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Evelyn Varney (nacida Bach), una mujer singular.

Autor: Eduardo H. Grecco y Amparo Treig


email: eduardohgrecco@gmail.com
Queridos todos:

Vamos a hacer un alto en Water Violet para compartirles un trozo de la vida de la hija del
Dr. Bach, una mujer muy especial.

Eduardo.

“Entrevistador: ¿Se encuentra cómoda?”


Evelyn: Si, sí, tu solo pregúntame lo que piensas y no esperes que sea o haga algo que no
soy. Solo voy a responder directamente.”

Así encara la entrevista Evelyn. Una entrevista que le realizaron en mayo de 1994 y que su
familia nos ha cedido generosamente para que sea ella misma quien nos narre y transmita
su esencia. Y es que no podía ser de otro modo porque así era Evelyn. Porque así ES su
alma.

Hija de padres poco comunes para su época, Evelyn fue una persona preparada por la vida
para nunca bajar los brazos ante las adversidades. De manos generosas siempre abiertas
para ayudar, líder en su círculo cercano, poseedora de un temperamento intenso, un decir
directo y contundente, y un espíritu cuestionador y emprendedor, ella merece ser recordada
por sí misma y no a través de quien fuera su padre.

Edward Bach tuvo dos hijas: Evelyn y la Terapia Floral y, en ambas, se refleja mucho de lo
que él fue. Pero no se trata aquí de saber más de Bach gracias a conocer a su hija biológica.
Por el contrario, la intención que nos alienta es hablar de quién fue Evelyn Varney por
ninguna otra razón más que por ella misma.

Hemos tratado de construir su imagen desde un lugar muy amoroso a partir de su propia
voz y la de su familia. Y es que, por un misterioso motivo que nos cuesta poner en palabras,
hemos terminado enamorándonos de su persona y de su historia.

En la primera parte de este artículo, vamos a presentar el “genio y figura” de Evelyn y, en


la segunda, dentro de unos días, relataremos una cronología de su vida con varios
comentarios aclaratorios sobre los hechos y lugares que se mencionan.

Evelyn en la mirada de su nieta Caroline:


“A mi abuela le encantaba estar ocupada. Cuando éramos niñas mi hermana y yo, nos enseñó
a pintar con acuarelas, nos invitaba a cocinar, nos llevaba en el bus a hacer las compras, le
ayudábamos en el jardín y entregábamos la revista de la iglesia (aun y cuando, ella era atea
por estas fechas).

Ella era muy sociable y tenía un montón de amigos a los que visitaba. Le fascinaba jugar al
bingo y organizaba un encuentro semanal de “Whist Drive” (una suerte de juego de cartas
muy común en Gran Bretaña, originario del S. XVII)

La veíamos a veces entre semana y, siempre, los domingos, muchos de los cuales, venía con
nosotros a la playa. También pasaba las vacaciones con nosotros.

Tenía un carácter fuerte; le gustaba decir las cosas claras y directas. Como era de esperar,
esto causaba a veces ofensa y desconcierto en los demás. Más allá de esto, le gustaba mucho
ayudar a todo el mundo

No manifestaba fácilmente sus emociones; lo que sí hacía era demostrar cuando no estaba
contenta con algo o con alguien. No era una persona que llorara con facilidad; más bien
parecía dura en esto. Una vez le dijo a mi padre Richard (su hijo), que guardara compostura,
cuando derramó alguna lágrima en el funeral de la abuela Kitty.

Tengo la impresión, de que ella aprendió a suprimir su tristeza. Tal vez, en el internado era
muy duro mostrar las emociones frente a las otras chicas. También creo que debió sentirse
abandonada por sus padres y aprendió a no mostrar su preocupación o molestia por esta
circunstancia.

Cuando Clifford, su esposo, murió, el doctor le dijo que más valdría que se recompusiera,
porque tenía dos hijos a los cuales cuidar. Nunca habló mucho de su marido, pero en su
casa, siempre mantuvo la fotografía de bodas, además de llevar una fotografía de él con
uniforme.

