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Clase de Premembresía Iglesia Bautista de la Gracia

La conversión I CLASE No. 2 de 12

“Lo que no es la verdadera conversión”

Introducción:

Una de las demandas de nuestra congregación a aquellos que desean pasar


formar parte de su membresía es que sean personas convertidas. Algo que
nos distingue de los católicos es que creemos en una membresía evangélica,
o lo que es lo mismo, una membresía de individuos que han creído en el
evangelio y se han comprometido genuinamente con él.

En el libro de los Hechos leemos cómo este es un requisito indispensable para


la comunión con cualquier iglesia local. El patrón o modelo que vemos a lo
largo de este libro es que a la iglesia se sumaban aquellos que primero se
convertían. (Hechos 2:41; 47)

"Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se


añadieron aquel día como tres mil personas." Y luego dice el verso 47:
"alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor
añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” La Biblia de
las Américas traduce: “Y el Señor añadía cada día al número de ellos los
que iban siendo salvos." La idea es que Dios los añadía a la iglesia una vez
que les salvaba.

La condición necesaria, entonces, para que una persona pueda pertenecer a


la iglesia local, es que haya sido transformada por la gracia de Dios, obrándose
un cambio en su corazón. De ahí que, la pregunta más importante que
tenemos para ti si deseas ser miembro de nuestra congregación es la siguiente
“¿Eres tú una persona convertida?”

Para ayudarte precisamente a responder esta pregunta de una forma juiciosa


y apropiada hemos decidido dedicar algunas clases (específicamente dos) a
tratar el tema de “La Verdadera Conversión”. Y vamos a acercarnos a este
tema considerando dos tópicos particulares:

I. (Negativamente hablando) Lo que no es la verdadera conversión.


II. (Positivamente hablando) Lo que sí es la verdadera conversión.

En la clase de hoy consideraremos la conversión desde una perspectiva


negativa, para ver en la próxima la conversión desde una perspectiva positiva.

I. LO QUE NO ES LA VERDADERA CONVERSIÓN.

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Negativamente hablando…
A. LA CONVERSIÓN NO ES UN ACTO EXTERNO.
Muchas personas en la actualidad creen que han venido a Cristo porque un día
levantaron su mano en una iglesia, o se pudieron en pie, o vinieron al frente al
llamado de un predicador o evangelista, como si la conversión fuese un mero
acto físico.
Quizás usted estaba recibiendo un sermón evangelístico y escuchó al pastor
decir: “si alguien quiere ir al cielo, que levante su mano ahora, o se ponga en
pie”. Y como todos queremos ir al cielo, usted realizó alguno de estos actos
externos creyendo que la conversión se reduce a algo tan superficial.
Incluso, es posible que después de haber levantado su mano, o de haber pasado
al frente, alguien le haya asegurado que desde ese momento podía creer
firmemente que su salvación estaba asegurada y que con toda certeza a partir
de ese momento usted era un hijo o una hija de Dios.
Sin embargo, una cosa es realizar un acto externo en señal de que nos gustaría
ir al cielo, y otra muy distinta es convertirnos de nuestros malos caminos a Dios.
En ningún lugar de las Escrituras se le demanda al pecador que haga un acto
físico para ser salvo. Lo que se le pide al pecador no es que venga al frente o al
predicador, sino que venga a Cristo, lo cual es un acto mucho más profundo y
trascendente.
Reconoceos que muchos predicadores modernos acostumbran a igualar la
conversión de sus oyentes con actos como estos (levantar las manos, pasar al
frente, repetir oraciones en voz altas, etc.), sin embargo, muchos se
sorprenderían al saber que estas prácticas tan comunes hoy en día en el mundo
evangélico no encuentran apoyo en las Escrituras, ni tampoco fueron practicadas
por ningún predicador en la historia de la iglesia durante los primeros 1800 años
del Cristianismo.
Nuestro Señor Jesucristo nunca llamó a los pecadores a dar un paso al frente,
ni a levantar sus manos para que fueran salvos; y no lo hicieron tampoco los
apóstoles, ni la iglesia primitiva, ni la iglesia en la edad media, ni en tiempos de
la reforma.
No fue hasta alrededor del año 1840 que esta práctica fue introducida en el
evangelismo por un hombre llamado Charles Finney, quien comenzó a hacer uso
de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”. Un lugar en el que se invitaba a entrar
después de la predicación del evangelio a todos aquellos que se sentían convictos
de pecado y que deseaban ser salvos.
Ahora, ¿Quién era Charles Finney? Bueno, Charles Finney fue un evangelista del
siglo antepasado que negó rotundamente la doctrina de la total depravación del

