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Recuerdos Robados

Martha Shields

Recuerdos Robados (1999)


Título Original: Husband Found (1999)
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Julia 1051
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Rafe Johnson y Emma Lockwood

Argumento:

Rafe Johnson había vuelto a Memphis en busca de su pasado, pero lo que


encontró superó todas sus expectativas, porque el destino lo llevó hasta
Emma Lockwood, una esposa que ni sabía que tenía. Pero cada vez que
rozaba su piel, los recuerdos perdidos lo asaltaban, devolviéndole la
memoria que un accidente de helicóptero le había robado.

¿Amnesia? Emma pensaba que ese era sólo un recurso de las telenovelas,
pero no podía negar el amor que veía en los ojos de su esposo, ni el anhelo
de su propio corazón...
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Capítulo 1
AL pasar frente a un espejo en el vestíbulo del hotel en Memphis, Emma
Lockwood se vio reflejada en él. Tenía aspecto nervioso, y así se sentía. Decidió
retocarse el maquillaje para que no se notara lo desesperada que estaba por conseguir
el trabajo. Apoyó el portafolio sobre una mesa y buscó la barra de labios en el bolso.
No era fácil encontrar empleo como diseñador gráfico con horario nocturno, así
que en cuanto había visto el anuncio en el periódico, mandó su currículum y la
llamaron para una entrevista. Ojalá que el horario flexible que se mencionaba fuera el
mismo que ella quería.
Después de aplicarse el carmín, se enderezó la chaqueta del traje rojo oscuro,
sabiendo que lo único que importaba era lo que llevaba en el portafolio, pero
consciente también de que una buena apariencia siempre ayudaba. Si realmente se lo
proponía, lo lograría. Lo importante era que fuese un trabajo honrado y el jefe una
persona normal.
David Johnson. El nombre le traía recuerdos agridulces. Recuerdos de tres
breves meses de su vida en que había sido total y maravillosamente feliz.
Instintivamente se llevó la mano al anillo escondido bajo la blusa. El anillo de
graduado de la universidad de Texas que le había valido de alianza durante el
tiempo que fue la esposa de Rafe Johnson. Aún podía...
Pero lo que no podía era ponerse sentimental cada vez que oía el apellido
Johnson. Bastaba mirar los cientos de Johnson en el listín telefónico para darse cuenta
de que era uno de los nombres más comunes de Estados Unidos.
Tenía que concentrarse en la entrevista, porque realmente necesitaba un tejado
nuevo para su casa. Tomó el portafolio y se dirigió decidida al mostrador de la
entrada. Un minuto más tarde, golpeaba en la puerta de la sala donde tendría lugar
la reunión.

—¿Señor Johnson?
—Pase —respondió una voz grave.
Emma abrió la puerta y vio a un hombre que se ponía de pie al extremo de una
pequeña mesa de reuniones. Se le acercó con la mano extendida.
—Soy Emma Lockwood. Espero no llegar demasiado pronto. Su mensaje decía...
Se quedó petrificada al verlo enderezarse y extender la mano.
Sintió que la respiración se le cortaba. Era imposible.
Llevaban tres meses juntos y sólo unas horas casados cuando él se marchó, pero
le reconoció la cara, igual que conocía la de su propio hijo. Porque eran iguales.
Desde el negro cabello hasta los profundos ojos, pasando por la fina y prominente
nariz y el recio mentón. Las únicas diferencias eran la cicatriz que a este hombre le
surcaba el rostro desde el ojo izquierdo hasta la barbilla y la red de finas arrugas
alrededor de la boca, como si hubiese pasado muchos sufrimientos.

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—¿Rafe?
—¿La conozco? —preguntó, una expresión de dolor velándole la mirada.
La voz era distinta, como el agua de un arroyo golpeando en las rocas, pero su
alma reconoció el sonido.
El mismo arroyo le rugió en los oídos. El portafolio y el bolígrafo se le cayeron
de las manos mientras daba dos pasos inseguros antes de que sumiera en la
oscuridad.

Rafe agarró a la mujer antes de que se cayera al suelo, aunque al hacerlo se dio
un golpe en la cadera con la esquina de la mesa y el dolor le recorrió como un rayo la
pierna mala. Pero la levantó, haciendo caso omiso al dolor, como siempre.
Estaba tan aturdido, que sólo podía mirarla.
Había usado su nombre. ¿Sería posible que lo hubiese reconocido? La cara
pálida, los ojos rasgados, la nariz respingona y la amplia boca no le resultaban
conocidos, pero eso no garantizaba nada, porque llevaba seis años sin reconocer a
nadie, ni a sus propios padres.
De repente, una imagen lo asaltó.

Se hallaba en la ribera del Mississippi, abrazando a una versión más joven de esa misma
mujer. Ella le dio un papel doblado mientras sonreía tímidamente.
—¿Es mi regalo de Acción de Gracias? —preguntó, soltándola para abrir el papel.
—Te vas hasta Houston a comer el pavo con tus padres —dijo ella arrugando la nariz—
. No te mereces un regalo. Es sólo un garabato, cortesía de la aburridísima clase del profesor
Hoffman.
Lo abrió y lanzó una carcajada. Lo había dibujado como su tocayo el arcángel Rafael, con
túnica y alas. Un gran corazón en el pecho llevaba las letras EKG.
—¿Cuántas veces te he dicho que no soy un ángel?
—Ya sé que no eres perfecto, así que te dibujé con las alas rotas.

La visión desapareció. Rafe se había quedado tan sorprendido que se le cortó la


respiración, aunque el corazón le golpeaba en el pecho como una batería de rock.
Un recuerdo. Tenía que ser un recuerdo.
De repente, se dio cuenta de la magnitud de lo que ello significaba. Esta mujer
tenía que ser quien había hecho el dibujo que llevaba apretado en el puño cuando lo
rescataron casi muerto en un remoto pueblo de Nicaragua. El dibujo que llevaba seis
años en su billetera, su único contacto con el pasado.

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Atónito ante lo que ello representaba, la miró detenidamente. El pelo, dorado


como la miel, se le esparcía por el brazo. La palidez de las delicadas facciones era casi
gris. ¿Quién era? ¿Qué relación los unía? ¿Novia? ¿Amante? La imagen que
recordaba le había dado sensación de intimidad.
Recordaba. Eso ya era un milagro.
Renqueando, la llevó hasta el sofá y la depositó en él como si fuese una bomba a
punto de explotar. Pero eso era lo que había sentido al tocarla. Una explosión. ¿Qué
pasaría si le hablaba?
Se puso abruptamente de pie y cojeó hasta el otro extremo de la habitación con
la mente hecha un torbellino.
Se había despertado en un pueblo nicaragüense arrasado por la guerra y había
pasado un año y medio de constante dolor, recuperándose de las heridas que
rehusaban sanar, atormentado por no saber quién era. Como si su mente se hubiese
borrado. Recordaba cosas básicas: hablar, comer y vestirse. También sabía hablar y
escribir dos idiomas, pero toda su información personal había desaparecido y se
hallaba igual que un bebé recién nacido.
Ni siquiera había reconocido a su padre cuando éste lo encontró finalmente y lo
llevó de vuelta a Houston. Tampoco a su madre, sus dos hermanos y su hermana, sus
abuelos, sus amigos. Todos ellos se habían ocupado de contarle su vida. Lo que le
gustaba comer, las anécdotas y logros infantiles, los artículos que había escrito.
Incluso le habían mostrado fotografías.
Pero los recuerdos que le habían devuelto no le suscitaban las mismas
emociones que éste. No eran tridimensionales, no incluían sonidos y olores.
Rafe miró a la hermosa mujer que yacía en el sofá totalmente quieta. Y se pasó
las dos manos por el pelo. Aquellos recuerdos no la incluían a ella.
¿Por qué? ¿Qué pasaría si la tocase otra vez?
Lentamente aproximó una silla y se sentó a mirarla.
Había esperado, rezado, rogado a Dios que llegase ese día. Ahora no sabía si
estaba preparado para ello. Por un lado, quería sacudirla y despertarla para
preguntarle qué sabía. Por otro, quería salir huyendo de la habitación. Lo cual era
estúpido, ya que ese era el motivo de que hubiese regresado a Memphis. Allí era
donde vivía antes de ir a trabajar a Nicaragua. Ya que no había podido hallar su
pasado en Houston, donde había crecido, esperaba que las respuestas estuviesen en
Memphis.
¿Quería en realidad las respuestas a todas sus preguntas? Quizás sí, si esa mujer
tenía algo que ver con ellas.
Extendió la mano para tocarla nuevamente, no para ver si lograba recuperar
más recuerdos, sino para comprobar si su piel era tan suave como parecía. Verse las
rosadas cicatrices de la mano temblorosa lo hizo detenerse de golpe. Era una
aberración, un monstruo, con heridas externas e internas. Medio hombre con media
mente. No lo sorprendía que se hubiese desmayado. Como La Bella y La Bestia.

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¿Cómo había dicho que se llamaba? Emma Lockwood. El nombre le pareció


familiar, pero quizás era su imaginación. Sin poder contenerse, acercó el dedo al
fresco terciopelo de su mejilla.
Sus ojos eran como los de un gato, rasgados y verdes, con pintitas doradas.
—Emma —susurró.
—Bésame —exigió ella, poniéndose de puntillas.
Tenía la cálida boca a un centímetro, pero prolongó el momento pasándole un dedo por
la mejilla.

Se sentó abruptamente, con el corazón alterado. Había hecho este gesto antes. El
recuerdo le atravesó el alma, dejándolo insatisfecho y temeroso a la vez.
Los doctores se habían equivocado. Decían que después de tanto tiempo,
tendría pocas probabilidades de recobrar la memoria, pero él se había negado a
aceptar su diagnóstico. Sabía que debía tomar una medida drástica y se había
mudado a Memphis.
Bien. Allí estaba, y era evidente que había encontrado lo que iba a buscar. Y
ahora... ¿qué se suponía que tenía que hacer?

Emma volvió en sí. Se sentía descompuesta y desorientada. Giró la cabeza, y el


recuerdo la asaltó. Rafe. ¿Era realmente él? ¿Allí? ¿Vivo?
No. Imposible. Rafe había muerto hacía seis años y medio en Nicaragua.
El hombre que se había identificado como David Johnson estaba inclinado
recogiendo su bolso del suelo. Emma podía verle el perfil, y sus ojos de artista
reconocieron los detalles como si hubiera sido ayer, cuando el amor y el deseo de
dibujarlo la habían llevado a analizarle cada detalle del apuesto rostro moreno. La
nariz aguileña, el pelo negro y liso, la recia mandíbula.
¿Cómo era posible que estuviese allí? Rafe había muerto cuando el helicóptero
en el que viajaba explotó en pedazos en algún lugar perdido de Nicaragua. Había
visto los titulares, hablado con sus padres.
—¿Rafe? —musitó.
El levantó la cabeza de golpe y la miró, con los oscuros ojos eran insondables.
—¿Sí?
—Pero... estás muerto —sacudió la cabeza, pero la imagen no desapareció—.
Estaré soñando.
—No —renqueó hacia ella—. Te has desmayado.
Emma se enderezó, tocándose la cabeza que le daba vueltas con una mano que
sentía húmeda y fría.

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—No lo comprendo.
—Yo tampoco —se acercó más—. Has entrado, dicho mi nombre y te has
desmayado. ¿Estás bien?
¿Bien? ¿Alucinando que su marido muerto estaba de pie frente a ella?
—¿Cómo es posible que estés aquí?
El hombre le dirigió una extraña mirada.
—Estoy aquí para ocupar el puesto de editor del Southern Yesteryears.
—Ahora sé que estoy soñando. Nunca te interesó el pasado.
—¿No?
—Ese era el motivo por el cual eras tan buen periodista. Nunca te interesaban
las noticias del día anterior. Lo único que te importaba era lo que estaba
transcurriendo en ese momento.
—¿Has venido por el trabajo de diseñadora gráfica para Southern Yesteryears,
¿no? —le preguntó, dirigiéndole una mirada confusa.
—Bueno, sí, pero... —sacudió la cabeza para aclararse las ideas, sin ningún
resultado—. No es lo que te he preguntado. ¿Cómo es posible que te encuentres
aquí? El Commercial Appeal dijo que habías muerto en un accidente de helicóptero en
Nicaragua.
—Se podría decir que sí —asintió con la cara tensa.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó.
Se la quedó mirando un largo rato y luego se sentó en la silla junto al sofá.
—¿Quién eres? —preguntó.
Ella parpadeó.
—¿Cómo que quién soy? ¡Sabes perfectamente quién soy! ¡Soy Emma
Lockwood, Emma Gr...
—Conozco tu nombre —dijo con impaciencia—. Pero, ¿de dónde me conoces?
Emma sintió que se le nublaba la vista de rabia al recordar que Rafe siempre
respondía con evasivas cuando tenía algo que esconder o quería evitar una
conversación.
—¿Se puede saber a qué estás jugando?
—Esto no es un juego, te lo aseguro. Por favor, dime quién eres.
Aún más confundida, Emma lo miró. ¿Estaba intentando engañarla? ¿Por qué
iba a desaparecer durante seis años y medio para luego reaparecer actuando como si
no la conociese?
A menos que...
Recordó los comentarios despreciativos de su padre, insinuando que el
accidente era una estratagema de Rafe para evitar casarse con ella.

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Pero ella lo había defendido de las acusaciones de su padre. Estaba segura de


que Rafe la amaba.
Pero ahora... ¿qué otra cosa podía ser?
Sólo él podía responderle la pregunta.
—¿Dónde has estado los últimos seis años y medio?
Él titubeó y luego respondió con voz baja y tensa.
—En el infierno. ¿Y tú?
Otra evasiva. Emma sintió que se le desintegraba el corazón, dejándole un
agujero en el pecho.
—Mi padre tenía razón, ¿verdad? Me abandonaste.
Él se echó hacia atrás, respondiendo a la acusación con una expresión
asombrada.
Ella se sintió igual que el día en que se enteró de que él había muerto. No podía
respirar, no sentía los latidos de su corazón, como si su mundo hubiera desaparecido
en un instante.
—¿Por qué has vuelto? ¿Creías que aún vivía en Nashville? ¿O pensaste que
Memphis había crecido tanto que no nos encontraríamos nunca?
—No sé lo que...
—Me dejaste. Sola. ¿Te imaginas lo que mi padre me hizo pasar? —rápidamente
se enjugó las ardientes lágrimas—. Seguro que lo sabes. No te importó, ¿eh?
—Esto es tan repentino... No sé qué... —se volvió a pasar los dedos por el
cabello.
—¿Repentino? ¿Seis años y medio te parece repentino? ¡Vete al infierno!
Evitando la mano que intentaba detenerla, Emma se puso de pie y se dirigió a la
puerta.
—Por favor, escúchame —se levantó él de la silla.
—¿Qué quieres que escuche? ¡No estás diciendo nada! —exclamó, y al sentir la
alianza contra su agitado pecho, se detuvo y se la arrancó de un tirón—. Toma, no la
necesito más.
El anillo lo golpeó y cayó en la moqueta. Emma lo miró rodar unos centímetros.
Ahí quedaba lo último en que ella había creído.
—Permíteme que te explique —rogó, dando un paso hacia ella—. No es algo
que le diga a todo el mundo, pero... tengo amnesia.
—¿Amnesia? —dudó.
¿Y si fuera verdad? Quería creerlo desesperadamente, pero había varias cosas
que no tenían explicación. La más importante era, ¿por qué no se habían puesto sus
padres en contacto con ella cuando lo encontraron? Había llamado a su madre varias
veces, le había rogado que le avisase si surgía algo. Era verdad que no le dijo que

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estaban casados, pero había dejado bien claro que era una amiga que lo quería y
estaba interesada en lo que le sucediese. La señora Johnson le había asegurado que
llamaría, pero nunca lo había hecho.
Seguro que él le había pedido que no lo hiciese. Incluso se había cambiado el
nombre y usaba el segundo, esperando probablemente que ella no lo reconociese. No
había contado con que ella respondería al anuncio. ¡Ojalá no lo hubiera hecho!
—No nací ayer, Rafe —dijo, con voz cansada y triste. Al agarrar el bolso de la
mesa, sus movimientos eran rígidos, como si sus brazos fuesen de madera—. Adiós.

Rafe se dejó caer en la silla y rió amargamente. No lo creía. ¿Cómo iba a creerlo?
¿Amnesia? Parecía una historia sacada de un periódico sensacionalista.
Era evidente que la había dejado cuando se fue a hacer el reportaje sobre
Nicaragua. Seguro que entonces salían juntos.
Recogió el anillo que le había arrojado. Aún conservaba el calor de su pecho. El
pensamiento hizo que un repentino calor le recorriera el cuerpo, tomándolo por
sorpresa. Desde que se había despertado en el infierno de Nicaragua, no había
sentido deseos por una mujer. ¿Para qué? Nadie lo iba a querer después de verle el
cuerpo.
Dejando de lado el deseo insatisfecho, miró el anillo con detenimiento. Era una
sortija de graduado de la Universidad de Texas. Tenía inscrita una fecha de hacía
once años. Lo giró para poder leerle las iniciales.

Se hallaba en un podio, con capa y gorro de graduado, acercándose al decano de la


universidad. Cuando alargó la mano para recoger el diploma, el anillo que su madre había
insistido en comprarle lanzó un destello al reflejar la luz de los focos.

El recuerdo lo sorprendió tanto, que dejó caer el anillo.


Aparecían en cualquier momento, como estrellas fugaces. ¿Así funcionaban los
recuerdos? Pensaba que uno los podía controlar y llamar cuando quisiera. Respiró
profundamente para tranquilizarse y esperó, pero no sucedió nada más.
Volvió a mirar dentro del anillo. RDJ. Rafael David Johnson. Había visto su
diploma en casa de sus padres, y esas eran sus iniciales. Pero... ¿por qué lo tenía
Emma Lockwood? ¿Sería su novia formal? Había vivido sólo seis meses en Memphis.
¿Estarían comprometidos? Ese no era precisamente un anillo de compromiso, y sabía
que en esa época tenía suficiente dinero en el banco para, comprarle un diamante...
¡diablos!
Entonces, ¿qué podía hacer? Había ido a Memphis a recuperar su pasado, y
Emma Lockwood parecía tener la llave, pero dudaba que respondiese si la llamaba
por teléfono, y su número era lo único que tenía.

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De repente, le llamó la atención la esquina de algo negro que sobresalía bajo la


mesa. Se metió el anillo en el bolsillo de la camisa y se agachó para recogerlo. Su
portafolio.
Con curiosidad, abrió la cremallera y esparció su trabajo sobre la mesa. Luego
sonrió. Era buena. Tan buena, que la habría contratado en el acto. Era la artista que
necesitaba para Southern Yesteryears.
Tomó un anuncio que ella había creado para una muñeca antigua. Era
exactamente el estilo que quería para su publicación, algo que les gustase a las
mujeres. En realidad, era el tipo de anuncio que ya había visualizado para la revista
moderna y comercial que tenía en mente. Al volver a meter la hoja en el portafolio,
sus ojos se detuvieron en una tarjeta que había en la parte de adentro. Era la tarjeta
de Emma, con su teléfono y dirección.
La hallaría. Necesitaba a Emma Lockwood.
Era la única que podría salvarlo y salvar la revista.

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Capítulo 2

EMMA apagó el motor del coche y miró alrededor sin ver. Se hallaba en su casa,
aparcada en su sitio habitual en las antiguas cocheras, que ahora hacían las veces de
garaje.
No se acordaba de cómo había llegado hasta allí. Lo único que le daba vueltas y
vueltas en la mente era que Rafe la había traicionado. Mucho más de lo que ella
hubiese imaginado. Su muerte había sido una traición, pero algo inevitable. Pero
esto... esto era un acto consciente.
Recordó cómo lo había defendido, soportando a su padre, que la atacaba
constantemente, llegando incluso a pegarle.
Sólo cuando dejaron de buscar el cuerpo y estuvo segura de que Rafe no
volvería, había cedido y se había casado con el hombre que su padre le había elegido
entre la elite de Memphis. Hubiera hecho cualquier cosa con tal de escapar.
Había soportado casi dos años tratando de adaptarse a la vida de Jerry en
Nashville. Sin embargo, la primera vez que la abofeteó, se fue de la casa. No estaba
dispuesta a soportar que nadie más le pegase. Volvió a Memphis, pero como su
padre era igual a Jerry, tuvo que esperar a que muriese para volver a su hogar.
Y siempre, a pesar de todo lo que le había sucedido, había tenido la certeza de
que Rafe la amaba. Esa seguridad era lo que la había hecho resistir cuando perdió la
esperanza de volverlo a ver, el tiempo que estuvo casada con un hombre que no
amaba, la época en que su padre intentó forzarla a volver con Jerry. Poco a poco, su
fe en la vida se había ido destruyendo, a lo único a lo que podía aferrarse era a su
confianza en el amor de Rafe.
Y ahora, aquello también se había roto, igual que su corazón cuando creyó que
él había muerto.
¿Cómo iba a enfrentarse al día a día sin esa confianza?
—¡Mami!
Una pequeña bola de energía dio la vuelta al coche y se detuvo frente a la
ventanilla.
—¡Qué pronto has vuelto! ¿Has conseguido el trabajo? ¿Me puedo quedar a ver
el partido de Los Bravos? A Randy lo dejan. ¿Me dejas a mí, mami, eh? ¿Me dejas?
Emma abrió la puerta con una sonrisa cansada y tomó a su hijo de cinco años en
brazos. Allí tenía la respuesta a su pregunta. Gabe era la razón de su existencia.
Tenerlo le daba la ilusión que necesitaba para levantarse cada mañana.
El pequeño pronto se soltó de su abrazo.
—¡Has estado llorando! —exclamó, escudriñándole el rostro.
Emma se secó las lágrimas. Nunca la había visto llorar.

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—Venía con el sol en los ojos y me ha hecho daño.


Por suerte, el niño aceptó su explicación y volvió a la carga.
—¿Me lo dejas ver, mami? Lo podemos ver en nuestra tele. ¡Por favor, mami!
Los dos niños eran hinchas de Los Bravos de Atlanta y como la mayoría de los
partidos eran por cable, Gabe sólo los veía en casa de Randy. Emma no podía
permitirse ese gasto.
—A Randy lo dejan —insistió el niño.
Randy era su mejor amigo. Ambos niños tenían la misma edad, eran vecinos, y
la madre de Emma los cuidaba durante la semana. El padre de Randy era médico en
el hospital y la madre trabajaba en la oficina del fiscal. Ellos sí que podían permitirse
lo que quisiesen.
—¿Qué ha dicho Grams? —le preguntó a su hijo.
Grams era como Gabe había bautizado a su abuela cuando comenzó a hablar.
—Ha dicho que te preguntase a ti.
Emma dudó un instante, pero luego pensó que si lo dejaban cazar luciérnagas
hasta que oscureciese, le daban un baño y luego lo sentaban frente a la tele, se
dormiría antes de que comenzaran los anuncios.
—De acuerdo, supongo. ¿Dónde está Grams? ¿En el porche de atrás?
Gabe asintió y luego le dio un efusivo abrazo.
—¿Conseguiste el trabajo? —preguntó su hijo.
—No —negó Emma con la cabeza.
—Eso quiere decir que no tendré mi propia habitación —dijo apenado.
—Por ahora no, lo siento.
El tejado estaba en tan malas condiciones, que habían tenido que desalojar el
piso de arriba. Vivían en la planta baja, lo cual significaba que Gabe tenía que
compartir habitación con ella en lo que antes era la sala. El lado positivo era que, al
no tener que dar el aire acondicionado arriba, el gasto se le reducía un poco.
Emma le apartó un negro mechón de la frente.
—Dile a Grams que ahora voy, ¿de acuerdo?
—Bueno, mami —Gabe salió a la carrera.
Con un suspiro, Emma estiró la mano para agarrar el bolso. Le faltaba algo. Su
portafolio. ¿Dónde...?
Con un gemido, apoyó la frente en el volante. Se lo había dejado en el hotel.
Estaba tan alterada cuando se marchó, que ni se había acordado de él.
¿Habría visto Rafe su trabajo? ¿Se habría molestado en abrirlo? ¿Qué pensaría
de él? Quizás ni había visto el portafolio.

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Llamaría al hotel al día siguiente, por si alguien lo había devuelto. No le


preocupaban sus dibujos, porque los tenía todos archivados en Harrison Printing, la
empresa donde trabajaba desde hacía cuatro años. Pero el portafolio era un regalo
que su madre le había hecho para Navidad su primer año de estudiante de Artes
Gráficas en la Universidad de Memphis. Le daría mucha rabia perderlo.
La posibilidad de que Rafe se lo devolviera la dejó sin aliento, pero pronto
descartó la idea. Si no se había molestado en ponerse en contacto durante seis años y
medio, ni siquiera para preguntar por su hijo, seguro que no se molestaría en
devolverle su portafolio.

Unos minutos más tarde, Emma entraba en el porche de atrás. Su madre se


hallaba en su mecedora favorita. Dejó el bolso en una mesita y se dejó caer en la silla
de mimbre junto a ella.
—Gabe está muy trabajador, según veo.
—Ya ha atrapado veintidós bichos de luz —sonrió Sylvia Grey—. Los ha ido
metiendo a todos en la caja.
Un alarido de triunfo provino del niño, que corrió hacia el porche enarbolando
la caja con los insectos.
—¡Veintitrés!
—Cuando llegues a la número veinticinco, paras, ¿de acuerdo? —llamó
Emma—. Ya es hora de tu baño.
—¡Uf, mami!
—Veinticinco o quince minutos. Lo que llegue primero. ¿Quieres ver el partido,
o no?
—Está bien, de acuerdo —corrió detrás de otra luciérnaga.
—Gabe dice que no conseguiste el trabajo —comentó su madre en voz baja.
—No.
—¿Cómo lo supiste tan rápido? ¿El interesado ya había contratado a alguien?
—No. No sé... en realidad... —inspiró Emma profundamente antes de
preguntar—: A que no sabes a quién me encontré en la entrevista. No lo adivinarías
en tu vida.
La madre se dio cuenta de su agitación y le dirigió una mirada de preocupación.
—¿A quién? —preguntó.
—Rafe.
Se hizo un silencio en el aire húmedo del atardecer. Sylvia detuvo el
movimiento de la mecedora.
—¿Cómo es posible? Está muerto.

