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Mónica

McCarty La Flecha

Àriel x

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS:

flecha

9º libro de la Entrega: La Guardia de los Highlanders

Traducción: Àriel x.

Àriel x ll Journals

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

ÍNDICE

 Sinopsis 4

 Prefacio 6

 Prólogo 7

 Capítulo 1 20

 Capítulo 2 29

 Capítulo 3 38

 Capítulo 4 48

 Capítulo 5 61

 Capítulo 6 66

 Capítulo 7 74
 Capítulo 8 83

 Capítulo 9 94

 Capítulo 10 101

 Capítulo 11 109

 Capítulo 12 121

 Capítulo 13 129

 Capítulo 14 135

 Capítulo 15 147

 Capítulo 16 154

 Capítulo 17 168

 Capítulo 18 176

 Capítulo 19 185

 Capítulo 20 196

 Capítulo 21 202

 Capítulo 22 212

 Capítulo 23 221

 Capítulo 24 227

 Capítulo 25 234

 Capítulo 26 243

 Capítulo 27 252

 Epílogo 260
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SINOPSIS

Los talentos del legendario Arquero Gregor MacGregor, ``Flecha´śon cruciales


ahora, cuando Bruce se mueve para reclamar sus propiedades escocesas.

Gregor es considerado el hombre más guapo en Escocia, y su fama como


arquero es sólo comparable a su reputación con las muchachas como un
rompecorazones. Pero cuando su rostro infame se expone durante una misión
encubierta, Gregor se ve obligado a pasar desapercibido.

Regresa a casa sólo para encontrarse con que una nueva batalla le espera: un
juego atrevido de la seducción que implica a su ya muy crecida y deseable
muchacha, Cate de Lochmaben.

Una luchadora nata, Cate se aferró a la vida cuando Gregor la rescató después de
una incursión inglesa que arrasó su pueblo, abandonando a su madre muerta. Sin
embargo, cinco años más tarde, la huérfano rudimentaria que Gregor tomó bajo
su protección se ha convertido en una mujer.

Valiente, fuerte, y experta en la guerra.

Cate está determinada a reclamar el guerrero que se niega a ser atrapado. El calor
de sus ojos le dice que tiene su atención. . . y su deseo. Pero Gregor no permitirá
que su corazón se rinda ante el peligro y los encuentre, hasta que la verdad de la
identidad de Cate se revela.

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La Guardia de los Highlanders
1. Tor MacLeod, Jefe: líder de las huestes y experto en combate con espada.

2. Erik MacSorley, Halcón: navegante y nadador.

3. Lachlan MacRuairi, Víbora: sigilo, infiltración y rescate.

4. Arthur Campbell, Guardián: exploración y reconocimiento del terreno.

5. Magnus MacKay, Santo: experto en supervivencia y forja de armas.

6. Kenneth Sutherland, Hielo: Explosivos and versatilidad.

7. Ewen Lamont, Cazador: rastreo y seguimiento de hombres.

7.5 James Douglas, Negro.

8. Robert Boyd, Ariete: fuerza física y combate sin armas.

9. Gregor MacGregor, Flecha: tirador y arquero.

10. Eoin MacLean, Asalto: estratega en lides de piratería.

11. Thomas McGowan. Herrero, Roca.

11.5 Sir Thomas Randolph, Pícaro.

12. Alex Seton, Dragón: dagas y combate cuerpo a cuerpo.

También:

Helen MacKay, (de soltera, Sutherland), Ángel: sanadora.

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PREFACIO

Año de nuestro Señor 1312.

Durante seis años, Robert de Bruce y su banda secreta de guerreros de élite


conocida como la Guardia de los Highlanders han estado librando una nueva
clase de guerra contra los ingleses, quienes han tratado de arrebatar la corona del
rey Robert Capucha y hacer de Escocia un feudo con el rey de Inglaterra como
su señor.

Para derrotar al ejército más poderoso de la cristiandad, superando en número,


armamento y entrenamiento, Bruce ha abandonado el estilo de lucha
caballeresco y ha adoptado la guerra "pirata"

de los guerreros feroces de las tierras altas y las islas occidentales. Al igual que
los nórdicos que habían descendido en las playas de Gran Bretaña cientos de
años antes, Bruce ha golpeado con terror en el corazón del enemigo con sus
ataques sorpresa, emboscadas y abrasando tierras para no dejar nada atrás,
ganando la batalla por el campo de Escocia.

Pero con las guarniciones inglesas todavía ocupando los castillos importantes de
Escocia, y poco en el camino del arsenal del cerco a su disposición, Bruce tendrá
que hacerse aún más inventivo, usando la astucia, engaños, y las habilidades
especiales de los hombres de la Guardia de los Highlanders para tomar de nuevo
el poder sobre el territorio de las fronteras.

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PRÓLOGO

Moss Wood, Lochmaben, Escocia, marzo de 1307

Cate pensó que nada podía ser peor que los horribles lamentos y los gritos de los
moribundos, pero estaba equivocada. El silencio de los muertos era infinitamente
peor.
Acurrucada en la húmeda oscuridad del viejo pozo, se balanceaba de un lado a
otro con un terror helado y tembloroso, tratando de no pensar en dónde estaba ni
qué podría estar arrastrándose a su alrededor.

Sus ojos ardían por las lágrimas que ya habían desaparecido hacía horas. Había
gritado y llorado pidiendo ayuda hasta que su voz se convirtió en un hilo. Estaba
tan sedienta, pero no se atrevía a suplicar por el agua. Sólo era consciente de lo
que pasaría si lloviera. ¿Cuánta agua era necesaria para que el pozo viejo se
llenara, centímetro a centímetro, mientras esperaba a que alguien la encontrara?

Pero los ingleses no querían que nadie la encontrara. Después de la muerte de los
soldados, la habían dejado aquí para morir. Morir lentamente de hambre o
ahogada. No les importaba cómo. Era su castigo por intentar salvarla...

Un sollozo se ahogó en su garganta. El calor hacía que se le hincharan los ojos.


Su madre. ¡Oh Dios, Madre! Cerró los ojos, tratando de ocultar los recuerdos.
Pero en la oscuridad no había dónde esconderse. Venían, a través su mente en
una avalancha de horror.

Cate había estado pescando en el río cuando oyó el sonido de los caballos. Fue la
multitud lo que hizo que el cabello de su nuca se erizara. En su pequeño y
aislado pueblo enclavado en las colinas boscosas de las afueras de Lochmaben,
habían pocos visitantes. En estos tiempos peligrosos, con el proscrito Conde de
Carrick (el rey Robert, como se había coronado) regresando a Escocia después
de haberse visto obligado a huir el año anterior, tantos jinetes podrían ser sólo
una cosa mala. Eran más de los hombres de Bruce que buscaban refugio en las
tierras ancestrales del rey proscrito -

poniendo al pequeño pueblo -de mayormente mujeres y niños- en peligro, o peor


aún, los soldados ingleses que habían guarnecido el cercano bastión de Bruce de
Lochmaben estaban mirando en cada Piedra y pueblo buscando a los forajidos o
los -"rebeldes" que les ayudaban.

Ella no se molestó con su red o línea de pesca (o sus zapatos, que se había
quitado y dejado en el banco). Solo corrió. El miedo se había apoderado de ella,
con las historias de la nueva ola de terror inglesa corriendo por su mente.
Hombres atraídos por caballos, mujeres violadas, niños golpeados, cabañas
saqueadas y quemadas, todo en el esfuerzo de hacer que el prójimo denunciase al
vecino.
Encontrar a los rebeldes y castigarlos. Cate no tenía amor por el "Rey" Robert,
pero incluso, él era preferible a sus "caciques" ingleses.

Que Dios los ayudara, si los ingleses supieran que su aldea había dado refugio al
puñado de hombres de Bruce que habían sobrevivido a una masacre hacía unas
semanas en Loch Ryan.

Cate había advertido a su madre –las otras mujeres se habían negado-, de que no
lo hiciera, pero Helen de Lochmaben no se disuadiría tan fácilmente. Era su
deber, había dicho. Incluso desposeído, 7

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el rey fuera de la ley era su señor.

Cate estaba a medio camino de regreso al pueblo cuando oyó el primer grito. Su
corazón dio un salto de pánico, y se lanzó hacia adelante a través de los árboles y
el campo, sin prestar atención a las ramas arañando sus mejillas o las piedras
clavándose en sus pies descalzos. Mientras pescaba había atado las faldas de su
kirtle alrededor de su cintura, revelando los calzones más cómodos que ocultaba
a veces debajo para no trastornar a su madre.

La primera cabaña en el borde del pueblo apareció a la vista. Pertenecía a su


amiga Jean. Abrió la boca para gritar por ella, pero el grito murió en su garganta.
Cate se detuvo en seco y sintió que se le revolvía el estómago. La madre de Jean
estaba tendida en el suelo con la sangre todavía fluyendo de la herida roja
brillante a través de su cuello. Jean estaba tendido sobre ella, sujetado a su
madre, donde había caído con una lanza por la espalda.

Era como ella había temido. Una docena de soldados ingleses se arremolinaban
sobre la pequeña cabaña como langostas vestidas de armaduras, una plaga negra
dejando sólo la muerte en su estela.

-Si no hay nada que valga la pena salvarlo, quemadlo -dijo uno de los soldados-.
El próximo pueblo lo pensará dos veces antes de ofrecer refugio a los rebeldes.

El corazón de Cate se sacudió horrorizado, sus palabras no dejaban lugar a dudas


lo que pretendían.
Era más que un castigo. Era una lección para los que ayudaron al rey fuera de la
ley.

El miedo, que nunca había tenido, la atrapó. Su madre. Tenía que encontrar a su
madre. Tenía que llegar antes que los soldados. Aunque los sonidos que venían
hacia ella le dijeron que ya podría ser demasiado tarde. Los ingleses estaban por
todas partes.

Cuidadosamente para no ser vista, se arrastró a través de los árboles, cada paso,
y cada cabaña que pasó, confirmaban sus peores temores. Fue una masacre
sangrienta y brutal. Los soldados no perdonaban a nadie. Los ancianos, las
mujeres, los niños, hasta los bebés, fueron cortados ante su mirada. Veintisiete.
Esa es la cantidad de gente que permaneció en el pueblo una vez que prosperó.

Gente que había conocido y cuidado toda su vida.

No penséis en eso ahora. Su estómago se volvió de nuevo, su cuerpo quería


librarse del horror, pero sabía que no tenía tiempo. Tenía que llegar.

¡Ahí! Finalmente, vio la cabaña pequeña que había compartido con su madre y
su padrastro, -el segundo-, hasta que fue asesinado el verano pasado. Si hubiera
quedado algún aliento en los pulmones de Cate, hubiera lanzado un suspiro de
alivio.

A diferencia de las otras cabañas de aserraderos, no había soldados alrededor de


él. Estaba misteriosamente callado. Gracias a Dios, había llegado a tiempo a su
madre.

Un grito atravesó la ilusión de la paz como una daga. Su corazón se congeló en


puro terror. Aunque nunca había oído a su madre hacer un sonido como ese,
instintivamente supo que era ella.

Cate podría tener sólo quince años, pero había visto bastante de la guerra y las
atrocidades inglesas para que su mente se llenara inmediatamente de imágenes
espantosas. Pero los empujó con fuerza.

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No penséis en ello. El grito significa que sigue viva. Eso es lo que importa.

Cate se centró en todo mientras se arrastraba hacia la cabaña, esperando en


cualquier momento –

como por ejemplo, que los hombres salieran y la capturaran-. Su corazón había
dejado de latir, y parecía apenas respirar, mientras daba vueltas alrededor.

-No, ¡por favor! -la voz aterrorizada y suplicante de su madre paró a Cate en
frío-. Por favor, no hagas daño a mi bebé.

Cate se mordió el labio para evitar que el sollozo que gorgoteaba en la parte
posterior de su garganta escapara. Su madre estaba embarazada de más de ocho
meses con el hijo de su padrastro muerto. Su segundo hijo, que había tenido que
esperar más de quince años para concebir. Entre Cate y su madre, era difícil
saber quién estaba más emocionada con el nuevo bebé. Un hermano o una
hermana, a Cate no le importaba. Finalmente tendría un hermano.

Por favor, no los hiráis.

Se arrastró por encima de la cerca que encerraba en los pocos animales que
habían dejado: un cerdo, una cabra vieja, unas gallinas y un gallo. Buscó un
arma mejor que el pequeño cuchillo que llevaba en el cinturón a su cintura para
destripar el pescado. De los pocos instrumentos de la granja apilados cerca de la
puerta trasera, ella agarró la más amenazante: una azada de mango largo. Una
hoz afilada para cosechar el grano sería mejor, pero aquí en el bosque no tenían
ninguna cosecha más que las pocas verduras resistentes que pudieron conseguir
hacer crecer en su pequeño jardín.

Oyó un fuerte gruñido y su imaginación ya no podía contenerse. Ella sabía lo


que significaba, pero aún no la preparaba para la vista que le cruzaba los ojos
cuando se movía desde la habitación de atrás donde los animales se mantenían
en el invierno en el salón.

Su madre estaba tumbada sobre la mesa donde habían roto el ayuno hacía apenas
una hora, un soldado con su cotun y un abrigo azul y blanco estaba apoyado
sobre ella. Estaba de espaldas a Cate, pero por el movimiento de sus caderas
entre las piernas extendidas de su madre era obvio lo que estaba haciendo. Tenía
el antebrazo presionado sobre la garganta de su madre para impedirle hablar y
respirar.

Los ojos ya abiertos de su madre se abrieron aún más de pánico cuando vio a
Cate sobre su hombro.

Cate escuchó la súplica sin palabras de que huyera y no mirara atrás, para
mantenerse a salvo, pero no podía prestar atención. Su madre era la única
persona en el mundo que ella amaba. No podía dejarla morir.

Los dedos de Cate se apretaron alrededor del mango de madera, sus músculos
tensándose con prontitud. No por primera vez, deseaba ser más grande. Siempre
había sido pequeña para su edad, y el hambre de la guerra y la ocupación inglesa
habían hecho que su esbelto marco fuera escaso. Pero trabajaba duro, y la piel
que tenía en los huesos era músculo.

Llamando a cada pedazo de fuerza que poseía, Cate levantó la azada y se


balanceó tan fuerte como pudo a través de la cabeza del soldado. Pero debió de
percibir su acercamiento y girar la cabeza lo suficiente para evitar el golpe en el
tiempo que había planeado. En cambio, el hierro de la azada se conectó con el
acero de su timón. La fuerza fue suficiente para hacerle tambalearse, tirándole de
su madre, pero desgraciadamente no se quitó de sus pies.

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Él la maldijo y se volvió contra ella con una mirada de tal rabia y amenaza que
podía vivir mil vidas y nunca olvidaría. Sus rasgos, aunque retorcidos, estaban
fijos en su memoria. Ojos oscuros y planos, nariz aguileña y afilada, bigote
delgado y barba recortada. Tenía el fino rostro forjado de un noble, no los
gruesos y pesados rasgos de un bruto que ella había esperado. Normando,
apostaría. Si no por nacimiento entonces por herencia. Pero sus refinadas
miradas no podían ocultar el mal que emanaba de él.

Él la maldecía y gritaba.

Su madre estaba llorando:- ¡No, Caty, no!


Sin dudar, Cate levantó de nuevo la azada. Estaba tan enfocada en su tarea, que
no oyó a los dos hombres que se acercaban desde el otro lado de la habitación,
hombres a los que ni siquiera había notado, mientras la bajaba de nuevo con
fuerza sobre su hombro.

Soltó un gruñido de dolor:- ¡Quitadme la perra de encima!

Uno de los soldados la agarró del brazo. La otra arrancó la azada de su mano. El
bruto que había estado violando a su madre levantó su mano de mano de acero y
la hundió con fuerza en la cara de Cate antes de que ella pudiera alejarse. Pero
notó con satisfacción la sangre que fluía por su brazo.

Al menos le había hecho algo de daño.

Su madre gritó y se lanzó hacia Cate, tratando de protegerla con su cuerpo.

Fue entonces cuando comenzó la verdadera pesadilla. El puñado de segundos


que tocaría una y otra vez en la mente de Cate. Sucedió tan rápido, y sin
embargo cada segundo marcó con una precisión inquietante.

Por el rabillo del ojo Cate vio el destello de plata mientras el bruto sacaba su
espada de la vaina de su cintura. Abrió la boca para gritar una advertencia, pero
ya era demasiado tarde. La espada cayó en un golpe vicioso sobre el cuerpo de
su madre, dividiendo su lado en la cintura en un instante. La expresión de su
madre pasó de aturdida al horror y al dolor, donde permaneció durante lo que
pareció una eternidad agonizante.

-Os amo... vuestro padre... lo siento... -su voz se desvaneció. Ella se tambaleó y
se deslizó al suelo.

Cate se liberó de su captor con un grito primitivo y trató de atraparla. Pero el


segundo soldado la detuvo antes de que pudiera llegar a su madre. Cate luchó
como un gato salvaje, pero él era simplemente demasiado fuerte.

-¿Qué debo hacer con ella, capitán? -le dijo al monstruo que acababa de cortar la
única persona del mundo que le quedaba.

El bruto se agachó para limpiar su espada en el sark de su madre, dejando una


veta enferma de rojo sobre el lino cremoso.
-Matad a la perra mestiza. La usaría para terminar, pero necesito una mujer, no
una patética moza en calzonas. Traedme una -ordenó al primer hombre.

El hombre que estaba sosteniéndola alcanzó su espada. Tenía el brazo envuelto


alrededor de ella como un tornillo. Aunque sabía que no tenía esperanzas, dio
patadas y gritó, intentando liberarse.

El capitán la observó con una sonrisa depredadora en su rostro, disfrutando


claramente de su terror.

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-Esperad –dijo-. Quiero que la mocosa rebelde pague por lo que se atrevió hacer
-la

echó en ese viejo pozo. Su sonrisa se profundizó, sus dientes blancos brillaron en
su rostro como los de un lobo-. Dejad que sufra antes de morir.

Eso fue hacía horas. Cuántos, no lo sabía. Había sido por la mañana cuando Cate
había ido a pescar, y los cielos habían estado oscuros desde hacía algún tiempo.
Las últimas brasas de los fuegos que los soldados habían incendiado, también.
Todo había desaparecido. Su madre. El bebé. Sus amigos.

Su hogar. Todo lo que quedaba era ceniza y este horrible pozo de muerte.

Había renunciado a intentar salir. Aunque la libertad era sólo un ascenso de seis
pies de distancia cuando se puso de pie, los puntos de apoyo para las manos y
pies que había en las paredes de piedra se desmoronaron con su peso. Había
intentado encajar su espalda contra la pared, pero sus piernas no eran lo
suficientemente largas como para ejercer suficiente presión para elevarse.

Cansada, fría y húmeda, sabía que tenía que conservar su fuerza. Alguien
vendría por ella. Alguien la encontraría.

Pero, ¿cuánto tiempo tomaría?


Cada minuto en este hoyo parecía una tortura. Su corazón se aceleró en su
pecho. Odiaba la oscuridad, y el miedo helado se había convertido en un
compañero de su dolor.

No hay nada que temer, Caty Cat. La oscuridad no te hará daño.

La risa de la voz, familiar hasta todos estos años pasados, salió de la oscuridad
como un fantasma, atormentándola con crueles recuerdos. ¿Qué la hacía pensar
en él ahora? Se lo preguntó. El padre –

padre de sangre, que calmó sus pesadillas cuando era una niña, pero ¿quién la
había abandonado y nunca había mirado atrás cuando tenía sólo cinco años?
Ciertamente no vendría por ella.

Una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo y ella la apartó con enfado. No
merecía sus lágrimas.

Sus ojos ardían ferozmente. Durante un rato su enfado mantuvo su miedo a raya.
Pero por la noche había vuelto. Lo siguiente se había convertido en pánico. Al
siguiente se había convertido en desesperación. Y por la quinta se había
convertido en la más horrible sensación de todos: desesperanza.

Gregor MacGregor miró alrededor de la concha carbonizada de la aldea, un


sombrío conjunto de sus famosos rasgos. El año pasado de guerra le había
mostrado algunos de los peores de la humanidad, pero...

La bilis se elevó hasta la parte posterior de su garganta. Tuvo que luchar para
mantener el contenido de su estómago abajo. Sus compañeros -especialmente
Eoin MacLean y Ewen Lamont, que habían estado aquí hacía un mes-, parecían
tener la misma lucha. Cuando MacLean desapareció detrás de uno de los
edificios quemados, Gregor pensó que había perdido la batalla.

-Es cierto -dijo Lamont-. Maldita sea, es verdad. ¿Quién diablos podría hacer
algo como esto? -Los ojos del rudo Cazador estaban llenos de incredulidad
cuando encontraron los suyos-. Todas esas mujeres y niños -su voz se cortó y
luego cayó a un susurro desigual-. Los mataron a todos.

Lamont se dio la vuelta. No parecía esperar una respuesta y Gregor no tenía que
darle ninguna.
¿Qué podía decir? Eso era cierto. Los cuerpos ennegrecidos que encontraron en
cada explotación no dejaban lugar a dudas. La furia reemplazó algo de su horror.
No más, juró. Una vez que Bruce 11

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estuviera en el trono, nada de esto volvería a suceder.

La importancia de esta misión para Bruce era evidente por el hombre que habló a
continuación. Tor MacLeod, jefe, el líder de la banda secreta del rey de soldados
de élite conocida como la Guardia de los Highlanders, no había salido del lado
del rey durante más de unas pocas horas en las últimas semanas. El
guardaespaldas personal, ejecutor, protector, consejero, MacLeod era todo para
Robert de Bruce. Sin embargo, el rey había enviado a su hombre de confianza
para controlar a los leales aldeanos que habían dado a un puñado de sus hombres
refugio después de la peor catástrofe de un corto reinado que se había cubierto
de desastres.

El temible jefe de las tierras altas de Occidente maldijo, su expresión de piedra


revelaba una rara visión por la emoción.

-Por una vez desearía que nuestros informantes se hubieran equivocado.

Gregor asintió:- como yo.

Habían llegado tan pronto como oyeron el primer rumor de que los ingleses
habían tomado represalias contra la aldea que había ayudado a los "rebeldes".
Dejando su base temporal en las colinas y el bosque de Galloway, habían corrido
los cuarenta kilómetros o más al este a través de Dumfries a Lochmaben. Pero
nunca habían tenido la oportunidad de evitar la matanza que había tenido lugar
aquí.

Tan pronto como MacLean se reunió con ellos, MacLeod se volvió hacia él y su
compañero, Lamont. Los dos guardias estaban entre el puñado de hombres que
habían escapado del desastre en el lago Ryan y se habían refugiado aquí.

-Nadie podría haberlo previsto. Esto no es culpa vuestra, de ninguno de vosotros.


¿Lo entendéis?
Su voz era dura y dominante, sin una pizca de compasión o tranquilidad. Lamont
y MacLean eran guerreros. Entendían órdenes, no indulgencias.

Ninguno de los dos respondió por un momento. Ellos intercambiaron una


mirada, y luego Lamont asintió brevemente, un momento después lo hizo su
compañero.

-Bien -dijo MacLeod-. Entonces demos a los aldeanos un entierro apropiado y


volvamos al rey para decirle lo que hemos encontrado. Pero no dudéis de que lo
que se ha hecho aquí será vengado -se volvió hacia Gregor-. Recoged los
cuerpos y traedlos aquí -estaban de pie en lo que había sido la aldea kirk,
identificable por los restos de la túnica dejada en el cuerpo del sacerdote-. Los
tres cavaremos.

Gregor asintió y comenzó el trabajo sombrío de reunir los carbonizados restos de


los muertos.

Alguien vendrá por mí...

Cate soñaba con caballeros de cuentos de trovadores. De guerreros fuertes y


guapos en cargadores blancos con cotun brillante, tabardos coloridos y pancartas
que fluían en el viento mientras cabalgaban al rescate. Nobles caballeros.
Valientes caballeros. Los caballeros de su infancia. Los caballeros en los que una
vez había creído. Un caballero como su padre.

¡Mi padre es el mayor caballero de la cristiandad! La jactancia que ella había


hecho cuando los otros niños la burlaban de ser un bastarda sólo había
proporcionado más forraje para ellos después de que se hubiera ido.

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¿Dónde está ahora el mayor caballero de la cristiandad, Caty? Se habían


burlado. Aquí no.

Se despertó con un sobresalto. Delirante de hambre y sed, apenas lo


suficientemente fuerte como para desplegarse de la pelota en la que se había
metido, porque Dios sabía cuánto tiempo, al principio el sonido de voces la
confundía. Había orado con tanta fuerza y por tanto tiempo sin respuesta que
cuando finalmente llegó, justo cuando se había resignado a su destino, parecía
una cruel burla de su imaginación.

Pero entonces las voces se hicieron más fuertes. Voces de hombres. ¿Eran los
soldados ingleses?

¿Habían vuelto para atormentarla? ¿Para terminar lo que habían empezado?

Un miedo irracional se apoderó de ella, y sus labios crudos, que se habían


separado para pedir ayuda, se cerraron. Pero entonces se dio cuenta de que tenía
que arriesgarse. Si los hombres eran amigos, podría ser su única oportunidad de
rescate. Y si eran ingleses...

Quizás la dejarían fuera de su miseria.

Abrió la boca para pedir ayuda, pero con una ironía cruel y retorcida, su voz se
estranguló en su garganta. Lágrimas de desesperación y frustración brotaron de
sus ojos. Ella deseó que su voz funcionara con todo lo que le quedaba, pero no
era suficiente para más que un débil susurro.

-¡Ayuda! Por favor, ayudadme -comenzó a llorar por la futilidad, precioso


líquido rodando por sus mejillas-. Ayudame.

¡Dios, esto no podía estar pasando! Era fuerte. No se rendiría. No quería morir.

Pensó en su madre, en el hermano o hermana que nunca tendría la oportunidad


de conocer, en los amigos y vecinos que había conocido durante toda su vida.
Alguien tenía que recordarlos. Alguien tenía que ver que los hombres que habían
gecho esto pagaban.

Lo intentó otra vez:- ¡Ayuda! -esta vez fue más fuerte. No mucho, pero lo
suficiente para darle ánimo. Se sentó un poco más derecha, miró a través del
túnel de luz, y lo intentó de nuevo. Y otra vez.

Sus esfuerzos fueron recompensados por un grito, una voz que parecía acercarse
a ella.:- Creo que hay alguien ahí abajo.

No era su imaginación. Ella gritó de nuevo, sollozando con esperanza y miedo.


No os vayáis... Por favor, ¡no os vayáis! Estoy aquí.

Con un estallido de energía, ella se tambaleó hasta un puesto, usando las piedras
cubiertas de musgo de la pared para ayudarse a mantenerla erguida. Levantó la
vista mientras una sombra cruzaba su cabeza. El rostro de un hombre apareció
por encima de ella, mirando hacia abajo.

Ella jadeó. Parpadeó. Sentía que sus rodillas se tambaleaban, y no por


agotamiento o hambre.

Por su cara. La más perfecta que había visto.

La luz del sol brillaba detrás de él como un halo, bañando su pelo en una luz
dorada. Su nariz era recta y fuerte. Su mandíbula firme, ligeramente hendida, y
no demasiado cuadrada. Sus mejillas altas y esculpidas. Y su boca... su boca era
ancha y lista para el pecado. Sus ojos eran de un color claro, azul o verde, no
podía decirlo, bajo las cejas arqueadas como las alas de un cuervo. No había ni
una parte de él, ni un hueso o una parte de piel de oro, que no se hubiera puesto
exactamente en la posición correcta.

Querido Señor, él no era un hombre, él era un ángel. Y eso significaba...

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Estoy en el cielo.

Fue su último pensamiento cuando el suelo se elevó bajo sus pies.

-¿Está viva?

Una voz profunda la sacó de la inconsciencia. Tenía la sensación de flotar. No,


de ser llevada. Los brazos de un hombre la rodeaban. Brazos fuertes y seguros.
La dejó en el suelo. El suave calor de su aliento cuando se inclinó sobre ella hizo
que sus ojos se abrieran.

Sus ojos se encontraron con los suyos, los de su ángel.


-Sí -dijo suavemente, rozando un mechón de pelo enmarañado de su frente-. Está
viva.

La dulzura de su voz hizo que su pecho se hinchara de emoción. Abrió la boca


para hablar, pero lo único que pudo hacer fue lamerse sus labios secos. Al
momento siguiente le llevó un cuenco a la boca y las primeras gotas de agua se
deslizaron por su garganta seca. Bebía con avidez, codiciosamente, hasta que
murmuró que lo tomara con lentitud, o se enfermaría.

Cuando lo apartó un momento después, ella habría intentado arrebatárselo si no


se hubiera distraído. Él la acunaba contra su pecho, y su cara celestial estaba tan
cerca, todo lo que tenía que hacer era alcanzarla y tocarla. Verde. Sus ojos eran
verdes y enmarcados por las más gruesas y gloriosas pestañas que había visto.
Injusto, incluso para un ángel.

¿Viva? Ella frunció el ceño cuando sus palabras penetraron.

-Pero vos sois un ángel -oyó lo que sonaba como una risa aguda que venía de
detrás de ella.

-Halcón se va a divertir con eso.

Su ángel lanzó una furiosa mirada hacia el hombre que había hablado, pero sus
palabras y su voz eran para ella:- Estáis viva, pequeña. Y segura.

El recordatorio de lo que había sucedido la hizo aferrarse a él con renovado


terror. Con la cabeza apoyada contra su pecho de cuero, un pecho muy duro y
ancho, miró detrás de ella, por primera vez viendo a los tres hombres que
estaban allí.

Ella jadeó, eludiendo el miedo. Eran masivos. Vestida con unos cotunes de cuero
negro hechos de pedazos de acero y de timones nasales oscurecidos (su salvador
estaba en el suelo junto a ella, se dio cuenta), los guerreros altos y musculosos la
estremecieron. Lo bueno era que no los había visto primero o podría haber
pensado que había muerto y se había ido bastante al sur del cielo.

¿Quiénes eran? No eran ingleses, lo sabía por el tintineo de la voz de su


salvador. Volvió a mirar, y vio los plaids oscuros que llevaban alrededor de los
hombros. Highlanders. Pero, ¿en qué lado estaban? Los clanes de las Highlands
lucharon a ambos lados de la guerra: algunos con Bruce y algunos, como los
MacDougalls, contra él, haciéndolos aliados reticentes de Eduardo de Inglaterra,
el autoproclamado "martillo de los escoceses". ¿Estos hombres estaban con los
ingleses?

Su salvador pareció sentir su miedo:- Está bien, muchacha, no somos vuestro


enemigo. Fuimos enviados por el rey Robert para ayudaros cuando oyó que los
ingleses habían tomado represalias por el refugio que vuestro pueblo había dado
a sus hombres.

¿Ayuda? Su boca se apretó. Bruce fue el que los había puesto en esta posición.
Él era el que había hecho esto. Pero estos hombres eran la prueba de que el
futuro rey de Escocia no los había 14

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abandonado por completo. No es que le diera mucho consuelo. Los hombres de


Bruce habían llegado demasiado tarde.

¡Y sólo había cuatro! Su corazón comenzó a correr de nuevo, golpeando contra


su pecho como un tambor.

-¿Y si vuelven?

-¿Quién? –preguntó-. ¿Quién hizo esto, niña?

Las lágrimas corrían por sus mejillas y un fuerte sollozo se desgarró de sus
pulmones:- Soldados ingleses del castillo. Hombres del conde de Hereford.
Ellos…

Empezó a llorar más cuando recordó lo que habían hecho. Él la acercó a su


pecho, calmándola con suaves palabras, diciéndole que estaría bien.

Pero no estaría bien. Nunca estaría bien otra vez. Su madre se había ido, y Cate
no tenía a nadie.

Inconscientemente, sus dedos agarraron con fuerza los músculos de acero de sus
brazos. Excepto él.
Este hombre que parecía un ángel enviado de Dios para salvarla de una muerte
segura. Mientras la abrazaba, ella lo tenía. Y Cate no quería dejarlo ir.

Gregor pensó que podría necesitar a Robbie Boyd (o al menos a la inhumana


fuerza de su compañero de la Guardia) para sacar sus brazos de las manos de la
muchacha, pero finalmente la joven se agotó de tanto de llorar que se quedó
dormida, permitiéndole ayudar a los demás a terminar su sombría tarea.

Pero él la observaba de cerca, donde la había dejado, envuelta en su plaid por los
caballos. La joven estaba traumatizada, y como era él quien la había encontrado,
se sentía extrañamente responsable de ella. Extrañamente, porque era una
experiencia totalmente nueva sentir cualquier tipo de responsabilidad hacia una
mujer, incluso una que era todavía un niña.

Pero cuando pensó en lo que había pasado, despertó cada hueso protector de su
cuerpo. Huesos que ni siquiera sabía que existían. La sangre de Dios, ¿cuánto
tiempo ha estado en ese infierno? ¿Cuatro días? ¿Cinco? Había estado cerca de
la muerte... todavía estaba cerca de morir. Sin comida y agua durante tanto
tiempo...

Él hizo una mueca. Sería muy malo para un hombre adulto, y mucho menos para
una niña con poca carne en sus huesos. Sus dedos destrozados de intentar salir
del pozo eran la evidencia de la tortura que había soportado y de lo desesperada
que había estado para escapar.

Había pensado que había visto casi todas las injusticias y crueldades bárbaras
que los ingleses podían sufrir. Pero, ¿quién podría hacer algo así a un niña?
Parecía calculado y casi personal.

Gregor no tenía mucha experiencia con las muchachas jóvenes, pero tenía dos
hermanos más jóvenes, y no podía tener más de once o doce años. Todavía una
joven niña que una joven mujer. Un lado de su boca se curvó, recordando los
pantalones que había sorprendido descubrir bajo sus faldas cuando la había
llevado sobre su hombro para salir del pozo.

Pesaba casi nada. Prácticamente piel y hueso. Frágil, pero con una fuerza
sorprendente para sus miembros flacos. Sí, la muchacha era una luchadora. Con
lo que había sobrevivido, tenía que serlo.

Fue MacLean quien finalmente hizo la pregunta que todos estaban pensando.
-¿Qué vamos a hacer con ella? No podemos llevarla al campamento. Es muy
peligroso.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Eso era un eufemismo. Habían estado de vuelta en Escocia por menos de un mes
después de estar en la carrera en las islas occidentales durante los últimos seis.
El ejército de Bruce había ganado una pequeña victoria contra los ingleses en
Turnberry, pero fueron una batalla perdida lejos de ser obligados a huir
nuevamente. Después del desastre en Loch Ryan, donde más de dos tercios de la
fuerza de Bruce habían sido asesinados, habían quedado con menos de
cuatrocientos hombres en todo el ejército.

Una causa perdida, podría parecerle a algunos, pero no conocían a Robert de


Bruce. Gregor lucharía a su lado durante el tiempo que le costara, aunque fueran
los dos últimos hombres en pie.

-¿Puede decir algo que nos pueda ayudar? -preguntó MacLeod.

Gregor sacudió la cabeza:- Nada más de lo que ya habíamos adivinado.

A pesar de que Lochmaben era parte de las tierras ancestrales de Bruce del
señorío de Annandale, su castillo volvió a estar en manos inglesas después de
haber sido retomado por Bruce el año pasado.

El rey Eduardo se lo había dado a Sir Humphrey de Bohun, conde de Hereford, y


el conde y la condesa (una de las hijas del rey Eduardo) habían llegado no hace
mucho para ocuparlo. Ella todavía está en estado de shock.

>-Ni siquiera ha podido decirme su nombre. Seguía llorando una y otra vez que
él mató a su madre, y que ahora estaba sola.

Lamont hizo una mueca:- Fue testigo de la muerte de su madre.

Gregor se volvió hacia él con gesto sombrío:- Sí, parece que sí.
-Pobre muchacha -dijo MacLean-. Es demasiado joven para haber visto algo así.

Una mirada extraña cruzó la cara de MacLeod. Gregor tardó un momento en


darse cuenta de que era compasión.

-Tenía diez años, probablemente, sólo un par de años más joven que ella, cuando
fui testigo de que mi madre había sido violada y asesinada. Todavía recuerdo
cada maldito momento.

Los hombres guardaron silencio. Al parecer, Gregor no era el único que se sentía
extrañamente afectado por el sufrimiento de la muchacha. Había penetrado en la
máscara de piedra de uno de los espadachines más temidos en Escocia: el
infierno, probablemente de la cristiandad.

Hasta el matrimonio de MacLeod el año pasado con Christina Fraser, Gregor no


creía que el jefe de la Guardia de los Highlanders fuera capaz de sonreír.

-¿Tiene parientes cercanos? -preguntó Lamont.

-¡No! -La voz de la muchacha sonó, y al instante siguiente, se lanzó en los


brazos de Gregor. Sus dedos crudos y ensangrentados estaban cavando en sus
brazos de nuevo, agarrándose más fuerte si fuera posible-. Por favor, no podéis
dejarme aquí. Me encontrarán y me matarán.

-Shhh -la calmó, acariciándole la cabeza-. Nadie os dejará aquí. ¿Pero no hay
algún lugar donde podamos llevaros? ¿Una tía? ¿Un tío?

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Àriel x

Ella negó con la cabeza con furia:- No hay nadie. Mi madre es mi única familia -
no corrigió su tensión.

-¿Que me contáis de vuestro padre?

Una mirada dura cruzó su rostro:- Muerto -por su tono, supuso que sus recuerdos
no eran agradables-.En Methven.
Uno de los muchos desastres que habían derribado a Bruce y a sus hombres el
año pasado:- ¿Cómo os llamáis, muchacha?

Ella dudó:- Caitrina.

-¿Y el nombre de vuestro padre?

Otra pausa:- Kirkpatrick.

Un nombre de clan bastante común alrededor de estas partes:- ¿No tenéis


hermanos o hermanas, Caitrina? -Gregor se dio cuenta de que era la pregunta
incorrecta cuando su rostro se derrumbó de dolor.

-Mi madre tenía ocho meses de embarazo. Él la estaba lastimando. Tuve que
tratar de hacerle parar.

Gregor sintió una furia en su interior, sospechando el tipo de "dolor". ¡Bastardos


enfermos! Él la apretó más fuerte, aunque sabía que no había consuelo que
pudiera darle que quitaría el dolor.

-Lo golpeé con la azada, pero perdí, y entonces él... -las lágrimas brillaban en los
grandes ojos marrones que dominaban su pequeña cara. Era una cosa linda
(incluso debajo de las manchas) con una boca ancha, nariz ligeramente hacia
arriba, la barbilla suavemente puntiaguda, y el pelo oscuro y las cejas para
marcar sus ojos-. La mató. Fue mi culpa. La mató por mi culpa.

La voz de Gregor se volvió brusca cuando la sacudió por los hombros y la obligó
a prestarle atención.

-No fue vuestra culpa -dijo con una voz que no admitía ninguna discusión -como
MacLeod había hablado antes con MacLean y Lamont-. Habéis combatido y le
habíais dado una oportunidad que nadie más en este pueblo tenía.

-Pero no he sido lo suficientemente fuerte.

-Sois lo suficientemente fuerte para intentarlo, y eso es lo que cuenta. Luchar no


es sólo sobre la fuerza física. La rapidez y el saber dónde golpear pueden
compensar el tamaño.

Ella lo miró con escepticismo:- Pero soy una chica.


Se burló pareciendo incrédulo:- Debo haberme confundido por los calzones.

Un ardiente rubor se elevó por sus mejillas:- Yo sólo los uso algunas veces para
que sea más fácil moverme -hizo una pausa y lo miró-. ¿De verdad creéis que
podría aprender a defenderme?

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Àriel x

Asintió con la cabeza, adivinando la dirección de sus pensamientos: impedir que


un hombre hiciera lo que le habían hecho a su madre.

-Estoy seguro de ello.

Sus cejas oscuras se cruzaron sobre su nariz, y su boca se atornilló con fuerza en
una expresión que era extrañamente feroz.

-Entonces lo haré. ¿Me enseñaríais?

Ah, infierno. Miró a sus compañeros en busca de ayuda, pero le dirigieron una
mirada que le decía que él se había metido en esto.

-Por favor -suplicó ella. -¿No podéis llevarme con vos? No tengo adónde ir.

Ella lo miró con tanta esperanza en sus ojos, que instintivamente quiso alejarse.
Nadie debía fijar sus esperanzas en él. Tenía que haber algún lugar donde
pudiera llevarla. ¿Una iglesia?

¿Tal vez un hogar para los huérfanos en Dumfries? Pero algo dentro de él se
rebeló ante la idea.

¿Qué sería de ella? ¿Quién protegería a una niña? ¿Y qué le pasaría cuando no
fuera tan joven? No tenía que preocuparse. No era su responsabilidad.

Él hizo una mueca. No lo era, pero no podía obligarse a apartarse. No importaba


lo que dijera MacLeod, todos tenían cierta culpa por lo que le había sucedido a
esta muchacha y a los demás aldeanos.
Tal vez había algún lugar en el que pudiera llevarla. En algún lugar donde sería
bien recibida, incluso. Su madre siempre había deseado una hija. Desde la
muerte de su padre y dos hermanos mayores, había estado tan perdida. Sabía que
su madre de buen corazón echaría un vistazo a la muchacha, oiría lo que le había
sucedido y se derretiría.

-Por favor -dijo la muchacha con la suficiente desesperación como para hacerle
un pellizco en el pecho.

Aunque cada instinto le decía que estaba cometiendo un error, Gregor no prestó
atención a la advertencia:- Mi casa está en Roro, cerca de Loch Tay, en las
Tierras Altas. Podéis quedaros con mi madre, si queréis. Estaréis a salvo allí.

La expresión de su rostro era una que había visto muchas veces antes -una cruz
entre la adulación y el amor-, y instantáneamente se arrepintió de cualquier
impulso que le obligara a hacer la oferta.

Pero era demasiado tarde.

-¿Lo decís en serio? ¿Realmente me llevaréis con vos? - se lanzó contra su pecho
y envolvió sus brazos alrededor de él-. ¡Oh gracias gracias gracias!

Maldito infierno, ¿qué había hecho?

Miró por encima de la oscura cabeza que apenas alcanzaba el punto medio de su
pecho para ver a sus amigos observándolos y tratando de no reirse, incluso
MacLeod.

-Rompe los corazones adonde quiera que vaya -MacLean le dijo a Lamont con
una carcajada.

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Àriel x

-Parece que habéis hecho otra conquista, MacGregor. Aunque esta sea un poco
joven incluso para vos. La maldición de una cara bonita, supongo.
-Gusano... -consciente de la muchacha, Gregor no dijo el resto de su respuesta.

En lugar de eso, le dirigió una mirada mortal a MacLean. No era gracioso.


Especialmente porque Gregor sospechaba que podría ser cierto.

¿En qué se había metido?

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Capítulo 1

Castillo de Berwick, Marca inglesa, 6 de diciembre de 1312

No hay nada malo conmigo.

Gregor arrastró la flecha hacia atrás y la soltó. Un disparo. Una matanza. No lo


echaría de menos.

No lo hacía. El soldado se quedó paralizado y la flecha de Gregor encontró el


estrecho trozo de piel entre sus ojos, uno de los pocos lugares desprotegidos por
el casco y el tapón de acero que los soldados favorecían. El antiguo timón de
estilo nasal nórdico que usaba el guardia de los Highlanders les habría servido
mejor. Pero incluso a esa distancia -Gregor no estaba a más de treinta metros de
distancia-, un blanco tan pequeño requería habilidad para golpear. Habilidad
como la que posee el mayor arquero de Escocia.

Un momento después, el cuerpo del inglés, envuelto en el cotun, cayó al suelo


como un árbol talado. Antes de que llegara al suelo, el siguiente objetivo ya
había aparecido en la muralla. Gregor apuntó con rapidez y disparó. No pareció
pensar. Sus movimientos eran tan suaves y precisos como un motor finamente
afinado de la guerra. Pero la fachada fría y sin esfuerzo enmascaró el intenso
enfoque y la concentración debajo. Todo el mundo contaba con él, pero bajo
presión era cuando Gregor MacGregor estaba en su mejor momento.

Generalmente.
El segundo soldado cayó cuando la flecha encontró su marca.

Después de casi siete años luchando en la élite de Bruce, la Guardia de los


Highlanders, nadie era mejor en la eliminación de objetivos clave antes de un
ataque que Gregor. Objetivos. Así era como tenía que pensar en ellos. Un
obstáculo entre él y su objetivo que necesitaba ser eliminado para lograr la
victoria. Y había habido muchos obstáculos en los últimos siete años.

Pero estaban progresando –un progreso real- y la victoria sobre los ingleses que
la mayoría había creído imposible estaba acercándose a la realidad. Desde que
regresó a Escocia de las islas occidentales, donde Bruce y los leales a él habían
sido forzados a huir hacía seis años, el rey había hecho progresos constantes en
arrebatar su reino de la ocupación inglesa. Había derrotado a sus propios
compatriotas para tomar el control del Norte. Robbie Boyd, junto con James
Douglas y Thomas Randolph, tenía un firme control sobre las fronteras sin ley. Y
el aislado reino céltico anterior de Galloway estaba a punto de caer al único
hermano restante del rey, Eduardo de Bruce.

Lo único que quedaba eran las guarniciones inglesas atrincheradas en los


castillos de Escocia, y una por una caían también sobre Bruce. Pero ninguno
sería más importante que el Castillo de Berwick.

La impenetrable fortaleza de las marcas escocesa o inglesa (dependiendo de


quién tenía actualmente el control) había visto más que su parte de esta guerra y
había servido como cuartel general del rey inglés en sus campañas anteriores.
Tomarlo les daría un ventaja, una gran ventaja, más cerca de la victoria. Pero sin
motores de asedio, Bruce y sus hombres tuvieron que confiar en métodos más
inventivos. Al igual que las escaleras de gancho y cuerda, dos de los compañeros
de Gregor de la Guardia de los Altos estaban esperando para lanzarse sobre la
pared, tan pronto como despejó las almenas del enemigo.

Gregor se asomó a la oscuridad, escudriñando pacientemente la pared, con el


pulso lento y firme.

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Àriel x
Había habido tres soldados patrullando esta sección de la pared. ¿Dónde estaba
el tercero?

¡Ahí! Su reacción instantánea, Gregor soltó la flecha al primer vistazo de acero


cuando el soldado salió de las sombras de la guardia. El hombre cayó al suelo
antes incluso de saber lo que le golpeó.

Pop, pop, pop, y se hizo. Los blancos habían sido despejados.

Gregor nunca perdía. Por eso era tan valioso. Cuando el sigilo era clave, la
Guardia de las Highlands no podía arriesgarse a una flecha errante o aterrizar en
una parte del cuerpo que pudiera dar al enemigo la oportunidad de despertar la
alarma. El éxito de Bruce dependía de los subterfugios. Y Gregor haría todo lo
que tuviera que hacer para ver a Bruce permanentemente atrincherado en el
trono de Escocia.

Excepto que había perdido. Gregor reprimió una maldición de frustración. La


tercera flecha había aterrizado en uno de los ojos del soldado, no entre ellos. A
cualquier otra persona que estuviera en la marca estaba muerto, pero no para él.
Para él, era una falta.

Y no era el primero. Las pasadas semanas –meses- había errado sus disparos por
unos pocos centímetros más de una vez.

No es nada, se dijo. Una rutina temporal. Todo el mundo los tiene.

Todo el mundo excepto él. No podía permitirse el lujo de ser nada más que
perfecto. Demasiado estaba montando en esto. El rey contaba con él. Y las
pequeñas extrañas le molestaban más de lo que quería admitir.

Gregor tomó una mirada más antes de usar gestos de las manos para dejar que
los demás supieran que todo estaba despejado. Dejando su posición escondida en
las sombras de la orilla del río, los cinco hombres se deslizaron hacia la Pared
Blanca. Eran la avanzada. Los hombres escogidos a mano por Bruce para ir por
encima de la pared primero y abrir la puerta desde dentro para dejar en el resto
de ellos. Además de Gregor y sus compañeros de la Guardia: Arthur Campbell,
el guardían Lachlan MacRuairi, la víbora y Erik MacSorley, el halcón, Bruce
había elegido a James Douglas, el negro, por el honor de tomar Berwick.

Éste era el intento más ambicioso y peligroso que habían hecho para tomar un
castillo por el subterfugio todavía. Dos torres de guardia de piedra a lo largo de
la ribera de la Tweed estaban unidas a las principales fortificaciones en la cima
de la colina por la empinada pared sinuosa con el apto nombre de -"escalera
escalofriante." Así escalar la pared y tomar las torres inferiores era sólo el primer
desafío. Entonces tendrían que subir las escaleras vertiginosas y tomar la torre de
la guardia superior antes de que los ingleses se dieran cuenta de lo que estaba
sucediendo.

Su tarea sería ayudada significativamente por la escalera ingeniosa. Sir James


Douglas o, dependiendo de quién le hablara, sir Thomas Randolph (la rivalidad
entre los dos hombres por la posición del caballero más confiable del rey se
estaba convirtiendo en leyenda, y a menudo luchaban por el crédito de la última
escapada) venían desde arriba con la idea de atar los ganchos de batalla del
hierro a una escala de la cuerda cabida con los pies de madera. Era lo
suficientemente ligero como para ser llevado por dos hombres y mucho más fácil
de ocultar que las escaleras de madera fijas utilizadas para escalar las paredes.
Este sería su primer intento para usarla.

Gregor escudriñó el área de la muralla arriba para otros soldados, ya que


Campbell y MacSorley -

que como marinero tenía mucha experiencia con los anzuelos-, se pusieron a
tirar los ganchos sobre la pared y asegurar la escalera en posición. Con la
asombrosa habilidad del jefe de la isla para entrar y salir de las sombras,
MacRuairi subió, primero, y Gregor lo siguió, colocándose en posición a lo 21

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Àriel x

largo de la pared para observar y, si era necesario, deshacerse de cualquier


problema inesperado mientras el resto los hombres subían por la escalera.

La observación era el papel secundario de Gregor. Era su trabajo asegurarse de


que no eran los sorprendidos.

La primera parte de su misión pasó sin problemas, demasiado suave, lo que


siempre le ponía nervioso. Había estado en suficientes misiones para saber que
lo único en lo que podías contar era que algo siempre salía mal.
Pero las escaleras funcionaban mejor de lo que podían haber esperado. En cinco
minutos, Gregor estaba en posición a lo largo de la pared donde podía ver las dos
torres de guardia, y los otros hombres habían despejado la pared y se dejaron
caer a su lado.

Con la armadura ligera de cuero oscuro, los yelmos nasales ennegrecidos y la


piel oscurecida por la ceniza, se mezclaban en la noche sin luna. Sólo los blancos
de sus ojos se destacaban mientras lo miraban, esperando su señal. Escaneando
el área una vez más, se lo dio.

Los hombres se separaron. MacRuairi y MacSorley se dirigieron hacia la casa de


guardia que conducía a las abruptas escaleras, mientras Douglas y Campbell
bajaban las escaleras de la torre inferior para abrir el puerto que salía al mar,
donde el resto de sus hombres -una fuerza de cincuenta, de la guarnición de
Berwick, estarían esperando-.

Gregor mantuvo los ojos en la pared, dispuesto a soltar la siguiente flecha si


fuera necesario, sabiendo que los próximos minutos serían los más peligrosos. El
descubrimiento ahora dejaría a los cinco guerreros más vulnerables: dentro del
castillo, sin lugar adonde ir, rodeado por dos torres de soldados dormidos. El
silencio era imperativo hasta que las torres se pudieran tomar, y la puerta se
abriera.

Las orejas de Gregor sonaban con un leve sonido. Su mirada se dirigió a la


segunda torre de guardia, donde MacRuairi y MacSorley estaban a pocos metros
de entrar. Sus hermanos oyeron también el sonido de la luz y se quedaron
paralizados.

Gregor tenía su flecha puesta y lista. La apartó de nuevo, preparada para dejarla
navegar tan pronto como la primera mirada del blanco de los ojos de un hombre
emergió de las sombras.

Cloc, cloc, cloc. Maldición, eso no sonaba como pisadas. Sonaba como un...
Perro.

Un momento después, un terrier de apariencia sarnosa -su cabeza a no más de un


pie del suelo-, salió trotando de las sombras hacia los dos guerreros.
Probablemente había estado buscando el castillo para las ratas cuando escuchó
algo y decidió ir a investigar.
Con la mirada de Gregor fija en la altura de un hombre normal, le tomó un
momento para hacer el ajuste hacia abajo. Infiernos. La cosa era tan fea como
casi linda.

El perro corrió a una parada repentina. Estaba a una docena de pies de


MacSorley y MacRuairi, dándole a Gregor una marca tan fácil que podía
disparar con los ojos cerrados. Pero no lo hizo.

Miró la excusa patética de un perro y vaciló.

El perro parecía tener dudas acerca de acercarse a los dos guerreros de apariencia
imponente, demostrando que era más inteligente que su aspecto medio
desventurado y desafortunado sugerido.

Apareciendo perder el interés, empezó a alejarse, cuando algo brilló a la luz de la


luna.

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La hoja de la daga de MacRuairi.

El perro se lanzó a las sombras de la guardia como si acabara de ver un


fantasma, dejando escapar un torrente de ladridos aterrorizados detrás de él.

¡Los huesos de Dios! El perro podría ser pequeño, pero en el silencioso aire
nocturno la aguda y aguda corteza podría haber sido un trueno. Tuvo el mismo
efecto: el desastre.

Gregor desplegó la flecha, pero ya era demasiado tarde. El perro estaba perdido
en las sombras y el daño había sido hecho. Podrían haber clavado una campana
dentro de las torres, mientras los soldados se lanzaban a investigar.

El tranquilo y dormido castillo se había convertido en un nido de avispas. Con


ellos atrapados en el medio. Él juró, sabiendo que no sólo el perro les costó la
oportunidad de sorpresa -"y la oportunidad de tomar el castillo -" sino que
también iban a tener un infierno de tiempo salir de aquí sin ser atrapados.
Pero sería condenado si dejaba morir a sus amigos por su error. Dibujando su
espada, Gregor se volvió para enfrentar el ataque de soldados que estaban casi
sobre él y gritó las palabras que se habían temido a través de la cristiandad. El
grito de batalla de la Guardia de los Highlanders:

-Airson a Leòmhann! -¡Por el León!

El rey Robert de Bruce se sentó detrás de la gran mesa que dominaba la pequeña
cámara del Gran Salón del Castillo de Dunstaffnage y miraba inexpresivamente
a los tres guerreros.

¿Por qué diablos Gregor estaba retorciéndose? Bruce no era su padre -el rey era
sólo siete años mayor que él-, pero Gregor odiaba fallar en cualquier cosa, y
tener que explicárselo al hombre que era la última persona que quería
decepcionar, lo hacía mucho peor. No había nadie en quien creyera más que
Robert de Bruce, y Gregor lucharíaa hasta morir –hasta su último aliento-, para
verlo reclamar su trono. Una afirmación que podría haber estado mucho más
cerca si Gregor no se hubiera distraido.

Un maldito perro. Habían perdido la oportunidad de coger uno de los castillos


más importantes de las Fronteras, porque el mejor arquero de las Highlands
había dudado en disparar un pequeño ratero pulido.

La élite de guerreros no se distraía y seguro que el infierno no vacilaba. Gregor


seguía furioso consigo mismo incluso una semana después. Furioso, sí, pero eso
no era lo peor. Lo peor fue cómo, después de que MacSorley y MacRuairi
hubieran conseguido escapar del nido de avispas provocado por el maldito perro
de Berwick, Gregor casi los había capturado unos días después en la aldea. O

mejor dicho, su maldita cara había conseguido capturarlos.

El rey finalmente habló:- ¿Perdimos nuestra mejor oportunidad de recuperar uno


de los castillos más importantes de las Fronteras al mando de los ingleses a causa
de un perro?

MacSorley hizo una mueca de dolor:- Sí, bueno, no se podía considerar a eso
como un perro, pero podría haber resucitado a los muertos con esos ladridos.

-Fue un poco de mala suerte, eso es todo -interrumpió MacRuairi.


Si Gregor necesitaba más pruebas de lo mal que se había equivocado, el hecho
de que un bastardo como Lachlan MacRuairi tratara de cubrirlo lo decía todo.

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-No creía que ninguno de vosotros cayera preso de algo tan humano como la
mala suerte -dijo el rey irónicamente.

-No fue mala suerte -corrigió Gregor-. Fue mi culpa. Dudé -Bruce alzó una ceja.

-¿En disparar a un perro?

Gregor apretó los dientes, la humillación ardía dentro de él. Era un guerrero de
élite, el mejor de los mejores, no debía cometer errores como éste. No cometía
errores como éste. Bruce contaba con él.

Pero lo había hecho, maldita sea, y les había costado eso. Se encontró con la
mirada del rey sin fisuras.

-Sí.

-En su defensa, señor, era una especie de chiquillo lindo -añadió MacSorley con
una sonrisa-. Y

descubrimos una cosa que es importante.

-¿Qué? -preguntó el rey con recelo, esperando la broma.

-Los rumores están equivocados: no sólo rompe corazones, sino que realmente
tiene uno.

-Vamos, Halcón -dijo Gregor entre dientes. Pero el marinero sólo sonrió.

El rey parecía estar luchando por hacer lo mismo. La reputación de Gregor era
bien conocida. Pero esa no era la manera de hacerlo. Si las mujeres querían
lanzarse a él por algo tan tonto como su físico, seguro que no iba a detenerlas.
¿Qué se suponía que debía hacer, enamorarse de todas ellas?
-¿Y no ha había otros problemas? Campbell y Douglas informaron de cómo
lograron detener a los ingleses el tiempo suficiente para abrir la puerta del puerto
y escapar. Pero temían que estuvierais atrapados tratando de perseguirlos.

Eso fue exactamente lo que había ocurrido, pero con el regalo del Highlander
para la subestimación, MacRuairi acaba de decir:

-No era nada que no pudiéramos manejar, señor.

Robert de Bruce no había ganado su corona por ser un tonto. Él entrecerró su


mirada en el hombre que había sido uno de los piratas más temidos en las islas
occidentales antes de que acordase unirse a la guardia de los Highlanders y
luchar para Bruce.

-Sin embargo, los tres tardasteis una semana en volver, mi mejor marinero está
cojeando, mi mejor arquero no puede levantar su brazo, y vos estáis envuelto
alrededor de vuestras costillas tan apretado como una momia.

-No dije que no hubiera problemas -aclaró MacRuairi-. Dije que no era algo que
no pudiéramos manejar.

-Creo que habéis estado por mucho tiempo con mi pequeña cuñada, Víbora.
¡Estáis empezando a 24

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Àriel x

sonar como un maldito hombre de leyes!

Janet de Mar, la hermana de la primera esposa de Bruce, estaba casada con su


compañero de la guardia Ewen Lamont, y la muchacha podía hablar de su salida
de una tormenta de mierda.

Gregor ya había tenido suficiente. La vergüenza de decirle al rey lo que había


sucedido no podía ser más doloroso que escuchar a estos dos hombres tratando
de encubrirla. Se adelantó y dio un breve resumen de cómo habían entrado para
rescatar a Campbell y Douglas, temiendo que estuvieran atrapados, y en cambio,
quedaron rodeados. Habían logrado luchar contra una treintena de soldados, pero
le había dado un golpe en el brazo con una espada, MacRuairi se había roto unas
costillas cuando un martillo de guerra gopeó en su costado y una flecha había
aterrizado en la espalda de la pierna de MacSorley mientras corrían desde el
castillo. A medida que los otros hombres se habían visto obligados a huir,
dejándolos sin medios rápidos de escapar, con el hormigueo inglés y la pierna de
MacSorley expulsando sangre, habían pensado que era mejor resguardarse en
una casa segura en el pueblo hasta que los ingleses dieran su búsqueda por
terminada.

-Un buen plan -dijo el rey con un gesto de asentimiento.

Gregor contuvo una mueca:- Debería haberlo sido.

-¿Pero?

Cristo, esto era como tirar de sus propios dientes:- Pero nuestra presencia se hizo
conocida y los ingleses rodearon la cabaña donde estábamos ocultandonos.
Afortunadamente, los ocupantes anteriores habían cavado un agujero bajo el
suelo para preservar sus tiendas de invierno, y nos escondimos allí mientras los
soldados buscaban.

-Eso no puede haber sido demasiado cómodo.

Eso era decirlo suavemente. Tres guerreros de más de seis pies de altura y
hombros anchos, atascados en un espacio de no más de cinco pies por cinco pies
durante casi una hora, había sido un infierno.

-Me alegro de que mi primo oliera tan bien después de todo ese baño -dijo
MacSorley, refiriéndose a la conocida inclinación de MacRuairi por la limpieza-.
Todo el lugar olía a rosas.

MacRuairi le dio a su primo una mirada fría, que decía

clavaréuncuchilloenvuestraespaldaencuantomenosloesperéis, que le había hecho


ganar el nombre de guerra: Víbora.

-Tenéis la suerte de no haber sido apresados -dijo Bruce. Nadie discutió con él.
El rey se sentó en su silla, cruzando los brazos contemplativamente-. ¿Y alguien
va a decirme cómo se dio a conocer vuestra presencia en el pueblo?

Gregor no necesitaba mirar para saber que MacSorley estaba luchando contra la
risa y muriendo para hacer una especie de broma, sobre todo porque era uno de
sus temas favoritos para bromear.

Uno pensaría que después de siete años se cansaría de eso.

Gregor no debería tener tanta suerte.

Por lo general, no le molestaba, pero esta vez podría haberlos matado a todos. Su
boca cayó en una línea dura.

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-Parece que la joven hija del agricultor no pudo mantener un secreto y decidió
contarle a algunos de sus amigos que estábamos allí.

-¿Algunos? -preguntó MacSorley-. La muchacha emprendedora vendió casi una


docena de entradas para ver al "hombre más guapo que había visto en su vida"-
añadió lo último con la voz de ensueño y cantos de una muchacha de dieciséis
años que hizo picar a Gregor. Quería poner su puño a través de esa sonrisa
reluciente.

-¿Entradas? -preguntó Bruce incrédulo-. No podéis estar hablando en serio.

MacRuairi asintió, sonriendo:- Sí, por medio centavo cada uno. Y todos estos
años, nosotros hemos estado viéndolo de forma gratuita.

Gregor le lanzó una mirada. ¿Ahora MacRuairi estaba haciendo bromas? Cristo,
el infierno se había congelado.

-Os dije que no os quitárais el timón -dijo MacSorley, todavía sonriendo.

-¿Durante tres días? -replicó Gregor exasperadamente, recogiéndose el pelo con


los dedos.

Era muy ridículo. No era el hecho de que fuera un guerrero de élite en la Guardia
de los Highlanders por lo que asumía las misiones más peligrosas que iban a
matarlo, sino su cara maldita.

A pesar de que tenía que admitir que había momentos en que no era una
maldición -en la casa de la noche anterior, por ejemplo, con aquella linda
doncella que se había metido en su cama-, pero seguro que no tenía un lugar en
la guerra.

Sólo una vez le gustaría conocer a una mujer que no mirase su rostro y le
prometiera su amor eterno. O al menos una que no estuviese casada con uno de
sus hermanos.

Gregor permaneció en silencio mientras MacSorley y MacRuairi intercambiaban


algunas bromas más apuntando en su dirección. Cuando terminaron, hasta el rey
soltó una risita. Sí, fue muy hilarante. Supuso que había cosas mucho peores que
hacer que las mujeres se lanzaran contra él, pero a veces empezaba a resultar
molesto.

Después de un minuto, Bruce se puso serio:- ¿Cuánto tiempo creéis que va a


pasar antes de que alguien conecte al "hombre más guapo que haya visto" con el
ataque fallido contra Berwick con Gregor MacGregor, el famoso arquero?

Gregor se encogió de nuevo. Cristo, odiaba ese apodo:- No lo sé, señor.

Que su anonimato en la Guardia de los Highlanders, posiblemente se había sido


puesto en peligro era una de las peores partes de todo el fiasco en el pueblo.
Todos seguían tambaleándose de la deserción del traidor Alex Seton al enemigo.
Los había traicionado a todos. Dios ayude a su antiguo hermano de armas si
alguna vez se enfrentara con él en la batalla. Aunque el ex socio de Seton,
Robbie Boyd, estaba seguro de que Seton informaría a los ingleses de sus
identidades, hasta el momento no lo había hecho. Pero con lo que había sucedido
en el pueblo, Gregor sabía que era sólo cuestión de tiempo antes de que se
desenmascarara.

Tener su identidad escondida era una de las razones por las que había estado tan
ansioso de unirse a la Guardia de los Highlanders. El anonimato -la máscara-, le
dio libertad. Ganaría un nombre por su espada, o mejor dicho, por su arco, y
nada más. No había distracciones como las de los Juegos de 26

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

las Highlands. Ningunos parientes bien intencionados como su tío Malcolm, jefe
del clan de MacGregor, diciéndole cómo ayudar a su clan casándose con una de
las mujeres que eran demasiado impacientes tomarlo para un marido. Gregor
derrotaría a los ingleses, ayudaría a ver al hombre que había sido más un padre
para él que el suyo asegurado en el trono, y cumpliría su deber a su clan por su
propio mérito. Por obra y habilidad solamente.

-Sí, bueno, tampoco yo -dijo el rey-, pero creo que es mejor que os quedéis fuera
de la vista por un tiempo -Gregor comenzó a protestar, pero Bruce lo
interrumpió-. Sólo unas pocas semanas -será Navidad pronto de todos modos-.
Enviaré a alguien por vos cuando estemos listos para tomar Perth

-el rey tenía la intención de comenzar a sitiar el castillo de Perth a principios de


enero. Sonrió apaciguadamente-. Dios sabe que todos podemos tener un pequeño
descanso. Un par de semanas para relajarnos y despejar nuestras cabezas. Os
necesito a cien por cien.

Las palabras se dirigieron a todos ellos, pero Gregor no se dejó engañar. El rey
sabía que Gregor había estado luchando últimamente. Esa era la verdadera razón
de este -"descanso". Gregor lo había decepcionado. La vergüenza se retorció en
su estómago, pero todo lo que pudo hacer fue asentir.

-Además -dijo Bruce, entregándole un pedazo de pergamino doblado-, esto llegó


de vuestro hermano hace unos días.

Gregor soltó un gemido de profundo temor, mirando la nota como si llevara la


plaga. Maldita sea,

¿qué había hecho esta vez?

Tomó la nota con reticencia, no queriendo saberlo. Gregor no había tenido


mucha educación, pero su hermano menor John había sido destinado para la
iglesia antes de que sus dos hermanos mayores hubieran muerto, y él podía
escribir y leer. Gregor sólo tenía un poco de la última habilidad, pero era
suficiente para distinguir la breve misiva.

-Venid tan pronto como podáis. Emergencia -en lugar de preocuparse, la nota
sólo le hizo maldecir.
-¿Problemas? -preguntó Bruce inocentemente.

Podría ser el rey, pero eso no significaba que Gregor no pudiera mirarlo de vez
en cuando:- Parece que me necesitan en casa.

-¿Algo mal, Flecha? No me digáis que vuestras alas de oro tuvieron finalmente
empañado los ojos de adoración de vuestra adorable pupila -MacSorley dijo,
adivinando, como el rey, lo que había provocado la maldición.

-¡Ella no es mi pupila, idiota! -ignoró la referencia a que la muchacha lo


confundía con un ángel.

Gracias a Dios por Helen MacKay. Hasta que ella llegó y asumió el apodo,
MacSorley la había llamado Ángel.

-"¿Entonces qué es ella? -preguntó MacRuairi.

Demonios si lo supiera. ¿Una penitencia? ¿La prueba de Dios de su cordura? La


muchacha siempre estaba aterrizando en algún tipo de problema. Desde el
momento en que la trajo a casa, había estado causando "emergencias" de un tipo
u otro.

Al igual que la vez que ella había entrado en un concurso de tiro con arco local
vestido como un niño con una capa con capucha y superado a cada uno de los
muchachos locales, casi causando un 27

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

motín. Maldita sea, probablemente fue culpa suya. Pero nunca se había
imaginado cuando le dijo que podía aprender a protegerse a sí misma que la
muchacha llevaría a la guerra con tanta entusiasmo. John, que le había estado
enseñando, dijo que era mejor que algunos hombres que conocía. Su hermano
estaba exagerando, por supuesto. Ella era sólo una muchacha y no muy grande
en eso.

Pero su primera impresión de ella hacía tantos años había sido correcta. La
muchacha era una cosa feroz. Una verdadera luchadora También era terca,
orgullosa, opinaba sobre las cosas, mandona y confiada. Todas las características
finas en un hombre, pero no en una niña.

Sin embargo, era difícil mantenerse enfadado con ella. Ella no era una belleza
por cualquier medio, pero ella era linda de una manera sin pretensiones. Hasta
que sonrería. Cuando sonreía, era tan linda como el diablo.

Ella también lo adoraba. Lo que le hacía sentirse incómodo. Especialmente


últimamente, a medida que crecía. Se había convertido en una... distracción. Que
era exactamente de lo que necesitaba librarse.

-Entonces, ¿cuándo vamos a conocer a esta pequeña muchacha? -dijo Bruce.

Ya no era una niña tan pequeña, recordó Gregor con inquietud. La última vez
que había estado en casa -hacía un año, cuando su madre había muerto-, ese
hecho le había sido presentado de una manera embarazosa, cuando Cate se había
desmayado llorando y de alguna manera terminó en sus brazos. Y en su regazo.

-¿Cómo se llamaba ella? ¿Caitrina?

Gregor asintió, sorprendido de que el rey se acordara. Hacía seis años de cuando
regresaron al campamento después de dejar la muchacha con su madre, Bruce se
había horrorizado por lo que había sucedido con los aldeanos. Él, como el resto
de ellos, se había sentido profundamente conmovido por la tragedia de la
muchacha y había tomado un interés personal en ella.

-Sí, Caitrina Kirkpatrick. Aunque su madre la llamaba Cate.

-¿Qué edad tiene ahora? -preguntó Bruce.

Gregor se encogió de hombros:- Diecisiete o dieciocho.

-¡Dios, Flecha! -dijo MacRuairi-. Si tenéis tantas ganas de deshaceros de la


moza, ¿por qué no le buscáis marido?

Si no fuera un bastardo tan malo, Gregor lo habría abrazado. ¡Por supuesto!


¡Matrimonio!

¿Por qué no lo había pensado antes?

Había solo un problema. Tenía que encontrar a alguien lo bastante tonto como
para tomarla.

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Capítulo 2

Dunlyon, Roro, Perthshire, Tierras Altas de Escocia

Esta vez cuando Gregor llegara a casa, Cate estaría lista. Ya no podía ser
paciente.

Como había hecho todos los días durante la última semana desde que John había
enviado la carta, se vestía con especial cuidado. Como normalmente no se
preocupaba, esto era una tarea extraordinaria. El cabello oscuro y corto, que le
llegaba justo por los hombres, y que normalmente llevaba cogido con un lazo, un
pedazo de cuero o cualquier otra cosa que tuviera a mano había sido cepillado
hasta que estuvo tan brillante y reluciente como la caoba pulida, caía alrededor
de sus hombros.

Una sencilla diadema de oro, que Lady Marion le había dado antes de sucumbir
a la fiebre, descansaba sobre su cabeza, protegiendo el velo rosado y
delgadísimo que cubría, pero no ocultaba, las trenzas oscuras. Su cabello era uno
de sus mejores rasgos, y tenía que aprovechar todo lo que podía.

Cate no necesitaba pellizcar sus mejillas como lo hacían algunas chicas. Las
suyas eran lo suficientemente rosadas por todo el tiempo que pasaba al aire libre.
Sus labios, también, no necesitaban ningún color, ya que eran naturalmente rojo
oscuro y vibrante.

Ella arrugó la nariz. Por desgracia, con las pecas, no podía hacer nada. Cate se
dijo que añadían carácter, pero nunca había convencido a su madre o a lady
Marion de estar de acuerdo.

Se apartó del espejo que se había encontrado en la parte inferior de uno de los
baúles de lady Marion, le tendió las profundas faldas de terciopelo rosa de su
ropa y se mordió ansiosamente los labios, sin saber qué hacer con sus intentos.
No estaba segura del color, nunca le había gustado rosa, pero lady Marion había
insistido en que sería "hermoso" en ella. Eso era una exageración, pero parecía
halagar su color. El vestido era uno de los tres que Lady Marion había insistido
en comprarla hacía dos años en el día de santo decimoctavo de Cate. "Ahora sois
una dama, cariño -"le dijo la anciana con una sonrisa cariñosa.

"Necesitáis al menos unos cuantos vestidos."

Había sido tan importante para ella, Cate no había tenido el corazón para
discutir, pero nunca había parecido encontrar la ocasión de usarlos. Francamente,
vestirse con cosas tan buenas la hacía sentir un poco tonta. Como si estuviera
fingiendo ser alguien que no era.

Su padre le había regalado un hermoso vestido una vez. La había hecho sentir
como una princesa.

Cuando se marchó, lo había metido bajo la cama y nunca lo había vuelto a sacar.
Su pecho se apretó con un anhelo que se negó a reconocer. No era una dama, sin
importar quién fuera su padre.

Su atención se volvió a la extraña mujer en el espejo.

"Los hombres quieren que una mujer actúe como una mujer, mi amor." La voz de
su madre se mezclaba con la de Lady Marion en su memoria, en tantos aspectos
habían sido iguales. Ambas señoras dulces y cariñosas. Nada como Cate.

29

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Su barbilla se levanto con determinación. Sería suave y femenina si la matabna.


Pero la bondad graciosa, ¿ser una dama tenía que ser tan horriblemente
incómodo?

Tiró de la tela alrededor de su corpiño, tratando de levantarlo. Dos años había


añadido una cierta dimensión a partes de su cuerpo que ella no estaba
acostumbrada a enseñar, haciendo el vestido un poco apretado en el corpiño.
Pero como era la moda, suponía que nadie se daría cuenta.
Cate había abandonado los pantalones bajo las faldas cuando lady Marion casi se
desmayó la primera vez que los vio, pero había hecho pocas otras concesiones.
Llevaría zapatos en invierno, pero no en verano. Y no importaba lo liso que
fuera, la sencilla ropa de "chico campesino" era lo que se sentía cómodo
mientras se entrenaba.

Acababa de terminar su evaluación crítica cuando la puerta se abrió tras ella.


Suponiendo que fuera Hete, que se suponía que la había ayudado con el pelo y el
velo, pero fue llamada cuando Maddy comenzó a llorar (chirriando, en realidad),
Cate no giró de inmediato. Fue sólo cuando el silencio se hizo notar que ella
miró y se dio cuenta de que no era la sirvienta, sino John.

La estaba mirando fijamente, con la mandíbula floja, con una expresión


ligeramente aturdida en su rostro. Cate arrugó la nariz. ¿Qué le pasaba?

De repente, la sangre se deslizó de su rostro, y su corazón comenzó a latir, con


mayor precisión:-

¿Está aquí?

John no pareció oírla:- Os veis... os veis hermosa.

A pesar de la insoportable sorpresa en su voz, un cálido rubor se extendió por sus


mejillas, y sonrió con un placer descarado. Cate no tenía ninguna pretensión real
hacia la belleza, pero no podía dudar de la admiración en los ojos de John. Y le
dio la confianza, que hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho
que necesitaba.

Nunca había dudado de su atractivo para los hombres: les gustaba. De hecho,
tenía más amigos hombres que mujeres. Pero la trataban como a una hermanita
que les gustaba, lo que no quería que Gregor pensara de ella.

Estaba decidida a que esta vez la notara como una mujer deseable. Por supuesto,
se había dicho lo mismo el año pasado, pero confiaba en que esta vez sería
diferente. Esta vez tenía más que considerar. Esta vez iba a actuar y parecer una
dama.

Desde el primer momento en que la había mirado en ese pozo, Gregor


MacGregor le había robado un pedazo de su corazón. Cuando la había llevado a
su casa, había robado un poco más. A medida que pasaban los años, cada vez
que llegaba a casa -"de la que había pocos preciados -" reclamaba cada vez más,
hasta que finalmente lo mantuvo todo. Su amor había madurado desde el de una
niña hasta el de una mujer, pero era lo único constante en su vida desde ese
horrible día, y lo sostenía como una cuerda de salvamento. (Eso y la
determinación de descubrir la identidad del hombre que mató a su madre.) Pero
después de cinco años, Gregor no había podido averiguar nada sobre el capitán
inglés.

Una persona menos decidida podría haber renunciado ante el obvio desinterés de
Gregor. Bueno, no desinterés en realidad, más una falta de conciencia. Todavía
pensaba en ella como la "niña" que había rescatado, o en la jovencita a la que se
veía obligado a defender cuando surgía algún tipo de problema (lo cual, para ser
claro, no siempre era su culpa), y no la mujer fuerte en que se había 30

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convertido.

La mujer que era perfecta para él.

Era esa certeza la que mantuvo a Cate en marcha cuando se desanimó. Y con
Gregor MacGregor era muy fácil desanimarse. Sabía que no era perfecto, pero a
veces ciertamente parecía de esa manera.

No por primera vez, deseaba no ser tan guapo. O tan encantador. O tan bueno en
todo lo que hacía.

Le hacía sentirse fuera de su alcance. Elusivo. Como tratar de atrapar el


mercurio.

No era la arrogancia, exactamente. O la superioridad. Más una separación. Se


reía, coqueteaba y se burlaba de todos (excepto de ella), pero siempre había un
brazo entre él y el mundo. Un aire de precaución.

Para los desinformados, la suya podría parecer una búsqueda imposible "¿el
hombre más guapo de Escocia y una linda bastarda de veinte años que era mejor
con una espada que con una aguja?" pero Cate sabía que había una conexión
entre ellos que desafiaba la lógica o explicación. Una conexión que iba más allá
de la piel.

Tal vez no fuera una belleza delirante, pero sí tenía muchas otras buenas
cualidades. Era leal, se podía confiar, y lucharía hasta la muerte por la gente que
amaba. A la gente le gustaba, excepto a Seonaid y a sus amigos, pero no eran
agradables con nadie.

Cate podía contener su temperamento. Y su naturaleza apasionada. Y


comportase más como una dama. Pero estaba trabajando en esas cosas.

Que ella y Gregor estuvieran destinados a estar juntos podría parecer un reclamo
bastante audaz para alguien que lo había visto no más de un puñado de veces en
cinco años, pero tenía fe. Lo entendía como a nadie. Ni siquiera a su madre, tal
vez especialmente, su madre. Dios sabía que lady Marion lo había amado, pero
ella no había entendido su impulso.

-"Es tan guapo", decía. ‘‘Puede tener lo que quiera. ¿Por qué debe ponerse en
peligro para un hombre que nunca podría ser rey cuando podría casarse con el
rescate de un rey?’’

Pero Gregor era un hombre de hechos y logros. Quería ganar su camino. Por eso
luchaba con tanta fuerza. De hecho, su dedicación, lealtad e integridad eran las
cosas que más admiraba de él. No había hombre en quien creyera más.

Había aprendido mucho sobre él de su familia, incluyendo a John, que todavía la


miraba fijamente.

Cate se rio y, en lo que debía ser algún instinto femenino primitivo que nunca
antes se había visto.

Se giró:- ¿Creéis eso?

Una amplia sonrisa se extendió por sus familiares rasgos. John era tanto un
hermano para ella, que a veces olvidaba lo guapo que era. No tan
escandalosamente como Gregor -¿quién podría serlo?-, pero sus rasgos fuertes y
masculinos eran cálidos y agradables. Especialmente ahora cuando se reía (en
lugar de fruncir el ceño) con ella.

-Sí, nunca os he visto tan hermosa -de repente, sus ojos se estrecharon-. ¿De qué
se trata, muchacha?
Cate apartó la vista, fingiendo ajustarse el vestido, para que no viera su
vergüenza:- Nada. ¿Ha llegado Gregor? ¿Por eso vinisteis a buscarme?

31

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Hizo una pausa durante demasiado tiempo antes de responder, como si hubiera
adivinado exactamente de qué se trataba. Puso una mirada inocente en su rostro
y se volvió, expectante. No creía que la engañara, pero luego juró, recordando su
propósito.

-¡Ah, infierno! Es por el muchacho. ¿Lo habéis visto? Lo envié al pueblo hace
tres horas con monedas para comprar un poco de especias para el vino. Si se lo
juegó de nuevo... -Cate se puso rígida.

-Pip no se jugó nada. Le había robado el horrible Dougal MacNab.

-Eso es lo que él dice. Pero Iain vio al muchacho jugando a rifa en la cervecería
ese día. Le di a Pip ese dinero por su parte de los peces que atrapamos. Era suyo
para hacer con él lo que quisiera. Y

Iain no debería contar cuentos. ¿Quizás debo mencionar a la esposa de Iain que
estaba en la cervecería el día en que se pagaron los alquileres? -el viejo criado
tenía un cariño por Annie y su cerveza. Su esposa le había prohibido de ambos.
Cate le dirigió a John una mirada a sabiendas.

-Además, no deberíais sacar conclusiones precipitadas. Por ejemplo, podría


pensar que habíais enviado a Pip por algunas especias porque bebisteis de nuevo
el buen vino de Gregor y tratabais de encubrirlo.

John entrecerró los ojos:- Cate.

La advertencia cayó en oídos sordos. No podía intimidarla aunque lo intentara:-


No funcionará,

¿sabéis? Notará la diferencia.


Gregor tenía un gusto fino por las cosas en la vida -la comida, la bebida, los
caballos, las mujeres-.

Lo último cambiaría cuando encontrase a la mujer adecuada. En otras palabras:


ella. ¿Estaba siendo una tonta? ¿Era ridículo pensar que alguna vez podría
amarla?

John murmuró una maldición y arrastró sus dedos hacia atrás a través de su
cabello rubio oscuro.

-Maldita sea, lo sé. Pero no debe dejarlo aquí tanto tiempo si no quiere que
alguien se lo beba.

Cate intentó no reírse:- Dejadme saber cómo funcionó esa excusa.

John sacudió la cabeza:- Lo sabréis -hizo una mueca, inconscientemente


frotándose el hombro como si ya sintiera la paliza que iba a tomar en el patio de
prácticas-. Espero que no haya aprendido más movimientos de lucha libre. La
última vez, tuve moretones durante una semana.

Cate se echó a reír, se acercó a él, se puso de puntillas y le dio un buen beso en la
mejilla:- Pobre John -cuando retrocedió, sus ojos parecían extraños. Esperaba
que no estuviera cayendo con la gripe. Maddy había estado enferma durante una
semana.

>-No os preocupéis por el dinero -le dijo-. Voy a ver a dónde se ha ido Pip.
Probablemente esté de regreso con vuestras especias en este momento.

A pesar de lo que le había contado a John, Cate no estaba tan segura de donde
estaba. Después de buscar en la casa de la torre y el puñado de edificios de
madera dentro de la muralla, se apresuró por el camino en los bosques a corta
distancia del pueblo. Se dirigía a la cervecería, pero se dijo a sí misma que por
eso no significaba que no confiara en él. Pip -Phillip- era un chico de quince
años, 32

Mónica McCarty La Flecha

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problemático y confuso, que había sido abandonado por su madre. Necesitaba


que alguien creyera en él. Y Cate lo hizo. De Verdad. Ella estaba siendo la
persona más diligente de todos los tiempos.

Como resultó, la fe de Cate en él estaba justificada, aunque hubiera preferido


encontrárselo en la cervecería.

Casi no había llegado a la vieja casa de madera de Dunlyon, construida por el


abuelo de Gregor en el sitio de una antigua fortaleza de la colina, que se
desvaneció al oír una carcajada seguida de los gritos y chillidos de los niños
jugando, procedente del río Lyon a su derecha.

Ella sonrió y siguió su camino. Pero un pequeño pinchazo en la nuca le hizo


detenerse y escuchar de nuevo. En la cacofonía del ruido trató de escuchar bien
los diferentes sonidos. Un escalofrío se extendió por su piel, y comenzó a correr.
No estabna riendo, sino bromeando. Y no eran los gritos emocionados de los
niños jugando, sino los cantos incitantes de una multitud.

El corazón le latía con fuerza mientras corría a través de la copa de los árboles y
se lanzaba hacia el sol brillante de la desordenada orilla del río. Su estómago se
cayó al ver el círculo de los muchachos

-aunque dos o tres de ellos ya eran del tamaño de hombres adultos- se reunían
alrededor mirando algo.

Por favor, no dejéis que sea...

-¡Cogedlo, Dougal!

El duro golpe de un puño en el estómago, seguido de un agudo -"umph" y


gemidos, fueron suficientes para confirmar sus sospechas, incluso antes de que
echara un vistazo al cabello negro cubierto de barro y la nariz sangrante.

La rabia la invadió:- ¡Alejaos de él! -gritó, corriendo hacia los granujas no tan
pequeños.

El sonido de su voz separó el círculo de espectadores como Moisés el Mar Rojo.


Los matones en la cuadrilla se quedaron boquiabiertos ante ella como si
estuviera una loca. Lo cual, tan furiosa como estaba, no estaba muy lejos de la
verdad.
Sed inteligente. Las advertencias de John volvieron a ella. Guiaos por vuestra
cabeza, no por vuestro corazón.

Escaneó las caras. Conocía a la mayoría de ellos y no se sorprendió por ninguno,


a excepción de uno. Willy MacNee se encontró con su mirada y se apartó
rápidamente, su rostro tan rojo como un tomate maduro. Willy era el hermano
menor de una de sus amigas, y un niño dulce. Cate esperaba algo mejor de él, y
él lo sabía.

Pero su atención pronto se centró en los dos chicos que estaban el centro del
espectáculo. Una era grande, grueso y malo. El otro era pequeño y delgado, y no
sabía cuándo retroceder.

Después de asegurarse que Pip estaba bien más allá de la obvia nariz rota (lo
último que necesitaba el ya exagerado rasgo de su pequeña cara), se volvió hacia
Dougal.

-¿Por qué hacéis esto, Dougal? ¡Cómo os atrevéis a golpearlo!

El muchacho obviamente no estaba acostumbrado a que le llamasen la atención,


y menos por una 33

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mujer. Recordando los moretones que había visto en el rostro de su madre, no se


sorprendió. El padre era tan brutal como el hijo.

Pero cuando la miró de arriba abajo, se dio cuenta de que no era sólo su
aparición repentina lo que lo había asustado. También era su ropa. Se había
olvidado de la bella túnica y se dio cuenta de que nunca la había visto vestida
como una dama, como la hija de un jefe. Excepto que ella no era la hija de un
jefe, y todo el mundo lo sabía.

La creían una huérfana rescatada por el ausente Laird MacGregor. No un


campesina, pero tampoco una dama. En algún lugar entremedio. Al no contarle a
Gregor la verdad sobre su padre, la mancha de ser bastarda no la había seguido a
Roro.
Parecía recordar su estado, Dougal se hinchó y sacó el pecho como un pavo
real:- No es asunto vuestro, señora. Esto es entre hombres.

Alzó una ceja al oír eso, haciendo que el chico de diecisiete años se ruborizara.

Dio un paso hacia él. A pesar de que la mitad de su peso y la altura era menor, la
expresión de su ferocidad debió de asustarlo. Instintivamente retrocedió.

-Pip es asunto mío -dijo con firmeza-. Es mi familia.

-¡Es un bastardo inútil y sin valor!

La rabia se expandió en cada vena en su cuerpo. Pip, también, dejó escapar un


rugido que desmentía su tamaño y se lanzó contra el otro chico, con los puños
golpeando:- No soy un ladrón. Fuisteis vos quien tomó mi dinero. ¡Sólo estaba
tratando de recuperarlo!

La ventaja de Pip sobre la sorpresa no duró mucho. Sólo aterrizaron unos


cuantos golpes antes de que Dougal tomara represalias con una cruz superior en
la mandíbula. La sangre salió de su boca mientras el cuerpo de Pip salía volando
por el aire como un saco de huesos.

Cate no pensó. Reaccionó. El puño de Dougal apenas había vuelto de su lado


cuando ella tomó su brazo y lo retorció alrededor de su espalda. Aprovechar,
posicionar y golpear el lugar correcto, se recordó a sí misma, no la fuerza física.
Sin embargo, su pulso estaba acelerado. Este no era el patio de entrenamiento.

Pero estaba funcionando. ¡No podía creer que estuviera funcionando! Realmente
lo estaba haciendo.

Dougal soltó un grito de dolor y la miró como si de repente hubiese brotado una
segunda cabeza.

Levantando el pie alrededor de su cuerpo, tomó su brazo hasta que sus ojos
comenzaron a llenarse de lágrimas y el sudor salió de su cara enrojecida. Sus
rodillas se doblaron para absorber el dolor, así que cuando se inclinó hacia él, sus
narices estaban a sólo unos centímetros de distancia.

-No sois más que un gran matón, Dougal MacNab. Un chico débil que se
aprovecha de los que son físicamente más pequeños que vos. Pero el tamaño no
es igual a la fuerza. -tiró del brazo un poco más fuerte hasta que gritó-. Espero
que hayáis aprendido vuestra lección porque si le tocáis un pelo de la cabeza otra
vez, os encontraré y acabaré lo que he empezado.

De repente, era consciente de los otros chicos. Al salir de su conmoción,


comenzaron a murmurar y cambiar de lado a lado un poco inquieto, como si
supieran que deberían hacer algo. Había estado tan arrastrada por su éxito que
había olvidado a los demás. Pero Cate era dolorosamente consciente 34

Mónica McCarty La Flecha

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de que usar lo que había aprendido en un hombre era muy diferente de media
docena.

-Por favor -dijo, la grieta en su voz, recordándole su edad-. Me vais a romper el


brazo.

-¿Lo recordaréis? -asintió con vehemencia-. Bien -lo soltó y dio unos pasos
atrás. Él le frotaba el hombro, mirándola con una mezcla de incredulidad,
vergüenza, indignación y odio-. Ser mezquino no os convierte en un hombre,
Dougal. Y el miedo no es respeto. Espero que lo recordéis también.

Decidiendo que sería prudente salir de allí lo antes posible, se volvió para ayudar
a Pip. La siguiente cosa que supo, es que estaba boca abajo en el barro. No era la
primera vez que había sido derribada por detrás, pero era la única vez que había
deseado llorar. El borde empapado y fangoso de su velo rosa le recordaba lo que
llevaba puesto. Su vestido estaba arruinado.

El vestido que lady Marion había comprado para ella. El vestido con el que
quería impresionar a Gregor.

El vestido que la había hecho sentir... bonita.

Escuchó a Pip gritar de indignación, lanzando una letanía de amenazas


inventivas que casi la hacían sonreír. Haciendo una demostración de lentamente
arrastrándose hasta sus rodillas, ella esperó, su pulso acelerado. Al igual que la
práctica...
Los pies de Dougal aparecieron a su lado:- Perra estúpida. Os mostraré quién es
un hombre de verdad.

Sus palabras desencadenaron una ráfaga retorcida de ira y dolor, su amenaza un


recordatorio brutal de lo que le había pasado a su madre. Quería atacar. Quería
llorar. Quería castigar a cualquier hombre que alguna vez pensara en violar a una
mujer.

Pero John le había advertido que su debilidad no estaba en sus miembros, sino
en su temperamento rápido. Así que en su lugar esperó pacientemente por lo que
esperaba que llegara.

No le decepcionó. Dougal movió su pierna para patearla en las costillas, y ella la


atrapó, usando el impulso para catapultarlo sobre su espalda con un ruido sordo.
Un momento después, tenía la rodilla apoyada en el pecho y la hoja contra el
grueso cuello.

-Sois un matón y un cobarde, Dougal MacNab.

Él la miró con los ojos muy abiertos:- ¿Qué clase de muchacha sois?

-Una que tiene una espada en vuestra garganta, así que a menos que queráis
continuar esto, os sugiero que os llevéis a vuestros amigos y que os vayáis a
casa.

Esta vez, cuando Cate lo dejó ir, se aseguró de vigilarlo mientras se reunía con
sus amigos.

Susurraban de un lado a otro, y de vez en cuando Dougal proyectaba una mirada


mordaz en su dirección.

Todavía tenía la daga preparada y lista, pero cuando no se marcharon enseguida,


sintió el primer cosquilleo de sudor en su frente. Sin embargo, la mirada
preocupada que Willy envió en su dirección hizo que su pulso revoloteara.
Estaban planeando algo, y había tantos. Seis, sin incluir a Willy. Si decidían
luchar como un grupo...

