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Prosa Modernista

Página de Bernardo Couto Castillo

LA CANCIÓN DEL AJENJO


POEMAS LOCOS

A José Juan Tablada

Una noche, como mi espíritu estuviera nublado y mi corazón lleno de angustia y no encontrando –pues nunca
encontré la encontré– la calma que abatido y enfermo necesito, he aquí lo que escuché, brotando del vaso, donde
las gotas caían lentas y opalinas.
“Yo soy para ti, poeta, desheredado o afligido, la sesada ambrosía del olvido –del olvido donde se hunden los
dolores.
“Yo, la verde diosa de la quimera, yo, quien a tu mente, hoy oscurecida por el pesar, da los ensueños color de
rosa, los exotismos, los refinamientos de la ilusión. Yo puedo hacerte ver –como a Fausto el maravilloso espejo–
la mujer, que si tu destino fuera menos cruel, te amaría.
“¡Yo, perla de ópalo, caigo gota a gota, gota a gota con triste ritmo –algo del ritmo de una campana tocando a
funerales– y al hundirme en el fondo del vaso formo vapores azulados, nubes azuladas de donde surgen las
quimeras que la vida –duro fardo– jamás pudo darte!
“¡Yo soy la diosa verde de la quimera!
“¡Soy noble y compasiva, jamás abandono a quien me llama. Cráneos vacíos, cráneos sin ojos, que hoy ruedan
en el polvo de los osarios, cráneos que decirte pudieran de cuántos sueños los poblé! ¡Cadáveres existen que sin
mí, sacudidos estarían aún por alas poderosas y brutales, por las inflexibles alas del negro cuervo de la
desventura!
“¡Y también, cuando el inevitable momento al que a cada paso nos acercamos llega, a cuándo dio mi amargura
el valor para sentir y bien acoger a la Todopoderosa!
“¡Soy amarga, pero mi amargura endulza los espíritus de hiel, yo doy la dulzura del no sentir, del no pensar,
del no llorar.”
¡Entonces, mis ojos tantas noches abiertos por el insomnio, tantas quemados por la calentura, se entrecerraron;
y del fondo del vaso donde las gotas formaran al caer –al caer con ritmo pertinaz como mi desgracia– nubes
azuladas, destacándose del trono de ágata, brotaron extendiéndose alrededor por mí –feliz tropel– todas las
deidades de las que mi estrella sin brillo, me separó. Doncellas castas que me hubieran amado, cortesanas que
con sus caricias, corrompiéndome, divinificaran mis sentidos; vírgenes de voces puras que adormeciéndome
hubieran llevado flores, ángeles que me hubieran salvado. – Las visiones iban y volvían, circulaban alrededor
de mi cabeza, tristes las unas– con la tristeza de los destinos no cumplidos –riendo las otras, con risas guturales
y lascivas, con la pacífica sonrisa de la inocencia otras; y la visión iba, volvía, desarrollándose, como en el fondo
del vaso se desenrollaban las azuladas nubes, nubes de quimera, al brotar y desprenderse del trono de ópalo!
Y del fondo de mi conciencia, gritó una voz –¿fue una voz?– una voz como nunca más he oído, como nunca
más oiré, pues el espanto me helaría, una voz –¡oh, sí fue una voz!– la que gritó:
¡Insensato! Del fondo de ese vaso levántase irguiéndose y desenrollándose la verdosa serpiente del deseo –la
serpiente de los ojos de zafiro –la serpiente del deseo de lo imposible, porque tu destino, ¡para siempre te separó
de todas las venturas!
La visión se perdió; la negrura de mi espíritu fue mayor, mi tristeza más grande, porque había visto, lo que
nunca podré tener, lo que mi estrella no fuera tan opaca, hubiera sido mío.

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