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CARLOS BERMAP

LAS CLASES EN LA SOCIEDAD


MODERNA
CARLOS BERMAN

T. B. BOTTOMORE

LAS CLASES EN LA
SOCIEDAD MODERNA

EDITORIAL LA PLEYADE
BUENOS AIRES
Título del original inglés
CLASSES IN MODERN SOCIETY
George Allen & Unwin Ltd. - Londcn

Traducción de
AN1BAL LEAL

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723


@) hy EDITORJAL LA PLEYADE - Dm6. Mitre 1623 - Buenos Aire$
Impreso en la Argentina - Prlnted In Argentine
PREFACIO

Esta introducción al estudio de las clases so-


ciales difiere en varios aspectos del ensayo que
publiqué con el mismo título en 1955, y que está
agotado desde hace varios años. He aprovecha-
do la oportunidad de publicar una versión am-
pliada de la obra para analizar más exhaustiva-
mente las teorías sociológicas relativas a la clase,
para incluir más material sobre las diferencias
</.e clase, y para considerar los cambios ocurridos
durante la última década en las condiciones so-
ciales y la política de los países industriales. El
nuevo examen de estos problemas me ha con-
ducido a conclusiones que difieren en algunos
puntos de las que expresé en 1955; y en el capí-
tulo final he intentado exponer más cabalmente
mi opinión sobre el significado político y cultural
de las clases sociales en las modernas sociedades
industriales.
T. B. BOTTOMORE.

7
I

INTRODUCCIÓN

La división de la sociedad en clases o estra-


tos, dispuestos en una jerarquía de riqueza, de
prestigio y de poder constituye un rasgo destaca-
do y casi universal de la estructura social que ha
atraído siempre la atención de los teóricos y los
filósofos de la sociedad. Durante la mayor parte
de la historia h umana esta desigualdad entre
los hombres ha sido aceptada generalmente co-
mo un hecho inalterable. Cuando los autores an-
tiguos y medievales tocaban el tema de la jerar-
quía social siempre tendían a ofrecer una racio-
nalización y una justificación del orden estable-
cido, muy a menudo desde el punto de vista de
una doctrina religiosa relacionada con el origen
de los rangos sociales. Quizás ello sea particular-
mente visible en los mitos religiosos hindúes so-

9
bre la formación del sistema de castas. Por otra
parte, las rebeliones esporádicas de los pobres y
los oprimidos solían ser revueltas contra ciertas
condiciones particularmente irritantes más bien
que contra todo el sistema de clases, y no deter-
minaban la formación de concepciones daras que
aludieran otras posibles formas sociales.
Solamente en los tiempos modernos, y parti-
cularmente de las revoluciones norteamericana
y francesa, la clase social -concebida como la
representación concreta del principio de des-
igualdad- se ha convertido en objeto de c~tudio
científico, y al mismo tiempo de general c-Jndena
desde el punto de vista de las nuevas doctrinas
sociales. Por muy variadas que fuesen las inter-
pretaciones de los pensadores del siglo XIX, el
ideal revolucionario de igualdad por lo menos
implicaba una oposición a los privilegios heredi-
tarios y a las divisiones jerárquicas inmutl:\bles.
Las revoluciones de fines del siglo XVIII y de
principios del siglo XIX, dirigidas contra los pri-
vilegios políticos y legales que sobrevivían del
sistema de estados feudales; determinaron la am-
pliación de los derechos civiles y políticos, y
mayor igualdad de oportunidades. Pero al mis-
mo tiempo crearon una nueva jerarquía social,

10
fundada directamente en la posesión de la rique-
za, y este estado de cosas a su vez fue atacado
durante el siglo XIX por los pensadores socia-
listas, que creían que el ideal de la igualdad im-
plicaba en definitiva una "sociedad sin clases".
Durante los últimos cien años han sobreveni-
do grandes cambios en la estructura social de los
países industriales avanzados. La historia de este
período puede ser concebida en parte como una
reseña del aumento de la igualdad en nuevas
esferas de la vida social -como lo han expre-
sado algunos autores, bajo la forma del desarro-
llo de la ciudadanía 1• El capitalismo del laissez-
taire, y especialmente la doctrina del laissez-faire
que era mucho más extrema que la práctica-
más o menos ha desaparecido; y en todos los
países industriales existe cierto grado de plani-
ficación y se advierten ciertos intentos por re-
gular la distribución de la riqueza y de la renta,
y la organización pública más o menos des:irro-
llada de una amplia gama de servicios sociales.
Pero hay importantes diferencias entre los dos
tipos principales de sociedades industriales, las

t Véase etpecialmente T. H. Manhall, Citlzonship SJ'ld Social


Cltm (1950).

11
sociedades capitalistas 2 de Occidente y las so-
ciedades de tipo soviético de Europa oriental.
En las primeras ha existido un movimiento gra-
dual y limitado hacia la "eliminación de las cla-
ses", al que suele atribuirse un carácter particu-
larmente acentuado en las últimas dos décadas
-la era del Estado de bienestar social- y que
ha sido e l resultado de los cambios habidos en
los ingresos relativos de diferentes grupos pro-
fesionales y en las tasas impositivas, de las me-
joras introducidas en la educación y los servicios
sociales, de las oportunidades cada vez más nu-
merosas de desplazamiento social del individuo,

2 Utilizo los términos '*capitalismo" y ºaoc-iedad capitalistaº·


según los empleen habitualmente los historiadores de la economía y
los sociólogos, para referirme a un sistema ccon6mico social que
existe durante: un período histórico particular, caracterizado parti·
cularmente por la libertad del mercado y dol trabajo (es decir, b
el<istencia de individuos que legalmente están on libertad de ven·
der su íuerUl de trabojo en el mercado, y econ6micamente están
obligados a hacerlo) y por la propiedad privada de los medios da
producci6n, que ae encuentran en manos de ros empresas privadas.
Estas característica1, y otras de carácter secundario, permiten di•
tinguir con razona ble claridad el capitalismo de otros tipos de ae>-
ciedad, como el foudalismo o la sociedad socialista. Sin embargo,
ello no implica oflrmar que las sociedades capitalistas concretas so
hayan mantenido inmutables desde sus orígene•, que no existan
subtipos de c•pitelismo, o que no puedan existir formas sociales
mixtas y transicionoles. Algunos do estos problemas serán ex.ami·
n.ados después m6a detenidamente.

12
y quizás más que nada del reciente y rápido des-
arrollo de la renta nacional total. Estos cambios
serán examinados más atentamente en un capí-
tulo posterior, pero es de inmediata evidencia
que no equivalen a la abolición de las clases so-
ciales. Las sociedades occidentales todavía son
capitalistas, en el sentido de que sus sistemas
económicos están dominados por empresas in-
dustriales de propiedad privada, y de que exis-
ten diferencias sociales muy acentuadas entre el
grupo de los dueños de las propiedad industrial
y el grupo de los asalariados.
Por otra parte, en las sociedades de tipo so-
viético se afirma que con la abolición de la pro-
piedad privada de los medios de producción han
desaparecido las clases sociales, o por lo menos
se ha eliminado la estructura jerárquica de clase;
y se sostiene también que se está en camino de
construir una sociedad socialista, sin clases. Al
principio esta afirmación no fue analizada muy
atentamente, ni siquiera por los críticos de la
sociedad soviética, que durante el período stali-
nista concentraron su atención sobre los aspec-
tos más destacados del sistema social --es decir,
Ja represión de la libertad personal y el predomi-
nio de la coerción y el terror. Más aún, en de-

13

terminado momento pareció generalizarse la opi-


nión de que la propia dictadura política podía
ser explicada en relación con la antítesis entre
libertad e igualdad- como consecuencia de la
tentativa de obligar a los miembros de la socie-
dad a aceptar una igualdad antinatural. Pero
cuando se comprendió que las sociedades de tipo
soviético presentaban grandes desigualdades so-
ciales se vio que aquel argumento no era plausi-
ble; y en los estudios más recient es se ha centra-
do la discusión en la aparición de una "nueva
clase gobernante" en dichas sociedades, y sobre
las comparaciones entre las características de las
minorías selectas de las sociedades occidentales
y soviéticas.
El propósito principal de este libro es estudiar
de qué modo el movimiento hacia la igualdad
social que comenzó con la revolución del si-
glo XVIII ha modificado la jerarquía social de las
sociedades industriales, y cómo, a su vez, dicho
movimiento ha sido influído por el desarrollo de
la industria moderna. Esta labor exige, en pri-
mer lugar, una investigación sobre la naturaleza
de las clases sociales modernas. Requiere, en se-
gundo lugar, un estudio comparativo de los cam-
bios de la estratificación social ocurridos en los

14
tipos principales de sociedad industrial, y un in-
tento de explicación de dichos cambios. Final-
mente, implica una confrontación entre las ideas
de igualdad y de jerarquía social. ¿Constituye
la igualdad un ideal realizable en las circunstan-
cias de una sociedad industrial compleja? E in-
versamente, ¿cuáles son los tipos y los grados de
desigualdad inevitables, tolerables o aún desea-
bles en dicha sociedad?
Las desigualdades originadas en la clase so-
cial no deben ser asimiladas a la desigualdad hu-
mana en general. Hay otras formas de desigual-
dad, otras clases de privilegio y de dominio, ade-
más de los que arraigan en las diferencias de cla-
se social. En el seno de determinadas sociedades
pueden existir desigualdades determinadas por di-
ferencias de raza, de idioma o de religión y entre
distintas sociedades existen desigualdades como
las que hoy son evidentes entre las naciones ricas
y pobres, que son el resultado de la conquista,
de las diferencias de extensión y de los distintos
recursos naturales, así como de las oportunida-
des y los fracasos históricos específicos. Tampoco
puede afirmarse que los derechos políticos estén
determinados siempre por la inclusión en deter-
minada clase, como a veces afirman los manás-

15
tas. El poder político mismo puede crear nuevas
clases sociales, nuevos derechos de propiedad y
nuevos privilegios.
De todos modos, subsiste el hecho de que la
división de la sociedad en clases sociales defini-
das es una de las más impresionantes manifesta-
ciones de desigualdad del mundo moderno, que
a menudo ha sido el origen de otras formas de
desigualdad, y que el predominio económico de
una clase dada ha sido muy a menudo la base de
su propio dominio político. Por consiguiente, la
clase se encuentra profundamente implicada en
muchos de los más vitales problemas de la polí-
tica y de la actividad social modernas.

16
II

LA NATURALEZA DE LA CLASE
SOCIAL

Todavía hoy los sociólogos sostienen vivas


discusiones con respecto a la teoría de la clase
social y, en términos más generales, de la estra-
tificación social. Esta última expresión puede
ser utilizada para aludir a cualquier ordenamien-
to jerárquico de los grupos o estratos sociales que
forman una sociedad; y en general los sociólo-
gos han distinguido las siguientes formas prin-
cipales: la casta, el estado, la clase social y el
grupo jerárquico. Cada uno de estos tipos de es-
tratificación social es complejo, y todavía hay
muchos problemas no resueltos con respecto al
fundamento y a las características de las castas
y los estados, lo mismo que con respecto a las

17
clases y a los grupos jerárquicos; 1 aunque en la
mayoría de los casos es más fácil definir a las
primeras, y sus límites se distinguen más clara-
mente. A pesar de estas dificultades, ciertos as-
pectos generales de la estratificación social no
son materia de discusión.
En primer lugar, un sistema de jerarquías so-
ciales no forma parte de cierto orden de cosas
natural e invariable, y por el contrario es un ar-
tificio o producto humano, y está sometido a
cambios de carácter histórico. Más especialmen-
te, las desigualdades naturales o biológicas por
una parte, y las distinciones de la jerarquía so-
cial por otra, corresponden a dos diferentes ór-
denes de la realidad. Las diferencias fueron sefi.a-
ladas muy claramente por Rousseau en un co-
nocido pasaje: "Concibo la existencia de dos ti-
pos de desigualdad en la especie humana; una,
a la que llamaré natural o física, porque ha sido
establecido por la naturaleza, y que consiste en
diferencias de edad, de salud, de fuerza corporal,

1 Se bollará una excelente teseño de los ostudiot recientes sobre


la casta en M. N. Srinivas, et. al., Curront Sociolo1.7, Vol. Vlll (3),
1959; y sobre ICl jerarquia social en las sociedades feudalet,
Marc Bloch, Feudal Society (traducción ingle.a, Londto$, 1961),
Parte VI.

18
y de cualidades mentales o del alma y otra, que
puede ser denominada desigualdad moral o polí-
tica, porque depende de cierta convención, y ha
sido establecida, o por lo menos autorizada, por
consentimiento de los hombres. Esta última con-
siste en los diferentes privilegios de que gozan
algunos hombres en perjuicio de otros; como por
ejemplo ser más ricos, más honrados, más pode-
rosos, o aún encontrarse en condiciones de exigir
obediencia".2
Esta distinción ha sido aceptada por la ma-
yoría de los autores modernos que se han ocu-
pado del problema de la clase social. Así, T. H.
Marshall ha observado que " .. . la institución de
la clase enseña a los miembros de una sociedad
a observar ciertas diferencias y a ignorar otras
cuando agrupan a las personas con arreglo al mé-
rito social".3 Sin embargo, aún aceptando esta
distinción, podría argüirse que el sistema de cla-
ses sociales de las modernas sociedades capita-
listas de hecho funciona de modo tal que asegu-
ra una armonía más o menos general entre la

2 J. J. Rousseau, Disertac.16n sobre e/ origen y fundamento de


la desigualdad humana.
a T. H . Mar$hall, "Tbe Nature of Class Confllct", en Citizen-
ship snd Social Cla>S (1950), pág. 115.

19
jerarquía de las condiciones naturales y las dis-
tinciones determinadas por el rango aceptado
socialmente. Estos argumentos han sido plan-
teados con frecuencia,4 pero a decir verdad care-
cen de una base concreta sólida. Se reconoce ge-
neralmente que la desigualdad de ingresos cons-
tituye un elemento importante de la jerarquía
de clases. Pero numerosas investigaciones han
revelado que la desigualdad de ingresos depen-
de fundamentalmente de la distribución desigual
de la propiedad a través de la herencia, y no pri-
mariamente de las diferencias de los ingresos ob-
tenidos por medio de actividades a las que po-
dría atribuirse cierta relación con cualidades na-
turales o innatas.G Los estudios modernos rela-
tivos a la selección educacional y profesional
subrayan esta falta de correspondencia entre las
jerarquías propias de la capacidad y de la posi-
ción social, en cuanto revelan que la capacidad
intelectual, por ejemplo, de ningún modo recibe
siempre la recompensa del ingreso elevado o de

4 Se los encuentra aobre todo en lall teorías de la 1$//te fonnu-


ladoo por Pveto y Mosca, C1'iticadas en mi obra Elites ond Socioty
(1964).
6 Véase, por ejemplo, H. Dalton, Somo Aapect• ol tho 1 -
qut:lity ol lncome.s in Modorn Sociotie• (1920).

20
la jerarquía social destacada, ni la falta de con-
diciones se ve castigada con la situación contra-
ria. Ciertamente, una descripción más precisa del
sistema social de clases indicaría que éste opera
sobre todo por medio de la herencia de la pro-
piedad, para asegurar que cada individuo man-
tenga cierta posición social, determinada por su
nacimiento e independiente de sus condiciones
personales. Este estado de cosas se ve suaviza-
do, pero no abolido por diversas influencias so-
ciales que serán examinadas más adelante.
Un segundo punto de acuerdo general se re-
fiere al hecho de que las clases sociales, en con-
traste con las castas o los estados feudales, son
grupos económicos en un sentido más exclusi-
vo. No concurren a constituirlas o sostenerlas
ciertas normas legales y religiosas específicas, y
la participación en una clase dada no confiere
al individuo derechos civiles o políticos especia-
les. Se deduce de lo anterior que los limites de
las clases sociales están definidos de manera
menos precisa. Las clases principales, la burgue-
sía y la clase trabajadora, pueden ser identifica-
das con cierta facilidad en la mayoría de las so-
ciedades, pero hay muchos estratos intermedios,
a los que por comodidad se denomina "clases

21
medias", y cuyos límites es difícil definir exacta-
mente, además de que la participación en las
mismas no p uede ser d eterminada a base de una
fórmula sencilla.
Más a ún, Ja afiliación a las clases sociales mo-
dernas es generalmente menos estable que la
participación en otros t ipos de estructuras je-
rárquicas. El individuo nace en determinada cla-
se social, del mismo modo que nace en una casta
o estado, pero hasta cierto punto es menos proba-
b le que permanezca en el nivel social en que na-
ció en comparación con la situación del indivi-
duo en una sociedad de castas o de estados. En
el curso de una vida el individuo o su familia
puede ascender o caer en la jerarquía social. Si
asciende, no necesita tltulos de nobleza, ni for-
mas de reconocimiento oficial que confirmen su
nuevo status. B astará que disponga de riqueza,
que desempeñe una particular función económi-
ca o profesional, y quizás que adquiera algunas
de las características culturales secundarias del
estrato social en el que ha ingresado.
Aunque la base económica de las clases socia-
les es obvia, el hecho puede ser interpretado de
varios modos, lo cual suscita opiniones muy di-
vergentes sobre el significado de las clases en la

22
--
vida social y de las relaciones entre las clases.
Será útil comenzar examinando la interpretación
de Marx, porque en ella se afirma muy vigorosa-
mente la base económica de las clases y las rela-
ciones antagónicas entre ellas, y porque el estu-
dio crítico de la concepción de Marx revelará
la mayoría de los problemas vitales relacionados
con la naturaleza de las clases sociales.
Marx nunca realizó una exposición completa
y sistemática de su teoría de la clase, aunque con
razón puede señalarse (como lo observó Lenin)
que todo lo que escribió de un modo u de otro
tuvo que ver con el problema de la clase. El pun-
to en que Marx inicia una exposición ordenada
de su teoría es precisamente donde el manuscri-
to del tercer volumen del Capital se interrumpe
y queda inconcluso, después de una página con-
sagrada principalmente a reseñar las dificulta-
des que su propia teoría afrontaba. En realidad,
Marx comenzó por adoptar un concepto sobre la
clase aceptado generalmente por los historiado-
res y los teóricos del problema social (incluso
los primeros socialistas) en la época en que él
inició sus investigaciones sociológicas, y luego su
principal tarea fue armonizar este concepto con
el planteo más general de su teoría de la t rans-

23
,

formación social, y utilizarlo para analizar el des-


arrollo de un sistema social dado, el capitalismo
moderno. Es precisamente lo que dice Marx en
una de sus cartas: " ... no es mérito mío haber
descubierto la existencia de las clases en la so-
ciedad moderna, y ni siquiera la lucha entre ellas.
Mucho ant·es que yo los historiadores burgueses
han descrito el desarrollo histórico de esta lucha
de las clases, y los economistas burgueses la ana-
tomía económica de las clases".º Marx continúa
explicando su propio aporte, que consiste en ha-
ber demostrado que la existencia de las clases
está vinculada con fases históricas particulares
del desarrollo de la producción, y que el choque
de las clases en las sociedades capitalistas mo-
dernas llevará a la victoria de la clase trabajado-
ra y a la inauguración de una sociedad socialista
sin clases.
Los rasgos distintivos de la teoría de Marx son,
por consiguiente, la con«epción de las clases so-
ciales desde el punto de vista del sistema de
producción, y la idea del desarrollo social a tra-
vés del conflicto de las clases, que culminará en
un nuevo tipo de sociedad sin clases. De acuer-

C Carta • J. Weyde>mey.,r, 5 de marro de 1852.

24
do con las palabras del propio Marx: " ... el
conjunto de lo que se denomina historia mundial
no es sino la creación del hombre mismo por el
trabajo humano".~ El hombre se produce (y re-
produce) en sentido físico y cultural. "En la pro-
ducción social que los hombres desarrollan, en-
tran en relaciones definidas que son indispensa-
bles e independientes de su voluntad; estas re-
laciones de producción corresponden a un nivel
definido de desarrollo de sus fuerzas materiale.s
de producción. El conjunto de estas relaciones
de producción constituye la estructura económi-
ca de la sociedad . . . el fundamento real sobre
el que se elevan las superestructuras jurídicas y
políticas, a las que corresponden formas defini-
das de la conciencia social. El modo de produc-
ción de la vida material determina el carácter
general de los procesos de la vida social, políti-
ca y espiritual".ª
Las clases sociales se originaron en la primera
~xpansión histórica de las fuerzas productivas •
más allá del nivel indispensable para la mera
subsistencia, fenómeno que implicó la amplia-

1 Manc-scrito1 Económicos )" Filosóiicot.


8 Contribución 11 la critica de la economia politica (1859).
Prefacio.

25
ción de la división del trabajo fuera de los lími·
tes familiares, la acumulación de un excedente
de riqueza, y la aparición de la propiedad priva-
da de los recursos económicos. En adelante, las
distintas relaciones de los individuos con los ins-
trumentos de producción de propiedad privada
forman la base de la constitución de las clases
sociales. Marx distinguió varias épocas impor-
tantes o formas fundamentales de estructura so-
cial en la historia de la humanidad. En el prefa-
cio a su Contribución a la crítica de la economía
política, escribe lo siguiente: "En términos muy
generales podemos distinguir los modos de pro-
ducción asiático, antiguo, feudal y bur~ués mo-
derno como las épocas del progreso de la for-
mación económica de la sociedad". E n otras
obras, Marx y Engels se refieren al comunismo
primitivo, a la sociedad antigua ( esclavismo), a
la sociedad feudal (servidumbre), y al capita-
lismo moderno (trabajo asalariado) como for-
mas históricas principales de la sociedad. Las
referencias de Marx al tipo asiático de sociedad
-son particularmente interesantes porque este
último está fuera de la línea de desarrollo de las
sociedades occidentales, y también porque él
acepta aparentemente la posibilidad de que en

26
este caso una clase gobernante esté formada por
los altos funcionarios que controlan la adminis-
tración.º De todos modos, no continuó desarro-
llando el tema en sus obras posteriores.
Los cambios históricos que definen el pasaje
de un tipo de sociedad a otro están determinados
por las luchas de clases y por la victoria de una
clase sobre las otras. En sí mismo el conflicto de
clases refleja la incompatibilidad entre diferen-
tes modos de producción¡ y la victoria de una
clase dada, así como la subsiguiente reorganiza-
ción de la sociedad encarada por aquélla, depen-

O Sobre este problema, véase el interesante ensayo de George


Lichtheím, "Marx and the .Asiatic Mode of Production•"• St.
Antlion¡ls Studics N9 14 (1963). Véase también las observaciones
de Marx sobre las scx:iododes pracapitalistas, tomadas de eus pro-
pios manuscritos prepnrotorios del Capital, en K&rl Marx, Pre-
C11pitali1t Economlc Formationa, editado por E. J. Hobsbawm
(1964). En su introducción Hobsbawm sostiene quo dichos textos
demuestran que Marx no intentaba elaborar una esquema general
evolutivo; pero si bien et posible aceptar quo Marx no era un
evolucionista en el estilo ¡eneral de Cornte o de Spencer, implica
exa¡erar en sentido opuesto afírmar que no tenia en vista ningún
planteo de tipo evolucionista. En sus escritos Marx no a1C$nzó a
re:solver claramente varios problemas, y uno do ellos es precisa-
mente si la transici6n del feudalismo al capitalismo, y el desan:o-
llo do lo sociedad capitalista doblan ser consldorodoa casos espe·
ela les, o si (y de qu6 modo) podian ser incorporados a una
exposición general del desarrollo de la scx:iodad humann desd~ 10
eomie.n%09.

