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UNA HISTORIA DE DOS

EL DESCUBRIMIENTO DEL SENTIDO DE LA CONCIENCIA

Efraín Marcilla
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Título: Una historia de dos.

Autor: Efraín Marcilla.

Reservados todos los derechos. Se prohíbe, sin la autorización escrita del


titular, la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento
informático, transmisión visual, por fotocopia, por registro, etc.; así como
la distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

© Efraín Marcilla

Depósito Legal: V-5066-2008

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Especialmente dedicado
a las personas que,
desde la sonrisa y el cariño,
aprenden para hacer de este mundo
una Tierra donde el Amor triunfe.

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ÍNDICE

Prefacio (página 9)
Mi filosofía de vida (página 11)
La dichosa frase (página 17)
Tamara y Rosa (página 23)
La primera cita (página 29)
Un e-mail muy bonito (página 39)
El sueño (página 47)
Un abrazo muy especial (página 57)
Si has llegado hasta aquí, continúa (página 65)
Sexo y amor (página 73)
La cena (página 85)
Un día gris (página 99)
Ahora ya lo sé (página 111)
Una historia de dos (página 119)
Nota final del autor (página 127)

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PREFACIO

Después de que muchos amigos y amigas me pidieran


que continuara escribiendo historias sorprendentes,
misteriosas y, sobre todo, con contenido didáctico, me atrevo,
con gratitud y cariño, a narrar “Una historia de dos”.
Como siempre, y porque la Vida también me lo pide,
he introducido en los diálogos de los personajes algunas
enseñanzas psicológicas y espirituales que considero
fundamentales. En este caso, se trata del descubrimiento y
percepción del Sentido de la Conciencia.
Te invito a seguir leyendo una historia especialmente
interesante y bonita.

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MI FILOSOFÍA DE VIDA

Cuando cumplí diecinueve años, pensé que era el


momento de hacer una locura y, por eso, dejándome llevar por
la moda de entonces, me tatué en la zona inferior del
abdomen, a la izquierda, una pequeña frase en japonés que,
traducida, significa: “si has llegado hasta aquí, continúa”.
La cultura japonesa comenzó a atraerme desde el
momento que mis padres decidieron apuntarme a Judo. Según
ellos, tras curiosear en la filosofía y técnicas de los principales
sistemas de artes marciales, el Judo en especial me ayudaría a
formar un carácter firme y seguro y, además, me daría la
tranquilidad de poderme defender sin hacer daño a nadie.
Porque el Judo, que significa el camino de la flexibilidad o el
camino de la suavidad, no intenta vencer una agresión
oponiéndose a ella, es decir, con otra agresión o con más
violencia; el Judo, por el contrario, pone énfasis en ceder,
apoyar o dirigir la fuerza agresora para ponerle fin desde su
propia energía. Por ese motivo, en el Judo se aplican
principios científicos de palancas, eficiencia, momento y
control, para poder superar con poco esfuerzo al adversario,
sea cual sea su tamaño o condición física.
La confianza y seguridad que fui adquiriendo poco a
poco con el aprendizaje de las técnicas de Judo acabaron por
convertirme en una chica sexualmente atrevida. Pronto
aprendí a manejar a los chicos según mis antojos; y, como no
era tonta, cuando uno me gustaba, para salvaguardarme de los
cotilleos, rumores y comentarios de todos esos capullos que
siempre hablan para hacer daño, me lanzaba a ligar con él

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bajo el propósito de salir en pareja, como novios, durante un
periodo de tres meses. Ése era el trato o contrato: un acuerdo
que sorprendía a todos los chicos, pero que, sin embargo,
aceptaban. Y lo aceptaban porque seguramente pensaban que
estaba bromeando con ellos.
Uno de los chicos que más sufrió por esto fue
Carlos… A Carlos lo conocí en una librería, en la sección de
libros de autoayuda y psicología. En un principio, sólo me
llamó la atención su culito respingón, que todavía era más
espectacular cuando el chaval se reclinaba para escudriñar los
títulos escritos en los lomos de los libros depositados en las
estanterías inferiores. Aquel llamativo culito,
irremediablemente, fue la causa que me incitó a aproximarme
hacia él con disimulo, ya que rápidamente sentí curiosidad por
saber cómo era el rostro de la persona que con tanta gracia lo
lucía. Y lo averigüé cuando ya estuve cerca, mientras
disimulaba buscando tontamente alguna obra que me llamara
la atención. Así, de reojo, pude comprobar que el chico tenía
una cara bondadosa y una expresión simpática. De modo que,
con estos primeros apuntes, no dudé en lanzarme a la aventura
y, aprovechando que sostenía en sus manos un libro titulado
“Aprenda a comunicarse mejor”, me atreví a decirle:
–¡Mira qué casualidad! Yo también estoy buscando
algún libro como ése. Es que estoy un poco harta de que la
gente no me comprenda y, encima, me malinterprete; y creo
que la culpa la tengo yo. Seguramente me expreso mal o doy a
entender todo lo contrario de lo que realmente quiero decir.
Al chico, inmediatamente, se le abrieron los ojos en
señal de sorpresa e incredulidad; y, durante unos segundos, se
quedó mirándome en silencio de una forma muy pensativa,
consiguiendo incluso que me sonrojara un poquito. Pero al
hilo de lo que yo acababa de comentar, finalmente, empezó a
hablar:

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–A mí me pasa más o menos lo mismo. Tengo un
amigo que está estudiando psicología, y al que le encantan
este tipo de libros, que me ha recomendado que buscara y
leyera éste –acabó diciendo mientras me mostraba la portada
del libro.
–¿Y habrá otro para mí? –pregunté mirando hacia la
estantería.
–Pues sí, aquí hay otro… ¿Te lo vas a llevar?
–Claro.
El chico, amablemente, lo cogió para dármelo, y yo,
con mucha intención, pensé en rozar su mano con la mía; y así
lo hice. Y tras darle las gracias mirándole con una sonrisa
especial, acabé por preguntarle su nombre:
–Me llamo Carlos. ¿Y tú?
–Yo soy Tania.
Era normal entonces que se hiciera el silencio…
Carlos se quedó sin saber qué más decir o qué hacer; aunque
yo estaba decidida:
–Te va a parecer una locura, pero, ¿qué te parece si
tomamos algo en la cafetería de al lado y comprobamos qué
tal se nos da hablar?
–Si te soy sincero, creo que me estás tomando el pelo
y que hay alguna cámara oculta por aquí.
–¡Qué gracioso que eres! –exclamé con un aire
simpático–. Verás, yo soy de las que piensan que las cosas no
pasan por casualidad; y creo que este momento no es casual
en absoluto. Porque resulta curioso que dos personas hayan
coincidido en la misma librería con el propósito de buscar un
libro que les ayude a expresarse mejor. Como esto es algo que
no pasa a menudo, creo que puede ser interesante saber hasta
dónde nos lleva esta situación. No le des muchas vueltas –le
dije con gracia–; seguramente, nos tomaremos un café y luego
ya no nos veremos más. Pero no me negarás que ante todo

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habrá sido una anécdota especial –terminé diciendo con una
sonrisa.
–¡De acuerdo! Me has convencido –añadió también
con una sonrisa.
Entonces, inmediatamente después de pagar los libros
y salir de la librería, nos sentamos fuera, en la terraza de la
cafetería de al lado. Allí Carlos y yo entablamos un principio
de amistad. Tontamente empezamos comentando a qué nos
dedicábamos cada uno. Él me contó que acababa de empezar
a trabajar como responsable del almacén de Carrefour y que,
por ello, había sentido la necesidad de leer y aprender todo lo
posible sobre comunicación verbal; pues quería que, desde el
primer momento, quienes estaban a su cargo, le tomaran en
serio y le entendieran a la primera. A colación, yo le hablé de
mi último año de estudios en la Facultad de Económicas.
Seguidamente, nos cuestionamos si teníamos pareja; y, por
suerte para mí, él estaba libre. De modo que, hablando de
nuestras vidas y de nuestros gustos, riéndonos incluso con
algunas anécdotas graciosas, estuvimos conversando cerca de
una hora; hasta que Carlos comentó que se tenía que ir. A mí
se me ocurrió decirle que le esperaría allí mismo y a la misma
hora dentro de tres días; matizando que, como era lunes, el
jueves estaba dispuesta a verlo otra vez para hablar de la
lectura del libro y, al mismo tiempo, practicar los consejos
que el autor había escrito; y Carlos aceptó encantado.
Tras esa segunda cita, hubo una tercera… En la cuarta,
ya nos conocíamos suficientemente bien para sentir cierta
atracción el uno por el otro. Yo lo notaba en sus miradas y en
sus gestos, que eran sumamente sensuales e interesados. Y
desde mi punto de vista todo estaba muy claro. Por ello, fue
en ese cuarto encuentro cuando le propuse que saliera
conmigo durante tres meses, ni uno más ni uno menos.
Cuando Carlos oyó mi propuesta, no pudo evitar reírse a

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carcajadas; pero, como yo no paraba de insistir de forma
simpática y sensual, incluso con razonamientos muy
convincentes, aceptó el reto, agregando, inconsciente y
egoístamente, que acabaría arrepintiéndome y rogándole que
continuáramos juntos por más tiempo.
Durante aquellos tres meses, no descubrí o aprendí
nada que no conociera ya de los hombres. Carlos se portaba
muy bien conmigo, y el sexo entre los dos era bueno. No
puedo decir otra cosa, porque no surgió nada especial ni
experimenté algo diferente a lo que había vivido ya con los
anteriores chicos con los que había salido. Por lo tanto, seguí
pensando lo mismo: todos los hombres son iguales y estar con
uno más de tres meses es un aburrimiento.
Y, como tres meses pasan volando, finalmente llegó el
día de la despedida de Carlos. Recuerdo perfectamente cómo
lloraba y lloraba suplicándome que no le dejara;
preguntándome, incluso, qué había hecho mal; pidiéndome
desconsoladamente que le perdonara y que continuara con él.
Pero yo siempre les decía lo mismo a todos:
–¿Te consideras un hombre? Pues asume lo que ha
pasado y cumple el trato que hicimos. Y no le des muchas
vueltas a lo que ha ocurrido, porque sufrirás.
Gracias a la Vida, me he dado cuenta que me
equivoqué rotundamente al comportarme de aquella manera.
Y he de decir también que, aunque sólo fue una etapa que
duró siete años, en el transcurso de los cuales estuve con ocho
chicos, quien me ayudó a salir de esa filosofía que yo misma
creé fue el número nueve, cuyas primeras palabras que oí
pronunciar fueron: “si has llegado hasta aquí, continúa”.

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LA DICHOSA FRASE

El paseo marítimo de la Playa de la Patacona de


Alboraya, en Valencia, es un lugar idóneo para patinar. Aquel
sábado de septiembre todavía hacía calor y, pensando en
disfrutar del atractivo espacio abierto hacia el mar y de una
mañana de sol y deporte, sentí el impulso de acercarme allí.
Como casi siempre, las palmeras del paseo marítimo
seguían suplicando un poco de agua. Ellas, cuando el viento
susurra, acarician su soplo fresco o cálido, provocando una
ligera sonrisa en el aire y en aquéllos que sienten la totalidad
de la Vida. Aquella mañana, sin embargo, todo estaba en
calma, y sólo el ir y venir de la gente, buscando sitio en la
playa o simplemente paseando o en bicicleta, atraía mi
atención mientras me deslizaba con los patines recorriendo
todo el largo del paseo.
Así estuve durante más o menos media hora; hasta
que, sobre las doce de la mañana, sin percatarme de dónde,
apareció una joven que, como yo, parecía disfrutar patinando
y observando los singulares matices del lugar. La chica, que
aparentaba tener veintiséis o veintisiete años, vestía un
pantalón corto blanco y una camiseta azul claro. En principio,
sólo me fijé en eso y en su pelo castaño y liso, que, recogido
en una coleta, debía quedar suspendido hasta la mitad de su
espalda cuando reposara sin ataduras.
Atraído inicialmente por la coincidencia de ser los
únicos que patinábamos por allí, no pude evitar mirarle a la
cara cuando pasó por mi lado, momento que también ella
aprovechó para hacer lo mismo conmigo. En aquel instante,

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sus ojos marrones siguieron durante dos segundos a los míos,
tiempo suficiente para vislumbrar su especial atractivo, que,
sin ser espectacular, provocaba admiración. Y en aquel
instante también, me di cuenta que era casi tan alta como yo y
que su cuerpo delgado poseía la firmeza de esos otros que
pasan horas en el gimnasio.
Como hombre, me alegré que una chica tan guapa
pudiera compartir conmigo todo aquel espacio donde
patinábamos en el silencio de no saber nada el uno del otro.
También como hombre, sentí el impulso de patinar con gracia
y estilo, seguramente motivado por algún deseo inconsciente;
aunque pronto evidencié que la joven tenía más práctica que
yo. De modo que, como no pasaba nada y ambos seguíamos
nuestra marcha, me relajé y, sin saber cómo, volvió a
suceder… Porque aquella frase extraña que días atrás se había
colado en mi cabeza comenzó de nuevo a rondar mi mente;
aunque esa vez lo hizo con más fuerza y claridad, dejándome
aturdido con el sonido de las palabras: “si has llegado hasta
aquí, continúa”.
Por culpa de esa dichosa frase, tuve que pararme a
descansar en uno de esos bancos de piedra y colores que hay
en el paseo con el deseo de intentar relajarme otra vez.
Seguramente, aquella chica debió observar que me encontraba
mal y, muy amablemente, acercándose hacia mí bajo un rostro
de cierta preocupación e interés, me preguntó si me podía
ayudar y si necesitaba un poco de agua. Pero entonces, como
si fuera una marioneta, carente de voluntad y de control, no
pude evitar decirle:
–Si has llegado hasta aquí, continúa.
Ella, al oír eso, con cara de sorpresa y asombro, dio un
paso atrás y, como llevaba los patines, se desestabilizó y
acabó cayéndose. En ese momento, asustado pero decidido a
ayudarle, me levanté como pude y, dado que aún estaba

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aturdido, también yo me caí. De modo que allí nos quedamos
los dos, en el suelo y con un ataque de risa impresionante.
Después de calmarnos y acabar sentados sobre el
paseo, uno enfrente del otro, la chica se animó rápidamente a
preguntarme:
–¿Por qué me has dicho eso?
–¿El qué? –respondí.
–Pues esa frase: si has llegado hasta aquí, continúa.
–No lo sé… Si te soy sincero, desconozco por qué han
salido de mi boca esas palabras. Lo cierto es que desde hace
unos días la oigo en mi cabeza, pero no sé cómo ni por qué ha
sucedido todo esto –le expliqué intentando ser veraz y
razonable.
–¿Tú y yo nos conocemos de algo? –me interrogó con
cara de preocupación.
–No, creo que no.
–¿Estás seguro que no me conoces? –añadió
incrédulamente– ¿Seguro que no has hablado alguna vez con
alguien que ha estado conmigo?
–Te lo aseguro. ¿Por qué me haces esa pregunta?
–Verás, no te lo puedo contar, pero la frase que has
pronunciado antes es muy significativa para mí. Por cierto,
¿cómo te llamas?
–Ángel. ¿Y tú?
–Yo soy Tania.
Después de pronunciar su nombre, el silencio nos
invadió. No fue un silencio incomodo ni tampoco un
momento en el que cualquiera de los dos quisiera buscar una
conversación con la que continuar el diálogo o una excusa
para marcharse. Al contrario, fue un silencio donde nuestros
ojos se encontraron y donde pude adivinar tras los suyos un
deseo extraño por conocerme.

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Ese tipo de cosas me ocurrían con mucha frecuencia.
Desde que el Sentido de la Conciencia se despertó en mí, me
había vuelto muy sensible a todos mis pensamientos e,
incluso, a los de los demás. Dicho despertar advino después
de muchos años de introspección y autoconocimiento y tras
interesarme seriamente por los misterios del cerebro y los
procesos mentales. Desde siempre he tenido esa curiosidad, es
decir, aprender cómo funciona la mente y dónde están sus
limitaciones y, además, estudiar los descubrimientos en
materia neuronal que los científicos están desvelando poco a
poco del cerebro.
Mi apasionado interés por la mente y el cerebro
finalmente se tradujo en la búsqueda de respuestas que la
ciencia todavía no ha encontrado. Porque los últimos estudios
ofrecen explicaciones muy concretas a aspectos relacionados
con el lenguaje, la percepción de las formas, la motricidad, la
obsesión por el arte o por las matemáticas, etcétera; pero no
aclaran cuestiones tan fundamentales como la percepción del
pensamiento, la ubicación y naturaleza de la conciencia, la
comprensión o el amor. Ningún científico puede explicar en
qué región del cerebro o qué conexiones neuronales se
establecen cuando un individuo se encuentra en un estado
introspectivo, bajo la acción de la comprensión o expresando
desde sí mismo la más extraordinaria y bella de las energías:
el Amor. Ningún científico ha dado respuestas sobre ello y,
sin embargo, para mí es algo que acabó siendo fundamental y
la mayor de mis pasiones. Por eso, un día, sin saber cómo ni
por qué, y quizá derivado de la exquisita atención que
prestaba a mis pensamientos, me di cuenta que había algo que
estaba pasando por alto. Eso se resumía en preguntas como
éstas: ¿cómo es posible que pueda, por ejemplo, ver una
naranja en la realidad y, al mismo tiempo, pueda imaginarla,
es decir, construir un pensamiento y verla también en mi

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interior, en mi cerebro? ¿Y de dónde surge la comprensión de
que ese pensamiento no es una realidad física, aunque sí
psíquica? ¿Qué sentido me hace consciente de mis
pensamientos?
Esas preguntas me llevaron a descubrir el Sentido de la
Conciencia: un sentido tan real como los cinco sentidos
físicos. Este sentido no tiene nada que ver con el cerebro,
pero, no obstante, es el gran responsable de que el cerebro
funcione racional y humanamente. Y el Sentido de la
Conciencia tampoco está relacionado con el extendido sentido
de la intuición o sexto sentido atribuido a las mujeres; aunque
es cierto que el despertar del Sentido de la Conciencia
confiere una intensa intuición sobre los acontecimientos y
también sobre las personas.
Y eso exactamente fue lo que me pasó con aquella
chica. De todas formas, sin dar mucha importancia a mis
intuiciones, intenté incorporarme nuevamente sobre los
patines; y también hizo lo mismo Tania. Ya de pie, ella se
precipitó a hablar:
–Me gustaría decirte algo, Ángel… Lo que nos acaba
de pasar no creo que sea casualidad; sobre todo, que tú hayas
dicho una frase que forma parte de mi vida.
–¿Qué quieres decir? –le interrumpí para que fuera
más concreta.
–Pues que estoy segura que nuestro encuentro ha
sucedido por algo; y que algún día te contaré por qué esa frase
es tan especial para mí.
–¡Algún día me lo contarás! –exclamé extrañado–.
¿Estás dando por supuesto que vamos a seguir viéndonos?
–¿A ti no te apetece conocerme?
Claramente percibí que Tania era una chica muy
segura de sí misma. Su interés por llegar a descubrir qué
significaba todo aquello que nos acababa de ocurrir se tradujo

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en coqueteo y, por el tono sensual y alegre con el que se
insinuó, en un deseo descontrolado por continuar
conociéndonos.
Tras su pregunta, me quedé mudo, momento que ella
aprovechó para romper un poco la tensión que había surgido:
–Creo que estoy siendo muy atrevida, ¿verdad?
Perdóname si te he incomodado. Ni siquiera sé si tienes pareja
o eres de los que prefieren hacer amigos de una forma más
calculada.
–No, no es eso –me precipité a decir–. Ni tengo pareja
ni soy de esos que programa con quién desea hacer una
amistad o de quién quiere ser amigo. Es que nunca me había
pasado algo así; es decir, lo de antes: sentir un impulso
irrefrenable por pronunciar una frase que, casualmente, según
dices, también te es muy familiar… Estoy un poco
confundido –acabé comentado al verla ya más tranquila.
–¡De acuerdo! No le demos más importancia a eso y
supongamos que hemos estado patinando, que nos hemos
mirado, nos hemos caído bien y, de una forma simpática,
hemos empezado a hablar y a conocernos. ¿Te parece que
sigamos desde ese punto de vista?
Hasta entonces nunca había conocido a una chica que
desde el primer momento sintiera un evidente interés por mí.
Eso y las gratas sensaciones que sentí, me animaron
finalmente a decirle que sí y, además, añadir que también a mí
me apetecía saber de ella. No obstante, para ponerla realmente
a prueba, y dado que tenía que marcharme, le comenté que al
día siguiente, el domingo, sobre las doce de la mañana, la
esperaría en los Jardines del Turia, junto a la fuente del
Palacio de la Música; y Tania, sin pensarlo, respondió que allí
estaría.

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TAMARA Y ROSA

Después de siete meses sin ligar con nadie interesante,


de la forma más extraña posible, conocí a Ángel. ¿Por qué
pronunció la frase que tengo tatuada en mi cuerpo? Esa
incógnita me tuvo atrapada casi todo el sábado en multitud de
pensamientos. De cualquier modo, por mi forma de ser, acabé
por no darle demasiada importancia, ya que, aunque alguien le
hubiera hablado de mí y él quisiera echarse un farol para
conocerme, sin saber muy bien por qué, yo sentí claramente
que me atraía y que, tarde o temprano, al igual que había
hecho con mis otros ligues, le propondría salir conmigo
durante tres meses.
Ángel aparentaba ser un chico afable. Físicamente, su
cabello de color negro y sus ojos azules, en un rostro de
pómulos marcados, le daban un carácter muy varonil. Quizás
un poquito más alto que yo, no dejaba de ser un chico normal,
sin sobresalir excesivamente en atractivo. Pero, sin embargo,
tenía algo especial que me atrajo desde el primer momento;
algo que se reflejaba en su mirada y que transmitía paz.
El domingo me levanté contenta. Si no me había
mentido, estaría esperándome en los Jardines del Turia,
seguramente sentado junto a la fuente del Palacio de la
Música escuchando música clásica. Es lo que allí hace la
mayoría de la gente ese día en concreto: leer, contemplar el
ritmo de los chorros de agua de la fuente, disfrutar paseando a
pie o en bicicleta y, naturalmente, escuchar la música
ambiente que desde el Palacio de la Música se programa.

