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TEMA 1. LA GÉNESIS HISTÓRICA DEL ESTADO NACIONAL

“La formación histórica del Estado nacional” de Ramón Ramos en Benedicto y Morán
(Eds.) Sociedad y Política (págs. 35-67)

La génesis del Estado nacional se puede conceptuar de distintas maneras: como formación,
creación o construcción. En todos estos casos se supone un proceso temporal a lo largo del cual
se ha ido constituyendo ese tipo de Estado hasta alcanzar una identidad propia. Mientras creación
y construcción suponen un proceso que tiene creadores o constructores y responde básicamente
a los planes o intenciones de alguien, formación es un término mucho más neutral que se limita a
dar cuenta de un proceso en el que algo va cobrando una determinada forma hasta adquirirla
clara y distintamente. Acepta la posibilidad de que el proceso estudiado no sea un resultado
intencional, sino una consecuencia que se ha acabado por afirmar sin responder a la intención de
nadie.
La conceptuación de la génesis del Estado nacional en términos de formación conecta con
una tradición que, en las ciencias sociales, viene de lejos (Tocqueville, Marx, Weber, Simmel,
Elias) y sigue siendo sólida en la actualidad (Mann, Tilly). Los procesos cruciales de cambio social
han de ser entendidos como consecuencias no intencionales de acciones intencionales y, por lo
tanto, como procesos básicamente ciegos que no responden a plan alguno.
Hay dos perspectivas plausibles para abordar la génesis del Estado nacional. Una concibe
el proceso como el de la estatalización de la nación; la otra, como el de la nacionalización del
Estado. En el primer caso, se supone que la nación preexiste al Estado y que el proceso
transcurre a lo largo de dos fases básicas: una inicial de autoconciencia de la nación y otra
posterior en que se autoorganiza en términos estatales. En el segundo caso, por el contrario, se
supone que las estructuras estatales son previas a la nación y que el Estado nacional se forma en
un proceso, identificativo o reactivo y más o menos exitoso, de nacionalización.
La segunda perspectiva es más realista o históricamente más plausible. En términos
históricos, el proceso inicial se pone en marcha originariamente en Europa occidental desde el
siglo XV hasta la segunda mitad del XVIII; por su parte, el proceso específico de nacionalización
arranca significativamente en tiempos cercanos a la Revolución de 1789 y no se cierra hasta el
siglo XX, coyuntura en la que se mundializa de la mano del proceso contrario de globalización.
Las razones de una opción a favor de la sociología histórica en este campo de estudio han
sido suficientemente argumentadas en los último años. Sintéticamente, para hacer inteligible el
Estado es necesario tomar en consideración, en términos historiográficos precisos, el proceso de
su génesis y formación, atendiendo tanto a la especificidad de las condiciones iniciales de que
arranca, como a la singularidad de las trayectorias históricas de su constitución y a los márgenes
de variación de sus resultados finales.

El problema de la formación del Estado nacional


En lo que atañe a la ingente literatura histórico-sociológica actual, tres son las perspectivas
de indagación dominantes. La primera perspectiva es la de Marx y su plural tradición. El problema
de Marx es el de dar razón de la formación del Estado en el marco de la génesis, estructura e
historia propia del capital. La segunda perspectiva es la de Weber y su problema es el de
reconstruir la génesis de un tipo de Estado cuyo principio de legitimación y cuyas características
administrativo-organizativas constituyen novedades que sólo aparecen claramente en Occidente.
La tercera y última perspectiva es más reciente. La ha protagonizado Moore (1976). El problema
de Moore es el de dar cuenta del conjunto de circunstancias que han llevado a que las nuevas
maquinarias estatales se hayan bifurcado en dos tipos de formas de gobierno, unas tendentes
hacia la democracia y otras hacia el autoritarismo.
El problema de Weber es especialmente próximo a lo que nos ocupa: el surgimiento de un
tipo de Estado que hizo posible su ulterior nacionalización. La solución del problema de Weber
tiene dos caras. Por un lado, precisa especificar las características del Estado que, como
resultado final, se está indagando; por el otro, ha de dar cuenta del proceso histórico de su
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formación. Sabido es que Weber propuso una definición general del Estado en la que se
enfatizaban tres componentes: la territorialidad, el monopolio de la violencia y la pretensión de
legitimidad.
El Estado que se acaba formando en el período histórico estudiado tendría las notas
genéricas de la territorialidad, el monopolio de la violencia y la legitimidad y adquiriría las notas
diferenciales de la organización burocrática y la dominación legal. Weber es muy explícito sobre el
concurso de factores que empujan a los aparatos administrativos de dominación hacia la
burocratización. En efecto, dando cuenta de lo que denomina “supuestos sociales y económicos”
de la administración burocrática, propone la siguiente batería de factores:
a) desarrollo de una economía monetaria,
b) nuevos medios de comunicación a disposición del aparato de dominación,
c) ampliación de las funciones administrativas del Estado,
d) concentración de los medios materiales (de dominación) en manos del imperante,
e) nivelación social y económica de los grupos políticamente dominados,
f) superioridad técnica de la burocracia sobre cualquier otra organización.
A y B son factores que conectan el problema de Weber con el problema de Marx, pues
hacen referencia a cambios económicos y tecnológicos que inciden sobre el proceso de
burocratización del Estado y, por lo tanto, a sus condiciones externas o extra-políticas. El factor F
desborda el problema de la génesis para situarse propiamente en el de la reproducción. Son los
otros tres factores reseñados los que se sitúan total (C y D) o significativamente (E) en el campo
específico de las relaciones de dominación política.
Los cambios en los medios de comunicación, el incremento de funciones estatales, la
concentración en la disputa política de los medios de administración y la relativa nivelación de los
súbditos han de incidir decisivamente sobre la territorialidad del poder político-estatal. Permiten la
consolidación de un centro territorial del poder (capital o corte), una ágil y rápida comunicación
entre ese centro y la periferia, una penetración intensiva del Estado en aspectos variados de la
vida social y una homogeneización político-territorial. Son estos cambios en la base territorial del
Estado los que constituyen las condiciones de posibilidad de la burocratización.
Por su parte, el desarrollo de las redes de comunicación, la concentración de medios
administrativos y la nivelación política de los súbditos generan cambios en la capacidad del
Estado para monopolizar efectivamente la violencia. Por último, el desarrollo de una economía
monetaria, la ampliación de la esfera de acción estatal y la ya reseñada nivelación de los súbditos
crean las bases para conmover viejos principios de legitimación y abren la posibilidad de una
racionalización jurídica que se plasmará en términos de legalización de la dominación.

