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Crímenes de Guerra

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Christie Golden

EL BRUTAL ASEDIO DE
ORGRIMMAR HA TERMINADO.
Las fuerzas de la Alianza y de la Horda han despojado a Garrosh
Grito Infernal, una de las figuras más vilipendiadas de Azeroth, de
su título de Jefe de Guerra. Su sed de conquista ha devastado
ciudades enteras y ha destruido muchas vidas en todo el universo
de…

Ahora, en el legendario continente de Pandaria, será sometido a


juicio por sus crímenes. Líderes de renombre de todo el mundo se
han reunido para presenciar este acontecimiento histórico. Durante
el juicio, aparecen impactantes visiones de las atrocidades de
Garrosh. Para muchos de los asistentes, estos retazos de la historia
obligan a revivir recuerdos dolorosos e incluso cuestionan su
propia inocencia o culpabilidad. Para otros, los escalofriantes
detalles avivan las llamas de su odio.

Sin que nadie lo sepa, fuerzas oscuras están ocupando Azeroth,


amenazando no sólo la capacidad de los tribunales para hacer
justicia... sino también las vidas de todos los presentes en el juicio.

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Crímenes de Guerra

CHRISTIE GOLDEN

EDITADO POR HUSSERL MARVIN Y MAX

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Christie Golden

AGRADECIMIENTO
El más sincero agradecimiento a Leandro por todo el esfuerzo,
dedicación y tiempo que nos brinda a todos los fans de Blizzard, es
gracias a su ayuda que podemos hacerles llegar estas maravillosas
obras.

Con aprecio.

Su equipo de Lim-Books.

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Crímenes de Guerra

Dedicado a Sean Copelan,


un historiador extraordinario,
por sus infatigables ánimos, sus rápidas y útiles respuestas
y el apoyo total y entusiasta que ha brindado a mi trabajo.
¡Gracias, colega!

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PRÓLOGO

Draenor.

La tierra natal de los orcos y, durante mucho tiempo, el único hogar


que Garrosh Grito Infernal había conocido. Había nacido ahí, en
Nagrand, la parte más hermosa, más verde de ese mundo. Ahí,
había padecido la enfermedad y había sufrido una gran vergüenza
por culpa de los actos de su padre, el legendario Grommash Grito
Infernal. Cuando Draenor sucumbió a la magia demoníaca,
Garrosh le había echado la culpa a esa leyenda. Se había sentido
avergonzado de portar la sangre Grito Infernal hasta que Thrall, el
Jefe de Guerra de la Horda, le había demostrado a Garrosh que
aunque Grommash podría haber sido el primero en aceptar esa
maldición, el anciano Grito Infernal había dado la vida para ponerle
punto final.

Draenor. Garrosh no había vuelto por allí desde que se había


marchado, henchido por las llamas del orgullo y un intenso afecto
por la Horda de Azeroth, para defender su nuevo hogar de los
horrores del Rey Exánime.

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Ahora, al parecer, había regresado.

Pero este mundo no era como lo recordaba, repleto de energía vil,


con cada vez menos criaturas salvajes y enfermo, muy enfermo.
No, este era el mundo tal y como era cuando él era niño, y era muy
hermoso.

Por un momento, Garrosh permaneció inmóvil. Acto seguido, giró


la cara hacia el sol y los tatuajes que decoraban su poderoso cuerpo,
que habían sido los mismos que había llevado su padre, se
estiraron. En sus pulmones entró un aire dulce y limpio. Parecía
imposible... pero no lo era.

Y en este lugar aparentemente imposible, sucedió otra cosa


impensable. Ante sus propios ojos, la imagen de su padre cobró
forma de la nada envuelta en un fulgor. Grommash Grito Infernal
sonreía... y su piel era marrón.

Garrosh se quedó boquiabierto; por un momento dejó de ser el Jefe


de Guerra, el héroe de la Horda, un guerrero valeroso, y pasó a ser
un joven que contemplaba a su difunto padre, fallecido hacía
mucho tiempo, a quien había creído que no volvería a ver nunca
más.

— ¡Padre! —gritó y, al instante, cayó de rodillas, abrumado por


esta visión—. He vuelto a casa. A nuestra tierra natal. ¡Perdóname
por haber dudado de tu verdadera naturaleza!

Una mano se posó en su hombro. Garrosh alzó la mirada hacia el


rostro de Grommash, al mismo tiempo que las palabras brotaban
torpemente de su boca.

—He hecho tantas cosas en tu nombre... Mi propio nombre ha


pasado a ser amado por la Horda y temido por la Alianza. ¿Acaso...
acaso lo sabes? ¿Me puedes decir, padre... si estás orgulloso de mí?
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Grommash Grito Infernal abrió la boca para hablar. De repente, se


oyó un repiqueteo metálico que procedía de algún lugar, y
Grommash se desvaneció.

Garrosh Grito Infernal se despertó muy alerta, como siempre hacía.

—Buenos días, Garrosh —dijo alguien de voz muy agradable—.


Tienes el desayuno preparado. Por favor... retrocede.

Si sus carceleros hubieran esperado un momento más, Garrosh


habría sabido la respuesta a la cuestión que tanto lo había estado
atormentando y lo había impulsado a seguir adelante a lo largo de
toda su vida. Ojalá pudiera asfixiar a esos enervantemente
tranquilos pandaren por haberlo molestado.

Garrosh, ataviado con una túnica que contaba con una capucha, se
tuvo que contentar con mostrar un semblante imperturbable al
levantarse de esas pieles que utilizaba para dormir, se alejó lo
máximo posible de las ventanas octogonales de marcos metálicos
de la celda que relucían con un resplandor violeta y esperó. La
maga, que vestía una larga túnica ornamentada con diseños
florales, avanzó unos cuantos pasos e inició un encantamiento. Ese
fulgor desapareció de las ventanas. Retrocedió y los otros dos
pandaren (unos machos idénticos, pues eran gemelos) se
aproximaron. Un hermano vigilaba con suma atención a Garrosh
mientras el segundo metía ahí dentro una comida compuesta de té
y bollos variados a través una abertura situada a la altura del suelo.
En cuanto el guardia se levantó, este le hizo una seña a Garrosh
para indicarle que podía acercarse a coger la bandeja.

Pero el orco se quedó quieto.

— ¿Cuándo me ejecutarán? —preguntó Garrosh sin rodeos.

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—Tu destino todavía se está decidiendo —respondió uno de los


gemelos.

Garrosh quiso lanzar esa comida contra los barrotes, o incluso


habría preferido abalanzarse súbitamente sobre su torturador
sonriente para aplastarle la tráquea con una sola de sus
descomunales manos antes de que esa pequeña hembra pudiera
reactivar el hechizo. Sin embargo, no hizo ninguna de las dos cosas,
sino que, con suma calma y ejerciendo un gran control de sí mismo,
se acercó a la pieles y se sentó sobre ellas.

La maga reactivó el campo violeta que lo encerraba ahí dentro y, a


continuación, los tres pandaren se marcharon y ascendieron por la
rampa. La puerta se cerró tras ellos con un estruendo metálico.

Tu destino todavía se está decidiendo.

En nombre de los ancestros, ¿eso qué quería decir?

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CAPÍTULO UNO

—Parece demasiado sereno y hermoso como para ser la prisión de


alguien tan horrible —reflexionó Jaina Valiente mientras se
aproximaba al Templo del Tigre Blanco. Ella, el dragón azul
Kalecgos, la general forestal Vereesa Brisaveloz y el rey Varian
Wrynn, iban montados en un carro tirado por un yak que avanzaba
con paso firme, cuyo mullido pelaje indicaba que esa bestia
acababa de ser bañada hacía poco. En reconocimiento al importante
estatus de los pasajeros, el carro había sido forrado con cojines de
seda de colores intensos; no obstante, cuando una rueda se
adentraba en algún surco, los viajeros sufrían alguna ligera
sacudida.
—Es mucho más de lo que se merece —afirmó Vereesa, cuya
mirada estaba clavada en Varian—. No deberías haber evitado que
Go’el lo matara, majestad. Ese monstruo solo se merece la justicia
de la muerte, e incluso eso sería más piadoso que lo que él ha hecho.

La general forestal hablaba con dureza, pero Jaina no se lo podía


echar en cara. Sobre todo porque compartía los sentimientos de
Vereesa al respecto. Garrosh Grito Infernal había sido el
responsable de la destrucción (no, esa era una palabra que se

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quedaba corta, una palabra demasiado fría para describir lo que


había hecho), del apocalipsis desatado en la ciudad estado de
Theramore. En el espacio de una fracción de segundo, se produjo
la muerte de centenares de sus habitantes, unas muertes que
manchaban las manos del entonces Jefe de Guerra de la Horda,
quien había engañado a algunos de los mejores generales y
almirantes de la Alianza para que se reunieran en Theramore,
donde iban a planear la estrategia a seguir en una guerra que se
librara con medios honestos. Garrosh, sin embargo, había lanzado
sobre el mismo centro de la ciudad una bomba de maná, cuya
potencia se vio aumentada gracias a una reliquia robada al Vuelo
de Dragón Azul. Todo aquel, todo aquello que se encontraba en el
radio de acción de la bomba había muerto. Jaina sacudió la cabeza
de lado a lado para intentar desterrar esos horribles recuerdos de su
memoria, el recuerdo de que algunos de sus seres queridos habían
perecido ahí. Jaina Valiente ya no volvería a ser nunca la dama de
Theramore.

Notó una leve caricia en el brazo que la devolvió al presente. Jaina


alzó la mirada hacia el dragón azul Kalecgos, que había sido lo
único bueno que había salido de ese desastre. Jaina y él quizá no se
hubieran conocido nunca si él no hubiera acudido a Theramore a
pedirle ayuda para recuperar el Iris de Enfoque. Si bien las mareas
de la guerra le habían traído a Jaina un compañero sentimental, en
el caso de Vereesa Brisaveloz habían hecho justo lo contrario.
Rhonin, el archimago que había ostentado antes que Jaina el título
de líder del Kirin Tor, se había colocado en el centro mismo de la
ciudad para atraer la bomba de maná hacia sí y poder contener
mágicamente la detonación en la medida de lo posible. Además, en
medio de todo esto, había empujado a Jaina a través de un portal,
tras el cual pudo hallarse sana y salva. Jaina, Vereesa, la elfa de la
noche Shandris Plumaluna y un puñado de centinelas más habían
sido los únicos supervivientes.

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La líder del Pacto de Plata aún no se había recuperado del todo de


esa pérdida y, probablemente, jamás lo haría. Aunque Vereesa
siempre había sido fuerte y franca, ahora sus palabras eran crueles
e hirientes y un odio tan gélido y amargo como el hielo de
Rasganorte moraba en su corazón. Gracias a la Luz, ese hielo se
había derretido en parte cuando había hablado con sus dos hijos
gemelos, Giramar y Galadin.

No hace mucho, Varian habría saltado como un resorte y se habría


enfadado con Vereesa por haber criticado abiertamente su decisión,
pero ahora se limitó a decir:

—Tal vez obtengas tu deseo, Vereesa. Recuerda lo que prometió


Taran Zhu.

Después de que Varian hubiera impedido que Go’el (antes


conocido como Thrall, en su día Jefe de Guerra de la Horda y ahora
líder del Anillo de la Tierra) diera a Garrosh el golpe mortal con el
poderoso Martillo Maldito, Garrosh había sido entregado a los
pandaren, un pueblo en el que tanto la Horda como la Alianza
confiaban y que también había sufrido mucho a manos de Garrosh.
Taran Zhu, Señor del Shadopan, les había asegurado que Garrosh
sería juzgado y que se iba a hacer justicia al fin. En esos momentos,
el orco estaba encerrado en los sótanos situados bajo el Templo del
Tigre Blanco, bajo una fuerte vigilancia. Hacía un par de días, un
emisario enviado por el Celestial Xuen les había entregado este
mensaje en su nombre: «Requerimos vuestra presencia en mi
templo. El destino de Garrosh debe decidirse».

Eso había sido todo.

Todos los líderes de la Alianza habían recibido la misma carta. Jai-


na pudo ver a algunos de ellos al pie de la colina, donde se estaban
subiendo a unos carros forrados de la misma manera para realizar
la ascensión hacia el templo. La reina regente Moira Thaurissan,
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uno de los tres miembros del triunvirato que lideraba a los enanos,
parecía estar discutiendo con un pandaren muy sereno al mismo
tiempo que señalaba enojada al carro. Sin lugar a dudas, no lo
consideraba un medio de transporte «digno» para su regia persona.

—No —dijo Vereesa—, no sabemos por qué, pero al parecer, es


importante para los Celestiales. Pero si es tan rematadamente
importante, ¿por qué no nos dejan ir volando sin más hasta el
templo? ¿Por qué perder el tiempo con este carro?
—Porque somos sus invitados —contestó Kalec—. Si ellos están
dispuestos a esperar hasta que lleguemos de esta manera, que así
sea. Tampoco es un viaje tan largo.
—Desde el punto de vista de un paciente dragón, no, no lo es —
apostilló Vereesa.
—Soy lo que soy —replicó el dragón, quien permaneció
aparentemente imperturbable ante ese comentario.

Sí, pensó Jaina, realmente era lo que era, era quien era, y se
alegraba de ello, a pesar de que sabía que su relación todavía
tendría que sortear muchos obstáculos.

Intentó acomodarse de nuevo sobre esos cojines bordados para


disfrutar del lento ascenso por ese sendero que se curvaba. Pandaria
transmitía una paz extraordinaria y ofrecía belleza allá donde
cualquiera miraba. Los cerezos estaban repletos de flores rosas,
algunas de las cuales revoloteaban de aquí para allá cuando el
viento mecía las ramas. Las estatuas de unos tigres blancos
custodiaban la primera de una serie de elegantes entradas, y el
camino se fue tomando más empinado. Mientras el carro seguía
avanzando sin prisa pero sin pausa y el frío se volvía más intenso,
la esbelta Jaina se sintió agradecida por el calor que les
proporcionaban los braseros con los que se topaban en su camino
y se abrigó aún más. Al principio, el suelo se hallaba cubierto de
una fina capa de nieve, pero luego, a medida que se encontraban a
mayor altitud, la nieve se iba amontonando más y más. Jaina notó
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Crímenes de Guerra

que cada vez pensaba con más claridad y tenía la mente más
despejada; y entendió enseguida lo que ocurría. Sabía que a la hora
de lanzar un hechizo la concentración y la determinación eran muy
importantes y, súbitamente, tuvo claro que los Celestiales les
estaban brindando, a su manera, a sus invitados la oportunidad de
hacer eso precisamente. Al ascender en ese carro por la montaña
sin ninguna prisa, al rodear las periféricas estructuras exteriores y
al hallarse expuestos a tanta belleza y paz a lo largo de todo el
camino, Jaina y sus compañeros tenían la oportunidad de olvidarse
de sus obligaciones diarias y mundanas para poder llegar
mentalmente frescos. Dejó que el aire, que transportaba el sutil
aroma de las flores del cerezo, le limpiara la mente.

Como tanto Kalec como ella estaban sentados mirando hacia atrás,
Jaina no pudo ver qué fue lo que provocó que el hermoso rostro de
Vereesa se contrajera en un gesto de contrariedad y que Varian
apretara con fuerza los labios cuando el carro se detuvo ante el
primer inestable puente de cuerda. Al instante, la elfa noble movió
un brazo hacia un lado y cerró el puño, pues acababa de recordar
que les habían pedido que no fueran armados al templo.

— ¿Qué están haciendo ellos aquí? —inquirió Vereesa con suma


brusquedad, aunque acto seguido ella misma se contestó—. Bueno,
Garrosh sigue siendo su antiguo líder. Debería haber supuesto que
querrían estar presentes cuando se anunciara su destino.

Jaina se volvió en su asiento y alzó la vista hacia el patio del


templo. Entonces, se le desorbitaron un tanto los ojos. Sintió un
nudo en el estómago al recordar la táctica que Garrosh había
empleado en Theramore (reunir a los mejores estrategas de la
Alianza en un solo lugar), ya que, al parecer, no solo se había
invitado a los líderes de la Alianza, sino también a los de la Horda.
Vol’jin, el trol de piel azul, se encontraba ahí, por supuesto; era la
contrapartida de Varian, pues era el nuevo Jefe de Guerra. ¿Acaso
sería mejor que un orco? ¿O peor? ¿Acaso importaba? Ni siquiera
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el ex jefe de Guerra Thrall, que ahora se hacía llamar Go’el (su


nombre de pila), había sido capaz de calmar la sed de sangre de la
Horda, a pesar de lo mucho que lo había intentado.

Justo cuando estaba pensando en él, sus ojos se posaron sobre el


chamán orco. Junto a Go’el se hallaba su compañera, Aggra, que
portaba algo pequeño en sus brazos.

Al hijo de Go’el.

Jaina había oído que Go’el había sido padre, y también corría el
rumor de que Aggra volvía a estar embarazada. En su día, habían
invitado a Jaina a sostener ese bebé en sus brazos, pero ese tiempo
había pasado. Go’el estaba escrutando esa multitud cuando sus ojos
azules se cruzaron con la mirada también azul de Jaina.

Una oleada de ira y la tristeza se apoderaron de la archimaga, que


apartó la mirada.

Jaina se giró para buscar una distracción y centró su atención en el


más alto de los líderes, en Baine Pezuña de Sangre. Aparte de
Go’el, Baine era el único líder de la Horda que Jaina había sido
capaz de considerar un amigo. Ella lo había ayudado cuando
Garrosh asesinó a su padre, al tauren Cairne, y lo había apoyado
cuando los tauren Tótem Siniestro decidieron atacar Cima del
Trueno. Baine le había devuelto el favor cuando la había advertido
del inminente ataque a Theramore. Claro que Baine había dado por
supuesto que se trataría de una batalla normal, ya que no sabía nada
sobre el Iris de Enfoque robado ni del uso letal que Garrosh pensaba
darle. En opinión de Jaina, las deudas entre ambos estaban
saldadas.

También divisó a unos cuantos otros; a Lor’themar Theron de los


elfos de sangre, con quien había negociado recientemente, aunque

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obligada y bajo presión, y al repulsivo príncipe mercante Jastor


Gallywix, quien llevaba la misma chistera ridícula de siempre.

Un pandaren ataviado con ropa de monje les hizo una reverencia a


modo de saludo cuando bajaron del carro.

—Honorables invitados —dijo—, sean bienvenidos. Aquí solo


reinará la paz mientras atiendan a la primera reunión en la que
participarán por primera vez todos los líderes de Azeroth.
¿Prometen que se someterán a esta sencilla norma?
—Creía que habíamos venido hasta aquí para ser testigos de cómo
se imparte justicia —replicó Vereesa, pero entonces Jaina la agarró
del brazo. Vereesa se mordió los labios y no dijo nada. Desde el
asesinato de su marido, Vereesa se había refugiado en Jaina, ya que
la líder del Kirin Tor era la única que parecía ser capaz de calmar
las turbulentas aguas de su odio a la Horda.
—Espero que entiendas que no puede haber paz en nuestros
corazones —le dijo Jaina al monje—. Ahí solo hay dolor, furia y
deseo de justicia, tal y como ha señalado Vereesa. Sin embargo, yo
por mi parte me comprometo a no emplear la violencia.

Pese a que los otros tres que la acompañaban respondieron del


mismo modo, Vereesa pronunció esas palabras con dificultad. A
continuación, el pandaren los invitó a seguirlo por ese puente de
cuerda hasta la descomunal escalera central que llevaba al coliseo.
Aysa Canción Etérea, una de las primeras pandaren que se había
unido a la Alianza, se encontraba en la entrada del templo. Los
recién llegados le hicieron una reverencia, y sus ojos centellearon
al verlos. Aysa se había mudado a Ventormenta, y Jaina no había
vuelto a ver a esa monja desde su llegada a esa ciudad hacía ya un
tiempo.

—Sabía que vendrían —afirmó Aysa, que agachó la cabeza ante


cada uno de ellos sucesivamente—. Gracias.

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—Aysa —dijo Varian—. ¿Podrías explicamos qué está


ocurriendo?
—Lo único que sé es que se ha pedido a las facciones más
importantes de la Alianza y la Horda que vengan aquí en son de
paz y que los Augustos Celestiales han tomado algún tipo de
decisión —respondió—. Por favor, entren en el templo en silencio
y quédense con sus compañeros ahí, en el centro. Los Celestiales
llegarán en breve.

Su voz normalmente modulada sonó un tono más alto de lo


habitual, revelando así que la tensión y la preocupación la
dominaban. Aunque eso no era una buena señal, todos asintieron.

El Templo del Tigre Blanco era enorme. Aquí, en la zona cavernosa


situada en el centro del templo, entrenaban los monjes pandaren,
quienes practicaban con suma disciplina ante la atenta mirada de
Xuen hasta convertirse en maestros de ese peculiar arte marcial. A
pesar de su tamaño, el templo no transmitía ninguna sensación de
opresión. Tal vez eso se debiera a que, aunque en ese sitio había
una gran cantidad de asientos, nadie iba ahí para presenciar unos
combates a muerte, sino unas exhibiciones de destreza y habilidad.
La entrada se hallaba al sur, justo frente a un trono enorme
flanqueado por unos braseros en la zona de los asientos. Había
banderas al oeste, norte y este. En el suelo había un anillo
compuesto de seis grandes círculos de bronce ornamentados
independientes unos de otros y un séptimo más grande y un poco
apartado del resto en el centro. La iluminación provenía de las
llamas de unos faroles que pendían del techo, y de la luz del día
que atravesaba las puertas abiertas de la entrada.

Ahí, delante de ellos, había más gente. El hijo de Varian, el príncipe


Anduin, se acercó dando grandes zancadas hacia ellos y le dio un
abrazo a su padre. Jaina se sintió feliz al comprobar con qué afecto
y serenidad interactuaban ambos, sobre todo teniendo en cuenta lo
tensa que había sido su relación hasta no hacía mucho. Anduin, que
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Crímenes de Guerra

llevaba en estas tierras mucho más que cualquiera de ellos, se llevó


un dedo a los labios y ambos asintieron.

En silencio, tal y como se les acababa de pedir, se unieron a la suma


sacerdotisa Tyrande Susurravientos, que representaba a los elfos de
la noche, y a la general de los centinelas, Shandris Plumaluna.
Velen, el anciano líder de los extraños draenei, agachó la cabeza a
modo de saludo, y Anduin se aproximó a su profesor y amigo
mientras los demás ocupaban sus respectivos sitios. Genn Cringris,
rey de Gilneas, entró acompañado del Manitas Mayor Gelbin
Mekkatorque, a quienes seguían Moira, Muradin Barbabronce y
Falstad Martillo Salvaje, el triunvirato que hablaba en nombre de
los reinos enanos.

Cringris había optado por su forma huargen, lo cual quería decir


muchas cosas; quería indicar a la Horda que algunos de los
miembros presentes de la Alianza entendían qué suponía estar en
contacto con el lado más primigenio de la naturaleza y, al mismo
tiempo, mostraba a sus compañeros de la Alianza que no se
avergonzaba de ello.

Los representantes de la Horda se habían reunido en la parte


derecha de esa sala. Al contemplarlos, Jaina frunció los labios.
Ahora, Go’el se hallaba acompañado por su viejo amigo y
consejero Eitrigg y otro anciano orco, al que Jaina recordaba.
Varok Colmillosauro, cuyo hijo Dranosh había caído en la Puerta
de Cólera. El Rey Exánime había reanimado el cadáver de
Dranosh, quien volvió a caer... y sufrió una muerte de verdad en
esta ocasión. Daba la sensación de que Varok era un guerrero
curtido en mil batallas, pero también era un padre que aún lloraba
la muerte de un noble hijo.

Entonces, Jaina oyó a alguien respirar hondo a su lado y miró hacia


el lugar al que miraba Vereesa. Una figura esbelta y elegante
acababa de entrar en el Templo del Tigre Blanco. A primera vista,
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parecía una arquera elfa, pero su piel tenía una tonalidad pálida
entre azul y gris, y sus ojos eran de un color rojo brillante, como si
fueran la única vía de escape con la que contaba un fuego
inextinguible.

Sylvanas Brisaveloz, la Dama Oscura de los Renegados y hermana


de Vereesa, acababa de llegar.

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Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DOS

Baine Pezuña de Sangre consideraba que solo Mulgore era capaz


de superar a los pandaren en su capacidad para hacerle sentir una
honda paz en su corazón y su mente. Como guerrero que era,
respetaba la habilidad y destreza de la que hacían gala aquellos que
luchaban en el templo de Xuen. Aun así, la ansiedad lo dominaba.

Se podía afirmar que la primera gran fechoría que Garrosh había


cometido contra cualquier miembro de la Horda había tenido como
objetivo a los tauren; había matado al amado padre de Baine, al
gran Cairne Pezuña de Sangre, a quien tanto se añoraba. Baine no
albergaba ninguna duda de que Cairne habría salido victorioso de
ese combate mano a mano si se hubiera librado de una manera
justa, como se suponía que se debía combatir en el mak’gora.
Cairne no había caído ante un rival superior, sino que había muerto
envenenado, ya que la hoja del arma de Garrosh había sido
embadurnada con esa sustancia sin que este lo supiera.

Después, Garrosh había descubierto que Magatha, la chamán que


había «bendecido» esa hoja, conspiraba contra su propio pueblo, y
que nunca debería haber confiado en una tauren que ni recordaba

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Christie Golden

ni honraba sus raíces. De este modo tan traicionero, había sido


asesinado el mejor de los tauren. Si ben Garrosh no había sido
responsable de ese acto tan traicionero en particular, se había
dejado llevar por el lado tenebroso, de un modo tal vez inevitable,
y había sido capaz de cometer esas otras atrocidades que nadie
podía negar. En primer lugar, Theramore había sido aniquilada, un
recuerdo que todavía atormentaba a Baine en sueños, y después el
Valle de la Flor Eterna, lo cual Baine se lo tomó como una afrenta
personal, dado su profundo amor y respeto por la Madre Tierra.

Los titanes habían creado ese valle; un bello lugar tan hermoso y
exuberante que prácticamente era imposible de creer, donde todo
crecía en paz y armonía. El valle había sido aislado del resto del
mundo y custodiado por unos atentos guardianes tras la derrota de
la antigua raza mogu, aunque recientemente tanto la Alianza como
la Horda se habían ganado el derecho a entrar en él. Baine
reflexionó amargamente que había hecho falta muy poco tiempo
para que Garrosh Grito Infernal, arrastrado por sus ansias de poder,
destruyera algo que había existido durante incontables milenios.
Después de todo, las flores del valle no resultaron ser «eternas». Ya
no estaban, solo eran un recuerdo, aunque una nueva vida (y una
nueva esperanza) brotaba en el valle tras la derrota definitiva del
sha.

Baine confiaba en los Celestiales. Creía en su sabiduría y


ecuanimidad.

Entonces, ¿por qué se hallaba tan inquieto?

—En su día, le prometí a Garrosh que sabría perfectamente quién


iba a disparar la flecha que le atravesaría su tenebroso corazón. Sé
por qué te muerdes los colmillos de impaciencia, o más bien te los
morderías si los tuvieras.

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Baine se sobresaltó. Vol’jin se le había acercado de un modo tan


silencioso que el tauren no lo había oído. El trol se hallaba ahora
junto a él.

—Estás en lo cierto —replicó Baine—. Me resulta muy difícil


conciliar las enseñanzas que me impartió mi padre sobre el honor
y la justicia con lo que deseo que suceda hoy aquí.

Vol’jin asintió.

—Como suelen decir en la Fiesta de la Cerveza, ponte a la cola —


comentó con una risita ahogada—. Pero si queremos empezar de
cero, debemos hacer lo que dice Varian. Garrosh ya ha hecho
bastante daño estando vivo. No queremos que se convierta en un
mártir para el resto de orcos que justifique que sigan cometiendo
maldades. Da igual lo que decidan los Celestiales, nadie podrá
cuestionar su decisión.

Baine lanzó una mirada fugaz a Go’el, Eitrigg y Varok


Colmillosauro. Aggra ya no sostenía a su hijo, Durak, sino que se
encontraba en brazos de Go’el, quien lo sujetaba con mucha
seguridad y calma. Baine, que había perdido a su padre por culpa
de un innoble acto violento, sabía que Go’el estaba decidido a
participar activamente en la educación de su hijo. Cairne había
estado siempre muy presente en la vida de Baine y al ver esa
estampa este se sintió conmovido de un modo inesperado. Padres e
hijos... Grommash y Garrosh, Cairne y Baine, Go’el y Durak,
Arthas y Terenas Menethil, Varosk y Dranosh Colmillosauro. Sin
lugar a dudas, este era el modo en que la Madre Tierra les recordaba
ciertos vínculos muy profundos capaces de lo mejor y de lo peor.

—Espero que tengas razón —le dijo Baine a Vol’jin—. Go’el fue
quien le dio ese cargo a Garrosh, y Colmillosauro le guarda mucho
rencor.

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Vol’jin se encogió de hombros.

—Ellos son orcos de honor. Sí, lo son. Es ella la que me preocupa.


Nadie conoce el odio mejor que la Dama Oscura. Y le encanta que
la venganza se sirva en frío.

Baine contempló a Sylvanas, quien mostraba un porte orgulloso y


se hallaba sola. La mayoría de los líderes habían venido
acompañados por otros miembros destacados de sus respectivas
razas; él mismo había venido acompañado por Kador Cirrocanto,
el chamán que tanto lo había apoyado en tiempos muy siniestros, y
Perith Pezuña Tempestuosa, su Caminamillas de mayor confianza.
Rara vez se veía a Sylvanas sin la compañía de sus Val’kyr, esos
seres no-muertos que en su día servían a Arthas y ahora la servían
a ella, a quien también había salvado. Pero al parecer, para este
evento al menos, Sylvanas prefería no estar acompañada, era como
si su propia imponente e iracunda presencia fuera a ser más que
suficiente como para condenar a muerte a Garrosh sin la ayuda ni
el permiso de nadie.

El tauren recorrió con la mirada la zona donde se habían reunido


los líderes de la Alianza. El joven Anduin y Lady Jaina, con quien
en su día se había sentado a compartir un té; ese recuerdo le hizo
esbozar una triste sonrisa. Había alguien junto a ella que le
resultaba extrañamente familiar, aunque en esta ocasión se trataba
de una elfa noble viva. Debía de ser Vereesa Brisaveloz, la hermana
de Sylvanas y de la desaparecida Alleria.

Al parecer, muchas heridas antiguas se estaban abriendo hoy ahí.


En ese instante, mientras Baine deseaba que los Celestiales se
presentaran para anunciar su decisión, el pelaje de los brazos se le
puso de punta y, de repente, notó que un cierto gozo le invadía el
corazón.

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Cuatro siluetas aparecieron en la puerta de entrada, cuyas formas


destacaban al contraluz. En cuanto se adentraron a grandes
zancadas en esa zona, Baine se percató de que, a pesar de que tanto
su corazón como su espíritu reconocían que esos seres eran los
Augustos Celestiales, habían cambiado de aspecto totalmente. Con
anterioridad, siempre los había visto con forma de animal, pero
hoy, al parecer, habían decidido adoptar otras distintas.

Chi-Ji, la Grulla Roja, el inspirador de esperanza, había asumido la


forma de un elfo de sangre esbelto y delgado. Tenía una larga
melena pelirroja y lo que Baine en un principio había tomado por
una capa dorada resultaron ser sus alas plegadas. Xuen, el Tigre
Blanco, a quien pertenecía este templo, encamaba la fuerza bajo
control y la agilidad de movimientos en un cuerpo de elfo de la
noche de color azul pálido, cuyo pelo y piel mostraban franjas
negras y blancas. Baine se sintió honrado de poder ser testigo de
cómo el indómito Buey Negro, Niuzao, había escogido presentarse
ante los ojos mortales como un yaungol, el cual giraba su cabeza
de pelo blanco mientras escrutaba a los visitantes con esos
radiantes ojos azules y reverberaban los pasos que daba con esos
relucientes cascos. La sabia Serpiente Jade, Yu’lon, se había
encamado en la forma más peculiar, o eso le pareció a Baine en un
principio, en un cachorro pandaren. Mientras cavilaba al respecto,
la mirada magenta de Yu’lon se cruzó con la suya y le sonrió. El
tauren se dio cuenta de que eso había sido una decisión sabia, pues
con ese aspecto tan dulce y hermoso lograría que todos quisieran
acercarse a ella.

Los cuatro Celestiales se dirigieron al norte, donde Xue


normalmente se sentaba para celebrar audiencias. Baine sintió de
inmediato una serenidad y una claridad que había echado mucho
de menos. Exhaló y cerró los ojos brevemente para mostrarles
gratitud por su mera presencia.

27
Christie Golden

Todo el mundo permanecía quieto, esperando con ansia alguna


palabra suya.

Sin embargo, los Celestiales no hablaron, sino que se volvieron


para contemplar expectantes una pequeña figura que acababa de
entrar en el templo.

Portaba una armadura de cuero oscuro y llevaba la imagen de un


tigre blanco rugiendo en el hombro derecho. Gracias al amplio
sombrero que vestía y al pañuelo rojo que le tapaba la parte inferior
de la cara, habría resultado irreconocible, pero todos los presentes
lo estaban esperando. Era Taran Zhu, el líder de los monjes del
Shadopan, quien hizo una reverencia un tanto torpe e incluso
esbozó un gesto de dolor. Acto seguido, se aproximó al círculo
central con unas ágiles zancadas impropias de su edad y de su
engañosa robustez. Volvió a agacharse; esta vez, para hacer una
reverencia ante cada uno de esos seres tan silenciosos y poderosos.
A continuación, observó a los ahí reunidos.

—Bienvenidos —dijo—. Hoy voy a hablar en nombre de los


Celestiales. De su parte, les aseguro que los recibimos agradecidos
y con suma humildad. Les pido que se tomen un momento para ser
conscientes de este histórico momento, pues esto es algo que nunca
se ha visto en este mundo. Todos aquellos que sirven a la Horda
como líderes y todos aquellos que hablan en representación de los
pueblos de la Alianza se han reunido aquí hoy. Ninguno de ustedes
porta arma alguna, y he dado instrucciones de que se levante un
campo de atenuación para evitar cualquier uso inadecuado de las
artes mágicas... incluso poder invocar a lo que ustedes denominan
la Luz. Todos están aquí para alcanzar un objetivo común, al igual
que se han unido en otras ocasiones para alcanzar unas metas aún
mayores. Por favor... durante unos breves instantes, contemplen a
sus queridos amigos y a sus honorables enemigos.

28
Crímenes de Guerra

Baine miró primero a Anduin, cuyo rostro sabía que no estaría


dominado por el odio. Acto seguido, recorrió con la mirada los
severos rostros de los enanos y el semblante peludo de Genn
Cringris. Daba la impresión de que Vereesa estuviera apretando los
dientes con fuerza, así como sus pequeños pero fuertes puños, y se
preguntó si Jaina era consciente que su tristeza y resentimiento eran
fácilmente perceptibles. A medida que ese minuto de reflexión se
fue prolongando, Baine se percató de que la tensión fue
abandonando algunos rostros, aunque otros parecieron poseídos
aún más por la impaciencia. En ambos bandos.

Entonces, Taran Zhu prosiguió hablando:

—Bajo nuestros pies, en una prisión muy bien custodiada, se


encuentra aquel cuyo destino han venido a conocer, ahí se halla
Garrosh Grito Infernal.

Baine tragó saliva con impaciencia, a la espera de sus siguientes


palabras. Podía notar que la tensión dominaba el ambiente y podía
oler la ira, el miedo y la ansiedad. Pero no se podía presionar al
sereno monje para que fuera más rápido.

—Se les ha dicho que el destino de Garrosh Grito Infernal se


decidiría hoy aquí. Y eso es totalmente cierto. Los Celestiales no
mienten. Pero tampoco se lo han contado todo. Tras mucho discutir
y meditar, han llegado a la conclusión de que Grito Infernal no
debería ser juzgado por ellos únicamente. Todos han sufrido mucho
por su culpa, no solo Pandaria, aunque es innegable que sus
habitantes también han sufrido un calvario. —Se llevó una zarpa al
vientre, donde Aullavísceras le había abierto una gran herida no
hacía mucho tiempo—. Por tanto, se merecen poder decidir al
respecto. No cabe duda de que es culpable; aun así, celebraremos
un juicio justo y abierto para determinar su destino. En ese juicio
participarán tanto la Horda como la Alianza e incluso cabrá la

29
Christie Golden

posibilidad de reducirle la condena e incluso de que se le conceda...


la libertad.

Al instante, estalló un clamor ensordecedor.

Baine no sabía quién gritaba con más fuerza, la Horda o la Alianza.

— ¿Un juicio? ¡Pero si alardeaba de lo que había hecho!


— ¡Merece la muerte, ya que ha matado a muchos!
— ¡Juzguemos a toda la Horda!
— ¡Sabemos lo que ha hecho! ¡Todo el mundo lo sabe!

Xuen entornó los ojos levemente y alzó la voz; una voz tan
cristalina como una campana y tan afilada como una espada.

— ¡El silencio imperará en mi templo!

Lo obedecieron de inmediato. Se relajó e hizo un gesto de


asentimiento para indicarle a Zhu que continuara.

—Los Augustos Celestiales están de acuerdo en que Garrosh Grito


Infernal es culpable, pues ha cometido actos terribles y horrendos.
Repito una vez más que nadie pone en entredicho esos crímenes.
Sin embargo, lo que ahora debemos decidir es de qué manera se
van a castigar esos crímenes. No se trata de si debe o no asumir la
responsabilidad de esas atrocidades, sino de cómo castigarlo por
ellas. Y la única manera de determinar su castigo es a través de un
juicio. De este modo, ustedes, tanto la Horda como la Alianza, y
todo aquel que tenga algo que decir, tendrá la oportunidad de ser
escuchado.
—Aun así, los Celestiales seguirán siendo juez, jurado y verdugo,
¿verdad? —Estas palabras fueron pronunciadas por Lor’themar
Theron. Baine no dudaba de que la capacidad de «cooperación» de
ese elfo de sangre hubiera llegado a su límite.

30
Crímenes de Guerra

—No, amigo Lor’themar —replicó Taran Zhu—. Los Celestiales,


que son unos seres muy sabios y desean que se imparta justicia,
están abiertos a otras opciones y se han ofrecido a hacer de jurado.
Y yo me sentiré honrado de hacer las veces de fa’shua, de juez.
Conozco a muchos de los que ahora se hallan ante mí y he de
decirles que de entre ustedes se elegirán a unos representantes de
la Horda y la Alianza para que cumplan las funciones de defensa y
acusación, tal y como exige la antigua ley pandaren.
—Es culpable... tú mismo lo has dicho —aseveró Vereesa—.
Entonces, ¿cómo puede haber una defensa y una acusación?
—El defensor abogará por una sentencia más leve y el acusador,
por supuesto, pedirá una más severa. Podrán elegir a quien quieran,
pero la otra parte podrá ejercer el derecho de veto una sola vez.
— ¡Yo veto todo este procedimiento por entero! —exclamó Genn
Cringris—. Grito Infernal envió a la Horda a masacrar a nuestro
pueblo. Fue una terrible carnicería. Si vamos a aceptar que se
celebre un juicio, hagamos uno de verdad y juzguemos a todos los
líderes de la Horda, ya que en el mejor de los casos tal vez no
hicieron nada por impedirlo y en el peor se sumaron a la masacre
o... —en ese instante, lanzó una mirada teñida de odio a Sylvanas—
¡incluso instigaron sus propios ataques!

Un clamor plagado de furia resonó con fuerza apoyando su


propuesta. Baine lamentó ver que Jaina era una de las que más
gritaban.

—Eso podría llevamos bastante tiempo —afirmó Taran Zhu con


suma calma—, y no todos tenemos unas vidas muy largas.
—La Alianza no debería participar en esto para nada —replicó
Gallywix con extremada brusquedad—. Garrosh debería ser
juzgado solo por los de su bando, para cercioramos de que
compense como es debido a aquellos de los suyos a los que ha
hecho tanto mal.

Mekkatorque se echó a reír de un modo muy irónico.


31
Christie Golden

— ¡Espero que te refieras a un compensación pecuniaria!


—Sí, esa sería una forma aceptable de compensación —contestó
Gallywix.

Taran Zhu suspiró y alzó ambas zarpas para pedir silencio.

—Los líderes de la Horda y la Alianza deben decidirse ya. ¿La


propuesta que les he presentado te parece aceptable, Jefe de Guerra
Vol’jin? ¿Y a ti rey Varian Wrynn?

El trol y el humano se miraron por un momento. Entonces, Vol’jin


asintió.

—Los Celestiales parecen tener una mejor perspectiva sobre este


tipo de cosas que nosotros, que hemos participado directamente en
ellas; además, sé que tú obrarás de un modo honorable, Taran Zhu.
Prefiero que mi voz se escuche y no limitarme simplemente a
aceptar una decisión. La Horda acepta la propuesta.
—Al igual que la Alianza —dijo Varian de inmediato.
—Se los llevará a un lugar donde podrán elegir a su defensor y
acusador —replicó Taran Zhu—. Recuerden: cada bando podrá
ejercer la opción de veto una sola vez. Elijan bien y sabiamente.

Ji Zarpa Ígnea, que había permanecido hasta ahora al margen, se


aproximó a Vol’jin y le hizo una profunda reverencia.

—Los llevaré a uno de los templos laterales, donde podrán disfrutar


de los braseros. —Una amplia sonrisa se dibujó en su peluda cara
a la vez que le centelleaban los ojos—. Y de unos refrigerios.

*******

El pandaren cumplió su palabra. Quince minutos después, Vol’jin,


Go’el, Baine, Eitrigg, Varok Colmillosauro, Sylvanas, Lor’themar
32
Crímenes de Guerra

Theron y Jastor Gallywix estaba sentados sobre una alfombra que,


si bien no era muy hermosa, los protegía del frío de ese suelo de
piedra. Les dieron carne y bebida, y los prometidos braseros les
proporcionaron calor.

Vol’jin asintió al ver la comida.

—Hablaremos con más inteligencia cuando tengamos la tripa llena


—aseveró.

Dieron buena cuenta de la comida que, como era costumbre en


Pandaria, vino acompañada de una gran cantidad de cerveza, por
supuesto. En cuanto todo el mundo acabó, Vol’jin no perdió el
tiempo y fue al grano.

—Hermanos orcos, ya saben que los respeto mucho. Pero creo que
si queremos que un orco defienda a Garrosh, tengan por seguro que
la Alianza nos vetará.

Go’el asintió.

—Resulta tremendamente lamentable que Garrosh haya caído tan


bajo y haya arrastrado consigo toda la reputación de una raza. Nada
de lo que pueda argumentar un defensor orco será tenido en serio,
para bien o para mal.

Baine se mostró en desacuerdo.

—Al contrario, creo que sería bueno que todo el mundo viera que
un orco es capaz de comportarse de un modo honorable en un
acontecimiento tan público. Eitrigg es conocido por sus modales
serenos y su gran inteligencia.

33
Christie Golden

Pero el anciano orco ya estaba agitando de lado a lado esa cabeza


donde residía esa gran inteligencia antes de que Baine siquiera
hubiera acabado de hablar.

—Esas palabras me halagan, Gran Jefe, pero Go’el tiene razón.


Yo... y él y Colmillosauro... podremos tener la oportunidad de
hablar si así lo deseamos. Taran Zhu nos lo ha prometido, y yo le
creo.
—Yo defenderé a Garrosh —afirmó Sylvanas—. Todo el mundo
sabe que él y yo no coincidimos en nada. La Alianza nunca podrá
acusarme de ser muy blanda con él.
—Es cierto que como miembro de la acusación no tendría precio
—señaló Vol’jin—. Pero estamos buscando un defensor.
—Vamos, Jefe de Guerra —replicó Sylvanas—. ¡Pero si aquí todos
queremos ver cómo Garrosh acaba en manos del verdugo! ¡Y lo
sabes bien! Tú mismo dijiste una vez...
—Sé lo que dije mucho mejor que tú, Sylvanas —le espetó Vol’jin,
con una voz muy baja y amenazadora—. A ti no te abandonaron
degollada porque creían que estabas muerto, a mí sí. Sé que todos
nosotros hemos sufrido bajo su mandato. Pero también sé que los
Celestiales pretenden que se celebre un juicio lo más justo posible,
dentro de las limitaciones que tenemos como seres mortales para
ser ecuánimes. Creo que solo puede haber una elección adecuada
para desempeñar ese papel. Alguien respetado tanto por la Horda
como por la Alianza, que no tiene en mucha estima a Garrosh, pero
que nunca va a mentir y siempre va a hacerlo lo mejor posible.

Se volvió hacia Baine.

Durante un inocente segundo, Baine pensó que el trol,


simplemente, se había girado hacia él para pedirle su opinión.
Entonces, se dio cuenta de lo que ocurría en realidad.

— ¿Yo? —vociferó—. ¡Por la Madre Tierra, pero si Garrosh


asesinó a mi padre!
34
Crímenes de Guerra

—Acabas de dejar claro por qué el Jefe de Guerra tiene razón —


señaló Lor’themar—. A pesar de todo el mal que te ha hecho
Garrosh a nivel personal, has seguido siendo leal a la Horda hasta
que llegó un momento en que creíste que él también le estaba
haciendo daño a la Horda. Además, la Alianza cuenta con multitud
de espías, y tienes una buena relación con lady Valiente.
Baine se giró hacia Go’el y, con la mirada, le imploró al orco que
interviniera. Go’el, sin embargo, sonrió y dijo:
—Los tauren siempre han sido un pilar de la Horda. Si alguien
puede defender a Garrosh y ser escuchado con atención, ese serás
tú, amigo mío.
—No quiero defenderlo... Quiero lo mismo que ustedes —replicó
Baine violentamente—. Garrosh se merece morir cien veces.
—Oblígalos a escucharte —dijo alguien que había permanecido
callado hasta entonces. Se trataba de una voz grave y fuerte, a pesar
de la edad, que estaba teñida por un agudo dolor—. Echarle en cara
toda una lista de atrocidades a Garrosh no tiene ningún mérito —
aseveró Colmillosauro—. El verdadero reto consiste en lograr que
el juez y el jurado presten atención de verdad a tus argumentos, en
que luego reflexionen con serenidad al respecto, a pesar de que
todos saben cuánto sufres por dentro al desempeñar esa labor... solo
tú puedes hacer eso, Baine Pezuña de Sangre.
— ¡Soy un guerrero, no un sacerdote! Yo no me lleno la boca con
palabras zalameras y agradables ni intento conmover a la gente con
ellas.
—Garrosh también es un guerrero —replicó Go’el—. Para bien o
para mal, eres el representante más justo que podemos elegir.

Baine apretó los dientes con fuerza y se volvió hacia Vol’jin.

—Si pude ser leal a la horda y a mi Jefe de Guerra cuando ese título
lo ostentaba Garrosh, no cabe duda de que seré capaz de serte leal
a ti, quien siempre has sido digno de respeto, Vol’jin.

35
Christie Golden

—No es una orden —le corrigió Vol’jin, a la vez que apoyaba una
mano sobre el hombro del tauren—. En este asunto, debes hacer lo
que te dicte el corazón.

*******

Las cosas no estaban yendo como había deseado Sylvanas


Brisaveloz. Ni por asomo.

En primer lugar, había esperado (al igual que todos los miembros
de la Horda, incluso, obviamente, el piadoso Go’el) que los
hubieran reunido aquí para decidir cuál de ellos había sido elegido
para realizar la codiciada tarea de matar a Garrosh. Lo preferible
habría sido hacerlo lentamente, al mismo tiempo que se le infligía
mucho dolor. Varian Wrynn ya había hecho que esa ejecución tan
gozosa se demorara mucho tiempo, y tener que oír que los
Celestiales querían celebrar un juicio con las máximas garantías era
ridículo cuando incluso ellos y Taran Zhu admitían que Garrosh
era culpable. El mismo concepto de «justicia» y de «no obrar
impulsado por la venganza» era demasiado nauseabundo y no
merecía la pena malgastar tanto tiempo ni esfuerzos por defenderlo.
Sylvanas reflexionó y concluyó que lo único bueno que tenía todo
esto era que, al menos, iba a tener la oportunidad de hablar y contar
su verdad sobre la montaña de evidencias que había en contra de
Garrosh.

No esperaba que la eligieran como defensora, puesto que sabía que


Vol’jin tenía razón cuando había dicho que si la Horda la hubiera
escogido, la Alianza la habría vetado por puro odio, nada más. Pero
¿Baine...? ¿El guerrero más plácido que jamás había conocido?
¿Ese guerrero que pertenecía a una raza generosa y amable?

Era toda una locura. Baine tenía incluso más razones que ella para
desear la muerte de Garrosh. Ese orco debería haber sido el Arthas
de Baine; no obstante, era consciente de que si el tauren aceptaba,
36
Crímenes de Guerra

sería capaz de exponer sus argumentos tan bien que todo el mundo
acabaría queriendo regalar unas flores a Garrosh en vez de querer
matarlo.

Baine agachó las orejas a la vez que suspiraba muy hondo.

—Asumiré esta tarea —dijo—, aunque no tengo ni idea de cómo


llevarla a cabo.

Sylvanas tuvo que hacer un gran esfuerzo para que sus labios no se
curvaran para conformar una mueca de desdén.

En ese instante, Ji asomó la cabeza.

—La Alianza ya ha escogido a su acusador. Si ustedes también


están preparados, podemos volver a reunimos en el lugar de antes.

Lo siguieron por ese camino cubierto de una escasa nieve. Los


representantes de la Alianza ya se encontraban ahí y se volvieron
para observar a sus contrapartidas de la Horda. Taran Zhu esperó a
que todos llegaran y, entonces, se dirigió a ambos grupos:

—Cada bando ha tomado una decisión. Jefe de Guerra Vol’jin, ¿a


quién has seleccionado para defender a Garrosh Grito Infernal?
Defender a Garrosh Grito Infernal. Esas palabras eran una ofensa
en sí mismas.
—Hemos escogido Baine Pezuña de Sangre del pueblo tauren —
contestó Vol’jin.
— ¿La Alianza tiene alguna objeción?

Varian giró su cabeza de pelo moreno para mirar a sus compañeros.


Nadie dijo nada; de hecho, tal y como Vol’jin había previsto,
muchos miembros de la Alianza parecían satisfechos. Para sorpresa
de Sylvanas, incluso el hijo de Varian esbozaba una pequeña
sonrisa.
37
Christie Golden

—La Alianza acepta la elección de Baine Pezuña de Sangre, pues


sabemos que es honorable —respondió Varian.

Taran Zhu asintió una sola vez.

—Rey Varian, ¿a quién ha escogido la Alianza para hacer las veces


de acusador de Garrosh Grito Infernal?
—Yo mismo desempeñaré esa tarea —contestó Varian.
— ¡Me opongo totalmente! —exclamó Sylvanas—. ¡No vamos a
aceptar ninguna imposición más por tu parte!

No estaba sola en sus protestas; otras voces airadas se sumaron y


Taran Zhu se vio obligado a gritar para que pudieran escucharlo.

— ¡Haya paz, haya paz! —A pesar de que pedía paz, su voz


resultaba tremendamente imponente, de modo que los gritos
pasaron a ser susurros hasta que, al final, menguaron del todo—.
Jefe de Guerra Vol’jin, ¿vas a ejercer tu derecho a rechazar al rey
Varian como acusador?

Varian contaba con pocos amigos en la Horda. Muchos


desconfiaban de su aparente cambio de personalidad y, a pesar de
que había renunciado a ocupar Orgrimmar, solo se había ganado
unos agradecimientos reticentes. Los humanos eran el enemigo,
siempre lo serían.

Sylvanas se percató de que el desagrado con el que la Horda había


aceptado que se celebrara el juicio podría transformarse en algo
mucho peor si tenían que ser testigos de cómo Varian ejercía de
acusador. Daba la impresión de que Vol’jin también era consciente
de esto.

—Sí, Lord Taran Zhu. Vamos a ejercer nuestro derecho de veto —


respondió.
38
Crímenes de Guerra

Lo más extraño de todo fue que la Alianza no intentó convencerlos


de lo contrario. A Sylvanas le llamó mucho la atención esta
reacción y, en cuanto el nombre del nuevo acusador fue
pronunciado, se dio cuenta de que todo había sido una estratagema
perfectamente calculada.

—Entonces, escogemos como acusadora a la suma sacerdotisa


Tyrande Susurravientos —dijo Varian con suma calma.

Tyrande Susurravientos pertenecía a la raza que más odiaba a los


orcos, incluso más que los humanos, pues era una elfa de la noche,
lo cual era normal ya que amaban la naturaleza y los orcos solían
arrasarla para levantar sus edificios y obtener materiales con los
que fabricar sus armas. Sylvanas se sintió ultrajada en un primer
momento, pero luego se preguntó por un instante si realmente esa
era una elección tan mala como parecía a simple vista. La mayoría
de la Horda habría preferido acusar a Garrosh antes que defenderlo,
tal y como había demostrado que Baine hubiera aceptado ser el
defensor a regañadientes.

Sin embargo, mientras Tyrande recorría con su reluciente mirada a


la Horda, Sylvanas pudo ver que no simpatizaba para nada con
ellos. Además, a pesar de que Tyrande era una sacerdotisa, había
participado en un buen número de batallas.

Aunque Taran Zhu continuó hablando y les explicó que la ley


pandaren imponía cuál iba a ser el procedimiento que iba a regir el
juicio, la Reina alma en pena hizo oídos sordos.

—Bien jugado, miembros de la Alianza —murmuró en el idioma


que había sido en su día su lengua materna.
—Presentaron a Varian con la única intención de que lo vetáramos,
para que pudieran poner en su lugar a alguien todavía más decidida
a acabar con Garrosh, por si acaso alguno de nosotros albergaba
39
Christie Golden

todavía el más mínimo aprecio por él en su corazón —respondió


alguien en el mismo idioma—. Creo que aún no comprenden que
lo odiamos tanto como ellos.

Sylvanas posó su mirada sobre Lor’themar y arqueó una ceja. El


líder sin’dorei siempre se había mostrado muy educado, aunque
también frío y resentido, siempre que Sylvanas había hecho algún
intento de aproximación para forjar una alianza, siempre había
mantenido su apreciada dignidad incluso cuando las circunstancias
le imponían lo contrario. ¿Acaso esta conversación en thalassiano
era una señal de que había cambiado de actitud? ¿Tal vez estaba
dolido porque lo habían ignorado a la hora de elegir un nuevo líder
para la Horda?

—Ella no le tiene ningún cariño a Garrosh, precisamente —


observó Sylvanas.
—Tampoco a la Horda —replicó Lor’themar—. Me pregunto si
Vol’jin no se va a arrepentir de no haber aceptado a Varian cuando
tuvo la oportunidad. Supongo que tendremos que esperar y
observar.
—Como siempre nos toca hacer a nosotros —apostilló Sylvanas,
quien tenía curiosidad por saber cómo iba a responder ante esa
señal de camaradería que le acababa de enviar. Al parecer, no la
oyó, ya que se limitó a hacer una reverencia ante alguien del bando
de la Alianza mientras los diversos representantes desfilaban para
marcharse. Sylvanas se giró para ver a quién había saludado.

Por supuesto... Vereesa y Lor’themar se habían conocido


recientemente. El trato cortés que le había dispensado su hermana
al líder de los elfos de sangre había sorprendido a Sylvanas. Y la
sorprendió aún más que, tras saludar a Lor’themar, Vereesa clavó
sus ojos en los de Sylvanas durante un largo instante. Acto seguido,
apartó la mirada.

40
Crímenes de Guerra

Era la primera vez que las hermanas Brisaveloz (dos de ellas, en


todo caso) se veían desde hacía años. Lo normal habría sido que
Vereesa se hubiera emocionado al volver a ver a Sylvanas. Sin
embargo, en el rostro de Vereesa no había ni amargura ni tristeza.

Solo una determinación siniestra y una especie de... ¿satisfacción


muy peculiar?

Sylvanas no tenía ni idea por qué.

41
Christie Golden

CAPÍTULO TRES

La tensión abandonó a Baine en cuanto puso una pezuña de nuevo


en el suelo de su querida Mulgore, ya que se había sentido muy
presionado durante todo el tiempo que había estado en Pandaria.
Respiró hondo el limpio y dulce aire nocturno y cerró los ojos.

El chamán Kador Cirrocanto lo estaba esperando.

—Me alegro de tenerte de vuelta en casa —le saludó Cirrocanto


con voz grave al mismo tiempo que hacía una profunda reverencia.
—Me alegro de estar de nuevo en casa, aunque solo sea por breve
tiempo... y para realizar una tarea tan sombría —replicó Baine.
—Los muertos siempre nos acompañan —respondió Cirrocanto—
. Tal vez nos apene no poder disfrutar de su presencia física, pero
sus canciones se encuentran en el viento y sus risas, en el agua.
—Ojalá pudieran hablamos y aconsejamos como hacía en su día.
Esta reflexión hizo que la tensión se apoderara de nuevo de Baine,
aunque dudó de si había sido inteligente reabrir esa vieja herida de
un modo tan deliberado. No obstante, confiaba en que el chamán
lo habría disuadido si creyera que su petición era poco inteligente.

42
Crímenes de Guerra

—Nos hablan, Baine Pezuña de Sangre, aunque de maneras que no


estamos acostumbrados a escuchar.
Baine asintió. En efecto, su padre, Cairne, siempre estaba con él.
Baine y Cirrocanto se hallaban en Roca Roja, el antiguo
emplazamiento donde los héroes caídos de los tauren eran enviados
a los brazos de la Madre Tierra y el Padre Cielo a través del fuego
purificador. Roca Roja, que se encontraba a una ligera distancia de
Cima del Trueno, tenía un nombre muy adecuado, puesto que era
una formación natural hecha de arenisca roja. Era un lugar muy
sereno donde poder reflexionar, donde uno podía abandonar el
mundo de Cima del Trueno para adentrarse en un sitio que permitía
el tránsito entre ese mundo y el siguiente. Baine no había estado
aquí desde que se había despedido de Cairne. Ahora, al igual que
entonces, Cirrocanto se hallaba junto a él, aunque esta vez se
encontraban ellos dos solos. Al oeste, Baine podía ver Cima del
Trueno en la lejanía, con su silueta recortada frente a un cielo
plagado de estrellas, cuyas hogueras y antorchas eran como
pequeñas estrellas. Aquí, en la Roca Roja, al este, también ardía un
pequeño fuego, que proporcionaba calor y un fulgor reconfortante.

Sí, fuego. Se volvió y contempló las plataformas de piras funerarias


que se encontraban vacías de cadáveres, donde ahora nadie
aguardaba a ser incinerado ritualmente. Ahí solo quedarían las
cenizas e incluso estas serían arrastradas por los vientos aullantes
y esparcidas por los cuatro puntos cardinales. A pesar de que Cima
del Trueno era su hogar desde hacía mucho tiempo, los tauren
preferían no enterrar a sus muertos. Estos rituales funerarios eran
un recuerdo de sus tiempos nómadas; además, si sus seres queridos
eran liberados al viento a través del fuego, podían vagar en la
muerte como habían hecho en vida si así lo deseaban.

— ¿Has tenido tiempo suficiente para realizar los preparativos? —


preguntó Cirrocanto.
—Sí —contestó el chamán a la vez que asentía—. No es un ritual
extremadamente complejo.
43
Christie Golden

A Baine no le sorprendió esa respuesta. Los tauren eran un pueblo


sencillo que no necesitaba utilizar palabras complejas ni objetos
extraños ni difíciles de obtener para realizar sus ceremonias. Lo
que la amada tierra les proporcionaba era casi siempre más que
suficiente.

— ¿Está listo, Gran Jefe? —inquirió Cirrocanto.

Un afligido Baine soltó una risita entre dientes.

—No. Pero eso no importa. Empecemos.

Cirrocanto, ataviado con un atuendo de cuero confeccionado con


las pieles de bestias que él mismo había matado, pisoteó el suelo
con sus pezuñas con un ritmo lento y constante a la vez que alzaba
el hocico hacia el cielo del este.

— ¡Yo los saludo, espíritus del aire! Brisa, viento y tormenta, yo


los invoco a ustedes y muchos más. Esta noche, les pedimos que se
sumen a nuestro rito y susurren los sabios consejos del gran Cairne
Pezuña de Sangre al oído de su expectante hijo Baine.

Había sido una noche muy plácida, pero ahora un suave céfiro
acariciaba el pelaje de Baine, que estiró las orejas, aunque lo único
que oyó fue un leve murmullo, al menos por ahora. Cirrocanto
metió una mano en su bolsita de chamán y sacó de ella un puñado
de polvo gris, que esparció sobre el suelo mientras caminaba,
formando una línea curva con la que unió el este y el sur.
Normalmente, utilizaban polen de maíz para cuando se trataba de
una ceremonia relacionada con aspectos de la vida, pero como este
era un ritual dedicado a los muertos, este polvo gris estaba hecho
con las cenizas de aquellos que habían sido enviados a los espíritus
en este lugar.

44
Crímenes de Guerra

— ¡Yo los saludo, espíritus del fuego! —exclamó Cirrocanto al


encararse con una diminuta llama y alzar su bastón para honrarla—
. Ascuas relucientes, llamas y hogueras, yo los invoco a ustedes y
muchos más. Esta noche, les pedimos que se sumen a nuestro rito
y proporcionen a Baine Pezuña de Sangre el ardor guerrero y
tremendo coraje de Cairne Pezuña de Sangre, su amado padre.

La llama se elevó bruscamente por un momento, y Baine notó el


tremendo calor de ese muro de fuego. Tras haber revelado su
presencia, el fuego menguó hasta hallarse en un estado más
moderado, crepitando a la vez que ardía delicadamente.

Entonces, Cirrocanto se volvió al oeste e invocó a los espíritus «de


las gotas de lluvia, del río y la tempestad» y les pidió que inundaran
al Gran Jefe tauren con los recuerdos del amor de su padre. A Baine
se le desbocó el corazón de dolor por un momento a la vez que
pensaba: Las lágrimas también están hechas de agua.

Los siguientes en ser bienvenidos fueron los espíritus de la tierra;


el suelo, la piedra y la montaña, así como los mismos huesos de los
muertos honrados. Cirrocanto pidió que Baine pudiera hallar
consuelo en las tierras de su pueblo, a las que Cairne los había
traído a todos en su día. Acto seguido, Cirrocanto cerró ese círculo
sagrado dibujado con cenizas grises. Baine notó que una cierta
energía muy potente se desplazaba en ese espacio, lo cual le
recordó la sensación que solfa experimentar cuando se avecinaba
tormenta, aunque se sintió inusualmente sereno.

—Bienvenido. Espíritu de la Vida —gritó Cirrocanto—. Te hallas


en forma de aire en nuestro aliento, en forma de fuego en nuestra
sangre, en forma de tierra en nuestros huesos y en forma de agua
en nuestras lágrimas. Sabemos que la muerte es únicamente la
sombra de la vida y que el final de las cosas es tan natural como su
nacimiento. Te pedimos que te sumes a nuestro rito c invitamos a
aquel que camina bajo tu sombra a que nos acompañe esta noche.
45
Christie Golden

Permanecieron en silencio en el centro de ese círculo por un


momento, respirando de una manera cadenciosa y rítmica. Después
de un rato, Cirrocanto asintió e invitó a Baine a sentarse en el centro
de esas piras vacías, de cara a Cima del Trueno. Baine hizo lo que
le pedía y continuó respirando hondo mientras calmaba sus
turbulentos pensamientos. Cirrocanto le entregó un cáliz de arcilla
lleno de un líquido oscuro que reflejaba la luz de las estrellas.

—Esto te permitirá tener una visión, si la Madre Tierra así lo desea.


Bebe.

Baine se llevó el cáliz a los labios y paladeó los no demasiado


desagradables sabores de la hojaplata, la brezospina, la raíz de
tierra y algo más que no pudo identificar. A continuación, le
devolvió el cáliz al chamán.

—No te quedes adormilado, Baine Pezuña de Sangre. Contempla


esta tierra con la mirada perdida —le exhortó Cirrocanto.

Baine lo obedeció. Se relajó y su mirada se perdió en el vacío.

Oyó los golpes regulares y suaves de un tambor hecho de piel, que


emulaba los latidos de un corazón tauren. Perdió la noción del
tiempo. Solo sabía que llevaba un rato sentado escuchando a
Cirrocanto y que se hallaba tremendamente relajado, que se sentía
en paz en lo más hondo de su corazón, el cual latía al compás del
tambor.

Entonces, con suma delicadeza, una presencia llamó su atención.


Cairne Pezuña de Sangre sonrió a su hijo.

Se trataba de un Cairne que Baine nunca había conocido; cuando


el poderoso toro se hallaba en la flor de la vida, cuando tenía una
mirada dura y aguda. Sostenía su lanzarruna, que estaba intacta,
46
Crímenes de Guerra

igual que él. Cairne alzó la lanza a modo de saludo de tal modo que
los colosales músculos de su pecho se tomaron más visibles aún.

—Padre —susurró Baine.


—Hijo mío —dijo Cairne, cuyos ojos entornados se llenaron de
afecto—. Caminar entre tu mundo y el mío resulta muy difícil y
dispongo de muy poco tiempo, pero he sabido que tenía que venir,
ya que las dudas anidan en tu corazón.

En ese instante, todo el dolor que Baine había enterrado en lo más


hondo de su corazón, que no había podido expresar, que no se podía
siquiera permitir sentir para que no le impidiera cumplir sus
obligaciones con el pueblo tauren al que lideraba, brotó de él como
un violento maremoto.

—Padre... ¡Garrosh te mató! ¡Te negó el derecho a morir con


honor! Se limitó a mantenerse al margen mientras la Tótem
Siniestro y yo luchábamos como... como bestias en una fosa,
¡mientras aguardaba al vencedor! Ha violado a la tierra, ha mentido
a su propia gente, y Theramore...

Las lágrimas recorrían el hocico de Baine, unas lágrimas teñidas de


tristeza e ira. Por un momento, fue incapaz de hablar, pues ambas
emociones lo ahogaban.

—Y ahora te han pedido que lo defiendas —replicó Cairne—.


Cuando lo que deseas es poder aplastarle la garganta con la pezuña.

Baine asintió.

—Sí. Tú te atreviste a criticarlo abiertamente cuando nadie más se


atrevía. Padre... ¿acaso debería haber hecho yo lo mismo? ¿Habría
podido detenerlo? ¿La... la sangre que se ha derramado por su culpa
también mancha mis manos?

47
Christie Golden

Esa pregunta le sorprendió incluso a él mismo, era como si esas


palabras hubiesen brotado solas de su garganta. Cairne sonrió
levemente.

—El pasado, pasado está. El tiempo se lo ha llevado, al igual que


el viento arrastra las flores. Las decisiones que tomó Garrosh son
solo suyas, así como la responsabilidad que debe asumir por sus
actos. Siempre has hecho lo que te ha dictado el corazón y siempre
has hecho que me sienta orgulloso de ti.

En ese instante, Baine supo cuál era la respuesta que Cairne iba a
darle.

—Crees... crees que debería hacerlo —susurró—. Que debería


defender a Garrosh Grito Infernal.
—Lo que yo piense no importa. Debes hacer lo que creas correcto
Como siempre has hecho. En esos momentos, yo consideré que
desafiar a Garrosh era lo correcto. En otros distintos, tú
consideraste que apoyarlo como líder de la Horda era lo correcto.
—Varian debería haber dejado que Go’el lo matara —gruñó Baine.
—Pero no lo hizo, por eso estamos aquí —replicó el anciano
(aunque ahora joven) toro con suma tranquilidad—. Si respondes a
esto, sabrás qué hacer. Si te aflige tanto que me asesinaran de una
manera tan traicionera, ¿acaso no deberías hacer todo lo posible
para alcanzar la pura verdad con total honradez e integridad, a pesar
de que no sea fácil, o sobre todo porque no lo es? ¿Acaso no
deberías hacer todo lo posible por cumplir esta tarea que te han
asignado de una manera honorable? Querido hijo, sangre de mi
sangre, creo que ya sabías la respuesta antes de venir aquí.

Era cierto. Pero ser consciente de ello hacía sufrir a Baine.

—Aceptaré esta pesada carga —murmuró—. Y defenderé a


Garrosh de la mejor manera posible.

48
Crímenes de Guerra

—Si hicieras menos, no serías quien eres. Cuando todo esto acabe,
te alegrarás de haber obrado así. No, no —dijo, alzando las manos
a modo de protesta al ver que Baine intentaba hablar—. No puedo
decirte cuál será el resultado. Pero te prometo... que hallarás la paz
en tu corazón.

Cairne se fue desvaneciendo. Al percatarse de ello, Baine se quedó


compungido por haber desperdiciado esta valiosa oportunidad de
hablar con él quejándose como un mero ternero, cuando su padre...
¡su padre...!

— ¡No! —exclamó, con una voz quebrada por la emoción—.


Padre... ¡por favor, no te vayas, aún no! ¡Por favor, aún no...!

Había tantas cosas que Baine quería decirle. Lo terriblemente que


le echaba de menos. Lo mucho que intentaba honrar el recuerdo de
su padre. Que estos breves instantes significaban muchísimo para
él. Extendió los brazos de un modo suplicante, pero ya era
demasiado tarde. Su padre se adentró en la sombra de la vida,
dejando atrás el sol de esta, y Baine cerró ambas manos al intentar
agarrar lo que solo era vacío.

La tristeza se adueñó de la mirada de Cairne. También extendió los


brazos, pero al instante se esfumó.

Cirrocanto logró coger a Baine antes de que se cayera del todo.

— ¿Has hallado la respuestas que buscabas, Gran Jefe? —preguntó


Cirrocanto al mismo tiempo que le entregaba a Baine un cáliz
repleto de agua fresca y clara. Tras darle unos sorbos, a Baine se le
fue despejando la cabeza.
— ¿Las respuestas que buscaba? No. Pero sí las que necesitaba —
contestó, mientras sonreía con tristeza a su amigo.
Cirrocanto asintió, pues lo entendía perfectamente. En medio del
murmullo de la noche, el canturreo de los grillos y el suspiro de la
49
Christie Golden

brisa se vieron interrumpidos por un zumbido familiar cuando unos


torbellinos de colores brillantes cobraron forma.
— ¿Quién se atreve a interrumpir este ritual? —se quejó
Cirrocanto—. ¡El círculo aún no se ha roto!

Baine se puso en pie mientras el chamán se acercaba dando


zancadas al portal abierto. Un elfo noble esbelto lo atravesó. Tenía
el aspecto típico de cualquier miembro de su raza; unos rasgos
marcados y elegantes, un pelo rubio largo y suelto y una perilla
corta y muy bien arreglada. El elfo hizo una seña a Baine con cierta
impaciencia.

—Gran Jefe, me llamo Kairozdormu. Taran Zhu me ha enviado


para escoltarte al Templo del Tigre Blanco. Por favor, debes
acompañarme.
—Estás interrumpiendo una ceremonia sagrada... —empezó a decir
Cirrocanto.

El elfo le lanzó una mirada furibunda.

— ¡Lamento terriblemente tener que mostrarme tan irrespetuoso,


pero debemos apresuramos, de veras!

Baine posó su mirada sobre el tabardo que vestía el elfo. Era


marrón con ribetes dorados y tenía una insignia en el centro del
pecho; un círculo dorado taraceado con el símbolo del infinito.
Como era el tabardo que vestían los caminantes del tiempo, Baine
decidió hacer un comentario un tanto aventurado:

—No sabía que tu Vuelo seguía vistiendo estas ropas. Creía que
vuestro poder sobre el tiempo...

Kairozdormu agitó una mano de largos dedos en el aire con suma


impaciencia.

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Crímenes de Guerra

—La historia es muy larga, y el tiempo muy corto...


—Una frase muy graciosa, viniendo de ti. ¿Acaso va a suceder
alguna catástrofe inminente en los portales del tiempo?
—No, es por una razón mucho más prosaica... Este portal no va a
estar abierto por siempre. —De repente, se rio entre dientes—.
Bueno —se corrigió a sí mismo, esbozando una sonrisilla maliciosa
con la que mostró fugazmente sus blancos dientes—, en teoría, sí
podría, pero no aquí ni en este momento en particular. Gran Jefe
Baine, si es tan amable...

Baine se volvió hacia Cirrocanto.

—Te doy las gracias por todo, Kador, pero el deber me llama.
—Y, al parecer, con acento elfo —replicó Cirrocanto, quien, no
obstante, hizo una reverencia—. Ve, Gran Jefe, con la bendición de
tu padre, de eso al menos estoy seguro.

*******

La comida fue ligera y sencilla; pan de piñones, queso azul


darnassiano y peras lunares frescas, todo ello regado con zumo de
baya lunar. Aquí en el templo de su querida Elune, Tyrande le contó
al archidruida Malfurion Tempestira lo acontecido con anterioridad
en el Templo del Tigre Blanco.

Ella se había alegrado al saber que Taran Zhu había designado a


una maga para teletransportar a aquellos que iban a participar en el
juicio. Yu Fei era una pandaren de cara muy dulce cuya túnica de
seda estaba confeccionada con las tonalidades del agua, lo cual
encajaba perfectamente con el único mechón de pelo rebelde que
le tapaba recatadamente un ojo azul.

«Chu’shao Susurravientos», había dicho Yu Fei, utilizando el


término pandaren para «consejero» a la vez que hacía una honda
reverencia al presentarse, «me siento honrada de poder enviarte a
51
Christie Golden

casa hasta que tus obligaciones reclamen tu presencia aquí. No


dudes en llamarme si necesitas mi ayuda».

—Cielo, ¿estás segura de que quieres asumir este deber? —le


preguntó el archidruida.

Las plumas que le cubrían los brazos, lo cual era un recordatorio


de los milenios que había pasado en el Sueño Esmeralda, rozaron
la parte superior de la mesa mientras le servía a Tyrande una
segunda copa de zumo de baya lunar. Esta era consciente de que se
había acostumbrado a los cambios que había sufrido Malfurion
durante su largo sueño; las plumas, los pies que ahora eran más
propios de un sable de la noche que de un elfo, la largura y espesura
de su gran barba verde. Aunque, desde su punto de vista, ningún
cambio en su apariencia externa podía cambiar su hermoso
corazón. Siempre había sido y siempre iba a ser su amado.

Malfurion prosiguió hablando:

—No sabes cuánto tiempo durará el juicio, ni el esfuerzo que te va


a suponer.

Tyrande dio un sorbo a la bebida, que era tan fresca y dulce como
los bosques de noche.

—Los ojos del mundo entero estarán centrados en este juicio, mi


amor —señaló, sonriendo—, eres más que capaz de ocuparte de
cualquier cosa que surja en mi ausencia. Podré volver a casa todas
las noches para estar contigo, lo cual es toda una bendición de la
propia Elune. Y respecto al esfuerzo que me va a suponer —en este
instante, su tono se tomó ligeramente más severo—, es muy
probable que tenga que hacer muy poco, aparte de presentar las
evidencias. A lo largo de muchas lunas anteriores, Garrosh ha
disfrutado del cariño de muy poca gente y, ahora que sus brutales
masacres se han acabado, aún menos.
52
Crímenes de Guerra

El semblante del archidruida se tomó sombrío al mirarla a los ojos.

—No me refería a qué vas a tener que hacer en el juicio, sino a qué
coste a nivel emocional vas a pagar por él.

Esas palabras sorprendieron a Tyrande, quien se quedó un tanto


perpleja.

— ¿Qué quieres decir?


—Eres una suma sacerdotisa, una devota de Elune, quien es la
paladina de la iluminación y la sanación. Cuando es necesario, eres
feroz en batalla. Pero vas a tener que valerte de las palabras como
arma, que son veleidosas y escurridizas, no como tu hermoso
corazón. Y vas a incitar al odio, vas a incitar a que lo condenen, no
vas a iluminar a nadie con tu sabiduría, precisamente.
—Al final, los hechos que voy a presentaren el juicio iluminarán y
permitirán comprender la verdad; además, condenar a Garrosh de
una manera apropiada traerá consigo la sanación de muchas heridas
por fin —aseveró.

Él seguía mostrando un semblante de preocupación y abrió la boca


para replicar, pero antes de que pudiera decir nada, una mujer habló
desde el exterior del pabellón donde Tyrande y su amado estaban
comiendo.

— ¿Mi señora?
—Puedes entrar, Cordressa.

Una mano esbelta alzó el trozo de tela que cubría la entrada y la


centinela asomó la cabeza, cuyo pelo era de color azul medianoche.

—Tienes una visita. Dice que ha venido por algo relacionado con
un juicio y que es urgente.

53
Christie Golden

Malfurion enarcó una ceja de manera inquisitiva, y Tyrande negó


con la cabeza, pues estaba tan sorprendida como él.

—Por supuesto, Cordressa. Hazla entrar.

La centinela retrocedió, sujetando en todo momento la tela que


cubría la entrada del pabellón, e indicó con una seña a la misteriosa
visitante que podía entrar.

Se trataba de una gnoma de pelo plateado, el cual llevaba recogido


en dos moños a sendos lados de una cara levemente pecosa. Sus
grandes ojos verdes brillaron de alegría al saludar a Tyrande y
Malfurion.

—Archidruida, suma sacerdotisa... ¡cuánto me alegro de veros de


nuevo! Lamento mucho importunarte, Chu’shao, pero me temo que
es importante.
Chu’shao era otro título más que ahora Tyrande ostentaba, por
supuesto, al menos por un tiempo.
—Seguro que sí, Chromie. —Tyrande sonrió y, con suma
elegancia, se arrodilló ante la dragona bronce Chronormu para que
pudiera mirarla a la cara. En cuanto la centinela oyó el nombre de
la dragona, soltó discretamente la tela que tapaba la entrada del
pabellón para dejarlos a solas—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Los Celestiales quieren que tanto tú como Chu’shao Pezuña de
Sangre utilicen algo a la hora de presentar el caso. Será más fácil
que te lo enseñe. ¿Me haces el favor de acompañarme?

54
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO CUATRO

Al llegar al Templo del Tigre Blanco, Baine le hizo una reverencia


a Yu Fei, para darle las gracias por haberlo teletransportado hasta
aquí. A continuación, se volvió hacia el líder del Shadopan.

—Saludos, Lord Taran Zhu. Kairozdormu me ha traído, tal y como


habías pedido.

Baine echó un vistazo a su alrededor mientras hablaba. El Templo


del Tigre Blanco parecía aún más cavernoso de noche. La luz de la
luna y los faroles proporcionaban una leve iluminación, pero aun
así, los asientos delanteros estaban envueltos en sombras. Baine se
fijó en que habían traído muebles adecuados para la celebración del
juicio. Ahora había tres zonas; una para él y Garrosh, otra para
Tyrande y una más para el fa’shua y los testigos. Las secciones del
acusador y defensor eran idénticas y contaba con unas mesas
rectangulares cubiertas con una tela dorada y carmesí, así como con
unas sillas muy sencillas. Una sección estaba montada sobre el
círculo situado al oeste y la otra, con dos sillas, en el situado al este.
Baine dio por sentado que ese lado era para Garrosh y él. Cada
mesa tenía una jarra vacía y unos vasos, así como un tintero, una

55
Christie Golden

pluma y un pergamino dispuestos ordenadamente a un lado, para


que pudieran tomar notas, presumiblemente.

Taran Zhu, sin embargo, se iba a sentar en un estrado elevado en


una silla más ornamentada que las demás, pero no tan suntuosa
como el trono situado en lo alto de la parte norte de la zona de
espectadores. En el suelo, delante del asiento de Taran Zhu y
ligeramente a la izquierda

Se hallaba la silla de los testigos, que contaba también con una


mesita donde ahora había una jarra y un vaso vacíos. Junto al
asiento del fa’shua, había un pequeño gong y un mazo.

Todo esto era algo que Baine esperaba, pues entraba dentro de lo
que le habían comentado. Pero había otra serie de mesas y sillas,
apartadas a un lado y un poco por detrás de la silla de Taran Zhu,
en una de las cuales había un objeto envuelto en una tela negra.

— ¿Puedo preguntar qué es eso?


—Es la razón por la que te he pedido venir a estas horas —
respondió Taran Zhu, dándole así una explicación totalmente
adecuada al mismo tiempo que no le daba ninguna de verdad.
Además, impidió que Baine le hiciera otra pregunta al alzar una
zarpa—. Cuando Chu’shao Susurravientos llegue, todo se revelará.
Ten paciencia.
—Me has sacado de una ceremonia ritual porque debía venir de
inmediato y no había tiempo que perder. Así que estoy seguro de
que serás capaz de entender que, ahora mismo, no estoy muy por
la labor de mostrarme paciente —replicó Baine.

Taran Zhu lanzó una mirada de reproche al dragón bronce que se


hallaba junto a Baine.

—Yu Fei podría haber reabierto el portal unos momentos después,


Kairozdormu. A ella no le habría importado. Sé que no estás tan
56
Crímenes de Guerra

familiarizado como tu contrapartida de la Alianza con la forma de


proceder de las razas jóvenes, pero debes aprender a respetarlas.

Kairozdormu esbozó un gesto de consternación.

—Lo siento. Tienes razón. En eso, ella me lleva ventaja. Confío en


que Chu’shao Pezuña de Sangre acepte mis disculpas y me ayude
a conocer mejor la forma de proceder de los tauren.

Baine se apaciguó levemente. Si bien el dragón no había


interrumpido la ceremonia en el momento clave, a los elementos
no les gustaba que no se les diera las gracias como era debido
cuando se habían tomado la molestia de haber acudido a una
invocación. Decidió que era mejor correr un tupido velo sobre el
asunto y centrarse en otra cosa que Taran Zhu acababa de
mencionar.

— ¿La contrapartida de la Alianza...?


—Al igual que Kairozdormu va a colaborar contigo, otro dragón
bronce va a asesorar a la acusadora. Llegarán en breve.

Baine volvió a mirar ese misterioso objeto tapado y a los asientos


ahora vacíos que pronto estarían repletos de espectadores. Cuando
posó la mirada sobre la mesa y las dos sillas de la zona del defensor
y, a pesar de lo que le había dicho a su padre, resopló al pensar en
que no solo iba a tener que defender a Garrosh, sino que se iba a
ver obligado a sentarse junto al orco todos los días que durase el
juicio.

— ¿Hay algo que te preocupe? —preguntó Kairozdormu a la vez


que se arrellanaba en la que iba a ser la silla de Baine. Se llevó las
manos a la parte posterior de la cabeza, las entrelazó y miró al
tauren inquisitivamente.
—Me preocupan muchas cosas, Kairozdormu, pero no puedes
hacer nada al respecto —contestó Baine.
57
Christie Golden

—No estés tan seguro. Y llámame Kairoz, por favor.

Dos figuras (una alta, otra baja) entraron ahora en ese lugar.
Tyrande Susurravientos agachó la cabeza de un modo elegante.

—Buenas noches, Chu’shao Pezuña de Sangre. Lord Taran Zhu,


espero no haberte hecho esperar mucho tiempo.

La gnoma que la acompañaba se giró hacia Baine.

—Hola, Gran Jefe. ¡Cuánto me alegro de volverlo a ver!

Le brindó una fugaz sonrisa y se fue a hablar con Kairoz.

—Suma sacerdotisa Tyrande, Gran Jefe Baine —dijo Taran Zhu—


, les doy las gracias a ambos por venir. Iré directo al grano. Aún
más importante que lo que le suceda a Garrosh es celebrar un juicio
que todo el mundo considere justo y ecuánime, si no, corremos el
riesgo de que o bien Garrosh se convierta en un mártir, o bien que
muchos miembros de la Horda pretendan continuar su legado, o
bien que la gente en general perciba que hemos sido demasiado
blandos con él, y en tales casos la brecha que separa a la Horda y
la Alianza se convertiría en un abismo.
—Mi labor es muy fácil, Lord Zhu —afirmó la suma sacerdotisa
elfa de la noche con su tono de voz tan melodioso—. Estoy segura
de que las evidencias hablarán por sí solas.
—Yo por mi parte, aunque todos saben que no tengo ningún cariño
a Garrosh precisamente, les prometo que preferiría morir a
deshonrar el papel que se me ha otorgado —aseveró Baine con un
tono de voz grave y un tanto iracundo. ¿Qué tramaba Taran Zhu?
—No pretendo mostrarme irrespetuoso —se excusó Taran Zhu—.
Sé perfectamente que ninguno de ustedes dos recurrirá al engaño
ni a triquiñuelas. Aun así, deben saber que correrán rumores en ese
sentido.

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Crímenes de Guerra

—Lo cual será muy lamentable —admitió Tyrande—, pero


inevitable.

Los dragones bronces intercambiaron unas sonrisas que casi


parecían unas sonrisillas de suficiencia.

—En un juicio normal, sí —señaló Kairozdormu—. Pero esto no


es un juicio normal. ¿Saben lo que es el reloj de arena de tiempo?
Era una pregunta retórica. El reloj de arena (que era enorme, muy
hermoso y capaz de revertir el mismo tiempo) había sido creado
por Nozdormu, el exAspecto del Tiempo. Nozdormu había previsto
que se acabaría corrompiendo y transformando en un ser llamado
Murozond, por lo que había entregado a aquellos que lucharían
contra Murozond y lo derrotarían el reloj de arena para ayudarlos
en la batalla.

Baine y Tyrande se miraron de un modo incómodo. A ambos les


había llegado el rumor de que cualquiera que había intentado
ayudar a Nozdormu se había tenido que enfrentar a una versión
oscura y siniestra de sí mismo, lo cual no era nada reconfortante.

—Hemos oído hablar de ese reloj de arena —afirmó Baine con gran
sequedad.
—Bueno, desde la derrota de Murozond, he estado... bueno... —
Kairoz se calló, ya que intentaba dar con la palabra adecuada.
—Experimentando —apostilló Chromie.
—Sí, experimentando —admitió Kairoz—. Con cierta magia. He
estado explorando la Isla Atemporal. He utilizado unos cuantos
granos de las Arenas del Tiempo que contenía el reloj de arena y
los he combinado con partículas de tierra de rocas de época que
hallé en esa isla, para crear un artefacto al que llamo la Visión del
Tiempo. Se trata de una cosita maravillosa, de veras, si me permites
la inmodestia. Sus capacidades son muy distintas a las que poseía
el reloj de arena. No puede revertir el tiempo, como el reloj, pero
Chromie y yo podemos dirigir la Visión para que muestre unas
59
Christie Golden

imágenes de cualquier momento concreto del tiempo... de cualquier


momento importante... que nos muestren qué sucedió en realidad.
Yo mismo he sido capaz de atisbar algunos instantes del futuro.

— ¿Cómo? —preguntó Baine, quien alzó la mirada inquieto hacia


ese objeto todavía tapado.
—Es capaz de crear una fisura en el tiempo de una manera
totalmente controlada.
— ¿No se corre el riesgo de poder cambiar la historia? —inquirió
Tyrande.
—No, qué va —contestó Kairoz, quien parecía orgulloso de sí
mismo. Y con razón, pensó Baine—. Tal y como he dicho, he
alterado la composición intrínseca de las Arenas del Tiempo que
vamos a usar. La Visión del Tiempo no hará que esos eventos se
manifiesten de verdad. Nada de eso se hallará aquí en el plano
físico... únicamente las imágenes y el sonido serán capaces de
atravesar la fisura.
—Además, solo funciona en un sentido —añadió Chromie—. No
corremos peligro de cambiar nada, en absoluto.
—Déjenme que se lo demuestre —le pidió Kairoz, quien cogió esa
tela negra de una esquina y, con un gesto ostentoso y muy
dramático, se lo quitó de encima a ese objeto.

La Visión del Tiempo era un reloj de arena que contaba con dos
dragones forjados en metal; se trataba de dos dragones de bronce
de verdad. Cada uno se encontraba enroscado alrededor de un
receptáculo redondo. Su nariz se tocaba con su propia cola y
estaban tallados de un modo tan exquisito que daba la sensación de
que estaban meramente adormilados.

—La arena del receptáculo de arriba no cae —observó Tyrande.


—Lo hará en cuanto Chromie o yo activemos la Visión —
respondió Kairoz—. Hay un número finito de granos de arena en
el bulbo superior. A cada uno de ustedes se le permitirá utilizar
durante un cierto número de horas a lo largo del juicio. Podrán
60
Crímenes de Guerra

escoger momentos históricos que deseen presentar como


evidencias irrefutables en el proceso, la duración de cada visión se
computará en el tiempo total.
—O dicho de otro modo —comentó Tyrande—, no hace falta que
haya testigos.
—Yo no iría tan lejos —le corrigió Kairoz—. Tendrán que elegir
esos momentos sabiamente, y los testigos pueden ayudar (o hacer
justo lo contrario) aportando mucho más que los meros hechos.
Chromie ha sido elegida para asesorarte, suma sacerdotisa, sobre
cómo aprovechar mejor esos testimonios, y yo colaboraré contigo
en ese aspecto, Gran Jefe.
—Bueno —caviló Baine—, así que si un testigo es incapaz de
recordar con precisión un incidente, no habrá mentiras, ni
exageraciones, ni ninguna dificultad para conocer la verdad.
—Solo tendremos la verdad sin adulteraciones ni adornos —les
aseguró Chromie—. No habrá margen para la discusión.
—Oh, seguro que lo habrá —le corrigió Tyrande—. Se debatirá
sobre las motivaciones, las reflexiones que llevaron a tal o cual
cosa, los otros planes que...
Chromie alzó ambas manos.
— ¡No les reveles tu estrategia, suma sacerdotisa! —exclamó.
— ¿Cómo vamos a saber qué momentos elegir? —preguntó
Baine—. ¿Podremos verlos antes de mostrarlos ante el tribunal?
—Por supuesto —contestó Kairoz—. Respecto a cuáles elegir, para
eso nos tienen a nosotros. Bastará con que nos digan a Chromie o
a mi qué clase de argumentación quieren plantear y nosotros los
ayudaremos a dar con el momento perfecto para apoyar su alegato.
— ¿Por qué no nos retiramos a Darnassus para poder hablar sobre
cómo podemos aprovechar la Visión para sustentar tus
argumentos?
—Hablas sabiamente, Chromie. Lord Zhu, ¿me necesitas para
alguna cosa más? —inquirió Tyrande.
—Puedes marcharte con tu consejera, acusadora. Al igual que tú,
defensor —respondió Taran Zhu—. A partir de este momento, los
dos ya no se volverán a ver, ni conversarán de nuevo hasta que el
61
Christie Golden

juicio comience. Que la paz sea con ustedes y que la sabiduría de


los Celestiales los ilumine mientras cumplan con sus deberes con
honor y diligencia.