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—Pues parece que no —se encogió de hombros, pero tuvo que hacer un
esfuerzo para que no se le quebrara la voz—. Supongo que papá tenía razón.
Supongo... que no me quería. Ni a Gabe.
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que simuló su muerte?
Emma sacudió la cabeza.
—Es lo que pensé al principio, pero luego le vi las cicatrices. Tiene una fea en la
cara y otra en la mano. Quizás no lo encontraron hasta después de que me casase con
Jerry, y aprovechó para deshacerse de mí.
—¿Qué dijo cuando te vio?
—Actuó como si no me conociese. Dijo que tenía amnesia.
—Quizás sea así. Es algo muy común.
Sylvia comenzó a mecerse otra vez. Emma hizo un gesto de exasperación.
—Sólo en esas telenovelas que ves tú.
—Pero, cielo, es posible que él...
—Mamá, llamé a su madre varias veces durante las semanas en que lo
buscaban. Ella sabía que estaba preocupada. ¿Por qué no se puso en contacto
conmigo cuando lo encontraron?
Sylvia comprimió los labios, lo que quería indicar que algo se le había ocurrido
y no quería discutirlo.
—¿Qué pasa, mamá?
—Es posible que llamase —suspiró Sylvia—. Para entonces ya te habrías
mudado a Nashville. Si tu padre contestó el teléfono...
—No me lo hubiera dicho, ni a ti tampoco — concluyó Emma pensativa.
Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Le dolía de tanto pensar. Meras
conjeturas. Rafe era el único que podía responder las preguntas, pero rehusaba
explicarse.
—Dejemos el tema, ¿quieres? Es obvio que no quiere saber nada de nosotros, lo
cual a mí me parece bien. Pensé que sería mejor que lo supieras por si... bueno, estaba
tan alterada que me dejé el portafolio allí. Quizás trate de devolverlo, aunque lo
dudo.
—¡Veinticuatro! —gritó Gabe.
—Si no está muerto, sigues casada con él —dijo Sylvia, después de mirar al niño
perseguir a las lucecitas un rato.
Emma se quedó boquiabierta y miró a su madre horrorizada.
—¿Qué?
—Te casaste legalmente y nunca has obtenido el divorcio, así que sigues casada.
Emma se quedó helada ante el descubrimiento. Emitió un gemido de
frustración.

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—También significa que mi matrimonio con Jerry no fue legal. Probablemente


no lo era ya, ya que papá me hizo mentir en el registro civil cuando me preguntaron
si había estado casada antes. Qué jaleo —dijo Emma cerrando los ojos—. Y ahora,
¿qué diablos voy a hacer?
—¿Qué puedes hacer, cielo? —preguntó su madre suavemente.
—Nada —se enderezó Emma—. No puedo hacer nada, y es exactamente lo que
voy a hacer. A nadie le ha importado durante los últimos seis años, lo más probable
es que nunca se descubra.
—¿Y si te quieres casar algún día? Todavía eres joven y...
—No. No necesito un hombre en mi vida y desde luego que no quiero uno. Ya
te lo he dicho.
—Pero, Emma, cielo...
—Te lo digo en serio, mamá. Nunca más permitiré que un hombre tenga control
sobre mí o mi hijo. Los hombres te controlan la vida, y acabas haciendo lo que ellos
deciden. Ni pensarlo.

Ya era bastante extraño que hubiese un coche aparcado frente a la casa, y aún
más, una reluciente camioneta roja con matrícula de Texas. Emma sintió que el
corazón le daba un vuelco mientras metía el coche en el garaje.
No podía ser Rafe. Solía conducir deportivos, aunque fuese verdad que el rojo
era su color favorito. Pero, de haber sido él, no se habría quedado.
Al entrar en la quietud de la fresca casa y oír la voz que llevaba dos noches
escuchando en sus sueños, no se sorprendió. Sin embargo, eso no fue óbice para que
su corazón le sonase en el pecho como un tambor de la jungla.
Aunque se había tratado de convencer de que Rafe no aparecería, desde el
principio supo que iría en cualquier momento. El Rafe que ella conocía había sido un
hombre de acción, enfrentándose a la vida en vez de dejarse llevar por ella. Fuera
cual fuese la excusa para no aparecer durante los últimos seis años y medio, él no se
quedaría sentado esperando que ella actuase, ya que lo había descubierto.
Pero ella no quería oír sus excusas. Después de tantos años no le interesaba en
absoluto lo que dijese sobre ese tema, ni sobre cualquier otro.
Entró y dejó el bolso sobre la antigua cómoda de la entrada. Se miró en el espejo
y se pasó la mano por el pelo, pero luego le dio rabia darse cuenta de que quería estar
guapa.
Inspirando profundamente para calmarse, atravesó el salón de fumar, que ahora
usaban como salón de estar y vio a Rafe ayudando a su hijo a poner la mesa en el
comedor. El niño conversaba animadamente y en ese momento le hacía una pregunta
sobre béisbol.

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El pánico le atenazó la garganta. ¿Y si Rafe había ido a llevarse a su hijo?


Corrió al comedor.
—¿Qué haces aquí?
El levantó la cabeza de golpe y la sonrisa se desvaneció de su boca. Se quedó de
pie a la cabecera de la mesa, aferrándose al respaldo de una silla.
Ajeno a la tensión entre los adultos, Gabe corrió hacia ella y la abrazó.
—¿Sabes, mami? El señor Johnson se queda a cenar. Grams ha hecho carne
asada y...
—¿Qué? —exclamó Emma, enderezándose después de abrazar a su hijo—. No
te puedes quedar.
Rafe la miró inquieto.
—Vine a devolverte el portafolio y Sylvia tuvo la amabilidad de invitarme.
¿Cómo me iba a negar?
—Muy sencillo. Abres la boca y dices: «No gracias».
Gabe le tiró de la falda.
—¿Qué pasa, mami? ¿No te gusta?
Miró a su hijo y luego a Rafe, quien tuvo el atrevimiento de hacerle un gesto con
la ceja. ¿Cómo se atrevía a cuestionar su comportamiento después de haberla
abandonado, una esposa joven y embarazada?
—¿Por qué no vas a la cocina a ayudar a Grams, Gabe? El señor Johnson y yo
tenemos que hablar.
Gabe los miró preocupado.
—Me prometió jugar a la pelota después de comer —dijo.
«Y a mí me prometió amarme hasta que la muerte nos separase», tuvo deseos de
decirle a su hijo. «¿Ves lo que valen sus promesas?»
—Anda, ve —dijo, dándole un leve empujón—Te llamaré cuando terminemos.
—¿Se queda o no? —insistió Gabe, arrastrando los pies.
Los dos respondieron al unísono.
—No —dijo Emma.
—Sí —dijo Rafe.
Se miraron. En los ojos de Rafe había decisión. Emma reconoció la mirada
implacable. Significaba que no iba a cambiar de opinión.
Hacía años que no se acordaba de aquellos detalles.
Rafe fue el primero en retirar la mirada.
—Nunca sería tan grosero de rechazar una invitación una vez que he aceptado
—le dijo a Gabe—. Por favor, dile a tu abuela que me quedo si la oferta sigue en pie.

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—Sigue en pie —dijo la señora Grey desde la puerta que daba a la cocina.
—¡Mamá! —exclamó Emma, dando un paso hacia ella— ¿Por qué has...?
—He invitado a un agradable joven a comer —interrumpió Sylvia
abruptamente—. ¿No puedo hacerlo en mi propia casa?
—Pero, mamá, él...
—Te he enseñado mejores modales que estos, Emeline Katherine Grey Johnson.

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Capítulo 3

EMMA contuvo el aliento y se puso pálida. Rafe se quedó mirando a Sylvia sin
poder reaccionar. No era posible que hubiese oído... pero sí, Sylvia la había llamado
«Emma Johnson»... ¿Qué diablos...?
El estómago le dio un vuelco y sintió deseos imperiosos de correr.
Sylvia le apoyó las manos en los hombros a Gabe y lo llevó hacia la cocina.
—Ven, cariño. Tu madre y Rafe tienen que hablar un poco.
Rafe miró a Emma desde el otro extremo de la mesa de caoba, apretando las
manos.
—¿Qué quiso decir?
—Nada. Se está poniendo un poquito senil —sin mirarlo a los ojos, Emma se
dirigió a la cocina, pero Rafe le bloqueó el paso y la tomó de las muñecas.
—A los cincuenta y dos años...

Estaban frente a frente en un salón de mal aspecto, pero a él no le importaba, sólo tenía
ojos para Emma.
Ella vestía un traje rojo que le hacía brillar las mejillas. En la cabeza llevaba una
diadema de hojas de acebo sujetándole el pelo largo y rubio.
El aroma de pino recién cortado perfumaba el aire, mezclándose con la fragancia floral de
ella. Las manos delgadas y frías que sujetaba entre las suyas estaban temblando. Sonreía con
nerviosismo.
Quería darle un beso para asegurarle que todo iba a ir bien, que él la cuidaría siempre.
—Rafe Johnson, ¿quieres a Emma Grey como tu esposa en la salud y en la enfermedad...
hasta que la muerte los separe?
—Sí. Por supuesto que quiero.

Rafe le soltó las muñecas como si ardieran y la miró a los ojos.


—Estábamos casados.
Emma retrocedió, frotándose las muñecas.
—¡Últimas noticias! Vienen con un poquito de retraso, pero, ¿qué más da? —
dijo con sarcasmo.
Rafe sintió que se le abría un agujero bajo los pies. ¿Seis años casados y no se
acordaba? ¿Cómo era posible?
El pánico lo paralizó. Cuando llegó a Memphis, fue con la idea de encontrar su
pasado, pero nunca se imaginó algo así.

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—Ya estás listo para dar la vuelta e irte, ¿verdad? —dijo Emma—. Bien. Allí está
la puerta.
El primer impulso de Rafe fue subirse a la camioneta e irse, pero no podía hacer
como el avestruz y esconder la cabeza en la arena. No podía huir ahora que había
encontrado lo que buscaba.
—Yo no soy quien dio la vuelta el otro día —le recordó con calma.
Ella miró hacia otro lado y bufó.
—Dame un momento, ¿quieres? —rogó Rafe—. El matrimonio no será nuevo
para ti, pero lo es para mí.
—¡Ah, me olvidaba! Tienes amnesia, ¿no?
Hizo caso omiso de la pregunta y el sarcasmo con el que fue hecha y repitió lo
que no podía comprender.
—Nos casamos. ¿Cómo es posible?
—Fuimos a un juez de paz en Mississippi y dijimos: «Sí, quiero».
—Eso no es lo que yo dije.
Lo miró sobresaltada.
—Por supuesto que sí. ¿Qué crees...?
—«Por supuesto que quiero», dije.
—Me había olvidado —dijo ella con los ojos agrandados por la sorpresa. Cruzó
los brazos por encima del estómago—. Eso no prueba nada.
—Tú te habías olvidado. ¿Por qué es tan imposible que yo me olvidase también
hasta ahora?
—No es lo mismo olvidarse pequeños detalles que tener amnesia.
Rafe hizo un gesto de desaliento con los brazos.
—¿Qué crees? ¿Que te abandoné?
—¿Qué otra cosa puedo creer?
—Que estoy diciéndote la verdad sobre mi amnesia.
Emma levantó la barbilla.
Rafe miró a la preciosa mujer frente a él. Hacía seis años se había casado con
ella. ¿Cómo era posible olvidarse de algo así? ¿Por qué sus...? De repente se dio
cuenta.
—Seguimos casados. Por eso tu madre te llamó...
—¡Shh! —lo chistó Emma, tapándole la boca con la mano.
Rafe se preparó para otro recuerdo, pero no salió a la superficie ninguno nuevo.
Lo único que percibía era la sensación de la mano sobre su boca, los ojos asustados
que le rogaban. ¿Se había acabado la magia o eran sus emociones presentes más
fuertes que la memoria?

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—No podemos hablar de esto aquí —susurró ella—. Mi hijo está al otro lado de
la puerta.
Rafe le quitó la mano de su boca.
—Entonces elige otro sitio, porque no me iré de aquí hasta que me des unas
respuestas.
Pareció que ella se iba a negar, pero luego se dio la vuelta de golpe.
—Vamos entonces. Hagámoslo de una vez para que te puedas ir. ¿Vamos
arriba? Aunque te advierto que no tiene aire acondicionado.
—Lo sé. Sylvia y Gabe me mostraron la casa esta tarde. ¿Nos oirá Gabe?
—Depende de lo que estés dispuesto a gritar.
—Todo lo que sea necesario —le hizo un gesto para que lo precediese.
Emma subió las escaleras corriendo y Rafe la siguió. Se quedó sin aliento al
mirarla. Los glúteos se le marcaban al subir. Primero un lado, luego el otro...
Lanzando una maldición entre dientes, Rafe retiró la vista. Nunca había tenido ese
tipo de pensamientos con respecto a las mujeres, al menos, no lo recordaba.
Inspiró profundamente y luego subió con lentitud, por un lado para controlar la
libido y por otro para que su pierna mala no cediese.
Cuando llegó arriba, su pierna estaba bien, pero su corazón seguía latiéndole
descontrolado.
Ella lo esperaba en el descansillo.
—Habría sido más cómodo para ti que nos quedáramos abajo.
¿Estaba preocupada por él? Al menos creería que su respiración agitada se
debía a la pierna.
—Los médicos dicen que tengo que subir escaleras —se encogió de hombros—.
Así se estiran los tendones que tuvieron que acortarme al operar.
Ella apretó los labios en una expresión que ya le había observado a Sylvia. De
tal palo, tal astilla.
—Tengo algunas cosas que darte —dijo.
Emma entró en la que había sido su habitación. Rafe lo sabía por la visita que
hiciera esa tarde. Los muebles habían sido amontonados en un rincón y cubiertos con
un grueso plástico. Había tres cubos en el suelo para recoger el agua de las goteras. A
pesar del olor a humedad, el dormitorio se veía limpio de polvo. Las habitaciones de
arriba estaban sin habitar, pero cuidadas.
Sylvia le había contado que Emma necesitaba un segundo empleo para arreglar
el tejado. Quizás lo necesitaba tanto que aceptaría el que todavía pensaba ofrecerle.
—Ven a echarme una mano, ¿quieres? —lo llamó desde el armario. De puntillas,
intentaba mover una caja grande del estante más alto. Se estiró a ayudarla y rozó su
mano.

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Estaba sentado en el borde de su cama y le apartó el pelo de la húmeda frente. La cara de


Emma se asomaba bajo las mantas, pálida y con la nariz roja.
—Tengo que irme —le dijo—. Tus padres volverán pronto.
—Si mi padre te encuentra aquí, le dará un ataque —le acarició la muñeca—, pero estoy
contenta de que hayas venido.
—¿Muy contenta? —murmuró, inclinando la cabeza.
Pero ella lo mantuvo alejado con un brazo.
—¡Ya te lo he dicho, nada de besos! No quiero que te contagies.

Rafe dejó caer los brazos y se dio la vuelta. Estaba tan cerca de ella que olía la
suave fragancia floral de sus recuerdos.
—Ya he estado en esta habitación.
—¿Y? —lo miró dudosa.
—Cuando te rocé hace un momento, recordé una noche en que estabas enferma
y me colé por la ventana a verte. Tus padres habían salido y me dijiste que si tu
padre se enteraba, le daría un ataque.
No me dejaste besarte para que no me contagiara. Los verdes ojos se le pusieron
redondos como platos.
—Me había olvidado de esa vez. Sólo me acordaba de las dos veces que...
—¿Las dos veces que qué? —le preguntó cuando ella se quedó callada.
Ella se estremeció, luego separó su mirada de la de él.
—Trae la caja.
Él suspiró y se tomó un minuto para calmarse. Luego se volvió a estirar y bajó la
caja.
—¿Qué tiene dentro?
Ella miraba por una de las ventanas. Tenía los brazos cruzados sobre el vientre.
—Son las cosas que había en tu apartamento. Cuando te creí muerto, fui y lo
vacié. No había mucho. La mayoría era ropa, que regalé. Los muebles eran del
apartamento.
Él apoyó la caja en la mesa cubierta de plástico y sacó las llaves para romperle la
tapa.
—Me había olvidado de las cosas que dejé en Memphis. Mis padres también.
—El casero me llamó porque me conocía. Me pasaba tanto tiempo allí...
Emma se quedó callada, como si hubiese olvidado lo que iba a decir.
—Has dicho que cuando me rozaste, recordaste la noche en que tenía gripe —le
miró la cara un largo rato—. ¿Qué quieres decir?

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¿Significaba su pregunta que comenzaba a creerlo? Logró contener un suspiro


de alivio. ¿Por qué le resultaba tan importante su confianza si apenas la conocía?
Apenas si conocía a su propia esposa.
—Me devuelves los recuerdos —dijo, mirándola a los ojos.
—¿Qué?
—Cuando te desmayaste en el hotel, recordé algo de mi vida antes del
accidente. Ni te imaginas lo maravilloso que eso es para mí. Durante seis años no he
podido recordar nada. Mi familia me ha contado mi pasado, pero no son verdaderos
recuerdos. Era como leerlos en un libro. Esto es distinto, tiene sonidos, olores,
sensaciones —se mesó el cabello—. He recordado algo cada vez que te he tocado.
—No —dijo Emma, apretando los brazos para no temblar. Por su forma de
contarlo, parecía querer establecer entre los dos una conexión primitiva que no se
había roto. Pero no podía ser verdad.
Rafe agarró su billetera y sacó de ella un papel amarillento con los bordes
quemados. Lo desdobló cuidadosamente, como si fuese algo sagrado.
El corazón le dio un vuelco. Sabía lo que era antes de que él le mostrase el
dibujo que había hecho durante una aburrida clase de historia. Lo había dibujado
como el Arcángel Rafael. Esa misma noche habían concebido a Gabe.
—Cuando te desmayaste y te agarré, recordé el momento en que me lo diste.
Estábamos junto al río —dijo Rafe, alargándole el papel—. Lo dibujaste tú, ¿verdad?
Intentó tragar el nudo en la garganta, pero no pudo, así que asintió con la
cabeza.
—Lo tenía apretado en la mano cuando me rescataron. Por eso tiene los bordes
quemados. Fue un milagro que sobreviviese a la explosión. Fue lo único que me ligó
a mi pasado durante meses, hasta que mi padre me encontró. Evitó que me volviera
loco.
Emma tocó el dibujo con un dedo tembloroso.
—No puedo creer que aún lo tengas.
—¿Qué quiere decir EKG?
Ella recorrió con el dedo las iniciales que había escrito en el corazón del
arcángel.
—Eran mis iniciales antes de que nos casásemos. Solías hacer chistes malísimos
comparando tu amor con los tests médicos que les hacen a los pacientes de corazón.
Él titubeó.
—Entonces te quería.
Le dolió que lo dijese en pasado, lo cual la sorprendió, porque significaba que
todavía le importaba. Pero ya no le importaba. Era imposible.
—Por supuesto que me querías.
—¿Y tú me querías a mí?

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Asintió con la cabeza.


—Entonces, Emma, por el amor que una vez compartimos, ¿me querrás creer si
te digo que te estoy diciendo la verdad?
Emma sintió que se ahogaba. Tres veces había confiado en los hombres, y los
tres la habían traicionado de una forma u otra. Y uno de ellos estaba allí, pidiéndole
que confiase en él nuevamente.
Aunque parecía que no la había traicionado a propósito, ¿cómo borrar los
últimos seis años? ¿Por qué?
—¿Qué quieres de mí?
El pareció desilusionado porque ella no respondiese a su pregunta.
—Varias cosas. Primero y principal, que creas que yo no te dejé sola a propósito.
Si te casaste conmigo, seguro que me conocías bien. ¿Era el tipo de hombre que
abandonaría a su esposa?
—No —tuvo que admitir—. Eras la persona más directa y sincera que jamás
conocí. Ese era uno de los motivos por los que te quería.
—Gracias —dijo, y, por primera vez, la expresión se le suavizó en una sonrisa.
Emma contuvo la respiración. Era como mirar a un ángel. Un ángel con
cicatrices y alas rotas.
—¿Gracias por qué?
—Por creerme. Me crees, ¿no es verdad?
De repente, se dio cuenta de que así era, y se asustó. Creerlo era peligroso.
Significaba que querría un sitio en su vida, un sitio que no estaba dispuesta a dejarle.
—Que crea que tengas amnesia no quiere decir que te tenga confianza.
La sonrisa desapareció y los ojos se le velaron por la tristeza.
—Al menos es algo. Quizás ahora quieras responder algunas preguntas.
—Primero tendrás que responder algunas mías —respondió, levantando la
barbilla.
—Te diré todo lo que sé, aunque no es demasiado.
—¿Por qué no me avisaron cuando apareciste?
El parpadeó.
—¿Mis padres sabían que estábamos casados?
—No, pero...
—¿Por qué no?
Emma suspiró y aflojó un poco los brazos.
—Mi padre... —miró a lo lejos, encontrando difícil hablar mal del hombre que
tanto la había hecho sufrir—. Tu madre era mejicana, lo que te hacía mestizo a sus
ojos. Si hubiera sabido que salía contigo, no habría estado muy contento.

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—¿A qué te refieres?


—Me habría encerrado en mi habitación y probablemente... probablemente...
—¿Te habría pegado?
Ella asintió con la cabeza.
Rafe lanzó una imprecación en español.
Emma levantó una mano para detener sus preguntas.
—Ya está muerto. Pertenece al pasado. Pero tú sabías cómo pensaba, así que nos
casamos en secreto. Pensábamos darles la noticia a nuestros padres en cuanto
volvieses de Nicaragua, tu primer trabajo para el Denver Post. Luego pasaríamos las
Navidades en Houston y después íbamos a establecemos en Denver.
Él se quedó pensando un momento.
—Si mis padres no sabían que estábamos casados —preguntó luego—. ¿Cómo
pretendías que te avisaran cuando me encontraron?
—Llamé varias veces, diciendo que era una amiga. No me atreví a decirles que
era su nuera, por temor a que pensaran que pretendía dinero, o algo por el estilo.
Total, ya estabas muerto.
—Ahora que lo dices —frunció en entrecejo Rafe, pensando—, me parece que
mi madre mencionó a una amiga. Puede que dijese tu nombre, pero en ese momento,
ni mi propio nombre significaba nada para mí.
—¿Por qué te llamas ahora David?
Rafe la miró a los ojos, como buscando una respuesta.
—Porque Rafe estaba muerto —dijo finalmente—. Me pareció mejor que esta
nueva persona tuviese un nombre nuevo.
Emma sintió que un puño le comprimía el corazón, llevándose hasta la última
gota de su sangre.
—¡Oh, Rafe!
—Es la primera vez que se lo menciono a alguien. A mis padres les dije que
necesitaba un nombre más americano, ya que iba a empezar a escribir artículos para
revistas sobre historia y era más apropiado.
—Historia —murmuró ella—. La historia no te interesaba antes.
—¿No? —sonrió con tristeza—. Pues cuando no tienes historia propia, te aferras
a lo que puedes. Además, era algo que podía investigar por mi cuenta, sin necesidad
de tratar con gente.
—Pero la gente siempre te gustó —le dirigió una mirada de curiosidad—.
Hablabas con todo el mundo.
—Mi familia me dijo lo mismo —asintió con la cabeza—. Pero, ¿sabes? La gente
hace preguntas. Supone que tú sabes las respuestas, que recuerdas cosas que se te
han borrado totalmente de la memoria —miró hacia otro lado—. Yo resultaba raro.

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Emma sintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos. Había sufrido tanto. Ella
también. Quería abrazarlo, consolarlo. Pero eso no serviría de nada ya. Rafe estaba
muerto. Su mente, aunque su cuerpo siguiese allí. Este hombre era otra persona.
David Johnson, no Rafe.
Ella también había cambiado. La joven pareja que se llevaba el mundo por
delante había desaparecido. En su lugar había dos adultos heridos, que tenían
mundos completamente distintos. Sin embargo, se alegraba de que hubiese venido.
Necesitaba cerrar el capítulo, aunque ello le trajera más dolor.
—Gracias por venir y darme estas explicaciones. Me ha ayudado mucho. Me
alegro de que no estés muerto, y me alegro de que no me hubieses abandonado.
Perdona por haber actuado así antes —extendió la mano—. Te deseo suerte. De
verdad.
—Parece que te estás despidiendo —dijo, mirándole la mano con sorpresa.
—No tiene sentido alargarlo más, ¿verdad? Tú tienes tus respuestas... yo las
mías...
—No tiene sentido... —levantó las manos exasperado—. Te has olvidado un
pequeño detalle. Estamos casados.
—No, no lo he olvidado —dijo, retirando la mano. Debió haber supuesto que no
sería tan fácil—. Pero si te crees que seguiremos donde lo dejamos...
—¡No tengo ni idea de dónde lo dejamos! se pasó la mano por el cabello—. Pero
no permitiré que me despidas con un apretón de manos.
Emma volvió a cruzar los brazos sobre el vientre.
—¿Qué quieres decir?
Rafe observó cómo se protegía, como si se metiese dentro de un caparazón.
¿Qué habría hecho sufrir tanto a esa hermosa mujer de verdes ojos atormentados?
De repente, quiso saberlo. Quiso convertirse en coraza para protegerla, donde
ella se escondiese cuando tuviera miedo. Quiso averiguar quién era, por fuera y por
dentro, y comenzar de nuevo.
La profundidad de sus sentimientos lo sorprendió. Llevaba tanto tiempo
inmerso en sus problemas, que no había tenido tiempo o energía para ocuparse de
los de nadie más. ¿Por qué ahora? ¿Por qué esa mujer?
Fuera quien fuese, lo que los unía había logrado abrirle las puertas a su pasado.
El destino los había vuelto a unir, y no estaba dispuesto a que desapareciera de su
vida así como así.
—¿Qué quiero decir? —repitió—. Quiero decir que te necesito. Me traes
recuerdos. Tienes que ayudarme. Eres la única que puede.
—No —dijo, sacudiendo la cabeza.
—Cuando te toco, me asaltan los recuerdos. Ha sido el destino, Emma. El
destino me ha llamado a Memphis. El destino ha hecho que respondieses a mi
anuncio.

