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MAT.

DEL ÁREA DE ONTOLOGÍA


DRA. ELSA ELIA TORRES GARZA
LA ÉPOCA PRESENTE - KIERKEGAARD
... LA PRESENTE
VÍCTOR MANUEL PÉREZ HERRERA

Ahora cada uno puede tener una opinión,


pero se agrupan para tenerla.
Con veinticinco firmas apoyando la mayor estupidez
se forma una opinión; la más profundamente pensada opinión
de la mente más destacada es, en cambio, una paradoja.
- La época presente -

¿Qué cuadro ante un hipotético espectador externo -porque para efectos prácticos,
cualquier posible espectador interno plácidamente obnubilado se halla a resguardo incluso
de sí mismo- podría de sí misma dar nuestra época actual? Sólo el de una basta uniformidad
en la que toda posible expresión individual ahogada se halla bajo el sordo murmullo -más
bien, rumiar- de una totalmente indeterminada y anónima multitud -una suerte de
evangélica Legión- cuya lastimera y apagada semiexistencia a las mientes nos trae la
imagen misma de las tinieblas exteriores1, aquellas en las que el proteico espíritu musical
de la vida cedido ha el paso a un sempiterno y monótono crujir de muelas y rechinar de
dientes...

El mundo sobre el que se posa la mirada kierkegaardiana es el de la crasa


simulación que -en todo sentido muy a su pesar- tan torpe como infructuosamente intenta
ocultar la intrínsecamente humana dialéctica interna del individuo.

Mas, comenzando nuestro ejercicio, ¿por qué presente y no actual?, "... nuestra
época descansa a ratos en completa indolencia. Su condición es la del que se queda en cama
por la mañana: grandes sueños, luego adormecimiento, finalmente una cómica o ingeniosa
idea para excusar el haberse quedado en la cama"2, nuestra época es la de la inacción total,
es la época de lo jamás realizado, de lo mera y precariamente potencial, de lo que jamás

1 Mt. 25:30.
2 Kierkegaard, S., La época presente (Madrid: Trotta, 2012); p. 42.

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deviene actual... de lo que jamás constituye acto alguno; hablamos de época presente sólo
como una mera temporalidad, tan solo como una presencia negativa que ni siquiera se
atrevería a por lo menos estar:

"Éste es el verdadero camposanto. Allá en esos palacios que entristecen el


horizonte, hay muertos que es preciso llorar antes que a aquellos cuyos restos están aquí,
pues estos descansan.
"Se agitan en la corrupción y contienden con los gusanos por los alimentos: son
parecidos al hombre que ha sido enterrado vivo.
"El aire del cielo falta a su pecho, y la tierra los agobia con su peso. Están clavados
en las estrechas y miserables instituciones que han hecho, como entre las tablas de un ataúd.
"Joven que llorabas, y cuyas lágrimas han sido enjugadas pos mis palabras, llora
ahora y quéjate por los muertos que sufren todavía; llora por los que se creen vivos y son
cadáveres atormentados"3.

"La época presente" -sólo vagamente presente-, dice Kierkegaard, "es esencialmente
sensata, reflexiva, desapasionada, encendiéndose en fugaz entusiasmo e ingeniosamente
descansando en la indolencia"4, digamos nosotros que es cauta, en un sentido de parálisis
de la voluntad, en un sentido abúlico propicio, más que para la reflexión, para la indefinida
procrastinación autojustificada; su desapasionamiento es un indigna molicie en cuyo
letárgico ánimo suele inflamarse el asaz efímero entusiasmo de lo posible cuya realización
sólo es viable esfuerzo mediante, esfuerzo mismo que la inerte indolencia vuelve
impracticable y ante el cual, la vergonzosa racionalización, en auxilio del letargo acude
para mantener el lamentable estado de coma anímico, de conciencia anestesiada.

El individuo -todo individuo en su interioridad- es una campo de batalla entre sus


propios sueños de ángel y su hambre de perro -como dijese el poeta5-, mas he aquí que la
tarea de realización de sus sueños titánica se le presenta, tal como deshonrosa la
inmoderada satisfacción de su hambre... el pan de la vergüenza no resulta precisamente un

3 Levi, E., La ciencia de los espíritus (Barcelona: Edicomunicación, 2002); p. 259.


4 Kierkegaard, S., op. cit.; p. 41.
5 "He visto a Luzbel llorando en silencio / con sueños de ángel, con hambre de perro"; frag. de la

canción "De Gesta Siniestra" en A la Siniestra del Padre; Arturo Meza. (Ciudad de México; Gente de México -
Tierra de Luz, 1992).

