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La Afectividad Colectiva como conocimiento de la Realidad Social

El que la ciencia sea capaz de revelar las realidades ocultas o no observables de manera evidente es una de las grandes
discusiones que en el campo de las Ciencias Sociales se tiene. El ser humano es capaz de comprender sus propios
pensamientos, realidades, culturas y sociedades que va creando, y entre tantas también sus propias conductas,
pensamientos y emociones. Estudiar a los sentimientos desde una perspectiva social es un trabajo que se ha dejado de
lado, desde que en la modernidad se decreta que la razón y la ciencia son la vía para el conocimiento, esta forma de
pensar no sólo queda grabada en las diferentes disciplinas sociales, sino que se inserta en la vida social y en la forma en
la que nos concebimos como seres humanos, cultura y sociedad.

La interpretación del mundo en las diferentes teorías que sobre las emociones existen, nos plantea una dicotomía entre
las formas de conocimiento, por un lado en una predomina la parte biológica, evolucionista, y por la otra parte
predomina lo social, lo cultural. Esta dicotomía no se resuelve ni en su unión, pues éstas perspectivas teóricas plantean
orígenes de comprensión de la realidad social diversos y encontrados, y al contrario arrojan muchas más interrogantes
que comprensión que se acerquen a dar cuenta de lo que acontece en nuestras sociedades.

Tenemos que Páez, Echebarría y Villarreal (En Echebarría, Páez, 1989), dicen que los sentimientos son un primer tipo de
Afectividad y sólo son reacciones subjetivas de pacer o displacer; Por otra parte tenemos a la evaluación, ésta una de
las que más se ha estudiado con los sentimientos implicando a las reacciones de carácter negativo o positivo en relación
a un estado u objeto social. Otro tipo de sentimiento es el estado de ánimo, que se caracteriza también por ser
sentimiento positivo o negativo de carácter genérico que forma una parte de nuestra existencia y que no siempre tiene
que ver con un objeto social delimitado; un estado de ánimo es un fenómeno afectivo cotidiano, de intensidad media,
sin objeto específico. Un segundo tipo de Afectividad que Páez, Echebarría y Villarreal (Echebarría, Páez, 1989)
encuentran en la Psicología Social es la de las emociones, las cuales serían más intensas que los sentimientos e implican
manifestaciones expresivas, conductas, reacciones fisiológicas y estados subjetivos; Una emoción es un fenómeno
afectivo intenso, breve centrado en un objeto que interrumpe el flujo normal de la conducta. En lo que respecta a las
emociones esta, por ejemplo, el estudio del bienestar subjetivo, su relación con la afectividad y las emociones, el cual ha
sido desarrollado mediante estudios correlaciónales y longitudinales que combinan elementos ideográficos y
nomotéticos, esta línea de investigación la llevaron a cabo los Psicólogos Sociales y de la Personalidad Tellegen y
Diener, además de Sociólogos de la salud como Thoits, todos ellos buscan situar las dimensiones de la Afectividad en
relación con elementos psicosociales y con rasgos de personalidad.

Las teorías de la Psicología Social, que han aportado elementos para explicar a la afectividad o a la generalmente
llamada emoción, se han centrado en sólo presentar las características que tiene la emoción, sus definiciones y la
forma en cómo clasificarla, incluso han realizado listados de emociones básicas definiéndolas y explicando su
significado. Todo lo cual puede estar alejado de cómo en la realidad se conciben, se interpretan y construyen las
emociones.

La construcción del objeto de conocimiento de la Afectividad, parte de la idea de que es un objeto social producto de las
relaciones sociales, producto del pensamiento. El punto de vista de la Psicología Afectiva se propone explicar que, en la
Afectividad no es posible llegar a una clasificación o a una lista de emociones básicas, porque acorde a lo que Fernández
(2000) propone, los sentimientos cuando se distinguen ya no son sentimientos en sí, son un pensamiento, el
pensamiento denota racionalidad, conciencia, lógica, cosas que el sentimiento tiene en otros sentidos. Spinoza
planteaba que: “Las emociones son ideas confusas, destinadas a resultar ideas distintas, y una vez que resultan ideas
distintas dejan de ser afecciones” (En Fernández Ch, P. 2000, p.22).

Para la Afectividad Colectiva, los sentimientos o emociones, es decir, lo afectivo, no se lleva con los listados de
emociones básicas; para comprender a los sentimientos no hay que listarlos o clasificarlos, porque eso los desnaturaliza,
hay que “indistinguirlos”: sentir es lo que no se sabe pero se siente y está ahí, a los sentimientos se les resta de las cosas
y situaciones de las que forman parte, a partir de ahí se puede conocer su naturaleza (Fernández, 2000). Esto, es posible
si entendemos la realidad de la Afectividad como una realidad hecha de formas. Por eso, los sentimientos son vistos en
la categoría de “forma” de George Simmel, pues ellos son una realidad, como plantea Gergen (1996) que sucede con el
razonamiento, el cual indica no una forma individual sino un acto enmarcado dentro de una forma social, es una forma
de argumentación que piensa y envuelve al individuo en ella.

