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PRINCIPIO DE LA DIGNIDAD E IGUALDAD

«Todos y cada uno de los seres humanos, sin distinción de género, raza, clase o condición social,
son poseedores de una misma dignidad especial, conferida por Dios o la naturaleza, que les
distingue del resto de las criaturas, y son portadores de un mismo valor sagrado, único, cósmico y
eterno, que es innato e intrínseco a su condición humana. Y, por ello, todos son esencialmente
iguales y merecen la misma consideración y sumo respeto.»

La dignidad especial y el valor intrínseco e innato de cada persona

Como acabamos de explicar en el principio anterior, hemos defendimos la existencia de una primera
causa inteligente, a la vez material y mental, y un proyecto cósmico detrás de la evolución del
universo.

Este es un presupuesto esencial para poder hablar del valor o dignidad humana, puesto que, si el
ser humano está hecho con un propósito o configurado para un fin, entonces es posible afirmar que
posee un valor intrínseco, objetivo e innato por el simple hecho de ser hombre.

Pero, en el caso de que los seres humanos fueran un producto casual de una serie de explosiones
o accidentes fortuitos, como creen muchos científicos, no sería posible sostener que el ser humano
tiene un valor intrínseco por su mera condición humana, sino solamente un tipo de valor
convencional, utilitario y variable que podríamos otorgarnos unos a otros mediante pactos de
conveniencia.

- Seres con capacidad de realizar procesos mentales de un nivel superior y con el más
alto grado de autoconciencia

La dignidad especial y valor intrínseco que distingue al ser humano del resto de los seres y cosas,
desde un punto de vista científico, se puede reconocer debido al hecho de que —a pesar de compartir
una naturaleza biológica muy semejante al resto de los seres vivos— los seres humanos destacan
por su capacidad de realizar procesos mentales de un nivel muy superior a ellos (capacidad de
conceptualizar, inferir leyes generales, elaborar un discurso, etc.) y por poseer un grado más elevado
de autoconsciencia (capacidad de reflexionar sobre sí mismo).

Y también porque los seres humanos disponen del más alto grado de autonomía, libertad y
creatividad para perseguir sus fines y transformar su ambiente.

- Seres con capacidad de habla, dialogo, libertad y responsabilidad

El valor intrínseco y la dignidad humana, desde una perspectiva filosófica puramente racionalista o
humanista, se reconoce por el hecho de que todo ser humano posee una naturaleza humana común
en la que destaca la razón, que le posibilita tener —a diferencia de los animales— la capacidad de
hablar y dialogar con otros seres humanos, y también por haber sido dotado de libertad y
responsabilidad para desarrollar nuestro propio carácter y dirigir nuestra vida.

- La dignidad especial y el valor sagrado de las personas desde la perspectiva religiosa

Desde el punto de vista religioso, todas las religiones comparten la creencia en que todos los seres
humanos poseen una dignidad especial y un valor sagrado o divino.

De acuerdo a la tradición bíblica este valor sagrado se deriva del hecho de haber sido creados como
hijos e hijas de Dios a Su imagen y semejanza, y según otras tradiciones, por ser los portadores de
un logos o alma que es una parte o chispa del mismo y común Logos, Tao o Espíritu Absoluto, que
es la Realidad última o el principio cósmico que rige al universo.

Por todas estas razones, siempre hemos intuido que cada ser humano tiene una dignidad especial
y un gran valor intrínseco como individuo, y no solamente como miembro de la especie humana.

Esta creencia en la dignidad especial de los seres humanos es el fundamento de los conceptos de
igualdad y libertad humana, así como de la defensa actual de los derechos humanos.

El valor único, irrepetible e insustituible de cada individuo humano

Algo en lo que coinciden la tradición científica, filosófica y religiosa es en reconocer que los seres
humanos poseen un valor único, es decir, una individualidad única e irrepetible.