Mi abuela era una ávida lectora, ella coleccionó todos los libros de Agatha Christie y amó la
ficción criminal, leyendo fácilmente alrededor de 6 libros a la semana de su biblioteca local.
Manejaba los periódicos a diario y se mantenía al día con las noticias y el deporte. Era una
espectadora ruidosa y estaba fascinada por el tenis de Wimbledon, el rugby, la regata y el
Grand National. La comida desempeñó un papel importante en su vida. Incluso cuando vivía
sola, preparaba la mesa y servía una comida para ella. Siempre desayunaba, a menudo, un
desayuno con jamón, salchichas o champiñones y, a menudo, tostadas y mermelada más
una taza de té. Mi abuela siempre tenía el armario de ropa lleno y muy ordenado y mirando
hacia atrás en la historia era un símbolo de una buena familia.

Ella supo solamente del trabajo de su padre por un programa de la TV a mediados de los
años 80. Al instante reconoció al hombre del que estaban hablando como su padre y se
sorprendió por el desarrollo de su trabajo y el interés que la gente tenía en él. Durante los
últimos 7 o 10 años de su vida, mientras convivía con la demencia, todavía escribía en sus
diarios y cuadernos. A veces sentíamos que había vuelto en su mente a sus días de escuela
y, en algunas ocasiones, la oíamos preguntar dónde estaba su padre o lo que su madre
estaba haciendo…….”
Trozos de un diario.
Evelyn escribió un diario sobre su vida que aún no se ha publicado y que esperamos hacerlo
pronto. De sus páginas hemos extraído algunos párrafos que nos parece importantes
compartir para que se pueda visualizar el perfil de Evelyn con mayor nitidez.

“El primer recuerdo vívido que tengo es el de la casa de padre en Birmingham: una casa
bastante grande, austera y vieja, en Moseley; tenían unas cortinas pesadas de terciopelo de
color rojo oscuro que no dejaban pasar la luz, unos muebles oscuros, incómodos y
relucientes, y siempre había un silencio sepulcral por todos los rincones. Sus padres eran
unos baptistas muy estrictos, una gente muy pulcra, y tuvieron tres hijos: Edward, mi padre,
Charles, que acabó siendo abogado, y Edith. Fueron educados para seguir las normas e
incluso sus amigos se tenían que comportar excepcionalmente bien en esa casa.”

“De Edward, mi padre, el hijo mayor, se esperaba que entrara a trabajar en el negocio
familiar. Así que, en contra de sus deseos, le hicieron jefe de la fundición de latón y durante
una época, todo fue bien, hasta que pensó que los hombres que trabajaban para él estaban
muy mal pagados y decidió subirles el sueldo sustancialmente. El abuelo se molestó mucho
y decidió que dejaría que su hijo estudiara medicina, una carrera que había querido hacer
desde que había dejado el colegio; si no, acabaría arruinando el negocio familiar. Así empezó
su carrera profesional y acabó convirtiéndose en un reconocido cirujano en la clínica de
Harley Street. “

“Primero vivieron (se refiere a sus padres) en una casa en Pinner y después en una torre en
Chorley Wood. Mientras estaba en construcción, invitaban a sus amigos a hacer picnics entre
los andamios e incluso en el tejado —tengo muchas fotos de ellos sentados en tablones en
el tejado conmigo, que debía tener unos tres años. Qué cosas tan extrañas nos gustaban
cuando era pequeña. La torre era luminosa y espaciosa, con un gran jardín. Como mi padre
tenía que ir a la clínica cada día, teníamos un jardinero que se llamaba Burrell, y yo tenía
una niñera que se llamaba Jane, y acabaron enamorándose y casándose. El camino hasta la
casa era muy largo y después de que nos entraran a robar padre pidió una licencia de armas
y cuando finalmente consiguió un arma se sintió valiente y, por extraño que parezca, ya no
sufrimos ningún otro robo. Creo que los gatos abandonados fueron los únicos a los que llegó
a asustar.”
“Otro recuerdo de esta época es el de ir al hotel Connaught Rooms a comer. Mi madre y yo
solíamos subir a Londres y encontrarnos con mi padre allí. Mis padres siempre me trataron
como a una adulta y me permitían escoger los platos que quería. En esa época parece ser
que teníamos mucho dinero. Vivíamos bien, siempre estábamos haciendo cosas y
disfrutábamos de unas maravillosas vacaciones por la costa sur.”