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hombre, y aceptó a la vez que el ser humano tenía la posibilidad de salvase sin
la intervención todopoderosa de la gracia de Dios.
Según Finney, el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios por sí
sólo, y por lo tanto, él puede decidir en cualquier momento por voluntad propia
y sin la ayuda del Espíritu Santo cambiar el rumbo de su vida.
Él decía que en esto consiste la regeneración: “Es el cambio de ruta que hace
el pecador por sí sólo cuando decide seguir a Cristo”. Por tanto, todo lo
que se requiere para ser salvo, no es una obra sobrenatural del Espíritu Santo,
sino una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que necesita un hombre
para ser cristiano es decidir hacerse cristiano.
Ahora bien, esta decisión –según Finney- debía ser manifestada a través de
algún acto físico o una decisión pública: levantar la mano, ponerse en pie, pasar
al frente, etc. Y esa resolución pública – según palabras de Finney- podía ser
considerada como idéntica al cambio producido en el hombre por la conversión.
Esto, según él, era convertirse. Si una persona se ponía en pie o levantaba su
mano, o confesaba verbalmente su deseo de seguir a Dios, esto era idéntico a
la conversión.
Sin embargo, esto no es lo que enseñan las Escrituras. Según la Biblia, la
conversión no se reduce a ciertas prácticas externas, a una simple confesión
verbal. Por ejemplo, el apóstol Pablo se refiere a personas que profesaban haber
venido a Cristo con sus labios, cuando realmente eran impíos. (Tito 1:16)

"Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan,


siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda
buena obra. "
Este pasaje nos deja ver claramente que la conversión va más allá de un simple
decir algo sobre Dios, el cielo, o el infierno. Se puede decir de labios que
deseamos conocer a Dios, e incluso que lo conocemos, y aun así no ser
convertidos.
Otro texto que nos muestra que la conversión no tiene que ver con actos
externos es Mateo 7:21-23:
"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de
los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor,
¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos
fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí,
hacedores de maldad."

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Noten cómo estas personas externamente estaban vinculadas a Cristo y aún al


ministerio de la iglesia. Todo parece indicar que eran miembros bautizados y
activos de una alguna congregación. Quizás hasta se trataba de pastores o
líderes: “Profetizaban”, “echaban fuera demonios”, “hacían milagros”, y todo,
“en el nombre de Jesús. Sin embargo, el Señor declara que eran incrédulos.
De paso debemos reparar de forma especial aquí en las palabras del verso 22,
donde Cristo declara que esto les ocurrirá a “muchos en aquel día”. No habrá
pocas personas que irán al infierno pensando que ciertos actos externos les han
conferido el derecho a pensar que son cristianos genuinos cuando la realidad es
muy diferente.
Así que la conversión no es un acto externo.
En segundo lugar…
B. LA CONVERSIÓN NO ES TAMPOCO UN SIMPLE CONVENCIMIENTO
INTELECTUAL.
Algunas personas creen que ser cristiano es simple y llanamente aceptar en el
intelecto la veracidad de ciertas proposiciones históricas y doctrinales, como por
ejemplo, que “Jesús es el hijo de Dios”, que es “Dios hecho hombre”, “que murió
en la cruz del calvario por nuestros pecados, etc. Algunos piensan que si alguien
entiende y no duda de estas cosas ipso facto es salvo.
He oído a muchos predicadores decir: “¿Tú crees que Cristo es el hijo de Dios y
vivió, murió y resucitó al tercer día por tus pecados?” Si lo crees, eres un hijo
de Dios salvo por la eternidad. Pero eso reduce la conversión a una era
aceptación intelectual del evangelio. Sin embargo, muchas personas pueden
llegar a creer en la veracidad de los hechos históricos narrados en la Biblia y no
por ello ser librados de la condenación eterna.
Cualquier persona seria que examine la historia e investigue cuidadosamente
puede llegar a la conclusión de que hubo un hombre nacido en Belén, que se
llamó Jesús, cuya fama fue notoria en toda la región de Galilea, que fue
crucificado, muerto y que su tumba ahora está vacía. Cualquier historiador serio
puede llegar a esas conclusiones y no necesariamente ser cristiano.
No basta creer ciertas verdades o doctrinas para ser salvo. Santiago 1:19 nos
dice que la fe falsa puede comulgar con la ortodoxia:
“Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen,
y tiemblan.”
Tener nociones claras y correctas acerca de la verdad no hace a nadie cristiano.
“Tú crees que Dios es uno” –dice Santiago, ¡Qué bueno! Pero eso no es suficiente
evidencia de que eres cristiano, pues los demonios creen exactamente lo mismo
y aún tiemblan al pensar en esas verdades. Sin embargo, eso no los libra de su

