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Peronismo y Literatura Argentina: de dónde venimos y hacia dónde podemos ir

Por Hernán Vanoli y Diego Vecino


Revista Kranear N°1. Enero 2011

Ampliación del campo de batalla

Ya que vamos a hablar de literatura, empecemos por agrandar la cancha. Existe una idea
de que lo literario son los textos, las relaciones entre los textos, las tradiciones literarias,
la historia de la literatura. Es la idea de que los textos se valen por sí mismos, y de que
la crítica literaria tiene que ser una crítica de los textos, y quizás sólo de una forma
mediada sobre las condiciones sociales en que fueron producidos y en que circulan. Es
la idea de que literatura son los textos y no la gente que el autor elige para presentar su
libro, las respuestas que da en entrevistas o sus prácticas cotidianas y su trabajo. De esta
manera, el lector o el escritor que sabe más gana, y el que sabe más y escribe “bien”
gana por partida doble, es la figura del partido, se lleva los flashes. La literatura como
una disciplina que combina la meritocracia del saber con el carisma del talento; algo
para pocos.

Esa es una idea sobre la literatura, respetable e ideológica, que tienen algunas personas
y que sostienen algunas venerables instituciones. Nosotros queremos que todos
escriban, que todos lean, discutan, inventen mundos y cambien su forma de estar en el
mundo, y por eso nos gustaría proponer una definición más amplia, un poco más
cercana a la vida.

Nos interesa una literatura y una crítica literaria que estén en tensión con la serie
política y social.

Por eso vamos a tirar una definición un poco de diccionario: la literatura es un conjunto
de prácticas sociales, modos de hacer, sensibilidades, que en base a un trabajo con el
lenguaje pero no limitándose al mismo, se vinculan con la narración de los procesos
políticos, prefigurando nuevos modos de experiencia social.
La literatura es una tecnología de la amistad que hibrida, mezcla cosas. Discursos con
papel, con personas, con lugares, con tecnologías, con geografías, con discusiones, con
cuerpos que sienten y que hacen política.

¿Qué quiere decir esto? En primer lugar, que no existe algo literario de por sí, sino que
todo depende de lo que las convenciones indican que es lo literario. Hay canciones,
actitudes, notas periodísticas, frases, diálogos, que pese a no haber sido concebidos y
ejecutados como literatura llegan a un tipo de belleza y a un tipo de relación con la
política y los procesos sociales que los convierte en literatura.

La literatura es una mirada, una forma de establecer vinculaciones entre cosas. Es cierto
que hay cosas que funcionan socialmente como literatura, y otras que no, pero esto es
un problema y un límite para la literatura y no su definición. Cortázar, por ejemplo, era
un escritor, y Ricky Espinosa, el de Flema, era un cantante punk. ¿Pero estamos
seguros? ¿No podemos leer la vida de Ricky Espinosa, o la de Gilda, o la del Loco
Houseman, como literatura? ¿No tenían ellos un trabajo especial con el lenguaje? ¿Sus
historias no nos sirven para armar otras historias?

Estas preguntas son claves y definen todo un horizonte práctico para la literatura. Por
eso, nos interesa que lo literario no se limita a la lectura y a la escritura, sino a todo lo
que pasa alrededor. La definición de lo literario es un campo de batalla, y también una
lucha de clases. Esto hace que se construyan modelos de escritores y formas de relación
entre los escritores y la sociedad.

Imaginemos que el campo literario es un espacio de posiciones configurado a lo largo


de la historia. Imaginémoslo no porque asi es más fácil, sino porque de hecho funciona
así. Los que participan luchan entre sí por acumular legitimidad y recompensas
simbólicas. O sea, quieren ser prestigiosos, que la gente los lea y los quiera, compartir
sus experiencias. Y, también, luchan por imponer proyectos políticos que se vinculan a
las relaciones que una sociedad establece con la cultura. No significa que se lo planteen
así, porque nadie escribe un libro pensando en imponer como legítima una forma de
vincularse a la cultura y a la política, pero sí con convicciones y desde una sensibilidad
propia: la historia opera sobre todos. De maneras diferentes de acuerdo a las
posibilidades y a las trayectorias personales de cada uno; en qué barrio naciste, a qué
colegio fuiste, a qué se dedicaban tus viejos, qué música te gusta. El campo literario
condensa esas sensibilidades y formas de estar en el mundo.
La organización del campo, entonces, determina a las obras literarias. No de una manera
mecánica –siempre hay una especie de “plus” de las obras, que se vincula a la
creatividad humana- pero sí de una manera efectiva. También conforma las maneras en
las que leemos. Toda literatura es política no por una cuestión lingüística, sino porque
imagina una relación entre los individuos y el Estado, la sociedad, los discursos que
circulan, las condiciones tecnológicas que habilitan la propagación de ideas. Y también
porque interviene, en formas más o menos conscientes, en la historia de ese campo.