“Mi madre nunca aprendió a cocinar. Poco después de casarse, alguien le regaló un pollo y
ella lo puso directamente en el horno, con la cabeza y con todas las tripas aún dentro. Como
resultado, padre contrató una cocinera/ama de llaves y así nos ahorramos más desastres.
Sólo dios sabe todo lo que hacían la cocinera, el jardinero y mi niñera en nuestra —no muy
grande— torre, básicamente porque ninguno de nosotros solíamos estar por allí mucho
tiempo. Mi padre subía en tren hasta el número 82 de Harley Street, donde tenía el
consultorio. Pero a pesar de su sueldo de más de cinco mil libras al año, que en los años
veinte era mucho dinero, de repente decidió dedicar su tiempo a la homeopatía, interés que
se le despertó de golpe. Así que dejó la consulta, dejó atrás sus intereses masónicos, vendió
la torre y se fue. Todavía no sé adónde se fue. De repente me encontré abandonada en un
internado en Eastbourne.”

Evelyn Varney (nacida Bach), una mujer singular 2da. parte

“Mi primer internado en Eastbourne se llamaba South Lynne; era un edifico grande (tipo
mansión) y estaba en una zona muy bonita. Lo que más recuerdo es un oso de dos metros
de color marrón que estaba en la entrada (una gran extensión de baldosas blancas y negras),
en las manos tenía una bandeja de plata donde ponían la campana del colegio y yo, y muchas
otras chicas, teníamos cierto miedo de cruzar la entrada de noche porque nos imaginábamos
que se podía poner a perseguirnos.”

“Tenía seis años cuando empecé a estudiar. Había una clase de preescolar muy agradable
llena de juguetes fascinantes, entre los cuales había los bloques de construcción más grandes
que haya visto jamás, hacían como veinte centímetros por lado, recubiertos de dibujos de
cuentos de hadas con mucho color, era maravillosamente divertido montarlos en el suelo;
construían una gran imagen preciosa que pocas veces estaba completa del todo.

No parecía que aprendiéramos demasiado, pasábamos muchas horas dibujando y pintando


y aprendiendo a escribir en cuadernillos de dos líneas.
Jugábamos a croquet en el césped de delante de la casa, me lo pasaba muy bien. Teníamos
unas pequeñas mazas especiales para el juego y si estabas enfadada o tenías ganas de
alguna travesura, golpeabas las bolas de colores bien fuerte a través de los aros. A veces
nos hacían parar y nos regañaban porque nos habíamos estado golpeando los tobillos las
unas a las otras con las mazas, pero no nos hacíamos daño de verdad.

Solía tener muchos resfriados y la supervisora del colegio debía informar por correo a mi
padre (fuera donde fuese) sobre el tema, así que decidieron que me tenían que quitar las
amígdalas y las vegetaciones. Había otra chica a cuyos padres también convencieron para
someterla a esta operación de nariz y garganta a la vez que a mí.”

“Recuerdo que una mañana me dijeron que me quedara en la cama hasta que me llamaran;
el resto de chicas del dormitorio se fueron a cambiar y se marcharon preguntándose por qué
me hacían quedar allí. Cuando estuvieron fuera, entró la supervisora y me llevo hacia una
pequeña habitación vacía en medio de la cual había una mesa de cocina sencilla y bien limpia.
Me dijo:

– Quítate la bata y túmbate sobre de la mesa. – Estaba bastante asustada. Y entonces me


dijo: – Ahora te van a dormir y te quitaremos las amígdalas y las vegetaciones.

Estaba agobiada y no entendía nada pero el joven cirujano y el anestesista parecían amables
y simpáticos. Sólo recuerdo que me pusieron una máscara en la cara que tenía un olor dulce
y luego me dijeron que respirara fondo.

– Cuando despiertes tendrás helados a montones.

Cuando finalmente me desperté estaba muy mareada y el pijama estaba lleno de sangre y
no tenía ningún tipo de interés en los helados.

En menos de una semana la otra chica y yo ya habíamos vuelto a la normalidad de la rutina


escolar, la única diferencia con el resto de chicas era que al final sí que nos dieron un montón
de helado y hubo muchas protestas debido a eso.”

