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RÁUL GONZÁLEZ TUÑÓN

EL OTRO LADO
DE LA ESTRELLA
H IS T O R I A DE TRO TACAM IN OS

RELATOS, P O E S ÍA D E CUENTO

B U E N O S A IR E S • M O N TEVID EO
LOS ESCRITORES
Y LA R E A L I D A D
IC E Benjam ín Cre-
m ieux — crítico burgués— que dos sucesos notables
caracterizan a la literatura francesa de 1933, el uno
favo rab le y el otro adverso. Favorable la constitu­
ción de la A sociación de Escritores Revolucionarios,
integrada por comunistas y simpatizantes de ese
credo, y adverso la cantidad de nuevos semanarios
que abrum an al lector. E s de esperar, dice Crem ieux
refirién dose al suceso favorable y después de citar
la clam orosa conversión de A nd ré Gide, una saluda­
ble renovación de los temas y la técnica, y del per­
sonal literario, y seguram ente algunas grandes obras.
Y o tuve el honor de señalar a mis camaradas al
vo lver de E uropa, los nombres de A ndre M alraux y
Em m anuel B erl que Crem ieux cita, cuando recién
apuntaban — 1929-30— y llam ar la atención hacia
esa “ dinám ica” que viene a reemplazar fatalmente la
“ estática” proustiana interpretando la hora del mun­
do como de acción y no de contemplación, vale decir,
com o de aventura concreta.
E n Buenos A ires, un grupo de camaradas tuvimos
el entusiasm o y el optimismo, en 1933, con C O N -

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c o n z A l e z t v S ó n
RAUL

TR \ de reclamar la formación .le una A. E. R. (ya


«¡Ste en Rosario, en Monlevideo, en ( hile-, con
Huidobro a la cabeza), y también ind.camos la con­
veniencia de ir a esos nuevos temas, esos nuevos ele­
mentos, esas posibilidades. Nos han oído? Todavía
no se ha hecho nada y este año de 1934 aparece más
sombrío, ya que la reacción avanza, y esta vez en
forma brutal.
En los libros “ Las brigadas de ch o q u e” y “ El
aprendiz de la Revolución” , que esto y prep aran d o,
trato, modestamente, de acuerdo con las fu e r z a s que
poseo, de ponerme en esa línea de la re alid a d del
mundo.
* * *

Con sospechosa insistencia los literato s n eu trales


han dicho de quienes hemos vuelto a la fre c u e n ta ­
ción de los problemas inm ediatos del h o m b re y al
contacto del pueblo, de quienes hem os d ich o siem pre
lo q u e teníamos para decir: “ H a y algo en ellos, pero
les falta cultura” . N uestra cultura de m uchachos po­
bres, hedía de prepotencia casi, a m an otazos, c ru za ­
da de viajes, de pasiones y de aventuras, d e fe n d id a
por u n a sensibilidad q u e nadie puede n e g a r — ele­
mento primordial— al tiempo cjue luchábam os en la
calle acumulando experiencia y d olor y c o lo r y m úsi­
ca del mundo, no está bien barnizada de audacias
g ra m a tica le s q u e no creemos im portantes y de citas
a tig o sa s. P e r o es m á s viva, m á s hum ana, m ás útil,

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EL OTRO LADO D E L A E S T R E L L A

más de hoy, que la de esa gente que sólo nos disculpa


porque tenemos algo, que la de esos pillastres de la
literatura que viven del asalto a las enciclopedias, a
los libros olvidados, a las historias y las sugestiones
de los otros. R icard o Güiraldes — A rlt, Enrique y yo
lo sabemos— sonreía ante esa actitud frívola, nos de­
cía que no nos apuráramos, y aunque temía, injusta­
mente, por nuestros ojos “ llenos de Rusia” , procla­
maba nuestro tono, esa originalidad, imperfecta o
no, que jam ás repitió lo dicho por los otros, como
sucede con ciertos escritores de prestigio. Y no es
que nosotros, compréndase bien, seamos enemigos de
la cultura. E s que creemos que ella debe ser mucho
más fuerte, más actual, más noble, que la estrecha,
snob y podrida cultura burguesa.
Y a en Francia dió Emmanuel Berl el gran golpe
a la cultura burguesa. Leyendo sus inflamados bru­
lotes contra poetas, escritores, críticos y artistas, hace
cuatro años, esperábamos en París que atajaran sus
embestidas feroces. Pero los dardos envenenados que
respondieron a su iracundia, fueron escasos y débi­
les. U nos salieron a la defensa de V alery ( “ La polí­
tica es una actividad inferior, etc.’’ . . . ) , otros a la
de M aurois ( “ E l estilo ante todo, etc.” . . . ) . Pero
Emmanuel Berl, ademas de valentía, posee una \ oz
demasiado fuerte, y su crítica, al par que negativa,
positiva en su valor de construcción y de esperanza,
afirm a el único camino posible: estar dentro de la
actual aventura humana. Por eso a M alraux, y a los