Por todo lo dicho, la primera misión del peronismo literario hoy es clarificar la historia
de ese campo, y aumentar la conciencia de los que escriben en relación a las luchas de
poder que se producen en su interior.

Un poco de historia

Teniendo esto en claro podemos decir algunas cosas. Y a riesgo de perder platea,
necesitamos ponernos un poco más teóricos.

En la Argentina, el campo literario fue generalmente conservador, y lo sigue siendo. Sus


recompensas simbólicas, sus parámetros de valor y sus itinerarios de circulación
funcionaron siempre como mecanismos de distinción al interior de las clases medias,
que hoy están muy fragmentadas y redefiniendo sus identidades.

La tonalidad emotiva de los que desde mediados del siglo XX hasta la actualidad
ocuparon posiciones dominantes en el campo literario fue la de un liberalismo de
izquierda. En este contexto, el peronismo funcionó y sigue funcionando como un hecho
maldito, difícil de procesar. Aunque fue el peronismo el que otorgó a estas clases
ascendentes la posibilidad de un acceso irrestricto a la universidad pública y gratuita, la
sensibilidad de la gran mayoría de los escritores, críticos y docentes de literatura es
gorila. La figura de Borges, y su lugar aún dominante en el canon argentino
contemporáneo, funciona como un claro síntoma de esto.

El segundo nacionalismo cultural intentó ir en contra de esta tendencia. Al que le


interese esta cuestión, le recomendamos especialmente Imperialismo y Cultura, de Juan
José Hernández Arregui. Rodolfo Walsh, pese a ciertas lecturas retrospectivas, también
intentó realizar esta operación, fundiendo su actividad literaria con la militancia.
Es cierto que hubo intentos, en la historia argentina, de democratizar la mirada que
otorga la cultura literaria. Estos intentos nunca funcionaron de manera individual sino
colectiva, y siempre trataron de ampliar la cantidad de lectores y de democratizar las
herramientas de lectura. Las llamadas “editoriales pioneras” (Claridad, Tor, Babel) que
operaron con mayor fuerza entre las décadas de 1920 y 1930 hicieron esfuerzos en este
sentido, al interior de una cultura inmigrante y de izquierda. Son un ejemplo, como las
bibliotecas populares anarquistas. Antes, los folletines, que nunca fueron reconocidos
como literatura por las elites del momento. Otro ejemplo fue el proyecto de EUDEBA,
nacido en el desarrollismo (1958) y clausurado por Onganía después de la represión
universitaria de la noche de los bastones largos. Y, especialmente, el Centro Editor de
América Latina, que trató de continuar con la idea de EUDEBA de una universidad para
las masas, durante la dictadura y hasta el retorno de la democracia.

El caso del CEAL es muy importante porque fue además de un refugio durante la
dictadura fue un laboratorio de producción intelectual y literaria que contó la historia de
nuestra literatura, la ordenó y modernizó muchas cuestiones, a través de un sistema de
producción (fascículos, libros baratos, antologías) y de distribución (kioscos de revistas)
orientado a un rango lo más amplio posible de lectores.

Algunos piensan que, en realidad, sus compradores eran principalmente docentes,


educadores y universitarios, y que por eso su llegada a las masas no fue tan amplia, ya
que se limitaba a producir libros y arrojarlos al mercado, sin generar relaciones sociales
de base que permitieran la apropiación de esos materiales. Puede ser. Pero lo que nos
interesa destacar del proyecto del CEAL son algunas paradojas. Por un lado, permitió la
entrada a la historia literaria, y al discurso intelectual, de muchos materiales y autores
que hasta el momento eran generalmente relegados por falta de legitimidad. A través del
trabajo de críticos como Jorge B. Rivera, Aníbal Ford y Eduardo Romano, las culturas
populares –y el peronismo- fueron incorporados como problemas para los estudios
literarios, aunque muchas veces en posiciones subordinadas o nostálgicas. En
contraposición, los intelectuales que ocuparon posiciones dominantes en el proyecto, a
través de una importante modernización teórica vinculada a la sociología de la cultura,
mantuvieron una posición legitimista y antiperonista, reticente además a pensar las
particularidades argentinas en el contexto latinoamericano.

