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EL AL

ESPIRITUALIDAI
Segundo Galilea

El alba de nuestra espiritualidad


Vigencia de los Padres del desierto en
la espiritualidad contemporánea

NARCEA, S.A. de EDICIONES


índice

EL ALBA DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD 9


Una manera de ser cristiano 12
Precursores de la sabiduría del espíritu 16
Un profetismo a nuestro alcance 19

EL NOMADISMO ESPIRITUAL 25
El exilio voluntario 27
Hacia un Dios siempre mayor y diferente 30
El valor de las mediaciones 33
El camino de la purificación 35
Compunción del corazón 37
La teoría y la práctica de los Padres 38

LA CRISIS DEL DESIERTO 43


La gracia de la desolación 46

EL CAMINO DE LA LIBERACIÓN INTERIOR 51


La renuncia como ascesis corporal 52
La renuncia del corazón 59

EL DEMONIO DEL MEDIODÍA 63


Las crisis del atardecer 65

LOS SENDEROS DE LA LUZ 71


La iluminación como humildad 73
Discernimiento y consejo 76
La ceguera del corazón 78
' NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Dr. Federico Rubio y Gali, 9. 28039 Madrid LA PLEGARIA DEL CORAZÓN 83
I.S.B.N.: 84-277-0732-0 La «oración de Jesús» 86
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Oración junto a la acción 90
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El alba de nuestra espiritualidad

Existe el prejuicio de que las grandes corrientes


místicas del cristianismo, y sus exponentes más re-
presentativos, constituyen una forma de espiritua-
lidad a-típica, elitista y de expresiones extraordina-
rias, a menudo admirables pero difícilmente imita-
bles, que no tienen cosas prácticas que decirnos a
los cristianos de hoy. Incluso los místicos más po-
pularizados — Francisco de Asís, Teresa de Jesús,
el autor de La imitación de Cristo u otros— son más
objeto de devoción o anécdotas, que de inspiración
cristiana, lo cual parece reservado a especialistas
y no a los creyentes ordinarios.
Este prejuicio es particularmente cierto en el ca-
so de la primera gran corriente de mística y espiri-
tualidad cristiana, conocida como los Padres del de-
sierto. Como es bien sabido, esta expresión recu-
bre a aquellos cristianos (la mayoría hombres pero

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Segundo Galilea

tiana, si es realmente representativa y auténtica, tie-


también mujeres, Madres del desierto), que a par- ne mucho que decir e inspirar no sólo a los creyen-
tir de la tercera centuria se retiraron del «mundo» tes de su tiempo, sino también a todas las genera-
de la ciudad para consagrarse a Dios en los desier- ciones cristianas posteriores. Para eso, sin embar-
tos de Siria y Egipto. Es bien sabido también su es- go, debemos recurrir a los hechos reales de la espi-
tilo de vida, extremadamente pobre y su dedicación ritualidad, y no a «tradiciones» y leyendas. Debe-
a la oración, al silencio, a la penitencia y a la mise- mos discernir, separando el trigo de la maleza, y dis-
ricordia fraterna. Los poquísimos de entre ellos que tinguiendo la actitud cristiana de recubrimientos cul-
escribieron, nos han transmitido sus máximas y en- turales anacrónicos. Debemos saber interpretar, no
señanzas (los apotegmas de los Padres) así como sólo preguntándonos por el mensaje substancial que
muchos hechos de sus vidas que fueron conside- nos transmiten hoy, sino también por lo que ellos
rados ejemplo y testimonio cristiano por sus con- querían realmente decir con sus palabras, prácticas
temporáneos. Todo ello nos revela una espirituali- y actitudes.
dad tan radical, tan peculiar y original, tan marca- Esto es particularmente verdadero cuando nos
da por el cristianismo oriental de la época, que pa- aproximamos a la tradición de los Padres del desier-
ra nosotros no parece presentar sino curiosidad e to, dada la distancia cronológica y cultural que nos
interés meramente académico o histórico. separa de ellos, y dado el camino tan peculiar de
Para el cristianismo contemporáneo, afanado su espiritualidad: el éxodo de las formas de vida or-
por buscar o mantener un trabajo digno, abruma- dinaria, la «fuga del mundo» llevada a la letra, y el
do en su presupuesto por economías de mecanis- estilo de vida solitario. Todo ello no son elementos
mos despiadados, sometido a la presión de las ideo- visibles de una espiritualidad contemporánea. Pero
logías, de la propaganda y del consumo, frustrado sí son valores permanentes del espíritu del Evange-
en su lucha por la justicia y la paz y espectador im- lio (no de su letra), que todos los creyentes debe-
potente de la erosión de las familias que lo rodean y mos cultivar según nuestra propia vocación y cul-
de la moral pública, a lá primera vista la vida de esos tura.
eremitas no tiene mucho que decirle en su esfuer- Cuando estudié los Padres del desierto me di
zo por vivir una identidad y un espíritu cristiano den- cuenta, sorprendido, de la pertinencia de sus gran-
tro de la cultura contemporánea, o en su esfuerzo des experiencias espirituales para el cristiano mo-
por humanizar esa cultura y hacer una sociedad más derno, sumido en la secularidad, en la ambigüedad
justa. de los cambios culturales y presionado por los com-
La verdad es que toda experiencia mística cris-
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promisos de acción. Puede parecer una paradoja, contemporánea del camino cristiano: el seguimiento
pero tal vez por contraste, por búsqueda de sínte- y la imitación de Jesucristo, como valor único de
sis y equilibrio, por vacío y nostalgia, la auténtica sus opciones y estilo de vida. El Evangelio leído y
espiritualidad contemporánea busca recuperar cier- rezado continuamente, como única norma de vida.
tos valores que los santos del desierto vivieron en El bautismo como la raíz de la empresa espiritual
forma radical. emprendida, que contiene en germen la transfor-
Quisiera mostrar esto en las páginas siguientes, mación de sus vidas según la novedad de Cristo.
como una contribución a la síntesis espiritual que En fin, la «vida apostólica», que para la tradición
hoy buscamos. antigua que ellos representan consiste esencialmen-
te en la práctica constante del «doble amor»: a Dios
por sobre todo y al prójimo por Dios, expresado en
Una manera de ser cristiano
el múltiple servicio de la misericordia.
Como primera constatación, descubrí que los Los Padres nunca se consideraron «especialis-
grandes místicos de la Iglesia en general, y los Pa- tas» en espiritualidad, ni se consideraban superio-
dres del desierto en particular, cultivaron una espi- res a otros cristianos, ni asumieron su género de
ritualidad básicamente cristiana. Es cierto que en vida por desprecio al mundo, por reacción o por es-
sus expresiones y modalidades radicalizaron muchas píritu excéntrico. Están convencidos de que ningún
virtudes y valores, pero para ellos eso estaba en la género de vida santifica por sí mismo, ni tampoco
lógica del bautismo, y no de una vida cristiana «su- los lugares, desiertos o no. «Para santificarte, cam-
perior». Los Padres y vírgenes eremitas rara vez eran bia de alma y no de lugar», leemos en los apoteg-
sacerdotes, ni pensaban en institucionalizar o sis- mas.
tematizar su manera radical de vivir para Dios. Esta Esta última sentencia tiene un valor permanen-
manera de ser cristiano fue siempre presentada por te y actual. Solemos poner el acento cristiano ex-
la patrística primitiva como un «segundo bautismo», cesivamente en el género de vida e incluso en el lu-
es decir, como una segunda llamada y conversión gar (el marco exterior) y no siempre en el cambio
a vivir las promesas bautismales. del corazón; la verdad es que el estilo y el lugar, que
Los temas de espiritualidad que cultivan y que no carecen de importancia, son relativos a una con-
motivan e inspiran sus vidas, a veces tan peculia- versión interior. La expresan y la estimulan al mis-
res, son los temas básicos de cualquier espirituali- mo tiempo. Valen cuando está animada de un gran
dad cristiana y coincidirían con cualquier síntesis espíritu y de una gran libertad en el amor, y cuan-

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do corresponde a un itinerario de búsqueda espiri-
varse sin ser un santo; para los antiguos místicos
tual. Solemos sobrevalorar la austeridad de nues-
el proyecto de su salvación era el de su perfección
tra morada, y nuestra decisión de habitar en un lu-
cristiana. Por eso solían afirmar continuamente que
gar pobre entre los pobres, descuidando la motiva-
«el cuidado de la propia salvación es la empresa hu-
ción de eso y el crecimiento en la actitud cristiana
mana más difícil».
coherente con ese exterior.
También he podido constatar que la asimilación En esta empresa de santificación y crecimiento
e integración de la espiritualidad de los Padres en humano-cristiano, los místicos, que a primera vista
la espiritualidad actual, con la ardua reinterpreta- podrían parecer pesimistas ante la naturaleza hu-
mana, por las exigencias y dominio de sí mismos
ción y discernimiento teológico-cultural que ello su-
que se imponen, tienen un gran optimismo antro-
pone en cada caso, es un punto de llegada y no de
pológico. Las metas que se imponen, y sus renun-
partida, de maduración y no de retroceso. Supone
cias que nos parecen excesivas, revelan una gran
haber realizado ya una cierta síntesis espiritual per-
confianza en las posibilidades humanas de autosu-
sonal, donde la mística de los Padres —o cualquier
peración y de extirpación del mal. La fuerza de la
otra escuela mística— puede ser integrada sin tras-
gracia y no la del pecado constituye su centro de
tornos ni desviaciones.
interés. Practican intuitivamente la vieja formula-
Una cierta «cultura espiritual» es también con-
ción, a la vez antropológica y teológica, de que «el
veniente. Por ejemplo, sorprende en los antiguos
alma es naturalmente cristiana», y que las exigen-
la preocupación dominante por su salvación. Los
cias evangélicas, aun las más radicales, son huma-
cristianos y cristianas acudían al desierto para sal-
nizantes y liberadoras. Intuían que el ser humano
varse y por eso realizaban una vida evangélica he- colocado en un medio adecuado de espiritualidad,
roica. A primera vista eso es un exceso, desalenta- encuentra que la práctica cristiana, e incluso la re-
dor para cualquier creyente común, además de crear nuncia, le es no sólo llevadera sino connatural. Y
interrogantes sobre la voluntad eficaz, por parte de en este sentido, como «ambientación», valoraron
Dios, de que todos los hombres encuentren su sal- el género de vida y el lugar del desierto.
vación en el camino ordinario de sus vidas.
Pero en el lenguaje de los Padres —y de los an- Al revés de muchos de nosotros, son optimis-
tiguos espirituales en general— «salvación» es si- tas con las posibilidades del hombre (siempre sos-
tenido por la gracia) y presentan un camino cristia-
nónimo de «santificación». No hacían la distinción
no difícil y exigente, y no fácil y acomodaticio. A
que hoy hacemos; para nosotros alguien puede sal-
nosotros nos parece que el cristianismo va contra-
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corriente; no nos falta razón, dadas las filosofías de da e institucionalizada (votos, estructura comuni-
la vida dominantes, pero no nos atrevemos a exi- taria, regla, etc.) y reconocida como tal por la Igle-
girnos o a exigir, lo cual nos va llevando a un pesi- sia, no la encontramos aún en los eremitas del de-
mismo antropológico, que puede conducir al pesi- sierto. Pero encontramos en ellos las bases de la
mismo en la evangelización: no estamos totalmen- espiritualidad de toda vida consagrada: la dedica-
te convencidos de que la presentación de todos y ción al absoluto de Dios, a la práctica de los conse-
cada uno de los valores evangélicos coincide con jos evangélicos (celibato, pobreza radical y obedien-
las aspiraciones y dinamismos más profundos del cia al maestro de espíritu), a la caridad fraterna, a
ser humano. la contemplación y reparación de los pecados, y to-
do esto vivido en una experiencia colectiva de mu-
tua ayuda.
El monaquismo cristiano tomó más adelante
Precursores de la sabiduría del espíritu otras formas, que corrigieron y completaron este
monaquismo primitivo, pero no sin antes haberse
¿Los Padres del desierto tienen un interés espe- alimentado de su espíritu y haber adoptado las lí-
cial para el cristianismo, o son una corriente más neas maestras de su espiritualidad.
de espiritualidad, apreciable por su originalidad y Es bien sabido que la espiritualidad, como teo-
radicalismo? ría y práctica elaboradas, nació en la Iglesia de
Su interés especial en la mística cristiana se apo- Oriente, la primera región cristianizada y la más cer-
ya en el hecho de ser precursores en la expresión cana a la tradición apostólica. Y que más adelante,
y elaboración de los grandes temas de la espiritua- al decaer primero, y luego al islamizarse el Oriente,
lidad. Si excluimos el Nuevo Testamento, que es esta espiritualidad oriental fue la que fundamentó
siempre la fuente y referencia obligada del espíritu e influyó en la formación de la espiritualidad occi-
cristiano, la primera sistematización o escuela es- dental, quedando muchos de sus valores y formu-
piritual fue la que brotó de la experiencia de los Pa- laciones incorporadas a ella (v. gr., la síntesis de san
dres del desierto. Más aún, de hecho y sin tal vez Juan de la Cruz).
pretenderlo, esta experiencia constituye también la Pues bien, el primer crisol de la mística oriental,
primera experiencia colectiva de vida religiosa. Es su cuna y su origen, son los Padres del desierto.
verdad que la vida religiosa, como se conoció algu- Cuando leo los apotegmas y enseñanzas de los que
nos siglos más tarde, hasta nuestros días, norma- entre ellos escribieron, me encuentro con concep-