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R A Ú L GONZÁLEZ TUÑÓN

d e m á s e s c r ito r e s fra n c e s e s de izq u ierd a, i „ cl „ 50 ,os


s u r r e a lis ta s , a los n o rte a m erica n o s, a los alem anes—
m e r e f ie r o sie m p re a los e scrito res de izquierda, los
m á s v a lio s o s — , y a u n a a lg u n o s escritores ingleses
d iso l je n t c s Toyce, L a w r e n c e — n o alcan zaría el
p a n fle to d e B e rl. E s te se a rrie sg a , al con trario de
A n d r é s M a u r o is “ que escrib e co m o P o in caré gobier­
n a : co n e l te m o r del m en o r rie s g o ” .
E s im p o sib le n e g a r esta v e rd a d : el pensam iento
b u rg u é s y la m o ra l b u rg u e sa , en estad o de descom po­
sició n , v a n al d e sa stre fin a l ju n to con la econom ía
b u rg u e sa . Y esta o t r a : la m a y o ría de los intelectua­
les e sc rib e p a ra una clase, la burguesa, clase que lo
ú n ico g ra n d e que h a crea d o es lo que acabará con
e l l a : la té cn ica . E l p a n fle to lleg a a los literatos y a
lo s p in to re s de la lla m a d a izq u ierd a del arte, que son,
fre cu e n te m e n te , re accio n ario s fren te a la realidad so­
cia l, in d ife re n te s . Y h a y q u e co n fe sa r que ante esta
r e a lid a d so c ia l, los a r tífic e s m ás extrao rd in a rio s de­
ben ser sa c rific a d o s .
N a d ie se a tre v e rá a n e g a r a P ro u st, R ilk e, V a le ry ,
v a lo re s , pero al se rv icio de una clase decadente

co n n o s ta lg ia los nom bres de H eine,


ra y , Z o la . N o es el pasado el que nos
p resen te. E s el fu tu ro .

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EL OTRO LADO D E LA E S T R E L L A

E l arte no puede ser, no debe ser neutral. Acepte­


mos la premisa pensando que es posible que no lo
baya sido nunca. ¿Fué neutral Shakespeare? Ben
Jonson? D ante? Cervantes? Rabelais? Goethe? Di-
ckens? Cada cual interpretó su época, hizo sátira de
lo malo y de lo indigno, de lo ridiculo y de lo infame.
P o r otra parte E L A R T E D E B E R E S P O N D E R A
C O N V I C C I O N E S S O C I A L E S E N U N A S O C IE ­
D A D D I V I D I D A E N C L A S E S . De ahí que los que
no comprenden esto, son aliados o sirvientes de la
burguesía. El arte puro, desde el punto de vista re­
volucionario, sólo será lógico en una sociedad sin cla­
ses, es decir, en esa última etapa que se llama comu­
nismo integral.
A un bailarín, a un prestidigitador magnífico de
la palabra y el sueño, preferim os un M alraux o un
John dos Passos. El uno exalta la propaganda, la in­
surrección; el otro exhibe el dolor y el caos del mun­
do, la injusticia y la tragedia de la civilización. Se
deciden por eso antes que por la pintura simple de
individualidades curiosas, la exposición de complejos
sutiles y las posturas divertidas.

* * *

Nosotros, lejos ya de “ M artín Fierro” , hemos de­


jad o atrás a muchos escritores, por inactuales, por
fríos, por no creadores, por indiferentes, y estamos

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R A Ú L GONZÁL E Z TüÑÓN

otra vez metidos en el pueblo, sin Florida y sin Boe-


do, sin mirar hacia la aldea, como ellos, pero m irando
hacia el mundo, hacia lo universal, hacia lo realmente
importante que es el destino de todos los hombres,
la total dignificación de la vida. Hombres de ochenta,
de sesenta v cincuenta y tantos años, como Sh aw
Rolland, Gide, Dreisser, Russell, miran, felizm ente,
hacia donde nosotros miramos.
¿Qué nos pueden decir? A imitar a T o rres V illa -
rroel, Max Jacobs, de la Sem a o Reverdy, p referi­
mos, aún realizándonos de una manera im perfecta,
ser nosotros mismos y estar atentos al drama. N ues­
tra postura no es de moda, como la de los fascistas,
que no arriesgan nada, y no son otra cosa que un
sector agresivo de la clase conservadora. Estos, con
los demócratas, los católicos, los cavernícolas, los li­
berales, estarán, en un momento dado, del lado
regresivo de la barricada. Del otro lado estaremos
nosotros, con nuestra clase, que es la clase trabaja­
dora.
¿Qué fué lo de “ Martín Fierro? ¿U n a generación;?
¿Un movimiento? Nada mas que un oportuno m ovi­
miento literario. La generación — edades distintas,
idéntico destino— se perfila recién ahora. E n “ M a r­
tín Fierro” estábamos nosotros pero también esta­
ban los Marechal, los Prebisch, los V allejo, los F ij-
man, etc., cuya postura de rebuscamiento, de elite,
c e catolicismo o travesura, tiene casi tanta edad como
el mundo.

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LA FERIA DE MENILMONTANT

A R oberto M a rtin es Ciiitifw .


x 3 e L L E V I L L E , Com­
bat, Couronnes, Menilmontant. ¡Barrios heroicos!
L a R evolución, desde los subterráneos, vigila.
T ray ecto ria del París humilde, pintoresco y dra­
mático. Crepúsculos proletarios que alimentan la cró­
nica roja.
B elleville, Combat, Couronnes, Menilmontant.
D esde el final de la calle del V ie jo Temple hasta el
com ienzo del hermoso y triste paredón del cemente^
rio secular de Pere Lachaise.
E ncrucijad as de ómnibus fatigados, somnolientos,
oscuros.
B elleville, Combat, Couronnes, Menilmontant.
B arrio s que atraviesa en su camino hacia los Ma­
taderos, hacia la más terrible encrucijada de París,
hacia el más sórdido carrefour, el boulevard de la V i-
llette. B arrios torcidos que se tocan por todos los
costados. Barrios de cinem atógrafos húmedos, cha-