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Como nunca hay que llegar a una cita antes que un
hombre, me lo tomé con calma. La noche anterior había salido
con mis dos amigas, Tamara y Rosa, a cenar y tomar una
copa. En esos casos, todo es imprevisible y, por eso, entre
unas cosas y otras, se hicieron las tres y media de la
madrugada. De modo que, sin quererlo, cuando me desperté
ya eran las once, lo que me obligó a ducharme, desayunar,
vestirme y acudir al encuentro con Ángel a toda prisa. No
obstante, pensé que si llegaba tarde era lo correcto.
Con Tamara y Rosa tenía una amistad especial. A
ellas prácticamente les contaba todo lo que me sucedía con los
chicos que conocía; y, lógicamente, aquella noche les hablé de
lo que me había ocurrido en el paseo marítimo y de lo que
seguramente pasaría con Ángel…
–Pero tía, no puedes seguir así toda la vida –me
reprochó Tamara–. Eso de ligar y poner fecha de caducidad a
los tres meses, al final te traerá problemas.
–En fin, de momento no me ha ido mal. Además, ya
sabéis que después de esos primeros meses todo es muy
monótono; y yo necesito caña y cosas nuevas.
–¿Y si ese Ángel conoce a uno de tus ex y todo esto es
una broma de mal gusto o incluso un juego para vengarse de
ti?
–¡Rosa, por favor, no me asustes!
–¿No has pensado seriamente en que es mucha
casualidad que conozcas a un chico patinando y que, de
repente, lo primero que diga es tu famosa frase? –siguió
insistiendo Rosa.
Tanto Tamara como Rosa conocían el significado del
tatuaje que me había hecho a los diecinueve años. En aquel
entonces, ellas fueron mis madrinas y, quizás, contagiadas por
el momento, también acabaron tatuándose algo. Tamara optó
por dos pequeñas alas blancas sobre la espalda, a la altura del

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omoplato derecho; y Rosa, como yo, prefirió una frase
original sobre su nalga izquierda; frase escrita en árabe y con
el siguiente significado en castellano: “alza tu mirada y
sorpréndeme”.
–Os voy a contar una cosa –continué hablando–. Si es
una venganza o una broma de alguno de mis ex, en el peor de
los casos, sólo durará tres meses, y seguirán siendo tres meses
donde yo dirija la situación; por lo que, si es una estratagema
de alguno de ellos, le saldrá el tiro por la culata. De todas
formas, yo no creo que haya nada raro. No sé cómo
contároslo, pero ese tío, Ángel, es diferente. Teníais que haber
visto su mirada; por un momento, te deja casi sin palabras y,
además, transmite algo especial. No sé cómo explicarlo, de
verdad.
–¿Y cómo es físicamente? –me preguntó Tamara.
–Está delgado, pero se nota que hace deporte a
menudo. Es un pelín más alto que yo y tiene el pelo de color
negro y los ojos azules. Se peina hacia atrás con un toque
desaliñado y un corte irregular. La verdad es que no es un tío
bueno, pero tiene su atractivo –acabé diciendo.
–Entonces, ¿por qué tienes tanto interés en conocerle?
Tú siempre te has inclinado por los chicos diez –matizó Rosa.
–Bueno, hace siete meses que no estoy con nadie. ¿No
crees que después de tanto tiempo debería aprovechar una
oportunidad como ésta?
–¿Y qué vais a hacer mañana? –siguió preguntándome
Rosa.
–No lo sé. De momento, lo mejor será hablar y
conocernos un poquito más. ¡A la aventura, tías! –acabé
exclamando y brindando con ellas.
Eran las doce y cuarto cuando llegué a las escaleras
que permiten descender hacia la fuente del Palacio de la
Música, en los Jardines del Turia de Valencia. Antes de bajar,

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quise averiguar dónde estaba Ángel y, por ello, con disimulo,
me quedé arriba observando y escudriñando a todos los que se
habían reunido aquella mañana allí. Tuve que quitarme las
gafas de sol porque desde aquella altura no era fácil distinguir
a la gente. Fue entonces cuando, sorprendida, comprobé que
alguien movía el brazo derecho, extendido hacia arriba, de un
lado a otro, intentando llamar la atención sobre sí mismo. Tras
observarlo durante unos segundos, descubrí que era Ángel, lo
que me provocó una gran alegría.
Mientras bajaba las escaleras, me di cuenta que estaba
nerviosa. Muy pocas veces me habían invadido los nervios en
esas primeras citas, y seguramente fue porque con los otros
chicos la primera conversación había durado mucho más. Con
esa reflexión, pensé que era normal que me sintiera así; al fin
y al cabo, apenas conocía nada de Ángel.
A pocos pasos de su encuentro, comprobé que me
miraba muy risueño, cosa que consiguió calmarme por
completo, pues me pareció también que quería transmitirme
una simpática señal de predisposición a conocerme. Además,
se había afeitado y, aunque vestía de calle como yo, lo había
hecho con gusto, para agradar: hay detalles que a las mujeres
no se nos escapan… Él enseguida pronunció mi nombre:
–¡Tania!
–¿Qué tal? –y nos dimos dos besos.
–Ya estaba pensando que no ibas a venir –dijo
bromeando.
–Perdona por la tardanza; ya sabes cómo somos las
mujeres.
–Bueno, todas no sois iguales –comentó con mucho
humor.
–Es que anoche estuve con mis amigas cenando, y
luego fuimos a tomar una copa; cuando quise darme cuenta ya
eran las tres y media –le dije para excusarme tontamente.

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–Yo fui al cine con un amigo; y después estuvimos en
una heladería que hay cerca de la Plaza de la Virgen. Mi
amigo, Rafael, se acaba de separar. Lo está pasando fatal y,
claro, creo que ahora más que nunca necesita distraerse,
hablar y que alguien, en este caso yo, amplíe sus puntos de
vista. La gente se vuelve muy pesimista cuando fracasan
sentimentalmente.
–¿Y qué película visteis?
–Batman.
–¡No me digas! A mí me encantan ese tipo de
películas.
–¿De verdad? Pues ya tenemos algo en común.
–Seguramente, Ángel, tenemos muchas más cosas en
común –agregué con mucho tacto y encanto.
–¡Habrá que descubrirlas! –expresó sonriendo y
mirándome dulcemente.
–¿Nos vamos a quedar aquí? –le pregunté para saber si
había pensado en algo.
–No… ¿Te apetece estar rodeada de cisnes?
–¿Cómo?
–Es broma. Bueno, no del todo… Ya que quieres que
nos conozcamos, y a mí también me apetece –añadió muy
convencido–, he pensado que podríamos ir al Parque de
Cabecera a alquilar uno de los barquitos en forma de cisne
para pasar un rato en el lago y hablar tranquilamente. ¿Te
gusta la idea?
–¡Me encanta!
–Entonces no nos demoremos más…
A continuación, bajo un arrebato de atrevimiento,
Ángel intentó darme la mano para precipitar la marcha, pero
el contacto de sus dedos con los míos acabó en un
calambrazo: una sacudida eléctrica que hizo que ambos
reaccionáramos rápidamente apartándonos el uno del otro.

27
Luego, mirándonos sorprendidos, comenzamos a reírnos a
carcajadas y a hacer de aquella anécdota otra curiosidad más
entre nosotros.

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EL LAGO DE LOS CISNES

Cuando la vi llegar a mi encuentro, tal y como


habíamos quedado el día anterior, empecé a considerar en
serio que realmente me quería conocer. Y aunque seguía
teniendo dudas, supuse que la Vida, atendiendo mis
peticiones, había dejado caer una estrella en mi camino, es
decir, una chica que a priori, además de atractiva, era decidida
y estaba especialmente interesada en la amistad.
Aquel domingo, Tania eligió vestirse con un pantalón
vaquero bien ajustado y una blusa de color blanco. Como se
había soltado el pelo, daba la impresión de ser incluso más
guapa y rebelde. Esa imagen de chica segura todavía me
impresionó más cuando la vi caminar, porque sus pasos eran
firmes y, a la vez, elegantes.
Durante la tarde del sábado, después de haberla
conocido de esa forma tan extraña, estuve a punto de
arrepentirme y olvidar que al día siguiente tenía una cita con
ella. Dándole vueltas a lo ocurrido, pensé que, si Tania había
sido tan lanzada conmigo, también lo sería con otros chicos.
Quién me decía a mí que lo ocurrido no fue más que un juego
simpático de una chica que se sabe guapa, atractiva y atrevida.
Yo nunca me he considerado guapo o interesante, pero ella
era obvio que se sentía bien consigo misma; y eso le daba el
poder de ligar con cualquier chico que quisiera. Pensando de
esa forma, casi perdí el interés por conocerla; sin embargo,
pronto desaparecieron esas ideas de mi mente.
Lo más bello que tiene el hecho de aprender desde el
Sentido de la Conciencia es que, ante todo, predomina la

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comprensión, y nunca son los pensamientos los que dirigen
inquisitivamente el comportamiento o refuerzan la
personalidad.
Cuando empecé a trabajar psicológicamente más sobre
mí mismo, después de dar por sentado que el estudio del
cerebro no iba a ofrecerme las respuestas que estaba
buscando, intenté conocerme lo máximo posible y descubrir
también qué es la Vida y por qué el ser humano sufre. Pronto
me percaté de nuevo que tenía dentro de mí todo un mundo
desconocido por aprender. Y aunque había leído mucho sobre
relaciones interpersonales, psicología, autoconocimiento y
demás, nada de eso transformó mi vida. Sin embargo, cuando
percibí la existencia del Sentido de la Conciencia como un
hecho irrefutable en mi ser, todo cambió. Además, para
corroborar que no me estaba engañando o que yo mismo
estaba creando una ilusión, estuve muchos meses meditando
al respecto; y esto, a su vez, me hizo todavía más consciente
de su existencia. De esa forma, trabajando psicológicamente
conmigo mismo y observando y comprendiendo que todo lo
que aprendía era palpable igualmente en las personas que me
rodeaban, experimenté también el gran vacío o ignorancia que
hay respecto al conocimiento del Sentido de la Conciencia y
todo lo que conlleva su despertar.
Aquel sábado por la tarde, después de poner a prueba a
Tania citándola para el domingo, muchos pensamientos
comenzaron a bloquear mi voluntad; pero, tras observarlos y
comprenderlos desde el Sentido de la Conciencia, se
consumieron en su propio y venenoso significado. Al fin y al
cabo, un pensamiento sólo es una parte de uno mismo; y por
eso, al igual que se ven las uñas largas y se cortan, también
con muchos pensamientos se puede actuar así, pues de lo
contrario hipnotizan la mente y la dejan a merced de lo que el

30
propio pensamiento establece; por ejemplo, miedo,
discriminación, celos, envidia, desconfianza, etcétera.
También desde el Sentido de la Conciencia comprendí
que el domingo, junto a Tania, tenía la oportunidad de seguir
aprendiendo; y todo ello me animó a no dejar pasar esa
oportunidad.
Después de saludarnos y comentar lo que habíamos
hecho la noche del sábado, decidimos conocernos un poquito
más mientras disfrutábamos navegando en una de las
pequeñas embarcaciones que se pueden alquilar en el Lago de
los Cisnes del Parque de Cabecera. Como la idea fue mía,
cuando Tania aceptó encantada la invitación, las sensaciones
que habían estado pellizcando mi cuerpo durante su espera
desaparecieron rápidamente.
Y como ya era tarde, pensé que lo mejor sería ir en
coche hasta allí y, por ello, con el propósito de empezar a
caminar hacia donde lo tenía estacionado y, a la vez, continuar
hablando con Tania, inconscientemente le cogí la mano; pero
un chispazo eléctrico, justo cuando le tocaba los dedos, me
impulsó a apartarme de ella velozmente. Tras reírnos por
aquello y pasar a considerarlo como una anécdota más entre
nosotros, le comenté que lo más rápido sería ir en coche hasta
el Parque de Cabecera. Tania enseguida apuntó que había
venido en bus; por lo que, sin más, le dije que iríamos en mi
coche, que además estaba aparcado muy cerca.
Cuando los dos entramos en el coche y las puertas se
cerraron, su olor se extendió por todo el habitáculo. Su
perfume, suave y fresco, me recordó a Eva, la última chica
con la que había salido…
–¡Qué bien hueles! –le dije inspirando suavemente.
–¿Te gusta?
–Mucho… Debes echarte el mismo perfume que usaba
mi última novia.

31
–¿Desde cuándo no estás con ella? –quiso saber con
cierta urgencia.
–Pronto hará dos años.
–¿Y puedo preguntarte por qué cortasteis?
–Ya que lo has hecho, te responderé. Me dejó ella
porque decía que ya no sentía nada por mí; que, como estaba
confundida, prefería estar un tiempo lejos y recapacitar.
–¿Y qué pasó luego? –siguió preguntándome con
interés.
–Ya no supe nada de ella. La ausencia de llamadas me
confirmó que no quería saber nada de mí; y yo acepté y
comprendí lo que había pasado.
–¿De verdad?... Pues hay pocos chicos que se tomen
esas cosas como tú. Dime, Ángel, ¿cuántos años tienes?
–El día once de julio cumplí treinta años. ¿Y tú?
–Yo cumplí veintisiete el día 9 de mayo.
–Entonces tú eres tauro.
–Y tú eres cáncer.
–¿Crees que un cáncer y una tauro pueden entenderse
y llevarse bien? –le pregunté para tentarla.
–Bueno, la tierra necesita agua; y el agua no se
sustenta sin tierra.
–Me gusta esa respuesta.
–Entonces te gusto yo un poquito –agregó rápidamente
de una forma simpática.
–Sí, de momento me gustas un poquito –le confirmé
esbozando una sonrisa.
Tanía daba la impresión de estar muy segura de lo que
quería, y eso seguía sorprendiéndome y, naturalmente,
halagando. En poco, dado que los domingos apenas hay
tráfico en Valencia, llegamos al Parque de Cabecera. Una vez
allí, pudimos estacionar tranquilamente el coche en el parking

32
del Carrefour que está al lado. Fue entonces cuando Tania me
comentó que uno de sus ex novios trabajaba allí:
–Se llama Carlos; y supongo que todavía trabaja aquí.
Fue una relación muy corta –agregó, ocultando una sonrisa
irónica.
–¿Por qué te has reído? –le pregunté de inmediato.
–Por nada, por nada… Es que me he acordado de la
cantidad de preguntas que me hizo para saber por qué le
dejaba.
–De modo que cortaste tú.
–Sí.
–¿Por algo en especial? –le cuestioné en voz baja y
haciéndome el gracioso.
–Dejó de gustarme. Simplemente eso –concluyó de
forma rotunda.
–Es una buena razón. Lo cierto es que no hay que
engañarse ni engañar a nadie; sobre todo, si hablamos de
sentimientos.
–¡Vaya, Ángel! Me vuelves a sorprender. Insisto en
que hay pocos chicos como tú.
Al llegar a la taquilla donde se paga el alquiler de las
barquitas en forma de cisne, nos confirmaron que podíamos
embarcar en la que acababa de dejar una familia en ese
momento. El chaval que nos atendió, muy amablemente, nos
ayudó a subir y, con un ligero empujoncito, nos animó a
seguir disfrutando del lago y de la embarcación. Con ese
impulso, pronto nos situamos en medio de aquel gran charco
de agua que hace del Parque de Cabecera un lugar entrañable.
Desde allí, todo era diferente; todo parecía tener otro color,
otra dimensión y otro movimiento. El mirador, por ejemplo,
simulaba ser una construcción Maya para observar el destino
de los que no se atreven a mirar el cielo. La falda al sureste
del lago, revestida de césped de un hermoso verde, aparentaba

33
ser una playa donde muchos jugaban, leían, tomaban el sol o
se enamoraban. También el puente que conduce hasta el
Biopark parecía ser la rama de un árbol por donde cruzan las
hormigas en busca de todo. Y los patos, en familia, nunca
solos, daban la impresión de que hablaban con los niños para
que de una vez por todas les dieran de comer… Pronto, Tania,
callada y expectante, alegremente sorprendida, se dejó mecer
por la embarcación, por el silencio y por la agradable
sensación de no ser nada, pero al mismo tiempo serlo todo.
Curiosamente, los dos, absorbidos por el ambiente,
suspiramos a la vez y nos miramos; y eso provocó una sonrisa
cómplice entre ambos. Tras ese momento íntimo, Tania
volvió a mirarme y, extrañamente, sus ojos me transmitieron
algo, algo que se reveló en dos palabras. De la misma forma
que ocurrió en el paseo marítimo, también entonces empecé a
oír en mi mente las palabras: “tres meses”. Perplejo por lo que
me estaba pasando, pensé que había captado algún
pensamiento de Tania e, impulsivamente, se lo hice saber en
forma de interrogante:
–¿Tres meses?
–¿Cómo? –respondió ella un tanto inquieta.
–¿Recuerdas lo que me ocurrió en el paseo marítimo?
–¿A qué te refieres?
–A lo de oír en mi cabeza aquella frase…
–Sí, me acuerdo –contestó sin dejarme terminar de
hablar.
–Pues me acaba de suceder otra vez. No sé por qué,
pero he oído dentro de mí esas palabras: tres meses.
–¡Ostias, Ángel, me estás asustando! –exclamó algo
histérica.
–¿Por qué? –dije preocupado.

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–Porque creo que me estás gastando una broma o algo
similar; y, además, creo que alguien te ha contado cosas de
mí.
Tania se puso nerviosa y se quedó con el semblante
muy serio. Yo no tenía ni idea de lo que me estaba diciendo y
no sabía qué hacer. Fugazmente, pensé incluso que aquella
situación me podría beneficiar si conseguía aclararla, porque
recientemente había leído un artículo que exponía que una
relación de pareja es más intensa si de vez en cuando surgen
momentos de tensión que son fruto de un malentendido o
también de una situación donde predominan los nervios y el
miedo. No obstante, ella se precipitó a hablar:
–Mira, Ángel, me da igual quién eres y lo que sabes de
mí. Lo que no me gusta es que me tomen el pelo. ¡Joder!,
puede que yo tenga una filosofía de vida un poco rara, pero
creo que no le hago daño a nadie; al contrario, mientras
alguien está conmigo intento que disfrute al máximo de todo.
Es cierto que esos líos no duran mucho, ¿y qué? La vida es
así: gustos y disgustos. Pero hay que ser maduro, y si algo
acaba, pues acaba… y punto; y da igual cómo y cuándo acabe
cualquier relación –terminó expresando malhumorada.
–Espera, espera…
Sus palabras me habían dejado atónito. No obstante,
mientras se desahogaba volví a vivir una experiencia holística.
Esas experiencias son muy comunes en los yoguis que
meditan para transcender el ego. En la experiencia holística no
existe nada excepto lo que los sentidos recogen. En esos
casos, el pensamiento propio se anula y los sentidos físicos
están vivos con gran intensidad. De igual forma, el Sentido de
la Conciencia, por ser un sentido impersonal y atemporal, se
extiende más allá de uno mismo, sin poder saber hasta dónde
llega su acción.

35
Y eso, precisamente, es lo que me ocurrió mientras
Tania se desahogaba. Sin saber cómo, yo fui ella. Sus palabras
nacían y se perdían en mí con pleno significado y
comprensión. Su preocupación fue mi preocupación; su
respiración era la mía; su histeria también la sentí con
plenitud; su confusión fue mi confusión; y todo su ser, incluso
lo que captaban sus sentidos, lo percibí en mi ser como si
fuese ella…
–Tania, de todo corazón, perdona si te he ofendido en
algo o te he hecho pensar cualquier cosa que no te gusta.
Déjame que te explique algo. Por lo que acabas de decir,
parece ser que eres una chica que ha tenido relaciones cortas.
Has explotado cuando inconscientemente de mi boca he
cuestionado un periodo de tiempo de tres meses; lo que me
lleva a pensar que tus relaciones no han durado más. Te
prometo que no tengo ni idea de lo que representa para ti la
frase que dije ayer; y te aseguro que nadie me ha hablado de ti
ni quiero gastarte ninguna broma. Escucha, por favor, lo que
te voy a decir. Yo tengo una pasión. Es una inquietud que
durante muchos años ha ido evolucionando conmigo; y esa
inquietud se puede resumir, por ejemplo, en la siguiente
pregunta: ¿existe en el ser humano algo distinto del
pensamiento, algo desde donde surja la comprensión y, por lo
tanto, ayude a que las relaciones interpersonales no sean
conflictivas? Pues bien, Tania, he de decirte que sí que existe.
Es el Sentido de la Conciencia en mayúsculas. También se le
puede llamar Sentido Impersonal, porque no es mi Sentido de
la Conciencia ni tu Sentido de la Conciencia. El Sentido de la
Conciencia ofrece sensibilidad y percepción a lo que se
piensa; pero, a veces, esa sensibilidad y percepción se
extienden más allá de uno mismo y, sin saber cómo ni por
qué, uno también capta determinados pensamientos de otras
personas. Ahora créeme, esto es lo que me ha pasado contigo.

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Tania se quedó mirándome boquiabierta. Por un
momento, pensé que iba a decir que estaba loco, que me
olvidara de ella y que me dieran morcillas; pero no,
explícitamente me dijo:
–Te creo.
–¿Me crees? –le pregunté medio pasmado.
–Sí, te creo… Ángel, te aseguro que si algo he
aprendido de todas mis relaciones es a saber cuándo alguien
me está mintiendo. ¿Sabes?, me gustaría seguir conociéndote.
Sin poder evitarlo, me entró la risa. De repente, Tania,
de un enfado monumental había pasado a un estado de ánimo
tranquilo y de confianza; y, sobre todo, quería seguir teniendo
citas conmigo. De modo que, cuando me calmé, agregué:
–A mí también me encantaría seguir conociéndote.

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EL E-MAIL

Dos días después de pasar con Ángel una mañana en el


Parque de Cabecera, nada sabía de él. A pesar de habernos
intercambiado el número de teléfono móvil y la dirección de
correo electrónico, ni uno ni otro habíamos tomado la
iniciativa. Tras nuestra primera cita formal, estaba casi segura
de poder conseguir que saliera conmigo sólo durante tres
meses; aunque también tenía claro que no podía proponérselo
bajo esos términos, porque entonces podría relacionarlo todo
y, bajo ese sentido de la conciencia que decía experimentar,
intuir solamente un juego de una chica diferente a las demás.
De cualquier forma, yo quería seguir cumpliendo con mi
filosofía de vida, y eso requería volverlo a ver.
Lo cierto es que Ángel parecía ser un chico bastante
razonable, con un interés especial en no confundir a nadie y
una extraña inquietud. Por lo que me comentó, supuse que era
de esas personas que intentan controlar sus pensamientos y
que, además, sin saber cómo, captaba en ocasiones los de los
demás.
Aquella mañana, hablando un poco de todo, me dijo
que trabajaba en el departamento de informática de Bancaja.
Yo le dije que también estaba trabajando en un Banco, en el
BBVA, pero algunas veces en la caja y otras asesorando y
realizando estudios y proyectos hipotecarios.
De todo eso y más estuve hablando con mis amigas
mientras desayunábamos…
–Bueno, ¿y qué vas a hacer? –me preguntó Tamara.

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–¿Sabéis?, lo he estado pensando y le voy a poner a
prueba.
–¿A prueba? –replicó Rosa un poco sorprendida.
–Sí, a prueba. Para empezar voy a mandarle un e-mail
contándole lo bien que me lo pasé con él. Añadiré también las
cosas que me gustan de su forma de ser y lo mucho que me
encantaría pasar otro rato a su lado; seguro que todo eso hace
que su ego masculino ruja de placer.
–Tania, ¡eres un poco mala! –exclamó con sentido del
humor Rosa.
–No pasa nada. Así le obligo a responderme y, con
ello, no pierdo el contacto con él. De esa forma también
puedo saber más cosas de su vida.
–Y si tenéis otra cita, ¿qué más vas a hacer para
ponerlo a prueba? –siguió preguntándome Tamara.
–Quiero saber hasta qué punto es verdad todo lo que
me contó sobre el sentido de la conciencia.
–¿El sentido de la conciencia? ¿No es eso una cosa de
místicos? –cuestionó irónicamente Rosa.
–Ese chico dice…, bueno, Ángel me dio a entender
que existe el sentido de la conciencia en mayúsculas, un
sentido especial que permite controlar los pensamientos; creo
que quiso explicarme eso, claro. Además, me insinuó que
dicho sentido de la conciencia se ha despertado en él y que a
veces, por ese motivo, puede intuir algunos pensamientos de
otras personas.
–¡Joder, con el colega! –soltó Tamara.
–Entonces puede ser verdad lo que ya nos has
contando, es decir, que debido a eso, extrañamente, las dos
veces que habéis estado juntos dijera dos frases o
pensamientos que forman parte de tu vida –acabó por
reflexionar Rosa.