Hizo una profunda reverencia y se mantuvo en esa posición por un


momento, a pesar de que no cabía duda de que esa postura le
provocaba un gran dolor físico. Baine intuyó que, de este modo, el
monje les estaba mostrando su enorme respeto y gratitud.

Tyrande también se agachó respetuosamente ante todos ellos y,


acto seguido, se marchó con Chromie. La sacerdotisa se movía con
la misma lánguida elegancia y fuerza de siempre, pero había una
sutil ansiedad en sus pasos que revelaba que la embargaba la
emoción.

—Bueno, ella sí que parece alegrarse de mi aportación al proceso


gracias a este aparato —observó Kairoz, quien se hallaba junto a
Baine viéndolas marchar.
—Tiene razones para sentir así —replicó Baine.
— ¿Y tú no?

Baine lo miró detenidamente.

—Todos los que hemos estado aquí presentes esta noche sabemos
bien que conocer la pura verdad sin adornos no va a servirle de
mucho a Garrosh. Y como mi deber es defenderlo, sin que importe
qué opine yo a nivel personal, esto me parece que es más un regalo
para la acusadora que cualquier otra cosa.
—Vamos —le dijo Kairoz con una sonrisa—. No te rindas ya.
Incluso la pura verdad sin adornos puede ser interpretada de
maneras muy distintas. Tienes derecho a pedirme que muestre
ciertos eventos que no tienen por qué limitarse solo a lo que
Garrosh ha hecho y dicho, ya me entiendes...
—He de decir que esa es una perspectiva... interesante. Me intriga.
Regresemos a Cima del Trueno. Tú y yo vamos a tener una
62
Crímenes de Guerra

conversación en la que me vas a explicar cómo podré aprovechar


al máximo esa Visión.

No debería sentirse tan alegre, y Jaina Valiente lo sabía. ¿Acaso


había algo que celebrar la noche antes de un juicio cuyo veredicto
probablemente condenaría a un reo a ser ejecutado, que acabaría
con una vida? No, claro que no.

Pero lo cierto era que se sentía así.

Podía notar que otros compartían también ese mismo sentimiento,


aunque nadie de los sentados a la mesa esa noche iba a brindar por
una muerte más que merecida; al menos, no abiertamente. Sin
embargo, la gente adoptaba unas posturas más rectas y tensas de lo
normal. Se hablaba con un tono bastante animado, e incluso se
escuchaba alguna carcajada; algo que Jaina casi había olvidado qué
era. Había una alegría en su corazón que hacía tiempo que no
sentía, y se atrevió a esperar que a partir de ahora (por fin) los
horrores de la guerra hubieran quedado atrás, o al menos quedaran
olvidados el tiempo suficiente como para que pudiera tomarse un
respiro, llorar a los muertos, reír con los vivos y aprender a tener
una relación con alguien que, a pesar de ser tan distinto a ella, era
muy sincero y sin dobleces.

Esa sensación de paz, que había ansiado durante tanto tiempo y que
había parecido tan imposible de alcanzar, iba creciendo en su fuero
interno mientras miraba esas caras que la rodeaban, mientras
miraba a esa gente con la que cenaba en El Alto Violeta. Kalec
estaba ahí, por supuesto, así como Varian y Anduin Wrynn, o
Vereesa Brisaveloz.

Aunque se sentía agradecida de que se hallara ahí, seguía notando


la ausencia de los caídos. Kalec, que sabía perfectamente lo que
ella sentía y pensaba, le apretó delicadamente la mano.

63
Christie Golden

—Los echas de menos —susurró, y ella no se molestó siquiera en


negarlo.
—Así es —respondió—. Ellos también deberían estar aquí...
Dolida, Kinndy y Tervosh.

Pese a que estaban hablando en voz baja, poco podía escapar de sus
agudos oídos élficos.

—Sí, así debería ser —comentó Vereesa—. Ellos y también


Rhonin, y muchos otros más.

Anduin pareció inquietarse ante el duro tono de voz que estaba


empleando Vereesa, y señaló:

—Estoy seguro de que con los Celestiales como jurado y Taran


Zhu como juez, se hará justicia.
—Sí —dijo Vereesa—. Aunque la elección de Baine como
defensor de Garrosh fue muy extraña, pero tampoco pienso
impugnarla.
—Baine es un tipo muy honorable —afirmó Anduin—. No cabe
duda de que desempeñará su labor de la mejor forma posible, a
pesar de lo que pueda sentir a nivel personal.
—Pero no creo que esté disfrutando de esa labor, precisamente —
observó Kalec.
—Cierto —admitió Varian—. Al contrario que Tyrande. Creo que
todo el mundo en la Alianza la envidia por la misión que le han
encomendado.
—Salvo tú —señaló Jaina.
—Prefiero ver cómo se desarrollan los acontecimientos —replicó
Varian—. Si simplemente quisiera que Garrosh muriera, lo único
que habría tenido que hacer es haber permanecido callado mientras
Go’el blandía el Martillo Maldito.

64
Crímenes de Guerra

Vereesa frunció los labios, pero no dijo nada. Jaina no se lo podía


echar en cara; ella misma tenía sentimientos encontrados respecto
a lo que había hecho Varian en ese momento.

—Hiciste lo correcto, padre —aseveró Anduin—. Va a ser un


juicio muy difícil, pero quién sabe, a lo mejor trae cosas muy
positivas a largo plazo. Servirá para poner un punto y final más
definitivo a ciertas cosas que una mera ejecución... se decida lo que
se decida.

¿Ah, sí?, se preguntó Jaina. ¿Acaso eso iba a poner punto final a
sus pesadillas, a ese repentino e intenso dolor que sentía en el
corazón cuando recordaba no solo que sus amigos habían muerto,
sino también cómo lo habían hecho? Pensó en Kinndy, que se
transformó en un montón de polvo violeta en cuanto Jaina la tocó.
Entonces se dio cuenta de que había estado agarrando un tenedor
con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Al dejar sobre la
mesa el cubierto, notó que le dolían los dedos. Contempló esa cena,
que consistía principalmente en pollo asado, y al coger un muslo y
observarlo detenidamente, decidió hacer un comentario teñido de
humor negro.

—Qué bien nos vendría que Garrosh se atragantara con un hueso


en la cena de esta noche y nos ahorrara así un buen montón de
problemas, ¿verdad? —dijo con un tono de voz muy animado—.
Si a alguno aún le queda un hueco libre en la barriga, que sepa que,
por lo que tengo entendido, hay una tarta deliciosa de postre.

65
Christie Golden

CAPÍTULO CINCO

Día uno.

El gentío (y la seguridad para controlarlo) superaba con creces


cualquier cosa que Jaina Valiente hubiera visto jamás. Se sintió
agradecida por poder contar con la protección de los guardias de
Varian, quienes la ayudaron a abrirse paso a través de la multitud
que se arremolinaba alrededor de las entradas y permitieron que
tanto Jaina, como Kalec, Varian, Anduin y Vereesa alcanzaran los
asientos que tenían reservados para ellos.

Todos los líderes de cada raza de la Horda se habían reunido del


mismo modo, su colorida ropa y sus pieles de diversos colores, así
como sus rudos y peculiares aspectos contrastaban sobremanera
con los miembros de la Alianza que se hallaban sentados frente a
ellos con una actitud bastante estoica. Los Augustos Celestiales
habían colocado muy sabiamente a los miembros de las facciones
que no mantenían ningún vínculo de lealtad ni con la Horda ni la
Alianza en los asientos del medio, a modo de muro de contención
por si el ambiente se caldeaba demasiado. A Jaina le sorprendió ver
en esa sección a cierta elfa de largas trenzas pelirrojas. Tenía un

66
Crímenes de Guerra

rostro bellísimo marcado por una expresión de tristeza etérea. Jaina


se compadeció de ella, pues comprendía su dolor.

—Alexstrasza —susurró.
—Ojalá no hubiera venido —dijo Kalec lanzando un suspiro,
mientras se sentaba en un asiento situado junto a Jaina—. Esto va
a ser muy doloroso para ella.

Jaina pensaba que Alexstrasza, la gran Protectora y exAspecto de


dragón, debería estar por encima de cosas como los juicios y
métodos de impartir justicia de las razas jóvenes. Siempre se había
comportado con dignidad, coraje, elegancia y compasión, incluso
cuando se había tenido que enfrentar a horrores inconcebibles y a
la muerte de seres queridos, lo cual la había dejado profundamente
marcada. Su hermana, la dragona verde Ysera, estaba sentada a su
lado y le agarraba de la mano a Alexstrasza mientras contemplaba
maravillada todo cuando la rodeaba de un modo un tanto infantil y
plagado de curiosidad.

—Alexstrasza tiene que estar aquí —contestó Jaina—. No por el


juicio, sino por ella misma. Igual que yo.
—Wrathion también está aquí —señaló Anduin.

Eso también sorprendió a Jaina, quien siguió la mirada de Anduin.


Sentía curiosidad por poder ver por primera vez a ese ser al que a
menudo apodaban el Príncipe Negro. Muy pocos lo conocían;
menos aún conocía su verdadera identidad.

—Bueno —dijo Jaina, bajando la voz para que solo pudiera


escucharla Anduin—, entonces me parece que todos los Vuelos
están representados.

Wrathion era el único dragón negro que no se había corrompido, o


al menos el único caso conocido.

67
Christie Golden

Había sido engendrado por Alamuerte y había escapado de la vil


influencia de los dioses antiguos gracias a algo que sucedió cuando
todavía estaba dentro del huevo. Aunque había sido afortunado en
ese aspecto, Jaina tenía que admitir que su vida había sido de todo
menos idílica. El Vuelo de Dragón Rojo, bajo el mando de
Alexstrasza, había intentado purificar a los dragones negros. Una
dragona roja en concreto, llamada Rheastrasza, había recurrido a
medidas tan extremas como secuestrar a una dragona negra para
poder purgar a un solo huevo de esa locura que atormentaba ese
Vuelo entero, lo cual no había sentado nada bien a Alamuerte,
quien destruyó ese huevo, o al menos eso creyó. Como Rheastrasza
había previsto que sucedería eso, cambió el huevo purificado de
dragón negro por otro, sacrificando así no solo su propia vida, sino
también la de su propio hijo, que aún no había salido del cascarón.

Wrathion, que en esos instantes todavía se hallaba en el huevo,


había sido perfectamente consciente de todo lo acaecido; como
también fue consciente de que sería criado y vigilado muy de cerca
por el Vuelo de Dragón Rojo tal vez toda la vida. No obstante, fue
«liberado» cuando su huevo fue secuestrado por unos granujas,
puesto que cuando el huevo eclosionó ya no se hallaba bajo la
influencia de los dragones rojos. Cómo había logrado escapar de
sus captores era todo un misterio, pero aquí estaba, vi vito y
coleando.

Anduin y Wrathion se habían conocido y hecho amigos en


Pandaria, aunque, tal y como el mismo Anduin debía admitir, era
una amistad basada en lo tremendamente distintos que eran sus
puntos de vista en muchos sentidos. Era casi imposible determinar
qué «edad» tenía Wrathion. Si había que establecer sus años
siguiendo el criterio del tiempo realmente transcurrido, solo era un
bebé de dos años, pero como era un dragón, poseía una inteligencia
y una sabiduría innatas y un aspecto por el que parecía un joven de
prácticamente la misma edad que Anduin.

68
Crímenes de Guerra

Jaina siempre había sido como una madre para Anduin y no se


sentía nada a gusto con su nuevo amigo. Por un lado, Anduin tenía
muy pocas amistades de su misma edad y, por otro, a Jaina le
preocupaba que Wrathion fuera una «mala influencia», como se
suele decir. No obstante, lo más extraño de todo era que eso no se
debía a que fuera un dragón negro. Antes de que el horror de su
demencia lo pervirtiera, Neltharion (más conocido como
Alamuerte) había sido el Aspecto de la Tierra, un ser muy sabio y
protector. No, lo que le preocupaban eran ciertas cosas que Anduin
le había contado que había dicho Wrathion. Además, se fijó en que
el Príncipe Negro se encontraba sentado lo más lejos posible de
Alexstrasza, aunque dado su pasado, no se lo podía echar en cara.

Si bien parecía un humano en gran parte, aunque un tanto extraño,


por culpa de su piel más oscura y su peculiar ropa; pantalones
bombachos, túnica y turbante. Estaba flanqueado a la izquierda por
una orea, cuyo ceño parecía estar eternamente fruncido, y a la
derecha por una humana de aspecto igualmente amenazador. El
dragón negro sonrió a Anduin y, a continuación, posó sus brillantes
ojos, el único detalle que revelaba cuál era su verdadera forma,
sobre Jaina. Agachó la cabeza y la obsequió también con una
sonrisa, pero que sugería que había algo que le resultaba gracioso.
Jaina se preguntó qué podría ser eso que le hacía tanta gracia.

Unos guardias pandaren se hallaban cerca, haciendo gala de una


gran calma y paciencia, tan serenos como un lago en una montaña,
pero preparados para entrar en acción con premura en menos de un
segundo si era necesario. Si se producía un estallido de violencia,
esta solo podría darse en el plano físico, ya que Jaina pudo notar
que se había levantado un campo de atenuación que bloqueaba toda
magia, era como una niebla muy opresiva; asimismo, nadie había
podido entrar armado.

—Esto me resulta muy familiar —murmuró Varian.


— ¿El qué? —inquirió Jaina.
69
Christie Golden

—Eso. —Varian asintió en dirección a unos asientos repletos de


espectadores—. Tienen ese mismo gesto que veía en el público
cuando luchaba en la arena como gladiador. Están sedientos de
sangre.
—Pues hoy no van a saborearla —aseveró Vereesa, quien no hizo
falta que añadiera: «Pero si aquí se imparte justicia de verdad, se
derramará al final de este juicio».
—Mejor que no —añadió Varian—. Todo estará perdido si este
proceso se acaba sumiendo en el caos, por no hablar de que se
perderán muchas vidas.

Jaina miró al suelo. Baine y Tyrande ya se encontraban ahí. Cada


uno estaba sentado en una silla ante sus respectivas mesas, a la
espera, lo cual no sorprendió a la archimaga. Lo que sí la sorprendió
era que había otros dos seres más esperando la llegada de Taran
Zhu, los Celestiales y Garrosh. Jaina reconoció a Chromie, la
dragona bronce tremendamente poderosa que había optado por
asumir una apariencia lo menos amenazadora posible, pero no
conocía al apuesto elfo noble con quien estaba hablando Chromie.
Ambos vestían el tabardo marrón de su orden y estaban sentados
junto a una mesita apartada hacia un lado, sobre la que se hallaba
un objeto tapado.

Justo cuando Jaina se estaba preguntando qué hacían esos dos


dragones bronces ahí (al parecer, estaban llevando a cabo una
misión oficial), un pandaren ataviado de pies a cabeza con unos
ropajes muy largos y formales hizo acto de presencia. Sujetaba un
arma de asta que portaba el estandarte del Shadopan. Golpeó la
parte posterior del arma tres veces contra el suelo y la
muchedumbre se calló y ocupó sus asientos.

—El pueblo pandaren valora en grado sumo el respeto a la ley. La


ley es el medio por el que se puede hacer justicia y corregir el mal,
de modo que se puede restaurar el equilibrio. Esta es una ocasión
histórica, puesto que, por primera vez en nuestra historia, gente
70
Crímenes de Guerra

ajena a nosotros va a participar en la administración de justicia. A


la hora de intentar enmendar un mal, siguiendo la tradición,
nombramos a aquel al que se juzga y a aquel o aquellos que buscan
justicia. De esta manera, con suma solemnidad, damos inicio al
juicio de Garrosh Grito Infernal, al que se acusa de haber cometido
diversos delitos en contra del pueblo de Azeroth. Por favor,
levántense para honrar la presencia de los Augustos Celestiales,
quienes escucharán con atención, con una mente abierta y un
corazón puro, los testimonios que se presenten aquí, así como para
mostrar su respeto a aquel que se cerciorará de que el
procedimiento se ajuste a la ley, al Señor del Shadopan, a Taran
Zhu.

Todo el mundo obedeció de inmediato y se puso en pie. Chi-Ji,


Xuen, Niuzao y Yu’lon se asomaron al balcón, con unos
movimientos ágiles, sin apenas hacer esfuerzo, aparentemente.
Como siempre, su elegancia y belleza dejaron a Jaina sin
respiración, incluso ahora que portaban esas formas nuevas tan
peculiares. La archimaga le había preguntado a Aysa por qué
llevaban esos cuerpos, y la pandaren le había dicho que era un gesto
de respeto hacia la Horda y la Alianza. Eran unos seres exquisitos
y únicos, no solo por su aspecto, sino por la energía que parecían
irradiar. Taran Zhu tal vez fuera más accesible que ellos, puesto
que era un ser mortal, pero incluso él era muy imponente y había
adoptado una postura que transmitía una sensación de poder y
serenidad. Se subió a la silla del fa’shua, cogió un pequeño mazo,
golpeó el gong con él tres veces y dejó que su eco se fuera apagando
antes de empezar a hablar.

—Pueden sentarse —dijo, con una voz clara y calmada que se oyó
en todos los rincones de esa enorme cámara—. Antes de que el
acusado aparezca, he de advertirles a todos los presentes que no
pienso tolerar ningún altercado a lo largo del juicio. Cualquiera que
quebrante esta norma será detenido y puesto bajo vigilancia hasta
que acabe el procedimiento. Asimismo, en virtud de lo peculiar que
71
Christie Golden

es esta situación, contaremos con una manera muy particular de


presentar las pruebas.

En ese instante, hizo un gesto de asentimiento dirigido a los dos


dragones bronces, quienes se levantaron y se acercaron
rápidamente a esa tela que ocultaba un objeto, el cual resultó ser un
reloj de arena.

Jaina comprendió qué iban a hacer incluso antes de que hablaran.


Mientras explicaban cómo funcionaba ese artefacto llamado la
Visión del Tiempo, sus voces se fueron desvaneciendo y fueron
sustituidas por un estruendo ahogado que se adueñó de sus oídos.
Por un momento, no pudo respirar; por un momento, sintió que se
ahogaba de nuevo, como cuando...

Regresó al momento presente al sentir dolor en la mano, de la que


la estaban agarrando con fuerza. Volvió a respirar y jadeó en
silencio mientras se le llenaban los pulmones de nuevo de aire. Ese
estrépito cesó, aunque Jaina todavía podía escuchar los latidos
desbocados de su propio corazón, que palpitaba tan rápido como el
de un conejo. Se giró hacia Kalec, quien la observaba
detenidamente con un gesto de preocupación dibujado en su
hermoso rostro. La archimaga se relamió unos labios muy secos y
asintió, a la vez que vocalizaba sin pronunciar realmente las
palabras «estoy bien».

Aunque su amado no parecía tenerlas todas consigo, dejó de


apretarle la mano con tanta fuerza. Jaina inspiró aire
profundamente varias veces. Los dragones bronces ya habían
concluido sus explicaciones y habían retrocedido.

Taran Zhu hizo un gesto de asentimiento al guardia y le dijo:

—Puedes traer al prisionero.

72
Crímenes de Guerra

El efecto de esas cuatro palabras fue demoledor. Todo el mundo en


la estancia entró en estado de alerta súbitamente y sus miradas se
centraron en la puerta que llevaba al exterior y hacia las cámaras
inferiores.

Garrosh Grito Infernal entró, flanqueado por seis guardias (dos de


la Horda, un trol y un tauren; dos de la Alianza, un centinela elfo
de la noche y un vindicador draenei; y dos de los pandaren más
enormes y musculosos que jamás había visto Jaina). Garrosh no
vestía su peculiar armadura habitual; ornamentada con los
colmillos del demonio que había asesinado Grommash, su ilustre
padre orco. Solo llevaba una túnica atada con un cinturón y un
calzado muy sencillo. No cabía duda de que esa prenda no había
sido confeccionada para él, puesto que le quedaba muy apretada en
esos descomunales hombros y en el pecho. Unos ornamentos de
color oscuro, que recordaban a unos dedos palmeados, parecían
luchar con sus tatuajes en el campo de batalla de su piel marrón; el
legado del sha. Llevaba unas cadenas al cuello, así como en las
muñecas y en los pies, cuyos eslabones eran más grandes que la
mano de Jaina, lo cual hacía que sus largas zancadas habituales
quedaran reducidas a unos pasos cortos que daba arrastrando los
pies titubeantemente, a lo que tampoco ayudaba en nada que
tuviera una pierna herida. Mantenía un gesto imperturbable, ni
siquiera mostraba un semblante acobardado ni tampoco orgulloso.

Por un momento, reinó un silencio absoluto, quebrado únicamente


por el tintineo de las cadenas y las fuertes pisadas de los guardias.
Entonces, se desató el caos.

Montones y montones de seres (tanto de la Alianza como de la


Horda, e incluso algunos que formalmente eran neutrales) se
levantaron de sus respectivos asientos. Algunos se acercaron
corriendo a los balcones para vociferar insultos y agitar el puño en
alto. Aunque a Jaina le disgustaba tanto como al que más que
hubieran alzado un campo de atenuación, ahora se sentía
73
Christie Golden

agradecida por ello. Se dio cuenta de que no deseaba que Garrosh


fuera asesinado por una turbamulta incontrolable y furiosa. Quería
que pudiera escuchar y (gracias a los dragones bronces) ver todo lo
que había hecho. Toda la devastación que había causado. Todo el
odio que había sembrado. Quería que supiera que había logrado
volver a toda Azeroth en su contra.

Se percató, con una cierta sensación de vergüenza, que si ella


misma no lo podía matar, no quería que un miembro anónimo de
esa masa furiosa tuviera ese gran honor.

Los pandaren reaccionaron con celeridad. La mayoría de los


guardias apostados en la zona de los asientos eran monjes, que
utilizaban sus propios cuerpos como armas, de tal modo que esos
descontrolados pudieron ser reducidos y retirados con suma
rapidez. Los guardias que custodiaban a Garrosh desenvainaron sus
armas y cerraron filas en torno a él, dándole la espalda al orco
mientras contemplaban a la turbamulta con rostros serenos.

Aparte de los guardias, los únicos que no parecieron ni inmutarse


ante ese estallido de violencia fueron Taran Zhu, los cuatro
Celestiales y el propio Garrosh Grito Infernal. La cara marrón y
tatuada del orco parecía hallarse tallada en piedra, pues no parecía
transmitir ninguna emoción.

Taran Zhu habló con un tono severo y amenazante para lanzar una
seria advertencia:

—Acaban de ser testigos de qué sucede cuando alguien perturba el


correcto funcionamiento de este tribunal. Todos aquellos que han
participado en este caos serán detenidos y custodiados bajo
estrecha vigilancia hasta que concluya el juicio. Hasta entonces, no
serán liberados. Cualquier otro que perturbe este momento tan
solemne en el futuro compartirá su mismo destino.

74
Crímenes de Guerra

Acto seguido, asintió, y los guardias que rodeaban a Garrosh


volvieron a flanquearlo como antes. Garrosh fue llevado hasta el
estrado donde se encontraba Taran Zhu, donde este se detuvo. Dos
pandaren colosales se colocaron detrás de él para hacer las veces
de centinelas. Jaina sabía que, a partir de entonces, solo
pestañearían y permanecerían totalmente inmóviles, salvo que
volviera a desatarse otro estallido de violencia. Los otros cuatro
guardias restantes hicieron una reverencia ante Taran Zhu y se
retiraron ordenadamente. El Señor del Shadopan bajó la mirada y
contempló al orco durante un momento.

—Garrosh Grito Infernal, has sido acusado de crímenes de guerra,


de crímenes contra la misma esencia de los seres conscientes de
Azeroth, así como de crímenes contra la propia Azeroth. También
se te acusa de ciertos actos cometidos en tu nombre, o por aquellos
con los que te aliaste.

Garrosh se limitó a permanecer en pie, en silencio y muy quieto.


Taran Zhu continuó hablando:

—Estos son los cargos; genocidio y asesinato, así como ser el


responsable de determinados éxodos masivos y de la desaparición
forzosa de ciertos individuos.

Con solo escuchar esa lista de espantosos delitos, una tremenda


tensión se adueñó de Jaina. Echó un vistazo hacia el lugar donde se
encontraban sentados Vol’jin y el resto de los líderes de la Horda.
Tenía entendido que Garrosh había tratado de un modo horrible a
los trols... y sabía lo que le había intentado hacer ese orco al propio
Vol’jin.

—También se te acusa de esclavizar a pueblos enteros, de


secuestrar niños, de torturar y asesinar a prisioneros, así como de
violaciones y embarazos forzados.

75
Christie Golden

Anduin esbozó un gesto de repugnancia, lo cual Jaina no le podía


echar en cara. Pensó en Alexstrasza y en los horrores que había
perpetrado el ex jefe de la Horda contra la propia Protectora en
particular y el Vuelo de Dragón Rojo en general. Kalec permanecía
muy quieto junto a Jaina. La archimaga alzó la mirada hacia él, con
la intención de ofrecerle consuelo, pero se encontró con que él
también la estaba mirando. Su amado sabía lo que iba a venir a
continuación, así que decidió rodearla con un brazo.

Y ella se abrazó a sí misma.

—De haber destruido ciudades, pueblos y aldeas de manera


injustificada, sin que ninguna razón militar o civil lo excusara.

El Valle de la Flor Eterna.

Theramore.

— ¿Qué tienes que decir sobre estos cargos, Garrosh Grito


Infernal?

Garrosh no replicó y, por un segundo muy tenso, Jaina se preguntó


si tal vez, si solo tal vez, al escuchar cómo se le lanzaban esas
acusaciones de un modo tan directo y franco el ex jefe de Guerra
sería capaz de conmoverse. Había oído que había reaccionado con
furia ante un esbirro al haberse enterado de que había asesinado a
inocentes en su nombre; sabía que incluso los enemigos de Garrosh
debían reconocer que era un apasionado defensor de su raza y que,
en su día, incluso había sido reconocido como un adversario
honorable.

Miró fijamente a Garrosh, sin apenas atreverse a pestañear o


siquiera respirar, sin saber si quería que se derrumbara y pidiera
perdón por esas atrocidades o si quería que se mantuviera firme...
para que pudieran matarlo con total impunidad.
76
Crímenes de Guerra

Entonces, Garrosh sonrió y aplaudió lentamente, a pesar de que las


cadenas de las muñecas le dificultaban hacerlo.

—El espectáculo no ha hecho más que empezar —respondió, con


una sonrisa burlona— y ya he de aplaudir a rabia de pie. ¡Esto
promete ser más entretenido que la Feria de la Luna Negra! —Sus
despreciables carcajadas resonaron por toda la sala—. No voy a
reconocer que soy culpable, pues eso indicaría que me avergüenzo
de lo que hice. Tampoco me declararé inocente, pues no afirmo que
lo sea. ¡Que dé inicio esta comedia!

Por segunda vez, unos cuantos miembros de la audiencia se


pusieron en pie de un salto. Dio la impresión de que querían subirse
unos encima de otros para poder agarrar a Garrosh Grito Infernal
del cuello y estrangularlo con sus propias manos. Jaina no fue
consciente de que había colocado ambas manos sobre los brazos de
la silla y se había levantado a medias del asiento hasta que notó que
tanto Kalec como Varian, cada uno de ellos a un lado, la estaban
obligando casi por la fuerza a volverse a sentar.

—No te levantes, amada mía —le susurró Kalec con premura.

En ese instante se percató de que había estado a punto de sumar sus


propios gritos a esa cacofonía de indignación. El sudor le perló la
frente al mismo tiempo que se obligaba a sentarse y cerraba los
puños.

Mientras tanto, Taran Zhu había llegado al límite de su paciencia.


Dio varios golpes al gong y vociferó varias órdenes en pandaren.
Más miembros tanto de la Horda como de la Alianza fueron
sacados a rastras de ahí para pasar el resto del juicio confinados en
una celda donde podrían reflexionar sobre su comportamiento
abyecto.

77
Christie Golden

En cuanto se restableció una relativa calma, un Taran Zhu que


había recuperado la compostura, clavó su mirada en Garrosh.

—Como las palabras que acabas de pronunciar no van a influir para


nada en el objetivo que este juicio pretende alcanzar, vamos a
proceder tal y como habíamos previsto.

Hizo un gesto de asentimiento dirigido a los guardias de Garrosh,


quienes lo escoltaron hasta la silla vacía situada junto a Baine,
donde se iba a sentar a lo largo de todo el juicio. A pesar de hallarse
encadenado, Garrosh se arrellanó en esa silla, de un modo
desafiante y petulante. En ese momento, el odio que sentía Jaina
hacia él ardió de un modo tan intenso y brillante que la bomba de
maná que el ex Jefe de Guerra había lanzado sobre Theramore
parecía la llama de una vela en comparación.

78
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO SEIS

Si bien las palabras plagadas de veneno y la arrogante actitud de


Garrosh no eran algo inesperado, Anduin se sintió bastante
decepcionado. Muchos se sorprenderían de que se sintiera así,
puesto que Garrosh había atacado en su momento a Anduin
directamente y este había logrado sobrevivir a duras penas.

Hacia el final de su época como Jefe de Guerra de la Horda,


Garrosh se había ido obsesionando cada vez más con ir
acumulando más y más medios tanto espirituales como mágicos
para poder derrotar a la Alianza, daba igual el coste a pagar.
Aunque Anduin no podía dar mucho crédito a algunas de las cosas
que se rumoreaba que había hecho Garrosh, había sido testigo de
otros actos suyos con sus propios ojos de los que sí podía dar fe.
Garrosh, al contrario que Varían, había decidido valerse de las
tenebrosas habilidades del sha (la capacidad de lograr que las
emociones negativas se manifestaran de un modo letal y aterrador
en el plano físico) para lograr que sus tropas fueran todavía más
poderosas.

79
Christie Golden

Garrosh había robado una reliquia mogu conocida como la


Campana Divina para conseguir sus fines. Cuando tañía, la
campana provocaba un puro caos de un modo incesante. Al igual
que sucedía con todo en Pandaria, había una manera de anular la
campana: la Marra Armónica; una reliquia rota que Anduin logró
reconstruir y con la que se enfrentó a Garrosh. Tras lograr golpear
la campana con la marra, ese ruido discordante pasó a pura
armonía.

Como había frustrado sus planes, el orco iracundo había golpeado


la campana con su hacha; de esa manera, Aullavísceras hizo añicos
la reliquia mogu.

Así como los huesos de Anduin.

Volvió a sentir ese intenso dolor en todas las partes del cuerpo que
los fragmentos rotos de la campana le habían aplastado. Esa agonía
renacía brevemente cada vez que cambiaba de posición y se
manifestaba de un modo distinto y más profundo cuando recordaba
el incidente. Velen le había dicho que el dolor probablemente
nunca desaparecería por completo y que cabía la posibilidad de que
con la edad fuera a más.

«El cuerpo nunca olvida del todo el daño que ha sufrido y cada uno
de tus huesos tiene su propia memoria», le había explicado. Luego,
el anciano draenei había sonreído y añadido: «Gracias a la Luz,
querido y joven príncipe, vas a vivir para escuchar esos recuerdos».

Eso fue más que suficiente para Anduin, quien tras reflexionar
había alcanzado la conclusión de que, al igual que la marra había
hecho surgir la armonía de la discordia, también se podía hacer lo
mismo con los seres con conciencia de sí mismos. Anduin creía
esto en lo más hondo de su alma, y era algo en lo que también creían
los draenei e incluso los naaru, los cuales eran mucho más sabios
que él. El Anillo de la Tierra, que había hecho tantas cosas para
80
Crímenes de Guerra

ayudar al mundo a recuperarse después de las heridas que


Alamuerte le había infligido, estaba compuesto por chamanes de
todas las razas. Se habían unido al Círculo Cenarion para curar al
Árbol del Mundo Nordrassil. La cooperación era posible: él había
sido testigo de ello. A pesar de que todo individuo era único, podía
aunar esfuerzos con otros y crecer así en el plano personal.

El juicio no había hecho nada más que comenzar. Si oír cómo


recitaban esa lista de crímenes no había conmovido a Garrosh, sino
que encima había provocado que se jactara de ellos, entonces tal
vez la ingeniosa aportación al juicio de los dragones bronces podría
lograrlo.

El joven príncipe se sentía mal por Baine Pezuña de Sangre, al que


seguía considerando un amigo. Todavía recordaba la noche en que
el tauren y él se habían sentado en la salita de Jaina, después de que
Baine se hubiera visto obligado a huir para salvar el pellejo tras el
levantamiento Tótem Siniestro. Anduin admiraba a Baine por
haber asumido la responsabilidad de defender al orco que había
asesinado a su padre. Anduin alzó la vista hacia Varían por un
momento y se preguntó cómo habría actuado su padre si le hubiera
tocado aceptar la responsabilidad que había asumido Baine.
Esperaba que hubiera estado a la altura de las circunstancias y
hubiera desempeñado esa labor con tanta dignidad como el tauren.

Tyrande Susurravientos se levantó de su silla y cambió hasta el


centro de ese lugar. Iba vestida con una túnica amplia que podría
ser descrita con un adjetivo como «blanco» de una manera vulgar,
pero era mucho más que eso; unas sutiles tonalidades lavandas,
azules, perladas y plateadas se combinaban en ese atuendo que
lograba ser al mismo tiempo sencillo y elegante, tal y como ella
era. Anduin la había conocido con anterioridad y era la que más lo
intimidaba de todos los líderes de la Alianza (incluso más que
algunos la Horda). Y no porque fuera muy autoritaria o altiva,
puesto que con él se había mostrado amable y cortés.
81
Christie Golden

Para Anduin, Tyrande encarnaba la esencia de lo más hermoso que


había en la radiante diosa lunar a la que ella adoraba y a la que tanto
amaba su pueblo en las frías noches de los bosques. Cuando
Tyrande le había hablado por primera vez, en el funeral de Magni
Barbabronce, había temblado al sentir cómo le acariciaba
levemente en la mejilla; un gesto de consuelo tan sincero como
profundo.

Ahora, Tyrande estaba contemplando sin hablar los rostros de los


que se hallaban en la galería, como si estuviera poniendo en orden
sus pensamientos. Entonces, alzó sus ojos brillantes en dirección a
los cuatro Augustos Celestiales.

—Como acusadora tengo derecho a hablar primero ante el jurado


y ante todos los que se han congregado hoy aquí —dijo con una
voz potente, que llegó a todas partes y que era más melodiosa que
estridente—. Se me concede este derecho porque el acusador debe
demostrar sus acusaciones. No obstante, me siento tentada a dejar
que el defensor hable primero, porque Chu’shao Baine Pezuña de
Sangre ha aceptado una tarea mucho más complicada que la mía.

Echó a andar de un modo elegante y su larga melena azul se meció


en el viento a la vez que elevaba su rostro lavanda hacia los
espectadores y añadía:

—Garrosh Grito Infernal me ha hecho hoy un gran favor. No solo


ha admitido que esa larga lista de crímenes horrendos de los que se
le acusa es cierta, sino que ha insultado a este tribunal. Nadie en
este templo... de hecho, yo me aventuraría a afirmar que nadie en
todo Azeroth... se ha librado de las nefastas consecuencias que han
acarreado los actos de este solo orco. —Entonces, miró a Garrosh
y, a pesar de que apenas cambió su expresión, Anduin fue capaz de
percibir el odio que reflejaba—. Mi labor, que es al mismo tiempo
un honor y un sombrío gozo, consiste en demostrar que Garrosh
82
Crímenes de Guerra

cometió todos los delitos de los que se le acusa, y no solo esos, sino
muchos más. Pretendo demostrarles que cometió todos esos
crímenes siendo perfectamente consciente de la angustia, el
sufrimiento y la destrucción que iban a causar.

En ese instante, se calló y se volvió hacia la mesa donde se


encontraban sentados Chromie y Kairoz. Se llevó las manos al
corazón, les hizo una honda reverencia y dijo:

—Doy las gracias al Vuelo de Dragón Bronce, ya que ahora mi


labor no consiste solo en repetir de manera tediosa un montón de
palabras a las que, al final, dejaríamos de prestar atención... sino
que les podré mostrar de verdad cómo sucedieron esos
acontecimientos. Verán cómo Garrosh Grito Infernal conspiraba y
maquinaba. Lo escucharán mentir. Y, al final, serán testigos de sus
traicioneros actos.

Garrosh no la interrumpió lo más mínimo. Tyrande estaba


estableciendo las líneas maestras de la acusación y estaba claro que
iba a ser despiadada, iba a mostrarse implacable. Anduin pensó que
Garrosh sería incapaz de mantener la boca cerrada ante este
discurso, pero así fue.

Si eso supuso una decepción para Tyrande, no lo demostró. Tras


arrugar esa delicada nariz suya, volvió a mirar al público ahí
reunido. Esta vez habló con un tono más suave, plagado de esa
misma compasión que había teñido su voz cuando Anduin la había
conocido.

—Sé que algunas de las cosas que veremos serán terribles y que
muchos de ustedes han sufrido en persona la consecuencia de lo
que Garrosh ha hecho. A todos ustedes, les ofrezco mis más
sinceras disculpas por el dolor que debo causarles. Pero creo que
sufrirían más si no utilizara todos los medios que tengo a mi
disposición para que se haga justicia de verdad con este... orco. —
83
Christie Golden

Acto seguido, se inclinó ante esos cuatro grandes seres, que


permanecieron tan quietos como una estatua de piedra, pero cuya
presencia podía sentirse en todo ese lugar—. Augustos Celestiales,
son tan generosos como sabios. Ambas son cualidades que respeto.
Les pido que impartan esa verdadera justicia de la que he hablado.
Espero que hallen a Garrosh Grito Infernal, antiguo Jefe de Guerra
de la Horda, culpable de todos y cada uno de ¡os delitos
abominables contra Azeroth de los que se le acusa... contra sus
individuos, sus razas y este mundo en sí, y que se le aplique el
mayor castigo posible: la muerte. Shaha lor’ma... gracias.

Anduin expulsó un aire que no sabía que había estado conteniendo.


No se permitían aplausos; de haber sido así, estaba seguro de que
la mayoría de los presentes estarían ahora dando palmas y
vitoreando. Garrosh, sin embargo, permanecía visiblemente
impertérrito ante esas palabras tan emotivas e impactantes que la
acusación acababa de pronunciar.

En cuanto Tyrande, que se encontraba ruborizada tras ese intenso


discurso, tomó asiento y se puso tan recta como una flecha elfa,
Taran Zhu asintió.

—Gracias, Chu’shao. Ahora, el defensor puede hablar.

Baine no irradiaba esa calma que transmitía Tyrande, esa especie


de serena energía contenida. Se puso en pie lentamente, con suma
dignidad, hizo una honda reverencia ante los Augustos Celestiales
y, a continuación, se giró para colocarse de cara a los espectadores.

—El acusado, Garrosh Grito Infernal, ha descrito este juicio como


un «espectáculo». Como yo no deseo que sea percibido de esta
manera, ni tampoco como una comedia, tal y como ha señalado el
acusado, no voy a insultar la inteligencia de nadie al afirmar que
Garrosh Grito Infernal es inocente. Tampoco quiero arriesgarme a
sufrir su desdén al intentar convencerlos de que simplemente tenía
84
Crímenes de Guerra

buena intención, pero se equivocó, o que se le ha malinterpretado.


No voy a pedir pie-dad, ni que nadie pase por alto los delitos de los
que se le acusa. Pero sí voy a afrontar un aspecto importante ahora
mismo para que no vuelva a surgir de nuevo a lo largo del
procedimiento.

Baine se irguió aún más y su colosal pecho se expandió al tomar


aire con fuerza, recordando así a todos los presentes que era un
guerrero, un Gran Jefe, y el hijo de un Gran Jefe. Acto seguido,
añadió:

—Garrosh Grito Infernal asesinó a mi padre. La mayoría de ustedes


ya lo saben. Pero aquí estoy, aunque no porque tenga en gran
estima a Garrosh como individuo, sino porque he sido elegido para
defenderlo y he aceptado hacerlo. ¿Por qué? Porque Fa’shua Taran
Zhu, los Augustos y mis compañeros de Azeroth, al igual que el
resto de ustedes, deseamos que se haga «justicia de verdad», tal y
como ha pedido de un modo tan elocuente mi estimada colega elfa
de la noche. Y también porque es lo correcto. —Echó a andar, a la
vez que contemplaba al público como si los estuviera retando a
contradecirle—. No vamos a comportarnos con Garrosh como él se
ha comportado con nosotros. No vamos a poner nuestros deseos y
necesidades por encima de todo lo demás. No vamos a dejarnos
llevar por la furia, no vamos a reclamar su muerte, ni venganza, ni
que se devuelva a nuestras razas una gloria que consideramos
mancillada. Somos mucho mejor que eso. Somos mejores que él.

Entonces, señaló con un dedo a Garrosh Grito Infernal, quien ahora


estaba sentado con una sonrisa dibujada alrededor de sus colmillos.
Al instante, prosiguió:

—Y como somos mejores, vamos a escuchar y vamos a alcanzar


un veredicto justo tanto a nivel racional como emocional que las
generaciones venideras considerarán realmente ecuánime.

85
Christie Golden

Baine miró hacia el lugar donde se hallaba la Alianza y su mirada


se cruzó con la de Anduin durante un momento antes de posarse en
Varian primero y luego en Jaina Valiente.

Jaina fruncía el ceño, mostrando así esa pequeña hendidura que le


afeaba la frente cuando hacía ese gesto. Anduin solía ver esa amiga
cuando ella se estaba concentrando, pero ahora era consciente de
que eso significaba que la archimaga no estaba de acuerdo con lo
que Baine estaba diciendo. El tauren volvió a hablar:

—Nuestro reto... mi reto, el de los Augustos Celestiales y, de


hecho, el de todos los aquí presentes... consiste en mantener una
mente abierta y un corazón puro a lo largo de este proceso, ya que
un corazón sabio, y no uno roto, es el que debe juzgar este caso. Si
de verdad no quieren que Garrosh «se salga con la suya», como he
oído murmurar a algunos, si de verdad ansían justicia, entonces
deben perdonarle la vida. Mientras uno sigue viviendo, siempre
existe la posibilidad de cambiar. Uno puede hacer algo para
arreglar lo que ha hecho mal. Gracias.

Tras hacer una reverencia, regresó a su asiento.

El discurso inicial de Baine fue recibido con un silencio sepulcral,


lo cual no sorprendió a Anduin. La batalla judicial no solo se le iba
a hacer muy cuesta arriba al tauren, sino que iba a ser más bien
como escalar una pared vertical de una montaña.

—Habrá un receso de una hora. El proceso se reanudará esta tarde


con el testimonio del primer testigo —señaló Taran Zhu, quien
golpeó el gong y se levantó. Todo el mundo se puso en pie en el
anfiteatro y, acto seguido, las conversaciones se reanudaron; el
murmullo de las conversaciones animadas, algunas furiosas, otras
alegres, aunque en todas (absolutamente en todas) se criticaba
duramente a Garrosh.

86
Crímenes de Guerra

Pese a que Anduin intentó captar la atención de Baine, el tauren se


había acercado de un modo mesurado y con gesto sombrío a hablar
con Kairoz. Anduin lo observó un momento y deseó que ojalá fuera
posible que pudiera aproximarse a ese tauren al que consideraba un
amigo para ofrecerle su apoyo. Tal vez algún día podría hacerlo.
Entonces, posó sus ojos en Garrosh y la tensión lo dominó.

El orco lo estaba mirando directamente a él.

Aunque era imposible descifrar qué pensaba pues se mantenía


impertérrito, Anduin notó que le sudaban las manos y que sentía
una fuerte opresión en el pecho ante la presión de ese gélido
escrutinio. Al instante, su mente voló hacia ese momento en que
había enfrentado a Garrosh en su día.

Cuando había golpeado la campana, cuando había transformado el


caos en armonía. Cuando se había vuelto hacia Garrosh y le había
dicho al orco lo que la marra había hecho. Cuando Garrosh se había
enfurecido.

¡Muere, mocoso!

Entonces...

Anduin se sobresaltó al notar que alguien lo agarraba del hombro


y se ruborizó al darse cuenta de que solo se trataba de su padre.

— ¿Estás bien? —le preguntó Varian, quien a continuación miró


hacia donde miraba su hijo. Enojado, profirió un leve gruñido—.
Vamos. Comamos algo. No tienes por qué mirarlo si no quieres.
A pesar del miedo que lo había recorrido por entero al cruzar su
mirada con la del orco, Anduin descubrió que realmente no le
importaba tener que mirar o no a Garrosh. Las palabras de Garrosh
todavía le reverberaban en los oídos y en el corazón. Además,
Garrosh no se estaba regodeando, sino que agachó la cabeza en
87
Christie Golden

señal de respeto y, acto seguido, se levantó para seguir a los


guardias, que se lo llevaron para que pudiera ir a comer.
—Estoy bien, padre —respondió Anduin, quien añadió—: No te
preocupes. Hiciste lo correcto.

Varían sabía a qué se refería. El rey dirigió sus ojos a Garrosh al


mismo tiempo que fruncía los labios.

—Yo ya no lo tengo tan claro. Para nada.

*******

Habían dado por supuesto que había muerto, y Zaela, la señora de


la guerra Faucedraco, prefería que eso siguiera siendo así.

Al principio, había estado tan cerca de la muerte que muy poco


había podido hacer al respecto. Durante el asedio de Orgrimmar, le
habían disparado y había caído de su protodragón, Galakras, hacia
una muerte segura. De un modo asombroso, había sobrevivido a la
caída. Y aunque las heridas habían sido muy graves, su voluntad
era muy fuerte. Decidida a sobrevivir, Zaela había lanzado una
bomba de humo para distraer a sus enemigos y había echado a
correr como había podido, dando tumbos, antes de desplomarse.
Había logrado recuperarse animada por la certeza de que había
sorteado la muerte por algún propósito concreto. Y ese propósito
era salvar a Garrosh Grito Infernal, quien en esos momentos estaba
siendo juzgado y cuya vida corría peligro.

Tanto ella como muchos de los Faucedraco se habían retirado a


Grim Batol, pues ese lugar se hallaba ahora abandonado, donde en
su época habían vivido los momentos más importantes y gloriosos
de su historia... hasta ahora. Ahí, Zaela y algunos otros más se
habían recuperado sin que nadie lo supiera. Urdía sus planes en la
misma sala donde la gran Protectora, Alexstrasza, había sido
torturada para que engendrara nuevas monturas de dragón rojo para
88
Crímenes de Guerra

los Faucedraco. Incluso los profundos surcos que una agonizante


Alexstrasza había dejado con sus garras en la misma piedra de la
montaña, incluso el mero hecho de hallarse junto a una enorme
cadena que en su momento había obligado a la matriarca dragona
a agachar su roja cabeza la animaban a seguir adelante día a día con
sus planes.

Había llegado a sus oídos que la «Horda» de Vol’jin había peinado


las Tierras Altas Crepusculares en su busca, y que ahora habían
puesto precio a su cabeza. Pero nunca se les ocurriría buscarla aquí.
Zaela estaba segura de que tal descuido se debía a que Vol’jin era
un trol Un Jefe de Guerra orco habría sabido que debía registrar
Grim Batol De todos modos, este no iba a ser su hogar para
siempre, pues debían entrar en acción pronto.

Ahora, contemplaba lo que quedaba aún de su clan con el corazón


henchido de orgullo.

—Mis Faucedraco —dijo, con una voz embargada por la


emoción—, me siguieron cuando me enfrenté a ese orco vil
llamado Mor’ghor que nos lideró una vez, pues sabían que la
orgullosa raza orea jamás debería haber sufrido la ignominia de
tener un líder como él. Siguieron a Garrosh Grito Infernal, cuya
única meta era mantener a la Horda fuerte, pura y poderosa. Por
soñar con una Horda de verdad, ahora languidece en prisión,
mientras lo defiende un tauren y su destino se halla en manos de
los Celestiales de Pandaria. Mis espías ahí me informan de que
todavía contamos con unos pocos días para salvar a nuestro
glorioso Jefe de Guerra.

Recorrió con la mirada a todos y cada uno de ellos, sabedora de que


se sentirían igual que ella, aunque era inevitable que las dudas los
reconcomieran.

89
Christie Golden

—Están bien adiestrados. Están preparados. Aun así, seguimos


siendo pocos en número. Y son tan conscientes como yo de que si
caemos, es muy probable que ninguno de nosotros sobreviva. Pero
prefiero morir en batalla por una causa noble que seguir
escondiéndome, aunque sea aquí. ¡Griten si están conmigo!

Un rugido estalló. Todos ellos agitaron sus armas, gritaron a pleno


pulmón y pisaron con fuerza el suelo. Ella estalló en carcajadas y
se sumó a su grito de guerra.

— ¡Por los ancestros! ¡Tal vez triunfemos valiéndonos únicamente


de nuestra voluntad y nuestro corazón!

Mientras hablaba, detectó movimiento en la entrada. Uno de sus


exploradores avanzaba presuroso hacia ella y pudo ver que portaba
un pergamino. Acto seguido, cayó de rodillas ante ella, jadeando.

—Mi señora de la guerra... he venido corriendo todo el camino...


un intruso... ¡me ha pedido que te entregue esto!

Estiró el brazo con el que sostenía el pergamino, que estaba un


tanto arrugado por haber sido agarrado con demasiada fuerza, para
ofrecérselo.

Presa del enfado, Zaela gruñó y, para disimular su preocupación,


rompió el sello y leyó:

¡Saludos, Doncella Guerrera!

Si bien nos hemos visto obligados a agachar la cabeza, aún la


conservamos sobre los hombros. Mientras el Jefe de Guerra viva,
todavía habrá esperanza en los fieros corazones de todos aquellos
que creen en la verdadera Horda, en la Horda tal y como era antes
y tal y como volverá a ser en el futuro.

90
Crímenes de Guerra

Si compartes esa esperanza, si tu corazón late de emoción al


recordar la gloria del pueblo orco, permíteme entrar para poder
hablar. Puedo ser de gran ayuda.
Un amigo

—Un amigo —repitió, mientras contemplaba al mensajero—. Un


orco, supongo, ¿no?

Al mensajero se le desorbitaron los ojos mientras negaba con la


cabeza vigorosamente.

—No, mi señora guerrera. Se... ¡se trata de un dragón!

91
Christie Golden

CAPÍTULO SIETE

Go’el aprovechó el receso para despejarse y aclararse las ideas.


Había traído con él a Pandaria a la loba Canción de Nieve y se
alegró de tener un rato para poder cabalgar y pensar, sin más.
Aunque había sido su compañera infatigable durante mucho
tiempo, al estar esta mayor ya no entraba en batalla a lomos de ella.
No obstante, seguía estando fuerte y sana y, muy de vez en cuando,
todavía disfrutaban de una buena carrera. Abandonaron los terrenos
del templo y se adentraron en la carretera repleta de curvas que
serpenteaba por un paisaje sobrio que le recordaba mucho a Durak.

Llevaba atado al pecho de una forma muy segura a su hijito Durak.


El calor que desprendía el cuerpo de su padre y los latidos de su
corazón calmaban al niño, que soñaba profundamente mientras
Go’el espoleaba a la loba para que fuera corriendo sin parar a
Barrilia, una pequeña aldea que se encontraba cerca de la Senda
Viento Aullante. Sentir esa pequeña vida acurrucada sobre él y la
caricia de ese viento que arrastraba dulces aromas infundía una
tremenda serenidad de espíritu al orco.

92
Crímenes de Guerra

Tyrande había dicho la verdad. Sería capaz de ganar el juicio si


simplemente se presentara todas las mañanas ahí y dejara que los
hechos hablaran por sí mismos. Pero el caso de que ahora contara
con la capacidad de poder mostrar esas escenas del pasado lo
inquietaba. Si se podían retorcer las palabras, las imágenes
seguramente también.

Sus pensamientos se centraron en los gritos furiosos proferidos en


un principio por algunos miembros de la Alianza que querían que
se sometiera a toda la Horda a juicio. Go’el estaba seguro de que
uno de los principales objetivos de esta gente sería él, por haberle
otorgado tanto poder a Grito Infernal. Oh, las cosas podrían haber
sido tan diferentes. Go’el había querido que Garrosh admirara a su
padre y siguiera su ejemplo, y eso había hecho... pero había
admirado la parte mala y había seguido su ejemplo en lo que no
debía. Ahora, todo Azeroth estaba pagando la apuesta errónea que
Go’el había hecho al elegir a Garrosh. El mismo se preguntaba
hasta qué punto era responsable de lo que había sucedido. Garrosh
había hecho tanto daño; no solo a aquellos a los que había
arrebatado o arruinado la vida, sino también a la Horda a la que
afirmaba liderar y defender. Go’el rezó a los elementos para que se
hiciera justicia de verdad lo antes posible. Garrosh ya había
infligido bastante daño y Go’el creía que seguiría haciéndolo
mientras siguiera vivo.

Alzó una mano y se apretó a Durak contra el pecho con más fuerza
si cabe. No se podía cambiar el pasado y tampoco debería
cambiarse. Pero el futuro sí estaba en sus manos. Go’el era
consciente de que muchas cosas (quizá todo) dependían de lo que
sucediera en ese proceso.

Se hizo una promesa en silencio a sí mismo y agachó la cabeza para


acariciar con el mentón la coronilla a su hijo. Haría todo cuanto
estuviera en su mano para salvaguardar el futuro. Daba igual el
precio a pagar.
93
Christie Golden

—Chu’shao, puedes llamar a tu primer testigo.

Tyrande asintió.

—Si el tribunal me lo permite, llamo a Velen, profeta y líder del


pueblo draenei, para que hable como testigo.

Go’el apretó los dientes. Aggra, que estaba junto a él y acunaba a


Durak en sus brazos, respiró hondo.

—Por lo que sé sobre ella, habría pensado que esta sacerdotisa elfa
no iba a ser tan rastrera —le comentó a su amado, con un tono
sereno pero teñido de cierto enfado—. Si los orcos odian a los elfos
de la noche, lo lógico es pensar que el sentimiento es mutuo.
—No sabemos qué pretende demostrar—replicó, siendo consciente
de que con esas palabras no solo pretendía calmar a Aggra, sino
serenarse él también.
—Pues creo que podemos suponerlo y no nos vamos a equivocar
mucho —respondió Aggra.

*******

Go’el no contestó. Observó cómo el extraño e indescriptiblemente


anciano Velen, quien en su día se había mostrado muy generoso y
amable con un joven llamado Durotan, se movía con elegancia v
dignidad para ocupar su sitio en la silla de los testigos. Era más
grande que los draenei más altos que Go’el había visto jamás en
persona, pero en cierto modo menos robusto que esos seres tan
excesivamente musculosos. No vestía armadura alguna, solo un
atuendo relativa-mente sencillo de tela suave, amplia y de tonos
blancos y morados que parecía flotar con voluntad propia al
compás de sus movimientos. Los ojos, enmarcados en unas arrugas
muy profundas, le brillaban con un reconfortante color azul. Unos
94
Crímenes de Guerra

cortos zarcillos sujetos con cintas de oro sobresalían de la larga


barba blanca de Velen, que le llegaba casi hasta la cintura y le
recordaba a Go’el a la cresta de una ola muy potente.
Baine también observaba a Velen con detenimiento. Go’el conocía
bastante bien al tauren como para saber que estaba muy tenso
porque lo dominaba la incertidumbre.

En su día, el propio Go’el había dejado constancia por escrito de la


historia de sus ancestros, aunque no había sido más que un relato
de los acontecimientos fragmentado, incompleto e inconexo, ya
que muy pocos orcos los recordaban ya con claridad. La sangre
demoníaca había fluido por las venas del pueblo orco, avivando las
llamas de su odio a la vez que nublaba su juicio. Por eso, cuando
Velen había reaparecido en Azeroth, su pueblo había elegido unirse
a la Alianza, lo cual no fue para nada sorprendente, pensó Go’el,
quien sintió una punzada de tristeza y amargura. Hasta el día en
que la verdadera paz llegara a Azeroth y reinara la confianza entre
los diversos pueblos, Go’el jamás tendría la oportunidad de
sentarse con Velen para hacerle ciertas preguntas, tal y como había
podido hacer su padre. Y aunque la Alianza y la Horda habían
decidido colaborar para poder derrotar a Garrosh, era consciente de
que los actos de ese mismo orco habían hecho casi imposible que
en el futuro ambos bandos pudieran volver a colaborar.

—Profeta Velen —dijo Tyrande para iniciar el interrogatorio de


manera formal—, en este lugar solo puede reinar la verdad y
siempre reinará, pues eso es lo que nos han encomendado los
ancestros pandaren, cuya ley seguimos en busca del equilibrio.
—Cuya ley honramos —apostilló Taran Zhu con suma delicadeza.

Tyrande se ruborizó levemente y se corrigió a sí misma.

—Te pido disculpas, Fa’shua Taran Zhu, cuya ley honramos en


busca del equilibrio. ¿Nos das tu palabra de que dirás la verdad y
nada más que la verdad?
95
Christie Golden

—Doy mi palabra —contestó Velen de inmediato, con una voz que


demostró ser potente pero cálida y amable al mismo tiempo, a pesar
de haber pronunciado muy pocas palabras. A continuación, se llevó
ambas manos al regazo y contempló a Tyrande con expectación.
—Profeta, estoy segura de que hoy todo el mundo en este tribunal
sabe que eres uno de los testigos directos de las atrocidades
cometidas por el pueblo orco desde hace tiempo —señaló Tyrande.
Ya empieza, pensó Go’el. Ahora nos pondrá verdes... o rojos, más
bien, con las manchas de una sangre derramada hace años.

Baine se puso en pie como impulsado por un resorte.

—Con todo respeto, protesto —gritó—. Fa’shua, estamos aquí para


juzgar los actos de un orco, no de todos ellos.
—Con todo respeto, Lord Zhu —replicó Tyrande—. El defensor
ha mencionado antes que Garrosh profesa un gran amor por su
pueblo. Así que deseo que el jurado pueda conocer la historia de
este pueblo. Los Celestiales son muy sabios, pero no conocen
Draenor, así que si logramos que puedan entender la mentalidad y
la historia orea, podrán formarse una opinión más justa y certera
que podría ser decisiva a la hora de tomar la decisión que
esperamos.
—Estoy de acuerdo con la acusación —afirmó Taran Zhu.

Baine agachó ligeramente las orejas, bajó la cabeza al acatar la


decisión del juez y volvió a sentarse.

—Gracias —dijo Tyrande, quien prosiguió hablando—. Profeta,


¿quieres hacer el favor de presentarte?
—Soy Velen y he liderado a mi pueblo a lo largo de milenios de la
mejor manera posible. Abandonamos Argus, nuestro mundo natal,
para escapar de la Legión Ardiente. Llegamos a Draenor hace
siglos y lo convertimos en nuestro nuevo hogar. Después, como
seguro que todos saben, vinimos aquí, a Azeroth.

96
Crímenes de Guerra

— ¿Fueron recibidos con los brazos abiertos en Draenor? —


preguntó Tyrande.
—No fuimos recibidos de manera hostil —respondió Velen—. Los
orcos y los draenei coexistimos pacíficamente durante mucho
tiempo
— ¿Estaría en lo cierto si afirmara que ustedes y los orcos
convivieron en Draenor a lo largo de varios siglos sin relacionarse
demasiado, haciendo negocios pacíficamente y respetándoos
mutuamente?
—Sí, estarías en lo cierto.

La suma sacerdotisa miró a Chromie, quien asintió y se bajó de la


silla. Kairoz permaneció sentado, observando atentamente.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría presentar la


primera Visión de Velen...

Chromie se subió a la mesa de un brinco, ya que no habría podido


alcanzar la Visión del Tiempo de otro modo por la altura de la
forma que había elegido. Sin embargo, nadie se atrevió a reírse de
la dragona, a pesar de su aspecto agradable y alegre. Chromie
movió las manos con la agilidad propia de esa raza gnoma a la que
pretendía emular.

Acto seguido, el dragón enroscado tallado en el bulbo superior


abrió los ojos.

Un suave murmullo teñido de sobresalto recorrió toda la estancia.


El dragón alzó la cabeza y la agitó de lado a lado, como si se
estuviera despertando de un sueño, y movió las garras delanteras
para coger el receptáculo situado debajo de él. Al instante, las
arenas del interior del bulbo superior irradiaron una luz tan dorada
como el brillo de los ojos del dragón. La arena fue cayendo
lentamente en el bulbo inferior de abajo, cuyo guardián seguía

97
Christie Golden

inmóvil, pues continuaba siendo una pieza de bronce desprovista


de vida.

Mientras los ojos de Chromie también brillaban al utilizar esa


magia tan peculiar de su Vuelo, abrió una de sus pequeñas manos.
Un zarcillo neblinoso del color de la arena surgió de ella y
serpenteó hasta el centro de ese gran anfiteatro a la vez que se
enroscaba sobre sí mismo como una serpiente, cambiando de
aspecto una y otra vez, hasta que pudieron distinguirse con claridad
unas formas, que se fueron tiñendo de color, de tal modo que esos
radiantes tonos bronces pasaron a pintar con unas tonalidades más
realistas unas figuras más grandes de lo normal.

Entonces, pudieron ver a dos jóvenes orcos de piel marrón


cubiertos de polvo y sudor. Tenían la boca ligeramente abierta y
los ojos desorbitados mientras miraban fijamente a un guerrero
draenei ataviado con una reluciente armadura de placas de metal.
Parecía preocupado, aun-que los orcos no mostraban una expresión
de temor sino de conmoción.

Go’el sabía quiénes debían de ser esos jóvenes.

Los recuerdos lo asaltaron; el orgullo que había sentido y lo


maravillado que se había quedado al saber que era descendiente de
Drek’Thar, la alegría de haber podido «conocer» a sus padres en
un pasado alternativo engendrado por un portal del tiempo que
funcionaba mal y la angustia de haberse visto obligado a verlos
morir, lo cual le había roto el corazón. Ahora que él mismo era
padre, su mirada recorrió ansiosamente los rasgos juveniles de su
padre. Al girarse para abrazar a su propio hijo, vio que Aggra ya se
lo estaba acercando a los brazos. Sus miradas se cruzaron en un
momento de tremendo amor y comprensión en el que no hicieron
falta las palabras. Entonces, Go’el volvió a centrarse en esa escena
mientras acunaba en sus brazos a Durak.

98
Crímenes de Guerra

—Profeta —dijo Tyrande—, ¿puedes contarle al tribunal qué


estamos viendo aquí?

Velen suspiró y se le hundieron levemente los hombros.

—Sí, puedo —contestó con un tono melancólico—. Aunque no fui


testigo de este momento en primera persona, reconozco a los tres.
— ¿Quiénes son?
—El draenei era un querido amigo mío... Restalaan, el capitán de
los guardias de Telmor. Los orcos jóvenes son Orgrim, al que más
tarde se le conoció como Martillo Maldito, y Durak, hijo de Garad.
— ¿Era habitual que ambos pueblos se relacionaran de esta forma?

Velen hizo un gesto de negación con la cabeza, lo que provocó que


sus zarcillos se movieran.

—No. Este fue uno de los primeros encuentros de este tipo. Aunque
comerciábamos con los orcos, nunca nos habíamos topado con
unos tan jóvenes.
— ¿Cómo se produjo este encuentro?
—Esos chicos estaban huyendo de un ogro y un grupo de draenei
acudieron en su ayuda. Al capitán de los guardias, Restalaan, le
impresionó el hecho de que, a pesar de que ambos eran de clanes
distintos, eran amigos. Ya conocíamos bastante bien a los orcos
como para saber que eso era muy poco habitual. Como ya era muy
tarde para que pudieran viajar hasta su hogar sin correr ningún
peligro, Restalaan envió a unos mensajeros para notificar a sus
respectivos clanes dónde se encontraban y, al mismo tiempo, los
invitó a quedarse con nosotros como invitados hasta la mañana
siguiente. Pensó que podría estar interesado en conocer a estos dos
jovenzuelos. Y así fue. Cené con los dos jóvenes orcos y descubrí
que eran muy inteligentes y de buen carácter.

Go’el se acordó de que Drek’Thar le había hablado sobre ese


encuentro. Si bien el viejo orco no había estado ahí en persona, sí
99
Christie Golden

se lo habían contado todo. Se alegró de que Drek’Thar no estuviera


aquí en estos instantes para revivir ese momento del pasado, ese
momento anterior a que sucedieran tantos siniestros eventos.

—La ciudad de la que hablas... Telmor... ¿era fácil de hallar?


—No —respondió Velen—. Estaba oculta por medios tanto
mágicos como tecnológicos. Esos muchachos nunca la habrían
hallado si no hubieran sido invitados a entrar en ella.
—Si la corte me lo permite, me gustaría presentar la segunda
Visión de Velen. —Tyrande hizo un gesto de asentimiento dirigido
hacia Chromie y esta hizo un gesto con unas manos en las que
parecía llevar unos guantes de color miel iluminados. La escena se
disolvió y dio paso a otro. Las Arenas del Tiempo del reloj de arena
fueron cayendo, grano a grano brillante. Entonces, ante los ojos de
Go’el. una segunda escena cobró vida.
—Hemos llegado —dijo la imagen de Restalaan, quien a
continuación desmontó de un talbuk de color azul cobalto y se
arrodilló sobre el suelo. Después, apartó algunas hojas y agujas de
pino como si estuviera buscando algo. Tras palpar la tierra, halló
en ella un hermoso cristal verde, sobre el que colocó la palma de la
mano delicadamente.
—Kehla men sumir, solay laman kahl.

El bosque brilló a su alrededor. Por un instante, Go’el se preguntó


si la Visión del Tiempo podría estar funcionando mal, pero
entonces se dio cuenta de que las figuras de los tres no se veían
afectadas por ese fulgor. El joven Durotan dio un grito ahogado. La
luminosidad lúe en aumento y, entonces, súbitamente, donde en su
momento había habido un denso bosque, había ahora únicamente
un largo camino pavimentado que ascendía por la ladera de las
montañas.

—Nos encontramos en el corazón del país de los ogros, aunque


cuando esta ciudad fue construida aún no lo era —les explicó

100
Crímenes de Guerra

Restalaan, a la vez que se ponía en pie—. Si los ogros no pueden


vernos, no pueden atacarnos.
—Pero... ¿cómo? —preguntó Durotan.
—Es una mera ilusión, nada más. Un... espejismo. Uno no se pue-
de fiar siempre de lo que ven sus ojos. Creemos que lo que vemos
es siempre real, que la luz siempre revela lo que hay ahí en todo
momento. Pero la luz y la sombra pueden ser manipuladas,
dirigidas, por aquellos que las entienden. Al pronunciar esas
palabras y al tocar ese cristal, he alterado la manera en que la luz
se refleja en las rocas, los árboles, el paisaje. De ese modo, sus ojos
perciben algo totalmente distinto a lo que creían que había aquí. —
Restalaan soltó una risita ahogada muy reconfortante—. Vamos,
mis nuevos amigos. Van a visitar un lugar donde ninguno de los
suyos ha estado jamás. Caminen por los caminos de mi hogar.

La escena se congeló y, acto seguido, desapareció. Los granos de


la parte superior del reloj de arena dejaron de caer. El dragón
bronce volvió a adoptar su postura inicial y, tras cerrar sus ojos
relucientes, fue un mero ornamento de nuevo. Sin embargo, el que
se hallaba enroscado en el bulbo inferior se despertó y estiró. A
continuación, colocó las zarpas de una manera muy protectora
sobre el receptáculo que debía proteger, pues para eso lo habían
diseñado.

—Restalaan reveló a Durotan y Orgrim el secreto de cómo los


draenei protegían su ciudad. ¿Los dos muchachos guardaron ese
secreto? —preguntó Tyrande con suma serenidad.

Go’el sabía la respuesta.

—No —respondió Velen, sumido en un hondo dolor.


— ¿Qué ocurrió?

Velen dio un largo suspiro y dirigió su mirada hacia la parte Horda


de ese lugar en busca de Go’el. Cuando el profeta habló fue como
101
Christie Golden

si realmente estuviera hablando solo con el hijo de ese muchacho


al que una vez había recibido con los brazos abiertos y no a una
audiencia cautivada.

—Años después, Ner’zhul engañó a los orcos y luego Gul’dan los


traicionó. Creo realmente que Durotan tuvo grandes
remordimientos por...

Tyrande esbozó una delicada sonrisa al mismo tiempo que lo


interrumpía.

—Tu compasión te honra, profeta, pero por favor, limítate a narrar


los hechos tal y como los conoces.

Aggra parecía acongojada... y furiosa.

— ¡Pero si ni siquiera le deja expresar lo que siente en su corazón!


¿Por qué Baine no protesta?

Baine permaneció callado, aunque tenía las orejas estiradas, lo cual


revelaba a Go’el que no le gustaban nada los derroteros por los que
estaba discurriendo el interrogatorio.

—Porque Tyrande tiene razón al pedirle que se atenga a los hechos.


Baine ya dirá lo que tenga que decir, cariño. No te preocupes —
replicó Go’el, quien no podía negar que compartía el enfado de su
amada.

Velen asintió.

—Muy bien. Los hechos son que Durotan atacó Telmor con un
ejército de orcos años después.
—Gracias —dijo Tyrande, la cual se volvió para mirar a los ahí
reunidos. Recorrió con la mirada los estrados hasta detenerse en los
cuatro Celestiales—. He de advertir al tribunal de que lo que van a
102
Crímenes de Guerra

ver va a ser muy violento y perturbador, lo cual es consustancial a


toda traición y toda masacre.

Una vez más, Baine no protestó. Go’el se dio cuenta, amargamente,


de que eso era porque Tyrande tenía razón de nuevo.

Aunque tuvo que reconocer que la acusadora no parecía muy feliz


de tener que hacer lo que iba a hacer. No obstante, ella dijo:

—Les presento la tercera Visión de Velen... la toma de Telmor por


parte de los orcos.

Los granos de la Visión del Tiempo volvieron a caer, y otra escena


cobró forma. Go’el vio a un Durotan al que ahora sí podía
reconocer, pues ya era un adulto. El líder del clan Lobo Gélido
portaba lo que su hijo reconoció al instante como el arnés de batalla
que había ido pasando por las manos de diez generaciones de
líderes del clan, aunque nunca antes había visto esa armadura.
Estaba forjada con una pesada armadura de placas unidas por
cadenas y en su parte frontal mostraba a dos lobos blancos
mirándose mutuamente. Debería haber sido mío, pensó Go’el.
Debería haberlo sido algún día, pues era de Durak, si el destino lo
hubiera querido.

Pero el destino no lo había deseado, se recordó a sí mismo. El arnés


se había perdido en el pasado; Orgrim creía que había sido robado
o destruido por los elementos. La horda, sobre todo bajo mandato
de Garrosh, tenía mucho de qué responder, pero también la
Alianza.

Durotan y varios otros orcos listos para batallar se hallaban en el


mismo «bosque» que les había mostrado la visión anterior. Orgrim,
con un aspecto muy similar al que recordaba Go’el, se colocó junto
a su amigo y observó cómo Durotan buscaba algo en el suelo. Go’el

103
Christie Golden

sabía qué buscaba; en realidad, estaba seguro que todo el mundo lo


sabía.

Durotan se levantó con una exquisita gema de color esmeralda en


la palma de la mano.

—La has encontrado —dijo Orgrim.

Durotan asintió y apartó la vista de la piedra preciosa para mirar a


sus colegas a la cara.

—Colóquense en posición —ordenó Orgrim a los demás orcos—.


Hemos tenido suerte de que no nos hayan visto llegar y no hayan
dado la alarma.

Durotan titubeó por un momento y, a continuación, pronunció esas


letales palabras.

—Kehla trien sumir, solay lanicia kahl.

La ilusión que había protegido a Telmor fue desapareciendo lenta-


mente, revelando un amplio camino pavimentado que se extendía
hacia delante a modo de invitación obscena.

Al instante, fue como si todo el lugar donde se celebraba el juicio


se hubiera transformado en un campo de batalla. Una batalla
colosal, casi abrumadora, en la que los orcos, montados sobre unos
lobos protegidos con armaduras y con unas armas en ristre,
lanzaban sus gritos de guerra y cargaban. La Visión se centró en
ellos y los siguió mientras las grandes bestias que cabalgaban
añadían sus propios aullidos a esa cacofonía. El estruendo que
anunciaba la llegada de ese grupo que levantaba tanto polvo al
avanzar contrastaba de manera exagerada con la tranquilidad que
reinaba en la ciudad. Entonces, una serie de imágenes individuales
reemplazaron ese plano panorámico que les había estado
104
Crímenes de Guerra

ofreciendo la Visión. Ahora, pudieron ver cómo un puñado de


draenei se quedaban simplemente quietos donde estaban, pues
obviamente se hallaban demasiado estupefactos como para intentar
huir o defenderse.

Las espadas y hachas separaron esas cabezas cornudas de sus


cuerpos con tal celeridad que todavía había dibujadas unas
expresiones de perplejidad en esos rostros cuando cayeron al suelo.
Las salpicaduras de sangre índigo se extendieron por doquier,
manchando armaduras y pieles marrones. Se coaguló sobre el
pelaje de los lobos, de tal modo que esas bestias fueron dejando un
rastro de sangre mientras corrían.

Se oyeron unos gritos y ruegos de terror pronunciados en el


melodioso idioma draenei que se sumaron a ese coro de voces
asesinas. Los hombres de Durotan atacaron en tromba. A esta
marea de guerreros la seguían de cerca los brujos (los cuales eran
algo muy reciente), quienes acribillaron a los grupitos aislados de
aterrados y desarmados draenei con fuego, sombras y maldiciones.

Algunos de los orcos se metieron en algunos edificios, para


perseguir a los que habían entrado en ellos en busca de refugio de
manera muy necia. Unos cuantos segundos después, esos guerreros
salían de ahí cubiertos de sangre, corriendo por las escaleras en
busca de sus próximos objetivos.

Pero ahora, los ciudadanos de Telmor contaban ya con la ayuda de


unos paladines. Los guardias repelieron la magia orea de un modo
que superaba la comprensión de sus enemigos. Una luz blanca, azul
y lavanda contrarrestaba la magia de un repugnante color verde
amarillento de los brujos. Si bien esto hacía que el combate cuerpo
a cuerpo quedase relegado a un segundo plano, Go’el tenía centrada
su atención en Durotan y en el adversario que lo acababa de atacar
con una espada que brillaba gracias a una energía azul.

105
Christie Golden

Restalaan.

El draenei gritó algo que Go’el no entendió, agarró a Durotan y lo


hizo caer de su montura. Sorprendido, el orco no reaccionó a
tiempo y se estampó contra el suelo. Restalaan atacó con su espada
hacia abajo justo cuando Durotan cogía el hacha.

El lobo negro del orco se giró para defender a su jinete y clavó sus
dientes descomunales al draenei en el brazo. Restalaan soltó esa
espada brillante y Durotan arremetió contra él con su hacha,
atravesando la armadura y la carne de este. Restalaan cayó de
rodillas y el lobo lo mordió aún con más fuerza mientras una sangre
azul manaba de la herida que había abierto el hacha. Durotan atacó
por segunda vez, acabando así con lo que debía de ser un dolor
agónico. De esta manera, Restalaan, aquel que había ofrecido su
amistad a Durotan y le había enseñado los secretos de esa ciudad,
fue asesinado.

Go’el pensó que ese sería el fin de esa escena tan sangrienta, ya que
Tyrande había expuesto ya con total claridad su argumento. Dirigió
sus ojos hacia ella y comprobó que se encontraba de pie con los
brazos cruzados y la mirada clavada en esas horripilantes imágenes
que se habían manifestado ante el tribunal por orden suya. No hizo
ninguna señal que indicara que no hacía falta mostrar nada más,
por lo cual la carnicería prosiguió.

Los orcos arrasaron la ciudad en esa Visión. Go’el se dio cuenta,


con cierta indignación, que la muerte de Restalaan, por muy
conmovedora que hubiera sido, era solo el preludio de lo que
Tyrande se guardaba bajo la manga.

106
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO OCHO

Había tantos cadáveres que los orcos a veces se tropezaban con


ellos cuando corrían hacia una nueva presa. Estaban luchando
cuerpo a cuerpo, y Durotan, que se encontraba tan cubierto de
sangre como sus camaradas, rajaba, cortaba y golpeaba con
velocidad y precisión. Era una violencia tan presente, tan real, que
Go’el al ver lo que iba a pasar, lanzó una advertencia a voz en grito.
Y no fue el único.

Alguien arremetió contra Durotan mientras este luchaba. Go’el,


que no sabía con total certeza qué iba a suceder, contempló la
escena horrorizado y sin poder hacer nada.

La muchacha, que era prácticamente una niña, solo mostraba un


leve atisbo de unas curvas femeninas que ya nunca florecerían del
todo.

Go’el fue consciente de que su padre no cortó a la chica por la mitad


gracias al adiestramiento que había recibido. Go’el sabía que se
requería realizar un gran esfuerzo y poseer una enorme destreza

107
Christie Golden

para cambiar el arco que trazaba esa hacha en el aire y pudo notar
cómo sus propios músculos se tensaban por pura empatía. Sin
embargo, la muchacha no tuvo esos escrúpulos y se abalanzó sobre
ese orco armado hasta los dientes y cubierto con una armadura de
pies a cabeza, al que golpeó con sus puños desnudos. La actitud
desafiante que la había llevado a interponerse en la trayectoria de
esa arma, a pesar de ser perfectamente consciente de que eso podría
haber tenido consecuencias látales para ella, era quizá uno de los
actos más valientes que Go’el había visto jamás.

Durotan no acabó con la niña draenei, Go’el sabía que nunca lo


habría hecho, pero sí lo hizo otro orco. Go’el notó que unas
lágrimas se le asomaban a los ojos por culpa de la estupefacción e
indignación que sintió al ver cómo esa chica se quedaba inmóvil y
se le desorbitaban los ojos, mientras le brotaba sangre a raudales de
la boca. La habían atravesado por detrás. Su asesino tiró de la lanza
hacia un lado, y el cuerpo cayó al suelo. Colocó un pie sobre el
cadáver de esa niña que todavía se retorcía y le arrancó la lanza, a
la vez que le brindaba una sonrisa de oreja a oreja a un asqueado
Durotan.

—Me debes una, Lobo Gélido —dijo el orco del clan Mano
Destrozada.

La escena se detuvo, se quedó congelada en la imagen de la


muchacha asesinada y, acto seguido, se desvaneció.

En su mente, Go’el vio cómo se desarrollaba otra escena; una que


él mismo había vivido. Acababa de escapar recientemente del yugo
de su «amo», Aedelas Lodonegro, y el clan Grito de Guerra le
estaba haciendo una prueba. Habían traído a un chico humano y lo
habían colocado delante de él; uno aún más joven que la pobre niña
draenei.
108
Crímenes de Guerra

«Ya sabes qué es», le había dicho Iskar. «Son nuestros enemigos
naturales... Mata a este crío, antes de que crezca y tenga la edad
suficiente como para matarte».
«¡Pero si es solo un niño!». Sí, no era más que un niño aterrado. A
Go’el se le desbocó el corazón al recordarlo.
«Si no lo haces... puedes estar seguro de que no saldrás de esta
cueva con vida».
«Prefiero morir a cometer tal deshonrosa atrocidad».
Entonces, Grito Infernal (Grommash Grito Infernal, el orco más
salvaje y cruel de todos, el padre de Garrosh) lo había apoyado en
esa decisión.
«Yo he matado a niños humanos», le había dicho Grommash a
Iskar. «Lo dimos todo luchando de esa manera, ¿y cómo hemos
acabado? Humillados y derrotados. Nuestra especie se arrastra por
esos campamentos donde la tienen encerrada y es incapaz de hacer
nada por recuperar su libertad; por tanto, tampoco está como para
luchar en nombre de otros. Esa manera de luchar, de hacer la
guerra, nos ha llevado adonde estamos ahora».

Tyrande estaba haciendo justo lo que Aggra y Go’el habían temido


que hiciera; coger la verdad y retorcerla. Ese asesinato a sangre fría
de una niña no definía qué (ni quiénes) eran los orcos.
Pero el horror todavía no había acabado. Casi de inmediato, otra
escena cobró forma. No cabía duda de que transcurría ese mismo
día cierto tiempo después. Los orcos estaban cubiertos de vísceras
y sangre. Las hasta entonces hermosas habitaciones en las que
ahora se encontraban habían sido arrasadas y estaban repletas de
sillas rotas y otros objetos destrozados.

— ¿Qué hacemos con los draenei que hallemos vivos? —preguntó


alguien a Durotan.

109
Christie Golden

—Mátenlos —contestó Durotan con un tono áspero y duro—.


Mátenlos a todos.

La escena se congeló y se fue disipando lentamente. Las arenas del


reloj dejaron de brillar.

—No hay más preguntas, Lord Zhu —dijo Tyrande, quien con la
cabeza alta y la mandíbula apretada, pues apenas era capaz de
disimular su ira, se sentó en su silla en un anfiteatro donde reinaba
un silencio sobrecogedor.

*******

Un estupefacto Anduin contempló boquiabierto esa escena.


Conocía ese pasaje de la historia, por supuesto. Muchos lo
conocían hasta cierto punto; además, como había vivido con los
draenei mucho tiempo, Anduin sabía más que la mayoría al
respecto. Sin embargo, ahora, era consciente del dolor y la rabia
que los draenei le habían evitado al haber decidido que no debían
contarle sus propias historias personales sobre lo acaecido en ese
día tan tenebroso. Tenía las palmas de las manos empapadas de
sudor y se percató de que le estaban temblando.

Velen parecía más viejo, más triste que antes. Anduin se dio cuenta
de que incluso ahora el compasivo profeta se compadecía tanto de
los draenei caídos como de los orcos que los habían masacrado.
Anduin había vivido bastante tiempo con los draenei como para
poder entenderlo. Esas víctimas inocentes habían muerto, pero los
orcos habían tenido que vivir afrontando las consecuencias de sus
actos.

—Si pudiera, no permitiría que participaras en ninguna guerra, hijo


mío —dijo Varían. Anduin alzó la vista hacia su padre y el
110
Crímenes de Guerra

semblante de su progenitor mostró un gesto sombrío cuando


añadió—: Es una cosa horrible. Y lo que acabamos de ver es la peor
cara de la guerra.

Anduin no podía hablar porque tenía la boca muy seca, así que no
pudo replicar a su padre. Estaba de acuerdo en que la guerra era un
asunto realmente horrendo, pero lo que acababan de ver no era eso.
La guerra se libraba entre dos bandos de fuerzas más o menos
parejas, armados y preparados. Lo que había sucedido en Telmor
no era digno de recibir ese nombre. El príncipe, que todavía se
hallaba aturdido en cierto modo, dirigió su mirada hacia la sección
de la Horda. Ninguno de ellos, ni siquiera los orcos, parecían muy
contentos con lo que acababan de ver. No era necesariamente la
violencia lo que tanto les había perturbado, sino el hecho de que en
esa batalla no hubiera «gloria» alguna. Cualquiera era capaz de
masacrar a un pueblo desarmado.

Baine aguardó un momento. Entonces, se levantó con


determinación y agachó la cabeza en señal de respeto.

—Estoy seguro de que lo que acabas de ver te ha resultado muy


doloroso, profeta, y lamento que la acusación haya considerado
indispensable mostrar toda esta violencia innecesaria.
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.
—Estoy de acuerdo con la acusadora. El defensor debe evitar
realizar insinuaciones sobre lo que el testigo puede estar pensando
o no.
—Cierto, Fa’shua. He obrado mal. Me disculpo. Por favor,
¿podrías decirnos qué opinas sobre lo que acabamos de ver,
profeta?
—No hace falta que te disculpes, Chu’shao Pezuña de Sangre. Si
has puesto alguna palabra en mi boca, he de reconocer que han sido

111
Christie Golden

las mismas que yo hubiera escogido —respondió Velen—. Sí, en


efecto, he sufrido mucho al verlo.
— ¿Puedes explicarle al tribunal qué es lo que, exactamente, tanto
te ha hecho sufrir?
—Las muertes innecesarias de gente inocente, de niños incluso, por
supuesto.

Baine asintió.

—Por supuesto. Pero ¿eso es todo?


—No. También me aflige recordar cómo alguien que era noble y
sincero se vio obligado a actuar en contra de su naturaleza por culpa
de sus superiores —contestó Velen.
— ¿Te refieres a Durotan?
—Sí.
— ¿No crees que disfrutó con esa matanza?
—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande—. El testigo no puede
saber qué pensaba Durotan.

Obviamente, Baine había esperado que se produjera esa reacción,


ya que ni se inmutó lo más mínimo cuando se volvió hacia Taran
Zhu.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría mostrar una


parte de la escena que la acusación ha aportado como evidencia...
un momento concreto que Tyrande ha optado por no mostrar.
—Adelante —respondió Taran Zhu.
Baine hizo un gesto de asentimiento que dirigió a Kairoz. El dragón
bronce se puso en pie, de modo que se alzó imponente sobre
Chromie, y con unos dedos muy hábiles hizo que las arenas
cobraran vida. Una vez más, la imagen de Durotan, su lobo, la
joven draenei y su asesino brillaron y se materializaron. Ese
espantoso momento, en el que la muchacha escupía sangre por la
112
Crímenes de Guerra

boca a borbotones y la lanza la atravesaba, estaba congelado en el


tiempo.

Pese a que Anduin quería apartar la mirada, se obligó a seguir


mirando. ¿Adónde quería ir a parar Baine con todo esto?

Entonces, esas figuras se movieron, la chica cayó y sufrió espasmos


mientras el orco le arrancaba el arma del cuerpo.

—Me debes una, Lobo Gélido —dijo con una sonrisa burlona.
Tyrande había cortado la escena justo en ese instante y había
pasado directamente al momento en que Durotan daba la maldita
orden de: «Mátenlos... mátenlos a todos».

Pero en ese instante, todo el mundo con ojos en la cara fue capaz
de ver la expresión de horror que se adueñó del semblante de
Durotan al contemplar el cadáver de esa niña asesinada. Y todo el
mundo con oídos pudo escuchar ese largo y quebrado aullido
plagado de desesperación, ira y remordimiento. El orco Lobo
Gélido elevó la cabeza y entonces Baine dijo de repente:

—Páralo ahí.

Unas lágrimas recorrieron esa cara marrón, y todos sabían que los
orcos rara vez lloraban. La boca enmarcada en unos colmillos de
Duro- tan estaba abierta en un lamento silencioso. En el lugar del
juicio también reinaba el silencio.

La imagen se desvaneció. Un largo momento después, Baine volvió


a hablar:

— ¿Puedes explicar al tribunal qué opinas sobre los orcos a día de


hoy, profeta?
113
Christie Golden

—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande.


—Estoy de acuerdo con la defensa —señaló Taran Zhu—. El
testigo debe responder.

Velen lo hizo con lentitud, con una voz plagada de tristeza en


cuanto halló las palabras adecuadas:

—Me alegro de que fueran capaces de superar la maldición que los


había corrompido al beber la sangre de Mannoroth.
— ¿Sabes quién liberó a los orcos de esa maldición?
—Grommash Grito Infernal, el padre de Garrosh —contestó el
draenei.
—Así que me estás diciendo que crees que la gente puede cambiar
—reflexionó Baine—. Incluso Grommash Grito Infernal.
—Creo firmemente que sí. Con todo mi corazón.
— ¿Incluso Garrosh Grito Infernal? —inquirió con insistencia
Baine.
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande por cuarta
ocasión—. Una vez más, está manipulando al testigo.

Baine se volvió hacia ella con un semblante sereno.

—Fa’shua, la acusación ha introducido esta línea de reflexión en


su propia exposición de esta prueba —replicó el tauren.
—Estoy de acuerdo con la acusación —aseveró Taran Zhu—.
Defensor, no puedes pedirle al testigo que especule. Rehaz la
pregunta.

Baine asintió.

—En resumen, desde tu punto vista, por lo que has vivido, afirmas
que el pueblo orco se tuvo que enfrentar a un gran desafío y lo
superó. ¿Eso los ha cambiado?
114
Crímenes de Guerra

—Si —respondió Velen—. Sé mejor que nadie lo poderosa que


puede llegar a ser la influencia demoníaca.

Esas palabras las pronunció con un tono triste propio de un anciano.

—No tengo más preguntas —señaló Baine.

Tyrande, sin embargo, sí las tenía. Su hermoso rostro mostraba


cierta frialdad cuando se aproximó al draenei que ella misma había
propuesto como testigo.

—Solo tengo una cuestión más, profeta. Y por favor, responde


directamente, no nos des tu opinión. ¿Durotan y los demás habían
ingerido la sangre de Mannoroth cuando atacaron Telmor?
—No —replicó el draenei.
— ¿Eran perfectamente dueños de su voluntad? ¿Durotan estaba
en plena posesión de sus facultades, tomó esas decisiones por
voluntad propia?

El profeta respondió de manera renuente:

—Sí.

Tyrande no pudo disimular una expresión de triunfo.

—Gracias. No hay más preguntas.

Taran Zhu decretó una hora de receso, pues intuía sabiamente que
los espectadores necesitaban salir de la sala para despejarse
mentalmente y olvidar lo que habían visto si no querían que unos
cuantos más engrosaran las filas de los «retenidos» hasta el final
del juicio.

115
Christie Golden

El mismo Anduin se excusó ante Jaina, Kalec y su padre, alegando


que tenía que tomar un poco de aire fresco y estirar las piernas, ya
que todavía no se le habían curado del todo, aunque lo que
realmente quería hacer era escapar. El receso era demasiado breve
como para que pudiera regresar a su lugar favorito de toda
Pandaria, la Locura del Albañil. Hacía mucho tiempo, los albañiles
habían tallado con sumo cuidado una serie de escalones que no
llevaban a ninguna parte en concreto, salvo a una vista
espectacular. Nadie conocía cuál había sido el propósito original de
esas escaleras. A Anduin le encantaba la idea de que esas escaleras
únicamente llevaran a un lugar hermoso, que además le parecía
muy sereno. Sin embargo, ahora, tendría que conformarse con
deambular por los terrenos del templo, lejos de la zona principal.