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grave crisis de humanismo y sabiduría que actual-
tos, con análisis, con síntesis, con elección y trata- mente experimentamos.
miento de temas, que he vuelto a encontrar, reite-
El calibre de esta sabiduría se puede apreciar por
radamente, en toda la literatura espiritual cristiana,
el hecho que afecta e implica a toda la condición
a veces mejorados, muchas veces intactos, en otro
humana. Creyentes o no creyentes, pobres, ricos,
contexto, con otro lenguaje: en muchas áreas de
débiles y poderosos, blancos, chinos o hindúes, to-
la espiritualidad, poco se ha agregado de substan-
dos somos aludidos por esa sabiduría del desierto,
cial a los Padres del desierto. Por ejemplo, en ma-
cuyo secreto estaba en haber descubierto el centro
teria de ascesis, de análisis de vicios y virtudes, de
de la vocación humana y el corazón de su grande-
tentaciones y crisis, o de la oración contemplativa
za y miseria.
y sus condiciones; en materia de caridad fraterna,
sin olvidar sus penetrantes —y a veces insupera-
bles— análisis psicológicos cuando lo creían nece-
sario. Un profetismo a nuestro alcance
Ciertamente que hay en ellos, particularmente
en los llamados «Padres doctos», influencias de la La mística del desierto, al igual que otras gran-
filosofía griega, que por entonces dominaba en des corrientes de espiritualidad, tiene mucho de res-
Oriente, pero esta influencia no hay que sobrevalo- puesta, y aun de reacción, a una crisis eclesial y so-
rarla en el conjunto de su experiencia vivida. Esta cial en su tiempo. Toda escuela mística tiene algo
permanece siempre profundamente evangélica: la de reformadora; recordemos a Bernardo y Francis-
mayoría sólo leía la Biblia, no conocía los escritos co de Asís, y más tarde a Ignacio de Loyola y los
de los filósofos, y más aún, desconfiaba de ellos. místicos carmelitas.
La influencia de los Padres en la tradición cris- Los Padres del desierto también son un movi-
tiana oriental y occidental no es sólo espiritual. Tam- miento de reforma cristiana y eclesial, pero sin fun-
bién es sapiencial (que a veces es lo mismo), en tér- dadores o líderes espirituales que se destaquen co-
minos de una filosofía de la vida y de un humanis- mo los anteriores, sin crear una institución religio-
mo. Los apotegmas y relatos, tanto históricos co- sa, y sin clarividencia de lo que estaban haciendo.
mo simbólicos, son joyas de sabiduría humana, y El éxodo al desierto de un importante número de
aunque ningún hombre de hoy participe de la sín- creyentes fue antes que nada un movimiento afir-
tesis humanista de los Padres, a todas luces ana- mativo, un movimiento del Espíritu, y sería un error
crónica, esta sabiduría tiene mucho que decir en la
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juzgarlo meramente como una reacción a un esta- giosa, y a nuevas síntesis de la espiritualidad que
do de decadencia social y eclesial, o una corriente equilibraron sus excesos, pero al mismo tiempo con-
de preservación ante inminentes desastres políticos solidaron sus riquezas.
y económicos. Pero el factor de respuesta a una cri- Las comunidades cristianas de la Iglesia contem-
sis en la cristiandad tampoco hay que perderlo de poránea, a lo menos en América Latina, están en
vista: la vivencia de la fe se relajaba con el aumen- etapa de decantamiento y de síntesis, tras el nota-
to, ya masivo, de conversiones, con la disminución ble movimiento renovador que arrancó en el Vati-
de la persecución y los martirios, y con el prestigio cano II y creció con Medellín, Puebla, y más aún
temporal del cristianismo. La memoria de Cristo cru- con la experiencia pastoral y profética de los últi-
cificado y su seguimiento radical estaban en peli- mos veinte años. En esta síntesis se procura inte-
gro. grar una espiritualidad coherente con este proceso
Así, el éxodo al desierto quiere ser para muchos de crecimiento. Se debe integrar igualmente la me-
el camino de vivir para este Cristo, y recorrer con jor tradición eclesial, y en este caso la gran tradi-
él una oblación diaria que contiene la caridad he- ción mística del cristianismo. En ella, el testimonio
roica del «martirio». Por contraste, esa forma de vi- reinterpretado y purificado de los Padres del desierto
da evangélica acentuará los valores gestados en las tiene una palabra que decir a nuestro tiempo, co-
multitudes cristianas de las ciudades orientales: la mo cuestionamiento a su cultura y pseudo-valores,
conversión de cada día, la pobreza voluntaria, la hu- y como estímulo a la afirmación de la identidad cris-
mildad, la oración y sobre todo la caridad fraterna. tiana en situaciones nuevas.
También por paradoja, el inicio de un cristianismo La tradición espiritual de los Padres del desierto
«conformista» coincide con el inicio de la vida con- la conocemos hoy a través de dos fuentes: los Pa-
sagrada en la Iglesia. dres «doctos» y los Padres «iletrados».
Con el correr del tiempo, la mística del desierto Los «iletrados» eran la inmensa mayoría. No es
conoció también su propia decadencia. Se acentua- que todos no supieran leer, pero no escribían ni sis-
ron sus insuficiencias y se revelaron sus ambigüe- tematizaban su experiencia espiritual. En cuanto a
dades latentes, como sucede con todos los movi- lecturas, se limitaban sólo a la Biblia, que muchos
mientos de la historia. La soledad corría el peligro conocía prodigiosamente; hay en ellos una gran des-
de hacerse aislamiento; la ascesis, excentricismo; confianza hacia la cultura filosófica e intelectual, y
la pobreza, vagancia; la contemplación, individua- hacia los estudios (en muchos como una manera
lismo. Debió dejar lugar a reformas de la vida reli- de entender la humildad), en beneficio de la simpli-

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cidad de vida, de la práctica espiritual y de la sabi-
duría. Esta es transmitida a los discípulos mediante «ortodoxos» contra una práctica cristiana insuficien-
el ejemplo de la vida corroborado por enseñanzas temente atenta a la verdad católica.
muy breves, lapidarias, símbolos y parábolas que Los Padres «doctos» mantuvieron el equilibrio
se comunicaban oralmente: los apotegmas. de la síntesis. Eran hombres del desierto y de su tra-
Encontramos ya una de las primeras tensiones dición mística, pero también «teólogos», es decir,
de la historia entre la teología sistemática y el testi- personas que sistematizaron y nos dejaron escrita
monio de vida en la espiritualidad cristiana; la doc- esta tradición. A través de ellos, por una parte, es
trina y la práctica. La tensión dura hasta nuestros como conocemos los ejemplos y enseñanzas de los
días en un contexto diferente, entre la Bcentuación iletrados, y que conservamos los apotegmas. Por
de la «ortodoxia» y la «ortopraxis», la doctrina co- otra parte, al sistematizar esa rica experiencia, crea-
rrecta y el testimonio correcto. Aunque el término ron para el Oriente cristiano y para el resto de la Igle-
«ortodoxia» esté mal elegido, pues significa «ala- sia el primer cuerpo de teología mística, si exclui-
banza verdadera» y no «discurso verdadero», su mos el Nuevo Testamento, que conoció la historia.
uso, sin embargo, nos muestra que la fuente pri- Ese es el valor principal de espirituales como Ma-
mera de la verdad cristiana, lo que cree la Iglesia, cario, Evagrio, Orígenes, Gregorio de Nisa. Y en la
misma esencia, aunque reformada en vista de un
se da en el culto y la liturgia, y que en la vida cris-
monaquismo más comunitario y estructurado, ha-
tiana lo que se cree es en primer lugar lo que la Igle-
bría que colocar a Basilio y a Casiano^uien intro-
sia reza.
dujo esta tradición en Occidente.
Esta tensión entre dos dimensiones que deben
siempre ir juntas, se produce cuando una de ellas
se privilegia indebidamente, creando una reacción.
Así, los Padres «iletrados» reaccionaban contra una
racionalización del cristianismo al modo de la filo-
sofía griega, como más adelante la «devoción mo-
derna» (Kempis, etc.) de finales de la Edad Media
estará en reacción contra la invasión de la filosofía
escolástica en la espiritualidad, y en nuestros tiem-
pos los «ortoprácticos» están en reacción contra
una cristianismo sin compromiso suficiente, y los

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El nomadismo espiritual

En nuestras decisiones, sobre todo si son radi-


cales y permanentes, hay que estar siempre atento
a las motivaciones. Estas son siempre complejas y
múltiples; se entremezclan las inspiradas en el egoís-
mo con las inspiradas en el altruismo. La ética nos
exige que el acto, la opción, la decisión, sea verda-
dera y buena. La espiritualidad exige algo más: que
las motivaciones conscientes y predominantes sean
cristianas, no al servicio propio, sino de Dios y de
los demás.
Los espirituales del desierto eran muy conscien-
tes de esta condición. El éxodo que emprendían a
la soledad era radical y heroico; las razones inme-
diatas que los llevaban a él eran variadas e influidas
por elementos sociológicos y psicológicos, como
suele suceder en las decisiones cristianas: desilu-
sión, huida de un ambiente decadente, insatisfac-

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ción por las formas de vida prevalentes, crisis per-
El exilio voluntario
sonales. .. Sin embargo, a través de todas estas me-
diaciones experimentables, todos tenían la convic-
Los Padres y Madres del desierto nos enseña-
ción de responder a una llamada de Dios para se-
ron lo que tiene la espiritualidad cristiana de éxodo
guir a Jesús al servicio de El y del prójimo, y no de
y peregrinación; de búsqueda constante —el «no-
sí mismos.
madismo» espiritual— que no permite la instalación.
Esta llamada los llevaba al desierto en actitud de
Y como la espiritualidad es la plenitud del huma-
búsqueda de Dios, pues sabían que aún no lo ha-
nismo, y el itinerario espiritual no es otra cosa que
bían encontrado, y que toda opción de vida es vol-
el reflejo del itinerario de la vida, nos enseñan tam-
ver a ponerse en marcha para buscar una mayor ple-
bién lo que implica el camino de cada hombre en
nitud humana, que es buscar a Dios. El desierto es
la tierra: un éxodo, una peregrinación, una búsque-
su lugar de búsqueda de Dios como plenitud del
da. Implícita u ostensiblemente, el ser humano es
hombre.
un inquieto y un insatisfecho. Busca un nivel de vi-
Esta búsqueda no es a ciegas, al azar, sin norte
da mejor, un lugar mejor para vivir, satisfacer aspi-
ni orientación. La búsqueda espiritual ya está mar-
raciones nunca alcanzadas y, aun en sus vicios, pe-
cada por un camino, y se reaíiza recorriendo ese ca-
regrina en busca de una felicidad que lo elude cons-
mino, que es el camino de Jesús. Los monjes del
tantemente.
desierto saben a qué van, y qué tienen que hacer,
La visión de fe coloca esto en su perspectiva to-
esencialmente, para recorrer el camino de la bús-
tal: la vida humana tiene una dimensión de éxodo
queda de Jesús. El desierto es también una ruta y
y destierro, de búsqueda y peregrinar incansables,
un itinerario que hay que saber recorrer y aprender
«una noche en una mala posada» como diría Santa
a recorrer. En esto, la enseñanza y ejemplo de los
Teresa, pues, en palabras de san Pablo, «no tene-
que han caminado más, es insustituible- Al ir al de-
mos morada permanente aquí», y lo que se busca
sierto, estos cristianos ingresaban en una «escuela»
en definitiva es a Dios como la plenitud del hom-
y lo hacían con actitud de discípulos. Desde enton-
bre. La espiritualidad es vivir esta condición huma-
ces, la espiritualidad cristiana tiene también la ca-
na en su verdadera perspectiva, que fue radicaliza-
racterística de una escuela —escuela de perfección
da por los místicos al exiliarse en el desierto. Si la
en el lenguaje de los clásicos— y un aprendizaje
condición humana es búsqueda y exilio provisorios,
continuo.
la espiritualidad del desierto los acentúa, y los inte-
gra como experiencia propia de la vida cristiana: la
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mística de lo provisorio y, por consiguiente, la des- Para los místicos del desierto, la huida a tierra
instalación de todo logro que quiera hacerse ab- extraña y el exilio voluntario, es el paso por una «no-
soluto, incluyendo la ascética del desierto y el de- che» que apunta a una búsqueda de plenitud y li-
sierto mismo. beración total; según la expresión que usaron tan-
Para los Padres, la desinstalación exterior fue tas veces, la «búsqueda del paraíso perdido». Al re-
siempre relativa a la desinstalación interior («cam- vés de los criterios mundanos, el «paraíso» a en-
bia de alma y no de lugar»), pues el éxodo y noma- contrar no es la ausencia de sufrimiento y la satis-
dismo espiritual es del corazón y no del cuerpo. Hay facción de necesidades materiales, sino la integri-
que desinstalarse de actitudes y criterios, de mo- dad y plenitud humana perdidas. Como todos nos-
dos de ser y actuar que consideramos habitualmente otros, experimentaron la desintegración e incohe-
como perfectamente válidos —y que en verdad rencia de la condición humana, las cegueras del co-
siempre tienen algo de mentira y de ambigüedad, razón, las servidumbres morales y las traiciones de
siempre revelan algo de egoísmo a desinstalar, con- la voluntad «que hace el mal que no quiere y no ha-
formismo a exiliar— y el deseo de hacer una vida ce el bien que quiere».
sin riesgo ni búsqueda, y sin una superación que El seguimiento de Cristo se presentó en sus vi-
exige éxodos siempre nuevos. das como el camino de la integración, de la cohe-
Este éxodo espiritual toma características radi- rencia y de la plenitud perdidas, y la huida al de-
cales y carismáticas en el exilio voluntario a causa sierto como su forma particular de huir de los fal-
de Cristo y su Evangelio, por amor a Dios y a los sos paraísos para reconstruir una libertad dañada.
hermanos. A este exilio, que es ante todo interior, Para ellos la vía del desierto es la vía interior, noc-
pertenece el éxodo de Abraham «a tierra extraña»; turna y despojada, que conduce a «la nueva crea-
el de Moisés a la tierra prometida que jamás vio; tura» según la imagen de Jesús: reintegrada en el
el nomadismo de los profetas; la itinerancia de Je- amor, libre para el bien, con la felicidad anticipada
sús; la huida al desierto de los Padres; el éxodo mi- que da el señorío sobre el mundo y la sabiduría evan-
sionero de los apóstoles y de todos los misioneros gélica sobre los acontecimientos. El aparente anti-
de la historia. Típicamente, el desierto y la misión paraíso que es la desolación del desierto los llevó
tienen la misma raíz espiritual: la desinstalación co- a encontrar las primicias del «paraíso perdido» den-
mo actitud permanente, y el nomadismo interior que tro de sí mismos.
conduce al cambio de lugar como servicio del Rei-
no.