27
I

de de la aparición de un modo de producción


nuevo y superior, cuyo predominio esa clase tie-
ne interés en afirmar. Según afirma Marx: ''Nin-
gún orden social desaparece jamás antes de que
se hayan desarrollado todas las fuerzas produc-
tivas que él permite; y nunca aparecen nuevas y
más elevada s relaciones de producción antes de
que las condiciones materiales de su existencia
hayan madurado en la matriz de la antigua so-
ciedad".1º
Sin embargo, Marx no expuso una simple teo-
ría del determinismo tecnológico o económico.
Por el contrario, como afirmó en su crítica de la
filosofía de la historia de Hegel: "No es la « his-
toria» la que utiliza a los hombres como medios
para alcanzar --como si ella fuera una persona
individual- sus propios fines. La historia no
es más que la actividad de los hombres en la per-
secución de sus propios objetivos".ll Marx sos-
tuvo vigorosamente (y de lo contrario sus pro-
pias actividades intelectuales y políticas hubie-
ran sido absurdas) que la victoria de una clase
ascendente depende de su conciencia de la situa-

10 Contribuoi6n a Jo critica de /a economía polltica. Prefacio.


ll La Sagrada Familia (1845).

28
ción en que se encuentra y de los objetivos que
persigue, así como de la eficacia de su organiza-
ción política, ya no sólo de su situación econó-
mica concreta. Esto es especialmente válido pa-
ra el caso de la clase trabajadora en la sociedad
capitalista, y Marx analizó en varias ocasiones
los factores que podían influir en el desarrollo
de su conciencia de clase y de su madurez polí-
tica. Así, por ejemplo, en Miseria de la filosofía
examina con cierta amplitud el desarrollo de la
clase trabajadora, e incluye algunas observacio-
nes críticas sobre la falta de estudios empíricos
sobre este importantísimo movimiento social :
"Se han realizado numerosas investigaciones pa-
ra dilucidar las etapas históricas por las que pa-
só la burguesía, desde la comuna hasta su cons-
titución como clase. Pero cuando se trata de ob-
tener una inteligencia clara de las huelgas, los
acuerdos y las restantes formas mediante las cua-
les los proletarios están conquistando ante nues-
tros ojos su organización como clase, algunos se
ven acometidos de auténtico temor, mientras
otros exhiben un trascendente desdén". Por con-
siguiente, uno de los aspectos más importantes
de la teoría marxista de las clases es el hecho
de que el autor procura tener presente el juego

29
de acc1on y reacción entre la situación real de
los individuos en el proceso de la producción, por
una parte, y por otra las ideas que ellos conciben
de su propia situación y de las posibles líneas de
acción social y política; y en su aplicación al ca-
so de las sociedades modernas la teoría atribuye
gran influencia a las ideas y las doctrinas. La
convicción de Marx en el sentido de que la cla-
se trabajadora alcanzaría la victoria dentro de
un lapso relativamente breve de lucha contra la
burguesía se basaba principalmente en su con-
clusión de que la moderna producción fabril en
gran escala ejercería una influencia extremada"
mente favorable al desarrollo de la conciencia
de clase, a la difusión de las ideas socialistas y a
la organización de un movimiento político.
A semejanza de otros pensadores del siglo xx
que contribuyeron a la creación de la sociología,
a Marx le interesaba particularmente investigar
los orígenes y el desarrollo de la sociedad capita-
lista moderna, y prefirió dedicarse sobre t odo a
un solo país -Inglaterra- porque ést a era en-
tonces la nación industrial ~ás avanzada, que
mostraba a otras, como lo afinnó Marx, "la ima-
gen de su propio futuro". En su aplicación a esta
sociedad inglesa de mediados del siglo XIX, la

30
teoría de Marx fue por demás convincente. El
cuno del desarrollo industrial pareció confirmar
la tesis de que la sociedad se dividía cada vez
más claramente en dos clases principales, una
pequeña clase de capitalistas cada vez más adi-
nerados, y una masa creciente de asalariados em-
pobrecidos y sin propiedad; y de que la distancia
social entre ellas se ampliaba como resultado de
la decadencia de las clases medias (Marx apli-
caba esta denominación a los pequeños produc-
tores independientes y a los profesionales inde-
pendientes) cuyos miembros estaban convirtién-
dose en empleados dependientes. Al mismo tiem-
po, el ascenso del movimiento obrero (los sindi-
catos, las cooperativas y los partidos políticos so-
cialistas) y el estallido de conflictos revolucio-
narios en toda Europa, especialmente durante los
años anteriores a 1848, demostraban la verdad
de la predicción de Marx sobre el desarrollo de
la conciencia de clase en los trabajadores, y su
expresión en nuevas doctrinas sociales y nuevas
formas de organización política.
Durante los últimos ochenta años la teoría de
Marx ha sido objeto de implacables críticas y
también fue defendida tenazmente. Se la ha cri-
ticado y defendido en relación con tres aspectos

31
principales. Tenemos la critica a la preeminen-
cia que Marx atribuyó a las clases sociales y a
los conflictos de las clases en la explicación de
las transformaciones históricas fundamentales
de la sociedad humana. Afirmase que como re-
sultado de su preocupación por las clases, Marx
descuidó otras importantes relaciones sociales, y
sobre todo las que unen a los hombres en las co-
munidades nacionales. Esta actitud deformó de
dos modos su concepción de la transformación
social. Lo indujo a subestimar la influencia del
nacionalismo y de los conflictos entre las nacio-
nes en la historia humana; error excusable, qui-
zás, a mediados del siglo XIX, cuando Comte y
Spencer, por ejemplo, creían en la probabilidad
de que la guerra desapareciera totalmente de los
asuntos humanos. El desarrollo de los sentimien-
tos nacionalistas e imperialistas durante la últi-
ma parte del siglo XIX constituye un problema
particular para la propia teoría de Marx, pues
aunque puede interpretárselo como una difusión
de las ideas de las clases gobernantes, queda por
aclarar la razón por la cual dichas ideas y senti-
mientos pudieran influir a una proporción tan
considerable de la población en momentos en que
el movimiento de la clase trabajadora crecía vigo-

32
rosamente, y cuando las doctrinas marxistas ya
se habían difundido mucho.
Asimismo, Marx no atribuyó mucha impor-
tancia a otro aspecto del creciente sentido de co-
munidad nacional de las naciones europeas, que
limitó y moderó el desarrollo de los antagonis-
mos de clase. A mediados del siglo XIX era fácil
distinguir a las "dos naciones" dentro de cada
sociedad¡ una de ellas participando cabal y acti-
vamente en los asuntos nacionales, y dirigién-
dolos, mientras la otra formaba sólo la materia
prima de la política general. También era fácil
discernir el movimiento masivo de rebelión que
comenzaba a cobrar forma en los miembros de
esta "nación" sumergida y oprimida. Sin em-
bargo, incluso en vida de Marx ya había comen-
zado la extensión de derechos políticos y sociales
a nuevos grupos de la pobladón, y el fenómeno
ha continuado con más velocidad en el siglo xx
y ha modificado las relaciones entre las clases.
Los nuevos conceptos morales y sociales, que
subrayan los intereses humanos comunes en el
seno de la nación, y la idea de "ciudadanía", han
sido en parte una causa, en parte la consecuen-
cia de estos cambios.

33
La incapacidad de los antagonismos de clase
de los países industriales para alcanzar el grado
de intensidad que Marx había anticipado, se re-
veló del modo más dramático en 1914, cuando
los partidos soeialistas europeos, muchos de ellos
adheridos a la doctrina marxista, apoyaron de
manera casi unánime la guerra librada por sus
respectivos gobiernos. Sin embargo, el mismo
fenómeno se expresa de modo menos dramático
en los cambios sufridos durante el siglo XX por
la política de la clase trabajadora, que de las
ideas y los actos revolucionarios pasó a los de
carácter reformista. Puede afirmarse que en este
proceso el vínculo social de la nacionalidad ha
demostrado ser más eficaz que el de la clase para
la creación de una comunidad.
E l segundo tema de la crítica dirigida contra
Marx ha sido la idea de que si bien su teoría ex-
plica con bastante acierto los fenómeno.s propios
de las relaciones de las clases en las sociedades
capitalistas, no explica con la misma eficacia, ni
ha sido utilizado con idéntico éxito para justifi-
car otros tipos de estratificación social. A decir
verdad, en la teoría de Marx hay dos empleos
distintos del término "clase", hecho que ilustra

34
esta düicultad. 1 ~ Muy a menudo -como en el
famoso pasaje inicial del Manifiesto comunista,
que empieza así: "La historia de todas las socie-
dades existentes hasta ahora es la historia de
las luchas de clase"- Marx emplea el término
"clase" para referirse a los grupos sociales fun-
damentales - a los opresores y a los oprimidos-
que se encuentran en conflicto en todos los tipos
de sociedad humana, salvo la más primitiva. Pe-
ro en otras obras Marx reconoce los rasgos dis-
tintivos de las clases sociales modernas. En La
ideología alemana, compara al sistema de cla-
ses con el sistema de estados, y observa: "La dis-
tinción entre lo personal y lo individual, la na-
turaleza accidental de las condiciones de la vida
para el individuo, aparece sólo con la constitu-
ción de la clase, la que en sí misma es un pro-
ducto de la burguesía". Marx consagró sus prin-
cipales esfuerzos al estudio de la "clase" en el
segundo sentido, como lo demuestran claramen-
te sus obras científicas, y por consiguiente no

12 Se hallará la mejor reseña de las diferente• concepciones de


la clase que Marx reuni6 en au teoña en S. Ot oowaki, CJau
Sttueture in t1H> Social Conl(;jouonut (Londres, 1963). Capí-
tulo V.

35
necesitó afrontar en detalle las dificultades que
surgen cuando se utiliza su teoría general de la
clase para explicar los orígenes y el desarrollo
de las sociedades feudales, de un sistema de ca;;-
tas, o de la forma asiática de sociedad, indicada
y descrita brevemente por él mismo. Aquí la crí-
tica no consiste en la afirmación de que el propio
Marx no haya verificado su teoría de manera
suficientemente amplia. Había formulado una
hipótesis nueva y sugestiva, y procuró ponerla
a prueba en el caso que entendía era más signifi-
cativo desde el punto de vista teórico y prácti-
co; a saber, el desarrollo del capitalismo moder-
no. Han fracasado los marxistas posteriores, que
en su mayoría se abstuvieron de estudiar la uti-
lidad y las limitaciones de la teoría cuando se la
aplicaba a otras situaciones históricas.
La tercera línea de crítica, la que aquí nos in-
teresa más particularmente, ataca directamente
la posición de Marx sobre el desarrollo de las cla-
ses sociales en las sociedades capitalistas moder-
nas. En términos generales, Marx anticipó que
la distancia social entre las dos clases principa-
les -la burguesía y el proletariado-- habría de
aumentar, en parte debido a la creciente dispa-

36
ridad de sus condiciones de vida/8 y en parte
por obra de la eliminación de los estratos inter-
medios de la población; que la conciencia de
clase del proletariado se desarrollaría y asumiría
carácter revolucionario; y que el dominio de la
burguesía finalmente sería destruído por una re-
volución de la inmensa mayoría de la población.
Contra esta concepción se han p lanteado nu-
merosos argumentos, fundados en la observación
sociológica de los cambios sufridos por la estruc-
tura de las sociedades modernas. Afirmase, en
primer lugar, que la distancia que separa a la b ur-
guesía del proletariado no se ha ampliado, y ello
por varias razones. La productividad de la indus-
tria moderna, especialmente en las últimas dé-
cadas, ha aumentado tanto que ha logrado me-
jorar considerablemente el nivel general de vi-
da; y aunque la distribución de la renta entre
las clases hubiese permanecido invariable, el fe-
nómeno mencionado habría elevado el nivel de

18 Contrnriumente o cierta creencia popular, Marx no aflrm6


que el nivel material de vida de la cla•e trabajadora dobla decli·
nar absolutamente al mismo tiempo que se desarrollaba el capi-
talismo; su principal argumento fue que declinaría relativamente el
de la burguesía, fuese porque permaneciera estacionario mientras
esto último a"8ndia, o porque se elevara con menor napidu. Véa-
se su breve exposid6n en Trabajo awariado y caplúJ.

37
vida de la clase trabajadora hasta un punto que
implicaría alentar nuevas aspiraciones y actitu-
des sociales, muy alejadas de las que pueden ser-
vir de base a objetivos revolucionarios. Pero se
arguye también que la distribución de la renta
nacional en realidad ha cambiado en favor de la
clase obrera, lo cual vendría a reforzar las ten-
dencias ya mencionadas. El grado de redistribu-
ción de la renta y la riqueza en las sociedades
modernas es tema de controversia, y algunos de
los estudios pertinentes serán considerados en el
próximo capítulo; pero incluso una redistribu-
ción modesta, unida al ascenso general de los in-
gresos, la expansión de los servicios sociales y la
mayor seguridad en el empleo bastarían eviden-
temente para provocar un cambio importante en
la posición de la clase obrera en la sociedad. En
esta segunda mitad del siglo xx ya no parece po-
sible atribuir a la clase trabajadora de los países
industriales avanzados una situación de total
alineación respecto de la sociedad; o para decir-
lo con la frase de Marx, ya no es posible conce-
birla como "una clase en la sociedad civil que no
es una clase de la sociedad civil".
Otro cambio que plantea ciertas dificultades a
la teoría de Marx es el desarrollo de las "nuevas

38
- - ~ ~·~-------------

clases medias". El fenómeno no desmiente direc-


tamente la afirmación de Marx en el sentido de
que las "clases medias" desaparecerían gradual-
mente de las sociedades modernas, porque él se
refería al gran número de pequeños producto-
res, artesanos, pequeños campesinos y profesio-
nales independientes, muchos de los cuales de
hecho han sido absorbidos como empleados a
sueldo de las grandes empresas capitalistas. Sin
embargo, este proceso contradice efectivamente
uno de los argumentos fundamentales de Marx,
Ja afirmación de que los "estratos intermedios"
desaparecerían, y de que aparecería una simpli-
ficada estructura de clase, formada por dos cla-
'3es fundamentales claramente definidas. En el
Manifiesto comunista Marx escribió: "Nuestra
época, la época de la burguesía, posee, sin em-
bargo, este rasgo distintivo: ha simplificado los
antagonismos de clase. La sociedad en conjunto
se divide cada vez más en dos grandes campos
hostiles, en dos grandes clases que se enfrentan
directamente . . . la burguesía y el proletariado".
El desarrollo de las nuevas clases medias
--que incluye empleados de oficina, superviso-
res, gerentes, técnicos, hombres de ciencia y mu-
chos de los que se ocupan de suministrar serví-

39
cios de un tipo o de otro (por ejemplo, tareas de
bienestar social, entretenimientos)- que ha
sido consecuencia del desarrollo económico, re-
fleja la mayor complejidad de la estratificación
social en las modernas sociedades industriales, e
introduce -o reintroduce-- como importante
elemento de la estratificación, el prestigio social
fundado en la ocupación, el consumo y el estilo
de vida. Max Weber, que fue el primero que pre-
sentó una alternativa amplía de la teoría de
Marx, llegó a su concepción distinguiendo, en pri-
mer lugar, entre los diferentes modos de estrati-
ficación que coexisten en las sociedades moder-
nas: la estratificación de clases, que fue el tema
principal que interesó a Marx, y la estratifica-
ción por vía del prestigio o del honor social. Tam-
bién trató como un fenómeno independiente la
distribución del poder político en la sociedad,
que Marx había encarado casi exclusivamente
como producto de la estratificación de clase. Es
evidente que en la concepción de Weber esa es-
tratificación por el prestigio, que determina la
formación de grupos de status, tiene su origen en
los grupos precapitalistas que gozaban de respeto
social, como por ejemplo los diversos grupos de
la nobleza, las profesiones eruditas y los alto&

40
funcionarios; pero las nuevas clases medias de las
sociedades industriales avanzadas presentan por
lo menos algunos de los mismos rasgos, en cuan-
to basan sus aspiraciones sociales sobre caracte-
rísticas educacionales y culturales, sobre la na-
turaleza de sus ocupaciones, y sobre determina-
dos estilos de vida.
La estratificación por el prestigio influye sobre
el sistema de clases, según Marx lo concebía, de
dos modos importantes: primero, porque sitúa
entre las dos clases fundamentales una gama de
grupos jerárquicos que sirven de puente que une
las posiciones extremas de la estructura de clase;
y segundo, porque sugiere una concepción com-
pletamente distinta de la totalidad de la jerar-
quía social, de acuerdo con la cual ésta aparece
como una serie ininterrumpida de posiciones je-
rárquicas más o menos claramente definidas, de-
terminadas por una variedad de factores, y no
incompatible con la formación de clases sociales
simplemente por la propiedad privada, una serie
incompatible con la formación de clases sociales
masivas y con la existencia de un conflicto fun-
damental entre las clases. Las relaciones entre
los grupos jerárquicos en diferentes niveles son
de competencia y de emulación, y no de conflicto.

41
- 7- ---- -

El crecimiento numérico de las clases medias,


que forman una proporción cada vez mayor de
toda Ja población, ha determinado que este con-
cepto de la jerarquía social como una serie inin-
terrumpida de jerarquías de prestigio, sin solu-
ciones de continuidad clara, y por consiguiente
$Íll líneas conflictuales claras entre los grupos
sociales básicos, adquiriese mucha mayor in-
fluencia sobre el pensamiento social, y su difusión
:ha servido para frenar el desarrollo de la con-
ciencia de clases. Por lo tanto, si Max Weber con-
sideraba que la estratificación de clases y la es-
tratificación de status coexistían en las socieda-
des modernas, y que su importancia relativa
fluctuaba de acuerdo con los cambios sufridos
por la tecnología y las condiciones económicas,
algunos sociólogos recientes han llegado a la con-
clusión de que los grupos de status son ahora
mucho más importantes que las clases sociales
en la totalidad del sistema de estratificación.
Otros dos argumentos vienen a apoyar esta
conclusión. Uno de ellos señala que el grado de
movilidad social de las sociedades industriales
es tan considerable que impide la consolidación
y la persistencia de las clases en el sentido que
Marx atribuía a la expresión, y que, por el con-

42
trario, dicha movilidad también hace plausible
la imagen de la jerarquía social como una serie
de niveles de prestigio, como una escala de esca-
lones muy próximos unos a otros, por donde los
individuos pueden trepar o descender, de acuer-
do con sus cualidades.H Sin embargo, el grado
y la amplitud de la movilidad social, lo mismo
que la distribución de la renta, ha sido objeto
de evaluaciones contradictorias, y algunos de los
materiales aportados por los estudios recientes
serán considerados posteriormente.
Un segundo argumento, que en definitiva de-
riva de la distinción que Weber hace entre la
estratificación de clases y la distribución del poder
político, ha sido expresado del modo más vigoroso
por R. Dahrendorf, en su obra Class and Class
Conflict in Industrial Society. La tesis principal
de Dahrendorf afirma que la coincidencia del
conflicto económico y del conflicto político, que
era el fundamento de la teoría de Marx, ha de-
jado de existir en lo que él denomina las "socie-

H Esta concepción está implícita en lll teoría funcionalista


de Ja estratificeción social presentada por K. Davia y W. E. Moore
en el artículo "Some principies of stratification", American Soeio-
1o8ica.I Roviow, abril de 1945; y también, hasta cierto punto en
S. M. Lipset y R. Bendi.%, Social. M obllity in Industrial Socjety
(Berkeley, 1959).