La situación de partida y la constitución del sistema europeo de estados soberanos


Tilly ha subrayado especialmente la diferencia entre la situación política de Europa a finales
del s. XV y la que emerge tras la Revolución de 1789 y se va definiendo paulatinamente durante el
siglo XIX. La Europa de 1490 era una región muy fragmentada políticamente. Coexistían
organizaciones estatales muy diferentes que pueden reducirse a tres tipos básicos: imperios,
ciudades-estados y estados proto-nacionales. Diferían tajantemente entre sí en términos de las
soluciones que acordaban a los problemas básicos de la soberanía estatal: la territorialidad, el
monopolio de la violencia y su principio de legitimidad.
Al final el Estado nacional se impuso primero configurando el mapa político de la Europa del
XIX; más tarde, ya en el XX, mundializándose. En el marco de estas líneas de continuidad
mantenedoras de la diversidad inicial surgen dos datos nuevos que confieren unidad a la
situación. El primero se refiere a una nueva semántica de la política que es signo en toda Europa
del surgimiento de una nueva maquinaria estatal a la que hay que dar sentido. El segundo es la
formación y consolidación de un sistema europeo de Estados.
Surge un nuevo léxico político europeo y líneas innovadoras de su significación. Los
conceptos clave son Estado y soberanía. El status medieval, que hacía referencia a la situación o
condición de poder del monarca, pasa a concebirse como una concentración de poder separada y
objetivada institucionalmente que asegura la pacificación y estabilización de las relaciones
políticas. Ese Estado estable y pacificador se articula en términos de soberanía.
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La evidencia histórica muestra que los Estados europeos de la época eran convulsos e
inestables y que la soberanía, como voluntad incontestable del príncipe, era logísticamente
imposible y se mostraba más bien como voluntad compartida y/o contestada. El nuevo Estado y la
nueva soberanía eran más pretensiones doctrinales que realidades políticas. La nueva semántica
nos proporciona un buen retrato de situación del problema general de las organizaciones políticas
de la época. Es claro en qué consiste: la formación de un Estado soberano.
El cierre de espacios que asegura la soberanía del Estado es, pues, liberación frente al
poder de otros y unificación interna del propio poder. Tales son las condiciones de posibilidad de
surgimiento del Estado soberano. Las implicaciones de este hecho son relevantes. La primera de
esas implicaciones es que la soberanía se ha de afirmar doblemente, tanto cara al interior
(inclusión) como al exterior (exclusión) de la frontera trazada. La segunda es que la soberanía
estatal se construye y afirma en el marco de otras soberanías competitivas, lo que exteriormente
se traduce en forma de un sistema de Estados. La tercera implicación es que la lógica
comunicativa de esa construcción es la de la violencia: los Estados soberanos se construyen
comunicándose violentamente hacia el exterior y el interior.
El sistema europeo de estados
A lo largo del siglo XVI, sobre el territorio de una Europa limitada se van configurando los
rudimentos de un sistema de Estados de base territorial más amplia que las pequeñas entidades
italianas. Un sistema que todavía vive parcialmente dominado por el doble legado de la Edad
Media: la idea de un Imperio de soberanía limitada sobre territorios dispersos y la interferencia
religiosa en la política de Estado. Es la Paz de Westfalia (1648) la que consolida el sistema
emergente en sus rasgos fundamentales y se consagra la secularización de la política. A partir de
ese momento, el sistema se expande al conjunto de Europa.
El sistema es dinámico tanto en términos espaciales como en sus relaciones internas.
Espacialmente se expande desde el Mediterráneo hacia el Atlántico, desde el Oeste hacia el Este
de Europa y de ésta hacia sus colonias mundiales. Su dinamismo interno resulta de la precariedad
de la situación de los miembros en su interior y las cambiantes relaciones (enfrentamientos y
alianzas) de éstos. Su complejidad resulta de su interna diversificación regional, del cúmulo de
variables (dinástico-patrimoniales, religiosas, mercantiles, geopolíticas) que intervienen en las
relaciones y de la fragilidad de los acuerdos en los que desembocan las confrontaciones bélicas.
Los conflictos civiles (sucesiones, rebeliones locales o regionales, “guerras civiles”) de cada
Estado se convierten con facilidad en conflictos bélicos entre Estados, mostrándose así la frágil
distinción entre procesos “externos” e “internos”.
Lo relevante es que es el sistema el que proporciona incentivos hacia la convergencia de
organizaciones políticas muy diferenciadas entre sí. La constatación de este hecho es la base
para postularlo como el precipitante fundamental de la burocratización-legalización de los Estados
que en él se enfrentaban.
El sistema de Estados rivales impidió en Europa el triunfo del Imperio, precipitando la
racionalización de los Estados enfrentados y creando las condiciones óptimas para el
afianzamiento y la expansión de un capitalismo que, a su vez, realimentó la racionalización del
Estado. En definitiva, la racionalización estatal es análoga a la racionalización económica:
producto de la competencia y de la supervivencia de los que alcanzan un grado mayor de
eficiencia.
El lenguaje básico y reiterado fue el de la guerra. Así pues, antes de precipitar un
diagnóstico, lo que habrá que averiguar es en qué consistía ese lenguaje de la guerra, qué efectos
tuvo sobre las maquinarias estatales y qué conjunto de circunstancias lo hicieron posible.