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toria. Recordemos que Teresa de Avila recibió tam-
Hacia un Dios siempre mayor y diferente bién el aberrante consejo de «superarla» en su ora-
ción. Algo de eso habría también en algunas for-
El nomadismo espiritual, con su mística de la des- mas de oración modernas.
instalación y de lo provisorio, y su actitud de éxo- Por otro lado tenemos la espiritualidad de la de-
do de toda «morada permanente» que pudiera subs- voción popular, con su modo sensible de acceso a
tituir a Dios y a su búsqueda, llevó a los Padres del Dios a través de símbolos, fiestas, imágenes y ce-
desierto a relativizar, a veces extremadamente, las lebración.
mediaciones sensibles que pueden ayudar a ir a Evidentemente hay que establecer una síntesis
Dios. La desnudez del desierto es el símbolo mis- de las tendencias, aunque jerarquizada y teniendo
mo de esta actitud espiritual: Dios no está conteni- en cuenta las etapas de progreso del itinerario es-
do en ninguna de sus mediaciones (imágenes, lu- piritual. La mejor tradición mística cristiana, como
gares, ritos, naturaleza, acontecimientos...), que por ejemplo, la síntesis de san Juan de la Cruz, nos
hay que dejar atrás continuamente para encontrar enseña que las mediaciones son al mismo tiempo
su misterio en el vacío obscuro de la fe amorosa. necesarias y relativas.
Los Padres introdujeron así una cuestión perma- Relativas como medios para comprender o al-
nente de la espiritualidad cristiana: el uso de las me- canzar el misterio de Dios. Instalarse en cualquier
diaciones visibles para unirse al Invisible. Por un la- mediación, transformándola en «la» experiencia de
do tenemos la espiritualidad del desierto, que acen- Dios, es detenerse en la búsqueda de Dios: el Dios
túa lo relativo de los medios y aun el daño que pue- cristiano es irreductible a cualquier experiencia hu-
den acarrear para la unión con el Dios absoluto y mana; es un Dios siempre mayor. Mayor que nues-
diferente. Es la orientación mística llamada «apo- tro corazón. Está más allá de los métodos y expe-
fáctica» (o «gnosis» por san Gregorio de Nisa). En riencias psicológicas; más allá de las fórmulas teo-
esta línea se llegó ciertamente a excesos, como lógicas, de cualquier utopía histórica y social, de
cuando el místico del desierto Evagrio afirmaba que cualquier acontecimiento liberador, o de toda be-
con el progreso espiritual había que dejar atrás in- lleza y bondad que vemos en los hombres o en la
cluso las enseñanzas de la Iglesia y la misma hu- naturaleza. En este sentido el éxodo y el despojo
manidad de Cristo. La cuestión de la devoción a la del desierto son esenciales en la espiritualidad.
humanidad de Jesús como mediación insustituible Pero al mismo tiempo, dada la condición huma-
en todas las etapas del camino místico, se ha plan- na, por la cual nuestro acceso a lo invisible se hace
teado, en la práctica, varias veces a través de la his-
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penosa y paulatinamente a través de lo visible; da- no» sol, la «hermana» luna, las «hermanas» aves,
do que Dios mismo es la fuente de lo creado, y que etc.
asumió lo creado en la encarnación, las mediacio-
nes se revelan necesarias, y la Iglesia las ofrece en
abundancia en su vida simbólica, devocional y li- El valor de las mediaciones
túrgica, sabiendo siempre que son relativas al Dios
siempre mayor. En este sentido la fiesta, como el Comunión con las mediaciones, éxodo y pobre-
desierto, son esenciales a la espiritualidad. za ante las mediaciones. Ese es el difícil equilibrio
La cultura moderna tiende a privilegiar las me- de la espiritualidad cristiana. Dios como desierto,
diaciones históricas de acceso a Dios: las liberacio- como «nube» y «tiniebla» (en el lenguaje de la mís-
nes humanas, la sociedad más justa y las utopías tica oriental, que paradójicamente se denomina tam-
de convivencia humana. Las culturas tradicionales bién «mística de la luz»); Dios de alguna manera ya
han mantenido, por su parte, muy vivas las media- presente en todos los signos de vida del mundo. La
ciones de la naturaleza, lo cual es muy apreciable mística carmelitana de Teresa y Juan de la Cruz,
en el catolicismo popular. Las primeras acentúan tiene el mérito de haber formulado esta síntesis con
el carácter histórico del cristianismo y de la presen- criterios de discernimiento, a través del tema de la
cia de Dios; las segundas, el carácter cosmológico purificación, tema igualmente muy cercano a la es-
de esta presencia. Y en verdad el cristianismo es piritualidad del desierto.
a la vez religión histórica y cosmológica. Así, la li- Ellos nos recuerdan que hay que usar todas las
turgia, que es la gran mediación de la espiritualidad mediaciones que nos ayuden a ir hacia Dios. Pero
de la Iglesia, celebra acontecimientos históricos con como éstas son relativas e insuficientes como ex-
símbolos de la naturaleza: la liberación de Cristo re- periencia de Dios, también son capaces de estor-
vestida de agua, luz, pan y vino... bar e ilusionar en el camino a Dios. Por eso hay que
Los grandes contemplativos accedieron al mis- ser libres ante las mediaciones; discernir el momento
terio de Dios a través de la historia de su tiempo en que hay que dejarlas y superarlas, y eventual-
y también a través de la naturaleza, como es noto- mente volverlas a usar, con actitud provisoria. Pe-
rio en la síntesis de san Francisco. Esto conduce a ro sobre todo —y aquí es importante san Juan de
la mística cristiana a una fraternidad no sólo con el la Cruz— la ambigüedad de las mediaciones no es-
prójimo, mediación privilegiada de Dios en la histo- tá en ellas mismas sino en el espíritu con que se em-
ria, sino también con el mundo natural: El «herma- plean: Dios es mayor que ellas, y como a Dios sólo

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se le aprehende con la fe amorosa, sólo este espíri- la purificación interior. Los que no lo entendieron
tu de fe es lo que da valor al recurso a cualquier así, constituyen los casos excéntricos y decaden-
mediación, real o imaginaria; natural, histórica o li- tes de esa espiritualidad, cuyo anecdotario también
túrgica. Se trata entonces, en último término, de es bien conocido.
purificar la fe y el amor en el uso de los medios, y
que éstos a su vez purifiquen esa fe amorosa, que
es el lugar decisivo de la experiencia de Dios y del El camino de la purificación
hermano.
Pero por nosotros mismos no podemos hacer El itinerario de la purificación del espíritu tiene
esta purificación, lo que constituye la ambigüedad para los Padres tres exigencias: la renuncia, la con-
de las mediaciones: pueden ayudar o no ayudar. De versión y la práctica de la misericordia.
ahí que el Espíritu Santo mismo emprende en nos- Por la renuncia acogen la palabra de Jesús que
otros esa purificación, que en la práctica es la ari- invita a seguirlo renunciando «a todo lo que se tie-
dez ante las mediaciones, la «noche» de lo que no ne» (Le 14,33). Esto es, dejar las personas, las co-
sea en nosotros la fe amorosa, la percepción de la sas, los trabajos, los estilos de vida y los proyectos
«nada» (lo relativo) ante el misterio del Dios abso- que son incompatibles con la voluntad de Dios en
luto. sus vidas, y más aún, con su deseo de buscar a Dios
De esta manera, la purificación del corazón coin- con todas sus fuerzas. Este «cambio de costum-
cide con la purificación de la imagen de Dios, y la bres» llevó a los Padres a renuncias radicales y per-
libertad ante los medios va adentrando en el Dios manentes no sólo a lo nocivo, sino también a lo in-
mayor, transcendente e inmanipulable de toda me- necesario, llegando a una pobreza material casi ab-
diación humana. La purificación es Dios que se li- soluta; entendían así que el vacío de lo que se des-
bera para nosotros. «Los puros de corazón verán pojaban era llenado por la experiencia de Dios y por
a Dios.» la libertad para amar.
Intuitivamente, los Padres se exiliaron en el de- Con su sabiduría advirtieron que la renuncia al
sierto para acoger esta purificación en un marco de mal y a lo que estorba el seguimiento de Jesús no
vida que revelara con más fuerza la ambigüedad de es suficiente en el camino cristiano. Percibieron que
su existencia cristiana. El desierto mismo es una me- dada la tendencia de la condición humana a la ins-
diación, y los que lo comprendieron así superaron talación permanente y a hacer no sólo de lo malo,
el lugar material para centrarse en el itinerario de sino también de lo indiferente o aun de lo bueno
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un ídolo, practicaron la austeridad y el desprendi- Conjunción del corazón
miento como estilo de vida. La misma sabiduría les
hizo comprender que toda renupcia, por generosa La conversión por amor. Para los Padres es una
y permanente que sea, es vana sin la renuncia a uno actitud permanente, un estado de espíritu, que ins-
mismo, al propio orgullo y al propio egoísmo, es de- pira y acompaña el cambio de costumbres y la re-
cir, sin la abnegación. La abnegación no es la po- nuncia. Esta actitud permanente del espíritu la de-
breza y la austeridad, pero sin ella éstas no tienen nominaban «compunción del corazón». Por ella de-
sentido, y pueden mecanizarse y hacerse actos ploraban sus pecados pasados y sus infidelidades
semi-mágicos, válidos en sí mismos para la santifi- presentes, y al mismo tiempo mantenían vivo en su
cación del corazón. La abnegación es el alma de la conciencia que eran objeto, cada día, de la miseri-
renuncia. cordia de Dios. La compunción por los pecados,
Para los Padres —y con el mismo efecto para asumida en la bondad y el perdón de Dios, es un
toda la tradición mística— la abnegación nace del ingrediente siempre presente en la oración y en el
olvido de sí mismo, y no del desprecio de sí mis- anhelo de conversión de los espirituales del desier-
mo. «Negarse a sí mismo» es olvidarse, no despre- to.
ciarse. La abnegación se construye sobre el recto Esta actitud, que la tradición espiritual también
amor a sí, y sobre la paz y la reconciliación consigo llamó, «llorar los pecados», pues en algunos casos
mismo. Ninguna forma de menosprecio correspon- llega hasta las lágrimas, no tiene que ver con lo que
de al cristianismo. Más aún, el desprecio y conflic- la psicología actual llama el complejo de culpa. Más
to consigo mismo es una forma de orgullo y de preo- aún, la compunción del corazón y el complejo de
cupación por la propia persona ajenos a la abnega- culpa son incompatibles. Este último es la carica-
ción evangélica. tura de la compunción y de la conversión, al igno-
Hoy tenemos demasiada gente que no se acep- rar la misericordia de Dios con nosotros, y la mise-
ta a sí misma, en lo profundo, y que carece por lo ricordia que debemos tener con nosotros mismos.
mismo de abnegación. Ambas cosas van juntas. Y Ambas misericordias son inseparables, pues la con-
el primer paso de una purificación liberadora es re- ciencia de que a pesar de todo estamos reconcilia-
conciliarse consigo mismo y perdonarse, como Dios dos con Dios pasa por la reconciliación con noso-
nos ama y perdona así como somos. tros mismos. El complejo de culpa encierra al cora-
zón en sí mismo; da más importancia a la desazón
y auto-imagen negativa que deja en uno mismo la