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Emma cerró los ojos y apretó los labios.


—No ha sido el destino, Rafe. Fue la desesperación —abrió los ojos—.
Necesitaba un segundo empleo, Rafe. Lo siento, pero tengo demasiados problemas
en mi vida en este momento. No puedo lidiar con los problemas de nadie más. No
tengo ni tiempo ni energía.
—Tienes tiempo y energía para un segundo trabajo —dijo Rafe, elevando una
ceja.
—No. Ahora apenas veo a mi hijo unas pocas horas al día. Si consigo otro
trabajo, no lo veré nunca. Pero necesito el dinero para arreglar el tejado.
Lo que Emma dijo le dio una idea y miró por la ventana mientras reflexionaba.
Si se veían todos los días, tarde o temprano tendría que enfrentarse a él. Si
pudiese convencerla de que aceptara... Miró a su alrededor pensativo.
—¿Cuánto hace que dormís abajo?
Emma pareció confundida por el cambio de tema.
—Dos meses y medio —respondió—. He estado buscando trabajo, pero no hay
demasiado en la cuidad.
—Es curioso que menciones el empleo. El motivo por el que vine hoy fue
ofrecerte el diseño gráfico de Southern Yesteryears. Cuando te fuiste la otra tarde, miré
tu trabajo. Y me gustó mucho. Por ahora la revista es trimestral y se llama Southern
History, pero la compré hace un mes y he venido con la idea de convertirla en una
revista comercial, tan importante como Southern Living, y de la misma calidad.
A pesar de su decisión de despedirse de él, Emma se sintió aliviada de que
hubiese cambiado de tema e intrigada por sus proyectos.
—No conozco ninguna publicación por el estilo.
Es raro que a nadie se le haya ocurrido, ya que la mayoría de los sureños
pueden recitar su árbol genealógico desde antes de la Guerra Civil. Pero si quieres
que tenga éxito, tendrás que...
Comprimió los labios. No debería estar tan interesada en un trabajo que no iba a
tener.
—¿Qué tendré que hacer? Por favor, dímelo. Eres la mejor artista que ha
respondido al anuncio y te necesito. Tienes un toque especial, un uso del color... Y
haces que las páginas sean agradables de leer. Me gustó el anuncio, de la muñeca. La
vestida de verde.
A Emma también le gustaba. Era uno de sus mejores trabajos.
—Ese es el aspecto que quiero para la revista — dijo—. Eres la diseñadora que
necesito. Por favor, acepta el trabajo.
Quería decir que sí. Al no haber terminado la universidad, pensó que nunca
podría tener acceso a un trabajo tan creativo como ése, sólo lo que hacía en la
imprenta: folletos, diseño de tarjetas y papelería...

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—¿Cuánto ofreces? —preguntó titubeante.


El mencionó una cifra que incrementaría sus ingresos en la mitad de lo que
ganaba en la imprenta.
—Pero lo mejor de todo es que podrás trabajar aquí, en tu casa.
—¿Cómo? No tengo ordenador —preguntó.
El dudó un instante, volviéndose a pasar los dedos por el pelo. No recordaba
ese gesto antes, un gesto que indicaba constante frustración.
—Esto me lleva a la segunda parte de la propuesta —inspiró profundamente—.
Quiero alquilar un par de habitaciones.
Ella dio un paso atrás.
—¿Aquí?
—A cambio de seis meses de renta —se apresuró en decir Rafe—, yo le pondré
un tejado nuevo a la casa en cuanto sea posible. He estado buscando un sitio para
vivir y trabajar. Esto sería perfecto para mí.
—¡No!
—Piensa en las ventajas para ti. Arreglarías la casa enseguida, evitando así
mayor daño. Tendrás un segundo ingreso fijo todos los meses para hacer otros
arreglos que necesites. Trabajarás en casa, lo que te permitirá estar con tu hijo.
Consigue un trabajo en otro sitio y no lo verás nunca.
—¿Y tú, para qué querrías estas viejas habitaciones? —preguntó, volviendo a
cruzarse de brazos. Rafe siempre había sido bueno en lograr lo que quería.
—Se me ocurren varias ventajas. Seis meses me permitirían conocer la ciudad
nuevamente para encontrar el sitio donde quiero instalarme. Además, tu madre está
aquí todo el tiempo. Como tendré que hacer una buena inversión en equipo caro y
estaré viajando la mayor parte del tiempo para buscar anunciantes, me vendrá bien
que alguien lo vigile —pasó la mano casi con cariño por el alféizar de la ventana
.¿Qué mejor sitio para empezar una revista sobre historia que esta casa, que ha
vivido tanta parte de ella?
—¿Quieres decir que te gusta esta antigualla?
Le dirigió una mirada de sorpresa.
—Por supuesto. ¿A ti no?
—La manutención es terriblemente costosa — dijo, negando con la cabeza—. He
tratado de convencer a mamá, pero... Si la vendiéramos, así como a la mayoría de las
antigüedades, tendríamos para comprar una casa totalmente nueva en las afueras. Y
Gabe podría ir a una buena escuela.
—¿Entonces, por qué no te has mudado?
—Cada vez que lo menciono —suspiró Emma—, pone cara compungida.
Siempre ha vivido en este mausoleo y no quiere desprenderse ni de una sola
lámpara.

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—Parece que necesitas el trabajo más de lo que yo pensaba —dijo, mirándola a


los ojos.
Emma apartó la mirada. Sabía que debería aceptar la oferta. No sólo podría
arreglar el tejado, sino que también haría un trabajo que le encantaba y además
estaría con Gabe.
Pero... ¿cómo podría trabajar con Rafe, pasar tanto tiempo en su compañía?
Cada una de las relaciones que había tenido no le habían causado más que
problemas y angustias. No podía volver a pasar por lo mismo otra vez.
Ya sabía que estaban casados. ¿Y si se creía que tenía derechos, especialmente
viviendo bajo el mismo techo?
El calor de la habitación se hizo opresivo mientras recordaba su noche de bodas
y la otra noche en que había quedado embarazada. Había sido un amante
considerado y lleno de pasión. Se preguntó si lo seguiría siendo.
Era por ese motivo precisamente que debía evitarlo.
—Lo siento, pero no puedo.
—¿No puedes? ¿Qué? ¿Alquilarme las habitaciones o aceptar el trabajo?
—Ninguno de los dos.
—¿Y si te juro mantener nuestra relación al margen del trato?
Negó con la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó frustrado.
—Porque no lo harás. Y no tengo que protegerme sólo a mí misma. También
tengo que velar por mi hijo.
—¿Piensas que le haré daño a Gabe? —sus negros ojos relucieron como ascuas.
Emma se preparó para decirle la verdad. Tenía que decírselo, sacar toda la
verdad a la luz de una vez por todas.
Cuando se enteró de que tenía una esposa, casi había salido corriendo. Saber
que tenía un hijo podría ser lo que faltaba para que huyera despavorido.
—Ya lo has herido bastante. Te fuiste en una misión peligrosa cuando yo estaba
embarazada y te rogué que no lo hicieras. Tu trabajo era más importante para ti que
yo —parpadeó para retener las lágrimas que le quemaban los ojos. Más importante
que tu hijo.
Rafe se puso pálido.
—¿Mi... hijo'?
—Es tuyo, Rafe. Gabe es tu hijo.

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Capítulo 4

NO puede ser verdad —dijo Rafe con un ronco susurro.


Emma entrecerró los ojos.
—Con mirarlo es suficiente para darse cuenta de que es tuyo. Fue lo único que
mi padre no tuvo en cuenta cuando quiso hacer pasar a Gabe por hijo de Jerry. El
pelo de Jerry no es mucho más oscuro que el mío. No engañó a nadie.
Rafe hizo un esfuerzo por calmarse. Pensó que encontrar su pasado lo ayudaría
a tomar las riendas de su vida, no a conducir un coche con caballos desbocados. Sin
embargo, a medida que asimilaba la idea, la loca carrera se convirtió en una alegría
que nunca había sentido en su vida.
Tenía una esposa y un hijo, una familia, algo que pensó que nunca lograría.
Gabe. Gabriel. Le había puesto el nombre de otro arcángel.
Ahora podía ver el parecido. El niño era igual a una foto suya a esa edad que su
madre le había mostrado. El pelo negro, los ojos negros, la cabeza grande y el cuerpo
pequeño.
¿Cómo no se había dado cuenta? Esa tarde había pasado varias horas con Gabe.
Todo ese tiempo charlando con su hijo. Carne de su carne.
—No me lo puedo creer...
—De acuerdo —dijo Emma con la cara tensa—. No te lo creas. Nos hemos
pasado seis años sin ti, tampoco te necesitamos ahora.
Cuando Rafe se quiso dar cuenta, ya había llegado a la puerta.
—¡Espera!
Ella hizo una pausa con la mano en el picaporte, sin darse la vuelta.
—¿Por eso nos casamos? —preguntó titubeante.
—Por eso nos casamos tan rápido —respondió, dándose la vuelta por fin—.
Pensábamos esperar hasta mudarnos a Denver, pero en cuanto supimos que estaba
embarazada, no quisiste esperar.
—No puedo creerlo...
Emma hizo gesto de volverse a ir, pero Rafe la detuvo con una mano.
—No es que no crea que es mi hijo. Tienes razón. Es demasiado parecido a mí
como para negarlo. Lo que pasa es que me siento como si me hubieran dado un
mazazo.
—Me sentí igual cuando entré en la sala la otra tarde y te vi —miró la mano con
que le tocaba el brazo—. Me estás tocando.
—Lo siento, no quise...

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—Me preguntaba si estarías recordando algo más.


Rafe se sintió aliviado porque no fuera repulsa lo que había suscitado el
comentario.
—No pasa siempre. Supongo que mi mente tendrá bastante en que pensar
ahora. Lo mismo sucedió cuando me tapaste la boca abajo, cuando me di cuenta de
que estamos casados.
Ella asintió y ambos se quedaron silenciosos.
Rafe la miró detenidamente. Esta hermosa mujer le había dado un hijo y él no lo
sabía, nunca...
De repente, Rafe estrechó los ojos.
—¿Hace seis años que mis padres tienen un nieto y no lo saben?
—No sabía cómo decírselo. Sólo tenía diecinueve años. No los conocía, no sabía
cómo iban a reaccionar.
Sabía que sus padres no se contentarían con esa explicación, pero no podía
olvidarse del padre con quien ella había crecido. Sin embargo...
—Sylvia no es como tu padre. ¿Por qué no te ayudó?
—Mi madre es muy anticuada. Nunca cuestionó la autoridad de mi padre. He
intentado meterle un poco de liberación femenina, pero...—levantó las manos
desalentada—. Esa es la forma en que la criaron.
Se la quedó mirando un largo rato, intentando asimilar la confusión, la alegría y
la rabia.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó finalmente.
—¿Hacer? —preguntó titubeante, con los ojos agrandados por algo que no era
miedo—. ¿Hacer con qué?
—Con todo lo que me has dicho.
Pareció que sus ojos se velaban.
—Nosotros no vamos a hacer nada. Ya te lo he dicho. No te necesitamos —
dando un paso atrás, se dirigió a la puerta—. Te disculparé con mi madre. Será mejor
que te vayas.
Se fue, pero Rafe ni se dio cuenta.
No lo necesitaba. Nadie lo necesitaba.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que, además de los recuerdos,
aquello era lo que le faltaba. Quería que lo necesitaran, ¿cómo no se había dado
cuenta antes?
Probablemente, porque desde que su padre lo había rescatado de Nicaragua, no
había hecho más que recibir. Había tomado el amor de su familia, su ayuda para
curarse el cuerpo deshecho, su apoyo para recuperar su propia vida.

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También había retribuido su amor con amor, y lo daría todo por ellos, pero lo
que les había dado no les resultaba necesario. Sus padres se tenían el uno al otro, sus
hermanos tenían a sus propias familias. En cierta forma, sentía que sobraba siempre.
Emma decía que no lo necesitaba, pero el sí que la necesitaba a ella. Por primera
vez desde que se despertó en el poblado, sintió su conexión con alguien, un eslabón
con el hombre que había sido.
Pero... ¿qué podía darle un hombre con un cuerpo y una mente rotos a la
hermosa mujer capaz de levantar el velo impenetrable que lo separaba de su pasado?
Un miserable empleo. ¿Cómo podía compararlo con lo que necesitaba de ella? ¿Con
lo que ya le había dado?
Se dirigió a la ventana, sintiéndose tan perdido como cuando ignoraba su
propia identidad. El sol caía tras los árboles, y en el jardín, el ruido de Gabe jugando
con una pelota y un guante de béisbol le llamó la atención.
El orgullo le hinchó el pecho como un globo. Su hijo. Por el tiempo que habían
pasado juntos, se había dado cuenta de que era listo, curioso y cálido.
Emma lo había hecho bien al criarlo. Sin él.
Mientras lo miraba, se dio cuenta de que tenía mucho más que ofrecer que un
miserable trabajo. Era el padre de Gabe. Y, le gustase o no, el marido de Emma. Eso
le daba todo tipos de derechos.
Le podía enseñar a jugar al béisbol, a pescar, a evitar una pelea o terminarla
rápido si no podía evitarla... Cosas que Emma no le podía enseñar.
Gabe necesitaba un padre. Gabe lo necesitaba a él.
Y aunque no sabría decir por qué, Emma también lo necesitaba.
Había en su rostro una tristeza y una soledad permanentes. Quizás él tenía el
poder de borrarlos, de hacerla recuperar la alegría y el amor que brillaba en aquellos
maravillosos ojos verdes de sus recuerdos.
¿Amor?
Bueno, amor quizás no. No podía pretender que lo amase tal como estaba ahora,
cubierto de horribles cicatrices. Pero al menos la podía ayudar monetariamente.
Llegar a ser amigos.
El deseo que sentía por ella desde el momento en que entró a la entrevista
surgió de golpe para burlarse de él. ¿Cómo se podía contentar con amistad, si lo que
quería era estrecharla entre sus brazos y besarla hasta hacerla perder el sentido y
luego hacerla suya?
Lo tenía que lograr.
Ella le había dejado claro que no quería a un hombre en su vida, pero todos
necesitamos a un amigo. Si era la única forma de que lo aceptase, tendría que ser así.
Haría cualquier cosa por ella y por su hijo.

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—Veo que has mandado a Gabe a jugar —dijo Emma al entrar en la cocina.
Sylvia se dio la vuelta.
—¿Dónde está Rafe?
—Se marcha.
—No he oído la puerta de entrada —dijo su madre.
Emma se encogió de hombros.
—¿Qué le has dicho?
—Le dije que Gabe era suyo —suspiró Emma.
Sylvia asintió.
—Enseguida lo tendremos aquí, entonces.
—No, no vendrá. Le dije que se marchase.
— Y te crees que se irá, ¿verdad? —chasqueó la lengua—. Llevas demasiado
tiempo lidiando con un niño de cinco años.
—¿Qué quieres decir?
—Una vez que logre asimilar las cosas, bajará para tomar las riendas del asunto.
Ya era hora de que tuviéramos un hombre en esta casa. Yo...
—¿Tomar las riendas? —explotó Emma, haciendo un gesto de exasperación con
las manos—. Eso es exactamente lo que no quiero.
—Ya sé que eso es lo que crees, cielo. Pero es pura charla. Las mujeres
necesitamos tener un hombre cerca. Así es la naturaleza.
Emma había sufrido demasiado como para seguir creyendo en ese cuento de
hadas.
—Estamos en el siglo veinte, mamá, casi el siglo veintiuno. Las mujeres hemos
progresado mucho en los últimos cincuenta años. Ahora trabajamos, somos
autosuficientes. Los hombres resultan superfluos.
Sylvia levantó una ceja.
—Gabe fue resultado de la inmaculada concepción, ¿eh?
—De acuerdo, para algo valen. Pero una mujer que quiere tener niños sólo
necesitará un hombre unos minutos cada cierto número de años. Aunque yo quisiese
tener más niños, no me los puedo permitir, así que no tengo ese problema —
concluyó Emma, cruzándose de brazos—. ¿Ya está la comida? Me muero de hambre.
—Cuando baje Rafe.
Emma comprimió los labios para no ponerse a gritar. ¿Qué le pasaba a su
madre? Se las habían arreglado perfectamente las dos desde que su padre murió para
criar a Gabe y evitar que la casa se derrumbase... Sylvia actuaba como si un hombre
les fuese a resolver todos los problemas.
—Te lo he dicho. Se marcha, no come con nosotros.

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—Si estás segura...


—Estoy segura.
—Bien. Entonces, saca las fuentes de servir, ¿quieres, cielo?
Se entretuvieron varios minutos en silencio preparando las fuentes para la
mesa.
—¿Y el empleo? —preguntó finalmente Sylvia—. Rafe me dijo que te lo iba a
ofrecer.
Emma, que arreglaba las zanahorias y las patatas alrededor de la carne, hizo
una pausa.
—Sí, me lo ofreció.
—¿Y? —preguntó su madre, girándose a mirarla.
—Y nada —continuó Emma con su tarea—. Has hecho un montón de puré.
—Pensé que teníamos un invitado. Los hombres comen mucho puré. ¿El salario
no era bueno?
—El salario era bueno —respondió Emma. Tendría que haber supuesto que su
madre no se daría por vencida tan fácil.
—¿El horario no estaba bien?
Emma dejó la cuchara grande de golpe sobre la mesa con un ruido sordo y se
enfrentó a su madre.
—El horario estaba bien. A decir verdad, era perfecto. Con ese salario ganaría
medio sueldo más de lo que gano ahora. Además se ofreció a arreglar el tejado.
—¿Cuál es el problema, entonces?
—El problema... —la irritación se evaporó tan rápido como había venido—. El
problema soy yo. Rafe quiere alquilar algunas de las habitaciones de arriba para vivir
y trabajar, pero yo no creo que pueda soportar que esté aquí todo el tiempo.
—Pero eso sería perfecto —exclamó Sylvia—. Trabajarías aquí mismo, en casa.
¿No tenías miedo de que otro trabajo te robara tiempo para estar con Gabe?
—Ya lo sé, pero...
—¿Pero, qué? ¡No podrías encontrar una oportunidad mejor!
—Es verdad, no podría. Es perfecto. Un buen dinero y un buen horario
haciendo lo que siempre he querido hacer en la comodidad de mi propia casa — dijo
Emma. Pero luego sacudió la cabeza lentamente—. Pero él viviría aquí, mamá. Día
tras día. Estaría aquí todo el tiempo.
—Pues es lo que tendría que hacer, cielo. Es tu marido, y el padre de Gabe.
—Esos son sólo tecnicismos. Fue mi marido durante catorce horas antes de irse
y hace seis años y medio que falta.
—No ha sido culpa suya —se encogió Sylvia de hombros—. Te vendría bien un
poco de ayuda. Estás agotada todo el tiempo.

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—Sí, pero una cosa es ayuda y otra es acomodarme a su vida completamente.


Los hombres esperan eso. Así, tuve que dejar la universidad y mudarme a Denver
por la carrera de Rafe. Luego me fui a Nashville para que Jerry terminara abogacía —
levantó una mano desalentada—. Tengo que pensar en mí misma por una vez. Y en
Gabe. Tengo una carrera que no quiero abandonar.
—Me parece que no te ha pedido que dejases nada.
—No, pero podría. Eso es lo que los hombres hacen.
—Has estado amándolo casi siete años, llevado su anillo colgado todo ese
tiempo. ¿Va a desaparecer tu amor porque por fin ha aparecido?
—Este Rafe es totalmente distinto al que yo amaba —retiró la vista—. Ya no sé
quién es.
—Entonces aprende a conocerlo nuevamente. Te puedo decir algo, por el rato
que he estado con él. No es el tipo de hombre que se dé por vencido fácilmente. Mira
el tiempo que lleva buscando sus recuerdos. ¿Crees que desaparecerá de tu vida
ahora, además sabiendo que Gabe es su hijo?
Sylvia le dio unas palmaditas en el hombro.
Ambas se quedaron paralizadas al oír pasos en la escalera. Cuando no
desaparecieron hacia la entrada, sino que se acercaron a la cocina, Sylvia le dirigió
una mirada para indicarle que tenía razón.
Segundos más tarde, Rafe apareció en el umbral y la miró. En sus ojos se leía
incertidumbre, esperanza y determinación. Aunque interiormente Emma dio un
gemido exasperado, tuvo también una femenina satisfacción al darse cuenta de que
no estaba dispuesto a darse por vencido.
—¿Podemos hablar? —preguntó Rafe.
Su ronca voz le puso la piel de gallina.
—Estoy segura de que podréis esperar —dijo Sylvia, con falsa alegría en la
voz—. Estamos a punto de servir la cena.
—Mamá, no es necesario que...
—Que dejemos que la carne se enfríe —la miró Sylvia—. Hay ciertas cosas sobre
las que tienes que reflexionar un poco. Las ventajas de ciertas situaciones,
¿recuerdas? Me imagino que la hora que tardaremos en comer bastará para que lo
hagas.
Emma la miró exasperada ante su poca sutileza.
Rafe se aclaró la garganta.
—Sylvia, Emma y yo...
—Podéis iros a tomar café con tarta después de la cena —terminó la frase
Sylvia, indicando la puerta trasera con la mano—. Llama a Gabe, ¿quieres? Y
asegúrate de que se lave las manos.

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Rafe volvió a mirar a Emma. Se encogió de hombros, esbozando una sonrisa


burlona para indicarle que se daba cuenta de la forma en que Sylvia los manipulaba,
pero que no podía evitarlo.
La sonrisa la desarmó completamente y no pudo evitar devolvérsela.
A Rafe se le iluminó el rostro, y sus ojos parecieron arder.
—¿Después de comer, entonces? —preguntó.
Ella asintió, y, presurosa, agarró la fuente con la carne.

La cena no resultó la tortura que Emma se imaginaba. Rafe conservaba su


habilidad para hacer hablar a la gente, una cualidad importante en un periodista.
Cuando no hablaba con Gabe de béisbol, le preguntaba a Sylvia sobre las
antigüedades que amueblaban todas las habitaciones de la casa.
Emma no habló demasiado. Lo observó, maravillándose del milagro de su
presencia, sintiéndose confusa.
Su madre tenía razón. Ya no era el mismo hombre de hacía seis años, aunque
había momentos en que era difícil recordarlo. Su voz aún le ponía la piel de gallina,
su mirada le causaba una opresión en la garganta, su contacto le hacía sentir las
rodillas de gelatina.
¿Cómo podía dejarlo instalarse en su casa y trabajar con él todos los días sin
volver a enamorarse?
Por otro lado, trabajaba con hombres todo el tiempo y no se enamoraba de ellos
cada dos por tres. Esto no tenía por qué ser diferente.
En ese momento, sus ojos se encontraron y el rostro de Rafe se suavizó mientras
sostenía la mirada un segundo más de lo necesario.
Cuando finalmente apartó los ojos, el aire le entró a Emma en los pulmones
como un huracán. Bueno, quizás esto no fuese tan fácil. Quizás fuese un poco más
duro, pero podía hacerlo. Con recordarse cómo los hombres solían dominar las vidas
de las mujeres, sería suficiente.
—¿Mami?
El susurro perfectamente audible de Gabe la sacó de sus cavilaciones. Miró a su
hijo.
—¿Por qué te has quedado mirando al señor Johnson?
Emma se ruborizó y le dirigió una mirada a Rafe, que sonreía con calidez.
Era muy humano, y también muy masculino. Quizás resultase más difícil de lo
que pensaba.
Sylvia insistió en que se fuesen inmediatamente después de comer, así que
pronto se encontraron los dos solos en el porche delantero.

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Rafe sacó las llaves.