“Esa comida de Navidad es el mejor recuerdo de mi infancia. Debió durar tres horas como
mínimo. Todo el mundo llevaba vestidos de fiesta, las mujeres vestidos de seda, nos
sentamos en una mesa reluciente, los grandes ventanales decorados con acebo y los asientos
de debajo estaban llenos de regalos que nos dejarían abrir después de acabarnos la comida.
La mesa estaba llena de crackers (es un tipo de petardo típico de las fiestas navideñas en
Reino Unido y los países de la Commonwealth. Consiste en un tubo de cartón envuelto en
papel brillante que, cuando dos personas tiran de él por los lados, se parte haciendo un ruido
sordo y de dentro salen pequeños regalos (juguetes pequeños, sombreros de papel, llaveros,
etc.) Se suele poner uno encima del plato de cada comensal y decorada con acebo y flores.
No puedo recordar si comimos oca o pavo, pero sí que recuerdo las sirvientas entrando con
pudin de Navidad en llamas. Pero la parte más emocionante fue cuando pusieron un plato
enorme sobre la mesa y estaba lleno de ciruelas, la señorita Thomas las roció con brandi y
luego las encendió con una cerilla mientras todas nosotras nos apelotonábamos para ver
cuántas ciruelas podíamos coger rápidamente del fuego y comérnoslas. Tenía muchísimos
regalos, supongo que mis padres tenían mala consciencia y decidieron tranquilizarla
enviándome un montón de regalos extravagantes. Pero me encantaba, y la mayoría de niñas
me envidiaban porque no parecía que tuvieran tantos.”

“Cuando tenía unos once años, mi padre decidió que tenía que aprender algo de fotografía,
así que envió una pequeña cámara Brownie Box (que conservé hasta años después de
casarme y tener hijos). Cada semana me enviaba un carrete y yo tomaba decenas de
fotografías no muy buenas, ya que nadie se había molestado a enseñarme nada. La
supervisora cogía los carretes para llevarlos a revelar y todavía conservo algunas de esas
terribles fotografías y me pregunto qué será de aquellos a los que fotografié.”

“Cada domingo teníamos que escribir a nuestros padres. Mi madre contestaba a las cartas.
Escribía a menudo, pero padre, si escribía, siempre elogiaba el valor del trabajo duro y de
estudiar mucho y recuerdo que se disgustó bastante cuando le escribí diciendo que había
dejado latín para poder tomar más clases de dibujo y pintura porque me encantaba pintar.”

“Me dieron unas breves indicaciones sobre la fe católica y me hicieron estudiar catequesis
de principio a fin y, como mi madre, también me convertí a la fe católica en el colegio. Nunca
olvidaré mi primera comunión, todo el mundo recibió pequeños regalos para la confirmación,
pero yo no. Mis padres me prometieron que vendrían pero no lo hicieron. Yo que les quería
enseñar mi bonito vestido blanco de seda y el tocado de flores blancas. Después de la misa
nos reunimos en la parte del convento para las monjas para un almuerzo especial, al que
asistieron la mayoría de padres. Mi madre, sin embargo, más adelante me envió una pequeña
cruz de oro con perlas muy bonita, todavía la llevo a menudo. Ahora debe tener casi sesenta
años.”

“Mi primer trabajo fue para un reconocido doctor que era espiritualista y que vivía en una de
las carreteras principales de Norwich. Tenía dos hijos y mi trabajo era cuidar de ellos y ser
útil para su mujer, y ayudarla con las tareas de casa cuando las sirvientas no estaban. ¿Se
pueden imaginar cómo lo hacía? No puedo creer que lo lograra, sólo tenía diecisiete años,
no había recibido ningún tipo de formación sobre tareas domésticas y se supone que tenía
que dar de comer a los niños, mantener el dormitorio de los padres y el de los niños limpios
y ordenados, lavar toda su ropa e incluso barrer el suelo del dormitorio de los pequeños, y
no sabía ni por dónde empezar.”

“Volviendo a mi vida: me quedé en la tienda de textiles Bonds de Norwich hasta que me


casé, en 1941. Dejé la tienda justo antes de las Navidades de 1940 para tener tiempo de
prepararlo todo para la boda, en abril. La empresa y mis compañeros me hicieron un montón
de regalos útiles, como por ejemplo ocho pares de sábanas de algodón de parte de los
dueños.”

“En 1946 mi marido acabó el servicio militar y yo me fui a las oficinas del ayuntamiento para
ver si nos podían ayudar a encontrar una casa. Estuve de suerte: me dieron las llaves de
una casa de protección oficial completamente nueva con tres dormitorios y viví allí felizmente
durante treinta y ocho años. Voy tan rápido porque la tragedia llegó tan sólo cuatro meses
después de entrar a vivir a la nueva casa. 1947 fue un año muy caluroso y, justo cuando
empezábamos a acostumbrarnos al nuevo día a día, mi marido cogió la polio y, después de
una breve enfermedad, tan sólo una semana en el hospital conectado a un pulmón de acero,
murió. Ambos teníamos treinta años, tenía dos hijos, uno de cinco años y otra de cuatro, y
sólo cuarenta y cinco libras en el banco así que, sintiendo pena por mí, llamé al médico, pedí
a madre (que vivía en otra parte de Norwich) que viniera a vivir conmigo y ambos me dijeron:

– Más vale que te busques un trabajo.