43


dades postcapitalistas". En la sociedad capitalis-
ta, arguye Dahrendorf: " ... las líneas de con-
flicto industrial y político se hallaban superpues-
tas. Los antagonistas de la esfera industrial --el
capital y el trabajo-- se enfrentaban nuevamen-
te como burguesía y proletariado en la arena po-
lítica . . . Una de las tesis centrales de este aná-
lisis es la idea de que en la sociedad postcapitalis-
ta -por contraste con la sociedad capitalista-
la industria y la sociedad se han disociado. Es
cada vez más visible que las relaciones sociales
de la industria, incluso el conflicto social, no do-
minan el conjunto de la sociedad, y que por el
contrario sus pautas y problemas se limitan a la
esfera industrial. En la sociedad postcapitalista
la sociedad industrial y el conflicto industrial se
encuentran aislados institucionalmente --es de-
cir, están confinados en los límites del dominio
que les es propio, y desprovistos de influencia
sobre otras esferas de la sociedad" (op. cit., pá-
gina 28). Sin embargo, si se las considera empí-
ricamente esta concepción puede ser refutada
más fácilmente que la de Marx, a la que se pro-
pone reemplazar; pues numerosos estudios han
demostrado que en los países industriales euro-
peos, y en menor medida también en Estados

44
Unidos, los conflictos políticos fundamentales es-
tán íntima y permanentemente asociados con los
conflictos de carácter industrial, y que reflejan
los intereses divergentes de las principales clases
sociales. Las críticas de Dahrendorf a la teoría
marxista son más plausibles en sus formulacio-
nes menos extremas; como, por ejemplo, cuando
afirma que además de las clases sociales en la
sociedad hay otros grupos antagónicos, los que
a veces pueden asumir gran importancia, que la
vinculación entre los conflictos industriales y los
de carácter político no puede ser considerada
cosa sobrentendida y que debe ser investigada
en cada caso, y que con el desarrollo de las so-
ciedades industriales capitalistas la naturaleza de
los propios conflictos políticos ha sufrido algunos
cambios significativos que no podían ser previs-
tos claramente o tenidos en cuenta por Marx.
Además del tipo de crítica que acabamos de
considerar, y que ataca la concepción marxista de
las relaciones entre las clases, hay otro enfoque
que discute la validez de su análisis de las prin-
cipales clases -la burguesía y el proletariado--
en vista de los cambios que ellas han sufrido du-
rante el siglo xx. Se arguye que la burguesía
ya no es un grupo cerrado, cohesionado y estable.

45
Su estructura, su composición y su estabilidad
en el tiempo se han visto modificadas profunda-
mente por la amplia difusión de la propiedad y
la división de las grandes fortunas, por la cre-
ciente movilidad social y por otros cambios ocu-
rridos en la sociedad. Además, ya no puede afir-
marse que la burguesía sea una clase gobernan-
te; primero, porque ha dejado de ser un grupo
cohesionado; segundo, porque la complejidad y
la diferenciación de las sociedades modernas ha-
cen difícil que un solo grupo pueda detentar ex-
clusivamente el poder; y finalmente, porque el
sufragio universal asegura que el poder político
vaya a parar en definitiva a manos de la masa
del pueblo.
Los cambios observados en la situación de la
clase trabajadora parecen aún más perijudiciales
para la teoría de Marx. Marx esperaba que la
clase trabajadora adquiriese mayor homogenei-
dad, porque las diferencias de capacidad técnica
y de salarios se reducirían, y aun desaparecerían,
debido al empleo más generalizado de la maqui-
naria; que sería numéricamente más fuerte, por-
que muchos miembros de la antigua clase media
pasarían a la condición de asalariados; que se
unirían más y tendrían más conciencia de clase.

46
como resultado de la creciente semejanza de las
condiciones de vida y de trabajo, la facilidad de
comunicaciones entre las organizaciones de la
clase obrera y la difusión de las doctrinas socia-
listas; y finalmente, que se convertiría en una
fuerza revolucionaria, debido a la creciente dis-
paridad entre sus propias condiciones materiales
y 1.as de la burguesía, y a la comprensión de que
sólo una transformación radical de la sociedad
permitiría una vida aceptable para la gran ma-
yorfa de los hombres. Contra esta concepción, los
crít icos han señalado que los obreros modernos
continúan muy diferenciados por lo que hace a
los niveles de capacidad técnica, a pesar de que
las diferencias de salarios han tendido a dismi-
nuir; que la creciente especialización de las pro-
fesiones ha creado un sistema jerárquico mucho.
más complejo, así como una multiplicidad de in-
tereses parciales; que la expansión de las clases
medias ha reducido la proporción de obreros in-
dustriales de la población total, y por consiguien-
te ha disminuido la influencia social de los mis-
mos; que la mayor movilidad social ha minado la
solidaridad de la clase obrera; y que el mejora-
miento general de los niveles de vida ha condu-
cido al aburguesamiento del conjunto de la clase

47
obrera, la que ahora está adoptando normas y
pautas de vida propias de la clase media.
Ciertamente, parte de esta crítica debe ser
aceptada en una exposición realista de las con-
diciones de la clase trabajadora en las sociedades
industriales contemporáneas, pero de todos mo-
dos los cambios observados son pasibles de di-
versas interpretaciones. La tesis más debatida es
la que se refiere al aburguesamiento de la clase
trabajadora, la que a menudo ha sido presentada
de un modo superficial y fácil. Pero sólo recien-
temente fue examinada de un modo cuidadoso
por Goldthorpe y Lock.wood,15 quienes señalan
que, como resultado de los recientes estudios de
la sociedad británica, " . . . se ha ofrecido el cua-
dro -por otra parte, aceptado generalmente--
de un sistema de estratificación de gradaciones
cada vez más precisas, y al mismo tiempo algo
menos extremo y menos rígido. Pero en los últi-
mos tiempos los mayores progresos económicos
han determinado que ingresara en la discusión
un nuevo factor -el de la «afluencia» de la cla-
·se trabajadora . .. Cierto número de autores han

lG J9hn H. Goldthorpe, D avid Loekwood, "Affluence and the


British Class Structure", The Sociological Review, XX (2), íulio de
1963, págii. 133-163 .

48
sostenido que la clase trabajadora, o por lo me-
nos un grupo particularmente próspero de la
misma, está perdiendo su identidad como estrato
social y fusionándose con la clase media . . .
Debemos señalar que ello implicaría una trans·
formación de la estructura de clase más veloz y
profunda de lo que justifican las tendencias se-
culares de la distribución profesional, de la dis-
tribución general de los ingresos y la riqueza,
o de los índices de movilidad social intergenerct-
cional". Luego, los autores distinguen y exami-
nan lo que ellos denominan aspectos económicos,
de relación y normativos de los cambios ocurri-
dos en la vida de la clase obrera. Señalan que el
progreso económico de la clase trabajadora en re-
lación con la clase media ha sido exagerado en nu-
merosos estudios, porque éstos no consideran to-
dos los factores pertinentes, como por ejemplo la
seguridad económica, la oportunidad de promo-
ción, y los beneficios marginales de distintos ti-
pos. Los otros aspectos, el de la vida de relación
(es decir, la medida en que las personas de clase
media aceptan en pie de igualdad a los trabaja-
dores manuales en el curso de relaciones formales
e informales), y el normativo (es decir, la medi-
da en que los trabajadores manuales han adqui-

49
rido una nueva visión y nuevas normas de con-
ducta que se asemejan a las que son propias de
la clase media) prácticamente no han sido estu-
diados; pero los materiales disponibles indican
que la distancia entre la clase trabajadora y la
clase media continúa siendo muy grande. Se de-
duce de ello que las conclusiones políticas --el
fin de la ideología y del conflicto entre las cla-
ses- extraídas del supuesto aburguesamiento de
la clase obrera, o en otras palabras, del concep-
to de que los modernos países industriales son
ahora sociedades de clase media, son en sí mis-
mas extremadamente dudosas.
Un reciente estudio francés, realizado por Ser-
ge Mallet,16 llega ciertas conclusiones que com-
pletan las que alcanzaron Goldthorpe y Lock-
wood. Mallet realiza una importante distinción
entre la situación del obrero en las esferas del
consumo y de la producción. En la primera, "la
clase trabajadora ha dejado de vivir separada.
Su nivel de vida y sus aspiraciones de comodi-
dad material la han arrancado del ghetto en la
que estaba confinada al comienzo de la indus-
trialización. Cuando abandona la fábrica, el

18 Serge Mallet, LA nouvel/e classe ouvrillte (París, 1963).

so
obrero deja de considerarse obrero''. Por el con-
trario, en el proceso mismo de la producción, "las
características fundamentales que distinguen a
la clase obrera de los otros estratos sociales apa-
rentemente no han sufrido modificaciones".1r
Las características y la visión distintivas de la
clase trabajadora se mantienen o cambian en el
ámbito de la industria, a través de las organiza-
ciones fabriles; y Mallet sostiene, sobre la base
de estudios realizados en tres empresas indus-
triales, que la "nueva clase obrera" se ha visto
llevada, como consecuencia de las transforma-
ciones tecnológicas y económicas, a asumir ma-
yor responsabilidad en la organización de la pro-
ducción, por intermedio de los representantes
sindicales, y por consiguiente a considerarse
-quiza con claridad mayor aún que antes-
el sector humano que con el tiempo habrá de
controlar la industria, en lugar de los actuales
propietarios capitalistas.
Debemos considerar en último término una
crítica de la teoría de Marx que se origina di-
rectamente en las experiencias sociales y polí-
ticas de los países de tipo soviético. Ha sido for-

11 Op. cit., p'¡. 9.

51
mulada con particular claridad por un sociólogo
polaco, el ya desaparecido Stanislaw Ossowski:
"Hay otras razones que explican por qué la con-
cepción de la clase social propia del siglo XIX,
tanto en la interpretación liberal como en la
marxista, ha perdido gran parte de sus posibili-
dades de aplicación en el mundo moderno. Pues-
to que los cambios de la estructura social se en-
cuentran en mayor o en menor medida goberna-
dos por la decisión de las autoridades políticas,
nos hallamos a mucha distancia de la clase social
según la interpretación de Marx, Ward, Veblen
o Weber, de las clases concebidas como grupos
determinados por sus relaciones con los medios
de producción o, como diría otro, por sus rela-
ciones con el mercado. Estamos muy lejos de las
clases concebidas como grupos que se originan
en las organizaciones de clases creadas espontá-
neamente. Cuando las autoridades políticas son
capaces de modificar franca y eficazmente la es-
tructura de clase; cuando los privilegios más
esenciales para el mantenimiento de la jerarquía
social, incluso una participación más elevada en
la renta nacional, dependen de la decisión de la
autoridad política; cuando gran parte o aún la
mayoría de la po~aci6n se encuentra incluída

52
en una estratificación del tipo que puede ser ob-
servado en una jerarquía burocrática, el concep-
to de la clase propio del siglo xrx se convierte
más o menos en un anacronismo, y los conflictos
de clase ceden el sitio a otras formas de antago-
nismo social".18 Esto último resulta particular-
mente válido para el caso de la Unión Soviéti-
ca y de las sociedades del mismo tipo, en las que
el gobierno de un solo partido, sin el control de
una oposición organizada, deja el campo libre
para el ordenamiento autoritario de los ingresos
y de las jerarquías en un sistema caracterizado
por las grandes desigualdades; pero también es
aplicable hasta cierto punto a las modernas so-
ciedades capitalistas, en las que el Estado ha
adquirido determinado grado de independencia
frente a las clases sociales, y constituye ahora
una fuente de variaciones de la estratificación
de su propia legislación social.
Ninguno de estos casos puede ser explicado
por la teoría marxista en su forma más rigurosa.
Marx no anticipó que la dictadura del proleta-
riado según él la concebía adoptaría en realidad

18 S. Ossowslcl, Clus Stnicture in tM Social ComciO<JmeM,


pág. 184.

53
,.,

la forma de dictadura de un partido, y que a su


tiempo se convertiría en un régimen burocrático
controlado por un solo individuo, o que en los
países capitalistas el movimiento mismo de la
clase trabajadora ayudaría a crear una forma de
sociedad --el Estado de bienestar social- que
puede poseer carácter transicional o permanen-
te, que no es socialista, pero en el que existe un
importante control del gobierno sobre la econo-
mía y las condiciones sociales, y por consiguiente
una influencia sustancial sobre el sistema de es-
tratificación.
Las críticas dirigidas a la teoría de Marx, y las
alternativas que hemos reseñado, fundadas prin-
cipalmente sobre la distinción que hizo Max
Weber entre la estratüicación de clase y la es-
tratificación por medio del prestigio, no han con-
fluido aún en una nueva teoría de carácter gene-
ral, que esté en condiciones de ocupar la que
Marx propuso. En todo caso suministran un in-
ventario más o menos sistemático de los proble-
mas que revisten particular importancia : la na-
tu.r aleza de la estratificación social de las socie-
dades de tipo soviético, y de las modificaciones
sufridas por dich a estratificación en las socieda-
des capitalistas; la i.tnportancia relativa de la

54
propiedad privada, la selección educativa, de la
diferenciación profesional y del poder político
para la creación y el mantenimiento de diferen-
cias sociales; la e.x tensión y las consecuencias de
la movilidad social y de las desigualdades de in-
gresos; y un esquema conceptual que procura
establecer distinciones más detenidas entre las
clases sociales, los grupos jerárquicos y las élites,
y entre los elementos económicos, políticos y
otros de la estratificación social. El valor de es-
tos nuevos conceptos y de las revisiones críticas
sufridas por la teoría de Marx podrá ser estima-
do mejor si ahora los utilizamos para realizar un
examen de las transformaciones ocurridas en la
estructura de clase de algunas sociedades mo-
dernas.

55

III

LAS CLASES EN LAS SOCIEDADES


INDUSTRIALES

Los dos grandes tipos de sociedad industrial


que he distinguido antes -la capitalista y la so-
viética- presentan en su estructura profesional
y en la forma general de su estratüicación social
cierto número de semejanzas, pero también di-
fieren mucho por sus regímenes políticos y su
política y sus doctrinas sociales, por el modo de
constitución de sus estratos sociales superiores
y por los cambios históricos sufridos por la es-
tructura social de cada sector. Por consiguiente,
es conveniente comenzar examinando separada-
mente cada tipo de sociedad, antes de intentar
cualquier comparación.
A mediados del siglo XIX se entendía general-
mente que Inglaterra reflejaba del modo más

57
..

claro y completo la típica estructura de clase de


la nueva sociedad capitalista. Marx eligió a In-
glaterra como modelo para el estudio del desarro-
llo del capitalismo y de la formación de las
principales clases modernas - la burguesía y el
proletariado-- aunque asoció a este material un
modelo de conflicto y revolución clasista deriva-
do principalmente de la experiencia de Francia
Disraeli, que no era un revolucionario, docu-
mentó en Sybil y en otros escritos la formación
de "dos naciones" en el seno de la sociedad ingle-
sa, previno contra los peligros determinados por
esta división entre los fabricantes y los obreros
industriales, y al mismo tiempo procuró aprove-
charla conquistando el apoyo de los trabajado-
res al partido tory contra los liberales. Sin em ·
bargo, el sistema inglés de clases tenía ciertas
características peculiares que surgieron, de acuer-
do con R. H. Tawney, de "la combinación de una
<:ruda realidad plutocrática con el aura sentimen-
tal de una leyenda aristocrática".1 Fue este con-
junto de circunstancias -<!Ue aún no ha sido es-
tudiado y explicado exhaustivamente por los his-
toriadores- lo que creó en Inglaterra el "ideal

1 R H. Tawney, Equelity (4• edición, 1952), pig. 57.

58
del caballero" y las escuelas públicas (public
schools) como instituciones destinadas a conso-
lidarlo y transmitirlo. Produjo también el esno-
bismo de las clases medias, la "religión de la des-
igualdad" -como la denominó Matthew Ar-
nold- que mantenía delicadas pero estrictas
distinciones sociales, ante las cuales los observa-
dores extranjeros se maravillaban.
¿Cuáles son los cambios sufridos por este sis-
tema durante el último siglo? Puede afirmarse
que la realidad plutocrática ha sido modificada
por los cambios ocurridos en la distribución de
la propiedad y la renta, y sobre todo por el me-
joramiento general de los niveles de vida. A fines
del siglo XIX la pobreza aguda era todavía un
fenómeno general. La investigación realizada
por Charles Booth 2 en Londres entre los años
1887 y 1891 demostró que en ese momento
más del 30 por ciento de los habitantes vivían en
la pobreza; y el estudio realizado por Rowntree
sobre las condiciones sociales en York,ª inicia-
do en 1899, llegaba a conclusiones semejantes.

2 Charles Booth, Lile lllld Labour oJ the Poople in London


(1902).
8 B. Seebohm Rowntree, Povertr; A Study of Town Lile
(1901).

59
En el otro extremo de la jerarquía social, duran-
te los años 1911-1913 un privilegiado 1 por
ciento de la población poseía el 68 por ciento de
toda la propiedad privada, y recibía el 29 por
ciento de la renta nacional total.
La ofensiva. contra la desigualdad económica
es un fenómeno muy reciente. El impuesto a la
herencia fue aplicado por primera vez a fines del
siglo XIX, y solo en 1949 llegó a una tasa sus-
tancial, el 80 por ciento sobre herencias superio-
res a un millón de libras esterlinas. Aún así, estas
tasas impositivas reducen muy lentamente gran-
des fortunas (y las consiguientes rentas que no
son fruto del trabajo) -si es que lo hacen-·
porque están contrapesadas por diversas formas
de evasión impositiva, y por las ganancias ob-
tenidas durante los períodos de expansión eco-
nómica, que pueden restablecer rápidamente las
fortunas disminuídas por los impuestos, y tam-
bién crear otras nuevas. En 1946-1947, el 1
por ciento de la población todavía poseía el SO
por ciento de toda la propiedad privada, y es
improbable que la proporción haya cambiado
mucho desde entonces. Es evidente que la tradi-
cional clase adinerada ha conservado la mayor
parte de su riqueza. Como lo ha señalado An-

60
thony Sampson: " .. . en general, la aristocracia
es mucho más rica de lo que parece. Con la de-
mocracia, se ha impuesto una actitud de discre-
ción. Han desaparecido los palacios en Londres
y las manifestaciones exteriores, pero el campo
abunda todavía en pares millonarios: con el au-
ge de la prosperidad muchos de ellos son ahora
más ricos que nunca".• Es probable que la ob-
servación sea igualmente válida en el caso de las
familias adineradas de fabricantes o financistas.
En la distribución de la renta influyen otros
factores, aparte de la distribución de la riqueza:
las condiciones de empleo, la negociación colec-
tiva, la política social general y los impuestos.
Durante este siglo se han utilizado cada vez más
los impuestos como medio de promover una redis-
tribución entre ricos y pobres; y si bien en 1913
los que tenían rentas de 10.000 libras anuales o
más pagaban solamente alrededor del 8 por cien-
to de sus ingresos en concepto de impuesto di-
recto, en 1948 los que se hallaban en la misma
categoría pagaban el 7 5 por ciento o más en con-
cepto de impuesto directo. En el epílogo a la edi-
ción de 1952 de su Equality R. H. Tawney ob-

' Anthony Sampson, Anatomy ol Btitoin, p6gs. 4-5.

61
..

servó que el número de renta s superiores a 6.000


libras anuales después del pago del impuesto ha-
bía descendido a una cifra muy pequeña, y que
mientras en 1938 la renta residual media de los
que se hallaban en la categoría más alta ( 10.000
libras anuales o más) representaban veintiocho
veces el valor de la renta de los q ue pertenecían
a la categoria más baja (250 a 499 lib•as anua-
les), en 1948 representaba sólo trece veces di-
cho valor.
Sin embargo, las declaraciones de ingresos
con vistas a la aplicación del impuesto no sumi-
nistran, ni mucho menos, un cuadro completo de
la distribución de la renta; y el estudio más
cabal del problema que ha sido realizado hasta
ahora, 5 señala la influencia de los seguros de vida,
las jubilaciones, las pensiones libres de impues-
tos, las becas educacionales, los fideicomisos, las
cuentas de gastos y las ganancias eventuales, en
la conservación o el incremento de la riqueza y
la renta de la clase superior. En vista de que los
datos actuales son inadecuados, es imposible lle-
gar a una formulación precisa de los cambios
ocurridos en la distribución de la renta durante

G R. M. Titmuss, lncome Distribution and Sooial Chattge


(1962) .

62
el siglo xx. Sin embargo, la mayoría de los estu-
diosos del problema han llegado a la conclusión
de que desde 1900 a 1939 la redistribución de la
renta en favor de los asalariados ha sido escasa
o nula, y de que a fines del período aproximada-
mente el 1 O por ciento de la población recibía
casi la mitad de la renta nacional, mientras el
otro 90 por ciento de la población recibía la otra
mitad; de que entre 1939 y 1949 la redistribu-
ción puede haber transferido alrededor del 10
por ciento de la renta nacional de los propietarios
privados a los asalariados; pero que desde 1949
nuevamente se ha acentuado la desigualdad. Es-
tos cálculos se basan sobre todo en las declara-
ciones de ingresos que permiten calcular el im-
puesto a la renta, y por consiguiente no tienen
en cuenta las restantes fuentes de ingresos rea-
les mencionadas más arriba, que benefician prin-
cipalmente a los ricos.
Sobre la base de sus investigaciones tanto
Rowntree como Booth llegaron a la conclusión
de que dos de las más importantes causas de po-
breza eran la falta de un empleo regular y los
gastos determinados por prolongados periodos
de mala salud. Es evidente que el mejoramiento
de las condiciones de vida de la clase trabajado-

63

ra de Gran Bretaña durante la guerra debe mu-


cho al mantenimiento de la ocupación plena y al
desarrollo de los servicios sanitarios.º Además de
elevar el nivel de ingresos de la clase trabajadora
y de crear hasta cierto punto esa seguridad eco-
nómica que la clase superior siempre consideró
cosa sobrentendida, ha eliminado casi completa-
mente a l sector de sirvientes domésticos; y ésta
es una de las principales conquistas de la clase
obrera durante el siglo xx, en cuanto le ha per-
mitido escapar de una forma particularmente
onerosa de sujeción a otra clase.7
P uede argüirse también que en conjunto los
servicios sociales contribuyen a disminuir las di-
ferencias de clase mucho más de lo que podría
deducirse juzgando exclusivamente por sus con-
secuencias económicas. Como escribió R. H.
Tawney:

6 Rowntre.o eubray• la importancia do estos factores en su ter-


cera investigación social de York. Véase B. Seebohm Rowntree y
G. R. Laven, Poverty and tho Welfttre Stoto (1951).
7 Marx ob•erv6 en el Cspittú, Vol. I, quo el gran aumento dul
número de trabajadores del servicio dom6stico, de los que hobía
bastante más de un mil16n en 1861, demostraba claramente ¡,.
creciente divergenciai entre las clases; mientras la riqueza y o!
lujo se concentraban on un extremo, la pobrem y la servidumbre J
lo hacían en el otro.