35

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

Cate tragó saliva, su boca se secó repentinamente. Sus ventajas eran la sorpresa
y la rapidez. Había perdido la primera, lo que afectaría seriamente a la segunda,
incluso con un oponente. Con seis...

Decidiendo que ella había hecho su punto, y quizás debería ser la que retrocedía,
le indicó a Pip que fuera a su lado. Sin embargo, antes de que llegara a ella, el
sonido de un caballo que se acercaba hizo lo que su amenaza no había hecho,
enviando a Dougal y a los otros niños corriendo hacia el pueblo.

Cate soltó el aliento que no se dio cuenta de que había estado sosteniendo. Se
volvió para enfrentarse a su salvaje involuntario justo cuando el jinete hacía que
su caballo se detuviera en el borde de la orilla del río.

Ella se congeló, la sangre se desvaneció lentamente de su cara con horror. No...


Por favor, no. Así no. No podía verla así. Había querido impresionarle.

Su garganta se endureció y un brillo brumoso de lágrimas calientes ensombreció


su visión llena de barro mientras tomaba el familiar cargador blanco y el
musculoso guerrero vestido de cuero que estaba sentado encima de la magnífica
bestia, mirándola como un héroe dorado, Una historia de bardo.

Parpadeó, sintiendo la necesidad de levantar la mano como si estuviera mirando


directamente al sol. No necesitaba usar la malla para brillar. Atrapaba la luz en
un arsenal cegador por su cuenta.

Pero por una vez no tuvo ganas de suspirar.

¡No era justo! ¿Siempre tenía que parecer tan perfecto? ¿Tan brillante y pulido?
Siempre impecable, como si la tierra no se atreviera a pegarse a él.

Mientras ella... ella era un lío fangoso. No quería nada más que hundirse en el
suelo pantanoso y desaparecer.

Se quitó el casco y se sacudió el pelo. Cayó en ondas espectacularmente


despeinadas alrededor de su cara. Su corazón se estremeció ante la injusticia. Su
pelo después de estar en un timón parecía que estaba pegado a su cabeza.

-¿Qué demonios habéis hecho esta vez, Caitrina? ¿O no


quiero saberlo?

Caitrina. Era el único que la había llamado así, y ni siquiera era su verdadero
nombre. Catherine.

No debía haber mentido sobre su identidad -"o, por omisión, su edad (se dio
cuenta de que él la consideraba más joven)- pero había tenido quince años,
cuando estuvo traumatizada y desesperada porque la llevara con él. Sabía que si
ella le hubiera dicho la verdad, nunca lo habría hecho. Usando el nombre de su
segundo padrastro muerto de Kirkpatrick, no había ninguna posibilidad de que
alguien la conectara con la hija bastarda de Helen of Lochmaben. Y así era como
quería. No más miradas de compasión. No más bromas. No más oraciones
secretas de que su padre vendría por ella.

Se le había dado la oportunidad de poner esa vida detrás de ella, y ella se la


había llevado.

Cualquier pellizco de culpa que pudiera haber sentido, sin embargo, fue
rápidamente olvidado cuando vio que la boca se contraía. ¿Cómo podía ser tan
desagradable como para reírse de ella?

Porque piensa que sois una niña. Una niña que necesitaba un rescate de un pozo.
No una mujer madura.

Su diversión parecía la última bofetada de injusticia en su indignidad de barro.


Ella lo adoraba, pero el hombre podía ser el trasero de un caballo sin pensar a
veces. Las lágrimas que habían amenazado 36

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

fueron olvidadas. En vez de eso luchó contra el impulso de ponerle las manos
sucias sobre él y sacarlo de ese prístino caballo blanco en el barro. Por lo
general, admiraba su insolubilidad fresca, pero sólo una vez le gustaría verlo
irritado.

Obviamente, Pip también había notado la actitud del recién llegado. Él inclinó su
cuerpo delgado delante de ella.
-Me salvó, eso es lo que hizo. Uno de esos muchachos tomó mi moneda, y
cuando traté de recuperarla, él y sus amigos vinieron detrás de mí. Pero Cate casi
le rompió el brazo. Y cuando la empujó hacia abajo, le puso un cuchillo en el
cuello.

-¿Ella qué? -Gregor explotó incrédulo.

Cate trató de detener a Pip, pero al parecer confundiendo la ira de Gregor por
admiración, estaba ansioso por continuar la historia.

-Sí, ella lo giró sobre su espalda como un pollo muerto y puso su puñal hasta el
cuello -el muchacho cuya nariz se había hinchado al tamaño de un nabo la miró
con una adoración descarada y luego de nuevo a Gregor-. Deberíais haberla
visto.

Gregor la miró como si no supiera si quería tomarle la rodilla o estar enfermo.

Ella se estremeció. Definitivamente no estaba impresionado con sus habilidades.


Ella sospechaba que iba a haber un infierno para pagar por esto, y no sólo por el
padre de Dougal.

Gregor le dio una mirada dura antes de volverse hacia Pip:- ¿Y quién sois vos?

Pip se ruborizó. Viendo la incomodidad del chico, Cate levantó la barbilla y se


encontró con la mirada de Gregor:- Es vuestro hijo.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 3

En retrospectiva, tal vez había sido una mala idea reírse, pero, maldita sea, Cate
se veía tan adorable y feroz con el barro manchado por toda su cara y ropa, un
vestido inusualmente bonito para ella, en realidad. Ver su mirada tan refrescante
de niña había sido algo de alivio, después de los incómodos pensamientos –para
ser su tutor- que había estado teniendo desde la última vez que la había visto en
casa.
Pero él no había querido herir sus sentimientos y se habría disculpado si no se
hubiera sorprendido por lo que sólo se podía describir como un pánico enfermizo
cuando escuchó lo que había hecho (¡podría haber salido herida, maldita sea!), Y
luego, momentáneamente, sorprendido por su anuncio.

-¿Mi... qué? -chilló él.

-Vuestro hijo -replicó ella con calma.

Las palabras no perdieron ningún impacto en la repetición. Si Gregor había


estado más sorprendido en su vida, no podía recordarlo. Podría haberse
proclamado Rey de la maldita Inglaterra. Tenía tanta posibilidad de reclamar esa
posición como lo había hecho de haber engendrado a este muchacho.

Aparte del hecho de que el chico no parecía nada, nada, como él, tenía al menos
quince o dieciséis años. Gregor tenía treinta y un años, y la única mujer con la
que había tenido relaciones antes de cumplir los veinte años no había dado a luz
a este muchacho. Debería saberlo, ya que se casó con su hermano mayor unos
meses después de que su relación sirviera a su propósito.

Apretó los dientes, lanzando una mirada penetrante al joven ensangrentado y


manchad de barro.

-No sé qué historia os habrá contado, pero ese chico no es mi hijo.

El muchacho le lanzó una mal mirada, como si no quisiera nada más que meter
una espada entre las costillas de Gregor. Cate, sin embargo, actuó como si
acabara de herirlo gravemente y se apresuró a protegerlo envolviendo su brazo
alrededor de su hombro.

-Claro que lo es. Igual que Eddie y Maddy.

-¿Quiénes diablos son? -exclamó Gregor. Había renunciado a intentar no jurar y


blasfemar alrededor de ella hacía años. Ni siquiera Dios tendría suficiente
paciencia y moderación para Cate.

-¿No os lo dijo John? ¡Felicidades, tenéis dos hijos y una hija!

-¿Esta era la "emergencia"? -la muchacha no era sólo un problema, estaba loca,
especialmente si pensaba que alguna vez tendría un hijo llamado así por el rey
inglés. Él se lo dijo, y la piel en su cara no estaba cubierta de barro se puso roja.
Se volvió hacia el muchacho.

-Pip, adelante. Vuestro padre y yo tenemos algo que discutir.

Este Pip podría competir con Vibora en un concurso de miradas venenosas. El


chico parecía querer discutir, pero cuando Caitrina agregó:

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-Por favor -él asintió con la cabeza y se fue. Aunque no sin echar otra mala
mirada a Gregor.

Cristo, ¿creyó el chico que la haría daño? Gregor no la había estrangulado en los
cinco años que la conocía. Seguro que no iba a empezar ahora. Con un poco de
suerte, dentro de unas semanas estaría fuera de su cuidado para siempre. Aunque
a la luz de los acontecimientos de hoy, su plan de casarse con ella sería mucho
más difícil de lo que él pensaba.

Sacudió la cabeza. Luchando en la tierra como un... no sabía qué, pero


ciertamente no era apropiado para una muchacha joven casable. Se volvió hacia
él, con las manos en las caderas, tan pronto como el chico se movió fuera del
alcance del oído.

-¿Cómo pudisteis decir eso delante de él? ¡Lastimasteis sus sentimientos!

Gregor saltó de su caballo, preparándose para enfrentarse a la batalla que sabía


que vendría. Si no lo sabía mejor, por la forma en que la sangre corría a través de
sus venas, él podría pensar que realmente estaba deseando que llegara.

-¿Hacer daño a sus sentimientos? Mi buen nombre es el que está siendo


arrastrado a través del barro

-sus ojos se encendieron ante eso-. El pequeño charlatán os ha mentido y se ha


aprovechado de vuestra bondad. ¿Cuántos años tiene?
-Quince.

Gregor sonrió. Era como él sospechaba:- Es imposible que sea mi hijo.

-¿Cómo podéis estar tan seguro?

-Sé como restar.

Claramente, ella no entendía, y Gregor no estaba en condiciones de explicar. La


edad en la que había tenido relaciones íntima con una mujer no era un tema
apropiado para una joven. Pero esa no era la única razón. Había cerrado la
distancia entre ellos unos pocos metros, lo cual, como resultó, estaba demasiado
cerca. Lo estaba sintiendo de nuevo. El calor. Ese extraño cosquilleo en su piel.
La conciencia le desgarraba. Y la conciencia inapropiada.

La parte superior de su cabeza sólo llegaba a su pecho, pero todavía podía


recordar cómo se había sentido estando bajo su barbilla. Qué cálido y sedoso
había sido su cabello. Cómo había olido a flores silvestres. Qué firme, pero
innegablemente femenina, había sentido en sus brazos.

¿Qué diablos le pasaba? Era Caitrina. La muchacha de la que era responsable,


sin importar lo inconscientemente, la muchacha que se suponía que debía
proteger de hombres como él. Maldito infierno, necesitaba encontrar un poco de
autocontrol. Se pasó la mano por el pelo, hizo un sonido de frustración.
Volviendo al tema en cuestión, dijo:

-¿Cómo llegó aquí?

-Su madre lo dejó en la puerta. Le dijo que iba a encontraros e informaros de que
él era vuestro hijo, y que ya era hora de que os ocuparáis del muchacho, ya que
ya no podía hacerlo por su cuenta.

Podría haber sentido una punzada de simpatía por el muchacho por el cruel
abandono por la mujer que lo había engendrado si Gregor no estuviera tan
seguro de que cada palabra era mentira. El 39

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x
muchacho y su madre probablemente estaban en esto juntos. Dios sabía lo que
esperaban ganar con sus engaños.

-¿Cómo era el nombre de esa mujer?

Ella se encogió de hombros, como si la pregunta no fuera importante:- Tendréis


que preguntarle a vuestro hijo.

Trató de controlar su temperamento, y lo hizo. Pero Caitrina –Cate-, tenía una


manera de sacar lo peor de él. Estaba tan malhumorada y obstinada con sus
opiniones. Él era su tutor, ¡por el amor de Cristo! Debería aferrarse a sus
opiniones. Respetar a sus mayores.

-No es mi hijo -reiteró, haciendo hincapié en cada palabra.

-Así lo ha dicho él.

Su mandíbula apretó su sonrisa:- ¿Y los otros dos hijos? Déjame adivinar...


también fueron abandonados, no mucho después de que la noticia de la llegada
de Pip se extendiera, yo apostaría.

Ella se ruborizó, arrojando su pelo fangoso tan regiamente como cualquier


reina:- No hay motivo para ser sarcástico.

-¿Motivo? Cristo, ¿no creíais que el momento era un poco sospechoso? De


repente paso de no tener progenie a tres en un par de meses? Tenéis suerte de
que no hayan aparecido más en mi puerta.

Sus ojos se abrieron y parpadearon:- ¿Queréis decir que tenéis más hijos
naturales por ahí?

Gregor apretó los puños, orando por la paciencia. A pesar de que lo decía con la
suficiente inocencia, a veces podía jurar que estaba tratando de ser obtusa sólo
para sacarle de quicio, e irritarle, no el otro tipo de ascenso, aunque
lamentablemente había logrado hacer eso también. Estar cerca de Cate empezaba
a hacerle sentir como un viejo libertino.

-Yo no tengo hijos. Deshaces de ellos, Caitrina.

Sus ojos se estrecharon:- No me libraré de ellos. Vos sois el responsable


No la dejó terminar:- No tengo más obligación para ellos que con cualquier niño
de la calle principal de cualquier pueblo de Escocia.

Ella jadeó, mirándolo con una expresión vulnerable en su rostro que no había
visto en mucho tiempo. La mirada que hacía sentir a su cotun como demasiado
apretado.

-Como yo, ¿queréis decir?

Maldijo con frustración por el dolor involuntario que sus palabras habían
causado. Por supuesto que ella simpatizaría con estos huérfanos. Sabía lo que era
estar sola en el mundo.

-Ah, diablos, no quise decir eso. Erais diferente.

-¿Por qué?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-Porque fuimos responsables de lo que os pasó.

-No erais responsable. Ni siquiera estabais allí cuando los hombres buscaron
refugio. Si alguien fue responsable, era vuestra rey. Robert de Bruce fue quien
les dijo a esos hombres que buscaran refugio en nuestra aldea. ¿Por qué os
ofrecisteis?

Sabía lo que estaba tratando de arrebatarle, pero no iba a funcionar. No era lo


que ella pensaba que era. Cate quería verlo como una especie de noble caballero.
Un hombre en el que podía confiar. Eso seguro que no era él. Una de las razones
por las que se había alejado tanto durante los años era porque no quería
desilusionarla, aunque sabía sin duda que algún día lo haría.

-Porque tenía sentido, y era la solución más fácil. Sabía que mi madre os amaría,
y esperaba que fuerais feliz aquí.

-He sido feliz, y ellos también...


La detuvo, sospechando a dónde se dirigía:- No funcionará, Caitrina. No se
quedarán aquí. Si no encontráis un lugar para ellos, yo lo haré. Dios sabe que
hay muchas madres que luchan por cuidar sus niños en esta guerra, pero eso no
significa que voy a dejar que Dunlyon sea usado como un refugio para los niños
bastardos o reclamar niños que no son míos.

Después de la desagradable ternura que sentía hacia la muchacha, estaba casi


contento de ver la irritación volviendo a sus rasgos sucios.

Sus ojos se estrecharon:- ¿Cómo podéis estar tan seguro de que no son vuestros?
Por lo que he oído, no os faltan compañeras de cama. ¿Es vuestra semilla
incapaz de dar fruto?

Gregor sólo pudo mantenerse allí y quedarse boquiabierto. ¿Cómo era posible
que esta jovencita lograse hacer lo que nadie más podía y tan a fondo, tan
enloquecedoramente, desconcertarlo? No sabía lo que era peor: que había estado
escuchando chismes sobre el número de mujeres con las que se había acostado
(o más bien, el número de mujeres que lo llevaban a su cama) o que acababa de
cuestionar la potencia de su "semilla". Ambos eran temas inapropiados para
cualquier mujer joven, por no hablar de su... su... ¡lo que diablos fuera ella!

-¡Soy perfectamente capaz de criar hijos, maldita sea! Cuando los quiera.

Arrugó la nariz, haciendo que el barro seco se agrietara. Las finas líneas de
bigotes que hacía en su rostro la hacían parecer un gatito desaliñado. Pero
cualquier sentimiento cálido y borroso se anuló rápidamente cuando habló.

-No veo cómo podéis saber eso a menos que lo hayáis intentado. Y con todas
esas mujeres, uno pensaría...

Dio un paso hacia ella, luchando una batalla perdida por la paciencia:- Caitrina...

Sabiamente, retrocedió un paso:- ¿Entonces, me estáis diciendo que no hay


ninguna posibilidad de que hayáis cometido un error?

-No cometo errores.

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Ella le dirigió una mirada llena de más comprensión de lo que le gustaba:- Todos
cometemos errores.

-Yo no. No de ese tipo. Siempre fue cuidadoso. Muy cuidadoso. Aunque siempre
hay una posibilidad muy pequeña de...

Demonios, lo había hecho de nuevo. Lo dio la vuelta a las cosas. Completamente


al revés. Lo confundió. Lo sacudió, lo estalló. Como cualquier guerrero, ella
percibió la debilidad y entró a matar:- Sólo conócelos, Gregor, veréis...

Levantó la mano, tratando de decirse que no era como una bandera blanca. Tanto
por Bàs roimh Gèill. Muerte antes de rendirse, el lema de la Guardia de los
Highlanders, y el suyo antes de conocer a Cate.

-Ya conocí a uno de ellos, y sé, de hecho, que no es mío. Será igual con los otros
dos. Los veré, pero no cambiará lo que pienso.

-¡Oh, Gregor, gracias!

Al parecer, ignoró la parte de la "opinión", demostrando que no era inmune a la


habilidad que poseía su sexo para oír sólo lo que querían oír. Cuando parecía que
podía arrojarse en sus brazos, dio un paso atrás.

Confundiendo la causa, ella hizo una mueca:- Supongo que primero debería
limpiarme.

No era el barro. Simplemente no confiaba en sí mismo para tocarla.

-No se quedarán, Caitrina.

La sonrisa se deslizó rápidamente de su rostro. Lo lamentaba, pero era necesario.


No quería ningún malentendido.

Ella sostuvo su mirada, y después de un momento, asintió con la cabeza. No era


tan tonto como para confundirlo con el conformismo. Era una aceptación ás
temporal. Pero en esto se mantendría firme. No más infiernos. Preocuparse por
ella era lo suficientemente perturbador. Seguro que no iba a aceptar más. Su
responsabilidad hacia Cate siempre le cubría. Incluso cuando luchaba pensaba en
ella. Otra cosa eran las razones.

Se suponía que no debía pensar en esas cosas, maldita sea. Deshacerse de todas
las distracciones, no añadir más a ellas. Llevando su montura, caminaron la
distancia corta a Dunlyon en silencio. Era una de las cosas que más le gustaba de
ella. A diferencia de la mayoría de las mujeres, Cate no sentía la necesidad de
llenar el silencio con parloteo.

Era difícil que no gustara la muchacha. Eso era parte del problema. Cuando no le
irritaba o hacía su vida difícil, era apasionada, leal, -absurda, y refrescantemente
directa-. Demasiada directa a veces, pensó, recordando su referencia a sus
compañeras de cama.

Así que pensaba que era un libertino. Demonios, probablemente era más por
casualidad que por esfuerzo. ¿Qué se suponía que debía hacer, rechazar a las
mujeres que saltaban a su cama? ¿Qué hombre en su sano juicio haría eso? ¿Y
por qué le importaba lo que pensaba?

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Todavía tenía el ceño fruncido cuando entraron en la puerta. Empezó a huir, pero
después de unos cuantos pasos se detuvo para dar la vuelta:- ¿Le habéis
encontrado ya?

Gregor se puso rígido ante la mención del tema. Maldita sea, ¿la muchacha
nunca se rendía? Odiaba tener que mentirle, pero Dios sólo sabía lo que Caitrina
haría con la información. En realidad, sospechaba que sabía exactamente lo que
haría, y por eso nunca lo compartiría con ella. Había aprendido el nombre del
hombre que había atacado su pueblo poco después de que sucediera. Por
desgracia, Sir Reginald Fitzwarren ya había sido llamado a Londres, donde se
había mantenido fuera del alcance de Gregor. Pero un día, lo encontraría y la
muchacha tendría su venganza.

-Aún no -dijo.

Suspiró decepcionada, y sintió una fuerte punzada de culpa en su pecho:- Tal vez
podría...

-Prometisteis que sólo me encargaría yo, Caitrina. Quiero que confiéis en mi.

Sonrió:- Lo hago.

De algún modo, la fe ciega sólo le hacía sentirse peor.

-Será mejor que me apresure, si voy a tener tiempo para un baño antes de la
comida -dijo, volviendo a darse la vuelta.

Una oleada de calor inoportuno se precipitó a través de él. No debía pensar en


ella en el baño, en aquellos pechos que se habían sentido tan firmes contra su
pecho desnudo, las nalgas tensas y bien formadas... Mal, maldita sea.

-¡Caitrina! -se volvió con una sonrisa incómoda ante su tono-. Todavía esta el
asunto de ese cuchillo que tenemos que discutir -Eso era, un buen tutor.

Pero su ceño fruncido parecía no tener ningún efecto. La muchacha realmente


parecía contenta. Sí, sus labios estaban definitivamente curvados hacia arriba:-
Fue idea vuestra.

Mocosa traviesa

-No me lo recordéis -murmuró, pero ya se había ido.

Por segunda vez ese día, Cate terminó de hacer los últimos ajustes a su vestido.
Esta vez escogió el verde. A pesar de que lamentaba la pérdida del vestido rosa,
Hete había echado un vistazo al vestido arruinado y casi lloró. Cate pensó que el
verde le sentaría aún mejor. La cinta de oro que bordeaba el corpiño, el
dobladillo y las mangas parecía recoger las manchas más claras en sus ojos.

No se molestó con un velo. Sólo se mojaría, ya que su pelo todavía estaba


remojándose de su baño.

Pero con sólo una hora hasta la comida del mediodía, no tuvo tiempo de sentarse
ante el brasero para cepillarlo hasta que se secara.

Volvió a colocar la diadena en la cabeza y se dio otra rápida mirada en el espejo


antes de alejarse.
Puede que ella no pareciese tan acicalada y refinada como esta mañana, pero se
veía mejor que cuando tenía el barro salpicado por toda la cara. Todavía sentía la
humillación de ser vista así por el hombre que tan desesperadamente quería
impresionar. Pero haría lo que siempre hacía: levantarse, sacudirse el polvo y
volver a intentarlo. Con moretones y dolores tal vez, pero dispuesta a luchar de
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nuevo. No sólo por ella, sino por los niños. La necesitaban y la estabilidad que
nunca había tenido.

Ella se apresuró a salir de la habitación, deseando asegurarse de que los niños


estuvieran buscando lo mejor para su "presentación". Trató de no sentirse
decepcionada por la fría reacción de Gregor, sin duda, de repente le dijeron que
era el padre de tres hijos, pero lo era. Por primera vez que podía recordar, él la
había decepcionado.

Sus duras palabras todavía resonaban en su cabeza. Deshaceos de ellos.

Como si fueran basura. Como si pudiera enviarlos lejos y no importarle lo que


les pasara. ¡Eran niños, por el amor de Dios, no gatos callejeros! Una vez que los
viese y llegase a conocerlos, cambiaría de opinión. Sólo tenía que ser paciente.
La había aceptado, ¿no?

Cate tenía suficiente fe en él por los dos. Como su madre le había dicho, los
lazos no llegaban fácilmente a Gregor, pero una vez formados eran tan
inquebrantables como el acero.

Cate debería saberlo. Los había puesto a prueba lo suficiente.

Se mordió el labio con culpabilidad. ¿Lo había hecho a propósito? Quizás una o
dos veces. Pero finalmente el temor de que él la echara se calmó. Ahora, lo
probaba sólo porque parecía ser la única manera de lograr que regresara a casa,
por no hablar de que era bastante divertido. A ella le gustaba pincharle bajo la
encantadora fachada pícara para ver cómo aquellos hermosos ojos verdes se
oscurecían, esa deliciosa y ancha boca se endurecía, ese diminuto músculo bajo
la mandíbula perfectamente formada empezaba a flexionarse.
Pero picar su temperamento ya no era suficiente. Quería que la notara como un
hombre a una mujer.

Quería que él la tomara en sus brazos y la besara como lo había visto besar a la
viuda del senescal anterior la última vez que estuvo en casa. Quería que se diera
cuenta de que ella era la única para él.

Cuando llegó al último piso de la torre, descubrió que Hete y Lizzie, una de las
sirvientas de la cocina, tenían a Eddie y Maddy temporalmente bajo control, pero
Pip no se encontraba en ninguna parte. No había vuelto a la casa de la torre o al
dormitorio de la buhardilla donde dormía con Eddie.

Dejando a los niños menores en las manos capaces de los sirvientes, Cate fue en
busca de Pip. Ella sospechaba dónde lo encontraría. Había dormido en el granero
durante casi tres semanas, antes de que hubiera podido convencerlo de que
pertenecía al interior. El granero seguía siendo el lugar donde se retiraba cuando
el caos era demasiado para él.

Era donde iba a lamer sus heridas.

No es que ella lo culpara. Cate había trabajado tan duro para hacer que Pip se
sintiera como si perteneciera, y con unas cuantas palabras agudas, Gregor lo
había deshecho todo.

Su corazón se apretó por el orgulloso muchacho que se esforzaba tanto por ser
duro y fingir que no importaba que su madre lo hubiera abandonado en la puerta
de los extraños. Tratando de creer en una historia que incluso Cate admitió dejó
espacio para algunas preguntas.

Había querido creer que era cierto casi tanto como lo había hecho Pip. Pero la
edad del muchacho siempre la había molestado. Sabía que Gregor acababa de
cumplir treinta y un años y, aunque no lo dejaba pasar, quince eran muy jóvenes
para criar a un niño.

La certeza de Gregor -al menos con Pip- dejaba poco margen para el error. Sólo
deseaba que Pip no hubiera tenido que oírlo.

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Àriel x

¿Qué había pensado ella, que Gregor miraría al muchacho y su corazón se


dispararía tanto como el suyo? Quizás. Aunque sabía que no era justo. Gregor no
había estado ansioso por estar ensillado con ella. No debería haber esperado que
diera la bienvenida a tres niños con los brazos abiertos.

Incluso si ella creyera que no eran sus hijos -y parecía que había pocas dudas
sobre Pip-, no importaba. No podía apartarlos. Lo necesitaban. Él lo haría.

Al llegar al establo, abrió la puerta. Los acres, los olores terrosos la abordaron a
la vez, pero no le importó. Había pasado mucho tiempo en el granero cuando
llegó por primera vez.

-¿Pip?

Ella escuchó lo que sonaba como un sordo bufido, y luego un poco de arrastrarse
alrededor.

-Aquí atrás –dijo-. Con el cachorro.

Uno de los perros en el pueblo había dado a luz a los cachorros hacía unas
semanas. La perra había ignorado al enfermo y el granjero había estado a punto
de ahogar a la pobre criatura, cuando Pip vino a su rescate y la trajo de regreso a
la casa de la torre. Sorprendentemente, no sólo la criatura parecía estar
floreciendo, sino que su viejo y obstinado gato, que no le gustaba a nadie,
parecía pensar que era la madre del cachorro.

Cate se movió hacia el otro extremo del establo, encontrando a Pip sentado
contra la pared del último puesto. Su corazón se apretó, viendo las rayas
reveladoras en su cara hinchada y ensangrentada. Pero fingió no darse cuenta. Su
orgullo era algo muy tierno en este momento. Estaba tan lleno de fanfarronería y
bravuconería. Pero le había ayudado a sobrevivir, y no lo destruiría con
comodidad. No hasta que estuviera listo.

-¿Como está?

Pip se encogió de hombros:- Le traje algunos trozos de carne de la cena de


anoche, y pareció gustarles.
-¿Le habéis puesto nombre ya?

El chico negó con la cabeza:- No -comprendió. No lo nombraría hasta que


estuviera seguro de que el cachorro viviría. Sus ojos escudriñaron su vestido, y
luego se estrecharon con enfado-. Eso es para él, ¿no? Os habéis vestido así para
él.

Cate esperaba que no se ruborizara, pero sus mejillas se sentían


sospechosamente calientes. Bueno,

¿era tan obvio?

-No, yo...

-Os gusta, ¿no? Bueno, yo no. Lo odio... ¡y no es mi padre!

Cate tiró de un taburete que se usaba para ordeñar las vacas y se lo acercó para
sentarse junto a él.

-¿Por qué decís eso?

Por un momento pareció afligido, pero luego apartó la vista y murmuró:- Mi


madre me dijo que era 45

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guapo. Que parecíamos iguales. No me parezco a él. Es frío, arrogante y feo.

Parecía tan molesto, Cate no tenía el corazón para sonreír. Dudaba que alguien
hubiera llamado a Gregor MacGregor feo antes:- No quiso decir lo que dijo, Pip.
Se sorprendió, eso es todo. Una vez que lo conozcáis...

-No quiero conocerlo. ¡Lo odio!

Querido Señor, ¿de verdad había pensado que sería fácil? Su plan para reunirlos
tenía los ingredientes de un desastre.

-Ambos empezásteis con el pie izquierdo, eso es todo -no queriendo dejar más
espacio para la discusión, se levantó-. Queda poco para la comida del mediodía.
Tendréis tiempo suficiente para lavaros -comenzó a protestar, pero lo detuvo con
una voz que no dejaba paso a la discusión-. Voy a buscar un poco de salvia para
vuestros cortes.

Miró al perro y asintió con la cabeza.

Volvió a querer abrazarlo, pero recordó muy bien cómo había sido a esa edad.
Lady Marion había sido paciente con ella, y haría lo mismo por Pip.

Se volvió para irse, pero él la detuvo:- ¿Cómo le hicisteis eso a Dougal?

Su boca se retorció. Había sido bastante sorprendente. En realidad, no estaba


convencida de que toda su práctica diera resultado. Pero lo había hecho, y estaba
orgullosa de sí misma.

-Práctica.

Sus ojos volvieron a oscurecerse:- ¿Os ha enseñado?

Ella sacudió su cabeza. Durante años había molestado a Gregor cada vez que
venía a casa para que le enseñara a defenderse, pero siempre le decía la próxima
vez. Finalmente, se cansó de esperar y le preguntó a John.

-No, John me lo enseñó.

Pip se detuvo un instante y la miró con incertidumbre:- ¿Creéis que tal vez,
podréis enseñarme?

Ella sonrió:- ¿No te importaría tomar lecciones de guerra de una muchacha?

Pensó durante un minuto, obviamente tomando su pregunta en serio:- No si


podéis enseñarme a hacer eso.

Ella rio:- Bueno, ¿por qué no vemos lo que podéis hacer mañana?

La miró fijamente, con una expresión de cautelosa emoción en su cara


machacada y maltratada:-

¿De verdad?

Cate sonrió. Todavía le resultaba difícil creer que algo bueno vendría a su
manera, pero estaba decidida a cambiar eso:- De verdad. Pero tendréis que
trabajar duro.

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Su negra cabeza asintió entusiasmadamente, temiendo que pudiera volver a


sangrar la nariz.

-Lo haré, lo prometo.

Escondió una sonrisa:- Entonces, id al patio de prácticas después de vuestras


tareas. John y yo deberíamos estar allí para entonces.

Unas cuantas veces por semana -más si le rogaba lo suficiente-, John encontraba
tiempo para hacer unas pocas sesiones de práctica con ella entre sus otras tareas.
Con Gregor y su hermano menor, Padraig, fuera de la lucha, John tenía la
responsabilidad de vigilar sus posesiones por el momento.

Aunque John estaba ansioso por volver a la batalla, Cate esperaba con ansias su
formación más que cualquier otra cosa, excepto las visitas de Gregor.

Recordó que la estaba esperando, y a los niños en el Gran Salón, Cate se


apresuró a recibir la savia y ver qué se podía hacer con el pobre rostro de Pip.
Tenía que asegurarse de que la segunda impresión de Gregor fuera mejor que la
primera. Una sonrisa torcida giró sus labios. Dada la primera reunión, no debía
ser muy difícil.

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Capítulo 4

Con Cate requisando la bañera, Gregor hizo uso del río para lavar los dos días de
mugre de la silla.

En un caluroso día de verano, un chapuzón en el río Lyon era revitalizante y


refrescante, pero a una semana de mediados de invierno, era como saltar en agua
helada. Lo suficientemente frío como para congelar sus cojones. Eso esperaba.

Los pensamientos asquerosos sobre su "pupila" no eran sólo una molestia,


también eran embarazosos. Un hombre de su experiencia debía tener cierto
control sobre sus pensamientos y su cuerpo, maldita sea. Pero al parecer, se
redujo a confiar en agua fría hasta que encontrara un marido para ella.

Para ello, lo primero que había hecho después de reunirse con John fue hacer
una lista de hombres adecuados en la zona, no demasiado viejo, ni demasiado
joven, ni demasiado rico, ni demasiado pobre, ni demasiado noble de sangre,
pero no un campesino tampoco. Buscaba a un hombre que apreciara el generoso
oficio que Gregor tenía la intención de proporcionar, pero que no requeriría una
alianza familiar importante. Aunque Cate se beneficiaría por su conexión con él
como su tutor, su padre había sido sólo un hombre de armas de uno de los
vasallos de Bruce.

Era un delicado equilibrio, pero Gregor tenía la intención de hacerle la mejor


conexión posible. Era lo que merecía. No podía verla con un simple labrador.
Había algo extrañamente noble en la muchacha. Ciertamente, actuaba como una
reina a veces... o al menos con toda la autoridad de uno.

¿Tal vez uno de sus detenidos? ¿Un miembro de un meinie de un jefe local? ¿El
segundo o tercer hijo de un jefe local?

Al final, había encontrado media docena de nombres. Él haría que el empleado


empezase a escribirles inmediatamente. Como Gregor fue a casa para las
vacaciones por primera vez en años, se espera celebrar una fiesta para la
celebración de Hogmanay, lo que sería tan buena razón como cualquiera para
traerlos aquí. Con un poco de suerte, el compromiso se terminaría a principios de
Enero.

Pero temía que fueran a pasar largas semanas hasta entonces.

Regresando a la casa de la torre, Gregor comenzó a subir el tercer piso de


escaleras antes de atraparse y volver a bajar al segundo. Cristo, había sido
cacique durante seis años, y aún tenía que recordar que era el laird.
Era una posición que nunca se había significado para él como el tercer hijo. Dios
lo sabía, él no estaba cortado por la responsabilidad. Su padre habría odiado ver
al clan bajo el liderazgo de Gregor. Después de la muerte de Alasdair, su padre
había puesto toda su fe en el segundo hermano mayor de Gregor, Gille.
Probablemente lo habría matado al saber que Gille había caído poco después de
haber estado en el mismo campo de batalla, dejando a su "inútil" tercer hijo
como su heredero.

Había dos cámaras en el segundo piso, la del laird -ahora la suya- siendo el más
grande. John dormía en el otro. Cate dormía en el tercer piso (con su madre antes
de morir), en la cámara que Gregor había compartido con sus hermanos cuando
era niño.

Nunca había prestado mucha atención al tamaño de la casa de la torre, pero


ahora lamentaba que 48

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su padre no hubiera tenido tiempo de comenzar los planes que había hecho para
construir un nuevo y moderno edificio de piedra. Las viejas paredes de madera
habían visto días mejores, y el edificio -

aunque servicial- era sencillo y rústico, no apropiado para el laird del jefe más
importante de los MacGregors. Aislados en las Tierras Altas como estaban, las
fortificaciones de palizada de madera habían sido adecuadas hasta hacía poco.

Pero eran las otras defensas en las que Gregor estaba pensando. La distancia y la
separación eran lo que necesitaba, pero la pequeña casa de la torre -pequeña e
íntima- proporcionaba poco de eso. Era demasiado consciente de ese único
tramo de escaleras.

Después de intercambiar su ropa de guerra por una túnica fresca, sobretodo y


pantalones de cuero, Gregor sabía que había retrasado el tiempo suficiente. Pero
disfrutó las primeras preciosas pocas horas de paz antes de que la multitud
descendiera. Siempre fue así cuando regresó después de tantos meses de
ausencia. Sabía que lo esperaban -en parte fue culpa suya haber permanecido
tanto tiempo ausente- pero a veces se sentía como un cadáver en el sol con los
halcones picoteando hacia él. Los hombres querían una decisión sobre alguna
disputa, las solicitudes de retrasos en el pago de los alquileres, o para posponer
su servicio, y las mujeres...

Gimió. Ellas querían un pedazo de él, también. Unas piezas más grandes que
otras. A veces pensaba que valdría la pena casarse sólo para evitar tener que
evadir todas las "ofertas" que se le ocurrieron.

Pero entonces recordaría que casarse significaba que tendría una esposa.

MacSorley, que era el rey de los apodos (era cómo muchos de los guardias
habían terminado con sus nombrados de guerra), le llamaba el "Ingenioso" o el
"Hechicero", refiriéndose a la propensión de Gregor a evadirse "mágicamente"
de las trampas de las más caseras que se lanzaban en su camino. De acuerdo con
MacSorley, Gregor había escapado de aún más bonos que MacRuairi, que era un
experto en entrar y salir de cualquier lugar.

No estaba muy lejos de la verdad. Gregor sabía que tendría que casarse, quizá no
le gustara la responsabilidad, pero lo reconocería cuándo le tocara, pero en este
momento su único objetivo era la guerra.

Cuando entró de su habitación, vio la cama y se sintió tentado, condenadamente


tentado, a derrumbarse sobre él, a dibujar la manta forrada de piel sobre su
cabeza y olvidarse de todo durante un rato. Quizás Bruce tenía razón. Tal vez
necesitaba este descanso más de lo que se había dado cuenta.

¿Cuánto tiempo tenía antes de que empezara? Si el ruido que venía de abajo en
el no tan gran salón era cualquier indicación, no mucho tiempo. Maldición,
parecía una fiesta.

Un momento después, de pie dentro de la entrada y escudriñando la sala llena de


gente, gimió.

Había ya al menos cuarenta de sus hombres de clan en la habitación. Para


mañana por la mañana, probablemente habría dos veces más.

Escogió a John en medio de la multitud, de pie junto al estrado con algunos


miembros del meinie de Gregor, hablando con una mujer atractiva. Una mujer
muy atractiva, se fijó en el segundo vistazo, tomando las curvas esbeltas pero
bien formadas en el vestido verde ajustado, la sedosa cascada de pelo ondulado y
oscuro que le rodeaba los hombros y el bonito perfil.
Gregor se iluminó, de repente se sintió un poco más ligero, y se dirigió hacia
ellos. Una pequeña 49

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distracción. Eso es lo que necesitaba. Esperaba que su hermano no la hubiera


reclamado previamente. Había aprendido lo difícil que podía pasar si dos
hermanos deseaban a la misma mujer. Era un error que nunca volvería a cometer.

No importaban los buenos pechos o el dulce trasero... Se detuvo a medio paso,


sintiendo como si acabara de golpear contra un muro de piedra.

No podría ser.

John lo vio, agitó la mano y dijo algo a la mujer que estaba a su lado. Se volvió y
Gregor sintió que algo en su pecho caía al suelo. Su sangre siguió fuerte después
de ella. Se sentía como si Ariete hubiera tomado uno de esos cabos gigantes que
le gustaba lanzar y lo hubiera golpeado contra su pecho.

No, maldita sea, ¡no!

Pero era Cate. Mirándolo...

Encantadoramente. Y no como una niña en absoluto. Su mandíbula se apretó.


No, se parecía mucho a una mujer madura. Ella sonrió, y la sensación de temor
que había comenzado a arrastrarse sobre él se hizo aplastante. Sofocante. Una
mujer crecida y demasiado atractiva para su tranquilidad. ¿Quién habría
imaginado que la chiquilla empapada de barro podía parecer tan bello?

Barro que él sabía manejar. Pero esto... ¿qué demonios se suponía que iba a
hacer con el cabello oscuro brillante, los ojos tan brillantes y vivos que parecían
brillar a través de la habitación, anchos labios carmesí que de repente se veían
traviesos de una manera completamente diferente y los pechos? Pechos, ¡maldita
sea! Los senos que ya no estaban sólo en su imaginación, sino que ahora se
mostraban a la perfección en un vestido cómodo, figura de moldeo. Dotados para
encajar perfectamente en la mano de un hombre, eran firmes, redondos y
deliciosamente dulces. Era tan dulce como había imaginado después de haber
sido presionado contra su pecho. Pero ahora no estaban en su imaginación.
Estaban allí mismo, encaramados bajo su nariz, donde no podía negarlos.

Su «torso» había crecido, y Gregor no podía hacer nada. Sin embargo, el


inconveniente atractivo que sentía por ella podía hacer algo. Ignoradla,
distraeros y deshaceros de ella lo antes posible, ese era su plan.

Pero para asegurarlo había adquirido una nueva urgencia.

Cate se sintió atrapada cuando lo vio por la habitación. Esto era. Ese era el
momento por el que había estado soñando. Esperó a que el rayo golpeara. Para
que el la viese por primera vez como una mujer, una mujer deseable.

Ella esperó. Y esperó. Pero su mirada se deslizó sobre ella sin el menor parpadeo
antes de regresar a su hermano. Y así, el momento pasó.

Parpadeó, aturdida. Estaba tan segura de que esta vez se daría cuenta de ella,
parecía imposible que no lo hubiera hecho. Trató de no estar decepcionada, pero
la falta de reacción de Gregor ante su apariencia aplastó su nueva confianza en
su feminidad como el brote de una flor bajo una bota.

¿Tal vez había algo mal con ella? Tal vez no tenía lo que otras mujeres tenían
que las hacia atractivas para los hombres -sensualmente atraídos-, y no "sois una
gran amiga".

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Esperad. ¿Acaso no la había reconocido o no podía verla desde el otro lado del
vestíbulo?

Tristemente no. Cruzó la sala, saludó a los dos y no hizo un comentario sobre su
vestido o cabello.

Podría haber estado usando un saco, por todo lo que había notado. De hecho, su
miarada parecía haber sido desviado en otra parte. A saber, el corpiño del vestido
de la viuda del anterior senescal, Màiri, quien Cate sabía había compartido su
cama en más de una ocasión en el pasado.
Cate apretó la boca. Tal vez, el cambio en su apariencia no había sido tan
dramático como la reacción de John le había llevado a creer, y Gregor necesitaba
un poco de ayuda para verlo.

En el momento en que la viuda se alejó, Cate desvió la atención de Gregor de las


caderas de la otra mujer hacia ella, caminando ligeramente delante de él para
bloquear su vista.

-Estoy usando un vestido nuevo -señaló.

Su mandíbula pareció apretarse antes de dirigir su mirada hacia la suya. La


rapidez con que miró el vestido no duró más que la mirada que le había dado
antes.

-Es agradable.

¿Es agradable? ¿Ni siquiera un os ves bien? Bien, el hombre hacía elogios a cada
otra mujer como si fueran dulces a niños, ¿y todo lo que podía manejar para ella
era agradable?

Le lanzó una mirada furiosa:- ¿Os parece que el color sienta bien? Vuestra madre
lo pensó cuando me lo compró, pero no estaba segura.

Vio el tono revelador de la molestia que apareció en su mandíbula, pero como


ella misma estaba molesta, no se preocupó.

-Es sin duda mejor sobre el marrón que llevabais antes -Cate jadeó de
indignación. ¡Qué bruto! ¡Se refería al barro!

Sus ojos se estrecharon, la ira reemplazando su decepción anterior. ¿Era


deliberadamente denso?

¿No se daba cuenta de que estaba prácticamente golpeándolo por encima de la


cabeza para hacersee notar?

Al parecer, sus golpes eran demasiado sutiles. Se enderezó, sacando el pecho de


la manera en que Seonaid lo hacía cada vez que se encontraba a menos de
cincuenta metros de él.

-¿No creéis que está demasiado apretado? He crecido bastante en los últimos dos
años.

Durante un largo latido de su corazón sus ojos cayeron. Cate contuvo la


respiración, sintiéndose encendida, como si un fuego lento se deslizar sobre su
pecho. Sin embargo, extrañamente, sus pezones se endurecieron como lo
hicieron en un baño frío. El calor y la dureza eran una sensación embriagadora,
haciendo que su piel se ruborizara con un fuerte hormigueo. Era como si su
cuerpo fuera la cuerda de un clàrsach que acababa de ser raspado.

Notó que sus rodillas se debilitaban. Algo caliente y poderoso se disparó entre
ellos. Algo que hacía que el aire se sintiera denso y lleno de tensión. Sabía que
vería el calor reflejado en su mirada, el deseo que había deseado. Pero sus ojos
cuando volvieron a los suyos no estaban en absoluto calientes, eran fríos y
lejanos.

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-Si el vestido os es incómodo, podéis cambiaros -dijo indiferente-. Esperaremos


por la comida. Pero no tardéis demasiado, tengo hambre.

Se volvió hacia John, que había estado escuchando la conversación con una
extraña expresión en su rostro, y Cate no sabía si llorar o patear al guapo zoquete
en su trasero.

Se salvó de tomar la decisión por la aparición de Hete, que salió de la partición


de madera detrás del estrado que separaba el vestíbulo del pasillo que conducía a
las cocinas y la pequeña habitación que servía de salón del Laird. Cate le dirigió
una mirada interrogante y la otra mujer asintió. Los niños estaban listos.

Ante la expectativa de que Gregor no quisiera que esta reunión tuviera lugar en
público, Cate le había pedido a Hete que trajera a los niños al solar del laird.

Puso su mano en el brazo de Gregor, sorprendiéndolo en su conversación con su


hermano. Se endureció, los músculos de su brazo se volvieron tan rígidos como
el acero. Los ojos verdes se fijaron en los de ella con una intensidad que la hizo
temblar.
Dejó caer su mano, la tensión que emanaba de él la sorprendió. Bueno, ¿qué le
pasaba? Actuaba como si tuviera la peste.

-Nos están esperando -dijo apresuradamente.

-¿Quien?

Trató de no perder la paciencia, recordándose lo importante que era que todo


fuera bien, pero no fue fácil. ¿Cómo podía haberlo olvidado ya?:- Vuestros
niños.

Gregor lanzó una mirada a John, quien se limitó a encogerse de hombros y le dio
una mirada de "no me miréis".

-Le dije que no os gustaría -dijo John.

-Y yo le dije -dijo Cate con una sonrisa apretada a John (el traidor)-, que no os
negaríais a vuestra propia carne y sangre.

La boca de Gregor se tensó, y supo que quería discutir con su premisa, pero
estaba sosteniendo su lengua, presumiblemente porque sabía que sus gritos
permitirían a otros escuchar su conversación.

-¿Dónde están? -preguntó con impaciencia, claramente ansioso por que se


hiciera la reunión.

-En la cámara -hizo un gesto con la mano para que ella abriera el camino.

-Mirad vuestros pies -dijo John con una risita.

Cate le lanzó una mirada enfadada y atrajo a Gregor cuando se había vuelto para
preguntarle a su hermano qué quería decir.

-Quizá podáis servirle a Gregor un poco de vino cuando regresemos, John -dijo
por encima del hombro con una sonrisa dulce.

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La cámara era pequeña y sin una ventana para dejar entrar la luz natural. Incluso
con el candelabro circular de hierro iluminado, la habitación era bastante oscura.
No fue hasta que cerró la puerta detrás de ellos, sin embargo, que Cate se dio
cuenta de su error. Los dos niños más pequeños miraron al gran guerrero, y sus
ojos se abrieron de miedo. Sólo Pip no parecía que estuviera a punto de estallar
en llanto. No, Pip estaba demasiado concentrado en fruncir el ceño y proyectar
un aire de indiferencia hosca para notar cómo la habitación parecía llenarse de
repente con el gran guerrero.

Habiéndose acostumbrado a su tamaño, Cate se olvidó de lo físicamente


intimidante que podía ser Gregor. A tres o cuatro pulgadas sobre seis pies, era
una cabeza más alta que la mayoría de los hombres. Cinco años atrás todavía
poseía algo del músculo magro de la juventud, pero ya no. No, ahora su
construcción era todo hombre duro y sólido. Su musculoso pecho y sus brazos
no necesitaban ser revestidos de armadura para parecer intimidantes. Eran
acerados y prohibían todo por su cuenta. Mientras sus ojos recorrían los anchos
hombros y los abultados brazos, lo atraparon como si por primera vez, un
pequeño y extraño revoloteo de conciencia le cayera en el vientre. Se sentía...
divertida.

El gemido de Maddy, sin embargo, la sacó de su estupor con el ceño fruncido.

-Los estáis asustando -dijo ella en voz baja.

Una ceja muy arqueada se alzó:- Sólo estoy aquí de pie.

-Sí, bueno, tratad de no parecer tan grande -la miró como si no pudiera averiguar
si ella hablaba en serio o no. Sin conocerse a sí misma, pero dándose cuenta de
lo nerviosa que estaba, empezó las presentaciones.

-Ya habéis conocido a Phillip –dijo-. Y este joven es Eduardo, Eddie -se arrodilló
y tendió su mano al niño. Miró a Gregor con incertidumbre, como si quisiera
enterrar la cabeza en las faldas de Hete.

Pero después de la aclamación alentadora de Cate, soltó la mano de la niñera, se


metió los dedos en la boca y deslizó su otra mano en la de Cate.

-Tiene pelo rojo -dijo Gregor incrédulo. -¡Y pecas!

Cate se levantó, enfrentándose a su mirada acusadora:- Sois muy observador -


dijo, con una mirada aguda de advertencia para no decir nada más delante de los
niños.

Sabía que el pelo rojo brillante y las pecas serían un problema. La coloración,
aunque bastante común en las Tierras Altas, no corría en la familia inmediata de
Gregor. Era lo primero que John había señalado. Pero seguramente con la plétora
de mujeres con las que Gregor había estado, habían habido al menos un puñado
de pelirrojas.

Si la mirada oscurecida en su rostro era cualquier indicación, tal vez parecía que
no.

Sabía que estaba buscando una paja para embestirla, pero incluso si hubiera
tenido más que una gran punzada de duda sobre Pip, había ofrecido alguna
esperanza a los pequeños. Sería mucho más fácil convencerlo de que se
quedaran si hubiera una posibilidad de que fueran suyos.

Sin embargo, probando que no era un bruto completamente insensible, Gregor se


inclinó sobre una rodilla para dirigirse al niño:- ¿Cuántos años tenéis, Eduardo?

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Cate se estremeció al mismo tiempo que Eddie saltó. Incluso baja, la voz de
Gregor era profunda y autoritaria. Le daría miedo a alguien que no estuviera
acostumbrado a estar al otro lado de sus preguntas. Cate, por supuesto, tenía
mucha experiencia con eso.

Eddie, sin embargo, no. Cuando el niño decidió usar sus faldas como una cortina
para esconderse detrás, Cate le dio un empujón alentador adelante.

-Está bien, Eddie. Este es vuestro nuevo laird. ¿Recordáis lo que os dije sobre
él? Ha estado luchando contra el desagradable viejo inglés en la guerra. No os
hará daño. Sólo quiere haceros algunas preguntas.

El niño la miró con sus grandes ojos azules y asintió. Mirando por detrás de su
falda, levantó tres dedos.
-Venid aquí, muchacho -dijo Gregor con voz más suave.

Cate puso su mano sobre la cabeza del muchacho:- No estoy segura de que sea
buena...

Gregor le lanzó una mirada:- No voy a hacerle daño. Sólo quiero hacerle unas
cuantas preguntas -no era por eso que había intentado detenerlo.

-Está bien, Eddie, -dijo Pip con una sonrisa diabólica.

Cate le lanzó una mirada y comenzó a explicarle a Gregor, pero ya era


demasiado tarde. Gregor había tomado la mano del muchacho de la suya y lo
había empujado hacia delante. Cate dijo una oración silenciosa que el niño no se
asustase demasiado ni se molestase.

-¿Cuándo es el día de vuestro santo, muchacho? -preguntó Gregor.

Eddie le dirigió una gran sonrisa y Cate soltó un suspiro de alivio. Tal vez todo
saldría bien después de todo:- El de todos los Santos. Pip me dio una nueva
pelota porque estaba triste.

-¿Por qué estabais triste?

La sonrisa cayó tan rápidamente como había aparecido:- Perdí a mi mamá.

La voz de Gregor era todavía más suave aún, y Cate sintió que su corazón se le
caía del pecho.

-¿Cómo se llama vuestra mamá, Eddie?

-Mamá -su pequeña mandíbula comenzó a temblar-. Quiero a mi mamá.

Cate se habría movido hacia él, pero Gregor le puso una mano firme en la
espalda:- Ya sé que sí, muchacho. Y me gustaría encontrarla para vos, pero
necesito saber su nombre. ¿Cómo la llamaban los otros? ¿Janet? ¿María?
¿Elizabeth? ¿Christina...?

Eddie se iluminó con comprensión:- ¡Ellen! Eso como mi abuela la llamaba.

-¿Y vuestra madre tiene un bonito pelo rojo como vos, muchacho?
Eddie asintió con furia.

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Gregor sonrió, le dio una palmada en la cabeza y se puso de pie. La mirada


presuntuosa en su rostro no presagiaba nada bueno. La respuesta del chico
parecía haber convencido a Gregor de que no era su padre.

El asunto se decidió por lo menos en su mente, Gregor se volvió hacia la niña,


que se mecía en los brazos de Hete:- ¿Y quién es esta?

-Mathilda, mi laird -dijo Hete-, pesa mucho.

Gregor frunció el ceño:- ¿No camina?

Cate y Hete intercambian una mirada:- No, mi laird -replicó la anciana con
sequedad-. Es más una carrera.

Como si estuviera a punto de ponerla en el suelo. Gregor miró a Cate:- ¿Y habla?

Cate se encogió de hombros:- Unas palabras aquí y allá. Creemos que tiene unos
dieciséis meses...

Cate le tendió los brazos a Hete que luchaba:- Dadmela, yo la llevaré.

Pero por una vez, Maddy no parecía querer que Cate la abrazara. Al parecer
había superado su miedo temporal a Gregor y lo miraba atentamente, mientras se
retorcía y decía -"no" una y otra vez a Cate. Su cara estaba cada vez más roja y
roja, y Cate temía que los "no" estuvieran a punto de convertirse en un chillido.
Eso tenía que ser evitado a toda costa.

-Aquí, podéis cogerla -dijo Cate, empujando a la niña en sus brazos y sin darle la
oportunidad de negarse-. Creo que os quiere a vos.

La mirada aturdida en su rostro habría sido cómica si Maddy no se hubiera


calmado
inmediatamente y comenzara a hacer un sonido que Cate nunca había oído de
ella antes. En medio de los resfriados del frío que ella todavía estaba
consiguiendo, el niño embarazoso -el niño muy malhumorado que no había
hecho mucho pero gritar durante la semana pasada-, comenzó a hacerle ojitos.

Buen señor, ¿tenia el mismo efecto en las mujeres de todas las edades? Parecía
que sí. ¡La niña estaba coqueteando!

-Creo que habéis hecho otra conquista -dijo Cate secamente.

Algunos de los golpes de Gregor habían desaparecido, pero todavía sostenía a la


niña como si tuviera la plaga. Sin embargo, sonrió. Una sonrisa devastadora que
hizo a Cate contener la respiración. Era una sonrisa que había hecho que
incontables mujeres cayeran a sus pies, incluida ella.

-Al parecer, la muchacha tiene buen gusto. Supongo que eso es algo -la examinó
como un cochinillo en el mercado.

-Es una cosa linda, si te gusta el cabello rubio blanco y grandes ojos azules.

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Ella habría apostado que sí, pero algo sobre la forma en que lo dijo lo hizo
preguntarse. Gregor preguntó a Cate qué sabía de la niña, y Cate empezó a
decírselo, pero aparentemente Maddy tenía otras ideas. Empezó a patalear y
rebotar de arriba a abajo, buscando que Gregor la acercase.

-¡Mio! -dijo, y luego más fuerte.

-Creo que quiere vuestro broche, mi laird -dijo Hete-.A ella le gustan las cosas
brillantes.

Pero no era el gran broche de oro situado alrededor de una piedra de ónice que
aseguraba la tela escocesa que llevaba alrededor de los hombros que Maddy
quería. Era la otra cosa brillante.
Tan pronto como Gregor se acercó a la niña, y acercó a su rostro, poniéndola sin
duda en la mejilla, chilló:- ¡Mío! ¡Bonito!

Hubo un momento de silencio atónito ante la proclamación de la niña.

Pero entonces Cate y Hete miraron el rostro horrorizado de Gregor,


intercambiaron miradas y se echaron a reír. Viendo el horror de Gregor de ser
llamado "bonito", incluso Pip se unió.

Tal vez no hubiera sido tan malo si Eddie no hubiera empezado a reír también.
Así descubrieron la manera difícil de que el niño no soltara su vejiga sólo
cuando estaba asustado o molesto.

-Oh, no -susurró Eddie, tirando de sus faldas-. Tengo que ir...

Cate miró hacia abajo y trató de no gemir:- Creo que ya lo hicisteis, cariño.

-¿Qué diablos? -gritó Gregor, saltando hacia atrás y casi dejando caer a Maddy
mientras la corriente de líquido se dirigía a sus pies.

Cate echó un vistazo a su rostro y supo que la oportunidad de una buena


impresión había desaparecido hacía tiempo. Sin nada que perder, cedió a la risa y
sonrió:- John os advirtió que vigilarais tus pies.

Después de casi haber tenido el pie empapado, no tenía ninguna gana de la


comida. Pero Gregor era dolorosamente consciente de la mujer a su lado. Como
si no fuera lo suficientemente malo como para que su cuerpo tarareara de
atracción, estaba agravando su risa nerviosa. A su costa.

- Este es un cuenco muy bonito, ¿no es así, Gregor? ¿Qué bonito vestido, Màiri,
¿no estáis de acuerdo, Gregor? -preguntó-. El tiempo fue tan bonito hace un par
de meses, Gregor... qué mal que no hubierais vuelto antes.

Cada vez que decía «bonito» con una risa tan burlona bailando en sus ojos, le
picaba la espalda contra el "bonito" plaid y quería besar esa impudente sonrisa
de su boca. Besadla hasta que las manchas de oro en sus ojos oscuros fueran
suaves y nebulosas de pasión. Besadla hasta que la risa en su garganta se
convrtiera en suaves suspiros y gemidos. Besadla hasta que supiese lo bonito que
podría ser.
Mal, se recordó a sí mismo. Pero la voz era más débil esta vez. O más bien el
deseo martillando a través de su cuerpo para ella era cada vez más fuerte.
Normalmente, no le importaría el empujón...

Dios sabía que había oído hablar mucho más de MacSorley... pero estaba tan
herido que se sentía listo para explotar.

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Para evitarlo, se distrajo con Màiri. La viuda del senescal se había metido en el
asiento de John después de que su hermano desapareciera cuando Gregor pidió
el vino. Con el primer buche, Gregor supo por qué. Más tarde trataría con su
hermano de catar su vino, pero por el momento toda su atención estaba en la
apretada dama viuda encantadora. Se encontró relajado. Disfrutó de la comida,
que era excepcional, y la charla fácil y del coqueteo.

Cate lo ignoró en gran medida. O trató de ignorarlo, era más fácil decirlo que
hacerlo, ya que parecía empujarlo por algo cada minuto. Sin embargo, era lo más
extraño. En lugar de sentirse nervioso o molesto por sus respuestas cortas, -ya
que a menudo era rudo-, estaba inusualmente tranquila y solícita.

- ¿Esta el cordero a vuestro gusto? (Estaba exactamente como le gustaba, de


hecho, tostado y con mucha menta).

- ¿Puedo conseguiros más vino? (No. Dios sabía que necesitaba todos sus
sentidos afilados para tratar con ella).

- ¿Qué pensáis del nuevo gaitero? (Era el mejor que Gregor jamás había
escuchado).

- ¿Puedo traeros otra bandeja? (No, él y Màiri no le importaban compartir esa).

Una o dos veces pensó que estaba a punto de perder la paciencia, pero luego
murmuraba algo bajo su aliento y le sonreía. Una sonrisa muy recatada, que no
recordaba haber visto en su rostro antes.
Eso lo hizo sentir incómodo. La muchacha estaba planeando algo, y sospechaba
que sabía qué.

La adoración de Cate por él siempre le había hecho sentirse incómodo, pero


ahora que era mayor era peor. Lo último que quería era ser el objeto del primer
amor de una joven. Sólo se lastimaría, y no quería eso. Se preocupaba por ella.
Como cualquier hombre puesto en su posición, por supuesto.

Al final de la comida, él y sus costillas magulladas estaban ansiosos por la


noche, cuando tenía la intención de librarse de la tensión nerviosa para siempre.
Pensaba que Màiri también lo esperaba, por lo que se sorprendió cuando se
encontró caminando de los establos solo después de que ella no apareciera en su
encuentro.

Pasó por el vestíbulo, donde las mesas de caballetes habían sido sustituidas por
sacos de dormir para los hombres del clan, en el camino a su habitación.

-¿Habéis tenido un buen paseo?

Reconociendo la voz, se puso rígido. Cate estaba sentada en un banco de madera


delante del fuego con John, y un tablero de ajedrez entre ellos. Parecía...
acogedor. Él frunció el ceño.

-Hace bastante frío para una excursión nocturna, ¿no? –agregó Cate.

Aunque era una pregunta inocua, algo sobre la forma en que sus ojos brillaban a
la luz del fuego hizo que el ceño se profundizara. ¿Había sido consciente de sus
planes frustrados? ¿Y por qué demonios sabía que sus relaciones le molestaban?

-Me gusta el frío -especialmente cuando se sentía tan caliente.

Caminó hacia ellos y miró las piezas de ajedrez talladas por su padre. Su padre y
su hermano 57

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mayor, Alasdair, habían adorado jugar. Gregor, por otra parte, nunca había tenido
la paciencia para el juego, otra diferencia de muchas contra él ante la mente de
su padre.

Ariete, Asalto y Jefe jugaban, al igual que Bruce. De hecho, algunos de sus
partidos habían sido más feroces y disputados que las batallas con los ingleses de
finales.

Frunció el ceño ante el tablero. Por lo visto, Cate parecía estar ganando. Su
mirada se encontró con la suya:- ¿Jugáis al ajedrez?

Ella sonrió:- Un poco.

John resopló:- No dejéis que os engañe, hermano. Os quitará vuestra espalda si


no tenéis cuidado.

La muchacha es despiadada, sin piedad por orgullo de un hombre. Ha estado


aplastando el mío por años. Padraig ya no juega con ella. La última vez que
estuvo en casa, le hizo ayudar Hete a colgar la ropa después de que perdiera.

Su hermano menor, que luchó por Bruce bajo el mando su tío Malcolm, el jefe
de los MacGregors, era casi tan buen jugador de ajedrez como su padre.

Cate sonrió:- John exagera.

Su hermano gruñó:- El infierno que lo hago.

Gregor sacudió la cabeza:- No deberíais haberle enseñado si no estabais


dispuesto a perder.

Hubo una pausa incómoda. John lanzó a Cate una mirada incómoda. Por alguna
razón, la intimidad de aquella comunicación silenciosa lo molestaba.

Cate pareció endurecerse ligeramente, pero cuando respondió su voz era ligera y
alegre. Quizás demasiada:- John me ha enseñado muchas cosas -a Gregor no le
gustó cómo sonó eso-. Pero no esto. Aprendí ajedrez de mi padre.

El ajedrez era un juego de noble. Aunque no sería inaudito que un hombre de


nacimiento de Kirkpatrick aprendiera el juego, no era habitual. Algo le
molestaba. Pero el tema de su padre no era algo que Cate quisiera discutir.
Nunca. Gregor había abordado el tema varias veces a lo largo de los años, pero
Cate se cerraba de manera tan completa que nunca lo sacó de nuevo. Odiaba
verla molesta.

Ella se levantó:- Creo que me retirare -miró a John-. Podemos terminar el juego
mañana.

-No debería tomar mucho tiempo -dijo John con ironía.

Ambos la observaron cruzar el pasillo y deslizarse en la oscuridad. El salón


parecía repentinamente... vacío.

John lo estaba observando:- La muchacha ha crecido.

Sintiendo que había algo más en la declaración de lo que apareció, Gregor trató
de pararlo:- Sí.

-No creí que os hubierais dado cuenta.

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Le lanzó una mirada fulminante a su hermano:- Me di cuenta -cuando había


levantado el pecho antes, casi se tragó su lengua.

-Entonces, ¿por qué no dijisteis nada sobre el vestido? No sois –normalmente-,


desagradable con las damas.

-¿Qué vestido?

El rostro de John se oscureció:- No seáis un idiota, Gregor. Vi vuestra reacción,


aunque ella no lo hiciera. Lo notasteis. La pregunta es, ¿qué diablos vais a hacer
al respecto?

-Encontradle un marido.

La respuesta contundente tomó a su hermano de sorpresa. John pensó por un


momento, luego sacudió la cabeza:- Nunca estará de acuerdo. Ama estar aquí y
pertenece aquí, tal vez incluso más que vos o yo. Esta es su casa. No podéis
echarla.
Gregor se aferró a la culpa, pero llegó de todos modos:- ¿Qué quieres que haga?
Con mamá desaparecida, no puede quedarse aquí. No es nuestra hermana.

-No -dijo John uniformemente-. No, ella no lo es.

Había algo en la voz de John que ponía las terminaciones nerviosas ya


desgastadas de Gregor:-

¿Qué diablos se supone que significa eso?

John devolvió la dura mirada:- No lo sé. ¿Tal vez debería preguntaros?

Los dos hermanos se miraron a la luz del fuego en una especie de desafío que
ninguno de ellos quería reconocer. Pero sintiendo como si estuviera vadeando
malditamente cerca de algo que no quería entrar, un desastre en el que había
estado antes, Gregor fue el que miró a otro lado.

-¿Y los niños? -preguntó John.

-No son míos.

-¿Estáis seguro?

-Sí. Sus edades no han dejado ninguna duda.

John asintió con la cabeza:- Lo sospeché.

-Entonces, ¿por qué diablos permitisteis que los aceptara?

-No estaba seguro, y... -John lo miró y luego se encogió de hombros- Ella los
quería.

Gregor entendía más de lo que quería. Cate estaba haciendo a los hijos de otra
familia, su familia.

Pero no podía permitir que hiciera eso. Dios, odiaba esto. Odio sentirse
responsable de la felicidad de otra persona. Aplacó su culpa sabiendo que
probablemente tendría su propia familia lo bastante pronto. Y volvería a hacer lo
que mejor sabía hacer: luchar. Sin nada, ni nadie, que lo pesara. John podía
manejar el clan y actuar como cacique. La posición nunca debería haber sido de
Gregory de todos modos.

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-Os veré por la mañana. Ahora mismo lo único que quiero hacer es dormir.

La boca de John se curvó en un lado:- Entonces, tal vez queráis encontrar otra
cama.

-¿Qué?

John sacudió la cabeza y sonrió:- Ya lo veréis.

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Capítulo 5

Gregor estaba demasiado cansado para preocuparse por las palabras de su


hermano. Se quedó dormido tan pronto como su cabeza cayó sobre la almohada.

Pero en lugar de relajado y saciado (como seguramente hubiera sido si Màiri


hubiera aparecido en el granero), su sueño era inquieto y definitivamente no
estaba saciado. Soñaba con bailar con unos ojos marrones dorados, delicadas
cejas oscuras, nariz respingona y una boca traviesa. Una boca traviesa con labios
rojos y suaves, envueltos alrededor de él.

Un grito se abrió paso a través de la noche, penetrando como clavos helados en


sus orejas. Se despertó, los sueños lujuriosos que se habían apoderado de su
cuerpo instantáneamente, se enfriaron por el shock. Su primer pensamiento fue
que Cate estaba teniendo otra pesadilla. Los primeros dos años en Dunlyon
estuvieron plagadas por ellos, pero se habían vuelto menos frecuentes a medida
que pasaban los años. Pero los gritos de Cate eran de terror: no eran el chillido
agudo y rasgado del banshee que iba y venía hasta que su cráneo parecía que iba
a explotar.

No era Cate, se dio cuenta. Entonces, ¿qué diablos era?

En el momento en que el segundo grito se hizo fuerte, más largo y, si era posible,
más estridente, ya estaba fuera de la cama, tirando de sus calzones. Abrió la
puerta y estaba a punto de golpear la puerta de su hermano, cuando de repente se
abrió. Una figura fantasmal de blanco salió volando de la oscuridad hacia él.

Instintivamente, para no caer sobre él, la atrapó. Su cuerpo chocó con el


contacto. Una oleada de conciencia se derramó a través de él como lava fundida,
caliente y pesada a través de sus venas. Sus terminaciones nerviosas se
encendieron, sus sentidos se afilaron y el calor... el calor lo envolvió.

No era un fantasma. El cuerpo muy real presionado contra el suyo -nada,


moldeado en el suyo- era dolorosamente femenino. Inusualmente firme y
sorprendentemente sólido para una muchacha, tal vez, pero aún suave y dulce.

Cate.

Su jadeo de sorpresa se enredó en su gemido de algo mucho más primitivo.


Lujuria. Cruda, física, primitiva lujuria que se apoderó de él y no quería dejarla
ir.

Ella alzó la vista y sus ojos se encontraron en la oscuridad. Vio su confusión, su


inocencia y su deseo. Su deseo muy femenino.

Por un momento fue todo lo que vio. La conexión era tan fuerte, tan visceral, que
pareció que todo lo demás se desvaneció. El chillido horrible. El tiempo. El
lugar. La voz de la razón. Sus pensamientos se convirtieron en un oscuro túnel
de necesidad que sólo conducía a la mujer en sus brazos.

Quería ahogarse en ella. Para empujarla contra la pared, cubrir su boca con la
suya, y ceder al deseo rugiendo a través de su cuerpo. No sabía qué demonios le
estaba pasando. El control que sentía siempre, lo había abandonado. Estaba
salvaje.

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El brazo alrededor de su cintura instintivamente se tensó, acercándola aún más.


Sus ojos se abrieron, como sin duda sintió lo que hizo. Cuerpos pegados, pecho
contra pecho, su estómago contra el bulto de su virilidad, sus piernas
entrelazadas. Como una cerradura que había entrado en su sitio, cada parte había
sido ajustada precisamente.

Perfectamente.

Cristo, se sentía increíble. Se sentía en la gloria. El calor empezó a moverse


hacia abajo, a hincharse en su ingle, a llenar su polla y a apretar sus cojones.

Cada músculo de su cuerpo se puso rígido para combatir los impulsos que
corrían a través de él. La lujuria se apoderó de él tan rápido y poderosamente,
que parecía imposible retenerla, especialmente para un hombre que nunca había
tenido que retenerla antes. Siempre había sido tan fácil para él, tal vez,
demasiado fácil. Cuando él quería una mujer, nunca tenía que preguntar.

Pero esto era diferente. No podía recordar la última vez que había deseado una
mujer tan intensamente. Debia haber un maldito hueso perverso en su cuerpo
haciéndolo quererla, precisamente, porque no podía tenerla.

No podéis tenerla. La voz penetró en la neblina que lo había engullido. Pero no


quería dejarla ir.

¿Cómo podría algo tan maldito estar tan malditamente mal? Cate había querido
que le golpeara el rayo, pero en cambio ella era la que sentía como si su mundo
entero se hubiera movido.

Su conocimiento del amor y el romance eran los cuentos de los bardos de una
niña. Dulce y tierno, el suave movimiento de las cadenas del corazón al pensar
en sus labios tocar la suya por primera vez en un casto y reverente beso. El tipo
de beso que un caballero podría dar a su dama después de defenderla en las listas
de torneos. Eso era lo que ella había imaginado que sería como entre ellos.

Eso era todo lo que sabía.


Pero cuando Gregor la cogió en sus brazos y la sostuvo contra él, la imagen
cambió para siempre.

Lo que ella sentía no era dulce ni romántico ni casto. Los anhelos de su cuerpo
no eran espasmos suaves sino una tormenta torrencial de necesidad, caliente y
poderosa y un poco -tal vez mucho-, perversamente.

Las imágenes que brillaban en su cabeza no eran de caballeros galantes


inclinándose sobre las manos de sus hermosas doncellas proclamando su amor
eterno, sino de sombrías y calientes habitaciones y miembros desnudos
entretejidos en sábanas.

¡Dulce cielo, estaba desnudo! O más bien, la mitad de él estaba desnudo. Y con
ella llevando sólo un delgado camisón de lino, la sensación de su poderoso
pecho contra el suyo era diferente a cualquier cosa que alguna vez hubiera
imaginado. La hacía estar caliente, ruborizada y débil por todas partes.

Instintivamente, sus manos se habían deslizado alrededor de sus hombros


cuando la atrapó contra él, y ahí fue donde se quedaron, moldeadas a la piel lisa
y desnuda y al músculo duro y abultado.

Estaba tan caliente. Ella quería hundirse en él y nunca dejarlo ir.

Sabía que era fuerte y poderosamente construido, pero sentirlo en su propia


carne, era completamente diferente. El tipo de conocimiento que una vez
despertó y nunca volvería a descansar.

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Había sido forjado como un arma de guerra, todo músculo delgado, rígido y
apretado, sin una onza de grasa. Sus hombros eran cuadrados y anchos, sus
brazos gruesos con fuertes músculos, su cintura estrecha, y su estómago lleno de
abdominales. Era tan duro como el granito, pero increíblemente caliente, casi
caliente, al tacto. Especialmente donde sus cuerpos se encontraron.

Ella también estaba caliente, con la piel enrojecida y extrañamente sensible.


Nunca se había sentido así antes. Las sensaciones, sus pensamientos y deseos, la
conmovieron. La confundían. Haciéndola sentir como si lo estuviera viendo por
primera vez.

Nunca se había imaginado lo que la vista y la sensación del pecho desnudo de un


hombre podían hacerle. Nunca se había imaginado el sofoco que reclamaría su
cuerpo. La pesadez en sus pechos y torso. El inconfundible parpadeo de la
conciencia entre sus piernas, y luego la extraña humedad.

Ella nunca había imaginado que quería recorrer sus manos por todo el cuerpo de
alguien, deseando sentir las crestas duras y las protuberancias musculares
apretando debajo de sus yemas de los dedos.

Pero su pecho desnudo hizo todo eso.

Era tan perfecto como el resto de él, brillando cálidamente por la luz de la única
antorcha que iluminaba el vestíbulo. ¿Cómo fue posible que un hombre fuera tan
bendecido? Era como si Dios se hubiera propuesto crear un hombre que haría
que las mujeres cayeran de rodillas.

Había querido a Gregor MacGregor desde el momento en que la había visto


mirándola fijamente en ese pozo. Pero esto era una necesidad diferente. Era
mucho más poderoso. Era la falta de una mujer para un hombre que vino no sólo
del corazón, sino de algún lugar huesudo y elemental. Era el deseo el que podía
hacer que una mujer perdiera su virtud.

Hasta ese momento, Cate nunca había entendido realmente lo que podría haber
hecho que su madre

-una dama tan perfecta en todos los aspectos-, hiciera lo que hizo. Ahora tenía
una idea de lo fácil que sería perderse en los brazos de un hombre.

¿Gregor también lo sentía?

Cuando sus ojos se encontraron, Cate vio una miríada de emociones cruzando su
rostro, ninguna de las cuales pudo descifrar.

Los gritos se detuvieron tan abruptamente como había comenzado. Sin embargo,
durante un largo latido del corazón, ninguno de ellos se movió:- Gregor, yo...
No sabía qué decir. Sus emociones eran demasiado grandes para decirlo
simplemente.

La dejó caer de repente, sus piernas casi no tuvieron tiempo suficiente para
encontrar sus pies.

-¿Qué fue ese ruido?

Cate parpadeó. La pregunta era tan pura, su expresión tan neutral, si no hubiera
estado allí, nunca habría adivinado que hace un momento la había estado
sosteniendo como si nunca quisiera dejarla ir.

Se sentía como si la hubiera golpeado un ariete. Su cuerpo todavía estaba


enrojecido por la excitación, la piel picada, los pezones palpitantes, el vientre
revoloteando, y él estaba tan fresco y tranquilo como siempre. ¡Incluso sin ropa
encima!

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¿No había sentido nada? ¿No era la feroz atracción entre ellos, sino unilateral?
¿Sólo para ella?

¿No le afectó nada?

Ella lo miró fijamente, mirándolo más de cerca en la oscuridad. Esta vez detectó
la débil estrechez alrededor de su boca, el apretón de sus puños, y el rígido
conjunto de sus hombros. Sus músculos, también, cada uno de ellos.

Bendito Dios, parecían estar ligeramente flexionados y rígidos. Como los de un


hombre que lucha por el control. Manteniéndose de nuevo. Sus ojos se
estrecharon. Tal vez no estaba tan intacto como él quería que pensar. Como si
pudiera leer su mente, su expresión se endureció.

-Volved a vuestra habitación, Caitrina. Voy a localizar la fuente de los gritos.

Se mordió el labio y le dio una sonrisa de disculpa:- No hay necesidad. Era


Maddy. Tiene dolor de oído y se despierta a veces.

Él arqueó una ceja:- ¿A veces?

Su sonrisa de disculpa se encogió:- Todas las noches.

Él gimió, pasando sus dedos por su cabello. Había una especie de marca en la
parte superior de su brazo, pero eso no era lo que la hacía no poder respirar.
¡Dios mío en el cielo! La flexión del músculo en su brazo... Su estómago hizo un
pequeño tirón y se lanzó directamente hacia los dedos de los pies.

-¿No se puede hacer nada? -preguntó.

Ella forzó sus ojos de la bola rasgada del músculo del brazo, tratando de agarrar
un hilo de pensamiento coherente en su cabeza:- Uh, el sanador nos dio una
cataplasma, y las mantas calientes parecen ayudar. Pero por el sonido de eso,
Lizzie lo tiene bajo control ahora. Duerme en la habitación con ella.

Su mirada clavó la suya. Obviamente, no le gustaba algo que había dicho:- ¿Y


vos con quién dormís, Caitrina? ¿Por qué os encuentro saliendo del cuarto de
John?

Cate tardó un momento en darse cuenta de lo que quería decir. Cuando lo hizo,
lo único que pudo hacer fue mirarle con la boca abierta. ¿Pensaba que ella y
John...?

Se enderezó. ¡Como se atrevía! A diferencia de ciertas personas en este pasillo,


no compartía su cama con quienquiera que estuviera convenientemente cerca.
No había sido la única que comía a Màiri en las comidas durante toda la noche.
Alimento que Cate había ido a todos los problemas para haber preparado,
incluyendo las galletas especiales de azúcar y canela que había hecho ella
misma.

Todos sus favoritos. Todo perfecto. No es que lo hubiera notado. ¿Cómo podía
él, cuando su rostro había estado en el seno de Màiri toda la noche?

Normalmente no era tan obvio con sus enlaces, pero esta vez era diferente. Era
casi como si quisiera que ella lo notara.

Ahora Cate era la que cerraba los puños. Ella no quería nada más que decirle
exactamente lo que pensaba de su acusación, pero las palabras de su madre (y
Lady Marion) volvieron a ella como lo habían hecho durante toda la noche. Las
señoras no tienen temperamento, Caty. Los hombres no 64

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quieren una musaraña por esposa.

Al parecer, ¡los hombres querían unas tontainas risas con pechos grandes! Pero
Cate mantuvo sus pensamientos desagradables sobre la viuda.

La sonrisa de Cate fue tan forzada y frágil que pensó que su rostro podría
romperse.

-Me mudé aquí para dar cabida a los niños. John dormía en vuestra habitación
hasta que Maddy se enfermó, cuando decidió que prefería los cuarteles.

-Así que estás durmiendo en el...

-En la habitación contigua a la vuestra, sí -terminó. ¿Por qué se veía tan gris?-
¿Hay algo malo en eso?

El músculo debajo de su mandíbula comenzó a tic de ser apretado tan


fuertemente, pero negó con la cabeza:- No.

Ella frunció el ceño:- ¿Estáis bien? Parece que tenéis algo en la garganta. Dios
mío, espero que no vengas con una...

-Estoy bien -gruñó, agarrando la muñeca de la mano que estaba alcanzando su


frente.

Él empujó su mano de nuevo a su lado y soltó, pero todavía podía sentir la marca
de su mano alrededor de su muñeca como un manacle.

-No sonáis bien, sonáis enfadado. Si se trata de los arreglos para dormir o de que
me hubierais sostenido antes...

-¡No os estaba sosteniendo en mis brazos, maldita sea!


Cate trató de no sonreír, pero su reacción la hizo tan feliz, que no pudo evitarlo.
Si no hubiera sentido nada, no estaría tan enfadado. Él se había fijado en ella. Tal
vez no le gustara, pero lo había hecho.

-¿No lo hicisteis? -dijo inocentemente-. Podría haber jurado que vuestro brazo
estaba alrededor de mi cintura y mi pecho estaba contra el vuestro durante
algunos buenos minutos...

Su rostro se oscureció:- Cate.

Respondiendo a la advertencia, sonrió y volvió a entrar en su habitación. Ella


había hecho su punto.

-Buenas noches, Gregor. Dulces sueños, -no pudo resistirse a añadir, cerrando la
puerta en su rostro.

Era una puerta gruesa y sólida, pero todavía pudo oírle maldecir mientras se
alejaba.

Cate se dejó caer en la cama y contempló las vigas de madera y los caballetes del
techo en la oscuridad iluminada por la luna, con una enorme sonrisa en su rostro.

Ella no iba a esperar que un rayo golpeara después de todo. No, ella iba a hacer
una pequeña tormenta propia. Podía darse el lujo de ser paciente, pero los niños
no podían. Lo necesitaban. Lo vería... pronto.

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Capítulo 6

Gracias a los cortos días de invierno, todavía estaba oscuro cuando Gregor
despertó con el sonido del movimiento en el vestíbulo de abajo. Aunque
despertar sugería haber dormido, había tenido muy poco de ello los últimos días.

Si no era el llanto de Maddy (que había mejorado desde que él arregló tener un
curador para que permanezca con ella), era sus propios sueños que le
perturbaban. Sueños pecadores. Sueños malvados. Sueños de los que se
despertaba caliente y duro, a punto de liberarse. Demonios, se había tomado en
sus manos tantas noches esta semana, se sentía como un muchacho de dieciséis
años de nuevo.

Desde la noche en que había terminado en sus brazos, su inconveniente lujuria


por Cate había empeorado. Mucho peor. La muchacha parecía estar saliendo a su
camino para enloquecerlo. No, volverlo completamente loco. Burlándose de él.
Tentándolo. Lo atormentaba con el deseo que no se molestaba en esconder.
Llegar a casa se suponía que debía despejarle la cabeza, dándole su espalda, no
tomándola.

Había hecho todo lo posible para evitarla, pero en los pequeños confines de
Dunlyon era prácticamente imposible. Lo localizaba con alguna excusa, daba
igual si estaba encerrado en su solar, en los establos, o entrenando en el patio con
los hombres. La única vez que tuvo un momento de paz fue cuando salió con sus
hombres para explorar o para ver a algunos de sus más lejanos miembros del
clan.

Ciertamente, no era la primera vez que había sido el blanco de una invitación
menos que sutil por parte de una joven que estaba complaciendo a todas sus
necesidades, fascinándolo con sus sonrisas, accidentalmente rozando su cuerpo
contra el suyo, o usando cualquier excusa para tocarlo. Había estado sujeto a
tales juegos y maquinaciones desde que era un muchacho. Lo veía y sabía cómo
actuar.

Generalmente. Pero con Cate era diferente. Con Cate podía ver a través de ella,
pero no le impedía desearla. Era la única persona a la que había tenido que
resistirse, y hacerlo estaba resultando más difícil de lo que jamás hubiera
imaginado.

Dos veces había arreglado otras distracciones, pero dos veces sus planes habían
sido frustrados.

Una vez, cuando algunos de los hombres regresaron inesperadamente al cuartel,


y otra vez cuando los criados decidieron limpiar el cuarto de almacenamiento
(por la noche, lo que parecía un tiempo extraño para las tareas domésticas).

Dunlyon era demasiado pequeño y los lugares para la privacidad eran pocos.
Estaba su cámara, por supuesto, pero con Cate justo al lado...
Le hacía sentir incómodo. Consciente de sus tiernos sentimientos por él, siempre
había tratado de ser un poco circunspecto en sus tratos con otras mujeres
mientras estaba en casa. Pero se preguntó cuánto tiempo más podría mantener
eso en su estado actual: al límite.

Si no fuera domingo, habría tirado de la almohada sobre su cabeza y rodado de


nuevo.

Domingo. Maldita sea, tenía que prepararse para la misa en el pueblo. Con un
gemido de 66

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resignación, buscó sus braies. Podía lavarse y vestirse prácticamente en su


sueño. Los últimos siete años de guerra le habían enseñado a estar listo al
instante, y sus movimientos estaban tan arraigados como para ser rotos. El agua
fría de la urna salpicó su rostro, un lavado rápido de su cuerpo, una pasta de
menta y sal y un enjuague de vino blanco para sus dientes, un peine en el pelo
(cuando tenía un peine), una túnica, una medias, pantalones cortos, sobretodo,
plaid bien doblado (que no podía recordar haciendo), y botas. Botas …

Volvió a entrecerrar los ojos al pie de la cama. Maldita sea, ¿dónde demonios
estaban sus botas?

Al abrir la puerta, estaba a punto de llamar a uno de los sirvientes, cuando


Seamus, hijo de un cacique local que John había aceptado alimentar, y que servía
como su escudero, subió corriendo las escaleras, las botas desaparecidas sus
manos.

-Lo siento, mi laird. Probablemente estéis buscando esto. Se suponía que debía
regresar antes de que despertarais.

Gregor cogió las botas del muchacho, notando que ya no estaban llenas de
barro:- ¿Las limpiasteis?

-Sí, Cate pensó que querríais que se lavaran para la misa de esta mañana.

-Ella lo hizo, ¿verdad? -¡Qué malditamente observadora era! Cómo se las


arreglaba para anticiparse a todas sus necesidades antes de que lo hiciera. Era
condenadamente desconcertante.

El chico dio un paso atrás:- ¿Hice algo mal? ¿Debo consultar a vuestro hermano
la próxima vez?

Gregor apretó los dientes:- No son las botas de John, maldita sea, son mías - él
era el laird.

Los ojos del muchacho se ensancharon y Gregor juró, dándose cuenta de cómo
había sonado. Esto era a lo que le había reducido. Seriedad. Nunca había sido
grosero en su vida, hasta ahora. Pero parecía que cada vez que oía " Cate hizo
eso", o "John ya lo hizo", o peor aun, "John y Cate se encargaron de ello".

Claramente, John estaba demostrando ser un laird capaz en la ausencia de


Gregor y Cate había asumido los deberes domésticos de su madre con ni un paso
en falso. En realidad, la muchacha estaba haciendo un trabajo aún mejor. El
lugar estaba impecable, la comida era mejor, y las eficiencias habían reducido el
dinero gastado en las cuentas de la casa. Según el senescal, Cate podría negociar
un reparto del más apretado de comerciantes y de surtidores. Probablemente los
intimidaban hasta que se rindieran, algo con lo que estaba íntimamente
familiarizado. Era como un motor de asedio de una sola mujer cuando quería
algo.

Gregor debería estar contento de que las cosas estuvieran funcionando tan bien.
Ser laird era un trabajo que nunca había querido. Se alegró de poder concentrarse
en la guerra con el conocimiento de que su clan sería bien cuidado. Él lo estaba.
Pero ser superfluo en su propia torre hacía que le costara acostumbrarse.

-Lo siento -Seamus repitió ansiosamente.

Gregor juró. No debía tomar su irritación con Cate en el muchacho:- No, soy yo
quien lo siento, muchacho. Estoy malhumorado esta mañana. Hicisteis un buen
trabajo, gracias.

El muchacho sonrió y estaba a punto de escapar cuando la puerta junto a ellos se


abrió y salió de la fuente del mal genio de Gregor, que parecía fresca, dulce y
demasiado condenadamente 67

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encantadora, ahora con otro ‘Vestido apropiado’, este azul oscuro.

Ella volvió su mirada de ojos brillantes a la suya. ¿Tenía que parecer tan
alegre?:- ¿Hay algo mal?

Creí oír voces.

-No es nada -dijo Gregor al mismo tiempo que el muchacho habló:

-Estaba trayéndole las botas al Laird.

Sonrió, marcándose sus hoyuelos. ¿Desde cuándo tenía hoyuelos, maldita sea?:-
Esperábamos sorprenderos.

-Lo hicisteis -dijo Gregor. Volviéndose hacia Seamus, añadió-. Podéis volver a
vuestros otros deberes, muchacho. Decidle a mi hermano que nos iremos pronto.

Cate estaba estudiando su rostro con preocupación:- ¿Estáis seguro de que estáis
bien? Estabais revolviéndoos y volviéndoos bastante inquieto cuando entré a
traer vuestra ropa...

-¿Cuándo? ¿Qué? -Gregor explotó furiosamente, dando un paso hacia ella antes
de que recordara lo tonto que era. Cristo, olía bien. Muchas mujeres usaban el
brezo para oler su jabón, pero ninguna había olido así. Ninguna le había hecho
querer enterrar la nariz en su cuello e inhalar.

En vez de intimidarse por su ira, sin embargo, lo miró y sonrió:- recién lavado,
peinado, y doblado -

negó con la cabeza-. Todavía los dejais en el suelo, ya veo.

Si era la intimidad de lo mucho que sabía de sus hábitos personales o la


intimidad de saber que había estado en su habitación cuando estaba durmiendo,
Gregor no lo sabía, pero sentía que las paredes se cerraban sobre él. No, ella
estaba acercando a él, y no le gustaba. Le hacía querer meterle una paliza, como
siempre hacía cuando una mujer se fijaba en él e intentaba acorralarlo.

-Manteneos fuera de mi habitación, Cate, especialmente, cuando estoy


durmiendo.

La forma en que había logrado escabullirse en él era alarmante en muchos


niveles diferentes.

Sus cejas se fruncieron:- ¿Por qué?

-¡Porque no está bien, maldita sea!

Ella alzó una ceja:- ¿No está bien? Soy como una hija para vos o como una
hermana. ¿No es así?

¡Qué demonios! Era…

Inteligente. Se detuvo, dándose cuenta de lo que estaba haciendo: forzándolo a


reconocer algo que no quería reconocer.

No podía dejar que siguiera haciéndolo. Era el momento de desenredar los nudos
que la muchacha le había atado. Se había vuelto demasiado audaz después de lo
que inadvertidamente había revelado la otra noche. Pero había estado jugando a
este juego mucho más tiempo que ella.

Sonrió lentamente:- Sí, tenéis razón.

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Ella parpadeó:- ¿Lo soy?

-Quizá no una hija, no soy tan viejo, pero sin duda, una hermana menor –Cate
parecía horrorizada.

Se encogió de hombros como si ya no le importara-. Sólo intentaba protegeros.

Tragó saliva, insegura. Si su cercanía no disparaba cada terminación nerviosa en


su cuerpo, seguramente lo hubiera disfrutado.

-¿Protegerme de qué?
Él le dio su mejor sonrisa pícara:- De ver algo que podría sorprender a tu virginal
sensibilidad en caso de que tuviera compañía.

Ella contuvo su respiración, golpeada, la idea obviamente nunca se le había


ocurrido. Pero si pensaba que se desanimaría tan fácilmente, la había
subestimado. La muchacha era demasiado terca y orgullosa. Tampoco -como lo
había demostrado su pequeña pelea en el río-, ella retrocedería de una pelea,
incluso cuando las probabilidades no estaban a su favor. Y apostar contra él era
malas probabilidades, de hecho.

La expresión de la mirada se desvaneció, y la mirada que sostenía la suya era


mucho más consciente y determinada de lo que le hubiera gustado.

-Hay poca intimidad en un castillo, Gregor. Estoy segura de que no tenéis nada
que no haya visto antes -los ojos le escudriñaban el pecho y le recordaban
exactamente lo mucho que había visto, y no parecían impresionados. Aunque
por qué demonios le molestaba, no lo sabía. No quería que lo admirara a él o a
su cuerpo. ¿Pero a quién diablos le estaba comparando? Es cierto que había
aumentado en los últimos años, pero era todo músculo...

Se detuvo. Dios mío, ¿qué le estaba haciendo?

-Aunque por el bien de los niños –añadió-, espero que mantengais a vuestra
compañía al mínimo.

Lo había hecho de nuevo. Ponerlo a la defensiva. Haciéndolo sentir como un


idiota. Un idiota desvergonzado. Con quien compartía su cama era asunto suyo.
No le debía explicaciones. Llevaría a una mujer a su habitación si así lo deseaba.

