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I.

El comentario de texto geográfico Pablo Sánchez López


Caso práctico I

P. VIDAL DE LA BLACHE

“LAS DIVISIONES FUNDAMENTALES DEL TERRITORIO FRANCÉS”

Se nos permitirá considerar como indiscutible en principio que la geografía debe ser tratada en la
enseñanza como una ciencia y no como una simple nomenclatura. Vamos a intentar, pues, no tanto
discutir los procedimientos como aclarar un principio metodológico. Lo más seguro y mejor en
semejante materia es elegir un ejemplo: lo natural es que sea el de Francia.
I) [...] Se puede uno preguntar, ante todo, si es necesario dividir en regiones el país que se quiere
estudiar, y si no sería más sencillo examinar separadamente y uno detrás de otro sus principales
aspectos, cosas, relieve, hidrografía, ciudades, etc. Es fácil mostrar que un sistema así iría
directamente contra la finalidad que se propone la geografía. Esta ve en los fenómenos su correlación,
su encadenamiento; busca en ese encadenamiento su explicación: no hay que empezar pues por
aislarlos. ¿Puede describirse de forma inteligible el litoral sin las tierras del interior, los acantilados
de Normandía sin las mesetas de creta de las que forman parte, los promontorios y los estuarios
bretones sin las rocas de naturaleza diferente y de desigual dureza que constituyen la península?
Ocurre lo mismo con la hidrografía y la red fluvial, que dependen estrechamente de la naturaleza del
terreno. ¿Por qué aquí las aguas se concentran en canales poco numerosos, mientras que en otras
partes se dispersan en innumerables redes y discurren por todas partes? ¿Por qué el mismo río cambia,
durante su curso, de aspecto y de ritmo, unas veces encajado, otras ramificado, claro o turbio, desigual
o regular, adoptando, sucesivamente, en resumen, los caracteres de las regiones que atraviesa? El
geógrafo estudia en la hidrografía una de las expresiones en las que se manifiesta una región, y actúa
de igual manera con la vegetación, con las viviendas y los habitantes. No debe ocuparse de estos
distintos temas de estudio ni como botánico ni como economista. Pero sabe que de estos diferentes
rasgos se compone la fisonomía de una región, es decir, ese algo vivo que el geógrafo debe aspirar a
reproducir. La naturaleza nos pone pues en guardia contra las divisiones artificiales. Nos indica que
no hay que parcelar la descripción, sino que, por el contrario, hay que concentrar sobre la región que
se quiere describir, y que hay que delimitar entonces convenientemente, todos los rasgos propios
necesarios para caracterizarla. [...] Francia no es una maquinaria que se pueda desmontar y exponer
pieza por pieza.

Pero hay que elegir bien estas divisiones regionales; y henos aquí de nuevo en el tema. Sería poco
razonable tomar como guía, en materia geográfica, divisiones históricas o administrativas. No hablo
aquí de nuestras 86 unidades departamentales, que no podrían tomarse seriamente como marcos de
una descripción geográfica. Pero se ha afirmado a veces que las antiguas provincias ofrecían un
sistema de divisiones acorde con regiones naturales. Hay que señalar que esta opinión ha sido emitida
fundamentalmente por geólogos; quizá los historiadores tendrían dificultades para compartirla.
Cuando se repasan mentalmente los incidentes históricos, los azares sucesorios, las necesidades
circunstanciales que han influido sobre la formación de estos agrupamientos territoriales, surgen
dudas sobre la concordancia que puede existir entre una provincia y una región natural. Esta
concordancia existe, sin embargo, hasta cierto punto en determinadas provincias. Champaña y, sobre
todo, Bretaña pueden servir de ejemplos. Pero lo más frecuente es que las provincias nos ofrezcan
una amalgama heterogénea de regiones muy diversas; la composición territorial de Normandía o del
Languedoc no responde en absoluto a una división natural del territorio.