64
"Hay ciertas deficiencias graves, aplastantes -condi-
ciones de vida lesivas para la salud, educación inferior,
inseguridad económica . . . que colocan a las clases que
Las padecen en permanente desventaja con respecto a las
que no están afligidas por los mismos problemas. Hay
ciertos servicios que han mitigado considerablemente es-
tas deficiencias fundamentales; y si se dispone de tiempo
y de voluntad, será posible eliminarlas totalmente . . . La
contribución a la igualdad que estas instituciones diná-
micas realizan es sin duda alguna desproprocionadamente
mayor que lo que resultaría si a cada individuo del total
de cuarenta millones afectados se le regala anualmente
una sume equivalente a su cuota del costo total." 8

Los servicios sociales no sólo contribuyen a la


igualdad de las esenciales condiciones de vida de
todos los ciudadanos; en la medida en que son
utilizados por todos el nivel cualitativo del ser-
vicio tiende a elevarse. Muy probablemente es
cierto, como han sostenido algunos, que las cla-
ses medias se han beneficiado por lo menos tan-
to como la clase trabajadora con la expansión de
los servicios sociales, pero una consecuencia im-
portante ha sido que, por ejemplo, el nivel de la
atención médica gratuita ha mejorado mucho en
comparación con la época en que dicha atención
se suministraba sólo a los pobres y a los necesi-
tados. En el campo de la educación es evidente

8 R. H. Tawney, Equality (4• edición, 1952), p6g. 248.

65
que se han realizado progresos similarE:S desde
la Ley de Educación de 1944, aunque aquí las
diferencias de clase han resultado más tenaces,
y ha sido más difícil superarlas, mientras que la
existencia de un gran sector educacional priva-
do ha determinado que el movimiento destinado
a mejorar el nivel del servicio público fuese me-
nos vigoroso.
Debemos llegar a la conclusión de que el pro-
greso general de las condiciones materiales de la
clase obrera británica durante las últimas dé-
cadas se ha debido esencialmente al rápido des-
arrollo de la renta nacional, lo que ha permitido
la expansión de los servicios sociales, y no a una
redistribución radical de la riqueza o de la renta
entre las clases. Más aún, incluso en esta socie-
dad m ás afluente subsiste considerable pobreza.
Sin embargo, su significado desde el punto de vis-
ta de las relaciones entre las clases es muy dis-
tinto del que tenía en el siglo xrx. Entonces la
pobreza era el de~tino de toda una clase, y no
cabía esperar que se pudiera aliviarla rápida-
mente en los límites del sistema económico ca-
pitalista. La pobreza separada nítidamente de las
otras a una clase de la sociedad, y al mismo tiem-
po engendraba un movimiento de rebelión. En

66
-
la Gran Bretaña actual, como en otros países in-
dustriales avanzados, la pobreza no es ya de este
tipo; ahora es menos general, y está limitada a
grupos particulares de ta población -principal-
mente personas de edad y obreros de ciertas ocu-
paciones o regiones que han quedado rezagados
como resultado del progreso tecnológico-- que
están demasiado aislados o son excesivamente
heterogéneos como para formar la base de un
t"llovimiento social de carácter extremista. Estos
grupos empobrecidos se encuentran en acentua-
do contraste con la mayoría de la clase trabaja-
dora, que goza de elevado nivel de vida compa-
rada tanto con las sociedades anteriores corno con
algnnos grupos de clase media de la sociedad con-
temporánea.
La principal base concreta de la tesis del abur-
guesamiento, examinada brevemente en el ca-
pítulo anterior, reside en este mejoramiento de
los niveles de vida y en la modificación de la po-
~ición económica relativa de los obreros manua-
les y de algunos sectores de empleados, pero
también tiene en cuenta los efectos de la movi-
lidad social en la modificación del sistema de
clase. Desde la guerra los sociólogos han estudia-
do la movilidad social mucho más intensamente

67
que los cambios operados dentro de las clases
medias, y le han atribuído gran importancia co-
mo disolvente de las divisiones entre las clases.
Las observaciones de los recientes estudios 9 pue-
den ser resumidos del siguiente modo. La movi-
lidad social se ha acentuado generalmente al com-
pás del desarrollo económico de las sociedades
industriales, pero dicha acentuación se ha debido
básicamente a los cambios sobrevenidos en la
estructura profesional; es decir, a la expansión
de las profesiones de carácter administrativo y
profesional, y a la contracción de las ocupaciones
manuales. D e ahí que S. M. Miller haya suge-
rido la conveniencia de que los sociólogos presten
mayor atención a la "movilidad descendente'', la
que implica un auténtico intercambio de posicio-
nes profesionales y sociales entre las clases, y
que bien puede ser " .. . mejor índice de la flui-

9 Véase especialmente D. V. Gloss (editor), Social Mobility in


Britain (1954). Este amplio estudio, basado eoeneialmente en un
muestreo naclonol, ha servido de modelo a cierto número de invea.
tigaciones posteriores realizadas en otros países. Se hallarán estu-
dios comparados que reflejan investigaciones más recientes en S.
M. Lipset y R. Bendix, Socisl Mobility in lndualria/ Society
,1959) y S. M. Millar, "Comparativo Social Mobility'', Current
Sociology, IX ( 1 ), 1960.

68
dez de una sociedad que el que se obtiene con el
examen de la movilidad ascendente".1 º
Un segundo aspecto importante consiste en
que generalmente hay movilidad social entre los
niveles sociales próximos; por ejemplo, entre los
niveles superiores de la clase trabajadora y los
inferiores de la clase media. El movimiento de la
clase trabajadora a la clase superior es muy li-
mitado en cualquier sociedad, y muy especial-
mente en Gran Bretaña.11 Esta característica se
revela más claramente en los estudios de las for-
mas de reclutamiento de determinadas profesio-
nes selectas, como por ejemplo los altos cargos
de la burocracia estatal, la dirección de los nego-
cios y las profesiones más antiguas. El estudio
de la composición del grupo de directores de las
grandes compañías británicas revela que más
de la mitad de los mismos comenzó su carrera go-
zando de 1a ventaja de tener vinculaciones co-
merciales en la familia, mientras que otro 40
por ciento procedía de familias de terratenien-
tes, de profesionales y de otras de posición social
semejante.12 Un estudio de los altos funcionarios

10 S. M. Miller, op. cit., p6g. 59.


11 S. M. Miller, op. cit., pág. 40.
12 G . H. Copeman, Leaden o/ B'itish Indwnnt: A Study ol

69
de la clase administrativa revela que el 30 por
ciento de los mismos se educó en el seno de fa-
milias de la clase superior y de la alta clase media,
y que otro 40 por ciento lo hizo en los niveles
intermedios de la clase media, mientras que sólo
el 3 por ciento se reclutó en familias de obreros
manuales semiespecializados y no especializa-
dos.'ª De todos modos, el mismo estudio indica
que el área de reclutamiento de los altos fun-
cionarios públicos se ha ampliado un poco duran-
te los últimos 30 años, y es posible que pueda
decirse lo mismo de otras profesiones.
En este caso la principal influencia ha sido la
extensión de las oportunidades educacionales; y
la idea de que la movilidad social se ha acentua-
do mucho en Gran Bretaña durante la posguerra
deriva muy principalmente de la creencia de que
las reformas educacionales han suministrado
nuevas y vastas oportunidades de ascenso. Sin
duda es cierto que antes de la guerra la movili-
dad social estaba limitada especialmente por los
obstáculos financieros y de otro tipo que se opo-
nían al acceso a la educación secundaria y supe-

th& Carears oí More than 11 Thou•and Publlc Compmty Director•


( 1955).
1Jl R. K. Kehall, Highor Civíl Sorvanl• in Brits/n (1955).

70
rior. 14 La Ley de Educación de 1944 estableció
por vez primera un sistema nacional de educa-
ción secundaria, y aumentó considerablemente
las posibilidades de que los niños de la clase tra-
bajadora tuvieran acceso a la escuela de huma-
nidades 1G (~rammar school). Además, durante
la posguerra el acceso de los hijos de obreros a
la universidad ha sido facilitado un poco por el
aumento del número de estudiantes y por la pro-
visi6n más generosa de becas de estudios. De
todos modos, Gran Bretaña se encuentra toda-
vía muy lejos de ofrecer igualdad de oportunida-
des educacionales. La existencia de un sector pri-
vado de la educación, engañosamente denomi-
nado de la "escuela pública" (public schoo/)
mantiene los privilegios educacionales y profe-
sionales de las familias de la clase superior, mien-
tras que en el sistema estatal de educación, si

14 Véanse los datos presentados en L. HQlben (&:!.), Political


Arlthmetie (1938).
lG D. V. Glass ob$erva en su introduc:d6n a Socia/ Mobi11tv in
Britain, que en una región, el suroeste de Hert!ordihire, entre los
años d• la década de 1930 y 1951, "· .. la proporción (dentro del
total) de hijos dé obreros manuales que in¡resaron a las esc:ur.la•
de humanidades (U8mI'1lM sc:hO<>ls) se olavó de aproximadamente
el lS por ciento al 43 por ciento". Véue también el material in-
cluido on J. E. Floud, A. H. Halsey y F. M. Murtin, Social Cls~
and Educational Opportumty (1956).

71
bien han aumentado las oportunidades para los
hijos de la clase trabajadora, es probable que las
familias de clase media hayan aprovechado me-
jor las posibilidades que ofrecen la educa ción
universitaria 18 y la escuela de humanidades. Aun-
que a la movilidad social promovida por el siste-
ma educacional agreguemos la que presunta-
mente es resultado del desarrollo de las profesio-
nes de la nueva clase media -por ejemplo, la
industria del espectáculo público-- en las que los
requerimientos educaciones son menos importan-
tes, no puede afirmarse de todos modos que el
movimiento de individuos en la jerarquía social
es muy considerable o está acentuándose rápida-
mente. La gran mayoría de la gente todavía se
mantiene en su clase de origen.
También puede dudarse de q ue incluso un ín-
dice mucho más elevado de movilidad social, que
implique un movimiento entre las clases en el
que la movilidad descendente sea más o menos
igual a la movilidad ascendente, ejerza mayor
influencia sobre el sistema de clases, en el sen-

U El Ap6ndke Dot (B) al Report on BiQ>M Education


( Cmand. 2154) observa que la proporcl6n de attudiantes univeni-
tarios provenientes de familias obreras permaneció casi invaria-
bles (alrededor del 25 por ciento) ontre 192847 y 1961.

72
tido de que reduzca las barreras o el antagonis-
mo entre las clases. Por el contrario, en esa situa-
ción de elevada movilidad la clase trabajadora
acabaría por incluir a los que no consiguieron
elevarse en la jerarquía social, a pesar de las
oportunidades que se les ofrecían, y a los que des-
cendieron de los niveles sociales más altos a cau-
sa de su fracaso personal; y cabría esperar que
dicha clase, formada por individuos particular-
mente amargados y frustrados, se distinguiera
drásticamente del resto de la sociedad y se ha-
llaría en conflicto con ella. Ciertamente, tanto
en Gran Bretaña como en otras sociedades in-
dustriales son visibles algunos elementos de ese
carácter en las generaciones más jóvenes de la
población.
El aspecto más importante de la movilidad
social es quizás la impresión que suscita en la
conciencia pública. De acuerdo con el tipo y el
grado de la movilidad social, una sociedad pue-
de parecer a sus propios miembros "abierta" y
flúida --ofreciendo múltiples oportunidades al
talento y a la energía- o rígida y "cerrada".
En Gran Bretaña gran número y variedad de
antiguas instituciones y formas de conducta
-la aristocracia, las public schools, Oxbridge,

73
#

las diferencias de lenguaje y de acento, la red


de relaciones con los antiguos compañeros-
frustran la movilidad yl apuntalan la concep-
ción pública de una sociedad rígidamente je-
rárquica. Los incrementos de la movilidad so-
cial, aun en las últimas dos décadas, han sido
excesivamente modestos, graduales y discretos
para crear una nueva visión de las cosas. Es po-
sible que las fronteras de la clase se hayan esfu-
mado un poco más, principalmente en los nive-
les inferiores de la jerarquía social; y tal vez
hayan aumentado un poco las oportunidades,
especialmente en la esfera del consumo, para
amplios grupos de la población. Pero no existe
el sentimiento generalizado de que haya dismi-
nuido la importancia de la división de clases,
ni de que el individuo disponga de mayores
oportunidades para elegir y crear su modo de
vida con independencia de la riqueza heredada
o de la posición social.

Precisamente por la aceptación general de


una ideología igualitaria, que hasta cierto pun-
to todavía persiste, los Estados Unidos se dis-
tinguieron del modo más particular de las socie-
dades europeas del siglo XIX. En los Estados

74
Unidos no existía un sistema establecido de Jt::-
rarquías feudales, ni recuerdo histórico de un
orden social aristocrático que suministrara el
modelo de una nueva jerarquía social. La gue-
rra norteamericana de la Independencia influ-
yó de un modo importante en las revoluciones
europeas dirigidas contra el ancien régime. En
contraste con los países europeos, en Estados
Unidos la propiedad privada se hallaba muy di-
fundida a principios del siglo XIX, y aproxima-
damente el 80 por ciento de la población traba-
jadora (excluidos los esclavos negros) poseía los
medios de producción con los que trabajaba. Es-
tados Unidos era esencialmente una sociedad de
pequeños agricultores y pequeños comerciantes;
y ese país ha sido así la aproximación más cabal
que se conozca a una "democracia de propieta,.
rios". Por supuesto, había diferencias de fortuna,
pero no eran casos tan extremos como en Euro-
pa, y no determinaron --excepto en algunos de
los estados sureños~ disparidades de rango so-
cial comparables a las que existían en las socie-
dades europeas, todavía aristocráticas y oligár-
quicas. De Tocqueville vio en los Estados Uni-
dos el ejemplo fundamental de una tendencia de
las sociedades modernas hacia la igualdad; una

75
sociedad en la que, como escribió: "La gran ri-
queza tiende a desaparecer, y a incrementarse el
número de pequeñas fortunas".
El sentimiento de integración en una sociedad
de iguales se vio acentuado por la posibilidad de
desplazarse fácilmente en la jerarquía todavía
rudimentaria de la riqueza. Estados Unidos era
la "tierra de la oportunidad", un mundo vasto,
inexplorado e inexplotado en el que siempre era
o parecía posible escapar de la necesidad o de la
sujeción económica trasladándose a un lugar
nuevo, adquiriendo tierra o cualquier otra forma
de propiedad, y aplicando a la tarea el esfuerzo
o el talento personal.
Un siglo y medio de transformación económi-
ca ha destruido la mayoría de los fundamentos
en los que reposaba la ideología igualitaria. La
sociedad formada por pequeños propietarios pri-
vados y por productores independientes comen-
zó a verse socavada poco después de la Guerra
Civil. Las décadas de 1880 y 1890, período en
el que la industria creció rápidamente y las co-
municaciones modernas se ampliaron mucho,
asistieron a la "desaparición de la frontera'', al
nacimiento de los primeros trusts industriales y
financieros, y al crecimiento considerable de la

76
desigualdad de la riqueza. Las divisiones de las
clases comenzaron a delinearse más claramente,
y a parecerse más a las que se observaban en
las sociedades europeas, al mismo tiempo que se
afirmaban más francamente. La aparición cons-
ciente de una clase superior se vio señalada por
la creación del Social Re¡1ister (la guía de la
nueva "aristocracia" norteamericana) y por la
fundación de colegios exclusivos y de clubes cam-
pestres; y la riqueza y la posición social vinieron
cada vez más a transmitirse por la vía de las co-
nexiones familiares. Al mismo tiempo, la clase
trabajadora se organizó más vigorosamente en
sindicatos y asociaciones políticas, y desde la dé-
cada de 1890 a la de 1930 hubo numerosas ten-
tativas, aunque sin éxito duradero, de reunir a
estas asociaciones en un amplio movimiento so-
cialista.
Los cambios operados en el sistema económi-
co pueden ser documentados claramente sobre
la base de las estadísticas de las profesiones.
A principios del siglo XIX, el 80 por ciento d<.>
la población blanca activa estaba formado por
productores independientes; en 1871 sólo el 41
por ciento se hallaba en esas condiciones, y en

77
1940 sólo el 18 por ciento. Según las palabras
de Wright Milis:

"En los últimos cien años los Estados Unidos han de-
jado de ser una nación de pequeños capitalistas para con-
vertirse en una nación de empleados a sueldo; pero la
ideología apropiada para la nación de pequeños capita-
listas persiste, como si el mundo de la pequeña propiedad
fuera todavía un ente en pleno funcionamicnto".1 ;

Hay varias razones que explican la persisten-


cia de esta ideología inapta, aparte la inercia que
caracteriza a las doctrinas sociales en general.
Una es que la concentración de la propiedad pri-
vada no estuvo acompañada de la súbita expan-
sión de la clase trabajadora, o de la declinación
del nivel de vida. Los obreros industriales for-
maban el 28 por ciento de la población en 1870,
y el 31 por ciento en 1940; y los asalariados en
general formaban el 53 por ciento de la pobla-
ción en 1870, y el 57 por ciento en 1940. Pero
durante el mismo período la proporción de em ·
pleados en la población aumentó muy rápida-
mente, del 7 por ciento al 25 por ciento; y esta
expansión de las nuevas clases medias de cuello

17 C. Wright Milis, Whito Collar; ThB American Middle Cla•·


..,. (1951).

78
-
blanco permitió un nuevo tipo de movilidad so-
cial, en lugar de la que había existido antes por
obra de la colonización de nuevas tierras.
Hasta aquí la concentración de la riqueza Y
de los ingresos en pocas manos parece haber se-
guido en Estados Unidos el mismo curso que en
muchos países europeos; y la época dorada de
las fortunas espectaculares en medio de la pobre-
za general duró un período relativamente breve.
Como en otros países industriales, en Estados
Unidos se ha observado un esfuerzo persistente
en pro de la redistribución de la riqueza y de los
ingresos, utilizando al efecto el impuesto pro-
gresivo, los impuestos a la herencia y los im-
puestos sobre las ganancias eventuales. D esde la
guerra, la permanente expansión económica, los
niveles de vida en ascenso y el constante creci-
m iento de las clases medias ha influido sobre la
estructura de clase del mismo modo que en otros
países, pero de un modo más evidente. Y mien-
tras en Gran Bretaña, por ejemplo, dichos cam-
bios hasta ahora sólo han producido modifica-
ciones y exámenes críticos de un sistema de cla-
ses que todavía es extremadamente sólido y que
influye profundamente en la vida política, en
Estados Unidos han determinado, por el contra-

79
,

rio, la confirmación de una ideología heredada


que ignora la existencia de las clases, y práctica-
mente han extinguido el esbozo de conciencia de
clase que halló expresión en la política de la dé-
cada de 1930.
Esta divergencia no se explica por el índice
superior de movilidad social de Estados Unidos
en los últimos tiempos, ni por el más rápido pro-
greso en la redistribución de la riqueza y la ren-
ta. Varios estudios han indicado que los Estados
Unidos no poseen un índice de movilidad signi-
ficativamente más elevado que el de otras socie-
dades industriales, en las cuales, sin embargo, la
conciencia de clase es de todos modos mucho
más intensa.1 $ Tal es el caso, por lo menos, cuan-
do se considera el amplio movimiento de las ocu-
paciones manuales a las no manuales. El movi-
miento de largo alcance de los estratos manuales
a las élites no parece ser más intenso en los Es-
tados Unidos que en la mayoría de los demás
países; 19 pero aun así, no ha sido muy conside-
rable en ningún período del siglo actual. W. Mil-
ler ha demostrado que incluso durante la pri-

18 Véase especialmente, S. M. LipS<!t y R. Bendix, Social


Mobi/ity in Industrial Soclety (1959).
10 S . M. Miller, op. cit., pií¡¡:. 58.