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manjar y su amargor es abrumadoramente persistente. Por ello es que prefiere el individuo -
consciente o inconscientemente- la desaparición, la disolución, únicamente lo 'anima' una
voluntad de vacío, tal como -parafraseando-, a "aquel que en la existencia jamás logró
llegar a realmente ser, abandonado a sí mismo en un vacío mundo sin ser alguno que con él
conviva y al cual estrechamente vincularse pueda, sin pasado por añorar ni futuro por
esperar, puesto que éste ya ha pasado; aquel que jamás envejecerá por haber jamás vivido
juventud alguna ni poder asimismo ser joven puesto que tiempo ha que se volvió viejo;
aquel que ni morir puede puesto que no ha vivido y que tampoco puede vivir puesto que ya
ha muerto... aquel, finalmente, que para nada tiempo tiene ya, puesto que no tiene tiempo
en absoluto..."6 Tal voluntad de vacío es la que lo lleva a abjurar de su individualidad,
negando su interioridad y diluyéndose en la masa -en el público, dirá más adelante
Kierkegaard.

Así se llega al cuasi bestial amancebamiento entre lo que debiera ser el individuo y
la masa anónima. En un pelotón de fusilamiento, una de las armas tiene balas de salva, así,
cada uno de quienes lo forman hallará consuelo en la idea de que la suya era el arma
inofensiva. Dentro de una informe masa ávida de anonimato y de evasión de la propia
responsabilidad, todos hallan consuelo en la complicidad y en la repartición de la culpa: "en
mutuo reconocimiento de compartida astucia se acordaría prudentemente que no vale la
pena aventurarse tanto hacia fuera, que sería imprudente y ridículo; y luego se
transformaría la aventura del entusiasmo en una muestra de arte..."7 Lo que más teme el
individuo de la época presente es actuar, es adquirir responsabilidad y, al mismo tiempo,
sufrir la deshonra de su abandono, por ello nuestra época8 es una época de ardua reflexión y
de discurso, de grandes planes y fastuosas empresas a futuro, de publicidad y elocuencia...
de falta de compromiso y simulación; obviamente no podríamos calificar de compromiso el

6 Kierkegaard, S., El más desgraciado, en Sören Kierkegaard, Biblioteca de Grandes Pensadores.

(Madrid: Gredos, 2010); p. 286.


7 Kierkegaard, S., La época presente (Madrid: Trotta, 2012); p. 45.
8 'Nuestra' época es en realidad la época de la humanidad de todos los tiempos, tal pareciese que lo que

estamos describiendo no es el rasgo peculiar de un momento histórico-temporal, sino el carácter general de la


humanidad de todos los tiempos, constituyendo entonces la peculiaridad lo que Kierkegaard llama la época
revolucionaria o apasionada.

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tácito y cobarde entendimiento mutuo que en indecente complicidad nos mantiene en la
fatal inercia en la que en aparente comodidad inquietos aunque silenciosos nos removemos.

Vale más para el hombre una vida de plácido autoengaño que un momento de firme
decisión. La actividad humana par excellence es la reflexión, el pensamiento, es lo que nos
distingue de los animales, gracias a ello es que hemos logrado el dominio de la naturaleza y
los grandes avances de nuestra civilización mas, he aquí que se adolece de un sutil engaño.
Ya Kierkegaard lo aclara cuando dice: "pero siempre debe recordarse que la reflexión no es
en sí misma algo pernicioso, sino que por el contrario, el trabajar en ella es el prerrequisito
para una acción más intensa"9. Es de suma importancia resaltar que, si bien no es en sí
misma algo pernicioso, tampoco resulta un fin en sí misma, es una preparación para una
acción más intensa y, aun cuando pudiese lastimosamente argüirse que supone ya un cierto
tipo de acción, no podría sostenerse que lo es de realización -en el sentido etimológico y
propio del término. Y en tal engaño es que el hombre halla el fundamento de su solaz -mero
regodeo en la propia inmundicia-, porque es admirado cuando demuestra tener grandes
ideas, nobles sentimientos, profundidad de pensamiento y visión a futuro -aun cuando nada
de ello en la realidad su reflejo halle-; porque igualmente al de enfrente -aquel que lo
admira y en escandaloso secreto a voces también lo envidia- obligado se halla a tributar
igual reconocimiento y admiración -y envidia-, so pena del quebrantamiento de la frágil y
sorda apariencia de armonía -en realidad densa y umbría contención de la humana
naturaleza.

