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Seminario de Filosofía. 2019. Noviembre.

¿El bien y el mal están incluidos en la jerarquía de los


valores o constituyen un apartado especial?

La jerarquía de los valores, sin lugar a dudas, es un problema. Desde una perspectiva
subjetivista, la jerarquía constituye un problema personal. Pero la postura tanto de Ortega y
Gasset como de Scheler es objetivista, es decir, que la jerarquía de los valores es independiente
de la estimación valorativa de las personas y de las épocas históricas, aunque ninguno de los dos
niega la existencia de esas valoraciones y del rol que cumplen. Sin embargo, anteponen a las
apreciaciones personales y epocales vinculadas al imaginario social y a las vicisitudes por las que
atraviesa el universo, la tierra y el mundo en ese momento para centrarse en una concepción
apriori y ahistórica de los valores. Un idealismo vinculado al idealismo platónico y al kantiano.
Siguiendo a Kant, Scheler también se plantea una de las ideas más fructíferas de este –al menos
para mi modo de ver-: el problema del valor de la persona humana que indudablemente posee
todos los valores incluidos en la escala y algo más..
En Scheler, el ser humano habita dos mundos el sensible y el inteligible en el ámbito del
conocer, como en Platón y en Kant, pero también habita dos mundos en el ámbito de los valores.
Tanto en el conocer como en el valer, hay estructuras a priori del sujeto que posibilitan la
distinción. Pero, en un caso, se trata de estructuras de la razón y, en el otro, intuiciones
emocionales. El interés por Max Scheler, sin duda, aumentó por el acento puesto hoy en día en el
tema de las emociones. Las propuestas de Ortega, en la última hoja del artículo me parecen muy
significativas. Y, creo, no se han puesto en práctica.
En el último encuentro dejé pendiente el tema de la jerarquía de los valores y vinculado a
ese el problema de si bueno y malo constituyen un valor más en la jerarquía, como parece
indicar Ortega. o si, como plantea Scheler, forman un grupo aparte. Además si observamos la
jerarquía de uno y la del otro. se perciben algunas otras discrepancias: las más visibles se
encuentran en el nivel más bajo y en el lugar otorgado a los valores morales que en la escala de
Scheler están ausentes y en la de Ortega parecen confundirse con lo justo y lo injusto de
Scheler. Parecería que uno insiste en darle a lo bueno y lo malo un valor especial y el otro quiere
terminar con esta distinción.
Tal vez Scheler es uno de los últimos autores que considera que lo bueno y lo malo sean
un problema. Algunos autores del hoy piensan que lo bueno y lo malo han dejado de ser
problemáticos. Se reduce la bondad y la maldad al sistema de valoración, al gusto, a la
perspectiva o “al cristal con el que se miren estos conceptos”. Lo bueno y lo malo quedan
reducidos a la actitud de las personas: es bueno todo lo que se elige de modo consciente y
responsable. Es malo, si no sé lo que estoy haciendo y no puedo elegir entre hacerlo o no.
Postura que une el idealismo kantiano con el existencialismo, la noción de buena voluntad con la
de compromiso en la elección.
Pero el argumento que más se usa para establecer la frontera entre lo bueno y lo malo es
el daño a terceros. Este argumento conduce a que la distinción entre el bien y el mal se vuelva
innecesaria y sea reemplazada por las valoraciones del tipo legal/ilegal, políticamente
correcto/incorrecto, u otras de tal modo que, en suma, el problema de la valoración bueno/malo
parece haber sido superado por ser la más subjetiva.
En el segundo capítulo de la Primera Parte de la Ética de Scheler (que a mí no me parece
fácil, por eso hice este rodeo,) se plantea el tema de la jerarquía de los valores, pero, acorde al
título, se analiza el tema de la relación de “bueno y malo” con los restantes valores a partir de la
distinción realizada por Kant en la que afirma, como ya vimos varias veces, que la realización de
un valor material determinado no es nunca en sí misma buena o mala. Para Scheler, lo bueno y lo
malo sólo pueden reconocerse como tales porque existe una jerarquía objetiva de los valores, sin
ella esto no sería posible.