80
mera década del siglo los empresarios de éxito
generalmente no provenían de los estratos infe-
riores de la sociedad, y por el contrario se origi-
naban casi siempre en familias consagradas de
antiguo a los negocios y en los estratos profesio-
nales. 20 En el mismo sentido, un estudio muy
completo de las clases sociales en Filadelfia ha
revelado que los principales puestos en el siste-
ma económico están ocupados sobre todo por in-
dividuos de antiguas familias de la clase supe-
rior.21
La idea de que durante este siglo la desigual-
dad de los ingresos ha venido reduciéndose cons-
tantemente ha sido vigorosamente objetada, del
mismo modo que en Gran Bretaña se niega la
validez de un concepto semejante. En el caso de
los Estados Unidos la afirmación reposa esencial-
mente sobre los estudios estadísticos de la renta
nacional realizados por Simon Kuznets; 22 pero
como Gabriel Kolko lo ha señalado reciente-

20 William Millor, "American Historia.ns and the Busineu


Elite", en Willlrun Mllter (ed.) Men in Bu•iness (nueva edición,
1962).
21 E. Digby Boluell, An Americ.tn Bu•iness Arialocraey (nu.é -
va edición, 1962).
22 V~se especialmente su obra Shtttes ol Upper lncome
Groups in Income nnd Savint.• (1953).

81

mente,23 Ja parte pertinente de estos estudios se


ocupa solamente del 5 por ciento más acomo-
dado de la población, y no examina los cambios
ocurridos en los ingresos de otros grupos de la
población. Los cálculos del propio Kolko, basa-
dos en estudios de los ingresos personales antes de
la aplicación de los impuestos -realizados por la
National I ndustrial Conference Board (para
1910-1937) y por el Survey Research Center
(para 194 1-1959)- indican que entre 1910
y 1959 la participación en la renta nacional del
décimo de la población que goza de mayores in-
gresos declinó muy ligeramente (y ha fluctuado
alrededor del 30 por ciento durante la última
década), mientras que las participaciones de los
décimos de la población que ocupan los lugares
segundo y tercero aumentaron realmente, y las
participaciones de los dos décimos más pobres de
la población declinaron bruscament e (del 8,3
por ciento de Ja renta nacional a sólo el 4 por
ciento). Kolko observa también -como hizo
Titmuss en su estudio sobre el mismo problema
en Gran Bretaña- que los cálculos fundados en
las declaraciones para el impuesto necesaria-

23 Gabriel Kolko, W1!alth and Power in A"'"'riea (1962).

82
mente omiten varias formas de ingreso real que
benefician principalmente a la clase superior,
y que por consiguiente acentúan la desigualdad.
Por consiguiente, puede argüirse que el prin-
cipal papel en el debilitamiento de la conciencia
de clase corresponde a la tradicional concepción
que ve en la sociedad norteamericana un ente
altamente móvil, antes que la existencia de un
grado excepcional de movilidad en el momento
actual, y al incremento general de la prosperidad
(aunque con una dosis bastante considerable de
pobre.za parcialmente oculta)2-1 antes que a un
movimiento profundo hacia una mayor igualdad
económica. Pero otros factores también han ejer-
cido influencia, especialmente para inhibir el
desarrollo de un movimiento de la clase traba-
jadora en el que las ideas del l.nterés de clase y
del socialismo como forma social alternativa des-
empeñaran principal papel. Entre dichos facto-

2-~ Sobre la extens.ión de la pobreza, véanse Gunnar Myrdal,


Chn11ert'4> to All!uenu ( 1963). Capítulo 4, y Michael Harrington,
Tito Other Ameriea (1962), Esta última obra demuestra clara-
ment<> qua la pobreza es un fenómeno ¡¡eneralizado, poro (como
en Gran Brotaña) se particulariza en sectores particulares de la
población -aquí entre los ancianos, las minorías étnicas y los obre-
ros de regiones como los Apalache,.._ y por cons.iguiente A menudo
tiende a pasar inadvertido.

83
,

res revisten particular importancia la situación


de los negros y las sucesivas olas inmigratorias.
Los negros han formado un proletariado norte-
americano diferenciado, con los ingresos más ba-
jos, las tareas más bajas y rudas y el menor pres-
tigio social (en parte debido a su origen esclavis-
ta) en el conjunto de grupos de la sociedad nor-
teamericana. La existencia de este amplio grupo
de explotados, relativamente homogéneo y fácil-
mente identificable, ha determinado que todos
los norteamericanos blancos, incluso los peones
peor pagados, posean cierto prestigio social que
los eleva, por lo menos a sus propios ojos, sobre
el nivel del proletariado. La inmigración ha in-
fluido en el mismo sentido para elevar la posi-
ción social del obrero norteamericano común, ya
que muchos grupos de inmigrantes (los últimos
son los portorriqueños) ocuparon los niveles más
bajos de la jerarquía profesional, y permitieron
el ascenso de los que ya se encontraban en el
país. Pero ni los negros ni cualquiera de los gru-
pos inmigrantes han formado un proletariado en
el sentido de que hayan desafiado el orden social
establecido. Y así, aunque la vigorosa lucha que
ahora llevan los negros para conquistar la totali-
dad de los derechos económicos, civiles y políti-

84
cos puede equipararse a los primeros conflictos
de clase en Europa, en cuanto éstos se relaciona-
ban con el derecho de voto, con la legislación
obrera y la reforma social, se distingue comple-
tamente de estos últimos conflictos porque pro-
cura exclusivamente obtener un lugar en la so-
ciedad existente, y porque acepta los valores pre-
dominantes de esa sociedad. Sin embargo, el éxi-
to de las luchas librada s por los negros y por
otras minorías étnicas disminuiría la importancia
de las divisiones étnicas en la sociedad norteame-
ricana, y uno de los resultados de ese proceso se-
ria la aparición de clases sociales más agudamen~
te diferenciadas y una más acentuada conciencia
de los intereses de clase.
Pero a esta línea de desarrollo se oponen las
mismas influencias que ya hemos visto en Gran
Bretaña: el ascenso más o menos continuo de los
niveles de vida; una mayor diferenciación de la
estructura profesional, y por consiguiente un
tipo más complejo de estratificación social; la de-
clinación relativa de las ocupaciones manuales,
y una extensión de las oportunidades educacio-
nales que en Estados Unidos configura un pro-
ceso mucho más avanzado que en otros países.
Estas influencias actúan en todas las sociedades

85
capitalistas occidentales: en Francia, en Alema-
nia y en Italia, donde antaño las divisiones de
clase han sido más profundas y los conflictos de
clase más violentos que en Gran Bretaña, y tam-
bién en los países escandinavos, en los que el
bienestar social y la igualdad de oportunidades
se han desarrollado más que en ningún otro lu-
gar. Como consecuencia de lo anterior se observa
el relativo apaciguamiento de los conflictos más
agudos en el conjunto de la estructura social, y
el desplazamiento del interés político hacia nue-
vos problemas : el progreso tecnol6gico, el des-
arrollo económico y la modernización. Las dos
culturas han reemplazado a las dos naciones co-
mo tema de debate político, por lo menos en el
caso de muchos intelectuales de Occidente. Más
adelante veremos si los cambios ocurridos en las
condiciones y las actitudes sociales han promo-
vido o promoverán concretamente una consoli-
dación de la actual estructura social de los paí-
ses occidentales y si existen otras probables con-
secuencias políticas.
Por el momento nos interesa examinar la evo-
lución de las clases en la sociedad industrial de
tipo soviético. De acuerdo con el concepto de
Marx, el capitalismo moderno sería "la última

86
"

forma antagónica del proceso de la producción''.


Como escribió en Miseria de Ja filosofía:

"La condición de emancipación de la clase trabaja-


dora es la abolición de todas las clases. . . En el curso de
su. desarrollo, la clase trabajadora reemplazará a la anti-
gua sociedad civil con una asociación que excluirá a las
clases y el antagonismo entre ellas".

La URSS afirma pertenecer al tipo de socie-


dad que Marx predijo seguiría a la destrucción
del capitalismo, a pesar de que la revolución que
creó a ese país no ocurrió en una nación altamen-
te industrializada. Es decir, afirma ser una socie-
dad sin clases, por lo menos en el sentido de que
no existe una jerarquía de clases ni dominio de
una clase sobre las otras. Esta pretensión se basa
principalmente en el hecho de que ha sido abo-
lida la propiedad privada de los medios de pro-
ducción. Los teóricos de Ja URSS rara vez inten-
taron analizar los fundamentos sociales y políti-
cos de una sociedad sin clases, y durante largos
períodos, sobre todo después de 1930, se vieron
en dificultades para establecer una distinción
clara entre. la "eliminación de las clases" y el
"igualitarismo". Se afirmó que este último era
una "desviación pequefioburguesa", y la Encielo-

87

pedia Soviética de la época de Stalin dijo que "el


socialismo y el igualitarismo nada tenían en co-
mún".25 En general, esta ofensiva ideológica con-
tra el igualitarismo coincidió con el cambio de
política de los gobernantes soviéticos a principios
de la década de 1930, que implicó la creación de
crecientes diferencias de sueldos y salarios, y en
particular el ofrecimiento de sustanciales incen-
tivos financieros a los trabajadores muy especia-
lizados, a los hombres de ciencia y a los técnicos,
a los administradores de la industria y a los inte-
lectuales. Esta política fue continuada durante
Ja guerra y después de ella, de modo que la va-
riedad de ingresos en la URSS ha llegado a ser
casi tan considerable como en los países capita-
listas. Se calcula que en 1953 las retribuciones
en la industria oscilaban entre 3.500-5.000 ru-
blos anuales para el obrero no especializado y
80.000-120.000 rublos para el gerente de una
fábrica importante. Por consiguiente, las retri-
buciones más elevadas eran 25 a 30 veces ma-
yores que las más bajas, diferencia quizás un
poco menor que Ja que existe en Gran Bretaña

2!':i Por otro. parte, un socialista inglés ha escrito: ºDonde no


hay i¡ualltarismo no hay socialiamo". Roy Jenlrint, "Equality", en.
New Pabian Euays ( 1952).

88
o en los Estados Unidos entre los ingresos de un
obrero no especializado y los de un gerente ge-
neral Pero si se consideran los efectos de los im-
puestos, es posible que la variedad de retribu-
ciones haya sido mayor eo la URSS, pues el im-
puesto soviético a la renta no es progresivo, y en
conjunto la imposición es regresiva, ya que la
mayor parte de los recursos del presupuesto pro-
vienen de un impuesto sobre los alimentos y los
artículos textiles de consumo masivo. Estas des-
igualdades de los ingresos se han visto acentua-
das por otros factores; por la abolición del im-
puesto progresivo a la herencia en 1943 y por
los privilegios concedidos a los estratos sociales
superiores en distintos planos: la educación y la
vivienda, el uso de almacenes especiales, la ad-
quisición de premios y de otros bienes escasos
y la concesión de premios, becas y pensiones.
La política de creciente diferenciación de los.
ingresos podía ser explicada por las exigencias de
la industrialización rápida en la década de 1930,
y posteriormente por las necesidades de la gue-
rra y de la reconstrucción en la posguerra. N<>
creo que esta última sea toda la explicación del
caso; pero en la medida en que algo hay de ver-
dad en ello, podemos llegar a la conclusión de

89
que una vez completada la etapa de industriali-
1
¡
zación rápida (denominada el "movimiento ha-
cia la madurez" por Rostow) de la URSS, se
1 atenuará y aun se invertirá la tendencia hacia la
mayor desigualdad. Un estudio reciente 28 su-
giere que eso es precisamente lo que está ocu-
rriendo. El autor observa que desde 1956 cierto
número de declaraciones políticas ha subrayado
la elevación de los salarios mínimos, y cita el
programa del 22• Congreso del Partido Comu-
nista de la URSS en el sentido de que en los
próximos 20 años "se reducirá gradualmente la
disparidad entre los ingresos elevados y los suel-
dos relativamente bajos".27 Sobre la base de las
estadísticas soviéticas, que son más abundantes
en los últimos años, llega a la conclusión de que
las diferencias de salarios han disminuido consi-
derablemente desde 1956; por ejemplo, si bien
a principios de la década de 1930 los ingresos
medios del personal técnico equivalían a dos ve-
ces y media el sueldo de los trabajadores manua-
les, en 1960 era sólo un 50 por ciento mayor.
En conclusión, afirma lo siguiente: "El período

:?r, Murray Yanowitch, "The Soviet Incama Ravotucian1', SI.avíe


RevittW XXIlI (4), diciembre de 1963.
21 op• .,;t., pág. 684.

90
r iniciado en 1956 se ha caracterizado por la dis-
minución de las diferencias de las tasas de sala-
rios, los aumentos sustanciales de los salarios mí-
nimos y la disminución de la importancia del sis-
tema de trabajo a destajo".28
Incluso en la época en que la sociedad sovié-
tica se caracterizaba por profundas desigualda-
des, a menudo se argüía que éstas no implicaban
el desarrollo de un nuevo sistema de clase. Un
observador francés que miraba con simpatía a la
sociedad soviética plantea así el argumento: "So-
bre la base de esta profunda diferenciación sala-
rial, algunas personas se sentirán inclinadas a
pensar que en realidad la sociedad soviética no
ha abolido las clases. . . A mi entender, las cla-
ses según existen en los países occidentales no
tienen en realidad un auténtico equivalente en
la URSS. Los prejuicios basados en la riqueza,
las barreras rígidas, la oposición organizada de
una clase a su propia ampliación desde abajo,
son factores que ya no existen o que están en
proceso de desaparición total en la Unión Sovié-
tica. La difusión de la educación, el apoyo con-
cedido generosamente por las autoridades al pro-

2~ lbid., pág. 692.

91
,

greso social de los elementos inicialmente peor


situados, son todos factores que apuntan a un
resultado final que con razón puede ser denomi-
nado una «sociedad sin clases» . . . De ahí que,
si bien es posible argumentar acerca de la pre-
sencia o la ausencia de clases en la URSS, en
todo caso es preciso reconocer que las clases su-
periores están muy abiertas a los miembros de
las clases inferiores, y que los niveles privilegia-
dos no presentan formas cristalizadas, rígidas o
especialmente hereditarias".29
Así, el elevado índice de movilidad social y la
ausencia de barreras importantes que se opon-
gan a la movilidad a menudo han sido aducidos
como prueba de la gradual desaparición de las
clases sociales en la URSS. Pero el argumento es
pasible de varias objeciones. En primer lugar,
no se ha realizado un estudio amplio de la mo-
vilidad social en la URSS que permita realizar
afirmaciones tan definidas acerca de su ritmo,
tanto en términos absolutos como por compara-
ción con otras sociedades.30 Es posible que la

29 Micho! Gorday, Visa to Moseow (traduc. in¡lffa de 1962).


30 Una de tao muy ~asas fuentes de datos ff el estudio de
Harvord sobre Jos emigrado! soviético•; v6ase A. Inkeles y R. A.
Baucr, Tlle Soviet Ciiiu:n: Dajly Lile in a Tota/Uaria11 Society

92
movilidad social haya sido considerable durante
el último medio siglo, pero puede explicarse por
la rápida industrialización del país, y por las pér-
didas sufridas durante la guerra (es decir, por los
mismos factores que han actuado en algunos paí-
ses occidentales) más bien que por la acción de
rasgos característicos de la estructura social. El
desarrollo industrial creó una gama de nuevos
cargos en los planos superiores de la jerarquía
social, y si entre 1926 y 1937 la masa emplea-
da se duplicó, la intelectualidad (funcionarios,
profesionales y hombres de ciencia, administra-
dores y empleados) casi se cuadruplicó. En cier-
tas p rofesiones el incremento fue aún más espec-
tacular; el número de ingenieros y de arquitectos
aumentó casi ocho veces, y el número de hom-
bres de ciencia casi seis veces.ª1

C1959). EvMentemente. no es el estudio roalizndo sobre un mues-


treo representativo, pero en todo caso señala qu• en conjunto el
rnovimiento de las profesiones manuales a laa no manuaJes no et
excepcionalmente intenso en la URSS comparado con la situación
de algunas aociedades occidentales, aunque el movimiento de los
estratos do trabajadores manuales a h1s ó/Jtes os particularmente
elevado. (En relaei6n con e•tas comparaciones, v<iase S. M. Miller,
op. cit.)
3l Véasa S. M. Schwartz, Labour in the Soviot Union (1952).

93
'

El proceso de expansión de las profesiones ad-


ministrativas todavía continúa, pero lo mismo
que en otros países industriales, es probable que
en la URSS el ritmo de expansión se atenúe a
medida que se llega a la madurez industrial (si
excluimos momentáneamente los posibles efec-
i tos de la automatización), y el grado de movili-
dad acabará por depender más directamente de
la política social destinada a promover el inter-
cambio de individuos entre los distintos estratos
sociales. En años posteriores del régimen de Sta-
lin se observaron algunos indicios en el sentido
de que se estaba limitando la movilidad social,
al paso que se acentuaban mucho los privilegios
sociales de los estratos superiores. Un paso en
esa dirección fue la introducción en 1940 del
pago de cuotas y matrículas en la educación su-
perior y durante los últimos tres años de la edu-
cación secundaria. Esta medida acentuó el pre-
juicio que ya existía en favor de las capas supe-
riores para la selección de los estudiantes univer-
sitarios, y por lo tanto de la generación siguiente
de la intelectualidad. Las nuevas leyes de la he-
rencia y el fortalecimiento de los lazos familia-
res contribuyeron a que se reservaran los altos

94
cargos a los miembros de los estratos superio-
res.32
De todos modos, es probable que las capas su-
periores de la sociedad soviética se hayan man-
tenido bastante accesibles a los individuos ta-
lentosos provenientes de los estratos inferiores,
y en los últimos años se procuró eliminar las in-
fluencias que limitan la movilidad, por ejemplo
en la esfera de la educación. Ha contribuido a di-
chos esfuerzos el movimiento general contra el
privilegio y en favor de una mayor igualdad eco-
nómica. Incluso cuando estaba acentuándose la
desigualdad actuaban también otros factores que
contribuían a la igualdad social en un sector con-
siderable de la sociedad soviética. En la UR SS
no existía ni existe una auténtica "clase ociosa";
y el hecho de que la jerarquía social depende
principalmente de la profesión -es decir, de una
contribución definida al bienestar de la sociedad
(por muy arbitrariamente que en ciertos casos se
determine el valor relativo de los aportes)- li-
mita los efectos sociales de las diferencias econó-
micas. De acuerdo con la experiencia de los paí-
ses occidentales parece evidente que las diferen-

82 Véase Alex Inkeles, "Social Stratüicatlon and Mobility in


theo Soviet Union" American SocioloAiOlll Rovlew, agosto de 1950,

95
i

cías sociales fundadas en la propiedad privada


y la herencia son sentidas más profundamente
y poseen mayor poder de división que las dife-
rencias de los ingresos fundados en el trabajo.
Asimismo, las divisiones creadas en la URSS. por
las düerencias de ingresos se atenuaban debido
a que algunos trabajadores manuales especiali-
, zados también percibían elevados salarios, mien-
) tras otros podían mejorar su situación a través
de la actividad desarrollada en las organizacio-
nes del partido; y aún más a causa de la ausen-
cia de las profundas diferencias sociales y cultu-
rales entre los trabajadores manuales y no ma-
nuales que existen en la mayoría de los países
occidentales.u

35 La di!er&ncia entre las actividades desal'1'olladas en el tiem·


-po libre por los trabajadores manuales y los no manuales de los
países occidentales es un fen6meno bien definido por la investiga-
dón sociológica. En Francia, véase especialmente P. H. Cbombart
oe Lauwe, L'Agg/omér«tion Pari1ienne (1952); en Inglaterra, T.
B. Bottomore, "Social Stratifi.c ation in Voluntary Org:anizationt'',
en D. V. Glass (ed.), Social MobiJity in Brilt1in (1954). Numo-
rosos estudios, desde Middletown ( 1929), de R. A. y H. M. Lynd,
a las recionte.s investigaciones sobre las asociaciones voluotarias
señalan la existencia del mismo fon6meno en los Estados Unidos.
Quiús pu.e de afirmarse que la elevación de los niveles de vida
está como.nzando a anular esta sep.anción, pero por et mom•nto
luly escasos indicios que revelen la oxiatencia de cambiO!I racli-
-cales.

96
-
Pero en opinión de numerosos sociólogos los
hechos que hemos considerado no guardan re-
lación directa con el aspecto más significativo de
la estructura de clase de la sociedad soviética.
Aunque en ciertos niveles de la sociedad las rela-
ciones sociales nada tengan que ver con la divi-
sión clasista, ¿acaso en el tipo soviético de socie-
dad no hay una élite gobernante que se asemeja
mucho a las clases gobernantes de otras socieda-
des, salvo el hecho de que su poder es más con-
centrado y tiene menos limitaciones? En La
nueva clase Milovan Djilas ha sostenido que los
funcionarios del Partido Comunista han termi-
nado por formar una nueva clase gobernante, la
cual, de acuerdo con sus palabras, está " ... for-
mada por los que poseen privilegios especiales y
gozan de preferencia en el terreno económico de-
bido a que detentan el monopolio administrati-
vo".ª• En el mismo sentido, en la obra citada an-
teriormente S. Ossowski subraya la extensión con
que en el mundo moderno, y especialmente en
los países soviéticos, las decisiones de las autori-
dades políticas (o como dice en otro pasaje, la
·compulsión o la fuerza) determinan cambios de

~• Op. cit., pág. 39.

