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Hispanic Research Journal

Iberian and Latin American Studies

ISSN: 1468-2737 (Print) 1745-820X (Online) Journal homepage: http://www.tandfonline.com/loi/yhrj20

Cartas de amor y amor en cartas en la corte de


Felipe II: el epistolario inédito de don Fadrique
de Toledo con doña Magdalena de Guzmán, ca.
1565-1566

Santiago Martínez Hernández

To cite this article: Santiago Martínez Hernández (2017) Cartas de amor y amor en
cartas en la corte de Felipe II: el epistolario inédito de don Fadrique de Toledo con doña
Magdalena de Guzmán, ca. 1565-1566, Hispanic Research Journal, 18:4, 283-305, DOI:
10.1080/14682737.2017.1337873

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Hispanic Research Journal, 2017
VOL. 18, NO. 4, 283–305
https://doi.org/10.1080/14682737.2017.1337873

Cartas de amor y amor en cartas en la corte de Felipe II: el


epistolario inédito de don Fadrique de Toledo con doña
Magdalena de Guzmán, ca. 1565-1566
Santiago Martínez Hernández
Universidad Complutense de Madrid, España
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RESUMEN PALABRAS CLAVE


El afortunado hallazgo de las cartas que don Fadrique de Toledo, Correspondencia amorosa;
primogénito del gran duque de Alba, remitió a su amante, doña cultura nobiliaria; corte;
Magdalena de Guzmán, entre los años 1565 y 1566, ha permitido Felipe II; Fadrique de Toledo;
no solo exhumar un conjunto documental de excepcional valor, Magdalena de Guzmán
sino profundizar en aspectos muy relevantes de la cultura amorosa KEYWORDS
de la corte de Felipe II. Apenas han sobrevivido a los avatares del Amorous correspondence;
tiempo y de la fortuna testimonios similares a los aquí recogidos, lo aristocratic culture; court;
que convierte a este corpus epistolar en una rareza documental que Philip II of Spain; Fadrique
nos habla de las prácticas amorosas cortesanas y de los conflictos de Toledo; Magdalena de
que ocasionaban las estrategias de familia y el control regio de la Guzmán
nupcialidad nobiliaria.

ABSTRACT
The fortunate discovery of the letters sent by Fadrique de Toledo, the
eldest son of the Grand Duke of Alba, to his mistress Magdalena de
Guzmán, between 1565 and 1566, is an epistolary corpus of exceptional
value. The recovery of these documents provides a rare opportunity
for a searching analysis of highly relevant aspects of amatory culture
at the court of Philip II of Spain; above all, with regard to how love
affairs were conducted at court, as well as the conflicts that resulted
from both the dynastic strategies pursued by noble families and the
regal control exerted over marriages between the nobility.

Es Señora mía, de manera lo que os quiero que esto no me consiente que trate con vos trato ilícito
pudiéndole tratar tan lícito, como será siendo desposados [y] en esto acabará vuestra merced de
creer cuán diferentemente os quiero de lo que jamás hombre quiso.1
Los estudios sobre la carta y las prácticas de escritura epistolar han generado en las últimas
décadas un formidable caudal de aportaciones que, a caballo entre la historia cultural (o
historia de la cultura escrita) y la crítica textual, han profundizado sobre multitud de
aspectos (Castillo Gómez 2015, 1–12). Usos, modelos, prácticas y espacios para la escritura

CONTACT  Santiago Martínez Hernández  santiagomartinez@ucm.es Departamento de Historia


Moderna, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid, Av. Prof. Aranguren, s/n, Ciudad
Universitaria, Madrid 28040, España.
1
Copia de carta de Fadrique de Toledo a Magdalena de Guzmán, s. l., 1566 (?). Archivo General de la Fundación Casa Medina
Sidonia [AGFCMS], Fondo Marqueses de Villafranca, legajo [leg.] 5143, sin foliar [s/f]. Salvo que se indique lo contrario,
todas las citas textuales de don Fadrique proceden del epistolario amoroso.
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y la lectura de cartas han acaparado la mayor parte de la producción científica. No cabe a


estas alturas significar, de entre la enormidad de tipologías documentales conservadas, la
extraordinaria importancia de las correspondencias de nobles (personales y de familia), que
custodian en la actualidad numerosos archivos públicos y privados, pero sí recordar que
son fruto de la época dorada de la correspondencia en la temprana modernidad europea.
A lo largo de los siglos XVI y XVII la jactancia de muchos nobles de ‘leer mal y escribir
peor’ acabaría convertida en una suerte de elemento distintivo de su propia cultura
estamental que, no obstante, no les alejó de la lectura y de la escritura autógrafa. La mayoría
de los titulares de señoríos y de casas, tanto si eran señores como señoras propietarias,
dedicaban gran parte de su tiempo a atender la escritura de cartas, bien personalmente
(escritura autógrafa/hológrafa), bien por mano de secretarios (Bouza 2001, 228–229; Bouza
2005, 134–136). Cartas mensajeras, familiares y de amistad, cartas políticas y de gobierno,
cartas amorosas, son algunas de las principales manifestaciones de una práctica de escritura
que permitía sostener una ‘conversación entre ausentes’, como la definió Juan Luis Vives
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(Castillo Gómez 2006, 23). Precisamente uno de los mayores valores de los epistolarios
nobiliarios reside en su capacidad para haber preservado inalterable la riqueza de un léxico
que, con las convenciones y cortesías propias de la oralidad caballeresca y cortesana (Bouza
2003, 23–63), se expresaba con absoluta naturalidad a través del cálamo. Fuente inagotable
de testimonios y noticias, de pasiones y emociones, las cartas de nobles constituyen un
recurso extraordinario e imprescindible para profundizar en el conocimiento del proteico
ethos aristocrático.
Fueron justamente unas pocas cartas de amor escritas desde el fervor de caballero
enamorado las que sirvieron para condenar a don Fadrique de Toledo cuando frisaba los
treinta años de edad. El heredero del gran duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo,
que entonces era marqués de Coria y duque de Huéscar, había iniciado hacia 1566 un
intenso romance con Magdalena de Guzmán,2 dama de la reina Isabel de Valois, que cuando
fue hecho público un año más tarde generó un escándalo de proporciones mayúsculas en
la corte de Felipe II. El episodio, que se cerró en falso en 1567 con el castigo y la abrupta
separación de los amantes, dio lugar a un largo y controvertido proceso después de hacerse
pública la promesa de matrimonio suscrita secretamente por ambos.
Del paradero de aquellas misivas nada se había sabido hasta la reciente y afortunada
exhumación de poco más de media docena de ellas, en su mayoría originales y hológrafas,
entre los fondos documentales del antiguo archivo de los marqueses de Villafranca,
conservado en el Archivo General de la Casa Ducal Medina Sidonia en Sanlúcar de
Barrameda (Cádiz). Responder al interrogante de cómo ha llegado intacto hasta nosotros
este excepcional aunque breve corpus epistolar amoroso sigue siendo una incógnita,
considerando que su propia naturaleza confidencial aconsejaba su destrucción material
(Castillo Gómez 2006, 26-27). Quemar las cartas — costumbre habitual para preservar
la confidencialidad de una comunicación — habría evitado su exposición pero para doña
Magdalena representaban una prueba irrefutable de su relación, y por tanto un testimonio
trascendental para la defensa de sus intereses. Sabemos que durante la pesquisa ordenada
por Felipe II se recabó toda la información posible y que doña Magdalena, tras haberse

2
Para Magdalena de Guzmán, futura marquesa del Valle, personaje de gran relevancia política posterior, remitimos a Fernández
Martín (1979) y Olivari (2007).
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negado inicialmente a facilitar las cartas que conservaba de don Fadrique, confió unas pocas
al monarca, asegurando que había destruido el resto. La junta de teólogos y juristas a la que
el rey encomendó la resolución del caso tuvo acceso a ellas. No sabemos si a todas o a una
parte, pero es significativo que tanto los originales como las copias — trasladadas desde las
hológrafas de don Fadrique (hoy desaparecidas) — forman parte de un copioso legajo en el
que menudean los distintos pareceres que emitieron don Luis de Molina, Rodrigo Vázquez
de Arce, Busto de Villegas y el doctor Velázquez, entre otras muchas cartas y escrituras
relacionadas con el largo proceso y la documentación generada por las negociaciones
matrimoniales que llevaron al casamiento de don Fadrique con su prima María de Toledo
y Colonna, hija del marqués de Villafranca (ajustado en paralelo al desarrollo de la causa).
El origen de estos últimos papeles sugiere que las cartas — presumiblemente las únicas que
han sobrevivido al paso del tiempo — y el resto pudieron haber sido entregadas a su suegro
don García de Toledo, quedando desde entonces vinculadas al archivo de los Villafranca.
Sea cual sea el itinerario seguido, las cartas amorosas que don Fadrique intercambió con
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doña Magdalena no solo testimonian el alcance y la intensidad de su relación, revelando


datos hasta ahora ignorados, sino que permiten evocar aspectos relevantes de la cultura
nobiliaria, esencialmente los vinculados con los usos amorosos de la comunicación epistolar
cortesana.