—¿Dónde vamos?
—¿Max's?
En cuanto dijo el nombre, deseó haberse mordido la lengua. Era el sitio donde
iban cuando eran de novios, porque era muy improbable encontrar allí a alguien que
conociera a sus padres. Se sintió consternada por caer en los viejos hábitos con tanta
facilidad, y apenas se dio cuenta de que él le apoyaba la mano en la cintura.
Pero la presión de Rafe se aflojó casi instantáneamente a la vez que la
respiración se le hizo más agitada.
—Hemos estado antes allí, ¿verdad?
Su mirada perdida le indicó que él volvía a recordar. Fue la primera vez que se
dio cuenta de cómo le sucedía. La sorprendió que su memoria se activase con
apoyarle la mano en la espalda, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Sí.
—Varias veces.
—Era nuestro sitio favorito. La comida era barata y buena, estaba tranquilo, y
nunca nos encontrábamos con nadie conocido.
Se interrumpió. Seguro que él pensaba que lo había elegido por motivos
sentimentales.
La mano se movió levemente sobre su espalda, confirmando sus sospechas. La
caricia le suscitó una ola de calor inesperada que la recorrió entera. Sobresaltada, se
apartó de él para bajar los escalones.
—¿Por qué no vamos a dar un paseo? —sugirió.
—Preferiría ir a ese sitio, si no te importa — dijo, siguiéndola.
Le importaba, pero no pensaba decirle los motivos.
—¿Recuerdas como llegar allí?
—No.
Le dio unas sencillas instrucciones y Rafe le abrió la puerta del coche, esperó
que ella se sentara en el asiento del pasajero y se la cerró.
El gesto caballeroso le trajo recuerdos de cómo Rafe insistía en abrirle puertas y
arrimarle sillas. Su consideración siempre la había hecho sentirse femenina, mimada.
Y aún la hacía sentirse igual.
¡Diablos! ¿Dónde había quedado la liberación femenina?
Se ajustó el cinturón de seguridad y él se sentó tras el volante, se puso el
cinturón y arrancó el coche.
A Emma le resultó dolorosamente familiar estar encerrada en un espacio tan
reducido con él, insoportablemente íntimo. Aunque no lo miraba, sino que lo hacía

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por el parabrisas, era consciente de cada uno de sus movimientos, cada uno de sus
gestos.
—Yo viví en el centro, ¿verdad? En Mud Island.
—Sí. Tu apartamento tenía una vista fantástica del río.
Le encantaba su apartamento. Le encantaba ir a cocinarle cuando se podía
escabullir de casa, hacer el amor, mirar el río mientras él la abrazaba...
—Si la oferta sigue en pie, me gustaría— aceptar el empleo en Southern
Yesteryears —dijo de repente, antes de cambiar de opinión.
Rafe le dirigió una rápida mirada, pero tardó tanto en responderle que Emma
esperó lo peor.
—Has cambiado de opinión —dijo, mirándolo desalentada.
—No —la contradijo con rapidez—. Desde luego que no he cambiado de
opinión. De hecho, llevo una hora dándole vueltas en la cabeza a la mejor fórmula
para convencerte de que lo aceptes. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? ¿Mi
fascinante conversación a la mesa?
—No, yo... necesitamos un tejado nuevo.
—Es verdad —dijo. Parecía desilusionado—. Bien, el motivo da igual. Me
alegro. Gracias.
—De nada —respondió, exhalando un suspiro de ansiedad y alivio. Ahora
tendría que enfrentarse a las consecuencias, pero al menos la decisión estaba tomada.
—¿Has pensado en alquilarme las habitaciones?
Emma titubeó indecisa. Compartir tanto tiempo con él, tenerlo viviendo en la
casa sería...
—¡Espera un momento! —dijo de repente.
Rafe soltó el acelerador y la camioneta se sacudió.
—¿Para qué?
—Perdona, estaba pensando en voz alta. ¿Qué te parece la cochera? En el piso
de arriba tiene dos habitaciones amplias y un baño. Eran los cuartos de la
servidumbre cuando la había. Están en mejores condiciones que el resto de la casa,
incluso tienen los muebles. Habría que limpiarlas bien, pero lo puedo hacer antes de
que...
—Yo contrataré a alguien para que lo haga —insistió.
—¿Entonces te parece bien la cochera? —preguntó. De ese modo no lo tendría
metido en casa. Seguro que así no le resultaría tan difícil.
—Me parece perfecto.
—¿Y pagarás el arreglo del tejado igual?
—Pagaré por el tejado igual —sonrió—. Pero tengo un pedido más que hacerte.
—¿Qué? —preguntó, mirándolo inquieta.

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—Me pregunto si tu madre no podrá cocinarme algo. Nada especial, lo mismo


que la familia. Yo pagaré mi parte de la compra, por supuesto —hizo un gesto
burlón—. Soy incapaz de freírme un huevo.
—Sí. Ya me acuerdo —murmuró Emma.
—¿Qué? —preguntó Rafe.
—Nada —suspiró ella—. Estoy segura de que podremos convencerla. La tienes
de tu parte, ¿sabes? Oye, Rafe...
—¿Sí?
—Quiero que quede claro que este acuerdo es estrictamente profesional. Tú
necesitas un artista y yo necesito un trabajo.
Él le dirigió una mirada y luego se concentró en aparcar la camioneta en el
pequeño sitio frente a la cafetería.
—Yo necesito un sitio donde vivir y tú tienes un sitio que alquilar —dijo cuando
terminó la maniobra.
Ella asintió, aliviada al ver que él la comprendía.
—Un acuerdo comercial, nada más —puntualizó.
—¿Me dejarás que te toque? El contacto contigo es lo que me devuelve la
memoria —preguntó, apagando el motor y soltando el cinturón de seguridad.
—¿Qué quieres decir? —dijo Emma, tomándose su tiempo para responder
mientras también se quitaba el cinturón.
—Algo así —dijo Rafe estirándose para tomarle la mano y enlazar sus dedos
con los de ella.
Emma se había olvidado de lo sensual que podía resultar el gesto. La sensación
de su piel contra la suya le produjo una ola de calor en el corazón. Quiso acercarse
más a él, sentir un contacto mayor que sólo su mano.
—¿Recuerdas algo? —preguntó, haciendo un esfuerzo por volver a la realidad.
—Solíamos tomarnos de la mano mucho, ¿verdad? Recuerdo muchas veces.
Entrando a mi apartamento, esperando en algún sitio, en mi coche...
Emma exhaló un suspiro entrecortado.
—Quizás la idea de tocarse no es tan buena.
—¿Por qué? —le preguntó suavemente—. ¿Porque lo deseas tanto como yo?
Se deslizó del volante hacia ella y se la sentó en el regazo.
—Rafe, no deberíamos...
—Shh —dijo, acariciándola suavemente en la cara con un dedo—. ¿Cómo es
posible que te haya olvidado? ¿Cómo es posible haberme olvidado de esto?
Hipnotizada por el fuego de sus ardientes ojos y el calor de su aliento, Emma
vio cómo sus labios se acercaban a los suyos.

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Capítulo 5

CUANDO Rafe le tocó los labios, los recuerdos le explotaron uno tras otro en la
mente, como el final de los fuegos artificiales del Cuatro de Julio. Besó a Emma tantas
veces en el espacio de unos segundos que la cabeza le comenzó a dar vueltas.
Pero luego los recuerdos se hicieron insignificantes, porque de repente nada
importaba, sólo la mujer que estrechaba entre sus brazos. La cálida piel contra la
suya era real, y mucho mejor que cualquier recuerdo. La sangre le corría por las
venas como fuego y el oxígeno que compartía le quemaba los pulmones.
Emma le pasó los brazos por el cuello.
—¡Vete al diablo!— murmuró contra su oído.
—¿Qué? —le preguntó Rafe, con el corazón golpeándole en el pecho como una
prensa de imprimir a toda velocidad.
—Tu boca tiene el mismo sabor que antes —le dijo ella, emitiendo un sollozo, y
le acercó nuevamente los labios abiertos, invitándolo a que entrase.
Le recorrió la dulzura de la boca con la lengua y la estrechó con más fuerza,
sintiendo sus senos apoyarse contra su pechó.
Gimieron al unísono y Rafe le levantó las caderas para apretarlas contra toda la
longitud de su deseo. Hacía tanto tiempo... una eternidad, que no tenía a una mujer
entre sus brazos.
Pero en el fondo de su mente algo le indicó que estaba perdiendo el control,
aunque le llevó unos minutos entender por qué era importante. Finalmente, se dio
cuenta de lo que estaba haciendo y se apartó de ella con reticencia. Hundió la cabeza
en la seda de su pelo, intentando controlar la libido, pero su respiración agitada no lo
ayudó demasiado. Finalmente, se le comenzó a aclarar la mente. La sintió rígida en
sus brazos.
—Lo siento —le dijo—. No era mi intención llegar a...
—¡Vete al infierno!
Emma forcejeó para liberarse, y él la soltó. Ella intentó abrir la puerta.
La agarró del brazo.
—¿Adónde vas?
—¡Suéltame!
—¿Qué pasa?
—¿Qué, qué pasa? —lo miró asombrada—. Me has besado.
—Y tú me has besado a mí. ¿Y qué?
Emma retiró su mirada de los ardientes ojos oscuros, asustada al comprobar que
Rafe la atraía de la misma forma que cuando tenía diecinueve años. De un tirón, se

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soltó y abrió la portezuela del coche para correr a la relativa seguridad de la cafetería.

El dueño salió de detrás del mostrador a saludarla.


—¿Emma? ¿Emma Grey? ¿Eres tú?
—Hola, Max —sonrió Emma, pero se envaró cuando oyó la puerta abrirse a sus
espaldas.
—¡Eres tú! Hace años que no te veo. Y aquí viene... ¡Caramba, Rafe, parece que
te ha aplastado una apisonadora! ¿Qué te ha sucedido?
Rafe se acercó por detrás de Emma. Apoyándole una mano en la espalda,
extendió la otra para estrechar la de Max.
—Una misión que no salió bien. Me alegro de verte otra vez.
De repente, Emma se dio cuenta de por qué le apoyaba la mano en la espalda.
Para poder recordar la cafetería y a su dueño. Se sintió usada, y se alejó de su
contacto.
—¿Nos pones un par de tartas y café?
—¡Marchando! —dijo Max con una sonrisa—. Vuestro reservado os espera.
Enseguida vuelvo.
Emma lo miró levantando una ceja, desafiándolo a que recordara cuál era el
reservado, pero Rafe la guió sin titubear hasta él y luego esperó que ella se sentase
para deslizarse en el banco frente a ella.
—Recuerdas, ¿verdad? —preguntó Emma.
—No ha cambiado nada. El banco sigue tan duro como siempre.
Cuando Max les llevó las consumiciones, Rafe la miró.
—Quizás puedas explicarme ahora por qué saliste del coche como un corredor
olímpico.
—Ya sabes por qué. Acabábamos de decir que nuestra relación sería
estrictamente comercial y luego me besaste como si nada.
Rafe la miró con rabia, pero luego bajó la vista y se quedó con los ojos fijos en el
café. Se había prometido a sí mismo que mantendría su libido bajo control. La
relación que quería establecer con ella era más importante que unos momentos de
placer físico. Necesitaba que lo considerase su amigo primero, no su amante.
Además, no habrían llegado demasiado lejos. Si ella hubiese visto lo que había
debajo de su camisa, habría salido corriendo también. Pero por otros motivos.
—Nunca te he prometido nada, si mal no recuerdo.
Ella estrechó los ojos.
—Si te crees que porque un trozo de papel dice que estamos casados tienes
derecho a meterte en mi dormitorio, lamento desilusionarte. No me puedo permitir
un abogado en este momento, pero en cuanto pueda, yo...

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—No vale la pena discutirlo ahora —la interrumpió, para que no dijera la
palabra «divorcio». No podía soportar la idea de perder esa maravillosa conexión
con ella, con su familia recién recuperada—. Mira, lo siento. Perdí el control. No era
mi intención besarte, y mucho menos llegar tan lejos. No volverá a suceder. Te lo
juro.
Emma pareció calmarse.
—No he querido insultarte, pero lo cierto es que no puedo establecer una
relación con un hombre en este momento. Con mi hijo, mi madre y ese barril sin
fondo que llamamos casa, tengo más que suficiente.
—Te puedo ayudar con...
—¡No! —exclamó, pero, al darse cuenta de su vehemencia, bajó la voz,
añadiendo—: Soy capaz de ocuparme de mí misma y de mi familia. Te ayudaré con
tu revista y, quizás, con tus recuerdos. Pero sólo si soy yo quien te toca a ti. No
quiero que se repita lo que sucedió en la camioneta.
Rafe se sintió como si lo hubiese abofeteado.
—La familia de la que eres tan capaz de ocuparte es mi familia también. Gabe es
mi hijo y es mi obligación y mi derecho responsabilizarme de él y hacerlo partícipe
de mi vida. ¿Qué pretendes que haga? ¿Que actúe como si no tuviese una mujer y un
hijo? Dime, Emma, ¿es eso lo que el hombre del que te enamoraste hubiera hecho?
Ella se desinfló como un globo pinchado.
—Ese hombre no existe más, y tampoco la chica que se enamoró de él. Ni
siquiera te acuerdas de ella.
Tenía razón. Sin embargo, reconocerlo no le impedía desear tomarle la mano,
abrazarla para consolarla con sus besos. Pero no podía. Aunque era su esposo, no
tenía ese derecho. Quizás nunca lo tuviese, pero no por ello podía permitir que los
verdes ojos llenos de lágrimas lo disuadieran.
—No me importa lo que digas. Como padre de Gabe, tengo ciertos derechos.
—¿No pretenderás quitármelo? —dijo Emma con el horror asomándole a los
ojos.
—Por supuesto que no —se pasó la mano por el pelo—. Quiero llegar a conocer
a mi hijo, Emma. Quiero que él me conozca. ¿No crees que tengo ese derecho?
—Vas a vivir en la casa. ¿Qué más quieres?
—Quiero que me llame «papá».
Ella levantó la barbilla.
—Hasta hace tres días, pensaba que estabas muerto. Después de seis años y
medio de pensar que era tu viuda, necesito un poco de tiempo para hacerme a la idea
de lo que debo hacer.
Rafe se echó hacia atrás y le observó el solemne rostro. No quería esperar ni un
minuto más. Quería a su familia. La quería ya mismo. Después de tanto tiempo sin
saber quién era, ¿acaso no se lo merecía?

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Pero si insistía, era seguro que Emma se negaría en redondo. Quizás esperar un
poco no era una mala idea. Pasaría los siguientes meses con ella, trabajando con ella
todos los días. Mientras tanto, también estaría con Gabe. Podía conocerlo, aunque el
niño no supiese que era su padre.
De acuerdo —dijo suavemente.
El rostro de Emma reflejó la sorpresa por un instante y luego el alivio.
—Gracias.
Rafe asintió, y tomó un sorbo de su café. Estaba frío.
—¿Tienes quien te arregle el tejado o busco a alguien?
Al darse cuenta de que la conversación íntima se había acabado por el
momento, Emma se relajó aún más.
—Pedimos presupuestos hace tres meses. Sé a quién llamar.
—Bien. Llama mañana.
—De acuerdo.
—Me gustaría mudarme a la cochera este fin de semana, si es posible. Así me
ahorraré una semana de hotel.
—Subiré mañana después del trabajo y me pondré a limpiar.
—No, no quiero que lo hagas. Te he dicho que buscaré una compañía de
limpiezas. Haré un par de llamadas mañana y probablemente conseguiré a alguien
para el viernes.
—Como quieras —se encogió ella de hombros. —Con respecto al equipo... no sé
qué ordenadores comprar. ¿Podrías averiguar un poco y encargar lo que necesites?
Se le iluminaron los ojos.
—¿Qué presupuesto tenemos?
—¿Bastarán diez mil dólares?
—¿Diez mil? Puedo conseguir algo por la mitad de ese precio.
Él negó con la cabeza.
—Según he oído, nos conviene tener lo mejor que haya. Así es que compra lo
que necesites.
Emma sonrió con los ojos brillantes.
—Esto puede resultar divertido.

A la tarde siguiente, Emma llegó con el coche y se dirigió a la cochera. La puerta


del garaje estaba abierta, pero antes de entrar, un movimiento en el patio trasero la
hizo frenar.

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Rafe jugaba a la pelota con Gabe. Ambos llevaban vaqueros y gorras de béisbol.
La única diferencia era que Rafe tenía una camisa de manga larga.
Emma suspiró, deseando haber tenido antes de verlo otra vez uno o dos días
para recuperarse de todos los sentimientos que le había despertado.
Cerró los ojos y sintió sus labios besándola la noche anterior, su cuerpo más
fuerte y ancho de lo que lo recordaba, su masculino olor...
Un golpecito en la ventanilla la sobresaltó. Abrió los ojos para encontrarse al
protagonista de sus sueños apoyado contra la puerta.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Emma bajó la ventanilla.
—¿Qué haces aquí?
Elevó una ceja ante su tono acusador.
—Encontré una compañía de limpiezas que podía venir hoy. Terminaron hace
media hora.
—Supongo que mi madre te ha invitado a cenar —suspiró.
—Las comidas son parte del trato, ¿recuerdas?
—Después de que te mudaras.
Rafe metió la mano en el bolsillo y le balanceó las llaves frente a los ojos.
—Oficialmente, soy tu inquilino. Mañana me traen unos muebles. Una cama y
un escritorio. Como no me marcharé del hotel hasta el sábado, Gabe me ha
convencido para que los lleve a él y a Randy a la piscina si tú...
—No —dijo Emma rápido.
La primera reacción de Rafe fue de alivio. En traje de baño no había forma de
esconder sus cicatrices, y llevaba toda la tarde tratando de que Gabe cambiara de
parecer. Pero luego se dio cuenta de que Emma trataba de alejarlo de su hijo. De
repente, decidió llevarlo a la piscina. Se pondría un traje de neopreno si era
necesario.
—Están de lo más ilusionados. Gabe dice que no tiene muchas oportunidades
de nadar, así es que yo...
—No se lo tendrías que haber prometido —levantó la barbilla—. No puede ir.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se ahogue?
Emma tenía miedo. Miedo de que Rafe lo ahogara de cariño para luego irse otra
vez.
Había ido a Memphis en busca de sus recuerdos, pero ¿qué pasaría una vez que
los recuperara? ¿Y si se iba después de ganarse la confianza y el cariño de Gabe, qué
le sucedería a su hijo?

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Lo mejor sería mantenerlos el mayor tiempo posible separados. De ese modo, el


corazón inocente y confiado de Gabe estaría a salvo. De la misma manera que el de
ella estaría a salvo. Apoyó el dedo en el botón de la ventanilla.
—Estoy desperdiciando gasolina.
—Emma, si no me permites acercarme a mi hijo —dijo Rafe, acercando el rígido
rostro—, tendré que...
—¿Rafe? —llamó Gabe desde el patio—. ¿Vienes?
Rafe se enderezó y se dio la vuelta para responderle.
—Ya voy.
Emma aprovechó la oportunidad para concluir la conversación y aceleró. Se
tomó su tiempo en recoger sus cosas, y cuando cerró la puerta del garaje, Rafe estaba
arrojándole la pelota a Gabe otra vez para que la atrapara con el guante.
Lanzó un suspiro preocupado al pensar que tendría que estar en guardia de
ahora en adelante para protegerse a sí misma y a su hijo. Mientras caminaba hacia la
casa, se sintió deprimida y triste.
Rafe abrió la puerta trasera.
—¡Venga, Gabe! Tu abuela nos ha llamado hace cinco minutos.
—Ya voy —protestó el niño, que venía lentamente atrás, tirando la pelota al aire
y volviéndola a atrapar. Subió los escalones del porche y tiró el guante y la pelota en
la silla más cercana.
—¿Así guardas tu equipo? —preguntó Rafe.
—¡Uf! —se quejó Gabe. Lanzándole una mirada acusadora, recogió las cosas y
las metió en la cesta de mimbre para guardar sus juguetes que había en el porche.
—Si no cuidas tu equipo, no durará demasiado —dijo Rafe, quitándole la
gorra—. Vete a lavar, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo Gabe, dirigiéndose al cuarto de baño como si lo fueran a
ajusticiar.
Rafe no pudo evitar sonreír. Gabe era una bola de energía mientras estaba
jugando, pero en cuanto tenía que hacer algo que le disgustaba, como ayudar o
lavarse, la energía desaparecía como por encanto.
Entró en la cocina.
—¡Qué bien huele! —le dijo a Sylvia.
—Gracias por cuidar a Gabe —le sonrió ésta—. Es un poco difícil controlarlo
mientras cocino.
Rafe apoyó las gorras sobre la encimera y se apoyó contra ella.
—Es verdad. Me pregunto si yo sería igual de travieso cuando tenía su edad.
—Probablemente.
—¿En qué te ayudo?

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—Ya lo tengo todo controlado —dijo Sylvia, rechazando su oferta.


Rafe se dio cuenta de que su enfoque a las tareas de la casa era bastante
anticuado. Completamente distinta a su madre, que les había enseñado a compartir
todas las tareas. No le hacía mucha gracia que su hijo fuera educado de esa forma tan
machista, pero si ejercitaba su autoridad paterna; Emma lo acusaría de interferir en
su vida. Tomó un trozo de pan de maíz que ella acababa de cortar.
—Me encanta cómo cocinas.
—Gracias, hijo —le sonrió ella, en vez de regañarlo, como hubiera hecho su
madre—. Te vi hablando con Emma —comentó Sylvia luego.
Rafe titubeó. Se sintió desleal al comentar sus problemas con la madre de
Emma, pero necesitaba un aliado. Emma le llevaba ventaja, ya que conocía su pasado
y él no. Necesitaba toda la ayuda posible.
—No quiere que lleve a Gabe y a Randy a nadar el sábado.
—¡Ay, esta chica! —sacudió Sylvia la cabeza.
—¿Qué le pasa, Sylvia? ¿Por qué no confía en mí lo suficiente para dejarme
llevar a mi hijo a la piscina?
Sylvia comprimió los labios, luego pareció tomar una decisión. Se acercó a la
puerta para cerciorarse de que nadie los oía y luego volvió.
—Emma no permitiría que el Papa llevase a Gabe a misa. Ha perdido su
confianza en la gente, especialmente en los hombres.
—¿Por qué? ¿Porque yo la dejé? No pude evitarlo.
Sylvia se encogió de hombros y se inclinó sobre las cacerolas.
—En parte tú, pero Emma lo ha pasado muy mal en los últimos seis años y
medio, con Cecil y Jerry en particular.
—¿Por qué se casó con él?
Sylvia levantó una tapa y revolvió el estofado.
—Cecil la obligó. No podía soportar que la gente supiera que su nieto era hijo
de... era tu hijo. Emma se resistió hasta que te declararon desaparecido, y luego...
creo que se dio por vencida. Creo que quería escapar de su padre.
Rafe necesitaba saber contra qué tendría que luchar.
—¿Cuánto tiempo estuvo casada?
—Casi dos años. Gabe tenía unos dieciocho meses cuando Emma dejó a Jerry.
—No lo quería, ¿verdad?
—No. Se conocían desde que eran pequeños, pero nunca estuvieron
enamorados.
Una oleada de alivio lo recorrió. No se había dado cuenta hasta ese momento de
lo importante que era para él saber qué sentía Emma por Jerry.
—¿Por qué lo dejó?

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—Nunca lo dijo, pero siempre habla de que los hombres tratan de controlar a las
mujeres...
Se interrumpió al oír una puerta.
Se oyeron pasos en el vestíbulo.
Gabe entró primero.
—¿Ya está la cena?
—Falta poco —le respondió la abuela.
El niño se frotó el estómago.
—Me encanta el estofado. ¿Te gusta el estofado, Rafe?
—A mí también —dijo Rafe. Lo agarró y lo arrojó hacia arriba, haciendo que el
niño chillara de alegría.
Al volverlo a poner en el suelo, Emma entró. Su mirada se cruzó
inmediatamente con la de él. Rafe se la sostuvo, intentando llegar hasta la dolida
mujer que se escondía en sus profundidades.
No le permitía ayudarla con nada, ni siquiera le decía que necesitaba ayuda.
Llevaba tanto tiempo viviendo con desconfianza, que probablemente ni se daba
cuenta ya de que era un problema.
¿Podría superar semejante obstáculo?
Tendría que enseñarle a confiar otra vez. Al menos, a confiar en él. Tenía que
mostrarle que no quería controlar su la vida, solamente tomar las riendas de la suya
propia. Y ella era la única que podía ayudarlo.
¿Cómo se enseña a confiar? Suponía que confiando.
Así es que lo primero que tenía que hacer era enfrentarse a ella ese fin de
semana. Podía esconder la mayoría de su cuerpo si se ponía una camiseta con la
excusa de protegerse del sol y se metía en la piscina antes que ellos. El agua le
cubriría las piernas.
Mientras ponían la mesa, se preguntó cómo abordar el tema, pero Gabe le
solucionó el problema al mirar a su madre con los oscuros ojos alegres.
—Rafe nos va a llevar a Randy y a mí a la piscina el sábado.
—Conque sí, ¿eh? —dijo Emma, dirigiéndole a Rafe una mirada de rabia.
—Sí. Dice que hay un tobogán y todo. Randy llamó a su madre hoy y ella ha
dicho que, si tú me das permiso a mí, ella le da permiso a él.
—Está claro. Yo soy la mala de la película — murmuró.
—¿Qué decías? —preguntó Sylvia, que se acercaba con el pan de maíz.
—Nada —dijo Emma, poniendo el último plato sobre la mesa—. Lo siento,
Gabe, pero no podréis ir.
—¡Mami! —gritó Gabe—. ¿Por qué?

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—¡Oh, hija! —dijo Sylvia—. Los niños no han hablado de otra cosa en todo el
día.
—Me imagino —dijo Emma, enderezando un plato—, pero tengo que trabajar.
Encontré un equipo a la hora de la comida y, si Rafe lo puede ir a buscar mañana,
pensaba pasarme el sábado instalando los programas.
—Mañana no puedo —negó Rafe con la cabeza—. Tengo una reunión por la
mañana con la gente de una posible imprenta y por la tarde me traen los muebles.
Emma lo miró desalentada, haciéndolo sentir que la había vencido haciendo
trampa. De repente, se le ocurrió que la única forma de que ella confiara en él era
demostrarle su confianza. Sacó la billetera del bolsillo y le alargó la tarjeta de crédito.
—Toma. Lo puedes ir a buscar tú.
Emma la miró como si nunca hubiera visto una tarjeta en su vida.
—No puedo usar tu tarjeta.
—Por supuesto que sí —dijo, haciendo un gesto burlón con la boca—. Con decir
que eres mi esposa y firmar, listo.
Los ojos se le agrandaron de la sorpresa y dirigió una mirada de advertencia
hacia el niño, que los miraba con curiosidad.
Al ver que él no reaccionaba, levantó la barbilla.
—No puedo decir eso.
—¿No? —dijo Rafe, sosteniendo la tarjeta en la mano frente a ella.
—Las cajas de los ordenadores son enormes. No me caben en el coche —dijo
Emma.
—Si pagas para que esté todo preparado, puedo pasar, cargar todo en un
minuto, y traerlo.
—Pero entonces, ¿por qué no puedes pagar tú?
—No tendré tiempo. Si te vas a la hora de la comida, eliges todo y lo pagas, lo
tendrán preparado.
Finalmente, Emma aceptó la tarjeta.
—No puedo creer que me des tu tarjeta de crédito. Me podría comprar lo que
quisiera.
—Confío en ti —dijo sencillamente.
Ella lo miró fijamente, como si intentara adivinar de qué planeta provenía.
Rafe carraspeó.
—Bien, volvamos a nuestra discusión.
—Ya te lo he dicho, no tengo tiempo para ir a la piscina. Instalar el equipo me
llevará todo el día y si no lo hago este fin de semana tendré que esperar al siguiente,
con lo cual me retrasaré una semana entera con la revista.

