Richard Bentley, London, 1839, vol. 2, cap. IX,
p. 253.

67
algunos periódicos les dedicaron anuncios y déci-
mas como la que sigue:

Las señoritas toreras


que trabajaron en Regla
Es aquello que se llama
unas soberanas hembras.
¡Y luego llamarán débil
al sexo que las encierra!
cuando hay pocos adanes
que abillelen tanta fuerza.
Ellas juegan con los toros
como si fuesen muñecas
y se exponen a sus cuernos
como si fuesen de cera.71

Esto ocurría en la capital en medio de la situa-


ción bélica que estremecía al país, lo cual habla tam-
bién de la permanencia del espacio durante el período
de guerra. Pero la supervivencia del espacio se veri-
fica en la ciudad, donde además existen todavía to-
ros para torear.
Una necesaria reflexión se impone para respon-
der la pregunta que encabeza este acápite. Es cierto
que una historia comparada de las actitudes de los
habitantes de la Isla hacia los espacios públicos es-
tudiados, tuviera como resultado una preferencia
«nacional» por uno o por otro. Es notorio, en los
periódicos y revistas consultados, la intención de

71
El Kikiriquí. Habana, 15 de diciembre de 1897, año 1, n. 8, p. 2.

68
subrayar las características españolas de la plaza de
toros, y en reclamar la virtud «cubana» para la valla
de gallos. Ambos espacios aparecen contrapuestos
en el pensamiento de quienes, después de 1898, tie-
nen la responsabilidad de discutir sus posibilidades
expresivas para la nacionalidad cubana. Es signifi-
cativo que los periódicos de tendencia pro española
durante todo el siglo XIX (Diario de La Marina, La Voz
de Cuba, El Comercio, La Bandera Española, El León
Español, etcétera) reivindiquen el españolismo más
acérrimo para las lidias toreras:

Ayer fuimos a Regla, a ver la corrida de toros


anunciada para este día, porque somos muy es-
pañoles, y los españoles (menester es confesar-
lo) estamos mucho por los toros. El torero lo
miramos nosotros vestigio que milagrosamente
ha podido llegar a nuestros días, de las costum-
bres de nuestros antiguos varones; como una
diversión esencialmente nacional... 72

La utilización de la plaza como espacio público


destinado a ponderar la sacralización de la autoridad
y de la dominación colonial, puesto que dentro de
las fronteras espaciales se llega incluso a engalanar
al animal, simplemente para atraer a lo «más selecto
de la sociedad», empleándose la función taurina como
recurso benéfico a favor de las tropas coloniales, o

72
Diario de la Marina, Habana, 31 de mayo de 1844, año XII,
n. 132, p. 4.

69
para brindar homenajes a figuras y cuerpos milita-
res que forman parte de las tropas represivas de las
actividades independentistas, y del ejército de do-
minación sobre los cubanos, tal como puede verse
en el siguiente anuncio:

Plaza de Belascoaín. Tenemos el gusto de publi-


car en extracto el programa de la gran corrida de
toros dispuesta el domingo 27 del actual por el
batallón de voluntarios Primero de Ligeros, con
el beneplácito de las autoridades a beneficio de
los huérfanos de Don Gonzalo de Castañón...73

Incluso extranjeros, de visita en Cuba, se perca-


tan de la baja asistencia de los criollos (o en otros
casos «de los cubanos») a las Plazas de Toros en La
Habana, en contraposición con la concurrencia a las
vallas de gallos. «Hay en La Habana dos plazas de
toros, pero los criollos cubanos asisten poco a ellas
pues las consideran como una diversión española, y
por consiguiente bárbara...».74 Esta impresión es de
1869, y salta a la vista la fecha, porque sólo un año
antes los cubanos habían iniciado su guerra de in-
dependencia contra España. Sin embargo, no es acep-
table ni ajustado a la verdad histórica, afirmar que
los toros no arraigaron solamente por razones eco-
73
Diario de la Marina. Habana, 25 de febrero de 1870, año
XXXVIII, n. 55, p. 2
74
Greville, John Chester: «Trasatlantic sketches in the West
Indies, South America, Canada and the United States». En:
Eguren, Gustavo: La Fidelísima Habana. Editorial Letras Cu-
banas, La Habana, 1986. pp. 354-355.

70
nómicas o de ubicación urbana,75 sino también por-
que el espacio privilegia a unas clases sociales sobre
otras, a un elemento nacional sobre otro, y goza del
beneficio de las autoridades lo cual incide en su per-
manencia, muchas veces vista como una imposición,
o al menos una regla, en la vida cotidiana, y no un
espacio vivido por el habitante de la Isla. Es cierto,
por otra parte, como afirma González Delgado que
en Cuba no existían grandes criaderos de toros de
lidia, pero sí, como ya se ha dicho, personas y em-
presas dedicadas a su importación.
No se puede afirmar en tanto, que las corridas
de toros tuvieran lugar solamente en los emporios
urbanos, puesto que en la primitiva Cienfuegos y el
minúsculo poblado de Banes en la actual provincia
de Holguín, se corrían toros en los años 1840-1855,
y 1890, respectivamente, y estas poblaciones no
constituían centros urbanos importantes en estos
tiempos. 76 Sin embargo, debe mencionarse la
inasistencia generalizada del campesinado a estas

75
Así lo plantea Maydelín González Delgado en su tesis para
optar por el grado de Licenciado en Historia, titulada Aspec-
tos de la vida social y las costumbres cubanas populares en Cuba en
el período de 1878-1895, en el curso 1989-1990, p. 19. Esta
tesis inédita se encuentra en la Biblioteca de la Facultad de
Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Y su
principal aporte a este tema radica en la organización y siste-
matización de la información recopilada.
76
Ver Edo, Enrique: Ob. cit., p. 43, Historia Local de Banes.
Editorial Clave, Holguín, 1942, p. 11.

71
lides, porque este sector —mayoritario en la compo-
sición social de la población cubana— prefiere la va-
lla como espacio de sociabilidad.
Un último elemento para reforzar estas afirma-
ciones: es visible como a lo largo del último tercio
del siglo XIX, la plaza de toros pierde popularidad no
ya por las condiciones antes señaladas, sino por la
aparición y rápido desarrollo de otro espacio - juego:
el Stadium de Béisbol. Las influencias externas en
la cultura cubana, así como en los hábitos y cos-
tumbres de los cubanos, se dejaron sentir con parti-
cular fuerza en este terreno de los juegos, y pronto
el «baseball» fue adoptado por las clases pudientes y
los sectores populares como un antídoto contra el
«salvajismo» peninsular. Aunque arraigó primera y
principalmente en La Habana y Matanzas, puede
decirse que ya a finales de 1898 tenía bien estableci-
dos campeonatos y torneos provinciales, los cuales
son posteriores a la organización de clubes en la
década del 70. Se habla de que en los 80 hay cientos
de clubes en toda la Isla, 77 y ello es visible en la
prensa periódica, la que en sus anuncios de primera

77
Más información puede encontrarse en Gálvez y Delmonte,
Wenceslao: El base-ball en Cuba. Historia del base-ball en la Isla
de Cuba, sin retratos de los principales jugadores y personas más
caracterizadas —en el juego citado, ni de ninguna otra—. La
Habana, Imprenta Mercantil de los Herederos de Santiago
Spencer, 1889. Este autor, hermano del conocido jurista de
nombre José María, y literato de renombre en los primeros
años del siglo XX , fue jugador de béisbol, y después un árbitro
muy solicitado y respetado.

72
página incluye reseñas contentivas del acontecer
beisbolero en el país.
En esto influye, de manera particular, el hecho
ya mencionado que las corridas de toros asumieran
en Cuba una perspectiva española y españolizante.
No sólo porque los asistentes a las mismas se carac-
terizaran por su apego a las tradiciones peninsulares,
o porque sus principales animadores lo constituye-
ran toreros venidos de España o Europa —aunque
existieron toreros cubanos, nacidos en la Isla y por si
fuera poco empresarios taurinos que manejaron pla-
zas en La Habana y México—,78 sino porque en mi
opinión, a las corridas de toros se asiste como parte
de un espectáculo concebido casi siempre con propó-
sitos culturales que indican la pertenencia indisolu-
ble de Cuba a la Corona Española. Sirvan para ello,
los ejemplos ya mencionados, pero también las nu-
merosas funciones de beneficencia que dieron las
sociedades de emigrantes españoles en las mismas.
Sin embargo, los anuncios de lides taurinas van
desapareciendo poco a poco. Es como si la plaza de
toros se apagara frente al joven «estadio de pelota».
Y en los primeros meses de 1899, periódicos otrora
identificados con la dominación española como el
Diario de la Marina y El Nuevo País —este último en
su nueva época, por supuesto, ya que antes se deno-
minaba El País y representante de los autonomis-
tas— insertan en sus portadas matutinas noticias
acerca del desarrollo de los juegos de béisbol y no de

78
Luna Parra, Miguel: Ob. cit., p. 17.

73
actividades taurinas, las cuales como ya se ha dicho
desaparecen por completo. Sólo El Comercio, que se-
pamos, las sigue anunciando, pero cada vez menos.79
El mencionado intelectual cubano Enrique José
Varona, recordado en este capítulo como uno de los
detractores de la actividad taurina, dedicaba en es-
tos años un artículo al béisbol donde destacaba el
provecho moral del juego, si lograba enseñar a los
cubanos a ganar y perder civilizadamente. 80 Julián
del Casal, mientras, resaltaba las virtudes del libro
de Gálvez y del deporte que historiaba.81
No obstante, las vallas de gallos y las plazas de
toros llegan hasta principios de 1899 y gozan de la
preferencia de los habitantes de la Isla, en mayor o
menor medida. O sea, el poder y las corrientes moder-
nizadoras fueron lo suficientemente tolerantes como
para permitir la supervivencia de estos espacios pú-
blicos en la vida cotidiana de los residentes en la
Isla. Sin embargo, otra era la historia que les habría
de esperar a mediados de 1899, cuando los norte-
americanos —representantes del poder— y algunos
cubanos —deseosos de una República «civilizada» y
«moderna»— determinaron que dichas prácticas no
eran adecuadas en un país que se «preparaba» para
su independencia.

79
Vèase: El Comercio, Habana, febrero-marzo de 1899.
80
Varona, Enrique José: «El Base-ball en La Habana». (En Revis-
ta Cubana, t. 4, 1887, pp. 84-88.)
81
Casal, Julián del: «El base ball en Cuba», La Discusión. Haba-
na, 28 de noviembre de 1889, p. 2.

74
Capítulo II
Civilización vs. Barbarie: las peleas
de gallos y las corridas de toros
en el interregno (1899-1902)

«Hemos entrado en un período de progreso y


civilización». 1

«El progreso es el bárbaro de la sociedad mo-


derna. Sus legiones son invisibles; pero como
las de Atila, incontables y triunfadoras. Si la
acción es distinta en los procedimientos, en
los efectos es perfectamente idéntica. Caen a
su paso, costumbres, usos, modas, aficiones...
todo como barrido por un viento de tempes-
tad va desapareciendo». 2

En enero de 1899, mientras la bandera norteameri-


cana escala peldaños en el cielo cubano, varias mira-
das se entrecruzan en la Plaza de Armas de La Habana.
Un gallero, un torero y cientos de habitantes de la
ciudad contemplan el pabellón que se alza y pien-
san: ¿cómo será el futuro? Nadie sabe. Pero mu-
chos son optimistas. El gallero piensa: «seguiré con
mis gallos bajo el brazo, ahora con mucha más li-
bertad». El torero considera: «seguro que tendré más
público, ahora que no hay guerra». Casi todos opi-
1
«Retazos». En: Concordia. Semanario Político. Habana, año I, n. 2,
15 de julio de 1899, p. 1.
2
Iglesia, Álvaro de la: Tradiciones Completas. Editorial Letras
Cubanas, Ciudad de La Habana, 1983, p. 236. (La primera
edición de este libro se realizó en La Habana en el año 1911.)

75
nan: «seremos ciudadanos, muy pronto, de una Re-
pública libre y soberana; esta ocupación es tempo-
ral».
Entre el tiempo y la duda se debate el interreg-
no conocido en los libros de historia como «primera
ocupación norteamericana». Para los que lo vivie-
ron, estas dos palabras significaron una realidad es-
tablecida y, tal vez, mucho de incertidumbre. Pero el
transcurso de los años —inexorable— demostró que
aquel período iba a ser definitivo para las prácticas
cotidianas al uso en los espacios públicos. Y que la
lucha en lo adelante se dirigiría a demostrar que lo
nacional no sólo se manifestaba en una guerra por
la independencia, sino en la decisión de definir quié-
nes eran los cubanos, cuáles eran sus tradiciones, y
a qué aspiraban en su diversidad.3
Entre 1899 y 1902, las peleas de gallos y las co-
rridas de toros, entre otros juegos y espacios públi-
cos, fueron objeto de los dictados de una política,
proveniente del poder interventor, que alteró
3
Apreciar este período en su justa diversidad obliga a tomar en
cuenta variedad de fuentes y testimonios de los contemporá-
neos. Al respecto, ya la historiografía cubana cuenta con algu-
nos estudios que se destacan por esta característica. Véanse
en la Bibliografía de este libro, los trabajos de Marial Iglesias
Utset, Ricardo Quiza, Oilda Hevia Lanier, María del Carmen
Barcia, Beatriz Combarro Mouriz, Pablo Riaño San Marful y
Blancamar León Rosabal. Estos autores no parten de una
verticalidad (pre) establecida a través de fuentes selecciona-
das previamente, sino que se encauzan a través de la historia
sociocultural para enriquecer y complejizar las usuales inter-
pretaciones sobre la historia cubana de estos años.

76
substancialmente sus contenidos. Desaparecen am-
bos espacios, al menos oficialmente; su práctica se
confina al oscuro rincón de lo prohibido. En nom-
bre del «progreso» de la Isla, el híbrido gobierno 4
impuesto durante la ocupación establece sus teo-
rías sobre «buen comportamiento» y «civilización» a
sus habitantes. Las élites disponen de una ascen-
dencia que reduce el logro de la independencia defi-
nitiva —y con ella el cese de la ocupación— al
cumplimiento de ciertas condiciones relacionadas
con la civilidad y la eliminación del «salvajismo» en
la sociedad. Se produce entonces un cuerpo legisla-
tivo basado en órdenes militares, acordes con el tipo
de ocupación que vive el país. Desde los órganos
represivos creados al efecto, hasta la mayoría de los
periódicos se encargarán de que esas leyes sean aca-
tadas.
Este capítulo pretende reconstruir el entrama-
do legislativo impuesto por el gobierno interventor,
y de principios de la República, con respecto a la
valla de gallos y la plaza de toros como espacios-
juegos, en tanto hacia ellos existían opiniones que
consideraban su práctica como un obstáculo en el

4
Se denomina al gobierno regente de los asuntos de la Isla con el
calificativo de «híbrido», porque a pesar de estar sometido a la
autoridad suprema del Presidente de los Estados Unidos, la
estructura piramidal de poder estuvo compuesta por habitan-
tes de la Isla que ocuparon las secretarías que trabajaban con el
Gobernador Militar de la Isla. Por otra parte, se observa que, en
nuestra opinión, existe una diferencia clara entre modernidad y
modernización, la cual será tratada más adelante.

77
camino de la Isla hacia el «progreso moral». Sólo de
esta forma, se podrán comprender los móviles de la
modernización, del cambio social que la interven-
ción norteamericana produce en los espacios públi-
cos. También posibilitará el aprendizaje de las
reacciones de los residentes en la Isla hacia esas me-
didas. Desconocer esta parte de la historia de los
espacios públicos en Cuba, conduce a ignorar la
importancia de la relación entre poder político y es-
fera pública, y sus consecuencias para la supervi-
vencia, no sólo de los espacios, sino de las redes y
negociaciones culturales generadas por —y garan-
tes de— ellos.
Así, como hilo de Ariadna en sinuoso laberinto
—de una sinuosidad extraordinaria, debo advertir—,
el texto que sigue muestra las relaciones que se es-
tablecen entre los espacios públicos y el poder que
rige los destinos de la Isla, durante la ocupación
militar norteamericana entre 1898 y 1902.

1. Una sociedad a disciplinar: el «progreso»


contra el juego

Voy a comenzar las reflexiones sobre este tema de la


reorganización de la sociedad cubana entre 1898-
1902, con un fragmento del análisis que Michel
Foucault realiza en su excelente libro Vigilar y casti-
gar. Cuando Foucault describe el proceso mediante
el cual se promulgan leyes y normas para colocar el
espacio ciudadano bajo un estado de gobernabilidad

78
que permita combatir y exorcizar los «desórdenes»,
o sea, lo que el llama «estado de peste» se instaura

un espacio cerrado, recortado, vigilado en cada


uno de sus puntos, en el que los individuos es-
tán insertos en un lugar fijo, en el que los me-
nores movimientos estén controlados, en el que
todos los acontecimientos están registrados, en
el que un trabajo ininterrumpido de escritura
une el centro y la periferia, en el que cada indi-
viduo está en todo momento localizado, exami-
nado y distribuido entre los vivos, los enfermos
y los muertos. 5

Desde el comienzo de la ocupación norteameri-


cana en 1899 (oficialmente) se observa un denodado
esfuerzo de las autoridades interventoras y buena
parte de las élites intelectuales y la sociedad civil
cubana, por reglamentar y «limpiar» la sociedad in-
sular. Los intensos debates que tienen lugar desde
mediados del siglo XIX en torno a las relaciones en-
tre lo público y lo privado, los comportamientos so-
ciales, los gustos, la expresividad de las pasiones,
las relaciones familiares, el juego, etcétera, y que
tienen como escenario privilegiado —aunque no pri-
vativo— a la prensa periódica, sobre todo después
de 1878, dan paso ahora a la imposición de una cul-
tura «moderna» que identificará lo anterior como una

5
Foucault, Michel: Vigilar y castigar. Siglo XXI, Madrid, 1990,
p. 201.

79
«barbarie» que debe ser controlada y sujetada a las
«supremas» necesidades de la Nación.

El proyecto fundacional de la Nación es


civilizatorio en el sentido de darle, por un lado,
a la escritura un poder legalizador y normatizador
de prácticas y sujetos cuya identidad quedase
circunscrita al espacio escriturado; y por el otro,
organizar un poder múltiple, automático y anó-
nimo que controlase sin cesar y discretamente a
los individuos: lograr que estos fuesen ciudada-
nos de la polis, de una red invisible de leyes,
reglas..., vigilados y vigilantes en una mutua
complicidad contenedora de posibles transgre-
siones. 6

Al establecerse oficialmente el gobierno de la


ocupación norteamericana, los cubanos asisten a un
nuevo tipo de régimen político caracterizado por la
adopción de una estructura dual, donde las jefatu-
ras civiles y militares del país quedaban sujetas a la
autoridad del Gobernador Militar de la Isla de Cuba,
designado por el Presidente de los Estados Unidos
de América. John Brooke, sexagenario general, fue
nombrado para el cargo por William Mc Kinley, quien
le dio instrucciones muy precisas acerca de su ges-
tión al frente de los destinos cubanos, para que el
6
González Stephan, Beatriz: «Cartografía de la sociedad disci-
plinaria: antesala de la sociedad de control en Venezuela».
Disponible en: http// www.javeriana.edu.co/pensar/
Disens43html.

80
status implantado, a pesar de ser un régimen mili-
tar, permitiera que «su gobierno sea un gobierno de
leyes, no de fuerza».7
Manteniendo en vigor los códigos civil y militar
existentes al término de la dominación española,
Brooke llevó a cabo la estructuración del poder políti-
co, que propiciaba la organización de un gobierno
civil con cuatro departamentos: Departamento de Es-
tado y Gobierno, Departamento de Finanzas, Depar-
tamento de Justicia e Instrucción Pública y Departa-
mento de Comercio, Agricultura, Industrias y Obras
Públicas. Al frente de cada uno de ellos se situó a un
Secretario cubano. El primero fue el más importante,
dirigido por Domingo Méndez Capote (después, bajo
el mandato de Wood sería Diego Tamayo), quien su-
pervisaba los gobiernos provinciales y las adminis-
traciones municipales, además de dirigir la rama civil
de la administración pública. Sin embargo, durante
los primeros meses de la Ocupación,

el sistema de mando militar era superior al del


gobierno civil y dominaba todas las fases de la
actividad en la Isla. Este estaba dividido en siete
departamentos que correspondían a las seis pro-
vincias del país y a la Ciudad de La Habana. Cada
uno de los departamentos era dirigido por un
7
Carta de William McKinley a John Brooke, fechada el 22 de
diciembre de 1899 en Washington. Citada por Philip S. Foner
en: La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del
imperialismo yanqui. Editorial de Ciencias Sociales, La Haba-
na, 1978, vol. 1, p. 112.

81
general americano que ejercía su autoridad so-
bre la administración provincial y las municipa-
les, controlaba la supervisión general de las cár-
celes, centros de beneficencia, obras públicas y
sanidad, y estaba a cargo de las tropas norte-
americanas en el área bajo su mando.8

Por esta causa, numerosas medidas tomadas en


pro de la modernización de la sociedad cubana por el
poder político —entiéndase en beneficio del «pro-
greso», según el lenguaje utilizado en la época—, por
el poder político establecido, fueron órdenes milita-
res que incidieron notablemente en la vida social, y
de hecho transformaron los contenidos legales de las
actividades cotidianas del pueblo de la Isla.
Así, desde muy temprana fecha, los gobernan-
tes norteamericanos comenzaron a imponer una le-
gislación que coincidía con los ánimos «civilizatorios»
de algunos grupos de la sociedad civil insular. En el
año 1899, se desata una ofensiva contra el juego: el
24 de julio se modifica el artículo 602 del Código
Penal sobre juegos de azar; y se prohíben las autori-
zaciones para loterías o rifas.9 Sucesivamente se es-
tablece, mediante la orden militar n. 176, los días
que se consideraran festivos legalmente.10

18
Foner, Philip S.: Ob. cit., vol. 2, p. 99.
19
Colección Legislativa de la Isla de Cuba. Recopilación de todas las
disposiciones publicadas en la «Gaceta de la Habana». Habana,
Establecimiento Tipográfico de la «Gaceta de la Habana»,
1899, p. 154.
10
Ver: Gaceta de la Habana, 22 de septiembre de 1899.

82
A los efectos de este trabajo, se debe prestar
atención a la orden militar n. 187, del 10 de octubre
de 1899 —¿coincidencia o premeditación?—, que
prohibía las corridas de toros en la Isla de Cuba.
Su texto expresaba:

I. Quedan absolutamente prohibidas las corri-


das de toros en la Isla de Cuba.
II. Incurrirán en la multa de quinientos pesos
(500) los contraventores del anterior artículo.

y firmaba el Brigadier General, Jefe del Estado Ma-


yor, Adna Chaffee.11
Esta orden militar señala una de las caracterís-
ticas transformadoras de la intervención norteame-
ricana: la eliminación de un espacio público
considerado nocivo al «progreso» y la «moral públi-
ca» —frase esta última que aparece en repetidas oca-
siones en los textos legislativos producidos en este
período— y la prohibición forzosa de las actividades
lúdicas que en sus marcos se realizan. 12
La Intervención va cercenando de su aparente-
mente gran caudal de adeptos iniciales una parte de

11
Colección Legislativa de la Isla de Cuba, ed. cit., p. 221.
12
Es oportuno señalar que antes de 1899, se había dictado una
orden «por la cual quedaban terminantemente prohibidas
las... corridas de toros en todo el territorio capitulado», con
fecha 21 de noviembre de 1898, y que la misma se refería a la
provincia de Oriente. Ver: Bacardí, Emilio: Crónicas de Santia-
go de Cuba. Tipografía Arroyo Hermanos, Santiago de Cuba,
1924, t. X, p. 196.

