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INTRODUCCIÓN GENERAL

Todos los países desarrollados han experimentado una evolución


demográfica similar desde los tiempos de la Revolución Industrial. En todos,
el ciclo moderno de población tiene características semejantes y conduce a
una situación actual de gran homogeneidad en la definición y los valores de
las variables demográficas fundamentales. Sin embargo, el inicio y la
secuencia del proceso de transformación poblacional no han sido idéntico en
todas partes. Particularmente, el modelo español presenta algunas
diferencias significativas con el seguido por la mayoría de las naciones de la
Europa Occidental.
Estos son los grandes rasgos de la evolución reciente y la situación
actual de la demografía en el contexto europeo-occidental:
- Salvo los países nórdicos, son naciones con altas densidades de
población, y, en cualquier caso, superiores a la densidad española.
- Tienen reducidos (cuando no nulos o negativos) niveles de
crecimiento interno merced a la progresiva igualación entre sus tasas de
natalidad y mortalidad.
- Poseen tasas de población urbana muy altas debido a la intensidad
que desde el siglo XIX alcanzaron los trasvases internos de población. Hoy
los trasvases campo-ciudad tienen poca importancia, mientras los
desplazamientos interurbanos adquieren una gran intensidad.
- Presentan estructuras por edad relativamente envejecidas (en
algunos casos la población de mayores supone más del 15 o 16% del total).
- Mantienen un balance migratorio exterior positivo, aunque mucho
más moderado que en el período 1960-73, y una significativa proporción de
población extranjera en sus territorios.
En España han sucedido las mismas cosas. Disminuyó, primero, la
mortalidad y después la fecundidad. Hubo, en diversos momentos de su
historia contemporánea, corrientes migratorias exteriores de gran
intensidad; se dieron fuertes trasvases internos de población, que han
conducido a un desequilibrado reparto de los efectivos tanto entre campo y
ciudad y entre interior y periferia.
Pero todo esto se ha producido de otra manera, con inicios diferentes
y secuencias e intensidades desiguales. También en materia de población
España ha sido diferente, aunque esa diferencia esté hoy acortándose a
pasos agigantados. Veamos las peculiaridades:
- La mortalidad declinó más tarde que en Europa Occidental. La
mortalidad catastrófica (especialmente la epidémica) se mantiene hasta
finales del XIX; la ordinaria empieza a retroceder iniciado ya el s. XX (en
Europa empieza a bajar a fines del XVIII).
- Como en Europa, una guerra elevó de forma anormal sus valores, pero
a diferencia de ella España sufrió los rigores de una epidemia gripal en
1918-1919 que interrumpió el proceso de baja de la mortalidad. Desde 1942,
el retroceso continuará hasta alcanzar valores actuales.
- Como en los países europeos, las migraciones externas han servido
para mitigar los efectos de desequilibrio interior entre población y
recursos. Pero tras los 50, mientras otras naciones se convirtieron en áreas
receptoras de emigrantes económicos, para España la emigración exterior
volvía a ser el remedio imprescindible que mitigó los efectos de un
crecimiento vegetativo más fuerte y sostenido y una economía más atrasada
y en fase de despegue. Por otro lado, y como en Europa, España se ha
convertido recientemente en receptor de inmigrantes, muchos de los cuales
en situación clandestina.
- Los trasvases internos de población se desarrollan como en Europa
desde el siglo XIX, pero a diferencia de otros países continentales de
industrialización más temprana, el período de máxima intensidad de las
migraciones interiores se produce más tarde, a partir de 1950; si bien
alcanzó una magnitud tan extraordinaria que ha sido la causa directa de que
hoy la población española presente un reparto tan desequilibrado (dirección
prioritaria centro-periferia). Sólo en los últimos años, la intensificación de
los retornos hacia las primitivas áreas de salida parece atenuar la tendencia
anterior.