Pero maldita sea, le haría daño, y algo dentro de él se rebelaba ante la idea.

Sus palabras, sin embargo, le recordaron otro problema. Cada vez que intentaba
hablar con ella sobre "los niños", seguía posponiéndolo. Parecía que la única
manera de librarse era mencionar que había estado en su lecho de muerte con
una flecha en el cuello cuando Eddie fue concebido y patrullando las islas
occidentales cazando a John de Lorn en los meses durante la concepción de
Maddie.
-Hablando de los niños, ¿habéis hecho arreglos para que se los retiren?

-Ahí están ahora -dijo, cortándolo. Podía oír su alivio al mismo tiempo que se
salvaba de discutir el asunto con la llegada de Hete, Lizzie, el charlatán de
cabellos negros, el niño que tenía una propensión a liberar su vejiga cada vez
que Gregor estaba cerca y la banshee en la disfraz de un tesoro de pelo rubio.

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-Será mejor que nos vayamos, si no queremos que el padre Roland se enfade con
nosotros por llegar tarde.

Trató de alejarse, pero la cogió del brazo:- No hemos terminado con esto, Cate.

Lo miró, y algo sobre su expresión –infiernos-, le hizo querer cubrir su boca con
la suya:- No -sus ojos buscaron los de él-. No, no hemos acabado.

Podría haber estado satisfecho con su acuerdo, excepto que sabía que no estaba
hablando de los niños. No sabía lo que Cate pensaba que sabía de él, pero estaba
equivocada. Y estaba llegando a ser muy claro que de una forma u otra, iba a
tener que probarlo.

Compañía. La única palabra había sacudido la confianza de Cate. No traería a


una mujer a su habitación... ¿verdad?

Con la forma en que Gregor había estado luchando reconociendo su atracción


por ella desde la noche en el pasillo, sospechaba que podía hacerlo bien. Cate iba
a tener que aumentar su vigilancia y sus esfuerzos, al parecer, hasta que estuviera
dispuesto a aceptar que había algo entre ellos.

Había pensamientos de cómo salvarlo de sí mismo que la mantenía ocupada


durante el largo sermón

"popular" del Padre Roland, dado en gaélico en lugar de latín. Quizás


irónicamente, el tema era la castidad, y el sacerdote, después de dar un ejemplo
de la monja que se había arrancado los ojos y los había enviado a un rey en lugar
de ser el objeto de su lujuria (Cate pensó que su punto habría sido más fuerte si
el rey se había desprendido de sus propios ojos), iba ad nauseam (hasta la
nausea) con largos pasajes del Evangelio (estos en latín), que ella no entendía.

No es sorprendente que Gregor hubiera decidido sentarse a unos cuantos bancos


lejos de ella y de los niños. Estaba demostrando ser intratable en cuanto al tema
de "deshacerse de ellos", y cada vez le resultaba más difícil convencerse de que
cambiaría de opinión. Pero como tampoco tenía intención de cambiar de
opinión, estaban en un callejón sin salida.

Paciencia, se recordó. Pero era difícil. En todas las cuentas. No sólo los niños,
sino que esperaba que reconociera lo que había entre ellos, especialmente con
todas las otras mujeres con las que tenía que lidiar.

Sintiendo como si una roca estuviera sentada sobre su pecho, observó como el
instante en que la misa había terminado, las mujeres descendían sobre él como
langostas. Había sido lo mismo durante las últimas tres mañanas en Dunlyon, ya
que la noticia de su llegada se había extendido por el pequeño pueblo y el campo
circundante. Su llegada siempre causaba sensación, con las mujeres llegando a
Dunlyon a ver al laird bajo todo tipo de pretensiones ridículas.

Tomó toda la atención con paso, sonriendo, coqueteando y encantando a cada


una de ellas. Cada una de ellas excepto ella, y por primera vez, la molestaba.
Cate tenía celos. Y no importaba cuántas veces se dijera a sí misma que las
mujeres no eran nada para él, no podía evitar que la pequeña voz le dijera que
tampoco lo era.

Todavía. Las palabras de lady Marion volvieron a ella. Tened paciencia, dulzura.
Esas mujeres no significan nada para él. Cuando entregue su corazón a la mujer
correcta, será para siempre. Lo estaba dando a la mujer equivocada que había
sido el problema. La madre de Gregor había adivinado los sentimientos de Cate
y tratando de darle esperanza, nada le hubiera gustado más que 70

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verlos juntos, le contó lo que había sucedido con la esposa de su hermano.


¿Cómo la mujer había utilizado a Gregor para poner a su hermano mayor celoso
y obtener una propuesta de él?

Cate siguió a John fuera, donde los aldeanos aprovechaban la soleada mañana de
invierno para reunirse en el cementerio. Uno de los hijos del magistrado local -
Farquhar, recordó su nombre-, se detuvo para hablar con John, y Cate aprovechó
la oportunidad para mirar a Gregor, que todavía estaba en la iglesia tratando de
salir.

Al ver con quién estaba hablando, deseó no haberlo hecho. Cate se puso rígida,
sus dientes afilados.

Seonaid MacIan, la hija preferida del jefe más rico de la zona, se había hecho
amiga de Cate cuando había llegado, pero se había enemistado con ella una vez
que quedó claro que su amistad no le acercaría más a Gregor.

Rubia, de ojos azules y con curvas en todos los lugares a los que los hombres
querían curvas, Seonaid era la mujer más hermosa de la zona. Sólo preguntadle.
Como tal, pensó que estaba destinada a Gregor. Que no parecía estar de acuerdo,
Seonaid culpó a Cate, aunque Cate nunca había dicho una palabra contra ella (y
habría tenido muchas palabras para elegir).

Girando su mirada de la chica que había hecho todo lo posible para hacer su vida
miserable durante años, Cate se complació cuando vio a Pip hablando con
algunos de los muchachos de la aldea, incluyendo Willy. Hete tenía a Eddie en la
mano, pero Lizzie parecía agotada por contener a Maddy durante tanto tiempo,
así que Cate se ofreció a sujetarla. Al encontrar un poco de espacio en la parte
trasera del cementerio, dejó que la niña corriera un poco y luego la recogió en
sus brazos y la hizo girar hasta que ambos se sonrojaron y se rieron.

-Qué dulce.

Cate se puso rígida ante el sonido de la voz burlona. Con Maddy cerca de su
pecho como para protegerla del veneno, se volvió para ver a Seonaid. Como
siempre, un par de sus seguidores estaban a su lado. Alys y Deidre nunca dijeron
mucho, su propósito simplemente para hacer eco de Seonaid.

-¿Qué os ha pasado, Caitrina? -los grandes ojos azules de Seonaid escudriñaron


su vestido-. ¿En realidad encontrasteis un bonito vestido? Después de lo que le
hicisteis a Dougal MacNab, pensé que os vería con una armadura y espada -se
rio, aunque no había humor intencionado en los tonos despreciativos. A
continuación, Alys y Deidre le siguieron con risitas.

Seonaid siempre tenía una manera de hacer que Cate se sintiera torpe y poco
femenina, y ella lo sabía. Los ricos vestidos de Seonaid siempre estaban
recortados con hileras de filamentos y bordados, el pelo siempre rizado y
elegantemente arreglado, su piel parecía bañada en leche, y nunca había mota de
suciedad bajo las uñas. Era suave y exuberante como un dulce de almohada,
mientras que Cate era dura y fuerte como un palo de carne seca.

Cuando Cate miró a Seonaid, vio todo lo que no era y nunca podría ser. Pero
bajo el plaid bonito, Seonaid era egoísta, mimada y rencorosa, y cualquier
hombre que no lo vera era un tonto. Cate podría no ser llamativa, pero tenía
esencia. Cate estaba, de hecho, dejando que la otra mujer la hiciera sentir mal
sobre sí misma.

-¿Qué queréis, Seonaid? Como podéis ver, estoy ocupada.

71

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

El labio de Seonaid se encogió de disgusto mientras miraba a Maddy.

-¿Con uno de los bastardos? ¿Por qué dejarlos bajo el techo? No me puedo
imaginar. Si yo fuera señora de la fortaleza, los habría enviado fuera.

El temperamento de Cate se apoderó de la palabra "bastardo" y del desdén


familiar. El desprecio que había oído muchas veces cuando era niña.

-Pero vos no sois una dama de la fortaleza y seguramente no es probable que lo


seáis en el futuro, por lo que realmente, no es asunto vuestro.

Las mejillas de Seonaid se ruborizaron de ira, y su expresión perdió cualquier


pretensión de ecuanimidad:- ¿Estáis tan segura de eso? Esa no es la impresión
que tuve hace unos minutos. Yo diría que el laird parecía muy interesado en una
relación más cercana.

La manera en que ella enfatizaba "más cercana" hizo que el pecho de Cate se
torciera. No lo haría.

-Sinceramente, lo dudo.

-¿Por qué? No podéis creer que prefiera a una chica –que es un muchacho-, y
que juega a las guerras, a una mujer como yo, sin importar el vestido que uséis.

Cate apretó los puños. Saber cómo usar una espada o defenderse no la hacía un
"muchacho". Pero la lengüeta de Seonaid había picado lo poco que había de su
vanidad femenina.

-No es el vestido, sino el carácter de debajo. No importa qué tan fino sea el lino
en el que lo guardéis, el pescado podrido todavía apesta.

Alys y Deidre jadearon. Seonaid se volvió rubicunda, sus ojos ardían de odio.

-Qué ingenua sois, Caitrina. La belleza y el pecho son lo que quieren los
hombres.

Cate frunció la boca obstinadamente. No Gregor.

Lo conocía. No era así. Sabía la poca importancia que tenía en sus propias
miradas y lo mucho que le molestaba cuando otras personas lo hacían, aunque
nunca lo demostró. Cuando se casase, sería por lo de dentro, no por los encantos
superficiales.

Seonaid podía ser cruel y rencorosa, pero también era sorprendentemente astuta,
y algo en la expresión de Cate debió haberla dado. Su mirada clavó en Cate
como un depredador que había cogido el olor de la sangre.

-¡Dios mío, estáis enamorado de él! -la risa aguda hizo más daño de lo que Cate
hubiera creído posible-. ¿No creíais que el hombre más guapo de Escocia se
casaría con una mujer como vos?

¿Enamorarse de quien sentía pena, sin nada que la recomendara sino «carácter»,
una cara sencilla y una figura juvenil?

No era sencilla ni juvenil. Sabía que Seonaid sólo estaba siendo cruel, pero las
palabras todavía le picaban... y la hacía querer arder. Gregor se preocupaba por
ella. Y un día se casaría con ella. Lo sabía en lo profundo de su alma.
No debería importar que nadie más lo supiera. Pero, como las burlas de
"bastardo" que la habían 72

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

seguido desde niña, las palabras de Seonaid habían golpeado un punto sensible.
Mi padre es el mayor caballero de la cristiandad. La vieja alarde resonó en sus
oídos, y ella sintió la misma compulsión de hacerles llorar por burlarse de su
ascenso dentro de ella.

-Se casará conmigo -dijo con ferocidad-. Y no por una cara bonita o un pecho
grande, sino porque me ama. El hombre más guapo de Escocia será mi marido...
ya lo veréis.

La inquebrantable confianza en su voz pareció sorprender a Seonaid


momentáneamente, aunque se recuperó con la suficiente rapidez:- La única
manera de que consigáis que Gregor MacGregor se case con vos es si lo atrapáis
-continuó con la mirada el modesto seno de Cate-, y carecéis de las seducciones
adecuadas para eso.

Cate sonrió, recordando la atracción que bullía entre ella y Gregor hacía unas
noches.

-Eso demuestra lo poco que sabéis de seducción. No tenéis ni idea de lo que hay
entre nosotros. ¡Si no creéis que puedo hacerlo, os equivocáis!

Seonaid abrió mucho los ojos, escuchando su confianza. De repente Cate se


encogió. La conversación se estaba deteriorando, dejando su sensación de que
necesitaba saltar en el lago para lavarse. No debería inclinarse al nivel de
Seonaid, no importa cuán bien cebada.

Agarrando firmemente a Maddy, ella pasó nerviosamente por delante de las tres
mujeres antes de que Seonaid pudiera reunir su armamento verbal para otro
ataque. Cate apenas había doblado la esquina en el cementerio donde todos se
habían reunido cuando se encontró con John y Farquhar.

-Ahí está -dijo John-. Nos preguntamos adónde habías ido.


La sonrisa de Cate se tensó. Ella se sintió drenada del episodio con Seonaid y sus
amigos:- Maddy necesitaba estirar las piernas después del sermón.

-Fue bastante largo -dijo Farquhar con una sonrisa comprensiva.

La sonrisa le cautivó. El hijo mayor del funcionario local era un erudito y había
regresado recientemente del estudio universitario en el continente. Por lo que
recordaba de Farquhar antes de irse, siempre había parecido algo seco y serio.

Intercambiaron unas cuantas bromas más y Cate se sorprendió cuando Farquhar


se ofreció a acompañarla de regreso a Dunlyon. John parecía sorprendido
también, pero mencionó que él y Gregor tenían negocios en otra parte. Cate
estaba a punto de negarse cuando echó un vistazo a Gregor y lo reconsideró. Ella
se congeló. No se había movido muy lejos de donde lo había visto por última
vez, pero era con quien estaba hablando, y la expresión oscurecida en su rostro,
que la hacía apresurarse a marcharse.

Era Màiri, lo que significaba que Cate estaba en problemas.

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Àriel x

Capítulo 7

Si Cate pensaba que podía escapar de él tan fácilmente, sería mejor que volviera
a pensarlo. Gregor ahora sabía a quién tenía que agradecer por haber interferido
en sus encuentros fallidos los últimos días. ¡Los huesos de Dios, la muchacha
podría darle a Robert de Bruce lecciones en sabotaje!

Le tomó un momento reconocer al hombre con el que había escapado. No


recordaba que el hijo mayor del funcionario local fuera tan alto o tan ancho de
hombros. Para un erudito, parecía que pasaba la mayor parte de sus días en el
campo o con el martillo de un herrero en la mano. La observación no fue
bienvenida. Que Farquhar fuera conveniente y aparentemente interesado debería
haberlo alegrado -era uno de los hombres de la lista de pretendientes potenciales
de Gregor para ella- pero a Gregor no le gustaba la manera en que el hombre la
miraba.
Una muchacha podría ser desarmada por esa sonrisa amistosa. ¿Quién sabía qué
clase de problema podía encontrarse un inocente como Cate, inexperta, con los
malos modos de los hombres? Si Farquhar la tocaba, Gregor golpearía al
muchacho.

La vehemencia de su reacción lo sorprendió. Sólo estaba siendo protector, como


su tutor, se dijo.

Debería estar contento de encontrar a un pretendiente para quitársela de encima.


Entonces podría concentrarse en volver a poner la cabeza en su sitio. La próxima
vez que el rey lo necesitara, estaría listo. No iba a dejarlo de nuevo. Pero tardó
mucho tiempo en abrir los puños después de que hubiese escapado rápidamente.

Tan tentado como estaba de ir tras ella, su tenue tregua con los vecinos MacNabs
requería su atención. Él y John cabalgaron a Lochay después de la iglesia, pero
la reunión no salió bien.

Kenneth MacNab de Lochay, un pariente del jefe de MacNab que había estado
con John de Lorn contra Bruce en la batalla de Brander, estaba prácticamente
echando espuma por la boca con indignación.

-La salvaje colocó un puñal en mi hijo cuando le dio la espalda. ¡Una daga! La
muchacha debe ser castigada con acciones por lo que hizo. Tienes la suerte de
que no exija su arresto.

La mandíbula de Gregor se endureció, la única indicación de lo cerca que estaba


de cerrarse el puño a través de los dientes del otro hombre ante la ociosa
amenaza. Ambos sabían que no había manera de que en el infierno MacNab
llamara más la atención sobre la humillación de su hijo. El incidente se había
hecho público. Y una cosa era que Gregor la llamara salvaje. Era otra muy
distinta para MacNab.

-La muchacha es mi responsabilidad -dijo Gregor con sorprendente


uniformidad-. Si alguien va a castigarla, seré yo.

-¿Y cómo pensáis hacer eso?

La boca de Gregor se adelgazó mientras observaba al jefe de batalla. Ancho,


densamente construido, y más salvaje y duro que la mayoría, MacNab era un
puñado de años mayor que Gregor y se había retirado del campo de batalla, pero
todavía era un guerrero con quien se podía contar.

-Caitrina relata los acontecimientos de otra manera -como había estado tratando
de evitarla, en 74

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

realidad había conseguido la historia de John, junto con la confirmación de Pip-.


Según ella, fue vuestro hijo quien la empujó cuando le dio la espalda. Se
defendió con el cuchillo cuando intentó patearla mientras estaba en el suelo.

-¿Y vos creéis eso? Mi hijo tiene el doble de su tamaño. Por no hablar del hecho
de que es una mujer.

Si los moretones que Gregor había visto en la cara de Dougal cuando llegaron
eran una indicación, MacNab también lo creía. Sin embargo, el orgullo del clan
había sido suficientemente dañado por una chica que se recuperaba de Dougal en
una pelea, y MacNab estaba obviamente tratando de poner a su hijo en la mejor
luz mediante la reorganización de los hechos.

-La muchacha es más que capaz de defenderse contra el tamaño de un muchacho


de Dougal -dijo John-. Le enseñé yo mismo.

MacNab miró a Gregor con furia:- ¿Y vos permitís este comportamiento


aberrante? ¿Qué clase de mujer lucha?

Los ojos de Gregor se estrecharon en advertencia. Comprendió el enfado de


MacNab y el golpe en su orgullo, pero no quería oír a Cate calumniada:- No sólo
lo permito, sino que yo lo sugeri. No encuentro nada antinatural sobre que una
muchacha aprenda a defenderse contra hombres cobardes que piensan que es
aceptable herir a mujeres.

MacNab se volvió escarlata al golpe, quiem sabía que estaba dirigido a él


también. Los moretones de su esposa eran bien conocidos. Si no fuera por la
tregua, Gregor sospechaba que MacNab habría sacado su espada, a pesar de la
habilidad superior de Gregor:- ¿Así que no pensáis hacer nada?

La mandíbula de Gregor se endureció. Por mucho que no le gustase MacNab y


preferiría decirle que se fuera al diablo, no quería dejar a John con una disputa
sin resolver. Sin embargo, la diplomacia no le fue fácil a un hombre que no había
hecho más que luchar durante siete años, y las palabras le parecieron agrias en la
boca.

-Hablaré con ella.

-Tenéis que ponerle una correa. La muchacha ha estado siendo una salvaje
durante años. Necesita mano fuerte...

-La muchacha no es asunto vuestro -gruñó Gregor.

MacNab la hizo sonar como un caballo que necesitaba ser roto. Caitrina no era
salvaje, era enérgica y... única. Desenfrenada. Segura de sí misma. Honesta.
Nunca se detenía, teniendo el mismo enfoque sin obstáculos en la vida que él y
cualquier otro gran guerrero que conociera. Era fuerte y sin pretensiones, con
una gracia fácil y un atractivo natural que era imposible de resistirse. Si a veces
era demasiado descarada, lo hacía sin artificio. No la quería de otra manera, y
seguro que no iba a convertirla en algo más para complacer a gente como
MacNab.

Tratando de suavizar las aguas, John agregó:- De todos modos, estará casada
pronto.

-¿La vais a casar? -se burló MacNab-. Espero que planeéis incluir una brida de
regaño con su dote.

O tal vez su marido encuentre algo más que meterle en la boca para evitar que la
abra.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Gregor estaba furioso. Se olvidó de la diplomacia y la tregua, y habría roto más


que algunos de los dientes de MacNab si John no hubiera agarrado su brazo para
retenerlo.
Quizás al darse cuenta de que había ido demasiado lejos, MacNab dejó que el
asunto descansara.

Sin embargo, con esfuerzo sobrehumano que Gregor consiguió reprimir su


temperamento y no sólo se abstuvo de matar a MacNab, sino también pudo
continuar las negociaciones para extender exitosamente la tregua.

Cuando regresaron a Dunlyon, estaba tenso, de mal genio, y buscaba una pelea.
En otras palabras, estaba más que ansioso de cazar a su pequeña "pupila" y tener
una pequeña charla sobre interferir en su vida privada.

Debería haber adivinado que ella era la responsable de que Màiri perdiera su
invitación y las otras dos interrupciones. Por desgracia, parecía que por una vez,
la muchacha lo estaba evitando. Se había retirado temprano para la velada -la
muy cobarde-m e incluso en su estado de ánimo actual, no era lo suficientemente
tonto como para llamar a la puerta de su alcoba.

No, tenía un plan mejor. La esperaría en los establos a la mañana siguiente y la


interceptaría antes de ir a su paseo por la mañana.

Apenas cruzó la puerta abierta a los establos a la mañana siguiente, sin embargo,
antes de que fuera el interceptado.

-¡Ahí estáis!

Gregor ahogó un gemido. Lo último que quería tratar ahora era otra chica joven
que pensaba que

"lo amaba". Seonaid MacIan era, sin duda, una belleza, pero era un ejemplo
perfecto de todo lo que intentaba evitar. No le había dejado duda de lo que quería
de él, y de lo que estaría dispuesta a renunciar para conseguirlo, como si su
virginidad fuera una especie de premio que se intercambiara.

No estaba interesado. No en esos términos. Diablos, en ningún término. Pero


nunca era cruel a menos que tuviera que hacerlo, y era amiga de Cate.

-Pensé que os había perdido -agregó Seonaid-. Fui al Salón, pero dijeron que
acababais de iros.

De sus mejillas rosadas, adivinó que había venido corriendo tras él. La sonrisa
perezosa se deslizó sobre su rostro sin pensarlo-. Pensé que ibais a dar un paseo.

Ella lo miró desde debajo de sus pestañas, una sonrisa tímida curvando su bonita
boca:- Me imagino que sois muy buen jinete -la forma en que enfatizaba "jinete"
no dejaba dudas sobre a lo que se refería.

-Me temo que no tengo mucha experiencia. Pero estaría dispuesta si quisierais
enseñarme, muy dispuesta.

Dios mío, esto tenía que ser una de las conversaciones más ridículas que había
tenido. Sin embargo, le devolvió una sonrisa traviesa:- Lo recordaré. Pero me
temo que hoy voy a cabalgar solo."

Hizo una mueca linda y se acercó lo suficiente a él para que las puntas de sus
pechos se rozaran contra el cuero de su cotun. Eran unos pechos muy amplios y
el corte de su bata le daba una linda vista de la hendidura profunda entre ellos,
pero la vista (sorprendentemente, dado su estado de 76

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

privacidad) no le afectó.

-¿Necesitái algo? -preguntó, consciente de la hora y queriendo deshacerse de su


inesperada

«compañía».

Os traje unos bollos azucarados. Mencionasteis que os gustó ayer. Se los dejé a
vuestra sirvienta.

-Gracias –dijo-. Es es muy considerado por vuestra parte. Conseguiré una


cuando regrese.

Empezó a entrar en el granero, con la esperanza de que aceptara la indirecta. No


lo hizo. En su lugar, sintió su mano en su brazo. Su expresión tímida e inocente
se había vuelto dura e impaciente.

-Pensé que tal vez me podríais agradecer de otra manera.


Gregor fingió no entender, arqueando una ceja:- ¿Qué tenéis en mente?

Inclinó la cara para mirarlo, ofreciéndole sus labios perfectamente separados.

La muchacha era descaradamente descarada, pero su invitación no tan sutil le


dio una idea. Cate estaría aquí en cualquier momento. Besar a Seonaid sería tan
buena manera como cualquiera de poner un final decisivo al enamoramiento de
Cate.

Se dijo a sí mismo que tenía que hacerlo. Cate era como cualquier otra joven,
que le había mirado y se había enamorado. Pensaba que lo conocía. Pero no lo
conocía en absoluto. No era el hombre para ella, infiernos, no era el hombre para
nadie. Cuanto antes se diera cuenta, mejor. Le ahorraría más angustia más tarde.
Con algo ardiendo en el pecho que parecía sorprendentemente arrepentimiento,
bajó la boca.

Esperaba que Gregor estuviera esperando, listo para atacarla en el momento en


que abandonara la seguridad de su habitación, Cate no salió de su habitación
hasta que oyó que la puerta se abría y se cerraba a través del pasillo, y sus pasos
por las escaleras.

Por supuesto, sabía que iría al infierno para pagar por su interferencia. Sólo
esperaba tener más tiempo antes de pagarlo. Pero sus planes para que se diera
cuenta de lo perfectos que estaban juntos no habían progresado tan rápido como
había esperado, y no podía estar parada sin hacer nada mientras llevaba a más
mujeres a su cama.

Dios sabía que habían sido suficientes. Cate no podía cambiar el pasado, pero ya
no estaba dispuesta a excusarle: no tenéis la edad suficiente, se decía, no os ve
todavía. Sólo sed un poco más paciente, y os verá.

Estaba cansada de ser paciente y no le dejaría hacer nada para romperle el


corazón antes de que tuviera oportunidad de dárselo.

Al final, se lo agradecería.

Eso esperaba.

Pero su expresión ayer en el kirk definitivamente no había sido agradecida.


Había sido más una clase de: voy a echaros un sermón. Hasta que tuvo la
oportunidad de calmarse un poco, pensó que una pequeña evasión era prudente.
Había una diferencia entre cobarde y no ser estúpida.

¿Tal vez iba a dar un paseo extra largo esta mañana? Después de comprobar con
Hete que Eddie y 77

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Maddy estaban ocupados, y cogiendo una manzana y un pedazo de queso de las


cocinas ya que había perdido la comida de la mañana, Cate trepó por las
escaleras de madera de la casa de la torre en el patio abajo en la búsqueda de Pip.
Aunque nunca se había sentado en un caballo antes de llegar a Dunlyon, el
muchacho había aprendido a cabalgar como un pez a nadar. Mientras pensaba
que podría ir a Loch Tay para visitar a su amiga Anna, la hermana mayor de
Willy, quería que Pip la acompañara. Le daría la oportunidad de aprovechar su
conversación de ayer.

Suponiendo que lo encontraría en el establo con el cachorro, se agachó y estuvo


a punto de gritar cuando se detuvo bruscamente, sintiendo como si acabara de
golpearse contra un muro de piedra.

Su respiración cayó, su corazón se tambaleó y se colgó ingrávidamente en el


aire, y la sangre corriendo por sus venas se drenó al suelo. El choque fue tan
profundo, que tomó unos pocos segundos para procesar lo que estaba viendo. Y
entonces, quiso cerrar los ojos y bloquear la imagen para siempre.

No. No puede estar besándola. Por favor, que no sea Seonaid. Cualquiera pero
que no sea Seonaid.

Pero no se podía confundir las trenzas perfectamente enrolladas de un largo


cabello rubio bajo el velo, el fino vestido de terciopelo azul oscuro y el trasero
generosamente curvado. Seonaid estaba de pie en la punta de los pies, con los
brazos alrededor de su cuello, su cuerpo estirado contra el suyo. Tenía la cabeza
doblada y el cabello sedoso y dorado le caía al lado, mientras inclinaba
hábilmente la barbilla de Seonaid con los dedos para inclinar su boca hacia la
suya.

La boca ancha y sensual que Cate había imaginado tantas veces presionando la
suya estaba besando a otra. No, no sólo de otra, a Seonaid.

Sabía que besaba a otras mujeres antes, pero esta vez fue diferente. Esta vez el
dolor fue mayor y más poderoso. El blanco cuchillo de dolor le atravesó el
corazón y permaneció allí ardiendo, retorciéndose, profundizando a medida que
el beso continuaba.

Deteneos. Por favor, parad.

Se tambaleó, sus piernas repentinamente débiles. Queriendo desmoronarse en el


suelo. Dios, dolía.

¿Cómo pudo hacer esto? Esto no debía suceder. No era lo que había planeado.

Se supone que debía ser yo.

Las burlas de Seonaid volvieron a ella. ¿Era esto lo que quería, entonces?
¿Alguien como Seonaid?

Este era el tipo de hombre que era.

No. No podría ser. Pero entonces, ¿por qué estaba haciendo esto?

Cate sintió las lágrimas amenazando con la tormenta, caliente y apretado en su


garganta. Quería dar media vuelta y correr antes de que la viera, pero sus pies se
habían convertido en plomo.

Entonces, fue demasiado tarde. Un feroz aluvión de ladridos resonó cuando el


cachorro llegó corriendo por el establo hacia su abrazo. El pequeño terrier
tampoco le gustaba lo que veía, porque empezó a gruñir ferozmente (tan
ferozmente como un cachorro de cinco libras) y mordisqueando a Gregor.

Gregor tuvo que empujar a Seonaid de nuevo para romper el beso. Aunque
pareció hacerlo con obvio alivio no hizo que Cate se sintiera mejor.

-¿Qué demonios? -intentó mover los pies para desenredar al cachorro, pero el
cachorro no tenía intención de soltarlo.

78
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Àriel x

Seonaid, que al principio parecía furiosa por haber sido interrumpida, empezó a
lamentarse como si estuviese aterrorizada por la diminuta bola de pelo que
apenas era lo bastante grande como para llenar dos manos.

-¿Qué es? -gritó ella-. ¡Oh, Dios, matadlo!

Pip apareció de la nada par arrancar al perro de los pies de Gregor a la seguridad
de sus brazos.

-Sólo es un perro -le dijo con desprecio a la mujer gimoteante.

Finalmente, Gregor se volvió en su dirección. Sus ojos se cerraron y el golpe


aterrizó de nuevo, reverberando a través de su pecho en un tambor pesado de
dolor, y decepción.

Pero ahora también había cólera. Había creído en él, lo había defendido ante esta
misma mujer, y él la había hecho parecer una tonta ingenua. Había pensado que
había algo más para él que ser un rompecorazones. Más para él que el intocable
pícaro. Había pensado que lo entendía. Que tenían una conexión especial, y que,
un día lo vería.

Pero tal vez un día sería demasiado tarde. Tal vez no lo entendía en absoluto. Tal
vez la única conexión que tenían estaba en su mente. Tal vez era tan intocable
como parecía. Y tal vez, sólo tal vez, todo lo que haría si lo permitiera era
romper su corazón.

Pero no iba a dejarlo. Si Seonaid y sus pechos grandes y su rostro hermoso eran
lo que quería, podría tenerlos.

-Sí -dijo ella, mirándolo fijamente-. Es sólo un perro.

Gregor sabía que se refería a él, y no a la demoniaca rata de piel que había hecho
todo lo posible para hundir sus diminutos dientes en sus botas.

La pulla estaba bien dirigida. No se sentía mejor que un perro cuando vio su
rostro. Había parecido destrozada, y se sentía como un hombre que acababa de
llevar un martillo a sus frágiles sueños.

Cristo, esto era lo que había estado tratando de evitar. Nunca quiso lastimarla.
Pero una mirada a su rostro, y supo lo mal que lo había hecho.

Fue la decepción, sin embargo, lo que cortase rápidamente. No se había dado


cuenta de cuánto le importaba su creencia en él hasta que se fue. Desde el
principio, Cate lo había mirado como una especie de héroe. Dios sabía que
nunca lo había deseado y siempre había sabido que de alguna manera empañaría
esa imagen de armadura brillante que tenía en su mente, pero no se había dado
cuenta de cuánto había llegado a depender de ella, cuanto podía molestarlo
cuando se había ido, y cuánto le recordaría a la otra persona que había
decepcionado.

Su padre se había avergonzado de la "bonita cara" de Gregor prácticamente


desde el día en que había nacido, pero irónicamente, fue todo lo que el hombre
vio. "¡Cristo, sólo miradlo!" Su padre le decía a su madre. "El muchacho nunca
tendrá que trabajar duro para nada. Mira cómo la gente se agacha para hacerle
feliz. Será un gandul y un presumido para el resto de su vida."

El presagio de su padre había resultado ser cierto. En la juventud de Gregor,


parecía que todo lo que intentaba hacer, siempre acababa mal. Cuando cumplió
catorce o quince años, había renunciado a intentarlo y había entrado en un
período de rebelión de pleno derecho, en el que se esforzó en lanzar su
irresponsabilidad en la cara de su padre. Eso había cambiado cuando se había ido
a la lucha a los 79

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dieciocho años, pero ya era demasiado tarde. No importaba lo mucho que Gregor
trabajara para probarse a sí mismo, su padre nunca lo había visto como algo más
que débil y poco fiable. Y ahora Cate lo miraba de la misma manera, y lo odiaba.

¡Pero era culpa suya, maldita sea! Nunca había pedido su fe. Diablos, nunca lo
había querido. ¿Por qué estaba tan sorprendida? ¿Y qué si él besó a otra
muchacha? ¡Podía besar a quienquiera que quisiera!

Aunque la próxima vez no sería esta muchacha agarrándose el pecho como si un


enjambre de ratas estuvieran dando vueltas alrededor de sus pies.

No, no ratas, rata.

Su mirada se posó en el cachorrito de aspecto escamoso que se encontraba


protegido de forma protectora contra el pecho de otra criatura de apariencia
escamosa. Ambos eran de pelo negro y esquelético, y ambos lo miraban como si
fuera una inmundicia bajo sus pies.

El muchacho se calló. El cachorro, sin embargo, no lo estaba, y su ladrido


frenético y agudo era demasiado reminiscente de otro terrier que prefería no
recordar.

-Haced callar a esa cosa -dijo bruscamente.

-¿A cuál? -replicó Pip, mirando a Seonaid.

Gregor podría haber sonreído... El gemido agudo de Seonaid era tan molesto
como el de los cachorros... si no hubiera oído a Cate amortiguar una risa aguda.

Disparándoles a ambos una mirada demoledora, mientras estaba en silencio de


acuerdo, trató de calmar a la muchacha cuyos brazos habían tomado la distinta
sensación de tentáculos.

Él nunca debería haberla besado en primer lugar. Se había sentido mal desde el
principio. Si no reforzara todo lo que Cate pensaba de él, podría admitir que ni
siquiera le gustaba a Seonaid. De hecho, habría retrocedido el momento en que
sus labios se tocaran si no hubiera oído los pasos y la respiración que había
identificado a Cate.

Sin importar lo desagradable que fuera, el beso había cumplido su propósito.


Cate se había desencantado. Ya no lo miraba con la adoración de una niña en el
corazón de las nubes. No, la forma en que lo miraba era demasiado clara. Era lo
que quería, ¿no?

-Venid -dijo Cate, buscando la pequeña bestia-. Dejadme llevarlo.


Probablemente está asustado por todo eso.

Seonaid se había calmado lo suficiente para estrechar los ojos en Cate:- ¿Esa
cosa, asustada? Fue quien nos atacó.
El cachorro se había calmado, y estaba acariciando su pequeña cabeza en la
mano de Cate como si no pudiera obtener suficiente de su toque mientras la
acariciaba. ¿Cómo se sentiría tener esas manos sobre él? La sangre de Gregor se
elevó. Increíble. Dios, sabía sin lugar a dudas que se sentiría increíblemente.

Ignorando los pensamientos indeseados e ilícitos de Gregor sobre dónde le


gustaría tener esos dedos ágiles acariciándolo, Cate miró hacia atrás y hacia
adelante entre Seonaid y el cachorro.

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-Tenéis que estar aterrorizada -dijo ella-. Es muy vicioso.

La mirada de Seonaid se endureció, y hubo algo cruel en sus ojos que hizo que
Gregor se sintiera incómodo. ¿Había tocado sin querer algo más profundo de lo
que pretendía?

Afortunadamente, no necesitaba actuar como un hombre para protegerse.


Seonaid se agarró de nuevo a su brazo.

-Tenía a un verdadero caballero a mi lado para que me protegiera -se sonrojó,


lanzándole una mirada tímida bajo sus pestañas-. Bueno, no exactamente a mi
lado -se rio y se volvió hacia Cate-.

Como estoy segura de que habéis podido ver.

La expresión de su voz despejó a Gregor de cualquier duda de qué gran error


había cometido. Si hubieran sido amigas alguna vez, ya no lo eran.

-Espero que no estéis muy decepcionada, Caitrina -añadió Seonaid. El rostro de


Cate se puso blanco. Parecía congelada en su lugar, sus dedos rígidos en el pelo
del perro. Seonaid aleteó sus pestañas frente a él y se preguntó cómo había
pensado que era guapa-. ¿Sabéis? tiene unas pocas intenciones en vos. Pero le
dije que un hombre como vos sería más... exigente -se rio como si él pensara que
Cate fuera la cosa más ridícula del mundo.
Si sólo supiera.

Los ojos de Gregor se dispararon a los de Cate. No sabía lo que esperaba. ¿Verla
avergonzada?

¿Humillada, como lo había pretendido Seonaid?

Pero no le había dado suficiente crédito. Cate no parecía una niña inmadura en
absoluto cuando levantó su barbilla casi regiamente y miró por la nariz a la otra
mujer.

-No dije que me gustara, Seonaid. Dije que lo amaba.

La suave declaración, de hecho, sorprendió a la víbora rubia en silencio. No


estaba sola. Gregor sintió como si acabara de golpearse en las costillas con un
martillo de guerra. El aire parecía haber salido de sus pulmones. Había oído
innumerables declaraciones de la misma clase de muchas mujeres diferentes,
pero ninguna lo había afectado como las palabras de Cate. Demonios, por un
momento casi sonaban verdad.

En contraste con el regocijo de Seonaid, que lo había acorralado en el establo


para ofrecer su cuerpo como una estratagema a un anillo de bodas, la simple
admisión de Cate fue una bocanada de aire fresco y el polo opuesto de los juegos
taimados y esquemas que había tenido y esperado de las mujeres que pensaban
que dormir en su cama les haría una propuesta. ¿Cuántas veces había entrado en
una habitación y había oído a una mujer que se jactaba de cómo sería ella la que
atraparía al esquivo guerrero?

-No es un secreto -continuó Cate-. Estoy segura de que Gregor conocía mis
sentimientos tan bien como vos -su mirada se clavó en la de él sólo por un
instante, pero fue lo suficiente como para hacer que algo en su pecho se apretara.

Apartó el brazo de la de Seonaid y la alcanzó:- Cate, yo...

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-Lo siento por la interrupción -dijo ella demasiado alegremente, alejándose
rápidamente de él-.

Vamos, Pip, llevemos al cachorro a las cocinas para ver si podemos encontrarle
algo para comer.

Se había ido antes de que pudiera detenerla. ¿Pero qué podía decirle? ¿Siento
que me améis? ¿No quería romper vuestro corazón? ¿No soy el hombre para
vos? Todos eran ciertos, pero ninguno aliviaba el aguijón de lo que acababa de
suceder.

El tiempo era lo único que haría eso. Sí, con el tiempo , vería que era lo mejor.

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Àriel x

Capítulo 8

Dos días fue suficiente.

Al oír el ruido de las espadas en el lado opuesto de la bahía, más allá de los
cuarteles, Gregor aceleró su paso al descender las escaleras de la torre. Aunque
estaba curioso de ver toda la mejora que John seguía hablando, era a Cate -y no
su espada- por quien estaba ansioso por ver.

No podía soportar más la tensión.

Cate no le estaba ignorando o evitándolo... exactamente. Pero la forma en que su


boca se estremeció cuando sus miradas se encontraban, o la forma en que la
sonrisa no parecía llegar a sus ojos cuando trató de hacerla reír por la comida del
mediodía, o la forma en que su barbilla se levantó y se dirigió a ella
directamente, le dijo que todavía estaba furiosa con él. Tal vez más que furiosa.
Tal vez finalmente había logrado arrancar a cada estrella de sus ojos.

Era exactamente lo que él quería. Debería estar contento de que ya no estuviera


su manera de intentar hacerle notar. Ya no trataba de atraerlo con esas pequeñas
sonrisas y toques suaves. Ya no lo miraba como si quisiera que la empujara
contra la pared más cercana y la atravesase sin sentido.

Se alegró de ello. Justo como él estaba contento no estaba tratando de interferir


en sus escarceos más. No, él había seguido a una de las sirvientas al almacén
para más vino anoche después de la cena, y nadie había venido detrás de ellos.
Podría haber golpeado mucho más que el barril, pero resultó que todo lo que
había querido era el vino. Culpa, se dijo. Eso era lo que le pasaba. Una vez que
él y Cate despejaron el aire entre ellos, todo volvería a la normalidad.

¿O no lo haría?

"Dije que lo amaba."

Todavía podía oír su voz, maldita sea. Los sentimientos que nunca había querido
reconocer habían sido pronunciados y no podían ser ignorados.

En el fondo sabía que nunca sería lo mismo entre ellos, y eso era lo que
realmente le molestaba. Le gustaba Cate. Tenía ganas de hablar con ella porque
ella no le reía las gracias y le complacía como cualquier otra mujer. Por lo
menos, no generalmente. Pero incluso la solícita Cate de los primeros días de su
regreso había sido más divertida que molesta. Le había gustado empujarla y ver
hasta dónde llegaba. Le había gustado la forma en que había tratado de
enmascarar su creciente temperamento bajo una sonrisa forzada.

Sí, le había gustado mucho. Le había hecho querer ver si podía hacer que esos
ojos oscuros chisporrotearan con otro tipo de calor. Le había hecho preguntarse
si sería tan fiera y apasionada en la cama.

Ella lo haría. Sabía que lo haría, y el conocimiento se mofaba de él.

Éstos eran los tipos de pensamientos incómodos que le habían hecho tan ansioso
por encontrarle un marido. Una tarea que estaba resultando más difícil de lo que
había previsto, pero no por las razones que esperaba. Parecía haber mucho
interés en tener a Cate como esposa. Era Gregor quien estaba 83

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

teniendo problemas para encontrar a alguien quien fuera digno de ella. Cate era
especial, y necesitaba a alguien que lo entendiera. Alguien que entendiese a los
demonios que vivían en sus pesadillas y la llevara al patio de prácticas con John.
¿Quién no la empujaría a ser algo que ella no era?

Con la Navidad en unos días, la fiesta Hogmanay estaría aquí antes de que se
diera cuenta. El tiempo se estaba acabando. El estruendo de las espadas se había
calmado. Mientras Gregor rodeaba la esquina del cuartel, esperaba verlos tomar
un descanso o terminar.

Eso no fue lo que vio.

Lo que vio fue que John y Cate rodaban en la tierra helada como dos hombres
podrían hacer en el concurso de lucha de los Juegos de las Highlands. Ninguno
llevaba un timón ni una armadura. El pelo oscuro de Cate había sido retorcido en
algún tipo de nudo en la parte posterior de su cabeza, y a pesar del día frío del
invierno, usaba un leine ceñido simple de la lana marrón que apenas tapaba más
allá de sus rodillas sobre su media gruesa y botas. John había quitado su cotun y
sólo llevaba una camisa de lino escondida en sus calzones de cuero. Ambos
estaban llenos de tierra, ruborizados, y un poco sudados, como si hubieran
estado trabajando duro, y algo sobre eso puso a Gregor en el borde.

¡Cristo, parecía que había estado jugando en una cama toda la noche!

Estaban tan enfocados y mirándose tan intensamente el uno al otro, Gregor no


pensó que se dieron cuenta de que estaba allí, excepto que sabía que su hermano
era un guerrero demasiado bueno para no haberlo notado.

John fingió un movimiento hacia ella, tratando de hacerla reaccionar, pero no


picó. La estaba empujando con palabras también -palabras que Gregor no podía
oír-, pero por la mirada en el rostro de su hermano, se las estaba devolviendo.

Gregor sintió que se ponía nervioso. No le gustaba no saber de qué estaban


hablando. Se sentía demasiado condenadamente íntimo, lo cual era ridículo
teniendo en cuenta lo que estaban haciendo.

Él nunca habría creído lo que sucedió después si no lo había visto por sí mismo.
John se lanzó hacia ella, apretando el puño hacia su cara. Aprovechando su
impulso, Cate bloqueó el lanzamiento levantando su brazo izquierdo y agarrando
su muñeca mientras se giraba, tirando del brazo de John para arrojarlo sobre su
cadera y tirarlo al suelo. De allí, con el control de su muñeca y John en su
costado, ella sacudió el brazo hacia atrás para sujetarlo contra su muslo. Si
hubiera querido hacerlo, podría habérselo roto. En vez de eso, lo sujetó con la
rodilla y fingió una palma empujada hacia su cara que habría enviado la nariz de
John directamente a la parte posterior de su cráneo, posiblemente matándolo, si
hubiera sido real.

Gregor estaba aturdido. Se había movido tan rápido y con tanta certeza. Se
veía... fuerte. Parecía una auténtica guerrera.

Cate -la pequeña Cate-, estaba haciendo algunas de las mismas maniobras
defensivas que Boyd le había enseñado, y que había pasado a John. Excepto que
parecían diferentes cuando ella los hacía.

Su mandíbula se apretó. Muy diferente.

Pero no podía negar que lo había impresionado.

-Perfecto -dijo John. Sin dudarlo, con mucha intención-. Si vais a entrar en la
pelea, tenéis que estar 84

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

lista para lastimar a alguien.

Ella sonrió y empezó a levantarse. Pero tan pronto como quitó su rodilla, John la
agarró de la muñeca y la tiró al suelo, rodando sobre ella y colocando sus manos
sobre su cabeza. El corazón de Gregor estaba en su garganta con lo que sólo se
podía llamar miedo. Dios, ¿estaba herida? Empezó a avanzar, pero la risa de su
hermano lo detuvo.

-¿Y ahora qué? -desafió John.

-¡Me habéis engañado! -dijo luchando, sus ojos lanzándole puñaladas.


Claramente no estaba herida.

Estaba furiosa.

-¿Y qué? -dijo John, inclinándose para sujetarla con más fuerza.
Las manos de Gregor cerraron los puños a los costados, incapaz de apartar los
ojos de la forma en que su cuerpo se estrechaba contra el de su hermano...

Maldito infierno, ¡John parecía que estaba pensando en besarla!

La boca de Gregor cayó en una línea dura. Tal vez su hermano no lo había visto,
después de todo.

Parecía que John era ajeno a cualquier otra persona en el mundo, excepto a la
muchacha debajo de él.

Murmuró lo que Gregor sospechaba que eran algunas palabras decididamente


infranqueables, y entonces, para su sorpresa, empezó a reír:- No hay engaño en
la guerra -dijo, imitando la voz profunda de su hermano.

-Lo sé.

Debería haber sido yo quien le enseñara eso. El conocimiento aterrizó en algún


lugar de su tripa y se retorció. Era su responsabilidad, no de John. Pero John no
parecía que lo supiera. John parecía demasiado posesivo.

-Entonces, ¿qué vais a hacer? -John se burló.

Gregor iba a poner fin a esto. John había hecho su punto. Cate estaba
desamparada. Nunca sería capaz de superar su fuerza y peso. John era casi tan
grande como Gregor. Maldita sea, probablemente la estaba aplastando. Si tenía
un moretón en su cuerpo...

-Esto -respondió. Con las piernas de John colocadas a ambos lados de sus
caderas, usó su rodilla derecha contra su culo para golpearlo hacia adelante,
envolvió su brazo bajo su pecho, y luego le puso los talones debajo de su trasero
para levantar sus caderas y hacerle rodar para que estuviera ahora montado
encima de él.

Demonios. Gregor no lo podía creer. Se había liberado con una asombrosa


facilidad. Su hermano le había enseñado bien. Gregor la había subestimado y
nunca había imaginado que una muchacha minúscula pudiera luchar contra un
guerrero entrenado, a pesar de lo que había dicho.

-Esa es mi chica -dijo John con una sonrisa.


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Àriel x

El infierno que lo era. La reacción de Gregor fue tan feroz e instantánea que, si
hubiera estado pensando racionalmente, podría haberse preocupado. Pero no era
racional en absoluto. Estaba furioso. Había algo en la forma en que su hermano
la miraba, que enviaba señales de advertencia en la cabeza de Gregor y le hacía
querer ir allí y desgarrar la suya.

En realidad, lo que le hizo querer aquello había sido ver a su hermano encima de
Cate, y ahora verla encima de él. No le gustaba verlo. Era una reminiscencia de
una posición que no tenía nada que ver con la lucha. Y si la expresión de su
hermano ahora era cualquier indicación, también lo sabía. Cate no era para él, y
Gregor iba a poner fin a esto antes de que su hermano comenzara a tener otras
ideas. Si alguien iba a entrenarla, sería él. John estaba a punto de ser relevado de
su deber.

-Creo que es suficiente -dijo, dando un paso adelante.

Cate y John se sobresaltaron. Que, obviamente, ni había sido consciente de su


llegada sólo lo hizo estar más enfadado. John debió de haber captado algo en la
mirada de Gregor, porque frunció el ceño. Cate frunció el ceño también,
mientras se levantaba y alcanzó una mano para ayudar a John a ponerse en pie.

-¿Hay algo mal? -preguntó.

-No -dijo bruscamente.

-Entonces, ¿por qué estáis enfadado?

-No estoy enfadado.

Cate actuó como si no lo hubiera oído:- ¿No lo hice bien?

Parecía tan ansiosa por la alabanza, que se sentía como un culo. Lo había hecho
fantásticamente.
Por supuesto, su hermano vino al rescate primero:- Lo hiciste perfectamente -
dijo John, mirándole fijamente.

Gregor le devolvió la mirada:- Mi hermano os ha enseñado bien, pero hay


algunas cosas que no sabe. Si queréis, os puedo enseñar.

John parecía que estaba a punto de discutir, pero Gregor le lanzó una mirada que
decía que estaría feliz de demostrárselo. Los ojos de Cate chispearon, su afán de
mejorar su entrenamiento, aparentemente, superaba su reciente aversión hacia él.

-¿De verdad? ¿Cuándo?

-Mañana. Ahora mismo necesito hablar con vos.

-Pero le prometí a Pip... -su mirada se deslizó hacia el muchacho que estaba
sentado en silencio sobre una roca, escondido a la sombra del cuartel, y que
hasta ahora Gregor no había notado. Cristo, oscuro y siniestro, el muchacho era
como MacRuairi entrando y saliendo de las sombras.

Pip se puso de pie. Aunque no miró en dirección de Gregor, Gregor pudo sentir
la animosidad que le caía. Al parecer, su "hijo" tampoco tenía mucho amor por
él.

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Àriel x

-Tengo que encontrar a Eddie de todos modos. Le prometí que le dejaría patear
la vejiga del cerdo hoy si llegaba al guardarropa cada vez que tenía que ir...

-Una idea brillante -dijo Cate-. Nunca hubiera pensado en ello.

El muchacho se encogió de hombros como si el cumplido no significara nada


para él, pero Gregor pudo ver que sí. Había significado mucho, sugiriendo que el
muchacho había recibido muy poco elogio en su vida. Gregor casi sintió lástima
por él, hasta que se recordó a sí mismo que estaba aquí bajo falsas pretensiones.

John le dio a Gregor una mirada que decía que hablarían más tarde, y puso su
mano en el hombro del muchacho:- Vamos, Pip. Te mostraré un campo justo más
allá de la pared donde mis hermanos y yo solíamos patear la pelota.

-Aseguraos de mantenerlo alejado del agua -dijo Gregor con severidad, sin tener
idea de dónde había llegado la compulsión de decir eso.

John alzó la frente y Cate lo miró como si acabara de matar a un dragón. Tal vez
algunas de las estrellas seguían allí después de todo.

Durante los últimos días, Cate se había lanzado a su práctica y a sus tareas
alrededor de la casa de la torre para evitar pensar en lo que había sucedido en el
granero. Aunque prefería no haber tenido audiencia la primera vez que le contara
a Gregor sus sentimientos, sabía que las palabras tenían que ser dichas. Además,
como le había dicho a Seonaid, no era un secreto cómo se sentía, y no se
avergonzaba de sus sentimientos.

No, no fue el cruel intento de Seonaid de humillarla lo que la hizo querer evitar
pensar en ello. Eran sus propias emociones confusas. Lo que había visto entre
Gregor y Seonaid había sacudido su fe y la había hecho preguntarse si estaba
equivocada respecto a él. ¿Se estaba engañando a sí misma de que un hombre
que había tenido mujeres lanzándose a sus pies durante toda su vida se
contentaría con una mujer, y mucho menos con ella? ¿Se sentía tan atraído por
los encantos superficiales como las mujeres que despreciaba por la misma cosa?

Y la pregunta que la atormentaba más que nada: ¿era un hombre en el que podía
confiar, o era como su padre?

Vio similitudes entre los dos que nunca había visto antes, o tal vez no quería
verlos. Hermoso, encantador, noble, más grande que la vida, intenso e impulsado
-la clase de hombres que nunca hacían las cosas a medias-, cambiaron una
habitación sólo por entrar en ella. ¿No era Gregor más que una recreación del
gran noble caballero para llenar el agujero que dejaba en su corazón el que la
había abandonado? ¿La amaría y luego la dejaría cuando viniera alguien mejor?
¿O el

"rompecorazones" podría darle el tipo de compromiso que necesitaba?

Las preguntas dañaron su confianza, dejándola vulnerable e insegura de sí


misma. El hombre que pensaba que nunca la decepcionaría había hecho
precisamente eso. Gregor había sido el ancla en su mente durante tanto tiempo
que sin él, se estaba hundiendo.

A pesar de que podía sentirse como si estuviera ahogándose, Cate no estaba


dispuesta a rendirse. Lo difícil de la fe era creer incluso cuando no había una
base para ello, y creía en él, en ellos, aunque no debiera.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Y esa fe acababa de ser recompensada. El aviso de precaución a Pip para no


llevar a Eddie demasiado cerca del agua podría parecer nada, pero para Cate fue
una señal. No se había equivocado con él. Le importaba incluso cuando no
quería preocuparse. Era un protector natural y nada como su padre. Gregor la
había aceptado y nunca le había dado la espalda, incluso cuando le había dado
muchas razones para hacerlo. Se encolerizaba y se quejaba, pero tampoco les
daba la espalda a los niños.

Tenía que ser paciente. Tal vez no había sido realista esperar que cambiara de un
día para otro. Esto no era un cuento de hadas. No la miraría ni volvería a mirar a
otra mujer, por mucho que lo deseara.

Pero una vez que se dio cuenta de sus sentimientos por ella, sería diferente.

¡Bien, ni siquiera la había besado todavía! Todavía.

Tan pronto como John y Pip se alejaron, se volvió hacia él. A veces se olvidaba
de lo guapo que era y otras veces -como ahora-, la golpeaba en algún lugar entre
las costillas como un rayo. El cabello castaño dorado brillaba a la luz del sol, los
ojos tan verdes y brillantes parecían esmeraldas, un rostro tan fuerte y
perfectamente formado que hacían cantar a los ángeles, Dios, ¿se estaba
engañando a sí misma?

Ella respiró hondo:- ¿De qué queríais hablarme?

Tal vez –querer- era la palabra equivocada. Aunque las líneas blancas alrededor
de su boca y la tensión en su mandíbula habían comenzado a disiparse (había
estado enfadado por algo, pero fuera lo que fuese, parecía estar dirigido a su
hermano y no a ella), había cierta determinación y arrogancia en su expresión,
como la de un hombre a punto de realizar una tarea desagradable que había que
hacer.

Ella era la tarea desagradable.

Aún así, la mirada que la encontró no era sin compasión, no exactamente lo que
quería de él, sin embargo.

-Sobre lo que pasó en el granero el otro día. No quiero que haya nada... –vaciló-,
nada incómodo entre nosotros.

Inclinó la cabeza hacia un lado y sostuvo su mirada:- Entonces, ¿qué os gustaría


que hubiera entre nosotros?

Por un momento, algo caliente y posesivo brilló en sus ojos. Algo feroz y
primitivo que envió un estremecimiento de conciencia corriendo a través de ella.
Algo que la dejó un poco temblorosa y se preguntó si realmente tenía idea de lo
que estaba pidiendo.

La llamarada rápidamente se convirtió en irritación, sin embargo:- Nada, maldita


sea -pasó su mano por su cabello como si estuviera exudando toda la paciencia-.
Cristo, Cate, no quiero haceros daño.

-Entonces no lo hagáis.

Le disparó una mirada e ignoró el comentario:- Lo que queréis es imposible.

-¿Cómo sabéis lo que quiero?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Un lado de su boca se alzó en una sonrisa irónica:- ¿Qué quieren todas las chicas
jóvenes que quieren enamorarse? Un cuento de hadas. Matrimonio. Niños. Un
marido que las ame. Pero no soy yo, Cate. No soy el tipo de gente que se asienta
con una sola mujer. Cuando seáis un poco mayor entenderás.
Ahora era Cate quien estaba enfadada:- No seáis tan condescendiente conmigo,
Gregor. Tengo veinte años, no soy una niña de quince. Soy lo suficientemente
mayor para conocer mis propios sentimientos. No os adoro, os amo, decidáis
aceptarlo o no. A pesar de que el resto suena agradable, y creo que sois el tipo de
hombre de una sola mujer... lo único que quiero de vos ahora es que reconozcais
que sentís algo por mí.

-Lo que siento es lujuria, pero me preocupa demasiado que os rindáis. Maldita
sea, estoy tratando de proteger... -de repente, se detuvo y parecía como si acabara
de disparar con una de esas flechas con las que se manejaba tan bien:- ¿Cuántos
años tenéis?

Cate se estremeció un poco tímidamente:- Veinte.

Su mirada se estrechó:- ¿Por qué me dejasteis creer que erais más joven?

Se encogió de hombros:- Nunca preguntasteis. Vuestro madre pensó que lo


habíais adivinado, pero no queríais saberlo.

Él volvió a jurar, arrastrando sus dedos a través de su cabello otra vez, pero esta
vez más duramente:- ¿Cristo, veinte? -sacó la palabra acusadoramente,
escudriñándola de arriba abajo como si fuera una especie de criatura extraña de
una casa de fieras que nunca había visto antes.

-¿Es realmente tan importante?

-Sí -replicó él-. ¡No! Sigo siendo vuestro tutor, y todavía sois muy joven.

La nariz de Cate se arrugó. ¿Era eso de lo que se trataba? ¿Era por eso que
estaba luchando contra su atracción tan fuerte? ¿Debido a algún sentido extraño
de responsabilidad hacia ella? Ya no era una perdedora necesitada de rescate.

-Como acabais de ver, ya no necesito un tutor, Gregor. Puedo cuidar de mí


misma.

-¿Como hicisteis con el joven MacNab? ¿Sabéis que su padre quería arrestaros?

-¿Por qué, por defenderme?

-Por humillar a su hijo -lo miró como si estuviera bromeando.


-¿Entonces debería haberle dejado que me golpeara?

-Por supuesto no. No deberíais haber intervenido en primer lugar.

-Estaba haciendo daño a Pip.

-Había media docena de ellos, Cate. Deberíais haber ido a buscar ayuda. ¿Qué
habría pasado si no hubiera aparecido cuando lo hice?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Preferiría no pensar en eso:- ¿Nunca habéis peleado cuando las probabilidades


estaban en contra de vos?

Su boca cayó en una línea dura, una dura línea defensiva:- Ese no es el punto.

-¿Cuál es el punto, entonces? No estamos hablando de mi pelea, estamos


hablando de por qué no actuaríais sobre esta... lujuria -se acercó, poniendo su
mano en su pecho, la cual rápidamente quitó-.

No necesitáis sentiros responsable de mí.

-Soy responsable de vos, y aprovechar vuestra juventud e inexperiencia estaría


mal.

Cate apretó los dientes para controlar su temperamento. Quería volver a tocarlo,
pero apretó los puños a los costados con frustración:- Sin embargo, no tenéis
ningún problema besando a Seonaid, y es un año más joven que yo. ¿Qué hay de
su juventud e inexperiencia?

Apretó los dientes hacia ella:- Eso fue un error –que lo hacía peor. La miró
fijamente.

-¿Cómo podéis hacer eso, Gregor? ¿Cómo puedes compartir momentos de


intimidad con las mujeres cuando no significan nada para vos?

Ladró una risa aguda:- Muy fácilmente. El hecho de que hagáis esa pregunta
muestra lo poco que entendéis de hacer el amor. Creedme, no es necesario
mucho más.

Cate odiaba el rubor que se elevaba a sus mejillas, odiado por poder hacerla
sentir tan tonta e ingenua:- No suena como hacer el amor en absoluto si no os
importa la gente a la que estáis haciendo el amor. ¿No os molesta romper todos
esos corazones?

Él rio, en realidad, se rio mucho:- Oh, Señor, sois muy dulce. ¿Creéis que las
mujeres que llevo a mi cama se preocupan por mí? Os aseguro que cuando una
mujer está disponible dos minutos después de conocerme, no es que se haya
enamorado, sino que ha conseguido a "el hombre más guapo de Escocia".

-Porque eso es todo lo que siempre dejais ver.

Sonrió, esa deslumbrante sonrisa pícara que probablemente había derribado


muchos corazones, pero que, para ella se sentía como una bofetada:- ¿Y creéis
que hay algo más?

Cate mantuvo su mirada fija:- Sé que sí lo hay.

Su tranquila certidumbre pareció molestarle. Él frunció el ceño:-No busquéis


algo más, Caty. Sólo os decepcionará. Estoy muy contento con mi vida tal y
como es.

Se puso rígida ante el diminutivo infantil:- ¿No os molesta que os usen así?

-¿Que me usen? -se echó a reír de nuevo, sacudiendo la cabeza, y luego, con
fingida seriedad, dijo-.

Sí, es una dificultad tener mujeres ansiosas por saltar en mi cama, pero de alguna
manera logro continuar.

Pero sabía que sí le importaba, y que se burlase de ella le hacía querer atacarle y
probárselo:- Y

cuando vuestra cuñada os usó para hacer que vuestro hermano tuviera celos,
tampoco eso 90

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Àriel x

importaba, ¿verdad?

Su expresión fue tan fría por un momento que sintió un susurro de miedo. Pensó
en retroceder, pero sus dedos se engancharon alrededor de su brazo como un
tornillo. El cambio que le ocurrió fue escalofriante. Se había ido el hermoso
rompecorazones y en su lugar había un mortal guerrero.

-¿Quién os dijo eso? -se mordió el labio, no queriendo decirlo.

Adivinando la fuente de su conflicto, él la empujó con disgusto:- Madre. Ella es


la única que pudo.

John y Padraig no saben nada al respecto. ¿Que os dijo?

-Suficiente para saber que no fue vuestra culpa. Que os preocupasteis por Isobel
y os manipuló.

Rio con dureza:- ¿Así que ser estúpido y crédulo fue una excusa para acostarme
con la futura esposa de mi hermano? -los ojos de Cate se abrieron y rio con más
dureza-. Sí, apostaría que mi madre no lo sabía. Pero ese es el riesgo cuando dos
jóvenes comienzan a jugar un juego en el que no saben todas las reglas -esta
advertencia estaba dirigida a ella.

-Me la jugó perfectamente. Pensé que me amaba, y ella pensó que coquetear y
permitir algunas libertades pavón el hermano menor del laird que era un inútil
muy hermoso, daría celos a Alasdair.

Imagina su horror cuando nos dejamos llevar por unas pocas libertades. Más de
una vez. Pero su plan funcionó. Alasdair oyó los rumores -o algunos de ellos-, y
volvió a casa.

Cate lo alcanzó, pero él se encogió de hombros.

Trató de ignorar la puñalada de dolor provocada por el rechazo:- ¿No sabía que
vos y ella...? -la mirada que se volvió hacia ella estaba llena de dolor y de odio
por sí mismo.

-No de inmediato. Me fui a cumplir mi servicio para mi tío, pensando que yo


estaría anunciando nuestro compromiso cuando volviese a casa. En cambio ella
estaba casada con mi hermano. Pero debía haber conocido la verdad en algún
momento. El hermano que idolatraba apenas podía estar en la misma habitación
conmigo -se encogió de hombros como si no significara nada, pero sabía que
significaba todo-. Se fue poco después de que volví y fue asesinado durante el
asedio de Bothwell Castillo unos meses más tarde. Mi padre me culpó, por
supuesto.

-¡Eso es ridículo! ¡No teníais nada que ver con eso!

Sus ojos estaban calientes y vacíos mientras la miraba:- ¿No es cierto? La verdad
destruyó a mi hermano. Verá, resultó que realmente la amaba. No debía haberme
utilizado en absoluto. Tenía la intención de casarse con ella todo el tiempo. Su
traición -mi traición- lo llevó al límite, y se ofreció como voluntario para todo
trabajo peligroso que pudiera. Finalmente, uno lo mató.

-No es culpa vuestra, Gregor. No podéis ser responsable de las acciones de


vuestro hermano, ni de las de Isobel.

Él sostuvo su mirada durante mucho tiempo. Finalmente, su boca se arqueó:- Mi


padre no estaba de acuerdo. Después de enterrar a mi hermano fue como si
dejara de existir. Resulta que el desdén era mejor que ser invisible. Así que
cuando Bruce estaba buscando hombres para unirse a él, me fui.

-¿Qué le pasó a Isobel?

91

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-Ella murió en el parto unos meses después de enterrar a mi hermano. En caso de


que os lo estéis preguntando, no era mío. Ella y Alasdair habían estado casados
durante más de un año antes de que yo regresara.

-Os preocupabais por ella, Gregor. Lo que sucedió no fue vuestra culpa.

Él le dio una mirada larga, lenta, malvada, para asustarla:- Como dije, la
preocupación tenía poco que ver con eso.
-Así que porque os preocupáis por mí y no queréis que os lastimen, no actuaréis
por vuestra

'lujuria'. Como no os importan esas otras mujeres, ¿está bien llevarlas a vuestra
cama? ¿No creéis que es un poco retorcido? -se acercó-. ¿Por qué no finjís que
soy Seonaid?

Obviamente no apreciaba su sarcasmo:- No sois nada como Seonaid.

Que ambos pudieran estar de acuerdo era algo asombroso. Pero la tensión que
ella podía sentir rodando de él en ondas calientes la incitaba. Quería que él la
tomara en sus brazos y le mostrara toda la pasión que su cuerpo clamaba.

-Si no se requiere cuidado, ¿qué se requiere? -desafió ella, parándose tan cerca
de él que sus cuerpos casi rozaban-. ¿Mis pechos no son lo suficientemente
grandes para vos? ¿No es mi cara lo suficientemente bonita?

Pronunció una maldición que nunca antes había oído de él. Podía sentir la
tensión reverberando de él como un tambor. El tic en su mandíbula pulsó con
enfado:- Callaos, Cate. No funcionará. Os dije que no soy el hombre para vos.

Oyó la pesada advertencia en su voz, pero no la escuchó. Estaba cerca de ceder.


Podía sentirlo.

Apretó las puntas de los pechos que parecían decidido a no mirar contra su
pecho, forzándolo a tratar de negar la atracción que chispeaba entre ellos:- ¿Por
qué soy diferente? ¿No estoy lo suficientemente dispuesta? ¿Debo arrojarme a
vuestros pies como todas los demás?

Él la agarró del brazo, empujándola contra él, sus ojos calientes de ira... y algo
más.

-¿No es eso lo que habéis estado haciendo desde que regresé?

Cate jadeó. ¿Era eso lo que pensaba? Nunca había querido decir... Ella no había
pensado que lo vería de esa manera. No quería ser como esas mujeres:- Estaba
tratando de haceros notar porque os amo.

-Como si no lo hubiera oído antes.


Echó un vistazo a los pechos que empujaban en su tors, y el calor de ella la
quemó. Por un momento pensó que iba a besarla. Pensó que su cuerpo estaba
tamborileando con una necesidad tan poderosa como la suya. Que el tirón sería
tan irresistible para él como para ella. Que tenía lo que se necesitaba para atraer
a un hombre como él.

En su lugar, su boca se curvó en una sonrisa lenta:- No soy tan fácil de atrapar,
pequeña. Creedme, si solo un rostro bonito y un par de pechos descarados
hicieran falta, me habría encontrado de pie en 92

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la puerta de la iglesia hace años.

Cate se arrancó, retrocediendo horrorizado. Dios mío, ¿qué había estado


pensando? No había estado tratando de atraparlo en cualquier cosa excepto tal
vez un beso. Pero, ¿había pensado en utilizar su cuerpo para hacerlo?

No era sensual ni encantadora. Ni intrigaba, ni cautivaba. Ella no era el tipo de


mujer que los hombres no podían resistirse a besarla (¡como lo demostraba el
hecho de que tenía veinte años y nunca había sido besada!). Ella era "linda", no
hermosa. Su cuerpo estaba tenso y fuerte de la lucha, no suave y exuberante para
hacer el amor.

Y su rechazo le recordó eso. Aplastó su confianza femenina, y peor aún, la hizo


sentir tonta por intentarlo.

Ella esperaba que las lágrimas que le ahogaban la garganta no le hubieran


alcanzado los ojos.

-Quería que me besarais porque os amo. Porque cada vez que cierro mis ojos y
sueño de cómo será mi primer beso, vuestra es la única cara que veo. Porque
tengo veinte años y nunca he querido a nadie más que a vos. Y porque pensé que
queríais besarme también. Así que si vais a acusarme de cualquier cosa, que sea
por ser un tonta para pensar que tenía lo que se necesitaba para tentaros.

93
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Capítulo 9

Gregor luchaba por su último suspiro de aire. No podía respirar. ¿Tener lo que se
necesita para tentarlo? ¿La muchacha tenia alguna idea de lo difícil que había
sido para él alejarse?

¿Cómo esa sensación de sus pechos contra su pecho había puesto fin a
terminaciones nerviosas que ni siquiera sabía que tenía? ¿Cómo se había
endurecido su piel, su sangre se había calentado, y su polla se había engrosado
hasta que estaba golpeando contra su estómago con la necesidad que no había
sentido desde que tenía su edad? ¿Cuánto quería empujarla contra la pared de las
cuadras y darle exactamente lo que pedía, y probablemente un montón de cosas
más?

No, se dio cuenta, mirando sus brillantes ojos. No lo hizo. No tenía ni idea. Era
inocente y dulce y, a pesar de lo que había dicho, sin ningún artificio femenino
de lo que hablar.

Se alegraría de que estuviera tan en la oscuridad si no fuera por las lágrimas.


Lágrimas que estaba luchando por esconder. Lágrimas que le decían que la había
herido de una manera que no había querido, en un lugar vulnerable. El aire de la
confianza femenina le mostraba todo. El vestido, el pelo, la dama perfecta del
castillo -Cate estaba probando su feminidad de una manera que nunca había
tenido antes-. Lo único que tenía que hacer era mirarla ahora y ver lo cómoda
que estaba en los trapos de un campesino en el patio de prácticas, para saber que
no podía haber sido fácil para ella. Justo como sabía que si él le dejaba pensar
que no era deseable, aplastaría su orgullo femenino hasta hacerle polvo.

Si era honesto consigo mismo -lo que no quería ser, maldita fuera-, también
admitiría que, egoístamente, quería ser el primero en besarla. Que sabía lo cerca
que su hermano había estado de besarla, y sólo imaginarlo todavía lo lleva a
medio enloquecerse y lo llenaba de una nueva emoción: celos. Ni siquiera
cuando regresó a Dunlyon y vio a la mujer con la que creía casarse al lado de su
hermano se había sentido así. Eso había sido más sorpresa... y luego le picó el
orgullo y la vergüenza cuando se dio cuenta de que lo había usado. Quizás sabía
mejor que nadie lo frágil que podía ser el orgullo de un joven.
Él cuadró sus hombros como si se estuviera preparando para la batalla mientras
miraba fijamente el rostro pecas y manchado de suciedad que se volvía hacia el
suyo. Un beso, se dijo. Podía manejar un beso por el bien de su incipiente
confianza.

-Venid aquí, Cate.

Su voz era tan ronca, lo miró cautelosamente:- ¿Por qué? -no respondió, pero
sólo mantuvo su mirada fija. Mordiéndose nerviosamente el labio, se acercó a
él-. ¿Qué deseáis?

Él inclinó su barbilla hacia atrás con la curva de su dedo, sosteniendo su mirada


con la suya. Cristo, era bonita. Ojos grandes bajo las cejas rectas y delicadas,
nariz delgada, pómulos altos en el óvalo perfecto de su rostro, barbilla
puntiaguda y labios suavemente curvados que eran casi demasiado rojos para
creer que no habían sido manchados con bayas trituradas. Incluso arruinada, con
el cabello recogido y vestido con algunas de las prendas más horribles que había
visto en una mujer, le cortaba el aliento.

-Tenéis más que suficiente para tentarme, Cate, y lo voy a probar.

94

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

La delicada línea de sus cejas se juntó:- ¿Cómo?

Se veía tan desconcertada que tuvo que sonreír:- Voy a daros vuestro primer beso
-abrió los ojos.

-¿Vos qué? –asintió-. ¿Qué hago? -su voz se tambaleó un poco.

Cristo, ¿ahora estaba insegura? Se echó a reír y negó con la cabeza, pensando
que si no le explicaba, esto podría durar todo el día:- Cerrad vuestros ojos.

Ella hizo lo que le pidió, pero luego inmediatamente, le echó un vistazo-. ¿Estáis
seguro? Como es mi primera vez, no quiero perder nada.
Se rio con voz ronca. Sólo la anticipación de besarla le hacía palpitar:- ¿Queréis
que os bese o no, Cate?

El ojo se cerró de inmediato.

Se detuvo, detenido por sólo mirarla. Respirad, pensó para sí, pero sus pulmones
no parecían absorber el aire al ver su rostro girado hacia el suyo con tanta
confianza e inocente entrega.

Su corazón latía con fuerza y su algodón de repente se sentía como si hubiera


sido hecho para Pip.

Sólo un beso. Algo que había hecho cientos de veces. Pero quería hacer esto
bien, realmente bien.

Merecía algo especial, y él reuniría cada pedacito de su habilidad para dárselo.

Lentamente, deseando saborear cada momento de esto, bajó su boca a la suya. Él


oyó su respiración aguda mientras sus labios rozaron los suyos y sentía algo
atascado en su pecho.

¿Sus pulmones? ¿Su corazón? No lo sabía, pero todo parecía comenzar a doler.
Sabía tan dulce, que quería más. Incluso le dolía.

Se pasó la boca por los labios aterciopelados de nuevo. Tan suaves. Tan
increíblemente suaves.

Tenía que dejar que su boca se detuviera, presionar un poco más, pero eso era
todo, se aseguró.

Sostuvo su boca allí, dándole un beso, pero no cediendo al impulso que golpeaba
a través de su cuerpo. El deseo de levantarse contra ella, abrir sus labios debajo
de él, y probar cada centímetro de esa boca sedosa y dulce con su lengua.

Retroceded. Tenéis que retroceder.

Pero Dios, se sentía tan bien, y había estado deseando hacer esto durante tanto
tiempo. Sólo un momento más y juró. Ella gimió, y cualquier promesa que había
estado a punto de hacer para sí mismo se perdió en la oleada de lujuria que le
atravesó mientras su boca se abría bajo la de él.
Dejó caer la mano de la suave sujeción de su barbilla y la sumergió en el nudo de
la parte posterior de su cabeza para atraer su boca más firmemente contra la de
él, mientras su otra mano se deslizaba alrededor de su cintura para llevar su
cuerpo contra el suyo.

Oh, dios, sí. Él gimió cuando la sensación cayó sobre él en una ola caliente y lo
arrastró por debajo.

No hubo retención.

¿Un beso? Era un idiota.

La respiración de Cate se calmó mientras esperaba que sus labios finalmente


tocaran los suyos. El 95

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

primer roce fue tan suave y ligero, que en realidad se preguntaba si se lo habría
imaginado. Pero entonces la rozó de nuevo y el calor del contacto la llamó hasta
los pies.

Sintió que su corazón intentaba saltar fuera de su pecho, pero la atrapó y la


arrastró hacia abajo. Sin embargo, no podía controlar el aleteo. La excitación en
ciernes. La abrumadora euforia de saber que estaba siendo besada por el hombre
al que amaba.

Finalmente.

Cate había soñado ese momento tantas veces, que pensaba que sabía qué esperar.
Pero la sensación de su boca sobre la suya era diferente a cualquier cosa que ella
hubiera imaginado. Era cálido y posesivo, tierno y dulce, y tan exquisitamente
perfecto mil sueños no podrían haberlo capturado.

Nunca había soñado lo bien que se sentiría. Los suaves qué serían sus labios.
Cómo sabría probar el débil sabor de menta de la pasta que había usado para
limpiar sus dientes. Cómo el calor de su cuerpo la envolvería. Cómo le
hormiguearía la piel. Y sobre todo, cómo el suave pincel de sus labios podía
agitar un deseo tan fuerte dentro de ella por más.
Un deseo que sólo se intensificó cuando sus labios se apretaron contra los suyos
y se sostuvieron.

Suavemente al principio, y luego con una presión creciente que hizo que su
corazón comenzara a golpear contra sus costillas con anticipación instintiva.

Las sensaciones se intensificaron y se agitaron más rápidamente. Más caliente.


La maravilla y la euforia se convirtieron en ardiente deseo y ardiente necesidad.
No sabía lo que quería, pero sintió que se cernía justo más allá de su alcance.

Ella gimió en una súplica silenciosa, y eso fue todo lo que necesitó saber. Era
como si una presa se rompiera, y toda la pasión que había estado reteniendo se
desplomase en un maremoto.

Estaba de repente en sus brazos, su cuerpo presionado contra el suyo. Sus dedos
se clavaban en su cabello para sujetarle la parte de atrás de la cabeza y traer su
boca más completamente, más posesivamente, contra la suya.

Su jadeo de sorpresa fue seguido por uno aún más grande, cuando se aprovechó
de su boca abierta para llenarla con su lengua. Lentos, lentos, increíbles tirones
de su lengua que exigían una respuesta.

Tentativamente se lo dio a él, y el gemido bajo que emanó de algún lugar bajo
dentro de él era toda la respuesta que necesitaba saber que era la correcta.

Él besó con la habilidad de un maestro artesano, la experiencia de un pícaro, y la


de un erudito.

Sabía exactamente cómo sacar cada onza de placer con cada golpe hábil. Él le
enseñó cómo rodear su lengua contra la suya, cómo golpear, cómo empujar,
cómo burlarse, cómo inclinar su boca y tomarlo más profundamente.

Se volvió más audaz, devolviéndole el beso con un fervor creciente que igualaba
el suyo. Pero no fue suficiente. Incluso cuando la dobló de espaldas y la tomó
aún más profundamente en el hueco de su cuerpo, el hambre y el deseo sólo
parecía empeorar. El fervor se convirtió en un frenesí: una violenta tormenta de
respiraciones pesadas, corazones palpitantes, bocas quebradas y lenguas
enredadas.

No era nada como los besos controlados que había visto antes. Era cruda, intensa
y ferozmente 96

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

apasionada. Voraz. La besó como si muriera de hambre y muriera si no la


tuviera. Como si fuera la única mujer del mundo para él, y nunca se haría lo
suficiente de ella.

Y sabía que jamás se cansaría de él. Gregor MacGregor sería el primer hombre
que besara y el último. Si alguna vez había necesitado pruebas de que debían
serlo, lo tenía. Le pertenecía, y ya no podía negarlo. La posesividad caliente de
su abrazo no mentía. La marcó con su boca, su lengua, sus manos, reclamando
cada parte de ella.

Las sensaciones se estaban volviendo más difíciles ahora, a través de ella en una
panoplia de rápido movimiento de sentimiento y percepción. El rasguño de su
mandíbula contra su piel sensible. El calor húmedo de su boca como devoró su
cuello y garganta. El aplastamiento de sus pechos contra su pecho. El suave
latido de sus pezones mientras su pulgar rozaba sobre el suyo. La huella de su
mano en su cadera. Su trasero. Captándola y levantándola contra su...

Dios, tened piedad.

Su estómago caía. Podía sentirlo entre sus piernas, gruesas y duras. Una larga
columna de acero montada contra ella, que le lanzó una oleada de humedad entre
las piernas. Sabiendo lo que pasaba entre un hombre y una mujer, habría pensado
que el ajuste era imposible.

Pero una vez que empezó a moverse, lo reconsideró. El calor la inundó. Sus
pechos se hicieron pesados, y su cuerpo se volvió suave y dulce. Flexible.
Ajustado. Listo.

Ella puo sus manos alrededor de su cuello antes de que sus piernas se perdieran.
Estaba hormigueando, palpitando con algo. Apenas podía pararse y, sin
embargo, necesitaba...

Movimiento. Cate casi lloró de alivio, se sintió tan bien. Se sentía tan bien. El
suave giro de las caderas se convirtió en una dura rutina mientras su cuerpo
buscaba más presión, más fricción, más placer.

¡Y Dios, cómo se la dio! Su boca, su lengua, su grueso acero.

Sin embargo, todavía su codicioso cuerpo no estaba satisfecho. El dolor se


intensificó. Creció más insistente. Sus suaves gemidos se aceleraron en jadeos,
suplicando –pidiendo-, que lo aliviara de la frenética inquietud que se
desarrollaba dentro de ella. Podía sentir sus músculos tensándose bajo las yemas
de sus dedos, mientras él, también, luchaba contra las exigencias de su propio
deseo.

Algo maravilloso estaba a punto de suceder, y Cate no podía esperar -realmente


no podía esperar-para descubrir lo que era.

Gregor había caído en la locura. Esa era la única explicación de lo que estaba
sucediendo.

¿Qué otra cosa más que locura podía explicar el oscuro frenesí de necesidad que
había alcanzado su mente, despojándolo de la racionalidad y convirtiendo el
alabado acero de su control en polvo?

Sabía que debía detenerse, pero no podía obligar a sus miembros a retroceder.
Sabía demasiado bien. Sus labios eran demasiado suaves. Su piel demasiado
dulce. Su boca estaba demasiado caliente. Su cuerpo apretado y firme.

¿Sensible? Qué maldita subestimación. Ella era como un barril de polvo negro
de Sutherland, su pasión listo para explotar a la primera chispa. Su chispa. Y el
poder de la misma –el peligro-provocó una emoción que lo atravesó, incluso
cuando conocía la amenaza.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Sólo un sabor más, un toque más. Pero no era suficiente. No sería suficiente
hasta que estuviera dentro de ella y gritara su nombre mientras su cuerpo se
rompía alrededor de él.
E incluso entonces podría no ser suficiente.

Apartó el pensamiento errante. Eso era ridículo. Era lujuria, eso era todo.

Pero nunca antes había sentido la lujuria. La lujuria que era cruda y primitiva y
le llenaba de una ciega necesidad de hacerla suya. Lujuria que no conocía límites
de honor. La lujuria que se elevaba dentro de él y no se soltaba. Se apoderó de
ella con fuerza.

Sí, estaba duro. Tan condenadamente duro. Y la sensación de que ella se


deslizara contra él, montando sobre él mientras hacía esas respiraciones
entrecortadas de placer, sabiendo lo cerca que estaba de romperse sólo por la
sensación de su polla entre sus piernas, casi lo llevó al borde.

Allí en el patio de prácticas, a la sombra de los cuarteles, a media tarde, cuando


alguien podía encontrarlos, casi le hizo correrse como un escudero con su
primera criada. Darse cuenta de lo que estaba sucediendo -la pequeña intrusión
de la realidad en su cerebro luto por la lujuria-, le dio la fuerza suficiente para
alejarse. Duramente. Con algunas maldiciones de elección.

Ella tropezó, pero logró estabilizarse antes de caer, lo que era algo bueno, ya que
no estaba en condiciones de reaccionar.

Su cuerpo estaba en llamas. Cada músculo estaba flexionado y tenso, mientras


luchaba por controlar el deseo que aún recorría su sangre como un incendio. Se
sentía tan apretado como una de sus cuerdas de arco, cebado, dibujado y listo
para desplegarse. Un toque, un empujón, y volvería a estar en sus brazos de
nuevo.

No podía hacer eso. Él nunca podría hacer eso otra vez. Pero quería hacerlo de
nuevo ahora mismo.

Especialmente cuando lo miró con sus mejillas enrojecidas, sus labios besados y
sus ojos llenos de pasión. Dios, ella era dulce. Sensible. Ansiosa. Apasionada.
Tan apasionada como lo conocía. No, más.

-¿Qué pasó?

Casi os hice estallar. Perdí la cabeza y casi fui demasiado lejos. Pero no dijo eso.
Encontró un control sobre su cordura y forzó su sangre a enfriarse:- Os di
vuestro primer beso -y casi todo un infierno de mucho más.

-¿Por qué os detuvisteis?

-Porque había terminado.

Sus cejas se juntaron sobre su nariz:- No se sentía así.

Que Dios le ayudara. Casi gimió. Sería agradable, realmente agradable,


especialmente ahora cuando estaba tratando de no pensar en ello de nuevo, si no
dijo exactamente lo que estaba en su mente.

-Bueno, lo fue. Tendréis que aceptar mi palabra.

Lo miró fijamente, como si fuera a discutir. Pero entonces una sonrisa lenta, tal
vez un poco tímida, volvió su boca:- Fue maravilloso, pero quizás, la próxima
vez podráis seguir...

-¿La próxima vez? -algo notablemente como el miedo hizo que su voz saliera
más fuerte y con más fuerza de lo que pretendía-. No va a haber una próxima
vez.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

La sonrisa cayó:- ¿Qué queréis decir? Pensé…

Su voz se cayó y lo miró con tanta confusión en sus ojos, casi la alcanzó. Casi.
Pero nada había cambiado, salvo que ahora sabía lo peligroso que era tocarla. No
era el hombre para ella, y no importaba cuánto quisiera ser el que mostrara su
pasión, no sería el que lo hiciera.

Sus instintos se rebelaron, pero él los apartó.- Fue sólo un beso, Cate. No leáis
nada más. Nada ha cambiado.

Cate lo miró conmocionado, notando el testarudo conjunto de la mandíbula que


aún podía sentir rascarse contra su cuello y garganta mientras él la violaba. ¿Sólo
un beso? ¿Nada ha cambiado?

¿Cómo podría decir eso después de lo que pasó? Podía ser inocente e inexperta,
pero no era estúpida. Ese beso había significado algo... y no sólo para ella. Lo
había sentido también, aunque quizá quisiera que pensara de otra manera.

Sí, eso es exactamente lo que quería. Sus ojos se estrecharon:- Así que no
sentísteis nada especial,

¿es eso lo que estáis diciendo?

Fue recompensada por una chispa de verde en esos ojos celestiales:- Creo que
sabéis exactamente lo que sentí.

Su mirada cayó instintivamente, e incluso sabiendo que estaba tratando de


avergonzarla no impidió que sus mejillas se calentaran al recordar cómo se había
sentido entre sus piernas. Un dolor revoloteó en su vientre, pero ella no le dejó
distraerla.

-Ah, sí, sólo lujuria, ¿no es así? Sabéis que es gracioso, no recuerdo vuestro beso
con Seonaid o Màiri o cualquiera de las otras mujeres con las que os he visto así.
Pero, de nuevo, no soy una experta en el tema. –sonrió-. Aunque espero que no
sea así por mucho tiempo.

Su expresión cambió tan rápidamente que no tuvo tiempo de reaccionar. La


agarró por el brazo y la atrajo hacia él, su mirada penetrante.

-¿De qué estáis hablando? Os dije que no habrá una próxima vez.

Ella sonrió dulcemente, a pesar de los dedos que le clavaban el brazo y la furiosa
expresión de los gritados dientes del guerrero amenazante tratando de mirarla:-
Quizá no con vos.

Sus ojos se volvieron tan oscuros que parecían casi negros:- ¿Qué diablos se
supone que significa eso?

Cuidadosamente, desplegó sus dedos de su brazo, y luego rozó el lugar como si


su contacto hubiera sido simplemente una molestia y no era como una marca en
su piel.:- ¿Qué creéis que significa?
Ahora que he tenido mi primer beso, me pregunto por qué he estado esperando.
Fue muy agradable.

-¿Agradable? -se quejó, obviamente no feliz con su elección de adjetivo.

-Sí, bastante agradable, pero de nuevo, a diferencia de vos, no tengo nada con
que compararlo. Sin embargo -arqueó una ceja, mirándolo suspicazmente-.
También soy bastante curiosa en cuanto a lo que viene después. Tengo la
sensación de que estáis olvidando algo.

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Por un momento pensó que lo había empujado demasiado lejos. Parecía que no
podía decidir si empujarla contra la pared más cercana y terminar lo que habían
comenzado o doblarla sobre su rodilla.

Él tampoco lo hizo. Pero su mirada la clavó como verdes estacas calientes-. No


me olvidé de una maldita cosa. Y no descubriréis lo que viene después hasta que
estéis casada. Mientras yo sea vuestro tutor, no besaréis a nadie, a nadie, ¿me
entendéis? No voy a permitir que vuestra reputación se manche.

Ella dio una risa aguda:- Eso es un poco irónico, ¿no? Fue sólo un beso,
¿recordáis ? Y como el único hombre con el que yo consideraría casarme ha
dejado claro que no quiere casarse conmigo, no me casaré con nadie. Estoy
seguro de que mi reputación puede soportar el daño potencial de unos cuantos
besos inofensivos.

Su piel se sacudió por el calor de su mirada:- No me presionéis, Cate. Sé lo que


estáis tratando de hacer, y no funcionará. No voy a cambiar de opinión.

Ella enfrentó el desafío con uno de los suyos:- ¿Sí?

Su mandíbula apretada tan fuerte, pensó que sus dientes podrían romperse:- Sí.

Sostuvo su mirada:- Vamos a ver -empezó a alejarse, volviéndose cuando


recordó lo que había dicho-. ¿A qué hora debo estar lista?"
Claramente, lo había confundido. Por una vez parecía desorientado, y decidió
que le gustaba, le gustaba mucho. La idea de que podía desbalancear al intocable
Gregor MacGregor envió una emoción claramente embriagadora de poder
femenino disparando a través de ella.

-¿Para qué?

-Me ibáis a enseñar algunos movimientos nuevos. En el patio de prácticas.

-Sé lo que queríais decir -dijo bruscamente, aunque estaba claro que había estado
pensando en movimientos en un lugar diferente-. Después de la comida del
mediodía. Tengo que ocuparme de la mañana.

-Estaré esperando -dijo.

Por el modo en que apretó los dientes, asumió que el sentimiento no era mutuo.
Que obviamente no estaba deseando estar cerca de ella, puso un claro rebote en
su paso mientras se alejaba.

Sólo un beso, ¡Ja! Nunca había pensado que iba a ver el día, pero Gregor
MacGregor, el más temido arquero de las Tierras Altas, estaba asustado de ella.
Luchaba contra lo inevitable con todo lo que tenía, pero no sería suficiente. Lo
sabía tan bien como él, aunque todavía no estaba listo para admitirlo. Pero lo
haría. Podría tomar algunos más de esos "justos" besos para demostrárselo, pero
lo que había entre ellos era especial. Por primera vez, Cate sintió como si sus
sueños estuvieran verdaderamente a su alcance.

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Capítulo 10

Gregor la observó alejarse y se preguntó qué demonios había sucedido. Miró


alrededor del patio de prácticas, esperando ver árboles desenterrados, cajas
volteadas y heno disperso por todo el lugar.

Todas las señales del torbellino que acababa de derribarlo de sus pies. Huracán
Cate.

¿Qué le había ocurrido? Esta era Caitrina. La pequeña Caitrina. La muchacha de


la que se suponía que era responsable. La muchacha que se suponía que debía
proteger. Desde el principio, había sentido una extraña protección hacia ella,
pero eso seguro como el infierno no incluía casi la violación en el patio.

¿Qué podía haber estado pensando para besarla así? No había estado pensando.
Ese era el problema.

Había estado demasiado ocupado sintiéndose... increíble. Nunca le había pasado


nada semejante.

Nunca había perdido el control de esa manera. No perdía el control. Y seguro


que no por un beso.

Lo peor era que ella lo sabía, y pensaba que significaba algo.

Significaba algo, de acuerdo. Significaba que quería llevársela a su cama y


sacudirla sin sentido, no casarse con ella. Pero como no podía hacer lo primero
sin lo segundo, iba a tener que fingir que el beso nunca había sucedido.

Como si eso fuera posible, cuando cada vez que la miraba, estaría pensando en
lo dulce que era boca, en lo sedosa que su lengua se había deslizado contra la
suya, en lo apretado que su cuerpo se había sentido bajo sus manos, en lo firmes
que eran sus pechos y cómo había hecho todos esas ansiosas, respiraciones
profundas en su oído mientras se frotaba contra él. Sin motivo.

No penséis en ello.

Haced lo correcto.

Era todo lo que podía pensar. Besarla había sido un error aún mayor de lo que
había temido. Un poco de orgullo femenino dañado por su parte no era nada
comparado con la tortura que estaría sufriendo hasta que pudiera regresar a
Bruce.