83
los individuos, marginados por sus actividades
lúdicas, de la nueva ética social que el poder políti-
co establece y ordena cumplir para satisfacer las
metas impuestas a un pueblo necesitado de su inde-
pendencia. Pero, también, la eliminación de las pla-
zas de toros obedece a otras causas, algunas de las
cuales ya habían sido esbozadas en el capítulo ante-
rior, y son las referidas a la relación establecida en
torno a la generación simbólica del espacio, y que
en sentido estrecho se puede reducir a la identifica-
ción de la plaza de toros con una tradición española
y, por ende, «salvaje».
En el acápite precedente, se establecieron las
igualdades que representantes de la élite intelectual
ascendente, representada en el poder político, (de
procedencia independentista y autonomista) conce-
de a la plaza de toros como espacio donde tiene lugar
un juego sangriento y salvaje. Es por ello que la eli-
minación de las corridas de toros pasó casi inadverti-
da para buena parte de la prensa insular. Sólo se
observan —y esto se profundizará en el capítulo 3—
discretas afirmaciones, como la insertada por El Nue-
vo País, en octubre de 1899, cuando dice solamente al
respecto de la eliminación de la plaza taurina: «Muy
bien ordenado»...13 y nada más. No obstante, esta ca-
rencia de información en la prensa periódica no limi-
ta el análisis general de la legislación con respecto a
los espacios públicos, sino todo lo contrario.

13
El Nuevo País. Diario Político Independiente, Habana, 17 de
octubre de 1899, año I, n. 218.

84
La modernidad, su alcance, representa en esta
época la negación de un modelo identificado con lo
arcaico y medieval, y la entronización de otro que se
asemeja con lo imaginado como civilizatorio. Espa-
ña constituye el modelo agotado; la sociedad norte-
americana, el paradigma del futuro. Pensar ambos
extremos significó —sin dicotomías infranqueables—
que en la escritura se reflejara y refractara un conte-
nido de temporalidad que se advierte, sobre todo, en
la nomenclatura que muchas voces utilizan para cla-
sificar dichos paradigmas (lo negativo / lo positi-
vo).14 Las percepciones de admiración o adversidad,
14
En el lenguaje empleado en la poesía, el testimonio, el ensa-
yo, la historiografía y el teatro escritos durante estos años se
destacan, por regla general, el uso de signos de admiración,
mayúsculas y palabras grandilocuentes cuando los autores se
refieren a los Estados Unidos. Desde las personalidades más
prestigiosas de las élites independentistas como Salvador
Cisneros Betancourt y José Miguel Gómez hasta desconoci-
dos como Víctor Plana (poeta) y René Darbois León (autor
teatral) de igual filiación política, los norteamericanos son
reconocidos como la «Gran Nación Americana», la «Gran
República del Norte», «el Sol resplandeciente» y el «Templo
más grandioso de la Libertad». Igual sucede con escritores
anexionistas como José Ignacio Rodríguez y Francisco
Figueras, quienes con intereses diametralmente opuestos a
los anteriores, se expresan de la misma manera. España, en
cambio, es representada con epítetos despectivos que van
desde una caricatura donde Uncle Sam tira de las orejas a un
torero, hasta poesías y obras teatrales donde la frase «¡Ya se
cayó el Guacamayo!» son sólo el pretexto iniciador para des-
encadenar la repulsa, el resentimiento y, en ocasiones, la agre-
sión hacia todo lo que recuerde lo hispano. El hecho de que
muchos habitantes de la Isla se sientan imbuidos de la nece-

85
hacia Estados Unidos o España, que son socializa-
das para modernizar la realidad insular, no siempre
están reñidas con las posibilidades de realización
práctica de las utopías nacionalistas, aun cuando
éstas planteen estrategias inclusivas o exclusivas
respecto a sus objetivos concretos. Los autonomis-
tas, independentistas y anexionistas poseen gran di-
versidad de criterios a la hora de esbozar sus ideas
acerca de las relaciones del futuro de la Isla, en tan-
to imagen pero también como realidad que se cons-
truye, con el paradigma de modernidad dominante.
Tal situación está estrechamente imbricada con
la necesidad, supuesta, de modernizar el país, y en-
tregar —una República para los independentistas o
un estado de la Unión Norteamericana para los
anexionistas, por sólo citar los extremos— una so-
ciedad sana, curada, limpia. Y en este sentido, el
juego y sus disímiles maneras de expresarse, sobre
todo en lo considerado «no cubano» por su natura-
leza bárbara, será duramente atacado. Se trata de
conformar un entramado legislativo que garantice
una sociedad «perfecta», y por tanto, más fácil de
controlar y dominar. Lo importante es comprender
que las leyes sobre esta materia forman un conjun-

sidad de la construcción rápida de un «nuevo» país, en la


nueva temporalidad del interregno, tiene mucho que ver con
estos usos en la escritura. Más información en: Riaño San
Marful, Pablo: El 98 visto por sus contemporáneos. Tesis de
Licenciatura. Departamento de Historia de Cuba. Facultad
de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, 1995,
capítulos 2 y 3.

86
to, cuyos componentes se encuentran estrechamente
relacionados con la condición que señala a los espa-
cios estudiados como lugares donde ocurren prácti-
cas condenadas por «bárbaras».
La legislación dictada por el poder político du-
rante la primera ocupación militar norteamericana
de Cuba, se caracteriza por un afán moralizador, como
ya se ha apuntado, y éste se relaciona, en el caso de
los espacios que se estudian, con la entronización
de un código de conducta ante los animales, nada
ajeno al desenvolvimiento intelectual de la Isla, y
conducente a eliminar determinadas prácticas con-
sideradas «abusivas». En este sentido, merece ser
imbricado el dictamen militar contra la actividad tau-
rina con otras órdenes, cuyas disposiciones articu-
lan una serie de medidas encaminadas a lograr el fin
antes descrito.
En marzo de 1900, el Gobernador General de
Cuba dispuso la publicación de una orden, median-
te la cual prohibió «el uso del aguijón al embarcar o
desembarcar cualquier clase de ganado en los puer-
tos de la Isla de Cuba» 15 e impuso multas, no a los
infractores directos, sino a los empresarios. Es de-
cir, el poder político está interesado en regular has-
ta el detalle las relaciones entre el hombre y el
animal, al punto que dispone la utilización de los
instrumentos de trabajo usados en su manipulación.
Estas leyes recibieron el respaldo de las socieda-
des protectoras de animales, tanto cubanas como

15
Gaceta de la Habana , 15 de marzo de 1900.

87
norteamericanas. Debe destacarse que desde 1883
existía en La Habana una Sociedad Cubana Protec-
tora de Animales y Plantas, cuya labor puede ser
estudiada a través de su Boletín que con periodicidad
irregular, recogía el sentimiento de intelectuales dis-
tinguidos sobre la necesidad de que fueran otorga-
dos poderes más amplios a esta clase de organismos
para vigilar y denunciar el maltrato de animales en
la ciudad. Felipe Poey, destacado naturalista cubano
del siglo XIX, pedía «¡Indulgencia para los animales!»
en un artículo donde describía el abuso que el ser
humano cometía con el ganado destinado al trans-
porte. 16
Esta Sociedad tenía relaciones con sus simila-
res establecidas en Madrid y Nueva York y resultaba
muy importante la relación con esta última, de la
cual se consideraba como su seguidora, al tiempo
que reseñaba las actividades llevadas a cabo por la
misma. Como un antecedente digno de la atención
que algunas personas dedicaban al cuidado de los
animales 17 en 1883 aparecía en el citado Boletín un

16
Poey, Felipe: «¡Indulgencia para los animales!» (En: Boletín
de la Sociedad Cubana Protectora de Animales y Plantas, año I, n. 3,
15 de enero de 1883, p. 21.)
17
Lo que se relaciona con la opinión de algunos intelectuales ya
mencionados en el capítulo 1, como Enrique José Varona y
Julián del Casal, respecto a las corridas de toros. Ver: capítu-
lo I, pp. 33-34. Cf. Riaño San Marful, Pablo. El sentido de los
espacios: gallos y toros en Cuba (1899-1902) Tesis de maestría,
Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de la Habana,
1999.

88
llamado a la conciencia de los habitantes de la Isla,
cuyo lenguaje se asemeja en mucho al utilizado casi
veinte años después por los interesados en eliminar
ciertos rasgos de «salvajismo» y «primitivismo» en la
sociedad cubana:

Si la Sociedad Protectora de Animales y Plantas


establecida en la Habana, lograse, al fin, llegar á
la altura á que en otros países han arribado es-
tas benéficas instituciones, y además lograse
conseguir un saludable cambio en la educación
que comúnmente se da aquí a esos seres que
forman parte de la vida social del hombre, se
levantaría un grandioso monumento á las bue-
nas costumbres y á la humanidad. 18

Ese momento se produjo entre 1899-1902, eta-


pa durante la cual se manifiesta una íntima corres-
pondencia entre las medidas civilizadoras, impul-
sadas desde el híbrido poder, y las voces que, desde
la sociedad civil, proponían un cambio en la manera
de legislar sobre determinadas prácticas al uso en
los espacios públicos. Por esta causa, en apenas cinco
meses se elimina, oficialmente, otro de los espacios
públicos donde tenía lugar un juego «sangriento»
entre animales: la valla de gallos. El 19 de abril de
1900, Leonard Wood, a propuesta del secretario de

18
«Nuestros Deseos», firmado en Matanzas, 26 de enero de
1883, por Isaura. (En: Boletín de la Sociedad Cubana Protectora
de Animales y Plantas, año I, n. 5, 31 de enero de 1883, p. 27.)

89
Estado y Gobernación, ordena la publicación de la
siguiente orden:

I. Queda por la presente prohibida desde el día 1


de junio de 1900, la celebración de lidias de ga-
llos en el territorio de esta Isla.
II. Cada uno de los contraventores de esta dis-
posición incurrirá en la multa de quinientos
pesos.
III. Se derogan todas las leyes y disposiciones, ó
partes de las mismas, que se opongan á la pre-
sente. 19

La referida orden acusa una singularidad que no


estuvo presente en la anterior referida a las corridas
de toros: declara, en su texto, haber sido publicada
«á propuesta del Secretario de Estado y Goberna-
ción», cargo ocupado por el doctor Diego Tamayo y
Figueredo,20 miembro del Consejo de Secretarios del

19
Gaceta de la Habana, 22 de abril de 1900.
20
Diego Tamayo y Figueredo era un hombre de larga trayecto-
ria revolucionaria, al servicio de la causa independentista cu-
bana. Participó en la Guerra de los Diez Años, aunque por
muy breve tiempo pues fue detenido en 1869 y gracias a las
gestiones familiares, liberado. Este patriota bayamés nacido
el 29 de agosto de 1852, era médico de profesión, licenciado
en Medicina por la Universidad de Barcelona en 1878. Du-
rante la Guerra de 1895, emigró a los Estados Unidos de
América, y en 1901 fue electo Delegado a la Asamblea Cons-
tituyente. Fungió después como Secretario de Gobernación
durante el mandato del primer presidente de la República de
Cuba, don Tomás Estrada Palma, hasta 1906. Electo senador

90
general Wood, quien desde diciembre de 1899 se había
hecho cargo del mando militar supremo en la Isla,
en sustitución de Brooke. Es interesante observar
como, alrededor de Tamayo, se establece toda una
correspondencia que precede y sucede a la orden
militar contra la valla de gallos y muestra la exis-
tencia de redes negociadoras y de poder en torno a
esa cuestión.
El Nuevo País, en el artículo citado anteriormen-
te, vislumbraba con sarcasmo la posibilidad remota
de que en algún momento se dictara una ley contra
la lidia de gallos, y señalaba, con cierta ironía «¡Bien
se han movido los empresarios!», al referirse al he-
cho de que al eliminar el espacio taurino, los gober-
nantes de la Isla no se hubieran percatado de la
necesidad de eliminar las peleas de gallos. 21 La or-
den militar contra los gallos refleja la voluntad
modernizadora del poder, pero también refuerza la
tesis esbozada en el acápite anterior cuando se hizo
referencia a la existencia de determinados asuntos
en los cuales era necesaria la consulta, y aún más la
aprobación de los participantes cubanos en el go-
bierno de la Isla.

en 1908, mantuvo este cargo hasta su muerte ocurrida en


1926, cuando ocupaba una de las vicepresidencias de la So-
ciedad Económica de Amigos del País de La Habana. (Toma-
do de: Peraza Sarausa, Fermín: Diccionario Biográfico Cubano,
Ediciones Anuario Bibliográfico Cubano, La Habana, 1956,
t. VII, p. 5-6.)
21
El Nuevo País. Diario Político Independiente, año I, n. 218, mar-
tes, 17 de octubre de 1899.

91
Diversos documentos muestran las opiniones
vertidas desde distintos puntos del país respecto a
esta orden militar, y describen las adhesiones de
gobernadores provinciales, alcaldes, ayuntamientos
y otras personalidades políticas a la eliminación de
las lidias galleras. Así aparecen, en los Archivos
norteamericanos, numerosas cartas enviadas al Se-
cretario doctor Diego Tamayo, donde se pone de ma-
nifiesto lo anterior. Ejemplo de ello es la siguiente:

Placetas, Enero 31 de 1901.

Honorable Señor:
Juan Fusté Ballesteros, Alcalde Municipal de
Placetas, á nombre de la Corporación que presi-
de y del pueblo sensato de éste Término, tiene
el honor de exponer á V. : que no pudo menos
de ser recibido con verdadera satisfacción lo dis-
puesto por esa Secretaria, respecto á prohibi-
ción absoluta de lidias de gallos, espectáculo in-
moral y sangriento, que tan pobre concepto hace
formar de la cultura de un pueblo...22

Es visible la permanencia del mismo estilo en el


lenguaje empleado, tanto por las anteriormente des-
critas autoridades militares y civiles, como por auto-
22
U.S.N.A. (Archivo Nacional de los Estados Unidos de Amé-
rica, Washington). Record Group 140. Military Goverment of
Cuba. Letter Received, 1898-1902, 1901: 116-162 (153). Por
cortesía de las colegas Oilda Hevia Lanier y Marial Iglesias
Utset.

92
ridades de rango municipal. Ello confirma la relación
existente entre el ideal de progreso, la utopía
independentista y la necesidad de poner término a la
ocupación norteamericana, cuando para ello fuese
necesaria la puesta en práctica de acciones contra un
juego —considerados «nacionales» por no pocos in-
tegrantes de las clases populares y la intelectualidad
cubana—, que tanto preocupa a dichas personas como
contraproducente a la salud espiritual de un pueblo
que se prepara para la independencia y la República.
A los contemporáneos a la ocupación estadouniden-
se de Cuba les asiste un temor manifiesto que se evi-
dencia en las publicaciones de la época: demostrar a
toda costa la capacidad del pueblo cubano para elimi-
nar costumbres consideradas incompatibles con los
principios que deben regir la vida republicana. Quie-
ren una sociedad limpia, transparente y por ello es-
tán dispuestos a desaparecer hasta un espacio-juego
tan tradicional y popular como la pelea de gallos.
Los referentes legitimadores de tipo religioso,
tampoco pueden ser excluidos de este análisis. Si la
independencia es vista como un «mandato divino»
por los independentistas, y la norteamericanización
como el «destino fatal» de la Isla para los anexionistas,
el deseo de ¿civilizar? también se esgrime ahora como
legitimación de la abolición de prácticas considera-
das «no cristianas». 23
23
Véase: «¡Al fin!». En: La Unión Española. Habana, año II, n. 116,
29 de abril de 1900, p. 2, col. 1. Y «Se acabó la sangre». En:
La Independencia. Cabaiguán, año I, n. 11, 16 de enero de 1901,
p. 1, col. 5. En lo referente a la eliminación de las peleas de

93
Esto señala la imposibilidad de desligar las co-
rrientes de pensamiento social, de las condicionantes
epocales, las relaciones de poder establecidas verti-
cal y horizontalmente por el poder interventor, y la
coherencia que, en materia legislativa, se observa en
el conjunto de leyes referidas a los espacios públi-
cos. Estas relaciones se hacen más claras, si se to-
man en cuenta otras expresiones de beneplácito ante
la orden militar antigallos, como fueron las expues-
tas en las cartas enviadas al Secretario de Goberna-
ción por los Gobernadores Civiles de Matanzas,
Santiago de Cuba, La Habana y Santa Clara, donde
se señala que esta práctica, «es contraria a la cultura
del pueblo cubano».24
Independientemente de que, a principios del si-
glo XX, comience a operarse un cambio en la legiti-
mación de las medidas tomadas por el poder, y que
los textos relacionados con ellas expresen cómo los
hacedores de la política basan sus relatos en la máxi-
ma de que el «pueblo» es el único beneficiado, esta

gallos, estos artículos muestran desde distintas ópticas polí-


ticas, la consecución de un objetivo divino. Mientras, abun-
dan en la poesía popular —la que después de ser transmitida
oralmente se publica— y en la academicista, muestras de
cómo se imaginaba la relación cubano-norteamericana desde
una perspectiva providencial. Ejemplo de ello, son: Adalberto
Molina, en su poemario Expansiones, publicado en La Haba-
na, en 1898 (poesía popular) y Emilio Blanchet y Bitton, en
su libro Odas, que ve la luz en Matanzas, en 1901 (poesía
académica).
24
U. S. N. A. Doc. Cit.

94
correspondencia alrededor del tema de los gallos,
muestra la importancia que determinados círculos
de poder concedían a la necesidad de establecer en la
Isla una sociedad modelo. No debe sorprender, en-
tonces, que la American Humane Association, en-
víe al general Wood una misiva, fechada el 4 de
febrero de 1901 donde declara su «satisfacción» por
la orden militar, y le pide desoír los «reclamos de
algunos cubanos que quieren se restablezca la vieja
tradición conocida como pelea de gallos».25
La ofensiva contra las corridas de toros y las
peleas de gallos, debe analizarse también teniendo
en cuenta la horizontal relación establecida en tor-
no a los núcleos de poder, en su ejercicio de hacer
efectiva la legislación contra los espacios y sus con-
tenidos lúdicos. Así, el establecimiento en 1899 de
los Juzgados Correccionales provocó una agudiza-
ción de la represión contra las prácticas y conductas
que emanaban de dichas distracciones. El historia-
dor Rafael Martínez Ortiz, por ejemplo, cita el caso
del archiconocido en la época Mr. Pitcher, capitán
del Ejército de los Estados Unidos, quien se encon-
traba al frente del Juzgado de La Habana. La labor
policial de Mr. Pitcher ocasionó alteraciones, inclu-
so, en detalles de la apariencia de un torero. La si-
guiente anécdota de Ortiz lo demuestra: «En una
ocasión, hizo cortar la coleta a un torero. Inútiles
fueron los ruegos y las lamentaciones; la sentencia,
dadas las costumbres del oficio, suponía su abando-

25
Ibídem.

95
no y dejación; fue inexorable: se cumplió lo manda-
do».26
De igual forma, no debe olvidarse que bajo el
mandato del general Wood, las prerrogativas de los
ayuntamientos fueron ampliadas, lo cual les permi-
tía promulgar decretos que eran de estricto cumpli-
miento en sus territorios jurisdiccionales. En La
Habana, por ejemplo, el alcalde Perfecto Lacoste, dic-
taba un bando por el que prohibía enarbolar o des-
plegar banderas españolas en edificios o lugares
públicos.27 Así, queda demostrada la tesis de que la
legislación contra algunas distracciones populares
y simbolismos nacionales —y los lugares donde és-
tos tenían lugar— formó parte de toda una estrate-
gia dirigida desde el poder (entendido en sus más
diversos niveles jerárquicos) y las élites, empeñados
en dar a la Isla un viso de modernidad en los com-
portamientos de sus habitantes. Aunque también la
transformación simbólica que ocurrió, durante la
intervención norteamericana, en la vida cotidiana
ofrece elementos demostrativos de dicha política. Tal
como sugiere la Dra. Marial Iglesias Utset:

A través de los gestos simbólicos... tuvo lugar


la reordenación del espacio político en la escena
pública. Los cambios no sólo se inscribieron en
el ámbito físico, haciéndose visibles en muros y

26
Martínez Ortiz, Rafael: Cuba. Los primeros años de independen-
cia. «Le Livre Libre», París, 1929, t. 1, p. 82.
27
Véase: La Unión Española, año 2, n. 236, 6 de octubre de 1899.

96
edificios, sino que se normalizaron e interioriza-
ron mediante una serie de hábitos, etiquetas,
ceremonias y ritos, actualizándose en las prác-
ticas de la vida diaria: en tertulias y meetings,
procesiones, fiestas y entierros, en bailes, vallas
de gallos y partidos de baseball.28

Ambas órdenes —la dirigidas específicamente


contra las corridas de toros y las lidias de gallos—
se vieron reforzadas con la expedida en mayo de 1900.
Mediante la misma, el Estado reforzaba las medidas
disciplinarias contra los infractores de las anterio-
res leyes, y otorgaba poderes a las Sociedades Pro-
tectoras de Animales, legalmente constituidas, las
cuales quedaban autorizadas para detener a cualquier
persona que infringiera las disposiciones de esta
orden, y castigaba con multas que oscilaban entre
diez y quinientos pesos, o arresto de uno a seis me-
ses, «a toda persona que de cualquier modo presen-
cie, coadyuve o coopere en la celebración de una lidia
de gallos o de otras aves, corridas de toros o lucha
de otros animales...». 29 Esto originó una verdadera
lluvia de acusaciones, reclamaciones y pedidos, que
aparecieron en periódicos de la época. Volviendo a
Foucault, la tarea de «vigilar» se hizo ahora extensi-
28
Iglesias Utset, Marial: Las metáforas del cambio: transformacio-
nes simbólicas y prácticas de la vida cotidiana en el tránsito del
«entre imperios» (1898-1902). Tesis de Doctorado. Departa-
mento de Historia de Cuba, Facultad de Filosofía e Historia,
Universidad de La Habana, 2000, p. 6.
29
Gaceta de la Habana: 29 de mayo de 1900, p. 2.

97
va a todos los interesados en hacerlo. La «nueva»
sociedad no podía sólo establecerse por la «buena vo-
luntad» del gobierno, sino también por la determi-
nación que sus ciudadanos tenían para su buen fun-
cionamiento. Esa «nueva» sociedad indicó, además,
que la pelea contra el «demonio» del juego en la Isla,
no fue fácil, y que los individuos, asistentes a dichas
diversiones, no se quedaron cruzados de brazos.
Entre noviembre de 1900 y febrero de 1901, los
delegados del pueblo de Cuba reunidos en el teatro
Martí, de La Habana, en sesiones marcadas por la
presión y expectación popular, discutieron y redac-
taron finalmente la Constitución de la futura Re-
pública. En un momento en el cual hacia estos
espacios existía una repulsa de gran parte de la
opinión pública, el texto constitucional se escri-
bió siguiendo la lógica de la Carta Magna de los
Estados Unidos de América, incluyendo partes
«dogmática y orgánica, regulación de libertades y
una cláusula de reforma». 30 En cuanto a la regula-
ción de las libertades, el basamento esencial fue-
ron los postulados de la Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano de 1789, con las cono-
cidas «libertades clásicas burguesas»: igualdad, li-
bertad física, de propiedad, contractual, de
pensamiento; y sus derechos derivados: de petición,
libertad de conciencia, de enseñanza, de prensa, el
derecho de asociación y de reunión.