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–¡Puede ser!... Pero como a mí me gusta llegar hasta el
final de todo, voy a comprobarlo siempre que pueda.
–Hay una cosa que no me queda muy clara. Si todo
sale bien, ¿cómo le vas a pedir que salga contigo sólo durante
tres meses? –siguió preguntándome Rosa.
–No lo haré, o sea, no utilizaré esas palabras. Creo que
simplemente le expondré lo mucho que me gustaría salir con
él durante un tiempo hasta saber qué tipo de sentimientos
experimentamos los dos. Estas palabras me seguirán dando la
opción, llegado el momento, de decirle adiós tranquilamente.
–Pues nada, chicas, levantad el café con leche y
brindemos por todo lo que nos vamos a divertir con esta
historia –acabó por decir Tamara de forma malvada pero
simpática.
El miércoles por la tarde, dado que seguía sin saber
nada de Ángel, me senté tranquilamente delante del ordenador
decidida a mandarle un e-mail. Tras pensar un poquito en lo
que le iba a contar y cómo lo iba a escribir, me lancé a la
aventura:

Hola, Ángel:

Estoy más aburrida que una abeja en un desierto (se me


acaba de ocurrir) y no paro de pensar en lo bien que lo pasé
contigo el domingo. Aunque nuestro encuentro ha sido
extraño, creo que es más bonito que haya ocurrido así; sobre
todo, porque por fin aparece en mi vida alguien con el que
puedo hablar de cualquier cosa y reírme también por
cualquier tontería.
Es curioso que a los dos no guste patinar, ¿verdad? Estos
días me he estado riendo un poco al recordar el tortazo que
me di. Menos mal que tú también te caíste –y no quiero ser
mala–, porque si no me hubiera dado mucha vergüenza.

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¿Sabes que tienes unos ojos muy bonitos? No quise decírtelo
porque todavía me impresionó más tu mirada. Parece como si
envolvieras a la gente cuando la miras. Sinceramente, es una
sensación agradable.
No nos conocemos todavía mucho, pero, a pesar de ello,
estuve muy cómoda contigo en el Lago de los Cisnes; espero
que tú también lo estuvieras. Le he dado vueltas a esa
inquietud tuya: lo del Sentido de la Conciencia –como puedes
ver, lo he puesto en mayúsculas–. Te voy a decir una cosa,
creo que sería interesante que me hablaras de ello otro día.
Me di cuenta que cuando me lo estabas explicando te
cambiaba la cara, parecías más bondadoso; y que las
palabras que utilizabas tenían mucha intensidad, mucho más
significado.
Esta semana se me está pasando volando. ¿No te gustaría que
nos viéramos el fin de semana?
En fin, no quiero ser muy pesada… Si no te apetece, no pasa
nada.

Un beso

Y, acto seguido, pulsé “Enviar”…


Tuve que esperar hasta la tarde del día siguiente su
respuesta. Y aunque estoy segura de que cualquier otro chico
hubiera tardado menos en contestarme, tampoco me molestó
este hecho; sobre todo, porque su e-mail, sorprendentemente,
fue demasiado bonito:

¡Hola, Tania! ¿Qué tal? ¿Cómo estás?

Me gusta mucho cómo te expresas escribiendo. He de


reconocer que tus halagos me han hecho sonreír y sentirme
bien: ¡gracias!, de verdad, ¡muchas gracias!

42
Yo también lo pasé muy bien contigo. Me encanta cómo me
miras y esa faceta atrevida, sincera y simpática de tu forma
de ser. He llegado a pensar que todo había sido un sueño,
porque rara vez consigo conectar tan fácilmente con alguien;
en especial, con una chica como tú: atractiva, sin complejos,
con sentido del humor y con ese punto misterioso que a todos
los hombres nos gusta.
¿Sabes?, eres de las pocas personas que conozco que están
interesadas en aprender un poco sobre el Sentido de la
Conciencia. Esto me ha llegado al corazón. Seguro que
tendremos –si tú quieres– algún que otro momento para
hablar de ello.
Como sí que me gustaría que nos viéramos el fin de semana,
dado que hoy es jueves, te llamo mañana por la tarde y lo
comentamos.
Déjame que acabe expresando en verso lo que ahora siento:

Qué bella sensación me causa


pensar
que pensaste en mí.

Qué agradable es saber que me recuerdas;


que tus manos han escrito unas líneas
desde un cuadro en común.

Qué hermoso ha sido conocerte,


beber de tus sentidos,
sentir que, otra vez, mi corazón se acelera.

Qué interesante resulta seguir imaginando


un instante y un momento contigo,
un día y una noche a tu lado.

43
Sí,
qué bella sensación me causa
pensar
que pensaste en mí.

Espero que te guste…

Besetes

Y, efectivamente, el viernes por la tarde recibí su


llamada… Sin quererlo, aquel mismo día, después de hablar
con Ángel y convenir en quedar el sábado para cenar algo
ligero, ir al cine a ver la nueva película de Will Smith y,
luego, tomar algo en algún pub, empecé a sentir
remordimientos por todo lo que había planeado; incluso por
querer continuar aplicando mi filosofía de vida con él. No
quise hablar con mis amigas de todo esto, porque ya sé lo que
me hubieran dicho. Seguramente, se habrían burlado de mí y
me habrían reprochado de inmediato, con recochineo, que me
estaba enamorando.
¿Enamorando yo? Pero, ¿qué es eso? Yo nunca me
había enamorado de nadie. No tenía ni idea de lo que se sentía
cuando alguien te gusta de verdad. Con todas mis anteriores
conquistas, sólo quise divertirme, tener sexo y sentirme
acompañada de vez en cuando. Nada de amor, por supuesto.
Ni siquiera lo sentí en los momentos más íntimos o con los
chicos más románticos; ninguno de ellos me hizo
experimentar eso.
De cualquier manera, no sé qué me estuvo pasando;
porque me sentía mal. Incluso mis padres me preguntaron si
me ocurría algo. Por todo eso, tuve que considerar en serio no
darle tanta importancia al hecho de poner fin a la posible
relación con Ángel. Me convencí, ante todo, de dejarme llevar

44
y comprobar hasta dónde era capaz de continuar con mi
filosofía de vida. Pensé, además, que quizás, cuando tuviera
más citas con él, se me pasaría ese malestar. En fin, me calmé
un poco y dejé que los acontecimientos hablaran por sí
mismos.

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46
EL SUEÑO

Muy pocas veces me había despertado sintiendo un


escalofrío sin causa aparente y, sobre todo, recordando con
detalle lo que acababa de soñar.
Aquel sábado, al abrir los ojos, tuve que cruzarme de
brazos para entrar en calor y, al mismo tiempo, sentarme en la
cama para reflexionar sobre las imágenes oníricas que,
suspendidas en mi mente, me estaban dejando perplejo por la
gran viveza que tenían. Porque en mi subconsciente se
desarrolló una película que parecía tener un significado
oculto, un mensaje, o varios, que tarde o temprano, como
siempre me sucedía, acabaría por desvelarse.
Ante todo, tuve la intuición de que el sueño giraba en
torno a Tania; ya que ésa era la sensación que a priori me
daba.
El sueño comenzó en un lugar árido y frío,
irreconocible para mí. Allí, no había vegetación alguna y
solamente un edificio destartalado, completamente enrejado
en todas sus ventanas y de aspecto gris y tétrico, se levantaba
en aquella tierra de nadie. Con esa visión inicial en mi
consciente dormido, de pronto surgieron también unas voces
en tono de lamento; voces que rápidamente, como el eco, se
extendieron y acompañaron al aire fresco que presagiaba
nieve. Las voces, mezcla de llantos, desconsuelo, tristeza y
desesperación, salían de aquella construcción en ruinas…
Poco a poco, toda aquella escenografía fue acercándose en un
zoom para dejarme delante de la puerta de entrada del
edificio. Tras cruzar el portón de madera roída y envejecida

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por el tiempo, por la humedad y el descuido, como un
fantasma, me colé por el hueco rectangular de la escalera que
apareció a mi derecha, accediendo a la segunda planta en un
vuelo incontrolado. Entonces, un gran pasillo, sucio y con
paredes ennegrecidas, me succionó hasta llegar al ventanal
que le ponía fin. Y allí, a la izquierda, bajo un movimiento
rápido y un estruendo seco, se abrió una puerta.
Instintivamente me vi obligado a adentrarme en la estancia
que acababa de aparecer. En aquella habitación penosa había
una cama muy similar a la de los hospitales de antaño. Sobre
la cama, tirado y mugriento, sólo descansaba un colchón. Esa
visión me empujó a mirar debajo de la cama; y así lo hice. Me
recliné despacio y, sorprendentemente, apareció una niña
encogida y tiritando de frío. La niña llevaba un antifaz sobre
su rostro y, a pesar de todo, sonreía. Esa peculiar alegría que
transmitía me indujo a extender la mano para incitarla a que
me diera la suya y, de ese modo, poderla sacar de allí abajo.
La niña se dejó llevar por mí y se incorporó, quedándonos de
pie, uno enfrente del otro. En ese momento, sentí el impulso
espontáneo de retirar el antifaz de su cara; pero, de inmediato,
como si fuera un animal enloquecido, la niña clavó sus uñas
sobre mi pecho, a la altura del corazón. Esa reacción
inesperada acabó por asustarme y puso fin al sueño,
dejándome despierto y pensativo.
Cuando uno tiene un sueño tan extraño y vívido, es
normal que piense reiteradamente en su contenido y
significado. Para mí, hubiera sido fácil analizar los símbolos
más relevantes del mismo, pues bastaba con leer su
significado en cualquier libro dedicado a ello y, a
continuación, sacar conclusiones; pero no, no quise analizar
los detalles que más resaltaban de todas aquellas imágenes
que invadieron mi subconsciente. Ya hacía tiempo que había
aprendido a no especular ni confundirme analizando

48
determinados fragmentos de los sueños que tenía; porque, al
fin y al cabo, un fragmento aislado no es la totalidad del
sueño, y descifrar sólo una parte conduce a errores dentro del
mensaje global del mismo.
No obstante, lo que sí que se puede hacer es observar y
comprender las sensaciones y emociones que se experimentan
durante el sueño y también al despertar; y, además, observar
y comprender si el sueño posee una causa razonable, es decir,
si uno ha soñado debido a algo en especial.
Desde esa introspección, comprobé que durante el
sueño, hasta encontrarme con la niña y quedar de pie enfrente
de ella, sólo me invadió la curiosidad por saber qué escondía
aquel edificio en ruinas. No hubo sensación de miedo, tristeza
o sufrimiento; sólo curiosidad. Esa curiosidad fue también la
que me llevó a quitarle el antifaz a la niña, sobre todo, para
ver sus ojos y su rostro completo. Y luego, naturalmente, bajo
la reacción violenta y agresiva de ella, sentí miedo y sorpresa.
Al despertar, repentinamente, un escalofrío recorrió mi ser; y
tuve una certera sensación de que el sueño estaba relacionado
con Tania.
Después de estas primeras observaciones, el sueño
pasó a ser un recuerdo más. Ya como recuerdo, me pregunté
por qué había soñado eso en cuestión. Inmediatamente, supe
que ese sueño, tal y como se había desarrollado, no hubiera
podido surgir en mi mente sin haber conocido a Tania. Es
cierto que yo sentía mucha curiosidad por Tania; y,
seguramente, el sueño así lo reflejaba. Pero, ¿podía
precipitarme y sacar alguna conclusión más? Desde el Sentido
de la Conciencia, sin análisis de los símbolos, sin
interpretaciones ni paranoias, vi muy claro que los
acontecimientos de los días siguientes me llevarían a
comprender el porqué de ese sueño; de modo que lo dejé ahí.

49
En esos casos, cuando uno ha profundizado en el
estudio del ser humano como ser pensante y, gracias a ello, se
ha despertado el Sentido de la Conciencia, se comprende que
cualquier sueño o pensamiento personal pueden condicionar y
confundir la realidad del día a día; precisamente, porque desde
ese sueño o pensamiento se viven los acontecimientos y, por
lo tanto, la vida ya no se experimenta desde una mente total,
es decir, vacía de conclusiones o análisis. Uno experimenta
entonces desde el sueño o la conclusión de un pensamiento, y
no desde el Sentido de la Conciencia o Sentido Impersonal, o
sea, desde la carencia de ideas preconcebidas.
Desde esa comprensión, si yo me hubiera dejado llevar
por las interpretaciones que dictan los libros de significado de
los sueños y hubiese concluido en que soñar con alguien que
lleva un antifaz significa que dicha persona no refleja su
verdadera personalidad, aunque, a pesar de eso, no quiere
engañar manifiestamente, y si además lo hubiese relacionado
con Tania, entonces, mi relación con ella habría cambiado
rotundamente, pues la desconfianza, debido al análisis de una
parte del sueño, me habría condicionado a comportarme con
ella de otra manera; máxime, cuando el sueño también
mostraba lo agresiva que podía ser si intentaba
desenmascararla.
Pero no me hizo falta analizar ni sacar conclusiones de
nada. Sólo tenía que seguir conociendo a Tania desde el
Sentido de la Conciencia y la comprensión de las
circunstancias. Porque, de cualquier forma, pase lo que pase,
al final todo se convierte en un recuerdo; y los recuerdos,
cuando uno es lo suficientemente maduro, no causan daño
alguno.
Teniendo las cosas claras, aproveché la mañana y la
tarde del sábado para hacer las tareas de la casa e ir de

50
compras, pues con Tania había quedado a las nueve de la
noche en una bocatería del centro de la ciudad.
Como siempre, yo llegué un poquito antes de esa hora.
Ella, naturalmente, todavía no estaba allí. De modo que, para
hacer tiempo mientras la esperaba, decidí acercarme a la barra
y pedir una cerveza, que me fui bebiendo mientras veía
algunos videos musicales en el monitor dispuesto a tal fin.
Después de esperar diez o doce minutos, Tania
apareció. Cuando la vi entrar, pensé que iba a ser el hombre
más envidiado de todos los que estábamos allí, ya que Tania
se presentó tan guapa y atractiva que a cada paso que daba
hipnotizaba las miradas que hasta ese momento se distraían en
otra cosa. Ante su espectacular entrada al local, no pude evitar
sonreír y levantarme del taburete para acudir a su encuentro y
darle un beso y otro beso. Luego, su mirada y su sonrisa me
desconcertaron locamente y me precipitaron a hablar…
–Tania, ¡estás guapísima!
–¡Gracias! Me has inspirado tú; que, por cierto,
también estás guapo, guapo.
–Ven, vamos a sentarnos allí.
La camarera nos atendió enseguida. El plan era tomar
un tentempié antes de meternos en el cine y, al mismo tiempo,
seguir conociéndonos, tal y como los dos ya deseábamos.
Porque allí, en un sitio normal, sin romanticismos ni
preparativos meditados, todo continuaba siendo muy normal
y, sobre todo, muy natural.
Tania enseguida siguió hablando:
–Me dejaste muy contenta el otro día cuando leí tu
correo y tus sentimientos expresados en forma de poesía. Fue
muy bonito, de verdad. Y lo cierto es que no esperaba nada
así.
–¡Gracias! –y me reí tontamente–. Mira, has hecho que
me ponga colorado. A mí también me gustó mucho tu e-mail.

51
Si te soy sincero, no esperaba que me fueras a escribir o a
llamar. Pensé que todo había sido una locura y que se
quedaría en una anécdota.
–No, no… No te vas a librar de mí tan pronto. Yo soy
de las chicas que tengo claro lo que quiero –comentó riéndose
también–. Me refiero a que, si siento que alguien me cae bien,
soy de las que intenta forjar una amistad. Y también te digo
que, si es un chico y empieza a gustarme, se lo diré lo antes
posible para que la relación sea formal.
–¿Quieres decir que en cuanto notas que un chico te
gusta se lo dices para entablar una relación más seria?
–Así es…
–Entonces, te arriesgas a que te digan que no y, por lo
tanto, a ser rechazada –añadí convencido.
–Pero tú sabes, Ángel –agregó muy segura de sí
misma–, que las chicas tenemos ese sexto sentido –y sonrió
adrede– que nos hace saber cuándo y cuánto le gustamos a un
chico.
–Eso es muy interesante –le susurré bromeando–.
Háblame de ello.
–Pues verás, a los chicos se os nota enseguida si os
gusta una chica y si lo que queréis es conocerla seriamente o
sólo tener un lío.
–¿Tú crees? –le pregunté extrañado.
–Estoy convencida… Además, creo que tú sabes
mucho de eso.
–¿Por qué lo dices? –añadí asombrado.
–Me da la sensación que eres muy observador y que te
encanta la psicología.
–De todas formas, yo creo que también a las chicas os
pasa lo mismo. También a vosotras se os nota enseguida si un
chico os gusta o simplemente va a ser una amistad; incluso,
sois muy expresivas cuando un chico no os hace ni fu ni fa.

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–Pero nosotras –quiso aclarar Tania– sabemos
disimular mejor nuestros deseos y nuestros sentimientos. A
veces, incluso, nos hacemos las tontas, en el buen sentido de
la palabra. Sabemos muy bien cómo manejaros y cómo seguir
ligando o cortar la situación. En ese aspecto, vosotros sois
muy simples –sentenció rotundamente.
–No es bueno generalizar, Tania. Nosotros también
nos damos cuenta de la reciprocidad de los sentimientos y del
interés o no que nos mostráis. Hay multitud de detalles
vuestros que no se nos escapan; precisamente, porque
vosotras inconscientemente los expresáis en mil y un gestos.
Sólo hay que saber leer las señales.
–¿Las señales? ¿Qué señales? –me preguntó un tanto
incrédula.
–Por ejemplo, el pelo… Si una chica siente tilín por un
chico, cuando éste está cerca de ella, suele tocarse el pelo con
más frecuencia de lo normal.
–Es que, como sois tan pesados y aburridos, algo hay
que hacer, ¿no? –añadió en plan simpático.
–También tenéis tendencia, si os gusta un chico –y
empecé a reírme–, a bajar la mirada hacia sus labios,
pensando cómo sería un beso con él.
–¡Vaya! Estás despertando mi curiosidad.
–Sólo te diré una cosa más. Cuando os gusta un chico
os reís de cualquier tontería que hace o dice; y eso se nota.
¡Ah! Y no paráis de buscarlo con la mirada y de haceros las
tontas, es decir, de disimular que estáis deseando que os diga
algo.
–¡Eso también os pasa a vosotros! –exclamó muy
animada y decida a reprochar mis comentarios–. De acuerdo,
ahora déjame a mí… Cuando a vosotros os gusta una chica no
paráis de mirarle las tetas y el culo, seguramente imaginando
cómo son en realidad. Además, vuestros ojos se quedan

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clavados tontamente en su cara; y, si podéis presumir de algo
en ese momento, lo hacéis con tal de llamar su atención: es
vuestro ego masculino. Lo peor es que siempre buscáis la
excusa más ridícula para estar cerca de ella; entonces,
adoptáis el rol de machito simpático, esperando que la chica
se sienta atraída por vuestras tonterías –y en este punto se
puso a reír a carcajadas.
–¡Qué dices! ¡Eso no es verdad! –le increpé riéndome
yo también.
–Espera, espera, que aún no he acabado. A veces,
incluso, os ponéis tan románticos que dan ganas de vomitar. Y
si ella no os hace caso, basta que alguien os pregunte si os
gusta esa chica para que lo neguéis rápidamente mientras se
encienden vuestros ojos y vuestra hipócrita sonrisa, dejando
entrever, claro, vuestros verdaderos sentimientos.
–Tania, me lo estoy pasando genial contigo –acabé por
decir mientras intentaba dejar de reír–. Ahora en serio, ¿qué
hay de malo en enamorarse de alguien, pero no ser
correspondido?
–Pues que se sufre mucho.
–¿Lo dices por experiencia?
–No, no… Yo en mi vida me he enamorado. No sé lo
que es eso. –añadió muy convencida.
–Pero me insinuaste que habías salido con varios
chicos.
–Sí, pero las historias no duraron tanto como para
sentir amor.
–Entonces, ¿por qué salías con ellos? –le pregunté
confundido.
–Me gustaban, no lo niego; aunque, sinceramente, no
me llegué a enamorar de ninguno. Salía con ellos para
divertirme, por hacer amigos, por sexo… No sé, yo soy así.

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–Y si estás con uno, no estás con nadie más; me
entiendes, ¿no?
–¡Claro! Eso es lo que te decía antes: si siento que
alguien me gusta, para no confundirle ni marear la perdiz,
intento salir en serio con él.
Con tanta conversación, no nos dimos cuenta que la
hora de entrar al cine estaba próxima; de modo que tuvimos
que levantarnos rápidamente y pagar lo consumido para llegar
a tiempo. Por suerte, el destino nos hizo un guiño, ya que,
curiosamente, no había mucha gente en la cola del cine y, por
ello, pudimos entrar y sentarnos tranquilamente.
Durante la primera hora de proyección de la película,
todo transcurrió entre la expectación de ver a Will Smith en su
nuevo papel de superhéroe y las carcajadas que su comicidad
provocaban. Compartir aquel momento con Tania, uno
sentado al lado del otro y bajo la misma visión, suponía ir
consolidando una amistad que había surgido de la forma más
inesperada. En ese sentido, las sensaciones eran muy
agradables, porque me sentía cómodo a su lado y seguro de
mí mismo, y porque todo estaba siendo muy fluido y muy
natural. Por eso, cualquiera que nos hubiera estado siguiendo
y observando podría haber pensado que éramos una pareja de
novios.
Por todo ello, e instintivamente, aprovechando una
escena de la película sin interpretación vocal, me atreví a
preguntarle en voz bajita qué tal estaba. Ella, cómplice
seguramente de mis sensaciones, me miró y puso su mano
sobre la mía, la que descansaba en el apoyabrazos. A
continuación, con un ligero movimiento de su palma, acarició
mis dedos, haciéndome saber, también con su sonrisa, que se
encontraba a gusto. Sin embargo, cuando retomamos la visión
de la película, todavía ella continuó con su mano sobre la mía.
Ese contacto, esa conexión, desencadenó algo inesperado.