Acechando por el patio, se metió en el arsenal para recuperar su arco.


Permaneció allí mirándolo un momento antes de recoger una lanza lanzadora en
su lugar. Había estado inactivo durante mucho tiempo. Ese era su problema. Una
vez que volviera al campo de batalla, se olvidaría de Cate y sus besos de locura y
se concentraría en lo que mejor sabía hacer: eliminar a los blancos y ver al
hombre en quien había llegado a creer más que ningún otro seguro en su trono.

Gregor podría haberse unido a la Guardia para alejarse de Isobel y demostrar que
era más que un rostro "bonito", pero se había quedado a causa de Robert de
Bruce. Era Bruce en quien él creía, por quien luchaba y a quien nunca había
querido fallar.

No habría otra decepción como Berwick.

Pero aún no estaba listo para su arco. En todo caso, estaba más distraído que
cuando había llegado, maldita sea. Maldijo y estaba a punto de salir del arsenal
cuando un hombre bloqueó la puerta.

-¿Qué diablos fue eso? -preguntó John.

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Àriel x

Por un momento, Gregor pensó que su hermano se refería al beso. Pero al darse
cuenta de que era sólo sobre el trabajo, forzó las defensas instintivas que habían
vuelto a caer.

-¿Tal vez deba haceros esa pregunta? ¿Qué creíaus que hacíais con Cate?

John entrecerró los ojos:- ¿Cómo se veía? Estaba entrenándola.

-Parecía algo más que entrenamiento para mí. Parecía que estabais pensando en
besarla.

Los ojos de John chispearon peligrosamente. Pero Gregor no prestó atención a la


advertencia. Su hermano menor era un buen luchador, pero Gregor era uno de
los mejores:- ¿Y qué si lo estuviera?

Es una chica linda.


Esta vez fue Gregor quien lo amenazó. Se acercó a su hermano, tensando los
brazos y flexionándose para una pelea. No era una niña, y no era linda. Era más
que eso.

-¿No vais a negarlo?

-¿Por qué debería?

-Porque es nuestra responsabilidad, maldita sea. Está bajo nuestra protección.


Aprovecharse de ella de manera estaría mal.

-¿A quién intentais convencer? ¿A mi o a vos?

Gregor le lanzó un puño a la barbilla, que John bloqueó hábilmente. El golpe de


seguimiento en sus costillas, sin embargo, no lo hizo, y aterrizó con un golpe
satisfactorio. La satisfacción no fue larga, sin embargo, cuando John se recuperó
rápidamente y tomó represalias con un golpe al lado de Gregor. Después de unos
cuantos intercambios de puños, un codo y una rodilla, ambos estaban
ensangrentados, magullados y respirando pesadamente.

Gregor ya se sentía mejor. Esto era justo lo que necesitaba:- Manteneos lejos de
ella, John. Me ocuparé de su "entrenamiento" por ahora. No es para vos.

-Entonces, ¿para quién es? ¿Uno de los hombres a los que habéis estado
escribiendo? ¿Ya le habéis encontrado un marido adecuado?

Gregor apretó los dientes, sin saber si quería responder o lanzar otro golpe:- No,
todavía no.

-¿Sabéis lo que pienso? Creo que estáis celoso. Creo que no la habéis encontrado
marido porque no podéis soportar pensar en ella con otra persona. Incluso yo.

Gregor se puso rojo:- ¿Así que la queréis?

-Puede que si no estuviera convencido de que está enamorada de otra persona, lo


haría - yo. Gregor dio un paso atrás, parando la pelea de repente. John se refiere
a mí.

-Piensa que está enamorada de otra persona.


-¿Y estáis tan seguro de que no?

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Àriel x

Diablos, no sabía qué pensar:- No importa.

John le dedicó una larga mirada que le recordó demasiado a su padre. Débiles.
Nunca valiste nada.

Una decepción. Pero le había demostrado que estaba equivocado. El rey de


Escocia confiaba en él, maldita sea.

-Si eso es cierto, entonces hacednos un favor a todos y encontradle un esposo


antes de que hagamos algo que lamentaremos.

-No necesito un sermón de mi hermanito. Sé cómo controlarme. He tenido algo


de experiencia con las mujeres, ¿sabéis?

-Sí, pero ninguns de ellas era Cate.

Con palabras que eran mucho más verdaderas de lo que Gregor quería que
fueran, John lo dejó de pie allí. Cate era diferente, maldita sea. No podía tratarla
de la misma manera que lo hacía con otras mujeres, lo que significaba que no
sabía cómo tratar con ella en absoluto. Estaba acostumbrado a dar a las mujeres
lo que querían, es decir, una noche o dos de placer, pero eso no era una opción
con Cate. Lo que le dejó en el suelo desconocido de ser atraído por una mujer y
tener que lidiar con ella fuera del dormitorio.

Él nunca debería haberla traído aquí en primer lugar. No tenía por qué haber
asumido la responsabilidad de una niña. Pero eran cinco años demasiado tarde
para recriminaciones. Ahora lo mejor que podía hacer era sacarla de aquí antes
de que hiciera algo que lamentarían.

Ni siquiera la notable ausencia de Gregor en la comida de la noche podía poner


un resquicio en la felicidad de Cate. En todo caso, tal vez la reforzó. Que la
estuviera evitando sólo probaba que el beso había significado algo para él.
Supuso que había salido con su arco, aunque, por extraño que pareciera, no lo
había visto desde que llegó.

Gregor siempre desaparecía durante horas con su arco cuando estaba molesto o
necesitaba pensar.

Su madre estaba convencida de que se había convertido en un buen arquero a


causa de todas las discusiones que Gregor tenía con su padre cuando era más
joven. Cate pensó que probablemente había algo de verdad en eso, pero la
habilidad natural, la determinación y el impulso de ser el mejor factor en ella
también.

Deseaba que su padre estuviera vivo para verlo. Aunque Duncan MacGregor
había estado muerto durante varios años antes de que Cate llegara, sabía lo
mucho que su opinión, su desprecio, había motivado a Gregor. Pero había
demostrado que su padre estaba equivocado.

Su habilidad era realmente extraordinaria. Le encantaba verlo practicar y


deseaba haberlo visto competir en los Juegos de Highlands antes de la guerra.
Aunque a partir de las historias de la comitiva femenina que le siguió alrededor,
tal vez no lo hubiera disfrutado tanto.

Hablando de los sequitos femeninos, cuando entró en el pasillo para la comida


de la mañana, no le sorprendió verla llena de las mujeres que deseaban una
ojeada del laird hermoso. Sólo iba a empeorar en los próximos días con las
fiestas navideñas, y luego el festíval de Hogmanay, que era quizás por qué no
estaba deseando nada. Lo quería para sí misma. ¿Alguna vez lo dejarían en paz,
o las mujeres que se reunían a su alrededor era algo a lo que Cate tendría que
acostumbrarse?

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El pensamiento era ligeramente desconcertante. Deseaba haber tenido la


previsión de enamorarse de alguien que no hacía que las mujeres lanzaran sus
corazones -y el resto de sus cuerpos-, a él donde quiera que fuera. Sin duda sería
mucho más fácil en su temperamento. Cate tenía la sensación de que estaría
entrando en muchas salas durante los próximos años, con ganas de tirar más de
una bonita doncella a la oreja.

Le molestaba pensar que Gregor pudiera equipararla con las masas aduladoras.
No era como ellos.

Se mordió el labio, recordando sus no tan sutiles trucos de los primeros días en
que estaba en casa.

No había intentado atraparlo. Había intentado hacerle notar.

Con el hermoso laird visiblemente ausente de la mesa alta, John parecía estar
sosteniendo la corte en su lugar, pero cuando la vio, le hizo un gesto con la mano
para que tomara un lugar junto a él en el banco.

-Una mañana ocupada -dijo con una sonrisa-. Espero no interrumpir nada? -bajó
su voz-. No creo que Lizzie estuviera demasiado feliz para dejar espacio para mí
en el banquillo.

John le devolvió la sonrisa, mirando a la linda hija rubia del portero que había
regresado a su lugar junto a su padre en una de las otras mesas de caballete:- Sí,
bueno, no era ella quien quería ver de todos modos.

Cate arqueó la frente. Con la forma en que la rubia lo miraba, Cate no estaba tan
segura. John no necesitaba estar en la sombra de su hermano, y un día pronto se
daría cuenta de eso y saldría de él.

Eventualmente le diría a Gregor que quería pelear, no quedarse aquí y cuidar de


su explotación para él.

-¿Dónde está Gregor?

John se encogió de hombros, mirando como si su cotun no estuviera sentado


sobre sus hombros cómodamente:- Tenía algunos asuntos que atender esta
mañana.

-¿Más misivas? He visto a más mensajeros por aquí desde que llegó, de lo que
hemos tenido en el último año -su expresión se preocupó de repente-. No
creeréis que sea sobre la guerra, ¿verdad?
¿Está el rey planeando algo?

Era mejor que Bruce no lo llamara de nuevo, pensó amargamente. Inicialmente,


Cate había asumido que Gregor era uno de los muchos guerreros de las
Highlands que se habían unido al ejército de Bruce, bajo sus jefes. Pero no
parecía luchar a menudo con su tío Malcolm, jefe de los MacGregors.

Más menos que más, parecía estar cerca del rey mismo. Pero cada vez que le
preguntaba a él o a John sobre el papel de Gregor en el ejército del rey,
respondían vagamente. Como el tema no era uno que le gustaba discutir, no
persiguió el asunto, pero a veces se preguntaba si él estaba más cerca del rey de
lo que dejaba pasar. No queriendo pensar en eso, se volvió hacia John.

-Estoy seguro de que tiene más que ver con la fiesta -dijo.

Cate se relajó:- Ah, probablemente tenéis razón. ¿Ha invitado a muchos de los
clanes vecinos?

-Eso creo.

-Ha estado muy reservado al respecto. Casi como si estuviera planeando una
sorpresa de algún tipo.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Extrañamente, John no parecía estar evitando su mirada:- Estoy seguro de que


será una sorpresa.

-¿Qué?

Él la sacudió:- Nada, solo... -su voz cayó como si hubiese cambiado de opinión
acerca de lo que iba a decir-. Va a haber algunos cambios por aquí cuando mi
hermano se vaya, y no quiero que os hagan daño.

La sangre se le escurría de las mejillas:- ¿Entonces le han llamado? -Gregor le


había dicho que estaría en casa hasta la primera semana de enero.
John sacudió la cabeza:- No. Aún no. Pero pasará en el nuevo año, y quiero que
estéis preparada...

Claramente, estaba tratando de decirle algo:- ¿Preparada para qué? -de repente,
su corazón cayó-.

¿Ha dicho Gregor algo sobre los niños? ¿Quiere echarlos?

John inmediatamente puso una mano en su brazo para calmarla:- Gregor no me


ha dicho nada de los niños, aunque os advertí que no creía que les permitiera
quedarse.

-Tendríais que tener más fe en él -le advirtió Cate-, no es tan indiferente como
quiere que todos crean.

John la estudió:- Tal vez no, pero eso no significa que sea el hombre que queréis
que sea, Cate. No hay tal cosa como la fe ciega, y no quiero que os hagan daño.

-No me lo harán -dijo ella, creyéndolo-. No tenéis que preocuparos, sé lo que


estoy haciendo.

John no parecía convencido:- Prometedme que tendréis cuidado, Caty -se puso
rígida ante el cariño, aunque no se dio cuenta-. Os merecéis a alguien que os
haga feliz.

Estaba claro que no creía que Gregor fuera ese hombre.

Ella captó la dirección de su mirada y frunció el ceño:- Me pregunto lo que


Farquhar ha estado haciendo aquí tan temprano esta mañana. Ha estado cerca de
Dunlyon últimamente.

De hecho, después de que la escoltara de la iglesia ese día, parecía querer


intercambiar algunas palabras con ella antes de buscar a John. Esta vez, sin
embargo, parecía distraído y ni siquiera asentía en su dirección mientras pasaba
por el vestíbulo, al parecer en el camino hacia el solar del laird.

-Es un buen hombre -dijo John.

Ella frunció el ceño ante la forma extraña en que la estaba mirando:- Lo es.
¿Tiene negocios con Gregor?
-Sí, creo que sí.

Si su tono era un poco ominoso, Cate se dijo que no tenía nada que ver con ella.
Resultó que estaba equivocada.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-Puedo cuidar a la muchacha -dijo Farquhar, mirando fijamente a Gregor a los


ojo desde su asiento frente a la mesa. A pesar de su juventud y de la mirada
negra de Gregor, el hijo del funcionario local no parecía nervioso ni mostraba
ningún signo de retroceso. Gregor podría haberlo admirado si no le molestaba
tanto-. Más que proporcionar –continuó-. Me han ofrecido un puesto como
empleado en la casa del conde de Lennox con el mayordomo, que es un pariente
lejano de mi madre. Como el mayordomo no tiene hijo, me entrenará para tomar
su puesto.

Gregor debería estar extático. La esposa del futuro mayordomo del conde de
Lennox era mucho más allá de lo que hubiera esperado para Cate. Que el hijo del
funcionario local hubiera podido asegurar tal posición era testamento en sí
mismo a su ambición, perspicacia, y promesa. Incluso con la conexión de la
familia, debía haber impresionado a alguien mucho para que se haya distinguido.

Entonces, ¿por qué Gregor no estaba impresionado? ¿Y por qué le dolía la


mandíbula de estar apretando con tanta fuerza mientras el otro hombre
presentaba su oferta?

Porque todo el tiempo que hablaba Farquhar, era la voz de Cate que oía. " No
tengo nada con que compararlo". ¿Farquhar sería el siguiente hombre que la
besaría? La mano de Gregor se cerró alrededor de la copa de peltre que sostenía,
hasta que sus dedos se pusieron blancos.

-También estoy bastante curioso en cuanto a lo que viene después.

Reprimió una maldición y volvió a cerrar el contenido de la taza, apenas


saboreando el fino y caro clarete que él y Halcón habían interceptado en su
camino hacia el Castillo de Berwick el verano pasado para el rey Eduardo. El
segundo rey inglés con ese nombre podría no ser la mitad del rey que su padre
"Martillo de los escoceses", pero tenía un gusto sobresaliente en el vino.

Al darse cuenta de que el otro hombre lo miraba fijamente, esperando a que


dijera algo, Gregor obligó a retroceder la instintiva negativa que le saltaba a los
labios.

-¿Por qué Caitrina? -preguntó Gregor-. Apenas la conocéis.

Farquhar debió de oír algo en la voz de Gregor. Sus cejas se juntaron y su mirada
se intensificó.

-Todos en este pueblo conocen a Caitrina. He estado fuera unos años, pero ella
no ha cambiado.

-Algunos dirían que eso no es bueno.

La boca de Farquhar se endureció:-Entonces, es que son tontos. Caitrina es todo


lo que admiro en una mujer: es fuerte, inteligente, directa, leal, amable, y sin una
pizca de pretensión. Mis padres la adoran, y no creen que haya una chica en
Perthshire que fuera una esposa mejor. Hay algo real en ella. Es segura de sí
misma y cómoda con todos los grupos de gente, laird, comerciante, campesino.

Sabe estar en casa, en una cabaña o en un castillo.

La boca de Gregor cayó en una línea delgada. Todo era verdad, aunque por qué
le molestaba que Farquhar tan fácilmente identificara sus puntos más finos, no lo
sabía.

-¿Y vuestros temperamentos?

Farquhar frunció el ceño:- No entiendo. Sois serio y erudito. Cate es...

-¿Un espíritu libre y apasionado? -Farquhar terminó para él con una sonrisa
irónica-. Eso es parte de 106

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x
lo que me atrae de ella. Admiro lo que no tengo en mí. Pero no creo que eso
signifique que no estemos destinados, sino todo lo contrario. Sería una vida muy
aburrida de hecho con una esposa que fuera exactamente como yo. ¿Qué hombre
no querría más pasión en su vida?

Gregor sabía que el muchacho no quería decirlo de la manera en que sonaba,


pero le tomó todo lo que no tuvo para alcanzar a través de la mesa, agarrar al
muchacho por el cuello de su túnica, y poner otra marca en su nariz. Aunque era
un erudito, Farquhar parecía haber estado en más de una pelea.

Sus dedos iban a llevar el patrón de relieve de la copa de peltre, pero de lo


contrario no reaccionó:-

¿Y las inusuales actividades de Cate?

Fue recompensado con la primera incertidumbre en el rostro del joven. Sin


embargo, fiel a su naturaleza contemplativa, Farquhar pensó un momento antes
de responder:- No he sido entrenado como guerrero, pero sé cómo luchar y
proteger a mi esposa si surge la situación.

-¿Y si vuestra mujer ha sido entrenada como guerrera?

-Me alegraría mucho que ella pudiera defenderse cuando yo no pueda estar
cerca.

-"¿Así que no os opondríais a que continuara su entrenamiento?

La mandíbula de Farquhar se endureció. Estaba claro que no le gustaba ser


forzado a un rincón:-

Espero que no sienta la necesidad de continuar. Esperaría hacerla sentirse lo


suficientemente segura como para dejar a un lado su entrenamiento y sus armas -
sostuvo la mirada de Gregor-. Supongo que hay una razón por la que se siente
obligada a aprender a defenderse.

Astuto, así como aprendido. Gregor asintió.

Farquhar devolvió el asentimiento:- Entonces espero que confíe en mí, y quizás


juntos podamos encontrar una solución que nos haga a los dos estar contentos.
Las respuestas del muchacho eran casi demasiado perfectas como para creérselo.
El noventa y nueve por ciento de los hombres que Gregor sabía nunca
permitirían que su esposa entrenara en la guerra, y la excepción acababa de
entrar en su cámara. ¿Por qué demonios no se sentía tan afortunado?

Gregor se estaba quedando sin excusas. Infiernos. ¿Era eso lo que estaba
haciendo, tratando de encontrar excusas?:- ¿Dónde viviríais? -preguntó.

-Una cabaña cerca del castillo de Balloch al principio. Más tarde, en la torre del
mayordomo -no muy lejos, pero lo suficientemente lejos. Farquhar hizo una
pausa, obviamente queriendo poner fin al interrogatorio-. ¿Entonces, tengo
vuestro permiso? Me gustaría tener el asunto resuelto antes de irme a Balloch en
el nuevo año.

Gregor tocó distraídamente el tallo de su copa ahora vacía. Pensar. Pero


demonios, no podía pensar en ninguna razón para rechazar al hombre. Era la
solución perfecta para su problema. Con Cate cuidada, podría dejar a su clan en
manos capaces de John y volver a la Guardia sin ninguna responsabilidad no
deseada para distraerlo. No habría más preocupación por ella en momentos
inoportunos, ni más culpa por no estar allí más a menudo, ni más miedo de
decepcionar a alguien.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

No Cate y no el rey.

Eso era lo que quería, ¿no?

No estaba preparado para nada más. Ni laird, y seguro como el infierno que no
para ser un marido.

Le gustaba estar solo, haciendo lo que quería sin tener que explicarse a nadie.
Quería la libertad de no contar con nadie. Le gustaba no tener apegos en sus
compañeros de cama. Demonios, le gustaba la variedad.

Sólo la decepcionaría y probablemente rompería su corazón. No podía hacer eso.


No a Cate. No importaba cuánto le molestara la idea de que estuviera casada con
otra persona. No importaba lo especial que fuera, o lo caliente que le había
hecho a un beso. Se olvidaría de todo cuando volviera a la guerra.

No lo amaba de verdad. El hijo del funcionario local sería perfecto para ella.
Tenía cerca de su edad a los veintitantos años, atractivo de cara, inteligente y con
una posición futura que elevaría considerablemente su posición. Claramente,
Farquhar la admiraba y haría todo lo posible para hacerla feliz. ¿Qué más podría
pedir Gregor?

Respiró hondo, luchando contra la repentina opresión en su pecho:- Sí, tenéis mi


permiso. Le informaré a Cate de vuestra oferta, y si está de acuerdo, el
compromiso puede ser anunciado en la fiesta.

El muchacho lo observaba cuidadosamente, demasiado cuidadosamente:- ¿Hay


alguna razón por la que no estuviera de acuerdo? ¿Quizá otro pretendiente a
quien favorece?

Sí, definitivamente astuto. Gregor sabía lo que el otro hombre estaba


preguntando.

-Hay otros hombres que he considerado, pero vuestra oferta es la que le voy a
presentar. Yo soy su tutor.. Accederá a mi jucio y cumplirá con su deber...

Cate era como él en ese sentido. Tal vez no le gustara cumplir con su deber, pero
reconocía cuándo tenía uno. Pero Gregor estaba seguro de que no quería contarle
sus planes.

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Àriel x

Capítulo 11

Cate sostenía el plaid alrededor de su cuello para que no se deslizara de sus


hombros mientras se lanzaba a través de los árboles. Aunque sus mejillas
estaban calientes por el esfuerzo, y el sol comenzaba a romperse entre las nubes,
todavía hacía frío y un tiempo tempestuoso había cubierto el bosque y el cañón
con unos pocos centímetros de nieve la noche anterior.

-Te oigo, viejo diablo. ¡Te voy a coger!

Un grito sobresaltado, seguido por un chillido de risas excitadas que venían de


un árbol delante de ella (por no hablar de las diminutas, bien formadas, y
fácilmente localizables huellas en la nieve), le dijeron que se estaba acercando a
su presa.

-¿Dónde estará? -preguntó con su mejor voz de rufián, acercándose cada vez
más-. ¿Dónde estará Eddie...?

Al darse cuenta de que se estaba acercando, el niño dio otro chillido y salió
disparado desde detrás del árbol en un frenético esfuerzo por escapar. Cate se
tambaleó hacia adelante y envolvió sus brazos alrededor del niño cubierto de
lana de casi tres pies de alto, levantándolo en alto en el aire.

-¡Ja! ¡Os tengo ahora, y nunca os escaparéis!

Besó sus mejillas frías y pecosas, le hizo cosquillas en el vientre, y lo hizo girar
hasta que el niño estuvo temblando y gritando de risa. Podía besar esas mejillas
suaves para siempre. La efusión de afecto de ella hacia los más pequeños había
sido inesperada. También lo esperaba de Pip cuando estuviera listo para ello.

No había pasado mucho tiempo con niños pequeños antes y se había sorprendido
de lo fácil que era abrazar y besar. Calientes y cómodas, con su piel suave y
cabello sedoso, sosteniéndolos era como tener un perrito o un gatito: irresistible.

Sintió una punzada aguda entre sus costillas mientras el recuerdo de su madre
con su hijo la sobrecogía. ¿Era así como habría sido tener un hermano o una
hermana? ¿Era esto lo que había perdido? ¿Habrían jugado al escondite?
¿Habrían tenido batallas de palo y pateado pelotas alrededor, y jugado con el
cachorro en el granero, como lo hacía con Eddie (y Maddy cuando no estaba
enferma)?

Era raro que Cate se permitiera el dolor de recordar, pero por un momento pensó
en su madre y en el hermano que le habían quitado. La sensación de pérdida no
era tan aguda como lo había sido, pero todavía estaba allí. Siempre estaría allí, se
dio cuenta, pero Pip, Eddie y Maddy lo habían hecho más fácil de soportar.
Tenían que quedarse. Pertenecían aquí con ella... y Gregor, cuando él regresase
alrededor.

Consciente de la impredecible vejiga de Eddie, decidió que debía detenerse antes


de volver a casa con ropa húmeda. Sin embargo, el joven muchacho estaba
mejorando al llegar al guardarropa, y sabía que era porque estaba empezando a
sentirse seguro.

Gregor no los mandaría lejos. Pero la extraña conversación que había tenido con
John todavía la 109

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

molestaba. Claramente había estado tratando de advertirla de Gregor, y había


tenido la sensación de que había sido por una razón. ¿Eran los niños, o algo
más?

Con un último beso en la mejilla de Eddie y un abrazo apretado alrededor de sus


estrechas costillas, ella lo dejó en el suelo:- ¿Deberíamos buscar un árbol?

Asintió con la cabeza y agarró la zona entre sus piernas con tanta ansiedad, que
se dio cuenta de que probablemente se había detenido justo a tiempo.

Al cabo de un minuto, el niño dijo con orgullo:- ¡He hecho que la nieve florezca!

Por alguna razón, pensó que esto era hilarante y procedió a estallar en risitas otra
vez. –

-Nieve amalilla, nieva amalilla... Maddy no puede hacerlo así. Las chicas tienen
que agacharse, ¿lo sabíais? Estar de pie es mucho mejor.

¡Qué graciosos los temas de conversación de un niño de tres años de edad! En


privado, estuvo de acuerdo con su conclusión: los chicos definitivamente lo
tenían más fácil en ese sentido.

-Es todo un talento -dijo con ironía, echando una ojeada al logro artístico. La
limpieza tendría que venir más tarde, supuso-. Pero, tal vez, sea mejor que lo
guardéis para vos. No querríamos que Maddy se sintiera mal.
Se puso serio, considerando sus palabras con una gravedad que la hizo querer
apretarlo de nuevo.

Asintió con la cabeza:- Sí, probablemente tengáis razón. ¿Qué pasa con mi pa...?
-e detuvo, corrigiéndose-. ¿El laird?

Su pecho se restregó ante el relato. El niño había sido informado por su madre
antes de que lo hubiera abandonado que Gregor era su padre, pero incluso a los
tres tenía la edad suficiente para entender que Gregor no lo había reclamado. Eso
era algo que nunca había tenido que enfrentar. Su padre nunca había negado su
ascendencia. Pero como Eddie, incluso a una edad temprana, había comprendido
que era un bastardo. Se le había dado la oportunidad de abandonar el ridículo
público cuando abandonó Lochmaben, pero los recuerdos no eran tan fáciles de
borrar.

Su corazón se dirigió hacia el chico, deseando poder resguardarlo del inevitable


daño que la etiqueta le traería. Habría sido mucho más fácil si hubiera sido de
Gregor. No importaba lo que dijera el laird, sabía que no negaría su propia carne
y sangre. Pero ¿qué pasa con los niños que no eran suyos, pero lo necesitaban de
todos modos?

¿Y una esposa? Era una pregunta que nunca se había planteado. ¿Su bastardía le
haría una diferencia, si lo supiera? No quería pensar así, pero por primera vez, el
hecho de que le hubiera mentido no le sentó bien. Había estado pensando en sí
misma cuando le había dado un nombre diferente, no un matrimonio futuro.
Seguía siendo la misma persona, con independencia de que sus padres estuvieran
casados o no. ¿Qué importaba que su padre estuviera técnicamente vivo? Había
estado muerto para ella desde que tenía cinco años.

Podría importar.

Dejando a un lado su incertidumbre, sonrió al chaval. Gregor haría lo correcto.

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-Estoy segura de que al laird le encantará saberlo. ¿Deberíamos ir a buscarlo? -


De todos modos, se estaba acercando a la comida del mediodía.

Eddie asintió con la cabeza, y con su diminuta mano en la suya, empezaron a


abrirse paso entre los árboles. Mientras Eddie continuaba discutiendo sobre su
nuevo talento, los pensamientos de Cate se dirigieron hacia la sesión de práctica
de la tarde con Gregor. Por mucho que esperaba la posibilidad de pasar tiempo
con él y aprender de él, también estaba ansiosa por combinar ingenio y
habilidades con él. Quería impresionarle. Quería demostrarle que había tenido
razón al animarla. Pero sobre todo quería que la tomara en serio. Sabía que
siempre había pensado que sus actividades eran algo de juego, pero no lo eran
para ella. Estaba orgullosa de sus logros y quería que él también estuviera
orgulloso de ellos.

Quería que la viera tan fuerte. No como una niña que necesitaba protección. Ya
no quería ser la niña en el pozo. Quería que la cuidara no porque tuviera que
hacerlo, sino porque quería hacerlo.

Debió de haber perseguido a Eddie más profundamente en el bosque de lo que se


había dado cuenta.

Aún estaban muy lejos de Dunlyon cuando sintió una punzada en la nuca. El
instinto la hizo tensarse y miró detrás de ella. Tenía la sensación de ser
observada.

Sin ver nada, sin embargo sostuvo la mano de Eddie un poco más firme y
aceleró su paso.

La sensación se hizo más pronunciada a medida que avanzaban, y su corazón


comenzó a golpear más rápido. Cada pocos pasos le lanzaba una furtiva mirada,
pero incluso en el invierno, los árboles y los miembros cubiertos de nieve eran
densos, impidiéndole tener una visión clara en cualquier dirección. Estaba siendo
ridícula.

Pero la súbita aleta de los pájaros, perturbada por su refugio en las ramas de los
árboles, indicó que no era su imaginación. ¿Quién la vigilaría y trataría de
asustarla? ¿Dougal? No quería que el muchacho buscara venganza, pero no
parecía tener la paciencia ni la astucia para ponerse en la emboscada o para
diseñar un plan de miedo.

¿Podrían ser bandidos? Estaban tan aislados en la cañada, que era fácil olvidar
los problemas que afrontaban otras partes de Escocia: bandas ambulantes de
bandidos en las tierras bajas devastadas por la guerra, partidos de guerra de
soldados ingleses cerca de los castillos ingleses de guarnición y los clanes que
aún se oponían a Bruce, como los MacDowells en el suroeste.

Esta parte de las Highlands había estado en gran parte libre de conflicto desde
que los MacDougalls habían perdido la batalla de Brander a Bruce cuatro años
antes. La mayor parte del tiempo la guerra se sentía muy lejos de Roro y
Dunlyon. Si no fuera por la parte de Gregor en ella, casi podría olvidar el
peligro. Pero lo sentía ahora, escondida allí, escondida entre los árboles. Le
recordaba su infancia. Lochmaben, en el sur de Escocia, siempre había estado en
el corazón de la guerra. De las muchas cosas que Gregor le había dado, tal vez la
paz era la más significativa.

-Vamos demasiado rápido, Cate. Mis piernas son más -murmuró una maldición y
trató de enmascarar su creciente pánico. Retardando, pero sin detenerse, le
dirigió a Eddie una sonrisa alentadora.

-Lo siento, cariño, no quería que os lo perdierais.

-¿Perderme el qué?

-Le pedí a cocinero que hiciera una tarta especial de higos, pero también sabés
cuánto les gustan a 111

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Pip. El incentivo de perder en la tarta era todo lo que necesitaba para darle un
nuevo impulso de energía. Las pequeñas "piernas" de Eddie empezaron a
moverse tan rápido que prácticamente estaba corriendo.

Fue con gran alivio que el borde de la línea de árboles apareció delante de ellos.
Podía ver la casa de la torre ahora en la distancia más allá. Casi allí. Un sonido
detrás de ella hizo su turno. A unos veinte metros de distancia, un jinete atravesó
los árboles. Dándose cuenta de que lo había visto, se detuvo.

Cate se detuvo, también, paralizado por el horror. El terror extendió un brillo de


hielo sobre su piel, congelando sus extremidades. No podía moverse. Por un
momento que paró el corazón, pensó que era el soldado de sus pesadillas, el
hombre que había matado a su madre. Tenía el mismo pelo oscuro, la misma
barba bien recortada, las mismas aquilinas normandas...

Pero no. La niebla del pánico se despejó. No era él. Este hombre era más joven.
Su estructura no era tan gruesa. Su rostro no era tan hermoso, su expresión no
era tan fríamente arrogante. No estaba vestido con el cotun y el sobretodo de un
soldado inglés. Más bien llevaba el cotón de cuero y la tela escocesa de un
Highlander. Pero el parecido era extraño.

¿Por qué la seguía?

Un repentino y frenético ladrido en la dirección opuesta dibujó su mirada. Se


volvió hacia el castillo para ver al cachorro y Pip paseando por el paisaje
cubierto de nieve.

Pip rio al verla:- Me preguntaba por qué estaba tan emocionado. El cachorro se
lanzó como una flecha, y no sabía adónde iba.

Estaba a punto de gritarle una advertencia para que no llegara más lejos, cuando
miró al jinete y se dio cuenta de que se había ido.

-¿Os comisteis mi tarta, Pip? -dijo Eddie enojado.

-¿Qué tarta? -Pip se detuvo ante ella, respirando con dificultad. Su expresión
debía haberle hecho olvidar la extraña pregunta de Eddie-. ¿Qué pasa? ¿Por qué
está Eddie contra el árbol? -Cate bajó la mirada, sin darse cuenta de que había
empujado a Eddie detrás de ella para protegerlo-. Parecéis un fantasma.

-¿No lo visteis?

-¿A quién?

-El jinete.

Pip frunció el ceño:- No vi a nadie. ¿Os ha amenazado? Deberíamos decírselo a


John.

No Gregor. La repugnancia instantánea de Pip por Gregor parecía haberse


establecido en permanencia. Cate pensó durante un minuto, recordando los
hechos sin el terror. ¿El jinete la había amenazado? Había pensado que la estaba
siguiendo, pero podría haber estado pasando por el bosque. No había hecho nada
abiertamente, excepto mirarla y tener la desgracia de tener un marcado parecido
con el hombre que había perseguido sus noches durante cinco años.

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Sacudió su cabeza:- No hizo nada. Sólo me sobresaltó, eso es todo -había


reaccionado exageradamente. De repente, sintiéndose tonta, forzó una sonrisa en
sus labios. Probablemente era sólo un mensajero. El laird parecía tener uno
nuevo todos los días.

Pip recogió al cachorro, que había empezado a chillar cuando Eddie empezó a
"jugar" con él, ignorando la referencia a Gregor.

-Recordad que no le gusta cuando tira de su cola, Eddie. Tenéis que ser amable si
queréis que juegue con vos.

-Estaba siendo gentil -se quejo el niño pequeño.

Escuchando a Pip explicar los puntos más finos del cuidado del perro a Eddie
mientras caminaban hacia atrás aligeró su ánimo considerablemente. Se olvidó
del jinete y se concentró en el par de niños que habían empezado a sonar como
hermanos.

***

Gregor no tardó mucho en lamentar su promesa de entrenarla. Unos treinta


segundos, para ser exactos. Le había ordenado a Cate que lo atacara con un
cuchillo. fue sorprendentemente rápida y se movió sin dudarlo. Sin embargo,
había tenido años reaccionando ante amenazas. Agarró la mano que sostenía el
arma y retorció su brazo alrededor de su espalda, donde la daga cayó
inofensivamente al suelo.

El problema era que ahora estaba envuelto alrededor de ella, sosteniéndola por
detrás con su brazo alrededor de su cuello, y sus cuerpos estaban tocando todos
los lugares equivocados. Mientras luchaba contra la tensión de su brazo clavado
y el agarre alrededor de su cuello, su parte trasera tensa frotó contra él de una
manera que su polla -la idiota sin cerebro-, lo confundió con lo erótico.

Incapaz de tomar más, y no queriendo hacerle daño, la dejó ir. Se volvió de


inmediato hacia él, ojos oscuros disparando como la daga que acababa de caer.

-¿Por qué habéis hecho eso?

Él frunció el ceño, sin tener idea de por qué estaba tan furiosa:- Demonios, ¿os
he hecho daño? No quise hacerlo.

-¡Por supuesto que no me lastimasteis! No me disteis la oportunidad de escapar.

Parecía tan indignada que tuvo que esforzarse por no sonreír. Por una vez, no le
importó verla irritada. Había estado extrañamente tranquila en la comida del
mediodía antes, y se había preguntado si algo estaba mal. Parecía... molesta. Lo
que le había distraído de su conversación con Aonghus, su senescal Marischal –
tighe-, a quien se había encargado de enviar consultas sobre los niños, algunos
de los cuales habían comenzado a dar resultados.

Entonces, mientras caminaban hacia el patio de prácticas, no había sonreído ni


bromeado con él en absoluto. Había estado extrañamente intensa y concentrada.
Todos los negocios. Lo que era exactamente como debía actuar, no como un
chico loco por la lujuria que se puso rígido sólo por la sensación de una
muchacha presionada contra él.

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Àriel x

Él arqueó una ceja:- Tenía un brazo alrededor de su cuello y el otro estaba


torciendo su brazo detrás de su espalda. ¿Exactamente cómo pretendíais
escapar?

Sus ojos se estrecharon, escuchando su diversión:- Estaba pensando.

-No hay tiempo para pensar... podría haberos aplastado la garganta con el brazo.
Sus ojos cayeron sobre el miembro en cuestión, permaneciendo un poco
demasiado largo y agradecido sobre los espesos vientos del músculo. Casi gimió.
No todos los negocios, al parecer.

También había sido consciente de él. ¿Por qué eso sólo lo hacía más caliente?

Levantó su mirada de nuevo a la de él, lo cual no hizo nada para enfriar su


deseo. Maldita sea, era linda. Especialmente cuando estaba molesta con él así.
¿Por qué lo encontraba tan lindo, no tenía ninguna idea? Nada de sus
sentimientos por Cate tenía sentido. Había algo en su determinación feroz, en su
obstinación, en su manera directa, en la materia de hecho, y en su autoconfianza
que sólo le atraía a él. Se portaba como una dama noble, pero carecía de todo el
brillo superficial de la pretensión y la rígida adhesión a la convención.

Tales como los que la hubieran mantenido del campo de la práctica.

Cate seguía mirándolo fijamente:- Pensé que vos me dijisteis que la fuerza física
no lo era todo.

-No lo es. Pero hay veces en que puede ser...

-Pero no había acabado todavía. Tenía mi barbilla doblada para proteger mi


cuello. Aquí te os enseñaré.

A regañadientes, se dejó volver a la posición frustrantemente íntima. La estaba


sosteniendo para una demostración ahora, y ella no estaba luchando, pero su
conciencia crepitó de todos modos. Se sentía bien contra él. Realmente bien.
Pequeña y distintamente femenina, aunque había muy poco que era suave sobre
ella. No era exuberante y curvada, sino tensa y firme. Cuando le sujetó el brazo,
se sorprendió al descubrir que en realidad tenía músculos no gruesos y redondos
como los suyos, pero largos y elegantes como los de un corcel criado a toda
velocidad.

Se preguntó cómo se verían desnudos esos músculos.

-Tengo mi barbilla doblada para que no puedas... Gregor, ¿estáis prestando


atención?

-Sí -mintió de mala gana.


-No lo estáis haciendo bien. Tenéis que mantenerme más fuerte.

¡Cristo, no es lo que hay que decir ahora mismo!

Hizo lo que le pidió, aunque no así. Si hubiera sido así, ambos no tendrían ropa,
la mano que le rodeaba el cuello se hundiría entre sus piernas, y la otra le
acariciaría los senos mientras deslizaba lentamente hacia ella por detrás. Sería
"más difícil", bien. Duro y profundo.

Maldijo en silencio, cuando la imagen envió una nueva corriente de sangre a un


lugar que no tenía 114

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necesidad. Fueron presionados de nuevo, su metido en el escudo de su cuerpo.


Se percató de una suave fragancia de su cabello y estaba tratando de averiguar la
flor en su jabón cuando algo -el talón de su bota, se dio cuenta más tarde- se
estrelló con fuerza sobre su empeine.

Él gimió en estado de shock y no una pequeña cantidad de dolor, su cuerpo


naturalmente se movió hacia adelante con sorpresa. Estaba lista y aprovechó la
holgura del brazo alrededor de su cuello, torciendo lo suficiente para liberar el
brazo de su posición cerrada a su espalda, girar su pie detrás del suyo y golpearlo
en el culo.

No sabía si era el suelo o el choque el que sacudía el aire de sus pulmones,


quizás los dos.

¡Jesús! Los pensamientos lujuriosos sobre su oponente eran definitivamente una


nueva distracción para él en el campo de batalla. Pero estaba seguro de que
ahora estaba prestando atención.

Ella se paró sobre él, mirando hacia abajo. Aunque el sol estaba detrás de su
cabeza, no necesitaba ver su expresión para saber que estaba enfadada. Podía
oírlo en su voz.

-Así es como lo haría. Ahora, ¿vais a empezar a tomar esto en serio, y dejar de
tratarme como si yo fuera una muñeca de porcelana?
Se apartó de la espalda y se puso en pie de un salto:- Lo estoy tomando en serio,
Cate. No quiero haceros daño.

Lanzó un suspiro pesado, soltando parte de la ira junto con ella:- Lo sé, pero
sucederá. He tenido muchos moretones y rasguños con John.

Su rostro se oscureció:- Si John no ha sido cuidadoso...

La exasperación había vuelto. Ella parecía que no podía decidir si sacudirlo o


pisarle el pie otra vez.

-Por supuesto que lo ha sido, pero los accidentes ocurren en el entrenamiento.


No podéis decirme que no volvisteis a casa unas cuantas veces con rasguños
después de la práctica cuando estabais aprendiendo.

Demonios, todavía lo hacía, especialmente cuando Boyd les enseñaba algo


nuevo:- Eso es diferente.

-¿Por qué?

-Porque sois una...

-Dama -terminó para él-. Bueno, vais a tener que olvidar eso. ¿De qué otra
manera puedo aprender?

Pasé todo esto con vuestro hermano. ¿No es mejor que sufra algunas contusiones
accidentales de vos que estar indefensa contra alguien que intenta hacerme
daño?

Al oír la creciente agitación de su voz, dijo con voz suave:- Estáis a salvo aquí,
Cate.

Sus ojos se encontraron y se sostuvieron:- No podéis garantizar eso. Sólo hoy...

Se detuvo, tratando de alejarse, pero no la dejó. La cogió del brazo y la obligó a


mirarla. ¿Alguien había intentado hacerle daño? ¿Era por eso que estaba tan
molesta? ¡Dios, lo mataría!

Su voz era tan dura como el acero que acababa de llenar sus venas:- ¿Que pasó
hoy?
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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Alzó los ojos a los suyos:- Estaba en el bosque jugando con Eddie, y lo vi... o
pensé que lo había visto.

-¿Visteis a quién?

-El hombre que atacó a mi madre.

La soltó, su expresión se cerró automáticamente:- Os habéis equivocado -dijo él


con aplomo-. Fin del tema. Fin de la conversación.

Pero Cate no había terminado:- Sí, pero se parecía mucho a él -se estremeció
ante el recuerdo, y la visión momentánea de la vulnerabilidad le hizo querer
alcanzarla. Pero duró sólo un instante antes de que la feroz expresión volviera a
su rostro-. No quiero tener miedo.

-La amenaza en su voz sólo insinuaba que la furia rugía dentro de él. Gregor rara
vez perdía el control. Como arquero, un tirador, tenía que ser frío y metódico.
Preciso. Perfecto. Pero sólo la idea de Cate en peligro lo hacía querer atacar
salvajemente, golpeando indiscriminada e

incontrolablemente a cualquiera que pudiera hacerle daño. ¿De dónde había


salido esa rabia?

Ella sacudió su cabeza:- Pensé que podría estar siguiéndome, pero debí estar
equivocada. No hizo nada más que mirarme fijamente por un momento antes de
continuar. ¿Acaso teníais un mensajero hoy?

-No. ¿En qué dirección se dirigía?

-Este, creo.

La interrogó un poco más hasta que estuvo convencido de que probablemente no


era nada. Los jinetes solitarios que evitaban el camino y que viajaban a través
del bosque no eran comunes, pero tampoco eran tan inusuales. Sin embargo,
haría algunas comprobaciones para asegurarse, e insistiría en que tomara una
escolta si se iba a alejar demasiado del castillo. Adivinando cómo reaccionaría a
eso, se lo guardó. Por lo menos ahora tenía una explicación para su tranquilidad
en la comida del mediodía, y quizás también para su intensidad en el campo de
la práctica.

Ella se agachó para recoger el cuchillo, deslizándolo en su mano por un


momento antes de entregarlo a él:- ¿Haríais algo por mí?

Cualquier cosa. Pero eso no era una promesa que pudiera hacer:- Si está en mi
poder...

-No quiero presumir... –atrapó su labio entre sus dientes y lo miró


inquietamente-. ¿Tengo razón al pensar que conocéis al rey bastante bien?

La miró impasivo, la pregunta le sorprendió. Nunca le había preguntado por su


papel en el ejército del rey, así que nunca había tenido que mentirle. No le
gustaba la idea de tener que hacerlo ahora.

Bruce y sus seguidores eran un tema que normalmente evitaba. Sintió que aún no
quería al rey y le echaba la culpa por lo que le había sucedido a su pueblo:- ¿Por
qué?

-¿Creéis que podríais pedirle que haga algunas preguntas? Sé que habéis
intentado averiguar su nombre, pero quizás el rey tendría mejores contactos...

116

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-He hecho todo lo que se puede hacer.

-No entiendo por qué el nombre del soldado debía ser tan difícil de descubrir.
¿No podían haber habido tantos capitanes con el conde de Hereford en Escocia
en ese momento?

No quería hablar de esto, maldita sea:- pensé que habíais aceptado que yo lo
manejaría.
-Sí. Es que ha pasado tanto tiempo, y sé que habéis estado muy ocupado -se
adelantó, poniendo la mano que no sostenía el cuchillo en su brazo-. No quiero
seguir mirando por encima del hombro por el resto de mi vida. Tiene que pagar.

Gregor estuvo de acuerdo, pero no se arriesgaría a que fuera tras él. Sólo la idea
de eso hizo que su sangre se enfriara. Era demasiado terca para su propio bien.

-¿Y qué pensáis hacer cuando lo averigüéis, Cate? ¿Matarlo?

Sus ojos se estrecharon ante el matiz de desprecio en su tono:- ¿Por qué no? Se
lo merece.

-¿Creéis que es tan fácil quitarle la vida? ¿Creéis que podéis matarlo y escapar
ilesa? ¿Crees que no os va a coger?

Se dio cuenta de que estaba gritando sólo cuando soltó su brazo y dio un paso
atrás. Ella lo miraba con mucho más comprensión de lo que le hubiera gustado.

Sintiendo como si acabara de revelar más de lo que pretendía, forzó su genio a


enfriarse. Tomó la daga de ella, se la metió en el cinturón de la cintura:- No
quiero eso para vos, Cate.

-¿Pero qué hay de vos?

Era demasiado tarde para él:- Es lo que me entrenaron para hacer.

-¿Matar?

No respondió:- Vos habéis sido entrenada para defenderos. Hay una gran
diferencia entre los dos.

No estáis tratando de ganar...

-Estoy tratando de escapar, lo sé -terminó con los ojos en blanco-. Sonáis como
John.

Aliviado con la excusa para terminar el tema, sonrió:- Bueno. Vamos a ver qué
más os ha enseñado mi hermano. ¿Veremos qué tan bien lo haces si soy el que
maneja el cuchillo?
Asintió:- Pero si vais a ir demasiado fácil conmigo, voy a ir a buscar a John.

El infierno que lo haría. La perezosa sonrisa que curvaba su boca no revelaba


nada de la vehemencia de sus pensamientos:- Cuidado con lo que pedís, Caty, es
posible que lo consigáis.

Gregor no era su hermano. John era bueno, pero Gregor era otra cosa. Parecía no
tener debilidades, sus habilidades tan agudas y mortales como la hoja que seguía
superando sus defensas. Si esto fuera real, Cate estaría muerto diez veces más.

Le había dado una doble palmada en el exterior de la muñeca, como John le


había enseñado, pero 117

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

la daga no salía volando. Intentaría bloquear el brazo que venía hacia ella y
cambiar la dirección de la muñeca, presionándola y girando para soltar el
cuchillo, pero no era lo suficientemente rápida para poner las manos en su
posición antes de detenerla.

No dejó a Cate ninguna apertura y parecía anticiparse a lo que iba a hacer antes
de hacerlo. Y luego estaba su fuerza. Habría tenido más suerte intentando doblar
el acero que romperla. Sus brazos estaban...

Una onda de conciencia se estremeció a través de ella. Roca sólida, abultada con
la fuerza masculina cruda, y increíblemente caliente. Se sentían tan bien
envueltos alrededor de ella, que le hizo las rodillas débiles. Lo cual no le
ayudaba exactamente a concentrarse en nada.

Después de otro embarazoso fracaso, que la aterrizó en la tierra de su espalda,


tuvo que ponerse de pie de nuevo.

Definitivamente no se lo tomó fácilmente, pero tampoco se dio cuenta de que


estaba tratando muy duro. Era exasperante darse cuenta de que probablemente
estaba usando sólo la mitad -quizás las tres cuartas partes-, de su fuerza y
habilidad para derrotarla. Ella se sentía como un pequeño mosquito molesto
siendo aplastado.
Aunque Robert de Bruce había librado una guerra entera de ser –molesto-,
después de lo que pasó esta mañana con el jinete, fue humillante. Se suponía que
era una guerrera, pero todo lo que necesitaba era un hombre que parecía el
soldado que había violado y matado a su madre para convertir sus miembros en
hielo.

-De nuevo -dijo.

Ella murmuró un furioso -por qué molestarse- en voz baja. Él sólo la pondría de
nuevo sobre su espalda, que ya estaba magullada y dolorida.

Al parecer, no sólo tenía súper fuerza. Él tenía súper audiencia también:- ¿Estáis
rindiéndoos, Caty?

Cate nunca había mirado furtivamente antes, pero había una primera vez para
todo. Tenía la boca apretada, y si hubiera podido matarlo con una mirada, lo
habría hecho. La sonrisa ligeramente presumida era lo peor. Sabía lo frustrado
que estaba. Dios, lo que no haría para borrar esa sonrisa de su rostro.

-Nunca me rendiré.

Él se rió entre dientes:- No lo creía -sacudiendo la cabeza, su mirada se volvió


más pensativa-. Me recordáis a alguien cuando hacéis eso, pero no puedo pensar
quién es.

Estaba tan sorprendida, su boca se abrió antes de que se recuperara:- Un marido


celoso, ¿quién os gustaría verlo castrado?

Se estremeció dramáticamente:- Los huesos de Dios, Cate. No utilicemos la


palabra -"castrado"

cuando hay una daga a nuestro alcance.

-Eso es suponer que podría sacarla de tu mano.

-No tenéis que parecer tan decepcionada.

118

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

Ella dejó caer su mirada a la zona en cuestión. Ella pensó que podría haberlo
oído jurar. Cuando volvió a mirarlo, sonreía.

-Oh, no os castraré.

-Bueno, eso es un alivio -podría haber habido un toque de persistente ronca en su


voz. Ella le dio un hoyuelo, su sonrisa se volvió dulzona.

-No sin causa, al menos.

Para su sorpresa, se echó a reír, apartando un mechón de sus pestañas. No creía


que se diera cuenta de lo que había hecho. Pero lo hizo. El gesto inconsciente era
a la vez tierno e íntimo, y valía cada minuto de ser tirado en su trasero toda la
tarde.

-Sois una cosa fiera, ¿verdad?

-Gracias -dijo con primor-. Creo que ese es el mejor cumplido que me habéis
dado.

Frunció el ceño, como si no pudiera darse cuenta de si hablaba en serio.


Decidiendo que debía estarlo, sacudió la cabeza:- Sois una mujer inusual,
Caitrina Kirkpatrick.

Odiando el sonido del falso nombre que le había dado, quería corregirlo. En
cambio, sonrió.

-Y ese fue el segundo más bonito. ¿Quizás deberíamos reanudarme antes de que
me venzan demasiadas lisonjas?

Le dio a su trasero una bofetada:- Maldito, llegasteis hasta aquí. Esta vez tratad
de no proyectar vuestras intenciones tanto. Mirad mis brazos, no mi cara -como
si eso fuera fácil. Pero tenía razón.

En el momento en que sus ojos se encontraron, perdió parte de su


concentración-. Sois rápida y ágil, pero también tenéis que hacer que cada
movimiento cuente, no vais a conseguir muchos de ellos contra un oponente
experto. Y con un arma que viene hacia vos no hay mucho sitio para el error. No
me vais a ganar en habilidad de fuerza a la fuerza, no importa cuánto lo queráis...

Se sonrojó, dándose cuenta de que era exactamente lo que había estado tratando
de hacer. Había querido impresionarle haciéndolo mejor, y al hacerlo había
olvidado lo que John le había enseñado.

Su objetivo no era ganar. Era para escapar. Había dejado que su orgullo
interfiriera.

-¿Qué más podéis hacer? -la desafió.

Pensó en ello mientras se acomodaban de nuevo. Podía engañarlo o distraerlo de


alguna manera.

¿Pero cómo? Al raptar sus debilidades. No es que pudiera pensar en ninguna. De


repente, sonrió. Tuvo una idea. Tal vez tenía una debilidad.

La próxima vez que se acercara a ella, mantuvo los ojos bajos, evitando su
mirada y concentrándose en sus hombros. Era algo bueno, también, desde que
decidió cambiar de manos, el tipo que tenía el cuchillo lo llevaba en su
izquierda, no en su derecha.

Pero estaba lista. Cuando apuñaló con el cuchillo, en lugar de intentar bloquear,
saltó de un salto y gritó como si la hubiera rozado.

-¡Oh, Dios, Cate! Al instante, olvidándose de la batalla, se lanzó hacia ella.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Ella cerró su mano en la muñeca todavía sosteniendo el cuchillo y de inmediato


controló su mano con la otra, girándola y bloqueando su muñeca. Él gruñó de
dolor, no teniendo otra opción que moverse hacia el suelo con la presión de
torsión. El cuchillo cayó al suelo. Sabiendo que no sería capaz de conseguirlo
totalmente en el suelo, inmediatamente, siguió con una patada en el lugar donde
John le había dicho que un hombre era especialmente vulnerable. Tan pronto
como gimió y se derrumbó hacia adelante, dejó que su brazo se fuera, agarró el
cuchillo y se paró sobre él.

¡Lo había hecho!

Sin embargo, estaba segura de que había hecho mucho ruido, rodando por el
suelo y gimiendo. Dio algunos pasos tentativos más cerca:- Gregor, ¿estáis...?

Bien. No llegó a terminar su pregunta.

Tan pronto como ella estaba en su alcance, le pasó una pierna alrededor de los
tobillos, quitándole las piernas por detrás. Un instante después, estaba en el suelo
con él encima de ella, sus manos estaban clavadas encima de su cabeza, y el
cuchillo yacía inofensivo junto a ellos.

-Eso fue un truco sucio, Caty –sonrió-. Me gusta. Pero olvidasteis una cosa. Una
vez que estoy abajo, se supone que debéis huir.

Le lanzó una mirada furiosa:- Estaba preocupado. Pensé que os había hecho
daño.

Alzó una ceja:- ¿Eso es así? Creo que conozco la sensación -se mordió el labio,
dándose cuenta de que había usado su distracción contra ella.

-Y si es un consuelo, duele como el infierno. Ese fue el tiro más sólido que
alguien me ha hecho en mucho tiempo.

Estalló en una amplia sonrisa:- ¿De verdad?

-No tenéis por qué estar tan contenta -pero lo estaba. Se retorció un poco para
intentar liberarse, pero parecía que estaba atrapada por un montón de rocas. Sus
ojos se oscurecieron:- ¿Ahora que vais a hacer? Esta vez no me distraeré tan
fácilmente.

Ella luchó contra él, usando todos los trucos que John le había enseñado. Pero no
podía arrodillarse, no podía usar su cabeza para golpear la suya, no podía
levantar las caderas, no podía mover sus miembros ni su cuerpo lo suficiente
para hacer nada.

Estaba sólido y pesado encima de ella, aplastándola. Al menos debería estar


aplastándola, pero no lo estaba. En alguna parte en medio de sus luchas se había
apoderado de un tipo diferente de conciencia.

Debía sentirlo también, porque cuando sus ojos se encontraron, el calor de su


mirada la hizo sentir como si acabara de acercarse demasiado a un infierno. Su
respiración quedó atrapada. Sus ojos cayeron sobre sus labios entreabiertos.
Podía sentir la tensión que irradiaba a través de él. Él quería besarla, pero algo lo
estaba reteniendo.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 12

Gregor se había equivocado. Podría distraerlo de nuevo, fácilmente. Todo lo que


tenía que hacer era jadear y separar aquellos labios suaves y rojos de los suyos, y
todo en lo que podía pensar era besarla. Por supuesto, también estaba el hecho de
que estaba bajo él, y no era difícil imaginar cómo sería estar dentro de ella.

Sería increíble. No necesitaba imaginárselo para saberlo... podía sentirlo. El


deseo se hinchó fuerte y pesado dentro de él, amenazando con arrastrarlo por
debajo. Quería besarla tan intensamente, que prácticamente podía saborearla en
sus labios.

También lo quería. Podía verlo en sus ojos. Ojos que lo sostenían con
anticipación, excitación, con demasiada maldita confianza, y una emoción que
estaba empezando a pensar que en realidad podría ser real.

Mierda.

Se apartó y se alejó de ella, sin darse cuenta de que había pronunciado la


maldición en voz alta hasta que sus ojos se abrieron.

-No puedo hacer esto -dijo, poniéndose de pie.

Se volvió para ayudarla, pero ya había hecho lo mismo. Se quedó allí mirándolo,
confusa y herida reemplazando la anticipación y la excitación –aunque,
lamentablemente, la confianza y esa otra emoción seguían allí.
-¿Por qué no?

No había nada acusatorio en su tono, pero lo sentía igual. O tal vez fuera su
culpa. Su boca se endureció:- No está bien.

-¿Porque todavía os consideráis mi tutor? Os lo dije, soy una mujer de veinte


años. Soy capaz de tomar mis propias decisiones. No os aprovecháis de mí.

-No es eso, maldita sea -dijo bruscamente. O no del todo.

-¿Entonces que es?

Temía decírselo y deseaba que no hubiera sucedido así, pero necesitaba saber
qué planeaba para ella. No pudo evitar más la discusión. Se dijo a sí mismo que
dejara de ser un cobarde. Como su tutor, o su padre, o lo que sea que fuera,
estaba bien dentro de su deber hacer lo que había hecho.

-He hecho arreglos.

Lo miró vacilante:- ¿Qué tipo de arreglos?

-Para vuestro futuro -se puso rígida, pero continuó-. He sido negligente en mi
deber. Si hubiera sido consciente de vuestra verdadera edad, habría comenzado a
discutir hace años. Pero, tal vez, haya sido mejor haber espeado, porque el
pretendiente perfecto se ha presentado.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¿El perfecto qué?

Su conmoción e indignación no se limitaban a su tono, sino que se sacudían


desde todas las partes de su cuerpo, desde la postura combativa, los puños
apretados a los costados, hasta la oscura furia que le salía de los ojos.

-El hijo del funcionario local, Farquhar, ha pedido vuestra mano en matrimonio.
Le he dado mi permiso.
Dio un paso atrás, con la cara blanca. La mirada de traición dura le hizo desear
un retorno de la conmoción y la indignación. Siguió mirándolo durante mucho
tiempo. No fue fácil, pero se reprimió de alejarse o de retorcerse los pies. Por
qué esa pequeña hazaña parecía una gran victoria, no lo sabía.

-¿Tenéis todo arreglado, entonces?

El tono aburrido de su voz le provocó el impulso de arrastrarse de retroceder.


Maldita sea, sabía que no le iba a gustar. Pero no había previsto que lo hicieran
sentir como un ogro, y un traidor.

Se pasó los dedos por el pelo. Cristo, esto era exactamente lo que había esperado
evitar. Lo estaba haciendo por su propio bien. Tal vez no lo veía ahora, pero lo
haría.

-Le dije a Farquhar que si estabais de acuerdo, podría anunciar los esponsales
después de la fiesta de Hogmanay.

Le conto la posición que esperaba Farquhar en el castillo de Balloch, y sus


perspectivas futuras como mayordomo. Escuchó sin expresión, ya que su
entusiasta presentación del chico tomó las características de un granjero
presentando su preciado toro en el mercado.

-¿Si estoy de acuerdo? –repitió-. ¿Queréis decir que puedo decir algo al
respecto? Qué amable de vuestra parte.

No se molestó en esconder su sarcasmo. Goteaba fríamente de su voz como


gotitas de hielo:- Por supuesto que tenéis algo que decir, maldita sea. Quiero que
seáis feliz.

Aquellos grandes ojos marrones se volvieron hacia él como si estuviera


enloquecido, que era exactamente lo que le hacía:- Pero vos dispusisteis todo
esto sin dejarme saber lo que pretendíais.

Supongo que para eso han sido todos los mensajeros.

Lo reconoció con un movimiento de cabeza:- Habrán otros hombres en la fiesta.


Si hay alguien más con el que preferiríais casaros...

-No hay nadie -dijo sin rodeos-. Como os he dicho, no quiero casarme con nadie
más, pero aparentemente mis deseos, mis sentimientos, no significan nada para
vos. ¿Habéis estado planeando esto desde que volvisteis? -debió de hacer un
trabajo de mierda por enmascarar su culpabilidad porque dijo-, por supuesto que
lo hicisteis. Qué ansioso debisteis haber estado por tener por fin la oportunidad
de deshaceros de mí.

Murmuró una maldición:- Maldita sea, Cate. No es así.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¿No es cierto? Me aceptasteis, pero nunca quisistise la responsabilidad. Lo


sabía, pero pensé...

pensé... -su voz se apagó-. Pensé que esta era mi casa, pero sólo esperabais que
tuviera edad suficiente para casarme.

La forma en que lo miraba le hacía arder el pecho, pero no podía apartarse. Casi
se acercó a ella.

Casi. Pero temía lo que pasaría si la volvía a tocar. Con qué facilidad la
comodidad podría llevar a algo más.

-Es vuestro hogar -dijo con suavidad. Simplemente no podía darle la familia que
quería reemplazar su pérdida-. Pero ahora que mi madre se ha ido, con vos y
John solos... no sería correcto que os quedaráis aquí.

Por un momento pensó que podría darle una bofetada:- ¿Cómo os atrevéis a
insinuar... os lo dije, John es como un hermano para mí.

-Pero no es vuestro hermano, y otros empezarán a darse cuenta de eso también -


especialmente si John la miraba como si quisiera besarla todo el tiempo-. Teníais
que saber que no podíais quedaros aquí para siempre. ¿No queréis casarte y tener
una familia?

-¿Vos no?
Fue su turno de endurecerse:- Esto no es sobre mí.

-¿Por qué no? Me casaré cuando lo hagáis vos.

-No funciona así, Cate, y vos lo sabéis. Tengo el lujo de esperar. Vos no.

-¿Entonces me obligaréis? -sus ojos estaban brillantes. Dios, por favor no lloréis.
Si lloraba, no sabía qué haría-. ¿Tanto queréis deshaceros de mí? ¿Mis
sentimientos significan tan poco para vos?

-Por supuesto que no.

-Si no planeabais casaros conmigo, ¿por qué me besasteis?

Porque era un idiota:- Os veíais muy enfadada -se encogió de hombros


impotente, incapaz de explicarse-. Os lo dije, no significaba nada.

Sintió lástima por mí. Por eso me besó.

Cate quiso explotar por el daño, y gritar como un bebé. Pero su orgullo no la
dejaba. No sabía lo que era peor: descubrir que el hombre al que había dado su
corazón había estado tratando de encontrar una manera de librarse de ella desde
que había llegado, o que la había besado porque sentía lástima por ella, Ambos
eran maloes. Ambos se sentían como una traición.

-Significó algo para mí -dijo suavemente.

Su expresión parecía realmente dolida, no ayudó a aliviar la suya:- Lo siento,


Cate. De verdad.

Nunca quise haceros daño.

-Pero vos no me queréis, no tenéis intención de casaros conmigo, queréis verme


casada con un hombre que apenas conozco para que no tengáis que preocuparte
por mí. Entiendo.

123

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x
Pero no lo hacía. ¿Cómo pudo haber estado planeando esto y no decir nada?
John debía de haber sabido de los planes de Gregor para sus esponsales, eso era
lo que había estado tratando de advertirle. Era tan tonta.

Oh Dios, los niños. ¿Que pasará con ellos? La habían necesitado, y los había
decepcionado.

-Cate

Él la alcanzó, pero se alejó para evitar su agarre. Enderezó su espina dorsal,


sucumbiendo a la ira.

-No necesitáis explicar. Es mi culpa por enamorarme del hombre equivocado.


Por supuesto que no deseáis casaros conmigo. Sois el hombre más guapo de
Escocia, con vuestra elección de novias.

Podríais tener un reino. Soy una bastarda -al ver su conmoción, agregó-. Sí, una
bastarda, con una parte noble. Kirkpatrick era mi padrastro.

Estaba claramente sorprendido:- ¿Por qué no me dijisteis la verdad?

-Porque estaba cansado de sentirme avergonzada del padre "noble" que me


abandonó cuando yo tenía cinco años.

-¿Quién es él?

-¿Qué diferencia hará? Está muerto para mí. Muerto. Bastarda y huérfana, tengo
poca

recomendaciones. Me sorprende que hayáis conseguido encontrar a alguien con


el que casarme.

Sus ojos brillaron peligrosamente. Estaba enfadado ahora. Bueno. Si el hombre


conocido por ser un rompecorazones logró sentir una décima parte de la emoción
que sentía ahora sería suficiente.

-Si queréis saberlo, había muchos hombres deseosos de casaros con vos.

No parecía estar contento, no era que lo creyera de todos modos:- Pero no el


único que me importa.
¿Sería tan horrible dejarme amaros, Gregor?

Parecía doloroso, incómodo, como si prefiriera estar en cualquier lugar que aquí,
teniendo esta discusión:- No quiero casarme con nadie ahora mismo. Pero si lo
hiciera, seguro que no sería por un

"reino" o por una mujer que quisiera casarse con "el hombre más guapo de
Escocia." Y si no lo sabéis eso, no me conocéis en absoluto.

¿Estaba loco? ¿Conocerle?:- Sé que os gusta la carne rara, el cerdo ligeramente


rosado, las salsas saladas, y verduras. Sé que preferís las ciruelas a las peras y
naranjas a manzanas. Sé que os gustan las ostras crudas y huevos de salmón en
pan crujiente, que es asqueroso. Sé que podéis decir de dónde viene un vino por
el primer sorbo, y preferiríais morir de sed que beber el dulce wernage que
vuestra madre amaba. Sé que bebéis más cuando sois infeliz, lo que sospecho
que ha sido mucho tarde.

Aprovechando su sorpresa, continuó:- Sé que odiais aceptar cualquier cosa a


menos que os haya ganado. Sé que vuestro padre era un asno y os hizo creer que
nunca llegaríais a nada, pero que le habéis demostrado lo contrario. Sé que
pensáis que necesitais ser perfecto pero que nunca lo seréis.

Sé que un hombre que es el mejor arquero de Escocia y que ha luchado


lealmente al lado de Roberto de Bruce durante años, incluso en la parte más baja
de su reinado, no es irresponsable, sino 124

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

un hombre con quien contar. Sé que no queréis ser tutor, pero lo sois. Sé que
dejasteis a John para cumplir con vuestro deber como jefe porque no creéis que
os lo merezcáis. Sé que los enemigos que matáis en la batalla significan algo
para vos, y por eso la pila de piedras en la tumba de vuestro padre y la moneda
en la cesta de ofrendas del Padre Roland crecen cada vez que volvéis a casa -

respiró hondo-. Sé que pensáis que estáis mejor solo y no queréis preocuparos
por mí, pero que lo hacéis. Sé que soy la única mujer con la que realmente
habláis, y eso, significa algo.
>Sé que cuando envié a Lizzie al trastero de vino con vos, no la tocasteis,
aunque pudisteis. Sé que os habéis acostado con muchas mujeres, pero la única
que realmente os importó os hizo daño. Sé que pensáis que me haréis daño, pero
que si me amáis, seríais leal y fiel conmigo hasta la muerte, como yo lo haría con
vos.

Sus ojos se encontraron y siguió:- Sé que el haber muesca en un poste de cama


os molesta más de lo que dejáis ver, pero no creo que nadie pueda ver más allá
de vuestra cara perfecta de la suya y ver el hombre defectuoso de abajo. Tal vez
tengáis razón, pero nunca lo sabréis porque no os arriesgáis y confíais en
vuestros sentimientos. Porque sé que también lo sentís, Gregor. Así como sé que
un día os arrepentiréis de casarme con otro hombre, pero para entonces será
demasiado tarde, y no tendréis a nadie para culpar más que a vos mismo.

Él sólo la miró fijamente:- Jesús, Cate, yo...

No sabía qué decir. Eso estaba claro. De repente, la tormenta de emoción se


desvaneció de ella. Lo que quedaba era una sensación de futilidad y
desesperanza, y tal vez una necesidad de volver a atacar.

-Casadme con quien queráis, Gregor, me da igual. Ninguno de ellos seréis vos.
Pero cuando estéis tumbado en la oscuridad esta noche, tratando de ir a dormir
con vuestro cuerpo dolorido por mí como el mío por vos, pensad en esto: El
siguiente hombre con el que esté tumbada podría ser mi esposo, y a diferencia de
vos, él no retrocederá...

El pulso bajo su mandíbula saltó, su boca se endureció en una línea blanca


apretada. Ella pensó que podría alcanzarla, pero sus brazos se mantuvieron
rígidamente fijados a sus lados.

-Por supuesto, podríais demostrar que no significó nada para vos y encontrar
alivio de otra manera, pero no creo que lo hagáis. Creo que me queréis a mí y a
ninguna más. Pero id y probad que estoy equivocada... si podéis.

Cate no sabía dónde había encontrado la fuerza para pronunciar el desafío, pero
incluso sabiendo el riesgo, ella no lo recuperaría. Tenía demasiado que perder.
Su fe sería recompensada o destruida ahora, antes de casarse con otro hombre.

Sintiéndose más maltratada y magullada que en el entrenamiento, Cate giró


sobre sus talones y se alejó.
No miró hacia atrás.

Jesús. Era el único pensamiento coherente que podía manejar, así que lo repitió:
Jesús.

Gregor no sabía cuánto tiempo había estado allí después de que se hubiera ido.
Lo había hecho de nuevo: lo había vuelto de cabeza, de adentro hacia afuera, y
todo el camino. Se sentía como si lo hubieran succionado en una tempestad para
girar durante un rato, antes de escupir de vuelta al suelo como un barco
esparcido por las rocas. Un barco que navegaba, perfectamente, hasta que se
había 125

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

topado con un torbellino inesperado.

Cate.

Me ama. Después de oír esa letanía de su carácter, bueno y malo, ¿cómo podría
dudarlo? No era un enamoramiento juvenil ni un amor ciego temporal reflejado
en su rostro. Realmente lo conocía.

Demonios, lo conocía mejor que él mismo. Y no sabía qué pensar de eso,


excepto que no le gustaba.

Lo confundía. No, ella le confundía.

¿Cómo sabía tanto de él? Indudablemente, su madre le había contado algunas


cosas, algunas que debía haber descubierto por observación, y algunas eran
conjeturas. Creo que me queréis a mí, y a ninguna otra. Eso seguro como el
infierno fue conjetura... ¿no? Probad que estoy equivocada... si podéis. Dios
sabía que debía hacerlo. Pero no le haría daño así para demostrar su punto.

Le había herido lo suficiente con su maldito plan. Un plan que parecía perfecto
antes de volver a casa, pero que ahora no parecía tan perfecto. No había previsto
que la deseara. No había anticipado ser incapaz de mantener sus malditas manos
para sí mismo. No había anticipado su respuesta, y seguro como el infierno no
había anticipado la oleada de lo que sólo se podría llamar celos al pensar en ella
con otro hombre. El próximo hombre con el que esté tumbada podría ser mi
marido.

Tampoco había anticipado la culpa que sentiría por haberla enviado desde su
casa. Por estar tan ansioso por librarse de ella. Deshacerse era lo que él pensaba
que quería, pero cuando lo puso tan duramente, maldita sea, no le gustó cómo
sonaba.

No quería deshacerse de ella. Pero, ¿qué otra opción tenía? No podía casarse con
ella.

¿O podría? ¿Podía él ser el hombre que ella pensaba? ¿El hombre que merecía?

¿Qué demonios le estaba haciendo? Una esposa seguramente no era el camino


para aclarar su cabeza. Recogiendo la daga que todavía estaba en el suelo y
deslizándola en su cinturón, Gregor cruzó el patio de prácticas y se dirigió hacia
las cocinas. Un baño caliente limpiaba su cabeza. Y si eso no funcionaba, un
gran chorro de cerveza le haría olvidar. Sé que bebéis más cuando sois infeliz...
Cristo, tenía que parar aquello.

Estaba caminando por los establos cuando una forma delgada y oscura saltó para
bloquear su camino.

Reconociendo al malvado, el labio de Gregor se encogió de desagrado. Un rizo


de disgusto que el malvado devolvía en vigor, junto con una mirada
amenazadora.

-¿Qué le hicisteis?

Por la forma en que Pip estaba cerrando y apretando los puños, Gregor se dio
cuenta de que el chico estaba pensando en usarlos. En otro momento, tal vez lo
hubiera divertido, pero en su estado actual no estaba de humor por las malas
percepciones de un engañador que se había aprovechado del corazón demasiado
grande de Cate. El muchacho no había sido abandonado. Según la información
que el senescal de Gregor había descubierto, Pip había estado enviando dinero a
su madre, probablemente desde que había llegado.

-¿A quién? -preguntó Gregor-. Decid lo que queráis, Phillip, estoy ocupado.

El odio retorció la cara del muchacho en una máscara de rabia:- ¿Qué le hicisteis
a Cate?

¿Por qué la hicisteis llorar?

Ah infierno. Se sentía como si alguien estuviera golpeando un martillo en su


pecho como si fuera un yunque:- ¿Cate estaba llorando?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¡Si la lastimáis, os mataré!

Gregor se sorprendió por el veneno y la intensidad de la amenaza. No dudaba


que el muchacho lo dijera en serio:- Dejadlo, Pip. No tiene nada que ver con vos.
Esto es entre Cate y yo.

-¿Por qué estáis aquí? Nadie os necesita aquí. Ojalá os fuerais y no volvierais.
Todo estuvo bien antes de que vinierais.

Las palabras del muchacho llenaron un sorprendente golpe, tal vez más cerca de
lo que le hubiera gustado. El temperamento de Gregor se encendió:- ¿Estaba
bien porque no había nadie aquí para cuestionar vuestra historia? Bien, así
podríais engañar y tomar ventaja de una mujer que ha sido mucho más amable
con vos de lo que merecíais? ¿O bien, para que pudierais seguir enviando dinero
a la madre que decís que os abandonó?

El rostro del chico se puso tan blanco que parecía que toda la sangre había sido
sacada de él:-

¡Esperad, no lo entendéis!

-Estoy seguro de que no

El miedo había reemplazado al odio. En un instante, la bravuconería hosca del


muchacho desapareció. Casi parecía miedo en sus ojos:- ¡Por favor, no podéis
echarme!

Echarlo era exactamente lo que debía hacer Gregor. Y lo haría, pero no era tan
inmune a las suplicas del muchacho como quería ser. Sin embargo, antes de que
pudiera preguntarle más, Gregor tuvo que defenderse de otro ataque. Éste de una
bola de ladrones de pelo rizado que venía desgarrándose del establo para unirse
de nuevo al tobillo de Gregor.

-¡La sangre de Dios! -se agachó para agarrar al cachorro por la garganta,
recordando los asombrosos y afilados dientes que le rozaban la mano, y se lo
tendió a la cara-. Tranquilo.

El brusco asombro sorprendió al cachorro, que lanzó un grito patético antes de


irse silencioso.

Entonces procedió a mirar fijamente a Gregor con lo que sólo se podría describir
como una mirada de ojos grandes de perrito

Cristo, no otro infiel en su conciencia.

Sosteniendo a la criatura hacia Pip, la dejó caer en sus brazos-. Mantened a la


pequeña rata fuera de mi camino, Pip, o deshaceos de ella.

-¿Por qué no me sorprende que no os gusten los perros?

-Me gustan los perros. Encontradme a uno... o al menos uno que no rompa los
tímpanos con sus ladridos o intente hundir sus dientes en mis tobillos.

El chico protegió al cachorro en sus brazos protectora. Si estaba tratando de


hacer que Gregor se sintiera como un matón, estaba haciendo un buen trabajo.

-Es extraño como le gustan a todos los demás -dijo Pip-. Pero dicen que los
perros son un buen juez de carácter de las personas.

127

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

Como lo había hecho Cate poco antes, el muchacho se volvió sobre sus talones y
lo dejó allí de pie.

Y como antes, Gregor se quedó con la sensación de que había salido del lado
perdedor de la confrontación.

Maldita sea, necesitaba volver al campo de batalla. Al menos allí era bueno en
algo. O solía ser bueno en algo. Pero y si…

Se negó a contemplarlo. No había nada malo en él. Sólo necesitaba volver a la


pista. Despejar la cabeza.

Demonios, tal vez debería casarse con ella, así dejaría de pensar tanto en ella.

Sacudió la cabeza. Cristo, no estaba perdiendo su ventaja. ¡Estaba perdiendo su


maldita mente!

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 13

Cate definitivamente había ganado. Gregor se quitó las sábanas –retorcidas- de


la cama y saltó de la cama por quinta o sexta vez -había dejado de contar- para
pasear por su habitación como un león en una jaula. La jaula de su propia mente.

El ritmo calmó su inquietud, pero sólo temporalmente. En cuanto volvió a la


cama, apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos, las imágenes comenzaron
de nuevo. Las imágenes

tormentosamente agudas de Cate en la cama con el hijo del funcionario local


encima de ella.

Besándola. Tocándola. Sin rotreceder. Lentamente levantando el dobladillo de su


camisa de lino, deslizando su mano por su muslo desnudo..
.

Gregor juró y golpeó el costado de su puño en el alféizar de la ventana con


suficiente fuerza para hacer temblar el vaso. Inclinó la cabeza, apoyándola en el
postigo, cerrando los ojos y deseando que desaparecieran las enloquecedoras
imágenes.

Lentamente, su pulso volvió a la normalidad y la locura de fuego se enfrió,


expulsando el calor de su sangre y piel. Levantó la cabeza, respiró hondo y se
volvió para escudriñar la cámara oscura, con el suave resplandor de la turba
proporcionando suficiente luz para ver. Su mirada se detuvo momentáneamente
en el frasco de whisky sentado en su mesita de noche, como lo había hecho
muchas veces esta noche.

Sé que bebéis más cuando sois infeliz.

No bebía demasiado, maldita sea. Siempre estaba bajo control, y nunca bebía
hasta el punto de ebriedad. Pero el número de veces que había despertado en el
último año con la cabeza como si le estuviera martilleando le dijo que no estaba
completamente equivocada.

Cristo, ahora ni siquiera podía tomar un trago de whisky antes de acostarse sin
escuchar su voz. En realidad, era la bebida de whisky lo que quería, no oír su
voz. Para desdibujar las imágenes inquietantes y dejarlo descansar un poco.

Quizá debería haber ido a la cervecería después de todo.

¿A Quién diablos estaba engañando? No quería ir a la cervecería y encontrar a


una muchacha para llevarla a su cama. " Creo que me queréis a mí y a ninguna
otra." Ella tenía razón, maldita sea. Dios sabía que probablemente no duraría.
Estaba obligado a desear otra mujer en algún momento. Tenía suficiente de ellas
para elegir. En algún momento, alguna llamaría su atención.

Pero ¿y si sólo quería Cate? ¿Era eso posible?

Todo lo que tenía que hacer era pensar en sus hermanos casados para saber que
lo era. Con la excepción de MacLean, que había sido alejado de su esposa desde
el comienzo de la guerra, cada uno de sus compañeros de la Guardia era fiel a su
esposa. Incluso Ariete y Halcón, que tenían casi a tantas mujeres lanzándose a
ellos como él.
Por supuesto, estaban "enamorados" de sus esposas, lo cual era una emoción que
Gregor no sabía si era capaz de sentir. Se había preocupado por Isobel y seguro
que la deseó, pero el tipo de amor 129

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

romántico florido de los bardos escribían, tipo: Es la única mujer para mí y haría
cualquier cosa –

incuyendo morir- por ella. ¿Era la emoción que sus amigos habían encontrado?
Nunca había sentido eso.

Moriríais por Cate.

La voz en el fondo de su mente lo sacudió. Pero eso era diferente, ¿no? Era su
responsabilidad, su familia, se suponía que debía sentirse así.

Ella era su familia

Ah, demonios. Su corazón se hundió como una piedra en su pecho. Era su


familia, y había intentado deshacerse de ella sin más pensamientos ni cuidados
de los que habría dado a un gato o perro perdido, pensó, recordando las palabras
de Pip antes. Peor aún, sospechaba que había atacado involuntariamente un
punto sensible con respecto al padre que la había abandonado.

El padre que no conocía. Se había sorprendido -y enfadado un poco- al enterarse


de su mentira, pero tal vez no debería haberlo hecho. Siempre había sentido algo
mal cuando se mencionaba el nombre de Kirkpatrick. Ahora entendía por qué.
No le gustaba que le hubiera mentido, pero supuso que no podía culparla por
tratar de borrar la "mancha" de su nacimiento cuando se le diera una
oportunidad. Aunque no le importaban esas cosas, no lo habría sabido en ese
momento.

En realidad, se sentía más indignado por ella. ¿Qué clase de hombre podría
abandonar a su propia hija así? No es de extrañar que lo odiara. Gregor mataría
al bastardo si pudiera. Sin embargo, probablemente pensó que estaba tratando de
hacer lo mismo al deshacerse de ella, alejándose de ella, como lo había hecho su
bastardo de padre.

Cruzó deliberadamente la cama y se obligó a acostarse.

Cate no era sólo familia, y lo sabía. Lo que sentía por ella era diferente. Confuso,
frustrante y enloquecedor quizás, pero diferente. No sabía lo que significaba,
pero sospechaba que si alguna vez quería otra noche tranquila de sueño, tendría
que casarse con ella.

Por primera vez esa noche, cerró los ojos y las imágenes no volvieron. Podía
haber podido dormir si los gritos no lo hubieran arrancado de su cama.

-¡Deteneos! -trató de gritar-. ¡Dejad a mi madre!

Pero el soldado seguía empujando, su forma vestida de cotun moviéndose entre


las piernas de su madre. Se volvió, las facciones oscuras y refinadas que debían
ser bonitas retorcidas en una fea y burlona sonrisa que se atrevía a intentar
detenerlo. Lo golpeó con la azada una y otra vez, pero lo único que conseguía
era hacerle reír más fuerte. El sonido maníaco resonó en sus oídos, mezclándose
con los gritos de su madre.

¡Hacedle parar! Por favor, ¡haced que pare!

Fuertes brazos la agarraron, y trató de luchar libremente.

-¡No! -gritó ella-. ¡Tengo que ayudarla!

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¡Cate! -una voz profunda penetró en la oscuridad. Estaba temblando. No,


alguien la estaba sacudiendo-. Despertad, cariño. Tenéis que despertar. Es solo
un sueño.

Abrió los ojos. El rostro de Gregor la miraba fijamente en las sombras. Estaba
sentada en su cama en sus brazos. Era él quien la sostenía, no los soldados.
Se inclinó sobre él, enterrándose contra su pecho, refugiándose en la fuerza
protectora de los brazos a su alrededor, y permitiéndole consolarla. Él murmuró
palabras suaves y calmantes contra su cabeza mientras gentilmente sacudía sus
sollozos. Poco a poco, la respiración volvió a sus pulmones y el pánico de su
pulso comenzó a disminuir.

Era sólo un sueño horrible, el regreso de una de las pesadillas que la había
perseguido durante años después de aquel horrible día. Había diferentes
versiones, incluyendo la que acababa de tener cuando el soldado estaba violando
a su madre, y ella seguía golpeándolo una y otra vez, pero no moría. Otro era de
Cate en el pozo, hambrienta y moribunda de sed. Toda la alegría y el alivio que
experimentó cuando oyó a los rescatistas se volvieron horrorizados cuando el
rostro que la miraba no era de Gregor, sino del soldado. Lo peor fue la pesadilla
que realmente ocurrió, la repetición en su mente de esos horribles segundos de la
muerte de su madre, en un detalle lento y preciso.

Pensó que se había librado de las pesadillas para siempre, pero lo único que
necesitaba era ver a ese hombre hoy para traerlas de vuelta. En el fondo, sabía
que no se irían hasta que el soldado pagara por lo que había hecho.

De repente, enfadada consigo misma por la debilidad, se apartó del pecho de


Gregor -su pecho desnudo, mientras apenas se daba cuenta-, secándose los ojos
en la manga de su camisa de lino.

-Lo siento. No sé qué fue lo que me pasó.

La soltó:- Tuvisteis una pesadilla.

Su mirada se volvió hacia la puerta abierta. Su vergüenza se multiplicó por diez.


Parecía que la mitad de la familia estaba de pie en el pequeño rellano que estaba
fuera de su habitación. En la corriente de luz que provenía de la antorcha que
había en el exterior de su cámara, pudo ver los rostros de Hete, Lizzie, Pip y dos
guardias de Gregor: Bryan y Cormac.

-Está bien -dijo Gregor-. Volved a vuestras habitaciones. La tengo.

La tengo. A pesar de que sabía que no significaba nada, su corazón saltó


fuertemente sin embargo.

La luz se atenuó cuando la multitud se dispersó. Gregor se levantó para encender


una vela del brasero, tomándose el tiempo para agregar otro trozo de madera al
fuego. Antes de volver a sentarse a su lado en la cama, cerró la puerta.

De pronto, consciente de sí misma, sintió que sus mejillas se calentaban bajo su


firme mirada. La temperatura en la habitación parecía haber rodado de los
muertos de invierno a la altura del verano en pocos segundos. Estaba caliente, y
sabía que no era por el fuego. Era por la intimidad de estar a solas con él en su
pequeño dormitorio. Por supuesto, el amplio pecho musculoso que brillaba a la
luz de las velas que parecía llenar cada centímetro de su visión, no ayudaba en
nada.

Bueno, ¿cómo lo definía así? No parecía haber ninguna carne de repuesto sobre
el hombre de que hablar. Podía contar las líneas que cruzaban su estómago, por
el amor de Dios.

131

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Realmente era magnífico.

Pero a él no le importaba. Recordando lo que había ocurrido antes -y su plan


para librarse de ella-, frunció la boca y forzó a sus ojos a la exhibición de
músculo que indujo la fiebre.

-Estoy bien -dijo enérgicamente-. Lo siento por despertaros. Ahora podéis volver
a la cama.

Le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice, levantando la mirada hacia él:- No


voy a ninguna parte. Todavía estáis temblando -lo estaba, se dio cuenta-. Cristo,
yo todavía estoy temblando. Me habéis dado un susto de muerte. Parecíais estar
agonizando

Sí.La agonía de ser impotente para hacer algo como su madre fue violada y
asesinada ante sus ojos.

-¿El soldado? -preguntó. Cate asintió.


-¿Queréis hablar acerca de ello?

Miró fijamente a esos ojos verdes magníficos, sintió su corazón hincharse, y


entonces sacudió su cabeza. El soldado era la última cosa de la que quería hablar.
No cuando Gregor la tenía así. Podría ser la última oportunidad que tuviera.

El aire de la habitación pareció cambiar. Se hizo más agudo y lleno de un


zumbido extraño. Sus ojos se oscurecieron, y su voz, cuando llegó, se
profundizó:- ¿Qué queréis, cariño? Decidme cómo puedo mejorarlo.

Cariño. Su corazón dio un vuelco. Era la segunda vez que la llamaba así. Nunca
utilizó cariño con ella, nunca. ¿Significaba algo? ¿Era la ternura en sus ojos un
truco a la luz de las velas, o podía confiar en lo que estaba viendo?

Había una manera de averiguarlo. Le dijo la verdad:- Quiero que me sostengáis


en vuestros brazos y que me beséis. Quiero que me hagáis olvidar.

Gregor se calló, maldiciéndose a sí mismo por ser un maldito tonto. ¿Qué


diablos había esperado?

Sabía que no debía hacer una pregunta de la que no quería oír la respuesta. Pero
allí estaba ella en sus brazos, prácticamente sentada en su regazo, con sus
grandes y oscuros ojos anchos y relucientes de lágrimas, su rostro todavía pálido
y golpeado por los recuerdos torturados de su pesadilla, parecía más vulnerable
de lo que la había visto en mucho tiempo, y nunca se había sentido tan
desesperado en su vida. Habría hecho cualquier cosa para hacerla sentir mejor.
Cualquier cosa para arrancar esos recuerdos de su mente y permitirle olvidar. Así
que le había hecho esa tonta pregunta.

El aliento de Dios, no tenía ni idea de lo que le estaba pidiendo. Besadme. Haced


que olvide. Como si fuera tan fácil, cuando sólo verla mirándolo hacía que su
pulso y su sangre se sintieran como algo agitado en un volcán. Quería hacer
mucho más que besarla. Todo un infierno de mucho más. Y no confiaba en sí
mismo para tocarla. Él, el hombre que nunca perdió el control y siempre sabía
exactamente lo que estaba haciendo en el dormitorio, se dio cuenta de que estaba
mirando a la mujer que podía romperlo.

Cada instinto en su cuerpo estaba de pie en el borde que grita ¡peligro!


diciéndole que besarla en la luz del día era bastante malo. Estaría loco por
hacerlo en una cámara oscura, sola, con los dos apenas vestidos.
Pero ella lo necesitaba, maldita sea. ¿Cómo podría negarse?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Fácilmente. Pero no quería hacerlo. Dios lo sabía, también necesitaba olvidar. El


recuerdo de su grito era demasiado fresco. Su sangre se había enfriado. Un brillo
helado de pánico había corrido por su piel. Había pensado que alguien la estaba
hiriendo, y lo había dejado debilitado, desnudo, sin sus defensas habituales.

Sí, esa era la única explicación de cuán fácilmente sucumbía a la llamada de su


sirena. Con cuánto gusto sus labios tocaron los suyos, aun cuando sabía lo difícil
que sería alejarse.

Podía hacer esto, se dijo. Sólo un beso para hacerla olvidar...


Pero fue él quien olvidó toda maldita cosa en su cabeza en el momento en que su
boca tocó la suya.

Sus sentidos explotaron. Todo lo que quería hacer era hundirse en ella y nunca
dejarla ir. ¿Cómo era posible que algo pudiera sentirse tan bien? Sus labios eran
tan dulces y suaves como recordaba. Tan flexible y... abierta.

¡Ah, diablos, antes de que pudiera detenerse, su lengua estaba en su boca otra
vez, y le estaba dando esos golpes largos y profundos que le hacían pensar en
tomarla. Mucho y muchas veces. Poseerla.

Las sábanas sudorosas y las sábanas entrelazadas son como una especie de
agitación. Lo único que tendría que hacer era acostarla de espaldas, desatar las
zarandas que había arrojado, levantar la camisa y poder estar dentro de ella. En
el fondo de ella. Sumergirse dentro y fuera en el mismo ritmo frenético de su
lengua. Estaba duro como un pico sólo pensando en ello.

Era tan dulce, tan increíblemente caliente...

Su brazo se tensó alrededor de su espalda, atrayéndola más cerca. Sintió la punta


de sus pezones contra su pecho, y justo así, el beso apenas controlado había
desaparecido, reemplazado por el torbellino hambriento y remolino de necesidad
que devoraba sus buenas intenciones y las escupía como el montón de mierda
que eran.

No había tal cosa como "sólo un beso" cuando se trataba de Cate. La quería de
una manera que nunca había deseado a otra mujer, con una intensidad que
rompió las riendas de acero de su control como si fueran unos cuantos hilos
quebradizos. No lo entendía, realmente no quería examinarlo, era como era.

Deslizó los dedos por su sedoso pelo, acunando la parte posterior de su cabeza
para saquear su boca más plenamente. Cate respondió con un gemido bajo y una
presión insistente de su pecho que fue directo a sus bolas y lo puso –duro-, con
una urgencia primaria que no quiso escuchar la razón o el honor o cualquier otra
excusa para no tomar este beso a su conclusión natural.

No le estaba resultando fácil hacer lo correcto. Cate le devolvía el beso con cada
pasión que sentía, haciendo todos esos gemidos hinchados que lo volvían loco.
Sus manos tampoco ayudaban a nada. Los había puesto alrededor de su cuello
cuando la besó por primera vez, pero ahora se habían deslizado hasta sus
hombros y lo estaban agarrando como si nunca quisiera soltarlo, sus dedos
cavando en el músculo con una intensidad y un fervor que le dijo exactamente
cuánto le gustaba lo que le estaba haciendo a ella. Mucho. Tanto que sabía que
podía hacerla estremecerse con unos cuantos golpes.

