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"La Repeticion En La Clinica"

(*) Reunión Lacanoamericana De Psicoanálisis, Florianópolis, 2005.

Mariana Davidovich

Ana a sus 25 años ha cursado distintas carreras terciarias sin sentirse representada en
ninguna de ellas. Se queja de no tener una vocación, siendo entre sus dos hermanos la más
dependiente. La posición de permanente apoyo que tiene de su madre respecto a que “elija lo
que quiera”, difiere radicalmente de la que toma con su marido, el padre de la paciente. Ana
advertirá rápidamente que la obsesión de su madre por la buena forma, ha llegado a
enloquecer al padre tanto en lo laboral como en su manera de vestirse, saludar, etc. Ante mi
pregunta respecto a si la obligaron a la madre a casarse, reirá francamente por primera vez
saliendo por un instante del desasosiego y del llanto. Advendrá un tiempo de recordar su
alienación a la demanda de la madre, como por ejemplo el hecho de destinar sus primeros
sueldos a comprar objetos para la casa, o también el hecho de levantarse de madrugada para
cortar el césped si venia alguna visita. En esta misma línea representaba para ella una
exigencia ir a un colegio privado poblado de familias de alto poder adquisitivo. Traerá el dolor
de haberse avergonzado de su padre .por el solo hecho de que la fuera a buscar en jogging al
colegio, punto de alienación al discurso materno de crítica permanente, habida cuenta de que
ésa es su vestimenta de trabajo.

Puesto a trabajar en análisis lo que llamamos “la buena forma trucha”, despuntará en ella el
deseo de ser actriz. Disfrazarse con ropa vieja y hacer distintos personajes en el espejo, ha
sido el juego preferido de su infancia. Este goce lúdico abría una hiancia respecto a ser el
objeto lindo y simpático de la madre. Su dificultad en las improvisaciones radicaba en no
poder prescindir en parte de la mirada de sus compañeros y profesores. A la vez que íbamos
gastando ese imaginario completo que le proponía el Otro materno, el trazo inc. empieza a
trabajar, produce un sueño paradigmático donde es llamada a tomar el te con las viejas,
esposas de los políticos, y al haber advertencia subjetiva de la demanda del Otro, el objeto
empieza a fijarse en territorio cortable. Le hago saber que se iguala a la madre en lo
imaginario en la medida en que estudia con ahínco teatro pero no se presenta a castings, se
compra un auto pero se queda sin la plata para la nafta y elige un novio que la trata con
desprecio pero ella lo admira. Se repite la pura forma completa e inútil. En eso estábamos,

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hasta que al modo de una confesión me cuenta que ella se arranca los pelos de la cabeza, de
las cejas, del pubis. En esa misma línea en su trabajo no puede parar de comer, dice que esto
se repite todos los días, del mismo modo que los fines de semana ha llegado a suspender
salidas y quedarse en su casa por el malestar provocado por las comilonas. Dice no tener
conciencia de sus actos, que esto es compulsivo, lo mismo que las compras que hace con su
sueldo. Y qué decir de esa escena donde come o se arranca los pelos? Si bien al ser contado
deja de ser un pasaje al acto solitario, se pone en juego una actividad repetitiva pulsional que
no se apoya en ningún objeto (no hay un carretel arrojado representando al sujeto
separándose del campo del Otro) y por lo tanto intenta fallidamente arrancarse del Otro con
su propio cuerpo. No se trata aquí de que el significante agujerea el goce del Otro, aquí el
agujero está cavado en el propio cuerpo. Fuimos recortando las distintas escenas en sus
diferencias: que se quería quedar en su casa cuando comía, el padre que no arrancaba, y que
tampoco la arrancaba a Ana de su madre, la madre que se los tragaba a ella y al padre. En
un intento de recuperar la equivocidad, se lee como intentando arrancarse en el punto en que
el Otro le toma el pelo. Pero su intento de separación, de arrancarse del Otro, fracasa en la
medida en que al arruinar su belleza se avergüenza de su pubis de niña y no quiere estar con
un hombre, encerrona incestuosa que recién al ser leída en transferencia la angustia.