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—No es necesario que vengas —señaló Rafe. Si no podía estar con ella, al menos
podría pasar un rato con su hijo.
—Sí. Las piscinas de hotel no tienen socorrista —comprimió los labios un
momento—. Tú no estás en condiciones de...
Rafe estrechó los ojos. No estaba dispuesto a que usase su pierna mala como
excusa para no dejarlo estar con su hijo. Si quería ganar, tendría que decirle
directamente que no confiaba en él. Frente a su hijo.
—En el agua no tengo problemas. Mis padres tienen piscina y nadaba en ella
todos los días para mantenerme en forma, además de levantar pesas.
—Pero...
—¡Dios mío, Emma! —exclamó Sylvia cruzándose de brazos—. Estoy segura de
que puedes tomarte unas horas para ir a nadar con los niños. Rafe no pretenderá que
trabajes como una esclava, ¿verdad?
—Gracias, Sylvia —dijo éste, agradeciéndole su ayuda—. No pensaba comenzar
a trabajar hasta dentro de una semana, así que tenemos tiempo. —Pero cuanto antes
comencemos, antes tendrás algo que mostrar a nuestros futuros anunciantes. —Estoy
seguro de que podemos permitirnos unas pocas horas de natación el sábado —
afirmó Rafe. ¿Le costaba tanto confiar en él que era capaz de desilusionar al
pequeño?
—¡Por favor, mami!
Emma miró la ansiosa cara de su hijo, cerró los ojos e hizo una inspiración
profunda.
—Está bien.
Rafe se sintió orgulloso de que hubiese cedido.
Quizás enseñarle a confiar en él no le llevaría tanto tiempo como pensaba.
—¿Vendrás tú también, verdad? —preguntó, bromeando para que se relajara—.
¿Y te pondrás el bikini?
—Mi traje de baño es negro, tupido, y me llega hasta las rodillas —le dijo,
siguiendo la broma.

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Capítulo 6

RAFE se echó hacia atrás en el sillón de despacho que acababa de armar para
disfrutar de la vista.
Emma se agachaba frente a sus ojos para conectar el escáner y su trasero con
vaqueros ajustados le quedaba a la altura de los ojos, al alcance de la mano. Un
caballero hubiera desviado la vista discretamente, pero en ese momento, Rafe no se
sentía demasiado caballeroso. Quería sentársela en el regazo, donde sus propios
vaqueros estaban ya tensos, y cubrirle los labios con su boca. Quería quitarle la
camiseta y llenarse las manos con...
—¿Cómo se siente?
—Diablos, ojalá lo supiera —musitó.
—¿Qué has dicho? El sillón, ¿es cómodo? — volvió a preguntar Emma,
enderezándose.
—Oh. El sillón. Fenomenal. ¿Lo quieres probar?
Emma negó con la cabeza.
—Ya tendré que usarlo bastante cuando instale el software.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte a acabar? Ella lo miró dubitativa.
—¿Puedes meterte allí abajo y enchufar todo en el elevador de tensión?
Rafe se puso serio. Creía de verdad que estaba lisiado. Eso era exactamente lo
que se temía. No lo miraba como a un hombre, sino como a un lisiado
—Puedo hacer casi lo mismo que tú, aunque quizás no tan bien o tan rápido,
pero me las arreglo. Menos correr. No puedo correr.
—Antes corrías todos los días para mantenerte en forma.
—Eso me han dicho. Ahora nado y levanto pesas.
Ella asintió.
Rafe se puso de rodillas bajo la mesa del ordenador para conectar los enchufes.
—¡Qué lío de cables! —dijo, enchufando cuantos pudo en el elevador de
tensión—. Son cinco, ¿verdad?
—¿Mmm? —murmuró Emma ausente.
Retrocedió y giró la cabeza para mirarla. Ahora era ella quien le miraba el
trasero a él. Lo estaba mirando como hombre. Sonrió con masculina satisfacción.
—Tómalo o déjalo. El suspense me está matando.
—¿Qué? —ella lo miró con los ojos abiertos como platos.
—Mirabas mi trasero como si fueras a comprarlo. Adelante —flexionó los
glúteos—, puedes tocar la mercadería.

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Emma estrechó los ojos, mientras el color le subía por el cuello. Agarró un trozo
de espuma de poliuretano que protegía al monitor y le pegó con él.
Rafe emitió un exagerado gemido de placer.
—Más.
Ella lanzó una carcajada.
—Así que sadomasoquista, ¿eh?
—Lo que tú quieras —respondió, sentándose en los talones.
—Calla, bobo —dijo Emma, tirándole el trozo de espuma. La sonrisa de Rafe era
tan provocativa y tan familiar, que le faltó poco para meterse bajo la mesa con él y
abrazarlo.
—Son cinco, los enchufes, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces está listo para funcionar.
Emma conectó el equipo y la torre comenzó a zumbar y emitir sonidos.
—Está vivo —dijo, mirándolo con una sonrisa.
Rafe, que se ponía lentamente de pie, hizo una pausa.
Alguien subía por las escaleras.
—¿Quién será?
—Demasiado peso para ser Gabe o mamá. ¿Esperas otra entrega?
—Hoy no. Al menos ahora sé que no pueden entrar ladrones sin que los oiga —
dijo, acercándose a la puerta para abrirla—. ¡Jay Patten! Entra, hombre, entra. Emma,
éste es Jay Patten. Trabajamos juntos en el Commercial Appeal hace años. Jay, ésta es
Emma. La mitad competente de este proyecto.
Jay era un grueso gigantón, que en aquel momento tenía la cara roja como un
tomate.
—¡Ah! Ha de ser tu experta en ordenadores.
—Emma es la mejor diseñadora gráfica de Memphis. Está instalando el equipo.
—Es mejor que se ocupe ella, ¿eh?
Emma sacudió la cabeza intentando no derretirse ante el calor de la confiada
alabanza. Esperaba poder cumplir con sus expectativas.
—No comprendo cómo dos hombres adultos pueden vivir en esta época y no
ser capaces de instalar un ordenador. ¿No usan uno en el periódico?
—Por supuesto —replicó Jay—. Pero tenemos un departamento entero que se
ocupa de la parte técnica. Para mí no es más que una máquina de escribir más
sofisticada.
—Sentémonos —invitó Rafe, apartando del viejo sofá todo lo que Emma había
ido tirando en él mientras sacaba el equipo de las cajas.

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Ella se acercó a rescatar los manuales.


—Puedo volver más tarde, si vosotros...
—No, no molestas —dijo Rafe—. Además, tendrás que terminar a las cuatro, si
puedes, para que llevemos a Gabe.
Con un resoplido de alivio, Jay se sentó en un extremo del sofá.
—¿Quién es Gabe? —preguntó.
Rafe le dirigió una mirada a Emma, como diciéndole que bien quería decirle
quién era.
—Es el hijo de Emma —dijo por fin—. Lo llevaremos a la piscina del hotel.
Mientras Emma buscaba entre los restos de envoltorios, no pudo evitar pensar
que Rafe nunca mentía con respecto a la relación que lo unía a ella y Gabe. Decía lo
suficiente para satisfacer a quien preguntaba, pero sin mentir.
Le molestó que conservara esa cualidad que siempre había admirado en él. Le
molestaba porque no quería admirarlo más de lo que ya lo hacía.
La instalación del software era un trabajo aburrido, consistente en darle una
orden al ordenador y luego esperar que hiciera todo el trabajo, así que, durante las
siguientes horas, Emma no tuvo más que hacer que escuchar a los dos hombres, que
hablaron principalmente sobre el accidente de Rafe.
Así se enteró de detalles más desagradables que él no le había contado, sobre las
condiciones en el pueblo donde lo habían apresado, la cantidad de operaciones que
había sufrido para reconstruir su cuerpo herido y los años de dolorosa recuperación.
Hablaba de ello con naturalidad, como si le hubiera sucedido a otra persona.
Pero no había sido así. Allí estaba ella, pensando que aquellos seis años habían
sido duros. Y lo que ella había soportado no era nada en comparación con lo que le
había sucedido a Rafe.
Era evidente que ya no era el hombre que ella había amado. Nadie podía pasar
por todo aquello sin cambiar radicalmente. Ese convencimiento la hizo sentirse
deprimida.
Volvió a prestar atención a la conversación de los dos hombres, que ya habían
dejado el tema de Rafe para hablar de lo que sucedía en el único periódico diario de
Memphis. Jay le nombró a varios de los periodistas que habían estado en su época,
pero Rafe levantó una mano desalentado.
—No recuerdo a ninguno de los que mencionas.
—Quizás lo hagas cuando los veas —dijo Jay y carraspeó antes de añadir—:
Ham Goodman sí que se acuerda de ti.
—Has dicho que es el jefe de internacional, ¿verdad?
—Tuvimos una larga charla sobre ti ayer —asintió Jay—. Está buscando un
buen periodista que sepa idiomas y que sea un buen investigador. Quiere que vayas
a verlo. ¿Qué te parece?

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—No puedo —negó Rafe con la cabeza.


—No has perdido tu habilidad para escribir — señaló Jay—. He leído varios de
los artículos que has escrito para las revistas de historia.
—Investigar es mucho más que sólo escribir — dijo Rafe con calma—. Además,
no puedo dejar a Southern Yesteryears antes siquiera de haber empezado.
Emma exhaló el aliento que ni se dio cuenta que había contenido. Intentó
convencerse de que su alivio era porque no perdía el trabajo. Intentó decirse que no
era porque recordaba todas las veces que Rafe había viajado cuando era reportero... y
la vez que no había vuelto.
—Pues, no se dará por vencido tan fácilmente. Sé que no lo recuerdas, pero es
muy obcecado.
—Lo siento —repitió Rafe—. En este momento me quiero concentrar sólo en la
revista.
—Piénsalo —dijo Jay, poniéndose de pie con esfuerzo—. Bien, será mejor que
me vaya. Ha sido agradable verte. Encantado de conocerla, señora.
—Igualmente, Jay. Gracias.
Rafe lo acompañó a la puerta.
—Te encantaba hacer periodismo de investigación —no pudo evitar preguntarle
Emma—, ¿por qué no volviste a ello?
Él se detuvo y le observó la cara detenidamente.
—Al principio fue para evitar a la gente. Ahora... —se encogió de hombros—.
Requiere una memoria que ya no tengo.
El ordenador indicó que había acabado, pero Emma miró la pantalla sin ver.
Cada vez que la tocaba, Rafe recordaba más de su pasado. ¿Qué sucedería si
recuperaba la memoria completamente?
La idea de que volviese al tipo de misión que casi le había costado la vida hizo
que la sangre se le helara en las venas.
¿Qué lo retenía?
Southern Yesteryears. Y Gabe. Y ella.
No, ella no. No podía pensar así.
¿Serían la revista y su hijo suficientes para hacerlo feliz? ¿Evitar que se fuera?
¿Darle una razón de vivir?
Además, quizás nunca recuperase la memoria del todo. Lo que recordaba
parecía estar siempre relacionado con ella, no con su trabajo o con la vida antes que
ella.
Aliviada, Emma estiró la mano para agarrar el ratón, pero la mano se le quedó
petrificada al darse cuenta de lo que estaba pensando.
Hacer a Rafe feliz. Evitar que se fuera. Darle una razón de vivir.

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¿Desde cuándo era tan importante que Rafe permaneciera con ellos?

Echada en una tumbona al sol con una novela entre las manos, Emma miró tras
las gafas oscuras a Rafe jugando con los niños en el agua. Se tiraban por el tobogán y
él los recibía apenas caían al agua.
Le había llevado veinte minutos convencer a Randy de que lo hiciera. El Rafe
que ella conocía no habría tenido tanta paciencia. ¿Cuándo había aprendido a ser tan
paciente?
Él se giró a mirarla y le vio la cicatriz que le atravesaba la mejilla derecha. De
repente, se dio cuenta de dónde había aprendido a ser paciente. Echado en una cama
de hospital, sin poder moverse. Según le contó a Jay, había sufrido una operación por
año desde que lo encontraron. Le habían metido tantos clavos en los brazos y las
piernas, que el detector de metales de los aeropuertos sonaba cada vez que tenía que
volar.
Había sufrido mucho, tanto física como mentalmente. Sin embargo, parecía
estar más fuerte que años atrás. ¿Por qué no podía estar amargado, como la mayoría
de la gente en similares circunstancias? Así ella no sentiría deseos de abrazarlo, de
consolar con su amor su sufrimiento.
Intentó concentrarse en la novela para no pensar en ello mientras los niños y
Rafe se zambullían una y otra vez entre gritos y carcajadas.
Media hora más tarde, Gabe se acercó nadando y se aferró al borde de la
piscina.
—¿Por qué no te tiras por el tobogán, mami? ¡Es divertido!
—Me parece que el tobogán es sólo para niños.
—¡Mami!
—Perdona, cielo. Siempre se me olvida de que eres casi un hombre.
—¡Juego al béisbol! —dijo el niño, que hinchó el pecho con orgullo y volvió al
tobogán, por el que ya se deslizaba Randy.
—¿Por qué no me llamas a mí «cielo» —dijo Rafe con una sonrisa. Estaba
apoyado en el borde de la piscina con la barbilla en los fuertes antebrazos, cruzados
por cicatrices que ella nunca había visto. Una de ellas, evidentemente una
quemadura, iba desde la mano izquierda hasta el codo. Llevaba una camiseta para
protegerse la piel del sol. ¿Significaba ello que tenía cicatrices peores que ésas?
Al pensar en ello, sintió un escalofrío.
La sonrisa de Rafe se esfumó y volvió a meter los brazos en el agua.
Aunque no sabía por qué, Emma se dio cuenta de que lo había mortificado. Para
disimular, levantó una ceja.
—Pensé que te tenía que llamar «jefe».

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Logró distraerlo, aunque la sonrisa que esbozó estaba llena de tristeza.


—Bien, el jefe dice que tienes que venir a nadar.
—¡Venga, mami! —gritó Gabe desde el tobogán.
—Sí, señora Lockwood, está fenomenal —dijo Randy, apareciendo junto a Rafe.
—Venga, señora Lockwood —dijo Rafe, enfatizando el apellido para recordarle
que no era el suyo—, queremos ver el traje de baño que te llega hasta las rodillas.
Emma tuvo deseos de sacarle la lengua. Se estaba comportando como una tonta,
pero no quería desvestirse frente a él. Ya no tenía el mismo cuerpo que hacía seis
años. Había tenido un bebé. Sus pechos estaban más llenos y sus caderas más anchas.
Tres pares de ojos la miraron mientras se ponía de pie y se quitaba las sandalias.
—Dejad de mirarme e iros a nadar —dijo, poniendo los brazos en jarras.
—Venga, chicos, os echo una carrera —gritó Rafe.
Emma se quitó la camiseta y los pantalones cortos, con intención de tirarse al
agua antes de que se acabara la carrera, pero se detuvo al ver que Rafe se paraba en
el medio de la piscina a mirar a los chicos que venían atrás. Sus ojos se cruzaron con
los de ella y se quedó mirándola como si nunca hubiese visto una mujer en su vida,
recorriendo su cuerpo como antes solía recorrerlo con sus manos. Paralizada por el
cálido escrutinio, no se pudo mover. Cada nervio de su cuerpo se le puso alerta,
como esperando la caricia que conocía tan bien. El pulso se le alteró y la respiración
se le hizo entrecortada.
—¡He ganado! —gritaron ambos niños.
El hechizo se rompió en mil pedazos. Rafe se dio la vuelta. Emma hizo una
inspiración entrecortada y trémula.
—Yo he llegado primero —protestó Randy.
—No. He sido yo —insistió Gabe—. ¿No he sido yo, Rafe?
—Lo siento, muchachos, no estaba mirando. ¿Queréis probar otra vez?
No oyó su respuesta, porque se zambulló en la piscina. El agua fría le refrescó la
caliente piel.
Cuando emergió al otro lado, Rafe había convencido a los niños de que
participasen en uno de los muchos juegos que había aprendido de sus sobrinos en
Houston. Jugaron los cuatro un rato y Emma se divirtió tanto como los chiquillos,
aunque sospechaba que Rafe sugería a propósito juegos que incluían alguna forma
de tocarse, y luego se lanzaba a perseguirla descaradamente.
O quizás se divirtió precisamente por eso.
El caso es que la siguiente vez que miró el reloj, habían pasado dos horas.
—Caramba, son casi las siete. Hora de que nos vayamos.
—¡Cinco minutos más! —rogó Gabe.

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—Oh, no. Prometiste salir en cuanto yo dijese que teníamos que salir,
¿recuerdas?
Después de protestar otra vez, los chicos nadaron a regañadientes hacia la
escalera y Emma se dirigió a buscar su ropa en la tumbona, pero Rafe no indicó que
se fuera a ir.
—¿No vienes?
—Voy a hacer unos largos antes de salir. Iré para allá dentro de una hora con
unas pizzas.
—¿Y eso?
—Le dije a tu madre que no cocinara hoy. Llevaré unas pizzas —dijo, antes de
comenzar a nadar con brazadas largas y regulares.
Mientras se vestía, Emma apreció su estilo, que indicaba que lo hacía con
regularidad. Pero tenía algo extraño.
De repente, se dio cuenta. Aunque la piscina ya estaba en la sombra, Rafe aún
llevaba la camiseta. Tenía que resultarle incómodo, porque la tela le impediría los
movimientos.
Luego recordó que a pesar de las altas temperaturas de los últimos días,
siempre lo había visto de manga larga. Por eso no le había notado las cicatrices de los
brazos hasta ese momento. Y, ahora que lo pensaba, ya se hallaba en el agua cuando
ellos llegaron.
Estaba intentando esconder sus cicatrices.
¿Por qué? Ella ya le había visto las de la cara y los brazos. ¿Pensaba que unas
más le importarían?
Miró hacia otro lado, diciéndose que no le dolía su falta de confianza. Además,
sentirse herida significaría que le importaba. Y no le importaba nada. No podía
permitírselo. No tenía más cariño que el que le daba a su familia.

—¡Mami! ¡Mamá! ¿Dónde estás? —gritó Gabe y subió las escaleras al


apartamento, donde Emma se hallaba trabajando.
Rafe había salido a comer con el dueño de una empresa que quería conseguirlo
como cliente, así que Emma se encontraba sola frente al ordenador. Hizo girar el
sillón y fue a abrir la puerta.
—¡Dios mío! ¿Qué pasa?
Gabe había llegado al descansillo y la miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Aún llevaba el uniforme del equipo de béisbol.
—El entrenador se va, mami. ¿Qué vamos a hacer?
Lo hizo entrar y trató de enjugarle las lágrimas, pero sólo logró mezclarlas con
la tierra y el sudor de su cara.

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—¿Se va el entrenador? ¿Cuándo?


—Dentro de dos semanas —dijo Gabe, con el labio inferior tembloroso—. Lo
tras... tras...
—¿Trasladan?
—Sí. Se va a Dallas. Y todavía nos quedan cinco semanas. ¿Qué vamos a hacer?
—Estoy segura de que encontrará un entrenador nuevo para...
—¡No! Nos dijo en el entrenamiento que ha llamado a los padres, e incluso a las
madres, pero todos están muy ocupados.
Emma le dio un abrazo. Para él, eso significaba el fin del mundo.
—¿Crees que Rafe podrá hacerlo?
No quería de ningún modo que Rafe se convirtiera en una especie de héroe del
béisbol para su hijo. Cuando consiguió controlar el pánico, se le ocurrió un motivo
mejor.
—No creo que esté en condiciones de hacer demasiado ejercicio.
—Pero...
—He visto muchos entrenamientos. El entrenador tiene que correr mucho de
jugador a jugador, diciéndoles lo que tienen que hacer, Gabe. Rafe no puede correr.
Me lo ha dicho.
Al niño se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
—Mira —dijo Emma, quitándole la gorra y pasándole la mano por el oscuro
pelo húmedo de sudor—, déjame que cierre el ordenador y mientras te bañas haré
unas llamadas para ver qué puedo averiguar, ¿quieres?
—De acuerdo —respondió el niño, pero con pocas esperanzas.
Cuando Gabe estuvo listo para meterse en la cama, Emma tenía una noticia que
darle. Se había ofrecido como entrenadora del equipo.
—¡Pero, mami, si tú no sabes nada de béisbol!
—Sé un poquito —dijo, mientras le enderezaba le pantalón del pijama—.
Además, el entrenador me ha dicho que ya sabéis lo que hay que hacer, sólo tendré
que supervisar. Irá al partido el sábado, así que me dirá qué tengo que hacer. Por lo
menos así podréis terminar la temporada.
Gabe se estiró para abrazarla.
—Gracias, mami. Me alegro de que no seas como los otros padres. Me alegro de
que tengas tiempo para nosotros.
Emma le devolvió el abrazo. El tiempo no le sobraba, pero prefería perder horas
de sueño a desilusionar a su hijo.
Ahora lo único que le quedaba era encontrar una forma para que Rafe no se
enterara, porque enseguida se daría cuenta de que ella lo hacía para mantenerlo

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separado de su hijo. Le echaría una mirada triste y enfadada, como cada vez que ella
se negaba a permitirle que hiciera algo con Gabe.
Pero no quería que hubiera un motivo más para aumentar la admiración que
Gabe ya sentía por él. Gabe pensaba que era una especie de súper hombre.
El siguiente paso era... papá.

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Capítulo 7

¿SIGUES teniendo problemas? —preguntó Emma, al oír una imprecación de


Rafe, sentado frente al ordenador—. Te lo he puesto lo más sencillo posible para que
puedas escribir tus artículos.
—Ya lo sé. Estoy seguro de que uno de estos días aprenderé lo suficiente para
que este ordenador infernal deje de pitarme —levantó un hombro—. Pero a veces
desearía tener la vieja máquina de escribir de mi padre.
—¿Con eso has estado escribiendo? —preguntó horrorizada.
—Sí.
Sacudió la cabeza, como si hubiese sido lo más triste que oyese en su vida.
—Has estado viviendo en el oscurantismo.
Rafe se levantó de la silla y se estiró.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó, al verla tan concentrada ante su pantalla.
—Estoy volviendo a hacer el título de la portada.
Se quedó de pie tras su silla para poder ver la pantalla.
—Me gustó el que me mostraste ayer.
—Te ha gustado todo lo que he hecho hasta ahora —respondió, arrugando la
nariz.
—Todo es bueno. Tú eres buena.
—Estoy probando una técnica nueva. Mira.
Pinchó la pantalla en la que estaba trabajando y aparecieron las letras del
logotipo, Southern Yesteryears, en gruesos caracteres. Luego apretó unas teclas y
apareció una fotografía antigua de un campo de batalla.
—He estado metiendo fotos del archivo que tienes. Espera —rió—. Estoy segura
de que te gustará más que el que te mostré ayer.
Presionó unas teclas más y la fotografía se coloreó.
—¿Estás coloreando fotos viejas? ¿Como las películas? ¿Para qué?
—Para añadirle color al logo. El blanco y negro es aburrido.
Pinchó con el ratón y apretó más teclas. Trabajaba tan rápido que Rafe no la
podía seguir.
—Voy a meter esta foto en la Y de Yesteryears. ¿Qué te parece?
—Creo que decididamente he contratado a la mejor artista gráfica del mercado.
Ella se encogió de hombros.
—No es difícil. Sólo lleva su tiempo aprenderlo. ¿Qué te parece la idea?

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—Perfecta. Vas a llenar todas las letras de Yesteryears con fotos históricas, ¿no?
—Exacto —dijo. Tomando una carpeta, la abrió—. Déjame mostrarte las que
pienso usar.
Rafe movió su silla y tomó las fotografías que ella le alcanzaba.
—Son todas históricas. Batallas, generales, gente famosa.
—Es una revista sobre historia, ¿no?
—Sí, pero... —la miró sorprendido—. Ahora me doy cuenta de que no hemos
hablado sobre el concepto, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
—Perdona, tendría que habértelo presentado antes. Permíteme que te lo
explique ahora. Hice un estudio de mercado antes de tomar la decisión de meterme
en este proyecto. Encuestas, trabajos con grupos, ese tipo de cosas. Y descubrí que las
mujeres son quienes leen las revistas. Y si queremos que se interesen tendremos que
darles algo que les guste leer.
—Lo que no es precisamente guerras y generales —dijo ella pensativa—. Te
refieres a cosas cotidianas. Jardinería, Cocina, decoración...
—Exacto. Todo eso tiene su propia historia. Si queremos que Southern
Yesteryears se haga tan popular como Southern Living, tendremos que hacer que tenga
la apariencia de Southern Living, lo cual es tu trabajo, y que tenga artículos del estilo
de Southern Living, lo cual es mi trabajo. Vamos a darles secretos de jardinería
antiguos, como qué flores plantaban los sureños hace cien años, lo que cocinaban,
cómo cocinaban, el tipo de muebles que hacían y usaban. Y conectar eso con lo que la
gente hace actualmente.
Emma se reclinó en el sillón.
—Esta revista se venderá como cerveza en un partido de béisbol.
Rafe sonrió. Su comentario le valía más que un estudio de mercado.
—Esperemos que sí.
—Eres genial —le dijo Emma, mirándolo como si hubiera descubierto la píldora
antienvejecimiento.
—Como te he dicho, hice un estudio de mercado —dijo, tratando de restarle
importancia, pero se sentía como un edificio de dos pisos de alto.
—Pero tú has tenido la idea.
Él se encogió de hombros.
—Entonces, lo que necesito es un tipo distinto de fotografías, como un viejo
portón, un fogón de leña, antigüedades —dijo Emma. Los ojos se le velaron mientras
pensaba—. Sí. Me gusta. Me gusta mucho más que lo otro.
—Gracias.
—¿Por qué?

