Está en la página 1de 6

Edupunk: el sistema educativo que México necesita

En la era de la información se requiere un nuevo modelo de enseñanza-aprendizaje. En México, sin embargo, estudiantes y maestros están inmersos en un sistema obsoleto, que se relaciona cada vez menos con su realidad.

Paola Vanessa Palmajulio 11, 2016 @ 7:30 am

El debate sobre la calidad de la educación en México se ha centrado en los encargados de impartir la enseñanza. La reforma educativa, de hecho, se basa en la premisa de mejorar la educación a través de mayor capacitación y evaluación docente. Sin embargo, numerosos estudios internacionales apuntan a que el problema de la

educación en México va más allá del modelo burocrático del profesorado. El nivel alarmante de jóvenes catalogados como ninis, la falta de habilidades de los estudiantes de primaria y secundaria en áreas básicas para el desarrollo académico, parecen indicar problemas profundos en la educación que no se resolverán del todo con maestros mejor evaluados. Entonces, ¿dónde se encuentra la raíz del problema? ¿El modelo educativo actual afecta la calidad de la educación? ¿El modelo elegido fomenta la adquisición de

habilidades?

El modelo educativo mexicano

El principal problema del modelo educativo actual es precisamente que no es actual. Los niños mexicanos siguen aprendiendo bajo una premisa educativa que hace 50 años pudo funcionar, pero que hoy es obsoleta. ¿Qué sucede cuando se aprende bajo un modelo diseñado para una realidad

estática? Simplemente no se adquieren las herramientas necesarias para adaptarse

a un mundo dinámico, global y de interacciones constantes.

Hoy día se habla de la alfabetización digital. Aquellos que no tengan los medios de acceder a una educación que los prepare para sacar jugo a los nuevos modelos de trabajo e interacción a través de la tecnología, simplemente no podrán incorporarse al mercado laboral. El modelo educativo mexicano ha pretendido actualizarse incorporando clases de inglés y computación, sin embargo, esto no es suficiente porque la estructura fundamental y la concepción de cómo se aprende, sigue siendo la misma. En el sistema escolar estandarizado el profesor manda, el alumno obedece y hace tareas aburridas sobre temas que nunca le servirán. El miedo a no aprobar es alto y hay una presión para “saber” una fecha determinada: la del examen. Este sistema educativo sirve para aprobar exámenes y no para aprender [1]. Si el

aprendizaje no es para el estudiante, se desincentiva la creatividad, la imaginación

y las ganas de adquirir conocimiento, ya que éste sólo sirve para verterlo en un

examen. Un sistema así no da lugar a pensar diferente, ni da oportunidad para buscar soluciones creativas a problemas tradicionales, ni motiva a crear ideas. ¿Cuántas escuelas en México tienen laboratorios, estudios, talleres o lugares para “hacer” y no para memorizar o repetir? Las escuelas deben dar a los estudiantes la oportunidad de desarrollar habilidades del siglo XXI: colaboración, comunicación, pensamiento crítico y uso de tecnología.

Los resultados de las pruebas PISA parecen indicar que la educación en México no crea conocimiento y los alumnos no asimilan lo que se enseña. ¿Qué hacer para resolver este dilema? ¿Cómo romper la concepción de un aprendizaje estático que requiere más memoria que imaginación o curiosidad? Es obvio que la educación pretende un aprendizaje, pero ¿nos hemos preguntado de qué tipo?

Edupunk o educación disruptiva

Los estudiantes mexicanos del siglo XXI requieren de una nueva forma de abordar la docencia, la enseñanza y el rol del alumno como aprendiz. Sin embargo, están inmersos en un sistema obsoleto, que se relaciona cada vez menos con su realidad. En su gran mayoría, sus maestros fueron educados en el siglo XX, y muchas veces son ajenos a los nuevos contextos permeados por la tecnología y el internet.

Al mismo tiempo, el centro de la estructura conceptual del aprendizaje en México es la evaluación. La obsesión por la calificación crea un sistema de recompensa/castigo en que aprender no es un placer sino una obligación. Ello, sin descontar que en el sistema tradicional el aburrimiento por repetición y la obligación de memorizar destruyen la curiosidad.

A todas luces, se requiere un aprendizaje transformador. Un nuevo modelo de

aprendizaje-enseñanza que permita al estudiante involucrarse en aquello que aprende y donde este conocimiento lo transforme como persona.

A

este modelo educativo se le ha llegado a llamar Edupunk o educación disruptiva,

y

ya es una realidad.

Las 4 tendencias educativas más disruptivas

Gaminificación de la educación: Al fusionar el aprendizaje con la lógica de los videojuegos se favorece la participación de los alumnos, se potencia su motivación y compromiso con el aprendizaje. Puede generar ambientes creativos a través de prácticas, simulaciones y exploraciones.

Aprendizaje en la nube: Uso de plataformas digitales para el aprendizaje. En la enseñanza superior, esto es una realidad gracias a los cursos masivos abiertos en línea o MOOC. América Latina observa un gran crecimiento de la oferta de educación superior en la nube, sin embargo, se requiere ampliar este tipo de cursos a otros niveles de educación como es el básico o secundaria, y medio superior o bachillerato. (Para ver sobre nuevos modelos de capacitación docente y el Informe del Observatorio de Innovación Educativa sobre MOOC.)