30
Infiesta, Ramón: Historia constitucional de Cuba, La Habana,
Ediciones Lex, 1941, p. 314.

98
Este último aspecto consolidó las normas legis-
lativas en vigor, que restringían o eliminaban el con-
tenido lúdico de determinados espacios. En el caso
de las reuniones, es muy claro y preciso el artículo
28 que señala: «Todos los habitantes de la República
tienen el derecho de reunirse pacíficamente y sin
armas, y el de asociarse para todos los fines lícitos
de la vida».31 Entre estos fines lícitos, por supuesto,
ya no se hallaban las vallas de gallos ni las plazas de
toros, inexistentes desde el punto de vista oficial, y
perseguidas por las autoridades y los «progresistas».
A ello se suma, que esta Constitución estableció
toda una normativa de la «moral pública», que giró
en torno a la necesidad de mantener la tranquilidad
y el orden en la ciudadanía. A través del cuerpo de
leyes se creó un aparente principio igualitario para
los futuros ciudadanos cubanos —lo que se expresó
simultáneamente en manuales, gramáticas, tratados
de higiene, etcétera— que a la par de implementar
un discurso jurídico y político escrito, que contenía
la reglamentación de la vida social, construyó un
espacio unificador y pretendidamente homo-
geneizador de los individuos.
Tal análisis conduce a otro: la escritura de la
Constitución de 1901 significó también la margi-
nación de los que no estuvieron representados, por
no tener acceso a la ilustración requerida para este
proceso o por ser considerados «indeseables» e

31
Constitución de la República de Cuba, Habana, Imprenta de
Rambla y Bouza, 1901, p. 9.

99
«incivilizados» por su forma de vida. Me refiero prin-
cipalmente a los campesinos cubanos. Leer la Cons-
titución que parió la República, promueve numerosas
reflexiones, pero quiero hacer hincapié en uno: es la
Constitución de 1901, un cuerpo de leyes pensado
para y desde el espacio urbano. En definitiva, a tra-
vés de la invención de una «ciudadanía» cubana, se
creó un instrumento de transformación de los indi-
viduos considerados «bárbaros» e indisciplinados de
las poblaciones. En este caso, los habitantes de los
campos de Cuba se erigieron, como se verá más ade-
lante, de imágenes idílicas de la Nación en elemen-
tos perturbadores del «progreso» nacional, por ser
ellos precisamente los principales degustadores, en
estos momentos, de las peleas de gallos. Otro tanto
pudiera pensarse acerca de los aficionados a las co-
rridas de toros.

Las constituciones, al expresar el gran poder


disciplinario, se hallan consustanciadas con la
tradición patriarcal: atienden a las posibilidades
del sujeto masculino —con mayor exactitud, a
la de ciertos sujetos masculinos— en tanto único
agente privilegiado de la vida pública (de los
asuntos administrativos del Estado, del sufra-
gio, de la educación, del cuidado de la moral, de
los oficios, de los bienes, de la libertad de ex-
presión. Ya desde este ángulo, podríamos decir
que el proyecto fundacional de las naciones fue
básicamente falocéntrico, ya que la reconstruc-
ción, por ejemplo, de la ciudadanía recae sobre

100
el ciudadano, el senador, el maestro, el letrado y
el padre de familia.32

Y ello excluye, por supuesto negativo, a las per-


sonas no poseedoras de la tasa de bienes exigidos
para ser electores o elegidos, a las mujeres, y a los
analfabetos, que eran mayoría entre la población cam-
pesina cubana. Pero, en el interregno, las propias
características de la transición hacia la República
definen a otros individuos mayormente calificados
como «indeseables» para las instancias del poder
político: los negros,33 los españoles y los incivilizados
guajiros. En lo que nos interesa: ni aficionados a las
lides taurinas y galleras podían pertenecer a la «civi-
lización» cubana.
No obstante, los poderes constituidos después
del 20 de mayo de 1902 tuvieron suficientes evi-
dencias de que la batalla contra los gallos —y sus
entusiastas seguidores— no estaba ganada, ni
mucho menos. Meses después de la inauguración
de la República de Cuba, el Congreso cubano se
vio sacudido por una propuesta emitida por un gru-

32
González Stephan, Beatriz: Ob. cit.
33
Ver al respecto, el excelente y documentado análisis de Oilda
Hevia Lanier, titulado «1898-1902: la frustración de los ne-
gros y mulatos cubanos después de la independencia». En:
Universidad de La Habana, Dirección de Extensión Universitaria,
La Habana, n. 249, segundo semestre de 1998, pp. 95-106.
Su estudio demuestra, a través de convincentes ejemplos,
cómo la República fundada en 1902 tenía, entre otras carac-
terísticas, un marcado carácter racista.

101
po de Representantes a la Cámara. Utilizando los
mecanismos previstos y sancionados por la Cons-
titución de 1901, con respecto al poder legislativo
y sus atributos de consulta y discusión, 34 en la
promulgación de las leyes, varios Representantes
presentaron en el Salón de la Cámara un «Proyecto
de Ley sobre Lidias de Gallos», cuya introducción y
disposiciones brindan oportunidades de análisis
nada despreciables.

Tiene cada pueblo sus costumbres tradicionales


con las cuales está encariñado y que le dan ca-
rácter perfectamente típico y hasta nacional. Los
juegos y entretenimientos forman parte muy
principal de esos hábitos arraigados, que van de
modo lento y gradual modificando las condicio-
nes del tiempo y lugar.
Querer que desaparezcan violentamente, es algo
así como aspirar á torcer el natural proceso de la
evolución social y ocasionar, como con toda vio-
lencia, un malestar sensible y nada conveniente
á la marcha armónica y ordenada de todo pro-
greso verdadero.35

34
En su sección sexta «De la iniciativa y formación de las leyes,
su sanción y promulgación», el artículo 61 establece que «la
iniciativa de las leyes se ejercerá por cada uno de los Cuerpos
Colegisladores indistintamente». (Ver: Constitución de la Re-
pública de Cuba. Edición citada, p. 19.)
35
Mouriño, Ena: Ob. cit., «Proyecto de Ley sobre Lidias de
Gallos», en pp. 282-283.

102
Con estos dos párrafos comienza el menciona-
do proyecto de ley. Ambos muestran una interpre-
tación de la modernidad y su alcance en Cuba,
acorde a lo que se planteaba al hablar del código de
referencias asumido por los participantes en la cons-
trucción social de la relación entre progreso e in-
dependencia. Sólo que este documento refiere las
cosas de manera diferente, y subvierte el discurso
predominante, en pos de alcanzar su objetivo de
restablecer la lidia de gallos. Las alusiones a que la
lidia es una costumbre nacional, una tipicidad de
la cubanía, aparecen sustentando la idea del pro-
greso, y proponen otra interpretación al problema
de la relación entre civilización y barbarie, tratan-
do de hacer compatibles el desarrollo de la socie-
dad cubana y el mantenimiento de cierto rasgo
lúdico de su originalidad nacional. En este senti-
do, el proyecto desvaloriza las tesis —propagadas
por la opinión pública— acerca de que el juego de
gallos compromete la moral del campesinado y su
conversión en ciudadanos de un país progresista;
asegura que «es también la diversión única que
puede proporcionarse en su vida aislada» y llega,
incluso, a afirmar su conveniencia «para establecer
esa relación íntima tan conveniente y hasta nece-
saria á la solidaridad social».36
En definitiva, lo que Rafael Martínez Ortiz, José
Antonio Blanco, Felipe Fontanills, Agustín Cruz,

36
Ibídem, p. 283.

103
José Lorenzo Castellanos, Alfredo Nodarse y José A.
Malberti, 37 están defendiendo es la importancia de
la valla de gallos como espacio de sociabilidad y
diversión. Aunque, las disposiciones contenidas en
el proyecto evidencian otros fines más relaciona-
dos con el deseo de evitar la propagación desmedi-
da de esta actividad lúdica (el artículo segundo
explicita la posibilidad de autorizar y reglamentar
las lidias y su celebración sólo en días de fiesta
nacionales y los domingos; además de imponerles
un impuesto que ingresaría en el Tesoro Nacional)
es observable que estos Señores Representantes in-
tentan volver «oficial», un juego que, a pesar de las
leyes vigentes, se mantiene palpitante en la vida
cotidiana de los campesinos y otros sectores de la
población cubana. 38

2. Caballeros a gozar: los «bárbaros»


desobedientes

Ignacio Sarachaga, cuando pone en boca de uno de


los personajes de su obra de teatro «¡Arriba con el

37
Datos sobre estas personalidades pueden encontrarse en el
Diccionario de Personalidades Cubanas, compilado por el doc-
tor Fermín Peraza Sarausa, y publicado por Ediciones Anua-
rio Bibliográfico Cubano, en la década de 1950.
38
El proyecto fue desaprobado, pero no fue el último presenta-
do hasta 1909, cuando el recién electo Presidente de la Repú-
blica José Miguel Gómez restableció las peleas de gallos, por
decreto del Ejecutivo.

104
Himno!»39 la frase que encabeza este acápite, perso-
nifica la asunción que hicieron muchos cubanos al
finalizar la dominación española: llegó «la libertad».
Mas, ya desde el propio 1898, en los territorios capi-
tulados comenzó la ofensiva contra prácticas tradi-
cionales entre los habitantes de la Gran Antilla.
Las políticas modernizadoras implantadas por
el nuevo e híbrido poder establecido en los territo-
rios del oriente del país que fueron ocupados desde
finales de 1898, y durante la ocupación que se hizo
extensiva a toda la Isla en enero de 1899, comenza-
ron a instituir medidas encaminadas a eliminar la
«suciedad» tanto de las calles citadinas como de las
prácticas al uso en la vida cotidiana de muchos
cubanos.
La contienda establecida en torno a la supervi-
vencia de las corridas de toros y las lidias de gallos
por ser éstas, diversiones predilectas de muchos re-
sidentes en Cuba, no se conformó, solamente con
las disposiciones adoptadas por el poder. Hubo reac-
ciones diversas, entre las cuales se han apuntado
39
Puede verse al respecto, la apreciable contribución realizada
por Beatriz Combarro Mouriz, al estudio del teatro cubano
en estos años, en su Desde el palco: la nación del interregno. El
teatro como espacio público en La Habana durante la primera
ocupación norteamericana (1899-1902). Tesis de Licenciatura.
Departamento de Historia de Cuba. Facultad de Filosofía e
Historia. Universidad de La Habana, 2001. (Inédita.) La au-
tora trabaja desde una perspectiva interpretativa el teatro
como espacio público, y aborda el asunto en cuestión desde
una óptica abarcadora que se asienta en los principios de la
historia sociocultural.

105
algunas de las favorables. Toca ahora analizar a los
descontentos aficionados a estos espacios lúdicos.
En este sentido, es evidente cómo, a partir de la
implementación de las medidas coercitivas y puniti-
vas contra las corridas de toros y peleas de gallos, se
convierte a los practicantes de estos juegos —y de
otros considerados «inmorales»— en objeto de trans-
formación. La «purificación» de estas costumbres se
convirtió en una de las condiciones para lograr la
materialización de una nación moderna.
El esfuerzo constante de algunos sectores de las
élites cubanas y de los dirigentes políticos por pro-
ducir una imagen del bárbaro, representa no sólo el
deseo de las primeras por exorcizar a la sociedad in-
sular de estos «demonios», sino también una adapta-
ción del principio civilizatorio para legitimar una
República deseada por las mayorías. A medida que
transcurren los años 1899 y 1900, se conforma un
conjunto de individuos que representan el «otro» den-
tro de la sociedad cubana. Un (os) «otro» que es ne-
cesario eliminar, desterrar o, al menos, hacer invisible.
Si durante toda la ocupación norteamericana, la pa-
sión por la independencia nacional de amplios secto-
res en la Isla, transfieren paulatinamente la otredad
de españoles a norteamericanos, en el mismo camino
—aunque con sentidos diferentes— se produce la
exclusión de «otros» grupos, caracterizados como «bár-
baros» e «incivilizados» por sus aficiones lúdicas, prác-
ticas cotidianas, hábitos públicos, etcétera. Como
sugiere Régis Debray: «Una cultura viva, cualquiera
que sea, puede definirse como la creación continua

106
del bárbaro». 40 Una lectura crítica de los discursos
encontrados acerca de la posición del aficionado a las
corridas de toros y peleas de gallos, posibilita la apre-
hensión de un fenómeno que distó mucho de ser agra-
dable para perseguidos y perseguidores.
En el caso del espacio taurino, vale hacer una
aclaración oportuna: es evidente que debido al espa-
cio necesario para la práctica lúdica, fue mucho más
fácil perseguirla y eliminarla que en relación a las
peleas de gallos. Pero también es necesario reflexio-
nar acerca de la desaparición real en estos años, de
todos los espacios físicos dedicados a tal entreteni-
miento. En los documentos que serán examinados
se mantiene el lenguaje descrito anteriormente, sólo
que ahora demuestra la inflexibilidad de las disposi-
ciones del poder y el rejuego de que fueron objeto
dichas medidas por los aficionados a estas dos tradi-
cionales diversiones.
El 25 de febrero de 1901, por ejemplo, se pre-
sentó en el cuartel de la Guardia Rural pertenecien-
te al municipio de San Juan y Martínez, provincia de
Pinar del Río, el ciudadano Domingo Montes de Oca
«pidiendo lo dejaran echar peleas de gallos en las
cuchillas de Galafre», a lo que se respondió negati-
vamente por estar las peleas prohibidas «por orden
superior». Montes de Oca respondió que «se iban a
echar las peleas de todas formas y que si querían

40
Debray, Régis: Critiques de la raison politique. Gallimard, Pa-
rís, 1981. Citado por: Hurbon, Laënnec: El bárbaro imagina-
rio. Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

107
que lo fuesen a coger...» ante este hecho dos parejas
de guardias salieron a recorrer el lugar y detuvieron
a numerosas personas, «quienes con los gallos en
las manos y las ropas manchadas de sangre regresa-
ban de las lidias».41
Incidentes similares se registraron, durante
1900-1902 en Cienfuegos, Santa Clara, La Habana,
Matanzas y Santiago de Cuba, 42 lo que demuestra
que pese a las disposiciones vigentes contra las pe-
leas de gallos, éstas se mantuvieron en el panorama
recreativo de los campesinos cubanos. Resulta lla-
mativo el hecho de que la mayor parte de los expe-
dientes se refieran a hechos ocurridos en zonas
rurales o de bajo índice de urbanización (¿indicativo
de que el juego se traslada a la clandestinidad, tal y
como ocurrió en determinados momentos del siglo
XIX ?) Otro dato interesante lo constituye el número
de detenidos, en Cienfuegos fueron apresados en una
valla treinta y siete individuos,43 y en Santa Clara,44
casi sesenta personas.
Los expedientes consultados revelan la existen-
cia, además, de un férreo control por parte de las auto-

41
Archivo Nacional de Cuba. Fondo Secretaría de Gobernación,
legajo n. 96, expediente 702.
42
Ibídem. Legajo 94 (expedientes 574 y 514), Legajo 95 (ex-
pedientes 673 y 685), Legajo 96 (expedientes 691, 701 y
702) y Legajo 97 (expediente 815). Y Archivo Histórico
Provincial de Santiago de Cuba. Fondo Gobierno Provincial de
Oriente, Legajo 911 (expedientes 18, 112 y 228).
43
Ibídem. Legajo 96, Expediente n. 701.
44
Ibídem. Legajo 96, Expediente n. 691.

108
ridades superiores hacia sus subordinados directos e
indirectos. En las cartas enviadas por los Secretarios a
los Gobernadores provinciales, y en las de estos a los
Alcaldes municipales se muestra celo e inflexibilidad
en el hacer cumplir las leyes, y así, por ejemplo, ante la
denuncia de lidias de gallos que tienen lugar en el
pueblo de Aguacate, en Matanzas, el Subsecretario de
estado y gobierno remite la investigación del caso al
Gobernador Civil del territorio, y éste a su vez declara
en carta fechada en febrero de 1901:

Este gobierno cumpliendo lo dispuesto sobre la


prohibición de lidiar gallos y por iniciativa pro-
pia, secundando los laudables deseos de esa se-
cretaría, ha ordenado con esta fecha el debido
espionaje por medio de la Policía Especial, en la
comarca donde ha tenido lugar el citado ilisito
(sic) pasatiempo. 45

Son numerosos los expedientes, en los cuales


aparecen datos acerca de la celebración de peleas de
gallos como parte de las diversiones domingueras o
de los días de fiesta, y la supervivencia de verdade-
ros empresarios dedicados a la cría de las aves, que
mantienen comercio, inclusive, con otros países del
área caribeña. Así lo expresa
45
«Carta fechada el 2 de febrero de 1901, enviada por el Gober-
nador Civil de la provincia de Matanzas al Secretario de Esta-
do y Gobierno Dr. Diego Tamayo.» (En: Archivo Nacional de
Cuba. Fondo Secretaría de Gobernación. Legajo 95, Expediente
n. 685).

109
un vecino [del potrero de San Nicolás, término
municipal de Ceiba Mocha, Matanzas] llamado
Domingo Medina, viudo, que declara ser el en-
cargado de una cría de gallos finos propiedad de
G. Bolaños que tiene una valla para topar gallos
recientemente construida, 8 son de pelea, los
restantes 32 los envía a México, por lo general
los lunes topan gallos o cuando se presentan
compradores... 46

con lo cual puede decirse que se mantuvieron las


características de la valla de gallos como complejo
festivo-religioso-mercantil a que se aludía en el ca-
pítulo anterior.
Salta a la vista, entre los documentos consul-
tados, el que se refiere a un «juego de gallos» en el
barrio de Majanabo (Camajuaní), porque entre los
sorprendidos en la valla por el sargento La Torre,
de la Guardia Rural de dicho término, se encontra-
ban el alcalde del barrio y dos policías municipales,
junto a otros cincuenta y cinco hombres, remiti-
dos al juez de Camajuaní. Éste decide, influido —
sin dudas—, por carta del gobernador civil de la
provincia de Santa Clara, General José Miguel
Gómez, «adoptar con toda severidad medidas gu-
bernativas contra el alcalde de barrio y guardias
municipales». 47 Otra característica del espacio du-
rante el siglo XIX también se advierte permanente:

46
Ibídem. Legajo 95, Expediente n. 685.
47
Ibídem. Legajo 96, Expediente n. 691.

110
la mezcla de individuos de distinta procedencia, y
la participación de las autoridades —oficialmente
comprometidas con su eliminación— en el juego,
aunque se aprecia que en torno a la vigilancia por
el cumplimiento de las medidas dispuestas por el
Gobierno Militar, se organizó una estructura bien
ramificada que afectaba a todos los implicados en
los mandatos judiciales y ejecutivos, en todos los
niveles administrativos.
Creemos necesarias algunas reflexiones. La crea-
ción de un cuerpo jurídico que, a través de las órde-
nes militares, sancionaba a los incumplidores de las
leyes provocó no sólo la exclusión de los aficiona-
dos evidentes a las lidias de gallos, sino también la
aparición de actitudes clandestinas entre los que se
suponía debían velar por el cumplimiento de las dis-
posiciones. Los «vigilantes» eran al mismo tiempo
«vigilados», al no declarar su preferencia por las li-
dias taurinas. Ello indica otra cosa: la autorrepresión
de sus reales deseos a la que algunas de estas nue-
vas autoridades se vieron obligadas, para mantener-
se en puestos bien renumerados o estratégicos,
dentro de las áreas de decisión política, en determi-
nadas localidades del país. Asimismo, se evidencia
en los documentos analizados cómo las lidias de
gallos se fueron confinando a los intrincados —y
alejados— ámbitos rurales. Esto ha traído como con-
secuencia que, para muchos estudiosos de la cultu-
ra cubana contemporánea, la pelea de gallos se
considere como un elemento casi exclusivo del cam-
pesino, cuando en realidad no fue así.

111
Si a la compleja situación anterior sumamos,
lo apuntado en el epígrafe precedente 48 acerca de
las prerrogativas otorgadas a las Sociedades de Pro-
tectoras de Animales, mediante el reforzamiento de
las acciones punitivas contra los infractores de las
órdenes militares de octubre de 1899 (contra la co-
rrida de toros) de abril de 1900 y (contra la lidia de
gallos), se comprende la atmósfera de tensión que
existía en estos años. No era raro encontrar en las
páginas de muchos periódicos y revistas, acusacio-
nes y noticias que relacionaban a personas con es-
tas prácticas. Aunque, en general, la prensa durante
y después de, la ocupación norteamericana comen-
zó a desempeñar una función muy activa en la de-
nuncia de actos considerados «inmorales». Si se
miran las páginas de La Discusión, por ejemplo, ve-
mos frecuentemente el saludo al cumplimiento de
lo establecido, mezclado con la denuncia de lidias
de gallos, en zonas tan cercanas a la ciudad de La
Habana, como Marianao. Esto confirma que la des-
obediencia de los «bárbaros» no se limitaba a las
zonas rurales:

El señor Alcalde, ha vetado la solicitud realiza-


da por el Sr. Silverio... para dar dos funciones de
gallos, fundándose en lo establecido por la ley
que impera en esta Isla.
¡¡Bien por el Señor Alcalde!!

48
Véase ob. cit. de Marial Iglesias Utset, en este mismo capí-
tulo.

112
Supongo que el amigo Macario dirá: ¡Qué lasti-
ma que á los de Ceiba, Cano y Arroyo Arenas no
se les haga cumplir lo mismo. (sic)49

La información contenida en el expediente


«denegativo (sic) de permiso solicitado por el señor
Carlos Mijares y otros para celebrar corridas de to-
ros en Regla los días 24 y 25 de febrero de 1900,50 es
sumamente interesante porque abarca un conjunto
de cartas que exponen —además de las vías utiliza-
das por los aficionados a las lides taurinas para ha-
cer sus peticiones—, las modificaciones que están
dispuestos a introducir en el juego, para que se les
permita realizarlo legalmente y los subterfugios uti-
lizados para influir en el dictamen final de la autori-
dad. La siguiente misiva, enviada al Gobernador Civil
de la provincia Habana, es portadora de pruebas al
respecto:

Regla, 13 de febrero de 1900.


Los que suscriben forman la comisión organi-
zadora de las fiestas de los días 23, 24 y 25 por
los empleados y trabajadores del Rastro Mayor
de ganado para celebrar el aniversario del inicio
de la Revolución cubana, y tienen el honor de
participar a Ud. que en los días 24 y 25 de este
mes, tienen acordado celebrar en la Plaza de to-
49
«Ecos de Marianao». En: La Discusión. Habana, 16 de julio de
1901, p. 3. (Sin más datos por el mal estado de la publica-
ción.)
50
Ibídem. Legajo 94, Expediente n. 557.