Desengaños de amor cortés: crónica de un infortunado galanteo palaciego


En diciembre de 1578 fray Juan de Orellana confesaba aliviado su contento por ver acabado
‘ya el casamiento del señor don Fadrique’, advirtiendo pesimista de las ‘grandes cosas’
que se podían esperar de un ‘casamiento hecho con tanta tolerancia y acuerdo y con tan
poco contento y regocijo exterior’.3 Aquellas palabras del capellán del marqués de Velada
resonaron a atinado pronóstico como se encargaron de demostrar los sucesos acaecidos
pocas semanas más tarde.
La boda entre el primogénito del duque de Alba y la mayor de las hijas del marqués de
Villafranca fue el colofón a una década de complejas negociaciones entre ambas casas. El
enlace, deseado con denuedo por las dos ramas principales de los Toledo, se celebró con todo
el secreto posible en la villa ducal de Alba de Tormes.4 Pese a tratarse de uno de los mayores
herederos de la nobleza española, los esponsales no se publicitaron, como era preceptivo,
para evitar cualquier interferencia que pudiera abortarlos. El duque de Alba, sabedor de
que no contaba con la aprobación del rey, obligó a su hijo a quebrantar el juramento de
pleito homenaje que había hecho a Felipe II de no abandonar su destierro y de no casarse
sin su consentimiento expreso.
El heredero del gran duque de Alba arriesgaba con la traición no solo el futuro de su
estirpe, sino incluso su propia vida. Llevaba cuatro años sometido a ostracismo, desde su
llegada a España desde Flandes en 1574. En todo este tiempo, el monarca no había resuelto
sobre el caso aún cuando conocía las negociaciones matrimoniales que los duques de Alba y

3
Fray Juan de Orellana al marqués de Velada, Valladolid, 12 de diciembre de 1578, Hispanic Society of America, Nueva York,
Manuscript Collection, Altamira Papers, 7/VII/3. Debo la noticia a la generosidad del profesor Geoffrey Parker.
4
La figura de don Fadrique de Toledo, cuarto duque de Alba, no ha merecido la atención de los historiadores más allá de su
controvertida actuación militar en la Guerra de Flandes y de su proceso. Ver Maltby (2007, 426–435), Kamen (2004, 231–242).
Sobre el proceso y la fortuna de don Fadrique remitimos a Martínez Hernández (2008, y 2013).
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los marqueses de Villafranca manejaban con sigilo con el propósito de concluir una unión
favorable entre ambas ramas de los Toledo. No parece que Felipe II prestara oídos a las
denuncias que Brianda de Guzmán, hermana de doña Magdalena, dirigió contra el duque,
que ‘nos da con cien mil géneros de mentiras, invenciones y embustes’.5
A pesar de que este asunto consumió el crédito político del gran duque y comprometió la
carrera de su hijo, los Alba demostraron, gracias a su poderosa influencia, una notabilísima
capacidad de resiliencia. No obstante ser acusados por los Guzmanes de ‘sembrar nuevas’
para ‘molernos y hacer a mis hermanos desesperar’,6 lograron sortear con éxito todas las
presiones, negociando incluso adhesiones muy relevantes como las de don Juan de Austria
y Marco Antonio Colonna. Anticipándose con astucia a la previsible resolución negativa
de Felipe II, tomaron la iniciativa dejando al monarca sin capacidad de reacción. El rey,
confiado en la lealtad del duque y su hijo, recibió la noticia del enlace con notable disgusto.
Después de haber participado sus planes a ‘tutti i suoi’,7 los Toledo cerraron filas en torno
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al cabeza de familia respaldando públicamente el casamiento.


El presidente de Castilla, a instancia del rey, abrió diligencias para averiguar lo sucedido,
convocando una junta de letrados y teólogos que finalmente acabó condenando a padre
e hijo por desobediencia. Alba fue forzado a retirarse a la villa de Uceda. Don Fadrique
padeció peor suerte. Con poco más de cuarenta años de edad, fue sentenciado, a comienzos
de enero de 1579, a doce de destierro, se le privó de su oficio de gentilhombre de la cámara
del rey y le fueron secuestradas las rentas procedentes de su encomienda mayor de Calatrava.
Jamás recobró la libertad, expirando, sin descendencia, en Alba de Tormes en 1585.
Las noticias de su desgracia causaron honda conmoción en la corte y en general en buena
parte de Europa dada la fama de los Alba. Todos los embajadores acreditados en Madrid
dieron cuenta del suceso en sus despachos a sus respectivas cancillerías. El jugoso relato
que el poeta Alonso de Ercilla hizo del suceso al embajador cesáreo8 refleja perfectamente el
interés que en el continente causaban las novedades de una Monarquía que en el transcurso
de poco más de un año — entre marzo de 1578 y julio de 1579 —, asistió al asesinato de
Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, y a las desapariciones de este, del rey
Sebastián de Portugal y del príncipe don Fernando, y al arresto del secretario del rey Antonio
Pérez y de la princesa de Éboli (Reed y Dadson 2015, 333–375).
A pesar de que la reacción del rey contra los Alba auguraba el ocaso de su influencia
(Parker 2014, 258–259), el duque se mostró complacido con el resultado. El alto precio
pagado era difícil de cuantificar en términos de pérdida de poder, pero se había logrado
concluir un matrimonio totalmente favorable a sus intereses, quedando salvaguardada su
reputación. Bernardo Maschi, enviado del duque de Urbino, no ocultaba su desconcierto
ante la conducta del gran duque, quien desde su arresto domiciliario se mostraba ‘pure assai
allegro’,9 convencido de haber obrado rectamente al asegurar, como apuntaba el residente
veneciano, conservar una ‘una poliza del Re’ en la que Su Majestad se ‘contetava che egli

5
Cartas de Brianda de Guzmán a Felipe II, s. l., ca. 1577, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
6
AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
7
Orazio Maleguzzi al duque Alfonso d’Este, Madrid, 16 de enero de 1579, Archivio di Stato di Modena, Cancelleria Ducale,
Ambasciatori esteri, Spagna, filza 11, fol. 2r.
8
Carta de Juan de Ercilla a Adam de Dietrichstein, Madrid, 3 de octubre de 1579. En mercado: http://www.christies.
com/lotfinder/ZoomImage.aspx?image=http://www.christies.com/lotfinderimages/d59494/d5949410&Int
ObjectID=5949410&lid=1
9
Madrid, 14 de octubre de 1578, Archivio di Stato di Firenze, Ducato di Urbino, Classe I, filza 184, fols. 1212r–v.
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potesser far il matrimonio della figliola di Don García con il sodetto Don Federico’.10 La famosa
cédula era en realidad un billete hológrafo, escrito en El Pardo hacia 1566, en el que Felipe
II le animaba a que casase ‘presto’ a su hijo, que él se ocuparía de que doña Magdalena
tomase estado porque ‘no la tendré mucho en casa ni la dejaré ir con la Reyna si fuéremos
a Flandes’.11 En ningún caso el monarca expresó entonces, según su propio testimonio,
intención alguna de obligar a don Fadrique a casarse con la dama de la reina, quizá porque
acaso ignoraba, como él mismo declaró después, las ‘promesas’ de matrimonio realizadas
por el galán.
Nadie podía haber imaginado en 1567 que aquel escándalo, que parecía haberse
solucionado con el extrañamiento de don Fadrique y la reclusión de doña Magdalena en
un convento toledano, desataría semejante tempestad doce años después. Privados del
testimonio personal de la dama, las cartas descubiertas ‘hablan’ y desvelan detalles muy
relevantes, hasta ahora desconocidos, no solo de la intrahistoria de su romance, sino de
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los usos amorosos de la comunicación epistolar y la cultura nobiliaria de corte. A pesar de


que casi la totalidad de las misivas carecen de fecha, se podría aventurar que las cartas que
han sobrevivido fueron escritas entre los años 1565 y 1566.
Don Fadrique, gentilhombre de la cámara del rey desde 1556, y doña Magdalena, dama
al servicio de la soberana, se conocían al menos desde 1560 cuando ambos coincidieron en
palacio. Ella misma reconoció que se habían ‘tratado y comunicado llanamente con amistad’
durante seis años y que había mantenido ‘amistad’ con el duque de Alba y con ‘todos los
deudos del dicho don Fadrique’.12
Albas y Guzmanes ocupaban, aunque en distintas escalas de influencia, lugares
preeminentes en la corte filipina. Pero los primeros pertenecían a la primera nobleza de
sangre del reino, eran Grandes de España y acumulaban más de dos siglos de servicios a
la Corona. El gran duque había sido mayordomo mayor del emperador Carlos V y lo era
de Felipe II desde 1556, además de consejero de Estado y Guerra. Su esposa, la duquesa
María Enríquez de Toledo, era camarera mayor de la reina Isabel desde 1561, y el hermano
de esta, el prior don Antonio de Toledo, era caballerizo mayor del monarca y consejero de
Estado. Además, el cuñado de Alba, el conde de Alba de Liste, era mayordomo mayor de la
reina. Por su parte, el padre de doña Magdalena, Lope de Guzmán, era señor de Villaverde
y maestresala de la reina. Tenía otros dos hijos varones, Tello y Juan (clérigo), y seis féminas
(cuatro de ellas religiosas en los conventos de Santo Domingo, San Clemente y Santa Fe
de Toledo).
Los duques de Alba desempeñaban los más altos oficios de las respectivas casas del rey
y de la reina. La camarera mayor ejercía su autoridad sobre todo el personal femenino de
la casa de la soberana, aquel que la servía en la intimidad, donde estaba vetada la presencia
masculina, lo que en la práctica le otorgaba acceso franco a doña Isabel y una extraordinaria
influencia sobre ella.13 Doña Magdalena, como el resto de damas, estaba subordinada a la
autoridad de la duquesa. Es de suponer, por tanto, que doña María estuviera al corriente
del coqueteo que mantenía su hijo con la dama de la reina, una mujer que por su carácter
desagradaba profundamente a Felipe II, que había intentado removerla sin mucho éxito. La

10
Giovanfrancesco Morosini al Dux Niccolò da Ponte, Madrid, 15 de diciembre de 1578, Archivio di Stato di Venezia, Dispacci
al Senato, Spagna, filza 11, 111, fol. 1r.
11
El Pardo, 1566 (?), AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
12
Declaración tomada a doña Magdalena, Madrid, 21 de noviembre de 1566, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
13
Sobre el poder de las camareras mayores, ver López-Cordón Cortezo (2003).
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rivalidad entre las damas de la reina por el favor de sus galanes generaba no pocos conflictos
y en ella parece que se había significado doña Magdalena (Rodríguez-Salgado 2003, 52).
El galanteo al ‘uso de la corte’ estaba fuertemente codificado, limitado a determinados
espacios y sometido a una serie de restricciones (López de José 1997). Estaba prohibido
a hombres casados, lo que no impedía que estos lo practicasen. El cortejo, que recogía la
tradición medieval del ‘amor cortés’, adúltero o ilícito por definición (Camille 2000; Schultz
2006), debía ser en todo momento decoroso, lo que a su vez no implicaba que este escrúpulo
se respetase. En el caso que nos ocupa, la propia doña Magdalena fue acusada de mentir
cuando aseguró, tras años negándolo, haber tenido cópula con don Fadrique.
El ‘amor cortés’ o ‘amor caballeresco’ no se concibió originalmente como un amor
conyugal. Idealizaba la sexualidad, siendo relativamente casto en la medida que respondía
a un enamoramiento sincero, a una entrega recíproca y leal entre ambos amantes. A juicio
del conde de Portalegre, perspicaz cortesano, no habiendo ‘reglas que comprendan el trato
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de las damas’, lo prudente era acudir a ‘conversarlas’ y no obligarse a ‘decirles lindezas y