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culpa, que a la culpa misma; se concentra en la mi- tivas, desde los starets de Rusia hasta los trapen-
seria y no en la misericordia, que es lo único que ses de Occidente.
alimenta el anhelo de la conversión. En su contexto y a su manera, los Padres del
desierto introdujeron esta tradición. Recibían con-
Es notoria la convicción de los Padres de que
tinuamente a los necesitados que los requerían, y
esta compunción del corazón y conversión perma-
si era necesario les visitaban. Atendían a enfermos
nente son un don de Dios, que hay que pedir y que
y compartían lo poco que tenían con pobres y men-
ellos pedían cada día, para librarse tanto de la in-
digos. Dada la naturaleza de sus vidas, sobre todo
sensibilidad y ceguera de la conciencia y del con-
acudían a ellos los pecadores, los desorientados e
formismo, como de la desesperanza y de lo que hoy
inquietos, a buscar consuelo y guía espiritual. Los
llamamos el complejo de culpa.
apotegmas y dichos de los Padres suponen este mi-
nisterio, a veces abrumador. Ahí se inicia lo que más
tarde se llamó «dirección espiritual». La insistencia
La teoría y la práctica de los Padres en el apartamiento y en la soledad que vemos en
sus testimonios orales o escritos, responde preci-
La práctica de la misericordia, es decir, el servi-
samente a la necesidad de mantener el equilibrio y
cio al prójimo en necesidad, constituye desde el
la identidad original de su exilio voluntario, ante los
Nuevo Testamento un ministerio esencial en la Igle- requerimientos de sus hermanos.
sia y una dimensión de la espiritualidad; por eso la
Ahora bien, para ellos la misericordia con los ne-
encontramos en todas las corrientes místicas de la
cesitados es, además, profundamente purificadora
historia, aunque con modalidades diferentes. Para
del corazón. Verifica la conversión, es una forma
los Padres del desierto era fundamental. No es exac-
eminente de renuncia y alimenta la compunción del
ta la idea que algunos tienen de ellos, como seres
corazón. Los Padres comprueban, en el albor del
totalmente aislados, inaccesibles, sin contacto con
cristianismo, lo que la Iglesia comprobó continua-
los demás y preocupados sólo de Dios y de su san-
mente en el transcurso de la historia: que los po-
tificación personal. Y para el mismo efecto, nunca
bres nos evangelizan, y que son un lugar importan-
hubo formas monacales o contemplativas auténti-
te de la experiencia espiritual, a través de la prácti-
camente cristianas, que prescindieran de la prácti-
ca del amor eficaz.
ca de la misericordia. La encontramos en los gran-
Los Padres doctos llamaron a la práctica de la
des monasterios medievales y modernos, y en las
misericordia simplemente la «praxis». Praxis aparece
formas más radicales de comunidades contempla-

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en el lenguaje cristiano en ese contexto. En la sín- mera formulación de la praxis y de su importancia
tesis cristiana oriental, el camino místico se apoya prevalente en la vida cristiana correspondió a los Pa-
en dos polos: la «ciencia práctica» —la praxis— que dres del desierto, y que para ellos esta praxis era
es el amor al prójimo por la misericordia; y la «cien- un factor de crecimiento espiritual inseparable de
cia teórica» —la teoría— que consiste en la oración la oración y la contemplación.
contemplativa. Teoría y praxis van juntas, como son
inseparables la oración y la práctica de la misericor-
dia.
El término «praxis» en este su sentido más ge-
nuino, se eclipsó con el tiempo. Reaparece esporá-
dicamente en algún teólogo de la alta Edad Media,
en el sentido de práctica cristiana. Contemporánea-
mente ha vuelto a emerger, en la filosofía moder-
na, con un sentido secularizado, como en el mar-
xismo. La praxis es aquí la acción transformadora
de la sociedad, de la historia. A través del pensa-
miento moderno, el término ha sido recientemente
incorporado al lenguaje teológico, a lo menos en al-
gunos autores y corrientes, particularmente en Ibe-
roamérica. En estos casos, la praxis es la acción,
de inspiración cristiana, en favor de la justicia y la
liberación de los pobres.
Cerrando el ciclo, podemos apreciar que la pra-
xis cristiana hoy es nuevamente la práctica de la mi-
sericordia con el necesitado (a lo menos esa es la
mística que debe animarla), aunque en un contex-
to cultural y social muy diferente: quiere ir a las cau-
sas de la pobreza, es una práctica más colectiva en
un mundo donde los necesitados también se orga-
nizan y luchan. Es interesante constatar que la pri-

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La crisis del desierto

El desierto es el lugar de la soledad y despojo


radicales en donde los Padres experimentaron, de
modo igualmente radical, el amor a Dios y la mise-
ricordia con el hermano. Antes y después de ellos,
muchos otros creyentes hicieron lo mismo. A tra-
vés de la historia, el desierto quedó como una di-
mensión, un factor de la espiritualidad bíblica y cris-
tiana.
Desierto es tres cosas. Primeramente es parte
de la condición y del espíritu humano. Es la expe-
riencia del vacío, de la soledad, de la frustración,
de la rutina y aridez que periódicamente nos inva-
de. Casados o solteros, rodeados de afecto o sin
él, llenos de ocupaciones o sin ellas, sea o no nues-
tro trabajo interesante o realizador, la sensación oca-
sional de desierto es inescapable a la condición hu-
mana.

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En segundo lugar, desierto es una actitud espi- ternidad humana y eclesial. Sorprendentemente,
ritual, dimensión esencial de la experiencia cristia- ambos polos están en continuidad y se sostienen
na, por la cual transformamos esas arideces y am- mutuamente, y tienen mucho más en común de lo
bigüedades de la condición humana en crecimien- que a primera vista aparece: ambas actitudes son
to de amor y purificación. improductivas a los ojos del «mundo»: «no sirven
Y tercero, desierto es el lugar y el ambiente ex- para nada»; psicológicamente nos dan la sensación
terno que ayuda a mantener y nutrir esa actitud es- de pérdida de tiempo. Por lo mismo, desierto y fiesta
piritual. nos colocan en la cúspide del amor, que es siem-
Pues esta actitud —y no el lugar— es lo esen- pre don y comunión contemplativa y gratuita, y que
cial en la espiritualidad del desierto. Por ella vamos es también liberación y consumación de humanis-
más allá del desierto afectivo y psicológico, para mo.
descender al fondo de nuestro ser y encontrar ahí Nuestros Padres constituyen la escuela de es-
el rostro de Dios y del hermano. No todos están lla- piritualidad que más ha radicalizado el desierto. Pero
mados a la espiritualidad del desierto como medio como «escuela» no son originales ni mucho menos.
y valor preponderante de la experiencia cristiana, La tradición del desierto se remonta al inicio de la
al modo de los Padres, pero todo creyente debe espiritualidad bíblica y se prolonga hasta nuestros
mantener y cultivar esa actitud espiritual como fac- días. Desde Abraham, nuestro padre en la fe, que
tor vivo de su vida cristiana. es enviado por Dios a tierra extraña en el desierto
Así como también debemos cultivar y mante- para consolidar su vocación, pasando por todos los
ner viva la dimensión de celebración y fiesta de la grandes profetas desde Moisés y Elias hasta Juan
mística cristiana. Ella es también una actitud psico- el Bautista, todos ellos purificados por Dios en el
lógica de alegría y comunión, cuyo lugar es sobre desierto y consumidos ahí por su amor en vista de
todo el culto y la liturgia. La celebración y el desier- la misión, hasta Jesús mismo conducido por el Es-
to son polos aparentemente opuestos que el espíri- píritu al desierto de la tentación, y periódicamente
tu cristiano debe sintetizar. El desierto nos recuer- retirado a lugares desolados para hacer oración, la
da lo que tiene la vida humana y cristiana de lucha espiritualidad bíblica no es comprensible sin la di-
y de arduo; la fiesta de Dios lo tiene de don gratui- mensión del desierto.
to y de plenitud. El camino de la espiritualidad tran- Ello explica el itinerario de los Padres, que al emi-
sita entre el despojo de la ascética y la plenitud del grar al yermo entendían no sólo seguir a Jesús que
sacramento; entre la soledad del desierto y la fra- habitó en el desierto, sino igualmente imitar a los

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grandes servidores de Dios en la historia bíblica. Y fianza y amor, que son un despojo más de nues-
explica también el hecho de que desde entonces tros sentidos.
hasta nuestros días, la práctica del desierto, en di- ¿Qué significa esto como experiencia espiritual?
versas formas, sea un factor siempre presente en Primero, una experiencia de lo absoluto de Dios
toda búsqueda seria de Dios, y en diverso grado, y de lo relativo de todo lo demás, incluidas las per-
una dimensión necesaria en todas las grandes es- sonas y nosotros mismos. En el desierto estamos
cuelas de espiritualidad. En todos los casos, no se presentes sólo ante Dios, y esta presencia debería
trata de un ejercicio geográfico y psicológico, sino bastar para llenarnos y dar sentido a nuestra vida.
de un modo de seguir e imitar a Jesús, que al ha- No «necesitamos» lo demás; nos hemos despren-
cer de la práctica del desierto un elemento de la es- dido de todas las otras realidades, pero no pode-
piritualidad de su humanidad, nos reveló así que el mos ignorar a Dios ni desprendernos de El, que en
desierto sería un elemento en la espiritualidad de to- el despojo radical se nos revela como la única reali-
dos sus discípulos. dad absoluta y lo que da sentido a todas las demás
realidades. En el desierto, el amar y buscar a Dios
es la única alternativa posible. En el desierto, don-
La gracia de la desolación de estamos desposeídos de toda mediación que nos
lleve a Dios, y en donde por lo mismo sentimos to-
Para nuestro tiempo y nuestras búsquedas, nos da nuestra dificultad para encontrarlo con pura fe
interesa aquí el desierto no tanto como marco ex- y amor, experimentamos un hecho fundamental de
terno de vida, sino como actitud y gracia espiritual, la mística cristiana: que Dios nos amó primero, que
que está simbolizada por ese marco de vida y que Dios nos busca, en primer lugar, y que la espiritua-
ciertamente puede ser estimulada por él. El marco lidad es dejarse encontrar por Dios y estar a la es-
externo nos va a dar las claves de la actitud místi- pera de la gracia de Dios que nos llama. Así, el de-
ca: soledad, silencio, ausencia de personas, ocu- sierto subraya lo que tiene la vida humana y la mís-
paciones, distracciones; ausencia de vegetación y tica cristiana de «espera», de expectativa de la visi-
paisaje y recreo para la vista; austeridad de vida y ta de Dios en el sentimiento de nuestra impotencia
pobreza de medios, incluso de libros de contenido y aridez para encontrarlo.
espiritual... En suma, un gran despojo, donde es- En segundo lugar, el desierto es el lugar de la
tamos sólo nosotros y Dios, pero cuya presencia no autenticidad y la verdad. En este caso sobre noso-
es sensible, sino sólo verif¡cable por nuestra fe, con- tros mismos, sobre lo que habitualmente nos rodea,

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sobre nuestros trabajos, sobre la sociedad, solos de- amor fraterno requiere la actitud del desierto; la fra-
lante de Dios, en el despojo del desierto, no pode- ternidad y el servicio de la comunidad requieren que
mos engañarnos más, ni seguir ilusionándonos y en- en nuestro espíritu haya espacio para la soledad y
mascarando nuestra vida. Prestigio, realizaciones, el silencio cristianos. Esta aparente paradoja fue la-
relaciones personales, todo esto que nos ilusiona pidariamente expresada por los Padres: la soledad
y que está siempre manchado de inautenticidad, ya da lugar a la misericordia «porque nos hace morir
no está ahí para sustituir nuestras pretensiones y al prójimo». ¿Qué significa esto? «Morir al prójimo»
mentiras, y para desviarnos de la verdad sobre nos- quiere decir dejar de juzgarlo, criticarlo, evaluarlo,
otros mismos y las realidades que nos rodean. La morir a toda forma de prejuicio y hostilidad. Esto
ambigüedad de nuestras motivaciones y de nues- se hace posible porque el desierto nos da un agudo
tras «generosidades» sale a flote, y nos vemos tal sentir de nuestros propios defectos y miserias, nos
cual somos, o mejor, tal como Dios nos ve. hace «ver la viga en nuestro ojo», con lo cual ya
Por eso el desierto es el lugar de la conversión no hay lugar para «ver la paja en el ojo ajeno». Y
y de la purificación del corazón. Pues si en verdad esto nos abre a la compasión y misericordia.
buscamos a Dios, la toma de conciencia de las men- En cuarto lugar, el desierto es el lugar de la ten-
tiras que hay en nosotros y en lo que nos rodea ha- tación y de la crisis, y de su superación. Es el lugar
bitualmente, nos lleva a optar por la luz que nos re- de nuestro fortalecimiento y maduración, ya que
vela el desierto, y a despegarnos, poco a poco, de nuestro espíritu se hace fuerte mediante el coraje
las tinieblas de nuestros motivos, nuestros traba- ante la prueba. Para los Padres, el desierto es tam-
jos, nuestra actitud con los demás; nos lleva a aca- bién el lugar del demonio, e iban a él a hacer frente
llar las voces engañosas que surgen de los ídolos a sus tentaciones y vencerlo, inspirados en las ten-
de la sociedad, las ideologías, la riqueza y el bie- taciones de Cristo en el desierto de la cuarentena.
nestar, el prestigio y el poder, las compensaciones En efecto, el desierto como momento fuerte de
sutiles del placer. El desierto es el camino de la li- la espiritualidad es siempre una crisis. En él encon-
beración interior, donde «Dios habla al corazón» y tramos a Dios, pero también al demonio. La mise-
el espíritu del mundo que nos fascina puede enmu- ria de que somos hechos emerge ahí como verdad,
decer. como desánimo, incluso como desesperación. O
En tercer lugar, el desierto nos abre a la verda- nos entregamos a Dios, o nos cerramos en noso-
dera solidaridad y misericordia con el hermano; nos tros mismos huyendo de Dios: en eso consiste la
enseña a amar verdaderamente. El aprendizaje del tentación. Estas dos alternativas son radicales e in-