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No sé cómo les resultó este tema de los seres, los bienes y los valores. Ni si estuve clara y
distinta. Lo cierto es que, para Scheler, tanto la distinción entre bienes y valores como la
existencia de una jerarquía objetiva son condición necesaria para la posibilidad de refundar la
ética. Como habrán visto los valores éticos o morales no se encuentran dentro de esta jerarquía.
Distingue cuatro clases de valores que se captan por medio de la intuición emocional. Dentro de
esta jerarquía, se encuentran los valores sensibles, vitales, espirituales y los religiosos. Mediante
el preferir y el postergar, acontecen el bien y el mal. Dependen de la elección de la persona, el
bien ocurre, cuando se prefiere el valor positivo/superior en lugar de uno negativo/inferior,
mientras que el mal aparece cuando sucede lo contrario. Pero, nada es tan sencillo; pues pueden
darse situaciones en que hay que decidir entre valores de una misma cualidad o jerarquía, casos
en que el daño no está ausente y hay que elegir entre el daño mayor y el menor. En esa situación
los valores subjetivos, personales, sociales, culturales o históricos cumplen un valor fundamental.
A esta fundamentación de la ética realizada principalmente por Max Scheler y Nikolai
Hartmann se la denomina ética axiológica o simplemente axiología. Desde este punto de vista, la
axiología es u n a d e l a s d o s p r i n c i p a l e s fundamentaciones de la
é t i c a j u n t o c o n la deontología. La palabra deontología fue introducida por William
Bentham. Hoy la Deontología como ciencia del deber y de las normas morales. Se refiere a un
c o n j u n t o ordenado de obligaciones morales que tienen l o s p rofesionales de una
determinada especialidad. Deontología proviene del griego δέον, -οντος (déon, -ontos) lo que es
necesario, preciso, debido y -logía 'tratado', 'estudio'. Axiología también proviene del griego
άξιος ['valioso'] + λόγος ['tratado']), es la rama de la filosofía que estudia la naturaleza de los
valores y juicios valorativos.
En la ética de los valores, Scheler pretende lograr una fundamentación de la ética que
constituya una continuación de la ética de Kant, pero que al mismo corrija los que él considera
“errores” derivados del “formalismo” ético kantiano. Para Scheler, el apriorismo no es
necesariamente un sinónimo de formalismo. Rechaza también la identificación kantiana de lo a
priori con lo racional y marca la existencia de un contenido originario a priori de lo emocional. La
limitación de la concepción kantiana se debe a la idea de ser humano propia de su época: lo que
Scheler denomina “falsa unidad” del apriorismo y el racionalismo. Se opone a esto y afirma la
posibilidad de una ética emocional, que no es necesariamente a posteriori, que no parte de los
hechos para generalizar y luego volver a buscar verificación en ellos. Los valores no se conocen
por inducción, sino a través de una intuición axiológica. Los actos emocionales tienen un
contenido a priori, tan independiente de la experiencia inductiva como lo son las leyes puras del
pensar y, en los que hay, como en éstas, una evidencia fenomenológica.
En la axiología de Scheler se reconocen distintas modalidades de valor, así como diversas
relaciones entre ellos, y una de esas relaciones es la distinción entre el valor positivo y el negativo
y la otra es la diferencia entre superiores y inferiores. Los valores morales quedan fuera de la
tabla jerárquica que abarca las modalidades de valor, a las que denomina valores extramorales.
Lo que la ética material de los valores descubre es el hecho de que toda valoración moral
presupone necesariamente valoraciones extramorales. Lo bueno y lo malo surgen del obrar de la
persona al preferir o postergar los valores extramorales positivos o negativos y superiores o
inferiores.
Pero, al mismo tiempo, Scheler continúa la ética de Kant al admitir que las éticas
materiales de bienes y de fines son empíricas y, en consecuencia, a posteriori. Por lo tanto han
quedado definitivamente refutadas por Kant. Pero esta aceptación no implica tener que admitir
que no puede haber una ética material distinta a las de bienes y fines. Y que toda ética material