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Ese tipo de cosas ya me había ocurrido con
anterioridad, sobre todo, con amigos y amigas con los que
tenía una gran afinidad y confianza. Con todos, en algún
momento en especial, el contacto a través de un abrazo, un
apretón de manos o, incluso, una mirada desde el cariño,
había provocado que en mi mente surgieran imágenes de su
infancia. En ocasiones, era simplemente un flash de su rostro
como niño o niña. Otras veces, veía alguna escena de su vida
donde imperaba una felicidad extrema por algún
acontecimiento en particular. Y, por el contrario, también
aparecían en mi interior vivencias de su infancia que eran
causa de algún trauma posterior.
Y allí, en el cine, sentado al lado de Tania y bajo el
contacto de su mano, volvió a surgir… Como un relámpago,
aparecieron en mi mente imágenes de su infancia. No eran
imágenes agradables; porque ella, apoyada en la esquina de
una habitación en penumbra, de pie y con la mirada perdida,
lloraba desesperadamente. Sus sollozos, su respiración
forzada y el miedo que invadía su ser, penetraron dentro de mí
con tal intensidad que, para cortar aquellas imágenes, sentí el
arrebato de apartar mi mano del contacto con la suya. Ella no
pareció molestarse, pues no la vi hacer ningún movimiento
extraño. Pero yo, sin embargo, ya no pude sacarme de la
cabeza aquella escena donde Tania, de niña, sufría y lloraba
en la soledad de sus circunstancias.

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UN ABRAZO MUY ESPECIAL

Después de salir del cine, encontré a Ángel un poco


raro: como preocupado. Pensé que, posiblemente, pudiera
haberle molestado que dejara mi mano sobre la suya, pues,
cuando repentinamente la apartó, lo noté un poco tenso.
Como aquella situación vacilante y carente de palabras
comenzó a ser incomoda, no dudé en preguntarle qué le
pasaba:
–Ángel, ¿estás bien?... Te noto decaído.
–Es que necesito darte un abrazo.
Su respuesta me dejó sorprendida y emocionada. Tras
tres segundos de incertidumbre, mis brazos se abrieron para
recibir los suyos, su cuerpo y todo su ser. Jamás olvidaré lo
que experimenté entonces. Porque, ¿cómo fue posible sentir
tanto cariño de alguien que todavía era prácticamente un
desconocido para mí? ¿Cómo fue posible que mi corazón se
quedara inundado por su amor de una forma tan bella que
nada tenía sentido excepto aquel sentimiento ajeno?
Misteriosamente, me quedé en blanco, en silencio,
perdida en una sensación extraña. Sin saber por qué, Ángel no
sólo me abrazaba a mí, sino que parecía querer abrazar toda
mi vida. Y yo me dejé llevar inconscientemente y me fusioné
en su cuerpo y en su alma; me adentré en un mundo que jamás
había conocido, un mundo que muchos llaman amor, pero que
yo nunca había experimentado. Incluso sentí un calor
agradable, un bienestar que me hizo olvidar dónde estaba, qué
hacía y con quién me encontraba. Todo fue especial,
espontáneo, mágico y raro. Y en esa burbuja de sensaciones,

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de pronto, mil dudas sucumbieron en mí: ¿quién era Ángel?
¿Por qué era diferente a los demás? ¿Por qué estaba tan
cómoda a su lado? ¿Por qué parecía comprenderme y
quererme más que nadie?
Tras esas preguntas, tras esos minutos de sensaciones
extrañas pero especialmente agradables, unas lágrimas se
escaparon de mi corazón; y no pude reprimirlas en mi rostro
por más que quise. En mí se abrió una puerta desconocida que
primero dejó escapar el llanto de no saber qué estaba pasando,
de no entender por qué me sentía así y de no comprender qué
significaba todo aquello.
Y él, sin embargo, sabedor que lloraba, siguió
abrazándome desde un sentimiento inexplicable. Su cariño y
su amor eran cada vez más y más intensos; tanto, que perdí la
noción del tiempo y la conciencia de ser yo misma: la chica
atrevida, la chica que sabe lo que quiere, que sigue adelante y
tiene controladas las situaciones; la chica dura que nadie
puede hacer sufrir, la chica que no quiere enamorarse y que
maneja a los chicos a su antojo. Sí, toda mi personalidad
desapareció; porque algo tocó mi corazón y me hizo despertar
quizás de un sueño que yo misma había construido.
Y cuando aún permanecía aturdida, todavía con
algunas lágrimas cayendo por mis mejillas, desconcertada
incluso por lo que había pasado, Ángel, separándose un
poquito de mí hasta que nuestras miradas coincidieron, me
dijo:
–Yo nunca te haré sufrir. Pase lo que pase entre
nosotros, jamás haré algo con la intención de confundirte,
engañarte o conseguir egoístamente algo de ti. No hace falta
que me creas, porque te lo demostraré. Y sé que ya lo has
empezado a sentir con este abrazo.
–No sé qué me ha pasado –le dije mientras me secaba
disimuladamente las lágrimas–. Todo esto es muy extraño

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para mí, Ángel. Si te soy sincera, me encuentro un poco
cansada; me pesan los ojos y necesito irme a casa. No te lo
tomes como una excusa para acabar con la cita, de verdad.
Hay algo que no comprendo y, no sé por qué, me encuentro
débil.
–De acuerdo, no te preocupes. Déjame, no obstante,
que te lleve a tu casa. No me quedaría tranquilo si coges un
taxi. Prefiero llevarte yo y saber que has llegado bien.
–Me parece una buena idea.
Desde entonces, todo transcurrió muy rápido y con
pocas palabras. Ángel parecía, sin embargo, estar tranquilo;
fue todo muy raro.
Cuando llegamos al portal de mi casa, me despedí
velozmente de él. Le di dos besos y le agradecí su amabilidad
y su comprensión. Él también se precipitó a comentar lo bien
que lo había pasado, aunque yo salí del coche con cierta
urgencia porque no quería seguir hablando.
Y cuando entré en casa, sin más dilación, me fui a la
cama. El reloj marcaba la una y once minutos de la
madrugada; y, no sé por qué, me gustó ver los tres unos de la
hora en el marcador digital del reloj despertador.
La sorpresa también fue grata cuando, al despertar el
domingo y mirar el reloj, comprobé que eran las once y diez
minutos. Otra vez los tres unos en la pantalla digital. Siempre
he pensado que la casualidad no existe, por lo que me quedé
con esa anécdota como algo positivo, pues me encontraba
bien; había dormido muy bien y me sentía estupendamente.
Mi madre, como siempre, cuando me vio salir de la
habitación, empezó con su interrogatorio habitual: que a qué
hora había venido, que con quién había estado, que si me lo
había pasado bien, etcétera, etcétera. Tuve que contarle la
verdad y decir que, como había conocido a un chico,
quedamos para cenar e ir al cine. Le expliqué también que era

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alguien diferente al resto de chicos con los que ya había
salido; diferente en el sentido de mejor, le tuve que aclarar.
Ella, por el contrario, me apuntó que me brillaban los ojos,
que mi cara reflejaba una alegría especial; y acabó
expresando, con humor y satisfacción, que ojalá sentara la
cabeza con él. Yo no pude evitar reírme con sarcasmo de sus
comentarios; y menos mal que mi padre se había ido a dar una
vuelta, porque él era todavía más pesado con estas cosas.
Tamara no tardó mucho en llamarme al móvil. Había
hablado ya con Rosa para tomar algo antes de comer y me
preguntó si me apetecía ir; lógicamente, sus intenciones eran
otras: conocer cómo me había ido con Ángel. De cualquier
manera, como siempre comentábamos nuestras citas, quedé
con ellas.
Cuando llegué a la terraza de la cafetería de la avenida
de Aragón, tal y como habíamos quedado, ellas ya estaban
allí. Con una sonrisa extremadamente curiosa y felina, las dos
se lanzaron enseguida a preguntarme mil cosas…
–¡Madre mía! No os lo vais a creer. Me hizo llorar –les
comenté con una sonrisa.
–¡Qué dices, tía! ¿Llorar tú? Pero ¿por qué? ¿Qué
pasó? –comenzó Rosa a cuestionar.
–A ver cómo os lo cuento… Todo iba muy bien.
Estuvimos tomando unos sándwiches la mar de a gusto en una
bocatería del centro. Teníais que haber visto lo guapo que
estaba. Cuando entré, se levantó a recibirme y me dijo que yo
también estaba guapísima. En fin, que nos sentamos y
empezamos a hablar y a reírnos, sobre todo, de lo que
hacemos las tías y ellos cuando nos gusta alguien. Y en ese
sentido le metí caña; pero de forma simpática, claro…
Estábamos tan bien y era todo tan perfecto que el tiempo pasó
volando; y eso nos obligó a levantarnos y correr para llegar
puntuales al cine. Pero no hubo problema.

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–¡Y esa cara que acabas de poner! ¿Qué paso en el
cine? Te lanzaste, ¿no? –se precipitó a decir Tamara con una
sonrisa pícara.
–Espera, espera… La peli era la de Will Smith.
¡Descojonante! Tenéis que verla. No parábamos de reír…
Ángel, no sé por qué, en uno de los momentos más tranquilos
de la peli, me preguntó susurrando qué tal estaba. Yo no quise
hablar y, para indicarle que me encontraba genial, le acaricié
la mano y la dejé un ratito, adrede, encima de la suya. Ya os
dije que lo iba a poner a prueba. Pero, para mi sorpresa, él
retiró su mano tras unos segundos.
–¿Y?...
–Y acabó la peli… Aunque, desde entonces, lo noté
raro. Se había quedado un poco frío, como ausente. Yo pensé
que había metido la pata, que me había precipitado en mis
intenciones y que le había molestado que me lanzara tan
rápido. ¡Ya sabéis que hay tíos así!
–Pocos, ¡eh! –me cortó con ironía Rosa.
–Sigue, sigue –insistió Tamara.
–Pues, como no estaba tranquila, se lo pregunté. Le
pregunté si estaba bien. Y sorpresa…, porque me dijo que
necesitaba darme un abrazo.
–¡Ostia! ¡Ese huevo quería sal! –exclamó Rosa, que no
sé por qué estaba tan cachonda.
–¡Cómo le iba a negar un abrazo! ¡Claro que nos
dimos un abrazo! –exclamé reiteradamente para intrigarlas
todavía más–. Y ahora viene lo mejor.
En ese momento, sonó mi móvil…
–Chicas, es él… ¿Qué hago? –les pregunté tontamente.
–¿Qué haces? Tú sabrás, ¿no?
Me levanté de la silla y me aparté un poco para que no
me oyeran hablar. Me puse incluso nerviosa; jamás me había
pasado eso con un chico después de haber tenido alguna cita,

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y recordarlo me puso todavía más nerviosa. Sin embargo,
Ángel hizo que me calmara enseguida. Escuchar su voz, y
saber que estaba preocupado por conocer cómo me
encontraba, me hizo sentir bien. Yo le contesté que me había
levantado muy descansada, que no sabía por qué me había
dado el bajón después de salir del cine, pero que estuviera
tranquilo. Quedamos en llamarnos o mandarnos algún mail
durante la semana; y con eso y poco más acabó la
conversación. Y me senté de nuevo con mis amigas y
continué hablando:
–Estaba preocupado por lo que pasó.
–¿Y qué pasó, Tania? –siguió Rosa preguntando.
–Que durante el abrazo me sentí transportada a un
mundo de sensaciones que ni con el sexo he experimentado
nunca –les dije de forma exagerada.
–¡Y una mierda! –agregó con guasa Tamara.
–¡Os lo juro!
–Y, entonces, cuando te lo folles, ¿qué va a pasar?
¿Explotarás de emoción, placer y sentimientos? –me
preguntó, partiéndose de risa, Rosa.
–¡Qué bestia que eres, Rosa!... No os lo puedo explicar
con palabras, pero lloré.
–¿Lloraste de verdad mientras te abrazaba? ¡Ese tío es
la bomba! –comentó Tamara abriendo los ojos en señal de
sorpresa.
–Lloré y pensé que aquello era un sueño; que no era yo
la que estaba allí. Tan aturdida acabé, que me quedé sin
fuerzas, apagada, deseando irme a dormir. Y eso es lo que le
dije finalmente: que me quería ir a casa.
–¿Y qué dijo él? ¿Qué hizo?
–Se portó como un caballero y, sin reprocharme nada,
me llevó a casa.

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–Tania, esto es más interesante de lo que esperábamos,
¿no? –agregó Tamara.
–Esto se me está escapando de las manos, tías.
–¿Por qué lo dices? –insistió Rosa.
–Porque, de momento, con Ángel todo es diferente. No
hay nada premeditado, controlado o pensado; es todo natural
y distinto. Y eso es lo que me asusta.

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64
SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, CONTINÚA

En el transcurso del trayecto en coche a una de las


oficinas de Bancaja, donde habían requerido mi presencia
para solucionar un problema informático, fui pensando en
Tania y en todo lo que me había pasado con ella. Después de
la última cita, los días de la semana pasaron muy rápido y,
siendo viernes, tristemente, nada sabía de ella.
Así estuve desde el lunes, con la esperanza de recibir
una llamada o algún mail; sobre todo, porque era ella la que
más interés tenía en todo aquello; y porque, guiado por una
intuición, creí conveniente no precipitarme en las
circunstancias ni forzar ninguna relación. De cualquier forma,
transcurridos cinco días desde nuestras últimas palabras,
empecé a pensar que Tania se había arrepentido de
conocerme.
Con ese pensamiento, llegué y estacioné el coche en
las proximidades de la oficina que necesitaba mi ayuda. A
pesar de todo, tenía que seguir trabajando; y el trabajo,
afortunadamente, me evadía de cualquier preocupación que
pudiera tener. En ese sentido, nunca ningún compañero se
había interesado especialmente por mi vida personal;
precisamente, porque nunca mostraba signos de preocupación
o malestar, que casi siempre son las señales que incitan a
cuestionar.
Con todo, tranquilo por tener el coche bien aparcado,
me acerqué caminando por la acera a la oficina. Pero
entonces, repentinamente, y de forma casual, vi en el
escaparate de un quiosco una máscara de disfraces.

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Enseguida, por asociación, me acordé del sueño que tuve con
la niña del antifaz y, bajo una comprensión inesperada, sentí
que dicho sueño se había hecho realidad. Porque si la niña
representaba a Tania, aquel abrazo tan deseado por mí que le
pedí después de salir del cine, reflejaba mi curiosidad por
descubrir la parte más sensible de ella. Y el resultado de todo
aquello estaba siendo su silencio, quizás su huída o su deseo
de no querer que alguien, en este caso yo, se entrometiese en
su vida más íntima. Naturalmente, ese silencio o ruptura
aparecía en el sueño simbolizado por la reacción de la niña,
que, defendiéndose, me arañó el pecho, a la altura del
corazón, es decir, en la parte más sensible de mi vida. Y es
que, si algo me afectaba profundamente, eran los
malentendidos, la pérdida de alguna amistad o las reacciones
radicales de la gente.
Parecía entonces que todo se había consumado, que ya
no habría más que saber, hacer o hablar con Tania; eso
parecía… Hasta que recordé cómo la había conocido y las
primeras palabras que le dije: “si has llegado hasta aquí,
continúa”. La Vida, extrañamente, se reveló de nuevo en mi
mente con esa frase. La Vida, nuevamente, me recordó que
todo tiene una causa, que las cosas no ocurren sin más, que
hay que seguir avanzando más allá de las interpretaciones,
razonamientos o ideas que uno en algún momento triste pueda
tener. La Vida, con toda seguridad, quiso recordarme que
todavía no había concluido mi relación con Tania, que debía
continuar; que, aunque el sueño se hubiera consumado, no
podía dejar las cosas así.
También en otras ocasiones me había pasado lo
mismo. Sin saber por qué, surgían en mi vida personas con las
que pronto entablaba una amistad especial, es decir, una
amistad de toda la vida en unos pocos minutos. Era una
afinidad perfecta, llena de risas, conversaciones estupendas,

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momentos entrañables y sentimientos profundos. En todas
esas relaciones, siempre hubo una enseñanza, un aprendizaje
en concreto o algo que había que solucionar y que requería de
las dos partes, o sea, de él o ella y de mí. Así es el juego de la
Vida, las matemáticas perfectas, los movimientos que no
dependen inicialmente de nosotros, pero que se desarrollan
bajo una inteligencia universal.
De modo que tenía que continuar con Tania, pasara lo
que pasara. Es lo que quería la Vida y lo que en unos instantes
me mostró bajo una inspiración perfecta.
Con esa sensación y convencimiento, llegué a casa tras
concluir la jornada laboral. Los viernes acabábamos a las dos
de la tarde, por lo que dispuse de suficiente tiempo para
meditar cómo dar el siguiente paso con ella.
Tras comer y relajarme un poco con una pequeña
siesta, me cambié de ropa y decidí acercarme hasta la Plaza de
Alfonso el Magnánimo, donde se encuentra el árbol milenario
más extraordinario de toda Valencia. Allí, no sé por qué,
estaba convencido que encontraría alguna forma para retomar
con confianza y seguridad la relación con Tania; y no lo pensé
dos veces.
Al llegar a la Plaza, comprobé que el árbol milenario
estaba espléndido. Como siempre, la plaza albergaba una
algarabía especial. Las madres y los padres, con sus niños,
disfrutaban de un atardecer que, por ser viernes, era especial.
Los indigentes, siguiendo su rutina, pedían limosna,
descansaban en los bancos o merendaban. Otros pasaban tan
deprisa cruzando la Plaza que parecían llegar tarde a cualquier
sitio. Algunos llevaban bolsas de los comercios próximos,
bolsas que escondían la materialización de sus deseos o
necesidades. Y los jóvenes, en grupo o en pareja, se contaban
sus chismes, se miraban alocadamente y se reían con
desparpajo.

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El árbol milenario, por el contrario, emanaba el
misterio y la grandiosidad de la Vida. Al sentarme cerca de él,
mi mente sucumbió ante su presencia. Nada pudo
perturbarme, excepto la belleza de su imagen, de sus colores,
de su robustez y mágico aspecto. El árbol parecía querer
abrazarme; y yo me dejé abrazar. Muchas veces me había
ocurrido lo mismo; y naturalmente, aún siendo la misma
experiencia, siempre era diferente.
Y así, rodeado exteriormente por mil matices y
sonidos, interiormente, sin embargo, me quedé en plena
meditación. Con los ojos abiertos, descubrí que nada me
separaba de nadie o de ninguna cosa; que mis pensamientos
estaban ausentes y que todo formaba parte de mí. Entonces, la
Vida, de nuevo, movió sus cartas y, curiosamente, a cincuenta
metros de mí, apareció Tania acompañada por una mujer,
andando y cruzando la Plaza, tal y como lo hacían otros.
Cuando la reconocí, se me aceleró el corazón. Ella no
se había percatado de mi presencia y caminaba conversando
tranquilamente con aquella mujer. Era obvio que tenía que
hacer algo. De improviso, me levanté y me dirigí hacia su
encuentro. Y a tan sólo tres metros de ellas, nuestras miradas
se cruzaron y volvió a surgir la amistad:
–¡Tania! ¡Qué sorpresa!
–¡Ángel! ¿Qué tal? ¿Qué haces por aquí?
–Voy a esa librería –tuve que improvisar
espontáneamente sobre la marcha–. Quiero ver si encuentro
algún libro interesante.
–Por cierto, te presento a mi madre. Se llama Amparo.
Su madre no paraba de mirarme desde una sonrisa
extraña. Pensé entonces que seguramente Tania le habría
hablado de mí. Tras saludarla cortésmente, me di cuenta que
no se parecían mucho. En eso me fijé especialmente siguiendo
los conocimientos que había adquirido tras la lectura de

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algunos libros de fisiognomía, que es muy divertida cuando se
compara a una hija con su madre; pero, curiosamente, en el
caso de Tania no encontré muchas semejanzas con su madre.
También es cierto que su madre tenía un aspecto muy jovial.
Fugazmente pensé, conociendo un poquito a Tania, que su
madre sería una mujer moderna, de ésas que no tienen reparos
en acudir a un gimnasio, a sesiones de yoga e, incluso, a esas
clínicas donde realizan tratamientos de belleza. En cualquier
caso, la madre estaba estupenda, como la hija…
–Tania, tenemos que hablar –le dije de forma
simpática.
–Sí, creo que sí –matizó ella dudando.
–Será sólo un ratito. Después, si así lo quieres, ya no
nos veremos más.
–¿Por qué dices eso? –me preguntó un poco molesta.
–Bueno, desde el sábado pasado parece que nuestra
relación se ha enfriado un poco.
–De acuerdo, tienes razón. Llámame y quedamos lo
antes posible –acabó diciendo mientras apoyaba su mano en
mi hombro.
Tania me dio la impresión de no querer extenderse en
la conversación, cosa que a mí me pareció bien, ya que su
madre no paraba de mirarnos como si fuera el árbitro de un
partido de tenis.
Después de incitarme a llamarla, nos despedimos. Tras
ello, me acordé de mi amigo Rafael, pues vivía cerca de allí, y
lo telefoneé para que se acercara a tomar algo conmigo.
Enseguida cogió el móvil y, presto, acudió a mi encuentro.
Ya hacía dos semanas que no lo había visto y, cuando
apareció, casi ni le reconozco. Sorprendentemente, en pocos
días había perdido muchos kilos. Es la consecuencia que tiene
deprimirse, que uno, tontamente, se descuida físicamente. Sin
embargo, Rafael se presentó menos triste que la última vez

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que nos vimos. Seguramente, estaba ya aceptando lo que le
había ocurrido con su mujer, su ex; y, mentalmente, eso ayuda
bastante.
Para distraerlo, y también para desahogarme hablando
de lo que me había ocurrido con Tania, nos fuimos a tomar
unas cervezas. Se lo conté todo superficialmente, sin
profundizar mucho en los sentimientos, las intuiciones y las
casualidades que habían surgido. Y Rafael, bajo el pesimismo
que arrastraba por su situación, no paró de decirme que esa tía
no era normal, que me haría sufrir y jugaría conmigo a su
antojo. Y no quise discutírselo, pues fue evidente que lo dijo
desde el punto de vista de sus experiencias.
Esa misma noche, cuando llegué a casa, llamé a Tania.
De una forma muy escueta, como si ya lo hubiera planeado,
me comentó que al día siguiente, el sábado por la mañana,
estaría patinando en el mismo lugar donde nos conocimos; y
me instó a acudir allí. A mí me pareció buena idea, porque,
por otro lado, podría distraerme también haciendo un poco de
deporte en uno de mis lugares preferidos.
Como decía mi abuelo, el sábado llegó en un pestañeo.
En esa ocasión, no quise ser el primero en acudir al paseo
marítimo y, por ello, me lo tomé con calma. No me levanté
hasta las nueve y diez minutos. Luego, como siempre, fui a
comprar y limpié la casa. Y por fin, sin entretenerme más,
después de una ducha rápida, me preparé y me fui decidido a
patinar y a hablar con Tania.
A principios de octubre, muy poca gente acude ya a la
playa. Estacionar en las proximidades no supone ningún
problema, y eso favorece estar listo enseguida para pasear,
jugar con las cometas, correr o, como era mi caso, patinar.
Tania ya estaba allí. A lo lejos, pude reconocerla haciendo
giros con los patines. Su imagen despertó mis sentimientos,
que, en cada encuentro, se hacían más intensos. Ese impulso

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emocional me llenó de entusiasmo y me precipitó hacia ella.
Cuando me vio, nos saludamos alegremente, me cogió de la
mano y, patinando uno al lado del otro, me llevó hacia uno de
los coloridos bancos de piedra que allí hay. Nos sentamos y,
muy decidida, comenzó a hablar:
–Bueno, Ángel, creo que ha llegado el momento de ser
sincera contigo. Si te has preguntado durante esta semana por
qué no te he llamado o te he enviado algún mail, quiero
aclararte que no es por nada raro que pasara en la última cita.
Aquel sábado, de verdad, lo pasé muy bien… Verás –siguió
muy tranquila hablando–, tú a mí me gustas; me gustas
mucho. Cuando estoy contigo, me encuentro muy cómoda; sé
que tenemos muchas cosas en común y, por suerte, siempre
hablamos de algo. Además, curiosamente, también siempre
estamos de acuerdo en cómo vernos y qué hacer. Ya sé que
nos conocemos desde hace poco, pero me darás la razón en
que nuestras citas han sido bastante intensas –y en ese
momento tragó saliva–. Yo siento que me gustas; y creo que
yo te atraigo un poco. Lo que no me gusta es esta
incertidumbre de no saber qué represento para ti; no me gusta
estar pensando si te puede molestar que te llame, porque, por
ejemplo, en ese momento estés con otra chica. No me gusta
que sufras por no saber de mí, lo que hago o dónde estoy. En
fin, no me gusta jugar a las citas cuando sé que tengo las
cosas claras… Por todo esto, Ángel, quiero preguntarte algo.
–Adelante –la animé.
–¿Te gustaría estar conmigo, es decir, que saliéramos
como pareja hasta que uno de los dos decida lo contrario?
–¿Me estás pidiendo que seamos más que amigos,
Tania? –insistí con mucho interés.
–Sí, hasta que uno de los dos –matizó nuevamente
Tania– decida lo contrario.