Las divisiones geográficas no pueden proceder más que de la propia geografía. Esto ha quedado claro;
pero entonces se ha imaginado esa división por cuencas fluviales, a la que, a pesar de las justas críticas
que provoca, no es seguro que la enseñanza haya renunciado en todas partes, pues no se renuncia en
un día a costumbres inveteradas que libros y mapas llamados geográficos han acreditado a conciencia.
Este sistema de divisiones es sencillo en apariencia, pero no tiene más que la apariencia de la sencillez.
En realidad no puede ser más oscuro. Lo artificial no puede ser claro; pues al destruir las relaciones
naturales de las cosas se condena uno a no darse cuenta de nada: es ponerse en contradicción con
realidades que saltan a la vista. Aplicada a Francia, la división por cuencas fluviales separa comarcas
que la naturaleza ha unido, como los “países” del curso medio del Loira y los del Sena. Destruye la
unidad del Macizo Central. ¡Un geólogo dijo en cierta ocasión que la existencia del Macizo Central,
particularidad bastante importante del territorio francés, había pasado desapercibida para los
geógrafos! […]

Comentario
El presente texto es un ensayo académico redactado por Paul de la Blache, uno de los geógrafos más
reconocidos de la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Así podemos señalar, sin conocer
la fecha exacta del escrito, que el mismo fue publicado en algún punto del mencionado periodo. En el
texto, Paul de la Blache, padre de la Geografía Regional, manifiesta lo que sintéticamente será el pilar de
su trabajo: la región como instrumento conceptual de análisis por excelencia en la Geografía. Para ello se
remite a casos y ejemplos de la Francia contemporánea al texto, en busca de una ciencia geográfica con
una metodología diferenciada del resto de disciplinas.
En esa línea, resulta paradigmático del pensamiento del autor el primer párrafo del texto, en el cual,
imbuido de un positivismo científico, de la Blache señala el lugar de la Geografía como ciencia, en contra
de lo que las “enseñanzas” de la misma en la educación muestran. Pero, claro está, toda ciencia posee un
método y forma de proceder. ¿Cuál es el principio por el cuál ha de regirse la Geografía?
En los siguientes párrafos el autor expone la idoneidad de la región como objeto de análisis por excelencia
del geógrafo. Y ello se debe al carácter aglutinador de la actividad humana y del espacio natural que dicho
concepto ofrece. Así, en el segundo párrafo de la Blache expone que, si bien se puede proceder a realizar
distintas divisiones del espacio en función de la orografía, de la hidrografía y de otros tantos factores,
sólo la región ofrece el instrumento de análisis propio de la Geografía. Pues como señalaría en el párrafo
final, “las divisiones geográficas no pueden venir más que de la Geografía”. Y una división del espacio
en función del relieve, o de los ríos, no soporta un análisis de los espacios en función de su homogeneidad
y su relación, pues no tiene en cuenta, además, el factor humano. Por otro lado, las tradicionales divisiones
del territorio francés en departamentos o provincias tampoco tienen en cuenta siempre la continuidad
del espacio natural y la relación de los distintos elementos que lo conforman.
Por tanto, la región aparece como el instrumento de análisis más propio para el geógrafo. El mismo de la
Blache dedicaría su vida académica a establecer un concepto de región bien definido, tanto así que será
característico por su rigidez y su poca maleabilidad. Sin embargo, la Geografía regional a la larga ha
perdurado, claro está, con distintas regiones que se solapan unas a otras en distintos estudios, en función
del objeto de análisis de dichos estudios, pero viva.
Ritter

“LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO EN LA SUPERFICIE DEL GLOBO Y SU FUNCIÓN EN


EL DESARROLLO HISTÓRICO”