97
'
la estructura de clase.~ Por consiguiente, las cla-
ses ya no surgen espontáneamente sobre la base
de las actividades económicas de los individuos;
por el contrario, una élite política impone a la
sociedad el tipo de estratificación que es propia
de una jerarquía burocrática.
En dos artículos publicados en 1950,36 y más
recientemente en su libro La lutte de classes, 3'
Raymond Aron ha expresado del modo más com-
pleto esta concepción. Aron afirma que los miem-
bros del grupo gobernante de la sociedad sovié-
tica tienen

" ... inifinitamente más poder que los gobernantes po-


líticos de una sociedad democrática, porque concentran en
sus manos tanto el poder político como el económico ...
Los politicos, los dirigentes sindicales, los funcionarios pú-
blicos, los generales y los administradores pertenecen ter
dos a un partido, y forman parte de una organización
autoritaria. L a élite unificada posee un poder absoluto
e ilimitado." ss

35 S. Ossowski, Class Structure in the Social Con11CioUJne.u1


páp. 184, 186.
~o Roymond Aron, "Social Structure and the Rulin¡¡ Cla.u",
Britiah Joumal al Socioloay, 1 (1) marro de 1950, y 1 (2) junio
de 1950.
31 Rayrnond Aron, La lutte de clanea (París, 1964). VéaM
espacialmente capftulos IX y X .
as Ameulo citado, Britiah Joumal ol Socioloú, I (2), pá-
gina 131.

98
Otro de los elementos que poseen es el mo-
nopolio ideológico que ejercen por el control de
la exposición e interpretación de un credo oficial
--el marxismo-- que plasma el pensamiento y
la opinión del pueblo y justifica los actos del
grupo gobernante. Aron compara esta élite so-
viética unificada con la élite dividida, o plurali-
dad de élites de los países capitalistas democrá-
ticos, y procura explicar la diferencia por la pre-
sencia o ausencia de clases y de otros grupos so-
ciales de intereses autónomos.
Estos observadores coinciden en que la socie-
dad soviética exhibe una profunda división entre
la élite gobernante y el resto de la población.
¿Puede afirmarse que aciertan a l suponer que
esto implica la formación de un nuevo sistema de
clases? ¿O se trata sólo de un aspecto temporario
en el movimiento hacia una sociedad auténtica-
mente sin clases? Los defensores del régimen so-
viético han afirmado que el período stalinista
--<lurante el cual los privilegios del estrato su-
perior, la dictadura política y el gobierno de la
violencia alcanzaron un punto extremo-- fue
una aberración histórica, consecuencia de lo que
ahora se denomina el "culto de la personalidad".
Pero esto no constituye una explicación adecua-

99
da. A su vez, el culto de la personalidad tiene
que ser explicado, y ello es tanto más necesario
y urgente cuanto que su aparición contradice to-
das las esperanzas que los marxistas tenían con
respecto a la naturaleza de una sociedad sin cla-
ses. Podría intentarse una explicación detallan-
do las condiciones sociales que son favorables al
ascenso de lideres carismáticos, según las líneas
sugeridas por primera vez por Max Weber. En
el caso particular de la URSS podríamos señalar
aspectos como la súbita ruptura con el pasado
provocada por la revolución, y las tensiones, así
como la necesidad de autoridad y de disciplina
engendradas por la rápida industrialización de
un país económicamente atrasado. O bien pode-
mos considerar las condiciones más generales
que favorecen la creación de una élite unificada,
como hace Aron cuando sostiene que una "socie-
dad sin clases" (en el sentido limitado de una so-
ciedad en la que todas las empresas económicas
son de propiedad y administración públicas) ne-
cesariamente produce una gran concentración de
poder en manos de los dirigentes políticos e in-
dustriales; y como hace Ossowski cuando sugie-
re que el poder político ha cobrado ahora tanta
importancia en todos los países industriales, pe-

100
ro especialmente en las naciones soviéticas, que
la élite política puede plasmar y modificar el
sistema de estratificación, en lugar de ser ella
misma producto de dicho sistema.
Estas ideas se apartan de la concepción de
Marx sobre la relación entre la propiedad pri-
vada, las clases sociales y el poder político; y
también de su visión del modo en que se desa-
rrollaría el sistema de clases de las sociedades
modernas. La gran extensi6n de las actividades
gubernamentales, tanto por lo que hace al desa-
rrollo económico como a la provisión de servicios
sociales; el crecimiento de partidos políticos muy
organizados y poderosos; la influencia que pue-
de ejercerse a través de los modernos medios de
comunicación, son todos factores que han con-
tribuido a crear una división fundamental de la
sociedad entre la élite gobernante -que puede
incluir a los dirigentes políticos y militares, a los
altos funcionarios, y a los directores de impor-
tantes empresas económicas- y la masa de la
población, hasta cierto punto independientemen-
te de las clases sociales fundadas en la propiedad
privada, o de otras formas de estratificación. La
URSS, donde esta división se encuentra más
firmemente establecida --debido a que los go-

101
;

bemantes políticos pertenecen a un partido de


origen revolucionario, que posee una organiza-
ción excepcionalmente rigurosa, consolidada ade-
más por una ideología general- es también la
nación en la que está más disimulada, porque la
doctrina a la que adhiere la élite gobernante im-
pide el reconocimiento o la investigación del fe-
nómeno.
Por lo menos ese ha sido el caso hasta hace po-
co. Ahora, al fin, parece insinuarse un movimien-
to de renovación en el cuerpo del marxismo or-
todoxo, durante mucho tiempo insensible; y no
sólo se ha procedido a reexaminar con mayor
espíritu crítico las ideas y las teorías de Mane,
sino que la estructura social de los países sovié-
ticos empieza a ser estudiada de un modo más
realista y objetivo. Como consecuencia de ello,
ahora los problemas de la centralización del po-
der pueden ser discutidos más racionalmente; y
las tentativas de combinación de la propiedad
pública y la planificación central con la creación
de centros locales dotados de relativa indepen-
dencia de decisión -como por ejemplo en Yu-
goslavia- mediante organismos obreros autó-
nomos, ya no son rechazadas como siniestras
desviaciones de la ortodoxia. En realidad, a los

102
......

ojos de muchos socialistas (marxistas o no) la


experiencia yugoslava parece encerrar la prome·
sa de una sociedad sin clases en la que no habrá
dictadura política ni total conformismo intelec-
tual. Al mismo tiempo, Hustra de manera nota-
ble la diversidad de instituciones y de doctrinas
que el grupo soviético de países está empezan-
do a tolerar.
Como ya hemos visto, las sociedades capita-
listas también poseen distintas estructuras de
clase, y cualquier comparación entre las formas
soviéticas y capitalistas de sociedad industrial
debe reconocer la existencia de considerables
variaciones dentro de cada tipo de sociedad; por
ejemplo, en la naturaleza y la extensión de la
movilidad social, en la magnitud de las desigual-
dades económicas, en la situación de la clase tra-
bajadora y en el grado de unificación de la élite,
todo lo cual determina una gama continua de di-
ferencias antes que una separación brusca entre
los dos tipos. Este hecho, que es inasimilable par'.3
los ideólogos más extremos de ambos lados, se
destaca aún más por obra de los rasgos comu-
nes de las sociedades soviética y capitalista, que
provienen principalmente de tres influencias im-
portantes que se ejercen sobre todas las socieda-

103
des modernas: el rápido progreso de la industria-
lización, las proporciones crecientes de las orga-
nizaciones --especialmente en la esfera econó-
mica- y el papel cada vez más importante d~
los gobiernos en las plasmación deliberada de la
vida social y económica.
A veces los sociólogos han visto en la indus-
trialización un proceso que tiende naturalmente
a promover una mayor igualdad de las condicio-
nes sociales. Varios argumentos sirven de base
a este punto de vista. El desarrollo de la industria
anula las diferencias de rango rígidas y exclusi-
vas, pues crea oportunidades sin precedentes de
movilidad social, extiende y mejora la educación
para responder a las nuevas necesidades cientí-
ficas y tecnológicas, y eleva enormemente el ni-
vel general de vida, reduciendo de ese modo la
dureza del contraste entre las condiciones de los
estratos superior e inferior de la sociedad. Ade-
más, al aumentar la magnitud de la sociedad,
así como el grado de movilidad, la industria mo-
derna crea circunstancias especialmente favora-
bles para la düusión de ideas igualitarias, como
intentó demostrarlo Bouglé en una obra, ahora
muy descuidada, que se titula Les idées égalitai-

104
res; 39 y al mismo tiempo promueve la formación
de un grupo social numeroso y orgánico -los
obreros industriales- capaz de iniciar un mo-
vimiento político que infunde gran ímpetu a la
difusión de ideas igualitarias y democráticas.
Esta relación entre la industrialización y la
estratificación social puede ser observada clara-
mente en los países que actualmente están des-
arrollándose. En muchos de ellos hay o hubo
hasta hace poco situaciones extremas de riqueza
y pobreza mucho mayores que las que se obser-
van en los países industriales; y las clases supe-
riores tradicionales han sido un obstáculo formi-
dable para el desarrollo económico, debido a su
resistencia general al cambio y a la movilidad,
y a su propensión a utilizar para el consumo
ostentoso antes que en inversiones productivas
la parte considerable de la renta nacional que re-
ciben. Donde la industrialización se desarrolla
con éxito ello ocurre a menudo a costa de la ri-
queza y los privilegios de la clase superior, por la
confiscación o los impuestos elevados, y la aper-
tura de las profesiones de la élite a los indiví-
duos talentosos de los estratos sociales inferiores.

39 C. Bouglé, Les idé<is éll.alitaires: Élude socioloAiquo (París,


1925).

105
'
Por el contrario, en los países que, como la India,
poseen una forma tradicional de estratificación,
extraordinariamente complicada e inflexible, se
observa una resistencia eficaz a cualquier cam-
bio radical y el ritmo de industrialización puede
disminuir considerablemente, situación que ame-
naza el éxito de todo el plan destinado a promo-
ver el desarrollo económico.
Sin embargo, seria un error suponer que la
industrialización conduce inexorablemente a la
sociedad igualitaria. Los materiales que ya he-
mos considerado demuestran que en las socie-
dades industriales de Occidente la desigualdad
económica ha disminuído poco en las últimas d~
cadas, mientras que en la URSS la desigualdad
de hecho aumentó entre la década de 1930 y la
de 1950, hasta cierto punto como parte de una
política de incentivos para promover una indus-
trialización más rápida. Más aún, las otras in-
fluencias que actúan en las sociedades modernas,
mencionadas anteriormente, tienden a subrayar
la desigualdad social, acentuando la diferencia-
ción entre las élites y las masas. La creciente
magnitud y la racionalización cada vez más evi-
dente de las empresas comerciales e industria-
les ha producido este efecto, pues originó un pe-

106
queño grupo de altos dirigentes, apoyados por
consejeros expertos, que ejerce un control remoto
de las actividades rutinarias y en general no es-
pecializadas de gran número de trabajadores.
Otras grandes organizaciones, incluso los moder-
nos partidos políticos, también exhiben algunos
de estos rasgos. La amplitud y los poderes cre-
cientes del gobierno central configuran otro as-
pecto de este proceso en el que la adopción de
decisiones importantes tiende a concentrarse más
y más en pocas manos, mientras declinan las atri-
buciones de las asociaciones voluntarias inde-
pendientes y los cuerpos locales electos.
La principal diferencia entre los países sovié-
ticos y las democracias capitalistas reside en el
caTácter de las élites y en sus consecuencias po-
liticas, antes que en los restantes aspectos de la
estratificación social. Como ya hemos visto, la
variedad de ingresos de estas sociedades es más
o menos semejante, y en todas partes las grandes
diferencias de ingresos producen diferencias del
estilo de vida, las oportunidades y el prestigio
social de los grupos sociales. A principios de la
década de 1950 pareció que las desigualdades
económicas se acentuaban en las sociedades so-
viéticas y que disminuían (aunque muy lenta-

107
mente) en las sociedades capitalistas. En el mo-
mento actual ambas tendencias parecen haberse
invertido, pero todavía es difícil anticipar las
consecuencias de estos cambios. En todo caso, un
hecho señala un importante contraste: a saber,
que en las sociedades soviéticas las desigualda-
des económicas no responden significativamen-
te a las diferencias de riqueza, mientras que las
diferencias entre propietarios y obreros sin pro-
piedad, entre el ingreso originado en la propie-
dad y el ingreso que proviene del trabajo es la
esencia de las sociedades capitalistas y constitu-
ye la base principal de los vigorosos sentimientos
de clase que se manifiestan en ellas. Esta cir-
cunstancia se vincula con el hecho de que las di-
ferencias entre los grupos sociales son menos
evidentes y se destacan menos en las sociedades
del tipo soviético. La diferencias de ingresos pro-
ducen cierta separación de los grupos, pero es
probable que la relación social entre individuos
de diferentes ocupaciones e ingresos sea mucho
más fácil que en los países capitalistas. Una de
las principales divisiones de la sociedad soviéti-
ca ha sido probablemente la que existió entre la
ciudad y el campo, entre los obreros urbanos y
los campesinos. Dada la ausencia de investiga-

108
dones serias, es difícil determinar hasta qué pun-
to esa distancia ha disminuído en la URSS du-
rante los últimos años, pero los estudios realiza-
dos en otros países -especialmente en Yugos-
lavia y Polonia -indican que todavía es consi-
derable; y la magnitud de esa distancia se refleja
en los problemas de aculturación que surgen
cuando en el curso del desarrollo económico se
recluta a los campesinos para el trabajo indus-
trial.
El contraste entre la élite gobernante unifi-
cada de los países soviéticos y la élite dividida
de las democracias capitalistas, un fenómeno
muy destacado por los sociólogos durante la úl-
tima década, en sí misma debe ser interpretada
con mucho cuidado si se quiere evitar el absurdo
concepto de que en uno de estos tipos de socie-
dad hay un partido gobernante completamente
monolítico, mientras que en el otro no existe nin-
gún grupo gobernante. Las sociedades soviéticas
se aproximan más o menos estrechamente al ti-
po ideal de élite unificada, que suprime toda opo-
sición política o intelectual de otras fuerzas so-
ciales, así como cualquier conflicto en sus pro-
pias filas; pero es evidente que en la práctica es-
t as sociedades han asistido al desarrollo de con-

109
flictos muy graves entre diferentes grupos de in-
tereses, y que en los últimos años han aumenta-
do las posibilidades de que dichos grupos de in-
tereses expresen sus críticas y ejerzan influencia
sobre la formulación de la línea política.
Por otra parte, en las sociedades capitalistas
la evidente división de la élite en grupos de inte-
reses divergentes en determinado plano no ex-
cluye en otro plano la existencia de importan-
t es intereses y aspiraciones comunes que tienden
a producir cierta uniformidad de opinión y de
acción en aspectos fundamentales de la política
social. Las élites de estas sociedades se reclutan
muy principalmente en una clase superior que
posee sus propios intereses económicos y cultu-
rales particulares, y ese origen común tiende a
plasmar en una pauta común los objetivos y for-
mas de acción que adoptan. Incluso cuando la
asociación entre una clase superior y los grupos
de élite es menos vigorosa, estos últimos pueden
actuar concertadamente, en virtud de las múlti-
ples conexiones establecidas entre los que deten-
tan el poder en d iferentes esferas, y ello a pesar
de los conflictos que los separan en casos parti-
culares. Es el principal argumento de C. Wright
Milis en The Power Elite (La Elite del poder);

110
pero el autor sugiere luego que el desarrollo de
la sociedad moderna tiende a producir, por la
centr:alización del poder y la eliminación o el de-
bilitamiento de las asociaciones locales y volun-
tarias, una "sociedad de masas", cuyos rudimen-
tos pueden ser observados por doquier, y que es-
tá ocupando gradualmente el lugar de la forma
más antigua de sociedad industrial, con su divi-
sión en clases sociales.•0
Sin embargo, lo que constituye la diferencia
principal entre las sociedades soviéticas y las de-
mocracias capitalistas no es tanto la homogenei-
dad o la heterogeneidad de la élite gobernante
como la posibilidad de crear organizaciones que-
se oponen a la élite en el poder. Los marxistas
anticuados explican muy fácilmente esta dispa-
ridad, pues señalan que en las sociedades sovié- •
ticas no hay clases explotadoras o explotadas, y
que por consiguiente no hay antagonismos de
clase, ni base para los conflictos políticos; mien-
tras que en las democracias capitalistas el hech0>
de ,que existan clases que tienen intereses opues-

40 C. Wrlgbt Milis, The Power Elite, pág. 304: " • .• bemOSo


• - d o mucho por el camino que lleva a la soc:iodad de masas.
Al final de ese camino se encuentra el totalitarismo, como en
Atero.ania nazi o en Rusia comunista".

111
tos es precisamente el factor que engendra los
principales conflictos políticos. La segunda par-
te de esta afirmación es aceptada generalmente,
aunque con numerosas salvedades, indicadas en
nuestra exposición anterior; u pero la primera
parte no soporta un análisis detenido. En mu-
chas de las sociedades soviéticas - y especialmen-
te en la URSS- hubo profundos conflictos so-
ciales que de tanto en tanto adoptaron la forma
de revueltas en gran escala; como, por ejemplo,
en la resistencia de los campesinos rusos a la co-
lectivización, en la década de 1930, y en el alza-
miento del pueblo húngaro el año 1956. Si estos
conflictos no determinaron una oposición públi-
ca permanente a la élite gobernante, fue única-
mente porque fueron reprimidos por la fuerza.
La ausencia de una oposición organizada no es
• de ningún modo indicio de un estado social en
el que la armonía y la cooperación han reempla-
zado al conflicto, si ese resultado se ha obteni-
do mediante el uso persistente de la violencia,
aplicada por los dirigentes políticos. Marx era
consecuente con sus propias premisas cuando
.afirmaba que con la abolición de las clases des-

<1 Véase má• <>rriba, pág¡¡. 31-35; 41-46.

112
aparecería la principal fuente de conflictos polí-
ticos, y que por consiguiente se eliminaría la ne-
cesidad de un Estado coercitivo. De acuerdo con
la frase de Saint-Simon, adoptada por Marx, "el
gobierno de los hombres sería reemplazazdo por
la administración de las cosas". Es por demás
evidente que eso no ha sido lo que ocurrió en las
sociedades soviéticas. Por el contrario, el aparato
represivo del Estado se ha desarrollado enorme-
mente; 12 y aunque en la URSS y en otros países
de Europa oriental el gobierno de la fuerza se
ha moderado desde la muerte de Stalin, el go-
bierno tiene todavía características mucho más
coercitivas que en las sociedades capitalistas.
últimamente se han escuchado críticas francas;
y en ciertas esferas que no afectan muy de cerca
al régimen político, se ha permitido mayor liber-
tad de pensamiento y de imaginación. Felizmen-
te, parece que están extinguiéndose las doctri-
nas oficiales sobre el realismo socialista en el ar-
te, la música y la literatura. Pero todavía no hay
libertad de movimientos individuales, ni posibi-
lidad de disentir y oponerse pública y organiza-
damente en problemas importantes relacionados

•2 Excepto en Yugoslavia, que se ha mantenido fuerll de la


...seora do influencia de la URSS.

113
'

con la política social. En ciertos aspectos -por


ejemplo, la introducción de la pena de muerte
para castigar diversos delitos económicos- se
ha acentuado el poder coercitivo del Estado,48 y
se ha demostrado con mayor claridad aún la exis-
tencia de graves conflictos en el seno de la so-
ciedad.
De este análisis podemos extraer dos conclu-
siones generales. La primera, que la amplitud de
los conflictos y del gobierno coercitivo en las so-
ciedades soviéticas demuestra que las clases y
los antagonismos de clase subsisten en estas so-
ciedades, o han sido recreados en otra forma; o
bien que además del interés de clase existen otras
fuentes importantes de conflictos sociales, y que
si por influencia de un credo doctrinario se les

.f.3 El propio Marx se opuso consecuente.mente al poder coer·


citivo del Estado, y se IOXJ)resó vigorosamente sobre el tema de
la pena capital en un pasaje que es particularmente apropiado en
vista de lll$ actuales condiciones de los paises soviéticos: "Ahora
biel), qué sociedad es érta que no conoce mejor instrumento da
defensa propia que ol verdugo, y que p~larna. . • su propia bru·
talidad como ley eterna. . . acaso no es necesario refl"xionar pro-
fundamente sobre lo modificación do! sistema que engendra estos
crúnenet, en lu¡ar de glorificar al verdu¡o que ojecuta a un grupo
de criminales con ol fin de dejar lugar para la bornada que si¡ue".
"Capital Punishment" New York Daily Tribuna, 18 de febrero de
1853.

114
niega expres1on, en definitiva se manifestarán
por medio de la violencia. La segunda conclusión
es que si la fuente principal de conflictos políti-
cos e ideológicos en las modernas sociedades ca-
pitalistas ha sido la oposición entre las clases, y
si dichos conflictos han contribuído a definir al-
gunas de las condiciones vitales de la democracia
--el derecho de disención y de crítica, el dere-
cho a crear asociaciones independientes del Es-
tado-- debemos considerar la posibilidad de que
la abolición o aún la declinación de las clases so-
ciales abra el camino al desarrollo de una socie-
dad de masas, en la que la élite posee ilimitado
poder, tanto como a la creación de una sociedad
igualitaria y democrática.