71
–Antes de responder, déjame que yo también me
sincere. Desde que te he conocido, reconozco que estoy
ilusionado. Reconozco, incluso, que estoy deseando estar
contigo, saber de ti y compartir cualquier momento. Tú,
Tania, también me gustas mucho. Yo nunca pensé que pudiera
tener tanta compenetración con una chica; que pudiera
sentirme tan atraído por alguien y, además, que estuviera tan a
gusto en cualquier situación. Me encanta cómo eres, y te
encuentro muy interesante. Estos días he pensado mucho en ti
y en todo lo que nos ha pasado –entonces me callé, la miré
intensamente con una sonrisa y seguí hablando–. Y por todo
eso, por todo lo que despiertas en mí, quiero responderte que
sí.
–¿Sí? –preguntó entusiasmada.
–Sí –respondí otra vez.
Tania me miró dulcemente sosteniendo una media
sonrisa. Sus ojos se habían encendido pasionalmente y se veía
claramente en ellos el deseo de darme un beso. Yo lo estaba
deseando también. Inconscientemente, bajé la mirada hacia
sus labios. Ella se percató de esta señal tan evidente y se
acercó a los míos; y sucedió. Nos besamos una y otra vez; nos
besamos desde la sorpresa y la sinceridad; nos besamos
jugando alrededor de los labios y dejándonos llevar por el
tacto y la pasión… Y tras los besos, ya todo fue diferente;
porque, desde entonces, sentí plenamente que nuestra vida
empezaba a ser una historia de dos.

72
SEXO Y AMOR

Hacía ya tiempo que no me daba un baño tan


placentero. El deleite no sólo era físico, ya que también me
regocijaba interiormente. Por fin, otra vez, conseguía salirme
con la mía al lograr que un chico aceptara mi petición de salir
juntos formalmente durante un tiempo en concreto. Además,
tal y como les comenté a mis amigas, en esta ocasión me las
apañé para no pactar con Ángel un límite de tres meses como
periodo máximo de nuestra relación. Seguía, por lo tanto,
aplicando mi filosofía de vida; y eso, mientras me daba un
baño de sales en mi casa, me hizo sentir genial.
Lo cierto es que, después de hablar con mis amigas y
reconocerles que estaba asustada, yo no tenía nada claro qué
decisión tomar con respecto a Ángel. Por ello, había optado
por no llamarle o enviarle algún mail, para dejar que él, en
todo caso, fuera quien se interesara por mí. Pero el destino es
caprichoso y, sinceramente, creo que se involucra demasiado
en algunas cosas. Sobre esto, estoy convencida de que la
providencia decidió que mi madre conociera a Ángel y,
moviendo unos hilos que desconozco, consiguió que nos
cruzáramos con él en la Plaza de Alfonso el Magnánimo.
Tras conocer a Ángel, y después de despedirnos de él,
mi madre hizo gala de sus dotes de brujita, o sea, de alguien
especial que sabe leer en el rostro y en los ojos de las
personas, y no paró de decirme lo buen chico que se le veía.
Cariñosamente, insistió en convencerme de lo buena pareja
que hacíamos, en las excelentes vibraciones que había notado

73
con respecto a nosotros y en algo extraño, pero bueno, que
presintió que iba a ocurrir si seguía conociéndole.
Para mí, mis padres son los seres más maravillosos de
la tierra. Como hija única, me han mimado tanto y me han
demostrado tanto cariño que jamás podría defraudarles o
hacer algo que les hiciera sufrir; por el contrario, basta que
ellos me insinúen algo para que yo haga todo lo posible en
complacerles.
Y aquellas sensaciones de mi madre fueron el
empujoncito que necesitaba; aunque, tal y como había hecho
con el resto de chicos, la decisión estaba condicionada a un
pequeño periodo de tiempo. A pesar de esto, yo iba a
continuar siendo con Ángel la misma chica atrevida,
simpática y divertida que hasta entonces había sido. Lo único
diferente es que los dos, después de habernos sincerado, ya
teníamos claro que nuestra relación era de pareja, sin nadie
más por medio y con la clara convicción de querer seguir
conociéndonos y disfrutando el uno del otro.
Con esos pensamientos, seguí relajándome en la cálida
sensación que el agua templada y aromática me causaba.
Estuve así durante una hora aproximadamente, hasta que las
yemas de los dedos se me quedaron arrugadas como ciruelas
pasas. Entonces, decidí salir de la bañera y continuar
arreglándome y preparándome exclusivamente para Ángel.
Porque, ese mismo sábado, después de hablar por la mañana y
darnos nuestros primeros besos, acordamos cenar juntos y
salir de copas.
A mis amigas ya las había puesto al día con una
llamada telefónica. Tamara y Rosa alucinaron conmigo y, con
mucha gracia, me insistieron en no ser demasiado mala con
Ángel. Lo que ellas no sabían es que, siempre que había
salido con un chico, independientemente de saber de
antemano que cortaría con él a los tres meses, me entregaba

74
plenamente en la relación; eso sí, teniendo claro que el amor
no formaba parte de mi vida.
Pronto el reloj apuntó las nueve de la noche. Ángel me
propuso cenar en un restaurante de la zona de Cánovas; un
lugar para él entrañable, donde se servían tapas de gran
calidad y el ambiente permitía conversar con cierta intimidad.
A mí me encantaba dejarme llevar por sus propuestas; lo
cierto es que era el primer chico con el que no tenía que estar
pensado qué hacer o dónde ir. Por eso, y por su forma de ser,
de momento lo estaba pasando genial a su lado, disfrutando
incluso de sus comentarios, de su sentido del humor y de la
manera tan especial que tenía de seducirme.
Cuando llegué a la entrada del restaurante, una voz
perdida en el aire quiso llamar mi atención cariñosamente
mediante el sonido de mi nombre. Al girarme hacia la
izquierda, comprobé que era Ángel, que, apoyado en el tronco
de un árbol, me miraba desde un rostro sonriente y radiante.
Rápidamente me acerqué a él y le di un beso en los labios. En
ese instante, su mano derecha me agarró la cintura, cosa que
me excitó tontamente. Después de hablar un poquito y
adularnos mutuamente, entramos en el local y, guiados por
uno de los camareros, nos sentamos… El camarero debió
percibir en nosotros una simpatía especial, porque, sin
pedírselo, se atrevió a recomendarnos una serie de tapas que
con toda seguridad –comentó– serían de nuestro agrado.
Rápidamente le dijimos que adelante, que nos sorprendiera.
Mientras cenábamos, dado que poco sabíamos el uno
del otro, estuvimos hablando de nuestras familias, de nuestros
amigos y de los compañeros de trabajo. Curiosamente,
también Ángel era hijo único. Sus padres, según me dijo muy
escuetamente, residían en Teruel, y ninguno de los dos tenía
una ocupación laboral: su madre, porque siempre se había

75
dedicado a las labores de la casa, y su padre, porque hacía seis
meses que se había jubilado.
Tras ponernos un poco al día sobre la gente más
cercana a nosotros, aprovechando uno de sus comentarios con
respecto al número de chicas que trabajan con él, se me
ocurrió tentarle con ciertas preguntas:
–¿Y tú crees, Ángel, que dos compañeros de trabajo se
pueden enamorar?
–Naturalmente –afirmó muy convencido.
–Yo creo que es muy difícil. ¿Te has enamorado
alguna vez de alguna compañera? –seguí tentándole.
–Claro, en varias ocasiones; aunque no he sido
correspondido. Lo cierto es que no me cuesta mucho
enamorarme. Pero como una relación sentimental depende de
dos, si la otra parte no está interesada, no hay relación; y no
pasa nada –matizó alegremente.
–¿Qué quieres decir con no ser correspondido?
–Pues que ellas no sintieron lo mismo que yo; es decir,
que sólo me veían como un amigo o un compañero con el que
pasaban momentos agradables y se reían, pero nada más. Esas
cosas se notan… Por su parte no hubo ningún interés en
querer conocerme, ni surgió nada especial que pudiera
hacerles pensar que algo les pasaba conmigo; ya me
entiendes. Y tampoco noté en ninguna de ellas una verdadera
intención de ir más allá de la mera relación de amistad que
teníamos.
–O sea, que te diste cuenta que tú sí que sentías algo
por ellas y, sin embargo, ellas marcaban las distancias en tus
intenciones –resumí deliberadamente–. Y, por lo que conozco
de ti, intuyo que en más de una ocasión les dejarías ver que te
atraían.
–Así es… No obstante, yo tengo muy claro que en
asuntos del corazón no hay que obligar a nadie ni engañarse.

76
Si uno no quiere, dos no discuten. Lo sensato y maduro es
saber reconocer tanto lo que uno siente como lo que sienten
los demás; y aceptar, obviamente, las decisiones que no
dependen de uno mismo. Es así de sencillo. Yo puedo estar
enamorado de ti, sentir que me gustas realmente, querer pasar
contigo el máximo tiempo posible, pero debo saber reconocer
y aceptar que, si tú no sientes lo mismo, nada debe impedir
que sigamos relacionándonos desde la simpatía y el respeto.
El cariño sigue fluyendo de mí hacia ti, aunque existe también
esa conciencia que me permite comprender que tú, en este
caso, no sientes lo mismo y no puedes, por lo tanto, darme el
mismo cariño ni los sentimientos que yo desearía; sólo me ves
como un amigo o un compañero de trabajo. Para mí es
perfectamente comprensible, y en nada cambia la relación que
tenía. Yo no soy de ésos que dicen que si no son
correspondidos, entonces, la amistad es imposible; eso me
parece un acto de egoísmo total.
–¿Qué tiene el amor de especial? –le pregunté
indirectamente mientras me comía un chipirón.
–¿Con cuántos chicos exactamente has salido? –quiso
saber con mucha curiosidad Ángel.
–Con ocho –le dije de forma rotunda.
–¿Con ocho? ¿Y nunca has sentido con ninguno de
ellos ese cosquilleo especial, ese sinsentido irracional que te
atrapa completamente en la vida de la otra persona y en todo
su ser?
–Nunca –volví a decirle de forma rotunda.
–Y, sin embargo, te has acostado con ellos.
–Quieres decir si he tenido sexo, ¿no?
–Claro.
–Con casi todos. Pero por mi parte era sexo sin amor.
Sólo lo hacía por puro placer o dejándome llevar por el
momento. ¿Y tú?

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–Yo, ¿qué? –agregó para intrigarme.
–¿Con cuántas chicas has salido?
–Con tres –contestó brevemente.
–Y con las tres…
–Y con las tres tuve sexo. Pero, a diferencia de ti, casi
siempre fue sexo por amor y por placer. Para mí es
imprescindible estar enamorado, es decir, sentir algo especial
para acostarme con una chica. Necesito que mi corazón lata
primero descontroladamente antes de tener una relación
sexual.
–¿Qué diferencia crees que hay entre simplemente
tener sexo y hacer el amor? –le pregunté mientras degustaba
un mejillón.
–¿Realmente quieres que hablemos de una forma seria
de esto? –añadió extrañado por mi actitud.
–Estoy muy interesada, de verdad.
–De acuerdo, empieza tú. Háblame, desde tu
experiencia, del sexo por puro placer.
–¡Muy bien! Verás, desde mi punto de vista sólo
existen las sensaciones físicas y mentales que experimento
cuando me acuesto con un chico. Supongo que es comparable
a fumarse un porro o esnifar una raya de cocaína; es decir, tras
eso una desea experimentar algo físico y mental
extraordinario… o, por lo menos, desahogarse. Por eso, al
chico, aunque pueda apreciarle y considerarlo mi amigo, sólo
lo veo como el que va a provocar en mí las sensaciones que
quiero tener. El sexo con él me las causa; pero de ninguna
manera existe para mí algo así como amor, ni antes, ni
durante, ni después. Si te soy sincera, no sé lo que es el amor:
nunca lo he sentido.
–Pues supongo que sentirías lo mismo si te compraras
un consolador –me dijo entre risas.

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–No te creas… Me gustan más las sensaciones
completas e incontroladas.
–Esa forma de actuar, ¿no nos convierte a los hombres
en meros instrumentos para tu placer sexual?
–¡Puede ser! Pero yo no engaño a nadie; y tengo claro
que, a la vez, yo soy el instrumento que provoca también el
placer en los chicos. A mí no me importa verlo así, porque lo
cierto es que ninguno de los dos nos hacemos daño; todo lo
contrario, lo pasamos genial. Ahora te toca a ti –acabé
animándole.
–Déjame primero que te haga una pregunta: ¿qué
sentiste el sábado pasado, después de salir del cine, cuando
nos dimos un abrazo?
–Me quedé aturdida. Realmente aún no puedo
contestarte a esa pregunta –y esquivé responderle.
–Pues yo necesitaba abrazarte… Necesitaba
transmitirte mis sentimientos, el amor que sentía en ese
momento por ti, por lo bien que te estabas portando conmigo,
por lo entrañable que estaba siendo aquella noche; necesitaba
agradecerte, dado que la vida es tan limitada y dura, que
estuvieras pasando conmigo aquella noche y también los
momentos anteriores; necesitaba decirte sin palabras todo el
cariño que estaba sintiendo por ti; necesitaba abrazarte para
que comprendieras lo importante que estabas siendo en mi
vida.
–¡Ángel! Vas a hacer que me emocione otra vez –le
dije susurrando.
–Cuando hago el amor con una chica, no busco
principalmente el placer o las sensaciones en mi cuerpo, en
mis sentidos o en mi mente; eso ya sé que lo voy a tener. Lo
que deseo también es que el amor y el cariño que siento por
ella, de una forma física y espiritual, le provoque mil
sensaciones, le deje incluso sin pensamientos durante varios

79
minutos y le transmita los sentimientos que de otra forma no
podría expresar. Es obvio que su reciprocidad física y
sentimental me causa placer e intensifica mis emociones;
pero, a diferencia del sexo por sexo, ése no es el motivo
esencial que me empuja a relacionarme sexualmente. Yo
necesito algo más.
–¿Y qué opinas de la homosexualidad? –se me ocurrió
preguntarle.
–¿Por qué debería de opinar algo?... Es muy evidente
que en las parejas de homosexuales puede existir el sexo por
sexo y, también, el sexo por amor. ¿Has mantenido alguna
relación sexual con una chica? –acabó preguntándome de
forma sagaz.
–Por supuesto que no… ¿Te das cuenta, Ángel, que
podemos hablar de cualquier cosa sin ruborizarnos, sin
cortarnos en nada y con total naturalidad? Estoy sorprendida.
Nunca me había pasado esto.
–¿Sabes por qué?
–¡Por favor, no te cortes!
–Yo creo que es porque ninguno de los dos espera
nada de esta relación –comentó sorprendentemente para mí–.
Me explico… Tú tienes claro que esto durará hasta que uno de
los dos quiera; y luego todo habrá pasado y sólo quedará el
recuerdo de lo que hemos compartido juntos. Y yo lo estoy
viviendo de otra forma: desde el Sentido de la Conciencia.
–Perdona que te interrumpa, pero, ahora que lo
expresas así, me gustaría que me hablaras algún día de eso
que tú llamas el sentido de la conciencia. En aquel correo que
te envié, te lo decía seriamente.
–No te preocupes, seguramente tendremos algún
momento especial para hablar con más profundidad de eso…
En este caso, lo que te quería decir es que, cuando estoy
contigo, lo estoy al cien por cien; es decir, que todos mis

80
sentidos y mi mente están prestándote atención. Como te vivo
completamente de instante en instante, no puedo esperar nada
de nuestra relación. Vivirte completamente significa que
ningún pensamiento me aparta de ti o analiza lo que sucede:
sólo existe la comprensión de lo que se experimenta. Y
comprender, en este caso, no significa estar de acuerdo
contigo o discrepar razonablemente de tus ideas y opiniones;
comprender implica conocerte sin reacción psicológica alguna
y, al mismo tiempo, aprender de ti. Es una acción total donde
los pensamientos que critican, interpretan o malinterpretan,
los pensamientos que causan miedo, celos o vete a saber qué,
no me impiden vivirte plenamente y compartir íntegramente
contigo algún momento en particular. Porque, cuando algún
pensamiento con estos matices surge en mi mente, desde el
Sentido de la Conciencia queda expuesto a la comprensión; y
desde ahí, desde la comprensión, los pensamientos no causan
ni provocan daño alguno o confusión.
–Vale… Ahora explícamelo con un ejemplo.
–¡Muy bien!... Antes has dicho que en casi todas tus
relaciones has tenido sexo, pero que en ningún caso hubo
amor o algo similar.
–Sí.
–Si eso mismo lo hubiesen escuchado veinte personas,
cada una de ellas, en función de su moralidad, cultura y
personalidad, hubieran podido pensar o reaccionar de alguna
forma en concreto. Por ejemplo, que puedes ser propensa a ser
infiel, que eres superficial, que sólo buscas pasarlo bien, que
te dan igual los sentimientos y sólo vives la vida desde el
placer que obtienes de las cosas y de los demás, etcétera.
–¡Podría ser! –exclamé sintiendo que me daba igual lo
que pensara la gente.
–Sin embargo, cuando lo has expresado, nada de eso,
ni ningún otro pensamiento, ha condicionado mi respuesta o

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mi relación contigo. Digamos que, mientras lo decías, había
una comprensión profunda de tu vida y del porqué de tus
palabras; nada más. Al mismo tiempo, desde el Sentido de la
Conciencia, yo estaba percibiendo mi mente, observando si
surgía algún pensamiento con el que te estuviera analizando.
Ese análisis ya implica una separación mental entre tú y yo.
Esa separación me aleja de ti, me aísla en mi particular visión
de las cosas y no me permite vivirte al cien por cien; no me
permite conocerte porque estoy hipnotizado por el análisis
que mentalmente hago de ti. Yo sé que esta forma analítica y
crítica de pensar es un veneno en las relaciones; lo he
comprendido plenamente y, por ello, cuando algún
pensamiento nubla el entendimiento interpersonal,
inmediatamente la comprensión lo dirige o lo aniquila,
dejando de ser un problema. Lo más curioso, es que esos
pensamientos, por surgir en mí, forman parte de mi vida, y
comprenderlos es un acto de autoconocimiento y aprendizaje
personal.
–¡Vaya, Ángel, estás muy puesto en la materia!… En
parte, de todo lo que has dicho, saco la conclusión de que eres
muy respetuoso; lo que no quiere decir que seas tonto.
Porque, si no analizas a la gente, si intentas que, ante todo,
exista una comprensión de su personalidad, eso significa que
respetas a las personas tal y como son. Pero otra cosa,
naturalmente, es que compartas o te sumes a su forma de ser.
–Y lo más bonito, donde realmente reside la belleza de
todo esto, es que si la otra persona no se encierra en su
personalidad y también se concede la oportunidad de aprender
de cualquier relación que pueda mantener y de sus propias
reflexiones, y en eso reside la humildad, entonces, existe la
posibilidad de que el amor toque su ser y se exprese desde él o
ella hacia el otro, y viceversa.

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Sus palabras me dejaron en silencio. Mientras le
miraba a los ojos intentando comprender lo que acababa de
decir, me quedé muda y perdida en su dulce expresión. Ángel
no era como los demás, desde luego. Tal y como me pasó tras
recibir y leer aquel bonito e-mail que me mandó, en ese
momento empecé otra vez a sentirme mal por mantenerme
firme en mis propósitos y sólo ver en él otra relación pasajera
más. Tuve que bajar la mirada por un instante para disimular
lo que estaba sintiendo. Ángel, sin embargo, no dejó de
observarme manteniendo una sonrisa especial. Luego, en un
silencio premeditado, sorprendiéndome una vez más, extendió
su mano derecha sobre la mesa con la intención de que yo le
diera la mía. Irremediablemente, como guiada por una fuerza
incontrolada, le cogí suavemente la mano; y él, a
continuación, me acarició con dulzura los dedos, se reclinó un
poquito sobre la mesa y, acercando la palma de mi mano a sus
labios, me dio un beso que me dejó loca de contenta y
atormentada en unas emociones y sentimientos que nunca
había sentido.