Se dirigió a un pequeño mirador, una ramificación de esa sección


que normalmente estaba reservada para los monjes y el maestro
Lao. Les habían pedido tanto a ellos como al herrero grúmel,
Flecha Negra, que no se acercaran al templo durante el día mientras
durase el juicio, por lo cual Anduin pudo disfrutar ahí de la soledad
que tanto deseaba.

El aire de la montaña era vigorizante y fresco. Anduin fue dejando


sus huellas sobre una fina capa de nieve. Unas cadenas
descomunales rodeaban ese mirador para evitar que los incautos se
cayeran. Al oeste, se alzaban unas montañas muy antiguas, cuyas
colosales cumbres, que atravesaban las nubes, estaban cubiertas de
nieve y envueltas en niebla. Al este, Anduin pudo ver dos pequeñas
pagodas, rodeadas de cerezos y custodiadas por una estatua del
poderoso Xuen.

La vista que tenía directamente de frente, al sur, parecía un cuadro


realizado por un maestro de la pintura, ya que reflejaba la paz del
templo y la vastedad de Pandaria. Anduin sintió la necesidad de
116
Crímenes de Guerra

proteger este lugar, una sensación que no era la primera vez que
experimentaba, y se preguntó por qué se sentía tan a gusto en un
lugar tan ajeno a él y a todo cuanto había conocido anteriormente.

— ¿Deseas estar solo, o puedo hacerte compañía? —preguntó


alguien situado a sus espaldas con una voz sedosa y joven que le
resultaba muy familiar. Anduin sonrió mientras se volvía hacia
Wrathion, quien se hallaba en la arcada.
—Claro que puedes quedarte, aunque no creo que ahora mismo
vaya a ser una buena compañía.
—No cabe duda de que la suma sacerdotisa Susurravientos, o quizá
debería decir Chu’shao Susurravientos, ha empezado muy fuerte
—afirmó Wrathion. a la vez que se colocaba junto a Anduin. Con
las manos entrelazadas a la espalda, contempló esa vista como si
real-mente le interesara, aunque Anduin sabía que no era así.
—Pues sí —replicó.
—Aun así, no nos ha contado nada nuevo —prosiguió hablando
Wrathion—. Todo el mundo odia a Garrosh. Entonces, ¿por qué ha
recurrido a un acontecimiento que sucedió incluso antes de su
nacimiento? Es una táctica curiosa.
—No, no lo es —contestó Anduin—. Nos ha demostrado que los
orcos no pueden recurrir a la excusa de «bebimos sangre de
demonio y nos volvimos locos». A Garrosh no lo corrompió eso...
no, eso seguro que no.

A Garrosh lo había corrompido su ansia de poder o su ceguera ante


el sufrimiento de los demás, las cuales era tan inmensas que a
Anduin le resultaban inconcebibles.

—Y aun así hizo cosas terribles —reflexionó Wrathion, quien


frunció el ceño y se acarició pensativo su escasa barba—. No
obstante... presentar a una raza de un modo tan burdo, con unas

117
Christie Golden

pinceladas tan bastas, se volverá en su contra si insiste en esa


estrategia. Se requieren más matices, más sutileza.
—Tú siempre piensas que se necesita más sutileza.

Ese comentario brotó con furia de los labios de Anduin antes de


que pudiera evitarlo. Se cruzó de brazos y se estremeció. El lugar
donde se celebraba el juicio se había caldeado gracias a los braseros
y al calor corporal; además, se le había olvidado traerse la capa.
También se dio cuenta de que la escena de la chica asesinada lo
había perturbado más de lo que había pensado.

Wrathion se limitó a reír, de tal modo que el frío aire transformó su


aliento en vaho.

—Eso es porque tengo razón. Nada es inmutable, príncipe Anduin.


La raza con la que uno se alía hoy puede ser el enemigo mañana.
En ese instante, señaló a esas montañas abriendo los brazos—.
Incluso la misma tierra a veces cambia y se desplaza. Los fuegos
arden y luego solo quedan rescoldos. En el aire puede reinar la
quietud y, de repente, surgir un tornado. Los océanos y los ríos se
hallan en constante movimiento. No existe la verdad pura y dura.

Anduin frunció los labios. Wrathion no tenía razón. No podía


tenerla. Algunas cosas eran universales, inmutables. Algunas cosas
siempre estaban mal. Como asesinar a inocentes.

—Si nada es sólido, ¿cómo puede permanecer en pie cualquier cosa


que se construya? —inquirió Anduin. Aunque había pretendido
hacer una pregunta, sonó más bien como un ruego.
—Hay diferentes grados de solidez —señaló Wrathion—. Si bien
tanto la piedra como el agua pueden resultar un tanto traicioneras
cuando uno intenta construir una casa sobre ellas, es mucho menos

118
Crímenes de Guerra

probable que acabes nadando si eliges la primera para poner los


cimientos.

Anduin permaneció callado por un momento. Unos pensamientos


cruzaron su cabeza a gran velocidad. Ninguno de ellos era muy
agra-dable y todos ellos discurrían profundamente por su mente. Al
final, se giró hacia el príncipe dragón y preguntó en voz baja:

—Wrathion, ¿consideras que somos amigos?

Wrathion pareció sorprenderse realmente ante esa cuestión, lo cual


regocijó un poco a Anduin. Ladeó la cabeza, en la que llevaba un
turbante, y arrugó los labios, mientras meditaba la respuesta.

—Sí —contestó al fin—. En todo caso, en la medida en que yo


puedo tener un amigo.

Anduin sonrió con cierta tristeza al oír esas últimas palabras.

—Entonces... podemos quedarnos aquí... disfrutando de este


reconfortante silencio sin más... por un rato... como amigos, ¿no?
—Oh, claro que sí —respondió Wrathion.

Y eso hicieron.

119
Christie Golden

CAPÍTULO NUEVE

—Por favor, dinos tu nombre y a qué te dedicas —dijo Tyrande.

El segundo testigo al que había llamado era un orco de edad


mediana, fornido y con una piel que era de color verde pálido, lo
cual era muy poco habitual. Tenía una barba negra muy poblada,
quizá para compensar que tenía la cabeza completamente calva.

—Soy Kor’jus y me dedico a plantar y vender setas en Orgrimmar.


— ¿Cómo se llama tu tienda y dónde se encuentra?
—Se llama Tierra Oscura y se encuentra en el Circo de las
Sombras. Tyrande echó a andar, o más bien a deslizarse, pues sus
pasos eran muy ágiles y elegantes. Tenía los brazos cruzados y un
ceño de suma concentración que quebraba la perfección de esa
noble frente.
—Tierra Oscura —repitió con un tono exageradamente
dramático—. El Circo de las Sombras. Eso suena muy siniestro. O
tal vez... clandestino. No estarías haciendo algo que pudiera atraer
la atención del Jefe de Guerra para tu desgracia, ¿eh?

120
Crímenes de Guerra

Como hizo esa pregunta con un tono bastante acusatorio, Kor’jus


se sintió ofendido.

—Mis setas han tenido el honor de servirse en la mesa de dos Jefes


de Guerra —le espetó—. Esa ha sido la única atención que me han
dispensado recientemente.
—Si el tribunal me permite, me gustaría mostrar al jurado a qué se
refiere Kor’jus.

Una vez más, Chromie activó la Visión del Tiempo y, al instante,


apareció una imagen en la que Kor’jus estaba arrodillado
cosechando setas. Se hallaba de espaldas a la puerta, concentrado
en su labor, por lo que no vio cómo esos visitantes levantaban la
cortina. Aun así, quizá intuyó su presencia, ya que Kor’jus arrugó
el ceño y se volvió.

—Para ahí, por favor—le pidió Tyrande. Chromie detuvo la escena


de inmediato—. Kor’jus, ¿puedes contarnos quiénes son estos
orcos?
—Solo conocía el nombre de uno de ellos, pero sí sé que todos eran
Kor’kron. El orco Roca Negra, ese que tiene solo tres dedos en una
mano y una cicatriz que le recorre toda la cara, es Malkorok. O lo
era, al menos.

Esta identificación no era realmente necesaria, pues solo era una


formalidad, ya que la mayoría de los ahí reunidos reconocieron al
difunto líder de los Kor’kron. Malkorok, ese orco de piel gris
cubierto de pintura roja de guerra, se había convertido para muchos
en el mejor ejemplo de lo peor que eran capaces de hacer los orcos
Roca Negra. Oh, sí, lo reconocían y despreciaban.

—Gracias. Chromie, continúa, por favor.

121
Christie Golden

—Lean el letrero —dijo la imagen de Kor’jus—. La tienda ya no


abre hasta mañana.

En ese instante, aferró con más fuerza el pequeño cuchillo que


había estado utilizando en su labor.

—No hemos venido a por setas —replicó Malkorok con un tono


sereno. Tanto él como los otros cuatro orcos entraron entonces en
la tienda. Uno de ellos apartó la cortina—. Hemos venido a por ti.
La incertidumbre se adueñó entonces de Kor’jus.
— ¿Qué he hecho? —preguntó—. Soy un honrado mercader. Nadie
puede tener ninguna queja sobre mí. ¡El mismo jefe de Guerra
Garrosh come las setas que yo mismo cosecho!
—El Jefe de Guerra es el motivo que nos ha traído aquí —aseveró
Malkorok, dando un paso hacia el frente y luego otro. Kor’jus no
se movió de donde estaba—. Lo has criticado... así que a lo mejor
algún día caes en la tentación de servirle unas setas cultivadas con
menos esmero, ¿eh?

En ese momento, Kor’jus comprendió lo que ocurría y le lanzó una


mirada furibunda.

—La Horda no está compuesta de esclavos. ¡Todos sus miembros


son valiosos! ¡Puedo criticar las decisiones del Jefe de Guerra y no
por eso estoy conspirando en su contra!

Malkorok ladeó la cabeza de un modo exagerado y se dio unos


golpecitos en el mentón con un dedo, como si realmente estuviera
meditando sobre esas palabras.

—No —dijo—. No creo que eso sea posible.

122
Crímenes de Guerra

Agarró al cultivador de setas de la muñeca con la mano en la que


solo tenía tres dedos. Incluso mutilado, resultaba obvio que
Malkorok conservaba aún mucha fuerza en esa extremidad, ya que
Kor’jus soltó el cuchillo y profirió un grito ahogado. Con suma
indiferencia y regodeándose claramente, Malkorok le dobló el
brazo a su víctima hacia atrás y se lo rompió con un crujido
perfectamente audible. Los otros cuatro se abalanzaron
rápidamente sobre él, tal vez porque temieran perderse la diversión,
y se carcajearon como si estuvieran bebiendo en vez de golpeando
a un oponente al que superaban en número hasta dejarlo reducido
a una masa informe.

Solo emplearon los puños y le golpearon allá donde le iba a doler


más y no donde podrían provocarle la muerte; en la cara, las piernas
y los brazos. Uno de los Kor’kron le dio un puñetazo directamente
en la cara a Kor’jus y le partió la nariz; la sangre y los mocos
manaron a raudales. La cabeza se le fue hacia atrás violentamente
y varios dientes salieron volando al recibir un segundo puñetazo de
ese mismo orco excesivamente fervoroso, pero cuando le iba a
propinar un tercero, Malkorok lo detuvo.

—Si lo matamos, no podrá mostrar a la gente lo atemorizado que


está —le reprendió su líder.

Kor’jus alzó la barbilla y contempló detenidamente cómo la Visión


mostraba la paliza que había recibido en su día. A pesar de que se
había enfrentado a cinco Kor’kron muy bien adiestrados y él solo
era un mero tendero, Kor’jus aguantó los golpes varios minutos,
aunque, al final y de un modo inevitable, cayó de rodillas al suelo.
Su cara apenas era ya reconocible y respiraba con jadeos
irregulares y agónicos. Una última patada hizo que acabara hecho
un ovillo en el suelo, pero incluso entonces se resistió a chillar.

123
Christie Golden

Los Kor’kron ni siquiera habían roto a sudar y se dieron palmaditas


unos a otros en la espalda mientras se marchaban. En cuanto se
largaron, Kor’jus alzó la cabeza, escupió sangre y más dientes y
quedó inconsciente.

La escena se desvaneció. Ahora, Kor’jus respiraba agitada y


furiosamente. Tyrande reanudó el interrogatorio.

—Kor’jus, ¿sabes si otra gente sufrió ataques parecidos al que tú


sufriste?
—No —respondió el orco—. Hubo otros a los que dieron unas
palizas tan fuertes como la mía, o incluso peores.
—A ti te dieron una paliza extremadamente severa —aseveró
Tyrande—. Es un milagro que no murieras.
—Con todo respeto... —acertó a decir Baine.
—Retiro ese último comentario, Lord Zhu —dijo Tyrande,
interrumpiendo así a la defensa a la que lanzó una mirada que
parecía indicar que su paciencia se agotaba—. Por favor, explícale
al jurado que quieres decir con «peores».
—Me refiero a la explosión que tuvo lugar en Cerrotajo hace
tiempo —replicó Kor’jus.
—Cerrotajo no es conocido precisamente por su decoro —objetó
Tyrande y, al instante, unas risitas ahogadas se extendieron por
todo el auditorio—. No hay duda de que ahí reina la violencia... por
lo que incluso una explosión podría haber sido provocada por unos
clientes insatisfechos y no por los Kor’kron.

A pesar de que el público se estaba divirtiendo con esos


comentarios, Kor’jus mantuvo en todo momento una expresión
sombría.

—Yo estuve ahí. Me hallaba en esa posada porque intentaba evitar


Orgrimmar lo máximo posible, para no cruzarme con Malkorok. —
124
Crímenes de Guerra

Se rio brevemente—. Irónico, ¿no? Entonces, él entró en ese lugar


y amenazó a un Renegado y a una elfa de sangre. —En ese instante,
Kor’jus pareció hallarse bastante incómodo—. Me largue en cuanto
llegaron, sin que nadie me viera marcharme. Tuve suerte.
— ¿Los amenazó de veras? ¿Física o verbalmente?
—Intentó intimidarlos, al menos al principio. Pero no sé qué se
dijeron después.

Tyrande asintió.

—Chromie, si me haces el favor. Veamos exactamente qué ocurrió.

Anduin nunca había estado en la posada de Cerrotajo y no vio nada


en esa escena que le hubiera llevado a desear visitarla antes de ser
destruida y reconstruida. Era muy oscura, ruidosa, mugrienta y,
probablemente, apestaría. Se fijó en que el dragón bronce Kairoz
intentaba disimular una sonrisa provocada por algunas de las
reacciones que estaba suscitando esta escena.

No obstante, parecía un lugar muy bullicioso donde poder


divertirse hasta que los Kor’kron entraron. Se detuvieron en la
puerta y sus robustos cuerpos bloquearon la entrada a casi toda la
luz que penetraba en la estancia principal de la taberna. Dos
clientes, un Renegado y una sin’dorei que estaban bebiendo juntos,
alzaron la vista hacia los recién llegados.

—Alto —ordenó Tyrande—. Estos dos miembros de la Horda son


el capitán Frandis Farley y Kelantir Sangrehoja. El capitán Farley
fue enviado por lady Sylvanas para comandar las unidades
Renegadas que iban a servir bajo las órdenes del Jefe de Guerra. La
Caballero de Sangre Sangrehoja había servido previamente a las
órdenes del General Forestal Halduron Alabrillante. Ambos, según

125
Christie Golden

se cuenta, lucharon de manera excelente en la batalla del Fuerte del


Norte.

Anduin echó una ojeada a la zona de la Horda. Tanto Sylvanas


como Halduron se encontraban inclinados hacia delante en sus
respectivos asientos. Si bien Anduin no había oído nunca hablar de
Farley ni de Sangrehoja, a juzgar por cómo sus líderes estaban
reaccionando ante esas imágenes, tenían en mucha estima a ambos,
de eso no había duda.

Sangrehoja tenía el pelo del color del sol y una piel tan pálida que
parecía que nunca había sido tocada por el astro rey. A pesar de
hallarse de permiso, ella seguía llevando puesta parte de su
armadura. Farley, por su parte, se había descompuesto bastante
antes de renacer como Renegado, por lo cual Anduin se preguntaba
cómo se las arreglaba para ingerir líquidos con esa mandíbula que
no parecía que pudiera cerrar.

Tyrande asintió en dirección hacia Chromie, y la escena se


reanudó.

—Tenemos problemas —le comentó Kelantir a su compañero.


—Eso no tiene por qué ser así. —Frandis alzó un brazo huesudo y
agitó una mano en el aire—. ¡Amigo Malkorok! ¿Qué haces por los
bajos fondos? Lo que uno puede hallar en un orinal es probable que
sea mejor que la bazofia que este granuja de Grosk sirve aquí, pero
es barato y cumple su cometido, o eso dicen. Acércate, deja que te
invitemos a una ronda.

Malkorok sonrió. A Anduin eso le dio muy mala espina y, si su


expresión era indicativo de algo, también a Kelantir.

126
Crímenes de Guerra

—Grosk, bebidas para todos. —El orco Roca Negra le dio una
palmada a Frandis en la espalda tan fuerte que el Renegado estuvo
a punto de caer de bruces sobre la mesa—. Esperaba encontrarme
con algún tauren o Renegado aquí. Pero he de decir que tú pareces
tremendamente fuera de lugar.

En ese instante, posó su mirada sobre Kelantir.

—Te equivocas. Me estado en sitios mucho peores que este —le


corrigió la paladina, la cual entornó los ojos mientras observaba a
Malkorok, a quien el posadero, presumiblemente ese granuja de
Grosk, estaba sirviendo.
—Tal vez, tal vez—replicó Malkorok—. Pero ¿por qué no estás en
Orgrimmar?
—Tengo alergia al hierro —contestó Kelantir.
A pesar de la tensión que reinaba en el ambiente, Anduin sonrió
ampliamente. Le caía bien la tal Kelantir. Era muy valiente. Y esas
palabras eran algo que podría haber dicho perfectamente su amiga
Aeryn, una enana con muchas agallas que había muerto durante el
Cataclismo.

En un principio, Malkorok pareció estupefacto, pero al final se


echó a reír.

—Al parecer, tú y unos cuantos más prefieren estos entornos


rústicos. ¿Dónde está ese joven toro llamado Baine y ese adulador
que lo suele acompañar que responde al nombre de Vol’jin?
Esperaba poder hablar con ellos.

En ese momento, todas las miradas se posaron en el nuevo Jefe de


Guerra y la defensora. Ellos, por supuesto, estaban viendo esto por
primera vez, como la mayoría de los presentes, y parecieron un
tanto sorprendidos por la dureza del insulto.
127
Christie Golden

—Hace tiempo que no les veo —afirmó Kelantir, quien colocó los
pies sobre la mesa, sin apartar la mirada del orco—. No me
relaciono mucho con los tauren.
— ¿De veras? —replicó Malkorok—. Pues tenemos testigos que
nos han dicho que tanto tú como Frandis estuvieron conversando
íntimamente anoche en esta misma posada con ese tauren y ese trol,
entre otros. Nos han informado de que dijeron cosas como que
«Garrosh es un necio», que «Thrall debería volver para enviarlo a
patadas a Entrañas» y que «fue una cobardía lanzar la bomba de
maná sobre Theramore».
—Y algo más sobre los elementos —añadió otro Kor’kron.
—Ah, sí, los elementos... algo acerca de que era una pena que
Cairne no lo hubiera matado cuando había tenido la oportunidad,
porque Thrall nunca habría utilizado los elementos de un modo tan
cruel e insultante —continuó diciendo Malkorok.

Daba la impresión de que a Kelantir se le había congelado ese


hermoso rostro. Frandis Farley, que sostenía una jarra, estaba
manchando la mesa con un goteo constante de una sustancia
asquerosa.

—Pero si dicen que no han visto recientemente ni a Baine ni a


Vol’jin, supongo que esos testigos deben de estar equivocados —
concluyó Malkorok.
—Pues claro —dijo Frandis, recuperándose del susto—. Necesitas
unos confidentes más fiables.

Acto seguido, se volvió hacia su bebida.

—Pues sí —admitió Malkorok de buena gana—, ya que es obvio


que ninguno de ustedes sería capaz de decir tales cosas en contra
de Garrosh para cuestionar su liderazgo.
128
Crímenes de Guerra

—Me alegro de que lo entiendas —comentó Frandis—. Gracias por


las bebidas. ¿Puedo invitarte a la siguiente ronda?
—No, será mejor que sigamos nuestro camino —respondió
Malkorok—. A ver si podemos dar con Vol’jin y Baine, ya que, por
desgracia para nosotros, no están aquí.
Y por suerte para ellos, pensó Anduin. Sus loa y la Madre Tierra
debieron de protegerlos.

Malkorok se levantó y asintió.

—Disfruten de la bebida —dijo y, a continuación, salió de la posa-


da con el otro Kor’kron.
—Ha faltado muy poco —señaló Kelantir, quien suspiró aliviado.
—Pues sí —replicó Frandis—. Por un segundo, me he imaginado
que nos arrestaría, si no nos atacaba directamente.

Kelantir echó un vistazo a su alrededor.

—Qué raro. Grosk se ha largado.

Frandis se colocó la mandíbula en su sitio para poder esbozar un


gesto de contrariedad.

— ¿Cómo? ¡Pero si la posada está aborrotada! Debería contratar


más gente y no largarse cuando tiene a varios clientes sedientos
esperando.

En cuanto ambos cruzaron sus miradas, Anduin lo supo. Se le erizó


el pelo del cogote y quiso vociferar una advertencia. Pero eso no
estaba sucediendo en el presente, eso era el pasado, y ya era muy
tarde, siempre había sido muy tarde para cuando Farley y
Sangrehoja se habían dado cuenta de lo que ocurría.

129
Christie Golden

La pareja a la que aguardaba un funesto destino se puso en pie y


corrió hacia la puerta. De repente, se vieron rodeados de hielo y se
quedaron congelados ahí mismo, y la escena se tornó blanca. El
estruendo de una explosión reverberó por toda la sala y, acto
seguido, la Visión desapareció.

Tyrande, que se hallaba en el centro de la estancia, alzó la mirada


hacia el lugar donde se encontraban sentados los Celestiales. A esta
distancia resultaba muy difícil verles las caras, pero Anduin, quien
conocía bien a Chi-ji al menos, sabía que tenían que estar tan
afligidos como todos los demás ahí presentes. Aunque la elfa de la
noche abrió la boca como si pretendiera decirle algo al jurado,
pareció pensárselo mejor y negó con la cabeza. No tenía que
explicar qué era lo que acababan de ver. Todos lo entendieron
perfectamente.

—No hay más preguntas, Fa’shua Zhu.

Regresó a la silla rodeada de ese silencio total que llenaba ese


enorme coliseo.

130
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DIEZ

Baine permaneció sentado durante un largo instante. Esperaba


transmitir una sensación de calma, aunque en realidad la ira que
sentía amenazaba con impedirle interrogar a Kor’jus como era
debido, pues una tremenda furia se había apoderado de él por culpa
de lo que acababa de ver.

Al igual que casi todo el mundo, siempre había sospechado que esa
explosión en la posada de Cerrotajo no había sido un accidente,
pero claro, no había quedado ningún testigo con vida que pudiera
demostrar nada. Por lo que él conocía, Grosk siempre había
mantenido que no sabía nada e insistía en que había abandonado el
local en el momento preciso por pura suerte.

Pero eso daba igual. Él no era quien había lanzado primero una
bomba de escarcha y luego una granada de fragmentación al
interior de una taberna abarrotada.

Baine rezó en silencio para poder mantener la compostura mientras


se levantaba y se acercaba a Kor’jus.

131
Christie Golden

—Te fuiste justo a tiempo, por lo visto —afirmó Baine—.


Malkorok y los Kor’kron habían decidido que ya no bastaba con
dar unas meras palizas para impedir que la gente criticara a
Garrosh, eso está claro.

Kor’jus asintió.

—Dices la verdad. Y doy gracias a los ancestros por seguir vivo.


—No cabe duda de que Malkorok hacía lo mismo que había hecho
en la montaña Roca Negra —continuó hablando Baine—.
Rastreaba a aquellos a los que consideraba traidores y los eliminaba
sin contemplaciones por ser una amenaza. Tal y como creo que tú
mismo has dicho antes, hubo otros que también fueron el blanco de
las iras de este Kor’kron tan obsesivo.
—Sí, no fui el único al que amenazó, ni de lejos.
— ¿Acaso alguno de ellos le oyó decir a Malkorok que Garrosh le
había ordenado directamente... amenazar... a alguien?

Kor’jus frunció el ceño y miró fugazmente al orco en cuestión.


Garrosh permanecía sentado como si fuera una figura tallada en
piedra, con una mirada inexpresiva que denotaba una total falta de
interés.

—No. Pero creo que está claro que...

Baine alzó una mano.

—Limítate a responder la pregunta, por favor.

A pesar de que arrugó aún más el ceño, al final, Kor’jus respondió


hoscamente:

132
Crímenes de Guerra

—No.
—Así que no puedes aseverar ante este tribunal que el acusado
ordenó jamás asesinar a su propia gente por criticarlo, ¿verdad?
—No —repitió Kor’jus, quien tuvo que contenerse como pudo,
pues quería explayarse aún más.
—Entonces, es perfectamente posible que Malkorok y los
Kor’kron actuaran por cuenta propia, y que Garrosh nunca tuviera
noticia de este incidente, ¿no? O, de hecho, no supiera nada sobre
todos esos incidentes tan similares. Y que de haberlo sabido, tal vez
habría desaprobado esas acciones y hubiera tomado medidas contra
Malkorok, ¿eh?
—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande.
—Estoy de acuerdo con la defensa —replicó Taran Zhu—. Que el
testigo responda.

Kor’jus gruñó a través de unos dientes muy apretados.

—S-sí. Es posible.
—No tengo más preguntas —afirmó Baine, quien hizo un gesto de
asentimiento a Tyrande, la cual no hizo ademán alguno de
aproximarse al testigo.
—Fa’shua —dijo Tyrande—, solicito que se vuelva a leer ante este
tribunal una parte de la declaración de intenciones inicial. El
segmento en que se dirigía al acusado justo antes de enumerar los
cargos.
—Propuesta aceptada —contestó Taran Zhu, quien asintió a
Zazzarik Fryll, el goblin cuya bella caligrafía y neutralidad habían
sido compradas por una tarifa no muy exagerada. El goblin se
ajustó las gafas sobre esa nariz aguileña y, con su diminuto pecho
henchido de orgullo, desenrolló un pergamino.
—«Garrosh Grito Infernal —leyó con una voz áspera—, has sido
acusado de crímenes de guerra, de crímenes contra la misma
esencia de los seres conscientes de Azeroth, así como de crímenes
133
Christie Golden

contra la propia Azeroth. También se te acusa de ciertos actos


cometidos en tu nombre, o por aquellos con los que te aliaste».
—Gracias —dijo Tyrande.

Zazzarik volvió a coger la pluma y el pergamino en el que había


estado escribiendo hasta hacía solo unos instantes.

—«También se te acusa de ciertos actos cometidos en tu nombre,


o por aquellos con los que te aliaste» —repitió la elfa de la noche,
quien acto seguido se encogió de hombros. Después, miró a los
Celestiales y aseveró—: Hay momentos en que las cosas son tan
obvias que creo que mi presencia aquí no es necesaria.

Esas últimas palabras enfurecieron tanto a Baine que se puso de pie


de un salto.

— ¡El comentario de la acusadora es totalmente inapropiado! —


exclamó, olvidándose de todo formalismo.

Tyrande sonrió y alzó una mano para pedir calma.

—Retiro esa última afirmación, Fa’shua, y me disculpo ante mi


estimado colega. No tengo más preguntas.
—El testigo puede volver a su asiento —le comunicó Taran Zhu.
Kor’jus se levantó y volvió deprisa a los estrados, sumamente
aliviado. Taran Zhu clavó su mirada en Tyrande—. Chu’shao, debo
pedirte que obres con cautela en este proceso. No me gustaría tener
que reprenderte.
—Lo comprendo —contestó Tyrande.

Baine se volvió y contempló primero a Garrosh con los ojos


entornados y después a Tyrande.

134
Crímenes de Guerra

—Solicito un receso de diez minutos para poder hablar con el


acusado y mi consejero en cuestiones temporales antes de pasar a
interrogar al siguiente testigo, Fa’shua.
—Receso concedido —replicó Taran Zhu, quien golpeó el gong a
continuación.

Un perplejo Kairoz se aproximó a Baine. Tyrande, que todavía se


hallaba de pie junto a su mesa, agachó la cabeza para mostrar su
aprobación. El dragón bronce cogió la silla que ella había dejado
vacía, le guiñó un ojo y sonrió.

—Te la devolveré en un santiamén —le prometió a la sorprendida


suma sacerdotisa y, acto seguido, arrastró la silla hasta colocarla al
lado del encadenado Garrosh.

Entonces, Baine dijo en voz baja pero con enfado:

—Tyrande no va a olvidar lo que acabas de hacer.


—No pretendo que lo haga —respondió Kairoz, quien habló
también muy bajito—. Según mis cálculos, y en estas cosas nunca
me equivoco, tenemos únicamente siete minutos y dieciocho
segundos para hablar. Así que, adelante, Chu’shao.

No hizo falta que le dijera nada más al tauren, que centró su


atención totalmente en Garrosh e hinchó las fosas nasales.

—En nombre de la Madre Tierra, pero ¿qué estás haciendo,


Garrosh?
— ¿Yo? —replicó el orco riéndose entre dientes—. Pero si no estoy
haciendo nada.
—A eso me refiero precisamente. No muestras ningún
arrepentimiento, no reaccionas de ningún modo... ¡ni siquiera
muestras el más mínimo interés por este proceso judicial!
135
Christie Golden

Garrosh se encogió de hombros, lo cual provocó que sus cadenas


tintinearan con un extraño ruido agudo.

—Eso es porque este proceso no me interesa para nada... Chu‘shao.

Baine masculló un juramento.

—Entonces, ¿deseas de verdad que te ejecuten?


—No quiero que me ejecuten, pero no me importaría morir si
pudiera hacerlo de manera gloriosa, batallando contra gente como
esta sacerdotisa a la que han encomendado la tarea de condenarme.
Sí, eso sí lo deseo, sin lugar a dudas.
— ¡A cada momento que pasas sentado estoicamente en esa silla,
las probabilidades de que te liberen y puedas volver a luchar
menguan! ¡No estás haciendo nada que me ayude a defenderte! —
le advirtió Baine.
—No soy un niño al que se puedan contar cuentos de hadas, Pezuña
de Sangre —replicó Garrosh—. Nunca me permitirán batallar de
nuevo, ni, aunque viviera tanto como este dragón bronce.
—La vida está repleta de sorpresas —le espetó Kairoz de un modo
totalmente inesperado—. Pero yo diría que seguramente no
volverás a participar en una batalla si tu cabeza acaba trinchada en
una pica como un pollo asado, para ser exhibida en las puertas de
todo el camino que lleva de Ventormenta a Orgrimmar y viceversa.

Mientras transcurrían los minutos, Baine permaneció sentado un


momento, reflexionando al respecto. Si a Garrosh no le importaba
su destino, ¿por qué debería importarle a él? Seguramente, estoy
desempeñando mi labor de manera honorable, pensó Baine. Nadie
podrá echarme en cara que no intenté defenderlo como es debido.
Pero ¿y si lo indultan? Entonces ¿qué?

136
Crímenes de Guerra

—Chu’shao Pezuña de Sangre —le dijo Kairoz con un tono


apremiante, pero Baine alzó una mano para pedirle silencio al
dragón.

Sabía que estaba defendiendo bien al orco; probablemente, mejor


de lo que se merecía. Pero cuando se encontrara con su padre en el
más allá, ¿sería capaz de decirle: «He vuelto a casa, padre. Lo hice
lo mejor que pude»?

Sabía cuál era la respuesta. Presa de la resignación, Baine respiró


hondo y se volvió de nuevo hacia Garrosh.

—Dame algo con lo que pueda rebatir los argumentos de la parte


contraria, Garrosh. Aún no has colaborado para nada en tu propia
defensa.
—Y, como puedes ver, las cosas van estupendamente para ti —
apostilló Kairoz.

Baine fulminó a Kairoz con la mirada.

—Tu confianza me anima mucho. —A continuación, se giró hacia


Garrosh—. Si no quieres hablar conmigo, al menos ayúdame a
defenderte... ¿Hay alguien con quien querrías hablar? ¿Algún
guerrero, algún chamán que tenga tu respeto?

Una extraña sonrisa cobró forma alrededor de los colmillos de


Garrosh.

—Bueno, Chu’shao... hay... uno —contestó.

Todavía desconcertado ante la petición completamente inesperada


por parte de Garrosh de que quería contar con un hombre de

137
Christie Golden

confianza, Baine se acomodó junto al orco unos momentos


después.

La sonrisa que Garrosh había esbozado anteriormente había


desaparecido y había adoptado una vez más esa máscara
inescrutable que había llevado por rostro hasta ahora a lo largo del
proceso. Tyrande estaba echando por tierra todo lo que planteaba
Baine. No quedaba nadie vivo a quien Baine pudiera echarle la
culpa de lo que Garrosh había hecho, y muy pocos que hablaran o
que incluso pudieran hablar bien de él.

El siguiente testigo de Tyrande estaba en esos instantes jurando que


respetaría el honor de ese tribunal. Baine meditó con amargura y
llegó a la conclusión de que Kairoz había dado en el clavo con los
comentarios que había hecho. La elfa de la noche había llamado a
otro orco, al que muchos de los presentes conocían y respetaban.
Uno al que Baine no ansiaba interrogar precisamente.

Varok Colmillosauro.

Se sentó en la silla y su mera presencia irradió carisma y calma. El


paso del tiempo había dejado su marca en ese verde rostro, el
tiempo y la tristeza le habían abierto unas arrugas profundas en la
frente y alrededor de esos colmillos amarillentos. Unas trenzas
largas y canosas caían sobre unos hombros todavía descomunales.
Mostraba una mirada atenta y alerta. Baine sabía por qué derroteros
iba a transcurrir ese interrogatorio, así que estiró las orejas, con la
esperanza de dar con algo, con cualquier cosa, con la que pudiera
ayudar a Garrosh de algún modo.

—Por favor, dinos tu nombre —le pidió Tyrande con suma


amabilidad.

138
Crímenes de Guerra

—Soy Varok Colmillosauro —respondió con una voz grave—.


Hermano de Broxigar, padre de Dranosh. Y sirvo a la Horda.
—Broxigar es uno de los mayores héroes no solo de la Horda sino
de todo Azeroth, ¿verdad?

Colmillosauro entrecerró los ojos, como si sospechara que estaba


intentando jugársela.

—Yo y muchos otros lo consideramos un héroe, sí —replicó.


—Tu propio pueblo, así como la Alianza, te tiene en muy alta
estima —prosiguió diciendo Tyrande. Baine pudo notar que la elfa
de la noche hablaba sobre él con verdadero respeto—. Muchos de
los aquí presentes saben que tu hijo sufrió un destino terriblemente
trágico.

Varok mantuvo cautelosamente un semblante impasible.

—Muchos otros han sufrido por culpa de esa fuerza tenebrosa


conocida como el Rey Exánime. Nunca he pedido un trato especial
por ello.

Esa respuesta era completamente cierta; el valeroso Dranosh


Colmillosauro había sido asesinado en lo que se había acabado
conociendo como la Batalla de Angrathar, en la Puerta de Cólera,
y que luego había sido obligado a alzarse de entre los caídos como
un no-muerto para enfrentarse a su padre y otros héroes de la
Horda. Pero tales horrores eran bastante habituales, por desgracia.
Muchos, al igual que Varok, se habían visto obligados a enfrentarse
a alguien al que amaban cuya muerte ya habían llorado
anteriormente. El tenebroso legado del Rey Exánime seguía
lastimando los corazones heridos de los supervivientes: no
obstante, los Caballeros de la Espada de Ebano habían pasado a

139
Christie Golden

formar parte tanto de la Horda como de la Alianza, aunque la


integración no estaba siendo nada fácil.

—Me gustaría que los demás pudieran entender del todo el calvario
que has sufrido, si el tribunal me da su permiso.

De repente, Baine fue consciente de cuál era la escena que Tyrande


pretendía mostrar y sintió un escalofrío nauseabundo.
No. Daba igual si Tyrande estaba obrando de una manera muy
calculadora o si se estaba dejando llevar por una compasión
malentendida. No podía dejarla mostrar...

Baine se puso en pie como un rayo.

— ¡Con todo respeto, protesto! —gritó—. Varok Colmillosauro ya


ha sufrido bastante, Fa’shua, lo que está sugiriendo Tyrande
únicamente servirá para echar más sal a la herida. ¡No quiero ver
cómo se le obliga a ser testigo de la muerte de su hijo una vez más!
—Lo que vas a ver o no en este juicio no es una decisión que esté
en tus manos, Chu’shao —le advirtió Taran Zhu—. Pero estoy de
acuerdo contigo. Este tribunal admite que Varok Colmillosauro es
un héroe de guerra muy respetado y que ha sufrido una gran
pérdida, pero Chu’shao Susurravientos no entendemos qué relación
tiene esto con Garrosh. Aquí no se está juzgando al Rey Exánime.

El rubor se apoderó de las mejillas de Tyrande.

—Retiro mi petición y pido disculpas al testigo si le he molestado.

Aunque Varok apretó los dientes, asintió de un modo brusco y seco.


Entonces, la suma sacerdotisa prosiguió:

140
Crímenes de Guerra

— ¿Estás de acuerdo en que eres muy respetado, Varok


Colmillosauro? ¿En que hay muy pocas personas, si es que hay
alguna, que sea capaz de cuestionar tu devoción por la Horda?
—No me compete a mí decidir cómo deben verme los demás —
respondió Colmillosauro—. Solo puedo hablar por mí mismo y
puedo afirmar que amo a la Horda con todo mi ser.
— ¿Tanto como para morir por ella?
—Sí, por supuesto.
— ¿Y cómo para matar por ella?
—Ciertamente. Soy un guerrero.
— ¿Se podría decir que tanto tú como otros se valieron de la Horda
para tener... licencia para masacrar?
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Baine—. ¡La acusación
parece estar tan obsesionada con ciertos hechos del pasado que no
tienen nada que ver con el acusado que esto bordea ya el odio!

Taran Zhu se volvió con un semblante sereno hacia Tyrande.

—Chu’shao, ¿puedes explicarnos en qué medida esta línea de


interrogatorio tiene relación con el caso?
—En realidad, estoy intentando demostrar que este testigo es una
persona racional y responsable, Lord Zhu, lo cual no tiene nada que
ver con el odio —replicó, lanzando una mirada furiosa a Baine.

Taran Zhu caviló al respecto y, acto seguido, dijo:

—Muy bien. Admito la pregunta. El testigo puede responder.


—Mi respuesta es sí —dijo Varok.
—Actualmente, ¿le parece bien ese tipo de comportamiento? —
inquirió Tyrande.
—No, no me lo parece. Y eso es algo que ya he comentado en el
pasado.
— ¿A quién?
141
Christie Golden

—No es ningún secreto que no estoy orgulloso de lo que hice.

Varian miró a Velen mientras pronunciaba estas palabras.

— ¿Expresó esta opinión ante Garrosh Grito Infernal?


—Sí, lo hice.

Tyrande asintió.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría mostrar una


Visión que creo que tiene mucha relación con lo que acabamos de
escuchar. Y que conste en acta —añadió, mirando a Baine— que
se me ha pedido que retire la primera Visión que pretendía mostrar.
—La acusación puede presentar esta evidencia —dijo Taran Zhu.
Chromie manipuló la Visión del Tiempo de un modo que ya era
habitual para todos y, a continuación, unas imágenes cobraron
forma en el centro de esa estancia.

Por primera vez, los ahí congregados vieron a Garrosh Grito


Infernal no como estaba ahora (capturado, encadenado y con un
rostro inexpresivo), sino tal y como era hace unos años, antes de la
caída del Rey Exánime. Cuando mi padre aún respetaba al hijo de
Grommash Grito Infernal, pensó Baine.
Incluso el Alto Señor Supremo Colmillosauro parece más joven,
reflexionó el tauren, al darse cuenta con sumo pesar de lo mucho
que le había pasado factura al orco la muerte de su único hijo.

Garrosh y Colmillosauro se encontraban en Bastión Grito de


Guerra en la Tundra Boreal, contemplando un mapa enorme que
había en el suelo. Estaba compuesto de pieles que se habían cosido
unas con otras y contaba con estandartes en miniatura de la Horda
y la Alianza, que señalaban el emplazamiento de diversas
fortalezas; un zepelín de juguete, que se movía con un zumbido; y
142
Crímenes de Guerra

unas calaveras pintadas que representaban a la aparentemente


infatigable Plaga. Colmillosauro se arrodilló y señaló a algunas
cosas mientras hablaba. Garrosh parecía distraído y daba la
impresión de hallarse al mismo tiempo enfadado y aburrido.
Colmillosauro estaba intentando dejarle muy claro a Garrosh que
era importante que las tropas necesitaban su apoyo en ciertas
cuestiones de organización e intendencia cuando Grito Infernal
replicó con un gesto de desdén:

—Vías marítimas, provisiones, suministros... ¡Me muero de


aburrimiento! No necesitamos nada más que el espíritu guerrero de
la Horda, Colmillosauro. ¡Ahora que nos hemos atrincherado con
firmeza en este páramo helado, nada podrá detenernos!

Baine se percató de que Garrosh se dirigía con mucha familiaridad


a ese otro orco mucho mayor y más experimentado, y eso no le
gustó nada. Colmillosauro, sin embargo, no cayó en la trampa e
insistió:

—Máquinas de asedio, municiones, armaduras pesadas... —replicó


Colmillosauro—. ¿Cómo pretendes destrozar las murallas de
Corona de Hielo si no cuentas con esos recursos?

Garrosh esbozó una sonrisilla de suficiencia y se estiró cuan largo


era.

— ¿Que «cómo pretendo»? —contestó burlonamente—. ¡Te voy a


mostrar qué pretendo hacer! —Alzó a Aullavísceras y aplastó con
esa hacha a las figuras que representaban la Fortaleza Denuedo—.
Ya está... ya tenemos una vía marítima. Y solo para asegurarnos...

Al instante, pisoteó Valgarde y la Fortaleza de la Guardia del Oeste.

143
Christie Golden

Colmillosauro le espetó:

— ¡El hijo pródigo ha hablado! La sangre de tu padre corre con


fuerza por tus venas, Grito Infernal. Eres tan impaciente como
siempre... Impaciente y temerario. Pretendes lanzarte de cabeza a
librar una guerra total sin pensar en las consecuencias.
—No me hables de consecuencias, anciano.

A Baine se le pusieron los pelos de punta y, al parecer, también al


Colmillosauro de la Visión, quien se acercó a Garrosh y le
reprendió:

—Bebí de la misma sangre que bebió tu padre, Garrosh. El veneno


de la maldición de Mannoroth recorrió también mis venas. He
clavado mis armas en los cuerpos y las mentes de mis enemigos. Y
si bien Grommash tuvo una muerte gloriosa (con la que nos liberó
a todos de la maldición de esa sangre), no pudo borrar los terribles
recuerdos de lo que hicimos en el pasado. Su valeroso acto no
puede borrar los horrores que cometimos.

Entonces, la imagen de Colmillosauro miró para otro lado y


empezó a hablar, con la mirada perdida, más para sí mismo que
para el joven orco.

—El invierno posterior a que la maldición acabara, cientos de orcos


tan veteranos como yo se dejaron arrastrar por la desesperación. Sí,
nuestras mentes por fin eran libres... Libres para recordar todos
esos actos inconcebibles que habíamos llevado a cabo cuando nos
encontrábamos bajo la influencia de la Legión. —Asintió, como si
acabara de llegar a una conclusión, y siguió hablando con un tono
tan bajo que Baine tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder
escucharlo—. Creo que fueron los gritos de los niños draenei lo que
más perturbó a la mayoría... Eso nunca se olvida... ¿Has estado
144
Crímenes de Guerra

alguna vez en La Pocilga? Cuando los puercos alcanzan la edad de


la matanza... Sí, son ese tipo de chillidos. El berrido que lanza un
puerco cuando lo matan... Sí, eso resuena con fuerza en nuestra
alma. Estos tiempos son muy duros para nosotros, los veteranos.

Velen cerró los ojos. Baine notó que la mayoría de los presentes en
esa estancia centraban su atención en el draenei y oyó cómo la
gente se revolvía inquieta en los estrados. Alzó la vista hacia los
Celestiales y comprobó que contemplaban absortos esa Visión.

La imagen de Garrosh hizo añicos ese ambiente sombrío al


pronunciar unas palabras que hicieron que Baine quisiera
estrangularlo; unas palabras que contradecían completamente lo
que acababan de mostrar antes con Durotan.

—Pero no puedes pensar realmente que esos niños eran inocentes,


¿eh? ¡Habrían crecido y tomado las armas para combatirnos!

Para sorpresa de Baine, Colmillosauro no reaccionó ante ese


comentario, sino que contestó con un tono bajo y distante:

—No me refiero únicamente a los hijos de nuestros enemigos...


Esa réplica pareció acallar al fin a Garrosh, quien simplemente
permaneció inmóvil, mirando a Colmillosauro con una mezcla de
repulsión y compasión. Colmillosauro se estremeció y, cuando se
volvió para dirigirse a Garrosh otra vez, lo hizo con un tono firme
y decidido:
—No voy a permitir que nos arrastres por ese sendero tenebroso,
joven Grito Infernal. Yo mismo te mataré antes de que llegue ese
día.

Sin ningún género de dudas, esa era la perla que Tyrande había
estado esperando. Un gran héroe de guerra amenazando a Garrosh
145
Christie Golden

con matarlo para evitar que ese joven impetuoso los empujara a
librar otra guerra devastadora sin ninguna razón que la justificara
de verdad.

La imagen de Garrosh replicó, y Baine se sorprendió al ser testigo


de un gran cambio de actitud en el joven orco, ya que habló con un
tono muy sereno plagado de respeto y, prácticamente, admiración.

— ¿Cómo has logrado sobrevivir tanto tiempo, Colmillosauro?


¿Cómo es posible que no hayas sido víctima de tus propios
recuerdos?

Colmillosauro sonrió.

—Es que no como cerdo.


—Para. —La escena se detuvo y Tyrande la dejó ahí congelada,
mientras se grababa a fuego en la mente del jurado y los
espectadores. Acto seguido, asintió en dirección hacia Chromie.
Entonces, las imágenes se desvanecieron. Tyrande se giró hacia
Colmillosauro, a quien hizo una leve y sincera reverencia—.
Gracias, Alto Señor Supremo. Chu’shao, el testigo está a tu
disposición.

Baine asintió y caminó hacia Colmillosauro.

—Alto Señor Supremo, voy a ser breve, para que no tengas que
estar sentado en esa silla más tiempo del necesario. Amenazaste a
Garrosh con matarlo si guiaba a los orcos por ese sendero
tenebroso.
—Así fue.
— ¿Era una forma de hablar?
—No, no lo era.
— ¿De verdad habrías matado a Garrosh con tus propias manos?
146
Crímenes de Guerra

—Sí.
— ¿Y crees que al final hizo eso mismo? ¿Que arrastró a los orcos
por ese tenebroso camino?
—Sí. Por eso me alcé en armas contra él. Después de algunas cosas
que hizo...

El anciano orco sacudió la cabeza de lado a lado, asqueado, y


fulminó a Garrosh con la mirada.

—Así que debo concluir que te alegraría que al final se dictara el


veredicto que Chu’shao Susurravientos defiende que se tome... te
alegraría que se le ejecutara.
—No.

A pesar de que los murmullos recorrieron toda la sala a una gran


velocidad, Baine se sintió muy satisfecho. Tenía razón sobre
Varok. El tauren miró fugazmente a Tyrande y vio que la kaldorei
se incorporaba y observaba la jugada atentamente a la espera de
que diera un paso en falso. Pero Baine no le iba a conceder ese
gusto.

— ¿Qué te gustaría que ocurriera?

Tyrande se puso en pie como un resorte.

— ¡Con todo respeto, protesto! Las preferencias personales del


testigo son irrelevantes.
—Fa’shua, intento dejar claro que pretendía decir el Alto Señor
Supremo cuando dijo: «Yo mismo te mataré».
—Estoy de acuerdo con la defensa —señaló Taran Zhu—. Puedes
responder a la pregunta, Alto Señor Supremo Colmillosauro.

147
Christie Golden

Este no respondió de inmediato, sino que miró detenidamente a


Garrosh durante un largo instante y, entonces, habló:

—Garrosh no siempre fue como es ahora. Como ya he dicho, era


temerario e impulsivo. Pero jamás habría dudado de su lealtad a la
Horda. Incluso ahora, no dudo de que es leal a su pueblo. Pero debe
pagar por sus crímenes. Juré que lo mataría y sigo manteniendo esa
promesa. Sin embargo, no permitiré que otros los ejecuten, sino
que lo desafiaría yo mismo, en el mak’gora.
— ¿Crees que se merece una segunda oportunidad?
—Si me derrotara... sí. Así obramos los orcos... siguiendo el
verdadero camino, el del honor.

Baine apenas podía creerse lo que estaba oyendo.

—No pretendo malinterpretarte, así que perdóname por insistir. No


quieres que este tribunal ejecute a Garrosh, sino que quieres
desafiarlo a librar un combate honorable, de tal modo que, si ganara
ese duelo, ¿lo perdonarías?
—Tendría que volver a labrarse una reputación, ya que la suya
ahora está hecha trizas y ha sido arrastrada por los suelos —le
espetó Colmillosauro—. Pero sí. Si él se alzara victorioso, tendría
esa oportunidad. Una vez fue un orco honorable. Puede volver a
aprender a serlo.

Baine apenas logró contener un grito de alegría. Esto podía


entenderlo. Esta actitud podía apoyarla y, sobre todo, era justa.
Pensó en su padre, que murió en el mak’gora, pues sabía que Cairne
habría estado de acuerdo con esto, entonces supo en lo más hondo
de su corazón que iba por el buen camino. A pesar de lo furioso
que se sentía con Garrosh, Baine estaba haciendo realmente lo
correcto.

148
Crímenes de Guerra

Miró a Tyrande con un aire triunfal y anunció:

—No tengo más preguntas.

Y para su sorpresa y satisfacción, tampoco Tyrande. En cuanto


Taran Zhu hizo sonar el gong para señalar el final del día inaugural
del proceso, dio la impresión, por primera vez desde que el juicio
había comenzado, de que Garrosh Grito Infernal podría seguir
manteniendo la cabeza sobre los hombros en un futuro,
literalmente.

149
Christie Golden

CAPÍTULO ONCE

Cuando Shokia apareció en Sentencia, la mayoría habría dado por


supuesto que se hallaba tan descorazonada por la caída en desgracia
de Garrosh Grito Infernal que había querido regresar a sus raíces
orcas, que había querido venir aquí, donde Orgrim Martillo
Maldito, otro gran Jefe de Guerra, había sido asesinado, para
desvanecerse en el anonimato y contentarse con masacrar a trols
enemigos y aventureros de la Alianza haciendo uso de sus
asombrosas habilidades como francotiradora. Sin embargo,
quienes asumieran eso se equivocarían de cabo a rabo. Aunque a
Shokia le satisfacía mantener esas apariencias, no se había retirado
para lamerse las heridas y llorar su fracaso. Era una agente al
servicio de alguien que quería lo mismo que ella: que la Horda
recuperara su gloria. Shokia permanecía inactiva a la espera de
instrucciones.

Sentencia se había convertido en el refugio extraoficial de los


descontentos que tenían la sensación de que ya no encajaban en el
mundo actual, por lo cual nadie cuestionó las razones que la habían
llevado hasta ahí. De momento, se había contentado con ver a

150
Crímenes de Guerra

través de su mira cómo estallaban las cabezas de sus enemigos


como unas calabazas arrojadas al suelo.

Sin embargo, desde que había comenzado el juicio a Garrosh Grito


Infernal en Pandaria, la ansiedad la había ido dominando. ¿Cuándo
iba a llamarla su aliado para que acudiera al campo de batalla?
¿Cuáles iban a ser sus instrucciones? ¿Quién más compartía la
forma de pensar de ambos?

Espera a que te envíe mis órdenes, le había dicho con esa voz tan
sedosa. Te prometo que lo haré, pero solo cuando llegue el
momento adecuado.

En consecuencia, cuando Adegwa, la posadera tauren, le hizo saber


que le había llegado una carta, apenas logró contener su alborozo.

Sin duda alguna, tus dedos se impacientan y anhelan disparar a


nuestros enemigos. Pero primero, debes reclutar más aliados. Te
envió una lista de aquellos que podrían resultarnos de gran ayuda.
Búscalos y, en cuanto los hayas reunido, te enviaré más
instrucciones.
Hoy te encontrarás con el primero en el Cañón Mostacho Seco.

Shokia había recogido su valioso rifle, junto al resto de sus per-


tenencias, se había montado a lomos de su lobo y, en menos de
cinco minutos, se había plantado en el cañón. Se colocó en un lugar
elevado desde donde podía ver el camino, el cual observó desde la
mira de su rifle, pero no tuvo que esperar demasiado.

Un lobo negro, de pelaje liso y brillante, irrumpió en su campo de


visión. Su jinete estaba agachado sobre la espalda de esa bestia.
Una capa le ocultaba el rostro, pero ondeaba lo suficiente al viento
como para revelarle a Shokia que su nueva camarada de armas era
151
Christie Golden

una orca. Lentamente, una amplia sonrisa fue dibujándose en el


semblante de Shokia. Se preguntó si... pero no, pronto lo
descubriría.

La jinete aminoró la marcha y el lobo inició el ascenso por ese


camino. Entonces, sin revelar su posición, pues se escondía tras un
peñasco, Shokia gritó:

— ¡Saludos, jinete de lobos! ¿Eres amiga del dragón?

La orca se paró y se echó hacia atrás la capucha, dejando a la vista


una cara de duras facciones.
—Casi nunca sería amiga de un dragón —replicó a voz en grito
Zaela, la señora guerrera del clan Faucedraco—. Pero en las
actuales circunstancias... sí, lo soy.
— ¡Zaela! ¡Había oído que habías caído en batalla!
—En efecto, caí, pero logré sobrevivir para seguir luchando por
nuestro verdadero líder. He venido sola, tal y como se me indicó,
pero lo que queda de mi clan está preparado para batallar.
—Entonces —dijo Shokia, alzando el pergamino—, ¡vayamos a
reclutar más aliados!

*******

Día dos

—Llamo a Su Alteza Real Anduin Wrynn, príncipe de


Ventormenta, para que declare como testigo.

Anduin temía que llegara este momento. Siempre había lamentado


que su nombre en clave del IV:7 fuera «el Peón Blanco», y no
deseaba acabar involucrado en este caso de ninguna manera, pues
temía que ambos bandos lo usaran como un peón más en sus
152
Crímenes de Guerra

diversas estrategias. Su padre sabía que lo iban a llamar a testificar,


por supuesto, pero Jaina no, por lo que pareció sorprenderse y
preocuparse un poco cuando vio que Varian daba un leve apretón
a su hijo en el brazo. Después, Anduin descendió del estrado para
dirigirse a la silla de los testigos.

Estaba acostumbrado a participar en eventos regios y había dado


discursos ante muchedumbres mucho más grandes que esta. Pero
esto era distinto. En esas situaciones, siempre había sido un
invitado o un anfitrión respetado y sabía qué debía hacer, cómo
debía comportarse. Esto, sin embargo, era algo totalmente nuevo
para él, así como un tanto perturbador. Mientras tomaba asiento, su
mirada se cruzó con la de Wrathion y casi pudo escuchar al Príncipe
Negro decir: «¡Qué interesante!»; ese pensamiento tan divertido lo
calmó un poco.

Al aproximarse hacia él, Tyrande le brindó una amable sonrisa.

—Príncipe Anduin —dijo—, gracias por estar hoy aquí. —El joven
creyó que no era conveniente recordarle que no le había quedado
más remedio que hacerlo y se limitó a asentir—. Alteza, se te
conoce a lo largo y ancho de Azeroth como un defensor de la paz.
¿Es eso cierto?
—Sí —respondió Anduin, a quien le hubiera gustado explayarse
mucho más, pero en ese mismo instante, recordó lo que su padre le
había aconsejado: «Cíñete a las preguntas. No te salgas del guion.
Tyrande sabe perfectamente lo que hace».
—Así que sería justo decir que no odias a la Horda ni a las razas
que la componen, ¿verdad?
—Sí, lo sería.
—Has colaborado con ellos en alguna ocasión y has pedido que se
fuera compasivo con ellos incluso en tiempos de guerra, ¿no?
—Sí, así es.
153
Christie Golden

—Aquí lodo el mundo sabe quién es Garrosh Grito Infernal y


conoce su reputación, por supuesto. Pero tú has tenido varios
encuentros en persona con él, ¿no es así?
Allá vamos, pensó el príncipe, sin mirar a Garrosh en ningún
momento.
—Si, así es.
— ¿En cuántas ocasiones?
—Dos.
— ¿Puedes contarle al tribunal sobre qué sucedió en ambas
ocasiones?

Anduin se preguntó por qué no se limitaba a mostrarles los dos


encuentros, dado que contaba con esa herramienta tan particular
llamada la Visión del Tiempo. Tal vez estaba reservando los
minutos de visión que le correspondían para algo más animado que
ver cómo cierta gente hablaba sentada.

—Una vez nos vimos en Theramore, en una conferencia de paz. Mi


padre, lady Jaina Valiente y yo estuvimos ahí presentes, y Thrall
vino acompañado por Garrosh, Rehgar Furiatierra y algunos de los
Kor’kron.

Como habían pasado tantas cosas desde entonces, hacía mucho


tiempo que no pensaba en esa reunión de tan infausto recuerdo. Sin
darse cuenta, Anduin acabó mirando al orco encadenado, quien le
devolvió la mirada de tal modo que el príncipe se sintió como un
insecto clavado en una tabla, lo cual era muy extraño, pues el
prisionero era Garrosh y no él; aun así, era Anduin el que estaba a
punto de retorcerse inquieto en su asiento.

— ¿Cómo transcurrió esa conferencia?

154
Crímenes de Guerra

—El comienzo fue un poco movido —admitió Anduin—. Pero a


medida que avanzaron las negociaciones, fuimos encontrando
puntos en común. Incluso Garrosh...
— ¿Puedes explicarnos un poco más qué quieres decir con un
«comienzo un poco movido»?
—Bueno, para empezar, llovía a mares, así que nadie estaba
precisamente de muy buen humor. Además, todo el mundo había
venido armado... para entregar luego las armas de un modo formal.
— ¿Quién fue el primero en desarmarse?
—Hum... yo. Dejé mi arco. Esa fue la primera vez, que hablé con
Thr... o sea, con Go’el.
— ¿El rey Varian y el Jefe de Guerra siguieron tu ejemplo?
—Sí. En cuanto se sentaron a hablar, descubrieron que tenían
mucho más en común de lo que pensaban.
— ¿En qué medida contribuyó Garrosh a estas charlas de paz?
—Bueno... no parecía entender que ser líder requiere a veces
reflexionar sobre ciertas cosas que no son muy emocionantes.
Interrumpía tanto a Go’el como a mi padre cuando hablaban de
cuestiones comerciales. No paraba de insistir en que la Horda...
debía hacerse por la fuerza con todo cuanto quisiera.

Tyrande lanzó a Garrosh una mirada incisiva.

—Entiendo. Por favor, continúa.


—Bueno... Go’el y mi padre estaban acercando posturas cuando
llegó la noticia de que el Rey Exánime había lanzado otro ataque.
Ambos estuvieron de acuerdo en que había que resolver ese
problema de inmediato, pero tenían intención de reanudar la
conferencia. Entonces, nos atacaron agentes de la secta del Martillo
Crepuscular. A partir de ahí, todo fue de mal en peor. Aunque claro,
eso era justo lo que pretendía esa secta. Dividieron su ataque por
razas; los miembros de la Horda de esa secta atacaron a las razas
de la Alianza que participaban en esa cumbre y viceversa. Garrosh
155
Christie Golden

denunció a gritos que los humanos los habían traicionado, y padre


creyó erróneamente que Go’el había contratado a un asesino y...
—El resto viene recogido en los pertinentes documentos históricos,
gracias, príncipe Anduin.

La ella caminaba de un lado a otro de espaldas a él, con la cara


vuelta hacia la multitud, a la que contemplaba con impaciencia, y
eso era algo que hacía deliberadamente. Anduin también alzó la
vista hacía los espectadores y pensó otra vez en ese comentario que
había hecho su padre sobre las losas de los gladiadores. Se dio
cuenta de que esa gente estaba sedienta de sangre y ese
pensamiento le entristeció y le provocó un escalofrío al mismo
tiempo. Dirigió su mirada a Garrosh y comprobó que había un
cierto hastío en la postura que había adoptado, lo cual hizo
preguntarse a Anduin si Garrosh estaba pensando lo mismo que él.
Era como si ya no quisiera luchar más.

—Me gustaría que pasáramos a hablar de tu segundo... encuentro...


con Garrosh Grito Infernal.

Sabía que esto era inevitable, por supuesto, pero le sorprendió su


propia reacción. Era como si no hubiera pasado el tiempo... como
si eso hubiera sucedido hacía solo un instante, como si la gran
campana acabara de caer... Se aclaró la garganta y se sintió muy
incómodo al comprobar que le temblaba levemente la voz al hablar.

—Fue hace unos meses, antes de...

Tyrande se giró, sonriendo con delicadeza, pero con una mano en


alto que le indicó que no debía explayarse más.

156
Crímenes de Guerra

—Si el tribunal me da su permiso —dijo la sacerdotisa—, no hace


falta que nos lo cuentes, príncipe Anduin, puesto que me gustaría
mostrarlo.
Así que para esto quería reservar la Visión..., pensó Anduin.
— ¿Crees que es una buena decisión? —le espetó el príncipe. El
recuerdo del horrendo ruido de la Campana Divina seguía muy
fresco en su memoria, así como las consecuencias que había tenido
en todos aquellos que albergaban algunas tinieblas en su corazón.
El mero hecho de pensar que iba a revivir ese momento lo
espantó—. ¿Y si...?

Tyrande alzó una mano.

—No temas, alteza. Comprendo tu preocupación. He hablado con


Chromie largo y tendido sobre este evento, y tanto ella como yo ya
lo hemos visto. Si bien estas escenas que podemos ver gracias a la
Visión del Tiempo son extraordinarias, ver y escuchar la campana
sonar de esta manera no tiene el mismo efecto que hallarse
realmente en su presencia.
—Bendita sea la Luz —murmuró Anduin a la vez que se relajaba
y suspiraba aliviado. De repente, le dolieron los huesos con suma
intensidad. Ni él ni su cuerpo, al parecer, iban a disfrutar de ver
repetidos esos acontecimientos que tuvieron lugar por culpa de la
Campana Divina. Tenía las palmas de las manos empapadas de
sudor y respiró hondo para intentar serenarse, al mismo tiempo que
susurraba una oración. Una delicada oleada de energía curativa lo
recorrió por entero y el dolor menguó un tanto.
—Ahora que ya estás más tranquilo, ¿podrías darnos algunos
detalles sobre lo que vamos a ver, príncipe Anduin?

Se relamió los labios y elevó la vista hacia los Celestiales, quienes


no reaccionaron de ninguna manera, aunque el mero hecho de
mirarlos parecía tener un efecto calmante en Anduin. Entonces
157
Christie Golden

habló, manteniendo los ojos clavados en ellos en todo momento


para evitar mirar a Grito Infernal:

—Los mogu crearon un artilugio que Lei Shen, el tirano conocido


como el Rey del Trueno, llamó la Campana Divina, cuyos orígenes
eran muy violentos y crueles, acordes con el caos y el horror que
desataba cuando era tañida. Sus tonos avivaron las llamas de la ira
y el odio de los guerreros de Lei Shen, proporcionándoles una
fuerza y un poder sobrenaturales, a la vez que infundían un hondo
temor en el corazón de sus enemigos. En cuanto la Alianza supo de
su existencia, los elfos de la noche la ocultaron en Darnassus. La
idea era mantenerla alejada de las manos de cualquiera que pudiera
darle un uso indebido... ya fuera miembro de la Horda o la Alianza.
La misma lady Jaina lo protegió con unos hechizos para garantizar
su seguridad.
—Por lo visto, se trata de un arma muy poderosa.

Tyrande sabía perfectamente que lo era, claro está.

—Era un arma de doble filo —continuó explicando Anduin—.


Quitaba tanto como daba... o quizá más.
— ¿Que le sucedió a la campana?
—Un agente Atracasol, que actuaba siguiendo órdenes de Garrosh,
fue capaz de sortear los conjuros con los que lady Jaina había
protegido la campana. El la robó con la ayuda de otros miembros
de la Horda.
—Por lo que nos estás contando, da la impresión de que con esa
campana Garrosh Grito Infernal podría haber sido imparable.

Sin ser siquiera consciente de ello, Anduin dirigió sus ojos hacia
Garrosh. Se le puso piel de gallina al ver la expresión del orco, pero
esa reacción no se debió al miedo. Garrosh había asumido una
quietud que no era natural en él, pues Anduin siempre lo recordaba
158
Crímenes de Guerra

gesticulando y vociferando. El príncipe cogió el vaso de agua que


había sobre la mesita situada junto a su silla antes de continuar.

—Los pandaren habían inventado un medio para contrarrestar el


tañido de esa campana. Habían creado la Marra Armónica, que
transformaba el caos engendrado por la campana en pura armonía.
La marra se encontraba hecha añicos y sus pedazos esparcidos y
diseminados, pero con alguna ayuda, logre localizar los diversos
fragmentos y un ungüento que permitía activar la marra. En cuanto
estuvo restaurada, partí para enfrentarme a Garrosh, pues quería
detenerlo antes de que tañera la campana.
— ¿Fuiste solo?
—No había tiempo que perder.

Tyrande hizo un gesto de asentimiento dirigido a Chromie y,


entonces, dio comienzo lo que tanto había temido Anduin.

Aunque esta vez, el príncipe tuvo la oportunidad de escuchar lo que


Garrosh había dicho antes de que el príncipe humano apareciera.
Garrosh apareció en esa Visión con un aspecto muy imponente, tal
y como Anduin lo recordaba y no como ese orco tan inmóvil como
una estatua de piedra que estaba sentado en esa sala observándolo
todo con un semblante impertérrito. Se encontraba acompañado
únicamente por su general Ishi en una plataforma situada en el
exterior de las Cámaras Mogu’shan mientras contemplaba la
campana. Era enorme, mucho más grande que ese poderoso orco.
La cara de una grotesca criatura estaba grabada en ella y en su parte
inferior había una serie de púas. Garrosh sonrió de oreja a oreja y
rugió triunfal a la vez que alzaba los brazos. Llamó a gritos a los
suyos, que todavía se hallaban en las cámaras, y les dijo:

159
Christie Golden

—Somos la Horda. ¡No somos esclavos de nada ni de nadie!


Gracias a la Campana Divina, acabaré con los pocos restos de
debilidad que aún queden en nosotros.

Anduin se percató de que Garrosh estaba temblando; era un


temblor provocado por una pasión y una emoción irrefrenables que
exteriorizaba mientras pronunciaba con desdén los nombres de las
emociones que tanto despreciaba.

—Miedo... desesperación... odio... duda. Las razas inferiores se


dejan aplastar por el peso de estas pesadas cargas. Pero nosotros
controlaremos el poder de estas emociones. Juntos, destruiremos a
la Alianza y reclamaremos lo que nos pertenece legítimamente.
Que comience a sonar la canción de nuestra victoria.

A pesar de que Tyrande le había asegurado que no tenía nada que


temer, Anduin apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las
uñas en las palmas de las manos; además, tenía la frente perlada de
sudor. Esa siniestra canción sonó, pero enseguida fue consciente de
que la suma sacerdotisa tenía razón; escuchó el horrendo y
discordante tañido de la campana solo en sus oídos, no en su
corazón ni en sus huesos. Sintió una tremenda gratitud que lo dejó
sin energías por un momento mientras observaba y escuchaba.

Anduin se vio a sí mismo corriendo hacia la campana. Se


consideraba un humano de tamaño medio; su padre, por supuesto,
era un varón especialmente grande, pero Anduin estaba
acostumbrado a él, ya que lo conocía desde el día en que nació. Sin
embargo, al verse junto no solo al entonces Jefe de Guerra de la
Horda sino también al lado de esa campana descomunal, fue
consciente de lo delgado que era... de lo frágil que parecía...

160
Crímenes de Guerra

— ¡Para, Garrosh! ¡No sabes de qué es capaz esa campana! —se


oyó decir con su propia voz; una voz firme y segura.

Garrosh se giró bruscamente y vio a Anduin. Acto seguido, miró


más allá del príncipe y sonrió al darse cuenta de que el humano era
lo único que se interponía entre él y la victoria. Echó la cabeza
hacia atrás y se rio.

—Así que, al final, no es Varian, sino su cachorro el que viene a


enfrentarse a mí. Corres valientemente hacia tu muerte, joven.

Tyrande gritó:

—Páralo ahí.

Y la escena se congeló. Anduin parpadeó y volvió al presente.

—Eso fue un acto excepcionalmente valeroso, alteza —dijo la


sacerdotisa.
—Esto... no tanto —admitió Anduin—. Estaba muerto de miedo.
Pero tenía que detenerlo, daba igual el precio a pagar.

Si bien Tyrande pareció un tanto sorprendida, sonrió; era una


sonrisa muy dulce y sincera.

—Ah —dijo con un tono muy delicado—, seguiste adelante para


hacer lo que considerabas justo, a pesar del miedo que sentías... en
efecto, a eso lo llamo yo valor.

Anduin notó que se sonrojaba, pero lo único que acertó a decir fue:

—Bueno, es la verdad. No podía permitir que siguiera haciendo lo


que estaba haciendo.
161
Christie Golden

En ese instante, Tyrande hizo una señal a Chromie para que se


reanudara la escena.

—No voy a permitir que hagas esto. Lo juro —vociferó la imagen


de Anduin.
—Entonces, ven a detenerme, humano —replicó Garrosh de modo
burlón, ya que sabía que era físicamente imposible que Anduin
pudiera evitar que golpeara por segunda vez la campana. No podría
detener ese brazo descomunal, como tampoco podría alcanzar ni al
orco ni la campana con la suficiente rapidez. Garrosh se mofó de la
amenaza del príncipe.

Una vez más, atronó ese espantoso ruido, de una belleza terrible,
pero esta vez, la campana se cobró como víctima al general de
Garrosh.

Ishi chilló y se retorció, ya que las tenebrosas entidades conocidas


en Pandaria como los sha, las mismas esencias del odio, el miedo,
la duda y la desesperación arremetieron contra él y se adentraron
en él. Incluso ahora, el grito angustioso de ese orco hizo que a
Anduin se le encogiera el corazón.

— ¡Tanto dolor! —exclamó ese orco, el cual probablemente había


soportado más dolor del imaginable—. ¡No puedo controlarlo!
Los dos Anduin (el de la sala del juicio y su imagen) contemplaron
paralizados cómo Ishi se resistía. Atraídos sin duda por los gritos,
los miembros de la Horda emergieron de las profundidades de esas
cámaras. Ishi se abalanzó sobre su propia gente, que se vio obligada
a luchar contra él para evitar ser masacrados.
—Para —ordenó Tyrande—. Príncipe Anduin... ¿por qué no
atacaste antes o en este mismo momento?

162
Crímenes de Guerra

—La marra solo podía usarse una vez. Un golpe de refilón no


habría servido de nada. Tenía que esperar hasta tener la
oportunidad de golpear con fuerza y certeramente. Y respecto a por
qué no hice nada en ese instante... no sabía qué iba a ocurrirle a
Ishi.
— ¿Te preocupaba el destino de un general orco?

Anduin se quedó desconcertado.

— ¿Acaso no debería?

Tyrande lo miró fijamente por un instante antes de recobrar la


compostura.

—Sigue —le ordenó a Chromie.

Garrosh continuó animando a Ishi a «luchar», a «dominar» y a


«valerse» de los sha, mientras que el general experimentaba todas
las emociones negativas concebibles, pues dudaba de la fuerza de
la Horda, lamentaba el fallecimiento de los caídos y temía su propia
muerte, la cual lo reclamó poco después. Ishi cayó de rodillas y en
lo último en que pensó fue en sus obligaciones, por lo cual dijo
entre jadeos:

— ¡Jefe de Guerra! Te... te he fallado.

Garrosh se acercó al guerrero moribundo y le dijo con suma calma


y brutalidad:

—Sí, Ishi. Lo has hecho.

De repente, la furia se adueñó de Anduin. Garrosh había lanzado a


los sha contra Ishi y tanto su líder como el príncipe habían sido
163
Christie Golden

testigos de cómo el general luchaba por dominar a esas


aberraciones, pero simplemente no había podido hacerlo. Había
dado la vida para satisfacer los deseos de su Jefe de Guerra y, como
pago a sus esfuerzos y su sufrimiento, había recibido esas palabras
tan crueles por parte de Garrosh. Ahora, Anduin dirigió su mirada
conscientemente hacia el prisionero y se ruborizó de la emoción.
Apretó los dientes con fuerza al percatarse de que ese desgraciado
de Garrosh estaba esbozando una sonrisilla de satisfacción.

Y le dolieron mucho los huesos.

—Tu injerencia me ha costado la vida de un gran guerrero, joven


príncipe —estaba diciendo la imagen de Garrosh—. Y eso vas a
pagarlo con tu propia vida.
—En eso te equivocas, Garrosh —replicó Anduin, a quien su
propia voz le sonó tremendamente joven. Se vio a sí mismo
abalanzándose sobre la campana. Recordó que había rezado
mentalmente con todas sus fuerzas para implorarle a la Luz paz y
serenidad, para poder acertar de lleno con ese único golpe. La
imagen de Anduin golpeó la Campana Divina con esa marra que
tanto le había costado reconstruir y, acto seguido, observó cómo
una enorme grieta mancillaba esa hermosa superficie tan hermosa
y peligrosa. Un conmocionado Garrosh Grito Infernal se tambaleó
hacia atrás, pues apenas era capaz de mantener el equilibrio
mientras esa onda sónica arremetía contra él y lo atravesaba por
entero.

Entonces, Anduin se giró y la esperanza brilló con fuerza en su


joven rostro. Abrió la boca para hablar...

Pero Garrosh se había recuperado y gruñó:

— ¡Muere, mocoso!
164
Crímenes de Guerra

Al instante, arremetió no contra Anduin, sino contra la campana,


que ya nunca volvería a invocar a los sha con su llamada. La
campana se fracturó y cayó sobre Anduin en forma de una lluvia
de fragmentos de metal y agonía. La campana le hizo añicos los
huesos, que ahora le dolían tan intensamente al recordar ese
tormento que Anduin estuvo a punto de proferir un grito ahogado.
Lo siguiente que recordaba era que se había despertado y que lo
estaban cuidando tanto unos monjes pandaren como su mentor, el
sabio y generoso Velen, quien le había salvado la vida. Aunque lo
que ahora le mostraba la Visión del Tiempo era nuevo para él, así
que Anduin se obligó a centrarse en lo que estaba observando en
vez de en esa agonía gélida como el hielo que le recorría todo el
cuerpo.

Para su sorpresa, el Garrosh de la Visión parecía... consternado y


para nada satisfecho tras haberle propinado un golpe letal al hijo de
su mayor enemigo.

—Hay muchas cosas que ignoro sobre este artefacto —masculló—


. Los faltos de voluntad no pueden controlar la energía de los sha,
pero yo sí la dominaré.

Nadie se atrevió a rebatirle. Incluso su propia gente permaneció en


silencio, mientras se preguntaban, sin lugar a dudas, qué sucedería
a continuación. Garrosh intentó darse ánimos a sí mismo.

—Al menos, el príncipe humano ha muerto —dijo Garrosh. Y esas


palabras escocieron mucho a Anduin—. Ahora, el rey Wrynn sabrá
cuál es el precio a pagar por sus constantes desafíos. —Agitó una
mano en el aire de un modo desdeñoso y su mirada volvió a
perderse en la nada, a la vez que fruncía ese descomunal ceño—.
Déjenme solo. Tengo mucho en qué pensar.

165
Christie Golden

La escena se desvaneció. A pesar de que Anduin se alegró de que


hubiera acabado, las palabras de Garrosh (así como su expresión)
lo habían dejado confuso. Echó un vistazo al orco, que mostraba
ahora el mismo aspecto que había tenido en esa escena; tenía el
ceño fruncido y estaba sumido en sus pensamientos, pero no había
nada que permitiera deducir en qué pensaba. Anduin clavó su
mirada en esos ojos amarillos y solo la apartó al oír la voz de
Tyrande.

—Chu’shao, puede interrogar al testigo —dijo la sacerdotisa, quien


retrocedió y le hizo una reverencia al príncipe de Ventormenta con
unos ojos maravillosos teñidos de compasión. Anduin respondió
con una levísima sonrisa y se armó de valor, ya que ahora le tocaba
a Baine interrogarlo.

166
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DOCE

Baine inclinó la cabeza. Anduin creyó ver una leve sombra de


arrepentimiento en el tauren, pero si eso era así, desapareció solo
un instante después.

—Todos hemos visto cuánto has padecido, príncipe Anduin —dijo


Baine—. Durante un tiempo, circuló el rumor de que habías
muerto. Me alegra mucho ver que sobreviviste.
—Yo también —replicó Anduin. Acto seguido, unas risitas
nerviosas recorrieron toda la sala. Baine, inquieto, movió las orejas.
—Has dicho antes que cuando te enfrentaste a Garrosh tenías
miedo. ¿Cómo te sentiste cuando te diste cuenta de que esa
campana se te iba a caer encima?

Al escuchar esa pregunta, Anduin parpadeó y se echó levemente


hacia atrás, aunque enseguida recobró la compostura.

—Yo... eh... todo pasó muy rápido.


—Intenta recordarlo, por favor.

167
Christie Golden

El príncipe se relamió los labios.

—Resulta imposible describir lo aterrorizado que estaba. Y lo...


traicionado que me sentí. Sé que suena estúpido, pero sí, me sentí
«traicionado» por un enemigo.
— ¿Por qué decidiste enfrentarte entonces a Garrosh?
—Para evitar que invocara a los sha.
—Eso lo entiendo. Pero ¿por qué?
—Porque... —Anduin se calló. La respuesta obvia era que quería
evitar que Garrosh pudiera utilizar a los sha como un arma, claro
está. Su propio padre había tenido la misma idea que Garrosh y lo
había convencido de que no recurriera a ellos, argumentando de un
modo muy persuasivo de que esas abominaciones harían más mal
que bien. Varían, al final, había entendido que su hijo tenía razón—
. Quería que Garrosh comprendiera qué era lo que habría
conseguido si triunfaba —le espetó—. Pensé que si lograba que
entendiera el alto precio qué iba a pagar por la victoria, él... bueno...
— ¿Que el qué?
—Que sería capaz de ver que no era algo honorable. Que era una
forma muy... siniestra de ganar... y que no creía que su alma fuera
tan tenebrosa. Si sacrificaba a su pueblo y lo entregaba a esas
cosas... obtendría una victoria que realmente no merecería la pena.

Esas palabras salieron con dificultad de su boca, pero no se guardó


nada y se sorprendió a sí mismo al escuchar lo que brotaba de sus
labios. No obstante, notó que el dolor que sentía en esos huesos
lastimados menguaba, así que supo que lo que decía era verdad... y
que la Luz lo inspiraba.

Baine se estremeció, aunque solo levemente, y se acercó a Anduin


con unas pocas zancadas, a la vez que le clavaba una intensa
mirada.

—Cuando el peso de esos fragmentos de metal te aplastó... me


imagino que la furia se adueñó de ti. Me imagino que cuando
168
Crímenes de Guerra

despertaste y asumiste que debías pasar por un largo y muy


doloroso proceso de recuperación, quisiste vengarte de Garrosh por
haberte quebrado todos los huesos del cuerpo, ya que solo habías
pretendido ayudarlo e iluminarlo con tu sabiduría.

Anduin respondió en voz muy baja:

—No.
Baine insistió:

— ¿Acaso no sufrías un terrible tormento? ¿Acaso no temiste no


poder volver a caminar? ¿No estabas furioso?
—Sí, claro que sentí todo eso y más.
—Pero aquí y ahora, bajo juramento, te atreves a aseverar que no
anhelabas venganza.
—Porque es cierto.
—Una actitud admirable. Pero ¿por qué no?
—Porque no habría servido de nada. La venganza no me habría
soldado los huesos, no habría traído de vuelta a los muertos.
Vengándome no habría logrado nada, salvo hacer más daño.

Ahora, las palabras brotaban de él de un modo más fluido, con la


misma facilidad que respiraba, como si fueran igual de necesarias
que respirar para poder vivir.

—No obstante, no deseas que Garrosh vuelva a hacer jamás


ninguna de las cosas de las que se le acusa en este juicio, ¿verdad?
—No,

No quiero más tormentos, no quiero más dolor. Estamos aquí para


ayudarnos unos a otros. Para crecer y prosperar juntos, pensó el
príncipe.

169
Christie Golden

—Bueno, la acusación insiste en que la única manera de poder


cercioramos de que esas cosas tan terribles no vuelvan a suceder es
ejecutando a Garrosh Grito Infernal. ¿Es eso lo que tú quieres?
— ¡Con todo respeto, protesto! ¡Lo que quiera o no el testigo no es
relevante a la hora de que esta sala dicte un veredicto! —exclamó
Tyrande con un tono plagado de tensión. La elfa se movió de un
modo levemente más torpe de lo habitual al ponerse en pie
bruscamente y lanzó a Anduin una mirada teñida de desconcierto.
—Fa’shua —dijo Baine—, la mayoría de las víctimas de Garrosh
están muertas y no pueden hablar por sí mismas. El príncipe
Anduin es una de las pocas que ha sobrevivido para poder
contamos qué opina al respecto. Si pretendemos hacer justicia,
mantengo que aquellos que han sufrido más perjuicio por culpa del
acusado deben tener la oportunidad de expresar su opinión.

El pandaren posó su mirada primero en Baine y luego en Tyrande.

— ¿Comprendes que esto puede ser un arma de doble filo,


Chu’shao Pezuña de Sangre? Si permito que este testigo exprese su
opinión, entonces los testigos de la acusación podrán hacer lo
mismo.
—Lo entiendo —respondió Baine.

De inmediato, Tyrande posó una mirada desconcertada sobre


Baine. Anduin se preguntó qué clase de táctica estaba empleando
el tauren, puesto que acababa de poner en manos de la elfa un arma
muy poderosa al permitir que los testigos pudieran opinar sobre el
destino de Garrosh Grito Infernal; además, Baine era demasiado
inteligente como para no ser consciente de ellos.

—Muy bien, petición admitida. Príncipe Anduin, puedes responder


la pregunta.
—Por favor, contesta ante el tribunal, príncipe Anduin —le pidió
Baine—. ¿Quieres que Garrosh Grito Infernal muera por lo que ha
hecho?
170
Crímenes de Guerra

—No —contestó Anduin Wrynn con suma calma.


— ¿Por qué no?
—Porque creo que la gente puede cambiar.
— ¿Y qué te lleva a pensar así?
—Porque mi padre cambió.

Anduin miró brevemente a Varían, quien pareció sorprendido.

— ¿Crees que Garrosh Grito Infernal puede cambiar?

Anduin permaneció callado un momento. Volvió la cabeza, de tal


modo que su pelo rubio se agitó con ese movimiento, para observar
con detenimiento a Garrosh. En su corazón, no albergaba ya miedo,
sino solo serenidad. Respiró hondo y se le hinchó el pecho mientras
se preparaba para responder la verdad.

—Sí.

Baine se relajó y asintió.

—No hay más preguntas.

Tyrande miró a Anduin, luego a Baine y después a Anduin otra vez.


Por último, hizo un gesto de negación con la cabeza.

Anduin lanzó un leve suspiro de alivio al levantarse y volvió a


ocupar su asiento habitual entre el resto de la audiencia.

*******

Sylvanas estaba sentada tan quieta como una estatua de piedra,


aunque las llamas de la ira que ardían en su interior no se
correspondían con su fría y distante apariencia. No se podía creer
que la elfa de la noche fuera tan incompetente. Si Sylvanas hubiera
sido la acusación, habría acribillado a preguntas al joven príncipe
171
Christie Golden

humano, con cuestiones tan taimadas y peligrosas como unas


telarañas en las que lo habría atrapado. A pesar de que Garrosh
Grito Infernal le había roto todos los huesos del cuerpo a Anduin,
ese crío había hecho una declaración tan emotiva que Sylvanas
había podido notar cómo el ánimo que reinaba en toda esa cámara
se inclinaba hacia la otra parte; sin embargo, Tyran-de se había
limitado a negar con la cabeza.

*******

—El tribunal decreta un receso de una hora —señaló Taran Zhu, a


la vez que golpeaba el gong.

Baine abandonó el sitio que ocupaba durante el juicio y Sylvanas


intentó interponerse en su camino de manera apresurada, pero
Vol’jin se le adelantó. Los dos se dirigían a la puerta y el trol estaba
felicitando a Baine por la «ecuanimidad» con la que estaba
actuando.

—Ahora ya nadie va a pensar que la Horda ha tratado mal a


Garrosh, da igual lo que Tyrande tenga preparado para poder
rebatir tus argumentos. ¡Ahora, incluso podrías llamar al príncipe
de Ventormenta para que declare como testigo para la defensa!
—El joven Wrynn sabe que hace lo correcto —replicó Baine con
voz grave—. Es capaz de perdonar. Y su palabra tiene mucho peso.
—Más que la palabra del Gran Jefe de los tauren, o eso parece —
le espetó Sylvanas, quien se colocó a la par de ambos justo cuando
salían de la sala. A pesar de que era mediodía y de que a Sylvanas
no le gustaba el sol, no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

Baine agachó las orejas.

—Ten cuidado con lo que dices, Sylvanas —le advirtió Vol’jin—.


A lo mejor acabas teniendo que tragártelos.

172
Crímenes de Guerra

—Por fortuna, yo no tengo que medir mis palabras cuando todo


Azeroth está mirando, ya que si no, no sería más que un perrito
faldero de la Alianza como...

Baine no hizo algo tan burdo como gritarle y lanzársele al cuello,


sino que se limitó a quedarse parado, agarrarla de los antebrazos y
apretárselos con fuerza. Como el tauren cuando no se hallaba en el
campo de batalla se movía con suma elegancia y delicadeza y
hablaba con tacto y diplomacia, la Dama Oscura había olvidado
que era también un guerrero... uno de los mejores de toda la Horda.
Se dio cuenta, demasiado tarde, de que el tauren podría partirle los
brazos si quisiera como si fueran unas frágiles ramitas.

—Yo no simpatizo con la Alianza —aseveró, con una voz grave y


serena—, ni soy un perrito faldero.
—Suéltala, Baine —le ordenó Vol’jin. El tauren obedeció de
inmediato—. Sylvanas... Baine está desempeñando el papel que yo,
su Jefe de Guerra, le he encomendado. Y lo está haciendo de un
modo honorable. Eso no tiene nada de malo, así que no actúes
como si lo tuviera.
—No tengo ninguna objeción con respecto a su labor —replicó
Sylvanas, al mismo tiempo que recobraba la compostura—. ¡Pero
sí creo que está haciendo tan bien su labor que tal vez incluso logre
ganar el juicio!

Baine se rio entre dientes con cierta tristeza.

—Sé que no lo has dicho con ánimo de halagarme, pero lo has


hecho. Y creo que eso es un tanto peligroso —afirmó—. He
logrado que la sed de sangre de los espectadores se calme, he
logrado que se detengan a pensar por un momento, nada más. Y
eso es bueno. Nunca se debería tomar la decisión de acabar con la
vida de cualquiera a la ligera... ni siquiera en batalla, ni en el
mak’gora, ni en una sala de justicia. Ahora, si ambos me disculpan,
he de prepararme para poder interrogar al siguiente testigo.
173
Christie Golden

Hizo una reverencia a ambos, aunque se agachó más ante Vol’jin


que ante Sylvanas, y se marchó. Kairoz lo estaba esperando.
Sylvanas se percató de que el dragón lo había estado observando
todo. La Reina Alma en Pena deseó poder borrarle esa sonrisilla de
esa hermosa cara de un zarpazo. ¿Por qué ese dragón no estaba
sugiriendo más malditas visiones que mostrar?

Vol’jin sacudió la cabeza de lado a lado y suspiró.

— ¿Cuándo vas a optar por volverte más sabia en vez de más


bocazas, Sylvanas? —le preguntó, aunque con un tono de voz
calmado.
—Cuando la Horda sea lo bastante sabia como para darse cuenta
de que no puede mostrarse piadosa con aquellos que no han hecho
nada para merecer ninguna misericordia —replicó—. Garrosh tal
vez fuera una buena elección para liderar la Horda durante un breve
espacio de tiempo, pero en cuanto Thrall anunció que se marchaba
para siempre, habría que haber tomado medidas.

Una sonrisa se dibujó alrededor de los largos colmillos del Jefe de


Guerra.

— ¿Cómo nombrar Oscura Jefa de Guerra a cierta Dama Oscura?

Sylvanas negó con la cabeza.

—No me interesa ese cargo ni el poder que conlleva. Creía que eso
ya lo sabías, Vol’jin.

Era una gran mentira, pues tenía algo de verdad. En efecto, no


estaba interesada en ejercer el poder de un modo tan vulgar y obvio.
El trol se encogió de hombros.

174
Crímenes de Guerra

—Nadie sabe lo que tú quieres, Sylvanas. A veces, creo que ni


siquiera tú lo tienes claro. —Entonces, le dio unos golpecitos con
un dedo en el que destacaba una garra muy afilada—. Deja a Baine
en paz. No te va a privar de la muerte de Garrosh. Tienes que dejar
que las cosas sucedan a su debido tiempo.

Se alejó y pidió a gritos a uno de los vendedores algo rápido para


comer. Sylvanas lo observó marchar mientras cavilaba.

Su ira no había menguado. Nunca lo hacía. Ahora, la ira era para


ella como respirar lo había sido cuando todavía le latía el corazón.
No obstante, había cambiado; había pasado de ser temeraria e
impulsiva a ser reflexiva y prudente.