No tuve que buscar mucho porque el dueño de la frutería, con quien tenía amistad, me llamó
al cabo de poco y me ofreció un trabajo a media jornada que acepté de buen grato. Era la
solución perfecta, ya que el colegio de los niños estaba justo al final de la misma calle, podía
dejar a los niños allí, trabajar hasta las tres y cuarto y recogerlos para dejarlos en casa con
madre (su abuela), que ahora vivía conmigo.”

“En un abrir y cerrar de ojos los niños acabaron los estudios, encontraron trabajo y se
casaron y ahora tengo cinco nietos. Me jubilé en 1975 pero antes de eso madre murió en
1973 de cáncer, había estado enferma intermitentemente desde hacía cuatro años,
debilitándose gradualmente y comiendo menos y menos, sólo había pasado una semana en
el hospital cuando murió.

Ahora estaba sola: los niños se habían ido de casa, madre había muerto. Y vivir sólo de la
pensión del estado significaba que tenía que andar con mucho cuidado a pesar del trabajo
en la tienda de textiles, de donde me fui sin pensión aunque sí que me dieron un cheque por
valor de mil libras que me temo que voló rápido.”

Recapitulando…
La lectura de los trozos del diario de Evelyn revela la presencia de un espíritu luchador,
travieso y sensible, con una historia infantil dispar, con altas y bajas, luces y sombras, gozos
y dolores. Una experiencia que la ayudó a forjar un carácter decidido. Ella vivió en total
desconocimiento de quien fue, para el mundo su padre, hasta no muchos años antes de su
muerte y, en muchos sentidos, careció de una relación profunda con él. La soledad la
acompañó en su vida pero las condiciones de una infancia dura, en lejanía de sus padres,
yendo de un internado a otro, sintiendo la falta de apoyo afectivo familiar, no generó en ella
sentimientos amargos sino que supo transformar la adversidad en fortaleza. Tal vez, esta
haya sido una virtud que su alma necesitaba desarrollar. Hay en su historia una reiterada
sucesión de pérdidas, hasta la temprana muerte de su marido. Sin embargo, la tristeza que
pudo hacer sentido, no se transformó en melancolía y abandono de la vida. Siempre de pie,
siempre adelante. Pero, lo sufrido y sostenido sin doblegarse, dejó huellas. La demencia fue
carcomiendo su presente. Sus padres, ambos, murieron de cáncer, la enfermedad les quito
futuro. Ella, tal vez, regresó a su pasado, a sus tiempos infantiles, quizás para sanar heridas
o para recobrar momentos felices o para pedir, con sus síntomas, ser cuidada y atendida.
No lo sabemos a ciencia cierta pero, el amor que su familia le profesa no nos deja duda de
la talla y grandeza de su persona. Su deterioro fue el precio que pago por tanto esfuerzo,
por tanto dolor que nunca le robo la alegría.

Agradecemos a Berta Creus la traducción al castellano de los retazos del diario de Evelyn y
a Inés Grandes la del video. Y, por supuesto, inmensa gratitud a Evelyn y familia por
permitirnos compartir tan valiosa información.

Un vagabundo llamado Bach


Autor: Eduardo H. Grecco y Amparo Treig
email: eduardohoraciogrecco@gmail.com
Queridos amigos:

Aquí les entrego este artículo escrito con amor.

Tal vez les mueva muchas cosas y los enfrente a un Bach desconocido o poco habitual. Solo
hay que abrirse a la resonancia de lo que dice, sin juzgar, sin evaluar, solo comprendiendo
que, en los seres humanos, junto a nuestras grandezas conviven las miserias. Lo significativo
es lo que hacemos con ellas.

Como enseña el Evangelio “Quien soy yo para juzgar a mi hermano.”


Un vagabundo llamado Bach
Por Eduardo H. Grecco y Amparo Treig

Hemos leído, varias veces, el enternecedor diario personal de Evelyn Bach.