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compatibles, y la gravedad de la crisis persiste has-
ta que morimos a nuestra imagen y a «hacer nues-
tra vida», y acogemos a Dios. La gracia del desier-
to es vencer la tentación sutil que el demonio nos
presenta como un bien aparente: la búsqueda de
seguridad y santidad en nosotros mismos.
Por todo esto, el desierto nos prepara para su-
perar no sólo los «desiertos» de la condición huma-
na, sino también las tentaciones y crisis a las que
somos más vulnerables en el curso de nuestra vida El camino de la liberación interior
ordinaria. Pues la forma en que hayamos reconoci-
do y rechazado la seducción del «demonio del de-
sierto», nos da la actitud y fortaleza para recono-
«Si uno no nace de nuevo, no podrá gozar del
cerlo y rechazarlo en el camino de nuestra vida.
Reino de Dios» (Jn 3,3). Estas palabras eran inspi-
ración y vida en los Padres del desierto, pues eran
muy conscientes de esta dimensión esencial del Rei-
no, que «está dentro de nosotros» y que se goza
de él «haciéndose violencia». Para ellos y para to-
dos los espirituales antes y después, el camino cris-
tiano es un camino de liberación interior.
En este punto, la espiritualidad cristiana está em-
parentada con las grandes religiones del Asia (hin-
duismo, budismo...), donde a pesar de sus serias
diferencias con la fe de Jesucristo, conciben la reli-
gión como mística, y la mística como liberación del
ser humano. En este plano puede haber diálogo mu-
tuamente enriquecedor entre mística cristiana y mís-
tica oriental, que para la Iglesia constituye su mo-
do de evangelizar las culturas y religiones de Orien-
te. La coincidencia de estas místicas en torno a la
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liberación del espíritu no es casual, si creemos con toria. Tiene que ver con la forma de vida activa o
la Iglesia que el Espíritu Santo también actúa y ac- contemplativa del espiritual; el monacato contem-
tuó de alguna manera en esas culturas y religiones. plativo acentúa más la ascesis voluntaria, que el cris-
En este contexto de liberación interior hay que tiano activo encuentra más bien en las exigencias
entender la importancia que daban los Padres a la de la acción. Tiene que ver con las culturas, y la
renuncia y a la ascética, como medio para liberarse valoración que hacen de las mediaciones corpora-
de sus servidumbres interiores a fin de estar total- les, del bienestar o de las realidades mundanas. La
mente disponibles para Dios y los demás. Ellos fue- espiritualidad contemporánea no gusta de una as-
ron los primeros en introducir la ascética, la renun- cesis «inventada» y sobrepuesta a los sacrificios que
cia cristiana, en la espiritualidad, de manera racio- la vida diaria impone, y quiere más bien hacer de
nal y sistemática, elaborando sobre sus posibilida- estos sacrificios, de los deberes y compromisos, del
des de liberación del espíritu. ministerio y de los servicios, el lugar común de la
ascética.
Consiguientemente, también los Padres del de-
La renuncia como ascesis corporal sierto desarrollaron su propio camino ascético, evi-
dentemente muy ligado al radicalismo de su opción
La ascesis subraya sobre todo la renuncia cor- espiritual, a la cultura y antropología de su tiempo.
poral y exterior. Globalmente, en su intención fun- Para nuestra mentalidad, el ascetismo de los Padres
damental, es asumir un estilo de vida radicalmente nos parece más admirable que imitable, y con ra-
diverso del mundano, y la huida al desierto es su zón. Pero lo que aquí nos interesa no es la materia-
primer paso, siguiendo las palabras de Jesús «el que lidad de sus renuncias, sino los valores humano-
no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi cristianos que descubrieron y perpetuaron, que es-
discípulo» (Le 14,33 y anteriores). Desde entonces, tán en el fondo de sus rigorismos y excesos ascéti-
la ascesis ha quedado como un valor cristiano, y cos.
también humano, permanente. Hoy también nece- Veamos algunos de esos valores, que los Padres
sitamos ascesis si no queremos ser tragados por la mismos privilegiaron, de los cuales hoy tampoco po-
mundanidad. demos prescindir aunque los practiquemos de mo-
Como modo de crecer en libertad ante las se- do muy diferente.
ducciones del «mundo, la carne y el demonio», la Contrariamente a lo que a veces se oye, el tra-
ascesis toma y tomó muchas modalidades en la his- bajo era la primera fuente de renuncia y de ascesis

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para los Padres. Y el valor ascético del trabajo que- sierto es el silencio. En la sabiduría del desierto, si-
dó como esencial en el monaquisino oriental y oc- lencio no es simplemente no hablar. Es antes que
cidental, y es hoy también la fuente principal de as- nada el silencio interior fecundo, y es el control de
cetismo para el cristiano moderno. la lengua y de los juicios internos, según la caridad.
Para los Padres, el trabajo es ascesis por el es- Dice un apotegma: «Un hombre puede parecer si-
fuerzo y fatiga que representa. También es ascesis lencioso, pero si en su corazón está condenando
como forma de pobreza; ganaban su vida con el su- a otros, está charlando sin cesar». El silencio es una
dor de su frente, y lo que les sobraba lo daban a actitud, y en lo que tiene de renuncia ha de ser lle-
los pobres. Por eso el trabajo es también para ellos, nado por Dios para que adquiera valor cristiano.
y sobre todo esto, el esfuerzo que realizan en servir El silencio como lugar de la escucha de Dios es
al prójimo y en practicar la misericordia. Los Padres el lugar de la reintegración y reorientación de la vi-
unieron el trabajo a la caridad, elemento hoy muy da del hombre, siempre perplejo, confuso, tenta-
olvidado en nuestras sociedades de lucro y produc- do, requerido para múltiples cosas, y al final des-
ción. En fin, para los Padres el trabajo era también centrado. En el silencio religioso las cosas y perso-
un factor importante para evitar y vencer toda suerte nas vuelven a su cauce y perspectiva reales. En su-
de tentaciones, y ponen en guardia contra el ocio ma, el silencio interior y el control de la lengua, que
como fuente de ellas. suponen inevitablemente momentos diarios de si-
Pero la ascética del trabajo en los Padres va más lencio exterior, es más que ascética, es también
allá del trabajo mismo, es decir, es ascesis también contemplación. Prepara la contemplación y la acom-
no dejarse esclavizar por el trabajo, ni hacer del tra- paña.
bajo un ídolo. Esta otra cara de la ascética del tra- Luego está la ascesis de la castidad. Para los Pa-
bajo es igualmente importante para el hombre de dres, esta renuncia no está tanto ligada al cuerpo,
hoy, sometido al trabajo por el trabajo y a su rendi- al afecto o a la sexualidad, sino que tiene que ver
miento. Los Padres sabían parar el trabajo, regu- con el amor. La castidad para ellos es el amor indi-
larlo y disciplinarlo, para dedicar tiempo a valores visible a Jesús, y esta noción positiva del celibato
que son más importantes que el trabajo, como la es clásica de la mística cristiana. Así, colocan la as-
contemplación y la gratuidad de la caridad frater- cesis de la castidad en un contexto de amor radical
na. Aquí también hay un mensaje para los cristia- e indivisible a Dios; en un contexto de contempla-
nos de hoy. ción y oración. Pero por larga sabiduría y experien-
El segundo valor central de la ascética del de- cia no descuidan las medidas propiamente ascéti-
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cas; insistirán en el hábito general de la renuncia,
el ayuno en el sentido amplio de la palabra, está pre-
en el trabajo, pues el ocio hace particularmente vul-
sente en todas las grandes religiones e incluso en
nerable a la castidad, y especialmente en el control
los ideales humanistas. Sus tiempos fuertes los en-
de la comida y bebida. Saben que la castidad es al
contramos no sólo en la Cuaresma cristiana, sino
mismo tiempo un don del Señor y una lucha per-
también en el Ramadán de los musulmanes y en la
manente, que hay que acoger y cultivar en la hu-
mística hindú. Todas las espiritualidades saben que
mildad. Humildad y castidad van juntas para los mís- el ayuno y la parsimonia en el comer y beber forta-
ticos. Aquí la humildad es la desconfianza en las lece el dominio de sí mismo y el desarrollo de nues-
propias fuerzas, la huida de las ocasiones, la fuga tras facultades espirituales. Que es también un ca-
en la tentación, el no «hacer trampas» con uno mis- mino de penitencia y de purificación, y una forma
mo. de plegaria por la que nos disponemos a la miseri-
El desierto dio a estos cristianos una percepción cordia de Dios. En los Padres del desierto, además,
muy equilibrada y realista de la castidad. Por sus el ayuno estuvo muy ligado a la solidaridad: era una
medidas ascéticas no la «espiritualizan», y por el manera de ahorrar a fin de compartir su alimento
contexto de la libertad del corazón para amar en que con los pobres y de hacer limosna.
la realizan no la legalizan ni cosifican. Y al final, la
El ayuno voluntario se ha constituido también,
castidad será para ellos un modo de «morir al próji-
modernamente, en un medio de presión social y po-
mo» (al prójimo como objeto, como compensación,
lítica, y en una forma de protesta ante situaciones
como servicio a sí mismos) y de abrirse cada vez injustas, cuando las partes afectadas carecen de po-
más plenamente al amor fraterno y a la praxis de der o de medios de acción efectivos. En la cultura
la misericordia. hindú, el ayuno como protesta tiene una larga tra-
La ascesis de la castidad no era ajena, en la ex- dición; los ayunos de Ghandi no son un caso insó-
periencia de los Padres, a la ascesis y control en la lito. Con todo, el ayuno de protesta socio-política,
comida y la bebida, y al ayuno. Percibían, por in- que es válido en sí mismo, no es necesariamente
tuición y experiencia, que ambas ascesis están re- espiritual, y tiene importantes diferencias con el ayu-
lacionadas, y que la gula predispone a la sensuali- no religioso. El ayuno religioso tiene a la vista, en
dad. Por otra parte, en su práctica del ayuno, a me- primer lugar, los pecados propios y no los pecados
nudo extremado, entendían ser fieles a la tradición de los demás, y está motivado por la conversión pa-
espiritualidad bíblica y evangélica, sancionada por el ra crecer en el amor: los motivos estéticos (adelga-
mismo Cristo en el desierto de la cuarentena. Más aún, zar), o de salud, o de protesta social no son sufi-