Vol’jin y Baine no pensaban con claridad. Les preocupaba


demasiado la reacción de su propia gente; tanto qué era lo que
esperaban ver los miembros de la Horda como cómo percibirían las
cosas. No obstante, aunque se acabara teniendo en cuenta la
opinión de esos miembros de la Alianza que adoraban a la Luz, el
veredicto final no iba a cambiar.

Sin embargo, el jurado no estaba compuesto ni por miembros de la


Alianza ni por miembros de la Horda, sino por unos seres que eran
totalmente imparciales; y totalmente ajenos a las emociones más
viscerales, fugaces e intensas de las demás razas de Azeroth.
Aunque tal vez esa frialdad emocional hiciera que conceptos como
«piedad» o «segunda oportunidad» les resultaran extraños; en ese
caso, no tendría de qué preocuparse. O tal vez eso mismo los
distanciara demasiado de la necesidad irracional de venganza y no
les permitiera comprender el dolor sinfín que acarreaba la muerte
de los seres queridos.

En ese instante, lo vio todo con suma claridad, lo cual la serenó.


No iba a correr el riesgo de que los Celestiales tomaran la decisión
incorrecta, por muy «augustos» que fueran.
175
Christie Golden

Sylvanas no iba a permitir que «mataran» a Garrosh «a su debido


tiempo», tal y como había señalado Vol’jin. No, iba a solucionar
este asunto ella misma, tal y como había hecho muchas veces con
anterioridad. Pero ¿cómo iba a hacerlo exactamente? Si bien era
posible que pudiera lograrlo ella sola, era bastante improbable. ¿En
quién podía confiar, entonces? En Baine, no, por supuesto. En
Vol’jin, tampoco. Quizá en Theron... pues le había dado la
impresión de que estaba dispuesto a hablar. Y la lealtad de
Gallywix se podía comprar, sin lugar a dudas.

Todavía quedaba cierto tiempo de descanso antes de que se


reanudara el juicio. Ella siempre pensaba mejoren su propio reino;
en Entrañas, bajo cielos plomizos y rodeada de Renegados, quienes
la seguían. Dejaría que ellos, que su hogar, la inspiraran.

Se aproximó a Yu Fei, la maga que le había asignado el tribunal, y


le pidió que creara un portal. Justo cuando Yu Fei acababa de
murmurar las palabras del conjuro y una imagen de Entrañas había
aparecido ante ella, otro pandaren, al que no conocía, se acercó
corriendo.

— ¡Lady Sylvanas —exclamó—, discúlpame, pero me han


ordenado que te dé esto!

Acto seguido, le entregó un pergamino y algo pequeño envuelto en


una tela azul. Retrocedió rápidamente e hizo una reverencia.
Sylvanas abrió la boca para preguntarle quién le enviaba ese
pergamino, pero entonces el aire brilló a su alrededor y, al instante,
apareció en sus aposentos.

Eran muy austeros, como suele ser habitual en alguien que no suele
pasar mucho tiempo en ellos. Además, Sylvanas Brisaveloz ya no
necesitaba dormir, por lo cual solo venía de vez en cuando a este
lugar para estar sola y pensar. Tenía muy pocas pertenencias: una
176
Crímenes de Guerra

cama cubierta por unas pesadas y oscuras cortinas; un escritorio,


con velas y material para poder escribir; una silla; y una sola
estantería donde reposaban unos pocos libros. En la pared pendían
unas armas selectas que se encontraban a su alcance muy
fácilmente. Tal y como era ahora su existencia, necesitaba muy
poco más; además, no guardaba muchos recuerdos de su vida
anterior.

Como le picaba la curiosidad por saber quién podía haberle


mandado esa misiva y ese paquete, pero como también recelaba de
su contenido, Sylvanas inspeccionó el pergamino con gran
detenimiento. No percibió que irradiara ninguna magia, ni detectó
ninguna señal reveladora que le indicara que estuviera envenenado.
Si bien el pergamino estaba sellado con cera roja, no había ninguna
marca que identificara al remitente. Entonces, centró la atención en
el paquete y reparó en que esa tela azul era un artículo que se vendía
en todas las grandes ciudades. Lo agitó levemente y oyó que algo
tintineaba en su interior. Se dejó caer sobre la blanda cama y. acto
seguido, se quitó los guantes. Después, rompió el sello con una
uña.

La caligrafía era elegante y el texto contaba con muy pocas líneas:

En su día, pertenecimos al mismo bando.


Quizá ahora se pueda repetir la situación.

Sylvanas entornó los ojos de un modo suspicaz, mientras intentaba


dilucidar quién podría ser ese remitente tan misterioso. Pese a que
no pudo reconocer esa caligrafía de una manera inmediata, le
resultaba extrañamente familiar. Lo cierto era que había una larga
lista de personas que se habían vuelto en su contra, o a las que había
desafiado. Intrigada y contenta, desenvolvió el paquete y abrió la
cajita de madera que había dentro.

177
Christie Golden

Notó una fuerte opresión en el pecho y soltó el paquete como si


este le hubiera mordido.

El alma en pena contempló fijamente su contenido y, a


continuación, se puso en pie y se acercó al escritorio
tambaleándose. A pesar de que le temblaban las manos, logró abrir
el cajón. Ahí se encontraba lo único que conservaba de su pasado,
algo que no había tocado desde hacía años. Se trataba únicamente
de un puñado de cosas; cartas de hace décadas, puntas de flecha
con las que había matado a víctimas importantes, y alguna que otra
cosilla más; los detritos de toda una vida.

Así como una cajita.

Una parte de ella la conminó a arrojar ese nuevo regalo al cajón,


girar la llave y olvidarlo todo de nuevo, pues nada bueno podía salir
de todo eso. Pero aun así...

Regresó a la cama con la caja en las manos. Con una delicadeza


nada habitual en ella, Sylvanas le quitó la tapa y contempló lo que
había dentro. Varios años atrás, un aventurero había encontrado eso
entre las ruinas del lugar donde ella había muerto. De ese modo,
esa cosa había vuelto a sus manos. Los recuerdos la habían asolado
y habían estado a punto de destrozarla, al igual que amenazaban
con hacer ahora.

Esa cosita tenía un poder enorme sobre la Reina Alma en Pena,


aunque solo era una diminuta joya. Sylvanas cogió el collar y dejó
que ese frío metal permaneciera posado sobre la palma de su mano
mientras contemplaba la centelleante gema azul que la
ornamentaba. Con sumo cuidado, la colocó junto a la que acababa
de recibir

178
Crímenes de Guerra

Eran prácticamente iguales, salvo por las gemas; la suya era un


zafiro, y esta, un rubí. Sylvanas también sabía que las inscripciones
eran distintas.

Abrió la suya y la leyó: Para Sylvanas. Siempre te querré, Alleria.


Alleria... la segunda de los Brisaveloz que se había perdido.
Primero había desaparecido su hermano, Lirath, el más joven de
todos, y quizá el más brillante. Después, Alleria desapareció más
allá del Portal Oscuro en Terrallende. Luego...

Sylvanas hizo un gesto de negación con la cabeza e intentó recobrar


la compostura. De entre todos sus parientes Brisaveloz más
cercanos solo uno respiraba todavía, eso era lo único que sabía con
cierta seguridad.

Sylvanas abrió el medallón de rubí, aunque sabía qué iba a


encontrar, pero necesitaba verlo con sus propios ojos.

Para Vereesa. Con cariño, Alleria.

179
Christie Golden

CAPÍTULO TRECE

La nota estaba escrita en negrita, era breve e iba al grano.

Te veré en casa después del juicio.

Muy pocas palabras como para poner tan nerviosa a Vereesa.

Su hermana era muy lista; si alguien hubiera interceptado esa


misiva no habría podido deducir quién era el remitente y, aunque
lo hubieran logrado, el mensaje en sí era aparentemente inofensivo.
Pero no lo era. En este caso, la palabra «casa» tenía un significado
muy siniestro. Vereesa dio gracias a Jia Ja, el mensajero pandaren
que había entregado un mensaje que, tal vez, podría haber dado
inicio a una guerra, enrolló el pergamino hasta que apenas fue más
grueso que la pluma con la que se había escrito en él y lo arrojó a
un brasero cercano.

— ¿Vereesa? —La elfa se sobresaltó y se giró. Era Varian quien


hablaba—. Ya es casi la hora de volver a entrar. Si quieres comer
alguna albóndiga, será mejor pases por aquí de inmediato.

180
Crímenes de Guerra

Tanto él como Anduin estaban dando buena cuenta de unos rollitos


de primavera mientras se dirigían hacia el templo. Vereesa se
percató, aunque demasiado tarde, de que el brasero al que había
arrojado la nota pertenecía a un fornido cocinero pandaren, que
estaba muy atareado colocando unas vaporeras de bambú una sobre
otra mientras con unos palillos sacaba con delicadeza unas
albóndigas perfectas. Él sonrió inquisitivamente y ella asintió, a
pesar de que la comida era lo último en que pensaba en esos
momentos.

—Te van a encantar. Anduin casi deja ayer a Mi Shao sin


existencias —comentó Varian, con una sonrisa de oreja a oreja, a
la vez que le alborotaba el pelo al rubio Anduin. El muchacho se
agachó tímidamente y. por una vez, dio la impresión de tener la
edad que realmente tenía.
—El cachorro humano está creciendo y se está haciendo muy fuerte
observó Mi Shao—. La comida pandaren le sienta bien. Me siento
honrado de poder proporcionar sustento y deleite a alguien que
comprende mi tierra tan bien.
—Prueba una de esas pequeñas con semillas por encima —le
recomendó Anduin a Vereesa—. Están rellenas de pasta de raíz de
loto. Son maravillosas.
—Gracias —replicó Vereesa—. Me llevaré dos, por favor.
—... yo también, es que me lo he pensado mejor —se excusó
Anduin—. Ve tú por delante, padre, me uniré a ti en breve.
—Entonces, los veré a ambos en unos instantes —dijo Varian, al
mismo tiempo que atraía a su hijo hacia sí para darle un rápido
abrazo. Acto seguido, se dirigió al lugar donde se celebraba el
juicio a grandes zancadas. Anduin observó cómo su padre se
marchaba, luego le dio las gracias a Mi Shao en el idioma pandaren
y dio un bocado al hojaldre. Cerró los ojos con sumo deleite.
—Oh, qué bueno está esto —señaló. Vereesa se acordó brevemente
de sus propios hijos y de su apetito aparentemente inagotable, pero
enseguida sus pensamientos volvieron a centrarse en Sylvanas.

181
Christie Golden

Como no hizo ademán alguno de comer, el príncipe que masticaba


mientras la observaba, decidió preguntarle—: ¿Estás bien?

A Vereesa se le desbocó el corazón. El maldito príncipe era muy


observador... ¿Acaso había hecho algo que revelara lo que estaba
pensando? ¿Acaso él se había dado cuenta de que...?

—Claro que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

Se obligó a darle un bocado al hojaldre, que por fuera estaba blando


y gomoso, pero cuyo interior sabía muy dulce aunque no
empalagoso. Si no hubiera tenido un nudo en el estómago ni la boca
tan seca como la arena del desierto, tal vez habría disfrutado de ese
manjar.
—Bueno... por lo que he dicho ante el tribunal. Sé que tanto tú
como la tía Jaina no están por la labor de concederle a Garrosh una
segunda oportunidad. Y quiero que sepas que entiendo por qué. Lo
comprendo perfectamente.

Se sintió tan aliviada que se notó de repente tremendamente


agotada.

—Yo también entiendo por qué piensas lo que piensas.

A Anduin se le iluminó la cara de alegría y, al instante, la ella se


sintió culpable por haber mentido.

— ¿De veras?
—Ves lo mejor en todo el mundo, Anduin. Eso lo sabe todo el
mundo.

De inmediato, el semblante del príncipe se tornó sombrío.

—Sé que hay gente que no respeta mi actitud. Creen que soy
demasiado blando.
182
Crímenes de Guerra

—Oye —le dijo ella, a la vez que le cogía del brazo suavemente—
, a pesar de que te encontrabas en una sala repleta de gente deseosa
de matar a Garrosh con sus propias manos, te has atrevido a hablar
en su favor. Los blandengues no tienen esa clase de coraje.
El enfado se esfumó del rostro del príncipe y fue reemplazado por
una sonrisa arrebatadora. Algún día, este muchacho va a romper
muchos corazones. Si vive lo suficiente, pensó la elfa.
—Gracias, Vereesa. Esto significa mucho para mí, sobre todo
viniendo de ti. Y... sinceramente, me sorprende un poco. Me temo
que eres una de los muchos a los que les gustaría matar a Garrosh
con sus propias manos.
—No, no me gustaría. Creo que celebrar este juicio es una decisión
sabia... y creo que los Celestiales harán lo correcto.
—Me... me alegra de veras oír eso.

Mientras caminaban juntos hacia la sala del juicio, a Vereesa la


dominó de nuevo la ira, pues Garrosh Grito Infernal la había
obligado a mentir a un muchacho de quince años.

Para su sorpresa, un guardia pandaren, que se hallaba en la entrada,


le estaba negando a todo el mundo el acceso. Varian estaba
hablando con él y se estaba enojando cada vez más, hasta que al
final optó por alejarse de ahí. En ese instante, atisbo que Vereesa y
Anduin se aproximaban y agitó una mano en el aire para indicarles
que se apresuraran. En su semblante se reflejaba un gran enfado.
Al echarse a correr, Vereesa pudo notar que el sudor le estaba
empapando la frente. ¿Acaso el rey había descubierto...? No. Si lo
hubiera hecho, la habría atacado ahora mismo.

— ¿Qué ocurre? —preguntó, intentando parecer a la vez curiosa y


preocupada, pero no demasiado.
—El juicio no se va a reanudar hoy —contestó Varian con
brusquedad—. Anduin, acompáñame. Vereesa, puedes regresar al
Alto Violeta si lo deseas.

183
Christie Golden

—Por supuesto —dijo Vereesa, quien no se fue de inmediato. Con


el pretexto de que quería acabarse el pastelillo, se quedó en un lugar
desde donde podía ver el interior del templo. Daba la sensación de
que Taran Zhu, Baine y Tyrande estaban esperando a Anduin y su
padre. Baine habló. Varian se cruzó de brazos y apretó los dientes.
Anduin parecía desconcertado mientras lo escuchaba. Varian no
pudo contenerse y le gritó a Baine. Entonces, Taran Zhu dijo algo,
y Varian se volvió para gritarles tanto a él como a Tyrande,
mientras Anduin intentaba serenar los ánimos.
—General Forestal —le dijo un guardia pandaren—, con todo
respeto... no puede ver esto.

Se ruborizó y asintió.

—Por supuesto. Lo siento.

Se volvió y se alejó, preguntándose qué nueva táctica iba a utilizar


Baine para intentar que los Augustos Celestiales se compadecieran
de un asesino en masa.

Vereesa apretó los puños y se fue dando grandes zancadas. Era


consciente de que el tiempo que restaba hasta el crepúsculo se le
iba a hacer eterno.

*******

— ¿Qué sucede? —preguntó Anduin, mientras su mirada se


desplazaba de Taran Zhu a Tyrande, de esta a Baine y, por último,
a su padre. El único rostro que lograba descifrar era el de su padre;
Varian estaba terriblemente enojado por algo.
—Anduin —contestó Varian—, Baine ha pedido... —La tensión se
apoderó de su rostro—. ¡Que la Luz me ciegue, ni siquiera soy
capaz de decirlo!

Baine dio un paso al frente.


184
Crímenes de Guerra

—Majestad, deseo agradecerte que hayas traído al príncipe aquí.


—Aún no me des las gracias —masculló Varian—. Estoy a esto de
enviarlo de vuelta a casa, a Ventormenta.
—Pero... ¿qué...? —balbuceó Anduin.

Baine estiró una oreja.

—Se me ha pedido que haga una petición.


— ¿Quién te ha pedido...? —inquirió Anduin, pero las palabras se
le quedaron atascadas en la garganta. Al instante, supo de quién se
trataba y qué había pedido. Solo restaba ya una pregunta por
hacer—: ¿Por qué?
—No sé por qué quiere hablar contigo —respondió Baine, quien,
presa de la frustración, agitó otra vez esa oreja—. Solo sé que
quiere hacerlo. Dice que eres la única persona con la que va a
hablar.
—Más bien, eres la única persona que querría hablar con él—
replicó Varian.

Anduin agarró a su padre del brazo.

—Aún no he dicho que vaya a hablar con él, padre. —Acto


seguido, miró a Taran Zhu—. ¿Sus leyes permiten que algo así se
haga en un juicio?
—Según la ley pandaren, soy yo quien debe delimitar qué es
permisible o no, jovencito. Chu’shao Pezuña de Sangre me
presentó esta petición hace tiempo y, desde entonces, he meditado
al respecto. Le di orden de esperar hasta que hubieras declarado
como testigo. Tanto la acusación como la defensa han renunciado
a su derecho a interrogarte de nuevo y ya no podrán volver a
hacerlo, así que ambas partes tienen algo que perder y algo que
ganar con todo esto.
—No voy a andarme con rodeos —afirmó Baine—, se sabe que
eres un humano generoso y compasivo, alteza. Si te compadeces de
185
Christie Golden

Garrosh y hablas a su favor, me serás de gran ayuda, pero si te


enemistas con él y hablas en su contra, me perjudicarás. Chu’shao
Susurravientos se enfrenta al mismo problema, pero al revés.
—Entonces, ¿por qué no deniegan la petición y se acabó?
—Porque Garrosh se está planteando la posibilidad de romper su
silencio ante el tribunal si hablas con él —respondió Tyrande—.
Eso significaría que tendría la oportunidad de interrogarlo
directamente, y eso sí que podría serme de gran utilidad para
defender a continuación mis argumentos.
—Aunque, según lo que ocurra en esa conversación contigo, podría
acabar siendo de gran utilidad para defender los míos —apostilló
Baine. Como he dicho antes, es una apuesta arriesgada para ambas
partes.
—No puedo obligar a Garrosh a hablar en el juicio, pero creo que
sería importante que lo hiciera —aseveró Taran Zhu—, pase lo que
pase. Para que luego nadie pueda alegar que no tuvo la oportunidad
de hablar.
—Así que esta responsabilidad recae sobre mis hombros —
concluyó Anduin—. Lo cierto es que no me están dejando elegir,
¿verdad?
—No tienes por qué hacer esto —contestó Varian—. Sabes que yo
preferiría que no lo hicieras, puesto que creo que ya has sufrido
demasiado.
—Entonces, ¿por qué no te limitas a negarte sin más, padre?
—Porque ya tienes una edad como para poder decidir por ti
mismo... y eres tú quien debe tomar esta decisión —respondió
Varian—. Por mucho que a mí me gustara que no fuese así. Tengo
que permitirte elegir. Puedes ver a Garrosh si quieres, o puedes
optar por no verle jamás si lo prefieres.

Esa contestación sorprendió a Anduin, quien le obsequió a su padre


con una leve sonrisa de agradecimiento. Reflexionó al respecto por
un momento, al mismo tiempo que intentaba serenar esa tromba de
emociones en conflicto que lo invadía.

186
Crímenes de Guerra

Pensó de nuevo en cómo esos fragmentos de la campana habían


caído sobre su frágil cuerpo, en el odio que se había reflejado
entonces en el rostro de Grito Infernal, y sus huesos reaccionaron
con sumo dolor. Tenía la oportunidad de no ver a Garrosh nunca
más, de rechazar una invitación a sufrir aún más... oh, qué tentador
era. Garrosh no había hecho nada en ningún momento que indicara
que sentía algo por Anduin que no fuera desprecio y repugnancia,
y eso que había habido oportunidades más que de sobra. El príncipe
no le debía nada. Además, ya había hablado mejor del ex Jefe de
Guerra de lo que cabría esperar. Había hecho bastante como para
ayudar a salvar la vida de alguien que había ansiado arrebatarle la
suya.

Aun así...

Anduin recordó cómo había reaccionado Garrosh cuando había


creído que él había muerto. No se alegró ni regodeó, como cabía
esperar, sino que se había quedado pensativo. Asimismo, el orco
parecía haber adoptado una postura de hastío ante el tribunal.

¿En qué había estado pensando Garrosh en esos momentos? ¿Qué


emociones estaba experimentando para recurrir a un sacerdote?
¿Tal vez sentía remordimientos?

El dolor que sentía en los huesos menguó levemente y Anduin tomó


una decisión. Miró a la cara a los ahí reunidos, cada uno de los
cuales pertenecía a una raza distinta, además de mantener un tipo
de relación diferente con él; su padre humano, una heroína elfa de
la noche, un guardián pandaren y Baine... un amigo tauren, lo cual
habría sido inconcebible para muchos, pero era cierto.

—Alguien que está en un gran apuro me ha pedido que hable con


él. ¿Cómo podría decirle que no, padre, si quiero seguir el camino
de la Luz?

187
Christie Golden

*******

En un principio, Varian había insistido en acompañar a su hijo, pero


Anduin le había dicho que no. El príncipe había pedido que ningún
guardia presente pudiera cruzar el umbral de la entrada, para que
así su conversación con Garrosh fuera estrictamente privada.
Varian había estado discutiendo con él durante casi una hora, pero
fue en vano.

—Ha requerido mi presencia en virtud de mi condición de


sacerdote —había dicho Anduin—. Debe tener la oportunidad de
hablar con total libertad conmigo. También debes saber que todo
cuanto me diga lo guardaré en secreto.

Con muy poca elegancia, Varian al final había dado su brazo a


torcer. El rey miró a Taran Zhu, Tyrande y Baine sucesivamente.

—Si Anduin sufre algún daño, los consideraré responsables a todos


ustedes. Y luego mataré yo mismo a Garrosh, sin que me importen
las consecuencias ni este maldito proceso judicial.
—Ten por seguro que es físicamente imposible que Garrosh ataque
a Anduin, rey Varian. Tu hijo está completamente a salvo, si no
fuera así, no te lo garantizaría —había replicado Taran Zhu.
Ahora, Anduin se encontraba en el exterior de esa zona apartada
situada bajo el templo. Dos de los guardias que vigilaban a Garrosh,
los monjes Shadopan Li Chu y Lo Chu, lo esperaban, flanqueando
la puerta.

Ambos hicieron una reverencia.

—Bienvenido, honorable príncipe —dijo Li Chu—. Muestras un


gran coraje al venir a ver a tu enemigo.

188
Crímenes de Guerra

Anduin, que tenía un nudo en el estómago, se sintió muy aliviado


al comprobar que su tono de voz no denotaba que albergaba
muchos recelos.

—No es mi enemigo —replicó—. Aquí y ahora, no.

Lo Chu sonrió lentamente.

—Al entender eso demuestras que eres tan sabio como valiente.
Debes saber que estaremos en la entrada en todo momento y que
acudiremos en cuanto nos llames.
—Gracias —contestó Anduin. Velen le había enseñado a serenar
el espíritu cuando se hallaba inquieto, por lo cual ahora seguía sus
consejos; respiraba hondo y contaba hasta cinco, contenía la
respiración durante un latido y luego exhalaba contando cinco de
nuevo. Todo irá bien, le había dicho Velen en su día. Todas las
noches terminan, todas las tormentas escampan. Las únicas
tormentas que perduran son las que braman en nuestra propia
alma.

Y funcionó... al menos, hasta que se halló frente a la celda de


Garrosh.

La celda era muy pequeña. Ahí solo había espacio para unas pieles
de dormir, una bacinica y una palangana. Garrosh no podía dar más
de un par de pasos en cualquier dirección y, a pesar de tener tan
limitada su capacidad de movimiento, llevaba unas cadenas atadas
a los tobillos. Los barrotes de la celda eran más gruesas que el
propio Anduin y las aberturas octogonales estaban selladas con un
tenue brillo púrpura. Taran Zhu había dicho la verdad. Garrosh
Grito Infernal estaba encerrado tanto tísica como mágicamente.

Anduin se percató de todo esto mediante su visión periférica, ya


que, al instante, sus ojos se clavaron en los del orco, quien estaba
sentado muy erguido sobre las pieles. El príncipe no sabía qué
189
Christie Golden

esperar; no sabía si se iba a mostrar iracundo, si le iba a implorar,


o si se iba a burlar de él; pero no, no reaccionó de ningún modo. El
rostro de Garrosh seguía mostrando esa misma expresión
meditabunda que Anduin había visto de inmediato en su semblante
después de que lo hubiera «matado».

—Por favor, no toques los barrotes —le indicó Lo Chu—. Puedes


quedarte hasta una hora, si lo deseas. Aunque, claro, si deseas
marcharte antes, háznoslo saber, sin más.

A continuación, señaló a una silla y una mesita, sobre la cual había


una jarra de agua y un vaso vacío.

Anduin se aclaró la garganta.

—Gracias. Seguro que todo irá bien.

No dio la impresión de que Garrosh se fijara en los guardias, pues


se hallaba muy concentrado en Anduin. Los hermanos, tal y como
habían prometido, se retiraron hasta el otro extremo de la estancia.
Súbitamente, Anduin notó que tenía la boca seca, así que se sirvió
un poco de agua para aplacar ese desierto que dominaba ahora su
lengua. Dio un sorbo muy lentamente de manera deliberada.

— ¿Tienes miedo?
— ¿Qué?

Parte del agua cayó al suelo. A Anduin le dolieron los huesos de


repente.

— ¿Tienes miedo? —repitió Garrosh, quien hizo esa pregunta de


un modo relajado, como si el orco simplemente estuviera
intentando entablar conversación. Anduin sabía que, en realidad,
era una bomba verbal. Daba igual cómo respondiera, con la verdad

190
Crímenes de Guerra

o con una mentira, ya que estaría abriendo la puerta a ciertas cosas


que no deseaba discutir.
—No hay razón para estarlo. Estás encadenado y unos barrotes
encantados te impiden salir de esa prisión. No puedes atacarme.
—La preocupación por mantener la integridad física es solo una
razón más entre las muchas que justifican tener miedo. Así que te
lo pregunto otra vez: ¿tienes miedo?
—Mira —contestó Anduin, a la vez que dejaba el vaso con decisión
sobre la mesa—, he venido aquí solo porque tú me lo has pedido.
Porque Baine me dijo que yo era la única persona con la que
aceptabas hablar... bueno, sobre lo que sea que quieras hablar.
—Quizá lo que temes es eso sobre lo que quiero hablar.
—Si es así, entonces ambos estamos perdiendo el tiempo.

El príncipe se levantó y se encaminó a la puerta.

—Para.

Anduin se detuvo y permaneció de espaldas a Garrosh. Estaba muy


enfadado consigo mismo. Tenía las palmas de las manos
empapadas de sudor y tenía que hacer un gran esfuerzo para no
echarse a temblar. No podía permitir que Garrosh viera que estaba
asustado.

— ¿Por qué debería hacerlo?


—Porque... eres la única persona con la que deseo hablar.

El príncipe cerró los ojos. Podía marcharse en este mismo


momento. Seguramente, Garrosh iba a intentar jugársela. Tal vez
quisiera manipularle para que dijera algo que no debía. Pero ¿qué
podría ser? ¿Qué quería saber Garrosh? Anduin se dio cuenta de
que, por muy asustado que pudiera estar en cierto sentido, en
realidad no quería marcharse. Aún no.

Respiró hondo y se dio la vuelta.


191
Christie Golden

—Entonces, hablemos.

Garrosh señaló a la silla. Anduin dudó por un momento y, acto


seguido, se sentó con determinación y de manera relajada. Arqueó
las cejas para indicarle que estaba esperando.

—Has afirmado que creías que yo podía cambiar—dijo Garrosh—


. En nombre de este mundo o de cualquier otro, después de lo que
he hecho, ¿qué te hace pensar eso?

Una vez más, no expresaba ninguna emoción, solo curiosidad.


Anduin hizo ademán de responder, pero titubeó. ¿Qué habría hecho
Jaina...? No. Ya no deseaba emular el talante diplomático de Jaina.
Le pareció un tanto gracioso que, a pesar de todas las veces que
había amenazado con asesinar a Garrosh, al final Varian se había
convertido más en un modelo a imitar para Anduin que Jaina. Darse
cuenta de esto fue al mismo tiempo triste, ya que quería a Jaina, y
dulce, pues quería a su padre.

— ¿Sabes qué? Iremos por turnos.

Una extraña sonrisa cobró forma en la boca de Garrosh.

—Trato hecho. Eres mejor negociador de lo que esperaba.

Anduin soltó una breve carcajada.

—Gracias, creo.

La sonrisa del orco se hizo más amplia.

—Tú primero.
Garrosh acaba de marcar el primer tanto, pensó Anduin.

192
Crímenes de Guerra

—Muy bien. Creo que puedes cambiar porque nada permanece


inmutable jamás. Fuiste depuesto como Jefe de Guerra de la Horda
porque la gente a la que liderabas pasó de seguir tus órdenes a
cuestionarlas y, por último, decidieron rechazarlas. Tú has
cambiado. Has pasado de ser Jefe de Guerra a ser un prisionero.
Pero tu situación puede volver a cambiar.

Garrosh se rio sin ganas.

—Sí, puedo pasar de estar vivo a estar muerto, ¿no?


—Esa es una de las posibilidades. Pero no la única. Puedes meditar
sobre lo que has hecho. Puedes contemplar, escuchar e intentar
entender de verdad el daño y el dolor que has causado, y decidir
que no vas a seguir por ese camino si tienes otra oportunidad.
Garrosh se tensó.
—No puedo convertirme en un humano —gruñó.
—Nadie espera eso ni tampoco lo quiere —respondió Anduin—.
Los orcos también pueden cambiar. Tú lo sabes mejor que nadie.
Garrosh permaneció callado. Pensativo, apartó la mirada un
momento. Anduin se resistió al impulso de cruzarse de brazos, se
obligó a adoptar una postura que transmitiera tranquilidad y esperó.
Una rata de ojos brillantes y duro pelaje asomó la cabeza por debajo
de esas pieles de dormir. Movió la nariz y, acto seguido, se agachó
y desapareció de la vista. Fue en su día el Jefe de Guerra de la
Horda... y ahora comparte celda con una rata, pensó el príncipe.
— ¿Crees en el destino, Anduin Wrynn?
Por segunda vez, pilló por sorpresa al príncipe. ¿Qué estaba
tramando Garrosh?
—No... no estoy seguro —tartamudeó, de tal manera que la
sensación de relajación que había querido transmitir con tanto
cuidado se vino abajo de inmediato—. Es decir... sé que hay
algunas profecías. Pero sigo creyendo que todos podemos elegir.
— ¿Tú elegiste la Luz? ¿O ella te eligió a ti?
—No... no lo sé.

193
Christie Golden

Anduin reparó entonces en que nunca se había planteado esa


pregunta. Se acordó de la primera vez en que había pensado en
hacerse sacerdote y había sentido la llamada de la vocación.
Ansiaba la paz que le ofrecía la Luz, pero no sabía si ella lo había
llamado, o si él había ido en busca de ella.

— ¿Pudiste elegir dar la espalda a la Luz?


— ¿Por qué querría hacer eso?
—Por una serie de razones. En su día, hubo otro príncipe humano
muy querido de pelo rubio, el cual, a pesar de ser un paladín, le dio
la espalda a la Luz.

La incomodidad que sentía Anduin se vio reemplazada por una


sensación de indignación y ultraje. Se ruborizó y exclamó:

— ¡Yo no soy Arthas!

Garrosh esbozó una sonrisa extraña.

—No, tú no —admitió—. Pero tal vez... yo sí lo sea.

194
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO CATORCE

Las Tierras Fantasma, así se llamaban ahora. En su día, la familia


Brisaveloz lo había llamado su hogar, su casa. Vereesa había sido
invitada a volver en una ocasión anterior por Halduron Alabrillante
para luchar contra un antiguo enemigo mutuo, los Amani. Aquella
vez se le había revuelto el alma y ahora volvía a hacerlo. Mientras
sobrevolaba con su hipogrifo el Desfiladero Thalassiano, notó que
se le contraían los músculos del estómago y que las riendas le
resbalaban de las palmas de las manos por culpa del sudor.

La Cicatriz Muerta se abría paso serpenteando por esa tierra que en


el pasado había sido muy hermosa, dejando un rastro como una
babosa allá por donde centenares de no-muertos habían hollado ese
suelo. Nadie sabía si ese lugar se recuperaría jamás. Penetraba en
Tranquillien, cuyo nombre ya no encajaba para nada con su estado
actual, dividiendo los Sagrarios de la Luna y el Sol, para luego
adentrarse en el Bosque Canción Eterna y atravesar Lunargenta,
arrasando esa maravillosa ciudad objeto de tantas canciones e
historias. Incluso a esa altura, podía apreciar el legado que había
dejado ahí el Rey Exánime; ahí todavía se arrastraban y mataban
cosas muertas.

195
Christie Golden

Están muertos, pero sin estarlo del todo. Como mi hermana.

No. Como Sylvanas, no. Ella y su gente ahora eran dueños de su


voluntad, de sus mentes. Podían escoger lo que querían hacer o no.
A quién querían matar o no. Y era esa capacidad de decisión lo que
había traído a Vereesa de vuelta al lugar donde pasó su niñez,
adonde creía que nunca regresaría.

Era incapaz de llorar, ya que sus sentidos se hallaban embotados


por culpa de la presión constante de ese dolor que había sido
alumbrado en cuanto recibió la noticia de la muerte de Rhonin, un
sufrimiento que nunca había remitido de verdad. Hizo virar a su
montura hacia el oeste y no pudo evitar preguntarse si Sylvanas
estaba disfrutando al pensar que Vereesa regresaba a la Aguja
Brisaveloz.

Al verla de nuevo, la invadió una nueva oleada de dolor, una agonía


intensa que avivaba aún más las llamas de su odio. Los orcos no
eran los responsables de lo que le había sucedido a su hogar, pero
sí le habían arrebatado muchas cosas; primero a su hermano,
Lirath, y luego a Rhonin, su gran faro en la oscuridad. Además,
habían ansiado arrasar Quel’Thalas, pero Arthas se les adelantó.

Mientras se acercaba, los labios de Vereesa se curvaron para lanzar


un gruñido. La aguja (la aguja de su familia) estaba plagada de
cadáveres andantes y espíritus translúcidos.

Almas en pena.

Los espíritus vagaban a la deriva, tan desprovistos de una meta en


la muerte como habían estado llenos de objetivos en vida. Aquí y
allá, entre ellos, había unas figuras encapuchadas ataviadas con
ropajes rojos y negros. Vereesa sabía quiénes debían de ser. Eran
los seguidores humanos de la secta de la Ciudad de la Muerte, la
196
Crímenes de Guerra

cual había surgido tras la invasión de Arthas; al parecer, estaban


utilizando la Aguja Brisaveloz con algún propósito obsceno y
violento.

Están utilizando mi hogar.

Vereesa profirió un chillido y toda la impotencia y la ira que se


habían ido acumulando en ella desde la derrota de Garrosh brotaron
a raudales y muy agradecidas por poder liberarse al fin. Fue
disparando una flecha tras otra. La primera acertó a un acólito en
un ojo. La segunda y la tercera atravesaron las gargantas de unas
víctimas que ni siquiera tuvieron tiempo de ser conscientes de lo
que ocurría. El cuarto logró volver la cara y mostrar una expresión
de estupor a Vereesa; además, logró flexionar los dedos al intentar
alcanzar su arma, pero al instante, él también estaba muerto.
Desmontó de su hipogrifo de un salto antes de que tuvieran siquiera
la oportunidad de aterrizar y arremetió contra los forestales caídos,
blandiendo una espada que relucía al atravesar la carne incorpórea,
enviándolos al olvido y, presumiblemente, a la paz de la tumba, con
más ira que misericordia. Vereesa esbozó un gesto de disgusto en
cuanto el aullido de un alma en pena la atravesó por entero, pero
eso solo la detuvo un instante, ya que el aterrador grito de ese
espectro fue silenciado para siempre de inmediato. La elfa noble
añadió sus propios gritos a esa cacofonía y pronunció unas frases
confusas que no querían decir nada pero que expresaban
perfectamente la amargura que sentía, así como la venenosa ira y
agonía que la dominaban.

Dos acólitos más tuvieron la desgracia de ser muy lentos a la hora


de lanzar sus hechizos. Vereesa se abalanzó sobre ellos,
decapitando a uno y atravesando el pecho del otro de un solo
mandoble. Mientras este último caía, en medio de un chorro de
sangre, le clavó la espada en la tripa.

197
Christie Golden

Aguantó la respiración y tiró del arma para liberarla de ese cadáver.


Miró a su alrededor en busca de más enemigos, vivos o no-muertos,
que podrían estar convergiendo sobre la aguja. A Vereesa no le
importaba que la reconocieran. En estos tiempos, muy pocos seres
vivos se aventuraban a llegar aquí. A una intrépida elfa de sangre
que osara aproximarse a ese lugar desierto le bastaba con una capa
con capucha para poder disfrazarse; además, cualquier acólito que
la viera no viviría para contarlo.

Los minutos parecieron arrastrarse. De vez en cuando, Vereesa oía


de nuevo unos tenues gemidos y suspiros proferidos por seres sin
mente. Combatió de nuevo contra ellos cuando estos seres que
vagaban sin rumbo acababan de nuevo dentro de la propiedad
Brisaveloz, a pesar de que se hallaba en ruinas. Notó el abrazo de
una niebla húmeda, gélida y pegajosa. Al final, acabó paseando de
aquí para allá, mientras se preguntaba si todo esto era una cruel
jugarreta de Sylvanas.

Entonces, oyó con sus agudos oídos unos ruidos muy leves a su
espalda. Se giró con el arco en ristre y una flecha preparada. Antes
de que pudiera disparar, el astil de su flecha se astilló y la cuerda
tañó.

Un arquero, vestido totalmente de cuero negro, acababa de alcanzar


con su propia flecha a la de Vereesa y la había hecho salir
despedida del arco.

El recién llegado se echó la capucha hacia atrás. Unos relucientes


ojos rojos atravesaron esa neblina verde y unos labios negros se
curvaron para esbozar una sonrisa sardónica.

—Ten cuidado, hermana —le dijo Sylvanas, a la vez que bajaba el


arma—. No creo que quieras matar a esta alma en pena.

198
Crímenes de Guerra

Caminaron por esa arena gris, donde el murmullo de las olas era
más fácil de soportar que los suspiros y los lamentos de los
muertos, aunque no mucho más. Sylvanas creía que ese lugar
estaba repleto de fantasmas, pero no solo literalmente, sino también
por los de los recuerdos de la familia que en su día solía venir a
disfrutar aquí del aire libre y comer.

—Solo quedamos nosotras —afirmó Vereesa, como si le estuviera


leyendo los pensamientos. Sylvanas sonrió levemente. Como eran
las dos hermanas del medio, siempre había habido un vínculo muy
especial entre ellas que, al mismo tiempo, las había alejado un poco
de Alleria, la mayor, y Lirath, el único varón.
—Lo has expresado de un modo muy diplomático —observó.
Vereesa se detuvo y contempló el Mar del Norte.
—Primero, Lirath fue asesinado por los orcos. Después, Alleria se
desvaneció en Terrallende. ¿Por qué has escogido este lugar,
Sylvanas?
— ¿Tú por qué crees, hermanita?
—Porque quieres hacerme daño. Has elegido un lugar de encuentro
donde los muertos se sienten como en casa. Donde los vivos no son
bienvenidos. —Acto seguido, se corrigió a sí misma—. A menos
que tengan intenciones perversas.

La tensión se apoderó de Sylvanas.

— ¿Para hacerte daño? ¡Pero qué arrogante eres, niña! —Se echó
a reír con muy pocas ganas—. ¿Acaso no te has fijado en quiénes
eran los que te han rodeado, en quiénes eran esos que sollozaban y
chillaban para que les devolvieran la vida? ¡Eran mis forestales!
¡Yo morí aquí!
Vereesa esbozó una mueca de contrariedad.
—Lo... lo siento. Creí que... estabas acostumbrada a... bueno...
— ¿A ser la «Reina Alma en Pena»? ¿La «Dama Oscura»?—
replicó Sylvanas con un tono exagerado—. Bueno, es mejor que

199
Christie Golden

pudrirse. Al menos, ahora tengo algo que decir en todo lo que


sucede en el mundo.
—Tenemos mucho menos que decir de lo que cabría esperar —
aseveró Vereesa, quien cogió una piedra y la lanzó al océano,
donde se desvaneció de inmediato—. Ya no sé quién eres. Ya no
eres mi amada hermana.
Lo soy... pero no lo soy, pensó Sylvanas, aunque no dijo nada.
—Pero tú y yo estamos de acuerdo en una cosa —prosiguió
hablando Vereesa, la cual se giró, con la cara encendida y los ojos
ardiendo—. Garrosh Grito Infernal debe morir por lo que hizo en
su día. Según parece, tú, al igual que yo, no confías en que los
Celestiales alcancen la misma conclusión, ya que si no, no habrías
venido.
—No puedo estar en desacuerdo contigo en ninguno de esos
aspectos. Y fue muy valiente por tu parte que intentaras contactar
conmigo; sobre todo, si tal y como has dicho, no sabes quién soy
ahora.

Valiente y un poco imprudente, ya que si el medallón hubiera sido


interceptado, Vereesa habría sido tachada de traidora.

—Asumí un riesgo que creí que merecía la pena. Espero que así
fuera.
—No has hecho esto simplemente para que demuestre que estoy de
acuerdo en que esa criatura llamada Garrosh Grito Infernal es un
desgraciado —señaló Sylvanas, cruzándose de brazos—. Debes de
tener un plan.
—Esto... bueno, aún no.

Sylvanas enarcó una ceja y calculó mentalmente cuánto tardaría en


matar a Vereesa.

—Solo quería decirte que no estás sola —se excusó Vereesa—.


Que hay otros que piensan exactamente igual que nosotras, otros

200
Crímenes de Guerra

que nos ayudarían de manera activa o, al menos, no se


interpondrían en nuestro camino si intentáramos... matar a Garrosh.
—La gente se queja y refunfuña, hermana, pero muy pocos están
dispuestos a actuar. Esos aliados de los que hablas se esfumarán en
cuanto perciban que su integridad física o su reputación corren el
más mínimo peligro.

Vereesa negó con la cabeza enérgicamente.

—No, no lo harán. Tengo incluso la aprobación de lady Jaina.


Sylvanas frunció el ceño.
—Ahora sé que mientes, hermana. Jaina Valiente quizá no sea la
ingenua amante de la paz que era antes, pero es imposible que se
muestre a favor de cometer un asesinato. Aunque tal vez espere que
Garrosh muera, nunca hará nada para que esa muerte se produzca.
—Te equivocas. Quiere que muera. Antes de que se dicte sentencia.
«Para ahorrarnos las molestias del juicio», o eso me dijo. Aunque
también hay otros. La almirante del cielo Catherine Rogers, por
ejemplo. Odia a la Horda y a Garrosh al que más.
—Si no recuerdo mal, esa mujer es de Costasur —comentó
Sylvanas—, así que dudo mucho que quiera colaborar con la Reina
Alma en Pena de los Renegados.
—No tiene por qué saberlo. Nadie tiene por qué saberlo. Solo
nosotros.

Sylvanas se quedó callada y pensativa.

—Podríamos esperar a ver si los Celestiales nos ahorran el


esfuerzo.
—No. Si deciden ser misericordiosos con él —dijo Vereesa
enfatizando esa palabra con desprecio—, no tendremos otra
oportunidad. Debemos actuar mientras el juicio prosiga. Mientras
ambos bandos tengan acceso a él.

Al oír esas palabras, Sylvanas estalló en carcajadas.


201
Christie Golden

— ¿Acceso? ¿No has visto que lo tienen fuertemente vigilado? Ni


siquiera el asesino más consumado sería capaz de penetrar en esa
celda.

Vereesa sonrió. Seguía teniendo la misma cara que Sylvanas


recordaba, seguía teniendo esos mismos labios de los que habían
brotado carcajadas cuando su hermana era una niña. No obstante,
esa expresión permitió a Sylvanas atisbar un grado de crueldad que
nunca habría esperado que su hermana mostrara.

—No —admitió Vereesa—. Un asesino, no. Pero hasta los


prisioneros deben comer, ¿verdad?

Quería envenenarlo. Por eso Vereesa había pensado en su hermana.

—Deseas que te facilite un veneno que nadie pueda detectar... un


veneno que aún no haya sido creado.

Vereesa asintió.

—Perfecto —dijo Sylvanas—. La verdad es que me avergüenza


que este plan no se me haya ocurrido a mí antes.
—Necesitaremos que alguien se infiltre en las cocinas, o que sea
capaz de manipular la comida en su lugar de origen —continuó
hablando Vereesa—. O si no, convencer a alguien en el que ya
confíen para preparar las comidas. Deberíamos...
—Espera un momento, antes de que sigas desbarrando con tus
planes y conspiraciones, por muy entretenido que me resulte —la
interrumpió Sylvanas—. No he dicho que vaya a participar.
— ¿Qué? ¡Pero si has dicho que era un plan perfecto!
—Oh, sí, lo es. Pero yo ya he sufrido bajo el yugo de un tirano con
anterioridad —replicó Sylvanas—. Y, aun así, desafié a mi creador.
A pesar de que Arthas me trajo de la muerte para atormentarme, él
ya no está aquí y yo sí. También desafié a Garrosh y también lo
202
Crímenes de Guerra

veré morir. —Entonces, se señaló a sí misma, a ese cuerpo que era


tan fuerte y tan hernioso, a su manera, que cuando aún respiraba,
aunque ahora era de un gris azulado y frío al tacto—. Y... soy una
Renegada. Puedes entender mi razonamiento. ¿Cuál es tuyo,
hermanita?
— ¡No me puedo creer que me estés pidiendo esto!
—Lo estoy y te ruego que me respondas —le pidió con un tono de
voz gélido—. ¿Qué te ha hecho Garrosh para que hayas decidido
tornar este camino?
— ¡Qué no me ha hecho! ¡Destruyó Theramore de una manera
horrenda, para la que no hay excusa posible! En esa ciudad, todos
murieron de un modo... terrible. No acabé siendo una más de ellos
por pura suerte.

Sylvanas sacudió la cabeza de lado a lado. Si bien su cabello había


sido de un rubio muy claro cuando estaba viva, tanto que casi
parecía tener un color plateado, ahora era casi tan blanco como el
de su hermana. En su día, Alleria había comentado jocosamente
que ellas eran las lunas de la familia, por lo cual las había llamado
lady Luna y Lunita, mientras que ella y Lirath (la hermana mayor
y el hermano menor) eran los soles, con su pelo brillante y dorado.
Alleria...

—Esa no es la razón.
—Los orcos han sido nuestros enemigos. Garrosh es la peor
aberración que ha engendrado esa raza y que aún respira. Su
historia está plagada de monstruos y barbarie demoníaca. ¡Nos
arrebataron a nuestro hermano, Sylvanas! Y sabes que Alleria se
habría enfrentado a cualquiera para poder tener el honor de ser ella
misma quien acabara con Garrosh. Ella querría que hiciéramos
esto.

Sylvanas frunció los labios.

203
Christie Golden

—Aunque estoy de acuerdo con todo lo que dices, esa tampoco es


la razón.

Vereesa tragó saliva con dificultad.

—No quieres hacerme daño. Quieres verme sufrir lo indecible.


—Quiero juzgar por mí misma cuáles son las simas de tu dolor, lo
cual no es lo mismo.

Vereesa formaba parte de la Alianza. Se había casado con un


humano, con el que había tenido hijos. Este había sido su hogar y
ahí todavía había un sitio para ella. Lo que estaba diciendo que
quería hacer contravenía todas las leyes que la Alianza afirmaba
defender... aunque, ciertamente, también había villanos, asesinos y
ladrones entre sus filas.

Por un momento, Sylvanas pensó que su hermana se echaría atrás,


a pesar de que los Brisaveloz siempre habían hecho gala de una
voluntad de hierro. Del esbelto cuerpo de Vereesa se había
apoderado tal tensión que parecía más tensa que la cuerda de su
arco, casi estaba temblando. Sylvanas aguardó con la paciencia que
solo pueden tener los muertos (otro don que Arthas le había
concedido sin ser consciente de ello) a que estallase la furia que
percibía que bullía en su hermana.

Pero eso no ocurrió.

En vez de las llamas de la ira, lo que Sylvanas vio fue el agua de


sus lágrimas, unas lágrimas que anegaban los ojos de su hermana y
le recorrían el rostro. Vereesa ni siquiera se molestó en secárselas
mientras hablaba.

—Me arrebató a Rhonin.

Eso era todo. No había ninguna otra razón.


204
Crímenes de Guerra

Sylvanas se acercó a su hermana y la abrazó. Vereesa se aferró a


ella como si se estuviera ahogando.

205
Christie Golden

CAPÍTULO QUINCE

Día tres.

Jefe de Guerra —dijo Tyrande, inclinando la cabeza.

Seguía siendo raro escuchar cómo se dirigían a otro con ese título,
pensó Go’el. No le parecía mal (no se había arrepentido ni un solo
momento de esa decisión y los ancestros sabían bien que Vol’jin
era merecedor de ese título), pero le resultaba... extraño. Se
preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse a eso de verdad.

Vol’jin contestó con unos ojos relucientes y un cierto tono de


malicia:

—Suma sacerdotisa.
—Has liderado a tu pueblo muchos años, y tu padre hizo lo mismo
antes que tú.
—Eso es cierto.
—Ahora, tras el reino tiránico de Garrosh Grito Infernal...
—Con todo respeto, protesto —la interrumpió Baine, aunque no
pareció decirlo muy convencido.

206
Crímenes de Guerra

—Después de que Garrosh Grito Infernal fuera derrotado —se


corrigió a sí misma Tyrande con suma delicadeza, como si no se
hubiera producido ninguna interrupción—, Go’el te designó como
Jefe de Guerra. Ahora no solo lideras a los trols Lanza Negra, sino
a todas la razas de la Horda... a pesar de que no eres un orco.
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Baine, quien esta vez sí
dijo esta frase con suma determinación—. ¡La capacidad del testigo
para liderar a la Horda no es objeto de debate en este juicio!
—Lord Zhu, intento demostrar ante el jurado que este testigo tiene
credibilidad —explicó Tyrande.
—Pues busca otra manera de hacerlo, Chu’shao —replicó Taran
Zhu con serenidad.
—Como desees. Vol’jin, tu pueblo sufrió terriblemente bajo el
yugo de Garrosh. Tú también, a un nivel más personal. ¿Puedes
explicarle al tribunal todo lo relativo a este asunto?
—Será un placer —contestó Vol’jin, cuya voz adquirió un tono
más grave por culpa de la ira acumulada—. Los trols fuimos el
primer pueblo de Azeroth en unirse a la Horda cuando los orcos
llegaron a este mundo. Hemos sido amigos leales de los orcos, de
Go’el, quien me pidió que fuera consejero de Garrosh. Hice todo
cuanto estuvo en mi mano para cumplir mi cometido, pero Garrosh
decidió olvidarse de que los trols habían sido muy buenos amigos
suyos.
— ¿Qué hizo en concreto?
—Prohibió a mi gente que pudiera vivir donde quisieran en
Orgrimmar. Los obligó a instalarse en una zona especial y decretó
la ley marcial en las Islas del Eco.
—Eso no parecen unos actos propios de un líder que tiene como
deber representar a las diversas razas que componen la Horda —
reflexionó Tyrande.
—Así es.
—Le expresaste tu preocupación al respecto, ¿verdad?
—Sí, en más de una ocasión.
— ¿Y admitió que había hecho eso? ¿Que había confinado a tu
pueblo en una zona marginal?
207
Christie Golden

—Así fue.
—Me gustaría mostrar al jurado la primera Visión de este testigo
—anunció Tyrande, quien retrocedió para poder contemplar la
escena, en la que se podía ver al líder trol y al Jefe de Guerra en la
sala del trono del Fuerte Grommash.
—No me repliques, trol —gruñó Garrosh—. Ya sabes a quién le
dieron el mando de la Horda. ¿O acaso todavía sigues
preguntándote por qué Thrall me escogió a mí en vez de a ti?
—Garrosh te concedió este título porque eres el hijo de Grommash
y porque la gente quería un héroe de guerra como líder.
Eso era cierto. A pesar de que tras la derrota del Rey Exánime, la
gente estaba harta de guerras, seguían reverenciando a los héroes
bélicos. Go’el había pensado que si legaba ese título por un breve
espacio de tiempo a Garrosh, este aprendería a canalizar
adecuadamente sus energías. Pero se había equivocado de cabo a
rabo.

Sin embargo, la imagen de Vol’jin no había acabado de hablar y


añadió:

—Creo que te pareces más a tu padre de lo que crees, aunque no


hayas bebido esa sangre de demonio.

Garrosh lanzó un gruñido y se acercó al trol, mientras se estremecía


dominado por una furia que apenas lograba contener.

—Tienes suerte de que no te destripe aquí mismo, desgraciado.


— ¡Párala aquí! —gritó Tyrande bruscamente, y ambas figuras se
quedaron congeladas al instante como si se hallaran insertas en
hielo—. Augustos Celestiales... ahí mismo lo tienen; como han
podido ver, Garrosh Grito Infernal, Jefe de Guerra de la Horda,
acaba de amenazar de muerte a Vol’jin de un modo explícito.

A continuación, asintió en dirección hacia Chromie, quien, al


mover esas manitas, hizo que la escena volviera a cobrar vida.
208
Crímenes de Guerra

—Eres un necio si crees que puedes hablarle a tu Jefe de Guerra de


ese modo —afirmó Garrosh.
—No eres mi Jefe de Guerra. No te has ganado mi respeto y no voy
a permitir que destruyas la Horda por culpa de tu necia sed de
guerra.

Vol’jin se mostraba sereno, calculador y frío, lo cual contrastaba


con el nerviosismo y la rabia de Garrosh.

— ¿Y qué piensas hacer exactamente al respecto? Tus amenazas


me resultan vacías. Vete con el resto de tu raza a esos suburbios de
mala muerte. Un ser tan asqueroso como tú no mancillará más con
su presencia esta sala del trono.

La escena se detuvo y, acto seguido, se desvaneció. Tyrande negó


con la cabeza.

—«Vete con el resto de tu raza a esos suburbios de mala muerte»


—repitió—. Una forma muy interesante de tratar y de hablar sobre
una raza que había servido de un modo tan leal a la Horda durante
tanto tiempo.
—Eso mismo pienso yo.
—Así que, en vez de tratarte como un consejero respetable, tal y
como había ordenado Go’el, Garrosh obligó a los trols a
permanecer confinados en zonas que él mismo describía como de
«mala muerte» y te expulsó de la sala del trono. Además, también
te amenazó de muerte.

La tensión se apoderó de Go’el. El semblante casi indiferente de


Vol’jin se tornó serio.

—Hizo mucho más que amenazarme.

209
Christie Golden

Echó la cabeza hacia atrás y les mostró una cicatriz protuberante,


de color azul pálido, que señalaba el lugar donde el cuchillo de un
asesino le había degollado. Go’el alzó la vista hacia los Celestiales
y comprobó que se agitaban inquietos y descontentos ante esa
evidencia tan visible del odio de Garrosh.

Tyrande dejó que los murmullos recorrieran la estancia y, a


continuación, dijo:

—Me gustaría mostrar ese despreciable ataque, así como el papel


que Garrosh Grito Infernal jugó en él. ¿Chromie?

El ruido de multitud de roces recorrió todo el auditorio, ya que casi


todos los espectadores se acababan de enderezar en sus asientos y
se habían inclinado un poco más hacia delante. La historia de lo
que le había sucedido a Vol’jin había corrido de boca en boca por
toda la Alianza y la Horda. Si bien algunos solo tenían un interés
morboso en los detalles más sangrientos, otros tal vez solo
pretendían quitarse de encima algunas dudas.

—Jefe de Guerra, ¿podría hacemos el favor de explicamos lo que


vamos a ver?
—Por supuesto. Esto sucedió después de que la Horda
desembarcara en las costas de Pandaria. A los Lanza Negra no nos
ordenaron acompañar al resto de la Horda; además, yo pensaba que
sería un error entrar en tromba en este lugar, pero Garrosh estaba
muy contento de tener una tierra... ¿qué fue lo que dijo...? Ah, sí,
«esta tierra es muy rica en recursos; madera, piedra, hierro,
combustible y... gente» —citó.
—Madera, piedra, hierro, combustible y gente —repitió una
pensativa Tyrande—. Para Garrosh, todo esto eran «recursos».
¿Estás insinuando ante este tribunal que crees que Garrosh
pretendía esclavizar a los pandaren?

210
Crímenes de Guerra

Un grito ahogado de espanto se extendió por toda la sala y Baine


se puso de pie como impulsado por un resorte.

— ¡Con todo respeto, protesto! —gritó—. Cualquier respuesta al


respecto será la mera opinión del testigo, nada más. ¡Jamás ha
habido ninguna prueba de que Garrosh deseara esclavizar a una
raza entera!
— ¡No —replicó Tyrande—, alguien que trató tan bien a los trol
jamás haría algo así!

Los dos se encararon furiosos, por lo que Taran Zhu se vio obligado
a hacer sonar el pequeño gong con más fuerza de la habitual.

— ¡En este tribunal reinará el orden! ¡Quiero recordar a todos los


presentes que cualquier arrebato violento tendrá como castigo la
reclusión hasta que concluya el juicio! Chu’shao Susurravientos, a
menos que puedas apoyar esa acusación con algo muy sólido, te
sugiero que cambies de estrategia.
—Tú mismo dijiste que la opinión de los testigos sería admisible a
lo largo del proceso, Fa’shua.
Taran Zhu permaneció callado un instante y, acto seguido, suspiró.
—Sí, así es. Por favor, reformula la pregunta de un modo más
apropiado.

Tyrande se volvió hacia Vol’jin.

—Jefe de Guerra, ¿qué crees que Garrosh quería decir con esas
palabras?
—No creo que pretendiera «esclavizarlos», tal y como pretendes
sugerir, Chu’shao Susurravientos. Creo que, simplemente, quería
contar con nuevos reclutas para luchar. Su grito de guerra era:
¡Irrumpan en la costa y tiñan de rojo el nuevo continente!
— ¿De rojo con sangre? Así que no quería esclavizarlos, pero sí
quería exterminarlos, ¿no?

211
Christie Golden

— ¡Chu’shao! —le espetó Taran Zhu antes de que Baine pudiera


siquiera levantarse de la silla—. Deja de poner palabras en boca del
testigo que este no ha dicho o tendré que reprenderte.

Tyrande hizo una reverencia y alzó una mano.

—Entendido, Fa’shua. Por favor, continúa, Jefe de Guerra.


—Creo que su intención era convertir Pandaria en un territorio de
la Horda. Mucha gente lucha por la Horda, y el color de esta es el
rojo. Creo que eso era lo que quería decir.
—Pero ¿no estás seguro?
—Solo puedo contarte lo que he oído y lo que yo pienso al respecto.
—Por supuesto —respondió Tyrande.

Go’el sintió un tremendo respeto por la integridad que acababa de


demostrar Vol’jin, y no era la primera vez. Solo era una opinión, y
el trol podría haber mentido muy fácilmente al respecto. Pero no lo
había hecho. Aun así, Tyrande había sacado el tema a colación y
había plantado la semilla de la duda; a partir de ahora, ni el jurado
ni los espectadores podrían evitar preguntarse qué había pretendido
decir realmente Garrosh con esas palabras.

—Así que... la Horda había llegado a Pandaria —dijo de repente


Tyrande.
—Sin los Lanza Negra. Fui a hablar con Garrosh, quien se mostró
furioso y me habló de malos modos como en la anterior ocasión,
aunque luego pareció reconsiderar su postura.
—Gracias. ¿Chromie?

La pequeña dragón bronce saltó para encaramarse a la mesa y


activó la Visión del Tiempo. La escena se manifestó de inmediato.

—Ahí radica la diferencia entre tú y yo, Vol’jin —dijo el Garrosh


del pasado—. No dejaré que mi pueblo se muera de hambre en el
desierto. No me detendré ante nada... nada... para poder asegurar
212
Crímenes de Guerra

un futuro orgulloso y glorioso a los orcos y cualquiera que tenga el


coraje de apoyarnos. Espera un momento.

Se alejó un poco y habló en voz baja con uno de los Kor’kron.


Rak’gor Hojasangre. Go’el frunció el ceño y se preguntó por qué
Tyrande no había permitido que el jurado escuchara esa
conversación entablada entre susurros. Garrosh volvió a acercarse
al trol un momento después con una sonrisilla de suficiencia
dibujada en la cara.

—Hay algo que puedes hacer para demostrar tu valía a la Horda,


trol. Una misión que te llevará al mismo corazón de este continente.
—Iré —replicó Vol’jin, aunque añadió—, pero solo como testigo
y en nombre de mi pueblo. Alguien debe mantenerte vigilado,
Garrosh.

La escena se detuvo y, al instante, se esfumó. Tyrande se giró hacia


Vol’jin.

— ¿Puedes explicarnos qué sucedió en esa misión que Garrosh les


asignó tanto a Rak’gor Hojasangre como a ti?
—Partimos en busca de un grajero saurok —respondió Vol’jin—.
Los exploradores habían informado de que en esas cuevas había
una magia muy antigua. Garrosh quería que echáramos un vistazo.
— ¿Y qué descubrieron?

Vol’jin respiró muy hondo y, entonces, contestó:

—Esas cuevas resultaron ser... preternaturales. Hojasangre me


había dicho que Garrosh había descubierto que los saurok y los
mogu estaban relacionados. Y... tenía razón.

Otra escena más apareció en el centro de esa estancia. Esta vez,


Vol’jin, Hojasangre y unos cuantos más a los que Go’el no conocía
se hallaban en una oscura y húmeda caverna. El cadáver de un
213
Christie Golden

saurok colosal se desangraba lentamente en esa agua estancada que


les llegaba a la altura de los tobillos. Había huevos por todas
partes... Vol’jin había encontrado el grajero. Se le escapó un leve
gruñido y, cuando habló, lo hizo con una voz grave y temblorosa...
por culpa de la rabia.

—Esos mogu... han utilizado una magia muy perversa y tenebrosa.


Estos saurok no han nacido, sino que han sido creados. Se ha
moldeado y retorcido su carne. —Sacudió la cabeza, asqueado—.
¡Aquí se ha empleado magia muy siniestra, amigo!

Se volvió hacia Hojasangre, con el arma alzada, pues claramente


esperaba la orden de destruir todos los huevos.

Sin embargo, el orco esbozó una amplia sonrisa muy cruel.

— ¡Sí! —exclamó Hojasangre—. El poder de moldear la carne para


crear guerreros. ¡Eso es lo que desea el Jefe de Guerra!
Go’el apartó la mirada de esa escena y observó las reacciones del
jurado y los espectadores. Como era habitual, daba la sensación de
que los Celestiales permanecían impasibles, pero eran los únicos.
El resto de los que acababan de escuchar ese comentario cruel
mostraban unas expresiones que iban desde la náusea hasta la furia
pasando por toda una amplia gama de emociones intermedias.
— ¿Garrosh quiere jugar a ser dios? —gritó la imagen de un
Vol’jin encolerizado—. ¿Quiere crear monstruos? ¡Ese no es el
objetivo de la Horda!

Esa era la frase, pensó Go’el. La frase que, aunque no la hubiera


escuchado nadie en su día, salvo esos pocos camaradas de Vol’jin
presentes en esa cueva, ahora había sido dada a conocer al mundo.
La que había inspirado a Go’el cuando había ayudado a Vol’jin a
reconquistar las Islas del Eco. La que había permitido al líder trol
aferrarse a la vida y recuperarse de una manera muy difícil para
poder defender esa Horda que era como su misma familia. Era esa
214
Crímenes de Guerra

verdad la que había evitado que Varian hiciera lo mismo que


Garrosh pretendía hacer con los sha, la que había hecho que el rey
humano se negara a tomar Orgrimmar y ocuparla.

Ese no es el objetivo de la Horda.

Y nunca lo sería.

Sin embargo, eso era lo que había querido hacer Garrosh con ella,
así que la escena prosiguió de manera implacable.

Hojasangre se aproximó a Vol’jin y este le lanzó una mirada


furibunda. El orco arrugó la nariz e hizo un gesto de repugnancia,
como si acabara de oler un hedor horrible.

— ¡Él sabía que eras un traidor! —rugió y, a pesar de que Go’el


intuía qué iba a suceder a continuación, incluso él se sorprendió
ante la rapidez con la que se movió ese corpulento Kor’kron
ataviado con una armadura. El cuchillo trazó un arco realmente
fugaz, y la sangre manó a raudales de la garganta desgarrada del
trol mientras caía al suelo.

La multitud lanzó un grito ahogado. La escena se desvaneció.

—Zazzarik Fryll, ¿quieres hacer el favor de leer los cargos tres,


cuatro, cinco y siete de nuevo? —le pidió Tyrande al secretario del
tribunal.

El goblin carraspeó, rebuscó entre varios pergaminos y, acto


seguido, procedió a leer en voz alta:

—Asesinato.

Tyrande alzó una mano para interrumpirlo y el goblin se detuvo,


parpadeando tras esas gafas.
215
Christie Golden

—Asesinato —repitió la elfa, quien levantó el dedo índice—. Es


decir, ordenar a un miembro de los Kor’kron que degollara a
Vol’jin si no se mostraba de acuerdo con el cruel plan de Garrosh.
Por favor, continúa.
—Hum... Desplazamiento forzado de población —dijo el goblin,
quien la miró expectante.

Tyrande levantó otro dedo más, para seguir contando cada uno de
los cargos.

—Es decir, prohibir a los trols, quienes son unos miembros


respetados y muy útiles para la Horda, vivir en ciertas zonas.
—Desaparición forzosa de ciertos individuos.

Ya iban tres.

—Es decir, enviar a Vol’jin a realizar una misión en compañía de


Hojasangre, sabiendo perfectamente que lo más probable era que
Vol’jin acabara siendo asesinado.
—Intento de esclavizar a una población.
—Es posible que pretendiera esclavizar Pandaria, pero de lo que no
hay duda es de que los saurok que sufrieron mutaciones no se
presentaron voluntarios.
—Con todo respeto, protesto —la interrumpió Baine—. Garrosh
no es responsable de lo que sucedió con los saurok.
—Estoy de acuerdo con la defensa —aseveró Taran Zhu.
—Así es, pero la Visión del Tiempo ha dejado muy claro que eso
era lo que deseaba —le espetó Tyrande, de modo que Taran Zhu se
vio obligado a asentir.
—Permitiré que se utilice la expresión que «expresó su deseo de
esclavizarlos» —replicó el pandaren.
—Tortura —añadió el goblin.
—Siempre que admitamos que Garrosh planeaba hacer algo similar
a lo que les ocurrió a esos saurok... cuya carne fue deformada y
216
Crímenes de Guerra

retorcida, violada y moldeada. Este orco pretendía engendrar a


ciertos seres de este modo por puro capricho, sin ninguna otra
razón. —A continuación, señaló a Vol’jin—. Con este único
testigo, tenemos pruebas más que suficientes para demostrar casi
la mitad de los cargos de los que se acusa a Garrosh Grito Infernal.
¡La mitad! No obstante, hay muchos otros que también podrían
atestiguar que este orco cometió asesinatos, torturas y otros actos
despreciables, tal y como ha confirmado Vol’jin. Él...
—Fa’shua —dijo Baine con una voz potente—, si la acusación ha
acabado con su tanda de preguntas al testigo y ahora debe recurrir
a la pura oratoria, me gustaría que se me concediera la oportunidad
de interrogarlo.

Era un ataque directo en toda regla. Las mejillas de Tyrande


adquirieron un color púrpura más intenso.

— ¿Tienes más preguntas para el testigo, Chu’shao


Susurravientos? —inquirió Taran Zhu con mucho tacto.
—Hay una escena más que desearía mostrar, Fa’shua, si se me
permite. Es... extremadamente importante, pues ya solo queda viva
una persona de las que participó en esa conversación.
—Entonces, procede, por supuesto.
Tyrande, que había recuperado la compostura, hizo un gesto de
asentimiento dirigido hacia Chromie.
En un principio, Go’el se sintió un tanto confuso. Tyrande les
volvía a mostrar algo que acababan de ver; la escena en que
Garrosh insultaba a Vol’jin y, a continuación, iba a hablar en
privado con Rak’gor.

Pero esta vez, todos pudieron escuchar lo que Garrosh decía a su


guardaespaldas Kor’kron.

—No tengo ninguna duda de que serás capaz de confirmar mis


sospechas —dijo la imagen de Garrosh, que se dirigía únicamente

217
Christie Golden

a Hojasangre—. Fíjate en cómo reacciona el trol. Si aprueba el


plan, vivirá. Si no... es que es un traidor y lo degollarás.

La escena se congeló. Tyrande avanzó y se colocó justo delante de


la descomunal imagen de Garrosh, cuyo rostro estaba paralizado en
ese instante en que mostraba una mirada engreída y maliciosa. La
elfa pasó de mirar al orco de la Visión al de verdad.

El Garrosh real permanecía prácticamente impasible, lo cual


contrastaba tremendamente con el Grito Infernal casi
caricaturescamente presuntuoso del pasado. Tenía los ojos
clavados en Tyrande y no en la escena que esta acababa de
presentar. La elfa estaba muy erguida y llevaba la cabeza bien alta.
Era hermosa y terrible en su justa furia; parecía una implacable
diosa de la justicia que no conocía la templanza de la piedad ni las
cadenas de la compasión, cuyo pecho ascendía y descendía
rápidamente al respirar aguadamente, cuyo pulso era perfectamente
visible en ese cuello largo y esbelto. La tensión se apoderó de
Go’el, pues sabía qué iba a venir a continuación. Un discurso
apasionado e iracundo teñido de la repugnancia que provocaban las
simas de la estulticia hasta las que se había hundido el hijo de Grito
Infernal. No iba a carecer de apoyos a la hora de vituperar a
Garrosh. La sala estaba a punto de estallar.

Entonces, la sacerdotisa habló por fin.

—Ya sabemos la verdad. —Esas palabras fueron pronunciadas con


una voz muy templada que pudo escucharse a través de esa estancia
consternada y sumida en el silencio. Miró fijamente a Garrosh un
instante más. Acto seguido, sus labios se curvaron para esbozar su
desprecio de un modo más elocuente que cualquier otra cosa que
hubiera podido decir y le dio la espalda—. No hay más preguntas.

218
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DIECISÉIS

Baine se devanaba los sesos de manera frenética, pues intentaba


desesperadamente dar con algo con lo que pudiera tener la más
mínima oportunidad de reparar el daño que Tyrande acababa de
infligir a su defendido.

Vol’jin era amigo de Baine. Siempre había respetado a ese trol y,


desde la muerte de Cairne, había entablado una amistad aún más
profunda con él. No deseaba interrogar a Vol’jin, ni cuestionar su
interpretación de los acontecimientos, ni intentar desacreditarlo
ante el jurado. No obstante, había sido el propio trol quien lo había
animado a defender a Garrosh en un principio.

—Jefe de Guerra Vol’jin... eres un trol honorable, tanto la Horda


como la Alianza son perfectamente conscientes de ello. Nadie
pretende negar que intentaron atentar contra tu vida, ni que los trols
se vieron obligados a exiliarse a las zonas menos respetables de
Orgrimmar. Vol’jin aguardó expectante a que el tauren prosiguiera.
—Ahora que has asumido el manto de Jefe de Guerra —señaló
Baine—, te has visto obligado a tomar algunas decisiones

219
Christie Golden

extremadamente difíciles. ¿Puedo preguntarte qué política sigues


con respecto a los traidores?
— ¡Con todo respeto, protesto! —Tyrande se levantó como un
rayo—. ¡Tal y como has señalado con anterioridad, Fa’shua, la
capacidad del testigo para liderar a la Horda no es objeto de debate
en este proceso!
—Fa’shua —replicó Baine—, no estoy cuestionando su capacidad,
sino simplemente le interrogo sobre cuál es la política que aplica
en esos casos.

Taran Zhu ladeó la cabeza.

—Confío en que la pregunta sea relevante respecto a este caso,


Chu’shao.
—Lo es.
—Más te vale. Estoy de acuerdo con la defensa. Procede.
—No he tenido la oportunidad de tener que tratar con alguien que
me haya traicionado —contestó Vol’jin, quien acto seguido
añadió—. Aún no.

La sutil expresión de simpatía que había dominado su rostro había


dado paso a cierto recelo.

—Espero que nunca tengas que hacerlo —dijo Baine—. Pero tú


mismo has deseado ejecutar a Garrosh por lo que le hizo a Garrosh.
—Así es.
—Así que estarías dispuesto a ejecutar a cualquiera que, según tu
opinión como Jefe de Guerra, hubiera traicionado a la Horda,
¿verdad?

La tensión se palpaba en el ambiente en esa sala y, por primera vez


desde el inicio del juicio, el peso de esta no recaía sobre Garrosh.
A Baine se le erizaron los pelos del cogote, pero sabía que ya no
podía echarse atrás.

220
Crímenes de Guerra

—Sí, siempre que...


—Limítate a responder la pregunta, Jefe de Guerra, por favor.
Vol’jin lo miró inquisitivamente y, a continuación, respondió a
regañadientes:
—Sí.

Baine se giró y se sintió aliviado por no tener que mirar ya más a


Vol’jin. En ese instante, asintió en dirección a Kairoz, el cual había
permanecido sentado y muy callado, con una expresión cada vez
más seria, pues sin duda alguna ansiaba poder utilizar sus
habilidades, por lo cual prácticamente se levantó de un salto para
manipular la Visión del Tiempo.

Baine resopló con fuerza y tuvo que hacer un gran esfuerzo para
reprimir las terribles ganas de pisotear el suelo sin parar que lo
habían invadido al contemplar la escena que ahora se manifestaba.
Ahí se hallaban Garrosh y Vol’jin conversando; era la misma
escena que Tyrande les había mostrado, pero la elfa de la noche
que ejercía la acusación la había hecho concluir de un modo
prematuro. Baine quería que el jurado la viera hasta el final. Presa
de la ansiedad, movió la cola mientras observaba.

—No eres mi Jefe de Guerra —dijo la imagen de Vol’jin con un


tono de voz sereno—. No te has ganado mi respeto y no voy a
permitir que destruyas la Horda por culpa de tu necia sed de guerra.
—Páralo ahí —ordenó Baine, quien se giró para mirar hacia los
Augustos Celestiales, a quienes contempló con suma intensidad—
. Esto es muy importante, así que voy a recalcarlo. Lo que acaban
de ver ahora mismo, con esta prueba que todos sabemos
incontestable, es lo siguiente: un súbdito de la Horda acaba de
decir al orco que fue designado como sucesor por el legítimo Jefe
de Guerra, y cito textualmente: «No eres mi Jefe de Guerra».

Con un gran sentido del dramatismo y la oportunidad, Kairoz


detuvo la escena un momento, para que pudieran asimilar la
221
Christie Golden

importancia de lo que acababa de decir Baine, y acto seguido hizo


que la escena se reanudara.

— ¿Y qué piensas hacer exactamente al respecto? Tus amenazas


me resultan vacías. Vete con el resto de tu raza a esos suburbios de
mala muerte. Un ser tan asqueroso como tú no mancillará más con
su presencia esta sala del trono.
—Sé perfectamente qué voy a hacer, hijo de Grito Infernal.
Esperaré a que la gente se vaya dando cuenta poco a poco de lo
inepto que eres. Me reiré al ver cómo cada vez te desprecian más y
más, tanto como te desprecio yo. Y cuando llegue el momento
adecuado, cuando hayas fracasado de un modo total y tu «poder»
carezca ya de contenido y sentido, estaré ahí dispuesto a acabar con
tu reinado rápida y silenciosamente.

La escena se detuvo y la gente se agitó en sus asientos.

—Vol’jin ha llamado «inepto» a un Jefe de Guerra elegido de un


modo legítimo. Ha afirmado que «desprecia» a Garrosh. Y lo ha
amenazado con «acabar con su reinado». Esas palabras solo se
pueden considerar de una manera: como un acto de traición. ¿Y qué
destino aguarda a los traidores a la Horda, según Vol’jin, su actual
líder?
— ¡Con todo respeto, protesto! —Por primera vez desde el
comienzo del juicio, Tyrande parecía realmente fuera de sí. El
tauren había logrado perturbar a la siempre serena elfa de la
noche—. ¡La defensa está hostigando al testigo!
—Pero si ni siquiera se está dirigiendo al testigo —la corrigió
Taran Zhu.
— ¡Lo que Vol’jin hizo o dejara de hacer, lo que dijo o dejara de
decir, no es relevante! —exclamó Tyrande.
—Con todo respeto, Fa’shua, creo que sí lo es —replicó Baine—.
Creo que Garrosh se sentía amenazado por Vol’jin, al que
consideraba un traidor. Creo que es perfectamente posible que
Garrosh intuyera que su propia vida corría peligro.
222
Crímenes de Guerra

—Hasta ahora, solo he escuchado cómo expresaba su descontento


y su enfado, quizá de un modo irrespetuoso, Chu’shao—señaló
Taran Zhu—. Así como una amenaza, si se puede calificar así, en
la que se señala que Garrosh podría dejar de liderar a la Horda. No
obstante, Go’el renunció a su cargo de un modo pacífico y designó
como sucesor a Garrosh. Si bien Vol’jin se muestra claramente
descontento e irrespetuoso, no veo que realice ninguna amenaza
directa a la integridad física del acusado.

Ya podía parar, pues había dejado bien claro su argumento;


Garrosh podría haber estado actuando legítimamente cuando había
ordenado asesinar a Vol’jin, pues tenía derecho a matarlo si
percibía que el trol intentaba derrocarlo. Sin embargo, Baine sabía
que eso no sería suficiente. Los Augustos Celestiales habían visto
cómo Garrosh ordenaba actuar violentamente contra Vol’jin. Tenía
que obligarlos a ver la otra cara de la moneda.

A pesar de que odiaba tener que hacer esto, como estaba


tremendamente decidido a cumplir su cometido, Baine dijo:

—Pido permiso para poder mostrar el final de esta conversación.


Creo que es extremadamente relevante para este caso.

Taran Zhu los miró a todos y, al instante, asintió.

—Procedan.

Como Baine era incapaz de mirar ni al verdadero Vol’jin ni a su


imagen, mantuvo los ojos clavados en los Celestiales mientras la
Visión del nuevo líder de la Horda hablaba.

—Te pasarás tu reinado mirando siempre lo que hay a tu espalda y


temiendo a las sombras.

Baine cerró los ojos brevemente, y el trol prosiguió:


223
Christie Golden

—Porque cuando llegue el momento y tu sangre mane lentamente,


sabrás exactamente quién disparó la flecha que atravesó tu negro
corazón.
—Has sellado tu destino, trol —le espetó el Garrosh del pasado,
quien escupió a los pies de solo dos dedos de Vol’jin.
—Y tú el tuyo, «Jefe de Guerra».

La imagen se desvaneció.

Silencio. Baine seguía sin ser capaz de mirar a Vol’jin a la cara, así
que centró su atención en Taran Zhu.

—No tengo más preguntas para este testigo, Fa’shua.

El pandaren asintió y contempló a Baine con una mirada en la que


al tauren le dio la sensación de que había un leve destello de
compasión.

224
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DIECISIETE

La puerta del pasillo se cerró de manera estruendosa a espaldas de


Anduin y, una vez más, se quedó a solas en esa habitación con ese
genocida.

Anduin se sirvió un vaso de agua y bebió. Se percató de que esta


vez la mano no le temblaba tanto. Garrosh, que se encontraba
encadenado como era habitual, estaba sentado sobre las pieles de
dormir mientras observaba al príncipe humano.

—Me gustaría saber qué piensas sobre el testimonio de Vol’jin —


afirmó Garrosh.

Anduin apretó los labios.

—Si vamos a respetar nuestro acuerdo, esta vez deberías ser tú el


que me cuente algo primero.

Garrosh se rio entre dientes, con unas risas profundas y


melancólicas.

225
Christie Golden

—Entonces, he de decir que creo que hoy han muerto todas las
esperanzas de que pudiera salir de esta celda tomando otro camino
que no sea el del patíbulo.

—Ya, las cosas no... no han ido bien —reconoció Anduin—. Pero
¿qué te hace aseverar eso en concreto?

Garrosh lo miró fijamente como si pensara que era tonto.

—Amenacé a Vol’jin, expulsé a su pueblo e intenté asesinarlo.


Seguro que eso es más que suficiente.

Anduin se encogió de hombros.

—Él también te amenazó a ti, se mostró irrespetuoso contigo, a


pesar del título que ostentabas, y juró que te mataría delante de tus
mismas narices. Cabe la posibilidad de que alguno de sus
seguidores estuviera preparado para ejecutar esa amenaza en
Orgrimmar si él, al final, no podía llevarla a cabo. Tal vez
expulsaste a su gente no porque los odiaras, sino porque los temías.

El orco se puso en pie gritando a tal velocidad que Anduin se echó


hacia atrás. Al oír ese bramido de furia, los hermanos Chu se
acercaron corriendo.

— ¡No pasa nada! —exclamó Anduin, a la vez que alzaba una


mano y esbozaba una sonrisa forzada—. Solo estamos...
discutiendo.

Li y Lo se miraron mutuamente. Li escrutó detenida y lentamente


a Garrosh.

—A mí me ha parecido que hacían algo más que discutir.

226
Crímenes de Guerra

Aunque el orco permaneció callado, respiraba con dificultad y de


manera acelerada, a la vez que cerraba y abría los puños
continuamente.

—Pues no —replicó Anduin.

Entonces, Lo dijo con suma calma:

—Prisionero Grito Infernal, haz el favor de controlarte. Hablar con


Su Alteza es un privilegio, que será revocado de inmediato si
creemos que se halla en peligro. ¿Lo entiendes?

Por un instante, dio la impresión de que Garrosh iba a intentar


atravesar esos barrotes para alcanzar a Lo. Sin embargo, al final, se
sentó y las cadenas tintinearon.

—Lo entiendo —contestó todavía enfadado, pero ya más calmado.


—Muy bien. ¿Deseas continuar, alteza?
—Sí —respondió Anduin—. Ya pueden irse. Gracias.

Los hermanos hicieron una reverencia y se marcharon, aunque Li


le lanzó otra mirada de advertencia al orco antes de subir por la
rampa y desaparecer de su vista.

—Te habría matado si estos barrotes no se hubieran interpuesto


entre nosotros —masculló Garrosh.
—Lo sé —replicó Anduin, quien no sentía temor alguno, lo cual
era extraño—. Pero ahí están.
—En efecto. —Garrosh respiró hondo y continuó—: No temía que
intentaran acabar con mi vida de un modo cobarde. Jamás he
temido a Vol’jin.
—Entonces, ¿por qué no lo retaste al mak’gora? —le espetó
Anduin, quien ya se había recuperado del susto por completo—.
¿Por qué hiciste algo tan taimado, algo que va en contra de sus
propias tradiciones, si no temías que pudiera vencerte en una lucha
227
Christie Golden

justa? Actuaste tal y como actúan los cobardes. Como solía actuar
Magatha.
—Creía que eras un hombre de honor, pero eso ha sido un golpe
bajo, mocoso.
—Digo la verdad, Garrosh. Eso es lo que te enerva, ¿verdad? No
lo que piensan los demás sobre ti, sino lo que tú piensas acerca de
ti mismo.

Si bien Anduin esperaba que sufriera otro ataque de ira, esta vez
Garrosh se guardó esa furia para sí, puesto que solo sus ojos
reflejaban esa cólera.

—No he olvidado las tradiciones de mi pueblo —aseveró, con un


tono tan bajo que Anduin tuvo que hacer un esfuerzo para poder
escucharlo—. Te repito lo que le dije a Vol’jin. Si estuviera libre,
no me detendría ante nada para asegurarme de que los orcos tengan
un futuro orgulloso y glorioso... así como todo aquel que tenga el
coraje de apoyamos.
— ¿Y si la Alianza te apoyara?
— ¿Qué?
— ¿Qué pasaría si la Alianza te apoyara? ¿De verdad te preocupa
el orgullo y la gloria de la raza orea, o solo tu propio orgullo y tu
propia gloria?
El príncipe no había meditado estas palabras, sino que fluyeron por
su boca como si tuvieran vida propia. Mientras Anduin las
pronunciaba, se dio cuenta de que eran absurdas; sin embargo, una
vocecilla en su interior le susurraba: No, no son absurdas. Es
perfectamente posible que algún día pueda reinar la paz. Nadie
debía renunciar a ese futuro. Si aunaban esfuerzos, si colaboraban
buscando el bien común... eso inspiraría verdadero orgullo y, de
este modo, podrían alcanzar una gloria duradera, ¿no?

¿Acaso no sería eso lo que haría un verdadero héroe en vez de


matar? Un estupefacto Garrosh lo miró fijamente, un tanto
boquiabierto e incrédulo.
228
Crímenes de Guerra

Anduin respiró con calma mientras ese momento de silencio se


prolongaba. No se atrevía a hablar de nuevo, pues temía quebrar
esa magia.

Al final, fue Garrosh quien habló.

—Vete de aquí.

El príncipe se llevó tal decepción que todos sus huesos se sumieron


en una agonía, como si estuvieran entonando un canto fúnebre.

—Mientes, Garrosh Grito Infernal —replicó Anduin con una voz


serena y triste—. Sí que hay algo ante lo cual te detendrías. Ante la
paz.

Y sin mediar más palabra, Anduin se levantó, subió por la rampa y


llamó a la puerta. Acto seguido, esta se abrió en medio de un gran
silencio y se marchó, mientras notaba en todo momento la mirada
de Garrosh clavada en la espalda.

*******

Jaina se encontraba sola en el interior de su tienda en el Alto


Violeta y se estaba aseando antes de cenar. Este alto, que se hallaba
al noroeste del Templo del Tigre Blanco, era la base de operaciones
de la Ofensiva del Kirin Tor, aunque en esos momentos daba cobijo
a Varian y Anduin, así como a varios poderosos magos, a Vereesa,
a Kalecgos y a ella misma. Se cambió, se puso una túnica menos
formal y se lavó la cara con el agua de una palangana. Estaba
bastante contenta. El testimonio de Vol’jin había sido crucial.
Aunque nunca había tratado con ese trol, y la Luz bien sabía que
su raza siempre había sido muy peligrosa para los humanos y otros
miembros de la Alianza antes incluso de la aparición de la Horda,
haberlo oído hablar sobre la diversidad de razas que se agrupaban
229
Christie Golden

bajo el estandarte de la Horda había resultado divertido, en cierto


sentido, si se tenía en cuenta que los trols en el pasado siempre se
habían considerado una raza superior. Sí, las palabras que Vol’jin
había pronunciado ante el tribunal la habían animado en grado
sumo.

— ¿Jaina?
— ¡Kalec! —exclamó—. Pasa.

Este alzó el trozo de tela que tapaba la entrada pero no entró. El


buen humor de la archimaga flaqueó al verle la cara.

— ¿Me harías el favor de dar un paseo conmigo?

A pesar de que estaba lloviendo (siempre parecía estar lloviendo en


este lugar), Jaina respondió:

—Por supuesto.

Acto seguido, salió de la tienda y dejó que la tela cayera para tapar
la entrada. Se agarraron de la mano. Jaina le comentó a Nelphi, un
joven y servicial aprendiz que ayudaba a todos los magos del Alto
Violeta, que iban a estar fuera un rato, pero que no demorara la
cena si todos los demás ya la estaban esperando.

Cruzaron una amplia plaza pavimentada donde otros magos iban


de aquí para allá en medio de la llovizna. Todavía cogidos de la
mano y en silencio, bajaron por una enorme escalera, que en su día
habían pisado los mogu y llevaba hacia el mar, al que llegaron tras
abrirse paso por unos cortos caminos muy mal conservados. Al
girar a la izquierda para atravesar el Matorral Maderasombra, Jaina
se dio cuenta de que Kalec la llevaba hacia una pequeña playa
situada al final de un sendero sinuoso. Los guardianes arcanos
apostados ahí para vigilar el lugar no les prestaron atención, sino
que siguieron desplazándose de aquí para allá para cumplir con las
230
Crímenes de Guerra

instrucciones que debían seguir para poder vigilar la zona. Jaina se


centró en pisar con cuidado esos adoquines tan antiguos y
resbaladizos por culpa de la lluvia, al mismo tiempo que cada vez
más estaba más segura de que la conversación que estaban a punto
de mantener no le iba a agradar en absoluto.

En cuanto pisó esa estrecha playa, Jaina no pudo evitar acordarse


del día en que había caminado por una arena similar, por la Playa
Tenebruma, que se había hallado junto a esa ciudad amurallada que
ya no existía. Recordó haber visto cómo el dragón azul surcaba el
cielo en busca de un lugar donde aterrizar y cómo había echado a
correr para reunirse con él.

A Kalec se le había iluminado el rostro de alegría al verla y habían


hablado sobre la gente que había venido a ayudarla a combatir a la
Horda. Jaina había expresado su preocupación por que los
generales se estaban tomando la inminente batalla como algo
personal.

Se acordó de lo que le había dicho a él en esos instantes: «Si alguien


tendría que sentirse muy amargada y dominada por el odio, esa
debería ser yo. Aun así, he oído a algunos de ellos referirse a la
Horda... con unos términos tan insultantes y crueles... que me
siento muy arrepentida... Mi padre no solo quería vencerlos. Él
odiaba a los orcos. Quería aplastarlos. Borrarlos de la faz de
Azeroth. Al igual que algunos de estos generales».

Anduin había estado en lo cierto. La gente sí que cambia. Ahora


ella era como aquellos a los que en su día había criticado.

Había sido entonces cuando Kalec le había expresado por primera


vez y de manera titubeante que deseaba ser más que un amigo para
ella. También le había prometido que la ayudaría a defender su
hogar. «No hago esto ni por la Alianza ni por Theramore, sino por
la dama de Theramore». Acto seguido, él le había besado la mano.
231
Christie Golden

Habían intimado aún más cuando Kalec había tenido que luchar
para librarse de la influencia que había ejercido sobre él una
reliquia que le había revelado el verdadero origen de la creación de
los Aspectos de Dragón. Sin embargo, los acontecimientos de los
últimos meses los habían distanciado de nuevo; además, él había
llegado a Pandaria hacía muy poco tiempo. Ahora, Kalec la
contemplaba con amor, pero también con tristeza, por lo cual ella
sintió un escalofrío que no era causado por el aire fresco procedente
del mar.

