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Un relato autobiográfico

Nací en Stara Zagora, Bulgaria, el primero de junio de 1916. Mis padres eran humildes,
profundamente idealistas y amantes de la belleza, el arte y la naturaleza. Eran incansables
trabajadores, a punto tal que en mi casa se trabajaba los sábados, domingos y hasta los días de fiesta,
ya que sólo de ese modo se podía pagar el alquiler de las casas en las que vivíamos, ya que nunca
fuimos propietarios de ninguna vivienda. Las continuas mudanzas nos permitieron aprender
cuestiones relacionadas con arreglos y pinturas, ya que debíamos dejar en condiciones lo que
habíamos habitado.

El ejemplo de vida de mis padres fue excelente. Mi madre era una gran moralista, tejía a mano
puloveres y lo hacía con mucha creatividad. Mi padre se dedicaba al arreglo de todo tipo de
artefactos, era un verdadero amante del trabajo y el orden…un gran idealista, un socialista puro de
corazón.

En la cocina de casa siempre había una mesa de trabajo con una morsa, uno o dos martillos,
serruchos y cepillos para madera. Trabajar allí no era fácil, pero lo hacíamos. Así aprendí a hacer
mis propios juguetes, ya que no teníamos dinero para poder comprarlos.

A los 8 años me comenzaron a gustar mucho los metales, sobre todo porque con ellos me gustaba
poder hacer algo nuevo. A los 13 años, y con la sola utilización de una pequeña sierrita de joyero, ya
realizaba cosas que me permitían comprar comida. Esa cultura del vivir con lo justo y necesario, en
base a una ajustada economía, es algo que aprendí de mis padres y que llevo en mi carne y en mi
sangre.

Durante años trabajé en los fines de semana y en las vacaciones con el ideal de llegar a ser de grande
un ingeniero mecánico. Como alumno era uno de los mejores de la escuela, y demostraba allí mis
habilidades, pero nunca se me llegó a otorgar una beca que me posibilitase estudiar sin apremios
económicos. Por esto, claro que sufrí mucho, pero ahora agradezco profundamente lo vivido, ya que
todo se tradujo como un bien. Crear algo nuevo fue siempre un gozo, un ideal no comercial.

La falta de dinero en mi familia, modelo de austeridad y honradez, me dio las más adecuadas
condiciones para desarrollar diversos oficios. Sin embargo, estas que yo defino como excelentes
condiciones, la gente las considera 'condiciones desfavorables'. Generalmente desearían haber
nacido de padres ricos para hacer la vida más fácil, ignorando que esas condiciones son las peores
para el desarrollo mental, cordial y volitivo del hombre. Para mí, las condiciones ideales son las que,
ante la ausencia o carencia de algo, obligan al hombre a pensar y sentir. No hay trabajo que se pueda
hacer sin trabajo. Cuando yo trabajaba en una idea o un proyecto 'en condiciones desfavorables' me
motivaba más y culminaba todo con un gozo elevado.

Uno de mis grandes ideales era crear un taller en el que poder realizar todo lo que anhelaba con el
alma.

Nací en la Primera Guerra Mundial, perdí mis años juveniles en la Segunda Guerra Mundial, y luego
fui movilizado por el gobierno como jefe de playa en una gran estación de ferrocarril, no obstante,
logré trabajar para el futuro, guiado por altos ideales. Recuerdo que en el trabajo, en los bolsillos,
siempre tenía parte de alguna obra que pulía con los dedos entre la llegada de tren y tren.

El 23 de mayo de 1943, sentí un gran impulso cuando en plena guerra pude organizar la primera
exposición de mis obras. En aquella oportunidad, y cuando ya estaba casi todo listo para su apertura,
al día siguiente, me desmayé de hambre. Al despertar, fui a ver a mi madre, le pedí que consiguiera
algo de comer y que pidiera entre mis amigos carpinteros algunos clavos. Ella regresó con una
tajadita de pan y medio kilo de cerezas. Comí y al recobrar energías le dije a mi madre 'si me muero,
inaugurarás la exposición con tu hijo muerto'. Trabajé hasta entrada la madrugada, dormí en el piso
hasta que se acercó la hora de abrir la muestra, me levanté y dije 'yo he vencido'. La exposición fue
un éxito, la puerta hacia la nueva vida se abrió.

Cuando dejé de estar movilizado por el gobierno pude presentar la segunda exposición en la ciudad
capital, Sofía. Las repercusiones fueron también notables, allí pude ganar lo suficiente como para
afrontar los gastos de un año e inscribirme en la Escuela Nacional de Arte.

Mi padre falleció cuando yo tenía 24 años. Mi madre no tenía nada, y mi único hermano permanecía
movilizado por el gobierno. En la escuela de arte aprendí dibujo y pintura, pero no había nadie que
conociese el arte de los metales. Muchos de los profesores, me decían que yo ya estaba preparado, y
que no era necesario que siguiese estudiando. Pero yo continué con los estudios, sosteniéndome con
lo que hacía. De ese modo pude conocerme y saber para que servía. Siempre con la fe en que llegaría
el día en que podría contar con mi soñado taller, el mismo taller que era el ideal de mi amado padre.