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estatus de demonios y de la condenación eterna a la que están destinados en el


fuego del infierno.
Querido amigo y hermano que estás aquí, los demonios saben que Dios es el
Rey del universo, los demonios saben que Cristo es Dios, los demonios Saben
que hay un cielo que hay un infierno, pero eso no es suficiente para que ellos
sean salvos, ni para que lo seas tú tampoco. Conocer ciertas verdades acerca
de Dios no hace a nadie cristiano.
Por eso es que la Biblia habla en ocasiones de personas que creyeron en Jesús,
pero a la vez no eran creyentes genuinos. Esto se puede ver con claridad en
Juan 2:23-25:
“Estando (Jesús) en Jerusalén en la fiesta de la pascua,
muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que
hacía.24 Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque
conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese
testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el
hombre.
Se nos dice que ellos creyeron en el nombre de Jesús. Un evangelista moderno
le hubiera dado cinco lecciones de discipulado y más tarde les habría asegurado
que iban directo al cielo, porque creían en el salvador. Pero, nos dice Juan que
“Jesús no se fiaba de ellos, porque conocía su corazón”. Ellos creyeron en Jesús,
pero Jesús no creyó en ellos. Había una creencia, había un conocimiento, pero
eso no era suficiente.
Un caso similar es el muy conocido caso de Simón que aparece en Hechos 8:9-
24: Dice el verso 13: que “este hombre creyó la Palabra de los apóstoles
y aún se bautizó andando siempre con ellos.” (comp. 8:13)
Sin embargo, según los versos 20-23, podemos ver que Simón no era un
verdadero cristiano:
20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque
has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero.21 No
tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón
no es recto delante de Dios.22 Arrepiéntete, pues, de esta tu
maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el
pensamiento de tu corazón;23 porque en hiel de amargura y
en prisión de maldad veo que estás.
El había creído la palabra de los apóstoles de una forma sincera posiblemente
impactado por los prodigios y milagros que ellos hacían, pero eso no cambió la
situación de condenación en que este hombre estaba, porque entender y creer
ciertas verdades del evangelio por sí sólo no salva a nadie. La fe genuina es más
que una aceptación intelectual de la Verdad de Dios.

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Ahora bien, debemos hacer aquí una aclaración pertinente. Entender las
verdades centrales del evangelio y creerlas no salva a nadie, sin embargo, es
imposible que alguien pueda ser salvo si no las entiende y las cree.
En otras palabras, estamos diciendo que aunque esto no lo es todo, el
conocimiento y entendimiento del evangelio son necesarios para la salvación.
No todo el que conozca y entienda el evangelio será salvo, pero sí todo el que
se salve tiene por obligación que haber comprendido y entendido el evangelio.
Pues el evangelio apela al entendimiento.
¿Cuál fue la pregunta que hizo Felipe al etíope eunuco en Hechos 8? Vayamos
un momento a ese pasaje. (Hechos 8: 29-35)

"Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro.


Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo:
Pero ¿entiendes lo que lees? El dijo, pero cómo podré, si
alguno no me enseñare, y rogó a Felipe que subiese y se
sentara con él.

Verso 35:

"Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde


esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús."
El evangelio apela al entendimiento. Si el etíope no entendía lo que leía no podría
salvarse.