113
ros de Regla la diversión de toretes embolados
(sic) haciéndose los juegos o suertes con espa-
das, picas y banderillas simuladas, de modo que
quede escluido (sic) todo peligro o riesgo para
aficionados y animales.
Y con objeto de que se entienda bien que no se
trata de contravenir el decreto de prohibision
(sic) de corridas de toros a la española, lo pone-
mos en su conocimiento. Firmado. Antonio
Guerra, Carlos Mijares, Manuel Calzadilla y
Antonio Núñez. 51

En primer lugar, se destaca el hecho de que, aún


después de la Orden Militar n. 187 del 10 de octubre
de 1899, exista la Plaza de Toros de Regla, uno de
los dos espacios que llegan en el territorio de la pro-
vincia habanera a los inicios de la ocupación norte-
americana;52 resulta incuestionable que en esta fecha,
su espacio no era utilizado en la lid taurina. La soli-
citud de los firmantes de la misiva, en tanto, aduce
la celebración del aniversario del inicio de la Revo-
lución de 1895, como motivo suficiente para esperar
que se les permita la realización de la corrida, 53 y

51
Ibídem.
52
La otra es la Plaza de Carlos III e Infanta.
53
La Orden Militar n. 176, del 21 de septiembre de 1899, fijó
los días que se considerarían festivos a todos los efectos
legales, y no satisfizo las numerosas peticiones cursadas por
personalidades y pueblo cubanos que demandaban el 24 de
febrero como fiesta nacional. Sin embargo, en este día, gran
parte de los habitantes de la Isla celebraban con júbilo el

114
subvierte la tradicional impronta del espacio, utili-
zado durante el siglo anterior como lugar de cele-
bración de festividades o actos muchas veces,
netamente españoles. Dicha subversión se acompa-
ña de declaraciones en torno a las medidas que iban
a ser tomadas para garantizar la integridad física de
los animales ¿acaso, un presentimiento acerca de la
posterior Orden Militar n. 217 de 28 de mayo de
este año, que prohibía y castigaba el maltrato a los
animales? Y, además, los interesados hacen hinca-
pié en la cuestión de «no contravenir el decreto» que
prohíbe la celebración de «corridas de toros a la es-
pañola».
La Orden Militar contentiva de esta prohibición
no traía en el texto publicado en la Gaceta de la Haba-
na, ya analizado, ninguna referencia a esta especifi-
cidad que apuntan los firmantes. ¿Corridas de toros
a la española? ¿Existían otros tipos de corridas en
Cuba? Es indudable de que se trata de mantener a
toda costa el juego bajo un viso de legalidad, y obte-
ner el permiso de las autoridades, aún cuando ello
signifique el abandono de las tradicionales acometi-

inicio de la segunda de nuestras guerras de independencia,


como lo demuestran las historias locales consultadas para
esta investigación. Un análisis más detallado de estos con-
flictos puede hallarse en: Iglesias Utset, Marial: Las políticas
de la celebración: fechas católicas, yankees y patrióticas en la Cuba
de la intervención norteamericana (1898-1902). Ponencia pre-
sentada en la XXXI Conferencia Anual de la Asociación de
Historiadores del Caribe, celebrada en La Habana del 12 al
16 de abril de 1999.

115
das sangrientas contra los toros que se lidian. En
este momento de petición a la autoridad, se inter-
preta la orden militar de octubre de 1899, como una
sanción contra lo español, y no contra la diversión
en sí. Dicho error fue rápidamente subsanado por el
Secretario de Estado y Gobernación, Dr. Diego
Tamayo, al contestar que estaba « terminantemente
prohibido la celebración de la clase de espectáculos
a que se refiere la presente, no ha lugar a lo que se
solicita.».54
A la ética puritana traída por los interventores
se une, en este caso de las corridas de toros, la iden-
tificación que recorre todo el siglo XIX —ya sea desde
la óptica de viajero o la consideración del intelec-
tual cubano— de las plazas de toros con lugares
donde se ensalza la pertenencia de la Isla de Cuba a
España. El no reconocimiento de la diferencia cuba-
na respecto a la Península, actúa durante la ocupa-
ción norteamericana como elemento catalizador del
no reconocimiento del arte taurino como pertene-
ciente a una «tradición» cubana. Si entre 1899-1902,
casi todo lo relacionado con el poder español es til-
dado de «arcaico» y «no cubano», el arte taurino es
valorado en su calidad de fiesta «extranjera» para los
que intentan instaurar en la práctica social una na-
ción diferente. Esto no es raro en la época, incluso
se advierten discursos extremistas, como el de To-
más de Jústiz y del Valle quien, en su ¿Existe una

54
Archivo Nacional de Cuba. Fondo Secretaría de Gobernación.
Legajo 94, Expediente 557.

116
literatura cubana?, llega a negar muchos de los com-
ponentes hispanos de la creación literaria cubana,
porque los considera «extranjerizantes», y en el me-
jor de los casos, carentes de una «sensibilidad na-
cional». Por ello, aboga por la (re) escritura de la
«verdadera» literatura cubana.55
No dudo tampoco que las características propias
del espectáculo taurino —su necesaria magnificen-
cia, por ejemplo— lo hayan llevado a una decadencia
de la cual era difícil prever su recuperación. En un
país empobrecido por la grave crisis económica y social
que dejara la reconcentración weyleriana (1896-1897),
la guerra de independencia nacional (1895-1898), y
el bloqueo norteamericano (1898), era casi impensa-
ble promover una lidia taurina en 1899 ó 1900. Pero
creo que la corrida de toros sufre más su condición
de «salvaje» y «extranjera» debido a las igualdades que,
durante su presencia en la Isla desde el siglo XVI, se
establecen en torno a ella, al margen de las perspecti-
vas nacionalistas que se construyen en el mismo lap-
so de tiempo.
Trasladada de España en su forma original, la
tauromaquia no se adapta a la «otredad» cubana. Por
ser una diversión fundamentalmente urbana, es en
las ciudades donde tiene su centro el poder colonial
español, que la utiliza constantemente para reafir-
mar en un sentido espacial y autoritario, como
mismidad integradora que no reconoce la diferencia

55
Jústiz y Del Valle, Tomás: ¿Existe una literatura cubana? Im-
prenta y Papelería «La Moderna Poesía», Habana, 1900, p. 5.

117
cubana. No existen, en el siglo XIX, coyunturas his-
tóricas propias del espectáculo que permitan identi-
ficarlo con una leyenda no española. En el imaginario
cubano, el toro, el torero y la plaza son símbolos
extranjeros. En cambio, la pelea de gallos —como se
aprecia en el capítulo anterior— de cierta manera se
integra en las leyendas independentistas por cele-
brarse lidias galleras en los campamentos de Cuba
Libre y la creencia arraigada en la época, y transmi-
tida oralmente, que el grito de independencia del 24
de febrero de 1895 sucedió en el centro de una valla.
Hasta aquí se ha visto cómo, durante estos años,
se reconfiguran, en el proceso de imaginación, cons-
trucción y comunicación de la «historia» nacional,
lo que Laënnec Hurbon llama para el caso haitiano,
«los rostros del bárbaro».56 Repito, reconfiguración,
porque durante todo el siglo XIX se viene dando este
fenómeno. Pero en la coyuntura específica de la pri-
mera ocupación norteamericana, dichas imágenes se
pueblan de contradicciones que permiten entender
la invención de «lo nacional». En el interregno, es-
pacio de las reivindicaciones y anhelos, tiempo de la
espera de lo posible, dos de esas múltiples caras de
la «barbarie» se igualan con los rostros de lo «no
moderno» y son confinadas por los sectores domi-
nantes al rincón de los marginados. El Gallero y el
Torero, otrora identificados con tipos del cubano (en
tanto diferente al español) y el español (consideran-
do a Cuba como parte de la nación española) ven

56
Hurbon, Laënnec: Ob. cit., p. 59.

118
desaparecer, gradualmente, sus posibilidades expre-
sivas como constituyentes de la «modernidad». En
el caso del Torero, este proceso se produce de mane-
ra radical, ya desde el fin de la dominación española.
Pero el Gallero sufre un proceso mucho más intere-
sante, porque se relaciona, entre otros, con uno de
los «rostros» que la poesía popular y el teatro eligen
como representante socializador de las opiniones del
pueblo: el Guajiro.
Cuando se hojean las páginas de La Nueva Lira
Criolla, 57 delicioso librito que contiene muchas de
las canciones, boleros y versos en boga durante la
ocupación norteamericana, o los libretos teatrales
contenidos en la Colección Coronado de la Bibliote-
ca Nacional «José Martí»,58 se asiste a la construc-
ción de un «nosotros» cuya voz casi omnipresente
es el Guajiro Cubano. Pero, también resulta eviden-
te que este Guajiro está «purificado», que viste sen-
cillo pero impecable, de raza blanca, con su
guayabera, zapatos lustrosos, machete a la cintura,
enamorado de su guajira y su pedazo de tierra. El
guajiro y la guajira son los íconos de la cubanidad
ante los ojos de quienes le adjudican la pureza de
sus ideales y la sencillez de sus maneras. En esta
escenografía de lo imaginario, las palmas y el bohío,
el caballo y el perro, son símbolos de lo diferente
57
Ver: La Nueva Lira Criolla. Compilación de guarachas, canciones,
décimas y canciones de la guerra. Librería e Imprenta «La Mo-
derna Poesía», Habana, 1903.
58
Manuscritos de Teatro Cubano. Colección Coronado. Sala
Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí.

119
frente al norteamericano y el español. Pero, en la
imagen no existe el gallo que a mediados del siglo XIX
pusiera Cirilo Villaverde bajo su brazo, ni sus afini-
dades por la carrera de patos, o el «pacífico» que no
peleó en la guerra de independencia. El Guajiro-
Gallero ha desaparecido, y ha dado paso al Guajiro-
Ideal. Paralelamente, se instaura, como una versión
urbana, la representación de la República, a la usan-
za de los símbolos franceses y norteamericanos. Sin
embargo, entre tantas representaciones de la
cubanidad, no cabe dudas que la más popular es la
del campesino idílico, porque es también la más
telúrica, raigal, reforzadora de la diferencia.59

59
En un interesante artículo, la historiadora norteamericana
Ada Ferrer pone de manifiesto la contradicción entre la ima-
gen del hombre rústico y la imagen de la nación civilizada.
Sólo que esta investigadora dirige su mirada más hacia los
problemas raciales existentes en esta época, y a mi juicio no
los inserta en toda una realidad de relaciones sociales muy
complejas. No es que discuta el punto de vista que ella asu-
me, lo que afirmo es que el problema racial en estos momen-
tos se encuentra muy matizado por las repetitivas y, a veces,
aplastantes aspiraciones independentistas de los cubanos, lo
cual influye en la resolución casi compartida por todos los
contemporáneos de que la prioridad de la nación es la con-
formación de su Estado independiente. Los problemas racia-
les son considerados por muchos, incluyendo a no pocos
líderes negros, como «aplazables», aunque se mantienen pre-
sentes durante todo el período de la ocupación norteamerica-
na y crean numerosas dificultades, cuando no inconvenientes,
a la idea de la independencia absoluta. Véase: Ferrer, Ada.
«Rustic Men, Civilized Nation: Race, Culture and Contention
on the Eve of Cuban Independence». (En: Hispanic American

120
El «bárbaro» no es sino el individuo que no acepta
las «nuevas» normas ciudadanas, de comportamien-
tos sociales. Al ilegalizar las peleas de gallos, por
ejemplo, el Estado temporal ocupante, y después el
republicano, subordina los intereses públicos y pri-
vados de los aficionados a esta lid a razones de con-
vivencia social y criterios civilizatorios unilaterales.
Y aludo a la esfera privada, porque en los documen-
tos consultados en los Archivos Nacional de Cuba e
Histórico Provincial de Santiago de Cuba, se obser-
va la sorpresa y el desasosiego de algunos criadores
de gallos finos respecto a las disposiciones. Se pue-
den eliminar las vallas de carácter público, pero no
se aducen motivos suficientes para invadir el terre-
no privado de numerosas propiedades rurales, en las
cuales sus propietarios montan una pelea de gallos.
La adaptabilidad del juego a diversas dimensiones
espaciales permite que se celebren corridas en cual-
quier parte de la casa-vivienda, desde el baño hasta
el patio interior. No es exageración: como plantea
un criador de gallos de Palma Soriano, en un expe-

Historical Review, Duke University Press, vol. 78, n. 4,


november 1998, pp. 663-686)
Otro análisis más sosegado, aunque no menos pasional, es el
realizado por la investigadora cubana Oilda Hevia Lanier, quien
desde el mismo prisma llega a conclusiones mucho más
enriquecedoras para las intenciones de este trabajo. Véase:
Hevia Lanier, Oilda. «1898-1902: la frustración de los negros
cubanos después de la independencia». (En: Universidad de La
Habana. Dirección de Extensión Universitaria, n. 249, se-
gundo semestre de 1998, pp. 95-106.)

121
diente instruido en su contra por realizar peleas de
las aves en el interior de su vivienda, ubicada en las
afueras del poblado:

...yo estava en la casa de mis padres, y celebra-


mos una lidia entre el rojo y el blanco... en el
patio que ay detrás de la cocina... donde estu-
vieron los otros animales. Abíamos solamente 5
personas... cuando la autoridad vino a llevarme
al jusgado, no entendí. Yo estaba en mi casa...con
unos amigos. (sic) 60

Es lógico que «no entendiera». El cambio social


propiciado por la intervención norteamericana con-
llevó a reglamentar actividades tradicionales, y en
algunos casos como el que nos ocupa, a eliminarlas.
Los individuos acostumbrados a ancestrales patro-
nes de diversión, de pronto se vieron convertidos en
criminales sobre los cuales se efectuaba la más dura
vigilancia. En este sentido, los cambios que provo-
caron estas medidas nunca fueron aceptados por los
aficionados, que no entendían cómo un juego con-
siderado «cubano», se convertía en «bárbaro» de la
noche al día. Y la transmisión oral de las enseñan-
zas derivadas de dichas prácticas y sus peculiarida-
des tampoco fue abandonada. Como señala Fernando
Picó para el caso de Utuado, Puerto Rico:
60
Se refiere a un hecho ocurrido en Palma Soriano, en febrero
de 1902. En: Archivo Histórico Provincial de Santiago de
Cuba. Fondo Gobierno Provincial de Oriente. Legajo 633, expe-
diente n. 8.

122
Era mucho esperar que la prohibición terminante
de este deporte tradicional pudiera ser observa-
da fielmente en el territorio utuadeño. El argu-
mento de «crueldad contra los animales» no ha-
cía mella en quienes estaban criando gallos de
pelea desde la niñez.61

Prueba de lo anterior es que en un estudio pre-


liminar de la prensa habanera, basado en dos perió-
dicos de amplia circulación nacional, en la primera
década del siglo XX, se observan muchas noticias acer-
ca de la denuncia de peleas de gallos, ocurridas en
diversas zonas del país, tanto urbanas como rurales.
Incluso, he encontrado una noticia acerca de la
inauguración de una plaza de toros en Camagüey,
en 1909. 62
El «progreso» arropa a los personajes ideales de
la cubanidad con los vestidos de una nación que
quiere ser, a toda costa, «moderna». Ni gallos, ni
toros, nada de «espectáculos sangrientos»; era nece-
sario desde una perspectiva elitista, pero a veces com-
partida por las clases populares como una esperanza
de mejoría económica, asegurar que Cuba era una

61
Picó, Fernando: Los Gallos Peleados. Ediciones Huracán, Inc.,
Río Piedras, Puerto Rico, 1988, p. 57.
62
Como parte de la realización de mi proyecto doctoral que
tratará el tema de las peleas de gallos en su relación con otras
diversiones, en el período en el cual supuestamente están
eliminadas, he recogido numerosa información sobre estos
juegos en los periódicos La Lucha (1902-1903) y La Discu-
sión (1907-1909).

123
sociedad preparada para el autogobierno. La prensa,
como veremos a continuación, reflejó y refractó es-
tas imágenes, insertándolas en un discurso civili-
zatorio y nacionalista. Era una de las maneras de
garantizar la salida de los norteamericanos de la Isla,
y el logro de la independencia absoluta.

124
Capítulo III
Una quimera entre cornadas
y picotazos: la opinión pública
sobre lo nacional (1899-1902)

En los capítulos anteriores se han abordado las ca-


racterísticas de las peleas de gallos y las corridas de
toros como espacios de sociabilidad durante el siglo XIX,
y la legislación que, para la reorganización social de
la antes colonia española de Cuba, se dictó por parte
del híbrido gobierno establecido durante la ocupa-
ción norteamericana de 1899-1902. La complejidad
del tema, sin embargo, no puede limitarse a estos
aspectos porque entre lo rasgos que lo convierten
en una de las cuestiones más interesantes de la his-
toria de este período, se encuentra las actitudes asu-
midas ante estos espacios por la gran cantidad de
diarios, revistas y periódicos que vieron la luz en
estos años.
Animados por esperanzas y ambiciones de toda
índole, los antes censurados propósitos culturales
de los sectores ilustrados, se volcaron hacia la pu-
blicación de diversos periódicos. Si con relativa fre-
cuencia éstos tienen una existencia efímera, ello no
hace más que corroborar la existencia de variadas
escrituras, a través de las cuales se asienta y debate
el carácter del Estado Nacional que se quiere fun-
dar. A partir de 1898, el periódico en Cuba deja de
ser un simple propagador de noticias y crónicas socia-

125
les, ya no sólo orienta o tiene que esconder su mira-
da crítica bajo palabras ambiguas. Una multitud de
espacios se dedican con convencimiento de causa, a
lo que el pretigioso teórico de la historia cultural
Roger Chartier llama «el uso crítico de la razón».1
El surgimiento de nuevos medios de comunica-
ción y socialización de ideas, y la consolidación, a
través de nuevos enfoques y características editoria-
les, de algunos de los diarios anteriores a 1898, res-
ponden a circunstancias determinadas por las
condiciones propias del interregno, donde la tem-
poralidad alienta y desalienta las pasiones de quie-
nes desean otorgar a su patria modernidad y
desarrollo.
Esta asunción de la «nueva era» no significa que
se desprecien unos espacios para la opinión, en be-
neficio de otros. Todo lo contrario: la esfera pública
adquiere una magnitud tal que el ejercicio crítico se
produce no sólo a partir de los tradicionales artícu-
los de opinión, sino que también adquieren impor-
tancia formas alternativas de comunicar y transmitir
las ideas. Son los casos de la propaganda comercial,
los anuncios, la décima guajira, la poesía popular,
las canciones, y la novela rosa. Estas formas de co-
municación se adaptan a los más variados soportes
y adquieren características signadas por los nuevos
tiempos.

1
Chartier, Roger: Espacio público, crítica y desacralización en el
siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa. Gedisa,
Barcelona, 1995, p. 134.

126
Se conforma un público distinto al existente an-
tes de 1898, tanto porque se incrementa notable-
mente el número de sus integrantes —recordar que
muchos de los emigrados regresan a la Isla— como
por la heterogeneidad de los miembros de la comu-
nidad crítica que aumenta sus posibilidades
comunicativas. A partir de 1899, el público se va a
convertir en una instancia fundamental en la cual el
poder político encuentra aliados o enemigos de sus
medidas «civilizatorias». Al mismo tiempo, esta co-
munidad se constituye en un poder en sí mismo.
Este capítulo trata las formas en que la opinión
pública juzga las peleas de gallos y las corridas de
toros durante la intervención norteamericana. Ante
el tribunal del público se dirimirán muchas cuestio-
nes relacionadas con estos problemas sociales, bajo
la asunción de paradójicos conceptos que casi siem-
pre se expresan en pares contradictorios (dependen-
cia-independencia; modernidad-atraso; tradi-
ción-progreso; civilización-barbarie). Lo real y lo
aparente se diluyeron en palabras que iban desde el
escarnio hasta la defensa apasionada de lo que mu-
chos consideraban imprescindible para el estableci-
miento de la República. Como sugiere el investigador
Ricardo Quiza Moreno «ninguna área física o imagi-
naria escapó al ansia nominativa de los «ciudada-
nos»; este horror vacui hubo de expresarse en
discursos de heterogéneo alcance que afectaron el
cuerpo social».2
2
Quiza Moreno, Ricardo: «La nación tatuada». En: Universidad
de La Habana. Dirección de Extensión Universitaria, La Haba-
na, ns. 250/251, segundo semestre de 2000, p. 38.

127
1. Cultura política y opinión pública: lecturas
desde una Isla

El prestigioso historiador francés Roger Chartier ha


planteado que: «la esfera pública política surge di-
rectamente de la esfera pública literaria: salones, cafés
y periódicos. La primera definición de esfera pública
política es: un espacio en el que las personas priva-
das hacen un uso público de la razón».3 La historia
de la sociedad cubana en el siglo XIX brinda suficien-
tes elementos que corroboran esta tesis, porque el
surgimiento de las ideas políticas —en sus aspira-
ciones de desarrollo económico, mejoramiento so-
cial e independencia política de España— nacen al
calor de las discusiones literarias y tertulias de las
élites intelectuales, las cuales desde los años 1820,
se manifiestan con particular fuerza en el seno de
las casonas de las ciudades y pueblos a lo largo de
toda la geografía insular, así como en logias, asocia-
ciones y sociedades.
No obstante, habiendo sido Cuba en su pasado,
colonia de una potencia europea, dichos elementos
se encuentran fuertemente condicionados por la re-
lación existente entre ambos territorios. Si en paí-
ses del Viejo Continente, estudiados por Habermas,
Chartier, Bobbio y otros autores, la autodefinición
nacional ya se encuentra superada y sólo se trans-
forma sobre sus propios orígenes, en la isla caribeña
esa idea de lo autóctono y lo propio en contraposi-

3
Chartier, Roger: Ob. cit, p. 33.

128
ción con lo extranjero, vive todo un proceso de ela-
boración y socialización que comienza mucho antes
de las guerras de independencia, y ocurre en dife-
rentes niveles.
La identidad nacional cubana se forma a través
de un proceso de construcción e invención, donde
participan diversos sectores, grupos y clases socia-
les. Por ello, al hablar de espacios públicos en los
cuales tiene lugar un momento de sociabilidad in-
tenso, la particularidad insular obliga al investiga-
dor a tomar distancia de los estudios sobre otras
realidades.
Estas aseveraciones conducen a un problema que
tiene que ser necesariamente abordado: la consoli-
dación de la opinión pública en el último cuarto del
siglo XIX y la transformación de la publicidad, su
ampliación y repliegue atendiendo a las distintas
coyunturas. Si antes de las reformas de 1878, la so-
ciedad civil criolla ve con desagrado como se le
amputan numerosas posibilidades de desarrollo ex-
presivo y comunicativo —porque a las condicio-
nantes nacionales se une la primacía de una opinión
no considerada «legal»—, después de la Paz del Zan-
jón la legalización de partidos políticos y la reorga-
nización de la sociedad civil en asociaciones, espacios
públicos, e instituciones de carácter moderno, 4 im-
4
La doctora María del Carmen Barcia ha desarrollado este tema
en un libro de publicación reciente: Élites y grupos de presión
Cuba 1868-1898., publicado por la Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1998. Por más que se diga que este libro
constituye un aporte a la historiografía cubana, el autor

129
prime nuevos impulsos a la formación de una opi-
nión, que ya a estas alturas se encuentra al margen
de la autoridad , o por lo menos actúa con relativa
independencia.
Dicha situación formativa se profundiza después
de agosto de 1898. Como es lógico suponer, la gue-
rra de independencia impuso un período fuertemen-
te marcado por la dicotomía entre españoles y
cubanos, independentistas e integristas, donde las
fuerzas de cohesión social cedieron terreno a las fuer-
zas de desunión, en una contienda que afectó a los
contendientes aún fuera de las fronteras de los paí-
ses involucrados. 5 Numerosos periódicos fueron ce-
rrados por esta situación, y gran parte de la
considerada «desafecta» opinión pública se trasladó
a los Estados Unidos, o al seno de otras comunida-

considera algo más: este libro brinda una posibilidad diferen-


te de acercamiento histórico y teórico, a la temática de la
sociedad civil y sus relaciones con el Estado en la segunda
mitad del siglo XIX.
5
Numerosas colonias de emigrantes cubanos participaron jun-
to a los residentes en la Isla, de la suerte de la independencia
de España. Merece mencionarse por su importancia raigal, la
comunidad cubana en los Estados Unidos donde se formó el
grupo más radical del independentismo, lidereado y organiza-
do por José Martí, aunque también pueden destacarse los
grupos de cubanos exiliados en Jamaica, Costa Rica, México
y Francia. Puede valorarse, a los partidarios de la autonomía
como corrientes mediadoras dentro de las dicotomías, pero
las posiciones adoptadas por los extremos ante los mediado-
res, supuso muchas veces el descrédito y el aislamiento para
éstos.