Fue la desilusión de Freud respecto a la posibilidad de que llenando las lagunas mnémicas al
recordar escenas olvidadas se curase por sí solo el síntoma, lo que lo llevó a elaborar el
concepto de repetición. No todo puede ser recordado, no todo puede ser elevado a la
categoría de significante. El psicoanálisis no es únicamente el arte de la interpretación, y ante
el desciframiento del saber inconciente no siempre cede la opacidad del síntoma. La verdad
no puede ser dicha sino a medias, pues palpita en ella lo real como lo inasimilable, como lo
imposible de ser enteramente simbolizado, pensado. Habitado el Inc. en su núcleo por una
hiancia real, perdido el objeto de la primera satisfacción, y por tanto el supuesto goce infinito,
el pensamiento recorrerá las huellas a partir de ese objeto perdido que hace las veces de
causa. Recorrido que no es más que de un desencuentro, de un vacío, por la diferencia entre
el placer buscado y el hallado. En el seminario 11 Lacan ubica allí la insistencia de la cadena,
la repetición simbólica, el retorno de los signos ligado al automaton, como efecto libidinal
generado por la perdida del objeto. Es el tiempo donde Freud subraya el sesgo del Inc.
habitado por un deseo que es recuperar esa marca de la primera experiencia. . La Repetición
significante define un real que el sujeto está condenado a dejar escapar por estructura, lo
Real como lo heterogéneo a lo simbólico, lo perdido por el pensamiento, lo imposible de
pensar, y lo que no cesa de no inscribirse. “Lo real es lo que esta mas allá del automaton,
del retorno, de la insistencia de los signos a que nos somete el Principio del Placer”, siendo la
Repetición un indicio de lo Real, ed la tyche en el seno mismo del inc.

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En las neurosis traumáticas, Freud descubre sueños que no obedecen a su función de llegar
a escribir un deseo, se repite lo real como ese goce no ligado como por donde” lo Inc.
empalma con lo real”. Ya en 1914 descubre que, en determinadas ocasiones, aun al ser
descifrada la falsa conexión, la agieren, la puesta en escena de lo pulsional que no accede al
deseo no cede. En 1920 nombra a la repetición como “Wiederholungswang”, subrayando el
empuje y la tendencia a retornar a lo inanimado de la pulsión. Plantea entonces la Compulsión
a la Repetición ligada a la pulsión de muerte. El centro de gravedad recaerá a partir de 1920
sobre la repetición ligada al goce, a lo real. Punto de inflexión donde está en juego el ello, que
descriptivamente es inc., pero no pone en juego la lógica de incompletud, se trata de huellas
mnémicas no borradas. Freud advierte que hay un Inc. no reprimido, y que su modalidad en la
cura es distinta a la que proviene de la estofa de lo reprimido,”ello habla”, como goce no
tramitado por las formaciones del inc. y habrá de advenir, de ese real, el sujeto del inc.. ..

En nuestro caso, en la conducta repetitiva compulsiva de arrancarse los pelos, se trata de un


real que no se cifra en la cadena al modo de la repetición de los unos que conmemoran el
goce perdido, está en juego la sustancia gozante, el goce imposible de ser traducido al
significante, en definitiva la repetición ligada al goce como lo ajeno a la homeostasis
subjetivante. No se trata del encadenamiento de las representaciones orientadas por la
exigencia de recuperar la satisfacción perdida en la “insistencia del significante” o vía el
“automatismo de repetición”. Lacan añade a la repetición significante a la que no abandona el
registro pulsional, las inercias de goce, el encuentro con lo real como heterogéneo a la
cadena, como lo que no cesa de no inscribirse. La repetición es estrictamente hablando
imposible porque es desencuentro con el objeto perdido, la repetición no es otra cosa que el
fracaso mismo de la repetición, es repetición de la diferencia. Pero en el cifrado insiste el
goce a recuperar, la repetición en su sesgo simbólico, como insistencia en bordear lo que el
uno no computó. La insistencia significante recorta el a como vacío en relación al deseo,
operando por tanto como separador. Se trata de advertir el error en la cuenta al leer
retroactivamente en todas las demandas el agujero central del deseo, el decir en el dicho o
bien como lo mismo se dice diferente .Actuar arriba del escenario y así darse a ver, no es lo
mismo que estar fijado a la buena forma completa señalada por el Otro. A diferencia de esto,
en la Compulsión a la Repetición, opera un pensamiento que no es je, el ello. Se trata de que
la operación analítica lleve al sujeto al campo de la elaboración significante, dado que la
dimensión pastosa del Otro pide un yo sin resto, y opacada la dimensión de la falta, la
dinámica pulsional se ve modificada. Preso el sujeto del Otro, si la angustia funciona como
señal, habrá posibilidad de que se ponga en juego la cesión del objeto y que se relance el
deseo.

