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EDUCAR DESDE EL PENSAMIENTO COMPLEJO: LA IMPORTANCIA DE

LEGAR MEJORES SERES HUMANOS PARA EL MAÑANA


Se conoce como revolución científica a una serie de acontecimientos que tuvieron lugar entre
los siglos XVI y XVII, protagonizados principalmente por el surgimiento de nuevos
conocimientos acerca del mundo físico que controvertían a las explicaciones de tradición
religiosa que primaron durante 1.500 años. Según la mayoría de versiones, esta revolución
tuvo inicio en Europa durante el periodo conocido como el Renacimiento en cuyos albores
germinó el movimiento intelectual de los ilustrados. Suele citarse al trabajo de Nicolás
Copérnico, en el cual estudiaba los movimientos de los cuerpos celestes y desmentía que la
tierra fuera el centro del universo (a lo cual se denominó posteriormente el “giro
copernicano”), como el comienzo de esta revolución. Desde entonces, son innegables los
innumerables avances que los seres humanos hemos podido alcanzar gracias a la aplicación
rigurosa del método científico como vehículo para aprehender y explicar, al menos de forma
parcial, los acontecimientos propios del universo físico que nos rodea.
Pero, si bien el avance de la ciencia y la primacía de la utilización de la razón (herencia del
racionalismo Cartesiano) han conducido al hombre a un apresurado desarrollo de la técnica,
entendida esta última como el conjunto de saberes que nos permiten influir en nuestro entorno
para alcanzar algún fin (cualquiera que este sea), no significa ello que el conjunto de técnicas
y saberes acumulados desde hace más de 400 años hayan redundado necesariamente en una
mejora de la vida de los seres humanos como especie. Con la finalidad de soportar la anterior
afirmación, podemos valernos de un par de ejemplos que nos permitirán entender de qué
hablamos. En primer lugar, enunciaremos cómo la ciencia ha permitido explorar la manera
de acceder a la energía liberada en las reacciones nucleares de los átomos para posteriormente
transportarla como energía eléctrica hasta nuestros hogares, hospitales y fábricas, no
obstante, también fue resultado de este conocimiento, que en el año de 1945 la ciudad entera
de Hiroshima fuera reducida a cenizas producto del lanzamiento de una bomba que utilizaba
los principios de la liberación de energía en reacciones nucleares, aplicados esta vez para la
destrucción masiva. En segunda instancia, podemos hablar de cómo a pesar de los altos
niveles de desarrollo en la industria agrícola para la producción y procesamiento de
alimentos, una de cada nueve personas en el mundo padece problemas de malnutrición, esto
según el informe anual presentado en 2018 por la organización de las naciones unidas para
la alimentación y la agricultura (FAO), la cual dio a conocer la indignante cifra de 821
millones de personas que pasan hambre cada día mientras en los supermercados y
restaurantes se tiran al callejón los alimentos no vendidos porque regalarlos a quienes pasan
hambre afectaría las dinámicas de oferta y demanda del mercado, alterando a la baja los
precios de sus productos y reduciendo así sus márgenes de ganancias.
Del mismo modo en que se hizo con los anteriores ejemplos concretos, resulta necesario
también exponer los macro-problemas que aquejan en la contemporaneidad a nuestra
sociedad globalizada y capitalista. No es un secreto que el desarrollo de las sociedades
industriales y los avances de la ciencia han generado grandes impactos medioambientales y
sociales a los que la humanidad no había tenido que hacer frente jamás. Por ejemplo, el
aumento en la esperanza de vida, los altos los índices de natalidad y la baja en los índices de
mortalidad gracias al desarrollo de la medicina (especialmente de vacunas) han ocasionado
un aumento poblacional que redunda en una desmedida demanda de recursos naturales y
energéticos, que cuando menos, resulta muy difícil de solventar sin impactar de manera
negativa a los ciclos normales de la naturaleza, esto empeora si tomamos en cuenta los
demenciales hábitos de consumo de las sociedades más “avanzadas” (entiéndase más
“avanzadas” a las sociedades cuyos habitantes poseen una mayor capacidad adquisitiva).
También nos encontramos con la contaminación atmosférica, terrestre y marítima producto
de la extracción y utilización de combustibles fósiles, que se sabe ha acelerado el
calentamiento global debido a la acumulación de gases que incrementan el efecto
invernadero, además de desatar enfermedades respiratorias en las personas y animales. En
cuanto a las dinámicas sociales, las grandes desigualdades en la repartición de las riquezas
que ha generado el modelo económico capitalista neoliberal, arrojan como resultado que
mientras unos pocos acumulan de manera absurda mucho más de lo que necesitan, otros
miles de millones no tienen siquiera acceso a lo necesario para sobrevivir de manera digna,
pues la tenencia de tierras productivas, la propiedad de una vivienda, la seguridad
alimentaria, el disfrute del sistema de salud y de educación, son poco menos que utopías o
realidades inalcanzables.
Como vemos, basta un poco de perspicacia y sensatez para darse cuenta que las actuales
formas de vida humana y las dinámicas mediante las cuales nos relacionamos con nuestro
entorno son insostenibles por mucho más tiempo. Aparece lógico, cuando menos, pensar que
si queremos continuar existiendo como especie, los seres humanos tenemos que replantear
los ideales de progreso y desarrollo que han imperado desde la modernidad y que hoy día son
insignia del pensamiento occidental, industrial y neoliberal que tiene sumergido al planeta
tierra en una crisis ambiental y social de enormes magnitudes cuyas consecuencias empiezan
