Está en la página 1de 13

TEMA 10.

LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931-1939)

EL SISTEMA DE PARTIDOS Y LA CONSTITUCIÓN DE 1931.

La pluralidad de partidos políticos durante la


Segunda república se resume en la siguiente lista:

IZQUIERDA
Partidos republicanos: Acción Republicana, después Izquierda Republicana (Manuel
Azaña). Partido Republicano Radical-Socialista (Marcelino Domingo). Unión
Republicana (Diego Martínez Barrios), escindida del P. Republicano Radical.
Partidos autonomistas o nacionalistas: Esquerra Republicana de Catalunya (Francesc
Maciá y Lluís Companys). Organización Republicana Gallega Autónoma (Santiago
Casares Quiroga).
Partidos obreros: Partido Socialista Obrero Español (lndalecio Prieto, Francisco Largo
Caballero y Julián Besteiro). Partido Comunista de España (José Díaz y Dolores
Ibárruri). Partido Obrero de Unificación Marxista (Andreu Nin y Joaquim Maurín), no
estalinista. Partido Sindicalista (Angel Pestaña).

CENTRO
Partidos republicanos: Partido Republicano Radical (Alejandro Lerroux). Derecha
Liberal Republicana (Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura), antiguos monárquicos.
Partidos autonomistas: Lliga Catalana (Francesc Cambó). Partido Nacionalista Vasco
(José Antonio de Aguirre).

DERECHA
Partidos republicanos: Partido Agrario. Acción Nacional (después Acción Popular,
finalmente integrada a la CEDA). Confederación Española de Derechas Autónomas
–CEDA- (José María Gil-Robles).
Partidos monárquicos: Renovación Española, después Bloque Nacional (José Calvo
Sotelo). Comunión Tradicionalista, antiguos carlistas (Manuel Fal Conde). Acción
Española (Ramiro de Maeztu).
Partidos autoritarios y fascistas: Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS)
(Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo). Falange Española (José Antonio Primo de
Rivera), después FE y de las JONS, tras la fusión de ambos partidos.

Durante el bienio republicano-socialista, Acción Republicana (Manuel Azaña),


con implantación entre los intelectuales y amplias capas de las clases medias
urbanas, fue el núcleo de los gobiernos republicanos de izquierdas, en estrecha
colaboración con el PSOE y singularmente con la facción moderada de Indalecio
Prieto. Tras la derrota de noviembre de 1933, Azaña logró crear una nueva
formación política, Izquierda Republicana, atrayendo a ella a la antigua ORGA de
Casares Quiroga y al Partido Radical-Socialista de Marcelino Domingo. El PSOE y la
UGT eran las organizaciones más amplias y mejor organizadas de España. Pero la
fuerza propia del PSOE se vio muy debilitada por la pugna que se mantuvo, desde
los albores de la República hasta el final de la Guerra Civil, entre sus tres máximos
dirigentes. Francisco Largo Caballero representó la postura extremista y belicosa del
socialismo (el Lenin español). Julián Besteiro era el líder más intelectualizado del
PSOE y de la UGT. Indalecio Prieto desempeñó siempre el papel de líder moderado
y realista, partidario de coaligarse con los partidos de la izquierda republicana. Por
su parte, en el bienio de centro-derecha, las principales fuerzas políticas fueron el
Partido Republicano Radical, de Alejandro Lerroux, y la CEDA, liderada por José Mª
Gil Robles. El Partido Republicano Radical, de antigua implantación (1908), durante
la Segunda república abandonó su antigua ideología anticlerical y demagógica y
derivó hacia posiciones cada vez más conservadoras. La Confederación Española de
Derechas Autónomas –CEDA- (José María Gil-Robles) mantuvo una postura ambigua
ante la República, e hizo gala a menudo de posturas autocráticas y antirrepublicanas.
Por otro lado, eran claras las tendencias parafascistas de las Juventudes de Acción
Popular (JAP). En Cataluña, Esquerra Republicana de Catalunya (Francesc Maciá y
Lluís Companys) se convirtió en la principal fuerza política.
LA CONSTITUCIÓN DE 1931.

Las Cortes surgidas de las elecciones del 28 de junio se encargaron de


redactar una nueva Constitución, que fue aprobada el 9 de diciembre de 1931. La
nueva Constitución reflejó los valores laicos e izquierdistas de la mayoría
parlamentaria:
 La soberanía se declara como radicalmente popular y democrática: “los
poderes de todos sus órganos emanan del pueblo”.
 La forma de gobierno se define como “una República democrática de
trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y justicia”.