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R A Ú L G O N Z Á LE Z T U Ñ Ó N

tos, malolientes, que todavía pasan películas de la


marca Vitagraph. Barrios de altos y b ajo s, de carni­
cerías de carne de caballo, de escaleras tortuosas, de
desconfiados tragaluces y ventanas a veces en­
treabiertas en la ternura de una m u jer que cose y de
un niño que lee. Barrios acodados al m ostrad or de
cinc de los “ bistrós” . Barrios de chiquillos audaces,
de “ niños prodigios y terribles” , de acordeones arras­
trados en los “ bal mussette” , de va g o s a rtistas y po­
bres catherinettes desteñidas.
Belleville, Combat, Couronnes, M enilm ontant.
Se puede d ecir: una noche en un bal m usette — una
tarde a la salida de un templo— un m ed iod ía en un
restaurante proletario— una tarde, una noche, un
mediodía, en la feria de M enilm ontant, por ejem plo,
desde Couronnes hasta Pere Lachaise.
Se puede decir: la feria de M enilm ontant. Y si
alguien nos quisiera aso m b rar: L a he v isto en la
Explanada de los Inválidos, o en C lich y , hasta el
boulevard Barbés, pasando por la p laza B lan che y
la plaza Pigalle — se puede resp o n d er: L a F e ria de
Menilmontant. Porque no se parece a ninguna. E s
más callejera, más confianzuda de los árboles y de
las plazas, más alegre, tierna y ruidosa que las otras.
^ también más triste.
Los caducos vagones, largos y estrechos, anchos y
o r to s , de la feria de M enilm ontant, quién sabe por
onde andarán. Enormes valijas m anchadas del pol-

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EL OTRO LADO D E LA E S T R E L L A

VO de todas las rutas, fatigad as de partidas y de re­


tornos, quien sabe por dónde andarán.
A lo largo de los barracones el pueblo bondadoso
y torpe, humilde y feroz. E l pueblo de la resigna­
ción y del estallido, el pueblo diverso y musical de
I arís. E l pueblo de la Revolución Francesa que aún
añora a M arat y confía en el retorno de Babeuf. El
pueblo de los próxim os motines rojos.
U na multitud ingenua que cree o no cree en el león
con cabeza de hom bre; en la serpiente con cabeza de
m ujer, en la infabilidad de la echadora de cartas. Y
se emociona o no ante la canasta sangrienta de Ri-
gaudin, expuesta en el barracón de las penas de muer­
te, donde un artista de la cera ha reproducido eje­
cuciones de España, Francia, Inglaterra, Norte Am é­
rica — el garrote, la guillotina, la horca, la silla eléc­
trica— , (Sacco y V anzetti tienen mucho éxito). Y
las estampas pornográficas vistas a través de gruesos
lentes mientras del agu jero del techo cae el riel he­
lado de un reflector. Y la ruleta, el Montecarlo en
m iniatura, o ficio de comerciantes venidos a menos,
de ladrones en desgracia para las grandes especula­
ciones, hombres gárrulos que ostentan en los brazos
descubiertos singulares tatuajes como los de Víctor
M e L a g le n : ases de corazón y de trefle, barcos, pe­
ces, frutas, nombres de puertos, tabernas y prostitu­
tas, fechas, recuerdos de la Guayana y Sing-Sing. \
el júbilo de la libra de chocolate de papel dorado, de
la botella de vino de sospechoso nombre, del ventru­

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R A Ú L G O N Z Á LE Z TUÑÓN

do fetiche chino, del m uñequito de aserrín , ganados


al paso. Y el circo de pulgas del D r. O r lo f f . Y “ La
comida de las fieras” . Y el teatro de títeres, delicio­
so. antiguo y noble, m uy su p erior al te a tro de los
hombres. Esos títeres que, com o los h abitan tes de la
feria, dan tres vueltas y después se van.
Un pequeñuelo se detiene fre n te al tren cito del
París Baby, estación m aravillosa con su relo j pega­
do que nunca dá la hora, su je fe , su sala de espera.
No tiene un franco para su boleto. P e r o E dm undo
Guibourg, que aquel día andaba co n m igo , le h a com ­
prado uno. El niño no decía nada p ero G u ib o u rg se
dió cuenta. Nadie se sorprende porqu e to d o s saben
que Guibourg es el hom bre m ás bueno del m undo. El
me hizo conocer la feria de M en ilm o n ta n t, y los m u­
seos y las tabernas y toda la “ b an lieu e” .
Más allá están los m úsicos del v ie jo papá Bec-
quelin.
Gritan los mercaderes sus m ercan cías. P a sa el frío
de París entre las piernas d e la m ultitud . U n o lo r a
castañas asadas y cristales llovid os. Y o , que m e había
quedado mirando los ruidos de la N a v id a d , fu i inte­
rrumpido por los pequeños m úsicos del v ie jo papá
Becquelin.
Chifonnette esta arm ando gresca.
Adonde iremos a v iv ir?
— A la calle del G ato que Pesca.
esos
i H a b ita n te s d e l A g u je ro en la M e d ia ! S on
ios c h iq u ilin e s que alegran los b a rrio s m ás lin­

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E L OTRO LADO D E L A E S T R E L L A

dos y más pobres de París. Los chiquilines de Con­


trescarpe, de Santa Genoveva, de la plaza de la A le­
gría, del barrio de las latas de la Puerta de la Chape­
lle, de la calle de la Paloma, de la calle de los Ositos,
de los portalones musgosos de la Isla San Luis, de
los negocios de traperos de la calle Le Regrettier, de
las carpinterías del P asaje de la Mano de Oro, del
jardincito franciscano de la iglesia de Saint Ger­
main des Pres.
L a dim inuta Chifonnette está, como esas poupées
apaches de la tienda de M. Pichón, con la boina caí­
da a un costado y las mejillas tiznadas. El viejo papá
Becquelin recuesta su cansancio en el camión sesgado
por un letrero am arillo:

— “ L e V ie u x Papá Becquelin”—

P o r la ventanita del camión se ve a una mujer co­


cinando. Papá Becquelin dirige la orquesta con su
bastón de palo. T iene la nariz violácea v roja de be­
bedor de pernod. Los musicantes, los cinco musican­
tes que no hacen treinta años entre todos, montados
en cajones, miran a papá Becquelin, el abuelo, el di­
rector, el m aestro de esos tocadores de absurdos sa­
xofon es.
C hifonn ette toca el bombo con un solo parche.
P apá Becquelin levanta su garrote y los seis musi­
cantes se preparan. Entonces una rara “ Madelon o
una descompuesta “ V alentine” o un desencolado "C a
I ra ” , surge del singular sexteto. E l público de sans-

141
CONZÁLEZTUÑÓN

, d is e m in a d o alrededor del tablado, — en pri-


‘ fila la pandilla de A l R o a c h -
n a t u r a lm e n t e ,
X , d e a rabiar y canta. Term inado el espectáculo,
Ch fonnete pasa el platillo. Dos o tres monedas caen
« ¿ r e él con tachuelas, carreteles sin h.lo, tomillos,
,rozos (le alambre, trompos sin punta, munequ.tos de
barro sin nariz, soldaditos de plomo mutilados en las
merras de las calzadas. ¡ Extraño mercado de las pul­
gas, competidor del de Aubervilhers 1
Papá Becquelin vuelve a sonarse las narices \ as­
pira* polvo de rapé. L a chimenea del camión sigue
humeando la promesa de la sopa.
Y Chifonnette sueña con cajitas de m ú sica, con
muñecas que hablan, con enanitos y troikas y g ra n ­
des bollos rellenos de dulce, y con dorm ir, dormir,
junto a un arroyo, o sobre el puente de A v ig n ó n ,
con el viejo bombo de almohada.

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DOGE RELATOS MUY BREVES

A Carlos de la Púa.
LA SCH ELL

CV ^ _ ^ O N O Z C O desgracia­
dos, trotacaminos, entes anacrónicos, cantos rodados,
traídos y llevados hacia playas inexorables. El mun­
do de las ciudades pasa indiferente al lado de esos
seres. L as ciudades se los tragan. Nadie ve sus lágri­
mas, ni oye su absurdo lenguaje, ni ve la sorda car­
cajada que contrae sus rostros cuándo estalla la
locura, ni lee la simple noticia policial que habla de
cadáveres hallados en el río. Nuestra profesión, que
es una de las más amargas, nos ha puesto siempre en
contacto con esa gente. Recordamos muchos tipos y
casos. Angustiosas llamadas telefónicas, urgentes
reclamos, extraños suicidios, súbitas desapariciones,
lacónicos avisos. Cuando, a causa de nuestros fre­
cuentes viajes perdíamos de vísta a tantos desdicha­
dos, el balance, al llegar, resultaba trágico. El uno
estaba en la cárcel y la otra se había tirado bajo un
coche del subterráneo.

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RAÚL r^zklM t TUÑÓN

Un din desapareció linE nucstríi, toxicóme-,


na y vagabunda, que había conocido épocas de esplen­
dor v venía siempre a la redacción, en las horas de
la noche, en busca de un par de pesos para el hotel
o la droga. Se perdió en las calles de la ciudad con su
perrito sucio y su dolor, también un poco sucio. Su­
cede que de pronto, la vida coloca a esos seres, al
revés, y así supimos que, a la salida del hospital, la
pobre infeliz rendida de cansancio y m ord id a por el
delirio de las persecuciones, curó com pletam ente a
los dos meses, recogida por un hom bre simple, en
una chacra de las afueras. L a irrem ed iable toxicó-
mana da de comer ahora a las gallinas.
Pero Mimí Schell, que ha cum plido cuarenta y
cinco años, continúa del otro lado, a ja d a y temblo­
rosa. Hay una gran nobleza en su rostro de m ario­
neta zarandeada y una inmensa claridad en sus ojos.
Hace veinte años poseía una espléndida v o z ; cantaba
en los teatros, posaba para los pintores y grababa los
primeros discos. Perdió la voz en la intensidad de su
ida. No conserva ni siquiera un disco, im presionante
ocumento de su otra personalidad, com o “ L a m ujer
->» ganso.*, que vimos interpretar a L u isa Dres-
, con Jack Pickford. Se vió de im proviso desam-
a’ en' eÍecida, sola, olvid ada por sus antiguos
ln( lf * ' '^ 1I t-' la en su m ísero cu arto d e inquili-
c u e r d a n ' r Cartas’ PaPe,es. retratos, que re-
Vino mv ■U / an° S ' e ^ or‘a > (^e pasión y de alegría.
verme y nie dijo: — “ E l micrófono es

152
E L OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

como la máscara, una puede cantar sin que le vean la


cara. Y o podría tentar, aún conservo la voz” .
Pero la Schell no conserva su antigua voz. Se le ha
perdido, se le ha extraviado para siempre en esta
ciudad en donde todo es fugaz, como la luz de los
letreros de propaganda.

E L E N V I A D O D E D IO S

U na vez llegó a la redacción del diario en donde yo


trabajaba un hombre vestido a la manera de la an­
tigua Roma. T raía un grueso y largo báculo dorado
y, lo que es extraordinario, usaba lentes. Ese hom­
bre se decía hijo de Dios o enviado especial, algo
por el estilo. V enía a pedirnos que le consiguiéramos
permiso de la policía para que lo dejaran leer el men­
saje divino en la Plaza del Congreso. Queria gritar
cuatro verdades tremendas, como Juan, a los hombres
perdidos. N o sabemos si, precisamente, se iba a diri­
gir hacia los señores que frecuentan el Congreso.
Después de una confusa charla nos aseguró que él lo
podía todo, menos conseguir permiso de la policía
porteña, tan parecida, sin duda, a la de Nínive o
Sodoma. Nosotros, que estamos inclinados a la cre­
dulidad, le creimos. Pero uno de los muchachos, a
todas luces excéptico, mientras el enviado de Dios
hablaba, le partió el báculo por la mitad. (. uando el

153
R A Ú L G O N ZA LEZ 11 ____ _______

en v iad o de Dios lo tomo p ata m archarse, lo hizo tan


distraído y con tan mala suerte, que se fu é de narices
contra el suelo. Levantóse fu rio so pregu n tan d o quién
había partido su báculo. E l a trev id o decadente se
adelantó, diciéndole:
— Usted es-como D ios?
_ S í — respondió el otro indignado.
— Bueno — sonrió el incrédulo— , si es com o Dios,
; porqué no hace crecer el báculo ?