Cada línea, cada palabra, cada situación vivida y narrada por Evelyn, describen la herida
del padre ausente. Esto nos coloca ante una circunstancia singular: tratar de comprender la
grandeza de un hombre en su supuesta única misión de vida, y su miseria como progenitor.
Y, hablamos de supuesta misión porque, ¿acaso no podría haber formado parte también de
su misión de vida el acto sagrado de la paternidad?
Entender la dificultad de un ser humano para integrar estos aspectos de la experiencia
masculina y declinar uno para poder seguir el otro. La historia está llena de grandes hombres
que, al mismo tiempo, fueron padres insuficientes o lejanos. No se trata de condenar o
justificar, aquí, una conducta, en este caso la de Bach, solo queremos narrar una historia y
entretejerla con un descubrimiento.
Hemos visto varias fotos de Bach con su hija y de su mirada y posturas no se desprende otra
cosa que ternura. Esto era nuestro imaginario, hasta que nos topamos con el relato de su
hija.

No estamos diciendo que Bach no amara a su hija, solo queremos traer a la historia como
ella veía a su padre. Incorporar la otra mirada de quien, desde el lugar de niña, guarda la
huella de un olvido que esta preñado de memorias. Tampoco relegar el hecho de que ambos
vivieron en una época en la cual los padres no tenían muy en cuenta a los hijos como almas
libres. Y, entonces, con esa nueva luz ver, por ejemplo, como las afirmaciones de Bach en
“Cúrate a Ti Mismo”, sobre la función paterna cobran un nuevo significado o bien como, el
cuento de Mary Tabor sobre ese médico casi vagabundo en la taberna que curaba con las
manos, se ilumina.
Intentemos penetrar en la complejidad de una circunstancia que amerita lecturas diversas
según donde nos coloquemos.
Es claro que, para cualquier persona, es muy arduo desplegar todo el talento de que dispone,
hacer de sus defectos virtudes, realizar su vocación de vida, aprender las lecciones que su
alma demanda y caminar por el sendero que le toca transitar. Se escribe en tres renglones
pero se necesitan muchas existencias para lograr esto que, el hinduismo, al cual era tan afín
Bach, nos plantea como el sendero a transitar. Y, una de las cosas que hay que hacer para
avanzar en ese camino, es liberarnos de gravedad de los patrones infantiles que impiden
alcanzar la individuación, es decir, la integración madura de todo lo que somos.
Entre las diversas fuerzas masculinas hay una que es esencial a todos los hombres y que
incluye en su seno la función paterna. La tarea central de este arquetipo es ayudar a los
hombres a vivir de acuerdo al orden correcto. En ese sentido, es posible decir que, el padre,
se constituye en el mundo de los hijos en aquel que trae normas, autoridad y dirección pero,
en especial, el que les facilita su salida de la placenta emocional de la madre, para integrarse
a un mundo más amplio que el familiar.
También, es el primer hombre en la vida de una hija. Y, hay que comprender que, en todo
padre, está presente una memoria constelar de lo que es ser padre y, si esto fue conflictivo,
como lo fue en Bach con su padre, tal situación tuvo que tener repercusiones significativas
en la construcción de este rol.

Además, hay que agregar que, al parecer, desde el nacimiento de Evelyn hasta los cinco o
seis años, es decir hasta 1922, Bach estuvo medianamente presente en la vida de su hija
aunque no siempre convivió con ella. Tal vez, en ese año, se produce una ruptura definitiva
en la relación de Bach y su esposa Kitty, que coincide en el tiempo, con la aparición, en la
historia de Bach, de Nora Weeks (aunque para algunos esto sucede en 1929), y Bach
pareciera que desaparece del mundo de su hija por largos espacios de tiempo.

Así, en otra oportunidad, hemos publicado un artículo sobre un paseo al zoológico al cual
Bach llevo a su hija y que esta disfrutó mucho con un hombre al cual “nunca llegue a conocer
realmente.”
En este texto queremos comentar otro párrafo del diario personal de Evelyn Bach.

“Un día volví a casa del trabajo y encontré a mi madre en un estado de perturbación, le
pregunté qué había pasado. Creo que fue hacia el mediodía que había oído a alguien que
llamaba a la puerta, fue a abrir y se encontró a un vagabundo, o a alguien parecido a un
vagabundo, allí delante de ella. Resulta que era mi padre. Había venido a preguntar si podía
volver a vivir con nosotras, quería ayuda. Ella le dijo que no quería que volviera, que
estábamos muy bien allí, que las dos ganábamos dinero y que él no se había preocupada
para nada por nosotras durante años. A lo mejor no hizo lo correcto, a lo mejor fue cruel, no
la pienso juzgar, pero él se fue y dos años más tarde, en 1936, un doctor se puso en contacto
con mi madre para decirle que mi padre había muerto.”