130
des de emigrantes cubanos. Opinión independentista
que no era del todo posible de eliminar antes y du-
rante la guerra de 1895, porque como se ha demos-
trado en numerosos estudios realizados hasta hoy,
los periódicos de la emigración circulaban —aun-
que irregularmente— en las poblaciones de la Isla, y
también porque el autonomismo como tendencia po-
lítica de grandes filiaciones, entre los residentes en
Cuba, podía ser considerado como un paso gradual
hacia la independencia.
Al producirse la intervención de los Estados
Unidos en la guerra de Cuba contra España, si las
entidades nacionales se encuentran definidas por
su colocación en bandos opuestos, la opinión pú-
blica transita por un período difícil en cuanto a
sus posibilidades expresivas. Sólo hay que recordar
que el Estado autonomista implantado en enero de
1898 no es capaz de asumir las riendas de una so-
ciedad demasiado desgastada por la guerra, donde
los odios y las pasiones no concuerdan en el esta-
blecimiento de la paz. Los incidentes en La Haba-
na, 6 a raíz de la publicación de noticias en el
periódico El Reconcentrado, muestran la debilidad de
un gobierno interesado en la paz, pero sin apoyo
suficiente de cualquiera de las partes para conse-
guirlo.

6
Véase al respecto: Barcia, María del Carmen. «La situación en
la Habana: de los motines al Maine». (En: Universidad de La
Habana. Dirección de Extensión Universitaria., n. 248, pri-
mer semestre de 1998, pp. 34-48).

131
Al imponerse la férrea censura de la prensa pe-
riódica, es lógico que después de agosto de 1898,
los órganos de prensa despierten del letargo y se
involucren rápidamente en la reconstrucción del país,
desde diversas ópticas, con diversos objetivos, de
acuerdo a los grupos sociales que los soportan, y al
público al cual van dirigidos sus artículos. Ello no
impide, sino todo lo contrario: exacerba, la riqueza
de polémicas y debates que se observa en los diarios
y revistas durante la ocupación. Como expresa
Chartier, «ningún campo de pensamiento o de ac-
ción puede ser sustraído al juicio crítico», 7 y esta
frase viene como anillo al dedo para una caracteriza-
ción de los publicaciones periódicas durante la ocu-
pación.
Siguiendo esta línea explicativa —e insertando
convenientemente las ideas de Elizabeth Noelle-
Neumann—8 la función característica de la opinión
pública es la de emitir un juicio que quita a las au-
toridades tradicionales el monopolio de la evalua-
ción social. Después del fin de la contienda
hispano-cubano-norteamericana, el público como
instancia crítica recupera la facultad —junto al Es-
tado, las instituciones «respetables», academias, ex-
pertos, etcétera— de criticar lo que considere
criticable y de esta forma relativiza el poder real. Esta
relativización está en consonancia con la composi-

7
Chartier, Roger: Ob. cit, p. 35.
8
Expresadas en su libro La espiral del silencio. Opinión pública:
nuestra piel social, Editorial PAIDOS, Barcelona, 1995.

132
ción de esa comunidad crítica que tiene, al igual
que todo espacio público, sus propias estrategias de
inclusión y exclusión.
Durante la ocupación norteamericana de Cuba,
el público ya no es sólo el intelectual, el académico
universitario, o el político. Los sectores tradicional-
mente provistos del poder de la opinión, se amplían
con la ya apuntada profusión de periódicos, los cua-
les insertan en la publicidad a lectores de diversas
procedencias sociales, a la vez que éstos se convier-
ten en socializadores de opiniones. De más está de-
cir que las opiniones transmitidas por los periódicos
no tienen necesariamente que ser las mismas. Por
lo tanto, el debate político y cultural, se revierte hacia
un público armado de diferentes interpretaciones de
su contemporaneidad. La creación de dicha comuni-
dad crítica parte también de otros espacios públicos
como el teatro, las fiestas, los bailes, las plazas, et-
cétera, donde la ampliación se proyecta en otros ni-
veles: oyentes y espectadores.
Sin embargo, el público no es una comunidad
solamente inclusiva. La exclusión viene dada por-
que «bienes y cultura no son patrimonio de todos»,9
y también porque hay una diferencia entre quiénes
emiten la opinión y quienes la reciben, a pesar de
que la repetición (rumores, chistes, libelos, etcéte-
ra) ocasiona una transformación de lo informado en
su llegada a los distintos sectores. En una pobla-
ción como la residente en la Isla, el analfabetismo

9
Chartier, Roger: Ob, cit, p. 35.

133
constituye un problema difícil de obviar. Además, el
hecho de que la mayoría sea rural, unido a la crisis
en las comunicaciones debida a la guerra de inde-
pendencia de 1895, implica la demora y la consi-
guiente transformación del hilo informativo, que
muchas veces es recibido por el lector —e incluso
por otros periódicos que refractan lo aparecido en
los principales diarios— con deformidades que alte-
ran el contenido inicial de la noticia.
Esto provoca lo que Neumann ha dado en lla-
mar «la opinión pública como la piel social»,10 y que
ella relaciona con las actitudes de aprobación y des-
aprobación que las opiniones emitidas por determi-
nado grupo crean en el resto de la sociedad. En este
sentido, cobra relevancia en el período inmediata-
mente anterior a la proclamación de la República, lo
que la autora define como «la espiral del silencio»:11
reacción de los individuos, y los grupos sociales,
causada por el predominio de una opinión sobre las
otras. Este asunto es particularmente importante en
el estudio de la opinión pública ante las vallas de
gallos y plazas de toros, porque se verá al silencio
como una forma de esquivar, obviar, subordinar, con-
traponer, o aplazar la discusión sobre el tema.
Ambos autores insisten, en sus respectivos tra-
bajos, en la necesidad de tomar en cuenta en los
análisis sobre opinión pública, el «discurso de la re-
presentación». Un historiador de la sociedad cubana
advierte, entre 1899 y 1902, que dicho discurso
10
Noelle-Neumann, Elizabeth: Ob, cit, p. 87.
11
Ibídem, p. 90.

134
implementa una vocación de escribir por y para el
«pueblo». Esa masa de individuos que no se insertan
del todo en un público, cuyas fronteras divisorias
son muy difíciles de precisar, en un momento donde
las aspiraciones colectivas dan lugar a discusiones
que involucran a la mayoría de los sujetos sociales.
El pueblo está «representado» en las discusiones
podría decir un intelectual de la época. Pero ¿real-
mente participa el pueblo en las discusiones?, ¿ o lo
hace a través de otros espacios comunicativos y ex-
presivos como la poesía popular, el rumor, el choteo
o las canciones? Quien haya trabajado la época se
percata enseguida de que junto a la profusión de
periódicos —algunos de ellos impresos y dirigidos
por figuras no tan reconocidamente «intelectuales»
y en los cuales tienen cabida cantores, decimistas y
poetas de no muy claro origen— coexisten gran can-
tidad de otros espacios de publicidad.12

12
La investigadora Marial Iglesias, en conversaciones personales
con el autor, ha sugerido que un estudio del rumor podría de-
mostrar la transformación constante de las noticias, desde que
salen publicadas o no, hasta que el lector o el oyente las recibe.
Pocas veces hay versiones definitivas de una canción, un estribi-
llo o una información. En La Nueva Lira Criolla, por ejemplo,
pueden observarse las transformaciones regionales que sufren
los boleros patrióticos, a pesar de que su contenido de exalta-
ción de la idea independentista es muy similar en todos los
casos. (Más datos editoriales de esta compilación de guarachas,
canciones y versos pueden encontrase en la Bibliografía. Esta
obra se encuentra en la Colección Cubana de la Biblioteca Na-
cional José Martí, y en la Colección de Libros Raros y Valiosos
de la Biblioteca Central de la Universidad de La Habana.)

135
Es cierto, no obstante, que en este momento
histórico se observa, que la correspondencia dirigi-
da desde los niveles inferiores a los superiores de
las estructuras de poder hasta los periódicos, una
forma de escritura que señala la necesidad de refor-
mar la sociedad cubana, transformarla, mejorarla, en
beneficio del «pueblo». Incluso las cartas firmadas
por los Secretarios cubanos de la administración
norteamericana utilizan como forma de legitimación
de sus propuestas o exigencias, la palabra «pueblo»,
la frase «en beneficio del pueblo de la Isla» u otras
variantes. Por ello, el análisis de la opinión pública
puede mostrar al investigador que las adhesiones a
determinado criterio, o el silencio, no están reñidos
con la voluntad individual, sino que «crean las con-
diciones que impulsan a obrar a los individuos».13
Esto lleva a establecer una relación, inexistente
hasta ahora, en los estudios históricos sobre este
período: cultura política y opinión pública. Se ha
hecho referencia al ánimo de modernizar al país que
se apodera de muchos de los habitantes de Cuba,
pero este estado de opinión se encuentra condicio-
nado por la presencia de interacciones sociales que
generan actitudes, ideas, creencias y expectativas.
Todas ellas indican la transformación, durante la
ocupación norteamericana, de la manera de «hablar
sobre política» de las voces interesadas en la cons-
trucción y socialización del pasado, presente y futu-
ro de la Isla.

13
Noelle-Neumann, E: Ob. cit, p. 87.

136
La inmensa mayoría de los residentes en el te-
rritorio cubano asume, desde diversas perspectivas,
la participación en un proyecto colectivo cuyo rasgo
más acentuado es la contradictoriedad de opiniones
acerca de su consecución y naturaleza. No es tan
importante para estudiar la cultura política, el aná-
lisis de las estructuras formales e informales de la
política, o los comportamientos por sí solos, como
«lo que la gente cree en relación con esas estructu-
ras y comportamientos. Son esas creencias las que
dan al comportamiento de los hombres sentido para
sí y para los demás».14 Y, la sociedad que la mayor
parte del público cubano aspira a establecer en su
país, es una sociedad democrática, en la cual se res-
peten las diferencias, aunque haya por momentos la
sensación de una aspiración de homogeneidad.
Esta aspiración encuentra adeptos en los cana-
les de comunicación existentes entre el poder gu-
bernamental y el pueblo. El público, y la opinión
pública, comienzan a obtener en este período posi-
ciones importantes en dichos canales, muchas ve-
ces controlados por las élites, pero en definitiva
hacedores de la nación y sus supuestos tiempos, que
promueven un discurso normativo de los comporta-
mientos sociales e individuales. Tal discurso,
ejemplificado en el capítulo anterior, cuando se tra-
taba el tema de la modernidad y la modernización en
su relación con la utopía independentista, impli-

14
Dowse, R. Y John Hughes: Sociología política, Alianza Edito-
rial, Madrid, 1975, p. 284.

137
có entre 1899-1902, la decisión consensual de un
estereotipo de valores y normas sociales, que yacía
en el trasfondo de las discusiones sobre política,
futuro y nación.
Los periódicos y revistas, así como otros medios
de socialización de ideas, fueron tribuna de disímiles
sectores del país, para expresar y dar a conocer sus
angustias, temores, esperanzas, logros, etcétera; pero
también para convocar a los sujetos en caso de necesi-
dad patriótica. El lenguaje se convierte, en este perío-
do, en un incisivo agente de convocatoria y movilización
en pos de demandas nacionalistas, raciales, grupales e
individuales. Puede afirmarse que la cultura política y
la opinión pública mantienen una vinculación estre-
cha en estos años, puesto que la segunda es el medio
de socialización de la primera, y ambas se construyen
al unísono. Sólo que ante determinadas acciones re-
presivas de tradiciones ancestrales, la resistencia se
vuelve contra la aparente homogeneidad que mues-
tran la mayoría de las voces del 98 en sus discursos y
proyectos. Es entonces cuando se aprecian las diferen-
cias entre opinión publica y opinión popular: una pue-
de manifestar agrado ante una medida del poder,
mientras la otra está en desacuerdo.
Una última acotación merece reflexión: la rela-
ción entre cultura política y opinión pública se tra-
duce también en el vínculo que opera entre ambas y
los espacios públicos. Los cambios que ocurren a fi-
nales de 1898 indican claramente cómo la transfor-
mación de la opinión tiene lugar antes, en los espacios
públicos. O por lo menos en algunos espacios públi-

138
cos. Si se toma un ejemplo, pudiera verse más clara
esta idea. En Guanabacoa, pueblo cercano a la ciudad
de La Habana, el período que media entre la retirada
de las tropas españolas y la venida de las norteameri-
canas, transcurre entre muestras muy evidentes de
transformaciones de tipo simbólico que anuncian el
arribo —por parte de los contemporáneos— a una
nueva etapa de sus vidas. Amén de que estas trans-
formaciones afecten la vida cotidiana de los mismos,
otra certeza advertida en las fuentes es que el cambio
ocurre principalmente en los espacios públicos, en
los cuales estos individuos socializan, exteriorizan e
intercambian sus maneras de ver, sentir y producir el
cambio. Algunos elementos —decorativos, formales,
lingüísticos— ayudan a vislumbrar que el futuro in-
mediato será de profundo entusiasmo:

A las nueve y media de la noche del día 12 de


diciembre de 1898, abandonaron la Villa las úl-
timas fuerzas españolas... Tres días después,
entraron en Guanabacoa las fuerzas cubanas...
Después de recorrer otras calles... las fuerzas
libertadoras se alojaron en la espaciosa casa de
Goyri, donde recibieron al pueblo, familiares y
amigos. Por la tarde se celebró un suntuoso
banquete en la Plaza de Armas. Allí se instaló
en forma de estrella de cinco puntas, una bien
adornada mesa, que sirvieron un grupo de lin-
das jovencitas. 15
15
Guardia, Elpidio de la: Apuntes Históricos. Guanabacoa, 1511-
1927. Editorial Juan F. Mora, Guanabacoa, 1927, pp. 124-125.

139
Lo anterior anuncia la presencia de un nuevo
modo de construir la realidad, por parte de los mis-
mos actores sociales. Este nuevo modo tiene
implicaciones serias en la relación con que los ven-
cedores establecen su vínculo con los vencidos. Los
cubanos, durante la primera ocupación norteameri-
cana, piensan generalmente su realidad como pasa-
jera, pero definitivamente alejada de lo español. Así,
la opinión pública se encargará de sancionar nada
más y nada menos lo que las élites intelectuales plan-
tean como positivo para el progreso del país o lo
que, la comparación con los Estados Unidos, vistos
en su calidad de paradigma, ofrece a los ojos del ilus-
trado.
Conviene apuntar otra relación interesante que
se observa en el período: ante los ojos del investiga-
dor aparecen numerosas legitimaciones que abun-
dan en la necesidad de eliminar determinados
espacios públicos considerados como «herencias de
un pasado colonial oscuro y execrable», y ello asume
posturas de vida o muerte para la polémica entre
discursos, intelectuales o no, casi siempre vincula-
dos a la construcción de una trama nacionalista. Las
diferencias advertidas entre opinión pública y opi-
nión popular, sin que éstas puedan ser vistas como
tendencias homogéneas, conspiran contra el esta-
blecimiento de un texto y contexto nacional unáni-
memente aceptado por todos los participantes en la
discusión sobre la Nación y su futuro.
Esa construcción consciente de la Nación se
inspira, muchas veces, en la deconstrucción de un

140
pasado —demasiado reciente en las mentes de los
contemporáneos— pero que sufre diversas transfor-
maciones en el transcurso de la ocupación y el ini-
cio de la República. En lo concerniente a las vallas
de gallos y plazas de toros, éstas son constantemen-
te llevadas y traídas a la palestra discursiva que ata-
ca o defiende determinadas nociones de «tradición
nacional» o, en su defecto, «tradición extranjera».
Los periódicos, en este caso, son al decir de José
Ramón Recalde «correas de transmisión» 16 que
coadyuvan a la emisión y recepción de los mensajes
nacionalistas. Por supuesto, en el caso cubano, hay
que brindar mayor importancia a los rumores y, a
los espacios de sociabilidad popular, a través de los
cuales se socializa determinada idea sobre la Nación.
Porque se asiste en esta época a la constitución de
un grupo social directivo que establece modelos de
cultura para la sociedad en construcción. Y ello su-
pone el olvido o la eliminación de ciertas prácticas
lúdicas, consideradas nocivas para el desenvolvimien-
to civilizado de los cubanos. No es casual, sin em-
bargo, observar la continuación de dichas prácticas,
y su defensa legitimada en presupuestos nacionalis-
tas que reinvindican las vallas de gallos como com-
ponentes de la cultura nacional. En el siguiente
acápite, se muestra una opinión pública casi unáni-
16
Recalde, José Ramón: La construcción de las naciones, Siglo
XXI Editores, Madrid, 1982, p. 117. (El autor agradece a la
doctora Berta Álvarez el préstamo de este excelente libro,
cuya consulta resultó agradable en extremo, y ofreció nume-
rosas pistas a este ejercicio intelectual.)

141
me en su deseo civilizatorio, pero esto no es más
que una apariencia (lo cual también constituye una
táctica defensiva de intereses nacionales). El hecho
de que se confundan diversas ideas y cristalicen en
modelos de comportamiento social impuestos desde
las élites dirigentes, no significa que, la heteroge-
neidad social asuma dicha confusión como propia
de cada individuo.
Si como plantea Recalde «el sentimiento nacio-
nal es una emoción colectiva» y «el nacionalismo se
convierte sobre esta base en la afirmación de un jui-
cio de verdad, de unos atributos que se juzgan como
los correspondientes a la realidad nacional», se en-
tiende que, entre 1899 y 1902, las propuestas
discursivas nacionalistas logran determinada hege-
monía, sólo sobre la base de una actitud consen-
suada, que no excluye negociaciones ni transacciones
de carácter cultural. Por ello en el estudio de la opi-
nión pública el examen de sus causas circunstancia-
les, y sobre todo de los planteamientos alternativos
y/o divergentes respecto a las vallas de gallos y plazas
de toros, entendidas como «tradiciones nacionales» o
«tradiciones extranjeras», es imprescindible distan-
ciarse de unas y otras para llegar a la aproximación
más verídica de la realidad histórica.
Puede afirmarse que entre 1899 y 1902 la opi-
nión pública no siempre va a ser coincidente con la
opinión popular. Ambas se caracterizan por su mul-
tiplicidad, versatilidad, prejuicios y pasiones, perfi-
lándose una cultura política, que inserta en las
discusiones sociales a diversidad de habitantes de la

142
Isla. Los periódicos brindan un panorama muy enri-
quecedor en este sentido. Por otra parte, en íntima
relación con este proceso se observa la «contraposi-
ción de las arraigadas tradiciones de un pasado
colonial centenario con las problemáticas represen-
taciones del momento, marcado por la ocupación mi-
litar extranjera».17 Ello indica una complejidad mayor
en las representaciones colectivas respecto a lo coti-
diano.
También la paradójica impresión de los contem-
poráneos con respecto a los proyectos nacionalistas
se ponen de manifiesto, y en los cuales participan ya
sea como protagonistas o espectadores. Es imposi-
ble entender estos ciclos de apropiación de la soña-
da «Nación Cubana», si no se toma en cuenta la
premisa de que para el simpatizante de la indepen-
dencia entre 1899-1902, el proyecto nacional no se
realiza al margen de la constitución de un Estado
con capacidad jurídica, soberanía e identidad pro-
pia. Por ello es tan importante insistir en el sentido
que tiene para el contemporáneo la noción de lo «bár-
baro» y lo «civilizado» —ya abordado en el anterior
capítulo— de acuerdo a las maneras en que desde la
opinión pública se asumen las construcciones na-
cionalistas.
17
Iglesias Utset, Marial: Las políticas de la celebración: fechas
católicas, yankees y patrióticas en la Cuba de la intervención
norteamericana (1898-1902). Ponencia presentada en la XXXI
Conferencia Anual de la Asociación de Historiadores del
Caribe, celebrada en La Habana del 12 al 16 de abril de 1999.
(Inédita.)

143
2. Los periódicos: sueños y pesadillas de unos
cuantos

La ardua pelea contra los demonios con cuernos y


plumas comienza en la prensa desde inicios de la
ocupación. Si a mediados de la década de los 80 del
siglo XIX, algunas voces se levantaron para hablar en
contra de algunas diversiones populares que, en su
opinión, nada tenían que ofrecer al desarrollo social
de la Isla y a su «buena imagen», entre 1899 y 1902
esta campaña —supuestamente basada en el inten-
to por lograr una Cuba «civilizada»— entró en su
fase más aguda.
La quimera de una Cuba «independiente, culta y
civilizada» impone a los diarios, semanarios y revis-
tas una obsesión: eliminar las lacras coloniales, y
con ellas todo aquello que obstruya o perjudique el
«buen» camino de los cubanos hacia el futuro. Un
futuro idealizado y no pocas veces romántico que
enturbia los análisis de la contemporaneidad y del
ser nacional. Entonces, no son pocos los ejemplos
de los cuales la gente ilustrada se vale para demos-
trar y combatir la «incivilidad» o la «barbarie».
Las peleas de gallos y las corridas de toros su-
fren, en este sentido, una marginación casi total.
En cuanto a las segundas puede decirse que desapa-
recieron, casi del todo, de los espacios publicísticos
donde se anunciaban las funciones de toreros y bes-
tias. Otro espacio lúdico ocupaba —y desde hacía
tiempo— la pasión de los que leían y escribían en
los periódicos: el «baseball», cuyo decursar en esta

144
etapa muestra también los numerosos usos que el
contemporáneo hizo de la relación con los Estados
Unidos, y para exponer sus ansias más altas. Esta
situación tiene multiplicidad de factores causales que
van desde la propia evolución del espacio público
taurino en el último tercio del siglo XIX, hasta las
características propias de la época histórica de la
ocupación norteamericana. 18
Quien lee la prensa diaria, semanal, decenal, o
de periodicidad irregular, y las revistas culturales,
políticas, de modas, deportivas o con otros intere-
ses, se percata inmediatamente de que desde finales
de 1898 —pero sobre todo desde el 1 de enero de
1899— se inician en la Isla tiempos difíciles y extre-
madamente complicados para una investigación que
suponga de antemano características o rasgos. Nu-
merosos asuntos ocupan a los redactores, editores,
periodistas, escritores y corresponsales. Pero casi
siempre dichos asuntos estarán, en última instan-
cia, relacionados con vicisitudes y aspiraciones po-
18
Se impone en este momento una aclaración pertinente: los
periódicos consultados para este estudio, no se encuentran
fácilmente al alcance del investigador por cuestiones relacio-
nadas con su conservación y el defectuoso trabajo en las
bibliotecas y centros de información de la ciudad de La Ha-
bana. Por ello, no han podido ser trabajados todos los que el
autor hubiera querido. De los diarios considerados «naciona-
les» por su circulación, han sido vistos los siguientes: El
Nuevo País, La Lucha, Diario de la Marina, El Comercio y La
Unión Española. El resto son fuentes de carácter local, ya sean
de La Habana, y localidades aledañas, así como otros pueblos
y ciudades del país.