torcidos’. Don Juan de Silva, que glosó las instrucciones de don Juan de Vega a su hijo, era
partidario de evitar comunicar llanezas con ellas. Más aún, un caballero debía guardarse
de ‘decir luego que estáis enamorado y de entrar desatinadamente en la materia’, conducta
achacable a ‘hombres tontos’. Siendo el galanteo ‘negocio tan sutil’ que ‘no se puede prevenir
ni encaminar’, la prudencia del caballero virtuoso le conducía a proceder con ‘gran tiento’,
enseñanza de la que parecía carecer don Fadrique (Bouza 1998, 225).
Los amores en palacio quebraban el principio de sacralidad y decoro del espacio áulico y
por tanto estaban vetados y fuertemente castigados. Los filtros establecidos para delimitar
espacios y evitar encuentros no deseados entre galanes y damas no siempre resultaban
fiables. La competencia por la atención femenina y la efervescente concupiscencia juvenil
ocasionaban desórdenes individuales que incluso afectaban a las seculares disputas entre
linajes y casas rivales. La promiscuidad nobiliaria era, como la violencia y el uso arbitrario
de la fuerza, un problema endémico de compleja erradicación en una Europa donde, a
pesar del fortalecimiento de las monarquías dinásticas, el poder y la influencia de la nobleza
habían aumentado exponencialmente (Martínez Hernández 2014).
El caso de don Fadrique fue quizá el mayor escándalo sexual protagonizado por un noble
durante el reinado de Felipe II pero no fue el único que preocupó al rey.14 La vigilancia
de la nupcialidad nobiliaria era competencia exclusiva de la Corona, que de este modo
intervenía los enlaces entre las principales familias del reino (Atienza Hernández 1987).
El rey se reservaba el arbitraje en todas las estrategias nupciales de la alta nobleza, de tal
modo que Grandes y Títulos debían someter al rey sus propósitos matrimoniales antes de
ejecutarlos. Del mismo modo, patrocinaba enlaces de damas y caballeros al servicio de las
personas reales, a menudo facilitando casamientos ventajosos (Soria Mesa 2007, 83–184) y
asegurándose en la corte el control del comportamiento sexual de la nobleza, de sus hábitos
y prácticas amorosas.15
En su Arte de Galantería, Francisco de Portugal recordaba que un gran hombre de
corte vaticinó en cierta ocasión ‘que había de venir tiempo en que las damas galanteasen

14
Mucho ruido hizo también la fuga de don Gonzalo Chacón, comendador de Almodóvar del Campo, con Luisa de Castro,
dama de la princesa Juana de Austria, hermana del rey, con la que se había prometido en secreto; ver Asensio (1968) y
García Prieto (2015).
15
Para la Inglaterra tudor y estuardiana, ver Adair (1996) y Rickman (2008).
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a los galanes’.16 Doña Magdalena respondía, desde luego, a ese vaticinio. No tuvo un papel
subordinado y pasivo en su relación con un galán que como don Fadrique se mostraba tan
rendido y complacido. Habiendo podido rechazar sus requiebros mientras permaneció
casado, adoptó una estrategia que lejos de desanimar al galán le convenció de la justicia
de su propósito. ‘Soy vuestro, que vuestra es la causa que me mueve a desear esto tanto’, le
escribió en cierta ocasión.
No podemos determinar con exactitud la génesis de su relación pero todo parece indicar
que don Fadrique, por el imprudente comportamiento previo a la muerte de su esposa,
pudo haberla cortejado desde tiempo atrás. Doña Magdalena recordaría que, estando la
reina Isabel de Valois en el Bosque de Valsaín — probablemente durante el verano de 1566
en plena gestación de la futura infanta Isabel Clara Eugenia, nacida en el Real Sitio el 12
de agosto —, don Fadrique fue a visitar a la duquesa su esposa, ‘que estaba muy mala’,
escribiéndole desde allí una carta con el propósito de convencerla de renunciar a un posible
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casamiento con el marqués de Estepa.17


Para persuadirla, siempre según su propio testimonio, don Fadrique le dijo ‘que aguardase,
que la duquesa, su mujer, estaba muy al cabo y que los médicos decían que no podía vivir’.
No equivocó su pronóstico y apenas transcurrido un mes desde la muerte de la duquesa de
Huéscar, el duque viudo se correspondió con ella desde el monasterio de San Leonardo de
Alba de Tormes, adonde se había recogido durante el luto, asegurándole ‘que ya él se veía
en tiempo de poder mostrar lo que [le] quería’ y recordarle ‘cómo él había deseado poder
casarse’ con ella. Don Fadrique entendía que su amada ‘tenía la misma voluntad’ y le daba
‘su fe y palabra como caballero de casarse’ con ella ‘si era contenta’. Esta carta fue escrita
desde Alba de Tormes, probablemente en agosto de 1566 y más tarde se entregaría al rey
como prueba procesal.18 Doña Magdalena le respondió por mano de don Rodrigo de Castro,
criado entonces de su padre y repostero de cama de la infanta Isabel.
Estando ambos en Madrid, coincidieron en la comida de la reina, donde acordaron
‘efectuar y concluir el casamiento’. Don Fadrique le comunicó entonces que una vez regresase
el rey de El Pardo hablaría con el duque su padre sobre su voluntad, no aceptando más
respuesta que un sí, pues no había ‘persona para que le dexase de cumplir lo que tenía
prometido’. El día en que la reina fue a visitar a doña Leonor de Mascarenhas — antigua
aya del rey y del príncipe don Carlos —, que vivía recluida en el convento franciscano de
Nuestra Señora de los Ángeles, doña Magdalena permaneció en el Alcázar, ‘porque ya no
salía fuera ny a las misas de S. M., sino estando don Fadrique’ con ella ‘por tenerse por casada’
con él. Los dos se citaron ese día en la portería de damas donde, a pesar de estar vetadas la
presencia de caballeros, se prometieron, diciéndole a ella que ‘me tengo por vuestro marido
y os doy la mano de serlo’.
Doña Magdalena informó a la reina del compromiso y esta mandó llamar a don Fadrique
a su presencia para confirmarlo. La soberana le recibió de pie en su cámara, junto a la
chimenea, y le escuchó decir que ‘había deseado casarse con doña Magdalena más que

16
Utilizamos la edición crítica que José Adriano de Freitas Carvalho hizo en 2012 de la aparecida en Lisboa en 1670, en
adelante Portugal (1670, 70–71).
17
Felipe II estaba entonces afanado en concertar el matrimonio de don Juan Bautista Centurión y Negrón, marqués de Estepa,
con Leonor de Toledo, dama de la reina e hija del marqués de Cerralbo. Carta de Gómez Suárez de Figueroa, embajador en
Génova, a Felipe II, Génova, 19 de mayo de 1568, Archivo General de Simancas, Estado, legajo 1397, 51.
18
Sobre el uso de las cartas de amor como pruebas procesales, ver Usunáriz Garayoa (2015).
290   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

todas las cosas del mundo’. Doña Isabel, como por otro lado hacían las soberanas con sus
damas, patrocinaría otros encuentros de ambos en su presencia.19 Como era preceptivo, el
cortejo conllevaba la solemnidad de una ceremonia que obligaba a solicitar previamente
la licencia de la reina. El galán, precedido de un mayordomo, entraba en la estancia donde
se encontraba la soberana y su séquito. Tras la obligada reverencia, se aproximaba a la
dama hasta cumplimentar su cortesía de igual modo, caminando ambos acto seguido y
lentamente hasta un lugar apartado.20 El propio don Fadrique reconocería posteriormente
haber hablado con ella ‘todas las veces’ en el aposento de la reina, cuando la soberana se
hallaba acompañada de sus damas y criadas, y nunca fuera de él. Ambos musitaban para
evitar ser oídos por el resto de los presentes. No obstante, cuando fue convocado por la
reina, se encontró con doña Magdalena que al verle llegar le dijo, según recordaba: ‘vuestra
merced diga aquí a S. M. lo que me tiene prometido’. Don Fadrique respondió recordando
que la soberana ya conocía el asunto y que incluso lo había compartido con el rey.21
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Las posteriores confesiones de don Fadrique y doña Magdalena tras ser arrestados
coinciden con el tenor de las cartas conservadas del primero. De toda la información
aportada, sin duda la más relevante, y la que permite conocer la génesis del conflicto
posterior, es la noticia de que el primogénito de Alba inició su cortejo adúltero en palacio
y estando aún casado. En efecto, entonces estaba desposado con María Josefa Pimentel y
Girón, hija de los condes-duques de Benavente.22 Para él era su segundo matrimonio después
de haber enviudado de doña Guiomar de Aragón y Folch de Cardona, hija de los duques de
Segorbe y Cardona. La duquesa María falleció a mediados de julio de 1566.23
Ignoramos si doña Magdalena contaba con la licencia paterna o si había ocultado
deliberadamente sus intenciones y las de su estuoso galán a sus propios parientes. En ningún
momento, al menos por lo referido en la documentación conservada, ella hizo mención
a este punto, sin duda relevante en un acuerdo matrimonial. Desde luego, y a pesar de
presentarse durante el posterior proceso como víctima de un desafuero, doña Magdalena
era una mujer osada, y estaba determinada a llevar a término el compromiso matrimonial
hasta sus últimas consecuencias. No debe, por tanto, descartarse el descabellado interés de
los Guzmán en forzar un matrimonio hipergámico y desigual que les garantizaba un ascenso
social que superaba con creces cualquier ambiciosa expectativa.
Por su parte, el comportamiento de don Fadrique ofrece una interesante aproximación
a la capacidad de resistencia del individuo frente al dirigismo impuesto por el grupo o la
colectividad social a la que pertenece. Los mayores de edad, esto es, los varones que superaban
los veinticinco años, disponían de libertad para concertar sus propios matrimonios aunque
estaban sometidos a una enorme presión social que condicionaba su futuro. En atención
al respeto que imponía la estricta jerarquía de obediencia del hijo al padre, este último, en
calidad de cabeza de familia, seleccionaba el destino de su descendencia (Soria Mesa 2007,
205). Hijos e hijas estaban al cuidado y servicio del pater familias, de manera que eran