Por un momento, Jaina se limitó a observar los navíos de la Alianza


que se hallaban en la mar, así como la hermosa luz violeta de la
parte superior de la torre, que flotaba en el aire a una buena
distancia de la plataforma de levitación situada debajo. Unos
sigilos con la forma del ojo del Kirin Tor la rodeaban. Para Jaina,
se asemejaba mucho a un faro; a una luz en la tormenta.

Se rio por lo bajo y comentó con un leve toque de humor negro:

—Primero un pantano y luego bajo la lluvia. Uno de estos días,


vamos a tener que buscarnos una buena playa.

Como su amado no contestó con ninguna ocurrencia, sintió que


algo se le helaba por dentro. Tomó aire con fuerza, se volvió hacia
él y le cogió ambas manos.

— ¿Qué ocurre? —preguntó, a pesar de que temía saber ya la


respuesta.

A modo de contestación, Kalec la rodeó con sus brazos, la abrazó


con fuerza y apoyó una mejilla sobre su cabello blanco. Ella le
rodeó la cintura con los brazos e inhaló su aroma, a la vez que
escuchaba sus latidos. No obstante, quizá demasiado pronto, él se
separó de Jaina y la miró.
232
Crímenes de Guerra

—Has pagado un alto precio por esta guerra —afirmó Kalec—. Y


no me refiero solo físicamente. —Entonces, le apartó un mechón
que le tapaba los ojos, dejando así que la única mecha que le
quedaba con el color original de su cabello dorado se le enredara
entre los dedos—. Te has vuelto tan...
— ¿Dura? ¿Amargada?

Tuvo que hacer un esfuerzo para que su tono de voz no transmitiera


las sensaciones que definían esas palabras.

Él asintió con pesar.

—Sí. Es como si las heridas que has sufrido jamás se cerraran.


— ¿Quieres que te haga una lista con todo lo que me ha pasado?
—replicó con brusquedad, pero no se arrepintió de contestar de ese
modo—. ¡Tú mismo estuviste presente en algunos de esos
acontecimientos!
—Pero no en todos. Por ejemplo, no me pediste que te acompañara
a Pandaria.

La archimaga clavó la mirada en el suelo.

—No. Pero eso no quiere decir que yo no...


—Lo sé —la interrumpió con sumo tacto—. Pero aquí estoy ahora,
y me alegro de que sea así. Y espero seguir a tu lado, pase lo que
pase. Quiero ayudar, Jaina, pero me da la sensación de que te gusta
ese lugar siniestro al que ha ido a parar tu corazón. Te observo en
el juicio todos los días y veo a alguien que odia mucho más que
ama. Garrosh quizá te haya empujado hacia ese lugar, pero eres tú
quien ha decidido quedarse ahí libremente.

Jaina retrocedió sin apartar la mirada de él.

233
Christie Golden

— ¿Acaso crees que esto me gusta? ¿Que me gusta tener pesadillas


y sentirme tan furiosa que casi estoy a punto de explotar? ¿No crees
que tengo derecho a sentirme satisfecha... no, más bien, exultante...
porque alguien que ha hecho cosas tan horribles va a recibir su
merecido?
—No creo que te guste y sí creo que tienes derecho a sentirte así.
Lo que me preocupa es que no dejes atrás esos sentimientos una
vez haya acabado este juicio.

Una vena palpitó en una de las sienes de la archimaga y esta se


llevó una mano hacia esa zona.

— ¿Por qué crees que no lo haré?


—Recuerda lo mucho que insististe para convencer a Varian de que
debía desmantelar la Horda.
—No me puedo creer que...
—Escúchame, por favor —le imploró—. Piensa por un momento
en cómo te habrías sentido si Varian hubiera hecho lo que Garrosh
hizo. Pongamos que hubiera decidido que la Alianza solo debería
estar formada por humanos, que hubiera decretado que los draenei
solo podrían vivir en Ventormenta si aceptaban vivir en zonas de
mala muerte, que hubiera ordenado que asesinaran a Tyrande si no
hubiera estado de acuerdo con crear un ejército de sátiros para
engrosar las filas de su ejército, que hubiera tolerado la presencia
de gnomos y enanos solo como mano de obra y que, entonces, se
hubiera enterado de la existencia de cierta reliquia localizada en el
sitio más hermoso de Azeroth, un lugar muy sagrado, que habría
destruido para conseguir lo que quiere, y...
—Basta —le espetó Jaina, que estaba temblando, aunque no sabía
exactamente por qué—. Has dejado bien claro tu argumento.

Él se calló.

—Yo no destruí Orgrimmar. Y podría haberlo hecho. Habría sido


muy fácil —aseveró la archimaga.
234
Crímenes de Guerra

—Lo sé.
— ¿Te acuerdas de cuando me dijiste que te quedarías para
combatir en la Batalla de Theramore? —preguntó Jaina. Él se
mordió el labio inferior y asintió—. Me sentía muy frustrada con
los generales porque odiaban a la Horda. Y tú me preguntaste si
pensaba que el odio haría que no se pudiera confiar en esos
comandantes cuando tuviera lugar la batalla.
—Lo recuerdo —contestó—. Dijiste que no importaban tus
sentimientos ni los de ellos. Y yo dije que sí importaban, y mucho...
sin embargo, lo más urgente, en aquellos momentos, era defender
la ciudad. Como lo era derrotar a Garrosh cuando todos nosotros,
tanto la Alianza como la Horda, intentábamos vencerlo.
—Así que... me estás diciendo que ahora que lo hemos logrado,
ahora que se enfrenta a un juicio... las diferencias entre... entre
nosotros... vuelven a importar.

Él susurró:

—Sí.

Las lágrimas se asomaron a los ojos de la archimaga.

— ¿Cuánto? —preguntó con un hilo de voz.


—Aún no lo sé. Y no lo sabré hasta que sepa en qué punto nos
encontramos cuando todo esto termine. Si sigues aferrándote a este
odio, Jaina... te acabará devorando. Y no sería capaz de soportar
ver... cómo te consume. ¡No quiero perderte, Jaina!

Entonces, no me dejes, gritó en lo más hondo de su corazón, pero


no expresó ese sentimiento verbalmente. Sabía perfectamente qué
quería decir Kalec con esas palabras, que iban más allá de una mera
despedida en el plano físico. Esto no era una mera pelea de
enamorados por alguna necedad, sino una discusión sobre quiénes
eran realmente en lo más esencial, sobre si seguirían o no juntos si
sus necesidades emocionales entraban en conflicto.
235
Christie Golden

Por todo esto, Jaina no discutió. Ni tampoco prometió cambiar, ni


amenazó con marcharse, sino que simplemente arqueó la espalda,
le rodeó el cuello con los brazos y le besó apasionadamente. Con
un suave suspiro, en el que se combinaba el dolor y el amor,
Kalecgos la atrajo hacia sí con fuerza y se aferró a ella como si no
quisiera soltarla jamás.

*******

Hacía una noche espléndida en la ciudad de Lunargenta. Thalen


Tejecanto, que iba vestido de manera informal con unas medias,
unos calzones y una camisa de lino abierta a la altura de la garganta,
había abierto las ventanas de par en par para que entrara el aire
nocturno, de modo que las finas cortinas se hincharon
delicadamente. Unos tenues ruidos alcanzaron sus lujosos
aposentos en el Intercambio Real. Se encontraba tumbado en la
cama y fumaba de una pipa de agua de loto negro mientras soñaba
con la gloria. Esta combinación, que normalmente le resultaba tan
relajante, no le servía para nada esta noche. Si bien tenía los
sentidos un tanto embotados, seguía sintiendo cierta inquietud, de
manera que sus cejas blancas se unieron en un ceño fruncido
mientras meditaba melancólicamente sobre la situación actual.

Hasta no hacía mucho, había ocupado una posición envidiable.


Había prestado su ayuda en más de un sentido a su Jefe de Guerra,
Garrosh Grito Infernal; primero, fingiendo ser un devoto y leal
miembro del Kirin Tor mientras informaba de manera fidedigna a
Garrosh de lo que sucedía ahí y, en segundo lugar... Bueno, basta
decir que la historia recordaría eternamente a Theramore no por
cómo fue fundada esa ciudad, o cómo evolucionó, sino por cómo
había sido arrasada.

Ese pensamiento hizo que el elfo de sangre sonriera a la vez que


jugueteaba con una réplica en miniatura de una bomba de maná,
236
Crímenes de Guerra

una réplica a pequeña escala de la que él había creado en su día.


Había regalado estos juguetitos como modo de dar las gracias
modestamente a todos aquellos miembros de la Horda que lo
habían liberado de esa prisión de Theramore. Aunque era
consciente de que era un gesto de extremado mal gusto, seguía
siendo tremendamente divertido.

No obstante, ni siquiera reflexionar sobre ese momento de gloria le


hacía sentirse a gusto esta noche. Suspiró, se levantó y se acercó a
la ventana. Se apoyó en el alféizar y contempló el exterior. Si bien
la casa de subastas estaba abierta a todas horas, esas calles se
hallaban en silencio a estas horas de la noche. Al contrario que sus
primos kaldorei, los elfos civilizados solían llevar a cabo casi todos
sus negocios cuando el sol los sonreía desde allá arriba. Si hubiera
querido disfrutar de una noche bulliciosa, habría buscado unos
aposentos situados sobre el Frontal de la Muerte.

Todo había ido tan bien. Entonces, de repente, todo el mundo se


había vuelto en contra de Garrosh. Thalen frunció su nariz
aguileña. Incluso su propio líder, Lor’themar Theron, se había
negado a ayudar al Jefe de Guerra. Eran todos unos blandengues.
Ahora, el destino de Garrosh estaba en manos de una panda de
ositos parlantes y una especie de... seres espirituales brillantes, o lo
que fuesen. Menuda locura.

Miró hacia atrás, para contemplar con aprecio esos espléndidos


aposentos, aunque sospechaba que lo más inteligente sería
abandonarlos cuanto antes. Si bien Theron había estado muy
ocupado con sus planes para derrocar a un Jefe de Guerra
designado legítimamente como para ocuparse de un solo
archimago, en cuanto hubieran decidido qué hacer con Garrosh, no
cabía duda de que el líder sin’dorei se acordaría del pequeño
incidente de Theramore y, entonces, elfos como Tejecanto (unos
elfos que realmente eran leales a la Horda, ¡algo inconcebible!) se
convertirían en personas non gratas. Si Theron seguía haciendo
237
Christie Golden

buenas migas con la Alianza, tal vez incluso ordenara algunas


ejecuciones, ¡quién sabe!

Thalen se llevó una esbelta mano a la garganta y se la acarició,


meditabundo. Prefería seguir teniendo la cabeza sobre los hombros.
Qué pensamientos tan melancólicos. Quizá echar un trago en la
posada de la ciudad de Lunargenta lo ayudaría a conciliar el sueño.
Justo cuando estaba a punto de cerrar las ventanas, reparó en que
dos enormes lobos negros cabalgaban hacia el interior del
Intercambio. Por un momento, no le dio demasiada importancia,
pues asumió que esos orcos envueltos en capas no era más que unos
aventureros que pretendían deshacerse de su más reciente botín en
la casa de subastas... pero entonces se percató de que pasaban de
largo de la casa de subastas y del banco para detenerse justo debajo
de su ventana. En ese instante, pudo comprobar que se trataba de
dos oreas. Una de ellas llevaba la capucha quitada y miraba a su
alrededor con cautela. Como la otra jinete aún la llevaba puesta, no
podía discernir su rostro.

La inquietud entró en conflicto con la curiosidad, la cual era su


perdición. Thalen caviló amargamente: Oh, bueno, habrá que
echarle valor hasta el final...
—Saludos, amigos o enemigos —dijo con voz potente y clara—.
No tengo muy claro aún qué son. O bien han venido a arrestarme,
o bien pertenecen al grupo de rescatadores que me sacó de esa
desagradable prisión de Theramore y han venido a visitarme, tal y
como les invité a hacer.

La jinete encapuchada alzó la cabeza. Al instante, contempló algo


reservado solo para sus ojos; el orgulloso semblante de una orea de
piel gris.

—No soy ni una cosa ni otra; no obstante, soy una amiga. Hemos
venido para pedirte ayuda en un asunto muy urgente que conllevará
una tremenda gloria.
238
Crímenes de Guerra

Zaela, la líder del clan Faucedraco, le mostró una sonrisa


terriblemente amplia.

—Vaya, vaya —dijo el elfo—. Creía que estabas...


—Estoy viva y perfectamente, y me alegra comprobar que tú
también lo estás —replicó la orea—. Tal y como has dicho, alguien
te rescató en su día, cuando languidecías en una cárcel. Creo que
eres de esa clase de personas que son lo bastante agradecidas como
para devolver un gran favor como ese.

Al oír esas palabras, a Thalen se le desbocó el corazón.

239
Christie Golden

CAPÍTULO DIECIOCHO

Día cuatro.

Tyrande miró a Go’el, que estaba sentado en la silla de los testigos,


y acto seguido se rio levemente, a la vez que movía la cabeza de
lado a lado. Taran Zhu frunció el ceño.

—Chu’shao, ¿necesitas un momento de receso?


—No, Fa’shua, pido perdón al tribunal. Simplemente, estaba
pensando en cómo podría presentar a Go’el.
—Deja que se presente él solo —sugirió Taran Zhu.

Tyrande arqueó una ceja e invitó al orco a hablar.

Go’el alzó la vista hacia los Celestiales y se dirigió a ellos:

—Me llamo Go’el. Soy el hijo de Durotan y Draka, el compañero


de por vida de Aggralan, hija de Ryal. Padre de Durak y líder del
Anillo de la Tierra.
— ¿Puedes explicarnos qué es el Anillo de la Tierra y qué hace por
Azeroth? —preguntó Tyrande.

240
Crímenes de Guerra

—El Anillo de la Tierra es una organización en la que participan


chamanes de todas las razas —contestó—. Ahí no reina el
conflicto, sino la preocupación por el bienestar de nuestro mundo.
En estos momentos, nuestro deber primordial es colaborar con los
elementos para curarlo de la destrucción que trajo consigo el
Cataclismo.
—Pero tú, después del Cataclismo, a nivel personal, has hecho
mucho más que la mayoría de los chamanes —añadió Tyrande—.
Fuiste una pieza clave a la hora de derrotar a quien causó el
Cataclismo; al corrupto Aspecto de Dragón Negro, a Alamuerte.
—Fue un honor ayudar.
—Hiciste mucho más que eso, Chamán del Mundo Go’el, pero por
ahora, me gustaría que le contaras al tribunal ciertas cosas sobre
otro nombre, sorbe otro título que ostentaste en su día. ¿Puedes
explicamos qué clase de obligaciones tenías antes de actuar
heroicamente para salvar a nuestro mundo?
—Con todo respeto, protesto —dijo Baine, quien, sin lugar a dudas,
se mostraba reticente a que le hiciera esa pregunta.
—Fa’shua, solo intento establecer quién es realmente este testigo
—replicó Tyrande—. Cualquiera sabe que Go’el es un individuo
realmente extraordinario.
—No estoy en desacuerdo con la acusación, así que, por favor,
prosigue. Go’el, haz el favor de responder a la pregunta.
—En el pasado, era conocido como Thrall, Jefe de Guerra de la
Horda.
—Un nombre interesante ese de Thrall —caviló Tyrande, quien se
había recuperado del extraño ataque de risa que había sufrido antes
y ahora deambulaba por la sala con suma calma—. ¿Puedes
contamos cómo recibiste ese nombre?
—Es una palabra que significa «esclavo» —respondió Go’el—.
Mis padres habían sido asesinados y me encontró un humano
llamado Aedelas Lodonegro, quien me dio ese nombre y me crió
para que fuera un gladiador. Más tarde, supe que su intención era
utilizarme para liderar una revuelta de los orcos contra la Alianza.

241
Christie Golden

—Obviamente, eso no fue lo que hiciste —apostilló Tyrande—, así


que explícanos cómo acabaste obrando.
—Escapé de Lodonegro y liberé a los orcos de los campos de
internamiento donde estaban encerrados.
— ¿Y eso cuándo fue?
—Unos años antes de la llegada de la Legión.

Tyrande asintió.

—Y creaste un ejército con los orcos a los que liberaste, ¿verdad?


—Así fue.
— ¿Y qué hiciste con ese ejército?
—Lo lideré con el fin de acabar con el centro de mando de esos
campos de internamiento, con el Castillo de Dumholde. Derroté a
Lodonegro y obtuve la libertad para mi pueblo. Al final, los llevé
al otro lado del océano, a Kalimdor, donde fundamos una nueva
nación y una nueva ciudad; el país de Durak y la ciudad de
Orgrimmar.
—Orgrimmar recibió ese nombre en homenaje a Orgrim Martillo
Maldito, y Durak, por tu padre, Durotan. Fundaste un país y una
ciudad para los orcos —explicó Tyrande.
—Sí, pasó a ser la nueva tierra natal de los orcos —puntualizó
Go’el.
— ¿Solo para los orcos?
—No. Tuve la suerte de contar con fuertes y valerosos aliados,
como Sen’jin, líder de los trols Lanza Negra y su hijo, Vol’jin, o
los tauren... siempre he dicho abiertamente que creo que ellos son
el corazón de la Horda; además, Cairne Pezuña de Sangre era mi
hermano. La Horda creció y acabó recibiendo en su seno a los
Renegados, a los sin’dorei, a una parte de la población goblin y
ahora también está abierta a cualquier pandaren que desee unirse a
nosotros y crea en nuestros ideales.
—Algunos creen que al ampliarse la Horda su verdadera esencia se
diluyó.

242
Crímenes de Guerra

Go’el miró a Garrosh, quien se hallaba sentado en su lugar habitual


junto a Baine. Garrosh tenía clavada la mirada en su predecesor.

—Creo que no han debilitado a la Horda, sino que la han hecho


más fuerte.
— ¿Cuándo renunciaste a tu cargo y por qué?
—Fue poco después de la derrota del Rey Exánime —contestó
Go’el—. Justo después de que el Cataclismo sacudiera Azeroth.
Marché a Nagrand, para estudiar con un chamán de ese lugar, para
descubrir qué era lo que tanto perturbaba a los elementos. La Horda
necesitaba un líder mientras yo estuviera lejos. Más tarde, tras
aprender a dominar mis habilidades chamánicas, me uní a aquellos
que habían aunado esfuerzos para serenar a los elementos y salvar
nuestro mundo.
—Designaste a Garrosh Grito Infernal como sucesor, ¿verdad?
—Así fue.
Aunque la tensión se había apoderado del rostro de Go’el, había
contestado con voz serena.
— ¿Por qué razón?
—Garrosh había actuado bien y de manera honorable en Rasga-
norte. Era joven, valiente y un símbolo de esperanza y victoria para
un pueblo machacado por la guerra y los horrores de la Plaga.
— ¿Tuviste alguna duda?
—Habría tenido dudas con cualquiera al que hubiera nombrado.
Me pregunté, por ejemplo, si la pesada carga del liderazgo sería
demasiado para los más ancianos, o si se generaría mucho
descontento si no escogía a un orco. No había ningún candidato
perfecto. Garrosh parecía conocer sus límites y contaba con mucha
gente que podía aconsejarle.

Tyrande asintió en dirección hacia Chromie.

—Si el tribunal me da su permiso, me gustaría mostrar una Visión


en la que se muestra a la perfección este razonamiento.

243
Christie Golden

La escena cobró forma en el centro de la estancia; se trataba de un


momento que Go’el recordaba perfectamente.

— ¿Vas a regresar pronto?

Go’el parpadeó, sorprendido ante la falta de confianza que


denotaba la voz de Garrosh en esa Visión. Había olvidado por
completo lo a disgusto que se había sentido en su momento Garrosh
con el legado familiar que le había tocado asumir... así como
consigo mismo.

—No... no lo sé —se vio y oyó decir Go’el a sí mismo—. Puede


llevarme cierto tiempo descubrir lo que he de saber. Confío en que
no estaré ausente mucho tiempo, pero podría tardar semanas... e
incluso meses.
—Pero ¡la Horda necesita un Jefe de Guerra!
—Me voy por el bien de ella. No te preocupes, Garrosh. No
renuncio a ella. Viajo adonde debo, para servir como debo. Todos
servimos a la Horda. Incluso su Jefe de Guerra... tal vez el Jefe de
Guerra más que nadie. Y bien sé que tú también la sirves con gran
lealtad.
—Así es, Jefe de Guerra. Fuiste tú quien me enseñó que debía
enorgullecerme de mi padre, por lo que él siempre intentó hacer
por los demás y por la Horda. No hace mucho que formo parte de
ella, pero aun así, he visto suficiente como para saber que, al igual
que mi padre, moriría por ella.

Go’el observó cómo unas expresiones de sorpresa se dibujaban en


los muchos rostros que ocupaban ese templo cuando el Garrosh del
pasado habló con tal sinceridad. Durante mucho tiempo, el único
Garrosh que habían visto o sobre el que habían oído hablar había
sido el destructor de Theramore. Go’el se preguntó si Tyrande
había realizado una maniobra inteligente al mostrar esta escena, ya
que seguramente así solo iba a lograr que Garrosh se ganara la
simpatía de muchos.
244
Crímenes de Guerra

—Ya te has enfrentado a la muerte y la has esquivado —afirmó


Thrall—. Has matado a muchos de sus esbirros. Has hecho más por
esta nueva Horda que muchos que han formado parte de ella desde
el principio. Debes saber esto: nunca me marcharía sin designar a
alguien que no sea capaz de cuidar de ella, aunque solo sea durante
una breve temporada.
— ¿Me... me estás nombrando Jefe de Guerra?

Oh, tanta sorpresa reflejada en un rostro tan joven...

—No. Pero te ordeno que lideres a la Horda en mi nombre hasta


que regrese.

Garrosh no sabía qué decir.

—Entiendo de batallas y tácticas, sé cómo arengar a las tropas... Sí,


sé cómo hacer ese tipo de cosas, así que deja que sirva de ese modo.
Búscame un adversario al que enfrentarme y derrotar y verás cómo
seguiré sirviendo a la Horda con gran orgullo. Pero no sé nada de
política, ni de... ni de gobernar. ¡Prefiero tener una espada en la
mano antes que un pergamino!
—Lo entiendo —replicó Thrall—. Pero contarás con unos
consejeros excelentes. Pediré a Eitrigg y Cairne, los cuales han
compartido su sabiduría conmigo a lo largo de los arios, que te
guíen y aconsejen. Se puede aprender a hacer política, pero no a
amar a la Horda como tú obviamente la amas. —Sacudió la
cabeza—. Eso es más importante que la perspicacia política en
estos momentos. Y eso, Garrosh Grito Infernal, tú lo tienes en
abundancia.

Aun así, Garrosh parecía muy dubitativo, lo cual no era nada


habitual en él. No obstante, al final, dijo:

245
Christie Golden

— ¡Si me consideras digno del puesto, entonces debes saber que


haré todo lo posible para que la Horda alcance la gloria!
—En estos momentos, no nos hace falta más gloria —le corrigió
Thrall—. Ya tendrás bastantes desafíos a los que enfrentarte sin
que tengas que hacer ese esfuerzo extra. El honor de la Horda está
ya más que asegurado. Solo debes cuidar de él. Antepón sus
necesidades a las tuyas, tal y como hizo tu padre. Se dará orden a
los Kor’kron de que te protejan, tal y como harían conmigo. Iré a
Nagrand como chamán, no como Jefe de Guerra de la Horda. Y haz
caso tanto a Cairne como a Eitrigg, pues ¿acaso entrarías en batalla
sin un arma?

Garrosh parecía confuso.

—Esa es una pregunta muy necia, Jefe de Guerra, y lo sabes.


—Oh, claro que sí. Solo quiero cerciorarme de que entiendes que
cuentas con unas armas muy poderosas —replicó Thrall—. Mis
consejeros son las armas que utilizo siempre que intento hacer lo
mejor para la Horda. Ellos ven cosas que yo no puedo ver y me
muestran opciones que no sabía que tenía. Solo un necio
despreciaría tales armas, y yo no creo que lo seas.
—No soy ningún necio, Jefe de Guerra. No me pedirías que sirviera
a la Horda si creyeras que lo soy.
—Cierto. Bueno, Garrosh, ¿aceptas liderar a la Horda hasta que
llegue la hora de mi regreso? ¿Aceptarás los consejos de Eitrigg y
Cairne cuando te los ofrezcan?

Garrosh respiró hondo.

—Ansío sinceramente liderar la Horda de la mejor manera posible.


Así que sí, y un millar de veces sí, mi Jefe de Guerra. Seré el mejor
líder posible y consultaré con esos consejeros que me has sugerido.
Sé que me brindas un tremendo honor y me esforzaré por ser digno
de él.
—Entonces, estamos de acuerdo —dijo Thrall—. ¡Por la Horda!
246
Crímenes de Guerra

— ¡Por la Horda!
—Páralo aquí, por favor —pidió Tyrande.

La escena se congeló. La elfa se dirigió hacia esas enormes figuras


inmóviles y observó con detenimiento al joven Garrosh, el cual
parecía feliz y profundamente conmovido. A continuación, se
volvió y miró al Garrosh del presente, que se hallaba callado,
encadenado y con los ojos entrecerrados mientras le devolvía la
mirada. Go’el se dio cuenta de que no hacía falta que ella dijera ni
una sola palabra. El contraste entre las dos versiones de Garrosh
Grito Infernal no podía ser más terrible.

La elfa negó con la cabeza, como si le costara creer la veracidad de


esa prueba que tenía ante los ojos y, acto seguido, reanudó el
interrogatorio:

—Por favor, cuéntanos qué ocurrió después de que te marcharas,


en un principio, solo por un breve espacio de tiempo.
—Sucedió el Cataclismo —respondió Go’el—. Mis habilidades
chamánicas fueron más necesarias de lo que yo mismo... o
cualquiera... podría haber anticipado.
— ¿Tus estudios fueron lo que impidieron que regresaras?
—Sí, en un principio. Después, fui a la Vorágine, para ayudar al
Anillo de la Tierra a calmar a los elementos, tal y como he
mencionado antes. Pero después de que Alamuerte irrumpiera en
nuestro mundo, mis habilidades, sobre todo las relativas a mi
capacidad de comunicación con el elemento de la tierra, resultaron
ser muy importantes.
—Yo diría que fueron absolutamente vitales para lograr la
destrucción de ese dragón —afirmó Tyrande, la cual lanzó una
mirada fugaz en dirección hacia Baine, pues sin duda esperaba que
protestase, pero no lo hizo—. Al haber desaparecido el Guardián
de la Tierra original (es decir, Neltharion antes de corromperse),
ese puesto estaba vacante, ¿no es así?
—Sí —contestó Go’el, quien se revolvió inquieto en la silla.
247
Christie Golden

—Y solo tú eras lo bastante fuerte como para dominar el elemento


de la tierra y utilizarlo contra Chromatus, así como para emplear el
Alma Demoníaca contra Alamuerte, ¿verdad?
—Sí —respondió Go’el—. Aun así, habríamos fracasado si no
hubiéramos contado con la ayuda de muchos otros miembros de
ambos bandos. Y mantengo que cualquier chamán capacitado para
ello habría asumido sin titubear los mismos riesgos que yo asumí.
—Pero no había nadie más capacitado que tú —insistió Tyrande.
—No —replicó Go’el. No le gustaba que se le considerara, aunque
solo fuera de manera temporal, como alguien a la altura de los
Aspectos, o que se le reconociera el mérito de haber llevado a cabo
un acto heroico tan extraordinario cuando sabía en lo más hondo
de su ser que cualquier miembro del Anillo de la Tierra habría
hecho lo mismo si hubiera podido.
—Tras la caída de Alamuerte, regresaste a la Vorágine, donde
continuaste trabajando, ¿no es así?
—Sí.
—Para entonces, ya debía de haber llegado a tus oídos lo que estaba
haciendo Garrosh.

El orco le lanzó una mirada inquisitiva y asintió.

—Sí.
—Muchos opinan que, en cuanto las cosas se torcieron, deberías
haber regresado para asumir de nuevo el liderazgo de la Horda.
—Los que opinan de esa manera no estaban conmigo en la
Vorágine —replicó Go’el—. Cualquier miembro del Anillo de la
Tierra que sirvió ahí podría decirte que no pudimos prescindir de
la ayuda de nadie en esos momentos.
—Así que te prohibieron marchar, ¿no?
—No. No se ordenó a nadie que se quedara. Fue una decisión que
tuvimos que tomar cada uno con el corazón, sopesando qué era lo
mejor. Todavía oía la llamada de los elementos, así que supe que
debía quedarme.

248
Crímenes de Guerra

—Supongamos que no hubieras seguido oyendo su llamada, que


hubieras podido dejar la Vorágine. ¿Qué habrías hecho? ¿Tal vez
habrías ido a Orgrimmar y le habrías dicho a Garrosh que
renunciara al trono?
—Para entonces, él era el Jefe de Guerra. Yo no tenía autoridad
para hacer tal cosa. En esos momentos, yo ni siquiera era un
verdadero miembro de la Horda. Me había convertido en el líder
del Anillo de la Tierra y le debía mi lealtad a ella. Otros líderes
podrían habérselo pedido y provocado un cambio de poder, pero yo
no. Ni siquiera estaba seguro de que mi antigua visión sobre cómo
debía ser la Horda siguiera siendo lo que quería la gente.
—No estoy segura de entenderte.

Go’el sabía que la elfa lo comprendía perfectamente; no obstante,


agradeció tener la oportunidad de expresar una reflexión que le
había pesado como una losa.

—El mundo no esperó a que yo regresara —aseveró, esbozando


una sonrisa con la que parecía subestimarse a sí mismo—. Había
cambiado. Los orcos habían cambiado. Mi Horda había cambiado.
¿Qué iba a hacer...? ¿Matar a mis compañeros orcos hasta que
volviera a ser mi Horda? ¿Acaso tenía derecho a obligar a la Horda
a ser lo que había sido bajo mi liderazgo? ¿Acaso tenía derecho
siquiera a protestar después de haber elegido otro camino?
—Si te hubieran pedido que volvieras... ¿qué habrías hecho?
—De hecho, Vol’jin me pidió ayuda. En cuanto recibí esa petición
de mi hermano, le di una respuesta con todo mi corazón.
— ¿Qué tenían que hacer tanto tú como tus seguidores para ayudar
a Vol’jin y los trols?

Go’el no contestó de inmediato, pero al final dijo:

—Matar a los Kor’kron que habían impuesto la ley marcial sobre


las Islas, del Eco.

249
Christie Golden

— ¿Acaso eso no suponía actuar en contra de la voluntad del Jefe


de Guerra?
—Sí, así era. Pero con independencia de quién la lidere, la Horda
es y siempre será una familia. Esto no se trataba de una defensa
contra una amenaza exterior ni siquiera de una incursión contra un
enemigo, sino de que la Horda estaba atacando a su propia gente.
—Y eso fue lo que te impulsó a alzarte en armas contra Garrosh.
—Sí. No podía permanecer al margen cuando se me había pedido
que ayudara a mi hermano frente a las agresiones de alguien que
debería haberlo apreciado y valorado y no haber querido matarlo.

Tyrande sonrió y agachó la cabeza en señal de respeto.

—Gracias, Go’el. No tengo más preguntas. La defensa puede


interrogar al testigo.

Go’el se dio cuenta de que, a pesar de que el interrogatorio de


Tyrande había sido riguroso y extenuante, no iba a ser nada
comparado con lo que se le venía encima. Su amigo Baine, el hijo
de Cairne Pezuña de Sangre, se acababa de levantar de su asiento.
Go’el había sido testigo de lo que Baine le había hecho a Vol’jin,
quien había sido un aliado del tauren y un amigo en su lucha contra
Garrosh, quien había rogado al tauren que asumiera la
responsabilidad de defender a Grito Infernal lo mejor posible.

Y eso era precisamente lo que había estado haciendo Baine y lo que


iba a seguir haciendo. No cabía duda de que el tauren iba a
mostrarse tan incisivo con Go’el como había hecho con el trol.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?, se preguntó Go’el,


quien se armó de valor ante el interrogatorio.

250
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO DIECINUEVE

Harrowmeiser suspiró. Sí, disfrutaba de otra noche maravillosa en


el espectacular Fiordo Aquilonal del encantador continente de
Rasganorte, de esa elegante «aurora boreal» de la que todo el
mundo no paraba de hablar y, ah, de esas deliciosas temperaturas
bajo cero. Y, oh, también de ese catre tan basto y hermoso a la vez,
así como de esa cosa que a veces se podía considerar comida de
verdad.

El goblin se hallaba contemplando el sol del atardecer. Estaba


flanqueado por una mujer a cada lado y, no por primera vez, se
preguntó qué aspecto tendrían sin esos yelmos.

Sí... disfrutaba de otro día glorioso ahí, en la Fortaleza de la


Guardia Oeste, como «invitado», muy a su pesar, de la Alianza.

Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto tiempo


llevaba cautivo. Era difícil saberlo, ni siquiera aproximadamente,
pues ahí realmente los cambios de estación apenas eran
perceptibles. Seguramente, llevaba ya años en ese lugar. Además,
su hermoso zepelín, el Lady Lug, era utilizado ahora por el enemigo

251
Christie Golden

para proteger la fortaleza de los ataques de los piratas que


pululaban cerca.

Y ni siquiera tengo una camisa que vestir, pensó con sumo pesar al
sentir ese frío. Soy de Trinquete. Provengo de un clima tropical. Y
aquí me tienen, con unas bolas de hierro encadenadas a los pies y
sin ni siquiera una camisa que ponerme.
— ¿Sabes una cosa, Chica Verdosa? —meditó Harrowmeiser—.
En cuanto corra la voz y la Horda se entere de que cometen estas
crueldades, se va a producir un incidente internacional o algo así
—les comentó a ambas guardias—. O sea —entonces, se estiró y
se flexionó un poco—, estoy prácticamente desnudo.

Les mostró una sonrisa lasciva, con la que enseñó unos dientes
afilados y amarillentos; además, movió las cejas arriba y abajo de
un modo muy sugerente y rápido ante la mujer de su izquierda.

Casi se pudo oír cómo le rechinaban los dientes a esa guardia.


Como esa enana de ojos esmeralda odiaba que se dirigieran a ella
utilizando ese apodo, eso animaba aún más a Harrowmeiser a
usarlo siempre que se le presentara la oportunidad.

—Puaj, no me lo recuerdes —masculló la Chica Verdosa—. ¡Eso


sí que es una crueldad!
— ¿Oh? —preguntó este—. ¿Acaso poder contemplar mi
reluciente y tensa piel verde en la que destacan unos músculos muy
desarrollados...?
— ¿... nos recuerda a cuerpo de un zombi de peste? Pues claro —
le interrumpió Campana Azul, cuyo nombre no tenía tanta gracia,
era como llamarse sargento Fulano o Mengano, aunque había que
reconocer que estaba muy bien puesto, ya que los ojos de esa mujer
eran del color del cielo.
—Vamos, señoritas, seguro que hay un corazón debajo de esas
armaduras de placas —dijo Harrowmeiser—. Llevo aquí mucho

252
Crímenes de Guerra

tiempo prisionero y he hecho todo lo que me han pedido. Querían


contar con una defensa contra esos piratas de allá abajo, ¿no?

Señaló con un dedo, en el que destacaba una uña muy afilada, en


dirección al Estrecho Devastado, donde se encontraban media
decena de galeones piratas, los cuales realizaban alguna incursión
que otra de vez en cuando, aunque casi todo el tiempo se hallaban
lo bastante lejos como para que no pudieran alcanzar a nadie en
tierra.

¡Esos piratas no son rival para la inteligencia y talento del pueblo


goblin!, pensó Harrowmeiser, con su diminuto pecho henchido de
orgullo, y acto seguido añadió:
— ¡Ahora pueden defenderse de esos piratas de ahí abajo gracias a
mí! He revisado ese zepelín todos los días, siguiendo las órdenes
de la Alianza. Desde que capturasteis mi nave, he transportado a
muchísimos aventureros y solo en una ocasión...
—Setecientas trece.
— ¿Perdón, Campana Azul?

Los ojos de la humana dejaron de tener una tonalidad azul cielo


para adquirir un azul más glaciar.

—Setecientas trece veces. Tu zepelín ha sufrido algún tipo de


avería o accidente setecientas trece veces. Y eso que el día de hoy
aún no ha acabado.
— ¡Señora, me ofendes!

La Chica Verdosa resopló.

— ¡Ja! ¡Qué más quisiéramos! No te burles, goblin... es de mala


educación.
— ¿Burlarme? ¿Yo? ¡Jamás! Ya saben lo que se suele decir: que
cuando uno sigue la senda del goblin... —replicó, pero se calló al
darse cuenta de que ninguna de ellas le estaba prestando atención.
253
Christie Golden

Habían vuelto la cabeza hacia la derecha y miraban en dirección a


la puerta principal. En ese instante, gracias a sus largas orejas,
Harrowmeiser oyó lo que había captado la total atención de las dos
guardias; unos ruidos guturales, unos gritos de guerra
indescifrables que rasgaban el aire, a los que se unían los gritos de
desafío de la Alianza. También oyó el fragor tan familiar del acero
al chocar, el furioso cántico de las flechas y cómo los gritos se
tomaban en chillidos de angustia.
—Oh, esto es genial —masculló—. Tengo estas cosas atadas a los
pies y aquí vienen los vrykul en busca de sangre.
—Quédate aquí —le ordenó Campana Azul, quien se fue corriendo
de inmediato.
—Vaya —dijo Harrowmeiser, arqueando una ceja en señal de
sorpresa—, es capaz de moverse bastante rápido a pesar de llevar
armadura.
—Yo también —murmuró la Chica Verdosa. Ambos
permanecieron callados un instante, y la enana se estremeció. De
repente, lanzó un juramento bastante ofensivo. Desenvainó la
espada y lanzó una mirada furibunda a Harrowmeiser a través de la
visera de su yelmo—. ¡No te muevas de aquí!

Acto seguido, se fue caminando a paso ligero tras su compañera,


en dirección al lugar de donde procedía toda esa conmoción.

Harrowmeiser no perdió el tiempo. Se alejó tanto como le


permitían esas cadenas que llevaba atadas a las piernas y llegó hasta
una extensión de tierra que se encontraba junto al muelle. Tanteó
el terreno frenéticamente hasta que dio con una piedra. Se
concentró, frunció el ceño y golpeó el mecanismo de cierre con
ella. Alzó la vista hacia la puerta e intentó imaginarse qué podría
estar ocurriendo. A continuación, miró al zepelín.

A la mierda el cierre, pensó. Entonces, profiriendo un gruñido,


levantó una de esas pesadas bolas de hierro y arrastró la otra
consigo a la vez que se acercaba centímetro a centímetro hacia el
254
Crímenes de Guerra

Lady Lug y su dulce y ansiada libertad. Esas mozas tan


desagradecidas lo iban a echar mucho de menos en cuanto se
largara de ahí, pues él era lo único que proporcionaba un poco de
humor, un poco de luz, a esas plomizas y tediosas vidas que
llevaban como miembros de la Alianza.

De repente, escuchó unas pisadas procedentes de la cubierta, que


parecían indicar que alguien estaba corriendo por ella, y se quedó
paralizado. Harrowmeiser agachó las orejas al comprobar que dos
machos humanos corrían hacia él. Uno iba ataviado con una
armadura de placas que lo cubría de la cabeza a los pies, el otro era
probablemente un mago o un sacerdote que llevaba la cara tapada
con una capucha, la cual sostenía en esos momentos con una mano.
No vestían uniforme alguno y habían rodeado la muralla en vez de
venir directamente del fuerte, pero eso no importaba. Habían
participado en la refriega, de eso no había duda, ya que el guerrero
blandía una espada ensangrentada.

El goblin tragó saliva con dificultad.

— ¡Esto, eh, estaba preparando la nave! —exclamó Harrowmeiser,


al mismo tiempo que intentaba esbozar una sonrisa espantosa—.
Podríamos preparar un ataque aéreo... para darles una lección de
verdad a esos bastardos vrykul, ¿eh?

Cerró los puños y lanzó varios golpes al aire, mientras profería


unos gruñidos que esperaba que resultaran muy fieros.

—Sube a bordo —le ordenó el mago con un tono de voz suave pero
plagado de inquietud—. Deprisa. Shokia y los demás nos están
haciendo ganar tiempo.

La confusión se adueñó por completo de Harrowmeiser, pero eso


le dio igual, puesto que lo único que le importaba era que le dejaban
subir al zepelín, por lo cual avanzó arduamente hacia la nave. En
255
Christie Golden

ese instante, el guerrero lanzó un gruñido de exasperación y


Harrowmeiser se dio cuenta entonces de que se trataba de una
mujer, aunque portaba la armadura de un varón humano. Para su
estupefacción y regocijo (que no exteriorizó de ningún modo), lo
cogió entre sus brazos (con las bolas de hierro y todo lo demás) y
lo subió a bordo. A continuación, lo dejó de un modo muy brusco
delante del timón, al cual el goblin se aferró como si le fuera la vida
en ello.

— ¡Vaya, menudos músculos tienes! ¿Adónde vamos, señorita? —


gritó.
— ¡Ahí abajo, y no soy una señorita! —replicó la mujer a voz en
grito, quien poseía una voz grave y áspera, que no invitaba
precisamente a desobedecerla. Tenía la mirada clavada en el
muelle, ya que seguramente se estaba preguntando cuándo el
enemigo repararía en que se estaban fugando.
—Está bien, pero recuerda luego que eso lo has dicho tú, no yo —
replicó Harrowmeiser—. Espera, espera... ¿quieres que baje la nave
hacia dónde están esos piratas?
—No sabía que había liberado a un imbécil —le espetó la guerrera,
quien lo fulminó con la mirada a través de las aberturas del yelmo.
Oh, qué mirada más aterradora tenía. Harrowmeiser no sabía que
unos ojos humanos pudieran transmitir esa sensación.
—Es que hay piratas ahí abajo —insistió—. Oh... oh, no... ya lo
entiendo. Ustedes también son piratas, ¿eh? Esto es una venganza
por los ataques del zepelín, ¿verdad? Escucha. ¡Puedo explicarlo
todo! ¡La Alianza me obligó a hacerlo!

Por una vez en la vida, Harrowmeiser estaba diciendo la verdad.

La mujer gruñó y se quitó el yelmo, revelando así que su piel era


gris y tenía el pelo negro y en punta, aunque tenía algunos
mechones aplastados.

256
Crímenes de Guerra

—Piratas, puaj —dijo la orea, quien acto seguido escupió, justo


sobre la cubierta del amado zepelín del goblin—. Son una panda de
alimañas que se pasa el día emborrachándose con ron. Por
desgracia, necesitamos su ayuda ahora mismo, y nos la van a dar.
— ¡Al fin soy libre! —exclamó Harrowmeiser—. ¡Ya era hora! Por
cierto, ¿quiénes son?
—Soy Zalea, la líder del clan Faucedraco —respondió la orea, a la
vez que se enderezaba lo máximo posible.
—Madre mía —dijo Harrowmeiser con voz entrecortada. Las
historias de sus hazañas durante el asedio habían llegado hasta
Rasganorte incluso, ya que a algunos «héroes» de la Alianza le
gustaba comentar las noticias de las derrotas de la Horda y
regodearse en ellas—. ¿Eres Zaela, la Señora de la Guerra? Creía
que estabas...

Zalea lanzó varios juramentos muy subidos de tono.

—Estoy viva, muy bien y sedienta de venganza, como imagino que


tú también lo estarás, goblin.
—Me llamo Harrowmeiser. Y, en efecto, lo estoy, pero ansío más
escapar de aquí indemne. No entraba en mis planes que me
capturaran unos piratas. ¿Qué es lo que quieres de ellos?
—Necesitamos gente que pelee por nuestra causa, y ellos lo harán,
si les pagamos suficientemente bien. Mis fuentes me han
informado de que, en su día, tenías muchos contactos y que podrías
tener acceso a unos fondos muy importantes. Nos vas a ayudar a
crear un ejército.

De repente, todo tuvo sentido. Era un plan con el que el goblin se


sentía muy a gusto.

—Oh, sí, claro, tengo muy buenos socios y gané un dinerillo en su


día. Pero ¿cuál es su causa? Quizá no quiera apoyarla.

Al instante, el goblin se cruzó de brazos con cierta terquedad.


257
Christie Golden

La Faucedraco se giró.

—Vas a apoyar nuestra causa porque así podrás ser libre y podrás
seguir con vida.

Tenía razón.

—Reconozco que tu técnica de negociación, a pesar de no ser muy


sutil, es muy convincente. Está bien, te llevaré con esos piratas.
— ¿Te reconocerán, goblin? —inquirió a Harrowmeiser con una
voz suave el humano alto y esbelto, quien se echó la capucha hacia
atrás, revelando así que tenía el pelo blanco y largo y unos ojos
verdes brillantes—. Me sentiría bastante enojado si nos hubiéramos
tomado todas estas molestias para salvarte y todo se fuera al traste
porque, al final, dejaras de tener la cabeza sobre los hombros.
—Pues... esto... igual sí —respondió de manera evasiva.
—Está bien —replicó el elfo de sangre arrastrando las palabras—,
mantente alejado y deja que seamos nosotros quienes hablemos. O,
espera... a lo mejor podemos conseguirte un disfraz a ti también.

En ese instante, pareció darse cuenta de algo y chasqueó los dedos
de un modo exagerado—. No, eso no funcionará. Eres demasiado
bajito para ser un enano.

Harrowmeiser lo fulminó con la mirada. El mago estiró un brazo y


le dio una palmadita en la coronilla.

*******

Baine Pezuña de Sangre percibió una mezcla de resignación y


determinación en los ojos azules de Go’el. Respetaba
profundamente al orco y se había planteado la posibilidad de no
hacerle más preguntas. Pero sabía que si no seguía interrogando la
orco, sería un cobarde y no estaría desempeñando su cometido
258
Crímenes de Guerra

como era debido. Tanto Go’el como Vol’jin lo entenderían, o tal


vez no. Baine había aceptado esa tarea y la llevaría a cabo lo mejor
posible.
Inclinó la cabeza y mantuvo esa postura un poco más de lo
necesario, según lo que dictaban las reglas de cortesía.

—Que quede constancia de que la defensa reconoce a Go’el, quien


en su día era conocido como Thrall, como un verdadero héroe en
un mundo donde este término suele utilizarse demasiado a la ligera.
La defensa le agradece los muchos años que ha sacrificado por el
bien de la Horda, así como de Azeroth. Te debemos mucho.

Si bien Go’el entornó los ojos con cierta suspicacia, respondió con
suma educación:

—Hice lo que debía hacer.

Al igual que hago yo ahora, deseó poder decir Baine.

—Cuando reclamaste para ti el manto de Jefe de Guerra, tenías una


visión sobre cómo debía de ser la nueva Horda, ¿verdad?
—Así fue. Quería contar con una Horda compuesta de razas e
individuos que valorasen el honor y la destreza marcial, y que se
respetasen mutuamente como si fueran una familia. Quería dejar
atrás los viejos fantasmas de ese pasado en el que tanto influyeron
para mal los demonios.
—¿Tuviste la sensación de que el acusado puso en peligro este
sueño, a pesar de que fue su propio padre quien puso punto y final
a ese legado demoníaco que tanto mancillaba su pasado?
—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande—. Grommash no es
el Grito Infernal que está siendo juzgado aquí. El hijo no tiene por
qué ser como su padre.
—Estoy de acuerdo con la acusación. Reformula la pregunta,
Chu’shao —le indicó Taran Zhu.

259
Christie Golden

— ¿Tuviste la sensación de que Garrosh estaba poniendo en peligro


tu concepción de la Horda?
—Sí, pero como también he dicho, no estaba seguro de que yo
tuviera derecho a...
—Limítate a responder la pregunta, por favor. Sí o no.

Pese a que un fugaz destello de furia centelleó en las simas azules


de su mirada, Go’el replicó:

—Sí.
—Tal y como ya he mencionado, todo el mundo sabe que eres un
orco muy honorable. Eres incluso justo con tus enemigos, tal y
como el jurado está a punto de comprobar.

Entonces, pudieron ver la imagen de un humano. Se encontraba


postrado en el suelo y la tierra parecía estar temblando debajo de
él. Tenía el pelo negro e iba ataviado con una ropa muy elegante.
Parecía hallarse aterrorizado.

Kairoz congeló la escena. Baine se volvió hacia Go’el.

— ¿Reconoces a este hombre?

Go’el adoptó un semblante muy serio.

—Sí. Y... te agradezco que no hayas mostrado lo que ocurrió antes


de eso.

Baine sabía a qué se refería Go’el. Kairoz había insistido en que


Baine podría sustentar su argumentación mucho mejor si mostraba
esa escena, pero no tenía estómago para hacer algo así.

— ¿Puedes decirle al tribunal quién es, por favor?


—Es... era... Aedelas Lodonegro. —Un murmullo de sorpresa
recorrió la estancia al darse cuenta todo el mundo de que lo que
260
Crímenes de Guerra

estaban presenciando era un momento verdaderamente histórico—


. Había ido a negociar con él. Le ofrecí respetar el Castillo de
Dumholde y las vidas de todos los que se hallaban en él, si aceptaba
liberar a mi pueblo, pero él... se negó.

A pesar de que Baine se odió a sí mismo por hacerle esta pregunta,


se la tuvo que hacer:

— ¿Podrías explicarle al tribunal de qué manera expresó su


negativa?

No se atrevió a mirarle a la cara a Go’el.

El silencio reinó por un momento y, entonces, el orco contestó:


—Le dije cuáles eran mis condiciones, y su respuesta fue...
arrojarme a los pies la cabeza de una joven asesinada, una joven
llamada Taretha Foxton.
—Siendo un orco, al que habían esclavizado los humanos, ¿qué
significaba esa muerte para ti?
—Ya lo sabes, Baine —respondió con una voz grave y gélida.
El tauren se volvió al fin y mantuvo una expresión cuidadosamente
imperturbable.
—Yo sí, pero el jurado no.

Go’el respiró hondo y se serenó. Habló con un tono preciso y


calmado. Solo el hecho de que tuviera los puños cerrados con
fuerza revelaba qué era lo que realmente sentía. Alzó la vista hacia
el lugar donde se encontraban sentados los Celestiales y percibió
bondad y empatía en sus sabios semblantes.

—Taretha Foxton era amiga mía y me consideraba su hermano. No


habría podido quererla más ni aunque hubiera sido de verdad mi
hermana. Fue muy bondadosa y generosa conmigo y ya había
arriesgado la vida en una ocasión para ayudarme a escapar. Volvió
a jugarse el cuello para enviarme un mensaje de advertencia... pero
261
Christie Golden

esa vez le salió mal la jugada. Lodonegro... —Se calló, apretó los
dientes con fuerza y, acto seguido, continuó—: Lodonegro la mató,
la decapitó y me arrojó su cabeza, con la esperanza de que así
podría destrozarme emocionalmente, pero no lo logró.

Baine hizo una seña a Kairoz. Una versión más joven de Thrall
apareció ahora en esa escena. Tenía el imponente aspecto del héroe
que realmente era; era más grande y fuerte que la mayoría de los
orcos y vestía la armadura negra de Orgrim Martillo Maldito;
además, llevaba la descomunal arma que le había dado su apodo a
ese difunto orco atada a la espalda. En cada mano, Thrall blandía
una espada, una de las cuales le lanzó a Lodonegro. El humano
chilló y retrocedió, al mismo tiempo que levantaba los ojos hacia
él. Ahora, se podía apreciar a la perfección que la camisa de lino
de Lodonegro estaba manchada de vómito.

—Thrall, puedo explicar...


—No —le interrumpió Thrall, con el mismo tono de voz
preternaturalmente sereno que acababa de utilizar para responder a
Baine—. No puedes explicar nada. No hay explicación posible a
esto. Solo nos resta batallar, pues este duelo ha sido largamente
pospuesto. Será un duelo a muerte. Coge esa espada.

Lodonegro se encogió de miedo.

—Yo... yo...
—Coge la espada, o te ensartaré ahí mismo y morirás como a un
niño asustado.

Lodonegro, con una mano temblorosa, agarró la empuñadura de la


espada y se puso en pie torpemente.

—Ven a por mí —le espetó el orco.

262
Crímenes de Guerra

Y, de un modo sorprendente, eso fue lo que hizo Lodonegro. Era


obvio para cualquiera que estuviera viendo esa escena que el
humano había estado bebiendo, pero aun así, era rápido, por lo cual
Thrall tuvo que reaccionar de inmediato para parar el golpe.

La expresión de Lodonegro cambió. Arrugó el ceño y frunció los


labios, al mismo tiempo que hacía una finta hacia la izquierda para
atacar luego con suma agresividad hacia la derecha. Se movía con
más precisión de la que cabía esperar, así como con más fuerza y
energía.

Baine recordó que, en su día, Lodonegro había sido un reputado


guerrero. De hecho, Kairoz había informado a Baine de que en una
línea temporal alternativa, Lodonegro había conquistado
Lordaeron, a la cual había gobernado como un tirano. Si bien Thrall
era mucho más fuerte, Lodonegro era mucho más ágil... y, además,
estaba luchando por salvar el pellejo.

En cuanto Thrall se percató de que el humano estaba buscando con


la mirada un escudo para poder protegerse el lado izquierdo, el orco
arrancó con furia una puerta de sus goznes y se la lanzó a
Lodonegro.

—Escóndete tras esta puerta, cobarde.

Lodonegro logró esquivarla, apartó la puerta a un lado y vociferó:

—Aún no es demasiado tarde, Thrall. Puedes unirte a mí. Podemos


aunar esfuerzos. ¡Liberaré a los demás orcos, por supuesto, pero
solo si me prometes que combatirán para mí bajo mi estandarte, al
igual que tú!

La incredulidad se asomó al rostro verde del orco y, acto seguido,


la ira lo ensombreció. En ese instante, Lodonegro se abalanzó sobre
él. Thrall se había quedado tan estupefacto ante las ridículas
263
Christie Golden

palabras que acababa de pronunciar Lodonegro que no logró


defenderse a tiempo. La espada del humano rebotó con un tintineo
metálico al impactar contra la armadura negra del orco.

—Sigues borracho, Lodonegro, si has creído, aunque solo sea por


un instante, que voy a poder olvidar el haber visto...

Baine ya había visto esto con anterioridad. A pesar de que sabía


qué iba a ocurrir, incluso él se sobresaltó cuando Thrall reaccionó
de un modo tan repentino y violento. El orco se había estado
conteniendo hasta entonces... pero ya no. Arremetió contra
Lodonegro haciendo gala de una gran velocidad, fuerza y letal
elegancia en sus movimientos.

Aunque Lodonegro no tenía nada que hacer, se negó a rendirse. Los


impactos que recibió la espada que alzó para defenderse debieron
de haberle mellado los huesos hasta el tuétano. Fue dando cada vez
más muestras de debilidad, sus movimientos se fueron tomando
más lentos y, al recibir el último ataque, soltó la espada, que salió
volando por los aires. Sin embargo, ni siquiera entonces se rindió.
Se llevó una mano a una bota y sacó de ahí una daga. Al instante,
lanzó un grito y se abalanzó sobre Thrall, dispuesto a clavársela en
un ojo.
El rugido del orco reverberó ahora como debió de haberlo hecho
entonces mientras trazaba un arco hacia abajo con su espada.

Baine ahorró a los espectadores el tener que ver el momento preciso


en que Lodonegro fallecía.

—Para.

La escena desapareció antes de que el humano recibiera el golpe


mortal.

264
Crímenes de Guerra

—Una lucha justa—señaló Baine a continuación—. Más que justa,


dirían algunos. Aedelas Lodonegro era un hombre culpable de
muchas cosas. Era el hijo de un traidor y, desde hacía mucho
tiempo, había planeado seguir los pasos de su padre en ese sentido;
pensaba convertir a los orcos en unas meras armas, con las que
derrotaría a la Alianza y después se proclamaría rey de todos los
reinos humanos. Asimismo, era cruel. Solía maltratar a Thrall solo
por haber perdido alguna pelea en el cuadrilátero. Sedujo a la joven
Taretha Foxton por mera diversión y luego la ejecutó por haber
intentado ayudar a Thrall. Muchos humanos dirían que era un
monstruo.

»Go’el tenía todas las razones del mundo para odiar a Lodonegro.
Aun así, le dio la oportunidad de luchar. Incluso le facilitó un arma,
para que Lodonegro pudiera morir de un modo honorable.

Entonces se volvió, contempló a Go’el y añadió:

—Lo que no puedo entender es por qué un orco que aprecia tanto
el honor... hasta el punto de dar un arma a un enemigo que había
asesinado, solo unos momentos antes, a alguien a la que amaba...
estuvo dispuesto, en su día, a matar a Garrosh Grito Infernal a
sangre fría. ¿Acaso esa actitud encaja con la Horda que habías
soñado, Go’el?

Muchas cosas sucedieron al mismo tiempo. Tyrande se levantó


para gritar: «¡Protesto! ¡Aquí no se está juzgando al testigo!».
Go’el también se puso en pie, pero no dijo nada... no le hacía falta.

Taran Zhu golpeó el gong en repetidas ocasiones.

— ¡Orden! —exclamó—. ¡Chu’shao Susurravientos! ¡Go’el!


¡Vuelvan a sentarse de inmediato, o los reprenderé a ambos!
Chu’shao Pezuña de Sangre, abandone esa línea de interrogatorio.
¡Le doy la razón a la acusación!
265
Christie Golden

Baine hizo una reverencia a Taran Zhu y miró a Go’el. El orco ya


no se encontraba de pie, pero contemplaba al tauren con una
expresión con la que nunca lo había mirado... una que había
esperado no ver jamás.

—Iré al meollo del asunto —le aseguró Baine.


—Sabia decisión —le espetó Taran Zhu con cierta socarronería.
—Tanto la decisión de permanecer alejado de Orgrimmar durante
tanto tiempo como la de designar a Garrosh Grito Infernal como tu
sucesor han recibido algunas críticas —afirmó Baine.
—Soy consciente de ellas.

Go’el se recostó en la silla y se cruzó de brazos.

—Has asegurado ante este tribunal que tomaste esas decisiones por
varias razones.
—Así fue, y ya he dicho cuáles fueron.
— ¿Te gustaría haber hecho las cosas de otro modo? ¿Te sientes,
tal vez, responsable de lo que ha hecho Garrosh Grito Infernal?
—La respuesta es no para ambas preguntas.
— ¿Estás seguro de eso?

Si bien Go’el entrecerró los ojos con cierta suspicacia, antes de que
pudiera decir nada, Tyrande ya se había puesto en pie.

— ¡Con todo respeto, protesto! ¡La defensa está hostigando al


testigo! —exclamó.
—Chu’shao Pezuña de Sangre —dijo Taran Zhu, con un tono de
voz tan sereno como era habitual en él—, si quieres presentar algún
argumento, por favor, hazlo ya.
—Eso estoy haciendo, Fa’shua, como comprobarás en breve. En su
día, los Druidas de la Llama capturaron a Go’el —le contó Baine a
una audiencia fascinada—. Se valieron de uno de sus puntos más
fuertes... de su afinidad con los elementos... para torturarlo.
266
Crímenes de Guerra

Enviaron partes de su esencia a planos elementales distintos. A lo


largo de ese tiempo, se vio obligado a enfrentarse a sus miedos.
Con sumo respeto, asevero que esos miedos tienen mucho que ver
con lo que pasó en ese campo de batalla... y con lo que está pasando
en este tribunal.

En ese instante, hizo un gesto de asentimiento dirigido a Kairoz,


quien se puso de pie de inmediato de un salto. El dragón bronce
había estado esperando a que Go’el testificara, ya que, hasta
entonces, tal y como él mismo había comentado: «Me limitaré a
ver con sumo relajo cómo Chromie muestra todos los momentos
verdaderamente emocionantes».

Ante lo cual, Baine había replicado: «Creo que el hecho de que una
vida esté en juego ya debería ser bastante “emocionante”».

Y Kairoz había contestado: «Entonces, hagamos todo lo posible


para que la balanza se decante de nuestro lado». Acto seguido,
había procedido a buscar varios momentos del pasado que
ayudarían a Baine a lograr ese fin precisamente.

La escena que ahora cobró vida era muy dramática; mostraba un


templo en el cielo, con unas columnas tan blancas como las nubes
que lo rodeaban. Unos relámpagos azules crepitaron y atravesaron
el edificio, seguidos por la respuesta iracunda del trueno. Unos
aparecidos de aire, que brillaban con un color blanco azulado,
cuyas formas energéticas estaban contenidas en unas armaduras, se
giraron. En el centro, atrapada en esa terrible tempestad, se hallaba
la sombra de lo que parecía ser un gigantesco Go’el.

Aggra le gritaba algo a su amado mientras intentaba alcanzarlo, y


las palabras que esa sombría figura gris pronunció estuvieron
plagadas de pena y dolor.

267
Christie Golden

—He fracasado. Le he fallado a este mundo. Los elementos... no


querrán hablar conmigo. El Anillo de la Tierra... ha perdido la fe
en mi liderazgo. Mis flaquezas... han condenado a Azeroth... al
olvido.

El furioso viento azotó la ropa y el pelo de Aggra, cuya voz fue


engullida por el aullido de este.

—Go’el, soy yo... ¡Aggra! ¿No me reconoces?


—El olvido... nada más... solo el olvido —gimió la desesperada
sombra—. Le he... fallado a la Horda... como Jefe de Guerra.
Garrosh... la llevará a la ruina. Llevará a mi pueblo... a la ruina.
Cairne, hermano mío... ¿por qué no te hice caso?

La imagen se esfumó, como un fantasma ante los primeros rayos


del alba. Baine repitió esas mismas palabras con una voz suave
pero perfectamente audible:

—«¿Por qué no te hice caso?».

Otra escena cobró forma.

268
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTE

No, este momento no...

Go’el sintió un hondo dolor en el corazón y permaneció A. i sin


respirar unos cuantos segundos. Miró a Baine, pues le había
sorprendido que el hijo recurriera a una escena en la que aparecía
su padre. Baine bajó la vista y clavó su mirada en sus propias
manos. Era incapaz de ver esa escena. Así que esto también le hace
sufrir a él, pero aun así, ha decidido mostrar esta escena. Go’el
apretó los dientes y recurrió a todas las técnicas que conocía para
mantener la calma.

—Estás cometiendo un grave error —se oyó decir a alguien de voz


grave y potente, tal y como Go’el sabía que sucedería.

Se trataba de Cairne Pezuña de Sangre.

El anciano toro se encontraba bajo el árbol muerto donde, en esa


época, se hallaban el cráneo y la armadura de Mannoroth. Cairne
estaba con los brazos cruzados, y tanto sus músculos como su
postura erguida revelaban la edad que debía de tener por aquel

269
Christie Golden

entonces. Un suave murmullo recorrió la multitud. Tanto la Horda


como la Alianza habían respetado y admirado a ese tauren.

Según cuentan, eras tú quien iba ganando la pelea, hermano mío...


— ¡Cairne! —dijo la imagen de Go’el (quien en aquella época
todavía respondía al nombre de Thrall)—. Me alegro de verte.
Esperaba tener noticias tuyas antes de marcharme.
—No creo que vayas a alegrarte mucho de verme, la verdad, ya que
no creo que te vaya a gustar lo que tengo que decir —replicó.
—Siempre he hecho caso a todo cuanto me has dicho, por eso he
pedido que aconsejes a Garrosh en mi ausencia, así que habla.
—Pero eso no era cierto del todo, ¿verdad? Pues, al final, no le
había hecho caso.
—Cuando el mensajero ha llegado con tu carta —dijo Cairne—, he
pensado que, en efecto, tras tanto tiempo, por fin me había vuelto
senil y estaba teniendo sueños febriles, como le sucede al pobre
Drek’Thar, al ver, escrito de tu propio puño y letra, ¡que deseas
designar a Garrosh Grito Infernal como líder de la Horda!

Cairne fue alzando la voz a medida que hablaba. Thrall miró a su


alrededor y frunció levemente el ceño.

—Será mejor que discutamos esto en privado —le pidió Thrall—.


Mis aposentos y mis oídos están abiertos de par en par para ti en
todo...
—No. —Cairne pisoteó el suelo con una de sus pezuñas para
mostrar su enfado, lo cual no era nada habitual en él—. Estoy aquí,
bajo la sombra de aquel que en el pasado fue tu mayor enemigo,
por una razón. Porque recuerdo a Grommash Grito Infernal.
Recuerdo su pasión, su violencia y su rebeldía, pero también
recuerdo el daño que hizo en su día. Aunque tal vez muriera como
un héroe al matar a Mannoroth, y eso soy el primero en
reconocerlo. Pero todos fuimos testigos, incluso tú, de cómo acabó
con muchas vidas y de cómo se jactó de ello. Tenía una gran sed
de sangre, se regodeaba en la violencia, y sació esa sed con la
270
Crímenes de Guerra

sangre de los inocentes. No te equivocaste al señalar a Garrosh que


su padre fue un héroe, pues eso es cierto, pero también lo es que
Grommash Grito Infernal hizo muchas cosas de las que nadie
podría estar orgulloso, y su hijo también tiene que saberlas. He
venido para pedirte que tú también recuerdes esas cosas, esas luces
y esas sombras, para que admitas que Garrosh es hijo de quien es y
que recuerdes que de tal palo, tal astilla...
—La sangre demoníaca que corrompió a Grommash nunca ha
corrompido a Garrosh. Es testarudo, sí, pero la gente lo adora. Él...
— ¡Lo adoran porque solo ven su parte gloriosa! No ven su
necedad. Sí, yo también soy capaz de apreciar que es un guerrero
glorioso —admitió Cairne—. Aprecio su sabiduría como estratega.
Tal vez si las semillas de ese talento se regaran con el
asesoramiento y la guía adecuada acabarían germinando como es
debido en el alma de Garrosh. Pero le resulta muy fácil actuar sin
pensar, así como ignorar la sabiduría que emana de lo más hondo
de su ser. Hay cosas en él que respeto y admiro, Thrall. No me
malinterpretes. Pero no es el adecuado para liderar a la Horda,
como tampoco lo fue Grommash, y menos si tú no estás para
controlarlo cuando se exceda, sobre todo ahora que nuestra relación
con la Alianza pende de un hilo. ¿Sabes que hay muchos que
comentan entre susurros que ahora sería un buen momento para
atacar Forjaz, ahora que Magni se ha convertido en una estatua de
diamante y no tienen un líder claro?
—Claro que lo sé. —Thrall suspiró—. Cairne... no estaré ausente
mucho tiempo.
— ¡Eso no importa! Ese crío no tiene el temperamento que se
necesita para ser el líder que tú eres. ¿O debería decir que eras? ¡El
Thrall que yo conocí, el que trabó amistad con los tauren y los
ayudó tanto, no habría entregado la Horda que tanto le costó
restaurar tan despreocupadamente a un joven bisoño sin ninguna
experiencia!
—Eres uno de mis más antiguos amigos en estas tierras, Cairne
Pezuña de Sangre —afirmó Thrall, con una voz amenazadoramente
serena—. Sabes que te respeto, pero la decisión ya está tomada. Si
271
Christie Golden

tanto te preocupa la inmadurez de Garrosh, guíalo, tal y como te he


pedido. Concédele el beneficio de la duda, ayúdalo con tu vasta
sabiduría y enorme sentido común. Necesito... necesito que me
apoyes en esto, Cairne. Necesito tu apoyo, no tu desaprobación.
Necesito tu mente fría y calculadora para poder serenar al
impulsivo Garrosh, no tu reprobación para incitarlo a obrar de
manera más irreflexiva.
—Me pides sabiduría y sentido común y, por eso mismo, debo
darte esta respuesta: no entregues el poder a Garrosh, no des la
espalda a tu pueblo, no les impongas a ese fanfarrón arrogante
como líder. Ese es mi sabio consejo, Thrall. Te lo doy con la
sabiduría que he adquirido con el paso de los años, que he adquirido
con sangre y sufrimiento a lo largo de muchas batallas.

Una gran tensión se apoderó de Thrall. Esto era lo último que


quería. Pero había sucedido. A continuación, habló con una voz
gélida:

—Entonces, no tenemos nada más que hablar. Mi decisión es


irrevocable. Garrosh liderará la Horda en mi ausencia. Dejo en tus
manos la decisión de si optarás por guiarlo como consejero, o si
dejarás que la Horda pague un alto precio por culpa de tu
testarudez.

Go’el observó, con el corazón henchido de pena, cómo el Thrall


del pasado daba la espalda a su hermano y se adentraba en la noche.
Sabía perfectamente qué había hecho después; se había montado
en su dracoleón y había volado hasta el Portal Oscuro, para poder
iniciar su adiestramiento en Draenor.

Nunca volvería a ver a Cairne.

La imagen de Cairne siguió con la mirada al orco que marchaba.


Entonces, suspiró profundamente y agachó la cabeza. Un momento
después, elevó la mirada hacia la calavera del demonio.
272
Crímenes de Guerra

—Grommash, si tu espíritu aún deambula por aquí, ayúdanos a


guiar a tu hijo. Te sacrificaste por el bien de la Horda y sé que no
desearías ver cómo tu hijo la destruye.
—Para. —La imagen del viejo toro se desvaneció. Baine se encaró
con Go’el y se enderezó—. Ahora te hago la misma pregunta que
te hiciste antes a ti mismo, Go’el: ¿por qué no le hiciste caso?
Si bien Go’el esperaba que Tyrande protestara, esta permaneció
sentada, calmada, con una leve sonrisa dibujada en los labios. La
elfa le estaba dando la oportunidad de responder y la iba a
aprovechar.
—Porque no soy un dragón bronce. No soy capaz de ir adelante y
atrás en el tiempo, ni de conocer todas las posibles repercusiones
que tendrá cada decisión que tomo en cada momento. Soy un
mortal y solo puedo tomar decisiones con los elementos de los que
dispongo en un momento dado, igual que tú. Tomé la mejor
decisión posible en un momento en que no se podía tomar ninguna
decisión buena. Sí, designé a Garrosh como líder de la Horda para
que me sustituyera en mi ausencia. Y cuando ocurrió el Cataclismo,
tú, Baine Pezuña de Sangre, estuviste ahí conmigo y entendiste
perfectamente por qué dejé a Garrosh al mando. ¿Quieres saber si
me gustaría haber tomado otra decisión? Planteamos qué hubiera
pasado no nos lleva a ningún lado. Hacemos las cosas lo mejor
posible allá donde estamos, a cada minuto que pasa, cada vez que
respiramos, tomamos las decisiones que consideramos mejores.
Cometemos errores y tenemos que vivir con ellos, pero también
intentamos aprender de ellos. Es lo único que podemos hacer.
—Garrosh Grito Infernal también cometió errores —replicó
Baine—. Aunque son de ese tipo de errores con los que resulta muy
difícil vivir.
—Sí, pero eso tiene fácil remedio —señaló Go’el.
—Intentaste matarle, ¿no es así?
—Sabes que sí.
—Si pudieras retroceder hasta ese momento... en el que Garrosh
yacía ante ti derrotado... ¿volverías a intentar matarlo?
273
Christie Golden

Go’el buscó la contestación a esa cuestión en lo más hondo de su


corazón. ¿Lo haría?

La respuesta lo sorprendió incluso a él.

—No —contestó con calma—. A lo largo de estos últimos días, he


llegado al convencimiento de que este juicio es una buena idea.
Había testimonios que debían escucharse que de otro modo no
habrían sido oídos. He depositado toda mi fe en los Augustos
Celestiales, sé que tomarán la decisión adecuada.
—Tengo una pregunta más para ti —le indicó Baine—. Has
admitido que has cometido errores en tu vida. —Señaló al lugar
donde estaba sentado Garrosh, con rostro impasible y los brazos,
las piernas y la cintura rodeados de cadenas—. Él también ha
cometido errores. ¿Acaso no debería tener él también la
oportunidad de aprender de ellos? ¿De hacer todo cuanto pueda por
enmendarlos?
—Hay cosas que jamás se podrán enmendar —replicó Go’el, con
una voz cargada de emoción—. A veces, uno tiene que acabar con
la causa que está provocando tanto daño para impedir que haga
más. Tu padre era muy sabio, Baine, pero ¿estamos seguros de que
tenía razón? ¿Acaso sabemos cómo acabará todo? Yo no. ¿Y tú?
Clavó sus ojos en los de Baine, y el tauren fue el primero en apartar
la mirada.
—No hay más preguntas, Fa’shua —dijo Baine, quien regresó a su
asiento.

Al levantarse Tyrande de la silla, se pudo escuchar el roce de su


vestido.

—Has dicho que no sabemos cómo acabará todo, Go’el, y eso es


cierto. No obstante, si el tribunal me da permiso, me gustaría
mostrar un final posible que hubiera tenido lugar si Go’el hubiera
escogido otra opción. Un final tan posible, tan altamente probable,
274
Crímenes de Guerra

que Ysera la Despierta tuvo una visión en la que pudo ver ese final;
una visión que la llevó a buscar al testigo.
—La acusación puede presentar esta Visión —señaló Taran Zhu.

A este escenario le costó un rato cobrar forma. Al principio, no se


podía ver ni oír nada. Entonces, poco a poco, Go’el pudo discernir
las siluetas de unos edificios, unas montañas y unos árboles. En
cuanto esas formas se definieron más, se dio cuenta de que esos
edificios carecían de habitantes, de que en esas montañas no había
prados y de que los árboles solo eran meros esqueletos. Había tanto
silencio porque no quedaba nada vivo que pudiera hacer algún
ruido. Lo único que se podía oír era el viento y el crepitar de un
trueno distante.

A continuación, se pudieron apreciar aún más cosas; cuerpos que


se pudrían ahí donde habían caído. Cadáveres de orcos y taunkas,
de mamuts y magnatauros y osos. Ningún carroñero acudía a
disfrutar de ese festín; los cuervos yacían inmóviles sobre una tierra
yerma y sus plumas negras ondeaban bajo ese viento impasible.

No... algo todavía vivía. Entonces, pudo distinguir las hermosas y


discordantes tonalidades púrpura, violeta e índigo de una pareja de
dragones crepusculares que sobrevolaban ese matadero que era
ahora Azeroth. Luego se sumó otro a esos dos y después otro más,
hasta que el aire se llenó de tantos de esos dragones que Go’el
apenas pudo atisbar el horror final que esa visión les reservaba,
aunque con un mero atisbo fue más que suficiente.

Empalado sobre la aguja del Templo del Reposo del Dragón se


encontraba el cuerpo del Destructor, del Rompemundos... el
heraldo de la muerte yacía muerto en un mundo sobre el que ahora
solo daban vueltas los dragones crepusculares.

Esta Visión nunca llegaría a ser realidad. Y Go’el sabía que eso era,
al menos en parte, gracias a él.
275
Christie Golden

—No hay más preguntas.

276
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTIUNO

Hacia bastante que había anochecido cuando Vereesa llegó al fin.


Sylvanas había abandonado ya toda esperanza y estaba dispuesta a
regresar a Entrañas cuando divisó el hipogrifo de su hermana. La
invadió una enorme sensación de alivio, a la que siguió de
inmediato la furia.

— ¡Llegas más de una hora tarde! —le espetó—. ¡Me alegro de no


tener ya la necesidad de comer, si a los vivos les lleva tanto tiempo
acabar una mera cena!
—Lo siento —se disculpó Vereesa—m Quería hablar con Jaina,
para comprobar si había cambiado de parecer tras el testimonio de
Go’el.

Todo había ido mejor de lo que Sylvanas había esperado. Muchos


miembros de la Horda y, obviamente, muchos de la Alianza
también, habían decidido que el grotesco reinado del Jefe de Guerra
Garrosh había sido culpa de Go’el. No obstante, todavía algunos
seguían cuchicheando, sin duda alguna, pues así solían obrar los
descontentos. Ninguna prueba, explicación o razón bastaría para
que olvidaran esas quejas, esas afrentas a las que se aferraban con

277
Christie Golden

fuerza y cuidaban como un tesoro. Pese a que Baine había estado


muy cerca de presentar a Go’el como un mero mortal, la Visión
final que había mostrado Tyrande de un modo maestro había
acallado a todos los detractores, al menos por el momento. Aunque
ahora ese orco afirmaba que aceptaba que el juicio había sido una
buena idea, todo el mundo recordaba que había sido Varian Wrynn
quien había impedido la ejecución.

— ¿Cambiar de parecer en qué sentido? —inquirió una Sylvanas


picada de tal modo por la curiosidad que se olvidó de lo enfadada
que estaba con Vereesa.
—En cualquiera. No sé si ha sido cosa del testimonio de Go’el o de
la conversación que ha mantenido con Kalecgos, pero no parecía
ansiar sangre igual que antes.
— ¡Creía que habías dicho que nos apoyaba! —exclamó una
iracunda y alarmada Sylvanas—. ¿Qué le ha dicho ese dragón azul?
—No lo sé. No pude acercarme tanto como para poder oírles -r-
con-testó Vereesa—. Pero Kalecgos no está hecho de nuestra
misma pasta, hermana, y tú lo sabes. Simpatiza demasiado con la
Protectora como para querer lo que queremos nosotras... o como
para dejar que Jaina desee lo mismo, si puede impedirlo. Solo sé
que cuando volvieron de ese paseo, ambos parecían muy
consternados.
—Haz lo que puedas para que Jaina no cambie de opinión —le
pidió Sylvanas—. Mientras tanto, me da la impresión de que
tendremos que actuar más rápido de lo que habíamos previsto.
Vereesa asintió.
—Tal y como sugeriste, he estado hablando con los vendedores de
comida pandaren que han montado sus tenderetes de manera
temporal cerca del templo. Mi Shao me ha dicho que su hermana,
Mu-Lam, trabaja en las cocinas donde se prepara la comida del
prisionero y de los guardias. Incluso hablamos de lo que suele
comer Garrosh.

Sí, eso estaba mucho mejor.


278
Crímenes de Guerra

—Cuéntamelo todo.

Como Vereesa no era estúpida, por fin se relajó visiblemente y


apartó la mano de la empuñadura de esa daga que llevaba en el
cinturón. Las hermanas descendieron por la orilla en dirección al
océano.

—Todas las mañanas toma lo mismo para desayunar; un surtido


variado de bollos y té.

Sylvanas negó con la cabeza.

—Eso no nos sirve. A menos que podamos persuadir a tu amigo


Mi Shao de que le prepare unos bollos «especiales».
—No creo que lo haga. Ni tampoco su hermana. Si bien es cierto
que hay algunos pandaren que saben de venenos, pocos los usarían
con el fin que queremos darle.
—Sigue hablando.

Entonces, algo que centelleó en la arena llamó su atención y


Sylvanas se agachó para cogerlo. Se trataba de una moneda
conmemorativa, acuñada en la última década, que mostraba en su
faz dorada la efigie sonriente de Kael’thas Caminante del Sol. A la
Dama Oscura se le curvaron los labios en una sonrisa y, acto
seguido, arrojó la moneda a las olas.

—El almuerzo consiste en arroz y en algún tipo de carne asada;


pollo, mushan, tigre, o lo que sea que les traiga el cazador de tumo,
supongo.

Sylvanas tuvo que reprimir una sonrisilla de suficiencia.

—No creo que sea de tigre.


—Pero se sirve... ¡oh!
279
Christie Golden

Vereesa pareció hallarse estupefacta por un segundo y, al instante,


se echó a reír. Eran unas carcajadas puras, teñidas de sorpresa y
puro júbilo, libres de cualquier tinte de malicia o manipulación. Por
un brevísimo instante, Sylvanas se encontró de nuevo en esa misma
playa, pero bajo la luz del sol, mientras oía cómo se reían sus
hermanas de alguna bufonada de Lirath, lo cual la reconfortaba.

Aunque ese recuerdo hizo que se estremeciera un poco, sonrió. No


pudo evitarlo.

—No, creo que tienes razón —dijo Vereesa entre risitas


nerviosas—. No creo que a Xuen eso le hiciera mucha gracia. —
Respiró hondo y recobró la compostura—. Creo... creo que es la
primera vez que me río desde que... bueno... Eso es lo que le dan a
Garrosh para almorzar.

Sylvanas abandonó el cálido fulgor del pasado y volvió a centrarse


en la tarea que tenían entre manos. Asesinar era mucho más
reconfortante que regocijarse. O, al menos, le resultaba más
familiar.

—Una vez más, a menos que consigamos envenenar al animal


antes de que lo maten y lo despedacen, no tendremos oportunidad
de manipular esa carne —caviló—. Esto va a ser más difícil de lo
que había previsto.

Vereesa había cogido una concha del suelo y estaba pasándosela de


una mano a otra de manera ociosa. La alegría la había abandonado
y había fruncido levemente el ceño.

—Sylvanas... ¿cómo vamos a llevar esa comida hasta él? Es decir


no creo que le preparen comidas especiales. Los guardias comen lo
mismo que él.
—No veo dónde está el problema.
280
Crímenes de Guerra

—Bueno... no queremos matar a los guardias.

Sylvanas parpadeó.

— ¿Perdón?
—Queremos matar a Garrosh, no a los guardias pandaren que lo
vigilan.

Sylvanas negó con la cabeza.

—Da igual quién muera mientras Garrosh también perezca. Él


nunca ha perdido el sueño arrepintiéndose de los daños colaterales
que ha infligido, de eso no hay duda. Si mueren unos cuantos
pandaren, lo harán por una buena causa. ¿No será que, después de
todo, no tienes estómago para hacer esto?

Vereesa contempló con detenimiento esa concha y se la siguió


pasando de una mano a otra, al igual que iba pasando de una idea a
otra mentalmente. A pesar de que a Sylvanas no le agradaría matar
a Vereesa, no podía permitir que su hermana se acobardara. Ahora
no...

Sigue por el camino trazado, hermana. No te salgas de él ahora.


—S-si mueren otros aparte de Garrosh, Varian se sentirá aún más
tentado a averiguar lo que ha ocurrido. Y eso podría conducirle
hasta nosotras. Si solo perece Garrosh... es más probable que todo
el mundo mire para otro lado.

Sylvanas entornó sus ojos rojos mientras contemplaba a Vereesa.

—Eso... eso es algo que no había considerado —se vio obligada a


admitir, aunque seguía sospechando que Vereesa, simplemente, no
quería acabar con la vida de gente inocente—. Espero que seas
consciente de que eso complicará aún más nuestra misión.

281
Christie Golden

—Preferiría detenerme a pensar un poco más en cómo vamos a


matarlo sin que detecten nuestra intervención que tener que
concebir luego varios modos de evitar que nos capturen —aseveró
Vereesa—. Por lo que he observado en el juicio, incluso Vol’jin no
aprobaría que actuáramos así Varian seguro que no.

En ese instante, el viento sopló con más fuerza, acariciándole el


cabello.

—Creía que, supuestamente, estabas deshecha de dolor —replicó


Sylvanas.
— ¡Y lo estoy! No te atrevas a... Oh. —La ira se desvaneció con la
misma rapidez que había emergido—. Gracias.
—Bueno, sigue con el menú de la cena que se sirve en el Templo
del Tigre Blanco.
—Se sirven tres platos distintos. Fideos de arroz con pescado, una
especie de estofado y curry verde.

Sylvanas se estaba devanando los sesos frenéticamente. Había


pasado tanto tiempo desde que había probado alguna comida que
regresó mentalmente a las celebraciones y festines que había
compartido con su familia, a las comidas campestres de las que
habían disfrutado aquí, en la orilla, mientras Lirath tocaba la flauta.
Alleria solía enfrascarse en la lectura de algún libro, mientras
Vereesa y ella chapoteaban entre la espuma y regresaban a la orilla
hambrientas, para devorar vorazmente codorniz asada y jamón,
manzanas y sandías, queso y pan...

— ¿Sylvanas?

La Dama Oscura regresó bruscamente al presente. Por segunda vez,


se había dejado llevar por los recuerdos, lo cual no era nada bueno.

—Tendrás que aprender a preparar esos platos —le dijo a Vereesa


de repente—. En cuanto conozcamos los ingredientes, tal vez
282
Crímenes de Guerra

podamos dar con una manera de alcanzar nuestro objetivo que no


ofenda a tu sensible conciencia.
—Lo haré —replicó Vereesa—. Le diré a Mi Shao que mis hijos
están interesados en la comida pandaren. Eso le agradará.
—Y no le quites la vista de encima a Jaina —le aconsejó Sylvanas.
—Oh, lo haré, no te preocupes por eso —contestó Vereesa.
Permanecieron en silencio ante el mar y, entonces, Sylvanas se dio
cuenta de que la reunión había acabado, aunque ninguna de las dos
Brisaveloz quería marcharse. El silencio se prolongó un buen rato,
hasta que Vereesa preguntó:
— ¿Has hablado con alguno de... de los de tu bando?
—No —respondió Sylvanas—. Todo el mundo sabe que desprecio
a Garrosh y ya he discutido con Baine y Vol’jin. Además, cuantos
menos lo sepan, mejor. Creo que podemos confiar la una en la otra.

Vereesa se volvió hacia la Reina Alma en Pena y la observó con


detenimiento.

— ¿De veras, Sylvanas?

La Dama Oscura asintió.

—No te traicionaré, hermana. Ya has sufrido bastante.

Al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, se percató de que


lo que estaba diciendo era la pura verdad, lo cual... la sorprendió.
Vereesa sonrió.

—Bien. Será mejor que volvamos.

Sylvanas asintió y caminaron de manera acompasada hasta


alcanzar a sus respectivas monturas.

— ¿Cuándo crees que podrás hablar con Mi Shao?

283
Christie Golden

—Podría hacerlo mañana, cuando se decrete el primer receso.


Podría aprovechar ese momento para charlar con él —contestó.
—Entonces, nos encontraremos aquí mañana, después del juicio.
— ¿Estás seguro de que eso es inteligente? No queremos despertar
sospechas.

Sylvanas estuvo a punto de dar un traspié al pensar que no iba a


volver a ver a Vereesa al día siguiente. Una extraña punzada de
dolor, que no debería haber sido capaz de sentir (similar a cuando
uno nota dolor en un miembro amputado), la asoló, por lo cual tuvo
que morderse un labio para no echarse a llorar.

—Tú misma has dicho que no nos sobra tiempo —replicó


Sylvanas—. Y todavía no sabemos qué clase de veneno
necesitaremos, ni cómo lo vamos a administrar...

Vereesa alzó una mano y sonrió de un modo muy leve.

— ¡Está bien, está bien! Cuánto me voy a alegrar de que todo esto
acabe. ¡Piensa en ello, Sylvanas! —Le brillaban los ojos de
júbilo—. Piensa en Garrosh Grito Infernal... tumbado sobre el suelo
de la celda de esa prisión, mientras exhala su último suspiro y nota
cómo ese frío veneno le detiene lentamente el corazón. Cómo me
gustaría que hubiera alguna manera de que sepa quién es el
responsable de su muerte.
—Tienes más sed de sangre de la que recordaba —afirmó
Sylvanas—. Esa ansia te domina.
—Así tiene que ser. No he pensado en otra cosa que no sea la
muerte de ese orco desde... —Se le quebró la voz y apartó la
mirada—. Bueno, nos veremos mañana, hermana. —Sonrió con
una extraña timidez y, súbitamente, ya no pareció ser esa mujer
dura e iracunda en la que la habían convertido los últimos
acontecimientos, sino más bien la hermana pequeña que Sylvanas
tanto recordaba—. Tal vez suene extraño, pero... me alegro de que
estemos haciendo esto... juntas.
284
Crímenes de Guerra

—Yo también, Lunita. Yo también.

*******

— ¡No llegaremos a tiempo! —gruñó Zaela, quien no paraba de


deambular de aquí para allá sobre la cubierta del Lady Lug.

Harrowmeiser se encontraba de pie, con los brazos cruzados y esas


bolas metálicas y esas cadenas todavía encadenadas a los pies. Su
amenazadora mirada era realmente magnífica.

—Bueno, señorita...
— ¡Señora de la Guerra!
—Señora de la Guerra, creo que el Lady Lug lo está haciendo muy
bien si tenemos en cuenta que no he podido repararla como es
debido desde hace años. ¡Estoy haciendo las cosas lo mejor
posible!
— ¡Pues hazlas aún mejor! ¡Todo esto no habrá servido de nada si
no llegamos ahí antes de que se dicte sentencia!
—Para eso, me vendría bien que me quitarais esto de encima —le
espetó Harrowmeiser, a la vez que señalaba a esas bolas de hierro.
— ¡Te las he dejado puestas para que puedas caer más rápido hacia
una muerte segura cuando te arroje por la borda por haberme
fallado!
—En realidad —replicó Harrowmeister—, los objetos que poseen
la misma masa caen a la misma velocidad.
—Correcto, pero no estás teniendo en cuenta la variable de la
resistencia del aire en esa ecuación —apostilló Thalen, al mismo
tiempo que se miraba las uñas—, o de cualquier tipo de
intervención mágica. Por ejemplo, supón que cayeras con un
paracaídas o tu caída se ralentizara gracias a un hechizo lanzado...
—Ayúdalo, Thalen.

El archimago se quedó helado.

285
Christie Golden

— ¿Perdón?
—Ya que ambos son tan listos, les ordeno que aúnen esfuerzos ya.
Den con la manera de que lleguemos a Pandaria lo antes posible.

Justo hasta ese preciso momento, Thalen había estado disfrutando


del vuelo. Zaela era una colega más que digna, pues había
derrocado a un orco vil para hacerse con el liderazgo de un clan
que apenas era conocido, salvo como una panda de pusilánimes;
además, había sido un hueso muy duro de roer para los traidores
anti Garrosh. No era de extrañar que su aliado dracónico la hubiera
designado como la líder de ese grupo tan extraño y variopinto. Los
Faucedraco habían ido por delante y, en esos momentos, los
aguardaban en Pandaria para reagruparse con ellos.

Shokia había sido la siguiente en ser reclutada. La francotiradora


orea parecía conocer personalmente a la líder del grupo, aunque no
habían mencionado de qué se conocían. Sus amplios
conocimientos sobre tácticas de batalla, sobre todo a cierta altura y
distancia, los había ayudado a refinar su estrategia.

Por otro lado, Harrowmeiser había procurado evitar al archimago


hasta este momento.

Ahora, los dos se encontraban bajo cubierta, donde un desganado


Harrowmeiser le estaba explicando brevemente al elfo de sangre
cómo funcionaba el Lady Lug, lo cual dejó sumamente
impresionado a Thalen, muy a su pesar.