UN LOCO D E L A V ID A

Por aquellos tiempos, aún el P u ch e ro M isterioso


(X alé Roxlo le puso el nom bre porque daban un pu­
chero robusto, abundante y sabroso, por solo veinte
centavos), mantenía su prestigio bohem io y su roña,
en la esquina de las calles C a n g a llo y T alcah uano.
Hacia las dos de la m adrugada los in d ivid u os más
curiosos, simpáticos o siniestros, co rd iales o ceñudos,
invadían las mesitas del alm acén. A lg u n o s fracasa­
dos, otros por fracasar, poetas, d ib u jan tes, canillitas,
'agabundos, cocheros y periodistas. V o y a recordar
aquí únicamente a dos p erso n ajes: “ L e n ín ” y “ la
Sombra . Llamaban “ L en in” a un vend ed or de dia­
rios, español, pelirrojo, gárru lo , un poco m ás “ leído”
|ue sus camaradas, que siem pre hablaba de la Rl,e_
rra, de Rusia, de China, de la R evo lu ció n S o cia l; de

154
E L OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

ahí el mote. “ Lenin” era bueno e ingenuo. A las tres,


invariablemente, comenzaban sus conferencias.
— “ Si Japón ataca está perdido. .. Se las tendrá
que ver con China o con R u s ia .. . La incógnita es
N orte A m érica. . . En cuanto a las Filipinas, el ge­
neral Flor Intrencherado se las trae. . . Y o arregla­
ría así las co sa s: el primer cuerpo del ejército ataca
por el flanco derecho. . . ”
Las charlas de “ Lenin” interesaban a todos. A mu­
chos camaradas porque los llenaba de asombro. A
nosotros, porque nos hacía sonreír. Pero desgracia­
damente, a cada latiguillo de “ Lenin” , un hombre que
durante casi toda la noche permanecía silencioso, un
sujeto lento, grave, impávido, que siempre se sentaba
en una mesilla del fondo, decía monótonamente, con
voz de bajo profundo, dirigiéndose al hablador:
— Usted está loco de la vida.
Dábase vuelta “ Lenin , disgustado, malhumorado,
ante esa “ sombra” que lo perseguía siempre, y alza­
ba los hombros.
Pero la frase de “ La Sombra” , se oía veinte ve­
ces todas las noches.
— Usted está loco de la vida.
N o argumentaba, no explicaba el por que, pero
siempre se dirigía a “ Lenin” , diciendo:
_U sted está loco de la vida.
Pasaron algunos años. La otra noche encontre a
un viejo amigo del Puchero Misterioso.
_Y “ Lenin"? — le pregunté.

155
R A Ú L G O N ZÁ LEZ T U Ñ Ó N _ ____ _

— ¡Cóm o! ¿ N o sabe? — respondió mi am igo— ,


"Lenin” está loco, está loco de la vida.
Sí. por desdicha, “ L en in ” fig u ra com o pensionista
en el hospicio de la calle V ie rte s .

EL D E V O R A D O R D E A G U J A S

Otra vez vino al diario un su je to m u y curioso.


Entró bruscamente a la redacción. E ran las doce del
día y estábamos un grupo de m uchachos deseando
terminar nuestro trabajo para irnos a com er. E l ti­
po se dirigió a mí, g rita n d o :
— ¡ Y o como de to d o !
— Ah, muy bien. Q ue D io s le co n serve el apetito
y no lo haga nunca periodista.
Ls que — agregó el sujeto— si quiere, me com o
esta bombita eléctrica. . .
\ sin esperar mi respuesta, el hom bre se com ió
tranquilamente una bombita eléctrica. T o d o s los m u­
chachos, cuando la fiera term inó su sin g u la r com ida,
se agarraron fuertemente a sus respectivas m áquinas
de escribir. E l extraño visitante continuó su exh ib i­
ción. Se comió un carretel de hilo blanco y lu ego otro
de hilo negro. Luego se tragó un paquete de a g u ja s
V nos dijo:
Voy a sacarme del estóm ago una a g u ja enhe-
Jrata. ¿Con qué hilo prefieren? ¿ B lan co o n egro?
- N e g r o - d i j o alguien.

1 56
kL OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

\ , efectivam ente, se sacó por la boca una aguja


enhebrada en hilo negro.
N os quedamos mudos. Le conseguimos un trabajo
en un teatro de variedades.
Poco tiempo después supimos que ese hombre ha­
bía muerto al atravesársele en la garganta una espina
del pescado que estaba comiendo.
H a y extraños destinos.

EL PR O FESO R ADAM S

Pero un día llegó al diario un individuo verdade­


ramente absurdo, que me contó lo siguiente: “ Me
llamo Adam s y era profesor en Hamburgo. Una no­
che, en cierto restaurante del puerto, me presentaron
a un turista inglés que nunca había bebido agua y
nunca había comido pollo. L o segundo no me pareció
extraordinario, itero lo primero sí. Me dispuse a se­
guir a ese hombre. Logré hacerme íntimo amigo suyo.
Pude comprobar que, efectivamente, jamás comía
pollo y nunca bebía agua. Estuvimos en Pekín, en
Dam asco, en A rg e l, en Sevilla, en La Habana, en
R ío, y vinimos hace p o c o tiempo a Buenos Aires.
A quí para mi desgracia, el turista inglés claudicó de
una manera vergonzosa. A yer, amigo mío, despues
de una borrachera, el hombre se bebió una jarra de
a;;ua. Me explicó : me dijo que era a causa del whis-

1 57
R A Ú L G O N ZÁ LEZ TUÑÓN

kv falsificado que había bebido la noche anterior.