Una idea similar vemos en Romanos 15: 20-21 donde Pablo habla de su
propósito de llevar el evangelio a los gentiles y cita un pasaje del Antiguo
Testamento, en el cual se profetiza la salvación de los gentiles:

"sino que como está escrito: Aquellos a quienes nunca les


fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído
de él entenderán"

Por tanto, no podemos decir que un individuo que haya comprendido el


evangelio es salvo, pero sí podemos decir que alguien que no lo haya entendido
es inconverso.
Si no hay entendimiento de las verdades centrales del evangelio no puede haber
salvación.
Ahora, lo que hemos venido diciendo en nuestra exposición es que la salvación
no consiste solamente en ese entender el evangelio. Entender el evangelio es

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necesario para la conversión, pero por sí sólo no nos salva. Porque la conversión
no es un simple acto intelectual.
En tercer lugar…
C. LA CONVERSIÓN NO ES TAMPOCO UNA EXPERIENCIA MÍSTICA O
SUBJETIVA.
No son escasos los testimonios de personas cuya experiencia de conversión,
según ellos, se reduce al misticismo y al subjetivismo. Por ejemplo, hay
individuos a los que uno usted le pregunta cómo se convirtieron y su respuesta
es más o menos así:
- Bueno, yo no sé lo que me ha pasado, pero yo siento muy dentro de mí
que yo soy cristiano o cristiana-.
Y uno reitera la pregunta de otra manera.
- Bueno, ¿y qué es lo que tú has entendido que te da esa certeza?
Y la respuesta vuelve a ser:
- “No, yo no sé explicarme, sólo puedo decirle que yo siento en mi corazón
que yo tengo a Dios.”
O en otros casos la experiencia de conversión se circunscribe a algo puramente
emocional. Hay quienes reducen esta experiencia a un profundo escalofrío que
los ha impresionado en medio de un culto. O una sensación extraña que ellos
han leído como la presencia del Espíritu:
- “…es, yo sé que soy creyente porque ese día sentí la presencia de Dios
dentro de mí. Yo estaba en mi casa y sentí que el Espíritu entraba y se
apoderaba de mi hogar; y desde ese día fue feliz.”
O un caso es más común, que es el de las personas que tienen una experiencia
tan subjetiva que ellos no pueden ni describirla. Uno les dice:
- Cuéntame ¿cómo conociste al Señor?
Y la respuesta es:
- “Bueno, yo antes no venía a la iglesia, un día me invitaron, vine y me
quedé hasta hoy”.
Y uno le reitera la pregunta de otra forma. Pero la respuesta vuelve a ser:
- ¿Pero qué pasó?, ¿cómo te convertiste? ¿Qué cosas entendiste?
- “No, eso mismo que le estoy diciendo: Yo antes no venía a la iglesia, un
día vine y nunca más me ido.

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Sin embargo, esto no es venir a Cristo. No importa lo que tú sientas, o lo que


experimentes; no importa que hayas llorado, que hayas tenido sudoraciones,
que hayas hablado en lenguas. Venir a Cristo no es una experiencia subjetiva,
sino todo lo contrario, es una experiencia objetiva, que como ya dijimos apela
al entendimiento y a la razón. La persona entiende lo que está sucediendo y es
totalmente consciente de ello.
El misticismo ha perneado a la iglesia contemporánea y ha suplantado el lugar
de la Palabra. Muchos profesan haberse convertido al cristianismo, pero lo que
han tenido no es más que una experiencia mística y etérea relacionada de alguna
manera con Dios.

Para ellos su experiencia tiene más valor que nada: “yo lo he experimentado, yo
lo siento, estoy seguro que él me ha salvado; esa es mi experiencia y nadie
puede hacerme dudar de ella” muy a pesar de que yo no entienda, ni pueda
explicar que es lo que me ha pasado.

Sin embargo, la Biblia deja claro que la conversión es algo entendible, algo que
se vale del entendimiento y la razón del convertido.

Noten como Pablo deja claro esto en 2Timoteo 3:14-15:

"Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste,


sabiendo de quien has aprendido, y que desde la niñez has
sabido las sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer
sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”, o
como dice la versión de las Ameritas: “Las cuales te pueden dar
la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe que es en
Cristo Jesús."

La conversión de Timoteo no había sido algo místico, raro e inentendible. Por el


contrario, la conversión de Timoteo podía ser debidamente descrita por Pablo:
Timoteo tú primero escuchaste la Palabra, luego fuiste persuadido o convencido
de estas verdades, y ello trajo la sabiduría o el conocimiento necesario que te
hizo salvo por medio de la fe.
¿Qué pasó con Timoteo? Bueno que él había escuchado la Palabra, esto había
sido usado por Dios para producir fe en él, y esa fe le había hecho sabio para
salvación. Eso es una conversión: alguien escucha la Palabra, la entiende, y ese
entendimiento produce en la fe y el arrepentimiento que son para salvación. Hay
conciencia de lo que está pasando y hay un entendimiento (al menos elemental)
de las verdades que están involucradas en este momento en ese acto.
Es esto lo que nos dice el Señor Jesucristo en Mateo 13:23 al explicar la parábola
del Sembrador. Al referirse allí a la buena semilla Cristo dice lo siguiente:

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“Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye


y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a
sesenta, y a treinta por uno”.
¿Quién es el verdadero creyente a la luz de las palabras de Cristo? Es el que
oye, entiende la Palabra y después da fruto. Si la oyes pero no la entiendes,
entonces no eres un creyente genuino.
Noten lo que dice el verso 19 de esta misma explicación a la parábola del
sembrador que Jesús hace:
Mateo 13:19
“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende,
viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
Este es el que fue sembrado junto al camino”.
Mi querido amigo y hermano, yo no sé cuan espectacular haya sido tu
experiencia de conversión, ni se cuánto hayas llorado el día que te predicaron,
o si sentiste algo indescriptible por dentro; no sé si estas cosas acompañaron tu
experiencia, pero si dentro de esa experiencia no está incluido un entendimiento
elemental del evangelio, si no hay una comprensión básica de lo que pasó
contigo en ese momento. Si no puedes describir con objetividad en qué consiste
tu salvación, entonces tengo que decirte que tú no has entendido lo que es ser
convertido. No importa lo que sientas, lo que experimente; si tu experiencia de
conversión está basada solamente en la subjetividad, entonces, tú no has venido
a Cristo aún.
En cuarto y último lugar….
D. LA CONVERSIÓN NO ES TAMPOCO UNA MERA REFORMA MORAL.
Hay personas que igualan la conversión a un grupo de cambios externos de tipo
moral. Piensan que si antes eran ladrones, mentirosos, groseros, etc., y ahora
pasan a ser veraces, honestos y gentiles, ya con eso han ganado el cielo. Pero
esto tampoco es convertirnos.
Debemos aclarar que no estamos en contra de una buena moral. De hecho,
cuando una persona se convierte se opera un cambio moral en ella y se inicia
un proceso de mejoramiento, al que la Biblia llama santificación. Dios comienza
a trabajar con nuestro carácter para hacernos cada vez más santos. Y esto,
obviamente, tendrá repercusiones en nuestra conducta externa. Pero esa
conducta externa será un resultado del cambio interior que se ha operado en
nuestro corazón al convertirnos y no la causa de nuestra conversión.
Por ello, aunque los convertidos vivirán en el contexto de una moralidad
adecuada, no siempre aquellos que tienen tal moralidad serán convertidos. Las
normas morales se pueden aprender e imitar, mientras que la conversión no.

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Podemos ser ordenados, diligentes, fieles; honestos, y aun así, ser inconversos.
No existe una sola conducta formal que el hipócrita no pueda imitar.
En las Escrituras abundan ejemplos de personas que eran moralmente
intachables y a la vez se encontraban bajo la ira de Dios.
En Lucas 18:11 aquel fariseo podía orar puesto en pie diciendo: “Dios, te doy
gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos,
adúlteros, ni aun como este publicano;" Y sin embargo, el Señor nos dice
que descendió a su casa sin ser justificado.

Y Pablo podía decir que en sus tiempos de incrédulo era “irreprensible en


cuanto a la justicia que es en la ley”." (Comp. Filipenses 3.6)

Por eso decía un puritano del pasado:


“no condeno la moralidad, pero sí te advierto que no confíes
en ella para salvarte. Debes tener algo más que eso para
ofrecerle a Dios, o de lo contrario te condenará” (Joseph Alleine.
Una guía segura para el cielo. Pág 21)
Conclusión:
Hemos visto, entonces, negativamente lo que no es la conversión.
- No es un acto externo
- No es un simple convencimiento intelectual
- No es una experiencia mística
- No es una reforma moral
Aún debemos ver lo que sí es la verdadera conversión a la luz de la Biblia. Pero
eso es algo que consideraremos la próxima clase. Por el momento debemos
asegurarnos de que los fundamentos de nuestro cristianismo no estén afirmados
en estos conceptos equívocos que hemos visto hoy. Sobre todo, porque como
veíamos en Mateo 7:21-23, no serán pocos los que llegarán a las mismas
puertas del infierno convencidos de que iban rumbo al cielo.
Ojalá que estas clases puedan ayudar a que este no sea el caso de ninguno de
los presentes.

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