La revolución militar y los estados


En 1955 Roberts propuso la idea de que en el siglo XVI se había asistido en Europa a una
revolución militar que, transformando radicalmente (en su técnica, volumen y organización) el arte
de la guerra, había tenido efectos profundos sobre la política y la economía. Se entiende por
revolución militar las hondas transformaciones en el armamento, la organización, la táctica, la
estrategia y el volumen de los ejércitos que, aparecidas de forma todavía parcial en la Italia del
siglo XV, se consolidan y desarrollan en los siglos XVI y XVII, dominando el arte de la guerra
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hasta la segunda mitad del s. XVIII. Esta revolución afectó tanto a la guerra terrestre como a la
guerra en el mar.
La novedad fundamental en el armamento resultó de la utilización de la pólvora, que
permitió la fabricación de nuevas y más eficaces armas personales y, sobre todo, el desarrollo de
la artillería pesada de asedio. Ambas innovaciones supusieron la crisis definitiva del tradicional
arte de la guerra medieval basado en la caballería pesada de los señores feudales y sus castillos
de altos muros de piedra.
En términos de organización militar se pasa de un ejército de señores o de ciudadanos a un
ejército de mercenarios que son reclutados, administrados y controlados por los poderes políticos.
Este tipo de ejército mercenario, formado por tropas “nacionales” o extranjeras, basado en la
soldada y con un núcleo importante de tropas permanentes, va a ser el modelo característico de la
organización militar a lo largo del período. Es el tipo dominante y la base de los ejércitos europeos
hasta finales del siglo XVIII. En términos logísticos, estos ejércitos son aprovisionados
básicamente por contratistas privados que contratan con los Estados para las distintas campañas.
Otras innovaciones fundamentales se refieren a aspectos tácticos y estratégicos: primacía
de la guerra de asedio, organización en unidades de tamaño pequeño y controladas centralmente,
racionalización extrema de los movimientos de las unidades. El primer rasgo es decisivo para
comprender las características de las campañas bélicas, su larga duración, el volumen creciente
de los ejércitos y el incremento imparable del gasto que las guerras comportan. El segundo y
tercero aparecen claramente en los ejércitos holandeses, que innovaron (trincheras, instrucción en
el uso de armas, movilidad de las unidades) decisivamente frente a los tercios españoles. Estas
innovaciones permitieron el crecimiento espectacular del volumen de los ejércitos.
El proceso de transformaciones en el arte de la guerra fue lento y en muchas regiones de la
belicosa Europa no fue completo. Por otro lado, las múltiples innovaciones, lo mismo que abrían
posibilidades en las confrontaciones entre Estados, marcaban estrictos límites que no se
superarían hasta la gran crisis bélica de la Revolución o incluso hasta bien entrado el siglo XIX.
Parker ha destacado que la revolución militar estuvo durante mucho tiempo circunscrita al
viejo espinazo de la Europa urbana. Es más, hasta 1730 corrieron en paralelo dos tipos muy
diferentes de confrontaciones bélicas: las costosísimas y lentas guerras de asedio en Europa
occidental y las más rápidas y económicas guerras en campo abierto de Europa oriental.
Límites de la revolución militar
En términos tanto ofensivos como defensivos el nuevo arte de la guerra proporcionaba una
eficacia muy superior a los modos tradicionales de guerrear. La expansión mundial de los Estados
europeos de la época no hubiera sido posible sin contar con los nuevos ejércitos y las nuevas
marinas dotadas de barcos rápidos, bien artillados y que revolucionaron el arte de la guerra en el
mar.
Los ejércitos del siglo XVIII no se diferenciaban básicamente de los ejércitos más
desarrollados de los dos siglos anteriores: ejércitos de movimientos lentos, largos asedios,
campañas nunca definitivas, guerras de desgaste. Sólo las transformaciones de la segunda mitad
del XVIII (organización más flexible, aparición de infantería y caballería ligeras, artillería más
ligera, mejora de la topografía, aparición de Estados mayores, etc.) supondrán un paso cualitativo
que irá más allá de los límites fijados por las innovaciones bélicas del siglo XVI.
Con todo, estas limitaciones intrínsecas del nuevo arte de la guerra son, en gran parte, hijas
de las limitaciones externas. Las fundamentales fueron económicas. El sistema de
comunicaciones europeo no era en el XVIII cualitativamente superior al de los siglos anteriores y
las campañas tendían todavía a desarrollarse de forma estacional, dependiendo del buen tiempo y
de las buenas cosechas.
Efectos de la revolución militar
Si interesa la revolución militar es por sus previsibles efectos sobre el proceso de formación
de los Estados europeos. Desde Weber se ha venido insistiendo sobre la centralidad que en la
configuración de los aparatos de dominación tiene la específica organización militar.
Es evidente que todo apunta a que no podemos dejar de lado las relaciones del arte de la
guerra con el proceso de formación de Estados. Lo que habrá que determinar es qué efectos tuvo
lo uno sobre lo toro y hasta que punto podemos reconducirlos a un esquema o modelo general.
¿Qué efectos tuvo la nueva guerra sobre los plurales Estados de la época? A la hora de
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responder hay que ser prudente y descomponer la pregunta en tres: ¿fue la nueva guerra un
mecanismo selectivo para los distintos estados? ¿supuso el nuevo arte de la guerra, directa o
indirectamente, un incremento apreciable en la burocratización de los Estados que lo practicaban?
¿generó la revolución militar una respuesta en términos de centralización y autoritarismo
crecientes de las maquinarias estatales?
Con relación a la primera pregunta, la contestación, obvia y sólida historiográficamente, sólo
puede ser afirmativa, pues es evidente que las guerras libradas en el sistema europeo de Estados
actuaron como un mecanismo selectivo, haciendo desaparecer a algunos Estados, consolidando
otros y problematizando la supervivencia de los restantes.
Así pues, es evidente que la guerra fue un problema decisivo en la formación del Estado
durante toda esa época y que se trataba de un reto muy exigente que no estaba al alcance de la
capacidad demográfica, económica y organizativa de muchas de las maquinarias estatales.
Al adentrarse en la organización efectiva de esos ejércitos numerosos y complejos, el retrato
que resulta no casa plenamente con el de la burocracia racional: ejércitos indisciplinados dados al
botín y al pillaje, con altísimos niveles de deserción; los cuadros de mando no eran seleccionados
según capacidad; la formación de la tropa estaba en manos de empresarios semi-privados que
actuaban como reclutadores; el armamento era heterogéneo; existían carencias de suministros.
Todo ello está muy lejos de la imagen de un ejército organizado burocráticamente que prefigure
un Estado del mismo tipo. El más próximo a esta imagen fue el ejército prusiano del XVIII,
rígidamente jerárquico y disciplinado por el látigo.
Todos los Estados sufrieron el impacto de la guerra, ese impacto fue crítico: generó una
situación en la que se tuvo que proceder a cambios sustantivos. Es evidente que Estados como el
prusiano y el ruso, que se edificaron en gran parte como respuesta al impacto de la guerra, se
aproximaron más al modelo de la centralización y el autoritarismo. Pero no menos cierto es que no
ocurrió lo mismo en casos tan dispares como la España de los Austrias o su rival, las Provincias
Unidas. Thompson ha mostrado cómo el desesperado esfuerzo bélico que llevaría a la monarquía
española a la ruina, lejos de provocar una centralización y una disminución autoritaria de la
autonomía de los poderes locales, supuso lo contrario: descentralización del aparato militar,
concesión de privilegios a los poderes locales, privatización del esfuerzo bélico.
Las Provincias Unidas preservaron su organización política descentralizada y su régimen
plutocrático de gobierno. La lógica comunicativa de la guerra, que conformó y dinamizó el sistema
europeo de Estados, tuvo las características novedosas que se indican en la propuesta de la
revolución militar. Generó guerras muy exigentes y estableció un mecanismo selectivo para todas
las maquinarias estatales. Pero no resulta tan claro que la nueva guerra supusiera un paso
decisivo hacia un ejército compactamente burocratizado que prefigurara la suerte ulterior de los
aparatos estatales, gracias a una suerte de militarización del Estado.

