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Historia Institucional Argentina – FCJS – UNL

Primer cuatrimestre año 2006.

Documentos para analizar:


La Revolución Argentina (1966)

Fuente: Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina

Tras el derrocamiento del gobierno radical de Arturo Illia el 28 de junio de 1966, se abrió un
nuevo período de gobiernos militares en la historia argentina, denominado la “Revolución
Argentina”, que culminó con el retorno del peronismo al poder en 1973. Tres gestiones se
repartieron este período: la del general Juan Carlos Onganía (junio de 1966-junio de 1970), la del
general Marcelo Levingston (junio de 1970-marzo de 1971) y la del general Alejandro Agustín
Lanusse (marzo de 1971-mayo de 1973).

El golpe fue justificado por sus ejecutores en las supuestas falencias de la democracia liberal
y en la existencia de una crisis integral:

(...) “la pésima conducción de los negocios públicos por el actual gobierno, como
culminación de muchos otros errores de los que le precedieron en las últimas décadas,
de fallas estructurales y de la aplicación de sistemas y técnicas inadecuadas a las
realidades contemporáneas, han provocado la ruptura de la unidad espiritual del pueblo
argentino, el desaliento y el escepticismo generalizados, la apatía y la pérdida del sentir
nacional, el crónico deterioro de la vida económico-financiera, la quiebra del principio de
autoridad y una ausencia de orden y disciplina que se traducen en hondas
perturbaciones sociales y en un notorio desconocimiento del derecho y de la justicia.
Todo ello ha creado condiciones propicias para una sutil y agresiva penetración marxista
en todos los campos de la vida nacional, y suscitado un clima que es favorable a los
desbordes extremistas y que pone a la Nación en peligro de caer ante el avance del
totalitarismo colectivista.

Esta trágica realidad lleva ineludiblemente a la conclusión de que las Fuerzas Armadas,
en cumplimiento de su misión de salvaguardar los más altos intereses de la Nación,
deben adoptar, de inmediato, las medidas conducentes a terminar con este estado de
cosas y encauzar definitivamente al país hacia la obtención de sus grandes objetivos
nacionales (...)”

La crítica al funcionamiento de la partidocracia liberal aparece explícita en el llamado “Mensaje


de la Junta Revolucionaria al Pueblo Argentino” del 28 de junio de 1966, que sostiene:

(...) La transformación y la modernización son los términos concretos de una fórmula de


bienestar que reconoce como presupuesto básico, y primero, la unidad de los
argentinos. Para ello era indispensable eliminar la falacia de una legalidad formal y
estéril bajo cuyo amparo se ejecutó una política de división y enfrentamiento que hizo
ilusoria la posibilidad del esfuerzo conjunto y renunció a la autoridad de tal suerte que
las Fuerzas Armadas, más que sustituir un poder, vienen a ocupar un vacío de tal
autoridad y conducción antes de que decaiga para siempre la dignidad argentina (...).

Mensaje de la Junta Revolucionaria al Pueblo Argentino, Buenos Aires, 28 de junio de 1966, citado en Osiris G.
Villegas, op. cit., Anexo 1 del Acta de la Revolución Argentina, p. 316, y G. Bra, op. cit., Apéndice documental, Anexo
1, pp. 125-126..
En consecuencia, tras el golpe de junio de 1966, el sistema democrático dejó su lugar a un
gobierno militar, que tuvo como objetivo expreso el de concretar cambios de carácter estructural,
a nivel socioeconómico, político, cultural y tecnológico. De acuerdo con el objetivo general
establecido en el Anexo 3 del Acta de la Revolución Argentina, el nuevo gobierno debía

(...) “Consolidar los valores espirituales, elevar el nivel cultural, educacional y técnico;
eliminar las causas profundas del actual estancamiento económico, alcanzar adecuadas
relaciones laborales, asegurar el bienestar social y afianzar nuestra tradición espiritual
basada en los ideales de libertad y dignidad de la persona humana, que son patrimonio
de la civilización occidental y cristiana; como medios para restablecer una auténtica
democracia representativa en la que impere el orden dentro de la ley, la justicia y el
interés del bien común, todo ello para reencauzar al país por el camino de su grandeza y
proyectarlo hacia el exterior.”

Esta tarea estructural estuvo formalmente a cargo del general Juan Carlos Onganía, líder de la
facción “azul” del Ejército que venía imponiéndose a la de los “colorados” desde 1962. Onganía
exigió como condición para asumir la presidencia que las fuerzas armadas volviesen a sus
tareas específicas y no interfirieran en la acción de gobierno. A diferencia de las gestiones civiles
y militares que deambularon por la Casa Rosada entre 1955 y 1966, la llegada del general
Onganía a la presidencia estuvo respaldada por un amplio consenso inicial, proveniente de
sectores muy diversos de la sociedad argentina, desde productores agropecuarios y grandes y
pequeños empresarios hasta dirigentes sindicales. También formaron parte del gabinete de
Onganía integrantes de asociaciones católicas importantes, tales como el Ateneo de la
República, los Cursillos de Cristiandad y el Opus Dei. Incluso, algunos partidos políticos
otorgaron apoyo al nuevo régimen -el desarrollismo y el peronismo entre otros-; por el contrario
no lo hicieron los radicales, socialistas y comunistas.

Desencantados tanto de la democracia liberal como de las experiencias políticas anteriores y


deseosos de un “cambio revolucionario” que sacara a la Argentina del estancamiento, los
distintos sectores sociales idealizaron la figura del recién llegado a la Casa Rosada, y -como
sostiene Félix Luna- otorgaron a Onganía una “imagen” de hombre fuerte, con autoridad en las
fuerzas armadas, prestigio en los sectores obreros, sensibilidad popular, espíritu práctico y
sentido de modernidad.