El órgano de expresión de esta fracción del campo literario fue la revista Punto de Vista,
y su integrante más visible fue Beatriz Sarlo. En la década del ochenta, Punto de Vista
reunió a un conjunto de intelectuales también vinculados al Club de Cultura Socialista y
al llamado Grupo Esmeralda. Pese a la heterogeneidad de esta formación intelectual,
hay algunos elementos que los unen y poseen una fuerte impronta generacional: la
condena a la lucha armada como modo de transformación de la sociedad, una actitud
entre autocrítica y culpógena en relación a la violencia política de los setentas, la
adopción de la socialdemocracia de mercado como proyecto político para la Argentina a
tono con la modernización de las derechas en todo el mundo, el apoyo al sistema
republicano de representación, el antiperonismo y la invisibilización de las culturas
populares como polos positivos de producción cultural. Con complejidades, funcionaron
como usina intelectual del alfonsinismo, al cual terminaron abandonando en los años de
debacle, refugiandose tras los altos muros de la burocracia académica, dentro de la cual
ocuparon las posiciones centrales a fuerza de haberla reconstruido con vocación por
esos años.

Los ochentas y la reconstrucción de la cultura democrática

En los ochentas, la literatura conservaba aún un prestigio social públicamente relevante.


Su autonomía en relación el campo político era baja y la pregunta que atravesaba al
campo literario se vinculaba a las maneras de reconstruir una cultura democrática y de
procesar la experiencia social de la dictadura. Cómo narrar el horror, el exilio, la
represión, y como imaginar nuevas formas de cultura política.

Diciéndolo de manera esquemática, desde una perspectiva estética dos sensibilidades


diagramaron la arquitectura del campo literario. Sus ejes, simplificando otra vez, fueron
experimentación vanguardista versus populismo. Del lado de la experimentación, un
autor emblemático y canonizado en Punto de Vista y en la facultad de Filosofia y Letras
de la UBA fue Juan José Saer. Un escritor contemplativo, poético, exiliado en Francia
y propuesto por el mandarinazgo literario como lectura iniciática. Del otro, un autor
como Osvaldo Soriano, peronista y con éxito de venta en el mercado, fue acusado por la
crítica legítima de populista de mercado. Por una cuestión de lugar, no podemos
analizar las virtudes y falencias de cada uno de estos proyectos literarios mirados desde
el presente, pero el debate sigue abierto.
Esta oposición, la de populismo versus vanguardia y experimentación con el lenguaje,
no era monolítica sino que albergaba diferentes pliegues. Más allá de Saer, al interior de
la cultura literaria académica se establecía también un arco de tensiones entre los
proyectos literarios de tres escritores importantes. Ricardo Piglia, en este sentido y más
allá de la canonización de Saer, en la práctica ocupa un lugar dominante en el campo
literario de la década del 80. Su novela Respiración Artificial, y muy especialmente sus
ensayos reunidos en el volumen Crítica y Ficción, confirman un modelo de escritor –el
escritor-intelectual- y releen la tradición literaria argentina de un modo que ya es
canónico. Piglia realiza la doble operación de escribir y de preparar las condiciones de
recepción de su obra, en un momento histórico en que la figura de intelectual faro está
en declive.

Otro proyecto que empieza a conformarse es el de César Aira. En oposición a Piglia, la


figura revindicada por Aira es la del escritor–artista conceptual, opuesta a la del
escritor-profesor. En cierta medida, Aira anticipa el clima estético-moral del
neoliberalismo en la Argentina, con sus elementos modernizadores y con su innegable
contenido antipopular. Ema La Cautiva es, quizás, una de sus obras más importantes.