Los dineros de la guerra


El nuevo arte de la guerra era caro. Lo era en razón de todos sus componentes
fundamentales: la soldada de voluminosos ejércitos en campaña, aprovisionamientos, nuevos
armamentos, edificación de bastiones defensivos, prolongados asedios, construcción de naves de
guerra, alimentos para marinería, etc.
Todo esto rebasaba la capacidad fiscal de las endebles maquinarias estatales patrimoniales,
generando una crisis profunda de la que surgieron distintas respuestas fiscales, variación que es
decisiva a la hora de dar cuenta de la formación del Estado. Mann proporciona una visión de
conjunto de la evolución fiscal que se puede resumir en tres puntos: a) hasta bien entrado el siglo
XVIII el Estado no dispone de una parte considerable de la renta nacional; b) de los siglos XII a
XVI se asiste a una fluctuación de las rentas del Estado ligadas a la coyuntura de guerra/paz; a
partir del XVI hay un incremento de los ingresos; c) durante todo el periodo, los gastos estatales
son básicamente gastos ligados a la empresa bélica; sólo en el XIX empiezan a crecer
significativamente los gastos civiles.
Los Estados son entonces débiles a la hora de penetrar fiscalmente en sus territorios
soberanos y disponen de una parte muy limitada de la renta nacional. El segundo rasgo muestra
el cambio que comportó la revolución militar: los presupuestos estatales dejan de fluctuar en
función de puntuales aventuras guerreras para incrementarse y dotarse de estabilidad. El tercer
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rasgo muestra lo que es característico de las maquinarias estatales pre-nacionales: las arcas
estatales son arcas para la guerra, los gastos militares dominan totalmente los gastos del Estado.
El problema emergente es dar cuenta del proceso a lo largo del cual los Estados adquirieron
mayor capacidad de penetración fiscal, consiguiendo hacerse con una parte relevante de las
rentas de sus súbditos en pos de sus aventuras guerreras y superando los estrechos límites
fiscales a que estaban sometidos tradicionalmente.
Los estados patrimoniales tuvieron que transformar más traumáticamente sus maquinarias
fiscales para evolucionar del Estado patrimonial al Estado fiscal. Es evidente que, cuando lo
consiguieron, lo lograron en forma muy distinta, tanto por su eficacia recaudatoria como por las
estructuras estatales resultantes.
Techos fiscales del Estado
Para dar cuenta de estas variaciones, tomemos en consideración los tres techos fiscales
con los que se topan las maquinarias estatales, es decir, los limites a que está sometida su
capacidad recaudatoria. El primero es un techo económico: la capacidad de recaudar impuestos
depende siempre de la riqueza del territorio y especialmente de la monetización de su economía,
pues en tal caso se requiere un menor esfuerzo coactivo-organizativo para detraer recursos.
Es evidente que un Estado tendrá un techo económico tanto más elevado cuanto más
desarrollada monetariamente esté su economía. Pero no es el único límite. Hay otro inscrito en el
Estado mismo: su techo administrativo. Es la muestra de su capacidad o poder infraestructural, es
decir, de la organización de que dispone para recaudar por sí mismo eficaz y económicamente.
El tercer techo es el político. En el marco de las posibilidades que fijan los dos anteriores, la
capacidad recaudatoria del Estado estará determinada por las resistencias o la colaboración que
muestren los potenciales contribuyentes. Más allá de un determinado nivel de presión fiscal se
habrá superado el techo político y los requeridos contribuyentes, siempre que dispongan de los
medios organizativos adecuados y cuenten con potentes alianzas sociales, se rebelarán.
Los tres techos están interrelacionados. Un alto techo económico compensará un bajo techo
administrativo y/o un bajo techo político. La capacidad recaudatoria del Estado será el producto de
la específica combinatoria de las tres variables. Tilly ha destacado que los distintos recursos que
el Estado puede obtener (impuestos indirectos, tributos, renta, bienes inmuebles, etc.) dependen
de las condiciones económicas, administrativas y políticas (economía monetizada, eficacia
administrativa, capacidad coactiva eficaz, consenso político).
Ante el incremento de los gastos de la guerra, los estados del siglo XVI tuvieron que recurrir
al expediente ya utilizados anteriormente: endeudarse. Se trataba de préstamos ligados a las
sucesivas campañas bélicas, obtenidos en el propio territorio o en los mercados externos, a corto
plazo y con altos intereses. La deuda se fue acumulando y, como solución, se intentó forzar la
obsoleta maquinaria fiscal patrimonial para incrementar la capacidad recaudatoria del Estado:
subiendo impuestos, vendiendo bienes, títulos y cargos, requisando joyas, oro y plata,
estableciendo moratorias de pago, creando monopolios, imponiendo préstamos forzosos,
acuñando moneda, depreciando moneda, declarando bancarrotas, etc.
Su eventual éxito coyuntural no oculta su fracaso estructural. Económicamente fracasaron
