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22/ARGUTORIO nº 16 1er SEMESTRE 2006

EL ÚLTIMO SAFARI
Ada del Moral

Incluimos este cuento dedicado al William Holden de El crepúsculo de los Dioses, la magistral película de Billy
Wilder. Su autora es una joven escritora madrileña, periodista y colaboradora de la revista LEER, la publicación que
dirige el leonés José Luis Gutiérrez.

A estas horas todo es más difícil. Escucho el ru- eres uno de ellos. Yo también. y ya me siento de-
mor de los amantes y es entonces, al abrir mi cama masiado lejos de los seres que palpitan». El pa-
estrecha, cuando me acuerdo de la soledad que pel se posó en la mesa de cristal y entonces, sólo
me persigue, atrapándome en este remanso don- entonces, se alzó de la moqueta para recibir, en
de todos los seres parecen dispuestos a olvidar vez de la brisa que se filtraba por las ventanas
las peleas; y mi voluntad, como una hidra, se di- mal cerradas, una amenaza de desmayo que en-
rige hacia ti porque no le basta tu alma. Pero no dureció su estómago vacío. Quizás hiciera frío.
temas, no deseo que tengas por dueño a más cria- Quizás fuera la fiebre, aquel catarro que le acom-
tura que tú mismo. Porque Libertad es no depen- pañaba desde hacía varias estaciones y le cerraba
der de nadie y yo quiero que podamos crecer, con los pulmones al delicioso humo del tabaco. Se
la certeza de crear algo perfecto, tan sólido como sirvió un Whisky solo, apoyó la cabeza en una
Venecia aunque menos corrompido. Demasiados estantería y manchó, sin darse cuenta, una de sus
lugares nos quedan por visitar cuando tan siquie- fotos. Qué pensativa estaba, ella que no escati-
ra nos conocemos como el mar a quienes pacen maba una sonrisa. Tenía los rasgos muy marca-
en su seno. Sé que el agua salada te entristece, dos, quizás fuera la puesta de sol de aquel día o la
que los canales de Venecia hieren la sensibilidad juventud que, tal vez, la hubiera, por fin, abando-
del país demasiado joven que llevas dentro y, sin nado. En la distancia, entre aquellos árboles tan
embargo, ruego que entiendas el egoísmo de es- flacos cuyo nombre nunca recordaba, se marca-
cribirte sobre aquello que sé no amarás nunca ban las siluetas de elefantes. Desvió la mirada,
para que, al menos, tu mirada acaricie su signi- de nuevo, al rostro que le había perdonado tantas
ficado, porque sin ti, no me sirven de nada. Eres veces y casi, sin querer, con aquel pudor del que
mi hogar. y si algo lo amenaza me creo capaz de ella decía estar enamorada, retiró la humedad,
destruir a la misma Belleza, con un solo dedo. pues ella había dicho, una vez más: todo está per-
Así de Omnipotente me haces. Y no busco ser el dido y era tan inútil destrozar aquel recuerdo como
Dios de nadie. Sólo reclamo protegerte de todo escupir sobre la ceniza. Bebió, con quemazón, el
aquello que no ves y que nos amenaza bajo la vaso entero y se sirvió un tercio más. Se secó la
forma de todas las cosas miserables. La Eterni- frente en los brazos. A ella le encantaba la forma
dad se esconde en un minuto ya cada segundo de sus músculos ¿no se daría cuenta de que em-
que no consumo a tu lado me asalta la sospecha pezaba a parecer la osamenta de un mastodonte,
de ser víctima de un hechizo, como un mago que con piel rugosa, vacía de sustancia? Siempre le
ha enseñado demasiado a aprendices codiciosos habían cohibido las luces artificiales, jamás se
y ahora, permanece en un limbo que no es otra había levantado desnudo de la cama, no tenía de-
cosa que Para Siempre y Sin Esperanza. Y debe- recho. Se cuidaba tan poco... ¡Oh, aquellos hala-
mos estar sembrados de Esperanza o apenas se- gos sobre su figura que dañaron la confianza en
remos otra cosa que la sospecha del anciano mago su cabeza! Y ella había dicho que era mucho más
que, preso en un conjuro, mientras exista algo que inteligente, que era sensible, entonces se ha-
vivo sobre la tierra, cree estar sólo dormido. Esta bía entristecido pues se sufría demasiado. Y ella
es la carta -leyó- que debieras haberme escrito. dijo también: «No permitiré más dolor cerca de
Pero no comprendes nada, salvo al alcohol -que ti». Pero no la contó -ni en el mejor de sus mo-
jamás podrá explicarte- y te consumes salvando mentos- que su reflejo siempre le resultaba des-