¿Qué nos enseña K. respecto a nuestro tema? Lacan reconoce su deuda con Kierkegaard
quien en “La Repetición” y “el Concepto de la Angustia” elabora conceptos estrechamente
ligados al psicoanálisis. Polifónico, evitando las certezas congeladas de lo dogmático, fue este

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pensador danés quien recuperó la repetición como distinta a la reminiscencia platónica. Al
recordar traemos a la memoria lo que ya fue, la repetición en cambio tiene para K. un sentido
prospectivo en la medida en que implica una reasunción del yo al introducir en sus
movimientos lo nuevo.

¿Qué conmueve a un analista cuando lee a Kierkegaard? En principio para Kierkergaard en


la repetición se manifiesta la libertad en acto, es afirmación del ser en su singularidad. Su
obra pone en cuestión la dialéctica hegeliana, para él no hay equivalencia entre el ser y la
razón. La verdad no es el pensamiento, es la subjetividad (angustia, temor y temblor,
desesperación) siendo en la dimensión de lo particular donde el sujeto se compromete. Opone
a la mediación hegeliana a la que identifica con lo general, lo Particular que se define como
una relación absoluta con lo absoluto. No nos resulta poco significativo el énfasis puesto en la
discontinuidad del vacío, es decir, no hay síntesis. Asimismo, al disociar lo real y lo racional,
separa también lo finito de lo infinito, hay que cavar un abismo ontológico entre la criatura y su
creador. En una visión cristiana, la verdad eterna hace referencia para K. a la cuestión de qué
significa ser humano. La racionalidad dirá, rechaza la paradoja de que Jesús sea a la vez
hombre y Dios, paradoja que no se puede explicar por la vía de la razón, hay algo que excede
a la razón. Para la razón la paradoja absoluta es escandalosa, la fe en cambio, es una
apuesta donde se juega la existencia, apuesta que implica interioridad y riesgo. Nuestra
paciente consulta temerosa luego de decidir dejar de atenderse con el homeópata de la
familia. Duda de que la palabra de él, y sobre todo de su madre que insiste en que él es el
referente en lo emocional, sea la adecuada. Consultar a un analista es su apuesta ante la
desesperación. Volvamos a K. Para él la vida del individuo se despliega en tres estadios: lo
estético, lo ético y lo religioso, siendo éste último, el más acabado. Se cumple por la fe en
Dios, y está ligado a la categoría de la angustia. El pasaje de una a otra categoría es un salto,
una ruptura que implica angustia. Su idea es subversiva: alentar a la persona a reconocer su
propia esterilidad. Quien vive en el estadio estético se sitúa en relación a la pura
momentaneidad. El goce depende de la repetición de los placeres terrenales; el amor es
básicamente erótico, y para su goce, la persona busca ser amada. Al esteta el amor jamás
llega a satisfacerlo por completo, y se desespera, por el hecho de estar encerrado en lo
temporal En nuestro campo diríamos que “la pulsión no se hace fuerza motriz del deseo” (1),
el sujeto está “impedido” de ubicarse en relación a su deseo. Pero a diferencia de K. para
quien lo demoníaco es encerrarse en sí mismo y rechazar a Dios, lo demoníaco en nuestro
caso se juega por intentar colmar al Otro sin manchas, ofreciendo a su propio yo como objeto
a la demanda pulsional, estando el sujeto por lo tanto exiliado de su subjetividad. Borrar el
sentido fálico del Otro, letal, libera a Ana de la pasión de intentarº ser el orgullo de su madre
convirtiéndose en famosa y rica. Continúa K. diciendo que en el estadio ético hay
compromiso, se vive no en relación al deseo, sino según las normas. Entonces la existencia
centrada en el deber produce afirma K. desesperación porque lo ético es vivir según el
Estado, la norma, la Iglesia, pero no en relación a Dios. La vida se muestra así carente de