 Los derechos y libertades se reconocen con amplitud: Igualdad absoluta de


los ciudadanos ante la ley; libertad de conciencia y de cultos; libertad
personal; libertad de circulación y residencia; inviolabilidad de la
correspondencia; libertad de expresión y de imprenta; derecho universal al
voto; derechos de reunión y de manifestación; derecho de asociación;
derecho al divorcio; derecho a la educación y libertad de cátedra.

 La organización de los poderes se plantea con una clara división de los


mismos: poder legislativo: “La potestad legislativa reside en el pueblo, que la
ejerce por medio de las Cortes o Congreso de los Diputados “elegidos por
sufragio universal. Poder ejecutivo; Presidencia de la República electa y
Gobierno. Poder judicial: jueces y tribunales independientes. Jurado popular.
Las relaciones Iglesia-Estado se rigen por el laicismo del estado y la libertad
religiosa: “El Estado español no tiene religión oficial”; extinción del
presupuesto del clero; disolución de la Compañía de Jesús; prohibición de
ejercer la enseñanza; libertad de conciencia y de cultos y secularización de
los cementerios.

 La organización del territorio reconocía cierta autonomía a los municipios,


cuyos ayuntamientos habían de ser elegidos por sufragio universal; los
alcaldes serían designados por elección directa del pueblo o por el
ayuntamiento. A su vez, se reconocía el derecho a que una o varias provincias
limítrofes, con características históricas, culturales y económicas comunes,
acordaran organizarse en región autónoma, presentando un estatuto para su
discusión en las Cortes.

 La Educación y la cultura se conciben como un servicio público y con un


carácter laico y libre.

 La economía se plantea con una subordinación de la riqueza a los intereses


generales y la posibilidad de expropiación, nacionalización e intervención en
la economía nacional.

En resumen, la Constitución de 1931 resultó ser una constitución


intensamente democrática e idealista, aunque faltó un amplio consenso en los temas
más conflictivos, como el de las nacionalidades y la cuestión religiosa. Este
anticlericalismo constitucional se explica porque el pensamiento republicano
izquierdista atribuía el retraso de la sociedad española a la Iglesia, que
prácticamente tenía el monopolio en la enseñanza.

LAS REFORMAS DEL BIENIO REPUBLICANO-SOCIALISTA.

Entre el 14 de abril de 1931 y el 19 de noviembre de 1933, se plantearon


numerosas reformas, primero por el gobierno provisional y después por el gobierno
presidido por Azaña, en el que ya no estaban ni Maura ni los radicales de Lerroux.

LAS REFORMAS SOCIALES.

 La legislación del gobierno provisional (Largo Caballero).- Con el objetivo de


paliar las secuelas de la crisis del 29 (estancamiento económico y paro) y de
mejorar de forma inmediata las condiciones laborales del campesinado, Largo
Caballero desarrolló una importante legislación laboral, de seguridad social y
legislación agraria: Contratos de Trabajo, Jurados Mixtos, Colocación Obrera,
seguros de retiro, maternidad y accidentes de trabajo, la jornada de ocho
horas; prioridad a los jornaleros de un municipio para trabajar en las fincas
de su término, obligación de los propietarios de mantener todas las tierras
cultivadas; prohibición de desahuciar a los campesinos arrendatarios, etc.

 La reforma agraria.- La Ley de Bases de la Reforma Agraria (aprobada el 9


de septiembre de 1932) establecía la expropiación con indemnización de los
señoríos jurisdicionales, las tierras incultas o deficientemente cultivadas, las
arrendadas durante doce años, o las situadas en las cercanías de pequeñas
poblaciones, etc. Para llevar a cabo la redistribución de las tierras se creó el
Instituto de Reforma Agraria, al que se otorgó un presupuesto anual de 50
millones de pesetas para proveer de material y otorgar créditos a los
campesinos asentados, y se proyectó asentar anualmente de 60 a 75 mil
campesinos. Con esta ley se pretendía remediar el paro obrero y convertir
en propietarios a cientos de miles de campesinos sin tierra, aumentando de
paso la capacidad de consumo de las masas rurales que estimularía la
producción industrial y el comercio. Sin embargo, los efectos de la ley fueron
muy limitados: en 1934 solo se habían asentado 12.260 campesinos en 529
fincas. Entre los motivos de este fracaso destacan los siguientes: el corto
periodo de vigencia; los insuficientes recursos asignados; las resistencias de
la Banca privada a colaborar en la financiación; y la compleja burocracia del
I.R.A. Este fracaso de la reforma constituyó uno de los motivos de decepción
de los campesinos que explicaría los enfrentamientos sangrientos de las bases
socialistas con la Guardia Civi (Corral de Almaguer-Toledo, Palacios Rubios-
Salamanca, Castilblanco- Badajoz o Arnedo- Logroño) y, sobre todo, los
sucesos de Casas Viejas (Cádiz) que contribuyeron a deteriorar gravemente
la imagen de Azaña y de su gobierno ante la opinión pública.