Gimió, sabiendo que no debía pensar en eso. Lo que debería pensar era
detenerse.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Pero, ¿cómo demonios se suponía que debía resistir a toda esa cálida y suave
piel que olía a flores silvestres, labios que eran tan suaves y azucarados como la
miel caliente y el cabello? Lo dejó derramarse sobre sus manos, cabello que se
deslizaba entre sus dedos como la seda.

Y entonces tuvo ese pequeño cuerpo apretado contra su pecho, sus pechos firmes
con las puntas rosadas y duras cavando en él, que le dieron sólo una indirecta
burlona de como se sentiría desnuda contra él. Pero no era suficiente. Quería
sentirlo todo contra él. La quería debajo de él. Encima de él. En sus manos y
rodillas delante de él. De cualquier manera y en todos los sentidos.

Sería tan malditamente fácil empujarla de vuelta a la cama y darle todo el


contacto -el contacto desnudo-, que ansiaba. Piel con piel. Quería ver su cuerpo
fuerte y esbelto extendido debajo de él como un banquete para deleitarse. Quería
chupar los diminutos pezones que le rozaban el pecho, lamerle la delgada curva
de su vientre y probar el lugar sensible entre sus piernas.

Dios, realmente quería hacer eso. Sentir esos espasmos duros contra su boca...
probar su placer...

Gimió más profundamente en su boca cuando las imágenes eróticas se


arremolinaron a través de él, sacudiendo su polla dura contra su estómago. Su
cuerpo se apretó hacia adelante, empujándola hacia atrás, mientras el deseo era
demasiado para soportar. Se sentía como un peso presionándolo.
Tocarla. Tomarla. Hazla tuya. El zumbido a través de su sangre, comprimido a lo
largo de cada uno de sus terminaciones nerviosas, y parecía haber tomado el
mando de cada hueso en su cuerpo.

Ahora respiraba con dificultad, con el corazón martillando en el pecho y los


oídos, la piel caliente y demasiado estrecha cuando la necesidad golpeaba a
través de cada músculo y vena en su cuerpo.

Estaba prácticamente debajo de él, su cuerpo estirado debajo de la suya. La


quería tan intensamente, su cuerpo temblaba con ella.

Todo lo que se sentía tan bien. Pero en algún lugar en las profundidades de su
cerebro lleno de lujuria, sabía que no lo era.

Había tomado precisamente la virginidad de una mujer en su vida y lo había


lamentado desde entonces. Por aquel entonces, había sido un muchacho de 17
años de hambre de lujuria, cuyo intento débil de honra había sido bastante bien
dispuesto por unos suaves súplicas y ternas palabras de amor. Ahora era un
hombre experimentado que sabía mejor, y el orden correcto de las cosas.

Cate se merecía una boda, un marido y una cama matrimonial. No un


acoplamiento frenético, lujurioso -conseguido en un momento vulnerable-. Se
suponía que la estaba confortando, no seduciendo.

Murmurando un juramento, se apartó:- Tenemos que parar.

Parpadeó hacia él, parecía medio violada y ansioso por la otra mitad, no una
buena combinación para un hombre luchando por el control:- ¿Por qué?

-No está bien. Vuestra inocencia pertenece a vuestro marido.

Cristo, sonaba como un anciano, o un tutor severo -ninguno de los cuales sonaba
justo en el momento-. Y si la mirada aplastada en los ojos de Cate era cualquier
indicación, había tomado su intento de hacer lo correcto malamente.

Sin embargo, podría haber sido capaz de sostener sus honorables intenciones si
Cate no hubiera extendido la mano y lo hubiera empujado hasta su límite.

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Àriel x

Capítulo 14

-Vuestra inocencia pertenece a vuestro marido.

Gregor era el mejor arquero de Escocia. No era de extrañar que su flecha


golpeara con cruel precisión. Cate había pensado que había puesto la ridícula
idea de sus esponsales detrás de él.

¿Cómo podía besarla así y todavía querer casarla con otro hombre?

¡Debía ser el hombre más testarudo y cabezudo de la cristiandad! Y tal vez ciego
también, para no ver lo que estaba justo en frente de él. Se preocupaba por ella,
incluso la amaba, aunque sabía que correría al campo de batalla más cercano si
le contara aquello. Mostró sus sentimientos en la forma en que la miraba, en la
forma en que la abrazaba, y sí, en la forma en que la besaba. Un hombre no
podía besar a una mujer con esa clase de ternura y pasión y no estar al menos un
poco enamorado de ella. No le importaba lo bueno que era en hacer el amor, o
cuántas mujeres había tenido en su cama.

Era cierto que no era exactamente una experta en el tema, pero estaría dispuesta
a apostar su vida en él, y también en su virtud. Cate no iba a dejar que se alejara.
No esta vez. Estaba fuera de la paciencia. No le permitiría casarse con otro
hombre.

Se sentó un poco, alargó la mano y apoyó la palma en su pecho. Envalentonada


por el duro golpe de su latido que parecía saltar y encontrarlo, lo miró
directamente a los ojos.

-No.

Pareció momentáneamente aturdido para responder. Sabiendo que no iba a durar,


respiró hondo e hizo la única cosa que sabía instintivamente que pondría un final
decisivo a más argumentos. Dejó que su mano se deslizara sobre los cálidos y
duros surcos del músculo estomacal hasta los cordones de la cintura de sus
braies. Gregor contuvo la respiración, sus ojos oscuros y depredadores,
observándola cada movimiento como un halcón que vigilaba a un ratón para
entrar en su alcance.

Se atrevió. Con un profundo suspiro de coraje, bajó la mano, curvándola


alrededor de la gruesa columna de su virilidad.

Oh Dios mío. Podría haber tragado saliva, pero el nudo se le clavó en la


garganta.

Cada músculo de su cuerpo parecía tenso, una proeza impresionante para un


hombre que parecía estar construido de poco más. El siseo bajo que provenía de
entre sus dientes apretados casi la hizo alejarse, pero no lo hizo. En su lugar,
sintió un extraño destello de lo que sólo se podría llamar

"poder femenino". La sensación de él en su mano, tan fuerte y gruesa, y


sorprendentemente difícil, sabiendo que lo había hecho así, le dio valor.

-No –repitió-. Os quiero, y sé que vos también me queréis a mí. No quiero que
os detengáis, quiero que terminéis lo que empezasteis en el patio de prácticas.
Quiero que seas vos quien me muestre la pasión. Quiero que me hagáis el amor -
lo miró a los ojos, que parecían brillar más que el fuego-.

Hacedme el amor, Gregor... por favor.

Si alguien le hubiera pedido la respuesta perfecta a su súplica, nunca habría


pensado que la 135

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Àriel x

maldición afilada que vino de su boca habría sido él. Pero de alguna manera la
palabra encajaba, y no sólo porque resumió rudamente lo que le estaba pidiendo
que hiciera. De alguna manera parecía abarcar la intensidad de la emoción que él
estaba manteniendo embotellada y ella estaba forzando libre. De alguna manera
parecía captar la dureza de su deseo, y la profundidad de su necesidad por ella. Y
de alguna manera esa mala palabra parecía despojar los últimos vestigios de
pretensión y civilidad, revelando el primario y primitivo hambre que ya no
negaría. Con esa sola palabra, escuchaba su impotencia, su rendición, y supo que
no importaba lo excepcional que fuera como guerrero, esta era una pelea que iba
a ganar.
Tenía la boca casi en una mueca, los brazos que la sostenían se habían vuelto tan
rígidos como el acero, y cada músculo de su cuerpo parecía tan apretado como
una de esas cuerdas de arco para las que se había hecho famoso. Sin embargo,
era tan increíblemente magnífico a la luz de las velas, que hacía que su pecho se
apretara.

-No peleáis justo, cariño. No quiero haceros daño, y no sé si puedo daros lo que
queréis –Cate contuvo la respiración cuando hizo una pausa-. Pero Dios sabe que
voy a intentarlo.

Cate suspiró aliviada. No sabía qué promesa estaba haciendo, excepto porque
sabía que acababa de hacer una. No le dio tiempo para preguntar, porque apenas
terminó de besar su boca, que no dejaba dudas sobre sus intenciones.

No tenía la intención de cortejar o seducir, tenía la intención de tenerla, y el


conocimiento floreció dentro de ella hasta que el calor y la felicidad llenaron
cada parte de su cuerpo.

Arrastrándola con fuerza contra él, reclamó su boca con intrépidos y exigentes
golpes de su lengua que enviaron estremecimientos de necesidad ardiente por su
cuerpo, estrellándose sobre ella en ondas duras. Se estaba ahogando en la
sensación, siendo arrastrada por una corriente de calor y deseo. Él la estaba
besando como si nunca pudiera tener suficiente de ella. Besándola como si
significara algo. No, como si significara todo. Devolvió el beso con creciente
fervor, hasta que pareció que se habían disuelto unos a otros, sus bocas, sus
lenguas, sus cuerpos convirtiéndose en uno.

La pasión los consumía a ambos, igual que antes, pero diferente. Era tan
increíble y poderoso, pero esta vez no había nada que le impidiera. Llegó sobre
ella caliente y pesada, exigente e inflexible.

Era la misma boca suave, el mismo sabor picante, la misma lengua hábil que la
besaba, pero este beso llegó con una intensidad sin obstáculos que dominaba y
liberaba extrañamente al mismo tiempo. La hacía sentir segura. Protegida.
Amada.

Él estaba en ella, en ella, rodeándola. Su calor lo envolvía, la solidez de granito


de su cuerpo presionaba, su beso poseía, pero nunca lo tomaba. Más bien se
entregó de una manera que sospechaba que nunca se había entregado a una
mujer antes. Y lo tomó con todo lo que tenía, abriéndose hacia él, su beso, su
toque, y las poderosas sensaciones que estaba removiendo dentro de ella.

Instintivamente, sus dedos se apretaron más alrededor de su virilidad. El ronco y


profundo gemido de su placer pareció estremecerse también a través de ella. Le
tomó la mano con la suya y la obligó a apretarla con más fuerza, y luego se
metió en el círculo de la mano. Una vez. Dos veces. La parte inferior de su
estómago pareció derretirse entre sus piernas mientras empujaba otra vez, el
sonido crudo y desigual de su placer resonaba en sus oídos.

136

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Con una maldición que le dijo que había tenido todo el placer que podía
soportar, apartó su mano y la bajó de nuevo a la cama.

Se acercó a ella, presionándola más profundamente en el colchón, su poderoso


cuerpo duro e inflexible sobre ella. El cuerpo de un guerrero con el músculo
grueso y sólido que había llegado a anhelar. Desesperadamente. Frenéticamente.
Sus manos agarraron sus hombros, agarraron los músculos rocosos de sus brazos
y deslizaron sobre las duras láminas de músculo a sus espaldas forjadas por años
de usar un arco, pero aún así no era suficiente. Tenía que estar más cerca, lo que
parecía una búsqueda imposible ya que sus cuerpos ya estaban fusionados.

La misma dureza que había estado sosteniendo entre sus manos estaba entre sus
piernas ahora, y levantó sus caderas contra él, necesitándole más cerca en la
parte que ansiaba salvajemente con necesidad.

El beso se salió fuera de control, cada vez más caliente... más profundo... más
húmedo. Los movimientos determinados y exigentes se vuelven menos precisos
y más salvajes. Sus manos se movieron sobre su cuerpo, caliente y posesivo,
reclamándola con cada toque y caricia.

Tomó su pecho, frotando su dedo pulgar sobre la punta hasta que se tensó con la
necesidad. Quería gritar cuando rompió el beso -quizá incluso lo hizo-, pero la
decepción duró sólo el tiempo suficiente para que bajara la cabeza.

Oh Dios, ¡su boca! Su boca caliente, húmeda y maravillosa estaba sobre su


pecho. El placer la atravesó en un rayo de puro fuego fundido cuando sus labios
cubrieron su pezón palpitante. Incluso a través de la fina capa de lino de su
camisa, el calor y la humedad la asaltaban. Inconscientemente, ella se arqueó en
el suave tirón de su boca, suplicando por más, una petición silenciosa que estaba
ansioso de responder.

De alguna manera había logrado aflojar los lazos de su camisa. Apenas se daba
cuenta de que el aire fresco de su piel febril, su piel desnuda febril, antes de
tomarla en la boca, chupándola y dándole vueltas con la lengua, hasta que gritó
con placer tan agudo, su cuerpo pareció sacudirse eso.

-Dios, sois hermosa -murmuró, su cálido aliento haciendo que su piel húmeda se
espesara más. Él respondió con su lengua, luego tiró suavemente de la carne
turgente entre sus dientes, hasta que gimió-. ¿Os gusta?

Podría haberlo mirado, sabiendo que se estaba burlando. Por supuesto que le
gustaba. Le encantaba y no quería que se detuviera. Pero cuando sus ojos se
encontraron, de pronto se dio cuenta de su carne desnuda entre ellos y se
sonrojó. Parecía una cantidad tan pequeña de carne desnuda en comparación con
lo que sin duda estaba acostumbrado.

Debió haber visto sus pensamientos. Su rostro se oscureció:- No tenéis nada de


qué avergonzaros, Cate. Sois exquisita -la cubrió con la mano, y la expresión de
éxtasis que le llegaba por la cara mientras gimió no le dio lugar a dudar de ello-.
Perfecto. Tan redondo y firme –lo acarició suavemente-, lo suficiente para llenar
mi mano. Y los pezones son tan rojos como las perlas -alisó la punta dura con el
pulgar-. Podría miraros para siempre.

Por siempre. Su corazón se apretó con anhelo. Era sólo un giro de frase, se dijo a
sí misma, pero

¿por qué cuando lo miró a los ojos pareció significar algo?

Para Gregor significaba cada palabra. Cuando la miraba así, con el cabello
oscuro extendido sobre 137

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x
la almohada detrás de ella, la piel enrojecida, los ojos pesados, la boca
machacada por el beso, la curva tensa y redondeada de carne cremosa desnuda
ante su mirada, sólo la lujuria que vino sobre él, aunque eso era parte innegable
de ella. Era algo mucho más grande y poderoso, una oleada de emoción que
nunca había experimentado antes. Apretó su corazón, apretó su garganta, y llenó
su pecho con un calor pesado. Era una sensación de absoluta justicia y felicidad,
lo que, por lo que estaba haciendo, era irónico.

Pero no iba a pensar en eso. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y lo que
significaba. Ahora no iba a adivinar su decisión. Aunque era cierto, no había
sido mucha decisión. No era la primera vez que una mujer había intentado
haciéndole cambiar de opinión poniéndole las manos encima.

Pero era la primera vez que había funcionado.

Cristo, cuando Cate había deslizado su mano por su vientre desnudo, llegando a
descansar pulgadas de la palpitante cabeza de su erección, le habría dado todo lo
que quisiera para hacer bajarla. El conocimiento de que su mano estaba tan cerca
de su polla lo había puesto tan caliente que pensó que iba a explotar. Casi lo
hizo, cuando finalmente puso la mano donde quería.

Había sido uno de los momentos más sensuales y eróticos de su vida, y al


mirarla a los ojos, tan amplia, inocente y llena de su amor descarado por él, nada
había sentido más bien.

Pertenecía a él, y él la tendría, fuera cual fuese el costo, valdría la pena.

Sólo mirarla valía la pena. Era tan condenadamente adorable que le quitaba el
aliento. Quería ponerse de rodillas y adorar cada centímetro de ella,
preferiblemente con su boca y su lengua. Y lo haría. La próxima vez. Pero ahora
mismo, sólo la visión de un pequeño seno que se ajustaba perfectamente en la
palma de su mano y el pezón rosado y turgente sería demasiado para él.

¿Dónde diablos estaba toda esa experiencia por la que era famoso?

Era virgen. Y no es que no apreciara ese hecho -lo hacía-, pero hacerlo bien no
iba a ser fácil, sobre todo cuando al besarla lo convirtiese en una especie de
escudero torpe y presumido, que sólo tenía un pensamiento en su mente.

Fue una buena idea, sin embargo. Un pensamiento realmente bueno.


Bajad la velocidad, maldita sea. Hacedlo juntos.

Tomando su pezón en su boca otra vez, lo colocó entre sus dientes, tirando
suavemente, y succionando hasta que ella se había olvidado todo sobre la
modestia y se retorcía sin vergüenza -

despreocupadamente, que Dios le ayudara- debajo de él. Tal como le gustaba. Su


cuerpo gritaba por el placer que estaba a punto de darle.

Estaba tan preparada, tan receptiva, que sabía que podía hacerla estallar sólo
chupando y burlándose de sus pechos, pero quería sentir ese primer
estremecimiento de placer. Quería ver su rostro mientras se separaba bajo él.

Deslizando su mano bajo el borde de su camisa, deslizó la parte posterior de su


dedo por su muslo, acercándose más a la hendidura dulce de su feminidad. No
parecía notarlo hasta que su mano se deslizó entre sus piernas, y luego se puso
rígida por un momento. Pero sólo un momento. En el momento en que su dedo
rozó los sedosos pliegues, se estremeció y gimió.

Mojada. Tan caliente y húmeda. Apretó los dientes contra la violenta oleada de
su propia necesidad 138

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

presionando fuertemente en la base de su espina dorsal. Juraba en silencio, sabía


que cualquier control que había logrado encontrar se desvaneció rápidamente.

Se concentró en su rostro, observando la conmoción, y entonces el placer se


desplegó como una rosa rosa en sus mejillas mientras la rozaba. Suavemente al
principio, dejándola acostumbrarse a las sensaciones que se apoderaban de su
cuerpo.

Le dio a su pecho una última succión larga y luego lo soltó cuando su dedo se
deslizó dentro.

Imitando lo que estaba haciendo entre sus piernas, sacó la lengua por encima de
su pezón, rodeó y acarició. Se burlaba de ella con suaves respiraciones de aire
caliente contra la piel húmeda hasta que la espalda se arqueaba y sus caderas se
elevaban en silencio pidiendo su liberación.

Era tan hermosa, su necesidad de ella era tan intensa, que no podía burlarse más.
Manteniendo los ojos en su cara, él chupó su pecho duro y acarició ese punto
sensible con su pulgar mientras él presionó el talón de su mano contra ella y le
dio esa fricción que necesitaba.

Ella jadeó. Se detuvo. Y se separó con el más dulce grito que había escuchado.
Su rostro se volvió suave y soñador con euforia mientras su cuerpo se estremeció
y se contrajo. Sintió el calor, la oleada de humedad y todos los espasmos del
placer que la reclamaba.

Era casi perfecto. La próxima vez lo sería, porque la próxima vez estaría dentro
de ella. En unos dos segundos, ya que era tan largo como podía esperar.

Cate sintió que había muerto e ido al cielo. Seguramente era lo que debía
sentirse como flotar entre las nubes. Bueno, tal vez no flotar. Disparar, volar y
voltear era probablemente más preciso. Su cuerpo todavía hormigueaba cuando
su mirada se aclaró lo suficiente como para verlo apoyado sobre ella. Su rostro
estaba tenso y torturado en las sombras. Quería envolver sus brazos alrededor de
él y besarlo, pero no le quedaban fuerzas.

La calidez de su mano dejó su cuerpo cuando empezó a trabajar los lazos de sus
braies.

La curiosidad la animó un poco, mientras miraba a tiempo para verlo libre.


¡Buen Dios! Pasó su lengua nerviosamente sobre su labio mientras tomaba la
espesa columna de carne que parecía aún más grande y más poderosa que
cuando ella lo había sostenido.

Podría haber sido tallado en mármol, era tan brillante, pulido y perfectamente
formado como el resto de él.

Hizo un torturado sonido bajo en su garganta:- Seguid mirándome así, cariño, y


esto va a terminar antes de que comience.

No sabía lo que quería decir, pero sonaba como si estuviera haciendo algo bien:-
¿Os gusta cuando os miro?

Se le escapó una risa, murmuró algo como "demonios, sí", y luego la miró con
esa sonrisa que deshacía los huesos y debilitó las rodillas que probablemente
había derribado más corazones de los que ella quería pensar -incluyendo la suya
propia- y contestó simplemente.

-Sí.

Un brillo perverso y sospechoso, muy parecido a un gato, vino a su ojo:- Os


gustó cuando os toqué también, ¿verdad? ¿Puedo hacerlo de nuevo?

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Él juró, y al parecer incapaz de decir otra cosa, asintió. Envolvió su mano


alrededor de él, momentáneamente sorprendida por el calor y la suavidad
aterciopelada, lo que parecía imposible por lo difícil que era. Era como el
mármol, con una fina capa aterciopelada en la parte superior.

Pero el mármol caliente con una vida golpeando debajo.

-¿Duele?

-Dios, no.

Los músculos de su estómago y sus brazos le sostenían sobre ella tenso mientras
empezaba a explorar su longitud, tentativamente al principio y luego con
creciente audacia mientras sus -cada vez más- tensos gruñidos de placer la
animaban. Quería agarrarlo, así que lo hizo, y los resultados fueron bastante
espectaculares. Su expresión se transformó en algo tan arrebatador, que se sintió
como una diosa.

Después de mover su mano hacia arriba y hacia abajo unas cuantas veces como
le había enseñado a hacer antes, sin embargo, sintió que su mano se aferraba a la
suya.

Su mandíbula estaba apretada, su mirada estaba distante, pero sus ojos estaban
llenos de concentración, y cada músculo de su cuerpo parecía tenso como si
estuviera luchando contra una especie de batalla secreta.
Cate apartó la mano:- ¿Hice algo mal?

Su mirada se encontró con la suya.- Lo que estáis haciendo es perfecto. Pero


quiero hacer esto último, y si seguís haciendo eso, no voy a ser capaz de hacerlo.

No sabía lo que quería decir, pero la admisión hizo que su corazón se hinchara y
su cuerpo se volviera suave por todas partes. Ella sonrió, extendió la mano,
rodeó sus manos alrededor de su cuello, y arrastró su boca hacia la suya.

Era como si una presa hubiera estallado. Toda la pasión que había estado
conteniendo mientras le traía placer vino corriendo en un torrente de necesidad.
Su cuerpo cayó duro sobre el suyo.

Instintivamente, envolvió sus piernas alrededor de las suyas mientras él se


acomodaba entre sus piernas y la besaba.

Parecía lo más natural tenerlo encima de ella. Tener sus cuerpos estirados juntos,
piernas entrelazadas, pecho a pecho, cadera a cadera. Tener el grueso y sólido
peso de él entre sus muslos.

Bien señor, se sentía bien. Todo se sentía bien.

Las sensaciones se construyeron de nuevo. Más rápido y más caliente esta vez,
ya que ahora sabía a dónde conducía. La besaba tan perfectamente, con largos y
profundos golpes de su lengua que hacían señas a un lugar primitivo dentro de
ella. Sus caderas comenzaron a levantar y hacer un círculo contra él. Su cuerpo
empezó a hormiguear. La necesidad de fricción y presión creció a un ritmo
frenético. Agarró sus hombros como si fuera una roca para anclarla en la
tormenta que la rodeaba.

Pero la atrajo hacia atrás antes de que se separara de nuevo:- Aún no. Quiero
estar dentro de ti esta vez.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Su camisa estaba retorcida alrededor de sus piernas, y le llevó un momento


encontrar el borde para quitarla.

-Esta maldita cosa está en mi camino -le dio una mirada infantil impaciente-. La
próxima vez la quiero fuera.

A pesar del rubor que le llegaba a las mejillas ante la idea de estar desnuda frente
a él, no pudo evitar sonreír. La próxima vez.

Colocándose entre sus piernas, sus ojos sostuvieron los suyos. No podría haber
hablado si quisiera.

La emoción del momento no sólo había hinchado su corazón, sino que también
había hinchado su garganta. Había soñado con esto durante tanto tiempo, pero
nunca había imaginado que sería tan perfecto.

-Podría doler un poco -advirtió.

Pero la advertencia se perdió en la tormenta de sensación que lo siguió, cuando


la gruesa cabeza de su virilidad empezó a empujarla dentro con un suave
movimiento de sus caderas. Se movía como un sueño. Se sentía como un sueño.
La conexión era todo lo que había imaginado y más. Se sentía poseída.
Reclamada. Llena. Atado a él de una manera primitiva que nunca podría
deshacerse.

Pero no fue sin alguna molestia.

-Dios, os sentís tan bien -dijo con fuerza, su mirada volvió a llenarse de intensa
concentración.

Estaba siendo amable con su paciente... y claramente no era fácil para él.

"Bueno" no era la palabra que usaría. Se sentía... grande. Como si –quizás, fuera
el tamaño incorrecto para ella- demasiado grande. Se tensó mientras su cuerpo
luchaba por aceptarlo.

-Casi, cariño. Dios, lo siento...

No necesitaba preguntar qué. Él sostuvo su mirada y dio un último empujón


determinado.
Jadeó, no sólo por la sensación de él sentado completamente dentro de ella, sino
por la agudeza de la sensación.

¿Doler un poco? Su cuerpo gritó ante la invasión.

Pero no por mucho. Empezó a besarla de nuevo, murmurando todas esas cosas
dulces contra su boca y cerca de su oído, que le hacían cosquillas y le hacían
temblar al mismo tiempo, de cómo se arrepentía, de cómo iba a desaparecer y de
cómo iba a hacer que se sintiera bien, muy bien.

Él estaba en lo correcto.

Después de unos minutos se olvidó del dolor, y ya no se sentía como una pared
que había tenido sus defensas asaltadas con un ariete. La tensión se alivió con
sus tiernos besos y palabras, y el malestar fue reemplazado por algo más: la
excitación. Un pequeño alboroto al principio, y luego otro mucho mayor cuando
empezó a moverse. Lento y fácil al principio, haciéndola acostumbrarse al
movimiento, y luego un poco más difícil y profundo.

141

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

La estaba besando todavía, su cuerpo deslizándose sobre el suyo con cada golpe.
La sensación de todo ese poder masculino irradiante, toda esa fuerza,
moviéndose sobre ella -en su interior - era increíble. Le hacía querer mudarse
con él.

Lo que ella hizo. Mucho, aparentemente, a su aprobación. Sí, podía oír los
sonidos de lo mucho que le gustaba con cada empuje de sus caderas, marcado
por un gruñido feroz que envió un escalofrío de placer deslizándose por su
espina dorsal.

Había esperado la intimidad y la conexión, aunque no se había dado cuenta de la


intensidad, pero nunca se había dado cuenta de lo físico que sería el hacer el
amor. No muy diferente del entrenamiento que hizo en el patio. Cuanto más de
su cuerpo se puso en ella, mejor se sentía.
Estaba trabajando duro, también. Su cuerpo era cálido y resbaladizo con el
esfuerzo, y cada vez más cálido y resbaladizo. Sorprendentemente, le gustó. Le
gustaba sentir sus músculos debajo de sus manos mientras la empujaba, le
gustaba sujetarse para absorber el impacto, y le gustaba sentir el calor ardiente
de su pasión bajo las yemas de los dedos.

Incluso olía bien. Por supuesto que sí, pensó con una sonrisa. Incluso el sudor
olía limpio en Gregor MacGregor. El calor sólo parecía mejorar la sutil esencia
masculina de su piel. Le hacía querer presionar su nariz contra él e inhalar,
dejando que el olor excitante se derramara sobre ella.

Parecía tan oscuro y feroz, y tan increíblemente hermoso, que cuando sus ojos se
encontraron y sostuvo su corazón apretado con tanta felicidad, la urgencia era
tan aguda e intensa que era casi dolorosa.

Era hermoso, lo que le estaba haciendo era hermoso, y lo amaba tanto que dolía.
Debía haber reconocido la mirada porque su mirada se había suavizado.

-¿Estáis bien?

Ella sonrió:- Mejor que bien. Se siente increíble.

-Sólo espera -dijo con una sonrisa lenta-. Está a punto de mejorar.

Sabía que era un hombre en el que podía confiar. Era bueno con su palabra. Él
frenó sus empujones, moviendo sus caderas en un movimiento largo y circular
que comenzó lento y fácil, y luego fue más rápido y más profundo, haciéndole
gemir cada vez que sus cuerpos se juntaban y enviaban una nueva ola de
sensación hormigueando entre sus piernas.

Dios, era increíble. Su cuerpo era como un instrumento de placer, cada


movimiento, cada golpe, calculado para golpear la nota perfecta.

Sabía exactamente cómo traerle placer, y lo hacía, casi más de lo que podía
soportar. Podía oír el sonido de la música en sus oídos. El latido de su corazón,
la aceleración de su aliento, el eco de sus gemidos mientras golpeaban juntos
hacia el golpe final. Hacia un crescendo espectacular.

-¡Oh, Dios mío! -gruñó entre dientes apretados.


Sus ojos se encontraron. Vio que la exultación llenaba su mirada al mismo
tiempo que la sensación la reclamaba. Sus cuerpos se tensaron juntos en aquella
pausa intemporal antes de romperse en un rayo de estrellas y luz. Sus gritos se
entrelazaban y se entrelazaban, mientras una oleada de placer 142

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

venía sobre ellos en olas tras olas poderosas.

Cuando la sensación finalmente se redujo, era como si cada onza de energía y


emoción se hubiera arrancado de ella. Gastada y exhausta, Cate se acurrucó en el
calor de su cuerpo y como un gato bien alimentado y contento, se durmió
enseguida.

Gregor tardó un momento en darse cuenta de dónde estaba. La última cosa que
recordó antes de cerrar los ojos fue pensar lo irónico que era que la primera vez
que realmente no le importaría oír lo maravilloso (explosivo, alucinante y
rompiendo la tierra también parecía apropiado) que su amor había sido, la
muchacha acurrucado contra él había caído en el sueño de los muertos. Cuando
abrió los ojos en la cámara fría y oscura, la cálida presencia a su lado había
desaparecido.

¿Dónde diablos fue? Miró a su alrededor confundido e incrédulo, seguido


rápidamente por la irritación. Maldito infierno, ¿no sabía que era grosero salir de
la cama y huir sin decir nada primero? Algo así como "Gracias por la noche más
increíble de mi vida, Gregor", o "Sois increíble, Gregor", u "Os amo, Gregor."
Sí, especialmente eso. Más bien pensó que le gustaría oírlo de nuevo,
especialmente cuando se sentía tan contento. No, no contento, feliz. Tal vez más
feliz de lo que había estado en su vida.

Hacer el amor con Cate había sido tan increíble como él pensaba que sería
físicamente, pero había ido más allá de eso. Más allá de eso, llevándolo a un
lugar al que nunca había estado antes. ¡Un lugar donde le gustaría estar
sosteniéndola en sus brazos ahora mismo!

Pasaron unos minutos, al menos veinte. Maldito infierno, ¿dónde estaba? Si


alguien debe escabullirse en la oscuridad, debia ser él. ¡Esta era su habitación,
maldita sea!
Se había desprendido de las sábanas y empezó a mirar por el suelo a buscar sus
pantalones cuando la puerta se abrió. Se enderezó y se volvió, viendo el objeto
de su irritación sombreado en la puerta, helado en sus pies. Parecía sorprendida,
pero no estaba seguro de si era por verlo despierto o el hecho de que estuviera
desnudo en su habitación.

Prefirió sospechar que era ésto cuando después de la aturdida pausa, no ocultó su
interés, su gran interés, en cada aspecto de su cuerpo. Dios mío, la muchacha no
debería mirarlo así a menos que estuviera preparada para actuar sobre toda esa
lujuria que estaba lanzando en su dirección. Era capaz de olvidar que tenía que
marcharse, y que probablemente no estaba en condiciones de ser violada después
del arrebatamiento de la noche anterior.

Su rostro cayó mientras miraba sus pantalones:- ¿Os vais? Todavía no podéis
iros.

La vehemencia de su protesta sacó algunas de las dudas al despertarse e


inmediatamente, buscarla:-

Pronto será por la mañana. ¿Dónde estabais?

Cate frunció el ceño, capturando algo en su tono. Cerrando la puerta detrás de


ella, caminó hacia él.

-Lo siento si os desperté. Traté de no hacer ruido -se mordió el labio, el calor
subió por sus mejillas-. Necesitaba usar el escudero.

-Os habéis ido hace mucho tiempo.

Eso probablemente no era lo más delicado que había dicho en su vida, pero
maldita sea, esta era una 143

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

experiencia nueva para él, y se sentía...

Inquieto. Como si estuviera navegando en aguas inexploradas. Nunca había


estado en una situación como esta antes. Una situación en la que necesitaba
saber que todo estaba bien. No, mejor que bien.

Necesitaba saber que ella estaba bien, que no la había herido, que había sido tan
increíble para ella como lo había sido para él.

El calor de sus mejillas se profundizó:- Había algo de sangre. Utilicé un paño y


la jarra de agua en vuestro habitación, para no molestaros. ¿Hice algo mal?
¿Estáis enfadado conmigo por algo? -su boca tembló cuando lo miró.

-Ah, Cristo -dijo él, atrayéndola entre sus brazos. La sensación de calidez y
alegría que había perdido al despertar regresó al instante. Estaba actuando como
una muchacha despreciada-. Lo siento. Nada está mal, y por supuesto que no
estoy enfadado con vos -inclinó su barbilla, llevando sus ojos luminosos a los
suyos-. ¿Por qué tendría que estar enfadado con vos?

Ella mordió ese labio inferior carmesí unas veces más antes de responder:- Pensé
que podríais estar arrepintiendo por lo que hicimos.

Su mirada estaba fija en la suya, atentamente:- No me arrepiento de lo que pasó


anoche -su pulgar acarició la parte de su labio que acababa de ser mordida-.
¿Cómo podría?

La sonrisa comenzó lentamente, pero no tardó en iluminar su rostro. El calor


irradiaba dentro de él también.

-Me alegro. Fue... maravilloso -terminó con un suspiro. Su sonrisa se volvió


descarada-. Supongo que había olvidado lo malhumorado que podéis estar por la
mañana.

Él retrocedió:- ¿Malhumorado? No estoy de mal humor -arqueó una delgada ceja


oscura.

Muy bien, bueno, tal vez lo estaba de vez en cuando, aunque muy rara vez, un
poco desordenado por la mañana. Pero no hoy-. Simplemente no esperaba
despertar solo.

La segunda ceja se alzó para unirse a él, esta vez con sorpresa:- ¿Qué creíais,
que me había escapado con vergüenza y os había dejado?

Frunció el ceño, oscuro:- Por supuesto que no.


-¡Lo hicisteis! -divertido bailó en sus ojos-. Pues, pensasteis eso -se apoyó el
dorso de la mano en la frente, fingiendo horror-. El hombre más guapo de
Escocia abandonado en la cama, ¿se acaba el mundo?

Sus ojos se estrecharon con advertencia ante sus burlas. ¡Cristo, no vos también!
Ojalá supiera quién había inventado ese monísimo ridículo, para poder inventar
una especie de horrible tortura para devolverle el favor. Se echó a reír, se levantó
en los dedos de los pies y le dio un suave beso en la boca. La fácil exhibición de
afecto le sorprendió. Pero sospechaba que podría acostumbrarse a él.

-Pobre Gregor. Estoy segura de que ha sido horrible tener mujeres cayendo a
vuestros pies todo el tiempo.

Sonrió irónicamente:- Sí, bueno, tal vez no fue tan mal todo el tiempo, pero no
habés conocido a Halcón.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¿Quién?

Diablos, había hablado sin pensar. Había bajado la guardia, se dio cuenta.
Probablemente debería molestarle más que a ella, pero confiaba en ella. Cate
estaba completamente sin artificios y no tenía un hueso engañoso en su cuerpo,
era lo que la hacía tan diferente y lo que lo atraía. Era real. No necesitaba
preocuparse por juegos, maniobras ni manipulaciones.

-Un amigo -dijo, alejándose del tema.

Instintivamente, su mano se había deslizado alrededor de su cintura cuando lo


había besado, pero tener ese cuerpo cálido y tenso presionado contra él estaba
empezando a cobrar su peaje. La soltó y dio un paso atrás.

-Debería irme...

-No, todavía no -tenía esa mirada aplastada, decepcionada en su cara que lo


golpeó directamente entre las costillas-. No es de mañana. ¿No podéis quedaros
un poco más?

No si no quería ponerle más dolorido de lo que ya debía estar. Su mirada


parpadeó hasta la cama, una indicación inconsciente de la dirección de sus
pensamientos. La sonrisa que subía por sus rasgos esta vez era decididamente
más sensual y tramposa. Sus manos subieron lentamente sobre su pecho desnudo
para rodear su cuello. Su cuerpo se deslizó contra él como un gato salvaje,
elegante y peligroso, y cada vez más mortal. Especialmente los pezones
puntiagudos apuñalándolo en el pecho. Aquello lo mató.

Rodeó sus caderas contra él:- Por favor, no os vayáis.

Tal vez tenía más artificio de lo que se imaginaba. ¿Quién diablos habría
imaginado que podía tocar la seductora sirena? Pero lo hizo, malditamente bien.
Era buena y seducía. Lo miró maliciosamente desde debajo de sus pestañas.

-¿No habíais dicho algo sobre mi camisa la próxima vez?

Realmente tenía que dejar de jurar tanto, pero la muchacha realmente sabía
cómo empujarlo en todos los lugares correctos. Podía empujar algunos de los
suyos. Empujando su espalda sobre la cama, arrancó la prenda ofensiva para
revelar un cuerpo que tenía todo el derecho de ser adorado.

Nunca había visto a otra mujer tan perfectamente formada. Era larga, musculosa,
esbelta y fuerte, con poca carne extra para estropear las líneas femeninas y
elegantes. A pesar de la evidente fuerza en sus extremidades, era innegablemente
femenina, con las caderas suavemente curvadas, los pechos delicadamente
redondeados, y un pequeño fondo exuberante con un hoyuelo bien colocado.

Él le dijo exactamente lo hermosa que era en palabras, y luego con su boca y


lengua. La sensación de que se apartara contra su boca lo volvía loco. No tenía la
intención de volver a tomarla, pero tenía otras ideas y no parecía importarle
demasiado -especialmente cuando él dentro de ella, y suplicaba lloraba nombre y
le rogaba por más, más duro, mientras golpeaba y se estremecía dentro de ella.

Habría sido perfecto si un momento después de rodar fuera de ella, su hermano


no hubiera entrado a 145

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

través de la puerta,

-Cate, estáis...

Al verlos en la cama, John se detuvo en seco. El choque fue seguido por una
mirada de condena que hizo que Gregor sintiera toda la culpa que,
probablemente, debería haber sentido mucho antes.

146

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 15

-¡Bastardo!

Instintivamente, Gregor bloqueó a Cate detrás de él, como si pudiera protegerla


de la situación desagradable.

Habría sido bastante malo con sólo John como testigo, pero su hermano no había
venido solo. Hete y Lizzie estaban detrás de él. A diferencia de su hermano, sin
embargo, fueron lo suficientemente consideradas como para retroceder
rápidamente y no quedarse allí mirando la condena.

No es que no fuera merecido, maldita sea. Pero Gregor no quería que Cate
accidentalmente se interpusiera en el camino de la ira que debía dirigirse a él, y
solo a él.

-Os veré en la cámara -replicó Gregor.

John lo ignoró, dando un paso más en la habitación, cada músculo de su cuerpo


quemándose de indignación:- ¿Cómo pudisteis hacer esto? –no esperó a que
Gregor respondiera porque añadió de inmediato-. Os casaréis con ella. Aunque
tenga que llevaros a la puerta de la iglesia yo mismo.

Cate hizo su primer sonido desde su primer jadeo cuando se abrió la puerta.
-No, John...

Gregor la cortó con un apretón de su mano que descansaba en la cama entre


ellos:- Vuestra escolta no será necesaria, hermano. Tengo la intención de
casarme con ella.

-¿De verdad? -preguntó Cate al mismo tiempo que John, con igual sorpresa.

Gregor ignoró a su hermano y miró a la mujer de ojos anchos acurrucada a su


lado, agarrando la ropa de cama a su cuello con su pelo oscuro cayendo
salvajemente alrededor de sus hombros desnudos, luciendo maravillosamente –
completamente- saciada. Tenía los ojos clavados en los suyos. Una oleada de
ternura se elevó dentro de él.

Apartando un mechón de pelo que siempre parecía estar en su rostro detrás de su


oreja, asintió:- Sí, si el necio de mi hermano no hubiese interrumpido, hubierais
tenido una propuesta adecuada Esta vez John tomó la indirecta. Pero no se fue
sin una mirada que prometía que esto no había terminado.

Gregor se volvió hacia Cate cuando la puerta se cerró detrás de él:- ¿No podríais
haber pensado lo contrario?

Su honor lo exigía. Lo había sabido antes de que le hiciera el amor y se diera


cuenta de lo que tendría que hacer. Pero sabía que no era sólo estaba el honor en
juego. Se preocupaba por ella, más de lo que había creído posible. Suficiente
para tratar de ser el tipo de hombre que ella pensaba que era.

147

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Cate se sonrojó, bajando la mirada de un modo que sugería que eso era
exactamente lo que había pensado. Él inclinó su barbilla, forzando su mirada a la
suya.

-No sabía qué pensar -admitió ella-. Habéis dejado vuestros sentimientos sobre
el matrimonio muy claro.
Una sonrisa irónica sacó una esquina de su boca:- Sí, bueno, parece que he sido
bien atrapado esta vez.

El color se escurrió de su rostro como una hoja de blanco:- ¿Atrapado? No quise


decir... Oh Dios,

¿creéis quei...?

Él sonrió. Maldita sea, era linda. Por supuesto que no había pensado eso. Cate
era demasiado directa y honesta para hacer algo tan despreocupado. Si pensaba
que había tenido un motivo ulterior cuando lo había tocado la noche anterior, se
habría marchado. Era irónico que finalmente se encontrara en la situación exacta
que siempre había querido evitar "pillado en la cama con una inocente virgen" y
no le importó en absoluto. El descubrimiento público de lo que había hecho sólo
había acelerado lo inevitable.

-No hace falta que parezcáis tan horrorizada, sólo estaba bromeando. Aunque si
hubiera sabido lo agradable que podría ser estar atrapado en el matrimonio,
podría no haberme resistido durante tanto tiempo.

Su ligereza no parecía ayudar. Su sonrisa parecía forzada, y su color se había


vuelto de blanco pálido a gris mal aspecto.

De repente, se puso serio, dándose cuenta de por qué. ¡Cristo, era un maldito
insensible! Lo que había ocurrido sin duda había sido traumático para ella. Por
supuesto, no estaría lista para bromear cuando su hermano acabara de entrar en
ellos en flagrante delito.

La muchacha era una criatura inocente, o al menos lo había sido hasta hacía unas
horas.

Probablemente estaba mortificada. Como debería ser, y lo sería, si no estuviera


tan condenadamente feliz. Sí, estaba feliz. No había pensado que existía, pero
había encontrado a una mujer que se preocupaba por él, y no toda la mierda
superficial que otras mujeres parecían no poder mirar más allá.

Él se inclinó, tomó el lado de su cara, y besó la preocupación suavemente de su


boca. Cuando terminó, estaba recostada en la cama y él estaba de su lado con
ella escondida contra él de nuevo, exactamente donde pertenecía. Levantó la
cabeza. Sus ojos se abrieron y se encontraron con los suyos.
-No me habéis dado vuestra respuesta –señaló-. Aunque, supongo, que nunca os
he hecho una pregunta. Me pondré de rodillas, si queréis, pero se siente un poco
tonto en mi estado actual de vestir -y su estado actual de excitación.

Sus mejillas se calentaron con un suave rubor rosado, y consciente o


inconscientemente (no le importaba) se frotó contra él:- Donde estáis está bien.

Donde él se encontraba, estaba a un pelo de rodar sobre ella, extendiendo sus


muslos con los suyos, y hundiéndose en ella por tercera vez. Sería una propuesta
para recordar.

Su hambre por ella no había disminuido. Si acaso, sólo se había vuelto más
voraz e insaciable. ¿Qué 148

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

le había hecho? No sólo lo había convertido en un libertino de vírgenes, sino


también en un bruto malo acosador de una.

Su garganta estaba sorprendentemente apretada cuando tomó su barbilla en su


mano y acarició la piel suave y aterciopelada que tenía una quemadura débil del
rasguño de su mandíbula.

-Cate, ¿me haríais el honor de ser mi esposa?

Cate parpadeó con lágrimas. Esto no podría estar sucediendo. Gregor


MacGregor, el hombre del que había estado enamorada durante cinco largos
años, se inclinaba sobre ella en la cama, su pelo rojizo se deslizaba
raquíticamente por la cara que había lanzado mil corazones si no barcos,
mirándola con una dulzura en su ojos que ella nunca podría haber imaginado, y
pidiéndole que se casara con él.

Que alguien me despierte. Porque seguramente debo estar soñando. Pero no lo


estaba. Esto realmente estaba sucediendo. Todo lo que había querido siempre
estaba esperando que lo alcanzara y lo tomara. Decir que sí.

Pero no podía, no sin estar segura de su motivación.


Su broma antes le había provocado un escalofrío en las venas, recordándola de la
conversación que había tenido con Seonaid y de la jactancia irreflexiva que
había hecho. Había estado segura de que Gregor se casaría con ella porque la
amaba, no porque hubiera tenido la intención de obligarle a nada. Pero recordó
con vívidos detalles el modo en que lo había tocado audazmente. Había querido
impedir que se fuera, sí, pero no había intentado atraparlo. Tampoco podía haber
sabido que John llegaría a su habitación tan temprano.

Un pequeño surco de preocupación recobró entre sus cejas:- No esperaba que mi


pregunta requiriera tanto tiempo.

Ella respiró hondo. Tenía que saberlo:- ¿Por qué queréis casaros conmigo,
Gregor? –el surco se profundizó.

-Había pensado que después de anoche era obvio.

No lo era. Ese era el problema. ¿Era simplemente el hecho de que había tomado
su inocencia o era porque se preocupaba por ella? La palabra que más temía
escuchar ahora era "honor".

-No soy una dama, Gregor. Sabéis la manera de mi nacimiento. No necesitáis


casaros conmigo si no queréis hacerlo -respiró dolorosamente a través de sus
pulmones-. Mi padre no vendrá a atacar vuestra puerta con la espada
desenvainada, exigiendo nada.

Su rostro se oscureció:- Debería. Deberia ser atrapado y descuartizado por


dejaros así. ¿Qué clase de hombre...?

-Por favor, Gregor, no quiero hablar de él nunca.

Miró hacia otro lado, incapaz de encontrar su mirada. Su indignación en su


nombre planteó una pregunta que no quería hacerse a sí misma. No importa, se
dijo. Pero, ¿y si lo hacía? Por primera vez, el secreto que guardaba de él se sentía
como un hecho secreto y no irrelevante para ser empujado debajo de la cama y
olvidado como su vestido.

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Àriel x

Él tomó su barbilla y forzó su mirada de nuevo a la suya. Su expresión no era


sólo oscura ahora, también estaba enfadado:- ¿Creéis que la forma de vuestro
nacimiento hace alguna diferencia?

-Tal vez debería. Lo será para vuestra familia. ¿Qué va a decir vuestro tío? Sin
duda el jefe tiene expectativas para vos. Tenéis el deber de casaros...

-Sabéis que no me importa nada de eso. Haré mi deber a mi tío sin ser canjeado
al mejor postor. Mi posición en el ejército del rey será suficiente. ¿De qué se
trata realmente, Cate? Pensé que queríais casaros conmigo. Pensé que me
amabais.

-Sí... lo hago -ese era el problema-. Pero no quiero que os sintáis comprometido
u obligado en nada.

-Miradme, cariño -hizo lo que le pidió-. Escuchadme bien. Sabía exactamente lo


que estaba haciendo anoche, y lo que significaba. Tengo el deber de casarme con
vos, sí, pero quería casarme con vos antes de haceros el amor.

Su corazón parecía salirse de su garganta:- ¿Sí?

-Sí, me preocupo por vos, y voy a hacer todo lo posible por ser el tipo de hombre
que merecéis -le acarició la barbilla con el pulgar de nuevo, y luego se movió
para jugar sobre su labio-. ¿Ahora me responderéis?

Ella sonrió, lágrimas de felicidad rebosando en sus ojos:- Sí. Sí, me casaré con
vos.

Su gruñido de algo como "se trata de un maldito tiempo" se perdió, mientras


rodaba sobre ella y le tapaba la boca con la suya.

Pasó la siguiente hora diciéndole sin palabras exactamente cuánto quería casarse
con ella. Él protestó en un momento clave por no querer herirla, pero decidió
tomar el asunto en sus propias manos, por así decirlo. Se estaba volviendo muy
buena con ellos, si su reacción era algo para pasar.

Cate nunca había sido más feliz en su vida. La noticia de su desposorio fue
anunciada en la comida del mediodía y fue recibida con un rugido de
aprobación. La letanía de tostadas y aclamaciones que seguían se convirtió en
una celebración espontánea con copiosas cantidades de vino, cuirm, baile, y más
tarde unas pocas melodías que hicieron incluso sus oídos sonrojarse.

Dado que mañana era Nochebuena y aún estaban en Adviento, estaba segura de
que la iglesia no aprobaría la fiesta, pero el Padre Roland parecía estar pasando
un buen rato.

Gregor tomó todas las felicitaciones con una sonrisa satisfecha y casi presumida
que, unida a su inusual atención, puso sus últimas dudas a fin. Realmente parecía
querer casarse con ella. Para todos los efectos, estaba actuando como un hombre
enamorado, y no podía evitar preguntarse si aquellos sentimientos que ella
siempre había sabido estaban allí podrían finalmente estar listos para revelarse.

Sobre la única persona que no parecía feliz era Pip. Había desaparecido poco
después del anuncio, y no fue hasta más tarde esa noche que lo encontró
esperando fuera de la puerta de su habitación.

-¡No podéis casaros con él! -exclamó él, con sus oscuras y voluminosas
facciones retorcidas con un 150

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Àriel x

puñado de emociones que iban desde una rabia muy varonil hasta una frustración
infantil, un reflejo exacto de su actitud en la cúspide.

La hinchazón de su nariz había retrocedido considerablemente, pero todavía


había marcas negras debajo de sus ojos por la paliza que había sufrido a manos
de Dougal MacNab.

Un pesado mechón de pelo oscuro le colgaba en los ojos. Ella le había dicho
después de su última sesión de práctica para cortarla, pero parecía que no había
llegado a él todavía. Lo haría... cuando le impidiera una visión demasiadas
veces.

Hasta el momento le había presentado a la lucha de espadas, tiro con arco, y


algunos de los movimientos de combate cuerpo a cuerpo que había aprendido de
John. No había demostrado grandes promesas en ninguna disciplina, pero era
entusiasta, rápido aprendiz y trabajador. Todo lo cual hablaba bien de los logros
futuros. También era terco como ella, lo que le impedía renunciar.

Por desgracia, sin embargo, esa misma terquedad que le ayudó a arrastrarse fuera
del barro durante la práctica también lo hizo cavar en los talones de Gregor.

Apretó los labios en una línea dura. Gregor podría haberla hecho más feliz de lo
que cualquier mujer debía ser, pero eso no significaba que no quisiera
estrangularlo por una o dos cosas. Pip era el principal entre ellos. Gregor y Pip
habían tenido un horrible comienzo, en gran parte debido al manejo insensible
de Gregor de la situación del muchacho, pero estaba decidida a cambiar. Ellos
iban a cuidarse unos a otros, incluso si la mataba.

Enorgulleciéndose, Pip dentro de la cámara, le indicó que se sentara en un


taburete junto al brasero.

Se sentó en la cama frente a él y trató de aliviar su dolor respondiendo con calma


a su demanda.

-Sé que no os gusta el laird...

-¡Lo odio! -Pip la cortó virulentamente. Sus ojos brillaron con la prueba de sus
palabras-. No se suponía que debía casarse con vos. Se suponía que se iba. Los
hombres como él siempre se van.

Cate sintió algo importante detrás de sus palabras. Había asumido que Pip nunca
había conocido a su padre -había profesado que era Gregor, después de todo-,
pero habló como por la experiencia.

Su corazón se aceleró. Sabía lo horrible que era tener un padre que le


abandonara. Cuánto peor debe ser tener dos. Con el tiempo conocería la verdad,
pero esperaría hasta que confiara en ella lo suficiente como para contárselo.

-Pip -dijo pacientemente-, apenas lo conocéis.

-Ya sé todo lo que necesito saber -dijo con un puño beligerante en la barbilla-. Vi
la forma en que te miraba anoche en vuestra habitación cuando tuvisteis la
pesadilla. Sabía que iba a hacer. ¡Os lastimó!

Cate se sorprendió -y avergonzó-, por lo mucho que el chico había adivinado:-


No me lastimó, Pip -

dijo en voz baja.

Su boca dibujó en una línea apretada:- puede que sea un bastardo, pero sé que lo
que hizo estuvo mal. Lo sé todo sobre él. Sé cuántas mujeres lleva a su cama.
¿Por qué creéis que mi madre...? -se detuvo, mirándola con ojos anchos y
horrorizados.

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Àriel x

-¿Por qué creo que vuestra madre qué? -preguntó suavemente.

Su rostro se arrugó, y las lágrimas que estaba valientemente tratando de


mantener a raya brillaban intensamente en sus ojos.

-Vais a odiarme, y querréis enviarme lejos como él. Lo sabe... o cree saberlo.

-¿Saber qué, Pip?

Todo el relato sórdido estalló en una ola de lágrimas y apologías asfixiantes. Al


parecer, su madre, que había sido mal usada y luego descartada por una de las
aventuras de MacGregor, unos años después del nacimiento de Pip, había visto el
dinero que le había enviado todos los meses para cuidar al niño por su muerte
hacía unos seis meses. Pip había intentado hacer trabajos extraños para ganar
dinero, pero lo que hacía era apenas suficiente para pagar la cerveza de su
madre, y mucho menos para mantenerlos alimentados y vestidos también.

Volviendo a la amargura y a la bebida, su madre había empezado a inventar


historias salvajes sobre su padre, hasta que pareció incluso que se los creía.
Incapaz de alimentar a ambos, había obligado a Pip a irse con el hombre que se
había acostado con tantas mujeres, diciendo: ¿Por qué no pudo haber sido
vuestro padre? Pip había ido con él porque había esperado ser rechazado en la
puerta.

Nunca se había imaginado que Cate se compadecería de él.


Había querido decirle la verdad, pero había tenido miedo de que lo echara.
Cuando su madre se enteró de que había sido capturado y de lo bien que lo
trataban, le había pedido que le diera dinero o lo llevaría lejos de su nueva casa.

Alrededor de la mitad de la historia, Cate lo había tomado en sus brazos,


sosteniendo esos hombros esqueléticos con todo el cariño que había querido
mostrarle desde el principio. Oyó lo que no decía.

El abuso de su madre también había sido físico.

Cuando terminó, ambos estaban temblando: Pip con sollozos, y Cate con
indignación. Había sabido que habría una historia, y sería fea, pero ¿qué clase de
mujer podría hacerle eso a su hijo? A Cate no le importaba lo que había pasado,
ni lo aturdida que estaba en su embriaguez... era inexcusable.

Pobre Pip.

-Lo siento -se ahogó-. Lo siento por mentiros y no deciros la verdad. Pero sabía
que me enviaríais lejos.

-No tengo intención de enviarte a ninguna parte, Pip. Esta es vuestra casa.

Se apartó y la miró como si estuviera sorda o loca:- ¿No acabais de oír lo que
dije? -asintió.

-Os he oído perfectamente.

-Pero os vais a casar con él. No me dejará quedarme -hizo una pausa, un brillo
en sus ojos oscuros-.

¿Podríais casaros con John?

Cate luchó con una sonrisa, pero volvió su seriedad con la suya:- Pero no amo a
John. Amo a Gregor.

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Su rostro cayó:- ¿Lo hacéis? -asintió.

No ocultó su disgusto:- ¿Y os ama?

Cómo un joven podía llegar directo a la cuestión. No lo culpaba por preguntarlo,


cuando se lo preguntó a sí misma. A veces era un poco difícil de concebir:- Creo
que sí, pero no creo que se haya dado cuenta todavía. Gregor no forma apegos
fácilmente.

Pip entornó los ojos:- ¿Por qué? ¿Que está mal con él?

Ella sonrió:- Nada más que un sano caso de cinismo. Ha tenido tantas mujeres
que le ofrecieron sus corazones por las razones equivocadas, que se ha
terminado cansando. No confía fácilmente -

agregó. Pensando en Isobel y lo que pasó con su hermano, tal vez era
comprensible. Decir que había erigido muros defensivos alrededor de sí mismo
era decirlo suavemente.

Pip no parecía convencido.

-Dadle una oportunidad, Pip, veréis. No nos decepcionará.

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Capítulo 16

Fue justo antes de la medianoche de la víspera de Navidad cuando Gregor


finalmente subió las escaleras a su cámara. Entre las largas misas de la
temporada y sus deberes de laird, había sido un día agotador. Se obligó a apartar
la mirada de la puerta de la izquierda, pero no antes de notar el tentador
resplandor de la luz de las velas que salía por debajo.

Estaba despierta. Sabiéndolo, y lo cerca que estaba, seguramente no lo era fácil


hacer lo correcto.
No era un muchacho en las primeras pasadas de la pasión, maldita sea, incluso si
lo hacía sentir como uno. Podría esperar hasta que estuvieran casados para
tenerla en su cama. Dios lo sabía, probablemente podría usar el tiempo para
recuperarse de la otra noche.

Pero tenía la sensación de que iba a durar doce noches. Suponiendo que pudiera
obtener una dispensa con la ayuda del rey de Lamberton, el obispo de St.
Andrews, Gregor esperaba casarse con Cate el 5 de enero, Noche de los doce, el
día que marcaba el final de la fiesta de invierno en la víspera de la Epifanía.

Podría haber esperado las tres semanas para que se leyeran las amonestaciones,
pero como Bruce se espera que lo llamara a principios de enero para el asedio en
el castillo de Perth, eso significaría retrasar su boda hasta la próxima vez que
pudiera regresar a casa.

Lo que no quería. Cate era suya, y quería que fuera de verdad, tanto en la
realidad como en la acción. Nunca se había imaginado que sería el que se
apresuraría al altar. Pero era como si una vez que el último obstáculo en su
mente hubiera sido despejado, no había nada que le impidiera ver lo que quería:
Catem como su esposa, de pie junto a él en el día y dormir junto a él por la
noche.

Aunque probablemente no habría mucha cosa de dormir, al menos, por un


tiempo.

Sólo pensar en lo que le gustaría hacerle ahora era suficiente para que estuviera
caliente, duro y frustrado. Era culpa suya por ser tan condenada y desinhibida.
Hacía el amor como hacía todo lo demás: sin barreras, sin pretensiones ni
artificios y con una pasión desenfrenada.

Con un poco de experiencia...

¡Que Dios le ayudara! Ni siquiera quería pensar en ello. Podría ponerlo de


rodillas.

Tal vez ya lo había hecho. Lo que sentía por ella no era comparable a nada de lo
que había sentido por una mujer antes. ¿La amaba? No sabía si era capaz de esa
clase de emoción. Pero su creencia en él le hacía querer ser el tipo de hombre
que podía quedarse en el hogar, y quizás, por ahora, era suficiente.
Cerró la puerta, poniendo la tentación firmemente detrás de él. Sin embargo,
apenas pasó un momento antes de oír un suave golpe. Abrió la puerta. Como él
esperaba, Cate estaba allí con su bata.

-Llegáis tarde -dijo.

-Podría decir lo mismo de vos,

-Os estaba esperando.

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Su boca se arqueó:- Estuve reunido. Pero no deberíais estar aquí.

-Lo sé -dijo ella con una sonrisa descarada, volviéndose de todos modos-. Pero
habéis estado tan ocupado los últimos días que no he tenido la oportunidad de
hablar con vos a solas, y quería daros algo.

De repente, se dio cuenta de la forma en que estaba sujetando su bata


firmemente frente a su pecho como si estuviera escondiendo algo. ¿Algo como
su cuerpo desnudo? Sus ojos debieron de estallar.

Ella puso los ojos en blanco, adivinando su pensamiento y rio:- Me temo que
estoy usando una camisa muy gruesa y muy vieja debajo, dado lo que pasó con
el último.

Sonrió:- Os compraré una docena de camisas –Cate arqueó una ceja-. ¿Más para
desgarrar?

-¿Cómo lo adivinasteis?

Ella rio y abrió su vestido:- Siento decepcionaros, pero eso no es lo que os traje -
sacando el paquete de lino que había sido colocado delante de ella, se lo
entregó:- Tomad... por la Navidad -explicó.

-¿Qué es?
-¿Por qué no lo abrís y lo veis?

Después de desatar el hilo de cinta de seda que había envuelto alrededor del
paquete, desdobló cuidadosamente el lino, revelando una túnica de lino bordada
con rollos de oro y escarlata alrededor del cuello y -cuando lo sostuvo-, las
mangas. Inspeccionando el bordado más cerca, se dio cuenta de que el diseño no
era rollos como él pensaba originalmente.

-Son flechas -dijo, aturdido.

Se sonrojó, asintiendo:- Es para que lo uséis debajo de vuestra armadura.

Era perfecto, no podía creer lo perfecto que era. Estaba conmovido. Las
puntadas eran exquisitas. Él frunció el ceño:- ¿Vos hicisteis esto?

Su voz debió de revelar su sorpresa.

-Sé cómo coser.

Alzó una ceja. Ambos sabían que encontraba el trabajo de aguja tortuoso:-
Bueno... -arrugó la nariz-. Muy bien, Hete hizo la mayor parte. Pero yo hizo el
diseño. Y esta parte de aquí -señaló la parte posterior del cuello, donde las
puntadas eran un poco más desiguales.

Sonrió y la cogió en brazos:- Es perfecto. Gracias.

La besó. Suavemente al principio, y luego, como siempre parecía suceder, con


mucho más pasión de lo que había pensado. Cuando retrocedió, ambos
respiraban con dificultad. Tomó sus ojos un momento para concentrarse. Su
cama estaba demasiado cerca, maldita sea. Sería tan fácil empujarla hacia atrás...

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-Tengo algo más para vos también -dijo.

-¿Escondiendo otros tesoros debajo de ese vestido, Caty?


Ella rio:- Nunca se sabe. Pero éste está debajo de la cama –cuando se apartó, se
lo explicó-. John me ayudó a traerlo aquí antes.

Se inclinó y sacó otro bulto, este robusto, de unos seis pies de largo, seis
pulgadas de diámetro, y envuelto no en lino, sino en pieles de cuero:- ¿Qué
tenéis aquí, una cabaña?

-Casi.

Volvió a tapar las pieles y contempló con un silencio atónito el regalo que tenía a
sus pies. No podía creer lo que estaba viendo. Inclinándose, lo inspeccionó más
de cerca, prestando especial atención al grano sin manchas de extremo a
extremo. No había ni un nudo ni un giro a la vista.

Increíble. Tal vez ella era la que debería llamarse una bruja. ¿De qué otra manera
podría haber obtenido tal tesoro?

Le observaba con creciente ansiedad, sus manos retorciéndose en su túnica de


color rubí, de terciopelo:- Es un bastón de tejo -dijo ella, obviamente preocupada
por su silencio.

Sabía exactamente lo que era. No era sólo un bastón de tejo. Era un bastón casi
impecable de tejo.

Impecablemente perfecto para hacer un arco y había sido casi imposible de


encontrar desde que estalló la guerra. Con la demanda de arcos tan alta, gran
parte del tejo bueno había sido derribado tanto en Escocia como en Inglaterra.

Su voz era baja y llena de temor que bordeaba la reverencia:- ¿De dónde habéis
sacado esto?

-Del comerciante que trae vuestros vinos de Burdeos.

Gregor frunció el ceño:- Me dijo que no podía encontrar nada así.

Sonrió:- Bueno, le animé a buscar un poco más -Gregor sabía que era mejor no
preguntar cómo.

-La apertura de las rutas comerciales ayudó. Vienen de España y se cortó el


invierno pasado, por lo que sólo necesitará un poco más de condimento...
No dijo nada. Estaba demasiado abrumado para hacer otra cosa que mirar
fijamente lo que debía ser el regalo más generoso y bien pensado que había
recibido.

-¿Os gusta?

La incertidumbre de su voz lo sacó de su estupor:- Me encanta. No sé qué decir -


sonrió. Levantó la punta de los pies y deslizó los brazos alrededor de su cuello.

-¿Tal vez podríais pensar en otra manera de agradecerme?

Su brazo se deslizó alrededor de su cintura, como si no hubiera otro lugar al que


perteneciera:-

Estaba tratando de hacer lo correcto.

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Sus ojos oscuros bailaban con chispas doradas de travesuras a la luz de las
velas:- Sois bueno -sus caderas se frotaron burlonamente contra las suyas-. Muy,
muy bueno.

-Lady traviesa -le dio un pequeño golpe en el trasero-. ¿Qué voy a hacer con
vos?

-Puedo pensar en algunas cosas, y estoy seguro de que podríais ayudarme a


pensar en algunas más que nunca he probado antes.

Él gimió, sintiendo que el calor se hinchaba en su entrepierna. Seguro que


podría. ¿La conmocionaría con sus peticiones? Probablemente, pero sabiendo
que Cate no lo estaría por mucho tiempo. Había estado fantaseando con su boca
sobre él durante demasiado tiempo. Sólo el pensamiento era suficiente para
ponerlo duro como una roca.

-Seguro que sabéis disparar mis buenas intenciones al infierno -sus ojos se
iluminaron emocionados-. ¿Verdad?
Asintió y la besó de nuevo:- Solía tener un poco de autocontrol.

Deslizó sus manos bajo los hombros de su túnica para deslizarla. Ya había
empezado a trabajar los lazos de su cotun pero le sonrió:- ¿Y ahora no lo tenéis?

-Por lo visto, no.

Para demostrarlo, arrancó la camisa que llevaba puesta. Era vieja, simple y
estaba en su camino.

-¡Gregor! -gritó, todavía tímida e intentando cubrirse. Pero la muchacha no tenía


nada que esconder, nada-. Otra no -gruñó-. No tendré nada que ponerme.

-Qué pena. Supongo que tendré que manteneros desnuda en mi cama.

Dejó de protestar, sacudiéndose la túnica por encima de la cabeza, quitándose las


botas y dejando rápidamente los pantalones.

Lo miró fijamente, absorbiendo cada centímetro de su desnudez. Nunca había


estado consciente de sí mismo en su vida, pero estar allí mientras lo estudiaba se
acercaba bastante. Quería su aprobación. Cuando finalmente lo miró, estaba
claro que lo tenía... y más. Lo miraba como si no pudiera esperar a devorarlo.

-Decidme qué hacer. Decidme cómo complaceros.

-Ya lo hacéis.

Sólo con estar de pie allí le hacía querer ponerse de rodillas. Era adorable,
pequeña, compacta y fuerte, con la elegante gracia de un gato salvaje.
Exteriormente imponente pero peligrosa, con los instintos crudos de un luchador.
Hacía que todas las otras mujeres que habían venido antes de ella parecieran
frágiles e insustanciales.

Se ruborizó:-Sé que los hombres prefieren más curvas, pero vuestra madre dijo
que los asusté a todos en el patio de prácticas, y que estaba condenada a ser tan
delgada como una cuerda de arco.

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Él se rio entre dientes:- Corazón, mi madre no tenía ni idea de lo que preferían –


y prefieren- los hombres -su cuerpo era tonificado y sensual, y tan malditamente
excitado, sospechaba que un día la fuerza y la firmeza de la carne en las mujeres
serían valoradas-, además, siempre he preferido un arco -sostuvo su mirada-.
Sois perfecta. Tan perfecta que voy a tener que insistir en que paséis mucho más
tiempo practicando todos esos movimientos de combate cuerpo a cuerpo, aunque
no en el patio de prácticas.

Sus cejas se juntaron:- Entonces, ¿qué...?

No tuvo la oportunidad de terminar su pregunta antes de que la empujara sobre


su cama y la sujetara con su cuerpo.

Ella jadeó de sorpresa, y luego sonrió:- Hay un problema con vuestro plan -alzó
una ceja desafiante.

-¿Cuál?

-¿Y si no quiero levantarme? ¿Y si me gusta exactamente dónde estoy? -movió


sus caderas para que su erección encajara perfectamente entre sus piernas, la
cabeza gorda empujando tentadoramente a su entrada. Se balanceó un poco las
caderas, burlándose de ella hasta que su aliento se aceleró con esos jadeos
guturales que lo volvieron loco.

-Oh, creo que querréis levantaros, Caty -se hundió un poco, dejándola tomarlo
una o dos pulgadas antes de retirarse. Él la sintió temblar de necesidad, y tomó
todo el control de no hundirse en lo profundo y dárselo todo-. ¿No estabais
hablando de aprender cosas nuevas? No creía que fuerais un desquiciado.

Había sabido que no sería capaz de resistirse a esa burla. Tal y como lo sabía, en
cuanto como le diera ventaja, estaría de espaldas.

Estaba... y más excitado de lo que podía soportar. La muchacha le dio un nuevo


significado a la palabra "deporte de cama”. Tenía la sensación de que hacer el
amor con Cate iba a ser una experiencia totalmente diferente, y que le
mantendría en los dedos de los pies por un tiempo.

Tal vez para siempre.


Por una vez no apartó el pensamiento. La dejó sentarse allí, acostumbrándose a
ella.

-¿Y ahora qué? -preguntó, mirándolo desde su posición acostada encima de él. El
latido de su corazón se le atascaba en el pecho. Todo parecía detenerse. Parecía
tan dulce y tan

inconscientemente sensual, con los ojos oscuros fijos en él, el cabello cayéndole
sobre los hombros y los pechos pequeños y penetrantes que empujaban con
orgullo en el aire. Quería aferrarse a este momento para siempre.

Levantó la mano para sujetar un mechón de sedoso pelo oscuro detrás de la


oreja. Acariciando su mejilla en su mano, él acercó su boca a la suya, besándola
suavemente, tiernamente, con largos y lentos tirones de su lengua

Pero ambos estaban ansiosos por esperar mucho tiempo.

-"Poneos de rodillas y ahorcajadas sobre mí --dijo con voz ronca.

Pareció confundida por un minuto, pero entonces la comprensión vino. Una


cálida mirada de 158

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comprensión se extendió por su rostro en una sonrisa lenta.

Gregor no sabía si su rápida comprensión de la situación lo haría maldecir o caer


de rodillas en gratitud. ¿Cuánto tiempo pasaría antes se darse cuenta de quién
tenía todo el poder aquí?

No mucho tiempo, si su rápido dominio de la posición significaba algo. Ella


apoyó sus manos en su pecho mientras movía sus caderas sobre él.

-¿Como así? -preguntó con un movimiento lento sobre su erección, que estaba
golpeando contra su estómago con enfado y sin ánimo para jugar.
Sus pechos eran demasiado tentadores. Tuvo que estirar la mano y cubrir los
montículos firmes en sus manos, sus dedos acariciando ligeramente las puntas
rosadas oscuras hasta que estaban tan duros como dos diminutos guijarros.

Gimió, arqueándose en sus manos, y se balanceó sobre él de nuevo, deslizando


su longitud entre sus piernas esta vez, donde podía sentir el dulce calor y la
humedad. Hizo un sonido de placer agonizante y levantó sus caderas hacia el
guante apretado y caliente que quería agarrarlo.

-¿Qué hago? -preguntó, su aliento desigual.

Podría haberla mostrado, pero quería dejarla controlar y controlar su pasión:-


llevadme dentro de vos.

Él gimió cuando sus dedos lo rodearon, y Cate levantó sus caderas en posición.
Cada músculo de su cuerpo se flexionó para mantenerse inmóvil mientras
frotaba la pesada cabeza contra su resbalad...

Oh, dios, sí. Él gimió cuando la encontró y comenzó a bajar su cuerpo sobre él,
pulgada a pulgada.

Estaba resbaladizo por el sudor y cerca del final de su cuerda cuando estaba
completamente empalada.

Bajó las manos por las estrechas bandas de su estómago y echó la cabeza hacia
atrás, hundiéndose más profundamente y saboreando el placer de sus cuerpos
completamente unidos:- Os sentís tan bien –dijo-. Tan grande y grueso, me
encanta la forma en que me llenáis.

Se merecía un reino al menos por no correrse allí mismo. Las palabras


inocentemente eróticas enviaron pernos calientes de placer desde la base de su
espina hasta la punta de su polla.

Se movió un poco y casi lloró por el esfuerzo de quedarse quieto. Por el esfuerzo
de no tomar sus caderas y deslizarla arriba y abajo en la parte superior de él
hasta que ambos estaban llegando duro.

Estaba tan apretada...

-Veníos conmigo, Cate -le espetó. No era una orden, sino más bien una súplica.
Y lo cabalgó. Lentamente y de manera tentativa al principio, y luego cuando
encontró el ritmo, duro e inflexible para el cuero.

Se sentía muy bien. Podía sentir la presión arrollándose y no podía aguantar más.
Él agarró sus caderas, hundiendo sus dedos en su trasero tensa, como su cuerpo
se apoderó:- Oh Dios, cariño, voy a...

159

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Lo cortó con su grito, hundiéndose en él con fuerza. Gregor la abrazó con fuerza,
apoyándola contra él, dejando que los espasmos de su liberación lo empujaran
sobre el borde. Llegó más duro de lo que jamás lo había hecho en su vida,
disparando su semilla profundamente dentro de ella en una ráfaga caliente de
placer cegador.

Cuando se derrumbó encima de él, sólo le quedaba suficiente energía para


arrojarla a un lado y meterla contra él. Quería decir algo, pero todo lo que podía
pensar era un -aturdido y poco imaginativo.

Lo había puesto a sus pies, de acuerdo. Y era un buen lugar para estar.

Cate pensó que probablemente debería sentirse avergonzada por su


despreocupación, pero estaba demasiado cálida y contenta, y demasiado
exhausta, para reunir cualquier entusiasmo por el esfuerzo. Además, si era
sincera consigo misma, no se sentía avergonzada. No necesitaba experiencia
para saber que a Gregor le gustaba su descaro y su pasión por él.

Veníos conmigo. El calor se extendió sobre su piel cuando pensó en cómo había
hecho exactamente eso. Nunca se había imaginado ese tipo de libertad, ese tipo
de salvajismo. Había sido increíble.

Con él dentro de ella, se había sentido lo suficientemente poderosa para domar


castillos o conquistar reinos.

Ella sonrió contra su pecho mientras su dedo dibujaba distraídamente las marcas
de su brazo. Era tan diferente estar con él así. Nunca había imaginado que
pudiera ser tan alegre y juguetón. No parecía remoto e intocable en absoluto,
sino bastante maravillosamente sensible. Nunca se había sentido más cerca de
nadie en su vida.

-¿Qué es tan divertido? -preguntó.

-Nada -dijo, un poco avergonzada por lo feliz que estaba-. Nunca antes había
visto un tatuaje. ¿Qué significa? Entiendo las dos flechas cruzadas detrás del
escudo, pero, ¿creí que la insignia de los MacGregors era una cabeza de león? El
león desenfrenado es el estándar del rey odía haberse tensado, pero estaba
demasiado ocupado observándola-. ¿Y cuál es este diseño que circunda vuestro
brazo? Parece una telaraña.

Él envolvió su mano en la suya y la movió de su brazo a su pecho:- Tantas


preguntas, pequeña. ¿No tenéis sueño?

Apoyó su barbilla en su pecho y frunció el ceño:- ¿Por qué tengo la sensación de


que intentáis evitar mi pregunta?

Sostuvo su mirada por un momento en la suave luz de las velas. Parecía estar
debatiéndose consigo mismo acerca de algo:- Tenéis razón. No tiene que ver con
los MacGregors. Es algo que hice hace un tiempo con algunos amigos míos.

Trató de desecharla, pero por alguna razón percibió que era importante para él.

-¿Tiene que ver con vuestro papel en el ejército del rey? -parecía sorprendido-.
Sé que no os gusta hablar sobre el tema, pero entiendo que lo que hacéis es
importante.

-Soy un arquero, Cate.

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Àriel x

-Sí, pero estoy segura de que es importante. ¿Que hacéis exactamente?

Se detuvo durante tanto tiempo, que no pensó que iba a responder. Cuando
habló, fue

cuidadosamente:- A veces el rey necesita eliminar objetivos importantes. Un


buen arquero puede ser útil para eso.

Ella frunció el ceño, y de repente sus ojos se abrieron:- ¿Objetivos? ¿Queréis


decir gente?

Sostuvo su mirada, como si se estuviera preparando para su reacción:- Sí. Estoy


entrenado para matar, Cate. Es lo que hago.

Lo declaró como un hecho y sin disculpas, pero de alguna manera sabía que no
era fácil para él admitirlo:- Y estoy segura de que cada uno de ellos ha sido
necesario, aunque estoy también que eso no lo hace más fácil.

Parecía sorprendido, como si hubiera esperado una condena. Se encogió de


hombros:- Os acabais acostumbrando.

Sospechaba que nunca se había acostumbrado a eso. Pero, sin duda, veía su
compasión como una debilidad para un guerrero, cuando de hecho sólo
enfatizaba su humanidad. La preocupación no era algo de lo que avergonzarse.

Había adivinado cuánto le afectaban las muertes cuando se había dado cuenta de
lo que eran las rocas. Eran su expiación, su reconocimiento de todas las vidas
que se habían tomado en la búsqueda de la ambición de Roberto de Bruce.

Cate pensó durante un minuto:- Pero ¿qué tiene que ver el tatuaje con todo esto?

Suspiró y sacudió la cabeza, sonriendo:- Sois tan implacable como algunos


guerreros que conozco.

Os lo explicaré todo cuando estemos casados.

Le gustaba oírselo decir:- ¿Y cuándo será eso?

-Espero que para la Noche de Reyes. Escribí al rey y le pedí que me ayudara a
conseguir una dispensa -un lado de su boca se alzó-. Ojalá pudiera haber estado
allí para ver su reacción. Creo que Bruce estaba convencido de que nunca
encontraría mi camino (de buena gana) hacia el altar. Estará decepcionado por
no poder estar aquí para la boda, pero estoy seguro de que una vez que se tome
Perth, organizará una gran fiesta en Dunstaffnage.

Cate se puso rígida:- ¿Una que?

Inclinó su barbilla para mirarla:- Sé que culpáis al rey por lo ocurrido, Cate, pero
esa culpa está fuera de lugar. Estaba tan devastado por la masacre de vuestra
aldea, como cuando se enteró de la noticia de que su esposa, hija, hermana y la
condesa de Buchan habían sido tomadas. Desapareció en el bosque y no habló
con nadie durante días.

Cate se negó a permitirse sentir lástima por él. Endureció su corazón:- Cualquier
culpa que Robert de Bruce sintió, se lo merecía. Todos somos peones en medio
de la ambición de un noble.

¿Cuánto valen las vidas de algunos aldeanos en nombre de un trono? ¿Una hija?
-hizo una pausa y añadió rápidamente-. O una esposa.

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Àriel x

-Eso no lo haría Bruce, Cate. No lo conocéis como yo. Es un gran hombre. No


hay nadie en quien yo crea más. Creyó en mí cuando nadie más lo hizo. Cuando
llegué a él por primera vez, yo era joven y más fanfarrón y presumido que
guerrero. Pero me ayudó a perfeccionar mis habilidades del deporte en los
Juegos al campo de batalla. Me ayudó a ser un guerrero.

Cate se sintió enferma. La admiración de Gregor por el rey era mucho más
profunda de lo que se había dado cuenta. Dios, casi sonaba como un padre. Y
mejor que nadie sabía el peligro en eso. No quería que él supiera la misma
decepción que ella tenía.

-Escocia lo necesita. Es asombroso pensar en lo que ya ha logrado, y lo cerca


que estamos de la victoria. Robert de Bruce está en el trono, y haré todo lo que
esté a mi alcance para verlo allí permanentemente -tomó su barbilla y levantó su
cara a la suya-. Es importante para mí que le deis una oportunidad justa, Cate.
Creedme, nunca se imaginó, ninguno de nosotros lo hizo, lo que pasaría con
vuestro pueblo por ayudarnos.
-Vosotros no estabais allí.

-Dos de mis amigos más cercanos -los hombres que considero hermanos-
estaban entre los hombres a los que vuestra aldea había refugiado. Si no lo
hubieran hecho, estarían muertos. Eran dos de los hombres que estaban conmigo
cuando os encontré en el pozo.

Le miró sin decir palabra. No se había dado cuenta...

-Bruce se lamenta de cada pérdida de vida en esta guerra y lleva el peso de ellos
con él todos los días. Nadie sabe más que él lo que se ha perdido en la búsqueda
de un trono. Pero no es sólo a los tres hermanos y amigos cercanos a los que
lloran, sino también a la gente como vuestra madre y los otros aldeanos. Incluso
estaba preocupado por ti, Cate.

Su corazón se detuvo, y luego comenzó a golpear salvajemente. Temiendo que


se diera cuenta, se alejó de él lo suficiente como para romper el contacto. Al
instante, tenía frío:- ¿Por mí?

-Sí, estaba muy interesado en ti -Gregor frunció el ceño, como si algo en el


recuerdo le molestara.

-¿No le dijisteis nada?

Con lo ansiosa que había hablado, no era de extrañar que le lanzara una mirada
extraña.

-Le dije lo que sabía en ese momento: vuestro nombre y edad –lo reconsideró-.
Al menos, lo que pensábamos que era vuestra edad, once o doce.

Cate esperaba que su alivio no fuera visible. Nunca había esperado que el rey
tuviera un interés personal en ella, pero era bueno que hubiera mentido sobre su
nombre, ambos nombres. Bruce no habría sabido del segundo marido de su
madre. Cuando Bruce los dejó, su madre había estado a punto de casarse con su
primer marido.

Aunque quería preguntar más, temió que ya hubiera dicho demasiado. Gregor
era demasiado perspicaz. No quería que adivinara que el hombre que era tan
venerado, era el mismo que la había abandonado cuando tenía cinco años.
-Era pequeña para mi edad -dijo.

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Àriel x

Sonrió:- Todavía sois pequeña para vuestra edad.

-Soy lo suficientemente grande como para poneros... -se detuvo cuando le dirigió
una mirada de advertencia-. De espaldas -terminó dulcemente.

-Sí, bueno, no creáis que al rey no le importó. Le importó. Bruce tomó la pérdida
de su pueblo vuestro muy mal. Dijo que había pasado algún tiempo desde que lo
había visitado, pero conocía a muchos de los aldeanos personalmente. Algo
pareció ocurrírsele-. ¿Lo conocéis, Cate?

Pensó que sí. En un momento, había pensado que no había hombre mayor que
Robert de Bruce, el joven Conde de Carrick. Pero resultó que no lo había
conocido en absoluto. El hombre con el que se había jactado de ser el mayor
caballero de la cristiandad la había sacado de su vida tan a fondo como si nunca
hubiera existido. No habría sido tan malo si él no hubiera hecho que lo amase
primero. Su corazón se estremeció ante el recuerdo de cuánto había amado al
hombre que la había engendrado.

-Vino a nuestra aldea cuando yo era un niña -contestó cuidadosamente, en lo que


esperaba que fuera una voz neutral.

-¿Y no estabais deslumbrada? Estoy sorprendido. No muchas mujeres son


inmunes al encanto de Robert de Bruce.

En absoluto. Su madre no lo había sido. Cate tampoco lo había sido... por lo


menos durante un tiempo. Y por lo que había oído, había al menos algunas otras
mujeres con hijos naturales de Bruce que también estaban encantadas.

-Sí, bueno, tal vez necesite un poco más que encantos superficiales para
impresionarme.

Alzó una ceja:- ¿Eso está dirigido a mí por casualidad?


Sonrió:- No, pero quizás queráis tenerlo en cuenta. El "deslumbramiento" de esa
cara está destinado a desaparecer... en una docena de años, más o menos.

-Es bueno saberlo -dijo secamente-. ¿Y qué pasará cuando necesite


impresionaros?

Rodó sobre él, saboreando la sensación de su duro cuerpo masculino contra el


suyo:- Sospecho que podréis pensar en una cosa o dos.

No podía creer que el sonido ronco fuera su voz.

Su mano se deslizó para agarrarle el trasero y encajarla cómodamente contra él.


Al instante, su cuerpo se volvió caliente y líquido. Gimió cuando la agarró por la
parte de atrás de su cabeza y la besó duramente. Se deleitó en el conocimiento de
que el contacto le afectó de la misma manera que a ella.

Podía sentir el calor creciendo entre sus piernas, cuando de repente retrocedió.

-Dios, me vais a matar. Pero necesitáis dormir un poco. Mañana va a ser un día
largo.

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Era Navidad:- Os referís a hoy -tenía que ser bien después de la medianoche-.
¿Me estáis enviando a mi habitación?

-Lo siento, cariño. No quiero alimentar más los chismes. De hecho,


probablemente, me retiraré al cuartel hasta que nos casemos -debió de parecer
tan decepcionada como se sentía, porque se rio-. Es bueno saber que no voy a ser
el único que cuenta los días.

No podría haberle dado un regalo mejor que esas palabras descaradas:- ¿Lo decís
en serio, Gregor?

¿Queréis casaros conmigo?


Su frente se arrugó:- Creí que ya habíamos tratado esto.

-Lo hicimos. Es sólo que todo ha sucedido tan rápido, siento que voy a despertar
y descubrir que habéis cambiado de opinión.

Se echó a reír, rozando la parte posterior de su pulgar sobre su hombro desnudo:-


Hay pocas posibilidades de eso. Espero que no seáis vos quien vaya a
arrepentirse.

Frunció el ceño:- ¿Por qué me arrepentiría?

Hizo una pausa durante un largo rato:- He dejado a mucha gente en mi vida,
Cate. No quiero acabar haciendo eso con vos.

-No lo haréis -dijo con ferocidad. No sabía todas las circunstancias de su pasado,
pero sabía algo más importante: lo conocía. Gregor evitaba el apego y la
responsabilidad fuera del campo de batalla no porque fuera incapaz de hacerlo,
sino porque temía dejar a la gente caer. Pero así como el rey podía contar con él,
sabía que ella también contaba. No la dejaría caer.

Él se echó a reír y la besó en la nariz:- Me recordáis a alguien cuando tenéeis esa


expresión en vuestra cara. Pero no caigo en quién.

Lo bueno era que no había mucha luz en la cámara, porque temía que toda la
pizca de color hubiera desaparecido de su rostro. A regañadientes, se incorporó,
agarrando la sábana al cuello, buscando su túnica en el suelo:- ¿Podéis darme
eso?

Se sentó, se apoyó en el panel de madera de la cama y cruzó los brazos sobre su


pecho. Podría haber notado el brillo diabólico en sus ojos si no hubiera estado
tan distraída por los abultados músculos de sus brazos. ¡Bendito sea! Su boca
parecía estar babeando.

-¿Y perderme el veros salir de mi cama desnuda? No lo creo.

Le fulminó con la mirada, arrancó la sábana de la cama y la envolvió alrededor


mientras ella hacía todo lo posible para no dejarla "caer".

Gregor se rio, obviamente divertido por sus esfuerzos:- ¿No es tarde para la
modestia? He visto cada centímetro de vos.
Ella frunció la boca con aplomo:- Algunos no estamos acostumbrados a andar
desnudos.

Se encogió de hombros sin arrepentirse:- Normalmente, no tengo muchas quejas.

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Sus ojos se estrecharon, tomando cada centímetro de un cuerpo que podía hacer
que Adonis llorara de envidia. Arrogante pícaro. Era peor porque estaba
justificado.

-Apuesto por ello.

Agarrando la túnica del suelo, dejó caer la sábana antes de sujetarla delante de
ella. Una rápida a su virilidad la hizo sonreír:- Dulces sueños, Gregor.

-Esperad -se levantó de la cama y agradecido para su paz mental, se metió en su


braies-. Tengo algo para vos.

Miró su virilidad:- Creo que ya me lo disteis.

Sonrió agradecido:- Os estáis convirtiendo en una malvada chica, Caitrina -


inclinó la boca para corregirlo "Catherine" y la cerró de golpe. No lo
desilusionaría. Caminó hasta el baúl, abrió la puerta y recogió una pequeña caja
de madera y una bolsa de cuero-. Yo también tengo dos regalos para vos. Iba a
daros la primera cuando volví a casa, pero después de lo que pasó con Dougal,
no estaba seguro de si debía animaros -le tendió la bolsa-. Prometedme que no
sacaréis esto a menos que tengáis que hacerlo.

Sabiendo que estaba en su mayor parte burlándose de ella, se abstuvo a discutir


sobre cómo "tuvo que hacerlo" con Dougal. Tirando de la solapa de la bolsa,
recuperó una vaina de cuero muy fina y lo que parecía ser una pequeña daga.
Pero era diferente a cualquier puñal que hubiera visto. La hoja tenía cerca de
cinco pulgadas de largo pero era delgada y estrecha, llegando a un punto muy
agudo.
La manija era de cuerno, y cuando puso su mano alrededor de ella, creyó que
podría haber sido elaborada expresesamente para ella.

-Nunca he visto algo así -dijo.

-Un amigo mío lo hizo para mí. Es un tipo especial de daga -lo miró
interrogante-. Corta a través del cotun -explicó.

Cate abrió los ojos. De repente la forma de la hoja tenía más sentido. Era
ingenioso. Moviendo la hoja en su mano, dijo:- ¿Habéis hecho esto para mí?

Asintió:- podéis sujetarlo a un cinturón de cuero y usarlo en vuestra espalda o a


vuestro lado.

Cate estaba increíblemente conmovido por su seriedad y por lo que reveló. La


conocía todo tan bien como ella a él. ¡Ambos se habían comprado armas!

-Es perfecto –dijo-. Gracias.

-Sí, bueno, mantenedla lejos de mi lado hasta que os enseñe cómo usarlo. Una
vez mencionasteis el castrado.

Se echó a reír y lo volvió a meter en la vaina:- Sí, bueno, podría haberlo


reconsiderado. Tendréis que darme una razón.

La suave burla se desvaneció de repente. Su rostro se volvió dolorosamente


serio. No creía que 165

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Àriel x

hubiera habido un silencio más incómodo. Su corazón se arrugó. Se sentía como


una tonta. Nunca le había hecho promesas. Pero él no querría hacer eso...
¿verdad?

Le rompería el corazón. Rompecorazones.

Eso era lo que hacía, ¿no? No para mí. Esto era diferente.

-Espero poder hacer eso -dijo.


El pecho de Cate estaba ardiendo, pero se dijo a sí misma que no reaccionaría
exageradamente:-

¿Cuánto tiempo estuvisteis con Isobel, Gregor?

Su expresión se endureció:- ¿Qué tiene eso que ver con esto?

-¿Cuánto tiempo?

-Casi dos años.

-¿Os habéis acostado a otras mujeres cuando estabais con ella?

-No -parecía sorprendido por la admisión.

-Eso es porque cuando os preocupáis por alguien sois leal. Y tengo la intención
de que os preocupéis por mí.

Sus ojos se detuvieron, y algo fuerte y poderoso pasó entre ellos. Su pecho se
hinchó, sabiendo que ya lo había hecho. No era una promesa, pero era lo que
hacía.

Le entregó la caja:- Esto os pertenece ahora.

-¿Qué es?

Una pequeña sonrisa curvó su boca. Repitió sus palabras:- ¿Por qué no lo abrís y
lo veis?

Alzando la parte superior, respiró hondo. Sobre una cama de terciopelo estaba el
anillo que su madre había llevado hasta su muerte. Era de oro, con un gran
cristal oval en el centro y cabezas de leones grabadas a cada lado. Sacudiendo la
mano, lo sacó de la caja.

-Es una piedra preciosa –dijo-. Hay un grabado en el interior -la sostuvo ante la
vela para leerlo-.

Rioghal mo dhream -dijo para ella.

-La realeza es mi raza -las palabras se burlaban de ella. Aturdida, se quedó


mirando el anillo, sin saber qué hacer. No podía ponérselo. Era una bastarda-. Es
el lema de los MacGregors -explicó.

Parpadeó por un momento en la confusión, y luego suspiró con alivio:- Por


supuesto que sí. Lo he visto inscrito en vuestro arco y espada.

El MacGregors demandó el descenso de Gregor, el hijo del rey Kenneth


MacAlpin, el primer rey de Scots. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Por un
momento, pensó que era una broma cruel.

Deslizó el anillo, con la mano levantada y dejó que atrapara la luz:- Me sentiré
honrada de llevarlo.

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-Mi madre estaría feliz.

El corazón de Cate sacudió el recuerdo de que ambas mujeres hubieran estado


satisfechas. Deseaba poder estar aquí para compartirlo con ella... con ellos.

-Sí, lo haría -convino Cate.