Para estudiar lo Afectivo, tenemos esta categoría fundamental de la Lebensphilosophie de George Simmel, que es la
forma. La Sociedad es, según Simmel (1908), el concepto abstracto que contiene las formas de relación por medio de las
cuales surge la sociedad. La sociedad, es el nombre del entorno en donde los individuos se encuentran ligados por los
efectos de las relaciones recíprocas que se dan entre ellos, y que por estar ligados entre sí se definen como una unidad,
en fin, como una sociedad (En Simmel, 1917). “La Sociedad es la realidad” (En Fernández, 2004, p.15), la realidad es lo
que tenemos a nuestro alrededor y nuestros pensamientos. Cuando Fernández (2004.), nos indica que la realidad es
sólo otra forma de llamarle a la sociedad, es porque la sociedad necesita de algo que la defina para conocerse a sí
misma, la realidad es ese otro que es propio pero que la refleja. Lo que refleja a una realidad es su forma, la sociedad
tiene diferentes “formas”, éstas nos perfilan como parte de una sociedad, son nuestra identidad, y pueden tomar la
forma que sea necesaria: puede ser la forma de memorias, de procesos políticos, de televisiones, de relaciones ó de
afectos. Sea cual sea su“forma” será necesariamente una “forma social”.

La forma es su situación social, es “el ser ahí”, diría Heidegger (1927/2000) en su obra “El Ser y el Tiempo”, él plantea a
las emociones como un estado de ánimo, es lo que llama el “ser ahí” e implica al ser humano envuelto en sus distintas
situaciones sociales, un estado de ánimo es estar involucrado en una emoción, se es, cuando se está; Heidegger, exhibe
que somos entregados a nosotros mismos, somos arrojados a la tarea de vivir y nos encontramos en un contexto
cultural e histórico específico: el ser humano esta contextualizado en un mundo con una cultura y una historia, el “ser
ahí” es el ser en el mundo, es lo demás y uno mismo también, el “ser en el mundo” es la estructura fundamental del
“ser ahí”. En la forma sucede algo parecido, ésta, está en el mundo, uno toma la forma de la realidad que se le presente,
como la forma de los celos, que pueden ser verdes, enojados, furiosos, enardecidos, recelosos.
Simmel (1908), dice que la Sociedad se caracteriza por la distinción entre forma y contenido, según esto, la sociedad
existe en donde hay acciones recíprocas, las cuales pueden consistir en instintos religiosos, eróticos, de enseñanza, etc.
Estas acciones recíprocas se convierten en una unidad es decir en una sociedad, el contenido se refiere a todo cuanto
exista en los individuos, es el que origina acción en otros, recibe sus influencias, y es portador de toda realidad histórica;
Las formas son la representación de los contenidos, son las acciones realizadas, es la manera en la que los individuos
impulsan la sociedad que llevan dentro. Pero es necesario aclarar, que a pesar de esta distinción forma y contenido no
pueden ir separadas, forman una unidad, “…una realidad unitaria…La forma social no puede alcanzar una existencia si se
la desliga de todo contenido; del mismo modo que la forma espacial no puede subsistir sin una materia de la que sea
forma.” (En Simmel, 1908, p. 17). La realidad entonces se compone de forma y contenido.

Simmel (1908), menciona que por ejemplo, existen Formas Sociales como la forma de la subordinación que se puede
encontrar en casi todas las sociedades humanas, lo que se modificaría al respecto de esta forma, son las diversas clases
de subordinación que puedan definirse dependiendo de la cultura en la que se vea inmersa. La competencia es otra de
las formas sociales y es una forma de relación entre los hombres, forma que puede poseer una serie de varios
contenidos, pero que aún cuando los contenidos se puedan separar la identidad de la competencia, es decir, su forma
social permanece. Las formas sociales, como ya hemos visto, son así llamadas a las diferentes construcciones que la
sociedad pueda desarrollar. Las formas pueden ser objetos sólidos: una silla, una computadora, una paleta, una piedra;
pero no sólo, porque la forma es también una entidad psíquica, por lo cual los objetos también. (Fernández, 2004)

El conocimiento que se construye en esta categoría de la forma, plantea que la forma es colectiva, histórica, cambiante,
simbólica, maleable, unitaria, en fin, la realidad es vista desde la forma que ésta vaya tomando. Esta noción de forma,
es, una forma de ver el mundo. Fernández (2006), plantea que la forma no es lógica, funcional o inteligente, es estética,
es decir, es sensible y lo estético no es la forma, sino lo que se siente de la misma.

Fernández (2006), plantea que darse a la tarea de averiguar cuál es la forma sensible de la sociedad, es darse a la tarea
de encontrar el pensamiento sensible de una sociedad, éste pensamiento sensible también se le puede denominar
afectividad. Afectividad entendida como los afectos de una sociedad, éstos no solamente se encuentran en las
relaciones de pareja o en las telenovelas, se encuentran en el cuadro en el que está dibujada la sociedad, son la pintura
de la que está hecha. Se intenta decir que la afectividad es la sociedad, por lo que también la encontramos en todas y
cada una de las formas en las que nos relacionamos: en la política, en las casas y en las oficinas, en las protestas, en la
ropa que nos ponemos y en la forma en que hablamos, en las charlas de café y en los salones de clase, en el tráfico, en
el trabajo, en la organización de comunidades o en la desorganización de las ciudades, en las iglesias, y hasta en lo que
diariamente escuchamos en los noticieros.