19
Declaración tomada bajo juramento a doña Magdalena de Guzmán por el licenciado Salazar, en el aposento de doña Isabel
de Castilla, guarda mayor de damas, en el Alcázar, Madrid, 21 de noviembre de 1566, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
20
Portugal (1670, 98).
21
Don Fadrique fue puesto bajo custodia del alcaide del castillo de la Mota el 3 de noviembre de 1566. Se le tomó declaración
el 11. De esta procede este testimonio. AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
22
Se casaron en 1563 y Felipe II agració a la novia con el ducado de Huéscar, Archivo Histórico de la Nobleza (AHNo), Osuna,
C. 426, D. 85.
23
Acta de apertura del testamento, Alba de Tormes, el 27 de julio de 1566, AHNo, Osuna, C. 426, D. 94.
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   291

instrumentos al servicio de la política matrimonial del linaje. El cabeza de familia imponía


su voluntad tanto sobre su descendencia directa como sobre el resto de parientes bajo su
autoridad. A ese control escapaban los matrimonios clandestinos — también denominados
popularmente matrimonios de hurto (Lorenzo Pinar 2013) —, celebrados en secreto y sin
el consentimiento paterno. Estos enlaces eran reprobados moralmente por transgredir los
usos consuetudinarios de celebración y publicidad (Accati 2003) y estaban proscritos por
la legislación penal. Los decretos conciliares tridentinos, pese a condenarlos, les reconocían
validez canónica (Sperling 2004).
Los planes de los Toledo con respecto al futuro de don Fadrique pasaban necesariamente
por un matrimonio de prestigio, desdeñando en aquella encrucijada cualquier opción que
no reportase el fortalecimiento de sus vínculos sanguíneos con otras ramas del linaje o
incluso con estirpes foráneas. Para el gran duque, como para cualquier noble, la continuidad
y supervivencia de su sangre constituía la máxima prioridad de su existencia. Alba siempre
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buscó el mejor partido posible para don Fadrique, determinado en hallar lo que más convenía
‘a mí, a él y a mi casa y posteridad’. A comienzos de 1570, en plena negociación con los
Villafranca, confesaba al embajador Chantonnay que en ‘España ay tan pocos casamientos
que me puedan dar esta entera satisfacción, que fuera de uno o dos no tendría donde volver
la cabeza’. Don Fernando dirigía su mirada ‘fuera de España’. Creyó haber encontrado un
buen partido en las dos hijas de Alberto V, duque de Baviera — María Ana y Maximiliana
María ‘hermosas, honestas y bien criadas’ —, nietas del emperador Fernando I. Un enlace
como este otorgaba nuevamente a los Toledo — como ya ocurriera con el matrimonio entre
Leonor de Toledo y Cosme de Medici, duque de Florencia — la posibilidad de agrandar el
horizonte de su prestigio, emparentado con la egregia casa principesca del Sacro Imperio.
El duque confió a Chantonnay negociar personalmente con la emperatriz y el duque de
Baviera, sugiriendo incluso que la princesa escogida viajase en el séquito de la reina Ana
de Austria en su viaje a España para casarse con Felipe II. Ignoramos los pormenores de
las negociaciones y el porqué de su fracaso. Quizá el monarca desaprobaba los esponsales
o la dote constituía un obstáculo insalvable, como temía Alba al recordar que en ‘España
tenemos ya muy introducido estas grandes dotes’. Fuera lo que fuese lo que impidió fraguar
la alianza, las aspiraciones de los Alba de entroncar con los Habsburgo a través de los
Wittelsbach — hecho que habría situado a los Toledo en la esfera regia y por tanto muy por
encima del resto de Grandes de España — se truncaron finalmente.24
Conflictos como los ocasionados por las tensiones derivadas de la oposición entre
el ejercicio del libre consentimiento y los intereses de familia, no eran excepcionales en
el mundo nobiliario. El caso de don Fadrique es un magnífico ejemplo de una querella
intrafamiliar que ponía de manifiesto las diferencias existentes entre el reconocimiento
de la libertad de elección de un cónyuge y la secular autoridad familiar (Seidel Menchi y
Quaglioni 2001). En sus cartas, desafía abiertamente la obediencia debida a los preceptos
del pater familias, intentando sortear un destino matrimonial no deseado y al que estaba
obligado en su condición de subordinado al interés general de su casa. ‘Tened por cierto’, le
aseguraba animoso a doña Magdalena, ‘que al fin y al cabo hemos de salir con la nuestra y
que si hoy no se hiciere se hará mañana, por duros que ahora se muestren mis padres en el

24
Carta a Thomas Perrenot de Granvelle, señor de Chantonnay, Bruselas, 27 de enero de 1570, Bibliothèque de Besançon,
Mss. Granvelle 58, Fol. 4.
292   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

negocio’. No siendo, sin embargo, una disonancia en la secular concepción de las relaciones
familia-linaje que articulaban las dinámicas nobiliarias, desde luego es un testimonio
temprano del denominado individualismo afectivo (Stone 1989; Soria Mesa 2007, 115 y
201). La insumisión de don Fadrique resulta relevante incluso por la violenta respuesta
empleada para someter su voluntad a las directrices paternas.
En efecto, temiendo la reacción de sus padres, don Fadrique insistió a doña Magdalena en
la necesidad de desposarse lo más ‘presto que pudiéremos’. Preparó cuidadosamente la fuga,
aconsejando a doña Magdalena que solicitase licencia para visitar a su hermana Brianda y
así salir de palacio sin dar ocasión a recelos. Él partiría desde Alba de Tormes con destino
a alguno de los lugares de su padre desde donde desplazarse ‘encubierto’ hasta allí, para
desposarse ‘por mano de clérigo’. Nunca, reconocía, ‘desde que comencé a quereros bien
hasta la presente hora’, había participado a nadie su secreto, a excepción de dos damas, doña
María de la Cerda25 y una tal ‘señora Inés’. No obstante, estuvo tentado de pedir licencia
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al obispo de Segovia pensando que podría ser necesaria para otorgar licitud al enlace. La
condición de Diego de Covarrubias de ‘grandísimo amigo del duque’ desaconsejaba correr
riesgos y finalmente no le participó sus intenciones.
Don Fadrique asumía el trance de contraer matrimonio sin la anuencia paterna, aunque
esto supusiese ‘perder su gracia perpetuamente’, pero estaba dispuesto a correr ese riesgo.
El ‘miedo reverencial’ que profesaba a ambos no restó fuerza a su determinación. Trató en
vano de sacar partido de los deseos de su madre, quien en su rol femenino de protectora
(Coolidge 2011), desde su segunda viudedad le había animado a tomar nueva esposa aunque
fuera ‘con quien quisiere’. Conocía bien el propósito paterno de torcer ‘su voluntad de este
negocio’, aunque confiaba ingenuamente en que no fuese ‘tan ruin que tuviese puestos los
ojos en el interés’ y no en el ‘contento’ de su hijo.
Es probable que los duques tolerasen inicialmente lo que parecía un simple galanteo pero
despreciaban las intenciones de una doña Magdalena que se jactaba en público de que su
casamiento ‘está hecho’. El gran duque no solo refutó tales propósitos con vehemencia en
el convencimiento de que el matrimonio ‘ni está hecho ni se hará sin mi licencia’,26 sino
que se empeñó con denuedo en desbaratarlo. Como él mismo confesaría años más tarde a
Felipe II: ‘este negocio es más mío que de don Fadrique’.27
La situación tenía alarmado al duque. Don Fadrique había llevado tan adelante su
determinación, convencido de que obtendría finalmente su beneplácito, que se había negado
a abandonar su viudedad si no era por doña Magdalena. El duque planteó a su hijo dejar las
cosas como estaban, alegando que era su ‘contento de que él no se case, a trueque de que el
casamiento no sea con doña Magdalena’. Mientras ganaba tiempo, Alba participó al rey sus
temores sobre las intenciones de su hijo con el fin de garantizarse su intervención. Como
el mismo Felipe II recordaría años más tarde, no holgando tampoco con el casamiento
‘por causas que me movían a ello’ e ignorando ‘las promesas de don Fadrique’, se decidió
a ‘ayudar al Duque para que estorvase’ el asunto. Alba le pidió ‘que tomase la palabra a su
hijo de que no se casaría sin mi licencia’. El monarca convocó a don Fadrique, y mientras

25
Entre las mozas de retrete de la casa de la reina figuraba una María de la Cerda; ver Martínez Millán y Fernández Conti
(2005, 687).
26
Carta del duque de Alba al cardenal Pacheco, Madrid, 29 de octubre de 1566, Alba (1952, 617).
27
‘Memorial que se dio a S. M. en 5 de abril de 1576’. Este documento dirigido por Alba a Felipe II le fue entregado al secretario
Santoyo por el secretario ducal Juan de Albornoz, AGFCDMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   293

paseaban por la Sala Grande del Alcázar de Madrid, este empeñó su palabra de no casarse
sin su licencia.28 Pero el galán tenía otros designios.
Tras haber enviudado de la duquesa de Huéscar, permaneció un tiempo retirado en el
cenobio de San Leonardo de Alba de Tormes, donde estuvo sometido a vigilancia por varios
parientes. Su primo Antonio de Toledo dormía con él en su aposento y tenía orden expresa
de la duquesa de impedir que escribiese, justificando tal prohibición en una prescripción
médica por motivos de salud. Don Fadrique confesaba hastiado a doña Magdalena que
‘día y noche’, su primo el marqués de Velada ‘no se quita de mi lado un solo paso’. Su madre
temía que tratase de quitarse la vida ahorcándose. Pese a todo, se las ingenió una vez para
poder corresponderse con su amada sin levantar sospechas. Pretextó la necesidad de rezar
en solitario para escribir a doña Magdalena. En una de aquellas ocasiones, y cuando más
arreciaba su pesimismo, le insistió en que ‘mi voluntad la tenéis segura… que antes se
mudara el cielo y el infierno que yo me mude de lo que os tengo prometido’.29
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Finalmente, ante la posibilidad de que llevasen a término su propósito de casarse, Felipe