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84
LA CENA

A las seis de la tarde, en octubre, es casi imposible ver


algún gorrión. Estas pequeñas y simpáticas aves son muy
activas durante las mañanas, pero por la tarde, por razones que
desconozco, pronto vuelven a sus nidos. Sin embargo,
mientras esperaba a Tania para darle una sorpresa, todavía un
joven gorrión blincaba y volaba desde las ramas de un árbol a
la acera, intentando llevarse una miga de pan que, como parte
de su merienda, algún niño habría dejado caer.
La calle Ingeniero Joaquín Benlloch de Valencia,
durante casi todo el día, mantiene una algarabía especial. Es
una zona muy transitada, y muchos profesores de autoescuela
aprovechan su circulación para inculcar en sus estudiantes el
arte del buen conductor. En esa calle está el Banco donde
trabaja Tania. El jueves es el único día de la semana que está
obligada a trabajar por la tarde y, aquel jueves, con mucha
ilusión y sin que ella lo sospechara, me pareció buena idea
esperarla a la salida del trabajo para llevarla a su casa en mi
coche, pues ya sabía, por un comentario que me había hecho,
que cogía el bus para esos trayectos.
Ya habían transcurrido doce días desde nuestro primer
beso. Desde aquel entonces habíamos compartido muchos
momentos juntos, tantos y con tanta intensidad que ahora sí
que aparentábamos ser una pareja de novios.
Mientras la esperaba apoyado en un árbol a veinte
metros de la entrada del Banco, deseando verla cruzar la
puerta y salir al exterior, cariñosamente me entretuve

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recordando las anécdotas vividas; en especial, la forma tan
ingeniosa que tuvo Tania de llevarme al huerto.
Eso ocurrió el sábado anterior. Habíamos quedado
para ir a ver el musical de Fama y más tarde acercarnos a un
pub del Paseo Neptuno de la Playa de la Malvarrosa. Todo
comenzó según los planes previstos, pero, tras disfrutar del
espectáculo de Fama, Tania se apresuró a pedirme las llaves
del coche. Por las noches, ella tenía por norma no coger el
suyo, ya que sus padres se quedaban más tranquilos, por lo
que siempre me tocaba a mí conducir. Pero ella, muy atrevida
como siempre, esa noche quería dirigir la orquesta. Yo ya la
había notado más misteriosa y decidida que otros días y, como
me gustaba mucho esa forma de ser, no dudé en darle las
llaves y dejar que fuera ella quien condujera.
La sorpresa llegó cuando pasamos de largo el pub y,
sin detenernos a buscar un lugar para estacionar, me comentó
que no le apetecía entrar, que me fiara de ella porque me iba a
llevar a uno de los lugares que más le gustaban; y,
naturalmente, no le dije que no. Así las cosas, después de
varios kilómetros por la autovía y por alguna que otra
carretera con muchas curvas, llegamos a una pequeña playa
desde donde la luna y las estrellas se veían y sentían de una
forma espectacular. Allí, nadie más entorpeció nuestra visión
e intimidad. Allí, solos, después de hablar y sincerarnos en
mil besos y caricias, hicimos por primera vez el amor; aunque
ella me dijera luego que fue sólo sexo. Y también allí fue
donde descubrí el tatuaje que Tania escondía en la parte
inferior del vientre, a la izquierda, muy cerca de su zona
íntima. Cuando me explicó lo que significaban en castellano
aquellos símbolos japoneses, primero me dio un ataque de risa
y, a continuación, comprendí porque se había asustado y
extrañado tanto cuando, el día que nos conocimos, yo
pronuncié inconscientemente esa dichosa frase; frase que, días

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atrás, estuvo resonando en mi cabeza. De cualquier forma, sí
que resultó curioso y muy misterioso que la Vida, de alguna
manera, nos guiara para que finalmente nos conociéramos.
Quizás el destino, en determinadas circunstancias importantes
en la vida particular de cada uno, es más sabio de lo que
creemos.
Esos recuerdos hicieron que mantuviera una sonrisa
boba mientras esperaba a Tania, sonrisa y rostro que a más de
un viandante le debió causar curiosidad, pues alguno que otro
se alejó gesticulando y seguramente preguntándose por qué
narices sonreía así. Pero a mí no me importaba mostrarme tan
feliz; porque realmente lo estaba. Sin embargo, a pesar de mi
alegría, todavía había cosas en nuestra relación que me
intrigaban y no pasaban desapercibidas, y en las que también
pensaba; sobre todo, determinadas actitudes de ella y varios
flashes mentales que, como aquel día en el cine, me
invadieron de vez en cuando.
Nunca me he preocupado ni sorprendido por alguna
peculiar actitud o comportamiento de alguien, o por alguna
visión interior que haya podido sucumbir en mi mente; pero,
desde que conocí a Tania, esas cosas empezaron a intrigarme
más.
Porque, de todo lo que había observado en ella, me
extrañaba mucho que, después de todo el cariño que yo le
daba, por su parte siguiera siendo tan fría en ese aspecto. Por
alguna razón, ella se escudaba constantemente en su forma de
ser y no dejaba fluir sus sentimientos. Y, por otra parte,
también me inquietaban los flashes que ocasionalmente tenía
cuando estaba con ella, ya que siempre eran visiones de una
niña absorbida por la amargura y embutida en lugares grises y
tristes.
Todos esos recuerdos y pensamientos desaparecieron
en el momento que vi a Tania salir del Banco. Entonces, alcé

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la voz cariñosamente pronunciando su nombre, y ella, de
inmediato, se giró y me buscó con la mirada. Su cara de
sorpresa y alegría, al ver que la estaba esperando, me colmó
otra vez de felicidad. Enseguida, los dos nos precipitamos a
caminar al encuentro con el otro. Ya en la proximidad, y
como siempre hacíamos, nos saludamos dándonos un beso en
la boca; luego, comenzamos a hablar:
–¡Pero bueno! ¡Qué sorpresa! –exclamó muy alegre.
–¿Te gusta que lo haya hecho?
–¡Me encanta! Después del día que llevo, una alegría
no me viene mal.
–¿Qué ha pasado? –le pregunté intrigado.
–La dichosa crisis… La gente se ha asustado con las
últimas palabras del Ministro de Economía y, como zombis,
se han lanzado a sacar parte de sus ahorros. Mira cómo tengo
las yemas de los dedos de tanto contar dinero.
–Pues yo he hecho lo mismo –le dije un poco
avergonzado.
–¿Contar dinero? –bromeó ella.
–No, no… Sacar un poco de pasta. Hay que ser
precavido.
–Hazme caso, no va a pasar nada. Todo lo que está
ocurriendo es una simple regularización del mercado
financiero. Como dice mi Director: aunque la panza del
hombre cervecero haya dicho basta, que nadie se alarme,
porque cerveza y pasta no nos falta.
–Ya veo que tiene sentido del humor –le comenté
riéndome.
–Es un cachondo. Nos lo pasamos muy bien con él.
–¿Tenías algún plan? Porque si no, te llevo a casa.
–¿Te apetece cenar con nosotros? –me preguntó de
sopetón.
–¿Con vosotros?

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–Con mis padres y conmigo –dijo muy convencida.
–¿En tu casa? –insistí yo.
–Sí… Mis padres están deseando conocerte; en
especial, mi madre. Aunque no les he hablado mucho sobre ti,
sé que estarán encantados de que cenes con nosotros. Para mí
ellos son lo primero y, por eso, me gusta mucho complacerles.
–Pues entonces iré –asentí de forma irremediable.
Tania se alegró bastante de que dijera que sí y, de
inmediato, avisó a su madre llamándola al móvil. Mientras
hablaba con ella, pensé que esa cena podría ser un paso
importante en nuestra relación; incluso podría constituir una
oportunidad magnífica para conocer un poco más a Tania.
No tardamos mucho en llegar. La calle Jesús, aunque
no está muy lejos de donde trabaja Tania, se encuentra en una
zona de Valencia con mucho tráfico; pero, a pesar de todo, la
circulación es fluida y, por ese motivo, llegamos enseguida.
Otra cosa distinta fue aparcar. Tuve que seguir las
indicaciones de Tania para conseguir estacionar, finalmente y
con mucha suerte, en una calle próxima a su domicilio, donde,
según ella, a esas horas solían marcharse los que trabajan por
allí; y casualmente coincidimos con uno de ésos.
Cuando entramos en su casa, rápidamente alzó la voz
para que sus padres supieran que ya habíamos llegado.
Curiosamente, en el mueble de la entrada se podían ver varias
fotografías de ellos en marcos de sobremesa; e,
irremediablemente, me puse a mirarlas. En todas las fotos,
Tania aparecía de pequeña junto a sus padres. Debía tener seis
o siete años, y se le veía muy feliz, siempre agarrada o
envuelta por el cariño de su familia. Mientras yo observaba
las fotografías, ella iba explicándome dónde y cuándo fueron
realizadas. Al verla de niña, tan sonriente con sus padres en
aquellas impresiones a color, no pude evitar recordar mi
niñez. Esos recuerdos hicieron que girara un poquito la cabeza

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para evitar ser sorprendido por Tania en mi tristeza, lo que me
llevó a descubrir otra foto colgada en la pared, donde Tania,
quizás un poquito más pequeña, se encontraba también con
sus padres en un aeropuerto; aunque en esa ocasión ella
aparecía con el rostro apagado y con una expresión temerosa.
Cuando me acerqué un poquito más a la fotografía para
diferenciar bien los colores y las formas, la imagen de Tania
me provocó una asociación inmediata con todos las visiones
que había tenido días atrás. Entonces, como cuando se recibe
una sacudida eléctrica, me quedé paralizado. Aquella
fotografía, y el movimiento interior de flashes mentales que
causó en mí, me dejaron absorto y petrificado. Todo eso, sin
poder evitarlo, hizo que me mareara y cayera al suelo.
Cuando abrí los ojos, descubrí que estaba tumbado en
el sofá del salón de la casa de Tania. Sus padres y ella no
paraban de mirarme bajo una preocupación total, preguntando
con insistencia si me encontraba bien. Al instante, me
incorporé y les dije que se tranquilizaran, que ya me sentía
mejor; que me había mareado por la emoción de recordar mi
infancia mientras observaba las fotografías de todos ellos en
la entrada. Fue la única excusa razonable que se me ocurrió y,
por las caras que pusieron, la explicación fue suficiente para
que todos volviéramos a la normalidad.
Después de aquella anécdota, todo se desarrolló bajo
una complicidad total. Es curioso observar cómo, después de
que un grupo de personas viven una situación de peligro, tras
su exitosa superación, todos parecen más amigos que nunca.
Eso es exactamente lo que ocurrió con sus padres y conmigo.
Sin conocernos de nada, aquella pérdida de conciencia y el
susto consiguiente lograron que pareciese que ya nos
conociéramos de toda la vida. Por esto, y por la actitud de
todos, la cena fue transcurriendo de una forma amena y
entrañable.

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Bajo esa naturalidad, en un momento dado, intuí que la
madre de Tania quería preguntarme cosas que no suelen ser el
motivo de conversación habitual. De modo que
indirectamente la animé a hacerlo:
–Amparo –la llamé para captar su atención–. Ya que
estamos tan cómodos, permítame que haga sobre usted una
observación fisiognómica para resaltar algunos matices de su
personalidad –y en ese momento todos se quedaron
expectantes–. Según la cultura ancestral china, es posible
reconocer la personalidad de cualquier ser humano a través de
los rasgos de la cara. Una de las observaciones básicas
consiste en relacionar el rostro en particular con alguno de los
cinco elementos siguientes: la madera, el agua, el metal, el
fuego y la tierra. A mí me sorprende ver que en su rostro sólo
se refleje el agua; por ello, intuyo que es una mujer que
durante toda su vida ha sabido cómo adaptarse a las
circunstancias y cómo sobrellevar los problemas que hayan
podido surgir. Y, además, creo que es usted muy sensible.
–Pues sí, es cierto –afirmó muy convencida y con una
clara intención de seguir hablando–. ¿Sabes?, yo también soy
muy intuitiva. Llevo toda la cena queriéndote preguntar
algunas cosas, pero no sé si es el momento más oportuno.
Desde que te vi y nos presentó Tania, como ya le dije, me
pareciste un chico especial. Noté algo en ti que no he sentido
nunca, algo que no sé cómo expresar.
–Hace algunos años –la interrumpí para contar una
anécdota al hilo de su comentario–, conocí a un matrimonio
que parecían amar profundamente la Vida. Realmente no sé
que les pasó, pero con el tiempo se pervirtieron y cayeron en
la ambición y la avaricia: y eso fue su perdición. Por eso digo
que parecían amar profundamente la Vida. A parte de esto,
cuando yo los conocí, sí que era muy evidente su entrega
solidaria por ayudar a las personas que requerían de ellos.

91
Amparo, cuando uno se involucra en el autoconocimiento, es
decir, en el aprendizaje de los procesos psicológicos, y cuando
se involucra también en el descubrimiento del Amor, si se
apasiona en ello, comprende seriamente qué es la Vida; por lo
tanto, es muy normal que se irradie cierta energía a la que es
muy difícil poner nombre, pero que, sin embargo, puede
sentirse. A mí me pasaba con ellos… y, supongo que, quizás,
a usted le pasó en aquella ocasión conmigo.
–Entonces, me atrevo a decir que para ti el amor es lo
más importante de la vida –afirmó Amparo, insinuando que
para ella también.
–Lo fundamental. No hay otra cosa más importante –le
dije con rotundidad.
–La salud es más importante –sentenció Enrique, el
padre de Tania.
–Enrique, estará de acuerdo conmigo en que la salud
es consecuencia de una vida equilibrada; y en que, si no hay
amor por uno mismo, no existe una vida bajo la acción del
Sentido de la Conciencia: el sentido de la armonía. Es decir,
que sin amor la salud se pierda con mayor rapidez –le
expliqué muy didácticamente a Enrique.
–¡Con sentido de la conciencia! ¿Qué es una vida bajo
la acción del sentido de la conciencia? –me preguntó
confundido Enrique.
–¿Queréis que hablemos de una forma seria de esto?
¿Estáis interesados de verdad? –les dije a todos mientras los
miraba uno a uno.
–Sí –respondieron curiosamente los tres a la vez.
–¡De acuerdo! ¿Puedo tutearos? –añadí primero a
Amparo y a Enrique.
–Naturalmente –contestó Amparo.
–¿Qué diferencias fundamentales existen entre
nosotros cuatro? –comencé cuestionando.

92
–Para empezar –se precipitó Tania a contestar–, mi
madre y yo somos mujeres y vosotros sois hombres.
–Bueno, Tania, eso es muy evidente. Pero, ¿realmente
es una diferencia? Es decir, ¿eso os hace diferentes, superiores
o inferiores, en algo?
–¡Claro!
–¿En qué? –y la animé a hablar.
–Nosotras tenemos más sentido del orden que
vosotros. Somos más detallistas y nos organizamos mejor;
somos más metódicas y constantes en el trabajo; y por poner
otro ejemplo, no le damos tanta importancia al sexo –acabó
por decir bajo una sonrisa cómplice.
–Todo eso es generalizar –le repliqué–. A mí no me
gusta decir que las mujeres son esto o lo otro. Yo prefiero
decir que fulanito o fulanita es así, porque basta un ejemplo
que contradiga la generalización para hacerla caer en su
propia insignificancia. Hay muchos hombres que se dedican a
realizar proyectos de decoración; y eso requiere orden, detalle,
organización y metodología. Hay muchos hombres, y yo me
incluyo, que son muy constantes en el trabajo. Y hay muchas
mujeres a las que les encanta y dan prioridad al sexo –y la
miré fijamente adrede–. No veo diferencias en esos ejemplos.
–Nuestra personalidad es diferente –contestó Enrique a
mi pregunta.
–Acláralo, por favor –añadí.
–Verás, yo trabajo en la planta de fabricación de
coches de Ford, en Almusafes. Durante toda mi vida he
conocido a cientos de personas y, con toda seguridad, puedo
decirte que existen multitud de formas de ver la vida, multitud
de formas de ser y multitud de actitudes que nos hacen
diferentes unos a otros. Y entre nosotros cuatro, eso también
constituye una diferencia.
–Enrique, ¿dónde naciste?

93
–Aquí, en Valencia.
–¿Serías la misma persona si hubieras nacido en
Marruecos?
–Casualmente un hermano mío vive en Rabat. Fue allí
para desarrollar un proyecto laboral de urbanismo, conoció a
la que ahora es su mujer y se quedó a vivir. Al final, la cultura
de aquel país ha hecho de él alguien diferente, por lo que
debería contestarte que no. No sería la misma persona.
–Yo creo que sí –le comenté sorprendiéndole–. Veréis,
lo que nosotros llamamos diferencias son aspectos
superficiales de la vida. Todos los edificios son diferentes en
su arquitectura, pero fundamentalmente están construidos con
los mismos materiales; fundamentalmente delimitan espacios
para vivir o trabajar dentro de ellos; fundamentalmente
proporcionan cobijo y seguridad. De modo que no parecen
realmente diferentes, ¿verdad?
–Ya veo que no me equivocaba contigo –agregó
Amparo–. Tú ves más allá del simple caparazón de la
existencia.
–Yo siento que eso es lo que hay que hacer. Hay que
esforzarse en profundizar y aprender de la Vida y del ser
humano más allá de lo que los cinco sentidos físicos nos
permiten percibir. Por eso, es esencial descubrir la existencia
del Sentido de la Conciencia, para vivir plenamente desde la
libertad psicológica, desde la compresión y desde el Amor.
–¿El sentido de la conciencia? –cuestionó otra vez
Enrique un tanto incrédulo– ¿Realmente crees que existe un
sentido de la conciencia?
–Papá, más de una vez mamá te ha demostrado que
existe un sexto sentido. ¿Por qué no iba a existir un sentido de
la conciencia? –salió muy airosa en mi defensa Tania.
–Enrique, ¿quieres sentirlo? ¿Quieres captar la
existencia del Sentido de la Conciencia?

94
–Te reto a que lo intentes –añadió sin escrúpulos.
–Acepto el reto –e hice una pausa reflexionando un
poco y, enseguida, continué hablando–… Lo que voy a
exponer es un ejercicio que a menudo hago cuando alguna vez
voy en coche desde la central de Bancaja hasta alguna oficina.
Supongo que Tania ya os habrá comentado que trabajo de
informático en Bancaja.
–Sí, yo sí que lo sé –afirmó Amparo.
–Muy bien, Enrique, ¿estás preparado?
–Estoy ansioso –comentó con sentido del humor.
–Aunque me voy a dirigir a Enrique, vosotras, si
queréis, también podéis dejaros llevar por mis palabras.
¡Vamos allá!... A ver, Enrique, cierra los ojos e imagina que
vas en coche conduciendo tranquilamente por la ciudad. A
través de tus recuerdos y por medio de tu imaginación, dime,
¿qué ves mientras conduces?
–El coche de delante va muy lento y me está poniendo
nervioso –se animó a contar Enrique tras cerrar los ojos–. Hay
muchos coches y, como siempre, no puedo cambiar de carril
para adelantar, no serviría de nada; de modo que decido
relajarme y poner un poco de música. Enciendo la radio y
sintonizo la noventa y siete punto siete.
–Espera, no enciendas la radio –le interrumpí adrede–.
Mentalmente sal del coche hacia arriba atravesando el techo
como si fueras un fantasma y, al igual que un helicóptero,
sitúate por encima de la circulación y dime qué ves.
–Pues veo los coches y la calle desde arriba –añadió
fanfarroneando–. Ahí está mi coche, en medio de un tráfico
insoportable. Veo los edificios que delimitan la calle y
también puedo ver algunos árboles. Y, ya puestos, veo a la
gente caminar por las aceras.
–Métete en el coche que va delante del tuyo y siéntate
en el asiento del copiloto. ¿Qué hace el conductor?

95
–¡De acuerdo! Me animaré a decírtelo… Creo que está
desesperado como lo estaba yo; pero, como es joven, mientras
circula, se entretiene mirando las chicas que caminan por la
acera. Seguramente está pensando lo bien que se lo pasaría
con alguna de ellas –acabó comentando y riéndose al mismo
tiempo.
–¡Papá! –exclamó Tania sorprendida.
–No pasa nada –opiné riéndome yo también–. ¡Muy
bien! Sal de ese coche y vuelve al tuyo… Y abre los ojos
porque el ejercicio ya ha acabado. Ahora respóndeme, ¿qué
acabas de hacer?
–No entiendo la pregunta –añadió moviendo la cabeza
de un lado a otro.
–Mentalmente, ¿qué acabas de hacer?
–Podría decirte que he estado imaginando que
conducía y que tenía la facultad de salir de mi coche y
meterme en el de los demás para saber qué estaban viendo y
pensando ellos.
–¿Y has sido consciente en todo momento que estabas
imaginando una historia?
–Completamente.
–Pues en eso reside el Sentido de la Conciencia; así de
sencillo es. Pero, por ser tan evidente, pasa desapercibido la
mayor parte de nuestra vida… Veréis –y comencé a hablar
muy despacio–, la gran tragedia del ser humano reside en la
indiferencia e ignorancia, es decir, en la inconsciencia que
muestra con respecto al significado y naturaleza de sus
pensamientos. En el ejercicio que hemos hecho, sí que ha
existido consciencia del significado y naturaleza de esos
pensamientos, de tal forma que no han causado daño alguno
entre nosotros ni ninguna confusión que impidiera que nuestra
relación continuara siendo estupenda –y los miré a todos con
simpatía–. Cuando digo pensamientos también incluyo a los

96
recuerdos. Pero lo cierto es que mentalmente no nos
conocemos; no sabemos las consecuencias que acarrea pensar
de una determinada forma y además actuar de acuerdo a ella.
Y por esto, inconscientemente, cada cual desarrolla su
personalidad fundamentalmente influido por su entorno y sus
necesidades, defendiendo a ultranza su manera de ser, su
cultura y sus circunstancias –tras oír esto, Enrique debió
pensar en su hermano, pues lo noté melancólico–. A pesar de
eso –seguí hablando despacito–, mentalmente, todos seguimos
siendo iguales; porque todos tenemos la facultad de
memorizar, recordar y pensar. Absolutamente todos
percibimos la vida desde los sentidos y, luego, memorizamos,
recordamos y pensamos. Así se establece este movimiento
que llamamos vivir. Pero las diferencias las establecemos
nosotros por culpa de la asunción y del significado de
nuestros particulares pensamientos, a los que nos aferramos
inconscientemente por miedo a no ser nada, por miedo a ser
excluidos del grupo o por miedo a perder cualquier cosa a la
que estemos enganchados. El error estriba en no comprender
qué implica y conlleva nuestra manera de pensar. Porque
hemos olvidado que el pensamiento puede ser comprendido y
anulado cuando implique violencia, racismo, celos, autoridad,
ambición, etcétera; ya que en esos casos las relaciones
interpersonales dejan de ser una verdadera relación. Como
hemos olvidado que el pensamiento es sólo una pequeña parte
de nosotros, de nuestra mente, también hemos anulado la
acción del Sentido de la Conciencia: ese sentido especial y
maravilloso que nos hace percibir la causa de nuestros
pensamientos y su acción, es decir, sus consecuencias, bien
sean erróneas o acertadas –y en ese momento, los miré uno
por uno–. Por eso, porque se nos escapa la comprensión de
muchos de nuestros pensamientos, no amamos; por eso, esta
sociedad es como es; por eso, el ser humano está divido y la

97
vida es un camino de supervivencia. Cuando el ser humano
descubra y perciba la existencia real de este Sentido de la
Conciencia, comenzará a vivir realmente, porque entonces
habrá abierto la puerta a un mundo diferente, a un mundo
sustentado por el entendimiento desde un correcto pensar y
desde la acción del Amor.
Cuando terminé mi explicación, los tres se quedaron
boquiabiertos. Durante unos segundos, nadie supo qué decir o
qué hacer. Enrique siguió mirándome perplejo y,
seguramente, pensando quién era el chaval que tenía delante.
Tampoco yo supe qué añadir, por lo que, para provocar
alguna reacción, continué hablando…
–Un día me encontré en la calle La Paz a un periodista
haciendo una encuesta. El periodista detuvo a una señora que
pasaba por su lado y le preguntó: señora, ¿a usted le gusta
hacer el amor a oscuras? Y la señora, que era gallega, le
contestó: a os curas, a os mecánicos, a os panaderos; de
cualquier profesión, oiga.
Y finalmente este chiste nos hizo reír a todos a
carcajadas.