Fernández (2000), dice que la Afectividad:


“...no es un conjunto de fenómenos ni una actividad específica, no es una secuela de hechos ni una serie de datos, no es
un tema determinado y no es, por tanto, algo distinto del flujo de todos los días de toda la gente, con sus horarios,
mercancías, planes, informes o noticias. En suma la afectividad no es algo distinto de la ciudad, de la sociedad y de la
cultura: ocupa los mismos materiales y objetos, tiene el mismo tiempo y se mueve de la misma manera. La afectividad
es coextensiva de la sociedad y/o ciudad y/o cultura. Si parece ilocalizable es porque tiene la misma extensión que la
realidad y que la vida. Ello permite averiguar qué forma tiene: forma de la colectividad, de la sociedad, de la cultura, de
la ciudad que se vuelven términos casi idénticos. Una forma en general, como la de las nubes o las formas de hablar, no
es una cáscara, una apariencia o un accidente, sino un modo de ser de las cosas; pues bien, la forma de la afectividad es
la sociedad.” (p. 41-42)

Y como los afectos son también la sociedad, entonces la Afectividad Colectiva es la forma en la cual la sociedad se
expresa en sus más variadas cualidades, es más, es una condición de la sociedad. Según Fernández (2000), la Afectividad
Colectiva “intenta estudiar la sociedad desde la perspectiva de los sentimientos, y los sentimientos desde el punto de
vista social” (p. 11) a partir de este punto de vista, entendemos que la Afectividad Colectiva se enfoca a estudiar a la
Afectividad en todas sus modalidades, entiéndase como amor, pasión celos angustias, sentimientos (de todo tipo),
emociones, política, conversaciones, trabajos, organizaciones, etc.

Entonces, tenemos que la Afectividad Colectiva es el proceso y estructura general de términos afectivos; pasión,
sentimiento, emoción, sensación; términos que en ocasiones pueden ser usados para una misma cosa. (Fernández,
2000, p.13)

Nos encontramos ante lo que se nombraría como una Sociedad Afectiva, a la cual Fernández plantea que ésta tiene una
lógica afectiva, que no es aquella lógica que ya conocemos de los ordenadores o la racionalista, más bien se mueve por
estados afectivos, por sensaciones, como la sensación de que algo no va bien, o la idea de que es lo correcto y lo
incorrecto (En Mendoza, J.; Gonzáles, P., 2004); la inteligencia de la sociedad se conforma con las ideas que de ella
tenga la gente, es decir, de las formas de pensamiento que de la sociedad emanen: la sociedad se piensa a sí misma, y
se piensa y concibe de forma afectiva. Fernández (2004) lo describe así: “La racionalidad, incluso, no puede moverse sin
un motivo, una motivación o, dicho más tautológicamente, el pensamiento no puede moverse sin una emoción, para
empezar, porque emoción significa moverse. Entonces, puede plantearse que la emocionalidad, o afectividad, es el
principio y es lo principal de todo pensamiento, porque la imagen de donde parte le da su forma, fin, estructura, orden,
proporción y razón a la racionalidad y al resto del pensamiento. La racionalidad es una forma de afectividad. El
sentimiento es una forma de pensamiento” (En p.14). Y los pensamientos son parte de la sociedad, son como las
imágenes, las sillas, la música, las relaciones, las creencias, las marchas, las instituciones, y demás representaciones que
se nos puedan ocurrir.

La sociedad siempre ha sido entendida en términos de instituciones, relaciones, interacciones, no así entonces en
términos afectivos, los movimientos de protesta, por ejemplo, han sido estudiados a partir de encontrar sus elementos
más racionales, como las causas por las cuales surgen (su génesis) sus ideologías, sus estrategias, sus errores, su final,
pero no se les ha visto o muy difícilmente como fenómenos que así como tienen memoria tienen afectividad, como
fenómenos afectivos con todas las particulares de una sociedad también afectiva.

La afectividad es también una forma de conocimiento de la realidad social ya sea porque se pretende sacar de la
sociedad esa parte que no se ha visto o ya sea porque la modernidad la ha dejado de lado como algo de lo que puede
prescindir pues no la considera importante o medible. La afectividad tiene como objetivo comprender apenas, cuál es la
forma afectiva de la sociedad, cómo se manifiesta en sus diferentes formas la afectividad, cómo se pueden visualizar en
la manera en la que nos expresamos, cómo están presentes en la ciencia, cómo están envueltas en la forma en la que la
gente actúa y se relaciona diariamente y cómo se construyen en el diario acontecer de la sociedad. Esta comprensión la
logra desde el estudio de su forma, pues la propia Afectividad es también una Forma Social.

Amanda Panambí Morales Vidales

Bibliografía
Fernández Ch. P. (2000). La Afectividad Colectiva. México: Taurus.
Fernández Ch. P. (2004). La Sociedad Mental. Barcelona: Anthropos.
Fernández Ch. P. (2006). El Concepto de Psicología Colectiva. México: Universidad Nacional Autónoma de México,
Facultad de Psicología.
Heidegger, M. (1927/2000). El Ser y el Tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.
Mendoza, J., Gonzáles, M. (2004). Enfoques Contemporáneos de la Psicología Social en México: de su Génesis a la
Ciberpsicología. México: Miguel Ángel Porrúa e Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
Simmel, G. (1908/2002). Sociología, Estudios sobre las Formas de Socialización. Madrid: Alianza
Simmel, G. (1971). Sobre la Individualidad y las Formas Sociales. Buenos Aires, Argentina: Universidad Nacional de
Quilmes.
Echebarría, A., y Páez, D. (1989). Emociones: Perspectivas Psicosociales. Madrid: Fundamentos.
Gergen, K. (1992). El Yo Saturado. Dilemas de Identidad en el Mundo Contemporáneo. Barcelona: Paidós.