Aprendizaje híbrido (Blended): Aquí se combina la educación presencial con modalidades virtuales. Ésta es la tendencia educativa más promisoria, ya que en el futuro cambiará notablemente la forma en que existen y operan las escuela. Un ejemplo de esta tendencia son las llamadas clases invertidas, que permiten usar videos para aprender en el hogar y dejar la escuela para hacer prácticas dirigidas por docentes-facilitadores que actúan como guías del conocimiento. (Modelo de escuelas híbridas en Estados Unidos.)

Aprendizaje adaptativo: Se trata de plataformas de aprendizaje que utilizan el poder de los datos para personalizar la enseñanza. Un alumno produce una inmensa cantidad de datos: ¡entre 5 y 10 millones al día! Gracias a esto se pueden crear secuencias personalizadas de aprendizaje.

¿Y los maestros?

El rol del profesor como evaluador o poseedor de la verdad absoluta parece quedarse atrás en el mundo actual. Hacer que los alumnos piensen, cuestionen, investiguen, es el verdadero papel del maestro. Necesitamos al profesor en un rol abierto hacia lo que sucede en el mundo y en la actualidad de los estudiantes.

En México, muchos de los profesores viven secuestrados por grupos de interés, nacidos dentro de un sistema político y educativo prehistórico. Las formas de operar de estos grupos se contraponen a la realidad actual. Sin embargo, subsisten amparados bajo esquemas ideológicos también obsoletos pero rentables en términos económicos.

El resultado: millones de estudiantes y profesores condenados a padecer lo peor de un sistema educativo arcaico. Mientras esta realidad no sea transformada, poco o nada valdrán los esfuerzos reformadores.

Incidir en la realidad educativa implica liderar una transformación que conduzca al estudiante a interesarse por aprender, capaz de conducir una experiencia que abra los ojos hacia mundos diversos.

Los niños y jóvenes mexicanos necesitan un tipo de aprendizaje que fomente la búsqueda de soluciones a problemas específicos, que permita aplicar el conocimiento adquirido a la realidad cotidiana y que además incorpore medios no formales de aprendizaje abundantes hoy en día.

El aprendizaje en la era de la información puede y debe ocurrir más allá del aula. Hacia allá es hacia donde debe moverse la educación en el país.

Repensando el sistema educativo en México:

hay que ir más allá de las escuelas

Desde hace tiempo varios administraciones han anunciado, de una manera u otra, una “reforma al sistema educativo”. Otros, como el de Peña Nieto, incluso han ostentado llevar a cabo una “revolución de la educación”. Aun con la educación como un eje rentable en el discurso político, y con un gasto educativo del 4% del PIB, el sistema educativo mexicano ha fracasado en dos sentidos: ni ha sido capaz de crear el capital humano necesario para una economía competitiva, ni ha logrado ser un medio para la mitigación de las desigualdades estructurales. ¿La razón? Durante casi un siglo el gobierno mexicano ha querido corregir el sistema educativo únicamente planteando soluciones para mejorar la escuela. Y es claro que no ha tenido éxito. En principio, la razón es simple, aunque en la práctica es compleja: el sistema educativo va más allá de la escuela. Aquí, algunos apuntes para el debate.

Un grave problema que no debería existir

La educación tiene un sentido noble, humano, y profundo en términos aspiracionales. La educación civiliza y transforma. Crea ciudadanos innovadores,

íntegros, y comprometidos con su entorno. Lamentablemente, en un mundo tan monetizado como el de hoy, esto no es suficiente para muchos. Ante ello, uno de los contrargumentos más pragmáticos para ir a la escuela es que ésta se asume como una decisión racional y rentable. En la práctica, la forma en la que podemos medir si en efecto existe un incentivo monetario para educarse es por medio de lo que los economistas llaman “retornos de la educación”. Es decir, qué tanto más podría percibir un niño en su vida adulta por haber asistido una cantidad adicional de años a la escuela.

La gráfica 1 muestra los retornos de la educación en México por nivel educativo para el año 2014 según datos de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH) del INEGI. Como se puede observar, un mexicano que termina la universidad percibe, en promedio, un 15% más que una persona que sólo concluyó la preparatoria. Una mujer que terminó la secundaria percibe un 13% más que una mujer que no la concluyó. En síntesis, estudiar sí es “rentable” y esto aplica para cada uno de los niveles educativos, para hombres y mujeres por igual.

de los niveles educativos, para hombres y mujeres por igual. Si ir a la escuela conviene

Si ir a la escuela conviene —incluso dentro del fallido sistema educativo mexicano— entonces: ¿por qué de cada 100 estudiantes que ingresan a la primaria sólo 45 terminan la secundaria, 27 el bachillerato, 13 la universidad, y sólo 2 llegan al posgrado? ¿Cómo explicar que el nivel escolar promedio del mexicano sea sólo de secundaria? Muchos mexicanos pensarían que los niños dejan la escuela ante la necesidad de trabajar para “apoyar con los gastos familiares”. Aunque en principio este doloroso argumento podría tener lógica, un análisis económico sugeriría que dejar la escuela es irracional. ¿La razón? El cálculo de los retornos educativos antes analizados ya considera el costo de oportunidad. Es decir, el “dinero perdido” por no trabajar a lo largo de los años de estudio. En otras palabras, parece más costoso dejar de estudiar que seguir haciéndolo.