LA REFORMA DEL EJÉRCITO.

Manuel Azaña, como ministro de la Guerra, aplicó medidas importantes con


el objetivo de modernizar y democratizar las Fuerzas Armadas. Se ofreció a los
generales, jefes y oficiales la posibilidad de jubilarse con el sueldo íntegro. Con esta
medida se consiguió reducir el número excesivo de comandantes y se ofreció una
salida a aquellos militares cuyas convicciones no les permitían continuar en el
Ejército bajo bandera republicana. La reorganización del ejército, por su parte,
supuso la reducción a la mitad de las 16 divisiones existentes y la reducción del
ejército de África en unos siete mil individuos. Manuel Azaña clausuró también la
Academia Militar de Zaragoza, dirigida por el general Francisco Franco y anuló todos
los ascensos por elección o méritos de guerra obtenidos durante la Dictadura.
También se abolió la Ley de Jurisdiciones de 1906 y se suprimió el Tribunal Supremo
del Ejército, traspasando sus funciones al Tribunal Supremo.
En conjunto, la reforma militar y fue duramente combatida por la derecha y
por un sector de la oficialidad que veía en ella un propósito político de trituración del
Ejército. El intento de golpe de Estado del general Sanjurjo, en agosto de 1932, fue
exponente del malestar de una parte del Ejército. Fracasado el intento de golpe, el
general Sanjurjo fue condenado a muerte por un consejo de guerra, e indultado por
el presidente de la República.

LA REFORMA RELIGIOSA Y EDUCATIVA.

La aprobación de los polémicos artículos 26 y 27 de la Constitución abrió el


camino a una serie de leyes y decretos con los que la izquierda gobernante buscaba
lograr la secularización legal del Estado: la disolución de la Compañía de Jesús y
nacionalización de parte de sus bienes; la secularización de los cementerios; ley de
Divorcio y de matrimonio civil; y la ley de Confesiones y Congregaciones religiosas
que establecía la reglamentación del culto público, la supresión de subsidios oficiales
y la nacionalización de parte del patrimonio eclesiástico, el veto de los
nombramientos de jerarquías religiosas y el cierre de los centros de enseñanza de
la Iglesia, salvo los seminarios. Estas medidas condujeron a un enfrentamiento
frontal de la Iglesia con el Gobierno.
Las medidas adoptadas en el terreno de la Instrucción Pública pretendían
reforzar la presencia y el control del Estado en el sector educativo, dominado hasta
entonces por la Iglesia católica y sacar al país del atraso que padece. Los decretos
establecían un plan quinquenal para crear 5000 plazas escolares al año y que, en su
primer año, ampliaba en siete mil la plantilla de maestros estatales; aumentaban el
sueldo a los maestros; disponían la coeducación en la Enseñanza Secundaria;
suprimían la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, y creaban las
Misiones Pedagógicas para extender el ámbito.
LOS ESTATUTOS DE AUTONOMÍA.