La reflexión que paraliza la voluntad es la que se erige en un seguro sucedáneo de la


realización, es la que usurpa su lugar, dejando a su fautor a salvo del fracaso y de la
exhibición; es la reflexión excesiva que sumerge al entusiasmo en un fárrago pantanoso de
duda, de temor, de anhelo, de ansias y de ansiedad, de un pesado cúmulo de emociones
encontradas cuya sobresaturación en la psique del individuo es la que lo estanca y paraliza.
Es la que busca esconder sus miserias en la endeble seguridad del anonimato de la masa,
del rebaño. Es la que ciega, insensible, inmisericorde, ahoga toda posible expresión de

9 Kierkegaard, S., op. cit.; p. 91.

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individualidad, preferible morir asfixiado que vivir expuesto a la mirada del siglo. ¿Y no es
acaso evidente ello en los lamentables berreos y 'elaboraciones' racionales -de alguna aviesa
manera lo son, es indiscutible- de los 'movimientos' que claman por la defensa de
hipotéticos derechos para exiguas minorías que son las que menos presentes se encuentran
en los desvaríos de quienes pretenden representarlas? Horas y horas, días, semanas y
meses-hombre, racionalizando situaciones ante el escritorio; recursos individuales, privados
y oficiales dispendiados miserablemente para terminar regados en las calles en forma de
berridos, spray, brillantina y malestar social... eso sí, plenamente satisfechas las conciencias
'activistas' -de la causa que sea, es lo que menos importa- por la tan eminente acción social
realizada -en realidad, tan solo llevada a efecto, en el sentido figurativo del término-... y
aun, como si la anonimidad masiva no fuere suficiente, embozados los vergonzantes rostros
tras inmundos paños que en orgullosas banderas del más grosero sinsentido se erigen y
ondean.

"La fuerza de la inercia [vis inertiæ] está en la tergiversación de la época y cada


desapasionado se felicita como su inventor"10, sólo es cuestión de dejarse arrastrar por la
corriente imperante, de abandonarse negligentemente a su fatal impulso, de abjurar
bestialmente, aplastando con ferocidad toda incipiente protesta por parte de nuestro más
profundo ser, de la única dignidad a la que como humanos podríamos acaso acceder, cual
es la de la realización de los postulados de nuestra razón misma, de aquellos sueños y
deberes que nuestra condición de seres volentes nos reclama, ¡del diseño y construcción
conscientes y voluntarios de una verdadera individualidad! «Hagamos al hombre a imagen
y semejanza nuestra»11, dijo el Creador a quién sino al hombre mismo quien debe concurrir
a su propia creación, quien debe levantarse del barro del que fue formado y hacerse digno
por su razón y por su obras de erigirse en coadjutor de aquel cuyo ideal no es sino el de un
hombre infinito -la teología es más la ciencia de las aspiraciones humanas que una ciencia,
ya positiva, ya meramente especulativa, de la divinidad.

10 Kierkegaard, S., La época presente (Madrid: Trotta, 2012); p. 43.


11 Gén. 1:26.

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Mas, ¡ay!, he aquí que el llamado a tan nobles y gloriosas alturas se halla -cual si de
una patética Doña Elvira o una trágica Margarita se tratare- sumergido en un denso drama
de chantajista autoconmiseración, gustosamente postrado ante la evangélica Legión -
propiamente dicha ahora- que, entre sus propios sueños de ángel y hambre de perro,
sordamente le hace sucumbir. ¡Asco y no lástima o compasión es lo que habría de sentirse
por este patético híbrido humanoide que ante el espejo a diario vemos y que impúdicamente
de su sufrimiento un alarde mercantil elabora para traficar en la plaza junto al resto de los
charlatanes y mercachifles que en sórdida caterva ahí se congregan... sus semejantes!

"¡Oh, Rabelais, mi maestro, sólo tú puedes traer la panacea que conviene a toda
demencia! ¡Una gran carcajada!"12.

"Pero aquel que entiende lo cómico ve con facilidad que lo cómico se encuentra en
un lugar muy distinto de donde la época presente lo imagina, y que la sátira de nuestro
tiempo, si es que va a ser posible que haga algún bien y no un daño irreparable, debe tener
por fortaleza una consecuente y bien fundada visión ética de la vida, una sacrificada
abnegación, una elevada nobleza que renuncia al instante. De otro modo, la medicina se
vuelve incomparablemente más peligrosa que la enfermedad [...] Pretender ser chistoso
cuando no se posee la riqueza de la interioridad es querer derrochar en el lujo y privarse de
las necesidades básicas de la vida"13.

