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LA MISIÓN SOCIAL DE LA IGLESIA EN SU CONTEXTO GLOBAL

¿En qué medida la misión social de la comunidad cristina (y más en concreto la católica) resulta
afectada por el fenómeno de la globalización? Como teólogos que tratan de leer los signos de los
tiempos, creo que debemos estar de acuerdo en que la globalización es una descripción acertada
de nuestra situación, con sus implicaciones positivas y negativas, éticas o morales. Juan Pablo II, en
su exhortación Ecclesia in America recogía algunas de estas implicaciones. Positivas podrían ser,
dentro de la globalización económica, el aumento y la eficiencia de la producción que, unido al
desarrollo de los lazos económicos entre los países, pueden contribuir a una mayor unidad entre
los pueblos y a hacer posible un mejor servicio a la familia humana. Entre las negativas, Juan Pablo
II menciona la absolutización de la economía, el desempleo, la reducción y el deterioro de los
servicios públicos, la destrucción del entorno y de los recursos naturales, la creciente distancia
entre ricos y pobres, la competencia desleal que pone a las naciones pobres en situación de
creciente inferioridad.

La globalización, pues, es descripción adecuada de un cambio relativamente reciente de la forma


en que las naciones-estado, el sistema internacional de estados, los individuos y la humanidad
como un todo interactúan los unos con los otros, y de cómo entienden cada uno de ellos que
están en este "único lugar". La globalización describe a la vez una situación objetiva de relaciones y
una conciencia subjetiva de las mismas. Es cierto que estas nuevas dinámicas tienen aspectos
negativos (amenazan la identidad de los grupos y de los individuos), pero también los tienen
positivos (posibilitan la participación de un número cada vez mayor de personas en su propio
desarrollo, no sólo desde un punto de vista económico, sino también político y cultural).Y mientras
es una cultura global en desarrollo, la globalización no es necesariamente homogeneizadora, sino
que también promueve y valora la diversidad.
Para los cristianos, comprometidos desde siempre con la promoción del bien común y de la justicia
y la paz para todos, el nuevo contexto supone retos y oportunidades.

Entre los retos, mencionaremos los siguientes: repensar el lugar y la función de las naciones-
estado en la búsqueda de la justicia; promover y preservar la particularidad cultural capacitando a
las distintas culturas para participar en el mercado global; promover la libertad individual sin llevar
a un individualismo aislado; fomentar nuevas estructuras internacionales para hacer frente a los
problemas que exceden de las capacidades de las naciones-estado; comunicar los principios
cristianos de la justicia social de forma persuasiva y que lleve a la conversión del corazón;
ejemplificar en la vida de la institución eclesial la justicia que predicamos.

La globalización también ofrece a la misión social de la Iglesia nuevas oportunidades. Las


espectaculares nuevas tecnologías de la comunicación ofrecen la mayor posibilidad de aumentar
el sentido de la solidaridad humana y permiten llegar a un conocimiento de unos y otros como
seres humanos impensable cuando León XIII escribió acerca de "las cosas nuevas". El colonialismo
occidental y el imperialismo soviético han cedido el paso a un mundo policéntrico. Culturas
durante largo tiempo reprimidas han cobrado nueva vida al interactuar con otras culturas. La
Iglesia tiene una nueva oportunidad de fomentar la subsidiariedad y la solidaridad. Su antigua
doctrina sobre el uso de los bienes materiales para el bien común puede ahora aplicarse
globalmente, pero al mismo tiempo este bien común ha de concretarse en comunidades locales y
organizaciones intermediarias: globalización de la misión social.
Y finalmente, quiero insistir una vez más en que la misión social de la Iglesia es una dimensión
constitutiva de su misión fundamental: dar testimonio de la verdad, salvar y no juzgar, servir y no
ser servido, ser portador de la esperanza y luz para todas las naciones (Gaudium et spes, n. 3).