-Feliz Navidad, Cate.

-Feliz Navidad, Gregor.

Y con un beso más, la envió de vuelta a su cama... ¡Ay, sola!

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Capítulo 17

La agarró mientras caminaba y la empujó inmediatamente al cuarto oscuro. Se


resistió -como sabía que lo haría-, pero estaba preparado y tenía su cara fija
contra la puerta antes de que pudiera utilizar su nueva daga.

Pero su resistencia fue, en el mejor de los casos, poco entusiasta. Se relajó contra
él, cuando acaricio con su nariz su cuello justo debajo de la oreja a la manera
que le gustaba, que la hizo estremecer.

-¿No ibais a sacarme el cuchillo? ¿Dónde estáis, Caty? ¿Habéis estado


practicando lo que os enseñé?

Se estiró contra él como un gato, dejándolo sentir la presión de su cuerpo en


todos los lugares correctos. Especialmente, su parte inferior. Sí, eso estaba
exactamente en el lugar correcto. Él estaba duro como un pico, y cada vez se le
hacía más difícil por el momento cuando sus nalgas apretadas le empujaban
tentadoramente.

-No sería más de lo que merecéis, me asusté. Aunque no hubiera ido a por la
"muerte silenciosa",

¿no es así como lo llamasteis? Estaba pensando algo un poco más doloroso.

Gregor no pudo evitar sonreír mientras su boca recorría el costado de su cuello


hasta la curva de su hombro. Le gustaba su sed de sangre. La idea de dejarla sola
cuando tenía que regresar al campo de batalla le asustaba mucho, pero al menos
cuando se fuese, estaría aliviado de que pudiera cuidar de sí misma.

-Mentirosa. No os asustasteis. Me oísteis venir y habríais condenado a nuestra


progenie futura con un empuje mal colocado de vuestra rodilla si no hubiera
estado listo para vos.

Se calló por un instante:- ¿Niños? -algo en su voz hizo que su pecho se apretara.
Estaba tratando de sonar indiferente, pero podía oír el anhelo apenas contenido.
Sabía cuánto significaba para ella una familia. Todo lo que tenía que hacer era
pensar en los impostores. Aunque tenía que admitir, la familia de fantasía que
había creado no era tan mala, a excepción de Pip. Había que hacer algo por él.
Pero no esperaba la discusión y las lágrimas que el tema estaba seguro provocar.

-Ese es el resultado habitual de nuestras actividades nocturnas -dijo con


suavidad.

-¿Os referís a las actividades nocturnas que hicisteis hace cuatro noches?
Él rio entre dientes, atrayendo su boca sobre la cálida y aterciopelada piel suave
de su hombro, inhalando el débil olor floral que permanecía en su cabello:-
¿Quejándoos, Cate? Os parecéis al pelirrojo.

-Se llama Eddie -dijo con impaciencia-. No podéi llamarle por el color de su
pelo.

-Es mucho mejor que llamarlo después de un rey inglés. Además, a él le gusta.

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Lanzó un suspiro cansado de resignación, y murmuró algo sobre él -y su sexo en


general- siendo ridículo. Casi podía imaginárselo haciendo lo mismo dentro de
veinte años. Maldito infierno, ni siquiera habían llegado al altar, y ya estaban
actuando como una vieja pareja casada.

Excepto por el hecho de que la había clavado contra una puerta en un oscuro
almacén. Demonios, probablemente lo haría en veinte años. La emoción de la
anticipación que corría a través de él no parecía mostrar signos de disminución.
Parecía ser cada vez más fuerte.

Sabiendo que bien podría estar tomando su vida en sus propias manos, soltó una
de sus muñecas y se cubrió el pecho en su lugar. Como no intentó darle un
puñetazo ni alcanzar su cuchillo, pensó que le gustaba lo que le estaba haciendo.

Cuando estuvo seguro de que no trataría de patearle en el culo, soltó su otra


mano y realmente fue a trabajar, dejando que sus manos vagaran por cada
centímetro de ese dulce cuerpo, mientras la besaba y chupaba su cuello y nuca, y
frotaba su erección contra el fondo presionando contra él.

Dios, estaba caliente. Ella le estaba quemando. Había sido demasiado tiempo.
Debería haber pensado en esto antes.

-No es de noche ahora, cariño -dijo en un gemido.

Ella hizo eco del sonido mientras deslizaba su mano de su pecho a entre sus
piernas.

-¿Pensé que queríais esperar hasta que estuviéramos casados?

-Sí, bueno, resulta que es demasiado tiempo.

Casi podía oírla sonreír:- Son ocho días más, Gregor.

La dispensa requerida había sido obtenida incluso más rápido de lo que había
previsto. Gregor había recibido una misiva del rey esta mañana, informándole
que debía llegar unos días antes de la Noche de Reyes.

Por desgracia, el rey no sólo había estado ofreciendo sus felicitaciones. Había
tenido otras noticias que impartir también. Noticias Gregor preferiría no pensar.
Odiaba guardar secretos de Cate, aunque fuera por su propio bien. Pero parecía
que finalmente tendría la oportunidad de darle la justicia que merecía. De Bohun
estaba enviando hombres para ayudar con la defensa del Castillo de Perth, bajo
la dirección de su capitán, Sir Reginald Fitzwarren.

Eso no era todo. Los primeros rumores sobre la parte de Gregor en la Guardia de
las Highlands, o los Fantasmas de Bruce, como se les conocía por todo el campo,
habían llegado a los oídos del rey.

Era sólo cuestión de tiempo antes de que se extendiera, y el rey le advirtió que
estuviera en alerta.

Gregor tenía aún más motivos para maldecir la soplada misión de Berwick: Cate.
¿Qué significaría eso para su seguridad?

Pero aclaró su mente preocupada por él con sus siguientes palabras:- Gregor,
¿nosotros podemos...?

Uh... -sabía que estaba ruborizada, pero estaba demasiado excitado para sonreír-.
¿Hacer esto?

Oh, dios, sí:- ¿Os gustaría eso? -preguntó con notable tranquilidad, dado que
estaba a punto de explotar.

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La abrazó más firmemente entre las piernas. Incluso a través de las pesadas
faldas sabía que estaba palpitando.

Ella jadeó:- Sí, creo que lo haría.

Arrojó sus faldas y desató los pantalones más rápido de lo que había hecho
antes, sin querer arriesgarse a que cambiara de opinión.

Hizo un sonido profundo de placer crudo mientras deslizaba su polla entre sus
piernas y dejaba que su longitud se deslizara hacia adelante y hacia atrás a lo
largo de su humedad.

Pronto estaba jadeando, su cuerpo temblaba de necesidad:- Gregor, no puedo


esperar... se siente tan bien.

Necesitaba sentir lo bien que estaba, se acercó al frente y puso su mano entre sus
piernas. Deslizó un dedo y luego otro:- Os sentíss tan sedosa y húmeda. No
puedo esperar a estar dentro de vos.

Se retorcía contra él, su cuerpo entero lo suplicaba. No podía esperar más. Entró
en ella con un fuerte empuje que la sacudió contra la puerta.

Gritó, no con dolor, sino con placer:- ¡Sí! Oh, por favor, no os detengáis.

Con cada empuje que devolvía con tanta ferocidad como él, instándolo con la
presión de su cuerpo y sus incitantes palabras. Más fuerte. Más duro. Más
rápido. Os sentís tan bien... tan grande.

Perdió el control. Perdió donde se detuvo y empezó. No podía parar. Condujo


hacia ella una y otra vez con toda la pasión y toda la emoción sin nombre dentro
de él que había estado luchando por salir. No guardó nada, y por primera vez en
su vida Gregor se sintió completamente libre.

Se unieron en una conflagración y una explosión de energía cruda que se mecía


y temblaba, destruyendo todo lo que había llegado antes. Sólo había una mujer
que se separaba a su alrededor.
Ahora y siempre

***

Dos días después de la primera vez que Gregor la sorprendió en el almacén, Cate
terminó los últimos ajustes en su ropa y cabello. Afortunadamente, se había
vestido para la práctica y el daño que había hecho en su afán fue fácilmente
reparado. Con el tiempo despejado por primera vez en días, había estado en su
camino para ir a dar un paseo con Pip, cuando Gregor la había pillado en la
escalera y la arrastró hasta el almacén bajo las escaleras que sostenían los
barriles de vino.

-¿Cómo me veo? -preguntó, dejando que el extremo de la trenza que acababa de


terminar caía por su espalda.

La miró de arriba abajo, una expresión claramente satisfecha de satisfacción


masculina en su rostro.

-Os veis como una bella mujer, completamente arrebatada, que acaba de correrse
tres veces.

-¡Gregor! -se ruborizó-. No deberíais decir esas cosas.

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Le dirigió una sonrisa perversa:- ¿Por qué no? Es verdad. Eso es lo que veo
cuando os miro. Otras personas podrían asumir que habéis estado sentada junto
al fuego durante un tiempo.

Puso los ojos en blanco:- Lo dudo. No creo que engañemos a nadie. Justo hoy
Hete me preguntó si había contado las bolsas de grano que teníamos en el
almacén últimamente. Me dijo que con la fiesta que viene no sería una mala
idea, y yo debería tomar tanto tiempo como necesitaba, echaría un vistazo a
Maddy más tarde.
Gregor sonrió ampliamente:- Siempre supe que me gustaba esa mujer.

Cate sacudió la cabeza. Era un pícaro. Pero era su pícaro... o lo sería pronto:- Me
alegro de que sólo sean siete noches más...

-Seis –corrigió-. La séptima noche sois mía -Cate sonrió. Lo sabía.

-Estáis contando.

-Cada maldito minuto -dijo, cogiendo el cinturón con su espada para sujetarlo
alrededor de su cintura.

Cuando terminó, se sentó en uno de los barriles para mirarla, aparentemente


renuente a irse.

Conocía el sentimiento. A pesar de que había algo decididamente ilícito en lo


que estaban haciendo, era la única vez que estaba a solas con él, y apreciaba
cada momento.

Con Hogmanay mañana, ambos habían estado ocupados con sus deberes
atendiendo a los invitados y asegurándose de que todo estuviera listo para la
gran fiesta. La ocupación era de esperar, pero eso no lo hacía más fácil. Tampoco
era más fácil ver a las mujeres descender sobre él como langostas. O

tal vezbuitres eran una mejor analogía, buscando cualquier resto de restos en el
cadáver de su soltería. Aparentemente estar prometido no era mucho de un
disuasivo.

-¿Dónde ibais? -preguntó él.

-¿Queréis decir antes de que me arrancaran los pies y me lo llevaran aquí un


bárbaro demasiado musculoso?

Él sonrió sin arrepentirse:- Sí, antes de eso.

"Pip y yo íbamos a dar un paseo, y luego practicar su tiro con arco en algunas de
las colillas instaladas en el páramo en el otro lado de la aldea.

Frunció el ceño y no estaba segura de si era por la mención de Pip o por la


mención de que se alejaba tan lejos de la casa de la torre:- ¿Cuánto tiempo os
iréis?

-Unas pocas horas. No tenéis que preocuparos, estoy seguro de que vuestros dos
guardias os informarán en cuanto regresemos.

No se molestó en fingir vergüenza ante su descubrimiento:- No me disculparé


por ser prudente, Cate. Con extraños jinetes, pensé que era prudente que mis
hombres os acompañaran cuando estáis lejos del castillo.

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-¿Me acompañan? ¿No me siguen?

Se encogió de hombros como si la diferencia diera igual:- Es mi trabajo


protegeros, Cate.

-Puedo protegerme.

No discutió; solo la miró con una expresión suplicante en sus ojos:- Dejadme
hacer esto, cariño.

Sólo hasta que estemos seguros de que el hombre que visteis no era nada.

¿Tenía razón Gregor para sospechar que el hombre podía ser algo? Ella sostuvo
su mirada durante un largo momento, pero no entregó nada. Todo lo que podía
ver era preocupación genuina.

Bien, era difícil resistirse a él:- si queréis protegerme, ¿por qué no venís con
nosotros? Parecía a punto de negarse, cuando agregó-. Eso sí, si podéis soportar
estar lejos por unas pocas horas del grupo de admiradoras. Oh, mi laird, os traje
esta tarta porque sé cuánto os gustan los higos -

murmuró ella-, Oh, mi laird, ¿habéis probado este queso de nuestra granja? -
hizo un sonido burlón-. Sus estratagemas son tan evidentes. ¿Cada mujer piensa
que el camino hacia el corazón de un hombre es a través de su estómago?
Cruzó los brazos y le sonrió:- Bueno, me gustan los higos y el queso.

-¡Gregor! -exclamó, golpeándolo-. Eso no es gracioso.

La agarró y la atrajo contra su amplio pecho. ¿Alguna vez se acostumbraría a la


sensación de su fuerza? ¿El escudo duro del músculo dejaría de hacer que su piel
hormigueara y sus rodillas estuvieran débiles?

-No tienes motivos para celos, Cate. Esas mujeres no significan nada para mí;
Veo a través de sus estratagemas con bastante facilidad. Por eso sois tan especial.

-¿Porque no veis a través de mis estratagemas? -murmuró con disgusto.

Rio:- Porque no las tenéis -dejó caer un beso en su nariz-. Ahora, vais a sonreír y
ser una buena anfitriona para todos nuestros huéspedes, o voy a tener que doblar
mi fuerza?

Ella levantó una ceja:- ¿Ese es vuestro diabólico plan?

-Sí, me habéis descubierto. Planeo manteneros tan bien saciada, que no tendréis
energía para discutir conmigo.

Se echó a reír y negó con la cabeza. Dios sabía que probablemente podría. A
pesar de que acababan de hacer el amor, ya podía sentir que se endurecía de
nuevo contra ella.

-Pero ahora estaré en guardia, ya que me habéis advertido de vuestro nefasto


propósito -hizo una mueca-. Muy bien, voy a sonreír y ser muy encantadora -
demostró con una sonrisa muy forzada.

Pero entonces sus ojos se estrecharon-. A menos que alguien haga algo que me
moleste. Decidles a vuestras admiradoras que mantengan sus manos consigo
mismas. Especialmente la rubia

voluminosa, la hermana de vuestro tío, ¿no?

-¿Qué tal si le digo lo buena que sois con una daga? ¿Creéis que será suficiente?

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-Será un buen comienzo. ¿Qué decís de venir con nosotros?

Él lo consideró por un momento. Sospechaba que era la perspectiva de pasar


tiempo con Pip lo que le estaba reteniendo. Pero esa era una de las razones por
las que lo deseaba allí. Tenía un plan.

-Hay algunas cosas que tengo que atender, pero ¿qué tal si te encuentro allí en
aproximadamente una hora?

Ella sonrió:-Eso será perfecto.

Estaba funcionando, pensó Cate, lanzando otra mirada encubierta al hombre que
se apoyaba contra el árbol en el borde del bosquecillo, que hacía lo posible para
parecer desinteresado.

Pero no se dejaba engañar. Gregor se estaba volviendo loco. Sus manos estaban
prácticamente hormigueando para intervenir y poner fin a la parodia que tenía
lugar ante él.

Cuando ayudó a Pip a colocar la flecha hacia atrás a media pulgada por debajo
de la oreja y colocó el codo del muchacho hacia abajo, Gregor alcanzó su punto
de ruptura. Llegó pisoteando hacia donde habían instalado en el borde del campo
abierto más grande del pueblo.

A su alrededor se veían las colinas y los bosques, pero frente a ellos había una
franja de páramo de unos trescientos metros de longitud. Como tal, servía como
el lugar para el concurso anual de tiro con arco de la aldea, durante la feria de
verano. Las grandes colillas de heno envueltas en cáñamo estaban a distancias
variables. Cubiertos con unos pocos centímetros de nieve, parecían rocas bajo
una manta de blanco, pero sirvieron a su propósito lo suficientemente bien como
para proporcionar un lugar de aterrizaje seguro para las flechas.

Al acercarse a ellos, Gregor le lanzó una mirada irritada.

-Por el amor de Dios, Cate. Nunca golpeará cualquier cosa si vos lo colocáis así.
Maldición, todo está mal. Incluso su postura. Su pie izquierdo debe estar
apuntando más hacia la marca -empujó el dedo del pie de Pip con el suyo propio.

Pip estaba a punto de objetar, pero Cate apretó su brazo para detenerlo:- Tiene la
forma perfecta, Gregor -insistió- Le pregunté a John. Sé exactamente lo que
estoy haciendo.

Lo hacía. Iba a obligar a estos dos a pasar el tiempo unos con otros, incluso si no
les gustaba. ¿Y

qué mejor manera de tener a Gregor enseñando al chico algo que amaba?

El famoso arquero hizo un severo sonido burlón en su garganta:- Entonces, ¿por


qué está poniendo tanto peso en su pie trasero para empezar? Debe estar más
equilibrado cuando está aprendiendo primero. La cuerda debe estar entre estos
dos dedos -hizo el ajuste para Pip-, no estos dos. Lo está haciendo demasiado
rápido y nervioso. Su mano debe detenerse en el lóbulo inferior de su oreja, su
codo debe salir, debe estar mirando la marca, no la punta de flecha, está cerrando
un ojo, por el amor de Cristo-, y la sostiene demasiado tiempo antes de perderla.
Furioso, como si hubiera sido despreciado personalmente o que acabara de
cometer algún sacrilegio. Maldito infierno, en cada paso, hace algo mal.

Cate cruzó los brazos y le devolvió la mirada, fingiendo ira:- Pensé que estaba
haciendo todo eso.

Pero por supuesto, si creéis que podéis hacer un trabajo mejor, seguid adelante.

173

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

La mirada de Gregor se afiló. Explotó, era demasiado astuto. Adivinó lo que


estaba haciendo.

Quizás había ido un poco lejos con todos sus errores, pero había querido
asegurarse de que se diera cuenta.

Consciente del muchacho entre ellos que estaba haciendo todo lo posible para
mirar como si no le importara de ninguna manera, Cate contuvo la respiración.
Por favor, no lo rechacéis de nuevo.

Gregor sostuvo su mirada durante una larga pausa, y luego le dirigió un


asentimiento de cabeza. No era aquiescencia tanto como un reconocimiento de
que había ganado esta batalla, pero no estaba concediendo la guerra.

La siguiente hora pasó rápidamente cuando Gregor instruyó a Pip en la forma y


técnica apropiadas del arco largo. Era obvio que Gregor se sentía cómodo en el
papel de maestro, y se dio cuenta de que probablemente estaba viendo cómo era
cuando trabajaba con los hombres bajo su mando.

Los ingleses habían temido por sus arqueros, especialmente los galeses, pero las
tierras altas y los bosques de Galloway también habían criado arqueros de gran
reputación. Cuando llegara el momento de enfrentar a los ingleses, Bruce no
estaría sin arqueros expertos. Arqueros altamente cualificados, si Gregor tenía
alguna influencia en su entrenamiento.

Estaba claro que no sólo estaba dotado de habilidad, sino que también estaba
dotado de la habilidad de transmitir aquello a los demás -los dos no siempre iban
juntos. Sabía exactamente cuánta información dar, cuándo hacer correcciones, y
cuándo darle elogios.

Lo demostró, pero no disparó su propio arco, aunque estaba contenta de ver que
lo había traído.

Cuando mencionó que no lo había visto practicando con él últimamente y le


preguntó si algo estaba mal, la rozó girando el foco a su tiroteo.

Ella se sorprendió cuando hizo algunos pequeños ajustes a su técnica que


inmediatamente mejoró su precisión. Como Pip, usó un arco más pequeño y
ligero hecho para su menor fuerza. Tratar de imitar el arco de Gregor era como
tratar de imitar una barra de hierro. Apenas podía moverlo unos centímetros. El
tamaño de los músculos de la espalda y los brazos de repente adquirió un nuevo
significado e importancia. Necesitaba ser tan fuerte para manejar el arco.

Pip no fue el único decepcionado cuando Gregor puso fin a la práctica:- Será
mejor que volvamos, si queremos llegar a tiempo para la comida del mediodía.

Con la mayoría de los invitados ya aquí para la fiesta de mañana, saltando estaba
fuera de la cuestión. Ella dio un suspiro decepcionado de todos modos:-
¿Debemos?

Su boca se curvó:- Sí, tenemos que hacerlo -se volvió hacia Pip-. La manera de
mejorar es tratar cada flecha que disparéis en la práctica de la misma manera que
en la batalla. Esta no es una habilidad que será mejorada por el gran número de
disparos. Está haciendo que cada uno cuente.

Necesitáis construir la fuerza del hombro y la espalda, recordad que no stá en el


brazo; os estáis inclinando hacia el arco. Disparar cuando estéiss cansado no
hará nada para mejorar tu habilidad.

La última hora había hecho lo que Cate había esperado. Pip ya no miraba a
Gregor con velada animosidad y sospecha; Lo miraba como un cachorro
golpeado que acababa de hacer que alguien lo acariciara por primera vez. Estaba
a la vez desesperado por la bondad, pero también receloso de aceptarla por temor
a que no durara.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Cuando Pip asintió con la cabeza, Cate tuvo que apartar la vista, temiendo que
uno de ellos pudiera ver las lágrimas en sus ojos.

Habría sido una mañana perfecta, si no hubiera sido estropeado por lo que pasó
en el viaje de regreso a Dunlyon.

Estaban profundamente en el bosque cuando sintió un cambio en la vigilancia de


Gregor. Como con la mayoría de los guerreros, siempre demostró un alto nivel
de alerta y conciencia de su entorno, sin importar las circunstancias; Pero esto
era diferente. Esta era la agudeza y el nerviosismo de la batalla. Todo lo que le
rodeaba parecía más difícil.

Pip seguía adelante, y Gregor ligeramente detrás de ella, cuando ella se volvió
hacia él y dijo,

-¿Qué pasa?
Su mandíbula se había tensado, y su boca estaba dibujada en una línea apretada:-
No estoy seguro.

Sentí algo. En las colinas al norte -no necesitaba decirle que no mirara en esa
dirección-. creo que alguien nos está vigilando.

Su piel se le erizó, e instintivamente, se puso rígida. Su corazón comenzó a


disparar, subiendo rápidamente hacia su garganta:- ¿Qué debemos hacer?

-Cuando lleguemos a la bifurcación, quiero que vayáis a la casa de la torre con el


muchacho. Voy a dar una vuelta alrededor y ver si puedo escabullirme de nuestro
observador por detrás.

-¿Y si hay más de uno?

Por alguna razón aquello le hizo sonreír:- Estaré bien, Cate. No tenéis nada de
qué preocuparos -su rostro se puso serio-. Pero confío en que consigáis que Pip
regrese a Dunlyon con seguridad.

Decidle a John lo que ha sucedido. Volveré tan pronto como pueda. Poned una
excusa a los invitados

Ella asintió. Antes de que tuviera tiempo de discutir o entrar en pánico, se había
ido, tal vez había contado con eso.

Hizo lo que había pedido, volviendo al castillo con Pip e informando a John de
lo ocurrido. Hizo todo lo que pudo para cumplir su deber como señora del
castillo, presidiendo la comida del mediodía y viendo que los invitados estaban
bien atendidos, pero su cabeza, junto con su corazón, estaba en otro lugar.

No parecía respirar hasta que Gregor atravesó la puerta del salón dos horas más
tarde, y la larga comida continuaba. La miró antes de que estuviera rodeado.
Expresión severa, sacudió la cabeza.

No sabía si estar aliviada o no. Gregor no se había enfrentado al peligro, pero


eso significaba que lo que estuvo allí todavía lo estaba.

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Capítulo 18

Cate arrugó tanto la nariz, que probablemte, le dolería más tarde. Tenía las
manos clavadas e inmovilizaba atrás de ella, aplastándola con el peso de su
cuerpo.

Era difícil respirar. Por un momento, sintió pánico, pero lo empujó hacia atrás.
Intentó mover el pie detrás del tobillo, pero anticipó el movimiento y usó su
pierna y muslo para inhibir su movimiento.

La apretó aún más:- Eso no funcionará esta vez, Cate. ¿Qué más podéis hacer?
Pensad.

Había una urgencia en la voz de Gregor que no entendía. Pero sus palabras sólo
aumentaron su frustración. ¿Qué podía hacer? ¡No podía hacer nada! ¡Era tan
fuerte como un buey! Podía sentir su pulso acelerado y su calor como la
sensación de impotencia mezclada con la ira. Cada instinto de su cuerpo se
rebelaba ante este sentimiento de impotencia.

Pero no estaba impotente. Con una súbita claridad de propósito, dejó de luchar.
En el momento en que alivió la presión, reaccionó. Dobló las rodillas y se
desplomó lo suficiente como para llevar su cabeza hacia adelante y encajarla con
fuerza contra su cara. Porque era lo suficientemente alto, que tocó su mandíbula
y no su nariz, pero era lo suficientemente duro como para sonar un crujido.

Soltó un gruñido de dolor e instintivamente se inclinó hacia delante.


Aprovechándose de la abertura, se dio la vuelta, golpeando su codo en sus
costillas al mismo tiempo que su tobillo quedó atado alrededor de su pie.

No cayó al suelo, pero el desequilibrio fue suficiente para que se escapara. Se


estaba frotando la mandíbula cuando se volvió hacia él:- ¿Estáis bien?

-Estoy bien –dijo-. Fue un buen punto. Cuando estéis lista volveremos a
intentarlo, pero esta vez practicaremos qué hacer si alguien os ha apoyado contra
una pared con un cuchillo en la garganta.

Asintió, tomando la expresión concentrada en su rostro. Sabía que debería


alegrarse de que estuviera tomando su entrenamiento en serio, muy en serio,
pero sentía un propósito más amplio en el trabajo. La estaba trabajando mucho
más de lo que había hecho antes.

Casi como si estuviera tratando de abarrotar todas las posibles situaciones


horribles que podría enfrentarse en una sola sesión de entrenamiento.

Gregor recuperó una jarra que había llenado con agua del pozo de una pila de
armas que había traído para la práctica, bebió profundamente de ella, y luego se
la entregó. A pesar de que era un día frío y nublado, con una ligera ráfaga
ocasional de nieve girando en el aire, sus mejillas estaban enrojecidas y cálidas
por todo los esfuerzos.

Ella le devolvió la jarra cuando terminó:- ¿Os molesta algo, Gregor?

-No.

Frunció el ceño:- ¿Estáis seguro? Parecéis bastante intenso hoy. Me preguntaba


si podría tener algo que ver con lo de antes. Creí que habíais dicho que no habías
encontrado a nadie.

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Àriel x

-No lo hice. Pero alguien estaba. Más que alguien, conté al menos cinco
conjuntos de huellas.

-Probablemente sólo serían viajeros -su boca cayó en una línea apretada-. ¿Qué?
-preguntó.

Sus ojos eran de un verde duro e intenso cuando se encontraron con los suyos:-
No era alguien que pasaba por allí. Habían estado por lo menos unos días.

-¿Cómo podéis saberlo?

-Lo que dejaron atrás. Salieron rápidamente y no tuvieron tiempo de cubrir sus
basuras.
Arrugó la nariz ante el desagradable pensamiento:- Así que, aunque estuvieron
allí unos días, ¿por qué os molesta y qué tiene que ver conmigo?

-No tiene nada que ver con vos –dijo-. Al menos, no directamente. Y puede que
no sea nada.

Demonios, probablemente no es nada.

Parecía tan inquieto, tan impropio de él, que lo agarró:- ¿Qué ocurre, Gregor?
¿Qué no me estáis diciendo?

Él sostuvo su mirada durante un largo momento. Finalmente, suspiró y se pasó


los dedos por el pelo:- Supongo que tenéis derecho a saberlo, y como el secreto
ya ha terminado, no voy a romper mi juramento.

-¿Qué juramento?

Miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie estuviera lo


suficientemente cerca para oír. Al ver a unos cuantos miembros de su clan
moviéndose cerca del cuartel, le indicó una distancia corta hacia el otro lado del
patio de prácticas cerca de la pared de madera de la empalizada.

-No he sido completamente sincero con vos sobre mi lugar en el ejército del rey.

Su corazón se detuvo, y luego comenzó a golpear furiosamente:- ¿No lo habéis


sido?

Sacudió la cabeza:- Teníais razón. Hago un poco más aparte de servir como un
arquero -esperó a que continuara, sintiéndose ligeramente justificada, pero
mucho más preocupada por lo que iba a revelar. El modo de actuar, tan
misterioso y reservado, la hacía temerosa-. ¿Habéis oído hablar de los Fantasmas
de Bruce?

Sonrió:- Por supuesto. Todo el mundo ha oído hablar de ellos, pero... -se detuvo,
sus ojos se abrieron y su boca se dobló de sorpresa. De repente, todo quedó en su
lugar. Era como si su mente chascara, y las cosas que no tenían sentido ahora
fueran claras-. ¿Sois un Fantasma?

Su boca se curvó con diversión:- Por así decirlo, aunque, como podéis ver, no
soy un fantasma.
Tampoco era nuestra idea que nos confundieran como tal, pero el rumor ha
resultado útil a lo largo de los años para evitar que los enemigos nos encuentren.

-Nosotros. ¿Cuántos son?

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Él dudó:- No quiero deciros más de lo que necesitáis saber. No os diría nada de


esto, pero parece que mi puesto en la Guardia ha sido comprometido -le dio una
breve explicación de lo que había sucedido en Berwick, dejando fuera los
detalles. Halcón ya era lo bastante malo. No necesitaba oírlo de ella también.

>- Decidimos mantener nuestras identidades en secreto no sólo para protegernos


de nuestros enemigos, sino también para proteger a nuestras familias. Si no
pudieran llegar directamente a nosotros, podrían llegar a nosotros a través de
nuestros seres queridos. Pero esto fue antes de que la mayoría de los hombres
tomaran esposas –sonrió-. Digamos que mantener el secreto de las esposas ha
funcionado mejor en teoría que en la práctica. Pero hemos sido en gran medida
capaces de mantener nuestras identidades de ser conocido por otros con un par
de excepciones y ahora, al parecer, conmigo.

-Así que todo este fervor hoy es porque creéis que puedo estar en peligro?

Él juró:- Probablemente reaccioné exageradamente, pero no quiero correr


riesgos. Si pensaba que os habría mantenido completamente a salvo, os habría
enviado con Farquhar, no importa lo mucho que os quisiera. Pero esposa o
«pupila», no habría marcado diferencia. Vos, John y Padraig están en peligro.

Aún estaba demasiado aturdida por lo que había revelado para discutir sobre
Farquhar:- ¿Lo saben John y Padraig?

Sacudió la cabeza:- Creo que John lo sospecha. Pero ambos tendrán que ser
informados.

Cate lo miró fijamente, como si lo mirara por primera vez. Había imaginado
muchas cosas, pero no esto:- ¿Un fantasma? No lo puedo creer. Dicen que son
superhombres que pueden moverse a través de las paredes y desaparecer en la
niebla. Dicen que no se puede matar. Que son todos gigantes y... -

se detuvo, un recuerdo volvió a ella-. Los hombres que estaban con vos ese día
cuando me encontrasteis. Todos vosotros llevabais esos timones horribles y los
cotunes y los plaids negros.

Pensé que erais demonios al principio. También son Fantasmas, ¿verdad?

Asintió sombríamente:- Sí, os pedí que olvidáseis sus nombres, ¿verdad?

-Lo intentaría, pero me temo que tengo una muy buena memoria.

Le dirigió una sonrisa irónica:- Me lo imaginé. Pero sospecho que no podré


mantener la identidad de los demás con vos durante mucho tiempo.

-Nunca traicionaré a vuestros amigos, Gregor.

-Sí, bueno, no tengo la intención de que podáis estar en condiciones de hacerlo.


¿Qué pensaríais de mudaros a las islas occidentales hasta que termine la guerra?

Lo miró con incredulidad:- Estáis bromeando, ¿no?

-Parcialmente -dijo, extendiendo la mano y apartando un mechón de cabello


oscuro de su mejilla, metiéndolo detrás de una oreja-. La idea de dejaros sola
cuando Bruce me llame hace que mi estómago se revuelva.

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Cate tampoco quería pensar en eso, sabiendo que se marcharía pronto, tal vez
incluso días después de su boda:- No estaré sola –dijo-. Tengo a John y a los
otros guerreros de vuestra meinie. Tendré cuidado de no vagar por mi cuenta. Y
puede que no tenga la fuerza sobrehumana y la habilidad de un Fantasma, pero
soy capaz de defenderme si fuera necesario.

El asintió:- Nunca pensé que sería un alivio tener una esposa entrenada en la
guerra.

Su boca se arqueó:- yo nunca pensé que me casaría con un espíritu.

-Fantasma -corrigió secamente-. Bueno, ahora sabéis todos mis secretos -


palideció, pero no se dio cuenta cuando se inclinó y le besó la parte superior de
la cabeza-. ¿Tal vez, podamos reanudar vuestra práctica con la daga?

Asintió con la cabeza, su sorpresa ante su noticia se desvaneció con la


comprensión de lo que significaba. Podría conocer todos sus secretos, pero
Gregor no sabía todos los suyos. Y con su lugar en el ejército de Bruce ahora
revelado -aunque todavía tenía docenas de preguntas más-, se estaba
convirtiendo en una conclusión inevitable que iba a tener que decirle. Ya no
podía engañarse así misma de que el nombre de su padre no le importaría. Lo
haría. La pregunta -y lo que temía-: su reacción cuando supiese la verdad.

Gregor tenía su brazo alrededor de su cuello desde atrás, la afilada cuchilla de su


daga presionaba contra su garganta. Le había enseñado dos maneras de escapar.
Había dominado la primero, tirando de su brazo con ambas manos, como si
estuviera bajando al suelo, antes de empujarlo de repente contra una superficie
dura -en este caso, la pared de los cuarteles-, pero estaba teniendo problemas con
el segundo.

-Tirad de vuestra barbilla para proteger vuestra garganta –instruyó-. Y todavía


tenéis que tirar de mi brazo para bajar la daga por lo que es más en su hombro
que en su cuello. El pivote tiene que ser más rápido. No podéis darme tiempo
para reaccionar y poner la daga de nuevo en posición.

-Lo estoy intentando -gimió, frustrada-, Pero tengo problemas para posicionar
mis manos mientras me giro.

-Estáis pensando demasiado. Mantened vuestras manos en el mismo lugar que


estáis al tirar de mi brazo, y sólo usad vuestro codo e inclinad la cabeza en mi
cuerpo mientras giráis -tenía esa mirada feroz, decidida, obstinada, con la boca
fruncida en la cara nuevamente eso lo hizo querer reírse.

Dios, si fuera un hombre, podría inspirar a las legiones con esa mirada-. ¿Lista
para intentarlo de nuevo?

Ella asintió.
Acababa de poner la daga en su posición cuando sintió un movimiento detrás de
él. Se volvió, pero fue demasiado tarde. La destención le costó aquello. Cate tiró,
giró, y torció el brazo sosteniendo la daga detrás de él, forzándolo a la tierra
presionando contra la parte posterior de ese brazo retorcido.

Él juró. Pero no se debía al hecho de que estaba comiéndose la suciedad, el pie


estaba ahora sobre su espalda, y su brazo torcido le doliese. Era debido a sus
testigos. Uno cuya risa reconocería en cualquier parte.

-Mirad esa cara, muchacho -dijo MacSorley, la risa todavía pesada en su voz.
Obviamente había confundido a Cate con un chico, lo cual no era sorprendente,
ya que Gregor la había obligado a usar 179

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una cofa de cotun mientras practicaban con la daga en su garganta-. No querría


que los titulares de noticias se sintieran decepcionados.

Cate frunció el ceño y lo soltó, lanzándole una mirada interrogante.

Demonios:- Os lo explicaré después -dijo Gregor, poniéndose de pie. A pesar de


que iba a tener que decirle a Cate sobre los boletines ridículos, sonrió al gran jefe
de las Highlands del Oeste, que parecía más un invasor nórdico que un guerrero
de élite. Era un malditamente bueno verle-. No hay por qué preocuparse, Halcón.
Si algo me sucede, siempre podemos hacer que vengan a verlo y cobrar dos por
el precio de uno.

Los otros dos hombres que estaban con él -Lachlan MacRuairi y Arthur
Campbell- se rieron. Los hombres habían dejado obviamente sus caballos en los
establos y vinieron directamente al patio de prácticas para encontrarlo.

-Puede que tenga que ofrecer tres por uno -dijo secamente MacRuairi-. Mi primo
ha estado casado durante tanto tiempo que está fuera de la práctica para
complacer a las muchachas.

MacSorley sonrió satisfecho:- Sólo hay una chica que me agrade agradar y
creedme, primo, no tiene ninguna queja.
-¿Cómo está Ellie? -preguntó MacGregor inocentemente-. He estado intentando
visitarla la última vez que visité a la esposa de Campbell en Dunstaffnage.

La sonrisa burlona cayó de la cara de MacSorley. Su expresión se oscureció,


volviéndose instantáneamente mortal:- No vais a ir a ninguna parte cerca de mi
esposa, MacGregor..., a menos que esté allí con ella.

Gregor arqueó una ceja y sonrió:- ¿Preocupado, Halcón? Pensé que habíais
colgado la luna y las estrellas en los ojos de vuestra esposa.

-Algo así como una muestra prudencial -intervino Campbell secamente-. Incluso
la muchacha más inteligente puede ser un poco ciega y actuar tontamente a
vuestro alrededor. Creedme, MacSorley no es el único que se siente aliviado al
saber que finalmente habéis sido atrapado.

-Sí, ¿dónde está la chica que finalmente os metió las garras, eh, chico astuto? -
agregó MacSorley-.

Estoy deseando conocerla.

Cate, que había estado a su lado al dar la bienvenida a sus hermanos, finalmente
había superado su paciencia. Se quitó la cofia, le dio un puñetazo en el pecho
con el dedo, le arrancó un mechón de pelo de su adorable rostro manchado de
suciedad y lo fulminó con la mirada.

-Sí, astuto -le dirigió una mirada a un sorprendido MacSorley- un apodo


adecuado, por cierto. ¿No estáis olvidando a alguien cuando estáis hablando de
todas estas "chicas"?

-Maldita sea, MacGregor -dijo MacRuairi-, ¡es una muchacha!

-¿Una chica os ha derribado? -preguntó MacSorley-. Levantó la vista como si los


dioses le sonrieran (lo que solía pasar)-. ¡Gracias!

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Sin duda el marino les estaba dando las gracias por el futuro forraje. Pero Gregor
curaría pronto a su amigo de esa creencia, cuando dejó que MacSorley fuese el
primero en practicar con su futura novia. El desprevenido Vikingo estaría de
espaldas en segundos. No podía esperar.

Pero las presentaciones tenían que venir primero. Una vez hecho, ni siquiera el
MacRuairi normalmente inexpresivo pudo ocultar su sorpresa. Podía leer sus
mentes. ¿Esta linda, pequeña muchacha en una túnica simple, medias, y cotun
era la mujer que había elegido como esposa?

¡Maldita sea! Él los miró a todos desafiantes, casi atreviendo a uno de ellos a
decir -o pensar-cualquier cosa.

Campbell se adelantó primero y se inclinó:- Es un placer conoceros, mi señora.


Tendréis que disculpar nuestras bromas. No pretendíamos ofender. Es sólo que a
menudo no vemos a MacGregor superado por nadie, y mucho menos por un
escudero o una muchacha -añadió con una sonrisa.

Cate miró a su compañero con calidez:- No me ofendo fácilmente, mi lord...


¿Campbell? -añadió, con una mirada confundida a Gregor.

Gregor sonrió con ironía, adivinando la fuente de esa confusión. Los Campbell y
MacGregors habían estado encerrados en una feuda rivalidad antes de que
estallara la guerra, y probablemente lo estarían otra vez una vez que hubiera
terminado. De hecho, era su enemistad en los primeros días de la Guardia de los
Highlanders que había dado a Tor MacLeod la idea de hacerlos socios.

Dios lo sabía, no era el único par improbable. Pero había funcionado. Él y


Campbell eran como hermanos ahora. Lástima que todas las combinaciones no
hubiesen funcionado tan bien, pensó, pensando en Seton y Boyd. La Guardia
todavía estaba tambaleándose por la traición de "Sir" Alex Seton. El caballero
nacido en Inglaterra y escocés había sido un mal emparejamiento con el feroz
patriota Robbie Boyd desde el principio. Pero nadie había imaginado jamás, que
los traicionaría.

Alejándose de este pensamiento inquietante, Gregor sonrió a Cate:- Sí, habéis


oído bien: Campbell.

Resulta que éste tiene algunas cualidades redentoras. Aunque es un bastardo


tranquilo, no dejéis que os sorprenda.
Cate lo miró y dijo en voz baja:- ¿Ellos son...?

Él arqueó la boca. No le sorprendió que lo hubiera adivinado.

Dando lo inevitable, asintió. Había sabido que iba a ser imposible mantener en
secreto las identidades de los demás una vez que supiera la verdad sobre él.
Aunque esto era ciertamente más rápido de lo que anticipó, porque no había
sabido que sus hermanos estaban viniendo.

Descubrir por qué estaban aquí, sin embargo, tendría que esperar. Nada iba a
hacerle perder la oportunidad de ver a MacSorley en el suelo.

***

Horas más tarde, los cuatro hombres se reunieron alrededor de la gran mesa en el
solar. Gregor sorbió su vino, tratando de no sonreír mientras el marinero se
movía en el banco de madera.

El dolorido trasero de MacSorley no había sido la única recompensa de Gregor.


También estaba cuidando un buen ojo negro que había ganado cuando el codo de
Cate le golpeó con más fuerza de lo que había pensado. Cate se había
horrorizado, MacSorley había sido silenciado, y Gregor y los demás se habían
reído hasta llorar.

181

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Àriel x

-Mierda, Flecha -dijo MacSorley, cogiendo un cojín cercano para deslizarse


sobre el asiento-. No puedo creer que hayáis enseñado a todos vuestros secretos.
Nunca imaginé que una muchacha pudiera aprender a luchar así.

-Fue John en su mayoría –sonrió-. Ella es buena, ¿no? No lo habría creído a


menos que yo mismo lo hubiera visto.

-Simplemente no dejéis que mi esposa lo vea -dijo MacRuairi secamente-. No


tengo el suficiente tiempo para mantenerla alejada del campo de batalla. Dios
sabe lo que haría si se da cuenta de que las mujeres pueden luchar.
Se estremeció reflexivamente, y Gregor trató de no sonreír. Hablando acerca de
parejas improbables. MacRuairi, el mercenario sin lealtades, se había casado con
uno de los patriotas más feroces de Escocia, Bella MacDuff, la antigua condesa
de Buchan.

-Vuestra prometida es pequeña, pero sorprendentemente rápida y ágil -dijo


Campbell- Se mueve como...

Su voz bajó. Todos adivinaron lo que había estado a punto de decir, y calló.
Como Seton.

-¿Ha dicho alguna palabra? -preguntó Gregor en voz baja. Campbell sacudió la
cabeza.

-Hasta ahora ha cumplido su promesa.

-Un voto, ¿queréis decir? -intervino MacRuairi sombríamente-. Puede que no


haya compartido nuestros nombres con los ingleses, pero nos traicionó de todas
las maneras que importan. 'Sir' Alex debería quedarse en Londres y rezar para
que no se encuentre cara a cara con uno de nosotros en el campo de batalla. Me
encantaría pagar el favor con la espada.

Nadie respondió, pero MacRuairi solo hacía eco -aunque en términos más duros
y parecidos a los suyos propios- lo que todos pensaban en un momento u otro. El
hombre que había sido uno de sus hermanos era ahora un enemigo, y una
amenaza para todos.

Excepto tal vez para Gregor:- ¿Hay alguna noticia? -preguntó.

-Los rumores se están extendiendo -dijo Campbell-. Sólo es cuestión de tiempo


antes de que vuestro nombre se divulgue como los de MacRuairi y Gordon.
Tendréis que tomar precauciones -lo miró-.

¿Le habéis dicho la muchacha?

Gregor asintió:- Justo hoy, antes de que llegaséis -les contó sobre los hombres
que habían estado en el bosque.

MacSorley asintió con la cabeza:- Quizá Cazador pueda encontrar algo cuando
llegue.
-Pensé que él y Asalto estaban en el sur con Eduardo de Bruce?

-Lo están, pero ¿no creíais que se perderían vuestra boda, verdad? Infierno,
Flecha, no hay ningún hombre en Escocia, ni ninguno de nosotros que esté más
ansioso por que os caséis -añadió MacSorley con una sonrisa-. Ellos y Ariete
están trayendo vuestra dispensa del buen obispo en su 182

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camino hacia el norte -el obispo de St. Andrews, William Lamberton, era bien
conocido por todos ellos. Su apoyo había sido un factor enorme en el éxito de
Bruce hasta el momento.

-Me sorprende que Ariete pueda alejarse por sí mismo del bebé.

La esposa de Boyd, su nueva esposa inglesa, acababa de dar a luz a su hijo hacía
un par de meses.

-Ha estado en el sur con Asalto y Cazador, pero sospecho que ha estado viajando
a menudo Kilmarnock -dijo Campbell con una sonrisa irónica. Hielo y Santo
llegarán con Jefe en unos días.

-¿Y Ángel? -preguntó Gregor. Helen MacKay, de soltera Sutherland -esposa de


Magnus MacKay, Santo, y la hermana de Kenneth Sutherland, Hielo era una
curandera dotada y se había convertido en el médico personal de la Guardia.
Inconscientemente, tocó la cicatriz en su cuello donde le habían disparado con
una flecha que deberíaa haberlo matado. Lo habría matado si no hubiera sido por
Helen. Le debía su vida, y había creado un vínculo especial entre ellos, aunque
le molestara a su marido.

Cate la amaría. En realidad eran bastante parecidas. Ambas perseguían intereses


que habían sido reservados a los hombres: Cate con su entrenamiento en la
guerra, y Helen como médica.

-Santo se fue a buscarla en cuanto el rey recibió vuestro mensaje. Sabía que ella
tendría sus cojones si él os dejaba casaros sin estar ella allí para verlo. El rey,
Douglas y Randolph estarán aquí también, pero están preparando el ejército a
Perth para comenzar el asedio.
Gregor asintió. Era lo que había esperado:- ¿Cuándo?

-Una semana -respondió Campbell con una mueca de simpatía-. Me temo que
sólo tendréis una noche con vuestra esposa antes de que nos vayamos a reunir
con él.

Gregor maldijo entre dientes. Había esperado tener al menos unos días. Cate
estaría decepcionada.

Demonios, él lo estaba.

Pero al menos estaría listo. No era exactamente como había planeado aclarar su
cabeza, pero estar con Cate había funcionado. La semana pasada lo había
relajado y lo había revigorado para la batalla que se avecinaba. Ahora no era
sólo Bruce. También estaba Cate. Quería que estuviera orgullosa de él, que fuera
el tipo de hombre con el que podía contar, y que no dejaría que ninguno de ellos
se decepcionase. No había perdido su ventaja. En todo caso, el tiempo con Cate
lo había agudizado.

Estaba ansioso por recoger su arco y demostrarlo.

-No lo sé -replicó MacRuairi, lanzándole una larga y sabia mirada sobre su jarro
de cerveza-. Si la forma en la que Flecha estaba mirando a su pequeña prometida
esta noche era una indicación, yo diría que ya ha tenido bastantes noches de
bodas.

El mercenario de corazón negro, que era más malo que una serpiente y daba
verdadero significado a su bastardía, había estado obviamente en torno a su
primo de puyas durante demasiado tiempo.

Empezaba a sonar como él.

Gregor le lanzó una mirada de advertencia y le dijo que fuera a hacer algo
físicamente imposible. El bastardo sólo sonrió.

Por supuesto, MacSorley -el primo de Víbora-, no podía dejar que el asunto.

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Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

-Anticipó la noche de bodas, ¿verdad? ¿Es eso lo que pasó? Nos preguntamos
cómo la muchacha había conseguido esas manillas en vos tan rápidamente.
Aunque ahora que he conocido a vuestra pobre pupila, lo entiendo. Esa dulce
cara oculta una mente astuta... y tengo los moretones para demostrarlo -los ojos
de Gregor se estrecharon, los músculos de sus hombros se encendieron. Se
inclinó hacia delante-. ¿Qué diablos estáis insinuando, Halcón?

No iba a dejar que nadie lanzara ninguna calumnia sobre Cate ni especularía
sobre sus motivos para casarse con ella.

MacSorley levantó la mano:- Retroceded, Flecha. No hay razón para obtener


todas las espinas que estáis pensando lanzar. No estaba insinuando nada.
Apuesto a que no sois el único sentado en esta mesa que ha sido incapaz de
esperar a un sacerdote. Todos tenemos nuestro punto de ruptura: conocí el mío
hace cinco años. Solo nos desesperábamos porque alguna vez conocierais a la
vuestra, eso es todo -se inclinó hacia atrás, cruzó los brazos y sonrió-. No hay
vergüenza en ser atrapados por la mujer correcta. Y por lo que veo, habéis sido
bien atrapado.

Gregor se relajó y se recostó en su silla:- Idos al infierno, Halcón. No ha sido así.

La sonrisa del marinero se volvió petulante:- Diría que es exactamente así -


MacSorley se llevó la mano a la oreja, como si estuviera escuchando:- ¿Qué es
ese ruido que escucho? Debe ser el sonido de todos esos miles de corazones que
se rompen a través de las Tierras Altas. El tiburón más guapo del mar ha sido
atrapado y enganchado.

Gregor sacudió la cabeza:- Demonios, Hawk. Estoy diciendo mis votos, no los
tomo.

MacSorley se despidió de la protesta:- He experimentado las habilidades


inusuales de la muchacha de primera mano. Si yo fuera vos, no le daría una
razón para poner un cuchillo en mi garganta... o en cualquier otro lugar, por
cierto.

La boca de Gregor se curvó, recordando las palabras de Cate con el mismo


efecto.
-No lo hará -interrumpió Campbell.

Gregor alzó una ceja ante la nota de confianza en la voz de su amigo, pero no lo
interrogó.

Campbell tenía una manera misteriosa de ver cosas que otros no. Tal vez Gregor
ni siquiera se veía a sí mismo.

Su compañero frunció el ceño:- Es gracioso. Me recuerda a alguien, pero no sé a


quién.

Gregor sintió un frío escalofrío por su espalda. Miró a su amigo:- Sí, pensé lo
mismo.

Ellos intercambiaron una mirada, y Gregor trató de no ser molestado por la


mirada preocupada en los ojos de Campbell. Pero se quedó con él. Y lo
recordaría más tarde.

Pero para entonces ya sería demasiado tarde.

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Àriel x

Capítulo 19

Cate se alegró cuando Gregor salió con los otros tres Fantasmas en la mañana de
la fiesta Hogmanay.

Se sorprendió de que hubieran logrado mantener sus identidades ocultas durante


tanto tiempo. Todo lo que tenía que hacer era buscar a los hombres más
aterradores, intimidantes y de apariencia feroz, y la búsqueda terminaría. Si no
estuviera a punto de casarse con el hombre más guapo de Escocia, también se
habría dado cuenta de que todos ellos eran extraordinariamente atractivos. Y
altos. Y

musculosos. Tenía sentido, dadas sus proezas de renombre en el campo de


batalla, pero era más bien asombroso al mismo tiempo verlos juntos.
Lo que hizo a Cate feliz, sin embargo, no fue este descubrimiento, sino que
Gregor había tomado su arco con él y tenía la intención de usarlo esta vez. Había
estado más preocupada por su ausencia de lo que se había dado cuenta. No podía
recordar un momento en que Gregor se había ido semanas sin practicar. Pero
parecía que el rompimiento inusual estaba en un extremo. Probablemente porque
pronto volvería a la guerra. Su pecho se apretaba, recordando lo que le había
dicho la noche anterior después de la cena.

¿El día después de su boda? ¡No era justo!

No por primera vez, maldijo al hombre que la había engendrado, aunque esta vez
no por dejarla, sino por tomar al hombre que amaba lejos de ella.

Tenia que decírselo. Sabía que no podía evitarlo para siempre. Podría no haber
existido diferencia si fuera sólo otro soldado del ejército del rey, pero era más
que eso. Mucho más.

Se lo diría. Tan pronto como tuviera la oportunidad. Con todos los invitados y
festividades, había sido difícil, casi imposible, encontrar tiempo a solas. Pero
antes de que Gregor se hubiese marchado, se había inclinado y le había
susurrado «esta noche» en su oído. Aquella palabra, aquella palabra burlona
llena de promesa ronca, había provocado un escalofrío de anticipación.

Un escalofrío de anticipación que la había atormentado todo el día. ¡El


desgraciado! ¿Sabía lo que le hizo? Probablemente. Seguro.

Se encontró excitada en los momentos más extraños durante todo el día. Como
cuando estaba en las cocinas con Hete supervisando el asado del cerdo, y una de
las sirvientas de la cocina había mencionado lo excitada que estaba por esta
noche. Cuando la niña le había preguntado a Cate si también lo estaba, no era la
fiesta que Cate había estado pensando, lo que hizo que sus mejillas se pusieran
rojas.

El tormento de Cate sólo había aumentado cuando la fiesta tan esperada


finalmente, comenzó.

Aunque los deberes de Gregor como anfitrión dejaron poco tiempo para la
conversación entre ellos, estaba sentada junto a él en el estrado, y más de una
vez, su mano había "accidentalmente" rozado la suya, su brazo le rozó el pecho y
su muslo había presionado contra el suyo, el contacto haciéndola saltar. Su tío
Malcolm, el jefe de los MacGregors, que estaba sentado en su otro lado, le había
dado más de una mirada extraña y finalmente le preguntó si algo estaba mal.
Con una mirada de castigo en la dirección de Gregor, se había escabullido unos
centímetros de él en el banco.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Pero poner distancia entre ellos no ayudó. Cada vez que sus ojos se encontraban,
veía esa mirada consciente en su rostro y tenía sus consecuencias. Había perdido
su tren de pensamiento más de una vez, lo que la dejó tropezando con vergüenza
a través de sus conversaciones con la corriente constante de personas que se
acercaron para ofrecer sus felicitaciones.

El baile después de la comida fue aún peor. Gregor no perdió ninguna excusa
para tocarla. Una mano sostenida demasiado tiempo... un toque en la cintura
mientras la guiaba por los escalones. Al final del primer descansillo estaba
ruborizada, sin aliento y tan excitada, que estaba segura de que todo el mundo
podía ver lo impaciente que estaba por despojarse de la fina túnica de terciopelo
azul oscuro que llevaba y voltear el atormentador fanático sin sentido. El
espeluznante pirata Lachlan MacRuairi había captado su ojo una vez y levantó
una ceja muy oscura con ella con lo que juró que era casi diversión. Había estado
tan mortificada, había querido arrastrarse bajo la mesa y ocultarse.

Desafortunadamente, no era la única que miraba a su prometido como si fuera un


dulce que no podía esperar para engullir. El grupo habitual de mujeres había
caído alrededor de sus pies. Pero Gregor no le dio razón alguna para los celos. A
pesar de tenía la facilidad de ser encantador sin esfuerzo, y educado con todas
las damas con las que bailaba, las miradas y los toques coquetos se reservaban
para ella. Sólo cuando lo vio bailar con Seonaid sintió una punzada de algo
parecido a celos. Tal vez, no se había olvidado de ese beso tanto como creía.

Pero rápidamente se dio cuenta de que no tenía ninguna causa. El escudo de


intocabilidad que lo separaba del resto del mundo había sido ergido de nuevo.
Había desaparecido durante tanto tiempo, que casi había olvidado lo que era.
Pero no lo usó con ella. Ella sola lo había roto.
Cuando los candelabros se encendieron, no podía esperar a que terminara la
fiesta y comenzara la noche. Tenía la intención de hacerle pagar por sus bromas.
Pero Gregor no la hizo esperar. No mucho después de haberlo visto bailando con
Seonaid, se acercó a ella cuando hablaba con John y murmuró "vino" en su oído.

No necesitaba preguntarle qué quería decir. Por el rabillo del ojo, lo vio pasar
por el pasillo hasta el pasillo que conducía a la pequeña habitación donde se
guardaba el vino.

Su pulso se aceleró con anticipación. Casi podía oler el olor añico de los barriles.
Prácticamente podía sentir sus labios en su cuello, su piel contra la suya, el calor
y la dureza de su cuerpo...

Tendrían que ser rápidos si no querían que nadie los extrañara. Pero de alguna
manera el apresuramiento sólo aumentó la anticipación. Esperó lo que esperaba
que fuera una cantidad de tiempo suficiente antes de escabullirse después de él.

No obstante, había caminado unos pocos metros antes de oír a alguien detrás de
ella y se volvió.

Ella se tensó, su cuerpo instintivamente preparándola para lo que seguramente


sería una confrontación desagradable.

-Ahí estáis, Caitrina -dijo inocentemente Seonaid, como si la reunión fuera por
casualidad.

Cate miró detrás de ella, sorprendida al ver que estaba sin sus fieles sirvientas:-
¿Me estabais buscando a mí, Seonaid? -sonrió dulcemente-. Me sorprende que
no me hayáis visto. Me senté en la mesa principal junto al laird.

Cate tuvo que admitir que al ver el rubor de ira en la cara de la mujer que sus
rabias y crueles pinchazos la habían atormentado a lo largo de los años le dio un
momento de satisfacción de niña.

Pero pronto fue reemplazado por el arrepentimiento. No podía permitir que


Seonaid se acercara así.

Cate no era maliciosa ni mezquina.

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Por lo menos, no generalmente. Pero algo sobre la otra mujer sacaba lo peor de
ella. Las burlas de Seonaid, sus pullas verbales, su condescendencia y desdén, le
recordaron a Cate su infancia y la bastarda sin nombre que había sido... la chica
que había estado tan desesperada por encontrar un lugar en un mundo. Un lugar
que había sido mucho peor cuando el hombre a quien idolatraba la abandonó.

Cada vez que Seonaid la miraba, se sentía como si estuviera viendo a la pequeña
que quería desesperadamente ser alguien. Se sentía como la niña de cinco años
que se había puesto un bonito vestido y creía que podía ser una princesa.

Le hacía querer atacar. Hizo que quisiera regodearse y descender al mismo nivel
desagradable que Seonaid.

Pero Cate no tuvo que regodearse. No necesitaba probarse a nadie. Había ganado
a Gregor por lo que era por dentro. No porque el hombre que la había
engendrado fuera un rey -aún no podía creer que el joven y guapo conde que se
había sentado en los suelos de tierra en la casa de su madre y jugaba con ella
fuera rey!- ni por su belleza, sus artimañas femeninas, o el tamaño de sus
pechos.

Apretó los dientes. Sería amable aunque aquello la matase. En una voz mucho
más agradable, añadió:- ¿Puedo ayudaros con algo, Seonaid?

-Os he subestimado -dijo la otra mujer, sus ojos chispeaban malévolamente. Le


dirigió a Cate una larga mirada, su mirada se deslizó por su vestido de
terciopelo, el verde, y volvió a levantarse-.

Obviamente, sabíais lo que estabais haciendo cuando dijisteis que lo haríais


casaros con vos.

Cate se puso rígida:- ¡No dije eso! - ¿Lo hice? Se mordió el labio-. Bueno, eso
no es lo que quise decir.

Seonaid retrocedió sorprendida ante su protesta:- ¿Qué más queríais decir?


Vuestras palabras fueron muy claras. Dijisteis que podríais conseguir que el
hombre más guapo de Escocia os casara, aunque tuvierais que atraparlo.
Parecíais muy decidida y segura de vos misma. ¿No eran sus palabras de
despedida algo así como, 'Si no creéis que puedo hacerlo, os equivocáis'?

Cate se encogió. Querido señor, ¿de verdad había dicho eso? Sonaba tan... feo.
Puede que Seonaid no tuviera todas las palabras exactas, Cate nunca había
hablado de atraparlo, pero casi lo había hecho.

-¿Y cómo lo hicisteis? -continuó Seonaid-. ¿Os desnudasteis y os metisteis en su


cama para que se viera obligado a casaros con vos?

Las mejillas de Cate se sonrojaron, ¡culpable! No era así. Había tenido una
pesadilla, y ocurrió.

Porque lo tocó íntimamente cuando trató de irse. Queríais forzarle. Queríais


seducirlo. Pero no para atraparlo, sólo para demostrar que se preocupaba por
ella. No había pensado en casarse.

Pero, ¿sabía una parte de ella que ese sería el resultado?

La sangre se le escurrió de la cara. ¡No! No podía dejar que Seonaid le hiciera


esto.

-Por supuesto que no –protestó-. ¿Cómo os atrevéis a insinuar algo tan


repugnante?

¡Lo que pasa entre Gregor y yo no es asunto vuestro!

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Pero Seonaid se aferró a su punta de culpa como un perro a un hueso carnoso:-


¡Lo hicisteis! Sabía que tenía que haber una explicación. ¿Por qué otra cosa
Gregor MacGregor incluso miraría a alguien como vos? -su mirada cayó al
pecho de Cate, y sus labios se curvaron-. A menos que tengáis más por debajo de
lo que pensaba.

Alguien como vos... El desdén en el tono de la otra mujer hizo algo dentro de
Cate. No se pondría a la defensiva. No por alguien como Seonaid.

-¿Por qué alguien como yo? Tal vez porque me encuentra atractiva tanto en el
interior como en el exterior. Tal vez porque tengo más que ofrecer que rizos de
oro perfectamente enrollados y pechos grandes -Cate devolvió un poco de su
desdén-. Podéis intentar no ser tan obvia. Ese vestido deja muy poco a la
imaginación. Algunos hombres tienen un poco de misterio en lo que están
recibiendo, especialmente cuando no hay mucho más que ofrecer.

Seonaid jadeó. Sus ojos se endurecieron:- Pretendéis ser tan alta y poderosa,
pero sois la que tuvo que engañar a un hombre para que se casara con vos. Si
hubiera estado dispuesta a plantarme a un nivel tan bajo...

-Os habríais encontrado sola en la cama -replicó Cate. Estaba tan furiosa que ni
siquiera se escuchaba a sí misma. Todo lo que podía pensar era que por primera
vez, no tenía que tomar las burlas de la otra mujer. No tenía que sentirse menos-.
Os estáis engañando a vos misma si pensáis diferente. ¿Sabes cuál es vuestro
problema? Estáis celosa. No podéis soportar pensar que la chica que no era lo
suficientemente buena como para ser vuestra amiga podía haber ganado al
hombre que queríais para vos misma -dio un paso hacia ella-. Pero gané,
Seonaid. Él no os quiere, me quiere, y vais a tener que aceptar eso.

La mirada de Seonaid, que se había fijado en ella, de repente se desplazó a la


izquierda, mirando más allá del hombro de Cate.

No, a alguien.

El fondo cayó del estómago de Cate. La sangre en sus venas se convirtió en


hielo. No necesitaba mirar detrás para saber quién era.

Seonaid sonrió:- Mi laird, yo estaba felicitando a Cate por su compromiso.

¿Cuánto tiempo llevaba parado allí? Cate se volvió y se encontró con su mirada
misteriosamente fría y en blanco. Era como mirar en una cueva oscura. No había
nada más que una negrura vacía.

Suficiente.

Cada palabra que acababa de decir volvía en una vergonzosa ola de horror.
Deseó poder cortar su estúpida lengua. Pero ya era demasiado tarde para eso.
¿Cómo podía haber dejado que Seonaid se pusiera así?

Gregor deseaba haberse quedado en el almacén. Pero Cate había estado tardando
tanto, que se preguntó si habría malinterpretado su intención. Había oído las
voces tan pronto como había abierto la puerta, reconociendo los tonos suaves de
Cate y los más gráciles de Seonaid.

Había estado allí todo el tiempo. Pero ambas mujeres habían estado tan
concentradas en el juego hostil que jugaban entre ellas, que no lo habían notado.

Deseó que lo hubieran hecho.

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"Conseguís que el hombre más guapo de Escocia se casara con vos...


atrapadlo... obligándolo a casaros con vos..." Se estremeció ante las palabras,
incapaz de aceptar lo que estaba oyendo. ¿Y la respuesta de Cate? Se jactó y
burló en lugar de negaciones reales. Entonces, sirvió el golpe de gracia final, las
palabras que no dejaban duda de lo que pensaba de él, ... gané al hombre que
queríais para vos misma.

Ganar. Como si fuera un condenado premio. Sintió que sus entrañas se retorcían.

¿Maldita sea, ella no, también? No podía ser cierto. Cate no haría eso. Era
demasiado honesta para semejante engaño. No era superficial y conciliaba como
Seonaid y su gente, aunque por un momento sonara como ella. No le gustaba
mucho este lado rencoroso y jactancioso de Cate. Sin embargo, no quería
creerlo.

No reacciones exageradamente, se dijo. Calmaos. Esta era Cate. Su Cate.

Pero sus propias palabras parecían maldecirla. ¿Por qué había logrado una débil
negativa y se había adherido a todo lo que Seonaid la acusaba? ¿Por qué estaba
arrojando su "victoria" en la cara de la otra mujer? Y entonces estaba su
expresión cuando se volvió hacia él y le dio un asombro.
-¡Gregor!

Horror. Culpa. Vergüenza. Vio la mezcla de emociones cruzar sus rasgos


delicados y sintió que la duda dentro de él comenzaba a despejarse.

Miró a Seonaid, y la satisfecha sonrisa de gato en su rostro le endureció un poco


más. Estaría condenado si hubiera dejado que la tigresa viera cuán
profundamente sus garras se habían rascado.

-¿Un golpe de Estado? -preguntó perezosamente.

Seonaid sonrió:- Sólo una figura de discurso, mi laird. Pero es un gran logro para
una chica como Caitrina asegurar una propuesta de un hombre de vuestra...
reputación.

Los puños de Gregor se curvaron a pesar de sí mismo. Sabía exactamente de qué


"reputación"

estaba hablando:- ¿Una chica como Caitrina?

Seonaid se sonrojó, probablemente dándose cuenta de lo mezquina que sonaba:-


Sólo me refiero a que es huérfana, mi laird.

Sabía exactamente lo que quería decir, y no era eso.

Cate parecía haber sido golpeado por su sorpresa. Agarró su brazo:- Gregor, yo...

La cortó, no queriendo oír su explicación -al menos no ahora mismo-:- Ya veo


que dejasteis a Seonaid caer en nuestras bromas -dijo.

Cate parecía tan sorprendida al verlo sonreír como por sus palabras:- ¿Bromas?

Se volvió hacia Seonaid:- Cate me contó todo sobre vuestra conversación. Nos
reímos de la fecha irónica de nuestro anuncio, pero nunca creímos que alguien lo
creyera -le dirigió una sonrisa lenta y letal-. ¿Parezco al tipo de un hombre
atrapado por una muchacha inocente?

Seonaid se ruborizó, sus mejillas se convirtieron en un brillante rojo escarlata:-


Por supuesto que 189
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no. Sólo nos sorprendió el repentino anuncio, eso es todo.

-¿Así que decidisteis especular sobre la razón? -su mirada se endureció-. Espero
que no hayáis difundido mentiras y rumores sobre mi prometida, señora MacIan.

Los ojos de la muchacha se ensancharon ante la amenaza sutil:- ¡No, por


supuesto que no!

-Bien -dijo Gregor, sin creérselo un momento-. Entonces supongo que no oiré
más de esto. ¿Y

corregiréis a cualquiera que repita semejantes mentiras maliciosas? -lanzó una


mirada puntiaguda sobre la venenosa rubia y luego se volvió hacia Cate, que lo
miraba con expresión aliviada en su rostro.

Con un asentimiento frenético, Seonaid murmuró algo ininteligible y se excusó,


aparentemente incapaz de escapar del pasillo lo suficientemente rápido.

-Gracias -dijo Cate, poniéndole la mano en el brazo.

Al darse cuenta de su endurecimiento, lo miró interrogativamente. El ingenuo


conjunto de sus adorables rasgos parecía empeorarlo.

Su expresión se convirtió en piedra:- ¿Por qué?

-Por defenderme. Por confiar en mí lo suficiente como para saber que lo que dijo
Seonaid no era cierto. No tenía intención de atraparos, Gregor.

Su boca se endureció, la amargura se elevó dentro de él amenazando con


derramarse en olas calientes y fundidas:- ¿No? Y sin embargo, eso es
exactamente lo que sucedió. Parecéis haber hablado de lo mismo con vuestra
amiga o ex amiga -parecía recordar bien su conversación-. He oído un montón
de jactancia de vuestra parte, pero no muchas negaciones.

Esperaba una avalancha de reproches y las seguridades de que todo había sido
mentira. En cambio, se sonrojó culpablemente:- Si no me creéis, ¿por qué le
dijisteis eso? -de repente, la razón vino a ella-. Oh.

-Sí, ser engañado ya era bastante malo. No iba a confirmar lo que todo el mundo
oyó -la idea misma de que cayera presa de ese tipo de maquinación -siendo
engañado en matrimonio y hecho un premio para ser -ganado-, hizo que su piel
se erizara. Era lo que había intentado evitar durante la mayor parte de su vida.

Era lo que otras mujeres hacían. No Cate.

Su mano en su brazo se tensó. Dio un paso más cerca. El calor de su cuerpo y la


sutil fragancia de su pelo burlaban sus sentidos ya en el borde. Tuvo que luchar
contra el deseo de que incluso ahora, cuando su intestino se sentía como si
estuviera siendo masticado, corriera a través de él.

-Por favor, Gregor, escuchadme, no es lo que pensáis.

No tenía ni idea de cuánto quería creerla:- ¿Entonces no dijisteis que ibais a


atrapar al -hombre más guapo de Escocia" para que se casara con vos? ¿No
tratastéis de superarla y 'ganarme'?

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Apenas podía decir las palabras, sonaba tan ridículo. La idea de que Cate pudiera
haber dicho algo tan superficial y engañoso lo hizo enfermar. No era así. Ella era
diferente.

Entonces, ¿por qué no lo negaba? ¿Por qué su rostro se llenaba de vergüenza y


culpa? ¿Por qué lo miraba con pánico en sus ojos grandes y oscuros?

-No era como sonaba. Nunca dije que tenía la intención de atraparos. Esa fue la
palabra de Seonaid, no la mía -el brillo de las lágrimas en sus ojos le decía que
hablaba en serio-. Sé que sonaba horrible, pero tenéis que entender cómo ha sido
Seonaid conmigo. Siempre encuentra maneras de despreciarme y hacerme sentir
que no pertenezco aquí. No podía soportar escuchar más acerca de lo inferior
que soy, cómo actúo como un muchacho, y lo imposible que sería para alguien
como vos enamorarse de mí.
-Así que cuando me acorraló en el cementerio, ya había tenido suficiente. Fue
justo después de esa noche en el Hall cuando me abrazasteis, y me di cuenta por
primera vez que os sentíais atraído por mí. Sabía que estábamos destinados a
estar juntos, y eso parecía haberlo confirmado. Así que cuando se burló de la
única manera que vos os casaríais conmigo sería que yo os atrapara, pero que me
faltabann las suficientes tentaciones para hacer eso, le dije que estaba
equivocada. Sabía que era mezquino y tonto, pero no podía detenerme. Al igual
que lo que escuchsteis antes. Ella saca lo peor de mí -parpadeó las lágrimas y
pudo ver que su dolor era real-. ¿No habéis querido arrojar algo en la cara de
alguien que ha sido cruel con vos? Sé que es infantil, pero había oído muchas de
las mismas cosas cuando era más joven que cuando tuve la oportunidad, no pude
resistirme.

Se había burlado de su niñez, se dio cuenta, y la injusticia le hizo querer lanzarle


un puñetazo. Así que sí, tal vez, podría entenderlo. Si fuera sólo la conversación,
podría entender. Pero fue más que eso.

Había sido efectivamente, obligado a casarse con ella cuando los habían
encontrado juntos en su cama, una cama que había intentado dejar la noche
anterior hasta que lo había tocado tan audazmente. Lo tocó de una manera que
no debería haber seducido a un hombre de su experiencia, sino porque había sido
Cate.

Había intentado salir de nuevo esa mañana después de su extraña desaparición y


ella lo había detenido de nuevo. Vehementemente. Lo recordaba ahora. Había
parecido insistir en que no se fuera. En el momento en que había pensado que no
estaba lista para la noche para terminar -ni lo estaba -" pero ¿había un propósito
más nefasto? Y no pudo evitar recordar su extraña reacción a su broma de estar
"atrapado". En ese momento lo había considerado inocente, pero ¿y si no lo era?
¿Y

si era culpable?

Quería creerla, pero había demasiadas preguntas que ignorar:- ¿Así que la
pesadilla fue sólo una coincidencia? Tenía entendido que no habíais tenido una
en mucho tiempo.

Ella lo miró, el dolor en sus ojos haciéndole sentirse culpable incluso por hacer
la pregunta:- Os dije por qué tuve la pesadilla. Fue el hombre que vi.
-Sí, eso es lo que dijisteis.

Se echó hacia atrás, la primera oleada de ira e indignación apareciendo en sus


ojos.

-¡Dios mío, Gregor! ¿Qué pensáis? ¿Que lo inventé, os atraje a mi cama con una
pesadilla, os 191

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seduje, y luego dispuse que fuéramos descubiertos? Me dais mucho menos


crédito de lo que me merezco.

Tal vez, tal vez no. A pesar de que podría parecer inverosímil en base a la
diferencia en su edad y nivel de experiencia, ambos sabían que estaba lejos de
ser inmune a ella y había estado luchando una batalla perdida con su deseo, que
había empujado muy cerca del borde.

-Y sin embargo, eso es exactamente lo que sucedió.

Sostuvo su mirada:- No hice nada de lo que me estáis acusando, Gregor. No


planeé nada de eso. Lo que pasó, ocurrió. Tal vez desearía no haberme empujado
por tocaros, por eso me avergoncé antes con Seonaid, pero no estaba tratando de
atraparos en el matrimonio. Quería que dejaráis de negar lo que sentíais por mí.
Os amo. Yo nunca trataría de engañar o forzaros a casaros. Hubiera esperado que
lo supierais sin tener que decíroslo. Siento lo de la conversación con Seonaid.
Fue infantil y mezquino, y nunca debí haber hablado devos como si fuerais un
premio que ganar. Fue indigno de mí, y el amor que tengo por vos. Pero no os
manipulé ni engañé en nada.

Estaba allí tan regiamente como cualquier reina, esperando que dijera algo.
Cuando no habló de inmediato, bajó la mirada, como si la hubiera decepcionado.

-Piénsalo, Gregor. En vuestro corazón sabéis la verdad. No soy Isobel.

No, no lo era. La observó alejarse, la cabeza alta y la columna vertebral derecha,


queriendo creerla a pesar de todo lo que acababa de oír. Sonaba tan sincera, y
todo lo que sabía de Cate hasta ese momento -o pensaba que sabía-, le decía que
estaba diciendo la verdad. Le amaba. Le entendía. No habría hecho algo como
esto, sabiendo cuánto despreciaba tales maquinaciones.

Pero el amor no impidió la traición. Y no significaría una maldita cosa, si


descubriera que le estaba mintiendo. Él tomó unos momentos para dejar que su
sangre se enfriara y dejar que el aguijón de la conversación que había oído
desapareciera. Le daría el beneficio de la duda... por ahora.

Pero había demasiadas cosas que le molestaban aquella noche. Y él no sería


capaz de hacer sus preguntas para descansar antes de que algunos de ellos fueran
contestados.

Las preguntas de Gregor fueron contestadas antes de lo que esperaba. La primera


persona que vio al entrar de nuevo en el ruidoso Salón fue su hermano. En una
frase descuidada, John aplastó la última esperanza de que Cate pudiera estar
diciendo la verdad.

-Me llamó -dijo John sin vacilación cuando Gregor le preguntó por qué había
aparecido en la habitación de Cate esa mañana. John había estado disfrutando de
la fiesta y sonrió, sin darse cuenta del impacto que sus palabras tenían:- Dijo que
era algo importante.

-¿Y no podía esperar hasta mañana?

John se encogió de hombros:- Estaba preocupado. El chico mencionó algo sobre


la sangre, por eso desperté a Hete y a Lizzie -frunció el ceño-. Me pregunto qué
era lo que quería -sonrió torpemente-.

Ah, bueno, supongo que se solucionó.

Todo había salido bien, tal como había planeado. El sabor amargo de la traición
llenó la boca de Gregor... sus pulmones... su pecho. Se quemó como ácido en su
tripa. Pidió que el whisky lo 192

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

apagara. Pero la llama sólo se calentaba más.


No fue hasta ese momento que se dio cuenta de cuánto había querido creerle. La
confirmación de John de su perfidia lo hizo mucho peor. Gregor había sabido
que algo estaba mal en esa mañana.

Ahora sabía por qué. Debía haber enviado a buscar a su hermano cuando había
salido de la habitación durante tanto tiempo. Por eso había estado tan ansiosa por
no partir cuando regresó.

¡Qué maldito tonto! ¿Cómo podía haberse dejado pensar, ni siquiera por un
momento, que realmente le importara? Él. No su reputación y toda la otra mierda
que le acompañaba.

Era igual que Isobel, y había estado tan ciego. En lugar de usarlo para hacer que
su hermano estuviese celoso, Cate lo había utilizado como un "golpe" para
elogiar delante de sus amigas. Y lo había hecho. Sí, la pequeña "huérfana" que
parecía tan genuina e ingenua había atrapado al hombre que no creía que pudiera
estar atrapado. Había convertido a un hombre cínico y cansado a un creyente
temporal.

Gregor se reiría si su pecho no se sintiese como si alguien estuviera de pie sobre


el. El dolor fue lo que lo enfureció. No quería admitirlo, pero había llegado a él.
Cristo, en realidad pensó que podría estar enamorándose de ella.

Isobel había picado su orgullo, pero Cate había hecho algo mucho peor. Le había
hecho sentir. Le había hecho desear. Y si eso era "amor", no quería tener nada
que ver con eso. Había estado muy bien como antes, pero se había dejado atrapar
por el juego de una niña.

No más. Tenía los ojos abiertos de par en par, maldita sea. Y muy pronto la suya
estaría bien. Podría haberlo obligado a contraer matrimonio, pero no había
"ganado" nada más. Podía tomarlo como estaba o no, ya no le importaba.

Apuró la copa y se sirvió otra. Era Hogmanay, maldita sea. Se iba a casar en una
semana.

¿Qué le importaba si la novia había hecho un idiota de él? Era hora de celebrar.
Y él, por ejemplo, tenía la intención de pasar un buen rato.

Cate regresó a la sala e hizo todo lo posible para fingir que no había pasado nada
malo. Pero sus sonrisas eran forzadas, su atención se distraía y su corazón le
dolía. Se sentía como si alguien acababa de tomar un martillo para su felicidad y
rompió la ilusión como un vaso.

No se había dado cuenta de lo frágil que era el vínculo que había formado con
Gregor hasta que llegó Seonaid y lo rompió con unas pocas palabras y verdades
a medias.

Sin duda, Cate se avergonzaba de las conversaciones con Seonaid. Nunca debió
haberse jactado de su relación con Gregor o hablado de casarse con él como si
fuera una contienda y ganar un premio, sobre todo porque sabía cuánto le
molestaba pensar en esos términos.

Al hacerlo, no se había hecho mejor que las innumerables mujeres que lo habían
buscado porque era "el hombre más guapo de Escocia" o hacía un juego para
tratar de llevarlo al límite. Pero ella no era como esas otras mujeres. Las que
trataron de seducirlo, las que querían casarse con él no porque lo amaban, sino
por su aspecto y su reputación. Tenía que ver la diferencia, ¿no?

Pero hablar de él así estaba mal, y lo lamentó profundamente. No era lo que ella
pensaba de él en absoluto, y odiaba que hubiera oído una conversación que
podría haberle dado una razón para cuestionar la sinceridad y la profundidad de
sus sentimientos.

193

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

No estaba ciega. Por supuesto, le encantaba su apariencia. Pero veía mucho más
allá de eso. Vio al hombre que podía tener un reino, pero estaba decidido a
probarse por su propio mérito. Vio al hombre que nadie, ni siquiera su propia
familia, había creído en alguien en quien confiar. Vio a un hombre que había
atrapado a una niña traumatizada y le había dado un hogar, una familia y una
manera de mantener a raya a las pesadillas al animarla a aprender la habilidad de
un hombre. Ella vio la habilidad que lo convirtió en uno de los mejores guerreros
de Escocia, y la profundidad y compasión por los que mató lo que lo convirtió en
un gran hombre.

Tal vez mereció su condena y su cólera por su parte en la conversación con


Seonaid, pero unas pocas palabras pronunciadas sin pensarlo estaban muy lejos
del engaño y la trampa que la había acusado. Le molestaba lo fácil que había
estado dispuesto a aceptar su culpa. Nunca intentaría atrapar a un hombre, a
ningún hombre, para casarse. Debería saberlo, por muy mal que sus palabras
sonaran.

Es cierto que habían sonado mal, y dado lo que había sucedido con John y los
otros caminando en ellos, la situación se veía mal, también. Pero le dolía no
haber confiado en ella, y la mirada fría e insensible en su rostro le había dado un
momento de pausa. Si pudiera encenderla tan fácilmente,

¿tal vez no lo conociera tan bien como creía que lo hacía?

Rompecorazones. Lo que dijeron de él volvió a ella. No era él, se dijo. Tenía la


capacidad de sentir.

Se preocupaba por ella, tal vez incluso la amaba. Cuando lo pensase, se daría
cuenta de la verdad.

Pero estaba decepcionada, herida, y un poco enojada, ciertamente sin ánimo de


alegría. Sin embargo, forzó una sonrisa a su rostro mientras bailaba con su tío, y
luego con un flujo constante de otros invitados. Todo estará bien, se dijo. Gregor
recuperaría los sentidos. Sin duda se avergonzaría de desconfiar de ella y
encontrar una manera creativa de hacerle frente a ella más tarde.

Pero a medida que la noche avanzaba, sus pensamientos de besos pecaminosos y


apasionadas disculpas se hacían cada vez más difíciles de creer. No parecía un
hombre que se arrepentía de nada.

Al regresar a la sala, Gregor había ido a la tarima, hablado con John por unos
instantes, llamado a la beatha de uisge, y procedió a llenar su jarro de cerveza
una y otra vez con la cerveza de fuerte sabor que le había visto beber sólo rara
vez, y luego en cantidades mucho menores.

Sin embargo, la bebida pesada no era lo peor. Aquellas miradas coquetas y


toques que le habían reservado ahora se distribuían libre e indiscriminadamente.

Gregor no la había mirado desde su regreso al Salón. Pero sus amigos lo habían
hecho. Las miradas preocupadas lanzadas en su dirección por los otros
Fantasmas y John no lo hizo más fácil de soportar. Cuando una de las sirvientas
de alguna manera terminó en el regazo de Gregor después de inclinarse para
rellenar su jarro -con sus senos considerablemente justo debajo de su nariz-, Cate
había tenido suficiente. No iba a dejar que la tratara como si no significara nada
para él, sin importar lo que pensara que había hecho.

Se dirigió a la esquina del vestíbulo ante el fuego, donde sostenía la corte como
un sultán borracho, y miró a los dos hasta que el sirviente risueño la vio y tuvo la
sensatez de deslizarse de su regazo y escabullirse.

La multitud de hombres que había estado de pie a su alrededor, quizá para


protegerla de ver lo que tenía, se disipó lentamente. No queriendo hacer una
escena, habló en voz baja con los dientes apretados y una sonrisa apretada.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-¿Qué creéis que estáis haciendo?

-¿Qué parece? -respondió él con una mirada entrecerrada y un peligroso brillo en


el ojo que ella nunca había visto antes-. Celebrar el nuevo año"

-"Parece que habéis tenido suficiente -dijo con una mirada puntiaguda a su jarra.
Su sonrisa era sibilina y calculadora, y envió un escalofrío corriendo por su
espina dorsal.

-Ni siquiera he empezado. La noche es joven -se puso de pie con más firmeza de
lo que ella habría pensado capaz después de todo el whisky, y tiró hacia atrás el
resto del contenido en su taza de buena medida, antes de golpearla en la mesa
delante de él-. Todavía no sois mi esposa, Cate. Lo mejor sería que recordarais.

Contuvo el aliento. Su corazón parecía haber dejado de latir. ¿Estaba diciendo


que ya no quería casarse con ella?

-¿Qué se supone que significa eso? -le dirigió una larga mirada llena de una
oscura emoción que no entendía.

-Significa que sé la verdad. Significa que podéis haber 'ganado' vuestro pequeño
juego con vuestra amiga, pero no tratés de meteros en mi camino.

No había error en la advertencia. Claramente, todavía no le creía:- Gregor, no


seáis así. Necesitamos hablar.

Su mirada se endureció hasta convertirse en hielo negro e implacable:- Sí, lo


haremos, y tendré mucho que decir. Pero no en este momento. No me presionéis,
Cate.

Lo dejó ir, observándolo alejarse con una sensación de impotencia. ¿Qué quería
decir con "sé la verdad"? Si él supiera la verdad, no actuaría de esta manera.
Pero estaba claro que no estaba en condiciones de pensar racionalmente. Había
dicho que hablarían. Mañana... mañana las cosas estarían mucho más claras.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 20

Mañana iba y venía sin que se resolviese nada. La fresca luz del día y la cabeza
limpia de whisky no habían comunicado a Gregor ninguna epifanía o
racionalidad repentina acerca de los motivos de Cate para obtener una propuesta
de él.

Tampoco le dio la oportunidad de explicarlo. Se saltó la comida de la mañana y


se encerró en su cámara con Aonghus, Bryan y Cormac, tres de sus hombres de
la casa, durante la mayor parte de la mañana.

Como la mayoría de los invitados se quedaban hasta la boda, no podía evitar la


comida del mediodía, aunque sospechaba que lo hubiera hevho si pudiese si
haber encontrado una excusa. Se sentó a su lado en la mesa alta del estrado, pero
había tanta distancia entre ellos, que bien podría haber estado en Inglaterra.
Habló con ella sólo cuando fue necesario, y luego, con tanta rapidez, la cortó al
instante. La relación fácil y la intimidad de la víspera habían desaparecido como
si nunca hubiera existido.

La rabia habría sabido combatirla. Pero esta aparente aceptación de su


culpabilidad y condena a un purgatorio de lo desconocido -donde no podía
apelar su convicción o conocer su castigo-, era mucho más difícil de combatir. Si
lo había considerado intocable antes, no era nada para el aire de lejanía e
indiferencia que había subido como un escudo helado a su alrededor ahora.

Sin embargo, lo intentó. Trató durante toda la comida de hablar con él, pero o la
apartaba o incluía a la gente a su alrededor en la conversación para evitar la
discusión de cualquier cosa personal. Tan pronto como terminó la comida, se
excusó y se unió a los otros Fantasmas en su mesa. Unos minutos más tarde, se
fueron. Para cazar, lo sabría de John más tarde.

Se dejó para entretener a sus invitados y fingir que no había nada malo, fingir
que no estaba profundamente herida por su comportamiento. Fingir que no vio
las miradas de compasión enviadas en su dirección.

Fingir que no estaba preocupada.

¿Y si se negaba a creerla?

Al final del día, Cate ya había tenido suficiente. Había esperado no necesitar
defenderse, pero no podría dejarlo seguir así por más tiempo. Si Gregor no
hablaba con ella, entonces podía escucharla muy bien.
Después de decir buenas noches a los niños, regresó al segundo piso, pero no a
su habitación. En lugar de eso, tomó un poste en la ventana de la habitación
donde Gregor había dormido antes de irse a los cuarteles. A diferencia de su
habitación, la suya pasaba por alto el puente y la puerta.

Como la cámara estaba temporalmente vacía, nadie había encendido el brasero,


y la habitación estaba tan fría y desolada como se sentía. Aunque lejos de ser
espaciosa y moderna, la vieja casa de la torre era un palacio en comparación con
la pequeña cabaña en la que había crecido, y le encantó.

Era cómodo. Estaba en casa. Se quitó la colcha forrada de piel de la cama, la


envolvió alrededor de sus hombros, se sentó en el banco de madera y esperó,
observando la puerta para cualquier señal de los jinetes.

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Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

¿Seguro que volvería pronto? Aunque sólo eran las siete o las ocho, había estado
oscuro durante algún tiempo. Pero pasó una hora y luego otra. El número de
personas que se movían por el callejón se redujo hasta que sólo quedaron los
guerreros de la guardia nocturna.

El castillo se calló. La vela que había traído con ella se había quemado. Sus
párpados se hicieron pesados.

La realidad la golpeó. Gregor no regresaría. Por lo menos, no esta noche. Tal vez
no…

No dejó terminar el pensamiento. Con un sentimiento parecido a la


desesperación, se acurrucó en la misma cama donde habían hecho el amor y trató
de no dejar que su mente vagara en direcciones aterradoras.

Regresaría y le hablaría cuando lo hiciera. Sólo había pasado un día. Nada


horrible podría suceder en un día. Estaría bien. Pero pasó mucho tiempo antes de
que se durmiera.
Cate se sobresaltó despertándose, de lo que parecía un sueño inducido por el
diablo. Escuchó un Clop. Clop. Los sonidos penetraron en su vaga conciencia.
Ella se incorporó. Eran los sonidos que había esperado horas para escuchar la
noche anterior... ¡caballos!

Una descarga de ladridos la siguió mientras saltaba de la cama y corría hacia la


ventana.

Agarró el marco de madera con dedos de nudillos blancos. Su corazón cayó con
decepción. No llegaron los jinetes. Eran hombres que se iban. Reconoció a
Bryan mientras cabalgaba por la puerta.

Bueno, ¿qué le pasó a Pip? Estaba llorando de un lado a otro delante de la


puerta, ladrando frenéticamente. Finalmente, uno de los hombres lo levantó y
comenzó a llevarlo de vuelta hacia los establos.

Pip tenía que vigilar mejor al pequeño ácaro si no quería que se lastimara. El
muchacho tendría que encontrar un nombre para él, también. El cachorro estaba
floreciente y bien pasado cualquier peligro, suponiendo que no fue pisoteado por
los caballos, es decir.

Una mirada al sol ya alto en el horizonte le dijo que había dormido mucho, y que
tenía que darse prisa si no quería perderse la comida de la mañana.

¿Quizá Gregor había regresado en algún momento de la noche? Si no,


encontraría a John y vería si podía decirle algo. Gregor no podía irse. No con
todos estos invitados. No con su boda a sólo unos días de distancia. Al menos
eso era lo que se decía a sí misma.

Volviendo a su habitación, se lavó rápidamente, tiró de un peine por el pelo


enmarañado y se cambió el vestido antes de correr por las escaleras. Cuando
entró en el vestíbulo, se dio cuenta de que debía ser más tarde de lo que había
pensado. Los sirvientes ya estaban limpiando las bandejas, y la mayoría de los
invitados y miembros del clan habían desaparecido.

Vio a Hete con la cabeza baja y lanzando la entrada trasera -probablemente


persiguiendo a Maddy-, y habría ido tras ella si no hubiera visto a John hablando
con Aonghus cerca de la chimenea.

Sacando una corteza de pan y un trozo de queso de una de las bandejas, Cate
consiguió unos cuantos bocados mientras esperaba a que los hombres terminaran
la conversación.

De vez en cuando miraba por la ventana, pero el hombre que estaba buscando no
apareció. Su mirada seguía siendo dirigida hacia atrás a los dos hombres en el
otro lado de la habitación. Estaba 197

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

claro que algo estaba mal. John parecía molesto y Aonghus parecía muy
incómodo, mientras respondía a lo que parecía ser una avalancha de preguntas
de John.

Preguntas que se detuvieron dramáticamente en el momento en que John levantó


la vista y le llamó la atención. Algo en su expresión le puso los pelos de punta.
Era medio disculpa y medio lástima.

Parecía que sentía lástima por ella, y no estaba segura de querer saber por qué.

Dios, ¿la había dejado?

El corazón le latía en el pecho. Dijo algunas palabras más cortas a Aonghus y lo


envió lejos. Cate se acercó cautelosamente, teniendo la clara impresión de que la
conversación había sido sobre ella.

John tenía la boca apretada y su expresión se tensaba, a medida que se acercaba.


Finalmente, se puso de pie ante él. Contuvo la respiración, preparándose para lo
peor, ella lo miró:- ¿Hay algo mal?

La mueca de su boca se volvió aún más fuerte, blanqueando sus labios y


haciendo que el músculo en la mandíbula se apretara:- Mi maldito hermano os lo
explicará. No tendré nada que ver con esto.