¿No resulta acaso acremente elocuente a este respecto la 'comicidad' que en los
medios se ofrece a su lerdo consumidor, quien ávidamente devora la grosera burla que de la
situación en que él mismo vive, como anestésico anímico se le administra? Torvos y
obscenos espasmos que usurpan el lugar de la sana carcajada pretenden ahogar el reclamo
de la conciencia que desaforadamente grita: «¡No rías, eres tú mismo, avergüénzate de tal
estado y construye tu propia dignidad! ¡Libera de su prisión a tu más profunda interioridad!
¡Deja que su esplendente fulgor ilumine sus entornos! ¡Sal de la molicie y la podredumbre!
¡Abandona el frío sepulcro de la indiferencia y la uniformidad! ¡Levántate y anda!». En
efecto, una carcajada orgánica sólo puede emerger de un alma igualmente orgánica,

12 Levi, E., El gran arcano del ocultismo revelado (Buenos Aires: Kier, 1995); p. 69.
13 Kierkegaard, S., La época presente (Madrid: Trotta, 2012); p. 48.

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viviente. Para Kierkegaard existe una conditio sine qua non para que lo cómico no devenga
"la última y más fantasmagórica escapatoria"14 y ésta es un ánima viva, apasionada,
exultante del activo -la vis internæ, la voluntad, la esencia misma de la vida- del
sentimiento, del entusiasmo y la interioridad, de lo doméstico -piedad o admiración- en
todas las áreas de la experiencia humana, respectivamente, lo erótico, lo político y lo
religioso, lo cotidiano y la vida social15; la risa es la manifestación de la vida misma, de la
fuerza de la vida misma, es expansión y es salud, es libertad y es voluntad, "cuando la risa
celebra porque es júbilo y agradecimiento libera a la voluntad en una incesante
autoafirmación que es, al mismo tiempo, su interior necesidad: querer, querer siempre más.
La experiencia de la risa auténtica reclama ante todo libertad, la virtud de no temerle al
extremo de lo posible, dicho parafraseando a Bataille. Zaratustra ama a quienes no quieren
preservarse a sí mismos, a los que declinan. Reírse de sí es una forma de no preservarse, de
liberarse, hay pérdida del sí mismo en la risa de sí"16; la risa es vida apasionada, es voluntad
apasionada; es voluntad de vida. Sólo una vida y una voluntad así son capaces de renunciar
religiosamente al mundo y sus burdas seducciones; sólo en una voluntad así podría hablarse
de renunciación en tanto que tal. Mas hemos menester aclarar este punto.

La renuncia kierkegaardiana al mundo lo es al mundo artificial de la época presente,


del siglo; a su espíritu de pesantez, a sus simulaciones, apatía y desapasionamiento, a su
nulidad e inercia; es un soltarse a sí mismo y a la caricaturesca elaboración de personalidad
con la que se transita por el siglo y que torpemente substituye al ser mismo: "Una profunda
renuncia religiosa al mundo y a todo lo que es del mundo, acompañada de diaria
abnegación"17.

Tanto la enfermedad de la época presente como su remedio, quedan admirablemente


plasmados en el cuadro que el abate Constant al respecto dibuja en su Agonía de Salomón:

14 Ibíd.
15 Ibíd.
16 Giardina, M., La devoción de la risa (Córdoba: Universidad Nacional de Río Cuarto), consultado en

https://www.unrc.edu.ar/publicar/21/tres.html
17 Kierkegaard, S., Op. cit.; p. 44.