II ordenó el arresto de ambos, instigado quizá por el duque de Alba. El auto de prisión, con
fecha de 5 de noviembre de 1566, puso a don Fadrique bajo la custodia del regidor Pedro
de Herrera, cuya casa se le dio por cárcel y quien le tomó juramento de pleito homenaje
de no abandonarla sin licencia. La soberana autorizó prender a doña Magdalena, que fue
confinada en el aposento de doña Isabel de Castilla, guarda mayor de damas, donde el
licenciado Salazar le tomó declaración el 21 de noviembre.30
En tanto se iniciaban las pesquisas, don Fadrique fue trasladado con escolta armada a
la fortaleza de La Mota de Medina del Campo donde quedó recluido bajo la autoridad de
su alcaide. Allí depuso el 11 de noviembre. Lejos de disgustarse, el duque de Alba acogió
la detención de su hijo con indisimulado alivio. El extrañamiento de don Fadrique era un
castigo que el duque podía asumir si con ello se impedía que el ‘negocio [del casamiento]
pasase tan adelante’. Lo que él había sido incapaz de malograr lo había arruinado Felipe II
con una sola acción. El ufano don Fernando aseguraba a su primo García de Toledo que ‘en
nada no hay cosa que nos pueda dar pena’ y que aún temiendo el ‘enojo’ del rey ‘lo demás,
todo está bien’.31
A la vista de los hechos, por su real cédula de 11 de febrero de 1567, Felipe II ordenó el
confinamiento de doña Magdalena en el monasterio de Santa Fe de Toledo, con prohibición
expresa de volver a palacio.32 Por haber tratado ‘secretamente por cartas y de palabra de
os casar con doña Magdalena, no guardando en esto el respeto y reverencia que a nos y a
nuestra Casa Real y de la dicha Reina se debe tener y guardar’, condenaba a don Fadrique
a servir durante tres años, ‘con vuestras persona, armas y caballo y diez lanzas a vuestra
costa’ en el presidio de Orán, y a un destierro de otros tres más fuera de la corte, perdiendo
igualmente su oficio de gentilhombre de la cámara.33

28
Carta hológrafa del rey, s. l, s. d. AGFCDMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
29
Copia de carta borrada, s. l., s. d. (1566?), AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
30
Madrid, 21 de noviembre de 1566, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
31
Carta del duque de Alba a don García de Toledo, Madrid, 29 de noviembre de 1566, Alba (1952, 621).
32
Testimonio de Juan Manrique de Lara, mayordomo mayor de la reina, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f. El embajador
portugués, Francisco de Pereira, informó al rey Sebastián de que otorgó a doña Magdalena la posibilidad de escoger
el cenobio donde debía recluirse ‘como desterrada’. Este confinamiento no la despojaba, sin embargo, de su derecho a
proceder contra don Fadrique: carta al rey don Sebastián, Madrid, 17 de febrero de 1567, Arquivo Nacional da Torre do
Tombo (Lisboa), Santo Oficio, Livro 210, fols. 40r–41r.
33
Copia de la cédula real, AGFCMS, Villafranca, leg. 5143, s/f.
294   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

La sentencia no tuvo efecto inmediato pero don Fadrique, que convalecía de enfermedad,
fue llevado en mayo hasta la encomienda calatrava de las Casas de Toledo. Se ordenó que una
vez restablecido se le enviase a la ciudad de Murcia, donde aguardaría a que se aprestasen las
galeras para trasladarle a Orán. Don Fadrique pidió que se le conmutase la pena de destierro
por servir en los ‘estados de Flandes en compañía de su padre’, que había partido en abril
para sofocar la revuelta de los Países Bajos. El rey accedió a la petición el 7 de abril de 1568.

Cartas de amores: usos y prácticas de la comunicación epistolar en la cultura


nobiliaria de corte
La Edad Moderna supuso, como ha sido ya destacado, el triunfo del género epistolar
(Chartier, et al. 1997; Bouza 2001; Petrucci 2008; Castillo Gómez 2011). La codificación
de la escritura de cartas establecida por una prolífica literatura de manuales epistolares
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(Trueba Lawand 1996) contribuyó a la construcción y fijación de modelos específicos de


comunicación. A pesar de todo, la correspondencia privada admitía variaciones propias de
un subgénero que por naturaleza se adaptaba a la naturaleza y condición del destinario de la
misma, al favorecer el establecimiento de distintos canales de comunicación que permitían
no solo una relación fluida de intercambio de información, sino un espacio restringido
que acogiera una conversación más allá de la distancia y del tiempo (Bouza 1992; 1998
y 2005). Incluso para quienes compartían el espacio palatino, regulado en sus distintos
niveles de relación por el ceremonial de Borgoña, las cartas eran recursos indispensables
en las dinámicas de relación cortesanas. En el caso de las cartas de enamorados en corte,
entendiendo por tales las que en el ámbito personal no seguían propiamente los cánones
estilísticos de la retórica literaria amorosa, la sustancia de su escritura, efímera y de existencia
particularmente frágil, añade un factor de excepcionalidad tanto a su propia práctica como
a su preservación.
En la cultura nobiliaria, la escritura epistolar había adquirido a lo largo del siglo XVI un
estatus de disciplina formativa. La necesidad de estar informado y de mantener canales de
comunicación fluidos y fiables, respetando las distintas fórmulas, cortesías y tratamientos,
convertía la correspondencia en un recurso vital para un caballero que debía atender
al cuidado y administración de sus estados o a altas responsabilidades de gobierno. La
habitualidad de las comunicaciones escritas entre esposos ha permitido la supervivencia de
numerosos testimonios de epistolarios conyugales. Sin embargo, el azar o la voluntad no han
facilitado la conservación documental de correspondencia amorosa entre amantes, y menos
aún en el mundo nobiliario salvo honrosas excepciones (Dadson 2014). Precisamente ahí
reside la importancia de las cartas de don Fadrique, en su excepcionalidad como vestigio
de los usos de la correspondencia amorosa y de las prácticas amorosas de la nobleza. En
buena medida se han preservado por el valor procesal que tuvieron para la junta de juristas
y teólogos en la causa seguida contra don Fadrique, por ‘promesas intercambiadas’ de
matrimonio (Usunáriz Garayoa 2004; Usunáriz Garayoa 2014, 215–274).
A pesar de que el análisis de la correspondencia amorosa queda limitado por la frustrante
ausencia de las cartas de doña Magdalena, el corpus epistolar de don Fadrique sigue siendo
una fuente extraordinaria que nos introduce en las complejidades del mundo emocional
nobiliario. Cartas y billetes rezuman sentimientos y pasiones encontradas (Bernardo
2001). Por un lado expresan los enardecidos deseos de ambos, concretados en una solemne
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   295

promesa de matrimonio, y por el otro los fundados temores hacia los impedimentos que
podrían frustrar su propósito.
La práctica epistolar amorosa, sin descuidar aspectos comunes a otros subgéneros
epistolares, reunía ingredientes exclusivos, en su mayoría recursos retóricos dirigidos a la
persuasión y seducción. Al constituirse en elementos indispensables de la comunicación
amorosa, cartas y billetes jugaban un papel fundamental en la práctica del galanteo al uso
de corte (Navarro Gala 2009). Como establecían los preceptos cortesanos, la carta debía
ser ‘breve y llana y ligera, un lugar entre lo mismo enamorado que libre todo el caudal en
lo discreto; las razones medidas y la letra sin borrones… y la firma sin guardas’ (Portugal
1670, 148). Este tipo de cartas amorosas de corte se escribían sin atender a las obligaciones
que imponían otros modelos de comunicación epistolar más formales y codificados. A buen
seguro que don Fadrique conocía tratados que, a la manera de Cartas y coplas para requerir
nuevos amores (Toledo: Juan de Villaquirán [¿1515?]), formulaban una escritura amorosa
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circunstancial que respondía a una gran variedad de situaciones.


La inmediatez de este tipo de escritura, de su envío y recepción, permitía no solo la
transmisión casi instantánea de los mensajes, sino la ficción de sostener una conversación
atemporal que trascendía distancias y obstáculos. En este sentido, una de las características
más relevantes de la práctica epistolar nobiliaria de la Alta Edad Moderna era su capacidad
para preservar y proyectar la secular oralidad de la cultura aristocrática a través de la escritura
hológrafa. Don Fadrique y doña Magdalena hablaron en sus cartas, conservando así el único
cauce de comunicación que podía mantener la privacidad de su comunicación amorosa. Las
restricciones del protocolo palatino condicionaban las relaciones entre damas y caballeros y
aunque siempre había modo de sortearlas, a los segundos solo les estaba permitido entablar
conversación con las primeras en las estancias de la soberana y siempre en presencia de
otros. En estas circunstancias, en sus epístolas don Fadrique atiende a esa ‘pauta de lo oral’
(Bouza 2001, 139), correspondiéndose con doña Magdalena y manteniendo con ella una
conversación que difícilmente podría haber sostenido fuera del espacio de privacidad que
dispensaba el papel. Los borrones de algunas de las cartas se antojan balbuceos de una
conversación natural y fluida que no gustaba de ‘tomarse trabajo en trasladarlas’ para no
alterar la originalidad de su escritura hológrafa (Bouza 2001, 138–139).
Don Fadrique escribe con su letra habitual, legible, angulosa, inclinada hacia la izquierda
y de trazos grandes. En estas cartas, trasciende la afectación propia de un caballero educado,
como tantos otros, en la autocontención y la mesura, para mostrarse sincero y obsequioso.
Poco tienen de seductores los requiebros de don Fadrique, quien pese a su vehemencia se
expresa en un estilo sencillo y directo, mediante una suerte de ‘emoción ritualizada’ que
quizá tenga que ver con los ‘códigos emocionales’ en los que fue criado y educado como
caballero (Tausiet y Amelang 2009). Pese a todo, don Fadrique desnuda sus sentimientos
y sus pasiones, sin artificio, o eso pretende al menos, para seducir y convencer a doña
Magdalena de lo sagrado de su promesa de matrimonio. En sus cartas no refrena el dolor
de sus tribulaciones, confesando abiertamente su disgusto ante la estricta vigilancia a la que
ha sido sometido por sus padres. Esa presión, que llega a resultar insoportable, condicionó
durante meses su escritura.
Las invocaciones del galán responden al arquetipo del amor cortés. Honesto, férvido
y en su caso inicialmente adúltero. Lisonjas acaso de ‘galán declarado’ que se iniciaba en
la categoría de los ‘ocultos’, que incluía ‘solamente los enamorados’, por otro lado, ‘secta
296   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