a animales en extinción sin darte cuenta de que conocido y ansiaba identificarse con seres libres
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de conciencia. Criaturas no sujetas a más regla pudo entenderla pero le tranquilizaban tanto sus
que su instinto. Como el guepardo, disfrutando dedos, él que no lograba conciliar el sueño sin la
del último calor del Ñu y la pantera, en la orilla, pesadilla de los lobos disfrazados de cordero. Ah,
con el cadáver del facófero a su lado. Ella no po- ese rincón -repleto de pensamientos que nunca se
día contener los gritos: Tú eres el Ñu y la cebra y atrevía a revisar- allá, dentro de la cabeza, a don-
la jirafa. ¿No te das cuenta? ¡Jamás permites que de no la dejó entrar o tal vez no pudo conducirla
quiebren más vida que la tuya! El vaso rodó has- ni un Whisky, ni veinte bastaban. Y los pequeños
ta el piano que nunca había tocado nadie. Le cos- detalles construían una historia o la deshacían.
taba hilar sus pensamientos, en más de cuarenta Ella no conseguía enseñarle nada. Quizás tuviera
y ocho horas, no había comido otra cosa que una demasiados límites, saldría a buscarla para decír-
zanahoria. No recordaba haber hecho compra en selo. Rescataría del fondo del ropero el smoking
las últimas dos semanas. El piso estaba hecho un blanco que ya bailaba sobre sus hombros y hacía
asco. ¿Qué hacía la mujer de la limpieza? Una arrugas sobre la espalda enflaquecida. Pero es tu
mosca se posó sobre los restos del licor de melo- mirada, tu mirada, hermana del antílope y del
cotón que había de- arce y de todas las
sayunado esa maña- criaturas destina-
na. Ella, siempre das a morir, la que
que estaban viajan- me ennoblece, be-
do de un parque na- biendo, en el re-
tural a una reserva y manso bajo tu fren-
de una reserva a un te. No podrás
hospital para fauna arrancártela nunca.
salvaje, insistía en Es el único patrimo-
prepararle el desa- nio de tu alma. Lás-
yuno antes que el tima que no sea su-
sol encendiera la ficiente para haber-
Sabana y cuántas nos mantenido.
noches no dormiría
para ser capaz de Ella, Ella, Ella;
adelantarse a su rá- Fotograma del film «El Crepúsculo de los Dioses», daba igual su nom-
pido despertar. Pero con William Holden y Gloria Swanson bre, que su presen-
él se había enfada- cia no bastara, que
do cuando la vio burlándose de la fealdad del Ri- estuvieran sembrados de finales, sin principios,
noceronte Blanco. Cocktails. Grandes Diamantes. como aquel, tan lejano, tan lejano que temía no
Fama. Quizás fuese como todas. Nunca recorrie- hubiera sucedido jamás. Sintió vergüenza, dolor
ron Europa. Jamás pisaron los carnavales de casi por la carta que apenas podía ya leerse, la
Venecia ni se detuvieron sobre los Cárpatos moqueta antaño beige, la mesa de cristal que se
exultantes. Hacían el amor, con rabia, hasta muy ensució primero al tropezar; se retiró un mechón
tarde y seguían a los regueros de animales derra- de la frente, apelmazado, y los ojos le alcanzaron
mados en la arena, que indicaban la fiesta del ca- hasta las vitrinas donde se había extendido aquel
zador furtivo. No había suficiente en la botella. líquido sin el que ahora se sentía tan cansado. No
Abrió todas las alacenas y rompió, en un abrazo, sabía cuanto podía haber perdido. La herida, un
una mesita, repleta de cosméticos, antes de dar poco más abajo de la sien no parecía gran cosa, y
con medio litro de vodka. Ella, una tarde exenta sin embargo, continuaba sangrando tanto que pa-
de disputas, había recorrido con las uñas su ros- recía una liberación. Y pronto, llegaría el momento
tro diciendo: «Este es el paisaje que yo quiero». de encontrarla, devolverle la esperanza que había
Ahora recordaba que antes de él, se cuidaba mu- dejado en él y quizás, si juraba no escribir otra
cho las manos e iba a hacerse la manicura, al se- carta como aquella -antes la vida, pero no más
guirle, todo aquello acabó y ella dijo, en un susu- esas palabras, cargadas de razón- navegar en gón-
rro, mirando sus uñas demasiado largas: «Había dola por los apestados canales, bajo un cortejo de
olvidado que son como raíces» y entonces él de- máscaras.
seaba formar parte de su cuerpo y la hería para
que le permitiera quedarse. «Qué condena no po-
der estar juntos ni separados» meditó ella. No * Ada del Moral es periodista y colaboradora de la revis-
ta «Leer»