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"La fe es un poder de la juventud y la duda un síntoma de la decrepitud […]
Cuando el espíritu enflaquece, cuando el corazón se apaga, se duda de la verdad y del amor.
Cuando los ojos se perturban, se juzga que el sol no brilla más, se llega hasta dudar de la
vida y se siente, de antemano, la aproximación de la muerte.
"Ved los niños, ¡qué irradiación en sus ojos, qué inmensa creencia en la luz, en la
felicidad, en la infalibilidad de su madre en los dogmas de su ama! ¡Qué mitología de
invenciones! ¡Qué alma atribuyen a los juguetes y muñecas! ¡Qué paraísos en sus miradas!
¡Oh, los ángeles bien amados! Los ojos de los infantes son los espejos de Dios en la tierra.
El joven cree en el amor, es la edad del Cántico de los Cánticos. El hombre maduro cree en
las riquezas, en los triunfos y a veces hasta en la sabiduría. Salomón llegaba a la edad
madura cuando escribió su libro de los Proverbios.
"Después, el hombre cesa de ser amable y proclama la vanidad del amor, se extenúa
y no cree más que en los goces que dan las riquezas; los yerros y los abusos de la gloria y
hasta los triunfos le disgustan. Su entusiasmo se extingue, su generosidad se gasta, se
vuelve egoísta y desconfiado, y entonces duda de la ciencia y de la sabiduría. Es entonces
cuando Salomón escribe su triste libro del Eclesiastés […] ¡Salomón: envejeciste!
"Dicen que Salomón conocía la virtud secreta de las piedras y las propiedades de
las plantas, pero hay un secreto que ignoraba, puesto que escribió el Eclesiastés. Desconocía
el secreto de la felicidad y de la vida; ese secreto repele al abatimiento, eternizando la
felicidad y la esperanza: ¡EL SECRETO DE NO ENVEJECER! […] Hasta el momento del último
suspiro se pueden conservar las alegrías ingenuas de la infancia, los éxtasis poéticos del
joven, los entusiasmos de la edad madura. Hasta el fin, es posible embriagarse de flores, de
belleza y de sonrisas, recobrar incesantemente lo que pasó y encontrar lo que se perdió. Se
puede hallar una eternidad real en el bello sueño de la vida.
"¿Qué es preciso hacer para ello? […] Hay que olvidarse de sí mismo y vivir
únicamente para los otros […] Vivir en los otros, con los otros y para los otros, es el secreto
de la caridad y el de la vida eterna. También es el secreto de la eterna juventud. Si no os
volvéis semejantes a los niños, decía el Maestro, no entraréis en el reino de los cielos.
"Amar es vivir en aquellos que se ama, es pensar sus pensamientos, adivinar sus
deseos, participar de sus afectos; cuanto más ama la gente, más aumenta la propia vida. El
hombre que ama ya no está solo y su existencia se multiplica, familia, patria, humanidad.
Balbucea y salta con los infantes, se apasiona con la juventud, razona con la edad madura y
extiende la mano a la vejez.

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"Salomón no amaba más cuando escribió el Eclesiastés y había caído en la ceguera
del espíritu por la decrepitud del corazón. Su libro es la agonía de un espíritu sublime que
va a apagarse por faltarle el alimento del amor. Es triste como el genio solitario de
Chateaubriand, como las poesías del siglo XIX. Sin embargo, el siglo produjo, por ejemplo,
a Víctor Hugo, prueba viva de lo que acabo de afirmar. Este hombre, egoísta al principio,
fue viejo en su juventud, y después, cuando sus cabellos encanecieron, comprendió el amor
y se rejuveneció. ¡Cómo adora Víctor Hugo a los niños! ¡Cómo respira todas las savias y
todas las divinas locuras de la juventud! ¡Qué gran panteísmo de amor en sus últimas
poesías! ¡Cómo comprende la risa y las lágrimas! Tiene la fe universal de Goethe y la
inmensidad filosófica de Spinoza. Es Rabelais y Shakespeare. ¡Víctor Hugo: sois un gran
mago sin saberlo y encontraste, como no lo logró el pobre Salomón, el arcano de la vida
eterna!"18

He aquí que el mal de la época presente es la atrofia del corazón, la artrosis anímica
y, su remedio, la liberación de la propia interioridad a través del amor irrestricto al prójimo.
La causa del mal es el temor. Paradójicamente, el miedo a diluirse y desaparecer entre la
masa es lo que alimenta a esa misma masa que, finalmente, termina por absorber todo y a
todos, quienes perecen en una caliginosa atmósfera de frío y soledad apenas conscientes de
sí mismos, sordos y ciegos para los demás, quienes, a su vez, en análogas circunstancias
igualmente fenecen, componiendo todos la triste estampa de un mundo gris y
desapasionado, opaco y desleído; apagada suerte de asfixiante limbo en el que errabundas
fantasmagorías -en involuntario consentimiento y febril resignación- usurpado han el sitio
que otrora -seguramente alguna vez- seres de jovial vitalidad, orgullosos habitaban y
vivificaban, a semejanza de aquellos pequeños del Evangelio que -en la dulce pluma de
Wilde-, al jardín del gigante, de primavera y alegría gozosamente henchían.

18 Levi, E., El gran arcano del ocultismo revelado (Buenos Aires: Kier, 1995); pp. 185-189.

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- BIBLIOGRAFÍA -

Kierkegaard, Søren. El más desgraciado. Madrid: Gredos, 2010.

—. La época presente. Madrid: Trotta, 2012.

—. «Siluetas. Pasatiempo psicológico.» En O lo uno o lo otro. Un fragmento de


vida, de Søren Kierkegaard, 183 - 227. Madrid: Trotta, 2006.

Levi, Eliphas. El Gran Arcano del Ocultismo Revelado. Buenos Aires: Kier, 1995.

—. La ciencia de los espíritus. Barcelona: Edicomunicación, 2002.

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