En el año 1947 realicé la tercera exposición 'un romance amoroso entre dos flores'. Allí presenté
obras de tulipanes, rosas, violetas de los Alpes, jacintos y diversos ramos florecidos. Todo hecho con
restos de chatarra de la Segunda Guerra Mundial. En aquella época todo estaba bajo control militar,
y no se conseguía otro tipo de material. Al culminar la presentación, en la prensa se dijo que yo era
un 'poeta de los metales'. Pero yo seguía sin encontrar un maestro que me enseñara lo que quería
hacer. Sabía que había nacido con un impulso irresistible de hacer algo nuevo, a través de lo cual
volcar lo más sublime de mi alma: ideal de una nueva vida de belleza, de orden y de amor fraternal.

En pleno éxito y desarrollo de aquella tercera muestra, vino la policía y me obligó a cerrar para usar
el recinto como sede para un plebiscito. Debí aceptar la orden, pese a que todos sabían de la
existencia de otras galerías que estaban desocupadas. Al terminar el plebiscito reabrí la muestra, y le
dije a mi madre 'tu hijo siempre anhelaba ir al extranjero, y no tenía dinero…ahora saldrá sin dinero'.
Así fue como puse en marcha toda mi energía para realizar lo que había dicho… y lo hice. El
ministro de exterior me negó 140 veces la salida de Bulgaria, en sesenta oportunidades subí
personalmente hasta una oficina ubicada en el sexto piso de un edificio oficial. Un amigo me dijo
'hasta cuándo vas a insistir, no lo lograrás', yo le respondí 'lucharé y lo lograré'. Once meses después
pude salir de Bulgaria por un convenio de intercambio de artistas con Checoslovaquia, pude sacar
mis obras y se abrieron todas las puertas. De haber sido débil o no contar con mis altos ideales no lo
habría logrado.

Con esto le quiero decir a todos los jóvenes que ante todo se debe tener fe, tenaz voluntad y ganas de
trabajo. También deben aprender a interpretar los exámenes positivamente, no como un mal sino
como un gran bien. Si uno gasta sus rodillas en oraciones y no hace nada, no logrará nada. Se debe
trabajar para desarrollar las habilidades y los talentos. Si uno tiene la semilla de una bella flor y la
deja en una cajita guardada, jamás se desarrollará. Hay que ponerla en suelo fértil, regarla y cuidarla.
En cada semilla está programado lo que debe ser: qué flor abrir, qué frutos dar, qué color portar, qué
fragancia brindar. En el hombre, potencialmente, también todo esta dado, pero hay que desarrollarlo.

Se necesita una nueva educación y una nueva interpretación de la vida. Los padres deberían enseñar
que el infinito universo se sostiene en las divinas y eternas leyes, que se deben conocer, comprender,
y aplicar en la vida.

Lo más bello que tenemos es la posibilidad de trabajar con amor para encontrar el sentido de la vida.
Aprender a servir a la gloria divina, al prójimo y a uno mismo, en ese orden y no al revés. Este es el
camino de la salvación para toda la humanidad. Este es un mensaje para todos los jóvenes que
quieran entrar en la nueva vida de la nueva humanidad.

En cuanto a las cosas que he tenido en cuenta como fundamente para el desarrollo, destaco las
siguientes:

1) Desarrollar con trabajo las habilidades y los talentos.


2) Trabajar con amor, persistencia y tenaz voluntad.
3) No bifurcar la mente y nunca realizar dos ideas juntas porque eso asegura el fracaso.
4) Nunca perder la fe sobre lo que se anhela realizar.
5) No emprender trabajos que no se correspondan con las propias fuerzas.
6) Tener clara idea acerca de lo que se pretende desarrollar para no sorprenderse de las
dificultades que se puedan presentar.
7) En el tramo final de un trabajo, cuando se esta cansado, tener fe y no abandonarlo nunca.
8) No trabajar para el dinero, sino guiados por un alto ideal.
9) Avanzar confiados en que, al que trabaja con alta conciencia nunca le faltará el pan.
10) Aprender a concentrarse sólo en la idea que se realiza, de tal manera que nada lo pueda
desviar.

Dice un refrán chino que cuando un hombre de baja cultura quiere realizar un gran idea, esta tendrá
la altura exacta de su propia altura.

Cada uno realiza lo que tiene en si mismo, nadie puede realizar lo que no tiene dentro. Cada obra del
artista es retrato de su interior, y debe ser la materialización de lo más sublime que su alma a
atesorado.

El ideal del artista es realizar la creación con bellas formas para dar el impulso a una nueva cultura.
Si el arte no puede dar esto no tiene sentido y es inútil. Con cada obra, el artista debe movilizar a
quien la aprecia a transitar caminos desconocidos; y en cada obra debe participar activamente el
amor, el corazón de la humanidad, entonces esta obra vivirá en el futuro y dará frutos, de lo contrario
no es auténtica.

El artista primero debe aprender a copiar bien al gran maestro, creador del infinito universo y de la
infinita variedad. El arte que no expresa esto está condenado a desaparecer.

Con dos palabras: el arte es reflejo de la época en la que se ha creado. Pero qué clase de arte es el
que expresa una civilización en decadencia y desesperación.

El arte debe ser la expresión del amor, que es la más alta expresión.

Jorge Kurteff