a ser irreversibles a corto y mediano plazo. Para ello, resulta imperioso fomentar entre los
niños de todo el mundo la creación de nuevos sistemas de pensamiento que permitan a las
generaciones venideras entablar una relación bastante más armónica y sustentable con el
mundo que habitamos y que compartimos con una gran cantidad de organismos vivientes.
Si bien a lo largo de la historia el papel que se le ha otorgado a la niñez ha cambiado con el
devenir de las épocas, es válido precisar que la instrumentalización que de los más pequeños
se ha hecho con la finalidad de perpetuar paradigmas y sistemas propios de cada momento
histórico, ha sido una constante, pues desde siempre la infancia ha sido vista como un
apéndice de la humanidad adulta, una subespecie cuasi inferior cuya finalidad en este mundo
se ha limitado a la servidumbre incuestionable de cualesquiera que sean los objetivos de la
ideología de turno posicionada en el poder. En el mundo antiguo era el estado quien tenía
bajo su tutela la educación de los niños y estos eran formados para servir en favor del imperio,
bien fuese como soldados, como artesanos o como comerciantes, pero siempre en nombre y
beneficio del estado y su líder al mando. En el Medioevo, la batuta pasó de las manos del
estado a las de la iglesia, sin embargo, el adoctrinamiento de los niños continuó siendo el
mecanismo por medio del cual perpetuar la organización social injustificada que mantenía a
los menos en la opulencia y a los más en la miseria y la ignominia. Del mismo modo, la
manera de pensar triunfante en la modernidad, como se ha dicho en los primeros párrafos, el
positivismo cientificista, ha sido instaurado a través de la educación como el sistema de
pensamiento único capaz de resolver las problemáticas que desde antaño han aquejado a los
seres humanos, no obstante, es evidente que las promesas de libertad y prosperidad para todos
que nos hizo la racionalidad, no sólo no han sido cumplidas, sino que hoy día son nuevamente
el yugo que reduce y somete a las mayorías.
En este sentido, es más que necesario replantear el papel de los seres humanos en su paso por
el mundo, pero aún más necesario es prestar especial atención a lo que hacemos los que ya
estamos aquí de los que aún están por venir, es decir, debemos preguntarnos cuál es la
finalidad de traer nuevas personas al mundo y a partir de este cuestionamiento emprender
nuevos mecanismos que nos permitan advertir el mejor camino a tomar. Como punto de
partida para responder a las preguntas planteadas renglones arriba, en este escrito se
propondrá que si bien es imposible determinar un fin único de la humanidad en su paso por
el mundo, sí es imperativo designar unos principios básicos que deben pugnar por el buen
vivir, entendiéndose éste como una forma de estar en el planeta que sea sustentable y
sostenible en el tiempo, así para los seres humanos como para las demás formas de vida que
coexisten junto a nosotros en este espacio, evitando al máximo tanto el sufrimiento propio
como el ajeno. Así, será menester de todos los que hoy buscamos subvertir el orden de cosas
que prevalece en el mundo posmoderno, asumir la titánica tarea de fomentar el libre
pensamiento entre aquellos que aún no han sido alienados ni adoctrinados por los sistemas
hegemónicos de educación, es decir, los niños. De ahí que se proponga, como se ha podido
advertir en el título de este texto, al pensamiento complejo como un mecanismo de suma
importancia en el designio de legar mejores seres humanos para el planeta.
Según el pensador francés Edgar Morin, se entiende como pensamiento complejo a la forma
de comprender el mundo como una entidad en donde todo se encuentra entrelazado, es el
intento por construir nuevos métodos de aprehensión de la realidad que tomen como base las
ideas propuestas por la ciencia y su conjugación con el pensamiento humanista, político-
social y filosófico. De este modo, se propone fomentar desde el pensamiento complejo la
creación de nuevas formas de entender y relacionarse con el mundo, que como se dijo
anteriormente, subviertan el orden establecido de las cosas, buscando siempre la
emancipación tanto individual como colectiva de todos los seres humanos.
La importancia que los niños tienen en esta tarea resulta crucial, pues son justamente ellos a
quienes debemos arrebatar de las garras del adoctrinamiento que pretende perpetuar el
modelo económico y político que actualmente reina en el mundo. Si bien en los últimos 50
años los niños han dejado de ser objetos para pasar a ser entendidos como sujetos de derechos,
esto no ha ocurrido tanto en términos reales como sí en el papel. De allí que empezar a dar
tratamiento a todos los niños como sujetos con el derecho al pleno ejercicio de su libertad es
una de las principales tareas a desarrollar si lo que buscamos son seres humanos más felices,
más justos y más conscientes de su propia existencia en medio del mundo. Educar desde la
complejidad, totalmente contrario a adoctrinar, es pues, brindar a cada ser humano las
herramientas necesarias para el desarrollo pleno de sus facultades mentales y emocionales,
aportar toda la gama de conocimientos necesarios que les permitan crecer como seres
integrales y desarrollar sus propios sentidos de vida, siempre promoviendo la participación
crítica y la creación de nuevos modelos bajo la premisa del respeto por la otredad,
reconociendo no sólo al otro humano, sino a las demás especies animales y vegetales, así
como a los ecosistemas en que habitan.

Escrito por DANIEL CHALELA

REFERENCIAS:
• Edgar Morin, Introducción al pensamiento complejo, 1990.
• Antonio Iriarte Cadena, La Razón Vulnerada, 2002.
• René Descartes, Discurso del Método, 1637.
• Historia de la ciencia, Wikipedia la enciclopedia libre.

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