Con ese motivo, habló pestes de Buenos A ire s y de
sus taberneros. Pero, de cualquier m anera, me hundió
en la desolación más absoluta ’.
A l cerrar la puerta el p ro fe so r A d a m s, me quedé
pensando en un individuo parecid o a él. E n ese indi­
viduo que siguió durante quince años a un circo, por
varios países del mundo, para ve r cuánd o el león se
iba a comer al domador. U n a noche, naturalm ente, el
león se comió al domador. Y fue precisam en te aquí,
en Buenos Aires, donde el circo h acía m uy malas
entradas.

E L P IA D O S O F U L L E R O

Cerré los ojos y deslicé el dedo índice sobre el


mapa, colgado junto a la ventanilla de la estación de
Santa be. Abrí los ojos. E l dedo se h abía detenido
en Serrezuela. ¿Q ué iba a hacer y o en S e rre zu e la ? Me
llené de espanto. N o estaba dispuesto a cum plir la
promesa hecha a mí m ism o de p a rtir p ara el lugar
que señalara el dedo. M e hice tram pa. C e rré los o jos
otra vez y el dedo apareció en L a R io ja . Y a era otra
tosa. Saqué boleto y subí al vagó n de segunda con
tre pesos \ pico, un atadito de ropa y cuatrocientos
r r K1° Í a a encontrarm e con N alé
ox o, \ después con Setaro, con P etit, con M uñoz
¡t°< os de Esmeralda y C o rrie n te s!). U n día y me-

158
E L OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

dio en un vagón de segunda. A l llegar a Cruz del


E je los tres pesos y pico habíanse achicado. Sólo
poseía un peso. Andaba paseando por el andén cuan­
do me llamaron la atención los gritos de un indi­
viduo :
— ¡Jueguen, señores, jueguen! ¡Esta es la ruleta

1
de la suerte!
uve un palpito. Me acerqué al curioso sujeto.
D iez “ payucas” lo rodeaban. Aquél maniobraba so­
bre una absurda ruleta, invención suya, la que, cosa
extraordinaria, siempre hacía ganar a su dueño. Me
armé de coraje y arriesgué el único peso que me que­
daba y que me serviría para comprar pan y fiambre,
hasta La R ioja. Naturalmente, perdí, en el momento
en que el tren anunciaba su inminente partida. ¡Qué
cara habré puesto! El ruletero, que era un gárrulo
andaluz, barba azul y haraposo, detúvome con un
gesto y, sin que los otros se dieran cuenta, me de­
volvió el peso que tan graciosamente habíame roba­
do. H a y malandrines así.

E L V E N D E D O R HONRADO

De una extraña manera se había hecho cocainó­


mano. E ra dueño de un boliche de cigarrería de la
calle La valle, hace ya algunos años, en la época en
que todos, incluso los cocheros V el vigilante de pa-

159
RAÚL G O N ZÁ LEZ TUÑÓN

rada frente al Julien, tom ábam os co ca ín a . L o llam a­


remos Don José. U n día, un tra fic a n te de d rogas
visitó a Don José en su boliche y le p lan teó el n eg o ­
cio : se trataba de vender cocaína, qu e aq u él conse­
guiría al por m ayor y que D on José d ebía fra ccio n a r
en paquetitos de a gram o. D on José re ch a zó , al prin­
cipio, el ofrecim iento ilegal. P ero d espués transó. Su
boliche se hizo fam oso. Con el tiem p o o c u rrió algo
desgraciado. Don José había sido ven d ed o r de queso.
Como todos los vendedores de queso, al o fr e c e r la
m ercadería, probaba un pedacito, p a ra h a ce r en trar
en confianza al cliente. L o m ism o h izo con la co ca í­
na, hasta que, sin darse cuenta el v ic io lo fu é a g a rra n ­
do, mordiendo, convirtiéndolo en un p elele g e sti­
culante.
— ; S e lleva un gram ito ? E s de la buena, eh, de la
pesada. . . M ir e . . .
\ aspiraba una “ prisse” . . . A s í to d a la noche. L a
policía allanó el negocio. D on José p asó una tem po­
rada entre rejas. A l salir dedicóse a la v e n ta de d ia ­
rios, combinada con la de cocaína. E n la esq u in a de
P a ia n á y Corrientes escucham os d u ra n te m ucho
tiempo los sorprendentes o frecim ien tos de D o n José.
O ¡tica, por tres pesos. . . ¿Q u ién m e lle v a C
t i c a E s de la buena, de la buena. . .
^ eia que, dentro del d iario, estaba el paquetito
e .1 gramo. 1.1 diario, claro está, ten ía que costar
tres pesos.
' Hra temporada entre rejas. A l salir, e n sa yó D on
EL OTRO LADO D E L A ESTRELLA

José otra manera de vender. Para que no lo pillaran


con el cuerpo del delito encima, colocaba los paqueti-
tos sobre algunas chapas de médico, en algún árbol,
en el resquicio de una puerta, en balcones, etc., de las
calles R od ríguez Peña, Sarmiento y Montevideo.
U na noche lo vi correr despavorido a Don José. A ca ­
baba de descargarse una súbita tormenta. Los pa-
quetitos se le perdieron, esa noche. . . Después es­
tuvo en el manicomio. Cuando lo dieron de alta, me
d ijo :
— A quello es m uy divertido. M e pinté, solo, todo
un pabellón. H acíam os representaciones. ¿ P o r qué
no va a pasarse una tem poradita por allá?