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cientes para hacer del ayuno una experiencia espi- niveles cada vez más exigentes, en una sociedad
ritual. de producción y desarrollo ciegos, donde la auste-
De cara a nuestras actuales convicciones de an- ridad parece mala y la comodidad y acumulación,
tropología cristiana, los Padres del desierto practi- buenas. A través de un modo de austeridad obvia-
caron el ayuno de manera excesiva y a veces abe- mente extremado («poseer sólo lo que no se pierde
rrante. Advertimos ahí influencias culturales ajenas al morir», reza un apotegma), esos eremitas nos re-
a la espiritualidad cristiana. En muchos casos el con- cuerdan hoy que toda austeridad debe implicar una
trol de la comida y bebida constituía una obsesión cierta escasez e «incomodidad», para que sea autén-
y una práctica santificadora por sí misma. Aún más, tica, y por sus mismos excesos nos advierten tam-
se llegó a considerar algunos alimentos, como la bién .que las formas de austeridad son relativas a
carne, de suyo «malos». Estas tendencias, que en- los modelos culturales y sociales, y que en cada cul-
contramos aquí y allá en la historia posterior de la tura y sociedad los cristianos deben descubrir, pe-
mística, no debieran hacer olvidar especialmente al nosa y lentamente, el modo de austeridad a que son
hombre moderno, el valor humano y religioso del llamados. Lo cual, aunque no lo parezca, se hace
ayuno practicado por amor e integrado en una vi- más necesario en las sociedades de consumo y des-
sión positiva del cuerpo y de los placeres sanos. arrollo material: cómo vivir hoy, de modo totalmen-
La ascética de los Padres podría resumirse en te diferente, los valores de pobreza y austeridad de
la búsqueda de una pobreza lo más radical posible. los santos del desierto.
Para ellos, la pobreza era un desprendimiento total
de dependencias exteriores para mejor identificar-
se con Cristo pobre y para poder compartir con los
pobres. Estas motivaciones de la pobreza han per- La renuncia del corazón
manecido substancialmente las mismas a través de
la historia de la Iglesia. Para los Padres, la castidad Los Padres del desierto no cayeron en la tram-
era una forma de pobreza; el mismo desierto era el pa de centrar su espiritualidad en la renuncia exte-
marco exterior que facilitaba la desnudez de los ído- rior. Esta la consideraban vana sin la renuncia inte-
los interiores. Su concepto de la austeridad cristia- rior, o pureza del corazón, en su sentido más evan-
na consistía en contentarse sólo con lo necesario, gélico, a tenor de la bienaventuranza: Desarraigar
en lo que tienen mucho que enseñar a los cristia- del fondo de nuestro espíritu todo ídolo y deseo do-
nos contemporáneos, donde lo necesario adquiere minante incompatibles con el crecimiento en la li-
bertad del amor.
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Encontramos en ellos los primeros análisis sis-
temáticos sobre las pasiones y la lucha contra ellas se y aceptar, sin poner resistencia, la acción del Es-
(«pasión» en la tradición mística tiene un sentido píritu. Después de las primeras etapas, donde los
siempre peyorativo y esclavizante), y la idea de la ídolos son obvios y conscientes y donde la ascéti-
espiritualidad como «combate interior», y como una ca juega un papel necesariamente prominente, la
forma de martirio incruento y progresivo. Siguien- renuncia del corazón tiene un carácter de acepta-
do las palabras de san Pablo, «ofreceros como hos- ción pasiva y de alguna manera siempre dolorosa.
tias vivas», los Padres hicieron de la renuncia del Esta experiencia se hará capital en la mística cris-
corazón su oblación martirial. Sabemos que uno de tiana; más adelante, san Juan de la Cruz hará de
ella la mejor síntesis conocida: la purificación pasi-
sus motivos de éxodo al desierto era reeditar, de
va de los sentidos y del espíritu a través de las no-
modo simbólico y espiritual, la experiencia del mar-
ches.
tirio, ya desaparecido con la paz constanti-
niana. De ahí la dimensión de «espera» y «expectación»
Los eremitas no cultivaron mucho la liturgia por propia de la conversión cristiana, puesto que ésta,
motivos históricos. Pero no parecían muy ansiosos llevada a la raíz, supera la capacidad ascética del
de hacerlo; su forma misma de vida consagrada ca- hombre, así como las exigencias del apostolado y
recía de un rito de iniciación o de cualquier forma de toda forma de misericordia que brotan de esta
de liturgia. Para ellos, la ofrenda de sus vidas por conversión, superan el esfuerzo de su voluntad.
amor y en un contexto de renuncia interior, era una Los Padres del desierto se dispusieron a la puri-
liturgia continuada, y sus vidas tenían un conteni- ficación que viene de Dios mediante la oración, la
do pascual, sacramental, que es el propio de la li- humildad, la discreción de espíritus y la lucha con-
turgia cristiana, sacramento del paso a la vida nue- tra los engaños del demonio. Veamos qué mensaje
va del Espíritu por la muerte del hombre viejo. nos comunican a través de su manera de vivir es-
En contra de algunas apariencias, los Padres no tos valores.
eran voluntaristas. Sabían que las medidas ascéti-
cas son insuficientes cuando se trata de purificar
el corazón, ese fondo del espíritu donde habitan la
ceguera y el egoísmo más o menos inconscientes.
Sólo el Espíritu Santo puede purificar y convertir la
raíz del hombre, y éste solamente puede disponer-

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61
El demonio del mediodía

San Pablo escribe que «nuestro combate no es


sólo contra fuerzas humanas... Nos enfrentamos
con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del
mal» (Ef 6,12). Explícita o implícitamente, esta afir-
mación formó parte, desde siempre, de la espiritua-
lidad cristiana. Su símbolo y paradigma es la victo-
ria de Jesús contra las tentaciones del demonio en
el desierto de la cuarentena. La lucha contra el de-
monio, nos advierten los místicos, se hace cada vez
más importante y sutil en las etapas superiores de
la espiritualidad, dado que el demonio se disfraza
de «ángel de luz», y sus seducciones se hacen más
difíciles de reconocer y discernir.
Este discernimiento y su consiguiente combate
fue preocupación permanente en los primeros ere-
mitas. De hecho, uno de los motivos de su opción
por el desierto era para imitar a Cristo en la monta-

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ña de la tentación, saliendo al encuentro del demo- Las crisis del atardecer
nio para vencerlo en su propio terreno. En la místi-
ca de los Padres, el demonio ocupa un lugar im- Para los Padres del desierto, el demonio es un
portante. Sucede lo mismo en la mística medieval, componente de las tentaciones y de las pasiones
en la mística hispana del siglo XVI, y en mayor o que las provocan. Establecieron una lista para dis-
menor grado en las escuelas posteriores de espiri- cernir los demonios propios de cada pasión funda-
tualidad. Para nuestra sensibilidad cristiana contem- mental: el demonio del orgullo, de la lujuria, de la
poránea, la demonología de los Padres del desierto gula, de la vanidad, de la pereza, de la avaricia, etc.
y del medioevo aparece exagerada y sobredimen- Analizaron profunda y lúcidamente cada una de es-
sionada. Toda tentación era relacionada con el de- tas pasiones, y su propio modo de tentación y en-
monio, y sus seducciones y trampas eran omnipre- gaño. Esta sistematización, hecha a partir de una
sentes. Aun los males físicos, y por supuesto psi- larga experiencia espiritual, más que de una cien-
cológicos, eran atribuidos al demonio. En este as- cia, a pesar de que sus conclusiones coinciden sor-
pecto nos sentimos muy diferentes a los clásicos, prendentemente con los hallazgos de la moderna
que nos parecen anacrónicos. Y como en otros as- psicología, se hicieron clásicas, y han sido poste-
pectos de la espiritualidad, debemos interpretarlos riormente adoptadas en la teología espiritual, en un
y recuperarlos en los términos de nuestro mundo contexto y lenguaje diferentes.
cultural. Los Padres no tenían nuestros conocimien- Los Padres doctos llamaron a estas pasiones lo-
tos médicos, antropológicos o psicológicos, ni nues- gismos, y los redujeron a ocho vicios capitales, con
tro refinamiento teológico, particularmente en lo re- sus correspondientes demonios. Su percepción es-
ferente a la teología del pecado y del mal. Además, piritual y psicológica, que incluía siglos antes de la
en su lenguaje, el mal y el demonio eran equivalen- psicología moderna atisbos del mundo inconscien-
tes, y no se hacían preguntas sobre la identidad es- te y de sus motivaciones, no se reducía sólo al aná-
pecífica del demonio. Por otra parte —y en esto los lisis del modo de tentación de los logismos. Incluía
Padres y otros místicos nos deberían a su vez también criterios de discernimiento y de superación.
cuestionar— nuestras convicciones sobre la acción Podemos aprender de ellos que cada logismo y que
del demonio en el mundo y su vigencia en la espiri- cada demonio tiene su propia terapéutica y su pro-
tualidad son bastante débiles y confusas. pia manera de hacerle frente y ser superado. Estas
elaboraciones sobre las pasiones capitales y sus de-
monios nos parecen hoy ingenuas en su simplici-

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dad, pero por la experiencia y conocimiento de la a poco en la madurez que sigue a los primeros idea-
naturaleza humana que nos revelan, son una can- les y realizaciones, y a las frustraciones y fracasos.
tera de sabiduría humana y mística. El hombre mira para atrás y le parece que no ha he-
Merece una atención especial las reflexiones que cho nada significativo, y que en el presente no tie-
hicieron los monjes del desierto en torno a la pa- ne mucho que mostrar. No tiene ánimo de comen-
sión y demonio de la acedía. La acedía tiene impor- zar de nuevo y prefiere quedarse con una rutina que
tancia porque no es tanto una pasión específica, si- le causa tedio. El amor de su matrimonio o de su
no que es un estado de espíritu que invade toda la consagración a Dios han perdido sentimiento y fer-
conciencia humana. La acedía es el tedio o aburri- vor, y ha quedado un vacío que la pura fidelidad
miento espiritual. Es el vacío global y falta de pro- no parece poder llenar. Se quisiera una vida más
pósito aparente que sumerge a la persona en cier- interesante y reconocida por otros, y esto parece
tas etapas de su desarrollo humano y espiritual, que fuera de su alcance. Se han perdido las ilusiones
habitualmente coinciden con la madurez de la vi- y se acentúa un cierto cinismo, que es uno de los
da. Por esta razón algunos Padres llamaron al te- síntomas de la crisis de la madurez. Un profundo
dio espiritual, el «demonio del mediodía» de la vi- tedio y cansancio invade al hombre.
da, inspirados en el salmo 90: «Su brazo es escudo La sabiduría del desierto consistió aquí en que
y armadura: no temerás... la epidemia que devasta esos rústicos eremitas, siglos antes de que las cien-
a mediodía». cias contemporáneas investigaran sobre las crisis de
Las elaboraciones que los monjes del desierto la madurez, ya las habían analizado en su nivel más
hicieron del demonio del mediodía quedaron inte- amplio y radical: como crisis y tentación global en
gradas en la tradición mística cristiana casi sin cam- la espiritualidad. Los Padres integraron en la místi-
bios substanciales, tan certeras eran éstas. También ca experiencias aparentemente sólo psicológicas, y
por el camino de la psicología, el hombre moderno expusieron en términos de tentación y llamada a la
ha descubierto y analizado la misma experiencia bá- conversión lo que para los psicólogos sería sólo una
sica, en la perspectiva de crisis de la madurez. Así, crisis. En este punto, los espirituales del desierto hi-
con otro lenguaje, la crisis del mediodía ha sido te- cieron una de las primeras síntesis entre la psicolo-
ma' para los escritores, los poetas, los psicólogos gía y la mística.
y psicoanalistas, los consultores matrimoniales, y, El demonio del mediodía es el demonio que con-
por supuesto, los maestros espirituales. grega a todos los demonios. Es una de las tenta-
La crisis o demonio del mediodía se revela poco ciones más radicalmente sutiles. Se presenta pasa-

66 67
do el primer entusiasmo y dinamismo del camino viste a mí otra vez has visto que estaba siempre jun-
espiritual, como cansancio y futilidad. La oración to a ti».
parece inútil e improductiva; la práctica de la mise- El recurso a la palabra de Dios es la segunda
ricordia fraterna parece tan lejana como antes, en- terapéutica fundamental para vencer la tentación del
cadenada a los defectos del temperamento y del mediodía y las tentaciones del demonio en gene-
egoísmo. Las pasiones parecen reaparecer constan- ral. A ejemplo de Cristo que expulsó al demonio con
temente, de nuevas maneras. El espíritu parece can- el uso reiterado de la Palabra, los Padres medita-
sado, insensible y opaco. La simbologfá mística ha ban continuamente la Biblia y especialmente los
usado innumerables símbolos para expresar esta ex- Evangelios, sobre todo en tiempos de crisis y ten-
periencia clásica de la madurez humana y espiritual: tación. Seleccionaban y aprendían de memoria fra-
sequedad, aridez, desierto, éxodo, noche... En to- ses bíblicas adecuadas a las diversas formas de se-
do, la tentación fundamental consiste en ir recupe- ducción del demonio, usándolas como plegaria. El
rando, poco a poco e insensiblemente, lo entrega- recurso a la Palabra se hacía tanto más importante
do a Dios en el comienzo de generosidad y entrega por cuanto el demonio suele servirse de la misma
total. Palabra para engañar y seducir, como vemos en las
La terapéutica de los eremitas y de todos los mís- tentaciones de Cristo en el desierto. La experiencia
ticos ante la tentación del mediodía es siempre la que tenían los Padres de que la Palabra de Dios fal-
misma: continuar buscando la voluntad de Dios, no samente leída e interpretada es fuente de las des-
tanto motivados por la ilusión y la sensibilidad, si- viaciones y cegueras más sutiles y de engañosas
no por una fe y un amor purificados. Particularmen- confusiones entre las tinieblas y la luz, los llevaba
te continuar constantes en la oración, a pesar de a meditarla acompañando su oración con el espíri-
la aridez y de la noche: la primera tentación del de- tu de discernimiento que facilita la renuncia del co-
monio meridiano es la de abandonar la oración por- razón.
que no somos dignos de ella en ese estado de te- Esta renuncia les parecía necesaria para recibir
dio e insensibilidad, o porque Dios parece olvidado la luz de la discreción de espíritus y la fuerza para
de nosotros y no respondernos. Cuenta un apoteg- sobrellevar la tentación. Así como habían descubier-
ma que un eremita sumido en la tentación dejó la to para cada seducción una Palabra iluminadora,
oración para más adelante recapacitar y recuperar- también la experiencia les enseñaba que diversas
la, y que oyó la palabra de Jesús en su espíritu mien- seducciones se combaten mejor con ciertas renun-
tras oraba: «Fuiste descuidado. En cuanto te vol- cias que las neutralizan.