perjudicial a la majestad de los reyes’ (Portugal 1670, 54). Los afectos, apaciguados y
controlados en público, se prodigan y exhiben sin pudor por escrito (Candau Chacón 2009)
mediante una retórica sentimental que ahonda en la ‘dimensión simbólica de la urgencia de
la pasión amorosa’ (Navarro Bonilla 2004, 55–56; Navarro Bonilla 2011). Lejos de resultar
desapasionado, don Fadrique, que confesaba ufano ‘haber comunicado mi alma con el
viento’, insistía enardecido que ‘antes se mudara el cielo y el infierno que yo me mude de
lo que os tengo prometido’.
El furor enamorado de don Fadrique no atendía a fórmulas complejas, ni a la ficción
sentimental propia de los modelos epistolares de la literatura de caballerías (Marín Pina
1988, 17–18). Utilizaba siempre la expresión ‘Señora’, habitual entre casados, lo que
evidencia que se trataban por tales (Navarro Bonilla 2004, 70–71), y el tratamiento de ‘vos’
o ‘vuestra merced’, tan común en el amor cortés (Usunáriz Garayoa 2012, 558). Al escueto
saludo precede una sencilla invocación en forma de cruz, y concluye, en su mayoría, sin
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fecha ni lugar de emisión, ejemplo de la pervivencia de un modelo epistolar asociado a la


comunicación amorosa (Castillo Gómez 2005, 855–856).
A pesar de carecer de las cartas de doña Magdalena, las de don Fadrique incluyen
suficientes alusiones como para imaginar que la comunicación entre ambos fue fluida y
que cuando se quebraba la frecuencia establecida entre ambos se dejaba sentir ansiedad y
preocupación. En el mundo nobiliario femenino la escritura estaba altamente codificada
pero las mujeres podían utilizar la escritura como forma habitual de comunicación sin los
condicionamientos que afectaban a otros grupos sociales (Bray 1967; Planté 1998; Torras
Francès 2001; Bouza 2006; Ray 2009). La alfabetización femenina en el ámbito nobiliario
era muy alta. La mujer había sido educada para responsabilizarse de la educación de sus
vástagos y, llegado el momento, de la administración de su casa, en el caso de ausencia del
esposo o de enviudar, o incluso del gobierno de sus estados si era ella la propietaria de los
mismos (Atienza Hernández 2012; Dadson y Reed 2013). Cuanto más elevada era la posición
social de la mujer noble más relevancia tenían sus propios escritos.34 Así se revelaría la
propia doña Magdalena cuando recobró su libertad para casarse en 1581 con don Martín
Cortés, marqués del Valle de Oaxaca. El matrimonio, patrocinado por Felipe II, puso fin a
casi tres lustros de confinamiento, y otorgó a doña Magdalena el estatus que siempre deseó,
alcanzado un notable aunque efímero protagonismo político durante el reinado de Felipe III.
Tras haber sido aventadas las intimidades intercambiadas durante los años de relación
amorosa con doña Magdalena, las vidas de ambos nunca volvieron a entrecruzarse.
Indirectamente lo hicieron a partir de 1574 cuando don Fadrique regresó de Flandes pero
para entonces ya no eran dueños de ellas. Aquellas cartas de amor que jamás imaginó
don Fadrique que por su descuido fuesen escrutadas por otros ojos que los de su ‘Señora’,
representan un testimonio excepcional sobre los usos amorosos de la comunicación epistolar
en la cultura nobiliaria. Quien se agitaba por remitir a su amada misivas con ‘borrones’,
quizá ignoraba que ‘en los preceptos de Amor’, como escribió un siglo más tarde don Juan
Gaspar Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla y duque de Medina de Rioseco, ‘es falsa
toda destreza, pues cuando el gusto se opone, lo que se afina disuena’.35

34
Ver Baranda (2003–2004); Cruz (2003–2004); Bouza (2006); Sánchez (2013).
Fragmentos del ocio, S. l. 1683, fol. 81r.
35
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Agradecimientos
Esta investigación se ha realizado en el marco de dos Proyectos de Investigación financiados por
el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno del España: ‘Excesos de la nobleza de
corte: usos de la violencia en la cultura aristocrática ibérica del Seiscientos (1606-1665)’, HAR2012-
31891 (MINECO/FEDER); y ‘Élites financieras y burocráticas de la Monarquía Hispánica: redes
de solidaridad nobiliaria, patronazgo y estrategias de familia (1621-1725)’, HAR2015-69143-P
(MINECO/FEDER). Mi gratitud al profesor Fernando Bouza por su generosidad al leer el texto y
trasladarme sus valiosos comentarios. Hago extensivo el agradecimiento a los profesores Anne J.
Cruz, Diego Navarro Bonilla y Jeremy Roe por sus inestimables sugerencias, y a la Fundación Casa
Medina Sidonia por la obsequiosidad y profesionalidad con la que facilita la consulta de los fabulosos
fondos documentales que atesora.

Nota sobre el autor


Santiago Martínez Hernández es Profesor Contratado Doctor en el Departamento de Historia
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Moderna de la Universidad Complutense de Madrid. Sus investigaciones se centran sobre la nobleza


cortesana y la cultura nobiliaria ibérica de los siglos XVI y XVII. Entre sus trabajos más recientes
destacan: Rodrigo Calderón. La sombra del valido. Privanza, favor y corrupción en la corte de Felipe
III (2009); Escribir la corte de Felipe IV: el Diario del Marqués de Osera, 1657-1659 (2013); y Nobilitas.
Estudios sobre la nobleza y lo nobiliario en la Europa Moderna (codirigido junto a J. Hernández Franco
y J. A. Guillén Berrendero) (2014).

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Apéndice
Criterios de edición
Como criterio general de edición se ha optado por la modernización ortográfica de las cartas sin
perjuicio de las singularidades que presentan desde un punto de vista filológico. Se ha normalizado
la acentuación, el uso de mayúsculas y la puntuación. Asimismo se ha procedido a la separación
de párrafos y al desarrollo de abreviaturas. NB. De las siete cartas de don Fadrique incluidas en el
siguiente apéndice solo una es copia de un original perdido. Trasladada por orden del rey, procede,
con toda probabilidad, de la documentación que manejó la junta durante su proceso.

Cartas de don Fadrique de Toledo a doña Magdalena de Guzmán, ca.


1565–1566

1. [Original]
Señora, suplico a vuestra merced que si alguna vez riñéremos, que no echemos maldiciones a nuestros
casamenteros, porque nos acontecerá lo que acontece a los que tiran piedras contra el cielo, que
todas vuelven y dan en la cabeza al mismo que las tira. Señora doña Magdalena, no quiero deciros el
contento que recibo con las cartas que me escribisteis el miércoles, porque no me está bien que sepáis
que he tenido tan gran contento estando ausente de vos, por vida vuestra, y así Dios os me guarde,
de que es cierto que no habéis hecho jamás conmigo cosa con que más contento me deis que con la
palabra que me habéis dado ahora de casaros conmigo, Señora, poder yo deciros aquí la merced que
con esto me habéis hecho y os digo que es imposible poderlo yo decir cómo ello es, por encarecedor
que sea. Solo quiero que sepáis que temía vuestra respuesta en este negocio de la misma manera que
si me hubiérades respondido las otras veces que en él os he hablado como al conde de Andrade.36
Tras esto podéis ver el contento que vuestra carta me daría; ha sido de manera que, como yo sé mal

36
Pedro Fernández de Castro, conde de Andrade. Fue quinto conde de Lemos tras la muerte de su padre Fernando Ruiz de
Castro en 1575.
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   301

disimular, como vuestra merced me suele decir, todos me han echado de ver la mudanza que en mí
hay y dicen que lo ha causado de estar aquí conmigo don Antonio de Toledo, 37 mi primo, y tal salud
dé Dios a doña Leonor38 como placer me hace don Antonio con el estar aquí, porque duerme acá
en el monasterio,39 en mi aposento, y no me deja con paso, es de manera que tengo aquí este mozo
desde el viernes en la noche sin poder escribir ni haber orden para ello, porque el marqués40 y don
Antonio se dan tal maña que tantas me dejan y tienen orden de mi madre que no me dejen escribir
y que si porfiare a hacerlo, que se lo digan, y esto es porque se le ha antojado a un borracho de un
médico de decir que me hará mucho mal ahora el escribir, y a osadas que el mal que a mí me hace
el dejarlo de hacer que es harto más y osado, y mi fe que me han apretado estos días de manera en
lo de escribir y que no sé cómo he tenido paciencia para poderlo sufrir y así hoy se me ha acabado,
y si no fuera asno pudiera haber hecho todos estos otros.

2. [Original]41
Señora. Cuán cierto será pensar vuestra merced que el no escribir yo es por falta de salud, pues [sabed]
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que estoy muy bueno y que tengo más salud de la que era razón tener estando ausente de vos. La
causa de no haber escrito ha sido no tener lugar para poderlo hacer, porque en todo el día ni la noche
no se quita de mi lado un solo paso el marqués de Velada, que le manda mi madre que lo haga así y
que no me deje un punto solo porque piensan que en dejándome solo me he de ahorcar. Duerme en
mi misma cámara y ahora para escribir le he hecho entender que estoy rezando en la cama. Pienso
decirle un día de estos que se salga a dormir a otro aposento porque yo me congojo de que duerma
nadie en el mío, y con esto tendré lugar para poder escribir, que de otra manera no hay remedio por
ahora. Pensaréis que ha sido así, como quiera la pena que me da el no poderos escribir y os doy mi
fe que me la ha dado tan grande cuanto ahora nunca me la ha dado. Señora doña Magdalena, yo
no puedo ahora escribir y por esto será menester que, como se ha acabado el noveno de las honras,
osarán ya dejarme solo y entonces os escribiré. Algunas cosas tengo que escribiros; ahora sólo quería
decir que ya se le acordará a vuestra merced de lo que tenemos platicado vos y yo de que siempre que
pudiere holgaría muy mucho de casarme con vos y que vuestra merced me ha dicho muy muchas
veces que tiene la misma voluntad. Señora doña Magdalena, ahora es llegado el tiempo en que, si os
dura la voluntad que yo os he visto en este caso, podemos ejecutar la de entrambos, porque yo estoy
ahora que lo puedo hacer más firme en la mía que nunca lo he estado, y así digo que os doy mi fe y
palabra como caballero de me casar con vos si de ello sois contenta. Lo que yo os suplico es que lo
seáis y que siéndolo me escribáis otro tanto como yo aquí os escribo.