http://psicologiafracturada.blogspot.mx/2011/05/la-afectividad-colectiva-como.html
EL VALOR DE LA COGNICIÓN Y LA AFECTIVIDAD PARA EL ANÁLISIS PSICO-COLECTIVO
THE VALUE OF COGNITION AND AFFECTIVITY IN PSYCHO-COLLECTIVE ANALYSIS
Gabriela Rodriguez (*)
Universidad Autónoma del Estado de México, México
Carlos Juárez
Universidad Autónoma del Estado de México, México
Maria del Consuelo Ponce
Universidad Autónoma del Estado de México, México
Resumen: En el presente documento se delinean los elementos que llevan a considerar la realidad psico-colectiva como
hecha de comunicación cotidiana, donde se conjugan los afectos y las cogniciones que le dan sentido. Esta realidad está
hecha de comunicación intersubjetiva desde el principio de experiencia compartida y de desarrollo de sentido común.
Su ofrecimiento es la posibilidad de transformar, aprender, construir, de asimilar la cultura de la organización, en el
entendido que la realidad colectiva no solamente está constituida de acción recíproca entre dos o más objetos, sino
también de coincidencia en el tiempo y espacio. La lectura psico-colectiva que se propone permite distinguir la
dicotomía individuo-sociedad y recuperar la lectura terciaria que considera a lo otro, (cultural, contexto) para encontrar
el sentido de lo colectivo.
Palabras clave: estructura psíquica colectiva, intersubjetividad, comunicación, sentido
Abstract: This document delineates the elements that lead to take psycho-collective reality as made out of daily
communication, where affection and cognition combine to give it sense. This reality is made out of inter-subjective
communication, rooted on the principle of shared experience and the development of common sense. It offers the
possibility of transforming, learning, building, assimilating the organizational culture, understanding that collective
reality is not solely made out of reciprocal action between two or more objects, but also out of coincidence in time and
space. The psycho-collective reading that is here proposed allows us to recognize the individual-societal dichotomy and
to recapture the tertiary reading which takes into account other elements (culture, context) in order to discover the
sense of the collective.
Keywords: collective psychic structure, intersubjectivity, communication, sense
(*) Autor para correspondencia: Gabriela Rodríguez. Correo de contacto:grodriguezh@uaemex.mx
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Introducción
Para llevar a cabo la explicación de la estructura psíquica colectiva, se parte de la idea tradicional de la organización
psíquica. Ésta se ha revelado como hecha de aspectos racionales e irracionales o cognición y afectos, que hacen su
aparición pero de manera separada. Los límites entre una y otros pueden ser identificables, incluso manipulables. Esto
exige detenerse en cada uno de éstos componentes, así como comprender su vínculo con lo colectivo. Pues, los estados
psíquicos colectivos se expresan en las formas, en las estructuras de las instituciones y las costumbres, en las creencias y
en los productos del grupo. Es una apuesta a no centrar la atención en los aspectos individuales de las personas, ni
tampoco en los hechos sociales, sino en privilegiar la comunicación entre cogniciones y afectos que se extienden más
allá de la unidad individual para abarcar las prácticas sociales, la intersubjetividad, la construcción de significados y la
continua transformación de las estructuras sociales a través de las prácticas colectivas, elementos que difuminan la
dicotomía individuo/sociedad.
Desde la psicología clásica, se propone que la información se procesa mediante dos sistemas independientes: un
sistema cognitivo que permite representar el mundo y un sistema afectivo mucho más específico y primitivo. Así, el
comportamiento afectivo es, junto con el cognitivo, el eje central del funcionamiento psíquico (Schlosberg, 1952;
Forgas, 1991). Esta dicotomía vincula lo racional y lo irracional presente en muchos episodios de la psicología, pues aún
es objeto de atención en la actualidad, así como marco de muchos debates a propósito de la naturaleza del grupo.
De esta manera, es que se separa lo que en la realidad permanece unido, es decir, lo inseparable. Reducimos lo
complejo a lo simple, para tratar de explicar en el mundo de las ideas lo que sucede en el mundo real. El peso de esta
tradición de siglos, nos ha mantenido tributarios de una razón magnificada -universal y objetiva- que desecha lo
emocional por considerarlo obstáculo para el pensar correcto y para el buen vivir, mientras las emociones son
consideradas como elementos irracionales que particularizan y subjetivan el pensar, que ha de ser -si se quiere ser
científico verdadero- universal y necesario como lo es la realidad (Salcedo y Pérez, 2002).
La racionalización como elemento de la estructura psíquica
Si bien es difícil brindar una explicación sencilla a qué es la racionalidad, desde la psicología se distinguen tres tipos de
concepciones: la cultural-ideológica, la cual concibe la conducta racional como aquella en la que el sujeto reflexiona y
realiza introspección; la que se basa en el principio Minimax, el cual postula maximizar las utilidades al mínimo coste; y
la lógico-formal, en está, el actor racional es aquel que busca obtener fines coincidentes con sus intereses, empleando
los medios más apropiados para ello (Morales, Moya, Rebolloso, Huici, Fenrández- Dols, Pérez y Pérez, 1994). Estas
concepciones sobre la racionalidad no sólo dejan de lado las cuestiones morales, sino también continentes enteros de