L A M U E R TE V IV A

Jacobo era el más desgraciado de todos. Am aba el


cam po y el sol, pero estaba metido en la ciudad, en­
venenado por sus noches y su mal aguardiente. Era
som brío, largo y anguloso. H abía desfilado por to­
das las agencias de colocaciones sin conseguir jamás
un empleo apropiado, un empleo que le gustara. Y i-
vía a contramano. Probó todos los oficios sin arrai­
gar en ninguno, hasta que, un buen día, desapareció.
N os preguntam os m uchas veces qué sería de él e ima­
ginábam os un final deplorable. Hace tres años, y des­
pués de haberlo perdido de vista durante mucho

161
tiempo, lo encontré en una ciud ad eu rop ea y todavía
perdura en mí la fuerte im presión de ese encuentro.
Fue así: pasaba yo por un b a rrio típ ico , a tra íd o p ol­
los pregones de los vendedores am bu lan tes y los pin­
torescos carteles de las tiendas, cu a n d o m e detuve
frente a una cochería de pom pas fú n eb res. En la
vidriera habían im provisado un a sala m o rtu o ria . El
Cristo, los cirios, las flores, el ca jó n . D e pronto sen­
tí una punzada en la nuca. ¡ E l c a jó n n o estaba va­
cío! ¡Patético descubrim iento! A llí, ten d id o , con el
olor y la inmovilidad de la m uerte, v i a mi d esgra­
ciado amigo Jacobo, el m ás d e sg ra cia d o de la pen­
sión. Entré conm ovido a la co ch ería, dirigiénd om e
a la capilla, irreverentem ente exp u esta al público. Al
inclinarme para observar m e jo r el ro stro de Jacobo,
vi cómo éste abría los o jo s, llenánd om e de espanto.
— "N o te asustes — me d ijo con v o z o p aca, con una
voz de ultratumba— no esto y m u e rto ; tra b a jo de
muerto. Estamos haciendo la reclam e del P e rfecto
Velorio” .
Oí sollozos y conversaciones en v o z b a ja . M iré a
mi alrededor y pude ver, sentados, en círcu lo , a unos
veinte sujetos sombríos, a sueldo tam bién , de la sin­
gular empresa, para propagand a del P e r fe c to V e ­
lorio.

162
EL OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

H I S T O R I A D E U N L IT U A N O

El lituano Esteban M arke había venido en la ter­


cera de un barco. Se le podía ver en los ojos azules,
el desengaño del arribo, la imposibilidad del retorno.
En el Campam ento de los Desocupados sólo pudo
aprender una palabra en español. Una palabra que
en su boca resultaba terrible, de una fuerza dramá­
tica intensa, una palabra que valía una frase, más
que una frase, más que un libro: H A M B R E .
Tam baleando, aterido, lívido, sucio y desgarrado,
se le veía en la plaza del Retiro, en Leandro Alem, a
la puerta de los bares, acercarse a la gente v decir:
— H am b re. ..
H am bre, repetía al paso ele las parejas. Hambre,
al oído de las casas inhóspitas. Hambre.
Un día el lituano Esteban M arke anduvo vagando
tranquilamente por el puerto. Recogió unas cáscaras
de fruta, sentóse en una viga y estuvo mirando la
línea del horizonte. Después tomó un alambre, de en­
tre las bolsas, frente a los galpones, y se colgó de un
guinche.
E ra ya la noche y un cabo de la Prefectura lo des­
cubrió, con la lengua afuera. Cuando llegaron, el
médico, la policía y los cronistas, lo hallaron en la
misma postura grotesca. Revisaron sus bolsillos.
N o había documentos, ni dinero. Sólo encontraron un

165
papel, en el que, trabajosam ente, con trazos infanti­
les el lituano suicida había escrito la palabra, la
única palabra aprendida en el cam pam ento, y su fir­
ma: “ Hambre. Esteban M arke .

E L M I L L O N A R IO D E M I L B E S O S

Lo había conocido hace ya m uchos años, cuando


era muchacho y solía frecuentar un c a fé pintoresco,
con los bolsillos del saco repletos de poem as. E ra un
malandrín, un verdadero m alandrín. E r a educado,
tenía veleidades literarias y un ligero aspecto de ex
sacerdote. Desde el cuento del billete prem iado hasta
las ventas de rifas falsas de “ M a ría A u x ilia d o ra ” ,
y las crónicas de U shuaía, en donde había estado
y no de curioso” , y las andanzas por E u rop a y
América, y una rara teoría de reivind icaciones socia­
les, todo contribuía a dar a este hom bre, ante mi
asombro casi niño, un relieve e x tra o rd in a rio de per­
sonaje de novela. E l tiempo me lo cam bió, tran sfo r­
mándole) en un pobre hombre a contram ano.
Había perdido su pista. U n a carta m e escribió de
hile, ) cometí la torpeza de no contestarle. Estaba
fechada en la cárcel.
El otro día leí la crónica policial. E l in feliz se ha-
tirado el último lance de su vid a, esta vez con
J1 e ^ de “ mil besos” . L e había fallad o. Preso, sin-

164
E L OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

lióse viejo. Era pulcro, lento, educado, con aspecto


de ex sacerdote, pero sin embargo murió de mala
manera. Se dió muerte en un retrete. Con la cara
contra la pared, y ahorcado con su camiseta, lo encon­
tró el agente de la Alcaidía. Así murió el “ croni-
queur” del presidio, el intérprete insólito de Bakouni-
ne, el lavador de cheques, el vendedor de rifas de
“ María A uxiliadora” , el millonario de los billetes de
“ mil besos” . Con la cara contra la pared, ahorcado
con su camiseta, en un retrete de la alcaidía. Jamás
hubiera imaginado — ni él mismo— ese final. Era
un malandrín, pero le faltó el sentido del humor. Lo
perdió la solemnidad. A n d y Tucker y Jefferson Pe-
ter no pudieron ser sus maestros en todo.

