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Simplemente Bob

por Javito 24-octubre-2019


Bob, lejos de implicarse en la vida, hacía tiempo que se había convertido en un mero
espectador.
Sentado en el patio de butacas que, perfectamente había diseñado y construido su
desapego, observaba el drama de la vida, como algo poco interesante la mayor parte del
tiempo.
Él mismo se definía como apocado y patoso y, desde hacía ya varios meses, había
saboteado su mayor y más firme deseo de no ser molestado firmando un contrato
millonario como cantante Country para la discográfica Emmy.
Evitaba el contacto visual con su audiencia durante los conciertos y desarrolló una
habilidad magistral escondiendo sus pensamientos y deseos detrás de unas letras
cortantes y los desgarrados acordes de la guitarra que él mismo llamaba abiertamente
mi dulce indiferencia.
Todos pensaban que le gustaba vivir en el misterio, pero esto no era más que el reflejo
de su fantasiosa actitud para mantener incólume su verdadera personalidad. Como un
zorro protegiendo la guarida de su mundo interior, siempre al acecho, observaba el
todo desde lejos, olfateando en el aire algún posible peligro.
Constantemente se reinventaba a si mismo, manteniendo a así al resto del universo en
la inopia sobre su personalidad y, tanto el conocimiento como el entendimiento, eran
su estandarte, baluarte firme de quien desea mantener su posición de observador y no
mojarse nunca.
Sus canciones hablaban del desapego, del desapego que dirían los ecologistas, y
cuando, un lugar, una persona o un grupo, se convertían en algo importante para él,
tanto que su pérdida le resultase dolorosa, le entraba pánico y trataba de retraer sus
sentimientos.
Todos sus conciertos estaban coronados por un ¡No! rotundo jamás expresado con
palabras y su postura más contundente era la del rechazo silencioso. Rechazo que
adquiría dimensiones apocalípticas, cuando miles de personas coreaban sus estribillos
sin tener ni idea de que, quien las había compuesto, hacía ya mucho tiempo, había
dejado el escenario.
Una tarde, después de la actuación, al entrar en el camerino, encontró agazapado en un
rincón, un cachorro de labrador. Junto a él un papel en el que se podía leer las siglas: A
P C R.
Bob, abrió los ojos como platos y de manera instintiva llevó las manos hacia sus oídos
para protegerse, pues los golpes que producían los latidos de su propio corazón, le
hicieron creer que mil timbales tronaban dentro del camerino.
Aquellas siglas fueron inventadas por él mismo con la edad de seis años y jamás fueron
pronunciadas. Letras inventadas que le ayudaban a soportar la frustración provocada
por el ahogo continuo de sus manifestaciones, y que ahora, cuarenta años después,
aparecían ante sus ojos incrédulos.
En este estado de shock su mirada se topó con la del cachorro y, al hacerlo, pudo
observar la realidad. En sus ojos pudo ver el miedo tal como es, la ternura en su esencia
más clara y la comprensión de su propio Ser más honesta.
Bob entonces pudo atravesar el enorme agujero de su alma y admitir, que la
insignificancia que él mismo había otorgado a su Ser era tan solo su idea, y que, al igual
que aquellas siglas que tantas veces le habían abrazado en su soledad dejaron de ser
refugio al tornarse ellas mismas realidad.
Pudo entonces ir soltando cada una de las estructuras mentales y las imágenes internas
que se había ido creando del mundo en su continua huida del mismo. Poco a poco fue
tomando fuerza y vitalidad y su árido desierto interior poco a poco fue transformándose
en amplitud y plenitud.
Nunca supo la procedencia de aquel cachorro ni de aquella enigmática nota. Tampoco
se preocupó por saberlo. Ya no le acompañaban unas siglas inventadas para protegerse
del mundo. Ahora, la mirada sincera de los ojos de su amigo le recordaban la realidad,
su realidad, la de todos.