reflexión sociológica con sus preocupaciones por las clases, los roles, los sistemas de acción, etcétera, aún cuando
brindan una apariencia de realismo crudo, un aire de franqueza que las hace parecer, a simple vista, modelos de
pensamiento científico (Escalante, 2009).
Pese a ello, en la psicología, el modelo de la decisión racional es el que predomina, en gran parte debido a la
preeminencia anglosajona en las ciencias sociales (Morales y cols., 1994). Sumando el hecho que la psicología en
particular, tiene el cometido intelectual de redefinir al hombre y a su mente a la luz de las nuevas necesidades sociales,
lo cual hizo inevitable que a partir de la segunda mitad del siglo pasado, la computación se tomará como metáfora de la
ciencia cognitiva. Así, todos los procesos mentales o cognitivos como la atención, la percepción, la memoria, el
pensamiento y la utilización del lenguaje se tratarán como procesos que ocurren automáticamente y de modo
independiente a las formas sociales, culturales, etcétera (Bruner, 2006).
En este contexto, se presupone que las cogniciones preceden a las conductas, y las elecciones son conscientes e
intencionales, por tanto, racionales, con dos presupuestos centrales: a) se espera que las personas intenten conseguir
los beneficios y minimizar los costes y, b) existe un procesamiento cognitivo de la información acerca de la probabilidad
de los beneficios y costes asociados a las distintas posibilidades de acción (Morales, 2002). El cognitivismo como la
vertiente explicativa que ofrece garantías de su propia validez a partir de procedimientos lógicos y técnicas que
permiten tratar la información de la forma más objetiva posible, supone un sujeto óptimo (Rouquette, 1994), guiado
por el razonamiento lógico-deductivo. Culmina con la predictibilidad de la ciencia psicológica al hacer una separación
radical entre sujeto y objeto, entre subjetividad y mundo externo al sujeto, donde los métodos de investigación se
concretan en diseños predefinidos, cerrados con la firme intención de encontrar la verdad.
No obstante, son muchos los estudios que se han centrado en las relaciones entre cognición y emoción, en específico en
el modo en que los diferentes estados de ánimo influencian nuestras percepciones y juicios sociales, y en definitiva
nuestra conducta social. Entre los datos sobresalientes en este sentido se encuentra que los estados de ánimo positivo
facilitan el aprendizaje y la ejecución, facilitan el auto-control, aumentan el auto-refuerzo, aumentan las respuestas
altruistas, la sociabilidad y el contacto social, así como la persuasión; mientras los estados de ánimo negativo, en
general, tienen el efecto inverso. De lo que se deduce que los procesos emocionales no se pueden reducir a un
determinado tipo de activación de la memoria semántica, ni pueden ser analizados sólo como prototipos o esquemas de
conocimiento procedimental. Postulando la existencia de un sistema emocional diferenciado del cognitivo (Páez y
Carbonero, 1993).
Son numerosas las propuestas cognitivas que ven en la habilidad para resolver problemas la importancia del contexto
social, donde la capacidad de resolución de problemas por parte de los sujetos, les permite abordar una situación en la
cual persiguen un objetivo definido desde el mundo de valores y creencias resultado de la elaboración de un producto
cultural (Gardner, 2005). Pues, los procesos de razonamiento se nutren de información simbólica y entregan datos
simbólicos, no inferidos a partir de la lógica, sino simplemente inducidos a partir de observaciones empíricas o
postulados aún más simples, porque regularmente las decisiones no son elecciones que abarcan grandes áreas de la
vida, por el contrario generalmente atañen a circunstancias más bien específicas, por tanto, la razón humana no es un
instrumento para modelar o predecir el equilibrio general del sistema del mundo, o crear un modelo general que
considere todas las variables en todo tiempo, sino un instrumento para explorar necesidades, problemas parciales y
específicos (Simon, 1989).
La acentuación sesgada de la psicología científica, al postular lo racional como la capacidad y eficiencia, mientras que
considera la irracionalidad como la insuficiencia, ha llevado a perder de vista la forma, aquello que comporta de manera
conjunta un carácter racional y afectivo, cognitivo y emocional, mental y material, siempre suprapersonal, pero
capacitado para actuar autónomamente (Fernández, 2004). Por lo que en numerosas ocasiones la afectividad aparece,
cuando se nombra, como aquella parte añadida a la vertiente racional de algún asunto, para dar cuenta de algo que
apenas logramos aprehender desde una lógica racional. Así, la afectividad (con sus pasiones, emociones,
sentimientos...) sirve para explicar lo que no se puede explicar desde los postulados racionales.
Los afectos como elemento de la estructura psíquica
El afecto es la experiencia psicológica más elemental a la cual se tiene acceso mediante introspección y constituye el
núcleo central de la emoción (Russell y Barrett, 1999). Los afectos se sienten, son la experimentación de algo, sea un
suceso complejo, un recuerdo, una imagen visual, una melodía, etcétera; como algo positivo o negativo, bueno o malo,
atractivo o repulsivo, agradable o desagradable y la valencia o valoración se traduce en la cualidad de su experiencia
(Aguado, 2005). La afectividad es el conjunto de estados y expresiones anímicas, ubicados dentro de un continuo cuyos
polos son el agrado y el desagrado, a través de los cuales el individuo se implica en una relación consigo mismo y con su
ambiente (Fiske y Taylor, 1991; León y Montenegro, 1998; Garrido, 2000; Elster, 2002; Aguado, 2005).