145
líticas de los habitantes de Cuba. Ya sea en los espa-
cios públicos o en la vida privada, la ocupación como
período histórico va a estar marcada por la aparición
de diversas percepciones acerca del mundo que ro-
dea a los hombres y mujeres que viven en el territo-
rio insular.
En la prensa se manifiestan varios cambios. In-
cluso es posible establecer un paréntesis importan-
te en su modernización editorial, toda vez que el
periodismo se vuelve más agil y comunicativo, las
capacidades de tirada aumentan, las empresas au-
mentan su personal y el equipamiento se desarrolla.
Un ejemplo fehaciente lo constituye la aparición de
El Mundo en 1901,19 pero sobre todo el nacimiento
de gran cantidad de periódicos locales. Ocurre, a
veces, que en una misma ciudad circulan más de
cincuenta diarios.20 A pesar de esta variedad y canti-

19
Más información acerca de este particular, puede hallarse en
el excelente, aunque apologético, estudio de Herminio Portell
Vilá, titulado Medio Siglo de «El Mundo», publicado en La Ha-
bana en 1951.
20
Sólo en La Habana, han sido localizados para este estudio
alrededor de 70 publicaciones de distinto carácter, proceden-
cia y tirada. Incluyendo los diarios de circulación nacional,
que no eran más de 10, el resto son periódicos o revistas
netamente locales, algunos de ellos identificados con agru-
paciones, asociaciones, grupos intelectuales, clubes, parti-
dos políticos, sectores sociales, barrios, iglesias o deportes,
cuyo accionar social transcurría en lo esencial en la capital del
país. Incluso, ciudades del interior como Matanzas, Santiago
y Cienfuegos ofrecen variedad de periódicos, publicados en
estas fechas.

146
dad, el estudio sobre las corridas de toros y las pe-
leas de gallos —y sus espacios— se dificultó bas-
tante.
Si hasta finales de 1898 era posible encontrar en
el Diario de la Marina y El Comercio, titulares y anun-
cios acerca de corridas de toros en Regla, Belascoaín
o Santiago de Cuba, un mutismo total se presenta
desde los primeros meses de 1899, aún antes de la
puesta en marcha de la legislación antitaurina. Pero
ello no significa que el híbrido poder encuentre toda
la opinión pública de su parte, al llevar a cabo las
innumerables medidas «civilizadoras». Las leyes apa-
recen en medio de una constante, y no pocas veces
reflexiva lucha en torno a los objetivos de tales dicta-
dos, los cuales eran interpretados de variadas formas.
Un ejemplo elocuente lo brinda el semanario La Chis-
pa, de clara tendencia independentista, cuyas pági-
nas recogen muchas veces el deterioro progresivo de
la imagen que algunos cubanos tenían de los Esta-
dos Unidos. Aposentado en La Habana, dirigido por
Joaquín Mesa Rodríguez, y administrado por
Adalberto Molina, este periódico de pequeño formato
y edición modesta, vendido al precio de 10 centavos,
se expresaba así respecto a las medidas del poder:

(...) Parécenos a veces, que en vez de progresar


retrogradamos, puesto que raro es el día que no
se toma un acuerdo ó se publica una disposi-
ción que no sea prohibiendo esto, lo otro y lo de
más allá, sin calcular que los perjuicios de tal
medida son superiores á los beneficios que sir-

147
ven de base para el acuerdo. ¿Se inspiran los
Sres. Concejales ó se consultan con el pueblo
que pretenden representar, al acordar alguna
innovación? Nada de eso.21

Mientras La Chispa decía cosas como estas, otros


periódicos hacían hincapié en el bien fundado pro-
pósito de los norteamericanos y cubanos en el po-
der, respecto a sus buenas intenciones de llevar el
progreso a la isla devastada. El Diario de la Marina
saludaba el advenimiento de un nuevo año, y hacía
votos por el buen desempeño gubernamental. 22 La
Discusión se afanaba por mostrar la colaboración de
los «buenos cubanos» y La República, periódico de
Guanabacoa, señalaba a los gobernantes sus tareas
más urgentes. 23
La vida cotidiana en la Isla era reflejada en las
acostumbradas secciones «Gacetillas» o la famosa

21
La Chispa. Semanario Político. Habana, año I, 1 de julio de
1899, n. 12, p.1, col. 2 y 3.
22
Ver Roig de Leuchsenring, Emilio: La lucha cubana por la
República, contra la anexión y la Enmienda Platt. Edición cita-
da, p. 18. Ha sido imposible, la consulta de este importan-
tísimo periódico, debido al mal estado que presentan las
colecciones existentes en la Biblioteca Nacional, Instituto de
Literatura y Lingüística, y Biblioteca Central de la Universi-
dad de La Habana.
23
En este sentido, La República señala como lacras, a eliminar,
a la prostitución, cuyo incremento le preocupa y por ello
llama a formar una sección de higiene en la Alcaldía en repe-
tidas ocasiones. Ver: La República. Guanabacoa, año 2, agos-
to-diciembre de 1899.

148
«Crónica social»: fiestas, notas necrológicas, bailes,
agasajos a personalidades, actos públicos, beneficen-
cias, escándalos, nacimientos, misas, etcétera, des-
filaban ante los ojos de los lectores, que asistían al
renacer de todo un conjunto de festividades sociales
condenadas al oscurantismo y la escasez por la an-
terior guerra. Buscando en estas secciones, sin em-
bargo, es difícil encontrar en los diarios más
importantes referencias a corridas de toros o lidias
galleras que posiblemente se celebraran en el país.
Era como si hubieran desaparecido del todo estas
reuniones lúdicas. Una posible explicación podía ser
que los editores y redactores se dedicaban a «cosas
más importantes», en momentos en que la idea de la
Independencia Absoluta era cuestionada por los es-
pañoles recalcitrantes, al estilo de don Javier de
Burgos, quien desde Madrid proclamaba que:

Os han quitado ya el In
Para que seáis dependientes
Y el de para que pendientes
Del amo quedéis al fin.
Víctimas de usura ruin
Ni dientes os dejarán
Porque hasta el di os quitarán:
Y ya norteamericanos,
De independientes cubanos
En entes os dejarán. 24
24
«¡Independientes!» Los Lunes de El Imparcial. Madrid, 5 de
diciembre de 1898. Javier de Burgos era un versificador y
libretista de zarzuelas españolas, muy popular después de la

149
Las respuestas de los cubanos no se hicieron es-
perar, por supuesto.25 Y, aunque no es el tema de esta
investigación estudiar las controversias políticas en
verso, sí es importante reconocer el hecho de que
tanto la poesía como otras manifestaciones literarias
y artísticas, no hicieron más que traducir a sus res-
pectivos lenguajes expresivos las contradicciones que
tenían lugar en la sociedad, propiciando y promoviendo
la participación de amplios sectores en las discusio-
nes y proyectos sobre el futuro cubano.
La prensa no se quedó atrás en este propósito.
Recorrer las páginas de los periódicos y revistas pu-
blicados entre 1899 y 1902 es aventurarse en un
panorama complicado, que brinda las claves para
entender los porqué de los silencios o las lacónicas
opiniones acerca de la eliminación de las corridas
de toros en octubre de 1899. Al respecto, pueden
citarse algunos ejemplos. La Lucha, El Avisador Co-
mercial y el Diario de la Marina, sólo reproducen la
orden militar, copiándola directa y estrictamente
de lo aparecido en la Gaceta de la Habana. Igualmen-
te, El Nuevo País, La Unión Española y La Justicia,
éste último de Caibarién. Los demás diarios con-

derrota española en Santiago de Cuba por sus décimas llenas


de dolor e ironía, donde atacaba lo mismo a los gobernantes
españoles que a los norteamericanos. Ni qué decir a los cu-
banos. (El autor agradece a la Dra. Barcia Zequeira la fotoco-
pia del número citado.)
25
Ver en la Bibliografía General de este libro, los trabajos de
Pablo Riaño San Marful al respecto.

150
sultados ni siquiera la mencionan. Aunque la re-
producción de la orden militar antitaurina aparece
contenida bajo diferentes titulares, es evidente, no
obstante, la poca importancia que los redactores y
editores concedían al asunto, porque es inusual
encontrar la noticia en primera plana, mucho me-
nos bajo grandes titulares. Por lo general, era todo
lo contrario. Las maneras de encabezar la informa-
ción, sólo introducen inflexiones que van de la in-
diferencia al laconismo. Así El Nuevo País, dice: «Muy
bien ordenado»;26 La Lucha recoge la noticia bajo el
subtítulo «Muy Importante» (sic),27 La Unión Espa-
ñola se suma al primero en sus aseveraciones, y La
Justicia dedica un modesto artículo —pero sin duda,
extenso si se compara con los citados— donde ex-
presa que:

Respondiendo á las demandas de la opinión pú-


blica, basada en la cultura y civilización de las
modernas sociedades, hacíase imposible la con-
tinuación en esta isla de las llamadas lidias de
toros... Por la total supresión de ambas hemos
esgrimido en más de una ocasión, obteniendo
sólo como resultado éstas ó parecidas muestras
de desaprobación: «¿Qué quiere usted?», fiesta
nacional, costumbres del país, etc.
26
El Nuevo País. La Habana, año I, n. 218, 17 de octubre de
1899, p. 2, col. 4.
27
La Lucha. La Habana, año XV, n. 243, 11 de octubre de 1899,
p. 2, col. 2.

151
El general Brooke acaba de darnos una prueba
más de los buenos deseos que le animan en pro
de nuestro adelantamiento moral. (sic) 28

Las «muestras de desaprobación» acerca de las


propuestas de leyes contra los toros parecen haber
sido enviadas, a la redacción de La Justicia, por prac-
ticantes y aficionados a esta diversión. Porque en
los diarios consultados no se advierte ninguna ob-
jeción al hecho. Lo que predomina es un silencio
casi absoluto al respecto, en algunos casos acepta-
ción tácita, en los menos indiferencia y en la mino-
ría, un asentimiento cargado de agradecimientos a
la autoridad.
El silencio, como ya se ha dicho, obedece a varias
razones. Tal vez, una de las más importantes sea la
época misma, convertida en una vorágine de aconte-
cimientos que tienen su raíz en el florecimiento de la
contradicción cubano-española, ahora ocupante de los
espacios públicos, y plena de consecuencias para la
actividad social del contemporáneo a 1898. La prensa
informa diariamente sobre acontecimientos que tie-
nen su origen en esta contradicción, y su expresión
más diáfana la constituye las festividades de carácter
patriótico.29 Linchamientos, protestas contra antiguos
guerrilleros, denuncias contra bandidos, quejas acerca
del abandono de la administración por parte de algu-

28
La Justicia. Caibarién, año I, n. 199, 15 de octubre de 1899, p. 2,
col. 1.
29
Ver: Iglesias Utset, Marial: Ob. cit.

152
nos alcaldes impopulares, manifestaciones de apoyo
a los independentistas, fiestas patrióticas, entierros
de libertadores, notas culturales y anuncios ocupan
la mayoría de las páginas de los periódicos, los cuales
informan acerca de lo que ocurre en cualquier punto
del país, porque se sirven de una red de corresponsa-
les e informantes. La Lucha, en este sentido, es un
buen ejemplo, de cómo los espacios públicos dan lu-
gar, en las localidades, pueblos y villas de todo el te-
rritorio cubano, a una espontaneidad sin límites que
no siempre es susceptible de ser controlada por las
autoridades locales, cuando narra los incidentes en
Alquízar, municipio perteneciente a la entonces pro-
vincia de Pinar del Río, en los que se vieron envuel-
tos una multitud de vecinos contra un párroco, por
la actitud en el pasado, 30 o los sucesos ocurridos en
Matanzas, cuando

El vecino de Bellamar, José Castellá, dueño de


una bodega, fue amenazado por un grupo de cien
o más personas que se situaron frente á su casa.
Todos iban con banderas cubanas y americanas
y le instaban a Castellá á que saliera a la calle a
pelear.
Castellá se quejó a la Colonia Española...31

Sucesos como estos son frecuentes en la pren-


sa. Pero también es usual encontrar la transforma-

30
La Lucha, año XV, n. 244, 12 de octubre de 1899, p. 2, col. 5.
31
Ibídem, 13 de octubre de 1899, p. 2, col. 4.

153
ción de los usos en espacios tradicionales, las pro-
hibiciones expedidas acerca del comportamiento en
muchos de ellos, etcétera. La Unión Española dio se-
guimiento entre septiembre y noviembre de 1899, al
hecho ocurrido en la capital, cuando un grupo de
jóvenes, partidarios de la independencia, arriaron la
bandera española que ondeaba en el Centro de De-
pendientes del Comercio de La Habana, y protestó
enérgicamente contra la prohibición del alcalde
municipal habanero a las asociaciones españolas e
individuos en general de portar banderas hispanas
en lugares públicos. Dicha orden causó estupor y
consternación en varios órganos de prensa, incluso
Democracia, periódico independentista, aunque de
tendencia moderada, manifestó su preocupación por
las posibles consecuencias de actos como este. 32
Otra causa a tomar en cuenta, es la referida al
apogeo del «baseball» en la vida cotidiana y cómo los
periódicos independentistas —que eran la mayoría de
los publicados— hacen uso de este deporte, para con-
tradecir los propósitos anexionistas de algunos. El
tema de la «pelota» se vuelve apasionado y nadie tiene
dudas acerca de la calidad y arrogancia patriótica ex-
hibidas por los jugadores cubanos. Tanto los periódi-
cos locales como los de circulación nacional, insertan
en sus páginas noticias e interpretaciones acerca de
la celebración de juegos en los cuales se enfrentan,
en no pocas ocasiones, clubes cubanos y norteameri-

32
«¿Concordia?», En: Democracia. Semanario Político, año I, n. 18,
7 de octubre de 1899, p. 1, col. 1.

154
canos. Incluso, los diarios dejan constancia de los
cambios en la funcionalidad de los espacios públicos
tradicionales, como es el caso de la Plaza de Armas de
Guanabacoa, tradicionalmente utilizada para las re-
tretas de bandas de conciertos, reuniones de la élite o
demostraciones militares. Pues, en julio de 1899,
ocurre, nada más y nada menos, un partido de béisbol
en dicho espacio, al cual asisten gran cantidad de
guanabacoenses, encabezados por sus autoridades y
generales independentistas. 33
Por otra parte, Libertad, publica en su «Gaceti-
lla», edición del 10 de enero de 1899 lo siguiente:

Basse Ball .- Los clubs Virginia y Almendares mi-


dieron sus fuerzas ante un público numeroso.
Los azules criollos dieron una soberana paliza a
los yankees.
Sabido es que Almendares es sinónimo de tranca
y el Domingo lo demostraron una vez más.
¡Hurrah al Almendares!
Cuba for the Cubans. 34

En las páginas finales del primer capítulo de este


libro, se hacían algunas referencias sobre las posi-
bles causas del deterioro participativo en el espacio
público lúdico de los toros. No obstante, es oportu-
no repetir que la transformación de las preferencias
33
«Baseball en la Plaza de Armas». En: La República, Guanabacoa,
año II, n. 38, 30 de julio de 1899, p. 1, col. 1.
34
«Gacetilla». En: Libertad. Habana, año I, n. 5, 10 de enero de
1899, p. 3, col. 5.

155
de los cubanos, que venía observándose desde fina-
les del siglo anterior, desde las corridas de toros
—que nunca fueron tan populares en el sentido es-
tricto del término— hacia el béisbol, es ya, durante
la ocupación norteamericana, un hecho evidente que
provoca el entusiasmo de muchos alrededor del se-
gundo y, por ende, el silencio o la indiferencia ante
el destino de las corridas.
A su vez, las hipótesis relacionadas con las cau-
sas del silencio alrededor de la prohibición de las
lides taurinas en la Isla, pueden ser contrastadas
con el esbozo teórico que ofrece la mencionada in-
vestigadora alemana Elizabeth Noelle-Neumann. El
cambio radical observado en la prensa española, an-
tes y después de la guerra de independencia de 1895-
1898, bien puede estar sujeto a análisis esclarece-
dores. No es usual que el historiador encuentre, en
la historia nacional, marcos temporales tan comple-
jos como el que se examina, dentro de los cuales las
transformaciones de la opinión pública sean tan evi-
dentes. Durante la guerra, existe información acer-
ca de la ocurrencia de corridas de toros en La Habana,
y otras ciudades o pueblos del interior del país. ¿Por
qué, entonces, tanta indiferencia por parte de los
diarios hispanos en la Isla, o en el peor de los casos,
tanta complacencia?
Como plantea Neumann, «el clima de opinión
depende de quién hable y quién permanezca en silen-
cio».35 Los que pensaron durante la ocupación norte-

35
Noelle-Neumann, E.: Ob. cit., p. 21.

156
americana que aficiones como los toros obstruían el
desarrollo social cubano eran mayoría, aún antes de
esta propia coyuntura. Por supuesto, un estudio his-
tórico como el que se propone, en este libro, no hur-
ga demasiado en la membresía real de esta «mayoría»,
porque es cierto que se refiere a las élites intelectua-
les. No se conoce, todavía, la reacción exacta de la
opinión popular. Pero parece que no preocupó mu-
cho esta cuestión, por las razones antes enunciadas.
Lo cierto es que, en el contexto, un punto de vista
dominó la escena pública, y el otro enmudeció o se
sumó a la propuesta «mayoritaria». La decadencia su-
frida por el espacio taurino debe ser, de hecho, una de
las razones fundamentales para su desaparición por
decreto del poder en 1899. No obstante, ésta es una
historia no totalmente comprobada.36
No ocurría lo mismo, con respecto a las peleas
de gallos y los espacios donde estas lidias se desa-
rrollaban. La prensa periódica de la época da razones

36
En el capítulo 2, de esta investigación, se hacía referencia a la
petición formulada por un grupo de personas en torno a la
plaza de toros de Regla. Sin embargo, podría arribarse a una
verdadera conclusión definitoria, si y sólo si se consulta la
gran variedad de periódicos locales y se revisan minuciosa-
mente otras fuentes documentales existentes en el Archivo
Nacional de Cuba. De más está decir que el tiempo conspiró
contra tales propósitos en sus dos variantes —las que más
golpean a un ejercicio investigativo de esta naturaleza—: el
tiempo real de ejecución del proyecto, y las lamentablemente
deplorables condiciones de gran parte de las colecciones de
periódicos de las bibliotecas de la ciudad, algunas de las
cuales ni funcionan correctamente.

157
convincentes para pensar que, si bien hubo inten-
tos anteriores a abril de 1900 de eliminarlas del pa-
norama festivo del pueblo cubano y falsas o mal
intencionadas interpretaciones acerca de las leyes
que «supuestamente» se relacionaban con este jue-
go y su espacio, siempre convivieron con las ansias
de progreso y mejoría de los habitantes de esta Isla,
quienes en muchas ocasiones les prodigaron su
atención y asistencia.
En este sentido, cabe mencionar las insinua-
ciones que algunos diarios —defensores de los in-
tereses hispanos, o la hispanidad, durante la
ocupación norteña— hicieron acerca de la necesi-
dad de eliminar junto a las corridas de toros, las
peleas de gallos como demoníaca presencia del atra-
so y la corrupción social. La Unión Española es un
buen ejemplo de ello cuando establece una armo-
nía de opinión con El Nuevo País, al referirse a la
prohibición oficial de las lidias de toros, e insistir
en la necesidad de aplacar el negocio gallero. Alre-
dedor de la publicación de la orden militar del 10
de octubre de 1899, el segundo periódico afirmó
que existía un «apéndice» o «tercer artículo» referi-
do a los obstáculos que el poder interventor ponía
a los «negociantes» galleros que intentaran montar
nuevas vallas. Así, en su edición del 13 de octubre
de 1899, agregaban un artículo 3 a la citada orden
que decía: «A partir de la presente... no se expedirá
ningún permiso para lidias de gallos». 37 Tuvieran

37
El Nuevo País. Habana, año I, n. 210, 13 de octubre de 1899,
p. 2, col. 3.

158
razón o no, cierto es que afirmando que el texto
aparecido en la Gaceta de la Habana, con fecha 14 de
octubre, se encontraba «corregido», hacían la si-
guiente deducción el 17:

...Pero ¿y los gallos? Prohibían lidiarlos en la


orden primitiva. De ellos nada dice la corregida;
y á juzgar por lo que han publicado los órganos
oficiosos de la situación, continuará la fiesta
nacional donde quiera que existan vallas. Lo que
se prohibirá es construir nuevas vallas, que no
hacen falta, porque en cualquier maniguazo
próximo á cada pueblo, se improvisa un circo al
aire libre donde se destrozan los gallos y se
despluman los jugadores.
¡Bien se han movido los empresarios!38

La Unión Española agregaba en tono irónico y


acusatorio:

De manera que el laconismo de la orden primi-


tiva aun era extenso y por esta causa ha sido in-
dispensable sustraerle del apéndice lo referente
á las riñas de gallos. Total: dos animalitos se
rompen la crisma, y un público que canta y otro
que llora.
Es una manera como otra cualquiera de fomen-
tar el juego a gran escala, ó de trasladar merced
38
Ibídem, n. 218, 17 de octubre de 1899, p. 2, col. 3. (Los
subrayados pertenecen al original.)

159
á un malabarismo muy natural, el dinero de una
á otra faltriquera.39

La confirmación de que esta versión de la orden


del 10 de octubre de 1899, informada por los perió-
dicos citados, no es más que una mala interpreta-
ción de lo sucedido realmente, y a partir de eso, el
aprovechamiento de la ocasión para criticar al go-
bierno interventor y la Secretaría de Estado y Gober-
nación, la brinda un colega de los diarios estudiados,
además de una intensa búsqueda del autor en la
Gaceta de la Habana, la cual no hace alusión alguna a
orden «primitiva», o nada que se le parezca. En La
República, periódico independentista publicado en
la capital del país, y dirigido por Vicente Pardo
Suárez, se ofrece al público la siguiente informa-
ción:

En buen hora (sic) el Gobierno Civil de esta pro-


vincia ha dispuesto que no se celebren lidias de
gallos por ser un espectáculo salvaje. Aplaudi-
mos la resolución tomada contra este salvaje
divertimento que trajeron los dominadores á
Cuba, porque las lidias de gallos son netas y
puras de España.40

39
«Toros y gallos». (En: La Unión Española. Habana, año I, n. 245,
17 de octubre de 1899, p. 2, col. 4. Edición de la tarde.)
(Igualmente, los subrayados pertenecen al original.)
40
«Lidias de gallos». (En: La República. Periódico Político, La Ha-
bana, año VI, n. 1973, 5 de noviembre de 1899, p. 2, col. 1.)