98
UN DÍA GRIS

Desde que entré a trabajar en el Banco, tomé por


costumbre dedicar los miércoles por la tarde a repasar mis
conocimientos de la lengua de Shakespeare. En esas horas,
algunas veces leía algún libro en inglés; otras, veía en versión
original alguna película; en ocasiones, también oía música y
me esforzaba en memorizar y cantar las letras para practicar la
pronunciación; y, aunque era lo que menos me gustaba, de
vez en cuando escribía en inglés para reforzar la gramática y
la ortografía de ese idioma.
Aquel miércoles, sin embargo, me dio por pensar en
Ángel.
Y es que jamás creí que un chico pudiera atraerme y
gustarme tanto. Esos sentimientos me tenían atrapada en un
mar de nervios, provocándome incluso pequeños momentos
de dudas y miedo. También comencé a ponerme celosa
cuando Ángel me contaba anécdotas con alguna amiga o
compañera de trabajo. Todo eso me estaba afectando más de
lo normal y, como mujer con una filosofía propia, contradecía
mi manera de pensar. Y encima mis padres estaban
encantados con él.
Acompañada por toda esa maraña de sinsabores y
ensimismada viendo llover desde la ventana de mi habitación,
después de un mes y unos días saliendo juntos, no pude evitar
dejarme hipnotizar por los recuerdos de los momentos más
bonitos que habíamos pasado juntos; sobre todo, por el viaje a
Lisboa.

99
A Ángel se le ocurrió organizar un viaje a Lisboa
después de conocer a mis padres y pasar conmigo otro fin de
semana de interesantes conversaciones, diversión y sexo.
Según los planes, saldríamos un viernes por la tarde y
regresaríamos el domingo. Él ya había estado mirando por
internet los vuelos y el hotel, y me dijo que era posible, que
no habría ningún problema. De hecho, hacía dos años que
Ángel había hecho el mismo viaje por motivos personales que
no quiso contarme. Y como yo soy más atrevida que Jesús
Calleja, no dudé en decirle que adelante, que lo organizara
todo. Ese detalle me volvió a sorprender y entusiasmar tanto
que, nuevamente, me dejó loca de contenta.
Así, recordando en una tarde de lluvia en Valencia el
viaje de fin de semana a Lisboa, fui todavía más consciente
que mi relación con Ángel se me estaba escapando de las
manos. Todo era más intenso que con el resto de chicos con
los que había estado y, además, Ángel sabía cómo llegar a mi
corazón. ¿A qué chica no le encanta que la sorprendan con
detalles inimaginables? Y eso volvió a suceder en Lisboa…
Allí, de una forma natural, sin que yo pudiera sospecharlo y
mientras visitábamos el Castillo de San Jorge, Ángel me llevó
a un pequeño jardín apartado del paso de los visitantes. Junto
a un pino especialmente singular, ya que resplandecía en un
verde mágico, me dijo que no me extrañara por lo que iba a
hacer. Enseguida, sacando una cinta métrica y una brújula de
su bolso, y haciendo después una serie de mediciones
mientras se orientaba teniendo siempre como referencia el
pino, exclamó con euforia que ahí debía estar. Agachándose,
y pidiéndome a mí que también lo hiciera y que prestara
atención, hurgó en la tierra con sus manos y con un pequeño
palito de madera que se encontró en el suelo. Entonces, con
un poco de maña y suerte, desenterró un tubito de cristal
herméticamente cerrado y envuelto en un plástico.

100
Mirándome a los ojos, y tras incorporarnos para quedar de
pie, me dijo muy ilusionado que lo abriera. El tubito contenía
un papel enrollado, donde se podía leer:

La Vida me acercó a ti
y el Amor hizo el resto.
Si estás leyendo estas líneas
es porque tú eres la estrella
que siempre quise ver caer
en mi corazón.
(Ángel, verano de 2006)

Tras leer aquello, irremediablemente, me derretí en sus


brazos y me lo comí a besos. Eso fue lo que me nació del
corazón y de lo que nunca me arrepentiré.
Y recordando todo aquello como una tonta, sonó el
móvil. Casualmente era Ángel, que últimamente me llamaba
cuando más pensaba en él…
–¡Guapísima! ¿Qué haces?
–Pues estaba pensando en ti.
–¡No me digas! ¡Qué casualidad!... Menudo día más
feo, ¿no?
–Estoy harta de tanta lluvia. Tenía que estar
estudiando inglés, pero, con este día tan gris, no me apetece
nada. ¿Dónde estás? Te oigo un poco mal.
–Voy circulando.
–¿Llevas conectado el manos libres?
–¡Claro!... Voy a comprobar el sistema informático de
la empresa de un amigo mío. Creo que han sido víctimas de
un ataque de hackers. Mira que se lo dije: no repares en
software de seguridad; pero ni caso… Ya estoy llegando. La
empresa está en el Polígono Industrial Vara de Quart, muy
cerca de las instalaciones del diario Levante.

101
–Ten cuidado que ahora está lloviendo más fuerte y no
se puede ver muy bien –le dije preocupada mientras lo
comprobaba mirando por la ventana.
–No te preocupes, conozco la…
En ese momento, oí un ruido impresionante y la
conexión se cortó… Asustada, nerviosa y con el miedo
metido en lo más profundo de mi ser, intenté comunicar con
Ángel una y otra vez, pero siempre saltaba el buzón de voz.
Salí corriendo de la habitación y fui a buscar a mi madre, que
cuando me vio tan nerviosa y preocupada por poco le da un
ataque al corazón. Le comenté como pude lo que había pasado
y, tranquilizándome, me dijo que esperara unos minutos para
ver si llamaba él dando alguna explicación. Los minutos
pasaban y yo literalmente estaba cagada de miedo. Ya me
imaginaba lo peor; porque, lloviendo, hablando conmigo por
el móvil y con poca visión, sólo podía haber sucedido una
tragedia: que hubiese tenido un accidente.
Mientras me desesperaba pensando en todo eso, llegó
mi padre a casa. Le expliqué rápidamente lo que había
ocurrido y, sin pensarlo, me dijo que le acompañara, que el
polígono no estaba lejos y sabía perfectamente dónde se
ubicaba la sede del diario Levante. Era la única forma de salir
de dudas y saber, al menos, si por allí había ocurrido algo
relacionado con aquel estruendo o, desgraciadamente, Ángel
había tenido un accidente.
A pesar de la lluvia y del tráfico, no tardamos mucho
en llegar al polígono industrial. Ya habían pasado más de
cuarenta minutos desde que perdí la conexión telefónica con
Ángel, y mi esperanza residía en llegar al lugar por donde me
dijo estar circulando y no hallar pruebas de accidente alguno.
Pero todos mis deseos se esfumaron cuando mi padre
se percató que, a trescientos metros de donde estábamos, la
Policía Local había intervenido la zona y dos ambulancias y

102
una grúa se habían detenido allí. Entonces, el corazón empezó
a latirme todavía más rápido… y un sudor frío surgió
repentinamente de mi pecho. Lo peor ocurrió cuando ya
estuvimos un poco más cerca, porque todas mis ilusiones se
desvanecieron al ver el coche de Ángel completamente
destrozado y subido a la acera; además de una furgoneta que
estaba siendo cargada en la grúa. En ese momento, un
escalofrío me heló el cuerpo y me hizo gritar histéricamente
para acabar llorando de pánico y desesperación. Mi padre
detuvo de inmediato el coche y yo, impulsivamente, me bajé y
salí corriendo para intentar ver a Ángel y saber de él.
Mojada por la lluvia, horrorizada por los charcos de
sangre que pude ver cerca de lo que quedaba del coche de
Ángel, intentando incluso no desmayarme ni perder la razón,
pregunté a todos, gritando que era su novia, dónde estaba el
conductor del Seat León blanco… Pronto vinieron a
calmarme los sanitarios de las ambulancias y un policía. Mi
padre, que se había entretenido intentando estacionar el coche,
también llegó preguntando qué había pasado y dónde estaba el
chaval que conducía el turismo. Pero, con mucho tacto, nos
dijeron que no había sido posible prestarle la atención que
requería y que, con toda rapidez, había sido trasladado al
Hospital General Universitario. No sé cuántas veces oí a todos
decirme que me calmara, que pronto Ángel estaría bien. Aun
así, sin pensarlo dos veces, agarré a mi padre del brazo y,
tirando de él, le dije gritando que nos fuéramos al hospital;
aunque antes, uno de los policías, que amablemente había
metido en una bolsa de plástico las llaves de la casa de Ángel,
el móvil y algunos objetos personales que encontró en el
coche, con toda confianza, nos la dio y nos pidió que se la
lleváramos.
El trayecto hacia el hospital se me hizo eterno… Ya
había dejado de llover tanto y sólo chispeaba un poco, pero el

103
tráfico era muy denso. Además, cuando por fin llegamos, nos
resultó imposible aparcar por allí; de modo que le dije a mi
padre que iría andando y que, cuando estacionase, me buscara.
Sin pensarlo más, corrí sorteando los coches y llevándome
incluso algún que otro susto. Cuando llegué al servicio de
información del hospital, me faltaba el aire y no podía hablar.
También estaba empapada e histérica, por lo que creyeron que
necesitaba ayuda médica. Pero sacando fuerzas, conseguí
explicarme, y pronto me dijeron que hacía media hora una
ambulancia había entrado en Urgencias. Me pidieron el
nombre y apellidos de Ángel y comprobaron que,
efectivamente, ya estaba registrado. Y, a continuación, se
tomaron nota de mis datos personales. Una de las enfermeras
del hospital, que me había visto y oído, no dudó en
acompañarme a la sala de espera contigua a Urgencias.
Tranquilizándome en todo momento, me dijo que esperara,
que ella preguntaría dentro y saldría a informarme.
En quince minutos, llegó mi padre. Enseguida me
preguntó si sabía algo, pero la enfermera todavía no había
salido a darme explicaciones. Después de diez minutos más,
la enfermera apareció con la cara apagada, triste y un poco
pálida, lo que me hizo pensar lo peor…
–Efectivamente, es Ángel… Quiero que os
tranquilicéis, por favor. Es cierto que está malherido, pero
está siendo atendido por los mejores médicos. Todavía no hay
ningún parte de lesiones, aunque me han dicho que en una
hora aproximadamente saldrán a comentaros cómo está y qué
le pasa… Yo sólo puedo deciros esto. Lo más prudente es que
esperéis aquí.
–Míreme a los ojos y dígame si es muy grave –me
atreví a decirle.
–Es grave, no te voy a engañar.

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Al oír esas palabras, unas lágrimas comenzaron a
precipitarse sin contención posible, hasta que un llanto
desgarrador se apoderó de mí. Mi padre, no obstante,
consiguió que me calmara, explicándome que, en esos casos,
el pesimismo no ayudaba en nada.
Y tras pasar más de una hora de desesperada espera,
una doctora salió a nuestro encuentro. Presentándose como la
doctora Enguídanos, en pocas palabras, nos dijo que Ángel se
encontraba en la UCI; y que no podía ser visitado hasta
después de haber transcurrido veinticuatro horas. Nos explicó
que tenía un politraumatismo craneal y que había sido
operado de urgencia por la rotura de tres costillas y por
lesiones orgánicas que no llegué a entender. Agregó que lo
estaban manteniendo dormido para favorecer la recuperación
de sus lesiones corporales, y que lo despertarían tras estudiar
su evolución y sus constantes vitales una vez superado el
periodo de esas veinticuatro horas. Tranquilamente nos
sugirió que nos marcháramos; que comprendía nuestra
situación, pero que allí no podíamos hacer nada. Y acabó
comentando que, ante cualquier cambio, nos llamarían y que
regresáramos mañana a esas horas y preguntáramos por él en
información. Y no tuve más remedio que acatar las órdenes de
la doctora y los consejos de mi padre.
Cuando llegamos a casa, entre sollozos, se lo conté
todo a mi madre. Fue irremediable que las dos acabáramos
abrazándonos entre lágrimas y deseando que Dios nos
ayudara, tal y como lo hizo en mi niñez.
Al día siguiente, el móvil de Ángel no paraba de sonar.
Sin haber podido dormir ni comer apenas nada, no tenía
fuerzas ni ganas de dar explicaciones a nadie que no
conociera; de manera que, pensando en que la noticia acabaría
por saberse, lo dejé en modo de silencio y me olvidé.
Tampoco pude ir al trabajo. Sólo deseaba que pasara el día lo

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más rápido posible para poder ir al hospital y ver a Ángel.
Creo que fue la primera vez que me di cuenta de lo mucho
que lo quería y de lo estúpida que había sido por tomarme la
relación como algo pasajero. Miles de pensamientos me
atormentaron durante todo el día. Pensé incluso que Dios me
castigaba por ser tan fría y malévola. Pensé que la vida me
daba un escarmiento por no saber apreciar el regalo tan
maravilloso que constituía haber conocido a Ángel. Pensé que
todo había ocurrido por mi culpa y que jamás me lo podría
perdonar si le pasaba algo trágico. Y todo aquello me hizo
consciente de que, desde mi niñez, nunca lo había vuelto a
pasar tan mal.
Por la tarde, sin poder esperar más, antes de las seis
me acerqué al hospital. Mi madre quiso acompañarme, pero le
dije que, por favor, me dejara ir sola; y enseguida lo
comprendió. Cuando llegué y pregunté en información, me
comunicaron que Ángel seguía en la UCI, pero que podía
subir y preguntar por la doctora Enguídanos, porque todavía
no se había marchado.
Mi primera sorpresa fue encontrarme allí a un montón
de gente, todos desconocidos y todos tristes, preocupados y
susurrando cosas relacionadas con Ángel. No dudé en
presentarme a un grupo de chicas, diciéndoles que era la novia
de Ángel y, seguidamente, interesándome en quiénes eran
ellas. Y aunque reaccionaron con cierta extrañeza al oír que
era su novia, una respondió y me comentó que eran
compañeras de trabajo, aunque también había por allí algún
que otro conocido y amigo personal de Ángel. Como estaba
muy preocupada, enseguida pregunté por él:
–¿Os han dicho algo de Ángel?
–Sigue sedado y con respiración asistida. La doctora
nos ha dicho que está respondiendo bien a las operaciones,
aunque no se atreven a despertarlo todavía.

106
–¿Dónde puedo preguntar por la doctora?
–Ahí, en ese despacho.
Con paso firme y decidida, llamé a la puerta y
conseguí que la doctora Enguídanos me atendiera. No quiso
darme muchas explicaciones, pero amablemente me
acompañó a la sala donde descansaba Ángel para que pudiera
verle.
Mientras caminábamos a su encuentro, el corazón se
me aceleró de una forma brutal. La doctora, al darse cuenta de
mi estado de ánimo, fue tranquilizándome, comentando que,
dentro de la gravedad, esperaban, en tres o cuatro días,
poderlo bajar ya a alguna habitación. Me dijo también que no
me asustara por encontrar a Ángel con tantos aparatos
conectados, que era algo normal en esos casos.
Al entrar en la UCI y ver Ángel, el estómago se me
encogió y las lágrimas, irremediablemente, aparecieron en mis
ojos, dejándome a merced de una tristeza insoportable. En ese
instante, casi pierdo la conciencia y me desmayo; sin
embargo, extrañamente, una súbita sacudida de paz interior
me colmó el corazón y me ayudó a acercarme a él para besarle
dulcemente y, entre sollozos, murmurar que le quería. Creo
que no he llorado tanto en toda mi vida ni le he demostrado
tanto amor a alguien como lo estuve haciendo en aquel
momento con Ángel. Porque mis manos, cariñosamente,
recorrían con cuidado su cara, acariciando todas las zonas que
no estaban vendadas; mis besos, mojados por las lágrimas que
se deslizaban por mis mejillas y llegaban a mis labios, se los
entregaba desde un amor inmenso; y el contacto de mi cuerpo,
intentando abrazarle con cuidado, era el deseo de hacerle
sentir mi presencia, mi cercanía y todos los sentimientos que
nunca quise demostrarle… Así pasaron diez o doce minutos,
hasta que la doctora y una enfermera, consolándome, me
animaron, diciéndome que todo saldría bien, que Ángel tenía

107
una constitución fuerte y que todas las pruebas estaban dando
buenos resultados. Luego, añadieron que no era conveniente
que continuara allí, que volviera al día siguiente a esas horas,
porque, si todo seguía así, lo iban a despertar para comprobar
y estudiar sus reacciones.
Cuando salí al pasillo y me acerqué a la sala de espera,
todos sus compañeros de trabajo y amigos me rodearon y me
aniquilaron a preguntas. Yo no podía casi hablar, pero, como
pude, les expliqué todo lo que sabía. Muchas chicas
empezaron a llorar por mis desconsoladas palabras y por las
noticias que les di. Y un amigo, que dijo llamarse Rafael, y
que relacioné enseguida con el amigo de Ángel que se había
separado, llorando también, se precipitó a abrazarme mientras
me comentaba que Ángel le había hablado mucho de mí.
Tras varios minutos de silencios, preguntas y
desesperación, Rafael intuyó que la familia de Ángel debía
estar muy preocupada si, casualmente, le habían llamado al
móvil y no tenían respuesta. Entonces, recordando que el
móvil de Ángel estaba en mi casa, para no alarmar a nadie, se
me ocurrió comentar que yo misma miraría las llamadas
perdidas y, si le habían llamado, les devolvería la llamada
explicándoles que Ángel estaba bien, pero que no podía
hablar con ellos porque se encontraba muy resfriado y había
perdido la voz; añadiría que no se preocupasen, porque en
unos días, cuando ya se encontrara mejor, él mismo les
llamaría. Así, cuando Ángel despertase, podría comentarles
personalmente lo ocurrido. Y esa idea nos gustó a todos.
Dadas las horas, la gente comenzó a marcharse; y yo
hice lo mismo. Cuando llegué a casa, tranquilicé a mis padres
y comprobé que, efectivamente, Ángel tenía en el móvil una
llamada perdida bajo el nombre de familia. Como se
encontraba casi agotado de batería, lo conecté a la corriente
eléctrica con ayuda del cargador del móvil de mi padre, que

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casualmente era de la misma marca que el de Ángel. Un
poquito más tarde, respirando profundamente para no
emocionarme y resultar sincera, les devolví la llamada y, tras
contestarme, me presenté a la mujer que cogió el teléfono.
Con mucho tacto y sin titubear, siendo escueta, le expuse
teatralmente lo que ocurría; y ella, con pocas palabras, lo
entendió, añadiendo que le dijera a Ángel que, cuando se
encontrara mejor, les llamara, y que le diera un beso muy
fuerte. Tras colgar, me quedé sentada en mi cama.
Extrañamente, durante el tiempo que duró la conversación con
su madre, estuve sintiendo un cosquilleo especial en la
espalda; cosquilleo que acabó relajándome física y
mentalmente. Bajo esa ausencia de tensión y emociones,
acabé tumbándome completamente, perdiendo por fin la
conciencia en un sueño profundo.

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110
AHORA YA LO SÉ

Cuando recobré la conciencia, no lo hice en mi cuerpo


carnal, sino fuera de él. Ya no era Ángel como un ser humano
físico. Además de encontrarme suspendido en el aire como si
fuera un ave, tenía la sensación de ser muy liviano. En esa
otra dimensión –por llamarla así–, yo era muy sensible a todo
lo que me rodeaba y tenía plena conciencia de todos mis
recuerdos y conocimientos, y de todos mis pensamientos.
Todo era especial y espacial y, sobre todo, predominaba un
claro sentimiento de paz y bienestar. Bajo esa nueva
condición de vida, el miedo, en ningún momento, pudo
apoderarse de mí; y, sin saber por qué, existía en mi interior
una clara convicción de que mi nuevo ser era energético. No
pude apreciar mi forma o mi volumen, es decir, cómo era
realmente, sólo supe que existía, y que todo lo que me
rodeaba, percibía y sentía tenía una intensidad mayor. Como
la comprensión y el Amor, que me inundaron entonces tan
bellamente que su expresión, desde mi interior, me llenó
todavía más de un extraordinario sentimiento por la Vida.
Estaba claro que había tenido un accidente muy grave,
pues recordaba perfectamente lo que había ocurrido mientras
hablaba con Tania por teléfono. Pero, sin embargo, había un
paréntesis desde aquel momento hasta el actual. Ahora, podía
verme ahí abajo, en la cama de un hospital, lleno de vendajes
y encarcelado en un montón de cables y tubos que llegaban
desde varios aparatos hasta mi cuerpo físico. También, en
aquella sala sin chispa alguna de optimismo, era testigo de
cómo una doctora y una enfermera entraban y salían de vez en

111
cuando para controlar las constantes vitales y el profundo
sueño de mi cuerpo.
Desde mi condición de ser energético, podía ascender,
descender y moverme por todo el espacio de aquella
habitación. El tiempo, como medición cronológica de la
duración del día, no me causaba ninguna sensación;
simplemente, sucedían cosas. Y aunque podía moverme con
cierta libertad, me sentía muy unido a mi cuerpo físico;
sintiendo, incluso, que algún cordón o canal, que no lograba
ver, me conectaba con él.
De esa forma, mientras sencillamente observaba,
empecé a sentir una alegría especial. Sumergido en esa dicha,
la puerta de la sala se abrió y, con gran felicidad, pude ver
entrar a Tania, que caminaba completamente descompuesta,
triste y muy nerviosa junto con la doctora que me estaba
atendiendo. Al verme en la cama tan grave, empezó a llorar
desconsoladamente. En ese momento, sentí el impulso de
descender hacia ella para envolverla en mi ser y transmitirle
fuerzas y optimismo; y estoy seguro que me sintió, porque se
reanimó enseguida y se acercó a mi cuerpo desde un amor
inmenso que, por primera vez, pude sentir en lo más profundo
de mi ser. Fue también la primera vez que la oí decir que me
quería; fue la única vez hasta entonces que me transmitió con
plenitud sus sentimientos; fue la primera vez que supe que se
expresaba completamente con sinceridad, sin estar bloqueada
por alguna idea que me era desconocida, pero que, desde que
la conocí, sabía que tenía en mente.
Desde esa plena abertura de su corazón, Tania me
acariciaba, me besaba y me abrazaba con cuidado pero con
amor. Y, mientras lo hacía, sucedió algo inesperado, algo que
provocó que todas las piezas del puzle que no encajaban hasta
entonces se situaran en su justo lugar. Nuevamente, las
matemáticas de la Vida se expresaron con una exactitud total;

112
otra vez, la incomprensión o el desconocimiento mutaron
hacia el razonamiento y la lógica; de nuevo, el misterio y la
sinrazón se esfumaron, dejando que la verdad se mostrara
firme y contundente.
Y eso ocurrió bajo una secuencia de imágenes que la
Vida me regaló mientras recibía tanto amor y cariño de Tania,
dejándome conocer así los primeros años de su infancia;
aquellos años que, seguramente, habían marcado su
adolescencia y madurez.
Todo llegó a mí como una película, donde las escenas
eran concretas, intensas y con un significado especial dentro
del desarrollo global de aquellos primeros años de su vida…
De esa forma, pude saber que Tania nació en Rusia, en
Moscú, una noche de intenso frío. Su madre había sido
abandonada por su padre en el momento que éste se enteró
que estaba embarazada. Desde entonces, ella, mendigando y
viviendo en destartaladas casas abandonadas, consiguió
sobrevivir y dar a luz a una hermosa niña. El parto no tuvo
ninguna complicación en especial, pero su madre, sin reparo
alguno, tras tres días ingresada en el pobre hospital donde la
atendieron, desapareció, dejando abandonada allí a su hija. La
niña, desde entonces, pasó a manos de las autoridades del
país.
Huérfana, Tania fue creciendo en las lamentables
condiciones de los orfanatos donde era llevada. Jamás en sus
primeros años de vida recibió muestra alguna de cariño,
consuelo o amparo; todo lo contrario, el frío, el hambre, la
miseria y la tristeza formaron parte de su día a día. Ver y
sentir a Tania, de niña, bajo todas aquellas circunstancias y en
un profundo aislamiento de incertidumbre, desesperación y
miedo, me provocaron una conmoción tan grande que no
puedo describir la sacudida emocional que sufrí mientras la
veía tan desesperada.