L A S D O S P E R S O N A L ID A D E S

Gimeno tenía, como el Café de la Puñalada, dos


personalidades. Cuando estaba bajo el efecto de la
droga hablaba continuamente inventando anécdotas
v proyectando viajes maravillosos. Antes de entre­
garse a la droga, era lo ([lie era, un hortera valen­
ciano, que había trabajado de actor en tal o cual
compañía de la legua. E l C afé de la Puñalada duran­
te el día, era inofensivo rincón de empleadillos. Du­
rante la noche se convertía en una cueva de foragi-
dos, viciosos, prostitutas, vendedores de alcaloides,

165
vag0s V, — lo que para un burgués sería una redun­
dancia— , literatos. Ginieno me con sid eraba uno de
sus camaradas del día. Jam ás hablaba conm igo de
otra cosa que de vulgaridades. P e ro pron to iba a in­
gresar vo en cl K lan del Sueño D espierto. U na so­
prano fracasada que conocí en cierta pensión, me
había iniciado, al parecer, brillantem ente, en la dro-
sra Gimeno mostróme entonces la o tra cara. Pasé a
ser uno de sus camaradas de la noche. R ealicé varios
viajes con él. Estuve en T u rk e stá n , v iv í en Singa­
pore y tuve algo que ver también en una ciudad de
Europa, nada menos que con la R ein a de Rum ania.
Claro está que, cuando vo lv ía en m í, a le ja d o s los
efectos de la droga, me encontraba en una mesa del
Café de la Puñalada, frente a una ventana, por donde
se abría el día insolente, ju n to con la puerta de 1111
mercado que quedaba en la esquina opuesta. Y los
carros,
- los tranvías, las m ucam as *y los lecheros,1 me
lanzaban súbitamente a la más a m a rg a realidad.
Muchos viajes hice con Juan G im eno. E n el ú lti­
mo, me negué a acompañarlo. Se trataba de un via je
mu regí eso. Juan Gimeno quería probar la h e r o ín a .

^ se dió una “ prisse" tan fuerte — capaz de m a t a r a


dos caballos , que se fué al otro m undo. M e h a b ía
íclio. Si me duermo, es fatal. T r a ta de despertar­
me violentamente, de lo contrario, estaré perdido” .
se durmió hablando de la M on golia. Y o palide-
f ", lm<" ^ue^° del bar que sacudió a G im eno con
/d' L'nleiad<> por mí de lo que pasaba. Pero Gi-

l 66
E L OTRO LADO DE LA E S T R E L L A

meno — esta vez era cierto— estaba ya en pleno v ia je .


I uvo la oportunidad de volver a contarme lo q u e h a ­
bía visto, pero no volvió. V a y a uno a saber p o r q u é
regiones andaba y andará ahora Juan Gimeno, t r a i­
dor al K lan del Sueño Despierto, que abandonó la
C. por la H . . . Vale decir, la cocaína por la heroína.

E L H OM BRE D E GOMA

Era un hombre alucinante. Ejercía cierta influen­


cia sobre nosotros, recién iniciados. Tenía el tic del
hombre de goma. Me explicaré. En las madrugadas
de la droga, saturado de cocaína, comenzaba a ver
fantasmas. Prim ero gritaba:
— “ Saquen a ese perro” .
— “ N o hay ningún perro” , le decíamos.
Pero él insistía tanto, que al final todos oíamos la­
drar a un perro, y hasta lo perseguíamos por la habi­
tación. Pasada la crisis, Jacquemart jugaba con pali­
llos de dientes. Era un hombre prematuramente en­
vejecido. Había recorrido el mundo con una troupe
de elefantes que se le enloquecieron en C hile.
Pero lo terrible era cuando Jacquemart estallaba
en gritos despavoridos y daba vueltas a la mesa:
_*E1 hombre de goma, ahí está el hombre de
gom a.

167
R A Ú L G O N ZÁLEZ T Ü Ñ Ó N

Este extraño personaje, este hombre de goma que


visitaba todas las madrugadas a Jacquem art, era un
ser invisible para nosotros. Jacquem art parecía cono­
cerlo bien. El hombre de goma era redondo, con una
<ran cara de luna. No caminaba, rodaba, saltaba, y
desaparecía en medio de grandes carcajad as, por una
puerta, para aparecer súbitamente por otra. E ra real­
mente inquietante el hombre de gom a, pero me temo
que no existía, en realidad. Era una pesadilla de Jac­
quemart. Porque, me pregunto: ¿C ó m o es que Jac­
quemart pudo dedicarse más tarde al negocio de
gomas? Una vez, pasaba yo por la v ie ja C alle N ueva
de San Francisco, en Barcelona, y me detuve en la
vidriera de un sórdido negocio en cuya puerta se ba­
lanceaba un gran cartel: “ T o d a clase de gom as” .
Por la vidriera pude ver a Jacquem art, con los codos
sobre el mostrador, instalado al frente de su tienda.
Entré a conversar con él. ¿E staba tal vez, m ás loco
que nunca? Lo cierto es que me d ijo :
El hombre de goma era un buen sujeto. U n día
\ino a visitarme estando yo solo, y me convenció. Lo
dejé hablar, le permití que se sentara a mi lado. Me
ofreció este negocio, no muy lícito, pues todos los
artículos son de contrabando, pero que me asegura
días de rni vida. Sólo me pidió una c o s a : que
a >an< onara la droga. Así lo hice. A unque lo triste
ca.o ts que ahora el que abusa de los tóxicos es
*>• » esta muy desinflado” .

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