Entonces, ¿por qué los mexicanos dejamos la escuela antes de tiempo? ¿Será acaso que se equivoca la economía? O ¿cómo explicar esta contradicción, que en principio, parece irracional? Resolver este rompecabezas implica reconocer la evidencia empírica que también revela, de forma casi unánime, que el mayor determinante para que un niño estudie más años es el entorno familiar y no

exclusivamente el ingreso de la familia como en principio muchas personas pensarían.

Lo que no hemos volteado a ver

¿A qué nos referimos por el “entorno familiar”? Un estudio elaborado por Phillips et al. (1998) en EE. UU. determinó que la brecha del rendimiento académico entre estudiantes blancos y afroamericanos se explicaba en más de un 50% por el entorno familiar. Lamentablemente, esto quiere decir que aunque se lograra que todas las escuelas fueran iguales y de excelencia, la disparidad en los entornos de los estudiantes seguiría determinando su rendimiento escolar y, por tanto, su permanencia en la escuela.

Bajo este argumento, la brecha de matriculación en la universidad entre estudiantes de bajo y alto nivel socioeconómico no es resultado únicamente de la restricción presupuestal de la familia, sino consecuencia de disparidades en el rendimiento escolar durante toda su vida causadas por la desigualdad en los entornos. Desigualdades, que afectan el desarrollo de habilidades cognitivas y no cognitivas del estudiante. Mismas que, a su vez, determinan los niveles de aprendizaje; Carneiro y Heckman (2002) sugieren que esta trampa podría perpetuar la desigualdad indefinidamente.

Cuando se plantea el problema de esta manera, se vuelve evidente que el concentrar la mayor parte de nuestras energías en mejorar únicamente la escuela implica sólo enfocarnos en menos de un 50% de la solución. Es aquí donde la propuesta de Peña Nieto y Nuño presenta mayores debilidades. De fondo, su oferta parece olvidar que el éxito de un sistema educativo depende de las 16 horas activas de un estudiante al día. Sin embargo, su propuesta se sigue enfocando en pretender mejorar sólo las 6 horas que un niño está en el salón de clase, cuando las otras 10 que está en su entorno podrían ser mucho más significativas.

Por ello, una política educativa con la intención de utilizar la educación como medio para mitigar la inequidad, debería forzosamente abordar el problema de la desigualdad en los entornos como un mecanismo esencial para “poner el suelo parejo para todos”. Chacón y Peña (2012) han abordado este tema de forma brillante, identificando cuatro problemas específicos que crean estas disparidades:

(a) el nivel educativo y (b) la dedicación de los padres de familia a la educación de sus hijos, (c) la existencia de modelos positivos a seguir, y (d) la oportuna detección del talento.

La evidencia de México ratifica este argumento: mientras más bajo sea el nivel educativo de los padres, menos horas invertirán ayudando a sus hijos en las tareas escolares. De hecho, no hacer nada al respecto implicaría aumentar aún más la disparidad del rendimiento entre estudiantes de bajos y altos recursos (específicamente entre aquellos con padres muy educados frente a los poco educados), incluso mucho más que la calidad de la escuela a la que asisten. Por ello, los resultados de las pruebas PISA o ENLACE que se basan exclusivamente en comparar el desempeño agregado de la escuela dejan claro por qué su enfoque no es exactamente el más integral para la complejidad del evidente fracaso educativo mexicano.

Apuntes finales

En un país con tanta desigualdad y violencia, seguir ignorando las 10 horas que un joven está fuera del salón de clases es una oportunidad perdida. Afortunadamente, hay alternativas. Una primera implica evaluar y focalizar –ahora sí con seriedad– las escuelas de tiempo completo bajo contextos específicos. Otra alternativa es integrar al debate la existencia de mecanismos flexibles de atención a las poblaciones en mayor riesgo. Esto es sumamente relevante pues Banerjee y Duflo (2011) han comprobado que el acceso a asesorías de calidad fuera del salón de clase tiene un gran efecto en el rendimiento escolar, pues aumenta considerablemente el hábito y el deseo de seguir estudiando. De igual forma, se sabe que entornos con ejemplos positivos impactan las aspiraciones de los estudiantes, pues llegan a afectar la percepción interiorizada que los mismos jóvenes tienen de los retornos de la educación.

No nos confundamos: mejorar las escuelas mexicanas es imperativo. El abandono curricular y la falta de infraestructura es evidente, y en muchos casos, humillante. Sin embargo, la evidencia demuestra que los resultados del sistema educativo no son sólo producto de las escuelas, los maestros, y el currículo, sino del entorno multidimensional en que estos conviven. Perder la brújula con falsas soluciones implicará seguir ignorando más de la mitad del problema. Y México, claramente, ya no tiene tiempo para ello.