—Este zepelín no es un trampa mortal, tal y como has lamentado


que era —comentó—. ¿Cómo has conseguido que se mantuviera
en tan buen estado durante todo el tiempo que has estado
prisionero?

El goblin, que se hallaba junto a unos fuelles ruidosos y un cigüeñal


que giraba estruendosamente, replicó:
286
Crímenes de Guerra

—Con caramelo, bramante y un fetiche vudú trol.

Thalen se echó a reír.

—Eres un tipo muy gracioso. Pero bromas aparte, ¿cómo lo has


hecho?

Harrowmeiser suspiró y señaló con un dedo verde y sucio a las


entrañas del motor. Thalen clavó su mirada en la calavera de algún
desafortunado animalito que había sido pintado y ornamentado con
unas plumas muy coloridas.

—Oh, cielos —juró—. Ya veo. —Podía percibir la magia que


emanaba de ese fetiche y, tras meditar, añadió—: Bueno, no
obstante, lo que has hecho parece estar funcionando. En gran parte.
—Con sumo cuidado, extendió un brazo en dirección a ese objeto
y lo escrutó durante un largo instante—. Tengo una propuesta que
hacerte.
—Ahora mismo, mi mente está abierta de par en par a cualquier
cosa que no suponga que acabe cayendo hacia una muerte segura...
a la velocidad que sea.
—Tú haz que este trasto tenga un gran aspecto y que funcione lo
mejor posible. —Entonces, meneó las manos y una niebla violeta
emergió sutilmente de sus dedos—. Y yo comprobaré si soy o no
capaz de insuflar más energía a nuestro amiguito de aquí para que
nos proporcione más velocidad.

Alzó el fetiche, sopló suavemente encima de él y sonrió al ver cómo


se agitaban esas plumas.

287
Christie Golden

CAPÍTULO VEINTIDÓS

Día cinco.

Jaina Valiente se revolvió en su asiento. Miró a su alrededor,


contempló esa enorme estancia y habló tranquilamente con Varian
y Anduin sobre asuntos intrascendentes. Aunque tanto ella como
Kalecgos seguían sentados uno al lado del otro, Jaina era
consciente de que la tensión que reinaba entre ambos debía de
resultar evidente a los demás. No obstante, lo suyo no había
acabado (aún no) y no quería que algo tan bonito muriera de un
modo prematuro; no si podía evitarlo y quería poder seguir
mirándose a la cara en cualquier espejo.

Chromie y Kairoz se encontraban junto a la Visión del Tiempo; con


casi toda seguridad, estaban discutiendo el orden en que iban a
mostrar las diversas Visiones. Entonces, en un intento por romper
ese silencio que le resultaba tan ensordecedor, la archimaga dijo:

—Me alegro de que Kairoz nos haya ofrecido la posibilidad de


valemos de la Visión del Tiempo, ya que así podemos descartar del

288
Crímenes de Guerra

todo los rumores y las habladurías, pues sabemos que lo que vemos
es la verdad y nada más que la verdad.

Kalec también estaba observando a los dragones bronce y fruncía


ligeramente el ceño.

—Aprecio mucho que la Visión del Tiempo nos esté presentando


los hechos de un modo tan veraz, pero... Garrosh ha mencionado
antes a la Feria de la Luna Negra y me preocupa que estas escenas
que estamos viendo sean cada vez más un mero entretenimiento
que unas evidencias sólidas y concretas.
Pero todo se reduce a lo mismo... como siempre.
—Garrosh se lo ha buscado él solito —le espetó Jaina.
—Eso no lo voy a discutir, pero la teatralidad de todo esto... —negó
con la cabeza y su pelo azul se agitó—. Lo que está teniendo lugar
aquí es muy importante. No es un entretenimiento... se supone que
aquí se está haciendo justicia. Esto no debería recordar a un
cuadrilátero de gladiadores.
—La gente está muy dolida —afirmó Jaina—. Algunos de nosotros
jamás nos recuperaremos del todo de lo que ese monstruo decidió
hacer. Necesitamos esto.

Él se volvió hacia ella, con la preocupación dibujada con claridad


en esas hermosas facciones. La cogió de la mano, que cubrió con
la suya, y preguntó con serenidad:

— ¿Con qué fin? ¿Para poder dejar ese pasado atrás? ¿Para poder
seguir adelante? No has hecho nada de eso, Jaina. Tal y como te he
dicho antes, ni siquiera tengo claro que quieras hacerlo.

Diversas emociones embargaron a Jaina, la cual apartó la mano


bruscamente de su amado.
Taran Zhu golpeó el gong para pedir silencio. Jaina, que se sintió
muy agradecida por esa interrupción, se cruzó de brazos, furiosa y
dolida al mismo tiempo.
289
Christie Golden

—Este tribunal de justicia pandaren queda abierto —dijo Taran


Zhu—. Chu’shao, llama a tu primer testigo.

Tyrande asintió, se levantó y se aproximó al asiento de los testigos.

—La acusación llama a Alexstrasza, la Protectora.

Jaina se quedó boquiabierta. Eso si que no se lo esperaba.


Alexstrasza, cuya verdadera forma era la de un dragón, no solía
elegir unas ropas muy modestas cuando adoptaba un disfraz
humanoide. Hoy, sin embargo, iba ataviada con un vestido
reluciente rojo y dorado que la cubría del cuello a los pies. Solo
llevaba los brazos y la garganta al aire. Se levantó con una serena
dignidad y se dirigió hacia la silla.

Un puñado de gente se levantó de sus asientos; los miembros de su


Vuelo, así como su hermana. Después, también se levantaron los
miembros de otros Vuelos y, acto seguido, más gente aún, hasta
que rotumbaron en la sala los tenues golpes sordos de los cientos
de pisadas de los espectadores que se ponían en pie. Al final, casi
todos los presentes estaban de pie, mostrando un respetuoso
silencio por la ex Aspecto, que había vigilado, protegido y amado
toda la vida de Azeroth a lo largo de milenios y que ahora alcanzaba
esa silla. Antes de que se sentara, Alexstrasza echó hacia atrás esa
cabeza en la que portaba una cornamenta y contempló ese mar de
rostros. Una leve sonrisa iluminó su semblante y, a continuación,
se llevó una mano al corazón en un gesto de gratitud. Aunque le
brillaron los ojos, no llegó a derramar ninguna lágrima.

Kalec, que se hallaba de pie junto a Jaina, susurró:

— ¿De verdad esto es necesario para ti?

Jaina no respondió.
290
Crímenes de Guerra

Tyrande le brindó una sonrisa afectuosa a Alexstrasza e hizo una


profunda reverencia.

—Protectora, procuraré que des testimonio de la manera menos


dolorosa posible.
—Eres muy amable —replicó Alexstrasza—. Te lo agradezco.

Tyrande respiró hondo.

—Esta testigo no necesita ser presentada. Incluso los Celestiales la


conocen.
—Con todo respeto, protesto —objetó Baine—. Si la testigo no
puede aportar pruebas directas contra Garrosh Grito Infernal,
pediré que se retire y baje del estrado.

Tyrande contestó:

—Fa’shua, Garrosh Grito Infernal recibió una ayuda muy


importante y vital de un clan en particular... del clan Faucedraco.
Me gustaría mostrarles con qué clase de gente se ha aliado Garrosh
últimamente.
—Fa’shua —interrumpió Baine—, todo el mundo... o más bien la
mayoría de nosotros... hemos frecuentado malas compañías de vez
en cuando. Lo que hiciera el clan Faucedraco en el pasado es
irrelevante.
—Chu’shao Pezuña de Sangre tiene razón en ese aspecto —admitió
Taran Zhu.
—Sí, pero hay cosas que no son cosa del pasado —replicó
Tyrande—. Los Faucedraco esclavizaron y continúan esclavizando
y atormentando a los dragones. Hicieron eso durante el reinado de
Garrosh, y creo que esta testigo es la idónea para dar fe de ello.

Taran Zhu asintió satisfecho.

291
Christie Golden

—Estoy de acuerdo con la acusación. Puedes continuar con el


interrogatorio.
—Protectora, en su día, tú y los tuyos fuisteis secuestrados y
encarcelados por los Faucedraco, ¿no es así?
—Sí —respondió Alexstrasza, quien, en opinión de Jaina, se
mantenía extraordinariamente calmada.
— ¿Puedes contamos cómo pudo ocurrir algo así?
—Los Faucedraco se habían hecho con el Alma Demoníaca, una
reliquia con la que se podía controlar a los dragones. Siguieron a
un dragón herido hasta nuestro hogar y se valieron del Alma
Demoníaca para capturar a tres de mis consortes y a mí misma...
aunque nos resistimos, claro está.
— ¿Qué sucedió a continuación?
—Nekros, el ser que dominaba el Alma Demoníaca, nos ordenó
que lo siguiéramos a Grim Batol.
— ¿Qué querían de ustedes?
—Querían que los sirviéramos como monturas en su guerra contra
la Alianza. Querían que... entráramos en batalla con ellos como
jinetes y atacáramos a sus enemigos.
—No cabe duda de que en esas batallas perecieron algunos
dragones rojos. ¿Cómo los reemplazaron?
—Cada vez que ponía unos huevos, me arrebataban a mis niños.
Jaina se mordió el labio inferior al compadecerse de ella, a pesar
de que no tenía hijos y era muy poco probable que llegara a tenerlos
algún día. No obstante, adoraba a su «sobrino» Anduin. Y la muerte
de su aprendiza Kinndy la había dejado destrozada. Pero sabía que
ese cariño por muy fuerte que fuera no era comparable al amor que
unos padres sienten por sus hijos. Alexstrasza había sido la madre
de unas criaturas mágicas e inmortales, que eran la expresión más
pura de la vida, a las que habían esclavizado... La archimaga no
sabía cómo era capaz de soportar ese dolor. Echó un vistazo a los
Celestiales y pudo ver que incluso ellos, que habían estado
escuchando atenta y amablemente con cierto distanciamiento, se
sentían conmovidos.
—Discúlpame por hacerte unas preguntas tan personales.
292
Crímenes de Guerra

—Comprendo por qué las haces.

Tyrande pareció sentirse agradecida ante esa respuesta, y Jaina se


dio cuenta de que, de un modo sorprendente, era la Reina de los
Dragones la que estaba reconfortando a la sacerdotisa elfa de la
noche en estos momentos. Una maravillada Jaina sacudió la cabeza
de lado a lado.

—Has dicho «cada vez que ponía unos huevos» —prosiguió


hablando Tyrande—. ¿Acaso pusiste huevos varias veces?
—Al principio, me negué a hacerlo —contestó Alexstrasza—. Les
dije que podían quedarse con una camada, pero que no les iba a dar
más. Mis consortes tampoco querían colaborar. Entonces, Nekros...
Nekros cogió uno de mis huevos, lo sostuvo delante de mi rostro y
lo aplastó con sus manos. Me... me salpicó con sus restos.

Se le quebró la voz y se calló. Tras recobrar la compostura,


continuó:

—Grité angustiada... mi hijo, que aún no había roto el cascarón,


acababa de ser asesinado ante mis propios ojos y yo estaba
manchada con sus restos... A pesar de hallarme encadenada, ataqué
a los orcos, hiriendo a varios de ellos antes de que me redujeran.
—Así que acabaste haciendo lo que querían.
—Sí, pero no de forma inmediata. Me negué a comer, pues así
pretendía morir antes de engendrar más hijos que pudieran torturar.
Entonces, destrozaron otro huevo. Después de eso... hice lo que
querían. —Sonrió de un modo triste—. Esperaba que si mis hijos
sobrevivían... al menos, algún día, podrían tener la oportunidad de
ser libres.

Sobrecogida, Jaina se llevó espantada una mano a la boca, pues se


compadecía de ella. Conocía ese capítulo tan brutal de la historia
orea, por supuesto, pero escuchar a Alexstrasza contarlo...

293
Christie Golden

En ese momento, Jaina fue consciente de que estaba de acuerdo con


Kalec acerca de la Visión del Tiempo. Escuchar la historia sin más
resultaba bastante perturbador. Se sintió extremadamente
agradecida que Tyrande hubiera decidido no mostrarles esa escena.

—También se perdieron otras vidas, ¿verdad?


—Sí. Al final, tres de mis cuatro consortes fueron asesinados.
Jaina lanzó una mirada fugaz a Vereesa. La elfa noble estaba
sentada como si estuviera tallada en piedra. Lo único que indicaba
que se encontraba embargada por unas emociones intensas era su
respiración acelerada.
—Así que, a pesar de que tanto tú como tus consortes accedisteis a
sus horrendas peticiones, fuisteis tratados de mala manera por sus
captores, ¿no?
—Así es. Me mantuvieron encadenada. Incluso me colocaron una
especie de bozal para que no pudiera atacarlos. Si alguno de
nosotros se resistía, o intentaba liberarse, utilizaban el Alma
Demoníaca contra nosotros. Fue... -—Alexstrasza se estremeció
levemente al recordarlo— indescriptiblemente doloroso.
— ¿Te gustaría tomar un respiro? —le preguntó Tyrande con
mucho tacto.

La Reina de los Dragones hizo un gesto de negación con esa


enorme cabeza coronada por unos cuernos.

—Preferiría acabar cuanto antes mi testimonio —respondió, con


una voz meliflua plagada de tensión.
—Engendraste unos dragones rojos para que pudieran valerse de
ellos, tal y como te exigieron —resumió Tyrande—. ¿De qué
manera los utilizaron?

Alexstrasza clavó la mirada sobre sus propias manos, que tema


apoyadas sobre el regazo.

294
Crímenes de Guerra

—Participaron como monturas en batallas, como si fueran meras


bestias, y se valieron de sus habilidades para matar a miembros de
la Alianza. Si se rebelaban de cualquier modo, eso podía tener
como consecuencia la tortura e incluso la muerte de sus hermanos
y hermanas no natos.
— ¿Cómo se siente un dragón rojo cuando se le obliga a realizar
tales actos?

Alexstrasza alzó la cabeza y no pudo disimular el dolor que le teñía


la voz cuando contestó:

—Reverenciamos la vida, toda vida. Aborrecemos tener que acabar


con ella. Los Faucedraco no podrían habernos obligado a hacer
algo que nos horrorizara más.

Tyrande asintió, como si se sintiera satisfecha, y se giró para mirar


a los espectadores.

—Como líder de la Horda, Garrosh Grito Infernal se alió


voluntariamente con el clan Faucedraco, sabiendo perfectamente lo
que hacían y de qué modo obtenían sus monturas. Acaban de
escuchar lo que le hicieron a la raza más bondadosa que hay sobre
la faz de este mundo. —Echó a andar, mientras contaba con los
dedos, tal y como había hecho tras el testimonio de Vol’jin—.
Esclavismo. Tortura. Embarazos forzosos. Secuestro de niños.
Asesinato de prisioneros. Cinco cargos de los que se acusa a
Garrosh que quedan demostrados, una vez más, por un solo testigo.
Tyrande contempló a Garrosh por un momento y, acto seguido, se
volvió hacia Alexstrasza.
—Gracias —dijo la elfa de la noche. Y luego añadió, dirigiéndose
a Baine—: El testigo es todo tuyo.

Baine se levantó y se aproximó a la Reina de los Dragones. Jaina


arrugó el ceño y le preguntó a Kalec:

295
Christie Golden

— ¿No te molesta que la vaya a interrogar después de todo esto?


—Ojalá no hubiera tenido que declarar —respondió el dragón
azul—. Pero la Protectora es fuerte y ha sufrido tanto que el daño
que le puedan infligir unas palabras pronunciadas en un juicio no
va a ser nada para ella. Hace lo que debe. Al igual que Baine.
—Ese tauren no tiene por qué hacer esto —susurró Jaina entre
dientes. Esta vez fue Kalec quien no replicó. La archimaga se
inclinó hacia delante y observó con detenimiento lo que ocurría, a
la vez que apoyaba el mentón sobre las manos. Pensaba que Baine
no sería capaz de hacer algo así. Pero lo había estado observando a
lo largo del juicio y seguía sin poder entender cómo podía defender
a Garrosh, sobre todo cuando eso requería actuar con tal crueldad.
No podía entender nada de nada.
—Gracias, Protectora. Lamento tener que causarte dolor —afirmó
el tauren.
Lo dice como si realmente hablara en serio, pensó Jaina.

Acto seguido, Baine continuó:

—Seré breve. Has sufrido muchísimo a manos de los Faucedraco,


en concreto, y de los orcos, en general. ¿Qué opinas sobre ellos
ahora?
—No odio a ninguna raza de Azeroth —contestó—. Soy la
Protectora y, a pesar de que ya no poseo la mayoría de los poderes
que tenía como Aspecto, sigo albergando los mismos sentimientos
en mi corazón.
— ¿Simpatizas con ellos?
—Los quiero —respondió sin más.

Jaina se quedó helada y, lentamente, alzó la cabeza, alejándola así


de sus propias manos. Tenía los ojos desorbitados y era incapaz de
parpadear mientras, estupefacta, miraba fijamente a la Reina de los
Dragones.

296
Crímenes de Guerra

— ¿A los orcos? —insistió Baine, como si le hubiera leído los


pensamientos a Jaina—. ¿A esos seres que te han hecho esas cosas
tan terribles? ¿Cómo es posible que los quieras? ¿Por qué no pides
a gritos que sean destruidos? Sobre todo, Garrosh Grito Infernal,
quien fue quien volvió a darles poder.
—Muy pocos seres son realmente malvados —contestó
Alexstrasza—. Y ni siquiera esos pocos están más allá de la
redención, necesariamente. El cambio es algo inherente a la vida.
Mientras algo viva, puede crecer y madurar. Puede buscar la luz o
la oscuridad. Únicamente, cuando opta por la oscuridad y se
adentra en ella de tal modo que la propia vida corre peligro, ya no
hay esperanza, a mi entender.
—Como fue el caso de Alamuerte y Malygos.
—Sí. Para mi amargura y remordimiento.

En esos momentos, una Tyrande muy tensa estaba rebuscando


entre los documentos que tenía sobre la mesa. De vez en cuando,
alzaba la vista y fruncía levemente el ceño.

Jaina seguía mirando fijamente a la dragona roja.

—Pero ¿qué está diciendo? —susurró Jaina bruscamente—. ¿Qué


está haciendo?
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.
Jaina, aliviada, cerró los ojos.
— ¿Sí, Chu’shao? —inquirió Taran Zhu.
— ¡Pido un receso!
— ¿En base a qué?
— ¡Resulta obvio que esas preguntas han turbado a la testigo!

Taran Zhu parpadeó y, a continuación, posó la mirada sobre


Alexstrasza.

—Protectora, ¿necesitas un receso?

297
Christie Golden

—No, Fa’shua. Recordar lo sucedido ha sido muy doloroso para


mí, pero me encuentro bastante bien.
—Petición denegada. Prosigue, Chu’shao Pezuña de Sangre.
—Gracias. —El tauren inclinó la cabeza y, acto seguido, se volvió
para contemplar a Alexstrasza—. Tengo una última pregunta. Si
uno de los mismos orcos que tanto te torturaron, que asesinaron a
tus hijos cuando todavía no habían salido del cascarón, se
presentara ante ti hoy y te pidiera perdón... ¿qué harías?

La gran Protectora esbozó una leve sonrisa que se fue agrandando


poco a poco. Alexstrasza miró en dirección al lugar donde estaban
sentados Go’el y su familia, y su mirada se cruzó con la de este
orco. Cuando la dragona respondió al fin, parecía irradiar una luz
especial, pues su espíritu y ánimo desprendían una luz que
iluminaba las tinieblas.

—Le perdonaría, por supuesto —le dijo a Baine como si fuera un


niño, como si fuera una respuesta muy sencilla y obvia.

No hubo más preguntas.

298
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTITRÉS

En cuanto Taran Zhu golpeó el gong y anunció que el juicio había


acabado por ese día, Anduin se giró de inmediato hacia su padre.

—Voy a ir a ver a Garrosh ahora mismo —dijo—. Es probable que


me pierda la cena.

Normalmente, cenaba con su padre (y a menudo también con Jaina,


Kalec y Vereesa) en Alto Violeta y después se excusaba para ir a
hacer... lo que fuese que estuviera haciendo con Garrosh. Ni
siquiera él estaba seguro de si estaba hablando con él,
escuchándolo, guiándolo espiritualmente o, simplemente, haciendo
de sparring verbal para ese orco. Aunque a veces parecía hacer las
cuatro cosas a la vez. Ahora mismo, deseaba poder hacer una
quinta; lograr que algo de sentido común pudiera entrarle a Garrosh
en la mollera.

Varian asintió.

—Ya, se me ha pasado por la cabeza que querrías hacer algo así —


replicó—. Te dejaremos algo para cenar.

299
Christie Golden

—No pasa nada. Ya comeré algunas albóndigas de Mi Shao.


—Espera, ¿qué? —les espetó Jaina—. ¿Garrosh? Anduin, ¿qué
estás haciendo con Garrosh?

La archimaga parecía furiosa y alarmada.

—Ya te lo explicaré en la cena —le prometió Varian a Jaina— Ve,


hijo.

Anduin saltó con agilidad por encima de una hilera de asientos y se


dirigió presuroso hacia las escaleras. A su espalda, pudo escuchar
cómo Jaina decía:

—Varian, ¿qué está pasando?

Anduin hizo una mueca de contrariedad. Había estado tan


obcecado con que tenía que ir a ver a Garrosh que se había olvidado
de que Jaina también estaba ahí. No le había contado adrede nada
acerca de sus reuniones con Garrosh. Pocos sabían que se estaban
produciendo, y quería que las cosas fueran así, precisamente, por
la forma en que acababa de reaccionar Jaina. Todo el mundo
parecía pensar que tenía algo que decir sobre todo lo que él decidía
hacer, así como sobre con quién debía relacionarse, y se estaba
hartando. Aunque, ahora mismo, ese hartazgo estaba muy por
debajo en su escala de prioridades, donde lo que primaba era la
necesidad de ver a Grito Infernal.

Bajó deprisa hasta esa estancia situada debajo del templo.

—El príncipe ha sido hoy más rápido que el prisionero —comentó


Li Chu al ver llegar a Anduin—. Garrosh todavía no ha llegado.
—Esperaré.

Anduin se dirigió a un lado del pasillo y se apoyó contra la pared,


con los brazos cruzados. Intentó relajarse todo cuanto le fuera
300
Crímenes de Guerra

posible y se limitó a permanecer en pie ahí, mientras reflexionaba


irónica y sombríamente sobre lo absurdo que era lo que estaba
haciendo.

Garrosh llegó unos momentos después, procurando no apoyar


demasiado la pierna lastimada al pisar. Su llegada fue anunciada
por el tintineo y el roce de esas cadenas que lo ataban. Iba
acompañado de Yu Fei y los seis guardias que tenía asignados
siempre que abandonaba la celda. Anduin percibió un leve destello
de sorpresa en su rostro marrón que rápidamente desapareció. Los
hermanos Chu abrieron la puerta. Yu Fei entró primero y se dirigió
a la parte posterior de la habitación, donde permaneció en pie en
silencio. Entonces, esta le indicó con una seña a Anduin que se
aproximara hacia donde se encontraba ella. Juntos observaron
cómo Garrosh se acercaba a la puerta abierta de la celda,
acompañado de un estruendo metálico. Dos de los guardias le
quitaron todas las cadenas salvo las que le ataban los tobillos,
mientras que los otros cuatro y los Chu permanecían alerta,
observando con atención todos los movimientos del orco. Garrosh
se encaminó hacia las pieles, sobre las que se sentó, mientras la
puerta era cerrada con llave. Yu Fei se aproximó y murmuró un
encantamiento, a la vez que agitaba las zarpas en el aire con una
serie de movimientos muy delicados. Al instante, las ventanas
brillaron con un tenue fulgor púrpura.

— ¿Eso qué es lo que hace en concreto? —preguntó Anduin, quien


sabía que era una medida de seguridad complementaria, pero que
ignoraba cómo funcionaba exactamente.
—Es una barrera de un solo sentido —contestó Yu Fei—. Los
guardias podrían entrar si fuera necesario, pero Garrosh no puede
salir.
—Muy inteligente —señaló Anduin.

Yu Fei se ruborizó ligeramente e hizo una reverencia.

301
Christie Golden

—Me honran con ese halago —afirmó, con los ojos clavados en el
suelo y, a continuación, se marchó con presteza.

A pesar de que Anduin se preguntó a qué se debía ese


comportamiento tan extraño, enseguida se olvidó de ello pues
estaba mucho más interesado en entablar conversación con el orco.
Li y Lo hicieron un gesto de asentimiento en dirección al príncipe
y, después, cerraron la puerta exterior con llave.

Anduin no hizo ademán alguno de moverse en un principio. Se


limitó a contemplar furioso al orco, a quien parecía hacerle mucha
gracia que estuviera tan obviamente enojado.

—Habla, príncipe Anduin, porque si no, vas a estallar —le espetó


Garrosh—.Y no deseo cargar con las culpas del estropicio
resultante.
— ¿Cómo has podido hacer algo así? ¿Cómo has podido hacer
cualquiera de esas cosas? —Las palabras manaron a trompicones
de los labios de Anduin. Entonces fue como si el mero hecho de
hablar le hubiera otorgado la capacidad de moverse una vez más,
ya que se acercó al orco dando grandes zancadas y se detuvo a
menos de treinta centímetros de esos barrotes—. No estás loco. No
eres un desalmado. Así que dime... ¿cómo has sido capaz de hacer
eso?

Garrosh, que estaba disfrutando mucho de la situación, se recostó


sobre esas pieles de dormir, lo cual provocó que las cadenas
tintinearan.

— ¿El qué?
—Ya sabes de qué estoy hablando. ¡Me refiero al hecho de que te
aliaras con los Faucedraco!
—A pesar de ser muy compasivo, juzgas muy rápido a los demás
—replicó Garrosh—. Hoy Tyrande ha jugado muy bien sus bazas,
eso lo debo reconocer. No cabe duda de que Alexstrasza ha hecho
302
Crímenes de Guerra

que a más de uno se le cayera alguna lagrimilla con ese cuento que
ha contado.
— ¿Ese cuento? ¿Eso es todo lo que eso ha sido para ti?

Garrosh se encogió de hombros.

—Eso ya es agua pasada y sería inútil darle más vueltas.


—Vueltas las que vas dar cuando te ahorquen —replicó Anduin
con brusquedad.
—Exacto. No necesito tu compasión, humano.
—Entonces, ¿para qué querías hablar conmigo? ¿Con un sacerdote
con alguien al que intentaste matar?

Garrosh permaneció callado.

—Ella es la Protectora, Garrosh. Es... es el ser más bondadoso que


hay en este mundo. Y tu gente le hizo eso.

A Garrosh se le iluminaron los ojos.

—Aja, la verdad sale al fin a la luz. Eres igual que Jaina, ¿verdad?
En realidad, en lo más hondo de tu ser, crees que todos somos
monstruos.

Anduin lanzó un gemido ahogado y se dio la vuelta presa de la


frustración. El orco se echó a reír.

—Todos son iguales.

El principe resopló.

—Claro que sí. Como tú eres igual que Go’el, Colmillosauro y


Eitrigg.

Garrosh gruñó y apartó la mirada.


303
Christie Golden

—Han olvidado la verdadera gloria de la Horda, aunque, en el caso


de Go'el, más bien habría que decir que nunca la ha conocido.
—Oh, si, romper unos huevos es un acto tremendamente glorioso.
— ¡Doblegar a un dragón para que cumpla tu voluntad sí lo es!
—Así que realmente crees que torturar a la Protectora de toda vida
es algo de lo que enorgullecerse, ¿verdad?
— ¡Yo no secuestré a Alexstrasza!
—No, pero conspiraste con aquellos que sí lo hicieron. Esa gente
sigue esclavizando a dragones, con independencia de que estén
aliados ahora con la Horda o no. Porque «doblegar a un dragón para
que cumpla tu voluntad» es algo glorioso, ¿verdad? —En ese
instante, se le acercó aún más—. ¿Qué concepto de Horda tienes
tú, Garrosh? Porque este mundo lo único que ha visto gracias a ti
ha sido una gran violencia innecesaria, mucho tormento y grandes
dosis de traición.
— ¡Mi Horda aplastará a sus enemigos como un gigante aplasta a
un insecto! Garrosh se había puesto en pie y había acercado tanto
su rostro a Anduin que este podía notar en las mejillas el cálido
aliento que desprendían esos jadeos que el orco daba al respirar
agitada y furiosamente. Garrosh, no obstante, no tocó los barrotes.
— ¿Y qué pasará cuando esta Horda que tú concibes haya aplastado
a todos esos insectos que la molestan? ¿Qué ocurrirá entonces?
¿Qué harás cuando te quedes sin enemigos? ¿Volverse unos contra
otros? Oh, espera, eso ya lo han hecho, ¿eh?

Se miraron fijamente durante un largo instante y, entonces, Anduin


suspiró. Ya había descargado toda su furia y lo único que quedaba
era tristeza. Tristeza y asco ante la ruina que Garrosh Grito Infernal
había dejado a su paso... así como también tristeza y asco por el
propio Garrosh.

—Deseaba tanto poder entenderte —aseveró Anduin, cuya voz


apenas era un susurro—. Porque, al menos, comprendo todo esto
en parte. Entiendo que quieras que tu gente pueda alzar la cabeza
304
Crímenes de Guerra

con orgullo, que quieras que sus hijos crezcan sanos, que quieras
que los orcos sean fuertes para que puedan prosperar, que quieras
realizar grandes proezas, para que no sean olvidados cuando ya no
sean más que mero polvo. Todo eso lo entiendo, de veras. Pero ¿el
resto? ¿Lo de Alexstrasza? ¿Lo de la posada? ¿Lo de los trols? ¿Lo
de Theramore? —Sacudió lentamente la cabeza y sus cabellos
rubios se agitaron—. Eso no puedo entenderlo.

Mientras Anduin hablaba, Garrosh también se había ido calmando.


Había observado a Anduin cautivado, subyugado por las palabras
del muchacho. En ese momento, replicó con una voz tan serena
como la de Anduin.

—Y nunca lo harás.

Por un instante, Anduin no contestó. Después, dijo:

—Tal vez tengas razón.


—Príncipe Anduin, por favor, apártate de la celda —le pidió Li
Chu. Anduin se sobresaltó e hizo lo que le pedía. Li tenía la mirada
clavada en Garrosh—. ¿Va todo bien, alteza?
—Tan bien como puede ir —respondió Anduin.
Detrás de Li, se encontraba Lo, que llevaba una bandeja, en la que
había un cuenco de curry verde humeante, otro repleto de arroz,
dos melocotones, una fruta del sol tropical partida en cuatro cachos
y una jarra de agua fresca. Garrosh al menos no podía quejarse de
que lo trataran tan mal como a sus prisioneros. Yu Fei murmuró un
encantamiento y el fulgor que envolvía los barrotes desapareció.
Bajo la atenta mirada de Li, Lo colocó la cena sobre una mesita
situada junto al pasillo.

Anduin se fue para que Garrosh pudiera cenar. Cuando se


encontraba en la rampa de la entrada, se detuvo un momento y se
volvió.

305
Christie Golden

—Aunque una vez más —le dijo a Garrosh—, tal vez estés
equivocado.

*******

Esta vez, fue Sylvanas la que se demoró. Para cuando llegó a la


Aguja Brisaveloz, Vereesa ya se hallaba ahí, deambulando de aquí
para allá en esa playa. En cuanto Sylvanas aterrizó a lomos de un
murciélago, Vereesa fue corriendo hacia ella.

— ¡Podemos hacerlo! —exclamó—. ¡Es perfecto!

Sylvanas sonrió al ver a Vereesa tan emocionada. Si eso era cierto,


era una noticia maravillosa.

—Explícate cuanto antes. ¡Ansío escucharte!


—Una de las comidas que suelen darle es curry verde —dijo—.
Normalmente, se la sirven cada tres días, pero según Mu-Lam
Shao, eso depende de qué productos frescos tengan a su
disposición. Lo preparan todo en una enorme olla que hay en la
cocina. La comida que se sirve a todo el mundo sale de ahí.

Mientras caminaban, sus pasos se acompasaron a la perfección con


suma facilidad. Embargadas por la emoción, ambas andaban con
rapidez. Sylvanas se sintió como si todos sus sentidos se hubieran
agudizado; como si estuviera despierta por primera vez desde hacía
mucho tiempo.

—Continúa.
—En cuanto la comida de Garrosh está servida, se la llevan allá
abajo en una bandeja en la que también hay algo de arroz y algunas
frutas... o cualquier producto fresco del que dispongan en esos
momentos. También le sirven una fruta del sol partida en cuatro
trozos. —Vereesa apenas era capaz de contener la emoción—.
Sylvanas... el propio comensal le da el toque final al plato al
306
Crímenes de Guerra

mezclar el arroz con cada bocado y echarle encima un poquito de


zumo de fruta del sol. Esa fruta de por sí es bastante ácida, pero
como la piel es muy dulce, el comensal se la puede comer a modo
de postre. No tenemos que envenenar el curry...

Sylvanas se detuvo súbitamente.

—... podemos envenenar la fruta del sol —murmuró—. ¡De ese


modo, Garrosh se envenenará él solo!
— ¡Sí! —Vereesa irradiaba alegría como el sol irradia luz—. Lo
único que tenemos que hacer es cambiar la fruta del sol justo antes
de que el plato salga de la cocina.

Ambas se tendieron las manos al mismo tiempo. La Dama Oscura


notó cómo Vereesa se las estrechaba con fuerza a través de esas
manos enguantadas. Es tan feliz, pensó Sylvanas. Y... y yo también.

—Un plan brillante, Lunita —le dijo Sylvanas—. Eres tan brillante.
—Su hermana se ruborizó agradecida—. ¿Serás capaz de entrar en
las cocinas para poder hacer el cambio?

Vereesa asintió.

—Sí. Ya soy una visitante habitual. Hablaré con Mu-Lam mientras


prepara la comida. De momento, nadie ha puesto ninguna pega.
Creo que Mi Shao les ha hablado de mi interés por la cocina
pandaren. Hoy me he fijado en cómo preparaban el curry. Cortan
la ñuta del sol justo antes de echar el curry al cuenco. Después, lo
colocan todo sobre la bandeja. Puedo meterme ahí con una fruta de
esas ya troceada y envenenada y cambiarla por la otra en un visto
y no visto.
— ¿Estás segura de que se come la fruta del sol?
—Sí. Según Mu-Lam, a ese orco le parece un manjar delicioso.

307
Christie Golden

—Estupendo —caviló Sylvanas—. Garrosh, quien posiblemente es


el orco más peligroso que jamás ha existido, va a ser asesinado
gracias su pasión por la fruta pandaren.
—Parece un regalo que nos ofrece el destino —comentó Vereesa.
Sylvanas posó la mirada sobre sus manos estrechadas. Notó una
cierta... calidez por dentro. No era algo físico, ya que nunca podría
sentir calor de nuevo. Si ni ella ni su hermana no hubieran llevado
guantes, Vereesa habría retrocedido al notar la gelidez de la piel de
su hermana.

O... quizá no.

—Tal vez sí sea cosa del destino —murmuró Sylvanas—. Tal vez
tú y yo estábamos destinadas a aunar esfuerzos. Quizá Garrosh
Grito Infernal solo pueda ser derrotado si las dos últimas
Brisaveloz que quedan vivas en Azeroth suman sus fuerzas.

Alzó la cabeza y clavó sus relucientes ojos rojos en la mirada azul


cielo de Vereesa.

—La Horda y la Alianza han logrado detenerlo a duras penas. Pero


tú y yo solas, hermana mía, pondremos punto final a su existencia.
Y tal vez... daremos el primer paso para que surja algo nuevo.
— ¿Qué quieres decir?
—No tenemos por qué parar con la muerte de Garrosh —respondió
Sylvanas, a quien le tembló un poco la voz. ¿Cuánto tiempo había
transcurrido desde la última vez que le había pasado algo así? Solo
una vez, desde su asesinato. Solo una vez, desde hacía años, cuando
un aventurero le había dado un medallón ornamentado con un
zafiro—. ¿Qué tiene que ofrecerte ahora la Alianza? —insistió,
esperando interpretar las reacciones de su hermana de manera
correcta—. Garrosh puede ser solo el principio. Las hermanas
Brisaveloz somos muy poderosas. Hemos cambiado el mundo y
podemos seguir cambiándolo... juntas. Después de que Garrosh sea
asesinado, podrías unirte a mí.
308
Crímenes de Guerra

— ¿Qué?
—Deberías gobernar a mi lado. Odias a la Horda... y yo también la
odiaba, hasta que pude hacerme con este lugar donde ejerzo el
poder. Podemos imponer nuestra ley, Lunita. Podemos remodelar
la Horda a nuestra imagen y semejanza. Nada podrá detenemos.
Machacaremos a nuestros enemigos hasta reducirlos a nada y
lograremos que nuestros aliados se impongan. Así pienso yo... y
creo que tú también piensas igual.

Apretó con fuerza las manos de Vereesa. La elfa noble forestal no


se apartó, sino que la contempló fijamente, con la boca entreabierta,
mientras intentaba mirarle a los ojos a Sylvanas.

—Yo...
—Quiero que estés conmigo, hermana —dijo Sylvanas, con la voz
entrecortada—. Me he sentido... tan sola. Hasta ahora, no me había
dado cuenta. No creo que pudiera... Quédate conmigo. Por favor...
quédate, Lunita.

309
Christie Golden

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Día seis.

—Chu’shao Susurravientos, puedes llamar a tu primer testigo.


—Gracias, Fa’shua. Llamo a Gakkorg, quien formó parte de los
Kor’kron.

Ya no quedaban muchos Kor’kron. La mayoría habían apoyado a


Garrosh, hasta el punto de que habían batallado contra las fuerzas
de Go’el cuando este había llegado a las Islas del Eco. Vol’jin
todavía no había escogido a su guardia especial, aunque Baine se
imaginaba que acabaría habiendo unos cuantos trols en ese cuerpo
de élite. Los pocos Kor’kron que habían sobrevivido se
encontraban en prisión, salvo este. Gakkoig había desertado mucho
antes, antes incluso de que hubiera sido descubierta Pandaria. A
pesar de que habían puesto precio a su cabeza, el sagaz orco había
logrado mantenerse oculto.

Era más joven de lo que había esperado Baine y, como era habitual
en los Kor’kron, se trataba de un espécimen físicamente perfecto.

310
Crímenes de Guerra

Su piel tenía una tonalidad verde oscura, casi esmeralda, y se


acercó cojeando a la silla de los testigos para prestar juramento.

—Por favor, dinos tu nombre y cargo —pidió Tyrande.


—Soy Gakkorg. Tal y como has señalado, en su día fui miembro
de los Kor’kron y serví bajo las órdenes del Jefe de Guerra Thrall
y luego de Garrosh Grito Infernal.
—Pocos de los que, «en su día», sirvieron del mismo modo que tú
al líder la Horda han sobrevivido —reflexionó Tyrande.
— ¡Con todo respeto, protesto! —gritó Baine.
—Estoy de acuerdo con la defensa —dijo Taran Zhu—. Por favor
haz las preguntas sin añadir comentarios, Chu’shao.
— ¿Cuándo dejaste dé estar a su servicio? —preguntó Tyrande.
—Poco después de la primera campaña de Garrosh para conquistar
el continente de Kalimdor.
—Gracias. Chromie, la Visión, por favor.

El dragón de la Visión del Tiempo se despertó ante las sutiles


manipulaciones de Chromie. Al instante, el Gakkorg del pasado
apareció; llevaba un saco lleno y manchado de sangre al hombro
mientras se aproximaba a una de esas muchas Casas Comunales de
metal desvencijadas que se hallaban esparcidas por todo el Muelle
Pantoque. El suelo de esa Casa Comunal, que daba cobijo a unos
cautivos, estaba cubierto de paja.

En un principio, estaban dormidos, pero se despertaron en cuanto


la puerta se abrió. Había cuatro y todos ellos llevaban una robusta
cadena en alguna de las patas delanteras que los mantenía atados.
Bostezaron, se desperezaron y el sueño abandonó esos grandes ojos
marrones. Murmuraban picados por la curiosidad y, aunque sus
rostros eran más grandes que el de un humano adulto, seguían
siendo pequeños para ser de esa raza. Tenían un pelo espeso y
largo, que les llegaba hasta la espalda, repleto de rizos de bebé de
color negro, marrón y gris. Solo llevaban unos trozos de pieles de
animal a modo de ropa, lo cual conformaba un atuendo muy
311
Christie Golden

primitivo. En cuanto olisquearon el aire, se dieron cuenta de qué


era lo que traía Gakkorg. Emocionados, dieron palmadas y
lanzaron gritos de júbilo. Movieron las colas muy contentos y
pisotearon el suelo con fuerza.

Eran crías de magnatauros.

—Eso es, pequeños —los animó Gakkorg—. Hagan todo el ruido


posible para que sus padres puedan oírlos.

Sacó un trozo de carne chorreante del saco y los niños se volvieron


locos. Unas risas brotaron de la garganta de uno de ellos. El resto
chilló ansioso, mientras unas lágrimas relucían en esas mejillas tan
redondas, al mismo tiempo que extendían los brazos.

La imagen de Gakkorg los contempló por un momento. Entonces,


negó con la cabeza y masculló algo entre dientes. Le lanzó un trozo
de carne a uno de ellos, a una pequeña hembra, que brincaba como
podía con esa pata delantera encadenada. Acto seguido, esta se dejó
caer al suelo para devorar esa carne endulzada. Los demás chillaron
aún más para pedir su parte, y Gakkorg repartió lo que quedaba.
Enseguida, los cuatro, desde el más joven, que apenas era un bebé,
al mayor, un macho al que le empezaban a sobresalir muy
levemente unos colmillos a ambos lados de la cara, estaban
masticando la comida.

—Párala aquí, por favor. —La escena se detuvo—. ¿Quiénes son?


¿Qué son esas crías? —inquirió Tyrande.

El semblante de Gakkorg se tomó gris por culpa de la tristeza.

—Crías de magnatauro —contestó—. Garrosh los secuestró para


obligar a los adultos a luchar por él en Vallefresno.
— ¿Fueron torturadas de algún modo?

312
Crímenes de Guerra

—No —respondió el orco—. Mi tarea consistía en darles de comer


y cuidarlas. Cuando sus padres se rebelaban, les daba algún manjar
especial para que armaran mucho mido de repente. Les encantaba
la carne endulzada con miel. Como sus padres no podían saber qué
les estábamos haciendo, se preocupaban y así eran más fáciles de
manejar. Yo nunca habría torturado a unas crías, elfa de la noche.
—Pero sí las secuestraste —replicó Tyrande, quien se estaba
limitando a señalar un hecho incontestable.

Gakkorg se frotó la cara.

—Sí, es cierto —contestó con pesar.


— ¿Los adultos lucharon por la Horda en esa batalla? —preguntó
Tyrande, aunque sabía perfectamente que así había sido, ya que la
suma sacerdotisa lo había visto con sus propios ojos.
—Así fue.
— ¿Y qué fue de ellos?
—Los mataron —respondió Gakkorg.
—Por tanto, esos niños quedaron huérfanos —concluyó Tyrande—
. Los adultos murieron al cumplir con su parte del pacto. ¿Qué era
lo que había prometido Garrosh como contrapartida?
—Les dijo a los magnatauros que mataría a sus vástagos si los
adultos no luchaban. Les prometió que si peleaban por la Horda,
liberaría a los críos.
—Entiendo. ¿Cumplió su palabra?

Gakkorg no contestó de inmediato. Permaneció sentado mientras


contemplaba las imágenes de esos niños, congelados en el tiempo,
donde toda la repugnante sangre que chorreaba de esa comida
quedaba compensada con la alegría y la inocencia con la que
devoraban ese manjar.

—Responde a la pregunta, por favor —insistió Tyrande.

Gakkorg se estremeció.
313
Christie Golden

—Sí... y no. Los magnatauros... bueno, no son unas lumbreras


precisamente. Además, Garrosh fue muy cuidadoso con las
palabras que empleó. —En ese instante, apartó la mirada de la
escena y contempló a Garrosh con los ojos entornados. Las
siguientes palabras las pronunció con sumo desprecio—: Sí, liberó
a esos críos. Los magnatauros habían dado por sentado que con eso
Garrosh había querido decir que los llevaría de vuelta a su hogar.
Sin embargo, dio la orden de que fueran liberados en las playas de
Azshara.

Baine cerró los ojos. No se atrevía a mirar a Garrosh, porque temía


que la rabia lo dominara y acabara atacando a su defendido por esa
atrocidad que había cometido.

—Pero podían defenderse por sí solos, ¿verdad?


—Tal vez hubieran podido hacerlo en Rasganorte, donde sabían
qué era seguro y qué no, donde podrían haber dado con adultos de
su misma raza, pero los liberaron en la Playa Arrasada.
— ¿Y ese no era un lugar seguro?
—En la Playa Arrasada, hay nagas —contestó Gakkorg con un hilo
de voz. No dijo nada más, no hacía falta.
— ¿Y qué hiciste en cuanto te enteraste de esto?
—Me quite el tabardo y desaparecí —contestó—. Y no fui el único.
—Gracias. Acabamos de escuchar otro testimonio más que
demuestra que se puede acusar a Garrosh Grito Infernal de
secuestro y asesinato de niños. Chu’shao Pezuña de Sangre, puedes
interrogar al testigo.

Baine ni siquiera fue capaz de hablar para declinar el ofrecimiento.


Se limitó a agitar una mano en el aire para responder que no. No
tenía nada que preguntarle a Gakkorg; además, temía que si
interrogaba al orco, solo podría congratularle por haber desertado
y nada más.

314
Crímenes de Guerra

Mientras Tyrande regresaba a su asiento y Gakkorg volvía a su


lugar en las tribunas, un centinela hizo acto de presencia y se dirigió
directamente hacia Tyrande. Hablaron con premura y la elfa arqueó
las cejas. No parecía creerse lo que le estaba contando, pero
entonces el centinela dijo algo que, al parecer, la convenció.

—Chu’shao Susurravientos —dijo Taran Zhu—, ¿te importaría


compartir la información que acabas de recibir con el tribunal?
—Un momento, Fa’shua.

Los dos elfos de la noche siguieron hablando entre susurros


sibilantes, hasta que Tyrande por fin asintió. El centinela salió de
ahí a paso ligero mientras la suma sacerdotisa recuperaba la
compostura. Daba la impresión de hallarse anonadada, satisfecha y
abrumada al mismo tiempo. Al final, se levantó, de modo que su
túnica hizo un suave ruido con el roce y, durante un largo instante,
se limitó a estar de pie frente al escritorio. No hizo ademán alguno
de llamar a algún testigo, sino que recorrió la multitud con la
mirada y, a continuación, alzó la vista hacia los Celestiales, como
si estuviera intentando tomar una decisión. Baine se encontraba
muy alerta. Tyrande siempre se mostraba confiada y serena, pero
ahora parecía... serenamente triunfal.

—Lord Zhu —dijo—, presento una petición formal de que ese


juicio se considere nulo de manera irreparable.

Los murmullos recorrieron esa estancia y Taran Zhu tuvo que


golpear el gong. Por primera vez desde que el juicio había
comenzado, Garrosh se inclinó hacia Baine para hablar.

— ¿Y eso qué quiere decir?


—Depende de lo que quiera, o bien cree que serás absuelto (lo cual
no creo que suceda ni por asomo), o bien quiere un nuevo jurado.
—Lo cual significa que me ejecutarán, sin lugar a dudas.

315
Christie Golden

El orco hablaba con un tono de voz muy monótono, como si


estuviera aburrido. Baine lo fulminó con la mirada.

—Solo hay un puñado de seres capaces de dictar un veredicto


imparcial. Cuatro de ellos componen ahora mismo este jurado.
—Me reafirmo en lo que he dicho.
Baine no contestó. En cuanto el furor remitió, Taran Zhu dijo:
—Chu’shao, ¿quieren hacer el favor de acercarse al estrado con sus
consejeros del tiempo?

Cuando todos se hallaron ante él, Taran Zhu lanzó una mirada a
Tyrande plagada de enojo. Baine se percató de que Chromie
tampoco parecía especialmente contenta.

—La acusación debería explicarme por qué, en un momento tan


avanzado del proceso, quiere que declare este juicio nulo —afirmó
el pandaren.
—Se me ha señalado, y es una información que he de compartir
con todos ustedes, que Chu’shao Pezuña de Sangre no puede
representar al acusado por una razón de conflicto de intereses. No
creo que pueda llevar a cabo una labor justa y, por tanto, pido que
se declare formalmente la nulidad de este juicio y que se nombre a
una nueva defensa y a un nuevo jurado.
—Chu’shao —-replicó Taran Zhu, con una mezcla de seriedad y
exasperación—, estoy empezando a dudar de que seas consciente
de que es prácticamente imposible dar con alguien, ya sea de la
Horda, la Alianza o de cualquier otro bando, que sea capaz de
representar de una manera justa al acusado.
—Pues entonces tendrás que buscarlo—le espetó Tyrande.
— ¿Con qué clase de evidencia cuentas?

Tyrande tuvo la decencia de mostrarse al menos un tanto incómoda.

—Me acaban de informar de que se ha localizado a un testigo que


dará un testimonio que, cuando menos, no dejará en buen lugar a
316
Crímenes de Guerra

Chu’shao Pezuña de Sangre. Preferiría no tener que manchar su


reputación de una manera innecesaria. Creo que si escuchan esta
información, el jurado se verá tan influenciado por ella que será
incapaz de dictar un veredicto justo.

Taran Zhu se cruzó de brazos y la escrutó durante un largo instante.

—No me gustaría ser tu enemigo, Lady Tyrande.


—Me alegro de que no lo seas, Lord Zhu.
— ¿Y quién es ese testigo sorpresa?
—Preferiría que...
— ¡Dilo ya! —la interrumpió un furioso Baine—. ¡Me importa un
carajo lo que prefieras, Chu’shao! ¿De quién se trata?

Taran Zhu alzó una zarpa.

—Te ruego silencio, Chu’shao Pezuña de Sangre. Tyrande... Todos


conocemos lo que opina Baine sobre Garrosh. Incluso habló sobre
ello en su discurso de apertura del juicio. Si tenías alguna objeción
al respecto, deberías haberla planteado entonces.
—En ésos momentos, no contaba con este testigo, Fa’shua.

Taran Zhu permaneció inmóvil un largo rato, Entonces, dijo al fin:

—Chu’shao Pezuña de Sangre, está claro qué pretende lograr


Chu’shao Susurravientos. Tengo más fe en los Celestiales y en su
capacidad de dictar un veredicto justo que ella, pero me gustaría
saber qué piensas sobre esto. Según parece, esto podría perjudicarte
mucho.

En ese preciso instante, Baine se dio cuenta de qué ocurría. Taran


Zhu haría lo que creyera mejor, por supuesto. Estaba en su derecho
a hacerlo como Fa’shua que era. Pero le había hecho una pregunta
y el tauren debía contestarla sinceramente. También comprendía
que Tyrande no tenía por qué haber hecho ésta petición. Si ese
317
Christie Golden

testimonio era tan perjudicial para él como ella parecía creer (y no


tenía ninguna razón para dudar de que no estuviera en lo cierto),
podría haberse limitado a llamar al testigo y que las cosas
discurrieran como debían. La sacerdotisa intentaba mostrarle cierto
respeto... y tal vez también hacerle un favor.

—Hubo un momento en que habría agradecido que sucediera algo


así —aseveró el tauren—. En el que a pesar de haber cumplido mi
cometido lo mejor posible, me habría sentido aliviado al no tener
que seguir desempeñando esta labor. La Madre Tierra bien sabe las
dudas que he tenido al respecto. Yo no pedí asumir esta pesada
carga y estoy seguro de que, sea quien sea el testigo con el que ha
dado Tyrande, este hará público qué es lo que pienso sobre el
acusado y qué sentimientos provoca en mí. Aunque sea un pobre
defensor de su causa, sigo siendo la mejor opción que le queda a
Garrosh Grito Infernal. Se me pidió que lo defendiera y eso voy a
hacer, a pesar de los riesgos que corra a nivel personal. Esta es mi
opinión, Lord Zhu.

Para su sorpresa, Tyrande parecía hallarse muy triste. Entonces, la


elfa se volvió hacia y él y dijo con suma seriedad:

—Me parece que no eres capaz de apreciar la trascendencia de lo


que está a punto de suceder. No quiero convertir esto en un ataque
personal.
—Pero lo estás haciendo.
— ¡He de hacerlo! —Si bien mantuvo un tono de voz bajo, cada
silaba de esas palabras transmitió la honda pasión con que las
pronunciaba—. Si es necesario, te sacrificaré, Baine Pezuña de
Sangre, para presentar la acusación más sólida posible. Sacrificaré
cualquier cosa y a cualquiera.

Baine respiró hondo y luego exhaló con fuerza. Se enderezó cuan


largo era y, tras bajar la mirada hacia la elfa de la noche, replicó
con suma calma:
318
Crímenes de Guerra

—Adelante, entonces.

Taran Zhu, que los estaba observando a ambos, dijo:

—Que así sea. Chu’shao, puedes presentar al testigo. Después de


que aporte su testimonio, el acusado podrá elegir entre seguir con
Baine como Chu’shao o no.

Tyrande cerró los ojos por un instante.

—Baine Pezuña de Sangre, lo que va a suceder a continuación... es


responsabilidad tuya. Gracias, Fa’shua.

Antes de que Kairoz pudiera sentarse, cogió a Baine del brazo y


susurró:

—Sé qué tiene preparado contra ti. ¡No tengo tiempo de buscar una
Visión que contradiga la que va a presentar y no se me ocurre nada
de manera improvisada!
—No hará falta —replicó Baine de un modo estoico—. Si Chromie
tiene algo que ver con todo esto, está claro que Tyrande planea
demostrar con una Visión esa prueba que va a presentar, no se va a
limitar a un mero interrogatorio. Solo me resta confiar en que la
verdad hablará por sí misma. Aceptaré las consecuencias.
—Eres tan idealista como el joven príncipe —murmuró un
frustrado Kairoz.

Baine resopló, pues le divertía la ironía que encerraba ese


comentario.

—Me han llamado cosas peores —replicó y, acto seguido, volvió


a su asiento.

Garrosh se inclinó hacia él de nuevo y le preguntó:


319
Christie Golden

— ¿Qué ha pasado?
—El juicio prosigue. Esta vez, te tocará tomar una decisión. Podrás
decidir si sigo defendiéndote o no. Si optas por que deje de ser tu
defensor, Taran Zhu te designará a otro Chu’shao.
—¿Por qué iba a desear hacer algo así cuando estás logrando que
mis últimos días sean, al menos, muy entretenidos?

Tyrande, que se encontraba junto a la silla de los testigos, tomó aire


y dijo a continuación:

—Por favor, tengan en cuenta que considero al próximo testigo


como extremadamente hostil al acusado. Llamo a declarar al
Caminamillas Perith Pezuña Tempestuosa.

En ese mismo instante, Baine comprendió hasta dónde pretendía


llegar Tyrande Susurravientos para obtener una sentencia
condenatoria.

320
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTICINCO

El tauren Caminamillas Perith Pezuña Tempestuosa se aproximó a


la silla lentamente, con la misma actitud de alguien que se dirigiera
a una ejecución. Se sentó con dignidad y esperó.

—Por favor, dile tu nombre a la corte —le pidió Tyrande.


—No voy a testificar —replicó Perith, con un tono de voz grave y
casi carente de emoción, aunque Baine sabía que todo era pura
fachada.
—Perith Pezuña Tempestuosa —le advirtió Taran Zhu—, si has
sido llamado a testificar, estás obligado a dar testimonio.
—Presté un juramento, primero ante Cairne Pezuña de Sangre y
después ante Baine Pezuña de Sangre, por el que me comprometí a
no decir ni hacer jamás nada que pudiera perjudicarlos. Soy el leal
guardián de sus secretos. No podrán obligarme a hablar.
—Según la ley pandaren, puedo retenerte indefinidamente hasta
que decidas testificar —afirmó Taran Zhu.
—Permaneceré en prisión y mantendré mi palabra y mi honor hasta
el fin de mis días antes que traicionar a mi Gran Jefe.

321
Christie Golden

Baine se hartó y se puso en pie.

—Perith Pezuña Tempestuosa, te ordeno que hables. Nos has


demostrado con creces tu lealtad, tanto a mí como a mi padre, y en
nombre de ambos, te prometo que no te guardaré rencor por nada
de lo que vayas a decir. Este es un lugar donde reina la verdad, algo
que tanto Cairne como yo siempre apreciamos, así que cuenta la
verdad, tal y como requiere la ley pandaren.

La máscara que había portado Perith hasta entonces se desvaneció


cuando lo miró angustiado. Sin lugar a dudas, pensaba que Baine
no era consciente de las terribles consecuencias que podría tener lo
que le estaba pidiendo que revelara. Pero Baine sí que lo sabía y,
en cierto modo, se sentía aliviado por ello. El Gran Jefe asintió,
como si dijera «adelante».

—Hablaré solo porque mi Gran Jefe me ha dicho que he de hacerlo


—afirmó, con un pesar que era casi palpable.
—Que el jurado tome nota de que se trata de un testigo... hostil —
pidió Tyrande, quien no mostró ningún júbilo por el hecho de que
Perith hubiera dado su brazo a torcer, pero tampoco mostró
arrepentimiento alguno—. Por favor, dinos tu nombre y cargo.
—Soy Perith Pezuña Tempestuosa. Soy un Caminamillas que sirve
a Baine Pezuña de Sangre y sirvió a su padre, Cairne, antes que a
él.
—Explícanos qué hace un Caminamillas.
—Sobre todo, somos mensajeros, pero no solo eso. Conocemos el
contenido de las misivas que llevamos. Conocemos los secretos del
Gran Jefe —contestó con un tono monótono teñido de derrota—.
Conocemos los sitios más seguros por los que viajar, en todos los
sentidos, por lo cual tanto nosotros como nuestras cruciales
misiones no suelen correr ningún peligro.
—Cuando no estás enviando mensajes de parte del Gran Jefe
Baine, ¿dónde sueles estar normalmente?
—Con él.
322
Crímenes de Guerra

— ¿Como consejero, como asesor?

Perith sacudió esa cabeza de cabellos grises.

—No. Como si fuera una mera sombra, salvo cuando me necesita.

Garrosh se inclinó hacia Baine y le comentó:

—Esa elfa te va a destrozar, tauren.


—Estoy bastante seguro de que así será —replicó Baine.
—Entonces, ¿por qué...?
—Por la paz —masculló, con un tono amenazadoramente bajo.
—Así que conoces muchos secretos —prosiguió Tyrande—. La
acusación desea que conste en acta que el único fin de este
testimonio es contribuir a que este proceso sea lo más justo posible.
No tengo ningún deseo de revelar secretos de la Horda para ayudar
a la Alianza.
—Si pensara que pudieras hacer algo así, Chu’shao, haría todo lo
posible para expulsarte del juicio —le advirtió Taran Zhu de un
modo un tanto jocoso.

Baine no elevó la vista hacia las tribunas, para comprobar la


reacción de algún miembro de la Alianza. No iba a poner ningún
impedimento a esto. Por favor. Madre Tierra, que esto sea lo mejor
para todos nosotros... estamos tan hartos de tanta guerra.

Pese a que Tyrande frunció ligeramente el ceño, acabó agachando


la cabeza y volvió a centrar su atención en Perith.

— ¿Cuándo empezaste a servir a Baine Pezuña de Sangre?


—La misma noche en que su padre fue asesinado —contestó el
Caminamillas—. Los Tótem Siniestro habían tomado Cima del
Trueno y habían atacado el Poblado de Pezuña de Sangre. Como
Baine había recibido un aviso a tiempo, pudo escapar, gracias a la
Madre Tierra.
323
Christie Golden

— ¿Fuiste tú quien lo avisó?


—No. Yo había acompañado a Cairne a Orgrimmar. Después del
mak’gora... me demoré y no regresé a tiempo. Los Tótem Siniestro
nos vigilaban. Me encontré con Baine después, en el Campamento
Taurajo.
—Entonces, ¿quién lo avisó?
—Un chamán Tótem Siniestro llamado Canto de Tormenta, que
tenía mucho más honor que Magatha.
—Está claro que Baine tuvo mucha suerte. Si el tribunal me da su
permiso, me gustaría presentar una Visión de lo que sucedió esa
terrible noche.

Baine cerró los ojos por un momento y rezó para serenarse,


mientras la escena se manifestaba. Ahí estaban él, Jorn Vidente del
Cielo, Hamuul Tótem de Runa y Perith; este último sentado al
fondo, tal y como era habitual en él. Si bien Baine respetaba
profundamente a Perith, este tauren prefería mantenerse siempre al
margen, ya que esa actitud formaba parte de su papel como
Caminamillas.

—Magatha ya tiene lo que quería —aseveró la imagen de Hamuul


mientras les servían la comida—. Controla Cima del Trueno, el
Poblado Pezuña de Sangre y, probablemente, también el
Campamento Mojache. Si no la detenemos pronto, acabará
controlando a todos los tauren.
—Pero no Roca de Sol —apostilló Jorn con suma calma—. Han
mandado un mensajero. Al parecer, han sido capaces de repeler el
ataque.

Baine se vio a sí mismo asentir, gruñir levemente y dar un bocado


a la comida por pura necesidad más que por apetito.

—Archidruida —dijo la imagen de Baine un momento después—,


mi padre siempre confió en tu consejo. Y nunca lo he necesitado

324
Crímenes de Guerra

más que ahora. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos luchar


contra esa orea?

Hamuul no respondió de inmediato. Pero al final contestó:

—Por lo que hemos podido saber, la mayoría de los tauren se


encuentran ahora bajo control de Magatha... de manera voluntaria
o no. Garrosh tal vez no sea culpable de traición, pero no hay duda
de que es un cabezota impulsivo y, de un modo u otro, deseaba ver
a tu padre muerto. Entrañas no es un lugar seguro para ti, pues está
patrullada por orcos que, con casi toda seguridad, son leales a
Garrosh. Los trols Lanza Negra sí es probable que sean dignos de
confianza, pero no hay muchos. Y respecto a los elfos de sangre,
se hallan demasiado lejos como para poder ayudamos. Es probable
que Garrosh llegue hasta donde están antes que nosotros.

Baine estalló en carcajadas, pero eran unas risas amargas.

—Según parece, nuestros enemigos son más de fiar que nuestros


amigos.
—O, al menos, más accesibles —replicó Hamuul.

La imagen de Baine se quedó callada, sumida en sus pensamientos.


Al final, movió la cabeza de lado a lado y agitó las orejas tras haber
tomado una decisión.

—Prefiero siempre a un enemigo honorable antes que a un amigo


sin honor. Así que acudiremos a un enemigo honrado. Buscaremos
a esa mujer en la que tanto confiaba Thrall. Recurriremos a Jaina
Valiente.

El caos se desató en la sala del juicio.

*******

325
Christie Golden

Jaina se quedó mirando fijamente a Tyrande, al mismo tiempo que


las voces que oía a su alrededor sonaban tan ahogadas e
ininteligibles como si se hallara bajo el agua. No podía notar esa
mano que la agarraba de la suya, ni tampoco esa otra que la
agarraba de los hombros y la zarandeaba. Solo podía contemplar a
Tyrande, a la vez que la invadía una terrible sensación, que no
podía quitarse de encima, de que esa sacerdotisa la había
traicionado. La elfa de la noche le devolvió la mirada con una
mezcla de determinación implacable y profunda compasión.

— ¿Cómo me ha podido hacer esto? —murmuró Jaina. Habría


esperado algo así de Baine, pero de Tyrande...
— ¡Jaina! —exclamó Kalec, cuya voz sonó más alta y potente que
nunca. La tenía agarrada de los hombros y la zarandeaba. Esas
violentas sacudidas la sacaron de su ensimismamiento y, de
improviso, todo pareció acelerarse y volverse terriblemente
estruendoso; todo el mundo estaba gritando mientras Taran Zhu
golpeaba el gong. Jaina apartó la mirada de Tyrande y escrutó a
Varian, quien también estaba gritando.
—Jaina, ¿por qué no me habías contado nada al respecto?

Anduin tenía los ojos como platos. Al parecer, él también había


decidido que el silencio era la mejor opción cuando se trataba de
ayudar al Gran Jefe tauren.

Ojalá la Luz los ayudara ahora tanto a ella como a Anduin.

—Todo se viene abajo —murmuró la archimaga—. Todo. Todo se


derrumba.
—Jaina —dijo Kalec—, Taran Zhu ha decretado un receso de diez
minutos. Podemos marchamos si lo deseas. No tienes por qué
quedarte aquí para ver esto.
— ¿Para qué no tiene que quedarse aquí? —exigió saber Varian,
quien estaba haciendo un gran esfuerzo para calmarse, pero solo lo
estaba logrando en parte—. Esto es igual que lo que sucedió con
326
Crímenes de Guerra

los Atracasol. Jaina, deberías habérmelo contado. Cuéntamelo todo


para que pueda prepararme para lo que se nos viene encima.

Jaina negó con la cabeza y se cuadró de hombros.

—Seguramente debería hacerlo, pero ya lo verás —contestó—.


Además, no puedo contártelo todo en diez minutos.
—Entonces, ¡cuéntame todo lo que puedas! ¡Que la Luz me ciegue,
Jaina, acabo de descubrir que alguien a la que consideraba una de
mis mejores amigas se reunió en secreto con Baine Pezuña de
Sangre! —le espetó, a la vez que se cruzaba de brazos y henchía
ese amplio pecho; tal vez porque así intentaba contener las ganas
que tenía de abalanzarse sobre ella—. Que fueras a reunirte con
Thrall de manera furtiva ya era bastante malo, pero esto...
—Padre —dijo Anduin con serenidad—, yo también tengo algo
que contarte.

*******

Baine permaneció sentado y muy tranquilo, pues se sentía


extrañamente en paz mientras el mundo se volvía loco a su
alrededor.

A pesar de que Taran Zhu había decretado un descanso de diez


minutos, llevó al menos el doble de tiempo detener todas las peleas
y llevarse a los combatientes a sus nuevos «aposentos». Tyrande
no podía saber que el tauren no había intentado esconder sus
contactos iniciales con Jaina Valiente. Baine se había enfurecido
tanto ante la decisión de Garrosh de esperar a ver quién se alzaba
victorioso en el conflicto entre los Tótem de Runa y Pezuña de
Sangre que no había ocultado el hecho de que un líder de la Alianza
le había prestado más apoyo que su propio Jefe de Guerra. Incluso
más adelante había utilizado el apoyo que le había brindado Jaina
en su día como argumento para no atacar Theramore durante una
reunión donde se congregaron un gran número de líderes de la
327
Christie Golden

Horda, así como sus pueblos. Nadie lo había considerado un


traidor, ya que Jaina contaba con gente que la respetaba en la Horda
y no era tan despreciada, ni por asomo, como Varian o Tyrande.

Al menos, no por aquel entonces.

Garrosh lanzó una mirada teñida de ironía al tauren.

—Me parece que vas a compartir prisión conmigo —comentó el


orco.
—Es posible —replicó Baine—. Pero pediré que me cambien de
compañero de celda.
— ¿Prefieres a Jaina, tal vez?
—No. Quizá opte por Anduin

Taran Zhu hizo sonar de nuevo el gong y, esta vez, dio la impresión
de que la gente parecía dispuesta a regresar a sus asientos.

—Me he estado planteando la posibilidad de dar por concluido el


juicio por hoy —afirmó Taran Zhu, con un tono de voz más severo
de lo habitual y con unos ojos más brillantes de lo normal, lo cual
constituía una muestra de enfado nada propia de él—. Pero espero
que cuando acabe este testigo de dar testimonio, esta sala sea un
lugar más civilizado para todos. Si no es así, deben saber que, de
inmediato, pondré bajo protección del Shadopan a cualquier testigo
o persona que haya sido nombrada a lo largo de este juicio si
considero que se hallan en peligro. Esto no es la Feria de la Luna
Negra, ni un cuadrilátero de gladiadores. Eso es un tribunal. Un
lugar donde se imparte la justicia y se defiende la verdad. Y me
aseguraré de que eso siga siendo así.

Nadie habló. El pandaren se tomó un momento para recorrer con la


mirada esos asientos y, acto seguido, posó sus ojos sobre Tyrande.

—Chu’shao, puedes reanudar el interrogatorio.


328
Crímenes de Guerra

—Gracias, Fa’shua. —Tras tomarse su tiempo, se levantó, se alisó


el vestido y se acercó a Perith—. Bueno, ¿por dónde íbamos? —
dijo como si acabaran de volver de un mero receso normal—. Creo
que estábamos viendo que Baine Pezuña de Sangre planeaba
encontrarse con Lady Jaina Valiente.

Todas las miradas se dirigieron hacia Jaina. Si bien la archimaga


permanecía muy erguida y calmada, con las manos apoyadas en el
regazo, ese rubor y esa respiración acelerada revelaban cómo se
sentía realmente. Junto a ella se encontraba Kalec, quien parecía
dispuesto a entrar en acción rápidamente si creía que tenía que
hacerlo, así como Vanan, cuyo semblante reflejaba una tremenda
cólera. Los ojos del rey humano iban de Perith a Tyrande y
viceversa con suma rapidez. Baine era incapaz de discernir con cuál
de los dos estaba más enfadado Varian.

—Eso es correcto.
— ¿Estuviste presente en esa reunión?
—No, no estuve.
—Pero ¿sabes qué ocurrió en ella?
—Sé lo que el Gran Jefe me ha contado.
— ¿Y qué te contó?

Perith lanzó una mirada plagada de profunda tristeza a Baine.

—Que Lady Jaina no quería que la Alianza entrara en guerra con


la Horda, pero sí le ofreció su ayuda a nivel personal.
— ¿Y qué clase de ayuda le brindó?
—Le dio oro.

Unos murmullos de desaprobación recorrieron al público ahí


congregado.

— ¿Cuánto oro? —inquirió Tyrande.


—No conozco esos detalles.
329
Christie Golden

— ¿Esa fue la única ocasión en que tu Gran Jefe trató con Lady
Jaina?

Una gran tensión se adueñó de Baine. Esa segunda visita a la


archimaga era algo que conocía muy poca gente. Perith respondió
con voz entrecortada:

—No, no lo fue.

Tyrande hizo un gesto de asentimiento a Chromie.

—Si el tribunal me concede su permiso, tengo que mostrar una


segunda Visión.

330
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Tras esa revelación, Jaina seguía en una nube. Aunque sabía que
esa sensación acabaría desapareciendo, por el momento se alegraba
de sentirse así. Bullían en su interior tantas emociones
contrapuestas, tan intensas, que no deseaba reflexionar sobre
ellas... aquí y ahora no, eso seguro. Al menos, Varian no se había
girado de inmediato hacia ella o su hijo para llamarlos traidores y,
de momento, eso era más que suficiente. El rey humano aguardaba
a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Y, a decir verdad, ella también.

La acogedora salita de Jaina, cuya chimenea estaba flanqueada por


dos sillas e hileras de libros, apareció en imagen. La archimaga
notó un mareo momentáneo. Esa salita era muy austera y sencilla.
Solo era una habitación. Pero ya no existía, había sido reducida a
polvo violeta junto a todo lo demás, junto a todos los demás, en
Theramore. El crepitar del fuego, el tintineo de las tazas al chocar
contra los platitos, las carcajadas y las animadas conversaciones

331
Christie Golden

intelectuales que se solían oír ahí... ya nunca volverían a


escucharse.

La archimaga no podía apartar la mirada de la escena y buscó a


tientas la mano de Kalecgos. Este la cogió de la mano con fuerza.

Entonces, se vio a sí misma, con una túnica que se había puesto


rápidamente...

Con el pelo de color rubio y unos ojos teñidos de bondad, con un


rostro donde solo había una arruga en toda la frente, cuyos labios
solían pronunciar palabras amables y no proferir chillidos de dolor.
Ese era un semblante que ahora le era ajeno.

A Jaina se le hizo añicos el corazón al enfrentarse a esa prueba tan


clara de que, hasta hace no mucho, había sido tremendamente
inocente. No quería derrumbarse, no delante de todo el mundo, y
Kalec era consciente de ello, así que no hizo ningún ademán de
rodearla con un brazo o reconfortarla de alguna otra forma, sino
que se limitó a agarrarla de la mano mientras permanecía tan quieto
como una piedra.

La Jaina de la Visión deambulaba de un lado a otro de la sala.


Entonces, se volvió para saludar a su visita. Parezco tan pequeña
comparada con un tauren, pensó Jaina. Esa observación tan
mundana fue un pequeño oasis en medio de ese huracán personal
de emociones que estaba sufriendo. El tauren vestía una capa y
permanecía tranquilo, ni siquiera protestó por la rudeza con la que
le trataron los guardias que lo guiaron hasta ahí dentro.

—Déjennos a solas —ordenó Jaina.


Mi voz... ¿de verdad sonaba tan joven?
—Mi señora, ¿de veras quiere que la dejemos a solas con esta...
criatura? —preguntó uno de los guardias.

332
Crímenes de Guerra

La archimaga fulminó con la mirada al guardia.

—Ha venido en son de paz, así que no permito que se refieran a él


de esa manera.

Avergonzado, el guardia se ruborizó ligeramente y, tras hacer una


reverencia a su señora, él y los demás se retiraron.

Perith se quitó la capucha.

—Lady Jaina Valiente. Me llamo Perith Pezuña Tempestuosa.


Vengo porque así me lo ha ordenado mi Gran Jefe. Me ha pedido
que te dé esta maza. Dijo que... te ayudaría a creer que mis palabras
son ciertas.

Se trataba de Rompemiedos. Una exquisita y antigua arma enana,


que Magni Barbabronce le había entregado a Anduin Wrynn, quien
a su vez se la había entregado a Baine Pezuña de Sangre en esa
misma sala. Solo en ese instante recordó la Jaina del presente que
había tenido esa arma en sus manos durante esa reunión. La Jaina
del pasado la aferraba en ese momento y pudo comprobar que
seguía tan prístina y perfecta como el mismo día que fue forjada.
La cabeza era de plata y estaba rodeada por unas bandas de oro,
asimismo tenía grabadas unas runas y estaba ornamentada con unas
diminutas gemas.

—Rompemiedos es inconfundible —aseveró la Jaina del pasado


Sí, esa anua tan peculiar era muy reconocible para todo el mundo
Todos aquellos que conocían a Anduin sabían perfectamente cómo
era Rompemiedos, por lo cual Tyrande acababa de demostrar la
participación no solo de la Dama de Theramore sino también del
príncipe de Ventormenta en toda esta trama conspiratoria.

—Él sabía que la reconocerías. Lady Jaina... mi Gran Jefe te tiene


en muy alta estima y te está muy agradecido, así que, en virtud del
333
Christie Golden

recuerdo de la noche en que le fue entregada Rompemiedos, me ha


enviado para avisarte de algo muy importante. El Fuerte del Norte
ha caído en manos de la Horda.

Se oyeron unos gritos furiosos, algunos dirigidos contra Jaina, pero


la mayoría contra Baine. Jaina entendía perfectamente por qué.
Haber recurrido a Jaina para que la ayudara a combatir contra
Magatha (lo cual era un mero conflicto interno) no era lo mismo
que avisarla de un ataque de la Horda contra la Alianza. Por
primera vez desde lo que parecía ser una eternidad, Jaina se sintió
muy preocupada por el bienestar de un miembro de la Horda.

Taran Zhu golpeó el gong y, si bien la tensión no menguó, los


espectadores se callaron. Nadie quería ser expulsado de la sala a
estas alturas.

La imagen de Perith siguió hablando:

—Se siente muy mal porque esta victoria ha sido obtenida gracias
al uso de magia negra chamánica. A pesar de que le repugnan ese
tipo de actos, Baine, para proteger a su pueblo, ha aceptado que los
tauren sigan sirviendo a la Horda cuando se les necesite. Desea
enfatizar que, a veces, esta obligación le suscita muy poca alegría.

Si bien la cólera que reinaba en el ambiente menguó, en la sala


seguían saltando chispas de furia.

—Le creo perfectamente —se oyó decir Jaina a sí misma—. Aun


así, ha participado en un acto de violencia contra la Alianza. El
Fuerte del Norte...
—Eso es solo el principio —la interrumpió Perith—. Grito Infernal
no se va a conformar con un simple fuerte.
— ¿Qué?

334
Crímenes de Guerra

La Jaina del presente revivió la sensación que la invadió en ese


momento; había sido como un puñetazo en el estómago.

—Su meta es conquistar todo el continente, ni más ni menos. En


breve, ordenará a la Horda marchar sobre Theramore. Hazme caso,
sus tropas son muy numerosas. Con sus defensas actuales, caerán.
Mi Gran Jefe se acuerda de que le prestaron ayuda cuando la
necesitaba, por eso me ha pedido que te avise. No desea que te
sorprendan.
—Tu Gran Jefe es un tauren realmente honorable—replicó,
embargada por la emoción—. Me siento orgullosa de que me tenga
en tan alta estima. Le agradezco este oportuno aviso. Por favor, di
le que ha ayudado a salvar las vidas de muchos inocentes.
—Lamenta que solo pueda darte un aviso, mi señora. Y... te pide,
por favor, que te quedes con Rompemiedos y se lo devuelvas a
aquel que se la regaló de manera tan generosa. Baine cree que ya
no debe guardarla.
Si, pensó Jaina, seguramente Vol’jin lo entenderá... tal vez incluso
supiera ya que todo esto había ocurrido...
—Me aseguraré personalmente de que Rompemiedos regrese a
manos de su antiguo dueño —respondió la imagen de Jaina, cuya
voz estaba plagada de aprecio y gratitud.
Yo era... buena, se dio cuenta la Jaina del presente. Entonces, era
buena...

Se percató de que Perith también era consciente de eso mismo


mientras hacía una profunda reverencia ante ella. Rápidamente,
Jaina escribió una nota, la selló y se la dio al Caminamillas.

—Si te detienen, esto es un salvoconducto que te permitirá cruzar


el territorio de la Alianza.

El tauren se echó a reír.

—No me capturarán, pero te agradezco que te preocupes por mí.


335
Christie Golden

—Y dile a tu noble Gran Jefe que no circularán rumores acerca de


que un Caminamillas tauren me ha visitado. A todo aquel que me
pregunte, le diré que me enteré de esto gracias a un explorador de
la Alianza que logró escapar de la batalla. Toma un refrigerio y,
luego, vuelve sano y salvo a tu hogar.
—Que la Madre Tierra siempre te sonría, señora —se despidió
Perith—. Tras haberte conocido, ahora entiendo mucho mejor la
decisión de mi Gran Jefe.
—Algún día —afirmó la Jaina del pasado con suma seriedad—
quizá luchemos en el mismo bando.
—Algún día, tal vez. Pero ese día no es hoy.
Ni tampoco lo es ahora, en el presente, pensó Jaina.
—Majestad —preguntó la archimaga dirigiéndose a Varian a la vez
que seguía mirando al frente mientras la escena se desvanecía—,
¿me vas a arrestar por traición?
—Tengo una pregunta que hacerte.

Ella se volvió y lo miró. Tenía esa cara cubierta de cicatrices vuelta


de perfil y su mirada furibunda no estaba clavada en ella, sino en
Baine.

— ¿Crees que Baine sabía lo de la bomba de maná? ¿Crees que


tuvo algo que ver con ese plan con el que se atrajo a todos esos
generales a Theramore?
—No.

La respuesta brotó de los labios de Jaina con celeridad, con certeza.


Gracias a esa sola palabra, tuvo la extraña sensación de que se había
quitado un gran peso de encima.

Varian asintió lentamente.

—Bien —replicó—. Todavía no he tomado una decisión. Cuando


todo esto acabe, Anduin y tú me lo van a contar todo. —Ahora si

336
Crímenes de Guerra

que la miraba a ella, y en sus ojos azules se reflejaban las llamas de


sus emociones—. Todo.
—Chu’shao Susurravientos —dijo Taran Zhu—, ¿tienes algo más
que preguntarle al testigo?
—No. Lord Zhu —respondió Tyrande.
—Chu’shao Pezuña de Sangre, si quieres, puedes hablar un
momento con el acusado y...
—No necesito ningún momento —le interrumpió Garrosh. Jaina se
sobresaltó al oír su voz, ya que Garrosh se había limitado a
permanecer sentado y escuchar y no había hecho otra cosa desde
hacía mucho tiempo. Habló con una voz potente y clara que se oyó
por toda la sala, aunque no era ese rugido arrogante con el que
estaba acostumbrada a oírlo hablar—. He tomado una decisión.
—La defensa debería hablar... —replicó Taran Zhu.
—Seré yo quien hable —volvió a interrumpirle Garrosh, el cual
alzo aún más la voz—. Baine Pezuña de Sangre seguirá
defendiéndome.

Baine inclinó las orejas hacia delante al máximo al oír esas


palabras. Jaina suponía que, sin lugar a dudas, él, al igual que todos
los demás, había dado por sentado que Garrosh se sentiría ultrajado
al ver cómo el tauren había confraternizado con el enemigo.

Al parecer, Tyrande era incapaz de creérselo.

—Fa’shua, yo...
—El acusado está satisfecho con su chu’shao —afirmó Taran Zhu,
quien también parecía un tanto sorprendido, aunque recobró la
compostura de inmediato—. Te sugiero que aceptes esa decisión
con dignidad, Chu’shao Susurravientos. ¿Tienes algún testigo más
al que llamar?
—Solo uno más, Fa’shua.
—Pues lo harás mañana. Baine, ¿estás preparado para llamar a los
tuyos en cuanto hayamos acabado con los de la acusación?
—Sí, por supuesto —contestó Baine.
337
Christie Golden

—Muy bien. Creo que ya hemos tenido bastantes sorpresas por


hoy. Antes de que todo el mundo se marche, quiero recordarles que
este templo es un lugar donde reina la paz. Sean cuales sean sus
opiniones y sentimientos sobre lo acaecido hoy aquí, será mejor
que hablen sobre ello de manera civilizada y no se dejen llevar por
lo que sienten.

Golpeó el gong tres veces para dar por concluida la sesión del día
de un modo formal.

Jaina se levantó para marcharse, pero Varian la agarró del brazo.

—Aún no. Tú y yo vamos a tener una pequeña charla.

338
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO VEINTISIETE

De «pequeña» no tuvo nada.

Fue una conversación larga e incómoda. Al final, Anduin se dio


cuenta de que no se trataba realmente de una charla, sino de una
verdadera pelea a voz en grito.

Su padre estaba furioso, lo cual era perfectamente comprensible.


Tanto Anduin como Jaina sabían que Varian se enojaría, por eso
nunca habían mencionado que el príncipe había participado en las
charlas que Jaina había mantenido con Baine, por eso ni siquiera le
habían mencionado que habían tenido lugar.

— ¿Cómo pudiste ayudar a Baine, Jaina? ¿Cómo pudiste darle


dinero? —preguntó Varian, quien explotó en cuanto llegaron al
Alto Violeta. Varian había levantado un enorme toldo cerca de su
tienda y era ahí donde solía atender sus asuntos. En ese lugar, había
varias sillas, entre las que se encontraba la del rey de Ventormenta,
que no era más grande que las demás; no obstante, nadie se había

339
Christie Golden

sentado. Mientras tanto, la lluvia tamborileaba sobre esa tela


rítmicamente.
—Lo financié con mi dinero, no con el de Theramore, ni tampoco
con el de la Alianza. Además, si Magatha Tótem Siniestro hubiera
acabado siendo la líder de los tauren, eso no hubiera sido bueno
para nadie, ¡ni siquiera para la Alianza! —replicó Jaina.
— ¡No tuve la oportunidad de decirte qué pensaba al respecto,
ponqué nunca me lo consultaste!
—Él no acudió a ti, sino a mí. Además, Theramore está... —Jaina
palideció y, acto seguido, tragó saliva con dificultad— ¡estaba
acostumbrada a ocuparse de sus propios asuntos! De todos modos,
tampoco habrías querido escuchar, como tampoco quieres hacerlo
ahora.

Varian se frotó los ojos.

—Hoy he escuchado muchas cosas en el juicio —aseveró—. He


escuchado cómo un tauren Caminamillas me informaba de que
mantuvieron unas charlas, cuyo contenido político era muy
delicado, con una raza que era enemiga de la Alianza.
—En esos momentos, no estábamos enfrentados con los tauren o la
Horda —contestó Jaina.
— ¡Siempre estamos enfrentados con ellos! —exclamó Varian—.
Alguien, en algún lugar, seguro que está haciendo algo para que
haya problemas entre ambas facciones. Eres demasiado lista como
para no ser consciente de eso. Por eso las cosas de esta índole son
tan importantes... porque aquí todo importa. Este asunto era muy
importante, y no debería haberme enterado de ello de esta manera.
—Sabes tan bien como yo que no le habrías hecho caso a Baine,
daba igual lo que dijera, daba igual cuáles fueran sus razones,
porque era de la Horda. ¡Gracias a que hice lo que hice pude salvar,
al menos, la vida de los niños de Theramore!
—Y ahora tú estás haciendo lo mismo de lo que me acusas —le
espetó Varian—. Eres tú la que no escucha nada de lo que la Horda
tiene que decir. —Antes de que Jaina pudiera protestar, alzó ambas
340
Crímenes de Guerra

manos para indicarle que sería mejor que se callara—. Pongamos


las cosas en perspectiva —dijo, obligándose a hablar con calma—
. Vamos a eliminar a Baine y a ti de la ecuación. ¡Lo que realmente
quiero saber es por qué, en nombre de la Luz, creíste que sería una
buena idea meter a mi hijo en todo este lío!
—Es que... fue pura casualidad —respondió Anduin, quien de este
modo entró en la discusión con intención de templar los ánimos—
. Escapé de Forjaz gracias a la piedra de hogar de Jaina y aparecí
en medio de esa conversación de repente. No estés enfadado con
ella, padre, no tuvo más remedio que hacer lo que hizo.
—Me estoy planteando muy seriamente meterlos a ambos en
prisión una buena temporada —le espetó Varian.
—No voy a admitir que te dirijas a mí de esta manera. Soy una líder
por derecho propio, no tu lugarteniente, ni tampoco tu hija —
protestó Jaina, con una voz gélida como el hielo. Al instante, bramó
un trueno a modo de respuesta, y ella tembló de ira.
—Eres una miembro de la Alianza —replicó Varian, a la vez que
se acercaba aún más a la archimaga.
— ¿Sabes? —dijo Jaina, mordiéndose la lengua—. Cuanto más
pienso sobre ello, más creo que los antiguos líderes del Kirin Tor
tenían razón... que es mejor mantener una cierta independencia. No
me presiones, Varian Wrynn, porque responderé como es debido si
hace falta.
—Jaina... —acertó a decir Anduin, pero Jaina hizo un gesto de
negación con la cabeza.
—Perdóname, pero creo que hoy ya he aguantado bastante a los
Wrynn por un buen rato. Nos veremos en la cena. —Movió las
manos de manera ágil, gracias a la práctica ganada a lo largo de
muchos años, e inició un hechizo de teletransportación que la
llevaría hacia algún destino que se reservaba para sí. Sus facciones
adquirieron un aspecto desagradable y duro bajo ese fulgor azul
violeta. A continuación, desapareció.

Padre e hijo permanecieron callados un momento, mientras la


lluvia continuaba repiqueteando sobre sus cabezas.
341
Christie Golden

—Bueno —dijo Anduin cuando tanto silencio se tomó incómodo—


, ¿vas a enviarme a prisión sin cenar?
—No debería haberte metido en ese lío —replicó Varian, quien no
sonrió ante esa broma.
—No lo habría hecho si yo no hubiera aparecido de repente en esa
salita —la justificó Anduin, quien se sentó y recorrió
distraídamente con un dedo el brazo de la silla—. Baine es una
buena persona, padre.

Varian tomó asiento y, por un momento, se llevó las manos a la


cara.

—Magni... era tu amigo, Anduin. Rompemiedos era un regalo muy


valioso que él te dio. ¿Por qué se la enfrentó a un tauren? ¿Para que
te la devolviera... clavándotela en la cara?

Ese era el verdadero dolor que se ocultaba tras esa ira.

—Porque creí que era lo correcto. A la Luz le gustaba Baine. Y me


la devolvió porque es alguien muy honorable. Había escogido
bando, y lo último que quería hacer era tener que utilizar a
Rompemiedos contra Jaina en batalla.

Varian cerró los ojos por un momento.

—No me lo había planteado de esa manera. Aun así, sigo muy


enojado con Jaina, hijo mío.
—Sí, y ella sabe por qué. Aunque ahora está sufriendo mucho. Creo
que... el hecho de haber tenido que ver hoy su antiguo hogar ha sido
un trago muy amargo para ella.
—Claro que lo ha sido. Este juicio... —Negó con la cabeza—. Me
alegraré de que acabe, ya que cualquiera que sea el veredicto,
Garrosh seguirá sin ostentar ningún poder. Creo que ya no importa

342
Crímenes de Guerra

si muere o languidece en prisión, ya que se le ha detenido, y eso


era lo importante.
— ¿Majestad? —Se trataba de uno de los guardias de Varian, que
lo llamaba desde el exterior de la tienda—. Le traigo una misiva.
—Pasa —gritó Varian.

El guardia entró y lo saludó rápidamente, mientras lo mojaba todo


pues estaba empapado. Acto seguido, le entregó al rey un
pergamino enrollado que, de algún modo, había logrado
permanecer seco. Estaba sellado con cera y mostraba unos
caracteres pandaren que indicaban que era un documento oficial
del tribunal. Varian rompió el sello de cera con un dedo y procedió
a leer el mensaje. Por un momento, pareció tremendamente furioso,
pero al instante, se echó a reír.

— ¿Qué ocurre?

Varian le arrojó el pergamino a Anduin, a modo de respuesta.

Estimado Varian Wrynn, Rey de Ventormenta:

SE LE CITA a comparecer en el Templo del Tigre Blanco para ser


testigo de la defensa en el juicio de Garrosh Grito Infernal.

Estaba firmado con la huella de una pezuña tauren.

Después de la cena, Anduin se dirigió a la playa. Había dejado de


llover, al menos por el momento, y no quería estar cerca ni de su
padre ni de Jaina. Se sentó sobre un peñasco y contempló el océano,
así como los barcos que se mecían en el puerto y la luz violeta de
la torre.