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pasión, y el amor es un deber. Al respecto Lacan nos advierte que “el peligro para el
sujeto…consiste en su abandono como sujeto a la demanda…” (2) Nos encontramos con K. en
que vivir la vida sin enigmas produce desesperación. Es por eso que, encerrada en las
normas de buena forma de la madre, Ana se desespera cuando su hermana anuncia, feliz y
sin culpa respecto a la opinión de la madre, que se va a ir a vivir con su novio. También esto la
lleva a arrancarse del homeópata, que era la norma en la casa.

K. se trabaja, se interroga, y despabilado, plantea que el individuo puede reflexionar sobre


sus fracasos. Concluye en que libre de la sujeción a lo temporal, el individuo descubre a Dios,
contorneado como lo impensable, ese lugar donde las palabras dejan de tener sentido en
relación a lo consensuado de la significación, se trata de un encuentro mas allá de las
palabras. El encuentro con Dios es un amor que no busca recompensas, no hay certezas ni
pruebas racionales. No se trataría entonces, del encuentro con un otro consistente. Dios es un
vacío de significación ya que escapa a la lógica por ser paradojal, pero no se trata de un vacío
de sentido. K. afirma que el abandono del ser a la posibilidad de elegirse finito, enajenado en
medio de la multitud, está en relación a lo que llama” la mala repetición”, es “la simple
repetición de esa eterna monotonía”.(3) Sería alienarse al sentido letal del Otro. Será la
angustia el recurso mediante el cual el sujeto salte a su máxima responsabilidad subjetiva. La
angustia es” la realidad de la libertad como posibilidad, es un modo de salvarse de lo finito,
huir del engaño de la razón unificadora para sumergirse en el torbellino de existir”(4). La
angustia es en nuestro campo el corte como posibilidad, prepara para la “buena repetición”
que seria en cambio para K. “transformación, al asumirse el ser en su dimensión infinita”. La
angustia sería a mi entender, la denuncia de la repetición como repetición, posibilitando el
pasaje de una repetición padecida a lo que sería una repetición advertida. La repetición en su
sesgo demoníaco se vuelve para un analista develadora de la enajenación del sujeto, es lo
que K. en una visión religiosa llama “petición, recuperación”. Ana puede pensarse al
reescribir lo que advierte como ausencia de deseo amoroso; la dimensión del salto es en un
primer momento sentir horror por la ausencia del deseo del amor. Horror también por el
desprecio de la madre al padre, por su queja sin tregua hacia Ana. Desesperación porque le
garantice que no será como su madre, angustia cuando elige según lo que supone sería el
deseo de su madre.

Vuelvo a K. para subrayar que en su camino hacia el encuentro con Dios, se topa con un
límite y no lo desconoce: la repetición es la tensión de la síntesis sin lograr. K. no desestima lo
imposible, lo real, allí donde el sujeto no llega a ser un uno unificante. La fe implica para K.
una apuesta de dejar de lado la razón, y aceptar la paradoja absoluta, confiar en Dios sin
tener ninguna prueba racional y acercarse a eso irrepresentable cada individuo en su
interioridad, por fuera de cualquier asociación religiosa. El amor que no busca nada a cambio
es para Kierkegaard la forma más elevada del amor, “La repetición seria el transito de la
capacidad de ser amado y adorado a la del amor, arriesgarse a amar sin esperar ningún

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resultado, sea el éxito o el fracaso”. Tránsito que Ana debió recorrer en la medida en que
buscaba un hombre que le asegurase que nada le iba a faltar, intentando fallidamente escribir
alguna diferencia con lo que le sucedió a su madre eternamente insatisfecha. Atravesar el
duelo por haber tenido una madre que le pedía que la sostuviera, la va arrancando de ser la
encargada de resarcir a su madre del paraíso añorado y perdido en su infancia, pérdida
motivada por el quiebre económico de su padre, el abuelo de Ana. De ese quiebre no hubo un
duelo elaborado.