Uno de los problemas que intentó resolver la Segunda República fue la


descentralización administrativa del Estado a través de una nueva organización
territorial. En Cataluña, tras el reconocimiento de una Generalitat preautonómica, se
elaboró un proyecto de Estatuto (Estatuto de Nuria) que declaraba a Cataluña Estado
autónomo dentro de la República española, dotado de un amplio autogobierno.
Sometido a plebiscito, el Estatuto de Nuria obtuvo una aprobación clamorosa (1931).
Sin embargo, el Estatuto finalmente aprobado por las Cortes (9 de septiembre de
1932) proclamaba a Cataluña región autónoma dentro del Estado español. La
autonomía catalana contaba con gobierno y un parlamento propios con
competencias en materia económica, social, educativa y cultural y se reconocía la
cooficialidad del catalán. Tras las elecciones al Parlamento de Cataluña, ganadas
claramente por la coalición encabezada por ERC, Francesc Maciá fue elegido
presidente de la Generalitat. En cuanto al País Vasco y Navarra, el proceso fue muy
complejo. El 15 de junio de 1931, en una asamblea de ayuntamientos vascos en
Estella (Navarra), se aprobó un proyecto de Estatuto, que fue rechazado por el
gobierno central. En 1932 se refrendó el llamado “Estatuto de las Gestoras” que
quedó en suspenso por el rechazo de los representantes navarros. En 1933, el nuevo
proyecto de Estatuto limitado a los territorios de Álava, Bizkaia y Guipúzcoa fue de
nuevo refrendado mayoritariamente. Pero la victoria electoral de la derecha paralizó
el proyecto de autonomía vasco que no será aprobado definitivamente por las Cortes
hasta el 10 de octubre de 1936, con José Antonio de Aguirre a su cabeza como
primer lehendakari (presidente), cuando ya gran parte de la nueva región autónoma
estaba controlada por los rebeldes.
En Galicia la redacción del Estatuto de Autonomía comenzó ya en 1932 con
un anteproyecto impulsado por la ORGA de Casares Quiroga, pero el proceso no
avanzó apenas hasta que, en 1936, el estatuto fue aprobado por abrumadora
mayoría de electores. En Aragón, Castilla, Asturias, Baleares y Andalucía iniciaron el
proceso en 1936.

EL BIENIO DE CENTRO-DERECHA.

LA CONTRARREFORMA

Tras el triunfo de las candidaturas de derecha y de centro en las elecciones


de 1933, el Gobierno centrista de Alejandro Lerroux, que gobierna con el apoyo
parlamentario de la CEDA, imprime un giro más conservador a la República y revisa
gran parte de las reformas de los gobiernos de Azaña. Los niveles de conflictividad
se multiplicaron, destacando la huelga general campesina del verano de 1934 y el
enfrentamiento del gobierno central con las nacionalidades catalana y vasca. En
Cataluña, la anulación por el Tribunal de Garantías de la Ley de Contratos de Cultivo
votada por el parlamento autonómico y los problemas con las transferencias
provocaron la retirada de las Cortes de los diputados de Ezquerra Republicana. En
el País Vasco, el descontento tuvo su origen en el freno a la aprobación del estatuto
vasco por las Cortes y en medidas del gobierno que afectaban a los conciertos
económicos y que acarreaban pérdidas millonarias a los ayuntamientos vizcaínos.
Todos estos conflictos fueron utilizados por la CEDA, triunfadora en las elecciones
de 1933, para presionar a favor de su entrada en el gobierno, lo que finalmente
ocurrió el 4 de octubre de 1934.

LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934 Y SUS REPERCUSIONES

Pocos meses después del triunfo de la derecha, sectores del PSOE y de la


UGT prepararon una insurrección armada que debía ir acompañada de una huelga
general. El ascenso de Adolf Hitler al poder en Alemania, en enero de 1933, y la
persecución a la que fueron sometidos los socialistas en Austria (febrero de 1934)
desataron el temor en la izquierda española a que sucediera algo semejante si Gil-
Robles accedía al poder. Así, el 5 de octubre, tras la entrada de ministros de la CEDA
en el gobierno presidido por Lerroux, la UGT hizo un llamamiento a la huelga general,
al que la CNT no se sumó (la CNT sólo se alió con la UGT en Asturias).
El llamamiento a la huelga encontró eco en ciudades como Sevilla, Córdoba,
Valencia o Zaragoza y en numerosos pueblos de todo el país, pero fueron iniciativas
aisladas. La falta de planificación y la inhibición de la CNT facilitaron el control por
el ejército de los focos rebeldes. En Madrid, el País Vasco y Cataluña, los
acontecimientos tuvieron mayor importancia, al incluir conatos formales de
insurrección armada, fundamentalmente a cargo de las milicias socialistas. Por lo
que respecta a Cataluña, la insurrección obrera estuvo acompañada por una
maniobra secesionista. El día 6, Lluis Companys, nuevo Presidente de la Generalitat,
rompe con el Gobierno Central y proclama el Estado Catalán dentro de la República
federal española. La insurrección catalana, que no cuenta con el respaldo de los
anarquistas, es aplastada por el ejército, después de 10 horas de lucha. Se producen
46 muertos. El Gobierno republicano suspende temporalmente el Estatuto, y
encarcela a su presidente. El único movimiento armado de gran entidad lo
protagonizaron los mineros asturianos y del norte de León, donde la grave crisis
laboral de la minería hullera había facilitado la entrada de los anarcosindicalistas en
la Alianza Revolucionaria. Los 20.000 trabajadores en armas asaltan los cuarteles de
la Guardia Civil, del Ejército y de las fábricas de armas. Después de hacerse con la
cuenca minera, toman Oviedo. El Comité regional de la Alianza asumió el control de
la situación y estableció un eficaz poder obrero durante dos semanas. Finalmente,
las tropas de la legión y del ejército regular que Franco trajo de África sofocaron la
insurrección.
El movimiento había adoptado en algunos sitios auténtico aire de guerra civil.
Sólo en Asturias, las víctimas se acercaban a las cuatro mil (casi un millar de ellas
eran muertos) y las destrucciones fueron enormes. Los asesinatos de 34 sacerdotes
y de varios guardias civiles y paisanos de ideología conservadora conmovieron a la
opinión derechista, que exigió represalias. Vencida la insurrección, la represión
alcanzó gran dureza, especialmente en Asturias. Se realizaron miles de detenciones
(30.000) y abundaron las torturas y ejecuciones. Numerosos dirigentes políticos de
izquierdas fueron apresados, entre ellos Largo Caballero y Azaña. En cuanto a
Cataluña, se acordaba la suspensión definitiva del Estatuto de Autonomía y la
recuperación por la Administración central de las competencias transferidas en los
dos años anteriores a la Generalidad (Ley de 2 de enero de 1935).

EL HUNDIMIENTO DEL PARTIDO RADICAL

A raíz de la profunda crisis de octubre de 1934, los gobiernos de centro-


derecha quedaron relativamente erosionados desde el punto de vista político. La
represión, los juicios, las prohibiciones de la prensa socialista y comunista, etc.,
despertaron las simpatías de la población hacia los presos y los perseguidos políticos.
Además, las actuaciones del Gobierno durante 1935 fueron muy impopulares: la
contrarreforma agraria; el bloqueo en las Cortes del Estatuto de Autonomía vasco;
los nombramientos en el Ejército de militares poco o nada partidarios de la
democracia, como el general Franco, que fue nombrado jefe del Estado Mayor, etc.
En septiembre de 1935, el gobierno de Lerroux se vio obligado a dimitir como
consecuencia del escándalo de corrupción del estraperlo. Los gobiernos que le
sucedieron fueron breves a causa de la falta de consenso entre las fuerzas
parlamentarias. Ante esta situación política, el presidente de la República disolvió las
Cortes y convocó elecciones para el 16 de febrero de 1936.

LAS ELECCIONES DE 1936 Y EL TRIUNFO DEL FRENTE POPULAR.

Las elecciones de 1936 dividieron en dos a la opinión pública española. La


izquierda se presentó unida en una coalición (Frente Popular) que reunía desde los
republicanos de Azaña hasta los comunistas. La derecha, en cambio, no se pudo
presentar unida. El Frente Popular consiguió el 34,3% de los votos, y la derecha, en
coalición con el centro, el 33,2%. En virtud de la ley electoral, que otorgaba el 75%
de los escaños a la lista ganadora, el Frente Popular obtuvo la mayoría en el
Congreso.

LOS GOBIERNOS DEL FRENTE POPULAR.

Después de las elecciones, el presidente de la República, Niceto Alcalá


Zamora, encargó la formación de gobierno a Manuel Azaña, quien empezó a aplicar
el programa del Frente Popular, basado en cuatro ejes principales: la continuación
de la reforma agraria, la intensificación del desarrollo de la política educativa, la
amnistía de los presos políticos, y el restablecimiento de la Generalitat de Cataluña
y el impulso definitivo para aprobar los estatutos de autonomía del País Vasco y de
Galicia. El 7 de abril, Alcalá Zamora fue destituido de la presidencia de la República
y en su lugar fue elegido Manuel Azaña. En esta elección no quisieron participar los
diputados de la derecha. La presidencia del Gobierno fue asumida por Santiago
Casares Quiroga.
LA RADICALIZACIÓN SOCIAL Y POLÍTICA Y EL DESORDEN PÚBLICO.