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sea heterónoma y, por tanto, incapaz de fundamentar la dignidad de la persona. Esto lo posibilita
la ética que Scheler elabora: a priori, pero material y emocional. Material, porque tiene a los
valores como sus contenidos. Emocional, porque afirma que los valores se aprehenden en actos
intencionales emocionales.
Scheler distingue tres tipos de hechos: 1. Hechos naturales, 2. Hechos científicos, 3.
Hechos fenomenológicos. Creo estos últimos son los que dificultan la comprensión de sus textos.
1. Los hechos naturales, según Scheler, se dan en la visión que toda persona tiene del
mundo, una actitud habitual y cotidiana. Se la considera “natural” y rara vez nos damos
cuenta del modo en que afecta nuestro estar en el mundo. Allí se juega lo elusivo de lo
obvio. Lo más cercano es lo que menos se ve.
2. Los hechos científicos requieren para su conocimiento que la persona realice un
cambio de actitud por medio de la aplicación de métodos, de técnicas y de procesos de
abstracción y simbolización.
3. Los hechos fenomenológicos son el contenido directo de la vivencia, en ese sentido se
los puede considerar los más inmediatos. Pero, para llegar a ellos por medio de la
intuición, se necesita de una actitud fenomenológica que sólo se alcanza a partir de
poner entre paréntesis las dos anteriores: dejar en suspenso las opiniones y los
conocimientos. Los hechos fenomenológicos son los valores que se dan en una
intuición emocional. Por eso no pueden ser definidos ni demostrados, sino sólo
mostrados. El estado de salud/enfermedad o la belleza/fealdad son tan evidentes a la
intuición emocional, como el principio “el todo es mayor que las partes” y tantos otros
lo son a la intuición racional.
La captación de los valores está ligada en Scheler a una particular concepción de la
persona humana, emparentada con la concepción del ser humano que vimos el primer año que
trabajamos juntos como propia del Renacimiento: el concepto de ser humano como microcosmos
y la dignidad de la persona humana acorde a esta concepción.
Esta afirmación de Scheler se encuentra a menudo en los libros de filosofía: “la persona
es un valor en sí misma”. El ser humano puede ser considerado un microcosmos. Y, debido a
sus propiedades exclusivas, puede también darle sentido al mundo y perfeccionarlo. Así define a
la persona en la Ética: “La persona es la unidad de ser concreta y esencial de actos de diferentes
clases (…) El ser de la persona funda todos los actos esencialmente diversos”. La persona es la
que fundamenta todos los actos esencialmente diversos, la persona existe, pues, como
realizadora de actos. En cada acto se encuentra la persona íntegra y su ser no se agota en
ninguno de esos actos y ningún acto tal puede darse sin la persona.
La persona no se identifica con el alma, ni con la conciencia, ni con el yo, tampoco con el
cuerpo. Se la puede contemplar y evaluar en la escala de los valores. Pero Max Scheler no se
conforma con esto. Para él, hay que considerar a la persona como el valor por excelencia. El
valor personal está situado en la cúspide de la jerarquía, por encima incluso de lo que denomina
“lo santo” o “lo sagrado”.
Además, el valor de la persona no es algo que tenga un valor permanente, evoluciona y se
desarrolla a lo largo de la vida. Scheler piensa que la persona posee la posibilidad de “una
autoconciencia que integra todas las clases posibles de conciencia: la cognoscitiva, la volitiva, la
sentimental, la del amor y la del odio.
Los estadios de la evolución son dos: primero, la búsqueda del valor de la persona en sí
misma; segundo, la apertura intersubjetiva y la reciprocidad comunicativa de la persona. Son dos
movimientos complementarios, pues la persona sólo alcanza su plenitud al salir fuera de sí, no

