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LA RENOVACIÓN HISTORIOGRÁFICA

La Renovación Historiográfica no fue sinónimo de volver a los temas desechados tanto por la
Nueva Escuela Histórica (que dominaba el ámbito académico) como por el Revisionismo
dominante en la opinión pública. De lo que se trató la Renovación Historiográfica fue de un nuevo
comienzo.

Dos grandes grupos de estudiosos opositores a ambas situaciones confluyeron para enfrentarlas,
el primero desarrolló su “ataque” en las décadas de 1930 y 1940, mientras que el segundo lo hizo
luego del derrocamiento del Presidente Juan Domingo Perón. Dentro del primer grupo el principal
referente fue José Luis Romero.

Romero realizó su formación académica en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La


Plata, territorio ampliamente dominado por la Nueva Escuela Histórica, pero pese a ello el autor
de “Mendoza y Garay” nunca logró establecer empatía alguna con estos sectores, a quienes le
criticaba la excesiva concentración de sus historiadores en la operación erudita de crítica y edición
documental, algo puramente descriptivo y orientado hacia las dimensiones “ético-políticas”.
Romero no creía que la operación documental sea el eje de la labor del historiador. Romero
vociferaba que los historiadores de la Nueva Escuela estaban apegados a prácticas ridículas y anti
históricas sumidas en el archivismo con el resultado final de una transformación de la historia en
“colecciones de nomenclatura sin contenido alguno”.

José Luis Romero se identificaba con las tradiciones historiográficas del S. XIX, sobre todo con
Jakob Burckhardt, con quien se emparentaba en una curiosidad casi ilimitada y en la prioridad que
le otorgaba a la historia de la sociedad por sobre la del Estado, a la de la cultura por sobre la de la
política, a las fuentes literarias por sobre otras, y a los enfoques sistemáticos por sobre los
cronológicos. Así se distanciaba de las líneas rankeanas que proponían una centralidad en la tríada
Estado-diplomacia-política, una psicología individual de los “notables” y un insistente método de
crítica filológica.

Romero también supo separarse de la historiografía erudita y profesional foránea no sólo de Von
Ranke, sino también de la Escuela Metódica alemana y francesa. Según el historiador argentino
seríamos más justos si llamaríamos historiadores a muchos filósofos, novelistas, hombres de
ciencia antes que los historiadores de profesión, argumentando esto con una frase demoledora:
“el historiador de nuestra época se ha cerrado premeditadamente al drama que ocurría en torno
suyo; pero el mundo ha seguido girando mientras ellos escribían en sus gabinetes”. Para Romero
la desconexión entre la erudición y el tiempo presente será quien oriente y guíe la mirada del
pasado, un pasado constructor de una conciencia histórica que bregue por orientar al hombre en
sus inquietudes y en su hacer contemporáneo.

En 1933 Romero escribe “La Formación Histórica” recogiendo allí una conferencia brindada en la
Universidad del Litoral, en donde da una muestra clara de la unión de historicismo y eticismo a
través de su interpretación de la crisis contemporánea inaugurada con la Primer Guerra Mundial, a
la que presenta como crisis civilizatoria acompañante de la crisis irremediable del capitalismo,
capitalismo visto como un ideal de vida o como una forma de mentalidad. Romero dice encontrar
la solución a esa crisis en la formulación de un ideal ético que reuniera a su vez formas nuevas,
creativas y superiores del espíritu y la justicia social que reposen en una conciencia histórica.

En relación con algunos textos de sus contemporáneos lo que distingue a Romero es su propuesta
optimista y universalista. Ese optimismo, con una fuerte carga idiosincrática y con matrices
iluministas, es compartido con los escritos de Ortega, quien a su vez critica a los historiadores e
idealiza sobre las potencialidades de una “nueva generación” que busca no sólo hacer buenos
diagnósticos sino también propone posibles soluciones para la crisis contemporánea. El sólido
optimismo de Romero tendrá, entonces, una misión pedagógica, crear “individuos colectivamente
responsables”. Su visión universalista lo va a alejar de los nativismos que difundían la historiografía
argentina y el nacionalismo, en una época en donde se buscaba cimentar la nacionalidad. De esta
manera no había para Romero una historia argentina, sino una historia universal.

Otra de las temáticas tratadas por Romero en “La Formación Histórica” es la de larga
perdurabilidad, y lo manifiesta en las conflictivas tensiones que se presentan entre las formas
culturales que se disputan la hegemonía, afirmando que en ellas se deben desentrañar las líneas
del desarrollo de las ideas directrices de la historia occidental.

En 1943, luego de la Revolución de Junio, escribe un largo artículo sobre Bartolomé Mitre, porque
según él la reflexión historiográfica era tributaria del momento en que era realizada, y se
enriquecía en épocas de crisis transformación puesto que ello detentaba una renovada mirada del
pasado. Romero queda deslumbrado porque Mitre excede el mero saber histórico llegando a la
auténtica conciencia histórica, uniendo presente y pasado desde una perspectiva de porvenir.
Romero justifica su posición aseverando que la época de los proscriptos (Alberdi, Echeverría,
Sarmiento) lo único que dejó en materia historiográfica fueron ensayos de “matriz sociológica”.
Según Romero en Mitre se encuentran la historia erudita y la historia filosofante, puesto que el
esfuerzo documental realizado por el narrador de la “historia oficial” se debe tanto a la ausencia
de una labor heurística previa como por su búsqueda de precisión, ya que consideraba que la
historia debía estar fundada sobre hechos ciertos.