160
Tres opiniones: las tres adversas contra las pe-
leas de gallos. Otra vez el aliento progresista de las
élites intelectuales domina a la opinión pública, sea
ésta de cariz independentista, defensor de la hispa-
nidad o de los intereses españoles en la Isla. Se ob-
serva que la interpretación de la orden contra los
toros suscitó en la prensa española un acérrimo ata-
que contra las peleas de gallos y un laconismo ex-
presivo ante las corridas de toros. ¿Sería ésta una de
las formas escogidas por estos sectores para procla-
mar su descontento contra la ley antitaurina? No se
puede establecer con precisión la respuesta a esta
interrogante. Pero sí, que se valieron de la ocasión
para hacer uso de los espacios que les brindaba la
prensa, para atacar las decisiones gubernamentales.
La simultaneidad de las leyes contra toros y ga-
llos por parte del poder interventor y el gobierno
civil de la provincia de La Habana, sirvieron para esta
clase de demostraciones. Se debe llamar la atención,
en el caso de La República, acerca de cómo sus redac-
tores insistieron en el origen de la pelea de gallos
(juego extranjero, «netamente español») para recal-
car su diferencia con las aspiraciones independen-
tistas del pueblo cubano. Puede estarse o no de
acuerdo con esta afirmación tan tajante, aunque
muestra la manera en que se usaron diversos pre-
textos para despreciar lo español y ponderar lo cu-
bano. Es visible, que ya desde finales de 1899, existe
un cuestionamiento a la libertad de los galleros y
sus gallos, del espacio público y sus asistentes, amén
de alusiones a «empresarios». Tales empresas han sido

161
descritas en el capítulo 1 de esta investigación, cuan-
do se explicaba la inversión de recursos humanos y
materiales en el cuidado y mantenimiento de los
protagonistas del espectáculo gallero.41 Por otra par-
te, las noticias aparecidas en El Nuevo País y La Unión
Española, apuntan hacia otra versión de la realidad,
la cual, sin embargo, no hace más que continuar las
intentonas de fiscalización y control que el gobier-
no colonial quiso imponer a estos espacios públi-
cos, donde el dinero corría abundantemente, aunque
dada las nuevas características del poder político en
esta etapa sea muy difícil demostrarlo.
Si la orden del Gobierno Civil habanero fue real
—no consta en las colecciones legislativas consul-
tadas— otros periódicos muestran el poco caso que
se le hizo al mencionado decreto. La Nación, periódi-
co fundado y dirigido en 1900 por el prestigioso ge-
neral Enrique Collazo, reporta las festividades
ocurridas en algunos pueblos de esta provincia:

¿Aseguraban ustedes que sólo en La Habana


había embullo, animación y alegría?
Pues vuelvan ustedes la vista hacia Quivicán.
El sábado y el domingo... nada, casi nada.
Vayan ustedes enterándose.
El sábado grandes peleas de gallos con repre-
sentaciones para el acto de acreditadas espuelas
41
Ver capítulo 1, en el que se muestra el flujo de dinero que
corría en una pelea de gallos, y el interés estatal y privado por
controlar o promover dichas diversiones.

162
de La Habana, Santiago, San Antonio, Batabanó,
Melena y Managua.42

Y otras celebraciones del mismo tipo en Cala-


bazar (provincia Habana) y Caimito del Guayabal
(provincia Pinar del Río), con las mismas caracte-
rísticas. 43 Las vallas de gallos hacían caso omiso a
las regulaciones oficiales y seguían reinando en la
campiña cubana, a escasos días de su prohibición
oficial, que como se ha dicho, ocurre el 19 de abril
de 1900. Amén de las ya apuntadas opiniones de La
Unión Española y El Nuevo País, y de las adhesiones a
la ley contra los gallos, de periódicos locales como
La Opinión, de Holguín; La Justicia, de Caibarién; La
República, y Eco Democrático, éstos dos últimos de La
Habana, resultan interesantes las afirmaciones apa-
recidas en La Lucha con respecto a dicha orden mili-
tar. Bajo el título «De tres queda una», este periódico
relata, de una manera muy audaz, el devenir de la
legislación contra los espacios públicos estudiados:

Desde el día primero de junio quedarán supri-


midas las lidias de gallos.
El señor Capote Méndez, primer Secretario de
Gobernación y Estado de Cuba libre, suprimió
los toros, porque entendía que era una fiesta
nacional española.
42
«Gacetillas». (En: La Nación. Diario Político, La Habana, año I,
n. 19, 22 de marzo de 1900, p. 3, col. 2.
43
Ver: Ibídem: n. 20, 23 de marzo de 1900, p. 2, col. 2 y n. 17,
20 de marzo de 1900, p. 2, col. 1, respectivamente.

163
El segundo Secretario de Gobernación y Estado
de Cuba intervenida, suprime los gallos porque
cree que es una fiesta nacional cubana.
Ahora sólo quedará la fiesta nacional americana
representada por el «Foot Ball»
Lo que el Secretario de Estado y Gobernación
no podrá impedir nunca es que por aquí vivan y
medren gallos del peso y la calidad de los cono-
cidos con el nombre de Portillo.44

El encuentro del historiador con artículos como


este, hacen que valga la pena un estudio de esta na-
turaleza, porque permite el acercamiento a la ironía
cubana, al humor con que se acogían en la época,
medidas tan agresivas contra lo que muchos cubanos
consideraban su patrimonio nacional. Pero, lo más
importante es el caudal de análisis que pueden des-
prenderse de los mismos. En este caso, La Lucha se
inserta en la polémica establecida en la prensa diaria
de la ocupación norteamericana, en torno a los ga-
llos, como la opinión discordante. Se observa la rela-
ción establecida, por el autor del artículo en cuestión,
entre los toros, los gallos y las diversiones considera-
das propiamente norteamericanas, y cómo el laconis-
mo de la tercera frase lapidaria —en las que constan
las eliminaciones de aficiones cubanas— señala la
preocupación y la protesta en la realidad que cons-
truyen las élites de poder, en la cual sólo son permi-

44
«De tres queda una». (En: La Lucha. Diario Republicano, año
XVI, n. 94, 19 de abril de 1900, p. 2, col. 2-3.)

164
tidas aquellas diversiones avenidas con el espíritu
deportivo que procede del paradigma dominante.
Por otra parte, llama la atención la contextua-
lización que adscribe la eliminación de ambos espa-
cios públicos, y su contenido lúdico: en el caso de los
toros, se habla de «Cuba libre»; sin embargo, en el caso
de los gallos se refiere a «Cuba Intervenida». Esta dife-
rencia en los contextos mediante los cuales se explica
el alcance social de las órdenes militares, advierte un
marcado carácter temporal —entendido en la vincula-
ción pasado inmediato-presente inmediato— y políti-
co, porque el periódico está asumiendo que si la ley
contra los toros puede ser correcta, la enfilada contra
los gallos no lo es porque elimina una tradición festiva
neta del país, al denominarla «fiesta nacional cubana»,
en contraposición con la «fiesta nacional española» (los
toros) y la «fiesta nacional americana» (el football). Estos
comentarios también pueden ser vistos como burla al
secretario de Estado y Gobernación, al cuestionarse la
legitimidad de tal ley.
El último párrafo muestra algo común en los
diarios, en este período: una valoración lleva a otra,
se trata siempre de actualizar lo más posible el con-
tenido de las leyes planteando problemas de la
cotidianidad, sin perder el carácter sensacionalista
que caracteriza a rotativos como La Lucha. El señor
Portillo 45 es el Director General de Justicia de la
45
Más información sobre este personaje puede encontrarse en
El 98 visto por sus contemporáneos, tesis de licenciatura defen-
dida por el autor en 1995, y en la cual se incluye un anexo
biográfico, con datos de cada autor analizado. Lorenzo del

165
provincia habanera, y denuncia, el propio 19 de abril
de 1900, un duelo ocurrido en la Sala de Armas del
edificio ocupado por la redacción e imprenta de este
diario, entre dos jóvenes oficiales del Ejército Liber-
tador. Los redactores atacan con crudeza a Portillo,
haciéndolo blanco de las burlas de numerosos lec-
tores que critican la prohibición de efectuar due-
los, 46 y convocando a una suscripción popular, que
consiste en la recaudación de 3 centavos por perso-
na para comprarle una «vaina de honor» a la citada
persona. Esta convocatoria es recibida, al parecer,
con entusiasmo y se le da seguimiento en varios
números posteriores. 47
Dos días después, La Lucha inserta entre sus
anuncios, los referidos a promoción de los circos de
gallos de Marianao y Calabazar. Ambos, identifica-
dos por pequeñas ilustraciones (en el caso del pri-
mero con un gallo, y en el segundo con una pelea de
estas aves), convocan a los aficionados a asistir a las
actividades que se desarrollarán el domingo 22 de
abril.48 La fiesta gallera en Calabazar aparece anun-

Portillo escribió en 1899, una obra titulada Un próximo porve-


nir, la cual analiza las relaciones diplomáticas entre España y
los Estados Unidos alrededor de los problemas de Cuba.
(Ver: El 98 visto por sus contemporáneos: Ob. cit., cap. 1.)
46
Ver: Colección Legislativa de la Isla de Cuba: Edición citada, t. I,
p. 232.
47
La Lucha. Diario Republicano, año citado, números correspon-
dientes entre 19 de abril-4 de mayo de 1900.
48
La Lucha. Diario Republicano, año XVI, n. 95, 21 de abril de
1900, p. 3, col. 6.

166
ciada con texto informativo, poesía y nota, resulta
muy necesario su análisis para corroborar algunas
de las ideas propuestas en el capítulo 1 de esta in-
vestigación. Bajo el título de «Circo de Gallos del
Calabazar», el anuncio dice:

Acontecimiento.- La trilogía de notables, Chucho,


Borrego y José María, dirigen y embullan esta fun-
ción con su asistencia y la de sus amigos.
La Güira entera que se ha fusionado con Calaba-
zar, engrandecerá el espectáculo, y asistirán tam-
bién los aficionados de Alquízar, Santiago, Ma-
nagua y los clásicos de Ojo de Agua, con
inclusión de la Habana.

Y ya que se va a efectuar
De la opinión el deseo
¡qué viva la Empresa Cheo
y viva el Calabazar!
No habrá quien quiera faltar
Á la función de este día
(...)
Y viene la «Carbonera»
Gran gallina de la villa
Que es una maravilla
(...)
Es de tres ocho, una fiera
Que las dos espuelas mete
Y además otro tres siete
Que juegan con muchos luises
Porque parecen mambises
Cuando entran a dar machete.

167
Nota.- Véanse los suntuosos programas repar-
tidos para la gran función patriótica que con
destino á fondos de la construcción de los Par-
ques de Santiago de las Vegas Juan Delgado y
Martí tendrá lugar en este Circo el lunes 23.49

Este anuncio manifiesta la continuidad de la valla


de gallos como espacio de sociabilidad, que convoca
a personas pertenecientes, por lo menos, a distintas
procedencias geográficas. Pero también habla de la
multifuncionalidad del espacio, en tanto el mismo
no sólo reúne a sujetos sociales que se interesan
por un evento lúdico, sino que también tienen la
posibilidad de celebrar reuniones de carácter patrió-
tico y político. La valla, si se sigue al pie de la letra
el texto anterior, no cambia en sus funciones den-
tro y fuera de sus fronteras, después de 1899. Todo
lo contrario: mantiene su amplio poder de convoca-
toria —utilizado también para realizar actividades
de carácter benéfico social como la construcción de
parques en Santiago de las Vegas—, y sus múltiples
adecuaciones a realidades sociales diferentes.
Llama la atención, en los versos incluidos en la
promoción del Circo de Gallos de Calabazar, los re-
cursos de los que se valen los empresarios para cap-
tar participantes en lo que ellos mismos definen como
un «espectáculo». En el espacio pelean no sólo los
gallos, sino también una gallina, dato curioso y a la
vez cómico. Los dos últimos versos muestran una

49
Ibídem.

168
relación interesante entre gallos y mambises, utili-
zando el símil para atraer a los patriotas, a la vez
que rememora un hecho del pasado inmediato. Re-
cuérdese que en el capítulo 1 se hacía referencia a la
anécdota que contaba cómo el grito de Baire el 24 de
febrero de 1895, había ocurrido en una valla, antes
del comienzo de una pelea de quiquiritos. Al respec-
to, vale recordar las impresiones apuntadas por al-
gunos patriotas en sus diarios de campaña, durante
la guerra de 1895. Fermín Valdés Domínguez, por
ejemplo, escribió:

En nuestra marcha hacia Sagua han venido nues-


tros soldados pidiendo, robando o comprando
gallos finos y es cosa que da pena y risa ver las
vallas en los campamentos (...) en las marchas,
el ridículo cuadro de los soldados que cargan al
lado de sus rifles el consabido gallito.50

La identificación simbólica gallo-mambí tradu-


ce, a los ojos del lector del anuncio, una posibilidad
de contemplar una pelea de aves e imaginar la re-
ciente pelea de los libertadores de la Patria. El ele-
mento patriótico es convertido, mediante esta
promoción del juego, en agente socializador de una
idea: los gallos y los mambises fueron y son compa-
tibles, ¿cómo no serlo entonces en el «después», si
ya lo eran en el «antes»?
50
Citado por la historiadora Blancamar León Rosabal, en su
libro La voz del Mambí: imagen y mito. Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1997, pp. 40-41.

169
Después de junio de 1900, se observa un dis-
creto tratamiento del tema de los gallos y los toros
en la prensa periódica de la época. Interrumpido
alguna que otra vez por denuncias de personas acer-
ca de la permanencia de los gallos en el panorama
festivo de algunos recalcitrantes galleros, la pren-
sa se dedica con más fervor a las cuestiones patrió-
ticas relacionadas con el inmediato establecimiento
de la República independiente, el fin de la ocu-
pación norteamericana, y el apuntalamiento y
argumentación de la necesidad de desterrar definiti-
vamente el juego de la sociedad progresista cuba-
na. Así, vuelve, en ocasiones, el silencio y en otros
artículos generales que expresan la supuesta vo-
luntad de la mayoría, interesada en el proyecto so-
cial que se construye y pone en práctica por los
sectores ilustrados, no sólo desde el poder, sino
también desde las recién inauguradas escuelas pú-
blicas, las asociaciones de diversa índole y, por su-
puesto, desde las redacciones de los periódicos. Un
ejemplo fehaciente, en este sentido, lo brinda El
Tipógrafo, órgano oficial de la Confederación Tipo-
gráfica de Matanzas, en cuyas páginas se encuen-
tra el siguiente llamamiento:

El juego es una llaga social.


¡Obreros!... no consumais vuestras pesetas,
vuestros reales, vuestros centavos en el juego,
pensad que los que somos padres y llevamos
sobre nuestras espaldas el peso de una familia,

170
siempre carecemos de alguna cosa necesaria á la
salud y el bienestar de nuestros hijos. 51

Este artículo demuestra que, aún después de las


prohibiciones y las exclusiones, los juegos donde
corría el dinero y se malgastaba el peculio de las
familias pobres y ricas se mantenían en la Cuba ocu-
pada por los norteamericanos. Es interesante, tam-
bién en el sentido de lo mencionado con anterioridad,
cuando se señalaba que la ofensiva contra los su-
puestos elementos desestabilizadores de las fami-
lias y la sociedad no era exclusiva de determinados
núcleos de poder.
El tiempo que transcurre entre mediados de 1900
y principios a 1902 se caracteriza, en la prensa, por
la continuidad de expresiones nacionalistas tales
como suscripciones populares para construir par-
ques y monumentos dedicados a la memoria de hé-
roes y mártires de la pasada guerra, artículos
históricos que reivindicaban la absoluta necesidad
de la independencia y la legitimaban en la historia
reciente, versos cargados de lirismo patriótico, se-
guimiento a las celebraciones de los días considera-
dos de «fiesta nacional» —aún cuando el poder
político interventor no los hubiera reconocido así—
del 24 de febrero, 10 de octubre, o de luto como el
11 y 19 de mayo, 7 de diciembre, etcétera. Prosi-
guieron secciones que ya eran tradicionales como la

51
El Tipógrafo, Matanzas, año I, n. 21, 30 de junio de 1901, p. 1,
col. 2.

171
«Crónica Social» (dedicada a nacimientos, muertes,
actividades sociales, etcétera), las «Gacetillas» (con
informaciones deportivas y teatrales), otras que re-
cogían noticias del acontecer internacional que da-
ban prioridad a lo relacionado con la cuestión filipina
y la guerra anglo-bóer, las relaciones cubano-norte-
americanas, y otros asuntos (Enmienda Platt, dis-
cusiones en la Asamblea Constituyente, elecciones).
Por supuesto, los anuncios de compra-venta de bi-
cicletas, los concursos literarios, los premios ofre-
cidos por este o aquel periódico o sociedad, las rifas
de pianos, bicicletas, y otros artículos.
Sin embargo, a medida que se acerca la fecha
que pone término a la ocupación, crecen en la pren-
sa diaria, semanal y las revistas, el júbilo desbor-
dante por la cada vez más cercana inauguración de
la ansiada República y las expresiones de adhesión a
la próxima constitución del Estado cubano indepen-
diente. La República de 1902, la República de ale-
grías y tristezas, nace un 20 de mayo, y aunque la
mayoría de las plazas, paseos, parques y edificios de
las ciudades y pueblos cubanos enarbolan la bande-
ra de la estrella solitaria, pencas de palma real y ar-
cos de triunfo con vistosos colores y lumínicos, 52
un elocuente trabajo de Manuel Secades muestra las
ansiedades todavía no satisfechas, al escribir: «Esa

52
Ver al respecto las excelentes fotografías que aparecen en El
Fígaro, año XVIII, n. 21, 1 de junio de 1902, pp. 253, 262-
272, 276; n. 22, 8 de junio de 1902, pp. 285-286; n. 23, 22 de
junio de 1902, p. 291.

172
independencia está restringida; esa soberanía apare-
ce limitada».53
Acerca del acento de los gallos y los toros, todo
parece olvidado. Pero en el mes de septiembre del
año I de la República, el proyecto de ley sobre el
restablecimiento de las lidias de gallos —analizado
en el capítulo 2 de esta investigación— provoca una
agitación inusitada en los periódicos de la Isla. Los
anteriores detractores de las vallas de gallos vuelven
a la carga: La Unión Española, El Nuevo País y La Dis-
cusión insertan opiniones de relevantes personalida-
des de Cuba que deploran siquiera que se haya
propuesto tal disposición, La Lucha 54 balancea las
opiniones a favor y en contra, mientras El Fígaro
ofrece a sus lectores y lectoras, una interesante en-
cuesta, 55 donde 64 figuras destacadas del quehacer
político y cultural de la nación exponen sus opinio-
nes. El procesamiento de los datos ofrecidos por esta
última puede conducir a la corroboración de algu-
nas ideas ya apuntadas.
53
Secades, Manuel: «¡Es poco!» (En: El Fígaro, La Habana, año
XVIII, ns. 18, 19 y 20, 20 de mayo de 1902, p. 240, col. 1).
54
Ver: números correspondientes a los días que transcurren
entre el 18 y el 22 de septiembre de 1902, de los periódicos
citados. En el caso de La Lucha, su insistencia alrededor del
tema de los gallos continúa hasta noviembre, al hacerse eco
de la publicación de la encuesta aparecida en El Fígaro, aun-
que dando más peso a las opiniones de los partidarios de la
diversión gallera.
55
«¿Qué opina V de las lidias de gallos?» (En: El Fígaro,
La Habana, año XVIII, n. 44, 16 de noviembre de 1902,
pp. 543-546.)

173
Lo primero que salta a la vista es el desbalance
que existe entre partidarios y detractores de las li-
dias de gallos y su restablecimiento: 6 y 54, respec-
tivamente, y 4 personas que no brindan claramente
su postura al respecto. Por otra parte, la pregunta
se le envía a personalidades del mundo político, cien-
tífico y literario. Desfilan por las páginas de El Fíga-
ro, 3 mujeres y 61 hombres, cuya procedencia
profesional evidencia que las preguntas fueron con-
testadas, en su mayoría, por intelectuales reconoci-
dos en la época: miembros de sociedades científicas
y protectoras de animales, poetas, abogados, litera-
tos, y periodistas, amén de algunas personalidades
de la política.
Es la respuesta del sector ilustrado, de las per-
sonas que forman parte de la comunidad crítica. Al-
gunas de ellas, no obstante, insertan en sus
opiniones —sobre todo los partidarios del restable-
cimiento de las lidias de gallos— consideraciones
acerca del carácter popular de esta diversión, lo in-
necesario de su prohibición violenta, su eliminación
paulatina, etcétera. En esta posición se encuentra
Agustín Cebreco, quien plantea:

...con la práctica que tengo de la vida, y con


algún conocimiento que he adquirido de las cos-
tumbres populares rodando por campos extran-
jeros, debo decirle que las lidias de gallos no
deben, no pueden suprimirse violentamente,
pues la civilización es labor lenta de los tiem-
pos. Toleremos las vallas de gallos, á cambio de
que los hijos de los guajiros vayan á las escue-

174
las públicas, y éstas, no lo dude Vd., matarán á
aquéllas. 56

En este camino, se expresan otros encuestados.


Resulta interesante cómo la mayoría de los que opi-
nan caracterizan la pelea de gallos como una diver-
sión campesina. Sólo Antonio Poveda Ferrer afirma
que «es una diversión muy criolla y muy del gusto
de nuestra población rural y de una buena parte de
la urbana»,57 y esto lo hace para advertir acerca de
las consecuencias trágicas que traería su elimina-
ción. Los partidarios del restablecimiento de la lidia
de gallos, a su vez, utilizan el mismo lenguaje em-
pleado por los detractores al establecer la relación
entre el progreso y el «salvajismo» de las costumbres
de los pueblos. José Antonio Blanco escribe:

Nada más injusto, pues, que contrariar aficio-


nes así tan arraigadas en el carácter de un pue-
blo, aunque se invoquen razones de civilidad y
progreso, porque entonces habría que invocar-
las también para las corridas de toros en España
y la culta Francia, y el boxeo en las adelantadas
Inglaterra y Norteamérica. Estas fiestas allí se
celebran, sin que á nadie se le ocurra tachar á
esos pueblos de atrasados é inciviles. Yo creo
que el gobierno cubano debe consentir el espec-
táculo... 58
56
Ibídem, p. 545.
57
Ibídem, p. 546.
58
Ibídem, p. 546.

175
Se observa cómo se subvierte la relación civili-
zación-barbarie, utilizando los paradigmas civiliza-
torios como ejemplos de tolerancia a supuestas
reminiscencias del salvajismo. Porque, en opinión
de los partidarios de las vallas de gallos, el problema
no estriba en su carácter popular, ni en la pretendi-
da noción de retroceso o atraso que los detractores
de esta práctica lúdica apuntan, sino en el reconoci-
miento de las vallas galleras como espacios impor-
tantes para la cubanidad.
Resulta de interés ver la utilización de relacio-
nes entre las vallas y otros espacios o diversiones,
como marcos reflexivos para fundamentar sus ca-
racterísticas y consecuencias positivas o negativas
para el progreso moral de la Isla. El general Máximo
Gómez, por ejemplo, acude al tiempo histórico para
expresar su desagrado con respecto a las lidias, con-
traponiendo lo alcanzado en el camino hacia la Re-
pública con las lacras heredadas de la colonia. De
esta forma, muchos de los detractores del restable-
cimiento del juego de gallos, caracterizan a éste con
los siguientes epítetos: sangriento, cruel, repugnan-
te, vicioso, llevador a la codicia, calamidad pública,
costumbre deplorable, inmoral, no higiénica, plaga
social, escuela de malos hábitos, degradante, des-
provistas de arte, fuente de desgracia y ruina para
las familias, atávico instinto, mamarrachada insulsa,
entre otros. Unos más, y otros menos, dejan claro
que si el Gobierno de la República autoriza dicha
diversión, ello «redundaría en menoscabo de la dig-

176
nidad y la cultura del pueblo de Cuba», o significaría
un «paso atrás».
En cuanto a la escritura de las opiniones, resal-
ta las dos variantes empleadas para expresar opinio-
nes: la prosa (cargada de adjetivos, signos de
admiración, condenas divinas, escenas sangrientas,
o disquisiones acerca de la valla como tradición cu-
bana) y el verso, el cual muchas veces sirve a sus
autores para mostrarse indiferentes hacia la pregunta
que se les hace:

Yo no contesto: me callo
Y muy bien hago en callar,
Pues quien debe contestar
Á la pregunta es el gallo59

Eduardo Aules, contesta a su vez al Conde:

Amigo Conde: á mi ver


No es el gallo el competente.
Cuando muere el combatiente
¿quién sufre al fin? La mujer.