Finalmente, Rodolfo Fogwill, sociólogo y publicista, se presenta como un tercer


modelo. Ligado a lo que podría pensarse como un realismo intervenido o enrarecido,
Fogwill se construye como un francotirador opuesto al sentido común del progresismo
que posee el monopolio simbólico de la cultura literaria. Esta relación, desde luego,
tiene sus oscilaciones. En realidad, Fogwill rinde tributo a la cultura literaria legítima y
a su obsesión por cuestiones lingüísticas y formales, aunque al mismo tiempo despliega
una sensibilidad hacia lo político-social mucho más fina. Entre el ataque a las
instituciones y sus ansias de legitimidad, no podemos dejar de mencionar a Los
Pichiciegos, La Experiencia Sensible y Vivir Afuera.

De este modo, la gran mayoría de los escritores, críticos y académicos que


mencionamos se caracterizan por su antiperonismo. Ninguno de ellos funciona como
agente democratizador de la cultura literaria. A su vez, desde distintos lugares, preparan
el clima para lo que significó el gobierno de Carlos Saúl Menem y le implementación
del neoliberalismo en nuestro país. Pero, antes de concentrarnos en la década del
noventa, queremos destacar ciertas constantes que, también, atravesaron a los
intelectuales vinculados al peronismo.
El campo intelectual peronista, por llamarlo de alguna manera, se hallaba escindido
entre lo que, más allá de la reivindicación explícita, podría pensarse como un populismo
mediático y un populismo de torre de marfil. El primero, incorpora en sus narraciones y
en su estilo de vida sintaxis, tonos y elementos del periodismo, el cine y la cultura de
masas para producir narraciones de alto contenido identificatorio y cierto
antiintelectualismo militante. Sus representantes más salientes son Soriano, como
dijimos, y también Roberto Fontanarrosa. El segundo, se nutre de los mismos materiales
y comparte las mismas creencias que el academicismo liberal–socialdemócrata, aunque
las hace funcionar, en virtud de su peronismo, de maneras diferentes. Su relación con
los medios masivos, y con cualquier otro discurso no valorado por la cultura legítima, es
de rechazo, a tono con el pensamiento conformado en la década del cincuenta por la
escuela de Frankfurt, según el cual las industrias culturales y las tecnologías de la
información funcionan produciendo bienes estandarizados y serializados para su
consumo masivo e irracional, que asegure la dominación simbólica de las clases
dominantes. Esto no significa que no puedan leer otras superficies de intervención
(como los blogs o el programa de Tinelli, por poner ejemplos contemporáneos), sino
que cuando lo hagan, será bajo la actitud de valorización o sanción, es decir, dándole el
visto bueno como elemento potencialmente incorporable a la Gran Tradición
Intelectual, o rechazándolo. Este populismo de torre de marfil revindica el ensayo como
género y la figura del intelectual trágico (de Arlt a Barón Biza), y su representante de
mayor visibilidad pública es Horacio González. Funciona, también, como complemento
ideal y necesario para el proyecto académico y socialmente triunfante en el campo
literario.

Desde los noventas y hacia el kirchnerismo

Así como en la décadas del cuarenta y el cincuenta, y hasta el boom de la literatura


latinoamericana, el ensayo y el género policial se presentaban como dos modos potentes
para salir y entrar en “lo literario”, los noventas parecen haber sido la década de la
poesía. Este auge, y el surgimiento de importantes poetas peronistas como Alejandro
Rubio o Rodolfo Edwards, puede leerse desde la historia y desde algunas
transformaciones en la cultura literaria.
De un lado, tenemos importantes tradiciones de excelentes poetas argentinos desde los
sesentas, con la figura de Leónidas Lamborghini como ejemplo. De otro, un repertorio
de acción militante y de creación de circuitos sociales conformado en la misma época
alrededor de la editorial La Rosa Blindada y la figura de José Luis Mangieri, que siguió
funcionando subterráneamente en la dictadura. En tercer lugar, las reconfiguraciones del
mercado literario a nivel mundial (su transnacionalización), las nuevas tecnologías de
impresión y, para fines de los noventas, la siempre relativa masificación de las
superficies de publicación virtual. También, hubo proyectos que contribuyeron a la
ampliación de las condiciones de lectura, como el Diario de Poesía.