Bartolomé Mitre y José Luis Romero se asemejan en la utilidad pedagógica que le cargan a la
historia, en el hilvanamiento de los procesos históricos, en el desarrollo de las ideologías y en la
capacidad para presentar al pasado con todos los ribetes que subyacen en su complejidad. A su
vez, dada la característica de militar-político de uno y de historiador del otro, Romero centra su
interés en los momentos de gestación de los diversos procesos más que en sus posteriores
desarrollos.

Otro gran historiador del S. XIX fue Vicente Fidel López, con quien Romero compartirá la
concepción de una historia universal donde convergen todas las historias nacionales en un cuadro
de conjunto global y unitario indisoluble. Tanto López como Romero se inclinarán hacia la filosofía
de la historia, y por tanto hacia la idea de progreso universal vinculando las problemáticas
presentes con la reflexión sobre el pasado. Lo que José Luis Romero criticará del historiador
decimonónico será la idea de que la historia es el resultado del accionar de individuos notables.
Los tres conceptos fundantes de la mirada histórica de Romero serán los de crisis, cambio y largo
plazo dentro del marco de las ciudades, el comercio y la cultura urbana, construyendo de esta
manera una tercera vía que pugna con la historiografía tradicional y con la historiografía política
en expansión luego de la Segunda Guerra Mundial.

Para José Luis Romero el objeto de la historia en la propuesta historiográfica renovadora estará
constituido no sólo por hechos (orden fáctico), sino también por ideas y representaciones (orden
potencial) en constante interacción. La tarea del historiador será entonces la de exhibir un proceso
más complejo aún, debido a que recae sobre estas conexiones indisolubles entes ambos órdenes,
estableciendo de esta manera la diferencia estratégica entre historia erudita e historia de la
cultura. Según Romero la idea de historia de la cultura no refiere a un campo temático, sino a un
modo de preguntar sobre el pasado, diferente también a la filosofía de la historia. La historia
cultural debe ser comprendida entonces en su dinámica del cambio histórico y en sus dimensiones
de diversidad.

Los dos nombres más representativos de la historiografía renovadora en la etapa post peronista
fueron Alberto Mario Salas y Tulio Halperin Donghi. Salas proponía una innovadora convergencia
entre historia y etnografía en la fase investigativa, apoyándose para ello en el eximio domino de
los documentos analizados desde la filología de la vieja tradición erudita y en el talento narrativo
que lo diferenciaba de ella. Desde un enfoque realista proponía una revalorización de las formas
tradicionales de hacer historia, trabajando con temas circunscriptos, con firmes convicciones en la
veracidad del proceso narrado y en el carácter provisional del mismo.

Alberto Salas fue un historiador de tradición erudita, tradición a la cual supo enriquecer aportando
objetos innovadores. A diferencia de Romero su propuesta historiográfica distaba de ser
globalizadora o generalizadora. Su historia narrativa, tradicional, descriptiva, sin conclusiones
fuertes lo alejaba de los renovadores, mientras que la audacia de sus temas y la distancia de sus
interpretaciones con las de un academicismo demasiado anquilosado también lo alejaban de los
eruditos herederos de la Nueva Escuela.

Tulio Halperin Donghi por su parte es un fiel representante de la historiografía croceana con su
refinado análisis de los textos, su complejo y sofisticado estudio de las operaciones intelectuales y
su atención casi excluyente a las elites entendidas como aquellas que organizan y dan sentido a los
procesos sociales y políticos. Los contextos políticos y sociales son apenas aludidos en las obras de
éste historiador.

Halperin se ve reflejado en la capacidad de Braudel para utilizar la erudición y la crítica


documental con propósitos diferentes a los historiadores académicos tradicionales, y busca en él,
por un lado, los instrumentos necesarios para exprimir un documento. Esa historia a la vez erudita
y plena de ambiciones propia de la sugestividad narrativa braudeliana era para Halperin un modo
de distanciarse de la historiografía académica argentina y del ensayismo, pero también de la
propuesta de José Luis Romero, tratando de dejar atrás la tradición anti positivista.

Conclusión
El desarrollo del informe de lectura deja entrever que el desarrollo del proceso llamado
renovación historiográfica estuvo influenciado no solamente por las corrientes historiografías
europeas sino también por el mismo contexto político acaecido en el país argentino.

Si tomamos en cuenta esto, podremos comprender porque en un periodo anterior al peronismo,


como destaca Devoto, ya se presentan las primeras teorías y textos nacidos de la mano de José
Luis Romero intentan a su vez luchar contra la tradicional forma de estudiar la historia en el
ámbito institucional.

Así todo, el periodo posperonista vera también ingresar dentro de los ámbitos académicos a la
denominada Historia Social que tendrá también grandes representantes y figuras y que en este
sentido estarían influenciados por la corriente de Annales ayudando a comprender la íntima
relación de la historia con las ciencias sociales.

Si bien para Devoto como para Halperin Donghi el periodo de la renovación reavivo el interés por
un estudio de campos que hasta ese entonces no habían ingresado en el análisis histórico, esto
también tuvo su revés en un periodo posterior marcado por el ámbito intelectual internacional y
por la misma crisis que afrontaba el país.