A pesar de compartir una misma naturaleza común biológica y psíquica, cada individuo humano
posee unas características propias únicas que le diferencia del resto de los individuos, tanto en su
estructura fisiológica o aspecto exterior como en sus cualidades de carácter o talentos innatos, lo
cual le otorga un valor extraordinario.

Los seres humanos se podrían asemejar a piezas únicas, irrepetibles e insustituibles de una gran
maquinaria, que poseen un valor equivalente al de la totalidad, ya que sin esas piezas únicas la
maquinaria no funcionaría adecuadamente ni estaría completa.

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Desde la perspectiva religiosa, como se afirma en el Principio Divino, se podría decir que cada
persona humana fue creada por Dios con una personalidad única, irrepetible e insustituible con el fin
de poder amarlo de una forma única, personal y exclusiva, de igual manera que los padres sienten
una alegría única al amar a cada uno de sus hijos e hijas, que son para ellos como tesoros únicos,
insustituibles e irreemplazables que no tienen precio.
Además de compartir una naturaleza básicamente homogénea, cada ser humano tiene unas
características individuales peculiares y únicas. De entre los miles de millones de habitantes de la
tierra no se pueden encontrar dos personas exactamente iguales.

Aunque todo el mundo tiene ojos, nariz y boca, el diferente tamaño, color, disposición y proporción
relativa entre estos mismos elementos hacen que la cara de cada individuo sea única.

Igualmente, aunque todos poseemos las mismas capacidades mentales, deseos y creatividad, hay
diferencias de carácter y talentos que hace que cada uno poseamos una personalidad única.

Por ejemplo, se puede observar que hay personas más sensibles y emocionales dotadas con
talentos artísticos; otras más intelectuales con inquietudes científicas; y otras más voluntariosas con
una inclinación hacia actividades prácticas.

Así pues, cada individuo tiene una constitución física, semblante, temperamento, talentos y
personalidad única e irrepetible.

- Diferencias entre los seres humanos y las demás criaturas

Existen marcadas diferencias entre los seres humanos y los animales. Nosotros hemos sido dotados
de una gran autonomía, libertad y responsabilidad para desarrollar nuestro propio potencial de una
manera creativa y única.

En cambio, a los animales —a diferencia del ser humano— les falta ese potencial y capacidad de
modelar su propia personalidad, porque están controlados por rígidos y repetitivos instintos innatos.
Así pues, su valor radica más en el valor de cada especie en su conjunto que en sus miembros
individuales.

No obstante, los animales superiores muestran también ciertas características individuales únicas,
aunque en menor grado que los individuos humanos.

A medida que se va descendiendo en la escala de los seres vivos, esas características individuales
únicas se van difuminando hasta casi confundirse con las características únicas de la especie.

En el mundo mineral, las características individuales únicas de los materiales son ya exactamente
idéntica a las características de los elementos químicos simples que componen dicho material, sin
que haya ninguna individualización. Así, por ejemplo, un pedazo de oro puro es exactamente igual a
otro trozo cualquiera.
- Un admirable camaleón

A diferencia de los animales, el ser humano está configurado para que —de una manera libre y
responsable— se moldee a sí mismo, desarrollando su potencial de talentos innatos.

El hombre es como un camaleón, un diamante en bruto que tiene la responsabilidad de tallarse o


perfeccionarse a sí mismo para así crear una obra de arte única, como dice Pico de la Mirándola en
su famoso discurso De la dignidad del hombre.

No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto,
la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y
elección. Para los demás, una naturaleza contraída dentro de ciertas leyes que les hemos prescrito.

Tú, no sometido a cauces algunos angostos, te la definirás según tu arbitrio al que te entregué. Te
coloqué en el centro del mundo, para que volvieras más cómodamente la vista a tu alrededor y
miraras todo lo que hay en ese mundo.

Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y
escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti (...) ¿Quién no
admirará a este camaleón? o ¿qué cosa más digna de admirar? 2

- El ADN y la influencia de las circunstancias ambientales

Esta personalidad única e irrepetible de cada individuo, cuya base genética se halla en el carácter
único de su ADN no se pierde a pesar de la influencia de las circunstancias ambientales.