porque la rapiña del Estado agotó la economía de algunos países, llevó a la invisibilización de su
riqueza, arruinó algunas de las más potentes casas financieras, alimentó el ciclo ruinoso de
créditos, convirtió a los capitalistas en rentistas dependientes del Estado, etc. políticamente, la
presión del Estado, al desbordar los límites tradicionales de lo legítimo, generó fuertes crisis
políticas.
Capitalización y coerción intensivas
¿Cómo lograron salir los Estados del atolladero si su sistema comunicativo era la guerra y
ésta requería más y más dinero? Los dos extremos se pueden denominar vías de capitalización
intensiva y de coerción intensiva (Tilly). Entre ambos extremos se sitúan posiciones equidistantes
o que se acercan más a alguno de los polos. A lo largo del período las distintas maquinarias
estatales mantuvieron básicamente su impotencia administrativo-recaudatoria y tuvieron que
recurrir típicamente a la ayuda o colaboración de los poderes locales o de capitalistas privados a
los que se cedía el cobro de los impuestos.
La capitalización intensiva lleva al Estado fiscal plutocrático: sobre la base de una economía
muy desarrollada en términos monetarios se va conformando un estado que puede enfrentar los
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retos militares contando con recursos suficientes, relativamente fáciles de recaudar y sobre cuya
administración tienen un acceso privilegiado los grupos que dirigen su avanzada economía. La
coerción intensiva lleva al Estado patrimonial autoritario: en un país poco urbanizado y con escaso
desarrollo de la economía monetaria se va asentando un Estado que, enfrentado al reto militar,
construye un aparato autoritario que consigue superar los estrechos límites de su escaso poder
infraestructural, integrando coactivamente en su seno a los grupos que posee el poder local.
Las Provincias Unidas (Holanda), en el curso de un larguísimo conflicto bélico con la mayor
potencia militar del momento se fue construyendo una maquinaria estatal con una capacidad fiscal
que superaba a todos los estados europeos de la época. La administración fiscal estaba
descentralizada y privatizada. Se consiguieron más recursos para el Estado sobre la base de una
economía monetaria desarrollada y un eficaz sistema de impuestos indirectos sobre el consumo.
Pero hubo algo más y fue lo realmente decisivo: la revolución fiscal del Estado mismo. Sus
características fueron la emisión de deuda pública a largo plazo, suscripción voluntaria de deuda,
respaldo de la emisión por parte de las entidades financieras, pago puntual en los plazos
acordados.
El sistema dependía de la confianza pública y de la necesidad de preservar la
independencia frente a potencias rivales. Pero también lo hacían porque ellos mismos
administraban políticamente los recursos detraídos, contrataban los arrendamientos de impuestos
y recibían rentas seguras del Estado.
También en Inglaterra, sobre la base de su economía mercantil y monetizada, se operó la
revolución financiera según el modelo holandés, aunque en el seno de una sociedad menos
homogénea y en la que retenía un mayor poder la aristocracia terrateniente. En los dos casos
reseñados estamos ante variantes más o menos puras de un mismo modelo. El problema fiscal
que generaron los crecientes gastos de la guerra fue solucionado por medio de un nuevo Estado
fiscal, que iba más allá de las rudimentarias técnicas del Estado patrimonial y detraía sus recursos
de una economía desarrollada mercantilmente que él mismo impulsaba. A la par, se elevó el techo
político de la fiscalidad siguiendo una modalidad típica: incorporando a los propietarios de capital
al Estado mismo, dándoles cobertura, orientando la política militar atendiendo a sus intereses.
Muy distinto es el caso de Rusia, que presionada militarmente por Suecia y Polonia, se vio
abocada a la construcción de una maquinaria estatal y militar que pudiera competir y asegurar su
soberanía como Estado. Lo consiguió pero fue resultado de un pacto entre un Estado patrimonial
autoritario y una nobleza terrateniente que se incorporó masivamente a la maquinaria estatal. El
Estado se apoyó en la nobleza que disponía del poder local, convirtiéndola en mediadora fiscal, es
decir, responsabilizándola de la recaudación de los impuestos que pesaban sobre los campesinos.
Así se siguió manteniendo un techo económico muy bajo: sólo un tercio de los impuestos llegaban
realmente a las arcas del Estado. Pero la extensión del territorio y sus bases demográficas
conseguían compensar la baja intensidad fiscal. Lo fundamental era la ampliación del techo
político conseguida en términos coactivos.
Entre los extremos que suponen las Provincias Unidas y Rusia se sitúan los distintos
estados europeos. Lo característico en ellos fue su compleja combinatoria de elementos propios
del Estado fiscal y del Estado patrimonial. Es en este contexto donde se hacen relevantes las
diferencias en grado de autoritarismo, los niveles variables de burocratización, la legalización
variable de la dominación y el grado de incidencia del capitalismo sobre la formación del Estado.