Examinemos un globo terrestre. Por muy grande que sea, no puede aparecernos más que como una
miniaturización y una representación imperfecta del modelado externo de nuestro planeta. Sin
embargo, su perfecta esfericidad, que contiene tanta diversidad, no deja de ejercer una profunda
influencia sobre nuestra imaginación y nuestro espíritu. Lo que nos sorprende al observar un globo
terrestre es la arbitrariedad que preside la distribución de las extensiones de agua y de tierra. No hay
espacios matemáticos, ninguna construcción lineal o geométrica, ninguna sucesión de líneas rectas,
ningún punto; sólo la red matemática establecida a partir de la bóveda celeste nos permite medir
artificialmente una realidad inaprehensible: los propios polos no son más que puntos matemáticos
definidos en función de la rotación de la Tierra y cuya realidad se nos escapa todavía. No hay simetría
en el conjunto arquitectónico de este Todo terrestre, nada que lo empariente en este sentido con los
edificios construidos por la mano del hombre o con el mundo vegetal y animal, cuyos organismos
presentan, tanto en los vegetales como en los animales y en el hombre, una base y una cúspide, una
derecha y una izquierda. Sí, este Todo terrestre perfectamente asimétrico, al no obedecer
aparentemente a ninguna regla y ser difícil de captar como un conjunto, nos deja una impresión
extraña y nos vemos obligados a utilizar diversos métodos de clasificación para borrar la idea de caos
que de él se desprende. Por eso han interesado más hasta ahora sus partes constitutivas que su
apariencia global, y los compendios de geografía se han dedicado fundamentalmente a describir sus
partes. Habiéndose contentado hasta ahora con describir y clasificar someramente las diferentes partes
del Todo, la geografía no ha podido, en consecuencia, ocuparse de las relaciones y de las leyes
generales, que son las que únicamente pueden convertirla en una ciencia y darle su unidad.
[...]
En los encadenamientos de causa a efecto que la Naturaleza y la Historia nos muestran se puede
prever, puesto que el planeta parece tener una vocación más noble revelada por la continuidad
histórica, una organización superior y que por lo demás no sería de naturaleza puramente física. Esta
organización debe ser fundamentalmente diferente de la de los organismos naturales sustentados por
el planeta, que se mueven en él y dotados de una existencia forzosamente más breve. Pues si los
pensadores que contemplan la superficie aparentemente disimétrica y caótica de la Tierra se
encuentran turbados por los resultados de su contemplación, ello no se debe a la ausencia de
organización en las relaciones espaciales que pueden ser analizadas gracias a estudios más profundos.
A pesar del desorden aparente en que se encuentra inmerso el Globo para un ojo inexperto, es en las
diferencias entre superficies y formas donde reside el secreto del sistema interno y superior de
organización planetaria que expresa una infinidad de fuerzas cuyos efectos invisibles están en
interacción. Estas fuerzas, que influyen en la Naturaleza y en la Historia, actúan de una forma análoga
a la actividad fisiológica que determina la vida de los organismos vegetales y animales.

Comentario
El texto presentado es un ensayo académico redactado por Carl Ritter, uno de los padres de la Geografía
moderna. Ritter desarrolla su obra durante la primera mitad del siglo XIX desde la Universidad de Berlín,
donde ejercería de catedrático. Deudor de la obra ilustrada del siglo XVIII, su obra se centró en el análisis
de los espacios y su organización en función de la relación entre Naturaleza e Historia. Una relación, por
cierto, que queda plasmada a lo largo del texto en una declaración de intenciones sobre lo que ha de ser
la Geografía, y por tanto, lo que no ha de ser.
Por ello, el autor comienza el texto señalando la aparente arbitrariedad del espacio geográfico. El planeta,
dice, no se rige por unos cálculos matemáticos, ni tampoco por un equilibrio como el que dice aparece
en la Naturaleza. En medio de esta amalgama de factores como el agua, la diversidad vegetal y animal, la
orografía... que caracterizan al paisaje, ¿Es posible encontrar una organización del mismo consecuente
con el análisis geográfico?
Será el segundo párrafo en el que encontramos la respuesta, que resulta afirmativa para los “ojos
expertos”. Es en la relación entre la Naturaleza y la Historia, señala, donde se encuentra una organización
del espacio que nos permita analizar la continuidad y los cambios del espacio en el tiempo. Una
concepción del espacio que permitiría por tanto analizar el espacio en el tiempo y analizar factores
naturales y humanos al mismo tiempo en la relación que existe entre ambos.
Esta concepción del espacio sentará las bases de lo que será la Geografía regional, en la búsqueda de una
clasificación idónea de los espacios, e influiría en determinadas corrientes geográficas posteriores para
terminar diferenciando la Geografía de otras disciplinas ocupadas del análisis del territorio. Pues, si algo
debemos a la obra de Ritter (junto a Humboldt) es el posicionamiento definitivo de la Geografía como
ciencia con un objeto de análisis diferenciado y una metodología particular. Se trata de la entrada definitiva
de la Geografía en el campo de la ciencia, lo cual a su vez tendría consecuencias importantes en los
debates posteriores sobre la condición científica de la Geografía, y en la educación en general.