De improviso, oyó el batir de unas alas. Se puso en pie de un salto,


sumamente alerta, con Rompemiedos en la mano, pero se relajó al
comprobar que se trataba de una silueta del tamaño de un perro
343
Christie Golden

grande que flotaba unos cuantos metros por encima de su cabeza.


Esa criatura sostenía un morral de cuero en una de sus zarpas
delanteras.

— ¿Te apetece compañía? —preguntó Wrathion.


—Ya sabes que tanto Jaina como mi padre no quieren que hable
contigo nunca más —contestó Anduin—, así que baja y hazme
compañía, por favor.

Wrathion estalló en carcajadas y se posó con suma facilidad sobre


otra roca situada cerca del príncipe. En un visto y no visto, adoptó
forma humana, aunque siguió sonriendo de oreja a oreja.

—No veo ni a Izquierda ni Derecha —comentó Anduin,


refiriéndose a los guardias casi omnipresentes de Wrathion.
—Les he dado la noche libre. He venido a ver si estabas bien
después de los maravillosos momentos que hemos vivido gracias a
los testimonios de hoy —afirmó—. Mira, solo quiero cerciorarme
de que sepas que estoy dispuesto a sacarte de prisión si tu padre
decide encerrarte.
—Es todo un detalle por tu parte —reconoció Anduin—. Por el
momento, eso no va a suceder, al menos hasta después del juicio.
Creo que a padre le gustaría encerrarme y tirar la llave hasta que
cumpliera treinta y siete años.
—Tengo entendido que ese es un sentimiento que, a veces,
comparten la mayoría de los padres humanos —replicó
Wrathion—. Supongo que hoy no habrás ido a ver a Garrosh.
— ¿Cómo te has...? Oh, da igual. —Aunque no era algo que
hubiera intentado ocultar, precisamente, no había comentado que
se estaban celebrando esas reuniones a cualquiera, y estaba seguro
de que nadie más lo había hecho. Sin embargo, Wrathion siempre
parecía hallar la manera de averiguar todo cuanto quería—. No...
no estoy seguro de que vaya a volver a verlo.
— ¡No me digas que te has rendido y ya no vas a intentar arrastrar
a ese tipo hasta la Luz! —Wrathion se llevó una mano al corazón
344
Crímenes de Guerra

y retrocedió de un modo melodramático—. No obstante, he de


confesar que debería sentirme muy triste al enterarme de eso, ya
que hace mucho tiempo que mantengo que tu ingenuidad será tu
perdición.

Anduin se frotó el mentón y suspiró.

—No lo sé. Es que estoy muy harto, o eso creo. Estoy cansado de
todo esto. De estar atrapado aquí, sobre todo ahora.
—Cuando sea un poco más mayor —anunció Wrathion—, si me lo
pides educadamente, te llevaré, montado sobre mi espalda, a sitios
fascinantes, donde viviremos aventuras que harán que tu padre
envejezca diez años en una sola noche.
—No tienes ni idea de lo maravilloso que suena eso —replicó
Anduin de mal humor.
—Mientras tanto —añadió el dragón negro—, buscaré leña para
encender un fuego, para mantener el frío a raya y tener una fuente
de luz para... —entonces, con un ademán ostentoso sacó algo del
morral—jugar al jihui.

Anduin se animó al instante. Un juego cuya meta consistía en que


ambos contendientes hallaran el equilibrio parecía ser la manera
ideal de pasar esa noche en particular.

—Cuenta conmigo —dijo el príncipe.

345
Christie Golden

CAPÍTULO VEINTIOCHO

Día siete.

—La acusación puede llamar a su último testigo —dijo Taran Zhu.


Tyrande parece cansada, pensó Jaina.
—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría llamar a Lady
Jaina Valiente a testificar.

Jaina se levantó, sin prisa alguna, y descendió las escaleras hasta


hollar el suelo del templo. Por muchas razones, se preguntaba si lo
que había hecho Tyrande el día anterior había sido inteligente; una
de ellas, y no precisamente la menos importante, era por qué la elfa
de la noche había manchado la reputación de su mejor testigo. Da
igual, pensó Jaina. Seguramente, había otras muchas más pruebas
de las monstruosidades cometidas por Garrosh que lograrían que
incluso unos seres tan compasivos como los Celestiales acabaran
entendiendo que era necesario encerrarlo para siempre en algún
lugar oscuro y húmedo... y tirar la llave.

346
Crímenes de Guerra

Si bien Kalec había intentado hablar con ella la noche anterior, ella
le había dicho que se encontraba bien, aunque muy cansada, y que
ya lo vería en el juicio a la mañana siguiente. Después, había tenido
pesadillas, cuyo origen era tanto el testimonio que había dado
Perith como la ansiedad que la dominaba.

—En primer lugar, permíteme decir que siento de veras tener que
obligarte a revivir ciertas cosas.

Jaina miró a Tyrande directamente a los ojos y contestó sin rodeos:

—Chu’shao, revivo lo que sucedió en Theramore todos los días.


Hazme las preguntas que tengas que hacerme.

Tyrande asintió, aunque pareció un tanto compungida, y caminó a


la vez que hablaba:

—Lady Jaina, tal y como supimos ayer gracias a Perith Pezuña


Tempestuosa, te avisaron de que iba a producirse un ataque sobre
Theramore.
—Así fue.
— ¿Qué hiciste después de haber recibido ese aviso?
—Di instrucciones de que se advirtiera a todos los civiles de
Theramore de qué iba a suceder. Aquellos que quisieran irse
podrían hacerlo libremente. Al final resultó que la mayoría se
quedó a luchar. Más tarde, enviamos un barco repleto de civiles,
entre los que se encontraban todos los niños, a Gadgetzan. Después,
contacté con el rey Varian.

Esto no estaba siendo tan difícil como había temido. Limítate a


responder las preguntas, se dijo a sí misma. No conviertas esto en
algo personal.
— ¿Y cuál fue su respuesta?
—Me dijo que enviaría a la Séptima Legión de la flota naval y que
ordenaría a varios de sus generales, que se encontraban dispersos
347
Christie Golden

en diversas partes de Azeroth, que abandonaran sus puestos


actuales y acudieran a Theramore. También señaló que iba a
contactar con Genn Cringris, mientras yo iba a hablar con los
demás líderes de la Alianza para pedirles ayuda.

Tyrande siguió caminando, con las manos entrelazadas por delante


y la mirada clavada en el jurado y no en Jaina.

— ¿Qué ocurrió después de eso?


—Más tarde, se me informó de que habían llegado varias naves de
la Horda, que acababan de anclar justo en los límites de las aguas
de la Alianza.
—En cuanto supiste esto, ¿ordenaste atacar?

En ese instante, Jaina notó una sensación nauseabunda y


repugnante en el fondo del estómago. Negó con la cabeza.

—No.
— ¿Por qué no?
—Porque no habían entrado en nuestras aguas. Y no quería ser yo
quien provocara una guerra.
Debería haberlo hecho. Que la Luz me ayude, debería haberlo
hecho. Tal vez si hubiera atacado antes de que los generales
llegaran...
—Has mencionado con anterioridad que pediste ayuda a lo demás
líderes de la Alianza. ¿A quién más?

Jaina se pasó la lengua por los labios.

—Sí —contestó—. Fui a Dalaran y hablé con el Consejo de los


Seis. En respuesta a mi petición, enviaron al mismísimo Rhonin,
junto a otros magos prominentes. La esposa de Rhonin, Vereesa
Brisaveloz, general forestal del Pacto de Plata, también lo
acompañó.
— ¿Qué hiciste entonces?
348
Crímenes de Guerra

—Aguardamos la llegada de los refuerzos que nos había prometido


el rey Varian. Nos transformamos en una ciudad que se preparaba
para la guerra; hicimos acopio de comida, armas y vendas. Los
soldados se entrenaban todos los días. Esperábamos que la flota de
la Horda irrumpiera en el puerto en cualquier momento.

Sus latidos se iban acelerando a medida que esas preguntas la


arrastraban cada vez más y más a hablar de la Destrucción de
Theramore.

— ¿La ayuda prometida llegó?

Jaina se mordió la lengua. Todo el mundo conocía ese hecho


histórico. Todo el mundo sabía lo que había sucedido en
Theramore. Seguramente, hasta los Celestiales lo sabían. Pero esto
era lo que había estado esperando, ¿o no? Poder tener la
oportunidad de hacérselas pagar a Garrosh Grito Infernal. Y si eso
significaba revivir los hechos de ese día tan horrible, que así fuera.

Se aclaró la garganta.

—Sí, llegó. La Séptima Legión llegó con veinte naves y media


decena de los mejores generales de la Alianza... así como con un
gran almirante.

Se trataba de Aubrey, quien había sobrevivido a duras penas al


ataque del Fuerte del Norte para acabar pereciendo en Theramore...

— ¿Lady Valiente? —inquirió Tyrande.


—L-lo siento, ¿podrías repetirme la pregunta?
—He dicho que el ataque de la Horda acabó teniendo lugar,
¿verdad?
—Sí.
— ¿Y estaban preparados?

349
Christie Golden

—Sí. Y, al final, ganamos la batalla, pero pagamos un alto precio


por ello. Sufrimos un gran número de bajas. En medio del combate,
descubrimos a un traidor. Se trataba de un miembro del Kirin Tor...
de uno de los Atracasol.

A pesar de que Jaina intentaba hablar de un modo desapasionado,


esa última palabra la pronunció con rabia y los puños cerrados.
¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que no se
podía confiar en ellos?

—En esa batalla, ¿perdiste a alguien con quien tuvieras una


relación muy estrecha?
—Al capitán Wymor. Era amigo mío desde hacía muchos años.
— ¿No cayó nadie más cuya pérdida lamentaras especialmente?
Jaina hizo un gesto de negación con la cabeza.
—No. Entonces... no.
— ¿No tuviste ningún pálpito, ninguna corazonada, que te indicara
que la Horda no lo estaba dando todo para destruir Theramore por
medios convencionales?
—No. Lucharon con fiereza y sufrieron muchas bajas. Teníamos
todas las razones del mundo para creer que estaban poniendo toda
la carne en el asador, como nosotros.
—Así que creíste que realmente habían vencido.

Jaina asintió.

—Así fue.
— ¿Qué hicieron después de que la Horda se retirara?
—Lo que siempre hay que hacer —respondió Jaina—. Atendimos
a los heridos. Enterramos a los muertos. Reconfortamos a aquellos
que habían perdido a sus seres queridos. Abrazamos a los que
habían sobrevivido.

Kinndy...

350
Crímenes de Guerra

La archimaga tragó saliva y añadió:

—Descubrimos que durante la batalla alguien de la Horda había


liberado a Thalen Tejecanto. De inmediato, Vereesa y Shandris
Plumaluna marcharon para dar con su rastro antes de que este se
enfriara. Por lo cual no se hallaron...

Se le hizo un nudo en la garganta.

—Por lo cual no se hallaban en la ciudad cuando cayó la bomba de


maná —completó Tyrande, quien se compadecía profundamente
de ella.

Jaina se alegró de que se le hubiera ocurrido meterse un pañuelo en


la manga. Lo sacó y se secó los ojos con él.

—Si —dijo—, gracias a la Luz, sobrevivieron.


—Chu’shao, ¿quieres pedir un descanso? —preguntó Taran Zhu.

Tyrande miró a Jaina, pero la archimaga negó con la cabeza. Como


había tenido que hacer un terrible esfuerzo para poder estar aquí,
en este preciso instante, contando todas esas cosas, no estaba
segura de que pudiera volver a hacerlo si paraban ahora.

—No, continuaremos —contestó Tyrande—. Como creíste que la


batalla había concluido y que la Alianza se había alzado victoriosa,
decidiste centrarte en atender a tu gente. ¿Cuándo te diste cuenta
de que algo iba mal?
—Kalecgos había venido a Theramore antes de que todo esto
tuviera lugar. —No podía ignorar los «y si» que galopaban ahora
por su mente como una manada de talbuks, unas preguntas que
nunca se mostraban de una en una, sino todas a la vez. Y si hubieran
intentado buscar el Iris de Enfoque con más ahínco. Y si este objeto
no hubiera sido robado. Y si...—. Una reliquia muy valiosa
conocida como el Iris de Enfoque le había sido robada al Vuelo de
351
Christie Golden

Dragón Azul, y Kalec me había pedido ayuda para poder


localizarla. Poco después de la batalla, me informó de que era capaz
de percibir la presencia del Iris de Enfoque... el cual se estaba
aproximando rápidamente a Theramore.
—El Iris de Enfoque —caviló Tyrande—. ¿Podrías hablamos un
poco más sobre él?
—Esa reliquia había permanecido milenios aletargada, hasta que
Malygos la utilizó para canalizar energía a través de agujas de flujo.
Esas agujas extraían magia arcana de las líneas ley de Azeroth y la
canalizaban hacia el Nexo —explicó Jaina—. Tras la muerte de
Malygos, el Iris de Enfoque fue utilizado para insuflar vida a
Chromatus; hasta la fecha, ese ha sido el único intento de crear un
dragón cromático que se ha realizado con éxito. Para derrotarlo, se
necesitó que los cuatro Aspectos aunaran esfuerzos y que Go’el,
quien ostentaba el poder del espíritu de la tierra, los ayudara.

Una vez más, Jaina se vio obligada a recordar lo mucho que había
ayudado al mundo ese ex Jefe de Guerra. Furiosa, apartó ese
pensamiento de su mente.

—Era una poderosa reliquia, en efecto, por lo cual si caía en las


manos equivocadas, podía convertirse en un arma devastadora —
señaló Tyrande—. ¿Qué ocurrió a continuación?
—Kalec partió en su busca —respondió Jaina—. Y Rhonin...

Se le quebró la voz. Se sirvió un vaso de agua con una mano


temblorosa y le dio un sorbo. El corazón le latía desbocado.

Tyrande hizo ademán de intentar reconfortar a Jaina al apoyar una


mano sobre la suya, pero al final no llegó a hacerlo, sino que se
volvió hacia Chromie y dijo con un tono de voz casi reverencial:

—Si el tribunal me permite... y, con todo respeto, voy a presentar


una Visión sobre ese hecho histórico

352
Crímenes de Guerra

Chromie hizo gala de una actitud extremadamente solemne; Jaina


nunca la había visto obrar de ese modo. La diminuta gnoma colocó
con suma delicadeza las manos sobre la Visión del Tiempo y, acto
seguido, inició un conjuro con el que iba a despertar al dragón de
metal dormido.

Jaina se mordió un labio con fuerza. Una imagen cobró forma y


pudo reconocer en ella a Rhonin, quien lo había sacrificado todo
por salvarlos. También pudo verse a sí misma. Como las lágrimas
se asomaban a sus ojos, alzó la vista hacia las tribunas para mirar a
Vereesa. La elfa noble tenía cerrados los puños con fuerza y daba
la impresión de que contenía la respiración. Jaina no sabía si
alegrarse o apenarse por que Vereesa tuviera que ser testigo de este
momento. Si bien podría ser algo devastador, iba a poder ver, ver
de verdad, que el hombre al que había amado era un auténtico
héroe. Como iban a poder verlo todos los demás.

Se encontraban en las estancias superiores de la torre de la


archimaga, de su amada torre repleta de libros y pergaminos, así
como de pequeños recovecos donde uno podía sentarse a leer,
donde se elaboraban pociones y los botes de elixires de esto y
aquello estaban esparcidos por aquí y allá con una total alegría y de
un modo azaroso. Había una ventana abierta, por donde entraba la
luz y el aire, desde la cual podía verse el galeón volador de los
goblins, aunque solo fuera como un mera motita. Este era el lugar
donde ella, Dolida y Tervosh habían pasado infinidad de horas;
donde ahora un Rhonin repleto de vida aguardaba a que la Jaina del
pasado subiera presurosa por las escaleras, seguida por unos
cuantos voluntarios que la habían estado ayudando y cuyos
nombres no sabía, tal y como fue consciente cuando ya era
demasiado tarde.

— ¿Se trata del Iris de Enfoque? —preguntó la imagen de Jaina.


—Sí —contestó Rhonin—. Está alimentando de energía a la mayor
bomba de maná que se ha creado nunca. Además, proyecta un
353
Christie Golden

campo de atenuación del que nadie puede escapar, aunque puedo


desplazarlo. Pero primero, ayúdame... no podré mantener alejado
el campo de atenuación el tiempo necesario como para que esta
gente pueda ponerse a salvo.
— ¡Por supuesto!

La imagen de Jaina conjuró un portal. La archimaga recordó que


su intención original había sido enviar a sus compañeros a
Ventormenta. Pero entonces vio, como ahora podían ver todos los
demás, que ese portal daba a una pequeña isla rocosa del Mare
Magnum.

— ¿Por qué estás redirigiendo mi portal?


—Porque así consume... menos energía —gruñó Rhonin, cuyos
esfuerzos por mantener a raya el campo de atenuación lo estaban
agotando, sin duda alguna. Jaina hizo ademán de protestar, pero él
la interrumpió—. No discutas. Vamos... ¡atraviésalo!

Si bien los acompañantes de Jaina obedecieron, ella no le hizo caso.


La archimaga se vio a sí misma volviéndose estupefacta hacia
Rhonin.

— ¡No puedes desactivar esa bomba! ¡Vas a morir aquí!


—Cá-lla-te. ¡Atraviesa el portal! Tengo que atraerla hasta aquí,
hasta aquí mismo, para salvar a Vereesa y a Shandris y a... a todos
los que pueda. Los muros de esta torre están impregnados de magia.
Debería ser capaz de lograr que la detonación se produzca aquí. No
te portes como una niña tonta. ¡Márchate!
— ¡No! ¡No puedo dejar que hagas esto! Tienes una familia. ¡Eres
el líder del Kirin Tor!
— ¡Y tú eres su futuro! —le espetó Rhonin, quien daba la
impresión de que iba a desfallecer de un momento a otro, como si
permaneciera de pie únicamente gracias a su férrea fuerza de
voluntad.

354
Crímenes de Guerra

— ¡No! ¡No lo soy! —insistió la imagen de Jaina—. Theramore es


mi ciudad. ¡Necesito quedarme a defenderla!
—Jaina, si no te vas ya, ambos moriremos, y mis esfuerzos para
atraer esa maldita bomba hacia aquí, en vez de dejar que estalle en
el corazón de la ciudad, habrán sido en vano. ¿Es eso lo que
quieres? ¿Eh?

El ruido que anunciaba la llegada del galeón volador se volvió más


intenso.

— ¡No voy a abandonarte! —gritó Jaina—. ¡Tal vez juntos


podamos desviarla!

Jaina vio cómo ella misma se giraba para mirar a la nave que se
aproximaba... para ver cómo Kalecgos caía, para ver cómo era
lanzada la bomba. La Visión se reajustó y, de repente, fue como si
todo el mundo presente pudiera ver lo que Jaina había visto desde
su perspectiva. Un grito ahogado colectivo se oyó por toda la sala.

Si bien en su momento Jaina había tenido la sensación de que todo


sucedía de manera confusa, ahora podía verlo todo con claridad.
Rhonin había dejado de lanzar hechizos el tiempo necesario para
agarrar a Jaina físicamente y empujarla hacia el portal. Aunque ella
se había resistido, no pudo hacer nada al hallarse en el radio de
acción del conjuro del portal.

Jaina había estado mirando directamente a Rhonin cuando eso


había sucedido.

El líder del Kirin Tor dirigió sus ojos hacia la ventana, con los
brazos extendidos y con una expresión de total desafío dibujada en
esa cara donde destacaba su habitual perilla.

Y entonces...

355
Christie Golden

El mundo se volvió blanco. Todo el cuerpo de Rhonin se tomó


violeta; la tonalidad de la magia arcana totalmente pura. Acto
seguido, explotó en medio de una nauseabunda nube de cenizas
lavanda.
Antes de que fuera siquiera consciente de lo que estaba haciendo,
Jaina notó una repentina quemazón en la garganta provocado por
tanto gritar. No estaba sola... ni aquí en la sala del juicio, ni en el
pasado, donde aquellos que observaban cómo caía la bomba de
maná chillaban aterrados, presas de la desesperación.

Oyó tenuemente la reverberación del gong de Taran Zhu, quien


acababa de decretar un receso. Jaina se sintió agradecida de que el
tormento de Vereesa hubiera acabado ya, aunque el suyo no había
hecho nada más que comenzar.

Anduin no había hablado directamente con Jaina sobre lo que esta


había experimentado en ese momento tan trágico. Había oído
hablar sobre ello y había creído que entendía qué clase de pesadilla
había sufrido. Sin embargo, ahora era consciente de que a duras
penas lo había comprendido. Pese a que no sabía qué más planeaba
mostrar Tyrande, después de lo que esta había hecho el día anterior,
se esperaba lo peor. Como ya había mostrado al jurado y a los
espectadores la horrible visión del sacrificio de Rhonin, Anduin
daba por supuesto que ahora no se iba a contener, precisamente.

Aunque tenía que admitir que esa táctica brutal en plan «aquí no se
toman prisioneros» y «no hay sentimientos que valgan» que estaba
empleando la elfa de la noche le estaba funcionando. Un furioso
Anduin contempló al tullido Garrosh, cuya vida pendía de un hilo,
quien permanecía ahí sentado, cubierto por esas cicatrices que le
habían dejado los sha y encadenado, junto a Baine, quien se había
llevado las manos a la cabeza. Anduin sabía que no era la amenaza
de acabar en prisión lo que impedía que una masa furiosa se
adueñara del templo, sino el hecho de que si los detenían no podrían

356
Crímenes de Guerra

ver la siguiente Visión, ni ver al siguiente testigo, ni experimentar


a través de otro la siguiente atrocidad.

El receso solo duró veinte minutos. Vereesa se había levantado y


marchado sin mediar palabra. Anduin creía que no regresaría, y no
se lo podía echar en cara. Jaina también se había marchado casi de
inmediato con Tyrande, aunque por su lenguaje corporal, Anduin
había podido ver que había cierta tensión entre ellas. Aunque
esperaba que Kalecgos acompañara a ambas, el dragón azul no se
había movido de su banco, donde seguía sentado.

— ¿No vas a ver a Jaina? —preguntó Anduin—. Ya sé que esto es


solo un breve receso, pero estoy seguro de que se alegrará de verte.
Kalec negó con la cabeza de manera desganada a modo de
respuesta.
—No estoy seguro de que le apetezca verme —replicó.
Anduin se revolvió inquieto en su asiento. Varian no estaba
prestando atención a lo que sucedía a su alrededor. El rey
permanecía recostado en su silla, con los brazos cruzados,
contemplando fijamente a Garrosh.
—Lamento oír eso —dijo Anduin con serenidad—. Ha sufrido
tanto... los dos parecen formar una buena pareja.
—Lo mismo opinaba yo —replicó el dragón. Entonces, como si
hubiera dicho demasiado, dio una palmadita a Anduin en el hombro
y añadió, haciendo gala de un buen humor demasiado exagerado—
. Voy a estirar las alas.
—Tal vez haga lo mismo —comentó Anduin.
— ¿El qué? ¿Estirar las alas?

Si bien era un chiste muy malo, logró que Anduin sonriera a su


pesar.

—Ja, ojalá. Yo solo tengo piernas. Nos vemos en un rato, Kalec.

357
Christie Golden

Tres bollos de loto y una taza de té con leche de yak después,


Anduin acabó preguntándose por qué estaba intentando ayudar a
Garrosh Grito Infernal. Además, si Tyrande iba a mostrar lo que
creía que iba a enseñar, el príncipe pensaba que no iba a poder
seguir haciéndolo.

*******

Jaina estaba pálida, pero más entera de lo que había estado antes.
En cuanto entraron y cada una se dirigió a su respectivo asiento,
dio la impresión de que se había rebajado la tensión entre Tyrande
y ella. Taran Zhu anunció que el tribunal reanudaba la sesión y
pidió a Tyrande que continuara.

—Como hemos podido ver en la Visión del Tiempo, Rhonin logró


con éxito que te teletransportaras hasta un lugar seguro, así como
atraer la bomba de maná directamente hacia la torre —dijo
Tyrande—. ¿Qué sucedió después?

Jaina estaba sentada muy recta, con las manos sobre el regazo. A
pesar de que tenía los ojos rojos, cuando habló lo hizo con un tono
sereno:

—Recuperé la conciencia en esa isla. Kalecgos me encontró y le


dije que iba a regresar a Theramore, para comprobar si quedaba aún
alguien con vida ahí al que pudiera ayudar. Se ofreció a
acompañarme, pero yo insistí en ir sola.

Por el rabillo del ojo, Anduin observó a Kalecgos. El dragón tenía


apretados los labios con fuerza y no estaba mirando a Jaina. Anduin
supuso que la conversación que ambos habían mantenido en
aquella isla, en su día, no había sido tan civilizada como ella había
descrito.

— ¿Y lo hiciste?
358
Crímenes de Guerra

—Sí.
—Me gustaría mostrar al tribunal lo que Jaina Valiente vio al
regresar a la ciudad que ella misma había fundado y amado, por la
que habría estado dispuesta a morir.

Acto seguido, hizo un gesto de asentimiento a Chromie.

Un murmullo de espanto se escapó de la garganta de los


espectadores. Anduin pudo ver que incluso los Augustos
Celestiales, quienes normalmente permanecían impasibles,
parecían consternados. La bomba de maná había dejado un cráter
gigantesco, que se abría delante de esos escombros que eran lo
único que quedaba de esa enorme torre. El cielo estaba desgarrado
y herido, repleto de colores demenciales, como los que se podían
ver en Rasganorte, según tenía entendido Anduin.

Y los cadáveres...

Anduin tragó saliva con dificultad y notó cierto regusto a bilis.


Había tantos. Algunos parecían normales (bueno, tan normal como
podía serlo un cadáver, o eso supuso) mientras que otros flotaban
en el aire y sangraban hacia arriba. Algunos otros más tenían una
tonalidad violeta uniforme. Ahí la muerte parecía adoptar diversas
formas que parecían totalmente absurdas.

Observó cómo la imagen de Jaina, cuyo rostro estaba lívido,


prácticamente blanco, por culpa de la conmoción, caminaba entre
esas ruinas. Su pelo (que ahora era blanco) parecía flotar a su
alrededor. El príncipe pudo oír el zumbido y el crepitar de la
energía arcana que aún flotaba en el ambiente.

Los detritos de la vida normal contrastaban enormemente con la


abrumadora destrucción que había sufrido la ciudad. Anduin atisbo
cosas como copas, peines y hojas de libros, que se transformaban
en un polvo púrpura cuando Jaina intentaba cogerlas.
359
Christie Golden

El silencio reinaba en ese enorme templo mientras todo el mundo


contemplaba cómo Jaina revisaba las ruinas en busca de alguna
señal de vida, de algún motivo de esperanza. Lo único que quebró
ese silencio fueron los gemidos de pena que profería la archimaga
cuando se topaba con el cadáver de alguien a quien conocía y cuya
muerte lloraba. Dolida, que había sobrevivido a tantas batallas,
todavía aferraba su espada cuando Jaina se agachó para acariciarle
esa larga melena. Su pelo se hizo añicos en cuanto la archimaga la
tocó.

Anduin reconoció también a otros difuntos; al almirante Aubrey, a


Marcus Jonathan, quien durante mucho tiempo fue una presencia
habitual en la puerta principal de Ventormenta. Deseó,
egoístamente, que la Jaina del pasado se marchara sin más, para
que no tuviera que contemplar más ese horror, aunque fuera a
través de una persona interpuesta.

Había una pequeña silueta tendida en el suelo, que era del tamaño
de un niño. El príncipe se giró para mirar a la Jaina del presente y
vio que esta había enterrado la cara en el pañuelo. La archimaga no
podía soportar tener que ver esto de nuevo, y no se lo podía echar
en cara, ni lo más mínimo.

La imagen de Jaina contempló detenidamente ese pequeño cadáver,


que yacía de bruces sobre un charco escarlata. La sangre le había
apelmazado esas coletas rosas. Con suma ternura, Jaina extendió
un brazo hacia el cuerpo de Kinndy Chispabrillo, la gnoma que
había sido su aprendiz.

Al instante, se deshizo y se transformó en una arena violeta. Y al


instante, la Jaina del pasado gritó de manera agónica.

Anduin quería apartar la mirada, pero se hallaba fascinado de tal


modo que no podía dejar de ver cómo Lady Jaina Valiente, una de
360
Crímenes de Guerra

las mejores magas de esa época, chillaba y lloraba, mientras


recogía del suelo puñados de ese polvo arcano como si así fuera a
poder recomponer a esa muchacha.

Junto a él, Kalecgos respiró muy hondo. Anduin quiso levantarse


de un salto para gritarle a Tyrande: «¡Para esto, por favor, páralo!».
Entonces, fue como si la elfa de la noche hubiera escuchado ese
silencioso grito, ya que asintió hacia Chromie. La escena
desapareció de un modo piadoso. Anduin exhaló una bocanada de
aire que no sabía que había estado conteniendo.

Tyrande se volvió, con una mirada triunfal y brillante, gracias a la


victoria que acababa de obtener a un alto precio. Con una voz fuerte
y melodiosa, dijo:

—El testigo está a tu disposición, Chu’shao Pezuña de Sangre.

361
Christie Golden

CAPÍTULO VEINTINUEVE

Baine Pezuña de Sangre no se levantó de inmediato. Estaba


demasiado aturdido por lo que acababa de ver. No se podía
imaginar acribillando a Jaina a preguntas después de lo que había
visto, y mucho menos intentando decir algo positivo sobre Garrosh
Grito Infernal. Ni siquiera era capaz de mirar al orco. Rezó una
oración rápidamente en silencio, para pedir a la Madre Tierra que
lo guiara, se levantó y se aproximó a la que había sido en su día la
Dama de Theramore.

—Lady Jaina —dijo con suma calma—, no me importaría pedir un


receso, si así lo deseas.

La archimaga le lanzó una mirada plagada de una mezcla de


emociones indescifrables y contestó con un tono monótono:

—No. Me gustaría acabar con esto cuanto antes.


—Estoy seguro de que nadie en esta sala podrá echarte eso en cara.
—El tauren no le ofreció compasión, y ella no la quería... de él no—
. Aunque en esta sala aún estamos intentando reponemos lo que
acabamos de ver y sentir, solo podemos imaginamos cómo te

362
Crímenes de Guerra

debiste sentir después de ese cobarde ataque. —No se amigó a la


hora de emplear esa palabra. Baine era un tauren que llamaba a las
cosas por su nombre. Y nadie que acabara de ser testigo de la
Destrucción de Theramore podría haber definido ese ataque de otro
modo—. ¿Podrías describimos, por favor, con tus propias palabras,
cómo te sentiste?

Ella lo miró fijamente y, acto seguido, se echó a reír. Eran unas


carcajadas duras y amargas. El tauren agachó las orejas,
sorprendido. Jaina tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar el
dominio de sí misma.

—No creo que existan palabras para explicar cómo me sentí.


—Por favor, inténtalo, Lady Jaina.
—Me sentí furiosa. Muy furiosa. Tenía acumulada tanta... ira. Era
incapaz de respirar, no podía comer, apenas podía moverme, estaba
tan enojada. Lo que han visto aquí ha sido horrible, sí. Y veo que
muchos han llorado. Pero aun así, no han estado ahí. No han visto
a sus amigos...

Apretó los labios con fuerza y se calló. Baine le concedió un


momento de respiro y, a continuación, insistió con delicadeza:

—Así que estabas furiosa... ¿qué querías hacer?


—Quería matarlo.
— ¿A Garrosh Grito Infernal?
—Sí. A Garrosh y a todos y cada uno de los orcos a los que pudiera
poner una mano encima. Quería matar a todo goblin, a todo trol, a
todo Renegado, a todo elfo de sangre y a todo tauren que se cruzara
en mi camino, incluso a ti Baine Pezuña de Sangre. Quería borrar
de la faz de la Tierra a la Horda entera, al igual que Garrosh Grito
Infernal había borrado mi hogar de la faz de la Tierra. Al igual que
había borrado mi vida entera.

363
Christie Golden

Baine no se enfureció, sino que mantuvo un tono y un semblante


serenos mientras preguntaba:

— ¿Y qué hiciste?
—Fui a ver al rey Varian y le conté lo que había hecho Garrosh. Le
dije que había tenido razón al haber desconfiado y odiado a la
Horda, y que yo me había equivocado. Le dije que necesitábamos
declarar la guerra a la Horda... y que deberíamos empezar
destruyendo Orgrimmar.
— ¿Y cómo reaccionó el rey Varian?
—Estuvo de acuerdo en que debíamos ir a la guerra, pero no quería
atacar de inmediato, como yo pedía. Según él, debíamos tener una
estrategia y había que reconstruir el Fuerte del Norte. Yo le prometí
que le entregaría el Iris de Enfoque y le dije que sabría cómo
utilizarlo para poder destruir Orgrimmar, tal y como Garrosh había
destruido mi hogar.
— ¿Y qué hizo?

Jaina clavó la mirada en sus propias manos una vez más.

—Dijo que... no podía arriesgarse a aumentar el número de bajas


de la Alianza por actuar precipitadamente. Y Anduin señaló que
creía que incluso algunos miembros de la Horda podrían estar muy
enfadados con Garrosh por los cobardes actos que había llevado a
cabo. Yo repliqué que ya era demasiado tarde para eso.
— ¿Qué fue lo que dijiste exactamente?
—No lo recuerdo.
—Lady Jaina, puedo invocar una Visión de ese encuentro si no eres
capaz de contarme con exactitud lo que dijiste.

A pesar de que el tauren le hablaba con uno tono cortés, la


archimaga alzó la cabeza bruscamente y él pudo ver... cierta
vergüenza dibujada en su rostro.

364
Crímenes de Guerra

—Eso no será necesario —contestó en voz baja—. Le dije a Varian


que era un cobarde y me... me disculpé con Anduin por haber
contribuido a que fuera tan ingenuo. Después... me marché.
— ¿Qué hiciste luego?
—Fui a Dalaran. Le conté a Vereesa lo que había ocurrido, así
como lo valiente que había sido su marido, puesto que él había sido
quien nos había salvado a mí, a ella y a todos los que había podido.
—Baine no alzó la vista para comprobar cómo reaccionaba
Vereesa, pues sabía que no había regresado tras el receso, lo cual
no se lo podía echar en cara—. Imploré ayuda al Kirin Tor. Quería
que desenraizaran Dalaran del suelo, tal y como se había hecho en
alguna otra ocasión anterior, para poder usar esa ciudad como arma
para arrasar Orgrimmar, pero se negaron.
—Así que, por lo visto, nadie quería borrar de la faz de la Tierra
una ciudad entera. Incluso después de lo que había sucedido con
Theramore —concluyó Baine.
—Sí, así fue.
— ¿Qué hiciste después?
—Como había recuperado el Iris de Enfoque antes de que pudiera
hacerlo la Horda y nadie quería ayudarme, aprendí a usarlo.
— ¿Pensabas usarlo, a pesar de que no contar con un ejército ni una
ciudad voladora como apoyo?
—Correcto.
— ¿Cuál era tu plan?

Ella alzó la barbilla sin apartar la mirada de los ojos del tauren.

—Enviar un maremoto compuesto de elementales del agua para


borrar Orgrimmar de la faz de la Tierra.
—Creo que puedo afirmar que todos sabemos que, al final, no
llevaste a cabo tu plan —señaló Baine—. ¿Acaso alguien te lo
impidió? ¿O, simplemente, cambiaste de opinión?
—Fue... un poco de ambas cosas.
— ¿Puedes explayarte más?

365
Christie Golden

Jaina frunció el ceño.

—Lo... lo tenía todo preparado. Sabía exactamente qué planeaba.


Se calló, quizá porque intentaba escoger las palabras con sumo
cuidado, quizá porque intentaba recordar cómo se había sentido en
esos momentos. Kairoz, que había localizado ese preciso instante,
se sintió bastante irritado, ya que el tauren había decidido no
mostrarlo. Baine no creía que mostrar cómo una Jaina destrozada e
iracunda planeaba su venganza con sumo cuidado pudiera ayudar
en nada a la defensa de Garrosh, también creía que eso solo
provocaría más dolor a una mujer que ya había sufrido más de lo
debido en ese día maldito. Entonces, la archimaga continuó:
—Me encontraba en la Isla de Batalla y ya había creado la ola. En
unos instantes, la enviaría hacia el norte, hacia Orgrimmar, de tal
modo que iría acumulando aún más energía de camino para allá.
— ¿Por qué, al final, no la lanzaste, Lady Valiente?
—Porque Go’el apareció.
— ¿Cómo supo dónde encontrarte?
—Gracias a una visión que le concedieron los elementos. Ellos lo
llamaron y le pidieron ayuda. Me dijo que no podía permitir que
sepultara Orgrimmar bajo las aguas. Luchamos... por hacemos con
el control de la ola.

Baine dirigió la mirada hacia Go’el, quien se encontraba junto a


Aggra; estaba inclinado hacia delante, observando el proceso con
atención, y en sus ojos azules se reflejaba una honda tristeza. La
diplomática humana y el líder orco habían disfrutado de una
amistad única, pero Garrosh también había acabado con ella, te
ganó, ¿no?

Jaina desplazó la vista hacia el lugar al que miraba Baine y, al


instante bajó la mirada.

—No —respondió—. Más bien, estuve a punto de matarlo.


— ¿Qué ocurrió?
366
Crímenes de Guerra

—Kalec me encontró, Se alió con Go’el para intentar disuadirme


de que no debía seguir ese camino.
— ¿Ah, sí? ¿Te convencieron o su poder combinado te superó?

Jaina esbozó un gesto de aflicción.

—Me... me dijeron que si hacía eso, no sería mejor que Garrosh.


Que no sería mejor que... Arthas. Y me di cuenta... —Alzó la
cara—. Me di cuenta de que tenían razón.
— ¿Y de que serías igual que Garrosh?
— ¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.
—Fa’shua, solo intento cerciorarme de que todos entendamos
como es debido las palabras de la testigo —replicó Baine.
—Estoy de acuerdo con la defensa —afirmó Taran Zhu—. La
testigo puede responder para clarificar sus palabras.
—Sí —contestó Jaina—. También me di cuenta de que, si hacía
eso, seríamos iguales.
—Y no querías que eso ocurriera.
—Pero por un momento comprendiste por qué Garrosh pudo querer
haber hecho algo así, por qué destruyó una ciudad entera y mató
incluso a los civiles que vivían ahí.
Baine agachó la cabeza,
—Gracias, Lady Jaina; No tengo más preguntas.
— ¿La acusación tiene alguna? —inquirió Taran Zhu, cuya zarpa
se dirigió al instante hacia la maza; por lo visto, daba por sentado
que la respuesta serla no.
—Sí, Fa’shua, la tengo —respondió Tyrande, quien se levantó y se
acercó a la silla de la archimaga—. Lady Jaina... más tarde, también
descubriste que, si hubieras desatado ese maremoto, habrías
destruido la flota de la Alianza. ¿Dirías entonces que esa es la razón
por la que realmente te alegras de haberte refrenado en ese
momento?

Baine contuvo la respiración, ya que a Jaina le resultaría muy fácil


contestar que sí. Esa era la respuesta que Tyrande quería. Después,
367
Christie Golden

Jaina podría marcharse para hacer todo lo posible para curarse esas
heridas que se habían reabierto de un modo tan brutal. El tauren
sabía que la traición de los Atracasol en Dalaran (su nueva ciudad,
su nueva Theramore) la había afectado profundamente. Muchos
afirmaban que eso la había hecho regresar al estado emocional en
que se había hallado tras la caída de Theramore y habían corrido
rumores de que había presionado a Varian para que desmantelara
la Horda.

Jaina no contestó de inmediato, sino que reflexionó sobre esa


pregunta como era debido.

—Claro que me sentí muy aliviada al enterarme de que no había


acabado con la flota sin querer. Pero no... no me alegro por eso. —
Clavó su mirada en Garrosh y no la apartó de él—. Me alegro de
que al final me contuviera porque nunca, jamás, querría ser como
él.

Más tarde, Baine pensaría que Tyrande debería haberse


conformado con esa respuesta. Pero la elfa de la noche no podía
dejar las cosas así. Jaina era la última testigo de Tyrande y la mejor.
A partir de entonces, la acusación solo podría interrogar a los
testigos después de la defensa y estaba claro que quería acabar por
todo lo alto. Así que hizo una pregunta de más de la que debería
haber hecho:

— ¿O como la Horda?

Jaina se quedó muy callada. Tyrande esperó y, un momento


después, le espetó:

— ¿Lady Jaina? Mi pregunta era si nunca, jamás, desearías ser


como la Horda.

368
Crímenes de Guerra

Jaina (la machacada, furiosa, herida, devastada y sincera Jaina)


replicó simplemente:

—La Horda no es Garrosh.

Dio la sensación de que a Tyrande se le iban a salir los ojos de las


cuencas, ya que acababa de darse cuenta de su error demasiado
tarde.

—No hay más preguntas, Fa’shua —dijo Tyrande en voz baja,


quien miró a Jaina durante un largo rato y, a continuación, volvió
a su asiento.

*******

Cuando Sylvanas llegó al Lago Aguasclaras en los Claros de


Tirisfal, cerca de Entrañas, se encontró con que su hermana la
estaba esperando.

—Recibí tu nota—dijo Sylvanas—, así que he traído unos caballos.

Sylvanas no se había sorprendido al ver que Vereesa no regresaba


a la sala del juicio después del receso. Acababa de ver cómo su
marido moría, o, más bien, había visto cómo su marido se convertía
en una puta manifestación de energía arcana y, acto seguido, moría.
No obstante, la nota sí que había sorprendido a Sylvanas, pues en
ella solo había escrito: «Lago Aguasclaras. Quiero cabalgar».
Sylvanas interpretó como una buena señal que Vereesa hubiera
sugerido que se encontraran en un lugar situado tan dentro de las
tierras de los Renegados. Se sentía muy orgullosa de que su
hermana conociera la existencia de ese lugar y de que hubiera sido
capaz de llegar hasta ahí sin ser vista y totalmente indemne. Las
«Lunas» Brisaveloz eran ambas unas forestales increíbles. De
todos modos, no le sorprendió lo que Vereesa le había pedido, pues

369
Christie Golden

cuando eran niñas, les encantaba salir a cabalgar juntas; sobre todo
a Vereesa.

La general forestal se hallaba sentada con la espalda apoyada sobre


el tronco de un árbol muerto y volvió la cabeza lentamente. Parecía
demacrada y frágil. Sylvanas se alegró de poder ofrecerle a su
hermana el consuelo de poder realizar una actividad placentera, o
al menos eso esperaba. A Vereesa se le desorbitaron los ojos al ver
las monturas. Esas cosas muertas la miraron fijamente. Uno de
ellos dobló su largo cuello, que carecía de carne, y dio un mordisco
a un trozo de hierba. Si bien la hierba fue cayendo al suelo a la vez
que la masticaba, no pareció percatarse de ello, así que volvió a
doblar esas vértebras para dar otro bocado.

—Son... esqueletos —murmuró Vereesa—. Esqueletos de


caballos,
—Muy pocos seres vivos dejarían que los montara, hermana.
Muchos ni siquiera soportarían estar cerca de mí. Tendrás que
aprender a cabalgar en estas cosas, si vas a vivir en Entrañas. Te
prometo que te obedecerán.
—Sí, supongo que lo harán —replicó Vereesa.

No hizo ningún ademán de ponerse en pie. Sylvanas soltó las


riendas de ambos caballos, pues sabía que no se iban a marchar a
ninguna parte, y se sentó junto a su hermana. Con cierta inquietud,
preguntó:

— ¿Cómo estás?

Había pasado tanto tiempo desde la última vez en que se había


interesado por el bienestar de algún otro ser.

Aunque Vereesa cerró los ojos, unas lágrimas se le escaparon entre


las pestañas.

370
Crímenes de Guerra

—Lo echo tanto de menos, Sylvanas. Tanto.

Sylvanas no podría ofrecerle ningún consuelo. Ni siquiera podía


reanimar el cadáver de Rhonin, así que se limitó a quedarse sentada
y sallada.

—Me alegro tanto, tantísimo, de que vayamos a matar a Garrosh


—afirmó Vereesa—. Espero que ese veneno que me vas a entregar
sea lento y doloroso. Quiero que sufra, que sufra tanto como me ha
hecho sufrir a mí. Me alegro de haber visto lo que he visto hoy. Eso
ha avivado las llamas de mi ira. No quiero tener que volver a ver
eso jamás... ni siquiera quiero volver a pensar en su muerte. Ya no
quiero tener nada que ver con ese mundo.
—Bueno —replicó Sylvanas, a la vez que sacaba una pequeña
ampolla de su bolsa—, creo que puedo hacer realidad tus sueños.
Esta diminuta ampolla contiene veneno suficiente como para matar
a veinte orcos. Y sí... es justo lo que queremos... es lento, le hará
sufrir una amarga agonía, y carece de antídoto.

Vereesa reaccionó como si Sylvanas le acabara de hacer un regalo


de cumpleaños. Se le iluminó la cara, la tristeza dejó de dominar su
semblante y aceptó esa ampolla de una manera casi reverencial.

—Es tan pequeña para ser tan letal —murmuró.


—Si echas una sola gota en cada trozo de la fruta del sol, Garrosh
Grito Infernal dejará de existir.

Vereesa aferró la ampolla con fuerza al mismo tiempo que agarraba


con la otra mano el medallón que llevaba sobre ese esbelto cuello.
Sylvanas le había devuelto el collar a Vereesa y ahora ambas
hermanas llevaban esas joyas de un modo rutinario siempre que
pasaban un tiempo juntas.

—Gracias, hermana. Sabía que podía recurrir a ti.

371
Christie Golden

Sylvanas sonrió.

—No sabes bien cuánto te agradezco que lo hicieras. Y respecto a


eso de abandonar ese mundo... estoy dispuesta a abrirte el mío. Por
eso deseabas quedar aquí, ¿verdad?

Vereesa asintió.

—No podíamos quedar de nuevo en esa aguja, ese sitio me trae


muchos recuerdos... tristes —contestó—. Además, quería
averiguar dónde voy a vivir en breve.

Al escuchar esas palabras que su hermana había escogido


cuidadosamente, Sylvanas tuvo que reprimir una sonrisa y no dijo
nada. Esos extraños dolores fantasma, como los que uno siente en
un miembro amputado que ya no tiene, iban en aumento, pero
Sylvanas decidió ignorarlos con la misma bravura con la que había
logrado liberarse del yugo de Arthas. Por primera vez desde que
había marchado sobre su antiguo pueblo, dejando a su paso la
Cicatriz Muerta como el rastro de una babosa, Sylvanas se sentía...
feliz. Aunque había perdido mucho, daba la impresión de que el
destino le había entregado un regalo inesperado, que la satisfacía a
nivel personal y emocional y que le permitiría obtener más cotas
de poder dentro de la Horda. Ella y su hermana serían
prácticamente imparables. La violencia y el horror habían
arrastrado a Sylvanas hasta el lugar donde se hallaba ahora y las
mismas fuerzas habían empujado a Vereesa a acudir a ella.

Tener a alguien conmigo en quien podré confiar será estupendo,


caviló. Sí, alguien en quien podría confiar de verdad, que no
obedeciera sus órdenes solo por miedo o para obtener un beneficio
personal. Alguien que pensara y sintiera igual que ella. Además,
daba la sensación de que Vereesa ansiaba lo mismo.

372
Crímenes de Guerra

No. obstante, Sylvanas no le había contado todo a Vereesa, por


supuesto. Nadie podía estar a la altura de la Reina Alma en Pena si
no era un alma en pena. Además, los suyos se sentirían agraviados
si tuvieran que obedecer a un ser vivo. Pero ella haría que la muerte
de su hermana fuera mucho más delicada y fácil de lo que había
sido la suya. Sería una muerte dulce. Vereesa simplemente se iría
a dormir y se despertaría totalmente transformada, renacería con
una perspectiva de las cosas y una ambición que nadie que aún
respirara podría concebir jamás.

—Quizá te haga gracia saber que ya sé cómo se prepara el pescado


al curry verde —comentó Vereesa, mientras metía con sumo
cuidado ese valioso veneno en una bolsa.
—Por lo visto, en esas cocinas confían mucho en ti.
—Sí. Dentro de un par de días... —De repente, frunció el ceño—.
Sylvanas... ¿de verdad puede ser tan fácil? Sigo teniendo la
sensación de que algo saldrá mal, de algún modo u otro.
—Nada irá mal, Lunita—le aseguró Sylvanas—. Este momento no
es una concesión graciosa del destino, sino que nos lo hemos
ganado a pulso, con sudor, lágrimas y tormento. Nos hemos ganado
el derecho a obtener esta victoria.
—Así es. Lo único que lamento es que no podamos ver cómo
Garrosh Grito Infernal da su último suspiro.
—Oh —replicó Sylvanas—. Pero sí podemos imaginárnoslo, y
tendremos que conformamos con eso. Lo que sí veremos será su
cadáver, así como el caos que desatará su muerte. Cuando llegue el
día en que podamos decir bien alto que nosotras lo matamos,
aquellos que fueron muy lentos a la hora de actuar contra él o muy
timoratos nos envidiarán.

Vereesa, que estaba sentada y se agarraba las piernas a la altura de


las rodillas, contempló el lago.

373
Christie Golden

—Siempre he pensado que estas tierras eran muy tenebrosas y...


tristes —aseveró Vereesa—. Pero hay una extraña belleza en las
tinieblas, ¿verdad?
—La hay —respondió Sylvanas—. Aunque no soy una elfa de la
noche, sí puedo decirte que ellos entienden perfectamente lo que
acabas de decir. En la noche, en ese momento en que las lunas
brillan y el sol esconde su rostro, hay una dulzura y pureza especial.
Hay belleza en la muerte.
— ¿Crees que... que ellos aceptarán tu decisión? ¿Aceptarán que
gobierne a tu lado?
— ¿Los Renegados o la Horda?
—Cualquiera de ambos. Los dos.
—Al principio, tal vez no—contestó Sylvanas—. Necesitaran un
poco de tiempo para acostumbrarse a la idea. Pero aprenderán a
apreciarte enseguida y acabarán alegrándose de que te encuentres
en Entrañas.
—No estoy preocupada por mí —señaló Vereesa—, sino por los
niños. Esto va a ser... muy extraño para ellos.

Esas palabras sorprendieron totalmente a Sylvanas. ¿De verdad


Vereesa estaba pensando en...? No. Eso era imposible.

La Dama Oscura escogió las palabras con sumo cuidado.

—Sí, lo sería —admitió, como si la idea se le acabara de ocurrir a


ella misma—. No tendrían amigos de su edad y resultaría muy
difícil explicarles por qué no los van a tener. Podrían ser muy
infelices. Entrañas... no es un lugar adecuado para unos niños,
ciertamente, hermana.

Vereesa apartó la mirada. Sylvanas la observaba como un halcón


mientras se maldecía a sí misma por no haberse dado cuenta de que
Vereesa no solo era viuda, sino también madre de dos niños. Era la
primera vez que la forestal los mencionaba desde que se habían
empezado a ver en secreto, ya que era como si, tras la muerte de su
374
Crímenes de Guerra

padre, Vereesa no hubiera podido pensar en otra cosa que no fuera


vengarse.

—No —suspiró Vereesa—. Supongo que no.

Posó una mano sobre la hierba y cogió una piña distraídamente.

Había algo en su tono de voz que hizo que Sylvanas se alarmara,


así que la alma en pena dijo:

—Claro que si de verdad quieres que te acompañen, haré todo lo


posible para que se sientan lo más a gusto posible. Después de todo,
son mis parientes más cercanos... aparte de ti, claro.

Su hermana negó con la cabeza y esos blancos cabellos se agitaron.

—No, tienes razón. No me los puedo imaginar ahí. Ese no sería un


buen lugar para ellos. Están mejor donde están ahora. —Vereesa se
rio con cierta tristeza—. De todas maneras, no he sido una gran
madre para ellos.

De repente, la forestal aplastó la piña que tenía en la mano. Acto


seguido, la arrojó muy lejos y los piñones se le fueron cayendo por
el aire.

Sylvanas se sintió muy reconfortada, pues Vereesa lo entendía


perfectamente. La Dama Oscura se alegró, pues ya no tendría que
matar a sus propios sobrinos. No obstante, se sentiría mucho mejor
cuando su hermana estuviera muerta. Entonces, podrían estar
juntas.

Para siempre.

375
Christie Golden

CAPÍTULO TREINTA

Día ocho.

—Llamo a declarar al rey Varian Wrynn —dijo Baine.

Anduin no pudo evitarlo, se inclinó hacia su padre y susurró:

—No te salgas de las preguntas. No te metas en camisa de once


varas.
—Ja, ja —masculló Varian al levantarse.

Anduin pudo ver la expresión de consternación de Jaina y se


percató entonces de que probablemente él era el único al que
Varian había informado de que Baine deseaba presentarlo como
testigo de la defensa. Los ojos azules de la archimaga fueron de
padre a hijo y, a continuación, frunció los labios y miró al frente de
manera impasible.

No era la única sorprendida, por supuesto. En cualquier


circunstancia, habría resultado muy raro que el rey de Ventormenta

376
Crímenes de Guerra

declarara en favor del líder de la Horda, incluso si ese líder hubiera


sido Go’el. Pero en el caso de Garrosh era aún más extraño. Anduin
se acomodó en su asiento mientras se preguntaba qué tramaba
Baine.

Varian prestó juramento y, acto seguido, miró expectante a Baine.

—Si el tribunal me da su permiso —dijo Baine—, antes de empezar


a interrogar al testigo, me gustaría presentar una prueba. La
mayoría sabe que el rey Varian Wrynn aconsejó que no se ejecutara
inmediatamente al acusado. Pero no siempre ha mantenido una
actitud tan moderada.

—Con todo respeto, protesto —lo interrumpió Tyrande,


poniéndose en pie—. Aquí no se está juzgando al rey Varian.
—No, a él no —admitió Baine—, pero si él no hubiera tomado
cierta decisión, Garrosh no estaría vivo ahora, y ninguno de
nosotras estaría hoy aquí reunido.

Jaina masculló algo en voz muy baja acerca de un «error», y un


triste Kalec arrugó el ceño. Vereesa, que se hallaba sentada detrás
de Jaina mostraba una expresión petulante; si bien era una mujer
muy hermosa ese era un gesto muy feo. Anduin se mordió un labio
y, acto seguido, volvió a centrar su atención en su padre.

—Si bien eso es innegablemente cierto —objetó Taran Zhu—, H


es un argumento suficiente como para que ignore la protesta.
—Fa’shua, por muy extraño que parezca, deseo dejar claro que el
rey Varian es un testigo válido para la defensa del acusado.
—Aunque tu petición no fuera razonable —replicó Taran Zhu—,
me encantaría ver cómo demuestras eso, así que admito la postura
de la defensa.

377
Christie Golden

Pese a que Tyrande aceptó la decisión con elegancia, tenía los


labios muy apretados mientras se recostaba en su silla. Al instante,
se dispuso a tomar notas.

—Entonces, si el tribunal me da su permiso, mostraré una Visión


que deja claro mi argumento.

Kairoz se acercó a grandes zancadas a la Visión del Tiempo.


Anduin se fijó en que el reloj de arena había sido dado la vuelta y
que el bulbo superior, que se había vaciado al mostrar Tyrande la
Destrucción de Theramore, estaba ahora lleno. Con delicadeza, el
dragón bronce de carne y hueso tejió un encantamiento alrededor
de esa reliquia. Al instante, el dragón forjado en metal cobró vida
e hizo que las arenas relucientes fluyeran hacia abajo.

Al principio, la escena era muy oscura. Después, se oyó el fragor


ahogado de una batalla; unos gritos furiosos, chillidos y el choque
del acero contra el acero.

— ¿Qué ocurre? —exigió saber alguien que poseía una voz de


mujer, alguien muy asustado, alguien a quien recientemente se le
había empezado a pegar el acento típico de su pueblo.

Se trataba de Moira Thaurissan. Anduin sabía lo que venía a


continuación. Lo que no sabía era si eso iba a apoyar los
argumentos de la defensa... o si realmente deseaba que sirviera para
ello.

Una lámpara se encendió y una temerosa Moira miró a su


alrededor. No se hallaba sola en sus aposentos de Forjaz. Junto a la
cama, había una cuna donde dormía un bebé. Junto a la puerta,
había dos enanos Hierro Negro, Uno de ellos hizo ademán de
abrirla.

378
Crímenes de Guerra

— ¡No! —susurró Moira, la cual se puso en pie sobre la cama y


miró fijamente a la puerta. Iba vestida con un camisón y se llevó
las manos a la garganta—. ¡Les ordeno que no salgan! Tal vez no
nos encuentren!

No obstante, desenvainaron sus armas, por si acaso. Y no tuvieron


que esperar mucho. La puerta sufrió un golpe sordo descomunal y
Moira lanzó un grito ahogado. Al instante, alguien intentó entrar
desde el otro lado lanzando un segundo y un tercer golpe. La puerta
se combó y cedió del todo con el cuarto intento.

Moira chilló aterrorizada. El bebé se despertó sobresaltado y


añadió sus agudos lloriqueos aterrados a ese estruendo. Los tres
intrusos irrumpieron en la habitación y atacaron a los guardias.
Aunque los enanos Hierro Negro lucharon con fiereza, se vieron
superados en número.

El líder de los asaltantes, que blandía dos espadas con gran


maestría, despachó rápidamente a un enano con una estocada tan
potente que no pudo arrancar de inmediato su arma del cadáver y
la tuvo que dejar clavada en él.

Se giró para encararse con Moira y, jadeando, se quitó la máscara.


Los espectadores, así como Moira, profirieron un grito ahogado al
darse cuenta de que se trataba de Varian. Anduin ya lo sabía, pero
aun así, tanta violencia lo entristeció. Ojalá hubiera podido llegar
antes. Dirigió su mirada hacia el lugar donde se encontraba sentada
la Moira de verdad y comprobó que mantenía la compostura,
aunque parecía sentirse muy incómoda. Anduin lamentó que se
tuviera que ver obligada a mirar esto y se enfureció con Baine por
mostrar esta escena.

Varian agarró a la aterrada enana, la empujó de la cama y la sacó a


rastras de la habitación, mientras esta se resistía e intentaba escapar
como podía. La Visión los siguió mientras Varian se llevaba a su
379
Christie Golden

cautiva a una zona abierta situada cerca de la Gran Fundición. Los


enanos y gnomos se arremolinaban en tomo a ambos, a la vez que
observaban asustados e incapaces de comprender te que estaba
ocurriendo. Varian agarró a Moira del cuello del camisón y la atrajo
hacia sí. Acto seguido, colocó la punta de su espada sobre la
garganta de la enana.

— ¡Contemplen a la usurpadora! —gritó Varian—. Esta es la niña


por la que Magni Barbabronce derramó incontables lágrimas. Su
amada niñita. ¡Si pudiera ver lo que le ha hecho a su ciudad, a su
pueblo cuánto le repugnaría! —Giró la cabeza para mirar a la
sobresaltada Moira directamente a los ojos—. Este trono no te
pertenece. Lo has comprado con engaños, mentiras y ardides. Has
amenazado a tus propios súbditos cuando no habían hecho nada
malo y has obtenido un título que no te has ganado haciendo uso
de la fuerza. ¡No voy a permitir que sigas sentada sobre ese trono
robado ni un solo momento más!
—Páralo ahí —ordenó Baine. Anduin pudo notar que todos los
espectadores volvían a la vez al presente y clavaban la mirada sobre
Varian—. En esta escena, hemos podido verlos tanto a ti como a la
reina regente Moira Thaurissan, quien obviamente sobrevivió a esa
experiencia tan traumática. ¿Podrías explicarnos, por favor, qué
estaba pasando?
—Esto tuvo lugar justo antes del Cataclismo —contestó Varian—
Después de que el rey Magni hubiera intentado llevar a cabo un
antiguo ritual, con el que esperaba poder entrar en contacto con la
Tierra para descubrir qué estaba sucediendo. Pero algo fue mal y
Magni se convirtió literalmente en parte de la Tierra. La reina
regente Moira apareció de repente, como salida de la nada, y
reclamó el trono. Aisló a Forjaz del resto del mundo y retuvo a mi
hijo como rehén. Por suerte, pudo escapar.
— ¿Qué hiciste entonces?
—Me infiltré en Forjaz.
— ¿Con qué propósito?
—Con el de neutralizar a Moira y liberar Forjaz.
380
Crímenes de Guerra

— ¿Cómo pretendías neutralizarla?


—No creo que realmente lo supiera, aunque supongo que, si se
resistía, la mataría.
—Hubo bajas.
—Sí.

Anduin miró a Tyrande, quien se hallaba recostada sobre la silla,


con los brazos cruzados y un rostro cuidadosamente inescrutable.

Anduin sabía que quería protestar, pero no podía hacerlo, puesto


que ya je habían negado esa posibilidad en esta fase del proceso.
Baine posó sus ojos sobre Kairoz y asintió para indicarle que
continuara.

— ¡Padre!

Anduin se vio a sí mismo abriéndose paso a empujones a través de


una multitud, pues intentaba alcanzar a Varian desesperadamente.
Parezco tan joven, pensó el príncipe de manera distraída.

—No deberías estar aquí, Anduin. Vete, Este no es lugar para ti.
— ¡Sí es mi lugar! —replicó la imagen de Anduin—. ¡Tú me
enviaste aquí! Tú querías que conociera al pueblo enano, y eso he
hecho. Conocí bien a Magni y estuve aquí cuando Moira apareció.
Fui testigo del caos que desató su llegada y también de que estuvo
a punto de estallar una guerra civil cuando la gente hizo amago de
alzarse en armas para resolver sus problemas con ella. ¡No importa
lo que puedas pensar sobre esta enana, ella es la heredera legítima!
—Quizá lo sea por razón de su estirpe —gruñó Varian—, pero no
está en sus cabales. Se encuentra bajo un hechizo, hijo mío; Magni
siempre pensó así. Ha intentado retenerte como prisionero. Está
reteniendo aquí a un buen número de gente sin ninguna razón. ¡No
puede ser una buena líder! ¡Va a destruir todo lo que Magni
construyó! ¡Todo por lo que él... él murió!

381
Christie Golden

Ahora que el Anduin del pasado se hallaba más cerca de su padre


le tendió una mano. Estaba muerto de miedo, pensó Anduin. Temía
decir algo equivocado y que la degollara, y que su muerte recayera
sobre mi conciencia. Qué lejos fuimos todos. Bueno, la mayoría.

—No está hechizada, padre. Magni prefería creer que eso era así a
afrontar la verdad... que había obligado a Moira a marcharse porque
no era un heredero varón.
—Estás escupiendo sobre la memoria de un hombre honorable,
Anduin.
—Uno puede ser un hombre muy honorable y, aun así, cometer
errores.
—Para —dijo Baine—. Rey Varian, ¿qué crees que quiso decir el
príncipe Anduin con esas palabras?
—Se estaba refiriendo a ciertos actos que yo había cometido en el
pasado —respondió Varian—. Yo había hecho y dicho muchas
cosas de las que no estaba orgulloso. Habla lanzado amenazas,
había perdido la templanza, había mostrado... cierta «intolerancia»,
por decirlo de un modo suave, hacia otras razas. Creo que es
bastante evidente que Anduin no piensa ni se comporta de ese
modo.

La escena continuó. Anduin se vio a sí mismo argumentando que


les correspondía a los enanos decidir si querían aceptar a Moira o
no como reina. Durante el resto de su vida, el príncipe recordaría
lo que Varian había dicho en esos momentos.

— ¡Pero te convirtió en su rehén, Anduin! ¡A ti, a mi hijo! ¡No se


puede permitir que esa afrenta quede impune! No voy a dejar que
m mantenga secuestrados tanto a ti como a toda una ciudad. No lo
voy a permitir, ¿es que no lo entiendes?
—Para —ordenó Baine—. Da la impresión de que querías matar a
Moira no por usurpar el trono de Forjaz, sino por poner en peligro
a Anduin.

382
Crímenes de Guerra

Varian asintió.

—Estaba... furioso. En esa época, mi hijo y yo teníamos una


relación muy tensa, y yo... —Intentó dar con las palabras
adecuadas, pues era consciente de que los estaba escuchando
mucha gente—. Me sorprendí a mí mismo al darme cuenta de que
no quería perderlo de ninguna manera. Y en cuanto se halló a
salvo... quise castigar a Moira por haberme hecho sentir así.

Varian buscó con la mirada a Anduin y se pudo palpar en el


ambiente el cariño que se profesaban padre e hijo. La escena se
oscureció

— ¿Cómo terminó esa situación? —inquirió Baine.


—Anduin argumentó, con suma razón, que los enanos tenían
derecho a decidir su propio destino.

Baine hizo un gesto de asentimiento de nuevo hacia Kairoz. Ahora,


el Varian del pasado parecía haber tomado una decisión.

—Por mucho que deseara que no fuera verdad —le dijo a Moira,
quien todavía seguía en manos del rey—, tienes derecho legítimo
al trono. Pero al igual que yo, Moira Barbabronce y necesitas ser
mejor persona de lo que eres. Se necesita algo más que pertenecer
a la estirpe correcta para gobernar como es, debido a tu pueblo. Vas
a tener que ganarte ese honor.
—Para. Y, de este modo, se fundó el Consejo de los Tres Martillos,
que es la forma de gobierno que el pueblo enano se ha dado,
¿verdad? —preguntó Baine.
—Eso es, sí.
— ¿Qué pasó cuando ella se mostró de acuerdo con eso?
—La dejé marchar y tanto mi gente como yo nos retiramos.

La escena se reanudó unos momentos después. Varian se acercó a


Anduin y lo abrazó con fuerza. Alrededor de ellos, los enanos,
383
Christie Golden

sumamente aliviados, lo celebraron con una buena cerveza


(siempre estaban dispuestos a festejar cualquier cosa), mientras
gritaban, silbaban y exclamaban:

— ¡Martillo Salvaje! ¡Barbabronce! ¡Hierro Negro!


— ¿Lo ves, padre? —dijo el Anduin de la Visión—. Sabías
exactamente qué había que hacer. Sabía que harías lo correcto.

Varian sonrió.

—Necesitaba que alguien confiara en mí, para que yo pudiera


acabar creyendo en mí mismo —replicó.

Baine hizo un gesto a Kairoz y la escena se congeló.

— ¿Crees que has cambiado desde entonces, majestad?

Varian miró fugazmente a Anduin. El joven príncipe sonrió. Varian


volvió a mirar a Baine y asintió.

—Sí, así es.


— ¿Otra gente se mostraría de acuerdo contigo al respecto?
—Otros parecen verlo con más claridad que yo mismo, así que sí.
— ¿Por qué intentaste cambiar?
—Porque había algunas partes de mí que me impedían llegar a ser
el hombre que realmente deseaba ser.
—En cierto momento, fuiste un hombre dividido, literalmente —
prosiguió Baine—. La reintegración de tus dos mitades no fue nada
fácil y lo único que recuerdas de esa época no es más que violencia.
Cuando alguien intenta cambiar su misma esencia ha de entablar
consigo mismo una batalla muy dura y arriesgada. ¿Cómo lograste
alcanzar tu meta?
—No... no fue fácil —admitió Varian—. Y yo no era..., no soy…
perfecto, ni por asomo. De vez en cuando, sufría alguna... recaída.
Primero tuve que asumir realmente que quería cambiar y, entonces,
384
Crímenes de Guerra

tuve que hacer gala de una gran fuerza de voluntad y disciplina, y


buscarme unas buenas razones que hicieran que el esfuerzo
mereciera la pena.
—Fuerza de voluntad. Disciplina. Y unas buenas razones para
motivarse a la hora de acometer una empresa tan difícil —repitió
Baine—. ¿Cómo encontraste la voluntad, la disciplina y las razones
necesarias?
—Tuve suerte, ya que contaba con gente que quería ayudarme y
ala que escuché —contestó Varian—. Ellos... bueno, a pesar de mi
testarudez, ellos fueron capaces de hacerme ver cómo me estaba
comportando y fui consciente de que, si seguía así, no conseguiría
lo que quería lograr. Quería ser el mejor padre posible para un hijo
que no tenía madre. Quería ser el mejor gobernante para un pueblo
que vivía tiempos muy difíciles. Tenía la sensación de que eso era
algo que les debía, que debía conseguir que el reinado se centrara
en atender sus necesidades... en mejorar sus vidas... y no en
satisfacer mis patéticos deseos e impulsos.
—Así que si dijera que no cambiaste porque alguien te amenazara
u obligara a cambiar, sino porque querías ser mejor persona con
aquellos que dependían de ti, estaría en lo cierto, ¿verdad?
—Sí estarías totalmente en lo cierto, sí.
— ¿Crees que a Garrosh Grito Infernal le preocupa su gente?
— ¡Protesto! —exclamó Tyrande.
—No admito la protesta. Estoy de acuerdo con la defensa —replicó
Taran Zhu, quien asintió en dirección hacia Varian.

Al rey, que era perfectamente consciente de que se hallaba bajo


juramento, le llevó un momento ordenar sus pensamientos para
poder responder. Mientras tanto, clavó sus intensos ojos azules en
Garrosh.

—Creo que, en su día, sí. Creo que todavía se preocupa por los
orcos, pero no de la Horda como un todo.
—Así que eso es un sí.
—Si por «su gente», te refieres a los orcos, entonces sí.
385
Christie Golden

— ¿Dirías que Garrosh es inteligente?


—Sí, mucho.
—Así que podríamos definirlo como alguien que se preocupa por
los suyos, ya que incluso tú, que eres su enemigo, reconoces que
eso es así. Además, según tus propias palabras, es muy inteligente.
Algunos podrían describirte a ti del mismo modo, majestad. Así
que, dime, ¿crees que una persona así es capaz de cambiar?

Al rey se le escapé algo parecido a una leve risa.

—Pudo mucho de que Garrosh...


—Limítate a responder la pregunta, por favor. ¿Sí o no? ¿Es posible
pe una persona que se preocupa por su pueblo y que es muy
inteligente cambie?

Varian frunció el ceño, abrió la boca y, al instante, la volvió a


cerrar. Respiró hondo y, entonces, respondió en voz baja:

—Sí. Es posible.
—Gracias, majestad. No tengo más preguntas que hacer.

Tyrande, quien hasta hace unos instantes había dado la sensación


de que a duras penas lograba mantenerse sentada en su asiento, se
puso ahora prácticamente de pie de un salto para interrogar a
Varian, quien parecía sentirse casi tan aliviado como ella.

—Majestad —dijo—, solo tengo que hacerte unas cuantas


preguntas. En primer lugar, ¿eres un genocida?
— ¿Qué? —Varian la miró fijamente.

Baine gritó:

— ¡Con todo respeto, protesto!


—Fa’shua —replicó Tyrande con sumo tacto—, no estoy acusando
al testigo de nada, simplemente, le pido que se defina a sí mismo.
386
Crímenes de Guerra

— ¿Con qué fin, Chu’shao? —inquirió Taran Zhu.


—La defensa ha llamado a declarar al rey Varian como testigo de
la defensa de Garrosh y ha tenido la oportunidad de dejar clara la
valía y experiencia de Varian. Ahora yo estoy haciendo lo mismo.
—Estoy de acuerdo con la acusación. Puedes continuar, pero
interrumpiré el interrogatorio si considero que estás hostigando al
interrogado. Que el testigo responda.

Tyrande agachó la cabeza y volvió a mirar a Varian.

— ¿Eres un genocida, majestad?


—No —afirmó Varian, quien arrugó el ceño.

Anduin se preguntó adonde demontres pretendía ir Tyrande con esa


línea de interrogatorio.

— ¿Alguna vez has tenido sed de poder?


—No —contestó Varian—. E incluso añadiría que el manto del
poder y la responsabilidad que conlleva resultan tremendamente
pesados.

Anduin sabía que su padre, en cierto momento, habría preferido


seguir llevando una vida sencilla como Lo’Gosh, el gladiador, a ser
el rey Varian.

—La defensa nos acaba de mostrar una escena en la que tú y varios


miembros del IV:7 se infiltraron en Forjaz, atacaron a la población
y amenazaron a una mujer desarmada. ¿Dirías que eso es algo que
sueles hacer habitualmente? Responde.
— ¡Pues claro que no! Esto es ridículo —replicó Varian.
—Por favor, majestad, limítate a responder la pregunta —le pidió
Tyrande, quien permanecía totalmente serena.
— ¡No!

387
Christie Golden

— ¿Acaso en tu momento de mayor ira, en tu instante más


tenebroso, elaboraste un plan muy calculado para exterminar a toda
la población de una gran ciudad y lo llevaste a cabo?

Entonces, Anduin entendió lo que pretendía.

—No —respondió su padre.

Tyrande se volvió serenamente hacia Taran Zhu.

—Fa’shua, la defensa ha llamado al rey Varian a declarar como un


testigo experto a la hora de enfrentarse a los mismos problemas que
Garrosh Grito Infernal tuvo que afrontar. Sugiero que si bien
Varian se ha tenido que enfrentar a desafíos similares, no es, no ha
sido, ni será jamás como Garrosh Grito Infernal. Por tanto, no se le
puede considerar un experto que pueda indicamos lo que Garrosh
hará o no hará en un futuro. Por tanto, pido que se retire del acta
todo lo que este testigo ha declarado.
—Con todo respeto, pro...

Taran Zhu alzó urna zarpa.

—Entiendo el razonamiento de la acusación, pero no voy a eliminar


el testimonio de este testigo. Creo que tanto tu línea de
interrogatorio como la de la defensa son perfectamente adecuadas
y válidas.
—Pero, Fa’shua... —acertó a decir Tyrande.
—La acusación ha dejado bien clara su argumentación. ¿Tienes
alguna pregunta más para el testigo?
—No, Lord Zhu.
—Muy bien. El juicio se suspende por hoy. Mañana se presentaran
los alegatos finales. Chu’shao, esa será su última oportunidad de
dirigirse al jurado. Les sugiero que no la malgasten.

388
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Día nueve.

Era el último día del juicio y una gran tensión reinaba en el


ambiente. Mientras Sylvanas se encaminaba hacia el templo, pasó
junto a uno de los corredores de apuestas goblin que, de momento,
habían logrado eludir a los guardias pandaren.

—Eh, señorita —le dijo, con unas gafas colocadas sobre una
amplia calva y los botones del chaleco lustrosos y relucientes de un
modo perfecto—. ¿Seguro que no quieres hacer una apuesta?
Gomo Sylvanas estaba muy animada y la propuesta le hizo gracia,
se detuvo y le sonrió a ese diminuto liante verde.
— ¿Cómo van las apuestas? —preguntó, a la vez que una sonrisa
cobraba forma en sus labios.
—Uno a uno y bajando si lo ejecutan rápidamente, dos a uno si lo
sentencian a cadena perpetua y, para las posibilidades más
disparatadas, las apuestas son realmente fascinantes.
— ¿Por ejemplo?

Consultó sus notas.

389
Christie Golden

—Veamos... veinticinco a uno si el jurado no llega a un veredicto


unánime, dieciocho a uno si se produce intento de fuga, cincuenta
a uno si el acusado fallece desgraciadamente de manera repentina,
y doscientos a uno si se arrepiente total y completamente y,
además, se presenta voluntario para colaborar con un orfanato de
Orgrimmar e incluso para alguna otra cosa más.

El goblin elevé la vista hacia ella, de tal modo que las gafas que
llevaba hicieron que sus diminutos ojos parecieran enormes de un
modo perturbador.

— ¿De verdad hay alguien que ha hecho esa apuesta? -—inquirió


jocosamente.
—Te sorprendería qué apuestas hace la gente. Aunque, de todas
maneras, todos los días se dan resultados imposibles. Una vez vi
cómo un vehículo de arrastre gnomo de aspecto impecable que
llevaba una ventaja de quince cuerpos en el último giro no acababa
esa vieja carrera del Circuito del Espejismo.

Oh, qué tentador era. Pero Sylvanas no podía arriesgarse a que el


goblin recordara la apuesta, así que se limitó a darle unas
palmaditas en esa reluciente testa verde y entró.

Esta noche, tras los alegatos finales, los Augustos Celestiales se


retirarían para deliberar, y Garrosh disfrutaría de su última cena.
Sabía que iba ser pescado al curry verde, ya que era el plato favorito
de Garrosh; además, Vereesa le había confirmado que eso era lo
que se iba a servir. Pasara lo que pasase hoy en la sala del juicio,
no iba a ser nada más que un mero entretenimiento intrascendente.
Los demás podían preocuparse y arrugar el ceño inquietos cuanto
quisieran; los demás podían debatir, discutir y enojarse si así lo
querían. Sylvanas y Vereesa eran las únicas que comprendían lo
maravillosamente absurdo que era todo eso.

390
Crímenes de Guerra

Taran Zhu tuvo que golpear el gong unas cuantas veces más de lo
habitual para calmar los murmullos.

—Como estoy seguro de que todos saben a estas alturas, hoy es el


último día del juicio de Garrosh Grito Infernal. —-En ese instante,
miró a Tyrande—. Chu’shao Susurravientos, ¿hay algún testigo
que quieras llamar de nuevo a declarar?

Sylvanas se percató de que la elfa de la noche vestía una túnica más


formal que en las anteriores sesiones; sin lugar a dudas, porque
preveía que iba a ganar, lo cual, en otras circunstancias, Sylvanas
habría celebrado encantada.

—No, no lo hay, Fa’shua.


—Chu’shao Pezuña de Sangre, ¿hay algún testigo al que te gustaría
volver a llamar?

Baine negó con esa cabeza coronada por una cornamenta.

—No, Fa’shua.
—Entendido. Antes de dar paso a las alegaciones finales, con lo
cual probablemente estemos haciendo un esfuerzo en vano por
evitar que las últimas horas de este juicio se conviertan en un circo,
deseo informar a todos los presentes de lo que deben esperar ver a
continuación. El día de hoy transcurrirá de esta forma: la acusación
presentará su argumentación sobre por qué hay que ejecutar al
acusado; después, la defensa presentará su alegato para pedir que
sea sentenciado a cadena perpetua; luego, habrá un descanso de dos
horas, para que el acusado pueda disfrutar de una comida que
podría ser la última antes de realizar una declaración definitiva por
su parte si elige esa opción.

La tensión se adueñó de Sylvanas. ¿Qué? La Dama Oscura había


creído que el plato al curry se iba a servir esa noche, después de
que el jurado se hubiera retirado a deliberar, ¡y no a la tarde! Todos
391
Christie Golden

sus planes se habían ido al traste. Buscó a su hermana con la


mirada. Aunque a esa distancia, no pudo distinguir la expresión de
la forestal, su hermana pareció mostrarse súbitamente muy
interesada por una bolsa que llevaba. Vereesa rebuscó algo en su
interior y, acto seguido, asintió y se volvió para mirar hacia la zona
donde se encontraban sentados los Renegados.

La euforia reemplazó a ese pánico momentáneo. Mi querida


hermana, pensó la Dama Oscura, a la vez que tenía que reprimir
una sonrisa, ¡qué gran equipo vamos a ser! Al parecer, Vereesa
llevaba el veneno encima en todo momento. No iban a fallar, daba
igual lo que ese maldito orco supuestamente fuera a engullir por
esa boca acostumbrada a lanzar baladronadas.

Tras haber evitado el desastre, Sylvanas centró su atención de


nuevo en el juez, quien contemplaba a la multitud con gesto severo.

—Confío en que no habrá más altercados a estas alturas. El destino


del condenado está a punto de ser decidido ante todos nosotros, por
lo cual tendrá derecho a expresar todo cuanto se le pase por la
cabeza y el corazón, así como a ser oído. También podrá hablar
tanto tiempo como desee. Si alguien no entiende esto porque carece
de la perspicacia necesaria, estaré encantado de dejárselo claro al
condenarlo a un mes de reclusión en el corazón del Monasterio
Shadopan.

Sylvanas no dudó ni por un instante de que el pandaren cumplirá


su amenaza y, al parecer, todo el mundo pensaba igual. Taran Zhu
pareció hallarse satisfecho con la reacción que habían suscitado sus
palabras y prosiguió:

—Después de que el acusado haya hablado, el jurado se retirará a


deliberar. En cuanto el jurado regrese con el veredicto, nos
volveremos a reunir aquí. Chu’shao Susurravientos, estamos listos
para escuchar su alegato final.
392
Crímenes de Guerra

*******

Jaina observó detenidamente cómo Tyrande se levantaba, quien se


detuvo un momento a consultar sus notas antes de enrollarlas
cuidadosamente y colocarlas a un lado. La elfa de la noche sabía
que esto era lo que había estado esperando mucha de la gente que
había venido al juicio. Como sabía que toda la atención de todo el
mundo estaba centrada en ella, se tomó su tiempo. Tyrande colocó
una bolsa de paño rúnico, un objeto muy humilde y sencillo, sobre
el escritorio, metió la mano ahí dentro y sacó una piedra del tamaño
de un huevo.

—En mi alegato inicial —empezó a decir, con una voz melodiosa


que se oía perfectamente por toda la sala— señalé que se me había
encomendado la misión más sencilla. Mi tarea como acusación era
demostrar con pruebas que Garrosh Grito Infernal no se merecía
una «segunda oportunidad», no merecía «redimirse», o cualquier
otra frase manida que haya utilizado la defensa para despertar sus
simpatías. Incluso antes de que yo hablara, Garrosh admitió haber
cometido los delitos de los que se le ha acusado y... —Sonrió
levemente y se encogió de hombros—, Sin lugar a dudas, recuerdan
perfectamente la actitud que ha mostrado.

Tras deambular de aquí para allá, regresó al escritorio. Tyrande


colocó con sumo cuidado la piedra sobre la mesa, metió una mano
en la bolsa, sacó una segunda piedra y siguió hablando:

—La defensa ha planteado la cuestión de si la gente puede cambiar


o no, y la respuesta es claro que sí. El cambio está inserto en la
misma naturaleza de las cosas. Pero a veces, las cosas no cambian
a mejor. Los árboles crecen, ciertamente. Pero también lo hace la
maldad. —Dejó la piedra sobre la mesa y, a continuación, volvió a
coger las dos—. Les hice una serie de promesas en mi alegato
inicial —señaló—. Les dije que verían conspirar a Garrosh Grito
393
Christie Golden

Infernal, que lo escucharían mentir y que serían testigos de sus


comportamientos más, traicioneros.

Entonces, se calló y miró directamente a Jaina.

—Lamento haberme visto obligada a mostrar muchas de estas


escenas, pero lo he hecho empujada por una terrible necesidad, p
que habría incumplido tremendamente mi deber si no hubiera
hecho todo cuanto estaba en mi mano para presentar mis
argumentos de la manera más convincente posible.

A continuación, hizo una reverencia y se llevó las piedras al


corazón.

Jaina entendió ese gesto. Tragó saliva con dificultad y asintió. Si


bien Tyrande no reaccionó de un modo exagerado ante la respuesta
de la archimaga, a esta le dio la impresión de que la elfa parecía
sentirse bastante aliviada. Una vez más, la suma sacerdotisa colocó
esas piedras sobre la piedra y sacó dos más de la bolsa. Las cuatro
formaban ahora una pequeña hilera situada en el borde del
escritorio y más de uno las observaba con curiosidad.

—En total, había diez cargos contra el acusado —afirmó


Tyrande—, que han sido refrendados en gran parte por muchos
testimonios y pruebas. —Cogió más piedras de la bolsa mientras
hablaba y las colocó junto a las demás, prolongando así esa hilera
tan ordenada—. Genocidio. Asesinato. Desplazamiento masivo y
forzoso de población. Tortura. Asesinato de prisioneros.
Embarazos forzados. Destrucción de ciudades, pueblos y aldeas sin
que mediara una justificación militar o una necesidad civil.

Tyrande se calló. Estudió minuciosamente las piedras y las contó


de una manera muy teatral.

394
Crímenes de Guerra

—Aquí tenemos nueve piedras —Alzó la mirada hacia las tribunas


y buscó con sus ojos radiantes los rostros de los ahí congregados—
. Tal vez se estén preguntando por qué solo hay nueve, cuando
acabo de decir que se habían presentado diez cargos contra
Garrosh, eso tiene fácil explicación: porque estas piedras no
representan esas acusaciones. —Volvió al escritorio y cogió la
primera piedra, la cual escrutó—. Estas piedras —dijo,
recreándose— son más que unas meras representaciones. Son
fragmentos de esas tierras que siempre recordarán las atrocidades
de Garrosh Grito Infernal. Por ejemplo... esta fue recogida en Sierra
Espolón, donde el Señor Supremo Krom’gar asesinó a toda una
aldea repleta de inocentes, pues quería seguir la nueva filosofía que
él creía que Garrosh había aplicado a la Horda. ¿Que cómo lo hizo?
Arrojando una bomba. Garrosh, no obstante, lo mató por haber
cometido un acto tan deshonroso.

De improviso, colocó la piedra en su sitio violentamente y Jaina se


sobresaltó. Un leve grito ahogado recorrió la estancia. Tyrande alzó
esos ojos tan feroces y hermosos y cogió la siguiente piedra.

—En esta hay restos de color rojo oscuro... ya que ha sido testigo
de muchos derramamientos de sangre. Fue recogida en la arena de
Orgrimmar. —Tyrande la señaló, pensativa—. El lugar donde se
celebra el mak’gora. El lugar donde el padre de Baine Pezuña de
Sangre fue asesinado de un modo traicionero.

Esta la colocó con suma delicadeza sobre la mesa y fue a por la


tercera.

—Esta piedra mohosa es de Gilneas. Un lugar que fue atacado por


Garrosh Grito Infernal y donde... muchos cayeron. Esta otra es de...
Azshara, de la hermosa y otoñal Azshara, la cual ya no es tan
hermosa, ¿verdad? No lo es porque Garrosh Grito Infernal le
entregó esa tierra a los goblins, quienes tallaron en ella un
gigantesco símbolo de la Horda con algunas máquinas ¡y quienes
395
Christie Golden

contaminaron tanto el agua que ya ni siquiera se puede beber en la


capital!

Al igual que había hecho con la primera, la volvió a colocar en su


sitio sobre la mesa con un golpe seco. Jaina pudo apreciar que en
su semblante se dibujaba un gesto de verdadero sufrimiento.

Un sufrimiento que se incrementó cuando agarró con mucho


cuidado la siguiente piedra, que contaba con unas vetas azules y
verdes.

—Vallefresno —dijo Tyrande—. Una tierra repleta de bosques,


arroyos y vida. La misma tierra que ha sido arrasada por los orcos
que actuaban bajo las órdenes de Garrosh, el mismo sitio donde
unos padres libraron una batalla y murieron porque estos habían
secuestrado a sus hijos.

Una cautivada Jaina se preparó para el impacto violento de esa


piedra. Sin embargo, la elfa de la noche la colocó con suma
delicadeza sobre el escritorio y la acarició con honda tristeza antes
de pasar a la siguiente. Esta parecía distinta a las demás; parecía
más bien un trozo de lava sólida sacada de un volcán. Jaina, de
repente, se dio cuenta de dónde la debía de haber cogido.

—Garrosh no se contentó con saquear Azshara y Vallefresno, ni se


detuvo lo más mínimo al ver que tenía las manos manchadas de
sangre inocente, no... quería más. Mucho más. No solo creía que la
Horda tenía derecho a sobrevivir y prosperar, sino que él tenía
derecho a hacer todo cuanto deseara para poder alcanzar esa meta,
sin importar el daño que pudiera infligir. —Alzó el trozo de piedra
para que todos pudieran contemplarlo—. ¡Este es un fragmento de
un gigante fundido! Un poderoso ser elemental que fue obligado de
manera brutal a doblegarse a la voluntad de unos chamanes
tenebrosos, a los que no les importaba que la tierra gritara de dolor

396
Crímenes de Guerra

e ira al sufrir tales abusos. Para más inri, todo esto sucedió...
¡después del Cataclismo!

Solo quedaban tres. Jaina dirigió la mirada a la siguiente piedra de


la fila. Era gris y... suave, tan suave como una roca que hubiera
sufrido erosión durante siglos por culpa de la acción del agua.
Tyrande la cogió, con el mismo cuidado que alguien agarraría un
frágil huevo, y miró directamente a Jaina.

La archimaga contuvo la respiración. Notó que Kalec la agarraba


de la mano con delicadeza, pues estaba dispuesto a retirarla de
inmediato si ella no deseaba que la reconfortara de esa manera.
Jaina ni siquiera lo miró, pues no podía apartar la vista de ese mero
fragmento de piedra. Al final, abrió la mano y entrelazó los dedos
con los de su amado.

—Theramore —dijo Tyrande, con una voz embargada de emoción.


No hizo falta que dijera nada más.

Se llevó esa piedra al pecho antes de colocarla de nuevo sobre el


escritorio.

—Darnassus —añadió en voz baja, a la vez que acariciaba la


penúltima piedra—. El hogar de los elfos de la noche que fue
violado cuando los Atracasol traicionaron a Dalaran y emplearon
su magia no para ayudar a este mundo, sino para robar la Campana
Divina. —Entonces, llegó a la última—. El Valle de la Flor Eterna
—dijo y, entonces, se le quebró la voz. Jaina era consciente de que
eso no era una mera pantomima—. Un lugar antiguo que
permaneció oculto mucho tiempo y al que solo recientemente
habíamos tenido la posibilidad de admirar, el cual ahora se halla
tan terriblemente arrasado que tal vez se tarde otra eternidad en
volver a florecer del todo. ¡Y todo por culpa de la indescriptible e
imparable ansia de poder de Garrosh Grito Infernal, cuyo único fin
era acumular poder para una facción concreta de la Horda!
397
Christie Golden

Entonces, se giró y la ira y la pasión se reflejaron en todas las tensas


líneas de ese cuerpo fuerte y ágil.

—¿Qué haría alguien como él si se le diera una segunda


oportunidad, aparte de aprovecharla para hacer aún más daño, para
acumular aún más poder, para traicionar a más aliados? ¡Augustos
Celestiales! Son mucho más sabios que nosotros, comprenderán lo
que a nosotros nos resulta incomprensible. Les ruego... les imploro
que sentencien a Garrosh Grito Infernal a muerte por lo que ha
hecho... tanto a sus enemigos y a sus aliados como a estas mismas
tierras. No cambiará. No puede cambiar. No es más que un ser
orgulloso y sediento de poder. Mientras su corazón siga latiendo,
conspirará. Mientras siga respirando, masacrará.