El Estado, la ciudad y la corte


La construcción de la soberanía, como fijación de una frontera que separa lo interior de lo
exterior, comportó una lógica comunicativa específica, la de la violencia, que pacificaba en el
interior y guerreaba en el exterior. Su fruto fueron los Estados y su sistema. En la búsqueda de
recursos para la guerra se afianzaron maquinarias estatales diferentes entre sí.
La ciudad era el lugar de los capitales que hacía viable al Estado fiscal, la corte era el centro
del poder de un Estado patrimonial desde el que se pretendía ejercer el control sobre unos
poderes locales tan odiados como indispensables. Tilly señala cuatro actividades básicas de los
Estados que se conformaron durante la época:
- La construcción del Estado mismo por medio de la supresión o neutralización de sus
rivales internos.
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- La guerra y su preparación.
- Obtención de recursos para la realización de las tareas del Estado.
- Protección aparentemente frente a otros, pero en realidad frente a sí mismo.
Las dos primeras actividades muestran la formación de la soberanía como construcción de
frontera, la tercera se refiere a las condiciones necesarias para conseguirlo y la cuarta a los
apoyos sociales en los que se base tal construcción.
La victoria en la guerra podía servir para mantener la soberanía interior y la formación de la
propia soberanía era condición para campañas costosas y duraderas. La formación de un Estado
interiormente soberano comportaba un esfuerzo unificador. Las dificultades espacio-temporales
para la comunicación y control efectivo entre puntos distantes del espacio impedía que los
príncipes de territorios extensos tuvieran, desde el centro en el que se ubicaban, un control
efectivo sobre la periferia. Es un límite que ha afectado a todos los grandes imperios.
La nobleza propietaria de tierras y sus bases autónomas de poder local minaban la
capacidad del centro estatal para constituir una soberanía eficaz. Esto comportaba problemas
recurrentes de carácter jurídico, militar y fiscal. La soberanía interna sólo se pudo cumplir en razón
de pactos, equilibrios frágiles y estabilizaciones precarias. Kamen señala que es engañoso hablar
de absolutismo o contraponer tajantemente estados absolutistas a Estados constitucionales. Los
estados de la época no se constituyeron sobre una soberanía unitaria que irradiara del centro a la
periferia ni alcanzaron nunca tal situación de poder.
Siempre fue prerrogativa del monarca medieval el derecho de administrar justicia. Pero al
hacerlo reconocía los derechos de la comunidad pacificada. Eran derechos políticos en disputa,
pero también derechos de propiedad. De los equilibrios cambiantes y precarios en este
matrimonio entre Leviatán (Hobbes) y la Propiedad (Adam Smith) nacieron hijos muy dispares:
señores convertidos en propietarios, monopolios estatales, políticas mercantilistas, mercados
eficientes.
La actividad de construcción del Estado se relacionaba intensamente con la protección. La
construcción de la soberanía interna se relacionaba con el asentamiento de lazos privilegiados
entre la maquinaria estatal emergente y específicos grupos sociales que conseguían, plena o
parcialmente, el reconocimiento de sus nuevas o tradicionales demandas socioeconómicas.
Las cuatro actividades fundamentales de los Estados en este período (autoconstrucción,
guerra, extracción y protección) muestran la complejidad de su proceso de formación. La ciudad
fue soporte de los dineros de la guerra y la corte centro de decisión de las aventuras guerreras.
Pero también fueron algo más. La ciudad fue un centro de poder históricamente autónomo, con
instituciones políticas propias y una específica élite política. La corte fue también centro de
irradiación de la soberanía interna y jardín y prisión de la nobleza.
Las ciudades europeas
Weber llamó la atención sobre la especificidad de la ciudad medieval europea: una entidad
autónoma política y militarmente, producto de la conjura de los ciudadanos contra sus señores
legítimos, defendida por sus murallas y sus milicias, pero siempre sede de artesanos y
comerciantes. Esas ciudades, organizadas formalmente como ciudades-estado, florecieron en la
Europa de la Edad Media y seguían llenas de vitalidad a principios de la Edad Moderna.
Se ha cifrado en el 5,6% el porcentaje de población urbana europea en 1500. Lo relevante
es que, desde el principio, su distribución no fue homogénea. Había regiones como la Italia del
