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Poéticas de la narración

Nicolás Rodríguez Sanabria


Revelar lo personal

Muchas veces se dice que todos somos hijos de nuestro tiempo, el resultado de la
época en que nos toca vivir, pero hay ciertos individuos que nacen sintiéndose ajenos,
como un patito feo, como una oveja negra, y que, para hallar el tiempo al que
pertenecen, invierten la ecuación: le época termina siendo el resultado de ellos. Un
ejemplar de estos: Virginia Woolf, que se sintió forastera del mundo por dos lados: la
sociedad y la literatura, a lo que respondió, respectivamente, con el feminismo y el
modernismo.
Es difícil separar la obra de la persona en Virginia Woolf. No sólo su condición de mujer
permeó en sus escritos a menudo, sino también su visión feminista estaba
estrechamente enlazada con su profesión de escritora. Basta con mencionar que una
mujer requería que ciertas condiciones se dieran para poder escribir, para huir del
usual rol de madre o ama de casa, condiciones que se cumplían con la enfermedad:
una mujer enferma es una mujer liberada de sus obligaciones, con el espacio, tiempo y
disposición para escribir.
Virginia, enferma, pudo escribir y no desaprovechó la oportunidad. Para entonces, la
fidelidad a la realidad era la búsqueda primordial en la literatura. La novela inglesa
venía respondiendo con una tradición realista que venía de la literatura victoriana.
Woolf se pone del lado de los modernistas llevada por un simple deseo de novedad y
de avidez por encontrar la realidad que, para ella, no capturaban los escritores
eduardianos.
Tumultuosa y sensible, Woolf pone en la página lo que lleva adentro. Acoge el
monologo interior, el famoso flujo de consciencia, para ser fiel a la realidad tal cual la
percibe el ser humano: una serie de impresiones que se interrumpen la una a la otra
en un revoltijo de emociones y sensaciones. Es literatura de primera mano, la trama
compuesta de una secuencia de eventos ordenados y personajes bien delineados se
desvanece para dar paso a los pensamientos más crudos, más íntimos, tan privados
que quizás el mismo dueño de ellos los descubre al mismo tiempo que el lector.
Tal vez influenciados por el periodo entre guerras, los modernistas dejan a sus
personajes vulnerables, desnudos, exponiéndolos sin necesidad de acción. En Woolf, el
narrador desaparece para dar vía libre a los personajes y sus mentes desordenadas,
pero en este proceso, al remover la persona ficticia del escritor que es el narrador, se
vislumbra el verdadero escritor: vemos a Virginia, sus percepción del mundo es
muchas veces la misma que la de sus personajes.
Claro, esto siempre ocurre de alguna manera. Los escritores imbuyen a sus personajes
de las mismas dudas y preguntas que los acosan a ellos, pero siempre hay una
distancia entre los dos marcada por los acontecimientos que vive uno y el otro no. En
Woolf, esto pasa a segundo plano, los personajes que nos presenta son tan vagos y
variables como sus pensamientos, los mismos que tiene ella.
Con esto, se presenta un problema. Al acercarse tanto al inconsciente, Woolf nos
expone sus detalles más privados, lo más personal que tiene. Y puede que entre las
cosas que nos muestra ella vea algo que nosotros quizás no alcancemos a percibir,
precisamente porque no somos ella. Los humanos jugamos al teléfono roto con la
realidad: el mensaje original que transmite no es el mismo que nos llega. En un payaso
alguien verá el horror, otro la alegría. Y así, habrá veces que Virginia querrá mostrarme
lo feliz que la hace un payaso, pero yo percibiré sólo horror.
El cuarteto de cuerdas es el único cuento de Woolf que guardo en la memoria. Creo
que esto se debe a que compartimos el mismo aprecio por la música: leo sus
impresiones y llegan a mi tangibles, bellas, reales, porque me puedo involucrar
fácilmente con la situación que describe. Habrá a quien la música le parezca solo ruido
de fondo y no entienda de dónde salen todos los escenarios que se desprenden de la
sensibilidad de Woolf.
Admiro el arte de Woolf mucho más de lo que puedo adentrarme en él. Suele hacerme
falta algún tipo de gancho (tal vez una acción dramática) para participar en sus
historias y me quedo por fuera de ellas confundido, sin encontrar la puerta de acceso.
Como escritor, uno ha de ser cuidadoso con la forma en que presenta el mundo,
escoger bien el empaque en que se envuelve un contenido, puede que el lector no
sepa abrirlo y se quede sin nada; hay que evitar ser alguno de esos “escritores que
exigen mucho más de lo que le dan al lector”, como alguna vez acusó David Foster
Wallace.