El resultado de todo esto fue una escena de gran vitalidad que, más allá de las
discusiones de pago chico (lírica, barroco, objetivismo), produjo una serie de obras
singulares, de gran calidad –algunas de ellas enmarcadas en la llamada “poesía de los
noventa”-, y, lo más importante, prefiguró relaciones sociales y relaciones con la
técnica. La poesía fue especialmente sensible para materializar nuevos circuitos de
circulación, nuevas formas de lectura, y también para introducir importantes cambios
sociales que se estaban produciendo en el país (desmantelamiento del aparato
productivo, nuevas migraciones, derrota de los proyectos de integración social, apogeo
de la cultura visual). Se hizo actual, inmediata y proliferante, circuló, generó sus propios
lectores y habló de la política de modos mucho más inteligentes que la narrativa del
período. Pequeñas editoriales casi artesanales, como Ediciones del Diego o Siesta,
fueron portavoces de una generación que se proponía modernizar al campo y que,
también, preanunció formas de sociabilidad que tuvieron una relativa expansión al calor
de los acontecimientos de 2001.

Sin embargo, esta sensibilidad no dejó de acarrear muchos componentes regresivos y


elitistas. En honor a la brevedad, vamos a conformarnos con mencionar tres: la
conversión de la militancia política en militancia específicamente literaria, la
glorificación romántica de la figura del escritor-marginal, triste y solitario, y la carencia
de un proyecto político-cultural a largo plazo. Esta retirada de lo público funcionó como
el anverso del éxito editorial de otros géneros, como la investigación periodística o la
novela histórica, que de una manera simplista y culturalmente derrotada lograron
interpelar a grandes masas de lectores. Los “poetas de los noventas”, entonces, fueron
dignos hijos de su época.
Por el lado de la narrativa, hubo una oposición tibia entre dos formaciones de escritores,
ambas extranjerizantes y, en general, antipopulares, que duplicó la oposición que para el
período se daba en diferentes naciones del capitalismo global. Una de ellas, organizada
en torno a la Revista Babel, intentaba construir una literatura vinculada al arte por el
arte, que incorporase –algo tardíamente- las herramientas teóricas del post-
estructuralismo francés, y cuyo público ideal eran estudiantes de humanidades,
profesionalizados en la lectura. Esta vertiente se vanagloriaba de un desprecio hacia los
lectores. La otra, nucleada en las páginas literarias de Página/12, intentó al menos
incorporar elementos de la cultura del rock y de la tradición norteamericana, de por sí
más plebeya que la francesa. Falló, sin embargo, por su frivolidad, su incapacidad de
insertarse en relaciones sociales que superasen la hegemonía mediática, su
incomprensión de lo político y su elitismo travestido en modernidad. Los “planetarios”
–así se los llamaba porque publicaban en la multinacional española Planeta- vivieron
pensando que su tiempo era el Estados Unidos de la década del ochenta, en una fantasía
primermundista, intragable y pueril.

Por una democratización radical de la literatura

En literatura, el cierre de la década del noventa podría pensarse en varios niveles. La


publicación de una novela como Las Islas de Carlos Gamerro en 1998, en una pequeña
editorial como Simurg, y la transnacionalización casi total de la industria editorial
argentina para el mismo momento –con un importante delay en relación a la
privatización y venta general del patrimonio nacional, podrían colocarse en un extremo.
La apertura del sitio www.poesía.com, la muerte de Ricky Espinosa, la separación de
Patricio Rey y sus Rendonditos de Ricota, y el cierre de la Revista Punto de Vista
podrían colocarse en otro. Se trataría, en cualquier caso, de un mapa caprichoso y
zigzagueante.

Lo cierto, sin embargo, es que el estallido social de diciembre de 2001 como momento
de cristalización de un repertorio de acción social diseminado tranversalmente y
distribuido desigualmente, y como agotamiento de un modelo de acumulación
económica, reorganiza muchas de las relaciones entre cultura literaria y política. Si,
salvo algunas excepciones, el momento instituyente que se vivió en 2001 no pudo ser
asimilado por la literatura –y aún queda por discutirse hasta qué punto se elaboraron
versiones complejas sobre los noventas-, el kirchnerismo también parece estar
esperando narraciones sociales que permitan vincularlo a la experiencia social, con sus
contradicciones y sus innegables logros.