Norte y los Países Bajos, en las que la población urbana se situaba entre el 13 y el 23% de la
población total. En los siguientes siglos esta pauta de distribución desigual se mantuvo.
Las ciudades semiautárquicas medievales dieron paso a un sistema urbano mucho más
integrado que a lo largo del siglo XVII se fue jerarquizando según se iba desplazando su núcleo
hacia los centros comerciales atlánticos basados en el comercio colonial. Los núcleos más
importantes eran aquellos donde se concentraba la expansiva economía mercantil y monetizada.
Sus núcleos fueron sucesivamente Venecia, Rotterdam-Amsterdam y Londres (ya en el siglo
XVIII), es decir, la geografía histórica del capitalismo.
Las ciudades habían generado sus propias formas de organización estatal que habían
competido con otras de base territorial, económica y demográfica muy diferente. Aparentemente,
esa disputa se saldó con una victoria de las nuevas monarquías territoriales sobre las ciudades-
estado. La construcción del Estado quedó condicionada por la concentración o potencial urbanos
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de las distintas zonas de Europa. Allí donde era máxima se generó un tipo de Estado que difería
de aquéllos formados en zonas de menor o mínimo desarrollo urbano. Las zonas urbanas fueron
la cuna de la revolución militar, donde se preservaron las ciudades-estado independientes y donde
más dificultades tuvo y más tardía fue la constitución del Estado nacional decimonónico.
La ciudad fue un obstáculo en el proceso de formación de los Estados de amplia base
territorial y demográfica que se afirmarán como Estados nacionales en el siglo XIX. Planteaban
formas estatales alternativas pero también fueron uno de sus pilares. Allí donde las ciudades eran
pocas, aisladas y pobres, los Estados se tuvieron que formar siguiendo una vía exclusivamente
coercitiva (Rusia). Sólo allí donde las ciudades y sus capitales eran accesibles pero no
abrumadores pudieron surgir potentes maquinarias estatales que combinaban capacidad
coercitiva con recursos financieros.
Los equilibrios suponían la preservación de instituciones municipales más o menos
autónomas y la integración de los burgueses en el circuito económico del príncipe y en su circuito
de respetabilidad estamental (ennoblecimiento, honores, etc.). El monarca era consciente de que
necesitaba a aquéllos que sometía. Tenía que preservar sus bases locales de dominio y ejercer
patrocinio y protección sobre sus actividades, asentar y promover los derechos de propiedad que
creaban la riqueza que él mismo precisaba.
Las cortes principescas
La corte era el lugar de encuentro de la nobleza y el monarca. Sus relaciones estaban
dominadas por una mezcla ambivalente de subordinación y reciprocidad. El honor estamental
confería al noble una calidad que lo igualaba al monarca mismo, pero el reconocimiento de esa
calidad dependía de la subordinación que la lealtad exigía. Los monarcas habían encontrado en la
nobleza terrateniente el principal obstáculo en su carrera hacia la soberanía. En razón de ello
fueron sus enemigos y éstos execraban el despotismo real y exaltaban las idealizadas libertades
feudales. Pero se trataba de enemigos irreconciliables y, a la vez, dependientes: tenían que luchar
entre sí, pero sin destruirse mutuamente. Los límites logísticos del poder central y la fuerte
implantación local de la nobleza conspiraban para que el poder central no pudiera prescindir de
ella para gobernar.
La instauración de la corte expresaba y pretendía resolver este dilema. Así, la corte era
jardín encantado y prisión para los orgullosos aristócratas. Jardín porque el acceder a ella
constituía la aspiración de la nobleza y prisión porque era el síntoma de la pérdida de una anterior
independencia.
Lo mismo que las monarquías precisaban del concurso de los burgueses de la ciudad,
necesitaban la colaboración y el sostén de la nobleza terrateniente. Por lo demás, ambos grupos
podían diferir y marcas sus fronteras de formas muy variables pues allí donde estaban
sólidamente implantados acababan confundiéndose o difuminando sus límites de distinción. Los
príncipes protegían a la nobleza eximiéndola de impuestos, reconociendo sus ancestrales
derechos de señorío y concediéndole rentas y mercedes.
De este modo, al lado de los Estados de base urbana, se asentaron estados en los que la
tierra y la ciudad se equilibraban en un pacto no expreso pero efectivo entre príncipes, burgueses
y nobles terratenientes.