Los afectos se deben entender como un devenir en el que la pregunta es por lo que se está haciendo y no por lo que ya
está hecho. Se trata más de un acontecimiento que de una cosa. De momento pues, lo importante es que la afectividad
se mueve y a su vez hace mover. La afectividad es algo que se siente, no medible en términos cronológicos sino como
experiencia colectiva, compartida, al tener una duración distinta a la mera yuxtaposición de instantes ordenados uno
tras otro. El afecto es en suma, el elemento irreductible, la molécula básica de todas las emociones y los estados de
ánimo, y su característica esencial es que se siente, pero no se elabora solamente de manera cognitiva (Fernández-Dols,
Carrera y Oceja, 2002).
De esta manera es que se dice que los afectos son construidos psicosocialmente e incluyen a las emociones: reacciones
momentáneas de gran intensidad, con manifestaciones neurovegetativas (sudor, temblor, rubor, etcétera) y con
expresiones socialmente codificadas; e incluyen también a los sentimientos: estados afectivos relativamente duraderos
y a la vez modificables a través del tiempo (Montero, 2005).
Por tanto, el afecto es un elemento irreductible cuya característica es no ser un fenómeno cognitivo per se (Elster, 2002;
Fernández-Dols, Carrera y Oceja, 2002). Se vive en el seno de grupos más o menos bien delimitados, al interior de los
cuales se ejerce una acción contagiosa donde todo estado afectivo un poco claro tiende a resonar sobre el grupo y a
beneficiarse por reacción de esta resonancia, pues cuanto más socialmente adaptado es el medio más es la
participación en él, y más la fuerza que adquiere la emoción (Fernández, 2000). Por el contrario, si no existe el medio, la
emoción no realiza todas sus virtualidades mentales y motrices. Por regla, las emociones nacen, crecen y se acotan en
un medio humano adonde se nutren con su propia conmoción (Blondel, 1945).
Por eso no sólo los cambios fisiológicos y sensaciones habrán de considerarse para la comprensión de los afectos. Si bien
algunas emociones pueden ser episódicas con un sentimiento y reacción fisiológica inmediata, otras aparecen
totalmente ligadas a los sistemas de creencias y valores de los grupos, de manera que la expresión física y fisiológica casi
no aparece. Así, aún cuando la emoción sea una vivencia y no un estado de conciencia, no significa que no tenga
relaciones con el pensamiento, pues las emociones pueden dar color a los pensamientos. Esto se entiende cuando los
pensamientos son considerados, buenos o malos, positivos o negativos y provocan agrado o desagrado, aceptación o
rechazo.
Es así, que las emociones y los sentimientos pueden estar influidos por los sistemas de creencias culturales y morales.
Éstos se encuentran fuertemente ligados al orden social e implican patrones socioculturales determinados por la
experiencia que se manifiestan en situaciones sociales específicas (Rodríguez, 2008). De esta forma, se revela la
participación de la cultura en la manera en cómo se experimentan las emociones. La cultura brinda las valoraciones con
que son evaluados los sucesos y los comportamientos, ya que éstos pueden ser vistos como apropiados o no en función
de las normas sociales bajo las cuales se rigen las personas. Esto, en el entendido que los sistemas simbólicos utilizados
por los individuos al construir el significado son sistemas ya existentes, profundamente arraigados en el lenguaje y la
cultura (Bruner, 2006).
Las reglas de expresión emocional se aprenden de cada cultura, de manera que la conducta no verbal asociada a las
emociones se podría intensificar o debilitar, sustituir o incluso neutralizar según las reglas de interpretación cultural
(Ekman, 1972; Mercadillo, Díaz y Barrio, 2007). De esta manera, la cultura participa del proceso comunicativo y las
emociones serían uno de los contenidos en la negociación de significados. Como menciona Fernández (2000), la
afectividad es un evento que no pasa únicamente por el discurso o la racionalidad, aunque sí por la vida.
Las emociones penetran el lenguaje desde la entonación hasta el sentido. Una vida sin emoción es una vida sin sentido.
Estas afirmaciones no son banales, llevan tras de sí un largo camino de investigación y reflexiones (Shanker y Reygadas,
2002). Objetivamente, las emociones y los sentimientos importan porque muchas formas de comportamiento humano
serían ininteligibles si no se vieran a través del prisma de los afectos (Elster, 2002). Las reacciones afectivas, al ser
difíciles de describir y verbalizar, descansan en comportamientos no verbales para su comunicación (Zajonc, 1980). Por
esto, los afectos son eminentemente comunicables porque para desarrollarse e incluso para ser, tienen la necesidad de
comunicarse (Blondel, 1945; Fernández, 2000; Fernández, Carrera, Sánchez y Páez, 2002).
La afectividad es un aspecto constitutivo de la actividad humana expresada en los innumerables actos de la vida
cotidiana, y constituye un conjunto de guiones socialmente compartidos que se adaptan y ajustan al entorno socio-
cultural y semiótico inmediato (Markus y Kitayama, 1994). Los afectos son creaciones culturales primigenias,
pensamientos muy primeros, hechos de sustancia táctil, próxima y lenta, constituidos de materiales físicos y psíquicos;
son una compenetración de gestos y materiales, entre la gente que vive y las cosas que utiliza para hacerlo, borrándose
la posibilidad de establecer la diferencia entre pensamientos y sentimientos, excepto como extremos de una misma
realidad (Fernández, 2007).