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Sobre todo, los eremitas se daban cuenta de que
el peor peligro de engaño en la tentación, y muy
particularmente en las crisis del demonio del me-
diodía, provenía del aislamiento y de la tendencia
a discernir solo y a enfrentar la crisis por sí solo. Por
eso, insistían tanto en la disposición de humildad
como el arma más segura contra los engaños y se-
ducciones del mal, y como consecuencia de ello,
insistían en la manifestación y apertura de concien-
cia a los hermanos. Así, estos anacoretas que se Los senderos de la luz
exiliaron en el desierto para buscar a Dios en la so-
ledad y el silencio, se constituyeron en los maes-
tros, iniciadores del arte de la dirección espiritual y
del discernimiento de espíritus en fraternidad. Un día, al atardecer, un campesino se sentó
a la puerta de su casa a tomar el fresco. Por ahí
pasaba el camino en dirección al cercano pueblo.
Pasó un hombre, que al divisar al campesino
sentado, pensó para sí: Este hombre es un pere-
zoso. No trabaja y se pasa el día sin hacer nada
sentado a su puerta. Y siguió de largo.
Luego pasó otro caminante en dirección al pue-
blo, y al ver al campesino sentado, pensó para sí:
Ese hombre es un mujeriego. Está todo el día sen-
tado junto al camino para ver pasar a las mucha-
chas y alternar con ellas. Y siguió de largo.
Pasó otro viajero en dirección al pueblo, y al
ver al campesino sentado a su puerta, pensó pa-
ra sí: Este hombre es muy trabajador. Ha trabaja-
do duro todo el día, y ahora, al caer la tarde, se
toma un merecido descanso. Y siguió su camino.
Enseñanza de la parábola:
En realidad, no podemos decir mucho del ca-
rácter y costumbres del campesino que se sentó

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a la puerta de su casa. Pero sí podemos decir al- de las conciencias, los caminos de la contempla-
go de los tres hombres que pasaron por el cami- ción.
no: del primero podemos decir que era un pere- Como fundamento de esta iluminación y cohe-
zoso; del segundo podemos decir que era un mu-
jeriego, y del tercero podemos decir que era un rentes una vez más con la tradición mística, los Pa-
hombre muy trabajador. dres daban la mayor importancia al espíritu de hu-
mildad.
De un apotegma de los Padres.

La iluminación como humildad


Repitamos una vez más. Para los Padres y Ma-
dres del desierto, la ascesis, la abnegación y la lu- Para los Padres, la humildad como valor cristia-
cha contra las pasiones no son valores que termi- no y no como forma de temperamento, no tiene que
nan en sí mismos. Lo que buscan a través de ese ver con ninguna forma de complejo, o de actitud
camino necesario es liberarse de lo que les impide psicológica, y menos con actitudes exteriores. Pues
amar y entregarse totalmente a Dios y a sus her- en su raíz, la humildad verdadera no es el resultado
manos, y purificarse para que la luz de Dios les re- de una relación con los demás, ni con uno mismo,
vele la verdad sobre ellos mismos y los caminos a sino que es el fruto de la experiencia y del conoci-
seguir para identificarse con la voluntad de Dios. miento de Dios. La humildad comienza por una luz
Esto, por lo demás, está en la naturaleza misma sobre Dios, su misterio y su bondad, y como de re-
de toda espiritualidad cristiana: la purificación es en bote, este conocimiento de Dios se refleja sobre lo
vista de la libertad y de la luz. Siglos más tarde san que somos nosotros en relación con Dios. Humil-
Juan de la Cruz escribiría que las imperfecciones e dad es experimentar la realidad de Dios y a través
infidelidades, aunque no desvíen de la ruta hacia de ella la propia realidad. Y ello, necesariamente,
Dios, esclavizan al espíritu, lo ensucian, lo debili- crea una actitud verdadera con respecto a lo que
tan y lo enceguecen. Los ermitaños del desierto sa- somos y tenemos, y con respecto a los demás. Pa-
bían esto por experiencia. Su itinerario espiritual es ra los Padres, el orgullo es una forma de mentira
un itinerario de iluminación; por eso sus mejores y de ceguera que, al afectar en primer lugar a Dios,
contribuciones espirituales no están tanto en el or- distorsiona lo que se piensa de uno mismo y lo que
den de la ascética, sino en el orden del arte de la se piensa de los demás.
iluminación: el discernimiento de espíritus, la guía De otra parte, la humildad en los santos del de-
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sierto va unida a la compunción por los pecados pa- Uno de los síntomas de humildad más típicos
sados y por las faltas presentes. La compunción co- de los eremitas es la obediencia a las personas a
mo ingrediente de la humildad es el dolor continua- quien es debida. Más tarde, al estructurarse la vida
mente renovado de la condición frágil y pecadora monacal y religiosa, humildad y obediencia religio-
del hombre, unido a la gratitud por la misericordia sa estarían en estrecha relación, pero ya los Padres
de Dios que lo ha liberado y que lo libera cada día. del desierto habían descubierto el valor de la obe-
Esta humildad evangélica, que no está hecha de diencia cristiana y eclesial, y la practicaban con sus
palabras o actitudes externas o de psicología hu- maestros de espíritu en actitud de humildad y co-
mana, es típicamente un don y un experiencia con- mo búsqueda de luz. Los modos de obediencia y
templativa, pero para los Padres era más o menos de práctica de la humildad de los Padres nos pare-
verif ¡cable por algunos síntomas que se pueden per- cen a veces desconcertantes para nuestra concien-
cibir en las relaciones con los demás. Pues la hu- cia actual de la libertad y dignidad humanas. Pero
mildad la concebían en la práctica como una cuali- hay que recordar que a través de la historia, la obe-
dad de la caridad fraterna, como inseparable de ella, diencia religiosa, y la obediencia en general como
como uno de sus fundamentos que la hacen posi- valor humano, ha tenido tantas modalidades como
ble. Si todo ha de resolverse en el crecimiento del han sido las culturas en que se ha realizado, y ha
amor, la humildad es la luz que ilumina las razones tenido tantos modelos válidos como han sido los
del amor. modelos de vida consagrada. Una cosa ha sido la
Así, la humildad tiene que ver con la caridad en obediencia en la vida eremítica, otra en la cenobíti-
el modo de hablar de los otros, de los ausentes, in- ca, otra bastante diferente, el modelo de la vida mo-
sistían los Padres. Tiene que ver con los juicios in- nacal en las grandes comunidades, otra el de la vi-
ternos que hacemos de los demás, y sobre todo con da religiosa activa y apostólica, e t c . .
la carga de misericordia que ponemos en nuestros Para los monjes y monjas del desierto uno de
juicios. La humildad se revela también en la pacien- los síntomas y frutos importantes de la humildad es
cia con que aceptamos las ofensas, y con nuestra la capacidad de discernir espíritus. La discreción de
prontitud en perdonarlas. La humildad también se espíritus es una actividad de iluminación, y sin hu-
muestra, para los monjes del desierto, en la liber- mildad no hay luz. El que discierne espíritus sin hu-
tad y desapego de las propias ideas y, por tanto, mildad es un ciego que guía a otro ciego.
en la disposición a escuchar, a ser iluminado por En la tradición del desierto, el discernimiento de
otros, a cambiar. espíritus, en sí mismo y en otros, consiste en saber

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distinguir lo bueno de lo malo en los corazones, en experiencia en esta materia. La discreción de espí-
lo que hacemos y en lo que nos sentimos inspira- ritus, que quedará como un elemento permanente
dos a hacer. Es ayudar a percibir lo que es inspira- de la mística cristiana, tuvo en los Padres su prime-
do por Dios, por el demonio o por pasiones o ilu- ra gran síntesis original. Más adelante, místicos tam-
siones. El discernimiento de espíritus pertenecía ya bién de síntesis, como Juan de la Cruz o Ignacio
a la tradición judeo-cristiana y se desarrolló como de Loyola, profundizarán en el discernimiento de
disciplina religiosa en las comunidades del Qumran. modo magistral y definitivo (hoy nos servimos de
Jesús instó a sus discípulos a discernir los tiempos ellos), pero los fundamentos de su doctrina habrá
y los espíritus, por ejemplo en: Mt 7,15 ss: «Reco- que buscarlos siempre en la mejor tradición medie-
noceréis al árbol por sus frutos»; Mt 16,3: «¿No sa- val que tiene su origen en los Padres del desierto.
béis interpretar las señales de los tiempos?»; Mt Muy unido al don de discernimiento se encuen-
24,32: «Aprended la parábola de la higuera. Cuan- tra el don de dirección o guía espiritual. Discernir
do sus ramas se ponen tiernas y echan hojas, co- el espíritu es el contenido habitual de la dirección
nocéis que el verano se acerca». El Nuevo Testa- espiritual; por eso, los Padres son considerados
mento, particularmente san Pablo, abunda en cri- igualmente como los iniciadores del arte místico de
terios para distinguir lo que viene del Espíritu y lo la guía espiritual y de la formación de la conciencia
que procede de la carne; para Pablo mismo, el dis- cristiana. En su contacto permanente con los discí-
cernimiento de espíritus es un carísima (I Cor 12,10). pulos que querían imitarlos y llevar su vida, los Pa-
dres los guiaban por el arduo camino del espíritu
más que nada animando, dándoles seguridad, dis-
Discernimiento y consejo cerniendo e iluminando. Esta guía era sobre todo
indispensable en los comienzos, en los períodos de
Si el discernimiento es un don del Espíritu, en- conversión, de aprendizaje de la oración, de edu-
tonces requiere humildad, continua purificación y cación en la caridad y en el modo de ascesis a que
oración. Debido a su forma de vida aislada de los Dios llamaba a cada uno. La dirección espiritual to-
grandes centros cristianos, y donde los eremitas mará muchas formas a través de la historia, más o
eran maestros unos de otros, los Padres del desier- menos estrictas, manteniendo siempre el principio
to cultivaron y aun elaboraron con gran extensión de que la guía de la Iglesia es necesaria en el itine-
y profundidad la práctica del discernimiento. Gran rario espiritual; los Padres del desierto inauguran la
número de sus apotegmas guardan relación con su modalidad propia de la vida consagrada, de maes-

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tro a discípulo, donde éste desea la santidad sobre distinguir el bien del mal; impide percibir lo defec-
todas las cosas. tuoso que hay en nosotros; impide discernir en
La guía de espíritus se hace más urgente no só- nuestro espíritu, y tomar así el camino correcto. Los
lo en el período de iniciación, sino también en tiem- Padres estaban convencidos, por experiencia, que
pos de crisis, de elección, de tentación y de obscu- la iluminación de las áreas ciegas que todos tene-
ridad. En todo ello, los Padres hicieron de la guía mos, es parte indispensable de la liberación interior
espiritual un verdadero arte del espíritu, y con po- y del acceso a la humildad y la verdadera caridad.
cas palabras, justas y oportunas, a menudo larga- Por eso, el tema de la ceguera lo elaboraron tanto;
mente oradas y reflexionadas, iluminaban a sus her- en los místicos de Oriente es donde encontramos
manos a veces para toda la vida. Esta sabiduría, que por primera vez el término «ceguera de corazón»,
transciende al desierto y a su época, es la que hoy y los remedios para disponerse a la luz.
conservamos en los célebres apotegmas o «dichos Los remedios espirituales de la ceguera de co-
y sentencias» de los Padres del desierto. razón que han quedado como clásicos en la espiri-
tualidad son: la oración, que es siempre una ilumi-
nación de la raíz de nuestro ser, aunque muy lenta
La ceguera del corazón y gradual; la Palabra de Dios, que la Iglesia nos con-
fiere, entre otras cosas, para iluminar todos los as-
El tema de la ceguera del corazón es clásico en pectos de nuestra vida; la guía espiritual, la correc-
la espiritualidad; es una variante del discernimiento ción fraterna, la comunidad: Dios nos da luz a tra-
de espíritus. Conscientes de que no sólo pecamos vés de nuestros hermanos, y a menudo sin que ellos
o erramos por mala voluntad, sino también por fal- mismos se den cuenta.
ta de verdad y de luz, todos los místicos han dado Por otra parte, los Padres son conscientes de los
gran importancia a la iluminación de la conciencia aliados de la ceguera que hay que combatir con la
como elemento de la conversión. Siguiendo los renuncia. Así, entendemos mejor cómo su ascéti-
evangelios y el Nuevo Testamento en general, to- ca es antes que nada una disposición para la ilumi-
dos los místicos han entendido que la obra de Cris- nación y una purificación de las raíces más típicas
to en nosotros es no sólo librarnos del pecado, si- de la ceguera. En su análisis de la ceguera, los Pa-
no también trasladarnos de las tinieblas a la luz. dres no necesitaban ser unos genios de la psicolo-
La condición humana está marcada por el pe- gía; acostumbrados a referirse a los evangelios, en-
cado y la ceguera. Esta ceguera de corazón impide contraban en ellos, en las palabras mismas de Je-