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Le agarró la mano. Los recuerdos no lo tomaron por sorpresa esta vez, porque
los esperaba. Los que vinieron ahora eran de cómo ella lo había ayudado con ideas
para sus artículos, detalles sobre cosas que escribía, probables fuentes de
información.
—Formábamos un buen equipo —le miró la cara, que lo observaba inquieta—.
Todavía lo hacemos.
—No —susurró ella.
—¿No, qué?
—No me mires así —dijo Emma, retirando la mano.
—¿Cómo te miro?
—Como... como... —se ruborizó— como si desearas besarme.
—Es que lo deseo —se pasó los dedos entre el pelo—. Lo siento, no volverá a
suceder.
—Eso es lo que dijiste antes.
—¿Te resulto tan repulsivo? —preguntó, con la cara tensa.
Ella abrió la boca para decir algo, pero luego comprimió los labios. Luego, retiró
la mirada.
Su expresión le dijo que no podía decirle que sí, pero no se rehusaba a decir que
no.
—Emma...
—¡No! —retrocedió—. No puedo trabajar así, Rafe. No puedo subir aquí cada
noche pensando que intentas romper mis defensas.
Defensas. La palabra implicaba tener que luchar contra algo.
Por un lado, Rafe tenía la esperanza de que fuera su deseo por él, por el otro,
temía que así lo fuera. Ya había visto su reacción en la piscina cuando le vio las
cicatrices de los brazos. Si le viera el resto de su cuerpo...
—Tienes razón —se sentó de golpe en la silla—. Lo siento. Te juro que no te
volveré a tocar.
—De ahora en adelante, esperaré a que tú me toques.
—Para recuperar tus recuerdos —dijo con expresión más relajada, aunque
todavía retraída.
—Por supuesto.
Emma volvió a concentrarse en su ordenador, y Rafe miró su pantalla sin ver.
Sintió que la conexión que había creído encontrar se le escapaba de las manos.
Y no sabía qué diablos hacer al respecto.

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Cuando Rafe llegó a las dos de la tarde, se encontró varios camiones aparcados
frente a la casa. Tejados River City, ponía en uno de ellos.
Ya era hora de que aparecieran. Llevaban una semana prometiendo ir.
Gabe y Randy saltaban en los escalones del porche.
Emma y Sylvia se hallaban conversando con un hombre robusto vestido con
vaqueros y una camisa de manga corta. Rafe notó la expresión confusa de Sylvia, la
diversión maliciosa en la del tipo y el rostro cansado de Emma. Tenía los brazos
cruzados sobre el estómago.
Al acercarse, se dio cuenta del motivo. El hombre les explicaba el procedimiento
utilizando toda clase de terminología técnica, pero como si estuviera hablando a un
niño.
Sylvia fue la primera en verlo.
—Oh, gracias a Dios, aquí viene Rafe. Él es quien va a pagar el arreglo. Él
entenderá.
Claro que entendía. Perfectamente. El tipo era un imbécil que intentaría
aprovecharse de las dos mujeres en cuanto le dieran la oportunidad. Mientras Emma
se lo presentaba, se juró no darle al tipo esa oportunidad.
—El señor Ford nos estaba explicando algunas cosas sobre el tejado.
Rafe detectó la tensión en la voz de Emma. Se dio cuenta enseguida de que ella
sabía lo que el constructor intentaba hacer y, porque suponía que Rafe tomaría las
riendas del asunto, estaba furiosa por ese motivo.
—Me alegro de que esté aquí, señor Johnson. Quizás usted comprenda lo que le
estoy tratando de explicar a esta damita —dijo el hombretón—. Tendremos que...
—Está usted completamente equivocado, señor Ford —le dijo Rafe—. Yo soy
sólo un inquilino aquí. Con quien tiene que regatear es con Emma.
—Pero Rafe —dijo Sylvia, apoyándole la mano en el brazo—, los hombres
comprendéis estos temas mucho mejor.
Rafe le dio unas palmaditas en la mano. Ahora se daba cuenta de por qué a
veces Sylvia irritaba tanto a Emma.
—Emma es una mujer inteligente, Sylvia. Es perfectamente capaz de
comprender lo que el señor Ford quiere decir —dijo, taladrando al constructor con la
mirada—, siempre que él se exprese con claridad. De lo contrario, supongo que
tendréis que contratar a otro constructor.
El señor Ford estrechó los ojos.
Emma miró a Rafe como si proviniera de otro planeta.
Su actitud la había confundido. Bien.
—Ahora, si me disculpáis, me voy a jugar a la pelota con mi... —se interrumpió
al darse cuenta de que había estado a punto de decir «hijo»—. Mis amiguitos. Si
necesitáis mi ayuda, llamadme. Estaré en el patio de atrás.

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Emma miró a los trece niños y niñas que tendrían que estar esperando sus
instrucciones. No lograba mantener la disciplina. Hasta Randy y Gabe estaban
distraídos.
Si no se le ocurría algo con lo que ocuparlos en quince segundos, perdería el
control de la situación completamente.
Ya habían hecho todo lo que el entrenador le había dado. Habían hecho los
ejercicios de calentamiento. Todos habían bateado por turno. Se habían arrojado la
pelota unos a otros. Incluso los había hecho correr alrededor del campo varias veces.
Miró el reloj y le costó reprimir un gemido de angustia. Faltaban treinta minutos
más para que los padres los fueran a buscar.
Y, para empeorar las cosas, Rafe había aparecido en cuanto comenzó el
entrenamiento. Vestido con vaqueros, una camisa de manga larga y una gorra de
béisbol, se había apoyado contra el alambrado a unos diez metros.
—Ejem. ¿Hay algo que os parezca que nos falta hacer para prepararnos para el
partido del sábado?
Un niño levantó la mano inmediatamente. Era Arthur, el más listo del grupo,
pero el peor jugador. Probablemente llegase a ser científico algún día.
—¿Y si hacemos lanzamientos?
—¿Quieres decir que os lance la bola para que le peguéis con el bate? —
preguntó. No tenía ni idea de cómo hacerlo—. ¿Estáis seguros? El entrenador no
mencionó nada de eso.
Todos comenzaron a hablar a la vez. Logró comprender que todos sabían que al
final de la temporada tendrían que batear.
—De acuerdo, entonces. Ocupad vuestro sitio en el campo.
Emma caminó hacia su posición, consciente de que Rafe no la perdía de vista ni
un minuto. El primer bateador era Randy.
—¿Preparado?
Randy asintió y adoptó la postura que había visto tomar a los profesionales en
la tele.
Emma inspiró profundamente y lanzó la pelota.
El equipo entero rompió a protestar cuando la pelota le pasó a Randy a un
metro por encima de la cabeza.
—Así no, mami —le gritó Gabe desde la primera base.
—¿Cómo, entonces? —preguntó Emma, levantando los brazos desanimada.
Gabe se acercó corriendo e hizo un perfecto lanzamiento.
Emma hizo un esfuerzo por tragar. Era mucho más difícil de lo que pensaba.
—¿Eso te lo enseñó el entrenador?
—No, Rafe.

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—¿Rafe sabe lanzar? —lo miró, apoyado en la alambrada. No había abierto la


boca, ni siquiera sonreído, aunque se estaría riendo por dentro.
Gabe lo miró también.
—Quizás él nos podría lanzar.
—Creí que era el entrenador quien hacía los lanzamientos.
Su hijo no dijo nada, pero estaba claro lo que pensaba mientras la miraba
solemnemente.
Emma inspiró profundamente. Pasarle la tarea a Rafe era probablemente lo
mejor que podía hacer por los niños. Era malísima como entrenadora, y lo único que
había estado haciendo era cuidarlos hasta que terminaran la temporada. Rafe los
podría ayudar a mejorar.
¿Sería capaz de hacerlo, físicamente? Probablemente, porque ella corría más de
lo necesario porque no tenía ni idea de qué hacer.
Por otro lado, ¿estaba dispuesta a ver cómo aumentaba el cariño que su hijo ya
le tenía a Rafe? Ya pasaban suficiente tiempo juntos.
Sin embargo, ¿sería capaz de desilusionar a todo el equipo por el hecho de no
querer compartir el amor de su hijo? Rafe era el padre de Gabe, aunque había
mantenido su palabra de no decírselo. También había mantenido su palabra de no
tocarla.
Miró a los niños.
—¡Cinco minutos de descanso! —anunció, y caminó hacia Rafe.
Se detuvo a un metro de la alambrada.
—Han decidido que te quieren de entrenador. ¿Quieres el trabajo?
—Me da la sensación de que la semana pasada no me tenías la suficiente
confianza como para que fuese el entrenador de Gabe. ¿Has cambiado de opinión?
Apretó los labios y lo miró a los ojos. Aunque eran oscuros, el alma detrás de
ellos era limpia y clara.
—Soy un desastre como entrenadora. No sé lanzar. Los chicos te necesitan.
—No has respondido a mi pregunta —dijo él, sin moverse.
—¿Quieres el trabajo o no? —preguntó.
—Siempre que confíes en mí lo suficiente como para pensar que no voy a
hacerle a Gabe lo que creías que iba a hacerle.
Emma sintió deseos de cruzarse de brazos, pero resistió la tentación para que su
cuerpo no negara lo que su boca iba a decir. ¿Podría decir la palabra «confiar»? Hacía
tanto que había desaparecido de su vocabulario...
—Sí.
—¿Sí, qué?

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—Confío en ti —apretaba la pelota tan fuerte, que tenía los nudillos blancos.
Luego añadió—: Para que entrenes al equipo.
Él levantó una ceja.
—Algo es algo ——.dijo—. Quiero que sepas que no he venido a quitarte el
puesto. He venido porque mi hijo me pidió que mirase.
—De acuerdo. No estás tratando de controlarme —concedió—. Yo te cedo el
puesto.
La sonrisa de Rafe le hizo temblar las rodillas.
—Acepto el trabajo con la condición de que me ayudes.
—Ya has visto lo mala que soy.
Él se encogió de hombros.
—Te necesito, Emma. Sé como hacerlo, pero no puedo correr. Les puedo decir
cómo perseguir una bola, pero no puedo demostrárselo. Tú sí. Juntos lo lograremos.
Ella le sostuvo la mirada un largo rato, esperanzada y temerosa a la vez de
encontrar en sus ojos lo que había creído interpretar en sus palabras.
—De acuerdo —dijo, finalmente.
Rafe arrojó la bola al aire y la agarró con un diestro movimiento de muñeca. La
sonrisa le acentuó las arrugas alrededor de los ojos. Renqueó hasta el campo.
—¡A jugar! —gritó.

Emma no levantó la vista de la pantalla cuando Rafe entró en el apartamento,


pero después de que él se pasease silbando, deteniéndose en diferentes puntos de la
habitación, la curiosidad pudo con ella.
Tenía un cuadro en una mano y un martillo en la otra. Sostenía el cuadro contra
la pared, como mirando qué tal quedaría.
—¿Qué estás colgando? —le preguntó.
—Un cuadro. ¿Qué tal queda aquí?
Emma se puso de pie para mirar, pero se detuvo al ver lo que era.
Había enmarcado el dibujo del ángel que ella había hecho hacía años. El papel
amarillento y sucio parecía más feo en contraste con el marco dorado.
Se cruzó de brazos.
—¿Por qué te has gastado el dinero en ese viejo papel?
—Este viejo papel significa mucho para mí — sacó un clavo del bolsillo—. Es
hora de que lo proteja, en vez de llevarlo en la billetera.
Mientras él martilleaba, Emma miró el dibujo que hiciera seis años atrás, en el
que había capturado el contraste de su malicia con el cuerpo del ángel. El dibujo, que

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significaba tanto para él que se había tomado el trabajo de hacerlo enmarcar, no


debería significar tanto para ella. No debería hacerla sentirse sin aliento, ni tener el
corazón oprimido por el deseo de curarle esas alas que ahora estaban rotas.
Pero lo hacía.
Rafe alargó la mano y Emma le alargó el cuadro, sin mirarlo a los ojos. Luego,
volvió a su ordenador.

— Yo mismo diré el nombre del caballero cuya lanza ocasionó mi caída. Era el
caballero de Ivanhoe...»
—Está dormido.
El comentario de Emma lo volvió de la Inglaterra del siglo doce. Miró a Gabe
dormido y le apartó un oscuro mechón de la frente. Durante tanto tiempo creyó que
nunca tendría momentos como ésos, que ahora le parecían infinitamente preciosos.
—Lo estoy aburriendo. He tratado de simplificar las descripciones, pero
supongo que es demasiado pequeño para esto.
—Le ha encantado cada segundo de tu lectura, pero hace una hora que tendría
que estar en la cama.
Emma había girado el sillón del ordenador. Se preguntó cuánto llevaba
mirándolos.
—Mi madre me dijo que era mi libro favorito cuando era pequeño, y
últimamente, cuando estaba inmovilizado, lo volví a leer varias veces. Gracias por
permitirme compartirlo con Gabe.
—No soy un monstruo, Rafe.
—Ya lo sé.
—¿Seguro? —dudó Emma—. Se podría pensar que estás leyendo esa historia
para enseñar una lección.
—¿Qué quieres decir?
—Ivanhoe es la historia de un hombre que vuelve de la muerte y tiene que pasar
ciertas pruebas para que su familia lo acepte. ¿No ves el paralelismo entre Ivanhoe y
tú mismo?
Rafe se quedó paralizado por la sorpresa. Había sido su inconsciente. ¿Por qué
lo habría hecho? Justo ahora, que parecía llevarse tan bien con Emma. Había creído
que progresaba, que ella había comenzado a confiar en él. Le había permitido que
entrenase al equipo de béisbol, y esa noche lo había dejado leer un cuento a Gabe.
Ahora se sentía como si hubiese retrocedido dos pasos por cada uno que había
avanzado.
—Ivanhoe tuvo que probar que no había traicionado a su rey. ¿Qué tengo que
probar yo?

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Ella se cruzó de brazos, señal inequívoca de que no quería responder, y se puso


de pie.
—Tengo que meter a Gabe en la cama.
Rafe lo estiró en el sofá y lo cubrió con una manta.
—Tú has sacado el tema y ahora tenemos que terminarlo, pero iremos donde no
molestemos a Gabe —se enderezó y señaló la puerta —. Después de ti.
En la cima de la escalera externa que llevaba del jardín al apartamento sobre la
cochera, Emma se dio la vuelta para enfrentarse a él.
—¿Y ahora, qué?
Rafe cerró la puerta.
—Te he hecho una pregunta. Espero, y me merezco, una respuesta. ¿Qué es lo
que te tengo que probar? ¿Que no te he traicionado?
Emma bajó la mirada y se quedó así tanto rato, que pensó que no iba a
responderle. Finalmente se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la barandilla.
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo sabrás cuando lo haya logrado? ¿Cómo lo sabré yo? —
preguntó Rafe.
Emma golpeó la barandilla con los puños.
—¿Qué es lo que quieres?
—Sabes exactamente lo que quiero. Quiero a mi hijo. Quiero a mi familia.
Quiero... —alargó la mano, pero no llegó a tocarla—. Quiero que confíes en mí, que
me des una oportunidad.
Emma se dio la vuelta y se quedó mirando la rama del pino que casi podía
tocar. Pero no se estiró a alcanzarla, de la misma forma que no estiraba la mano para
Rafe. Desde que él juró no hacerlo, hacía una semana, no lo había tocado, aunque lo
había deseado cien veces. Quería hacerlo ahora. Pero la rama parecía tan lejana, que
tuvo miedo de caerse.
—Quieres que te demuestre que nunca te traicionaré, ¿verdad?
Ella comprimió los labios. Eso era exactamente lo que quería. Saber que si se
estiraba, no se caería.
—Eso es imposible, querida. Hasta Ivanhoe mismo sólo tuvo que probar que no
había hecho algo en el pasado, no que no lo haría en el futuro. Puedo prometerte que
no te haré daño, pero no puedo probarlo. Sólo el tiempo puede hacerlo.
—Ya lo sé —dijo ella, con la voz quebrándosele en la garganta—. Lo único es
que...
—Corre el riesgo, querida —susurró, acercándose tanto que ella pudo sentir el
calor de su piel—. Puedes intentarlo, ¿no?
—¿Cómo?

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—Dame una oportunidad. No te haré daño, te lo juro. ¿Cómo podría hacerlo,


cuando me has dado tanto?
Confiar en ese hombre significaba arriesgar su corazón, amar a alguien sobre el
cual no tenía control.
Por otro lado...
También significaba volver a vivir. La idea le devolvió la esperanza. Esperanza
por la felicidad que una vez compartió con él. Esperanza en el amor.
Todo lo que tenía que hacer era estirar la mano. Era un paso tan pequeño, en
realidad. Siempre podía retroceder. Seguro que era capaz de hacerlo.
Lentamente, levantó una trémula mano y la apoyó en su pecho. El músculo se
estremeció bajo su palma.
Él cerró los ojos y contuvo el aliento mientras los recuerdos lo asaltaban.
A ella también la asaltaron los recuerdos. Pero no del Rafe del pasado, sino del
hombre paciente de los últimos días, su paciencia esperando que lo tocara para
ayudarle a recobrar las partes de sí mismo que había perdido. Pero ella había
rechazado cada mirada suplicante.
Lo había hecho para protegerse, pero ahora supo que su egoísmo no había
funcionado. Lo supo por lo feliz que la hacía hacerlo feliz.
Alarmada, comenzó a retirar la mano, pero él la apretó contra su corazón. Sus
ojos se abrieron y la quemaron como ascuas ardientes. Con infinita ternura se llevó
los dedos a los labios.
—Gracias, querida, no te arrepentirás.
Rogó al cielo que tuviera razón.
Rafe cerró despacio la puerta de la habitación de su hijo. Las últimas noches,
habían tomado la costumbre de llevar a Gabe a la cama juntos. Después de que Gabe
pasase alrededor de una hora con ellos en el apartamento de Rafe, éste lo llevaba a la
casa principal cruzando el jardín, a la habitación que aún compartía con Emma. Rafe
saboreaba esas horas que los tres pasaban unidos como una familia. Había veces que
hasta se olvidaba de que no lo eran.
Bajó la vista para mirar a Emma.
—¿Quieres volver a trabajar?
Ella asintió bostezando.
—Quiero terminar de componer el artículo sobre las tartas.
—Pareces cansada. ¿Por qué no...?
Ella negó con la cabeza y se dirigió al vestíbulo.
—La semana que viene te vas a Atlanta a negociar el contrato con Coca Cola.
Necesitas tener algo que mostrarles. Además, no son más que las nueve.

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En el salón, Sylvia veía en la televisión las series que había grabado durante el
día.
Salieron al húmedo aire de la noche. Los insectos nocturnos chirriaban en los
árboles y la hierba, y el perfume de la glicina que trepaba por la pared inundaba el
jardín.
Emma se acercó un racimo de las flores malva a la nariz e inhaló
profundamente.
—Mmm. La glicina huele mejor de noche.
—Es hermosa —dijo él, sin quitarle los ojos del perfil.
—Esta planta lleva aquí toda mi vida —dijo ella, mirándolo—. ¿Recuerdas?
Rafe sacudió la cabeza.
Emma alargó una mano titubeante, luego la retiro.
—¿Qué pasa? —preguntó él suavemente.
—¿Te puedo tocar?
El corazón de Rafe aceleró como el motor de un coche conducido por un
adolescente.
—Querida, puedes tocarme cuando quieras. Donde quieras.
Ella sintió que algo le atenazaba la garganta. Lentamente, extendió la mano y se
la apoyó en el pecho.

—¿Estás loco? —susurró Emma desde la ventana por encima de él.


Rafe sonrió, mientras se agarraba al grueso tronco de la glicina.
—Loco por ti.
—¡Shhh! Si mi padre te oye, te matará. Si no te matas antes cayéndote de ahí.
Un minuto más tarde, llegaba a su ventana. Ella se asomó y le acarició la mejilla.
—No podemos hacer el amor hoy. Mi padre está en su habitación y nos va a oír
—Sólo quiero un beso.
—¿Sólo uno?
—Uno y me iré.
—Estás loco —dijo ella, y aproximó los labios a los suyos.

Rafe miró los verdes ojos que lo observaban.


—Jugábamos a Romeo y Julieta.
—No me puedo creer que subieses hasta allí para darme nada más que un beso
—susurró—. Pensaba que eras el hombre más loco, guapo y heroico que había
conocido en mi vida.

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—¿Y ahora?
—Ahora tengo trabajo que hacer —dijo ella frunciendo el entrecejo y alejándose.
Corrió escaleras arriba hasta desaparecer en el apartamento de la cochera.
—Cobarde —murmuró él, sin saber si se refería a ella o a sí mismo.

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Capítulo 8

—ESTOS melocotones están deliciosos. ¿Los compraste en la feria de los


granjeros?
—Los trajo Rafe —dijo Sylvia.
Emma lo miró a través de la mesa.
—Me olvidaba que siempre te encantaron los melocotones. ¿Dónde los
conseguiste? ¿Los compraste en algún puesto de la carretera?
Rafe negó con la cabeza.
—Me los trajo Jay. Estuvo con su familia en Arkansas la semana pasada.
Emma titubeó, con la fruta a medio camino hacia la boca.
—¿Ha venido a verte otra vez?
—Esta tarde.
—Es la tercera vez esta semana —frunció el ceño—. Supongo que querría lo
mismo de siempre.
—Sí —sonrió Rafe—. Esta vez me ha hecho una oferta que no he podido
rechazar.
De repente, a Emma se le fue el gusto por los melocotones y dejó la fruta en el
plato.
—¿Vas a trabajar para el periódico?
—En realidad no —respondió, limpiándose las manos con la servilleta—. Sólo
como colaborador. Escribiré un artículo sobre la historia de Memphis dos veces al
mes para el dominical.
Emma entrecerró los ojos.
—Jay se cree que si pone el pie en la puerta, se podrá meter más tarde.
—Me trae sin cuidado lo que crea. Acepté porque me parece que, si mi nombre
aparece en el periódico, lograremos una buena publicidad para la revista.
—Comprendo —murmuró Emma. Aunque había retirado la vista, sentía que él
la miraba.
—¿Qué pasa? —preguntó Rafe.
—Nada —dijo, y se puso de pie súbitamente—. Hora de recoger.
—Yo te ayudo —ofreció Rafe, retirando su silla.
—No te molestes —dijo Sylvia —. Nosotras nos ocupamos.
—Sí —dijo Emma, deteniéndose en la puerta. Se alegraba de haberle dado
permiso a Gabe para que se retirase unos minutos antes. Por alguna inexplicable

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razón, la noticia de Rafe le había caído como un cubo de agua fría y necesitaba
averiguar el motivo. Mientras hacía la rutinaria tarea, podría pensar, pero sólo si se
encontraba sola. Se había dado cuenta de que en presencia de Rafe le costaba mucho
hilar pensamientos.
—Seguro que Gabe te está esperando con Randy para que les hagas los
lanzamientos que les prometiste.
—Pueden esperar.
—No —dijo Emma bruscamente, haciendo que la mirase sorprendido, por lo
que ella añadió con mayor suavidad—: Por favor. Necesitan alguien que los vigile.
—De acuerdo —dijo Rafe y alzó las manos, vencido—. Nada más lejos de mi
intención que interrumpir las tareas femeninas.
Aliviada, Emma ignoró su sarcasmo y empujó la puerta para entrar en la cocina.
Su madre la ayudó a recoger la mesa, pero luego Emma la convenció de que se fuese
al salón a ver sus telenovelas.
Veinte minutos más tarde, acabó de cargar el lavavajillas y comenzó a repasar la
encimera y los armarios. Casi había logrado convencerse de que la razón de su
irritación era que Rafe abandonaría el proyecto de la revista, si volvía al periódico, y
entonces ella perdería el trabajo que había llegado a amar. Tenía la esperanza de que
Rafe le ofrecería un trabajo a tiempo completo como supervisora de producción una
vez que los primeros números salieran a la venta.
Pero luego vio su alta y delgada figura enmarcada en la ventana mientras
jugaba en el jardín.
¿A quién quería engañar? Tenía miedo de perderlo... otra vez.
¡Diablos! Supuestamente eso no iba a volver a suceder. Supuestamente ella no
se iba a volver a enamorar de él, supuestamente iba a protegerse el corazón,
mantener la relación a un nivel estrictamente profesional.
Pero impedir que Rafe se le metiera en el corazón era como tratar de detener
con las manos desnudas una marea.
Comenzaba a pensar que Rafe tenía razón cuando decía que existía una
conexión primitiva entre los dos que los había llevado a reencontrarse, aunque
ninguno de los dos sabía de la existencia del otro. A veces la conexión actuaba como
un imán, atrayéndolos físicamente. Ella quería tocarlo cuando se hallaba cerca, sabía
lo que pensaba.
Se estaba volviendo a enamorar de él. ¿Cómo había permitido que sucediera? Y
ahora, ¿qué diablos iba a hacer al respecto?
Suspiró, sabiendo que no había forma de evitarlo. Lo único que podía hacer
ahora era control de daños.
¿Así que el principal motivo de su miedo a amarlo era que volviese a sus
misiones peligrosas, eh? Pues bien, tendría que hallar la forma de retenerlo. Mientras
siguiesen trabajando juntos en Southern Yesteryears, todo iría bien.

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Emma pensó en formas de convencerlo de que se quedase en Memphis mientras


terminaba de recoger la cocina. Cuando acabó, se fue al apartamento de Rafe a seguir
trabajando en la revista.
Rafe se le unió una hora más tarde. Sin mediar palabra, se sentó ante su mesa y
sacó un archivo. Se marchaba a Atlanta al día siguiente para persuadir a la Coca Cola
de que se anunciara en las páginas de la revista. Emma estaba segura de que lo
lograría. Después de todo, la Coca Cola era parte de la historia del sur.
Mientras él hojeaba los papeles, Emma se quedó mirando un anuncio de armas
antiguas en su pantalla. El aire parecía cargado de electricidad.
Inspiró profundamente y guardó el archivo en el que estaba trabajando. Luego
giró el sillón. Si quería que se quedase, tenía que darle algún motivo para hacerlo.
Tenía que demostrarle que ella bastaba para hacerlo feliz para siempre. Tenía que
darle lo que sabía que él deseaba.
—¿Rafe?
La miró por encima del hombro sorprendido.
—¿Sí?
—Me preguntaba... —carraspeó— Me preguntaba si querías que te tocara.
Se quedó paralizado. Ella se quedó paralizada también. Era la primera vez que
se abría a él y, aunque él le había indicado de mil maneras que le gustaría que lo
tocase, no podía evitar tener un poco de miedo.
—Ya te lo he dicho —dijo, con voz más ronca que lo usual—. Cuando quieras,
donde quieras.
Hizo rodar la silla para acercársele y alargó una mano titubeante.
Él la agarró a mitad de camino, estrechándosela entre sus dedos fuertes y
cálidos.
Lo observó mientras la cara se le relajaba por los recuerdos.
—¿Qué recuerdas? —le preguntó.
—Las veces que venías a mi apartamento junto al río —sonrió perezosamente—.
Eres tan buena cocinera como tu madre.
De repente, una idea surgió en su mente. ¿Y si se estaba enamorando de la
Emma de diecinueve años en vez de la mujer actual? Podía suceder. Había hecho
todo lo posible por evitar que se enamorase de ella y nada para atraerlo. Sería mejor
que pusiese su plan en acción.
—¿Algo más?
—La verdad es que los recuerdos se están comenzando a repetir. Como si
hubiese recordado todo lo que hay que recordar.
—Con respecto a nosotros solamente —especificó ella—. Pero no recuerdas
nada de la época antes de conocerme.
—No. Tu magia se extiende solamente al tiempo en que estuvimos juntos.