John estaba furioso. Lo que Gregor había hecho, claramente John no estaba de
acuerdo con él.

-¿Gregor ha regresado? -esperaba no haber sonado tan aliviada.


-Sí. Es un bastardo pero no un cobarde -dijo a regañadientes, muy a
regañadientes.

Cate no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero algo estaba obviamente
muy equivocado.

Tomando una respiración profunda para la fuerza, ella hizo la pregunta.

-¿Qué ha hecho?

Juró y pasándose los dedos por el pelo de la misma manera que Gregor cuando
no sabía qué decir:-

Es mi culpa. No me di cuenta de lo que estaba preguntando. Nunca lo hubiera


dicho antes de hablar con vos, si lo hubiera sabido.

-¿De qué habáis, John? ¿Qué le dijisteis?

-Que me enviasteis a llamar esa mañana. No pensé en nada de eso hasta que
empezó a actuar como un idiota esa noche, y me di cuenta de lo que pensaba.

Cate lo miró confundida:- ¿Queé os envié a buscar?

-Sí, esa mañana cuando os encontramos a vos y Gregor... eh, en la cama.

Cate estaba horrorizada. Se echó hacia atrás, mirándolo como si estuviera


trastornado:- ¡No hice tal cosa!

Frunció el ceño:- Pip dijo que teníais que decirme algo importante.

-No -meneó la cabeza-. No os envié a buscar. Debe haber algún error -de pronto,
sus ojos se agrandaron de horror. Cubrió su jadeo con su mano, dándose cuenta
de lo que significaba-. ¿Y le dijisteis esto a Gregor?

Dios mío, ¿qué debía pensar? Lo que John le dijo debió de parecer una
confirmación de la afirmación de Seonaid de que Cate lo había atrapado en el
matrimonio. No era de extrañar que hubiera estado actuando tan frío.

198

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

John asintió con la cabeza:- Sí, me preguntó por qué fui a vuestra habitación esa
mañana, y no pensé en nada de eso. Al menos no hasta que empezó a beber, y...

Lo dejó, claramente no quería decir qué más había estado haciendo. Coquetear -
por favor, deje que solo flirtee con esas otras mujeres."

-¿Actuar como un idiota? -terminó para él. Asintió-. Lo siento, Cate.

La forma en que la miraba...

Su pulso se intensificó con temor:- no os llamé, John. Nunca trataría de obligarle


a casarse conmigo. Lo sabéis, ¿verdad?

Él dudó. Era evidente que, como Gregor, John había pensado lo peor. Pero a
diferencia de su hermano, tenía algunas dudas.

-No quería pensar así. Esperaba que hubiera una explicación. Se lo dije, pero
estaba demasiado enfadado conmigo, le dije que quería pelear con Bruce, no
quedarme aquí y dirigir su clan para él.

Cate se alegró de que John hubiera encontrado el coraje de decirle a Gregor


cómo se sentía. Pero lo irónico es que John le dio el beneficio de la duda de su
prometida y no lo haría. Sin embargo, John nunca había sido manipulado y
traicionado por una mujer que le importaba. John no había aprendido a ser
cuidadoso y cauteloso. John no temía los motivos ocultos de cada mujer que
conoció. Y John no la había oído en el pasillo con Seonaid.

Se encogió de nuevo. ¡Oh Dios, cómo Gregor debía odiarla! Fue una traición de
la peor clase para él. Por todo lo que pretendía que las mujeres que se fijaban en
él al instante al conocerlo o lo convirtieron en una muesca en el poste de la cama
no le importaba, sabía que sí.

-Hay una explicación -dijo Cate con firmeza-. Voy a encontrar a Pip, y podemos
aclarar todo esto.

La mirada dura y apretada volvió a su rostro:- Me temo que es demasiado tarde


para eso.
-¿Qué queréis decir con que es demasiado tarde?

Se detuvo, la razón de la ira de John y la conducta extraña golpeando de repente


su fuerza total. Se sentía como si acabara de ser aplastada bajo una pared de
rocas.

¡No no! Gregor no lo haría...

Pero lo haría. El dolor cortó como un cuchillo dentado, eviscerando su corazón


de su pecho en una rebanada cruel. Él le había advertido que no podían quedarse,
y ella no había querido creer que pudiera enviarlos. Pero su cólera le había dado
toda la excusa que necesitaba. Estaba dejando claro que no serían una familia.

El ladrido del cachorro hacía un sentido horrible. Pip, Eddie, y el bebé Maddy...
se habían ido.

***

Concentraos, maldita sea. No hay nada malo con vos. Gregor agarró una flecha
desde donde estaba atascado en el suelo a sus pies, lo atrapó, lo devolvió y lo
soltó en un movimiento suave antes de recoger el siguiente y el siguiente en
rápida sucesión.

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En cuestión de segundos, disparó una media docena de flechas contra tantos


blancos que colgaban de una cuerda a lo largo de la pared. Todas excepto una de
las flechas habían golpeado su marca en el punto muerto. El que falló lo había
hecho por menos de dos pulgadas. Casi perfecto. Pero para Gregor, dos
centímetros eran tan buenos como diez metros.

No fue el único que se dio cuenta del error. Aunque intentaban no mostrarlo, los
tres hermanos lo miraban con diversos grados de preocupación. Había sido así
toda la mañana, salvo que, en todo caso, los disparos de Gregor estaban
empeorando.
-Ha pasado una noche -dijo MacSorley-. Todos estamos cansados. Demonios,
probablemente caminamos treinta millas anoche. Tal vez deberíamos descansar
un día.

Cristo, estaba tan mal, MacSorley ni siquiera estaba tratando de bromear.

Sin decir una palabra, Gregor se acercó a la pared para sacar las flechas de los
bolsos de lino marcados con una x negra.

Gregor estaba cansado y habían corrido la mayor parte de las sombras


perseguidoras de la noche, sin señal de los hombres que habían estado en el
bosque, pero todos sabían que no era por eso que había perdido un objetivo que
un escudero habría golpeado. De hecho, se trataba de un ejercicio de
entrenamiento que Gregor había ideado como un muchacho y que ahora utiliza
para enseñar a los jóvenes arqueros.

Hacía dos días, cuando había salido con su arco por primera vez desde que
regresó a casa, había estado impecable. Enfocado. Su viejo yo.

Pero eso fue hacía dos días. Hacía dos días no sabía que el matrimonio que había
estado esperando era una farsa. No había tenido ganas de arrancar la cabeza de
alguien, preferiblemente la suya.

Dios, ¡no podía creer que había sido un loco engañado! Realmente pensó que era
diferente. Había pensado que realmente lo amaba, y por las razones correctas.

Pero fuera cual fuese la verdad de sus sentimientos, ya no le importaba. No


necesitaba su amor, ni nadie más para eso. Había tenido suficientes juegos,
suficientes "trampas" y, para toda la vida.

Arrojó la flecha errante de la marca con disgusto. Había perdido el objetivo por
una razón y una sola razón: porque no podía concentrarse con sangre. No podía
llegar a ese lugar que necesitaba estar donde nada más importaba. La estrecha
zona donde sólo había su flecha y el objetivo.

No sabía por qué la dejó acercarse así a él. ¿Por qué estaba tan condenadamente
enfadado? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ello? No debería importarle,
maldita sea. Sería su esposa, pero eso era todo. No debería importarle.

Al regresar a casa se suponía que debía despejar la cabeza de las distracciones,


no empeorarlas.

Nunca debió haberse involucrado con ella. Debería haberla casado y haber
terminado con él como había planeado originalmente. Tenía un trabajo que
hacer, maldita sea. El rey contaba con él. Sus amigos contaban con él. Seguro
que no iba a dejarlos caer.

No podía permitirse perder su ventaja y dejar que nada interfiriera. No cuando


estaban tan cerca. Lo que significaba que tenía que sacar a Cate de su cabeza
para siempre. Necesitaba volver a ser como 200

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

era antes de que lo engañaran.

MacSorley y MacRuairi ya estaban regresando al cuartel cuando Gregor regresó


a la línea. Pero Campbell lo estaba esperando.

El venerado explorador no dijo nada durante un rato. Se limitó a mirarle con esa
mirada misteriosa y penetrante que le hacía sentir como si estuviera mirando
dentro de ti.

De repente, Campbell se enderezó, percibiendo sus momentos de llegada antes


de que Cate diera la vuelta a la esquina. Su compañero era así. Podía sentir las
cosas antes de que ocurrieran. Había sido útil en más de una ocasión.

Una mirada a su cara devastada, y Gregor supo que había descubierto lo que
había hecho.

Endureció el corazón tonto que sentía una punzada de remordimiento que no


merecía y volvió a mirar a su compañero.

-Lo que esté mal entre vos y la muchacha -dijo Campbell-, arregladlo. Os
necesitamos.

Gregor sostuvo la mirada de su amigo por un momento y luego asintió con


determinación. Tenía la intención de hacer exactamente eso.
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Capítulo 21

Cate apenas reconoció a Campbell cuando se acercó a presentarse ante Gregor.


Sus ojos sólo estaban sobre él. Ojos de embrujo. Ojos llenos de dolor,
condenación e incredulidad. Ojos que le suplicaban que le dijeran que estaba
equivocada acerca de lo que había hecho.

Estaba tensada como una de sus cuerdas de arco, sus manos en pequeñas bolas a
los costados, su esbelta figura tensa y agotadora.

-¿Dónde están?

No pretendió malinterpretarlo:- Los niños han sido devueltos a sus legítimos


hogares y familias.

Sus puños se apretaron y sus labios se fruncieron. Pero fue el brillo de las
lágrimas lo que hizo que su pecho se sintiera demasiado apretado y sus
pulmones se sintieran como si estuvieran en llamas.

Estaba proyectando una furia tranquila, pero podía ver el dolor y el sufrimiento y
sabía lo cerca que estaba de perder la compostura. No lloréis, maldita sea. Si lo
hacía, no sabía qué demonios haría.

No debería importarle, maldita sea. Lo había engañado. Lo usó. Le hizo creer


que lo amaba por las razones adecuadas. Le hizo querer algo que nunca había
querido antes. Y eso era algo que no podía perdonar, por más remordimiento que
tuviera o parecía.

-Este es su hogar legítimo. Somos su familia.

La acusación en su mirada clavó su conciencia, soltando parte de la ira que se


arremolinaba dentro de él:- Tampoco es cierto. Fue una fantasía que creasteis,
que no tenía lugar en la realidad. Esos niños no pertenecían aquí, pertenecían a
su verdadera familia: sus verdaderos parientes de sangre.
Retrocedió, claramente sorprendida:- ¿De qué estáis hablando? Fueron
abandonados.

-Eduardo y Mathilda, sí. Pero ambos estaban ansiosos por ser aceptados.

No mencionó el generoso subsidio anual que había ofrecido.

-¿Habéis encontrado a sus parientes? -le habló con una voz tranquila y suave que
la hizo sonar como una niña de doce años.

-No fue difícil. Hicieron falta sólo algunas preguntas.

Ella parpadeó, mirándolo fijamente:- Y luego os deshacisteis de ellos -su voz se


quebró y algo dentro de él se enroscó y le cortó el aliento-. ¿Cómo habéis podido
hacer eso, Gregor? ¿Cómo podríais enviarlos sin permitirme decirles adiós?

Barajó un poco, incapaz de ignorar por completo el malestar provocado por su


pregunta. Podría no ser capaz de culparle por lo que había hecho, pero tal vez
podría por cómo lo había hecho.

-Pensé que era mejor evitar una escena. ¿Qué propósito serviría de que los niños
llorasen en vuestros brazos? Una despedida limpia fue más fácil para todos.

202

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-¿Es eso lo que pensáis? ¿Una ruptura limpia? Al menos sabrían que los amaba,
lo cual era más de lo que yo sabía. Mi padre se fue sin decirme adiós, y dejadme
deciros que no había nada limpio.

¿Qué deben pensar? ¿Cómo pudisteis hacerles eso? ¿Cómo pudisteis descargar
vuestra ira con ellos?

-Mi decisión no tuvo nada que ver con vos -tenía que ver con él-. No sabía si
podía seguir adelante si tenía que vigilarlos. Era mejor para todos de esta
manera. Esos niños no pertenecían aquí, no importaba cuánto los quisierais.
Sabíais que esto sucedería en algún momento. Os lo dije desde el principio.
Sus ojos brillaban con lágrimas enfadadas, pero no podía discutir con él:- ¿Y qué
hay de Pip?

¿También fue devuelto a sus parientes?

Esta vez no se estremeció ni sintió ni siquiera una punzada de culpa:- No había


necesidad. Su madre estaba muy cerca.

Se asustó:- ¿Lo enviasteis a su madre? ¿Como pudisteis? Dios sabe lo que hará
con él esta vez.

Sus ojos se estrecharon:- ¿Entonces sabíais de el subterfugio del chico?

-Pip me lo contó todo, pero sois vos quien no entiende. Su madre lo obligó a
hacer lo que hizo, y luego amenazó con llevarlo si no le daba dinero.

No importaba si lo que dijo era verdad:- No teníais nada que ver con ellos, Cate.
Cualquiera de ellos. No os pertenecían.

-Los amo. Puede que no signifique nada para vos, pero significa todo para mí.

-Sí, sé exactamente cuánto significa vuestro amor -no ocultó su sarcasmo-.


Puede que me hayáis atrapado en el matrimonio, pero no tomaré a tres hijos de
sus verdaderas familias para satisfacer alguna fantasía de niña que tengáis de
familia perfecta.

Podría haberle dado una bofetada, de modo que el choque del dolor fue una
sacudida. Pero no se arrodillaría ni se desmoronaríaa. Simplemente se quedó allí
mirándolo, su silencio de alguna manera desafiante y condenando al mismo
tiempo-. No os atrapé, Gregor. No llamé a John.

-¿Así que mi hermano miente?

Ella sacudió su cabeza:- No he dicho eso. Pero no envié a Pip a buscarlo. No sé


por qué lo hizo.

-Convenientemente, Pip no está aquí para explicárnoslo.

Sus mejillas se ruborizaron:- ¿De quién es la culpa?


Se miraron el uno al otro en la fría y clara luz del día, la emoción serpenteaba
peligrosamente entre ellos. Y algo más. Otra cosa que quería negar. La atracción
feroz y frenética que no diferenciaba entre amor y odio. Se encendió y crujió
entre ellos. Aun sabiendo lo que sabía, la quería todavía.

Tan intensamente que sus manos picaron para envolverle los brazos y arrastrarla
contra él. Para cubrir su cuerpo. Castigarla por hacerle lo suficientemente tonto
como para preocuparse. ¿Cómo pudo haber hecho esto?

203

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Casi podía odiarla por ello. Se enderezó. Firmeza:- Entonces, ¿el hecho de que
me desperté y os encontré fuera, y poco después apareció una multitud en
vuestra habitación, fue una coincidencia?

Sostuvo su mirada, sus ojos inquebrantables:- Sí -no dijo nada, pero apretó la
mandíbula hasta que le dolieron los dientes-. Os estoy pidiendo que confieis en
mí, Gregor. Tened un poco de fe en mí.

Os estoy diciendo la verdad.

Él dudó. Por un largo latido del corazón, en realidad dudó. Sonaba tan sincera.
Repitió la conversación en su cabeza, escuchó su débil rechazo mezclado con
culpa, escuchó sus alardes y palabras condenatorias, y John condenando.

Mirándola, podía admitir que su súplica era sincera. Ni siquiera dudaba de que lo
amaba. Pero no fue suficiente. Había estado aquí muchas veces antes. No tenía
fe en nada de eso.

-Pedís demasiado.

Él fingió no ver la decepción rebosante en sus ojos, pero sintió cada lágrima que
se deslizó por su mejilla como ácido en su pecho.

-Si me amaséis, sabríais que os estaba diciendo la verdad.


-Entonces sería un tonto -hizo una pausa significativa-. Y no soy tonto -respiró
hondo, comprendiendo su significado: no la amaba.

Debia ser impermeable a su dolor. Debiera serlo. Pero no lo era, maldita sea.

¡Dios, tenía que salir de aquí! Pero necesitaba asegurarse de que lo entendiera.

-Tienes lo que querías, Caitrina. Seréis mi esposa. Sólo dejadlo en eso. No


esperéis nada más.

-¿Como amor?

Especialmente eso:- Os daré mi nombre y, a cambio, tendré mi libertad.

-¿Qué queréis decir?

Él mantuvo su mirada fija:- Sólo estaré atrapado en el matrimonio una vez.

Contuvo el aliento cuando se dio cuenta de lo que quería decir, mirándolo como
si fuera un extraño:- No tenéis intención de cumplir vuestros votos.

No era una pregunta. Él arqueó una ceja:- ¿Creíais que lo haría? Tengo una
reputación que defender.

Pero sabéis qué –

Su dolor se encendió por la ira:- Así que seré vuestra esposa, pero no me
deberéis otra cosa, ¿no es así? Me quedaré aquí con John, velaré y cuidaré
vuestro castillo, y volveréis cada vez que os guste?

¿Qué otros deberes tendré en este matrimonio que imagináis? ¿Voy a compartir
vuestra cama, o será demasiado para mí?

Su furia igualó la suya y le devolvió el sarcasmo con la suya:- Necesitaré hijos.

204

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-Por supuesto. ¿Cómo podría haberme olvidado? Esos hijos que –entrecomilló-
podéis tener cuando queráis. Así que, pensáis hacerme el amor pero no me
querréis, ¿verdad?

-Ya os lo dije: uno no es necesario para el otro. Llamadlo como queráis, pero hay
muy poco de amor en empujaros contra una pared y tomaros por detrás.

No podía haber disparado una flecha con una precisión más mortal. Sus palabras
habían golpeado con cruel precisión, hiriendo profundamente. Lo vio en sus ojos
y lo oyó con su jadeo de dolor.

Pero Cate era una luchadora. No rendiría con tanta facilidad. Se incorporó y lo
miró como a un guerrero en un campo de batalla:- No os dejaré hacer esto,
Gregor. No dejaré que intentéis convencerme de que lo que había entre nosotros
no significaba nada. Que era sólo lujuria. Llamadlo como queráis -repitió sus
palabras-, pero incluso cuando me presionáis contra una pared sé que os importo.
Puedo sentirlo cada vez que me tocáis. Cada vez que susurráis en mi oído. Cada
vez que os dejáis ir dentro de mí, suplicando mi nombre. Mi nombre, Gregor, no
el de alguien más. La pasión que tenemos es más que lujuria y tú lo sabes.
Niégalo si quieres, pero sé la verdad. Lo que sientes por mí es diferente a
cualquier cosa que hayáis sentido por otra mujer. Es especial, y no me
convenceréis de lo contrario. Así que si pensáis que podéis casaros conmigo, que
me haréis el amor y que llevaréis a otras mujeres a vuestra cama, ¿quién creéis
que es el que se está engañando a sí mismo?

Gregor luchó por el control, pero su sangre le golpeó en los oídos. Ella era la que
lo había traicionado, y sin embargo, estaba allí tan condenadamente confiada, tan
segura de que lo tenía bajo su hechizo. Esta chica de veinte años que había sido
virgen hacía un poco más de una semana pensó que sabía más que él acerca de la
pasión y la lujuria. Pensó que sabía lo que sentía. Todavía estaba tratando de
controlarlo, maldita sea.

Pero no sabía una maldita cosa, y lo había desafiado demasiadas veces. Estaba
equivocada. Y lo iba a probar.

Cate estaba furiosa ¿Cómo se atrevía a tratar de rebajar lo que tenían haciendo
que pareciera bruto y básico?

Sabía que estaba enfadado y más dolido de lo que quería admitir por lo que
pensaba que había hecho. Pero había ido demasiado lejos, tanto en el envío de
los niños lejos sin decírselo y en convertir su futuro matrimonio en una especie
de disposición sin sentido, conveniente. Nunca se casaría con él de esa manera.
Y si realmente creía que había querido decir lo que dijo, le habría dicho que se
fuera al diablo allí mismo.

Pero Cate estaba apostando todo en el hecho de que lo conocía mejor que él
mismo. Que lo que estaba haciendo no era porque no le importara, sino porque
lo hacía. Estaba actuando así porque le había herido profundamente. Una vez
que se dio cuenta de que estaba diciendo la verdad, sería como antes.

Odiaba que la obligaran a probar su inocencia, pero no estaba dispuesta a


renunciar a él... a ellos.

Tenía fe suficiente para ambos.

Sin embargo, le haría pagar por dudar de ella. ¿Tal vez le haría escribirle un
poema de amor o cantarle una canción de amor? O tal vez le haría tomar a Pip
con él como su escudero cuando se fuera. Sí, eso era todo. Él personalmente
vería el entrenamiento de Pip.

205

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Porque tenía la intención de hacer que Pip regresara, y Maddy y Eddie también,
si no estaba absolutamente convencida de que los parientes Gregor los había
enviado a desearlos.

No podía creer que hubiera encontrado a sus familias. Pero tal vez no debería
sorprenderse. Nunca lo intentasteis. Cate sintió una puñalada de culpa, sabiendo
que ella debía haberlo hecho. Pero ella no había querido hacerlo. Los había
deseado para ella.

Sin embargo, aunque estuviera en lo cierto, no tenía ninguna pretensión sobre


ellos, que era sólo «la fantasía de una joven de la familia perfecta», la forma en
que Gregor los había enviado estaba mal

. Tenía que encontrarlos para decir adiós. Tenía que decirles que los amaba y
estaría aquí para ellos si la necesitaban.

De alguna manera logró pasar la comida del mediodía sin que su cara se
agrietara, su expresión como hielo mientras se sentaba junto a Gregor en el
estrado y fingía que todo estaba bien. No se sorprendió cuando se negó a decirle
dónde estaban los niños, insistiendo en que por ahora necesitaban tiempo para
instalarse con sus familias. Más tarde, le dijo, más tarde podría ir a visitarlos.

Cate estaba demasiado furiosa para discutir con él en público. La comida parecía
durar para siempre, pero en el momento en que terminó, empezó a hacer sus
propias preguntas.

Hete y Lizzie habían estado tan sorprendidas como ella... y estaban muy
alteradas. También estaban en la oscuridad sobre donde los niños habían sido
llevados. Aonghus, Bryan y Cormac los habían despertado al amanecer y les
habían informado de que los niños se iban. Se les había prohibido despertar a
Cate y hacerle saber lo que estaba sucediendo. Habían hecho ruido por encima
de su habitación, esperando que lo oyera, pero había dormido en la habitación de
Gregor.

Por supuesto, Aonghus, Bryan y Cormac, así como John, no se encontraban en


ninguna parte. La mayoría de los hombres (incluyendo Gregor y los otros
Fantasmas ) se habían ido para hacer vigilancias ambulantes y no volvería antes
de la cena.

De todos modos, sospechando que los hombres de Gregor no sabían nada, Cate
aprovechó su ausencia y decidió averiguar si podía encontrar alguna pista entre
los papeles de Gregor.

Deslizándose en la cámaradel laird, encendió algunas velas (la habitación sin


ventanas ya estaba oscura) y comenzó a mirar a través de los diversos cofres.
Sabía que los folios de cuero que llevaban los libros de contabilidad de la casa
estaban en el lomo más grande, así que se concentró en los demás. Uno contenía
documentos de la época en que el padre de Gregor era jefe, pero el cofre de
madera más pequeño, más cercano a la mesa del escribano, contenía varias
misivas dobladas con sus sellos de cera agrietados.

Uno le llamó la atención. Ella aspiró su respiración, la quemadura de dolor


saqueando su pecho sorprendentemente intenso incluso después de todos estos
años. Reconoció el sello, habiéndolo visto muchas veces. El joven Conde de
Carrick nunca había estado sin el anillo grabado con el León rampante por
encima de la cruz de San Andrés. Como no era un documento oficial, el rey
debía haber usado su anillo en lugar del sello real.

El aprendizaje no había llegado fácilmente a Cate, pero estaba agradecida de que


su madre insistiera en que le enseñaran a leer y escribir. Sin embargo, al escanear
las palabras, sintió que sus piernas se 206

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

convertían en gelatina. Tuvo que alcanzar el borde de la mesa para estabilizarse,


mientras su estómago y su cabeza luchaban contra el remolino de mareo.

No.

Aunque sus habilidades eran rudimentarias, eran suficientes para captar el


significado de las palabras en el pedazo de pergamino que tenía delante. Sin
embargo, lo leyó dos veces para asegurarse de que no lo había entendido mal.

Pero la verdad estaba allí en floridos trazos de tinta negra. La misiva de su padre
contenía comentarios de felicitación sobre los esponsales, noticias sobre las
palabras de la identidad de Gregor y nuevas informaciones sobre la llegada de
los hombres de De Bohun para ayudar con la defensa del castillo de Perth,
incluyendo el regreso a Escocia de Sir Reginald Fitzwarren, por quien Gregor
había estado preguntando durante años.

Durante años.

Lo sabía. Durante todo este tiempo, Gregor había sabido la identidad del hombre
que había atacado su pueblo -el hombre que había matado a su madre y al niño
por nacer-, y él se lo había ocultado.

No, no se lo había ocultado. Le había mentido, diciéndole que no lo sabía. Debió


haberle preguntado una docena de veces a lo largo de los años. ¿Por qué... por
qué haría algo así, sabiendo lo desesperada que estaba por saberlo? ¿Sabía
cuánto había necesitado poner un nombre a la cara de las pesadillas que la
atormentaban?
Estaba tan perdida en el dolor, que no oyó la puerta abierta detrás de ella.

-¿Qué hacéis aquí, Cate?

Todavía con la devastadora carta en la mano, se volvió hacia John:- Él lo sabía -


levantó la carta, su mano temblorosa-. Todo este tiempo Gregor ha conocido la
identidad del hombre que atacó nuestra aldea.

John juró:- No debías ver eso.

-Obviamente -se burló-. Supongo que no necesito preguntar si vos también lo


sabíais.

¿Cómo puede haber estado ocultarme esto, John? ¿Cómo podría hacerlo? ¿No
creéis que tenía derecho a saberlo?

John apretó la boca con fuerza. Tomó su condena sin tratar de defenderse. Lo
entendió:- Os dijo que no me lo dijeráis, ¿verdad?

Claramente respondiendo cuidadosamente, John trató de explicar:- Estaba


tratando de protegeros.

-¿Protegerme? -repitió incrédula-. ¿De la verdad?

-Fitzwarren ha estado en Inglaterra desde el ataque Inalcanzable. Pero Gregor se


preocupó de que pudieraIs intentar hacer algo, uh... no adecuado.

-Queréis decir algo estúpido. ¿Creía que me habría escapado y tratar de matarlo
por mí misma, eso es lo que queréis decir?

207

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-Creo que puede haber considerado esa posibilidad -dijo John, protegiéndolo-.
¿Lo negáis?

Las lágrimas enmascararon sus ojos. No era la mentira la que tanto dolía como
lo que significaba.
No había confiado en ella, ni la respetaba lo suficiente como para pensar que
sería capaz de manejar la información y tomar sus propias decisiones. Había
querido que Gregor la considerara una mujer fuerte, capaz de cuidar de sí
misma, pero todavía la veía como la niña del pozo que necesitaba ser protegida.
Incluso con su cercanía creciente en las últimas semanas le había ocultado esto,
sabiendo lo importante que era para ella.

Deseó poder estar enfadada, pero fue el peso de la decepción aplastándose sobre
ella lo que más le golpeó:- Confiaba en Gregor cuando dijo que lo manejaría.
Hubiera escuchado sus explicaciones.

Pero nunca me dio la oportunidad. No tiene fe en mí.

-Hablad con él, Cate. Sólo intentaba protegeros. Dadle una oportunidad de
explicar antes de precipitaros a juicio. Tiene fe en vos. Puede que no lo parezca
ahora, pero lo hace.

John tenía razón. Necesitaban limpiar el aire entre ellos si este matrimonio iba a
tener alguna posibilidad de funcionar.

Miró la misiva en su mano, la cera roja del sello capturando su ojo. No era sólo
el contenido de la carta que necesitaban discutir, sino también la identidad del
hombre que la había enviado. Gregor no había sido el único en guardar un
secreto.

-¿Dónde está?

-Lavándose para la cena.

Cate hizo lo mismo, y luego entró en el Hall para esperarlo. Pero Gregor no
apareció. Ninguno de los Fantasmas lo hizo.

No tardó mucho en descubrir que habían ido al pueblo. Pero no fue hasta que
John siguió esquivando sus preguntas y se negó a mirarla a los ojos que Cate
adivinó por qué.

El horror descendió sobre ella ahogándola. Su última conversación con Gregor


volvió a ella. Sabía cómo pensaba. Había tomado sus palabras como un desafío,
y había ido a la cervecería para probar que lo que tenían no era especial.
Debía haberlo sabido mejor que empujarlo cuando él era así. Pero había estado
tan segura, tan segura de que lo conocía. Tan cierto que la amaba y no sería
capaz de hacerlo.

Su estómago se encogió. Quiso doblarse y envolver sus brazos alrededor de su


centro, pero ocultó su dolor detrás de una máscara pedregosa de calma mientras
terminaba la comida y subía las escaleras para cambiarse. Vería la verdad por sí
misma. Sólo entonces aceptaría lo que su corazón ya le decía.

-¿El hombre más guapo de Escocia y uno de los Fantasmas de Bruce? Espera a
que se lo cuente a mi hermana.

208

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Si había alguna duda de si la noticia de su lugar en la guardia se había extendido


se había despejado tan solo unos minutos después de llegar a la casa de cerveza.
El secreto estaba fuera.

La sonrisa de Gregor ocultó el destello de irritación causado por las palabras de


la muchacha. Pero en lugar de empujarla de su regazo, se concentró en el suave
trasero que se frotaba contra su polla, los pechos llenos y pesados rozando la
mano que había envuelto alrededor de su cintura, y la boca muy talentosa que
sabía por la experiencia pasada que le daría mucho placer.

También por experiencia pasada, sabía que gritaba desde los tejados sangrientos
que lo había tenido en su cama. Decir que, después de la primera vez, por
placentera que fuera, no había vuelto a hacerlo.

Pero, ¿qué diablos le importaba? Así era. ¿Por qué luchar contra ella? Tendría
algo que contar a su hermana y las otras muchachas -las viudas de guerra, en su
mayoría-, que se aprovechaban de las habitaciones de la cervecería de Annie
para tener compañía, y recibiría una noche de lujuria mental.

Al infierno con Cate y lo que pensaba. No sabía una maldita cosa. Podía haberlo
engañado para casarse, pero seguramente no iba a conseguir nada más de él.
Podía llevar a quien quiera a su cama.
Su "especial", "sólo yo" era exactamente eso.

Maggie se inclinó más cerca. La explosión de lavanda lo golpeó. Cate usaba


lavanda, pero en ella el olor era suave y delicado y le hacía querer inhalar y
atraerlo más profundamente a sus pulmones. En Maggie, era desagradable y
abrumador y le hacía querer correr afuera para tomar un soplo de aire fresco para
despejar el hedor de su nariz.

Él juró en silencio y buscó su jarro. ¿Por qué demonios estaba pensando en ella?
Cate estaba equivocada, maldita sea, mal.

Maggie se había inclinado para susurrarle algo:- ¿También son fantasmas? -


preguntó con la cabeza inclinada.

"Ellos" lo que significa que sus tres hermanos con sus celos fruncidos se
apiñaban en los bancos alrededor de la mesita con él, y estaban haciendo
malditas impresiones del padre Roland, el sacerdote del pueblo.

No, no sacerdotes, monjes. Pero sólo porque habían sido castrados por sus
esposas y no querían tener ninguna diversión seguro como el infierno no
significaba que Gregor no podía. Al diablo con ellos, también. Al infierno con
todos ellos.

-¿Estos tres? -miró a sus compañeros de aspecto desaprobador-. ¿Se parecen a


los mejores guerreros de Escocia? Sólo son bandidos de la Highland del oeste,
con la esperanza de hacer unas cuantas monedas ahora que Bruce está preparado
para la victoria.

Incluso los ojos de MacSorley se estrecharon ante eso. Gregor le devolvió la


mirada. ¿Qué querían, que lo confirmara por ella?

Maggie no se mostró convencida mientras examinaba a los fieros guerreros:- No


lo sé -arrugó su nariz-. Ciertamente parecen grandes y lo suficientemente
aterradores como para ser Fantasmas.

-Todo músculo –dijo-. Los Fantasmas son listos -a diferencia de estos tres, no lo
dijo. Pareció aceptarlo-. Si yo fuera un Fantasma -los rumores podrían haber
llegado a la aldea, pero Gregor no 209

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

iba a admitir nada-, difícilmente estaría en su compañía tan públicamente.

-Supongo que tenéis razón -dijo, acurrucándose más profundamente en su


regazo. Cuando eso no le dio el efecto deseado, empezó a rodear sus dedos sobre
su estómago y frotar su suave, en peligro de caer -fuera de su corpiño pecho
contra su pecho.

La muchacha tenía pechos fantásticos. Eran grandes y exuberantes, y recordaba


haber enterrado su rostro en la hendidura profunda, acariciar, apretar y luego
chupar las puntas de color rojo cereza hasta que se extendieron una buena media
pulgada y empujó contra su lengua.

A pesar del generoso tamaño de su pecho, Maggie era delgada y morena, como
le gustaba. Era más alta que Cate, pero su cuerpo era demasiado blando, no
firme y tenso como...

Se detuvo, volvió a jurar, esta vez no tan silenciosamente, y tomó otra gaseosa
de su cerveza. La jarra era visiblemente más clara que antes. Le lanzó una
mirada furibunda a MacRuairi, que estaba sentado a su lado, sospechando que lo
había estado vaciando cuando Gregor giró la espalda.

¡Cristo Todopoderoso! Lo estaban tratando como a un maldito crío. No


necesitaba vigilar ni salvar.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Entonces, ¿por qué se sentía como si lo hubiera hecho cuando era más joven, y
sabía que estaba cometiendo un error, pero simplemente no podía detenerse? Sus
músculos de estómago se cerraron cuando la mano de Maggie se sumergió en la
cintura de sus pantalones. Pero no era la lujuria que estaba luchando.

Se sentía bien, maldita sea. Tenía que sentirse bien. ¿Cómo no? Su mano estaba
a sólo unos centímetros de su polla. Pero su cuerpo no respondía de la manera
que debía a su toque.

Solo yo…

Le dijo a esa voz que se callara. No fue eso. Sólo necesitaba la mano de Maggie
envuelta alrededor de él. Su boca lo chupaba. Entonces lo sentiría. Pero el enojo
que se extendía por sus venas se volvió más oscuro y acalorado. Todo era culpa
suya. Cate le había hecho esto. Jugóo con su cabeza.

Jugóo con otras partes de él también. Pero no iba a dejar que se convirtiera en un
maldito eunuco.

Quería otras mujeres. Por supuesto que sí.

Maggie no le había mentido. Maggie no había intentado atraparlo. Maggie no lo


había convertido en un tonto ciego y enloquecido.

No tenía nada por qué sentirse culpable, maldita sea. Cate prácticamente había
lanzado un guante a sus pies. ¿Debería sorprenderse de que lo hubiera recogido?.
Dejó otra jarra de cerveza antes de que uno de sus hermanos pudiera hacerlo por
él.

-Debo admitir que me sorprende veros aquí con la boda y todo eso -dijo Maggie.

Se puso rígido, pero la muchacha no parecía darse cuenta, ya que estaba


demasiado ocupada tratando de encubiertamente -o no tan encubiertamente-
rozando la punta de su dedo a lo largo de la cresta de su polla.

-Algunas personas se sorprendieron cuando elegisteis a Cate, pero yo no -esperó


una respuesta de él. No siguió con su rabia hirviendo, continuó-. Puede ser un
poco rara con su lucha de espadas y 210

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todo, pero es una auténtica dama. No le juzgo como algunas de las mujeres de la
aldea, os lo diré -

Maggie frunció la boca con disgusto-. No, Cate es bondadosa y siempre tiene
una palabra agradable para mí cada vez que nuestros caminos se cruzan.

Frunció el ceño, de repente parecía darse cuenta de que lo que estaba haciendo
en este momento podría no ser visto como graciosamente por Cate.
La boca de Gregor cayó en una línea dura. Ya había tenido suficiente. No iba a
escuchar los mejores puntos de Cate por su parte. Se puso de pie de repente, y
apenas logró atrapar la muñeca de Maggie para evitar que cayera al suelo. Se
balanceó un poco ante el repentino movimiento, con la cabeza llena de bebida.

Pero no es lo suficientemente gruesa. Tomó una jarra de la mesa y la metió bajo


el brazo:- Vamos, hay mucha gente aquí. Vamos a buscar un lugar un poco más
privado.

Cualquier escrúpulo que Maggie hubiera tenido había desaparecido. Ella asintió
ansiosamente y comenzó a llevarlo lejos.

Pero Campbell le cogió del brazo y lo retuvo:- No hagáis esto, Flecha -dijo
suavemente-. No sé qué está pasando con vos y con la muchacha, pero os
arrepentiréis.

Campbell no sabía nada. Ninguno de ellos.

-Idos por delante y probad que estoy equivocada... si podéis -eso era
exactamente lo que él haría, maldita sea.

-No me esperéis -dijo Gregor, ignorando el consejo no solicitado y no deseado-.


No espero regresar al castillo pronto.

Determinado, Gregor siguió a Maggie a través de la multitud hacia las escaleras.


Estaba tan concentrado, que no se dio cuenta de la forma encapuchada pequeña
sentado en silencio en la esquina.

211

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Àriel x

Capítulo 22

Rompecorazones. La reputación de Gregor era bien merecida. Pero con todas las
veces que lo había oído, en su creencia arrogante de que estaban destinados a
estar juntos, Cate no pensó una sola vez que sería su corazón el que se rompiera.
Había estado sentada en la mesa unos instantes antes de que Gregor pasara con
Maggie, pero fue el suficiente tiempo para verlo... realmente lo veía. El
rompecorazones demasiado guapo en toda su pícara gloria, bebiendo, haciendo
cabriolas, y pareciendo un hombre sin cuidado en el mundo.

Una lágrima se deslizó por el apretado tirante que había envuelto alrededor de
sus emociones destrozadas. Furiosamente, lo secó. No se podía romper todavía.
Tenía que hacer esto. Tenía que terminarlo para que nunca hubiera duda. Nunca
más sería capaz de engañarse a sí misma que significaba algo para él.

Manteniendo la cabeza hacia abajo y haciendo todo lo posible para desvanecerse


en el fondo de la sala llena de humo, Cate se abrió paso alrededor del perímetro
hasta la puerta donde los había visto salir. Estaba contenta de haberse tomado el
tiempo de cambiarse de ropa. Vestida con su atuendo de práctica, con la capucha
de su capa baja sobre su cara, nadie le prestó atención ninguna. Parecía un
muchacho que acababa de entrar por el frío.

Hacía frío afuera. Amargamente frío. Pero el frío dentro de ella que había
convertido su piel y huesos en hielo no tenía nada que ver con el clima. Atravesó
la puerta y vio las escaleras. Su pecho se retorció. Había sospechado lo que iba a
encontrar, pero una parte de ella aún le ofrecía la esperanza de que se
equivocara.

Aunque Cate nunca había estado en esta parte de la cervecería, sabía lo que
pasaba aquí. Sabía que había unos cuantos solares por encima donde los viajeros
podían pasar una noche, o hombres solitarios podrían encontrar un compañero de
una de las mujeres que frecuentaban la de Annie.

Normalmente, Cate no rehusaba a mujeres como Maggie que habían perdido a


sus maridos a la guerra una manera de hacer algunas monedas extra. Pero ver a
la preciosa mujer de ojos negros y ojos azules con sus generosos pechos
aplastados contra el pecho de Gregor y sus manos por todas partes había
cambiado la mente de Cate. Se había sentido muy a regañadientes y no quería
nada más que sacudir a la prostituta de bronce de su regazo.

Pero no lo hizo. Había esperado a que Gregor lo hiciera. Esperó que se diera
cuenta de que no podía hacer esto. Que no podía hacer el amor con otra mujer
porque la amaba.

Pero no lo había hecho. En lugar de eso, había observado con dolor como el
hombre a quien amaba

-el hombre con quien pensaba pasar el resto de su vida-, le pusiera las manos
encima a otra mujer.

Ahora, Cate vería el resto.

A toda prisa, como una mujer condenada a colgar trepando por el andamio, subió
por las escaleras de madera. Viejas y raquíticas, crujían mientras se movía, pero
con todo el ruido de abajo, dudaba de que alguien por encima de lo notara.

Lo que debía haber sido una habitación grande (aunque de techos bajos) había
sido dividida en unas 212

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pocas cámaras privadas de una central solar. Pero con sólo pantallas de madera
para paredes y colgaduras para puertas, había poca privacidad. Cate podía oírlo
todo. Podía oír a la pareja en la habitación a su izquierda gruñendo y gimiendo
en medio de un acoplamiento muy enérgico, y podía oír las voces en la
habitación a su derecha: la risa de Maggie seguida por los profundos y agudos
sonidos de Gregor: " Me gusta, Muy bien -".

¿Cómo que? Cate no estaba segura de querer saberlo. Se acercó a la cortina


como un fantasma. No se habían molestado en cerrarla por completo, ¿por qué,
como ocultó poco de lo que estaba pasando?, y si Cate se encontraba en el borde,
podía ver bien a los ocupantes.

Oh, Dios, no…

Ella respiró profundamente mientras una nueva oleada de dolor la rodaba en


ondas profundas y calientes. Gregor estaba de pie frente a la estrecha cama "el
único mueble de la pequeña habitación"

frente a ella. Aunque había muy poco de su rostro que pudiera ver, mientras
estaba encerrado en un apasionado abrazo con Maggie. Su mano descansaba en
la base de su espina dorsal con los dedos extendidos sobre la curva superior de
sus nalgas. El cabello oscuro de Maggie estaba suelto por su espalda, el cordón
en la parte posterior de su kirtle había sido deshecho, y el vestido había sido
tirado por sus hombros. Sus pechos debian estar desnudos.

Esto no era como el beso con Seonaid que había presenciado. Era mucho más
carnal. Mucho más apasionado. Mucho más doloroso. Más parecido a la forma
en que la besó. Especial... diferente. Sus afirmaciones parecían burlarse de ella.
No parecía desviar la mirada de su mano. Esos fuertes y poderosos dedos
agarrando a alguien más.

Afortunadamente, el beso duró sólo unos segundos antes de que Gregor se


apartara.

-¿Hay algo mal? -preguntó Maggie. Sí. Por favor di que sí.

-No -dijo Gregor, con voz vaga. Evidentemente había estado bebiendo mucho,
pero eso no le excusaba lo que estaba haciendo. Sólo añadía a la falta de sabor.

-¿Estáis seguro? -preguntó Maggie, soltó una tímida risa-. ¿Tal vez sea la
bebida?

Su hombro se movió y Cate tuvo que morder el puño para evitar la nueva
punzada de dolor, dándose cuenta de lo que estaba haciendo. El hombro de
Maggie se había movido porque su mano estaba entre sus piernas. Lo estaba
acariciando.

El estómago de Cate se revolvió violentamente.

Maggie rio entre diente:- Veamos si esto os ayuda -se dejó caer de rodillas ante
él y le acercó las manos para agarrarle por la espalda-. Recuerdo que me dijisteis
lo bueno que era con mi boca.

Cate se calló, sin entender. Pero cuando la cabeza de Maggie avanzó entre sus
piernas, la comprensión amaneció con una claridad sorprendida y cruel. Iba a
complacerlo con la boca.

Empujadla lejos. Por favor, alejadla.

En su lugar, Gregor agarró la parte posterior de la cabeza de Maggie con las


manos, sujetándola hacia él. Sus ojos estaban cerrados, su rostro una máscara de
líneas tensas y concentración intensa.
213

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Incapaz de soportar otro momento sin estar enferma, Cate se alejó. Había visto y
oído lo suficiente.

No se necesitaban más pruebas. Gregor había logrado su propósito. Le creyó.


Dios, cómo le creyó.

Lo que tenían juntos no era especial. No era especial. Lo había probado. No le


importaba, al menos no lo suficiente como para impedir que buscara la cama de
otra mujer al primer signo de dificultad entre ellos.

Cate no se casaría con él, aunque se tragara en sus manos y rodillas pidiendo
perdón. No dudaba que lo lamentara cuando supiera la verdad, pero ya no le
importaba. Era muy tarde. Se había quedado sin paciencia, excusas y fe. Al ver
este lado de él había roto cada una de sus ilusiones.

Había estaba haciendo excusas para él.

Había querido creer que era la mujer para él, pero no había una mujer para un
hombre como Gregor MacGregor. Se había estado engañando a sí misma para
creyendo que podía ser fiel, que podía comprometerse. El vínculo entre ellos que
significaba tanto para ella, y no le importaba. No si podía hacer el amor con otra
mujer. Tal vez tenía razón. Tal vez para él el amor no tenía nada que ver con el
dormitorio. Pero para Cate había tenido todo que ver con ello.

En el pasado. Pero ya no más. Gregor había hecho lo que creía imposible. Había
destruido su amor por él. Le había arrancado el corazón de su pecho, lo había
desgarrado y hecho pedazos. No quedaba nada. Sólo el dolor sordo y entumecido
del vacío, como si le faltara un pedazo vital de sí misma. El amor que había
tenido por él que la había llenado de tal alegría y esperanza había desaparecido.

Una parte de ella lo odiaba, pero no completamente. También sentía lástima por
él. Lamentó que estuviera demasiado cansado y fuera demasiado cínico,
demasiado cambiado por sus experiencias pasadas con las mujeres, para
reconocer el verdadero amor cuando tenía una oportunidad.
Fue su pérdida. Cate no desperdiciaría otro momento de su vida.

El hombre con el que Cate se casaría creería en ella tanto como creía en él. Y
estaba claro que el hombre no sería Gregor. No dudaba de que se casaría con ella
todavía. Pero si lo hacía, dejaría que se sintiera tan abandonada como su padre.
Tal vez no físicamente, pero de cualquier otra manera que importaba.

Gregor no era el hombre que había pensado. Había pensado que había algo más
que un rostro hermoso. Había pensado que era el tipo de hombre con el que
podía confiar, la clase de hombre en quien podía confiar. Pero ya no era el noble
caballero de sus fantasías que su padre había sido. Tal vez Gregor tenía razón.
Tal vez había estado tratando de crear la familia perfecta para reemplazar a la
que había perdido con él en el centro, representando todo lo que pensaba que un
gran hombre debería ser. Había querido que fuera algo que no era e imaginaba
cualidades en él que ni siquiera estaban allí.

Estaba a punto de bajar las escaleras cuando escuchó a los hombres y se detuvo
en seco.

-Maldita sea, alguien tiene que detenerlo.

Cate reconoció la voz de uno de los Fantasmas, el rubio grande y alto que
parecía un vikingo, Erik MacSorley. Se mordió el labio, todavía avergonzada por
el ojo negro que le había dado.

214

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-Lo intentamos, primo. No parecía tener la menor intención de escuchar.

Lachlan MacRuairi, pensó con un escalofrío, identificando con facilidad la voz


oscura y el bandido a la que pertenecía. Sonaba tan amenazador como parecía.
Excepto por el vello facial, ambos tenían una barba rara de forma inusual, los
dos parientes no tenían nada parecido.

-Lo haremos escuchar -dijo MacSorley-. No sabe qué diablos está haciendo.
Ama a la muchacha, y una vez que se dé cuenta, nunca se perdonará por hacer
esto.

Cate quería decirle que estaba equivocado, pero estaba más preocupada por
encontrar un lugar donde esconderse si subían las escaleras.

-¿Y si hacerle escuchar no funciona? -preguntó MacRuairi.

-Lo sacamos de allí por la fuerza -dijo MacSorley, dando unos pasos por las
escaleras.

Cate estaba a punto de zarpar detrás de un baúl para esconderse cuando otra voz
intervino en la discusión entre parientes:- Flecha tiene que resolver esto por su
cuenta. Si la ama, se dará cuenta.

No es cosa nuestra.

Arthur Campbell, se dio cuenta, la voz tranquila de la razón. También tenía


razón. Por desgracia, Gregor había demostrado que no la amaba.

Después de unos momentos más, los hombres se alejaron de las escaleras. Cate
salió tras ellos: estaba oscuro y había imaginado que había más de una sombra
en el bosque en el camino, pero no queriendo arriesgarse a descubrirla, salió del
edificio y se deslizó a los establos para esperar.

Cuando empezó a nevar poco después, sin embargo, decidió que había esperado
lo suficiente. No tardó mucho en llegar a la orilla del pueblo. Vaciló. La
oscuridad de la selva en el frente resultó vagamente inquietante. Aunque estaba
tentada a tomar una antorcha de una de las cabañas del pueblo, no quería llamar
la atención sobre sí misma.

Era una decisión que lamentaría un poco más tarde, cuando la oscuridad del
bosque pareció tragarla como un dragón nevado.

Miró por encima del hombro más de una vez, jurando que oyó algo. Una ramita
rajada. Una rama asustada. Entonces decidió que sólo estaba imaginando los
sonidos, su miedo haciendo que su mente jugara trucos. Pero una vez que estuvo
en el bosque, Cate se dio cuenta de que no era su imaginación. Al principio
pensó que estaba siendo rastreada por una manada de lobos. Pero las bestias que
la rodeaban eran horrorosamente humanas.
Cate luchó con todo lo que tenía. Pero al final, contra cinco soldados, no fue
suficiente. Forzada al suelo con un cuchillo en la garganta y voces jurando
matarla si no dejaba de luchar, se rindió.

Dos hombres la sacaron del suelo, sin demasiado suavidad, apretándole los
brazos detrás de la espalda para enfrentar a los demás. Se habían llevado la
espada, pero todavía tenía la daga que Gregor le había dado en una vaina en la
cintura. Si pudiera alcanzarla...

Sus dedos se extendieron hacia la empuñadura. Sintiendo su movimiento, uno de


los hombres tiró de uno de sus brazos con más fuerza, haciéndola gemir de dolor,
pero también ayudando a su causa 215

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

acercando su mano un centímetro más cerca de la empuñadura. Podría


alcanzarlo.

Una antorcha fue traída adelante y sostenida a su cara por un tercer hombre.
Respiró hondo, reconociéndole: el hombre a caballo en el bosque. El hombre que
se parecía al soldado que había matado a su madre.

-Os dije que era ella -dijo el hombre-. Podrá vestirse y luchar como un hombre,
pero es la novia de MacGregor.

-Tenéis razón, Fitzwarren.

Cate se congeló ante la mención de su nombre. No podía ser... era demasiado


joven. No, no era el capitán, se dio cuenta, pero podría ser su hijo.

-¿Qué queréis de mí? -preguntó.

-Nada -dijo Fitzwarren con astucia, sus ojos cayeron sobre sus pechos
desplomados con una mirada fría y lujuriosa que le dijo que podría ser como su
padre en más formas que sólo apariencia-. Es lo que vais a hacer por nosotros.
Vais a darnos a uno de los Fantasmas de Bruce.

Cate se congeló, pero rápidamente trató de cubrir su reacción:- ¿No creeréis que
el rumor sea cierto, verdad?

Gritó cuando Fitzwarren agarró un grueso cabello que se había soltado en la


lucha y lo retorció con fuerza contra su cuero cabelludo:- No os molestéis en
negarlo. Sabemos que es verdad. Ha estado bajo sospecha por algún tiempo,
pero ha demostrado ser difícil de alcanzar. Pero gracias a vos, no tendremos que
intentar capturar a Gregor MacGregor. Él caminará a través de las puertas del
castillo de Perth todo por su cuenta para asegurar la libertad de su amada novia.

Cate estaba a punto de discutir con su premisa -no sería su amada o su novia por
mucho más tiempo- pero cerró la boca con fuerza. Si estos hombres pensaban
que no valía nada para ellos, la matarían. Y la forma en que el joven Fitzwarren
la miraba, tendría suerte si la mataban y no la violaban primero.

Se estremeció de repulsión. Pero no con miedo. Gregor le había dado eso por lo
menos. No bajaría sin pelear. Le devolvió una sonrisa de satisfacción mientras
sus dedos se cerraban alrededor de la empuñadura de la daga. En el momento en
que soltaron su agarre, estaría lista.

De repente, la otra parte de lo que había dicho la golpeó: el castillo de Perth. En


el mismo lugar de la carta de su padre había dicho que el capitán se dirigía. El
capitán que había escapado del castigo por demasiado tiempo.

Gregor había dicho que lo manejaría -y tal vez lo haría si se le diera una
oportunidad, incluso con todo lo que había sucedido-. Pero Cate no quería que lo
hiciera. No era su responsabilidad. Era de ella. Quería hacerlo ella misma, tal
vez incluso necesitaba hacerlo por sí misma. En este momento era lo único que
importaba, y lo único en lo que quería pensar. Durante tanto tiempo, su mundo
entero había girado alrededor de Gregor y la vida perfecta que tendrían juntos
que había perdido de vista cualquier otra cosa. ¿Cómo podía haber olvidado el
deber que tenía con su madre y los demás aldeanos? El precio de vivir era ver la
justicia hecha. Cate podría nunca tener otra oportunidad de acercarse tanto al
hombre responsable de sus muertes, y no lo perdería.

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Àriel x
Todo el dolor, el odio, la angustia, se volvió a la venganza. No, lo abrazó. Le dio
un propósito.

Aflojando su empuñadura alrededor de la empuñadura de la daga, la soltó. Por


ahora.

***

Gregor se despertó con el sonido de los ronquidos y el olor rancio del vómito
cargado de whisky. Su estómago se revolvió ante el olor y la bilis le disparó por
la parte posterior de la garganta, amenazando con reaparecer.

El vómito era suyo, se dio cuenta, de lo desagradable de la noche que volvía a él


con una sorprendente claridad dada la cantidad que había absorbido y el actual
estado palpitante de su cabeza. Se sentía como un infierno, lo cual
probablemente no era más de lo que merecía. Primero parpadeó en el techo y
luego en la cara de la mujer en la almohada a su lado.

Él hizo una mueca. Dios, necesitaba salir de aquí. Pero como el más mínimo
movimiento causaba un dolor extremo y amenazaba el poco control que tenía
sobre su estómago, se desplegó con cuidado y con cuidado.

No era Maggie roncando, se dio cuenta, pero el hombre en la habitación al lado


de éste.

Cristo, ¿qué diablos estaba haciendo? Mirando a su alrededor, sintió una


explosión de autoaversión y repugnancia. ¿Era esto lo que quería? ¿Terminar
borracho, sin sentido en una casa de reposo donde despertaba con los sonidos de
los ronquidos de otro borracho?

Era un tonto. La noche anterior no había servido de nada. Había fallado.


Tristemente. Incluso con la boca de Maggie a su alrededor, había visto el rostro
de Cate en su cabeza, oído su voz, y sabía que no podía seguir adelante con ella.
No quería seguir adelante con él, incluso si Maggie había sido capaz de obtener
un aumento de él.

Culparía al whisky, pero sabía que eso no era todo. En el momento en que su
boca se le había acercado, había querido empujarla. Había intentado
concentrarse, trató de pensar en lo que estaba haciendo, trató de forzar la
repugnancia, pero no había funcionado. Después de unos segundos perdió la
batalla, apenas llegando a la cámara a tiempo.

Había perdido el contenido de su estómago de una mujer que trataba de


complacerlo con su boca, que tenía que ser una primera. Maggie había sido
sorprendentemente comprensivo, diciéndole que se acostara y que lo intentarían
de nuevo cuando el whisky se apagara.

Gregor se había desmayado sabiendo que nunca iba a suceder. No sobrio, no


borracho, nunca.

Cate tenía razón. La amaba. Aun sabiendo lo que había hecho, la amaba. Amaba
su resistencia, su lucha, su determinación. Amaba su fuerza e independencia. Le
encantaba hacer su propio camino y no confiar en lo que se le dio como la
mayoría de las mujeres nobles que conocía. Le encantaba besarla, le encantaba
abrazarla y le encantaba hacerle el amor.

Y sólo tocar a otra mujer -o dejar que otra mujer lo tocara-, era suficiente de una
traición para hacerlo enfermar físicamente. No había hecho nada malo, se dijo.
Cate fue el que lo había traicionado.

Entonces, ¿por qué tenía ganas de vaciar su tripa de nuevo?

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Àriel x

Con una mirada sombría a la mujer que dormía en la cama, cogió algunas
monedas de su sporran y las dejó en la cama. Se disculparía más tarde, pero
necesitaba escapar de aquí o se iba a avergonzar de nuevo.

Se apresuró a salir de la cervecería, afortunadamente no se topó con nadie. Era


apenas amanecer, y la mayoría de los ocupantes probablemente, estarían todavía
durmiendo las fiestas de anoche.

Gregor necesitaba lavarse. Tomando un ligero desvío en su camino de regreso a


la casa de la torre, se detuvo en el río para nadar. Que había nieve en las orillas y
el río estaba a unos pocos grados de congelado parecía de alguna manera
adecuado. Pero ni siquiera el gélido remojón podía lavar la mancha de culpa que
se le pegaba. No importaba cuántas veces se dijera a sí mismo que no había
hecho nada malo, que no le debía nada, que no podía convencerse de que era
verdad.

Tal vez no lo hubiera hecho, pero ya había hecho lo suficiente.

La única manera de sentirse limpio era decirle a Cate lo que había hecho o
intentado hacer.

¿Lo entendería? Las cosas estaban tan enredadas entre ellos, que él no sabía,
pero le diría la verdad y se disculparía. No importaba lo malas que fueran las
cosas, no debería haber hecho o intentado hacer lo que hizo.

Había golpeado un punto sensible y había reaccionado mal. Pero la amaba.


Tendría que tratar de confiar en ella. Si decía que no lo había engañado para
casarse, iba a hacer todo lo posible por creerle.

Con sombría resolución, salió del río y rápidamente, muy rápidamente, se puso
la camisa, los calzones y los braies. Estaba alcanzando su cotun cuando oyó un
ruido detrás de él.

Su cabeza todavía con neblina por los efectos secundarios de la bebida, y sus
movimientos lentos del frío, apenas desvió el cuchillo apuntado para la parte
inferior derecha de su espalda. Una puñalada que dada la ubicación podría
haberle matado en un minuto o dos.

Podía sentir el borde de la escobilla pasando por su lado mientras se retorcía,


golpeaba su mano contra la muñeca de su atacante, y movía su pierna para
golpearlo de sus pies. Un movimiento que fue fácil dado el tamaño de su
atacante.

¡Pip! El chico tomó el cuchillo, pero Gregor se puso en la muñeca antes de que
pudiera conseguirlo.

Inclinándose, arrastró al muchacho por el cuello.

-¿Qué demonios creéis que estáis haciendo? Podríais haberme matado.

El rostro de Pip era una contorsión enfadada de rabia frustrada:- ¡Quería


mataros! Ojalá estuvierais muerto.
-Bueno, lamento decepcionaros, pero tendréis que poneros en fila. La mayor
parte del ejército inglés está por delante de vos. Sé por qué quieren matarme,
pero ¿qué he hecho para merecer un cuchillo en la espalda?

-No debíais casaros con ella. Se suponía que debíais iros. Sólo quería que os
fueráis, así no me enviaríais. Pero nos enviasteis a todos, y heristeis a Cate.
Nunca quise hacerle daño.

Gregor soltó al chico y dio un paso atrás. El calor en su sangre del ataque se
enfrió. Un escalofrío de premonición se deslizó por su espina dorsal. Las
palabras del chico no tenían sentido, pero de 218

Mónica McCarty La Flecha

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alguna manera sabía lo que había sucedido:- Fuisteis vos. Cate nunca envió a
John. Vos lo hicisteis.

Pip asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas:- La vi salir de vuestra
habitación esa mañana y vi la sangre en los paños que trató de ocultar. Quería
que John se casara con ella, no con vos. Pensé que os iríais. Se suponía que
debíais iros. John es honorable, no vos.

Como las ramificaciones completas de lo que el chico estaba diciendo le golpeó,


Gregor tuvo que sentarse. Encontró una roca y miró sin palabras a Pip,
sintiéndose como si acabara de tomar un cuchillo en el estómago.

No le había puesto una trampa. El muchacho lo había hecho. Había sido inocente
de cualquier verdadera mala conducta, y la había llamado mentirosa. Había
casi... ah diablos, casi se enfermó de nuevo, sabiendo lo cerca que había llegado
a hacer algo que no tendría derecho a pedirle que perdonara.

-¿Tenéiss alguna idea de lo que habéis hecho? ¿De lo que he hecho?

Pip lo miró con incertidumbre, su reacción obviamente no era lo que esperaba:-


¿Qué?

-La amo, y podría haber destruido cualquier oportunidad de felicidad que


teníamos.
Pip lo miró como si fuera un extraño:- ¿La amáis?

Gregor no le respondió. Su mente estaba en una cosa. Se puso el resto de su ropa


rápidamente y ató con correa sus armas. Al darse cuenta de la hoja en el suelo, la
cogió y se la devolvió al chico:- Tal vez tengáis necesidad de esto. Si Cate no me
perdona, os dejaré meter la maldita cosa en mi corazón.

Los ojos de Pip se ensancharon, pero permaneció en silencio en el corto paseo de


regreso a la casa de la torre.

Gregor no había dado un paso en el pasillo cuando su hermano bloqueó su


camino.

-¿Dónde habéis estado? ¿O acaso no quiero saberlo?

Gregor apretó los dientes, ignorando las preguntas no deseadas:- ¿Dónde está
Cate?

-Esperaba que lo supierais. Cuando Hete fue a su cuarto esta mañana, no estaba
allí y no ha dormido en su cama. Nadie la ha visto desde anoche.

-¿Qué queréis decir con que nadie la ha visto desde anoche? ¿Dónde diablos
puede estar?

Sus hermanos debieron de oír la conmoción y dejar su comida para venir a


ayudar.

-¿Qué pasa? -preguntó Campbell.

-Cate ha desaparecido -respondió Gregor.

-¿Dónde iría? -preguntó MacSorley.

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MacRuairi hizo la pregunta que todos estaban pensando:- ¿Sabía dónde estabais?
-Gregor miró a John.
Su hermano asintió con la cabeza:- Pero eso no es todo. Vio la nota.

-¿Qué nota?

-La misiva en vuestra cámara sobre Fitzwarren.

Gregor juró. El pánico que corría a través de su sangre se convirtió en un galope


completo.

Rápidamente explicó sobre la carta a los demás.

-¿Se iría por su cuenta? -preguntó Campbell.

-No lo sé, pero creo que tenemos que asumir que sí.

Sin perder tiempo, Gregor organizó rápidamente unas cuantas fiestas de jinetes
para ir tras ella.

John y Campbell conducirían a uno, MacSorley y MacRuairi otro, y él un


tercero. Pero antes de que salieran del salón, uno de sus hombres lo encontró y le
entregó un trozo de pergamino arrugado.

-¿Qué es esto? -preguntó.

-Uno de los muchachos del pueblo lo trajo esta mañana. Dijo que un hombre se
lo había dado anoche, pero le dijo que no lo trajera hasta la mañana.

Había algo dentro. Desarmándolo cuidadosamente, el corazón de Gregor dejó de


latir cuando se dio cuenta de lo que era. El familiar anillo lo miró fijamente. El
anillo de compromiso que le había dado a Cate. Las palabras del pergamino
nadaron frente a sus ojos. Se lo dio a John para que lo leyera, pero él sabía lo que
decía.

-Tenemos algo que os pertenece. Si queréis que vuelva con vida, venid al castillo
de Perth.

La sangre se escurrió de su cuerpo. Por primera vez en su vida, sintió que podría
desmayarse. La tenían. Los ingleses tenían Cate. Era justo como la Guardia
había temido si sus identidades fueron reveladas. La usarían para llegar hasta él.
Si algo le pasara...

No podía dejar que eso sucediera. No dejaría que eso sucediera. Cate era lo más
importante en el mundo para él. Daría su vida para salvar la de ella mil veces. Y
parecía que iba a tener que hacer exactamente eso.

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Capítulo 23

Cate estaba listo para colapsar cuando llegaron a las afueras del burgo real de
Perth, uno de los burgueses más importantes y más ricos de toda Escocia.
Situado en el río Tay -la que es una importante ciudad para el comercio-, y cerca
de la abadía de Scone, Perth fue considerada la capital de Escocia por los
antiguos reyes escoceses.

El castillo había sido parcialmente destruido por inundaciones hace unos cien
años, pero reconstruido por el rey Guillermo el León. Hacía menos de diez años,
la ciudad había sido fortificada con muros de piedra, torres y puertas por
Eduardo de Inglaterra después de haber tomado la ciudad durante las rebeliones
de Wallace.

El muro era como había adivinado que habían llegado a su destino, mientras el
grupo de jinetes se alzaba en la cresta de la última colina. Nunca había visto
nada parecido. La masiva fortificación de piedra que rodeaba la ciudad brillaba
como alabastro de oro en la primera luz del alba. Rodeado por tres lados por una
callejuela, la zanja húmeda era la única defensa anterior de la ciudad. El lado
este se apoyaba en la defensa natural del Tay. Al ver esos muros abrumadores -y
sabiendo que pronto sería encerrada detrás de ellos-, le dio un momento de
pausa.

Cate miró a los hombres que estaban sentados en sus caballos discutiendo algo
entre ellos, pagando su poca mente, y miró por encima de su hombro a la
extensión extensa del bosque justo más allá de la colina siguiente. Si iba a tratar
de escapar, esta sería su última oportunidad. Pero no podía. No con la
oportunidad de venganza tan cerca de su mano.
El arma escondida debajo de su capa a su lado reforzó su valor. Los soldados no
la habían registrado, probablemente pensando que un arma era lo bastante
inusual en una mujer. Tenía que esperar que no hicieran una búsqueda más
minuciosa cuando llegaran. No se engañó a sí misma.

Sus posibilidades de éxito o escape no eran buenas, pero eran aún menos sin el
elemento de sorpresa que la daga le daría.

Sabía que tenía que actuar con rapidez. No importaba lo que hubiera hecho, Cate
no permitiría que Gregor se entregara por ella. No si podía ayudarlo. Estaba
contando con su padre para forzar la precaución sobre él. A pesar de que Gregor
pensaba que lo había traicionado, no dudaba que vendría a atravesar esas puertas
tan pronto como fuera capaz. Como su "tutor", se sentiría responsable de ella.
Pero Robert de Bruce no permitiría que uno de sus guerreros más importantes se
entregara al inglés por una mujer. Bruce podría haberla dejado como un padre,
pero no podía negar que algunas de esas mismas cualidades lo convirtieron en un
buen rey. Las decisiones despiadadas -"no las emocionales -eran lo que había
colocado la corona sobre su cabeza, y hasta ahora lo había mantenido allí-.

A menos que estuviera equivocada sobre la identidad del ejército de hombres


que tomaban posición al otro lado del río, Gregor no podría evitarlo. Por lo que
parecía -y lo que parecía concernir a los soldados que la habían tomado-, Robert
de Bruce había llegado a Perth para comenzar su sitio.

Junto con Berwick, Roxburgh, Edimburgo y Stirling, Perth o la ciudad de St


John, como también se conocía, fue uno de los castillos clave que dejó Bruce
para la toma de los ingleses. Lo que debía ser especialmente irritante para Bruce
fue que el castillo de Perth -como el castillo de Stirling-, estaba siendo sostenido
por un escocés, sir William Oliphant, y defendido por una guarnición formada
221

Mónica McCarty La Flecha

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mayoritariamente por escoceses.

El conocimiento de que su padre estaba tan cerca causó una punzada inesperada
en su pecho.
Incluso después de todos estos años, quería saber una cosa: por qué. ¿Por qué la
había dejado así?

¿Fue por su nueva novia? Se había casado con su primera esposa, Isabel de Mar,
poco después de su partida. ¿Había exigido que dejara de ver a la mujer que
había engendrado a uno de sus

«bastardos», o simplemente se había cansado de Cate y de su madre?

Se alejó del ejército de hombres que estaban más allá de las puertas. Nunca lo
sabría. Ya que no se casaba con Gregor, ya no tenía que enfrentar la perspectiva
de volver a ver a su padre. Había pasado tanto tiempo, probablemente ni siquiera
la habría reconocido. Se preguntó si lo habría reconocido.

El apuesto joven conde era ahora un hombre de casi dos pies y un rey. Sin
embargo, sabía que lo reconocería. Había aparecido tan grande en su pasado.
Pero eso era donde pertenecía: en su pasado.

Junto con Gregor. Su boca se apretó con cólera residual y amargura que ni
siquiera su agotamiento podía borrar.

Uno de los hombres, un joven soldado de nombre Gibbon, que había tenido
piedad de ella durante el último día y medio de su viaje, le entregó una jarra de
agua. Cate era un jinete competente, pero para evitar que Gregor los alcanzara,
habían recorrido más de cuarenta millas con sólo breves paradas en el camino.
Apenas podía sentarse en su caballo, estaba tan cansada.

-¿Cómo vamos a entrar? -preguntó, observando las puertas cerradas-. Supongo


que esos son los hombres del rey en el otro lado del río frente al puente
levadizo?

-Sí, el rey Capucha ha comenzado su asedio antes de lo que esperábamos. No


podremos usar la puerta roja cerca del puente o correremos el riesgo de
encontrar a algunos de sus hombres. Pero aún no ha tenido la oportunidad de
posicionar a sus hombres por la ciudad, así que podemos usar una de las otras
puertas. Nos admitirán cuando vean el estandarte.

Los hombres cabalgaron bajo los brazos de De Bohun. Supuso que no eran
caballeros, sino simples hombres de armas, aunque por lo que había captado de
su conversación, era obvio que el joven Fitzwarren esperaba ser nombrado
caballero como recompensa por capturar uno de los Fantasmas de Bruce.

-Tenemos la suerte de llegar justamente en el momento apropiado -dijo Gibbon


con una sonrisa amable-. O podríamos haber tenido más dificultades para volver
a entrar.

-Creo que dentro sería el último lugar en el que deberíais ir con un asedio a
punto de comenzar

-rio-. Normalmente tendríais razón. Pero esto no durará mucho. Mirad esa pared.
El rey Capucha no tiene los motores de asedio para derribarlo, y estamos listos
para su truco. La ciudad tiene agua fresca y almacena suficiente para seis meses.
Pero no tomará tanto tiempo. Señalen mis palabras, el rey Capucha va a empacar
sus carritos y escurrirse de nuevo en su agujero de zorro lo suficientemente
pronto.

Cate no se habría dado cuenta de lo proféticas que serían sus palabras.

***

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Àriel x

Dos semanas después de montar en el campamento, Gregor se paró frente al rey


de Escocia, muy parecido a uno de los guerreros más elitistas de Escocia, y
menos aún al más guapo. Había dormido poco desde que Cate había sido
llevada, y cada momento que estaba despierto estaba atormentado por
pensamientos de lo que le estaba pasando. Se veía tan horrible y en el borde
como se sentía.

Había terminado siendo paciente, sin importar quién se lo pidiera:- No puedo


esperar más.

El rey lo miró desde detrás de la larga mesa que había sido colocada en su
pabellón. La tienda estaba escasamente decorada para un alojamiento real,
incluso temporal, pero Bruce era más guerrero que rey. Era una de las cosas que
Gregor y sus compañeros de la Guardia admiraban más de él.
La tienda en sí era de color escarlata y dorado, reflejando los brazos reales, pero
en el interior se levantaban sobre juncos, no caras alfombras del Este, y además
de la mesa sólo había una silla, un banco, una cama y un Pantalla de madera para
la privacidad donde el rey se podría lavar y cambiar.

Después de vivir durante tantos años, el rey había aprendido a viajar ligero, a
diferencia de sus colegas ingleses, que parecían hacer campaña con carritos
interminables que llevaban el mobiliario y la placa real.

-Comprendo lo que estáis pasando mejor que nadie, lecha. ¿No creéis que me
gustaría viajar a Inglaterra y liberar a mi esposa e hija si pudiera? Pero no os
dejaré ir como un cordero a la matanza.

Os necesito demasiado. Tampoco arriesgaré a los demás.

Gregor trató de morder su frustración, pero la negativa del rey a dejarle intentar
un rescate -o cambiar a sí mismo por Cate-, lo estaba llevando más allá del límite
de la razón. Nunca había sentido lástima por MacRuairi antes, pero la semana
pasada le había dado una idea de lo que el famoso mercenario pirata convertido
en leal Guardia debe haber pasado por dos años. Dios no quiera que Cate
estuviera en una jaula como la que ahora tenía la esposa de MacRuairi como
parte de su encarcelamiento. Isabella MacDuff estaba libre (como era la hermana
joven del rey, Mary), pero la reina y el heredero de Bruce todavía estaban siendo
sostenidas en conventos ingleses.

Gregor también comprendió el temor del rey a que Gregor se rompiera bajo
tortura inglesa, pero Angel -Helen MacKay-, podría darle algo para asegurarse
de que eso no sucediese. Acónito u otra planta venenosa aseguraría la seguridad
de los otros, si llegara a eso.

Gregor se volvió hacia el rey y trató de usar la racionalidad que le quedaba para
discutir su punto.

-Pero Cate no está en Inglaterra, está aquí en Escocia, en uno de nuestros


castillos. Y no amenazaban con matar a su esposa y a su hija -su voz se quebró y
miró al rey con ojos calientes y secos detrás de una cara que tenía que estar tan
demacrada -como la sentía-. Dijeron que la matarían al final de la semana si no
me rendía. No dejaré que eso suceda.

Durante las dos últimas semanas, Gregor había intercambiado una serie de
misivas con Sir William Oliphant, el ex héroe escocés que ahora era el
encargado del castillo para los ingleses y el gobernador de Perth. Pero después
de que Cate hubiera sido llevada a las almenas ayer para probar que estaba viva
y en buena salud, Gregor no tenía nada más con lo cual demorar. La visión de
ella, incluso a distancia, casi le había dejado de rodillas con alivio, pero también
le había inculcado una nueva urgencia.

-No os lo ordenaré. Sólo os pido que tengáis paciencia unos días más. Eso es
todo lo que tenemos 223

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que estar dentro del castillo, si mi plan va como espero. Tampoco creo que
Oliphant pueda sancionar el asesinato de una muchacha, no importa lo que
quieran los ingleses.

Dado que su escaso armamento de cerco había estado tan lejos contra las
murallas de la ciudad, Gregor pensó que el rey era optimista sobre sus
posibilidades, por decir algo. Pero habían tenido éxito en contra de
probabilidades mucho peores muchas veces para que descartara completamente
las palabras del rey. Tampoco apostaría la vida de Cate al honor de sir William
como caballero.

-¿Cómo piensas hacer eso?

Quizá sintiendo la duda de Gregor, el rey se recostó en su silla y cruzó los brazos
con aire de suficiencia:- Al retirarme.

Cate pudo oír los aplausos de los soldados en el momento en que salió de la
torre.

Sir William Oliphant, el ex comandante escocés que había luchado junto a


Wallace, y el hombre ahora encargado de sostener la ciudad de Perth para el rey
inglés, caminó junto a ella en el parapeto.

Cuando llegó al lugar donde la había traído el día anterior, para probar su buena
salud a Gregor, se detuvo y le dejó ver por qué los hombres estaban celebrando.
No estaba menos atónita que cuando había llegado a su habitación de la torre
hace unos momentos y le dijo que Bruce y su ejército estaba en movimiento:-
¿Están dándose por vencidos?

Sir William asintió con la cabeza:- Parece que sí. Seguiremos, por supuesto, para
asegurarnos de que esto no sea otro de los trucos de Bruce. Pero con el poco
progreso que Bruce ha hecho desde que él y su ejército llegaron, no me
sorprende. No querrá perder el tiempo y las provisiones que tomará para
morirnos de hambre. Encontrará un objetivo más fácil, aunque no uno que sea
tan importante.

En las dos semanas de su cautiverio, Cate había crecido para admirar al viejo y
agreste guerrero, así como sentir pena de él. Era un antiguo patriota escocés que
ahora se encontraba por circunstancias, alianzas familiares y votos de fidelidad
en la desafortunada posición de luchar contra sus compatriotas.

Como muchos patriotas tempranos, sir William Oliphant había sido hecho
prisionero por los ingleses después de la batalla desastrosa de Dunbar y lanzado
eventual. También como muchos de sus compañeros patriotas, había roto su
promesa a Eduardo de Inglaterra y "se rebeló" de nuevo para unirse a Wallace en
sus levantamientos.

Sir William había ganado el estatus de héroe entre los escoceses cuando había
sostenido el castillo de Stirling con sólo unas pocas docenas de hombres contra
Eduardo de Inglaterra y el poderío de sus infames motores de asedio, War Wolf,
Ram y el vicario durante más de tres meses.

Irónicamente, como le había señalado el viejo guerrero, era Bruce quien había
estado luchando junto a los ingleses en ese momento.

El rey Eduardo retribuyó la promesa incumplida de Sir William con uno de los
suyos, cuando sir William se rindió a Stirling en condiciones favorables sólo
para verse desnudo, paseó con sus hombres para divertir a los ingleses y luego
fue encarcelado en la Torre de Londres por cuatro años.

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Lanzado bajo manipulaciones con la promesa de luchar por el nuevo rey
Eduardo II, había recibido el mando de Perth a principios de este año, después de
que el favorito del rey, Piers Gaveston, el Conde de Cornwall, hubiera regresado
a Inglaterra para ser ejecutado poco después.

Sin amor hacia Bruce, Sir William se veía a veces entre una admiración a
regañadientes por lo que había logrado y por otro lado lo veía poco menos que
un asesino usurpador (primero por tomar la corona del ineficaz pero ungido rey
John de Escocia, y luego por matar al pariente del rey -y probable heredero de la
corona, John Comyn El Rojo- ante el alta mayor de Greyfriars), Sir William se
encontró luchando junto a sus antiguos enemigos ingleses.

Pero estaba claro que el viejo guerrero, probablemente diez años mayor que su
padre, se resintió de las "niñeras" inglesas, como las llamaba, de De Bohun, que
había sido enviado para vigilarlo y asegurarse de que no estaba tentado a
cambiar de lado. El Fitzwarrens, padre e hijo, en particular, no podía
permanecer.

En eso eran de una sola mente. Cate apenas había podido ocultar su odio al
hombre que había violado y matado a su madre la única vez que le habían traído,
poco después de llegar al castillo. Si

"Sir" Reginald Fitzwarren no estuviera blindado y rodeado de media docena de


hombres de armas, tal vez se hubiera sentido tentada a sacar su daga. Estaba
tentada, más tentada de lo que debería haber estado, dadas las circunstancias,
pero no iba a probar a Gregor haciendo algo tonto. Esperaría una oportunidad
mejor.

Pero uno aún no se había levantado, y sabía que se le estaba acabando el tiempo.
Las negociaciones para su liberación ya se habían prolongado más de lo
previsto.

Por eso tenía que agradecer a Sir William. Él, y no los Fitzwarrens, mucho para
su furia, se habían hecho cargo de su encarcelamiento y de las negociaciones
para su liberación. También había visto que le habían dado una cámara pequeña,
escasamente amueblada, pero relativamente cómoda en la torre, y se encargó de
su -"interrogatorio". Un hecho que le había gustado cuando tropezó con una
explicación de cómo ella había llegado a vivir con los MacGregors de Roro.
Dándose cuenta de que apenas podía mencionar su conexión con Lochmaben,
por miedo de que Fitzwarren la reconociera -

ya creía ya que la había mirado demasiado tiempo en su primer encuentro-,


afirmaba ser la hija huérfana de uno de los guardias del padre de Gregor.

Al enterarse de que no había salido de Roro desde que había llegado, y que
Gregor rara vez volvía a casa –y que cuando lo hacía, estaba solo-, Sir William
la desechó como una posible fuente de información útil sobre los Fantasmas. A
pesar de su bondad para con ella, el viejo guerrero, como la mayoría de su sexo,
pensaba que las mujeres eran de poca importancia y difícilmente se les confiaría
algo tan importante.

Fitzwarren estaba furioso y mencionó las habilidades que había demostrado al


ser capturada, argumentando que debía haber sido entrenada por los Fantasmas.
Cate la había negado

enérgicamente, afirmando sinceramente que John había sido responsable de


enseñarle cómo defenderse de los cobardes ingleses que creían que las mujeres
violadoras las convertían en hombres.

Había mantenido el ojo del capitán un poco demasiado largo sobre ella, sus
palabras un poco demasiado puntiagudas, y la mirada de Fitzwarren se había
estrechado.

225

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Àriel x

Sir William se había divertido tanto por su demostración de espíritu hacia el


capitán inglés como por la idea de una guerra de aprendizaje de las muchachas.
Hizo que el joven Fitzwarren pareciera tonto e incompetente cuando trató de
explicar cómo él y sus hombres habían tenido dificultades para capturarla y
cómo -una pequeña muchacha-, había golpeado a uno de los hombres en la
cabeza con el empuñadura de su espada y casi se quitó la pierna de otro.

Aunque Sir William estaba obviamente ocupado con la defensa de la ciudad,


parecía haber tomado un gusto por ella y se aseguró de que le dieran de comer,
se le diera una ropa adecuada (una bata) y se le permitiera salir una vez al día
para caminar con un guardia alrededor de la yarda. Era mucho más libertad de lo
que se le habría dado si los Fitzwarrens hubieran estado a cargo de su custodia, y
le molestaba que finalmente se viera obligada a aprovecharla.

Confundiendo la fuente de su angustia, Sir William tomó su mano en sus grandes


manazas, le recordó a un oso con su marco robusto y sus bigotes grisáceos:- No
tenéis nada que temer, muchacha. Vuestro prometido no os ha abandonado.
Bruce podría estar en retirada, pero MacGregor ha prometido entregarse el
sábado al atardecer.

-¿Sábado? -repitió. ¡Faltaban solo tres días!

Asintió:- Creo que ha vuelto unos días a Roro para poner su finca en orden -Cate
palideció-

¿Queréis matarlo, entonces?

La expresión del viejo guerrero se endureció con disgusto. Cate sabía que no
aceptaba usar a una mujer para forzar una rendición, por importante que fuera el
prisionero:- No yo, pero no os mentiré, muchacha. El rey Eduardo ha estado
masticando el pedacito para conseguir el asimiento de uno de los fantasmas de
Bruce, pero una vez MacGregor le dé lo que él quiere, Eduardo no tendrá una
razón para mantenerlo vivo. De hecho, tendrá muchas razones para no hacerlo.

Cate se enfrió, diciéndose que no llegaría a eso. Pero sabía que no podía esperar
mucho más. Debía actuar antes del sábado.

Sin embargo, mientras estaba junto a Sir William en las almenas y observaba a
los hombres de su padre preparándose para irse, también sabía que algo no se
sentía bien. Robert el Bruce no se rendiría tan fácilmente. Tendría que estar
preparada para cualquier cosa.

Sir William pensaba obviamente lo mismo:- Tan contento como estoy de verlo ir,
tengo la sensación de que esta no es la último vez que estaremos viendo de
Robert de Bruce.

226

Mónica McCarty La Flecha


Àriel x

Capítulo 24

La espera fue agonizante. Finalmente, dos noches después de que hubiera


"desistido" del sitio y marchado de Perth, Gregor, la mayor parte del resto de la
Guardia de los Highlanders, Douglas y un puñado de sus hombres, y el propio
rey regresaron a Perth.

Era la obstinada insistencia de Bruce en unirse a ellos -en lugar de esperar cerca
con una fuerza más grande para cuando abrieron las puertas- que casi les había
hecho abandonar el plan por completo.

Gregor pensó que el jefe iba a estallar un vaso sanguíneo en su sien, había estado
tan furioso. Pero el rey no se disuadía, ni siquiera por el temible jefe de la isla.
Era su plan, e iría, insistió Bruce. Así fue como se hacían las leyendas, añadió,
ignorando la réplica de Jefe de que también era como los tontos eran asesinados
y los tronos se perdían.

No muchos hombres podían escapar con llamar al rey de Escocia un tonto, pero
Tor MacLeod, el Jefe de la Guardia de los Highlanders, era uno de ellos. Bruce
se había reído y le había dicho a Jefe que era por eso por lo que iba, para
asegurarse de que no lo era.

Gregor tomó su turno junto con los demás en tratar de poner algo de sentido en
el rey, pero no se disuadió. Si querían un rey que se contentaría con esperar en
algún lugar donde pudiera estar

"protegido" mientras peleaban por su corona para él, podrían tener a Eduardo II.
Bruce era un guerrero, y conduciría a sus hombres a la batalla, aunque
significara que su causa moría con él. Dios lo protegería, y si no, la Guardia de
los Highlanders lo haría. Era difícil argumentar con esa lógica, aunque fuera una
blasfemia.

Dejando a un centenar de hombres en el bosque cercano, el grueso del ejército


había permanecido en el castillo de Dundee, que fue tomado por Bruce el
invierno anterior, para mantener la ilusión de un retiro y no alertar a los espías
ingleses. El pequeño grupo de guerreros se acercó el extremo norte de la ciudad
donde se encontraba el castillo. Había varias puertas en la ciudad, incluyendo el
puerto rojo del brigada, el puerto de la torre de la torreta, el puerto de la puerta
sur, y el puerto de Spey, pero su plan era cruzar navegando cerca del castillo,
escalar la pared, y abrir la pequeña puerta en Curfew Row, dejar entrar al resto
del ejército y tomar la guarnición por sorpresa. Una vez que cayera el castillo, la
ciudad sería suya.

Era bien después de la medianoche cuando el puntaje de guerreros se


aproximaba a las heladas aguas negras del lago, llevando sólo las escalas de
cuerda de Douglas que habían usado por primera vez en Berwick y armamento
muy ligero. No por casualidad, era una noche sin luna y los cielos estaban
oscuros. Con el hollín y la grasa del sello ennegreciendo las caras, los hombres
estaban presionados para reconocer al hombre de pie junto a ellos. Para los
soldados que estaban de pie vigilando en la muralla eran casi imposibles de ver.
Escucharlos era improbable, ya que incluso desde fuera de la pared los sonidos
de la fiesta eran inconfundibles. Aparentemente, la guarnición y los habitantes
de la ciudad estaban celebrando su victoria. Un poco prematuramente, no es que
Gregor se quejara, sobre todo si eso significaba que los soldados no estaban
vigilando bien.

Bruce fue el primer hombre en el agua, a la conmoción de un caballero francés


que recientemente se había unido al séquito de Douglas y no estaba
acostumbrado a ver a un rey llevar a sus hombres desde el frente. Jefe siguió de
cerca, con Gregor inmediatamente detrás de él.

Turbio, y lo suficientemente frío como para congelar sus pelotas, el lago era de
unos veinte metros 227

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

de longitud, maloliente, viciosamente infernal. A veces el agua era lo


suficientemente alto para casi llegar a sus bocas, y, dado los olores penetrantes
que procedían de él, Gregor se alegró de que no lo hiciera.

Cuando por fin llegaron al otro extremo del lago, tuvieron que arrastrarse sobre
sus vientres hasta un banco de barro y roca al pie de la pared. Una vez que los
otros lo cruzaron, los dos primos de la isla, MacSorley y MacRuairi, comenzaron
a lanzar los ganchos de las escalas de cuerda.

Nadie habló. No necesitaban hacerlo. Todos conocían sus papeles. Cualquier


comunicación necesaria fue hecha por señales manuales.

El jefe había ganado una pequeña victoria antes de que se fueran. Bruce no sería
el primer hombre en subir la escalera. MacRuairi iría delante de él. Gregor sería
el primer hombre en subir la segunda escalera para tomar su posición a lo largo
de la pared.

Lentamente, silenciosamente, no más de dos hombres en la escalera de una vez,


empezaron a trepar.

MacRuairi estaba a unos cinco pies de la cima, con el rey a unos cuantos pasos
detrás de él, cuando ocurrió el desastre. La cuerda de un lado de su escalera se
rompió cerca de la parte superior. Ambos hombres apenas lograron agarrar el
lado restante de la cuerda cuando las tablas bajo sus pies cayeron de costado, y
se fueron carenando en la pared -lo cual era mucho mejor que aterrizar en el
banco rocoso unos veinte pies más abajo-.

El ruido de la madera y el metal contra la piedra fue suficiente para atraer la


atención incluso de los más flojos guardias. Desde abajo, Jefe susurró:- Flecha, a
vuestra derecha.

A la mitad de la segunda escalera, Gregor no tuvo tiempo de pensar. Un soldado


en una de las torres se había detenido para investigar. Estaba a unos veinte
metros de distancia, mirando en su dirección, un destello borroso de un blanco
en la oscuridad. Encajado contra la pared con sólo los pies para equilibrar,
Gregor soltó su agarre en la escalera, marcó una flecha y la envió surcando en la
oscuridad en cuestión de segundos. El tiro era más orante que realista, y dado
que un movimiento equivocado lo haría rodar hacia atrás de la escalera, una de
las más difíciles que había intentado jamás. Pero no había manera en el infierno
que él fuese a dejar este ataque fracasar. Antes de que el soldado pudiera gritar
una advertencia al resto de la vigilancia, cayó inofensivamente al suelo.

MacRuairi había logrado llegar a la cima. El rey seguía colgando de la escalera


rota con los hombres en posición abajo para atraparlo si era necesario. Pero
Bruce no se cayó. Al igual que MacRuairi, subió la escalera rotas por encima de
la pared. Gracias a Gregor, el desastre había sido evitado.

Con el jefe maldiciendo todo el tiempo, era el tipo de acto valiente que le dio a
Bruce el corazón del pueblo y la admiración de sus hombres, el rey llevó al
pequeño grupo de guerreros en un ataque sorpresa. Aunque Gregor no quería
nada más que ir en busca de Cate, mantuvo su posición en la pared que daba al
patio para asegurarse de que nadie pudiera alertar al resto de la guarnición antes
de que el castillo pudiera ser tomado y la puerta se abriera.

Gregor no tuvo que marcar otra flecha. La guarnición estaba desgraciadamente


desprevenida, y los hombres de Bruce encontraron poca resistencia. En el
espacio de una media hora el castillo y la ciudad eran los suyos, y Robert de
Bruce había añadido una cosa más improbable en un reinado improbable que se
estaba convirtiendo rápidamente en leyenda.

Pero Gregor no estaba listo para celebrar todavía. Incapaz de esperar un


momento más, se volvió hacia Campbell:- Voy a buscar a Cate.

228

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

-Iré con vos.

Asintió:- Primero comprobaremos las torres de vigilancia.

Acababan de bajar las escaleras de la muralla cuando Gregor oyó un grito.


Reconociendo la voz como la de Bruce, se volvió hacia el patio de abajo. De un
vistazo, Gregor tomó la situación y maldijo. Maldito infierno, uno de los
soldados ingleses usaba a una mujer como escudo, y Bruce -

que nunca podía olvidar sus raíces caballerescas-, iba a su maldito rescate y
lograr que lo matasen.

Sin vacilar, Gregor apretó la flecha, levantó el arco y retiró la mano. No fue un
tiro difícil. El patio estaba iluminado con antorchas y el soldado estaba a sólo
veinte metros de distancia. Tan pronto como la mujer salió del camino...

Su mirada volvió a la mujer, y su estómago cayó. Infierno sangriento. No era


cualquier mujer. Era Cate.

Cate reconoció al hombre que se acercaba a ellos un instante antes de que


Fitzwarren lo hiciera. La mayor parte de su rostro estaba oculto detrás de un
timón, y su piel parecía haber sido oscurecida con algo, pero el porte arrogante y
el aura de confianza y autoridad eran los mismos que habían sido la última vez
que había visto al apuesto joven Conde De Carrick alejándose de su cabaña hace
quince años.

Durante quince años creyó haberlo odiado. Pero todo lo que necesitó fue una
mirada, un momento en que sus ojos se encontraron, para que se diera cuenta de
que no importaba lo que su padre hubiera hecho, no sería el instrumento usado
para destruirlo. Instintivamente, supo que eso era exactamente lo que Fitzwarren
trataría de hacer.

La frustración y la rabia se enredaron dentro de ella. Por todo lo que era santo,
nuncadebería haber llegado a esto. Había estado lista. Durante todo el día había
estado esperando en su cámara para que alguien viniera para poner en marcha su
plan. Habría tenido tiempo de sobra para encontrar a Fitzwarren y exigir su
venganza antes de intentar escapar de la ciudad.