115
J
IV

LA CLASE SOCIAL, LA POLÍTICA


Y LA CULTURA

El movimiento igualitario que n ació con los


clubes socialistas, los sindicatos, las empresas
cooperativas y las comunidades de los utopistas,
se fortaleció a lo largo del siglo XIX, a medida
que se desarrollaba el capitalismo. Con el andar
del tiempo, est e movimiento ha adoptado for-
mas muy distintas - así, por ejemplo, las luchas
por los derechos de las mujeres y contra las dis-
criminaciones raciales, y más recientemente los
esfuerzos por disminuir la distancia entre las
naciones ricas y pobres- pero su fuerza impul-
sora ha sido siempre la oposición a la jerarquía
de las clases sociales. Se atribuye al sistema de
clases de las sociedades capitalistas el carácter
de fundamento mismo de la desigualdad, en el

117
que se originan los principales obstáculos que se
oponen a la realización y al goce individual, los
conflictos básicos dentro de las naciones y entre
ellas, el predominio político de las minorías pri-
vilegiadas.
En este movimiento, el análisis que hizo Marx
de la sociedad capitalista adquirió -directa o
indirectamente-- una gran influencia, por las
conexiones que estableció entre las clases socia-
les y las instituciones políticas. De acuerdo con
Marx, la clase social superior -formada por los
propietarios de los principales medios de produc-
ción- es necesariamente la clase dominante; es
decir, también controla los principales medios
de dominio político: la legislación, Ios tribuna-
les, la administración, la fuerza militar y los or-
ganismos de persuación intelectual. Las otras
~lases sociales, que de distintos modos padecen
bajo este dominio, son la fuente de la oposición
política, de las nuevas doctrinas sociales, y con
el tiempo de una nueva clase gobernante. Pero
sólo en las modernas sociedades capitalistas se
plantea una situación en la que las clases anta-
gónicas se reducen a dos grupos claramente defi-
nidos, uno de los cuales -la clase trabajadora-
como no incluye nuevas divisiones sociales sig-

118
nüicativas, promueve un credo igualitario e ini-
cia una lucha política con el fin de crear una so-
ciedad sin clases.
El atractivo que ejerce la teoría de Marx es
doble: suministra una formulación clara y suges-
tiva de las aspiraciones de la clase trabajadora,
y al mismo tiempo ofrece una explicación del
desarrollo de las formas sociales y gubernamen-
tales, y especialmente del ascenso del propio mo-
vimiento obrero moderno. En la actualidad no
faltan gobiernos que son muy evidentemente ins-
trumentos del dominio de una clase superior, co-
mo en los países de economía atrasada, en los
que los terratenientes dominan a un campesina-
do carente de educación, desorganizado y des-
moralizado. Cuando Marx inició sus estudios el
carácter de clase de los gobiernos era igualmente
visible en los países europeos que habían inicia-
do el camino de la industrialización. Durante
gran parte del siglo XIX sólo los propietarios go-
zaban de plenos derechos políticos en estas so-
ciedades; y apenas puede afirmarse que fuera
una exageración afirmar que el gobierno era "un
comité de administración de los negocios gene-
rales de la burguesía". En muchos países euro-

119
peos se estableció al fin el sufragio universal só-
lo durante las primeras dos décadas del siglo xx.
Puesto que la democracia política es un pro-
ceso tan reciente, mal puede criticarse a Marx
porque no consideró todas sus implicaciones pa-
ra la asociación entre el poder económico y el
político. En todo caso, no subestimó la impor-
tancia del sufragio. En un artículo escrito en
1852, en el que analizó el programa político de
los cartistas, formuló la siguiente observación:

"La implantación del Sufragio Universal en Inglaterra


sería, por lo tanto, una medida mucho más socialista que
todo cuanto ha sido honrado con ese nombre en el Conti-
nente. Su resultado inevitable, aquí, es la supremacía de la
clase trabajadora11. 1

Es verdad que posteriormente Marx aludió de


un modo más desdeñoso al derecho de "decidir
una vez cada 3 ó 6 años cuál dEl los miembros
de la clase gobernante asumirá falsamente la
representación del pueblo en el Parlamento".2

t Carlos Man.:, ''The ChartÍ$ts", New York Daily Tribu.ne, 25


de agosto de 1852. Es notable el hecho de que este artículo baya
sido omitido en la recopilación comunista oficial de los escritos de
Marx y Engeb •obre Gran Brétaña.
2 La ¡¡uerrs civil en Francia ( 1871).

120
Pero agregaba inmediatamente: "Por otra parte,
nada podría ser más extraño al espíritu de la Co-
muna que sustituir al sufragio universal con la
representación jerárquica''. En realidad, las ~i­
tuaciones que determfoaron estas opiniones di-
vergentes eran muy distintas. En un caso Marx
se refería a un estado de cosas en el que un mo-
vimiento de la clase trabajadora, organizado en
gran escala, podría ir a las elecciones con candi-
datos de confianza; mientras que en el otro rea-
lizaba una comparación entre un gobierno con-
creto de la clase trabajadora -la Comuna-
y una situación anterior en la cual la clase tra-
bajadora podía votar solamente por uno o por
otro de los partidos burgueses.
La existencia de grandes partidos obreros se
ha convertido en un rasgo normal de los países
capitalistas democráticos, y ésta es una de las
principales circunstancias (otra es el sistema
político de las sociedades de tipo soviético) que
plantea nuevos problemas vinculados con la re-
lación entre la clase y la política. En un sistema
político de esta clase, ¿es posible seguir conside-
rando como clase gobernante permanente a los
propietarios privados? A su vez, ¿puede afirmar-
se que la clase obrera es todavía una fuerza ra-

121
<lical y revolucionaria, que busca establecer una
dase igualitaria? ¿Las relaciones entre las clases
en la esfera política tienen todavía el mismo ca-
rácter que en las sociedades del siglo XIX, con
sus limitadas libertades? ¿Han surgido nuevas
divisiones políticas paralelamente a las que ya
e:xistían entre las clases, o en lugar de ellas?
¿O acaso los conflictos políticos han perdido
parte de la urgencia y la importancia que exhi-
bieron en el período que presenció el ascenso y
desarrollo del movimiento obrero? Estos proble-
mas están en la base de las actuales controver-
sias sobre la cambiante estructura de clase de las
sociedades industriales.
Así, por ejemplo, suele señalarse la g.ran com-
plejidad del gobierno en las sociedades moder-
nas y la influencia ejercida por los diversos gru-
pos de intereses consultados con vistas a la for-
mulación de la política general; para argüir lue-
go que donde el poder está dividido entre mu-
chos grupos diferentes, cuyos intereses no siem-
pre coinciden, el concepto de "clase gobernan-
te" ha perdido todo su sentido. Pero si realmente
el poder está tan dividido, ¿cómo se explíca que
los propietarios privados -la clase superior en
el sentido de Marx- todavía predominen de

122
manera tan acentuada en el gobierno y la admi-
nistración, y en otros cargos propios de la élite;
o que haya tan escasa redistribución de la ri-
queza y la renta, a pesar de los laborioc:os y cons-
tantes esfuerzos del movimiento obrero para ob-
tenerla? Sobre la base de los elementos mencio-
nados en el último capítulo, ¿no es razonable
llegar a la conclusión de que, a pesar de la de-
mocracia política, y a despecho de los limitados
conflictos de intereses que se suscitan entre gru-
pos de la élite pertenecientes a distintas esfe-
ras, la clase superior de las sociedades capitalis-
tas es todavía un grupo social diferenciado y en
esencia capaz de perpetuarse, que todavía ocupa
las posiciones vitales del poder? Ese poder qui-
zás es menos imperioso, y ciertamente se ejerce
de modo menos arrogante que en la etapa ante-
rior, porque tropieza con una oposición organi-
zada y con la prueba de las elecciones, y porque
ot ras clases han conquistado un limitado acceso
a las élites; pero de todos modos el poder que ha
conservado le permite defender con éxito sus in-
tereses económicos más importantes.
El concepto de "clase gobernante" suscita
otras dificultades, pero las be analizado extensa-

123
mente en otro lugar,3 de modo que no continuaré
considerándolas en el presente contexto. En todo
caso, los cambios de la situación de la clase tra-
bajadora, y especialmente de su papel político
constituyen el factor que ha impresionado par-
ticularmente a los estudiosos de las estructuras
de clases en el periodo de posguerra. Afirmase
que la "nueva clase obrera" ha conquistado la
prosperidad económica y aspira a los niveles de
vida propios de la das~ media: • en consecuen-
cia, ahora tiene menos conciencia de clase y des-
de el punto de vista político es menos extremista.
¿Hasta qué punto están justificadas estas infe-
rencias políticas? En general, puede afirmarse
que la conciencia de clase es una forma de la
"conciencia de afinidad" que se desarrolla en to-
dos los grupos sociales est~bles; por ejemplo, la
conciencia de que se pertenece a una nación de-
terminada. En este sentido, la aparición de la
conciencia de clase, el uso cada vez mayor del
término "clase" para describir la posición de un
individuo en la sociedad, es en sí mismo indicio
de que han nacido nuevos grupos sociales.~ Pero

a Véese mi obra Elites and Soeiety, Capítulo U.


• Véase más arriba, páp. 44-SO.
6 Hoy unn buena exposición de A•a Bri¡igs, "Tbe Languoge.

124
---- - ~ -----~1!111-let

tal como Marx utiliza el término - y en este úl-


timo sentido ha ejercido profunda influencia
tanto sobre las teorías sociológicas como sobre
las doctrinas políticas-, la "conciencia de cla-
se" implica algo más; a saber, la gradual forma-
ción de ideologías diferenciadas y de organiza-
ciones políticas cuyo objeto es la promoción de
intereses particulares de clase en un conflicto ge-
neral entre las clases.º
Marx afirmó que la creciente conciencia de
clase del proletariado revelaba estas caracterís-
ticas en grado excepcional; pues se expresaba en
ideologías y movimientos políticos que subraya-
ban vigorosamente el conflicto de intereses eco-
nómicos entre los capitalistas y los obreros, y
que proponía cambios sociales de carácter radi-
cal como medio de acabar con el sistema social
basado en las clases. Por consiguiente, la clase
obrera era un elemento revolucionario de la so-

of ,.Clonn in Early Nineteenth Century England", en Asa Briw


y John Soville (editores), Enay! ;,. Labour History (1960).
O Al escribir sobre el campesinado en El 18 Brumario do LuD
Bonaparto, Marx observ6: "Bn la medida en que los campetinos
que poseen pequeños parcelas mantianon eimplemente una inter-
conexi6n local, y en que la identidad de sus intereses no en¡endra
una comunidad, ni un vínculo nacional, y en que carecen de orga-
niz.aci6n política, no íorman una clase".

125
"

ciedad; más revolucionario, ciertamente, que


cualquiera de las anteriores clases oprimidas, ya
que se proponía conscientemente la abolición de
todo el sistema de clases. Como escribió Marx,
con juvenil entusiasmo, en un esbozo de su teo-
ría de las clases modernas que sirvió para orien-
tar todo su pensamiento maduro:

"Debe formarse una clase que e$té aherrojada por ca·


denas radicales, una clase en ta sociedad civil que no sea
una clase de la sociedad civil, una clase que es la disolu-
ción de todas tas clases, una esfera de la sociedad que
posee carácter universal porque sus padecimiento.s son
universales, y que no formula una reivindicación particu-
lar porque el mal que se le hace no es un mal particular,
sino mal en general. Debe formarse una esfera social que
no reclame una jerarquía tradicional, sino solamente una
jerarquía humana . .. una esfera, finalmente que no pue-
de emanciparse sin emanciparse de todas las restantes
esferas de la sociedad, y por consiguiente sin emancipa•
a todas las esferas; que, en resumen, configura una pér-
dida total de humanidad, y que sólo puede redimirse
mediante una total redención de la humanidad. Esta di-
solución de la sociedad, como clase particular, es el prc-
letariado".1

7 Carlos Me.rx, "Crítica de la Filosofía del Derecho de Ho¡el",


en los Anales Francoalemane• ( 1844).

126
Esta concepción de la clase trabajadora como
animadora de un movimiento revolucionario que
creará una sociedad sin clases, les parece a mu-
chos sociólogos sumamente discutible a la luz de
las investigaciones recientes. No es que se niegue
en general el predominio de la conciencia de cla-
se y la afiliación política. Las investigaciones so-
ciales han revelado claramente que la mayoría
de las personas están familiarizadas con la es-
tructura de clase de su propia sociedad, y que
tienen conciencia de su propia posición en ella.
También se ha demostrado que la integración en
la clase es todavía la influencia particular más
poderosa que se ejerce sobre las actitudes socia-
les y políticas de una persona; y que los princi-
pales partidos políticos de la mayoría de los
países representan intereses predominantemente
clasistas. Lo que los estudios recientes ponen en
tela de juicio es la idea de que en los países in-
dustriales avanzados la clase trabajadora se es-
fuerza por promover una transformación revolu-
cionaria de la sociedad, en lugar de procurar la
obtención de reformas parciales en el marco de
la estructura social existente; o que exista la in-
compatibilidad y oposición totales entre las doc-
trinas y los objetivos de los partidos políticos que

127

reciben apoyo de diferentes clases. De acuerdo


con la teoría de Marx, la clase obrera era revo-
lucionaria en dos sentidos: primero, porque bus-
caba o buscaría producir la transformación más
amplia y fundamental de las instituciones socia-
les que haya ocurrido jamás en la historia de la
humanidad; y segundo, porque lo haría en el
curso de un prolongado conflicto con la burgue-
sía, que culminaría probablemente en una vio-
lenta lucha por el poder. La naciente clase obre-
ra de mediados del siglo XIX encajaba bastante
bien en este esquema, elaborado sobre todo a
base de las experiencias de la Revolución Fran-
cesa. Y se arguye que la "nueva clase obrera" de
mediados del siglo xx encaja mediocremente
en él.
Los estudios de los obreros industriales reali-
zados durante la última década coinciden gene-
ralmente en que ha decaído la adhesión de los
mismos a los fines colectivos, y también, por lo
tanto, su entusiasmo por la acción de clases para
establecer u.n nuevo orden social. En su estudio
de los obreros de cuatro empresas modernas,
F. Zweig observa que "cuando habla de las cla-
ses, un hombre parecería pensar esencialmente
-en sí mismo, en el aspecto individual del proble-

128

, ... ,-,,..... - ..
ma, y no en la situación social o en la estructura
social",8 y continúa señalando que si bien dos
tercios de los obreros a quienes entrevistó se in-
cluían en la clase obrera, este reconocimiento de
su identidad de clase no estaba acompañado por
sentimientos intensos de fidelidad a la clase. Un
estudio realizado sobre los obreros franceses 9
llega a conclusiones muy semejantes. Los auto-
res distinguen tres tipos de reacción en los obre-
ros fabriles frente a la situación en la economía
y la sociedad: ( 1) evasión (el intento de esca-
par del trabajo industrial, para lo cual procuran
elevarse a una posición más alta en la misma
firma, o establecerse en una actividad por cuenta
propia); ( 2) resignación (una actitud de hosca
y resentida aceptación de la labor industrial co-
mo un destino inexorable); y ( 3) rebelión ( opo-
sición y resistencia a la organización capitalista
de la industria). De estos tres tipos, el segundo
es con mucho el más común, y el tercero es el
menos común; y aun el 9 por ciento de los obre-
ros que pertenecen a la última categoría, los que
creen que pueden mejorar su situación mediante

S F. Zwei¡, The Worker in an Allluont Socinty ( 1961), pá-


¡!na 134.
O A. Andrioux, J. Llgnon, L' Ouvríer d'nuíourdhul (1960).

129
la acción colectiva, ya no piensan que la socie-
dad futura podrá modificar fundamentalmente
la posición subordinada del obrero en la fábrica.
Los autores resumen los resultados obtenidos
con la afirmación de que si bien los obreros que
ellos han estudiado todavía poseen conciencia
colectiva (es decir se consideran "obreros", cla-
ramente diferenciados de otros grupos de la
población), ya no persiguen fines colectivos. El
obrero actual es "un hombre separado de las tra-
diciones de la clase trabajadora, un hombre que
no posee principios generales, ni una concepción
del mundo que puedan orientar su vida". 1º Los
autores observan que esta conclusión coincide
totalmente con las que se han extraído en una
serie de estudios realizados en Alemania por Po-
pitz, Bednarik y otros. En su estudio de los obre-
ros de la industria siderúrgica del Ruhr, 11 Po-
pitz y sus colaboradores demuestran que existe
una vigorosa conciencia de clase obrera, organi-
zada alrededor de la distinción entre los obreros
manuales y los que planifican, dirigen y ordenan
el trabajo; pero los que todavía piensan como

10 Op. cit., pli1. 189.


u H. Popitz, H. P. Bahrdt, E. A. Jüres, H. Kesting, Das Ge-
1ellS<:h11/t1bíld dt>1 Arbt!itors (1957).

130
-
marxistas en la victoria de la clase obrera y en
la conquista de una sociedad sin clases constitu-
yen una pequeña minoría. En el mismo sentido,
Bednarik concluye su ensayo sobre el obrero jo-
ven contemporáneo con la afirmación de que "la
sociedad ha dejado de ser un ideal para la clase
obrera" y de que el trabajador "tiende cada vez
más a retirarse a la vida privada".12
Goldthorpe y Lockwood agrupan varias de es-
tas ideas en su análisis del concepto de aburgue-
samiento,18 y sugieren que en los países indus-
triales de Occidente se ha producido una conver-
.gencia entre la "nueva clase media" y la "nueva
clase obrera", lo que ha determinado una con-
cepción peculiar de la sociedad, distinta tanto del
radical individualismo de las antiguas clases me-
dias como del colectivismo integral de la antigua
clase trabajadora. En esta nueva perspectiva so-
cial se acepta generalmente el colectivismo co-
mo un medio (y ello explica la difusión del sin-
dicalismo entre los empleados y trabajadores de

12 K. Bednaril<, Der iuna. Arbeiter von beut......,in nouer Typ


(1953), pá¡s. 138-139, 141.
18 John H. Goldthorpe, David Lockwood, "A!flue.nee and the
British Class Struc:ture", SocioJo,iul Reviow, XI (2) julio de 1963.
V~ase más arriba, págs. 4 ?-SO.

131
"'

cuello blanco), pero ya no como un fin (lo cual


explica el debilitamiento de la adhesión de los
obreros a su propia clase). Goldthorpe y Lock-
wood utilizan las expresiones "colectivismo ins-
trumental" y "actitud centrada en la familia"
para describir el complejo de creencias y de po-
siciones que conforman esta concepción de la so-
ciedad. La segunda expresión alude al fenómeno
que otros autores han descrito como un retiro a
la vida privada, y que se refleja en el hecho de
que el obrero individual se preocupa esencial-
mente por el nivel de vida de su familia, por sus
propias perspectivas de progreso, por la educa-
ción de sus hijos y por las oportunidades que se
les ofrecen de ocupar cargos de categoría su-
perior.
La segunda característica de la clase trabaja-
dora como fuerza revolucionaria - a saber, su
participación en violentas luchas de clase-,
puede ser analizada más brevemente. En todos
los países industriales avanzados la violencia de
los conflictos de clase ha disminuido considera-
blemente durante las últimas décadas, y los par-
tidos obreros que todavía creen probable alcan-
zar sus objetivos mediante el empleo de la fuer-
za son escasos e insignificantes. La transforma-

132
ción de las condiciones que prevalecían a fines
del siglo XIX ha sido provocada por varios fac-
tores, entre los cuales podemos destacar el des-
arrollo de la democracia política, el poder más
eficaz de los gobiernos modernos -que aprove-
chan los grandes progresos de la tecnología mi-
litar, la administración y las comunicaciones-
y los cambios ocurridos tanto en la naturaleza de
los objetivos de la clase obrera como en las rela-
ciones entre las clases. Sería un error negar to-
talmente el papel de la fuerza en el desarrollo
de los conflictos políticos de los países industria-
les de Occidente; pues no sólo hubo violentas lu-
chas de clases en época tan cercana como la dé-
cada de 1930, sino que otros tipos de conflicto
social -por ejemplo, entre los negros y los blan-
cos en Estados Unidos- a menudo provocaron
estallidos de violencia durante la última década.
Sea como fuere, los episodios de lucha violenta,
especialmente entre las clases, se observan ahora
sobre todo en los países que acaban de embar-
carse en un proceso de industrialización.
Ciertos cambios en las relaciones entre las cla-
ses de las sociedades capitalistas han acompa-
ñado a los cambios de carácter de las principales
clases sociales; y han influido sobre estos últimos

133
y han sido influidos por ellos. En la medida en
que se ha acentuado la movilidad social, y en que
ha aumentado el número de miembros de la cla-
se media, la imagen de la sociedad como un todo
dividido en dos grandes clases antagónicas ha
perdido nitidez, debido a la superposición de otra
imagen, en la cual la sociedad aparece como una
indefinida y cambiante jerarquía de posiciones
de status, que se fusionan unas con otras, y en-
tre las cuales los individuos y las familias pue-
den desplazarse con facilidad mucho mayor que
antaño. Además, la lucha económica cotidiana
entre los trabajadores y los patrones ha sido re-
glamentada cada vez más por el Estado, me-
diante la creación de nuevas instituciones socia-
les de negociación, arbitraje y consulta. Ésta es
la situación que induce a Ralf Dahrendorf a re-
ferirse en su obra Class and Class Conilict in In-
dustrial Society a las "sociedades postcapitalis-
tas", en las que los conflictos obreros han sido
institucionalizados, y por consiguiente aislados
de la esfera política; y aunque esto constituye
una exageración --en la medida en que los con-
flictos políticos giran todavía principalmente al-
rededor de los intereses de clase, y en que se les
reconoce generalmente ese carácter-, la afir-

134
mación incluye un elemento de verdad, en cuan-
to apunta a la moderación de la hostilidad entre
las clases y a la aparición de problemas políticos
.que e.n cierto grado están separados de las cues-
tiones que hacen al interés de clase. Los princi-
pales partidos políticos de los países industriales
de Occidente tienen indudablemente cierta base
común; y el desarrollo de la ciencia y la tecnolo-
gía, el crecimiento económico y el ascenso de los
niveles de vida, la congesti6n urbana y la delin-
cuencia son algunas de las cuestiones que deben
ser encaradas políticamente más o menos sobre
las mismas líneas en todos los países industriales.
Las transformaciones sociales que han deter-
minado la creación de "la nueva clase obrera",
así como un clima político en el que son raras
las confrontaciones violentas entre las clases, han
sido interpretadas por algunos sociólogos como
una fase fundamental de un proceso que está lle-
vando a la asimilación total de la clase traba-
jadora en la sociedad contemporánea, como el
principio del "fin de la ideología" en el preciso
sentido de la decadencia de las doctrinas socia-
listas que plantean una crítica radical de la so-
ciedad actual y la esperanza de una forma social
.alternativa. Pero esta interpretación va más allá

135
de los hechos comprobados por la investigación
sociológica. Reposa, por ejemplo, en una tácita
comparación entre el estado actual de la con-
ciencia de la clase obrera y su estado en una épo-
ca anterior vagamente situada e imperfectamen-
te conocida, a la que se concibe como un período
de resolución y de militancia heroicas. A esto
puede oponerse el hecho de que en las últimas
décadas, durante el período mismo en que, se-
gún se afirma, la clase trabajadora ha adquirido
una visión más afín a la que es propia de la clase
media, el apoyo a los partidos socialista euro-
peos se ha mantenido o ha aumentado sustan-
cialmente. Puede objetarse que se ha conquis-
tado este apoyo mediante la eliminación progre-
siva de las ideas definidamente socialistas inclui-
das en el programa de dichos partidos. Pero
también esto último es dudoso. El lenguaje del
socialismo ha cambiado en el curso del último
siglo de un modo que sería conveniente estudiar
más atentamente, pero los objetivos del movi-
miento obrero --el colectivismo y la igualdad
social- no han sido abandonados, y ni siquiera
discutidos seriamente.
La imagen de la apatía y la falta de entusias-
mo de la clase obrera frente a 1os objetivos co-

136
lectivos, esbozada por los estudios mencionados
anteriormente, debe ser considerada, por consi-
guiente, como una instantánea tomada en un
momento dado, y no como el cuadro final de un
film en episodios. Y aun en su condición de ins-
tantánea no puede hacer justicia a todos los as-
pectos de la situación. En su estudio de la "nueva
clase obrera" al que nos hemos referido antes/•
Serge Mallet sugiere que, debido a que el obrero
como productor todavia se siente dominado y
constreñido, al paso que como consumidor expe-
rimenta un nuevo sentimiento de libertad y de
independencia, es precisamente en relación con
el medio obrero que se expresa con mayor vigor
la conciencia de clase; 1 •~ ello es visible, piensa
este autor, en la cambiante naturaleza de las exi-
gencias sindicales formuladas en los sectores mo-

1• Véase más arriba, p&p. 43-52.


l~ Esta situaci6n •• r<1fleja muy claramente en loo comentarios
de los obreros reproducidos en el estudio de Andrieux y Lignon
(op. cit.,) Mencionan fr""uente y amargamente la diferencia del
tratamiento que les dispenoan otras personas, ae¡ún que los reco-
nozcan como obreros (en la fábrica, cuando so diri¡en al trabajo)
o como ciudadanos (en los momentos de ocio). Un obrero resumi6
In situación diciendo que como trabajador se le atropellaba, pero
" ... cuando viajo en rni coche y me detengo para pre¡untar algo,
el policía se acerca con la mano en la gorra, porque cree que está
tratando con un caballero" (págs. 31-32).