Durante el periodo de crecimiento de una persona es evidente que influye en su constitución física
el clima y el lugar donde vive, los alimentos que ingiere y otras circunstancias ambientales, pero lo
que no pueden hacer el ambiente es convertir a una persona en otra diferente.

Las personas son fácilmente reconocibles por su expresión facial única a pesar de los cambios
producidos por el paso del tiempo o enfermedades.

Las circunstancias ambientales pueden producir a largo plazo transformaciones más profundas,
como son los fenómenos de microevolución, o mecanismos biológicos de adaptación al ambiente,
que fueron los que dieron lugar a las diferencias entre razas humanas. Pero, incluso estos cambios
no han modificado las características únicas de la especie humana ni las de sus individuos.

Por eso, es absurdo hablar —como hacían los darwinistas sociales y nazis— de razas superiores
más evolucionadas y de razas inferiores menos evolucionadas, con el fin de justificar las guerras y
el colonialismo diciendo que son procesos de selección natural o lucha por la supervivencia de los
más aptos.
Todas las personas de cualquier color de piel o raza poseen una naturaleza humana equivalente y
una individualidad única igualmente valiosa.

- La influencia de la educación y las circunstancias sociales

En la Ilustración, se hizo muy popular la idea de que la educación conformaba en gran medida el
carácter y forma de ser de las personas.

Es evidente que las circunstancias familiares y sociales, el ambiente cultural de la época en la que
se vive, los estudios y la educación recibida, el trabajo que se desempeña y las experiencias
personales influyen en la formación del carácter o la personalidad de las personas.

Sin embargo, no lo hacen hasta el punto de modificar esa individualidad única congénita. Además,
hay que tener en cuenta que el ser humano tiene la suficiente autonomía y creatividad como para no
dejarse influir por los demás, tomar sus propias decisiones e incluso cambiar sus circunstancias
sociales.

Este tipo de ideas ilustradas, llevadas a un extremo, hicieron creer a dictadores comunistas como
Stalin que las personas estaban completamente condicionadas por el sistema social, y que se podían
eliminar si se negaban a cooperar con la revolución, con la misma tranquilidad que se sacrifica a un
ganado aquejado con una enfermedad infecciosa.

También, los biólogos darwinistas actuales se empeñan en homologarnos con los animales —
negando el valor de nuestra individualidad única y dignidad especial— ignorando o minimizando las
grandes diferencias que hay entre las demás especies y la nuestra. Todo ello para de demostrar que
venimos de los monos, con lo cual corremos el riesgo de acabar convirtiéndonos en conejitos de
indias en sus manos.

La igualdad esencial de todos los seres humanos

En cuanto a la igualdad esencial de todos los seres humanos, ésta es una consecuencia lógica de
la dignidad especial que posee cada ser humano.

Los estoicos —al suponer que todos los hombres participan del mismo Logos universal—
defendieron la igualdad humana y condenaron la esclavitud.

Los cristianos, al creer que todos los hombres y mujeres son hijos e hijas de Dios, abogaron por una
fraternidad humana universal.

Incluso antes, Buda y los jainistas ya intentaron abolir el sistema de castas de sociedad hindú, y
Confucio trató de universalizar en China la educación y el acceso a los cargos públicos.
Como se puede apreciar en las citas que vienen a continuación, prácticamente en todas las culturas
surgieron voces que abogaron por la igualdad humana.