3. [Copia]
Quiero venir a lo que hace al caso y es que ya vuestra merced ve el trato que vos y yo tenemos, el cual,
estando como ahora estamos, en efecto no es bueno porque, aunque en nuestros ánimos tengamos
determinado de casarnos y nos hayamos dado palabra de ello, al fin falta lo que hace al caso para
que este trato sea sin ofensa a Dios, que es estar desposados, y pues se puede ya estorbar el daño
que a nuestras conciencias hacemos, justo será que lo remediemos, pues que ya ahora lo podemos
remediar con desposarnos esto es menester que vuestra merced vea cómo se podrá hacer, porque

37
Antonio Enríquez de Toledo — sexto conde de Alba de Liste, al suceder en 1604 a su hermano Diego, quinto conde y
virrey de Sicilia — era primo carnal de don Fadrique. Su padre, Enrique Enríquez de Guzmán, cuarto conde de Alba, era
hermano de la duquesa de Alba y de la madre del segundo marqués de Velada; y su madre María de Toledo, hermana del
Gran Duque de Alba.
38
Quizá se trate de doña Leonor Enríquez de Toledo, marquesa de Távara y hermana de don Antonio Enríquez.
39
Se refiere al monasterio jerónimo de San Leonardo de Alba de Tormes, a donde se retiró varios días don Fadrique tras
enviudar de la duquesa de Huéscar, y que fue panteón de los duques de Alba hasta finales del siglo XVI.
40
Gómez Dávila y Toledo, segundo marqués de Velada. Era primo carnal de don Fadrique. Su madre Juana Enríquez de Toledo
era hermana de la duquesa de Alba. Ver Martínez Hernández (2004, 163–178).
41
La carta original se conserva toda tachada aunque es legible. Hay también una copia de esta que incluye la siguiente
anotación: ‘lo rayado por debajo es lo borrado’.
302   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

yo muy bien podré faltar de por acá cinco o seis días sin que me echen [de] menos, porque yo me
iré de aquí a algún lugar de mi padre donde pueda muy bien ir sin que se sepa nada. Lo que haría al
caso es si vos pidiésedes licencia para ir a tal pueblo a casa de vuestra hermana siquiera un día o dos,
porque, avisándome primero que fuésedes, el día que estaríades en casa de vuestra hermana yo sería
allí sin falta ninguna. Y si no os pareciera de esta manera, mirá cómo se podrá hacer mejor para que
de la manera que os pareciere así se haga, porque cierto yo no querría que lo dejásemos de hacer por
lo que tengo dicho y también por mi contento, sino de decir verdad que yo os digo que hasta que
esto vea hecho, que yo no puedo tenerle. No penséis que digo esto porque ponga duda en vuestra
palabra, que, así os guarde Dios, tal no pongo ni me pasa por pensamiento, porque cuando no me
hubiérades dado palabra bastaba lo que vos y yo habemos pasado para tenerlo por tan cierto como
si estuviera velado. Pero es, Señora mía, de manera lo que os quiero que esto no me consiente que
trate con vos trato ilícito pudiéndole tratar tan lícito, como será siendo desposados. En esto acabará
vuestra merced de creer cuán diferentemente os quiero de lo que jamás hombre quiso, pues porque
vos no hagáis cosa que no os esté bien vengo a hacer lo que, si mis padres saben, perderé por ello su
gracia perpetuamente, pues es verdad que no los quiero bien.42 Es verdad, cierto, que los quiero con
la mayor ternura que nunca hijo quiso a padres y para que esto sea así hay muchas causas fuera de
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ser mis padres y para que no sea ninguna. Pero todo esto me importa poco y todo cuanto hay en el
mundo puesto en comparación de que se atraviese cosa que os toque a vos, no digo a vuestra persona,
que de esto no hay que tratar, sino a la suela de vuestro chapín, pospondré cuanto hay en el mundo
por lo que tocare a la menor cosa vuestra.

4. [Original]
Señora, suplico no estéis mohína sino muy desenfadada, y dad cuatro higas al encantador y a todos
sus embustes, pues sabéis que no le aprovecharán para lo que él pretende, sino que, mal que le pese,
seréis señora de su casa y que al fin y al cabo lo ha de tener por bueno aunque se le salten los ojos
de pesar. Por amor de Dios, Señora doña Magdalena, que no andéis enfadada y por vida vuestra
que no lo puedo sufrir ver que por mí cáusaos desabrimientos; mirá si aprovechara irme yo de aquí
para que esto cese y así os guarde Dios que lo hago aunque sé cuán caro me cuesta desentenderme
de vos, y quizá el saber que os cumple a vos que yo esté ausente de todo mi contento será causa para
que le tenga donde nunca le tuve ni le esperé tener. Y no penséis que hago mucho en sacrificar mi
contento y mi voluntad por lo que os toca, que pues lo uno y lo otro es vuestro, justo es que dispongáis
de ello conforme a como más cumpliere a vuestro servicio. Y esto, Señora doña Magdalena, no es
encarecimiento ni magníficas palabras, sino la verdad pura, a Dios guarde, y pues la trato con vos tan
llanamente bien será que vos la tratéis conmigo en este particular y dispongáis de mí de la manera que
más os conviniere sin tener respeto a mí ni a cosa de esta vida, sino a vuestro contento, pues sabéis
que este es el que yo pretendo y no otra cosa. Vuestra merced me haga saber cómo ha dormido esta
noche y cómo estáis y suplícoos que no estéis mohína si bien me queréis, pues sabéis la parte que a
mí me cabe de vuestros enfados.

5. [Original]
Señora. La causa porque hoy no fui a la mesa de la Reina43 es que ayer me ordenó el médico del duque
que me pusiese en el brazo malo una manga de encerado con cien diablos de aceites y hoy vino a
ponérmela a las nueve y el boticario Erola, que como había de ser para el otro brazo izquierdo, hizo
capa el derecho; cabe de aguardar a que me hiciesen otra, que nunca me dejó levantar el médico
hasta tenérmela puesta y tardaron en hacerla de manera que, cuando subían a la Reina la segunda

42
Los III duques de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo (1507–1582) y doña María Enríquez de Guzmán (?–1583); ver
Maltby (2007, 60–70).
43
Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia y de Catalina de Médicis. Se casó con Felipe II (para quien era su tercera esposa)
en el palacio de los duques del Infantado en Guadalajara el 3 de febrero de 1560.
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   303

vianda,44 estaba yo en la cama; al fin me la puse, no sé el provecho que me hará pero sé que me ha
dado harto caso el estorbarme el no veros esta mañana. Yo no tosí esta noche después que me eché en
la cama y holgara harto más de ahogarme de toser y no de que vos hayáis tenido calentura. Suplícoos,
Señora doña Magdalena, que miréis por vos porque yo os doy mi fe que muy poco mal vuestro baste
para acabarme a mí. No oso suplicaros que no andéis enfadada, porque sé cuánta razón tenéis para
andarlo. Pero lo que os quiero decir hoy es [que] os lo osaré suplicar y es que os acordéis de que soy
don Fadrique de Toledo y que mi voluntad la tenéis tan segura y tan a vuestro servicio, cuanto vos
sabéis que es razón que lo esté. Y tened entendido que antes se mudará el cielo y el infierno que yo
me mude de lo que os tengo prometido, y tened por cierto que al fin y al cabo hemos de salir con la
nuestra y que si hoy no se hiciere se hará mañana, por duros que ahora se muestren mis padres en el
negocio; aunque más falsedad traía el prior don Hernando de la que trae conmigo.45

6. [Original]
Señora doña Magdalena, los días pasados escribí que me parecía que sería bien que nos desposásemos
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y las causas que me movían a ello. Vos me respondisteis a esto que os parecía muy bien y que vos me
avisaríades de cómo se podría hacer y que cuando fuese tiempo avisaríades. Juntamente con esto
me escribisteis sobre lo que toca a mis padres, haciéndome en esto la merced que siempre me hacéis
en todo cuanto con vos trato. Y es cierto, verdad, que haréis la razón en hacer así, porque yo os doy
mi fe, que mi voluntad os la tiene muy merecida, y por hacer lo que vos me mandasteis como lo he
de hacer siempre, he mirado en este negocio muy despacio y sin tener cuenta con más de lo que a
mí toca como vos, me lo escribís y después de mirado y de haberlo considerado muy bien, hallo que
lo que más me conviene es desposarme con vos lo más presto que pudiere, porque si os he de decir
verdad yo no puedo tener hora de descanso ni de contento hasta ver esto hecho. La causa porque
tanto esto deseo no os la quiero decir porque no penséis que es quereros pagar lo que sobre esto me
escribís, pero tened entendido que pues soy vuestro, que vuestra es la causa que me mueve a desear
esto tanto. Y a buen seguro que si de vuestra merced no fuera, que no lo deseara tanto, porque es
muy diferente deseo el que tengo en vuestras cosas del que acostumbro a tener. Que en lo que a
mí me toca, de que se enfadarán mis padres si lo saben, de que me desposo sin su licencia no hay
que tratar, sino que se enfadarán, pero de esto se me da a mí muy poco en comparación de veros a
vos en estado que con el trato que conmigo tenéis no ofendáis a Dios ni al mundo con él. Esta es la
verdad, Señora doña Magdalena, y todo lo que no fuere serviros y contentaros sabed que es mentira,
y por vida vuestra que tengo por cierto que cuando diga al duque que me quiero casar con vos me
ha de responder que le parece muy bien y que es muy contento, porque no hay razón para que no
me responda otra cosa. Bien que quizá no holgara él de ello o que podría ser que fuese tan ruin que
tuviese puestos los ojos en el interés y no en mi contento, y él bien querrá su casa si viere el entrar
tal mujer como vos a ser señora de ella, porque otra causa fuera de lo que toca al dote él no la tiene
para contradecirme. Y está él tan cuerdo que verá que es bajeza ponerme esta delante, y así tengo por
cierto que no me pondrá ninguna. Bien creo yo que si él pudiese apartar mi voluntad de este negocio
lo haría, pero que, llegando yo con el término de proponérselo y decirle que no me he de casar con
otra, no hay que tratar sino que no me lo contradiga. Yo no hago otra cosa sino decirles que no me he
de casar jamás. Heles desahuciado tanto el casarme que vienen ya a decirme que por amor de Dios,
que me case y que sea con quien quisiere. Quien me dice esto es mi madre, que el duque no me ha
respondido la carta que le escribí. Lo que hace al caso, Señora, es que nos desposemos lo más presto
que pudiéremos porque esto es lo que nos está bien a entrambos, y tenerlo secreto sin que se lo sepa
nadie lo podremos hacer muy bien, y de esta manera no lo sabrán mis padres y así no tendrán que
quejarse de mí. No hay teólogo ni canonista que tan bien entendido tenga el Concilio, mas vos le
tenéis en este particular, porque lo que yo escribí, que me parecía que era menester hablar al obispo,
fue porque piensen que era menester licencia suya para desposarnos, pero pues no es menester,