La politización discursiva de la sociedad propugnada por el kirchnerismo, sus


conquistas en el plano de los derechos humanos, y su voluntad de transformación del
modelo de integración social, ampliaron el horizonte de lo reclamable a la cultura
literaria. Nuevas preguntas, y nuevas tensiones se plantean en un escenario donde lo
viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. ¿Cómo escribir, entonces, en
una sociedad convulsionada, con un sistema democrático medianamente estable, y con
una cultura política en permanente estado de reconstrucción y de cuestionamiento?
¿Cómo puede la literatura asimilar en un mismo movimiento la implosión de la
industria editorial y la nueva configuración de clases que resulta del nuevo modelo de
acumulación? ¿Qué formas de violencia social son representadas y qué formas se sub-
representan? ¿Qué ocurrió con la división fundante de la cultura argentina, aquella que
enfrentaba civilización con barbarie? ¿Qué nuevas relaciones pueden pensarse entre
escritura, política y memoria?

Estas preguntas, y muchas otras que podrían formularse, quedan aún abiertas. Más allá
de eso, queremos remarcar dos cuestiones. La cultura digital, si bien es apropiada
desigualmente, representa una ampliación exponencial de la base de literaturas que se
escriben, y la división entre papel y pantalla se hace cada vez más insostenible, aunque
siga funcionando como mecanismo de legitimación. Lo digital amplió los márgenes de
lo escribible, y democratizó las herramientas de producción literaria al facilitar la
publicación, ya que algo que no se publica no existe socialmente como literatura. La
proliferación de blogs de escritura, personales o políticos, de revistas culturales en
Internet, muestran una enorme complejización en el campo de producción literaria. Las
jerarquías, de más está aclararlo, siguen existiendo en la medida que siguen existiendo
las antiguas instancias de legitimación, pero su constitución es mucho más porosa. En
palabras de la crítica Josefina Ludmer, el nuevo régimen de producción y circulación de
discursos nos coloca frente a una nueva etapa, signada por la post-autonomía de lo
literario. Lo literario no pasa por la cualidad intrínseca de los textos ni por la valoración
desplegada en instituciones estables, sino por la generación de instrumentos de lectura y
su eficacia social en tanto dispositivos de realidad-ficción.
Por otra parte, una conquista como la Ley de Servicios Audiovisuales, si bien
desconocemos cómo funcionará en la práctica, se inscribe en esa misma tendencia: la de
la democratización de los medios de producción de discursos, a través de las fronteras
de los intereses del poder económico concentrado. En este contexto, podría decirse que
mientras que la cultura literaria estuvo sólo parcialmente a la altura de las implicancias
políticas del kirchnerismo ya que no pudo construir dispositivos ni herramientas de
lectura que contribuyeran a ampliar sus potencialidades, por el momento, y pese a sus
intentos, el kirchnerismo tampoco tuvo muy en cuenta la necesidad de conformación de
un proyecto cultural que ampliase los alcances y las potencialidades políticas de la
cultura literaria.

Se trata de la ambivalencia que caracteriza a todo proceso político, y de las necesidades


de una integración virtuosa donde la cultura literaria y la educación popular se
potencien para generar nuevas formas de subjetividad. Desde el inicio de la modernidad,
la promesa de liberación de la cultura literaria implicó la democratización masiva de
herramientas estéticas, políticas y morales para vivenciar y transformar el mundo, por
encima y a través de todo el resto de las actividades humanas. Con sus limitaciones,
pero también desde un lugar privilegiado, la literatura elabora y potencia las formas
sociales para la construcción de la libertad y la justicia social.

No se trata, entonces, de formar lectores híper entrenados o eruditos, ni sacerdotes de la


tradición. Más bien, el desafío es elaborar formas participativas de construcción de
instrumentos de lectura social capaces de movilizar objetos, afectos y estructuras. Para
ello, como señalamos, el primer objetivo es una pedagogía racional y desmitificante al
interior de la cultura literaria. El peronismo, desde siempre, apostó a transformar los
campos de producción restringida en campos de producción amplios, horizontales,
basistas, nacionales y populares a través de una intervención estatal consciente y
programática: una democratización radical de la literatura que sólo puede lograrse por
medio de la democratización de las tecnologías de producción y circulación de lo
escrito, tanto en su faceta material como en términos de instrumentos de lectura.

Esos fueron sus desafíos de ayer y son, más que nunca, los de nuestro presente.