Desafiante, subversivo, K. apuesta a no ceder, a no caer en la tentación de rebajar el amor a


su dimensión imaginaria, narcisista. K. es un pensador que dramatiza ideas, es alusivo e
irónico. Plantea que no todo está sostenido en las redes del pensamiento, la realidad no es un
objeto de dominio, y la subjetividad es opaca e inabarcable. Pone a trabajar al sujeto en la
desesperación, en el malestar, pero allí donde nosotros situamos el sujeto, su deseo y el salto
jugado en el acto donde se efectúa el sujeto, K. apuesta a ofrecerse sacrificialmente al Otro,
renunciando a los desencuentros que se juegan en relación al amor, al deseo y del goce con
el pequeño otro. La religión descarga la causa final del deseo en Dios, aunque en este caso
se trate de otro sin garantías. Todos los objetos del deseo son sacrificados en el altar de Dios.
Paradójicamente plantea ir más allá del deber ser, pero el único y verdadero amor es el
eterno. “Sólo ante un caballero de la fe como Abraham, existe un Dios vivo e
inconmensurable”, nos recuerda Steiner. Para el psicoanálisis en cambio, allí donde fracasa
el uno unificante con el Otro, se pone en juego la condición absoluta del deseo, que se basa
en el sujeto como no-uno. El a como vacío fuera del significado del Otro, escribe el objeto
falta, que podrá devenir objeto causa del deseo si el Nombre del Padre cliva al yo del objeto,
al hacer de su mujer objeto causa de su deseo. Y es el einzigerzug, S1, en su dimensión
esencial de significante sin sentido, el que empuja al ciframiento de los unos, que no son sino
reiteración de ese vacío. El primer lector de ese vacío es el propio inc. al cifrar, y la
interpretación analítica pone al sujeto en relación a ese vacío (5). De la desesperación no
surge el encuentro con el Otro, el análisis avanza hacia la “exhaustación del Otro Real”,(6) la
castración simbólica, la inconsistencia del Otro. Ana reescribe que el quiebre de la madre no
ha sido sólo económico, sino que en plena adolescencia sus padres, los abuelos maternos
deprimidos, la mandaron a trabajar. Es así que su madre resignó estudiar una carrera que
deseaba para trabajar desde muy joven. Ana descubrió que la madre había quedado detenida
en el punto en que ser feliz pasaba para ella por el bienestar económico.

Cabe subrayar que, a diferencia del acto de fe que restituye al Otro, el acto analítico supone
un salto que implica discontinuidad y una apuesta. Es un proceso donde con el Otro que no
existe, se repite el desencuentro, haciendo de la pérdida de la cosa, das ding, que surja el
sujeto representado en la cadena, cadena que tiene como límite el objeto a. Ahora bien, la
sustancia del sujeto no es otra que el objeto a y el trazo que lo rodea apuntando al vacío. No
se puede predicar nada del ser, más que en tanto siendo este vacío. Y lo que se revela en el

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momento del acto es que el objeto a cumplía la función de darle consistencia al Otro en el
fantasma. Ana está apostando a ser actriz, y a inventar otro personaje mediante el cual se
reste de ser el monigote-juguete de la madre para abrir su propio juego. Juego donde el deseo
está más ligado al teatro que a ser la “famosa de la tele”, habida cuenta que recién ahora
advierte la fascinación de la madre con la idea de que su hija se haga famosa, demanda
superyoica que le impidió durante mucho tiempo decidirse a estudiar.

Para finalizar, quisiera subrayar que la soledad en K. se convirtió en estrategia para seguir su
apasionado encuentro con Dios, para nosotros, la soledad es el encuentro con la inexistencia
del Otro. Se tratará en todo caso de que cada uno se las vea con su propia Regina, y con el
Otro que lo habita, vaciando el campo del Otro sin tener que arrancarse los pelos como Ana.
No es cuestión de un deseo puro, ni de renunciar al goce sino de recuperar goce, “cuya falta
haría vano el universo”, en la escala invertida de la ley del deseo.

NOTAS:

(1) Amigo, Silvia- Clínica de los fracasos del fantasma.

(2) Lacan-La Identificación-Clase4/4/62.

(3) Celia Amorós-S. K. .o la subjetividad del caballero

(4) Idem nota 2

(5) Amigo Silvia-clases sobre el seminario La Identificación”

(6) Vega, Isidoro

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