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sus, los peligros habituales de toda forma de cegue- ciones de la ética moderna provienen de cegueras
ra del corazón. colectivas y culturales. Por eso Jesús utiliza tanto
Así, la falta de amor fraterno; por eso su empe- el tema de la luz y las tinieblas, siendo él mismo la
ño por una caridad cada vez más exquisita: «El que verdadera luz que disipa la obscuridad de las cegue-
ama a su hermano permanece en la luz... quien odia ras del corazón y de las sociedades y culturas.
a su hermano está en las tinieblas» (I Jn 2,10,11). Esta es la luz que en definitiva los eremitas iban
Igualmente la riqueza; por eso su empeño en una a buscar al desierto, huyendo de la tentación de las
vida despojada y austera: «Las preocupaciones ma- cegueras de su tiempo que para ellos eran aparen-
teriales y la ceguera de las riquezas ahogan la Pala- tes en los grandes centros mundanos.
bra» (Mt 13,21,22). La autosuficiencia y falta de hu-
mildad; por eso su insistencia en la humildad: «Son
ciegos que guían a otros ciegos» (Mt 15,14).
La ceguera de corazón es una categoría bíblica
que los Padres elaboraron como categoría espiritual
y de la condición humana, sentando las bases para
todo humanismo realista y toda espiritualidad evan-
gélica. Tal vez en nuestros tiempos necesitemos to-
mar conciencia de la vigencia del tema. Hoy somos
mucho más sensibles al mal como acción que co-
mo ceguera. Somos más sensibles a la ética que
a la verdad; a los resultados que al sentido último
de esos resultados. Y no percibimos que muchos
males del mundo actual vienen más por ceguera que
por maldad deliberada. Los problemas de la gue-
rra, de la miseria y de los contrastes económicos;
la deshumanización creada por ideologías y por sec-
tas, son problemas creados por ciegos que guían
a otros ciegos y no por búsqueda deliberada de ha-
cer el mal. El error es tan deshumanizante como el
pecado, cuando proviene de la ceguera; las aberra-

80 81
La plegaria del corazón

Cierto día, un joven recientemente iniciado en


la fe, fue a visitar a un santo anacoreta, y le pre-
guntó: Padre, ¿cómo es Dios?
El santo eremita oró un momento y le contó
la siguiente parábola:
Dos amigos estaban sentados a la mesa, to-
mando leche. Uno de ellos era ciego de nacimien-
to. El que veía comentó lo blanca que era la le-
che, y el ciego le preguntó: «¿Cómo es el color
blanco?».
El amigo pensó un momento y le dijo: «El blan-
co es el color del cisne». Y el ciego volvió a pre-
guntar: «¿ Y cómo es el cisne?».
«El cisne», respondió su amigo, «es un ave
muy grande y muy hermosa, con el cuello largo
y curvo». Y volvió a preguntar el ciego: «¿Y có-
mo es curvo?».
Entonces su amigo lo cogió de la mano, y la
deslizó por la orilla de la mesa, que era redonda.
Y al mismo tiempo le dijo: «Curva es la forma de
esta mesa que estás tocando».

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El rostro del ciego se iluminó, y entonces le
fuente de conocimiento, y en los grados más altos
dijo a su amigo: «Gracias por explicarme. Ahora de la experiencia de Dios, es la fuente privilegiada
ya sé cómo es el color blanco». del conocimiento. En suma, la oración de fe y amor
es el camino eminente de la búsqueda y experien-
De un apotegma de los Padres. cia de Dios.
En segundo lugar, si es verdad que la oración
Hablando en categorías corrientes, los Padres está ligada a la vitalidad de la fe, la mejor prepara-
del desierto eran contemplativos en el sentido más ción a la oración se da alimentando la fe; y la fe se
estricto de la palabra: la oración y la contemplación alimenta especialmente con la Palabra de Dios. De
de las cosas de Dios constituía la búsqueda y la ac- ahí la enorme importancia que concedían los ere-
tividad eminente de sus vidas. mitas a la lectura continua de la Biblia, la lectio di-
Es verdad que orar y contemplar e$ capital en vina o lectura espiritual, que junto con renovar con-
cualquier espiritualidad, pero los Padres rodearon tinuamente su fe, preparaba inmediatamente a la
su oración y experiencia de Dios de tales condicio- oración y era ya en sí misma una oración. La rela-
nes óptimas (en realidad, todo su estilo de vida es ción que ponían entre la lectura y la oración era tan
en vista de la contemplación), que también dejaron fuerte, que los Padres no-doctos despreciaban to-
para las generaciones futuras lecciones definitivas da lectura hecha con ánimo de curiosidad, o aun
sobre los caminos de. la oración cristiana. de estudio, buscando tan sólo las lecturas que lle-
En primer lugar, los Padres y con ellos la tradi- varan a la meditación y condujeran al amor.
ción oriental posterior, reivindican que el único co- En tercer lugar, por consiguiente, los Padres nos
nocimiento posible, aquí en la tierra, del misterio de recuerdan que los métodos de oración, las técni-
Dios, se da por vía contemplativa y no por la vía cas actuales de concentración y el recurso a otros
de las mediaciones de la razón o la imaginación, mecanismos psicológicos, son vanos si no generan
siempre inadecuadas e insuficientes. Dios es dife- amor. Siglos más tarde, Teresa de Avila diría lo mis-
rente; Dios está más allá de las mediaciones, y lo mo al afirmar que «orar no es pensar mucho sino
único que nos adecúa a él es la fe, que es como amar mucho», y esta continuidad de convicciones
«un rayo luminoso de tiniebla» que deja a los senti- se explica porque el primado del amor es típico de
dos en la obscuridad, y el amor que se pone en la la mística cristiana. En ella, la contemplación es un
oración. En la tradición del desierto, retomada más diálogo personal y amoroso entre Dios y la perso-
tarde por la mística carmelitana, el amor es una na, y no tanto un acto de sabiduría y contempla-

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ción intelectual. Si comparamos en este punto la
ñor, siempre presente y que todo lo ve, dentro de
mística cristiana con las místicas no-cristianas de
uno». Para ello, los Padres recurrían a la oración le-
Oriente como el hinduismo, budismo, zen y taoís-
tánica: la repetición de una frase simple, capaz de
mo, encontramos que en Oriente la contemplación
enfervorizar y de concentrar el corazón y todo el ser
es sobre todo una sabiduría y una liberación inte-
en el amor de Dios. Es clásica la letanía hesicasta:
rior, pero donde falta, en la perspectiva cristiana,
«Jesús, Hijo de Dios vivo, ten piedad de mí, peca-
tanto el primado del amor como la relación perso-
dor»; de ahí la denominación de «oración de Jesús».
nal con un Dios personal.
La oración tetánica que desciende al corazón es
Los Padres, que emigraron al desierto para amar
típica de la contemplación de los eremitas del de-
mejor, y que para amar mejor tomaron el camino
sierto, y terminará por hacerse usual en el cristia-
de la ascesis y la abnegación, también para amar
nismo oriental. La oración de la mística oriental es
mejor tomaron el camino de «la oración del cora-
eminentemente tetánica. Pero, junto con ella, lo es
zón» sobre toda otra forma de plegaria. A este ca-
también, a lo menos en parte, la mística de Occi-
mino de oración lo denominaban la «oración de Je-
dente, el rosario, las letanías diversas, las antífonas
sús».
y estribillos, e incluso es característica de las espiri-
tualidades no-cristianas: el «mantra» de los hindúes,
el rosario de los atributos de Dios de los musulma-
La «oración de Jesús»
nes. .. El valor psicológico de concentración y de pe-
netración del corazón que tiene la fórmula religiosa
¿Tuvieron los Padres y Madres del desierto un
repetida, el principio letánico, tiene valor universal.
método particular o escuela de oración? Ciertamen-
Agotada la época de los Padres del desierto, el
te que sí. Su forma de oración, reelaborada y refi-
hesicasmo fue conservado por algunos monjes de
nada con el correr del tiempo, está en la base de
Oriente, hasta que los monjes griegos del monte At-
la forma de oración más conocida y prestigiada del
hos lo revitalizaron y perfeccionaron. De ahí pasa-
cristianismo oriental: el hesicasmo u «oración de Je-
ría a ser el modo de oración más popular en los mon-
sús».
jes rusos del siglo XIX, y así la «oración de Jesús»
El hesicasmo es llevar la oración al fondo de
se mantiene hasta nuestros días, ofreciendo sufas-
nuestro espíritu, convirtiéndola en una letanía de
cinación también a la espiritualidad occiderá¡£e$n?
amor. Dice un apotegma: «Rezar es descender con
temporánea. Así, las formas modernas É¡&Já'<&ra:
la mente al corazón y ahí estar ante el rostro del Se-
ción transcendental», «oración centrante» Í É »
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ring prayer) y otras, podemos entenderlas mejor si Así, las Moradas de Teresa de Jesús, las No-
conocemos su origen y el principio en que se apo- ches de Juan de la Cruz o el hesicasmo del cristia-
yan, que no es otro que el del hesicasmo: hacer des- nismo oriental, no tienen nada que envidiar a la sa-
cender la oración al centro del ser, al lugar del co- biduría zen o a la mística yoga, y más bien llevan
razón y del amor, al lugar del encuentro con el mis- a una plenitud lo que Dios ha sembrado en esas res-
terio de Dios, conocido ahí en un diálogo de ajnor. petables tradiciones religiosas. Como afirmaba un
conocido monje católico, moderno, tras haber vi-
vido largo tiempo en Oriente y haber estudiado y
Actualización de la tradición experimentado lo mejor de su misticismo: «Al mi-
rar para atrás, me es difícil decir si verdaderamente
Muchos cristianos buscan hoy métodos, pistas
las escuelas místicas del Oriente me han enseñado
e inspiración para su oración en la experiencia con-
alguna cosa. Pero lo que sí puedo decir es que me
templativa del Oriente no cristiano. Son atraídos por
han enseñado a apreciar mucho más, y a redescu-
el zen, por el yoga, por la sabiduría transcendental,
brir a veces la tradición contemplativa del cristia-
etc. Ello responde, por lo demás, a la fascinación
nismo».
que la sabiduría y la mística de Oriente siempre ejer-
ció en Occidente, sobre todo en los países ricos y En fin, la «oración de Jesús» reiterada es lo que
materialistas. condujo a muchos Padres a un estado contempla-
No cabe duda que las religiones de Oriente con- tivo, o estado habitual de oración. Para los Padres,
tienen una sabiduría y una tradición contemplativa esta actitud de oración consistía en dos cosas. Pri-
venerable, que puede contribuir a enriquecer la mís- mero, en reproducir en la vida y en las actitudes con
tica cristiana, como lo afirma la declaración sobre los demás las actitudes de la «oración de Jesús»:
las religiones no cristianas del último Concilio. Pe- gratuidad, adoración, respeto a los otros y agrade-
cimiento por el don de la vida, humildad y compun-
ro los cristianos contemporáneos harían bien en co-
ción, y sobre todo caridad. Segundo, la letanía del
nocer e inspirarse, en primer lugar, en su misma tra-
hesicasmo continuaba irrumpiendo durante las ocu-
dición espiritual, donde encontramos la misma ri-
paciones y relaciones del día, y así ellos descendían
queza, y aun los mismos métodos contemplativos,
constantemente al Dios del corazón con cortas ora-
llevados a un nivel más profundo: el de la relación
ciones letánicas. Más adelante, la espiritualidad cris-
con un Dios personal, por amor. Ya dijimos que esta
tiana denominó a esas breves y fervientes oracio-
dimensión está ausente de la mística de Oriente, que
nes letánicas, jaculatorias. Es bien sabido que su
es más una sabiduría que un encuentro con Dios.

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uso, si brota del corazón, ayuda al estado de ora- la vida no es posible sin un gran amor a Dios, y que
ción y al diálogo con Dios en la vida. Para los Pa- la síntesis oración-acción de los santos del desier-
dres, el hesicasmo (jaculatorias) durante el trabajo to, y la síntesis admirable de toda su espiritualidad,
eran los momentos débiles de oración, que prolon- no es posible si no se llega a estar, como lo esta-
gaban los momentos fuertes, las largas horas en que ban la mayor parte de ellos, verdaderamente ena-
se entregaban a la «oración de Jesús». morados de Dios.

Oración junto a la acción


De esta manera, y de un modo si se quiere in-
tuitivo, los Padres resolvían el permanente proble-
ma cristiano de unir la oración con la acción. La rei-
teración de la «oración de Jesús», durante el día,
fue el nexo privilegiado entre ambas. La espirituali-
dad posterior buscó siempre hacer esa síntesis, des-
de el «ora y trabaja» de san Benito y el monaquis-
ino, pasando por el «entregar a otros lo contem-
plado» de santo Domingo, por el «contemplativo
en la acción» de san Ignacio y la vida apostólica,
hasta las síntesis contemporáneas fundadas en las
presencias de Cristo en los prójimos, en la historia
y en oración, como una misma experiencia de Dios
diversificada. En todo este itinerario, las oraciones
breves que descienden al corazón durante las acti-
vidades, mantuvieron siempre la vigencia de todo
método útil, complementario y probado. Pero me
parece que la plegaria del corazón que practicaron
los Padres y Madres del desierto con tanta autenti-
cidad y amor nos enseña algo todavía más profun-
do: que la oración del corazón, y su irrupción en

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