Incluso había tenido un plan de reserva. Si la evasión resultó imposible, tenía


intención de tomar refugio en una iglesia. El honor de sir William como
caballero no le permitiría violarla -como lo había hecho el conde de Ross con la
reina, la hermana, la hija y la condesa de Buchan-. o engañar a Gregor para que
se rindiera sin tenerla como moneda de cambio.

Pero su ansioso paseo durante todo el día había sido inútil. Por primera vez
desde su encarcelamiento, nadie había venido a llevarla a caminar, ni siquiera a
traer su comida. Por los sonidos de la fiesta fuera, estaban demasiado ocupados
celebrando.

¡De todos los días que había para olvidar! Había golpeado los puños en la puerta,
gritó y rogó que alguien viniera por ella hasta que su voz sonó ronca. Casi había
renunciado a la esperanza cuando la puerta se había abierto por fin, bien después
de la medianoche, y el hombre que había esperado encontrarse, entró.

Sorprendida al ver al anciano Fitzwarren de pie allí, le tomó un momento


reaccionar.

-No pensasteis que os olvidaría, ¿verdad? -rio cruelmente-. Me tomó un tiempo


recordar a la puta de Bruce y a su bastarda -congelada por la sorpresa de que
supiera quien era, Cate jadeó mientras se 229
Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

acercaba a ella. Por un momento volvió a ser la joven de la cabaña, viendo a su


madre violada y luego asesinada por este hombre malvado-. ¿Salisteis de vuestra
tumba? Debería haber dejado que lo llenaran de agua como quisieron. Pero
pensé que sería más divertido para vos morir de hambre -

se encogió de hombros con indiferencia-. Sabía que había algo en vos que me
era familiar, pero no fue hasta que una de las sirvientas resultó ser un poco
resistente esta noche que lo averigüé. Nunca olvido a una mujer que he follado,
especialmente una tan linda como vuestra madre. Os parecéis a ella. ¿Quién
diablos habría imaginado que ‘el muchacho’ crecería tan hermosa? Bruce tenía
buen gusto en las putas, se lo diré.

Cate gritó como un animal herido:- ¡No era una puta, asesino bastardo! -el odio
por el hombre que había matado a su madre y pensaba burlarse de ella con el
recuerdo la consumía. El choque de su reconocimiento -y la comprensión de que
sabía quién era-, cayó y su único pensamiento fue matar.

Olvidó su entrenamiento y dejó que la emoción lo llevara.

Pero en una espeluznante repetición del pasado, su esfuerzo con el cuchillo


resultó tan infructuoso como lo había hecho con la azada. Fitzwarren vio el
cuchillo una fracción de segundo demasiado pronto. Antes de que pudiera
hundirlo por el cotun en su intestino, le dio una palmada en la mano.

La punta del cuchillo atrapó un poco de cotun antes de caer inofensivamente al


suelo.

No lo había matado, pero lo había pinchado, lo había sorprendido, y se había


dado el segundo que necesitaba para escapar. Sin embargo, no podía dejarlo ir.
Tenía que pagar. No podría haber llegado tan cerca, ahora para fracasar.

Alcanzó el cuchillo en el suelo. Fue un error enorme. Fitzwarren le dio un


puntapié a la daga y le puso la rodilla contra la barbilla, momentáneamente
impresionándola. Su cabeza nadó mientras el suelo se balanceaba bajo sus pies.
Se recuperó, pero no lo suficientemente rápido.
-¡Esta perra estúpida! -la levantó contra él, envolviendo un brazo alrededor de su
cuello, cortando su aliento antes de que tuviera la oportunidad de doblar su
barbilla-. Si no os necesitase, estaríais muerta por eso. Pero mis hombres y yo
nos vamos de aquí.

La arrastró fuera, aún apretando su cuello con bastante fuerza para cortar su
aliento. Agarró su brazo y tiró, luchando por el aire, pero su brazo de acero
vestido era implacable. La última cosa que recordó fue pensar que el cotun de la
cadena que cavaba en su garganta le dolía.

Cuando llegó, estaban en el patio. Fitzwarren la arrastraba frente a él como un


escudo con un brazo alrededor de ella, sujetándola con los brazos a los costados,
y la otra hundiendo la punta afilada de una daga en su espalda. Los hombres se
movían a su alrededor. Reconoció al joven Fitzwarren y a algunos de los otros
soldados ingleses reunidos en una esquina.

Le tomó un momento darse cuenta de que el castillo estaba siendo atacado y de


que los ingleses y los hombres de sir William se rendían.

Fue entonces cuando reconoció al hombre que caminaba hacia ellos como su
padre.

-Dejad que la mujer se vaya –la voz profunda penetró las profundidades de su
memoria.

-No tan rápido -dijo Fitzwarren-. ¿Dónde está vuestro líder? -de repente, se puso
rígido con el reconocimiento. Una risa malvada salió de su pecho-. Bueno,
cuánto me gusta esto. Hoy debe ser 230

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

mi día de suerte. Encantado de conocerlo, sir Robert, ha pasado mucho tiempo,


pero parece que he encontrado algo vuestro.

Fitzwarren la empujó hacia la luz de las antorchas, haciendo que el cuchillo se


clavara en su espalda. Gritó de dolor cuando la espada penetró en su carne. La
sangre corría por su espalda.
Sus ojos se encontraron con los de su padre, y pudo ver el reconocimiento en su
cara.

-¿Caty Cat? -sonaba tan aturdido como parecía. Su rostro parecía haber
desaparecido de todo color detrás de las manchas negras. Ignorando el peligro,
dio un paso hacia ella, sin apartar los ojos de su rostro-. Dios mío, Catherine,
¿sois vos?

La alcanzó.

¡Oh, Dios, no! Cate sintió que la daga la dejaba atrás y sintió lo que estaba a
punto de suceder.

Fitzwarren iba a meter la hoja en el pecho de su padre, que había dejado abierta
y vulnerable al alcanzarla.

Cada instinto protector de su cuerpo se encendió. Todo era culpa suya. Debería
haber escapado cuando tuvo la oportunidad, y ahora su padre...

Detenedlo. Tenía que pararlo.

En el momento en que Fitzwarren soltó su agarre, reaccionó. Esta vez, recordó


su entrenamiento.

Justo como había hecho con Gregor en el patio de prácticas, se inclinó un poco
hacia delante y echó la cabeza hacia atrás en la mandíbula de Fitzwarren con
todas sus fuerzas. El cotun de su cofia hizo estallar el golpe, pero le dio una
abertura lo suficiente para retorcerse de su agarre.

Él gruñó de dolor y juró, pero la dejó ir. Su atención seguía centrada en su padre,
que acababa de moverse dentro del brazo. Cate captó el resplandor de la hoja
plateada a la luz de las antorchas cuando Fitzwarren giró la daga hacia el rey. Su
daga. La que penetraba el cotun.

Lo estaba haciendo avanzar, con la intención de meterlo profundamente en el


estómago del rey, cuando ella gritó:- ¡No!

Sabía qué hacer. Gregor le había enseñado bien. La había golpeado un día en el
patio de prácticas hasta que los movimientos se habían vuelto casi una segunda
naturaleza. Con ambas manos agarró la muñeca sosteniendo el cuchillo, retorció
la mano de Fitzwarren y hundió la daga en su propio pecho.

Vio la sorpresa en sus ojos sólo por un segundo antes de que su cuerpo se
sacudiera hacia delante con un ruidoso golpe enfermizo. El dolor la hizo
endurecerse con tanto espanto como Fitzwarren, cuando ambos se derrumbaron
al suelo.

Alejaos. Eso era lo que le había enseñado. Eso era lo que esperaba que hiciera.
Tan pronto como Cate fue libre, se suponía que se iba.

En el momento en que Cate cerró la cabeza, retirándose del agarre del soldado,
Gregor estaba listo.

Vio el cuchillo acercarse al rey y reaccionó, soltando la flecha que salvaría la


vida del rey. Pero cuando sus dedos soltaron, demasiado tarde para llamarla, se
distrajo con un movimiento.

231

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Por Cate.

Gregor gritó con torturado horror cuando Cate se lanzó hacia el sendero de su
flecha. Demasiado tarde, anticipó lo que estaba a punto de hacer. Era lo que él
habría hecho. Tenía el instinto de un luchador, y la había enseñado demasiado
bien.

Quería gritar para que se apartara del camino, pero ya era demasiado tarde.
Sentía que su corazón estaba siendo arrancado de su pecho y quemado ante sus
ojos mientras esperaba lo inevitable.

Señor, por favor, desviadla.

Pero su oración fue contestada sólo parcialmente. La flecha dirigida para el


soldado -la que debía haberle golpeado justo entre los ojos-, encontró la espalda
de Cate mientras ella se lanzaba para sacar el cuchillo de la mano del soldado.
Ya estaba corriendo hacia ellos cuando oyó el ruido repugnante, sus gemidos
ahogados y luego el grito del rey. Un instante después Cate se desplomó en el
suelo y quiso morir.

Cualquier orgullo que pudiera haber sentido de que el soldado que había sido
golpeado -y por su apariencia, matado-, había seguido un camino similar se
había perdido en el miedo que había convertido su sangre en hielo.

Empujó a la gente fuera del camino sin pensar mientras corría hacia ella.

Que esté bien. Por favor, que esté bien. No podría haber...

Negándose a pensar las palabras, Gregor tropezó entre la multitud que se había
reunido alrededor del rey, quien inexplicablemente se había arrodillado y
sostenía a Cate sobre su regazo.

Su cabeza estaba de nuevo, su cara sin sangre, sus ojos cerrados… Gregor hizo
un sonido áspero.

-¡Cate!

Él habría ido hasta por, pero Bruce lo detuvo:-¿Cate? los ojos del rey brillaron
con una especie de furia que Gregor nunca había visto antes al mirarlo-. ¡Por la
cruz, manteneos alejado de ella!

Gregor lo miró sorprendido, sin comprender:- Pero es es mi...

-¿Sabéis lo que habéis hecho? -el rey le cortó-. ¡Habéis disparado a mi hija!

Tardaron unos minutos en resonar las palabras. Cuando lo hicieron, Gregor se


tambaleó hacia atrás como golpeado por un fuerte golpe.

¿Hija? No podía ser.

Debió de haber dicho sus pensamientos en voz alta. Bruce lo atrapó con otra
mirada mortal.

-¿No creéis que conozco a mi propia hija? Me dijisteis que estaba muerta.
Durante todo este tiempo, pensé que mi dulce y pequeña Catherine estaba
muerta -Bruce la abrazó, acariciándole el cabello oscuro. El cabello oscuro de
Cate.

Los ojos de Gregor parpadeaban hacia adelante y hacia atrás entre el par, su
estómago retorciéndose al ver las similitudes que sólo habían burlado los bordes
de su conciencia antes. Los mismos ojos y 232

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

el pelo oscuro, la misma boca fornida y la mandíbula determinada.

Oyó a Campbell murmurar una maldición a su lado:- Maldita sea, sabía que
había algo familiar en ella.

De repente, Gregor se dio cuenta de lo que eso significaba. Se enfureció contra


el hombre que siempre había admirado:- Bastardo, la dejasteis. ¿Cómo pudisteis
hacerle eso?

Robert de Bruce le lanzó una mirada de advertencia, recordándole con esa


mirada que se dirigía a un rey:- No de buena gana, pero no le debo al hombre
que me dijo que había muerto una explicación.

Gregor no tuvo la oportunidad de responder. El rey terminó con él. Bruce


levantó el cuerpo flojo de Cate y empezó a gritar órdenes de encontrarle una
cama en el castillo y la mejor médica de la ciudad.

Sintiendo como si su corazón estuviera siendo arrancado de su cuerpo, Gregor


observó impotente como el hombre que había pensado como un padre para él
llevaba a la mujer que amaba y podría haber muerto.

No, no desamparado. Había algo que podía hacer. Gregor buscó a MacKay,
encontrando al gran Highlander en la bahía con los otros miembros de la
Guardia de los Highlanders. Él podía decir por sus expresiones preocupadas que
habían oído por lo menos algo del intercambio con el rey. Pero no le importaba.
No ahora. Sólo había una cosa que importaba ahora.

-¿Dónde está Ángel? –preguntó-. La necesito.

Si alguien podía salvar a Cate, era Helen MacKay. Le había devuelto la vida a
Gregor una vez y ahora le pedía algo mucho más importante: devolverle la de
Cate.

233

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Capítulo 25

La flecha de Gregor no la había matado, pero la fiebre casi lo había hecho. Si no


fuera por ls curandera pelirroja que había llegado unos días después de que le
dispararon a Cate, tal vez nunca se hubiera despertado del delirio al que había
sucumbido.

Tal vez nunca hubiera sabido la verdad. Sí, Cate tenía mucho que agradecer a
Helen MacKay. Le había dado su vida y su padre. El rey había estado a su lado
cuando despertó inicialmente después de ser herida, antes de que la fiebre se
hubiera apoderado, y le había contado todo.

Todavía no lo podía creer. No los había abandonado. Había sido por la


insistencia de su madre por lo que se mantuvó alejado. Quería darle una
oportunidad a su matrimonio, y su prometido -el hombre que se convertiría en el
primer padrastro de Cate- había estado profundamente celoso del rey. Su madre
había pensado que la ausencia de su ex amante les daría la mejor oportunidad
para un futuro feliz.

Se suponía que debía decirle a Cate la verdad cuando fuera lo bastante mayor
para entender, pero por alguna razón nunca lo había hecho. ¿Tal vez había
pensado que Cate se había olvidado de él?

¿Tal vez había pensado que era mejor no abrir heridas viejas? Tal vez había sido
demasiado difícil para ella tener a Bruce alrededor, ¿lo había querido tanto? Cate
nunca lo sabría.

Su padre nunca había tenido la intención de permanecer lejos para siempre, pero
la guerra había llegado y él había estado luchando -y huyendo-, por su vida.
Cuando regresó a Escocia para reclamar su trono, su aldea había sido atacada y
había sido demasiado tarde.
Al menos pensó que había sido demasiado tarde. A pesar de su insistencia en que
había mentido a Gregor, su padre puso toda la culpa de su larga separación en los
hombros de su arquero, y nada de lo que dijo cambiaría su opinión. Bruce era tan
intratable como su madre la había acusado de ser.

Cate, por supuesto, no veía las similitudes. Ella era razonable.

La sirvienta acababa de atar la cinta que ataba la parte inferior de su trenza,


cuando su doctor sobrenatural entró en la cámara. Acostumbrada al intenso
escrutinio de la otra mujer, Cate le dio a Helen el tiempo de estudiarla desde la
cabeza hasta los dedos de los pies que se asomaban por debajo del borde del fino
lienzo de noche de lino y el traje de terciopelo que su padre le había dado.

Cuando finalmente estuvo satisfecha, la mirada de Helen volvió a la suya:- Os


veis mucho mejor.

¿El baño no fue excesivo?

Cate sacudió la cabeza y sonrió:- Al contrario, me siento como una mujer nueva.
Apenas puedo sentir el dolor en mi hombro.

Helen entrecerró los ojos, como si supiera que mentía:- No vais a salir de esta
habitación por unos días más, con dolor o sin él. Sólo ha pasado una semana.
Necesitáis más tiempo para recuperar vuestra fuerza. Me habéis intimidado a
dejaros bañar, pero eso es lo más lejos que voy a ir -suspiró, como si estuviera
muy ocupada-. Os parecéis mucho a vuestro padre. También era un paciente
horrible.

234

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

La boca de Cate se arqueó en un esfuerzo por no sonreír. La comparación,


aunque fuera poco halagüeña, le agradaba.

Se sorprendió de que alguien pudiera intimidar a Helen MacKay. A pesar de su


apariencia de rey, la curandera experta parecía tener una voluntad de acero, y de
lo que Cate había visto, ordenaba al rey como si fuera un escudero recalcitrante.
-Espero que no necesite forzaros con las verduras -preguntó Helen secamente.

Cate sacudió la cabeza, recordando el disgusto de su padre por casi cualquier


cosa que crecía en un árbol o fuera del suelo:- Me gustan las verduras, excepto
las remolachas -arrugó su nariz.

-¿Remolachas? -preguntó Helen-. Dejadme adivinar, ¿saben como la suciedad?


Lo he oído antes. La noche anterior cogí al rey tratando de pasar las zanahorias
que había hecho especialmente para él a los perros. ¡A los perros, si lo podéis
creer! -sacudiendo la cabeza de nuevo, se acercó a donde Cate se sentó en el
borde de un baúl para dirigirse a Lisbet-. ¿Estaréis a su cuidado?

La sirvienta asintió nerviosamente y Cate intervino:- Lisbet tuvo mucho cuidado


en no dejar que las vendas se mojaran y siguió todas sus instrucciones.

Helen asintió con la cabeza:- Bueno. Entonces vamos a daros la vuelta. Hay
alguien que quiere veros -Cate se puso rígida. Mientras la sostenía por el brazo,
Helen sintió su reacción-. Me refiero a vuestro padre.

La tensión se disipó inmediatamente. Cate pudo ver la súplica de la otra mujer


pero no lo hizo.

Helen no entendía su rechazo de ver a Gregor, y Cate era demasiado orgullosa


para iluminarla, pero Helen respetaba sus deseos, y eso era todo lo que
importaba.

Cate sabía que Helen estaba casada con Magnus MacKay, uno de los Fantasmas,
sospechaba, por la visión que había tenido de él cuando había venido a buscar a
Helen para algo, pero fue Gregor quien la trajo aquí. Helen nunca dijo nada, pero
Cate sintió que había algo entre ellos. Podía verlo en los ojos de la otra mujer
cada vez que Cate se negaba a mirarlo. A Helen le importaba.

Conociendo a Gregor, Cate pudo adivinar lo que había estado entre ellos. El
pinchazo de los celos sólo le recordaba lo que había visto y la vida de celos a los
que se habría enfrentado si se hubiera casado con él. Sin embargo, ella estaba
agradecida a Helen. En cualquier circunstancia, le debía su vida.

Cate permitió que las dos mujeres la ayudaran a volver a la cama y trató de no
estremecerse mientras apoyaban las almohadas detrás de su tierna espalda.
La flecha golpeó el hueso de su omóplato izquierdo. Como cualquier
movimiento de su brazo causaba un dolor extremo, Helen le había sugerido usar
una palestrillo. Ayudaba

inconmensurablemente, pero el empujoncito de sentirse cómodo le recordaba


que no importaba cuán ansiosa estuviera por dejar la habitación del enfermo,
pasaría algún tiempo antes de que la herida quedara completamente curada.

Había tenido suerte de no ser más alta, le había dicho Helen. Unas pulgadas más
abajo y la flecha habría encontrado su pulmón o corazón.

Cate se abstuvo de corregirla. La flecha de Gregor había encontrado su corazón,


aunque un par de 235

Mónica McCarty La Flecha

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semanas antes de que el segundo hubiera golpeado. La primera había sido


mucho más dolorosa.

Tal como era, Helen le aseguró que estaría como nueva en unas pocas semanas,
si no se sobrecogía y dejaba que la fiebre regresara.

-¿Debo enviarlo? -preguntó Helen-. Estaba caminando impacientemente en la


antecámara cuando entré.

Cate se rio:- Sí, probablemente sea mejor no tener un rey esperando.

Mientras Helen iba a buscarlo, Cate arregló la pesada cubierta de piel que la
rodeaba. Aunque había un fuego en el brasero, las paredes de piedra estaban
revestidas de finos tapices, y el vidrio vidrioso llenaba las dos ventanas, era
enero en las Tierras Altas y la cámara de la torre en el castillo estaba cubierta de
corrientes de aire.

Un momento más tarde, la puerta se abrió de golpe y el rey de Escocia pasó a


través. Su mirada la escrutó casi tan intensamente como la de Helen antes de que
la sonrisa llegara a sus ojos. Pensó que podría haber incluso un brillo de
humedad cuando él la miró.
-Ah, Caty, os parecéis tanto a vuestra madre que me trae demasiados recuerdos.
En qué belleza os habéis convertido.

Cate se sonrojó. Aunque sabía que exageraba, no podía evitar sentirse halagada
por la comparación.

Su madre había sido hermosa, e incluso la menor semejanza con ella era
suficiente.

Se sentó en el borde de la cama a su lado. Quince años de guerra habían


envejecido a Robert Bruce.

Había líneas alrededor de su rostro y una dureza en su rostro que no había estado
allí antes. La pérdida de tres hermanos, incontables amigos, y el encarcelamiento
de su esposa, hermana e hija, sin duda, explicó mucho de ello. Pero cuando
sonreía y sus ojos brillaban, no parecía tan diferente del hermoso caballero joven
que había llenado su cabaña con tanta luz y risa. Después de todo, había tenido
razón sobre él.

-Os sentís mejor -inclinó su barbilla, volviendo su cara a la luz que fluía por la
ventana-. Creo que veo un poco de color en vuestras mejillas.

-Me siento mucho mejor después del baño. Tan pronto como se me permita
caminar fuera, habrá mucho más color en mis mejillas.

Su padre sonrió, pero alzó la mano, alejándose de su no tan oculta súplica:- No


me miréis. Eso es entre vos y Helen. Está bastante loca como yo. Al parecer, os
disgustasteis la última vez que hablamos.

El corazón de Cate se detuvo:- ¿Sir William está bien?

Su boca frunció con disgusto:- Sí, gracias a vos. Sin vuestra intervención, el
traidor habría sido puesto en la horca. En cambio, será enviado a las islas, así
que no me encontraré frente a él por encima de otra pared del castillo.
Consideradlo como un reembolso por salvarme la vida.

Aliviado por saber que la vida del viejo caballero había sido salvada, Cate se
relajó sobre las almohadas. No preguntó por los otros. Ya sabía lo que les había
pasado. Los ingleses habían sido liberados y enviados de regreso a Inglaterra.
Excepto por los Fitzwarrens. El hijo había sido 236
Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

asesinado durante la batalla corta, y el padre había sido asesinado por su mano.
Cate no se arrepentiría, pero tampoco sintió la satisfacción que había pensado.
Las palabras de advertencia de Gregor habían vuelto a ella. Había matado a
alguien y, aunque debía hacerlo, sabía que eso había dejado una marca.

Su padre sacudió la cabeza:- ¿Quién hubiera pensado que una pequeña cosa
como vos podría aprender a moverse así? –sonrió-. Siempre fuisteis más como
yo que como vuestra madre -su expresión se convirtió en castigo-. No es que no
esté agradecido, pero no deberíais haber hecho lo que hicisteis. Podríais haber
sido asesinada.

Como era algo que no era probable que alguna vez estuvieran de acuerdo, Cate
cambió el tema.

Hablaron de asuntos mucho más inconsecuentes durante unos cuantos minutos


más, antes de que finalmente llegara a la razón de su visita.

Por la forma en que su boca se ponía en un fruncido de enfadp, podía adivinar el


tema:- ¿Habéis reconsiderado vuestra decisión?

Mientras Cate sostenía su mirada, el frío que estaba centrado en su corazón


penetraba a través de sus huesos:- Gregor MacGregor es el último hombre con el
que deseo casarme.

-Pero estabais prometida con él. Dijo que lo amabais.

Ella se dio la vuelta. A pesar de sus intentos de no derramar otra lágrima por el
canalla, sintió la punzada de calor en sus ojos:- Por favor, no me pidáis que hable
de ello. Basta con decir que el compromiso se ha terminado. Si alguna vez lo
amé, ya no lo hago.

Cualquier cosa que Cate pudiera haber dicho fue cortada cuando la puerta se
abrió de golpe y el último hombre que quería ver entró en la habitación:- ¿Qué
diablos queréis decir con que si me habéis amado?

Cate se sobresaltó, sus ojos se ensancharon. No por la conmoción de verlo -sabía


que no sería capaz de aplazar esta conversación para siempre-, sino por su
apariencia. Descuidado encajaba bastante bien. Tenía los ojos hinchados, el pelo
arrugado, la mandíbula sin afeitar y oscura con la sombra de una semana, y había
líneas profundas arrugadas en su rostro no tan impresionantemente guapo. El
hombre más hermoso de Escocia parecía un infierno. Más específicamente,
como un hombre que estaba a un paso de entrar en él.

El rey se levantó de un salto y se volvió furioso:- Os dije que esperaséis afuera.

Pero Gregor la estaba mirando. Sus ojos se cerraron por un instante. Podía ver el
alivio casi visceral, el anhelo que parecía derramarse de él mientras se comía en
cada faceta de su rostro y figura. Pero cuando se apartó bruscamente, sintió el
calor de su frustración e ira.

-Ya he terminado de esperar. se ha negado a verme durante día. Cate – Catherine


-oyó el sarcasmo, necesito hablaros.

La furia de su padre coincidía con la de Gregor:- Hablaréis con ella cuando


quiera, y si quiere, y no antes. Necesito que recordéis que sólo estáis aquí por
petición de Helen, y si fuera por mí estaríais en el sur con los demás.

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Gregor apretó la boca hasta que sus labios estuvieron blancos.

Miró hacia atrás y hacia delante entre los dos hombres, viendo la tensión entre
ellos donde antes debía haber respeto y admiración mutua.

Por mucho que quisiera echar a Gregor de la habitación y decirle que se fuera al
diablo, no lo haría.

No había nada que rescatar entre ellos, pero haría lo que pudiera para reparar la
ruptura entre el rey y su guardia, una vez favorecido. Sabía lo mucho que la
aprobación de su padre significaba para Gregor, y no importaba lo que le hubiera
hecho a ella, no le quitaría eso. Su padre nunca oiría cómo Gregor la había
traicionado. Gregor podría no ser el tipo de hombre que un rey desearía que su
hija se casara, pero lo necesitaba en su ejército.

Puso su mano en el brazo de su padre:- Todo está bien. Hablaré con él.

Su padre miró hacia atrás y hacia delante entre ellos, con una expresión dura en
su rostro. No sabía cuánto sabía de lo que había pasado entre ellos. Pero de esa
mirada, se dio cuenta de que sospechaba que la mayor parte.

Su mirada la encontró con preocupación:- No tenéis que hacer esto ahora si no


estáis a la altura. No os quiero ver cansada -eso último se lo dirigió a Gregor.

-Estaré bien -le aseguró. Luego, volviéndose con tono hosco al hombre que le
había roto el corazón, añadió-. Esto no tardará mucho..

Gregor se sentía como si estuviera sostenido por un hilo. Desde el momento en


que la flecha había dejado su arco, había experimentado toda clase de tormentos
inimaginables. ¡Dios mío, casi la había matado! Saber qué tan cerca había
llegado a matar a la mujer que amaba era suficiente para enviarlo a un ataque de
desesperación y pánico.

Había estado tan desanimado, tan cerca de perder la cabeza por el dolor en
aquellas oscuras horas de su fiebre, que Helen lo había drogado para obligarlo a
dormir. Lo drogó, maldita sea. Con la ayuda de su marido.

Había pasado días en la capilla rezando, y sus oraciones habían sido contestadas
cuando Helen lo encontró y le dijo que la fiebre se había ido. Había esperado a
que Cate lo pidiera y se había quedado atónito -y luego enfadado-, cuando le
dijeron que se negaba a verlo.

¿Cómo podía negarse a verlo cuando le había mentido acerca de su identidad?


Todavía no podía creer que su "hija" fuera la hija natural de Bruce. El rey estaba
furioso con él, culpando a Gregor por los años que la creyó muerta, a pesar de
que ambos sabían que no era culpa de Gregor. Pero Gregor era culpable de algo.
Había tomado la inocencia de la hija del rey, y no estaba deseando confirmar lo
que Bruce sin duda ya sospechaba.

Maldita sea, ¿por qué no se lo había dicho? Cate tenía muchas explicaciones que
hacer. Pero si había algo de lo que estaba condenada mente seguro, era que iban
a casarse.
Mantuvo una rienda cerrada sobre las emociones que se movían dentro de él
mientras el rey se tomaba su dulce momento al salir de la cámara -y no antes de
enviar un resplandor de advertencia en la dirección de Gregor-. Un resplandor
que Gregor estaba demasiado condenadamente furioso de escuchar.

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Helen se había apiadado de él y le había permitido vislumbrar a Cate cuando el


rey no estaba mirando, pero era la primera vez que estaban juntos en una
habitación durante semanas. Parecía tan hermosa y tan maravillosamente viva
que por un momento que no supo si caer de rodillas en gratitud o tomarla en sus
brazos y sacudirla hasta que jurase no volver a asustarle así.

Le había aterrorizado ver que la perdería. Diablos, todavía estaba aterrorizado.


Eso era parte de lo que lo ponía tan enfadado. Parecía no tener sentido del
tormento que ocurría dentro de él. Parecía casi aburrida. Aburrida, cuando estaba
colgado por su último condenado hilo.

Sus ojos cuando lo miraban estaban perfectamente en blanco:- ¿Hay algo que
queráis decir?

Su misma indiferencia lo empujó por encima del borde. Se dirigió a la cama,


mirándola. Quería abrazarla, pero consciente de su herida, mantuvo las manos a
los lados.

-Maldita sea si tengo algo que decir. Creo que hay algunas cosas que
necesitamos aclarar, Catherine.

Ella se sonrojó, aparentemente no completamente desvergonzada de su mentira.

-¿Como qué?

Se inclinó para que sus ojos estuvieran nivelados. El aroma de lavanda que le
llenaba la nariz era tan familiar, que casi perdió la batalla para no tomarla en sus
brazos. Pero la fría indiferencia de su mirada lo detuvo.
-Como el nombre que queréis en el contrato de matrimonio. Porque a pesar de lo
que acabáis de decirle a vuestro padre, nos casaremos, os guste o no -arrastró su
mirada por su cuerpo-. Necesito recordaros el por qué.

Sonaba como un asno, y lo sabía. Pero lo estaba provocando por no escucharlo.


Sentándose allí como si no le importara. Como si no quisiera estar en sus brazos
tan mal como él la quería.

Todo lo que hizo fue elevar una ceja. ¡Elevar... una... condenada... ceja!

-Como todos deberían saber, eso no es necesariamente un precursor del


matrimonio.

La sangre de Dios, la mujer sabía cómo enfurecerlo:- Maldita sea, Cate, ¿ni
siquiera os disculparéis por no decirme la verdad sobre vuestro padre?

-¿Queréis decir al igual por qué no me dijisteis el nombre del hombre que mató a
mi madre y trató de matarme?

Hizo una mueca. Era justo. Ambos habían guardado secretos-. Estaba tratando
de protegeros.

-No confiasteis en mí -dijo con calma, con mucha calma-. Creedme, lo entiendo.
Lo demostrasteis con bastante eficacia.

Sabía lo que quería decir, y también se dio cuenta de por qué estaba tan
enfadada. Demonios, supuso que era merecido:- Lo siento por no creer lo que
pasó esa mañana con John -explicó cómo Pip lo había confesado todo, dejando
de lado cómo había intentado matarlo-. Debería haber confiado en vos. Debería
haber sabido que no trataríais de engañarme. Lo sabía, pero era demasiado 239

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orgulloso como para escuchar.

Hizo una pausa, esperando algún tipo de respuesta. Se había disculpado. ¿No
debería decir algo?
¿No debería estar contenta de saber que era inocente de cualquier subterfugio?

A través de la confusión de emociones que se arremolinaban en su interior, sintió


una punzada de inquietud. Algo nervioso, continuó:- Esta cosa con Bruce es
incómoda. Ojalá me lo hubierais dicho, aunque supongo que puedo entender por
qué no me habíais dicho lo que pensabáis por qué se había marchado,
abandonándoos. Me gustaría pensar que hubiera hecho una diferencia si lo
hubiera sabido, pero probablemente, no lo hubiera hecho. Dios lo sabe, yo os
quería demasiado. Todavía os quiero tanto. Una vez que supere su ira inicial, no
creo que se oponga. No hay razón para que no podamos casarnos tan pronto
como se encuentre un sacerdote. Helen dijo que no estabais esperando un niño,
pero...

-¿Cómo os atrevéis? -se estremeció un poco por el veneno que le disparó-. Si


estoy con un hijo no es asunto vuestro. Tampoco teníais derecho a discutirlo con
vuestra antigua...

Su boca se tensó, sin decir la palabra. Pero sabía lo que estaba pensando. Se puso
rígido:- Helen es mi amiga, nada más. Me salvó la vida hace unos años. Está
embarazada, y me hizo temer que vos pudierais estarlo. No os enfadéis con ella.
Yo... no estaba en buen estado.

Sostuvo su mirada como si tratara de decidir si creerlo:- No hace ninguna


diferencia. No cambiaré de idea para casarme con vos. Nada podría obligarme a
casarme con vos. Prefiero que mi hijo sea llamado bastardo, a que vos seáis su
padre.

Gregor retrocedió. Había esperado la ira por lo que había sucedido. Se había
comportado de manera ignóbita y debería haber confiado en ella. Pero este nivel
de animosidad era completamente inesperado.

¿Tenía más dolor por la herida de lo que se había dado cuenta? Su cólera huyó.
Se sentó al pie de la cama y trató de tomar su mano:- Dios, lo siento, Cate.
Tenéis que saber que no tenía intención de dispararos. Se suponía que debíais
alejaros, maldita sea. Nunca quise causaros dolor.

Rio. No tenía ni idea de qué podría haber provocado la aparentemente ilógica


reacción hasta que habló:- ¿No? La flecha en mi espalda podría no haber sido
intencional, pero ¿por qué ir a la cervería si no queríais hacerme daño? ¿No
creíais que me demostraríais lo poco que os preocupabáis por mí?
Os amé, Gregor, os amé con todo mi corazón. Peor aún, creía en vos. ¿Y cómo
me

recompensasteis?

-No llevé a ninguna mujer a mi cama.

-¡No lo hagáis! -dijo ella-. No me mintáis. Os vi.

-¿Cómo pudisteis haberme visto cuando no pasó?

-Os seguí hasta la cervecería. Os vi llevar a Maggie arriba. Os vi en la habitación


juntos.

Gregor sintió que toda la sangre de su cuerpo caía al suelo, aterrizando con un
fuerte golpe. El horror, la vergüenza y el pánico descendieron sobre él en un
apuro enloquecedor. Cristo,

¿qué había visto? Demasiado, si la mirada en su cara era cualquier indicación.

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Había planeado contarle lo que pasó, pero nunca pensó que pudiera haberlo
visto. ¿Cómo iba a hacer que lo entendiera?

-No pasó nada, Cate. Os lo juro. No la llevé a mi cama.

-No, lo que estabais haciendo no parecía requerir una cama -las palabras
parecieron romperla. Lo siguiente salió en un sollozo-. Vi que os tomó con su
boca, Gregor. Lo vi todo.

Mierda, Gregor se sentía mal solo pensando en lo que debía haber sido para ella.
¿Qué debía pensar? Lo que había hecho era inexcusable. Sabía lo mal que lo
había hecho, y luchó con todo lo que tenía para aferrarse a ella. Y no dejarla
escapar. Pero sentía que estaba tratando de agarrar una nube que flotaba lejos de
él.
-Intenté hacerlo, Cate, pero no pude. Estuvo mal, Dios, sé que estaba mal, pero
os juro que sólo duró unos momentos antes de que la empujara. Me enfermé y
me desmayé. Cuando me desperté, me di cuenta de lo horrible que había hecho y
planeaba contaros todo. Entonces supe que os amaba y no quería otra mujer más
que vos. Tenéis razón, cariño.

Se enjugó las lágrimas de sus ojos:- ¿Y cuándo tuvisteis esta gran epifanía?
¿Antes o después de dejarla ponerse de rodillas ante vos? ¿Me tengo que sentir
aliviada de que os hayáis detenido?

¿Debo daros una recompensa por no haber terminado lo que comenzasteis? ¿Es
menos una traición por no llegar a su finalización? ¿Y si me hubierais
encontrado en los brazos de otro? ¿Y si me hubiera besado y tocado
íntimamente? ¿Os importaría que no que hubiera encontrado placer?

Sus ojos se encendieron:- Mataría a cualquier hombre por tocaros.

-¿Incluso si yo quisiera que lo hiciera? ¿Incluso si tuviera que probar mis


sentimientos por vos?

-Eso es ridículo. Me amáis, eso no es así... -se detuvo.

-Exactamente -dijo suavemente-. Eso no prueba nada, sobre todo el amor -


sostuvo su mirada-. He terminado de luchar por algo que no existe. Tal vez
vuestro padre tenía razón. Tal vez no hay nada más que una bonita fachada.
Habéis pasado todo este tiempo convirtiéndoos en un guerrero asombroso,
construyendo músculos hasta que parecísteis una roca, pero por dentro, lo que
cuenta, sois débil.

Se estremeció, las palabras golpearon fuerte, golpeando viejas cicatrices que no


habían curado tanto como había pensado. Débil. Se sentía como un pájaro
aplastado por sus pies. Pequeño y completamente destruido. Peor aún, sólo se
podía culpar a sí mismo. De todos los errores que había cometido cuando era
más joven -y había tenido un montón de ellos-, nunca había hecho algo tan
destructivo. Nunca había sostenido algo precioso en sus manos y luego lo arrojó.

Dios, ¿qué había hecho? Había vuelto a ser un hombre que no quería ser. Había
creído en él y la había decepcionado. Se había decepcionado a sí mismo.

No tenía derecho, pero lo dijo de todos modos:- perdonadme, Cate. Lo que hice
estaba mal. Pasaré el resto de nuestras vidas probándoos lo equivocado que
estaba y lo mucho que os amo, si me lo permitís.

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Sostuvo su mirada. Por un largo latido del corazón, pensó que podría darle otra
oportunidad. Pero la había herido demasiado. Apartó la mirada, el silemcio fue
su única respuesta.

Rechazando aceptar la verdad que lo miraba fijamente, Gregor intentó lo único


que pensó hacer.

Pero cuando puso sus labios sobre los de ella, con la esperanza de despertar su
amor -para demostrar que lo que tenían no podía negarse-, todo lo que sentía era
el doloroso dolor de la pérdida.

Cuando sus labios tocaron los suyos, sintió el calor, probó la dulzura familiar y
el toque de menta, pero lo más importante faltaba: su respuesta. No quería
besarlo. No lo quería en absoluto.

Esto no era un cuento de hadas. Un beso no sanaba las heridas ni hacía que todo
estuviera bien.

Temía que nada de lo que pudiera hacer lo haría bien. Pero maldita fuera, iba a
intentarlo.

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Capítulo 26

Tan pronto como Helen declaró a Cate lo suficientemente sana como para viajar,
las dos mujeres y un pequeño séquito de hombres de su padre se trasladaron al
castillo de Dunstaffnage en Lorn, en la costa oeste de Escocia. Una buena parte
del ejército del rey, incluido su propio padre, había ido al sur a Galloway para
unirse a la batalla contra los MacDowells. Lo que quedaba de los hombres del
rey había sido dejado atrás en Perth para ayudar en la desaparición del castillo,
continuando con la política del rey de destruir las fortalezas de Escocia para que
no pudieran usarse contra él.

Además de Cate y Helen, había unos cuarenta hombres en el birlinn que


navegaban desde el río Tay hasta el estuario de Tay, hacia el Mar del Norte y
alrededor de la costa norte de Sutherland y hacia el Atlántico. El capitán no era
otro que Erik MacSorley (cuyo nombre de guerra de Halcón se volvió claro
cuando vio su nave), que junto con su aterrador pariente Lachlan MacRuairi, el
feroz guerrero Tor MacLeod (a quien recordaba de su rescate), Arthur Campbell,
y -para su constante irritación-, Gregor, comprendía la porción fantasma de su
escolta.

El castillo real de Dunstaffnage estaba guardado por Arthur Campbell y su


esposa, Anna, pero con la mayor parte de los baluartes importantes de Escocia
todavía en la posesión de los ingleses -

incluyendo los castillos de Edimburgo, de Stirling, de Berwick, y de Roxburgh-,


sirvió el asiento temporal de la corte del rey. Como tal, era una colmena de
actividad constante, zumbando con cortesanos y otros nobles importantes.

Por primera vez en su vida, Cate se encontró festejada y reconocida abiertamente


como la hija del rey. Junto con el interminable desfile de los nobles a través de
las puertas, había fiestas, finos vestidos -aptos para una princesa-, e incluso un
anillo de joyas para su vigésimo primer día de santo.

Era como si su padre estuviera tratando de compensar los quince años que
habían perdido juntos en unas pocas semanas. Sospechaba que también estaba
sirviendo como sustituta de la familia que todavía estaba en cautiverio. Sin
embargo, no era la única niña natural del rey, y estaba deseando conocer a un par
de sus cinco hermanastros en las semanas siguientes.

Finalmente, tenía familia, aunque su corazón aún se estremecía al pensar en los


que había perdido.

No había olvidado su voto para asegurarse de que los niños estaban bien
cuidados. Era lo único que le había pedido a su padre, y había prometido
investigarlo. Tan pronto como pudiera arreglarse, se reuniría con Pip, Eddie y
Maddy.

Aunque Cate disfrutó de toda la atención, era un poco abrumador y a veces


incluso un poco intimidante. Estaba preocupada por hacer o decir la cosa
equivocada. A pesar de su reciente incursión en actuar como una dama para
atraer a Gregor, Cate no estaba acostumbrada a todas las reglas, expectativas y
aderezos de la nobleza. Por eso, lady Anna había sido de gran ayuda.

Sin embargo, tres semanas después de llegar a Dunstaffnage, Cate se encontrón


lamentando la perdida de la libertad de su vida en Roro y ansiando la ocasión
para reanudar su entrenamiento.

Tenía la espalda todavía un poco dolorida cuando levantaba su brazo, pero temía
que si se sentaba fingiendo coser por más tiempo, sus habilidades de lucha iban a
quedar completamente atrofiadas.

Pero a pesar del obvio orgullo de su padre por lo que había hecho para salvarle la
vida, no estaba 243

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segura de cómo reaccionaría el rey llevando a su hija al patio de prácticas.


Además, sospechaba que insistiría en supervisarla.

Gregor no había tratado de acercarse a ella ni de hablar con ella en privado desde
aquel día en su cámara de Perth, pero era una fuente siempre presente de
vigilancia que la rodeaba como una nube oscura e inoportuna. Los otros
Fantasmas viajaron con su padre a Galloway, pero Gregor no había ido con ellos.
Lo que no sabía era si era por su elección o la de su padre.

De cualquier manera, no le gustaba. Cuando se encontraba disfrutando de la


compañía de un compañero de cena, uno de las docenas de jóvenes caballeros y
señores del castillo real

-sopeaba la participación de su padre en esto-, aparecía un criado o la música se


detenía inesperadamente y lo atrapaba fulminándola con una de esas miradas
oscuras y peligrosas en las que se estaba acostumbrando tan bien.
Tenía que admitir que tal vez una o dos veces (o quizás más de una o dos veces),
lo había hecho apropósito con un poco de coqueteo. Pensando en todas las veces
que se había visto obligada a verlo hacer lo mismo, era bastante divertido estar al
otro lado.

Por un momento. Pero como estaba claro por el número de veces que le había
dicho que la dejara sola, y no lo hacía, lo ignoraba. No funcionaba muy bien. A
pesar de la firme determinación en su cabeza, estaba demasiado consciente de él
en todas partes. Si l la dejaba sola, podía continuar con su vida. Olvidarse de él y
seguir adelante.

Le había roto el corazón, ¿no?

Pero no pudo evitar notar que el encantador pícaro ya no fuera tan encantador.
No lo había visto hablar con ninguna mujer excepto Helen o Lady Anna desde
que habían llegado. No tenía tiempo.

Estaba demasiado ocupado mirándola e intentando intimidar a cualquiera que se


acercara a ella.

Día tras día, estaba allí. Su propio centinela personal. Oscuro, prohibitivo, y tal
vez un poco brusco en los bordes con la mirada descuidada de bandido que
parecía haber adoptado, pero sin duda era el hombre más guapo que jamás había
visto.

Y a veces por la noche (muy bien, muchas veces por la noche), pensaría en todo
lo demás. Cómo se había sentido en sus brazos. La forma en que su corazón
había saltado cuando estuvo dentro de ella.

El calor y la posesividad de sus manos que cubrían su cuerpo. Cuánto le había


gustado tocarle, sentir los músculos duros de granito de su pecho y brazos bajo
las yemas de sus dedos. Recordó el calor de su boca, el latigazo de su lengua, el
sabor embriagador de la menta. Recordaba cómo la parte inferior había caído de
su estómago cada vez que la había besado.

Todavía se sentía mal cuando pensaba en lo que había visto en la cervecería,


pero se había sentido más aliviada por lo que le había dicho de lo que quería
admitir. Se había detenido. Tal vez no lo bastante pronto, pero no había podido
seguir adelante con ello. ¿Significaba algo?
¡Dios mío, solo escuchadla! Era una tonta. Ella no podía suavizar. No merecía su
perdón.

¿Por qué no podía dejarla sola?

Redobló sus esfuerzos para olvidarse de él. Una distracción era lo que
necesitaba. Seguramente podría encontrar uno en el grupo de jóvenes caballeros
y señores que su padre trajo ante ella.

Esa noche bailó con cada joven desapegado que pudo encontrar y lo redujo a
unas pocas posibilidades. Pero inexplicablemente al día siguiente, en lo que iba a
ser su tardía celebración del 244

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día del santo, dos de los hombres no se encontraban en ninguna parte, y el


tercero de los caballeros más preciados de su padre, Sir David Lindsay parecía
estar cuidando un moratón muy feo en su ojo

–ahora negro-, entre otros cortes y magulladuras.

Sospechando quién era el responsable, la mirada de Cate se deslizó hacia el


rincón oscuro donde su centinela estaba de pie. No estaba solo, sino hablando
con su padre, que acababa de regresar de Galloway. Aunque "hablar" no era lo
que estaban haciendo. De la mirada en la cara de su padre, Gregor estaba
recibiendo un rapapolvo.

No era difícil adivinar por qué. Sus ojos se estrecharon, incluso desde el otro
lado de la habitación pudo ver que la nariz de Gregor era aproximadamente el
doble del tamaño de lo normal y tenía un nuevo moretón en el puente.

Podría haberse divertido con la ironía de su sabotaje de coqueteos como le había


hecho anteriormente, si no estuviera tan enfadada y agotada por el esfuerzo de
ignorarlo. Esto había durado lo suficiente. Ella y su vigilante y arrogante
centinela iban a hablar un poco.

Cruzando los hombros, Cate marchó a través de la sala preparada para la batalla.
Había una razón por la que lo llamaban penitencia. No se suponía que fuera
fácil. Se suponía que le dolía. Y la sangre de Dios, le dolía.

Para Gregor, de pie a un lado mientras Cate floreció como una rosa al sol,
viéndola brillar y cautivar a todos a su alrededor, no sólo porque era la hija del
rey, o porque era lo más adorable que había visto nunca vestida como una
princesa, sino por la pura fuerza de su personalidad, era la autoflagelación, una
camisa de pelo y todo lo que los monjes utilizaban para torturar a todos ellos se
convirtieron en uno.

Por el amor de Dios, ¿tenía que sonreír tanto? Era demasiado bonita cuando
sonreía.

No interferir, no meter el puño entre los dientes de cada uno de los hombres que
habían luchado por su atención o se atrevía, se atrevía a pensar en tocarla era lo
más duro que Gregor había hecho.

Pero merecía esa atención, y por Dios, si tuviera que encadenarse en una
habitación para ver que lo obtuvo, lo haría.

Al parecer, Bruce había llegado a una conclusión similar:- Tenéis suerte de que
no os haya arrojado a una cárcel por atacar a Lindsay de esa manera.

Gregor apretó la mandíbula con fuerza:- El bastardo se lo merecía.

-El bastardo es uno de mis mejores caballeros y no hizo más que bailar con ella.

Gregor apretó los dientes. Lindsay había hecho mucho más que bailar: el joven
caballero había dejado que su mirada se posara sobre su pecho y se quedó allí
tres segundos. ¡Tres! Gregor había contado cada uno de ellos. No se disculparía.
Diablos, no. Lindsay tuvo suerte de que Gregor no le hubiera ennegrecido los
ojos y le hubiera dejado unas cuantas costillas intactas.

Bruce lo estudió:- Al menos parece haber dado tanto como vos. No os veis nada
bien. ¿Cómo planeáis ganar a mi hija así?

Gregor se volvió de su vista de Cate a través de la habitación para dispararle una


mirada:- Cate no se preocupa por esas cosas.

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Lo amaba por lo que creía que era. Sólo tenía que demostrarle que era ese
hombre.

-Será mejor que esperéis eso. Hacedlo de nuevo y os desterraré a las islas. Podéis
ser el hombre más guapo de la isla de St. Kildel -el rey se rio de su propia
broma, pero luego echó un vistazo a su nariz rota e hizo una mueca-. Sabía que
era una mala idea. Nunca debería haber aceptado dejaros quedaros aquí.
Necesitabais ir con nosotros en el sur.

Gregor sintió una punzada de culpa, pero la apartó. Él era el único miembro de
la Guardia que no había estado en Galloway para ver la caída de MacDowells.

-Necesitaba estar aquí -con Cate.

-Vuestro hermano es bueno-dijo el rey-. Pero él no es vos.

Gregor ya no estaba seguro de ser él mismo. No había cogido un arco desde el


día en que había disparado a Cate, y no sabía si alguna vez querría volver a
hacerlo. No estaba seguro de tener más estómago. Cualquiera de eso.

-John mejorará -dijo. Su hermano merecía la oportunidad de luchar. Durante


demasiado tiempo había estado haciendo el deber de Gregor por él. Gregor era
laird, y ya era hora de que empezara a actuar así.

El rey le dirigió una larga mirada:- Espero que sepáis lo que estáis haciendo. No
estoy convencido de que os quiera de vuelta... o de que merezcáis ser perdonado
después de lo que me dijisteis.

Gregor cerró la boca con fuerza. Para convencer al rey, se había visto obligado a
confesar lo básico de lo sucedido. Había sido un riesgo, pero se había escapado
con las partes del cuerpo intactas, todas ellas. Bruce podría no haber sido fiel a
las mujeres en su vida, pero no toleraría nada más por su hija. Ilógicamente o no,
para Gregor no era un problema. Cate tenía su lealtad y fidelidad durante el resto
de su vida, si lo quería.

-Tened la seguridad de que si volvéis a lastimarla, os ejecutaré yo mismo.


Cogiendo una mirada de la expresión en la cara de la mujer que acababa de
empezar a acercarse hacia ellos, Gregor dijo irónicamente:- No será necesario.

Parecía que la princesa finalmente se dignaba hablar con él.

Una sonrisa lenta volvió a la boca del rey al ver a su hija. Había un orgullo
innegable en su rostro cuando habló:- Si no fuera tan linda como es, casi
desearía que hubiera nacido como un chico. Le habría hecho uno de los mejores
caballeros de la cristiandad.

Gregor no lo dudaba. Pero estaba bastante contento de que fuera una muchacha.
Su chica. Porque aunque fuera lo último que hiciera, recuperaría su corazón.

Podía ver la indignación en su rostro cuando se detuvo ante ellos, lanzó una
furiosa mirada hacia él y se volvió para levantar la punta de sus pies para darle
un beso en la mejilla.

-¿Os estáis divirtiendo, Caty? -preguntó Bruce-. No estuve aquí para celebrar el
día de vuestro santo con vos, pero espero que hoy lo compense.

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-Es perfecto, Padre, gracias -miró fijamente a Gregor otra vez para la buena
medida. Poniéndose una mano en la cabeza, dijo-. Y gracias por el anillo
también... es hermoso.

Gregor lanzó una mirada de advertencia al rey para que no dijera nada.

Sorprendentemente, lo entendió:- Le dije al gaitero que no tocara nada más que


esta noche después de la fiesta -con una mirada astuta a Gregor añadió-. Tengo
un invitado especial que acaba de llegar y ha pedido sentarse a vuestro lado para
la comida. ¿No creo que hayáis conocido al hijo de mi hermanastra Isabel, sir
Thomas Randolph?

Gregor tuvo que morderse una maldición, pero Bruce debió de ver sus puños
cerrados. El bastardo sádico sonrió. Estaba haciendo pagar a Gregor, de acuerdo.
Cate negó con la cabeza:- He oído hablar de él, por supuesto.

-Sí, no me sorprende -añadió Bruce-. Se ha vuelto muy famoso por sus proezas
en el campo de batalla. Y además, es un gran favorito entre las damas de la corte,
¿no es así, MacGregor?

Gregor sonrió a través de los dientes que estaban moliendo juntos:- Creo que he
oído algo en ese sentido.

¿Diablos, Randolph? Era un pícaro más grande de lo que Gregor había sido.
Gregor no entendía la fascinación con el bastardo pomposo, cuya armadura de
caballero era tan brillante que podíais limpiar vuestros malditos dientes en el
reflejo, pero ¿quién podía explicar el gusto? El hecho de que Cate fuera una
dama de clase no impediría que el joven caballero coqueteara escandalosamente
y llevar a Gregor medio enloquecido en el proceso.

Iba a ser una larga noche.

-Si no os importa, padre, hay algo que me gustaría discutir con mi viejo tutor.

Gregor no se perdió la burla a su edad. Su boca se tensó. Cristo, tenía treinta y


uno, no ochenta y uno. Estaría más que feliz de demostrar lo rápido que era, si lo
dejaba.

La sonrisa del rey le sugirió que estaba tomando demasiado placer en esto, que
lo estallara.

-Sí, pero no tardéis mucho. Ahí está Randolph. No querría hacerle esperar.

La dulce sonrisa que le dio a su padre se puso helada cuando cayó sobre él:- No
os preocupéis, solo necesito unos minutos.

Tan pronto como Bruce se alejó, no perdió tiempo:- No aguantaré más de esto,
Gregor. tenéis que parar. Todas esas miradas amenazantes eran bastante malas,
pero ¿cómo os atrevéis a golpear a sir David por bailar conmigo?

Su boca cayó en una línea dura:- No fue por bailar -puso sus manos en sus
caderas, esperando.

Se encogió de hombros:- no me gustó la forma en que os miraba.


Hizo un sonido de indignación y se parecía mucho a cuando quería empujarlo en
el pecho. Si no 247

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

hubiese gente moviéndose, sospechaba que estaría haciendo eso.

-¿Estáis loco? -susurró en voz baja. Sí, lo estaba. Pero obviamente no esperaba
una respuesta-. No tenéis derecho -continuó con los ojos brillantes-. Seré yo
quien objete si no me gusta la forma en que un hombre me está mirando, no vos.
No necesito un protector, un tutor, o un rufián malhumorado, manchado,
descuidado, con una nariz rota que está actuando como un niño mimado que no
consiguió lo que quiso. ¿Qué esperáis que haga, arrojarme en agradecimiento
por decirme que me amais?

Tal vez no gratitud, pero el reconocimiento habría sido agradable. Nunca había
pronunciado esas palabras a nadie, y hacerlas ignorar había dolido. Al darse
cuenta de que tal vez no apreciara esa respuesta sincera, sin embargo, dijo:- al
vez no, pero no necesitáis tomar tanto placer en torturarme.

El rubor que subió a sus mejillas sugirió que no ignoraba cuánto le molestaba su
coqueteo. Pero levantó su barbilla y miró hacia él. Cristo, era una reina natural.
Debía estar en la sangre.

-¿Qué os hace pensar que lo que hago tiene algo que ver con vos?

-Porque me amáis -dijo simplemente.

Cate era leal y firme y honesta. Cuando le diera su corazón a alguien sería para
siempre. La había herido profundamente -inconscientemente- pero no
irremediablemente. Era una luchadora. Estaba contando con ello. Tenía fe en
ellos, aunque ella ya no lo hiciera.

Abrió la boca para protestar, pero la interrumpió. Lo que quería hacer era
empujarla hacia la cámara del laird detrás de ella y besarla, pero tenía unos días
más:- Un mes, cariño. Eso es todo lo que puedo tomar. Disfruta de lo que os
queda.
Parpadeó confundida cuando empezó a alejarse.

Después de unos pasos, se volvió:- Puede que tengáis razón en todo lo demás,
pero no estoy bien.

No he bebido más de una copa de vino o una cerveza, o una jarra con agua para
beber en semanas.

¡La bestia arrogante! ¡Cómo se atrevía a marcharse y dejarla de pie allí después
de decir algo tan escandaloso! Cate se sintió tentado a arrastrarlo de vuelta y
decirle todas las razones por las que seguramente no lo amaba. Le había roto el
corazón, e incluso si, por cierto, no se sentía tan roto en este momento, no iba a
dejar que la lastimara de nuevo.

¿Cómo podía confiar en él? Sólo porque dijo que la amaba y estaba haciendo su
mejor

personificación de un incondicional, sólo-tengo-ojos-para-mi-mujer, ¿cómo


podía estar segura de que iba a durar? Un mes no era una vida.

Pero era un comienzo.

Diciendo a la pequeña voz en la parte posterior de su cabeza que se callara, Cate


se concentró en todas las cosas que no le gustaban de él. La nariz torcida, para
empezar. Dios lo sabía, probablemente sólo haría el pilluelo más guapo, ¡como si
eso fuera lo que necesitaba!

Subió al estrado para reunirse con su padre y sir Thomas. Pero su mente estaba
todavía en la conversación con Gregor. ¿Qué quería decir con un mes? El era
deliberadamente vago para hacerla 248

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Àriel x

mas curiosa. Lo que era, lo consiguió.

Sin embargo, consiguió pasar un buen rato con su "primo". Sir Thomas era
verdaderamente un coqueto indignante, e innegablemente guapo con sus rasgos
refinados, cabellos oscuros y ojos azules. Si no hubiera jurado no pensar en el
hombre que había reanudado su puesto como su obstinado guardián, podría
haber especulado que probablemente era así como Gregor había sido cuando era
más joven.

Cuando captó la mirada de Sir Thomas que bajaba a su pecho durante uno de los
carretes (el corpiño apretado preguntó más bien la atención), dejó que se
demorara unos diez segundos antes de atraer su mirada hacia la de ella con una
pregunta. La blancura alrededor de la boca de Gregor cuando lanzó una mirada
subrepticia en su dirección resultó sorprendentemente satisfactoria dada su
curioso comentario de "un mes".

Estaba sonriendo cuando su mirada volvió a encontrarse con su pareja.

-¿Estáis disfrutando? -preguntó sir Thomas, con un brillo malicioso en sus


profundos ojos azules.

-Muy inmensamente -dijo con un mal disimulo deleite.

Rio:- No creo que vuestro ex tutor se divierta mucho. ¿Por qué tengo la
sensación de que debo vigilar mi espalda mientras salgo de aquí más tarde?
Dejadme adivinar... ¿bailaste con Lindsay anoche?

Cate se tranquilizó instantáneamente. Se mordió el labio y lo miró preocupado:-


Lo siento... No estaba pensando. Me temo que probablemente tengáis razón.

-Sólo estaba bromeando. Si MacGregor quiere una pelea, tendrá una. Además, le
debo una. Él y sus amigos me pusieron en el infierno cuando me reuní con mi tío
hace unos años -el brillo en su ojo se volvió decididamente perverso-. ¿Qué es lo
que podemos hacer para hacerle sufrir?

Cate pensó un minuto... bueno, más como dos segundos, en realidad... y le


sonrió de nuevo.

-¿No os importa?

-Querida prima, será un placer. Ver que uno se retuerce con celos vale dos ojos
negros.

Afortunadamente, no llegó a eso. Lo que su padre le había dicho a Gregor antes


parecía haber funcionado. Y tenía su mes, lo que eso significaba.
Al tener sus sospechas, al día siguiente buscó a su padre en el solar del laird para
averiguarlo.

Despedía al jefe de la isla que nunca parecía salir de su lado, Tor MacLeod, y el
puñado de otros hombres con los que acababa de reunirse. Había oído a su padre
referirse a él como Jefe varias veces, lo que la llevó a sospechar que él era el
líder de los Fantasmas. Ciertamente era lo suficientemente grande e intimidante.
Fiera mirada era decirlo suavemente.

Apoyándose en su silla detrás de la mesa, su padre la observó pasear varias


veces, esperando a que comenzara.

Se detuvo y se volvió hacia él:- Estabais furioso con Gregor después de que me
dispararon.

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Àriel x

¿Por qué estuvistei de acuerdo en perdonarle?

Arqueó una ceja de una manera que era vagamente familiar:- ¿Qué os hace
pensar que lo he perdonado?

Se mordió el labio:- ¿No es así?

-Depende -su expresión se suavizó-. ¿Y vos?

Cate frunció la boca:- Por supuesto que no, ¿por qué debería hacerlo? -al darse
cuenta de que su padre no conocía los detalles y no quería entrar en ellos,
añadió-. ¿Lo obligasteis a estar de acuerdo en permanecer alejado de mí durante
un mes?

Su boca se curvó maliciosamente:- No exactamente.

Sus ojos se estrecharon:- ¿Qué queréis decir con «no exactamente»?

-No lo obligué a hacer nada. Fue su idea -sus cejas se juntaron-. ¿Su idea?
-Sí, pensó que merecía tener algún tiempo como mi hija -su voz se suavizó-.
Quería que os sintierais especial. Para tener todas esas cosas que hubieran sido
vuestras si no hubiéramos sido separados.

Cate abrió mucho los ojos. De todas las cosas que esperaba que dijera, no era
eso. Aturdida, se balanceaba en piernas repentinamente inestables. Localizando
un banco detrás de ella, se sentó.

-¿Lo hizo? ¿Entonces todo esto...?

-Fue idea suya. Me da vergüenza decir que no lo pensé. Tenía razón, Caty...
merecíais que os trataran como a una princesa.

Ambos sabían que una hija natural no era una princesa, pero comprendió lo que
quería decir. Lo que no podía creer era que Gregor había hecho algo tan dulce...
tan comprensivo... tan cariñoso.

-¿El anillo?

-Lo había diseñado especialmente para ti en Oban -Cate no sabía qué decir.

-Se preocupa por vos, Caty.

No podía discutirlo. Pero, ¿era suficiente? ¿Podría perdonarlo?

-¿Qué pasará después de un mes?

-Le di permiso para cortejaros, eso es todo. Y sólo si estáis de acuerdo.

Cate sintió que su pecho se apretaba cuando el hielo alrededor de su corazón


empezó a agrietarse, y una luz tenue del amor que había sostenido una vez para
Gregor volvió a entrar.

-¿Cuándo termina el mes?

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-El miércoles.

Dos días. Miró a su padre con desesperación:- ¿Qué debo hacer?

Tenía los ojos suaves:- ¿Qué queréis hacer? -confiar en el. No pronunció las
palabras en voz alta, pero su padre debió haber visto el pensamiento en su
rostro-. Creo que ya sabéis lo que queréis hacer. No puedo decir que no estoy
contento. Espero que esto signifique que recuperaré a mi arquero.

Frunció el ceño:- ¿Qué queréis decir?

El fastidio cruzaba sus nobles facciones:- Mi mejor arquero dice que ya no


quiere pelear.

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Àriel x

Capítulo 27

Después de ser empujado hasta el borde de su restricción la noche anterior, no


era de extrañar que Gregor se encontrase en el patio de la práctica a primera hora
de la mañana siguiente. Tenía ganas de matar a alguien y necesitaba una salida.
No, no sólo alguien, el bastardo presumido que había tenido sus ojos y manos en
Cate anoche. Sólo el recuerdo de la forma en que la palma de Randolph se había
apoyado en la parte baja de su espalda y luego se deslizó hacia abajo por una
pulgada muy inapropiada hizo que cada músculo en el cuerpo de Gregor se
incendiase.

Apretando los dientes, sacudió la espada y la dejó caer con toda la frustración y
la ira que brotaban dentro de él.

Fue afortunado de que su compañero de entrenamiento fuera el mejor


espadachín de Escocia y no supiera el significado de la palabra "práctica". Con
MacLeod siempre era un combate sin obstáculos.

MacLeod bloqueó el golpe, aunque con un poco de esfuerzo. El Jefe de la


Guardia de los Highlanders retrocedió para tomar un descanso, respirando
pesadamente:- Cristo, Flecha, seguid balanceando una espada así y podríamos
encontrar un nuevo lugar para vos con o sin arco -le dirigió una larga mirada-.
Supongo que no necesito preguntaros qué os pasa. Vi a Randolph con vuestra
mujer anoche.

De repente, la mirada de MacLeod pasó junto a él. Gregor se volvió justo cuando
Cate pisó fuerte junto a él.

-No soy su mujer -le dijo a MacLeod con los dientes apretados. Gregor estaba
tan contento de verla, tan ocupado bebiendo en cada pulgada dulce de ella, que
ni siquiera le importaba cómo le fruncía el ceño-. ¿Por qué no estáis practicando
con vuestros arco? ¿Y qué es lo que dice mi padre acerca de que no os reuniréis
con l, eh... -miró con incertidumbre a los hombres reunidos alrededor-. ejército?

Desafortunadamente, su lugar en el "ejército" ya no era un secreto. Gregor


suspiró, se quitó el yelmo y se pasó los dedos por el pelo empapado de sudor.
¡Maldito Bruce por decírselo!:-

¿Podemos hablar de esto más tarde, Cate?

-No lo sé, Astuto -dijo MacSorley desde su posición, apoyado en la pared del
arsenal, donde había estado observando la práctica de la espada-. Yo también
estoy interesado en lo que tienes que decir sobre el tema -miró a los demás
miembros de la Guardia reunidos allí: Sutherland, MacKay, MacRuairi y
Campbell-. Todos lo estamos.

Sintiéndose más que un poco acorralado, Gregor podría haber retrocedido


enfadado, pero Cate inesperadamente vino a su rescate. Se volvió hacia
MacSorley-. Sabéis, creo que vais a tener que encontrar un nuevo nombre para
él. No parece muy pulido ahora mismo. Parece más bien un desastre.

Un rescate. Gregor reprimió un gemido.

MacSorley sonrió:- Ah, tal vez tengáis razón, muchacha. Tendré que pensar en
algo. Pero no os preocupeéis por esa bonita cara de él... se curará bien. ¿Alguna
vez os contó cómo fue tirado al río 252

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x
Styx cuando era niño?

Gregor murmuró, no muy bajo:- Idos al infierno -mientras Cate se reía.

-¿Como Aquiles con la flecha? ¡Cuán apropiado! ¿Su madre también lo sostuvo
por el talón?

Fue MacRuairi quien respondió, sacudiendo la cabeza:- No creíamos que fuera


vulnerable en ningún sentido. Pero resultó que sí.

Cate buscó en los rostros de los hombres a su alrededor, esperando una


explicación. Finalmente, Gregor soltó un exasperado suspiro:- Vos, Cate. Se
refiere a vos.

Sus ojos se encontraron y por primera vez en mucho tiempo, no lo miraba con
odio y cólera.

parpadeó ampliamente:- Oh.

-Sí, 'oh' -repitió. Consciente de los demasiados ojos sobre ellos, la apartó-.
Vamos, podemos hablar dentro del arsenal, donde no tendremos interrupciones.

-Ah, diablos, esperaba una revancha -dijo MacSorley-. Estaré listo la próxima
vez, muchacha.

Aunque no querréis usar un vestido tan bonito. Esta vez no seré el único que se
ensuciará.

Cate se reía mientras la arrastraba:- Es divertido –dijo-. Puedo ver por qué os
gusta tanto.

-Halcón es un dolor en el culo –gruñó-. Espera hasta que aparezca con un apodo
para vos

-la sonrisa que iluminó su rostro lo apuñaló con un anhelo tan intenso que le
robó el aliento.

¿Cómo pudo haber sido tan idiota? ¿Cómo habría podido tirar lo más importante
que le había pasado? Significaba todo para él. Debería haber confiado en sus
sentimientos. Se comprometió con ella, corazón y alma.
-¿Creéis que lo hará? -no pudo ocultar su entusiasmo-. ¿Cómo creéis que me
llamará?

-Ni siquiera quiero adivinarlo. Pero podéis estar seguro de que será divertido
para todos menos para vos o, más probablemente, para mí.

Antes de entrar en el arsenal, se lavó parte de la mugre de la cara y las manos


con un cubo de agua dulce del pozo. Al entrar en el arsenal, pudo ver que había
suficiente luz a través de los listones de madera, así que cerró la puerta detrás de
ellos. Sacando una jaula de madera que se utilizaba para alcanzar las armas
almacenadas más arriba en las paredes, le indicó que se sentara, pero negó con la
cabeza.

-Prefiero estar de pie.

Preferiría que se pusiera de pie a unos metros de distancia de él, porque en el


espacio cerrado, con sólo unos metros entre ellos, le resultaba muy difícil
mantener las manos a los lados. Había pasado tanto tiempo desde que la había
tocado, realmente la había tocado, que le dolía la necesidad de volver a sentir su
suave piel bajo las yemas de los dedos. Y como si el pensamiento de que no
fuera suficiente para poner a prueba los límites de su control, un momento
después, le llego el aroma sutil de flores para burlarse de sus sentidos. Había
usado lavanda en el agua para lavarse el cabello, y lo único que podía pensar él
era desatar las dos cintas aseguradas bajo su velo y enterrar su nariz en la
suavidad sedosa.

253

Mónica McCarty La Flecha

Àriel x

Pero había perdido ese privilegio. Tendría que recuperárselo si lo dejaba. Dando
un paso hacia atrás, se aclaró la garganta:- ¿Qué queríais, Cate?

Ignorando el frágil comando que tenía sobre su control, se acercó a él hasta que
estuvo a sólo unos centímetros de distancia. Cristo, todo lo que tenía que hacer
era doblar su cabeza y sus labios estarían debajo de él. Sus músculos se tensaron.
Una ráfaga de calor le golpeó las venas, pero mantuvo los brazos pegados a los
costados e intentó no pensar en cuánto deseaba besarla.
Tal vez era más consciente de lo que le estaba haciendo de lo que él se dio
cuenta. Su voz era un poco ronca:- ¿Qué pasa, Gregor? ¿Por qué no habéis
estado usando vuestro arco?

¿Por qué estáis contemplando dejar de luchar?

Su mandíbula se endureció. No era dejar de luchar. Era simplemente que lo que


quería había cambiado. Ya no sentía la necesidad de probarse a sí mismo. Ya no
tenía el impulso de ser el mejor y nada más. Ya no quería evitar sus otros
deberes.

-Esto no es por mí, ¿verdad? –preguntó-. Sé que no quisisteis dispararme. Fue un


accidente.

Apretó los dientes contra la oleada de emoción en su garganta. Cuando él soltó


esa flecha, por primera vez la plena importancia de lo que hacia le golpeó:-
Podría haberos matado.

-Pero no lo hicisteis. E incluso si lo hubierais hecho, no habría sido culpa


vuestra. No podíais haber anticipado lo que iba a hacer. De hecho, creo que me
habíais instruido muchas veces para no hacer lo que hice.

La simpatía en sus ojos lo desató. Tenía que decirle la verdad, por vergonzoso
que fuera:- No lo entendéis. Si no hubierais hecho lo que hicisteis, el rey podría
estar muerto -su boca endureció-. Lo he analizado, Cate. La flecha que disparé
era demasiado baja. No habría matado a Fitzwarren.

La duda sorprendida en su rostro sólo lo empeoró:- No podéis saberlo. E incluso


aunque sea verdad, me imagino que estabasi distraído.

Apretó la mandíbula en silencio. Tenía razón. Se había distraído -por ella- pero
eso no era excusa. -

"No era la primera vez. Es una de las razones por las que me enviaron a casa -
describió las dudas en Berwick y los pequeños errores que había cometido antes.
Dio voz su miedo por primera vez-. Mis habilidades están decreciendo.

-Vuestras habilidades son excepcionales. Pero no sois perfecto. ¿Y qué? Sois el


único que espera que lo seáis, y no necesitáis serlo. Incluso con unos cuantos
disparos no perfectos, seguís siendo el mejor arquero de las Tierras Altas. ¿Qué
hay del tiro que hicisteis desde la escalera? De lo que mi padre dijo, salvó el
ataque del descubrimiento.

-Tuve suerte.

Lo miró como si lo supiera mejor:- Suerte o no, nadie más podría haber hecho
ese disparo, Gregor.

Nadie. Pensadlo-

Su mandíbula se endureció. No importaba si tenía razón:- No lo entendéis. Yo... -


simplemente lo dijo-. Cristo, estoy perdiendo mi ventaja. No siento la misma
intensidad.

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Le dedicó una larga mirada, considerando sus palabras pero viendo más allá de
ellas:- ¿Comó pudisteis? Debías estar mentalmente agotado. ¿Habéis estado
luchando por mi padre durante...?

-Siete años -completó.

-¿Así que siete años de funcionamiento en los niveles más altos, bajo las
condiciones más extremas, con presión constante? Eso sería difícil para
cualquier arquero, y mucho menos con el tipo de precisión requerida para un
tirador. No estoy sorprendida de que haya comenzado a descender en vos. En
realidad, me sorprende que haya durado tanto tiempo -hizo una pausa,
inclinando la cabeza para estudiarlo-.¿Aún creéis en mi padre?

-No hay nadie en quien crea más. Es un gran hombre y un gran rey.

Lo miró con mucho más comprensión y compasión de la que merecía. Pero fue
lo que hizo a continuación que casi lo puso de rodillas. Lentamente, levantó la
mano y lo tomó de la mandíbula.

Se arrepintió de la aspereza del rastrojo que rascaba su suave piel, pero no


pareció importarle mientras frotaba la barbilla contra su palma.

-No lo defraudaréis, Gregor. Incluso si nunca golpeáis otra marca de nuevo, os


habéis hecho valer muchas veces -hizo una mueca-. No sabéis cuántas historias
de vuestras escapadas he tenido que soportar las últimas semanas.

Lo había sorprendido:- Ha estado furioso conmigo.

-Sí, tal vez eso debería deciros algo. Su fe en vos es tan inquebrantable como la
tuya en él –sonrió-.

Incluso después de disparar a su hija.

¿Era miedo de perder la fe de Bruce en él lo que lo retenía? Sospechaba que


podría ser parte de ello.

Durante tanto tiempo su enfoque en ser el mejor para probarse a sí mismo por su
habilidad había sido todo lo que importaba. Pero, ¿qué pasarían cuando se fuese?
Tal vez estaba luchando demasiado duro para descubrirlo.

Esa era Cate. Cortando a través de la paja para llegar al trigo. Parecía tomar el
revoltijo de emociones confusas dentro de él y dejarlas claras.

No había terminado:- Sospecho que esto podría tener tanto que ver con la cesta
de ofrendas del padre Roland y las piedras de la tumba de vuestro padre como lo
hace con vuestras habilidades.

Tomar una vida -cualquier vida-, no es fácil, incluso cuando es merecido. Teníais
razón en eso -

ojalá pudiera haberle ahorrado ese conocimiento-. No estar avergonzado de


tomar una vida no es nada de lo que avergonzarse. Sólo aseguraos que cuando lo
hagáis, sea necesario. Y lo que hacéis es necesario... Sé que lo sabéis. Sólo tenéis
que recordarlo. Mi padre os necesita, Gregor.

Le tomó la mano y le llevó sus delicados dedos a la boca. Una parte de la


opresión que le apretaba en el pecho se relajó cuando no la apartó, pero le
permitió presionar sus labios en sus dedos.

-Pero os necesito. Nada de eso significa nada sin vos. Durante tanto tiempo, he
estado luchando contra la imagen de alguien de quien soy que perdí de vista al
hombre que quería ser. Me recordasteis quién soy. Quiero que podáis contar
conmigo, Cate. Quiero que mi clan cuente 255

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conmigo. Y quiero que nuestros hijos cuenten conmigo. Dadme vuestra


confianza, Cate, y juro que moriré antes de romperla de nuevo.

Podía ver la indecisión en sus ojos, la vacilación entre el anhelo y el miedo.


Quería confiar en él, pero estaba asustada. No podía culparla. Su pecho se tensó,
quemó, sabiendo cuánto daño le había hecho daño.

Pero fue el anhelo que rompió las últimas amarras de su restricción. No podía
ver esa frágil súplica de esperanza y amor en sus ojos -esa ternura que temía que
nunca volvería a aparecer-, y no responder.

La besó. Era un beso diferente al que había dado a una mujer antes. Fue un beso
para destruir toda indecisión y todo miedo. Fue un beso para cortejar, un beso
para persuadir, y un beso para convencer.

Era un beso que no permitía ningún espacio para la protesta o la discusión. Con
cada suave caricia de su boca, con cada largo golpe de su lengua, con cada
gemido y barrido de su pulgar en su mejilla, él le dijo cuánto la amaba y cuánto
significaba para él.

Tenía que creerlo.

Las rodillas de Cate se debilitaron cuando la besó. Todo lo demás se debilitó


también con el suave ataque de su boca y lengua. Su resistencia se derritió bajo
el calor de su amor.

La amaba. No fue sólo palabras o un beso lo que la convenció. Fue todo lo que
hizo. Fue la forma en que la miraba cuando entraba por primera vez en una
habitación. Era la forma en que se había obligado a permanecer a un lado
durante un mes, mientras disfrutaba de algunos de los beneficios que podrían
haber sido suyos por nacimiento si la tragedia no hubiese intervino. Era en su
apariencia oculta y en esa ridícula nariz rota.
De repente, recordando lo que había dicho, se echó hacia atrás:- ¿Qué queréis
decir con que queréis que vuestro clan cuente con vos?

-Podría no haber nacido para ser el laird, pero lo soy, y es hora de que comience
a actuar como tal.

Hice que John me sustituyese en Galloway. No hay razón para que no pueda
volver a hacerlo.

Cate se alegró por John, sabiendo lo ansioso que había estado de volver a la
batalla:- Pero no todo el tiempo, Gregor. Os necesitan -no dijo nada-. ¿No
queréis ser un Fantasma más? -preguntó.

-Por supuesto, pero tengo una responsabilidad.

Sabía que eso era sólo una parte de lo que pesaba sobre él. Todavía no lo había
convencido completamente de que no había nada malo en él, que descansar y la
comprensión de que no necesitaba ser perfecto no lo curaría, pero lo haría. Tenía
muchas faltas, y estaría encantada de recordarle cada vez que lo necesitara.

-Sí, pero ¿no creéis que hay una manera de hacer ambas cosas? ¿Tal vez
podríamos llegar a un acuerdo?

Sus ojos sostuvieron los suyos:- ¿Y nosotros? -le acarició la mejilla con la parte
de atrás de su 256

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dedo:- ¿Eso significa que me daréis otra oportunidad?

Alzó una ceja:- Creo que todavía tengo dos días más en mi prometido mes.
Odiaría perderlos cuando el señor Thomas me ha preguntado...

No llegó a terminar. La cortó con una maldición muy poco halagadora sobre su
primo y la levantó contra él. La sensación de su cuerpo presionado contra el
suyo era a la vez familiar y nueva, y como siempre, la hizo jadear del shock.

Esta vez cuando la besó, la besó con fuerza. Posesivamente. Y muy, muy a
fondo. No le dejaba duda de lo que quería hacer con ella y todos los placeres que
la esperaban en su cama matrimonial.

Cuando se alejó mucho tiempo después, ambos respiraban con dificultad y a un


minuto de experimentar esos placeres contra una pared del arsenal.

-¿He dicho un mes? -preguntó con voz ronca-. Me refería a veintinueve días.
Una noche más como anoche, y llamaré a St. Kilda mi casa.

Cate se rio:- ¿Eso es con lo que os amenazó mi padre? Me pregunté -su


expresión se volvió seria-.

Pero gracias, Gregor. Veinte y nueve días o un mes, lo que hicisteis... -lo miró-.
No sabéis lo mucho que significa para mí.

Barrió un mechón de pelo que se había enredado en sus pestañas por su beso
detrás de su oreja.

-Creo sí. Cate, sois especial, y merecíais mucho más que un mes. Ojalá pudiera
daros todo lo que os perdisteis.

-Creo que habéis hecho un buen comienzo.

Se turbó un momento:- ¿Estáis segura, Cate? Dios sabe que es egoísta de mí


pediros que me deis otra oportunidad después de lo que ha pasado. Casi pierdo la
cabeza cuando descubrí que os habían llevado. Podrían intentarlo de nuevo,
usaros para llegar a mí y a los demás. Juro que haré todo lo que pueda para
protegeros, pero estar conmigo conlleva un riesgo.

-Soy la hija de Robert de Bruce, Gregor. Voy a estar en riesgo con o sin vos, y
me gustan más mis probabilidades –sonrió-, Cuando no pueda defenderme, no
hay nadie con quien quiera contar más.

Podía ver que sus palabras significaban algo para él.

-Lo habéis demostrado con lo que hicisteis para salvar al rey. Estoy orgulloso de
vos, Cate.

Sonrió, ampliamente. Su alabanza significaba más para ella de lo que podía


saber.
-También estoy orgullosa de mí. Supongo que toda esa suciedad que me hicisteis
comer ese día valió la pena.

Rio, y luego le dio una sonrisa críptica:- Os dije que quería que nuestros hijos
contaran conmigo.

¿No tenéis curiosidad de saber a qué me refiero?

Puso los ojos en blanco:- Supuse que ya ibais a anticipar a todos esos hijos.

257

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Le sonrió de nuevo:- No exactamente. Me temo que me estaba refiriendo a algo


un poco más inmediato que eso.

Le tomó un momento comprender lo que quería decir. La sangre se le escurrió de


la cara. Le miró sin decir palabra, sin querer decir las palabras que podrían
aplastar su esperanza.

-Están esperando por vos, por nosotros, en Roro, mi amor.

Había traído a los niños de vuelta:- ¿Pero cómo? ¿Y sus familiares?

-Serán parte de sus vidas si quieren, pero les convencí de que pertenecen a
nosotros. Les disteis una casa, Cate.

No podía creerlo:- Eddie... Maddy... ¿Todos ellos? ¿Incluso Pip?

Asintió:- Creo que ahora con mi nariz parecemos padre e hijo. ¿Qué pensáis?

Soltó un gemido y un sollozó y se lanzó de nuevo a sus brazos, solo dejándolo


abrazarle. La sensación de aquellos brazos fuertes alrededor de ella era como
nada más. No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que levantó la vista y se
enjugó las lágrimas de los ojos.

-¿Qué pasa? -preguntó.


Sacudió su cabeza:- Nada. Estoy tan feliz, no sé qué decir.

-Decidme que os casaréis conmigo. Decid que seréis mi esposa. Decidme que
seréis la madre de mis hijos, incluso los que no sabía que tenía enseguida.
Decidme que estaréis a mi lado durante el día, y dormiréis a mi lado por la
noche. Decidme que envejeceréis conmigo. Decidme que me amáis tanto como
yo a vos.

-Os amo. Y sí, sí, me casaré con vos -hizo una pausa, tirando de su labio inferior
entre sus dientes-.

Aunque estaba esperando un mes o dos de cortejo.

Cuando sonrió aquella sonrisa larga y lenta que curvaba su sensual boca y ponía
cada gota de verde en sus ojos brillando, el hombre más guapo de Escocia nunca
había parecido tan deslumbrante. Pero era ese otro brillo en su ojo -que prometía
otro tipo de deslumbramiento-, lo que la hizo temblar de anticipación.

-Eso depende del tipo de cortaje que tengáis en mente.

Retrocedió:- Una muy apropiada, por supuesto, bajo la mirada atenta de mi


padre -gimió.

-Cristo, eso es a lo que tenía miedo.

Arqueó una ceja:- ¿Creo que no estáis disfrutando del celibato?

-No cuando estoy cerca de vos. En este momento, no estoy disfrutando en


absoluto. Después de un mes o dos de esto, no va a ser bonito.

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Le dio unas palmaditas en la mejilla:- Pobre, Gregor. Creo que viviréis.

Capturó su mano en la suya grande y la llevó a su boca, presionando un cálido


beso en sus dedos:-
Lo haré, pero no será fácil.

Parecía tan doblado como su nariz. Deslizó sus brazos alrededor de su cuello y
se levantó en los dedos de los pies para presionar un beso en su boca
descontenta:- No os preocupéis. Creo que podríamos encontrar algunos
almacenes en Dunstaffnage.

Una sombra cruzó su rostro:- No he pedido disculpas por lo que dije, Cate.
Nunca debí haber dicho eso acerca de tomaros contra una pared. No lo dije en
serio...

Lo detuvo con una presión de sus dedos en su boca:- Lo sé. Y os dejaré


disculparos con el contenido de vuestro corazón más tarde, pero ahora mismo
será mejor que os apuréis si no queréis que alguien venga aquí y nos descubran.

Sus ojos se iluminaron como llamas verdes tan pronto como comprendió su
significado. Estaba claro por la rapidez con que comenzó a quitarse la ropa que
no iba a esperar a que cambiara de opinión.

Cuando ambos estuveron desnudos, deslizó la mirada hacia ella


apreciativamente y dejó escapar un silbido bajo.

-Demonios, cariño, si significa que podría atraparos para casaros conmigo más
rápido, no me importa quién entre. Tal vez deberíais llamar a John.

Por eso, se deslizó el tobillo detrás del suyo y lo empujó al suelo. Pero cuando se
cayó encima de él, no pareció importarle tanto.

Era un pícaro. Pero era su pícaro. Y cuando le hizo el amor ese día y cada día
después, nunca dejó que lo olvidara.

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Àriel x

Epílogo

Dunlyon, Roro, Perthshire, Tierras Altas de Escocia, Fin de Verano 1324


¡Yap, yap, yap, yap... yap!

El frenético ladrido a sus pies hizo que Cate empezara a reírse, a pesar de su
posición actual con la espalda contra la puerta y las piernas envueltas alrededor
de la cintura de su marido.

Gregor puso su frente en la de ella exhausta y juró:- Maldito perro. Asegura


mejores cosas a la lista de cosas que hacer en la nueva torre.

Habían comenzado el castillo de piedra unos años después de que Gregor


regresara a Roro permanentemente al final de la guerra -o en su mayoría,
permanentemente, ya que su padre todavía usaba sus -"Fantasmas" para
situaciones "delicadas" y pronto se acabarían. Cate había convencido a Gregor
para recoger su arco de nuevo y continuar la lucha por la corona de su padre,
aunque para menos misiones. Pasaba gran parte de su tiempo en Roro con ella,
pero cuando el rey lo necesitaba estaba listo.

Con las manos todavía ahuecando su trasero, poco a poco la alivió. Cate necesitó
un momento para encontrar sus pies, sus miembros débiles por la fuerza de su
liberación. Incluso después de casi doce años de matrimonio y el nacimiento de
cinco hijos. ¡Blasfemó! -para añadir a los cinco-"hijos de infierno" que habían
añadido a su gran cría, Gregor nunca parecía cansarse de querer sorprenderla en
los depósitos.

No es que se quejara. A los cuarenta y tres años, le quitaba el aliento aún más de
lo que lo hacía a los treinta y uno. Había tenido razón. La cicatriz en su nariz
sólo le añadía más a su atractivo, al igual que las líneas escarpadas de tiempo y
campos de batalla. Podría haber otros reclamantes del título, incluyendo algunos
cerca de casa, pero para ella siempre sería el hombre más guapo de Escocia.

Sacudió la cabeza, reajustando su vestido y su cabello, que apenas había sido


perturbado. Doce años de práctica -por no mencionar algunas preguntas
inocentes de los niños acerca de por qué las mejillas de mama estaban
enrojecidas y el cabello deshecho cada vez que iba a los almacenes-, les había
enseñado algo.

Sacudió su cabeza:- Creo que vais a tener un tiempo suficiente para explicar
todos esos almacenes extra como son -se rio-. Además, al menos Berry esperó a
que terminarais esta vez. El pobre está celoso. No le gusta cuando no le prestais
atención.
Gregor lanzó una mirada al perro:- Es una molestia, eso es lo que es.

Cate se inclinó y rascó la cabeza del terrier:- No le hagáis caso, Berry... os


quiere.

Berry era el nombre que Pip le había dado al pequeño cachorro todos esos años
atrás, cuando oyó hablar del fallido ataque en el Castillo de Berwick de Halcón.
No es de extrañar que, compartiendo 260

Mónica McCarty La Flecha

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el mismo sentido del humor, Pip y el marino se hubieran convertido en amigos


rápidamente. Mucho para la molestia de Gregor durante los siguientes años. De
hecho, fue Pip quien llegó a su nombre

"Pulverizador" por lo que había hecho a los corazones de las mujeres y al orgullo
de los hombres (es decir, al de Halcón, después de que aterrizó en su trasero de
nuevo en su revancha).

Gregor sonrió maliciosamente:- Es una buena cosa que la bestia azotada


esperara. Necesito otro hijo.

Cate no estaba tan fuera de la práctica que no podía echarlo en la parte trasera
cuando lo necesitaba, así que sabiamente se movió fuera de su alcance. No
pasaba tanto tiempo en el campo de práctica en estos días, pero cuando las niñas
la necesitaban ella estaría allí. Incluso a los catorce, Maddy podía defenderse si
era necesario. La jovencita podía parecer una porcelana en el exterior, pero era
dura. Tenía que estar con todos estos hombres.

-Ni siquiera os burléis de él. Acabo de terminar el destete de vuestro último hijo.
Os lo juro, Gregor, si no me dais una hija, ¡voy a poner una cerradura en nuestra
puerta! Maddy y yo habríamos tenido que mudarnos hace mucho tiempo sin
Beth y Jeannie -las dos niñas –hermanas entre sí- habían venido a vivir con ellas
hacía dos años después de la muerte de ambos padres por la fiebre.

-Vivir con todos estos muchachos es como vivir con un montón de cerdos
ruidosos. ¿Cómo es que cada uno de ellos ha nacido con la imposibilidad de
recoger la ropa del suelo?
Se encogió de hombros, sin molestarse en esconder su diversión:- La vida es un
misterio interminable.

-Misterio interminable mi... -se detuvo antes de que la palabra cayera de sus
labios-. ¡Si caigo enferma todo el camino a Scone será vuestra culpa!

Se puso serio:- Ah, demonios, Cate. No pensé en eso. Ojalá no sufrierais así cada
vez.

No había querido molestarlo: Estaba bromeando. No es tan malo. Sólo dura unos
meses. Además, al final vale la pena -sus ojos se llenaron de lágrimas cuando el
recuerdo de su madre se apoderó de ella. No parecía justo que su madre hubiera
luchado durante tanto tiempo por tener otro hijo, pero todo lo que Gregor tenía
que hacer era mirarla y Cate se encontraba en cinta. Pero sabía lo feliz que su
madre habría sido que estuviera rodeada de tanto amor.

Tenía más familia de la que había soñado, incluyendo a un nuevo, muy esperado
medio hermano, que era la razón de su viaje. Después de diez años como el
indiscutible rey de Escocia y la liberación de su reina de la cautividad, Robert de
Bruce finalmente tuvo a su hijo legítimo. David había llegado en marzo, y el rey
y la reina estaban planeando una celebración diferente a la que había tenido
lugar en Escocia durante años. El país -y el trono, con el nacimiento de David-,
era más fuerte de lo que había sido desde la muerte del rey Alejandro III.

Estaban tomando a toda la familia, incluso al bebé John. Por primera vez en
años, todos estarían juntos. Como lo había hecho Pip antes que él, Ruadh (había
renunciado a esa batalla de Eddie años atrás) estaba siendo promovido con
Arthur Campbell, y Pip había sido un caballero en el ejército de su padre durante
casi cinco años. ¿Quién habría creído que la urdimbre delgada y divertida podría
haber crecido para rivalizar con su padre con buena apariencia? Un pie de altura,
unas piedras de músculo y un rostro que crecía en la nariz hicieron de Pip un
rompecorazones. No le dolió que fuera uno de los mejores jinetes de Escocia y
muy hábil con una lanza lanzadora, gracias a su padre 261

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adoptivo.
También tenía un malvado sentido del humor, por lo que Gregor culpaba a
Halcón.

Una de sus cosas favoritas era presentar a su madre a las jóvenes que parecían no
poder dejarlo solo. Cate tenía que admitir que era divertido ver sus rostros
mientras miraban hacia adelante y hacia atrás entre ellos, tratando de no mostrar
su sorpresa. Mientras Pip crecía, parecían aún menos de seis años de diferencia.

Gregor debió de saber lo que estaba pensando. La miró con ternura, apartándose
un mechón de pelo de la frente:- Estoy seguro de que están tan ansiosos de veros
como vos.

-No puedo esperar. Será bueno ver a todos los Fantasmas otra vez, y sus
familias. Creo que la hija mayor de Arthur y Anna tiene sus ojos en Pip. No es
que parezca darse cuenta.

Gregor frunció el ceño:- La chica tiene sólo...

-Quince, y él veintisiete -levantó su ceja, atreviéndolo a decir cualquier cosa-.


¿Os suena familiar?

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