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Aliviada, no se dio cuenta de que él se la había acercado hasta que sus rodillas
se tocaron. Su primera reacción fue de pánico.
Él se detuvo inmediatamente, pero no le soltó la mano.
—Quiero tocarte yo a ti, Emma. Quiero besarte.
Ella inspiró rápidamente. Eso era exactamente lo que debía hacer. Debía bajar
sus defensas y dejarlo acercarse. Era la única forma de retenerlo a su lado, la única
forma de mantenerlo a salvo. Además, quería sentir sus labios tocándola.
—De acuerdo —susurró.
La cara de Rafe se puso tensa y los ojos le brillaron como ascuas, quemándole
los suyos. Acercó más las sillas y Emma le pasó los brazos por el cuello mientras él le
rodeaba la cintura con los suyos.
Rafe cerró los ojos, como si lo asaltaran los recuerdos nuevamente.
Ella arrugó la frente y le hundió los dedos en el pelo.
—Estoy aquí, Rafe. No soy un recuerdo —le dijo.
Abrió los ojos, taladrándola con su calor.
—Créeme. Sé perfectamente que estás aquí. Cada centímetro de mi cuerpo lo
sabe.
—Pensé que querías besarme.
—Esa es exactamente mi intención —dijo, recorriéndole la mejilla con un
dedo—. Es que he deseado este momento tanto, que deseo saborearlo.
—Es mejor que saborees esto —dijo, y se inclinó para besarlo en los labios.
El mundo le explotó en la cabeza, dejándole sólo la realidad de los brazos que lo
estrechaban, la boca que le robaba el aire de los pulmones. La apretó hasta que
estuvo a punto de desmayarse por falta de oxígeno.
—¡Diablos, Emma! Esto es mejor que cualquier recuerdo. Déjame entrar.
La alegría la embargó. El plan funcionaba. Abrió la boca y lo invitó a entrar con
su lengua. La sangre se le encendió en llamas, quemándole el cuerpo, derritiéndole
los huesos contra él.
Con una imprecación, él la tomó en sus brazos y la sentó en su regazo sobre la
dura roca de su deseo.
Emma gimió al recordar el placer que él podía otorgarle. Éste era su esposo, su
amante perdido. Lo reconocería aunque estuviese sorda, ciega y muda. Olía igual.
Sabía igual. Hacía tanto, tanto tiempo. Se acercó más, adaptando sus formas a las
suyas.
Con un profundo gemido, Rafe la recostó en su brazo y tomó el peso de su
pecho en la mano, haciéndola arquearse de exquisito placer. Sus labios abandonaron
su boca para besarla en el cuello.
De repente, le soltó el pecho para tomarla de la barbilla.

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—Mírame.
Abrió los ojos para encontrárselo a centímetros de su rostro, con la cara rígida
de deseo febril.
—Dime que me deseas tanto como yo a ti.
Su pasión la asustó, sin embargo quiso al mismo tiempo acurrucarse dentro de
él y no salir nunca más.
—Yo... —comenzó a decir.
—¿Mami? ¿Rafe? ¿Estáis arriba?
La distante llamada de Gabe los hizo quedarse helados.
—¡Diablos!
Los dos corearon el mismo sentimiento, para luego compartir una sonrisa
incierta.
—Ojalá pudiera decir que terminaremos esto más tarde —dijo Rafe, apartándole
un mechón de la cara—, pero creo que será mejor que nos lo tomemos con más
calma.
Emma se enderezó, tratando de convencerse de que no estaba desilusionada.
—Es verdad. No era mi intención llegar tan lejos.
Gracias a Dios que Gabe los había interrumpido.
De no ser así, habrían acabado en la cama antes de darse cuenta.
Pero mientras miraba a su hijo que se preparaba para otro capítulo de Ivanhoe,
Emma se dio cuenta de que llegar lejos era precisamente lo que quería.
¿Qué mejor manera tenía de demostrarle que la mujer entre sus brazos era
mucho más deseable que la joven de sus sueños?

Dos noches más tarde, Rafe subió las escaleras tan rápido como pudo. Aunque
era casi la medianoche, la luz brillaba en su apartamento. Ojalá que Emma lo
estuviese esperando.
Abrió la puerta.
—¿Emma?
Dio dos pasos y se la encontró dormida en el sofá. Se arrodilló junto a ella. Yacía
de costado, con la cabeza apoyada en un cojín. Parecía tan joven e inocente, la Emma
de sus recuerdos.
—Ya estoy en casa —dijo, apartándole un rubio mechón de la cara.
Casa. Realmente sentía que estaba en casa. Pero su casa no era el apartamento,
era esa mujer. En pocas semanas, sentía que pertenecía a alguien, lo que no le sucedió
en todos los años que pasó en Houston.

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Ella murmuró algo y se acomodó en el sofá.


—Despierta, querida. Quiero besarte.
Las pestañas aletearon y abrió los ojos. Él observó fascinado como cambiaban de
un verde opaco al tono brillante de las hojas en primavera. Cuando se enfocaron,
Emma sonrió adormilada. Rafe nunca había visto nada tan sensual en toda su vida.
—Ya estás en casa —dijo ella, ahogando un bostezo con la mano—. ¿Qué hora
es?
—Casi medianoche. Llovía en Atlanta y mi vuelo tuvo un retraso de dos horas.
—¿Cómo te fue? ¿Conseguiste el contrato?
—Por un año —asintió.
—¿Solamente? —Emma arrugó el ceño.
—Está muy bien. Con una publicación nueva, generalmente se comprometen
mes a mes.
—Oh —se tranquilizó—. Te he echado de menos.
Rafe sintió que perdía el aliento y se inclinó a pasarle el brazo por la cintura.
Mientras estaba fuera, llegó a pensar que había soñado el apasionado episodio de la
noche antes de irse. Estaba contento de que no fuera así.
—¿En serio?
—¿Por qué no llamaste?
—No llegué al hotel hasta muy entrada la noche. El jefe de publicidad estaba tan
excitado con la idea, que me llevó a cenar. Incluso me dio algunas ideas para
artículos.
Ella esbozó una sonrisa de lado. —Que usarás, por supuesto.
—Por supuesto —le devolvió la sonrisa—. Pero no porque sea un anunciante,
sino porque son buenas. Se miraron sonrientes durante varios minutos.
—Creía que querías besarme —dijo ella por fin, con tono ligeramente
exasperado.
Rafe dudó. Era tarde y estaban solos. Sabía que, si comenzaba a besarla, querría
llevarla a la cama y desnudarla. Pero entonces se tendría que desnudar él también.
Tembló, indeciso entre la repulsa a su propio cuerpo y el deseo por la mujer que
tenía en los brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, titubeante.
—Tengo miedo de no poder parar una vez que comience a besarte. Pensé que
íbamos a tomárnoslo con calma.
—Ya veo —dijo ella, poniéndose seria—. Me he equivocado. Pensé que me
deseabas.
El la agarró de las manos y la hizo ponerse de pie, apoyándola contra la
evidencia de su deseo. Ella le rodeó el cuello con los brazos.

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—Entonces, bésame.
El obedeció de buena gana. Mientras lo hiciesen de pie, no tendría que
desnudarse y perderla para siempre. Al menos podría disfrutar de ella así.
Aun así, la pasión se desató tan rápido que casi perdió el control. Sólo cuando le
metió las manos bajo el jersey para desabrocharle el sostén, le sonó la alarma en el
cerebro.
Soltó el elástico a regañadientes y le enderezó el jersey. Luego la sostuvo
abrazada hasta que la respiración se le regularizó.
—Has parado.
Le besó el cabello.
—Quiero que estés absolutamente segura de que esto es lo que deseas.
Ella se echó hacia atrás en sus brazos para poder mirarlo a los ojos.
—Has insistido e insistido hasta convencerme y ahora te echas atrás.
—Nunca te he forzado a hacerlo.
—Quizás no abiertamente, pero siempre me has mirado con deseo.
—Era verdad —le dijo—. Y lo sigue siendo.
—Entonces, ¿por qué has parado?
Rafe no podía creer lo que estaba haciendo. Estaba tratando de convencerla de
que no hiciesen el amor. Había soñado con llevarla a la cama durante casi un mes.
Quizás si apagase las luces...
No. Las cicatrices seguirían allí. Ella las tocaría, lo cual quizás resultase más
horrible para ella que verlas.
—Te he dicho que quiero que estés segura. Decidiste sólo hace tres días confiar
en mí. Tomémonos un poco más de tiempo.
—¿Cuánto más?
La miró directamente a los ojos.
—Hasta que puedas confiar en mí lo suficiente como para decirle a Gabe que es
mi hijo.
Ella apartó la mirada con expresión de culpabilidad y él supo que por ahora
estaba seguro. Por un lado, lo alivió saberlo. Por el otro, sintió deseos de aullar de
frustración.
La tomó de la mano.
—Ven. Te acompaño a tu habitación.
Se había vuelto a mudar a la planta superior después de que los constructores
terminaron el tejado. Rafe la escoltó hasta su habitación. La habitación que estaba
separada de la suya por sólo unos metros de césped y cemento, pero en aquel
momento se sintió a kilómetros de distancia.

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La besó en los labios.


—Vete a dormir, que mañana tenemos partido.
Ella asintió y desapareció en el dormitorio.
Bajó las escaleras y subió a su apartamento. Al apagar las luces de la oficina, le
llamó la atención el rectángulo iluminado de su ventana. Había dejado las cortinas
abiertas, porque los árboles y la cochera bloqueaban la vista de los vecinos. Nadie
podía verla. Nadie, excepto él.
Mientras la miraba, ella pasó frente a la ventana y se quitó el jersey por encima
de la cabeza.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron con la necesidad de perderse en
ella, de hacerla suya. Saber que ella lo deseaba también hizo que le resultase casi
imposible quedarse donde estaba.
Se quedó rígido contra la ventana y respiró varias veces, tratando de enfriar su
ardiente sangre, pero no lo logró.
Se dio cuenta de que no lo lograría nunca. Nunca más.

La algarabía reinaba en el comedor privado de la pizzería. El equipo de béisbol


al completo y los padres de los niños se habían reunido a celebrar su primera
victoria.
Emma se hallaba sentada en un rincón con la madre de Randy, mirando a Rafe
jugar una partida en una consola con Gabe.
—Me alegra que estuvieras allí hoy —le dijo a Audra Jennings, que a su vez
miraba a su esposo divirtiéndose con Randy ante otro vídeo juego—. Es muy
importante para él.
—Es muy importante para nosotros también — le respondió la fiscal—. Verlo
batear el tanto ganador ha sido mejor que meter veinte criminales en la cárcel.
—A esta edad, se supone que juegan sólo por divertirse. Siempre intentamos
que salgan empatados, que es lo que hemos hecho toda la temporada, pero el equipo
de hoy parecía incapaz de agarrar una pelota de playa.
Audra revolvió su bebida con la pajita.
—No es sólo eso. Randy me contó cómo Rafe los ha ayudado haciendo
lanzamientos, enseñándoles a atrapar la bola... He notado un enorme progreso desde
el último partido que vi esta temporada.
—Rafe juega con los chicos todos los días si está en la ciudad. Lo disfruta tanto
como ellos.
—Está empezando una revista, ¿verdad?
Emma le habló sobre su trabajo y luego Audra le relató anécdotas de algunos de
sus casos. Como ambas trabajaban y tenían familia, no se les tenían muchas

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oportunidades para conversar, pero Emma siempre disfrutaba cuando lo podían


hacer.
Cuando el grupo comenzó a dispersarse, la madre de Arthur elevó la voz.
—Quiero hacer una foto del equipo. Venid aquí.
Los niños corrieron hacia la pared donde la señora Cook comenzó a
acomodarlos. Gabe tiró de la mano de Rafe, que se inclinó y le dijo algo al oído. El
niño corrió entonces a buscar a Emma.
—Perfecto —dijo la señora Cook, al verla acercarse—. Ponte de este lado,
Emma. Y tú, Rafe, aquí, a la derecha. Gabe, tú ponte al lado de tu padre.
—¿Eh? —dijo Gabe sin comprender—. ¿Rafe? No, no es mi padre.
—Oh —dijo la madre de Arthur mirándolos fijamente—. Pues sois como dos
gotas de agua. Ponte junto del entrenador, entonces.
Por la forma en que Gabe se quedó mirando a su padre, Emma se dio cuenta de
que tendría que decirle la verdad pronto.
Pero ése no era ni el sitio ni el momento.
Miró hacia otro lado. La verdad es que no sabía cuál era el impedimento, sólo
que le costaba formular las palabras.

Emma se estiró al entrar en su habitación, saboreando el hecho de tener un


cuarto para ella sola otra vez. Sin encender la luz, se dirigió a la ventana de atrás, la
que daba al apartamento de Rafe.
Había sido un día largo, pero completo. Después de la pizzería, Rafe los llevó al
cine y luego a cenar. Cuando finalmente llegaron a casa, Gabe estaba tan cansado que
apenas tuvieron tiempo de darle un baño antes de que cayera dormido.
Sentía que no había hecho nada hoy, sólo divertirse, lo cual era una buena señal.
Demostraba que ya no se sentía vacía. No se había dado cuenta de lo que necesitaba
un día así hasta que lo había tenido.
Rafe sí que lo sabía. Cada vez que ella mencionaba volver a casa a limpiar, él los
había llevado a otro sitio.
Se tocó los labios. Le escocían después de los besos que le dio para
agradecérselo. No quería despedirse de él esa noche. Anhelaba irse a su apartamento,
meterse en la enorme cama con él y averiguar si todavía la podía hacer sentir como
solía hacerlo. Adorada, amada sin límite. Infinitamente femenina.
Pero no lo había sugerido. Todavía no estaba preparada para decirle a Gabe que
Rafe era su padre.
Quería confiar en Rafe, pero, aunque estaba ya noventa y nueve por ciento
segura de que no lo iban a convencer de que se fuera a trabajar al periódico, aún le

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quedaba una pequeña duda. Además, ¿cómo le explicaba a su hijo que le había
mentido todos esos años?
Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana y se preguntó qué lado de ella
ganaría. ¿Su frustración sexual, o su desconfianza?
De repente, notó algo raro en el apartamento de Rafe. Las luces estaban
apagadas.
¿Y si se había caído en las escaleras? Él también estaría cansado, y su pierna no
era tan fuerte...
Corrió por las escaleras, imprecando cuando tardó en encontrar la llave de la
puerta trasera. Por fin pudo abrirla y cruzó el jardín a la carrera. La alivió no verlo
caído al pie de las escaleras, pero subió y abrió la puerta de golpe.
—¿Rafe?
—¿Qué pasa? —preguntó alarmado.
—¿Dónde estás?
—Aquí.
Su voz la guió hasta la oficina, donde lo vio recortado contra la luz que entraba
por la ventana, levantándose de la silla.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Eso es lo que he venido a preguntarte —dijo entrando—. ¿Por qué no has
encendido la luz? ¿No estarás enfermo, no?
Rafe lanzó una imprecación en español.
—No —dijo luego.
—¿Qué haces?
—Rehúso a responder, ya que me podrían arrestar por ello —respondió con voz
divertida. Dando un suspiro, alargó la mano—. Ven. Deja que te enseñe.
Ella se aproximó cauta, sin saber cómo interpretar su actitud. Cuando llegó
hasta él, Rafe la dio vuelta para que mirara por la ventana y se puso detrás,
abrazándole la cintura.
—¿Qué ves?
—¿La casa? —preguntó, confusa.
—En particular, tu ventana.
—Sí. ¿Y? —al comprender, su corazón, que se había comenzado a calmar
después del miedo, se aceleró por un motivo totalmente distinto—. Me has estado
mirando.
Rafe rió.
—Me has pillado con las manos en la masa — dijo regocijado—. Te he estado
mirando desde que volviste a tu habitación. Ni una sola vez has cerrado las cortinas.

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Ella se le apoyó contra el pecho y sintió los profundos latidos de su corazón


contra su espalda.
—Jamás la cierro. No hay nadie que me pueda ver...
—Yo sí —le mordisqueó el lóbulo—. No sabes las veces que he pensado si la
glicina seguiría soportando mi peso.
—Lo único que tienes que hacer es subir la escalera —le dijo, levantando un
brazo hacia atrás para acariciarle el pelo.
Con un gruñido feroz, sus brazos la estrecharon más fuerte.
—Me tienes totalmente frustrado.
—Bien. Me alegro de no ser la única —dijo con una sensual sonrisa de placer
curvándole los labios.
—Bruja —le dijo, besándola en el cuello.
Ella se dio la vuelta en sus brazos con una risa ahogada. Era duro por donde lo
tocara, desde sus fuertes brazos, pasando por los músculos de su pecho, hasta el
bulto que sentía contra el estómago.
—Hay una sola cura para ello.
—Entonces, cúrame. No lo soporto más— dijo, levantándola en puntillas y
cubriéndole la boca con sus besos.
Cuando se tocaron, fue como si dos partes de un circuito finalmente se unieran
y una energía, fuerte como la del sol, comenzara a circular. Sus lenguas se unieron en
una danza que imitó lo que ambos deseaban. Cuando él le tocó los pechos, ella gimió,
pidiendo más.
Entonces, él le arrancó la camiseta por encima de la cabeza. El aire fresco la
envolvió, pero su carne de gallina se debió al calor interno, no al aire acondicionado.
Luego le quitó el sujetador y sus pezones se irguieron anhelantes. Hacía tanto que un
hombre no la tocaba. Le recorrió el vientre con las manos, para luego cubrirle los
pechos con su calor. Sintió que las rodillas cedían bajo su peso, pero él la sujetó de las
caderas.
—Te gusta, ¿verdad? —le dijo, mordisqueándole un pezón suavemente—: Me
acuerdo... de todo. Esto —le trazó un sendero de besos ardientes hasta el hueco de la
oreja—. Esto te vuelve loca.
Lo bastante loca como para quererlo todo. Ahora. Quería hacerle exactamente lo
que él le hacía a ella. Tironeó de los faldones para sacárselos de la cinturilla. No había
tiempo para botones. Agarró por los lados la camisa para arrancárselos, y dio un
gruñido de satisfacción cuando salieron volando y la golpearon en la piel. Le puso
las manos en el pecho, para descubrir que la camiseta le impedía llegar a él.
—Llevas demasiada ropa —le dijo, metiéndole las manos por debajo. Pero la
piel dura y arrugada la hizo titubear—. ¿Qué es esto? —le preguntó.
De repente, Rafe le agarró las manos, separándolas de su piel. Tenía el cuerpo
tenso y una expresión angustiada en el rostro.

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—No puedo hacerlo.


Emma quiso abofetearse por idiota.
—Ya sé que tienes cicatrices, Rafe. Se me olvidó. Perdóname.
Él le soltó las manos. Luego dio la vuelta a la silla, alejándose de ella.
—Quizás te deberías ir.
—Y quizás no debería —lo siguió, temblando al perder su calor tan
abruptamente—. No importa, Rafe. Tus cicatrices no me importan en lo más mínimo.
Rafe se giró a mirarla y emitió un sonido ahogado cuando le vio los pechos
desnudos, que ella no intentó cubrir.
—No las has visto —dijo, apartando los ojos de ellos con un esfuerzo.
Ella le acarició la cicatriz de la cara, pero una mano de acero la detuvo.
—Por favor, Rafe, dame una oportunidad.
—¿No tenemos suficiente? —le apretó la mano con fuerza. Emma hizo un gesto
de dolor y la soltó—. Trabajamos juntos todos los días. Compartimos un hogar, una
familia, un excitante proyecto. ¿Por qué tenemos que compartir una cama también?
—Porque me deseas tanto como yo a ti —lo miró de frente—. Lo has admitido.
Rafe se mesó los cabellos con tanta fuerza, que ella pensó que se los arrancaría
todos.
—Es que... no puedo.
—¿Por qué?
La miró tanto tiempo, que pensó que no le iba a responder.
—Porque no quiero perderte. No quiero perder la vida que he encontrado —
dijo por fin suavemente.
—¿Piensas que voy a huir por unas pocas cicatrices? —le preguntó, con el
corazón derretido como chocolate bajo el ardoroso sol de Memphis.
—No serías la primera. Hasta mi madre lloraba cada vez que las veía. Son
muchas más que unas pocas.
Si no hubiese estado segura de su amor por él, se habría dado cuenta de ello en
ese instante.
—Parece que no soy la única que no sabe confiar —le dijo.
—Emma, yo...
—Está bien, querido. Te comprendo —le tomó la mano y se frotó la cicatriz
contra la mejilla—. Pero, te lo advierto. No me daré por vencida. Supongo que ya
habrás recordado que soy una mujer muy obcecada. Te quise en contra de los deseos
de mi padre y no te abandoné hasta que te creí muerto. Y ahora no voy a
abandonarte tampoco. Ya buscaré yo la forma de que confíes en mí.
Rafe dio vuelta a la mano para acariciarle la mejilla.

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—¿Cómo pude ser alguna vez tan hombre de merecerme una mujer como tú? —
preguntó, con una expresión en la que se mezclaban la admiración y la tristeza.
—Tú eras un ángel, Rafe. Sigues siendo mi ángel, aunque con las alas rotas. Y yo
no sabía lo graves que eran las heridas de tus alas. Supongo que ahora tendré que
hacer un curso intensivo para aprender cómo curarlas.

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Capítulo 9

¿CONSEGUISTE el contrato con la Coca Cola? —le dijo su madre a Rafe por
teléfono—. ¡Oh, Rafe, es fantástico! Ay, perdona, quiero decir David.
—No importa, mamá. Puedes llamarme Rafe.
—¿Es el nombre que usas para la revista?
—No, lo siento. Ya me he hecho un nombre como David, así que
profesionalmente seguiré siéndolo —levantó la vista al ver a Emma entrar al
apartamento—, pero para mi familia sigo siendo Rafe.
Emma titubeó cuando lo vio al teléfono, pero él le hizo señas de que entrase.
—Ojalá tu padre estuviese aquí. Está a punto de llegar.
La voz de su madre se alejó. Se la podía imaginar acercándose a la ventana a
mirar si su padre llegaba.
—¡Ah, que bien, ahí viene! Espera, que le diré que se dé prisa.
Se oyó el golpe del teléfono en la encimera.
Rafe le sonrió a Emma, que se sentó frente al ordenador y lo puso en marcha.
—¿Ya has terminado con la cocina?
Emma le devolvió la sonrisa.
—Por fin. La lasaña de mamá está buenísima, pero deja la cocina hecha un
desastre.
El se cambió el teléfono a la otra oreja.
—Me ofrecí a ayudar.
—Ya lo sé —suspiró—. Pero es más fácil hacerlo sola que aguantar a mamá
protestar hasta que te vayas.
Rafe rió.
—¿Ya ha llegado Gabe?
—No. Pasará la noche en casa de Randy. Hay un partido de Los Bravos por
cable. No vendrá hasta mañana por la mañana.
Rafe asintió y se puso de pie, estirándose. Agradecido a quien inventó el
teléfono inalámbrico, se acercó a Emma y le dio un beso.
Con el suspiro entrecortado que había llegado a amar, Emma se apoyó contra él
y le sonrió lánguidamente y él se alejó del contacto haciendo un esfuerzo
sobrehumano.
—¿Sigues hablando? ¿Con quién hablas?
Se oía a su madre en la lejanía hablando excitada en español con su padre.

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—Mis padres.
Emma se quedó quieta.
—¿Les has dicho lo nuestro?
—Si se lo dijera, tomarían el siguiente avión a Memphis a conocer a su nuera y a
su nieto. Y como todavía no le has dicho a Gabe que tiene otros abuelos...
Con un gesto de dolor, ella retiró la vista.
Rafe se sintió culpable de recordarle sus problemas con respecto a la confianza,
cuando él aún no había resuelto los suyos. Le apoyó una mano en el hombro y se
inclinó a besarla en el pelo.
—Lo sien...
—¿David? —se oyó el vozarrón de su padre del otro lado—. ¿Estás ahí?

Su padre lo levantó en sus hombros. A Rafe el corazón le latía alocadamente, pero su


padre lo sujetó con firmeza.

—¿Rafe?
Rafe sacudió la cabeza, con el corazón latiéndole de verdad. Un recuerdo de su
infancia. ¿Cómo...? Luego se dio cuenta de que aún tenía la mano en el hombro de
Emma.

—¡Bandido, ven aquí! —gritó Rafe, golpeándose la pierna para llamar a un perrillo
marrón con la cara blanca que se apoyaba contra las piernas de su madre.

—¿Rafe? —la voz de su padre sonaba todavía más fuerte.


—Aquí estoy, papá —retiró la mano del hombro de Emma para poder
concentrarse en la conversación.
—¿Estás bien, hijo?
—Sí, papá. Me distraje un momento, perdona.
—Tu madre me ha estado contando lo del contrato de la Coca Cola...
Rafe habló con sus padres otros diez minutos, contándole todo lo que había
logrado la semana anterior. Como siempre, se alegraron mucho de su éxito.
Emma trabajaba con el ordenador mientras él hablaba. Rafe quería tocarla otra
vez, para comprobar si los dos retazos de su infancia habían sido de chiripa, pero lo
distraían demasiado y necesitaba concentrarse en lo que hablaba con sus padres para
no preocuparlos.
Antes de colgar, sin embargo, no pudo resistirlo y apoyó la mano en el hombro
de Emma.