En la derecha política se constató un incremento de las actividades violentas


de la FE y de las JONS que planteaba sin tapujos implantar en España un régimen
fascista. Tanto la Falange como los carlistas, especialmente fuertes en Navarra,
estaban entrenando por aquellos días unidades paramilitares. Esta violencia de La
Falange comportó la persecución legal del partido y el encarcelamiento de su líder,
José Antonio Primo de Rivera. También en la izquierda se observaba, en los meses
anteriores a la guerra, una fuerte radicalización. Los sectores del PSOE liderados por
Francisco Largo Caballero, eran partidarios de la revolución social. Por su parte, los
anarcosindicalistas de la CNT confirmaron su posición revolucionaria y
antirrepublicana (congreso de Zaragoza de mayo de 1936) con un programa en el
que se proponía la supresión del culto religioso público, la confiscación de todos los
bienes productivos, la organización colectiva de la propiedad y la creación de
comunas libres y autogestionarias en sustitución del Estado. El Ejército, por su parte,
estaba dividido en asociaciones clandestinas: Unión Militar Española (UME) y Unión
Militar Republicana Antifascista (UMRA).
El desorden público se manifestó básicamente de tres maneras. En primer
lugar, la violencia en el campo, con huelgas y ocupación de tierras, especialmente
en Extremadura y en Andalucía, y otros conflictos laborales. En segundo lugar, los
ataques a edificios eclesiásticos y la quema de algunos conventos realizados por
grupos espontáneos que actuaban a partir de rumores absurdos. Por último, los
atentados políticos protagonizados por falangistas y monárquicos, por un lado, y por
comunistas y anarquistas, por otro. El más significativo de estos atentados fue el
que costó la vida, el 13 de julio de 1936, a José Calvo Sotelo, diputado y dirigente
monárquico del partido Renovación Española. El atentado fue perpetrado por
miembros de la Guardia de Asalto como represalia por el asesinato del teniente de
este cuerpo armado, José del Castillo, cometido por falangistas.

LA CONSPIRACIÓN MILITAR.

Desde el momento en que se proclamó la República, una parte del Ejército


mostró abiertamente su hostilidad al nuevo régimen y no dejó de conspirar contra
él. El fracasado golpe de Estado del general José Sanjurjo, en 1932, fue un ejemplo
de ello. Por otro lado, en la misma noche de las elecciones de febrero de 1936,
conocido el triunfo electoral del Frente Popular, el general Franco, jefe del Estado
Mayor, propuso la declaración del estado de guerra, a lo que se opusieron el ministro
de la Guerra, el general Nicolás Molero, y el director general de la Guardia Civil, el
general Sebastián Pozas. El gobierno, consciente de este peligro, situó como jefes
de las capitanías generales a militares de probada fidelidad republicana y, por el
contrario, envió a los generales menos adictos al régimen a capitanías poco
importantes o a las insulares: Franco a Canarias; Manuel Goded, a Mallorca. Nadie
sospechó que el general Emilio Mola, de escasa fe monárquica y destinado a
Pamplona, se entendería con los carlistas navarros. Los mandos del ejército de
África, el más profesional y efectivo, también eran fieles a la República. Los
primeros días de marzo de 1936 empezaron a tramarse varias conspiraciones,
de manera paralela y confusa, por grupos de generales y de políticos de la
Comunión Tradicionalista (carlistas), de Falange Española y de Renovación
Española. Pero, a partir del mes de abril, fue el general Mola quien prepararía
una red golpista más consistente, que obtendría la confianza de todos los
movimientos antirrepublicanos. Todos los intentos civiles quedaron diluidos en
el proyecto militar.
A principios de julio, la planificación técnica del golpe estaba casi
terminada. El plan de Mola preveía un levantamiento coordinado de todas las
guarniciones comprometidas, que implantarían el estado de guerra en sus
demarcaciones. Las tropas africanas iniciarían el pronunciamiento, que sería
seguido por las guarniciones insulares y peninsulares. Luego, Mola, al mando de
las fuerzas del Norte, se dirigiría hacia Madrid, donde se habrían sublevado los
cuarteles. Si algo fallaba, Franco cruzaría el Estrecho con el ejército de
Marruecos y avanzaría desde el sur y el este sobre la capital, que caería en una
operación de tenaza. La Constitución de 1931 sería suspendida, se disolverían
las Cortes y se produciría una breve etapa de represión contra los elementos
izquierdistas y los militares no comprometidos en el alzamiento. Después,
Sanjurjo, vuelto del exilio, encabezaría un Directorio militar de cinco miembros,
a la espera de una salida a la crisis de la República.