137
-demos de la industria, las que procuran, con
energía cada vez mayor, la conquista de jorna-
das de trabajo más breves, vacaciones más pro-
longadas y mayor control sobre la política de la
dirección fabril. Estas reivindicaciones reflejan
el deseo de la "nueva clase obrera" de modificar
radicalmente su situación en el sistema de la pro-
ducción, en un sentido cercano a las ideas del
pensamiento socialista clásico. Puede agregarse
que las mismas aspiraciones se reflejan en la dis-
cusión cada vez más amplia de las diversas for-
mas de cooperación entre los productores, la que
ha sido inspirada sobre todo por el progreso de
la administración obrera autónoma en Yugos-
lavia.
En las sociedades industriales de Occidente
actúan otras influencias que alimentan las con-
troversias ideológicas sobre la forma futura de
la sociedad, y que apoyan sobre todo a las doc-
trinas socialistas de la clase trabajadora. Una de
las más importantes es la extensión y la acepta-
·CÍÓn más generalizada de la propiedad pública
de la industria, de la administración pública de
la economía y del suministro público de una am-
plia variedad de servicios sociales y culturales.
El contraste entre la "opulencia privada" y la

138
"pobreza pública", a la que ha aludido J. K Gal-
braith, ha despertado la conciencia de numero-
ssas personas al hecho de que en las sociedades
modernas muchas de las comodidades privadas
más valiosas sólo pueden ser alcanzada s o pre-
servadas mediante la acción del Estado. Es posi-
ble que los individuos dispongan de recursos su-
ficientes para satisfacer sus propias necesidades
de alimentos, vivienda, transporte y algunos ti-
pos de entretenimiento, pero no pueden asegurar
individualmente todo lo que necesitan cuando
se trata de caminos, de facilidades deportivas o
de recreación, de buenas condiciones de trabajo,
o de la creación de un medio urbano agradable
y atractivo. La persecución irrestricta de la ri-
queza privada y del goce privado lleva cierta-
mente al empobrecimiento de estos vitales servi-
cios públicos.
En la esfera económica el desarrollo de las
empresas que operan en muchas de las principa-
les ramas industriales, y la aproximación al con-
trol monopolista en algunos sectores, ha reducido
1a diferencia que existía entre el funcionamiento
de las empresas públicas y las de propiedad pri-
vada; y si en el momento actual el público no se
-excita mucho por el problema de la "nacionali-

139

zación" de la industria, ello se debe en parte a


que se da por sobrentendido que el cambio de
propietarios no afectará el desempeño económi-
co de la industria. En parte el hecho obedece a
que se reconoce que de todos modos la economía
general de una sociedad moderna debe respon-
der cada vez más a la regulación y la orientación
de las autoridades políticas, si se quiere obtener
un índice consecuentemente elevado de desarro-
llo por la aplicación sistemática de la ciencia a la
producción. En la actualidad el empresario ha
perdido gran parte de su importancia; en cam-
bio, el administrador capaz (que muy bien pue-
de ser un funcionario público) y el hombre de
ciencia son dos figuras mucho más importantes.
La provisión cada vez más amplia de servi-
cios sociales por el Estado, promovida en los úl-
timos tiempos sobre todo por la presión del mo-
vimiento obrero, ha fortalecido también la con-
cepción socialista de una sociedad más colecti-
vista e igualitaria. Es posible que la legislación
social del Estado de bienestar social no sea pre-
ponderantemente igualitaria, ni en la intención
ni en los efectos,1° pero a medida que se amplía,
10 Se hallará un examen de esto punto en T. H. Marshall, So-
ci~IPolicy (1965). Capítulo 13, "Retrospoct and Prospect".

140
y que con el tiempo acaba por incluir una "polí-
tica de regulación de los ingresos", se aproxima
también la situación en la que, como lo ha obser-
vado un sociólogo alemán, la función de la po-
lítica social consiste en determinar el orden de
prioridad de las reivindicaciones contra el pro-
ducto nacional.11 Y éstas son las condiciones que
coincidirían más cabalmente con las institucio-
nes propias de una sociedad sin clases.
Este análisis de las clases y de las ideologías
en las sociedades occidentales sugiere que la
clase trabajadora puede ser considerada todavía
una fuerza independiente de la vida política, la
que aún procura promover modificaciones radi-
cales de la estructura social; pero también indica
que el desarrollo de la clase obrera se ha sepa-
rado en muchos sentidos del curso previsto por
Marx y los primeros marxistas. Era inevitable
que la teoría marxista abordara las primeras eta-
pas de formación de la clase trabajadora, y que
sugiriera hipótesis generales antes que conclu-
siones definidas fundadas en una investigación
intensa. Los soci61ogos marxistas --en todo caso
poco numerosos- no han profundizado mucho

17 Citado por T. H. Mmshall, op. cit., pág. 183.

141
el estudio empírico de las clases sociales. A me-
nudo pareció que escribían acerca de una socie-
dad imaginaria, en la que una lucha de clases
pura se desarrolla inexorablemente, inmune a los
hechos de la vida práctica, como por ejemplo el
advenimiento de la democracia política, la exten-
sión de los servicios sociales, el incremento de la
renta nacional o la creciente regulación guber-
namental de la economía. Por su dramática vi-
sión de una confrontación revolucionaria entre
las clases y su optimismo inicial con respecto
al desarrollo del movimiento obrero, el propio
Marx dio cierto impulso a una concepción de
este tipo. Se habían conocido revoluciones bur-
guesas, por consiguiente habría revoluciones pro-
letarias.
N i Marx ni sus partidarios examinaron debi-
damente los puntos fuertes y débiles de las prin-
cipales clases sociales, muchos de los cuales han
sido descubiertos gracias a la experiencia de. los
últimos 50 ó 60 años. Marx insistió en que las
ideas predominantes en cualquier sociedad son
las ideas de la clase gobernante. Pero no consi-
deró seriamente la importancia que podían te-
ner las ideas mismas como puntos de apoyo de
ese gobierno, ni las cillicultades que la clase obre-

142
ra afrontaría cuando intentara oponerte sus pro-
pias ideas.16 Sin duda pensó que su propia teoría
social ejercería gran influencia (como en efecto
ocurrió) y también contó con el fracaso econó-
mico del capitalismo -las crisis cada vez más
acentuadas- como factor de descrédito de las
ideas burguesas. En realidad, las ideas se han
desacreditado sólo durante breves períodos, en
las sociedades que fueron derrotadas en el curso
de una guerra, y únicamente en esas circunstan-
cias han ocurrido las principales revoluciones del
siglo XX. Salvo esos casos, podemos afirmar que
la clase trabajadora de todos los países ha conti-
nuado sufriendo la influencia profunda de las
ideas dominantes de la sociedad capitalista; por
ejemplo, el nacionalismo y el imperialismo, la
concepción competitiva, adquisitiva y posesiva
de la naturaleza humana y de las relaciones so-
ciales, y en los últimos tiempos el concepto de
que el propósito supremo de la sociedad es la

l~ Do los marxistas posteriores Gram.ci fue el único que enceró


seriamente estos problemas, y me inclino a pensar que fue influído
en esto sentido por el trabajo de su compatriota Mosca, que habla
int roducido el t<lrmino "fórmula política" para describir el cuerpo
de doctrine que de acuerdo con Ja opini6n del autor toda das&
gobomante tien& que desarrollar; y quo ha do imponer al resto de-
la sociedad, si pretende conservar el poder.

143
creación de una riqueza material cada vez ma-
yor. Las tentativas de combatir estas ideas han
tropezado con inmensas dificultades. El ideal
del internacionalismo de la clase obrera, en opo-
sición a las rivalidades nacionales y a la guerra
entre las naciones, nunca se ha realizado más que
en forma parcial, debido a las diferencias de
idioma y de cultura y a los múltiples problemas
inherentes a la creación de asociaciones interna-
cionales en cualquier nivel. Por otra parte, la idea
de la competencia y de la actividad como actitu-
des esencialmente adquisitivas resulta fácilmen-
te aceptable cuando se la asocia con la igualdad
de oportunidades -real o supuesta-, un obje-
tivo por cuya consecución la propia clase traba-
jadora ha luchado; en cambio, la idea del des-
arrollo económico ininterrumpido debe atraer
- y con razón- a los que se esfuerzan por salir
de la pobreza permanente.
Pero a pesar de dichas dificultades las ideas
igualitarias y colectivistas se han difundido con-
siderablemente durante este siglo. Lo han hecho
más lentamente de lo que Marx esperaba, pero
ello puede significar simplemente que se equivo-
có en los plazos, y que acertó en cuanto a la orien-
tación general de la transformación. El problema

144
es ahora si estas ideas han perdido su fuerza y
han comenzado a retroceder, o si todavía se mues-
tran activas y eficaces. Como ya hemos visto,
cierto número de sociólogos observa la declina-
ción del entusiasmo de la clase obrera con respec-
to a sus objetivos de carácter colectivo, la pér-
dida de su interés por una misión social y el gra-
dual decaimiento de una cultura obrera diferen-
ciada. Algunos estudiosos, entre ellos S. M. Lip-
set, ven en la combinación de la democracia po-
lítica y de los altos niveles de vida la realización
final de la "buena sociedad", y por consiguiente
el punto terminal del movimiento obrero: " ... la
democracia no es sólo o siquiera esencialmente
un medio que diferentes grupos utilizan para al-
canzar sus fines o para obtener la buena socie-
dad; la democracia es la buena sociedad misma
en funciones". 1º Lipset admite que todavía hay
cierta lucha de clases en los países capitalistas,
pero entiende que ella se relaciona únicamente
con la distribución de la renta y no con la trans-
formación profunda de la estructura social de la
cultura; y también cree que hay una tendencia
constante hacia la mayor igualdad de ingresos,

lD S. M. Lipset, Political Man, p6g. 403.

145
fenómeno que está convirtiendo la lucha en un
proceso de regateo limitado entre grupos de in-
tereses, al mismo tiempo que la despoja de todo
significado ideológico o político.
Hay varias razones que inducen a adoptar una
actitud cautelosa antes de aceptar la idea de que
la paz relativa en el frente ideológico, y la apa-
rente disminución del vigor de los ideales socia-
les de la clase trabajadora se han convertido en
rasgos permanentes de las sociedades capitalis-
tas, y de que se ha alcanzado la forma final de la
sociedad industrial. Primero, es probable que
crezca el descontento a medida que se advierta
más claramente que no existe una tendencia ha-
cia la mayor igualdad económica, y que, por el
contrario, existen movimientos muy poderosos
que tienden a producir una distribución más des-
igual de los ingresos y de la riqueza siempre que
se relaja la presión política e industrial de la
clase obrera. Es evidente, por ejemplo, que en
algunos países occidentales existe gran despro-
porción entre los modestos incrementos de sala-
rios reclamados en los últimos años por muchos
obreros industriales, y los grandes aumentos pe-
didos por algunos grupos de profesionales. Los
profesionales cuentan con muchas ventajas cuan-

146

1
do se trata de obtener la satisfacción de sus re-
clamos, especialmente donde el número de per-
sonas calificadas está limitado por la naturaleza
del sistema educacional; en general, los grandes
medios de difusión atribuyen a sus actitudes una
interpretación más simpática que a los gestos
similares de los obreros industriales; y según
parece, la conciencia de clase de estos grupos, y
su decisión de mantener o mejorar la posición
que han conquistado en la sociedad está acen-
tuándose y no disminuyendo. En la sociedad con-
siderada en conjunto es probable que el perma-
nente desarrollo económico, que ha beneficiado
a la clase obrera, haya aportado aún mayores
ventajas a aquellos cuyos ingresos derivan total
o principalmente de la posesión de capital. Por
consiguiente, si la paz ideológica y el desarrollo
tranquilo y moderado de la lucha entre las clases
o los intereses de los grupos dependen del efec-
to de cierta tendencia hacia una mayor igualdad
económica, en el momento actual de ningún mo-
do puede considerárselos asegurados.
Un segundo aspecto, que a mi juicio es aún
más importante, consiste en la existencia de una
d iscrepancia cada vez más acentuada entre la si-
t uación de la clase obrera en el trabajo y en los

147
momentos libres. La estabilidad en el empleo y
los niveles de vida cada vez más elevados han
creado más libertad de elección y mayor inde-
pendencia de acción para los obreros cuando es-
tán fuera del ]ugar de trabajo, y sobre todo los
obreros más jóvenes han aprovechado esas nue-
vas oportunidades. Pero uno de los resultados
de esta situación es que se ha acentuado el con-
traste entre el traoajo y el ocio: en el trabajo
todavía hay imposición, subordinación estricta,
falta de responsabilidad, ausencia de medios de
autoexpresión. Todos los estudios de la clase
obrera moderna a los que he pasado revista an-
tes, destacan claramente que los obreros tienen
profunda conciencia de esta división de su vida
cotidiana, y que odian acerbamente el actual
sistema de tra bajo industrial. Sin duda verían
reflejada su p r opia condición en la observación
de Marx según la cual, el obrero " ... no se reali-
za sino que se. niega en el trabajo, experimenta
sufrimiento antes que bienestar, no desarrolla
libremente sus potencias mentales y fisicas, y por
el contrario se agota físicamente y se rebaja men-
talmente", y " .. . su trabajo no es voluntario,
sino trabajo forzado, impuesto", de modo que

148
" ... se siente cómodo solamente en sus momen-
tos libres". 20
Es difícil creer que dicha división pueda man-
perársela o mitigársela de varios modos distin-
tos. El desarrollo económico permanente puede
determinar una reducción de las horas de traba-
jo y la ampliación del tiempo libre, hasta el ex-
tremo de que la estructura jerárquica y autori-
taria de la industria acabe por representar un
papel desdeñable en la vida personal y social del
individuo, y no sea ya motivo de preocupación.
O, por otra parte, puede ocurrir que se realicen
esfuerzos renovados para llevar a la esfera de la
producción económica parte de la libertad y la
independencia que existen en los momentos li-
bres, y quizás contribuyan a estos esfuerzos los
cambios operados en el carácter de la produc-
ción misma, en cuanto ésta configura cada vez
más una actividad científica --que utiliza tan-
to a las ciencias naturales como a las sociales-
cuyo desarrollo necesita los servicios de indivi-
duos muy preparados y responsables. Muy pro-
bablemente se producirá una combinación de
estos dos movimientos; pero en la medida en que

20 Carlos Marx, Manu-itos económiCM y liloaóliC03.

149
'

el segundo cobre realidad, lo hará a través de los


actos de las organizazciones obreras que procu-
ran controlar el proceso de trabajo, que todavía
reviste la forma (y así precisamente lo encaró
Marx) de actividad fundamental de todos los
sistemas sociales.
El ascenso de la clase trabajadora en las socie-
dades modernas ha sido un proceso más prolon-
gado de lo que Marx supuso, y sólo en raras oca-
.siones se aproximó al estado de lucha decisiva
con la burguesía que él esperaba. Puede antici-
parse para el futuro la probabilidad de un des-
arrollo gradual semejante, pero a pesar de todo
es posible que el desenlace sea el ideal concebido
por Marx: la sociedad sin clases. Ciertamente,
sólo ahora, cuando el tremendo desarrollo de las
ciencias ha creado la posibilidad de sociedades
realmente prósperas -salvo los problemas sus-
citados por el crecimiento de la población y la
guerra nuclear- pueden considerarse asegura-
dos los fundamentos económicos de una sociedad
sin clases. Sólo podemos conjeturar los tipos de
desigualdad que subsistirán una vez que hayan
desaparecido las clases sociales y que los indivi-
duos gocen de independencia y de responsabili-
dad tanto en el trabajo como en el tiempo libre.

150
Sin duda el prestigio de las ocupaciones, los in-
gresos y la posición social de los individuos pre-
sentarán ciertas diferencias, pero no hay razón
para suponer que serán muy considerables, o que
resultarán incompatibles con la conciencia de la
igualdad y la comunidad humana básica.
El defecto principal de muchos estudios re-
cientes de las clases sociales ha sido la falta de
sentido histórico. Como los economistas a quie-
nes Iv1arx imputaba creer que había existido his-
toria, puesto que el feudalismo había desapare-
cido, pero no que continuara habiendo historia,
porque el capitalismo era un orden social natural
y eterno, algunos sociólogos han aceptado que
hubo un desarrollo histórico de las clases y de los
conflictos de cla!ie en el período inicial del capi-
talismo industrial, pero que el mismo se ha inte-
rrumpido en las sociedades industriales en que
la clase trabajadora ha salido de la pobreza y ha
obtenido la ciudadanía industrial y política. Pero
se llega a esta conclusión sin haber realizado un
estudio real de la evolución de las clases sociales
en tiempos recientes, o de los movimientos so-
ciales contemporáneos que revelan las posibili-
dades de la futura transformación social. Una de

151
,

las más importantes tareas de la sociología mo-


derna, que aún no ha sido cumplida, es el aná-
lisis histórico de la cambiante estructura de cla-
se de las sociedades modernas, tema que apenas
hemos esbozado aquí.

15 2
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Conciencie de e/ase
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dres, Heinemann, 1958).
CENTERS, R., The Psychology ol Social Classes (Prince-
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LUKACS, G., Geschichte ttnd Klassenbewusstsein (Ber-
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Minuit, 1960).
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tledge y Kegan P aul, 1953).

155
Véase también G. A. Briefs, op. cit., Capítulo VI
"'The Proletarian consciousness".

Conflictos de clase, revolución social


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ber, 1963).
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GEIGER, T!íEODOR, Die Masse und ilire Aktion: ein Bei-
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GEIGER, THEODOR, "Revolution", en A. Víerkandt (e.di.),
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KAUTSKY, CARLOS, La revolución social.
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coe, The F ree Press, 1950).
Véanse también las obras de Aron y Dahrendorf
mencionadas antes bajo el título "Obras generales".

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156
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SOROKIN, P. A, Social Mobility (Nueva York, 1927.
R eimpreso con un capítulo de la obra del mismo
autor Social and Cultural Dynamics, Glencoe, The
Free Press, 1959).

157
ÍNDICE

Pág.
Prefacio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

l. Introducción . . . . . . . . . . . . . . 9

II. La naturaleza de la clase social . . . . 17

III. Las clases en las sociedades industriales 57

IV. La clase social, la política y la cultura 117

Bibliografía selecta . . . . . . . . . . . . . . 153

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Este libro se terminó de
imprimir el 23 de octubre
de 1968, en los Talleres
EL CRÁnco / IMPRZSOIUl:s,
Nicaragua 4462. Bs. Aires