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Oyó a su madre gritar: «¡Ay, Dios mío!»


Rafe y Mike dejaron de darse puñetazos. Rafe la miró. Tenía las manos apoyadas en las
mejillas, la boca abierta.
De repente, recibió un puñetazo en la mandíbula.
Mike había aprovechado su distracción para propinárselo.

No había sido de chiripa. Del mismo modo en que había sido la llave para
recuperar los recuerdos con ella, Emma le podía devolver su pasado. Todo.
—¿Qué? Oh, adiós... También te quiero... sí, iré a veros cuando pueda. Adiós.
Apretó el botón del teléfono y lo apoyó en la primera superficie que encontró.
Luego agarró el respaldo de la silla de Emma y la giró en redondo.
—¡Dios mío!
—¿Adivina, qué? —preguntó excitado.
Ella se agarró a sus hombros para enderezarse.
—¿Qué?
Rafe tenía una sonrisa de oreja a oreja. Ahora sabía que pronto tendría su vida
entera en la cabeza.
—Acabo de tener recuerdos de cuando era niño.
Emma se quedó aturdida.
—Qué... bien.
—Te toqué cuando hablaba por teléfono y... ¡Pumba! Aparecieron recuerdos con
mi padre, un perro que tuvimos y una pelea con mi hermano.
—¿Estás seguro de que eran recuerdos?
—Tienen que serlo. Eran sólo retazos, pero probablemente fue porque era por
teléfono. Quizás en persona sean más claros —la tomó de las manos—. ¿Te das
cuenta de lo que esto significa? Si es verdad, significa que seré un todo otra vez.
Volveré a ser Rafe.
—Me da igual el antiguo Rafe —dijo ella, soltando una mano de las suyas para
acariciarle la mejilla—. Me gusta éste. Te quiero como eres ahora.
Rafe se inclinó para besarla en la frente.
—Me haces sentir como si midiese veinte metros.
—Me basta con el metro ochenta que mides, Rafe. Tal como eres. No necesito
más.
Su cara expresaba tanta ternura, tanta seriedad, tanta intensidad...
Entonces, se dio cuenta de que la amaba. De que siempre la había amado, hasta
cuando no sabía de su existencia. Era la otra mitad no sólo de su alma, sino de su ser
entero. Por eso, tocarla hacía que los recuerdos volviesen. Ella lo completaba.

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Arrodillándose, la tomó en sus brazos.


—Emma, mi vida.
Ella lo besó como si quisiese hacerle olvidar todos sus pensamientos, y casi lo
consiguió. Sólo cuando se sintió a punto de llevársela a la cama, la soltó. Cada vez le
resultaba más difícil. La deseaba más que su vida, pero, si cedía, quizás no lograse
tener una vida con ella.
—¿Para qué crees que valgo, Emma? —le dijo, porque necesitaba recordarle su
falta de confianza para justificar la propia.
Ella comprimió los labios, pero no apartó la vista. Su mirada se hundió en la de
él, como si tratara de llegarle al alma.
—Para retenerte aquí.
Una oleada de sorpresa le recorrió el cuerpo.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —le acarició la cicatriz de la cara con un dedo— que estoy
dispuesta a decirle a Gabe que eres su padre.
La sorpresa se tornó en alivio mezclado con pánico.
—Si quieres, podemos ir a buscarlo ahora mismo. Estoy segura de que no le
importará perderse a Los Bravos cuando sepa lo que tenemos que decirle.
—¿Estás segura? ¿Lo dices porque me deseas, o porque confías en mí? —
preguntó apartándole un rubio mechón del rostro.
—Las dos cosas —susurró—. Y además, por Gabe. Te quiere, y necesita saber
que eres su padre. Estaba equivocada al no decírselo.
Rafe se maravilló por su confianza, pero lo asustaron sus consecuencias. Ella le
había demostrado que podía superar sus dudas. Ahora pretendería que él hiciese lo
mismo.
Estaba tan cerca de confiar en ella. Quería hacerlo, pero no podía olvidar los
gritos de su sobrina cuando vio sus cicatrices, ni las lágrimas de su madre cuando le
cambiaba los vendajes. Ambas lo querían y habían reaccionado así.
No. No podía ceder ahora. Necesitaba un par de días para poder aceptar la
repulsión que vería en el rostro adorable que tanto amaba. Tiempo para preparar
argumentos para que Emma no lo abandonara después de verle el cuerpo
destrozado.
—Se lo diremos mañana —le dijo—. Juntos.
—De acuerdo —dijo Emma, dándole un beso y volviéndose hacia el ordenador.

La noche siguiente, Emma llegó a casa a las siete y cuarto. Se había tenido que
quedar en el trabajo, sin poder ir al entrenamiento.

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Durante todo el día había pensado en lo que le tenía que decir a Gabe. A pesar
de haber declarado su confianza a Rafe, estaba más que preocupada. ¿Y si ahora Rafe
recuperaba la memoria completamente?
¿Los querría como su esposa e hijo o los abandonaría para irse a trabajar al
periódico? ¿Qué pasaría con la revista? Lo único que podía hacer era confiar en él.
Poner su felicidad, su futuro, su vida y la de su hijo en sus manos. Y la idea la
aterrorizaba.
Sylvia había salido. Había una nota en la cocina diciendo que volvería a las ocho
y media.
Para no preocuparse mientras esperaba que Rafe y los niños llegasen del
entrenamiento, Emma se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se puso a
limpiar el polvo, tarea que llevaba días sin hacer.
Cuando se quiso dar cuenta, vio con sorpresa que casi había oscurecido y miró
por la ventana. Sylvia llegaba en su viejo Cadillac. ¿Ya eran las ocho y media?
¿Dónde estaban Rafe y los niños? Tendría que haber llegado hacía una hora.
—Rafe y los chicos no han llegado, mamá —le dijo preocupada a Sylvia, en
cuanto ésta entró.
—Me dijo que los llevaría a tomar un helado después del entrenamiento, ya que
es el último de la temporada. Pero Randy no viene con ellos. Lo ha ido a buscar su
padre.
Emma se dirigió a la puerta de entrada y comenzó a pasearse por el vestíbulo.
La noche ya había caído cuando vio llegar la camioneta de Rafe y parar frente a
la casa. Eran las nueve pasadas.
Empujó la puerta mosquitero y salió al porche.
En cuanto Rafe bajó de la camioneta y la vio en el porche de brazos cruzados,
supo que se avecinaba una tormenta. Se preguntó qué habría hecho mal y dio la
vuelta al coche para sacar a su hijo dormido del asiento.
No había soltado el cinturón de seguridad, cuando Emma ya se hallaba a su
lado.
—¿Qué le pasa?
Rafe abrió el cierre y se dio la vuelta para dirigirle una mirada de exasperación.
—Nada. Se quedó dormido en el camino.
—Oh —dijo ella, calmándose un poco.
Rafe se agachó y alzó a Gabe en sus brazos.
—Soy perfectamente capaz de sacar a mi hijo a pasear una noche sin hacerle
daño.
—¿Dónde estabais? Son pasadas las nueve.
—Parry Jenkins y yo llevamos a los chicos a tomar un helado después del
entrenamiento. Se lo dije a Sylvia. ¿No te dio el mensaje?

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Emma cerró la puerta y lo siguió hasta la casa.


—Cuando vino a las ocho y media. ¿Por qué no me dejaste una nota diciendo
dónde ibais por si me reunía con vosotros?
—Así protegías a tu hijo de su padre, querrás decir —dijo, esperando que ella le
abriese la puerta.
—¡Calla! Te oirá. No quiero que se entere así —dijo Emma, echándole una
mirada desesperada a Gabe.
Rafe lo sacudió en sus brazos y el niño siguió durmiendo, inmutable.
—Está en otro mundo. Si cayese un meteoro aquí mismo, ni se enteraría. Ahora,
¿te vas a quedar ahí discutiendo, o puedo llevarlo a la cama?
—¿Y su baño? —dijo, abriendo la puerta.
—Hoy puede irse a la cama sin bañarse.
—Pero...
—¿Todo bien? —preguntó Sylvia desde el salón.
—Todo bien, mamá. ¿Estás viendo tus series?
—Acabo de poner la primera, pero si me necesitáis...
—No, gracias, Sylvia —respondió Rafe, dirigiéndose a las escaleras—. Todo está
bien.
Emma lo siguió, chasqueando la lengua al desvestir a Gabe y ver lo sucio que
estaba. Cuando se dirigió al baño a buscar una esponja, Rafe la empujó suavemente
hacia la escalera.
—Está sucio —protestó—. Necesito...
—Ya lo lavarás mañana.
Ella lo miró elevando una ceja.
—De acuerdo. Entonces estamos libres para una pequeña charla.
Rafe miró al cielo y comenzó a bajar las escaleras.
—Lo único que me faltaba, Emma. Me he pasado la mañana buscando local
para las oficinas, me peleé con el ordenador toda la tarde, y esta noche corrí todo el
entrenamiento porque no estabas allí para ayudarme. Me duele la pierna, y lo único
que quiero hacer es llenar la bañera y quedarme tres días en remojo.
—Tenemos que hablar.
—Mañana por la mañana.
—Mañana por la mañana tengo que trabajar.
—De acuerdo —suspiró profundamente—. Pero tendrás que hablarme a través
de la puerta. No soporto más esta ropa sudada.

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Al llegar abajo se dio la vuelta hacia la puerta.


—Buenas noches, Sylvia —se despidió.
—Buenas noches, Rafe, que duermas bien —respondió su voz desde el salón.
—No pasarías tanto calor si usaras pantalones cortos y una camiseta como todo
el mundo —dijo Emma.
La miró con un relámpago en los ojos.
—Muy graciosa.
—Eres el único a quien le importan tus cicatrices, Rafe. A mí no. Y seguro que a
los chicos tampoco.
—Si es esto de lo que quieres hablar, será mejor que te vayas a la cama. No estoy
de humor para esta conversación.
—No. Es otra cosa.
—De acuerdo. Las señoras primero —hizo un gesto hacia la escalera de la
cochera.
Al subir detrás de ella, lo sorprendió que su cuerpo pudiera reaccionar con
tanto deseo a pesar de estar tan cansado y dolorido. Abrió la puerta para que pasase
y luego la siguió.
—¿Se lo has dicho a Gabe? —preguntó Emma con voz acusadora en cuanto
cerró la puerta.
—¿Qué?
—Que eres su padre.
Rafe se apoyó en la puerta y gimió.
—¿De eso se trataba?
—¿Se lo has dicho, o no? —insistió.
Le volvió a echar otra mirada furibunda.
—No. Y no porque no quisiera —entró al cuarto de baño y cerró la puerta.
Emma la abrió.
—No podemos hablar a través de la puerta.
—Pensé que habíamos acabado.
Ella se cruzó de brazos.
—¿De qué hablasteis en el viaje?
—Dejaré la puerta abierta unos centímetros para que puedas gritarme tranquila.
—No estoy gritando.
—De acuerdo —dijo, metiéndose en el baño y dejando la puerta entreabierta.
Abrió los grifos y ajustó la temperatura del agua.
—¿De qué hablasteis?

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—Pues de béisbol, ¿de qué otra cosa íbamos a hablar? —dijo y echó una mirada
hacia la puerta para asegurarse de que Emma no lo veía antes de desabotonarse la
camisa—. Me contó el partido de Los Bravos de anoche.
—¿Eso es todo?
—Se tardan veinte minutos en llegar al parque. ¿Qué querías, que elaborásemos
un plan de paz para el mundo? —se quitó la camisa y también la camiseta.
—Es que... es la primera vez que tú y Gabe estáis solos tanto rato.
—Ya me he dado cuenta —apuntó, quitándose el reloj.
—¿No se lo íbamos a decir esta noche? —preguntó—. Como se hizo tan tarde,
pensé que tú habías decidido hacerlo por tu cuenta.
—Pues no —dijo, quitándose los zapatos y los calcetines. Abrió el grifo para
lavarse los dientes. El ruido le impidió oírla—. ¿Qué?
—Que ahora ya es demasiado tarde —se había acercado más a la puerta.
—Lo dejamos para mañana y listo —dijo, apretando el tubo de dentífrico.
Otra vez perdió su respuesta. Encogiéndose de hombros, se metió en cepillo en
la boca y se pasó los dos minutos recomendados cepillándose los dientes. Luego, se
inclinó a enjuagarse la boca. Se enderezó y dejó el cepillo en el vaso de cerámica.
Entonces vio un movimiento en el húmedo espejo.
Se dio la vuelta abruptamente y se quedó paralizado, pero en su pecho el
corazón le dio tal vuelco, que lo sintió botar al llegarle a las plantas de los pies.
Emma había abierto la puerta y se hallaba envuelta en el vapor, mirándole el
pecho. Las lágrimas le corrían por el rostro.

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Capítulo 10

EMMA miró sin pestañear el cuerpo de Rafe. Ni se había imaginado que las
cicatrices pudiesen ser tan terribles. La piel arrugada de color rosado, evidencia de
quemaduras de segundo y tercer grado le cruzaban el pecho en diagonal desde el
hombro izquierdo para desaparecer en la cintura de los vaqueros. Y además, por
todo el torso, el cuello y los brazos tenía tantos tajos, que resultaba imposible
contarlos. Entre ellos había cortes limpios y precisos, resultado de la cirugía.
—Oh, Dios mío, Rafe —su ronco susurro resonó en el aire espeso de vapor—.
No me sorprende que te hayas olvidado de todo. Es un milagro que hayas
sobrevivido.
—Vete de aquí —le dijo, con la cara tensa y el cuerpo envarado.
—¿Qué? —dijo, levantando la cabeza.
—Ya has visto el show del terror. Ahora vete.
Emma entrecerró los ojos. Si pensaba que se iba a deshacer de ella tan
fácilmente, estaba equivocado.
—¿Conque es eso? ¿Y por eso te has estado escondiendo de mí todo el tiempo?
—Te dije que no era bonito.
—Tienes razón. No lo es.
Rafe se giró y se aferró al lavabo con tal fuerza, que se le pusieron los nudillos
blancos. Tenía la espalda aún peor que el pecho.
—Sal de aquí —rogó.
Emma sintió que la rabia la envolvía como el vapor de su baño. Rabia de que
pensara que saldría corriendo. Rabia porque la hubiese olvidado durante seis años y
medio. Rabia por no haber estado con él cuando sufría. Rabia por todo el tiempo que
habían perdido.
Sabía que su rabia era totalmente irracional y eso le dio más rabia todavía.
—¡Ni lo pienses!
—Emma...
—¡Cómo te atreves!
Rafe se dio la vuelta mientras ella avanzaba un paso. Se quedó de pie ante ella,
con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo.
—¡Me has hecho sentir culpable durante semanas, semanas, pensando que mi
falta de confianza era el motivo por el que no podíamos solucionar nuestros
problemas! —dijo Emma, poniéndose de puntillas para que su cara estuviera a la
altura de la suya—. ¡Pero tú, tú has sido peor! ¡Al menos yo lo hacía pensando en
Gabe, pero tú lo hacías por tu estúpida vanidad!

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—Eres injusta —gruñó.


—¿Injusta? ¿Y tú eres justo pensando que saldría corriendo al ver unas cicatrices
de nada? —le golpeó el hombro bueno con el dedo—. ¡Tú no querías correr el riesgo!
¡Querías que yo cediera primero, y cuando lo hice, me rechazaste! ¿Cómo te crees
que me has hecho sentir? ¿Eh?
Rafe le agarró la mano para evitar que lo siguiera golpeando.
—Mírame bien, Emma. ¿Puedes decir, con la mano en el corazón, que no me
encuentras repulsivo?
—Sí —respondió, sin un atisbo de duda.
—¿Por qué?
Emma inspiró profundamente. Así que quería que ella fuese la que corriera el
riesgo, ¿eh? Luego se dio cuenta de que deseaba hacerlo. Aunque le dijese que sus
sentimientos no eran recíprocos, quería que él supiera cómo se sentía.
—Porque te quiero.
—¿Tú me quieres?
Ella aprovechó su sorpresa para abrazarlo.
—Por supuesto que te quiero, tonto —le pasó la mano por la áspera piel del
hombro—. Quiero cada cicatriz, cada quemadura —le besó la brillante piel del cuello.
—Por favor...
Su boca le recorrió la herida que le cruzaba el pecho.
—Antes te quería porque eras guapo, y fuerte y altanero —le acarició los
brazos—. Ahora eres paciente en vez de arriesgado, confiado en lugar de altanero. Y
sigues siendo guapo.
—Ya no soy guapo —negó.
—Tú eres mi ángel. Te quiero por lo que tienes dentro, Rafe. Por esa parte de ti
que nadie podrá quemar nunca. Estas cicatrices te han convertido en quien eres
ahora, y por eso las quiero. A cada una.
La miró a los ojos, buscando alguna señal de duda, pero lo único que pudo
encontrar fue amor en ellos.
Las lágrimas le quemaron en los ojos mientras la abrazaba. Por fin había
encontrado alguien que no sólo lo aceptaba, sino que lo amaba. Ella veía las cicatrices
no como signo de sufrimiento, sino del camino que había recorrido.
—Y tú eres mi esposa y nunca... —le susurró con ternura, pero se interrumpió.
La bañera se rebosaba.
Lanzando una imprecación, Rafe metió la mano en el agua para sacar el tapón
mientras Emma cerraba el grifo. Luego tiró las toallas al suelo para secar el charco.
Rafe las recogió y las echó en la cesta.

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Se dio la vuelta y la encontró sonriéndole. Su cuerpo ardía de deseo, pero el


agua le recordó lo que estaba a punto de hacer.
—Tengo que darme un baño. Estoy todo sudado.
—Entonces, matemos dos pájaros de un tiro — sonrió ella—. Siempre me he
preguntado si en esta bañera cabrían dos personas.
—Te necesito, Emma —le dijo, abrazándola.
—Llevo toda la semana tratando de decírtelo — se quejó ella.
Rafe recordó cómo había intentado seducirlo y gimió.
—¡Diablos! No podemos hacer nada hoy. Dices que soy confiado, pero no lo
suficientemente como para comprar protección.
—¡Qué hombre más tonto! —dijo ella, dándole una sacudida irritada—. Siempre
tendrías que estar preparado.
Le besó la sien para disculparse, sabiendo que si le besaba la boca, le daría igual
tener protección o no.
—Lo siento. Más de lo que te imaginas.
—Tendría que dejar que sufrieras esta noche como me has hecho sufrir toda la
semana. Sería lo que te mereces por no confiar en mí.
—Tienes razón. Pero, ¿qué quieres decir con «tendría»? —la miró esperanzado.
Ella sonrió y dijo:
—Hombre de poca fe, yo sí que estoy preparada.
Llevándolo de la mano, fue hasta el cajón de la mesa del ordenador, de donde
sacó una caja de condones.
—¿Ves?
Miró la caja. Oleadas de deseo y alivio le recorrieron el cuerpo.
—¿Sólo seis? —preguntó, levantando una ceja.
Ella lanzó una carcajada.
—Me parece que en vez de con un ángel, me he topado con un monstruo.

Emma se despertó al abrirse la puerta y sonrió.


—Soñando conmigo, supongo.
Abrió los ojos y vio a Rafe de pie con una bandeja. En ella pudo ver la mejor
vajilla de su madre.
—¿Y eso?
—El desayuno —dejando la bandeja sobre la cómoda, se arrodilló a su lado.
Ella se sentó en la cama, apartándose el cabello de la cara.

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—Parece que no lo has preparado tú.


Rafe le dio un beso y luego esbozó una irónica sonrisa.
—¿Crees que Sylvia me lo hubiera permitido?
Emma emitió un gemido.
—¡Podrías haber mantenido en privado nuestra vida sexual unos días!
—Especialmente cuando te levantas tan tarde.
Miró el reloj y comenzó sacó las piernas de la cama.
—¿Qué hora es? ¡Las nueve y cuarto! ¡Llego tarde al trabajo!
Le sujetó el brazo para impedirle que se bajara.
—Tranquila. Sylvia ha llamado para decir que estabas enferma.
Emma se dio la vuelta y lo pilló mirando su cuerpo desnudo. Sonrió al ver el
deseo en los ojos de Rafe. Una noche entera haciendo el amor no le había bastado.
Bien. A ella tampoco.
—¿Rafe?
—¿Mmm?
—No podemos hacer el amor. Hemos usado todos los condones.
Él pestañeó, como volviendo de un sueño.
—¿Todos? ¿Los seis?
—Contando con el que rompí con la uña porque tenía tanta prisa —sonrió
irónica.
—¡Diablos! ¡Sí que me comporté como un adolescente! —le pasó el brazo por la
cintura para sentársela en el regazo.
Emma rió ahogadamente cuando él le acarició el estómago y luego le agarró un
pecho. Disfrutó un momento de la caricia y del brillo profundo de sus ojos. Luego se
dio la vuelta y lo mordió en la cadera.
—Ése va por hacerme desearte cuando no podemos hacer nada.
Él se puso de pie de golpe, buscando las llaves del coche en el bolsillo.
—Me voy a comprar preservativos.
Caminó hacia la puerta, pero luego se detuvo, emitiendo un torrente de
improperios en español.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma.
—Gabe y Randy me verán ir al coche y querrán venir conmigo. ¿Cómo les
explico lo que voy a comprar? ¿Inflo uno y les digo que son globos?
—¿Gabe ya está en casa? —dijo. Se sentó y se cubrió con la sábana—. Por
supuesto. Randy siempre viene a las siete y media. ¿Cómo le ...? ¿Qué dijo cuando
supo que estaba aquí?

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—Tuve que pensar en algo rápido, algo que comprendieran —los ojos le
brillaron de la risa—. Así que les dije que te había invitado a dormir, como hacen
ellos. Gabe quería venir a verte, pero le dije que estabas durmiendo porque —lanzó
una carcajada— nos habíamos quedado hasta tarde haciendo una lucha de
almohadas.
Emma se tiró hacia atrás en la cama, muerta de la risa. Un segundo más tarde, la
cama se hundió con el peso de Rafe, que se inclinó a darle un beso.
—Me gustó la «lucha de almohadas» —dijo Emma, acariciándole la cara.
Rafe la miró a los ojos, luego se tendió a su lado. Con expresión pensativa, la
tomó de la mano.
—¿Te quieres casar conmigo, Emma?
Ella sonrió y entrelazó sus dedos con los de él.
—Ya estamos casados.
—¿Quieres quedarte casada, actuar y vivir como un matrimonio?
—Sí —respondió sin dudarlo.
Rafe la miró con el alivio suavizándole las facciones.
—Entonces, ¿cómo vamos a explicar que de repente nos vamos a vivir juntos?
¿Cómo vamos a decir que el apellido de Gabe siempre ha sido Johnson en vez de
Lockwood? ¿No sería mejor que no tuvieras que explicar nada? No quiero que tengas
que pasar por todo eso.
Emma se puso de costado para mirarlo cara a cara.
—Una boda solucionaría el problema.
Rafe le apoyó la mano en la cadera.
—Una ceremonia también nos lo haría parecer más real a nosotros. Hemos
estado separados tanto tiempo. También les daría a nuestras familias la oportunidad
de oírnos repetir nuestros votos. Le diremos a Gabe la verdad, por supuesto, y a mi
familia.
—No quiero una boda elaborada.
—No, algo tranquilo. Quizás aquí, en casa.

—¿Sí?
Metido entre sus padres en el sofá, Gabe los miró expectante. Primero a Rafe,
luego a su madre.
Rafe la miró. Esa mañana habían decidido que Emma se lo diría después de la
cena.
Ella le dirigió una sonrisa nerviosa sobre la cabeza de su hijo y luego miró a
Gabe. Lo tomó de la mano.

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—¿Recuerdas que siempre te has preguntado por qué Jerry no viene a visitarte?
Gabe asintió.
—Otros padres divorciados visitan a sus hijos.
Rafe se preguntó cuántos niños conocía Gabe cuyos padres estaban divorciados.
A juzgar por el porcentaje de divorcios, era probablemente la norma, más que la
excepción. Juró que eso no le sucedería nunca a su hijo.
—Bueno, el motivo por el que no te visita es... —Emma inspiró
profundamente— que en realidad no es tu padre.
Gabe se acercó a su madre para mirarla a los ojos.
—¿No?
—No. ¿Sabes, hijo? Hace mucho tiempo, yo...
—¿Es Rafe mi padre? —Gabe lo miró con los ojos brillantes—. ¿Eres mi padre,
Rafe?
Rafe la miró, y al ver su cabezadita de asentimiento, apoyó la mano en el
hombro de Gabe.
—Sí, hijito. Siempre he sido tu padre.
El rostro del chiquillo se iluminó como un árbol de Navidad.
—¡Lo sabía! —exclamó, y se subió al regazo de Rafe para echarle los brazos al
cuello.
Ahogado por la emoción, Rafe estrechó el delgado cuerpo entre sus brazos con
tanta fuerza, que el niño gritó. Soltándolo, lo miró a los ojos tan oscuros como los
suyos.
—Me alegro —dijo Gabe, con la sencillez de los niños.
—Yo también —dijo Rafe.
Emma se acercó más a ellos.
—¿Cómo lo supiste?
Su hijo se encogió de hombros.
—Todo el mundo me dice que me parezco. Y la semana pasada, cuando Grams
se enfadó conmigo, me dijo: «Ya verás cuando llegue tu padre». Y cuando Rafe llegó,
me estuvo hablando un rato largo, así que esperaba que él fuera mi padre.
Emma miró al cielo, exasperada.
—¡Tenía que ser mamá!
—Ojalá lo hubieras hecho antes.
Con una sonrisa beatífica, Gabe les pasó a cada uno un brazo por el cuello.
—Ahora sí que somos una familia de verdad.

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Rafe y Emma también le pasaron los brazos a él, entrelazándolos de tal modo,
que no se podía ver dónde comenzaba uno y dónde el otro.
—Tienes razón, hijo —dijo Rafe, sintiendo que sus alas rotas se habían curado
totalmente y podía volar con ellos donde se lo propusiera.

Fin.

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