En una entrevista que se le hace a Evelyn, que tenemos grabada, y que sucedió a posteriori
de haber escrito su diario personal, se refiere a este mismo evento con algunos cambios: (la
B corresponde a Bobby, el sobrenombre de Evelyn)

“B: Estábamos en la casa, yo estaba arriba y tocaron a la casa y mi madre abrió y estaba
este vagabundo rogándole que lo aceptara de nuevo y lo dejara vivir con nosotros, estaba
todo sucio y sin bañarse y ella le dijo que no, no sé qué le dijo exactamente pero sé que lo
rechazó. Yo no le pregunte mucho a mi madre porque yo no tenía interés en saber de él ya
que él nunca se interesó en saber mucho de mí. Yo debía haber tenido como 19 cuando le
pregunte a mi mamá
A: 18 iba a cumplir 19
B: Si, sí
A: Aparentemente él no estaba muy bien por esa época
B: Si debía estar muy desesperado y necesitaba algún sitio donde vivir, no tenía dinero y
pensó: bueno volveré donde Kitty, lo cual me parece una propuesta poco coherente por su
parte, ¿no crees?”
A: No sé, quizás pensó que lo perdonaría, quien sabe lo que alguien piensa cuando está
desesperado… Y, alrededor de esa época le pidió un préstamo a los Masones y, los datos
muestran que él se encontraba con problemas económicos.”

En otro tramo Evelyn, refiriéndose a su padre comenta algo despiadado en conexión con un
grupo masónico al cual Bach se había afiliado: “Cuando estas solo y eres egoísta y estas por
ti solo, y necesitas ayuda, te inscribes y buscas consuelo en lo que sea y creo que fue lo que
paso al final.”
Lo primero que queremos traer a colación es el relato de un cuento de Mary Tabor, tomado
de su libro “Fiel a Ti Mismo”, en donde aparece Bach escondido bajo el nombre de Dr.
Davidsson. El relato de Mary y el de Evelyn se refuerzan mutuamente. Leamos:
“El tipo del rincón permanecía sentado muy quieto, escondido en la sombra de la lámpara.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas inadvertidamente. Revivía los días pasados, cuando
lleno de un deseo ardiente, de un gran fuego en el alma, se había marchado porque esperaba
ayudar a la humanidad.
Curar, curar, ése era su gran deseo. Lo había sentido con frecuencia en sus manos cuando
estudiaba en el hospital, mientras se ocupaba de los enfermos y del sufrimiento. Pero
siempre, siempre, le eludía. No conseguía hacerlo y la medicina había fallado totalmente,
tantos habían muerto en agonía.
Era demasiado para él y a medida que pasaron los años buscó refugió en la bebida contra
ese sufrimiento de la humanidad. No podía soportar esa tortura él solo.
Le caían las lágrimas y sollozaba silenciosamente. ¿Cómo había llegado a esto? Un borracho
expulsado de la profesión; mucho tiempo antes se había retirado al exilio, excomulgado por
el Consejo Médico. Sus sueños, sus grandes y gloriosos sueños, todos desvanecidos, todos
pisoteados.”
Según parece, el regreso de Bach al que alude Evelyn, sucede en 1934, tal vez en el verano
de ese año, y en esa época, o poco antes, Bach había está elaborando Wild Oat.

Si miramos este remedio y pensamos trasladar su acción a un posible estado emocional de


Bach, podríamos aventurar la idea que Bach había perdido la ambición, la voluntad de
realización necesaria para seguir adelante y se encontraba extraviado, como Odiseo al salir
de Troya, en el embrollo material de la existencia, atrapado en la pérdida de sus sueños,
decepcionado, insatisfecho, perdido ante un laberinto de vivencias del cual sentía que no
podía salir. Y, como Odiseo, necesitaba encontrar un mapa para poder regresar a su camino,
que tal como ocurre con el héroe griego, es un don que solo está en las manos de una mujer.