Si el punto, pues, se examina,


Y ha de dictarse, algún fallo,
Que no se pregunte al gallo
No señor, á la gallina.60

59
Conde Kostia. En: Ibídem, p. 544.
60
Ibídem, p. 544.

177
Juan B. Ubago, por otra parte, utiliza el verso
para manifestar su actitud favorable hacia las lidias:

¿No hay carreras de caballos


y de pichones hay tiro?
Pues que haya lidias de gallos
Si eso pretende el guajiro.
¿Qué son inmorales? ¡Vaya
con las tesis peregrinas!
¡Cuánto menos gallos haya...
tocarán a más gallinas!61

Estas últimas líneas muestran que algunos de


los que opinan cuestionan los patrones morales que
se le quieren imponer a la sociedad cubana. En este
sentido, uno de los detractores de las lidias de ga-
llos, Manuel Marquez Sterling, expresa que «Los
puntos de vista morales los dejo á otros que se cui-
dan más de eso y que hallan en la moral fuente de
inspiración. La moral es relativamente ridícula».62
A pesar de la mayoritaria opinión en contra del
restablecimiento oficial de las vallas de gallos, pue-
de observarse como aún en los albores de la Repú-
blica, los sectores ilustrados dieron rienda suelta a
sus temores, amarguras y reclamos, en enconadas
polémicas, que demostraban la lucha existente en-
tre varios modos de pensar y construir la realidad
social. La manifestación de docenas de personas en

61
Ibídem, p. 544.
62
Ibídem, p. 545.

178
la ciudad de La Habana, reflejada además por otros
periódicos (La Lucha con su acostumbrado sensa-
cionalismo; El Nuevo País y La Unión Española con el
usual desinterés, insertado en su propuesta pro his-
panista, que intentaba veladamente demostrar la
incapacidad de los cubanos para el autogobierno), y
las esporádicas denuncias de celebración clandesti-
na de lidias de gallos, que La Discusión, La Nación y
revistas españolas y de gremios obreros, insertaban
en sus páginas, demuestra que, a pesar de la orden
militar 165, en abril de 1900, las vallas de gallos
continuaron sus actividades en la primera década de
la era republicana.

179
Epílogo

Aunque todavía queda mucho por estudiar acerca de


las vallas de gallos y las plazas de toros, de su incor-
poración e inserción en la sociedad cubana, a través
de los siglos, y de su capacidad de adaptación a las
distintas coyunturas por las cuales atravesó su de-
sarrollo, es posible —y necesario— enunciar algu-
nas ideas a manera de conclusiones.
Durante el siglo XIX, las vallas de gallos y plazas
de toros reúnen un conjunto de rasgos que permi-
ten su caracterización como espacios públicos. Es
necesario, ante todo, señalar su importancia como
lugares de encuentro e intercambio, sociabilidad y
representación. Las diferencias con respecto a otros
espacios (cafés, tiendas mixtas, plazas, teatros, fies-
tas, carnavales, templos de las más variadas creen-
cias, etcétera) radican en que en ellos ocurre un
evento lúdico —al igual que en los billares y esta-
dios de béisbol— que constituyen un verdadero es-
pectáculo, que convoca a la asistencia de individuos
pertenecientes a diversas clases, grupos y estratos
sociales.
En el caso de la valla de gallos resulta impres-
cindible apuntar que, en su seno, la jerarquización
de los asistentes no se establece de manera prede-

180
terminada —al menos en los casos trabajados— y
que como sede de un juego, su funcionalidad estri-
ba, a la postre, en la diferenciación entre vencedores
y derrotados.
Este espacio fue objeto, en varias ocasiones, de
reglamentaciones externas —sobre todo, provenien-
tes del poder político— pero su dimensión y posibi-
lidades de adaptación a distintos ambientes,
propiciaron que eludiera con facilidad dichos regla-
mentos, mediante el clandestinaje o la complicidad
de autoridades locales. La fiscalización moral del
juego gallero fue efectiva casi siempre, sólo en las
grandes concentraciones urbanas, allí donde el po-
der colonial y sus aparatos de dominación/represión
estaban mejor y más fuertemente asentados.
La plaza de toros, en cambio, establece la
jerarquización de su espacio, antes y durante la co-
rrida. Lugar de encuentro, pero no de mezcla de iden-
tidades grupales o clasistas, en las lidias taurinas
los asientos eran alquilados, las funciones podían
ser de igual modo reservadas para actos de homena-
je a entidades políticas, cuerpos militares españo-
les, o personalidades y asociaciones elitistas. Así, la
plaza, como espacio público, reproduce las jerarquías
existentes en la sociedad. En ella, los nobles se sen-
taban separados de otros sectores o, por lo menos,
en estrados o palcos que señalaban su alta posición
política y solvencia económica.
Desde el punto de vista constructivo, ambos
espacios de sociabilidad presentan rasgos similares:
redondez, disposición de los asientos alrededor del

181
evento lúdico, celebración de un juego mortal entre
o con animales, y pobreza arquitectónica —por lo
general— si los comparamos con otras construccio-
nes civiles de su contemporaneidad. La función pri-
mera de los dos espacios es la misma: divertir. Pero
hacia su interior, se diferencian las maneras y vías
para lograr el divertimento, cuyas causas están ínti-
mamente relacionadas con los elementos antes des-
critos.
Este siglo conoce también de voces aisladas que
se oponen a la permanencia de ambos espectáculos,
entre las actividades sociales de los habitantes de la
Isla, por considerarlos nocivos a un determinado tipo
de moralidad y progreso que se trata de imponer des-
de las élites. Durante la ocupación norteamericana,
entre 1899-1902, estas élites asumen una ofensiva
desde el poder político, los diarios y otros medios de
comunicación que encuentra oídos receptivos en los
interventores, quienes —aunque por otros motivos
bien diferentes— se dan a la tarea de «modernizar»
al país.
La contradicción observada entre dependencia-
independencia, tradición-progreso, colonia-sueño de
la República y antiguo régimen-modernidad, se tra-
duce en la legislación emitida por el poder político
en este período en la supresión de numerosas for-
mas y eventos, que gozaban de mayor o menor po-
pularidad en el siglo XIX. Los gallos y los toros son
eliminados oficialmente del panorama de las festivi-
dades y diversiones en la Isla, pero ello provoca re-
acciones encontradas, en la opinión pública y la

182
opinión popular, puesto que la legislación destruye
los espacios tradicionales donde tiene lugar el even-
to lúdico, y progresivamente se encarga de suprimir
los juegos en sí mismos.
Las nociones de «progreso», «civilización» y «bar-
barie» son entendidas de diversas maneras por los
sujetos sociales, los cuales ven, en determinados
momentos, cómo esas expresiones son usadas para
distanciar al país de sus aspiraciones más puras, y
obstaculizarlas.
Por otra parte, se encuentran elementos que
demuestran la existencia de una cultura política entre
algunos sectores que advierten la utilización de esos
recursos para prohibir lo que se denomina «fiestas
nacionales», «tradiciones» y «costumbres del país».
Esta época demuestra la existencia de un conjunto
de representaciones que le sirven de referencia. El
estilo de lo cotidiano está hecho de gestos, pala-
bras, de frases en mayúscula y minúscula, donde las
certidumbres son pocas y los dogmas son cuestio-
nados continuamente, aunque aceptados en aparien-
cia. En definitiva, son muchas las interpretaciones
y las causas por las cuales éstas se hacen. Se desta-
can: la procedencia nacional, clasista y política de
los intérpretes. Así, las razones brindadas por los
contemporáneos para eliminar las vallas de gallos y
las plazas de toros como espacios donde tiene lugar
un evento lúdico, forman parte de un estilo de pen-
samiento que se impone en la etapa finisecular, y
que incorpora al lenguaje gran cantidad de califica-
tivos que contribuyen a la decadencia de estas prác-

183
ticas, o por lo menos a su progresiva identificación
con determinados sectores de la población de la Isla,
la cual no sólo se margina en términos de «aficiona-
dos al juego», sino también sufre otras segregacio-
nes de acuerdo a sus intereses muy específicos, ya
fueran políticos o culturales.
La legislación contra el juego parte de una con-
cepción global, dirigida a transformar la realidad
social cubana, donde se superponen agentes
exógenos (los Estados Unidos, sus representantes
en Cuba, la influencia cada vez mayor de su modelo
de desarrollo social entre los cubanos) y endógenos
(las élites intelectuales con su capacidad propia o
adquirida de socializar determinados cánones de con-
ducta, hábitos y costumbres, y la sociedad civil, por-
tavoz en muchas ocasiones de la necesaria «limpieza»
de la vida social en el país).
La reacción de los aficionados a estas lides se
observa en los documentos que recogen su des-
acato y desobediencia a los mandatos gubernamen-
tales, mediante los cuales es posible establecer los
intentos del espacio y sus actores, por readaptar-
se a la nueva coyuntura de la ilegalidad. En el caso
de la plaza de toros estos intentos se vuelven más
difíciles que en la valla de gallos, por las dimen-
siones, carácter y definición de fronteras que po-
seen ambos eventos. Los circos galleros se
encuentran, como espacio, más preparados para la
readaptación de sus fronteras porque es difícil
definir su pertenencia al ámbito privado, clandes-
tino o abierto de la publicidad. Inclusive, existen

184
casos donde se invierte el lenguaje original de la
orden para lograr su incorporación entre las festi-
vidades permitidas.
La opinión pública entre 1899 y 1902 expresa, a
través de los periódicos, casi siempre, los dictados
de las élites, las cuales tratan de imponer una hege-
monía por consenso, e inmediatamente canalizan
hacia los espacios de sociabilidad considerados
«incivilizados» la repulsa popular. Ésta no consigue,
sin embargo, expresarse lo suficiente en la prensa, y
sus asideros se encuentran más en las propias noti-
cias acerca de su comportamiento, que en las redac-
ciones editoriales, las cuales expresan un criterio
generalizador y representativo, pero no participativo.
Los intelectuales y otros sectores elitistas de la épo-
ca se apropian de un lenguaje heredado que insiste
en «modelar» la sociedad cubana, haciéndola más
«apta» para la independencia. Es inevitable pensar
que, durante los años que transcurren entre el fin
de la dominación española y el inicio de la Repúbli-
ca, la temporalidad se halle en el vacío de una pro-
puesta política que no se afianza como proyecto
social, pero tiene entre sus objetivos normar y dis-
ciplinar una sociedad considerada carente de atribu-
tos para desarrollar una alternativa de modernidad,
si mantiene sus características anteriores. En este
sentido, las vallas de gallos y plazas de toros, entre
otras prácticas culturales, sufren el embate de una
política que dice «representar al pueblo», aunque en
realidad no sea nada más que lo que algunos pien-
san que es «mejor para el futuro». En el camino ha-

185
cia la independencia —parafraseando a Ramiro Gue-
rra— muchas de las expectativas individuales,
grupales, raciales, etcétera, se subordinan amplia-
mente al ideal de la independencia absoluta.
En todo caso, la ocupación norteamericana no
hace más que acelerar un proceso discriminatorio que
venía ocurriendo desde el primer tercio del siglo XIX.
El ascenso paulatino de grupos intelectuales, porta-
dores de proyectos que ordenaban la vida social e
intentaban hacerla, semejante o compatible, con las
más avanzadas de su tiempo, produjo el rechazo a
prácticas lúdicas establecidas por la experiencia,
sacralizadas por la tradición e imperantes por el uso
que los sujetos hacían de ellas.
Cabe preguntarse entonces si hubo o no, una
aceptación de estos discursos «progresistas», en el
campesinado cubano y las masas urbanas dedicadas
a la práctica de este tipo de diversiones. En la docu-
mentación consultada se observa un crecimiento del
número de individuos que comparten la idea de «ci-
vilizar» a la «barbárica» sociedad cubana, aunque ello
obedece a la equivalencia que se establece —en los
discursos de gran parte de esa intelectualidad—,
entre la necesidad de llegar al progreso y la morali-
dad social, y su decisiva importancia para la conse-
cución de un Estado Nacional independiente.
Esto podría explicar la ausencia de protesta en
buena parte de las fuentes de la opinión—se impone
un criterio—, pero también las escaramuzas que asu-
men los aficionados ante la reglamentación prohibi-
tiva de sus espacios de sociabilidad, distracción y

186
movilidad. El hecho de que la dicotomía tradición/
progreso trascienda los límites del discurso y deter-
mine qué es civilizado y qué no lo es, provoca en los
defensores de los espacios lúdicos una actitud silen-
ciosa, que en muchos casos indica desobediencia o la
doble relación que se establece en cuanto a gallos y
toros para expresar pertenencia nacional a una cul-
tura u otra. El consenso no significa la aceptación
tácita, sino la negociación que se establece dentro
de, fuera de y en torno a, los espacios que sirven de
marco referencial para aludir a paradigmas culturales
en decadencia (España), predominantes (Estados
Unidos) o soñados (República Cubana). En los espa-
cios transcurre el sentido de la pertenencia, de la
búsqueda de la identidad nacional, el sentido de la
mismidad cultural. Alrededor de ellos, tiene lugar una
acendrada polémica que refleja la contradictoriedad
de las representaciones colectivas, pertenecientes a
una sociedad caracterizada por la multiplicidad so-
cial. Dentro de ésta, las voces que aquilatan los efec-
tos de la propaganda «civilizadora», muchas veces
apuestan por el discurso contrapuesto que señala
cómo en las llamadas «sociedades modelo», las cuales
legitiman dicha propaganda, coexisten variadas for-
mas lúdicas y hasta deportivas que incluyen escenas
sangrientas. Algunos autores, inclusive, hacen refe-
rencia al boxeo en los Estados Unidos, y las corridas
de toros que tienen lugar en París.
La prensa se convierte en el asilo de numerosas
tendencias que, dentro de la opinión pública, van
en retroceso. De esta forma, aunque no se defien-

187
den espacios tradicionalmente identificados con las
raíces hispanas, ciertos periódicos (La Unión Espa-
ñola y El Nuevo País) reaccionan con «indiferencia»
ante la orden contra los toros, no así contra los ga-
llos. Ante las vallas refuerzan sus epítetos delezna-
bles. Sólo un periódico de los consultados (La Lucha) opina
a favor de las lidias de gallos, y las considera una
«fiesta nacional». Estas tendencias se contraponen
continuamente, y refuerzan sus ataques mutuos
después de establecida la República, y vuelta la cues-
tión de los gallos a las discusiones políticas sobre
su restablecimiento o no. Los periódicos locales,
muchas veces, no hacen más que reproducir las ten-
dencias antes mencionadas, aunque también se ob-
serva que su ataque es mucho más furibundo, y su
defensa más apasionada, según sea el caso.
Esto se revierte en una condicionante: allí don-
de el poder central es fuerte, y puede controlar a los
sujetos sociales de acuerdo a sus intereses políti-
cos, económicos o culturales, los juegos de gallos
se encuentran condenados al clandestinaje. Pero en
localidades alejadas de las grandes ciudades, e in-
clusive un poco cercanas, las vallas gozan de la pre-
ferencia de los sujetos, quienes asisten a ellas sin
distinción de raza, clase o grupo social.
Hasta 1902, las lidias reivindican constantemen-
te su pertenencia a las tradiciones nacionales cuba-
nas, mediante la defensa que de ellas hacen los
interesados —por diversos motivos— en su conti-
nuidad como juego público. La plaza de toros, des-
aparece, sin penas ni glorias, del entramado lúdico

188
de la sociedad cubana, porque se le identifica en ma-
yor o menor grado como una costumbre «extranjera».
Se asiste, entre 1899-1902, a la construcción
consciente de una tradición nacional que intenta
romper con los símbolos del poder hispánico, for-
jando una nueva memoria. Aunque esta construc-
ción se realiza en todos los grupos, clases y estratos
sociales, no se puede afirmar que exista un espacio
público que reúna a todos los integrantes de este
proceso constructivo. La nueva memoria incluyó
variados discursos, provenientes de diversos secto-
res, de la sociedad civil y el gobierno piramidal (con
sus núcleos centrales y locales de poder). Entre ellos,
pueden mencionarse algunos advertidos en el trans-
curso de esta investigación:
• el discurso de la higiene
• el discurso de la moralidad institucional
• el discurso de «el poder radica en el pueblo»
• el discurso de la «Independencia Absoluta»
• el discurso de la moralidad social y
• el discurso de ornato público, entre otros.

Los dos últimos, muy relacionados con los es-


pacios públicos, tratan de imponer cánones y hábi-
tos de conducta. Por eso, numerosos cronistas se
hacen eco de la «opinión pública», la cual se había
convertido desde finales del siglo XIX en ente autó-
nomo, soporte de las élites para presentar sus argu-
mentos.
En el estudio que se presentó en las páginas
anteriores, se observa la identificación de la plaza de

189
toros y las vallas de gallos como símbolos de las
lacras sociales heredadas de la colonia. En el caso de
la segunda —y no del todo demostrado en la prime-
ra—, se está atacando un espacio de sociabilidad po-
pular, mientras se intentan imponer los espacios de
sociabilidad de una burguesía que ahora se hace lla-
mar «cubana». En La Habana se daba rienda suelta al
billar, pero se prohibían las lidias. ¿No eran juegos
de dinero ambos? La diferencia estriba en cuánto
pueden ser controlados, cuán perjudiciales son para
una determinada —por las élites— «moral pública»,
y qué beneficios reales comportan para un país que
aspira a «modernizarse», y estar «preparado» para la
independencia. Sin embargo, estos discursos no re-
presentan, la opción homogeneizadora que preten-
den aparentar: hacia su interior se evidencian muchas
contradicciones, que se expresan sobre todo en las
prácticas cotidianas no transformadas en los espa-
cios.
Las prácticas lúdicas sufren, durante la primera
ocupación norteamericana, el empuje de la ofensiva
de la «mayoría» de los sectores ilustrados. Las comi-
llas tienen en esta ocasión un carácter puramente
calificativo: la hipocresía de muchos de estos «de-
tractores» fue demostrada después, cuando algunos
de ellos fueron sorprendidos en vallas de gallos clan-
destinas. Esta puede ser una de las razones que pro-
vocan que la polémica sobre las lidias galleras no
sólo no pase inadvertida sino que se profundice en
los inicios de la República, ante el proyecto de ley
presentado en la Cámara de Representantes.

190
Sensacionalismos aparte, los periódicos contri-
buyen a que esta controversia sobre el destino apa-
rente —porque su destino real era continuar
existiendo, debido a las características propias del
espacio— de las vallas como espacio de sociabilidad,
se convierta en campaña a favor o en contra de las
«victoriosas» batallas del pueblo cubano y sus élites
dirigentes por construir una República modelo. De
nuevo, los diarios y revistas apuestan, en su mayo-
ría, por la opinión desfavorable a los gallos, pero
ahora el nivel de propuestas diferentes es mayor, se
destacan aquellos que introducen nociones de re-
gulación y control fiscal del espacio, y los que cues-
tionan la moralidad supuestamente aceptada poco
tiempo antes.
Aunque la ley sobre el restablecimiento de las
prácticas galleras no pasa de ser una simple pro-
puesta en el Legislativo, su impronta social debe ser
aquilatada como la expresión de grupos económicos
y políticos que exploraban, ya desde estos inciertos
inicios republicanos, las maneras de controlar el voto
del campesinado, y restablecer una práctica que, si
por una parte era «sangrienta», por otra era extrema-
damente beneficiosa para los que la propiciaban.
¿Sería acaso que los famosos «empresarios» —men-
cionados por El Nuevo País en octubre de 1899— ha-
bían establecido un grupo de presión alrededor de
los congresistas cubanos? ¿O era que, vistas la gran
cantidad de personas que aún se dedicaban a las prác-
ticas aludidas, algunos se percataron de que era mejor
controlarlas y fiscalizarlas en beneficio del Estado,

191
que dedicar tiempo y recursos a eliminarlas sin re-
sultados concretos? Ambas preguntas sitúan al au-
tor ante alternativas de respuestas, para las cuales
no tiene todavía suficientes argumentos. Pueden ser
ambas cosas, pero además, la letra de la propuesta
presentada en la Cámara en septiembre de 1902, tie-
ne otras aristas —ya mencionadas en el capítulo 3—
que insisten en la legitimidad de los discursos na-
cionalistas.
No obstante, ya estas disquisiciones pertene-
cen a otro nivel de reflexiones, a los cuales esta in-
vestigación no puede —ni debe, en bien de los
lectores— dar respuesta. Queda, pues, abierto el tema
para continuar otros análisis.

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Habana, 1883-1884.
El Bombero. Habana, 1899.
El Ciclón. Habana, 1881-1882.
La Colonia Española. Revista Ilustrada Decenal. Haba-
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Concordia. Habana, 1898-1899.
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La Discusión. Habana, 1888-1891, enero-febrero,
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Eco Democrático. Habana, 1900.
La Estrella Cubana. Habana, 1898-1900.
La Estrella Solitaria. Habana, 1898-1899.
Fausto. Cienfuegos, 1894.
El Fígaro. Habana, 1885-1902.
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El Heraldo de Cienfuegos. Cienfuegos, 1898.
El Ideal. Artemisa, 1901.
La Independencia. Cabaiguán, 1901.
El Independiente. Habana, 1899.
La Justicia. Caibarién, 1899.
La Justicia. Güines, 1898, 1900.
El Kikiriquí. Habana, 1899-1903.
El Liberal. Cienfuegos, 1898.
Libertad. Cienfuegos, 1898.
La Lucha. Diario Republicano. Habana, 1899-1902.
El Museo. Habana, 1883-1884.
La Nación. Habana, 1900-1903.
El Nuevo País. Habana, 1899-1902.
El Observador. Habana, 1900.
El Occidente. Guanajay, 1900-1901.
La Opinión. Cienfuegos, 1901.
La Opinión. Holguín, 1899-1900.

211
Del autor

Pablo Abelis Riaño San Marful (La Habana, 1972). Li-


cenciado en Historia (1995) y Máster en Estudios
Interdisciplinarios sobre Historia de América Latina, el
Caribe y Cuba (1999) por la Universidad de La Habana.
Profesor adjunto de este centro de estudios entre 1999 y
2002. Ha publicado varios artículos en revistas especia-
lizadas nacionales y extranjeras, e impartido conferen-
cias y seminarios de postgrado en diversos centros del
país. También ha participado en eventos científicos na-
cionales e internacionales. Entre sus publicaciones se
destacan: La Universidad de La Habana en su 270 Aniversa-
rio. Bibliografía (1997) y el CD ROM, Cuba 1898: guerra,
sociedad y cultura en la coyuntura finisecular (1998). En la
actualidad colabora con el Centro de Estudios Martianos
y prepara su tesis doctoral sobre el tema de las peleas de
gallos en Cuba, en el siglo XX.

214
Índice

Presentación 11
Capítulo I. La tradición reconstruida: gallos
y toros en Cuba en el siglo XIX 15
1. La gran pelea de los quiquiritos 18
2. ¿Tauromaquia cubana? Espacio, ritual 46
y jerarquías sociales
Capítulo II . Civilización vs. Barbarie: las pe-
leas de gallos y las corridas de toros en el
interregno (1899-1902) 75
1. Una sociedad a disciplinar: el «progre-
so» contra el juego 78
2. Caballeros a gozar: los «bárbaros» desobe-
dientes 104
Capítulo III. Una quimera entre cornadas
y picotazos: la opinión pública sobre lo na-
cional (1899-1902) 125
1. Cultura política y opinión pública: lec-
turas desde una Isla 128
2. Los periódicos: sueños y pesadillas de
unos cuantos 144
Epílogo 180
Bibliografía 193
Del autor 214