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encapsulándose en sí misma. La realidad profunda de la persona, su capacidad radical, es
relacionarse con los demás, su solidaridad con el otro. Las dificultades para vincularse con los
otras personas se deben a distorsiones periféricas, que, por múltiples causas, alteran el valor
personal sin anularlo: son distorsiones en el actuar, pero no en el ser de la persona. Además de la
Ética y sus libros sobre el amor, Scheler escribió El Resentimiento en la moral, en donde intenta
explicar por qué el mundo de la persona humana que debería mostrar un “orden del amor” se ha
visto invertido.
He procurado explicar los dos conceptos claves de la fundamentación de la Ética que lleva
a cabo Scheler: valor y persona. Ya habrán visto que el libro de Max Scheler se denomina:
ÉTICA. Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético. Este proceso requiere de
una tercera pata: el amor, el que pone de manifiesto el valor prioritario de la persona.
Scheler distingue tres tipos de amor: vital, psíquico y espiritual, que se corresponden con
los tres componentes del ser humano: cuerpo (organismo), yo, persona, y estos, a su vez, tienen
sus correlatos axiológicos, valores vitales, valores espirituales y valores religiosos. Nuevamente
bordea aquí Scheler el concepto de microcosmos como algo propio de la persona humana.
El amor “juega más bien el papel de auténtico descubridor en nuestra aprehensión del
valor”. Sin amor sería imposible la captación de valores. “Representa un movimiento en cuyo
proceso irradian y se iluminan para el ser respectivo nuevos y más altos valores que hasta
entonces desconocía totalmente”.
En Esencia y formas de la simpatía, Scheler se refiere a la estructura a priori del amor en
general, del siguiente modo: "El amor es el movimiento en el que todo objeto concretamente
individual que porta valores llega a los valores más altos posibles para él con arreglo a su
determinación ideal; o en el que alcanza su esencia axiológica ideal, la que le es peculiar".
En Ordo amoris, nos dice que "el amor es la tendencia, o, según los casos, el acto que
trata de conducir cada cosa hacia la perfección de valor que le es peculiar y la lleva
efectivamente, mientras no se interponga nada que la impida". Uno de los grandes impedimentos
es el resentimiento.
El amor cumple una "acción edificante y edificadora en y sobre el mundo". El amar es salir
de sí, abandonarse a sí mismo para participar como ser intencional en otro.
A partir de la jerarquía de valores, se puede comprender la idea de un orden emocional y a
priori de valores en el que el valor de la persona es fundante. Este orden es un orden del amor,
puesto que el amor es el acto descubridor del valor en movimiento ascendente, que, por lo tanto,
nos facilita ampliar los límites que el orden tiene para cada uno de nosotros. Pero también está el
odio, el encargarlo de restringirlo y desordnarlo.
El orden del amor tiene sus raíces en Pascal y “las razones del corazón que la razón no
comprende” o tal como lo traduce Scheler: el corazón tiene sus propias leyes que responden a un
mundo de valores al que el entendimiento es ciego.
Para cerrar un poco arbitrariamente el texto, voy a ir a una frase de Paul Ricoeur en su
libro Amor y Justicia:

“Suscribiendo completamente los análisis de Levinas sobre el rostro, la exterioridad, la


alteridad, esto es, el primado de la llamada procedente del otro sobre el reconocimiento de sí
mismo por sí mismo, me parece que la petición ética más profunda es la de la reciprocidad que
instituye al otro como mi semejante y a mí mismo como el semejante del otro. Sin reciprocidad, o
para emplear un concepto de raigambre hegeliana, sin reconocimiento, la alteridad no sería otro
distinto de sí mismo, sino la expresión de una distancia indiscernible de la ausencia. Hacer de
otro mi semejante, tal es la pretensión de la ética en lo que concierne a la relación entre la estima
de sí y la solicitud.”