Circe, que vivía en la isla Aurora, la aurora que inicia por oriente, y es, por lo tanto, la que
orienta y da puntos de referencia, fue para Odiseo el GPS en su desorientación. Tal vez,
entonces, Wild Oat reorientó la brújula de Bach encaminándolo hacia Kitty y, quizás, más
específicamente hacia Evelyn. Pero Bach, no pudo persuadir a Kitty. Tal vez ella no era Circe
ni tenía porque serlo. Es interesante que, poco después, según nuestra cronología, Bach se
instalara en Wellsprings en la casa de Mary Tabor.

Es posible que fuera Wild Oat el catalizador de un intento de Bach de regreso “al hogar” o a
su misión de vida, “su otra misión de vida”, y a ocupar su función paterna.

Hay un contexto bien complejo de la relación de Bach con su padre y su lugar de padre. Es
bueno desnudar esta historia y darle una respuesta comprensiva. Ver al hombre con sus
elecciones, ver a una hija que solo le hubiera interesado tener un padre, un padre que pierde
a su hija por su misión (en el mejor de los casos, aunque la hija pensaba que era culpa del
alcohol, el cigarrillo y las mujeres)…

Sigamos meditando, sigamos indagando.

Lo que nos queda claro, es que, Bach, amo a su hija. Aunque ella pudo haber sentido falta
de amor, la verdad es que cada quien ama como sabe amar. Para Chicory, primero están
sus afectos, su tesoro es su familia y para Vervain primero esta su misión y su legado, otro
tema presente, por cierto, en Wild Oat. Y, ya sabemos que, allí donde esta nuestro tesoro,
esta nuestro corazón. Esto no significa que sea un mal corazón, solo un corazón que late
como sabe latir.
Antes de morir Bach escribió una carta a Mary Tabor. En uno de sus párrafos dice: “He
pensado en mi hija y en todos los seres que amo y el servicio del cual la Divinidad, por
razones que no explico, me aparta. El Reino de los Cielos no está en la palabra sino en la
pureza del alma que deriva del servicio y la compasión.”
También nos queda claro que mucho de lo que la hija de Bach comenta, desde sus sentires,
pasa por la mirada que su madre tenía de su padre. En tramos del diario y del video, Evelyn,
comenta que no sabe mucho sobre su padre pero si se evidencia que esta resentida con él.
Al margen del decir de ella, la clínica enseña que mucho de aquello que una hija cuenta de
su padre son los relatos de la madre.

Hombres y mujeres funcionan de un modo diverso en relación al amor de sus hijos. Las
madres aman a sus hijos de un modo natural por el solo hecho de ser sus hijos pero, también,
por el refuerzo de las hormonas de vinculación mediante las cuales los bebés garantizan ese
amor necesario de su madre para sobrevivir.

Los padres, en cambio, edifican el amor a sus hijos por intermediación del amor a la mujer.
Entran en el mundo de sus hijos a través del deseo, la mirada y el amor de la madre. Esto
implica que un hombre, cuando ama a una mujer, es capaz de conectarse con sus hijos
gracias a la vía materna. Si esta facilitación no está presente, pareciera como si el hombre
fuera incapaz de construirla por sí mismo o que la dificultad para hacerlo se acrecienta. ¿Se
amaron realmente Edward y Kitty? ¿Vivieron juntos solo por la necesidad de la existencia de
una hija?

También, es cierto que cuando un hijo llega a la adolescencia las cosas cambian y el padre
puede construir con ellos una relación con independencia de la madre y, en ese sentido,
parece que Bach fracasó en esa labor o no le interesó llevarla a cabo. Es como si le hubiera
costado armonizar el ser padre con el mantener relaciones de pareja con otras mujeres
diferentes a la madre de su hija.
En los años 20 Bach se fue a vivir por un tiempo con otra mujer y, Evelyn, alude a que
siempre las mujeres fueron un problema para Bach. ¿Habrá sido así? Sin embargo, es
maravilloso como un hombre con esos procesos a cuesta sobre sus hombros, fue capaz de
edificar una obra de la naturaleza de la Terapia Floral.

Pero, tampoco podemos evitar preguntarnos qué nos hubiera legado si él, también, hubiera
considerado su lección de vida el ocupar esa ausencia grabada en el alma de su hija. Ser el
padre amoroso y dador de libertad que emana de esas fotos y de sus textos y también el
fundador de un sistema de curación sin precedentes.

Por ahora, dejamos aquí nuestra labor periodística.


Agradecemos a Berta Creus la traducción al castellano de este retazo del diario de Evelyn
Bach y a Inés Grandes del tramo del video, en el cual, se le realiza una entrevista a la hija
de Bach.