44
Servicio completo de comida que se servía a la soberana durante su almuerzo.
45
Don Hernando de Toledo, prior de Castilla de la Orden de San Juan, era hijo natural del duque de Alba, y hermanastro de
don Fadrique; ver Fernández Conti (2001).
304   S. MARTÍNEZ HERNÁNDEZ

no hay para que hablar y más que es grandísimo amigo del duque el obispo de Segovia46 y no se lo
habrían dicho cuando él fuese a dar cuenta de ello al duque. Señora doña Magdalena, suplícoos que
en este negocio hagáis lo que más contento os diere y que miréis cuál es lo mejor os estará para que
en lo que resolviéredes esto se haga. En esto no tengo más que decir pues que sé que sabéis que mi
voluntad es para la vuestra y no otra. Mi madre está con calentura en la cama dos días ha y con gran
apretamiento de pechos. Tiéneme con harta pena, aunque es poca la calentura porque le toma sobre
haber muchos días que anda muy triste y con muy endiablado humor. Yo la entretengo lo más que
puedo, pero creo que aprovecha poco mi entretenimiento.
Por su enfado el duque le escribe cada día que viene y ella tiénele tan creído como siempre y él
mentirle ahora tan bien y mejor que siempre. He sabido que estuvo el día que Su Majestad se fue
a El Paular en el aposento de la Reina.47 Estará ya contenta la boba de doña Magdalena48 que haya
subido ya allá. Deseo saber si cojea de buen aire; extraña confianza es la suya que ha testado de canas
o de parecer delante de las damas con un pie arrastrando, pues no [¿sea?] que el cojear es de algún
tropezoncillo, porque es de gota el mal.49 Señora doña Magdalena, suplícoos me digáis qué es con
lo que vuestro primo estuvo el otro día […], que me decís me lo contaréis; suplico me escribáis. Él
me escribió ahora y me pone al cabo de la carta que, plega a Dios de su alcoba de Madrid, me vea
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a las doce de la noche, y su padre rabiando de hambre por cenar. Señora doña Magdalena, Dios dé
todo el contento del mundo y os me guarde como yo deseo. De Alba, martes en la tarde, xxiiii de
septiembre. A doña María de la Cerda diga vuestra merced que le beso las manos y que le suplico
me perdone el no la escribir ahora, porque cierto no puedo.

7. [Original]
Señora, pensará vuestra merced que es poco el contento que recibo de saber que tenéis ahí a Vineux50
y a doña María de la Cerda con quien hablar en lo que quisiéredes. Yo digo a vuestra merced que me
da esto harto más contento de lo que puede pensar porque sé cuánta pena da el no tener quien bien
quiere con quien comunicar lo que piensa la señora doña Magdalena. Si yo dije lo que he pasado
en este caso y lo que paso sé muy bien que os pesaría de que tal haya pasado, y para seguir tanto os
quiere y cada día va queriéndoos más. Vuestra merced crea que es una fuerte cosa quedarse hombre
con los pensamientos en el alma sin tener con quien poder descansar de uno, por liviano que sea.
No queráis saber más para que veáis lo que esto me aprieta de que he estado movido a dar cuenta al
marqués de Velada de todo este negocio, por tener con quien descansar algunos ratos. Pero hámelo
estorbado para no lo hacer ver, que desde que comencé a quereros bien hasta la presente hora nunca
he tratado con nadie de ello ni he dado cuenta de mi pensamiento a persona nacida salvo a la señora
doña María de la Cerda y a la señora Inés después que está aquí en El Bosque.51 Y con ella lo he tratado
porque vos lo habéis querido y no por descansar ni a mí no con darles cuenta de mis trabajos. Hoy es

46
Diego de Covarrubias y Leyva, obispo de Segovia (1564–1577).
47
La Cartuja de Santa María de El Paular (Rascafría), a medio camino entre Madrid y Segovia, era un monasterio fundado por
el rey Juan I de Castilla en el siglo XIV. Disponía de un pequeño palacio o aposento que solía acoger a los monarcas durante
sus jornadas de caza fuera de la corte.
48
En el original ‘M.ª’. Quizá se trate de un juego de palabras, como me apunta el profesor Bouza, para aludir a doña Magdalena
de Bobadilla, cuarta señora granadina de Pinos y Beas, y dama de la princesa doña Juana, que durante años tuvo como
tutor a don Diego Hurtado de Mendoza; ver Soria Mesa (2007, 125–126).
49
Ha sido imposible descifrar esta palabra, que en el original parece leerse ‘tas’. Podría tratarse de ‘sea’ o tal vez incluso de
‘creas’, aunque en este último caso con el problema de que en ninguna de sus cartas emplea don Fadrique la segunda
persona del singular.
50
Vyneus en el original. Probablemente se trate de la dama francesa de la reina doña Leonor de Vineux (castellanizado Binués);
ver González de Amezúa y Mayo (1944, 27); Martínez Millán y Fernández Conti (2005).
51
La Casa del Bosque de Segovia o Valsaín era un pabellón de caza muy frecuentado por Carlos V y Felipe II, quien lo reformó
para convertirlo en una residencia palaciega de estilo flamenco. Formaba parte del ciclo estacional de los reales sitios de
los monarcas españoles, que solían visitarlo entre finales del verano y principios del otoño. En él convocó Felipe II en el mes
de julio al Consejo de Estado (al que acudió Alba) para tratar sobre las alteraciones de Flandes. Y allí nació el 12 de agosto
de 1566 la infanta Isabel Clara Eugenia. El monarca y varios cortesanos enfermaron aquel verano obligando a posponer el
regreso a Madrid hasta comienzos de septiembre (Parker 2008, 148–149; Reed y Dadson, 2015, 147–152).
HISPANIC RESEARCH JOURNAL   305

verdad que al parque de Madrid52 daba muy particularmente de todas estas cosas y a ratos me quejaba
de vos y a ratos de mí, de la misma manera que si lo tratara con un muy gran amigo y muy discreto
y que me respondiera a todo lo que le decía y quedara tan satisfecho de haber comunicado mi alma
con el viento como si lo hubiera hecho con un hombre que tuviera todas las partes que aquí digo. Al
final habré de pagar el poco tiempo que me queda como he pasado hasta aquí, y ha sido término de
pasar mi trabajo a solas, pues hasta aquí no he dado parte de él a nadie. Conténtome con saber que
vos no pasáis por esto. Con esto me consuelo de todo cuanto en este caso paso. Bien será atajar esta
materia por no decir cosas de tan ruin humor como ella trae consigo, sino venir a lo que hace y es que
ya vuestra merced ve el trato que vos y yo tenemos, el cual estando ahora [como] estamos, en efecto,
no es bueno, porque, aunque en nuestros ánimos tengamos determinado de casarnos y nos hayamos
dado palabra de ello, al fin falta lo que hace al caso para que este trato sea sin ofensa de Dios, que es
estar desposados, y pues se puede ya estorbar el daño que a nuestras conciencias hacemos justo será
que lo remediemos, pues que ya ahora le podemos remediar con desposarnos. Esto es menester que
vuestra merced vea cómo se podrá hacer, porque yo me iré de aquí a algún lugar del duque de donde
pueda muy bien ir sin que se sepa nada lo que haría allá. Sólo es si vos pudiésedes haber licencia
para venir a Segovia a estar con vuestra hermana siquiera un día o dos, porque, avisándome primero
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que fuésedes, el día que estaríades en casa de vuestra hermana yo sería allí sin falta ninguna, y si nos
pareciere de esta manera, mirá cómo se podrá hacer mejor para que, de la manera que os pareciere,
así se haga, porque cierto yo no quería que lo dejásemos de hacer por lo que tengo dicho y también
por mi contento, si he de decir verdad, que yo os digo que hasta que esto vea hecho yo no puedo
tenerle. No penséis que digo esto porque ponga duda en vuestra palabra, que, así os guarde Dios,
tal no pongo ni me pasa por pensamiento, porque cuando no me hubiérades dado palabra bastaba
lo que vos y yo hemos pasado para tenerlo por tan cierto como si estuviera velado. Pero es, Señora
doña Magdalena, de manera lo que os quiero que esto no me consiente que trate con vos trato ilícito
pudiéndole tratar tan licito como será siendo desposados. En esto acabará vuestra merced de ver cuán
diferentemente os quiero de lo que jamás hombre quiso, pues, porque vos no hagáis cosa que no se
esté bien, vengo yo a hacer lo que, si mis padres saben, perderé por ello su gracia perpetuamente, pues
es verdad que no los quiero bien. Es verdad, cierto, que los quiero con la mayor ternura que nunca
hijo quiso a padres. Y para que esto sea así hay muchas causas fuera del ser mis padres y para que no
sea ninguna, pero todo esto me importa poco y toda cuanto hay en el mundo puesto en comparación
de que se atraviese cosa que os toque a vos, no digo a vuestra persona, que de esto no hay que tratar,
sino a la suela de vuestro chapín pospondré cuanto hay en el mundo por lo que tocare a la menor
cosa vuestra que hay en el mundo, que todo lo demás no me importa una haba. Y os digo que [he]
visto tan llena de borrones esta carta que he estado por trasladarla, pero creo que holgaréis más de
que vaya así, que no de que tome trabajo en trasladarla; suplícoos me perdonéis. A la señora doña
María de la Cerda pienso escribir muy corto, porque cierto no podré escribirla largo. Si por caso se
agraviare, le suplico a vuestra merced me defienda y me disculpe, y con tanto esta se acaba besándoos
las manos y rogando a Dios os guarde como yo deseo. De Alba, martes en la noche.

52
El Parque del Alcázar de Madrid (conocido también como el Campo del Moro) era un pequeño bosque (de más de veinte
hectáreas de superficie) creado por Felipe II a partir de 1556, cuando adquirió varias parcelas situadas bajo la fachada
noroeste del Alcázar, y dedicado a la caza menor; ver Gerard (1984, 132–133).