De vuelta al problema de Weber


Los problemas ligados a la territorialidad, el monopolio de la violencia y la legitimidad han
sido decisivos en el proceso de formación de los futuros Estados nacionales. Pero lo que no se ha
podido corroborar es que ese proceso se haya desarrollado en el sentido de una burocratización y
legalización crecientes de los sistemas de dominación.
Los Estados, que tras la Revolución Francesa se adentrarán en la vía de la
“nacionalización”, eran todavía en la segunda mitad del siglo XVIII heterogéneos entre sí e
internamente. Se habían ido conformando siguiendo vías distintas en función de sus éxitos o
fracasos en las guerras, el nivel de urbanización de sus territorios, el modo en que habían resuelto
sus relaciones con burgueses, aristócratas y campesinos. Pero eran también, como Estados
particulares, internamente heterogéneos porque se habían ido modelando según principios
diferentes o incluso contradictorios.
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Si la burocratización es el resultado más probable de un concurso de condiciones


favorables, habrá que comprobar si tales condiciones se dieron y en qué medida. Por lo que se ha
comprobado resulta que: A) algunas de las condiciones no se cumplieron (nuevos y más eficaces
medios de comunicación que hicieran factible una administración directa); y B) las otras
condiciones relevantes (monetización de la economía, ampliación de la administración, nivelación
relativa de los súbditos) se cumplieron sólo parcialmente y en grado distinto según los Estados.
Esto supone dos posibles conclusiones. Una de ellas aseguraría que la burocratización de la
dominación político-estatal sólo se hizo significativa cuando se cumplieron todas las condiciones
de forma coincidente y, por lo tanto, sólo en los Estados posteriores a la época estudiada. La otra
conclusión posible argumentaría que, en razón del número de condiciones favorables y de su
grado de incidencia, a lo largo del período se habría asistido a pasos más o menos firmes en la
reconfiguración burocrática de Estados que básicamente contaban con una administración
patrimonial.
Algunas formas históricas del capitalismo son claramente compatibles con el
patrimonialismo y el capitalismo racional no sólo es afín a la burocratización sino también a un
régimen plutocrático de notables. Por tanto, la monetización de la economía (rasgo capitalista) es
compatible con el Estado patrimonial, el burocrático y el plutocrático basado en notables.
Analizando el legado del feudalismo europeo, Weber propone distinguir entre dos polos extremos
del patrimonialismo, el estamental y el patriarcal, mostrando que si en Europa el feudalismo tendió
típicamente a derivar hacia el Estado estamental, éste a su vez tendió hacia el patrimonialismo
patriarcal que permitió un alto desarrollo de la burocracia de los príncipes.
Weber distinguió pautas distintas de la transformación histórica del Estado en Occidente, no
todas conducentes a la burocratización. Una extrema sería aquella economía capitalista
desarrollada en el que se consolidaron formas estatales plutocráticas basadas en la dominación
de notables. Otro tipo extremo sería que la gran concentración de los medios de coacción en
manos del príncipe propició un desarrollo de la burocratización sin desarrollo autónomo del
capitalismo.

Resumen
La formación del estado nacional fue un proceso multisecular que exhibe las características
de no haber sido ni intencional (no respondió al designio de individuos o grupos homogéneos sino
que resultó de un complejo de consecuencias no intencionales), ni lineal (no fue un progreso
constante, hubo interrupciones) ni necesario (surgió de múltiples contingencias que hacían
posibles itinerarios muy distintos).
Ese proceso arrancó en una coyuntura en la que diversas maquinarias estatales enfrentaron
el problema común de la construcción de la soberanía. Esto llevó a la fijación de fronteras firmes y
se consolidó en la forma de un sistema de Estados, muy diferentes entre sí, pero unidos por un
tipo decisivo de comunicación, la guerra. La revolución militar comportó un aumento de los gastos
y la universalización de una crisis fiscal que sería resuelta de manera muy diferente. Las dos
soluciones polares están representadas por el Estado fiscal plutocrático y el Estado fiscal
autoritario.
Esta divisoria en la conformación de los Estados resultó también del modo consecuente en
el que se iba constituyendo interiormente la soberanía y de las relaciones privilegiadas que se
fraguaban entre el Estado y algunos de sus súbditos. En un extremo se situaban aquellos Estados
que, erigidos sobre territorios ampliamente urbanizados, consolidaron relaciones privilegiadas con
las ciudades y su patriciado. En el otro extremo, aquellos otros que, constituidos sobre sociedades
agrarias escasamente urbanizadas, consolidaron sus fuentes básicas de poder gracias a la
incorporación masiva de la nobleza al aparato estatal. Entre ambos extremos, la mayoría de los
Estados se iban consolidando en el marco de una relación compleja y nunca armoniosa entre la
ciudad y la corte.