113
Su vida, no obstante, siguió desvelándose en mí poco a
poco… A la edad de cinco años, Tania ya era una niña
increíblemente guapa. A pesar de todo, pude observar en ella
un hálito de esperanza que destellaba de vez en cuando por
sus ojos y se traducía en alguna que otra sonrisa. Esa fuerza
interior debió atraer a una pareja de españoles que habían
viajado expresamente hasta allí para conseguir la adopción de
una niña. Efectivamente, eran sus actuales padres.
Sus padres, en aquel entonces, removieron tierra y
cielo para conseguir su adopción, que, gracias a la legislación
vigente en aquellos años, se llevó a término al cabo de seis
meses.
La última imagen que capté fue su regreso feliz a
España, junto a sus nuevos padres. Aquí, en el aeropuerto de
Madrid, para inmortalizar aquella nueva etapa de su vida, se
hicieron una fotografía… y fue el flash del disparo de aquella
cámara el que puso fin a todas las imágenes que la Vida me
mostró de los primeros años de la infancia de Tania.
Tras esa película, tras todos esos conocimientos, se
hilaron las respuestas de todas las preguntas que hasta
entonces estaban en el aire. Así, el sueño que tuve después de
haberla conocido, tomó su justo significado; las continuas
visiones de una niña sola y triste que me invadían cuando
estaba con ella, tuvieron su porqué; la ausencia de parecido
físico con sus padres, fue entonces evidente; y las fotografías
de su casa, donde no existía ninguna anterior a sus cinco o
seis años, también tenían su lógica. Todo se desveló bajo un
entendimiento total.
Y en un destello de comprensión, también supe que
Tania padecía un gran desorden afectivo. La Vida me hizo
entender que Tania, psicológicamente, arrastraba las penurias
de sus primeros años de vida, es decir, de su terrible infancia.
Inconscientemente, se sabía abandonada por sus verdaderos

114
padres, y salvada de una vida penosa por sus actuales. Por
ello, estaba bloqueada en sentimientos y cariño, prefiriendo
terminar ella cualquier relación a ser abandonada nuevamente.
Y también por eso, no dudaba en absoluto en satisfacer las
peticiones o los deseos de sus padres adoptivos.
Tras todas esas revelaciones, y ya cuando la doctora y
la enfermera comenzaron a animar a Tania y la instaron a salir
de la sala y regresar al día siguiente, pensé que, en el fondo,
ella y yo éramos iguales, y que algún día me tocaría a mí
contarle el porqué de mi forma de ser.
Con todo, después de aquella inesperada comprensión
de su vida, algo me impulsó a seguir a Tania. Saliendo de la
habitación y acompañándola, llegué hasta las proximidades de
la sala de espera, donde mis amigos y compañeros de trabajo
esperaban nerviosos y preocupados a que les diera noticias de
mi estado de salud. Ella, como pudo, les explicó lo poco que
sabía y había visto, provocando que algunas de mis
compañeras de trabajo empezaran a llorar. Aquellos
sentimientos me llegaron tan claramente que ya nunca más iba
a dudar del cariño que me tenían. Y Rafael, mi entrañable
amigo, que también había venido a interesarse por mí, en un
arrebato de compasión y tristeza, superando su timidez, se
abalanzó emocionado a abrazar a Tania.
En ese momento, trasladé mi preocupación por mi
familia a Rafael, que la capto enseguida. Él, comentándola,
inspiró a Tania en un plan de emergencia que me sorprendió
gratamente.
Cuando empezaron a marcharse todos y Tania decidió
hacer lo mismo, sentí de nuevo que debía irme con ella,
porque algo me empujaba a no dejarla sola. Era evidente que
no podía verme, pero yo estaba convencido que, sin embargo,
podría, de alguna forma, transmitirle buenas sensaciones para

115
calmar sus pensamientos. De modo que la acompañé a su
casa.
Allí las cosas sucedieron más o menos como cabría
esperar cuando hay algún enfermo grave en la familia: pocas
palabras, tristeza, conatos de esperanza y ruegos a Dios.
Tania, después de relajarse un poco, enseguida buscó
mi móvil y se atrevió a llamar a mi familia. Sentada en la
cama, yo intenté que se relajara transmitiéndole desde su
espalda unas vibraciones de paz y cariño. Y, finalmente,
cuando terminó de hablar, el cansancio y el estrés acumulado
la obligaron a tumbarse completamente y caer dormida en un
profundo sueño.
Al poco tiempo, su madre entró en la habitación y
terminó por acomodarla para que descansara toda la noche;
apagó la luz y nos dejó allí a los dos. Al instante, súbitamente,
me sentí atraído por una fuerza descomunal que, sin saber
cómo ni de dónde, me arrastró en un abrir y cerrar de ojos a la
sala donde reposaba mi cuerpo físico. Allí, rápidamente, me
percaté que algo no iba bien. La enfermera había salido de la
sala gritando que me estaban perdiendo, llamando al doctor
Martínez desesperadamente –que debía estar de guardia– y al
resto del equipo médico. La alarma y la preocupación reinante
no me hicieron sentir mejor. En aquel momento, sólo pude
mirar y pedir a la Vida, ante el presentimiento que tenía, que
me dejara vivir más tiempo; que me dejara seguir sacando
sonrisas y hablando del Sentido de la Conciencia y del Amor
a todos aquellos que se cruzasen conmigo. Pero la Vida
parecía estar sorda esa noche, porque de pronto oí gritar a un
enfermero que mi cuerpo había entrado en paro cardíaco.
Tras el eco de aquellas palabras, toda la habitación se
llenó de una luz blanca especialmente reconfortante.
Enseguida intuí que eran las puertas de la otra Vida que se
abrían para recibirme; e, irremediablemente, me sentí atraído,

116
incluso ilusionado, por saberme, a pesar de todo, vivo y con
un bagaje de experiencias en la Tierra realmente maravilloso.
Me llevaba tantas sonrisas, tantos momentos entrañables con
mi familia, con mis amigos, con mis compañeros de
trabajo…, que me sentía satisfecho y feliz.
Mientras era guiado y transportado por esa luz
inmensa y tranquilizadora, la Vida me mostró las escenas más
significativas que había vivido. Como si las volviera a revivir,
ahora no sólo podía ser consciente de lo que había dicho,
sentido y hecho, sino también de sus repercusiones y de los
sentimientos, emociones y pensamientos que había provocado
en los demás. A una velocidad de vértigo, miles de vivencias
se precipitaron en mi ser, haciéndome aprender de lo vivido,
haciéndome consciente de los errores y de los aciertos, de las
falsedades y de las verdades, de la madurez y la inmadurez de
mis circunstancias; en resumen, de la totalidad de mi vida.
Todo se desencadenó con una nitidez y sabiduría
insospechables, incomprensibles y fuera de lo razonablemente
conocido. Todo, hasta que la película de mi vida llegó al día
que conocí a Tania. Entonces, sin saber cómo, volví a
aparecer en la UCI, escuchando al doctor Martínez, muy
aliviado, que, gracias a Dios, me habían vuelto a recuperar.
Era evidente que habían conseguido otra vez estabilizar las
constates vitales de mi cuerpo físico y retomar una
normalidad que a algún que otro enfermero hizo resoplar de
alivio.
Naturalmente, me quedé un poco confundido; pero,
como siempre, acepté y comprendí lo que había pasado.
Luego, di gracias a la Vida por la nueva oportunidad que me
daba e, ilusionado, seguí esperando mi recuperación física.

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118
UNA HISTORIA DE DOS

Al despertar, una sensación de alivio recorrió mi


cuerpo. Fue como un desahogo emocional con buen sabor de
boca que duró muy poco, pues mi estómago, vacío desde
hacía muchas horas, empezó a recordarme que debía comer.
Sin embargo, sin precipitarme, me senté en la cama y empecé
a pensar en Ángel; y eso hizo que recordara el sueño que
había tenido.
En el sueño, Ángel y yo estábamos sentados en la
orilla de la playa. El mar estaba en calma y el pequeño
balanceo de las olas mojaba nuestros pies desnudos. Como la
atmósfera era cálida y agradable, ambos mirábamos el
horizonte bajo una perfecta complicidad. Aunque, de pronto,
muy tranquilamente, Ángel se levantó y, quedándose enfrente
de mí y mirándome dulcemente, me preguntó si le quería. Yo
no decía nada y, ante mi silencio, él retrocedía poco a poco y
se alejaba cada vez más, irremediablemente engullido por el
mar. Al poco, ya no pude verlo y me quedé sola en aquel
paisaje de arena y agua. Entonces, al sentir plenamente su
ausencia y su amor, algo en mi interior se resquebrajó,
dejando que mi voz, antes prisionera del miedo, volara libre
desde mi corazón en el sonido de un “te quiero”. Repetidas
veces, grité y grité que lo amaba profundamente;
repetidamente, deseé que regresara conmigo y me perdonara
por haber sido tan estúpida y cobarde; repetidamente, mis
lágrimas me hicieron consciente de lo mucho que lo echaba
de menos. Y bajo ese torrente de amor, por fin Ángel surgió
caminando del mar y se acercó paso a paso hacia mí.

119
Entonces, ambos nos abrazamos como si fuera la última vez
que lo pudiéramos hacer. Y después de compartir nuestros
sentimientos, sorprendentemente, al fin me dijo lo que yo
siempre había deseado escuchar: que me amaba tanto que
jamás me abandonaría.
Tras recordar esa última frase del sueño, empecé a
llorar. De alguna forma, ése era el secreto y el miedo más
profundo de mi vida: que me volviesen a abandonar como lo
hicieron mis padres biológicos. Por culpa de ese terrible
miedo, y de todo el espanto de mis primeros años de infancia,
constantemente me cohibía en mis sentimientos y me
precipitaba a romper todas las relaciones que empezaba. Por
culpa de eso, creé mi filosofía de vida y la defendí a capa y
espada con cualquier chico que pudiera gustarme. Y por culpa
de mi estúpido comportamiento, no me había dado cuenta
hasta ese momento de lo mucho que amaba a Ángel y de lo
mucho que me amaba él.
Ese sueño me animó a ir al trabajo manteniendo la
esperanza de que todo saldría bien; de que, por la tarde,
cuando despertaran a Ángel, nada podría impedir que se
recuperara pronto y que le expresara mi amor. Porque,
además, al no haber recibido llamada alguna desde el hospital,
todo parecía indicar que, al menos, Ángel no empeoraba y que
los planes médicos seguían el orden establecido.
Ya en el trabajo, las horas, y todo en general, fueron
transcurriendo muy lentamente. Todo el mundo me
preguntaba cosas y, sin embargo, yo apenas quería comentar
nada. Sólo deseaba que llegase la hora de irme a casa para
acercarme luego al hospital.
La sorpresa surgió cuando, inesperadamente, a las
doce y cincuenta y dos minutos sonó mi móvil.
Irremediablemente, el corazón me dio un vuelco al pensar que
algo malo podía pasar; pero no, eran buenas noticias, porque

120
desde el hospital requerían mi presencia para despertar a
Ángel en mi compañía a las tres de la tarde. Me explicaron
que, en esos casos, el paciente, al abrir los ojos, debe ver a
alguien de su familia o de su entorno en su proximidad, para
que así su conocimiento de la realidad no sea tan traumático.
Desde ese momento, sentí otra vez que todo iba a salir
bien. Tuve que pedir permiso al Director para marcharme de
inmediato; cosa que no me negó. Así que, me despedí de
todos corriendo y todos, corriendo, me desearon suerte.
Al llegar a casa se lo conté a mi madre, que, muy
preocupada también por mí y por los días que había pasado,
me dijo que comiera bien y que con calma, pues tenía tiempo,
me marchara al hospital; y así lo hice.
Cuando llegué a la UCI, ya lo tenían todo preparado.
La doctora Enguídanos se encontraba muy sonriente, quizás
porque todas las comprobaciones y pruebas previas que le
habían hecho a Ángel eran muy positivas. Dos enfermeras nos
acompañaron también. Ellas, muy atentas y amables, parecían
comprender perfectamente todos mis pensamientos y
preocupaciones; por ello, me animaron diciéndome que, en
cuanto Ángel viera lo guapa que estaba, iba a saltar de la
cama para comerme a besos; y ese comentario me hizo sonreír
tontamente.
Pero no tardé mucho en ponerme nerviosa otra vez,
porque la doctora, llamando la atención de las enfermeras,
comentó muy convencida que era el momento. Todos
entendimos a que se refería y, por eso, yo me aparté un
poquito de la cama donde descansaba Ángel para que
pudieran hacer su trabajo. No obstante, la doctora,
guiñándome un ojo, me dijo que me acercara y cogiera la
mano de Ángel, y que no dejara de mirarle.
Tras apartar varios cables del cuerpo de Ángel, una de
las enfermeras le dio a la doctora una dosis líquida de un

121
medicamento. La doctora, ayudada de una jeringuilla, lo
inyectó enseguida en una de la venas del brazo derecho de
Ángel; y entonces, impacientes, todos esperamos su reacción.
Pasaron diez o quince segundos sin que hubiera ninguna señal
que nos advirtiera que todo iba bien. Yo empecé a asustarme
y, por eso, miré a la doctora con cierta preocupación; pero la
doctora, moviendo la cabeza y sonriendo, quiso decirme que
aquello era normal. De repente, los ojos de Ángel, cerrados,
comenzaron levemente a moverse y a dibujar sobre sus
párpados pequeños círculos. Su boca, cerrada y reseca, hizo
también un pequeño ademán por abrirse, lo que motivó que
una enfermera la mojara con un paño empapado en agua.
Y entonces, tras pasar unos segundos más, ocurrió
algo… Como intuyendo que estaba allí, junto a él, su mano,
cogida a la mía, se cerró en señal de complicidad y, con su
pulgar y una leve caricia, me confirmó que estaba
recuperando todos sus sentidos. Una vez más, Ángel me
sorprendía con sus intuiciones, pues, sin abrir los ojos, sabía
que estaba junto a él. Luego, un poquito más tarde, con gran
esfuerzo, terminó por despertar bajo una sonrisa
especialmente dirigida a mí. Seguramente, el dolor que sentía
era inmenso, pero, por algún motivo que la doctora no sabía
explicar, Ángel no se quejaba y sólo me miraba desde un
profundo, misterioso y agradable silencio.
Yo tenía los ojos empañados en lágrimas y no sabía
qué hacer ni qué decir. Mi mano seguía con fuerza agarrada a
la suya, y no dejaba de mirarle. Y el equipo médico, sin
embargo, comprobando todos los aparatos y las constantes
vitales de Ángel, se felicitó mutuamente y, con voz simpática
pero rotunda, le dieron la bienvenida al mundo real. Por su
parte, Ángel, que parecía muy consciente de lo que le había
pasado, no decía nada. Él sólo me miraba extraña y
compasivamente… Hasta que, con voz bajita y sacando

122
fuerzas de donde no tenía, solicitó un momento de privacidad
conmigo. La doctora y las enfermeras lo entendieron y, tras
acabar sus tareas, nos dejaron solos…
–Ángel, antes de que digas nada, déjame que te cuente
algo. Quiero ser muy sincera, porque me he dado cuenta de lo
estúpida que he sido al pretender jugar contigo.
–Espera, Tania… No hace falta que me cuentes nada;
lo sé todo –comentó susurrando y haciendo muecas de dolor.
–¡Lo sabes todo! ¿Qué sabes? –le pregunté extrañada.
–Sé que naciste en Rusia y que no conociste a tus
padres biológicos. Sé que tus primeros años de vida fueron
terribles; que viviste en muchos orfanatos y lo pasaste muy
mal. Sé que tus actuales padres te adoptaron y que, desde
entonces, has crecido dándoles gracias todos los días e
intentando complacerles en todo. Y sé que tienes un profundo
e inconsciente miedo a ser abandonada, a que te rechacen o te
dejen cuando estás saliendo con alguien; por eso, prefieres
que tus relaciones sean cortas y, también por eso, eres tú la
que pone fin a las mismas… Lo sé y te comprendo
perfectamente.
–Ángel, ¿cómo puedes saber todas esas cosas? –le
volví a preguntar con lágrimas en los ojos.
–Es muy difícil de explicar, Tania… Quizá el Sentido
de la Conciencia, mientras estaba dormido, ha ordenado todos
los momentos que he vivido contigo, todas nuestras
conversaciones y anécdotas… Y el resultado de ello ha sido
este conocimiento.
–Pero quiero decirte algo más –le insistí.
–Espera, déjame a mí sincerarme –me interrumpió en
tono de súplica–. Te mentí al decirte que mis padres viven en
Teruel. Allí sólo está mi tía, la que me ha criado hasta que
pude venir a Valencia a estudiar y, más tarde, a trabajar.

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Ángel comenzó a llorar bajo una profunda tristeza. Su
voz se congeló bajo el silencio de sus lágrimas e,
irremediablemente, también yo empecé a llorar. Respirando
profundamente hasta donde el dolor de su cuerpo le dejaba,
consiguió relajarse un poquito y continuó hablando:
–Por lo que me ha contado mi tía, dos años después de
nacer yo, mi madre, cansada de recibir palizas y malos tratos
por parte de mi padre, consiguió echarle de casa. Éste, por un
tiempo, la dejó o nos dejó en paz… De vez en cuando, por las
noches, aparecía borracho y gritando maliciosamente bajo el
balcón del piso donde vivíamos; aunque pronto se cansaba y
se marchaba. Pero un día, después de que mi madre, antes de
irse a trabajar, me dejara con mi tía, aquel canalla, de la forma
más cobarde posible, la esperó escondido y, mientras
caminaba por la acera, la apuñaló por la espalda.
Las palabras de Ángel me hicieron vivir mentalmente
aquella tragedia de una forma muy real, por lo que,
inevitablemente, comencé a llorar otra vez. Él, sin embargo,
sollozando, quiso que todavía conociera más cosas…
–Y como judas –siguió hablando muy traumatizado–,
después de ser perseguido por la Guardia Civil y acorralado
en una caseta de campo abandonada, terminó por ahorcarse.
–Pero Ángel, yo creí que había hablado con tu madre.
La llamé y me inventé una excusa para que no se preocupara
por tu estado de salud.
–Era mi tía… En el móvil está identificada como
familia y, lógicamente, por todo lo que conocías de mí, la
confundiste. Hay más, Tania… Como comprenderás, lo que te
acabo de contar ha marcado mi vida. Desde entonces, he
crecido soportando todas las habladurías e historias que la
gente contaba de todo aquello. De suerte que me vine a
Valencia y pude empezar de nuevo. Pero, no obstante, en mi
interior se quedó una herida que no supe curar. Porque,

124
inconscientemente, siempre he querido demostrar lo que mi
padre no supo; siempre he querido e intentado amar
profundamente a todas las chicas que han estado conmigo;
siempre me he esforzado para que confiaran en mí, para que
me sintieran primero como un amigo y luego como un
amante; siempre he estado dispuesto a protegerlas y cuidarlas
con todo mi cariño… Y, sin embargo, por los motivos que
sean, casi nunca conseguí que me amaran o que me dijeran
que me querían; siempre acabaron abandonándome.
Tras aquellas palabras, tras tantas revelaciones y
confidencias mutuas, sentí desde mi corazón una bella
sensación, algo que no dudé en transmitirle con una emoción
intensa:
–Ángel, toda mi vida he luchado por no sufrir más, y
tú, ¿lo recuerdas?, me dijiste que nunca harías nada que me
hiciera sufrir. Toda mi vida he buscado olvidar los malos
momentos que pasé de pequeña, y tú, de una forma
maravillosa, has conseguido que cada momento contigo aleje
y entierre de mi vida aquella triste etapa. Toda mi vida he
buscado en los hombres un simple diario de diversión y sexo,
y tú, sin embargo, me has demostrado lo que es el amor y no
me has pedido nada a cambio… Ángel, te quiero; te quiero
con locura; te quiero desde el amor que me has hecho
descubrir; te quiero y te amo tanto que deseo sinceramente
que nuestras vidas sean una sola historia de dos…
Y desde aquel momento, supe que la Vida, en la
medida que cada uno lo permite, se expresa desde el ser
humano con un único propósito: el descubrimiento del Amor.
Todo lo demás es simplemente un decorado.

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NOTA FINAL DEL AUTOR

Caminando de regreso al trabajo, después de haber


comido y conversado, un grupo de compañeros íbamos
comentando todavía algunas opiniones que se habían quedado
incompletas en el restaurante. En uno de los silencios que
surgieron cuando alguien expuso una sentencia particular
sobre el tema de conversación, y cuando los pasos se
ralentizaron para demostrarle al tiempo que no es el dueño de
nuestras vidas, me atreví a exponer una suposición: “y si esta
vida sólo es una etapa de experiencias, en el transcurso de otra
Vida, para descubrir los valores humanos y los principios del
Amor”.
Naturalmente, esa suposición provocó risas y algún
que otro comentario que hacía mención a lo imposible de la
misma. Pero, no obstante, he de decirte, querido lector, que
para mí esa suposición es una realidad.
Lo cierto es que es muy difícil explicar conocimientos
que requieren una gran introspección y un especial Sentido de
la Conciencia. Por ello, he optado por contar historias donde
pueda introducir enseñanzas que ayuden, a todo aquel que
esté interesado, a sentir más allá de lo que los sentidos físicos
nos permiten.
En mi caso, es un hecho la existencia del Sentido de la
Conciencia. Es algo que cuidadosamente he estudiado y
sentido en mí mismo y que, día a día, experimento con gran
pasión. Porque, al igual que para conocer el color del césped
es necesario ver, es decir, experimentar a través del sentido de
la vista, yo afirmo que, para conocerse uno mismo

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psicológicamente y descubrir los valores humanos y los
principios del Amor, es necesario percibir y comprender cada
pensamiento, es decir, experimentar a través del Sentido de la
Conciencia.
La historia de Tania y Ángel que acabas de leer surgió
con el propósito fundamental de introducir el concepto y el
conocimiento inicial del Sentido de la Conciencia.
Sinceramente, cuando me senté a escribirla, sólo deseaba
transmitir con pasión, decisión y mucho Amor, la existencia
en el ser humano de este Sentido de la Conciencia: sentido
que permite liberarnos psicológicamente de los traumas,
miedos y condicionamientos que desde pequeños, y durante
toda nuestra vida, experimentamos. Esa pasión y decisión
bastaron para que, palabra a palabra, línea a línea y párrafo a
párrafo, fuera describiendo una historia sin guión previo, sin
un desarrollo premeditado o un final estudiado. La Vida tiene
estas cosas: cuando uno realmente la siente, ella se expresa a
través de uno para que todo salga bien.
A mi me encantaría que la volvieras a leer, porque
entonces captarás detalles y asumirás conocimientos
importantes que antes, por el propio desarrollo de la historia,
habían pasado desapercibidos. Pero si no es así, me harías
muy feliz si este libro lo dejaras en manos de algún familiar,
amiga o amigo tuyo para que también lo lea.
¡Muchas gracias!

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