Asoma así, la afectividad colectiva, pues cualquier sentimiento, por pequeño que sea, solamente puede ser
comprendido en referencia a algún modo de grupo, situación, sociedad y contexto (Fernández, 2000). Dicha afectividad
se manifiesta tanto en estados corporales, gestos, objetos e imágenes que son la sustancia de los motivos, valores,
significados, aspiraciones o desilusiones, síndrome complejo que tiene manifestaciones semiológicas sobre los planos
psicológico, fisiológico y de conducta (Sherer, 1993), fuertemente culturalizados-semiotizados a partir de sus
manifestaciones físicas (Plantin y Gutiérrez, 2009).
La estructura psíquica colectiva
No sólo se trata de razones o afectos, sino de la relación, incluso traslape, de ambos, en por al menos tres aspectos: la
cognición como generadora de emociones; la cognición que es influida por la emoción; y la cognición cuando tiene
como objeto intencional o propósito una emoción concreta (Elster, 2002); además de lo moral, la cultura, el tiempo y el
espacio. De esta manera, tanto las cogniciones como las emociones pueden ser estudiadas como efectos o como causas,
si se identifican las condiciones en las que tienden a aparecer, al considerar el vínculo entre la situación detonante; o ser
utilizados para explicar otros fenómenos, incluyendo estados mentales o entornos.
Por tanto, la idea de que la mente está compuesta y es producto del desarrollo filogenético de múltiples subsistemas,
cada uno programado para madurar en un tiempo fijo, dispuesto genéticamente a operar a partir de leyes de desarrollo
internas e independientes de la acción sociocultural del individuo, no es posible, tomando en cuenta los avances en
muchas áreas del saber, entre ellos la biología y la neurobiología, que indican que la clásica visión racional-irracional del
comportamiento humano es tan errónea como el determinismo genético y el innatismo que no explican el surgimiento
del lenguaje ni el de la emoción (Shanker y Reygadas, 2002). Lo que existe es un entramado de observaciones,
emociones, valores, creencias, intuiciones y juicios que se relacionan profundamente a la información cognitiva y
afectiva que nos coloca en disposición de actuar y sentir.
En la psique-colectiva se presenta una relación interminable e indisoluble entre cognición y emoción, donde no se
puede precisar con exactitud dónde empieza una y comienza la otra, pues el comportamiento afectivo es, junto con el
cognitivo, el eje central del funcionamiento psíquico colectivo. Esto encamina a suponer una razón cognitiva y una razón
afectiva, las cuales se desenvuelven bajo una lógica propia pero con un principio de experiencia compartida, donde se
desarrolla el sentido común, se produce la conversación, se posibilita la transformación, el aprendizaje y la construcción
de sentido colectivo (Fernández, 1988).
La psique-colectiva se hace de comunicación, donde no sólo se realizan inferencias lógicas en un contexto dado, sino
también involucra a quienes pertenecen a éste, pues no se trata de una realidad objetiva física, ni de una realidad
subjetiva psíquica, sino de una realidad intersubjetiva simbólica de comunicación (Fernández, 1988). Así, la esencia de la
comunicación se encuentra en los procesos de relación e interacción, pues todo comportamiento humano tiene un valor
comunicativo permanente que integra múltiples modos de expresión como la palabra, el gesto, el espacio, etcétera
(Mattelart y Mattelart, 2005).
La comunicación es una acción transformadora implícita en las prácticas, en donde la interacción material y simbólica
entre sujetos concretamente situados. Supone la recurrencia por parte de estos a sistemas de significación que
determinan la producción y reproducción de sentido en un tiempo y un espacio, es decir, en un contexto (Fuentes,
1999).
En este sentido, la razón y el afecto se extienden más allá del territorio corporal de los propietarios individuales de la
conciencia. Esto implica forzosamente un proceso interpretativo, pues el conocimiento del mundo y nosotros mismos
está vinculado a la interpretación que se realiza desde el marco lingüístico y cultural en donde nos desenvolvemos.
Entonces, el ser humano es reconocido como un agente parcialmente auto-determinado por una sensibilidad particular
hacia el contexto socio-histórico, pero práctico y reflexivo en y para la vida cotidiana mediante el lenguaje y la
significación (Íñiguez, 2005).
Pensar la realidad colectiva implica colocar el acento en la interacción, pero no en la interacción que plantea la dualidad
individuo/sociedad, sino en la realidad que no está ni dentro ni fuera de los individuos, sino entre ellos, es decir, en la
intersubjetividad. Ésta produce significados sólo analizables en el nivel colectivo, significados, no sólo generados por los
individuos en interacción, sino también dentro de ciertos límites espaciales y temporales, vinculados con los significados
acumulados socialmente (Fernández, 2000). La intersubjetividad es una acción recíproca y se compone de elementos
que atraviesan tanto el nivel subjetivo como el intersubjetivo; abarca tanto a los individuos, como a los grupos, los
contextos de interacción, las producciones discursivas y los intercambios verbales. Ésta refiere a una creencia inserta en
una situación con un marco espacio-temporal, campo social o institucional, universo de discursos o creencia derivada de
un entrelazamiento de principios, de evidencias empíricas, lógicas o morales, pero que es compartida colectivamente
porque tiene sentido para los actores involucrados (Jodelet, 2008).
La intersubjetividad se encuentra relacionada con el discurso, pero no queda reducida al mismo. Esto, en el entendido