A los que descienden de padres distinguidos les respetamos y honramos; en cambio, a los que no
son de clases distinguidas no los respetamos ni honramos. En esto nos comportamos
recíprocamente como bárbaros, pues por naturaleza hemos sido creado iguales en todos los
aspectos, así bárbaros como helenos (Antifonte de Atenas).17

La divinidad ha creado iguales a todos los hombres; la naturaleza no ha hecho a nadie esclavo
(Alcidamas de Elea, citado por Aristóteles, Retórica, A13, 1373b 18).18

Soy el mismo para todos los seres. No hay nadie despreciable o favorito para mí (Hinduismo,
Bhagavad Gita IX, 29).19

¿Qué importan, pues, todos esos títulos, nombres y razas? Son meramente convenciones humanas
(Buda, Sutta Nipata 648).20

Sabed que todos los seres humanos son los depositarios de la Luz Divina. Dejad de preguntar acerca
de su casta. En el más allá no hay castas (Sikismo, Adi Granth, Asa, M.1, p. 349). 21

El Maestro dijo: Trasmitid la cultura a todo el mundo, sin distinción de razas ni categorías
(Confucianismo. Hia-Lun V.38).22

¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó un mismo Dios? (Malaquías 2.10). 23

Su Señor les exaudió, diciendo: “¡Jamás desmereceré la obra de cualquiera de vosotros, sea hombre
o mujer! Porque descendéis unos de otros.” (Islam. Corán 3.195).24

El mundo del corazón es un mundo en el que todo el mundo es igual. El reino de los cielos, que es
la extensión de una única familia, es un mundo de hermandad (Sun Myung Moon).25

La igualdad de derechos básicos, la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades

La igualdad fue uno de los grandes conceptos revolucionarios que enarbolaron los ilustrados y la
emergente clase burguesa en contra de los aristócratas y reyes del Antiguo Régimen.

En primer lugar, se afirmó la igualdad básica en valor, dignidad y derechos naturales de cada ser
humano, frente a la costumbre antigua de otorgar dignidad y privilegios especiales a ciertas personas
por su linaje, clase o condición social, mientras que a otras, de origen más humilde, se las trataba
de manera infrahumana, relegándolas a la servidumbre. Intentaron así llevar a la práctica los
antiguos ideales estoicos y cristianos de la ecumene o fraternidad universal.

En segundo lugar, se afirmó la igualdad de todos los ciudadanos ante una única ley, frente a la
tradición medieval en la que las personas pertenecientes a ciertas clases o estamentos sociales eran
juzgadas en tribunales diferentes, reviviendo así las antiguas creencias judías y estoicas en la
existencia de una misma Ley o Logos común para toda la humanidad.

En tercer lugar, frente al monopolio de cargos públicos, tierras y riquezas por parte de la aristocracia,
abogaron por la igualdad de oportunidades, afirmando que las personas deberían ser
recompensadas de acuerdo al mérito o contribución que hicieran a la sociedad.

- Las desigualdades sociales y el estado de bienestar

La idea de la distribución de cargos y riqueza de acuerdo al mérito era revolucionaria en aquella


época en el sentido de que negaba que las asignaciones arbitrarias de los reyes o las titularidades
heredadas fueran los criterios para distribuir cargos y riquezas.

Los liberales clásicos entendían que la libre elección de los representantes políticos y el libre juego
de las leyes de la oferta y la demanda del mercado garantizarían la igualdad de oportunidades
necesaria para su «meritocracia justa».

No obstante, es obvio que las desigualdades naturales de talentos y capacidades, y las


desigualdades sociales que se generan debido a la educación, propiedades y fortunas heredadas,
hacen que existan privilegiados que parten de una posición inicial más ventajosa que el resto de las
personas, lo cual convierte a esta igualdad de oportunidades en algo puramente formal e inexistente
en la práctica.

Así pues, con el paso del tiempo y bajo la presión de los nuevos revolucionarios que denunciaron
las miserias de la clase trabajadora y abogaron por una justicia social igualitaria que distribuyera las
riquezas de acuerdo a las necesidades básicas de las personas, al final los liberales no tuvieron más
remedio que aceptar intervenciones paternalistas por parte del Estado, sobre todo en el campo de
la salud pública, la educación y ciertas medidas de bienestar social que generasen una mayor
igualdad de oportunidades.
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