Respiró hondo y se enderezó cuan larga era de un modo muy


elegante.

—Acaben con esto ya. Acaben con él.

398
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

El silencio reinó en la sala cuando Tyrande regresó a su asiento.

Jaina casi podía palpar el odio con que todo; el mundo contemplaba
a Garrosh Grito Infernal. Tantas vidas. Tanto dolor. Tanta
destrucción. Y todo por culpa de un solo orco. ¡De uno solo! ¿Era
posible que un solo individuo fuera capaz de hacer más daño que
toda una raza entera?

Uno solo... que estaba sentado ahí mismo. Bastaría con una sola
estocada limpia, con una sola bola de fuego bien dirigida, para que
todo acabara. De ese modo, Garrosh Grito Infernal nunca volvería
a hacer daño a nadie, jamás.

La archimaga sintió la tentación de mover las manos de la manera


necesaria para lanzar un conjuro como ese.

Un momento después, Baine Pezuña de Sangre se levantó. El ruido


de las pisadas de sus pezuñas resonó estruendosamente en esa
cámara tan silenciosa, Jaina sintió cierta pena por ese tauren, cuya
misión era imposible.

399
Christie Golden

Baine ordenó sus pensamientos y se dirigió a los solemnes y atentos


Celestiales:

—Sé que están esperando que ruegue apasionadamente que sean


misericordiosos, que apele a su sabiduría y compasión. Tal vez
acabe haciendo ese ruego, todavía no lo he decidido. No obstante,
lo que quiero compartir ahora con ustedes no se centra en Garrosh
Grito Infernal, sino en mí.

Se llevó ambas manos a la espalda y las entrelazó. Lentamente,


caminó por la circunferencia que conformaba ese suelo.

—Cuando me pidieron que defendiera a Garrosh, no tenía ninguna


gana de hacerlo, de eso no cabe duda. Envidiaba a Chu’shao
Susurravientos, no solo porque tenía más posibilidades de ganar,
sino porque me habría gustado desempeñar el papel que ella ha
desempeñado en este juicio.

Se detuvo delante del escritorio de Tyrande, quien lo miró con


curiosidad, aunque también con cautela. Baine cogió la segunda
piedra; la que procedía del lugar del mak’gora. En esos instantes,
Jaina estuvo segura de que estaba manchada de sangre, por lo cual
era muy probable que Tyrande la hubiera escogido, precisamente.
Podría ser perfectamente la sangre de Cairne.

A pesar de que Tyrande entornó los ojos, el tauren ni se inmutó y


siguió deambulando.

—Poder recoger estas piedras ha debido de ser algo tan


satisfactorio para ella. Poder pensar en lo que acaeció en esos
lugares, donde tuvieron lugar unos hechos tan trágicos como
innecesarios. —En ese instante, cerró el puño, con ternura, en tomo
a esa pequeña piedra—. Poder sentarse con Chromie y rebuscar
entre las corrientes temporales alguna prueba que demostrara cada
400
Crímenes de Guerra

cargo, así como poder decirle al jurado y los espectadores: «¡Miren


esto! ¡Mírenlo, siéntanlo! ¡Esto... esto es lo que ha hecho Garrosh
Grito Infernal!».

Pero ¿qué está haciendo?, se preguntó Jaina. ¿Acaso se está


rindiendo? ¿Acaso está admitiendo que defender a Garrosh era
una misión imposible desde el principio?

—Así que fui a Cima del Trueno. A ese lugar que tanto mi padre
como el Jefe de Guerra Thrall habían tenido a bien dar a mi pueblo
como hogar. Quería respirar su aire, sentarme sobre sus piedras
rojas y preguntarle a mi padre... ¿qué voy a hacer? —Baine señaló
entonces a Kador Cirrocanto, que estaba sentado en una tribuna—
. Pedí una visión y me fue concedida.

En ese instante, a Baine le tembló levemente la voz y aferró con


más fuerza si cabe esa piedra que, posiblemente, estaba manchada
con la sangre de su progenitor.

—Mi padre sabía que no podía dejarme llevar por el odio y el dolor,
porque si lo hacía, no podría ir con la cabeza erguida a ningún lado.
Sabía que necesitaba decir que sí, que debía defender a Garrosh de
la mejor manera posible, con independencia del veredicto, ya que
si no, no conocería la paz. Sabía esto porque me conocía bien... y
también porque mi padre, que murió a manos de Garrosh, habría
obrado de la misma manera si siguiera vivo.

»Por eso acepté defender a Garrosh. Tras pasar muchas horas con
Kairoz, investigando ciertos eventos, tal y como Tyrande también
había hecho, descubrí que no había manera de poder defender de
verdad a Garrosh Grito Infernal. Simplemente, no la hay. La única
«defensa» posible era ir más allá de los acontecimientos y centrarse
en lo que realmente importa.

401
Christie Golden

Baine volvió a mirar esa piedra que reposaba sobre la enorme


palma de su mano.

—Tyrande ha hecho un gran esfuerzo para poder reunir estas


piedras que nos ha mostrado en su alegato final. Es un esfuerzo que
no menosprecio, así como tampoco desdeño el dolor que
seguramente ha sentido mientras las reunía y meditaba sobre lo que
representaban. Pero he de decirles que por muy conmovedora que
haya sido su exposición... ha sido solo eso, una mera exposición,
un mero espectáculo, como lo han sido las Visiones del Tiempo, y
en cierto modo como lo es la Feria de la Luna Negra, con la que se
ha comparado de manera despectiva a este juicio.

Entonces, miró directamente al jurado y aplastó la pequeña piedra


con sus fuertes dedos.

—En realidad, no significa nada.

A Jaina la dominó la ira y se sintió muy ofendida... ¿Cómo podía


hacer algo así? ¿Cómo podía destruir de un modo tan cruel lo que
debería haber sido un recuerdo muy valioso de su padre? Unos
murmullos de disgusto se extendieron por toda la sala. Taran Zhu
cogió la maza y, al instante, esas murmuraciones desaparecieron.

Baine, que se mostró imperturbable ante la reacción que había


causado, abrió la mano y dejó que el polvo cayera lentamente al
suelo.

—Al final, todo acaba siendo mero polvo. No somos nada más. Las
piedras, los árboles, las criaturas del campo y el bosque; los tauren,
los elfos de la noche, los orcos... en esto nos convertimos todos. Y
da igual... da igual que muramos. Lo que realmente importa es
como hemos vivido.

Recorrió la estancia con una mirada levemente desafiante.


402
Crímenes de Guerra

—Solo cuando hay vida, las cosas pueden cambiar. Solo cuando
estarnos vivos, podemos consolar a un amigo, o criar a un niño, o
construir una ciudad. Mi padre vivió con intensidad e hizo mucho
bien. Me enseñó unas cuantas lecciones.

Ahora, Baine miró directamente a Jaina y Anduin.

—Mi padre me dijo en su día que destruir era muy fácil, pero que
crear algo que perdurase, eso... eso era todo un reto.

Agarró otra piedra; la de Theramore, donde él, Jaina y Anduin


habían hablado de tantas cosas.

—Podría aplastarle el cráneo a Garrosh Grito Infernal con esta


piedra. O... podría utilizarla para construir una ciudad. Podría
moler maíz con ella, o calentarla para cocinar. Podría cubrirla con
una pintura brillante y utilizarla en una ceremonia para honrar a la
Madre Tierra. Hagamos lo que hagamos con esta piedra, se
convertirá en polvo algún día. Lo único que importa es lo que
hagamos con ella mientras estemos vivos. Y creo que si realmente
rebuscamos en lo más hondo de nuestro corazón, más allá del
miedo y las heridas que lo encallecen, sabremos que esto es verdad.

»Todos hemos hecho cosas de las que estamos avergonzados.


Todos hemos hecho cosas que nos gustaría no haber hecho. Todos
podemos convertimos en nuestra propia versión de Garrosh Grito
Infernal, es algo que llevamos dentro. Mientras contemplaba los
eventos que la Visión del Tiempo nos ha mostrado en este juicio,
me he ido dando cuenta, poco a poco, de ello. Vi cómo le sucedía
eso mismo a Durotan, que atacó Tel-mor, el cual más tarde fue
desterrado por su propia gente por razón de sus creencias. A
Gakkorg, quien dejó de ser miembro del Kor’kron, un puesto muy
envidiado, porque le repugnaba lo que le ordenaron hacer con unas
crías de magnatauro. Rey Varian —en ese instante, Baine lo
403
Christie Golden

señaló—, una vez sostuviste una espada contra la garganta de una


mujer vestida solo con un camisón, que se hallaba indefensa. Y
ahora, ambos son amigos y aliados. Tomad ejemplo de Alexstrasza,
de la que abusaron terriblemente... pues es capaz de perdonar con
la misma intensidad que ha sufrido, porque sabe, como todos ya
deberíamos saber, que es la única manera de romper ese círculo
vicioso.

Volvió a mirar a Jaina, con unos ojos repletos de compasión.

—La Dama de Theramore, esa ciudad que ya no existe, ha perdido


mucho y ha sido traicionada. No es un Aspecto y la hemos visto y
escuchado expresar toda su pena y furia. Pero incluso ella lo
entiende, pues no desea ser como Garrosh.

Baine se giró de nuevo hacia los Celestiales, quienes lo observaban


con detenimiento.

—Tyrande habla de hacer justicia de verdad. Y yo creo que ustedes


saben perfectamente qué es eso. Creo que hoy, en este lugar, vamos
a ser testigos de cómo se imparte verdadera justicia. Gracias.

*******

Tal vez Baine no había convencido a todo el mundo, pero había


planteado muchas cosas dignas de reflexión, al menos para Jaina.
Tanto su mente como su corazón eran un torbellino de ideas y
sentimientos mientras se marchaba de ahí tras decretarse un receso
de dos horas. Aunque Kalec le había preguntado si quería comer
con él, ella había declinado la invitación educadamente: «Tengo...
tengo que pensar en ciertas cosas», le había dicho. Él había
asentido, a pesar de haber sonreído, sus ojos habían estado teñidos
de tristeza.

404
Crímenes de Guerra

Jaina fue a uno de los tenderetes a por un cuenco dé fideos y luego


se dirigió a una zona apartada a comer, bajo un cerezo en flor.
Aunque le encantaban esos fideos y la vista era espléndida, no
prestó atención a ninguna de ambas cosas; simplemente, se llevó la
comida: a la boca y masticó de un modo mecánico.

No envidiaba la tarea que tenían por delante los Celestiales. Pensó


en lo que había visto y escuchado, en lo que se había visto obligada
a decir. Pensó en Kinndy, cuya vitalidad y alegría eran
directamente proporcionales a la seriedad con la que se tomaba las
cosas y a su voluntad de hierro. Pensó en Kalec y en la encrucijada
a la que se enfrentaba. No dudaba de que la amara. Pero el corazón
de su amado (que era mejor, más fuerte y más generoso que el suyo,
reflexionó fugaz y amargamente) era incapaz de soportar la pesada
carga de la virulencia del rencor que ella albergaba. Era consciente
de que eso le hacía mucho daño. Por tanto, el dragón podía
quedarse y seguir subiendo, o marcharse para volver a ser él
mismo.

Menuda encrucijada, pensó. No obstante, Baine tenía razón en una


cosa. Ella no quería ser como Garrosh. Pero y si sus papeles
estuvieran intercambiados... ¿Garrosh qué decisión habría tomado?
¿Qué le habría hecho a ella?

— ¿Lady Jaina? —Se trataba de Jia Ji, uno de los mensajeros del
tribunal, quien hizo una honda reverencia—. Perdona que perturbe
tu soledad. Tengo un mensaje para ti.

Le ofreció un pergamino, Jaina lo cogió, frunciendo el ceño, y


palideció al ver el sello. En esa cera roja, aparecía el inconfundible
sello de la Horda.

Un millar de pensamientos bulleron en su mente, todos horrendos,


a la vez que rompía ese sello con unos dedos temblorosos. Acto
seguido, desenrolló el pergamino y leyó:
405
Christie Golden

Me ha llevado un tiempo enterarme de lo que sucedió en Dalaran.


Solías ser una mujer que defendía la paz, pero ya no lo eres.
Aunque Garrosh solo deja tierra quemada allá por donde pasa, los
muertos no son sus únicas víctimas. Pero no te culpo ni te odio, da
igual lo que sientas respecto a Garrosh... o la Horda.

Todos tenemos nuestros fantasmas.

Lo releyó varias veces y, a continuación, esbozó lentamente una


sonrisa.

— ¿Deseas que transmita una respuesta, Lady Jaina? —preguntó


Jia.
—Sí—contestó—. Por favor, dile al Jefe de Guerra que le
agradezco su comprensión.
—Por supuesto, mi señora.

Jia hizo una profunda reverencia y se marchó para entregar este


nuevo mensaje. Jaina lo observó marchar, con una sonrisa todavía
dibujada en la cara, que la hacía sentirse mejor. Desde ese punto de
vista privilegiado, contempló a la multitud que se apelotonaba allá
abajo. Solo una persona entre todos ellos tenía el pelo de un color
negro azulado, la cual estaba hablando con Varian y Anduin.
Mientras lo observaba, les estrechó las manos a ambos y, acto
seguido, se alejó apesadumbrado.

Se marcha.

Jaina echó a correr sin soltar en ningún momento la misiva de


Vol’jin.

406
Crímenes de Guerra

— ¡Kalec! —gritó, haciendo caso omiso a toda esa gente que giró
la cabeza hacia ella—. ¡Kalec!

Más que correr, voló. Tuvo que saltar ágilmente para esquivar
alguna raíz aquí y allá y también se trastabilló un poco. La
muchedumbre se apartaba a su paso. Pero no era consciente de ello
ni tampoco le importaba. Tenía la mirada clavada en Kalecgos.
Rogó a la Luz que no se perdiera entre esa multitud.

— ¡Kalec!

Su amado aminoró el paso y, acto seguido, se detuvo. Ladeó la


cabeza, como si estuviera escuchando algo, y al instante volvió la
cabeza para escrutar ese mar de gente. Sus ojos se cruzaron y el
rostro de él se iluminó como si fuera el mismo sol. A Jaina se le
desbocó el corazón de alegría y, tras cubrir rápidamente la distancia
que los separaba, se arrojó a los brazos abiertos de su amado.

Ahí mismo, delante de todo el mundo, se besaron, con júbilo y


pasión. Y Jaina se sintió tremendamente agradecida.

Garrosh Grito Infernal le había arrebatado ya bastante.

No le iba a quitar nada más; no le iba a impedir ser ella misma.

407
Christie Golden

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

— ¡Vereesa! —Mu-Lam Shao saludó a su amiga de un modo


afectuoso—. No sabía si te vería hoy, como es el último día del
juicio.

Vereesa sonrió a la pandaren, que estaba muy atareada troceando


jengibre, cebolla y otros ingredientes con tal rapidez que el cuchillo
era un mero borrón.

—Oh, no, quería asegurarme de que tenía la receta de este plato. Al


parecer, es muy popular aquí, si hasta un orco es capaz de
comérselo...

Mu-Lam se rio entre dientes, con unas risitas generosas y una


mirada reluciente.

—Algunos dirían si hasta un elfo es capaz de comérselo... —


replicó, guiñando un ojo—. Pero sí. No estaría haciendo las cosas
bien si no me cerciorara de que sabes cómo preparar este plato. Y
que sepas que siempre serás bienvenida en mi cocina. ¿Volverás de
visita algún día?

408
Crímenes de Guerra

La pandaren alzó la vista esperanzada. De repente y de manera


inesperada, Vereesa se sintió embargada por una fuerte emoción.
No, no iba a volver. No iba a regresar a ningún sitio donde hubiera
estado antes. Pronto, solo caminaría por lugares tenebrosos, así
como por las polvorientas tierras de Orgrimmar y los poblados de
chabolas repletos de polución de los goblins. Aunque eso no era
del todo cierto, pues podría ir a Lunargenta y reflexionar sobre lo
mucho que habían cambiado las cosas desde la época en que ella
había vivido ahí, así como rememorar su pasado en ese lugar;
además, podría visitar la aguja de su familia.

—Oh, por supuesto —mintió con suma facilidad—. Te he cogido


mucho cariño, Mu-Lam.

Eso último era verdad, al menos.

Mu-Lam sonrió de oreja a oreja. Entonces, como si estuviera un


tanto azorada, dijo de un modo más brusco:

—Toma... haz algo útil. Trocea esta albahaca y corta la finta del
sol.

La finta del sol. Ahí estaban esas piezas de finta, que desprendían
una fragancia agria y deliciosa, a pesar de que todavía no habían
sido troceadas. Vereesa manipuló el cuchillo con sumo cuidado,
para no cortarse de manera accidental.

Se estaban preparando ocho cenas, por lo cual Mu-Lam había


sacado ocho platitos de cerámica. Vereesa partió las fintas del sol
en cuatro cachos cada una, mientras Mu-Lam le explicaba todo lo
que llevaba el pescado al curry, incluso cuáles eran los ingredientes
del curry. Vereesa no le prestó demasiada atención. En lo único que
podía pensar era en ver a Garrosh Grito Infernal muerto, a pesar de
lo que había dicho Baine Pezuña de Sangre en su alegato final.
409
Christie Golden

Rhonin estaba muerto, así que... Garrosh tenía que pagarlo de algún
modo.

— ¿Cuál es el plato de Garrosh? —preguntó de manera casual, con


la esperanza de que su tono de voz no la traicionara.
—Su bandeja es la marrón de bambú —respondió Mu-Lam,
señalando con una cuchara—. Dale un cuarto más de fruta. Podría
ser lo último que coma, y sé que le encanta.
—Eres muy generosa con ese asesino.

Vereesa pronunció esas palabras con brusquedad sin poder


contenerse. Pero Mu-Lam conocía la historia de Vereesa y sabía
que había sufrido mucho, así que se limitó a mirar a la elfa noble
con compasión.

—Yo mañana me despertaré en esta hermosa tierra, donde hay


comida de sobra y tengo amigos y una familia que me quieren,
donde realizo un trabajo digno y que marca la diferencia. Decidan
lo que decidan los Augustos Celestiales, Garrosh Grito Infernal
nunca podrá disfrutar de esas cosas. Cuando uno es consciente de
esto, le resulta muy fácil ser generoso.

Una terrible sensación de vergüenza se apoderó de Vereesa, a la


que siguió muy de cerca la furia. Se limitó a asentir y a coger otro
trozo de fruta del sol. Entonces, Mu-Lam se limpió las zarpas y se
volvió para servir el curry con un cucharón.

Ahora.

Vereesa sacó disimuladamente la ampolla de la bolsa y le quitó el


tapón. No le temblaron las manos cuando echó tres gotas (aunque
una habría sido más que suficiente) en cada trozo. El líquido se
disolvió con rapidez entre los jugos de esa fruta tan sabrosa. Nadie
habría podido adivinar que estaba envenenada. Vereesa volvió a

410
Crímenes de Guerra

colocar el tapón en la ampolla y lo apretó con fuerza para sellarlo


bien. Después, se lavó las manos con jabón.

Ya estaba hecho.

—Gracias, Vereesa —le dijo Mu-Lam—. Te echaré de menos.


Hasta la próxima visita.

Vereesa le brindó una leve sonrisa.

—Gracias por todo, Mu-Lam. Hasta que nos volvamos a ver.

Se volvió para marcharse, y Mu-Lam le gritó:

— ¡Cuando vuelvas, tráete a los niños! ¡Deben de ser unos niños


muy guapos!

Sus niños.

Vereesa reaccionó de inmediato temblando de arriba abajo. Siguió


andando, alzó una mano a modo de saludo de despedida, salió de
esa estancia situada debajo del templo que había sido transformada
en una cocina de manera temporal y cruzó el pasillo deprisa.

Se apoyó sobre la fría piedra, respirando agitadamente. Vereesa


estaba acostumbrada a la violencia. Había arrebatado vidas con
anterioridad. Pero siempre había sido en batalla, cuando había
estado peleando por algo o alguien. Sin embargo, esto era distinto.
Esto era un asesinato deliberado, calculado y planeado
minuciosamente, en el que había empleado no un arma de forestal,
sino de asesino. Eso era peor que un flechazo en el ojo, que un
navajazo en la oscuridad.

¡Deben de ser unos niños muy guapos!

411
Christie Golden

Hacía mucho que no pensaba de verdad en ellos, ya que primero


había tenido que enfrentarse al problema de los Atracasol y
Lor’themar, después al asedio de Orgrimmar y por último al juicio.
Apenas había pasado algún tiempo con ellos en los últimos años,
ni siquiera justo después de...

Sí que eran guapos, pues tenían el pelo rojo de Rhonin y los ojos
de ella; Giramar era el mayor de los dos, aunque solo porque había
nacido unos instantes antes, y Galdin, el menor. De repente,
Vereesa se dio cuenta de lo mucho que añoraba sus risas y lo
traviesos que solían ser ambos, a pesar de tener un corazón muy
bondadoso. Su padre estaría muy orgulloso de lo valientemente
que...

Intentó imaginárselos en Entrañas y... no pudo. ¿Adónde irían a


correr, jugar y reír? ¿Acaso podrían alzar sus rostros hacia el cielo
para recibir los besos de este? ¿Cómo iban a aprender sobre la vida
en la ciudad de los muertos?

— ¿Vereesa?

La elfa, que se encontraba ensimismada imaginándose a sus hijos


repletos de vitalidad en la gris y tenebrosa Entrañas, se sobresaltó
violentamente.

—Anduin —contestó, riéndose levemente—. Lo siento... estaba


sumida en mis pensamientos.
—No, soy yo quien lo siente. No pretendía asustarte. ¿Estás bien?
Vereesa volvió al presente y se encontró cara a cara con otro
muchacho muy guapo, aunque mayor que sus gemelos. No
obstante, este príncipe de pelo rubio tenía mucho en común con
ellos, pues también poseía una gran generosidad y un buen corazón.
—Estoy bien, sí —respondió—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?

Dio la impresión de que Anduin se sentía un poco avergonzado.


412
Crímenes de Guerra

—Voy a ver a Garrosh. Hace unos días, pidió verme. He estado


hablando con él todos los días después del juicio. Tras la
declaración de Alexstrasza, no quise volver a verlo, pero... bueno,
esta podría ser la última vez que voy a poder verlo. Creo que
debería hacerlo, aunque él se limite a gritarme otra vez.

Vereesa lo miró fijamente y se imaginó a sus hijos sonriendo. Antes


de que pudiera cambiar de opinión, se abalanzó sobre Anduin
súbitamente y lo agarró del brazo. Él la miró, confuso.

— ¿Vereesa?
—Creo que esto debe de ser cosa de la Luz —afirmó. Esas palabras
brotaron rápidamente de sus labios, a borbotones, antes de que el
miedo y el odio le sellaran los labios—. Esta decisión queda ahora
en tus manos. La comida de Garrosh está envenenada. Haz con este
conocimiento lo que creas conveniente.
La elfa atravesó corriendo el pasillo, sin aguardar una respuesta.
Iría en busca de Yu Fei y volvería a Dalaran, donde abrazaría con
fuerza a sus niños (a esos hijos tan afectuosos, vitales y cariñosos)
y nunca jamás, se volvería a plantear la posibilidad de renunciar a
ellos.

*******

Anduin observó, boquiabierto, cómo se marchaba la elfa noble


forestal.

¿Veneno? ¿Vereesa había estado a punto de envenenar a Garrosh?


Apenas se lo podía creer. Entonces, pensó en lo amargada y
agresiva que se había mostrado desde lo de Theramore, y en cómo
Jaina y ella se habían retroalimentado en su odio y, con sumo pesar,
se dio cuenta de que sí... se lo podía creer perfectamente.

413
Christie Golden

De repente, despertó de su ensimismamiento cuando se le pasó por


la cabeza la idea de que podían haber servido ya la cena. Cruzó el
pasillo a gran velocidad y se detuvo, tras deslizarse un poco,
delante de la puerta de la rampa.

—La cena —jadeó—. ¿Ya ha llegado?


—No, príncipe Anduin —contestó Lo—. Tal vez deberías ir a
cenar y regresar cuando estés más calmado.

El príncipe sintió tal alivio tras tanta tensión que se sintió casi sin
fuerzas. Se rio entrecortadamente.

—Lo siento. ¿Puedo verlo?

Los hermanos se miraron mutuamente.

—Está de un humor... insoportable —respondió Lo.


—Muy insoportable —admitió Li.

La sensación de alivio y aturdimiento que había experimentado


Anduin al haber llegado a tiempo se vio reemplazada por una
actitud de gran solemnidad.

—Se enfrenta a la muerte —aseveró—, y no a un tipo de muerte


que alguna vez se hubiera imaginado sufrir. Ha actuado
valerosamente, pero ahora, lo único que puede hacer es esperar.
Puedo entender que se muestre... desagradable.
—Como desees, majestad —replicó Li de un modo obviamente
reticente y, acto seguido, abrió la puerta.

Garrosh no se encontraba sentado sobre las pieles, como solía hacer


normalmente. Caminaba de un lado a otro del escaso espacio que
había en su celda; por suerte, solo podía mover los pies unos pocos
centímetros cada vez. Furioso, alzó la vista en cuanto la puerta se
abrió y adoptó un semblante aún más sombrío al ver quién era.
414
Crímenes de Guerra

Anduin se preparó para una batalla verbal, pero el orco no dijo


nada, sino que se limitó a seguir andando en ese espacio tan
reducido.

Anduin cogió la silla y esperó. Solo se oyó el tintineo de las cadenas


y el arrastrar de sus pies.

Después de varios minutos, Garrosh se detuvo.

— ¿Qué haces aquí, niño humano?

Aunque era obvio que Garrosh no se esperaba que Anduin hubiera


venido a visitarlo, no parecía amargado, ni furioso, sino...
resignado.

—He venido por si acaso nece... querías hablar conmigo.


—No, no quiero. Lárgate ya. —El desprecio empezaba a
reemplazar a la resignación en el tono de voz del orco—. Vete a
jugar esos jueguecitos tuyos con la Luz y a blandir esa maza tuya
llamada Rompemiedos. Al menos, Baine fue lo bastante tauren
como para devolverte tu juguete.
—Intentas cabrearme —replicó Anduin.
— ¿Y está funcionando?
—Sí.
—Bien. Y, ahora, largo.
—No —contestó Anduin, sorprendiéndose incluso a sí mismo—.
En su momento, pediste que viniera a verte. Una parte de ti quería
hablar con un sacerdote, pero no te atrevías a hablar con alguien de
la Horda, porque entonces ese deseo, esa necesidad, sería
demasiado insoportable para ti. Así que era mejor solicitar la
presencia de alguien que supuestamente es tu enemigo, es decir,
yo. Mejor jugar a duelos verbales y a intercambiar insultos que
afrontar realmente el hecho de que... podrías acabar siendo
ejecutado, ¿sabes? Lo que no entiendes, Garrosh, es que yo sí creo
en lo que supone ser de verdad un sacerdote. Voy a quedarme aquí
415
Christie Golden

contigo, lo quieras o no. Porque cabe la posibilidad de que llegue


el momento, aunque quizá solo sea un instante fugaz, en que te
alegres de que yo esté aquí.
— ¡Prefiero pudrirme en los confines más oscuros del Vacío Abisal
a tener que alegrarme de estar acompañado por un llorica como tú!
—exclamó Garrosh, quien cambió totalmente de actitud antes los
ojos del príncipe.

Anduin se percató de lo mucho que debía de haberle costado al orco


mantener esa fachada de aparente calma. Esa serenidad había
desaparecido, se la había quitado como si fuera una capa que
considerara que ya no le quedaba bien. Si bien no le brillaban los
ojos con un fulgor rojo, la ira que bullía dentro de él era
perfectamente visible. Estaba que echaba humo y no hacía más que
abrir y cerrar los puños.

—Te sientas ahí todos los días, con todo tu engreimiento y toda tu
mojigatería —continuó diciendo Garrosh, con un tono repleto de
desprecio—. Tú y tu preciosa Luz. Estás tan seguro de que,
simplemente, con soportar todo lo que te diga y mostrarme lo que
el destino me depara serás capaz de hacerme cambiar. Todo el
mundo quiere algo de mí ahí fuera, muchacho, y tú también.
—Solo estoy aquí para ayudarte...
— ¿Ayudarme a qué? —replicó, alzando la voz—. ¿A morir? ¿O
para ayudarme a vivir como un lobo domesticado que gimotea para
que le den una palmadita y alguna sobra de vez en cuando? ¿Acaso
no te basta con que no pueda caminar ya como un guerrero y que
me hayan encadenado como a una bestia? ¿Eso es lo que quieres
que me haga la Luz?

Anduin se sintió como si lo estuviera bombardeando en el plano


físico con esas palabras.

—No, no es eso en absoluto, la Luz no funciona de esa manera...

416
Crímenes de Guerra

—Y eso lo sabes porque un niño adolescente humano lo sabe todo


sobre la Luz, por supuesto —comentó el orco de manera burlona,
quien se echó a reír a continuación.
—Sé lo bastante sobre ella —contestó Anduin, quien intentó
armarse de paciencia a pesar de que se estaba encolerizando—. Sé
que...
—Tú no sabes nada, muchacho. ¡Sigues estando muy verde, puesto
que abandonaste el útero de tu madre hace muy poco!

Anduin se estremeció como si le acabaran de pinchar con algo.

—Mi madre no tiene nada que ver con esto, Garrosh. Esto va sobre
ti y sobre el hecho de que, con casi toda seguridad, solo te quedan
unas horas antes de que... ya sabes...
— ¡Esto va sobre lo que a mí me dé la gana! ¡Y yo digo que de lo
que en realidad estamos hablando aquí es de tu arrogancia, de la
maldita arrogancia de la Alianza, ya que ustedes siempre saben qué
es lo mejor, qué es lo correcto, para todo el mundo, incluso para
mí!

Anduin respiraba agitadamente en esos momentos y había cerrado


los puños. De repente, la puerta se abrió y Yu Fei entró,
acompañada de los hermanos Chu. Parecían tan serenos que daba
la impresión de que no habían escuchado para nada la diatriba del
orco. Garrosh les gruñó.

—Atrás, Garrosh, ya sabes que no deseamos hacerte daño —le


advirtió Lo.

La pequeña Lu Fei se mantuvo apartada del resto. Anduin


comprendió, súbitamente, que ella era la verdadera amenaza para
el orco, y no los hermanos Chu. Garrosh los miró fijamente y rugió
impotente. Después, se retiró mientras la maga desactivaba el
conjuro y metían la bandeja de Garrosh con el plato de pescado al
curry verde en la celda. Yu Fei reactivó el encantamiento y, sin
417
Christie Golden

mediar más palabra, los tres pandaren se marcharon. La puerta se


cerró con llave.

—Garrosh, escúchame... —acertó a decir Anduin, pues pretendía


avisarle de que el plato estaba envenenado.
—Escúchame tú, muchacho. Espero que vivas para llegar a ser rey.
Porque esté yo o no aquí para verlo, el día en que subas al trono,
los orcos lo celebrarán. E iremos a por Ventormenta, ¿Me has oído?
Atravesaremos corriendo sus calles y mataremos a tu gente. Ese
cuerpecito blandengue que posees acabará clavado en una pica,
paladín de la paz, y quemaremos la ciudad alrededor de tu cadáver,
mocoso, Y si existe un más allá al que le lleve su apreciada Luz y
tus padres acaban en él, te juro que desearán que la reina Tiffin
hubiera abortado.

Anduin había dejado de respirar. Terna la sensación de que iba a


estallar con una ira colosal. Quería que Garrosh se callara para
siempre, quería destrozarle la mente y borrar de ella todo lo que
conformaba la identidad de Garrosh Grito Infernal. Sabía cómo
utilizar la Luz. Ahora mismo, era capaz de usarla, no solo como un
escudo para proteger, o como un bálsamo para curar, sino como un
arma para atacar.

Tal vez Vereesa había estado en lo cierto... quizá la Luz estaba


obrando en esos momentos y se iba a ocupar de Garrosh Grito
Infernal. Lo único que tenía que hacer Anduin era permanecer
callado. Había sido un idiota al creer que podría ayudarlo, que, de
algún modo, podría abrirse paso hasta llegar a su corazón. Aunque
el orco había tenido razón en una cosa: nada bueno podría llegar
nunca hasta su corazón, jamás.

Intentó matarte, pensó. Y te mataría ahora mismo si pudiera.


Déjalo morir. El mundo estaría mucho mejor sin él, de veras.

418
Crímenes de Guerra

Garrosh observó cómo el príncipe de Ventormenta hacía un


ímprobo esfuerzo para contener su ira y, entonces, se echó a reír.
Cogió un trozo de fruta del sol, lo apretó para extraerle todo el jugo
y echarlo sobre el curry. Acto seguido, se llevó el cuenco a los
labios.

Tras lanzar un sollozo angustiado, que en parte era más bien un


gruñido, Anduin se echó hacia delante rápidamente y metió el
brazo por la ventana encantada para quitarle el cuenco de las manos
de un golpe al orco. El cuenco repiqueteó al caer al suelo y su
contenido se esparció sobre las pieles.

Garrosh agarró a Anduin del brazo y tiró de él, logrando así que el
príncipe se estampara de cara contra los barrotes. Le retorció el
brazo con fuerza, hasta colocárselo en una posición casi imposible
y Anduin profirió un grito ahogado.

—Te he enojado, ¿eh, muchacho? Entonces, ¡he ganado!


—La comida... está envenenada —masculló Anduin, quien, presa
del dolor, tenía los dientes muy apretados.
— ¡Mientes! ¡No puedo aplastarte ese flacucho gaznate tuyo por
culpa de los barrotes, pero te tengo agarrado del brazo y te lo podré
arrancar de cuajo!

Anduin dejó que la Luz lo inundara y el dolor retrocedió. La calma


reemplazó a la agitación que había dominado su espíritu y el
príncipe no protestó; simplemente, se limitó a contemplar a
Garrosh. El orco tenía razón. Podía arrancarle el brazo a Anduin
con la misma facilidad que se arranca una planta de la tierra. El
príncipe se hallaba a merced del orco, pero eso ya no le preocupaba.
Había hecho lo correcto, y eso era lo único que importaba. Lo que
tendría que pasar, pasaría.

Garrosh lo miró fijamente, jadeando de furia, pero Anduin no


flaqueó y no apartó la mirada.
419
Christie Golden

Algo pequeño se movió entonces cerca de los pies de Garrosh, lo


cual atrajo la atención de ambos. Se trataba de la rata que Anduin
había visto en otra ocasión, la cual había salido de su escondite
atraída por el tentador aroma del pescado al curry. Se fue hacia
delante rauda y veloz, movió los bigotes mientras olisqueaba la
comida y, a continuación, se llevó un bocado con las patas
delanteras y se dispuso a comer.

Primero, se estremeció. Luego se quedó sentada y muy quieta,


aunque acto seguido, siguió comiendo. Después, sufrió un
espasmo, al que siguieron varias convulsiones. El hocico se le llenó
de sangre y babas mientras se retorcía de agonía e intentaba
regresar a rastras a su agujero, a pesar de que sus miembros se
negaban a obedecerle. Entonces, se quedó quieta, afortunadamente
para ella.

Anduin tragó saliva con dificultad, sin dejar de mirar en ningún


momento a esa rata. A continuación, apartó la vista de esa
desagraciada criatura para comprobar que Garrosh lo observaba
con sumo detenimiento. El orco dejó de mirarlo y, al instante,
empujó al príncipe con tanta fuerza que el príncipe se trastabilló.
Anduin titubeó por un momento, se frotó el brazo, que ya se había
curado, se volvió y se encaminó hacia la rampa. Llamó a la puerta
con fuerza. Esta se abrió y se marchó sin cruzar ninguna palabra
más con Garrosh.

Él ya estaba en paz consigo mismo. Había llegado el momento de


que Garrosh hiciera lo mismo.

Antes de dirigirse de nuevo al pasillo, se volvió hacia Li Chu.

—Cuando Garrosh sea llevado a escuchar el veredicto —le dijo—


, por favor... quítenle las ataduras.
—No podemos hacer eso, príncipe Anduin —replicó Li.
420
Crímenes de Guerra

—Entonces... quítenle al menos las cadenas de la pierna. Déjenlo


caminar como un guerrero. Seguramente, seis guardias serán más
que suficientes para reducirlo si intenta huir, lo cual no... no creo
que haga. Sabe que, probablemente, va a morir.

Los hermanos se miraron mutuamente.

—Muy bien. Se lo preguntaremos a Taran Zhu —contestó Li—.


Pero no prometemos nada.

*******

Había sido un día muy ajetreado para Jia Ji. Al ser uno de los
mensajeros del tribunal, había jurado que jamás revelaría el
contenido de las misivas que llevaba ni a quién se las había
entregado ni quién las enviaba; además, sus servicios eran muy
demandados. En toda su carrera, jamás había trabajado tanto.

En primer lugar, tuvo que entregarle una carta del Jefe de Guerra
Vol’jin a Lady Jaina y luego transmitirle la respuesta verbal de esta
dama al trol. Después, le tocó entregar una nota de la general
forestal Vereesa Brisaveloz a la hermana de esta. A pesar de que la
destinataria le había espetado un «¡Lárgate!» de muy malas
maneras, había aguardado a que le diera una respuesta que no se
produjo. No obstante, sí pudo entregarle un mensaje verbal a la
general forestal... pero del príncipe Anduin, no de Sylvanas. Yu Fei
lo teletransportó mediante un portal a Dalaran, donde se encontró
a Vereesa sentada junto a una fuente mientras observaba a sus dos
niños. Estaban jugando a pedir deseos en la fuente y riéndose, y
cada uno de ellos tenía un puñado de monedas en la mano.

—General forestal —dijo, a la vez que hacía una honda


reverencia—, te traigo un mensaje.

El mensajero escrutó a los dos pelirrojos niños semielfos.


421
Christie Golden

La general forestal palideció levemente y se levantó del sitio donde


había estado sentada junto a la fuente. Los niños dejaron de jugar
y la miraron preocupados.

—Ahora mismo vuelvo —les prometió y, acto seguido, se alejó de


ellos para que no pudieran oírlos.
— ¿Y bien? —preguntó de manera educada pero recelosa.
—Es un mensaje de Su Alteza Real, el príncipe Anduin Wrynn de
Ventormenta. Dice lo siguiente: «Él vive. Pero no pienso dejar a
dos niños sin padre ni madre. Lo que hagas a partir de ahora es cosa
tuya». ¿Quieres enviarle una respuesta?

Su rostro se relajó y la paz que sintió hizo que fuera de nuevo muy
hermoso.

—Sí —respondió—. Dile que... Rhonin le da las gracias.

*******

El caballo muerto galopaba tan rápido como lo había hecho en vida


y nunca se cansaba. Su jinete mataba con la misma celeridad que
lo había hecho en vida y ella tampoco se cansaba jamás. Los
cadáveres cubrían todo el bosque desperdigados de un modo
caótico; lobos, osos, ciervos, arañas yacían por doquier. Cualquier
cosa que hubiera tenido la mala suerte de cruzarse en su camino
había muerto, aunque no siempre con rapidez y rara vez
limpiamente.

La Reina Alma en Pena profirió el horrible chillido que solo podían


lanzar los que eran como ella, al que dotó de un nauseabundo toque
de rabia y cierto sentimiento de traición, al que tiñó con esa
demencial pena que la dominaba. Un oso cayó, debilitado y preso
del pánico solo por culpa de ese chillido. Acribilló a flechazos la
gruesa piel marrón de esa bestia, que bramó de dolor a la vez que
422
Crímenes de Guerra

revolvía esa tierra cubierta de musgo. Sylvanas se alimentó de su


sufrimiento. Descabalgó de su esquelética montura y arremetió
contra un lobo, que se enfrentó a ella rugido a rugido hasta que la
Dama Oscura le arrancó la cabeza solo con sus manos.

El dolor era insoportable. Era ese mismo dolor, que se asemejaba


tanto al dolor que uno siente en un miembro amputado que ya no
tiene, que había experimentado a lo largo de los últimos días,
cuando se había sentido tan feliz con Vereesa. Ahora, sin embargo,
la alegría que había acompañado a ese dolor se había esfumado y
ya no quedaba nada salvo el tormento.

El tormento y el odio.

Su atuendo de cuero se hallaba ahora cubierto de sangre, pero no le


importaba. La única manera de detener ese sufrimiento era
haciendo sufrir a otra cosa; descargando esa angustia, esa tristeza,
esa desesperación en algo vivo, ya que no podía descargarla en su
hermana Vereesa, en Lunita.

Se tambaleó mientras aferraba la cabeza del lobo y parpadeaba, con


unas pestañas pegajosas por culpa de ese fluido carmesí. Entonces,
soltó la cabeza y esta rebotó en el suelo con un sonido hueco.
Sylvanas cayó de rodillas y enterró la cara en las manos y lloró,
lloró como un niño desesperado, que lo hubiera perdido todo,
absolutamente todo.

¡Lunita...!

Poco a poco, dejó de sollozar y esa paz tan gélida y familiar acabó
con ese calor que tanto le hacía sufrir. Sylvanas se puso en pie y se
relamió la sangre de los labios.

Debería habérselo imaginado. Ese dolor que había sentido en un


principio, cuando se había atrevido de un modo estúpido a albergar
423
Christie Golden

la esperanza de poder tener algo distinto a lo que tenía hora, de


poder sentir algo por otra persona... de sentir amor de nuevo... ese
dolor había sido una advertencia. Un aviso de que ya no estaba
hecha para albergar sentimientos como la esperanza, o el amor, o
la confianza, o la alegría.

Esas cosas eran para los vivos; esas cosas eran para los débiles. Al
final, esos sentimientos se le escaparían entre los dedos, como le
había sucedido a Jaina Valiente con los restos violetas de Kinndy,
su aprendiza, y volvería a hallarse sola una vez más, como siempre.
Tras haberse serenado al llorar y haber cometido esa masacre, se
montó de nuevo en su caballo. Sylvanas Brisaveloz, la Reina Alma
en Pena de los Renegados, nunca volvería a cometer el error de
creer que sería capaz de amar.

424
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Go’el se sorprendió al ver que el asiento de Sylvanas estaba vacío,


ya que pensaba que, de todos los líderes de la Horda, era la que más
odiaba a Garrosh de un modo muy personal y virulento. ¿Qué era
lo que había dicho Baine? Vol’jin le había comentado al tauren:
«Nadie conoce el odio mejor que la Dama Oscura. Y le encanta que
la venganza se sirva en frío».

Aun así, el día en que Garrosh por fin iba a romper su silencio, ella
no estaba ahí para regodearse con su sufrimiento, lo cual era muy
raro.

Los espectadores entraron en fila y ocuparon los asientos, aunque


nadie se atrevió a sentarse en el de Sylvanas. Kairoz se encontraba
solo sentado a la mesa de los dragones bronces, manipulando la
Visión del Tiempo. Go’el dio por sentado que la estaba
desactivando, ahora que ya había cumplido su propósito. Le enojó
que Kairoz hubiera decidido hacer eso ahora en vez de la noche
anterior, o incluso antes, puesto que ese artilugio no había sido
necesario para los alegatos finales, pues todas las pruebas ya habían
sido presentadas. A pesar de que no tenía ningún aprecio por

425
Christie Golden

Garrosh, Go’el consideraba que era una descortesía que Kairoz


estuviera dedicándose en esos momentos a realizar una tarea tan
mundana. Se preguntó por qué Taran Zhu lo permitía, ya que era
una falta de respeto para con el procedimiento, pero concluyó que
debía de ser una labor importante por alguna razón que solo
conocía el dragón bronce. Sin duda alguna, Chromie se le uniría en
unos breves instantes. Go’el estaba seguro de que ninguno de los
dragones bronces, que habían desempeñado un papel clave en el
proceso, iba a perderse declaración de Garrosh.

Hasta esos momentos, el juicio había generado más tensión de la


que había disipado. Muchos miembros de la Horda se quejaban de
manera iracunda de que parecía que Baine había defendido a
Garrosh con demasiado ahínco y suma sinceridad. Las tácticas que
la defensa había empleado con Vol’jin y el propio Go’el habían
levantado ampollas, sin ningún género de dudas. Sin embargo, el
alegato final de Baine había mostrado bien a las claras cuáles eran
las razones por las que el tauren había considerado necesario hacer
lo que había hecho, y Go’el lo entendía perfectamente. Aun así, se
alegraba de que todo esto llegara a su fin. Fuera cual fuese el
veredicto alcanzado por los Augustos Celestiales, sería todo un
alivio.

La estancia se llenó de voces que conversaban animadamente,


incluso más de lo habitual. En cuanto Taran Zhu entró, andando
con la misma calma de la que había hecho gala todos los días, y se
dirigió a su asiento, las charlas fueron menguando. Acto seguido,
golpeó el gong y anunció:

—Se reanuda el juicio. Por favor, que entre el jurado.

Los cuatro Celestiales se colocaron en su lugar habitual,


serenamente indescifrables, dispuestos a escuchar lo que la
acusación tenía que decir. Aggra, que estaba junto a él, se tensó.

426
Crímenes de Guerra

—Aquí viene —murmuró.

Si bien Garrosh Grito Infernal se encontraba flanqueado por seis


guardias, hoy no llevaba encadenadas las piernas, lo cual solía
provocar que anduviera con pasos cortos y deteniéndose
continuamente; no obstante, seguía cojeando un poco. No llevaba
ninguna otra cadena encima, salvo unas esposas en las manos.
Caminaba más erguido que antes y con un semblante cansado pero
henchido de dignidad.

—Me alegro de que Taran Zhu lo haya permitido —le comentó


Go’el a Aggra—. Puede ser muchas cosas, pero es sobre todo un
guerrero. Debería encarar la muerte como un orco, no como un
animal.
—Hum —replicó Aggra—. Eres más generoso que yo. No creo que
se merezca ninguna muestra de respeto, ya que todo aquel que se
le haya podido brindar en el pasado, lo ha desperdiciado de mala
manera.
—Y eso también es una tragedia —apostilló Go’el.

*******

A Anduin lo habían enseñado desde muy pequeño a permanecer


sentado con suma calma en toda ocasión formal. «Un príncipe no
puede estar revolviéndose inquieto en su asiento», le habían dicho.
Pero hoy, tras su encuentro primero con Vereesa y luego con
Garrosh, se hallaba muy nervioso y le costaba mucho no revolverse
en su asiento, por suerte, todo el mundo parecía encontrarse tan
ansioso como él, aunque esperaba que nadie hubiera tenido un
receso como el suyo. Por la forma en que se comportaban, Jaina y
Kalec parecían haber tenido uno bastante provechoso, puesto que
se agarraban de la mano y daban la impresión de estar muy felices,
de lo cual Anduin se alegraba, pues quería que alguna cosa fuera
bien, para variar.

427
Christie Golden

— ¿Cómo te encuentras? —preguntó Varian.


— ¿Yo? Bien —respondió Anduin con suma rapidez.
—En un principio, no me pareció bien que hablaras con Garrosh
—afirmó Varian—, pero... creo que fue lo correcto. Ahora todo
depende de los Celestiales.
— ¿Crees que si pide clemencia se la concederán? —no pudo evitar
preguntar Anduin.
—No tengo ni idea de lo que puede hacer o no un Celestial —
contestó Varian—. Lo único que me preocupa es que tú estés bien.
—Lo estoy —aseveró Anduin, quien se dio cuenta en esos instantes
que eso era cierto. Había hecho todo lo que había podido por
Garrosh y se sentía satisfecho, aunque también un tanto nervioso.
Entonces, se percató de que algo se movía en una de las puertas—
. Ahí está.

Mientras Garrosh avanzaba, Anduin pudo comprobar que Taran


Zhu había accedido a quitarle en parte las cadenas a Garrosh, tal y
como había pedido el príncipe. También le habían dado al orco una
túnica limpia. Parecía estar mejor que cuando Anduin lo había
dejado; parecía más sereno e incluso tenía un porte más... digno.

—Esto... —dijo Varian—. ¿Dónde está Chromie? Creía que


querría estar aquí para ver esto.

Anduin echó un vistazo y comprobó que solo Kairoz estaba sentado


a la mesa de los dragones bronces, el cual seguía enredando con la
Visión del Tiempo.

—No tengo ni idea —respondió. Acto seguido, centró su atención


por entero en Garrosh, a quien los guardias escoltaron hasta el
centro de la estancia. A continuación, cuatro de ellos retrocedieron.
Solo quedaron dos junto al orco e incluso estos permanecieron unos
cuantos pasos por detrás de él mientras este miraba al fa’shua.

428
Crímenes de Guerra

—Garrosh Grito Infernal —dijo Taran Zhu—. Has sido juzgado


ante un tribunal pandaren. Antes de que el jurado inicie sus
deliberaciones para determinar tu destino, ¿hay algo que quieras
decimos, a mí, al jurado o a algún espectador?

Garrosh contempló la multitud como si la viera por primera vez. Se


giró trazando un círculo sobre sí mismo mientras miraba a su
alrededor, deteniéndose de vez en cuando aquí y allá. En cierto
momento, sus ojos se cruzaron con los de Anduin y una fugaz
expresión de dibujó por su rostro.

—Sí —contestó, con una voz potente que se pudo oír con suma
facilidad en ese amplio espacio—. Tengo algo que decir.
Honorable Taran Zhu, Augustos Celestiales, espectadores venidos
de todos los rincones de Azeroth, he escuchado lo mismo que
ustedes han escuchado. He visto lo mismo que han visto. —En ese
momento, se giró para mirar a Tyrande, quien se hallaba sentada
en silencio y sumamente tranquila—. Tyrande Susurravientos ha
presentado unos argumentos muy sólidos que me condenan, lo cual
ha suscitado la ira de algunos de ustedes y que incluso alguno
pensara vengarse, que alguno pensara matarme. No los culpo por
ansiar algo así.

Miró a Tyrande con una sonrisilla de suficiencia y, a continuación,


se volvió hacia su defensor. Baine también daba la impresión de
hallarse muy sereno, aunque su gesto era más sombrío que el de
Tyrande.

—Baine Pezuña de Sangre, quien no tenía razones para hacer lo


que ha hecho, me ha defendido con suma seriedad sin basar sus
argumentos en demostrar mi inocencia, sino en pedir su
comprensión, su compasión. Se ha pedido, tanto al jurado como a
los espectadores, que examinen su corazón para comprobar que
nadie está totalmente libre de culpa.

429
Christie Golden

Entonces, para sorpresa de Anduin, Garrosh se giró para mirarlo.

—Por otro lado, el príncipe Anduin Wrynn, quien tenía todo el


derecho del mundo a estar entre aquellos que piden a gritos mi
muerte, decidió compartir varias horas conmigo. Ante lo cual, yo
he intentado asesinarlo de una manera brutal, cruel y dolorosa. ¿Y
cómo ha reaccionado? —Garrosh negó con la cabeza, como si no
pudiera creérselo—. Me ha hablado sobre la Luz. Me ha dicho que
cree que soy capaz de cambiar. Me ha brindado generosidad
cuando yo solo le he ofrecido odio y violencia. Es por él por quien
me hallo ahora aquí ante ustedes, a la espera de una sentencia de
muerte que me permita morir como un guerrero y como un esclavo
destrozado.

Acto seguido, alzó esas manos esposadas e hizo una leve reverencia
dirigida a Anduin. Después, se giró para volver a contemplar a ese
gentío.

—Oh, sí. Sé perfectamente que mis manos están manchadas de


mucha sangre. Sé perfectamente cuáles son las consecuencias de lo
que he hecho y cuál ha sido la magnitud de mis actos.

En ese instante, respiró hondo y dio la sensación de que estaba


poniendo en orden sus pensamientos. Anduin se inclinó hacia
delante y, a pesar de que no quería albergar ninguna esperanza,
acabó haciéndolo.

—Y ahora, en este lugar, en este momento, en que puedo hablar


con total libertad, en que puedo expresar lo que pasa por mi mente
y mi corazón... he de decirles la verdad: que...

Sus carcajadas resonaron por toda la estancia.

— ¡Que no me arrepiento de nada!

430
Crímenes de Guerra

Anduin se quedó sin respiración. Se quedó helado, paralizado.


Siguió sentado y contempló fijamente a Garrosh, pues por un
momento fue incapaz de asimilar las palabras que acababa de
escuchar. El estruendo de los gritos de indignación de un público
furioso le martillearon los oídos. Taran Zhu golpeó el gong de
manera fútil para llamar al orden.

Pero por lo visto, eso solo era el comienzo. Garrosh alzó sus brazos
encadenados y exclamó:

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Destruiría un millar de Theramores, si así pudiera


lograr que la Alianza hincara la rodilla! ¡Daría caza a todo cachorro
de elfo de la noche que lloriquea en la faz de este mundo y acallaría
sus gimoteos para siempre! ¡Desterraría a todo trol, todo aturen y
todo amerado elfo de sangre, así como a todo codicioso goblin y a
todo torpe cadáver andante si pudiera... ¡oh, qué poco me faltó para
lograrlo!

En ese instante, Anduin se dio cuenta de que su padre lo había


estado llamando por su nombre varias veces. Dirigió su mirada a
Varian de un modo vacilante, abrumado por la conmoción y la
desilusión.

—Anduin —repitió Varian tal vez por tercera vez—. Vamos. Go’el
quiere hablar con nosotros y creo saber por qué.

Go’el se encontraba cerca de la entrada. En cuanto su mirada se


cruzó con la de Anduin, inclinó la cabeza levemente en dirección
al pasillo que llevaba al exterior. Anduin asintió, se relamió los
labios y negó con la cabeza mientras tanto él como Varian se abrían
paso hasta las escaleras. Y allá abajo Garrosh seguía hablando.
Anduin apretó los dientes. ¿Cómo había podido creer que Garrosh
sería capaz de cambiar?

431
Christie Golden

— ¡Las únicas «atrocidades» de las que me arrepiento son las que


no pude llevar a cabo! —gritó el orco, quien sonrió ferozmente al
contemplar el caos que había desatado—. ¡Lo único que lamento
es que lograran detenerme antes de que pudiera ver el renacimiento
de la verdadera Horda!

Anduin y su padre se dirigieron a una de las puertas, donde Go’el


los estaba esperando.

— ¿Chromie? —preguntó Varian


—Chromie —confirmó Go’el.
— ¿Qué pasa con ella? —inquirió Anduin.

Go’el se volvió hacia el príncipe, i ¿Cómo es posible que ayudara


a Tyrande a ejercer la acusación y que ahora no esté aquí?

—Algo malo debe de haber pasado —conjeturó Varian.


—Puedo ir a buscarla —replicó Anduin de inmediato—. Después
de tanto tiempo, conozco este lugar bastante bien.

El príncipe hablaba con un tono plagado de amargura. Si bien


quería ayudar, aún deseaba más no tener que seguir escuchando a
Garrosh ni un segundo más.

*******

Con gran agilidad, Anduin bajó corriendo las escaleras que


llevaban hasta la celda de Garrosh, pues quería preguntarles a los
hermanos Chu si habían visto a Chromie y pedirles que se
mantuvieran alerta si aún no la habían visto. Dobló la esquina y se
frenó tras deslizarse un poco.

Los dos pandaren yacían inmóviles en el suelo, parecían un par de


sacos de grano de color blanco y negro que alguien hubiera
apartado a un lado de un modo descuidado. Las cadenas que hasta
432
Crímenes de Guerra

entonces se habían empleado para atar a Garrosh se hallaban ahora


colocadas alrededor de esos cuerpos robustos; además, los habían
amordazado.

—Oh, no —gimió Anduin, al acercarse presuroso a ambos. Aunque


los dos hermanos habían recibido sendos golpes en la cabeza y
tenían el pelaje manchado de sangre, seguían respirando. Anduin
colocó una mano sobre el corazón de Li y murmuró una oración
dirigida a la Luz. Un delicado fulgor amarillo le envolvió la mano,
lo cual hizo que notara calor y un cierto cosquilleo en ella. La
bendición de la Luz fluyó a través de él, purificándolo como si
fuera una leve llovizna, que se extendió del príncipe hasta Li. El
pandaren abrió los ojos justo cuando Anduin le estaba quitando la
mordaza.
—Han sido dos... mujeres —masculló Li, a la vez que Anduin se
volvía hacia Lo Chu e imploraba a la Luz que curase al otro
gemelo—. Iban armadas con unas ballestas... no deberían haber
tenido armas, pero las tenían.

Entonces, el gran chichón que Lo tenía en la cabeza fue menguando


bajo las manos del príncipe. El pandaren parpadeó al recuperar la
consciencia.

—Si portaban unas ballestas, tienen suerte de seguir vivos —señaló


Anduin, quien se preguntó quiénes podían ser esas guerreras y para
qué habían venido—. Voy a quitarle estas cadenas. —Sabía que Lo
Chu llevaba las llaves de ambas cadenas y de la puerta en esa bolsa
que siempre llevaba colgando a un costado. Anduin estiró el brazo
para cogerla, pero de repente frunció el ceño—. Lo, ¿dónde están
las llaves?
— ¡Han debido de robármelas esas mujeres! —exclamó Lo, quien
se retorció presa de la impotencia y la furia.
— ¿Saben quiénes son? —preguntó el príncipe. Ambos hermanos
hicieron un gesto de negación con la cabeza—. Pero... esto no tiene
sentido. Garrosh ya está fuera de la celda. ¿Para qué querrían...? —
433
Christie Golden

Se puso de pie de un salto y golpeó con fuerza la puerta cerrada—


. ¿Chromie?
— ¡Anduin!

La dragona tuvo que gritar para que su aguda voz de gnoma pudiera
ser escuchada a través de esa gruesa puerta. El príncipe se sintió
tan aliviado que se le hundieron los hombros.

—Alguien ha atado a Lo y Li y les ha robado las llaves, pero te


vamos a sacar de ahí —le aseguró Anduin—. No te preocupes.
¿Qué ha pasado?
— ¡Ha sido Kairoz!
— ¿Qué? —replicó un boquiabierto Anduin.
— ¡Por favor, escúchame, no nos queda mucho tiempo! —De un
modo muy obediente, Anduin pegó la oreja a la puerta—. Creo que
va a hacerle algo a la Visión del Tiempo. Le sorprendí
manipulándola y, cuando le pregunte qué hacía, me soltó una
excusa, me dijo que la estaba «cerrando». Entonces, lo acribillé a
preguntas y luego... luego me desperté encerrada aquí. ¡Tienes que
impedir que haga lo que sea que haya planeado! ¡Por favor, date
prisa!
— ¡Vete! —gritó Li.
—Nosotros meditaremos y cultivaremos la paciencia —añadió Lo
sosegadamente.
—Eso les vendrá bien —dijo alguien de voz suave y sedosa—. A
Li sobre todo.

Anduin se giró con el corazón en un puño al sufrir otra traición más


en ese funesto día.

—Dos mujeres con ballestas —dijo con amargura—. Eran una orea
y una humana, ¿verdad, Li? Debería habérmelo imaginado.
—Tal vez deberías haberlo hecho, pero no eres por naturaleza una
persona desconfiada que sea capaz de detectar la traición, Anduin
Wrynn —replicó Wrathion, quien esbozó una triste sonrisa—. Si
434
Crímenes de Guerra

esto te sirve de consuelo, he de confesar que lamento mucho lo que


ahora voy a tener que hacer.

Anduin se rio con desdén.

—Seguro que sí.

El Príncipe Negro se encogió de hombros.

—Cree lo que quieras, pero es la verdad. Tú y yo somos amigos.


— ¿Amigos? ¡Los amigos no se matan unos a otros!

Al dragón se le desorbitaron esos ojos relucientes y dio la sensación


de que se sentía un tanto... dolido.

— ¿Por qué iba a hacer algo así? Mira a los hermanos Chu. Siguen
vivos, aunque he de reconocer que sufren un terrible dolor de
cabeza y me importan mucho menos que tú.
—Wrathion, ¿qué está ocurriendo aquí? ¿Qué estás haciendo?

El joven dragón negro suspiró.

—En su día, me pediste que observara y escuchara, y que decidiera


qué era lo mejor para Azeroth. He hecho exactamente lo que me
pediste. Eres el heredero al trono de Ventormenta. Tienes la
obligación de... mantener tu reino a salvo. Haces lo que crees que
es mejor para él y su gente. Como soy el último dragón negro, la
responsabilidad que asumía en el pasado mi Vuelo recae
únicamente sobre mis hombros... la responsabilidad de mantener a
salvo Azeroth. Es una obligación que debo honrar.
— ¡No le escuches, Anduin! —gritó Chromie.

Anduin señaló con un gesto a los pandaren que seguían


encadenados.

435
Christie Golden

— ¿Así mantienes tú a salvo a Azeroth?


—En este caso, te aseguro que el fin justifica los medios. Albergo
la esperanza de que algún día lo entiendas. Y ese día, tú y yo nos
enfrentaremos a un terrible enemigo. Tal vez incluso lo hagamos
como hermanos.

Un desesperado Anduin le tendió la mano.

—No tienes que hacerlo de este modo. Explícame qué está


pasando. Podemos colaborar, podemos hallar la manera de...
—Adiós por ahora, joven príncipe —dijo Wrathion.

El dragón alzó una mano y Anduin perdió la consciencia.

436
Crímenes de Guerra

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

— ¡Nada... nada en este mundo puede detenerme! —bramó


Garrosh, alzando unos puños todavía encadenados, que agitó en el
aire en señal de triunfo.

En ese momento, Jaina se dio cuenta de qué era lo que tanto le había
estado inquietando. Todo el mundo había estado tenso... Garrosh,
Taran Zhu, los guardias, los espectadores. Sin embargo, Kairoz se
había limitado a estar junto a la mesa, con una leve sonrisa dibujada
en su apuesto rostro. En un mero instante, todas las piezas del
rompecabezas encajaron en su sitio. Mientras Jaina inspiraba aire
para poder lanzar una advertencia a gritos a Taran Zhu, el dragón
bronce extendió lánguidamente un brazo muy esbelto, sin apartar
la mirada del vociferante Garrosh, y empujó a la Visión del Tiempo
hacia el borde de la mesa justo lo necesario.

— ¡No! —exclamó Jaina, cuya voz se perdió en el furor mientras,


casi a cámara lenta, vio cómo la Visión del Templo se desplomaba
hacia el inmisericorde suelo de piedra. Mientras caía, se dio la
vuelta y las arenas de su interior brillaron, de modo que esos

437
Christie Golden

diminutos dragones ornamentales de metal adheridos a ella se


despertaron, extendieron las alas y volaron.

Se estampó contra el suelo con un ruido discordante, aunque


extrañamente melodioso, y las esferas se hicieron añicos, por lo
cual la arena que contenía se desparramó hacia fuera... y hacia
arriba. Al instante, estalló una cegadora tormenta de energía y se
formó un tomado de turbulenta luz dorada. Los gritos de furia de la
multitud se transformaron en chillidos de terror. Jaina notó que algo
cambiaba en el ambiente… notó un escalofrío que solo podía
provocar la magia. El campo de atenuación que protegía el templo
había caído. La única magia que se había permitido en ese lugar
había sido la de los dragones bronces; una magia que ahora había
eliminado ese campo. Ante la mirada estupefacta de Jaina, se
produjo un enorme desgarro en el espacio-tiempo. Dio la impresión
de que Garrosh atravesaba el suelo directamente y de que otros
seres surgían de él.

No se trataba de demonios, ni de elementales, ni de nada tan


ordinario. Esos seres agitaron la cabeza, miraron a su alrededor y
blandieron sus armas. Jaina los reconoció, pero no pudo hablar por
un momento por culpa de la conmoción.

Su mirada se vio atraída por una mujer que solo tenía un mechón
dorado en su pelo blanco, que iba ataviada con un vestido flojo de
color blanco, púrpura y azul, y portaba una vara ornamentada. Esa
mujer tenía un rictus muy serio dibujado en su semblante y sus ojos
refulgían con un color azul pálido. Sobre ella, flotaba un dragón
azul lo bastante grande como para poder agarrarla con sus zarpas
delanteras. Un dragón espléndido que tenía todas las tonalidades
propias del cielo y el hielo y que reía de un modo demencial. Junto
a la mujer de pelo blanco, se encontraba una elfa de la noche de
facciones frías y crueles y junto a esta...

— ¡Kalec! —gritó la archimaga—. ¡Somos nosotros!


438
Crímenes de Guerra

Pero su amada ya se hallaba en pie, corriendo hacia ese suelo


abierto, en busca de un espacio lo suficientemente grande donde
pudiera transformarse. Jaina asumió de inmediato que debía
batallar, por lo cual despejó su mente, que se halló entonces más
clara de lo que había estado a lo largo de todo el juicio. Ella y Kalec
contaban con una ventaja que muchos otros no tenían. Al haber
caído el campo de atenuación, volvían a disponer de sus armas.

Y la archimaga pretendía hacer un buen uso de ellas. La mujer que


se hallaba allá abajo, atacando a las razas de la Horda con bolas de
fuego, no era precisamente una extraña para ella. Jaina recordaba
perfectamente cómo se había sentido esa mujer. No se trataba solo
de una Juina de una línea temporal alternativa; ella había sido esa
mujer en esta corriente del tiempo y estaba siniestramente dispuesta
a detener a esa mujer ahí mismo. Invocó una crepitante bola de
turbulento fuego y la lanzó contra su otro yo.

La otra Jaina se volvió e interceptó la bola de fuego con una


descarga de pura energía arcana. Una gélida sonrisa afeó su rostro
y la verdadera Jaina se preguntó por un instante: Sé exactamente lo
que va a hacer y ella también... ¿Cómo voy a luchar conmigo
misma?

*******

Go’el y Varian estaban apoyados sobre una de las columnas de


piedra que flanqueaban la entrada al templo mientras escuchaban
cómo Garrosh Grito Infernal se despachaba a gusto.

—Con cada palabra que pronuncia, se está cavando su propia


tumba —afirmó Go’el, a la vez que negaba con la cabeza—. Qué
pena.

439
Christie Golden

Varian hizo ademán de asentir, pero al final optó por ladear la


cabeza y fruncir levemente el ceño. De inmediato, Go’el dejó de
prestar atención al frenético caos que reinaba en el interior del
templo y aguzó el oído. Ahora él también podía oírlo, aunque
todavía era un ruido muy tenue, pero iba en aumento. Era un algo
rítmico pero errático, como el batir de muchas...

—Alas —dijo bruscamente Varian. A la vez que pronunciaba esa


palabra, otro ruido resultó audible; este era más regular y vibrante,
un zum, zum, zum muy cadencioso.
— ¡Un zepelín! —exclamó Go’el.

Como eran dos guerreros curtidos en mil batallas, reaccionaron


perfectamente al unísono sin necesidad de mediar más palabra.
Varian atravesó corriendo el pasillo y salió del templo, vociferando
una advertencia mientras le cogía una espada de la mano a un
guardia sorprendido. Go’el se giró en dirección a la planta baja del
templo. Justo cuando abrió la boca para llamar a los guerreros a
batallar al exterior, vio que Kairoz, como quien no quiere la cosa,
de un modo muy calculado, daba un empujoncito a la Visión del
Tiempo. Al instante, el suelo del Templo del Tigre Blanco se vio
sumido en el caos.

Go’el se llevó una mano a los ojos para protegérselos de esa


turbulenta tormenta de energía, que emitía un estruendo que casi
tapaba los gritos de la multitud, aunque no del todo. De repente, se
abrió una grieta temporal descomunal. Un impotente y furioso
Go’el contempló, con los ojos entornados, cómo Kairoz y Garrosh
desaparecían en ese suelo, con una enorme sonrisa victoriosa
dibujada en sus rostros. Go’el esperaba que ese desgarro se cerrara
solo, pero Kairoz no había dejado nada al albur del azar. Donde
antes solo había habido dos seres, ahora se encontraban diez, a los
que Go’el conocía perfectamente. Sus ojos se posaron de inmediato
en el fuerte orco que iba ataviado con una tradicional armadura
humana de placas. Sobre su reluciente pecho portaba un tabardo
440
Crímenes de Guerra

rojo y dorado, con el símbolo de un halcón negro. Ese orco blandía


una colosal hacha de batalla y, con la misma celeridad que sus
compañeros, arremetió directamente contra esos asientos repletos
de espectadores que no paraban de chillar.

Go’el conocía ese símbolo. Era el mismo que había llevado un


enemigo procedente de otra línea temporal que había venido a
asesinarlo y al que Go’el había acabado matando, como iba a matar
también a este.

— ¡Thrall! —exclamó Go’el.

Acto seguido, el poderoso orco, que portaba el tabardo de Aedelas


Lodonegro, se giró para enfrentarse a sí mismo con una amplia
sonrisa muy ansiosa.

*******

Zaela se echó a reír al ver que el Vuelo de Dragón Infinito, con sus
leales orcos Faucedraco montados sobre sus espaldas, se
aproximaba al Templo del Dragón Blanco. Dentro de él, su Jefe de
Guerra estaba escapando, gracias a Kairozdormu. Se acordó de
cuando había conocido al dragón bronce en Grim Batol, en la
misma sala donde Alexstrasza había sido mantenido cautiva por los
Faucedraco hace muchos años.

—Te daré a ti, líder de los Faucedraco, un ejército dracónico que


comandarás —le había dicho.
— ¿De dragones bronces? —había preguntado Zaela.

Él había hecho un gesto de negación con la cabeza.

—El Vuelo de Dragón Bronce se encarga de supervisar que el


tiempo fluya como él mismo desee, sin importar las consecuencias.

441
Christie Golden

El Vuelo de Dragón Infinito y yo creemos en que el curso del


tiempo debe iterarse para doblegarlo a nuestra voluntad.

No había habido ninguna filtración, ninguna advertencia que


pudiera haber frustrado sus planes, que les pudiera haber
arrebatado la gloria de esta victoria segura. Ella estaba segura de
que cuando Kairoz se lo revelara todo al orco, este apreciaría el
gran homenaje que el dragón había hecho a la brillante estrategia
que él había empleado en Theramore, pues había logrado reunir a
los enemigos más importantes de Garrosh en un mismo lugar. Los
iban a atacar tanto desde dentro como desde fuera del templo,
atrapando a aquellos que pretendía saciar su obsesiva sed de
venganza con la ejecución de Grito Infernal entre una muerte a
manos de los Faucedraco y una muerte a manos de sus yo
alternativos.

Era un plan muy elegante. Además, a Zaela no le importaba matar


a algunos miembros de la Horda en ese ataque. Desde su punto de
vista, los verdaderos miembros de la auténtica Horda eran los que
ahora se hallaban con ella.

Tuvo ciertas dificultades para contener su agresividad normal con


el dragón que ahora cabalgaba. Ese dragón infinito no era una
bestia de carga a la que había subyugado, sino un aliado que
colaboraba con ella gracias a Kairoz. La orea se inclinó hacia la
izquierda y el dragón, cuyas alas membranosas eran del agradable
color del metal de las armas, se ladeó y la acercó al zepelín de
Harrowmeiser, que había sido reparado lo mejor posible.

— ¿Tu simpática tripulación está preparada? —preguntó a voz en


grito para que se la pudiera oír sobre ese traqueteo.

El goblin miró para atrás, hacia esa cubierta repleta de piratas,


todos ellos armados hasta los dientes, y le indicó a Zaela con el
pulgar que todo estaba listo. Si bien, en un principio, algunos de
442
Crímenes de Guerra

los piratas habían querido asesinar a Harrowmeiser, la promesa de


que iban a obtener mucho oro los había aplacado.

—Sí, aunque hay algunos que no se fían del todo de los paracaídas,
lo cual me ofende terriblemente. Shokia está en posición en la proa,
dispuesta a acabar con los rezagados y ciertos objetivos
estratégicos, y Thalen se encuentra en popa preparado para hacer
lo mismo. Así que... —en ese instante, señaló a la bola y la cadena
que seguía teniendo atada a cada pie— ...¿cuándo me vais a quitar
esto?

Zaela echó la cabeza hacia atrás y estalló en unas potentes y


jubilosas carcajadas. ¡Y pensar que hace solo unos días se hallaba
sumamente desesperada!

— ¡Te prometo que podrás bailar cuando celebremos la victoria!


—Más te vale... he invertido mucho dinero en esta empresa —
replicó Harrowmeiser.
— ¡Voy a adelantarme para comprobar si Kairoz ha tenido éxito!
—gritó y, una vez más, con solo un leve apretón de su muslo
derecho, el dragón viró y retomó su rumbo inicial.

Entonces, pudo oír cómo Harrowmeiser chillaba a lo lejos:

—Eh, oye, no toquen eso... ¡No, no beban eso, por amor de...!

A pesar de que no habían contado con los medios necesarios para


construir otra arma de maná que se aproximara un poco a la
potencia de la bomba que había reducido a esa ciudad antaño tan
orgullosa de la Alianza a una mera escombrera, Thalen había
logrado fabricar varias decenas de bombas más pequeñas. Esos dos
recientes aliados que se respetaban en grado sumo habían aunado
esfuerzos al máximo, de tal modo que Harrowmeiser había
mejorado las granadas de maná de Thalen al equiparlas con unos
temporizadores aleatorios. El enemigo las tomaría por bombas
443
Christie Golden

defectuosas cuando en realidad explotarían al azar y, con suerte, en


el peor momento posible. Cada jinete de dragón iba equipado con
al menos dos o tres y, con cada víctima que se cobrasen, insuflarían
más ánimos a sus fuerzas. Zaela ya podía divisar el templo, que se
extendía ante ella sin saber que la serenidad que reinaba ahí iba a
ser interrumpida bruscamente. Sus puentes, sus pasarelas y sus
pequeñas pagodas estaban repletas de pandaren; su parte central,
de enemigos de Garrosh Grito Infernal.
Zaela, que encabezaba esa formación, hizo que su montura
descendiera. El dragón sabía perfectamente qué debía hacer. Plegó
las alas y bajó en picado. La orea se aferró a él como un burro a un
lobo. La montura sacudió violentamente la cabeza y exhaló un
oscuro tomado de aliento arrasador sobre un grupo de mercaderes
pandaren que estaban gritando mientras señalaban al cielo.

Una energía violeta los atravesó y Zaela lanzó un aullido de júbilo.


Kairoz había desactivado el campo de atenuación, tal y como les
había asegurado que haría. Metió una mano en su bolsa, de la que
extrajo una pequeña esfera. La líder de los Faucedraco lanzó su
primera granada de maná y sonrió de oreja a oreja al contemplar
esa pequeña explosión lavanda.

*******

Anduin parpadeó y logró vislumbrar algo a través de esa neblina


de dolor que le embotaba los sentidos. Oyó a Chromie gritar su
nombre, así como otros ruidos que procedían de la planta de arriba,
que no eran ya solo los gritos que había escuchado antes. No podía
identificar qué era ese clamor. Con sumo cuidado, se palpó la parte
posterior de la cabeza. Siseó al sentir que el dolor aumentaba de
manera exponencial. Notó que tenía un chichón del tamaño de un
huevo y comprobó que la mano se le había manchado de rojo. El
fragor continuaba y, de repente, todo encajó en su sitio.

444
Crímenes de Guerra

Reconoció el choque del acero y el agudo cántico de la magia. A


Anduin lo asaltó súbitamente una oleada de náuseas que no tenía
nada que ver con la herida que había sufrido. Por su culpa, Garrosh
había entrado en la sala con muy pocas cadenas. Como haga daño
a alguien, será culpa mía.

— ¿Anduin?
—Estoy bien, Lo —mintió y, al incorporarse, estuvo a punto de
perder el conocimiento de nuevo por solo haber hecho ese
movimiento. Estaba agotado tras haber tenido que curar a los
hermanos Chu, por lo cual no le quedaban muchas fuerzas; no
obstante, pidió ayuda a la Luz y el dolor menguó hasta convertirse
en meramente atroz—. Me tengo que levantar... para detener a
Kairoz. Enviaré a alguien aquí abajo para atenderlos a ustedes y a
Chromie.
—Esa herida no te va a permitir luchar —aseveró Li con firmeza.
Ya, pero tengo que hacerlo, porque esto es responsabilidad mía,
pensó un desesperado Anduin, aunque no lo dijo. Ignorando las
protestas de estos, subió por las escaleras haciendo un terrible
esfuerzo y todo un ejercicio de voluntad y, en cuanto atravesó
dando tumbos la puerta, se preguntó si no estaría alucinando.

A pesar de que reconoció a los combatientes, le resultaron al mismo


tiempo muy extraños; reconoció al trol de piel azul con un collar
hecho de orejas humanas y elfas que se carcajeaba mientras
intentaba añadir más a su colección, o al poderoso tauren que
blandía una maza descomunal y portaba la armadura de un Jefe de
Guerra...

También supo quién era ese chico humano de pelo rubio que
portaba el atuendo de coronación de un rey de Ventormenta, el cual
se hallaba hecho un ovillo en el suelo, con las rodillas muy pegadas
al pecho, paralizado de terror, mientras aferraba con fuerza a
Rompemiedos, lo que resultaba bastante irónico.

445
Christie Golden

Entonces, recordó las palabras de Wrathion: «Temo que seas muy


blando como para poder llevar la corona de tu reino, príncipe
Anduin». En otra corriente temporal, al menos, ese dragón
traicionero había estado en lo cierto. Anduin logró abandonar su
estado de parálisis y corrió hacia el otro muchacho, al que tendió la
mano. De improviso, el joven rey de Ventormenta chilló:

— ¡A tu espalda!

Y se tapó la cara.

Anduin dio bruscamente un salto a la izquierda y se echó al suelo,


al reaccionar de manera puramente instintiva tal y como lo habían
adiestrado durante muchas tediosas horas de combate cuerpo a
cuerpo. Al instante, escuchó el silbido de una guja que no le acertó
por muy poco. Se puso de pie de un brinco y se giró para toparse
con un enorme trol que lo miraba maliciosamente.

—Eres rápido, principito, pero eso da igual, porque me voy quedar


con tus orejas —dijo Vol’jin.

Anduin miró fijamente a ese trol gigantesco mientras este se


enderezaba todo lo largo que era y alzaba la guja. El príncipe se
abalanzó sobre el otro Anduin, le arrebató a Rompemiedos y alzó
la maza. Desprendió un resplandor brillante, lo cual provocó que
Vol’jin gruñera de dolor. Momento que Anduin aprovechó para
trazar un arco muy suave y un tanto lento con Rompemiedos.
Durante un extraño instante, dio la sensación de que la maza se
movía sola. La cabeza de plata del arma alcanzó al trol en el costado
izquierdo. El golpe no fue letal gracias a que vestía una armadura
de cuero; no obstante, Anduin pudo notar cómo se le rompían
varias costillas.

Vol’jin se tambaleó, gruñó y volvió su cruel rostro hacia el


príncipe.
446
Crímenes de Guerra

—Vas a sufrir por esto, principito —le prometió—. ¡Bwonsamdi


va a tener que esperar muy poco para recibir a tu espíritu!

Se abalanzó sobre Anduin como un demente, chillando en su


propio idioma gutural. Horrorizado, el príncipe se dio cuenta de
que el trol no pretendía matarlo, sino que iba directamente a por su
oreja derecha.

Anduin lanzó un grito incoherente y alzó a Rompemiedos. La


reluciente maza le volvió a salvar la vida al apartarle de un fuerte
golpe esa &4ja de la cara. Vol’jin contraatacó de inmediato y acertó
al príncipe en el hombro, que no llevaba protegido con armadura,
lo que provocó que este se trastabillara hacia atrás. Soltó a
Rompemiedos y se llevó la mano hacia esa herida de la que manaba
sangre. Alzó la vista justo a tiempo de ver cómo Vol’jin se echaba
hacia atrás para propinarle el golpe mortal...

Acto seguido, se tropezó hacia delante, con un gesto de


estupefacción dibujado en su cara pintada de blanco y de la que
surgían unos colmillos, ya que el joven rey Anduin había
arremetido contra él.

Pero fue en vano, por supuesto.

Vol’jin se recuperó de inmediato, se giró y se quitó de encima con


suma facilidad al flacucho rey Anduin, como un perro se habría
quitado de encima a una rata. De un modo un tanto brusco, el trol
le clavó la guja en el pecho al joven. Acto seguido, arrancó su arma
chorreante de sangre del cuerpo y se agachó para cortarle las orejas
al humano.

De improviso, una gigantesca garra dorada, que parecía surgida de


la nada, agarró a Vol’jin, al que lanzó hacia el otro lado de la
estancia. Chromie agachó su enorme cabeza sobre Anduin.
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Christie Golden

— ¿Estás bien?

Estaba bien pero se sentía morir al mismo tiempo, por lo cual no


supo qué responder. Anduin se acercó a su otro yo, con la esperanza
de poder llegar a tiempo para salvarlo. Rápidamente, murmuró una
oración y la herida dejó de sangrar, pero por el lívido rostro que
tenía el rey, pudo deducir que solo había demorado su muerte y no
la había evitado.

—Se ha abalanzado sobre Vol’jin a pesar de ir desarmado —dijo


el príncipe con un tono de voz muy áspero—. Me ha salvado la
vida. —Entonces, miró a Chromie como si la viera por primera
vez—. Oh, has salido de esa celda —comentó Anduin de un modo
un tanto estúpido—. Me había olvidado de ti. Lo siento.

Meció al rey en sus brazos, a la vez que notaba cómo la sangre le


empapaba la camisa. La guja de Vol’jin se había clavado muy
hondo.

—Nos han encontrado unos guardias tAq explicó la dragona—i He


de hacer todo lo posible por desestabilizar esa fisura. Es la única
manera de mandarlos a todos de vuelta a ese lugar del que
provienen.
Esto de abrazarse a uno mismo mientras se está muriendo es
bastante surrealista, pensó Anduin.
— ¿Qué necesitas que haga?

No podía apartar la mirada de ese rostro pálido e inmóvil... que era


también su cara...

—Ya lo estás haciendo —contestó Chromie con suma bondad—.


Aceptar a tu yo alternativo conseguirá que cada vez se afiance
menos en esta realidad. Para ti ha sido muy fácil aceptar a tu yo

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Crímenes de Guerra

alternativo. A los demás —añadió, elevando su enorme cabeza para


observar toda esa violencia que la rodeaba— les va a costar más.

Adoptó su forma gnoma y se dirigió presurosa hacia los fragmentos


rotos de la Visión del Tiempo, que seguían en el suelo. De
inmediato, inició un conjuro. Anduin miró de nuevo al rey, quien
lo atisbaba con unos ojos azules que parecían hallarse extrañamente
en paz.

—Estás... bien —dijo el rey.


—Sí, lo estoy —replicó el príncipe—. Me has salvado.
— ¿Ah... sí? —A pesar de que ahora hablaba con un hilo de voz,
el rey parecía sentirse bastante satisfecho. Se rio entre dientes y, a
continuación, esbozó un gesto de dolor—. Tenía tanto miedo... No
podía hacer nada, pero al verlo...
—Pero lo hiciste —le interrumpió Anduin con delicadeza—. En el
momento crucial... obraste como era debido.

El rey se quedó callado y luego dijo:

—Hace frío aquí.

Anduin abrazó con más fuerza si cabe al muchacho, aunque tuvo


cuidado de no lastimarle aún más la herida.

—No te dejaré solo.

Si bien la lucha proseguía, Anduin tuvo la sensación de que el


fragor de la batalla le quedaba muy lejano. Reinó un largo silencio
y Anduin creyó que quizá todo había acabado ya. Entonces, el rey
susurró de un modo tan suave que el príncipe tuvo que hacer un
esfuerzo para poder escucharlo:

—Tengo miedo...

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Christie Golden

Anduin tragó saliva con dificultad.

—No lo tengas —replicó—. Muy pronto estarás con mamá y... y


papá.
— ¿Aquí... papá está vivo?
—Sí, lo está.

El moribundo Anduin cerró los ojos.

—Me alegro. Ojalá pudiera verlo.


—Lo verás. Tú... aguanta, ¿está bien?

La sombra de una sonrisa cobró forma en sus labios.

—Eres tan mal mentiroso como yo. —Entonces, la sonrisa se


esfumó por completo—. Dile que lo quiero.
—Lo haré.

El rey suspiró suavemente y su pecho no volvió a elevarse. Su piel


palideció aún más de lo que le correspondería por el mero hecho de
haber sufrido la solemne caricia de la muerte. Para sorpresa de
Anduin, el cuerpo del rey irradió una luz tenue y pura y, acto
seguido, desapareció.

El rey Anduin Wrynn había vuelto a su hogar.

Lenta y torpemente, el príncipe Anduin Wrynn se puso en pie,


cogió a Rompemiedos, se secó las lágrimas con la manga y se
dispuso a sanar a aquellos que todavía batallaban.

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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Unos guardias armados irrumpieron raudos y veloces. Un pandaren


lanzó una pequeña hacha hacia Bañe. El tauren la cogió con gran
facilidad con una sola mano a la vez que corría hacia los dos Thrall
que se hallaban enzarzados en combate. Dio gracias porque Go’el
iba vestido como un chamán, ya que no se les podía distinguir de
ninguna manera, salvo por lo que llevaban puesto y el arma que
blandían. En cuanto los alcanzó, se encontró paralizado a mitad de
una zancada y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el
equilibrio. Oyó el bramido de una risa dracónica y alzó la mirada.
Entonces, vio a un demente Kalecgos que le mostraba una amplia
sonrisa. Esta encamación del dragón azul no estaba en sus cabales,
y esa era la única razón por la que ahí dentro no había más muertos.
Daba la sensación de que atacaba tanto a amigos como enemigos y
de que carecía de una estrategia de batalla.

Aunque su contrapartida sí la tenía. Cargó contra su otro yo,


logrando así que el loco Kalecgos dejara de prestar atención a
Baine. Mientras tanto, los dos orcos seguían luchando, pero el otro
Thrall parecía hallarse en desventaja. Por supuesto, pensó Baine.

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El Thrall alternativo no había tenido la oportunidad de ser


adiestrado como chamán, mientas que Go’el era un maestro
chamán y no solo un guerrero curtido en mil batallas.

Baine casi había alcanzado a los dos cuando intuyó, más que vio,
un ataque. Apenas tuvo tiempo para volverse y desviar el golpe de
una enorme maza que era blandida por lo que parecía ser una
montaña con armadura que había cobrado vida rápidamente de un
modo engañoso.

En ese instante, clavó la mirada en sus propios ojos. Su otro yo


pareció sorprendido y retrocedió momentáneamente, lo cual Baine
aprovechó para recordar que solo iba vestido con una ropa muy
liviana y que no portaba una armadura de cuerpo entero como su
yo alternativo.

Por el rabillo del ojo, Baine se percató de que los Celestiales no se


habían movido de ahí y, de repente, la furia se adueñó de él. ¿Acaso
no veían que había gente que estaba muriendo? ¿Acaso estaban
«tan por encima de todas las cosas» que no se iban a dignar a
ayudar?

En ese momento, como si hubieran escuchado sus pensamientos,


se oyó un grito, que atravesó el fragor y la cacofonía de la batalla.
Se trataba de una voz potente, profunda y rica en matices, que
procedía de las fauces de un tigre, que era tanto un ruego como una
advertencia; era la voz de aquel al que estaba consagrado ese
templo... la voz de Xuen.

— ¡Acuérdense de los sha! ¡Acuérdense de los sha!

De repente, Baine lo entendió.

Esos yo alternativos contra los que él, Go’el y los demás estaban
batallando no eran unas encamaciones escogidas al azar. Kairoz
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Crímenes de Guerra

había escogido de un modo deliberado a las más siniestras,


desequilibradas y belicosas versiones que había podido hallar.
Kalecgos estaba loco. Thrall era el paladín del odiado Aedelas
Lodonegro. El propio Baine era el Jefe de Guerra de la Horda y, de
algún modo, sabía que su otro yo había obtenido ese cargo tras
haber asesinado a Garrosh Grito Infernal para vengar la muerte de
Cairne Pezuña de Sangre.

No era de extrañar que los Celestiales no se sumaran a la refriega,


puesto que lo único que lograrían sería echar más leña al fuego.

—Mataste a Garrosh, ¿verdad? —le preguntó a su otro yo—. Lo


mataste porque asesinó a nuestro padre.

El otro Baine entornó los ojos y gruñó.

—Destrocé a Grito Infernal con mis propias manos —replicó—, y


el dragón bronce me ha contado que tú... ¡tú lo has defendido!

Tras lanzar un rugido, cargó contra Baine, quien logró detener la


cabeza de maza con la hoja de su hacha; ambas armas chocaron
estruendosamente. Las palabras que había pronunciado Baine en el
alegato final volvieron entonces a su memoria, tan claras y diáfanas
como los cristales de los draenei: «Todos podemos convertimos en
nuestra propia versión de Garrosh Grito Infernal, es algo que
llevamos dentro».

Entonces, hizo uso de la sabiduría, del don de Yu’lon.

— ¡Ellos son lo que todos podríamos haber sido! ¡No son el


enemigo, sino nosotros mismos! —le gritó a la multitud—. ¡No
podemos luchar contra ellos, solo podemos aceptarlos!

Súbitamente, Baine se sintió invadido por una energía especial; por


la fuerza, el don de Niuzao. Al desviar otro golpe, Baine notó que
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su brazo era más fuerte que nunca. Cuanto más se abría a lo que los
Celestiales intentaban decirle, más era capaz de aceptar sus dones.

Una vez más, el otro Baine atacó, pero esta vez, logró alcanzar con
la maza a su contrapartida en el hombro. Baine gruñó, pero no
contraatacó.

— ¿Acaso mi otro yo es un cobarde? —gritó el Jefe de Guerra


Baine.
—No —respondió Baine—. Somos iguales. Simplemente, tú
elegiste otro camino, Baine. Pero entiendo cómo te sientes... sé por
qué querías matar a Garrosh.
—Mientes, ya que si no, habrías hecho lo mismo.

Al instante, el otro toro cargó. Aunque esta vez, se dejó llevar por
la ira y se descuidó. Baine lo alcanzó, pero utilizó la parte roma de
esa pequeña hacha para no lastimarlo.

— ¡No voy a hacerte daño! —exclamó entre jadeos— ¡Pero sí


pienso defenderme!

El Jefe de Guerra Baine titubeó. Le estaba escuchando... pero ¿por


cuánto tiempo lo haría?

Una vez más, la sabiduría de Yu’lon le acarició el corazón y, de


inmediato, supo qué tenía que decir; cómo podría entrar en el
corazón de ese otro yo suyo que se hallaba tan herido y dolido.
Baine habló con Premura:

—Nuestro amigo Go’el, al que tal vez conozcas como T