que los discursos expresan significados, pero no los agotan, desde el momento que pueden existir estados de ánimo,
emociones o afectos que no logran expresarse en ellos. Así, el sentido colectivo no está en la correspondencia de las
palabras con una realidad física o mental, sino en la dirección de éstas. El sentido no está en los enlaces gramaticales, en
el conjunto de significados encadenados para producir las oraciones (Plantin, 2002). El sentido, parece estar en otra
parte y, sin embargo, más allá de la frase no hay nada más, sólo, lo no dicho, porque las palabras, las acciones pueden
parecer iguales o semejantes, pero tener su origen en los más diversos motivos y por tanto tener sentidos muy
diferentes para los actores.
El sentido psico-colectivo refiere tanto a una entidad semántica que tiene significado, carácter simbólico y capacidad de
representación, como a una entidad de orientación, es decir, dirección. En tal caso, el sentido tiene una carga simbólico-
representativa que rebasa la materialidad conductual, para ligarse a la narratividad discursiva y a su intencionalidad.
Ésta consiste en la dirección que aparece como contenido simbólico y funciona en tanto determina un conjunto de
condiciones obligadas a cumplirse para que la creencia se conforme y/o satisfaga (García 2007).
Lo expuesto en líneas anteriores permite exponer que la realidad, la comunicación y la colectividad son una misma
entidad. Así, la existencia de la comunicación está condicionada a la existencia de una colectividad, que comparta
símbolos y significados, al tiempo que la colectividad es un acuerdo intersubjetivo comunicativo que pone el acento, no
en el individuo ni en la sociedad, sino en el medio de éstos, en el nosotros, en la interacción que no está ni dentro ni
fuera de los individuos, sino entre ellos (Fernández, 2001). Interacción hecha de convenciones lingüísticas, de
presupuestos compartidos, de significados comunes y no sólo compartidos al producirse y reproducirse por los actores
mediante prácticas y actos comunicativos, gracias a un trasfondo de saberes, normas e historia.
El entorno psico-colectivo delineado, da cuenta de la necesidad de comprender las representaciones y tendencias de los
grupos así como sus tradiciones, recuerdos y conceptos dentro de sus pensamientos y sentimientos. El entorno psico-
colectivo es sólo posible si existe un universo simbólico de sentidos compartidos, construidos socialmente, que
permiten la interacción entre subjetividades diferentes, mediante la comunicación dentro de un contexto, donde los
que participan establecen y sostienen un ritmo y movimiento compartido.
La estructura psico-colectiva está hecha de construcciones socio-históricas, de afectos y cogniciones, resultado de
elementos contingentes y circunstanciales del contexto donde surge la colectividad, esto implica forzosamente un
proceso interpretativo, ya que ningún proceso social puede darse sin éste, pues nuestro conocimiento del mundo y de
nosotros mismos está vinculado a la interpretación realizada desde el marco lingüístico y cultural. En esta medida, la
estructura psico-colectiva no queda reducida a los discursos manifiestos o contenidos en las prácticas de manera
implícita, sino, como un proceso colectivo que da sentido y trasciende lo individual y lo social.
Conclusión
A manera de colofón, y a partir de los elementos descritos anteriormente, es posible considerar la realidad psico-
colectiva como hecha de comunicación cotidiana, donde se conjugan las normas, las tradiciones, las corrientes de
opinión, los pensamientos, también los afectos que dan sentido a los signos y posibilitan la comprensión de los procesos
de creación y recreación de símbolos con los cuales una colectividad conforma su realidad al hacer inteligibles las
interpretaciones de un entramado de significaciones. Realidad hecha de intersubjetividad, principio de experiencia
compartida, de desarrollo de sentido común, que ofrece la posibilidad de transformar, aprender, construir, de asimilar
la cultura.
La relación interminable e indisoluble entre cognición y emoción, que se plantea a lo largo de este documento, donde
no se puede precisar con exactitud donde comienza una y termina la otra, resulta el eje central del funcionamiento
psíquico colectivo, bajo el principio de experiencia compartida, donde se produce la conversación y se posibilita la
construcción de sentido. Relación que traza cambios epistemológicos y metodológicos y requiere una mirada más
amplia de lo social, y donde pierde fuerza el enfoque binario del conocimiento. Esto no significa, de ninguna manera,
poner énfasis en los particularismos o la fragmentación del conocimiento, sino más bien en la integración y síntesis, en
la interacción.
Se trata del pensamiento y afectividad que desborda y rebasa los límites de las conciencias individuales y de las
instituciones y sólo existen plena e irreductiblemente en el ámbito colectivo.
Así, lo colectivo debe ser considerado como un hecho aplicado a un sistema intersubjetivo, donde los afectos no son
sólo un componente consecuente de un cúmulo de informaciones y creencias socialmente normadas, pero tampoco
algo impredecible, aunque sí creativo, producto de elementos contingentes. De esta forma, la realidad colectiva no
parte solamente de la acción recíproca entre dos o más objetos, con una o más propiedades, sino de la coincidencia en
el espacio y en el tiempo de éstos. Esta realidad nace en el seno de la interacción intersubjetiva con base en las
convenciones lingüísticas, y los presupuestos compartidos gracias a la existencia de un mundo de significados comunes.